Mommy

Crítica de Aníbal Perotti - Cinemarama

Paraíso perdido

El precoz y prolífico enfant terrible de Quebec despliega raudales de energía, pasión y generosidad, difíciles de hallar en el cine contemporáneo. Los excesos, combustible habitual de sus películas, se convierten aquí en tema excluyente: Mommy es una montaña rusa emocional que desborda ruido y furia. Una historia volcánica. Una madre eruptiva. Un hijo adorable y exasperante al mismo tiempo. El deseo está en todas partes: el amor filial es absoluto, peligroso, agotador. Cada pulsión, antojo o molestia puede convertirse en una explosión. Amamos a la película como a una madre: con todos los defectos incluidos.

La “mami” del título es Diane: una cuarentona sexy embebida de amor maternal, angustiada por el desempleo y desorientada entre lo que es bueno para su hijo y lo que es bueno para ella. Al comienzo de la película, Diane recupera la custodia de su hijo luego de ser transferido de un correccional por haber provocado un incendio. Steve es un hermoso adolescente que vive con todos los deseos y tormentos habituales exacerbados por sus problemas psicológicos. Para armonizar a este dúo en riesgo permanente, Dolan introduce a la tímida vecina de enfrente: un ama de casa que se aburre en su triste existencia conyugal. Kyla logra estabilizar por momentos la locura madre-hijo pero ella, a su vez, se libera en contacto con este binomio de fuego. Las variaciones de energía y las vibraciones eróticas atraviesan al trío generando la sensación de que todo puede pasar: una relación lésbica, el incesto o un trío.

La película avanza entre la gravedad y el humor, entre risotadas y crisis emocionales. El director pinta esta comedia negra con colores pop brillantes para conjurar la carga dramática. Dolan inventa un insólito formato vertical que trasmite la genial idea de “media película”: dan ganas de ir hacia la pantalla y desplegar la imagen, como cuando abrimos las cortinas de una habitación para ver más claro. El extraordinario juego formal es el contrapunto de un vacío inquietante. Cantar los temas pop que inundan la película es, más que nunca, un modo de renacer en el mundo. La forma ideal aparece en una fabulosa escena en la que Steve ensancha su visión bajo la mirada benevolente de sus dos madres. Pero la felicidad dura poco. Dolan ensaya movimientos contradictorios, como si nos dijera que cualquier solución a las cuestiones dramáticas es una impostura. El torbellino de imágenes que cambian de tamaño, color y velocidad, compone un impresionante réquiem para la bella y loca inmadurez.