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Imagen de la película El misterio de la felicidad
El misterio de la felicidad
  • Cantidad de críticas: 36
  • Críticas favorables: 28/36 (78%)
  • Críticas desfavorables: 8/36 (22%)
  • Desviación: 13%
  • Puntaje IMDb: 6.2/10
  • Puntaje RottenTomatoes: N/A
  • Puntaje Metacritic: N/A
  • Ficha técnica y fotos en cinenacional.
  • Nombre original: El misterio de la felicidad
  • Director: Daniel Burman
  • Países de origen: Argentina, Brasil
  • Clasificación: Apta todo público
  • Fecha de estreno: 16/01/2014
  • Distribuidora: Buena Vista
La historia se centra en dos amigos, Santiago (Guillermo Francella) y Eugenio (Fabián Arenillas), que son socios de toda la vida en un negocio de electrodomésticos. Se entienden sin hablar, se complementan, se quieren, se necesitan. Pero un día, sin pistas ni huellas, Eugenio desaparece. Santiago tarda en advertir la ausencia y recién puede mensurar lo que pasó cuando Laura (Inés Estévez) -la mujer de Eugenio-, entre desesperada y herida, le asegura que se fue. Santiago y Laura empiezan el camino de la búsqueda y en el trayecto se dan cuenta de que no lo quieren encontrar.
  • José Tripodero
    José Tripodero
    A Sala Llena
    El cliché de los sueños

    La última serie de películas de Daniel Burman se ha distanciado ostensiblemente de su “trilogía de la identidad”. Desde El Nido Vacío su cine emprendió un camino de mayor adecuación a los géneros, acompañado también por elencos más rimbombantes y un apoyo presupuestario más industrial. En Dos Hermanos, la dupla Gasalla- Borges operaba más en el orden de un espacio televisivo, adosado a una puesta en escena que parecía potenciar una idea que resultaba chocante. La cuarta de la serie es El Misterio de la Felicidad (sucesora de la impresentable La Suerte en tus Manos), que mueve los engranajes genéricos de las parejas -al parecer- imposibles que tuercen lentamente esa pugna que impide la unión. El comienzo de la historia tiene una economía de situaciones y encuadres que augura una comedia industrial bien de fórmula sobre la soledad inesperada, que es la que experimenta Santiago (Guillermo Francella), luego de ser abandonado por Eugenio, su socio de toda la vida, dejándolo solo a cargo del negocio de venta de electrodomésticos. A continuación se hace presente la esposa del ausente, Laura (Inés Estévez) para ocupar, en varios órdenes, el lugar de su marido.
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  • Fernando Alvarez
    El amor y la amistad

    La nueva pelìcula de Daniel Burman examina la amistad y al amor con un tono humorìstico y romántico que lo diferencia de sus anteriores realizaciones. Los personajes de esta historia se reacomodan ante una situación límite, siguen su marcha y cambian el rumbo de sus vidas.

    El misterio de la felicidad es una historia de amor, pero fundamentalmente del amor entre amigos, esa visiòn platónica que eleva al otro a un sitio casi idílico. Santiago (Guillermo Francella) y Eugenio (Fabián Arenillas) son socios de toda la vida en un negocio de electrodomésticos. Sus comportamientos y acciones son casi gemelas hasta que Eugenio...desaparece sin dejar rastro. Entonces Santiago se une a Laura (Inés Estévez, en un notable regreso a la actuaciòn y con un papel que le permite jugar con varios registros), la esposa de Eugenio para encontrarlo o...no.

    Con este planteo Bruman recorre la incertidumbre, los reproches y el presente de un negocio próspero que podría terminar ante la ausencia de uno de sus fundadores. Tanto Santiago como Laura van descubriendo el lado menos conocido del hombre en cuestión en una travesía que los llevará hasta Brasil, al mismo lugar en el que los amigos inseparables hacían de las suyas en sus años de juventud.

    Lo interesante del planteo, los cambios que sufren los protagonistas (Santiago no puede creer lo que ocurre y Laura atraviesa una montaña rusa de estamos de ánimo) y el deseo de no encontrarlo los encamina hacia un desenlace que deja puntos abiertos.

    Entre sesiones de masajes, charlas, cenas y caminatas por la plata , la pareja reflexiona sobre la sublimación del amor, mientras redescubren sus verdaderos sentimientos. Francella continùa con acierto la senda de personajes desafiantes que inició en Rudo y Cursi, siguió en El secretro de sus ojos, Atraco y Los Marziano. Burman demuestra una vez más su capacidad narrativa con un relato original, que puede no gustar a todo el mundo, pero resulta arriesgado por el tratamiento de su temática.
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  • Ezequiel Obregon
    Ezequiel Obregon
    EscribiendoCine
    Y un día Eugenio se fue

    El misterio de la felicidad (Daniel Burman, 2014) muestra el cimbronazo que genera la desaparición voluntaria de Eugenio, socio de Santiago (Guillermo Francella) y esposo de Laura (Inés Estévez). Se trata de una comedia con un trasfondo existencial que consigue arrancar sonrisas sin abandonar su universo melancólico.

    Ellos comienzan la mañana de igual forma. Desayunan de igual forma. Saludan a los empleados de la casa de electrodomésticos que tienen de igual forma. Caminan de igual forma, como si fueran figura y espejo. Hasta se diría que sienten lo mismo; pero no. Debajo de Eugenio (gran labor de Fabián Arenillas) laten pulsiones mucho más poderosas que lo alejan de su universo cotidiano. Aquel que es en apariencias “funcional”, ese que comparte con su socio y amigo, y también el marital. Y por eso desaparece.

    El cine de Burman siempre se interesó por la dialéctica entre distintas generaciones. En films como El abrazo partido (2003) o El nido vacío (2008), el prolífico cineasta trabajó sobre el vínculo entre padres e hijos, siempre desde una narrativa clásica. Aquí, en cambio, no hay descendencia. Pero sí hay una pátina generacional, una mirada sobre los adultos que pasaron holgadamente los cuarenta años y que ya pueden contar frustraciones y deseos incumplidos. O, mejor aún, comenzar a descubrirlos. En ese sentido, la relación que se teje entre Santiago y Laura es interesante; son casi desconocidos que lo que saben el uno del otro está dado por la información que recibieron del ausente. Pero los dos están desencantados con la vida. Mientras que en ella impera la negación (señalada en parte con el consumo de pastillas de diverso color), en él hay una carga casi invisible; el conformismo que se revela como un absurdo cuando su cotidiano cae a pedazos. Casi como un clown que perdió a su compañero de números, Santiago se encuentra con un vacío y, frente a él, una nueva incógnita: ¿cómo se enfrentará al cambio?

    Pensada de forma superficial, El misterio de la felicidad parece una propuesta unidimensional. Pero detrás de sus diálogos (bastante ingeniosos, algunos en la línea de Woody Allen) y su puesta en escena transparente hay capas de sentido a las que las aúna ese sepia que tiñe toda su fotografía, y que estalla en una secuencia final de resonancias épicas. Y si de épica se trata, lo que hay antes de ese the end es su vacío: no hay heroicidad en lo cotidiano, no hay materia trascendente en la reiteración, apenas hay sueños incumplidos. Y Burman alterna ese presente aletargado con otro absurdo: la investigación, a menos de un investigador retirado, un amante del buen comer interpretado con gracia por Alejandro Awada al que llegan los dos “abandonados”. A esa trama le corresponde encauzar la diplomática amistad entre ellos, con sus inevitables conflictos (Laura ocupa el lugar de su marido y se empecina con la idea de vender la empresa, algo que Santiago rehúsa hacer).

    Todo el relato ofrece una mirada sobre Santiago y Laura superficial al comienzo, para ir revelando sus personalidades en pequeños gestos o actitudes. Esta amarga comedia irradia simpatía y no carcajadas; a medida que conocemos el destino de Eugenio (“el misterio de la felicidad”) somos testigos del revivir de la nueva pareja.

    Burman entrega su película más modesta en términos formales, pero la más impresionista, la más introspectiva. Y en ella se destacan Francella y Estévez, en clave cómica y melancólica, como la película misma.
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  • Rolando Gallego
    Rolando Gallego
    El Espectador Avezado
    El cine de Daniel Burman es un cine antropológico, de detalles y de inmiscuirse en comunidades que conoce hasta el hartazgo, algo que en sus últimas películas se ha ido diluyendo para dejar el lugar a la focalización de duplas a las que les genera universos particulares para que interactúen entre sí (piensen en “Dos Hermanos”, “El Nido Vacío”, “Derecho de Familia” ó “La suerte en tus manos”).
    En “El Misterio de la Felicidad”(Argentina, 2012) hay que superar el inicio, simil spot publicitario de préstamos de bancos para encontrarse con la historia del encuentro de dos mundos opuestos a partir de la desaparición de un tercero.
    La reunión será entre Santiago (Guillermo Francella) y Laura (Inés Estevez), que aunarán sus fuerzas luego que Eugenio (marido de Laura y socio de Santiago), desaparezca inesperadamente de sus vidas y rutinas.
    Juntos tratarán de recapitular las últimas horas del “desaparecido” para poder encontrar una respuesta a todas las preguntas que aún permanecen sin respuestas (¿Por qué desapareció?, ¿Qué intereses tenía?, ¿Dónde está? ¿Con quièn?).
    El director trabaja sobre la idea del suceso imprevisto como disparador de la acción para luego concentrarse en la transformación en la percepción de la mirada sobre el otro a partir de un hecho inesperado.
    Una “masajista” (Silvina Escudero) le hará notar a Laura que su marido era mucho más que lo que la rutina del día a día le mostraba, y Laura le demostrará a Santiago que todo lo que él creía sobre su Eugenio eran meras suposiciones.
    La ciudad de Buenos Aires será el marco en el cual se contarán las anécdotas que irán hilvanando el largo anecdotario y que desplegará una realidad oculta para los protagonistas hasta el momento: ninguno conocía en profundidad a su socio/esposo.
    Una serie de participaciones secundarias (María Fiorentino, Alejandro Awada, etc) además irán complejizando la interacción entre Laura y Santiago, quienes arrancarán con un comienzo difícil, conflictivo, pero que de a poco develará más coincidencias que desencuentros.
    La postergación de sueños, la exacerbación de la rutina como modo de vida, el escapar de una zona de confort para “ser” y el sacrificio que en oportunidades conlleva la amistad y las relaciones en general, le dan a Burman la posibilidad para profundizar un análisis concreto sobre los vínculos en la actualidad.
    La “otredad”, aquella que completa al ser, vista con una lupa para demostrar que la única verdad que conocemos sobre los que nos rodean es aquella que nos quieren revelar. “A veces una mujer es un buen lugar para encontrarse con un hombre” dispara desde la pantalla uno de los protagonistas, para demostrar que esa verdad encierra mucho más que el misterio de la felicidad.
    Filmada con sobriedad, precisión y un guion que intenta todo el tiempo mezclar drama y humor, la madurez de un realizador siempre es bienvenida, como en este caso.
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  • Pablo E. Arahuete
    El temible y letal conformismo

    No es tarea fácil intentar un análisis del último opus del realizador Daniel Burman, El misterio de la felicidad, despojado de un contexto que excede las virtudes y defectos que arrastra su cine pero que a la hora de una aproximación a sus propuestas, a partir de un giro importante hacia una veta más industrial comenzada con Dos hermanos (2009) seguida por La suerte en tus manos (2012) y coherentemente continuada con esta nueva incursión genérica, es fundamental como punto de partida siempre que se considere la búsqueda cinematográfica de Burman con miras a seducir el público masivo. En este particular caso, el director de El nido vacío (2008) apunta todos sus dardos al blanco explosivo que supone contar con un elenco encabezado por Guillermo Francella y la esperada vuelta de Inés Estévez a la pantalla grande para entregar una comedia melancólica y muy poco sorprendente sobre la incapacidad de luchar por los sueños cuando se tiene miedo de fracasar.

    Parece que ser feliz en las circunstancias de la vida, pasados ya los 40 años, es un misterio del que muchos creen conocer la respuesta pero en realidad desconocen el verdadero sentido de la pregunta ¿Qué te hace feliz? Si la respuesta rápida apela al conformismo, de inmediato surge otra pregunta más compleja ¿Por qué creés que sos feliz? Y es hacia ese terreno de ambivalencia; a ese detalle de la foto en el que nadie repara cuando dos amigos sonríen adonde encamina su película Daniel Burman bajo la estructura narrativa de construir a un personaje, Eugenio (Fabián Arenillas), desde su ausencia para comprender –si es que se puede comprender- el motivo de su inexplicable fuga de la rutina y de esa supuesta felicidad cotidiana junto a su amigo y socio Santiago (Guillermo Francella), así como a su monótona convivencia matrimonial con Laura (Inés Estévez). Sin embargo, el punto de vista sobre Eugenio lo aportan dos miradas opuestas (para ella ya no volverá y para él sí) que terminan descubriendo grandes verdades y una afinidad insospechada desde la carencia y la huida temprana de la soledad, entre otras asignaturas pendientes.

    Es así cómo desde un planteo esquemático y concentrado por un lado en la errática pero necesaria búsqueda de Eugenio y por otro en la consolidación de una amistad que puede ir más allá de lo protocolar el film de Burman avanza por un camino unidireccional, sin atajos pero sin cruces o desvíos. Daría la impresión que al guión le faltara una puntada más fina y elaboración en lo que se refiere a la trama per se aunque eso no ocurre respecto a la construcción de personajes teniendo siempre presente las cualidades actorales de Francella y Estévez, a quienes no les cuesta generar empatía desde su particular decepción o sufrimiento que nunca llega a manifestarse hacia el melodrama pero que lo roza de manera tangencial por esa incipiente melancolía que encuentra correspondencia tonal con el color apagado de la imagen.

    La clausura explícita de opacar todo aquello que permita la comicidad salvaguardando esos apuntes costumbristas característicos en el cine de Burman beneficia a Guillermo Francella para mostrar otra arista interesante en su composición de Santiago, que expresa desde lo gestual o en las diferentes modalidades gestuales todo un proceso interno que va transitando por distintas etapas como la negación, la perplejidad, la falta de horizonte, la decepción, la aceptación mezclada con resignación. No es para nada gradual lo que sucede con el personaje de Laura para el cual Inés Estévez parecería haber sacado a su inolvidable Jimena del unitario Vulnerables del placar de los recuerdos y así traspolarla aquí envuelta de verborragia, inseguridad y un excesivo y reiterado tic que arrastra muletillas de antaño y que por momentos fatiga al espectador antes de experimentar la transformación y ocupar el vacío dejado por Eugenio.

    Esa sensación de vacío es la que se respira al tomar contacto con El misterio de la felicidad, un vacío o espacio ambiguo que no se termina de definir a lo largo de todo el metraje y que por momentos se llena demasiado por los clichés del cine industrial para ahogarse en el letargo de la rutina precisamente en una película que cuestiona de cierta manera la rutina; que le sacude el costado épico a lo cotidiano como algunos discursos del cine argentino o más aún de otros ámbitos buscan resaltar para ocultar ese temible pero real conformismo que hace las cosas más fáciles pero menos intensas y atractivas.
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  • Lucas Rodriguez
    Lucas Rodriguez
    Cinescondite
    Hay algo de sustancia más allá del erróneo trailer para El Misterio de la Felicidad, que ofrece una mirada a la comedia argentina como algo vacuo, con chistes sobre la homosexualidad que atrasan, envejecen al género. Lo cierto es que la nueva película de Daniel Burman no es la película que el marketing hace ver, sino una exploración personal interna en la cual dos personajes disímiles dejan de lado sus aparentes diferencias para ayudarse el uno al otro cuando la persona más importante de sus vidas desaparece misteriosamente.

