Graduación

Crítica de Pablo E. Arahuete - CineFreaks

Tejido social en descomposición

En un barrio común de Rumania, una piedra rompe un vidrio y altera la calma de la familia habitante de la casa. Un padre, su esposa, matrimonio en decadencia y sin amor hace tiempo, apuestan a la educación de su hija de 18 años. Ella debe graduarse con un promedio alto para continuar sus estudios fuera de ese país en ruinas y alcanzado por el descontento y el inconformismo de una sociedad que sobrevive, pero cuya esperanza se enrola en las estrofas de un trillado “sálvese quien pueda”.

La piedra no hace otra cosa que agregar a esa postal familiar deslucida, a esa cuestionada institución tradicional, otro elemento para que en el análisis clínico de un tejido social en descomposición se imponga un ojo agudo que no se encandila con epopeyas o épicas de lo cotidiano para salpicarse de la putrefacción de la falta de valores que van por encima de los privilegios individuales.

Los micro dilemas éticos que surgen en las peripecias moralmente cuestionables del doctor Romeo Aldea (Adrian Titieni), cincuentón -con amante joven- y con el desencanto del paso de los años y del retorno de un exilio por creer en un posible cambio del mismo país que dejara de joven, trazan las coordenadas con las que el director rumano Cristian Mungiu (4 meses, 3 semanas, 2 días) vuelve a cargar las tintas sobre la condición humana y la naturaleza del hombre, absolutamente despojada de la mirada romántica que fuerza a los héroes y antihéroes modernos.

Para ello basta con que se precipite un modelo justificatorio de la corrupción a cuentagotas, donde ninguna institución del estado europeo, léase la policía, la educación y en menor medida la política, retroalimentan un sistema donde los favores y las dádivas forman parte de lo habitual para conseguir pequeñas ventajas ante un entorno de burocracia e injusticia permanente.

Entre el deber, el bienestar y el beneficio propio en este planteo irreversible y realista, que gracias a la ficción no forzada expone su laberinto de entrada pero jamás de salida, transita todo el cine del director rumano que aborda de manera periférica otros tópicos menos visibles como por ejemplo la violencia de género al someter a la hija del protagonista a un ataque sexual que modifica el rumbo de un relato que lejos de anclarse en una denuncia social sin fundamento revitaliza la tesis de la radiografía sobre la Rumania que más le duele al realizador Cristian Mungiu.

Si bien por momentos el derrotero y la transformación del personaje no encuentra el equilibrio entre sus actos desesperados y su condición de padre preocupado por el bienestar de su hija Eliza (Maria Drăguș), Graduación no necesita de grandes golpes de efecto ni vueltas de tuerca grandilocuentes para incrustarse en el corazón de los conflictos del alma y las heridas abiertas de una sociedad en plena decadencia.