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Imagen de la película En trance
En trance
  • Cantidad de críticas: 44
  • Críticas favorables: 34/44 (77%)
  • Críticas desfavorables: 10/44 (23%)
  • Desviación: 16%
  • Puntaje IMDb: 7.0/10
  • Puntaje RottenTomatoes: 68%
  • Puntaje Metacritic: 61
  • Nombre original: Trance
  • Director: Danny Boyle
  • País de origen: Reino Unido
  • Clasificación: Apta mayores de 16 años
  • Fecha de estreno: 02/05/2013
  • Distribuidora: Fox
Un empleado de una casa de subastas de obras de arte llamado Simon (McAvoy). Simon planea un golpe para hacerse con un famoso cuadro con la ayuda de un grupo de delincuentes liderados por Franck (Cassel). Las cosas no salen como estaba previsto y Simon recibe un golpe en la cabeza y pierde la memoria. El empleado, sin embargo, es el único que conoce dónde está la obra que quieren robar, así que Franck lo obliga a visitar a ir a sesiones de hipnosis para refrescarle la memoria. Pronto Franck se dará cuenta de que hay gato encerrado. Dawson, por su parte, da vida a Elisabeth, una mujer que mantiene una relación atípica con ambos.
  • Lisandro Liberatto
    En 1994 Danny Boyle sorprendía al mundo con un pequeño film de suspenso llamado Tumbas al ras de la Tierra. Hoy, casi 20 años después, regresa al género que lo vio nacer con En Trance. Una cinta que está lejos de sus mejores trabajos, pero aun así guarda agradables sorpresas.



    Y… ¿Donde está la pintura?

    Simon trabaja en una importante casa de subastas de arte en Londres. Junto a una banda de criminales liderada por Franck planean el crimen perfecto, robar una pintura de Goya valuada en más de 25 millones de Libras Esterlinas sin que nadie resulte herido en el intento. Pero durante el asalto algo sale mal. Simon, la única persona que sabe donde está escondida la pintura, resulta golpeado y pierde la memoria a causa de ellos. Sin ninguna cura posible para la amnesia (salvo tiempo y paciencia), Franck decide recurrir a Elizabeth, una hermosa hipnoterapeuta, para que busque la respuesta en los rincones más oscuros de la mente de Simon. A medida que Elizabeth hace su trabajo la fina línea entre la verdad y la mentira y también entre el sueño y la realidad, comenzará a desaparecer.

    Un misterio poco misterioso

    En la carrera de Danny Boyle, En Trance está un paso más arriba de 127 Horas, quizás su trabajo más flojo hasta el momento junto con La Playa. Y aunque está lejos de ser una película perfecta, aun con las cosas que se le pueden criticar, es la dirección de Boyle lo que saca al film a flote.

    En Trance es la remake de una película hecha para TV en el año 2001. El guión fue re-adaptado por Joe Ahearne, su escritor original, y por John Hodge, guionista de algunos de los primeros films de Boyle, entre ellos Trainspotting. El principal problema de En Trance está en lo flojo de su historia, si bien la originalidad de la trama no es un inconveniente, si lo es el tratamiento del misterio. Tal como leyeron más arriba, el film gira en torno a una pintura perdida que tiene que ser encontrada. El guión de Ahearne y Hodge no se esmera en construir demasiado misterio alrededor de esto, en cambio si alrededor de sus personajes y sus verdaderas intenciones. El problema aquí es que esto llega ya pasada la mitad de la película, cuando la historia comienza a perder fuerza e impacto debido a una trama demasiado convulsionada. Junto con estas revelaciones también llega un giro tras otro que no hace más que crear confusión y volver por demás de complicada una historia que, desde un comienzo y para su propio bien, nunca debería haberlo sido. Llegando a los minutos finales, la película va a esperar que el espectador se tome el asunto de la hipnosis lo suficientemente en serio para poder quedar satisfechos con la resolución.

    A pesar de todo, el guión de Ahearne y Hodge tiene algunos detalles más que interesantes. Como en gran parte de las películas de Boyle, la culpa y la redención juegan un papel importante. También es muy interesante la ambigüedad que se va revelando en sus personajes, los buenos no son del todo buenos y los malos no son del todo malos. Boyle, tal como nos tiene acostumbrados, muestra sus mejores armas desde la dirección, entregando un film elegante y estilizado pero a la vez vertiginoso, al mejor estilo Guy Ritchie en sus buenas épocas. Gran parte de esto se debe a un brillante montaje y una fantástica fotografía, a cargo de Jon Harris y Anthony Dod Mantle. En el elenco resaltan los trabajos de James McAvoy y Rosario Dawson, esta ultima entregando probablemente la mejor actuación de toda su carrera.

    Conclusión

    A pesar de sus problemas, En Trance es un film técnicamente impecable que entretiene y te mantiene adivinando hasta el final. Quizás lo convulsionado de la trama y la cantidad de giros del guión termine generando confusión por momentos, pero Boyle hace maravillas desde la dirección para nunca dejar que la película decaiga por completo.
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  • Santiago García
    GIROS SIN SENTIDO

    En trance comienza como una fina e irónica película de robos de obras de arte. La voz en off del protagonista así lo anuncia. Simon (James McAvoy) trabaja para una casa de subastas y explica el protocolo a seguir en caso de intento de robo durante la subasta. Como se puede imaginar fácilmente, la historia llegará pronto a una subasta y a un intento de robo. Una banda liderada por Franck (Vincent Cassel) lleva adelante la tarea pero descubre que el cuadro ha desaparecido, que se han llevado un envase vacío. De ahí en más buscarán que Simon diga que hizo con el cuadro, ya que él estaba a cargo del protocolo para proteger la obra. Ahí descubrimos que no se trata de un film de robo de guante blanco, ya que una escena de tortura alcanza para alejarla de ese género. Es el momento en que nuestras esperanzas de sutileza, tono juguetón y simpatía se desvanecen por completo. Pero es tan solo el comienzo de los problemas. El conflicto que surge allí es que Simon, quien recibió un golpe durante el robo, no recuerda que hizo con el cuadro. Para recordarlo, tienen la idea de consultar a Elizabeth, una experta en hipnosis (Rosario Dawson) que rápidamente descubrirá la motivación y el dinero en juego y querrá ser parte. Como llegan tan rápido a la hipnosis, eso lo sabrá el espectador más adelante. Todo esto ocurre de forma veloz en los primeros minutos del film. Danny Boyle, el mismo de Trainspotting y Slumdog Millonaire, tiene oficio narrativo y lo demuestra. El problema será la historia. A cada minuto la película se vuelve más inverosímil, pero no en un sentido ligero y agradable, que sin duda le había venido bien y que el propio Boyle supo imprimirle incluso a sus más duras películas. Las escenas son ridículas y los giros de la trama pasan de absurdos a ofensivos, terminando por ser lisa y llanamente aburridos. Muy aburridos. Es muy difícil no sentirse estafado como espectador y es verdaderamente complicado no enojarse con la manera en la que el film saca de la galera cosa cada vez más forzadas. Para peor, la alteración del punto de vista inicial no es otra cosa más que la forma burda en que el largometraje se cree que puede hacer cualquier cosa, total nadie se va a dar cuenta. Tan berreta termina siendo En trance que hasta sirve como ejercicio para que el espectador muestre su habilidad para descubrir agujeros de guión. La falta de rigor y la creación a las apuradas no puede ser disimulada por el oficio de quienes la hicieron, En trance no tiene ninguna clase de coherencia o rigor, ni tampoco sirve como entretenimiento.
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  • Benjamín Harguindey
    Benjamín Harguindey
    EscribiendoCine
    Los párpados te pesan

    En Trance (Trance, 2013) es la remake de un homónimo thriller hecho para la televisión inglesa en el 2001. Considerando cuan “formulaica” y poco notoria que es la película, uno se pregunta inmediatamente qué tenía de genial el producto original que merecía ser recontado y llevado a la pantalla grande a tan corto plazo y por tan célebre autor como Danny Boyle.

    El guión es tramposo e incoherente, y comienza con una sencillez engañosa. Simon (James McAvoy), un subastador atormentado por deudas de juego, se ve implicado con la pandilla de Franck (Vincent Cassel) y el robo de una pintura. El meollo de la cuestión es que Simon sufre un trauma que le deja amnésico, y no recuerda dónde ha escondido la pintura robada. Una breve sesión de tortura deja en claro que Simon no está fingiendo, así que Franck le envía a hacer hipnoterapia con la Dra. Elizabeth Lamb (Rosario Dawson) para que desenmarañe su memoria.

    Aquí la trama se torna un poco más mística de lo que un thriller criminal suele admitir y depende en cierta medida de cuan dispuesto está el espectador a creer en la hipnosis y sus funciones terapéuticas. Es lo suficientemente verosímil como para tomarla como un recurso de ciencia ficción, tipo El Origen(Inception, 2010), y como esa película, una substancial parte del diálogo está dedicado a explicar el propósito de cada escena, cortesía de Elizabeth.

    Sesión por sesión nos adentramos en el subconsciente de Simon, cuyos confusos recuerdos van dominando el resto de la película. McAvoy le interpreta con la misma sonrisa patética que Ewan McGregor luciera antes que él. Cassel es menos sofisticado que su Monsieur Zorro Nocturno de La nueva gran estafa (Ocean’s Twelve, 2004) y no está por encima de balearse cuando la paciencia se le acaba. Dawson hace de femme fatale que se convierte en cómplice al solicitar una tajada ni bien termine de forzar la caja fuerte mental de Simon. Y como toda femme, puede que termine siendo la perdición de los tres. Sabemos que está haciendo un buen trabajo cuando decidimos que, en lo que perdiciones refiere, Elizabeth no está nada mal.

    ¿Habrá sentido Boyle nostalgia por las producciones pequeñas en su nativo Reino Unido? En Trance le reúne con su co-guionista de los días de Trainspotting (1996) John Hodge, de regreso al estrambótico bajo mundo londinense de dilapidados clubes nocturnos y música electrónica estilo Moby. Boyle dirige la película con su habitual ambición y frenesí, pero no hay mucho más que pueda hacer con el guión, de las que hacen trampa con tal de inventar giros y sostener el interés del espectador. Sí, es un thriller, y las situaciones improbables van con el género, pero sería menos fastidioso si todas las piezas del rompecabezas encajaran. Hay más de una que, si lo pensamos un minuto, nos damos cuenta que ha quedado librada al azar.
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  • Nahuel Rodriguez Acosta
    Ritmo

    A los cinco minutos de comenzada la película, me encuentro moviendo la pierna, una pulsión rítmica irrefrenable. Las imágenes bailan al compás de la música. La propuesta del título del film ya fue cumplida. Uno cae En Trance.

    La película arranca y ya no para. Danny Boyle, acompañado de Rick Smith que se encarga espectacularmente de la música, brinda una experiencia audiovisual. La historia, protagonizada por James McAvoy, Vincent Cassel, y Rosario Dawson, presenta giros y más giros durante los 101 minutos de duración, llega a confundir al espectador en el torbellino de la trama, pero quizás, eso sea un punto a favor. Quizás no importe realmente la historia, quizás sólo sea una excusa para ir presentando sus cuadros rítmicos, sus aceleraciones inesperadas y sea la experiencia, ese estado de no saber bien qué está pasando pero estar disfrutando, lo más interesante...
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  • Fernando Alvarez
    Los disfraces de la mente

    El director inglés Danny Boyle regresa con un thriller que juega con los disfraces de la mente en un contexto habitado por criminales.

    Después de Tumba al ras de la tierra, Trainspotting, ¿Quién quiere ser millonario? y 127 horas, el cineasta parte de un comienzo atrapante donde el ritmo ajustado de las situaciones acompañan a personajes que buscan dar un golpe perfecto en una casa de subastas de obras de arte.

    Simon (James McAvoy) desea obtener un famoso cuadro con la ayuda de un grupo de delincuentes liderados por Franck (Vincent Cassel). Sin embargo, cuando éste recibe un golpe en la cabeza, pierde la memoria y no recuerda dónde dejó la pintura, desatando la ira por parte del grupo. Así será obligado a visitar a una experta en hipnosis (Rosario Dawson) para refrescar su memoria.

    Con esta idea inquietante, el film de Boyle logra una primera media hora intensa, entre golpes y persecuciones, pero luego se sumerge en un terreno más resbaladizo, en el que los vericuetos de la mente camuflan los hechos y las acciones de los protagonistas.

    Respaldado con un marco estético que evoca los pliegues de la psiquis humana y sus laberintos, En Trance pone en el centro de la acción al trío engañando al espectador con el correr de los minutos a través de un relato psicodélico y apasionado.

    El resultado es rebuscado y demasiado enhebrado como para sostener la intriga hasta los minutos finales, donde las apariencias son engañosas. Aunque no se puedan dar más detalles de la intrincada trama, podemos adelantar que los puntos de vista juegan un rol fundamental en la historia.

    En Trance tenía todos los elementos para ser un gran thriller pero lo forzado de las situaciones que se acumulan sobre el desenlace le juegan en contra. Aquí hay un joven que perdió la memoria, un ladrón que quiere recuperar su botín y una terapeuta que se relaciona con su cliente. El resto es un desfile de disparos, sangre y toques de erotismo. Quizás es poco para un realizador como Boyle.
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  • Lucas Rodriguez
    Lucas Rodriguez
    Cinescondite
    Danny Boyle es un verdadero camaleón. Cuando uno revisa su filmografía, va desde el drama hasta el horror, pasando por la comedia y la ciencia ficción, sin dejar terreno que no haya explorado aunque sea superficialmente. Con Trance vuelve un poco al sendero criminal, aunque no tan sucio como Trainspotting, sino más cercano al thriller de guante blanco como en Shallow Grave.

