Creed II: Defendiendo el legado

Crítica de Angel Faretta - A Sala Llena

EL LARGO ADIÓS

“Cuando te sacan el banquito estás solo”

Ringo Bonavena.

1.

Aquello que se mantiene en marcha, activo y pensante, y sobre todo operativo del cine y su concepto, gira alrededor de un eje. ¿Sobrevivirá la representación familiar, con su padre simbólico y no solo biológico? También plantea -es decir pone en escena- el interrogante de si determinadas figuras sustitutas, son posibles y pasibles de ocupar esa territorialidad ya bastamente saqueada por esta última etapa de la movilización total…

Desde el comienzo mismo de la autoconciencia, con films como El padrino y El exorcista, la piedra miliar ha sido el tema y la figura del padre y de lo paterno. Como presencia absoluta en el film de Coppola; y como ausencia del padre biológico y de su sustitución o reemplazo ocasional, y hasta podríamos decir que finalista, en el de Friedkin.

El padre ausente en Roma de la desventurada Regan, es sustituido por dos –que forman una figura jánica- padres-curas que le envía esa otra Roma, no turística.

El padrino, el dios padre (“Godfather”), tiene diferentes avatares que el lector recordará muy bien, así como otras manifestaciones en todos los demás directores-autores de este período, que ha llegado a su fin. Pero -una vez más- porque ha alcanzado su fin, como finalidad: es decir llegado hasta su meta.

La saga de Rocky ahora se ha vuelto herencia en Creed. Así tenemos dos padres ausentes. El de Adonis Creed, ausente como padre real y legal, y ausente porque ha abandonado su representación terrestre y se ha vuelto un afiche y una prieta trivia de recortes. Simétricamente Rocky se ha ausentado, o tal vez lo han ausentado de su rol paterno, y ya de abuelo. Su hijo Robert, se ido al Canadá, y no se ha elegido este lugar porque sí. Este hijo ha cruzado la frontera, pero está tan cerca y tan lejos de lo paterno. Justo ahora que también -al decir de Schopenhauer- ha donado su impulso vital en otra criatura. Con lo cual y ya clásicamente, o ha repetido su error por un fatalismo biológico y por un acto de prometeísmo legalizado; o, quizás, porque confía en su segunda oportunidad. Será un padre diferente, etc. Claro que de darse esa diferencia, tendrá siempre como espejo a ese padre real que se ha dejado del otro lado de la frontera.

Este Adonis hijo de Apolo con quien se ha respetado su genealogía mítica, no tiene más que eso. Una vicariedad mítica vuelta legendaria y a su vez rebajada a meras habladurías. No es, sino que su ser y existencia toda ha sido usurada por ese padre ausente como realidad carnal. Y para un lazo de sangre basado en la carne: una carne sangrante, golpeada, herida, y también exigida mediante técnicas y ejercicios para mutar su forma y desarrollo.

Aquí el espectador puede, mejor dicho es libre de pensar que las repetidas escenas de golpes y caídas y hemorragias, como también los ejercicios de fuerza y de esfuerzo físico, son nada más que parches púrpuras y ripios para estirar un film. Pero también, si puede o quiere, entender y sobre todo recordar un punto fundamental, si bien no lejano pero alejado por la robotización escolar a la que viene siendo reducido. Que estas re-presentaciones físicas, son correlatos simbólicos del ágon, de la lucha, que no es física o solamente física. Sino anímica, espiritual y sagrada.

Pero -como hemos dicho ya en varias oportunidades- desde Homero toda épica emplea lo físico-corporal como correlato objetivo de manifestaciones anímico-espirituales.

2.

Una paternidad audaz y algo más que melancólica, recorre este film que, si bien dirigido por Steven Caple Jr., tiene la impronta, las huellas digitales y anímicas de su ya legendario protagonista y acuñador del personaje emblema de Rocky Balboa. El extraordinario actor (*), que es también un gran guionista y lector, Sylvester Stallone. Como sabemos, este ha creado en paralelo otra saga, la de Rambo y, como también afirmamos años atrás, este Rambo existe para que Rocky pueda llevar su vida. Realismo político absoluto, radical.

Así las rumiaciones sentimentales, las intermitencias del corazón, los viajes no rentados hacia un pasado reducido a escolia familiar, como también plantearse algo, lo que fuere, en la intimidad subjetiva de la mónada particular, es posible porque existe un héroe, y ya profesional, que se juega la vida en ello.

Esto puede exaltar a ciertos sectores autodenominados “progresistas”, que imaginan o deliran que con suprimir la matanza de ballenas o los piropos callejeros vamos alcanzar una especie de Arcadia pura, intonsa, y para nada feraz. Digamos que, en rigor, lo que imaginan es un country con vigilancia permanente y el tatuaje del Che, hasta en el culo.

3.

Lo extraordinario de estos films -pienso en otros recientes como The Hunted de William Friedkin, por ejemplo-, es que devuelven a las invariantes biológicas los prestigios usurpados malamente por las psicologías reduccionistas, así como también las propaladas por las sociologías oficinescas.