    El misterio a resolver, además del título del film, es la imprevista ausencia de Eugenio - Fabián Arenillas - quien de un día para el otro abandona su vida rutinaria en pos de su sueño, un detalle que durante los primeros minutos del film se puede ir intuyendo, armando la idea. Este acto de precisión casi mágica y milimétrica desestabiliza a su mejor amigo y colega de toda la vida, Santiago, encarnado por Guillermo Franchella. Franchella trabaja siempre sobre la misma línea actoral, un personaje enclavado en el imaginario colectivo nacional, que apenas con unos mañierismos y un par de quejidos logra vender esa fachada de sujeto que uno conoce de toda la vida. Antes de repetirse completamente, le otorga a su Santiago una melancolía bien trasmitida, que se siente propia, al ser abandonado por su amigo de toda la vida sin previo aviso.

    La entrada a escena como coprotagonista de Laura, encarnada con genialidad por una curtida y madura Inés Estevez, genera un contrapunto interesante con el socio de su desaparecido marido. Maníaca al ciento por ciento, Laura aparece presentada como neurótica y adicta a las pastillas, una mujer infernal insoportable que con un minuto de charla con ella se entiende porqué su marido de más de veinte años la abandonaría. Pero detrás de esta primera impresión se esconde un personaje herido, cuyos sueños nunca se cumplieron y cuya vida marital aplastó toda posibilidad de progresar. Juntos, Santiago y Laura, irán descifrando cual detectives todas las pistas que su marido y mejor amigo dejó, ayudados por un hilarante detective retirado - un gran Alejandro Awada.

    En esta aventura detectivesca, ambos personajes irán descubriendo detalles de la vida de cada uno, y en esos detalles, y en la vida compartida con el desaparecido, los límites que los separaban irán desapareciendo, acercándolos cada vez más, pero nunca de una manera romántica obvia. El guión de Burman y Sergio Sergio Dubcovsky juega muchas veces con esa unión, pero no es el romance el conflicto primordial, el quid de la cuestión. Uno recuerdo de la juventud y un viaje inesperado cierran con un lazo fuerte y emotivo la filosofía que presenta el Daniel Burman en El Misterio de la Felicidad, un inesperadamente grande exponente del buen cine nacional.
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  • Matías Lértora
    Matías Lértora
    Cines Argentinos
    El misterio de la felicidad es una linda película. Una de esas en las cuales ni de casualidad el espectador se puede arrepentir de haber pagado una entrada, ni visionado en cualquier formato.
    ¿El motivo? Es simple, cuenta una linda historia, está bien actuada y emociona. O sea, cumple en todos sus aspectos.
    Lo que llama un poco la atención es que de toda la filmografía de Daniel Burman (El abrazo partido, Dos hermanos, etc) este film da la sensación de que posee otra tónica tal vez un poco más mainstream, pero no por eso menos introspectivo.
    Ahora bien, de lo que hay que hablar de forma obligatoria al reseñar este estreno es de lo primero que entra por los ojos al ver el poster y/o el trailer: Guillermo Francella.
    Una vez más demuestra que su carisma es capaz de adueñarse y hacer suyo todo. El misterio de la felicidad no es la excepción y en cada escena que aparece (casi toda la película) hace reír, emocionar o reflexionar, según corresponda la escena.
    Y como no podía ser de otra manera, también hace uso (pero no abuso) de sus “gestos francellescos” que tan bienvenidos y queridos son por los argentinos. Una mueca sola de este hombre puede hacer que se estalle de la risa. Pocas personas en el mundo pueden jactarse de esa habilidad y sería un despropósito total no introducir situaciones que no den el pie para ello.
    Y se pueden ver bastantes de esas muecas/gestos en la gran química que el actor mantiene con Fabián Arenillas, sobre todo en las secuencias iníciales en donde se presenta la dinámica de los personajes.
    Pero cuando entra en escena Inés Estévez esa dinámica muta al compás del ritmo de la cinta y esos personajes un tanto caricaturescos comienzan a tomar forma.
    Gran laburo el de la actriz, quien junto con Francella dan nacimiento a una comedia romántica con tintes dramáticos que no tiene nada que envidiarle ni a las más exitosas producciones de Hollywood en la materia.
    Así, el film mantiene una buena línea de calidad que se potencia al extremo con el magnífico final que Burman -también guionado junto a Sergio Dubcovsky- regala al púbico. De esos clímax que llenan y donde un gesto es todo.
    ¿La felicidad? Un verdadero misterio que intenta ser develado de forma brillante por Burman a través de esta imperdible propuesta nacional.
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  • Federico Karstulovich
    El problema del costumbrismo

    Allá lejos y hace tiempo He-Man solía terminar sus capítulos con una actitud bastante medieval: alguno de los personajes hablaba a cámara explicando la moraleja que se acababa de narrar mediante un ejemplo (que era el capítulo íntegro). Con el aprendizaje dado en cada capítulo, quienes fuimos chicos durante los años ‘80 terminábamos con un extra de información encima (que nadie había pedido por cierto).

    El costumbrismo tiene algo similar al mecanismo moralizante de He-Man, quizás no tan frontal pero si lo suficientemente claro como para infantilizarnos. La televisión argentina del prime time tiene bastante de eso en las peores dosis posibles. Y, dentro del reducidísimo esquema industrial del cine argentino, quizás sea Daniel Burman aquel que más tiempo le haya dedicado a eso del costumbrismo clasemediero por excelencia.

    El misterio de la felicidad no es una película ajena al universo costumbrista. Lamentablemente, donde Burman antes nadaba, hoy se ahoga. Y quizás ese cambio se deba a procesos no demasiado lejanos al de He-Man al final de cada capítulo.

    El problema del costumbrismo igual no es ontológico: con películas como El abrazo partido y Derecho de familia, Burman había sabido darle media vuelta de tuerca a la fascinación localista (el mero disfrute de escuchar el dialecto cotidiano rioplatense), pero también había logrado escaparle al costado edificante. Por el contrario (y no creo que sea casual), en ambos films el lugar del padre es determinante para realizar un aprendizaje que no siempre termina en el lugar deseado, sino que está plagado de contradicciones, por lo que todo el arco dramático experimentado es complejo y rico en matices.

    Quizás haya algo del lugar del hijo que funciona en el cine de Burman mucho mejor que otras perspectivas relacionales. De ahí que una película como El nido vacío o La suerte en sus manos sean profundamente fallidas, que se sientan forzadas. En El misterio de la felicidad hay, en efecto, un aprendizaje y un autoconocimiento final, pero todo el proceso está teñido de un tono edificante que jamás emerge de lo que vemos, más bien nos obliga a preguntarnos cómo se llegó a ese final sin hacer cambios sustantivos en las actividades de los personajes (al punto tal que uno se pregunta por qué el personaje de Inés Estévez está tan tranquilo con su esposo desaparecido de la faz de la tierra).

    Pero el cuentito moral de la última película de Burman también es algo banal, como si hubiera decidido dejar de lado sus ficciones más complejas y hubiera adoptado el esquema subielista de “hombre urbano harto de haber renunciado a sus sueños busca la redención en una cuenta pendiente de juventud”. El problema es que ese esquema choca con el esquema “hombre urbano conformista se da cuenta de que la mujer de su amigo, a la que nunca le dio bola, no está tan mal y si la cosa da, le daría un poquito”.

    Hay algo de mezcla ingenua en la unión de ambos esquemas: el hombre que se libera cumpliendo el sueño de juventud y el hombre que descubre que puede tener una pareja heterosexual en el lugar más inesperado. Esa coexistencia es chirriante y, como consecuencia, obliga a la película a forzar aprendizajes de una manera insólita, incluso cambiando el carácter de los personajes radicalmente (el de Estévez pasa de ser una estreñida insoportable y sobreactuada a una mujer sexy y desinhibida en cuestión de minutos).

    Como en He-Man, el desenlace trae el aprendizaje, la redención y la resolución de asuntos que en las películas más complejas de Burman apenas eran el comienzo de un proceso de cambio en los personajes. Aquí, el cierre se percibe como una suerte de bajada de línea regulatoria.

    Y con el final uno siente que El misterio de la felicidad es como si Suar hubiera visto La aventura, de Michelangelo Antonioni, y se le hubiera ocurrido la idea de hacer un largometraje más o menos parecido a eso. Como bien sabemos, nada bueno puede salir de una mezcla de He-Man, Antonioni y El Chueco…
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  • Natalia Trzenko
    Natalia Trzenko
    La Nación
    Hacia la mitad de El misterio de la felicidad , cuando parte de la intriga que plantea el desarrollo del film empieza a resolverse de manera algo abrupta, mostrando transformaciones en los personajes principales que no responden a una evolución dramática demasiado coherente, es imposible no preguntarse qué pasó. Cómo Daniel Burman partió de una premisa interesante, rica en situaciones tanto humorísticas como dramáticas para llevarla a un territorio que desnuda las carencias de un guión que en lugar de fluir se demora en episodios que no consiguen hacer avanzar la trama. Todo comienza en una entretenida secuencia de presentación de los personajes centrales, Santiago (Guillermo Francella) y Eugenio (Fabián Arenillas). Amigos y socios de toda la vida ambos estructuran su vida alrededor de su negocio y sus hobbies, pero sobre todo alrededor de una complicidad que no requiere palabras para expresarse. Se ve que Santiago y Eugenio aman las rutinas tanto como ganar los torneos de paddle y buscar tipos en el Veraz.

    Sin embargo, las apariencias engañan y mientras Santiago está más que satisfecho con su existencia a Eugenio no le pasa lo mismo. Y por eso, de un día para otro, desaparece dejando el negocio, a su mujer Laura ( Inés Estévez) y, claro, a Santiago, que no puede entender ni aceptar lo que está sucediendo. Que su socio le ocultara algo tan esencial como sus sueños. Y así el interesante aunque rígido esquema del comienzo con Francella y Arenillas usando cada parte de sus considerables talentos actorales para hacer de estos dos hombres y su relación un enredo de amor, celos y anhelos, se transforma en una especie de comedia romántica. Para eso, el personaje de la mujer abandonada, de esa señora que funciona a tracción a pastillas, debe cambiar prácticamente de una escena a la otra. De la rival insoportable, parlanchina y algo tonta o atontada que Estévez interpreta con solvencia, pasa a ser una mujer en busca de una salida a su achatada existencia que hasta despliega un costado seductor que atrae a Santiago. Forzado, apoyado en pasajes que no se justifican con el resto de la trama, el acercamiento de Santiago y Laura deja pasar las más interesantes aristas que surgen en la búsqueda del fugado Eugenio.

    Acá, como sucedía en el film anterior de Burman, La suerte en tus manos, en tren de explorar el universo masculino, el director y guionista parece abandonar el femenino a un negativo repleto de clichés y prejuicios que hacen muy difícil de reconciliarlo con la historia de amor y autoconocimiento que elige contar.
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  • Juan Pablo Cinelli
    El comienzo de una relación forzada

    El cineasta plantea una historia que podría ser como las de las comedias románticas de Tom Hanks y Meg Ryan si los personajes no estuvieran atrapados en sus obsesiones y la felicidad les llegara como un misterio que no es tal.

    Con una regularidad poco frecuente en directores argentinos, Daniel Burman vuelve a los cines con El misterio de la felicidad, película que también significa regresos de distintos órdenes para sus dos protagonistas, Guillermo Francella e Inés Estévez. Lo de él es casi un trámite: se trata de volver al cine intentando refrendar el enorme éxito comercial que representó Corazón de León, donde el actor se lucía como cabeza de un elenco que estaba muy por encima de los méritos estéticos de la película. Para ella, en cambio, significa el regreso a su oficio de actriz, luego de anunciar que lo abandonaba hace casi diez años. Y lo de Burman es la vuelta de un “hasta luego” de apenas un año, tras su película anterior, La suerte en tus manos, protagonizada por Jorge Drexler y Valeria Bertuccelli.

    Dentro de su carrera, la película representa un nuevo paso de Burman en su evidente deseo de anotarse en la lista de directores comerciales del cine argentino, una búsqueda que es posible detectar desde el inicio de su carrera. En ese sentido, y sin lugar para dudas, El misterio de la felicidad puede ser calificado como su trabajo más comercial. Esta afirmación se apoya no sólo en el tipo de historia que Burman decide contar, sino también en la mencionada presencia de un actor como Francella, de perfil decididamente popular, para hacerse cargo del rol protagónico.

    El argumento es sencillo: Santiago (Francella) tiene un presente soñado al frente de la casa de electrodomésticos que maneja con Eugenio, su socio y único amigo (de toda la vida). La secuencia inicial los muestra casi como mellizos, manejando autos iguales, vistiendo los mismos trajes, compartiendo oficinas siamesas, jugando al paddle en pareja o almorzando todas las semanas en el hipódromo, donde también se juegan unos pesos siempre al caballo ganador. Y aunque ambos parecen felices llevando la misma vida, las diferencias son evidentes. No sólo porque Santiago es soltero y Eugenio está casado con Laura (Estévez), sino que además este último parece añorar un destino diferente, inconfesado e inconfesable.

    Si se la piensa desde lo narrativo, bien podría tratarse de una comedia romántica estadounidense con Tom Hanks y Meg Ryan: el clásico encuentro de opuestos que inevitablemente se atraen. Y así es, podría serlo... si no fuera por los detalles. Porque si se la piensa desde los detalles, El misterio de la felicidad posee los elementos que suelen estructurar los relatos anteriores del director. Un protagonista obsesivo, dedicado al comercio, con cierta inclinación al juego y una gran dificultad para reconocer sus sentimientos, y un rol femenino que parece construido para potenciar el desarrollo de ese protagonista. Aun así, es probable que el papel de Inés Estévez represente el personaje femenino más fuerte de la filmografía de Burman. Aunque también puede decirse que se hace fuerte sólo porque viene a llenar el hueco que deja un personaje masculino al desaparecer. Porque Eugenio un día desaparece sin aviso ni razón aparente y su ausencia obliga a que su socio y su mujer deban comenzar una relación forzada, intentando saber los porqué de esa desaparición.

    Lo mejor de El misterio de la felicidad tiene que ver con la astucia de Burman para jugar a fondo y con humor los detalles homoeróticos de la historia, regalando un puñado de escenas antológicas. Además consigue que algunos contrapuntos entre Francella y Estévez rocen lo brillante. El trabajo de los actores también es un punto alto: él demuestra que en el proyecto indicado puede sumar mucho al cine argentino y ella vuelve a actuar como si nunca se hubiera ido. Ambos son apoyados por un elenco eficaz. Pero a pesar de los aciertos, el arco dramático que trazan los protagonistas no termina de ser verosímil. Tal vez porque resulta difícil de creer que ambos, atrapados en sus obsesiones (y por qué no compulsiones), puedan al fin reconocer y elegir tan libremente una felicidad que parece llegarles como un misterio que no es tal.
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  • Gustavo Castagna
    Gustavo Castagna
    Tiempo Argentino
    Cambio de vida desde la ausencia

    La nueva película del director Daniel Burman (El abrazo partido) cuenta con Guillermo Francella e Inés Estévez en los roles protagónicos. Una historia de amistades y sinsabores.

