El niño y la bestia

Crítica de Henry Drae - Fancinema

BESTIA DE CORAZON

Antes de escribir una sola palabra sobre la película en cuestión, debo sincerar un hecho: no soy ni de lejos cultor del animé. No lo consumo por simple preferencia y ni siquiera soy presa del prejuicio porque no lo considero un género menor. Por el contrario, creo que ha dado grandes obras que han servido de inspiración a muchas otras que tomaron de sus características y conceptos para incorporarlos al live action. Y si no, que lo desmientan los hermanos Wachowski. Pero también debo admitir que el visionado de El niño y la bestia fue una experiencia muy placentera y visualmente impresionante. Aclarado esto, hablaré sobre la película en sí sin atenerme a marcos referenciales que me son ajenos, una vez más, por pura elección.

El planteo de la historia es simple en principio, un niño extraviado en plena urbe es tentado por un par de sujetos misteriosos para convertirse en aprendiz. El chico no reacciona de inmediato y se muestra parco pero cuando decide seguirlos se encuentra zambullido en un mundo de fantasía, una realidad paralela en la que todos sus habitantes son una suerte de animales humanizados regidos por divinidades que reencarnan en objetos místicos de su elección luego de disputar torneos en los que impera por sobre todo la honorabilidad. Ren, tal el nombre del protagonista, se pone bajo la tutela del hosco oso-humanoide que le da asilo -la bestia del título- pero en lugar de darse un camino aprendiz-maestro al estilo Karate kid, la simbiosis lleva a que ambos aprendan -quizás más el tutor-, a potenciar sus habilidades y que se logre una relación tan entrañable como extraña y poco definida. Ren crece en ese mundo, se convierte en un guerrero respetable pero en determinado momento vuelve a conectarse con el lugar del que proviene y comienza a alternar su vida entre uno y otro para encontrar y elegir una realidad propia. Lo ayudan en eso el riesgo en el que se pone su tutor encarando nuevos desafíos y un humano -ridículamente camuflado desde su niñez- que como él ha caído en ese mundo paralelo pero con el plus de tener tanto una habilidad telequinética muy poderosa como un rencor que no puede ser contenido y no tardará en explotar.

Si bien a medida que avanza la trama se pone cada vez más bizarra para quienes no están acostumbrados a la elasticidad del género, la idea es siempre la misma y basal; la búsqueda de la identidad propia, del intento de redención, del enfrentamiento con los demonios internos que es mucho más peligrosa y ardua que la lucha contra el mal como entidad intrínseca. Ren -rebautizado Kyuta en el mundo al que ha viajado y que a su corta edad se ha convertido en un renegado de muy pocas pulgas- ve cómo su maestro lo supera en aspereza e intolerancia y sin justificación aparente, pero aún así decide buscar sus rasgos más positivos para copiar, aprender y hacer su propio camino. Todo esto transcurre sin golpes bajos, en un tono de comedia costumbrista y recurriendo a las expresiones de los personajes que en dos líneas gestuales resumen la complejidad de sus sentimientos. Tampoco falta el interés amoroso -convenientemente ubicado en el mundo real para que no se presuma una suerte de apología a la zoofilia- y tiene más de afinidad y compañerismo que de romance. Ni siquiera esa chica que se le aparece a Ren cuando más falta le hace a su proceso de reinserción es un factor de peso a la hora de motivarlo. Sus ganas de permanecer junto a él, en cambio, lo ponen más en peligro, lo cual es curioso a la hora de reflejar las derivaciones de un amor que ni llega a ser platónico. La parte más oscura y a la vez más pródiga en efectos especiales y espectacularidad transcurre en la ciudad y se apoya en un clásico que ha dado pie a miles de obras que desean reflejar la lucha contra los demonios internos; la historia del capitán Ahab y su némesis Moby Dick es traída con literalidad para ilustrar el enfrentamiento. Se lo hace inteligentemente y a la vez resignificando la metáfora, la del hombre que se esconde detrás del monstruo y que una vez revelado podrá permitirse vivir con plenitud y en paz.

Intuyo que El niño y la bestia no es una obra maestra en comparación con la cantidad de películas del género que han sabido sobresalir, llenar salas y lograr el favor de la crítica. Aún así se encuadra en un tipo de cine que no se escuda en la animación ni para entrar en el catálogo infantil, ni para generar un contenido específico para adultos, sino que llena un multitarget sin pasteurizar que hace agradecer su estreno en pantalla grande, refrescando la oferta.