Permitidos

Crítica de Rodrigo Seijas - Fancinema

ESTADO DE SITUACION

La discreta comedia que es Permitidos funciona, esencialmente, para realizar un diagnóstico de buena parte del sector más industrial, masivo y hasta televisivo del cine argentino actual, que venía consolidando su hegemonía en la difusión, distribución y recaudación de manera avasallante en los últimos años del kirchnerismo (demostrando que todo eso de la pluralidad, la diversidad de voces y la lucha contra los monopolios era para la tribuna de aplaudidores) y que en estos primeros meses del macrismo ha encontrado un socio fenomenal en la gestión del INCAA, presidida por Alejandro Cacetta (quien no tiene muchos problemas en colocarse como socio productor de este proyecto, en una clara incompatibilidad de funciones con su labor pública). Lo que se aprecia es una acumulación de rasgos cada vez más consolidados, lo cual en este caso no es particularmente auspicioso.

Rasgo 1: al igual que con Sin hijos, el director Ariel Winograd vuelve a quedarse llamativamente atado a la premisa que dispara el relato. En este caso, una pareja, Mateo (Martín Piroyanski) y Camila (Lali Espósito) que está en un momento ideal, a punto de mudarse, que una noche tienen una cena con otra pareja amiga, donde surge el tema de los “permitidos”, de ese famoso con el que podrían tener una noche de pasión sin que fuera considerado una infidelidad. Obviamente, sucede lo (in)esperado: Mateo se cruza de casualidad con su permitida y ahí comienzan a sucederse los malentendidos, enredos, mentiras y más malentendidos. El problema no es que haya una premisa, porque todo relato cinematográfico en mayor o menor medida la necesita. El inconveniente pasa porque lo único que queda es ese disparador, con una narración errante que no termina de configurar un mundo, una historia sólida y un conjunto de personajes que realicen un camino coherente. Es cuando menos llamativa la dispersión del film, cómo amaga con ser una comedia de rematrimonio, para luego separar de manera abismal las líneas narrativas de sus dos personajes centrales y finalmente juntarlos a las apuradas en los últimos minutos. Al igual que Dos más dos o Me casé con un boludo, Permitidos sabe cuál es el concepto desde el cual partir, pero no tiene claro cómo resolver ese conflicto inicial.

Rasgo 2: Permitidos es, a pesar de la estructura dual que se podría entrever en su esquema narrativo, un film de capocómico, o más bien, capocómica, porque la mayoría del peso cómico termina recayendo en Espósito, con un Piroyanski muy apagado a partir de un personaje con unos cuantos rasgos ingratos. La comicidad que se construye, sumamente dependiente de lo que puede dar la estrella, es, al igual que en los films de Suar o Carnevale, primariamente televisiva: la puesta en escena de Winograd no parece ser capaz de desarrollar lo humorístico a partir del movimiento, el montaje o un transcurrir de lo temporal, con lo que se limita a dejar estática la cámara para que Espósito dé lo mejor de sí misma. Y hay que reconocerle a la actriz que brinda unos cuantos momentos donde la fragilidad puede dar rápidamente paso a la furia incontenible, otorgándole una pátina de sinceridad avasallante y a la vez definitivamente graciosa. Pero son sólo eso: momentos, pequeñas instancias donde se intuye que había materia prima actoral para algo mucho más potable y complejo. Escenas como la del karaoke o la de la catarsis frente al cartel de publicidad muestran posibilidades y hasta logros desde lo actoral, pero grandes límites desde la dirección y el guión.

