La La Land

Crítica de Leandro Arteaga - Rosario 12

Cuando Hollywood sabe soñar en grande

La película candidata al Oscar devuelve brillo al cine, se permite guiños cinéfilos y no se empantana en el recuerdo. Entre sueño y realidad desarrolla una mirada crítica y poética.

"Hay quienes dicen que el jazz se muere" comenta Sebastian, el pianista que sueña con devolver su lugar a la música que ama, desde una caracterización que permite un peldaño más a ese actor sin límite que es Ryan Gosling. Seguramente se trate del jazz, pero esto es una película, y de lo que verazmente habla La La Land es del cine, de supresunta vida "útil" y de la incógnita del qué será.

Varias señales lo confirman: la "presentación" en Cinemascope, la sala de cine que proyecta ‑en celuloide‑ Rebelde sin causa, el mural de estrellas cinematográficas, el rostro (reiterado) de Ingrid Bergman, los pasos de baile que dialogan con los del musical (género que recrea una grandeza que parecía no iba a terminar), y por encima de todo el sueño de Mia (una grandiosa Emma Stone) por convertirse en actriz.

Como se refiere, Mia y Sebastian son dos soñadores, volcados a vivir en la ciudad donde habita (¿habitaba?) la fábrica que vuelve todo posible. Dicotomía curiosa la que juega el notable film de Damien Chazelle (Whiplash), cuando la pareja deambula por la ciudad de Los Angeles y cuando lo hace entre las calles del estudio Warner. En el primer caso, las fachadas no se distinguen demasiado ni acusan recibo de urbanidad característica (aspecto trabajado de modo admirable por Thom Andersen en el documental Los Angeles Plays It self); en el segundo caso, el paseo descubre la convivencia de tiempos históricos, gracias a los decorados de las películas y los rodajes simultáneos (situación mágica que Ray Bradbury recreara en el libro Cementerio para lunáticos).

Ahora bien, cuando baile y música se trasladan a las calles todo cambia. Lo que parece ser una "vista" como otras ‑así es descripta la ciudad varias veces, sin necesidad de detenerse en el célebre cartel de Hollywood‑, encuentra esplendor inesperado en sus coreografías, sin alarde ni producción megalómana, sino desde la "intervención" artística de la locación, vuelta un decorado pasible de hechizar.

La La Land es consciente de su historia fílmica, del ascenso y descenso de sus luminarias y del cinismo de Hollywood.

La La Land apela a esta cualidad emotiva, distintiva en el cine musical, con un bagaje de películas bellísimas a las que alude pero con detalles que quitan brillo propio: la tierra que patea Gosling sobre el calzado de Stone no perturba el sonido del american tap, pero el gesto permite una carnadura distinta, mientras mueve la sensibilidad del cinéfilo. Un detalle pequeño que evita que el film se empantane en el recuerdo ‑¿no hay algo de eso en la oscarizada El artista?‑, preso de una ciudad que parece estancada, sin emociones.

Justamente, es esto lo que da a entender el músico empresario a Gosling; se lo dice de cara al jazz (otra vez la metonimia), y es irónico, porque el comportamiento de quien lo dice no guarda escrúpulo comercial alguno, a partir de una práctica musical que sí, sin duda, está matando al jazz.¿Qué es, entonces, lo que está matando al cine? Tal vez el propio Hollywood, tal vez la falta de memoria que La La Land denuncia. Este aspecto aparece decisivo: desde el cariño por un banquito donde se sentara Hoagy Carmichael hasta el logro del primer beso entre Mia y Sebastian, capaz de comulgar con un fotograma que se quema y un baile entre estrellas de observatorio: estos dos aspectos, vale señalar, tienen eje en la película ya mencionada, de Nicholas Ray. Por las dudas, Rebelde sin causa no es ningún musical, pero ha sido dirigida por el talento de un autor, al que aquí se rememora y se le permite metraje: por unos segundos, la pantalla proyecta Rebelde sin causa, toda una declaración de admiración, desde un plano que la cámara de Chazelle habrá de replicar.

Es por esto que hay que pensar en la elección reiterada del rostro de la Bergman, ya que fue ella, la gran estrella de Casablanca, quien decidió abandonar Hollywood al enamorarse del cine neorrealista de Roberto Rosellini. Es decir, La La Land es consciente de su historia fílmica, del ascenso y descenso de sus luminarias, y del sitio cínico que Hollywood ocupa consigo mismo y con los demás (el cine no tiene fronteras, aun cuando el premio Oscar las distinga).

En su desenlace, La La Land invoca el espíritu de Vincente Minnelli y superpone sueño sobre sueño. Para sus personajes, ello no significa que la realidad sea maleable, ya que hay decisiones que no pueden cambiarse.Pero sueño y realidad se combinan, se miran atractivamente, y nada impide que se relacionen, una y otra vez. Es eso, parece decir La La Land, lo que augura larga vida al cine.

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