Nebraska

Crítica de David Obarrio - Cinemarama

Una historia en línea recta

Es muy probable que Alexander Payne no haga nunca eso que, con no poca ampulosidad, se suele llamar obra maestra. Entre tanto están sus películas (movies), para las cuales nos preparamos en cada ocasión como si fuéramos a recibir a un pariente querido, o a un amigo que no nos molesta recibir con puntillosa regularidad. Esos trazos familiares, lógicamente, se mueven: hay una especie de dandysmo subterráneo en Payne, que hace películas como si buscara algo pero pareciera estar seguro, al mismo tiempo, de que no irá a encontrarlo jamás. Ese algo es el futuro, una vida nueva, una brisa humana, la posibilidad de recuperar un sueño que se creía perdido tras lo que corren sus personajes. Incluso puede ser una sensación de bienestar, esa clase de cosa inasible que se vuelve esquiva a causa de su propia naturaleza. Tal vez de ahí surge esa ironía melancólica que sus personajes llevan como una carga en sus espaldas o una falla congénita. Mejor dicho: el director tiene esa carga –ese signo– del que se desliza por los paisajes y escenarios con una incertidumbre cruel que se le ofrece al espectador en forma de fluctuación, de titubeo, y que los protagonistas de sus películas destilan como los restos infértiles de una implosión, una catástrofe interior a la que apenas atinan a poner en palabras. Nebraska nos trae los ecos del disco de Bruce Springsteen del mismo nombre para lanzar a los personajes a las rutas del interior profundo de los Estados Unidos. Un viejo tozudo (Bruce Dern) cree haber ganado un millón de dólares en una revista por suscripción. La primera imagen de la película lo encuentra caminando peligrosamente por el medio de una autopista. No se sabe si es la senilidad u otra clase de locura lo que lo lleva a creer que puede atravesar dos estados caminando para ir a reclamar su dinero a la dirección que figura en el folleto donde se lo designa presunto ganador del premio. En todo caso, en el cine de Payne suele estar primero la voluntad y después la acción compulsiva, esa pendiente hacia el derrumbe por la que ruedan inconscientes los personajes hasta que se dan cuenta de que ya no parece que vayan a tener oportunidad de dar vuelta atrás. El hijo menor del hombre (un oscuro vendedor de equipos de audio, abandonado por su mujer y con el aura maldita de un alcoholismo heredado latente en la sangre) decide cargarlo en el auto y llevarlo a destino, aunque está seguro de que el mentado premio no es nada más que un truco publicitario. El director aprovecha entonces para filmar carreteras, carteles de avisos plantados en el camino, cielos siempre nublados, sembradíos grises, tractores abandonados, paisajes desiertos que parecen salidos de un mundo paralelo en el que la vida diaria se reduce a esperar la muerte sentados en la galería con una lata de cerveza en la mano. Payne se revela en esos momentos como un maestro para hacer de la impresión de derrota un motivo visual, ciertamente no exento de belleza. El blanco y negro de las imágenes es deslumbrante, y el control sobre la emoción obligada de ese viaje insensato de padre e hijo es siempre pertinente y oportuno. La nobleza de Payne como cineasta elude con elegancia el golpe de efecto y nos hace avanzar con fluidez por los tramos de su historia de redescubrimiento de los lazos de familia en medio de esos paisajes mustios. Pero hay una pregunta inevitable: ¿Hacia dónde van en realidad los personajes de la película? ¿Hacia la gracia que brilla al final del camino mediante una purga concienzuda de las desavenencias del pasado? ¿Hacia la salvación por el reconocimiento, al fin, de los valores filiales y la puesta en valor de la historia personal en relación a la cuotas de felicidad a las que se puede aspirar? Pero quizá más importante todavía es interrogarse hacia dónde va el cine del director. La seguridad que exhibe Payne en la composición de cada imagen –de un preciosismo ausente hasta ahora en su filmografía– y en el carácter lineal de la estructura narrativa parece ir a contracorriente del credo que se adivinaba en algunas de sus mejores películas, ese modo casi aleatorio en el que los personajes solo pueden esperar verse a sí mismos cada vez más perdidos. La comicidad conmovedora del cine de Payne residía en parte en saber administrar el dolor y el desconcierto de los personajes, de manera que tuvieran siempre una contrapartida de dignidad en medio del descalabro. En Nebraska no hay un solo plano capaz de hacernos estremecer como el que cierra Las confesiones del Sr. Schmidt, ni una desesperación tan genuina y ridícula como la que embarga a George Clooney corriendo por una calle cuesta arriba en chancletas en Los descendientes. Es decir, esos momentos físicos que iluminaban sus películas, esos giros sorpresivos que rompían con una cierta dosis vulgaridad la unidad del relato. Payne se hizo adulto, tal vez menos sensible a las sorpresas y a los raptos de emoción, aunque estuviera teñida de comedia. También se volvió un poco previsible. Acaso su película más redonda resulta también una de las menos inspiradas.