    No es fácil meterse de lleno en la historia que promete el film, un cuento de hipnosis y traiciones con un buen trío protagonista en James McAvoy, Vincent Cassel y Rosario Dawson. El colaborador constante de Boyle, John Hodge, se une a Joe Ahearne -quien ya había adaptado esta misma historia en 2001 para TV- para crear un robo de una obra de arte de incalculable valor, crimen que tendrá inesperadas consecuencias para los involucrados. Durante el transcurso de la misma, uno de ellos afirma que sólo el 5% de los humanos puede sumergirse en las profundidades de su mente y abrazar la hipnosis a tal punto de poder ser controlado por la misma técnica. El precepto bien puede asociarse con Trance, película de difícil consumo que requiere de mucha atención y del abocamiento total por parte del espectador por jugar y dejarse llevar por una trama que gira constantemente sobre su propio eje para crear confusión y mantener en expectativa a la platea hasta el desenlace.

    En ella no importa tanto el por qué sino el cómo. Los viajes mentales del personaje de McAvoy tienen la impronta visual de un Danny Boyle inspirado y colorido, que juega mucho con sus cámaras y se apresta a golpear con un estilo de alta gama, coches caros y elegantes departamentos. Este corte urbano le da un sabor diferente a lo que se vuelve un triángulo amoroso ardiente entre el trío -un poco inesperado- que patea el tablero más de una vez para dejar en claro que nada es lo que parece. Las falencias argumentales se ven ocultas por un director que sabe como distraer y un elenco que en un principio puede no encajar, pero que con el paso de los minutos van dejando ver una cara escondida que revela mucho más de sus personalidades. McAvoy y Cassel tienen una trayectoria interesante y calidad actoral de sobra, pero el sobresaliente se lo lleva Rosario Dawson en un papel que le exige mucho, demasiado, que se juega con un desnudo frontal y no le tiene miedo a generar una disyuntiva irónica con su Elizabeth Lamb -que de cordero, poco y nada tiene-.

    Suspenso a granel, una historia enredada, varias sorpresas, violencia, sexo y traiciones es lo que promete y cumple Danny Boyle en Trance, una entrada quizás no tan poderosa como otras películas en su filmografía, pero que sigue presentando un apartado visual y estilístico loable para un director que siempre apunta alto.
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  • Pablo O. Scholz
    Eterno resplandor de una mente sin recuerdos

    No está mal recordar de dónde viene Danny Boyle, el inglés ganador del Oscar por ¿Quién quiere ser millonario?

    Debutó en la realización con un thriller de aquéllos, Tumba al ras de la tierra (1994). Hizo filmes en los que jugó con el terror (Exterminio) y experimentó con distintas narraciones visuales (Trainspotting, 127 horas). También fue el responsable de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos del año pasado.

    Pues bien, todo esto sirve para dimensionar qué es En trance. Porque a la manera de El origen, la película de Christopher Nolan, aquí hay dos premisas que el espectador debe seguir para no perderse nada. Una, no confiar en nada de lo que ve o escucha.

    La otra es no parpadear.

    Pero Boyle complica las cosas más y más a medida de que se va desarrollando el guión ajeno. De movida, Simon (James McAvoy) trabaja en una casa de subastas, donde ladrones profesionales quieren robar, en pleno acto, una pintura de Goya, Brujas en el aire. Simon nos ha contado en off cómo debe hacer para que el delito no se cometa. Así que hace lo que debe hacer, y recibe un tremendo golpe de parte de Franck (Vincent Cassel), líder de los delincuentes.

    Nadie sabía era que Franck estaba confabulado con Simon. Y que por culpa del golpe, éste no recuerda dónde cuernos escondió el lienzo multimillonario. Y allí entra a tallar el personaje de una hipnoterapeuta Elizabeth (Rosario Dawson), a quien acuden sin decirle nada para ver si puede sacarle dónde escondió la pintura.

    Pero como dijimos al comienzo, lo mejor en En trance es no creer nada, ni en nadie.

    Boyle se está especializando en narrar de manera entre fragmentaria y elíptica. Si a los encuadres y la utilización de la banda de sonido -fundamental ya en Tumba…- le agrega flsahbacks y revelaciones una tras otra sin respiro y con mucho vértigo, En trance resultaría más fácil de seguir parando y rebobinando. Pero no se preocupen, que cuando salga el DVD lo podrán hacer, y no es que el filme sea imposible de entender. Para nada.

    Boyle se extralimita. Es un hombre que asume riesgos -como Nolan en El origen-, pero en vez de hacerlo sobre terreno firme, una vez que la espiral arranca, parece no detenerla (no querer hacerlo) nunca.

    Violencia, sexo, torturas, más sexo: ése es el cóctel que sirve en una copa vistosa, lujosa, cuyo contenido tal vez no sea el preferido por quien lo bebe pero, en definitiva, es lo que Boyle ofrece en la carta de tragos.
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  • Jonathan Plaza
    Jonathan Plaza
    Función Agotada
    Thriller psíquico

    Cada vez son más y más variados los exponentes de este subgénero del Thriller en donde el suspenso e incluso en ocasiones las acciones transcurren en ese laberinto espinoso denominado psiquis. Este subgénero se aleja del denominado Thriller Psicológico convirtiendo la característica lucha intelectual que se encuentra en este último en un contenido más físico pero que transcurre en una dimensión no física y por ende en una dimensión cuyo escenario debe crearse técnicamente (fotografía, dirección de arte, montaje) casi como a un film fantástico. Danny Boyle recurrió a los escenarios mentales anteriormente siendo el uso en Transpotting, La Playa y 127 Horas los exponentes más delirantes y destacados en este aspecto. Sin embargo su particular sello estético y el uso del terreno psíquico nunca antes habían estado al servicio del Thriller hasta ahora con la realización de En Trance.

    El robo de una millonaria obra de arte, un delincuente de alta gama (Vincent Cassel), el único hombre que sabe la ubicación del preciado botín y que ha perdido la memoria (James McAvoy) y una hipnotista que será la encargada de liberar ese y por ende otros recuerdos (Rosario Dawson) son el escenario dramático en el que va a fluir la obra. Boyle impone su particular visión estética de múltiples registros y montaje veloz de manera mucho más medida que en su anterior obra fílmica 127 Horas pero aun así sigue en su búsqueda de variantes que pongan en evidencia (crisis) el dispositivo. El film está estructurado de manera tal que aprovecha las hipótesis que el espectador va creando y las usa conscientemente para llevarlo hasta callejones sin salida. Hay mucho oculto y por revelar en En Trance y los detalles dejados arbitrariamente por el director en escena así como los cabos sueltos e incluso las partes que parecen no encajar se convierten a través de una narración muy bien construida en elementos que estimulan al espectador en su búsqueda por quitar el velo y descubrir las implicaciones que esconde el film.

    Otro elemento interesante es la visión del sexo que propone aquí Danny Boyle (y que es coherente con su filmografía) en donde a pesar de mostrarse como un acto de una importancia trascendental para sus protagonistas tanto en unión física como en cimiento contenedor del aparato psíquico, el director no deja caerlo en la paquetería (léase 127 Horas) alejándolo lo más posible de la solemnidad de la estetización mediante la "no-revelación". Hacia el final la película revela la complejidad de sus personajes y de la trama, una complejidad mayor de la aparente y es ahí donde a fuerza de una saturación de giros argumentales el cineasta se desgasta. El film pareciera tener más finales de los necesarios por así decirlo.

    En Trance no es lo mejor de Danny Boyle, sin embargo es un entretenimiento válido con muchas aristas interesantes y sobre todo, es fiel a la obra de su realizador.
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  • Diego Batlle
    Diego Batlle
    La Nación
    Con películas como Trainspotting , Exterminio , Slumdog Millionaire o 127 horas , Danny Boyle demostró su ductilidad para manejarse con soltura dentro de los más diversos géneros hasta convertirse en un director de referencia, de esos que marcan tendencia en la "modernidad" cinematográfica y logran combinar prestigio con éxito comercial.

    En trance devuelve al director inglés al terreno del neo-noir de sus primeros trabajos con una historia que mixtura (y acumula) elementos propios del cine de acción, del thriller psicológico y del drama erótico. El film arranca con un robo perpetrado en pleno remate en una distinguida firma de Londres. El objetivo es un cuadro de Goya que acaba de ser vendido en 27,5 millones de libras esterlinas. El problema es que uno de los responsables del atraco (un empleado de la casa de subastas interpretado por James McAvoy) recibe un golpe en la nuca por parte de uno de sus socios (Vincent Cassel) y queda amnésico. No recordará, por lo tanto, qué hizo con la valiosa pintura. Allí entrará en escena una bella terapeuta (Rosario Dawson, en el papel de su vida) que intentará mediante la hipnosis que el protagonista recupere la memoria.

    Lo que sigue es un juego de muñecas rusas, una "cebolla" cinematográfica de innumerables capas, un sistema de espejos que deforman la realidad, una trama de múltiples ramificaciones con un triángulo amoroso, manipulaciones y traiciones cruzadas.

    Boyle fascina y abruma. Cuando uno cree haber desentrañado alguna de las tantas incógnitas y de los misterios planteados, sobrevienen nuevas vueltas de tuerca, giros inesperados, sorpresas y engaños que generan atracción, sí, para también algo de mareo y fastidio.

    Como compensación para semejante desafío al espectador está el descomunal despliegue visual al que nos tiene acostumbrado Boyle. Su estilización, sus virtuosos encuadres y movimientos de cámara, su edición a pura adrenalina, sus saltos temporales, y sus imágenes oníricas y surrealistas, tienen algo excesivo (pirotecnia y videoclip), pero el patchwork resulta atractivo.

    El director extrema su apuesta y provoca con una violencia por momentos demasiado sádica y desnudos totales (tanto femeninos como masculinos). Hay una relectura de Cuéntame tu vida , el clásico de Alfred Hitchcock, y elementos que recuerdan la complicada estructura de El origen , de Christopher Nolan. Vulgar y sofisticada a la vez, En trance es una película que nos devuelve en dosis completas y sin medias tintas lo mejor y lo peor del cine de Boyle. Tómelo o déjelo.
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  • Ezequiel Boetti
    Ezequiel Boetti
    Página 12
    El director perdido en su laberinto

    La catalogación del británico Danny Boyle como uno de los grandes cineastas de la actualidad fue menos la consecuencia de la aplicación de una marca personal a lo largo de su carrera que de la pertinencia de su forma habitual a una historia particular: el tono fabulesco de Slumdog Millionaire, ganadora de ocho Oscar en 2009, avalaba una puesta en escena recargada, la estilización cromática, el montaje frenético e incluso el inverosímil interno del relato. El problema es que, desde entonces, el director de Trainspotting cree que reiteración es sinónimo de autorismo y se dedica a replicar su parafernalia visual más allá de la funcionalidad o no con la historia que se cuenta. Ya lo había hecho en la fallida y canchera 127 horas y ahora reincide con esta versión menos mastodóntica pero más agujereada e involuntariamente cómica de El origen que es En trance.

    Como en el engaña-pichanga de su compatriota Christopher Nolan, el film de Boyle manifiesta su confusión entre lo complejo y lo retorcido, exhibiendo orgullosamente las bases de un dispositivo supuestamente enrevesado, cuando en realidad se trata de pura pirotecnia pergeñada desde guiones aptos para el consumo masivo. Y en ese sentido, el de Joe Ahearne y John Hodge –el primero, director de la miniserie homónima de la BBC en la que se basa el film; el segundo, viejo conocido de Boyle desde Trainspotting y La playa– cumple con creces. Al fin y al cabo, el asunto podría resumirse en un subastador de una galería de arte yendo a una hipnotista luego de recibir un buen golpe en la cabeza durante el robo de un Goya en pleno remate. ¿Estrés postraumático? Nada de eso: el buen Simon (James McAvoy) era parte fundamental de la banda y el coscorrón le hizo olvidar la locación del cuadro que él mismo se llevó, generando un malestar bastante notorio en el capataz del grupo (Vincent Cassel). Ultimo pero no menos importante, la doctora en cuestión (Rosario Dawson), alertada de los fines espurios de su contratación, irá por una tajada del botín.

