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Imagen del crítico Rodolfo Weisskirch
Rodolfo Weisskirch
  • Cantidad de críticas: 256
  • Promedio: 65%
  • Críticas favorables: 204/256 (80%)
  • Críticas desfavorables: 52/256 (20%)
  • Diferencia absoluta: 12%
  • El puerto
    El puerto
    A Sala Llena
    Bienvenido al Mundo, Aki Kaurismaki

    La enorme filmografía de Aki Kaurismaki siempre se ha destacado por su diversidad. Diversidad cultural, diversidad de historias, personajes entrañables, melancólicos perdedores del frío finlandés. Estos personajes, la mayoría muy austeros, tienen comportamientos extraños, secos, pero cariñosos.

    En el cine de Kaurismaki, los gestos minimalistas se agrandan gracias al poder de la cámara. El director es un fanático del cine mudo estadounidense, el humor de Buster Keaton, el policial pop francés y la nouvelle vague...
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  • Elefante blanco
    Elefante blanco
    A Sala Llena
    En el Ojo de la Tormenta

    Thierry Frémaux afirmó recientemente que el cine argentino estaba al borde del suicidio y que el único que lograba diferenciarse era Pablo Trapero. Este comentario recibió muchas críticas. Algunos enfatizaron el hecho de que Frémaux y Trapero son amigos, que el director de Carancho se ha vuelto un abonado a Cannes, que Frémaux solo ve un tipo de cine argentino. Todo puede ser cierto. Pero hay algo innegable. A Pablo Trapero le sobra coraje artístico y siempre va a la búsqueda de nuevos desafíos.

    El cine de Trapero se agrandó. De la humildad de Mundo Grúa, pasó por El Bonaerense (su mejor película hasta la fecha), siguió con Familia Rodante y llegó hasta Nacido y Criado. En ese transcurso de su filmografía, se notaba un Trapero que empezaba a buscar un estilo, una estética, una temática que, por un lado, lo identificara como autor pero, por el otro, no lo encasillara en un estilo único y cerrado. En esta etapa –podría decirse- más experimental de su filmografía, vemos un gran esfuerzo por explorar el lenguaje audiovisual y superarse. Si en Mundo Grúa vemos un análisis del obrero desde su punto de vista, sin caer en lugares comunes y con un lenguaje parecido al neorrealismo, en El Bonaerense nos encontramos con un policial seco, reflexivo y distinto. Con Familia Rodante quiso probar suerte con la comedia dramática pero el resultado fue desigual. Lo mismo con Nacido y Criado, acaso una de las películas más meticulosas en lo que respecta a utilización de material fílmico (70 mm), con una puesta en escena hipnótica. Estos trabajos, desiguales pero igualmente interesantes, permitieron que Trapero madurara como cineasta. Esta evolución fue paralela a la de su mujer, Martina Gusman, en el rol de actriz. La unión de ambos permitió que desarrollaran dos films más brutales en su concepción narrativa y cinematográfica: Leonera y Carancho. Ambas posibilitarían que Trapero tuviese otro nombre, que fuese un autor internacional a tener en cuenta.

    Y acaso, la unión entre el primer Trapero y este último, más jugado en términos de producción, dan como resultado Elefante Blanco, una producción a la altura de grandes obras épicas latinas o europeas en donde confluyen el drama, la acción y, a la vez, el retrato de una realidad social. Quizá gracias a la repercusión de Ciudad de Dios o Amores Perros, es posible que hoy en Argentina se concrete una obra como Elefante Blanco.

    Por suerte, la película de Trapero es mucho menos manipuladora, demagógica e hipócrita que las obras de González Iñarritú o Meirelles. Sin embargo, en su pretensión y ambición, también deja al descubierto algunas falencias narrativas que, si bien no terminan manchando el resultado final, pueden llegar a hacer ruido en una reflexión pos-visionado.

    Elefante… toma como protagonista al Padre Nicolás, un cura belga que, tras sobrevivir en una masacre dentro una tribu en la selva amazónica, es rescatado por el Padre Julián, un cura argentino que trabaja en Villa Lugano, donde queda el famoso Elefante Blanco, un hospital que iba a ser el más grande de Latinoamérica, abandonado en su construcción por los diversos gobiernos de turno. Dentro de la Villa, ambos curas deberán enfrentarse con los problemas de drogas de los adolescentes, los continuos cruces con la policía federal y los inconvenientes económicos para construir viviendas que están avaladas por la Iglesia Católica.

    Como es de prever, los protagonistas continuamente cuestionan su propia fe (cómo puede, por ejemplo, existir un Dios en un sitio tan violento) y ponen en duda que lo que están haciendo termine sirviendo para algo, o incluso que estén del lado correcto. No solamente ellos tienen estas dudas; también hay dos voluntarios sociales -Juliana y Cruz- que continuamente piensan si deben seguir o no trabajando en aquel lugar olvidado por los gobiernos. Teniendo en cuenta esta trama, no es muy difícil ver una inspiración directa de la figura del padre Mujica (el sacerdote luchador y de izquierda que vivía en villas).

    Acaso uno de los problemas mayores del film es que son demasiadas subtramas en una sola, haciendo excesivo lo que Trapero desea contar. Esto hace que su duración de casi dos horas termine quedando corta. Y si bien el personaje de Nicolás tiene un excelente desarrollo y profundidad emotiva, se va perdiendo en el avance de las diferentes historias. Hay demasiadas cosas para contar en esta película: los chicos que pueden encontrar una salida, el enfrentamiento entre pandillas locales, la intromisión de la policía, las obras que desarrolla la iglesia, la influencia de estos “padres villeros”, el lugar de los asistentes locales; todo esto sumado al desarrollo de las relaciones entre los protagonistas mismos. Hay por lo menos dos subtramas que están de más en el film y no se resuelven. Si las hubiesen omitido, la película sería mucho más concreta y redonda.

    Sin embargo, esto no quita que la película sea atrapante, entretenida, movilizadora. Hay varios factores ajenos a lo narrativo que permiten que Elefante Blanco sea, quizás, la película nacional más interesante para analizar en los últimos años. En especial en lo que respecta al análisis del punto de vista y de la estilización visual.

    Respecto del primero, al igual que en gran parte de su filmografía, Trapero toma el punto de vista de la persona que entra en una nueva comunidad. En este caso, Nicolás y su infiltración que le permite a Trapero situar la cámara en el centro de acción: el Elefante Blanco. Ese siniestro esqueleto donde pueden dormir tanto los curas como los adictos al Paco. A través del personaje de Julián, vamos conociendo los diversos parajes y personajes dentro de la Villa, sintiendo una constante tensión en cada puerta que se abre, cada persona que pasa corriendo al lado de los protagonistas. Pero así como Trapero no obvia el costado más violento y policial, tampoco deja de lado la parte humana, la contradicción, los sueños y los deseos de la gente. La manera en que ellos viven, tratan de salir adelante y se preocupan por lo suyo. La película incluso termina preguntándose si no son mucho peores los que viven fuera de la Villa que dentro de ella.

    El segundo aspecto para destacar es la impresionante puesta en escena. Trapero recorre todo el Elefante Blanco y los pasillos de la Villa con extensos planos secuencia, filmados con steady cam, que siguen a los personajes. Esto, además de permitir construir la geografía de la villa, permite que el espectador sea un testigo, un habitante más de ese espacio. Es increíble, desde este punto de vista, la precisión de los movimientos, la coordinación, la tensión que se vive. La presentación dentro del Elefante Blanco seguramente sea el más extenso plano secuencia filmado en la historia cinematográfica argentina. Guillermo Nieto, director de fotografía y cámara, logra superarse a sí mismo con este trabajo. Primero por la calidad que tiene cada imagen, la nitidez; el aporte del grano en ciertas escenas y, a la vez, el arriesgado trabajo que supone iluminar cada espacio de la villa en forma distinta, teniendo en cuenta que no va a haber cortes en el medio. En cada escena no sucede una sola cosa, sino decenas. Algunas confluyen en la trama central, otras, no, pero ayudan a comprender cómo suceden las cosas dentro del mismo barrio.

    Por este motivo, es muy destacado el montaje, ágil y dinámico, acompañado por la banda de sonido de Michael Nyman, que contiene pasajes de tensión a cargo de coros eclesiásticos, que hacen recordar a la música de Ennio Morricone para La Misión. El colaborador habitual de Peter Greenaway (también compositor de La Lección de Piano y Gattaca, entre otras) sorprende por la manera en que se integra sonoramente al contexto villero. Es extraño cómo pueden convivir en un mismo sitio el barroquismo de Nyman con el rock del Pity Álvarez.

    Trapero pone detalle a cada historia que está detrás de la principal. Cada una suma verosímil a la hora de construir este micromundo con su crudeza y naturalidad.

    En este sentido, las interpretaciones de los actores de la Escuela de la Villa (su lenguaje, sus movimientos) son imprescindibles para generar verosímil y crear un clima de naturalidad. Aportan mucho las actuaciones de personajes secundarios como Walter Jacob, Mauricio Minetti y fundamentalmente, Martina Gusman. Tres actores que parecen inmersos en el entorno de la villa como lo estará, con el correr del metraje, Jeremie Renier (mejor que en las películas de los Dardenne, sin desbordar y contenido, siempre verosímil), que a la media hora nos olvidamos de que es belga e incluso un actor, y lo que vemos es un cura envuelto en un contexto socio político al que trata de imponerse.

    La pieza más irregular es Ricardo Darín. La gran figura del cine nacional tiene excelentes momentos, muy creíbles, y otros en lo que parece tener otro código de actuación, más obvio, menos contenido, similar al de la televisión.

    Pienso que Ricardo es versátil y busca no caer en su propio estereotipo pero, por momentos, su actuación se vuelve demasiado "artificial", demasiado asociada a personajes que interpretó en otras películas previamente, y esto termina contrastando mucho con el registro actoral realista del resto del elenco.

    Aunque tiene sus desniveles narrativos y no todas las subtramas cierran perfectamente, el esfuerzo, la intención, la crítica y la posición que toma Trapero con esta obra es claro. Es verdad que está pensada para que en otros países el público no se sienta expulsados de los códigos nacionales, pero lo que muestra es suficiente para crear una crítica, que no se tira contra ningún partido específico, pero que apunta, a la vez, a la historia, al abandono y corrupción, y a cómo las consecuencias de lo que no se hizo se incrementan cada día.

    Potente en sus imágenes, reflexiva, intensa. Elefante Blanco logra un retrato cultural y social que no debe pasar inadvertido y que debería provocar la discusión entre los protagonistas, organismos estatales y privados. ¿Qué hacer? ¿Cómo resolver?

    A pesar de no ser tan sólida a nivel narrativo, tener algunos errores y golpes bajos innecesarios, la octava obra de Trapero lo consolida como realizador y confirma que las palabras de Frémaux no se refieren tanto a que una película sea mejor o peor, sino a que Trapero es un director que busca nuevos desafíos y que tiene la osadía de llevarlos al extremo y, especialmente, de concretarlos.

    Con la crudeza que lo caracteriza, esa impulsiva capacidad de pasar violentamente de un primer plano a uno general y quedar así ante una escena clave, rehusándose a incrementar clima y tensión, Trapero se perfecciona, se mantiene fiel a otros trabajos pasados (especialmente al tono y estilo de El Bonaerense y Leonera) y homenajea, de paso, a un grupo de personas que buscan mejorar un poco este mundo con honestidad y fe.

    Aunque suene inverosímil, esas personas existen
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  • 35 Rhums
    35 Rhums
    A Sala Llena
    Los trenes, la familia, el amor...

    Película coral, creada a partir de pequeñas historias de inmigrantes, e integrantes de la clase obrera y media baja. Situaciones cotidianas, familiares que la realizadora nunca trata de que terminen en el sentimentalismo, y a pesar de un par de golpes bajos, no apuesta al golpe bajo. Claire Denis hace una pelicula sencilla, pero muy bien filmada. Humilde, bella, elegante, con encuadres simétricos, prolijos, nada pretenciosa. Denis, se calma un poco a pesar de tener una filmografia de irregular tono.
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  • Comando especial
    Comando especial
    A Sala Llena
    You Give Love a Bad Name

    Me niego a explicar el título de esta crítica. Los que comprenden, comprenden. Lo cierto es que –como pasó hace unos años atrás con la adaptación cinematográfica de Brigada A- llevar a la pantalla grande la serie Comando Especial es un hecho que está teñido por la nostalgia. Es que no lo voy a negar, las series policiales de Stephen Cannell marcaron mi infancia. Fueron un registro del paso de los ’80 a los ’90. Así como ahora están Dick Wolf o Jerry Bruckheimer, antes estaba Cannell, que firmaba cada episodio al final de los créditos con su propia persona escribiendo a máquina y lanzando una hoja en el aire...
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  • Música campesina
    Música campesina
    A Sala Llena
    Un film tranquilo para empezar el BAFICI. Las (des)aventuras de un chileno perdido en Estados Unidos tras haber sido abandonado por una novia estadounidense. Grabada como un diario de viaje medio improvisado, mezcla de road movie indie cassavetiana y Un Argentino en Nueva York. Lo más interesante es que el protagonista no es un completo ignorante de la lengua inglesa. Al contrario, se comunica bastante bien, pero rechaza el idioma...
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  • Los vengadores
    Los vengadores
    A Sala Llena
    El humor disipa las penas (o el fin del mundo)

    Tras internarme 10 días viendo cine “independiente”, pasando del drama intimista contemplativo nacional con solo 20 planos en 80 minutos, al cine experimental de Narcisa Hirsch o de Raya Martín, del documental autobiográfico al cine de terror y ciencia ficción más bizarro e ingenioso, agarrar nuevamente una superproducción de Hollywood con la magnitud de Los Vengadores en menos de 12 horas, provoca un shock fuerte… encima en 3D (y pensar que hace 48 hs había visto una obra croata de artes marciales en SVHS).

    Lo primero que sale a la luz es la artificialidad que tienen estas megaproducciones, el cálculo, la manera en la que los hilos de la estructura quedan al desnudo, el golpe de efecto, el momento de humor exacto. La previsibilidad del montaje y los diálogos construidos en base a frases hechas o protocolos militares. El patriotismo.

    Pero cuando uno comienza a entrar en la propuesta de Joss Whedon, descubre que Los Vengadores supera en casi todo sentido a las últimas adaptaciones del mundo Marvel. La unión hace la fuerza.

    Whedon proviene de la televisión. Su estilo, al igual que el de Johnston o Favreu es completamente transparente. Visualmente, el director de Serenity no encuentra demasiado ingenio para innovar visualmente. Cumple con lo que espera cualquier fan que desea que sus personajes tengan mayor protagonismo que el director. No es como Kenneth Branagh que logró incluir escenas con impronta teatral shakesperiana. Sin embargo, la mano de Whedon se nota en el guión, la narración y el humor que le imprime a la historia, los personajes y los diálogos.

    Si hay algo que nunca me gustó de los superhéroes Marvel es que en algún momento se hacen demasiado morosos, sentimentales en niveles cursis, solemnes. Whedon prefiere dedicarse a la acción y al conflicto grupal. Genera bastante tensión. No hay espacio para el romance prácticamente (apenas unos besos de Tony Stark con Pepper Potts, y un cruce de miradas entre Hawkeye y la Viuda Negra), por lo tanto el nervio está puesto sobre la lucha de egos que se desarrolla en el grupo. Bruce Banner tratando de repeler al Hulk, Tony Stark aprendiendo a trabajar en equipo, Steve Rogers buscando la forma de no tomar el rol de soldado que solo sigue órdenes.

    Esta lucha permite que se alimente el poder de Loki, el villano de turno. Whedon aplica un equilibrio preciso para que cada personaje de desarrolle casi de igual forma. Loki termina por ser más tenebroso y poderoso en Los Vengadores que en Thor, por ejemplo.

    A pesar de no contar con demasiadas sorpresas (solamente hay algunos cameos muy divertidos), el film es entretenido, el suspenso está bien generado, y los efectos especiales toman protagonismo, pero no desorientan al espectador como sucede en los films de Michael Bay.

    Cuando Whedon hizo Serenity (adaptación de su fallida serie Firefly) ya demostró que sabe manejar equipos, que se puede generar comedia cuando se tiene a un grupo que funciona como una familia disfuncional. En medio de diálogos dramáticos, Whedon aplica comentarios irónicos de Stark y Banner, el Hulk genera voluntaria comicidad con sus peleas, e incluso hay un registro de autoparodia (“Parece un conflicto shakesperiano” dice Stark cuando ve a Loki luchando con Thor).

    De esta forma, las casi dos horas y media son precisas. Al film no le falta ni le sobra nada. El cálculo permite que todos se queden conformes y vivan la experiencia como un chico de 12 años (como dijo Iván Steinhardt).

    Hay incongruencias narrativas en el guión. Algunas vueltas de tuerca sin resolución, errores en la coherencia y verosimilitud misma de la historia, pero se perdonan. Pasan inadvertidas.

    Alan Silvestri da un gran apoyo musical en la acción, crea un leit motiva que queda horas en el oído.

    No busquen espontaneidad en los textos. La mayoría de los diálogos carecen de realismo, sin embargo los chistes funcionan.

    Si bien, ninguno de los actores, tiene una participación memorable, la mayoría está mejor que en sus propias películas. Es el caso de Tom Hiddleton, mucho más sólido y convincente que en Thor, Chris Evans, que parece comprender mejor su rol de Capitán América, los pocos minutos de Gwyneth Paltrow aportan una frescura que no había en las dos partes de Iron Man. Downey Jr. con menor participación logra destacarse, Ruffalo es más convincente que Edward Norton como Bruce Banner y Scarlet Johansson interpreta a una Natasha Romanoff más cálida y humana. Sorprende la frialdad de Jackson como Nick Fury (estaba más suelto y menos atado al guión en Iron Man), desaprovechados Stellan Skarsgard, Cobie Smulders y Jeremy Renner, y son muy nobles las pequeñas intervenciones de Clark Gregg o el veterano realizador polaco Jerzy Skolimowski

    Para distenderse, divertirse y relajar la cabeza después de romperse la cabeza reconstruyendo las tramas (o buscándole sentido) a más de 46 films, Los Vengadores cumple con las expectativas generadas. Un producto redondo y calculado. El riesgo habrá que buscarlo en Miguel Gomes o Guy Maddin.
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  • El útimo Elvis
    El útimo Elvis
    A Sala Llena
    Larga Vida al Rey

    Tras realizar el guión de Biutiful de Alejandro González Iñarritú con Nicolás Giacobone, Armando Bo, hijo de Victor y nieto del director de India (que también se presenta en el Festival), inaugura el BAFICI con una ópera prima de bastante producción que cuenta con el apoyo de Telefé y del director de Amores Perros...
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  • Las mujeres del 6° piso
    Inocencia y Culpa Burguesa

    El cuento de la Cenicienta me lo han contado demasiadas veces. La historia de la chica humilde que gracias a su simpatía, carisma, carácter y belleza física logra ablandar al príncipe frío y seco, hacerle sentir empatía por las clases bajas, libre de culpa y pecado, convertir a la bestia que se rige por dogmas y protocolos sociales, en un ser alegre y solidario, la he visto hasta el hartazgo. Algunos realizadores supieron aportarle giros más o menos originales, y no desestimo el encanto de obras clásicas como El Príncipe y la Corista de Laurence Olivier.

    Pero Las Mujeres del Sexto Piso, no solamente no aporta una sola idea original, sino que además peca de ingenua, superficial y hace apología al capitalismo.

    Jean Louis Jeaubert es un hombre tímido que siempre vivió bajo la sombra de mujeres: primero su madre y después su esposa. Cuando la primera fallece, la segunda despide a la empleada doméstica que había estado junto a ellos por más de 25 años. En el mismo edificio del que es propietario, en el sexto piso, viven 5 mujeres provenientes de España, que son las empleadas domésticas de los aristocráticos del edificio, todos burgueses, dueños de negocio o empresas con dinastía, como la de Jeaubert, que se dedica a la compra y venta de acciones. Cuando llega María, la sobrina de una de las mujeres del sexto piso, Jeaubert la emplea y pronto empieza a sentir interés romántico por ella, y simpatía por las demás mujeres, brindándoles el apoyo económico que necesitan, pero al mismo tiempo, dejando de lado a su propia familia.

    Nadie duda de las buenas intenciones de Le Guay a la hora de filmar. El relato tiene ritmo, y escenas muy simpáticas. Básicamente, es agradable y no cae ni en golpes bajos ni en otros momentos sentimentalistas. Ahora bien, la acción sucede en 1962, y supuestamente, las mujeres españolas se fueron a Francia, escapando del franquismo. Esta elección de tiempo termina siendo bastante trivial y banal. El interés de Jeaubert por la situación político-social de España es relativamente menor al que tiene por la cultura culinaria o musical que las mujeres intentan instruirle. De hecho, una de ellas, la que pone mayores barreras a la relación del protagonista con ellas, defiende el comunismo, pero queda como un personaje demasiado superficial. Se nota que Le Guay fue criado en una familia burguesa, aislada de los acontecimientos que se estaban dando en Francia en los años ’60.

    La inferencia de la política y la economía nunca se profundiza, e incluso, se intenta demostrar que invertir en la bolsa da frutos y es favorable para todos. La “comunista” termina sintiéndose atraída por la Bon Vivant que propone Jeaubert. Los conflictos conyugales que llevan las acciones del protagonista con su esposa, están reducidos a superficiales gags referentes a la imposibilidad de las clases aristocráticas de llevar adelante una vida doméstica sin empleadas.

    Para dejar en claro que las mujeres son españolas, Le Guay las estereotipa al máximo, mostrando al burgués como víctima de su educación conservadora.

    Recientemente vi en el último Les Avant Premiere, Ma Part du Gateau, en donde también se mostraba la evolución en la relación de una mujer obrera que termina como empleada doméstica de un yuppie de la bolsa, en la actualidad. Pero en la obra de Cedric Klapisch, se hacía mayor énfasis en lo social; al personaje del burgués no se lo ingenuizaba tanto e incluso, se lo castigaba.

    Acá, Jeaubert es un ángel, un hombre sometido, sin maldad, que demuestra que el capitalismo no es tan salvaje, y el dinero puede construir la felicidad.

    La narración es demasiado amable, tira por el suelo todas las enseñanzas cinematográficas que brindó la nouvelle vague. Es anticuada, de ideología peligrosamente conservadora y retrógrada.

    Lo único que realmente salva un poco al film son las interpretaciones. Fabrice Luchini, es un actor inmenso, sutil, de pocos gestos y gran expresividad, con innumerable versatilidad humorística y dramática. Uno de esos intérpretes que brillan en cualquier género, y cualquier personaje. Sandrine Kiberlain, también es una destacada actriz, minimalista, con una mirada penetrante y sonrisa compradora. Su honestidad le brinda calidez a un personaje tan frío y calculador. La tercera pata, del triángulo, es Natalia Verbeke, la actriz argentina, pero que trabaja hace bastante en España y compone a María, la Mary Poppins del cuento. Verbeke, con su belleza y simpatía logra una interpretación mucho más contenida que en obras anteriores, y mucho más creíble también. Berta Ojea es la más interesante del elenco secundario, y dos enormes actrices como Lola Dueñas y Carmen Maura, se encuentran completamente desperdiciadas. De hecho, es decepcionante, el ambiguo rol que le dieron a la protagonista de ¿Qué he Hecho Yo para Merecer Esto?

    Visualmente poco imaginativa (aunque la fotografía es bastante destacada), Las Mujeres del Sexto Piso es una comedia sin personalidad, simpática, pero demasiado armada a partir de fórmulas remanidas, calculada, que repite con mucha ingenuidad el modelo del burgúes con conciencia social que decide cambiar gracias al amor, y sale triunfante.

    Ya va a llegar el día en que el cine se dé cuenta que el príncipe azul y el lobo feroz, son la misma persona.
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  • Tenemos que hablar de Kevin
    Mamita querida…

    Una de las grandes preguntas que atormentan a la humanidad es ¿de donde proviene la maldad?

    ¿De donde provienen los psicópatas, los psicóticos? ¿Es posible ser simplemente un asesino por naturaleza?

    ¿Acaso todos los criminales son víctimas de una mala educación, provienen de la marginalidad, han tenido abusos sexuales, maltratos físicos?

    ¿Por qué un chico que se cría que en un ambiente cálido no puede convertirse en un ser diabólico?

    ¿Cuál es la responsabilidad de los padres?

    Basada en la exitosa novela de Lionel Shriver, Lynne Ramsay regresa al cine con una obra intensa, cínica, morbosa, maliciosa, pero a la vez extremadamente atractiva, tensionante, crítica y visualmente meticulosa.

    Ya en El Viaje de Morvern, la obra que la trajo a estas tierras, Ramsay había demostrado un gran talento para no seguir las convenciones. Para crear un personaje, alrededor del mismo un mundo, pero a la vez no salir de su cabeza. Desestructurar la narración, ir armando un rompecabezas para generar un efecto final más impactante, y además darle un tono visual marcado, provocando un doble sentido de objetos, que posiblemente, fuera de contexto no tendrían sentido.

    Pero acá, el contexto es todo. El contexto es Kevin, como él mismo dice.

    La forma en que la realizador construye el personaje de Eva, desde la empatía hasta la vergüenza y la culpa, y se va relacionando con este niño, posteriormente adolescente, que desde un principio adquiere unos tonos maléficos, es realmente admirable. Todo juega a favor de demostrar que Kevin es peor que el mismísimo Demian, pero solo mamá sospecha que algo no está bien. Claro, es un niño. Todos son traviesos, tienen algo de malicia. Sin embargo, a medida que la tensión se intensifica, la destrucción psicológica de Eva se agranda, y al final, a pesar de que nunca nos da pistas de lo que fue el suceso, por el que Kevin está preso y Eva en constante éxodo, los hechos no provocan sorpresa.

    Tenemos que Hablar de Kevin, se puede ver como un alegato social, y el tono entre morboso y seudo humorístico que elige Ramsay fue fuertemente criticado, especialmente porque los hechos que narran no se alejan demasiado de ciertos actos reales. Pero justamente esto es lo que la aleja de obras más convencionales que se limitan a contar los hechos y punto. Solamente Gus Van Sant en Elefante, se había animado a meterse en la cabeza de un adolescente traumado, pero acá, la directora se pone (o nos pone) en el rol de la madre inocente e ingenua, pero no tanto como el padre de Kevin, completamente ausente de la crianza, alejado.

    Ramsay elige que contar, que no, que elementos narrativos dejar sutilmente aclarados porque no necesitan enfatizarse. Los silencios, miradas, planos fijos o una construcción eisenstiana del montaje es fundamental para la creación de climas, y para que el espectador rellene aquello que no se dice.

    Es que básicamente, lo que no se dice es necesario que la sociedad lo divulgue. Ramsay mantiene el suspenso y el misterio. ¿Por qué no vemos a Kevin fuera de su casa, de su contexto hogareño? ¿Por qué no la vemos a Eva trabajando, pero asumimos que lo hace? ¿Por qué no vemos a Franklyn, el padre sacando fotos? ¿Dónde están los abuelos?

    Ramsay elige no ampliar el espectro de personajes, lo que lo hace teatral, pero a la vez más intimo y personal.

    Visualmente, elige contrastes, colores llamativos, una morbosa fascinación por lo rojo, que no es casual ni arbitrario, que adquiere un especial sentido de repulsión. Los cereales machacados, la mermelada rebalsando el pan. Todo adquiere otro significado si proviene de Kevin. Y la mirada de Eva…

    Tilda Swinton se aleja de sus propios clisés y estereotipos para crear un personaje querible, verosímil hasta llegar al punto de odiarlo. Son tantos los matices de sus expresiones, la evolución de una sonrisa hasta la mueca de disgusto, odio o la sospecha, que es imposible no sentir atracción hacia ella. Ramsay, explota a Swinton, pero la manipula, la forcea a quedarse en un molde social “aceptable”. Logra que no desborde dramáticamente. Es simplemente sublime el nivel de sutileza para aceptar una realidad, ante la preocupación de ser una víctima de las circunstancias, o quizás la principal victimaria de los actos de Kevin.

    También debo adular dos trabajos inolvidables. En primer lugar, Jasper Newell, el pequeño demonio súper talentoso e ingenioso. No recuerdo haber sentido tanto odio por un infante hace mucho tiempo. Ni siquiera Polanski ha creado criaturas tan horribles como este chico. Newell es un descubrimiento increíble. Por otro lado, la versión adolescente de Kevin, Ezra Miller es otro verdadero placer, aunque más previsible que el anterior. Esa sonrisa cínica, maléfica, anticipatoria, y al final, el arrepentimiento, la duda. Miller también es capaz de manejar varios estados anímicos con la misma careta. Esto provoca un duelo actores constante, de miradas y gestos mínimos.

    En el medio vemos a John C. Reilly, nuevamente en el rol del esposo/padre ingenuo abstraído de la realidad que se vive en su casa, con esa sonrisa de oso Teddy pintada en la boca. Sin embargo, su ausencia y estado es fundamental para entender las consecuencias de los actos de Kevin. Si bien el personaje se parece al que interpretó en Un Dios Salvaje (estrenada hace un par de semanas) o especialmente al esposo de Roxie en Chicago, Reilly logra convencernos de su benevolencia, lo cuál permite que se lo odie al mismo tiempo.

    Ramsay da una mirada siniestra acerca del prototipo de familia “normal” estadounidense con sus prejuicios y la necesidad de mantener una imagen. Hay que resaltar el atino de una banda sonora oportuna, fantástica, que por un lado contrasta, pero por otro lado incrementa el humor negro que rebalsa el film.

    Sarcástica, trágica y reflexiva, Tenemos que Hablar de Kevin es un film que no deja indiferente; que provoca, genera el diálogo, acerca de la responsabilidad de los padres en los actos de cada hijo es las diversas facetas de su vida. El oscuro retrato psicológico de lo que sucede en la cabeza del vecino.
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  • Un método peligroso
    La Zona Oscura

    La fama de David Cronenberg como realizador no se debe a su estética o la originalidad de las historias que elige narrar. Sino al modo en que lo hace, especialmente aquello que decide mostrar, y más importante aún aquello que sugiere sin mostrarlo. El mundo es un lugar oscuro. Detrás de cada expresión se oculta una zona muy siniestra en la mente humana.

    A veces los monstruos internos sale a la superficie (Scanners, The Brood, Videodrome, Festín Desnudo), otras quedan adentro, y unos mínimos gestos bastan para demostrar es más atrapante tratar de llegar a esa zona, que develarla.

    La sugerencia es un discurso que hay que saber mostrar de forma muy sutil. En este sentido es muy importante con actores muy talentosos para encontrar la forma de decir sin expresarse, de abrirse solamente con una mirada. ¿Quién diría que Viggo Mortensen, podría convertirse en uno de esos intérpretes?

    Un Método Peligroso es ambigua, misteriosa pero fiel al espíritu de su realizador. Justamente, es una obra que se da de la mano de aquellas que fueron menos apreciadas por el público y la crítica general, como M. Butterfly.

    A diferencia de lo que muchos esperarían, Cronenberg decide hacer una película que retrata la relación entre Jung y Freud, demostrando que la mente humana tiene misterios, que ni un psicólogo puede desentrañar.

    Los personajes son tan ambiguos e indefinibles, que son imposibles de analizar de forma unidimensional.

    Por un lado tenemos a Sabina, la misteriosa paciente que se termina convirtiendo en psicoanalista, por otro lado Jung, el renombrado psiquiatra que tiene mayores dilemas morales que sus pacientes, y por otro, el oscuro y soberbio Freud, que se pone una máscara para no develar los secretos de su mente.

    Cronenberg se apiada y victimiza al pobre Jung. Lo manipula, se burla de su ingenuidad y bondad. Su positivismo termina perjudicándolo como personaje, pero justamente eso busca el director. Es que solo un vehículo para explorar el mejor de los personajes, Freud. El mítico creador de la teorías psicoanalistas, es el verdadero Cronenberg. Así, como el protagonista de Spider, Freud no habla de lo que lo preocupa realmente. Su mirada cínica, sus irónicos comentarios son lo único que utiliza Cronenberg para desnudar a su personaje. El resto son conjeturas, conclusiones que debe sacar el espectador.

    Sin salirse demasiado de la estética teatral conceptuada por Hampton, Un Método Peligroso, es un film que deja picando en la cabeza, mucho después de terminada. Más allá de prolija puesta en escena, Cronenberg es un experto en crear climas lúgubres, sin forzar las situaciones, ni desbordes extracinematográficos. A pesar de contar una sobria escenografía, excelente reproducción histórica o una fotografía expresionista, las mismas nunca toman un primer plano. Los personajes siempre están primero. Tampoco la banda de sonido de Howard Shore, toma una posición notoria, pero el director, lo que busca es que todo esté conectado, y se crea una sensación misteriosa.

    Como otras obras, la historia tarda en comenzar. Si bien el montaje es más rítmico y, la duración de los planos más reducida, Cronenberg arma el relato lentamente.

    El humor se hace presente a través de una burla hacia la hipocresía hacia la burguesía alemana de principios del siglo XX, especialmente la comunidad científica. En los oscuros ojos de Freud, se encuentra una ácida mirada acerca de las convenciones y el conservadurismo sexual de la época.

    El sexo está presente en cada escena, e incluso hay una clara intención fálica por parte del realizador de que Freud tenga un habano en la boca cada vez que aparece. La violencia, el sexo y las drogas es parte del cóctel cronenbergiano. Todo se combina para crear una crítica a lo limitada que es nuestra capacidad de ver la magnitud de estas tres fuerzas juntas.

    El personaje de Otto Gross representa el libido en su máxima expresión, todo aquello que Jung le gustaría ser: el exceso sin culpa.

    Los roles se mezclan: la relación padre-hijo se transforma en relación mentor-discípulo, y de repente se dan vuelta a través de las connotaciones sexuales que interfieren. Pero lo más morboso, acaso, es la forma en que todo el dolor y abusos provocan placer en los personajes. Esta sadomatización nos lleva invariablemente a pensar en Crash, extraños placeres.

    En el universo Cronenberg, todo se relaciona. Los elementos no se aislan, y aún cuando la violencia y el sexo no son tan gráficos como en otras obras a nivel visual, cobran mayor relevancia, justamente porque el director apuesta por lo sugerente fuera del campo visual e incluso fuera del aspecto narrativo.

    Compleja, misteriosa, maravillosa, Un Método Peligroso no es la típica película que gusta ni bien se termina de ver. Es necesario discutirla y desmenuzarla.

    Hampton es un dramaturgo profundo e inteligente. Cuando sus guiones fueron llevados a la pantalla por notables realizadores que comprendieron su humor irónico y el patetismo que se oculta detrás de las máscaras aristocráticas, podemos encontrar trabajos tan soberbios como este o Relaciones Peligrosas, la gran obra de Stephen Frears.

    Fassbender y Mortensen tiene un notable duelo interpretativo, en el que se suma Keira Knightley, que tiene momentos sobreactuados y otros, en donde la contorsión física y expresiva, ayudan a completar la tensión que pretende realizar el director.

    Vale manifestar que Mortensen parece haber estudiado cada expresión de Christoph Waltz, la original elección de Cronenberg, así como Fassbender se empieza a parecer cada vez más a Aidan Quinn.

    Por último, los pocos instantes de Vincent Cassel, también son uno de esos lujos que se da esta obra.

    Cronenberg sigue manteniéndose fiel asi mismo, y sus elecciones temáticas. Por sus historias, cualquier realizador se habría tentado por hacer algo más grandilocuente, pero Cronenberg fija su visión en los detalles del comportamiento humano, convergiendo en espacios reducidos para mantener la tensión y la claustrofobia (recordemos que hizo lo mismo en La Mosca). Hay pocos que explotan el poder de una mirada a cámara de forma tan expresiva como él.

    La zona oscura no está tan muerta y sigue siendo tan seductora, cuando Cronenberg trabaja sobre ella…
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  • Furia de titanes 2
    Furia de titanes 2
    A Sala Llena
    Creer o Reventar

    El género peplum se volvió a poner de moda. Digamos que todo comenzó con Roma, tras el éxito de Gladiador y por supuesto, después vino Grecia con sus mitos y dioses.

    Tras el suceso de la primera parte dirigida por Louis Leterrier,, era predecible que llegara la secuela. Esta vez, Leterrier se quedó en la producción y fue elegido Jonathan Liebesman para llevar a puerto esta obra titanica.

    Liebesman proviene del cine de terror/ciencia ficción clase B. No hizo un mal trabajo con la precuela artificial de La Masacre de Texas e Invasión a la Tierra: Batalla Los Angeles, fue bastante subvalorada.

    Lo mejor, justamente, de la secuela de la obra del 2010 son algunas, muy pocas, decisiones de parte de dirección, que incluso permite afirmar que supera a la original. Liebesman se toma la película como una de clase B con gran presupuesto. Las criaturas mitológicas tienen formas más monstruosas que fantasiosas se podría decir. A su vez, Liebesman impone la cámara en mano (firma visual suya) en algunas escenas, por lo cuál la artificialidad es sutilmente, menor que la obra previa. A diferencia de Leterrier, las escenas de peleas, luchas, coreografías logran distinguirse. Leterrier tiene tendencia al caos visual, a la confusión. Como sucede con Michael Bay, los enfrentamientos creados digitalmente superan en velocidad a la percepción del ojo humano. Liebesman es más tranquilo y paciente. Además prioriza el espíritu de aventura que la historia amerita, le agrega humor a través del personaje de Agenor (Toby Kebbell), dosificando un poco la solemnidad.

    Ahora bien, a nivel narrativo, Furia de Titanes 2 parece una telenovela familiar, que a medida que progresa se va enredando hasta quedar incoherente con su propio discurso e ideología. Los guionistas Johnson y Mazeau no supieron encontrarle la vuelta a lo que proponían desde el principio al final.

    Básicamente, los dioses del olimpo están desapareciendo. Los humanos están dejando de creer en ellos, y por lo tanto si no hay fe, los dioses no pueden existir. Y si los dioses no existen el mundo se termina. Palabra de Zeus. Su hermano, Hades, en el infierno, quiere dejar escapar a Cronos, el padre de ambos para que destruya al mundo a cambio de dejarlos a ambos inmortales. Zeus advierte a Hades que se está equivocando, pero este lo toma prisionero y lo utiliza para hacerle una transfusión de poder (¿?) hacia Cronos, con ayuda del hijo bastardo de Zeus, Ares, Dios de la Guerra.

    Los únicos que pueden destruir a Cronos y salvar a Zeus, son Perseo, hijo mitad Dios, mitad humano de este último, y Agenor, el hijo mitad humano de Poseidón. Ambos con ayuda de la Reina Andrómeda, deben encontrar la puerta del infierno para evitar que Cronos destruya el mundo.

    Cuando una película clase B necesita ser explicada constantemente algo falla. No hay complejidad, pero los guionistas la crean. Liebesman no logra extraerle el discurso constante a la historia y además cae en confusiones mitológica, e incluso incoherencias ideológicas. Al principio pareciera que estamos frente a un folletín de la Iglesia Evangelista, y más tarde, resulta que los dioses son mortales, y sí se los destruye, el mundo no cambia. También hay “subtrama” romántica que tiene menos cabeza que las cabezas de las estatuas de los dioses. Tampoco se logra profundizar demasiado en la relación: padre – hijos – hermanos.

    Los personajes son de piedra. El único que tiene cierta duda existencial es Hades, que vacila si hacer el “bien” junto a Zeus o ayudar a Cronos a liberarse. Pero la impasible mirada de Ralph Fiennes no permite distinguir su realmente estamos frente a un villano, un dios amigo. No sé. Liam Neeson cambia de barba, pero no de personaje: ya sea Ra’s Al Ghul, el león Asian, Qui-Gon Jinn o Rob Roy, se ha encasillado en el rol de líder sabio, e interpreta igual a todos. Pensar que ambos brillaron en La Lista de Schindler hace casi 20 años…

    Decepcionantes son, por otro lado, las apariciones de Bill Nighy, Edgar Ramírez y Danny Huston. Rosemund Pike es una buena actriz mal aprovechada y Sam Worthington es más convincente en su avatar navi.

    Vacía, sin alma, Furia de Titanes 2, entretiene pero no emociona. Ni siquiera como una mera diversión clase B. Poco aporta la banda sonora de Javier Navarrete (El Laberinto del Fauno) y el efecto 3D (lo único que se puede decir a favor, es que está mejor usado que en la primera parte, donde fue insertado en la post producción. Acá al menos se pensó desde el diseño de ciertas escenas).

    Furia de Titanes 2 no da pie a reflexiones (tampoco que lo pretendiera), no innova ni genera algún tipo de debate o controversia en lo visual o narrativo, pero mientras siga facturando, los dioses de la Warner, se conforman.
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  • La suerte en tus manos
    Se (re)fuerza la máquina

    Tradición Burman. Religiosamente, Daniel Burman se ha autoimpuesto estrenar una película con un promedio de dos años de diferencia, aproximadamente entre Marzo y Abril, y por ahora cumple con lo que propone. De esta manera, deja abierto su juego. Mostró sus cartas en Esperando al Mesías, y desde entonces controla el azar. Cambia de productores (no de socio), de guionista, pero Burman ha encontrado regularidad en su cinematografía, y no solamente desde un punto de vista industrial, sino también cualitativo. Ha encontrado una línea temática para desarrollar y profundizar trabajo tras trabajo, la mantiene. Puede cambiar un poco el tono, pero es fiel a una estética y a un tono que le permita movilizarse entre un cine de autor, con historias que se conectan mas no se unen, y al mismo tiempo comercial, con un público que lo sigue, generando pequeños éxitos comerciales, que lo ayudan a seguir manteniendo su productora, que muchas veces ayuda con la financiación de trabajos independientes de noveles autores, más experimentales y riesgosos (como fue el caso de Anahí Berneri).

    Ese equilibrio, del que también forman parte en cierta forma, otros contemporáneos de la generación 01 como Caetano y Trapero, sumado a dos realizadores más veteranos como Campanella y Sorín, que encontraron sus mayores éxitos dentro de la misma época, es lo que se necesita para afirmar que autoría y búsqueda de público pueden ir de la mano. Todos ellos, aún hoy, consiguen ser fieles y llevando público gracias al apoyo de nombres de actores, que se han vuelto “importantes” en la “industria” cinematográfica.

    Es cierto que de tan efectiva, la fórmula encontró una mecanicidad, que podría no atraer tanto a festivales extranjeros, que buscan siempre algo “nuevo” (leer las últimas reflexiones de Thierry Fremaux). Bueno, acá no hay innovación. Y aún así sigue funcionando. E incluso, hay una contradicción, porque a pesar de ser cine clásico y de género, La Suerte en tus Manos, fue seleccionada para competir oficialmente en Tribecca.

    En su óctavo largometraje, Burman retoma los temas que más le interesan: familias distanciadas, el duelo patriarcal, la búsqueda del verdadero amor, las segundas oportunidades, el lugar que ocupa la religión, el azar y la suerte, todo esto en un contexto urbano porteño.

    Uriel es un adicto al juego y al sexo, pero mantiene su vida ordenada y controlada. Sabe cuando retirarse de una mesa de poker y si va a relacionarse con varias mujeres al mismo tiempo, prefiere hacerse una vasectomía para que no haya “accidentes”. Tiene dos hijas, una ex esposa ausente de su vida y una empresa financiera que funciona como relojito. Esta rutina se rompe cuando se reencuentra con Gloria, quien acaba de regresar de Francia, tras el fallecimiento de su padre, con un novio francés barba candado. Ambos tuvieron una relación pasional en el pasado, pero cuando salían de los albergues transitorios, no lograban conectarse. Ahora, los dos van a tratar de construir una nueva relación; el problema es que Uriel, además es un mitómano, y su método de seducción se basa únicamente en decir una mentira tras otra.

    Después de dos films casi crepusculares como El Nido Vacío y Dos Hermanos, Burman regresa con un personaje con el que siente mucha más empatía. Uriel es una versión un poco más exitosa y carismática que el Ariel (Daniel Hendler) de Esperando, El Abrazo Partido y Derechos de Familia. Es un acierto de parte del director, apostar por un intérprete menos taciturno e introvertido para la representación del personaje. La elección de Jorge Drexler, por un lado le permite alejarse un poco del modelo Hendler, es más cálido pero a la vez, es cierto que se nota, que el cantautor uruguayo (que ya había participado con Burman en la banda de sonido de El Nido Vacío), no tiene la seguridad ni la profundidad interpretativa del actor (también uruguayo), ahora convertido en director, y que ha puesto fichas en la televisión.

    Aún así, lo interesante es la construcción del personaje, no solamente cada faceta que se va conociendo de su personalidad, sino también esa percepción e interés por describir los detalles que lo caracterizan. Burman, siempre se fija en los detalles. Algo que lo une por ejemplo con el cine de Gustavo Taretto. De que forma influye el vestuario, los objetos, la mirada, los gustos en el desarrollo que tiene el personaje, incluso los gustos musicales.

    Si hay algo que siempre he criticado en Burman desde Crisantemo hasta Dos Hermanos, es que esa percepción no era equilibrada entre personajes masculinos y femeninos. Con la llegada de Sergio Dubcovsky, los personajes femeninos encontraron mayor desarrollo y profundidad dramática.

    Como había sucedido con el personaje de Susana (Graciela Borges) en el film anterior, Gloria, no es solo una acompañante y complemento del personaje masculino. Tiene una historia propia, una meta que se va desarrollando en forma independiente y aislada de la de Uriel. Incluso, y gracias a la gran versatilidad expresiva de Valeria Bertuccelli, más contenida que en otros trabajos, el personaje resulta mucho más atractivo que el de Uriel.

    Durante la trama, hay varias situaciones que se tornan un poco repetitivas y previsibles. Aún así el ritmo de la acción no cae en ningún momento, generándose un producto entretenido y efectivo. A diferencia de Dos Hermanos, su trabajo más oscuro y denso desde Esperando al Mesías, La Suerte en tus Manos, recobra el espíritu más lúdico y la energía más optimista y positiva de Derechos de Familia. Sin apostar por golpes bajos o sentimentalista, se convierte en un obra querible, amable, romántica, donde se realzan los valores familiares.

    Visualmente impecable, se puede criticar que Burman ha limpiado un poco su estética, la volvió más transparente y accesible, pero también se toma algunos instantes para incluir secuencias más surrealistas, aún en un contexto verosímil, que forman parte de su firma personal.

    El humor no siempre es ingenioso, y las citas a algunos símbolos de la cultura musical pueden resultar un poco obvios, pero esto no ensucia la historia.

    Además de Drexler y Bertuccelli, hay un interesante elenco secundario, que aporta presencia y naturalidad a sus personajes. Si bien, no logran brillar ni son tan profundos como los protagónicos, Norma Aleandro y sobretodo Luis Brandoni tiene roles divertidos y fundamentales para el desarrlollo de Uriel y Gloria respectivamente. Gabriel Schultz no desentona, aportando humor sin desbordar, y sin duda es muy destacada la labor de los chicos Paloma Álvarez Maldonado y Lucciano Pizzichini.

    En roles más técnicos, la fotografía de Daniel Ortega, la música de Nico Cota y el diseño sonoro de Jessica Suárez tienen una influencia en la creación de los climas de la obra.

    La Suerte en tus Manos es una obra un poco más ligera y menos trascendente que otras de Daniel Burman, pero no tiene mayores pretensiones. La máquina sigue funcionando.
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  • Los juegos del hambre
    Le siguen robando a Kurosawa

    Hace un par de días, le comentaba a mi buen amigo y crítico Alejandro Ricagno que después de ver French Can Can en Les Avant Premiéres, me parecía insultante que haya personas que veneren como obra maestra la versión de Moulin Rouge de Baz Luhrman. Alejandro me respondió: “Habría que encerrar 72 Hs a esas personas en una sala y mostrarles esta película y la versión de John Huston una y otra vez hasta que comprendan lo que de verdad es el cine”.

    No pensé que en menos de 24 horas, volvería a pensar lo mismo de otra película.

    Todo empezó con La Fortaleza Oculta (1958) de Akira Kurosawa. Una épica obra de aventura y acción con samurais, donde un caza recompensas marginal debía rescatar a una princesa de las manos de un emperador déspota.

    Un gran cinéfilo de la generación de los ’60/’70 de la nueva camada de niños genios de Hollywood, agarró el guión de esa película y la convirtió en una pequeña obra de ciencia ficción, que transformó la historia del cine contemporánea gracias a sus efectos especiales, y el carácter mítico que se construyó dentro y fuera de la diéresis del film. Por supuesto, hablo de La Guerra de las Galaxias (la original, la mejor) de George Lucas.

    Después de dos secuelas maravillosas y tres precuelas decepcionantes (con respecto a la original saga), llega a los cines la adaptación cinematográfica de la novela de Suzanne Collins, Los Juegos del Hambre de la mano de Gary Ross.

    ¿Qué tiene que ver La Guerra de las Galaxias con Los Juegos del Hambre? Nada… y todo.

    La historia se sitúa hace mucho tiempo (en el pasado o en el futuro), en algún lugar lejano. La estética retrofuturista y el hecho de que ningún sitio que se nombre existe, así como que los nombres de los personajes son completamente ficticios permite que pensemos que toda la acción puede pasar en otro planeta, otra dimensión, acaso.

    Al igual que en la película de Lucas de 1977, la historia ha comenzado hace mucho tiempo. Hubo una rebelión contra el imperialismo que fracasó, y por lo tanto, para castigar a los rebeldes cada año se celebran Los Juegos del Hambre, algo así como las olimpiadas, donde 24 chicos de 12 distritos se deben matar unos a otros como forma de tributo, y a la vez para recordar que no debe haber más rebeliones, pero también para dar una mínima esperanza de supervivencia. Son 74 juegos del hambre, por lo tanto, hace 74 años que el mundo está así.

    La cuestión que lo que empezó a ser un castigo se convirtió en pan y circo, y se gana mucho dinero a través de un reality show, donde se apuesta que adolescente va a ser el vencedor. En este sentido, el libro y la obra de Ross se separa de la de Lucas. Sin embargo, es imposible dejar de relacionar una obra mítica con la otra, especialmente, porque empieza con una introducción con letras blancas que ponen al espectador al tanto de lo sucedido (como Flash Gordon), porque el gobierno (el imperio) sigue siendo el villano, y porque la frase que acompaña a los juegos es: “que la suerte esté de tu lado”. Vamos… Collins, podías ser menos obvia…

    Y así se van filtrando referencias, algunas sutiles y otras más obvias La Guerra de las Galaxias. Esto no quita, claro que independientemente de esto, sea una obra interesante. Bueno, no lo es. El principio promete, Ross con cámara al hombro se dedica a hacer planos muy cerrados de sus personajes, dando una impronta casi independiente. Vemos a Jennifer Lawrence en una cabaña cuidando a su madre y hermana, filmada de esta manera, e incluso podemos imaginar que se trata de la secuela de Lazos de Sangre. Sin embargo, después, cuando comienzan los juegos y vemos como se construye el gobierno de El Capitolio, Ross elige símbolos propios del nazismo para representación visual: el logo es un águila erguida, los policías marchan como soldados alemanes (pero visten como los guardias de THX 1138, otro robo a Lucas) y los chicos que esperan para no ser elegidos para representar al Distrito 12 en los Juegos… parecen sacados de campos de concentración. ¿Hacía falta ser tan obvios? O sea, se nota a la legua que es un gobierno totalitario, pero tiene que parecerse tanto al nazismo. No pueden ser más sutiles o imaginativos.

    No, a Los Juegos del Hambre le sobre mucho, pero la falta de imaginación es alarmante. No me voy a molestar en hacer la comparación con Battle Royal, porque es tan obvio que lo nombraron todos los medios. La figura de los comentarista del reality show (a cargo de dos desaprovechados Stanley Tucci y Toby Jones) es similar a la del periodista que narraba la vida de Truman en The Truman Show. Y la alegoría polítca-apocalíptica sumada a un deporte ya se hizo en Rollerball y Carrera contra la Muerte.

    Innovador es que hayan elegido a una heroína fuerte, fría y valiente, y el muchachito sea un cobarde, romántico, cursi. Y hay que elogiar a Ross por seleccionar a Jennifer Lawrence, que se toma en serio a su personaje, consagrándose como una actriz sólida y verosimil. Expresiva con pocos gestos. No se puede decir lo mismo de Josh Hutcherson, que es menos creíble que Schwarzeneger como gobernador. El resto del elenco deja mucho que desear. Donald Sutherland como el presidente (una suerte de emperador de La Guerra de las Galaxias) promete tener un mejor rol en las secuelas. Elizabeth Banks hace lo que puede con su personaje surrealista, Woody Harrelson parece que creyó que estaba haciendo la secuela de Kingpin, Lenny Kravitz intenta actuar y solo se salva por unos minutos la joven Isabelle Fuhrman (la maravillosa protagonista de La Huérfana).

    Más allá del argumento risible, de las variadas influencias que intenta oculta de manera muy pobre, de los personajes unidimensionales, se le puede atribuir a Gary Ross, que al menos logra generar buenos climas de suspenso, y el ritmo del film es acelerado. No se notan los 142 minutos, aún cuando hay escenas románticas patéticas, completamente incoherentes con el resto del argumento. Si el film aburre es un pecado, dijo alguna vez Steven Spielberg sino me equivoco. Bueno, Los Juegos del Hambre no aburre al menos.

    Ross por otro lado intenta generar puntos de contacto entre su ópera prima, Amor en Colores y Los Juegos… Tenemos una pareja de jóvenes que ante un mundo con demasiadas reglas, desafían a los poderosos, haciendo valer su “amor” antes que las convenciones. Ambos pasan de un mundo real a uno imaginario, son seres marginales, pero que hacen valer su estatus social. Y ahí se acaban las similitudes. De la misma manera en que desaparecen los planos cerrados cuando empiezan los juegos, la autoría de Ross, queda completamente anulada. Tampoco que Amor en Colores sea una obra maestra, pero se podría haber esperado un producto menos planeado, menos superficial de parte de un realizador/guionista que busca diferenciarse en Hollywood, aun cuando revalidad el cine clásico de los años ’40 y ’50.

    Si Los Juegos del Hambre se quiere convertir en la nueva versión de La Guerra de las Galaxias, los productores y realizadores deberían aprender que no fue solamente la mitología alrededor de la historia, los efectos especiales o la aventura lo que hicieron exitosas a la saga de George Lucas, sino también el carisma de sus personajes, la química entre los actores, la falta de escrúpulos a la hora de citar a las obras de Michael Curtiz, Fritz Lang o Akira Kurosawa. En vez de querer crear otra saga de Harry Potter o de Crepúsculo inspirándose en fríos modelos contemporáneos, miren los seriales de los años ’30. No oculten el espíritu clase B.

    Pero los adolescentes compran y se fanatizan. Corren a las salas con los nombres de los personajes tatuados en la frente (los vi después de la película). A todos ellos habría que encerrarlos, por lo menos 15 horas seguidas, y mostrarles las 6 películas de las aventuras de Anakin y Luke Skywalker, una detrás de otra. Así, por lo menos van a comprender, que Los Juegos del Hambre no es ni más ni menos que una pobre remake, (con obvias referencias a los documentales de Leni Riefenthal), de otra mítica saga, que no merece, por ahora ser actualizada.

    Concluyo esta “crítica” con un mensaje para los pobres padres que deban acompañar a sus hijos a las salas: “Que la Fuerza los Acompañe”.
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  • Enter the Void
    Enter the Void
    A Sala Llena
    Algo me hace ruido en el cine de Gaspar Noé. Me gusta la provocación en el cine. Creo que es necesario provocar, pero con inteligencia y no de forma superficial. Lars Von Trier o Jean Luc Godard son provocadores. Provocan desde su ideología política del mundo y desde la estética que eligen para sus obras. A veces, la pifian, porque se concentran más en una u otra y olvidan que están haciendo una película...
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  • Drive
    Drive
    A Sala Llena
    Una Danza de Muerte

    “El ritmo de la película tiene la intención de crear la sensación de las últimas bocanadas que una persona da justo antes de morir. Érase una vez en el Oeste fue de principio a final, una danza de muerte”

    Sergio Leone

    Definir a Drive, como un film de acción es como decir que las películas de Sergio Leone son únicamente westerns. Lo irónico, es que la octava película de Nicolas Winding Refn tiene la estructura de un western clásico… con la poesía y meticulosidad en la puesta en escena que le aportaba Leone.
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  • Poder sin límites
    Poder sin límites
    A Sala Llena
    Última Degeneración

    En 1999 dos jóvenes directores se internaron en un bosque con tres actores y una cámara de video y realizaron una seudo obra de suspenso y terror, acerca de una bruja que perseguía a tres cineastas. Como experimento era ingenioso, como obra cinematográfica fue un desastre, pero lo cierto es Blair Witch demostró que se podía hacer cine con muy poco recursos, dando enormes dividendos, mientras se aprovechaban del bolsillo de adolescentes fácilmente impresionables.

    El fenómeno casero resurgió hace unos años con Cloverfield: Monstruo, producida por J. J. Abrams y dirigida por Matt Reeves. Aun siendo bastante banal, la película estaba bastante bien dirigida, el recurso fuera de campo era funcional, y la premisa original. Cuando vimos la adaptación estadounidense de Dejame Entrar, pudimos constatar, que Reeves tiene talento para filmar realmente, y quizás, lo peor de Cloverfield, provino irónicamente de Abrams.

    Son dos ejemplos aislados y extremos de lo mejor, y lo peor del género mezcla fantasía con realidad. En los últimos tres años, este fenómeno resurgió gracias a la serie Actividad Paranormal, que nuevamente desprestigia el género cinematográfico, asustando realmente con muy poco ingenio y puro golpe de efecto.

    Esta semana coinciden dos estrenos grabados en forma testimonial: Con el Diablo Adentro y Poder sin Límites. Pero mientras que la primera, relacionada con exorcismos es completamente banal, la segunda tiene criterio cinematográfico y del punto de vista, una intensa evolución del personaje protagónico e ingenio técnico para no agotar el recurso.

    Andrew es un joven introvertido. Se acaba de comprar una cámara para que lo acompañe a todos lados, y grabar lo que sucede a su alrededor. Su vida privada no es muy agradable que digamos: su madre se está muriendo de cáncer y su padre es alcohólico y golpeador. Por lo tanto la cámara es lo único que le da motivos a Andrew para seguir adelante y no sacar afuera sus rencores.

    En el primer día de su tercer año universitario es objeto de todas las burlas. Solo recibe el apoyo de Matt, su primo y único amigo.

    Un día, después de salir de una fiesta, ambos, junto con Steven, el aspirante a presidente del Comité de Alumnos (¿emulador de Obama?) descubren “algo” que está metido dentro de un pozo y les otorga poderes sobrenaturales: desde telepatía, músculos que soportan los golpes hasta la posibilidad de volar. Pero no son inmortales.

    Sin embargo, como dice el maestro Yoda, el miedo y el rencor llevan al lado oscuro de la Fuerza.

    A pesar de caer en bastantes clisés y lugares comunes del universo de los superhéroes adolescentes, esta obra que remite a X Men o El Protegido, porque asimila que es lo que puede suceder a una persona que descubre que tiene superpoderes, pero no sabe que hacer con ellos, tiene bastantes ingredientes interesantes.

    En primer lugar, su joven director Josh Tank (casi sin antecedentes) y Max Landis (guionista, hijo menor de John) deciden restarle importancia a aquello que les dio superpoderes, evitando cualquier tipo de explicación racional. La narración se centra en el conflicto interno de Andrew. Mientras que Steve y Matt usan sus poderes para boludear, y no quieren hacerse notar, Andrew lo ve con propósitos más funcionales a su entorno, y como parte de la próxima etapa de la selección natural darwiniana. ¿Les suena conocido alguien tan rencoroso con la sociedad? Sí, Andrew parece un joven Eric Lensherr (Magneto). Los tres aprenden a controlar sus poderes, pero cuando el odio y enojo atraviesa los límites de la personalidad, el poder corrompe la moral y casa lo mejor y peor de cada personaje.

    Nada de esto es original, pero llevado a este relato, con esta estética se vuelve bastante en interesante. Además, así como Andrew relaciona lo que vive con las teorías naturalistas, Matt lo hace con la física, matemática y filosofía citando a Schopenhauer o Platón. De esta manera se efectúa no solamente un conflicto entre personalidades, sino también entre teorías filosóficas. Nada banal para una obra adolescente. Tampoco falta la tensión ante el primer encuentro sexual, y todo lo que compone la liberación del libido en el adolescente, el rechazo, prejuicios, la competencia, lo popular y antipopular en el mundo del colegio secundario. Esto promueve mayor rencor.

    Hay algo con respecto al punto de vista de la cámara de Andrew que me molestó y es la incorporación de un personaje femenino. Esta chica tiene otra cámara, y de repente hay un cambio en el código y punto de vista. Arbitrariamente pasamos a ver desde la cámara de ella. ¿Por qué este cambio? Para ir acostumbrándonos, porque en el final, todo se vuelve caos, y ya el punto de vista pertenece a todo tipo de artefactos modernos capaces de capturar visualmente lo que sucede en el mundo: celulares, cámaras de fotos, cajeros automáticos. Somos demasiado vigilantes y paranoicos. El film decide filtrar una pequeña crítica al respecto.

    La oscuridad psicológica del personaje de Andrew es bastante interesante, así como el arco que compone el mismo. Dane DeHaan tiene carisma y profundidad expresiva para llevar a buen puerto el personaje, que debe enfrentar a un gran actor secundario como Michael Kelly. Recordemos que las relaciones padre-hijos son fundamentales en el mundo de los superhéroes.

    La película crece en mi cabeza. Recuerdo que cada vez que sentía que el film se empezaba a agotar en la narración y el recurso visual, surgía algo que me llamaba la atención. Todo esto se incrementa en el final, gracias a una lucha digital bien realizada.

    Pero también recuerdo esos momentos dramáticos que carecen de verosimilitud y ya fueron vistos innumerables veces.

    A pesar de esto, Poder Sin Límites es más que un producto adolescente basado en el síndrome “Yo, Cámara”. No, hay algo más. Originalidad, respeto y fidelidad por los verdaderos valores del cine cómic.

    Las nuevas generaciones han encontrado herramientas para defenderse.
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  • Tan fuerte y tan cerca
    Oximorón

    Un oximorón son dos términos opuestos que se usan en una misma frase, dando como resultado una respuesta contradictoria.

    Esta frase la saqué de Oskar Schell, el protagonista de Tan Fuerte y tan Cerca, cuarto opus de Stephen Daldry, realizador un poco sobrevalorado, cuya filmografía se completa con Billy Elliot, Las Horas y El Lector, tres obras afables, visibles, melosas, atrapantes, cuidadas estéticamente, pretenciosas, donde la narración fluye, pero que caen en decisiones argumentales contradictorias, golpes bajos y otras tentaciones de aquellos directores clásicos que buscan la ostentación y el golpe de efecto antes de una coherente y dinámica respuesta audiovisual. Son básicamente, obras correctas, pero demagógicas.

    Las contradicciones u oxiformos de Daldry vuelven a estar presentes en esta adaptación del relato de Safran Foer, adaptado por el siempre romántico Eric Roth (Forrest Gump, Benjamin Button, Munich).

    En este caso, dirección, guión, actores e historia están al servicio de conseguir la emoción gratuíta y el efecto lacrimógeno casi obligatoriamente.

    Sin embargo, esta imposición de la emoción, que tiene lo peor del cine estadounidense basado en golpes bajos y sentimentalismo, tiene otra cara: como sucede en todos los guiones de Roth, la construcción del personaje protagónico es brillante, el ritmo es constante y el relato no aburre, a pesar de sus momentos melosos, y al menos, hay tres actuaciones maravillosas.

    Oscar es un chico de 9 años muy curioso, solitario e independiente, cuyo padre, un joyero con aspiraciones científica, le da retos constantes, búsquedas para desarrollar conocimientos, razonar, investigar lo que sucede alrededor. Oscar es meticuloso, habla hasta saturar y volverse insoportable, es fóbico y retraído. Lo que lo saca adelante en la vida son las enseñanzas del padre.

    Sin embargo, sucede lo peor, y Thomas Schell muere en el atentado a las torres gemelas. Un año después, Oscar encuentra accidentalmente una llave escondida en un jarrón e interpreta que es una última misión que le dio el padre antes de morir. Oscar se resuelve a investigar a donde lleva esa llave, que abre, cual fue el último mensaje que le dio el padre, su testamento.

    La búsqueda de Oscar es una forma de atravesar el duelo y superar la pérdida. Esta búsqueda es dolorosa, demuestra los diversos estados anímicos del personaje, desde la negación hasta la aceptación. Oscar necesita encontrar el significado de la llave para seguir estando junto su padre.

    Sin embargo, la búsqueda de Oscar, lleva a tratar de acercarse a la madre, con quien tiene una relación distante debido a que siempre está ausente, y conocer al inquilino de la casa de la abuela, un hombre mayor y misterioso que se niega a hablar pero acompaña a Oscar en su búsqueda, al menos durante la mitad del relato.

    Hay dos películas dentro de Tan Fuerte y tan Cerca. Por un lado el presente/futuro del personaje, por otro lado el pasado.

    Todo lo inherente al presente es vital, dinámico, atractivo, divertido e inclusive sutil. La relación que tiene el personaje con el inquilino, a cargo de un Max Von Sidow que no emite palabra es maravillosa. No cae en la obviedad ni la revelación. Son al menos 40 minutos de metraje atrapante y divertido, donde además aparecen otros personajes que ayudan a construir la ciudad de Nueva York, sus habitantes y la paranoia post 11 de septiembre, lo cuál no es novedoso (Spike Lee hizo lo mismo pero mejor en La Hora 25), pero independientemente, el retrato, la pintura es atractiva.

    El problema del film es todo lo que se relaciona con el pasado, especialmente con la fatídica fecha del atentado.

    Al principio, se agradece que el relato salte un año en el tiempo y no se den detalles de lo sucedido con Thomas (Tom Hanks), porque el personaje es querible, odiosamente perfecto y benevolente y duele perderlo tan rápido. Sin embargo, se van sucediendo diversos flashbacks emotivos, sentimentales, narrados con tanta obviedad visual y falta de sutileza que contrasta con las bellas escenas, donde los perfectamente opuestos Oscar y el inquilino, buscan el destino de la llave.

    En el mundo interno de Oscar, todo es lágrimas y rencor, en realidad. El espíritu de aventura lo salvan.. a él y el espectador.

    Hay numerosos elementos que ayudan a digerir este melodrama clásico con aires de telenovela culebrona.

    En primer lugar las interpretaciones del joven Thomas Horn, que cumple con la difícil tarea de interpretar un personaje continuamente exagerado. No confundamos con sobreactuación. El personaje es desbordado, y el joven actor logra darle profundidad con la mirada y la voz al protagonista.

