El vicepresidente: Más allá del poder

Crítica de Mex Faliero - Fancinema

UNA TAZA ARRIBA DE UN PLATITO, ARRIBA DE UNA TAZA…

Adam McKay es, seguramente, el mejor director de comedias que ha dado el cine norteamericano en el nuevo siglo. Su seguidilla de obras maestras en sociedad con Will Ferrell, que incluye El reportero, Talladega Nights, Hermanastros, Policías de repuesto y El reportero 2 (incluso Wake up, Ron Burgundy: the lost movie, película hecha con escenas que quedaron afuera del montaje de El reportero) habla a las claras de un tipo con una visión particular, que llevó mucho más allá el estilo televisivo y de sketches de la Nueva Comedia Americana. Claro, la comedia puede dar cierta popularidad, pero no da prestigio. Así que como muchos, McKay emprendió el viaje hacia un cine “serio”, que aborde temas comprometidos y, en lo posible, se incluya en la temporada de premios. Mal no le ha ido: tanto La gran apuesta como esta, El vicepresidente, han llamado la atención y lo han instalado en un sitial destacado dentro de la industria del cine norteamericano. La buena noticia es que McKay nunca dejó de ser McKay, que su mirada absurda y delirante sobre el mundo se posó sobre episodios más delirantes y absurdos aún que su mirada, y sus películas, aún fallidas y confusas como La gran apuesta, tienen una personalidad que el 90% del cine de Hollywood no tiene. Pero en el caso de El vicepresidente, su particular biografía de Dick Cheney, estamos ante una formidable sátira sobre el poder, sus usos y abusos, especialmente cuando lo detenta un tipo gris y peligroso como Cheney.

La pasión con que McKay busca convertirse en una suerte de analista de la realidad norteamericana de las últimas décadas, tanto en lo político como en lo económico, puede parecer un poco forzada y oportunista. Pero nada más lejos de la realidad. Ya en Policías de repuesto el mal estaba representado por gente de negocios que aprovechaba los huecos del sistema y muchas películas de la productora Gary Sánchez (la compañía que el director fundó junto a Ferrell) ofrecen una mirada atenta al vínculo de la sociedad estadounidense con el dinero y el éxito, como la divertidísima The House por ejemplo. Por tanto, películas como La gran apuesta o El vicepresidente no son más que otras formas que encuentra McKay para seguir satirizando a una sociedad que parece condenada a repetir ciclos autodestructivos. Si bien aquí el centro es la figura de Cheney, su ascenso dentro del poder político norteamericano hasta convertirse en el vicepresidente más influyente de la historia, está claro que McKay le habla al espectador: porque ¿qué otra es Cheney que el tipo que se mete en el barro para que todos vivan su sueño americano en paz?

El vicepresidente comienza en los 60’s, cuando Cheney era un borracho sin futuro (un Christian Bale en su mejor forma), y progresivamente va avanzando entre décadas y entre los pasillos de la Casa Blanca. Lo interesante, lo jodidamente interesante, es el retrato de Cheney que hace el director y guionista: se trata de un tipo sin virtudes aparentes, un ser opaco y sin el mayor carisma, pero que sabe ver la oportunidad en el momento justo. Y eso en política -dice la película- es una cantimplora con agua en el medio del desierto. Detalle no menor: aunque por momentos la película es un poco canchera y hace algunas de más, McKay nunca pierde de vista que la política es una actividad fascinante. Cada decisión que toma su personaje es una construcción lúdica sobre el hecho político, desde lo público a lo privado. Ahí vemos el vínculo con su hija lesbiana.

McKay es un director del contenido y de la forma. Y El vicepresidente es precisamente una película sobre lo que se dice, pero también sobre cómo se dice -¿acaso no es eso, también, la política?-. Ahí aparece el humor, en todas sus formas. La película hace uso de incontable cantidad de recursos: rotura de la cuarta pared, saltos temporales, una voz en off autoconsciente, subrepticios diálogos shakespereanos, analogías y metáforas visuales, todo para desacralizar aquello que vemos pero también para confirmar que el absurdo del poder es insuperable. McKay, astro de la comedia, invoca el espíritu del Saturdar Night Live (donde trabajó) en el memorable falso final que le toma el pelo a los biopics de Hollywood, pero también a los Monty Python en una escena con Alfred Molina oficiando de mozo y desnudando con sarcasmo la impunidad de un grupo de personajes despreciables. La manera en que McKay aborda la biografía es irreverente, tanto en su mirada sobre el personaje como en los modos que Hollywood tiene de trabajar el biopic, ese subgénero maldito.

En determinado momento de El vicepresidente, McKay usa la figura de tazas apiladas arriba de platitos, arriba de otras tazas, arriba de otros platitos. Y así. Una torre frágil, que representa el camino del poder, uno que en algún momento, de manera indefectible, se caerá a pedazos. Esa torre de tazas no hace más que recordar a un castillo de naipes, o a una “house of cards”, esa serie demasiado estúpida para ser tomada en serio (de hecho el diálogo shakespereano parece una ironía sobre la serie con Kevin Spacey). Precisamente en las más de dos horas que dura su película, la acumulación de datos y episodios (de tazas y platitos) en los que Cheney es protagonista resulta agobiante, pero el montaje es clave para justificar esa sucesión de imágenes que desfilan ante nuestros ojos: en verdad El vicepresidente es sobre gente que toma decisiones que impactan en otras personas, pero casi nunca vemos las consecuencias (la guerra está representada por flashes, imágenes esporádicas y veloces que nos impiden ver el horror) y sí nos demoramos en las decisiones. Lo que le importa a McKay antes que juzgar es, efectivamente, ese sinsentido, ese adormecimiento que la sociedad confunde con bienestar. Por eso el final, por eso la honestidad de dejarle las últimas palabras a Cheney que hace como que se hace cargo, cuando en verdad le está diciendo a todos que él no es más que el brazo armado del amable ciudadano.