    Hay que reconocer que el primer cuarto del film funciona, en parte porque la verborragia visual y narrativa de Boyle hacen del robo un acto ligero e incluso disfrutable. Después vendrán las sesiones de hipnosis y los consecuentes embrollos psicofísicos del protagonista, quien lentamente se imbuye en un derrotero de confusión entre realidad, meta-realidad, meta-meta-realidad y todos sus puntos intermedios. Confusión que el film no logra transmitir mediante decisiones visuales (los encuadres, la utilización de los vidrios y espejos, los colores saturados, por ejemplo), sino de un guión vaciado de lógica interna y concentrado únicamente en apilar vueltas de tuerca. Pero a no preocuparse demasiado, ya que el film se autoexplica durante los últimos minutos, no sea cosa que algún espectador poco atento se pierda en el laberíntico recorrido por los distintos niveles del inconsciente.
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  • A. Degrossi
    A. Degrossi
    Cine & Medios
    Mareado

    Empieza bien esta película, con buen ritmo, promete. Cuadros valiosos, ladrones organizados, un plan perfecto, acción. Hasta que algo no sale como estaba planeado y todo lo bueno que se prometía empieza a desvanecerse.
    Simon (James McAvoy) trabaja en una casa de subastas y es responsable de poner a resguardo las valiosas piezas que hay en el lugar en caso de robo. Por motivos que descubrirán al ver la película -si deciden hacerlo- acaba colaborando con un grupo de delincuentes que quieren robarse una pintura de Goya. Algo sale mal, la pintura no aparece y el único que sabe donde está es Simon, solo que no lo recuerda. Para recuperar la obra de arte, el jefe de la banda (Vincent Cassel) contrata a una especialista en hipnosis (Rosario Dawson) para que ayude a Simon a recuperar la memoria.
    Danny Boyle regresa con su estética clipera, musicalización marchosa y saturación cromática, que en este caso sirve para graficar las situaciones hipnóticas por las que pasa el protagonista. Desafortundamente el guión pierde el rumbo y entre tantas vueltas de tuerca el agobio llega al espectador, luego de perder el verosímil planteado en el inicio de la historia. Queda para regocijo del público masculino el desnudo total de Dawson, impactante.
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  • Isabel Croce
    Isabel Croce
    La Prensa
    Un ladrón con la mente en blanco

    Las primeras escenas muestran una subasta de arte de alto nivel, en un ambiente sofisticado de Londres. El nivel económico de los compradores queda registrado en una llamada telefónica, o en un simple levantar de mano. Simon (James McAvoy) forma parte del plantel de la empresa rematadora, pero, aunque nadie lo imagine, también integra de alguna manera una banda de ladrones de guante blanco, que amplía su rubro con el robo de obras de arte.
    Esta vez hay un Goya en juego y nada menos que su impresionante cuadro "Las brujas del aire" (1798). En medio del caos que se produce cuando irrumpe el grupo de ladrones en el remate, Simon corta la tela, la enrolla en su cuerpo y huye.

    LA DESAPARICION
    Después no recordará donde puso el cuadro, provocando la ira de la banda que cree que "el nuevo" los quiere engañar. Lo que viene después es una implacable persecución y tortura, a Simon. Los delincuentes son violentos y como final, o comienzo, para intentar averiguar qué sucedió con la tela de Goya, Franck (Vincent Cassel), el líder de los delincuentes, contrata a Elizabeth (Rosario Dawson), una impactante especialista en hipnosis para "extraerle" los recuerdos a Simon. A partir de ese momento se abre la "Caja de Pandora" y todo puede suceder.
    El filme de Danny Boyle, el mismo de películas tan diferentes como "Slumdog Millionaire: ¿Quién quiere ser millonario?" o "Trainspotting", muestra un cuidado y moderno diseño de producción, dosifica la acción y tensión en la primera parte, cuidando el desarrollo del relato y la captación del argumento por parte del espectador.

    UN LABERINTO
    Por el contrario, la segunda parte, donde entra a tallar la bella Rosario Dawson (Elizabeth), se vuelve laberíntica, poco clara y se excede en cuanto a los límites entre la realidad, el sueño y la imaginación. Así si uno comienza a desconfiar de los personajes, también se ve obligado a preguntarse sobre los artilugios que es capaz de encerrar la mente. La maximización de estos elementos ligados a giros y visiones en desmedro de la claridad, contribuye a la confusión general. A esto se une un cierto tratamiento de la psicoterapia no necesariamente verosímil.
    Con un buen nivel actoral, se destacan James McAvoy (Simon), el subastador y ladrón; Vincent Cassel (Franck), el líder de los delincuentes y Rosario Dawson (Elizabeth), la experta especialista en hipnosis.
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  • Alexis Puig
    Alexis Puig
    24 x Segundo
    DANNY BOYLE vuelva a filmar una película visualmente impactante, con una trama laberíntica atrapante. Un verdadero rompecabezas fílmico que logra cautivar
    desde la primera secuencia.
    Hay romance, acción, engaños, suspenso, giros inesperados y secuencias oníricas dignas de un viaje lisérgico. Un filme alucinante, que fusiona lo experimental y metafísico con lo mejor del genero. Requiere además de un espectador atento que se deje llevar en este viaje de ida cinematográfico.
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  • Catalina Dlugi
    Danny Boyle es un maestro de los rompecabezas cinematográficos, efectos, edición, manera de filmar, toda su pirotecnia basada en la técnica de una especialista en hipnosis que puede supuestamente plantar deseos y recuerdos, ocultarlos o hacerlos aflorar. Un juego que atrapa al espectador, un entreteniento endemoniado.
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  • Diego Lerer
    Diego Lerer
    Micropsia
    Otra mente sin recuerdos

    En algún punto entre las obras completas de Alfred Hitchcock -y, en especial, su extraordinaria CUENTAME TU VIDA- y el trip mental de INCEPTION, de Christopher Nolan, se ubica este curioso policial negro del director de SLUMDOG MILLONAIRE y consagrado orquestador de ceremonial olímpico Danny Boyle. Confusa, enrevesada, trepidante, tan excitante como tonta, EN TRANCE es la clase de película que te tiene atento en todo momento aun cuando uno no tenga idea por qué ni para qué.

    Es que Boyle no necesita probar que es un eximio narrador (nos hizo ver durante horas a James Franco tratando de zafar de una piedra, nada menos) y que maneja todas las variables audiovisuales del cine lo suficientemente bien como para llevarnos de las narices por donde se le cante. El problema, en su caso, es que muchas de sus películas son más artilugio circense que otra cosa, obra de un prestidigitador que tiene tanta convicción para hacernos mirar su dedo índice durante 100 minutos que ni nos damos cuenta que estamos viendo un dedo.

    trance-james-mcavoyEl “dedo” manipulador de Boyle nos agarra de entrada nomás, en una secuencia extraordinaria (la mejor de la película) que narra el robo de un cuadro de Goya (“El vuelo de las brujas”) de una casa de remates fuertemente custodiada. El que cuenta la secuencia es Simon (James McAvoy), quien se encarga de hacer los remates y tiene muy en claro lo que hay que hacer en caso de una amenaza de robo. Eso le sirve también, obviamente, para ser parte de la operación, un típico “inside job” que incluye a otros tres hombres liderados por Franck (Vincent Cassel).

    Pero el “laburito” no sale del todo bien, ya que Simon no tiene mejor idea que correrse del plan estipulado, cambia el cuadro de lugar y termina recibiendo un culatazo en la cabeza de parte de Franck. Simon sale del hospital con amnesia y no recuerda dónde metió el bendito Goya. Y ahí aparece el tercer elemento, fundamental en la trama de ahí en adelante: Franck decide que Simon haga una sesión de hipnoterapia que lo ayude a recordar qué hizo con el cuadro. Elizabeth, la “hipnotizadora” (de Simon y de los espectadores), no es otra que Rosario Dawson, que pronto se da cuenta que aquí está pasando algo con mucha plata de por medio y quiere su parte del botín.

    tranceEsto es sólo el comienzo de una trama que irá girando en espirales concéntricas -a la manera de INCEPTION o de ETERNO RESPLANDOR DE UNA MENTE SIN RECUERDOS- a través de las cuales la película irá yendo y viniendo de la mente de Simon en tanto ladrones y terapeuta intentan desentrañar un cerebro que esconde secretos bastante más pesados que la locación de un cuadro. A la vez, Franck y Simon serán hipnotizados, literalmente, por una Elizabeth que no necesita de terapia alguna para dejarlos babeando a ambos. Con sólo moverse seductoramente le alcanza.

    La trama de la película es un enorme balde lleno de agujeros, pero el espectador distraído por las luces de neón, el montaje voraz o, bueno, por Dawson, lo sigue atado a la silla, atontado, como quien está en medio del “trance electrónico” que el filme parece celebrar, recibiendo shocks eléctricos que sólo existen en su cabeza. Es que, con la excusa de no saber si lo que vemos está pasando o no, los baches y absurdos de la trama pueden llegar a pasarse de largo y solo reaparecen si uno se toma el trabajo, al terminar el filme, de poner su narrativa en orden.

    Trance film stillCon las Obras Completas de Freud como material de consulta permanente, EN TRANCE será un festín delirante para todo tipo de terapeutas alternativos, especialmente los practicantes de la terapia de shock. Es que el nervio narrativo de Boyle -y la imponente presencia y seductora actuación de Dawson- terminan ganando la batalla contra la lógica ya que su trepidante ritmo pertenece más al orden de la pesadilla o de una discoteca a las 4 de la mañana que a otra cosa. Esa energía casi adolescente de Boyle -que se nota también en la absurda y morbosa necesidad de extender más allá de lo necesario algunas escenas de violencia y/o tortura- termina siendo contagiosa, lo mismo que la idea autorreferencial de que son los propios elementos del cine (un hombre, una mujer, un arma) los que logran mantener al espectador “en trance”.
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  • Chandler
    Chandler
    Cines Argentinos
    Disfruté mucho el trailer de En trance y por eso fui a verla. El resultado estuvo a la altura de lo que me vendieron.
    Boyle filmó esta película de manera "hermosa" cinematográficamente hablando. Puso la cámara de manera muy creativa y compuso grandes tomas de fotografía.
    Seguramente esta será una película menor dentro de su filmografía, pero el la filmó a lo grande y eso quiero destacar como el principal gancho que tuvo conmigo.
    Una trama simple para contar, pero complejamente contada y auto revuelta. Es divertido ir viendo las vueltas que va teniendo, y como se va resolviendo todo.
    Las actuaciones son un lujo y está filmada en Londres... lo que eleva el lujo ;)
    Creo que cuando termine, si te ponés a buscar la quinta pata al gato, por ahí encontrás que es un perro, pero igual es muy disfrutable la historia y su desarrollo. Creo que Boyle se pasó de vueltas con algunas cosas y hasta el se confundió un poco.
    Pero para pasar un buen rato cinematográfico, En trance es una muy buena película.
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  • Hugo Zapata
    Hugo Zapata
    Cines Argentinos
    En trance es otra tremenda muestra de la versatilidad que tiene como artista el director Danny Boyle.
    Eso es lo que genera que cada vez que llega al cine un trabajo nuevo de él se lo espere con entusiasmo porque sabés que va a ofrecer algo distinto que seguramente no tiene nada que ver con lo que fue su última película.
    En este caso brinda un atrapante thriller que parece haber sido inspirado por las novelas de Jim Thompson, que es recordado por haber sido el escritor más negro de los policiales negros.
    Historias como “1280 almas”, “La Huída”o “The Killer inside me” presentaban personajes seriamente perturbados que hacían cosas terribles o desencadenaban hechos trágicos y se diferenciaban de otras propuestas literarias de este género.
    Si bien la película no se basa en ningún trabajo de Thompson la trama fue trabajada como una clásica novela negra de esas que te sorprenden con los giros inesperados del conflicto o los secretos que se revelan de sus protagonistas.
    Boyle en esta ocasión volvió a trabajar con uno de sus clásicos colabores en el guión como es John Hodge, quien fue responsable de Tumba al ras de la tierra, Trainspotting, Una vida ordinaria y La playa.
    En trance claramente es un regreso de Boyle a lo que fueron sus primeros filmes, como Tumba especialmente, que presentaban conflictos oscuros y apasionantes.
    Su nueva producción comienza como una típica historia de ladrones profesionales que luego deriva en un thriller psicológico que se vuelve más complejo.
    La realidad es que mientras menos sepas de la trama más la vas a disfrutar.
    Sí se puede destacar que el trabajo de Boyle en la dirección nuevamente es de primer nivel y logra que uno como espectador se conecte por completo en el relato.
    A nivel visual la película está a la altura de lo que solemos encontrar en sus producciones, como una impecable fotografía que logra que hasta las escenas más perturbadoras de esta propuesta se vean bellas.
    Boyle además es uno de los realizadores que mejor sabe utilizar la música como instrumento de narración en el cine y acá manejó la banda sonora como los dioses.
    Por otra parte, la trama está sostenida por muy buenos actores donde se destacan principalmente Rosario Dawson y James McAvoy, quien siempre cumple.
    Hasta ahora no encontré un film malo de él o donde su trabajo por lo menos sea decepcionante. Igual que Joseph Gordon Levitt es toda una garantía encontrarlo en una película.
    Disfruté mucho de este retorno de Danny Boyle a los thrillers oscuros y definitivamente lo recomiendo.
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  • María Gabriela Losino
    Tras el éxito que cosechó con "Slumdog Millonaire: Quién Quiere ser Millonario?" y "127 Horas", el director británico Danny Boyle ("Trainspotting") regresa a la pantalla grande con este confuso thriller ¿psicológico? protagonizado por James McAvoy, Vincent Cassel y Rosario Dawson y que está basado en la película para TV de 2001 creada por Joe Ahearne.

    "En Trance", producción con la que el realizador -según sus propias palabras- vio la oportunidad de enmarcar dentro de un contexto moderno aspectos clásicos del cine negro (la traición, la incertidumbre moral, la tensión sexual y los escabrosos instintos que parecen merodear por debajo de la piel de todo ser humano), presenta la historia de un subastador de obras de arte llamado Simon (McAvoy) que hace equipo con una banda de criminales, liderada por Franck (Cassel), para robar una pintura de Goya valuada en millones de dólares.

