Creed II: Defendiendo el legado

Crítica de Pablo O. Scholz - Clarín

“Es la oportunidad de reescribir la historia”, dice un personaje. Y lo cierto es que Creed II, si no arruina lo que había sido su predecesora, le pasa raspando. Y por más que nos digan "Creed", cuesta.

Hace tres años la saga de Rocky tuvo un rejuvenecimiento, con el hijo de Apollo Creed, aquel boxeador afroamericano que le ganaba a Balboa en la primera Rocky, y convenientemente perdía con Balboa en la segunda. En la cuarta, Creed padre termina literalmente en la lona –muere- en un combate con el ruso Ivan Drago (Dolph Lundgren; no es la única sorpresa en aparecer ahora en pantalla), que será derrotado por Rocky en un combate posterior. Era 1985, aún no había caído el Muro de Berlín, y presidía los Estados Unidos el republicano, ex actor, Ronald Reagan.

Ahora preside EE.UU. otro republicano, o algo parecido, pero Creed II comete casi los mismos errores que Rocky II. Repite, reitera esquemas, y los combates no tienen ni la espectacularidad ni los encuadres que el director Ryan Coogler (luego dirigió Pantera negra) había logrado en Creed (2015).

Y otra cosa es la trama.

Adonis Creed (Michael B. Jordan) quiere casarse con Bianca (Tessa Thompson, de Westworld). Ya es campeón mundial, y entre las cosas inesperadas que suceden en su vida, está que el hijo de Drago, Viktor (Florian Munteanu, boxeador alemán de origen rumano), una bestia más grande que Dwayne Johnson, lo desafía. Sí, el hijo de quien mató a su padre quiere medirse con él en un ring.

Pasa lo que debe pasar para que la película continúe hasta el minuto 130. La potencia de Drago es mayor que la de un sifón marca ídem, el ruso descarga cemento como entrenamiento y corre en la calle. Tras la paliza que sufre Creed, perdón si spoileé, es él quien tendrá un entrenamiento agotador, con los nudillos sangrantes, se caerá corriendo en la ruta y se la pasará martillando el suelo en el desierto.

Le falta beber huevos crudos antes de salir a trotar, pero eso a lo mejor lo dejan para la próxima.

Y ahí está Rocky, filosofando cada tanto, y yendo a hablarle a Adrian, su mujer, a su tumba. Sylvester Stallone coescribió el guión, coprodujo y coprotagoniza la película. Mucho, como para repartir culpas. Rocky usa teléfono de línea, sombrero, y se queja porque no arreglan una luz pública. Se quedó no en el ’55, sino en el ’76, en la primera Rocky, la original.

Y cuando uno se pregunta cuándo se escucharán los acordes de Rocky, la música de Bill Conti… Ya sabemos. En el ring, detrás de todo gran hombre, aunque más no sea por tamaño y musculatura, hay un Balboa.

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