Introduzione all’Oscuro

Crítica de Carla Leonardi - Hacerse la crítica

El disparador de Introduzione all’ oscuro (2018), última película del realizador argentino Gastón Solnicki, es la pérdida de su excéntrico amigo Hans Hurch, que lo llevará a realizar un viaje a Viena en medio del proceso de duelo. Solnicki conoció a quien fuera durante 20 años el director del Festival Internacional de Viena, cuando presento allí su primera película, Süden (2008) y desde entonces los unió una profunda amistad.

De entrada, las sillas voladoras del parque de diversiones y los patinadores nos evocan el comienzo de su película Papirosen (2011), donde veíamos a abuelo y nieto ascendiendo a la pista de esquí, sentados en la aerosilla. Y este no es el único punto en común que las hermana. Papirosen retrata a una familia polaca de origen judío, construida a partir de la inmigración a la Argentina de los abuelos de Gastón, que lograron escapar tanto de la persecución y exterminio del régimen nazi, como de la ocupación de posguerra por parte del régimen comunista. En ella, como en Introduzione all´ oscuro, resuena la pregunta por cómo sobrellevar la pérdida de los seres queridos que ya no están sin caer en la melancolía. Otro punto que une a ambas películas son los lazos de familia a través de un significante que aparece en ambas: “Familienbande”, que posee tanto el sentido de la conexión afectiva familiar como la de la pandilla de gánsteres. Los lazos de familia como un clan, con Víctor como el patriarca que los nuclea y cobija, pero que también impone sus códigos morales, que transmite una historia y que genera afectos de cariño como de agresión, era algo que Papirosen también ponía claramente en juego. La pregunta “qué es un padre”, sobrevuela ambos films. Un padre no se reduce al genitor, sino que es aquel que inscribe al hijo en una filiación y le transmite su deseo. En ambas películas se contraponen Víctor, el padre proveedor que le transmite a Gastón un deseo que en ocasiones se tiñe de tristeza por un pasado que le cuesta dejar atrás y Hans, el maestro, el amigo paternal, que lo inunda con el aire del gozo por la vida y que le insufla fuerza en los momentos difíciles. Y allí, como en la que nos ocupa, es la música la que da título a los films, detalle no menor que pone en primer plano el tono de lo que se transmite, más que el contenido o el sentido posible. Si “Papirosen” refiere a una amarga canción popular judía que nos habla de un joven que sucumbe ante la tristeza y el desamparo de la soledad producidas por la pérdida de cada uno de los seres queridos, “Introduzione all´oscuro” (Salvatore Sicarrino, 1945), es una pieza musical que mantiene cierto aire de solemnidad, pero a la vez evoca el pulso vital y lo espectral. Si bien el titulo evoca la oscuridad de los afectos del duelo, se trata de una introducción, de una invitación a que el espectador acompañe a Gastón en el periplo por sus pasiones tristes para trascenderlas. De ningún modo se trata aquí de un documental que dé cuenta de quién era Hans Hurch en el ambiente del cine, a modo de homenaje cerrado para el circulo cinéfilo, sino de un trabajo singular que hibrida el documental con la ficción, el realismo con lo fantástico, en el cual Solnicki intenta dar cuenta de quién fue Hans Hurch subjetivamente para él, qué particular lazo los unía y de ese modo poder despedirse de él.

El duelo fue definido por Freud en su texto Duelo y melancolía (1917) como la reacción normal frente a la pérdida de una persona amada y supone el trabajo de recorrer pieza por pieza cada uno de los recuerdos vinculados al muerto para deshacer la carga libidinal ligada a ellos y, luego de transcurrido, poder catectizar un nuevo objeto. Así vemos que Gastón recorre la caligrafía de Hans en esas postales escritas con pluma que le enviaba, que lo evoca recuperando su voz mientras editaban juntos Papirosen, que deambula con el rostro envuelto de dolor emulándolo entre la bruma fantasmagórica de las calles de esa Viena desolada y de ensueño, que nos muestra la grandeza de las tumbas de vieneses reconocidos junto a la sencillez de la de Hans, se lleva una taza del Café Eglander, como él solía hacerlo, que recuerda su pintura favorita (La familia Schoenberg, de Richard Gerstl), que atesora un rollo de la seda negra con la cual se confeccionaban sus trajes hechos a medida y que evoca el amor compartido por las películas de Lubitsch.

A lo largo de la película, Solnicki transmite muy bien la ambivalencia de sentimientos y la perturbación emocional propia del proceso de duelo, en ese conflicto entre las fuerzas que buscar negar la muerte del ser querido (y no es infrecuente que el muerto regrese con vida en sueños o alucinaciones), que pretenden mantenerlo con vida y aquellas provenientes de los imperativos de la realidad que nos marcan que el ser amado ya no está. Esto lo logra al producir un interjuego entre lo muerto y lo vivo en los materiales visuales y sonoros que ha recortado: la piedra inerte en cuyo interior se mueve el agua; el piano Bosendorfer que es sarcófago, pero también caja vibratoria, que es tradición vienesa pero también transformación al ser comprada por Yamaha; el fundido a negro que es separación, corte, pero también puente; los maniquíes de mujeres en cajas de vidrio que evocan a la Bella durmiente en relación a la sensualidad de su hermana en el video de la fiesta de 15; y más claramente en los murciélagos enjaulados en la vitrina de un museo, a medio camino entre la muerte y la inmortalidad.

Solnicki va amalgamando delicadamente imágenes que están en una metonimia aludiendo a Hans con su voz, y en cierto modo logra devolverlo a la vida a lo largo de los fotogramas. De este modo consigue que el espectador, sin haberlo conocido, pueda acercarse, ya no a la figura mítica del cine sino a la peculiar persona que fue y encariñarse también con él.

La muerte es por excelencia lo imposible de soportar. La pérdida de un ser querido implica un agujero en el campo de las representaciones, porque en tanto tal es irrepresentable. Cuando muere un afecto, perdemos a aquel cuya causa fuimos, el lugar que teníamos en el deseo del Otro y esa pérdida no es falta que podría volver a llenarse, sino agujero que nada podrá colmar; porque podrán venir nuevos amigos, pero será imposible encontrar en ellos las marcas singulares que caracterizaban a Hans. Frente al vacío que deja la muerte, sólo queda bordearlo y construir un entramado de ficción que nos permita soportarlo, y es esto de lo que se trata en un trabajo de duelo.

Introduzione all´ oscuro da cuenta de la singular manera que encontró Solnicki de hacer con el agujero irremediable que deja la pérdida de un ser querido, transitando imágenes y fragmentos de voz que lo evocan, para quedarse con lo vivo de Hans que late ahora en él, en esa pasión por el cine que le legó con su transmisión y que lo sitúa en una filiación. El viaje que Solnicki propone no es solemne homenaje, es elegía poética que conmueve y que celebra la buena fortuna de que ese amigo tan fascinante y especial haya pasado por su vida.