1976

Crítica de Diego Brodersen - Página 12

"1976": recuerdos de la dictadura chilena

La película nunca deja de ser un drama histórico e íntimo, pero las reglas de la narración también se amoldan en varias secuencias al cine de suspenso.

La señora anda de compras por Santiago. La casa de descanso en la costa atraviesa una serie de renovaciones y hay que elegir el color correcto para una de las paredes del living comedor. En el local, la mezcla de rojo terracota está a punto de lograrse cuando unos gritos y disparos en la calle sobresaltan a clientes y vendedores. Unas pocas gotas manchan el impoluto zapato azul de Carmen y no es necesario pensar demasiado para asimilar esas pequeñas manchas de pintura mate con las de la sangre derramada (el título en pantalla cubriéndose del mismo color reafirma la metáfora). De esa manera, desde el primer minuto, 1976, la opera prima como realizadora de la actriz Manuela Martelli –rostro inconfundible del cine chileno, presente en producciones de su país como Machuca y en films argentinos como Dos disparos– entrelaza de forma inseparable dos mundos en principio escindidos. Por un lado, el universo cotidiano de una señora “bien”, esposa, madre y abuela ocupada de las tareas hogareñas, acompañante de su marido médico en cenas y reuniones, y el terreno de lo social y político, en un Chile que cumple tres años desde el golpe que derrocó a Salvador Allende.

Cuando Carmen (Aline Küppenheim, otra actriz trasandina de extensa trayectoria) llega a la pequeña comunidad balnearia fuera de temporada, semanas antes que su esposo, hijos y nietos, para ocuparse de los arreglos edilicios, la visita de un párroco amigo de la familia le acerca un cambio de rutina inesperado. Hay un joven convaleciente, un delincuente común que, dicen, robaba para comer cuando fue herido con un arma de fuego en una pierna. Mucho tiempo atrás Carmen fue enfermera de la Cruz Roja y esos escasos pero valiosos conocimientos pueden venir bien para curar al enfermo. Pero el pedido de silencio del cura y la ubicación secreta del cuarto en la parroquia no dejan lugar a duda: Elías no parece tanto un ladrón como uno de esos jóvenes “extremistas” que se andan enfrentando en las calles con los carabineros.

¿Qué es lo que hace que esa mujer deje de lado el confort de las tradiciones familiares y sociales y se ponga en movimiento para proteger a Elías, tomando incluso riesgos mayúsculos cuando se impone la necesidad de una mudanza? Ese es el eje central de la película de Martelli, en tanto su protagonista comienza a dejar de lado la pasividad indicada para su condición social y género. 1976 nunca deja de ser un drama histórico e íntimo, pero las reglas de la narración también se amoldan en varias secuencias al cine de suspenso: Carmen (alias Cleopatra) comienza a transitar una clandestinidad temporal y el miedo y la paranoia a apoderarse de su vida cotidiana. Hay ecos de La mujer sin cabeza, el film de Lucrecia Martel, en la manera en la cual la realizadora registra la doble vida de su heroína, mientras las actividades públicas y las secretas van desdibujando y reescribiendo su identidad.

El horror llega de la mano del cadáver de una joven en la playa, que Carmen observa junto a sus nietos durante un paseo, y los nuevos miedos se ven aguzados por la simple presencia de un policía en la ruta o un discurso de Pinochet en la televisión. Con la excepción de una escena explicativa y verborrágica, que parece más acorde a un film de la vuelta de la democracia filmado décadas atrás, 1976 logra sostener la tensión entre lo personal y lo colectivo, el confort de la neutralidad y la inmersión en la resistencia, por pequeña que esta fuere, utilizando una estrategia narrativa inteligente y sutil, elementos sostenidos por la banda de sonido disruptiva de la brasileña Mariá Portugal, que utiliza la mezcla de trombones y el sintetizador Minimoog para reforzar un clima crecientemente enrarecido. Como el del propio país en aquellos años.