Viviendo con el enemigo

Crítica de Ezequiel Boetti - Página 12

Como una de Migré, pero sin melodrama

Un triángulo amoroso en la ruinas de Hamburgo hacia 1945 tiene de todo menos lo esencial: pasión y circulación del deseo.

Fines del año 1945. La cámara sobrevuela los restos de Hamburgo, deteniéndose en las montañas de escombros que rodean las ruinas de los edificios devastados y los alemanes que pululan por las calles sin rumbo, cual zombies de The Walking Dead, luego de las miles de bombas arrojadas por los aviones del bando aliado durante la Segunda Guerra Mundial. Es una secuencia filmada con elegancia y pulcritud, dos características inherentes a la puesta en escena de esta enésima aproximación a las consecuencias del conflicto bélico más devastador de la historia llamada Viviendo con el enemigo. Una aproximación tan majestuosa y elegante en su forma como vacía en su contenido, en tanto es muy difícil contar un triángulo amoroso movido por la pasión cuando si hay algo que falta aquí es justamente eso: pasión, sangre en las venas, circulación de deseo.

Hasta esa ciudad alemana llega el coronel Lewis Morgan (Jason Clarke) junto a mujer Rachael (Keira Knightley, doctorada en personajes de otras épocas). Él tiene la misión de supervisar una reconstrucción pacífica; ella, la de… bueno, acompañarlo. Sin hoteles ni nada que se le parezca para hospedarse, terminan ocupando el caserón -que permaneció indemne a las bombas, como si la guerra hubiera sucedido en otro lugar- donde viven el arquitecto Stephen Lubert (Alexander Skarsgård) y su hija adolescente. Mientras el coronel anda de acá para allá intentando poner un poco de orden entre tanto caos, ella empezará a mirar con desconfianza a su anfitrión, a quien a su vez no le gusta ni un poco compartir el techo con una parejita de ingleses, más aun cuando su mujer murió en uno de los bombardeos. Pero, miradita va, interrogatorio para saber si el alemán fue un colaboracionista nazi viene, el vínculo de Stephen y Rachael empieza a tomar temperatura. O al menos eso parece.

 

Lo de temperatura es, desde ya, en sentido metafórico, porque la película de James Kent -basada en la novela homónima de Rhidian Brook- prioriza la belleza formal y la recreación histórica antes que el universo interno de sus personajes. Como si fuera una de Migré pero sin el evidente amor por el melodrama del guionista argentino, Viviendo con el enemigo recurre a todos los lugares comunes del género: muertes, duelos inconclusos, deseo de venganza, conspiraciones, infidelidades y un largo, larguísimo etcétera. De él también toma una serie de diálogos altisonantes y tremendistas que lo actores interpretan como si estuvieran en un teatro y debieran ser vistos y oídos desde la última fila. Involuntariamente cómico (ver la escena la que Rachael encuentra una foto con el rostro de su marido quemado con un cigarrillo) en su búsqueda de ser serio e importante, el relato termina de cavarse su propia fosa cuando, en uno de sus desesperados intentos por evitar que su mujer se vaya con el alemán, el coronel grite a los cuatros vientos “sos la parte de mí”. Ella como mera posesión personal: típico de marichulo.