    De un día al otro, la vida de Santiago (Francella) se derrumba por un abandono. Pero no es su mujer quien se va –él es soltero– sino el amigo de toda la vida, su otra mitad, el socio laboral, el de la química permanente, aquel de los gestos similares. Desaparece Eugenio (Arenillas), casado con Laura (Estévez), y desde allí Santiago se ve frustrado, traicionado, solo en este mundo.
    Difícil encasillar en un género determinado a El misterio de la felicidad, como tampoco es fácil situar en ciertos parámetros al cine de Daniel Burman. Aunque un punto está claro: las películas del director se ubican en un ambiguo sitial entre aquello que se considera cine industrial pero con una mirada comprometida, personal en relación a la forma en que presentan personajes y situaciones. Desde allí puede entenderse su ya amplia filmografía con puntos altos (El abrazo partido; Derecho de familia), bajos (La suerte en tus manos, El nido vacío) y otros conformados por una transparente puesta televisiva al servicio actoral (Dos hermanos).
    En ese sentido, la historia que narra El misterio de la felicidad, como el resto de la obra de Burman, navega entre logros y defectos, algunos más notorios que otros. Comienza como una comedia sofisticada pero popular, continúa dentro de los tópicos del drama en tono leve y termina ubicándose en una lección de vida con su correspondiente aprendizaje. Por suerte, en esos decibeles que el guión maniobra con elegante astucia, donde no se necesita de una historia de amor como sostén del relato, la aparición del personaje de Laura (buena composición de Estévez), hace girar la trama hacia un lugar impensado.
    Efectivamente, El misterio de la felicidad es una película que cuenta una amistad masculina que se rompe de un día al otro, donde un personaje ausente sigue siendo el corazón de la historia. Laura y Santiago deberán conformar una pareja particular construida por cuestiones del azar y desde ese punto el aura misterioso del ausente Eugenio provocará más de una sorpresa, acaso un sinsabor, una cálida comprensión de los "nuevos amigos", tal como se observa en los minutos finales.
    Pero así como desde su segunda mitad en adelante la narración no requiere de ningún gesto reconocible de su intérprete principal, el contundente título de la película, justamente, ofrece más de un misterio. En esa travesía final por Brasil que emprende la nueva pareja de amigos, el film presenta más de una paradoja. Aunque la historia misma no preveía semejante definición, El misterio de la felicidad termina convirtiéndose en una comedia burguesa, donde parece ser que el paraíso deseado se ubica en las playas brasileñas, lejos de las obligaciones de pareja y más que lejos de la amistad masculina por la que tanto reclamaba el desconsolado Santiago.
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  • Lilian Lapelle
    Lilian Lapelle
    Cine & Medios
    Cuando un amigo se va...

    Santiago (Guillermo Francella) y Eugenio (Fabián Arenillas) son amigos de toda la vida, pero sobre todo son socios. Juntos llevan adelante un negocio de electrodomésticos, y parecen estar sincronizados tanto en el trabajo como en la vida. Se conocen hasta la respiración, y mantienen una rutina semanal impecable: siempre las mismas salidas, a los mismos lugares, a la misma hora.
    Un día, Eugenio desaparece, como si se lo hubiera tragado la tierra, y Santiago se encuentra sin su otra mitad; no comprende como él, que sabe todo sobre su amigo, no puede saber dónde esta. Es entonces que aparece en escena Laura (Inés Estévez), la esposa de Eugenio, quien cree que su marido se fue por propia voluntad, pero desconoce la razón.
    A partir de este suceso tan extraño como inesperado, Santiago y Laura deben trabajar juntos en el negocio y en la búsqueda de Eugenio, quien funciona como una pieza faltante, ya que todo lo que saben uno del otro es lo que Eugenio les contó.
    Estos dos polos opuestos están ahora juntos en busca de una respuesta, y durante su investigación deben enfrentarse con realidades que no querían ver, con los sueños que han dejado de lado, las cosas que han resignado, y con el hecho de que tal vez ese amigo tan confiable podía guardar secretos.
    La historia tiene mucho de esas formulas que vemos muy seguido: la sorpresa, los polos opuestos que finalmente se atraen, y tal vez un uso excesivo de la palabra "sueños". Pero finalmente la fórmula funciona -la sorpresa también- ya que esta sostenida por muy buenas actuaciones y diálogos muy graciosos.
    Es una comedia con algo de melancolía, filmada de modo muy prolijo, que con la excusa de una incógnita, lleva a sus personajes a repensar su vida y su situación, a dejar de lado la comodidad y la seguridad de la rutina, para recuperar las ganas y al felicidad.
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  • Diego Lerer
    Diego Lerer
    Micropsia
    Con EL MISTERIO DE LA FELICIDAD, Daniel Burman parece instalarse, ya de una vez por todas, en el lugar del cineasta de la clase media argentina. Con filmes bastante distintos entre sí, la carrera de Burman estuvo siempre signada por preocupaciones que son fundamentalmente humanas a las que les ha dado siempre una perspectiva y un punto de vista apegado a lo que uno podría definir como la pequeña burguesía porteña, judía o no. Sus filmes han hablado de relaciones entre padres e hijos, hermanos, parejas y amigos. Y sus personajes han pasado de los veintipico a los mayores de edad, siempre reflejando preocupaciones que son centrales para cada edad. En todos los casos, Burman se ha enfrentado a esos problemas con la conciencia (o sabiduría) de que sus conflictos narrativos no eran solo personales sino que reflejaban a un grupo de gente en similares condiciones.

    emdfEn un punto, todo ha sido consciente. Burman admite que sus preocupaciones cinematográficas están ligadas a los problemas y situaciones que enfrenta en su propia vida y, por más que las películas no sean necesariamente autobiográficas, hablan de cosas que podrían sucederle. En ese sentido, el realizador siempre se ha manifestado desinteresado por hacer lo que él llama “películas festivaleras” donde cineastas de clase media, media alta, narran vidas y situaciones con las que nada parecen tener que ver en lo personal.

    En un panorama de cine argentino que, es cierto, muchas veces está demasiado tapado por filmes con los que cuesta conectar a los realizadores, las películas de Burman funcionan como un extraño espejo. Hablan de ese “nosotros” que es la clase media de grandes ciudades que va al cine, poniendo demasiado en primer plano esos conflictos. Son, casi, sesiones de terapia narrativas donde los personajes a través de la puesta en escena van aprendiendo de sus conflictos y, en el mejor de los casos, resolviéndolos.

    En EL MISTERIO DE LA FELICIDAD, la temática está centrada en la amistad entre dos socios que trabajan juntos hace décadas en un negocio de electrodomésticos y que parecen tener casi todo en común. Narrado desde el punto de vista de Guillermo Francella (el otro amigo lo encarna Fabián Arenillas), el filme nos pone directamente en medio de esa relación casi de pareja que tienen los socios. En una de las escenas más elegantemente filmadas de toda su carrera, Burman pinta esa relación como un ballet de coincidencias, mostrando a los dos amigos haciendo todo juntos y complementándose hasta en los gestos, como si fuera una secuencia de película musical.

    elmisterio2Uno puede ver, sin embargo, en la mirada de Eugenio (Arenillas), que su mente no está del todo allí. El tono casi de “mundo perfecto” que pinta Burman le pertenece a Santiago (Francella), quien parece ser feliz en esa serie encadenada de rutinas: de casa al trabajo, del trabajo al club, al hipódromo o al restaurante, y así. Santiago no tiene pareja y nunca vemos el lugar donde vive, ya que su mundo parece empezar y terminar en Eugenio. Y si bien nunca se pone en evidencia y hasta se niega, uno podría entender que la devoción de Santiago por Eugenio podría superar los límites de la amistad.

    Eugenio está casado con Laura, una mujer aparentemente muy neurótica (Inés Estévez, de regreso a la pantalla y en plan Cate Blanchett en BLUE JASMINE) a la que parece tolerar, silenciosa y resignadamente. Hasta que un día, inexplicablemente, el hombre no aparece a la hora de sus rutinas cotidianas. No va al trabajo, desaparece de la casa, no atiende el teléfono, nada. Algo inusual en él. Pasan los días y nada. Para Santiago es casi el fin del mundo. Para Laura, la constatación casi resignada de que el hombre estaba ya hace muchos años con la cabeza en otro lado.

    En una trama que podría ser extraída casi directamente de LA AVENTURA, de Michelangelo Antonioni, otro cineasta que lidiaba -aunque de maneras muy diferentes en lo formal- con las crisis existenciales de la burguesía, la película de allí en adelante se centrará en la relación entre Santiago y Laura mientras tratan de descubrir qué sucedió con Santiago y, a la vez, entenderse como socios en la empresa. Llamativamente, ninguno parece del todo preocupado por la salud de este buen hombre o si está vivo o no. Tampoco por hacerlo volver: dan por sentado que se fue “a un lugar mejor” y su intención simplemente es saber dónde está.

    el_misterio_de_la_felicidadEsa “segunda película” enfrentará a dos personajes en apariencia opuestos entre sí: el metódico Santiago, que esconde su ansiedad y nerviosismo con una apariencia plácida y un organizado sistema de rutinas, y la más caótica, imprevisible y enervante Laura, que parece su opuesto perfecto. Extrañamente también (la película no explica los motivos) y pese a la relación de amistad entre los dos hombres, él casi no conocía a Laura y nunca había pisado la casa de ambos. Con la ayuda de un curioso detective de por medio (Alejandro Awada), Burman organizará esa pesquisa, una cuyos resultados son evidentes para cualquiera que preste un mínimo de atención a lo que se dice, aunque no parezca ser tan obvio para los propios protagonistas.

    Burman captura un tema fascinante: ¿qué pasa cuando dos personas parecen pensar lo mismo y “tirar para un mismo lado” y en realidad no es tan así? Puede ser una pareja o un amigo, pero la cuestión es intrigante: ¿conocemos del todo a la persona que tenemos al lado? ¿Sabemos realmente lo que pasa por su cabeza? ¿Y el otro/otra sabe que nos sucede a nosotros? Santiago cree que sí y su mundo organizado se derrumba al saber que su “amigo de toda la vida” con el que se cuentan todo, en realidad tiene otras prioridades que esa amistad y, además, tiene un mundo secreto que no comparte con él.

    Esa duda permanece a lo largo de la película y se sostiene una vez que el filme entra en un terreno un poco más “pedestre”. De hecho, la relación medida entre Santiago y Laura no puede romper ciertos límites por cuestiones predecibles de “respeto a la mujer del amigo”, por lo que lo más interesante que sucede entre ellos siempre está ligado a su relación con Eugenio y sus diferentes reacciones respecto a su desaparición. Es una pareja forzada y la química entre ellos funciona mejor en las escenas cómicas con Francella reaccionando con callado fastidio a los comportamientos de Laura que en las más, si se quiere, sensibles.

    elmisteriodelafelicidadHay un personaje y una escena paradigmáticas de la visión de Burman sobre este mundo. Lo interpreta Sergio Boris y es un viejo empleado del negocio de Santiago y Eugenio. Se trata de un hombre amable y campechano que se la pasa invitando a Santiago a ir a comer un asado con su familia al Gran Buenos Aires (a Rafael Calzada, si mal no recuerdo). Cuando Santiago finalmente lo hace termina teniendo un diálogo con él y una suerte de revelación acerca de “la felicidad del hombre común”, digamos, que pone en clara perspectiva su mirada de clase, que es un tanto paternalista. En un punto, esa pequeña escena devela más acerca del filme que muchas otras.

    Pese a algunos personajes y escenas que no terminan de funcionar del todo bien, EL MISTERIO DE LA FELICIDAD es una de las mejores películas recientes de Burman, tal vez desde DERECHO DE FAMILIA. A diferencia de la caótica LA SUERTE EN SUS MANOS y de la fallida DOS HERMANOS, da la impresión que el realizador vuelve acá a estar fuertemente involucrado en lo que cuenta. Más allá de que uno pueda suponer que el tema le toca de cerca (tiene una productora desde hace 20 años también y un “socio de toda la vida” que es el productor Diego Dubcovsky), es claro que las obsesiones temáticas -así como los miedos y dudas de los personajes- le son cercanos y que logra transmitirlos a los espectadores.

    Hay algo íntimo y pequeño en la película que puede descolocar al espectador que esté buscando una película más “clásicamente Francella”. No es del todo una comedia ni una historia de amor. Es, más bien, una liviana exploración existencial con algunos toques cómicos, jugada en un tono bajo e intimista. Es cierto, los conflictos existenciales pueden tener una densidad conceptual un poco limitada a los sueños, problemas y obsesiones de la clase media porteña y sus ideales clásicos, pero si el espectador logra tomar cierta distancia de esos paradigmas, es indudable que sentirá curiosidad por entender ese indescifrable “misterio” que son, finalmente, los otros.
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  • Pablo Mc Fly
    Pablo Mc Fly
    Cine con Mc Fly
    VideoComentario (ver link).
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  • Gaspar Zimerman
    ¿La vida está acá o en otra parte?

    Inés Estévez y Guillermo Francella se lucen como la esposa y el mejor amigo de un hombre que desaparece de un día para el otro, dejándolos con la duda de cómo seguir adelante.

    Gran parte de la filmografía de Daniel Burman -títulos como El abrazo partido, Derecho de familia, El nido vacío- está abocada a un costumbrismo de clase media porteña, con el foco puesto en los vínculos interpersonales, sobre todo familiares. Suelen ser películas amables, agradables, que no bajan de cierto piso de calidad -para decirlo en términos escolares: no menos de 7 puntos-, aunque difícilmente conmocionen.

    El misterio de la felicidad se inscribe en esa línea, esta vez con la amistad y la dialéctica rutina vs. sueños como principales temáticas.

    En la lograda primera secuencia, se nos presenta lo que parece la amistad ideal: almas gemelas, Santiago (Guillermo Francella) y Eugenio (Fabián Arenillas) son socios en una pequeña empresa y comparten la mayoría de sus actividades, laborales y recreativas. Tienen una simbiosis total, hasta que los ojos de Eugenio muestran que para él quizá la vida esté en otra parte. Un día desaparece sin dejar rastros, y quien por fuerza toma su lugar es su esposa, Laura (Inés Estévez), casi más preocupada por el destino del negocio que por el de su marido.

    La dupla de los dos “viudos” (Estévez-Francella) funciona a la perfección. En su regreso a la actuación luego de nueve años de un retiro exageradamente anunciado, ella muestra que no perdió el talento y compone con maestría a una de esas neuróticas queribles que son la especialidad de Valeria Bertuccelli. Francella sigue embarcado en esa búsqueda que empezó con El secreto de sus ojos y, manteniéndoles la rienda corta a sus tics, le da sustancia a su hombre abandonado. Que los fanáticos del Francella televisivo no lo busquen, porque no lo encontrarán (y que tampoco nadie espere una comedia para reír a carcajadas).

