Roma

Crítica de Pablo E. Arahuete - CineFreaks

A mi barrio con amor

Italia, México, la infancia, Cantinflas, el cine, el Neorrealismo, la imaginería de Federico Fellini y la crudeza de Arturo Ripstein atraviesan la galaxia de Alfonso Cuarón para estallar en blanco y negro estilizado en el mundo de Roma, la película de la que hablan todos básicamente por haber sido adquirida por la plataforma Netflix, además de haber ganado hace poco en el Festival de Venecia. Seria candidata a premios en esta carrera hacia el Oscar y que marca por un lado el regreso del director de Gravedad a su México de antaño pero por otro la necesidad de haberse despejado esa duda que siempre surge cuando cineastas de la talla del realizador azteca se adaptan a los modelos de producción de Hollywood, hacen los deberes con calificaciones excelentes y se llevan todas las miradas de aquellos que creen descubrir en ellos algo que ya estaba descubierto desde un comienzo.

Sin dejar en claro el homenaje al cine mexicano de la época dorada (entre los ’30 y los ’50) pasando por los períodos salvajes de los ’70, contexto donde se ancla la historia de Cuarón, es notable en este opus del mexicano el recurso del melodrama sin anestesia en momentos claves de la historia familiar que se desarrolla durante 135 minutos. Si el punto de vista elegido por el creador de Y tu mamá también recae en Cleo (Yalitza Aparicio) la joven empleada doméstica, quien con su compañera hablan en mixteco durante momentos de intimidad, queda más que demostrado el intento de crítica hacia la clase acomodada -cuna de Cuarón- en esa Colonia Roma por medio del detalle y no del efecto de la denuncia per se. Si bien el trato por parte de sus patrones es justo y no despótico, los contrastes de clase entre Cleo y sus empleadores son elocuentes a la hora de marcar las distancias entre los personajes.

Cleo cría niños ajenos en esa familia del Doctor compuesta por tres niños y una niña. Su mujer ha postergado su futuro por seguir los pasos de su esposo aunque rápidamente se arrepiente de haberlo hecho y entonces la desintegración de ese núcleo familiar idílico se acelera. Pero Cleo contiene, escucha, atiende, acompaña, mientras se debate entre los quehaceres domésticos y su presente con otros problemas, con un mundo que desconoce y para el cual no cree estar preparada. Muy diferente al que observa cuando puede ir al cine en sus horas de descanso con su novio, obsesionado por las artes marciales y por no perder su condición machista en una sociedad crudamente machista.

El México de los ’70 desde la mirada de Cleo no es tan convulsionado en la tranquilidad barrial de Colonia Roma pero fuera de esa casa de dos pisos, fuera de esos patios que baldea cuando el perro Borras deja sus regalitos hay otra cosa: violencia, lucha en las calles, injusticias, realidades que llegan por fragmentos como esquirlas en una explosión siempre controlada por Alfonso Cuarón y su sentido de la estética para hacerse cargo también del montaje y la fotografía, con imágenes que ganan belleza en pantalla apropiada y pierden fuerza en el formato televisivo.

La tragedia de lo cotidiano se entremezcla con este drama por momentos intimista que mezcla actores con no actores (la protagonista es maestra jardinera en la vida real) y saluda al menos con algunas reverencias a grandes como Fellini, el Neorrealismo, y esas historias de mujeres sufrientes con ausencia de hombres que en estos tiempos de empoderamientos y heroínas que se atreven a ir más allá del horizonte encuentran en este retrato de México, sus mujeres, sus luchas, su mejor forma de expresión.