    La cuestión es que durante el atraco Simon sufre un fuerte golpe en la cabeza que lo hace olvidar dónde escondió la pintura. Cuando amenazas y torturas físicas fallan en un intento por hacer que diga la verdad (en realidad no está mintiendo), es obligado a asistir a sesiones con una terapeuta experta en hipnosis, la Dra. Elizabeth Lamb (Dawson), para que se sumerja en los rincones más oscuros de la psique del muchacho. Claro que la especialista, al conocer el valor de la obra, querrá obtener su parte.

    A medida que avanza la trama, incoherente por cierto, se le va revelando al espectador que ninguno de estos tres protagonistas es quien parece ser. Pero además, todo sucede con tanta rapidez que es imposible para el espectador procesar lo que está sucediendo y seguirle el ritmo a una historia que, con cada giro, lo confunde más y más.

    Si bien el estilo visual de Boyle está fuera de discusión, el problema reside en el desarrollo narrativo del film. Al igual que su premisa, la frontera entre la realidad y la sugestión hipnótica comienza a desdibujarse. Un rompecabezas mental que no llega a ningún lado y nos deja con más preguntas que respuestas.
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  • Diego Curubeto
    Diego Curubeto
    Ámbito Financiero
    Sólido thriller de un Boyle a lo De Palma

    La ultima película de Danny Boyle es un thriller sólido y entretenido, con un pie en el cine de gangsters y otro en el cine fantástico. James Mc Avoy trabaja en una subasta de carísimas obras de arte, asociado con una banda de hampones liderada por Vincent Cassel para robar un Goya especialmente valioso. El robo se lleva a cabo perfectamente en la impactante escena que funciona como prólogo, pero luego empiezan los problemas. Por algún motivo difícil de entender, el protagonista mejicanea a sus socios criminales y se queda con la pintura, algo poco recomendable dado que sus amigos no son muy pacientes con este tipo de cosas, y obviamente tienen métodos cruentos para hacer hablar a la gente. Por eso, cuando los expertos en torturas de la banda ya están haciendo horas extras y el tipo no habla, queda claro que dice la verdad: realmente no se acuerda dónde puso el cuadro. Dado que no hay tratamientos ortodoxos para curar la amnesia, todos deciden acudir a un experto en terapias de hipnosis, y la elegida es una hipnotizadora tan hermosa y sexy como para pasar por una verdadera hechicera.

    Es justamente Rosario Dawson la que se roba la película, no sólo porque el personaje de la terapeuta hipnotizadora es clave en la historia, sino porque su actuación hace arder la pantalla con una sensualidad endiablada que, por otro lado, está totalmente integrada al argumento. También aquí aparece un toque de inverosimilitud que, de todas maneras, Boyle consigue elaborar de una manera creíble. Es que esta hipnotizadora dedicada mayormente a terapias contra los ataques de pánico o comportamientos autodestructivos tiene el poder de hacer que el más duro gangster termine haciendo lo que a ella se le cante. Justamente, el núcleo de la película, y lo que sin dudas interesó a Danny Boyle del telefilm del 2001 en la que se basa, es el potencial para narrar diferentes realidades paralelas a gusto del director y conveniencia del relato, que es previsible en este sentido (en un momento determinado el espectador no sabrá si lo que está viendo es lo que realmente sucede o es sólo lo que está en la mente de uno de los hipnotizados) pero imprevisible en cuanto a que las vueltas de tuerca elegidas siempre son sorprendentes.

    Como pasa en estos casos, la trama puede complicarse un tanto entre realidad y ficción hipnótica, pero lo cierto es que todo esto está bien resuelto hasta un desenlace antológico que recuerda la mejor tradición del policial inglés. Por otro lado, estos viajes hipnóticos están hechos a la medida de Boyle, que los aprovecha para generar todo tipo de imágenes imaginativas apoyadas por toda la gama posible de música tecno.

    Si bien Rosario Dawson domina el film con su talento, belleza y misterio, Vincent Cassel compone a un perfecto gangster europeo, y James Mc Avoy, un poco insulso en un comienzo, sorprende cuando, a través de la hipnosis, revela distintas facetas de su personaje.

    Con "En trance", Danny Boyle se entromete en el terreno de directores como Brian De Palma, y hay que reconocer que lo hace muy bien, aunque su film quizá no ayude a popularizar las terapias para dejar de fumar mediante la hipnosis.
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  • Maximiliano Poter
    Maximiliano Poter
    FM ESPN 107.9
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  • Diego Martínez Pisacco
    Memento mori

    En Trance es el décimo filme del inglés Danny Boyle que sigue empecinado en no repetirse cada vez que emprende un nuevo proyecto. Siendo un autor de calidad, no necesariamente de prestigio o popular, es muy meritorio que su filmografía completa haya podido estrenarse en nuestro país. Aún sus obras más menores como Vidas sin Reglas, Millones o la ignorada por el público Sunshine: Alerta Solar tuvieron su espacio en la cartelera argentina. Tras los dos años que le demandó organizar y plasmar la televisación de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos Londres 2012 el director de Slumdog Millionaire: ¿Quién quiere ser Millonario regresa a la ficción con un relato narrado con su maestría habitual y que no debería pasar desapercibido por sus notables valores como entretenimiento. Es un respiro, casi un divertimento, para Boyle este thriller psicológico con más vueltas que un caracol y aunque no esté entre lo más destacado de su producción sigue llevando su sello inconfundible.

    Para En Trance Boyle volvió a recurrir al guionista John Hodge quien fuera el responsable de escribir sus primeras películas: Tumba al ras de la Tierra (1994), Trainspotting, sin límites (1996), Vidas sin Reglas (1997), el cortometraje con Kenneth Branagh Alien Love Triangle (1999) y La Playa (2000). La historia es en verdad una remake del telefilme británico Trance (2001), escrito y dirigido por Joe Ahearne. El conflicto podrá ser el mismo pero entre la personalísima puesta en escena de Boyle y las audacias que se manifiestan en su desarrollo queda claro que son propuestas muy diferentes. Hodge ha realizado una adaptación en tono de film noir moderno con quizás pocas sorpresas pese a los varios puntos de giro que se suceden en la trama. Es difícil hoy día encontrar un guión inteligente que utilice las vueltas de tuerca sin perder un poco de credibilidad en el camino. El trabajo de Hodge presenta algunas fisuras que impactan en el saldo final pero Boyle se encarga de compensarlo con un montaje frenético, una puesta de cámaras sensacional y una musicalización al palo gentileza de Rick Smith (integrante del grupo de música electrónica Underworld).

    Durante el robo de un cuadro de Goya el subastador de obras de arte Simon (James McAvoy) recibe de su cómplice Franck (Vincent Cassel) un golpe en la cabeza por el que luego es incapaz de recordar dónde escondió la pintura. Tras recuperarse de las heridas y ser dado de alta en el hospital Simon es severamente interrogado por Franck y sus compinches sobre el paradero de la millonaria pintura. Simon insiste en desconocer dónde la guardó. Ante una situación tan insólita Franck piensa en una solución atípica: recurrir a la hipnoterapia. Entra en escena la terapeuta Elizabeth Lamb (la impactante Rosario Dawson, ningún corderito ella) que muy rápidamente detecta que hay algo más allá de una simple consulta de un paciente común y decide involucrarse pese al peligro que representan Franck y sus colegas. Como es moneda corriente en el policial negro nada es lo que parece y la historia se asemeja a una matrioska, la muñeca rusa que alberga a otras tantas en su interior. Cuando llegamos al tercer acto del filme son tantos los cambios obrados en la línea argumental y en los personajes que la verosimilitud tambalea. Si no cae es gracias al talento de Danny Boyle que le pone una fuerza tremenda al clímax y, bueno es mencionarlo, también al compromiso de los actores que han dejado todo para que el espectador no se quede afuera de este thriller intrincado y quizás con fallas pero a la altura de un creador que ya está entre los mejores de su generación.
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  • Rodrigo Chavero
    Rodrigo Chavero
    El Espectador Avezado
    Alguien alguna vez dijo, en referencia a los Pet Shop Boys: “nunca hicieron una canción mala”. Salí de sala con esa frase en la cabeza…. mientras trataba de ordenar lo que había visto y tener alguna conclusión preliminar sobre “Trance”. Y la respuesta, un poco, surge de esa afirmación. Danny Boyle no cantará tecnopop, pero casi. Es un gran director, y hasta en aquellos trabajos en los cuales parece errar el camino, siempre encuentra la manera de que salgamos del cine con una impresión positiva de su trabajo. “En trance”, no es la excepción.
    Seguramente no es una gran película. O sí. Lo que no puede negársele, a nuestro camaleónico Boyle, es que sabe hacer lo suyo con oficio. Tiene muy claro lo que quiere contar y le agrega la locura y el ingenio que solo los talentosos pueden darle a sus creaciones. Para cerrar esta idea; cuando comprás la entrada para ver una peli suya, rara vez te equivocás. Podrá gustarte o no, pero filma con desparpajo, originalidad y siempre intenta proponerse nuevos desafíos.
    A veces, sale bien. A veces, no.
    Conocemos, de movida, a Simon (James McAvoy), un subastador atormentado por deudas (el juego era lo suyo) quien participa en un robo de una famosa pintura de Goya ("Brujas en el aire") en una subasta (gran secuencia inicial). Pero, recibe un golpe en la cabeza con tan mala suerte que olvida donde dejó el cuadro en cuestión. Franck (Vicent Cassel en un papel que le sienta naturalmente) se enoja mucho (tortura al pobre Simon pero se da cuenta de que ha quedado, realmente, amnésico) y decide que la doctora Lamb (Rosario Dawson) trate al caballero y utilice hipnosis para dar con la ubicación del botín.
    Pero claro, esta última entiende rápido lo que sucede y pensará en sacar una tajada, en cuanto logre acceder al inconciente de Simón. Y no le bastará esa entrada, sino que intentará otra, más física, para lograr sus objetivos.
    Hasta ahí lo que se puede contar. La historia, no es original, es una remake de un film para la tevé inglesa del 2001. Lo que sí, en esta oportunidad, y al estilo Nolan, y hasta Soderbergh (en "Side Effects"), Boyle piensa la historia como un puzzle que se arma y se desarma varias veces. Intenta seducir al espectador y confundirlo, a través de trucos visuales, vueltas de tuerca y mucho, mucho engaño (y decepción).
    Los encuadres, su acertada edición y el clima que la película respira están más que correctos y llevan el sello del director. Quizás el problema mayor que siento en relación a la película es que por momentos parece una sucesión de secuencias ingeniosas, estupendamente filmadas, pero sin unidad. Hay demasiada velocidad y no hay tiempo para procesar, el ritmo del film desde la butaca. Boyle deslumbra, de a ratos. Y agota, en otros. Esa dualidad es la que no permite decir que "Trance" sea un film excelente.
    Si es un potente y engañoso thriller negro. No es de los mejores trabajos de este inglés, pero tampoco desentona. Ni desafina.
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  • Daniel Garabal
    Daniel Garabal
    Clave Noticias
    Un film que deja hipnotizado al espectador

    El film comienza con Simon contando las medidas de seguridad que se toman actualmente en una cas de remates para no ser robados. El mismo trabaja como tallador en una casa donde van a poner subastar la pintura “Brujas en el aire” de Goya.

    Cuando esta pintura es robada comienza la acción ya que el jefe de la banda de ladrones le pega un golpe en la cabeza a Simon que le hace perder la memoria. El problema surge cuando Simon, que es cómplice del robo, no puede recordar, por la amnesia provocada por el golpe, donde esta la pintura. Por ello lo llevaran a ver a Elizabeth una hipnoterapeuta para ver si puede sacar los datos de la cabeza de Simon y así recuperar la valiosísima pintura.

    Esta es la historia de “En Trance”, pero : ¿es la verdadera historia ? Allí surge el gran valor de Danny Boyle, el director del film. Boyle que es un director muy ecléctico que ha hecho grandes películas (“Muerte al ras de la tierra”, “Podría ser millonario” o, su mas famoso film, “Transpoitting”) y también grandes fiascos (“La Isla” con Leonardo Di Caprio” es el mas acabado ejemplo. “En Trance”, afortunadamente, no solo es que entra entre las primeras, sino que demuestra que puede manejar un Thriller con maestría suficiente como para que el espectador no sepa hasta el ultimo cuadro que es lo que verdaderamente paso.

    Con muy buenas actuaciones de James McAvoy y Vincent Cassel, y la belleza enigmática de Rosario Lawson, forma un trío que realzan aun más el film. “En trance” es una de esas películas que hace que el espectador se sienta hipnotizado y solo quiera salir del trance cuando termina el film. No se la pierda.
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  • Jonathan Santucho
    Jonathan Santucho
    Loco x el Cine
    Cabeza borradora.

    No sorprende que, en su momento, Danny Boyle haya saltado en la escena cinematográfica con un film sobre la vida de un grupo de drogadictos; después de todo, su estilo es como una dosis inadulterada de adrenalina, que supo perdurar durante toda su carrera. El tiempo supo recompensarlo con los premios por las tan populares como discutibles Slumdog Millionaire - ¿Quién quiere ser millonario? y 127 horas, y el interrogante era obvio: ¿Y ahora qué sigue?. Para el director británico, la respuesta fue un regreso a su tierra natal con una historia al estilo de sus primeros films, Tumba al ras de la tierra y Trainspotting, relatos plagados de intriga, traiciones, peligro y sexo. Por eso, en su tiempo libre del maquinado de la ceremonia de apertura de Londres 2012, Boyle preparó En trance (Trance, 2013), un thriller que con gusto da vueltas alrededor de la mente humana, pero que no entrega razones claras para viajar en primer lugar.