    Ellos sostienen una película que, llegado cierto punto, se queda sin conflicto. Los diferentes nudos -la desaparición, la tensión entre Laura y Santiago, los límites entre amistad y amor, la hipotética infidelidad, la venta de la empresa- quedan en insinuaciones o se van desatando sin mayores sobresaltos. Pareciera haber tanto empeño en no inquietar al espectador que la acción va perdiendo fuerza hasta dejar a todo el mundo tranquilo y contento, pero extrañando un poco más de riesgo.
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  • Federico Cobreros
    Burman dirige a Guillermo Francella e Ines Estevez en su vuelta al cine, en lo que promete ser no solo una buena historia, sino además, llevando el sello de Burman, una puesta sensible, prolija y sobre todo humana. ¿Sera En Misterio de la Felicidad realmente une película que valga la pena?, ¿o será tan solo “otra de Francella”, casi como un subgénero?

    BROMANCE

    El origen etimológico de la palabra “bromance” es norteamericano, y define generalmente a una pareja protagónica masculina, en la que la dinámica es tan unida y tan cerrada, que se lo llama Bromance.
    Amalgama de las palabras “Brother” (hermano) y “Romance”, de mismo significado en ambas lenguas. Se define así una relación única como la de Riggs y Murtaught en “Arma Mortal”, o la de Jack Lemmon y Walter Matthau en “Extraña Pareja”, o la de Owen Wilson y Vince Vaughn en “Los Rompebodas” o “The Internship” y los geniales Jim Carrey y Jeff Daniels en Tonto y Retonto y para dar un claro ejemplo cabal de nuestras pampas, nos tenemos que remontar a la década del 90 y recordar a Carlin Calvo y Pablo Rago en “Amigos son los amigos”, máximo exponente del Bromance local.
    Era de vital importancia explicar esta dinámica, ya que en ella se basa casi toda la película de Burman.
    El personaje de Francella y el de Fabian Arenillas están tan intrínsecamente amalgamados, que parecen almas gemelas. Entre ellos no hay fisuras, no hay secretos, y es verdadero AMOR el que los une. Además del hecho de ser socios, amigos, y casi hermanos
    O al menos eso parece desde afuera.

    PARAISO PERDIDO

    De buenas a primera, (bah, solo para Francella, parte negadora de la dinámica de la pareja) Fulano desaparece. Dejandolo solo, abandonado, y con el Corazon roto a Francella.
    Quedando solo al frente de la casa de electrodomésticos que ambos socios llevan adelante.
    Con la negación a la orden del dia, el personaje de Francella esperara en vano la vuelta de su mitad. Aquí es donde aparecerá la mujer de su socio, que también se siente abandonada, pero como toda mujer, no está para nada sorprendida. Aquí es donde la dinámica huérfana de Francella empezara a jugar con la de Estevez.
    Y es casi matemático, que ambos comiencen a acercarse, ya que Fulano esta presente en ambos, asi como lo que amaban de el. El amor que los unía al personaje de Arenillas, primero los alejara celosamente, pero luego los acercara, al punto de mostrarse finalmente como son ante el otro.
    Todo esto transcurrirá en el medio de la dicotomía entre vender o no el negocio, y buscar o no al amor desaparecido. Ella para darle un cierre a la historia, el para poder entender. Como todo hombre, necesita entender. A las mujeres les basta con el cierre.

    HOJA DE RUTA

    Ambos abandonados, iniciaran juntos un camino a dar cierre y entender, como antes les dije. Cada uno desde su lado. Aquí es donde entrara el personaje que de manera muy amena y familiar compone Alejandro Awada, orientándolos, ubiacandolos. Pero no desde la experiencia de un investigador privado, si no desde el lugar de alguien que ya vivio, y consiguió cumplir su sueño, sea grande o pequeño. Esa es la perspectiva que le facilita entender todo, ante dos personas como Estevez y Francella, que tienen sus sueños detenidos, o en ciertos puntos, solo cierran los ojos para dormir y nada mas.

    EL ESPEJO HUMANO

    Burman logra contar una historia primeramente humana y universal. No necesita valerse de “argentinismos” o “Francelismos” para hacerlo. Todo lo contrario, Francella compone un personaje bastante alejado de sus personajes más mundanos y conocidos, recordándonos que es el excelente actor que supo construir a aquel entrañable Sandoval, puntal de descarga cómica en la última incursión argentina con éxito en los Oscars.
    Lo mismo pasa con Estevez, a quien su lejanía de la actuacion no la oxido para nada. Si bien es Francella quien más se luce, Estevez acompaña de manera brillante.
    Igualmente es la historia la que brilla, aun sin haber un interrogante demasiado oculto, ya que uno si es un espectador agudo, puede desde los primeros instantes saber como va a terminar todo, no es importante el final del recorrido, si no el recorrido en si mismo, que es donde está la clave del crecimiento, tanto de los personajes, como de la historia en si mismo.
    Todos nos hemos sentido en algún punto como los personajes de la historia, y hemos estado en esos estadios, es por eso que uno no puede evitar sentir empatía por todos los personajes, casi al mismo tiempo. Porque uno se sabe humano, y esta es la pegada de Burman, lograr que todos los personajes, se vean tan humanos como para que entablemos con ellos rápidamente empatía.
    Tecnicamente, la película no tiene fallas. Si bien no necesita de grandes hazañas efectistas o movimientos estrafalarios de cámara, todo es funcional y organico. Es en la interacción, en la actuación donde el fuerte de la historia desarrolla su mejor parte. Como alguien me dijo por ahí, es completamente destacable lo prolijo de Burman. En todos los niveles de dirección. En el arte, en lo actoral, en el guion. Ser prolijo no es algo que se le pueda decir a todos los directores, y a pesar de parecer un elogio menor, estoy seguro que no puede haber elogio mayor en esta industria. Sobre todo en la Argentina.

    CONCLUSION

    Una historia humana, donde nos podemos ver reflejados. Obviamente con el humor que Francella le puede agregar, sin sobreactuar ni “hacer de Francella”. Excelente propuesta para evaluar amistades, sociedades, sueños y amores. Si en algún momento sentiste o sufriste por amor, por un amigo, en una sociedad, relegaste tus sueños, o evaluaste dejar todo para cumplirlos, no podes perderte esta película. No solo te va a llenar el alma, sino que te va a dejar pensando un largo rato, sobre todo, si volver o no mañana a la oficina.

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  • Paraná Sendrós
    Paraná Sendrós
    Ámbito Financiero
    Burman, original y agudo como siempre

    A esta altura de su obra, ya puede preverse que cada nueva película de Daniel Burman: 1) casi seguramente habla sobre los singulares rinconcitos y vaivenes del alma humana en materia de relaciones afectivas; 2) lo hace con originalidad, precisión y agudeza, y 3) como mínimo, es buena.

    Esta es buena con ganas. Cuidada en cada detalle, muy bien actuada, bien llevada, con un guión excelente del director y Sergio Dubcovsky, el de la novela "Dos hermanos", y con un remate que parece sencillo pero hay que saber hacerlo, porque ahí está el clic que nos hace pasar de la sonrisa complacida a otra clase de sonrisa, esa que surge ante una revelación íntima y profunda, delicada, capaz de emocionarnos suavemente y dejarnos pensando.

    Cuando la película termina, ahí empieza la reflexión para el público, y acaso también la melancolía. Sobre la amistad, sobre los sueños, las expectativas, el amor, y sobre los alcances de la convivencia conyugal y societaria (ya sabemos que la historia gira alrededor de alguien que de un día para otro se desvanece en el aire sin dejar explicaciones ni al socio ni a la mujer, que se unen para rastrearlo, pero cada uno con intenciones distintas). Guillermo Francella, enternecedor como pocos sin apelar a ningún recurso lacrimógeno. Inés Estévez, excelente, volviendo a la actuación después de ocho años como si nunca se hubiera ido. Alejandro Awada y María Fiorentino en los roles graciosos, Fabian Arenillas y Sergio Boris en dos claves, Silvina Escudero en buen debut cinematográfico. Unico reclamo, siendo Claudia Ohana tan linda y buena actriz, apenas aparece.

    ¡Pero qué tipo original este Burman, y qué habilidad para caminar en la cuerda floja! Porque empieza con estilo de comedia reidera, y al ratito ya es de intriga, con recursos bastante particulares, y luego, sin perder la mano ni el sentido del humor, ya es sentimental, no romántica, y ya está uno queriendo recordar las cosas que se dicen, por ejemplo cuando la mujer sintetiza en pocas palabras la evolución de su matrimonio (de tantos matrimonios), o un tipo diferencia entre socios, amigos y cuñados, o las varias escenas donde percibimos lo que cada uno quiere y conoce del otro, aunque lleven años dándose los buenos días y coincidan en tantas cosas. Deberían vender el guión a la salida.
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  • Javier Ponzone
    Javier Ponzone
    RatingCero
    "El Misterio de la Felicidad" es la novena película de Daniel Burman y la vuelta a la actuación de la genial Inés Estévez, luego de casi 8 años de pausa. Guillermo Francella nos entrega otro personaje impecablemente realizado, acompañado por Alejandro Awada, Fabián Arenillas, Maria Fiorentino y el resto del elenco, donde vas a encontrarte con una Silvina Escudero "masajista", medida y creíble (no la Escudero de los móviles de programas de espectáculos). La premisa de la película es explorar el mundo de la felicidad, ¿lo logra? Eso quedará en vos para cuando salgas del cine. Buenos momentos de comedia a cargo de Francella e Inés, y una historia de amor diferente, la de dos amigos inseparables y una mujer que vivió atada a uno de ellos toda la vida. Un nuevo comienzo y una pregunta, ¿es un misterio la felicidad?


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  • Paula Vazquez Prieto
    Paula Vazquez Prieto
    Hacerse la crítica
    Hace tiempo que Daniel Burman parece haber renunciado conscientemente a cualquier idea de puesta en escena cinematográfica que represente un verdadero riesgo, o siquiera el más mínimo abandono de cierta chatura anclada en la conformidad. Conformidad que se justifica en sus mismas declaraciones cuando afirma que considera a la forma cinematográfica como algo banal, sin demasiada importancia. “Lo importante es el contenido”. Uno podría pensar que esta creencia parte de una toma de posición en contra de cierta obsesión modernista por los ángulos de cámara, el montaje o la utilización de ciertos lentes, cuando en realidad esconde una abierta desatención (o desinterés) respecto a lo que define al cine como medio de expresión. La autosuficiencia de Burman – que parece apoyada en la performance rentable de sus apuestas, en la confianza de sus sponsors y auspiciantes que pueblan las imágenes de sus películas, en su ambición por asegurarse un lugar de privilegio en la industria, confirmada con la intención de convertir a enero en un mes de estrenos comerciales argentinos que puedan rendir tan bien como lo hizo el año pasado Tesis sobre un homicidio- auspicia no solo una lenta degradación de su producción, sino un problema atendible para el cine comercial argentino más allá de la conveniencia industrial de que tal cosa exista.

    El misterio de la felicidad se inicia con una escena en la que dos socios y amigos (Guillermo Francella y Fabián Arenillas) tienen una reunión por la posible venta del negocio de electrodomésticos del que son propietarios. Al terminar, Santiago (Francella) descarta toda posibilidad de vender porque eso representaría abandonar ese mundo donde se siente tan a gusto. “¿No te gusta la vida que llevamos?, le pregunta a Eugenio (Arenillas). Esa cercanía con la idea de felicidad que experimenta Santiago, Burman la hace explícita en una escena de montaje que comprime en planos de simétricos encuadres todas las rutinas que llevan a cabo día tras día: la llegada en auto al estacionamiento del negocio, el café y las medialunas, las apuestas en el hipódromo, el torneo de paddle. La musiquita de tonos cariocas (que, luego descubriremos, resulta un guiño al desenlace) acompaña ese danzar raquítico de imágenes reiteradas y facilongas, sin grietas ni complejidades evidentes que las que se pueden poner en primer plano en la escena siguiente cuando Eugenio cena con cara de culo con su mujer. La irritación que la voz de Inés Estévez provoca al espectador –con sus reproches y exigencias todas referentes al dinero- intenta decirnos con mayúsculas: POBRE TIPO, CONVIVE CON DOS HICHAPELOTAS. Pero lo cierto es que los personajes de Burman están al servicio de lo que ÉL quiere construir, y solo existen para mostrar al espectador cómo él cree que es ese mundo sin nunca hacernos sentir cómo es verdaderamente.

    La búsqueda de un tercero ausente como espacio de encuentro (que se nos hará explícito en dos escenas forzadas por guión como las entrevistas con el detective privado en el restaurant armenio o las de baile en boliche de salsa) ofrece una tensión latente en la ambigüedad de ese vínculo, que inmediatamente se despoja de toda implicación romántica con la pregunta –convertida en chiste y remate en el tráiler- de Laura (Inés Estévez) sobre la sexualidad de Santiago. Liberada esa inquietud que Burman considera que asalta la mente de quien mira en la butaca, la acción puede seguir adelante y traer a colación sueños de juventud y renunciamientos pasados en un marco de garotas y playas brasileras como si todo lo pendiente en la vida de un hombre se pudiera reducir a no haberse acostado con una mulata o a no animarse a ponerse una zunga. Lo importante parece ser no incomodar a nadie en un ejercicio de aplicación rígida del manual de la moral pequeño burguesa que media las lecturas más lineales y despojadas de cualquier doblez. El universo masculino que Burman quiere retratar, invocando situaciones cotidianas anacrónicas o una pretendida sabiduría de “barrio” que asoma impostada en las palabras de su personaje, se fractura en su falta de aristas, en el costumbrismo de sus retratos, en la facilidad elegida para darle apariencia sus criaturas antes que vida.