En estos films hay sangre, lucha, riesgo de regresar a la pura animalidad. Cuando absurdamente, y por otro lado, esos negadores puritanos buscan enaltecer a lo animal puro con sonseras sentimentales. Como si el llamado de la selva atávico se viera reducido o desinfectado, y con ese simple pase de manos se convirtiera a los pumas y panteras -¡y hasta a las hienas!- en mascotas de interiores.

4.

Creed II es un film de segundas oportunidades. Pero esto ya se puede decir de cualquier de cosa y aplicárselo como sello postal. Se trata de verificar y contar. Este es un film de puertas y de escaleras. Que son, como sabemos, dos símbolos de construcción arquetípicos. Dos universales fantásticos. Desde luego no toda puerta ni toda escalera es un símbolo, o, mejor dicho, el soporte material de un símbolo… Aquí las puertas que se abren y que se cierran; aquellas que no son abiertas ni entornadas. Las escaleras por las que se baja y se sube, están todas puestas en escena. Es decir son otra cosa sin dejar de ser la primera y material.

Tomemos estas secuencias. Cuando Adonis Creed entra en el restaurant de Rocky, a media luz y desierto. El visitante mira las fotos en la pared de su padre muerto y de aquel que -como veremos- ocupará su lugar. Los vemos luchando entre sí, congelados en ese simulacro de eternidad. Pasamos a la entrada de Rocky. Lo vemos ascendiendo por una escalera.

Luego cuando ambos, más Bianca, se han quedado semidormidos y cubiertos por una “manta común”, vemos que Rocky entendiendo “algo”, deja la sala y sube la escalera. Poco después Creed y Bianca tendrán un encuentro sexual.

Esta rotunda puesta en escena que emplea estas dos figuras matrices centrales para desplegar y representar la trama (lo elegido previamente para narrar), no hace necesariamente de este film una obra maestra.

Cuando Stallone abandona el film, quedamos con la guardia baja y la pareja de Creed-Bianca apenas sabe hablar para convencernos de algo. Cierto. Salvo que quiera sugerirse que están balbuceando en un mundo que los comprime. Cierto. Hay tomas en cámara lenta de más y que podrían haberse evitado. Cierto. Música de rap in abundantia y que distrae de la acción con sus alaridos sincopados. Cierto.

Pero Creed II se sostiene, y muy sólidamente, a través de su puesta en escena. Un ejemplo de la cual hemos explicitado. Se trata ahora, si se quiere, de buscar las simetrías del caso. Puesto que el cine es eso, puesta en escena.

Y estas nos llevan como siempre a su sentido, como dirección y significado. Siempre el cómo es el qué. Así que si hemos dilucidado bien el cómo –la puesta en escena- podremos llegar al qué. Qué quiere decir, expresar, y demás.

Esas puertas que se cierran, se abren, o permanecen cerradas a nuestros llamados. Esas escaleras por las que ascendemos o descendemos. Son la vida en su mínima expresión, en su cotidie. Luego estas simetrizarán con las cuerdas y los escalones que llevan al ring. Una pelea, un ágon, que para la tragedia es lo mismo. Es decir, la exposición física es también metafísica y esto es la vida de lo humano-animal como otra cosa. Como soporte de una transhumanización.

5.

Creed II se arroja sin cortapisas al más puro melodrama. Es decir al mejor cine y a la única posibilidad que le resta al pensar y al poetizar de occidente de mantener, siquiera algo, del espíritu y de la visión trágica del mundo.

Así estos Drago, padre e hijo, que se enfrentan a ese otro par padre-hijo -pero uno donde ambos se han elegido-, son el lado lunar de esta relación bifronte. Y la lucha, el combate, no les sirve más que para incrementar su hibris. El emplear la fuerza para un fin personal, rencoroso. No llegan a situarse en el ágon.

Adonis termina neutralizando a este par de dragones. Pero este que también se ha puesto en movimiento por un instinto o pulsión de mera venganza, termina subiendo por otros escalones. Y como todo hijo es el padre circularmente del hombre, Adonis guiará a esta Roca solitaria hasta la vuelta a esa Ítaca, que está apenas cruzando la frontera.

6.

Como nota final se nos ocurre que este largo adiós de Rocky, pueda también simetrizarse como un posible -y no deseable- adiós a lo paternal. Ahora que el hombre está a punto de convertirse tan solo en un excipiente de la maternidad.

© Ángel Faretta, 2019

Permitida su reproducción total o parcial, citando la fuente.

*: a quién todavía pueda sorprenderse de esta afirmación, le proponemos el siguiente ejercicio. Vea el por cierto excelente film de James Mangold, Tierra de policías (Copland). Busque, luego de visto el film sino antes, la escena donde Stallone enfrenta -en todo sentido- a De Niro. Observe bien. Este se entrega a todas sus muecas habituales con total impudicia. Se sirve de una hamburguesa como sostén de su camelo y de sus carantoñas. Vea a Stallone, mientras tanto. Perfecto: toda contención, sufrimiento, pena, pero también serenidad. Con apenas moverse, “solo estando allí”, como se decía en el Hollywood clásico.

Además el personaje aquí es un obeso policía, aparentemente tonto, manipulado y sordo. Podemos dar otros ejemplos; creemos que este es más que suficiente.