El artista anónimo

Crítica de Brenda Caletti - CineramaPlus+

ARTE CATALIZADOR

Las pilas de facturas impagas se acumulan como los cuadros sin vender colgados en las paredes o apoyados sobre el suelo. Un negocio de arte que supo gozar de esplendor –los ficheros de clientes separados de acuerdo a las preferencias artísticas, guardados en la caja fuerte lo evidencian– pero quedó anclado en el tiempo. Una mezcla entre la nostalgia analógica de los archivadores escritos a mano o los recibos a máquina, la tecnología ya anticuada como la cámara de seguridad y un sostén necesario basado en lo estático como la misma vidriera durante años o la poca renovación de stock, más allá de la compra de un paisaje a los pocos minutos del filme. Olavi Launio ruega por un último trato que le permita saldar las deudas, tal vez recuperar algo de prestigio y continuar un tiempo más en el local hasta el retiro definitivo. De lo contrario, ¿qué sería de su vida solitaria, amparada en la rutina y alejada de los afectos fuera de allí? ¿Cómo ocupar las horas en una casa llena de objetos que subrayan el casi inexistente vínculo con su hija y nieto?

Entre paradoja y clave pictórica, la obra de la próxima subasta que le llama la atención es la de un hombre joven, con cabello largo y fondo oscuro sin firma, arrumbada sobre otro de los objetos de venta. Un ojo entrenado que percibe un tesoro donde otros ven incertidumbres, la investigación contrarreloj junto con Otto –lo emplea por poco tiempo tras los pedidos de la hija– para confirmar si se trata del Cristo de Iliá Repin del que no hay imagen en libros o catálogos. Si en El esgrimista la relación profesor- alumno se centraba en la lealtad y la enseñanza atravesada por la historia oculta del hombre en medio de la Segunda Guerra Mundial y con el deporte como catalizador; en El artista anónimo esos valores se trasladan al núcleo familiar abuelo- nieto franqueados por el desconocimiento de sus historias, con situaciones económicas delicadas y con el arte como punto de descubrimiento tanto de datos como de ellos mismos. El detenimiento en el museo en la pintura del finlandés Hugo Simberg de un niño y un anciano lo refuerza.

De esta forma, el arte se convierte en el hilo conductor del relato que permite revisar un pasado ofrecido en fragmentos ligeros y aleatorios junto a un presente urgente sostenido en el deseo de conseguir la información, el dinero y la obra. Esa misma añoranza manifiesta en la tienda, sobrevuela a Olavi y Lea, quienes intentan romper con sus estructuras pero no siempre lo consiguen. El protagonista persuade para conseguir fondos demostrando una vez más el egoísmo y la preferencia del negocio por sobre la familia, mientras ella remarca la ausencia del padre durante toda la vida. Frente a unos tímidos matices que desnudan lo íntimo o algunos cambios, los personajes se muestran demasiado correctos, incluso, fríos quitándole fuerza a las interpretaciones y a los propios nexos sanguíneos.

Por otro lado, la puesta de Klaus Härö resulta sumamente cuidada en un contraste permanente entre la calidez y la opresión de los espacios públicos y privados gracias al equilibrio entre los colores, la luz, las sombras y las maneras de habitar los lugares. Por ejemplo, el departamento de la madre y el hijo en tonos claros, bastante despojada en oposición con el piso del anciano saturado de libros, cajas y pinturas con portarretratos de ellos algo escondidos o el teléfono antiguo y el contestador a casette. También el parque cubierto de hojas y gente disfrutando de la tarde o una fila larga que recorre gran parte de la calle para ingresar a la subasta. Curiosamente, en la mayoría de los sitios rondan estelas de soledad o distancia, como si una capa los envolviera impidiendo su descubrimiento total.

“Juntás basura pensado que encontrás un tesoro”, le dice un amigo y compañero de rubro con quien asiste a las subastas. El ojo hábil apoyado en la observación y los instintos se vuelve más poderoso que el capital desmedido y las grandes tiendas aggiornadas. Sólo hace falta hallar el equilibrio perfecto mediante el cual todos los objetos de valor –sentimental o económico– ocupen el sitio que les pertenece.

Por Brenda Caletti
@117Brenn