    El manotazo a los recursos propios de la comedia romántica, que parece frecuente desde las películas con Daniel Hendler (El abrazo partido, Derecho de familia), y fue retomado en la última La suerte en tus manos, le permite interpelar de manera confortable a un espectador que imagina interesado en un historia de amor y también –por qué no- con preocupaciones sobre la familia, el dinero y los sueños perdidos. Pero lo cierto es que Burman solo apela a ese muestrario que cree haber definido con astucia sobre los deseos y anhelos de “sus espectadores” a los que conforma con una historia de pérdidas y reencuentros, o de pretendida reflexión sobre vínculos universales como la amistad o el amor. El cine con forma televisiva (a la que él piensa neutral respecto a las construcciones de sentido o al encadenamiento de ideas) que elige realizar parece no tener mayor aspiración que funcionar comercialmente, dejar conformes las expectativas de un público imaginado de acuerdo a las listas de taquilla y, eso sí, dejar abierta toda posibilidad de concretar un próximo negocio sin más ambición que esa.
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  • Rodrigo Seijas
    Sobre dudas y certezas

    El slogan que aparece en el afiche de El misterio de la felicidad, la nueva película de Daniel Burman, es el siguiente: “¿Te enamorarías de la mujer de tu amigo?”. Hay en esa frase unas cuentas mentiras y alguna que otra verdad. Desde hace mucho tiempo que se viene aplicando estas estrategias de marketing donde se quiere presentar a un film como algo distinto de lo que realmente es. Dos ejemplos: en el 2006, Viviendo con mi ex, con Vince Vaughn y Jennifer Aniston, era vendida como una comedia romántica de rematrimonio, cuando era en verdad un drama (con algunos tintes de comedia) sobre el proceso de separación de una pareja; y el año pasado, el trailer de La reconstrucción, la más reciente colaboración entre Diego Peretti y el director Juan Taratuto, apuntaba a crear la ilusión de una comedia dramática, que seguía en buena medida la línea de lo anteriormente hecho por el realizador de Un novio para mi mujer, cuando estábamos en verdad ante un drama hecho y derecho. Si esto lo aplicáramos a anteriores obras de Burman y Guillermo Francella, es como si se pensara a Derecho de familia como un film sobre la historia de amor entre Daniel Hendler y Julieta Díaz, o a Corazón de León como una historia de superación de un enano que consigue imponerse a sus condiciones y trascender en la sociedad. Esto es en buena medida culpa de los productores y/o distribuidoras, que tratan de vender sus productos de forma bastante engañosa, sin hacerse cargo de lo que realizaron, pero a veces también de los directores/guionistas, que en muchos aspectos no terminan de definir un rumbo específico para sus películas. Algo de esto último sucede en El misterio de la felicidad.
    Debo aclarar que no soy un gran fanático del cine de Burman, aunque tampoco me desagrada. Disiento (y mucho) con algunas críticas que se le hace respecto a que siempre hace películas situadas en el universo burgués argentino. Creo que es totalmente lógico y hasta honesto de parte del cineasta que filme lo que filma, porque es evidente que es lo que conoce y de lo que sabe. Pedirle a Burman que cuente otra cosa es pedirle peras al olmo y en eso hasta me siento identificado: integrante de la clase media porteña como soy, jamás de los jamases me atrevería a escribir o filmar un relato enmarcado en, por ejemplo, el conurbano bonaerense, realidad de la que apenas sí tengo un conocimiento muy pero muy lejano, alejado absolutamente de mi cotidianeidad. Pero claro, el razonamiento que enmarca a estas críticas es simple (por no decir simplista): “le dan voz a la clase media, pero nunca a los pobres”. Habría que avisarle a esa gente -integrantes de la clase media como son- que hay que estar muy cerca y es un proceso en extremo dificultoso darle voz a los “pobres” (a los que ya les restamos identidad llamándolos de esa manera), y que en ese lugar al que ven como centro de lo maligno llamado Hollywood también supieron aplicar el mismo camino que ellos proponen. Y los resultados se han visto en horrores cinematográficos como Babel.
    Mi problema con Burman pasa por la forma en que realiza sus planteos, remarcando muchas veces a través de los diálogos lo que ya está dicho a través de la imagen, abusando de su innegable capacidad formal y forzando situaciones hasta el límite de lo verosímil. Sin embargo, le puedo reconocer su capacidad para interpelar a un público masivo sin resignar cierta complejidad en sus historias, cimentadas a partir de un innegable cariño por sus personajes, a los que nunca juzga y sigue bien de cerca en sus caminos. En el cine de Burman hay mucho aprendizaje, mucha “lección de vida”, pero en sus mejores momentos elude el didactismo y hay un crecimiento real, sustancioso y palpable en los protagonistas. A la vez, hay una exploración de diversos ámbitos laborales donde el realizador exhibe una notoria destreza para otorgarle a lo rutinario un plus estético.
    Todos los defectos del cine de Burman (y hasta algunos más) están en los minutos iniciales de El misterio de la felicidad, que deben estar entre lo peor de su carrera. Allí son llamativas las dificultades del realizador para desarrollar un conflicto y la forma en que abusa de la repetición de imágenes y secuencias para explicar algo muy básico y elemental, que en otros tiempos le hubiera costado muy poco: que Santiago (Francella) y Eugenio (Fabián Arenillas) son amigos de toda la vida, socios de fierro en un negocio de electrodomésticos, se conocen y complementan perfectamente, hacen todo juntos, aunque hay algo en su vida cotidiana que le hace ruido al segundo de ellos. Recién cuando Eugenio desaparece de un día para otro, desestabilizando por completo la estructurada rutina -repleta de pequeños ritos- de Santiago, es cuando la película parece arrancar, aunque a los tropezones, dubitativamente. En el medio, Santiago tendrá que lidiar con Laura (Inés Estévez), la mujer de Eugenio, quien está convencida -y demasiado tranquila y/o resignada- de que su marido no va a retornar, y en consecuencia comienza a intervenir en el negocio, para el que encima se presentó una oferta para comprarlo. Mientras tanto, comienza la búsqueda de Eugenio -cuyo pasado y presente se irá revelando como no precisamente lineal y simple-, lo que también representará una oportunidad para Santiago y Laura de conocerse como nunca lo habían hecho.
    El film abre toda una serie de puntas -la desaparición y los grises en la vida de Eugenio, el negocio en crisis, la convivencia obligada de Santiago y Laura que deviene en potencial romance- pero con ninguna acelera a fondo, y de ahí que jamás se lo pueda ver como una comedia romántica sobre dos personajes que al principio sólo se pelean y finalmente encuentran la forma de complementarse. En realidad lo que le interesa a Burman es algo que aparece recién en el último tercio del relato: el proceso (impuesto por las circunstancias) por el cual Santiago tiene que aceptar que la desaparición de su amigo se debió a una profunda insatisfacción y frustración que él en parte comparte debido a la imposibilidad (o negación) de cumplir sus verdaderos sueños. En El misterio de la felicidad el único protagonista es en verdad Santiago, quien comienza a contemplar cómo y por qué llegó a donde llegó; qué camino recorrió; cómo ha pensado y sentido el amor y la amistad; y qué debe hacer frente a la pérdida de una persona importantísima en su vida, que hasta en parte lo define. Y no está mal que eso sea así, aunque el film para eso paga costos muy altos: por ejemplo, el personaje de Laura recién adquiere entidad y pensamiento propio en la última media hora, luego de ser apenas una figura que deambula por la pantalla. Es efectivamente en los minutos finales donde la película crece junto con sus personajes, indagando en las dinámicas de la mentalidad masculina, aunque tampoco llega a consolidarse de la manera esperada para el planteo inicial.
    Es tentador explorar la filmografía de Burman en términos de edad, pero lo que correspondería más bien es hacerlo en base a la posición que tienen los personajes, dónde se encuentran parados, en qué momentos se encuentran en sus vidas. En Esperando al Mesías, El abrazo partido y Derecho de familia están mirando primariamente para adelante, mientras se preguntan cuál es la herencia que les han dejado; mientras que en sus últimas obras del realizador -El nido vacío, Dos hermanos, La suerte en tus manos, ahora El misterio de la felicidad- están mirando hacia atrás, preguntándose qué le están dejando a los que quieren y en base a eso cuál es el siguiente paso. Da la impresión de que en el primer conjunto de films imperan las dudas, la incertidumbre, mientras que en el otro, por el contrario, se imponen las certezas. Y en base a eso, viendo los resultados que obtiene últimamente el cineasta, pareciera que es mucho más apasionante pensar y analizar lo que puede (no) llegar a ser, que lo que ya (no) fue. Diablos, un psicólogo por acá, pero no sólo para Burman: también para mí.
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  • Marcos Vieytes
    Marcos Vieytes
    Hacerse la crítica
    Ya es vox populi que estrenaron El misterio de la felicidad esta semana porque a la misma altura del año pasado le había ido muy bien a Tesis de un homicidio, que terminó siendo según algunas fuentes la decimotercera película más vista de un año en el que por primera vez en décadas durante alguna semana el cine nacional consiguió meter cinco películas entre las diez más vistas. En un país sin industria y con escasas posibilidades de tenerla si el Estado no toma medidas para, además de fomentar la producción como ya viene haciendo, crear primero un mercado, con todas las dificultades del caso dada la necesidad de volver a tener un sistema de exhibición descentralizado con salas y entradas accesibles (si los pobres y la clase media baja no pueden ir al cine no debería sorprendernos que tampoco aparezcan en las ficciones) en todo el territorio nacional, esa fue una gran noticia al margen de la valoración crítica puntual de las películas exitosas en cuestión (que incluye otra coproducción como Séptimo), y por eso mismo sería bueno que el estreno de la última de Burman sea exitoso.

    Sus chances descansan, primero, en la elección de una estrella del star-system local como Guillermo Francella en su nueva etapa de capo cómico moderado, aún sin la autonomía de vuelo en términos de taquilla cinematográfica de Ricardo Darín pero mucho más afín a la tipología localista argentina que este, últimamente demasiado inter o españolizado; y después en el propio Daniel Burman, mucho más diestro y decidido que casi cualquier otro director de los últimos 15 años a la hora de filmar ficciones convencionales sobre gente convencional, si por esto queremos decir tipos de la tan meneada clase media más o menos capitalina y más o menos anacrónica, atravesados por una moral burguesa mucho menos liberal que barrial y/o familiar como la de los personajes de Campanella, pero sin el énfasis melodramático ni la épica gruesa de la puesta en escena de este último, que suele representar lo peor en vez de lo mejor de la cultura fílmica italiana.

    Los personajes del cine de Burman son grises, en el mejor de los casos azules, como los del Once, pero no como los negros del Once, sino como los comerciantes judíos de las oscuras galerías de sus primeras películas. Ese Hendler que corría en El abrazo partido sin que supiéramos muy bien hacia dónde o si iba o venía, siempre alrededor del padre, con todo lo que ello implica, decidió quedarse, establecerse, cuidar la quintita incluso al costo de negarse a sí mismo en esa afirmación, o de vivir probando suerte más allá de las recetas, o de ser un forastero permanente (en la próxima película de Ezequiel Acuña laten dilemas estéticos y discursivos similares materializados en la elección de seguir al personaje que se queda o al que se va). En El misterio de la felicidad el personaje que se queda –y con el que la película se queda- es el de Francella, hasta un final en el que, después de un viaje a Brasil, personaje y película se asoman a otro mundo.

    Ese final justifica el resto de la película, más bien anodino aunque eficaz, incluso a pesar de que la físicamente diminuta pero simbólicamente enorme sugerencia de la segunda sunga restablezca un orden que el personaje de Francella -¿y el cine de Burman?- parece necesitar imperiosamente para no perder el rumbo (la homosexualidad es mucho más que un chiste en esta película y agrega capaz a la figura del hombre argentino encarnada –De carne somos- por el actor a lo largo de los años y puesta en abismo en la fundamental y descomunal Los Marziano, de Ana Katz, pero es solo la punta del iceberg de una problemática identitaria mucho más profunda). Ese final justifica la película incluso para un espectador que, como yo, cree que la medianía escogida por un cine como el de Burman es una forma de refutación o de renuncia a lo cinematográfico. Ese final, literal y simbólicamente, encandila; instala una verticalidad y una amplitud de miras (gracias a los exteriores, el contrapicado y el plano general), y hasta una densidad lírica más efectiva cuanto más breve (gracias a la luz, el aire, el color y cierta cualidad brumosa del paisaje y de la imagen) que conmueven genuinamente y contrastan con el espacio mercantil del resto de la película, que no sólo es el lugar donde transcurre la acción sino también el espacio fílmico burmaniano por excelencia.

    La potencia de ese final excede el ámbito de la conciencia del personaje y también posiblemente la intención de los autores (no cedo a la tentación autorista de interpretar la anécdota de la ficción a la luz de la sociedad laboral Burman-Dubcovsky, autores del guión, porque me parece una ocurrencia fácil y me faltan datos) para cobrar un sentido político posible. Poco –si no justo- antes del viaje revelador del paradero de Ernesto, tanto el personaje de Francella como el de Inés Estévez se dicen entre sí, pero con la potencia de cuando se le dice a otro en voz alta algo para sí mismo, que ya no quieren que vuelva, pero sí quieren saber en qué lugar está. (El desaparecido), “en tanto esté como tal, es una incógnita. Si el hombre apareciera tendría un tratamiento X y si la aparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento, tiene un tratamiento Z. Pero mientras sea desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está… ni muerto ni vivo, está desaparecido” decía Jorge Rafael Videla, y otras versiones oficiales aseveraban que en realidad los desaparecidos se habían ido del país y la estaban pasando bomba en el exterior más o menos por la época en que los dos personajes masculinos de la película efectuaban el viaje de vacaciones que es la matriz simbólica de su relación y del conflicto de la película.

    El personaje de Francella, por otra parte, nunca se cansa de repetir que junto a su socio llevan 30 años de amistad dedicados al negocio que les ha permitido llevar una (buena y hasta doble) vida. 30 años juntos, 30 años en el negocio, 30 años de amistad, 30 años aquí, 30 años allá. La relación de estos dos personajes, entonces, tiene la misma edad de la democracia, y uno de los aspectos más interesantes de esta asociación estriba en las palabras con que el personaje de Francella se refiere al viaje que fundó la sociedad que los uniera hasta el presente. Habla maravillas de esa época y la califica como “pre-Sida”, lo cual es tan pertinente como llamarla “pre-Democracia”. No suena descaminado pensar en el posible valor intercambiable de los términos para el personaje o bien para la película, así como “misterio” y “felicidad” son otros tantos eufemismos, vaguedades si no negaciones de lo real en el lenguaje que se corresponden con la negación parcial de lo sexual en primer grado, y nombramiento limitado de ello por parte de la película a través del chiste, acaso para negar todavía más lo histórico político, tanto sea que esto último se vuelva signo de la desaparición de personas ignorada y/o negada por la mayor parte de la sociedad, como de la incomodidad intrínseca de la vida en democracia contemporánea en la que no queda otra que tomar conciencia del propio deseo y ponerlo continuamente en tensión en un espacio cada vez más público. Se estrenó durante la misma semana en que murió Juan Gelman.
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  • Marcos Rodriguez
    Marcos Rodriguez
    Hacerse la crítica
    Más allá del proselitismo de lo que podríamos llamar barrierismo porteño (deliciosa y minuciosamente anacrónico) que intenta enarbolar El misterio de la felicidad, hay algo que se escurre por entre las olas de la que probablemente sea la película más prolija y pulida de Daniel Burman. Entre los encuadres simétricos y los ralentis iluminados (no tanto luminosos), entre la mirada y las palabras de un personaje (Francella) que parece construido pura y exclusivamente para articular una y otra vez que la vida rutinaria, estable y de compromisos es lo mejor que se puede tener, entre el ritmo pausado y musical de un montaje preciso, se cuela la grieta de lo que parece la mayor (y más fructífera) contradicción de esta película: que El misterio de la felicidad no está del todo convencida de lo que cree que está diciendo.

    A diferencia de Juan José Campanella (el máximo poeta cinematográfico del barrio), Burman no termina de estar cómodo en el rol que él mismo se ha buscado. Si el local de venta de electrodomésticos funciona como representación perfecta e ideal de lo que quiere construir con su cine (un espacio acogedor, pulcro, pulido hasta limar toda sorpresa, abierto a todo aquel que necesita una juguera o pasar un buen rato en la sala, simple, accesible y con estanterías cargadas de mercadería a la venta), algo en la mirada esconde otra cosa. Si bien el protagonista de la película es claramente Francella, no está claro que su punto de vista sea el de la película.

    Si la idea era simplemente construir una comedia romántica que le caiga bien al público y que venga a llenar ese hueco potencialmente rendidor de las pantallas que es enero (con reminiscencias del cine más industrial e industrioso de Hollywood), ¿a qué viene, por ejemplo, la inclusión del detective retirado? El personaje de Alejandro Awada (moderado y rendidor) entra como un elemento totalmente foráneo en la trama de una película que se resiste a ser “una de amor”. Awada, cargado de etnicidad y de una tradición remota y valiosa (a juzgar por el repetido chiste del precio de la comida), funciona como un oráculo que no conduce a nada, un espejo de sabiduría ilógica, una respuesta salida de ninguna parte (no conviene usar expresiones como “inconsciente”) que demuestra que la pregunta no es la que creíamos que era. No es la que plantea explícitamente la película, pero sí es la que plantea la película en sí. Si la vida en el local de toda la vida, con las rutinas de toda la vida, con el torneo de paddle es tan maravillosa, ¿por qué tanta gravitación sobre la ausencia? ¿Qué es lo que falta en El misterio de la felicidad? ¿Qué es lo que no se anima a decir?

