Bohemian Rhapsody

Crítica de Eduardo Fabregat - Página 12

Freddie, cien mil personas en un puño

Aun con los lugares comunes de toda biopic, tiene un as de espadas llamado Rami Malek y momentos jugosos en la historia de Queen.

Solo caben dos opciones: o la música de Queen nunca le interesó o está  blindado a todo sentimiento. Solo eso puede explicar a quien no se emocione con los quince minutos finales de Bohemian Rhapsody, una perfecta reconstrucción de lo que sucedió el 13 de julio de 1985. En Live Aid, la cita con asistencia perfecta de los nombres relevantes en la música de la época, el cuarteto les pasó el trapo a todos con una performance inolvidable en Wembley. El cuarteto y, claro, su líder, obvio centro del film de Bryan Singer (y Dexter Fletcher, llamado para completar la tarea cuando Singer fue despedido). Porque Bohemian Rhapsody es la historia de Freddie Mercury, aunque Queen esté bien representado. Y entonces hay que decir que Bohemian Rhapsody es la película de Rami Malek.

Quizá tenía razón Brian May cuando dijo que Sacha Baron Cohen terminaría siendo una interferencia en la caracterización de Mercury. Es imposible saber cómo lo hubiera resuelto Mr. Borat, pero Mr. Robot borra cualquier presunción: lo de Malek es un capo lavoro que magnetiza. Consigue suspender la incredulidad. No hace de Freddie: es Freddie. Transmite toda esa grandilocuencia y potencia performática, la confianza de quien se sabía material de leyenda, y también la angustia del paso de la heterosexualidad a la plena asunción de su identidad gay o –como en una escena clave en su hogar, con un velador inútilmente encendido esperando una señal– la fragilidad de un tipo que podía manejar a su antojo a cien mil personas pero a veces se sentía irremediablemente solo. Más aún: aunque pasajes como Live Aid cuentan con la voz de Mercury (si Malek pudiera cantar así debería dejar ya la actuación y dedicarse a la música), hay momentos en los que toca y canta él, y la ilusión sigue funcionando. 

Y aunque Rami se lleva los laureles, todo el casting es destacable. Gwylim Lee es un clon de May, y Ben Hardy (Taylor) y Joseph Mazzello (Deacon) son asombrosamente parecidos a los originales, y hasta Lucy Boynton se luce como Mary Austin, y Aidan Gillen (recién eliminado de Game of Thrones) luce impecable como el manager John Reid. Es una agradable sorpresa, también, que el film dé lugar a personajes como el DJ Kenny Everett (responsable de que “Bohemian” llegara al aire radial a pesar de su duración), el ingeniero de sonido Reinhold Mack, el “villano” Paul Prenter y Jim Hutton, última pareja de Freddie, aunque no se ahonde en su pésima relación con Austin.

Entonces, ¿para quién es Bohemian Rhapsody? No para los cinéfilos, que detectarán más de una resolución esquemática de biopic oficial (¿Era necesaria esa “reconciliación” entre Freddie y su padre antes de Live Aid?). Está claro que el target es el público de Queen, que se cuenta por millones y para el que se dedican pasajes jugosos de la historia de la banda. Curiosamente, en esa narrativa se tomaron decisiones que arquearán cejas, dispararán discusiones en foros virtuales y hasta raptos de indignación. Cosas como que el grupo toque “Fat Bottomed Girls” en su primera gira estadounidense, años antes de Jazz. O que se sitúe la grabación de “We Will Rock You” ¡en 1980!, o que sus compañeros reaccionen tan mal ante la perspectiva de Freddie solista en 1983, cuando ya en 1981 Roger Taylor había hecho un disco por fuera de la banda. La presencia de May y Taylor como “consultores” elimina la posibilidad de un error, hace más curiosas las inexactitudes. Quizás es más comprensible la manipulación de fechas con respecto a cuándo Freddie Mercury supo que había contraído el virus letal (que no fue en 1985 sino en 1986) y en qué situación se encontraba la banda antes de Live Aid: ahí hay una construcción dramática, un intento de agregar épica a un show de por sí épico.

Pero es ocioso detenerse en detalles reservados al experto. Sobre todo porque Bohemian Rhapsody es una impecable reconstrucción de época con momentos de puro disfrute, desde el comienzo con la “20th. Century Fox Fanfare” en el inconfundible sonido de la Red Special de May. El corazón del asunto es la grabación de A Night At The Opera, con pasajes deliciosos como el registro de su canción icónica (“¡¡Galileo!!”), las discusiones sobre “I’m in love with my car”, Malek al piano componiendo “Love of my Life” y los encuentros con el ejecutivo de la EMI Ray Foster, con el formidable guiño de ser interpretado por Mike “Wayne” Myers y una frase que no conviene revelar aquí. Pero también la escena qué explica la manía de Freddie por cantar con el pie de micrófono en la mano, la grabación del primer demo en los De Lane Lea Studios o cuando Deacon toca por primera vez “Another One Bites the Dust”; el primer encuentro de Mercury con Taylor y May, cuando la multitud de Rock in Rio canta “Love of My Life”, o la hilarante reacción del baterista cuando Freddie estrena su bigote. En la previa se decía que los “consultores” habían hecho demasiado por alivianar la historia. Pero lo cierto es que allí están también los excesos, la cocaína y las pastillas, el derroche de dinero y la egolatría, los roces internos, el desfile por clubes gay berlineses en busca de sexo casual y hasta la célebre fiesta de cumpleaños de Freddie iniciada con el pedido de “Sacudí el árbol de freaks y traé lo que caiga”.

Con semejante material de leyenda y a pesar de sus diez años de marchas y contramarchas, Bohemian Rhapsody significa para su público específico un entrañable viaje en el tiempo. No puede ser perfecta por un problema sin solución: Mercury es irrepetible, y nada se compara a la vida real. Pero por momentos la pantalla consigue la ilusión de volverlo a tener aquí, y ahí es donde se vuelve imprescindible para un fan del rock. Ay-Oh, Freddie.

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