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    La película arranca con Simon (James McAvoy) recitando a la cámara las reglas en su lugar de trabajo, una casa de subastas de arte. Pero este no es un candidato a empleado del mes, ya que él planea robar una pintura valuada en millones, con la ayuda de un grupo de matones liderado por Franck (Vincent Cassel). Todo sale a la perfección, excepto por un pequeño detalle: debido a un golpe en la cabeza hecho en el medio de la acción, Simon no recuerda dónde dejó la obra. Cuando la tortura no da resultados, la única opción disponible es la hipnosis, por lo cual llaman a Elizabeth (Rosario Dawson), una doctora con intenciones ocultas que iniciará una riesgosa lucha por el control, un viaje que tomará lugar tanto dentro como fuera de la realidad.

    Es en este trayecto en el cual Boyle deleita a la audiencia con un vibrante misterio, un enigma surreal con ritmo de videoclip claramente influenciado por David Lynch y Brian de Palma, aunque muchos también sabrán compararla con otro film que hacía dudar lo que pasa dentro de la mente, El origen. Gracias al cinematógrafo Anthony Dod Mantle y al compositor Rick Smith, el relato sabe entretener y, estilísticamente, se vuelve una suerte de rave, en la cual las identidades, los reflejos y las dobles caras de nuestros protagonistas (McAvoy, Cassel y Dawson, haciendo un muy buen trabajo al turnarse como víctimas y victimarios) hacen un interesante juego de gato y ratón (o ratones).

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    Pero es cuando el viaje empieza a llegar a su fin, y lo que antes parecían giros inesperados se vuelven insensateces que no encajan, que uno se da cuenta que la experiencia es hueca, porque el cuento no tiene más razón que la de acumular vueltas de tuerca. En la última media hora, el guionista John Hodge pierde la ambigüedad y entrega una serie final de roscas (que, para evitar contar demasiado, no se explicarán en este texto) que casi arruinan totalmente las intenciones de Boyle y compañía, tornando el argumento en una ridiculez al estilo de lo último de M. Night Shyamalan.

    Pero a pesar de la manía por la sorpresa que vuelve amargo el resultado final, En trance es un entretenido, sexy y violento thriller que gracias al liderazgo de su realizador, a la fuerza de sus actores y al talento en lo visual y sonoro, continúa el éxtasis de la marca Boyle.

    @JoniSantucho
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  • Luciana Aon
    Luciana Aon
    A Sala Llena
    Insoportablemente Boyle

    ¿Cuánto más vamos a tener que soportar los planos cancheros, al ras del piso, inclinados, recortados, cool de Danny Boyle? ¿Cuánto más nos vamos a tener que bancar los psicologismos para manipular al espectador? ¿Cuántas veces más va a poner música al palo para esconder su nula destreza narrativa? Porque eso, estimados lectores, es todo lo que tiene para ofrecer En Trance, la nueva película del director de Trainspotting y Quién Quiere ser Millonario.

    En principio En Trance es un thriller en el que Simon (James McAvoy), un empleado de una casa de subastas londinense, planea y ejecuta el robo de una pintura que vale millones de libras junto a un grupo de delincuentes liderado por Franck (Vincent Cassel). Pero algo sale mal y Simon pierde la memoria y así la pintura. “¿Dónde está el cuadro? ¿Dónde?” le pregunta una y otra vez Franck y lo tortura hasta que alguien le sugiere recurrir a la hipnosis para averiguarlo. Allí, con la visita de Simon al consultorio de Elizabeth (Rosario Dawson) comienza el trance. O no. Ya no tendremos certezas porque En Trance pareciera contar la búsqueda del cuadro de Goya pero no, la pintura es sólo el mcguffin para meternos en ese plano del inconsciente donde todo es un eterno resplandor de una mente sin recuerdos.

    Si la película sostiene la atención es por ese ritmo irrefrenable y vertiginoso que asume desde el comienzo, con esa música recargada y a todo volumen apuntalando el sentido de cada secuencia, sumado al desparpajo de sangre y acción. Pero no se dejen engañar, esa narrativa es canchera; puede fluir pero es una cáscara vacía. Lejos de la vorágine no hay nada. En Trance utiliza vuelta de tuerca tras vuelta de tuerca y así el espectador es engañado, una y otra vez.

    ¿Qué está primero, el huevo o la gallina? Como en El Origen, la película de Christopher Nolan -esa del sueño adentro del sueño del plano del sueño-, todo es disfrazado de película importante, sobre la existencia, sobre la mente humana. Sin embargo, cuando termina, uno confirma lo que sabe desde un principio. O no, pero qué importa. Lo mejor que se puede decir sobre En Trance es que es una película intrascendente. O que hay un desnudo que sí vale la pena.
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  • Rodrigo Seijas
    Persiguiendo una historia

    Danny Boyle es un director de búsquedas. Siempre construye relatos con personajes que andan persiguiendo algo y/o alguien, y esa pulsión por la exploración de los protagonistas se traslada a su estética, bastante revulsiva, donde intenta trascender la medianía y darle una vuelta de tuerca a los géneros. Paradójicamente, la identidad del cine de Boyle es la misma construcción de esa identidad.
    Esto se ve en sus films, de eclécticas formas: Renton, el joven que es el centro narrativo de Trainspotting, trata de salir del lugar (físico, mental, social) donde está, para dirigirse a otra parte, en una historia que desde el vamos busca ser un retrato generacional; La playa es la denominación simbólica para una utopía y sus herramientas discursivas; los personajes de Exterminio tratan de encontrar un refugio cuasi existencial, con la cámara digital como dispositivo de resignificación de espacios antes poblados y ahora desiertos; Jamal en ¿Quién quiere ser millonario? se va definiendo como persona recorriendo un camino ya trazado de antemano, en cuento de hadas moderno que extrema la crueldad pero también los aspectos luminosos de ese tipo de narrativa; y en 127 horas, Aron Ralston se descubre a sí mismo recién cuando no puede moverse, cuando ya no tiene lugar hacia el que correr y huir, en una puesta en escena que a partir de la multiplicidad de ángulos intenta redefinir las típicas historias reales de supervivencia. Dentro de este panorama, no deja de ser llamativo el rotundo fracaso comercial de Sunshine-alerta solar, su mejor película pero también la más olvidada, con su tripulación de astronautas que buscan la inmortalidad a partir del sacrificio heroico, de la propia mortalidad, en una historia de ciencia ficción que se zambulle en la infinitud del espacio exterior.
    En trance arranca como la típica película de robos, con Simon (James McAvoy) explicándole al espectador cómo las subastadoras de arte buscan proteger las obras con todas las medidas de seguridad posibles, al mismo tiempo que los ladrones van ampliando sus habilidades. Simon expone todos estos datos porque él, que supuestamente es el encargado de proteger esas obras, se ha dado vuelta y es la pata interna de la compañía que acordó con el bando de los criminales el robo de un cuadro de Goya. Sin embargo, durante el asalto Simon es golpeado y pierde parte de su memoria, por lo que no recuerda donde escondió la pintura. Cuando la banda de ladrones encabezada por Franck (Vincent Cassel) se convence de que perdió efectivamente la memoria, recurren a Elizabeth (Rosario Dawson), una hipnoterapeuta, para que le saque de una buena vez por todas la localización del cuadro. Ahí el film deriva hacia el lado del thriller, centrándose en el triángulo amoroso formado por Simon, Franck y Elizabeth.
    No deja de ser llamativo cómo Boyle (y su película) se contagian de la problemática sufrida por Simon. Al igual que el personaje, que debe ir reconstruyendo fragmentos de su vida y siempre parece llegar a un punto ciego, donde su mirada no alcanza a vislumbrar toda la verdad y siempre queda a contramano, En trance no consigue hacer de la fragmentación una virtud, porque le cuesta una enormidad encontrar el tono justo. Durante casi todo el metraje nos sentimos alejados de los personajes, con los que es difícil identificarse a pesar de la solidez interpretativa de los actores. Recién cuando todas las piezas de la trama se ordenan, la verdad surge completa y la película muta en una tragedia romántica, es cuando el director puede pisar el acelerador a fondo, porque ya tiene un rumbo claro. Ahí vemos al mejor Boyle: excesivo, trascendental, épico, obsesionado con sus personajes obsesivos, contagiando al espectador con su potencia visual y narrativa.
    En trance se recién se encuentra a sí misma sobre el final, y eso la salva del naufragio, incluso dejando una buena impresión. Sólo la reflexión posterior, más lejana, evidencia que no funciona como totalidad, aunque le deja el crédito abierto a Boyle.
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  • Pablo Manzotti
    Pablo Manzotti
    No Somos Nadie - Metro 95.1
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  • Alan Echeverría
    Alan Echeverría
    Cinéfilo Club
    Una calesita con una sortija difícil de atrapar

    El director de Trainspotting nos sumerge en este thriller de andar enredado y sumamente original, volcando todas las fichas en sus modernos y extravagantes planos, manejos de cámara y en la peculiaridad de marear a más no poder al espectador con mil vueltas de tuerca.
    James McAvoy se hace cómplice de una banda criminal para robar una obra de arte de un valor millonario y, desde su relato en off, comienza la historia narrándonos qué es lo que no se debe hacer en este tipo de atracos. Cuando la operación se lleva a cabo, un potente golpe en la cabeza lo tumba y pierde la memoria, despertándose sin recordar dónde dejó la pintura y siendo sometido a agresiones físicas por parte de los implicados. Cuando notan que las torturas no generan respuestas, contratan a una hipnoterapeuta (Rosario Dawson), quien con sus particulares métodos escarba en la mente del protagonista intentando resolver la incógnita.
    A partir de allí, la película gira (como volverá a suceder en innumerables situaciones más) y, así como Nolan exploró el mundo inconsciente del cerebro humano y los secretos que una persona guarda en estados mentales en Inception, Danny Boyle le da un sentido parecido desde la hipnosis a la que se somete a McAvoy. Pero al reconocido realizador de Slumdog Millionaire parece no bastarle con estos psicodélicos juegos y trucos cinematográficos que merodean en la psiquis del público y va apostando con el correr de los minutos a más y más giros, los cuales nos tendrán por momentos en un nivel de mareo y confusión tal que ya no podremos elaborar una hipótesis firme sobre lo sucedido hasta la escena final.
    Potente y estilísticamente loable, En trance nos mete de lleno en una hora y media repleta de vértigo, enredos, traiciones y surrealismo, con dosis de violencia y una libido a flor de piel en determinadas secuencias por parte del trío actoral principal. Interesante y distinta, la cinta es buena pero no pasa a escalas mayores que la ubiquen en las grandes ligas de cine del 2013.

    LO MEJOR: la filmación, la banda sonora, la idea y cómo se plasma. Los giros. Se pasa en un abrir y cerrar de ojos.
    LO PEOR: algunas incongruencias en ciertas secuencias. Hay tantas vueltas de tuerca que pueden generar una no agradable sensación de confusión en el espectador.
    PUNTAJE: 7,2
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  • Héctor Hochman
    Héctor Hochman
    El rincón del cinéfilo
    Las prácticas conocidas como «caer en trance» o «entrar en trance» describen a un mecanismo psicológico en el que el sujeto se abandona a ciertas condiciones, externas o internas, y experimenta un estado de conciencia disímil.

    Los estados de trance son acompañados siempre por modificaciones cenestésicas y neurovegetativas.

    Definido el término, ya que parece importante desde el titulo, desenmarañemos el texto audiovisual que nos compete.

    El problema principal del último filme del mismo director de “Trainspoitting” (1996,) y ganador del Oscar por “Slumdog Millonaire. ¿Quién quiere ser millonario?” (2006), es que parece haber confiado demasiado en su habilidad para narrar.

    Dicho esto y aclarando, el filme se torna aburrido pues en principio el realizador no se toma el tiempo suficiente para instalar el verosímil, para luego contar o engañarnos con la historia. Ello se centra en el robo de una obra de arte durante una subasta, en la que el encargado de su custodia, luego de esconderla, recibe un golpe en la cabeza por parte del ladrón y se instala la amnesia, necesaria para incorporar al último personaje del trío protagónico, una terapeuta que utilizará la hipnoterapia, (dejada de lado por Freud a fines del siglo XIX, ya bastante en desuso en el mundo entero, salvo algunos seguidores del Dr. Erickson), para descubrir el paradero de la pintura.

    De ahí en adelante una cantidad de giros narrativos, cambios de punto de vista, alteraciones temporales, todo excesivamente forzado como para terminar siendo creíble.

    Protegido con una postura estética que intenta desenterrar los dobleces y las profundidades de la mente humana y su triada constitutiva, el inconciente, el preconciente y el conciente, pone en el centro de atención en la acción del trío intentando engañar al espectador, pero sólo consigue confundirlo durante largos periodos de la proyección.

    El efecto termina por ser artificioso y inmoderadamente introducido como para sustentar un suspenso hasta el desenlace, cuestión que no logra en ningún momento en donde quieren hacer creer que todo es apariencia, nada real. Para eso recurre a cambios abruptos de los puntos de vista, hasta se podría decir de narradores

    El filme poseía todos los dispositivos para transformarse en un gran thriller, pero sólo queda muy confusamente que hay un sujeto amnésico, un ladrón que quiere “recuperar” el botín, y una “terapeuta” que termina, o no, teniendo otro tipo de relación con el paciente.