    Al final, después de un arco narrativo moderado y no del todo explicado, después del nacimiento de un amor, de atravesar las dudas y desear el cambio, después de recordar la juventud y sus sueños (¡cuánto se repite la palabra “sueños” en esta película!), después de un viaje de costos moderados a Brasil, los personajes finalmente descubren que pueden permitirse una dosis de libertad y que esa pequeña libertad (como un corte anacrónico de pelo) es la que le da algo interesante a sus vidas. Hasta ahí, con eso basta. Basta saber que hay playas en Brasil para volver a Buenos Aires. Alcanza con mirar de lejos otras posibilidades, recordar una vez cada treinta años que existen, y ya con eso tiramos para rato. Pero nosotros, los espectadores, la película misma, no podemos hacer como que no acabamos de ver el sol. En su moderada búsqueda de satisfacción, Burman dio un paso demasiado lejos, se escapó unos centímetros más allá, fue demasiado sincero. Nosotros no podemos olvidarlo.

    En esta película el deseo es un hombre en sunga que se escapa por entre las olas espumosas de una playa que roza lo kitsch y parece querer estallar en burbujas technicolor, con todo el plástico y la vacuidad de un folleto vacacional y todo el anhelo inexpresable de una fantasía forjada en el cemento y el almacén, que cree que quiere lo que quiere pero en realidad no termina de convencerse del todo. La sunga desaparece entre la espuma y el plano parece desear quedarse ahí, estirarse un poquito más que esos segundos mecánicamente necesarios para zambullirse detrás de la piel bronceada y expuesta de aquel que lo dejó todo atrás. No se trata simplemente (más allá de los múltiples signos que perforan la película) de un deseo homosexual (ver, por ejemplo, la lujuria con la que la cámara acaricia la piel del amigo perdido y ni siquiera presta atención a la garota-arrastra-pescados que lo acompaña, supuesta figura de la pasión reprimida); con esa sunga se escapa un deseo mucho más amplio, océanico, atractivo por lo misterioso (casi como si El misterio de la felicidad llamara desde lejos a El desconocido del lago para que venga a redimir sus pulsiones prensadas bajo un traje caro). Francella se da vuelta y corre detrás de su recién descubierto amor; el camino, suponemos, lleva de vuelta al negocio de electrodomésticos. Pero ahí se perdió algo, algo que se fue, algo que no entra en esa vida supuestamente tan deseable del tipo que trabaja hace 30 años en el mismo lugar y sueña con expandirse a la venta de bicicletas con motor. El misterio de la felicidad no se juega por ese deseo escurridizo, no corre tras él, lo mira desde lejos, como si fuera algo ajeno. Pero (y esto no es poco) no deja nunca de señalar su existencia.
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  • Amadeo Lukas
    Amadeo Lukas
    Revista Veintitrés
    Dentro de su carácter de comedia dramática con toques románticos y humorísticos, El misterio de la felicidad se interna en aguas emocionales y evocativas profundas. Con la inestimable contribución de una intensa pareja protagónica, logra estimular resortes íntimos y sentimentales, mérito de un Daniel Burman que aquí se mueve dentro de una frecuencia más clásica pero sin dejar de lado su sello personal y una innegable originalidad, tanto en los tópicos abordados como en su tratamiento expresivo. Si bien es cierto que en parte de sus últimos films el realizador de El abrazo partido se ha acercado subrepticiamente a un cine más industrial, con la presencia de figuras populares de la escena argentina, con La suerte en tus manos volvió a su esencia en un film repleto de riesgos, tanto en su temática como en las apuestas actorales. Y si bien aquí retoma aquella impronta, con intérpretes reconocidos y una historia en la que el amor -en sus distintas acepciones- asoma en variados momentos del metraje, se percibe en su narración aparentemente más convencional, la interpelación de detalles narrativos más “indies”, o mejor dicho, más burmanianos.

    En su historia de un par de amigos hermanados como siameses, en la cual uno de los dos desaparece sin dejar rastro, conmocionando sin remedio la vida del otro; se vislumbran emociones primales del ser humano. Sensaciones que pese a su humor destilan melancolía, y que se amalgaman mediante una labor extraordinaria de un Guillermo Francella pleno de expresividad pero muy medido en sus recursos gestuales habituales, junto a la vuelta a la actividad de una brillante Inés Estévez que, con un personaje lleno de matices, resulta clave en el film. Tanto Alejandro Awada como Fabián Arenillas despliegan su talento en roles sumamente peculiares, y por último, María Fiorentino y Sergio Boris, aportan lo suyo en sus breves participaciones. Con una escena final antológica y conmovedora, esta simple y magnífica comedia romántica con ingredientes dramáticos resulta asimismo mucho más que eso.
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  • Luciana Boglioli
    “Los sueños sólo sueños son”, dicen algunos. Otros, en cambio, como el director Daniel Burman, le dan a esa palabra la relevancia que amerita. Así, “El misterio de la felicidad”, parte del planteo de la necesidad de romper con el statu quo para poder concretar esos sueños que se encuentran “frizados” en el corazón por realidades dominadas por el compromiso, la estabilidad y el estancamiento. ¿Qué pasa cuándo uno es más fiel a los pactos que leal a sus sentimientos? ¿Qué sucede con las cosas que no viviste en el momento que tenías que haberlas vivido? Son algunos de los profundos -y quizás hasta indescifrables- interrogantes que funcionan como leit motiv de esta comedia dramática protagonizada por Guillermo Francella e Inés Estévez. La historia se centra en dos amigos, Santiago (Francella) y Eugenio (Arenillas), que son mejores amigos y socios de toda la vida en un negocio de electrodomésticos. Pero un día, sin pistas ni huellas, Eugenio desaparece. Y a partir de ese momento, Santiago y Laura (Estévez), la mujer de Eugenio, emprenden la búsqueda y en el trayecto se dan cuenta de que no lo quieren encontrar. Estévez encarna un papel confuso, por momentos atormentada y adicta a las pastillas, y por otros, lúcida y eficiente. Por su parte, Francella asume uno de los protagónicos más dramáticos de su carrera, completamente antagónico al que encarnó en “Corazón de León”, aunque hace uso pero no abuso de sus típicos gestos que siempre pueden con la risa del espectador. El planteo de la película es brillante, indaga nada menos que en la palabra felicidad. Imposible no salir del cine preguntándose: ¿soy feliz?, ¿cuál es mi sueño? Sin embargo, el final se vuelve predecible y el planteo de la película se reduce a un deseo insatisfecho de verano. Cuando podría haber profundizado, se vara en la conformidad, haciendo que los personajes tengan que mutar su carácter y personalidad de una escena a la otra sin responder necesariamente a una coherencia evolutiva.
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  • Juan Carlos Di Lullo
    Y los sueños, sueños son

    Santiago es amigo y socio de Eugenio de toda la vida. Tienen un próspero negocio de electrodomésticos y la vida parece sonreírles. Pero un día Eugenio desaparece y Santiago dedica todos sus esfuerzos a tratar de encontrarlo y a entender qué pasó; Laura, la esposa del ausente, intervendrá decisivamente en la búsqueda.

    Guillermo Francella es uno de los mejores actores del cine argentino actual. En cada uno de sus trabajos confirma que es capaz de transmitir perfectamente las vivencias del personaje que le toca componer, y parece definitivamente alejado de los tics que le granjearon una enorme popularidad por su tarea en la televisión, la que, es preciso decirlo, cumple también con una envidiable eficiencia. Enseguida viene a la memoria su extraordinaria actuación en “El secreto de sus ojos”, pero ese trabajo no es una excepción en la filmografía de Francella. En esta oportunidad, vuelve a entregar una tarea destacable, medida, cuidadosa y muy efectiva en la piel de Santiago, un tipo común (de esos que le encanta encarnar al actor) al que le toca vivir una circunstancia especial a partir de la desaparición de su amigo y socio de toda la vida. Se presenta Laura, la mujer del ausente, y los problemas adquieren una complejidad mucho mayor.

    El motivo por el cual esta crítica arranca con el elogio a la tarea de Francella obedece al hecho de que en gran parte, la película de Burman se apoya en este trabajo y gira alrededor de él. Es cierto que los demás personajes están correctamente cubiertos (hay que celebrar el regreso a las pantallas de Inés Estévez, a pesar de cierto esquematismo de su personaje en las primeras escenas), pero es la labor del protagonista la que sostiene a la película.

    Puede criticarse el convencionalismo con el que Burman narra la historia, pero no es éste el principal problema del filme. Los puntos flojos están en ciertos tramos del guión, en los que las obviedades y hasta los lugares comunes se ven venir, y se concretan inexorablemente. La reiteración de escenas conspira contra el ritmo del relato y un concepto bastante superficial de lo que pueden ser los sueños en la vida de los seres humanos conduce a un final bastante cantado. Pero Burman no intenta un ensayo filosófico, y es cierto que el filme redondea un entretenimiento más que recomendable, bien realizado y mejor actuado.

    En fin, parece que Santiago olvidó lo que decía Calderón (el poeta madrileño, no el delantero de Independiente que después jugó en Arsenal) en el soliloquio de Segismundo de “La vida es sueño”: “¿Qué es la vida? Una ilusión, /una sombra, una ficción, /y el mayor bien es pequeño: /que toda la vida es sueño, /y los sueños, sueños son.”
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  • Javier Mattio
    Javier Mattio
    La Voz del Interior
    La premisa de El misterio de la felicidad es interesante, no muy explorada: dos amigos de toda la vida, mimetizados al grado del absurdo, comparten desde el mismo negocio de electrodomésticos que regentean juntos hasta los rasgos más mínimos, como las sonrisas o la manera de bajar por las escaleras. Un día uno desaparece repentinamente, dejando al otro confuso, sorprendido, como si hubiera perdido parte de su personalidad.

    El que se va es Eugenio (Fabián Arenillas), el que se queda es Santiago (Guillermo Francella), quien verá cómo de a poco Laura (Inés Estévez), la mujer de Eugenio, comienza a ocupar el lugar vacío. Ella pasa a tomar decisiones en la empresa y a compartir salidas con Santiago a la vez que los dos buscan al ausente que los ha unido.

    Pero no hay dilema moral (a pesar de que el afiche de la cinta reza “¿Te enamorarías de la mujer de tu amigo”?), tampoco nada intenso entre ellos dos (¿lo suyo es amor platónico, deseo, amistad?). La película de Daniel Burman es ligera, casi volátil, y esa condición de su clima y narración se hace visible en una luz blanca que avanza en las escenas más idílicas, un subrayado que se une a una constante música de jazz ambiental.

    Es como si la felicidad (entendida como empatía, sangre, vitalidad cinematográfica) hubiera desaparecido, dejando sólo el misterio: todo lo que el filme muestra es ubicuo, desde el negocio de electrodomésticos, que parece salido de una sitcom a pesar de su fachada callejera, pasando por los personajes (Eugenio no pesa como figura ausente a pesar de que es nombrado todo el tiempo, el detective armenio que hace Alejandro Awada sólo vale por su singularidad), hasta el Brasil del final, una playa que no parece real.

    Los aspectos más valiosos del cine de Burman (retrato sociológico de la clase media porteña, dramas familiares, humor melancólico) están presentes como una huella acuosa, desdibujada. Es en el trabajo de Francella donde el filme encuentra lo más parecido a un tono, un Francella que trabaja con perfección cada gesto, cada mirada, y que compone con maestría la tristeza de Santiago, aunque los textos no lo acompañen.

    Su dupla con Estévez es también de a ratos encantadora, o al menos inusual, pintoresca. La invasión de su femineidad loca y parlanchina en un reducto de hombres y la manera en que Santiago cambia la irritación que siente por ella por una atracción inevitable es un acierto; no tanto así la fábula sobre el sueño escapista de clase media que en sí misma parece un sueño, una neblina que dejó en el camino hogar e identidad.
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  • Gregorio Alabares
    No te pongas esa sunga sin decirme a dónde vas

    En El misterio de la felicidad, su nueva comedia luego de la no del todo lograda La suerte en tus manos, Daniel Burman vuelve a tratar un tema que parece obsesionarlo: la búsqueda de lo que él, pero no todos, consideramos el summum de los logros humanos. Se trata de la libertad, nada menos.

    Si bien en su exitosa trilogía del Mesías Burman cerraba el círculo con la poderosa imagen de padre e hijo abrazados, reconciliados, encontrándose, mirándose a los ojos y reconociéndose mutuamente, no puede decirse lo mismo de El misterio de la felicidad.

    A mitad de camino entre la comedia de situaciones y el drama existencial, El misterio… se presenta a los espectadores con una pregunta retórica bastante trillada: “Te enamorarías de la mujer de tu amigo?” Además de repetitiva y tediosa, la cuestión tiene aristas cuasi-religiosas, algo así como el mandamiento cristiano que ordena que no desearás a la mujer de tu prójimo.

    Pero este no es el problema que atenta contra El misterio… Según su guionista-director, la película indaga – y a veces cuestiona -- los rituales de masculinidad preestablecidos. Se permite, o se tolera, el bromance, la camaradería entre hombres, pero no el homoerotismo, mucho menos la homosexualidad.

    No es éste un comentario escrito desde la miope mirada de los estudios culturales tan en boga en los 90s y prevalentes aun en el siglo XXI en ciertos círculos académicos. No examinaremos la trama y el tema de esta película bajo la lupa de la lucha de clases, la etnicidad, la opresión sexual y la victimización (enfoques válidos, sin duda), sino que, como cualquier espectador avezado, rastrearemos un poco bajo la superficie del tejido social para ver qué se oculta detrás de los parámetros de normalidad aprobados por la sociedad. Es decir, el modelo de sociedad que nos plantea Burman. Veamos. El misterio de la felicidad cuenta, básicamente, con tres personajes: Santiago (Guillermo Francella), Eugenio (Fabián Arenillas), y Laura (Inés Estévez). Santiago y Eugenio, amigos de toda la vida, tienen un comercio de electrodomésticos. La sociedad funciona, como también funciona su amistad, a punto tal que se comportan como hermanos gemelos en casi todo. Pero Eugenio está casado (con Laura), y Santiago parece muy contento con su soltería y uno que otro affair.

    Un buen día, Eugenio desaparece de la nada, como en el famoso “Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo”. Ni secuestro ni accidente. Eugenio no deja pistas, y éste es el punto de giro de la trama. Santiago ha perdido a su otra mitad, y parece estar tanto o más afectado que Laura, la esposa de Eugenio. Laura, empastillada por algún tratamiento psiquiátrico que indica que no todo andaba bien en su matrimonio con Eugenio, se instala en la oficina que su marido compartía con Santiago. Su intención es examinar las cuentas para vender su parte del negocio a una compañía rival.