    Por otro lado, en la sutil mirada de Von Sidow se deposita honestidad, una expresión que demuestra estados internos, que el actor sueco ha logrado explorar junto a Ingmar Bergman. Realmente notable su economía de recursos expresivos. El tercero que aporta verosimilitud con su interpretación es Jeffrey Wright, un actor que desde la calma logra trabajos perfectos, sutiles. También aparecen en el medio John Goodman en un personaje pequeño, pero querible, que Goodman saca de taquito, al igual que Tom Hanks, nuestro James Stewart contemporáneo, inmutable, sencillo, fiel a lo que se espera de él, en un personaje decorativo. Desbordan en lágrimas y sobreactuación Viola Davis (la reina del llanto contemporáneo) y Sandra Bullock, repitiendo varios clisés de sus comedia románticas.

    Su personaje es bastante interesante, porque tiene mayor inherencia de la que se concibe a simple vista. De hecho, la mejor escena emotiva se la lleva ella junto al pequeño Horn casi al final de la obra. Suponemos que Naomi Watts o una actriz más sólida le hubiese dado mayor verosimilitud.

    En lo extracinematográfico, la fotografía cálida de Chris Menges, la grandilocuente banda de sonido de Alexandre Desplat, el vesturario multicolor de Ann Roth, son gratos aportes audiovisuales que ayudan a construir el mundo de Oscar.

    Daldry construye su film más personal desde Billy Elliot. Nuevamente acá, la relación padre – hijo es fundamental, así como la influencia de la educación en las relaciones entre personas de diversas edades (tema que se relaciona con El Lector)

    Es cierto que dista de ser el gran film que pretende ser, y la nominación al premio de la Academia, está de más (no así la de Von Sidow), pero más allá del sentimentalismo, el patriotismo post 11/09, el golpe bajo, hay una pintura interesante y emocional de una ciudad, una narración bien llevada que necesita de esos golpes bajos para progresar, buenas interpretaciones y alguna sutilezas que vale la pena rescatar.

    A veces, la suma de las partes es mejor que el todo

    Un oximorón gráfico, pero honesto.
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  • El topo
    El topo
    A Sala Llena
    Los Espías que Regresaron al Frío

    ¿Qué significa la palabra espiar? Observar, mirar, desde una posición prácticamente invisible. El objeto de observación no debe percatarse que lo están espiando. El espía debe pasa desapercibido. Imperceptible.
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  • El Artista
    El Artista
    A Sala Llena
    Norma Desmond sigue teniendo razón

    “Yo no soy más grande, las películas se volvieron más pequeñas”, decía el mítico personaje de Gloria Swanson en Sunset Boulevard, el Ocaso de una Vida.

    En las últimas semanas, tuve la percepción de que el cine había renacido. Obras como La Chica del Dragón Tatuado, Caballo de Guerra, Hugo o El Topo, no hacen más que confirmar que para crear para delante, hay que ver el pasado, y ser fiel a este mismo en sus códigos e intencionalidad. Fincher miró su propia filmografía y aplicó su destreza narrativa y audiovisual para renovar la novela de Stieg Larsson; Spielberg posó su ojo y sus temáticas habituales en un cuentito que remite al mejor cine de John Ford, Scorsese da una clase de Historia del Cine, homenajeando ingeniosamente a George Melies, y Tomás Alfredson revive el cine de espionaje inglés de los años ’70 con sus pro y contras, a través de una estética fiel e interpretaciones soberbias.

    Pero El Artista, que irónicamente es la obra que pretende literalmente hacer un homenaje al cine, regenerando la neutralidad sonora, y filmada en blanco y negro, no es más que un exponente de cómo la pantalla se ha achicado, y lo que es peor, se la sobrevalora.

    No sé si es por efecto temporada de premios o porque salí de ver y emocionarme por segunda vez con Caballo de Guerra (y confirmar que se trata de una obra maestra increíble), que realmente no pude sentir aprecio por la película de Michel Hazanavicius. Generalmente, me encanta cuando se recrea el periodo de oro de Hollywood, se filma en blanco y negro, e inclusive se arriesga a no incorporar diálogos audibles, pero lo cierto es que no solamente no me inmuté con esta obra nominada a 10 Oscars, sino que además me indigné.

    Desde ¿Quien quiere ser Millonario? que no sentía tanto insulto. Bueno, Historias Cruzadas es peor, A nivel cinematográfico, la película del director de OSS 117, tiene algunos méritos, pero lo que me pareció pobre es la resolución de una buena idea e intención. O mejor dicho, la banalización al objeto de homenaje.

    Partamos de la base que el personaje de George Valentín es estrella de las películas más “tontas y menos pretenciosas” de cine silente. Un actor que acude a la fórmula y la repetición para triunfar. Cuando esta se agota, por la incorporación del cine “sonoro”, Valentín queda en el olvido absoluto. Esto sucede con El Artista también.

    Esta sinopsis toma dos tópicos: por un lado, como la incorporación de diálogos auditivos perjudicó a varios artistas. Sin ir más lejos de eso se trataba Cantando Bajo la Lluvia (1952) de Gene Kelly y Stanley Donen. Digamos que acá se encuentra el homenaje honesto. Valentin es un emulador de Kelly por sus personajes (como D’artajnan) y sus pasos de tap. En Cantando, el drama quedaba tapado por los ingeniosos y divertidos números musicales, el encanto del trío protagónico y un grado de cinismo, que no hacía obvia la clase de historia. Pero no es el único caso. En 1992, el gran Richard Attenborough contó los orígenes del cine y el impacto de El Cantante de Jazz, a través de la voz de Charles Chaplin. Así que el tema, de por sí no es novedoso.

    Ahora bien, para desarrollar el mismo, Hazanavicious enfatiza a través de momentos surrealistas y oníricos, la importancia de hablar y comunicarse. Esto tampoco es novedoso. Siendo más metafórico y abstracto Esteban Sapir, también filmó en blanco y negro, sin diálogos La Antena (2007), y sin ir más lejos es el tópico favorito de Guy Maddin, que basa toda su filmografía en una regeneración con autoría y sin ser discursivo de los géneros filmados en blanco y negro, no solo en Estados Unidos, sino a nivel mundial, y con un gran grado de abstracción y poesía.

    Por lo tanto, ¿porque El Artista generó tanto revuelo? Posiblemente, ni siquiera el director y su pareja protagónica lo entiendan.

    El guión del director es completamente transparente, obvio, sin sutilezas. La puesta de cámara carece de decisión. Hay encuadres y movimientos que son demasiado contemporáneos, y otros que remiten al cine los años ’20 y ’30. Pero se suceden sin criterio, de forma azarosa, y no por motivos trasgresores como quizás hubiese hecho Buñuel, sino por falta de pulso para narrar. Las mejores reproducciones de obras mudas, son aquellas en donde se ve el marco de la pantalla. O sea, las películas dentro de la película.

    La falta de ese criterio se traduce en la selección musical. Casi llegando al final, es completamente insulso e incoherente el uso del leit motiv de Vértigo de Bernard Herrmann. Ahora entiendo lo que decía Kim Novak. ¿Por qué poner esta hermosa banda sonora de fondo, si todo el tiempo tenías música instrumental incidental original, y no se relaciona con el argumento de la obra de Hitchcock? Ojo, quizás el acompañamiento musical de Ludovic Bource, sea único realmente fiel al periodo mudo y es bastante digerible.

    Nada que objetarle a la fotografía o la reconstrucción histórica, pero los títulos de las películas que se proyectan tienen una connotación demasiado obvia con lo que le sucede a los personajes reales. Si vemos a Valentin deprimido y caminando solo por la calle, no puede haber en primer plano un cartel que diga “Lonely Star” (Estrella Solitaria). Es subestimar la inteligencia del espectador.

    Y así con muchas otras metáforas. Todo está al frente. No hay algo detrás, no hay sublecturas, no existen sutilezas, no hay múltiples interpretaciones de un plano.

    Por no decir que cuando muestra un efecto humorístico, lo reitera aun cuando sobrepasa el agotamiento. Es muy divertido el perro, su entrenamiento es maravilloso y es idéntico a la mascota de La Cena de los Acusados, pero repetir una y otra vez el mismo truco, satura.

    A los 50 minutos del desarrollo, ya veia el reloj porque el tedio se me hacía insoportable. El ritmo cae en la monotonía. La idea se entiende, pero Hazanavicious la repite una y otra vez hasta que se vuelve un clisé, un lugar común, para rematarla con un efecto tan predecible que da pena. El melodrama es forzado, la comedia es poco imaginativa y me causó poca risa.

    Si bien la historia ya no me enganchaba, a nivel visual no me parecía atractiva tampoco. Solamente la actuación del multifacético Jean Dejardin, con herramientas expresivas para la comedia y el drama, junto con la gracia y simpatía (llamarla actriz revelación ya es demasiado) de Berenice Bejo, hicieron más soportable el resto del metraje.

    Grandes intérpretes secundarios como Malcom Mc Dowell o Penélope Ann Miller están desperdiciados. John Goodman (más flaco de los acostumbrado) es verosímil como el magnate productor (el director nunca aparece), y sin dudas, James Cromwell, es lo mejor del elenco secundario, ya que el cochero fiel de la estrella (Valentín) emula a dos personajes: Erich Von Stroheim en El Ocaso de una Vida, y al cochero de Crimen por Muerte (1976) una comedia de Neil Simon, que era interpretado por él mismo, 35 años más joven.

    Fuera de estas citas, hay poco que realmente remite al periodo mudo. Es más bien una interpretación libre y superflua. No se puede aprender realmente de El Artista acerca de la historia del cine, cuando todos los datos son ficticios (a diferencia de Hugo, en donde cada cita es real). Quizás haya un personaje imitando a Buster Keaton viejo, pero es demasiada subjetiva esta lectura.

    Pero acá no hay cine. Se trata de emular al cine. Falta magia, emoción genuina. Puedo hablar de alguna que otra escena ingeniosa aislada, pero la suma de las partes no hacen una película.

    Hazanavicius, además, achica el formato de la pantalla, para ser supuestamente fiel al periodo que desea representar. Sin embargo, esto simboliza, lo que en verdad es El Artista, una obra que pretende mostrar mucho, pero como diría Norma Desmond, en un envase pequeño.

    Decepcionado y traicionado, me dan ganas de tirarme al sillón a ver Tiempos Modernos. Nadie como Chaplin supo transmitir el dolor del periodo de transición como en esta obra de 1934. Al menos, me voy a ir a dormir con una sonrisa.
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  • Caballo de guerra
    Caballo de guerra
    A Sala Llena
    El Hijo Pródigo Regresa

    Y un día, el verdadero Steven Spielberg decidió dejar de lado aquello que todos esperan ver de él, para hacer el cine que realmente admira y ama.

    Y cuando el director de El Imperio del Sol recobra esa mirada de niño inocente, curioso y soñador que lo impulsaron a convertirse en realizador cinematográfico se pone detrás de una cámara haciendo gala de toda su inteligencia, conocimiento cinéfilo, magia narrativa, estilización audiovisual, meticulosidad en la puesta en escena, pulcritud en la elección de un elenco, donde lo que principalmente amerita es la calidad interpretativa y no el nombre, donde los efectos se ponen en función de la historia, y el dramatismo se combina con el humor y la aventura, para generar un producto reflexivos, espiritual y sentimental, entonces podemos considerarnos afortunados de estar frente a una obra maestra.

    A diferencia de lo que consideran muchos, exceptuando la trilogía de Indiana Jones y E.T. mis obras preferidas de Steven son aquellas que no tuvieron tanta repercusión inmediata, y que hoy en día gozan de admiración. Tales son los caso de Inteligencia Artificial, su obra más metafórica y personal, en donde realmente le importó poco y nada, la reacción del público, y El Imperio del Sol. A estas 6 obras, agrego Encuentros Cercanos del Tercer Tipo. Es imposible no reconocer al pequeño Steven en cada una de ellas. Caballo de Guerra se suma a este grupo de películas.

    Más allá de las apariencias, la película no habla sobre la Primera Guerra Mundial. O sea, no es una excusa la trama para poder hacer una película de la guerra con superproducción, sino por el contrario, la guerra, al igual que Rescatando al Soldado Ryan, sirve de metáfora para hablar del tema por excelencia de la filmografía Spielbergiana: la separación de los hijos de sus padres.

    No hay obra, incluso Tintin, que no incluya este tema en mayor o menor medida. Acaso, la más obvia, pero con momentos fascinantes fue Atrapame Si Puedes. En Caballo, lo extraordinario es que lo tenemos por partida doble:

    Por un lado, Joey, el verdadero protagonista, un semental admirable y hermoso, es separado de la madre al poco tiempo de haber nacido. Por otro lado tenemos a Albert, su joven dueño y entrenador, que debe enfrentarse a un padre alcohólico, veterano de guerra, que no lo respeta por no haber vivido una guerra.

    Tanto la historia de Joey como la de Albert se van a ir entrecruzando numerosas veces en la historia, y Spielberg se destaca analizando la camaradería y amistad entre humanos y caballos… en forma separada.

    Estamos frente a un Spielberg pura sangre y poético, que aprendió de errores del pasado y prioriza esta vez el poder de las imágenes para contar más que el de las palabras y diálogos. No sería desacertado mencionar que se trata del film menos hablado de su director. El poder de miradas entre humanos y equinos es admirable. Aquel que conozca la estética visual de Steven podrá reconocer enseguida cada travelling, zoom in o primer plano, provocando emotividad, no solamente por la belleza que genera y simboliza, sino también por lo que rodea al mismo extra cinematográficamente.

    Janusz Kaminsky se destaca nuevamente y John Williams, a cargo de la banda sonora, son parte fundamental del talento de Spielberg. El montaje de Michael Kahn, la dirección de arte de Rick Carter. Acompañado por sus habituales colaboradores, Spielberg nos lleva a la Inglaterra y Francia de la Primera Guerra con un nivel de detalle asombroso. Las capturas y persecuciones aéreas permiten disfrutar el espectáculo panorámico en que fue pensado el film.

    Cuánto se ha nutrido Spielberg de maestros del cine épico como David Lean, Akira Kurosawa o John Ford. No hay palabras que describan la belleza de las imágenes de un batalló saliendo en medio del trigo en un atardecer. El film rememora las raíces fordianas, que como bien mencionó mi compañero Matías Orta, nos recuerda a El Hombre Quieto o Que Verde era Mi Valle, pero no solamente los escenarios pertenecen a Ford, también los personajes. El padre de Albert que compone con aspereza Peter Mullan, acaso el actor más subvalorado del año por su trabajo en Tyranosaurio, se puede entender como un Victor McLagen (fetiche de Ford) contemporáneo. Esa brutalidad, violencia, pero a la vez compasión y culpa del irlandés es tremendamente habitual en las sutiles expresiones de Mullan, quien acompañado por la siempre admirable y versátil Emily Watson, componen dos personajes antológicos. Y al igual que Ford y Kurosawa, Spielberg permite infundir humor y cariño hacia los mismos.

    A diferencia de algunos de sus últimos trabajos como Ryan, La Guerra de los Mundos, Munich o incluso mi amada Inteligencia Artificial, este Spielberg es lúcido y no tan pesimista. En Spielberg conviven el sentimiento de heroísmo en la batalla (consecuencia de las experiencias de su propio padre en la Segunda Guerra Mundial) con el mensaje antibelicista. Nuevamente esto se presenta en Caballo de Guerra. Pero esta vez, no decide mostrar las muertes. Recurre a diferentes efectos escenográficos, de montaje y fotografía para evadir el golpe bajo y el regodeo sentimentaloide.

    Existe el drama, la muerte y la desazón, pero también la esperanza y el sacrificio. Sin recurrir a un discurso obvio ni redundante, Caballo de Guerra impacta porque las imágenes no necesitan más explicaciones.

    La presencia humana, nunca genera tanta empatía como la animal. Más allá de contar con Mullan, Watson y un maravilloso Niels Arestrup, los verdaderos protagonistas son los dos caballos. Nunca en mi vida, vi un trabajo físico y emotivo tan espectacular por parte de un caballo como es Joey. Ni siquiera El Córcel Negro. Hay escenas que no se pueden juzgar por su verosimilitud sino por su carga emotiva, y en estas, son Joey y su compañero, los que roban la pantalla.

    Muchos acusan a Spielberg de demagógico y manipulador de emociones. En varios es cierto, pero la verdad es que Caballo es una excepción, siendo acaso la más emotiva de todas. Es que las lágrimas no llegan por el forcejeo de crear un efecto, sino porque la historia y la relación nos llevan a eso, y porque lo emociona en este viaje cargado de drama y aventura es lo implícito, el mensaje que nos dan sus autores. Cada soldado es un ser humano, cada muerte pesa en el conciente. En la guerra, son todos peones. No hay verdadero odio entre bandos, simplemente gente manipulado, enviada como carne de cañón hacia la batalla, y ese absurdo es lo que busca imprimir Spielberg. Encontrar la humanidad en aquellos momentos donde se busca la frialdad y la respuesta mecánica. Cada personaje, se enfrenta y reflexiona, piensa dos veces a la hora de mirar a su “enemigo”. No hay buenos ni malos. Solo personas.

    No es casual que el personaje más superficial, sea el del casero que compone con una extraordinaria naturalidad David Thewlis. El único villano palpable.

    Caballo de Guerra es una obra perfecta de principio a fin. Admito que siempre me interesaron más las películas de la Primera Guerra que de la Segunda. Quizás porque hay demasiadas, pero Caballo me recordó a Sin Novedad en el Frente, La Patrulla Infernal o más cerca, Amor Eterno, un film bastante subvalorado de Jean-Pierre Jaunet, sin duda su mejor film.

    Hay elementos visuales extraños, como por ejemplo, los cielos, generados digitalmente, demasiado perfectos, que parecen robados de los decorados de El Hombre Quieto (cuando el cielo es de un azul nítido) o Lo que el Viento se Llevó (el crepúsculo). Molesta porque hoy en día sabemos que un cielo así no existe, pero hay tanta poesía en cada fotograma, que es imposible no admirarlo igualmente. De la película de Victor Fleming (y George Cukor entre otros), también emula varias secuencias relacionadas con las consecuencias de la guerra.

    Caballo es un film episódico. Su protagonista, Joey es como el Jamie de El Imperio del Sol, corre de bando en bando a través de la guerra en búsqueda de su dueño (¿padre?). Cada persona con la que se cruza, lo ayudan a crecer y madurar. Albert, interpretado por el novel pero talentoso, Jeremy Irvine, también tiene que atravesar el camino del héroe en ese sentido.

    La cohesión de la diferentes historias en forma dinámica durante casi dos horas y media de metraje (que se pasan volando) son mérito del poder narrativo de su realizador.

    Gracias al inteligente guión de Lee Hall y Richard Curtis, acompañado por una hermosa melodía irlandesa, leit motiv pegadizo como no podía ser de otra manera, de John Williams, imágenes recargadas en sensibilidad, Steven Spielberg, con perfil bajo, menos pretensiones de las acostumbradas, intimista, marginalizando cualquier atisbo de patriotismo, construye una nueva obra maestra, que quedará esperemos, en la memoria colectiva de todo aquel espectador que disfrute de un relato clásico acogedor.

    Steven Spielberg ha regresado a casa.
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  • La invención de Hugo Cabret
    Todo el Cine en una Sola Película

    Solo 126 minutos le alcanzan y sobran al Profesor Martin Scorsese para dar una clase ejemplar de Historia del Cine, y de dirección cinematográfica. No es novedad que el director de Calles Salvajes es un confeso enamorado del 7º Arte. Robert De Niro dijo alguna vez que había visto videos en You Tube donde su amigo le estaba haciendo el amor a material fílmico.

    En 1995, Scorsese dirigió Un Viaje personal a través del Cine Estadounidense, de las grandes obras que lo criaron, y en 1999, hizo lo mismo relacionado con el cine italiano, en Mi Viaje a Italia. Directores tan cinéfilos como Martin Scorsese no deben existir.

    Es por eso que, tras muchos años de realizar películas de ficción influidas por todo el cine que mamó desde su infancia, cuando siendo monaguillo, se escapaba de la iglesia para meterse en una sala cinematográfica, a pesar que estaba convencido que se convertiría en cura, soñaba con agarrar una cámara y reproducir todo aquello, que le provocaba emocionarse con una imagen en movimiento.

    La filmografía de Martin Scorsese está marcada por un instantáneo amor por el cine, la pintura, el arte en general, y se ha convertido en un protector, defensor acérrimo de las instituciones que se dedican a conservar y restituir material fílmico y celuloide, para que todas las obras realizadas a partir de 1895, sean resguardas, permitan copiarse y exhibirse a las nuevas generaciones.

    Es realmente increíble, que hoy en día, un estudiante que pretende ser director de cine no sepa quién fue o que realizó Georges Meliés. Es irónico que alguien se dedique a estudiar efectos especiales o animación y nunca hayan visto, aunque sea Viaje a la Luna, la obra más emblemática acaso, por la revolución visual, sus efectos especiales, y la fascinación que existía por las novelas de Julio Verne. Es una vergüenza que alguien quiera ser director de cine y nunca haya leído novelas de Verne, el gran narrador de fantasía y literatura científica que haya existido, empecemos por ahí.

    Hasta el momento, Scorsese solo había llevado su fanatismo cinematográfico en documentales, de forma implícita en todas sus películas o con la biografía de Howard Hughes en El Aviador, en donde director y personaje empatizan en los diversos niveles de perfeccionismo y obsesión. Pero el film con Leonardo Di Caprio no se salía de la típica biopic. Siendo una obra bastante subestimada y con mayores valores que los que se le adjudicaron (todo lo que respecta a la filmación de Los Ángeles del Infierno tiene un valor cinematográfico e histórico increíble), no se trata tanto de la admiración hacia el cine en sí, como hacia la obsesión y psicología de un personaje contradictorio.

    La Invención de Hugo Cabret, basada en la novela de Brian Selznick del 2004 (primo del mítico David O, productor de Rebecca y Lo que el Viento se Llevó), es una declaración de amor al cine a través de la figura de un huérfano, hijo de un relojero que vive en la estación de Montparnassé. Hugo entabla amistad con Isabelle, una chica de su edad, que vive con su padrino, dueño de una juguetería en la misma estación. Ella nunca vio una película, y Hugo escapa de su trabajo para llevarla a ver un Festival de Cine Mudo en París, ya que su mejor recuerdo con su padre fallecido, es haber ido al cine. Entran a la sala clandestinamente y se emocionan viendo a Harold Lloyd en Safety Last.

    Nada de esto que acabo de describir, pertenece a la línea argumental principal del último film de Scorsese, pero es donde los cinéfilos, que amamos la trayectoria de este realizador, y nos preguntábamos hasta entonces, porque había elegido esta película, que podría haber dirigido Steven Spielberg, comenzamos a entender, que este proyecto es prácticamente una autobiografía, como una precuela de Calles Salvajes.

    El personaje marginal que tiene que hacer frente a la autoridad (en este caso, el inspector de la estación) es Martin Scorsese cuando tenía 12 años. Podemos imaginar al pequeño Martin, emocionado frente a Harold Lloyd colgando de un reloj. A partir de ahí, todo lo que veamos será una reproducción de la primeras películas mudas de la historia.

    Pasarán Chaplin, Keaton, los Hermanos Lumiere y, por supuesto, George Meliés en carne y hueso.

    Más allá de las anécdotas románticas que tiene el film, y todas las subtramas que confluyen armónicamente en el resultado final (la historia de Hugo con Isabelle, y de dos parejas que se quieren juntar entre sí), el mayor amor, es que el existe entre Scorsese con el cine mudo, y el tributo hacia la figura del mago, ilusionista, genio, innovador George Meliés.

    El guión de John Logan tiene una progresiva evolución, donde a través de los ojos de este niño que guarda reminiscencias con David Copperfield y se esconde dentro de un reloj, vamos conociendo una mirada romántica de París como no veíamos desde… Medianoche en París de Woody Allen. Parece que los dos cineastas neoyorquinos más famosos, necesitaban viajar a la ciudad luz de principios del siglo XX para crear sus mejores películas en muchos años.

    La magia se impregna desde el primer fotograma en que el efecto tridimensional permite que la nieva de la ciudad invernal traspase la pantalla, transmitiendo la misma sensación que en 1895 crearon los Hermanos Lumiere cuando filmaron el Tren Llegando a la Estación, la primera película de la historia del cine. En ese momento, todo el público pensó que el tren traspasaría la pantalla. Hoy en día, podemos tocar la nieve y no nos asombramos.

    La primera secuencia confirma que Hugo debe ser vista en formato tridimensional y que no es necesario realizar un film animado para lograr un plano-secuencia imposible, soñado (o sea, Scorsese mejora lo que Spielberg hizo en Tintin). El recorrido por toda la estación de Montparnassé, a través de los ojos de Hugo, conociendo a cada personaje que influirá en su vida, es una extensión de lo que el director ha hecho en Buenos Muchachos o Calles Salvajes a la hora de presentar a los protagonistas de sus obras.

    El resto es una fábula mágica, donde los chicos protagonistas deberán descubrir el secreto del juguetero. Entre sueños y cinefilia nos emplazamos 90 años al pasado y Scorsese da cátedra del nacimiento del cine, mostrando como buen profesor fragmentos de todos los films emblemáticos de las tres primeras décadas del celuloide.

    Honestamente, poder ver a Keaton, Chaplin, Griffith y especialmente los films de Meliés en tres dimensiones, justifican, incluso narrativamente, porque Hugo fue pensada para este formato. Tanto Herzog con La Cueva de lo Sueños Olvidados como Scorsese recurren al 3D para revivir el pasado, y convertir en realidad el sueño de los primeros artistas y cineastas que tuvo a humanidad. Solo, pensémoslo así. Los artistas de las cuevas del sur de Francia eran documentalistas tridimensionales. La intención de los Hermanos Lumiere era exactamente la misma: que una imagen fija cobre vida a través del movimiento y de la sensación al espectador de que está palpable frente a sus ojos.

    No quiero matar las sorpresas que tiene La Invención de Hugo Cabret, pero realmente tiene tantos detalles cinéfilos, que provocará la locura de los amantes del cine, desde el primero hasta el último fotograma.

    Pero más allá de las citas y el mensaje de conservación, y preservación del material fílmico, Hugo es una obra inolvidable, emocionante, perfecta en cada rubro. No solamente adolece de misterio, entretenimiento, pasión y ternura, sino que además está pensada como un cuento para ser admirado por toda la familia. No comparto que sea una película infantil. Se trata de la primera película del director, que puede ser visto por menores de 12 años. No es violenta, tiene un discurso directo, aunque también se permite ser poética, metafórica y precisa. A pesar de tener una enorme producción y gran despliegue de efectos especiales, no peca de pretenciosa. Es tan mágica como una obra de Burton o Spielberg. Scorsese es un narrador increíble y acá lo demuestra con un relato vigoroso, vibrante, atrapante y clásico a la vez. La emoción es genuina, no se fuerza al espectador a llorar, pero lo logra, especialmente al cinéfilo.

    Por la descripción y los personajes que se van sucediendo, Scorsese emula un poco al mundo que construyó Steven Spielberg en La Terminal. Al igual que el film del 2004, hay un prófugo que debe vivir clandestinamente en la estación y ayuda a que los personajes se relacionen y acerquen, mientras escapa de un inspector de estación, que Sacha Baron Cohen interpreta con una gracia digna de un policía de Mack Sennet, o la elegancia y torpeza de Jacques Tatí.

    Porque si no fuera poco que la cálida fotografía de Robert Richardson o la meticulosa, espectacular reconstrucción de París a principios del siglo XX a cargo de Dante Ferretti (habituales colaboradores de Scorsese) sean maravillosas, que los efectos especiales permitan visualizar a la Torre Eiffel apuntando a la luna como si fuera un cohete, o que Scorsese nos deleite con una historia sensible, el director realizó un cuidadoso casting y una vez más, tenemos un elenco soberbio encabezado por Asa Butterfield (el mismo de El Niño con el Piyama Rayado), Chloë – Grace Moretz (Kick Ass, Déjame Entrar), dos niños que actúan como adultos y tiene un rostro tan expresivo que no necesitan emitir sonidos para comprender como piensan, puros, abiertos a la fantasía y la aventura. En los roles adultos, además de Baron Cohen (que repite el acento del barbero de Sweeney Todd), se destacan Christopher Lee, Richard Griffiths, Emily Mortimer, Frances de la Tour, Helen Mc Crory y el gran Michael Stuhlbarg (otro personaje alter ego de Scorsese, el protagonista de Un Hombre Serio).

    Y Ben Kingsley. El actor de Gandhi, nuevamente lleva su expresividad y naturalismo a otro desafiante personaje. No solamente interpreta al personaje más importante, sino que además al más real de todos, y guarda un increíble parecido con el verdadero George Meliés. La transformación física y esa mirada llena de energía de Kingsley, lo confirman como uno de los mejores intérpretes contemporáneos.

    La Invención de Hugo Cabret es sin duda, una carta de amor genuino de Martin Scorsese por el cine. Obra maestra le queda chica.

    Nota al Pie: La idiota carrera por el Oscar

    Este año se ha dado la “casualidad” que al menos cuatro de las nueve obras nominadas mejor película para el Oscar presentan un profundo homenaje y amor por el cine y el arte de las primeras tres décadas del Siglo XX: La Invención de Hugo Cabret, El Artista (única que no vi hasta el momento), Caballo de Guerra y Medianoche en París. Es una carrera absurda, donde tenemos films que no se pueden comparar entre sí. Si a eso le sumamos la majestuosa e innovadora El Árbol de la Vida, nos encontramos con una gran disyuntiva. ¿Qué preferimos? Todos son films que tienen el atributo de la nostalgia. Si bien la más superficial me pareció Medianoche… es indiscutible que el mensaje de la última de Allen (todo tiempo pasado fue mejor) se confirma con estas obras. Hugo es la que tiene lenguaje más accesible de todas, y a la vez la más profunda. El Árbol es una película críptica y lenta, que no atrae a público masivo. Sin embargo, a nivel personal me quedo con Caballo de Guerra. No se trata de fanatismo hacia Spielberg, sino porque se trata de un verdadero espectáculo cinematográfico artesanal. Hugo, a pesar de su sensibilidad está construida sobre una París de maqueta, artificial, mientras el film de Spielberg se mantiene fiel a la estética fordiana y utiliza los efectos de forma indispensable. A esto sumemos, que el diálogo queda relevado por las miradas, que utiliza el recurso fuera de campo para evitar caer en la violencia, y que se trata de un film repleto de sutilezas.

    Pero más allá de gustos personales, estas obras, no pueden competir entre sí. Merecen ser atesoradas, verse una y otra vez, aprender de ellas.
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  • La dama de negro
    La dama de negro
    A Sala Llena
    ¿Alguien, por favor, quiere pensar en los niños?

    En una época donde el cine de terror parece haber agotado todas sus fichas, Hollywood se encarga de hacer innecesarias remakes de clásicos de los ‘70 y ’80, Inglaterra ha dedicido resucitar el terror gótico de fines del siglo XIX y principios del XX.

    Esta resurgimiento viene acompañado por la resucitación de la productora Hammer, fundada a fines de los años ’50, y que con Terence Fisher a la cabeza se ha destacado por tener dos décadas de brillantes películas góticas del género, aprovechando los paisajes y castillos antiguos que brinda el país insular. Desde los monstruos más conocidos hasta oscuras historias psicológicas, experimentos sexuales y otras morbosidades del clase B, la Hammer ha sido un sello de títulos de culto en donde se destacaron figuras como Vincent Price, Christopher Lee y Peter Cushing específicamente.

    En los últimos años, la Hammer volvió a abrir sus puertas, pero los primeros trabajos no gozaron de repercusión comercial, así que necesitaban de un título de renombre y un actor de moda para sacar adelante la motivación.

    La elección cayó en un nuevo clásico de la literatura del género escrito por Susan Hill a principios de los ’80 y que tuvo enorme repercusión en la literatura, el teatro e incluso la televisión. Cuesta entender porque se tardó tanto llevarla a la pantalla grande, cuando claramente es el formato donde se podía aprovechar mejor la historia.

    Para el protagónico, convencieron a Radcliffe, quien seguramente cansado de hacer del niño mago, busca alejarse de la imagen y el encasillamiento adolescente en pos de trabajos más “serios” y adultos. Ya había hecho una comedia adolescente de iniciación que no gozó de un gran aval por parte de los críticos y el público. Por lo tanto, la primera obra post Potter, debía cambiarle la imagen.

    Lo más probable que varios críticos titulen sus notas como “Harry Potter en la Casa Fantasma”, y esto no sería del todo descabellado. Va a pasar largo tiempo hasta que Radcliffe se desprende definitivamente de la imagen que lo hizo conocido, y lo mismo va a pasar con sus compañeros magos. Sin embargo, vale destacar el esfuerzo del actor y la intención de mantener sus raíces británicas y no venderse a cualquier producto hollywoodense, porque si La Dama de Negro conserva es la identidad british y de la Hammer, aunque con efectos un poco más elaborados que los artesanales de los años ’70.

    Arthur Kipp, un abogado viudo, con un hijo de 4 años, cuya esposa falleció en el parto y le parece verla todavía en la casa, debe mudarse de Londres a una típica campiña para vender una casona, perteneciente a una viuda, cuyo hijo falleció trágicamente. Si Arthur no encuentra el testamento de la viuda para iniciar los trámites de la venta, lo van a echar de la firma, porque sus últimos trabajos no le salieron bien. Cuando llega a la campiña se encuentra con un panorama gris. Los supersticiosos del pueblo, exceptuando al millonario local, lo miran con malos ojos. Al mismo tiempo, los hijos de los mismos se suicidan misteriosamente. Cuando llega Arthur a la casona de la viuda (la dama de negro, irónicamente interpretada por Liz White) para cumplir su tarea, sus temores y supersticiones van a ser puesta a prueba.

    James Watkins, director de una de las sorpresas del 2009, Eden Lake, dirige esta película, cuyo guión de Jane Goldman (co escritora de todas las películas de Matthew Vaugh) no le escapa a ninguno de los clisés ni lugares comunes del género gótico. Al contrario, las refuerza y le agrega algo del cine de terror japonés de fantasmas estilo la saga Ringu. También la combinación mansión gótica trae recuerdos de La Maldición de Jan de Bont (un desaparecido en acción) y especialmente de Los Otros, de Alejandro Amenábar.

    La cuestión es que más allá de que estamos ante un producto predecible y poco novedoso, el resultado final es bastante confortable y efectista. Watkins es un magistral creador de suspenso, climas densos y tensión dramática. Decide no prestar demasiado atención a las vueltas narrativas del texto original, o las explicaciones y centrarse en el conflicto del personaje con su propia espiritualidad y miedos, y sobretodo en generar un malestar visual artesanal, no abusando de efectos especiales, siendo fiel al estilo Hammer, aunque con vistas más comerciales.

    Watkins perfila como un director interesado en manifestar un interés por niños manipuladores, y padres enceguecidos, hostiles con los extranjeros cuando se meten en su círculo de confianza. Un crítico de la chusma, pero sin pretensiones de que esto se destaque sobre el argumento principal.

    Las interpretaciones Ciaran Hinds o Janet Mc Teer (nominada al Oscar este año por Albert Nobbs) aportan un poco de cualidad interpretativa. Igualmente hay que aclarar que Radcliffe, después de muchos años de ponerse a Potter al hombro, logra reprimirse bastante bien y dar un actuación creíble. Le falta un poco de actitud, pero no es demasiado alejado afirmar que verlo como padre no le mancha la imagen. Daniel ha madurado y el personaje de Arthur le juega bien para demostrar que puede salir del encasillamiento. Conserva actitudes de Potter, pero esta obra le sirve como transición ha trabajos más profundos posiblemente.

    La Dama de Negro, es un film clásico, de terror conservador, que sin llegar a ser gore o demasiado violente, logra mantener un clima de tensión durante toda su extensión. La fotografía de Tim Maurice – Jones (colaborador de las primeras obras de Guy Ritchie) y la banda sonora de Marco Beltrami (3:10 a Yuma, Scream, Vivir al Límite) aportan a pegar un par de sobresaltos.

    Anticipando la llegada de un par de homenajes a la figura y literatura de Edgar Allan Poe, el film de Watkins demuestra que el terror gótico aún no se ha agotado y los cuervos van a seguir apareciendo en las ventanas de las mansiones para asustarnos.
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  • Penumbra
    Penumbra
    A Sala Llena
    Cuando se apaga la luz, se enciende…

    Podría empezar esta crítica enfatizando lo difícil que es hacer cine de género en Argentina. Hace 11 años que el Festival Rojo Sangre le da la posibilidad a variedad de directores argentinos de mostrar sus trabajos y esfuerzos, algunos hechos con más presupuesto que otros, pero terminados al fin. ¿Esto significa que los trabajos son buenos? No necesariamente.
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  • Los descendientes
    Los descendientes
    A Sala Llena
    Descendencia dolorosa

    Muchas veces, cuando un producto toma el efecto deseado, el realizador intenta reproducirlo para ver si sigue funcionando hasta que el efecto se agota, cansa, y por lo tanto se demuestra que es hora de buscar una nueva fórmula.

    El caso de Alexander Payne cruza cierta paradoja. El director que alguna vez supo ser cínico, crítico con la sociedad estadounidense, atacando los valores familiares y tradicionales de la sociedad estadounidense, se ha aburguesado es post de perseguir aquello que mayor adulación provocó en sus últimas obras como Las Confesiones del Sr. Schmidt y Entrecopas, repitiendo la fórmula equivocada, y confiando que a la crítica y el público aún así lo iban a respaldar, simplemente porque pisa terreno conocido. Y lo logró una vez más con Los Descendientes. Pero esto no significa que a todos nos guste esta fórmula.

    Básicamente Los Descendientes repite una cantidad de axiomas que funcionan. Busca llegar a la emoción sin querer ser lacrimógena, pretende ser realista con aportes de humor similar al slapstick, y meterse al espectador en el bolsillo con un protagonista, que si bien no es perfecto se puede empatizar.

    A este tipo de cine, lo llamo el soul food cinema. Es un cine que esconde una moraleja, un mensaje, pretende ser importante, cuando en realidad no es más de lo mismo, y además sigue una tendencia de cine “Indie” supuestamente, donde se rescata los valores, criticándolos al mismo tiempo.

    Los Descendientes es un film profundo que habla sobre la identidad, la tierra y la familia. Arraigarse a las raíces, enfrentar al sistema, la hipocresía, etc.

    El guión es bastante profundo y se pueden analizar varias capas de un solvente material, que no se queda simplemente en la anécdota. El personaje de Matt King debe enfrentar al hecho de que su familia o primos han decidido vender su identidad y a la vez la “venta” de su esposa moribunda a un muchachito que simboliza lo opuesto a Matt: juventud, progreso, etc. No es casual que sea esta misma persona, quien vaya a comprar los terrenos de Matt. La simetría que existe entre ambos conflictos que debe superar Matt es realmente interesante.

    El problema de este quinto largometraje de Alexander Payne no es tanto de la elaboración del guión ni de la construcción de los personajes, como de la puesta en escena, y pretensiones cinematográficas. El director solía usar el argumento como excusa para ser ácido con la sociedad estadounidense, acá busca ir directamente a la emoción manipulando a George Clooney en pos de encontrar a un antihérore demasiado usado por el cine Indie: el empresario con corazón, arrepentido de los errores del pasado que busca arreglar su presente. Si les suena familiar esta imagen, es porque ya la vimos en Amor Sin Escalas.

    No es que no sea interesante en sí la película, o esté mal dirigida, sino que busca demasiado el reconocimiento a través de planos pretenciosos, cuando en realidad no existe una puesta en escena tan elaborada. El síndrome de invisibilidad cinematográfica (o imbecibilidad) se aleja bastante del clasicismo. Hoy en día, un director clásico es aquel que narra pensando en el espectador de mediados del siglo XX, pero siendo elaborado y meticuloso en la puesta en escena, demostrando identidad, casos Clint Eastwood o Steven Spielberg, y no buscando impactar con obviedades, que en realidad no lo alejan demasiado de un productor televisivo o la corrección audiovisual.

    La dosificación del drama, apoyándose en el sentimentalismo, mas no en el golpe bajo son una marca recurrente en el cine de Payne, y generalmente lo que más odio de sus películas. La forma en que en principio crea un personaje perdedor, poco carismático, y más tarde se termina apiadando de él, es lo que no me gustaba de Schmidt y Entrecopas. El perdedor querible, pasó de ser un efecto simpático para convertirse en un lugar común, un clisé.

    Los Descendientes se vuelve predecible porque apela a la fórmula. No sorprende en su contenido. Pero tampoco molesta, porque existen elementos externos a Payne que funcionan en forma independiente a la narración. Ejemplo de ello son las actuaciones secundarias. Detrás de Clooney, que reitero no actúa mal y está bastante reprimido, aportando alguna que otra mirada cínica, pero a la vez repite aquello que le funcionó en Amor Sin Escalas y otras comedias dramáticas, se encuentra un gran elenco que no recibió elogios en todas las entregas de premios habidas y por haber por las que pasó el film.

    Me refiero a Matthew Lillard, que ha madurado hasta convertirse en un actor sólido, que detrás de la sonrisa de tarado que lo llevó a interpretar a Shaggy demuestra una gran calidez, o la siempre soberbia Judy Greer capaz de pasar de la contención a la reacción exagerada en un instante. O dos veteranos como Beau Bridges, excepcional y mantenido en el tiempo, el hermano mayor de Jeff, mantiene esa expresión bonachona que puede llegar a esconder otras emociones reprimidas o Robert Forster, un brillante actor secundario, que una vez más se destaca en un rol duro y áspero. Me extraña que la Academia de Artes y Ciencias haya obviado esta caracterización de uno de los actores más naturales de la industria estadounidense.

    En cambio, los críticos decidieron adular más a la joven Shailene Woodley, que si bien hace un trabajo específico, sin fisuras tampoco se impone demasiado, ya que atraviesa el film en un mismo estado anímico. En todo caso, es más interesante Nick Krause en el personaje de Sid, el amigo idiota de Alexandra (Woodley), que demuestra tener un poco más de luces que lo que demuestra a primera vista.

    Payne, justamente siempre decide a dar a este tipo de personajes una evolución más interesante que la que aparentan en los primeros minutos, como sucedía con Chris Klein en La Elección o Thomas Haden Church en Entrecopas.

    Los Descendientes tiene otro personaje destacado: Hawai. Al principio de la película, el realizador muestra la otra cara del paraíso, lo cual da una pintura prometedora de lo que podría llegar a ser el film, o sea, una evasión de estereotipos. Sin embargo, durante el desarrollo prefiere enamorarse de las playas y justamente, aquello que parece criticar el personaje de Matt: la imagen que se tiene en el continente (Estados Unidos). Payne termina dando la razón a los estudios y muestra aquello que vende de Hawai: las playas, las camisas, el clima, la banda sonora. Aunque como usa todas canciones tradicionales, el soundtrack es otro elemento relevante de narración. Los temas elegidos acompañan perfectamente cada estado anímico de los personajes. Ni idea si la letra coincidirá en algo.

    Gracias a la fotografía de Phedon Papamichael, y un texto sólido (aun cuando no se entiende el uso de la voz en off del personaje de Clooney que aparece y desaparece arbitrariamente) Alexander Payne construye un film afable, amable, de fórmula, efectista con un buen elenco. Los Descendientes es una obra reflexiva y cándida, pero a la vez pretenciosa, tan sobrevalorada como su realizador y el protagonista.

    La descendencia del cine estadounidense necesita repetirse menos.
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  • Al borde del abismo
    Superando las obstrucciones

    Según dice el mito, lanzar una película en Enero no es lo más adecuado. En Estados Unidos acaba de terminar la temporada de estrenos oscarizables, por lo tanto los primeros títulos que generalmente llegan a la pantalla grandes, son obras descartables que no van por premios, pero tampoco convencen demasiado para ponerle fichas para el “verano”, la época de los grandes tanques comerciales, que es cuando la gente más va al cine.

    Por eso mismo, Al Borde del Abismo no se puede tomar como un título fuerte. Sin embargo, la segunda obra del hijo del mítico Jorgen Leth (el director de El Hombre Perfecto, película con la que jugó Lars Von Trier en Las Cinco Obstrucciones) depara más de una sorpresa.

    Si bien el guión del venezolano Pablo Fenjves no es demasiado novedoso que digamos, el cineasta, acompañado por un buen elenco hacen un producto digno y muy entretenido.

    La historia es simple: un hombre se sube a la cornisa de una ventana del Hotel Roosvelt de Nueva York, provocando gran revuelo en la calle. A través de un flashbacks nos informamos que este hombre, Nick Cassidy (Worthington) en realidad es un policía encerrado durante dos años, por un crimen que no cometió. Aprovechando el funeral de su padre, se pelea con el hermano y termina escapando a lo Richard Kimble, con choque ferroviario y todo. Al subirse en la cornisa, llama la atención de la ciudad y la prensa. Solo pide una cosa: hablar con una detective que no logró salvar a otro policía que se quería tirar del puente de Brooklyn. Pero la historia no termina ahí, porque para probar su inocencia, Nick tiene otro plan que se realiza al mismo tiempo que está llamando la atención en la cornisa.

    No estamos ante una gran novedad, y de hecho, el argumento guarda demasiadas reminiscencias con Robo en las Alturas, estrenada esta misma semana. Acá también, tenemos una venganza relacionada con la crisis financiera del 2008, y el robo de capitales de parte de los accionistas de Wall Street. La mayor diferencia viene en el cómo. Mientras la obra de Rattner, se priorizaba la comedia, el humor y la historia al servicio de un elenco de nombres, acá tenemos a un verdadero gran elenco al servicio de una historia. Y todas las escenas que carecen de verosimilitud (llamémosla verosimilitud hollywoodense) logran mantener la tensión gracias a un excelente uso del suspenso fragmentado. A Hitchcock tampoco le importaba demasiado que las escenas tengan credibilidad, y Leth en ese sentido logra un producto que podría haber filmado por el maestro del suspenso en sus mejores épocas, ya que se dan varias de las características de su cine: el falso culpable demostrando su inocencia, correr contrarreloj, las acciones simultáneas, el juego con el punto de vista de los personajes con la información que posee el público, etc.

    Sí, tenemos diálogos teatralizados, lugares comunes, estereotipos y giros predecibles, pero nuevamente, acá lo que importa es mantener la tensión durante casi dos horas, aguardando por develar, como van a superar nuestro héroes las obstrucciones y lograr su cometido.

    La película tiene una buena cuota de acción, suspenso y comedia en la dupla romántica que componen Jamie Bell y Génesis Rodríguez (la hija del Puma, con un cuerpo escultural), mientras que en el otro lado, tanto Worthington como Banks la aportan verosimilitud a sus personajes, al igual que Anthony Mackie (Vivir al Límite), el compañero policía de Nick, el único que sabe la verdad .

    Hay algunos personajes desdibujados y actores que merecían mejor suerte como la periodista amarillista de Kyra Sedwick, el frustrado detective de Edward Burns o el valet que compone William Sadler. Tanto Ed Harris como Titus Welliver simplemente cumplen con sus ambiguos roles.

    Sin mayor uso de los efectos visuales, que los que necesita, Al Borde del Abismo parece un thriller de los ‘90s: uno del mejor Andrew Davis o Richard Donner. El referente más cercano, acaso debe ser el film de Spike Lee, El Plan Perfecto.

    Pocas pretensiones hacen un buen film; en este caso, la función del Leth es entretener y mantener la cabeza alejada de la realidad. Este Enero 2012, Al Borde del Abismo se sube a la misma cornisa que Robo en las Alturas y Misión Imposible 4 para intentar que el público supere (o incremente) el vértigo cinematográfico.
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  • J. Edgar
    J. Edgar
    A Sala Llena
    Ángeles y Demonios

    Se dice que a veces los perros se parecen a sus dueños. Se dice que un hijo es el reflejo de su padre. Que un invento es creado a imagen y semejanza de su creador. La gran paradoja del último film de Clint Eastwood, no es que se parece a su director, sino al personaje que retrata.

    John Edgar Hoover, es acaso uno de los hombres más polémicos de la historia del siglo XX a nivel mundial, y muy posiblemente fue uno de los más poderosos. Con apenas 24 años de edad, Hoover fue una de las piedras angulares del FBI, y sin lugar a dudas, el emblema que le dio renombre y sobretodo poder a dicha organización. Fue director desde 1935 hasta 1972, y durante su mandato pasaron siete presidentes de Estados Unidos. Pero más allá del legado político que dejó, Hoover tuvo una vida controversial. Se dijo que era homosexual y le gustaba vestirse de mujer, que salía con su asistente personal, Clyde Tolson, pero además tuvo amores con varias estrellas de Hollywood para apagar los rumores. En el medio fueron muy polémicas, las investigaciones que realizaba a los miembros de los partidos demócratas y fue un obstinado perseguidor de comunistas. Racista, antisemita y xenófobo.

    Pero también Hoover, fue el precursor de la policía científica, de la creación de la base de huellas digitales de criminales y miembros de las fuerzas policiales, de la pulcritud a la hora de investigar escenas criminales. Persiguió a gángsters y ladrones de bancos durante la recesión económica, y lideró la investigación acerca del secuestro del hijo del aviador Charles Lindbergh, además de ser promulgador del comité anticomunistas que se dedicó a enjuiciar supuestos miembros del partido rojo en Estados Unidos, que derivó a la lista negra y la cacería de brujas macartiana, terminando con la carrera de muchos artistas de Hollywood.

    Era inminente que se realizará un film sobre alguien tan controversial. O quizás una miniserie. Y Clint Eastwood no pudo resistirse. El resultado es un film ambicioso, contradictorio y tan ambiguo como el personaje al que desea representar.

    Lo que pasa es que Eastwood y Lance Black (guionista de Milk) quisieron agrupar toda la vida de Hoover en apenas un poco más de dos horas… y se queda muy corta. O sea, todo cierra, pero nada queda claro, se dejan varias aristas abiertas, otras quedan supuestas, y da la impresión que estamos ante un trailer, un pantallazo episódico, superficial, de una obra mucho más grande. Gigante quizás.

    No se trata de la típica “biopic”. Tenemos a Edgar setentón, dictando sus memorias: sus inicios en el FBI, la relación con su madre hasta la “resolución” del caso Lingbergh. Estos recuerdos van acompañados por la relación del protagonista con su secretaria, Helen Gandy y su asistente personal, Clyde Tolson. Paulatinamente vemos como se van desnudando sus sentimientos hacia Clyde, pero por otro lado no puede dejar de reprimir su homosexualidad a raiz de las “enseñazas” de su madre. La historia no es lineal y vamos continuamente a los años ’60 y ’70. La relación de Hoover con los Kennedy, Martin Luther King y Richard Nixon (ahí sale a la luz el perfil más republicano de Eastwood). La forma en que los chantajea continuamente en develar sus secretos, ya que tenía grabaciones de ellos secretas, que podían perjudicar sus carreras.

    Es difícil cuestionar los dotes narrativos de Eastwood. De hecho no sería desacertado decir que J. Edgar es el film más dinámico, atrapante y ligero de su carrera, pero también uno de los menos trascendentes y poco profundos.

    Eastwood mantiene la tensión de las redadas policiales como los films de James Cagney, acaso el gran homenajeado, el suspenso de obras recientes como Enemigos Públicos, El Buen Pastor o incluso su propia El Sustituto, pero la emoción está forzada. Escenas de gran impacto como la investigación del caso Lindbergh son sucedidas por escenas teatralizadas de diálogos insostenibles entre Edgar y Clyde. Por momentos, realmente parece que estamos frente a un melodrama de los ’40 o ’50. Son las escenas policiales, las que la acercan a un film de Raoul Walsh o Howard Hawks, las que tienen mayor emoción.

    Se trata de muchas películas en una, pero que respeta el código de cine clásico de los ’30 y ’40. El problema es que la mezcla no sale indemne. El registro de actuación incluso es incómodo. A nivel estructural, el guión guarda demasiadas reminiscencias con el segundo film dirigido por De Niro, pero las escenas de espionaje son seguidas por el melodrama de Douglas Sirk, pero con poca sutileza. La voz en off de Hoover termina siendo contraproducente. Demasiado redundante y parece que se incorpora para rellenar todos aquellos baches narrativos que no se pudieron ver en pantalla.

    La denuncia se queda a mitad de camino. Es como dar el palito del dulce, pero no el dulce en sí, y además Eastwood parece tímido en la forma en que desarrolla la relación homosexual entre Tolson y el protagonista. Conservador, reprimido. Como el personaje en sí.

    Cuando desarrolla el secuestro del bebé de Lindbergh aparece lo mejor del cineasta de El Sustituto. Sin embargo, no queda clara su resolución. La justificación que pone es que se narra desde el punto de vista del protagonista, pero eso solo queda claro cuando Tolson le refriega las mentiras que Hoover se hizo a él mismo.

    No es que Eastwood esté perdiendo las mañas como cineasta, solo que el proyecto en su ambición, se le fue de las manos a nivel narrativo. El Hoover de Eastwood intenta parecerse (incluso por caracterización) al Charles Foster Kane de Orson Welles, pero la falta de criterio para limitar el campo de acción del personaje es lo que juega en contra.

    Cinematográficamente hablando, casa aspecto técnico es soberbio: la reconstrucción de época, la fotografía notable de Tom Stern y el montaje de Joel Cox, ambos colaboradores habituales. La banda sonora a cargo del mismo director es nuevamente un lujo, y lleva más su firma, que el film en calidad de realizador / autor.

    Leonardo Di Caprio está a la altura del personaje, y se destaca en varios momentos, aunque también recuerda un poco al poderoso Howard Hughes de El Aviador de Scorsese, o al protagonista de La Isla Siniestra. Eastwood lo guía a un código actoral de la vieja escuela. Lo mismo sucede con Armie Hammer, en un rol más destacado que en Red Social, que auspicia un gran futuro para el joven intérprete. Naomi Watts, con un perfil más bajo y austero que de costumbre se destaca con un personaje demasiado chico para una actriz tan talentosa, y la gran Judi Dench tiene varias escenas donde roba la pantalla, con una mirada o solo un parpadeo.

    Pero sin dudas, Di Caprio carga el film sobre los hombros imitando la voz, el tartamudeo, la postura y forma de caminar del uno de los hombres más poderosos de la historia. El maquillaje es una de la ramas más controversiales. Si bien, es interesante el envejecimiento de los personajes de Hoover, Gandy y Robert Kennedy, es demasiado exagerado en el viejo Tolson y sobretodo en un Richard Nixon bastante ridículo.

    Obra de luces y sombras como el personaje que decide retratar, J. Edgar es un film interesante y atrapante, pero desmedido, que rebalsa temas e intenciones a la hora de reconstruir a uno de los hombres que marcaron la historia política y policial del Siglo XX.

    Como seguidor de Eastwood me cuesta admitir que sus dos últimas obras, (esta y Más Allá de la Vida, que a comparación termina siendo bastante superior), estén por debajo del nivel que venía mostrando en los últimos diez años. Sin embargo, con Clint, nunca se sabe. Posiblemente, su próxima película sea otra obra maestra.
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  • Secretos de estado
    Secretos de estado
    A Sala Llena
    Nos siguen tomando por tontos

    “ Conozcan al Nuevo Jefe. Es Igual al Viejo Jefe” - The Who

    Los gobiernos pasan, pero los que están atrás quedan. Se sabe que un gobernante no sube solo al poder. Más allá de los ministros y asesores, atrás de los gobernantes siempre están los jefes de campaña. En tiempos de elecciones, ese es el otro frente de batalla.

    Esta cuarta obra dirigida George Clooney confirma la tendencia de actores que apoyan el partido demócrata y su necesidad de hacer política a través del cine. Secretos de Estado, se inscribe en la línea de thriller político con humor negro, cínico y satírico que Tim Robbins registró en su primer película, Ciudadano Bob Roberts, o Warren Beatty realizó en 1998 con Bulworth. Ambas son obras injustamente olvidadas, donde los intérpretes analizan las ambigüedades del poder y los ideales en los Estados Unidos.

    Hay otros ejemplos similares, como Mentiras que Matan (Wag the Dog) de Barry Levinson, y más atrás, El Candidato, épico film con Robert Redford, otro actor devenido en director, que siempre necesita meter bocado político en sus obras (ejemplo de ello, Leones por Corderos).

    En Secretos de Estado, Clooney emula el argumento de Colores Primarios, film de 1998 dirigido por Mike Nicholls, que prometía ser una crítica dura al gobierno de Clinton, y se quedaba a mitad de camino entre el drama y la comeda.

    El problema con Secretos… es que si se hubiese estrenado antes que Colores… habría pasado a la historia, pero en cambio, al llegar casi 15 años después, termina siendo un film que atrasa y pierde fuerza.

    Es sabido que Clooney apoya públicamente Barack Obama y al partido demócrata. Los discursos de su personaje, Mike Morris son perfectos. El gobernador, candidato a presidente, que él mismo interpreta, apoya el aborto, el matrimonio homosexual, se opone a hablar de religión en los discursos, está en contra de la guerra, de la búsqueda de petróleo… En fin, es un liberal de la primera hora, buen esposo, buen padre. Un candidato ideal… O casi.

    Pero el protagonista de Secretos, no es Morris, sino uno de sus jefes de campaña, Stephen (Gosling), que admira a su jefe y defiende sus ideales, a pesar de que en el entorno todos le dicen, para hablar mal y pronto, que es la misma mierda de siempre. Stephen no lo cree, hasta que la realidad lo golpea en la cara, y todo su mundo perfecto se da vuelta.

    El guión escrito por el propio Clooney y su habitual colaborador, Grant Heslov es dinámico, los diálogos son inteligentes y verosímiles, todos los personajes tienen dos caras. No hay héroes. Solo hombres corrompidos por el poder. A nivel de puesta en escena es excepcional. Si bien, no tiene el riesgo o la inspiración estética de otras obras de Clooney como Buenas Noches, Buena Suerte o Confesiones de una Mente Peligrosa, hay que destacar la magnífica fotografía fría y claroscura de Phedon Papamichael, habitual colaborador de James Mangold. Hay primeros planos realmente muy bellos, donde aprovecha la expresividad de sus intérpretes, e incluso de él mismo, con una luz baja, pero nítida al mismo tiempo, dándole un equilibrio entre la oscuridad y la claridad que plantea el film.

    La inteligencia de la estructura dramática, proporciona un guión que funciona como bola de nieve, donde la caída de un personaje trae como consecuencia la caída de otro, de forma evolutiva.

    La banda de sonido de Alexandre Desplat proporciona un nivel tensión increscente. Ryan Gosling, como protagonista absoluto es inmenso. El joven actor de 30 años, está pasando por un momento brillante de su carrera, y la forma en que maneja la dicotomía del personaje, cómo pasa de ser un jefe de campaña entusiasta, creyente, inocente a descubrir su lado oscuro, no se da de manera abrupta, sino prácticamente fluida, liviana, natural. Todo esto gracias al carisma y talento de Gosling.

    El resto del elenco encabezado por Seymour Hoffman, Giamatti, Tomei, Wright y Evan Rachel Wood es sólido, aun cuando interpretan personajes muy parecidos a otros encarados en el pasado. Especialmente Seymour Hoffman. Claro, que todos se destacan y el propio Clooney tiene escenas donde se luce con su austeridad.

    El problema del film es que no resulta ni novedoso ni sorpresivo. Al haber visto todos los films que enumeré en el primer párrafo, además de City Hall (film de Harold Becker con Pacino y Cusak, que iba por el mismo lado), Secretos de Estado, peca de inocente. A pesar de sus méritos en puesta en escena y narrativa, la historia no es demasiado atrapante. Ya está vista. Es un deja vu. Cuando se van sucediendo los infortunios en el camino del personaje de Stephen, no es difícil preveer lo que va a pasar o cuál va a ser la carta que el mismo va a usar para salirse con la suya… Y cuando eso sucede, no hay marcha atrás. El film está corrompido y se convierte en lo que critica: una película política más, que en unos años se va a confundir con otras películas políticas.

    Se trata de un traspié en la sórdida carrera de Clooney como realizador. Quizás le sirva para iniciar su propia campaña política en el Partido Demócrata, al cuál parece defender a pesar de la hipocresía que menciona en el film.

    Casi pareciera decir: “el partido demócrata tiene un gran discurso, pero de vez en cuando tenemos un desliz”. Una lástima que el desliz no sea político en este caso, porque sino la crítica sería mucho más interesante.

    Nadie es perfecto. Ni siquiera George Clooney.
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  • La chica del dragón tatuado
    La canción del inmigrante

    El poder de la mirada. ¿Cuántas miradas existen en el mundo? ¿Cómo puede cambiar un producto según la perspectiva de un ojo y según la de otro? ¿Cómo es posible que dos películas prácticamente iguales narrativamente sean tan diferentes, según quien tome la posta de la dirección…
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  • El extraño Sr. Horten
    Trenes Rigurosamente Vigilados

    “Pueden venir cuantos quieran
    Que serán tratados bien
    Los que estén en el camino
    Bienvenidos al tren”

    Para cruzar una barrera a veces hay que dar un gran salto. No importa la edad, no existen límites ni impedimentos geográficos para llegar a otro lado. Hay que animarse a seguir adelante, seguir viviendo.

    Odd Horten es ingeniero ferroviario y trabajo 40 años manejando locomotoras en Oslo. Ahora tiene 67 años, se tiene que jubilar y está completamente solo. Extraña los trenes, es testigo de situaciones que lo superan. Su madre fue esquiadora profesional, pero él siempre tuvo miedo de esquiar.

    Básicamente esta es la premisa del nuevo film del director de Kitchen Stories, una galardonada comedia que tuvo un interesante recorrido por varios festivales, y de Factotum, la adaptación de un cuento de Charles Bukowsky protagonizado por Matt Dillon, Marisa Tomei y Lilly Taylor. Esta vez, Bent Hamer regresa a su tierra natal para mostrarnos en tono agridulce la historia de un hombre solitario rodeado de otros seres solitarios.

    Hamer encara esta comedia bastante impredecible con un tono similar al de Aki Kaurismaki: planos fijos amplios con personajes que no son el foco de atención. Horten se pierde por diversas partes, a veces cuesta encontrarlo. Todos los sitios por donde deambula se relacionan con medios de transporte: botes, micros, autos, aeropuertos. Pero su amor son los trenes.

    Uno puede ver la silueta o escuchar el pitido de un tren en cada escena de la película, aunque sea de fondo, porque la visión de Hamer no se aparta ni un momento de la cabeza de su protagonista. Horten se va encontrando con diferentes personajes que de alguna forma, lo ayudarán a superar sus temores.

    Hamer apela a un humor melancólico, frío y seco. Por momentos recuerda la austeridad del protagonista recuerda un poco a la seriedad de Buster Keaton, pero no hay que olvidarse que se relaciona mucho con el humor típico de los países escandinavos.

    La puesta en escena está cuidada. Los planos son simétricos, meticulosos. La fotografía de John Christian Rosenlund es hermosa, contrastando tonos pasteles y rojizos con la blancura de la nieve que tapa toda la ciudad.

    La interpretación de Baar Owe, actor veterano que trabajó con Carl T. Dreyer en Gertrud, es austera pero brillante. Una expresión lánguida que recuerda al rostro de Vincent Price combina con una sonrisa benevolenta, y la austeridad del personaje se complementa con su inocencia y calidez. Expresivo, naturalista, humilde, Owe es la gran revelación de la película, junto con Espen Skjonberg, otro veterano que a pesar de estar poco tiempo delante de cámaras, compone un personaje estrafalario y muy original.

    La banda sonora de Kaada y el diseño sonoro de Petter Fladeby se juntan para hacer una armoniosa compañía musical a las poéticas imágenes nórdicas.

    El Extraño Horten, es una obra sin pretensiones. Divierte con sutileza, un humor sencillo, directo, que no molesta a nadie. Una metáfora acerca de las consecuencias de la soledad, pero que no pretende dar moralina, porque la enseñanza está implícita desde la primer escena.

    Hamer va saliéndose paulatinamente de la vía, y toma la rampa, creando un relato que va in crescendo en ritmo y sorpresas.

    Cuando la película podría caer en un tono más sentimentaloide, lacrimógeno o dramático, el director se da cuenta y corta, pasando a otra escena que recobra el humor original.

    Horten recuerda un poco a una de las más maravillosas obras de Akira Kurosawa, Vivir, donde su protagonista descubre, que nunca es tarde para empezar a disfrutar la vida y hacer cosas. En el caso del protagonista pasa algo similar.