    Habría que reconocerle que atrapa en el primer tercio del relato, ello a partir de la elocuencia y del montaje de las imágenes, y porque la estructura narrativa de Boyle hacen de esa secuencia del asalto que se transforme en lo que más se disfruta. Por más que recurra como siempre a una puesta en escena abarrotada de elementos, abuso del color y la luz de manera efectista, un montaje acorde a la velocidad de las acciones, el método pertenezca a otro género, y los baches que entierran toda lógica constructiva del relato.
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  • Cintia Alviti
    Cintia Alviti
    El Bazar del Espectáculo
    En trance es un thriller psicológico cautivante y con un muy buen desenlace que sería una pena que te lo de ver en pantalla grande. La narración, la estética, la banda de sonido y la dirección son hipnóticas en sí mismas enganchando de principio a fin al espectador, que si está bien atento a todo, va a entender el argumento sin problemas...
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  • Alejandro Castañeda
    ATRAPA Y CONFUNDE

    Filme vistoso, algo extravagante, confuso, lleno de emboscadas narrativas, pero tiene nervio y aciertos visuales. Don Boyle (“¿Quiere ser millonario?”) suele pasarse de rosca, pero sabe cómo se hace para que hasta la escena más simple tenga sello propio. Cine comercial de empinada factura. Sádico, vertiginoso, medio tramposo pero también atractivo. Aquí cuenta las andanzas de un ladrón que se roba un cuadro de Goya. Cuando va a escapar recibe un golpe en la cabeza y no se acuerda dónde lo dejó. Los integrantes de la banda primero no creen en su amnesia, pero después deciden recurrir a una terapeuta. Hipnosis y charla van despejando el camino. Pero las cosas nunca son simples. La terapeuta juega su partido, hay traiciones, sospechas de todos lados y surgen recuerdos y olvidos que lastiman y complican todo. Al final el robo es una forma de ajustar cuentas.

    La película se enreda, porque no sabemos si lo que vemos es lo que pasa o lo que deambula por la conciencia de ese desmemoriado. Thriller interesante, intenso, pero con demasiadas vueltas.
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  • Karen Riveiro
    Karen Riveiro
    Cinemarama
    La nueva película de Danny Boyle no sólo trata sobre la hipnosis sino que es en sí misma un ejercicio del encantamiento y la seducción. Pero también es un film sobre engaños e ilusiones; un relato acerca del poder de construir imágenes para, una vez ahí dentro, dar paso libre a lo imprevisto. Así es como se revela, capa tras capa, el conjunto de hipótesis y enigmas que se deshacen al mismo tiempo en que los personajes dejan caer sus máscaras. Pero, más allá del ingenio y de lo atractivo del mundo de desconciertos en que nos sumerge En trance, hay una especie de sombra invisible que recorre las escenas e hilvana en silencio una segunda trama. Esa esencia transversal en que la película de Boyle encuentra un ritmo propio y que logra crear una hipnosis ciega e intensa a la vez no es otra que el deseo.

    Por eso es que En trance no es tanto una historia sobre el robo de una obra de arte como la pintura de un mundo cuyo impulso de poseer comienza y termina en el deseo por el otro, como una tensión entre cuerpos que se repele y se distrae con auras diversos y que al final se rinde ante la belleza humana. Así, Simon (James McAvoy) es el violento que sufre una pérdida de memoria pero que sin embargo vuelve a obsesionarse con su ex Elisabeth (Rosario Dawson). Elisabeth es la mujer golpeada que retoma el vínculo con Simon y lo hipnotiza para que le consiga la famosa obra de arte. Franck (Vincent Cassel), a la vez aliado y enemigo de Simon, quiere poseer el cuadro pero mucho más quiere a Elisabeth. Y lo mejor de este enredo de criaturas desbordadas por anhelos febriles y casi caprichosos es que posterga su encuentro con lo moral, que sí se hace posible en la resolución. Sólo ahí se puede pensar que el robo del cuadro y todas sus consecuencias obedecían a un verdadero y cuestionable capricho; recién al final y después de que saciaran su apetito sexual es que aflora la violencia de Simon o la perversidad de Elisabeth.

    Así es que la película revela aquella estructura que la sostiene y que no es más que un entramado de deseos carnales y estéticos cuyo peso sobrepasa al de cualquier otro aspecto (véase, sino, la gran impotencia de la tecnología en el film). Finalmente, esa es la fuente del gran poder hipnótico de En trance: un encantamiento que se desprende de la tensión entre cuerpos, un querer poseer implícito que, además, se parece a aquello que puede generar el arte cuando nos embruja y nos invita a entrar a otros mundos. Después de todo, puede que la película se parezca a la mitad superior de Vuelo de brujas, el cuadro de Goya robado por los protagonistas en que tres seres devoran a otro con un deseo monstruoso y voraz. La parte inferior, en la que dos hombres se tapan horrorizados los ojos y los oídos ya no cabe: el de Boyle es un film que pide ser visto con ojos bien abiertos, no para descifrar enigmas sino para disfrutar el pulso de su hipnosis oculta.
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  • Agustín Neifert
    Agustín Neifert
    La Nueva Provincia
    Boyle le da un toque intrigante y moderno

    Del británico Danny Boyle siempre se puede esperar alguna originalidad. Nos sorprendió con su inicial Tumba al ras de la tierra y con posterioridad hizo lo propio en Trainspotting y ¿Quieres ser millonario?, por mencionar sólo tres de sus películas.
    En este nuevo filme transita lo que se conoce como neo-noir. Es decir, una propuesta que incluye muchas de las características identificatorias del cine policial negro clásico (robo, extorsión, delación, humor sarcástico), pero con una envoltura visual mucho más sofisticada.
    Es la presencia del crimen lo que confiere al filme negro su impronta más habitual. En este caso, el relato comienza con el robo de una pintura de Goya (Brujas en el aire ) valuada en 27 millones de libras esterlinas, ejecutado por una banda conducida por Frank (Cassel) e integrada por otros tres hampones.
    En realidad, quien hace desaparecer el cuadro, en momentos en que ocurre el atraco, es Simon (McAvoy), un empleado de una distinguida casa de remates de Londres. Simon se alió con la banda de Frank apurado por deudas de juego. Al verse traicionado, Frank golpea a Simon con la culata de su rifle y lo deja amnésico.
    Y a Frank no se le ocurre mejor idea que someterlo al tratamiento de una hipnoterapeuta llamada Elizabeth (la norteamericana Rosario Dawson), con la esperanza que recupere la memoria y pueda recordar qué hizo con el Goya.
    Estos datos corresponden al prólogo de En trance . Luego el director lleva al espectador a través de una historia que combina elementos del thriller psicológico y el drama erótico. Y todo salpicado por ramalazos de violencia, donde la dama se asume como la típica "femme fatale" del cine negro. Además, ejecuta una cínica y fría manipulación.
    El director reconoció que la estructura de la película es "diabólicamente complicada", y tiene razón. Boyle apela a reiterados flashbacks que quiebran la linealidad del relato y en algún momento introduce una subtrama, ocurrida con anterioridad al atraco, que esclarece la historia central y, a su vez, la complejiza.
    En trance está parcialmente inspirada en un telefilme británico de 2001, escrito y dirigido por Joe Ahearne y a su vez es posible identificar influencias, aceptadas por el propio director, de Cuéntame tu vida (Spellbound , 1945), de Alfred Hitchcock, que tuvo una ambientación surrealista de Salvador Dalí y fue protagonizada por Ingrid Bergman y Gregory Peck.
    Pero Boyle se diferencia de Hitchcock por la modernidad de su puesta en escena, los sorpresivos giros de la historia, la movilidad de la cámara y un montaje que atrapa al espectador, casi sin dejarle margen para la distracción.
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  • Fernando Iannantuono
    Cine hipnótico

    Atrapante película que a través de la premisa de la vuelta de tuerca constante mantiene al espectador atento ante cualquier circunstancia. Una trama completamente efectista y vertiginosa permite la creación climas bien tensos y atrapantes que sin lugar a dudas entretendrán durante toda su extensión. Es una lástima que al terminar el espectáculo, el espectador se sienta usado, mareado y sin la menor idea de que sucedió.
    Danny Boyle es uno de los mejores directores en cuánto se refiere a narrar una historia de manera atractiva y moderna. Su uso de estrambóticos enfoques, montaje veloz y estimulante música le permiten a sus productos llamar la atención y entretener al espectador. Prácticamente se podría decir que "En trance" está hecha a su medida. Creada para potenciar las mejores técnicas del realizador, haciendo de la película una obra que no da respiro e hipnotiza al espectador en un terreno sumamente atrapante.

    Arrancando por una brillante escena de robo a una subasta de arte, se pondrá en marcha un mecanismo de giros constantes donde por ejemplo en primera instancia el narrador posiblemente el héroe incorruptible es revelado como el ladrón encubierto dentro de la operación. Los hechos se sucederán de manera impecable hasta que la necesidad de requerir los servicios de una experta en hipnosis den pie a una cadena de eventos aún más atrapantes pero llena de agujeros y muy difícil de entender. Es desde aquél momento donde Vincent Cassel le pregunta a James McAvoy por qué eligió a Rosario Dawson como su terapeuta cuando la historia entra en el terreno del rompecabezas cerebral volviendo a la película tan apasionante como irritante o angustiante.

    Sin lugar a dudas, desde el instante que aparece la hipnosis en la película, la misma empieza a ser embestida por toda clase de fuerzas fantasiosas que continuamente ponen en riesgo el verosímil del relato. A partir de aquí el espectador tendrá que soportar ciertas libertades, como la facilidad y efectividad en que son hipnotizados los personajes, y evitar tratar de entender lo sucedido, ya que ante cada giro la película abre demasiadas puertas hacia el azar más conveniente y todo resulta extremadamente presuntuoso. Si bien, la película busca estos efectos, claramente se le puede objetar que sus recursos son desleales con el espectador, ya que en bastantes momentos se mezclan los sueños con la realidad y en nunca hay una intención de diferencia lo onírico de lo real. Este es un típico engaño que puede ser tolerado una vez, pero cuando son varias veces ya se trata de un acto irrespetuoso.

    Por último, la presencia de Rosario Dawson le permite introducir a la película otro elemento todavía más atrapante: la manipulación. Observar como la terapeuta seduce a los hombres y lentamente los va guiando para que hagan lo que ella desee es impresionante. Dawson brinda una impecable actuación que le permite personificar a esta terrible seductora dominadora de hombres. No es para nada casual que la mayor efectividad de la película radique en sus hombros, ya que la trama se trata básicamente una sola cosa, manipulación.
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  • Leandro Arteaga
    Leandro Arteaga
    Rosario 12
    No mucho más que una única imagen hipnótica

    O Danny Boyle se ha vuelto poco cineasta o quizás nunca lo fue demasiado. Nada raro pasa en sus últimas películas, tan conformistas, tan pendientes del gusto mediático. Quizás el momento bisagra ﷓si es que algo así es pensable﷓ lo ofrezca Slumdog millionaire ¿Quién quiere ser millonario?, con sus piruetas hindúes coloridas, tan turísticas como oscarizadas. Después, 127 horas, llena de buenas intenciones, aleccionadora, moralista. Posteriormente, el nombre de Boyle como atracción de marquesina para la puesta en escena de los juegos olímpicos en Londres. Y ahora: En trance.

    El devenir expuesto ya prefigura algo; sintéticamente: pirotecnias varias para entrelazar juegos mentales que den con el escondite de la famosa pintura robada. A ver: James McAvoy es empleado en subastas de arte, acuerda con el malandra de Vincent Cassel un robo perfecto, pero un golpe en su cabeza termina por inutilizarle los recuerdos. Finalmente, la experta en hipnosis Rosario Dawson (o hipnótica, lo que es más cierto) es contactada para dar con el recoveco mental, allí donde McAvoy guarda su celoso secreto.

    Hasta ahí, todo bien. Es más, el gusto por lo que sucederá prende de inmediato. Las secuencias iniciales son elípticas, con un montaje a veces caprichoso, sin raccord necesario, lo que permite entrever alguna falta de lógica que, en todo caso, augura una explicación mayor, para la que habrá que saber esperar (allí la trampa o, mejor, la sinceridad del film, porque no habrán más que sorpresas falsas). Además, la acción se plantea de forma brusca, desde un plan cuya ejecución es una suma de engranajes. Y también porque Cassel está justo, tiene el rostro más curtido en años, afilado y bien demarcado, como si lo hubiese dibujado Chester Gould (el creador de Dick Tracy).