    Más allá de los negocios, Santiago y Laura, perplejos como al comienzo de la historia, siguen buscando a Eugenio. De entre todas las anécdotas de juventud, Santiago rescata, una y otra vez, un iniciático viaje con su amigo al sur de Brasil. Laura conoce cada detalle de la historia al dedillo, de tanto escuchar a su marido repetirla con nostalgia. No por algo que pasó y no volverá más, sino por lo no concretado, por los caminos que, junto con su amigo, no se animó a tomar. El símbolo más palpable es una vieja sunga floreada. Santiago y Eugenio, sintiéndose libres de prejuicio en Brasil, habían comprado y decidido ponerse una sunga en la playa. Pero no se animaron. Como tampoco se animaron a darle a una “garota” de la playa que los daba vuelta. Llevarse el trofeo individualmente hubiese sido una traición. Ni sunga ni garota.

    Aunque cueste creerlo, El misterio… se apoya sobre la búsqueda de Eugenio, los asuntos triviales del negocio de electrodomésticos y sus metáforas, y el resquicio de anhelo por los sueños no concretados de ambos amigos. Obviamente, durante todo este proceso, Santiago y Laura descubren que tenían en común más de lo que pensaban. Si el mensaje y la moraleja suenan demasiado obvios, es porque realmente lo son.

    El misterio… tiene una historia bastante bien contada, una acertada dirección de luces y cámara, y un guión bastante compacto, probablemente por la intervención de un sagaz montajista que supo podar lo innecesario. Pero esto no basta para que El misterio… sea una buena película, ni siquiera un aceptable divertimento. La falta de dirección de actores es más que evidente: Francella, a fuerza de oficio, lucha contra sus tics televisivos, mientras que Inés Estévez, luego de ocho años de ausencia del showbiz, hace lo que puede. Que no es mucho, más allá de apelar a clichés y cambiar de estado de ánimo y personal sin explicación. Mal medicado, su personaje.

    Sin embargo, al igual que en el musical, ni Santiago ni Laura se quedan sin su arco iris, sin su epifanía. Los espectadores se quedan con sabor a poco. Corte y fundido a negro.
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  • María Inés Di Cicco
    María Inés Di Cicco
    La Nueva Provincia
    Francella y Estévez hacen su aporte al ensayo de Burman

    Alejado de la temática de idiosincrasia judía, el director propone un relato universal, con los toques de humor y drama que hacen su cine reconocible.

    Santiago (Guillermo Francella) y Eugenio (Fabián Arenillas) son amigos y socios desde hace 30 años. Juntos, llevan adelante un negocio de electrodomésticos cuyo nombre hace honor a su vínculo.

    A diario se encuentran camino al trabajo, y la vida cotidiana de ambos parece girar en torno a las actividades que desarrollan casi al unísono, hasta que Eugenio regresa a su casa y Santiago extiende su día comiendo pizza con algún empleado en el local.

    Sucede que Eugenio tiene esposa, Laura (Inés Estévez), una mujer que ni Santiago ni sus empleados conocen o parecen interesados en conocer.

    Una mañana, las cosas cambian para Santiago. Eugenio no aparece en la ruta cotidiana, ni en el negocio, en los sitios donde acostumbraban encontrarse. Tampoco atiende al celular.

    La preocupación del hombre crece y se torna en confusión cuando aparece Laura, convencida de que Eugenio se fue.

    Sin demasiada convicción, Santiago y Laura inician una sociedad en torno a la búsqueda de Eugenio, cada uno por razones diferentes, pero en un camino común que los llevará a descubrir que ese hombre que parecía tan transparente para ambos, estaba lleno de secretos y anhelos propios.

    Con la revelación de ese "nuevo" Eugenio, tan diferente del que daba eje a sus vidas, esta pareja despareja tendrá que aprender a reconocer su individualidad y sus propios sueños.

    El misterio de la felicidad ofrece un relato bello, que Daniel Burman aborda desde el humor que filtra al drama hasta llevar al espectador al tono reflexivo a donde quiere abundar.

    De la escena inicial, que lleva lo absurdo al límite de la exasperación, acompaña a los personajes -y a quien los observa desde la butaca- a un recorrido que desvela las capas de los personajes.

    Guillermo Francella no deja dudas en su interpretación acerca de su ductilidad para transportarse de un timbre a otro cuando la escena le demanda transmitir risas, medias sonrisas, desesperación, desolaión y perplejidad ante los misterios que se desvelan frente a sus ojos.

    Desde un punto de partida diferente, Inés Estéves hace lo propio, y muestra que sus ocho años alejada de la actuación no hicieron mella en su talento como intérprete.

    Sí, cuesta, encontrar la química entre ambos en algunas escenas donde parecen ir por niveles diferentes. Pero del mismo modo vuelven a encontrarse y a hacer fluir la escena, de modo que la narración se mantiene en alto.

    Un párrafo aparte merece Alejandro Awada, absolutamente relajado en su papel de oportuno consejero, un personaje que, cuando parece mostrar un carácter despreciable, se"desviste" y sorprende con una esencia que lo reconcilia con la mirada exterior.

    Daniel Burman es de origen judío polaco, nacido y criado en Buenos Aires. Posee la doble nacionalidad argentina y polaca. En 1995, lanzó su propia productora junto con Diego Dubcovsky , BD Cine (Burman y Dubcovsky Cine). Burman es también un miembro fundador de la Academia de Cine Argentino y ha sido mundialmente premiado por sus filmes.

    Su trilogía suelta de películas, Esperando al Mesías (2000), El Abrazo Partido (2004) y Derecho de Familia (2006), fueron todas escrita y dirigida por Burman y Hendler, son en gran parte autobiográfica. El Partido abrazo (2003) llevó el Gran Premio del Jurado en el Festival Internacional de Cine de Berlín , así como mejor actor por Hendler. Burman fue co-productor de la exitosa película de 2004, Diario de motocicleta.

    Su cine -comparado por algunos con el de Woody Allen- ha venido mutando de las temáticas alusivas a la idiosincrasia judía hacia tópicos más universales, y en este sentido, El misterio de la felicidad se presenta como el más extremo en ese ensayo, en principio, logrado.
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  • Juan Ignacio Novak
    Atreverse a ser feliz

    Con casi quince años de trayectoria, al cineasta argentino Daniel Burman le sobran pergaminos para acreditar su talento cinematográfico, más ligado a los buenos guiones y la adecuada dirección de actores que al trabajo visual en sí mismo. Alcanzan como muestras sus entrañables realizaciones con el actor uruguayo Daniel Hendler con “Esperando al Mesías” (2000), “El abrazo partido” (2003) y “Derecho de familia” (2006). Y las interesantes “El nido vacío” (2008) y “Dos hermanos” (2010), donde asume con éxito la responsabilidad de conducir a actores de la talla de Oscar Martínez y Cecilia Roth, en la primera, y a Antonio Gasalla y Graciela Borges en la segunda. Sin embargo, las huellas de ese vasto universo cinematográfico apenas se perciben en “El misterio de la felicidad”.

    Guillermo Francella protagoniza esta edulcorada comedia dramática y comparte los créditos con Inés Estévez en su regreso a la actuación y el menos conocido, pero versátil, Fabián Arenillas. Está centrada en dos historias que corren en forma paralela: la de una amistad de treinta años que queda trunca y la de un amor improbable entre dos seres que comienzan a descubrirse mutuamente desde el lugar menos pensado. Santiago (Francella) y Eugenio (Arenillas) sostienen juntos una casa de electrodomésticos desde hace muchísimos años. Su sociedad se basa en una amistad que, en apariencia, los complementa. Pero un día, de manera impredecible, Eugenio desaparece y Santiago queda desolado. Junto con Laura, (Estévez) la exasperada mujer de Eugenio, inician una búsqueda que tendrá derivaciones impensadas.

    Guión previsible

    La película tiene un excelente prólogo, donde con mucho encanto pero sin demasiados matices, se expone la gran afinidad que une las (rutinarias) vidas de Santiago y Eugenio. No sólo conducen con acierto el destino del floreciente comercio que construyeron juntos, también se llevan de maravillas para jugar al paddle y hasta apostar en el hipódromo. Pero mientras uno se siente perfectamente cómodo en esa existencia sin sobresaltos, el otro muestra ciertos pequeños signos de desazón que hacen pensar que no se siente tan satisfecho. Y es lo que en definitiva marca el arranque de la historia cuando con el único aviso de esos síntomas subrepticios, se va.

    Tras este prometedor arranque, se abren líneas narrativas con potencial a partir de la desesperación de Santiago, quien no logra enfocarse a la nueva situación y sobre todo con la aparición de Laura, la mujer de Eugenio, quien con sus obsesiones e inseguridades a cuestas lo hará experimentar sentimientos inesperados. Pero poco a poco naufragan debido a unos personajes que carecen de la profundidad psicológica necesaria para despertar un interés genuino. Y principalmente producto de un guión previsible, al que le falta imaginación y no logra exponer con acierto la evolución dramática de sus criaturas, que toman decisiones significativas sin que se alcancen a comprender bien los motivos.

    Interpretaciones de calidad

    Los protagonistas dan muestras de su capacidad. Francella se mueve a sus anchas en el papel de un hombre de mediana edad en apariencia satisfecho, enfrentado a situaciones nuevas que lo harán modificar el “lugar en el mundo” que creía cómodo y definitivo. Inés Estévez también logra sin esfuerzo interpretar en forma convincente a una mujer insatisfecha, que quiere encontrarle un nuevo sentido a su existencia, aunque desconoce el camino. Y Fabián Arenillas propone una sólida actuación como el personaje que vivió siempre atado a los deseos y sueños de los demás y que cae en la cuenta -atención a su mirada perdida y media sonrisa en los labios- que llegó la hora de dar un giro.

    Pero es Alejandro Awada, en sus breves pero suculentas participaciones como el detective privado Oudokián, quien con su demoledora franqueza y sentido del humor, insta a los protagonistas a reflexionar sobre la vida, los sueños y, en definitiva, sobre el enigma de la búsqueda de la felicidad. Son pocos los minutos en los que el actor entra en escena -todas ellas en el exótico marco de un restaurante armenio- pero alcanzan para generar los mejores tramos de la película.

    En muchos aspectos, “El misterio de la felicidad” es una película agradable, con ciertos momentos simpáticos a cargo del siempre jovial Francella. Pero se echan en falta la frescura y la calidez de los personajes de otras películas de Burman.


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  • Javier Porta Fouz
    Javier Porta Fouz
    HiperCrítico
    Una película extraña

    Fuera de la zona Daniel Hendler (dejemos afuera su primer largometraje, Un crisantemo estalla en cincoesquinas, que es definitivamente otra cosa), el cine de Daniel Burman suele volverse más errático, por momentos más aguachento, menos seguro. De El misterio de la felicidad se ha dicho que es su primera película con Guillermo Francella. Lo que debería destacarse, sin embargo, es otra cosa. Pero vamos por partes.



    La película empieza con diversos shocks: una música con unos tarareos pavadá y padadá que nos llevan a un cine argentino de otras décadas, una secuencia sin diálogos de dos socios que hacen todo en sincronía, imágenes que parecen amarronarse, envejecerse de ochentosidad fílmica nacional.

    A esto se suma una cantidad grosera -y puesta de forma grosera- de publicidades de productos y servicios. Los personajes empiezan a hablar y la cosa empeora: una sarta de diálogos nacionales-masculinos de alto nivel de toxicidad barrial bolas tristes manual del hombre argentino que quizás sea habitual en la televisión (no voy a comprobarlo). Esta línea continuará, aunque bajará de intensidad. Hay más: el personaje de Sergio Boris habla como Pucho de Hijitus, con ese gardelismo quéasécómoandáshuviatripagorda tan presente en el cine argentino pre Rejtman, pre Martel, incluso podríamos decir pre Burman. El asadismo, el gauchitismo (el peor momento de la película, cuando decide describir a “la cuñada”), la “emoción fraterna” del “así somos de entrañables”. Cuando la película está más plagada de estas características, los problemas se hacen síntoma en una regresión actoral de Francella: la boquita en “o”, los principios de palabras aspirados, los gestos más en automático.

    Uno incluso puede llegar a pensar en escaparse del cine cuando se nos presenta el departamento de Eugenio (el socio de Santiago-Francella) y su mujer Laura (Inés Estévez). Como pasaba en El nido vacío, otra vez un departamento de un personaje del cine de Burman es chirriante. En El nido vacío veíamos una escuálida biblioteca en la casa de un dramaturgo importante. En El misterio de la felicidad vemos algo así como un hogar típico de ancianos que no renuevan nada desde hace cuarenta años pero habitado por gente con buen pasar económico y que tiene un coche y ropas que no se condicen con esos ambientes que hasta parecen tener olor a coliflor recién hervido. Por otra parte, aparece Inés Estévez y debuta en la película con una conversación sobre “el coso del portero” que parece escrita bajo el Código Hays y para personajes que no están casados desde hace años.

    Pero Inés Estévez es la bomba de tiempo que terminará con la película neo costumbrista que nos amenaza en El misterio de la felicidad. Y empieza a hacer tic tac, y con cada movimiento de Laura-Estévez la película gana un relieve que no tenía. Estévez entra y avanza, y se sobrepone incluso a unas cuantas recaídas por tener que encajar en eso de “qué bichos emocionales son las mujeres”. Y la película le va haciendo más lugar, deja de ser tan obvia (¿cuántas veces tenemos que enterarnos de la fascinación de Santiago por su relación con Eugenio?, ¿hacía falta “el desayuno vacío”?). La película, aun con nuevos pozos, se deja llevar por Inés Estévez que brinda -entre otras características- fotogenia total, seducción de la cámara y del registro sonoro con movimientos, gestos y voz que dejan en claro que debería haberse convertido hace rato en la gran actriz exitosa y seductora de la que carece el cine argentino. Incluso es visible que cuanto más se mete Francella en el mundo que le propone Estévez es cuando recupera sus notorias capacidades fílmicas y va abandonando los tics. La película, mediante Estévez y su sonrisa, su sapiencia, su naturalidad cinematográfica, su belleza, se asienta. Ella pasa a ser la protagonista, la dominadora de la narración. Si hay una buena comedia romántica agridulce y madura en El misterio de la felicidad logra surgir por debajo de una hojarasca de fealdad neo costumbrista que podría resumirse -además de en la publicidad de Movistar- en la imagen de esos vasitos de jugo falso que acompañan el café con leche y las medialunas. Si la sensación del final es positiva es porque la película tiene el mérito no tan habitual de ser mejor cuando se pone a andar que en su planteo inicial, como si Burman hubiese ideado un plan de exposición de defectos para después corregirlos frente al público. O quizás sea algún otro misterio lo que salva a la película, o -más probablemente- sea el efecto expansivo de una actriz extraordinaria.
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  • Luis María Fittipaldi
    El Termómetro de la felicidad

