Zama

Crítica de Javier Luzi - Visión del cine

Regresa Lucrecia Martel, una de las directoras más importantes del mundo, tras 9 años, con Zama, una visión personalísima y nuevamente consagratoria sobre la gran novela de Antonio Di Benedetto.
Don Diego de Zama (impresionante Daniel Giménez Cacho) está pidiendo, por enésima vez, a la autoridad de turno a quien responde, en el despacho oficial que posee, el traslado de ese infierno detenido en el que trascurre su esperanza y sus días como Corregidor. Mientras en la profundidad de campo una llama -un animal característico del norte de nuestro país-, se pasea hasta acercarse al protagonista y casi convertirse en un testigo del destrato que éste padece o un doble del mismo. En todo caso volviendo a la realidad retratada el mejor ejemplo del realismo mágico que la literatura americana supo crear construir y el cine, hasta ahora, había logrado apresar.

Lucrecia Martel nos lleva de las narices a un mundo que no pretende sentirse real pero que inevitablemente no podemos dejar de reconocer en sus formas, sus modos, sus jerarquías, sus poderes y violencias con una actualidad demoledora y una perspicacia sutil y arrolladora.

Diego de Zama aguarda un traslado que nunca llega. Un traslado que le permitirá volver con su esposa y sus hijos y obtener la dignidad que siente le corresponde pero, a la vez, va perdiendo sin poder evitarlo. El poder de turno le promete para olvidar o, directamente, lo olvida ni bien gira su cabeza. Los negocios se ven interrumpidos por la muerte. El deseo jamás concretado pero siempre ofrecido como moneda de cambio. La satisfacción sexual fuera de campo y con concesiones sobre gustos (la mujer blanca imposible, la india burlona y dominante) y el resultado de una paternidad ofensiva y negable.

La trasposición que Martel efectúa en Zama con la novela homónima es de una inteligencia mayúscula. Construye un mundo verosímil y funcional que se mueve orgánicamente pero en relectura y referencia con nuestra literatura nacional: un mundo construido sobre arenas movedizas, en eterna mezcla y heterogeneidad, con un “patriciado” hecho de sangre y bosta de vaca (la escena de los descendientes de Irala pidiendo encomienda es de una gran lucidez y una apelación a las familias patricias actuales que siguen dominando como estancieros a que se hagan cargo de sus orígenes espurios). Pero con el resquicio por donde se filtran las posibilidades de las minorías como resistencia, como aquellas “tretas del débil” a que hacía referencia la Ludmer al leer a Sor Juana: las mujeres en Zama no son el centro pero son y fuertemente. La Otredad va devorándolo todo a paso lento pero firme.

El artilugio audiovisual que construye Martel apela a sus reconocidas marcas autorales: el trabajo con el sonido es primordial, el uso del espacio y la profundidad de campo, una fotografía destacadísima pero no esteticismo, un lenguaje que (como el de Di Benedetto en la novela) no busca remedo ni copia del español hablado en el siglo XVIII si no una poesía, un lirismo, una cadencia, una musicalidad que acompaña a la cámara y la puesta y el montaje. Y que los actores paladean sin notarse el artificio.

Los trajes, las pelucas, los afeites de una Corte sin lugar pero que actúa y sostiene esas representaciones que apenas son cáscara vacía y muestran las resquebraduras, los intersticios, las hilachas, lo ajado de lo que fue o debió haber sido se construyen con un barroquismo americano que mezcla la acumulación con lo carnavalesco enrareciendo todo y particularizándolo.

Es de destacar el humor zumbón que atraviesa muchas escenas y situaciones rompiendo cualquier atisbo de pretenciosidad, impostura o snobismo que la posmodernidad nos trajo aparejada. Es la modernidad la que reina en esta película con su evidenciado pasaje de la imagen movimiento a la imagen tiempo al decir deleuziano. No hay psicologismos explicadores ni ambigüedades alegóricas que puedan cubrir las falsedades ideológicas ni los vacíos cerebrales. Hay cine en estado puro esperando para ser disfrutado con todos los sentidos atentos. Porque no es complaciente con el espectador. Exige a cambio de lo que da. Pero eso que da es inconmensurable.