La noche

Crítica de Rocío Belén Rivera - Fancinema

CRONICA DE UN HOMBRE SOLO

No hay nada como recorrer la noche de una gran ciudad para comprender que estar rodeado de gente no necesariamente significa estar acompañado. En lo que representa su ópera primera como director, Edgardo Castro explora en La noche el camino de un héroe urbano contemporáneo: un hombre adulto homosexual en busca de afecto y compresión, pero por el trayecto equivocado, ya que todos los senderos lo conducen a la misma soledad de que la intenta huir.

El protagonista es Martín, un hombre del cual no se conoce nada excepto su actividad nocturna en la city porteña. Esta ciudad es retratada por el director en su máxima expresión decadentista: un submundo dominado por las drogas, el sexo, los maltratos, la indiferencia y otros avatares que pueblan la cotidianidad actual. Este héroe venido a menos es acompañado en su trayecto por Guada, su amiga travesti, con quien no sólo comparte orgias, sino también charlas, paseos de compra, etcétera. Es interesante cómo desde la dirección y el tratamiento artístico, con sus provocativas escenas de felatios, sexo grupal y consumo de drogas, se provoca en el espectador un hastío a la sexualidad, ya que la misma no representa el goce sexual y erótico, sino una búsqueda compulsiva e inacabada de completitud, pues Martín termina sus noches con un retorno a su hogar en plena luz del día, descompuesto por el abuso de alcohol y cocaína. La marginalidad de este submundo decadente no sólo mora en las relaciones que se entablan entre los personajes, sino también en los distintos individuos que aparecen a lo largo del film: una travesti que mora en una piecita de pensión del Once; una stripper entrada en años que no puede ni bailar sólo desnudarse; adictos a la drogas que no ansían otro cosa más que consumir; o un taxi boy que denigra a sus clientes con una de las más crueles vejaciones. Del mismo modo, la marginalidad se halla en los lugares que visitan estos personajes: el barrio de Once, con sus pensiones destartaladas, llenas de humedad y abandono, los paseos de compras, los boliches improvisados en locales totalmente deshechos, entre otros.

Como buen film nacional de corte independiente, La noche está repleto de los clichés más habituales de este género: el uso de cámara en mano, tomas de la nuca de los personajes -recurso explotado hasta el cansancio desde el inicio del cine moderno, recordemos los planos de la nuca de Jean Seberg en Sin aliento, de Gordard-, escenas de la vida nocturna bolichera (con el rico juego de luces que implica tal locación), planos secuencia y la utilización de sonido directo, que en este caso adquiere una rica acepción, ya que no se entiende de forma adecuada el diálogo entre el héroe y los distintos personajes con los que se va topando, lo que podría simbolizar la incomunicación que caracteriza las relaciones interpersonales en este mundo moderno, donde más que comunicarnos de manera más eficiente, en realidad nos conectamos menos con los otros.

Con un relato crudo, directo y provocativo, La noche se presenta como un film que llama la atención, aunque que no presente nada nuevo. Sin embargo, la intriga que entretejen las distintas noches del protagonista, constituye un bello relato social de este mundo contemporáneo que, si bien es un tema muy tratado cinematográficamente, nunca está de más volver a abordarlo.