Nosotros

Crítica de Diego Batlle - Otros Cines

Tras una larga trayectoria como actor de cine y TV, Jordan Peele (neoyorquino y afroamericano para más datos) se convirtió en 2017 en la nueva gran esperanza de Hollywood gracias al sorprendente éxito de crítica y público que consiguió con su ópera prima ¡Huye! (Get Out). Menos de dos años después, cuando acaba de cumplir 40, Peele tiene con Nosotros (Us) el desafío de demostrar que aquel debut en la dirección no fue un único golpe de suerte. Y, aun con algunos reparos o cuestionamientos que pueden hacérsele, este segundo largometraje ratifica varios de los méritos que evidenció en su primera película.

Luego de un prólogo ambientado en 1986 (una niña se pierde durante 15 minutos en una atracción de un parque de diversiones que tiene un laberinto de espejos), la acción salta a la actualidad. La chica que ha sufrido aquel trauma ahora es una adulta. Se trata de Adelaide Wilson (Lupita Nyong'o), quien viaja con su marido Gabe (Winston Duke) y sus hijos Zora (Shahadi Wright Joseph) y Jason (Evan Alex) a una casa de veraneo en medio del bosque y orillas de un lago, pero cercana a Santa Cruz, la playa californiana donde había transcurrido aquella secuencia inicial. Entre anécdotas banales propias de toda familia que está de vacaciones, los Wilson reciben una visita inesperada, espectral. Una versión fantasmal -con voces guturales y detalles físicos aterradores- de... ellos mismos. La relación con esos “dobles” primitivos y degradados no será precisamente armónica y pronto descubrirán que no solo ellos han recibido esa violenta invasión a la privacidad.

La película resulta una suerte de cruza entre Horas de terror (Funny Games), de Michael Haneke (que luego tuvo su remake estadounidense titulada Juegos sádicos) y la serie The Leftovers, con toques de suspenso hitchcockiano y ciertos golpes de efecto propios del terror clásico (tijeras, bates, cortes de luz, baños de sangre). Todo funciona razonablemente bien hasta que en determinado momento a Peele le sale la veta presuntuosa de la cuestión política con alegorías de la sociedad en tiempos de Trump. Y lo pretencioso se torna por momentos obvio, como cuando en una de las escenas cumbre la musicalización salta de Good Vibrations de los Beach Boys a Fuck Tha Police de N.W.A. (ya verán por qué).

Así, cuando apuesta de lleno por el thriller psicológico, el director demuestra ser un narrador lleno de ingenio y oficio (no es menor el aporte visual del DF Mike Gioulakis, el mismo que iluminó Te sigue, de David Robert Mitchell, y Fragmentado y Glass, ambas de M. Night Shyamalan). En cambio, cuando aparece precisamente lo que podríamos denominar el síndrome Shyamalan (que por suerte aquí está bastante más atenuado) el film entra en una zona de riesgo. De todas formas, aun resultando un poco menos fascinante y algo más arrogante que ¡Huye!, no deja de ser una valiosa incursión dentro de un género como el terror, que nos tiene acostumbrado jueves tras jueves a una sucesión de fórmulas anodinas y demasiado transitadas.