    Placentera; cálida, (a pesar del gélido clima) y divertida a fin de cuentas.
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  • Sherlock Holmes: Juego de sombras
    Cuestión de lógica

    Ya lo dije hace dos años. Soy seguidor confeso de las aventuras de Sherlock Holmes escritas por Arthur Conan Doyle, y admirador de la estética que Guy Ritchie aplicó a la primera adaptación cinematográfica mainstream que tuvo el personaje en varias décadas.
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  • Historias cruzadas
    Historias cruzadas
    A Sala Llena
    La Misma Canción del Sur

    Es muy probable que Margaret Mitchell estaría orgullosa de Historias Cruzadas. Su influencia literaria sigue estando presente en Mississippi. Mitchell, fue la precursora de la Gran novela sureña estadounidense. Aquella donde los grandes hacendados sureños hacían autocrítica, reconocían sus errores frente a la esclavitud y admitían culpas, para quedar como los buenos niñitos blancos arrepentidos por sus prejuicios raciales y sociales. Inescrupulosas víctimas de un sistema escrito en los tiempos del imperialismo británico.
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  • Los Muppets
    Los Muppets
    A Sala Llena
    That’s 70s Show

    A lo hora de llevar a sus hijos para ver Los Muppets, debe estar advertido. Esta película es apta para todo público, pero solamente aquellos niños mayores de 30 años van reírse y entender la esencia de la obra...
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  • 50/50
    50/50
    A Sala Llena
    Yo soy tu amigo fiel…

    Si Ud. es virgen, le diagnostican cáncer, ha perdido a su familia, queda embarazada o busca aventuras en el área 51, debe llamar a Seth Rogen, para que sea su amigo, su compañero de aventuras, o le consiga, al menos una pareja para tener sexo.
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  • Misión Imposible 4: Protocolo Fantasma
    Dos Potencias se Saludan

    Antecedentes

    La unión hace la fuerza. Cada generación renueva a la anterior. En los años ’70, directores como Spielberg, Scorsese o Coppola vinieron a agarrar la posta. El puesto vacante que dejaron Ford, Kazán o Hawks, por nombrar algunos ejemplos.
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  • Las aventuras de Tintín
    Querido Hergé

    Cuando tenía 10 u 11 años me acerqué a tu personaje más emblemático a través de una serie animada francesa, que la cadena HBO emitía periódicamente cuando todavía no había que pagar un peso de más para disfrutar su programación. Habré visto 3 o 4 episodios, los suficientes para encantarme con la adrenalina, el misterio y la diversión de este joven personaje, que junto a su perro resolvían crímenes. Algo de Sherlock Holmes, algo de Hércules Poirot y el espíritu de los seriales de los años ’30 en los que se inspiró Steven Spielberg a la hora de crear Indiana Jones.
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  • Norberto apenas tarde
    Debut en el largometraje del actor fetiche de Daniel Burman, Norberto es una comedia dramática bastante lograda acerca de un hombre, que descubre (apenas tarde) que para ser feliz debe cambiar de vida: dejar su trabajo, dejar su casa, dejar a su esposa, dejar su auto...
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  • Un zoológico en casa
    Cursilería al Palo

    Lo voy a decir sin tapujos. Si hay un director que considero sobrevaloradísimos en el cine contemporáneo, ese es Cameron Crowe. Sigo sin entender que le ven a Jerry Maguire. Película aburrida, monótona, interminable, con pésimas interpretaciones (solo se salva Bonnie Hunt en mi humilde opinión). No me gusta el guión, me parece cursi, demasiado sentimental, y que finalmente no hace más que confirmar que la única manera de ser feliz es tener dinero y estar con una rubia de ojos claros. ¡El sueño americano es posible en las películas de Cameron Crowe!...
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  • La cueva de los sueños olvidados
    Antropología Cinematográfica

    Desde sus primeras obras, Werner Herzog siempre se ha fascinado por indagar e investigar en la relación del hombre y su naturaleza. Naturaleza externa e interna. Herzog lleva a sus personajes a estados extremos de desconfianza y alienamiento para que se descubran a ellos mismos como salvajes en medio del ambiente natural. Herzog se ha internado en selvas, bosques, desiertos, glaciares, y ya sea usando formato documental o ficción ha retratado los sueños e impulsos del ser humano en un contexto primitivo.
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  • Canciones de amor
    Canciones de amor
    A Sala Llena
    Las influencias de la Nouvelle Vague siguen presentes en el cine contemporáneo. Aunque se trate de un musical, en apariencia convencional. Con esto no digo, que Las Canciones de Amor sea una película que esté a la altura de cualquier obra filmada por Godard, Truffaut o Rohmer. Pero si es verdad, que se respira un aire de homenaje, de traspasar la barrera de la verosimilitud, de la puesta en escena...
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  • El juego de la fortuna
    No todo es deporte

    Honestamente, mientras veía El Juego de la Fortuna, no podía desasociar lo que le sucede a los Atletics de Oakland, de lo que es el presente de varios clubes de fútbol locales, algunos bastante grandes a comparación, pero que viven situaciones similares.
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  • A quién llamarías
    Número Equivocado

    Viendo películas tan “encriptadas” como A Quien Llamarías, me pregunto si los argentinos filmamos por necesidad de contar historias, o transmitir una necesidad artística o simplemente hacer catarsis. Viendo películas como A Quien Llamarías se me ocurre que no es tan dificil conseguir financiación para filmar, ganar concursos de guiones, realizar un film.
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  • Operación regalo
    Operación regalo
    A Sala Llena
    Negocio de Familia

    La animación está atravesando un momento inspirador. Las nuevas tecnologías permiten que la imaginación sea el único límite posible. Y es un placer encontrar tanta competencia en la materia. Todos los estudios quieren hacer su película de animación, al mismo tiempo que el gran Hayao Miyazaki sigue brindando obras poéticas y hermosas. ¿Quién puede competir acaso con el gran maestro japonés?...
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  • Las acacias
    Las acacias
    A Sala Llena
    El Secreto de sus Ojos

    Es cierto, festival por donde pasa, festival donde triunfa. La cuestión es que a simple vista, o con una primera mirada, mejor dicho, es difícil entender como una historia tan minimalista o cotidiana, despierta tanto interés y aprehensión...
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  • Antes del estreno
    Antes del estreno
    A Sala Llena
    Decir que Giralt se inspiró en Opening Night de John Cassavetes para crear Antes del Estreno es prácticamente redundante. Justamente todo lo que une al film con el original de 1978 con Gena Rowlads es lo mejor de la obra.

    Nuevamente acá tenemos a una actriz en crisis. Está por estrenar una obra de teatro, pero sueña con ser dirigida por el marido, un introvertido director de cine, halagado por los críticos, pero cuyo egoísmo lo llevó a convertirse en una persona ermitaña. Ambos tienen una hija que también tiene dotes actorales. El problema es que también (y como sucedía en la película original) los dos son alcóholicos...
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  • La piel que habito
    La piel que habito
    A Sala Llena
    ¡Átame, Matador!

    A veces uno pierde la esperanza cuando entra a una sala cinematográfica. La mayoría de los directores se están olvidando de filmar. Graban. Es cierto, que muchos de ellos, hacen cosas increíbles con el material digital (Sokurov, Lynch), pero después no se sale de la media, de aprovechar la reducción de costos y el avance tecnológico para pensar en función de efectos especiales y el 3D. Pero todavía existen realizadores de vieja escuela que siguen imponiendo personalidad, autoridad, cinefilia y aprovechan el 35 mm para lograr maravillas que solamente se pueden apreciar en una sala, en pantalla gigante.
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  • Un rey para la Patagonia
    Volver a La Película del Rey

    La ópera prima de Lucas Turturro es una película dentro de otra película de la que ya se había hecho, además una película ficcionalizada.
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  • Aquel martes después de Navidad
    Lo mejor del cine rumano es la manera en que logra crear dramas humanos con naturalidad y sequedad, apelando a emociones genuinas que al contrario que el teatro, la literatura o el cine más occidental, van apareciendo gradualmente y no de forma grotescamente espontánea.

    Aun, cuando a veces hacen hincapié en situaciones que se entienden mejor conociendo el pasado y presente del contexto socio político de Rumania, uno se identifica completamente con sus personajes, protagonistas que respiran, transmiten tranquilidad aunque no la tienen, y reflexionan sobre la marcha de los acontecimientos, aun cuando sean concientes que están cometiendo un error en las decisiones de vida.

    En Aquel Martes, Después de Navidad vemos a una típica familia de clase media acomodada de Bucarest. Paul parece tener su vida controlada: esposa e hija devotas y una amante que no le pide que las abandone.

    Sin embargo, los sentimientos son algo imprevisibles. Y cuando no se tiene en cuenta lo imprevisible suceden los conflictos.

    Muntean utiliza con inteligencia los planos fijos y planos secuencia que abundan en la película. No es inusual ver en el cine rumano el abuso de escenas armadas en esta forma, pero sí es cierto, que el tiempo se pasa volando dentro del mismo plano. No hay necesidad de cortes, por que las actuaciones contienen un naturalismo y una empatía que inusualmente se ve en el cine comercial de estas latitudes, así como los diálogos son tan dinámicos que uno no se da cuenta, que los personajes han estado en la misma posición durante más de diez minutos.

    Un conflicto tan universal como la infidelidad y la separación de una familia, es resuelto de forma adulta (aun cuando el comportamiento del protagonista sea un poco infantil) que cuesta creer hoy en día, que se puedan resolver problemas de esta forma en el mundo real, ya que últimamente nuestros comportamientos son más sobreactuados de lo que deberían ser porque imitamos más a las películas (palabras de Román Gubern).

    Entre la cotidianeidad y el profesionalismo técnico e interpretativo, Aquel Martes, Después de Navidad es una propuesta inteligente y reflexiva, que más allá de que el conflicto no sea agradable y se generen situaciones tensionantes tan originales como sutilmente maravillosas y creíbles en su concepción, termina dejando un sabor dulce en la boca del espectador. Sabor a esperanza de que los conflictos se pueden resolver pacíficamente y también sabor confortable en el cinéfilo, que puede atestiguar, que desde Europa siguen viniendo productos que siguen sorprendiendo por su minimalismo visual e inteligencia cinematográfica/artística. Una película ideal para ver estas navidades.
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  • Medianeras
    Medianeras
    A Sala Llena
    ¡Que agradable sorpresa! Hace cinco años, cuando vi por primera vez, el mediometraje Medianeras, la pasé bien, pero la ampliación a largometraje de la idea de Taretto me tenía un poco preocupado.

    Sin embargo, el resultado final, no solamente es satisfactorio sino que además, quizás sea la película más agradable del BAFICI, y no estaría muy lejos de afirmar que es el mejor film argentino con intenciones comerciales que he visto en años. Probablemente no sentía esto, desde Nueve Reinas.

    ¿Demasiado? Para nada. La concepción de Medianeras no es la típica de las películas argentinas. Estructuralmente hablando está concebido como una clásica comedia romántica estadounidense. Si extrañan las buenas obras que hacía a fines de los ’80 y principios de los ’90, Rob Reiner, Nora Ephron o Woody Allen, acá llega Taretto para refrescarnos la cabeza con una película que no parece haber sido filmada acá, pero que por otro lado parece una declaración de amor a la Ciudad de Buenos Aires.

    Dos personajes solitarios, herméticos, ermitaños, jóvenes viejos que buscan el amor de su vida, Mariana y Martín, encerrados en sus departamentos, unidos por medianeras. Las desilusiones amorosas en una ciudad cosmopolita.

    Acá no van a ver cine social, ni pobreza, ni robos. Se trata de una Buenos Aires burguesa, demasiado europea para ser real… e irónicamente así es. Porque Medianeras tiene como protagonista a la Ciudad y su arquitectura, sus edificios y sobretodo su gente.

    Una película rica en ideas, matices, donde la iluminación, el montaje, el diseño de arte demuestran una basta creatividad. Y es taaaan agradable además, tan contagiosa, empática. Sus personajes son tan patéticos como atractivos y queribles. Taretto juega con hacer guiños constantes con el espectador.

    Es cierto que no va con el espíritu “Indie” del BAFICI, pero también es verdad que sirve como trampolín al éxito, al boca en boca. Y no me quiero adelantar, pero con un boca en boca adecuado, este film podría tratarse del gran éxito del año, de nuestro representante en los Oscars 2012.

    Las actuaciones de los “desconocidos” Pilar López de Ayala y sobretodo Javier Drolas son sutiles, magníficas. La elección de poner protagonistas no demasiado glamorosos es jugada pero efectiva en el contexto del film. Antihéroes perfectos rodeados por un elenco de grandes figuras del cine y la televisión (no voy a quemar las sorpresas). El relato en off por momentos es redundante, pero está aplicado a la estética elegida, que adopta un tono a lo Manhattan, acaso principal referencia cinematográfica, con algunas cosas del mejor Burman, el de El Abrazo Partido y Derechos de Familia.

    Realmente deseo que a este film le vaya muy bien en la taquilla, porque ahí apunta. Se nota mucho esfuerzo detrás y sería una lástima que críticos malintencionados, prejuiciosos banalicen su estreno comercial.

    No hay rama artística ni aspecto comercial en que el film no funcione. Es probable que sea demasiado pensada, previsible a nivel estructural, obvia en los elementos narrativos, pero a veces es necesario. No molesta eso en Medianeras. El mayor problema que tiene es que es muy corta. Es tan bueno el ritmo, tan dinámica, tan cálido en su frialdad, que uno desea que no termine. No cansa seguir viendo el deambular de los personajes. Pero bueno, habrá que esperar a la secuela, o al próximo film de Taretto.
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  • El extraño caso de Angélica
    A los 100 años, de Oliveira nos da una nueva demostración que no hay edad para la inspiración. Divertida e irónica, fábula con elementos oníricos y surrealistas, efectos digitales, además de una crítica a las rutinas y supersticiones que tienen los habitantes de pueblo.

    Una reflexión sobre como la gente cobra vida en el interior del arte. El protagonista de esta obra, un fotógrafo, vive rodeados de muertos vivos, pero cuando ve Angélica su mundo cambia, en realidad ésta solo cobra vida en el interior de la cámara. Al protagonista esta relación no le gusta nada. La joven fallecida llega a sus “sueños” en forma de espíritu y lo enloquece.

    De Oliveira se toma su tiempo para construir los planos y no hacer cualquier cosa. Encuadres perfectos, llenos de profundidad y proporción aurea. Posándose en la geografía de la ciudad portuguesa.

    Hablar mucho más le va a quitar la magia y sorpresa a esta clase magistral de cine. Más allá de cierta lentitud en la forma en que avanza la trama, es una película simpática, de interpretaciones irregulares, que valoriza la importancia de las legendarias cámaras de fotos: una fuerte crítica al cine, al mismo tiempo. La foto es eterna. Uno ve El Extraño Caso... y no recuerdo la génesis cinematográfica, sus patriarcas más experimentales como los Lumiere o Meliés. Para ellos está hecha la película.

    Absurdo, romance, drama. No le falta nada más a este cocktail majestuoso del director más innovador de los últimos tiempos.
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  • Vaquero
    Vaquero
    A Sala Llena
    Un actor soberbio, creído, celoso, cansado de ser secundón, de estar en un segundo plano, de ser obviado por el público, soltero, solitario, ávido de sexo, tiene la posibilidad de participar en un western que va a dirigir un estadounidense en nuestras Pampas.

    Minujin debuta como realizador es esta comedia negra, con momentos bastante inspirados y humor efectivo. Una crítica a la mordaz competencia del rubro interpretativo y a la egocentría de los actores por querer mostrarse siempre. No solamente hay buenas ideas en la narración y la dirección (gran trabajo estético fotográfico de Lucio Bonelli), sino que además Minujin, logra una interpretación austera y verosímil. Pequeños roles secundarios de importantes actores como Guillermo Arengo y Leonardo Sbaraglia aportan solvencia al film. El uso de la voz en off en principio es uno de los elementos mas destacados, pero lamentablemente queda este recurso olvidado en el camino y podría haberlo aprovechado mejor. También, el final podría haber sido apenas un poco mejor desarrollado. Sin embargo, se trata de una opera prima destacable, un simpático film que sirvió de apertura de esta 13 Edición, y dejo en el olvido al ambiguo trabajo que Rafael Fillipelli presento en el 2010.
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  • Damas en guerra
    Damas en guerra
    A Sala Llena
    Ensayo sobre la Soledad II

    Hace un mes atrás decía que me había impresionado mucho la interpretación de Lesley Manville en Un Año Más de Mike Leigh y la mirada que tenía el director acerca de la soledad femenina, cuando llegan a los cuarenta. Salvando distancias visuales (Paul Feig no aporta una sola idea cinematográfica, lo cuál contrasta con el poder de sugestión y sutileza de Leigh),e intenciones sobre la forma en la que Judd Apatow, productor, trata de vender Damas en Guerra, es muy interesante la mirada que Kristen Wigg, en su calidad de intérprete, guionista y co productora tiene sobre el mismo tema, en la sociedad estadounidense.

    Hace tiempo vengo siguiendo a la actriz de Saturday Night Live, sucesora natural de Tina Fey acaso, por su versatilidad creativa, pero menos cínica y depresiva. De hecho, lo que hace más interesante a Wigg que Fey es que esta última no puede salir de un personaje. Siempre estuvo atada a un estereotipo creado para sí misma, mientras que Wigg tiene mayores facetas, que le permiten tener niveles de comicidad diversos, lleno de matices. Además posee un talento mucho más natural y verosímil a la hora de afrontar desafíos dramáticos. En este momento podemos disfrutar en cartel toda su versatilidad en la comedia Paul.

    Pero esta vez, al ponerse al hombro toda una película la responsabilidad se duplica y si la misma realmente logra mantener el interés durante las alargadas dos horas, es porque Wigg es tremenda.

    Si bien comparte similitudes con obras como Virgen a los 40, del propio Apatow, que a través del humor burdo, y situaciones surrealistas, el director podía ahondar en la soledad masculina en los 40, Wigg no construye un guión contrastado (la película tenía una hora muy divertida y otra muy dramática), acá el código es mucho más equilibrado. La película es una especie de montaña rusa entre momentos patéticos y absurdos hilarantes, con otros realmente depresivos. Este contraste permite que la obra sea más original. Uno de los pocos logros de Feig como director es no haber puesto música de fondo para en varias escenas humorísticas para resaltar el efecto. Los gags tiene elementos básicos, Keatonianos (el principio) y otros televisivos (los sketchs en la Casa de Novias o en el avión). Feig no se da con mucha imaginación para filmar escenas sexuales de forma sensual. Es un poco deprimente ver relaciones con los intérpretes vestidos como en una sit com.

    Más allá de eso, es verdad que hay momentos muy buenos e inteligentes y sobretodo un elenco muy sólido encabezado por supuesto por Wigg, Maya Rudolph (espero que su boda con Paul Thomas Anderson no haya sido así) y Melissa Mc Carhy. Una lastima ver a la gran Jill Clayburgh en un rol menor (fue el último, ya que falleció en noviembre del 2010). También se destaca Chris O’ Dowd, el gran protagonista de la serie inglesa The It Crowd. Rose Byrne, por otro lado resulta un poco más simpática en comedia que en drama (tratando de olvidar su personaje de X Men: Orígenes).

    Gracias a ingenio, buenos diálogos y la inteligencia para convertir la crisis interna y económica (infiltrada sutil, pero astutamente) en humor, Kristen Wigg sorprende como escritora. Damas en Guerra resulta una interesante crítica a las mujeres y costumbres estadounidense, pero también hacia la misoginia y la discriminación sexual.

    Se puede decir que hay algo de ¿Qué Pasó Ayer? y especialmente Despedida de Soltero, pero detrás del humor, se esconde la misma incertidumbre que Un Año Más: “Estoy sola, tengo 40 años y trabajo en un lugar que no me gusta. ¿Qué hago?”

    Wigg pone la otra mejilla y responde positivamente, con esperanza, valorando el significado de la amistad y creyendo que el cambio es posible. Básicamente, el sueño americano.
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  • Paul
    Paul
    A Sala Llena
    Carta de Amor para Nerds

    Lo admito, soy nerd. No lo puedo reprimir más. Amo la ciencia ficción y los detalles bizarros. Estoy cansado de que los nerds seamos vistos solamente como bichos raros en las películas. Tenemos nuestra dignidad. Por eso, Paul fue escrita para nosotros.

    El dúo británico conformado por Nick Frost y Simon Pegg se está convirtiendo en lo que algún momento fueron Laurel y Hardy o Abbott y Costello. Más allá de sus complexiones físicas, ambos conforman una pareja única, maravillosa, que con el correr de los años se consolida como una de las fórmulas humorísticas más efectivas que ha dado la televisión y el cine.

    Si bien en Argentina aun son desconocidos (tanto Muertos de Risa como Arma Fatal se conocieron directamente en DVD, y la serie Spaced nunca se emitió) en Inglaterra y Estados Unidos (aun un poco menos) ya encontraron su lugar, su fama.

    Escrita por ambos, pero dirigida por Greg Mottola (Adventureland, Supercool) la película narra las aventuras de Clive (Frost), un escritor de historietas de ciencia ficción y Graeme (Pegg), su dibujante y mejor amigo. Ambos juegan el rol del estereotipo nerd. Amantes de la ciencia ficción, cumplen su sueño de asistir a una Comic Con y posteriormente alquilan una casa rodante con la cual planean hacer el recorrido turístico “extraterrestre”: llegar al famoso Área 51, el “buzón negro”, etc. Sin embargo, cuando un auto se estrella delante de ellos, se encontrarán con Paul, un alienígena que ha vivido demasiado tiempo entre los terrícolas, y que ha aprendido el idioma y todas las costumbres hasta convertirse en un estadounidense más. Paul se ha escapado del Área 51, donde daba asesoramiento de varios tipos (la película tiene el flashback más divertido e injustificado que recuerde) y ahora planea… volver a casa. Con la ayuda de Clive y Graeme será posible. Sin embargo serán perseguidos por el FBI y el padre evangelista de la gerente de un camping, a quien secuestran en el camino (Kristen Wigg).

    Sin demasiadas pretensiones estéticas, Mottola lleva adelante una película posiblemente poco personal (aunque la amistad es un tema preponderante de la historia y de su filmografía), pero sin duda la más divertida y sólida de su carrera. El guión de Frost/Pegg es perfecto en cada aspecto narrativo. Los personajes son inmensos, ricos en matices, esquivan el lugar común, aun cuando deben interpretar estereotipos. Pero el mejor de todos es sin dudas, Paul. Generado por CGI y Caption Motion, se trata de un extraterrestre más humano que cualquier actor. No solamente el diseño e interacción resultan más verosímiles que los acostumbrados efectos especiales de los grandes tanques hollywoodenses, sino que con la voz de Seth Rogen, logra conmover un comportamiento tan natural y palpable de parte de una personaje creado por computadora. Esto no debe sorprender. Los personajes de Pixar son tan creíbles como Paul. Y si se le puede criticar algo, aunque sea muy pequeño a la película de Mottola, es que adquiere tanto protagonismo que opaca a todo el excelente elenco que tiene detrás, especialmente a Frost y Pegg. Cuando Clive y Graeme están solos, se extraña la presencia del extraterrestre.

    Más allá de Rogen, es indudable el talento de ambos para generar humor constantemente y al mismo tiempo, resultar creíbles en sus comportamientos. No hablo de una caricaturización de los nerds, sino de una comprensión y empatía hacia los personajes. Como si se estuviesen interpretando a ellos mismos. Igualmente hay un gran elenco atrás encabezado por Bateman y Wigg, seguido Bill Hader, John Carroll Lynch y varios cameos que no vale la pena develar.

    Lo cierto es que el trío Mottola/Frost/Pegg apunta directamente al ojo cinéfilo. Abundan citas a frases célebres, canciones, personajes e intérpretes de films de culto de ciencia ficción de los últimos 30 años. Desde La Guerra de las Galaxias hasta la saga Indiana Jones, pasando por E.T. Encuentros Cercanos del Tercer Tipo, Volver al Futuro, Alien, y la serie Viaje a las Estrellas (original). Incluso, como dichas citas no quedan explícitas hay varios momentos particulares que permanecen incomprensibles para los que no hayan visto estos films.

    Si en Super 8, J.J. Abrams (muy buen amigo de Pegg, vale aclarar) le rinde tributo a Spielbeg, en Paul, los guionistas le levantan un monumento y se dan el lujo de involucrarlo en la trama. Son dos films que sin la presencia omnipresente de Spielberg, no se hubiesen realizado.

    A diferencia de sus anteriores obras, Mottola no recurre (aunque hubiese podido) a golpes de efecto sentimentaloides. Paul es humor puro de principio a fin, coherente, sutil, zarpado, cinematográfico. Mottola utiliza efectos visuales con discreción y siempre a disposición de la historia de amistad que desea pregonar.

    Hay lugar para la sátira política y religiosa, pero tampoco se regodea en ello.

    Un festín para nerds, cinéfilos, fanáticos de Spielberg, de Pegg y Frost, y sobretodo de la ciencia ficción, Paul es una comedia espectacular sin demasiadas pretensiones; una buddy movie, una road movie, una sátira honesta pero respetuosa, a los films con los que nos criamos, aquellos que rondamos los 30. Una obra redonda, tan genial, que parece haber sido concebida por extraterrestres… para un público netamente nerd como yo.
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  • Sin escape
    Sin escape
    A Sala Llena
    Basada en una increíble historia real, Heinserberg, habla de un hombre con dos pasiones que se convierten en adicciones peligrosas: correr y robar bancos.

    Ni bien sale de la cárcel, Johann, sale a robar un banco y correr una maratón. No es amigo de la violencia pero sí de la adrenalina. A pesar de las advertencias de su oficial de libertad condicional, sigue robando. El encuentro con una amiga de la infancia le provocará replantearse que senda quiere seguir en su vida. No lo duda: el crimen lo emociona más.

    El director logra meterse en la cabeza de su misterioso protagonista. Un hombre solitario, adicto al riesgo. Suspenso y tensión unidos para lograr un relato vigoroso. El protagonista siempre corre (Andreas Lust, hace un trabajo magnífico, a nivel físico y expresivo). El miedo de ser atrapado, de tener que correr nuevamente en círculos motiva al personaje. No es simplemente el dinero. Un viaje acompañando por travellings de seguimiento de gran dinamismo y planeados con meticulosidad kubrickiana. Si bien, uno supone que el protagonista no va a terminar bien, cada escena resulta sorprendente e imprevisible. Buen ritmo, con pocos diálogos, Heinsenberg, no trata de poner la cámara de manera tal que sobresalga sobre el personaje o la actuación. Solidez narrativa acompañan esta película, que termina agitando al espectador.

    Sin efectos videocliperos o publicitarios como hubiese hecho Tom Tykwer (Corre, Lola, Corre) o pretenciosidad estética, The Robber, es una muestra más del gran momento que está pasando la nueva escuela de cine alemán.
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  • El significado del amor
    Esta segunda obra de Leclerc es una agradable comedia romántica dramática sobre una relación basada en opuestos, que de alguna manera simboliza de que está compuesta la sociedad francesa hoy en día. Baya (Sara Forestier) es una joven bohemia, un poco torpe, completamente liberal en sentidos amorosos y sexuales. Hija de una hippie y de un mecánico de aparatos argelino que se escapó de la masacre que el ejército hizo sobre su familia. Baya piensa que si se acuesta con todos los conservadores que existen en Francia los puede convertir en izquierdistas. De esta forma conoce a Arthur Martin (Jacques Gamblin), un cuarentón solterón, conservador en su forma de ser, pero socialista en sus ideales políticos, hijo de una emigrante griego/ alemana que se escapó del campo de concentración de Auschwitz siendo pequeña y nunca quiso hablar de su pasado, casado con un empresario nuclear demasiado conservador que nunca quiso interceder en líos políticos o religiosos.

    A pesar de que Arthur y Baya son completamente opuestos, después de acostarse por primera vez, empiezan a entablar una honesta y liberal relación amorosa.

    Sexo, política, religión relacionado con la historia familiar, y la importancia de la memoria, de contar la historia de la familia, son los pilares que sobrevuelan El Significado del Amor. Una película pacífica, alegre, con momentos dramáticos que no se encuentran forzados ni impuestos, ni tampoco apuestan al sentimentalismo o al golpe bajo. La poca solemnidad y leves pretenciones del film es lo que lo destacan conjunto a las interpretacion de Forestier y Gamblin (al que vimos hace poco en Amor de Familia).

    No se puede esperar una historia que trascienda la cinematografía. Simplemente se trata de un digno entretenimiento que da pie a la reflexión acerca de la historia que cada uno tiene con su familia.

    Teniendo en cuenta, que a nivel “moralismo” apoya el liberalismo sexual y las relaciones abiertas, finalmente defiende las relaciones convencionales. Y tampoco se juega demasiado a niveles estéticos. Cuanto más transparente, mejor.

    Sin embargo, la buena intuición para el humor, para manejar el timing de comicidad, confirman las referencias que inspiraron esta obra: Lubitch, Wilder, y principalmente, Woody Allen (casí podríamos decir que se trata de una versión afrancesada de Annie Hall).

    Con suficientes méritos para irse con una sonrisa en la boca, El Significado del Amor, es un retrato de la ideología y las nuevas comunidades mundiales, y como el amor puede ser más fuerte que cualquier opocisión política o religiosa. Si hay amor, el resto no importa.

    Bueno, dejémos que Lecler lo siga creyendo. Si es feliz así…

    Nosotros nos vamos, masticando esta obra conciliatoria, optimista. Entre tantas noticias que apuntan a la depresión, estas visiones, aun con sus clisés, lugares comunes y estereotipos, bienvenidas finalmente.
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  • Habemus Papa
    Habemus Papa
    A Sala Llena
    Cambia, todo cambia

    Tras varios años de ausencia detrás de cámaras, Moretti regresa en una producción un poco más ambiciosa y pretenciosa que las de sus últimas obras, pero al mismo tiempo más cínica, profunda y menos personal, en un buen sentido, que confirma su versatilidad tanto para el drama (ya lo había demostrado con la excelente La Habitación del Hijo) como su don para la comedia.

    Habemus Papa son tres películas en una. Por un lado nos cuenta la historia de un Papa, elegido en forma casi accidental (porque los favoritos no querían ocupar el cargo), que ni bien asume y comprende que debe enfrentar al mundo, tiene un ataque de pánico y ansiedad. El vaticano decide llamar a un psicoanalista que supuestamente es el más reconocido de Italia, pero que le traerá más inseguridades, y le recomendará que vea a su ex esposa, también su psicoanalista. Un par de preguntas de la misma son suficientes para que el Cardenal Melville (que parece una gran ballena blanca), toque fondo y decida escaparse al mundo “real”.

    Por otro lado, Moretti decide mostrarnos con más imaginación y humor que realidad acaso, la vida interna dentro del Vaticano: las reuniones, la elección, las costumbres, rutinas y protocolos. En vez de hacer una crítica corrosiva (aunque a muchos no les va a gustar tampoco esta mirada), que es lo que se espera de él, el director de Aprile, opta por una mirada complaciente, respetuosa y hasta naif. Humanista. Los cardenales parecen chicos totalmente absorbidos del mundo. El solo hecho de mostrarlos con dudas, miedos, inseguridades, es bastante cínico de su parte. ¿Para que tratar de hacer un alegato, una denuncia política para generar polémica si el objetivo del film es otro?

    O sea, Moretti quiere hablar de hombres, no de instituciones y ese es justamente el fuerte del film.

    La tercera historia, es la más descuidada y banal, aunque también podría haber dado pie a una subtrama que retratara las relaciones humanas: la del psicoanalista ateo que está atravesando una separación, no la puede superar y hace catarsis rodeado de los muros eclesiásticos con sus cardenales a través de un comportamiento soberbio y bobo. Este rol lo ejecuta, el propio director, que le viene como anillo al dedo y lo sabe de memoria. El problema es cuando toma mayor protagonismo del que debería esta subtrama, y no por los conflictos internos del personaje, sino por su comportamiento soso e infantil.

    Mucho se ha comparado a Moretti con Woody Allen. Entiendo el por qué aunque no lo comparto del todo, más allá de que es cierto que tanto Allen como Moretti en sus propias películas no puede dejar de interpretar personajes con tintes autobiográficos, que expresan sus comportamientos, ideas y visiones del mundo, con algo de autoparodia y guiño a los espectadores que los conocen. Pero, lo que creo que más comparten son gustos estéticos y dilemas existencialistas.

    De hecho, no sería muy desacertado comparar Habemus Papa con Crímenes y Pecados, donde Allen se guardaba para sí el rol más divertido, crítico y banal, y dejaba al gran Martin Landau a cargo de un personaje que debe convivir con dilemas morales.

    En este caso, Moretti pone sobre los hombros del inmenso y jovial Michel Piccoli, el aspecto más interesante de la obra: ¿puede un hombre de fe, dudar de ella en el momento más importante de su vida, cuando debe transmitirla a los demás? El recorrido que atraviesa el Santo Pontífice, observando las calles de Roma, a la gente, redescubriendo su verdadera pasión y vocación, se convierte en un verdadero análisis del ser y de observación muy similar al que realizara Mr. Chance (Peter Sellers) al comienzo de Desde el Jardín. Entre fascinación y reflexión entendemos el comportamiento interno del personaje en apenas unas expresiones sutiles que lo dicen todo. Por eso lo de Piccoli no es mágico, sino milagroso. Cada escena de uno de los actores preferidos de Buñuel y Ferrari es un verdadero deleite. Moretti pone la cámara en función de cada mínimo gesto. Un primer plano de Piccoli dice más que todos juntos del propio Nanni.

    Si bien es muy simpática y empática la mirada sobre los demás cardenales, la guardia del vaticano, protocolos y costumbres, hoy en día, bastante inútiles, es la subtrama del psicoanalista que no funciona. No solamente porque podría haber sido mejor explotada, sino porque además tapa a la del cardenal Melville. No por esto no deja de ser divertido el punto de vista, porque le da la oportunidad al director de burlarse de si mismo, de la psicología y particularmente de la soberbia de los psicólogos, con sus términos y métodos, alabando el poder del arte y especialmente del teatro como medio para salir adelante. Pero no logra funcionar en su totalidad esta sátira, acaso por la ambición del director de contar demasiado en poco tiempo. De esta forma, es más efectiva y directa la burla hacia los periodistas, el rol que ocupan los medios de comunicación y, sobretodo, los opinólogos (si sabremos de esto los argentinos, que de paso estamos bastantes presentes en la obra con banderas y número musical incluido).

    Visualmente se trata de una de las obras más meticulosas de Moretti. Una puesta en escena barroca, donde los curas reproducen, por momentos, pinturas del siglo XVIII. Se presta mucha atención al poder de los colores rojo, blanco y negro dentro de la institución.

    También vale la pena destacar un gran elenco secundario con Margherita Buy, Jerzy Sturh y Renato Scarpa a la cabeza.

    Aun, con algunos puntos débiles pero un final impactante y devastador, Habemus Papa, es una obra delicada, inteligente y sublime. Introspectiva, pero a la vez entretenida y muy divertida, Moretti confirma su sordidez como narrador, observador y crítico, no solamente de las políticas de derecha, sino también del ser humano. Mientras que Piccoli, sin duda, logra la interpretación del año.
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  • Un año más
    Un año más
    A Sala Llena
    Ensayo sobre la Soledad

    ¡Y el cine ha vuelto! Algunos piensan que lo que diferencia al arte cinematográfico de las demás artes es la capacidad de impresionar con grandes paisajes, efectos especiales, en fin… ¡espectacularidad! Nos han acostumbrado a pensar, de hecho, que una película de cámara (en el sentido minimalista de la palabra) es en realidad… televisión. Si una puesta de cámara es sencilla y simple, vemos espacios urbanos “comunes” y la fuerza de la obra la llevan los actores, entonces estamos en una cruza de una novela televisiva y un melodrama teatral. De acuerdo, el western se debe disfrutar en pantalla gigante… pero hay que saber fotografiar un western. No es lo mismo Cowboys & Aliens que Erase una Vez en el Oeste o La Diligencia, por nombrar acaso los dos mejores ejemplos, de dos estéticas diferentes a la hora de encuadrar el género más antiguo del cine.

    Pero sucede lo mismo con las películas de “actores, historias y personajes”. No es lo mismo una película de James L. Brooks que una de Mike Nicholls o Mike Leigh, por decir nombres de directores, que trabajan temáticas y estéticas similares. ¿En que se diferencian uno de otro? Los primeros planos.

    Una vez, asistí a una ”Clase Maestra” que dio el GRAN director húngaro Itzvan Szavó en Mar del Plata, y dijo una verdad irrebatible: observar un rostro en pantalla gigante, sostener el plano, prestar atención a cada detalle, a cada gesto mínimo, el cambio paulatino de expresión… ¡eso es cine! Y sino, fíjense en como Nicholls, hombre de teatro, construye películas solo con primeros planos: ¿Quién le Teme a Virginia Woolf? o Closer. Dos ejemplos excelsos sobre el poder de sugestión de los primeros planos, el impacto que puede llegar a tener, el efecto de un primer plano sobre el rostro de actores verdaderamente expresivos. Claro, que una cosa era un primer plano sobre Richard Burton que uno sobre Jude Law, pero aún así, Nicholls es un maestro de esta estética.

    Mike Leigh es mucho más íntimo, personal, autoral y sobre todo menos discursivo. Es capaz de convertir a una persona netamente “felíz” en alguien de amargura interna, que brinda felicidad para que el drama exterior no le afecte psicológicamente (La Felicidad trae Suerte). Lo que logró en aquella oportunidad con Sally Hawkins, traspasó lo admirable, para llamarse un milagro cinematográfico y algo similar sucede en el caso de Lesley Manville en Un Año Más.

    La última película del director de Secretos y Mentiras, se centra en una matrimonio exitoso de clase media inglesa, Tom y Gerry (espectaculares Jim Broadbent y Ruth Green). Ambos representan un modelo a seguir en todo sentido. Tom es un ingeniero hidráulico respetado, Gerry, una psiquiatra sumisa. Los dos tienen una huerta y apuestan por un proyecto de vida ecológica. El tercer personaje que intercede entre ambos es Mary, una compañera de trabajo de Gerry, solterona cuarentona, charlatana y chismosa, que atraviesa un periodo de depresión debido a la ausencia de pareja. Trata de tapar dicha ausencia, comprando un coche que le traerá más problemas que alegrías. Tom y Gerry, a su vez, tienen un hijo de 30 años también soltero.

    A lo largo del transcurso de este año que Leigh decide mostrarnos en la vida de Tom y Gerry vemos, los personajes que los rodean: un amigo borracho de Tom, su hermano austero, un sobrino rebelde.

    Acaso lo más interesante de Un Año Más es justamente esto, como los secundarios, los que rodean a los supuestos protagonistas, van ganando participación y terminan siendo más ricos que la pareja, no por un descuido narrativo, sino por una elección del director de centrarse en lo que más le interesa hablar en esta obra: la soledad, y como la ausencia de “esa” persona o la rutina con “esa” persona pueden llevar a la depresión.

    El film empieza de hecho, con un primer plano de la enorme Imelda Staunton en otro personaje introvertido. Una mujer que busca somníferos para salir de una profunda crisis depresiva. La vemos sola, durante 5 minutos frente a la cámara. Leigh da una clase maestra de dirección de intérpretes. La evolución que cada actor secundario, los cambios mínimos que efectúan en un plano secuencia fijo, que solo muestra el rostro es increíble.

    Un Año Más es bellísima. No solamente la naturalidad de los actores, su delicadeza que desnuda cada capa íntima. La fotografía que se va modificando estación a estación, pero manteniendo un tono gris deprimente a lo largo de toda la historia es fascinante. Detalles de vestuario, escenografía y diálogos… que dicen tanto, pero a la vez, esconden comportamientos hipocráticos.

    Leigh empatiza con esas almas en pena solitarias que vagabundean en busca de su pareja perfecta, pero que no logran encontrar, mientras tanto termina por defenestrar la fanfarronería de la clase media inglesa, y el sueño de familia tipo.

    Películas tan delicadas, sutiles, meticulosas estéticamente, complejas en su sencillez como Un Año Más es difícil encontrar hoy en día en la cartelera. Riqueza cinematográfica en todo sentido.
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  • Mi primera boda
    Mi primera boda
    A Sala Llena
    Una boda ingeniosamente planeada

    ¿Hace cuanto tiempo reclamábamos que la comedia argentina con vistas comerciales tenía que renovarse sin perder su identidad?

    Gracias a Patricio Vega y Ariel Winograd, nuevos vientos corren por el cine nacional. Hace mucho tiempo que vengo diciendo que el mejor guión escrito en los últimos años pertenecía a Música en Espera, una comedia romántica, en apariencia menor, pero que tenía una estructura narrativa sólida que deparaba muchas sorpresas, y sobretodo lograba evitar caer en lugares comunes. Con Cara de Queso, Mi Primer Gueto de Winograd, sucedía algo similar: lo que podría haber sido una comedia más, se convertía en una ácida crítica sobre el funcionamiento de los countries durante el menemismo.

    La fórmula de escritura de Vega (que en televisión logró destacarse ayudando en los guiones de Los Simuladores y Hermanos y Detectives, además de escribir la serie Un Año Para Recordar) se basa en imitar bien los modelos de guiones estadounidenses. Aquellos guiones que hacían escritores como I.A.L Diamond, Dudley Nichols, Ernest Lehmann en la Edad de Oro para directores como Billy Wilder, Howard Hawks o Alfred Hitchcock.

    Vega siempre sabe combinar la comedia con el romance y el suspenso. La tensión es un elemento fundamental para crear efectos humorísticos y muchas veces los guionistas se olvidan de eso.

    Mi Primera Boda es un guión de relojería con una estructura sólida de principio a fin. Una obra de ingeniería, matemática, lógica.

    Lo primero que vemos en pantalla es a Adrián (Hendler), el novio, hablándole a la cámara, supuestamente después de la boda, recomendando al público que nunca se case. Enseguida se vienen a la memoria los rostros de Spencer Tracy o Steve Martin en el comienzo de ambas versiones de El Padre de la Novia, posiblemente no haya mejores películas que esas dos, a la hora de hablar de bodas memorables del cine.

    Adrián nos da un breve pantallazo de pequeños momentos que vamos a ver durante el desarrollo de la trama, y, al mejor estilo Cuando Harry Conoció a Sally, vemos la opinión de la novia, Leonora (Oreiro).

    De esta manera empezamos a conocer (y tras una original e ingeniosa secuencia de títulos animada en la que se cuenta paralelamente la vida de ambos), como fue el desarrollo de esta boda mixta y sus percances.

    Más allá de tener un elenco impresionante, donde cada actor y personaje tienen su momento para destacarse, y de abrir varias subtramas secundarias (algunas de ellas con una resolución poco convincente), Vega decide centrar el 80% de la acción en el conflicto de los protagonistas: por razones que no vale la pena adelantar, Adrián va a tener que postergar la unión nupcial en sí misma, por lo que la fiesta viene antes de la ceremonia. Winograd y Vega, por tanto, concentran el conflicto en la relación y las inseguridades de la pareja central. Cada uno de ellos, va a encontrar razones durante el desarrollo para separarse: ya sea la incompetencia de uno o la llegada de un ex novio en el caso del otro.

    Para sacar adelante el guión, Vega recurre a la ingeniería y la física. El resultado final es realmente encantador. Sí, es verdad, algunos secundarios están desaprovechados, ciertos chistes ya están bastantes vistos (especialmente algunos relacionados con las religiones, pero Mundstock y Rabinovich le aportan el toque Les Luthier). Sin embargo, el conflicto central está tan bien delineado, que el resto es anecdotario.

    Hendler y Oreiro conforman una pareja antológica. La química de ambos se nota dentro y fuera de pantalla. Pero los que realmente se comen cada plano en el que aparecen, porque les tocó en suerte los mejores y más divertidos personajes, son Martín Piroyansky, demostrando un timing perfecto para la comedia, aprovechando cada expresión, cada diálogo con sutileza e inocencia, y el GRAN Imanol Arias. Que alegría volver a verlo por nuestras Pampas (después de Camila o Buenos Aires me Mata). Imanol le aporta una cuota sensual y carismática al film. Su Miguel Ángel es tan odioso como atractivo. También es muy destacado lo de Luz Palazón como la organizadora del casamiento.

    Entre caras conocidas y otras que son promesas, Winograd dirige con dinamismo, preciosismo visual y osadía. En los primeros 5 minutos ya hay una presentación de personajes extraordinaria y un plano secuencia brillante, en el que recorremos toda la estancia, donde sucede la acción, conociendo a gran parte de los personajes en pocos minutos. No todos se animan a filmar así una comedia comercial. Ni acá ni en Hollywood.

    La hermosa fotografía del Maestro Felix Monti, aprovechando al máximo la luz solar; la preciosista dirección de arte del genial Juan Cavia (un nombre a tener muy en cuenta en este rubro, a futuro), el meticuloso y cuidoso diseño de sonido de José Luis Díaz o incluso la banda sonora, demuestran que Winograd cuidó cada detalle. No solamente el guión o los actores, sino también cada rubro técnico está en función de la historia.

    Comedia brillante de enrededos o screwball comedy como quieran llamarla. Con la inteligencia e ingenio de la obras de la época dorada del Hollywood de Cary Grant, Katherine Hepburn y Jack Benny, MI Primera Boda sobrepasa las expectativas gracias a que sabe mantener el humor a nivel durante los 105 minutos de duración sin caer en sentimentalismo forzado o golpes bajos. El chiste no se agota y cada detalle ayuda a construir un final a toda pompa.

    Winograd y Vega unen fuerzas para crear la que seguramente será, y merecidamente, la película más exitosa del año. Ambos logran aplicarle sellos personales (los detalles y la tensión de Vega; los personajes de Winograd) a una obra que posiblemente en otras manos habría sido solo un aplicado trabajo por encargo.

    Impredecible, Mi Primera Boda juega con los lugares comunes y los clisés, y los termina rompiendo.

    Si realmente le va bien en la taquilla, se podría pensar en armar una trilogía como la saga con “Catita” (Niní Marshall) dirigida por Manuel Romero: Boda en Montevideo, Casamiento en Buenos Aires, Luna de Miel en Río.

    Aunque primero lo primero: festejemos que por fin llega una comedia nacional, que va a dejar satisfechos a todo el mundo.

    Pasame más tinto, se vino la pachanga.
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  • Quiero matar a mi jefe
    Solo faltan las canciones de Dolly Parton

    La idea surgió hace 30 años atrás: juntemos tres actrices de moda y cumplamos el sueño de cualquier oficinista: vengarse del jefe.

    Como eliminar a tu Jefe (9 to 5) es hoy en día una comedia de culto: Jane Fonda, Dolly Parton y Lly Tomlin deciden armar un plan para hacerse respetar frente a su misógino y malvado jefe interpretado por Dabney Coleman.

    8 años después Melanie Griffith se enfrentaba a su jefa Sigourney Weaver en Secretaria Ejecutiva y posiblemente la guerra contra la jefa más despiadada la ejecutó con sutileza y buen gusto, Anne Hathaway con Meryl Streeo en El Diablo Viste a la Moda.

    Con Quiero Matar a mi Jefe se retoma la premisa del film original de Colin Higgins, pero esta vez, el romance, el humor ingenioso e incluso los agradables números musicales son reemplazados por un humor vulgar, histriónico, efectivo, discursivo y no siempre divertido.

    Nick, Dale y Kurt son tres amigos de la secundaria que tienen algo en común: los jefes más desagradables del mundo. Nick (Bateman) se esfuerza para que Harken (Spacey), el presidente de una empresa, lo nombre vice. Harke es despiadado, fascista, torturador, manipulador, demagógico. Dale (Day) es asistente odontológico de la Dra. Harris (Aniston), una soltera sexópata, que tortura y humilla a Dale para acostarse con él, quien se acaba de comprometer y planea casarse en los próximos meses. Por último, Kurt (Sudeikis) es el contador favorito del presidente de una petroquímica, pero cuando este fallece, el cargo pasa a su hijo Bobby (Farrell), un cocainómano xenófobo y machista, fanático de las prostitutas, coleccionista de baratijas, inepto a la hora de manejar negocios que también manipula a Kurt para que eche personas por diferencias físicas. Ninguno puede renunciar a su puesto, porque sus jefes los tienen extorsionados por diversas razones. Por lo tanto, la única solución que encuentran es mandarlos a matar.

    Comedia de enredos cuya base está puesta en gritos, insultos, humor sexual vurdo y sobrexplicados cinéfilos, Quiero Matar… funciona gracias a sus intérpretes. Los personajes no son originales, las situaciones tampoco, de hecho el argumento es muy predecible, y abundan los clisés. Sin embargo, el hecho de ver una vez más a Kevin Spacey como un empresario sin escrúpulos, detestable, psicópata, Jennifer Aniston convertida en la bomba sexual que siempre quisimos ver los fanáticos de Friends y a Colin Farrell reírse de sus propias adicciones (a lo Charlie Sheen) sumado al eficiente trabajo de Bateman, el desenfreno de Day y la malicia de Sudiekis terminan por brindarnos una comedia entretenida con momentos realmente inspirados. Las pequeñas participaciones de Jamie Foxx e Ioan Gruffudd son fascinantes. Es humor televisivo, los guionistas son discípulos de Saturday Night Live, pero sigue funcionando. Este año vimos ejemplos similares de este tipo de humor con Que Pasó Ayer Parte II y Pase Libre.

    Posiblemente, dado que Todd Phillips se preocupa un poco más que Gordon o los Farrelly para lograr una obra visualmente más interesante y transgresora, la secuela del éxito sorpresa del 2009 supera a las otras dos.

    Pero lo cierto es que hacer reír es cada vez más difícil y cada generación de comediantes se arma de nuevas herramientas para divertir. Estos comediantes deben explicar todo.

    El mayor problema narrativo del film es que muchos chistes no terminan por cerrar. Es como que les falta el remate final para alcanzar la diversión genuina. Esto mismo que sucede con los chistes le pasa a la estructura del film en sí. El final está demasiado atado con alambre. Una de las tres tramas se cierra de la manera más banal imaginada. Pobre destino para uno de los mejores personajes de la película.

    Quiero Matar a mi Jefe muestra las luces y sombras de la Nueva Comedia Estadounidense. No niego que me rei bastante durante los 98 minutos que dura el film, pero me conozco lo suficiente para saber que no me voy a reir de la misma forma en una segunda visión.

    Para ver a tres locos haciendo tonterías, me quedo con Moe, Larry y Curly o los Hermanos Marx.
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  • Balada triste de trompeta
    ¿Por qué tan Serio?

    Alex de la Iglesia nos ha demostrado que se puede hacer cine fantástico, con influencias de los cómics, las historietas, los géneros malditos de los años ’70 fuera de Hollywood, pero con igual o mejores resultados que la meca industrial. Desde viajes a otros planetas, la lucha contra el anticristo o el homenaje a los westerns spaguettis hasta una cínica mirada sobre la historia del humor en España. Además, gran admirador de los thrillers clásicos ha logrado notables homenajes a Hitchcock (Crimen Ferpecto), Agatha Christie (Los Crímenes de Oxford) o Polanski (La Comunidad), De la Iglesia demuestra una versatilidad e imaginación envidiables, que mejora trabajo a trabajo, donde los efectos especiales introducidos nunca son fortuitos sino siempre justificados para generar comedia… hasta ahora.

    Si bien en Los Crímenes… Alex demostró que podía hacer una película enteramente “seria”, en Balada Triste… lo que debería hacer reír provoca angustia. Es más, el humor provoca un poco de culpa.

    La secuencia inicial es realmente devastadora. 1937. Los republicanos tratan de derrocar a Franco, por lo que toda persona que puede sostener un fusil es reclutado para ir al frente de batalla. Incluidos, los integrantes de un circo ambulante. El que termina liderando la revolución es el Payaso Tonto (un Santiago Segura muy serio). Su hijo, Javier, es testigo de cómo el mismo es apresado por el ejército franquista y llevado a unas minas para construir una cruz gigante. La imagen de un payaso destrozando hombres con una bayoneta es increíble. 36 años después, Javier ha crecido y prueba suerte como el payaso triste de otro circo ambulante en medio de una ciudad prácticamente destruida. La vida de Javier fue muy triste, y aunque siempre quiso ser el payaso tonto, las penurias que tuvo que atravesar lo convirtieron en la víctima de los chistes.

    En el circo tendrá que enfrentar a Sergio, el payaso tonto, que fuera del ambiente artístico es un hombre violento y alcohólico. En el medio de ambos, se encuentra Natalia, novia de Sergio, una hermosa acróbata, masoquista y un poco sádica. Por lo tanto, todo el odio que Javier lleva en la sangre desde los tiempos en que apresaron a su padre, lo empieza a descargar cuando ve el trato que Sergio le da a Natalia, la cuál no es tan dulce ni inocente como aparenta ser.

    A no confundirse, estos payasos se parecen más al Guasón de Heath Ledger, morbosamente desfigurados, anárquicos y repletos de odio que a Gaby, Fofo y Miliqui.

    Balada Triste es la primer película que De la Iglesia escribe en soledad. No sé con exactitud porque Jorge Guerrica Echeverría no se asoció esta vez con su director fetiche. Y esta ausencia hace preguntarse si el verdadero ingeniero, el verdadero genio del humor no era Guerrica Echeverría, y De la Iglesia siempre fue el hombre oscuro, serio.

    Estos payasos son demasiado trágicos, crueles. El triángulo amoroso es llevado a un extremo de violencia prácticamente surrealista, similar a una tragedia griega. En la primera mitad todo es va con bastante solemnidad; el estudio sobre el carácter de los personajes y la relación con el contexto socio político de la España franquista es interesantísima más allá de la metáfora que simboliza el enfrentamiento entre Javier y Sergio. Pero a partir de cierto punto, el relato se convierte solamente en una sucesión de peleas sin transfondo argumental. No solamente lo que se sucede es morboso, onírico, excesivamente político y violento, sino que falta un hilo narrativo verosímil. Simplemente vemos escenas bella y meticulosamente diseñadas, pero con una impronta publicitaria que no se parece al cine del Alex de la Iglesia cínico, sarcástico, pero aún así divertido.

    El tono es mucho más oscuro que cualquiera de las obras anteriores del director; la fotografía, excelente y contrastante, logran crear climas densos, posesivos, aterradores. Pero a estos payasos, les falta humor. O sea, a nivel temático contiene todas las obsesiones del director: la competencia constante, la burla sobre la figura del héroe clásico, el egoísmo, la reivindicación del hombre feo, sucio y gordo. Pero acá el exceso de patetismo juega para el otro lado, para la lástima y miserabilidad constante.

    Visualmente es atractiva, la banda sonora de Roque Baños es lo más cerca, que un compositor en la historia del cine, ha estado de emular a Bernard Herrman, y el elenco es seguramente uno de los mejores que podría haber reunido el director en toda su carrera. El trío Areces, De la Torre, Bang sumado a veteranos colaboradores secundarios del cine de De la Iglesia es soberbio. Pero falta cierta picardía, compasión en la mirada sobre los personajes que interpretan.

    La reconstrucción de época es admirable. Tanto en 1937 como en 1973 se respetan innumerables detalles (incluido el atentado contra el presidente Luis Carrera Blanco), hay homenajes a íconos pop de los años ’70 (el trío de payasos que cantaba: “Había una vez un circo”…; Rafael; Kojak) pero parece que por prestarle atención a estos aspectos, descuidó la narración propiamente dicha.

    A pesar de los excesos visuales y dramáticos, Balada Triste de Trompeta es un film que atrapa, exaspera y molesta a la vez. No es fallido, pero sí, deja un gran interrogante acerca del futuro de un autor muchas veces menospreciado, subvalorado y otras veces demasiado mitificado. Es probable que este film marque el inicio de una filmografía menos humorística y mucho más seria. Me gustaría saber cual fue la razón de este cambio. Que resentimientos ocultos, similares a los del protagonista, llevaron a Alex a comportarse como un verdugo de payasos.

    Sacando al crítico de lado, espero volver a ver al Alex que encuentra ternura en la miserabilidad, que en la hipocresía y egoísmo es capaz de hallar compasión y admiración por el prójimo, y no más este Festival du Freaks, enfermos de culpa y sin redención posible.

    Como diría el Guasón de Nolan: “¿Por qué tan Serio?”
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  • Cerro Bayo
    Cerro Bayo
    A Sala Llena
    Esperando la Carroza

    Hay un género que es muy propio del teatro argentino llamado: grotesco. El grotesco agarra situaciones, momentos costumbristas de nuestra vida cotidiana y los lleva al extremo del absurdo y el patetismo, explotando el humor negro para crear una crítica social, que no necesariamente apunta a la burguesía o clase alta argentina, sino también al argentino medio, de clase media, a la clase obrera y trabajadora. El grotesco es un colador por donde pasan todos los argentinos. Es un espejo deformado que nos muestra la realidad de la forma más cruda, y posiblemente, mucho más cercano a lo REAL REAL que el teatro naturalista, que ya no convence a una sola persona, como diría (con mucha más profundidad) Javier Daulte.

    Por esto mismo es que vemos Esperando la Carroza, La Nona o 100 Veces no Debo y nos reimos a toneladas. Porque nos identificamos con los personajes, los palpamos, son reales. Las tragedias que viven (porque la comedia sin tragedia, sin drama no puede existir) nos han pasado o pasarán a todos alguna vez.

    Y Cerro Bayo es un grotesco argentino en el sentido más puro de la palabra, pero disfrazado de comedia dramática intimista. En este sentido, Cara de Queso, posiblemente era más clara y honesta con sus intenciones, pero en cambio acá Victoria Galardi construye una sátira, pero no la encasilla en un género.

    Personalmente, pienso que los argentinos somos mucho mejores observadores y críticos que los estadounidenses a la hora de hablar de la institución familiar en expresiones artísticas. Tenemos menos miedo de que los sectores más conservadores se nos tiren en contra y por eso nos damos maña para poder reflexionar, de diversas formas. Y otra característica… es que somos muy familieros. Nos cuesta dejar, en general, el nido. Hay muchas costumbres muy nuestras (que en realidad son herencia de los inmigrantes italianos, españoles y judíos) que se relacionan con pasar al menos un día a la semana con nuestras familias: la pasta o el asado de los domingos al mediodía, por ejemplo.

    Pero así como nos juntamos para comer, también nos reencontramos en los momentos trágicos: por ejemplo, ante el deceso o futuro deceso de un familiar, un patriarca o matriarca venido el caso.

    En Cerro Bayo, Galardi abandona la cursilería romántica de la soledad de su ópera prima (Amorosa Soledad) para meternos en el corazón de una familia, cuya abuela se intentó suicidar y ahora está en coma. Por un lado tenemos a Marta (extraordinaria Adriana Barraza, disimulando el acento mexicano) la hija que vive con su madre en Villa La Angostura, la única realmente preocupada por su salud y no por la herencia. Marta está casada con Eduardo (Arengo, maravilloso como siempre) y tienen dos hijos, Inés (Efrón repitiendo un poco el personaje de Amorosa…) y Lucas (Perez Biscayart, de notable crecimiento interpretativo). La llegada de Mercedes (Llinás) desde Bs. As. complicará la situación. Especialmente, porque a excepción de Marta, todos buscan los réditos económicos. Sin caer en el lugar común de que los miembros de la familia se peleen por la herencia (cada uno en realidad busca un beneficio diferente, y no hace falta que se peleen), Galardi construye un abanico de personajes extraordinariamente complejos, interesantes, contradictorios… y simpáticos. ¿Por qué no? Cada uno se concentra en lo material, en lo superficial. Lo emotivo y romántico pasa de lado. Es una herramienta para manipular y conseguir la meta. Y aunque todos saben que el dinero y la apariencia no hacen la felicidad, tampoco pueden negar su atractivo.

    Lo astuto de la película de Galardi no pasa solamente por los personajes, las actuaciones y lo pulido y redondo que resulta el guión, sino que se va construyendo con situaciones minimalistas que no pretenden provocar la risa ni emocionar. Los personajes son tan austeros, introspectivos, esconden tan bien sus metas, que cuando suceden situaciones humorísticas, Galardi no las fuerza. Simplemente deja que fluyan solas. No apoya las escenas con música incidental ni efectos extra cinematográficos hasta pasada la hora de película, y cuando por fin, mete una canción el efecto que logra es completamente natural: coherente, apropiado, justificado.

    En Amorosa Soledad me quejaba que el último plano terminaba por derrumbar los pequeños logros que la obra tenía. En cambio, acá, Galardi utiliza exactamente el mismo efecto (¿una marca autoral?) pero termina siendo hermoso.

    Más allá de aprovechar la geografía, el clima, el frío patagónico de manera narrativa, la fotografía de Julián Álvarez es uno de los puntos más fuertes.

    Los planos son largos, pero tienen movimiento interno, lo que demuestra una puesta en escena meticulosamente planeada.

    Cerro Bayo es una de esa extrañas películas, que son tan chicas e intimistas, que mientras la estás viendo no entendés lo grande que son para la cinematografía nacional.

    No solamente vale la pena destacar el soberbio elenco, sino lo bien que cada intérprete está aprovechado en su rol. Lo que demuestra un profundo conocimiento de la directora de las características de los actores y hasta donde pueden dar.

    Tras un día, en el cuál vi dos pobres exponentes del cine de entretenimiento estadounidense, que van disminuyendo en calidad a medida que reflexiono sobre ellos, Cerro Bayo, crece y crece.

    Para concluir, así como los protagonistas logran disfrazar sus codiciosos propósitos con simpatía, inocencia, sonrisas y capas de ropa para el frío, Galardi, disfraza un típico grotesco familiar argentino, con la sutileza y austeridad que se puede encontrar en el lenguaje del cine argentino de la última generación (acaso lo mejor de esta generación). Esta renovación se agradece con creces y da muchas esperanzas sobre el porvenir del cine nacional.

    Información: Cerro Bayo también tiene un propósito solidario: por cada entrada vendida, $3.50 irán a un fondo para reconstruir Villa La Angostura de las consecuencias de las cenizas volcánicas. Una iniciativa original y ejemplar.
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  • Cowboys y Aliens
    Cowboys y Aliens
    A Sala Llena
    Martini Seco con Vodka, Revuelto, no Agitado

    La unión debería hacer la fuerza, pero a veces cuando hay muchas manos en el plato se hace mucho garabato.

    Los realizadores más poderosos de la actualidad se juntaron para concebir un proyecto que unía acaso a los dos géneros de culto más importantes de la historia del cine hollywoodense: el western y la ciencia ficción. Como dice el título: Cowboys & Aliens.

    Ron Howard se da de la mano con Spielberg, agarran un cómic bastante exitoso, llaman al director y guionistas de Iron Man, a los guionistas de Transformers (la original, la mejor), de Star Trekk, de las series Fringe y Lost (o sea, todos el equipo de J.J. Abrams) y encima reúnen nuevamente a James Bond con Indiana Jones (Spielberg ya la había logrado en La Última Cruzada). Para completar el combo, una de las actrices más hermosas del momento: Olivia “13” Wilde.

    Demasiados nombres y los resultados… son apenas discretos.

    ¿Dónde falla Cowboys & Aliens entonces? Que pensaron un producto, no una obra cinematográfica.

    La historia nos lleva al viejo oeste, donde un hombre (Daniel Craig) despierta amnésico en medio del desierto con un brazalete metálico en la muñeca. Cuando el desconocido llega al pueblo más cercano, descubre que lo buscan por robos y asesinatos. En el medio entra en acción el coronel Dolarhyde (Harrison Ford), un militar retirado que ahora se convirtió en el ganadero que da de comer a todo el pueblo con sus ganancias, ya que las minas de las montañas del pueblo, aparentemente están secas.

    Mientras que el desconocido trata de descubrir que le pasó, los aliens invaden el pueblo, secuestrando a la mitad de la población (nunca queda claro porque los secuestran, más que para hacerles injustificados exámenes físicos). La cuestión es que los extraterrestres vinieron al Tierra con un única misión: llevarse el oro de las montañas (tampoco queda claro para que les sirve el oro).

    Por lo tanto, los cowboys con ayuda de los Apaches de la región, tratarán de rescatar a los suyos y desterrar a los aliens.

    Una premisa de estas características necesitaba un tratamiento divertido, ágil, bizarro. En cambio, como sucede con los Transformers y demás obras de los mismos guionistas, la historia cae en un producto por encargo sin corazón ni odio.

    Favreau que supo aplicarle elegancia y carisma a un personaje como Iron Man (¿o es que los elogios deberían ir hacia Robert Downey Jr.?) acá toma una fría distancia de lo que está generando. No es que la película no sea entretenida o esté mal narrada, sino que no transmite la emoción necesaria. Posiblemente parte de la culpa la tenga Daniel Craig cuyo personaje sea tan frío como el último James Bond, quizás porque Harrison Ford no logra ponerse la película sobre los hombros y queda relegado a un segundo plano lastimoso. Lo alarmante es la falta de humor, la seriedad, solemnidad e incluso la arista sentimental/dramática que le pusieron a la historia.

    Barry Sonnenfeld posiblemente habría sido el director ideal, dado que ya jugó con ambos géneros en forma separada. Si bien Las Aventuras de Jim West no es lo que se puede llamar una obra satisfactoria, humor no le faltaba. Y si Hombres de Negro funciona es gracias al humor y no tanto a la ciencia ficción.

    Una versión con menos presupuesto, actores menos pretenciosos, más berreta (que buena hubiese sido la misma película con Simon Pegg y Bruce Campbell como protagonistas) habría dado como resultado una obra más redonda, con mayor identidad incluso.

    Del gran elenco algunos secundarios logran interpretaciones meramente creíbles: Sam Rockwell, Ketih Carradine, Paul Dano, Clancy Brown, Noah Ringer (sí El Ultimo Maestro del Aire). Los efectos especiales tampoco son asombrosos, y las referencias cinematográficas escasas: no se puede identificar como un western de ningún director. De hecho se parece más a uno televisivo (visualmente es televisiva, todo un pecado en el género), por lo tanto, se desaprovecha la geografía de la región. Los aliens son bastante asquerosos (tienen la misma cara que el de Super 8), pero a diferencia de Cameron o Lucas a Favreau le interesan más los personajes humanos. El problema es que están tan mal escritos, diseñados y, además hay tantos clisés y estereotipos que en este sentido tampoco se destacan. Sí, el personaje de Craig remite a algunos héroes del género, especialmente al “rubio” de la saga del dólar de Leone, pero seamos honestos: Clint Eastwood le ponía mayor carisma.

    Reitero, si bien no se trata de un fracaso absoluto (en términos artísticos, porque sí lo fue en proporciones económicas) pero tampoco es la obra que muchos esperábamos con gran ansiedad. Un producto salido de una máquina tan grande, fría y metálica como la nave espacial de los extraterrestres. Y ya lo dice el dicho: cuánto más grande es, más dura será su caída.
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  • El planeta de los simios: (R)Evolución
    Actores en Vía de Extinción

    Y un día el actor de carne y hueso, ha sido reemplazado por la tecnología. Pero no se trata de robots actores, como muchos creían que iba a pasar. Actores robots con autonomía, capaces de razonar y aplicar conceptos interpretativos, son de ciencia ficción. El CGI y el Caption Motion es la realidad.

    El actor empezó a ser confinado en un estudio, donde solamente debe moverse bajo las órdenes de los directores con pintura en la cara y microcamaritas alrededor del cuerpo, que captan cada movimiento para transmitirla luego, a un diseño multimedia, un dibujo que reproduce lo que el actor hizo en primer lugar, en el total vacío.

    Los animadores logran convertir al personaje animado en un ser vivo, que respira, habla y se expresa, mejor que cualquier actor. Un diseñador logra que cualquier intérprete se supere así mismo.

    No es la Dimensión Desconocida… es la realidad de Hollywood, aunque usted no nos crea.

    La paradoja de El Planeta de los Simios (R)evolución es que promueve un Apocalipsis desde la historia y el avance tecnológico. Un doble mensaje: el futuro es ahora, y nosotros no somos partícipes. Animaciones computadas nos han reemplazado.

    Esta idea de revitalizar la saga en orden inverso al film original de 1968 es una perfecta metáfora de cómo nuestras creaciones empiezan a tomar determinación propia, como nuestros frankensteins, comienzan a independizarse, encontrar una camino paralelo al de los seres humanos a partir de las herramientas que le dimos para lograrlo. Y así es, como en la ficción, los simios, experimentos genéticos, se alzan contra el poder del hombre, aprendiendo los aspectos positivos, como la demostración de cariño, el razonamiento matemático y el lenguaje, como los negativos: la justicia poética, la respuesta violenta ante actitudes violentas.

    Como dijo el General, en el 2000 nos encontraremos unidos o dominados… por los simios (aclaro que esta connotación política solo tiene implicancias referidas al contexto del film y no de la historia nacional).

    No soy gran fanático de las precuelas, pero debo admitir que esta fue una buena idea. ¿por qué? Porque el modelo futurista ya se había agotado. Debía entenderse como empezó todo, y si bien la película del casi ópera primista, Rupert Wyatt, tiene mayores coincidencias con una novela del fallecido Michael Chrichton, acaso el autor que más profundizó acerca de las consecuencias de la experimentación genética y científica en la mayor proporción de su bibliografía (especialmente con Congo), se debe reconocer que se quiso efectuar un trazado sutil, pero efectivo. La suma de detalles que conectan a esta “explicación” con el resto de las películas es maravillosa.