Rasgo 3: ya hemos hablado otras veces de los universos morales que han sabido construir directores como Juan Taratuto, Juan José Campanella o Carnevale. Son mundos repletos de personajes incoherentes, que toman decisiones cuando menos problemáticas, de las que es difícil volver, pero de las que las narraciones nunca se hacen cargo, porque lo que importa es llegar al final, de la manera que sea, sin importar los costos, como si fuera gratis engañar, mentir o manipular. Y no, no es gratis. En Permitidos no se llega a los extremos antes mencionados: el personaje de Camila, con sus idas y vueltas, con sus altas y bajas, no deja de tener un mínimo refugio moral del cual agarrarse, un hacerse cargo de ciertas acciones justo antes de caer al precipicio. Ahora, lo de Mateo es, cuando menos, difícil de justificar, en especial un gesto hacia su mejor amigo y compañero de laburo que ni al Campanella de Luna de Avellaneda se le hubiera ocurrido. De eso, querido Mateo, no se vuelve tan fácil…

Rasgo 4: si películas nacionales como Corazón de León son una apología extrema del universo de las clases altas, con una fascinación y regodeo digno de mejores causas, Permitidos es otra vuelta por ese mundo inalcanzable para la mayoría de nosotros, pobres seres ordinarios, aunque con una pequeña vuelta de tuerca: el relato va desplegando, de forma cuando menos desordenada, una visión crítica y ácida sobre lo efímero de la fama, los enunciados publicitarios y televisivos, los dobles discursos de los famosos y las fantasías que se construyen desde ciertos imaginarios, particularmente en las redes sociales. Hay, es innegable, una mirada más inteligente que en Me casé con una boludo, pero aún así no deja de ser limitada y superficial, porque son meros apuntes metidos forzadamente en el medio de una película que quiere contar demasiadas cosas al mismo tiempo, que siempre ocurren dentro de un contexto donde el lujo y la riqueza son la norma imperante. ¿Desde qué lugar se habla entonces? ¿Con qué voces y rostros? Esos problemas Permitidos no los termina de resolver.

Rasgo 5: hablábamos de voces, rostros y de mundos, lo que da para preguntarse lo siguiente: ¿qué mundo es el que muestra Permitidos? ¿Qué voces y rostros lo habitan? Difícil saberlo, porque en el film no hay personajes, sino apenas esbozos de estereotipos, y el universo que ocupan es pura cáscara. No hay un pasado o un futuro claro para los protagonistas, apenas un presente efímero y una sucesión de acciones y conflictos que la película se encarga de forzar, haciendo avanzar el relato a los tropezones, contando con un puñado de secuencias decentes. Tampoco hay personajes de reparto que sean capaces de insinuar un mundo más amplio; apenas figuras decorativas que son manipuladas en pos de los designios de la trama, como el de Liz Solari, que nunca queda claro si es una tonta egoísta o una pobre mina que necesita urgentemente un hombre cariñoso a su lado. Podemos volver a ver films como Vóley (de Piroyanski) o Vino para robar (de Winograd y con Piroyanski), y darnos cuenta de que están habitados por personajes con diversas capas en sus conductas, que llegaron a las instancias de conflicto por razones válidas y verosímiles, y cuyas existencias nos importan, porque queremos que crezcan, que aprendan, que se quieran, que ganen. ¿Realmente ansiamos que Mateo y Camila vuelvan a estar juntos? ¿Nos importa su destino como pareja? Algunas preguntas es mejor no responderlas…

Rasgo 6: seguramente films como Corazón de León, Dos más dos o Me casé con un boludo serían exitosos aún teniendo críticas negativas, pero no se puede dejar de resaltar el rol de acompañamiento que ha pasado a tener un sector mayoritario de la crítica, a diferencia de otras épocas más combativas y menos conformistas. Es un acompañamiento en verdad acrítico, plagado de textos mal escritos, sin sustento para justificar los juicios de valor y donde se realizan asociaciones con exponentes del cine clásico con total arbitrariedad, básicamente porque queda fenómeno acumular referencias. No se trata de una cuestión de gustos: es que no hay reflexión -aún en clave positiva- sobre los aspectos narrativos, genéricos y estéticos, sólo una catarata de elogios. Permitidos continúa esa saga donde la crítica argentina lo que menos hace es proponer nuevas lecturas y aproximaciones. Así, el que se consolida como el cine nacional y definitivamente popular se muestra cada vez empobrecido, y la crítica argentina no se queda atrás.