    Daniel Burman estrena su nueva peli, ya con los tópicos y canones usuales de la industria: cosas cotidianas, toques de humor y sobre todo: un diseño de cine comercial bien argentino con actor que es eje de atracción -El público va al cine a ver "Una de Francella", como añares lo hacia con una de Sandrini o una de Palito-, pero eso no está mal, es algo normal en el cine.
    Cuando su socio y amigo de años, abandona el negocio, desaparece sin dejar rastros y hasta se aleja para siempre de su esposa, Santiago (Guillermo Francella) intentará conocer el porqué, en tanto su mujer cree entender al "ausente" como lo llama. En su búsqueda llegarán a un suerte de investigador retirado que solo se dedica a saborear platos típicos de la cocina armenia (Estupendo y genial Alejandro Awada)quién les plateará el tema de "Que los hace felices..??", con algunas miradas opuestas entre la mujer -también en un punto insatisfecha- y el protagonista, irán dilucidando un panorama de conformismos y a la vez replanteos. Pero el filme no va más a allá de eso, es decir no estamos ante un bodrio, pero tampoco hay aquí una historia que sorprenda mucho, el espectador sutilmente adivinará parte del entramado final. Eso si, es superable a muchísimas comedias románticas que uno ve estrenarse durante el año y de origen extranjero.
    El regreso a la actuación de Inés Estévez es significativo, bienvenido, es una actriz de las buenas, y juega su rol con total soltura meritoria, en cuanto a Burman-director en el pasado pudo mostrar historias más marcadas y profundas.
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  • Fernando Sandro
    Fernando Sandro
    El Espectador Avezado
    El cine de Daniel Burman se ha caracterizado por tener protagonistas inmersos en búsquedas emocionales. Bordeando siempre entre el drama, la comedia y algún toque costumbrista de clase media acomodada, el centro suelen ser las carencias afectivas y el camino que emprenden sus criaturas para tapar ese “vacío”.
    "El Misterio de la Felicidad", lejos de cambiar ese estilo, lo reafirma fuertemente, afianzándose en la “profesionalidad” o “industrialización” de su cinematografía.
    La historia comienza con la relación cuasi mimética entre Santiago y Eugenio (Guillermo Francella y Fabián Arenillas, respectivamente), amigos y socios en una casa de electrodomésticos. En una secuencia ágil y pretendidamente simpática vemos como uno complementa al otro, se imitan/copian, y comparten varios placeres y códigos.
    Pero Eugenio tiene otra vida que la mantiene al margen, la vida con su esposa Laura (Inés Estévez), con quien, de primera impresión, pareciera que comparte menos asuntos que con su amigo.
    La casa de electrodomésticos tiene una interesante propuesta de compra, Santiago rechaza la idea siendo a la empresa como un verdadero vínculo de unión; por el contrario, Laura aconseja a su marido vender. Hasta que un buen día Eugenio desaparece, de sus dos vidas.
    Este quiebre en la vida de Santiago y Laura hará que ambos se unan, obligadamente, aunque en verdad casi no se conozcan; y juntos descubrirán que el hombre que los unían tenía más aristas que las que ellos pensaban.
    Obviemos la descarada inserción publicitaria. En tono de comedia emotiva, repetimos el “estilo Burman”, "El Misterio de la Felicidad" propone la búsqueda y descubrimiento de dos seres sobre otro al que tenían cerca, ya no está, y no es quién ellos creían; no se dejen engañar por su ganchero trailer, el elemento romántico es menos importante de lo que parece.
    En esta unión forzosa y descubrimiento de un tercero, "El Misterio..." puede parecerse al film de Marcos Carnevale, "Viudas". Pero en realidad, Burman construyó un personaje fundamental en el estilo de su película, su Laura peca del mismo patrón que “La Tana”, personaje de Valeria Bertucelli en Un novio para mi mujer.
    Laura es directamente irritante, vive automedicada, es verborrágica, intolerante, no tiene pelos en la lengua, y no está dispuesta a ceder en su forma de ser para relacionarse con el exterior. Inés Estévez logra una composición sublime de esta mujer; pero al espectador le costará mucho emparentarse con ella, sentir real interés por lo que le sucede, y menos creerá su repentino cambio sin demasiada justificación para el forzado y obvio camino al final feliz que toda comedia dramática debe tener.
    Por el resto, Francella repite sus nuevos mohines alejados de las comedias “de Papá”, un empresario canchero y simpático. María Fiorentino se luce en sus pocas participaciones; y a Alejandro Awada se lo nota fuera de registro como un detective privado muy particular.
    Una mezcla entre el cine introspectivo típico del primer Burman y la comedia estilo Pol-Ka Cine resulta El Misterio de la Felicidad, una película pensada para atraer al público amplio, con condimentos para todos los gustos; sin profundizar en ninguno de ellos, como una brisa leve que no calma el calor ni aminora el frío, sólo refresca en el momento.
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  • Susana Salerno
    ¿Te enamorarías de la mujer de tu amigo?

    Cuando se ve en la cartelera la imagen de Guillermo Francella resulta convocante para su público y también para otros, y en esta oportunidad es protagonista conjuntamente con Inés Estévez una actriz que no trabajaba en cine desde el 2004 (demuestra no ha perdido su profesionalismo) además acompaña como coprotagonista Fabián Arenillas. Rodada en Buenos Aires y Río de Janeiro y con un tráiler atractivo. Con la fotografía impecable de Daniel Ortega “La suerte en tus manos”.

    La historia se centra en la relación de dos amigos íntimos, inseparables, parecen almas gemelas, su rutina es la misma (como si fueran un espejo), ellos son: Santiago (Guillermo Francella, intenta sacarse los tics y se vuelca al drama) y Eugenio (Fabián Arenillas, “Tesis sobre un homicidio”), quienes además son socios en un negocio. La única diferencia es que uno está casado y el otro es soltero, pero Eugenio comienza a sentir otras inquietudes y necesidades, quiere vender sus acciones, en cambio a Santiago le basta con seguir siendo dueño de este pequeño negocio y con la rutina en la que se encuentra inmerso. Eugenio le cuenta a su esposa Laura esta inquietud (Inés Estévez, se destaca), ella es una mujer que no para de hablar de lo cotidiano, pero al enterarse de esto manifiesta estar de acuerdo.



    Pero un día algo muy extraños sucede ,Eugenio desaparece sin dejar ningún dato, ni huellas, ni nada, Eugenio y Santiago se complementaban bien, se entendían sin hablar, solo con la mirada, se querían y necesitaban, pero como suele ocurrir el último que se entera es el dejado, y se plantea hasta donde uno conoce totalmente al otro.



    Aquí el director nuevamente vuelve atrabajar sobre los vínculos en “El nido vacío” (2008) era entre la relación padres e hijos, y se plantea que pasa cuando los hijos se van, bueno acá a Laura y Santiago, le pasa casi lo mismo con la ausencia de Eugenio, y estos no se conocen, pero en algunas cosas coinciden, porque no tardan en salir a la luz sus frustraciones, sus deseos, donde quedaron los sueños, está el conformismo, la rutina, para tapar cosas el consumo de pastillas, (es una de las formas de no afrontar la realidad) y se plantea qué hacer frente a la ausencia, al vacio que este dejo y cómo enfrentar algo distinto.



    Mediante la búsqueda de Santiago y Laura, se intenta llegar a la comedia romántica, pero para llegar a esto, entre otros temas, se demora demasiado mostrando detalles de los personajes, situaciones que se pierden, su ritmo resulta lento, no llega a emocionar, personajes que cambian rápidamente, cambios abruptos, resulta superficial y se llega al final precipitadamente.



    Cuenta con un destacado elenco de reparto: Alejandro Awada (Días de pesca), Sergio Boris (Diablo), María Fiorentino (Los condenados). Y hasta un cameo para Burman que es un cliente del negocio, y un pequeño personaje para Silvina Escudero como Pato.
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  • Leonardo M. D’Espósito
    Las películas de Daniel Burman, que ya forman parte del paradigma del cine comercial argentino (como si otros cines no lo fueran, de paso) se destacan por un medio tono y un uso en clave menor del costumbrismo que no se ve en otros cineastas. Hay algo de observación sobre los personajes que es mucho más preciso: justamente que los observa y no los “usa” para decir verdades importantes. Aquí cuenta la historia de un hombre (Francella, quien quizás en algunas escenas olvide que el párpado superior puede otorgar matices a la actuación, pero igual está muy bien) que vive para su mejor amigo y para el negocio que llevan montado juntos desde hace décadas. Hasta que ese amigo se va (no muere, no es secuestrado: simplemente se va), y este señor soltero debe llevar adelante los negocios inconclusos con la mujer del “ausente” (Inés Estévez). Puede verse desde allí la comedia romántica, pero no es una comedia romántica porque el foco no es la relación entre ambos personajes sino cómo acostumbrarse o adaptarse a que el mundo no siempre responde a nuestras costumbres más arraigadas. El misterio de la felicidad, aunque parezca trivial en la trama del film, permanece inasible para el espectador: puede ser una playa lejana, el amor o volver todos los días a lo mismo, o ninguna de esas cosas. Lo interesante de esta película es que Burman lo mantiene así de lábil y le deja la pregunta al espectador.
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  • Alan Echeverría
    Alan Echeverría
    Cinéfilo Club
    Eugenio se busca; sueño se persigue

    Daniel Burman tiene un modo particular de narrar los acontecimientos que ocupan lugar en sus proyecciones. Esto no quiere decir que posea un estilo complejo, rebuscado, confuso ni mucho menos; simplemente trata de explorar, de modo afable, ameno y a veces en demasía manso, las relaciones afectivas entre los personajes que constituyen sus obras. En ocasiones, al director de Dos hermanos, le cuesta decolorar el gris de las circunstancias que expone, alejándose del blanco y del negro, sin terminar de profundizar con el vigor necesario que se requiere para conmover y enlazar de lleno al público.
    En El misterio de la felicidad, Santiago (Guillermo Francella) y Eugenio (Fabián Arenillas) comparten todo tipo de experiencias. Son amigos desde hace apróximadamente tres décadas. También son socios en un local de electrodomésticos. El vínculo que los une parece pegarle o percibirse más fuerte en Santiago. Este mira a su colega, le brillan los ojos, sonríe y disfruta de cada momento que vive en compañía de Eugenio. Son más que compinches. Abren el negocio al unísono, desayunan, almuerzan, apuestan en el hipódromo, festejan, escuchan la misma emisora radial (cada cual desde su auto mientras viajan ambos vehículos pegados), se ríen del mismo chiste y se hacen cómplices al asentir observándose ante la humorada. Todo prácticamente de forma coreográfica. Además juegan al padel, almuerzan y cenan. Eugenio y Santiago no son pareja. Pero a veces, dicen, un amigo es la mejor pareja. Laura (Inés Estévez), la esposa de Eugenio, parece agobiarlo con tanto palabrerío. La mirada de este buen hombre lo dice todo. Algo lo invade. Santiago, lo conoce casi de taquito. Casi, porque un día, Eugenio desaparece de la faz de la tierra, sin previo aviso. No atiende llamados, no dejó ninguna nota. Y la búsqueda y el enigma emergen.
    La película no acaba de encuadrarse con claridad en un género específico. Es que así como le cuesta excavar en un desarrollo sólido de los eventos que se van sorteando a lo largo de la narración, de igual forma le ocurre a la hora de definirse como drama, comedia dramática o romance. La falta de fuerza emotiva necesaria para enternecer, si se permite el término, es uno de los aspectos tal vez mayormente desaprovechados. Desde el flanco que apela a lo cómico, El misterio de la felicidad se vale de una apreciable y pequeña pizca de salidas o bocadillos bien logrados.
    Las interpretaciones son estables y creíbles. Francella, la figura central de historia, convence y se muestra comprometido con su rol. Inés Estévez se hace firme desde lo insoportable, de a ratos, de su personaje, mientras que a Arenillas le basta con poca participación para hacerse entender a base de la expresividad que sugieren sus miradas. Vale destacar la colaboración del carismático papel que le toca a Alejandro Awada, de acertada tarea.
    Diálogos interesantes y frases bien construidas se presencian en una cinta que, redondea una performance aceptable, con falencias y con un desenlace que, dependiendo como se lo contemple, oscila entre lo ingenioso y lo discutible.

    LO MEJOR: amena en su desarrollo. Las actuaciones. Muy prolijamente filmada.
    LO PEOR: le cuesta conmover, sin fuerza emotiva.
    PUNTAJE: 6,5
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  • Juan Pablo Schapira
    Juan Pablo Schapira
    Tranvías y Deseos
    Hay cosas importantes que se desprenden de ver “El misterio de la felicidad”, y lo digo para hacerle verdadera justicia a su realizador. Estaría bueno pensar que hablamos de un improvisado, de un director primerizo como tantos que de vez en cuando realizan su ópera prima con un elenco de lujo. Pero estamos ante un film de Daniel Burman, y algo previo hay aquí. Burman escribe y dirige, y con los años ha demostrado el justo conocimiento de cualquier rango etáreo. Esta vez se sitúa en personajes de cincuenta y pico, y aunque la película debería impactar más a quienes tienen esa edad, la resonancia es clara. Puede parecer una obra cómica, pero es agridulce, y lo bueno de un director que piensa sus películas es que esta ambigüedad no genera ruido. No sucede como con Marcos Carnevale, que en “Corazón de León” no se jugaba por ninguna de las dos aristas, y a veces le salía bien pero confundía al espectador.

    Burman sabe que cada plano cuenta, hace las preguntas correctas (sin ofrecer todas las respuestas –siempre una virtud-, lo que le da más crédito al título del film) y si coproduce con Brasil no será en vano viajar a filmar a ese país. Esto último –lo de la (mala) inclusión de la coproducción en el guión- se podía percibir cuando León volaba en paracaídas por Rio de Janeiro, en la mencionada película de Carnevale. Los ralentis son en este aspecto una clave de doble lectura: la primera vez que los vemos tienen un efecto cómico y sobre el final, al ver el mismo recurso utilizado de otra manera, eso cambia de óptica. Basta repensar los primeros ralentis para ver que ya no dan tanta risa, sino que generan una situación más cercana a la reflexión.

    No hay que dar excusas tampoco. “El misterio de la felicidad” es cine industrial con contenido. Hay una trama previsible y lineal (la de dos amigos/socios que comparten una vida juntos, hasta que uno desaparece –un hilarante Fabián Arenillas- y su mujer –Inés Estevez- se une con el otro –Guillermo Francella- para encontrarlo) que teje de fondo algunos de los dilemas que nos aquejan cuando llegamos a cierta edad pero quizá no tenemos el tiempo para explorarlos. Ese tiempo que generalmente no está, la película lo habilita a partir de un acontecimiento (la desaparición) y lo convierte en posibilidad múltiple: la de conocerse, preguntarse dónde se está y hacia dónde se va. No son pocas las cuestiones que sugiere el film, como que uno no es más especial que el otro; y que todos somos lo que sabemos que somos –eso nunca es una certeza definitiva, claro está- y lo que el otro cree que somos. Y con ambas cosas hay que convivir.

    Más allá de tener un director que sabe lo que hace, hay dos elementos sobresalientes en “El misterio de la felicidad”. El primero es la música de Nico Cota. Diversos y acertados colores para cada momento de la trama; la elección de voces graves, zumbantes y melodiosas como paleta principal; y la fina selección –más atribuible a Burman- de dos canciones como banda sonora en una escena clave de la película.

    Por otro lado está Francella. Una superestrella en Argentina, Guillermo no es Darín, pero está en un mismo nivel competitivo en términos de boletos vendidos. A lo otro, el dominio que Ricardo tiene de su oficio -y que el comediante comenzó a vislumbrar en “El secreto de sus ojos”-, está llegando. ¿Qué está haciendo lo mismo hace un par de películas? Puede ser, ¿pero no es exactamente lo que tantas veces se dice de Darín? Y yo los defiendo, a ambos, y a tantos otros. Hay que saber hacer siempre lo mismo y sostenerlo con soltura; eso hace a una superestrella.
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