    Es verdad que hay objetos, frases, escenas que remiten a la original (la secuencia inicial es fantástica), pero también subtramas argumentales que no tienen demasiado explicación ni profundización para que el espectador fan una los puntos. Una medida arriesgada pero que genera entusiasmo.

    Ahora bien, lo que también garantizó el director y los guionistas es que aquellas personas que nunca vieron una sola película (ni siquiera la subestimada versión de Burton), sientan deseos de seguir viendo y para eso armaron un film que mezcla tensión y suspenso de forma inteligente, con escenas efectistas, llenas de planos secuencias, usos proporcionados del fuera de campo y sólidas interpretaciones… al menos en el caso de los primates.

    El meticuloso trabajo de Weta Division para diseñar cada simios es increíble. No recuerdo actor capaz de expresar tantos sentimientos con tan pocos gestos como los que logran los diseñadores con la ayuda del gran Andy Serkis. ¡Están vivos, respiran!

    Sí, la acción funciona, y sin ser demasiados explícitos ni redundantes con el mensaje o los diálogos, se puede filtrar el contenido filosófico / ecológico, pero tampoco es demasiado pretenciosa.

    El ritmo frenético, las largas secuencias en CGI, los efectos y la humanización de los simios ubican a esta nueva creación de la franquicia en una posición privilegiada de la saga. Los personajes y las respectivas interpretaciones en live motion, son las que no cuadran con el resto de la narración.

    No sé si es a propósito, pero los personajes homo sapiens sapiens son estereotipos puros. No hay lugar con ambigüedades: son buenos idealistas o malos codiciosos. Las actuaciones son pobres y desaprovechadas: James Franco ha demostrado que se puede poner encima el protagónico absoluto de una película, pero en esta aparece atado a un guión científico que no se termina de creer y fuerza a expresarse de forma cuestionable. Frieda Pinto vuelve a ser una figurita de cartón pintado. Su personaje está decorado, el propósito es ser la conciencia de Will (Franco), pero no sale de un rol de acompañante. Los villanos a cargo de Brian Cox, Tom “Draco Malfoy” Felton y David Oyelowo no logran ser suficientemente amenazantes porque son demasiado previsibles y arquetípicos.

    En este sentido, el que trasciende al punto de tener una gran interpretación es el veterano John Lithgow, que luego de un tiempo desaparecido (desde 3rd Rock From the Sun) regresa con un excelente trabajo como el padre de Will, enfermo de Alzheimer. Lithgow siempre fue un actor versátil, tanto en rol de comediante como dramático (sino fijarse en el esquizofrénico protagonista de Demente de Brian De Palma). Sos sus gestos mínimos, la dulzura y naturalismo con que trata a Cesar, lo que lo destaca frente al resto del elenco.

    Sorprendente, porque no confiaban demasiado en ellos (Fox la iba a lanzar en noviembre, pero las primeras pruebas fueron tan optimistas que la adelantaron al “verano estadounidense”) este Planeta de los Simios (R)evolución no conserva el tono satírico de la primera entrega con Charlton Heston, pero gracias a la magia de los efectos especiales, el gran pulso narrativo de su director y sobretodo, la calidez de los personajes “revolucionarios” se puede hablar de una nueva saga con personalidad propia.

    Se pueden discutir errores u olvidos diegéticos, pero dentro de todo, el resultado es satisfactorio. Otro día (quizás con el estreno de Las Aventuras de Tin Tin: El Secreto del Unicornio de Steven Spielberg) seguiremos planteándonos si ha llegado el momento en los actores se han convertido en la nueva especie en vías de extinción de Hollywood…

    Mientras tanto a entretenerse y no pensar…
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  • ¿Diferente de quien?
    Consecuencias de las Elecciones

    La ley de matrimonio igualitario todavía no llegó a Italia, pero el cine poco a poco está tratando de ablandar el pensamiento de los conservadores.

    Hace algunas semanas conocimos en nuestro país, Tengo Algo que Decirles, una comedia dramática que gira en torno a las confesiones de un joven acerca de sus gustos sexuales y ahora llega ¿Diferente a quién?, posiblemente una respuesta más conservadora a la anterior.

    Tengo Algo que Decirles llegó cuando se cumplió un aniversario de vigencia de la ley de matrimonio mientras que ¿Diferente…? Llega oportunamente para época de elecciones.

    Un partido de centro (dice ser de izquierda pero se comporta como uno de derecha) tiene al candidato perfecto para las elecciones de alcalde de un pequeño pueblo norteño y conservador: un hombre que vive sonriendo y le cae simpático a todos. Acaso el único candidato capaz de destronar al actual alcalde que se la pasa inaugurando muros para “parar” el crimen y la delincuencia. El hecho es que para las elecciones primarias no quieren jugar la carta más importante del partido para guardarla a futuro: Adele (Gerini) Ferri, una mujer conservadora que se opone al divorcio. En cambio, deciden elegir al candidato con menos posibilidades de hacerle sombra al principal: el delegado homosexual del partido: Piero Bonutti (Argentero). Pero este no se lo tomara de forma sencilla y hará una gran campaña que lo dejará segundo en las internas. Cuando el candidato principal sufre un infarto, Piero se convierte en el opositor al alcalde en vista a las siguiente elecciones, pero el partido le impondrá como compañera de fórmula a Adele, quien en primera instancia se opone completamente al modo de vida de Piero, pero que finalmente, no solamente compartirá su forma de hacer política, sino que además vivirá un amorío con él, lo cuál traerá inconvenientes a Piero y su novio Remo (Nigro).

    Lo que empieza siendo una sátira política bastante inteligente e ingeniosa, aun siendo muy convencional en términos cinematográficos deriva en una comedia romántica de enredos de parejas y ambigüedades ideológicas.

    Carteni apela a situaciones previsibles, lugares comunes, clisés y estereotipos, además de una pobre puesta de cámara, demasiado televisiva para mi gusto. Sin embargo, el humor es bastante efectivo gracias al carisma del trío de intérpretes (especialmente Nigro) y mucha honestidad en cuanto a sus pretensiones. Aún cuando se pone sentimental, la trama no se convierte en un melodrama y el guión, aun teniendo vueltas de tuerca demasiado vistas en el cine estadounidense es bastante redondo. Los personajes secundarios sin brillar, son simpáticos, y queda abierto el debate acerca de cuál debe ser la identidad o imagen que debe o no tener una familia.

    La película plantea, para decirlo directamente, que no se puede catalogar tan fácilmente a las personas por sus gustos sexuales. Si bien no se hace hincapié en el tabú, se critica ligeramente los prejuicios de la sociedad italiana.

    En una época donde el Primer Ministro da rienda suelta a su misoginia, películas como ¿Diferente a quien? llegan para que los italianos puedan ampliar un poco su visión del mundo.

    Se olvidan que en 1977, Ettore Scola había realizado con un lenguaje más sutil, apelando a cinematografía pura y dos monstruosas interpretaciones de Marcello y Sofía, la bellísima Un Día muy Particular. Claro, era otra época en la que se desarrollaba la acción, otra, la época en que se realizó el film y otro el mensaje.

    Aunque en realidad, lo que sucedía era que en ese momento, el cine italiano era otro. Era cine.
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  • Linterna Verde
    Linterna Verde
    A Sala Llena
    ¿El Fracaso de la Voluntad?

    Existe un excelente “ensayo” del gran Julio Cortazar llamado “Instrucciones para Subir una Escalera”. Si tuviésemos que escribir un manual de instrucciones para usar una linterna, dos de las primeras 5 pautas serían: ponerle pilas y sobretodo, voluntad para encenderla.

    La voluntad supera todas las barreras. Necesitamos, incluso (y aunque muchos no lo crean así) para escribir una crítica cinematográfica.

    En Linterna Verde, la voluntad y la energía son dos elementos narrativos fundamentales para contar la historia del bien contra el mal, básicamente. Los Linternas Verdes creen que la voluntad vence al miedo, y la única manera de vencer al destructor de mundos (debe ser hermano del villano de la secuela de los 4 Fantásticos) es demostrando que hay voluntad. No importa cuan poderoso seas. Si tenés miedo, lo reconocés y hay voluntad, la energía para vencer nace sola. Este es el panfleto que nos quiere vender DC Comics en esta oportunidad.

    La moraleja de esta historia se repite más o menos escondida, o mejor dicho, más profundizada en la saga de Batman, e incluso de Superman. Vencer los obstáculos internos del héroe para poder vencer los externos, refiriéndonos a lo que amenaza con romper la “paz” de la sociedad.

    El problema de esta Linterna Verde es que Martin Campbell nos está vendiendo una película sin pilas, y lo que es peor sin voluntad.

    Admito que vi poco de este director y nada me ha fascinado. Sus dos intervenciones dentro del universo Bond fueron decepcionantes (apenas meros entretenimientos), con el Zorro ha sido discreto y de manual (la calidad la ponían sus intérpretes) y ni hablar del bodrio de acción con Mel Gibson que estrenó el año pasado, Al Filo de la Oscuridad.

    Pero Linterna Verde, es aun peor, porque conlleva un gran pecado para un film inspirado en un personaje de historietas: aburre. Sí, señor. Mi colega Nicolás dijo que él no se aburrió porque no tuvo que mirar su reloj. Yo tampoco, pero no es una cuestión de secuencias largas, densas, lentas o solemnes. Sino una repetición de escenas que no tienen emoción. Todo es tan industrial y fabricado que el resultado final es un film con sabor a hamburguesa de Mc Donalds. Claro, es una contradicción. Si alguno le siente sabor a una hamburguesa de los arcos dorados, lo voy a felicitar (y me refiero a la carne sin aderezos). Así, es esta pálida adaptación cinematográfica.

    Nada está bien explotado. Ryan Reynolds, al que considero uno de los actores más versátiles de hoy en día, trata de imponerle carisma a Hal Jordan, pero con diálogos como los que tiene que decir, sufre del síndrome “este no soy yo, ¿se nota?” Blake Lively, que brilló en Atracción Peligrosa convence pero se encuentra limitada, mientras que Peter Saarsgard, austero y minimalista hasta que se transforma en El Hombre Elefante, y por lo tanto ES MALO, gran actor, es desaprovechado también. ¿Así que actúan los nominados al Oscar: Tim Robbins y Ángela Basset? No me enteré.

    Y ni hablar de los personajes extraterrestres a los que Mark Strong, Geoffrey Rush y Michael Clark Duncan le ponen más voz que cuerpo, que no logran involucrarse lo suficiente para llamar la atención, ser creíbles y divertidos. No se despegan del fondo del decorado. Son parte de la gran cantidad de CGI usado para construir el planeta verde. Artificialidad pura, que se vuelve atractiva porque las escenas en el mundo “real” son monótonas.

    En lo narrativo, todo es demasiado obvio, discursivo y explicativo. ¿Era necesario un personaje relatando en off, para abrir y cerrar la película? ¿Qué le aporta? ¿Un carácter mítico? Thor, con la cual hay varias similitudes, tiene un carácter mítico, pero acá todo se ve nublado, impuesto, forzado para quedar a la moda de lo que genera Marvel. Sí, DC trata de ser Marvel y sale perdiendo. No porque los productos de la empresa de Stan Lee sean grandes maravillas, sino porque la mayoría fueron bien explotados cinematográficamente, gozan de complejos y ricos personajes.

    Acá, la relación padre e hijo está tan en primer plano que no genera tensión ni misterio ¡El misterio es porque ninguno de los tres personajes principales tiene madre! O sea, ni siquiera dicen: “Tu madre estaría orgullosa”. No, acá los padres concibieron, educaron e influyeron en toda la vida adulta de sus hijos.

    No hay golpes de efecto, no hay emoción, el 3D es menos impresionante que El Ultimo Maestro del Aire para que se den una idea. En lo técnico, un excelente Director de Fotografía como Dion Beebe no logra crear un clima distinto y tampoco ayuda la banda sonora de James Newton Howard.

    Salí del cine pensando, honestamente, que al menos Reynolds, Lively y Saarsgard se esforzaban un poco para que ellos, no quedaran tan mal parados con respecto a este decepcionante film, pero reflexionando habiendo pasado unos días, me doy cuenta que este aspecto no es suficiente para elevar el puntaje del mismo.

    Cuando me acuerdo de tantos estereotipos, tantos clisés, frases hechas, lugares comunes, no queda otra que empezar a dar vuelta la página. A ver… ¿que se estrena ahora?

    Quizás debería haber visto esta película en Enero. No sé, como dice Nicolás, estamos cansados. Es posible que llegamos a un instancia del año en que ya pasaron Thor, Capitán América, los Transformers, y no queremos ver más la Tierra a punto de ser destruida por seres fantásticos y siendo rescatada por seres más fantásticos aún.

    Por eso queremos tanto a Batman, donde los villanos quieren destruir personas, no escenarios geográficos.

    Pero bueno, siempre hay oportunidad de redimirse con una secuela (y un director con más personalidad).

    Como diría Thomas Wayne, en una frase que habla, justamente de la voluntad y la energía:

    “¿Por qué nos caemos, Bruce? Para volver a levantarnos.”
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  • Ausente
    Ausente
    A Sala Llena
    Atracción Fatal

    Ausente, segunda obra de Berger funciona como un thriller a lo De Palma (Vestida para Matar, Obsesión, Femme Fatale) como pocas veces se suele ver en el cine nacional.

    Respetando una preocupación autoral en su temática, Berger, esta vez confluye el suspenso con el drama (en Plan B se mezclaba la comedia con el drama) para construir una obra climática que habla de obsesiones y amores no correspondidos… y también, porque no de sacar para afuera las inhibiciones y sentimientos reprimidos.

    Martín es personaje extraño, ambiguo, acaso mucho más seguro de lo que quiere aparentar frente a los demás, mientras que el profesor (suprema interpretación de Echeverría) es un hombre en crisis emocional.

    Los primeros 40 minutos aproximadamente de film son sublimes. La creación de climas, creados a partir de diálogos secos, sutilezas, construcción simétrica de encuadres y una banda de sonora con inserciones corales que bien podría pertenecer a una obra de Argento, construyen una película, inmensa, minimalista, intensa y atrapante. Acaso lo que muchos esperábamos ver en La Niña Santa y La Mujer sin Cabeza, pero no terminamos por encontrar. Porque no tengo miedo de admitirlo. El cine de Martel es meticuloso y perfeccionista en lo que significa puesta en escena y creación de climas, pero fluctúa en lo narrativo. Hacen agua realmente los relatos de Martel (excepto La Ciénaga, aunque tenía personajes más interesantes que la historia en sí). Berger logra reproducir algo del universo Martel, pero de forma menos pretenciosa por suerte, y mucho, mucho más accesible para el público general.

    Acá el tema de la homosexualidad reprimida no es tomada cinematográficamente como tabú y de hecho Berger construye un relato sexual sensual apelando a varios tópicos de De Palma, como el uso fragmentario de partes del cuerpo o la ducha en cámara lenta.

    Por otro lado, el director tampoco pierde del todo una óptica costumbrista, que nos adapta fácilmente al universo de los personajes. Los recursos extra cinematográficos a los que apela para manipular al espectador, se disfrazan cuando vemos calles conocidas de Capital y el conurbano o domicilios de clase media.

    La (falta de) comunicación es un tópico muy interesante. Lo que se dice no resulta tan verosímil como lo que no se expresa. A Berger parece no importarle si los diálogos tienen un tono realista, son atractivos como termina siendo el poder de la mirada y la expresividad mínima de los actores agrandada gracias al montaje y los encuadres. Lo que se sugiere solapadamente es muy poderoso. Y si no fuera por un elenco sólido, esto no sería posible.

    El mayor problema que tiene Ausente es que la primera mitad es demasiado auspiciosa y dinámica, pero la segunda parte se hace un poco larga y densa. El relato se torna un poco repetitivo y redundante, las imágenes pierden poder de sugestión. El ritmo, si bien siempre es lento, constante, los planos secuencia largos (algunos fijos) y la acción interna de cada uno, reducido; no logra sostenerse durante esta segunda mitad por mucho tiempo. Los personajes femeninos, toman mayor protagonismo y no son demasiado explotados. De hecho están un poco caricaturizados. Berger se burla de ellas.

    La película vuelve a levantar cerca del final, cuando Berger apela a un golpe de efecto sorpresivo, pero que le hace bien al film, para encontrar un nuevo rumbo emotivo, y provocar sensaciones ambiguas en el personaje y el espectador. A partir de este momento el film nuevamente tiene escenas tan intensas como inteligentes en su concepción. La persecución final se convierte en una clase maestra de montaje no diegético. El guión es profundo. No nada en la superficie, y temas como la identidad, ocultar los sentimientos, la represión burocrática, el despertar sexual, son abarcados de forma sutil, sin subrayados ni metáforas tontas. Sino un lenguaje directo, pero puramente visual.

    Tensionante y sólidamente interpretado, Ausente es un film de climas, sentimental pero no demagógico ni manipulador. Inteligente y atrapante, a pesar de algunas escenas alargadas innecesariamente. Nuevamente, Marcos Berger confirma que es un nombre a seguir muy de cerca dentro del cine nacional contemporáneo.

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  • Super 8
    Super 8
    A Sala Llena
    El Eslabón Perdido

    Aquel que se haya criado viendo, deleitándose e influyéndose por la filmografía de Steven Spielberg, sabe que su obra no habla ni de extraterrestres, seres mitológicos o dinosaurios. Habla sobre familias separadas. Familias que se deben reencontrar, unir, superar diferencias para volver a estar juntas. Pero, por provenir de una familia cuyos padres se divorciaron, siendo él muy joven, sabe muy bien que los seres humanos no se reconcilian porque sí o porque quieren, sino porque un evento extraordinario los une.

    En su filmografía, recurre a invasiones extraterrestres, arcas de la alianza, santos griales, dinosaurios, camiones asesinos, tiburones, guerras, estafas, fantasmas, asesinatos previsualizados para unir parejas, para que los padres le vuelvan a prestar atención a sus hijos, que los tomen en cuenta, que les crean, que dejen de ver sus obligaciones en la sociedad y vuelvan a prestarle atención a lo más básico.

    Realmente conozco muy poco de la biografía de J.J. Abrams para entender si su vida personal y la de Steven Spielberg tienen similitudes. Pero lo cierto es que en sus tres películas, el rompimiento de una pareja (Misión Imposible 3) o del vínculo filial (Viaje a las Estrellas) son los motores que llevan a los protagonistas a llevar a cabo sus metas.

    Super 8, es sin duda, el proyecto más personal de Abrams hasta la fecha. Un homenaje / remake de lo que Spielberg hizo en los primeros diez años de su filmografía, pero también la demostración de que detrás de las series de ciencia ficción, policiales y la fascinación fantástica se encuentra un nuevo cineasta autor que se esconde detrás del género de ciencia ficción para filtrar preocupaciones básicas del cine estadounidense clásico, y al mismo tiempo generar una carta de amor, hacia la ocupación del cineasta que desde chico, ama y conoce su oficio, tratando de filmar con los recursos que tiene a mano: una cámara super 8, amigos, maquetas caseras, imaginación, cultura cinéfila, y por supuesto, lo que aporta el contexto.

    La primera hora del film es emocionante y encantadora. Un grupo de chicos intenta filmar una película de zombies: algo de Romero, filtrado por el Peter Jackson de Mal Gusto o Sam Raimi de la original Noche Alucinante.

    Joe (Joel Courtney, un descubrimiento actoral) es el hijo del ayudante del sheriff de un pueblo chico de Ohio (Kyle Chandler, el eterno Gary de la serie de culto, Early Edition). Su madre falleció en un accidente, provocando que padre e hijo no logren comunicarse adecuadamente. A la vez, Joe es maquillador y encargado de los efectos especiales de la película de zombies de Charles. En dicha obra va a actuar, Alice (Elle Fanning, que demuestra nuevamente, que le pasa el trapo a su hermana Dakota), por quien Joe, siente un aprecio especial.

    Podríamos hablar de un relato iniciático típico de los años ’70 (de hecho sucede en 1979) como Verano del ’42, sino fuera que una camioneta choca y descarrila a un tren que llevaba una carga “especial” que la Fuerza Aérea Estadounidense se esfuerza en esconder.

    Como suele suceder en este tipo de obras, los verdaderos villanos no son los “monstruos” externos, sino los propios humanos que provocaron que el mismo salga a la superficie. El miedo, la paranoia se filtra en la sociedad de Ohio y el reducido grupo de amigos, se ve envuelto en una trama por detener el accionar militar, y ayudar a ET a volver a casa, básicamente.

    Abrams cita a Spielberg en cada fotograma. El monstruo en cuestión no aparece, utiliza el fuera de campo: sonidos, imágenes difusas, sombras, para generar expectativa y suspenso a la vez. La influencia de Jurassic Park es palpable, incluso a niveles literarios. Pero también en la puesta de luces, los travellings, angulaciones e incluso altura de la posición de cámara, el creador de Lost quiso transmitir la idea de que Super 8 es un eslabón perdido entre Encuentos Cercanos del Tercer Tipo y E.T. O acaso el film que Steven siempre hubiese querido dirigir, pero nunca hizo. Aún así, los “ataques” del monstruo no son nuevos en Abrams. De hecho, los que seguimos Lost durante 6 años ya vimos esos mismos ataques, así como también estaba presente el “monstruo” en Cloverfield.

    El director no abusa de los efectos digitales, los utiliza en partes específicas, pretendiendo generar más suspenso e impacto con efectos mínimos, valorando el trabajo artesanal de los realizadores, y priorizando la historia, el conflicto dramático familiar, la relación de los personajes, y sobretodo, las actuaciones, antes que el asombro visual. Por algo no fue pensada ni para IMAX ni 3D. Es una película bisagra dentro de las vacaciones de invierno. Es el cuento de los chicos que deben volver a casa.

    El cuidado temporal no solamente está llevado al vestuario, peinados o manera de filmar de los ‘70s (el cine más industrial, no el clase B como hace Tarantino), sino también en lo musical: canciones como “My Sharona” o “Don’t Bring Me Down” pasan por el soundtrack, aunque lo más destacable es la banda sonora del habitual colaborador de Abrams (y ahora de Pixar), Michael Giacchino, a esta altura un nuevo John Williams, capaz de crear leit motivs pegadizos y emocionantes (casos Los Increíbles, Up y Cars 2) como de transmitir tensión y emoción a cada fotograma, sin que esta a la vez, le saque poder a las imágenes. Esta vez, se nota, además que Abrams le pidió que homenajeara al creador de los temas inolvidables de Indiana Jones y Star Wars.

    Abrams demuestra que se está convirtiendo en uno de esos artistas como Christopher Nolan, que traen nuevos vientos a Hollywood, que detrás de la fantasía tienen realmente “algo que contar”.

    Es cierto que Super 8 tiene una gran hora, pero al final se pone un poco explicativa, y algunas subtramas que parecían importantes, quedan un poco banalizadas o las cierra con un diálogo superfluo. También es verdad que el verdadero villano, un coronel militar, no tiene suficiente potencia o participación para hacerse odiar demasiado, más allá de la sólida interpretación de Noah Emmerich (el amigo de Truman en The Truman Show).

    Aun con estas “faltas”, Super 8 es una gran película, esas que cobran valor con el paso del tiempo, no por lo que generan, sino por el mensaje que dejan.

    Es de esas obras donde la moralina no es un agregado para simpatizar con los estudios o los sectores conservadores, sino la verdadera trama de la película.

    Como cineasta me identifiqué y emocioné, me reencontré con las razones por las cuáles elegí esta carrera.

    Abrams y Spielberg se han dado la mano, y han generado un regreso a sus raíces. Ojalá se hicieran más películas así.
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  • Un mundo misterioso
    Honestamente, se trata de un verdadero misterio porque Moreno hizo esta película. Una parodia a la falta de ideas, de ingenio para crear “algo”, un producto, una película en sí. Realmente me había gustado mucho El Custodio, pero Un Mundo Misterioso me decepcionó.

    No quiero ser cruel y reproducir en forma catártica todos los sentimientos encontrados que me produjo el film. Si hay críticos que creen que los Coen se burlan de ellos, lo cuál, creo yo, es imposible, acá Moreno hace lo mismo. Cuesta mucho hacer un film en Argentina, pera hacer uno sobre “la nada” y lo que es peor, admitirlo... O sea, ¿estamos hablando de un personaje solitario, inutil, patético en la relaciones amorosas o solamente de un pibe que no sabe que hacer y anda pregonando a favor de la vagancia con pretenciosidad? Esto no sé si va para el personaje o para Moreno. Lo que es verdad, es que se trata de una película que no es aburrida por lo misteriosa que es, y como nunca se justifica que dirección quiere tomar el personaje, Moreno y asociados, sacaron como conclusión que todo se trata de una gran chiste interno, del que me quedo ajeno, alienado, sobre un grupo de gente pretenciosa que disfruta “no saber que hacer con su vida”. ¿Hay romance acaso? ¿Hay ideas? No. Solo una gran actuación de Esteban Bigliardi tratando de comprender con esfuerzo a este personaje. No me gustó la mirada sobre las mujeres (se cuela un peligroso mensaje subliminal subestimando la inteligencia femenina), no me gustó la mirada fuera del ambiente social del protagonista, hipócrita, etc y además pienso que Moreno tomó lo mejor del cine de Rejtman, pero solamente a nivel superficial. Visualmente tampoco es atractiva, parece retrasar mal 20 años.

    Rodrigo, si estas leyendo esto, te digo que no entendí tu película. Te pido disculpas si soy hostil, pero honestamente no me gustó para nada. Leyendo una entrevista, me dejaste en duda si vos mismo la entendiste y espero, que tu próximo proyecto sea mejor y podamos recuperar al gran realizador de El Custodio.
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  • Capitán América - El primer vengador
    ¿El Triunfo de la Voluntad?

    Hay que decir una gran verdad con Capitán América: El Primer Vengador, es una película de transición. Y eso es una verdadera lástima.

    Hasta el momento, todas las películas que se venían haciendo de Marvel tenían una clara intención de ser independiente entre sí. O sea, no necesitabas haber visto Spiderman para ver Iron Man, no necesitas ver el final de El Increible Hulk para comprender el principio de Iron Man 2. Pero, esta manía, que empezó como un chiste, tras los créditos de Iron Man, donde aparecía Nick Fury reclutando a Tony Stark para formar una brigada especial con super héroes para combatir el crimen, empezó a cobrar una molesta inserción narrativa en Thor de Kenneth Branagh, quebrando el clima mítico y el drama familiar que le aportó el cineasta británico influenciado por su conocimiento sheakspereano. El final final de Thor marca lo que sería directamente el argumento para la prometedora Los Vengadores de Joss Whedon a estrenarse el año próximo.

    Sin embargo en Capitán Planeta, Los Vengadores ya se empieza a hacerse notar, y la historia en sí de Steve Rogers es como un gran paréntesis de dos horas entre el final final de Thor y el principio de Los Vengadores.

    Una verdadera lástima que esta sea la principal intención de los productores. ¿Por qué Capitán América termina siendo más valiosa por las imágenes que se muestran después de los créditos que por la película en sí?

    Como ya digo en el siguiente Dossier:

    http://www.asalallenaonline.com.ar/dossier/35-directores/2711-joe-johnston-mas-alla-de-los-efectos-siempre-hay-un-hijo-buscando-a-su-padre-.html ,

    Joe Johnston es un director que dejó de lado la realización de efectos especiales para narrar historias, cinematográficamente hablando. Y lo hace bastante bien, pero esta vez se metió en un proyecto que va más allá de su administración. Que lleva publicitándose hace demasiado tiempo y le termina perjudicando narrativamente a esta película.

    En principio porque quedan demasiados huecos narrativos: ¿tiene algo que ver el suero que agranda a Steven Rogers con el cubo mágico que cae de las tierras de Thor? ¿es el mismo cubo que vemos tras los créditos de la película del dios vikingo?

    Y eso es solo el comienzo. El final deja tantas dudas como el de Lost.

    Una lástima porque no se trata de una mala obra. El principio es rico, divertido, entretenido. Chris Evans se pone al hombro la película y demuestra que es algo más que una cara bonita: realmente es muy creíble como el soldadito enfermizo con ganas de triunfar. La estética retro, romántica cuarentona está cuidada en cada detalle y existe una verdadera humanización en cada personaje. Enternece por ejemplo, la relación entre Steve y Erskine (gracias a la naturalidad y sutileza de gestos de Stanley Tucci). Johann Schmidt es un villano de antología, Hugo Weaving, demuestra su versatilidad, su destreza gestual/facial para componer al personaje. Toda la película es muy entretenida. Una mezcla entre serial estilo Indiana Jones o Dick Tracy que se relaciona con la estética de los cómics de la época, con Donde las Aguilas se Atreven (misiones suicidas en Los Alpes, todo muy vistozo.

    Sin embargo, lo que debería priorizarse es el mensaje, la moralina: la bondad y compasión hacen fuerte al hombre, y la maldad lo convierte en un monstruo. Esta trivialización, banalización del bien y el mal con estereotipos no es tan molesta, como lo es el hecho de que durante el desarrollo, Steve Rogers olvida la palabra compasión en su diccionario y mata a diestra y siniestra, sin tener compasión a algún villano.

    Los últimos 45 minutos, lamentablemente borran el contenido más político y sentimental que tan bien habían sido desarrollados intercalados con escenas de suspenso y acción al principio. El final es una sucesión de escenas adrenalínicas, más parecidas a un video juego, que a una película. Inclusive la pelea final entre Rogers y Calavera Roja es muy decepcionante. Y todo se da, cuando se sacan las máscaras, o se las ponen mejor dicho. Cuando Steve Rogers deja de ser el soldado perseverante al que ponen como propaganda política solamente, para ser EL Capitán América... y Schmidt se convierte realmente en Red Skull.

    La obra tiene un excelente elenco, entre los cuales se destaca también el rubio Neal McDonough como un duro soldado irlandés (se entiende por el estereotipo de la caracterización). Sin embargo no me queda demasiado claro porque el comando elitista que lidera Rogers empieza a convertirse cuasi en protagonista y termina siendo olvidada en la trama, al igual que pasa con los personajes de Toby Jones y Tommy Lee Jones, ambos interpretados con majestuosidad. El primero, porque resulta verosímil en cada fotograma. El segundo porque nos muestra a K (el personaje de Jones en Hombres de Negro) en medio de la Segunda Guerra Mundial.

    Desde el punto de vista narrativo podemos encontrar tantas falencias, que abren agujeros, que buscan respuestas para encontrar directamente en Los Vengadores, que resulta difícil no clasificar a esta película de tremendamente fallida. ¿Por que lo que no vemos en un debe estar en la otra?

    Sin embargo, alguien la salva. No, no es El Capitán América en sí, sino Johnston. El director le aporta, dinamismo, nostalgia, entretenimiento, cinefilia y sobre todo una gran cuota de respeto por la época y la iconografía de la misma. No quiero, honestamente centrarme en el contenido patriótico esta vez, porque es tan obvio de antemano, que criticarlo, me parece completamente hipócrita.

    Lo que vale la pena es la sensación y emoción que te va dejando a medida que te vas involucrando mejor con el personaje de Rogers. Pero al mismo tiempo, esa alienación que provoca no saber si estás viendo una secuela de Thor, acaso.

    Lo peor es que se nota que se hizo muy rápido. La construcción artística es notable, pero falta que se convierta en algo más genuino y menos industrializado. Casi que no da tiempo de masticarla bien hasta que se estrena Los Vengadores. Hay cierta frialdad conceptual. Como sí hubiese mucha autoconciencia que se trata de un nexo y no de LA película definitiva de uno de los personajes más importantes de Marvel.

    Alan Silvestri no falla en la banda sonora, pero tampoco logra explotar musicalmente como sucede con las partituras que hizo para Zemeckis.

    Podemos encontrar paralelismos con G.I. Joe y La Guerra de las Galaxias en la forma que se representa a los miembros de Hydra.

    Capitán América es una obra incompleta: faltan motivaciones claras, ser más dependiente de su propia historia. Entretenida, pero la meta es interesar al público para la que vendrá en Mayo del año que viene. Y eso no es suficiente.

    Lo que le falta es creérsela un poco más… y hacer valer la voluntad interna (y no de los inversionistas). O sea, básicamente, a Capitán América: Primer Vengador, le falta la actitud de Steve Rogers.
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  • Loco y estúpido amor
    Te Extraño, Phillip Morris

    10 películas para elegir en el Village Recoleta: 2 (Super 8 y El Significado del Amor) ya las había visto. A 3 les tenía desconfianza (Larry Crowne, El Mundo Según Barney, Amigos con Beneficio, que me daba deja vu en realidad) 2 eran nacionales pero no me interesaban demasiado (La Patria Equivocada y Cerro Bayo) y podía apostar por lo seguro: Abbas Kiorastami + Juliette Binoche (Copia Certificada) o la oscarizada Susanne Bier (En Un Mundo Mejor).

    Pero la verdad, es que tenía ganas de reirme con un producto inteligente. Así que aposte nuevamente al duo Ficarra/Requa, que ya me había dado dos alegrías en el pasado: el guión de Un Santa no Tan Santo y Una Pareja Despareja (I Love you Phillip Morris).

    Humor cínico, crítico, puesta en escena fuera de lo tradicional y un elenco soberbio. Además el guión esta vez lo firmaba, Dan Fogelman que había escrito Cars y Enredados.

    Realmente le tenía fe a esta supuesta comedia romántica.

    Pero las mejores intuiciones suelen fallar a veces.

    Loco y Estúpido… es una comedia dramática romántica, que habla básicamente de lo difícil que es saber si uno está o sigue enamorado de una persona, de la búsqueda del alma gemela, de la reivindicación del núcleo familiar tradicional estadounidense, la importancia de los valores, y conseguir el sueño americano.

    Paren. Puedo esperar esto de Fogelman (aparecen en Cars estos mismos temas, pero Lasseter hace magia cinefila con ellos), pero Ficarra y Requa han vendido una ideología, una filosofía de vida en pos del ¿éxito comercial? (aunque los protagonistas de Phillip Morris también se veian como almas gemelas, el tono era otro).

    Cal (Carrell) y Emily (Moore) son un matrimonio cuarentón que se casó muy joven y llegados a cierta edad no saben que más hacer con su vida conyugal. Por eso, ella le pide el divorcio y admite haber tenido sexo con un compañero de oficina. Cal no lo puede soportar y enseguida se muda solo. Ambos tienen hijos y esto no es fácil para ellos, especialmente para Robbie (Bobo) de 12 años, que está enamorado de su niñera de 17, Jessica (Tipton), que a la vez está enamorada de Cal.

    Deprimido, Cal pasa sus noches en un bar donde es observado por Jacob (Gosling), un playboy, casanova innato que le tiene lástima y le da lecciones para “levantarse” mujeres y al mismo tiempo, cambia completamente su vestuario y peinado, transformándolo en un seductor maduro.

    Si estas subtramas no son suficientes tenemos a Hannah (Stone), una aspirante a abogada, que deja pasar la oportunidad de pasar una noche con Jacob para abocarse a su estudio y trabajo.

    Todo esto parece mucho, pero son simplemente los primeros 5 minutos del film.

    El problema es el resto.

    Lo que más desorienta, confunde de Loco, Estúpido es como dos directores que supieron ser subversivos, transgresores para los cánones de Hollywood, decidieron convertirse en un dúo tan conservador y cursi a la hora de hablar de amor. No es que sus películas no tuviesen una moralina subliminal, pero siempre estaban codificadas por el humor negro, el absurdo y una cuota de surrealismo, básicamente porque los personajes eran tan fríos, salvajes y pragmáticos que costaba creer que fueran humanos.

    Acá sucede lo opuesto. Se llevan todas las situaciones al extremo del romanticismo cursi, de situaciones clisés (al menos en una escena lo admiten), lugares comunes y resoluciones previsibles. Los personajes son sólidos, pero un poco estereotipados. Los más interesantes, acaso son Jacob y Hannah, pero Ficarra y Requa por momentos se olvidan de ellos, los dejan de lado y los van convencionalizando hasta que no queda nada de lo que los hacía interesantes al principio de la historia.

    Visualmente, los directores también se apartan de la cuidada puesta en escena de Phillip Morris. Hay una distinguida elección de colores, y por momentos la fotografía aporta a generar ambiente, pero no es lo mismo. Resulta forzado y al mismo tiempo, no es muy inspirado. Se empasta con cualquier otra comedia dramática que se ve hace muchos años.

    Si bien, desde el comienzo queda claro que no es una comedia, sino que se enlazan momentos humorísticos a escenas dramáticas (algo así también sucedía en Phillip Morris, pero el propósito era otro), el sentimentalismo toma demasiado protagonismo. Frases hechas que algún momento fueron criticadas por uno de los personajes, terminan siendo habituales. Admito que hay escenas cómicas que sorprenden y funcionan bien, pero no le doy tanto mérito a los directores o el guión, sino a los intérpretes, que son sin duda, lo mejor de una obra que prometía cinematográficamente mucho más.

    Steve Carrell demuestra que cuando interpreta dramas se mueve con mayor naturalidad que con las comedias. Cal es un perdedor a su medida. Carrell con pocos gestos es convincente. En cambio resulta forzado en las escenas más humorísticas. Julianne Moore en cambio, encarna a la perfección a la oficinista frustrada sexualmente. Es un rol que se sabe de memoria, pero siempre es placentero volver a verla así. Ryan Gosling y Emma Stone son la vanguardia de la interpretación joven estadounidense de hoy en día. Ambos tienen una versatilidad increíble, tanto para la comedia como el drama. Explotan su atractivo físico, en pos de un rol, son camaleónicos y sinceros. Una lastima que sus interpretaciones pierden fuerza cuando los personajes se vuelven demasiado predecibles.

    Las participaciones especiales de veteranos como Kevin Bacon, Marisa Tomei (cada vez más sensual con el paso de los años) y John Carroll Lynch aportan cierta gracias, pero los tres están bastante mal aprovechados, incluso teniendo buenos personajes.

    Pero sin duda, son los dos adolescentes los que se llevan los verdaderos méritos en lo que respecta a interpretaciones: Analeigh Tipton y especialmente Jonah Bobo (a no sorprenderse si al protagonista de Zathura lo nominan al oscar como actor secundario) son lo que realmente se llevan los lauros. La gracia y la naturalidad para poder representar verdaderos cuestionamientos amorosos con sutileza de gestos en ambos, es notable.

    Sin embargo, más allá del elenco, es poco lo que esta vez aportan a la comedia estadounidense Ficarra y Requa. Se extraña el sarcasmo, el atrevimiento por insinuar con inteligencia y provocación, la sensualidad de lo bizarro. Nada de esto tiene Loco y Estúpido Amor. Es como una versión ajironada, positiva, optimista de Belleza Americana. Y si empezamos a preferir el modelo de Sam Mendes, es porque algo de lo que vemos no nos resulta creíble. El absurdo es la utopía que lo directores quieren crear alrededor de los personajes.

    A pesar de una banda de sonido atractiva, y una fotografía cuidada en ciertos momentos, de la subversión a la apología de los valores caprianos en un contexto poco verosímil, Ficarra y Requa logran una obra poco personal, de la que ojalá puedan reestablecerse pronto.

    Como el personaje de Steven Russell (Jim Carrey en Phillip Morris), los directores tienen que afirmar su identidad, sino ese loco, estúpido amor que muchos empezamos a sentir por ellos, va a terminar en un triste divorcio.
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  • La vida útil
    La vida útil
    A Sala Llena
    La Cinemateca Uruguaya es una institución de rescate y memoria cinematográfica como hay pocas en el mundo. El sitio donde Homero Alsina Thavernet diera a conocer a Bergman al mundo, es comparable a la gran cinemateca de París. Ahí trabaja Jorge (Jorge Jelinekk, crítico de cine ganador del premio BAFICI al mejor actor), que es más que un proyeccionista. Las películas y la cinemateca son su vida. La cuestión es que los números no dan, las asistencias han caído y están en la quiebra. La cinemateca no produce dinero, así que la tienen que cerrar. Si bien, para Jorge es como si se le acabara la vida, tambien es la oportunidad de salir y recorrer el mundo.

    La segunda obra de Veiroj es una fábula de amor por el cine, los clásicos y los lugares donde los cinefilos nos refugiamos para regocijarnos con este hermoso arte, pero a la vez tambien es una metáfora acerca de “la muerte del cine” (aunque no sé cuan seria es esta información) y por otro que los cinéfilos somos ratas adictas al cine que nos falta ver el mundo real y enamorarnos. Con ternura y una soberbia puesta en escena blanco y negra, meticulosa, llena de claros oscuros, La Vida Util peca de ser demasiado corta, pero aún así es divertida, entretenida, nostálgica, original y da pie a la reflexión.

    Hay cameos y homenajes para los cinefilos y críticos como Jorge.
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  • Malas enseñanzas
    Malas enseñanzas
    A Sala Llena
    Segundas Generaciones No Siempre Fueron Buenas

    En Hollywood las dinastías también existen, y muchas de ellas aún hoy siguen siendo poderosas e influyentes. La mayoría de los grandes actores o directores tienen a sus críos dando vueltas por la industria. Pregunten a la familia Barrymore, los Huston, los Estevez, etc. Hay muchos clanes dando vueltas. Pero La Familia, son los Coppola.

    Y este preámbulo viene a colación de los directores que decidieron seguir los pasos de sus progenitores, muchos de ellos con mayor talento incluso.

    El presente de los Coppola, ya que los cite previamente, dictamina que Francis Ford filma por inercia prácticamente. Con la excusa de hacer cine “independiente” hace cualquier porquería en algún país tercermundista, cuando en realidad se dedica a comprar inmuebles, hoteles, restaurantes y distribuir sus vinos. Se ha convertido en un codicioso Michael Corleone, que reniega y llora por su fortuna, mientras sigue recibiendo elogios por su carrera, al tiempo que cuida a su tesoro más preciado: la talentosa Sofía, mientras que el también talentoso hermano Román esconde su rostro bajo el mundo de la publicidad y videos clips, y le dejan los verdaderos escándalos al primo Nicolás que decidió devolver el apellido.

    Caso opuesto es el de Nick Cassavetes, que en un principio parecía querer seguir los pasos del padre, pero finalmente terminó no solamente filmando en la vereda opuesta, bajo los mandamientos a los que el padre siempre combatió desde la retaguardia, sino que además destrozó un guión que el gran John nunca llegó a filmar.

    En cambio, hay dos clanes familiares que empiezan a encontrar lugar entre los “nuevos” nombres de la industria y, paradójicamente podrían tener vínculos intercambiables: los Reitman y los Kasdan.

    Jason Reitman también decidió caminar por vereda opuesta a la de su padre, Ivan. Jason prefiere la comedia dramática, reflexiva, crítica, cínica, con típico espíritu Indie, mientras el padre siempre mezcló la comedia con la ciencia ficción o el policial con resultados no siempre satisfactorios, elencos grandes y atractivos, con pretensiones de volar la taquilla.

    El caso de los Kasdan, en cambio es paradógico. Papá Lawrence, mítico guionista de El Imperio Contraataca y Los Cazadores del Arca Perdida, hizo una filmografía variada en géneros, pero donde prevalecen las relaciones filiares, personajes sólidos que deben aprender a relacionarse con las personas que siempre tuvieron cerca, pero nunca reconocieron como tales. Toda la obra de Kasdan es el reencuentro de gente solitaria que no tuvo un rumbo y de repente debe reconocer que la persona que lo puede ayudar a salir adelantes es la que tuvo siempre a su lado o en frente. Y en cierta forma esos son los pilares de los dos primeros guiones de Kasdan también: un padre que se reconoce como tal frente a su hijo, y un arqueólogo que para encontrar una pieza mitológica antes que los nazis debe reencontrarse y pedirle perdón a un viejo amor. Como director, en cambio, no fue tan sutil. No disfrazó tanto el tema. Incluso un western épico como Wyatt Earp trata sobre la hermandad. Kasdan es uno de mis directores favoritos de los 80s y 90s. (Reencuentro, Te Amaré Hasta Matarte y El Corazón de la Ciudad, son tres grandes piezas). Lástima que la década pasada dejó dos obras mediocres.

    En cambio Jake, el primero de los descendientes Kasdan que agarró una cámara, prefirió seguir el camino de la comedia absurda más deliberada, donde no se puede pedir verosimilitud narrativa o personajes que desnuden su alma. A Jake le importa divertir sin demasiadas pretensiones, y por eso se juntó con el clan Apatow, siendo acaso el miembro más radical, en el sentido de que tiene una completa autoconciencia, así, como la tiene los hermanos Zucker o Jim Abrahams, que sus películas se desarrollan en un plano surreal. En cambio, Jon Kasdan parece volcarse más cerca de los gustos de papá, a juzgar por la película Entre Mujeres (2006).

    Paradojas del destino, Jake Kasdan parece un hijo perdido de Ivan Reitman, y Jason Reitman el descendiente directo del cine de Lawrence Kasdan.

    Con Malas Enseñanzas, se confirma que Jake tiene un buen pulso para llevar el humor, pero a la vez gran timidez para elevar el producto. De hecho si uno sigue la filmografía de Kasdan Jr, pareciera que estamos siguiendo a un joven John Landis y que Malas Enseñanzas debería haberse convertido en la Escuela de Animales de nuestros tiempos. ¿Qué pasó? ¿Por que no podemos encontrarnos con una perfecta sátira a la educación media estadounidense? Ya en Orange County (su segunda obra), Kasdan se manifestaba contra la ineptitud del estudiantado y los profesores en las universidades prestigiosas, y ahora arremete contra un colegio primario. El problema, que era el mismo en Orange… es que no se separa de su protagonista, y no se anima a abrir el abanico, aunque tiene posibilidades, porque personajes no le faltan, pero todo gira alrededor de la meta de la profesora que interpreta con una solvencia, maravilla, admiración y altura humorística de las mejores divas de la historia del cine, Cameron Diaz.

    Su Elizabeth Halsey es el centro de toda la película. A diferencia de otros personajes con los que ha sido comparada (Jack Black en Escuela del Rock, Billy Bob Thorton en Un Santa no Tan Santo o Los Osos de la Mala Suerte) Elizabeth es realmente quien dice que es, no está metida en esta escuela por error o equivocación. Es una maestra desastrosa. Un ejemplo deplorable de persona que no parece encajar con el hermoso rostro de Diaz, pero la actriz de La Máscara ha madurado y convertido tanto su belleza, como sus limitaciones en herramientas a la hora de elegir guiones y resolver personajes. Por eso Elizabeth está creada para los zapatos de Cameron. La diva se ríe de sus pechos, de sus relaciones sentimentales y procesa todo de forma tal que no queda ni como rubia boba, ni como sex symbol grasoso. Es una comediante de raza. Una lastima que el resto del argumento no se sostiene. Si bien es jugado por parte de Kasdan que cada secuencia se ate prácticamente con alambre con la anterior o la siguiente, la gracia de la actriz saca adelante una película mediocrísima. Y no está sola por suerte: Lucy Punch (otro descubrimiento de Woody Allen) es una antagonista perfecta, odiosa, pero que le escapa al estereotipo. Y con estos dos personajes, la película avanza ágilmente sin posibilitar que el espectador reflexione demasiado sobre lo que está viendo y se divierta sin tapujos. Ambas son sexis, maliciosas, queribles y molestas a la vez. Merecen ser castigadas de alguna forma. El elenco masculino está completamente de más. Ni Jason Segel o Justin Timberlake logran destacarse porque repiten personajes que ya han vivido en el pasado. Probablemente se la acuse de misógina, pero me parece que en este caso, Kasdan (a diferencia de Michael Bay, por ejemplo), lleva el fetichismo hasta un extremo tan ridículo que no se puede tomar en serio.

    La falta de cohesión narrativa permite que la película tenga ciertos aires de las primeras adaptaciones de sketchs de Saturday Night Live a la pantalla grande. E incluso hay un cameo de una ex integrante: Molly Shannon. Pero en el medio algo se pierde. El humor escatológico no siempre funciona, y la ausencia de un hilo narrativo sólido empieza a cansar. Las escenas de Elizabeth drogándose son reiterativa y pierden efecto humorístico. Incluso credibilidad diegética. El final aparece de forma forzada, incomprensible con el resto de la película. Como si el estudio hubiese desaprobado y descartado el final original e impusieran este que no termina por convencer.

    Además, como ya dije antes, hay suficiente personajes secundarios atractivos con buenas interpretaciones que hubiesen permitido abrir el abanico: darle más cabida a las subtramas relacionadas con la relación del director con los delfines, los personajes infantiles quedan injustamente relegados, y se podrían haber explotado más.

    Kasdan se burla sin filtros de otras películas con maestros como: Stand and Deliver (1988), Mentes Peligrosas (1995), Scream (¿?) y toma como referencias escondidas a clásicos como Escuela de Animales(1978) Fast Times at Ridgemont High (1982), Experto en Diversión (Ferris Buller, 1987), El Arte de la Seducción (2006), aunque quizás la más obvia sea Maestros (1984) de Arthur Hiller. Aunque el estilo visual es más comparable con la sequedad de Zwigoff.

    Discreta, no del todo desechable ya que tiene momentos humorísticos efectivos, pero bastante olvidable, Malas Enseñanzas, confirma que Jake Kasdan no tiene hasta el momento, el suficiente talento que tenía el padre a su edad. La película arremete contra la falta de inspiración de las nuevas generaciones, la estupidización, de la que Kasdan como realizador parece estar reflejado. Se extraña al Kasdan más intelectual de la ópera prima, Efecto Zero (1998).

    Igualmente, si la clase, la sigue dando Cameron, está todo perdonado. Pero están aprobando, con la nota justa.
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  • De dioses y hombres
    Al contrario de lo que puede pensarse a simple vista este nuevo largometraje del actor Beavois no habla sobre religión. Tampoco es cine político en sí. Habla sobre dilemas morales, acerca de que lugar ocupa uno en la sociedad, y si se debe dar un paso al costado para proteger la vida propia o luchar hasta el final por una convicción o una ideología.

    No importa tanto que religión sea la que profesan los monjes recluidos en ese monasterio en Argelia. Ellos ven a todos como iguales. Y los extremistas musulmanes que los amenazan, tampoco lo hacen porque ellos se opongan a la religión. Des Hommes et Des Dieux habla sobre como un bando lleva su ideología pacifista hasta que su vida corre peligro y como otro bando hace lo mismo, pero a través de la violencia.

    Ojala el mundo se pudiera definir tan fácilmente ¿no? Pero justamente a este lenguaje simple, coloquial sencillo y sutil, apela el director. A demostrar que el mundo no debería ser complicado.

    En uno de los diálogos más inteligentes, un anciano argelino intenta comprender porque un muchacho mató a su nieta, solo porque no traía puesto un manto sobre el pelo, si ambos eran de la misma religión y hablaban el mismo idioma.

    Construida sobre un guión sólido, personajes creíbles y diálogos verosímiles, inteligentes, que abren lugar al debate, además de una puesta en escena rigurosa, con una fotografía magistral, tanto en interiores como especialmente en exteriores, donde se aprovecha la geografía de la región sin alardear, el film de Beavois, peca de alguna que otra escena redundante, pero nunca pierde el ritmo. El elenco es fundamental, pilares maravillosos para sostener cada acción y diálogo. Incluso en los momentos de mayor suspenso, uno puede refugiarse en la calma de los actores, para no escaparse del mundo. Lambert Wilson, Michael Lonsdale y especialmente el veterano Jacques Herlin, se destacan en esta recreación bastante libre acerca de una historia real acontecida en 1995. Meticulosa y sin pretensiones, esta película, tiene la sencillez pero la tensión de una 12 Hombres en Pugna, de nuestros tiempos.
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  • Canción de amor
    Canción de amor
    A Sala Llena
    El mayor planteo que genera el film de Idelson es ¿qué es? Está bien, no es un plomo, no es un documental, no es una obra experimental ni vanguardista. ¿Es una mezcla de todo?

    Posiblemente, pero no me parece cine. Apenas un mero ejercicio universitario: ¿qué imágenes ponerles a populares canciones de amor de todos los géneros? Hay canciones en versiones originales, hay covers y hay versiones españolizadas. Imágenes que pegan muy bien, otras que no pegan y una tercer mirada provocativa que no entiendo que pretende generar. ¿Un striptease? ¿una empleada doméstica limpiando un inodoro? ¿Pretende hacer una crítica social o simplemente burlarse de los gustos populares?

    Estas incongruencias en las intenciones son las que provocan que este film sin fin ni principio, sea solo una mera curiosidad. Estéticamente está cuidada, y hay encuadres curiosos, pero es muy irregular. La directora, además señala a malos imitadores y parece burlarse de ellos, y si esa no fue su intención, lo que genera es que el público se ría de ellos (no con ellos), lo cual termina siendo bastante malintencionado.
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  • Cars 2
    Cars 2
    A Sala Llena
    El Camión Grúa que Sabía Demasiado Poco

    Cuando voy al cine a ver una película de Pixar, voy con otra predisposición que la habitual. Al igual que cuando voy a ver una película de Eastwood o de Spielberg o de Scorsese. Son directores especiales, sus obras son especiales. Me llevan a encontrarme con mi niño interior, como aquella famosa y maravillosa escena de Ratatouille en la que el crítico culinario prueba la comida que le da origen al título de la película y regresa a su infancia. Ese sentimiento es el que encuentro en las obras de estos autores, y con las obras de Pixar más que nada.

    Tras ver la reacción de varios colegas después de la exhibición de Cars 2 ante la reacción que habían tenido sus hijos o chicos de corta edad frente a la misma, creo fervientemente que Pixar hace películas con la misión de encontrar ese niño interior, más que con la intención de llegar al niño de hoy en día, lo cuál nos hace entender, que los realizadores, buscan encontrarse con su propio niño interior, y por lo tanto a esta altura, con el éxito mediante, pueden tener la impunidad de hacer lo que quieran en medio de un Hollywood que se rige más que nunca por tendencias y por encontrar lo que el público busca. Pixar en cambio va en la búsqueda de lo que el público necesita. Y ese niño interior no se encuentra conectando al adulto con algún producto propio de esta década, sino de la época en la que se crió.

    Por lo tanto no me sorprende encontrarme con amigos que me comenten que sus padres vieron Wall E o UP y se emocionaron durante toda la obra, que mis propios padres se hayan conmovido con los primeros 15 minutos de la película de Pete Docter o yo mismo hacerme un replanteo acerca de si tengo que vender o no los muñecos que marcaron mi infancia tras ver Toy Story 3. Eso provoca en mí el cine de Pixar. Y pareciera que tras Ratatouille esta misión, es una declaración de principios.

    Y mi infancia estuvo marcada por dos subgéneros que no eran tan populares en aquella época: el misterio detectivesco en literatura y el espionaje industrial en el cine, pero filtrado con humor. Para ponerlo en ejemplos concretos: siempre fui un gran fanático de Sherlock Holmes y Hércules Poirot, y sobretodas las cosas, soy un declarado fanático de James Bond y el Superagente 86, a la que considero la mejor serie de todos los tiempos. Me encanta volver a ver los mismos capítulos y me sigo riendo con los mismos ingeniosos chistes de Don Adams supervisados por dos genios del humor como Buck Henry y Mel Brooks.

    Tomando esta referencia, y que además me encantan comedias de enredos de espionaje, consideradas menores, como Espías como Nosotros, las dos versiones de El Hombre con Un Zapato Rojo (la primera con Pierre Richard, la segunda con Tom Hanks) y El Hombre que Sabía Demasiado Poco (con un Bill Murray ideal), Cars 2 me parece una película gloriosa.

    Ya en su época había defendido la primera parte, una obra sentimental, nostálgica que remitía al cine capriano con un argumento Doc Hollywood (olvidable película con Michael Fox). La belleza visual, el meticuloso diseño sonoro y lo queribles personajes, la convertían en una obra diferente de Pixar, más romántica, menos infantil. Hay que recordar que Cars fue la última película del GRAN PAUL NEWMAN. Por lo tanto en la secuela no falta el homenaje.

    Los protagonistas de Cars: el Rayo Mc Queen, Tom Mate, Mustang Sally son realmente tan o más queridos por John Lasseter, impulsor y presidente de Pixar, que Woody o Buzz Lightyear. A pesar de que no tuvo el éxito o la respuesta ideal, Lasseter sorprendió a todos cuando encabezó el proyecto para la secuela.

    Sin embargo esta vez, a diferencia de Toy Story, decidió virar completamente el rumbo de la historia. Llevar a los personajes alrededor del mundo, sacarlos de su pequeño y romántico pueblo en la mitad de Colorado y transponerlos en Japón, Italia e Inglaterra. Una jugada arriesgada, pero más arriesgado aún es haber cambiado el género y al protagonista de la historia. Esta vez no es una comedia romántica, sino de comedia de espionaje industrial, propia de la época de la guerra fría. No se trata de Austin Powers que es una sátira. No es lo mismo. Las sátiras obras sobre el mundo Bond son burdas, vulgares y poco inspiradas. Tampoco es el diplomático Jack Ryan, el existencialista Jason Bourne o el último y sensiblero James Bond. Esto es espionaje de la vieja escuela. Y funciona, y es entretenido y es mágico y es divertidísimo. Lo que hubiese dado por ver Cars 2 cuando era chico…

    Por otro lado, el cambio de protagonista confirma la búsqueda de Pixar por establecer a hérores hechos chatarra. Pixar reinvidica la chatarra, lo viejo, lo que está pasado de moda. Como los juguetes artesanales, como los monstruos bajo la cama, como los robots maltrechos. Mate, el verdadero protagonista de Cars 2 es primo hermano de Wall E, por así decirlo. Una serie de confusiones lo llevan a acompañar a su mejor amigo, Rayo Mc Queen por todo el mundo, y posteriormente ser confundido con un espía estadounidense por un Aston Martin de MI6 (cuya voz original pertenece a Sir Michael Caine, el mayor lujo del elenco), o sea el mejor espía británico (no podía sea otro coche, obviamente). Como en todas las películas de Pixar, las secuencias iniciales anticipan la magnificencia de lo que veremos, y Finn McMissile es un personaje soberbio como protagonista de la misma: elegante, astuto, arriesgado.

    La misión es detener un complot para destruir este World Prix donde Rayo Mc Queen es favorito junto a un Formula 1 italiano (con la voz de John Turturro, hilarante).

    Si bien Cars 2 lleva la misma estructura narrativa que todas las obras de Pixar sorprende la falta de solemnidad, sentimentalismo, pretensión emotiva que esta vez Lasseter decide aportarle a la obra, lo cual, la convierten en un obra más fiel al género que decide transmitir, más transparente, divertida y entretenida. Pude imaginar, más por cultura cinéfila que por guiños de la película, quien era el villano, pero a la vez todo esto suma para entender el fanatismo que tiene Lasseter con el género, para respetar las reglas impuestas. De hecho, parece respetar más estas reglas que las que los estudios podrían imponerle.

    Ideológicamente es mucho más ambigua que otras películas. La fidelidad que tiene con la idea “todo lo pasado es mejor” (emparentado con lo que plantea Woody Allen en Medianoche en París), provocan que desestime la moralina ecológica que parecería impulsar al principio de la trama, y que iría acorde a Wall E. Lasseter opina como The Who: “miren al nuevo jefe es igual al viejo jefe”. Por lo tanto resulta contradictorio que se tire a favor de una gasolina natural en vez de las nuevas gasolinas ecológicas. Un detalle que vale la pena resaltar.

    De esta misma forma, vuelve a reinvidicar la cultura hippie y la amiga, aunque suene utópico, con la entidad militar (vale aclarar que la entidad militar estadounidense clásica no tiene el mismo significado que la entidad militar argentina).

    Estas contradicciones o fantasías Lasseteriana, provocan que Cars 2 sea una obra personal, políticamente incorrecta, que no se deja llevar por tendencias, modas o propósitos de la cultura televisiva.

    Con Mate como protagonista se rescata la idea del tonto que se convierte en héroe, primero por error y después por méritos propios. Mate, es maravilloso (mucho influye la voz de Larry, The Cable Guy, un comediante ignoto en nuestras pampas) y sin dudas es mucho más interesante, con mayores matices, que el Rayo Mc Queen. El cine estadounidense ha dado grandes antihéroes concientes de sus torpezas (desde los personajes de Woody Allen hasta Forrest Gump se podría decir), pero Mate sube un nivel, revierte sus errores con gracia e inteligencia. Mezcla, como ya dije de Wall E, Ralph (el inolvidable personaje de John Goodman en Un Rey de Peso) o Clark Griswold (Chevy Chase en la serie Vacaciones) en, Mate empatiza con el hombre común, con la persona honesta que no tiene doble discurso ni malas intenciones. Un personaje puro, molesto por su comportamiento, pero a la vez querible. Una mezcla de personaje equivocado en el momento y lugar equivocado, propio del ideal hitchcoiano con el personaje ordinario capriano que se encuentra en un entorno extraordinario.

    Más allá de sus protagonistas, vuelve a asombrar la imaginación y perfeccionismo de la familia Pixar para crear este mundo de autos y hacerlo tan verosímil con el mundo real. Prestar atención a los decorados, a los detalles estéticos de cómo está diseñado Japón, Italia e Inglaterra. No quedan detalles afuera. Todo es fantástico.

    Ya es imposible encontrar palabras para elogiar el diseño sonoro visual de la obra Pixar. Es un manjar para los ojos. El 3D nuevamente es usado con sabiduría, mejorando la sensación de profundidad de cada escenario. La banda sonora, esta vez, a cargo de Michael Giacchino acompaña dinámicamente el ritmo de acción con un leit motiv propio de las películas de espionaje y similar a la creada para Los Increíbles (película con la que se emparenta bastante Cars 2 por la influencia setentona). Además Caine, The Cable Guy y Turturro, también aportan sus voces Emily Mortimer, Owen Wilson y el mítico Franco Nero, en una hermosa escena en una villa italiana, homenaje al cine de postguerra.

    Se destaca el mensaje de amistad de la película. El motor que impulsa la historia, la meta de la obra es resaltar el valor de la amistad por sobre cualquier otro sentimiento, incluido el amor. La relación de Mate y Rayo se empieza a convertir en una de esas parejas emblemáticas del cine. No es Woody y Buzz. Es más cinematográfica: son el gordo y el flaco, Abbott y Costello. El equilibrio entre el galán ingenioso, y el feo tonto, es una combinación, una fórmula que nunca deja de funcionar. Y siempre, se termina destacando el feo tonto. Por eso Mate es el protagonista ideal de Cars 2.

    Con un guión más sólido, personajes soberbios, un hipnótico diseño visual, una historia fantástica que mezcla espionaje, screwball comedy y buddy movie, Cars 2 supera en gran medida a su predecesora y no tengo ningún inconveniente en afirmar que se trata de la mejor obra de Pixar tras Toy Story 3 y Wall E. Y aunque es muy temprano para decirlo, quizás sea la mejor película del año.

    Propongo a los que la están destrozando, que la vuelvan a ver, analicen su guión redondo, superior al de UP incluso, su fidelidad idealista, su perfección narrativa. Recomiendo que dejen de verse los pelos del ombligo que le salieron siendo adultos, y se reencuentren con su niño interior, cuando las películas le gustaban porque las miraban por puro gusto y no por obligación profesional.

    Al igual que con la reseña que escribí el año pasado de Toy Story 3, aclaro que la calificación a continuación no es un error.
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  • Hoy no tuve miedo
    Hoy no tuve miedo
    A Sala Llena
    Tras la experiencia de Los Labios (conjunta con Santiago Loza), Fund viaja nuevamente al interior del país, precisamente a su pueblo natal de Entre Ríos para “contar” dos películas. Por un lado, la historia de una familia de jóvenes costureras.

    Esta primera parte, de este grupo de hermanas/amigas tiene un tratamiento estético similar a Los Labios, pero con menor carga social. Es un retrato de costumbres, rutinas, sentimientos compartidos narrados con un estilo seudo documental. El hilo narrativo es mínimo. Hay una búsqueda (que no voy a develar) y un “miedo” latente. Honestidad y sencillez. Fund utiliza la cámara como una testigo de los acontecimientos cotidianos de la vida.

    La segunda parte de la película es menos severa y más autoconsciente. De hecho se parece a un backstage de la primera historia, aunque la primera sucede temporalmente posterior a la primera, a pesar de que comparten personajes. El viaje de un equipo de rodaje. También se registran los vínculos familiares y entre el diario de filmación se filtra una mínima historia.

    En la observación de lo cotidiano se extrae lo extraordinario. Quizás por buscar siempre, ese conflicto, ese elemento que se sale de la rutina no observamos el contexto que nos rodea. Algo que parece interesarle a Fund. Lo otro, lo que pasa atrás.

    A diferencia de algunos colegas, yo creo que existe “algo” en Hoy No Tuve Miedo: una búsqueda estética, una forma de representar cosas que no se ve, una búsqueda de un lenguaje que no es convencional, pero a la vez es sencillo y directo, de pura contemplación.
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  • Transformers 3: El lado oscuro de la luna
    Destrucción Total (¿Y si Megan Fox no Estaba tan Errada?)

    Según Michael Bay, la razón por la que Megan Fox no quedó seleccionada para participar de Transformers: El Lado Oscuro de la Luna, fue porque comparó al director con Hitler y Napoleón por la estricta forma de dirigir a los actores y el equipo técnico. Según Bay, la decisión la tomó Spielberg, productor ejecutivo, que lo sintió como una ofensa personal y antisemita. A Bay pareció no importarle, le molestaba más que la actriz esté todo el tiempo mandando mensajitos por el Blackberry.

    ¿Y si Fox decía la verdad? ¿ Y si la sex symbol en realidad no es tan estúpida como pensamos y la comparación tiene sus fundamentos?

    La tercera parte de Transformers no hace más que demostrar que Bay tiene una ideología netamente nacionalista y peligrosa, incluso.

    Admito que la primera parte me había gustado. Creo que fue más bien la sorpresa de encontrarme con una adaptación bastante fiel a la serie animada y que los robots en cuestión eran sin duda asombrosos, al igual que sus transformaciones. Las interpretaciones humanas en cambio, eran de plástico (a pesar de que participaban Jon Voight y John Turturro entre otros). Pero había cierta nostalgia, fidelidad, cancherismo que le quedaba bien. Además era la primera vez que conocíamos a la hermosa moracha de ojos claros.

    Pero en la segunda, Bay derrapó e hizo de las suyas como siempre: si Armageddon era una película grasosa que se regodeaba en la publicidad y video clip noventoso, con aires pretenciosos (pero el carisma del elenco la salvaba), Transformers 2 era una sobredosis de grasa. Grasa de autos, de transpiración masculina y femenina, cuerpos esculturales que parecían sacados de una película erótica mediocre, los peores fetichismos del cine de los ’80 de Tony y Ridley Scott se acumulan en el cine de Michael Bay, pero sin la capacidad narrativa que tiene el cine de los hermanos británicos.

