Un cine en concreto

Crítica de José Luis Visconti - Hacerse la crítica

“Yo les hablaba de películas y ellos me hablaban de números”, resume Omar el recuerdo de su visita a las distribuidoras en Buenos Aires, cuando buscaba, hace casi dos décadas, material para exhibir en su cine. Omar no era –no es- el propietario de uno de esos complejos modernos de varias salas enclavado en alguna gran ciudad del interior. Omar construyó una sala en los altos de su casa, la que había sido de su madre, en un barrio de clase media baja de Villa Elisa en Entre Ríos. No sabemos qué tipo de películas buscaba ni qué estaba dispuesto a aceptar, pero sí sabemos que en ese diálogo en lenguas distintas se volvió con las manos vacías.

Ese relato breve que el protagonista de Un cine en concreto hace en un nuevo viaje a Buenos Aires no solamente establece de manera contundente el concepto que guía el documental –la recuperación de una forma más artesanal de relacionarse con el cine como objeto artístico y no como mero consumo y objeto de reproducción-, sino que también niega el argumento opuesto: para Omar el cine no está pensado como un negocio, como una forma de ganar dinero, siquiera para su propia subsistencia. A Omar parece, incluso, interesarle menos la película que se pueda proyectar que los pliegues que puede descubrir en el contexto. Por eso va a la Sala Lugones, por eso mismo todo lo que le importa parece residir en el momento en que se asoma para espiar la cabina de proyección. Pero también, sus movimientos en Villa Elisa lo reafirman una y otra vez. El cine está construido sobre la casa en la que vive, pero también sobre la zapatillería que le permite sobrevivir económicamente y que en las noches de función se transforma en boletería y kiosco. Igualmente se sostiene en la recorrida habitual de Omar por barrios pobres para ofrecer entradas gratis al cine a los niños.

No hay lógica de mercado posible en esa construcción. No hay referencia a costos ni a recuperar una inversión ni a cuánto cuesta tener tal o cual cosa. No hay números en Un cine en concreto que aludan al dinero. Los números que hay son los de la cantidad de domingos trabajados para construir la sala, o los del año del proyector que consigue, en parte por azar, en parte por paciencia. No hay negocio porque la materia del proyecto no es el tiempo sino el esfuerzo. Los números, el negocio, residen en los otros, constituidos como villanos en el documental. Los distribuidores, en ese esquema, son apenas una nota al pie, personajes secundarios de la historia. Los villanos reales ni siquiera aparecen en pantalla y no deja de ser un hallazgo que no tengan rostro ni nombre: los hermanos de Omar, que lo obligan a dejar la casa materna porque van a venderla apenas son mencionados, pero tienen la misma fuerza de un sistema que hace que no importe la existencia de rasgos identificatorios. Si hay un momento en que el documental logra plena empatía con el objeto de su mirada es esa larga secuencia en la que vemos –sin que sepamos por qué en una primera instancia- a Omar desarmando, entre la bronca y la tristeza, todo lo que había construido y que remata con la grúa que derrumba todo pasado y presente material del personaje.

Si en ese punto se juega la lucha entre la memoria y su negación y destrucción, lo que constituye la columna en que se asienta Un cine en concreto es, más que la pasión de Omar, más que su fanatismo por las películas de Palito Ortega –que la sobrina que crió con su esposa se llame Evangelina no es un dato menor-, la idea del cine como un hecho que excede la pasión individual. No se trata solo de un loco aficionado, sino de alguien que intenta recuperar para su entorno el vínculo social que implicaba el cine para su vida y que lo llevó a amarlo desde la infancia. No se trata, entonces, tanto de mostrar mundos como de compartir la experiencia. El acierto mayor, en ese sentido, está en correrse de lo que implica ver la película en la oscuridad de una sala, para concentrarse en todo lo previo. El cine, la sala, puede ser una construcción como objeto de una sola persona, pero en cuanto se observa un poco más surge el esfuerzo colectivo que lo hace posible. Los vecinos y amigos que facilitan materiales, la biblioteca que cede las butacas del viejo cine que ya nadie usaba, el proyector donado por un cura que tenía un precario sistema de cinemóvil y hasta la propia suegra del protagonista, que tras el desalojo ofrece un nuevo espacio para volver a empezar.

Que el documental se detenga en esos momentos de expectativa previos a la función, mientras la gente llega, espera, se acomoda, reafirma la idea de que no importa lo que se vaya a proyectar cuando se apaguen las luces, sino la concepción del cine como espacio de encuentro, como lugar de experiencia compartido que ninguna tecnología avanzada podrá reemplazar.