Madame

Crítica de Ariel Abosch - El rincón del cinéfilo

Efectivo juego de comedia donde el parecer es más importante que el ser

Quienes suponen que los ricos nunca tienen problemas económicos son prejuiciosos por naturaleza. Muchas veces para mantener el status hay que hacer sacrificios, como es el que tiene que realizar el matrimonio compuesto por Anne (Toni Collette) y Bob (Harvey Keitel) que actualmente viven en Paris, en una magnífica mansión, pero que por problemas financieros y el hostigamiento del banco para que paguen las deudas, deciden vender un cuadro original de un reconocido pintor, herencia que les dejó el padre de Bob, para poder continuar con el estilo de vida que llevan hasta ahora.

Este es el punto de partida para contar una comedia dramática donde, una vez más, las confusiones y mentiras iniciales provocan risa y generan una inmediata identificación con la persona que aparenta ser una cosa, pero es otra, y aunque el espectador es un testigo privilegiado de la farsa quiere que igual le vaya bien.

La directora Amanda Sthers maneja con maestría los momentos exactos del juego que estamos presenciando, para que cada intérprete pueda desarrollar su historia, por el bien de la película. Porque aquí, todos dicen ser y hacer una cosa, pero en la realidad, de una forma u otra, cada uno de ellos está disconforme con la vida que tiene y necesita hacer lo contrario a lo que pregona.

Cuando Anne organiza una cena de gala en su casa, para acercar e interesar a un amigo millonario a que compre el cuadro, no imaginó nunca las consecuencias que eso tendría.

Porque en la velada hay 13 personas y ella considera que es de mala suerte. Con esa excusa sienta con ellos a su ama de llaves, María (Rossy de Palma), que no obedece las instrucciones impartidas por su patrona y caerá seducida por otro asistente que es un consultor de obras de arte llamado David (Michael Smiley).

El amor entre ellos es fulminante, pero Anne no lo aprueba. No se sabe si está celosa, pues su matrimonio con Bob no va muy bien, como ella desea. O porque no quiere quedar como una embaucadora frente a los demás, sosteniendo un engaño y, de ese modo, perder la confianza de los amigos. Tal vez lo que quiere es que la eficaz y eficiente María no los abandone, con todas las cuestiones organizativas que los dueños y la casa precisan de ella.

Los sobreentendidos, el cambio de roles, las máscaras invisibles que utilizan todos ellos para simular una alegría y una existencia apacible, sin mayores sobresaltos, están muy bien dibujadas en esta historia. Para ellos es mucho más importante el parecer que el ser, excepto para María, que no negocia su dignidad y amor propio, aunque haya coqueteado con gente adinerada, y pertenecido fugazmente a un lugar que no es el suyo, porque sabe perfectamente que lo que vivió es una novela parecida a la de una Cenicienta moderna, y que decide alejarse de la fantasía y enfrentarse a la dura realidad.