    Bay es acción, explosiones y misoginia elevados a una potencia de vacío cinematográfico y narrativo. No importa si los guionistas son realmente malos, Bay se ocupa de destruir cualquier guión. No sabe contar con imágenes las palabras, entonces apela a una acumulación, sobrecarga de efectos especiales, persecuciones, acción desproporcionada e inverosímil. Y lo peor, es que no divierte, no transmite tensión, no se genera suspenso.

    Transformers 2 era básicamente un almanaque de taller mecánico y no mucho más. Ni siquiera se disfrutaban los efectos especiales, ni las transformaciones, ni las peleas, que eran ininteligibles para el ojo humano (quizás sí para el robótico).

    Con Transformers 3 tenía expectativas de que haya aprendido de sus errores (como dijo en una entrevista), y haya mejorado algo, regresando a la aventura inicial.

    Los primeros 5 minutos me entusiasmaron. Un prólogo que sucede durante la carrera espacial de Estados Unidos por llegar a la luna. Una truca en la que se mezclan personajes históricos con los actores ficcionalizados me dio pie a especular que esta tercera parte, podría ser un poquito mejor al menos que la secuela.

    Lamentablemente no fue así. Empeora. Esos primeros 5 minutos son un engaño en todos aspectos. De hecho, tampoco es novedoso. Zemeckis lo hizo mejor en Forrest Gump y Contacto (hay varias similitudes narrativas con esta) y Zack Snyder, que, de hecho no es un director que me cae demasiado simpático fue mucho más meticuloso con el comienzo de Watchmen. Pero Michael Bay filma más rápido y le importa un bledo que el montaje final quede bien. No es meticuloso. Y esta vez se nota más que nunca. No es casualidad que firmen tres montajistas. Es horrible la edición. Hay errores de continuidad muy groseros. O quizás los noté porque la acción en cierto punto ya me aburría tanto que tenía que pensar en otras cosas. Además la idea de que el cine puede cambiar la historia o darle una explicación fantástica a ciertos hechos reales de la historia, ya fue mejor realizada en Hombres de Negro I y II de Sonnenfeld, Bastardos sin Gloria de Tarantino, las ya mencionadas Gump y Watchmen, y últimamente en la comedia de Woody Allen, Medianoche en París.

    Pero más allá del absurdo, pretencioso, incoherente argumento inicial de Ehren Kruger, un especialista en malograr adaptaciones (fue el irresponsable del guión de Scream 3, lejos la peor de la saga), tenemos un detalle fundamental y es que toda la película es inconexa e incoherente y no hay un solo plano que lo admita. O sea, incluso hay cierta conciencia en Roland Emmerich, de que está haciendo un film clase B sobre la destrucción del mundo. Sí, miren que malo que es el cine de Bay, que un film mediocre, como 2012 sale bien parado a comparación. Sin ser lo más interesante del holandés (me quedo con Stargate y Día de la Independencia, e incluso con algo de Godzilla), el último film tenía una gran secuencia de destrucción que todos los medios aplaudieron: cuando se destruye Los Angeles.

    Transformers 3 es destrucción tota,desprejuiciada, y completamente idiota, sinsentido. No hay rastros de que Bay pida perdón con alguna cita cinefila. Si Michael Bay parece que solamente vio publicidades y video clips en su vida. Quizás la única película que vio fue Top Gun, y basa toda su filmografía en eso. Y vamos a admitirlo, aunque sea de culto, no es lo mejor de Tony Scott, ni una gran película. Solamente un hito, lo que hizo realmente famoso a Tom Cruise. Una lástima que la cinefilia Spielbergriana no dice presente. Aunque hay un obvio homenaje a Jurassic Park, que me despertó la única risa durante los eternos 154 minutos que dura la película.

    Michael Bay logra algo que parece imposible: abrumar con las escenas de acción, aburrir, tan repetitivas, tan monótonas son que todo el resto carece de imaginación. Y los efectos ya no causan novedad. Es un pecado, un crimen comparar estos efectos con los de Avatar, incluso. El CGI ya no sorprende. Al menos como lo usa Michael Bay. Los giros narrativos son los mismos de la antecesora. ¡Ya sabemos todos que los Autobots no se van a morir en la mitad de la película! ¡Hiciste lo mismo en la 2! ¡BASTA! Y no me importa que sea un spoiler. Me abruman los cameos humorísticos. Me encantan Turturro y Malkovich, pero esta vez me saturaron también. El nivel de estupidización a los que los somete es humillante. Al principio me caían un poquito simpáticos sus personajes, pero el resto de las participaciones me terminaron cansando también. Sí, tanto la humanidad como los robots me parecieron insoportables.

    A favor puedo decir que la ausencia de Fox le dio excusas para evitar caer en la grasada esta vez. Cambió a la morocha rebelde y mecánica por una fina modelo rubia, Rosie Huntington – Whiteley, a la que sacó de una catálogo de Victoria’s Secret. Y no es mentira. El resto de las mujeres (excepto la gran Frances McDormand) corren la misma suerte. No me sorprendería que el casting femenino lo haya hecho, dando vueltas en una limo con las más atractivas mujeres que identificaba en los boliches top de California.

    Además no hay un solo personaje que no tiene un bronceado californiano perfecto. Desde Malkovich hasta Shia LaBeuf, todos parecen haber pasado por el mismo solarium que George Hamilton. ¿Así es la vida allá? ¿allá son las mujeres allá? Es insultante al género femenino sin duda, la visión misógina de Bay. Comparable a la de Santiago Segura en Torrente, pero destaco, el español es mucho más simpático.

    Siguiendo con las interpretaciones, (porque hablar de los efectos, la trama, las transformaciones es impúdico) se podría decir que esta tercera parte tiene las mejores y las peores actuaciones de la saga: dentro de lo peor podemos citar a los ya mencionados Malkovich y Turturro (los prefiero junto a Adam Sandler o los Coen para eso), la novata Huntington – Whiteley (Megan Fox queda como Meryl Streep en La Decisión de Sophie a comparación de la inexpresividad de esta chica. Igual no es su culpa, es su primer rol y está mal dirigida) y Shia LaBeuf que ha firmado un pacto con el demonio con esta saga, derrochando quizás una promisoria carrera tras la última Indiana Jones. Entre los desaprovechados (en punto neutro) aparecen Josh Duhamel, Tyrese Gibson y Kevin Dunn. Y lo mejorcito viene del lado de los que nunca fallan y quizás no tienen tanto renombre: los comediantes Ken Jeong (con pequeñas similitudes con el personaje de ¿Qué Pasó Ayer?), sus cinco minutos son brillantes; el maravilloso Alan Tudyk, reconocido por Muerte en un Funeral y la serie Firefly, y la gran Frances MacDormand, que logra hacer verosímil cualquier cosa. Incluso sorprende Patrick Dempsey en el inusual rol de villano. Es bastante capaz el actor de Grey’s Anatomy cuando lo sacan de su rol de carilindo solamente. Sino fuera por esas actuaciones me habría escapado de la sala, porque el tedio de la última hora me pareció insoportable.

    No hay mucho que destacar en las voces. Peter Cullen con Optimus Prime ya no causa nostalgia, Hugo Weaving como Megatrón es irreconocible, y es una lástima que Leonard Nimoy como el ambiguo Sentinela Prime no adquiera más personalidad (aun cuando se lo ve en una tele como el Dr. Spock y se hace cita varias veces a la serie clásica).

    Los diálogos son infumables: una sarta de estupideces explicativas y discursivas, falso patriotismo sin límites. Es una frase incoherente, anticinematográfica tras otra. Lo peor que ha escrito Kruger.

    Y el discurso ideológico: los Autobots destruyendo bases en Irán, apoyando al ejército estadounidense; Optimus Prime reivindicándose como un asesino despiadado (“ya no seremos más pacíficos, ahora queremos la guerra”, anuncia en un momento), al igual que el personaje de Sam Witwhiky. Todos terminan siendo ejemplos del estadounidense promedio que apoya la venganza por mano propia. Según el nivel cultural de Bay, los rusos siguen estando en la Perestroika y son unos atrasados e ingenuos por eso. ¿Dónde se ha quedado este tipo?

    Claro, no pasó de mediados de los ’90. Miren como filma. No cambió su estética, no se renovó. A pesar del 3D, sigue filmando video clips y publicidades con la estética Baywatch de mediados de los ’90. Horrible.

    El retraso mental (en sentido ideológico, se entiende) de este hombre no hacen más que confirmar las acusaciones de Megan Fox. Sí, es nazi y facho. Pero si quieren un ejemplo más concreto, no hace falta más que juntar al personaje de Dempsey y Malkovich. Los dos jefes de la película: ambos toman conciente o inconcientemente, el comportamiento y la actitud que Bay transmite y de la que se habla en sus obras.

    Sí, llegue a odiar a este pretencioso autor de talento mediocrísimo, hipócrita, anticinematográfico. Ha destruido una de mis series animadas favoritas de todos los tiempos, y por eso mismo merece este linchamiento público. Ya que le gusta, disfruta, se relame morbosamente destruyendo el mundo y vidas humanas, acá tenés esta destructiva crítica. Tomá un poco de tu propia medicina, ¿a ver como te cae?

    Mirá, si la va a leer…
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  • Medianoche en París
    El Arte de lo Imposible

    No voy a ser hipócrita. Estoy viviendo un momento bastante deprimente de mi vida. No quiero hacer catarsis por este medio, pero hay momentos de mi presente, que me cuesta creer estar transitando. Soy una persona pesimista que cree haber nacido en un momento inoportuno de la historia. No me identifico con el siglo XXI. Me hubiese gustado nacer en los ’50 o en los ’60 admito. Aun cuando políticamente eran épocas convulsionadas, peligrosas, me pregunto constantemente como habría sido mi vida habiéndome desarrollado durante esos años, con quién me relacionaría, cuál sería mi visión del mundo y la juventud de hoy en día. Hoy le temo al porvenir. Lo veo oscuro. Pienso que “Todo tiempo pasado fue mejor”, lo admito. Me gustaría sentarme en un café con Don Angelito y contarle la situación que vive el club de sus amores, imaginar que habría dicho, como reaccionaría, y sobretodo la manera en que habría resuelto, desde el pasado, los errores del presente.

    Pero la imaginación es poderosa y traicionera. Sería muy lindo que venga el Doc Brown en un DeLorean y me busque para cambiar la historia, o al menos seguir los consejos de alguna persona que considero hoy en día, como influyente en mi vida. Poder establecer diálogos con Hitchcock, Billy Wilder, Orson Welles y rebatir a todos los estúpidos que los etiquetaron a través de una visión superficial de sus obras. Al menos que me venga un pasaje de avión del cielo, y concertar una charla con Woody Allen, para aprender y al mismo tiempo felicitarlo, porque hace dos días me demostró porque me enamoré por primera vez del género cinematográfico, de la literatura, del arte en sí mismo.

    Medianoche en París nos trae a un Woody Allen auténtico, mágico, nostálgico, pero sobretodas las cosas, cinematográfico, culto, intelectual y filosófico, admirador de todas las artes, meticuloso.

    Me encanta Allen, pero admito que desde hace mucho que su obra es bastante irregular. Me gustaron sus thrillers con influencias shakesperianas y de teatro griego como Matchpoint y El Sueño de Cassandra, que muchos han criticado. Me pareció profunda Vicky Cristina Barcelona y me reí con elementos aislados de dos obras “menores” como Scoop o Que la “Cosa” Funcione. Me aburrí, me pareció superficial, repetido en Conocerás al Hombre de tus Sueños, pero Medianoche en París nos devuelve al Allen que sabe que el arte da la posibilidad de crear y hacer creer lo increíble. Que en la ficción es posible que no haya límites espacio temporales, que no hace falta justificar tales inserciones fantásticas, porque lo que importa es otra cosa, es la mística, el mensaje, la posibilidad que da una cámara de transformar el mundo, la historia.

    Así como Tarantino cambió el final de la Segunda Guerra Mundial en Bastardos Sin Gloria y nadie se molestó por eso, así como Buñuel era capaz de revivir una y otra vez a la burguesía, impedir que salgan de una habitación por razones inexplicables, y que sin necesidad de introducir una justificación material, el propio Allen conseguía que los personajes de una película salieran de la pantalla, se enamoraran de los espectadores y los aconsejaran de cómo vivir su vida, esta vez, convierte a París en una fiesta, como diría Hemingway.

    El protagonista, uno de los tanto alter egos que Woody habría interpretado diez o quince años atrás, necesita entender su vida: está inseguro sobre su obra literaria, sobre su matrimonio, sobre las razones por las cuáles debe seguir enamorado de París y no volver a Estados Unidos. La respuesta será un viaje en el tiempo, que solo se justifica cuando el reloj dan las doce de la noche. ¿Fantasía? ¿Realidad? No importa, Gil viaja a la década del ’20 para encontrarse con Cole Porter (es común que Allen use música de Porter, pero esta vez, además lo incorpora a la acción y aparece dietéticamente), es aconsejado por Scott y Zelda Fitzgerarld sobre relaciones románticas, y acerca de escritura por Ernest Hemigway. Ídolos del protagonista y el director, no solo adquieren un nivel fantástico, sino que resultan afables y familiares. Además Allen se da el lujo de mostrar su mirada sobre como eran ellos. No se preocupa por analizar las características que siempre se enaltecen en las respectivas biopics de los artistas mencionados. Además, tampoco subestima al espectador, da innumerables guiños, que aquellos que no conocen a los artistas mencionados, van a quedarse fuera del juego.

    El autor se da el lujo que su héroe cumpla con las fantasías qué él mismo o alguno de nosotros podría alguna vez satisfacer. Sí, sería hermoso compartir una amante con Picasso, viajar con ella a la Belle Epoque y sacar la conclusión de que cada uno pertenece a un tiempo específico por alguna razón.

    La magia, la gracia, el humor arquetipo de Allen son la fuerza motora de esta obra, pero hay que destacar a un elenco que con herramientas simples hacen verosímil lo imposible. Owen Wilson se relaja, más allá de que es uno de los tantos Woody Allen dando vueltas, y logra una interpretación franca, honesta, simple. Se destaca la interpretación de Michael Sheen como Paul, el rival británico de Gil. Pero los hallazgos también se dan en los actores elegidos para conformar a personajes reconocidos del mundo del arte como el cameo de Adrien Brody como Salvador Dalí o Kathy Bates como Gertrude Stein.

    Pero Allen no solamente es un “romántico”, nostálgico insalvable, enamorado de los más grandes artistas de toda la historia del mundo, sino también un cínico crítico de los críticos burgueses, de los intelectuales soberbios hipócritas que se creen dueños de la verdad y hacen sentir infradotado, subvalorado a aquel que no entiende lo que habla. Y si bien, hay algo de esa soberbia a Allen, lo que el director critica, en realidad es el modo, la clase social, cuestiona el elitismo europeo y lo compara con la “humildad” de los artistas de la generación del ’27, que con su arte combatían las diferencias sociales y creaban medios comunicativos diferentes a los habituales.

    Es cierto que se le puede critica que el tiempo presente no logra ser tan convincente como la puesta en escena del pasado, que algunos personajes quedan en el aire y Rachel McAdams está un poco desaprovechada, aunque la diva de película, es nuevamente Marion “el gorrión” Cotillard. Innumerables chistes internos (como los que se relacionan con el cameo de Carla Bruni) restan un poco de contención dramática al relato, pero si hablamos de protagonistas, Allen regresa a otra de sus obsesiones: la fotografía urbana. A diferencia de los directores más jóvenes que presumen ser “controvertidos” mostrando la periferia más desigual de las ciudades, el director de Annie Hall, siempre fue un optimista en este sentido, y prefiere mostrar a la urbes como un milagro de la creación del hombre. De esta manera resaltó la belleza arquitectónica de Manhattan, Londres, Barcelona, Venecia y ahora París. Visión turística, sí, puede ser, pero que hermoso es fotografiar París durante toda una jornada, su magia, su mejor fachada.

    Allen no apela tanto a gags esta vez, sino a la ironía e inteligencia discursiva. Los diálogos contienen múltiples lecturas, pero al mismo tiempo son sencillos, directos. Se puede pensar, incluso, como una de las obras menos pretenciosas pero más efectivas de su director.

    Con un cuidado estético impecable, encuadres pensados, colores provocativos, elementos que se extrañaban del mejor Allen, Medianoche en París es una gran fábula, un sueño seductor tan soberbio y brillante como la ciudad de las luces.
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  • Las marimbas del infierno
    Hace un par de años, gracias Hernández Cordón, conocimos el cine guatemalteco y la película Gasolina. Este segundo film es una curiosidad bastante agradable. Empieza como si fuera un documental, entrevistando a Don Alfonso, un marimbista. La marimba es un instrumento autóctono de Guatemala, una especie de xilofón de madera con forma de pinball.

    Don Alfonso es amenazado de muerte por uno de los clanes mafiosos locales y se escapa con su marimba buscando trabajo. Un día se le ocurre formar una banda Heavy Metal, y recurre a Chiquilín, su sobrino, un joven de corta estatura, vago y bastante torpe, quien le presenta a Blacko, una especie de mezcla entre Ozzy Osborne y Pappo, que ha pasado de ser un satanista un pastor judío evangélico. Las cosas a partir de ese momento no funcionan como desean. El director hace hincapié en el contraste entre Don Alfonso y Blacko, y vamos explorando la personalidad de cada uno.

    El problema se da cuando Hernández Cordón prefiere cambiar el punto de vista, y mete como protagonista a Chiquilín. El personaje es querible, y de hecho es el que genera mayor empatía con el espectador, pero no funciona como hilo conductor ni motor narrativo. No se trata de un actor atractivos. Es demasiado torpe y termina cansando.

    El film es divertido. Tiene un humor sencillo, sutil, honesto, pero al mismo tiempo bastante surrealista con planos generales fijos y una estética a lo Aki Kaurismaki, donde lo cotidiano se transforma en inusual, lo costumbrista termina siendo casi surrealista. Hay una historia de gángsters que sucede fuera de campo y le aporta una cuota social, acerca de los peligros de las pandillas de Guatemala, pero el director decide no enfatizar en ese aspecto ni cayendo en el típico cuento moral latinoamericano que se quiere ver en el primer mundo.

    Acá no hay disparos, no hay peleas, no hay enfrentamientos ni acción. Todo es discursivo, pero permite que los personajes se desenvuelvan con libertad y autonomía, sin depender de efectos alienados de la estética elegida. Absurdo y patetismo, mezclado con una banda sonora bizarra en un contexto costumbrista. Lástima que el ingenio inicial se apaga, se agota y el relato se alarga innecesariamente. La anécdota deja de ser simpática, para volverse redundante y monótona. A pesar de eso, es un film atendible, curioso, que remonta con una gran escena final.
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  • Carlos
    Carlos
    A Sala Llena
    Con el Aperitivo no es Suficiente

    En la jerga gastronómica, el aperitivo es una comida en sí misma. No se trata de un componente del almuerzo o la cena. O sea no es la entrada o primer plato, sino una combinación de pedazos de comida y bebida que sirven para abrir el apetito, para picar antes de la comida propiamente dicha. Generalmente esta provisto por varios fiambres que no terminan de llenar (no confundir con una picada) y una bebida alcohólica dulce, que deja embobado, pero aún así no provocan que el comensal se de vuelta.

    La versión de la gigantesca obra de Olivier Assayas, Carlos, que llega a los cines porteños esta semana, es meramente el aperitivo de una obra aun mayor. Partes de, seguramente una obra excepcional, meticulosamente planeada y ejecutada por uno de los enfants terribles de la cinematografía francesa. Inclasificable cineasta, Assayas puede ser motivo de estudio gracias a que tiene una obra vasta y versátil. Donde la accion puede devenir del espionaje industrial y de ahí pasar a un pequeño cuento familiar, intimista. Siempre con una visión estética definida y mucha cinefilia de por medio. Es que Assayas es un realizador que se mamó de Les Cahiers du Cinema hasta que lo echaron y luego se convirtió en uno de los directores más criticados por sus colegas, por sus técnicas poco acordes con el resto de la filmografía francesa. Para el cine de autor es demasiado comercial, para el cine comercial es demasiado independiente, demasiado artista

    Y Carlos, quizás su obra menos personal en lo forma es una representación del genio de un director que no da su brazo a torcer y mantiene intacta su firma cinematográfica, aún con un productor pensado para la televisión francesa. Sin embargo, como Assayas piensa en la pantalla rectangular, Carlos merecía verse en salas como la gente, y ante la negativa de los productores para que se lance completa o al menos en dos partes (como sucedió con El Che), Assayas mismo se encargó de recortarla exactamente por la mitad (de 330 minutos pasó a tener 165) para que se puede apreciar cinematográficamente.

    Sin embargo, más allá de que se puede llevar muy bien el ritmo y la historia, lo que termina haciendo Assayas es justificando la realización de la miniserie, reivindicando sus primeros propósitos: Carlos debe verse completa, 5 horas y media con el culo pegado a la butaca.

    Y pongo la firma: en ningún momento aburriría. Porque los 165 minutos se sienten y se hacen demasiado escuetos, cortos. Quedan muchos aspectos de Carlos afuera. Hay elipsis temporales, actitudes incomprensibles del personaje.

    El Señor de la Guerra

    La primera vez que lei acerca de Carlos fue en un revista Noticias en 1994, cuando lo atraparon y condenaron a cadena perpetua. Lo recuerdo nítidamente el artículo porque me pareció atrapante la historia de este hombre. Tres veces, se trató de llevar su vida al cine. La primera vez fue exitosa. El film se llamó El Día del Chacal (1973). Dirigida por el mítico Fred Zinneman basada en la novela de Frederick Forsyth, era un thriller que tomaba al personaje de Carlos, el hombre que para cometer sus atentados tomaba diversas personalidades, para ejecutar sus atentados, especialmente, un intento por asesinar a De Gaulle. Dicha obra sufrió dos mediocrísimas adaptaciones. La primera, El Chacal, con Bruce Willis y Richard Gere. Lamentable thriller sin emoción, predecible, repleta de lugares comunes. El segundo, un poco mejor, pero que salió directamente en video, Caza al Terrorista con Aidan Quinn y Ben Kinksley. Ambas de 1997.

    Sin embargo, todos se alejaban de lo que verdaderamente era Carlos. No se trataba solamente de un asesino despiadado, de un supuesto revolucionario marxista, de un mercenario. Lo que el film de Assayas captura es al hombre, al estratega, al negociador político.

    Se trata de un thriller político trepidante que reúne los mejores elementos de míticos films de espionaje y acción de la década del ’70 como los que hicieron John Frankenheimer, Alan Pakula, John Schlesinger, Ronald Neame, entre otros. Fue un periodo donde el mundo, como decía Shakespeare, era un gran escenario y servía de inspiración. La OLP, la KGB, el MOSSAD, la CIA, el FBI y la STASI se debatían el mundo en enfrentamientos clandestinos a la vistas de todos: atentados terroristas, ataques políticos, la lucha por el petróleo y la amenaza nuclear. Sí, nada cambio y Carlos es un oportuno reflejo de los ‘70s, pero tambien de ahora.

    En apenas 165 minutos Assayas logra resumir la tensión política que se vivía por entonces, y Carlos como personaje es un arma contradictoria de doble filo. ¿Se trata de un hombre convencido de la causa o de un guerrero que solo seguía sus propios intereses? ¿Acaso solo le importaba el dinero o detrás de esto había verdaderos deseos de ser un nuevo Che Guevara, pero sin necesidad de ser mártir?

    El personaje se nos va revelando lentamente. Sus miedos, su carácter, su inseguridad. Pero no se hace obvio nunca. Edgar Ramírez en el cuerpo de Carlos logra una de las más asombrosas interpretaciones de las últimas décadas. No solamente física (baja y sube de peso varias veces, su rostro se transforma a medida que pasan los años) sino más que nada emocional. Como mostrar las debilidades de un hombre que siempre debía ser fuerte y sólido para los demás. Ramirez lo logra con sutilezas.

    Assayas no emite juicio de valor, no lo trata como héroe ni tampoco lo villaniza. Le da un aspecto humano despreciable, pero aún así humano. En el suficiente trayecto para que el espectador logre empatizar con él y a la vez se sienta rechazado por los actos que comete. El director comienza esta versión en forma trepidante, contándonos como el ataque a un lider palestino lleva a Ilich Ramírez a ser el asesino más importante de la OLP. El climax llega cuando se infiltra en un congreso en Viena y secuestra a un gran número de ministros el 21 de diciembre de 1975. A pura cámara en mano, y perfecta elección de colores en la fotografía, el director mete al espectador en medio de los secuestrados y contagia la tensión y el miedo, al tiempo que se pone en la cabeza del protagonista, quien tiene que tomar decisiones que se contradicen a sus ideales, y a las de sus líderes.

    Durante una hora y media el film es vibrante, tiene dinámica, ritmo, energía. Tremenda. Pero después se va achicando. En la última hora, Assayas saca la picada y nos da de comer pedacitos de Carlos. El asesino más buscado deviene en notoriedad y el film cubre elipsis que justificarían la deplorable situación a la que llegaría en el momento es que es capturado. No se subvalora la inteligencia del espectador. Los baches que existen se pueden suponer, pero aún así se trata de una obra incompleta. Se espera, por supuesto, que el resto de los 165 minutos cubran algo más que los hechos propios, que Assayas muestra con solvencia narrativa, pero…

    Pero realmente terminamos conociendo más la historia, que ya fue bastante conocida, que al personaje. ¿Qué lo lleva a unirse en la OLP? ¿Cómo sobrevive? ¿El dinero viene solamente de las organizaciones terroristas?

    Assayas deja prácticamente de lado el tema de la identidad y la esquizofrenia del personaje. De hecho, no se camufla demasiadas veces a lo largo del film. Ramirez (actor), se transforma, pero si desde el guión no se justifican todas las acciones del personaje algo no funciona del todo. Entonces, toda la acción, el ritmo, la reconstrucción de los hechos, la meticulosa puesta en escena, donde se cuida cada peinado, cada vestuario, la música (excelente banda sonora), la escenografía y el modus de dialogar quedan relegadas cuando el personaje no termina por definirse.

    Más allá de esto, Assayas cumple con las expectativas: logra un film atractivo, extenso, entretenido, sensual, pero a la vez con una cuota de personalidad autoral que se denota en el armado de cada plano secuencia. No se filmaba así en los ‘70s, pero hay una fuerte influencia de movimiento Indie, que ayudan a llevar el ritmo. Por lo menos queda bien claro que la guerra es un negocio.

    Carlos es una gran producción que se pudo apreciar en Cannes, la televisión francesa y TV5 en nuestro país en forma completa. Los que la vieron no pararon de adularla. Fue filmada en casi todos los países donde se desarrolla la trama y me cuesta recordar un film donde se hablaran tantos idiomas para una misma trama: francés, inglés, español, sudanés, ruso, árabe, alemán, y nunca se producen confusiones o incoherencias. Cada actor pertenece al país que representa y esto ayuda a darle verosimilitud no hollywoodense a la película. Lástima que a veces, cuando se habla en español es tan cerrado que por momentos no se entiende… y no hay subtítulos obviamente.

    Si debo comparar esta película con alguna más contemporánea, el ejemplo más obvio es Munich de Steven Spielberg. Las historias de cruzan y los atentados se parecen. De hecho, durante mucho tiempo se pensó que Carlos estuvo involucrado dentro del secuestro al equipo olímpico israelí, pero no fue así. Si bien estructuralmente se conectan, Carlos debería haber sido el ejemplo cinematográfico de Spielberg y no a la inversa. Munich era un relato monótono que sucumbía por el alto nivel de sentimentalismo, solemnidad y grandilocuencia. Carlos, en cambio, carece de romanticismo cursi, de sentimentalismo, de obvia humanidad. Es una obra que no se detiene a sentir, sino que piensa, critica, da pie a la reflexión y discusión con un lenguaje directo, pero menos obvio. Es discreta, poco pretenciosa aunque parezca mentira e irónicamente, se camufla dentro de la cartelera.

    Lo repito, Assayas se ha superado a si mismo, demostrando una vez más en que consiste su rebeldía y versatilidad. Logra una obra monumental, que va a pasar por las salas con más penas que glorias, pero no porque el público no acompañe, sino porque el propio Assayas en su afán de llegar a más salas sucumbió: hizo su propio corte y nos deja a todos con la sensación de que el “aperitivo” es lo único que vamos a comer en la noche y/o al mediodía. Nos muestra el palito pero no nos da el dulce…

    Prometo ver la versión completa pronto y escribir un dossier de ello: por ahora lo único que este Carlos, (luchador contra el imperialismo, pero recortado para fines económicos) termina siendo un fragmento de metralla en la yugular: te deja con la vena abierta…
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  • Aguas turbulentas
    Aguas turbulentas
    A Sala Llena
    Culpa, redención y perdón. Básicamente, esas son las tres palabras que dominan este melodrama noruego, que cuenta con algunas situaciones similares a las que viven los personajes de los Dardenne. En sí, el argumento parece una combinación entre El Niño y El Hijo.

    Jan Thomas secuestra por divertirse a un bebé. Accidentalmente este se escapa y muere. 8 años después sale en libertad condicional y trata de rearmar una nueva vida, encontrando trabajo como organista de una iglesia protestante. Allá conoce a Anna, la pastora de la misma. Ella tiene un chico muy parecido al que Jan había secuestrado. Mientras que la relación de Anna y Jan prospera, el chico empieza a sentir verdadero cariño por el muchacho que sale con su madre. Debido a su pasado, Jan rechaza, en principio al niño, y a la vez esto lo obliga a mentirle a Anna. Su vida prospera hasta que aparece la madre del chico que murió en sus brazos. A partir de este momento conoceremos, el otro lado de la historia, el de la víctima.

    Poppe crea un relato de tensión que se va construyendo lentamente. Un melodrama hecho y derecho con interpretaciones frías y austeras, propias del comportamiento de los países escandinavos. La primera mitad de la película, que se centra en las relaciones que Jan crea, en su camino de “redención” son lo mejor de esta película, especialmente por la sólida interpretación del protagonista, Pål Sverre Valheim Hagen. Los problemas surgen cuando a la mitad de la obra, se cambia el punto de vista. El suplir de la madre por la pérdida del hijo. Si bien es cierto que la historia de Jan se estaba agotando, a esta altura del metraje, también es verdad que mostrar el proceso de aceptación de la muerte y el posterior reencuentro con el asesino posibilitan que el relato construya una trama obvia, previsible, cercana a los guiones de Guillermo Arriaga (21 Gramos, Camino a la Rendención), pero un poco mejor dirigida.

    La densa, profunda, pero verosímil actuación de Ellen Dorrit Petersen hacen esta mitad, un poco más visible, aunque no lo suficiente para notar que el relato ha caído. Algunas situaciones están demasiado forzadas en pos de que se “resuelvan” los conflictos.

    Poppe integra una estética interesante: usando teleobjetivos que dejan a los protagonistas en primer plano, fuera de foco, en función de demostrar que siempre detrás de cada uno hay un historia que se oculta, que uno no puede juzgar a la persona por lo que ve a primera vista.

    Aguas Turbulentas es un drama que posee atributos cinematográficos, pero cae en las típicas tentaciones de los culebrones clásicos con moralina y feliz conciliador incluidos. Como en el cine de los Dardenne, el golpe bajo es reemplazado por ciertas sutilezas del lenguaje, que logran separar un poco al espectador de la historia. Pero si quieren que sea honesto, lo que realmente la salva son las soberbias interpretaciones. El resto es discutible.
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  • Lo que más quiero
    Lo que más quiero
    A Sala Llena
    Algunos la creen muy fácil. Ponemos en un plano fijo dos personas a espaldas de cámara, un paisaje de fondo, hablando supuestas trivialidades durante 10 minutos y ya tenemos una obra maestra.

    ¿Dónde ha quedado la construcción interna de un cuadro? ¿Dónde ha quedado el montaje interno del que hablaba Bazin?

    Por favor. Pareciera, que algunos cineastas nunca han visto un film en su vida. Si hablamos de sutilezas cinematográficas pongamos Lo Que Más Quiero al lado de ambas Oxhide. Ahí estaremos hablando de cine.

    La ópera prima de Castagnino es la mentira a 24 cuadros por segundo. Historias de jóvenes que pretenden decir más de lo que dicen se viene haciendo desde los tiempos en que Elia Kazan y Nicholas Ray posaron sus ojos en la depresión de los adolescentes. El problema, es que detrás de lo que las protagonistas parecen ocultar realmente se oculta la nada. A ver… no hay mucho más que diálogos vacuos en espacios geográficos pintorescos, pero al igual que , el plano más elogiado de la película donde una de las protagonistas trata de “encararse” un chico (o viceversa en realidad), podemos notar que detrás de la pretensión algo no funciona bien. El famoso plano elogiado es visualmente desastroso. Fotográficamente mal iluminado. Y lo mismo pasa con la película. Es mala. Insoportable. Las idas y vueltas de las protagonistas, pretenden ser “reales”, pero terminan siendo previsibles, y demasiado dramatizadas.

    A pesar, de que ambas protagonistas tratan de emitir verosimilitud, diálogos forzados, emociones que nunca se sienten genuinas impregnan la pantalla. En el medio se trata de colar una manifestación de crítica o realidad social, relacionado con el cierre de fábricas y la crisis económica, pero a veces cuando se trata de ser sutil, se termina siendo demasiado explícito.

    En algún momento, los egresados de la FUC, supieron “innovar” dentro del cine nacional. Ahora se agarran de “tendencias” pasadas de moda. Ni siquiera son oportunistas.

    Consejo para futuros realizadores: tengan paciencia. Su momento llegará. No hay que volverse loco si a los 30 todavía no filmaron su ópera prima. Si no tienen una historia que los enamore, no se lancen a la calle a filmar cualquier cosa. Tomen como ejemplo a Fabián Bielinsky.

    Consejo para críticos: dejen de agarrarse de las pestañas de cualquier alumno de la FUC. Revean a los veteranos. Recuerden a Fabián Bielinsky.
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  • Blue Valentine
    Blue Valentine
    A Sala Llena
    Emulando a Gena y Seymour

    Imposible olvidarse de John Cassavetes. Y mucho más difícil, imitarlo, reconstruir su magia, construir las interpretaciones que lograba con su pequeño grupo de “amigos” al punto de hacer creer a público cinéfilo y críticos, que solo estaban viendo el resultado de largas sesiones de improvisación. Y no era así. Todo estaba planeado.

    Algunos crédulos creyeron ver en Nick, su hijo, el legado de John. Idiotas. Nick destruyó la imagen de John cuando realizó el último guión que dejó su padre: Cuando Vuelve el Amor, solo Gena Rowlads (Mamá) quedaba del legado Cassavetiano en ese film… y un pequeño tributo de Travolta, el resto era para el olvido (especialmente la actuación de Sean Penn).

    Pero varios cineastas jóvenes comprendieron y aprendieron, lo que Nick no pudo. Hacer un cine honesto, fuera de los márgenes convencionales de Hollywood. Historias creíbles con personajes queribles y odiados. Discursos que vayan más allá de los personajes, de los actores y sobrevuelan el pensamiento del resto de los mortales. Así era el cine cassavetiano. Una constante exigencia de sacar al ser humano en alma y existencia. Un ejercicio actoral, el “ser uno mismo” en el escenario de la vida.

    Y sí, se puede encontrar un pedacito de Cassavetes en Sofía Coppola, un pedacito en Rebecca Miller, un pedacito en la pequeña Zoe (hermana menor de Nick). ¿Acaso las directoras comprenden mejor el universo cassavetiano que los hombres? Es posible, acaso en los años ’70 John Cassavetes ¿no comprendía mejor a las mujeres que cualquier otro director de la década?

    Pero aún así… siempre falta algo. Quizás los mejores exponentes no sean aquellos indies estadounidenses que hacen obvia la instrucción, sino aquellos que revivieron sus historias en universos propios, como por ejemplo Abel Ferrara que hizo una más que elogiable remake de The Killing of Chinese Bookie con Tales a Go Go. O los brasileros Luis y Ricardo Pretti, Guto Parente y Pedro Diogenes con Estrada para Ythaca recreando el espíritu de Maridos.

    Lo de Derek Cianfrance, se acerca al primer grupo: el de los nuevos indies del cine estadounidense que emulan a Cassavetes por su independencia y temática, y no tanto por lo que sus films dejaron. Más allá de este aspecto, no puedo negar, que como me advirtiera mi colega Tomás M. Luzzani, hay mucha estética de John en esta trunca historia de amor.

    Dean y Cindy son dos perdedores, fracasados en el amor que se encuentran, cuáles Minnie y Moskowitz. Se enamoran y no pueden imaginar la vida, sin el otro. Al menos, eso nos muestra Cianfrance en los sucesivos flashbacks que interceden en el presente no tan optimista de la pareja.

    En el presente, tienen una hija. Cindy es una enfermera cuya carrera está en ascenso. Dean se ha quedado en sus sueños. Su única meta en la vida es criar a Frankie, sobrevivir a Cindy y tomar cerveza. Pero, al igual que en los films cassavetianos, el alcohol no es EL conflicto, sino un vehículo que provoca que el matrimonio desbarranque.

    Es un romance triste, con final predecible. Cianfrance utiliza el mismo recurso que ya habían usado Gaspar Noé en Irreversible o Francois Ozón (sin mucho más cerca de este) en Vida en Pareja: mostrarnos la felicidad al final, para conseguir que no podamos creer la infelicidad inicial que, temporalmente hablando corresponde al desenlace. El interrogante es COMO está pareja llegó de un punto a otro.

    A pesar de que no es muy original el planteo, es ingenioso el desarrollo, y sobretodo honesto. Tan real acaso, que las situaciones se hacen demasiado densas y dolorosas. Hay mucha intervención de parte de los actores en la resolución narrativa, ya que ellos aportan, la espontaneidad, el rigor y la verosimilitud necesaria para que el relato y el ritmo no decaigan. Tanto Williams como Gosling conforman una pareja tristemente creíble, melancólica, austera, reprimida emocionalmente. La violencia es real, cruda. El sexo, adquiere una relevancia que va más allá del acto en sí: la definición de qué es, esa pareja. Un retrato de juventud sin sueños, que vive el día a día, golpeándose constantemente, mientras trata de definir ingenuamente, "que es el amor".

    Cianfrance logra mantener a los personajes a una distancia prudencial para no volver la historia en una telenovela de la tarde, pero también mantiene un tono frío y sombrío para no lograr una total empatía. En ese sentido, más allá de que Cassavetes tampoco transformaba sus tensos romances en telenovelas, uno podía sentir respirar al lado suyo a cada personaje. Pero ese era el poder de Rowlands, Gazzara, el mismo Cassavetes, Peter Falk o el gran Seymour Cassell. No quiero menospreciar con esto a Gosling y Williams que son, sin duda lo mejor del film (el juego de sonrisas y miradas que hacen cuando se conocen es fantástico, un lujo en el cine contemporáneo), pero aún les falta un poco para cautivar con espontaneidad pura, que el cine estadounidense se niega a mostrar, hace mucho, mucho tiempo.

    El montaje está pensado desde el guión y la paleta de colores primarios elegidos por el director de arte y de fotografía son una gran compañía del dúo interpretativo, así como la hermosa banda sonora.

    Cuesta seguirle las huellas al director de Opening Night o Torrentes de Amor, pero acaso se puede tener cierta esperanza: solo basta comparar el último maravilloso plano de Blue Valentine con el de Maridos. Ahí, hay algo más que esencia o espíritu.
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  • Rompecorazones
    Rompecorazones
    A Sala Llena
    Si Alex, el protagonista de este film vendría a la Argentina se haría millonario. Su trabajo es básicamente seducir mujeres para destruir parejas. No importa el país, no importa la etnia. Alex es capaz de seducir a cualquier mujer insatisfecha con su relación. En esta misión lo ayudan su hermana y cuñado. Entre los tres conforman un equipo mezcla Los Simuladores con Misión Imposible. Un tercero es discordia que nota que la pareja es infeliz se contactan con Alex, y él crea toda una farsa alrededor de la pareja, para que la mujer abandone a su novio y abra los ojos. Solo hay dos reglas: no hay sexo (“queremos abrir su corazón, no sus piernas”) y no se destruyen parejas felices.

    Pero a Alex en la vida real, no le va tan bien. Su novia desconfía de él y lo deja plantado, tiene deudas con la mafia búlgara, gasta más en las misiones de lo que cobran. Por lo tanto, cuando un magnate del negocio de las flores le propone seducir a su hija antes de que se case con un millonario inglés, Alex debe aceptar la misión, aún cuando Juliette y su prometido se ven felices. Alex se hace pasar por su guardaespaldas y aprovechando la ausencia del novio, empieza a seducir a la fría Juliette, el problema será que por primera vez se sentirá atraído por una de sus “víctimas”.

    La ópera prima de Chaumeil (asistente de dirección durante muchos años de Luc Besson) tiene un estética más cercana a la comedia clásica estadounidense: es dinámica, llena de estereotipos, clisés y lugares comunes del género. El final es tan predecible como cualquier comedia de Garry Marshall, pero el carisma de los protagonistas es tan sincero y atractivo, que toda la película se vuelve un viaje irresistible por Montecarlo. Las situaciones humorísticas funcionan, no cae en sentimentalismos, y aunque algunos gags ya los vimos innumerables veces, siguen siendo efectivos.

    Romain Duris demuestra una vez más su gran versatilidad como actor. Su faceta de seductor quedó impregnada en el díptico: Piso Compartido – Las Muñecas Rusas, y su perfil dramático en la excelente El Latido de mi Corazón. Esta le aporta elasticidad, gracia, inocencia y picardía. Su contraparte, Vanessa Paradis (de Depp) le da belleza y delicadeza a su personaje. El resultado es una comedia sin demasiadas pretensiones, divertida, conciliatoria, elegante. Necesaria para salir de vez en cuando de la realidad.
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  • ¿Qué pasó ayer? Parte 2
    Resacados

    El personaje de Boris en Que la “Cosa” Funcione, la última película de Woody Allen, estrena en nuestro país, tenía un lema: “si la cosa funciona, el resto no importa, lo que hayas hecho para conseguirlo, tampoco importa, si la cosa, funciona”.

    En ¿Que Pasó Ayer? Parte II, la cosa, funciona.

    No lo puedo explicar. La nueva película de Todd Phillips es exactamente igual a la anterior. Cambia el escenario, cambian algunas circunstancias, pero básicamente es lo mismo. La estructura es igual, se incorporan algunos personajes pero estamos hablando de un mismo código, de la misma historia, con otro gusto.

    Pero funciona. Divierte, entretiene, se pasa un buen momento.

    Nuevamente, la manada (así llama Alan al grupo) asiste al casamiento de uno de los miembros del grupo. Esta vez, Stuart, que se casa con una tailandesa, cuyo padre millonario organiza la boda en una isla paradisíaca de su país. Por lo tanto, Stuart hace trasladar a toda la manada, incluido el “extraño” Alan, a Tailandia.

    El resto es lo mismo. Lo que empieza con una cerveza se convierte en una noche descontrolada, donde los personajes despiertan sin recuerdos pero algunas sorpresas.

    Esta vez, el personaje que desaparece es Teddy, el hermano menor, supergenio de la futura esposa de Stuart. Como el chico no se desprende de su computadora, la hermana le pide a Stuart que lo incluya en su “despedida de soltero”. Esto no agradará demasiado a Alan.

    A la mañana siguiente el grupo se encuentra con algunas sorpresas no muy agradables y tienen que armar su noche con las pocas pistas que tienen y recuerdan para encontrar a Teddy.

    Si bien el factor sorpresa se perdió un poco, el humor vulgar, desenfrenado, sumado a un ritmo frenético permiten que esta secuela sea tan divertida como la primera parte. Bankong se convierte en una protagonista más, así como fue Las Vegas. Una ciudad donde conviven mafias chinas, tailandesas, rusas y estadounidenses. Además de templos budistas. Básicamente se trata de humor escatológico en forma sucesiva. Todo chiste tiene una connotación sexual. Los realizadores hacen quedar bastante mal a los estadounidenses y su manera de difamar al mundo que los rodea. Nuevamente, la tecnología influye para que los personajes puedan reconstruir su noche.

    Hay lugares comunes y clisés, pero funcionan. Los personajes no son demasiado ricos en matices pero las soberbias interpretaciones de Ed Helms (con mayor protagonismo esta vez) y especialmente el gran Ken Jeong como Chow, el narcotraficante que les complica todos los planes. Un poco más relegado queda esta vez Zack Galifianakis. Alan termina influyendo un poco menos de lo que promete. Pero lo más sorprendente es la prácticamente nula participación de Bradley Cooper en el argumento. Si bien es el personaje menos interesante, a pesar de que aparece todo el tiempo en pantalla, Phillip participa poco y nada en la historia.

    Todd Phillips hace una leve mejora con respecto a Todo un Parto. Su perfil más psicótico, enfermo, zarpado está más presente que nunca. Phillips tiene un timing para la comedia virtuoso.

    Más allá de que utiliza la fórmula de la repetición en forma constante, esto no significa que ver a un mono traficando droga y fumando no termine de ser divertido. Con un tono visual bien trabajado, transmitiendo los climas y olores de Bankong (se filtra un sutil homenaje a Apocalipsis Now), ¿Qué Pasó Ayer? Parte II sirve para distraerse.

    Sin embargo, si van a hacer una tercera parte (falta el casamiento de Alan) le sugiero a Phillips y equipo que además de buscar otra ciudad (Buenos Aires, Río quizás), encuentren una manera de renovar la historia, sin abandonar la fórmula pero tampoco haciendo una tercera versión de la misma película. Porque, aunque la “cosa” funcione, siempre está bueno, ver cosas nuevas.
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  • Piratas del caribe: Navegando aguas misteriosas
    Navegando con Moderación (o elogio a un director maltratado)

    Admito que ni bien terminé de ver La Maldición del Perla Negra, la odié. No puedo concebir una película de piratas con tanta fantasía infantil, efectos especiales y estética videoclipera. Además que podía preveer cada giro de la trama, cada diálogo. La acumulación de clisés, lugares comunes y estereotipos era espantosa. También me pareció un poco sobrevalorada la interpretación de Johnny Depp. No es que reniega de sus dotes clownescos y de mímica para componer a Jack Sparrow, simplemente que me sofocaron, y los elogios fueron exagerados. Especialmente si se lo comparaba con Buster Keaton.

    Ni me molesté en ver la segunda y la tercera. A excepción de Rango, no he visto otra película de Gore Verbinsky que me haya convencido. Creo que es un maniquierista, influenciado demasiado por una estética publicitaria, punchi, que recién pudo expresarse cinematográficamente con la animación pura y concreta. Irónicamente, así, con ese canto al western tanto Fordiano como de Leone concibió una obra redonda, inteligente, cinéfila y “moderada”.

    Esa es la palabra del día: “moderación”. A veces es necesario apaciguar las aguas turbulentas del imaginario, dejar atrás la tentación de plasmar innumerables planos generados digitalmente que de tan sucesivos que son terminan por agobiando, exacerbando. Al punto que no se entiende bien lo que se está viendo, como sucede con el cine de Michael Bay.

    Por eso es que defiendo la elección de Rob Marshall como el nuevo capitán de Piratas del Caribe: Navegando Aguas Misteriosas.

    Sería fácil decir, que Marshall solo fue un brazo ejecutor, que hizo su película menos personal, más industrial, al servicio del Rey de Midas, Jerry Bruckheimer.

    Pero no.

    Marshall hizo algo mucho más interesante, aportó su falta de imaginación, y por una vez en la historia del cine, menos es mejor.

    No sé si fue intencional o no, pero Marshall decidió resolver las cosas de la forma más sencilla posible. Llevar un guión netamente malo, lleno de lugares comunes, clisés, estereotipos y diversas previsibilidades narrativas a puerto seguro.

    Esta vez no hay tanta fantasías (y no me refiero a nivel argumental) no hay tanto efecto computarizado. Acá uno puede palpar lo artesanal. Las peleas son cuerpo a cuerpo, los decorados son más cartón que tela verde, el maquillaje es más real que digital. O sea, puede parecer berreta, barato, clase B, pero es más auténtico. No hay personajes íntegramente creados por CGI. No hay monstruos marinos. Y hasta las sirenas tienen algo orgánico, palpable, real.

    Después, por supuesto, está la innegable inverosimilitud y estupidez de una historia demasiado remanida. La última media hora prácticamente es un calco del final de Indiana Jones y la Última Cruzada.

    A excepción de Ian McShane que interpreta al único personaje creíble, real, sin sobreactuar ni agregar tics, es muy difícil encontrar otras actuaciones notables. El Jack Sparrow de Johnny Depp me atrae cada vez menos. Es demasiado “personaje”, parece una caricatura, Penélope Cruz es inentendible tanto cuando habla en un español forzado, como en un inglés españolizado y ridículo. La pobre está lejos de los excelentes trabajos de su país natal. Y después está Geoffrey Rush. A pesar de que me parece un gran actor, sigue repitiendo un patrón interpretativo hace mucho tiempo. Eso incluye al personaje de El Discurso del Rey. El resto de las actuaciones suma muy poco. Quizás los escasos pero valiosos minutos de Richard Griffith sean dignos de destacar.

    Marshall nunca logra dar en la clave como narrador, pero sabe impresionar. Supo engañar a muchos críticos y cinéfilos con los maravillosos números de Chicago (lo único destacado a mi parecer), dio un festín de colores con Memorias de una Geisha (película insulsa, pero que estéticamente era bellísima) y quiso contagiar a todo el mundo al ritmo de canciones seudo italianas, glamour superficial y un gran elenco desaprovechado con Nine. Esta vez solo tenía que hacer los deberes.

    Y los hizo bien. Porque a pesar de que no está bien narrada, de que hay subtramas secundarias como el romance entre un clérigo y una sirena, el rol de la corona española, y otras arbitrariedades del guión que no supo manejar, no funcionan ni convence, sí dio en la clave en lo que es montaje, timing de aventura y sobretodo despliegue coreográfico.

    La película entretiene y gusta porque Marshall aprovechó la archiconocida banda de sonido de Hans Zimmer para crear escenas de ballet y danza.

    Porque Marshall es un gran coreógrafo. Así se hizo famoso, y si uno analiza la forma en que se desplaza Sparrow por las calles de Londres, la danza de las sirenas asesinas, los desplazamientos de Penélope Cruz, entonces entenderá que está viendo Piratas del Caribe, el musical.

    Entonces, si el autor es desplazado del trono, el coreógrafo entra en su lugar, y los momentos más disfrutables del film son estos que nombré: aquellos donde Marshall se siente cómodo, se divierte y puede ser meticuloso.

    En el pasado lo he insultado, pero tengo que admitir que si esta cuarta (y esperemos, última entrega) de Piratas del Caribe se me hizo soportable, digna, meramente visible fue porque detrás de cámara aparece un hombre sin pretensiones, “moderado” que se jugó por lo simple, sencillo y apersonal, optó por entretener más que por impresionar, que pudo meter bocados de su experiencia teatral para aportar cierta belleza y lirismo en medio del caos. Ese hombre se llama Rob Marshall y esta vez (hasta que meta la pata con otro musical) se ha ganado mi respeto.

    (Nota: también se hace más soportable porque no aparecen los aburridos personajes de Orlando Bloom y Keira Knightley, pero esa fue decisión de Bruckheimer)
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  • Poder que mata
    Poder que mata
    A Sala Llena
    El Gobierno contra Mí

    Cuesta creer que Doug Liman haya empezado su carrera cinematográfica como director de comedias seudo adolescentes. De hecho, cuando fue elegido para comenzar con la saga del Agente Jason Bourne en Identidad Desconocida, la decisión fue extraña, pero acertada. Si bien no está a la altura de las emocionantes secuelas dirigidas por Paul Greengrass, es un film entretenido, llevadero, que impuso un estilo, y a la vez, propuso a un digno competidor para el inmortal James Bond.

    El espionaje entusiasmó a Liman por un tiempo, lo cuál lo llevo a realizar Sr. y Sra. Smith, que fue un poquito más que ver al combo “bradangelina” en acción. Y así, saltemos Jumper, y lleguemos a Poder que Mata, la cuál parece Sr. y Sra. Smith dirigida por Greengrass.

    Al igual que la película con Pitt y Jolie, acá tenemos al matrimonio ideal: ella hermosa trabajadora de una compañía de seguros (Watts), él, un diplomático retirado que se divierte contradiciendo políticamente a parejas amigas (Penn, que otro). Pero bien, al igual que los Smith, los Wilson son espías… verdaderos espías. El problema surge cuando el gobierno asevera encontrar algo que la CIA dice nunca haber hallado. Estamos en el año 2002, plena invasión a Irak. Todavía no se sabía que las tropas no iban a buscar armas sino campos petroleros. Y ahí está el héroe, Joe Wilson develando la verdad a costa de dejar a su esposa sin trabajo.

    Cuesta creer que la CIA fuera tan ingenua y tan honesta a la vez para caer tan fácil en la trampa de Dick Cheney, que es a quien va dirigida de forma directa, aunque sutil la historia de Poder que Mata. George W es solo un títere de un gobierno que mintió al mundo y salió impune de terribles masacres.

    Honestamente, cuesta ver a Valerie y Joe Wilson como héroes que trataron de mostrar la verdad, y no darles una mínima responsabilidad de algunos de los horribles actos que muestra el film que se cometieron, por ejemplo, contra científicos iraquíes que se estaban tratando de escapar hacia los Estados Unidos. Pero Liman, así como no los juzga tampoco los glorifica tanto como ellos mismos, quizás hubiesen querido. Sutilmente, uno puede ver el grado de manipulación de la empresa de espionaje más poderosa del mundo. Queda entrelíneas que las amenazas son reales, que el juego psicológico es real. Y lo que Valerie empieza haciendo contra un simple inmigrante de medio oriente en Washington se vuelve en su contra.

    Liman logra darle intensidad y dinamismo al film, sin distraerse demasiado en cuestiones estéticas. No hablamos de un cineasta personal como Greengrass, pero tampoco de uno que quiere imponer un estilo a la fuerza como los hermanos Scott. De forma clásica, casi transparente se teje un thriller sólido, bien armado que recuerda un poco a las mejores historias de Tom Clancy llevadas a la pantalla, por el soberbio pulso de Philliph Noyce: Peligro Inminente y Juego de Patriotas, ambas con Jack Ryan.

    Tampoco se descuidan algunas denuncias secundarias, que hoy en día, oportunismo mediante, tienen cada vez más valor, como por ejemplo, el rol de los medios de comunicación, de los blogs, la rapidez con la que se transmite la información y llega a todas partes del mundo.

    Si bien la primera parte del film (hasta que Valerie y John son “expulsados” del sistema) es la más atrapante, la segunda, un poco más lenta, es más interesante a nivel dramático, cuando Liman humaniza a los personajes, los enfrenta, no como espía o diplomático, sino como un matrimonio, donde la comunicación no llega tan rápido como un email o un artículo llegan a un diario o un blog.

    La química de Penn y Watts (que ya había demostrado funcionar a la perfección en 21 Gramos) es lo que realmente llevan adelante al film. Watts, como siempre hace verosímil cualquier cosa, cada gesto es maravilloso en ella, cada expresión o cambio de mueca facial dicen más que diez palabras de cualquier actriz contemporánea. Sean Penn está un poco más calmado de lo acostumbrado y tiene menos tics autónomos que en otros films, lo que no quita, que por momentos, el que este tirándose en contra del gobierno sea el actor y no el personaje. Están acompañados por un sólido elenco de secundarios donde sobresalen Bruce McGill y Sam Shepard en un rol copiado de 40 hechos previamente.

    Hay varias analogías interesantes en el guión, y frases que si bien son un poco obvias y explicativas, generan reflexión.

    Más allá de cierto moralismo y patriotismo típico estadounidense, Poder que Mata logra un atrapante equilibrio entre thriller de denuncia y drama conyugal, sin demasiadas ambiciones visuales (aunque el doble rol de Liman como director y director de fotografía es destacable). La meta es entretener y dar a pensar un poco. Por eso, cinematográficamente cumple.

    Ahora bien, juzgar a los personajes, designar el grado de culpabilidad que tuvieron en este asunto, queda a cuenta del espectador y la forma en que interprete la historia. Si logramos creer que Doug Liman pudo dejar la comedia y meterse de lleno en el drama político, ¿por qué no vamos a creerles a los Sr. y Sra. Wilson?
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  • Gnomeo y Julieta
    Gnomeo y Julieta
    A Sala Llena
    Shakespeare Re Cargado

    Si alguna persona afirma que William Shakespeare ha pasado de moda, solo debe ver la cartelera porteña y pensarlo dos veces. Porque las propuestas más pochocleras de la semana están inspiradas en obras del gran dramaturgo y poeta inglés del siglo XVI.

    Si Kenneth Branagh con Thor se inspiró en obras de Shakespeare para crear un mundo de fantasía, en Gnomeo y Julieta, utilizan fantasía para recrear la más popular y acaso, sobreestimada obra de su autoría.

    Solo que esta vez, adaptada a un público infantil… bastante infantil, por lo tanto, toda referencia sexual, suicida u otros venenos censurables para la audiencia menor de edad, son modificadas. Los que leyeron o conocen el final de la obra, entenderán de que hablo.

    Lo llamativo, curioso y original de esta propuesta de ex integrantes de Dreamworks Animation instalados en una subcompañía de animación de la Disney (no es Pixar, pero tampoco Disney Animation, o sea John Lasseter no tuvo que ver en nada con esto, y su ausencia es notoria) es que los protagonistas son duendes y animales “inertes” de jardín. Los mismos cobran vida cuando no los ven. No se trata de Una Noche en el Museo, sino más bien y una adaptación de Toy Story.

    Así que, mezclamos a la idea original de Lasseter con Shakespeare y sale esta propuesta que pinta mejor en el trailer de lo que termina siendo.

    El principio es bastante divertido. Como en toda obra shakesperana, tenemos un presentador, que introduce el conflicto: la historia de dos familias que se oponen a muerte. Por un lado los duendes rojos que pertenecen a la vecina Montesco, y por otro, los azules que pertenecen al vecino Capuleto. Ambos son humanos, viven separados por una pared en el Pasaje Verona de Inglaterra y se odian mutuamente. Ese odio se transmite en todos sus duendes. La competencia entre ambos se lleva a cabo mediante carreras sobre cortadoras de cesped. El campeón de los azules, es Gnomeo. Sin embargo en una carrera, el forzudo Teobaldo hace trampa y lo deja fuera de competencia. Esto genera una serie de desventuras que terminan cuando Gnomeo, hijo de la jefa de los azules, conoce casualmente en un punto neutro (un tercer vecindario) a la hermosa Julieta, hija del lider de los rojos. Ambos se enamoran perdidamente, y sus respectivas familias harán lo imposible por impedir que se desarrolle esta historia de amor.

    La primera mitad es bastante ágil y divertida. La meticulosidad con que está creado cada detalle en el aspecto visual de los personajes es notorio, aunque no tanto el carácter de cada uno, que es bastante estereotipado. El problema viene cuando las familias empiezan a oponerse a los amantes y se dan sucesivas, repetidas, monótonas persecusiones que buscan el efectismo y entretenimiento, sin pensar demasiado en un discurso narrativo. En este momento todo se desbarrancá además por falta de ingenio a la hora de escribir el guión. No por nada hay como diez escritores que figuran en los créditos, incluyendo a los que hicieron la historia y la adaptación de la original.

    Si se hubiesen apegado un poco más a la obra, adaptado solamente los diálogos y cambiado el final, no hubiesen hecho falta tantas personas.

    No es que no sea entretenida o divertida, pero la imaginación se agota rápidamente, se introducen elementos previsibles que no parecen demasiado sustanciosos y resultan forzozos (especialmente meterlo a Shakespeare en el medio es poco original).

    Los más chicos la van a pasar bien, viendo como pelean estas dos bandas rivales de gnomos que parecen sacados de los Kinder sorpresa.

    Para los adolescentes / adultos que los acompañen, en cambio, solo les quedará como alternativa divertirse viendo la versión original subtitulada, adivinando quiénes ponen cada voz (aparecen desde James Mc Avoy, Emily Blunt, Michael Caine, Jason Statham y Maggie Smith en los roles principales, hasta extrañas figuras como Hulk Hogan, Dolly Parton y Ozzy Osborne en pequeños papeles. Sin duda, lo mejor debe ser escuchar a Patrick Stewart como Shakespeare).

    Musicalmente, en cambio, los fanáticos de Elton John van a estar satisfechos, ya que temas clásicos y nuevos del cantante pop británico acompañan la banda sonora de James Newton Howard. Igualmente, escuchar el estribillo de “Rocketman” constantemente en forma instrumental como si fuese un leit motiv, termina agotando tanto como las constantes persecusiones entra ambas familias.

    Más cerca de Shrek que de un producto supervisado por John Lasseter, Gnomeo y Julieta es un trabajo infantil que se queda a mitad de camino, y prontamente será olvidado.

    Ahora bien, si el director, Kelly Ashbury hubiese hecho una versión más fiel, con el verdadero final de la obra, la moraleja sería otra, y los chicos aprenderían mucho más de la vida. Es más fácil mentirles, que Pixar se encargue de la reflexiones.
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  • Los labios
    Los labios
    A Sala Llena
    Loza se ha convertido en un verdadero prodigio cinematográfico. En poco menos de 6 meses ha estrenado 3 películas de forma comercial y una más en el BAFICI. Además de las anteriores Extraño y 4 Mujeres Descalzas, que, acaso siguen siendo lo mejor de su obra.

    Co dirigida por Fund (La Risa) se da la mano con la segunda película de Loza. Tres mujeres viajan al interior del país para hacer encuestas sobre condiciones sociales y proveer de medicamentos y vacunas, a familias pobres, marginalizadas, cuyos jefes de familia se encuentran desempleados, y deben mantener a muchos hijos en general.

    La película se puede dividir en dos: una parte documental, en donde verdaderas familias que viven (se supone) en la frontera del norte de Santa Fe y Santiago del Estero relatan sus penurias, pero sin caer en un tono demagógico, sino informativo a estas tres enfermeras (tres actrices), y por otro, una película de ficción, donde se muestra como va impactando la información que van adquiriendo estas tres mujeres (una de 30, otra de 40 y otra de 50) a medida que van pasando los días, explorando el perfil humano de las mismas: la convivencia mutua, la presión del clima, la relación con los pobladores locales. Estos tres personajes bien diferenciados (como sucede en las obras de Loza) no proyectan abiertamente (y especialmente entre ellas) sus preocupaciones y malestares tanto físico como psicológicos. Hay un clima de tensión bien construido en las escenas nocturnas.

    Tanto los personajes como las interpretaciones están muy bien construidas. Son profundas, distantes, austeras pero a la vez identificables. Ambos directores tratan de hacer un aporte a personas reales desde la ficción, lo cual hace reflexionar sobre que importante es llegar con el cine (sea ficción, documental o algo en el medio) a lugares que no siempre llegan las cámaras y la TV.

    No se trata de una película innovadora, ni una obra maestra. Con sutilezas narrativas, información precisa, Los Labios es una propuesta que quizás funciona mejor en el concepto que como producto cinematográfico, que habría sido un poco más lograda incluso, si los realizadores, no se entusiasmarían tanto con alargar tanto algunos planos secuencias. Media hora menos, podría haber de hecho de esta película, un film más logrado.
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  • Querida, voy a comprar cigarrillos y vuelvo
    El Diablo Metió la Pluma

    Si bien para muchos, la carrera de Cohn y Duprat comenzó con Yo, Presidente, El Artista o El Hombre de Al Lado, en realidad nos tenemos que remontar a varios años atrás, a la industria televisiva para encontrar la génesis de esta exitosa asociación.

    No solamente fueron creadores de uno de los primeros y más originales reality shows que hubo en la televisión, que daba la oportunidad de gente común de darse a conocer, como fue “Televisión Abierta”, o el programa “Cupido” que salía en Much Music, o incluso fundaron el canal Ciudad Abierta sino que crearon uno de los microprogramas más atractivos que dio la televisión por cable en mucho tiempo: “Cuentos de Terror” con Alberto Laiseca. Ningún amante de los géneros literarios, del horror y la narración oral, podía perderse esta maravillosa cita con Laiseca que se daba los viernes a la medianoche por I SAT.

    Y dicha asociación con Laiseca, fue fructífera para los realizadores en más de un sentido. No solamente porque fue co guionista y asesor respectivamente de sus primeras obras cinematográficas (El Artista y El Hombre…), sino que aportó con su atractiva prestancia como co protagonista de la primera, y un mero extra en la segunda.

    Por lo tanto, después de tantos años colaborando con el extraordinario escritor, Cohn y Duprat decidieron crear una película a su medida. Querida Voy a Comprar Cigarrillos y Vuelvo pertenece más a Laiseca que a Cohn y Duprat. Obviamente tiene el cuidado estético y el humor negro que contienen sus anteriores obras, el cinismo, el sarcasmo, la ironía y crueldad con los personajes (¿serán los hermanos Coen argentinos?), pero lo cierto es que esta historia está basada en un cuento inédito de Laiseca, está narrada por Laiseca e incluso Laiseca aparece en pantalla confesando que se trata de un cuento de él, y cuáles fueron sus intenciones al escribirlo.

    En cierta manera, se trata de uno de los episodios de “Cuentos de Terror” extendido y con mayor humor, además por supuesto de recreación dramática e interpretativa de la historia.

    Todo comienzo en el Siglo III en Marruecos, donde un comerciante español es golpeado dos veces por un rayo y se vuelve inmortal. El comerciante decide utilizar sus “poderes” para realizar travesuras temporales. De esta manera llega Olavarría, un pueblo “donde no pasa nada” dentro de la Provincia de Buenos Aires, donde vive Ernesto, un agente inmobiliario sesentón, aburrido, decepcionado con la vida, casado con una peluquera que ya no ama y cuyos oscuros pensamientos lo convierten en la víctima perfecta de este demonio inmortal, quien le hace una oferta especial: regresarlo en el tiempo durante diez años, los diez años que él desee volver atrás en su vida, no para cambiar su vida actual, sino para tener una realidad paralela. Pasados los diez años, Ernesto volverá al presente y el “inmortal” le regalará un maletín con un millón de dólares. Ernesto acepta y viaja en el tiempo. Solo tiene que decirle la esposa: “Querida, Voy a Comprar Cigarrillos y Vuelvo”.

    Comedia fantástica como pocas, esta tercera ficciónn de Cohn y Duprat tiene momentos sublimes generados por la meticulosa observación de este personaje costumbrista, gris, cansado de la vida, interpretado con un solvencia asombrosa por Emilio Disi. Lejos de la comedia picaresca, en los últimos años, Disi compuso personajes más complejos de los habituales en él, más cercanos a los personajes de sus comienzos, y esta película confirma, al igual que está pasando con su compañero “exterminador”, Guillermo Francella, que se trata de una gran actor. Y me animo a decir que tiene muchas más herramientas interpretativas que Guillermo. El personaje está a su medida.

