Suspiria

Crítica de Jessica Johanna - Visión del cine

Cuando se cumplen 42 años de Suspiria, la obra maestra del director italiano Dario Argento, llega su inevitable remake, esta vez dirigida por Luca Guadagnino, escrita por David Kajganich y protagonizada por Dakota Johnson y Tilda Swinton.
“En los remakes, lo interesante no suele ser lo que tienen en común con las obras originales en las que se inspiran. Lo que apasiona en un remake, si no se trata de una copia banal, es la diferencia, la desviación, los infinitos cambios que se producen en todos los aspectos de la obra, empezando por la idea que la preside y terminando por los detalles aparentemente más insignificantes de la puesta en escena”, escribe de manera clara y precisa la española Pilar Pedraza en su libro de ensayo sobre la figura de la mujer muerta en el arte, Espectra.

Esto el director italiano de la celebrada Llámame por tu nombre, Luca Guadagnino, lo entiende y comparte, por eso su Suspiria no pretende en ningún momento ser simplemente una versión moderna de la película que consagraría a Dario Argento. Toma aquella como punto de partida y entrega una obra distinta, en envase y contenido. Es por eso también que desde el vamos resulta injusto compararlas, aunque al mismo tiempo es inevitable.

Con guion de David Kajganich, quien ya había trabajado con Guadagnino en otra remake (la de la película francesa La piscina), Suspiria parte de la historia conocida que tiene como protagonistas a brujas y la figura de la madre y una escuela de danza como escenario. Pero quizás porque aquel guion de Argento junto a Daria Nicoli le parecía demasiado simple (a la larga su película se apoya demasiado en lo visual) es que se encarga de brindarle una mayor importancia al contexto (histórico y político) que cobra demasiada importancia y, en algún momento, se come al resto de la película.

Acá la historia de brujas y madres pasa a un segundo plano varias veces para encontrarnos con la inquieta Berlín de fines de los ’70. Por eso tampoco en las dos horas y media que dura el film parece que estemos todo el tiempo ante una película de terror. Es más que nada en el último tramo donde éste aflora, aunque siempre de una manera solemne, y se erige la verdadera bruja madre (con una interesante revelación).

Si bien es cierto que acá Guadagnino se aleja de la estética de la película setentosa en su afán de optar por un tono más realista, no es justo decir que la imagen le importa menos. Hay imágenes construidas con ahínco, hay escenas editadas de una manera muy específica (en un film que empieza algo lento y monótono, su primera secuencia propiamente de terror es un montaje perturbador), algunos zooms, y un diseño de arte y vestuario muy cuidados. Lo que no hay es una paleta de colores brillantes y saturados, sino más bien fría y apagada, plagada de grises. El rojo es el único color vibrante que aparece en escenas claves.

A nivel actoral, Guadagnino (un director al que desde Melissa P. le interesa mucho desentrañar el universo femenino) confió en dos actrices con las cuales ya había trabajado: Dakota Johnson (aunque conocida por su papel en la anodina trilogía Cincuenta sombras… con una carrera que ha tenido interesantes elecciones) y la infalible Tilda Swinton, ésta última interpretando más de un personaje (y en uno completamente irreconocible) y siempre de manera notable. A su lado, el elenco compuesto de manera exclusiva por mujeres se termina de completar con la ascendente Mia Goth, la siempre deslucida Chloe Moretz y la modelo Malgosia Bela, entre otras. También la propia Jessica Harper, protagonista de la versión original, tiene una pequeña participación.

En cuanto al desarrollo de personajes, la Susie de Johnson presenta aristas interesantes como presentación y un arco dramático muy potente pero al que le falta algo de solidez en el medio, por momentos resulta abrupto desde su llegada tímida a la escuela de danza hasta su rápida ascensión como bailarina principal. Guadagnino también juega mucho con lo corporal y aprovecha con mayor fuerza la danza para revelar cuerpos que se mueven, retuercen, que buscan, que reprimen, que sienten.

Otro punto imposible de pasar por alto es el de la música, en este caso cambiando los acordes inquietantes de Goblin por la melancolía de Thom Yorke. Es así que la banda sonora en algunas escenas descoloca aunque en alguna funciona sorpresivamente bien.