Birdman o (La inesperada virtud de la ignorancia)

Crítica de Diego Papic - La Agenda

Pajarones

Iñárritu dilapida su talento en ideas conservadoras sobre el arte y el cine.

Alejandro González Iñárritu es un pelotudo. Un pelotudo con talento pero no con tanto como para justificar su ego y su soberbia. Y como todo soberbio no tan inteligente, persiste en el error con un énfasis irritante. Y como tiene talento, sus películas son atendibles, son vistas, discutidas y hasta cierto punto disfrutadas. Birdman es el ejemplo máximo de esto: es una de esas películas hechas deliberadamente para que la gente ame u odie.

Birdman se construye sobre la idea equivocada de que no hay arte en el cine llamado “comercial”, plagado de películas de superhéroes, y sí lo hay en el teatro independiente. Su protagonista es Riggan (un desaforado Michael Keaton), actor que alcanzó el estrellato interpretando a un superhéroe (el Birdman del título), y decidió bajarse de ese éxito.

Ahora está a punto de dirigir y actuar en una adaptación para el teatro de De qué hablamos cuando hablamos de amor, de Raymond Carver, y la película es un frenético plano secuencia de casi dos horas en el que la cámara lo sigue por todos los rincones del teatro -a él y a otros personajes- y otros lugares de la ciudad durante el ensayo y el estreno de la obra que marcará el éxito o el fracaso de su decisión y de su vida.

Sin dudas Birdman es un prodigio técnico en el que brilla -además del Iñárritu director- el DF mexicano Emmanuel Lubezki, que tiene todo para ganar su segundo Oscar consecutivo después del que ganó el año pasado por la extraordinaria Gravedad. El problema es todo lo demás.

Los planos secuencia y los movimientos de cámara ingeniosos son como efectos especiales para estudiantes de la FUC. Iñárritu pretende bajar una línea artística echando mano de trucos visuales tan artificiales como los que pretende criticar. Por eso enfrenta a una Guardianes de la galaxia no con una adaptación de Carver sino con Birdman, una película que es pirotécnica en otra dirección, aunque menos honesta en sus objetivos. La prueba de esto es la pila de nominaciones al Oscar que recibió.

Probablemente sea casualidad y no tenga relación con los guionistas argentinos Armando Bó y Nicolás Giacobone, pero el personaje de Riggan recuerda un poco al Julián Lamar de Juan Minujín en Vaquero, sobre todo por la voz en off que le discute a su personaje todo el tiempo. Pero Lamar era un cínico que mediante su stream of consciousness criticaba tanto al negocio como a sí mismo; Riggan en cambio, sin bien no deja de ser un poco ácido, expresa las ideas retrógradas, conservadoras y anti-cinematográficas de Iñárritu: el arte está en el teatro, en Raymond Carver, y no en el cine.

Es difícil de tragar, entonces, el conjunto, sobre todo cuando el frenesí de la cámara es acompañado por un grupo de actores que sobreactúan y gritan: Keaton, las lamentables Emma Stone y Naomi Watts y el inverosímil Zach Galifianakis. Se salva un poco Edward Norton quizás porque en él está depositada la única mirada más o menos crítica de ese mundo, quizás de casualidad: encarna el lugar común del actor de teatro egocéntrico.

Y sin embargo… es muy fácil destruir Birdman como un esclarecido que descubrió el truco, que desenmascaró al farsante de Iñárritu mientras cosecha sus premios. Es muy fácil interpretar el papel de la crítica que decide destruir la obra de Riggan aún antes de verla -tan fácil como escribir ese papel, también hay que decirlo- pero hay momentos de Birdman que son inolvidables: la desesperada huída de Riggan a través de Times Square en calzoncillos es uno de ellos. Y aunque uno pueda pensar que la película de Iñárritu es una chantada, es preferible a otras chantadas insulsas como La teoría del todo o El código Enigma.