    El problema del film pasa un poco por el tono ambiguo, y más que nada porque los chistes referidos a los viajes temporales no tienen el ingenio suficiente para ser completamente efectivos. Son chistes previsibles que adquieren mayor simpatía gracias al relato en off de Laiseca.

    El aporte del escritor en este sentido es enorme. No solamente es un narrador, sino que además opina, da adelantos acerca de lo que vamos a ver, se ríe y burla del protagonista. Tiene una identidad propia esa voz en off, y por tanto esa autonomía la convierten en un elemento humorístico destacado en la película.

    La película tiene aciertos estéticos (Cohn y Duprat son excelentes directores de fotografía) y algunos excesos productivos.

    Lo que es incuestionable es la precisión en la elección de los actores: Darío Lopilato imita a la perfección a Disi joven, aún cuando los chistes que acompañan a cada de una de sus apariciones no funcionan demasiado bien. El otro acierto es la elección del enorme, fascinante, siempre misterioso y sensual, Eusebio Poncela. No hay otro actor español, que sea tan seductor y elegante para hablar como el mismo demonio.

    Cohn y Duprat apuestan por empatizar con el espectador, a través de guiños acerca de la historia nacional de los últimos treinta años (hay un excelente gag relacionado con la última película ganadora del Oscar), lo que la convierte en una película no demasiado fácil para vender al exterior. Y justamente en estos riesgos es donde se gana interés. Porque si El Artista y El Hombre de al Lado, de por sí no eran las típicas comedias que atraen a público masivo, el humor irregular de Querida… la convierten en su obra más impersonal, pero a la vez la más experimental que hayan realizado.

    Combinación patética entre Peggy Sue su pasado la Espera, Juventud sin Juventud (ambas de Coppola) y Al Diablo con el Diablo, Querida Voy a Comprar Cigarrillos y Vuelvo, es una cínica autocrítica a las costumbres y la “viveza” criolla, con la identidad del dúo Cohn/Duprat, pero sobretodo con la firma de ese maravilloso demonio de escritor que es Alberto Laiseca.
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  • Secuestro y muerte
    Secuestro y muerte
    A Sala Llena
    Este esperado film del director de Música Nocturna, se presenta como una suposición de los eventos ocurridos en junio de 1970, cuando el General Pedro Aramburu fue secuestrado y fusilado por el grupo Montonero.

    El tono del film es extraño. Filippelli, junto a sus ex alumnos de la FUC, hacen un film austero. El relato en off, escrito por David Oubiña, recuerda un poco al modo en que Mariano Llinás ha utilizado el recurso en sus últimas obras. Visualmente, es prolijo, los encuadres simétricos, calculados. Como cada diálogo, cada plano y movimientos. Todo está demasiado cuidado.

    En vez, de hacer un film histórico accesible con la información concreta y fines didácticos, Filippelli y equipo eluden las normas y lugares comunes, para hacer un film personal. Se podría trazar un paralelo, incluso con Todos Mienten de Matías Piñeiro, ya que ambas cuentan con 5 personajes, encerrados en una casa quinta: 4 secuestradores y 1 secuestrado. Nunca se nombra quiénes son, pero tampoco hace falta. La información es precisa y nunca redundante. O sea los nombres de Aramburu, Montoneros y Perón se suprimen completamente. Lo cual es interesante. Un juego de cámara. El problema son los diálogos. La frialdad, distancia e intelectualidad de los protagonistas y sus textos, alejan completamente al espectador de las circunstancias. Casi, como si se tratara de teatro Becketiano. Las juegos de palabras, las simetrías entre los eventos que los personajes viven con la llegada del hombre a la luna, aportan interés, pero aún así la película no tiene la tensión y el suspenso suficiente para sostenerse durante apenas una hora y media.

    A nivel histórico resulta atractivo, porque esta historia no fue contada por el cine nacional, pero la forma es ambigua, e incluso las conclusiones terminan siendo demasiado abiertas. Aramburu es juzgado por Montoneros y el propio Filippelli. En cambio, el director decide no tomar partido ni por el grupo, ni tampoco da un juicio de valor sobre ellos. Solamente los expone, como interrogadores, y el resto del tiempo, los muestra en rutinas cuasi adolescentes intelectuales.

    Las interpretaciones solemnes y austeras de Piñeyro, Alberto Ajaka y Esteban Bigliardi (ambos vistos en la obra de Mauricio Kartún, Ala de Criados, ver sección teatro), son creíbles y soberbias. Se destaca el diseño sonoro de Jessica Suárez.

    Pero la película deja con ganas de más. Aún así, es una elección indicada para la inauguración oficial. Como dijo Wolf, el BAFICI, debe ser un festival político.

    ¿Qué pensará de estas palabras, Mauricio Macri?
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  • Thor 3D
    Thor 3D
    A Sala Llena
    Mi reino... mi reino por un martillo!

    Si le faltaba un género para encarar al multifacético, versátil y todo terreno Kenneth Branagh, ese era el de la fantasía, los comics y la ciencia ficción. Pero como el gran director británico es capaz de encarar cualquier proyecto (teatro, ópera, comedia, drama, épico, musical, terror) y siempre respetando el lenguaje del teatro clásico inglés, ya sea el isabelino como victoriano, a nadie sorprendió que haya aceptado dirigir la primera entrega del superheroe de Marvel: Thor.

    El riesgo era grande por parte de los productores: cuando eligieron a Ang Lee para Hulk los resultados no fueron los esperados. Mas allá del interesante duelo entre padre e hijo que se sucedía en la trama, el nivel de fantasía, la estética de Lee no convenció a los seguidores del hombre verde y la película fue un fracaso comercial. Tampoco le fue mucho mejor a la secuela, que era más convencional, entretenida y accesible dirigida por Louis Leterrier.

    Lo que los productores necesitaban era otra Iron Man. Otra historia de heroe canchero, atractivo, divertido que supiera combinar la comedia con la acción.

    Pero la génesis de Thor ameritaba un relato más dramático, y por suerte, con Branagh se pudo lograr un equilibrio.

    Sin embargo, en Thor existen dos películas en una. Por un lado la historia mitológica del personaje en Asgard, el planeta donde vive el Rey Odin, quien tiene un enfrentamiento con el Rey Laufey de un planeta frío. El rey quiere mantener la paz entre ambos planetas, algo que a sus hijos, Thor y Loki, mucho no les atrae, ya que ellos quieren la guerra. Pero, mientras que Loki es el inteligente, cínico y manipulador, Thor es el fortachón, heredero directo a la corona que prefiere la lucha cuerpo a cuerpo antes que la paz diplomática. Odin mandará al exilio a Thor para que aprenda su lección. Esto da pie a la segunda parte de la película: Thor en la Tierra, donde aprenderá lo que es la amistad y el amor de la mano de Jane, una astrofísica que lo descubre perdido en el desierto, Erik, su mentor y la asistente de ambos, Darcy. En la Tierra, no hay un gran enfrentamiento con los agentes de su planeta, pero tiene que escapar del grupo Shield (el que comanda Nick Fury), quienes desean apoderarse del martillo mágico que le da poderes especiales.

    Lo más interesante de esta nueva adaptación de un comic de Marvel, no es tanto el aspecto adrenalínico, sino el conflicto familiar, y la forma elegida por Branagh para retratarlo.

    No hay que ser un experto en literatura inglesa para encontrar a Shakespeare en el medio. Al igual que Kurosawa u Olivier, Branagh comprende cómo llevar al revolucionario dramaturgo a cualquier relato contemporáneo. La historia en Asgard se asemeja bastante a Rey Lear (el padre sabio, los hermanos enfrentados), pero tambien hay elementos de Hamlet (el heredero exiliado que debe regresar al palacio para vengar a su padre) u Otelo (la manipulación de Loki hacia Thor, no es muy diferente a la de Yago).

    Claro, que hay muchas películas que contienen estas referencias y no las solemos mencionar en nuestras críticas. Pero esta vez, debido al lenguaje elegido para reproducir los diálogos escandinavos, la dirección de actores, los vestuarios, maquillajes, protocolos e incluso algunos decorados pareciera que estamos frente a una gran adaptación de un obra del Siglo XV. Hay que reconocer además, que la reproducción de Arstan es bellísima a nivel visual. ¡Qué Pandora ni Pandora!, la imaginación de Branagh es alucinante también.

    Lo que en cambio es desilusionante es toda la secuencia de Thor en la Tierra. Shield no cumple demasiado con un estereotipo de grupo de perseguidores aterradores. Esta secuencia, es más que nada una transición hasta el regreso de Thor a su planeta. Sin embargo, lo que debería importar y no está bien desarrollado es la relación romántica del heroe por Jane, la astrofísica terrícola. No hay química suficiente entre los protagonistas para hacer creíble que estos dos seres se amen, y este hecho puede cambiarle la mentalidad belicista al protagonista.

    Branagh sabe darle buen ritmo a la película y cumple con las expectativas de hacer un logrado entretenimiento. Hace lo posible por lograr una interpretación “aceptable” de parte del carilindo Chris Hemsworth. Sin embargo son más interesantes las actuaciones de Tom Hiddleton como Loki y especialmente de Anthony Hopkins, que parece haber retomado el rol de Titus (de Julie Taymor basado en la obra de Sir William también). Del mundo de fantasía queda muy relegada Renee Russo. ¿Qué le pasó a la atractiva protagonista de Arma Mortal que quedó tan olvidada en los ultimos años?

    De entre los terrícolas se destacan el gran Stellan Skarsgard, que al igual que Branagh, es un todo terreno implacable, interpretando algo así como el Falstaff de la historia, y Kat Dennings (la Nora de Nick y Norah) como el oportuno comic relief (no lo hace nada mal, esta chica tiene dotes para la comedia).

    En cambio la que queda bastante sobreactuada y en desigualdad interpretativa es Natalie Portman. Parece que la actriz de El Cisne Negro quedó demasiado pegada al personaje de Amigos con Derechos, sólo que esta vez no funciona la química con su co protagonista. La frialdad de Hemsworth constrasta con la delicadeza de Portman, que pide a gritos volver con Ashton Kutcher.

    Thor no solamente es un atractivo entretenimiento con dosis de acción y drama bien dosificadas, sino que también tiene otra intención: preparar al público para la llegada de Los Vengadores. No hablo de otra adaptacion de la serie británica con los agentes Steed y Peel, sino del épico proyecto que va a reunir a gran cantidad de heroes de Marvel en un mismo film. Eso incluye a Tony Stark / Iron Man (Downey Jr.), Bruce Banner / Hulk (Mark Ruffalo), Hawkeye (Jeremy Renner), Thor (Hemsworth), Capitán America (Chris Evans) y Nick Fury (Samuel L. Jackson). El film lo está dirigiendo Joss Whedon, el creador de Buffy. Recomiendo prestar atencián a Thor, porque hay dos personajes que hacen cameos (uno de ellos después de los créditos, asi que a quedarse en la sala), y otros dos son “sutilmente” mencionados.

    Es muy probable que Thor no se convierta en el gran éxito que fue Iron Man: el personaje no tiene el mismo carisma o incorrección política de Tony Stark, y sobretodo a Hemsworth todavía le falta mucho para ser un Downey Jr. (aunque las chicas van a suspirar por sus musculos). Tampoco Hiddleton interpreta a un villano antológico. O sea, quizás elegir protagonistas desconocidos no haya sido lo adecuado. En tono, el film no logra caer en la sátira, ni ponerse completamente solemne o meloso. Es un punto intermedio entre el humor, el drama y la acción. Branagh no decidió arriesgarse en este sentido.

    La película tiene multiples lecturas, que pueden leerse sutilmente. Entre ellas, se puede ver una connotacion entre Odin y Thor con la dinastía Bush, y su doble invasión a Irak. Pero Branagh termina defendiendo a sus protagonistas, y a la vez tirando una moralina oportunamente antibelicista.

    Thor no es un gran film (como tampoco considero que es la saga de Iron Man o El Hombre Araña), pero entretiene durante casi dos horas, y su realizador, un autor que aun en las propuestas más industriales demuestra que puede intercalar su amor por el gran William Shakespeare.
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  • El hombre que podía recordar sus vidas pasadas
    Hace menos de un año atrás, le pedi a mi buen amigo, José Luis de Lorenzo que me preste Tropical Malady. Necesitaba saber por qué, tras ganar la Palma de Oro en Cannes por Tío Boonme (me referiré de esta manera a la película para evitar palabras de más) se consideraba a Apichatpong Weerasethakul, el director que estaba cambiándole la cara al cine.

    Al principio no encontré nada asombroso: una hermosa historia de amor entre un campesino y un soldado. Pero esta película cambia completamente el rumbo cuando, el soldado se pierde en medio de la selva. Lo que sigue no se sabe si es un relato que habría contado el protagonista en medio de la película, un flashbacks o el presente. O todo combinado, con personajes que cambian su forma corporal y se convierten en tigres, siluetas blancas que caminan en medio de la oscuridad de la selva, etc.

    Realmente, si bien no quede asombrado, me pareció una propuesta muy original y divertida. Para verla concentrado, con tiempo y un litro de café encima para soportar los lentos planos fijos en medio de la selva.

    Leyendo críticas de las obras de Weerasethakul, todos resaltan la forma en que transforma la selva en un ámbito aislado del mundo. Los misterios interiores de estos parajes exóticos, para nosotros citadinos cómodos e ignorantes se abren y logramos descubrirlos, manipulación mediante del director. Cuántas de estas leyendas son ciertas y cuáles provienen de la imaginación de Apichatpong, habría que preguntárselo a él. Lo que coincido es que realmente en cine, ver esa jungla, meternos en medio de la oscuridad (porque es oscuridad, y no la seudoscuridad que venden las películas de Hollywood) debía ser una experiencia interesante.

    Tras un año de ansiosa espera, me encuentro en una sala cinematográfica frente al elogiado producto del 2010, motivado por envolverme en esa jungla tailandesa y en cambio lo que encuentro, no es tanta jungla sino un portal al más allá. Literalmente hablando, Apichatpong crea una puerta hacia el mundo de los muertos, pero también hacia mundos paralelos. Por momentos, de forma explícita, en otros, de forma tan abierta, que al cerebro le cuesta entender como un hombre puede crear una realidad alternativa con tanta sencillez de recursos, sutileza y naturalidad narrativa.

    Nuevamente, no creo que haya algo asombroso en Apichatpong (o sea, no es David Lynch, que te provoca un malestar interno, te desorienta, te mueve cada célula provocando salir temblando de la sala), pero admito que este cuentito, tiene momentos sublimes: una charla entre un hombre moribundo, su sobrino, su cuñada, el fantasma de su esposa y un hijo convertido en Yeti no es algo que se ve todos los días, y que el diálogo tenga tanto ingenio para que no suene forzado o fantástico demuestra que este director tiene herramientas para generar expectativas.

    En el medio, se infiltran otras leyendas que aportan más bien al tono mítico de la película, que a la trama central de por sí, como la de una princesa que aparece en medio de la selva y es ¿“violada” por el río?

    Todo es posible en esa selva tropical. Y si todos los elementos fantásticos-oníricos no son suficientes para atraer al espectador, también hay un directa crítica política a los militares que acribillaron civiles en Laos, a la xenofobia que sienten los tailandeses hacia los laoneses que cruzan el río para trabajar en Tailandia, hacia la falta de libertad de expresión del gobierno, hacia los dogmas budistas y fanatismo religioso, hacia el hipnotismo de la televisión. ¿Demasiado? No, porque el director logra combinar todos estos elementos de forma armónica, divertida, sin golpes bajos, con magia narrativa, lirismo, belleza audiovisual. No solamente cada encuadre es perfecto, sino que el sonido es lo realmente envolvente, lo que permite que el espectador se meta en la selva. No tanto las imágenes.

    Lo más irónico es si uno hace una lista de todos estos elementos que se mezclan en la película, podríamos estar hablando de una epopeya, pero lo cierto es que, si algo se puede criticar es que es una película bastante lenta, que al igual que Tropical Malady debe verse y disfrutarse bien despierto, porque voy a ser honesto, el clima, el paisaje, los diálogos pausados provocan un poco de somnolencia. Diálogos que tienen un contenido espiritual y filosófico bellísimo acerca de la vida, de la muerte, la reencarnación y como la muerte no es el final, sino el principio de otra etapa. Pero eso no es suficiente para convertir en un poco más dinámico al relato, al menos para los ojos de los espectadores occidentales acostumbrados a la velocidad urbana.

    Sobre estos contrastes ideológicos, sobre las diferencias en los tiempos es justamente donde se centra Apichatpong. La velocidad de la sociedad contemporánea es lo que cuestiona.

    Quizás me hubiese gustado que no explicara tanto. Que todo quedara más abierto a la imaginación y la comprensión del espectador como sucedía en Tropical Malady. Pero aún, cuando no se trate de una obra tan mística como la anterior, no se puede negar que Tío Boonme es una película especial, que pregona múltiples lecturas, que merece verse más de una vez para apreciarse como Apichatpong y sus vidas pasadas, mandan.
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  • El gato desaparece
    El gato desaparece
    A Sala Llena
    Cuando reaparece la creatividad

    Una vez le preguntaron a Carlos Sorín: ¿de que trata El Gato Desaparece? El director, con la sencillez que lo caracteriza y de la que se nutren sus historias y personajes respondió: “De un gato… que desaparece”.

    Este es el séptimo largometraje de Sorín detrás de cámaras. Muchos lo recordarán sin embargo, por un magnífico mediometraje falso documental que realizara a mediados de los ’80 llamado La Era del Ñandú, que sin duda es uno de los mejores ejemplos sobre como DEBE realizarse un falso documental. Tras ese auspicioso film, que pondría la base de toda su filmografía llegaría, la ambiciosa La Película del Rey con un joven Julio Chávez, tratando de filmar la historia de un francés que se quiso proclamar Rey de la Patagonia. Dicho rodaje nunca se pudo terminar y su historia era completamente cierta. De hecho, Sorín fue asistente de dicho rodaje (y se puede ver en el documental Un Rey para la Patagonia). Este debut en el largometraje le permitió viajar a Estados Unidos y filmar junto a Daniel Day Lewis, Eterna Sonrisa de Nueva Jersey, que lamentablemente no funcionó muy bien.

    Durante largos años, Sorín siguió abocado a la dirección de publicidades, estudiando el interior del país, a las personas, comunidades que habitan las regiones más inhóspitas y creando una gran variedad de historias que cada uno de ellos podrían protagonizar. Así nacieron, justamente, Historias Mínimas, El Perro y El Camino de San Diego. Películas chicas, con personajes entrañables, comedias dramáticas que evitaban caer en pretenciosos golpes bajos o lecturas demasiado intelectuales, filmadas con una belleza irrefutable. El público y la crítica acompañaron cada una de estas propuestas. Había un público que quería ver otro tipo de historias.

    Su último trabajo había sido La Ventana, un film que fue un poco maltratado, quizás el más meticuloso en lo que se refiere a puesta en escena, con unos magníficos planos exteriores que remitían al Kurosawa crepuscular. Bello, sencillo, lleno de sutilezas.

    Particularmente, pienso que, al contrario de mucho de mis colegas, el cine de Carlos Sorín mejora con el paso del tiempo, y cada nueva propuesta es mejor que la anterior. De hecho, no tengo ningún problema en admitir que Historias Mínimas, aún con su belleza estética, me parece un film sobrevalorado, y que no pude sentir empatía con sus personajes.

    Opuestamente, El Gato Desaparece es una pequeña gema, que confirma que Sorín sobretodo es un gran director de actores, tengan estudios dramáticos o no. Sorín puede sacar una buena actuación de un gran elenco, de personas que nunca vieron una cámara, de un perro (o varios) e incluso de un gato. Hasta una piedra sería una gran intérprete de un film de Sorín (de hecho, el segundo personaje más importante de El Camino de San Diego era un pedazo de tronco transformado en Maradona).

    El principio no es demasiado auspicioso, sin embargo. Tribunales. Se deja claro que Luis, un profesor universitario que agredió a un compañero y estuvo en un hospital psiquiátrico está curado y puede volver a la vida “normal”. Aunque es demasiado explicativo, este comienzo sirve para entender el resto de la película. Y Sorín admite en cierta forma, que es un comienzo un poco aburrido: hasta los personajes no esperan más que terminen las explicaciones.

    El resto de la película es una pequeña obra de cámara: dos actores, miradas suspicaces, sospechas y un subliminal humor negro infiltrado en un thriller que recuerda (con menos solemnidad y dramatismo) al cine negro de Carlos Hugo Christensen (Safo, La Muerte Camina Bajo la Lluvia), las obras más intimistas de Alfred Hitchcock (La Sospecha especialmente), alguna que otra gema de Hollywood de los años ’40 como Luz de Gas, o definitivamente, las últimas películas de Claude Chabrol.

    De hecho, Sorín toma el humor del fallecido maestro francés, toma el ritmo, Nicolas Sorín trata de reproducir la banda sonora de Matthieu Chabrol (ambos comparten ser hijos de sus realizadores) y no sería demasiado lejano decir que Beatriz Spelzini hubiese sido una magnífica protagonista para los films de Chabrol. ¿Podemos tratarla como nuestra Isabelle Huppert?

    La sencillez del argumento de El Gato Desaparece puede resultar un poco anticuado para los cánones del thriller contemporáneo, pero al mismo tiempo, es necesario. No hay demasiadas subtramas, todo se basa en los falsos caminos que el realizar quiere que recorras. Para eso nos mete en la cabeza de Betty (Spelzini). No sabemos si está loca por creer que su marido no está bien, o si realmente Luis oculta algo en el lado oscuro de su cabeza. Los ojos de Spelzini son maravillosos, hablan mejor que mil palabras. Sorín a través de ellos nos engaña numerosas veces.

    Por otro lado, es imposible no elogiar la labor de Luis Luque, que nuevamente demuestra su versatilidad actoral. Cada vez, se hace más obvio, que el protagonista de Pajaros Volando se siente más cómodo en la comedia, que en el drama. La transformación que logra, de ser un ente intelectual a un chico que necesita descanso y cuidado es magistral. La cámara se enamora de él, de su “inocencia”, y a la vez es imposible descifrar que pasa por su mente.

    Haciendo gala de un lenguaje cinematográfico tan transparente como meticuloso, donde el montaje es ágil y clásico, pero la puesta en escena denota un gran trabajo estético y de elección de colores sobretodo, mérito del trabajo conjunto de dos veteranos artistas como Julián Azpesteguía (Director de Fotografía) y Margarita Jusid, Sorín sostiene la película sobretodo en la elaborada construcción de los personajes y la dupla actoral. También es elogiable la inclusión de acciones fuera de campo, fundamental para crear tensión en cualquier obra de suspenso. El diseño sonoro de José Luis Díaz cobra gran protagonismo en este sentido.

    Sutil y divertida crítica a la burguesía intelectualoide porteña, suerte de comedia con elementos de thriller o thriller con comedia incorporada, El Gato Desaparece, demuestra una vez más que Carlos Sorín es un cineasta capaz de sorprender e innovar con muy pocos elementos y mucha cinefilia.
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  • Los Marziano
    Los Marziano
    A Sala Llena
    Tercer film de Katz que la define como una realizadora autora consolidada y a tener en cuenta a futuro. Que los nombres que incorpora en esta oportunidad no confundan. No se trata de una comedia costumbrista más del cine argentino contemporáneo. Más allá de su tono tragicómico y el ritmo que le impregna el Chango Spasiuk a la banda sonora, la realizadora construye un relato familiar dividido. La historia de dos hermanos: Luis y Juan, peleados hace bastantes años. Mientras que el primero tiene un vida hecha en un country del Gran Buenos Aires, junto a su esposa e hijos, Juan lleva una vida humilde en Misiones. La mayor preocupación de Luis es encontrar a los responsable que hacen pozos en el Country y provocan accidentes. De hecho, el mismo Luis se fracturó un brazo por culpa de uno de los pozos que aparecieron en el campo de golf. Mientras tanto Juan se quedo desempleado y de la noche a la mañana no entiende nada de lo que lee.

    El vacío que cada uno tiene, en realidad, es la ausencia del “otro” en sus respectivas vidas. En el medio, están Delfina, la tercera hermana, y Nena, la esposa de Luis.

    Cada uno de los hermanos son extraterrestres con el mundo que los rodea pero comparten mucho en común, más que nada esa capacidad de alienarse y al mismo tiempo no querer ayuda de los demás.

    Katz va abriendo varias subtramas alrededor, tejiendo túneles para que ambos se encuentren. Pero ninguno de los dos pone voluntad para solucionar sus verdaderos problemas.

    Justamente, lo atractivo y llamativo de Los Marziano es que la única trama que realmente cierra es la que tiene menos posibidades de solucionarse.

    Los Marziano decepcionará a más de uno, porque deja demasiados pozos abiertos. Más de uno dirá que la directora no supo como terminar el film, pero yo creo que sí.

    Katz encuentra un tono justo entre la comedia y el drama, el patetismo y la compasión por sus personajes. No se trata de crear una empatía con el espectador sino de demostrar, que incluso nos podemos identificar con las peores familias.

    El humor es sutil, triste, melancólico. Entre la soberbia de Luis y la torpeza e inocencia de Juan, Katz pone las bases de Los Marziano. Francella y Puig juegan un verdadero duelo interpretativo que funciona mejor cuando finalmente están juntos y no puede denotar sus sentimientos. Lejos ha quedado el Francella de comedias picarescas o familiares. Lejos ha quedado el Puig, galancito de telenovelas. Ahora ambos asumen su edad, madurez interpretativa y la explotan al máximo.

    Acompañan maravillosamente Rita Cortese, y en un rol bastante menor para su carrera, Mercedes Morán. Ana Katz retoma dos puntas que había comenzado en El Juego de la Silla y La Novia Errante. Por un lado el tema del pariente que viene de lejos para encontrarse con su familia, con la que se siente alienado en principio, pero finalmente reconoce el parentesco, y por otro lado, el del ser solitario, ermitaño que tiene que reconciliarse con su pasado, a través de un presente en otro lado.

    Además, al igual que otras películas recientes como Una Semana Solos, Cara de Queso o la aburrida Las Viudas de los Jueves, se crítica la artificialidad, frialdad, aislamiento e inseguridad de los barrios cerrados.

    Obra inteligente con interpretaciones profundas, que van a sorprender a más de uno, Los Marziano es algo más que una comedia con Francella, es un retrato de un micromundo demasiado creído de sí mismo, materialista, soberbio y banal que ha olvidado, que más allá de las diferencias sociales y económicas, básicamente (y como dirían los Benvenutto), ¡lo primero es la familia!
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  • Revolución. El cruce de Los Andes
    Bastardos Sin Gloria

    Ni santo ni con espada. Esa es la nueva imagen del General San Martín, según la visión de Leandro Ipiña.

    Este proyecto, empezó a partir de que el Canal Encuentro, decidiera, con motivo del bicentenario nacional, lanzar una serie de episodios épicos que reconstruyeran los momentos más importantes de la historia Argentina. La idea era ambiciosa y su resultado superó las expectativas. Leandro Ipiña, comenzó como ayudante de Tristán Bauer, creador de Encuentro, en Iluminados por el Fuego, y gracias a visión y talento, llegó a dirigir para el canal el telefilm: San Martín, La Batalla de San Lorenzo. Los excelentes resultados de dicha propuesta, motivaron que se haga un segundo telefilm. Esta vez, acerca de “el cruce de los andes”. Dicha propuesta también iba a estar dirigida por Ipiña.

    Sin embargo, la inclusión dentro del canal, del realizador Juan José Campanella, junto al buen instinto de Bauer influyeron para que los responsables de la producción, con ayuda del gobierno nacional, decidieran llevar nuevamente a San Martín al cine.

    Para esto Ipiña tendría que reimaginar el telefilm y darle otra dimensión visual. Dicha decisión, encima, fue tomada con el rodaje ya comenzado. Además, era una buena oportunidad para dejar atrás la versión, que había dado Leopoldo Torre Nilsson con Alfredo Alcón como protagonista en 1970.

    Vi El Santo de la Espada por primera vez en 1990, en un contexto escolar, por lo que no puedo decir si era realmente un buen film, pero el recuerdo que tengo es bastante intenso. La recreación de batallas épicas es muy inusual en el cine argentino, así que estaba impresionado. Sin embargo, la estética elegida se acercaba más a una elevación mítica, legendaria, enalteciendo al personaje, en vez de buscar un retrato creíble de la historia. Era una visión romántica, de folletín. Lejos estaba la revisión histórica que llamara a la discusión y la reflexión sobre nuestro pasado.

    Este es el aspecto más interesante de Revolución, el Cruce de los Andes.

    Los primeros planos del film lo separan enseguida de una película hecha para la pantalla chica. La cámara sobrevuela la cordillera andina. El panorama es espectacular y pronto me empecé a plantear si incluso no hubiese sido una gran decisión, hacer esta película en 3D. Irónicamente la historia comienza en 1880. Van a traer los restos del General desde Europa a Buenos Aires. Un periodista decide entonces, entrevistar al único superviviente que queda del ejército andino. Se trata de Manuel de Corvalán, quien a los 15 años fue secretario y escriba del gran San Martín. De esta manera, un poco al estilo Titanic, nos remontamos a 1816, donde nos vamos enterando de los preparativos, las causas y motivos por los que San Martín creó el ejército y tenía urgencia por atacar a los realistas en Chile.

    Ipiña hace hincapie en el carácter del General. Hosco, inteligente, insultador como pocos. Pero a la vez, un gran estratega. El director trata de dejar un poco al margen la conocida gastritis que lo dominaba antes de las batallas, y la relación con Remedios de Escalada. Además, el director quiere dejar en claro, que no está haciendo un mero film didáctico. Hay violencia gráfica y una directa crítica a las familias más poderosas de Buenos Aires, que estaban en contra de la Independencia de la Nación.

    La primera hora del film, no cabalga. Vuela. A pesar de que no hay batallas ni conflictos, Ipiña sostiene las acciones gracias a personajes atractivos, diálogos que dan pie a múltiples lecturas.

    De esta forma se muestra la posición que ocupaban los esclavos en el ejército, ritos, costumbres, la posición del gaucho y el punto de vista religioso en la piel del Fray Bernardo García, miembro del ejército que toma narrativamente, un lugar cuestionador acerca de la “gloria” de la batalla.

    Justamente, acá es donde se van a generar los principales debates con respecto al film. No voy a develar mucho, si digo que el film concluye con la batalla de Chacabuco. Durante la última media hora, el ritmo venía decayendo, siendo un poco reiterativa en algunos diálogos y situaciones. Más allá de que no se perdía el interés, y algunos planos remitían directamente a westerns de Leone, Ford o Peckinpah, el relato no lograba sostener el interés como sucedía durante la primera hora. Sin embargo, cuando empieza la batalla de Chacabuco, no solamente vuelve a cobrar vida la película, sino que propone una relectura de la historia pocas veces vista en el cine.

    ¿Aun cuando se trata de la lucha por la libertad, se justifica la guerra, la batalla, el derramamiento de sangre? Muchos notarán que, a pesar del gran y meritorio despliegue técnico, los extras, los cañonazos, las luchas cuerpo a cuerpo, a la batalla le falta intensidad. O sea, el trailer prometía un conflicto épico más potente. Pero esto no es Corazón Valiente. San Martín está más cerca de Napoleón, con todo su despotismo que de la imagen heroica de Mel Gibson sobre William Wallace.

    Los últimos 10 minutos de película son para atesorar. No hay gloria en esta batalla. No hay gloria en la muerte ni en el hecho de que se pierdan tantas vidas. Esa es la imagen que nos da Revolución, y es la imagen que quiero destacar: un joven de 16 años llorando como un chico porque fue herido.

    Esto, si no recuerdo mal también había sido lo que más me había gustado de Iluminados por el Fuego: entender que no se trataban de máquinas de matar, sino de hombres sensibles. Muchos de ellos, sin experiencia en las batallas. Que los generales se quedan lejos de la batalla, y muchas veces sus segundos son inútiles.

    A nivel visual hay un enorme contraste escenográfico. Un 70% de la acción sucede en exteriores y realmente, el despliegue artístico es notable. Además Ipiña aprovecha la profundidad de campo y logra algunos planos sublimes, con el ejército avanzando en diversos lugares a lo largo de la cordillera. En cambio, las pocas escenas filmadas en interiores, son demasiado televisivas, sencillas, a tres cámaras. Como si se las hubiesen querido quitar rápidamente de encima. Más allá de eso es muy elogiable el gran trabajo fotográfico de Javier Juliá y la dirección de arte de Sergio Rud.

    El elenco es un punto fuerte. Rodrigo de la Serna construye un interesante San Martín, duro, austero, verborrágico, frío y calculador. Muy diferente a lo que venimos acostumbrado a verlo. Su interpretación es creíble. Incluso resulta divertido escucharlo. De la Serna le aporta un acento castizo al personaje. El mismo desaparece en algunas escenas intimistas. Muchos han criticado este punto, pero lo cierto es que según algunos historiadores, el verdadero San Martín podía pasar de un acento castizo al castellano cotidiano de un momento a otro. El resto de los actores cumplen de forma verosímil con sus interpretaciones, especialmente Victor Hugo Carrizo como el rastreador y Alberto Ajaka como Condarco.

    Revolución, El Cruce de los Andes, supera las expectativas, se aleja de la estética telefilm, y permite soñar un cine épico en nuestro país que deje lugar a la discusión y la reflexión es posible.

    Ahora le toca el turno al Belgrano de Pablo Rago, Juan José Campanella y Sebastián Pivotto.
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  • Pase libre
    Pase libre
    A Sala Llena
    Los Chicos solo Quieren Divertirse

    Los Farrelly han regresado. Esta noticia no siempre resulta agradable, tengo que admitir. Lo cierto es que el humor de los hermanos, directores de Tonto y Retonto, e Irene, Yo y mi Otro Yo no es demasiado de mi gusto. Admito, que algunos gags tienen su ingenio, pero el nivel de estupidez de sus personajes a veces, puede llegar a exasperar. Por otro lado, sigo pensando que la película más odiada por los críticos, pero al mismo tiempo, más exitosa de su carrera, Loco por Mary, sigue siendo, mi película preferida de ellos. Llámenlo empatía o puro regodeo, pero aún hoy es la única película de su factoría que la vuelvo a ver y me sigo riendo.

    El universo Farrelly está compuesto por un abanico de personajes idiotas, inúties, imbéciles que ciertamente, parecen ser un reflejo del estadounidense promedio, de clase media, soñador. Los Farrelly, a diferencia de los Coen, no se creen intelectuales y ridiculizan a sus monstruitos de las formas más desagradables, escatológicas posibles. El mensaje subliminal es que todos los hombres somos bestias, dominados por impulsos, calentura y bajos instintos. Al contrario, los Farrelly elevan la inteligencia y suspicacia de las mujeres, mostrándolas menos superficiales que los hombres, aunque también, resulta irónico, buscan para tales personajes, actrices rubias de ojos claros, prototipos de “belleza”, fetiches hitchcoianos.

    En defensa de los Farrelly, tengo que decir que son autores natos de comedia. El tema de las apariencias, de no juzgar a las personas por discapacidades (mentales o físicas), diferencias raciales, belleza externa es de lo que se nutre su filmografía. Que ahora, estos temas “importantes” estén desarrollados o disfrazados en guiones pobremente escritos, previsibles, con gags no siempre efectivos, obvios, moralistas y con mensaje conservador (al menos, en lo que respecta al estigma familiar) es otra cosa. Ni hablar de lo convencional y poco imaginativas que son visualmente sus obras.

    Pero la estética y el arte no son prioridades de Bobby y Peter. Ni se molestan en aclararlo. Ellos son observadores de la sociedad media californiana, y sobre esa mirada construyen sus personajes. Su principal atributo por otro lado es el buen ojo que tiene para los castings: ambos fueron los que realmente convirtieron en “estrellas cómicas” a Jim Carrey y Ben Stiller, elevaron de categoría a Cameron Diaz, demostraron que Richard Jenkins es uno de los actores secundones más volátiles que existen, confiaron que Matt Damon y Gregg Kinnear pueden ser hermanos siameses burlándose de ellos mismos, y que una actriz prestigiosa como Gwyneth Paltrow podría ser pareja de Jack Black. No hay protagonista de comedia de los Farrelly que no funcione. Y eso es un hecho.

    Pase Libre, regresa a los hermanos al terreno de la comedia tonta y escatológica más pura. Tras las decepcionantes La Mujer de mis Pesadillas y Amor en Juego, esta vez nos devuelven a protagonistas obsesionados con el sexo, pero aprisionados… por sus esposas. Rick y Fred (Wilson y Sudekis) son dos maridos fieles, supuestamente, felices con sus respectivos matrimonios. El problema es que ambos no dejan de fijarse en mujeres atractivas de la calle, fantaseando con ellas y al mismo tiempo, lamentando estar casados. Maggie y Grace (Fischer y gran regreso de Christina Applegate) sus esposas, no los aguantan, y seguidas por el consejo de una amiga veterana, les dan un pase libre del matrimonio. O sea, por una semana, ellas se van de viaje, y les dejan a sus maridos la oportunidad de que las “engañen”… con su permiso. Esto es festejado no solamente por ellos, sino también por sus amigos. Durante esa semana, ambos se darán cuenta que ya no están tan en forma para “levantar” mujeres como pensaban.

    Apelando a chistes fáciles, los Farrelly empiezan a construir su maquinaria humorística. Drogas alucinaciones, masturbación, materia fecal; nada de esto puede estar ausente de una comedia Farrelly, y es en estos aspectos en los que la película logra sus momentos más efectivos.

    El ingenio que no está puesto en la estructura, sino en la creación de algunos gags y de los personajes. El punto más elevado lo pone la aparición de Cockley, un mujeriego cincuentón, experto en levantes, que en la piel del gran Richard Jenkins (Visita Inesperada) termina siendo un personaje inolvidable.

    El mayor problema de Pase Libre, acaso es su mensaje conservador. Los Farrelly se contradicen con lo que en primer lugar pretendían criticar: una pareja no funciona sin que haya un poco de libertad a la hora de fantasear con otros cuerpos. Ciertas cursilerías y explicaciones innecesarias del final, terminan arruinando incluso algunos muy buenos gags.

    Como dije anteriormente, los directores siguen teniendo buen ojo para el casting: Owen Wilson está en su salsa, tiene la libertad para llevar su personaje patético al extremo del burdo. Por otro lado, Jason Sudekis (reconocido por Saturday Night Live) logra gran química con Wilson, teniendo a su cargo los mejores gags. Después hay varios aciertos secundarios (la australiana Nicky Whelan cumple correctamente su rol de “chica sexy”) y Fischer y Applegate son muy convincentes como las mujeres de los protagonistas, que al final no son tan inocentes como aparentan.

    Pase Libre dificilmente sea la mejor película, pero tampoco es la peor de los Farrelly. Tiene momentos genuinamente divertidos que remiten (salvando las obvias distancias) a los Marx, Los Tres Chiflados (el gran proyecto de sus vidas), Billy Wilder o Abbot & Costello.

    Recomiendo ir a la sala sin demasiadas pretenciones, fijarse en la forma indiscriminada, injustificada y obvia de mostrar o hacer mensión a las compañías multinaciones más famosas de los Estados Unidos, y por supuesto… asistir con un amigo.

    Definitivamente no es una buena elección para ver en pareja. Aunque puede dar buenas ideas para mejorar las relaciones.
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  • Nunca me abandones
    Nunca me abandones
    A Sala Llena
    Ideal para vender pañuelos

    Festejan las fábricas de Kleenex y Carilina. Festejan los fabricantes de pañuelos de tela. Llega la película que les va a salvar el año. Piden que sea un gran éxito de taquilla, así no tienen que esperar sentados a que lleguen los “tanques” sentimentales del Oscar que viene.

    Durante los años ’90, surgieron del mundo videoclipero interesantes directores, con ideas renovadoras. Por estética, forma de narrar y estilización, muchos cinéfilos esperaban con ansias que estos mismos encontraran productos interesantes para llevar a la pantalla grande.

    Si bien la mayoría tuvo (o tienen) carreras irregulares, no se puede dejar de admitir que todos dejaron su sello. Algunos de manera superficial (Ej: Snyder, Bay, Tarsem Singh), haciendo énfasis en lo visual más que nada. Otros se resistieron un poco a impostar demasiado la estética y lograron dignos productos mezclando clasismo narrativo con un estilo visual interesante y pulso cinematográfico (Ej: Fincher) y por último un selecto grupo de autores natos que impusieron formas de narrar menos convencionales, con estéticas más jugadas. De este grupo se destacan un gran realizador como Spike Jonze o un autor extraño, a veces desconcertante, como Michel Gondry.

    Mark Romanek, tiene una trayectoria impresionante en el mundo del video clip. Su ópera prima cinematográfica es de 1985, la inconseguible Estática. La segunda película llegó recién en 2002, fue un interesante thriller voyeurista, inspirado en el mundo depalmiano, pero menos extremo en lo sexual y onírico, como fue Retrato de una Obsesión, con un soberbio Robin Williams (quizás la mejor actuación de su carrera). No se trataba de una gran película, pero tenía gratos momentos de tensión y suspenso, además de un análisis profundo acerca de la psicosis de un personaje encerrado demasiado tiempo en un cuarto oscuro y abstraído por su trabajo.

    Romanek se convirtió en una promesa a seguir. El segundo proyecto con el que estuvo relacionado por mucho tiempo fue El Hombre Lobo (2010), pero diferencias artísticas y económicas lo alejaron del proyecto y la posta la tomó, Joe “Capitán América” Johnston. En cambio, Mark cayó en la trampa Ivory y se dejo tentar por una novela de Kazuo Ishiguro (Lo que Queda del Día; La Condesa Blanca)

    Ivory hace más de 40 años que viene haciendo dramas épicos, y uno de los puntos altos de su cinematografía, es que a pesar de todo, logra evitar caer en el sensiblerismo barato, la lacrimogenia televisiva. La mayoría de sus personajes son tan fríos y reprimidos que no provocan que el espectador sienta gran empatía con ellos y se emocione fácilmente. Ahí reside el talento como narrador del director estadounidense de 80 años.

    Pero Romanek crea el peor “cinema du qualité”. Aquel que más criticaban los directores de Nouvelle Vague. El que pretende emocionar con trucos viejos, con romances imposibles, con caras bonitas llorando e intérpretes jóvenes y sexis en estado vegetativo, acompañados por una fotografía crepuscular y música edulcorada.

    Así como la sobrevalorada, Diarios de una Pasión, Nunca me Abandones sale en búsqueda de un público femenino que se sadomasoquisa piantando lagrimones a cada segundo.

    La historia tiene un toque fantástico, que parece sacado de la Dimensión Desconocida: un mundo utópico, casi perfecto. Los huérfanos son criados como animales. Los alimentan bien y cuando están listos, los llevan al matadero para que sus órganos sirvan a aquellos que tuvieron una infancia “normal”. Pero, resulta que estos chicos también tienen “alma” y “sentimientos” y se pueden enamorar, pueden tener celos, rencor, vergüenza de admitir lo que sienten, y así somos testigos de tres momentos en la vida de Kathy, Ruth y Tommy. Todos demasiado inocentes, son manipulados para que vivan de acuerdo a las reglas, con miedo, encerrados en un mundo creado por “adultos”. Pero, de repente se presenta una esperanza: demostrar que lo que sienten es amor verdadero. Claro, hay un problema. Una de las dos chicas va a quedar afuera.

    Muy probablemente la novela de Ishiguro debe ser hermosa, gracias al lenguaje y vocabulario que maneja el exitoso escritor japonés, pero lo cierto es que Romanek y Garland (el escritor de La Playa y otros productos mediocres de Danny Boyle) se lo toman todo con demasiada solemnidad, y la inocencia de los protagonistas bordea lo ridículo. Además pareciera que se han empeñado tanto en concentrar toda la acción en menos de dos horas, que ninguna parte adquiere profundidad narrativa. Si bien la primera, cuando tienen 13 años, es la mejor trabajada (gracias al gran trabajo del trío protagónico, versión púber) no alcanza a enganchar, porque rápidamente viene la segunda (los personajes cumplen 18) y cuando uno se compenetra con la historia, ya se viene la última, sufrida e interminable parte. O sea, el medio necesitaba, sin duda mayor desarrollo. Pero Garland prefiere apuntar todos sus dardos lacrimógenos al tercer acto, y acá todo flaquea, provocando que queramos buscar un cuchillo, para cortarnos las venas y dejar de sufrir con los personajes.

    “Estos chicos necesitan aprender un poco de anarquía”, pensaba mientras la veía. De hecho, una profesora intenta hacerlo y no dura demasiado. Pero me la sensación que el que necesita aprender un poco de anarquía cinematográfica es Romanek. No voy a negar que cada plano es bellísimo y contiene un gran trabajo de armado interno en puesta en escena. Pero al mismo tiempo es demasiado previsible. No hay marca autoral (ni siquiera en la comparación con el encierro de los chicos y el personaje de Williams en Retrato…) Tampoco voy a negar que la banda sonora de Rachel Portman, independientemente del film es hermosa, pero todo junto funciona simplemente como una máquina industrial, en la que cada tuerca forma parte de un gran brazo capacitado para esparcir lágrimas a diestra y siniestra.

    Seré yo muy frío, pero si mis ojos caían era para ver la hora y calcular cuanto faltaba para que este culebrón se diera por terminado.

    Carey Mulligan logra sostener el relato, expresiva, hermosa, reprimida e inclusive austera, es lo mejor del elenco. Keira Knghtley, en cambio fuerza cada gesto en pos de hacer verosímil a su mosquita muerta y no lo logra, mientras que Andrew Garfield, no tiene la suficiente destreza para llevar a buen puerto a este muchacho tímido tirado por dos sogas femeninas. Tengo fe que será mejor Peter Parker que Tobey Maguire, y ha demostrado soberbia en Red Social, pero en Nunca me Abandones no encuentra su lugar. Los mejores momentos interpretativos se dan cuando Charlotte Rampling o Sally Hawkins irrumpen en pantalla. La primera como la escalofriante directora del orfanato, una seudo doctora Menguele inglesa. La segunda aporta calidez en el único personaje, capaz de abrirle los ojos a los personajes.

    Generalmente soy una gran defensor del cine clásico y el “cinema de qualité”, pero esta vez me sentí muy incómodo en la sala. Voy a citar a Joel Coen:

    “Odio cuando la gente llora por películas. Es desconcertante cuando estás frente a una muy fea película y escuchás gente alrededor tuyo sobando y soplando sus narices”.

    Ni más ni menos eso es lo que sentí.
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  • Amor sin límites
    Amor sin límites
    A Sala Llena
    Ponyo a la Irlandesa

    “Bajo del mar, bajo del mar. Vives contenta, siendo sirena eres feliz. Sé que trabajan sin parar y bajo el sol para variar. Mientras nosotros siempre flotamos. Bajo el mar”.

    Los griegos decían que cuando navegaban, escuchaban canciones de mujeres, provenientes del mar, que tenían la mitad superior, cuerpo de humano, y la otra mitad, cola de pez. Las canciones hipnotizaban a los navegantes, y los griegos le echaban la culpa a las “sirenas” cada vez que chocaban sus barcos.

    Los irlandeses, en cambio creen en las selke o mujeres foca. Según el mito de Ondine, una mujer foca va a salir a la superficie y vivir durante siete años con un hombre común, si se enamora de él, perdiendo sus vestimentas hasta que su marido la venga a buscar y la regrese al mar.

    El ecléctico Neil Jordan, que siempre fue fiel a sus raíces irlandesas, tiene una extensa trayectoria mezclando fantasía, política y romance. Sus mejores trabajos suelen ser aquellos que no hace por encargo, que él mismo escribe, que puede conjugar y jugar con los géneros cinematográficos. Su cine tiene elementos transgresores, oníricos, discutibles, pero lo que es indudable, es que siempre fue un gran narrador.

    El IRA, la crítica hacia la iglesia católica, mezclado con los miedos de la niñez, la forma en la que la violencia genera mayor violencia, y apuntados aportes de humor negro distinguen su filmografía.

    Tras la relativamente polémica Valiente (que acá salió directamente en DVD) con Jodie Foster, Jordan regresa como pez al agua, a su Irlanda natal con una vieja fábula que rememora un poco los cuentos de Hans Christian Andersen, pero con una vuelta de tuerca. Así como en 1984 realizara, una macabra versión de Caperucita Roja con En Compañía de Lobos, ahora manifiesta su propia mirada del mito de La Sirenita.

    Syracusse (un Colin Farrell sólido, sin excesos. Volver a Irlanda también le hace bien a él, se nota) es un pescador solitario que un día tira la red al agua y saca una mujer hermosa. La misma no tiene nombre (se hace llamar Ondine, como el mito local). Syracusse le da un hogar a cambio de su compañía. Ondine le pide que la lleve a pescar, pero que la esconda de la visión del resto de la gente. Ella le trae suerte con la pesca y Syracusse se enamora de ella. Al mismo tiempo, aparece Annie, la hija. Annie se traslada en silla de ruedas mientras espera que le hagan un transplante. Entre Ondine y Annie nace una buena amistad, y Syracusse mejora su carácter gracias a la compañía de ambas. El problema surge, cuando un misterioso hombre viene a buscar a Ondine.

    Jordan construye una comedia romántica con algo de drama, pero que nunca se convierte en una telenovela. Todo lo contrario, se puede decir que es la obra más optimista de Jordan en mucho tiempo. Más interesado en el retrato de la comunidad pesquera y en la relación entre los personajes, profundizando en las ironías sobre el destino, el azar, la vida y la muerte, el realizador de El Juego de las Lágrimas y Entrevista con el Vampiro, crea una fábula en donde la realidad social se introduce de forma mágica.

    Seductora y elegante, acaso como Mona Lisa, Un Buen Ladrón, El Ocaso de un Romance o Desayuno en Plutón (una película subvalorada si las hay) Amor sin Límites no será la GRAN película de este gran realizador, pero al menos sostiene su estatus autoral. Humor, romance, nostalgia navegan alrededor del barco de Syracusse.

    Como ya dije, Farrell está cómodo en el rol, bien acompañado por la bella cantante mexicana Alicja Bachleda y por el actor fetiche de Jordan, el excelente intérprete Stephen Rea, a quien esta vez, le reserva un rol secundario que encara con la naturalidad que lo caracteriza.

    En los límites del absurdo y el realismo mágico, Jordan realiza este trabajo sin fisuras, que además cuenta con una hermosa banda sonora a cargo de Kjartan Sviensson (que también aporta con una canción en 127 Horas) y la maravillosa fotografía de Christopher Doyle, aprovechando al máximo la geografía irlandesa.

    A través del canto de su sirena, Neil Jordan lleva a un buen puerto Amor sin Límites, un cuento de hadas fiel a su estilo, que va a provocar el derrame de algunas lágrimas. Solo que esta vez no será un juego, y las sirenas no traerán sorpresas, de la mitad de la cintura para abajo.
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  • Un despertar glorioso
    Aunque el Diablo cambie de sexo...

    Hace casi 5 años atrás, El Diablo Viste a la Moda sorprendía mostrando una crítica y ácida mirada al mundo de las revistas de la moda, y la moda en general. Con simpatía y el encanto del duelo interpretativo que invocaban Anne Hathaway y Meryl Streep, El Diablo, se convirtió en un éxito sorpresa.

    La historia, básicamente narraba los contratiempos a los que tenía que enfrentarse una joven emprendedora que no provenía de un sector acomodados ni había atendido a las mejores universidades, y aún así salir adelante y poder enfrentarse a una importante empresaria come personas.

    Aunque para muchos, este tipo de historia resulta una novedad, en 1988, el gran Mike Nicholls, exponía algo similar en Secretaria Ejecutiva. Allí, Melanie Grifftith tenía que hacer valer su posición en un mundo machista… liderado por una mujer (Sigourney Weaver). Además, ambas debían competir por un hombre… Harrison Ford.

    Como en Hollywood, todo lo que funciona se debe repetir, y nada es original sino reciclado, J.J. Abrams llamó a Aline Brosh McKenna, guionista (pero no escritora) de El Diablo para crear la historia de una joven emprendedora que debe salir adelante en un mundo tan “competitivo” como la televisión. Lo cuál, nos remite a otra clásica comedia de los ’80: Al Filo de la Noticia, de James L. Brooks, donde Holly Hunter, debía encontrar su lugar en una cadena de noticias, al tiempo que Albert Brooks y William Hurt competían en el programa.

    En Un Despertar Glorioso, se mezclan las tres películas, y como suele suceder cuando se meten demasiadas intenciones y en un guión superfluo, los resultados son desafortunados.

    Acá, el diablo, Mike Pomeroy, no es otro que Ford, interpretando a un periodista renombrado, serio, maduro y solitario. Creído y soberbio. Es terco y hosco. Debido a una falla en su contrato se ve obligado a tomar el puesto de conductor de un programa matutino junto a una veterana Ex Miss Arizona (Keaton). Básicamente, y sin ánimo de ofender, es como si pusieran a Santo Biasatti junto a Susana Gimenez conduciendo un programa de Maru Botana.

    Pero la verdadera protagonista es Becky (Mc Adams), la típica workalcoholic, que debe salvar al programa, y al mismo tiempo llevar a buen puerto su vida laboral y sentimental. Lamentablemente, el guión de McKenna es muy básico y tiene la misma estructura que El Diablo, pero con personajes más débiles y mucho menos ingenio que la anterior para crear escenas dinámicas. De hecho, los giros del guión son poco creíbles y demasiado forzados.

    Si bien, el conflicto personal (y duelo actoral) entre Becky y Mike (Mc Adams-Ford) son lo más profundo e interesante de la trama, el desentendimiento de todos los personajes secundarios (especialmente el de Keaton y el interés romántico de Becky), es lo alarmante. Ninguno tiene cuerpo o sentimientos, están al servicio de los protagonistas, y quedan seriamente olvidados. Cayendo en todos los clisés y lugares comunes acostumbrados, parece que a McKenna se le ha olvidado que los demás personajes tengan algo más de maquillaje en la cara.

    Roger Mitchell, director de Un Lugar Llamado Notting Hill y Venus, entre otras, carece de ingenio para crear una obra dinámica, más allá de un montaje demasiado sostenido en una banda sonora de canciones “pegadizas” y “modernozas” (asoma por ahí “Stuck in the Middle with You” pero cantada por Michael Bubblé). A diferencia de la película con Hugh Grant y Julia Roberts, el timing humorístico no es acertado. Todos los intentos de humor, son demasiado vistos y no aportan a la historia. Tampoco llega a enganchar el trasfondo dramático. Y si existe una crítica a la televisión “basura”, esta brilla por su ausencia. Es más, la moralina parece ser: es bueno equilibrar la basura con un poco de “periodismo serio”.

    O sea, ahora entiendo porque tenemos la televisión que tenemos.

    Si Un Despertar Glorioso se deja ver es más que nada, por la gracia, simpatía, belleza, carisma e inteligencia de Rachel Mc Adams. Actriz todoterreno, a McAdams la comedia le sienta bien sin dudas. Enfrentada a Diane Keaton, podemos ver, que la joven canadiense de 32 años, tiene esa personalidad fuerte y destreza para llevar adelante sola una película. No por nada, es la protagonista de la última película de Woody Allen. En cambio, es lamentable en lo que se ha convertido la primera musa alleniana. Una burla de sí misma, Keaton, es una sombra de lo que era en su juventud. Imposible analizar porque elige personajes tan superfluos y estereotipados. Se trata de una actriz que supo enfrentarse a los hombres más duros de su generación, de personalidad e inteligencia. Además, una gran directora. Pero hace mucho, que Keaton es solo una sesentona que se ríe de la edad y el paso del tiempo. Del elenco secundario, tanto Patrick Wilson como Jeff Goldblum están desperdiciados, y una lástima que pierda protagonismo el personaje de John Pankow, una gran actor secundón de sitcoms (Loco por Ti)

    Por último Harrison Ford, interpreta a un personaje que sirve de metáfora de si mismo: un hombre respetado, duro, con mala fama, pero que todavía tiene sus armas, y así como el personaje pide a gritos atención y respeto, y no rebajarse antes las insulsas propuestas de una joven caprichosa, él mismo hace un llamado: “hago estos personajes para demostrar que aún puedo hacer cualquier cosa. Todavía soy versátil. Llámenme”. Su actuación se destaca por la verosimilitud que le imprime el protagonista de Testigo en Peligro. Realmente cree en el personaje. No niega que la comedia no es su terreno. Fuera de cámaras, no deja de insistir a su amigo Steven, que le dé la oportunidad de ponerse el sombrero, la campera marrón y el látigo una vez más.

    Lamentablemente, así como el personaje debe resistir, él también. Pero los que sufrimos viéndolo rebajarse, somos sus fanáticos.

    La brújula de J.J. Abrams ha perdido por fin su rumbo. Un Despertar Glorioso es un producto demasiado previsible, superficial, que no logra funcionar en la comedia, el drama, el romance o la crítica. La pareja protagónica hace lo que puede, pero ni los mejores periodistas pueden sacar adelante un programa repleto de malas noticias.
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  • Familia para armar
    Familia para armar
    A Sala Llena
    Igualita a mí

    “Que cosa la familia ¿eh?” diría un personaje de Francella. La difícil relación entre padres e hijas post adolescentes parece un género en sí mismo del cine argentino de los últimos 10 años. Desde Un Argentino en Nueva York hasta Igualita a Mí, pasando por El Nido Vacío, Amorosa Soledad o XXY en menor medida, pareciera que es muy difícil para un padre relacionarse con el rol que le ha tocado en suerte, entenderlo, llevarlo a adelante y reconocer, no solamente, el problema en sí, interno generalmente, sino también reconocer su propia identidad en la propia hija.

    Ahora bien, esto que podría dar para todo un análisis sociológico acerca de porque los argentinos tenemos problemas con nuestras hijas, el cine, en la mayoría de los casos ha decidido tratarlo de la forma más banal y superficial posible, creando comedias dramáticas con pretensiones comerciales, que se preocupan más en como generar empatía con un tratamiento televisivo, que con un discurso más interno, profundo, reflexivo y sutil.

    Lamentablemente, Familia para Armar, si bien no llega a convertirse en un producto ideado en televisión como son las “comedia” de Suar y Francella con Bertotti y Oreiro respectivamente, tampoco se acerca a lograr la profundidad referida, más que nada porque se pierde en lograr un equilibrio, un tono justo para que el público se acerque a las salas, pero a la vez no caer en lo banal, y lo peor es que tratando de encontrar “esa” profundidad dramática, no termina por convencer ni redondear lo que quería contar en principio.

    Más allá de que la llegada repentina de una hija, en la vida de un hombre “solitario” es algo ya visto, como dice más arriba, Martín, la película sufre lo que se llama “la búsqueda del género”: ¿qué quiso hacer realmente González Amer? ¿una comedia dramática o un melodrama con algunos toques humorísticos al principio? Realmente no logro visualizarlo.

    Si se quería generar empatía, ¿por qué crear escenas que parecen salidas del peor unitario de Canal 13? ¿Por qué forzar a los personajes a que digan cosas o acciones de maneras que no parecen coherentes con el comportamiento que veníamos viendo en pos de un efecto dramático que tampoco termina por generarse?

    O ¿por qué agregar subtramas y personajes que no se desarrollan? (todo lo referido a la hermana de Ernesto, el protagonista o la historia del huésped y sus dos amantes). O porque meterle tanto énfasis a la manera en que el protagonista se obsesiona con publicar una novela, y no terminar de redondear la idea.

    Tengo que admitir que no me parece una película fallida. De hecho, escenas sentimentales, que podrían haber caído en el golpe bajo más reculado y telenovelesco, González Amer las maneja con una sutileza y economía de recursos cinematográficos que dan envidia. Muchos podrían aprender de eso.

    Aportan verosimilitud a los personajes, los intérpretes, sólidos y creíbles. Especialmente Oscar Ferrigno logra llevar adelante la película con presencia y carácter, tratando de aportarle emoción genuina a su protagonista. A pesar de su frialdad, Ferrigno le da calidez a su Ernesto y la joven Malena Sánchez, tiene un loable debut cinematográfico. Por otro lado, Norma Aleandro da el respaldo a un elenco joven y prácticamente desconocido con la naturalidad que la caracteriza. El personaje no le presenta demasiados desafíos y la veterana actriz, pone su carisma al orden del día. Es una lástima que el personaje, quede tan relegado. También Valeria Lorca y Darío Levy aportan su grano de arena a la historia.

    En la gacetilla de prensa, dice que González Amer construyó el guión a partir de la recopilación de varios cuentos. Pero como le sucede a Ernesto, la suma de los cuentos no terminan por generarle una novela, y acá pasa algo similar. La suma de tramas y subtramas no terminan por construir una películas. Estamos a la mitad de la novela recién.

    Cinematográficamente hablando, la tarea en los rubros técnicos es correcta, ajustada a los requerimientos del guión. Visualmente es interesante y “realista” la puesta de luces de Sebastián Gallo, aprovecha al máximo el paisaje de Cariló. La música edulcorada de Espinoza y Monteleone le sacan seriedad a muchas de las escenas.

    Es probable que González Amer (El Infinito sin Estrellas) sea un gran escritor, honestamente por desconocimiento, no lei sus novelas, pero como director cinematográfico carece de identidad. Aun cuando Familia para Armar se acerca en tono, temática e intenciones al cine de Burman y Campanella más que a la vulgaridad del cine de Polka o Telefé, alejándola del mero productor consumista, el director no encuentra la brújula para llevarla a buen puerto.

    Como siempre digo, solo con buenas intenciones no se construye una película. Personalmente, cada vez que veo en el cine nacional, una nueva apuesta por mostrar las “familias disfuncionales”, más añoro obras como La Nona de Olivera (textos de Cossa), 100 Veces no Debo y especialmente, Esperando la Carroza (ambas de Doria con textos de Langer), que a pesar de llevar al extremo el absurdo, aún hoy se destacan por su perfecta estructura narrativa, los personajes maravillosamente escritos, un humor cínico, crítico e imaginativo. El retrato de la familia argentina nunca alcanzó todavía la verosimilitud de estas obras clásicas.
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  • Un feriado particular
    El Ataque de las Abuelas

    Vi esta película en el BAFICI 2009. Parte de esta crítica fue escrita en ese momento. Recuerdo que la elegí por tres razones:

    1º Debía hacer tiempo para ver otras películas (ese sábado me vi 8 o 9).

    2º Duraba tan solo 75 (eternos) minutos,

    3º Estaba vendida como una Comedia alla Italiana.

    Honestamente, vi muchas comedias italianas de enredos de los años ´60s y principios de los ´70s. Inolvidables son aquellas comedias costumbristas con personajes humildes, miserables pero honrados a los que les salía todo mal, dirigidas por Mario Monicelli o Dino Risi.

    Pero esta comedia apenas provoca una sonrisa. Es la historia de un hombre de 50 y pico de años que vive solo con su madre. Está jubilado. Como no puede pagar el alquiler acepta un trato con el propietario para que mientras este se va al campo con su amante, nuestro protagonista le cuida a la madre.

    Acepta, pero el propietario cae con la madre y otra tía anciana. Cuando a su propia madre le agarra una pequeña gripe, llama al médico, quien a cambio de la consulta, también le pide que cuide a su propia madre. Por lo que el pobre protagonista debe cuidar a un grupo de ancianitas, solo en apariencia simpaticas, que si al principio no se aguantan, mas tarde se haran inseparables y le haran la vida imposible, el fin de semana que se conmemora la fiesta de mediados de agosto.

    Si bien, por momentos divierte, el bajo presupuesto y el costumbrismo, sumado al amateurismo de todas las ancianas, la convierten en apenas un anécdota, un chiste de estudiantes de cine. Que habra visto Garrone en un guion tan poco original, tan superficial es un interrogante. Las situaciones no llegan al absurdo, cansan se reiteran, es monotona.

    La estética elegida por Di Gregorio (actor, guionista y director) se acerca más al neorrealismo que a la Comedia Monicelliana. ¿Vieron que a veces hay películas que se hacen entre amigos para divertirse y nada más? Bueno, muchas veces esto funciona. Otras, no. Acá Di Gregorio llamó a su madre y sus amigas. Visualmente se asemeja a un documental. Recuerdo mucho cámara en mano, largos e unjustificados planos secuencia. Quizás esto fue lo que le atrajo a Matteo Garrone, el director de Gomorra para producir esta película.

    Hay que admitir que Di Gregorio no tenía demasiadas pretenciones ni demasiada fe en la película y eso, en parte le juega a favor. Es como un capricho que le salió y punto. ¿Por qué ha encontrado distribución? No entiendo. Di Gregorio se muestra natural en su rol, pero el veterano elenco femenino demuestra una gran inexperiencia frente a cámara.

    Y si divierte, es mas que nada porque la mayoria del publico pasó alguna vez por algna situacion parecida con un grupo de ancianas y se siente identificado. No hay drama, no hay demasiada profundidad narrativa. Los personajes son así, y punto. Casi podríamos hablar de una película improvisada… ¿Efecto cassavetiano? Solo en lo superficial. Acá no hay un crítica social, ni una búsqueda de expresar sentimientos reprimidos. No. Es la IDEA. Y una sola idea no construye una película.

    Los 75 minutos se hacen demasiado largos. Recuerdo haber visto muchas veces el reloj en el Atlas Santa Fe 1, al tiempo que veía Un Feriado en Particular. Un cortometraje habría resultado simpático, pero un largo, se hace denso.

    Para ver en un centro de jubilados esta bien, pero en un Festival de Cine Independiente o un estreno comercial…
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  • Invasion del mundo. Batalla - Los Ángeles
    El Invasor Invadido

    La ciencia ficción seria tiene mala fama. Es una verdadera lástima que a veces, el género sea tan subvalorado solamente porque son producciones que le dan más cabida a los efectos visuales y el entretenimiento, que a la historia y los personajes.

    Sin embargo, Invasión a la Tierra: Batalla Los Ángeles, es en este sentido, una agradable e inesperada sorpresa.

    No vale la pena indagar en la trayectoria de Liebesman como realizador o de Bertolini como guionista. Definitivamente, sus precedentes no anunciarían que esta producción podría llegar a tener varios puntos de interés cinematográficos y políticos, que viendo a simple vista el trailer, uno no llegaría adivinar.

    La historia no es demasiado original, pero tiene una interesante metáfora: los extraterrestres llegan a la tierra por todas partes. Sus naves caen como meteoritos en el agua y pronto invaden las costas, cuál desembarco en Normandía, arrasando con todo lo que encuentran a su paso, tanto en forma terrestre como aérea. ¿Qué vienen a buscar? El agua, nuestro agua. Por lo tanto, dejan Los Ángeles, como los estadounidenses dejaron Bagdad, cuando fueron a buscar petróleo.

