Battle Angel: La última guerrera

Crítica de Mex Faliero - Fancinema

UN PASTICHE DEL PRESENTE

Hace un tiempo escribía sobre la Juventud Contenidista, un espectador joven pero solemne aun cuando lo suyo puede ser el cine de género o las expresiones populares (la apoteosis de esto sería el fan de la soporífera Matrix, por ejemplo…). Para el espectador contenidista, herencia natural de la generación de “la novela es mejor que la película” o “el cine arte”, importa cada vez menos cómo se dice lo que se dice, mientras se lo diga, incluso mientras se lo remarque hasta la exasperación. Lo que importa es el tema, la sordidez, el cinismo, la pedantería, la necesidad del marco conceptual que justifique la presencia ante la pantalla (vean ustedes cómo se enojan los fans de Marvel con las adaptaciones que apelan al humor). Por eso el regreso de Robert Rodríguez a las grandes ligas con Battle Angel: la última guerrera es una noticia más que positiva: basada en la novela gráfica de Yukito Kishiro, es una historia que habilita una serie de reflexiones filosóficas que en las manos equivocadas se hubiera convertido en otro pretencioso desfile de lugares comunes trascendentales. Pero Rodríguez, hijo de la Clase B y el entretenimiento plebeyo, entiende que la historia se cocinaba a partir de la potencia de sus grandes secuencias de acción, su imaginativa inventiva visual y unos personajes rotos que se definen por medio de las acciones.

Battle Angel: la última guerrera es un proyecto que durante muchos años estuvo a punto de ser dirigido por James Cameron. Sin embargo, el gran director de Avatar, Terminator, Titanic, Mentiras verdaderas… (ufff maldito genio) terminó oficiando como productor y coguionista, y prestándole toda su parafernalia técnica a Rodríguez. La fusión generaba cierta expectativa, ya que el cine del director de El mariachi funciona mejor cuando más alejado de cierto rigor tecnológico se encuentra, como si en la perfección su imaginación se viera limitada o contenida. Y lo de Cameron es -claro que sí- la perfección y el rigor obsesivo: vean cualquiera de sus películas hoy y noten cómo ninguna ha avejentado demasiado. Pero por suerte Battle Angel: la última guerrera es una combinación feliz, donde las pretensiones de ambos avanzan por la buena senda. Con ecos de Pinocho, la de Alita (la cyborg con cerebro humano pura de CGI al que la actriz Rosa Salazar le presta su cuerpo) es una historia de vínculos rotos entre padres e hijos, y también una historia de autodeterminación y supervivencia entre personajes que terminarán construyendo su propio destino a pesar de las pérdidas que eso conlleve.

Lo llamativo de Battle Angel: la última guerrera es su primera parte, donde Rodríguez cede a la ansiedad del espectador actual y se preocupa más por la construcción de personajes que por el impacto audiovisual: eso llegará luego y será arrollador. Ahí se cocina el vínculo entre la cyborg Alita y su “padre”, el científico Ido (un Christoph Waltz más amable de lo habitual), pero también con Hugo, un joven rebelde que se dedica a vender piezas de robots que roba con un grupo de amigos. Alita y Hugo tendrán uno de esos romances adolescentes algo almibarados, pero potenciado por las decisiones que en algún momento ambos tendrán que tomar, de cierta ética y nobleza. Pasa que el universo de Battle Angel: la última guerrera es bastante político y la promesa de una vida mejor en una ciudad que está en los cielos hace que el interés de muchos se movilice por la mera especulación económica, y temas como la inmigración, las castas y el racismo en tiempos de Trump se filtra por ahí. Claro que hay algo remarcado en todo eso, poco sutil podríamos decir, pero la falta de sutileza y el tono grueso es una de las superficies donde Rodríguez ha sabido manejarse siempre. Por eso no sólo que no molesta, sino que se integra con absoluta fidelidad al relato.

Pero Battle Angel: la última guerrera tiene sus problemas, como personajes que se desdibujan en la última parte (especialmente el científico Ido) y una resolución que busca forzadamente construir franquicia a costa de restarle importancia al relato presente. Sin embargo, para entonces, Rodríguez ya nos convenció con una serie de secuencias de acción inventivas y fabulosas, enérgicas y violentas, especialmente en las competiciones de Motor Ball (cualquier parecido con el rollerball no es pura coincidencia) o en peleas en bares polvorientos o alcantarillas mugrosas. Western, acción, ciencia ficción, romance adolescente, una sensible reflexión sobre la paternidad y una protagonista carismática y corajuda dueña de frases para hacerse remeras: “I do not standby in the presence of evil!”. Rodríguez con Battle Angel: la última guerrera nos trae de nuevo la vieja y pelea entre un Bien y un Mal clásicos, atravesado por una serie de disquisiciones éticas y morales. Mientras veía la secuencia final de motor ball pensaba en Spielberg y en Ready Player One, y en cómo el director de Jurassic Park parece haber perdido la mano para entretener a la generación actual. Rodríguez abreva tanto en el cine clásico como en la relectura de ese cine que se hizo en los 80’s (y que Spielberg producía o dirigía). Y con Cameron construyen con Battle Angel: la última guerrera un pastiche para los tiempos de hoy.