    Ahora bien, cuando el viaje de recuerdos comienza y el entrevero de memorias sucede, la película se vuelve más y más falsamente abstracta (acá la pseudo-sorpresa). Allí lo que no puede aceptarse, porque si de sustraerse a lo figurativo se trata, permitiendo al montaje procurar sinsentidos o resoluciones fortuitas, nada que hacer tienen las voces normalizadoras. Entre todas ellas, una se erigirá gradualmente, como voz total que será explicación final, razón para lo sucedido. Cuando se arribe a la conclusión, el espectador sabrá que nada de lo visto estuvo por fuera de otro plan tan premeditado como el del robo primero. Y lo que es peor, desde una justificación que -en teoría bienpensante- debiera ser atendible, de no ser porque se escuda en su corrección política.
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  • Mauro Jacobo
    Mauro Jacobo
    Cinélico
    El laberinto Boyle

    "Trance" del director Danny Boyle ha sido un trabajo bastante criticado, que ha despertado simpatías y odios por igual. Me tiro hacia el lado de la simpatía y digo que esta última película de Boyle es bastante disfrutable, con vueltas de tuerca fieles a su estilo y con un cuidado técnico más que profesional. Recordemos que el director británico ha sido responsable de cintas famosas como "Trainspotting", "Slumdog Millionaire" y "127 horas", todos trabajos en los que está impreso su sello adrenalínico característico. "Trance" no es la excepción y de hecho demuestra que Danny ha ido afilando su ojo técnico.
    Es verdad que la historia comienza con un tipo de dinámica y que ésta, a medida que va avanzando el metraje, se vuelve cada vez más volátil e impredecible, presentando algunas situaciones que podrían tildarse de inverosímiles. Más allá de la chiflera creativa del escritor (John Hodge) y el director que por momentos se sale de los límites realistas, la trama de traiciones y el estilo que le imprimen, hacen que ciertos pecados como estos sean perdonados. La esencia del engaño, dentro de la trama y al espectador mismo, hace que el espectáculo valga la verborragia artística a la que nos vemos sometidos. La narración y la filmación frenética se hacen presentes durante todo el film, funcionando en el 70% del metraje y pasándose de vuelta en el 30% restante, lo que produce que por momentos nos perdamos entre tanto zigzagueo.
    James McAvoy demuestra una vez más que puede protagonizar cualquier blockbuster y hacerlo con gracia y carisma. Completan el reparto una Rosario Dawson y un Vincent Cassel que cumplen muy bien sus roles respectivos, aportando maldad y sexiness a esta propuesta.
    Creo que los espectadores que disfrutaron de las producciones anteriores de Boyle, no serán defraudados con esta producción y podrán sumar un título más que los confirme como fans de su estilo de filmación. No es de sus películas más memorables, pero eso no quita que sea un entretenimiento digno de ver y recomendar, sobretodo para discutir luego con amigos sobre como interpretaron el laberinto fílmico al que estuvimos sometidos.
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  • Carolina Taffoni
    Juegos de la memoria

    Después de tanto thriller hollywoodense con vuelta de tuerca como única solución final, una película como “En trance”, con todos sus defectos, es más que bienvenida. No es que Danny Boyle (“Trainspotting”, “¿Quién quiere ser millonario?”) derroche originalidad, pero es evidente que logra imprimir su sello a una historia que, en otras manos, hubiese naufragado. Acá hay un robo, un ladrón que esconde el botín y pierde la memoria, y una hipnotista que tratará de que recupere sus recuerdos. Pero estos datos en realidad no importan, porque acá nada es lo que parece. Boyle plantea la película como una mezcla de policial negro y thriller psicológico, donde lo importante no es tanto lo que se cuenta sino cómo: con su collage de vértigo y confusión, de sexo y violencia, de imágenes oníricas y laberinto de espejos, el director juega en dejar “en trance” al mismo espectador, y muchas veces lo logra, aunque el ritmo trepidante y los flashbacks llegan a marear un poco. Boyle vuelve a apoyarse en sus encuadres perfectos, en un trabajo impecable de montaje y fotografía, y también en la banda de sonido, fiel aliada de todas sus películas. Eso sí, los amantes de las películas lineales, por favor abstenerse.
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  • Ignacio Andrés Amarillo
    Abriendo los cajones de la mente

    Arranquemos con una reflexión: “En trance” no está recomendada para los que no disfrutaron de los complejos filmes de Christopher Nolan como “Memento” y “El origen”, o se perdieron con el ritmo narrativo que usó David Fincher en “Red social” o “La chica del dragón tatuado”. Porque el polifacético Danny Boyle arranca con gran dinámica visual el intrincado guión craneado por Joe Ahearne y John Hodge, que parece comenzar trepidante y lineal, para luego empezar a expandirse para todos lados.
    Todo comienza con un ataque para robar una pintura, “Brujas en el aire” de Francisco de Goya, mientras está siendo subastada. Simon Newton, empleado de la empresa de subastas, queda como un héroe al tratar de salvar el cuadro, pero en realidad está conchabado con los ladrones, liderados por el profesional Franck. Una sobreactuación de los dos hace que Franck le pegue un fuerte golpe en la cabeza a Simon.
    A continuación se dan dos hechos: el estuche donde tendría que estar la pintura está vacío, y Simon no se acuerda qué hizo con la misma. Cuando por las malas los malandrines se dan cuenta de que realmente se trata de un caso de amnesia y no una treta del muchacho, a Franck se le ocurre recurrir a una especialista en hipnosis llamada Elizabeth Lamb. Primero sin que ella sepa, pero luego la banda se verá envuelta en una sociedad con ella, tratando de extraer de la cabeza de Simon el paradero del lienzo.
    La historia empieza a combinar el juego de intrigas entre las partes involucradas (la suculencia de la terapeuta nos hace saber de entrada que algún componente sexual habrá), con la exploración de los recovecos de la mente de Simon, en un viaje en el que se empiezan a mezclar las imágenes que la terapia hipnótica le genera. ¿Se las genera? ¿O cada imagen es una referencia de algo más? La trama se seguirá enroscando hasta que en el final empecemos a dudar de lo que vemos, y descubramos el verdadero secreto que se esconde en la mente del protagonista.
    Narración abierta
    El guión hace “funcionar” la historia porque es lo suficientemente inteligente como para hacernos suspender la incredulidad ante un montón de tópicos: nunca se ha visto una banda de ladrones que contrate una hipnotista, o que ésta tenga una influencia sobre la mente que reíte de Tu Sam. Seguro que además le saldrán al cruce teorías psicológicas analizando su coherencia o no (en estas páginas analizamos en su momento las discusiones de los físicos en torno al argumento de “Looper”, por ejemplo), pero a los fines narrativos consigue los objetivos, aunque después de la última vuelta de tuerca podríamos ver si en el final no se disipa un poco (más allá de la picardía en el remate).
    Boyle vuelve a usar su artesanía para la narración visual, con el manejo de los flashbacks, recurso en el que basó sus dos últimos éxitos, “¿Quién quiere ser millonario?” y “127 horas”: si en esos casos eran las ventanas que se abrían a partir de un presente narrativo concreto (el concurso televisivo, el explorador atrapado en la roca), acá el juego se le abre mucho más: el relato avanza hacia adelante, mientras se despliegan retazos del pasado mezclados con las cajoneras de la mente que Elizabeth le abre a Simon, plagadas de imágenes oníricas que representan otra cosa, otra escena sublimada: un vestido, un auto, un llavero azul (a David Lynch le encantaría) volverán a presentársenos de maneras varias (ya que estamos, podríamos hablar de “fuga psicogénica inducida”, para usar un término lyncheano).
    Boyle sigue jugando con imágenes que se repiten pero diferentes, en aquellas tomas donde hay una ventana, un espejo: ingenioso detalle...
    Personajes con espesor
    Por supuesto, otro elemento clave son los intérpretes elegidos para guiarnos en el berenjenal. Y el triunvirato elegido es altamente solvente: James McAvoy como el atribulado Simon, lleno de secretos escondidos en su cara de buenito, capaz de transfigurarse en algo temible de un momento a otro. Su contracara está en Vincent Cassel, que con su Franck reincide en un personaje que le queda comodísimo: criminal de alta gama, capaz de pasar de la risa a la violencia, y de dar miedo cuando explota (buena parte de su filmografía pasa por ahí), aunque con algunos giros que lo sacan del cliché.
    Por supuesto, la clave pasa por Rosario Dawson como Elizabeth. No porque Boyle se engolosine en retratar su generosa y trigueña anatomía como si fuese Goya mismo ante su Maja desnuda (con una diferencia explícita, que el espectador no podrá evitar), ni porque sea la encargada de consolidar la tensión sexual de la trama, sino porque debe lidiar con el personaje más complejo: el más indefenso pero a la vez el más poderoso, el que quiso escapar pero es dueño de todas las llaves.
    Todo esto se combina para demostrar que en los cajones de la mente humana se esconden cosas mucho más peligrosas que en los de la mesa de luz de un ladrón de cuadros...
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  • Beatriz Molinari
    Beatriz Molinari
    La Voz del Interior
    Un rompecabezas para el diván

    Danny Boyle asume el relato de un thriller en el que el robo de una obra de arte deriva en una trama compleja de sello psicologista. En trance propone una mezcla de elementos que conducen a un enigma pero el rumbo va cambiando de objetivos, con la habilidad del director para retratar realidades paralelas y simultáneas.

    James McAvoy es Simon, un subastador de bellas artes, que integra una banda de delincuentes. El gran atraco tiene como blanco el cuadro de Goya Noche de brujas, pero el plan sufre alteraciones y Simon recibe un golpe en la cabeza. La amnesia funciona como excusa para relacionar a los hampones liderados por Franck (Vincent Cassel) con Elizabeth, la psicóloga especialista en hipnosis, rol que desempeña con actitud omnipresente Rosario Dawson.

    James McAvoy conduce al espectador por los recovecos de los deseos, recuerdos e impulsos más primarios de Simon, intervenidos por Elizabeth. Mientras, Cassel ofrece las mutaciones de Franck, un tipo sádico que también queda atrapado en su costado más vulnerable.

    En trance suena pretenciosa cuando intenta reducir la anécdota al pasado cercano de Simon y para ello va forzando interpretaciones. El relato avanza trabajosamente entre juegos de realidades de distinta intensidad. Simon recupera un recuerdo clave que revela su verdadero secreto, pero el truco se vuelve confuso.

    A la manera del recurso del deus ex machina (solución ‘mágica' que resuelve cualquier embrollo), el guión recibe varios golpes de efecto poco creíbles. James comparte progresivamente el protagónico con Cassel y Rosario Dawson. El actor tiene la capacidad de crear la ambigüedad necesaria para que Simon sea víctima y victimario a la vez. El problema está en el giro que toma la terapia. La relación de poder define el juego. La terapeuta maneja la hipnosis y manipula los resultados. Lentamente, va quedando atrás el tema del cuadro robado. El hecho es signo de otra cosa.

    En trance ofrece momentos de suspenso malogrados por el tufillo esnob del relato, con demasiados elementos en ese rompecabezas. El operativo comando se reduce a sesiones de diván e implicancias que están fuera del campo del espectador. El director y Elizabeth son quienes más saben. En el relato se resignifica el rol de la bruja, que no vuela ni necesita un caldero humeante para hacer arder las conciencias enemigas.
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  • Marcos Vieytes
    Marcos Vieytes
    Hacerse la crítica
    Puro placer del folletín impuro. Me sorprendí siguiendo sin esfuerzo y con mucho interés las idas y vueltas de En trance. Siempre tuve prejuicios contra Danny Boyle. No vi Trainspotting y como, además, siempre fui un chico ejemplar, no me tentaron sus excesos ni me sentí jamás representado generacionalmente por el cine de este tipo de poco más de 50 años que me parece, como mucho, un honesto continuador de Tony Scott con más e inmerecida importancia que su compatriota. Cuentan rápido y sin demasiado criterio mil cosas a la vez, aunque terminen resultando mucho más clásicos de lo que parecen y les importe, sobre todo, entretener, pero entretener con personajes atractivos, buena selección de actores y haciéndosela pasar bien al espectador con tanto proceloso ruido audiovisual y tanta palabra, en el fondo, arrulladora. ¿Qué significa para estos señores hacer que los espectadores la pasemos bomba? Ponerle acción al asunto, colores al plano, sentimientos a los vínculos, relativamente poca duración al plano, aunque porte más contenido y sentido del que parece, sólo que condensado.

    En trance empieza con un empleado de una subastadora de arte contándonos que ahora ya no hay robos como los de antes porque las medidas de seguridad tampoco son las de antes. La elemental comparación entre el pasado y el presente se impone, pero la nostalgia no campea, porque el cine de Boyle es un cine del instante, más allá de cuánto nos guste la actualidad recontratecnificada, las relaciones rápidas, el intercambio de datos, la velocidad. Pero este presente del cine de Boyle tiene conciencia del pasado, aunque más no sea como mercancía, materializado aquí en las pinturas y en la memoria perdida del protagonista. El espectador ignora al principio si es un truco para quedarse con el botín o si la amnesia es real. En todo caso, la identificación con el personaje será relativamente débil o más bien inestable, para luego dispersarse hacia otros personajes y terminar por no aquerenciarse con nadie, o acaso con el todos de la cámara, que es menos la semisubjetiva de un creador personal mostrándonos su mundo que la de un servidor impersonal permitiéndonos navegarlo. Boyle sabe que no hay nada nuevo bajo el sol, lo que no le impone la carga de reverenciar a otros (cineastas, en este caso), sino de ir para adelante haciéndole caso a su voz.

    Que es la del mundo virtual, la autopista de la información, la pantalla táctil, pero todo ello dotado de una cierta textura física y de un placer sensorial juguetón de tan colorido. Los cómplices del protagonista terminan aceptando que el chabón no recuerda dónde puso el Goya robado después de sacarle todas las uñas de los dedos menos una (o dos), y deciden llevarlo a una hipnotizadora para que acceda a la información. En ese punto reconocemos estar en una comedia que roza el absurdo. Ni qué decir cuando la hipnotizadora los convence a todos de someterse a terapia para demostrarse vulnerables ante el protagonista, que no abre su inconsciente por temor a que lo maten una vez revelado el secreto. Ustedes dirán que no hay lógica alguna en lo que estamos viendo, pero ¿quién precisa de la lógica? Además, si Rosario Dawson es la hipnotizadora y más tarde hace un desnudo frontal, ¿quién podría negarle algo? Esto parecen los delirios de un calenturiento, pero si hay una lógica en la película es la del poder femenino sobre el hombre, transformado en fetiche circunstancial en pro del fetiche mayor.