    Pero Liebesman (La Masacre de Texas: El Comienzo) y Bertolini (La Hija del General), deciden no hacer una metáfora romeriana de esta invasión extraterrestre, ni tampoco una sentimentalista Guerra de los Mundos spielbergriana. Optan por un punto de vista más interesante: un escuadrón perdido, liderado por un Teniente dubitativo y un Sargento degradado por haber dejado que maten a su pelotón en Irak. deambulando por una Los Ángeles destruida, depresiva.

    De repente, a los Marines y Rangers del ejército estadounidense se les da vuelta la cara, y deben sufrir frente a sus ojos, lo que ellos realizaron en la última guerra.

    Pero como esta es una propuesta industrial y pochoclera, no una versión cínica, ácida dirigida por algún autor marginalizado y exiliado (llámese DePalma) o por un europeo rencorizado (llámese Von Trier), lo que vamos a ver durante casi dos horas, es como un grupo de soldados y apenas unos civiles, ponen cuerpo y alma para sobrevivir, luchar contra los extraterrestres, descubrir sus debilidades, transmitirlas al resto del mundo, y echarlos de Los Ángeles.

    Más allá de esta incoherencia ideológica / política (criticar la guerra pero defender los soldados), hay que admitir que durante 75 minutos de metraje, estamos ante un film bélico muy entretenido, un poco solemne, con un punto de vista definido: el de los soldados y nada más. Los extraterrestres se ven difusos, lejanos, en fuera de foco. A pesar de que cada soldado es un estereotipo de otros soldados vistos en películas como Nacido para Matar, Pelotón o La Caída del Halcón Negro, no se puede negar, que es un film mucho más humano… que Avatar, por decir un ejemplo. Los personajes, sufren y les creemos. Sienten miedo e inseguridad… y salen adelante (fiel al espíritu estadounidense). La estética elegida es la cámara de noticiero, cámara en mano, y la recreación de Los Ángeles destruida fue mayormente construida en ser. Ambas decisiones estéticas permiten que la película se parezca más a Sector 9 (pero con los extraterrestres definitivamente en el rol de “villanos” y no de víctimas del racismo) o a La Caída del Halcón Negro (en montaje, pero sin la fotografía publicitaria de los Hnos. Scott) que a Día de la Independencia, con la cuál debe tener mayores semejanzas temáticas-narrativas.

    Lamentablemente, la acción y las escenas de batalla, deben frenar en algún momento para que el espectador tenga tiempo para respirar, y aquí, el relleno sentimentaloide, está completamente de más. Por suerte no dura mucho, y el enfrentamiento final, permiten que el film tenga un desenlace digno y fiel al espíritu del 75% que nos habían mostrado en primer término.

    Sólidos efectos visuales, una banda de sonido que acompaña y mantiene la tensión al máximo, adrenalina, buenas dosis de suspenso, inteligentemente generado, que no busca el efecto sorpresa, sino más bien, mantener en vilo al espectador. Acaso, de este ejemplo, lo mejor que se haya hecho con extraterrestres es Señales (en la etapa que Shyamalan entendía como se debía poner una cámara).

    Aaron Eckhart al frente del pelotón es una excelente elección, y sorprende, que para ser una producción de tal calibre, con fines simple y llanamente, de entretener, el actor de Gracias por Fumar, dé una personificación austera y dura, verosimil, comparable a la que hizo en Batman: El Caballero de la Noche. Ese doble tamiz se vuelve a repetir: el hombre duro que por dentro reprime sus sentimientos, pero que cuando tiene que explotar, explota.

    El resto del elenco está conformado por actores desconocidos de diversas etnias, Se puede reconocer en el medio a Michelle Rodríguez en un rol similar al de Avatar, También aparecen Bridgette Monynahan y Michael Peña en discretos roles secundarios.

    Fábula Pro ejército pero criticando lo que fueron las verdaderas intensiones acerca de la Invasión a Bagdad, y al mismo tiempo (como sucede en Rango también), una preocupación acerca de cual va a ser el futuro de la humanidad, si seguimos robando el agua unos a otros.

    Es hora de cierta autocrítica y evaluación acerca de lo que pasó en la última década. Aun con sus lugares comunes, clisés y estereotipos, se trata de un producto digno, entretenido, intenso, que se escapa del género ciencia ficción propiamente dicho, para asumir una identidad bélica. No existe en este noticiero de invasión extraterrestre un atisbo de querer imitar el estilo de Blair Witch, Cloverfield o Rec, sino recrear las persecuciones de las II Guerra Mundial o Vietnam.

    Pero más allá de la estética, personajes y elementos negativos en cuando a lo narrativo, debo admitir que la obra me atrajo, por el retrato de una ciudad en escombros que se vuelve protagonista de las más sangrientas y violentas batallas… ya sea con personas de otro mundo, o entre los críticos que deciden abrir su cabeza a nuevas propuestas, y aquellos que ni bien se enteran que se trata de una obra fantástica, ya le están dando la espalda… más o menos como se hace en Estados Unidos, con los inmigrantes ilegales. Pero, acá los extraterrestres, vienen con más armas.
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  • La revelación
    La revelación
    A Sala Llena
    New Age para aficionados

    Hay películas que se ocultan detrás de un género para lanzar una ideología política, religiosa o moral. El ejemplo más burdo que se me viene a la memoria es Batalla Final: Tierra. Un desparpajo de ciencia ficción, con la cuál John Travolta quiso esparcir la cientología por el cine. Por supuesto, que hay forma y formas de dar un mensaje. Uno puede ser sutil o puede ser directo. Además la calidad del producto infiere un poco en la conclusión final que uno saque de la película.

    Si uno ve el clásico de Frank Capra, Horizontes Perdidos, acerca de un contingente de estadounidenses perdidos en el Tibet, que encuentran refugio en las místicas montañas y templo budista de Shangri-La, uno no puede dejar de admirar las bellezas de las imágenes que Capra supo imprimir. Él nunca dice directamente que está hablando de budismo, sino que es una religión generalizada. Comprendamos que era otra época, y la mente de los productores estadounidenses y con el Código Hays metiendo mano en todo, era muy difícil hablar de otras religiones en occidente.

    De esta forma, también podríamos interpretar a las películas del coreano Kim Ki Duk como cuentos morales que tratan de infundir un pensamiento ideológico. Lo mismo con Chan Park Woo. Pero sus obras son tan cinematográficas y atractivas, que el “mensaje” queda guardado y no hace falta desenterrarlo.

    En el extremo ideológico opuesto pero con intenciones similares podríamos interpretar que Woody Allen trata de imponer el ateismo a toda costa.

    Sin embargo, La Revelación viene con los zapatos en punta para imponer ideología New Age, sin anestesia, sin disfraces, sin concesiones y con tan escasos recursos cinematográficos, que más allá del mensaje, que los realizadores quieren difundir entre los espectadores, el producto final es tan poco atractivo, que todo queda a mitad de camino.

    Lo peor de todo es que se vende con dos premisas que no se terminan cumpliendo durante el desarrollo de la acción, o mejor dicho, quedan a mitad de camina: por un lado un duelo interpretativo entre Robert De Niro y Edward Norton, la segunda que se trata de un thriller “erótico”.

    Tenemos a un agente que debe decidir si los presos pueden salir en libertad condicional o no. A punto de retirarse y con un rostro de cansado de la vida, que no sé si estaba en el guión original de Angus Mcluhan o viene de fábrica o en el contrato de este Robert De Niro, del que ni siquiera queda la sombra de lo que era hasta mediados de los ’90, Jack solo quiere seguir la rutina: tomar meriendas con su esposa, con la que tiene poca comunicación (soberbia interpretación de Frances Conroy, una de las dos flores en medio del charco), ir a su iglesia episcopal y ver Baseball en TV.

    Del otro lado del escritorio tenemos a un preso arrepentido de su crimen, Stone, que desea su libertad en medio de una crisis existencial.

    Stone empieza a leer panfletos New Age y tiene largas (y aburridas) charlas sobre el bien, el mal, la vida, la muerte, la tierra que pretenden manipular a Jack para que lo libere. Pero en el medio se mete Lucetta, la atractiva novia de Stone (Milla Jovovich, sensual y carismática, por lejos lo mejor de la película), que seduce a Jack muy fácilmente (como dice Romina Gretter). Por allí pasa la mayor parte de la manipulación. Jack sospecha que todo se trata de una extorsión, que dentro suyo no hay culpa, que él es inocente de todo, y nada más hay un complot de ambos para que firme la ficha que libere a Stone.

    John Curran parece que estuvo demasiado tiempo en Asia cuando filmó Al Otro Lado del Mundo con Edward Norton, una obra con imágenes bellísimas, clásica y con un contexto político – social muy interesante. ¿Qué quedó de todo eso en La Revelación? Solamente la parte ideológica. Curran que tenía otro interesante antecedente como Adulterio en su haber, un drama independiente que remitía al cine de John Cassavetes o Paul Marzusky centrándose en la infidelidad de la pareja, con un elenco excelente, solo tomo el “tema” de la misma y también lo incluyó en esta, con cierta estética Indie. Al principio, el tratamiento de imagen granulada, la cámara en mano, la saturación de las radio religiosas de fondo son interesantes. Pero el abuso de todos estos recursos, terminan por exasperar. Lo mismo con el guión, lo mismo con las actuaciones.

    Si en la primera hora, se generaba un cierto clima de tensión entre los personajes, después de un largo monólogo de 15 minutos de Norton, todo se hace soporífero. El esperado enfrentamiento entre De Niro y el actor de Hulk se da en la medida de demostrar quien actúa peor cuando lo hacen solamente por la plata. Si alguna vez, Norton auguraba gran futuro como actor, en las últimas películas, eso se ha venido abajo. Ambos son una acumulación de muecas que ya nos mostraron en obras anteriores. No tienen nada nuevo bajo la manga. No sorprenden, e incluso resultan patéticos y provocan risa. Igualmente, De Niro gana el enfrentamiento. Al final, tanto él como el personaje son peores que Stone y Norton respectivamente.

    La Revelación no se puede encasillar en algún género. El suspenso que logra Curran es tan mentiroso como el que lograba Lucrecia Martel con La Niña Santa. Pero Martel filma mejor. Se trata de un pretencioso cuento moral New Age que no lleva a ningún puerto, y que si desea, acaso influir ideológicamente, en el final, es tan inescrupulosamente ambigua, que tampoco lo logra.
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  • 127 horas
    127 horas
    A Sala Llena
    “No podés decir que me conocés. Nunca pusiste una cámara en mi cabeza”, le dice Truman a Christof en la escena final de The Truman Show, la gran película de Peter Weir.

    En dicha película Christof (Ed Harris) era el manipulador director de un reality show donde el protagonista era un hombre que vivía dentro de un estudio, ignorando que su vida era un programa de televisión. Christof podía manejar a su personaje como se le diera la gana, pero no podía adivinar sus pensamientos, lo cuál servía de metáfora para entender que no importa quién nos gobierne, nosotros tenemos la libertad por pensar por nosotros mismos, y nadie nos puede meter una cámara en la cabeza.

    Ahora bien. Veamos la paradoja de Danny Boyle. El director de Trainspoitting tiene una situación complicada. ¿Cómo rellenar una hora y media de película con un personaje al que no puede manipular físicamente? Aron está atrapado entre una roca y una pared (literalmente hablando, además así se llamó su libro). ¿Cómo puede Danny Boyle “innovar” con un personaje en tal situación?

    “Bueno, metámosle una cámara en la cabeza”, habrá dicho.

    Dicha decisión, irónicamente, es lo más interesante de 127 Horas.

    No soy un fanático de Danny Boyle. Es un director demasiado arraigado con la estética video clipera (por suerte la estética más surrealista inglesa y no la grasosa estadounidense de Michael Bay), pero admito que a veces, cuando lleva dicho estilo visual a los límites entre el absurdo y la realidad, no es pretencioso, sino conciente de este hecho, porque lo que intenta realizar, honestamente es algún tipo de crítica social o ironía, es cuando sale a la superficie el mejor Danny Boyle.

    El problema es que el director tiene veta sentimentaloide obvia y cursi, que provoca en algún momento, que sus películas caigan en un moralismo naif, simplón y banal. Esto sucedía en Millones, por ejemplo y sucede en 127 Horas.

    El perfil más sarcástico, mordaz y frío de Boyle, de Trainspoitting o La Playa, es que el más me gusta. Es jugado, soberbio, extremo. Pero en cambio, desde hace un tiempo, que a Boyle le interesa más predicar que filmar. Incluso en sus productos más convencionales, solemnes y sobrevalorados como Exterminio y Amenaza Solar, Boyle metía bocados existencialistas con fines moralizantes. Aún así, hasta Amenaza Solar, lo respetaba. Especialmente por la forma en que trataba de “experimentar” con el digital cuando otros recién empezaban a conocer lo que era una cámara que no usaba material fílmico.

    Pero después le agarro la “conciencia social hindú” y viajó a filmar ese desparpajo llamado Quien Quiere Ser Millonario, una película que debería dar vergüenza ajena por dar una radiografía horrible y extrema de la pobreza en la India, de la forma más sádica y miserable, con pretensiones de cuento de hadas, y sin una mínima crítica hacia el Imperio Británico. En cambio, el costado romántico de la historia, hipnotizó a medio mundo, combinado con los colores, el montaje rápido y la simpatía de la muñequita Frida Pinto. Y encima se llevó todos los Oscars. En ese momento, me di cuenta que vivo dado vuelta.

    Habiendo leido la historia de real de Aron, honestamente, esperaba lo peor de parte de Boyle nuevamente. Sadismo, morbo, manipulación sentimental. En cambio, me encontré con una obra sentida y que se sale un poco de la típica película de “historia de supervivencia”. Más cercana a la autorreflexión sobre la soledad y como aprovechar la vida, de Hacia Rutas Salvajes, que a la existencialista reflexión sobre la utilización del tiempo de Naúfrago (parecen cosas similares pero no lo son, mientras que la primera es una autocrítica, la otra es una fábula moral más clásica, cercana a la reflexión capriana).

    Pero Boyle le agrega una atmósfera onírica, aplicando planos detalles de interiores de objetos o del brazo aplastado (que funcionan como las jeringas en Trainspoiting), multicámaras, varios cuadros simultáneos y un montaje videoclipero de flashbacks con la banda sonora del hindú A. R. Rahman, que si bien aportan poco y nada a la narración, al menos sacan del tedio a la historia original. O sea, seamos honestos. La odisea de Aron fue terrible, pero filmar los 5 días que el personaje padeció adentro de la cueva no tiene demasiado interés cinematográfico sino se logra salir de vez en cuando la realidad espacio – temporal. Pero Boyle es honesto. Nunca discute que lo que le pasa a Aron sucede dentro de su cabeza, de su mente. Y a la vez, el personaje le da una inteligente utilidad a la cámara digital, que justifica, la forma en que Boyle sigue experimentando con el formato. De hecho el principio y el final, en donde el montaje adquiere mayor protagonismo recuerda un poco a la trilogía Koyaanisqatsi – Powaqqatsi – Naqoykatsi de Godfrey Reggio.

    La cuestión era como iba a filmar el climax. A esta hora muchos lo saben, pero no lo voy a adelantar. Lo único que voy a decir es que no hay morbo, pero tampoco cobardía. Se muestra lo necesario de forma equilibrada para establecer el esfuerzo de Aron.

    Sí, después, se puede “elogiar” como queda explícito a donde uno puede llegar manteniendo la esperanza, la voluntad de sobrevivir, etc. Los elementos por los cuáles la Academia la incluyó entre las diez favoritas del año.

    No. No es para tanto. Apenas un poco más interesante y menos convencional que El Discurso del Rey.

    Es indiscutible el talento y soberbia de James Franco para ponerse la película sobre los hombros y pasar los diversos estados de ánimo del personaje, sin perder credibilidad en algún momento. Aunque es cierto, que está al borde del absurdo algunas veces, y por lo tanto la manera en que utiliza el humor para autoanalizarse y superar la tragedia, puede aparentar que está sobreactuando, cuando no lo está, desde mi punto de vista.

    127 Horas es un relato reflexivo que mantiene la tensión. Le falta sordidez narrativa y menos inclusiones forzadas de los flashbacks para convertirse en una gran película. Sin embargo, por lo menos, esta vez, un producto de Danny Boyle, no da vergüenza ajena. Solamente esperemos que no se le haga costumbre meter la cámara en la mente de sus protagonistas. Ahora bien... esto realmente ¿garantiza conocer de verdad a los personajes?
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  • Amigos con derechos
    El resultado entre la amistad de un cisne negro y un cazafantasmas

    Veo más tiempo a Natalie Portman que a mis amigos y familiares. Está realmente, en todas partes. Caminás por la calle y no sabés si verla en El Cisne Negro o en Amigos con Derechos. Vas a la salas y te pasa lo mismo. Pones cualquier programa de televisión y solo hablan de sus interpretaciones, de su embarazo o del Oscar. Y como si fuera poco, visualizás los últimos trailers y la vez como una princesa medieval en la comedia Your Highness de David Gordon Green o en la adaptación de Thor en la pantalla grande dirigida por Kenneth Branagh.

    En conclusión, Natalie Portman se ha transformado en una mega estrella internacional, pero también demuestra película tras película una consolidación y madurez interpretativa, que hace un par de años parecía impensable. El simple hecho que las cuatro (o cinco, si contamos el melodrama “Indie” de Don Roos, The Other Woman, que es muy improbable que llegue a nuestro país) tengan un registro completamente distinto, comprueba, que Natalie se ha convertido en una mujer versátil, con dotes humorísticos que ya no parecen forzados y lágrimas genuinas. Poco queda de la Princesa Padmé Amidala de la saga de La Guerra de las Galaxias o de la niña asustada que convivía con el francotirador León en El Asesino Profesional de Luc Besson.

    Amigos con Derechos confirma que Natalie se puede poner una película sobre los hombros nuevamente (lo hizo con El Cisne Negro) y salir bien parada. Esto quizás se relaciones con el hecho de que debutó como productora ejecutiva.

    Pero si Amigos con Derechos, no es una comedia romántica más de la temporada, es porque el director elegido, es uno de los más veteranos de la comedia estadounidense de los últimos 30 años, el checo, Ivan Reitman.

    Reitman padre, es menos pretencioso que Jason. Sus películas no buscan los reconocimientos ni los premios, pero sí la taquilla. Aún así, no se trata de un mero realizador industrial sino de un autor neto. La trayectoria de Reitman se divide en comedias familiares y comedias que mezclan el romance con la ciencia ficción, el policial y la política.

    Es probable que se lo subvalore un poco, pero lo cierto es que tiene en su filmografía productos llamativos como Albóndigas o El Pelotón Chiflado (una simpática crítca al ejército), que marcaron junto a Los Locos del Golf, el debut de Bill Murray como comediante. La asociación Murray – Reitman con Harold Ramis y Dan Aykroyd (guionistas – actores) tuvo su pico de éxito gracias a Los Cazafantasmas, cuya secuela no tuvo el éxito esperado. Esperemos que la tercera parte, que se estrenaría el año que viene venga mejor.

    Tras la etapa Murray, Reitman vivió el periodo DeVito – Schwarzenegger (Gemelos, Un Detective en el Kinder, Junior), donde volvió a mezclar géneros e invertir los roles sexuales, una marca registrada de su cine. Generalmente los hombres en sus obras, son sensibles, dubitativos, demasiado intelectuales, y las mujeres son las que llevan los pantalones, son más fuertes físicamente y menos emocionales. La mejor imagen de esto se puede ver en Junior con el gobernador de California embarazado vestido de mujer.

    Quizás la mejor obra de Reitman sea Presidente por un Día con Kevin Kline, una versión contemporánea de El Prisionero de Zenda, que tuvo una excelente recepción de crítica y público. Después, el resto de sus obras fueron intentos en vano por recuperar el viejo éxito obtenido en los ‘80s y mediados de los ‘90s. Tanto Un Papá de Sobra (que pretendía trascender con la dupla Crystal-Williams) como Evolución o Mi Súper Ex Novia eran comedias fallidas. Demasiado pretenciosas y producidas. Sin perder su marca autoral, el humor era demasiado naif y poco efectivo. Además tenía graves elecciones con los elencos (Mi Súper Ex Novia tenía algunos aciertos como Anna Faris, Rainn Wilson o Eddie Izzard, pero Luke Wilson y Uma Thurman no tenían química).

    En Amigos con Dinero, Emma (Portman) es una doctora fría y poco sensible que no puede llevar adelante una sola relación. El tiempo que le requiere su carrera, provocan que no desee comprometerse con alguna relación amorosa. Su deseo solamente es satisfacer sus necesidades sexuales. No quiere que la llamen posteriormente o desayunar junto al hombre con el que pasó la noche. Sí, la mujer perfecta dirán muchos hombres. Esto mismo piensa Adam (Kutcher) el asistente de piso de una serie estilo Glee (presten atención quien la dirige) con aspiraciones de guionista que vive bajo la sombra de su padre, el creador de una exitosa sitcom familiar, que busca estar siempre en forma y le ha robado la última novia a Adam (Kevin Kline, sublime en cada escena que participa). Emma y Adam se han encontrado varias veces a lo largo de su vida, sin nunca concretar una relación hasta que por giros narrativos, ambos deciden fomentar una relación de amistad con derechos… El problema es que Adam rápidamente se enamora de ella, es un romántico empedernido, mientras que ella, esconde constantemente sus sentimientos.

    El guión de Elizabeth Meriwheter no es ni demasiado ingenioso a nivel humorístico ni original. Al contrario, todo es previsible y recurre a todos los lugares comunes de este tipo de comedias, incluyendo bodas, amigos que sirven de confesantes, confusiones, infidelidades, padres “modernos”, etc. Pero también es cierto que presenta un retrato de la sociedad contemporánea bastante interesante. Ya sea la cita a programas de televisión o mejor aún la influencia de los celulares, el Facebook, el Twitter, los IPOD en nuestra vida diaria. Realmente es escalofriante ver como dependemos del Facebook para decidirnos si queremos o no estar con otra persona. Amigos con Derechos, un poco satiriza este aspecto. El Chat convencional parece anticuado a comparación.

    Pero si bien a nivel narrativo no presenta novedades, Reitman como director muestra una leve mejoría con respecto a sus anteriores trabajos (digamos que se puede ubicar en un lugar intermedio de su carrera), especialmente en lo que respecta a dirección actoral. Si bien la segunda hora de la película se alarga demasiado, con escenas redundantes, repetitivas e innecesarias, la elección de Portman y Kutcher es lo mejor de la obra. No solamente porque ambos logran una química adecuada y verosimil en sus interpretaciones, sino porque también se alejan de lo que suelen mostrar. Portman puede pasar de la frialdad al desenfreno en pocos minutos manteniendo el humor siempre arriba, mientras que Kutcher está más contenido. Lejos del Kelso de That’s 70s Show o el joven, torpe y tonto de Dude, Donde está mi Auto o Locura de Amor en Las Vegas, Kutcher también ha madurado (¿será la influencia de Demi Moore?). Es más creíble en roles serios. Aún así no logra destacarse sobre Portman. Es muy interesante como Reitman ha explotado la difícil relación que tiene Adam con su padre (¿mea culpa por su relación con Jason?) y acá es donde los méritos recaen en Kevin Kline, que provoca risa con pocos gestos y una adecuada elegancia interpretativa que pocos actores estadounidenses conservan. También aparece un irreconocible Cary Elwes en un rol demasiado menor para su distinguida carrera.

    Más allá del típico planteo si el hombre y la mujer pueden tener una relación de amistad y sexo, sin intromisiones románticas, Amigos con Derechos pone en manifiesto más que nada la forma en que han cambiado las relaciones contemporáneas: de que forma, la “independencia femenina” ha planteado que el hombre se tenga que adaptar su lenguaje, su lugar en la pareja. Hoy en día, no hay lugar para un Cary Grant, por ejemplo.

    Aún con sus altibajos narrativos y falta de ideas para terminar con algunas escenas o rematar algunos chistes, Amigos con Derechos es una comedia afable, simpática y visible. Reitman dirige con buen pulso y no tiene miedo de filmar escenas de sexo (la primera relación entre Adam y Emma en primer plano demuestra que Ivan aun tiene buen instinto cinematográfico). Personalmente me quedo con sus primeras comedias de corte más fantásticas (similares a las que ahora hace su compañero Harold Ramis), pero admito que de vez en cuando una comedia con los pies en la tierra, resultan un agradable pasatiempo.

    Entre la calidez y sordidez interpretativa de Natalie Portman sobre el resto del elenco, y la experiencia de Ivan Reitman, Amigos con Derechos, es una buena excusa para que lleves a tu amiga/o al cine y después… bueno, el resto quedará en vos.
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  • Desconocido
    Desconocido
    A Sala Llena
    El Hombre que Sabía Demasiado Poco

    Allá lejos y hace tiempo, a mediados de los ’90 se estrenó VHS directamente, una comedia intrascendente del intrascendente Jon Amiel, llamada El Hombre Demasiado Poco. Protagonizada por Bill Murray contaba las desventuras de un turista estadounidense en Londres, involucrado en una conspiración de espías, mientras que en realidad creía estar participando de un show televisivo con cámaras ocultas. Se trataba de una comedia menor, pero la gracia y presencia de Murray hacía el asunto digerible, además de que había varias referencias al cine de Hitchcock y Blake Edwards.

    La acción se tomaba en un tono de solfa, de forma tal, que cualquier tipo de inverosimilitud o incoherencia la hacía perdonable.

    En Desconocido se “respeta” un poco más el tono hitchcoiano. Sin duda, la idea de un hombre amnésico imbuido en una suerte de complot internacional para asesinar a un jeque árabe que desea hacer la paz invirtiendo en un recurso natural que reemplace al petróleo (mag guffin bien tonto, inverosímil, estúpidos si los hay dando vueltas), le hubiese encantado al maestro Alfred. Pero lo cierto, es que Jaume Collet Serra ha olvidado una regla básica que tenía el creador del suspenso en el cine: devela “el argumento” o “trama” de forma dosificada y no todo junto, como sucede acá.

    Y esto no es nuevo en el director catalán. Si había un “pecado” en La Huérfana, film anterior y muy superior a este seudo-thriller conspirativo, es que develaba el asunto en un abrir y cerrar de ojos, incorporando a un personaje a último momento. Claro, que en una historia con tintes de película de terror clase b inglés setentoso, se puede considerar, que dichar “revelación” es bastante coherente. Más allá de eso, los climas y la vueltas de tuerca de la película de la “niña” asesina era más original, divertida y sensata que la de este complot.

    Nuevamente, en este caso, incorpora un personaje a último momento para reforzar el argumento risible que ya se venía cayendo hacía rato, y que termina explicando “el asunto”. Claro, que en la piel de Frank Langella, el mismo, es mucho más simpático. El resto es una suma de clisés, lugares comunes, estereotipos y giros previsibles.

    Además seamos honestos, pareciera que para la estrecha mente industrial de Hollywood, Berlín sin nazis o espías de la Guerra Fría es una ciudad aburrida para filmar. Así que, nuevamente, se pueden escuchar los ecos de la cortina de hierro entre las pintorescas veredas germanas. Solo que esta vez, por suerte, los villanos provienen de Estados Unidos y los alemanes y comunistas olvidados (al igual que en RED, pero con menor ironía) salen al rescate.

    Si en lo narrativo, Desconocido hace agua, en lo estrictamente cinematográfico hay que reconocer que Collet sabe construir un relato, incorporando tensión, buenas dosis de acción, algunos efectos especiales, sin abusar de ellos, y toda la maquinaria de artificio video clipero que puede “enganchar” al público. Hay una destacable persecución a lo Jason Bourne y Liam Neeson repartiendo tiros, golpes y patadas es más convincente que con las espadas (de hierro o láser).

    Por suerte, el mayor acierto del veterano Joel Silver, fue encontrar un elenco de notables actores internacionales. La mayoría desperdiciados en personajes acartonados, superfluos, sin carisma ni sorpresas, pero que le aportan un tono de “seriedad” o “calidad” al film: Aidan Quinn, Diane Kruger, Sebastian Koch, Rainer Bock, los ya mencionados Neeson y Langella. Pero sobre todo, vale destacar la naturalidad, sencillez, humildad y profundidad dramática que le aporta el gran Bruno Ganz en cada fotograma que aparece en pantalla. Si hay un solo personaje que no parece un robot en toda la película, ese es el agente Jürgen, que interpreta con gran sobriedad el actor suizo que vino al último Festival de Mar del Plata.

    Apenas un mero entretenimiento, Desconocido es un film que cumple lo que promete. Sin embargo, habría que avisar en Hollywood que hace más de 20 años que la cortina ha sido rasgada.
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  • El ganador
    El ganador
    A Sala Llena
    El Legado de Marty & Bobby

    Flashback. Escena final de Boggie Nights – Juegos de Placer de Paul Thomas Anderson. Dirk Diggler (Mark Walhberg) se para frente al espejo de su camerín, antes de salir a filmar una vez más una escena de una película porno. Le habla al espejo. Saca su famoso pene y le boxea al espejo cuál Jake La Motta (Robert De Niro) antes de cada pelea en Toro Salvaje. No sería desatinado decir que no existiría El Ganador si treinta años atrás no hubiese existido el film que revolucionó la manera de filmar películas de boxeo. Pero no tanto por el aspecto visual, sino por la narración en sí, ya que el nuevo film de David O’ Russell, tiene identidad propia.

    Es probable que el nombre de O’ Russell no les resulte familiar, pero lo cierto es que sus películas, al menos en Estados Unidos, no suelen pasar desapercibidas. Sus primeras comedias independientes generaron ciertos elogios en el momentos de su estreno. Honestamente no las vi. Para mi la carrera de O’ Russell comienza con su película más comercial, polémicas e irónica hasta la fecha, quizás la más personal en lo que respecta a la ideología política del director, y sin duda unas de las más cínicas crónicas de guerra que se hayan hecho: Tres Reyes (1999) narraba las desventuras de tres Rangers del ejército estadounidense durante la Guerra del Golfo, que salían a buscar el “tesoro” de Saddam Hussein. Algo similar a El Botín de los Valientes, pero con una dura crítica hacia la xenofobia, la avaricia, la sed de violencia de los soldados estadounidense. Esta comedia negra tuvo críticas divididas por todo el mundo, y es más respetada ahora que lo que fue en su momentos. Una suerte similar corrió Yo Amo Huckabees, una sátira sobre el capitalismo, el sentimentalismo y las propagandas de los shoppings relacionadas con las imágenes perfectas de las personas, con tintes surrealistas. Nuevamente, O’ Russell no recibe un aliento general. Nuevamente su punto de vista incorrectamente político y pretencioso provoca que gane mayor oposición que adhesión.

    Para confirmar el odio de la industria, realizó hace unos años atrás y como apoyo de Tres Reyes, un corto documental que narraba las torturas y violaciones que los soldados realizaban a civiles iraquíes durante la última guerra.

    Todo esto lleva a preguntar… ¿cómo es que este director “maldito” se ha reconciliado con la industria y ahora es nominado al Oscar como Mejor Director?

    La respuesta hay que buscarla en El Ganador, un film que reproduce la vida real de Micky Ward (Wahlberg), un boxeador treintañero y de poca monta de Massachusetts, que pretende triunfar pero vive bajo la sombra de su representante y hermanastro mayor, Dicky Eklund (Bale), ex boxeador (quien proclama haber noqueado a Sugar Ray Leonard en 1979) y adicto al crack. Micky tiene futuro como boxeador, pero mientras siga dependiendo de Dicky y su madre, nunca va a salir adelante. Cuando Dicky va a la cárcel y el entrenador de Micky (Mickey O’ Keefe, verdadero entrenador de Ward, realiza un actuación convincente como sí mismo), le encuentra un nuevo manager que lo puede llevar al Campeonato Mundial, la vida de Micky cambia, pero por otro lado también tiene que decidir que hacer con su familia.

    La película de O’ Russell se divide en dos partes bien definidas. La primera es un retrato familiar de la vida de un aspirante a boxeador en un barrio bajo de Massachusets. Mientras que Dicky es una leyenda local venida a menos, seguido por unos camarógrafos de HBO, Micky es barrendero y se entrena. O’ Russell se enamora principalmente del payasesco personaje que interpreta el camaleónico Bale. Nuevamente con bastantes kilos menos, el actor de El Imperio del Sol, hace un perfomance extrovertida, de esas que gustan a la academia, por tener un estilo casi caricaturesco.

    La película funciona como un espejo opuesto de Toro Salvaje. Mientras que la ópera en blanco y negro de Scorsese empieza con la etapa de gloria de La Motta y termina con la época de decadencia del boxeador, El Ganador muestra la decadencia al inicio y el triunfo al final, por así decirlo. Alguno dirá, bueno, es Rocky. No. Rocky habla de un hombre alcanzando el sueño americano. Habla de boxeo. El Ganador habla de la familia. Y toma una posición ambigua al respecto. Similar a la de Toro Salvaje. De hecho la relación entre Micky y Dicky es similar. La Motta siempre se imponía contra el manager, que era su hermano (Joe Pesci). Acá, Dicky tapa completamente a Micky. Y al igual que la película de 1980, la llegada de una mujer, de un nuevo amor, Charlene (Amy Adams), será decisiva en mantener el equilibrio de Micky con su profesión y su familia.

    O’ Russell sorprende con una puesta en escena cruda y seudo documental, mostrando como es la vida en los barrios bajos sin tapujos. El lirismo de Scorsese de Toro, se enfrenta contra la prosa ruda de O’ Russell, lo que permite que la película tenga su propia impronta. Así mismo, las pocas pero virtuosas peleas, adquieren un tono televisivo, alejado de la estética poética y en cámara lenta de Toro Salvaje.

    Pero sin duda, la belleza de El Ganador radica en la relación entre los personajes, la pintura áspera, irónica, sensual, y a la vez humorística de esta familia que cruza pueblos humildes en limusinas. Probablemente los hermanos Weinstein hayan tenido mayor control sobre el director que en otras obras, pero O’ Russell filtra su mirada crítica de la vida social estadounidense a través de personajes como los padres de los hermanos (la sobreactuada Melissa Leo, casi irreconocible y el soberbio Jack McGee, un actor secundario de series y películas que merece más oportunidades de destacar su talento como esta vez). O las “maravillosas” hermanas de Micky y Dicky, a quienes Amy Adams, en una interpretación que la aleja del personaje inocente y dulce que suele personificar en la mayoría de las películas, les da una linda paliza.

    Sin embargo, el gran combate interpretativo se da entre Bale y Wahlberg. Como venía diciendo, la película se divide entre una primera parte donde domina el personaje de Dicky y se centra, sin sentimentalismo ni golpes bajos, en el drama familiar, y una segunda que tiene como mayor protagonista al tímido Micky tratando de salir adelante. Bale compone al mismo personaje desde un punto de vista, sacadísimo (por la droga), y una segunda mitad, más introvertido y redimido, que demuestran la versatilidad y capacidad camaleónica de Bale. Se trata de una transformación creíble, paulatina y natural. El crecimiento del actor de Batman es asombroso. Pero Walhberg no se queda atrás esta vez y da pelea desde una posición tímida, contenida y reprimida. Sin duda, su interpretación más profunda e interesante. En el medio, Amy Adams, confronta a ambos, y el triángulo que se establece es muy interesante, especialmente cuando se enfrentan Charlene y Dicky.

    Si bien, la segunda mitad de El Ganador, que se centra más en Micky y las peleas de boxeo, es un poco más convencional, clásica y previsible, que la primera mitad más conflictiva, este nuevo y no tan personal trabajo de O’ Russell es muy interesante, atractivo, accesible para el público general, que va a dar una buena pelea en la próxima entrega de los Oscars. Y que demuestra que una vez más, los cineastas estadounidenses tienen memoria (lo demostraron los Coen la semana pasada y Aronofsky esta semana) y saben como reformular grandes clásicos del pasado (esta oportunidad, Toro Salvaje), para dar un producto final pulido, con identidad propia, pero que a la vez es fiel a la cinematografía más enriquecedora que ha dado Hollywood en los últimos 30 años.
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  • Piraña
    Piraña
    A Sala Llena
    Sangre y mujeres frescas para adolescentes

    No deberían hacerse comparaciones. No me gustaría ser uno de eso cinéfilos que solo resaltan las versiones originales de las películas (aunque la semana pasada no quedó otra que elogiar la remake de Temple de Acero sobre la original de 1969). Por lo tanto lo que va a seguir a continuación es solamente un mero recordatorio para las nuevas generaciones, que no siempre lo bizarro estuvo asociado a la mutilación gratuita, los baños de sangre y cuerpos femeninos al desnudo, como sucede en esta nueva versión de Piraña.

    Hubo un tiempo, en el que los jóvenes cineastas buscaban el cine independiente clase B de terror o bizarro para proliferar su mensaje político – social. Tipos pensantes, reflexivos, inteligentes, que se habían criado acaso viendo cine fantasioso y/o de ciencia ficción como Joe Dante o John Sayles necesitaban un medio de expresión que se alejara de los grandes estudios. Por lo tanto buscaban al productor más transgresor que existe en Hollywood, y al que al menos un 70% de los productores, directores y guionistas más poderosos de la “meca” del cine, le deben casi todos sus conocimientos. La escuela de Roger Corman, fue la gran formadora de cineastas que aprovechaban los (cortos) recursos económicos para realizar sus primeras obras, pero además, Corman, fomentó el cine de autor, y sobretodo, el cine revolucionario, transgresor.

    Y Piraña (1979) con dos jóvenes que habrían de dedicarse durante el resto de su filmografía a denunciar las tácticas militares (Dante) o los abusos sobre los inmigrantes y la contaminación ambientan en Estados Unidos (Sayles), sería uno de los ejemplos más claros, de cómo el cine de terror, puede ser un interesante vehículo para llevar un mensaje político, incluso utilizando el humor negro y toneladas de sangre.

    Acaso, el prometedor director de cine de “terror” francés, Alexander Ajá (Alta Tensión) le tiene miedo a la política o la denuncia social, o simplemente quiso homenajear al cine de animalitos marinos asesinos (Tiburón, Cocodrilo, Orca, Piraña), sin demasiadas pretensiones, por lo que llevó esta adaptación al extremo del producto vacuo y banal, pensado exclusivamente para adolescentes sedientos de sangre y sexo, demasiado influenciados por el cine de Rodríguez, Tarantino y Roth.

    Si la original ya contenía una premisa similar a Tiburón, Aja, simplemente decide tirar toda la carne al agua: no solamente la premisa es la misma, sino que también las subjetivas de los peces, algunos planos emblemáticos (como un travezoom), y hasta aparece un actor, vestido igual y cantando el mismo tema de la película original de Spielberg.

    El propósito del francés fue muy simple: ser descarnado hasta la médula… en el sentido más literal, y crear un baño de sangre, tripas, desmembramientos, descuartizamientos… para los estudiantes de anatomía será una experiencia placentera, sin dudas.

    La acción transcurre en un pequeño pueblo que vive del turismo veraniego en el lago. La cuestión es que en el medio del Festival de Tetas y Culos a orillas de la playa, suceden dos eventos paralelos. Por un lado, un director de cine porno lleva a un par de actrices, el hijo de la alguacil y la chica que le gusta a éste a un crucero para filmar escenas eróticas subacuáticas (como dijo Juan Fernando Lima, el ballet acuático al desnudo es uno de los puntos más altos). Por otro, el lago, sufre un sismo, se abre una grieta y ups, salen de su escondite miles de pirañas prehistóricas ávidas de carne humana… especialmente de chicas jóvenes con siliconas.

    El resto es un festín de carne, sangre y desnudos. Todo, de manera tan gratuita, absurda y exagerada, que es imposible tomársela en serio en algún momento, y se nota que Ajá nunca tuvo la intención de hacerlo… pero ¿era para tanto?

    O sea, me gusta el gore, me gusta el terror y admito que la tensión está bien creada, pero Ajá quiso ser mucho más gráfico que el propio Eli Roth. De hecho, en sanguinolencia lo pasa por encima (a niveles muy literales) y más allá de los estereotipos, lugares comunes, clisés, etc, hay una seria preocupación por demostrar que casi todas las mujeres que van a ese lago, parecen sacadas de video clips de principios de los 90, de “Baywatch” o de alguna porno grasosa filmada por Michael Bay. Vamos… se puede hacer una película de terror, respetando un poco más a las mujeres. Pregúntenle a Carpenter o Romero sino. Y ellos además filtran sus mensajes políticos, su ironía, su brazo izquierdo de la manera más trasgresora posible.

    Pero Ajá ha adolecentizado una obra que debería tener otro tipo de propósito. Como ya dije, no debería hacer comparaciones, ya que las metas de los cineastas jóvenes de los 70/80 y los de ahora son diferentes. Antes, el modelo era Corman, ahora es Jerry Bruckheimer, y así llegamos a esto.

    Lo admito. Piraña me divirtió, y mucho por momentos. Tiene momentos muy inspirados. Los efectos son muy buenos, la puesta de cámara y la fotografía videoclipera van acorde a toda la estética buscada. Pero detrás no hay mucho más…

    El efecto 3D aporta poco y nada. Algunos planos se notan que fueron hechos, simplemente, para que el espectador tenga algunos objetos justo enfrente de su vista, pero no está bien realizado ni aprovechado el “adelanto” más buscado de la nueva década. No impacta demasiado.

    Los cinéfilos se regocijarán con los homenajes a las películas del género y disfrutarán viendo a Elizabeth Shue junto a Christopher Lloyd dos décadas después de Volver al Futuro II, especialmente porque el personaje de Lloyd habla de forma similar al Doc Brown. Idem con Richard Dreyfuss o Jerry O’ Connell más cerca de los desatados mujeriegos que encarnaba a mitad de los ’90, que de los detectives y policías que personificó en televisión.

    Con más ideas audiovisuales que narrativas, Piraña 3D es un mero entretenimiento que no se puede comparar con la original, aún cuando, seguramente tendrá destino de culto.

    Buen provecho.
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  • El cisne negro
    El cisne negro
    A Sala Llena
    Canción de Cuna para un Cadáver

    Lo admito, no esperaba tanto de parte de Aronofsky. Hace mucho tiempo que se viene hablando de El Cisne Negro pero, sinceramente, me parecía que debía de ser una de esas obras sobrevaluadas por la crítica, que había impresionado a espectadores sensibles, una película manipuladora y demagógica, impactante, pero superficial. Aronofsky no es precisamente el rey de la sutileza y, aunque los micromundos que arma no carecen de interés, a veces su imaginación es desbordante.

    Tras ese ejercicio fílmico hecho con dos pesos llamado Pi, donde exponía la paranoia matemática y la enfrentaba contra la ortodoxia religiosa, Aronofsky es considerado como un tipo extremo. Esto se confirmó con la amada/odiada Réquiem para un Sueño, una fábula moralista de extremo efectismo acerca de las adicciones. El amor a nivel existencial lo llevaron a crear ese producto metafísico llamado La Fuente de la Vida (que admito, no vi completa) y, por último, nos trajo el mayor testamento cinematográfico de Mickey Rourke, El Luchador, en donde lo visceral y lo sentimental iban de la mano, pero esta vez con mayor coherencia, equilibrio dramático y ninguna pretensión estética. A pesar de la violencia y la carga emocional, esta era acaso su mejor obra, aunque también es cierto que parecía que Aronofsky había tomado distancia y necesitaba finalmente una donde podría comprimir lo mejor de El Luchador con lo mejor de las anteriores (todas tienen lo suyo, especialmente a nivel estético) y no hacer un producto solamente para ganar premios.

    El Cisne Negro es acaso, en este sentido, su obra menos pretenciosa porque no cae en el sentimentalismo de El Luchador o La Fuente de la Vida y tampoco en el efectismo moralista de Réquiem. Con El Cisne Negro mezcla la paranoia de Pi con la crudeza del entrenamiento extremo de El Luchador y las alucinaciones de La Fuente y Réquiem. En conclusión, es la obra que mejor resume su filmografía e identidad cinematográfica y por fin lo define como un autor consolidado.

    Pero más allá de este punto, lo más interesante es que Aronofsky nos devuelve a los cinéfilos un tipo de cine que se encontraba perdido: el del terror psicológico con estética y mirada sesentona y setentosa. Es reencontrarse con el mejor Polanski, De Palma, Aldrich o Friedkin. No es necesario tener mucho presupuesto para saber asustar y entrar en tensión. Sino un buen personaje protagónico y sus obsesiones.

    De esta manera, el mundo en el que vive Nina, que bien puede ser y es el nuestro, se transforma en una gran pesadilla, donde empezamos a dudar de la coherencia mental de Nina y de nosotros mismos. De su ojo y el de ella. Con pocos escenarios, el director construye climas y se centra en la paranoia de la protagonista. No es difícil vincular a Nina con la Catherine Denueve de Repulsión o la Mia Farrow de El Bebé de Rosemary.

    Y que el mundo que la rodea sea el propio infierno imaginado por Friedkin en El Exorcista. El tono, por momentos seudo documental, con largos planos secuencias siguiendo a Natalie Portman por pasillos (al estilo de los hermanos Dardenne) y por el departamento típicamente neoyorquino (donde podría vivir Woody Allen), demuestran una meticulosa idea estética de recuperar climas reales, que nos son accesibles, reconocibles, pero se desvirtúan en espacios claustrofóbicos e infernales.

    No hay dudas de que todo sucede en la cabeza de Nina pero también es cierto que el director engaña bastante, y todas las escenas de tensión tienen un in crescendo impresionante. Todos los excesos están justificados desde la obsesión de la protagonista de ser la única, la mejor y, al mismo tiempo, no perder a su propio cisne blanco al tratar de convertirse en el cisne negro.

    Esta metamorfosis que sufre Nina, completa y honestamente inspirada en la que sufre el personaje del ballet, es como la transformación de Jeckyll a Hyde, solo que esta vez la droga de por medio no es tanto química como sexual.

    Aronofsky se burla de su protagonista llevando a una frágil Natalie Portman del extremo más puro (con una asombrosa voz de nena) a la completa oscuridad. Portman, que admito, nunca llegó a convencerme del todo de que era una gran actriz, me hizo comer todas las palabras. Es realmente asombrosa su interpretación. Desde lo físico hasta lo psicológico y emocional se trata de un trabajo de una gran complejidad, un “tour de force” pocas veces visto en el cine últimamente.

    El personaje está rodeado de espejos que le devuelven caras interiores que a veces es mejor no contemplar. No solamente el uso de los espejos como elementos narrativos es ajustado, sino también a nivel estético, Aronofsky pone en uso todos sus conocimientos plásticos. Pero además, los espejos también son los cuatro personajes que la rodean: Thomas, el seductor y malicioso director, interpretado maravillosamente por el carismático Vincent Cassel, emulando un poco a Bob Fosse y quizás al propio Aronofsky, con Lily (sorprendente desenvolvimiento de Mila Kunis en el drama), la demoníaca compañera / competidora de Nina y especialmente con su desilusionada y también obsesiva madre, en la piel de una Barbara Hershey que parece una reencarnación de la Piper Laurie, madre de Carrie. Esta película, sin duda, es con la que El Cisne Negro comparte mayores similitudes en lo formal. Recordemos que en dicha obra el sexo, la sangre y la transformación de una adolescente virgen a una mujer adulta desquiciada son el tema central. En El Cisne, la autoflagelación y el despertar sexual tardío también tiene un peso fundamental.

    El trío Heyman/Heinz/McLaughlin conforman un guión extraordinario desde lo formal: cada sub trama pasa por la protagonista. Y no es solamente un thriller sino también una denuncia: a la presión, al perfeccionismo, al maltrato corporal que las jóvenes pasan para “triunfar”. Todo por un sueño. Un maltrato que no solamente pasa por el personaje de Nina, sino también por su predecesora, Beth (pequeño pero soberbio regreso de Winona Ryder).

    El Cisne Negro es rica por todas las sub lecturas que permite, porque en la meticulosa puesta en escena se pueden descubrir detalles escabrosos, porque absolutamente cada aspecto cinematográfico está confinado a construir una trama, una tensión que no dan respiro. La banda sonora de Clint Mansell es prodigiosa; usando como base la verdadera partitura de Tchaikovski, construye una danza macabra. La fotografía de Libatique se va modificando escena a escena. La locura de Nina se apodera de la estética pero no toma suficiente protagonismo para sacarnos de la cabeza a un personaje enfermizo que nos transmite amor y odio a la vez.

    Esta mañana, Tomás Luzzani me hablaba de El Camino de los Sueños y a mí se me cruzaba por la cabeza también El Club de la Pelea y El Abogado del Diablo como ejemplos recientes. Y sí, hay de todo eso en El Cisne Negro, pero también hay ingredientes nuevos. Aún cuando algunos elementos narrativos parezcan predecibles, algunas metáforas, obvias y redundantes, la construcción del personaje y su obsesión justifican cada uno de los desbordes que en otro contexto resultarían fastidiosos.

    Es raro poder afirmar tan inmediatamente que estamos frente a la presencia de un clásico que va a ser visto y revisto. Que será objeto de estudio acerca de la construcción de un personaje en cada área (dirección, guión, actuación, producción, efectos especiales, arte, foto, sonido), que amerita analizar un fenómeno sociológico, que tiene tantas influencias cinematográficas como teatrales, que nos pone a pensar sobre el lugar del sexo en nuestras vidas…

    Además, la estética es tan hermosa y emocionante que todo aquello que vimos recientemente queda minimizado ante el gran trabajo de puesta en escena que hace Aronofsky.

    No se queden con las apariencias nomás. No se queden con el terror solamente. Acá estamos frente a un fenómeno distinto que pocas veces se puede apreciar en la pantalla grande.

    Entre la malicia, la ironía, el terror y la crítica al arte (lo cuál lo emparenta al mejor Robert Aldrich, en Que le Pasó a Baby Jane), Aronofsky me ha sorprendido gratamente. Se consolida como uno de los mejores autores contemporáneos y, de paso, nos brinda una fábula maestra, tan inmortal como “El Lago de los Cisnes”.
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  • El discurso del rey
    Al Servicio Secreto de su Majestad

    Durante mi infancia fui durante varios años a fonoaudióloga. Diversas profesionales médicas que me daban ejercicios para mejorar mi dicción. Nunca fue algo demasiado divertido y mucho menos lo era llevar tareas a casa.

    Imagino que para un rey treintañero debía ser mucho peor. Pero la historia de Jorge VI, rey de Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial, y padre de la actual Reina Isabel, fue real. Y no era un problema de dicción sino de tartamudeo. La cuestión es que dicha historia no hubiese trascendido sino fuera que a Jorge, cuando era príncipe, le temblaban las piernas, y la voz cada vez que tenía que dar un discurso. Por lo tanto, su esposa, la princesa, se puso en marcha para buscar un fonoaudiólogo prestigioso que ayudara a su marido a “corregir” su tartamudeo, especialmente porque se veía venir que debido a que el rey Jorge V estaba muy enfermo, y el hermano mayor de Jorge VI, David, iba a rechazar la corona por no querer separarse de una mujer estadounidense divorciada (ningún rey se puede casar con una mujer divorciada), Jorge VI tenía que ser el heredero natural del trono de Inglaterra. De esta forma, llega a Lionel Logue, un actor, locutor y fonoaudiólogo autodidacta proveniente de Australia, que vive en el sótano de viejo edificio de Londres, donde pone en práctica sus clases con métodos poco usuales.

    Esta historia llego a la manos del director Tom Hooper, gracias a su madre que escuchó el relato en una reunión de jubiladas. Hooper, que ya tenía ciertas conexiones en el mundo del cine, a pesar de no ser demasiado reconocido aún se la acercó los hermanos Weinstein e incluso el actor Geoffrey Rush quiso formar parte del proyecto.

    Y así, como un cuento de hadas comienza, El Discurso del Rey. Hooper, que ya venía obteniendo reconocimiento gracias a algunas películas y miniseries para televisión (John Adams, Longford, Elizabeth I) se hizo notar hace un par de años en cine gracias a la película The Damned United (acá se puede encontrar en DVD como El Nuevo Entrenador), sobre la historia real del entrenador que sacó campeón al Leeds United 30 años atrás, cuando estaban en su peor momento futbolístico. También había tenido buenas reseñas un film Indie que hizo en Estados Unidos con Hillary Swank, Red Dust, su ópera prima, que lamentablemente no tuvo mucha difusión.

    Lo que queda claro es que Hooper es un director que está para grandes cosas. Todas sus obras son biografías o películas históricas, de esas que se llevan todos los premios. Por supuesto, hay que saber hacerlas bien, ¿pero existe una identidad cinematográfica detrás?

    Admito que todavía no vi las anteriores obras de Hooper, aunque varias veces estuve tentado por ver The Damned United.

    El Discurso del Rey me hizo suponer que se trata de un director de la buena vieja escuela inglesa. Un hombre capaz de convertirse en un David Lean contemporáneo si se lo propone. Elegante en su tratamiento, con influencias del teatro, visualmente atractivo, prefiere los planos secuencias, las escenas largas con planos fijos y no un montaje videoclipero como sus contemporáneos Guy Ritchie o Danny Boyle. Estamos sin duda frente a un hombre que se crió viendo cine de autor. La elección de decorados con paredes infinitas, lentes con gran profundidad de campo, (mérito compartido con el director de fotografía Danny Cohen), angulaciones picadas y contrapicadas, manejo de grúa en interiores, demuestran una gran influencia visual de Orson Welles. Las escenas más intimistas entre los protagonistas parecen sacadas de un film de Laurence Olivier, y no parece casual que Lionel Logue cite, lea e interprete a Shakespeare continuamente. El extremo clasicismo de Hooper detrás de cámara es elogiable y siempre me entusiasma que cineastas relativamente jóvenes revean la historia del cine para construir sus obras.

    El problema de El Discurso del Rey es que el guión de David Seidler, es demasiado convencional, correcto y previsible.

    Sí, los personajes de Jorge y Lionel están muy bien desarrollados, pero el resto de los secundarios son demasiado superfluos. Las escenas donde Lionel debe entrenar a Jorge, son las más interesantes, ya que tanto Seidler como Hooper le aportan una calidez y humor típico english que permiten que el relato se escape del melodrama y la solemnidad, que se infiltre una buena dosis de ironía en mostrar como un príncipe o rey se debe “rebajar” en categoría social para ir a la zona más industrial de Londres para tomar clases de locución, metiéndose en diminutos ascensores, y viéndose “burlado” por un australiano que ni siquiera tiene título médico y fracasa cada vez que asiste a un casting para una obra de teatro.

    La primera hora, de hecho, es por demás interesante e irónica. Lionel no puede interpretar a un rey “deforme” como Ricardo III pero debe entrenar a un verdadero aspirante a la corona que tiene una “enfermedad” física. La precisión en la interpretación, el meticuloso trabajo físico y emocional, del gran y versátil Colin Firth (merecido ganador de todos los premios) se enfrenta con la simpática, natural, ágil performance de un notable Geoffrey Rush que no oculta sus influencias clownescas. En estas escenas juega un rol fundamental el acompañamiento de Helena Bonham Carter que se desenvuelve con gran tranquilidad por el escenario con un personaje que, lamentablemente, no tiene tanto desarrollo como el que tienen ambos protagonistas, pero la categoría y madurez interpretativa de la esposa de Tim Burton, le aporta mayor verosimilitud al relato. También es divertida la crítica a la influencia de la figura eclesiástica dentro de las monarquías. Cada escena en la que se enfrentan Jorge o Lionel con el Arzobispo son un lujo gracias a la interpretación del GIGANTE, Derek Jacobi.

    Sin embargo, cuando la historia se empieza a centrar en el “drama familiar”, la muerte del rey (5 minutos maravillosos de Michael Gambón), la abdicación de David (muy bien Guy Pearce), la película toma un tamiz telenovelesco que le dan un perfil más cercano a las biopics con pretensiones emocionales que se realizan para televisión, que al interesante relato épico, pero centrado en personajes y actuaciones que venía llevando. Esta vuelta narrativa sirven para que los protagonistas se reconcilien y al fin el rey pueda dar su discurso.

    Aun con esta media hora de más, la película retoma el ritmo y la ironía en sus escenas finales, y por lo tanto el resultado final es bastante agradable.

    Con un perfeccionista trabajo de arte, vestuario, fotografía, montaje, sonido (prestar atención como suena cada espacio, muy buen diseño de ambientación), El Discurso del Rey es una película “importante”, pretenciosa y sentimentaloide, políticamente correcta, donde no se crítica ni se burla del monarca, ni la monarquía en sí (como lo hacía La Reina) o que humaniza del todo al protagonista (en las dimensiones de la María Antonieta de Coppola), pero se ubica en un terreno respetuoso, demostrando que la familia “real” debe seguir en el trono de Inglaterra, y que los reyes también tienen sentimientos (en la línea de La Joven Victoria, pero con menos preciosismo visual).

    Hooper no se anima a transgredir, y así mismo le falta un poco de personalidad para salirse del guión de Seidler y demostrar un poco de rebeldía. Sí, en cuanto a reconstrucción histórica, la película contiene numerosos puntos de interés, mostrando el contexto político/social de la etapa entre guerras, el ascenso de Hitler, la amenaza de las tropas germanas en la capital inglesa, la participación de Winston Churchill (muy buena participación de Spall), etc. Pero todos estos elementos le agregan una cuota de solemnidad y frialdad, que en principio, no necesitaba.

    El Discurso del Rey, es la típica película de la temporada de premios, y seguro se llevará varios. Su director es la gran promesa del Reino Unido, pero particularmente opino que todavía está un poco tímido, tartamudea a la hora de dirigir. ¿Necesitará de una fonoaudióloga para demostrar que tiene una buena voz?
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  • Temple de acero
    Temple de acero
    A Sala Llena
    El Cine Recobra Vida

    Hacía mucho tiempo que no vivía una verdadera experiencia cinematográfica. O sea, con los avances de los efectos especiales y la creación de paisajes generados por CGI, siento que se ha perdido el espectáculo de ver escenarios majestuosos, que justifican la diferencia entre ver una película en una sala, y en un living. Las pantallas son cuadradas. El cinerama, el formato panavisión, han desaparecido. Ahora uno puede tener su propio proyector con Blu-Ray, en su propia casa y no difiere mucho de ver una obra, acompañado por cientos de extraños frente a una pantalla gigante con sonido extraordinario, que sale por cada hueco de la sala.

    Esta costumbre, impuesta por los avances tecnológicos para el formato hogareño (llámese Home Theatre), junto con la calidad de los nuevos discos y reproductores, sumado a que gracias a la piratería, es mucho más cómodo quedarse en el hogar viendo las mismas películas que pasan en las salas, ha provocado también la devaluación de los géneros épicos. Así como el espectador prefiere hacer una salida completa sin salir, los productores y directores crean escenarios sin salir siquiera de una isla de edición. El fenómeno de Avatar ha demostrado que ni siquiera hace falta crear decorados pintados a mano. Todo se genera mediante una computadora. Y lo irónico es que todavía existen paisajes inexplorados por las cámaras que merecen ser reconocidos en pantalla grande. Es la vagancia de la imaginación, la paja financiera de no correr riesgos para viajar a tierras hermosas, donde la naturaleza sigue demostrando que es más sabia que el hombre.

    Y no es necesario crear una Ben Hur o una épica de David Lean, al estilo Lawrence de Arabia o Dr. Zhivago, para disfrutar de estos maravillosos paisajes. El mayor tributo que le ha dado el cine estadounidense al mundo es el western.

    El que ha visto los clásicos épicos de John Ford filmados en Monument Valley o los paisajes españoles que simulan ser la frontera mexicana en los spaghetti westerns (especialmente los de Leone o Peckinpah) sabrá muy bien de lo que hablo. El paisaje es un personaje más, que influye en cada historia, en cada personaje, en las transformaciones psicológicas y físicas que los personajes sufren a lo largo de las historias. El oeste es un lugar donde confluyen el desierto más árido con espesas zonas montañosas, donde nieva durante casi todo el año. Por lo tanto, si el o los directores tienen un poco de instinto y un gran director de fotografía, sumado a una buena historia, podemos estar hablando de un gran espectáculo cinematográfico.

    Lamentablemente, después del spaghetti western, que vino a cubrir las ausencias de Ford y Hawks detrás de cámaras, que le abrió paso a lo mejor de Peckinpah, etc, el género empezó a morir. A excepción de algunos destacados trabajos de bajo presupuesto, de los pocos westerns estrenos desde los ’80 hasta la fecha podríamos resaltar cinco como mucho: Silverado de Lawrence Kasdan, Danza con Lobos de Kevin Costner, El Jinete Pálido y Los Imperdonables del maestro Clint Eastwood… y ahí paramos de contar. Algunos como la remake 3:10 a Yuma, zafaban. Tommy Lee Jones hizo un trabajo interesante con Los Tres Entierros de Melquiades Estrada, pero era una historia contemporánea y muy independiente.

    Por lo tanto, hace tiempo que el género pedía una revancha. Y los hermanos Coen han logrado un gran mérito por partida doble con esta remake: por un lado, nos han devuelto un western fordiano en su mejor concepto y, por otro, aportaron una inyección de verdadera espectacularidad al cine… como en los viejos tiempos.

    El Gallo Vuelve a Pegar su Grito

    Basada en la novela de Portis, la película de 1969 del experto Henry Hathaway cobró notoriedad no por su originalidad sino porque le devolvió a John Wayne una imagen épica que había perdido un poco desde que dejara de trabajar con Ford o Hawkes. Este ex sheriff hosco, duro, con parche en un ojo, que debía cuidar a una adolescente y cumplir con el pacto de vengar el asesinato de su padre, le aportó un poco de humanismo al estereotipado personaje que venía haciendo hacía tiempo, también a las órdenes de Hathaway. Sin embargo, durante el rodaje de Temple de Acero, se supo la triste noticia de que el “Duke” tenía cáncer. Acaso por miedo de no poder reconocerle el aporte artístico y épico que le brindó al cine, la Academia de Hollywood se apuró en darle un Oscar al Mejor Actor Protagónico por Temple de Acero. Si bien era una interpretación modesta e interesante, estaba lejos de la soberbia o la profundidad que había logrado con otros y mejores trabajos como La Diligencia, Fuerte Apache, La Legión Invencible, Más Corazón que Odio, El Hombre Quieto o Un Tiro en la Noche. Todas de John Ford.

    Lo que era inimaginable era que los Hermanos Coen, que ya habían amagado con el género en Sin Lugar para los Débiles, pudieran logran una obra majestuosa, iluminada, reflexiva, elegante, encantadora, soberbia, trascendente, con los tintes crepusculares de los últimos trabajos de Ford y Eastwood, con una novela que nunca fue demasiado reconocida. La magia de los realizadores de Barton Fink radica en su amor por el cine, el instinto para elegir actores, transformar vaqueros implacables en miserables adorables… y principalmente no perder su personalidad autoral, no dejar de lado el patetismo y negativismo que caracteriza a su obra, cierto surrealismo y su impecable puesta en escena.

    Desde el primer plano notamos que se trata de un film de los Coen. Al igual que en su última obra, Un Hombre Serio, la imagen no es nítida sino difusa, como un vago recuerdo que va a apareciendo de a poco en la memoria o un sueño que empieza a tomar forma. En las penumbras y cubierto por una fina nieve, típica de los Coen (los directores utilizan la nieve como elemento metafórico y lírico para simbolizar el tiempo y cierto grado de nostalgia), aparece un cadáver. Nos enteramos de que se trata del padre de Mattie Ross porque la escuchamos narrar la historia con el típico acento sureño, lento, pausado, que caracteriza a cada uno de los personajes Coen.

    Lo que sigue es una película atractiva, que se detiene 20 minutos en presentar a los tres protagonistas. El héroe es Rooster Cogburn, un caza recompensas borracho, con moral propia, interpretado por un Jeff Bridges que todavía no se pudo sacar de encima al Dude Lebowsky, ni al cantante de Loco Corazón y compone este héroe cansado con un encanto como solo él le puede aportar, sin un solo rasgo que recuerde al Duke, lo cual demuestra que tanto el intérprete como los Coen se quieren alejar del mítico film de 1969 y de la leyenda de Wayne. Pero la verdadera heroína es Mattie Ross, una joven impulsiva y valiente de 14 años, que resulta un milagro interpretativo en la piel de la ascendente Hailee Steinfeld. La madurez y solidez con la que Steinfeld se mueve y expresa con total naturalidad delante de la cámara hacen dudar que tenga, en verdad, 14 años y no se trate de una actriz veterana en cuerpo de niña. Hailee provoca que nos olvidemos completamente de Kim Darby, quien hiciera el mismo personaje con 22 años. Su porte se acerca más al de Katherine Hepburn en El Alguacil del Diablo (la secuela de Temple) que a la del original. Por último, tenemos al Texas Ranger, LaBeuf, quién podría ser el galancito, pero con Matt Damon se transforma en un desagradable personaje que acompaña a la pareja protagónica. El resto de los personajes son tonto, feos, sucios, malos. Uno termina sintiendo compasión por la brutalidad y falta de inteligencia de los villanos. En la original eso no sucedía. Los villanos eran criminales de temer. Estos son patéticos pero creíbles, al punto que resultan más caricaturescos los héroes que los malos. Esta es otra marca Coen.

    Pero lo que agranda la película es la intención que tuvieron los autores con cada escena. No hay una sola que no esté en la película original pero, en cambio, los realizadores le aportan un misterio y misticismo que la acercan a un cine más de autor, con encuadres que no dejan de homenajear continuamente a John Ford (Tarantino empachado), así como escenas de una violencia cruda, brutal, que bien podrían integrar un film de Peckinpah, o planos surreales, oníricos incluso, que bordean lo grotesco y tienen un gran carga lírica. Tampoco falta el humor negro, pero esta vez más contenido, con suficiente equilibrio para que el film no se vuelva solemne.

    Y la película es también aventura, tiros, un romance platónico sugerido entre Rooster y Mattier. Entretenimiento puro. Los Coen han creado la obra más accesible y, a la vez, más profunda y memorable de toda su filmografía.

    Entre crepúsculos, los personajes cabalgan con un poderoso aura, y Roger Deakins, a cargo de la fotografía, se encarga de darle una belleza inagotable al film, enfatizado por una emocionante y recargada banda sonora de Carter Burdwell en la que se escuchan ecos de Max Steiner o un Ennio Morricone, así como baladas típicas de fines del siglo XIX.

    La única diferencia con la original es que esta Temple tiene un necesario epílogo típico de John Ford que rinde tributo a los héroes de pistola. Algunos recordarán el emotivo final de Un Tiro en la Noche (también conocida como El Hombre que le Disparó a Liberty Balance, 1962). Los Coen nos devuelven esa magia antológica, de acaso la última y mejor obra que dejó Ford para la posteridad.

    Con más corazón que odio esta vez, los Coen nos regalan una obra clásica, maestra. Una clase de dirección, de autoría.

    Yo siempre admití que solo me emociono cuando veo un buen western de Ford, Hawks o Leone. Afirmé que el western fue el mayor tesoro que dio el cine estadounidense al mundo.

