Transit

Crítica de Leandro Porcelli - Cuatro Bastardos

Transit: Lo que nunca pasó y vuelve a ocurrir.
Un drama alemán que coloca el éxodo europeo durante la Segunda Guerra en las calles actuales de Francia, modernizando problemáticas eternas de refugiados de ayer y siempre.
Hace ya varias producciones que el director Christian Petzold esta considerado entre la élite más destacada del cine local en Alemania. Aunque sea una presencia constante en el Festival de Berlín, la atención masiva internacional todavía no ha golpeado definitivamente su puerta. Afortunadamente hoy en día esa no es razón para que su trabajo pase desapercibido, y Transit se encarga de dejar en claro para cualquier desprevenido que el de Petzold es un nombre al que vale la pene prestarle atención.
Franz Rogowski interpreta al protagonista, un alemán en tierras francesas que intenta sobrevivir silenciosamente hasta poder escapar el golpe de las autoridades alemanas que ya están ocupando Francia. Se mueve por tierras ajenas evitando un arresto que parece inevitable, pero una de las tantas tragedias adyacentes a su vida le ofrece una oportunidad única que lo obliga a hacer tiempo en Marsella, al acecho de sus compatriotas.
Rogowski tiene una presencia destacable, y sumada a una controlada actuación no solo se encarga de darle vida a la historia sino también brindarle un centro emocional que resulta vital para esta tragedia. Como un fantasma, va cambiando techo y cama cada vez que tiene la oportunidad, como ajeno a su entorno no solo por decisión propia sino por necesidad. La soledad es una de las temáticas más fuertes del film, y el hecho de que todas sus compañías parecen estar condenadas es tan solo uno de los aspectos en que la película se muestra como un agujero sin fondo, no solo por el autoritarismo sino por las dificultades psicológicas y emocionales de vivir la vida de otro en una tierra ajena.
Un trabajo muy destacable desde la visión de Petzold, es que desde su dirección y su guion llevan de la mano a la audiencia en un viaje encantador y melancólico que encuentra en los refugiados de hoy en día una referencia tan obvia como lamentable. Las calles de una contemporánea Marsella se muestran pobladas de personajes de época y una cualidad excepcionalmente literaria, con sus pequeñas historias sirviendo no solo como complemento sino como parte vital del relato principal.
Es un film que trabaja en capas, con el ayer y el hoy regurgitados para mostrar hechos tan imposibles como fáciles de procesar, de la misma forma en que utiliza las tragedias paralelas de todos sus condenados personajes para mover a la audiencia a un lugar de simpatía que va a dejar con seguridad un sabor difícil de olvidar. Una producción de la Segunda Guerra que desprecia parte del artificio artístico inherente de ese tipo de películas para entregar una experiencia tan particular como recomendable.