Bohemian Rhapsody

Crítica de Santiago García - Leer Cine

Es difícil evaluar Bohemian Rhapsody porque todos los lugares gastados del género biográfico se despliegan antes de llegar al final del film. La película no parece aportar nada relevante hasta que, con una inusual osadía, la película cierra con un concierto de Queen mucho más extenso que la clásica canción del final de estos films. Es como si todo el film fuera a buscar ese momento y en el medio nada le preocupara del todo. De hecho Bohemian Rhapsody arranca con la entrada de Freddy Mercury, aparentemente solo, al escenario del Estadio de Wembley para el concierto de Live Aid en 1985 y vuelve a cerrar en su apoteótico final cuando toda la banda sube y hacer su actuación hasta terminar. Está bien esa diferencia entre el Freddie Mercury solo del comienzo y de la banda al final. Es parte de la historia que busca contar la película, uno de sus temas.

Esta estructura que apuesta todo al concierto final sabe que pasada la experiencia de ver el film, el recuerdo se elevará a partir de la música. Con simplemente imitar y homenajear a Mercury el favor del público se consigue y perdura. Pero una mirada un poco más exigente deja en claro que hay tantos lugares comunes como son posibles en un espacio de dos horas. Esa tensión entre las limitaciones del guión y la grandeza del personaje está durante toda la película. No solo en lo musical, sino en la vida personal de Freddie Mercury.

La ficción, puntualmente el género biopic o biográfico, permite contar la historia de alguien que la mayoría de los espectadores conoce sin la obligación de respetar los hechos como si lo debe respetar el cine documental. Se podría decir que es una forma de servirse de los beneficios del documental sin hacerse cargo de sus obligaciones éticas. Mentir no es malo para la ficción, nunca lo fue y nunca lo será, pero el motivo que lleva a los espectadores al cine es la promesa de la historia real del artista que todos conocen y quieren. Un doble juego que en la última década ha tenido un esplendor sin precedentes, aun siendo un género tan viejo como el cine.

Poco más de dos horas dura Bohemian Rhapsody y en ese tiempo logra que Rami Malek sea Freddie Mercury en nuestra cabeza, algo que le resulta aun más fácil con el resto de Queen, donde el casting ha sido particularmente brillante y efectivo. Brian May (Gwilym Lee), Roger Taylor (Ben Hardy) y John Deacon (Joseph Mazzello) parecen más reales que los propios músicos.

La mencionada escena final tiene un nivel de fusión entre la realidad y la ficción que sin duda la vuelve más potente. Pero no puede evitar arruinarla con algunos detalles, en particular uno que rompe la perfección de un momento sublime. Allí, donde parece olvidarse de las licencias poéticas para lanzarse al retrato fiel del momento glorioso de la banda, la película tiene un instante espantoso. Mientras Freddie Mercury y Queen llegan a su punto más alto –al igual que el espectador- un corte a la oficina de un productor discográfico con el que se habían peleado lo muestra arrepentido de haber dudado de ellos. Es un momento de comedia, pero también es un momento tonto, porque no solo el personaje y su conducta son parcialmente inventados, sino que además es reducir la maravilla inapelable de un protagonista al que ya queremos, sino que lo ensucia con una idea de resentimiento y venganza que el personaje no tiene ni se entera. Apela el resentimiento del espectador, no del gran Freddie Mercury. No es un plano menor, es un golpe al corazón de la película.

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