El porvenir

Crítica de Leandro Arteaga - Rosario 12

Cuando las preguntas permanecen

La película de la realizadora francesa indaga en su personaje y toca un lugar metafísico. La relación entre filosofía y cine conoce aquí uno de sus mejores ejemplos. Sin moralizar o estigmatizar, tematiza una problemática social.

De manera armónica, como comprensión tal vez feliz para su protagonista, El porvenir comulga inicio con desenlace. Su comienzo, de hecho, alude al después común e inevitable (con la tumba de François‑René de Chateaubriand como efigie, donde inscribir el mismo título del film) y sobre sus últimas imágenes será el vaivén en brazos de un recién nacido la acción a privilegiar, relacionada desde el plano secuencia con el grupo humano, familiar.

Ese plano, en tanto movimiento sin cortes, necesariamente hace copartícipes a quienes allí dejan verse, a través de una mirada ética, gregaria, que es plácida, hermosa, de responsabilidades, alegría y dolor, compartidos. El film de Mia Hansen‑Løve parece encarnar la máxima socrática, aquella que señala a la filosofía como una preparación para la muerte. Y lo logra desde un proceder dialéctico, que confronta lo vivido con los deseos alguna vez sentidos.

Quien encarna este proceso, piedra angular sin la cual nada sería posible -tal es su importancia-, es Isabelle Huppert. Nathalie sólo puede ser ella, una gran actriz, capaz de soportar y traslucir -casi veladamente, siempre grácilmente- el viaje complejo en el que se interna. Nathalie es profesora de filosofía, detesta la intromisión de la política en sus clases, está por enfrentar una separación, dirige una colección de libros de venta decaída (la Escuela de Frankfurt ya no vende como antes), corre tras los continuos ataques de pánico de su madre, y la jubilación le espera en corto tiempo. La transición entre sus actividades la muestran en movimiento, sin respiro, tal vez acosada por un acaecer del cual ya no puede tomar distancia. Sin embargo, allí están las clases que dicta, el vínculo con sus estudiantes, los libros que descansan en su biblioteca.

La presencia de libros, justamente, es determinante. Acompañan el film, visten a los personajes, que los toman, paginan, marcan, reordenan, prestan, roban. El espacio vacío de los estantes delatará la ruptura de pareja, así como el reclamo por algunos de ellos. La relación con éstos adquiere matices que van desde la praxis política y pedagógica al fetichismo. En este sentido, puede encontrarse una puesta en escena similar a la de esa otra gran película que es La academia de las musas, de José Luis Guerín, en un diálogo cinéfilo que permite, al menos, dos posibilidades más.

El film parece encarnar la máxima socrática que señala a la filosofía como una preparación para la muerte.

Cuando Nathalie va al cine, lo hace para ver Copia certificada, de Abbas Kiarostami: por un lado, homenaje al gran cineasta, recientemente fallecido; por el otro, eco puesto en el plano que delinea a Juliette Binoche, que dispara también la asociación con su protagónico en Bleu, del polaco Krzysztof Kieslowski, donde la "libertad" aludida por el color tenía su motivación en una pérdida dolorosa. Es esta misma explicación la que oportunamente dará Nathalie, mientras le acompaña uno de sus estudiantes favoritos, otrora protegido, ahora emancipado y volcado en una experiencia anarquista.

Cuando éste dialogue con su grupo sobre la problemática de la autoría -ese nombre que a veces es el título mismo de un libro- para un nuevo proyecto editorial, Nathalie prefiere la tarea doméstica, levanta los platos de la mesa y se dirige a la cocina. Es un comentario visual irónico, brillante, que contradice a Nathalie y la sitúa en un camino de confrontación interna, que no demorará en tener estelas de choque: ella, después de todo, supo ser comunista, tener planteos radicalizados. La asunción del placer burgués no es tema menor, tal vez difícil de evitar. Pero no es la intención del film moralizar o estigmatizar, sino antes bien tematizar una problemática social y, de manera más profunda, metafísica.

Nathalie es a partir de quienes le rodean y la mirada de la realizadora apela, evidentemente, al ciclo vivido y por vivir. La "copia certificada" de Kiarostami tiene acá su réplica, entre personas parecidas y distintas: el estudiante díscolo y brillante pero de futuro incierto, las varias madres sucesivas, y la nueva vida que llena de brío el desenlace. Por eso, nada más desconcertante que la alegría con llanto que profesa la madre ante el recién nacido. ¿Qué es lo que allí se cifra?

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