Orione

Crítica de Juan Pablo Cinelli - Página 12

Al centro, por los laterales

La directora cuenta la historia de un chico de barrio como cualquier otro, pero con un destino fuera de lo común, violento y trágico, que es el de muchos como él: el de los pibes chorros.

No siempre la alusión directa es la mejor herramienta para trazar un retrato certero de lo real, porque la literalidad suele devorarse el interés, la curiosidad y la sorpresa. De hecho no son pocas las veces en que lo más apropiado para abordar la realidad es hacerlo a través del desvío que ofrecen los caminos indirectos, que permiten llegar hasta ella rodeándola. Esto es lo que ha hecho Toia Bonino en Orione para contar la historia de Ale, un chico de barrio como cualquier otro, pero con un destino fuera de lo común, violento y trágico, que sin embargo es el de muchos como él: el de los pibes chorros.

Esta decisión de llegar al centro del asunto recorriendo primero sus alrededores es vital y representa el modo particular que Bonino encontró para generar tensión dramática en un género como el documental: crear una incógnita, dar vueltas en torno de ella y distribuir pistas a lo largo del camino para que el espectador las vaya descubriendo junto con la película a medida que esta avanza. Un recurso similar al que se utiliza en muchos relatos de ficción, sobre todo los que responden al modelo del relato policial. Algo de eso hay en Orione. Para acentuar la sensación de extrañeza, la directora recurre a una voz en off que será la que determine el punto de vista de la película. Ella será la encargada de narrar la versión de los hechos que recibirá el espectador. Esa voz, que durante buena parte del relato proviene del fuera de campo, es la de la madre de Ale.

Por otra parte Bonino maneja muy bien el recurso de complementar ese discurso en off con una serie de acciones e imágenes que van alimentando y enriqueciendo al relato con sentidos y sentimientos adicionales. De esta forma, si la mujer cocina una torta de cumpleaños mientras va hilvanando una trama de recuerdos acerca de las dificultades que su hijo empezaba a generar durante la adolescencia, desapareciendo de la casa familiar sin previo aviso o escapándose de la escuela, es imposible no ver en esa acción una necesidad de aferrarse a una rutina que le permite seguir moviéndose bajo el peso del más grande de los dolores que una madre puede sufrir.

Es cierto que la historia de Ale es también la de un pibe chorro, pero la directora consigue hacer que su película trascienda lo circunstancial de lo que le ocurrirá a este chico en particular, para trazar un perfil contundente y lapidario de ese recorte de la realidad que ha decidido abordar. Como se hacía en esos viejos experimentos escolares en los que el profesor de biología les permitía a sus alumnos matar un sapo sólo para abrirlo y ver cómo este era por dentro, del mismo modo Orione representa un corte transversal de la sociedad que permite ver cómo es y qué esconde en el interior de sus visceras.

Igual que su madre, a quien la culpa se le filtra entre las grietas del discurso, la película no juzga ni justifica las acciones de Ale. Tampoco las niega ni las esconde sino que, por el contrario, las va orillando, dándoles la vuelta para mostrar otro lado, uno que usualmente no se ve, oculto detrás de los hechos más visibles. Bonino deconstruye a Ale no como delincuente (que lo era) sino como persona, para reconstruir a partir de los fragmentos el lado humano de una víctima convertida en victimario. Porque aunque su madre insista (sin decirlo nunca de manera explícita) en que a Ale no le faltaba nada, las imágenes de los videos familiares se vuelven una evidencia sutil de algunas carencias. Nada muy distinto de lo que les ocurre a otras familias y a otros chicos, que tanto pueden vivir en condiciones y contextos similares a los de Ale y su familia, pero también peor e incluso también mejor. Lo particular de esta historia es que su final es más triste que el de la mayor parte de los casos y eso permite que las fallas del sistema que le dieron origen queden más expuestas. La suma de todos estos recursos permite que cada espectador tenga la posibilidad de tomar una posición ante el caso que la película retrata, pero también de conmoverse, de interesarse y hasta sorprenderse encontrando un nuevo punto de vista desde donde mirar la realidad.