Zama

Crítica de Martín Goniondzki - Cinéfilo Serial

Tras un período de inactividad de 9 años, vuelve Lucrecia Martel, aquella directora que siempre dio que hablar y que termina siendo una presencia asegurada en los Festivales de Cine más importantes.

Lucrecia Martel es de aquellos autores que no dejan indiferente a nadie. Pueden gustar en menor o en mayor medida sus propuestas audiovisuales, pero lo que es innegable es su destreza técnica, su conocimiento del lenguaje cinematográfico y la presencia de un discurso bien definido en todas sus obras.

Su cuarto largometraje narra la historia de Don Diego de Zama, un oficial español del siglo XVII asentado en Asunción que aguarda su transferencia a Buenos Aires. Es un hombre que busca ser reconocido por sus méritos. Pero en los años de espera pierde todo. Decide atrapar a un peligroso bandido y recuperar su nombre. El film está basado en la novela homónima de Antonio Di Benedetto escrita en 1956, y considerada inadaptable por varias personas.

Lo cierto es que Martel nos trae una más que digna propuesta cinematográfica donde se destaca principalmente la puesta en escena, con una magnífica dirección de arte, un logrado vestuario de época, y una fotografía acorde a las necesidades dramáticas que funcionan a modo de espejo de los estados de los personajes. A su vez, la utilización de la música repetitiva pero con un fin de contrastar momentos totalmente diferentes y del sonido anacrónico para transmitir pensamientos de personajes durante ciertas situaciones, le dan un toque personal y distintivo a la experiencia.

Por el lado de las actuaciones, Daniel Giménez Cacho compone un personaje potente tanto con el uso de la palabra como también con los gestos en las instancias donde se quiere economizar en diálogos y denotar su sensación de soledad. Acompañan muy bien Matheus Nachtergaele, Juan Minujín, Lola Dueñas, Rafael Spregelburd, Daniel Veronese, Vando Villamil, entre otros.

Si bien por momentos el relato puede tornarse lento y repetitivo, esto se da con un fin práctico y narrativo, sin llegar a abusar de ello. De hecho, resulta realmente destacable que siendo una película de “Cine de Autor” (con todo lo bueno y lo malo que esto pueda significar), todas las escenas tengan un fin narrativo y/o práctico. No existen escenas triviales o de transición. Su montaje es sobrio pero eficaz.

Se nota verdaderamente que la autora cuidó cada detalle de la concepción de la imagen, ya que cada plano se ve meticulosamente planeado, dando información valiosa en cada elemento que se ve en el encuadre. Si bien por momentos se abusa de la retórica de la imagen, producto de los límites físicos del encuadre (en general, se emplean para dejar fuera a los esclavos o distinguirlos de los nobles), el sentido de su utilización es más que claro y funcional.

En síntesis, “Zama” representa una experiencia audiovisual compleja que puede no ser del agrado de todo el mundo, pero que realmente tiene un atractivo producto de su magnetismo visual y del fuerte discurso de su directora. Un duro retrato de la soledad, la traición, el colonialismo, la esperanza, la humanidad y otras tantas materias. Un film donde su experimentada directora plasma exactamente lo que quiere.