    Esto que empieza como comedia termina con excesos casi melodramáticos que no hacen sino volver todo más absurdo y enrevesado, sin que nos importe remontar el hilo argumental para ver si nos permite salir del bosque en el que nos extraviamos felizmente en compañía de un Vincent Cassel que funciona muy bien con los directores que exponen su evidente vulnerabilidad malamente disfrazada de rudeza (sin ir más lejos, Cronenberg en Promesas del este). En el camino volvemos a encontrar fragmentos del encanto de las películas en las que un grupo sofisticado de ladrones hacía del robo de obras de arte un arte en sí mismo, la célebre distancia melancólica entre el plan y su realización, una cierta teoría del espectáculo como hipnosis consentida, un gran santuario arquitectónico que cobija todas las pinturas perdidas u olvidadas con el aura sagrada ausente de Benjamin trocada en impulsos electrónicos, y un final abierto marca siglo XXI que recupera la riqueza inmediata y profunda del arte popular, por masivo que sea, capaz de parir involuntariamente asombros como los que a principios del siglo pasado despertaban los seriales en los surrealistas.
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  • Hernán Gómez
    Hernán Gómez
    Hacerse la crítica
    Trainspotting era el relato de unos jóvenes que corrían a velocidad crucero. Renton contaba concientemente las inconciencias que cometían a diario en una Irlanda nublada, fresca, noventosa y desesperada. Por suerte existe la cultura popular, la cultura baja capaz de penetrar en diferentes niveles y dejar una estela de inquietudes a su paso. A la distancia se pueden ver más que claras las señales de una época: Nevermind (1991) de Nirvana era el primer síntoma de que algo estaba cambiando. Con Pulp Fiction (1994) ya casi no quedaban dudas. Trainspotting (1996) y el silencioso comienzo de la globalización dejaban claro que estábamos instalados en una nueva era.

    Allá por el año 2000 aterricé en Nueva York solo y sin hablar una palabra de ingles. Fue casi como viajar a una dimensión paralela. Las únicas referencias que tenía del lugar eran cinematográficas, porque Internet todavía era un lujo, especialmente para la clase media baja. En prácticamente un solo día recorrí el Museo de Arte Metropolitano. Velazquez, Picasso, Rembrandt, Cezanne, El Greco, Degas, Monet y muchos más quedaron apuntados en un cuaderno Rivadavia de tapa dura que aun conservo. Quedé estupefacto por el inesperado vigor de la pintura con la que nunca había tenido un encuentro cara a cara. Dos obras me impactaron más que el resto: la versión de Francis Bacon del Retrato de Inocencio X, imagen en negativo de la angustia más profunda, y El vuelo de las brujas de Goya. Este último exudaba alquimia.

    El lienzo de 1798 muestra cómo un grupo de brujas semidesnudas, peladas y con bonetes de la época, vejan un cuerpo en el aire a metros del piso. Debajo hay un burro pastando, testigo silencioso que observa inconmovible. Dos mortales que no quieren ver tapan sus ojos. Uno yace en el piso, boca abajo, y aprieta sus oídos. Las risas de ellas y los quejidos de la victima lo enloquecen. El otro, tapado con una tela, parece invocar al dios de la cordura. Todo sucede en una especie de colina. Es negra noche cerrada. La escena parece estar iluminada por la luz de la luna. La imagen me inquietó tanto que vuelvo con cierta recurrencia a invocar la sensación, aunque desde entonces nunca más miré el cuadro hasta ver En trance.

    El de la película es un viaje desparejo, rulo que no termina del todo bien ya que parte del final de la película se aletarga en una especie de ralentí que parece ser tierra de nadie entre la conciencia y la inconciencia. Simon (James McAvoy) trabaja en una agencia de remates en Londres donde siempre se espera un atraco. Los valores de las pinturas son gran tentación para los altos chorros. Un asalto bien planeado por Franck (el siempre mas que solvente actor galo, Vincent Cassell) y su gente, con el objetivo de llevarse El vuelo de la brujas de Goya, es el disparador de un trip que nos deja en un lugar donde se pierden las demarcaciones de la realidad.

    Simon nunca termina de saber dónde comenzó y dónde terminará el descenso, y el espectador camina a ciegas por un camino lleno de ideas visuales y climas en constante desarrollo. Profusas imágenes construyen un viaje placentero por algunos infiernos. Boyle bebe del brebaje que Buñuel convidó a todos desde el cine y emprende un éxodo al dominio de la irreflexión. Mil y un tamaños de planos, imágenes estilizadas, música grasa y simple, dejan al relato descansar en todas las posibilidades que hoy brinda el lenguaje audiovisual.

    The Master, de Paul Thomas Anderson, también construye una escalera en espiral, pero ascendente y sofisticada. Con ese tufo a secta que envuelve la película, el relato se pone poco a poco expulsivo, abstracto. Sus personajes tienen el toque de la demencia y todo edifica una irrealidad extraña. En trance se sumerge en la negrura humana con un lenguaje mucho más simple, pero solvente. Parte de la idea es que el espectador siempre tenga un pie en el policial y luego, casi tanteando un terreno que nadie conoce definitivamente, llegue al mundo de la hipnosis. La película corre todos los riegos habidos y por haber, pero jamás arruga en esa imperiosa idea de llegar al limite entre la cordura y la locura. Sólo el cine y los sueños pueden armar semejantes existencias. Boyle tiene películas buenas, malas y de las otras, pero nunca perdió la intensidad.
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  • Alejandro González
    Danny Boyle, es un director difícil de encasillar. En su filmografía se plasman grandes éxitos comerciales y de crítica, como “Trainspotting”, a estas alturas, ícono de una generación hastiada del mercantilismo surgidos al alero de dos décadas de gobierno conservador en Gran Bretaña, junto a otras como “Vida sin reglas” (A Life Less Ordinary), que fueron recibidas más bien fríamente por el gran público. Luego, a principios del nuevo milenio, sorprende con “Exterminio” (28 Days Later), una vuelta de tuerca al mundo zombie, que supuso un nuevo aire a ese sub-género del terror. Finalmente, el 2007 vuelve a sorprender con una historia sencilla pero efectiva con “Slumdog Millionare”, una de esos films que encaprichan a la Academia de Hollywood y la premian como si se tratase de “El Ciudadano Kane”.

    Pasado el chaparrón de luces, efectos y libras esterlinas, que le supuso dirigir la obertura de las Olimpiadas en Londres 2012, nos regala su nuevo trabajo: “Trance” (En Trance), que cuenta la historia de Simon (James McAvoy) un empleado de una casa de subastas, el cual al oponerse al robo de una obra de Francisco Goya, recibe un golpe en la cabeza que le hace perder la memoria. Los ladrones, al revelar su botín, se dan cuenta que el cuadro no está ahí. Obstinados en recuperar su botín, estos contratan a una psiquiatra experta en hipnosis (Rosario Dawson) para que de este modo, pueda armar el rompecabezas desatado en la cabeza de Simon producto del golpe.


    “Trance” es un thriller de buen ritmo, muy frenético en el desarrollo, impregnado de flashbacks que a ratos marea, y cuyo fin es perder al espectador en el laberinto de lo que parece y no es. Un ejercicio de buena muñeca en el manejo de la acción, que mantiene el interés durante gran parte del metraje, pero que abusa de los giros permanentes en la historia. Sinceramente, ese alambique de golpes de efecto, tiende a aburrir hacia los últimos 20 minutos del film, y dejan a esta película de Boyle, dentro de lo más débil de una filmografía plagada de grandes aciertos, pero que no obstante, resulta un divertimento muy por sobre la media del cine comercial de acción hoy en cartelera.
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  • Facundo J. Ramos
    Alejado de las temáticas que supieron traerle el reconocimiento que un artista de su talla se merecía, finalmente Danny Boyle, uno de los directores más talentosos para contar historias de superación humana y convertirlas en agradables para la vista y los oídos de los cinéfilos, está de regreso.

    Más allá del Oscar, el resto de las nominaciones que recibió por “Slumdog Millonaire” (2008) y “127 Horas” (2010) y de haber dirigido la apertura de los últimos juegos olímpicos, el cine extrañaba este Danny, el que es capaz de atornillarte a la butaca con una historia madura (independientemente del género al cual pertenezca) que pone el eje en la naturaleza humana y lo que esta permite hacer a sus protagonistas.

    Desde “Trainspotting” (1996), “La Playa” (2000), “Exterminio” (2002), “Millones” (2004), “Sunshine: Alerta Solar” (2007) y hasta los anteriormente mencionados, todos los trabajos de Boyle hablan de lo mismo y en el mismo idioma: Personajes que deben superar un momento crítico en sus vidas, sin la ayuda de ninguna otra cosa que no sea la voluntad por seguir adelante y sortear ese obstáculo.

    Basado en un guión de John Hodge (con quien ya había trabajado en “Trainspotting”) “En Trance” significa el regreso al Boyle sucio, aquel que no tiene miedo de ensuciarse las manos con tal de sumergir al espectador en un espiral de idas y vueltas del cual es difícil salir siempre bien parado. Y por si fuera poco estamos frente al primer thriller de su carrera, un film noir en toda regla que ofrece todo aquello a lo que Boyle nos tiene ya acostumbrados pero en dosis muy grandes y gratificantes.

    Comenzando el relato con una impresionante secuencia que retrata el robo de una pintura en plena subasta, la historia empieza a seguir los pasos de Simon (perfecto James McAvoy) quien tiene la responsabilidad de proteger la obra de arte, pero a su vez también forma parte del grupo que perpetra el robo liderado por Franck (el grandioso Vincent Cassel) por lo que todo termina en una serie de violentos acontecimientos que dejan a Simon en estado inconsciente.

    Al despertar del coma, el paradero de la obra sigue siendo todo un misterio, por lo que el grupo de criminales decide pedir ayuda a una respetada hipnoterapeuta (la terriblemente hermosa Rosario Dawson) para resolver el misterio y hacerse de una vez por todas con el botín, sin tener en cuenta los riesgos que desatará en sus protagonistas saber todos los secretos que esconden en su inconsciente.

    Con un avasallante ritmo que no da respiro ni un segundo, una fotografía suprema de Anthony Don Mantle (ganador del Oscar por su trabajo en “Slumdog Millonaire”) y una excelsa y revitalizante banda sonora compuesta por Rick Smith, pero que además cuenta con el siempre importante aporte de Moby (en uno de los momentos más logrados y perfectos del film), “En Trance” es de esas producciones que de tan vertiginosa y dinámica que es te pasa factura si pestañeas un segundo de más.

    Párrafo aparte para dos aspectos fundamentales que terminan de convertir al último trabajo de Boyle en una de las mejores películas de este año, que son las actuaciones y la edición del film.

    Las grandiosas actuaciones de McAvoy, Cassel y Dawson son vitales ya que Boyle intercambia el protagonismo central entre estas tres figuras, corriendo la mirada constantemente para que el espectador nunca pueda anticiparse quien es verdaderamente el eje absoluto de la historia.

    Un misterio que se resuelve en su tercer acto, donde Boyle hace gala de su impresionante capacidad técnica, apoyándose también en la edición de John Harris, para montar unos minutos finales hipnotizantes y frenéticamente adictivos.

    Sin dudas “En Trance” es un excelso trabajo de Boyle dentro de su filmografía, que si bien podemos considerar como un regreso, es la muestra más clara de que Danny nunca se fue.
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  • Jorge Luis Fernández
    Jorge Luis Fernández
    Revista Veintitrés
    Terapia de grupo

    La voz en off de Simon (James McAvoy) explica el procedimiento en las casas de subastas para evitar el robo de una pintura; entonces, un grupo liderado por Franck (Vincent Cassel) irrumpe en pleno remate de “El vuelo de las brujas”, de Goya y, tras un fallido intento de Simon, se lleva el botín. Pero al abrirlo, de vuelta del operativo, resulta que el lienzo fue extraído del marco. El sospechoso es, claro, Simon, que en realidad trabajaba para el grupo y no recuerda dónde ni por qué lo escondió. Sí, es un inicio rebuscado, pero no es nada comparado a lo que sigue. Porque para que Simon recupere la memoria, supuestamente perdida por un golpe en el operativo, Franck lo lleva a consultar una hipnotizadora (Rosario Dawson) que de a poco irá desorientando a todo el equipo. Como David Fincher, Danny Boyle es heredero del thriller hitchcockiano vía Brian De Palma, y al igual que Fincher, su técnica impecable, por momentos apabullante, tiende a sofocar las mejores ideas. En trance tiene mucho en común con Femme Fatale. Al igual que en el film de De Palma, protagonizado por Rebecca Romijn y Antonio Banderas, la mujer tiene una presencia dominante; su sexualidad es el cebo para los demás personajes y, en consecuencia, para la evolución de la trama. El film, como muchos de De Palma (quien no hizo más que perfeccionar la tradición noir), mantiene una incógnita que se resuelve en los últimos minutos. ¿Sería más valiosa En trance de no existir antecedentes como Femme Fatale? Y la respuesta es, lamentablemente, no. Porque su gran logro técnico y actoral se desploma ante un argumento confuso, desordenado y, en esencia, absurdo.
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