    Los Coen me hicieron emocionar una vez más y confirmaron nuevamente no solo otra muestra de su capacidad y talento, sino que el legado del western es inagotable… vive. Solo hace falta que alguno tome las riendas y cabalgue hacia la luz del cinematógrafo.
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  • El Avispón Verde
    El Avispón Verde
    A Sala Llena
    No Contaban con mi Astucia

    “Kato, si nos comportamos como héroes normales, los malvados sabrán que vamos atrás de ellos y nos estarán esperando, pero si somos un poco malos y nos hacemos notar por eso, entonces no sabrán que esperar de nosotros. ¿Entendés?

    ¿Qué se podía esperar de una adaptación de “El Avispón Verde” a cargo de los tipos que escribieron comedias post adolescentes como Supercool o Pinneapple Express? ¿Qué pensaría George W. Tendle, creador del personaje y de “El Llanero Solitario” que Britt Reid pasaran de se héroes moralista, valiente y honesto, pero terminen siendo un inepto veinteañero fiestero, que se convierte en héroe por pura casualidad?

    Primero que todo hagamos un breve repaso de la historia de El Avispón. El personaje fue creado para un radioteatro (igual que el Llanero) en 1930. Todas las semanas, las familias se reunían alrededor de la radio para seguir las aventuras de este sobrino nieto urbano del enmascarado del oeste. El éxito del personaje lo llevó al mundo de las historietas, al de las películas seriales (tipo Flash Gordon) y finalmente a la serie televisiva de 1966, de donde surgió la gran leyenda de las artes marciales, Bruce Lee. Contemporáneo de la serie “Batman” (incluso en un par de capítulos, el encapotado, el Avispón, Kato y Robin se enfrentaban a El Guasón y compañía) tenía esa estética típica de finales de los ‘60s con inspiraciones psicodélicas, artes marciales y mensajes didácticos. La serie no pasó de una temporada pero se convirtió en un clásico de culto. Desde hace bastante tiempo, tanto Tarantino como Kevin Smith estaban tratando de comprar los derechos de hecho para llevarla a la pantalla grande. Sin embargo, el contrato final lo consiguieron los jóvenes (tienen menos de 30 años) Rogen y Goldberg, quizás para lograr generar mayor empatía con el público adolescente.

    En principio, la iba a dirigir Stephen Chow (el original director y actor de Kung Fusion y Shaolin Soccer), quien además interpretaría a Kato. Pero discrepancias creativas lo dejaron fuera del proyecto, primero como director y después como Kato. En su lugar aparecieron el cantante chino Jay Chou y el irregular director de Eterno Resplandor de una Mente sin Recuerdos, Michel Gondry. ¿Pero acaso dicha combinación podía funcionar?

    El resultado no es una película de superhéroes, ni siquiera un film de acción normal. Más bien se trata de una buddy movie, que resalta los valores de la amistad y decide romper con los lugares comunes de las películas de superhéroes. Rogen lleva el personaje de Ligeramente Embarazada o Pinneapple (el soberbio vago fumón fiestero) a un contexto heroico de la noche a la mañana. A pesar de la muerte de su padre, Britt se convierte en el Avispón de puro capricho, lo cuál lo diferencia de cualquier superhéroe que reniega de su identidad. Todo lo contrario, Britt lo disfruta, aunque él mismo sea un inútil y el verdadero genio sea Kato. De esta manera, Rogen y Goldberg elaboran un guión que tiene todos los estereotipos y clisés de las adaptaciones de cómics (mezcla de Batman y Superman específicamente, con juguetes tecnológicos, y un diario de por medio), pero ni bien presentan los mismos, deciden romperlos o dejarlos a un segundo plano. Ejemplo de esto, es el lugar que ocupa Leone Case (Diaz), que en principio aparenta ser la típica “chica” de turno, pero no lo es tanto (además es mayor en edad, que ambos protagonistas). Por otro lado, el villano es un criminal al que le gusta ser malo “porque sí”. No hay justificaciones psicológicas que devienen del pasado del personaje, no hay venganza de por medio, ni siquiera se trata de un tema de dinero o poder. Chudnofsky quiere ser el criminal más temido de la ciudad, pero su nombre y apariencia no lo ayudan. Entonces, tenemos a un héroe inepto, un asistente genial, una chica no tan femenina y un villano inseguro demasiado conciente de su maldad. ¿Qué nos falta? La voz de la experiencia, Mike Axford, el editor del diario de padre de Britt, que es completamente obviado por el protagonista.

    De esta manera, Rogen y Goldberg imponen su calidad de autores, especialmente porque priorizan la relación de amistad entre Reid y Kato sobre el resto de las subtramas. Los actos criminales ocupan un segundo plano, una excusa para contar la historia de amistad entre estos dos freaks, un poco como sucedía en Supercool o Pinneapple. Como se convierten en amigos, como sus puntos de vista los separan y como tener un objetivo en común los vuelve a unir. Esa es la clave de esta adaptación.

    Alrededor de esta “trama” se van sucediendo divertidas y entretenidas secuencias de acción, donde Gondry muestra su creatividad visual. Si bien se trata de su obra menos personal en lo narrativo (aunque la relación Kato – Britt se puede relacionar con la que tenían Jack Black y Mos Def en Rebobinados), debe ser la más ambiciosa a nivel estético. Aprovechando el amplio presupuesto que tiene a sus espaldas, el director de Soñando Despierto construye (falsos) planos secuencia excepcionales, que rememoran los mejores trabajos que el francés realizó en el mundo de los video clips. Aprovechando cambios de velocidades y efectos especiales, logra interesantes secuencias de acción. Gondry también es un fan setentoso, y utiliza múltiples cuadros al mismo tiempo, que resaltan gracias a la incorporación del efecto 3D agregado en la post producción. Pero tampoco abusa de esta estética y nunca lo visual le saca protagonismo a la historia o la comicidad.

    Todo el elenco tiene su lucimiento. Tanto Diaz, como Waltz o James Olmos lucen soberbios en sus relativos pequeños personajes. Hay un par de efectivos cameos, pero es sin duda la química entre Rogen y Chou lo que sacan adelante la película. No esperen ver a un Bruce Lee contemporáneo en el cantante chino. Digamos que las secuencias de artes marciales cumplen su propósito, pero no toman protagonismo. Lo que más se destaca de Chou es se gracia y carisma. Rogen, por otro lado hace su personaje de memoria. Es como Woody Allen. Tiene al mismo personaje incorporado en todo lo que hace, pero sigue divirtiendo y en este contexto es divertido.

    Una verdadera sorpresa (acaso porque las críticas en Estados Unidos fueron decepcionantes), El Avispón Verde es un digno entretenimiento, divertido, con originales (y exageradas) secuencias de acción, con un guión sólido que contiene diálogos y detalles ingeniosos, homenajes a Trendle, sus personajes, y un pequeño tributo a Bruce Lee.

    Seguramente la disfrutarán más los seguidores de Rogen y Gondry que los de la serie o los que buscan una película de superhéroes (aunque no hay superpoderes), pero ¿qué quieren? ¿un hombre en malla, conflictuado con su identidad y vengativo? Para eso existe Batman… Acá hay otra cosa, algo distinto… una alternativa.
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  • Conocerás al hombre de tus sueños
    Con melancolía, pero poca dulzura

    Es una verdadera lástima que los films de Woody Allen, tarden tanto en estrenarse en la Argentina y se posponga tanto tiempo. Esto nos obliga a los críticos que aun lo seguimos a buscar otras formas de conseguir sus obras. No, no hablo de la piratería. Pero digamos que hoy en día todo se puede conseguir.

    De esta forma pude disfrutar de Lo que Funcione (2009), una comedia con Larry David, bastante disfrutable, divertida que lleva su marca cómica, aunque simplemente sea un simpático pasatiempo pasajero que Allen escribió en los años ’70 pero nunca llegó a filmar, porque el tema de la homosexualidad todavía era tabú en aquella época. No se trata de un film desechable, pero sí de uno más.

    Lamentablemente, Conocerás al Hombre de tus Sueños, no es tan ingeniosa y carece de situaciones humorísticas logradas, asimilándola un poco más a la “fallida” Scoop que a Lo que Funcione o sus anteriores trabajos.

    Allen, vuelve a Londres y se despacha con lo que más le gusta: una historia de amores fallidos, con un dejo de desesperanza demasiado pesimista, inclusive para él. Con personajes atractivos envueltos en situaciones no demasiado creativas ni inspiradas como en otras de sus obras. Los diálogos tampoco son tan ingeniosos esta vez. Allen habla de lo que más le gusta: el ateismo, la influencia de la suerte, la inexistencia del amor idílico. Parejas que deberían funcionar y no funcionan, y cuyos miembros ven en un tercero la oportunidad de triunfar… pero esto también es incierto.

    Al igual que los Coen, Allen persevera en su escepticismo, pero a diferencia de ellos, no los pone en un pedestal para rebajarlos, ni los usa como excusa para burlarse de toda la raza humana, o expone el patetismo a la décima potencia. Los mantiene en un lugar terrenal, y eso provoca que el film en sí sea incierto en su tono e intenciones. El final más abierto de lo usual demuestra que Allen, esta vez, no supo darle un desenlace a sus ideas.

    Por supuesto, no es un film despreciable. Los personajes y los intérpretes elegidos son siempre un grato gusto en la filmografía de Allen. Se destaca sobre todo Josh Brolin, logrando no convertir a su personaje en un alter ego de Woody Allen (como otras veces hicieron Jason Biggs y Kenneth Branagh entre otros). Pero también están muy bien Lucy Punch, Gemma Jones, Pauline Collins y Anthony Hopkins. Deslucidos aparecen Naomi Watts y Antonio Banderas. Nuevamente, Frida “Slumdog Millionaire” Pinto, resulta un rostro demasiado bonito para tan poco ingenio e inverosimilitud interpretativa.

    Visualmente, no faltan los planos fijos, el uso del fuera de campo para captar discusiones sin mostrarlas y algunos planos secuencia prodigiosos que confirman el talento para encuadrar de Allen y su director de fotografía, el gran Vilmos Zsigmond.

    Conocerás al Hombre de tus Sueños es apenas agradable y simpática, pero no es lo que cabría esperar de un genio del cine como Woody Allen.
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  • De amor y otras adicciones
    Volver a los 90s

    Y un día tenía que pasar… Los 90s han regresado. No, la estética ochentosa ya no es novedosa, ahora tienen que regresar la década de los jeans sueltos, los equipos de audio novedosos, los televisores gigantes (que no eran plasma ni HD) y los medicamentos de venta libre.

    ¡Ah! Y las comedias románticas con tintes dramáticos, pero agradables a fin de cuentas…

    Por estos rumbos transita un “debutante” en el género, Edward Zwick. Sí, el mismo Zwick que desde Tiempos de Gloria hasta Desafío se calzó los zapatos épicos, y no se los volvió a sacar. El mismo que transformó a la delicada Meg Ryan en una soldado de la guerra del Golfo, a Tom Cruise en samurai y a Leonardo Di Caprio en un mercader de diamantes en Africa, regresa a un género que le dio las primeras herramientas cinematográficas, pero por el cuál no es demasiado recordado.

    Con elementos del más optimista Garry Marshall, la menos golpebajista Nancy Meyers y el más inteligente Lawrence Kasdan, Zwick convierte un melodrama televisivo en una obra pasatista, entretenida, amena, clásica, pero sobretodo con buenos personajes y soberbias interpretaciones.

    Pero quizás lo más elogioso es el ojo del director y los productores para elegir a la pareja protagónica.

    A ver, no estamos hablando de una pareja más… de un par de actores jóvenes que tienen química eventual, de forma aislada, sino que estamos frente a una de esas nuevas parejas que se van a inmortalizar en la pantalla… como Cary Grant y Katherine Hepburn, Katherine Hepburn y Spencer Tracy, Tom Hanks y Meg Ryan o Tony Lau y Gong Li (no voy a mencionar a Julia Roberts y Richard Gere porque no me gustan).

    Anne Hathaway y Jake Gyllenhall tienen chispa. Es su segundo trabajo juntos como pareja (en la primera el amor no era recíproco, ya que a él estaba enamorado de su compañero arriero), pero esta vez ambos pueden desquitarse… y quitarse toda la ropa de encima, y disfrutar a pleno de una relación entrañable, creíble y querible.

    Dejemos de lado las subtramas dedicadas a las ventas y los speech, a la competencia entre compañías farmacéuticas, al lavado de cerebro, al negocio de la medicina y los remedios en Estados Unidos. Todo eso ya lo sabemos de antemano, y realmente la película, levanta un poco, cuando Randall empieza a vender viagra.

    Centrémonos en como Zwick logra escaparle al bulto pesado… a esa sombra que suena tan tentadora para lograr manipular al espectador, pero que sin embargo nunca termina de tomar protagonismo (aunque es centrar para que se desenvuelva el conflicto principal: si la relación debe o no seguir su curso): esa pesadilla se llama “la enfermedad de ella”. No es cáncer, no es SIDA, no es siquiera Alzheimer (como en Lejos de Ella), sino parkinson. Enfermedad conocida si las hay, degenerativa, pero que el cine hollywoodense prefiere no tocar. Quizá sea porque no es mortal, pero nunca se ha hecho una película que trate a la enfermedad con realismo y actitud “positiva”, sin por eso dejar de lado los aspectos negativos, pero a la vez reales. Acá se trata de saber aceptar la enfermedad (uno mismo, en el caso de Maggie) y la pareja saber asimilar que si quiere tener un futuro a su lado, va a tener que enfrentar algo duro.

    Zwick no apela al golpe bajo. Ni bien aparece Maggie en pantalla reconoce su enfermedad. Por lo tanto el resto son escenas, donde se intercalan momentos de genuino humor con otros un poco más dramáticos. Especialmente, cuando empieza la segunda hora de película, el melodrama le gana un poco a la comedia, y esta empieza a caer. Pero no demasiado. Gracias a un insospechado instinto para mechar gags, escenas simpáticas, el relato logra revivir a fuerza de humor. Aunque el epílogo es un poco abrupto, la sensación final es satisfactoria.

    Gyllenhall es carismático y convincente. Se pone la película sobre los hombros y no apela a demasiados tics. Hathaway, en cambio, un poco (apenas) desplazada por el protagonista es ecléctica, pero siempre creíble. No importan los diferentes estados de ánimos que atraviesa, nunca se despega del personaje y tampoco exagera la enfermedad. Pero sobre todo es sensual… muy sensual. ¿Se acuerdan cuando esta chica era el nuevo descubrimiento Disney? Bueno, se podría decir que creció.

    Sí, no todo es colchón de rosas: hay clisés típicos, estereotipos (el hermano regordete de Randall interpretado simpáticamente por el desconocido Josh Gad, que en otros tiempos habría sido Jack Black), lugares comunes y diálogos de terror… pero aún así se disfruta. Por obra y gracias de actores talentosos, divertidos, que provocan que la audiencia se enamore de ellos y de sus inteligentes personajes.

    Dentro del elenco secundario se destacan dos grandes: Hank Azaria y Oliver Platt. También hacen breves apariciones Judy Greer, George Segal y la fallecida Jill Claybourgh.

    Zwick no tiene miedo en mezclar el parkinson, con la adicción al sexo, los negociados de fármacos, la corrupción de los médicos y el romance happyendingafter en un licuadora con bastante humor. Sin agregarle efectos especiales, sino suficientes afectos especiales. Es sutil cuando las explicaciones están de más, directo y escatológico, cuando es necesario, pero nunca abusa de ninguna de estas actitudes. Mantiene detrás de cámara una personalidad invisible, apela al montaje dinámico y transparente. Pero sin embargo, no tiene la frialdad de otras películas hechas por encargo. Hay meticulosidad en cada puesta de cámara.

    Aunque no se trata de un film adictivo, De Amor y Otras Adicciones provoca nostalgia, es menos pretenciosa de lo que parece y sobretodo es la excusa ideal para llevar al cine a la chica que te gusta… escuchar sus risas… sus llantos, y después…

    Como se hacía en los 90s…
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  • La casa muda
    La casa muda
    A Sala Llena
    El Viejo Truco de la Soga en el Baúl

    Formalmente hablando, este nuevo ejercicio cinematográfico tenía sus atractivos. Una película grabada con cámara digital sin cortes siempre es llamativo. No es la primera y no será la única. El precursor de este recurso (¿cuándo no?) fue Alfred Hitchcock. No fue ningún vanguardista de la nouvelle vague, de Alemania o de India. No, uno de los directores más industriales y respetados de la época se metió en una habitación y grabó en apenas una semana un film con pocos cortes que se escondían cada vez que la cámara iba a un objeto negro y volvía a salir. En el medio, el maestro hacía un fundido invisible al simple ojo y salía como si nunca hubiese cortado. Un revolucionario. 1948. La película: Festín Diabólico, o mejor conocida como La Soga.

    Varios trataron de emularlo con el correr de los años. El último y acaso más justificado, inteligente e interesante a nivel narrativo fue el director de Madre e Hijo, Alexander Sokurov con El Arca Rusa (2003), una recorrida por la historia rusa en un plano secuencia dentro de un museo, muy bien construida y con apenas 10 cortes indivisibles.

    Con La Casa Muda volvemos al género de terror. Tanto por estética como por narración este film uruguayo se acerca más a un film español al mejor estilo Rec, Proyecto Blair Witch, Actividad Paranormal o Cloverfield, pero acá no hay una explicación diegética de la presencia de la cámara, por suerte. Ya el seudo documental de terror no causa efecto.

    Lo primero que llama la atención es la prolijidad de los encuadres, la frialdad y la austeridad del relato. La protagonista ni dice casi palabra durante la primera media hora de duración, donde la sugestión y los recursos fuera de campo toman protagonismo. Prácticamente sin música incidental, sonidos, sombras, miradas, entradas y salidas de personajes transmiten cierto miedo o tensión al espectador.

    Como siempre, estos principios tranquilos logran ser mejores que el resto de la película. La excusa para este relato: un casero y su hija deben pasar la noche en un casa abandonada, que el dueño quiere vender, y supuestamente, la mañana siguiente arreglarla. Pero la acción no va a pasar de esa noche.

    Hernández sostiene toda la acción desde el punto de vista de Laura, la protagonista de forma inteligente. Los problemas comienzan cuando empiezan a caer cadáveres por así decirlo.

    En este punto, no solamente la actuación de Florencia Colucci empieza a decaer por llantos poco creíbles, sino que también la narración que empieza a tomar rumbos previsibles y se dilata la acción. En los últimos 15 minutos, nos encontramos con un final demasiado explicativo y complejo para este tipo de películas que involucra trata de blancas y pedofilia probablemente. ¿Por qué? ¿Era necesario? Hernández con su guionista se inspiraron en este segmente en un caso policial real y parece que “quisieron” ser fieles a este mismo.

    La narración agarra caminos difusos y confusos, tanto que en el sentido más estrictamente cinematográfico, Hernández repentinamente no sabe que punto de vista tomar… y mete una subjetiva innecesaria.

    Durante los títulos finales se devela todo lo que en los 75 minutos anteriores no estaban claros, y por si hay dudas, después de los títulos siguen las explicaciones (no a manera literal sino con imágenes).

    La inteligencia y originalidad de la puesta en escena de este tipo de películas es relativa. Por momentos, sorprende que la solemnidad primeriza demuestran al menos ciertos conocimientos cinematográficos para crear climas. Algo que no tenían ni Proyecto Blair Witch, Actividad Paranormal 1 o la primera Rec (que se parecía más a un video juego en primera persona que a una película).

    Pero exponiendo tanto argumento metafísico, el director pierde el rumbo de la película. Se vuelve pretenciosa. Es en dichos momentos, donde se debe reconocer que Tod Williams entendió lo mismo que Balagueró y Plaza, en las retrospectivas secuelas de Actividad Paranormal y Rec: que cuando el ejercicio formal - técnico se agota, uno tiene que apostar por el relato en sí, dándole acción y no explicación. En este sentido, me parece que Matt Reeves fue el más inteligente de todos con Cloverfield. Está bien, la historia era diferente, pero Reeves construyó una película, que sin perder su identidad, era vigorizante, y nunca dejaba de ser atractiva, gracias a buenas interpretaciones, construcción de personajes, y subtramas que se mechaban de forma inteligente. Claro, el genio de J. J. Abrams estaba detrás controlando todo. Y ni me atrevo a hacer una comparación con Hitchcock.

    Lamentablemente, La Casa Muda no pasa de ser otro curioso ejercicio de terror, con algunos momentos interesantes, pero que no termina bien. Claro, filmado de este lado del océano cobra mayor significado. Pero no olvidemos, que de esta lado también tenemos maestros del terror como la gente de Paura Flics y los muchachos de Farsa.
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  • Tres monos
    Tres monos
    A Sala Llena
    El Cartero Llama Tres Veces

    Una de las sorpresas cinematográficas del año 2009, particularmente fue el estreno de películas provenientes de Turquía. Con una mínima diferencia de dos semanas, se estrenaron Los Tiempos de la Vida de Yusuf Ugletsu y Lejano de Nuri Bilge Ceylan. Si bien el cine de la primera tiene mayor contacto con el estilo oriental, haciendo hincapié en las tradiciones, la relación entre dos generaciones opuestas, la estética Ceylan es mucho más europea y fría. La primera era una obra, cálida, optimista dentro de su melancolía, mientras que el segundo es más lacónico, oscuro, cínico y pesimista. Sin embargo la belleza de las imágenes, la cuidadosa puesta en escena, con reminiscencias al cine de Kurosawa (el primero) y de Tarkovski (el segundo), me daba la sensación de estar ante una cinematografía tan cinéfila como notable por descubrir, y sobre todo con una identidad particular.

    Estas películas marcaron mi entusiasmo para seguir descubriendo más obras provenientes de Turquía, y por esto mismo, vi Climas, posterior película de Ceylan tras Lejano, pero anterior en su estreno comercial en nuestro país. La belleza de esta premiada obra, superó la de la anterior. Una austeridad y nivel de sutileza y lirismo que no se ve muy seguido. Un romance basado en miradas y sensaciones, pero donde se pueden leer conflictos en los ojos de los personajes sin que haga falta decirlos.

    Los premios que obtuvo en Cannes 2009, Tres Monos, me hicieron anhelar con ansiedad su estreno comercial en Argentina, que como pasa siempre en estos casos, termina postergándose eternamente hasta que por fin llega en DVD y solo en las salas Arteplex.

    La última obra de Ceylan no posee el lirismo y austeridad que pretendía ver, pero en cambio contiene un guión más clásico en su estructura con una fuerte crítica moral a la institución familiar.

    Esto no es nuevo en su filmografía. Las familias separadas (parejas, hermanos) ya fueron tema de Climas y Lejano, pero en Tres Monos la división de este grupo se debe a causas externas: un candidato a un cargo político atropella a una mujer en medio de la ruta. Para no ir a la cárcel en medio de la campaña política, le pide a su cochero que vaya por él, que no le van a dar más de 4 meses, y a cambio va a compensarlo con una gran cantidad de dinero y mantener a su familia en el medio. El cochero acepta. En el lapso de tiempo que está encarcelado, la mujer empieza a enamorarse del político, y su hijo deja sus estudios y se mete en una pandilla juvenil.

    Las consecuencias de estos hechos provocarán una espiral de violencia en el pequeño círculo de personajes que presenta Ceylan. A pesar de ser un drama clásico sobre la moral interna, la conciencia y los dilemas de una familia, Tres Monos parece en realidad un film noir de los años 40, que pudo haber salido de una novela de James M. Cain o de una obra Jean-Pierre Melville. Es extraño que Ceylan arme una película con “tanto” argumento, dejando un poco de lado la creación de climas y, centrándose más en EL conflicto y en lo que los personajes dicen.

    Durante la primera media hora, ya empezamos a notar que el relato es mucho más dinámico que las anteriores obras de Ceylan. El montaje es más ligero, aún cuando la puesta de cámara tiene la rigurosidad, meticulosidad de Climas y Lejano. Ceylan es un gran defensor de la cámara fija, la profundidad de campo, el montaje interno, y el fuera de campo (los diálogos suceden entre paredes como las películas de Woody Allen). Eso no cambia. A la vez, fotografía como poco el horizonte entre el mar y el cielo, privilegiando los días nublados, enfuscados, logrando imágenes de gran belleza pictórica. También Ceylan mantiene, otra de sus marcas autorales: el lugar de la comida en la reuniones familiares. Es solo un detalle, pero ayudan a incrementar la verosimilitud de las escenas (no como en el cine de Hollywood, donde los personajes nunca comen ni van al baño, a menos que eso influya en la trama).

    Sin embargo en la segunda media hora, la película cae un poco en diálogos un poco melosos, y situaciones que parecen salidas de la telenovela de la tarde. Pero la última media hora vuelve a levantar con toda potencia, y se justifica el título de la película, a través de una serie de diálogos cínicos, en donde se pone en claro la hipocresía de la sociedad contemporánea, pero también surge un dilema moral: ¿qué haría uno en el lugar del protagonista? En este sentido, uno se puede identificar con los personajes. Pronto, no importa si los protagonistas son turcos o argentinos.

    Tres Monos es una película inteligente, con momentos intensos, excelentes interpretaciones de los cuatro protagonistas (llena de matices, cambios de comportamiento irrisorios, sutilezas en las miradas), pero que carece del lirismo de anteriores obras del realizador. Aún así, aunque se puede decir que es una película más occidentalizada y pretenciosas, un poco menor en relación a Lejano o Climas, también confirma el excelente momento de una cinematografía que merece ser explorada, y que en realidad no es tan lejana como aparenta ser.
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  • El vuelco del cangrejo
    Un hombre busca escaparse y llega a una extraña playa del pacífico llamada “Las Barras”, un pequeño pueblo administrado por la comunidad nativa. “Cerebro”, es el líder del pueblo. Se trata de un paraíso sin ley ni políticos. Donde la comunidad es libre y vive de alquilar habitaciones a traseuntes pasajeros que al igual que el misterioso y lacónico protagonista buscan una salida.

    Sin embargo la presencia de otro “blanco” que empieza a poner límites y quiere cambiar la tranquilidad del lugar para poner un bar y construir un complejo turístico más imperialista, aprovechándose de la “inocencia” de los habitantes, modifica la calma de “Las Barras”. El protagonista se relacionará con una curiosa nena, y la novia del otro blanco, por lo que quedará en medio de un conflicto que le es ajeno.

    Una fábula austera, filmada con solvencia y aprovechando fotográficamente el extraordinario paisaje, El Vuelvo del Cangrejo, se trata de una obra de contemplación sin demasiados discursos ni tono moralista. Sin embargo, se nota cierta pretensión por querer hacer un trabajo demasiado cuidado en lo estético e interpretativo. La solemnidad de este mismo tono, provocan que la película tome cierta distancia con el espectador y el ritmo sea un poco lento. Se trata de la visión de otra Colombia, lejos de la droga y los crímenes de Sicarios que el cine comercial estadounidense (e incluso el mismo colombiano) tratan de pintar usualmente. En cambio se trata de una obra más reflexiva y rigurosa, cuya cuidada puesta en escena la emparentan más con Los Viajes del Viento de Ciro Guerra, director que Navia, toma como cierta referencia en su filmografía. Pero Guerra apuesta más por un relato más lineal con cruce de géneros. Navia en cambio, decide ser más libre en espíritu, y difícil de encasillar en un género. Esto genera, por un lado, que se aparte de las convenciones, pero también que el relato sea menos atrapante.
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  • Sidra
    Sidra
    A Sala Llena
    Brindar por la creatividad...

    Por fin se estrena una película argentina que posiblemente recupere su inversión en dos semanas, estando solamente en una sola sala de Capital. Si dura dos semanas…

    Sidra fue la ópera prima de Diego Recalde, humorista, actor, guionista, escritor, director, etc.

    En realidad no se trata estrictamente de una película, sino de un fotomontaje. O casi, porque hay algunos momentos grabados en cámara digital.

    Cuenta la historia de dos parejas de amigos: por un lado, Nicolás y Patricio, dos estudiantes de cine del ENERC, demasiado fanáticos de Tarantino y Pulp Fiction que presentan un guión en un concurso de largometrajes del INCAA. Por otro, tenemos a Diego (el mismo Recalde), otro estudiante que deja en el mismo concurso, el guión de una película porno apta para todo público, y a Jaime, quien sospecha que se ha contagiado de SIDA porque ve en un colectivo a Mariela, una ex amante que pide monedas, diciendo que tiene la enfermedad. La cuestión es que Nicolás, también tuvo relaciones en algún momento con Mariela y tras encontrarse manchas en la espalda, también sospecha que tiene SIDA. Los cuatro muchachos irán tras Mariela para descubrir la verdad.

    A puro humor negro, momentos psicodélicos, juegos de montaje, realentados y acelerados, homenajes (o burlas) a Tarantino, Recalde crea una sátira acerca de la paranoia, la sobrevaloración de los artistas y la dificultad de filmar en Argentina (palo al INCAA). Poniendo más la atención en las actuaciones, las muecas de los protagonistas y los diálogos en off, y música que en una puesta en escena rigurosa o artística.

    No se trata de un humor con pretensiones intelectuales como los de Cohn/Duprat sino más cercano al estilo Capusotto o Petinatto (de hecho Recalde actuaba y escribía para sus programas). Además, la película cuenta con algunas sobreimpresiones logradas y efectivas para generar humor y empatía.

    Algunos críticos compararon el estilo de Recalde con el de La Jetteé de Chris Marker, lo cuál es un verdadero disparate. La obra de 1962 que influenciaría sobre Godard (hay algo de ahí en Alphaville) y posteriormente impulsaría 12 Monos de Terry Gilliam se trata de una película de ciencia ficción, con un cuidada estética, y mensaje político. Dicha obra, aunque utiliza fotomontaje también no fue la única hecha con esta estética. En muchos cineclubes y en casi todas las escuelas de cine, se pueden encontrar cortos o mediometrajes con fotomontaje. De hecho, hace varios años atrás, cuando se estrenó en el MALBA, TL1: Mi Reino por un Platillo Volador, ópera prima de Tetsuo Lumiere, previamente se exhibía el cortometraje Puta, Drogadicta, Torta, Chorra de Mariano Peralta, con la que Sidra no solamente comparte un estilo (aunque se filmó antes) sino también el humor desprejuiciado.

    Recalde se burla de la solemnidad con la que se toma el tema del SIDA (sin burlarse de la enfermedad en sí) y atina en meter referencias a los “Keystone Cops” o “Los Tres Chiflados” en escenas dentro del Hospital Muñiz. También recuerda con ironía y cinismo la censura de las películas porno de la calle Lavalle durante la dictadura, así como varias referencias al gobierno alfonsinista.

    Un humor básico y efectivo es lo que se destaca del film. Hay momentos que despilfarran ingenio (como el número musical de los estudiantes de cine barbacandado o el intervalo gay, prestar atención a los nombres) y otros que no tanto. Aunque hay muchos chistes internos que un estudiante o egresado de la carrera cinematográfica van a entender mejor (muchas referencias al ENERC), no queda la sensación de marginalidad que existía cuando uno veía UPA, una película argentina o Los Paranoicos, donde algunos chistes SOLAMENTE, los entendían los realizadores y sus compañeros de escuela.

    Tanto Luisa Delfino (muy buenas y nostálgicas sus intervenciones) como Gastón Pauls aportan buenos momentos de comicidad, pero es el recordado y querido artista plástico, Federico Klemm, quién le da el broche de oro al film.

    Sidra, es un humilde placer culpable. Quizás la entrada, termine saliendo más de lo que costó el film, pero, en realidad no importa. Si la comparamos con el resto de las novedades , no se puede dudar que es la propuesta más original y creativa de la cartelera porteña. Es tan infrecuente poder reírse con honestidad con un producto ingenioso, que el dinero no importa. Además veámoslo como una inversión a futuro, para que haya más propuestas de este estilo que puedan llegar a tener un estreno comercial (aunque sea en el microcine “Espacio Entre Paréntesis” del Complejo Monumental de Lavalle).

    Levanto mi copa y brindo con champagne por el estreno de Sidra. Y le dedico esta crítica al genial, Federico Klemm.
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  • Los viajes de Gulliver
    De la Sátira Monárquica a la Moralina Autosuperadora

    ¿Qué diría Jonathan Swift si viera lo que Jack Black le hizo a su obra más trascendente e inmortal?

    Adaptar “Los Viajes de Gulliver” a los tiempos que corren no es una mala idea. Las monarquías y los regímenes antidemocráticos siguen existiendo, y muchos países viven bajo un estado de seudo democracia, donde la autarquía supera al clamor popular.

    La intención de Swift siempre fue ridiculizar al gobierno francés e inglés, demostrando que un lider político que no escucha las intenciones del pueblo no puede dirigir un país.

    En las novelas, Gulliver era una suerte de periodista que entre personas diminutas y gigantes, enseñaba y aprendía sobre el funcionamiento de diversos gobierno, a la vez que ayudaba a crear la paz entre los mismos y sus enemigos. Obra inteligente, pacificadora, de claras intenciones republicanas.

    ¿Cuánto quedó de eso en esta adaptación de Rob Letterman (que proviene de la animación con Monstruos Vs Aliens, El Espantatiburones) con guión Joe Stillman (las primeras Shrek, Planeta 51) y uno de nuevos “genios” de la comedia estadounidense, Nicholas Stoller (director de Cómo Sobrevivir a mi Ex y Como Sobrevivir a un Rockero, editadas lamentablemente director en DVD)?

    Poco y nada. ¿Por qué? Porque la monarquía del sistema de estudios, ve en la novela de Swift un vehículo para atraer al público, mediante el uso de efectos especiales, el 3D… y especialmente Jack Black. Cualquier atisbo de subordinación o trangresión que permita al público reflexionar sobre el funcionamiento de los políticos hoy en día debe erradicado o sino exhibido de manera tan obvia y banal que termine pasando inadvertido. ¡Sí, la monarquía sigue teniendo influencia en el mundo!

    ¿Entonces sino se trata de una crítica socio política de que trata esta adaptación Gulliver? Del sueño americano, obviamente: si superas tu fallas y tenes confianza en vos mismo, te convertirás en un “gigante”, metafóricamente hablando, conseguirás a la chica de tus fantasías y ascenderás en tu trabajo… y todos felices para siempre.

    Honestamente pienso, que Gulliver podría ser llevada con más originalidad a los tiempos que corren, incluso con Jack Black, que de vez en cuando, (como demostró en Margot en la Boda, por ejemplo) puede sorprender con un rango dramático diferente a lo que estamos acostumbrados a ver de él. No tengo absolutamente nada en su contra. Me parece un comediante nato, el descendiente natural de John Belushi, con toda su desenfreno y expresividad gestual. Pero también, Black ha quedado encasillado. El personaje de Escuela del Rock, por un lado lo ha puesto en un trono de honor dentro de la comedia, pero también no lo deja avanzar actoralmente. Y esta vez, ni siquiera hay pequeñas variantes en su comportamiento (casos El Descanso, King Kong e incluso la decepcionante Año Uno), directamente Dewey Finn vuelve a la pantalla: este especie de adicto al rock, que vive decepcioando de su estado físico y que utiliza el humor para contrarrestar su vagancia y falta de autoestima.

    Su meta es conseguir la chica, no la paz nacional. Encallado en Liliput, es amarrado por este pueblo en miniatura y los protege de una posible guerra. En agradecimiento, le proporcionan todos los lujos posibles: incluido su propia Madison Square Garden donde Gulliver aparece en variantes de afiches de Broadway y de tanques hollywoodenses (de la Fox, claro) como Wolverine, Avatar, Titanic, etc. Pero dentro del guión, también Gulliver juega una suerte de Cyrano de Bergerac, cuando tiene que dar las claves a un campesino que lo ayuda con sus “batallas” a conquistar a la princesa de Liliput. Por lo tanto, esto debería ayudarlo a conquistar a su propia amada, Darcy, que se ha quedado en Manhattan.

    El guión de Stillman / Stoller, no solamente apela a todos los lugares comunes y clisés estructurales de los peores films industriales, sino que además carece humor ingenioso, apelando a chistes escatológicos tan vistos que carecen de gracia. La obra de Letterman apunta sin duda al público infantil (de ahí que se estrene doblada al castellano), pero se toma al niño como ingenuo e ignorante con una trama insulsa, personajes poco creíbles y números musicales que dan vergüenza (y encima doblados, mucho peor). De hecho el doblaje es uno de los puntos más flojos. Como en la trama se satiriza al lenguaje protocolar de los siglo XVII y XVIII, muchos términos en realidad son imcomprensibles para el oído argentino porque fueron traducidos al mexicano.

    Si bien, hay algunos momentos simpáticos (las representaciones en teatro de escenas de Titanic o La Guerra de las Galaxias, así como un imitación a Kiss), el resto de la películas es obvia, absurda (en el mal sentido), previsible, inverosimil (en el sentido no fantasioso) e incoherente narrativamente. Tiene un discurso tan directo que al finalizar, deja con una sensación de vacío angustiante. Algunos buenos comediantes y actores secundarios como Jason Segel (aburrido), Emily Blunt (parodiando a la Reina Victoria, pero sin encontrarle la vuelta al personaje: ¿es estúpida o se hace?), Amanda Peet (lejos, muy lejos de su mejores interpretaciones) y principalmente Billy Connolly (excelente actor británico que se deja humillar de esta manera es muy triste) están desaprovechados, tanto su talento como sus personajes. El mejor, en este sentido es el desconocido Chris O Dowd, que en el rol del villano, se pone la película sobre los hombros. Este muchacho tiene futuro, y en su austeridad logra una interpretación aceptable. Black provoca alguna que otra risa, pero su humor ya carece de sorpresa.

    Es una lastima que hayan desaprovechado una historia tan rica en una obra tan superficial, donde ni el protagonista, los efectos especiales o el 3D, que debían ser lo más destacable, tampoco resultan admirables. Esta adaptación de Gulliver, se centra demasiado en la primera parte del libro, y es una lástima que apenas le otorgue 5 minutos (o menos) a toda la segunda en la que el protagonista viaja a tierra de gigantes.

    Si quieren ver realmente de que trataba Los Viajes de Gulliver, recomiendo una mini serie canadiense que también puede ver toda la familia pero que no descuida el aspecto político de la obra original, es entretenida y los efectos especiales, son exactamente iguales, a pesar de haber sido filmada hace más de diez años (1996). Tiene el mismo nombre, se encuentra en DVD y la protagonizan Ted Danson, Mary Steenburguer y Edward Fox.

    A comparación de estos nombres, Jack Black se queda chiquito.
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  • El turista
    El turista
    A Sala Llena
    Para atrapar a un ladrón... aburrido

    Hace un par de años atrás Francis Ford Coppola vino a la Argentina a vender sus vinos, comprar propiedades, disfrutar un poco del paisaje nacional y según dicen, también de las mujeres que nos rodean. ¡Ah! De paso y como excusa filmó una película, supuestamente autobiográfica, a desganos, con poco sentido estético y desperdiciando a un elenco internacional cotizado que ha hecho muchos mejores trabajos que este. Sí, la película era Tetro. Un verdadero dolor para los ojos y oídos de los espectadores.

    A lo que voy, es que esta experiencia miserable, solo sirvió para que el director de El Padrino la pasara bien en nuestro país mientras tanto.

    Parece que a Florian Henckel von Donnersmarck, después de ganar el Oscar por La Vida de los Otros, le pasó algo similar. Graham King, renombrado productor de Hollywood le ofreció la historia más tonta que tenía en carpeta, le pidió que la filme con el Depp y la Jolie, acaso pensando que esta combinación atraería gente simplemente para verlos a ambos juntos por primera vez, y trasladaron a todo el equipo a Venecia para filmarla.

    Parece que el director alemán de 37 años quedo enamorado de la ciudad italiana pero se olvidó de dirigir la película y por lo tanto el resultado final es un film en piloto automático, insípido, ausente de algún sentimiento, de alguna emoción. Inclasificable por el simple hecho, de que realmente no es una comedia, no es un thriller, no es una obra romántica. Para ser honestos, es nada.

    Cuando los mismos actores, carecen de expresividad. Cuando el protagonista no cambia su rostro de monotonía durante la hora y media que aparece en pantalla, cuando la diva de turno solo guiñe y apenas mueve los labios hay algo que no funciona. No se trata de austeridad, no se trata de interpretaciones introspectivas. Se trata de falta de vida.

    No soy un fanático de ninguno de los dos intérpretes, pero considero que ambos han hecho en el pasado algunas actuaciones que justifican su fama. Depp es un clown natural, uno de los pocos que existen en el cine mainstream, pero cuando se hace el serio no provoca una sola risa. Jolie en cambio tiene una registro de actuación más amplio. Comparemos estas películas que solo toman su superficial belleza con las verdaderas grandes actuaciones de su carrera, como El Sustituto o Un Gran Corazón y vamos a entender, que la hija de Jon Voight no solo es dos ojos lindos, labios pulposos, cuerpo voluminoso y esposa de Brad Pitt.

    El Turista se basa en la película Anthony Zimmer de Jerome Salle, interpretada por dos grandes actores franceses como lo son Sophie Marceau (Corazón Valiente) e Yvan Antall (Partir). La adaptación llevada a cabo por mismo Donnersmarck, después de dos versiones que parece que no fueron demasiado satisfactorias, de parte de los prestigiosos ganadores del Oscar (esto siempre trae “prestigio” ¿no?), Christopher McQuarrie (Los Sospechosos de Siempre, Al Calor de las Armas, Operación Valquiria) y Julian Fellows (Gosford Park, La Joven Victoria) cuenta la “historia” de Elise (Jolie), la esposa de Alexander Pierce, un ladrón que le ha robado millones de dólares a un mafioso inglés (Berkoff) y es buscado por el mismo y sus guardaespaldas rusos, a la vez que por Scotland Yard por deber más millones de libras en impuestos. Elise es vigilada por el Inspector Acheson (Bettany). Un día recibe una carta de su esposo comentándole que se ha hecho una cirugía total de su rostro y que para perder el rastro de sus perseguidores elija a un “turista” en un tren rumbo a Venecia para que la policía piense que Pierce es él. Así es como Elise elige a Frank (Depp) un profesor de matemáticas como su presa. Frank se enamora rápidamente de ella, y queda envuelto en medio de las persecuciones entre el gángster, los matones rusos y Scotland Yard.

    El problema de este argumento es que realmente, en el medio, no hay ningún tipo de desarrollo. Los diálogos son vacuos y las decisiones de los personajes carecen de verosimilitud. Al final, con una línea de diálogo todo se resuelve y queda claro, pero en medio, el resto es artificialidad y tedio. Entre la solemnidad y la pretenciosidad, el director no acierta en la creación de climas. Las escenas de acción carecen de tensión y emoción, un claro error de montaje. El humor no aparece (los chistes con el idioma son ingenuos y anticuados) y las escenas románticas parece forzadas. Además el final es previsible.

    Pero el principal error es la pareja protagónica. No existe química entre Depp y Jolie. No hacen buena pareja. La fórmula no sirve. Y aparentemente, nunca ambos se sintieron más incómodos en un rol y con otra persona. ¿Por qué no eligieron a Brad Pitt esta vez?

    En el reparto aparecen brillantes actores europeo desperdiciados como Timothy Dalton, Alessio Boni (el de La Mejor Juventud), Steven Berkoff y Rufus Sewell. El único que realmente aparece centrado y convincente Bettany, que sin dar una gran interpretación, al menos divierte mínimamente.

    Si Donnersmarck quiso realizar una comedia de ladrones fina, elegante, con más romance y humor que tiros, pero sin llegar a los escatológico, no le salió. El problema es la falta de ingenio del guión, escenas monótonas y poco desarrollo de los personajes. El director podría haber tomado de modelo, la saga de La Gran Estafa, El Caso Thomas Crown (ambas versiones), pero en cambio decidió elegir a Hitchcock. Pero el maestro fue un solo, y cada vez que se quiso plagiar, el resultado fue decepcionante. Aquí, parece haberse inspirado en Para Atrapar a un Ladrón (1955). Sin embargo, de la hermosa película con Cary Grant y Grace Kelly (ahí sí había química, humor, romance y suspenso) solo quedó una escena plagiada (la mejor de la película, de por sí) cuando Depp, emulando a Grant se escapa por los tejados de Venecia en pijamas y termina cayendo en un feria de frutas, generando la confusión de la policía. Esto mismo le sucedía al protagonista del film de Hitchcock.

    Venecia es hermosa, sin dudas, y tener a Johnny con Angelina como guías turísticos es un gran honor. Pero, por favor, saquen la película que está en el medio… porque molesta.
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  • La vieja de atrás
    La vieja de atrás
    A Sala Llena
    Creatividad se busca

    Me pregunto cada vez con mayor frecuencia ¿en que se basa la creatividad de los realizadores nacionales? ¿cuáles son los criterios de elección de guiones para producir, financiar, subvencionar? ¿no se tienen en cuenta renovados impulsos estéticos, o al menos un estilo visual refrescante, renovador?

    Han pasado diez años, de la llamada nueva ola de cine argentino. Esta ola de realizadores jóvenes en su mayoría provenientes de la Universidad del Cine, se propuso “renovar” la manera de visualizar la sociedad nacional. Se trataba de una mirada más cruda y realista, acorde a los tiempos que corrían. La crisis del año 2001, fue una fuente de inspiración, una motivación para la nueva generación de cineastas saliera a la calle a filmar con lo que tenía a mano, con actores no profesionales, con escenarios reales y una mínima puesta en escena.

    Durante un lapso de tiempo este “neorrealismo” argentino influenciado por el cine nacional de finales de los ’50 y principios de los ’60… fue interesante. Los trabajos de Daniel Burman, Adrián Caetano, Pablo Trapero y especialmente Lucrecia Martel llamaron la atención no solo en territorio autóctono sino también en el extranjero.

    Tras varios años de somnolencia, el cine argentino volvía a decir presente. Y no solo triunfaba afuera en festivales, sino que también adentro podíamos disfrutar de cine genérico pero con fuerte impronta nacional, y sobretodo, creíble, verosímil, palpable.

    De ahí, el éxito de Nueve Reinas y el legado Bielinsky. Ahora bien, los artistas del neorrealismo como De Sica o Rosselini supieron como renovar su estilo con el correr de los años, adaptarse y dejar atrás el estilo cuando se hizo cansador.

    Entonces, yo me pregunto, cuál es la necesidad de una película como La Vieja de Atrás, que parece retrasar varios años.

    Estamos ante una obra inerte y fría, que se fortalece en una observación seudo realista de la vida cotidiana en pleno centro porteño, tomando como ojos de esta “realidad” a dos personajes típicos de vida social contemporánea: una pensionada quejosa (una versión “seria” de Mamá Cora con un trabajo monumental de Adriana Aizemberg), solitaria, cuyas buenas intenciones van de la mano del interés de encontrar alguien que la escuche, y apoye en las decisiones cotidianas mínimas que debe tomar, y la de un estudiante de medicina un poco vago, cobarde proveniente del interior del país que se banca sus estudios y departamento siendo volantero y trabajando en un locutorio (Martín Pirayonsky). Pronto Rosa y Marcelo, vecinos, terminarán conviviendo en un mismo departamento cuando a Marcelo lo echen del locutorio, y sin plata para seguir pagando el alquiler es tentado por Rosa para que vivan juntos. Él no tiene que pagar un centavo. Solo prestar su oreja y atención.

    Pablo Meza (Bs As 100 Km) retrata con bastante verosimilitud el mundo cruel porteño, desagradable, repulsivo y expulsivo, deprimente, en donde se mueven Rosa y Marcelo. También es un acierto que ninguno de los dos personajes sea del todo agradable. Entre el perfil discriminativo y petulante de Rosa, y la estupidez de Marcelo no se hace una. Tanto las interpretaciones de Aizemberg como de Pirayonsky, ayudan a aumentar la verosimilitud de los personajes. El problema de la película está básicamente en el desarrollo de la historia y la puesta en escena. Además hay una notable falta de equilibrio en la participación de los personajes: Marcelo tiene cierta profundidad dramática, tiene al menos un conflicto notable que lo acompaña durante toda la película, incluso en algunas subtramas como una insulsa historia de amor (desaprovechada Marina Glezer), mientras que Rosa empieza teniendo protagonismo, pero pronto queda olvidada, y no hay mayor profundidad en ella. Es un personaje superficial, banal y obvio. Aizemberg le aporta un trabajo físico increíble, y por eso el personaje se destaca más que nada, pero hay más de la actriz que de lo que el guión propone sobre la misma.

    Sabemos muy bien que de buenas intenciones no se puede hacer una buena película, y aunque un buen elenco la puede hacer más digerible, como este caso, eso no garantiza un material final satisfactorio.

    En primer lugar, la monotonía de la acción contagia al espectador, principalmente por la previsibilidad de la puesta de cámara. Los planos simétricos, rígidos, ya no son dignos de admiración en ciertos caso. Y la fotografía no ayuda a lograr el clima perfecto en este sentido. La creación plástica de los encuadres es vaga y simplona. A través de la puesta en escena, uno va decodificando cuál va a ser el final de la obra. Con cierta melancolía irónica que nunca toma protagonismo, uno se va preguntando ¿adonde va la película? Pero se trata de una retórica: todos sabemos que en el tono seco que venimos viendo, vamos a terminar con el final abierto, ambiguo e inmutable que nos tiene acostumbrado hace tiempo el cine nacional.

    Otra vez, el tema de las sorpresas va acompañado de la falta de originalidad en los guiones. Los pocos méritos narrativos de la película desaparecen ante la evolución del patetismo de los personajes y el poco ingenio de una puesta en escena muy básica, peor que sí la hubiese hecho un estudiante de primer año de la carrera de cine. Hay errores básicos y una alarmante falta de interés por parte de su realizador por querer sacarse de encima el material.

    110 minutos, es demasiado tiempo para sostener una acción basada en planos contraplanos. La cámara nunca se mueve del lugar, no toma un punto de vista y la narración cae en algunos lugares comunes.

    Si bien no se trata, a mi criterio, de un film fallido, es cierto que deja una sensación de desazón y depresión. Aquel que vive en el centro porteño, sabe lo que es ser expulsado por la ciudad, y de eso trata la obra. Ser expulsado. No pertenecer más. Aunque la sensación final es que a menos que cambien las políticas a la hora de elegir proyectos, los cinéfilos y realizadores, nos veremos obligados a autoexpulsarnos, no pertenecer, dejar el monopolio incaico y registrarnos en los circuitos alternativos y under, que filman con poco presupuesto, pero con muchas ideas. En cambio, si uno sabe lo que cuesta escribir, filmar y post producir una obra, uno se pregunta: ¿tanto esfuerzo y años de trabajo para un guión tan mediocre y visto, que solo va a ser exhibido en el Cine Gaumont un par de semanas ante jubilados que no difieren demasiado en carácter a la protagonista?

    Como dice David Lynch… atrapar una idea original es como atrapar un pez dorado, es muy inusual que suceda. A Pablo Meza, parece que el anzuelo se le quedó atrapado en el año 2001.
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  • El retrato de Dorian Gray
    Apología a la superficialidad

    Lo esencial es invisible a los ojos… y a las cámaras, a veces.

    Vivimos en un mundo saturado de imágenes, donde la belleza externa impuesta por la sociedad y los medios, son cada vez más fundamentales para ganarse un lugar privilegiado de exposición pública. Cuando vemos programas que resaltan de forma tan ampulosa el cuidado sobre el cuerpo y la imagen facial, en una época donde los cirujanos plásticos son sinónimos de fuente de juventud, la obra de Oscar Wilde, “El Retrato de Dorian Gray”, recobra sentido. En dicha novela, el magistral escritor inglés crítica la visión superficial de las altas clases inglesas sin pudor, pero con elegancia y la sutileza que caracterizaban su literatura.

    La historia de un hombre que hace un pacto con el diablo, por obtener la juventud eterna. Este diablo es él mismo, su alma, su espejo.

    Ante esta denuncia y debido a las sugestiones sexuales que incluyó dicha obra de 1890, el autor fue tratado como un criminal.

    Hoy en día, su obra ha cobrado resignificación y supuestamente la lectura implícita debería ser motivo de análisis profundo en otras ramas artísticas, por ejemplo, el cine.

    Si bien, la versión más recordada es la de Albert Lewin en 1945, se realizaron numerosas adaptaciones hasta llegar a la última, dirigida por Oliver Parker. A primera vista no hay mejor elección. Parker ya adaptó en los primeros años de su carrera a Sheakspeare en Otelo, y a Wilde en Un Esposo Ideal y La Importancia de Llamarse Ernesto. Pero en los últimos años, y tras una interesante película acerca de la vida de Orson Welles en Italia y España (Fundido a Negro), se dedicó a dirigir comedias mediocres, inclusive una secuela de Johnny English. Debido a esta devaluación de su obra, considero que salió esta decepcionante adaptación de Dorian Gray.

    La historia es muy conocida, Dorian un joven campesino llega a Londres donde acaba de heredar el castillo y la fortuna de su abuelo. Enseguida, empieza a entrar en los círculos sociales de las clases altas, y un tal Lord Wottom lo introduce en el mundo de los vicios: drogas, burdeles, orgías… solo falta el rock and roll. La petulancia, soberbia y narcisismo que va ganando Dorian lo llevan a retratarse por un amigo. Cuanto mayor es su ambición por quedar joven y sus vicios se acrecentan, e incluso lo llevan a cometer asesinatos, el retrato envejece y monstrualiza.

    El grave problema de esta adaptación de Parker, pasa por serios problemas de no saber como adaptar aquello que es sugerido a imágenes, y construir una película que empieza mostrando con bastante detalle la pobreza y miseria de la Londres victoriana contrastante con los lujos de Dorian para decidirse definitivamente llevarlo por el camino del cine de horror convencional, y peor aún, en un relato moralista, que presenta el perfil homosexual del personaje como si fuera un pecado. O sea, Oscar Wilde, criticaba el pensamiento conservador pro eclesiástico de la sociedad inglesa. Parker, en cambio, parece respaldarla. Vergonzoso e inclusive peligroso a niveles sociológicos.

    Más allá de este pensamiento meramente ideológico, Parker se enamora de los efectos especiales para construir la Londres de 1890, se empalaga con detalles de decorados, vestuario y maquillaje, y descuida totalmente los aspectos narrativos. La película carece de sorpresa y misterio. El retrato en sí, aparece tantas, pero tantas veces, que el final es completamente previsible, y risible. Además de respetar en un excesivo tono teatral los diálogos de época, no ayuda la falta de profundidad dramática e inverosimilitud interpretativa de Ben “Príncipe Caspian” Barnes. La elección es coherente. Se trata de un intérprete tan superficial que, su retrato diseñado por efectos especiales, hace una mejor actuación. Es muy triste ver excelentes secundarios como el gran Colin Firth, Rebecca Hall, Ben Chaplin y la subvalorada Caroline Goodall (La Lista de Schindler, Corazón de Héroes) tan desperdiciados. Por supuesto, Firth, con mayor protagonismo resalta sobre el resto, pero la película y el personaje obviamente endemoniado no le hacen justicia a su capacidad actoral.

    Es irónico que una obra que critique la predilección por la superficialidad, termine teniendo una adaptación que se regodee en ella. Si así es la película, lo que será su “retrato”.
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  • Noches de encanto
    Noches de encanto
    A Sala Llena
    La Suma de Todos los Miedos

    Si alguien me hubiese dicho que Noches de Encanto formaba parte de la serie Scary Movie o las sátiras a las películas de Hollywood que terminaron por abrumar la pantalla, el resultado final, al menos me hubiese parecido coherente, razonable.

    Ahora bien, la intención del casi desconocido, Steve Antin fue la de crear un musical de verdad… ¡el musical del año! Y como no adquirió los derechos de ninguna obra de Broadway, decidió crear su “propio” musical, lo cual no es lo mismo que decir que se trata de un producto original. De hecho se trata de una de las más grandes estafas de la historia del cine.

    Alguno me podrá decir… bueno, quiso hacer un homenaje… agrupó, citó obras emblemáticas del género en una sola, derivando en un producto cinéfilo, o de culto. A lo Tarantino o Rodríguez…

    Pues tampoco, cuando el robo es solo robo, la calidad del material no solamente es insatisfactorio, sino que también deplorable. Existe, el homenaje, Tarantino / Rodríguez y esta vergüenza ajena, que algún día, alguien va a rescatar como uno de los peores musicales de la historia del cine, comparable a Xanadú.

    Pero sobretodo, lo peor del film, no es acaso, la banal, obvia, superficial imitación a musicales exitosos provenientes de la década del ’70 hasta hoy en día, sino la incoherencia narrativa y audiovisual de la película. O sea, cada obra, por más inverosímil que sea, por más fantasía que interceda, por más libertades “creativas” que se tome, tiene una cierta coherencia. El producto final es coherente. Pero, Noches de Encanto, incluso, desiste inconcientemente de este factor. O sea, Steve Antin no es David Lynch, al que poco importa darle un sentido diegético a sus obras (aunque en realidad todas la tienen en un universo propio, coherente). Ni siquiera se puede decir que Antin trató de modernizar el género dándole una estética propia, kitsch, video clipera, como Baz Lurhman con Moulin Rouge, Amor en Rojo. Admito que esta película nunca me gustó, me aburrió y me parece que ni siquiera merece llamarse musical, porque se trata de un video clip de dos horas. Pero también confieso que en ese desenfreno por el exceso de colores, encuentra un estilo, una estética y una intención original, de autor.

    Steve Antin a falta de talento e instinto artístico, únicamente roba a mano armada de todas las obras musicales que nos han enamorado en los últimos año.

    Ali es una mesera huérfana (ni siquiera Annie se salvó) de Iowa, que de la noche a la mañana se va a Los Angeles para cumplir su sueño como bailarina y cantante. Dicho comienzo no es tan malo. La estética ochentosa supondría un homenaje interesante. Pero cuando llega a la ciudad, sabemos que veremos un desastre atómico en pocos minutos.

    En el medio de los rascacielos aparece el Burlesque, que poco y nada entona con la arquitectura del resto de la ciudad, ya que parece más un burdel de los años ’30 de algún estado sureño. Creo si hay algún arquitecto entre el público, Antin ya lo habrá echado. El mismo tiene deudas económicas, pero sus números musicales y bailarinas parecen salidas del Moulin Rouge. En el medio de coreografías típicas de Bob Fosse, aparece cantando Tess, una Cher que apenas se puede mover y que ha perdido alarmantemente su voz. Ali, conseguirá trabajo en el Burlesque, al principio como camarera gracias a un joven barman, aspirante a compositor que además le da vivienda y después como reemplazo de la estrella del burlesque, Nikki (Kristin Bell). Lo que Ali aporta al Burlesque es una voz de “verdad” porque hasta ese momento todas hacían fonética. Al principio esto parece un error cinematográfico, cuando se aclara, todos decimos… “ahhh estaba todo pensado”, pero es llamativo que cuando Ali “canta” (en la diégesis del film), Christina Aguilera, la intérprete, también hace fonética. Si esto no es error de dirección / producción, ¿qué estamos viendo?

    Se sumará a la vez, la lucha de Tess por no perder el club ante el banco, y ante un empresario inmobiliario, comprador de “vistas y aire”. Acaso esta información es la más intrascendente pero llamativa del film.

    Con número musicales poco inspirados, robados de Cabaret, Moulin Rouge, Chicago, etc, Noches de Encanto, es un híbrido poco creíble, que no enamora, asquea por su grasitud e indigna por su falta de respeto al género.

    Incluso el casting resulta poco inspirado. En un pequeño papel aparece Alan Cumming como ¿el maestro ceremonias de Cabaret? Como Joel Grey está avejentado, Cumming, quien hizo el personaje en Broadway lo repite acá con menos inferencia… y de forma completamente innecesaria (¿por qué esta ahí el número “Two Ladies” y sin letra?) También aparece (y por lejos es lo mejor del elenco) Stanley Tucci repitiendo el personaje de El Diablo Viste a la Moda. Y hasta ahí los destacados. Es muy pobre lo de Peter Gallaher, Kristin Bell, James Brolin, Eric Dane, el joven Cam Dameget (que constantemente parece sacado de afiches de prendas de vestir o perfumes), Cher (esta mujer fue una de las mejores actrices de los años ’80, es cierto, aunque tambien es posible que estemos ante la presencia de su Avatar) y especialmente Christina Aguilera. Es verdad, su cuerpo prefabricado es hermoso, sus ojos son muy lindos (mas no su cara) y su chillón timbre de voz es intenso, pero esta chica en su vida tomó una lección de interpretación o ha visto una actuación en cine. No puede ser que pase de la sobreactuación dramática a la impavidez sin tener otros registros interpretativos. Aunque es cierto, que todo lo malo de su actuación es mejor que el trabajo de Cher.

    Y no me vengan con las luces, el vestuario o el decorado. Todo aparenta ser lindo si tiene tanto photoshop.

    Pretenciosa, patética, desprolija, ingenua, demagógica, torpe, inepta, intolerable estupidez que no merece ni siquiera ser llamado film de culto, Noches de Encanto es un producto que muy temprano se empieza a ganar el título de Peor Película del 2011. Y si no lo es, el año que nos espera…
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  • Imparable
    Imparable
    A Sala Llena
    Con los testículos en la garganta

    Es imposible no reconocer un film de Tony Scott. Ni Spielberg, Godard o Bergman son tan fieles a sí mismos a nivel visual como lo es Tony Scott. Basta ver un plano para reconocer uno de sus films. El hermanito de Ridley ha construido a lo largo de 30 años de carrera, una de las filmografías más regulares de la historia del cine en general.

    Tiene grandes trabajos entre los que podríamos contar a gemas del thriller como Top Gun, Escape Salvaje, El Ultimo Boy Scout, Juego de Espías, El Fanático, Un Detective Suelto en Hollywood II o Enemigo Público y otras que no fueron tan satisfactorias como Domino, Revancha, Días de Trueno o Deja Vu. Y ni hablar su genial ópera prima, El Ansia. En el medio podríamos ubicar a Marea Roja, Hombre en Llamas, la remake de Rescate del Metro 123. Mientras que Ridley es el pretencioso, que siempre se balanceó entre los géneros épicos (Gladiador, Cruzadas, Robin Hood), la ciencia ficción y fantasía (Alien, Blade Runner, Leyenda), inclusive mediocres comedias (Los Tramposos, Un Buen Año) o películas inclasificables (Hasta el Límite, Thelma & Lousie, Hannibal) desorientando a críticos y cinéfilos (en todos los géneros tiene alguna obra destacable y en todos una deplorable), con Tony no hay tanta discusión: el hombre conoce su oficio y hace el mismo género hace tanto tiempo y de taquito. Cualquier pifie, termina siendo perdonable. Nadie busca en sus obras, LA película del año, sino un agradable pasatiempo. Una distracción que divierta y mantenga atado al espectador a la butaca. Y cuando se dice que nuevamente, contará con la presencia de Denzel delante de la cámara, podemos garantizar que el trabajo estará a la altura de las expectativas.

    E Imparable no está a la altura de lo que se esperaba. La supera. Si con Rescate del Metro supo meter al espectador en tensión constante gracias a un inteligente duelo de personajes, Imparable es un ejercicio cinematográfico de lujo. Una clase de montaje y de cómo construir suspenso a partir de ello. Los protagonistas de la película son los trenes y el azar. Una serie de eventos desafortunados, parte de culpa humana y parte de mala suerte provocan que una locomotora que lleva vagones repletos de compuestos químicos se ponga en funcionamiento sola. Encima, el maquinista no dio a tiempo de enchufar los frenos. Al mismo tiempo Scott nos presenta dos historias paralelas: un veterano maquinista (Washington, sólido, preciso y con todos los tics y manías que lo caracterizan), que debe mostrarle el trabajo a un joven nuevo empleado (Chris “Capitán Kirk” Pine, cada vez mejor actor) que puso en los rieles, el sindicato. Más allá de las previsibles fricciones iniciales, ambos serán los héroes ocasionales de la historia. Y la química entre los actores funciona perfectamente (otro mérito en toda la obra del director). Además Scott para acrecentar la tensión nos pone en la vía del tren “imparable” otro repleto de chicos. Y ahí, en los pocos minutos que dan comienzo al film nos anuncia que estaremos frente a uno de esos thrillers que le gustaban a Hitchcock, pero que el nunca hubiese hecho. Scott constantemente juega con el conocimiento del espectador y el desconocimiento de los personajes.

    Acá no hay obvios villanos (más allá de un corporativo de la empresa ferroviaria), sino la clásica lucha del hombre contra el tiempo. Como siempre, los protagonistas de Scott son personas sufridas que han pasado por cuestiones delicadas en el pasado y tienen la oportunidad de redimirse. Acá no es la excepción y este aspecto de los protagonistas, ayuda a humanizarlos. Que hay lugares comunes, clisés y diálogos imposibles, es cierto, para también es verdad que no molestan, dadas las circunstancias. Acá, lo importante es saber como los protagonistas, con la ayuda de algunos personajes fuera de las vías, van a poder detener el tren.

    Scott da poco descanso. La adrenalina va in crescendo hasta el punto de que el espectador mismo está saltando por los vagones junto a Denzel y Chris. Básicamente, Scott nuevamente provoca que tengamos que vivir una hora y media con los testículos en la garganta.

    Como vuelvo a decir los méritos no provienen únicamente de Scott y su buen instinto para montar la cámara y la películas, sino que también de los editores, Chris Lebenzon (acostumbrado a trabajar también con Tim Burton) y Robert Duffy, así como de Ben Serensin, el director de fotografía capaz de generar los climas fríos que Scott siempre busca en sus obras y de Harry – Gregson Williams que aporta una banda sonora a puro nervio, pero que en ningún momento sobrepasa en tensión a lo que Scott muestra con la cámara.

    En la semana que perdimos al creador de mejor persecución de la historia del cine (Peter Yates por Bullit), Scott da una clase sobre persecuciones, que hace recordar un poco a la de Contacto en Francia. Gene Hackman siguiendo al tren. Lo que en aquella duraba 10 minutos, acá es toda una obra.

    Intensa, divertida, clásica e inteligente. ¿Cuanto es real de la historia, cuanto ficcionado? La verdad, no importa. Tony Scott, un autor, artesano del género, nos regala un excelente ejemplo de por qué los thrillers siguen siendo un placer culpable de cualquier cinéfilo.
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  • Somewhere - En un lugar del corazón
    Torrentes de Amor

    Ahora sí empezó el Festival de Mar del Plata. Alfombra roja, lunch abundante, presencia del jet set argentino (pero con figuras menos relevantes a comparación del año pasado) y por supuesto los discursos inaugurales, a cargo del Intendente Pulqui, el Gobernador Daniel Scioli, la Presidenta del Incaa, Liliana Mazure y por supuesto, el Presidente Artístico del Festival, el Gran Maestro José Martinez Suárez. En una ceremonia austera y protocolar, el Presidente hizo gala de su buen humor. No necesitamos conductores, José sigue siendo el más divertido.

    Después de hacer un comentario con doble sentido sexual, aclaró: “Se sospecha que quieren que esté para las Bodas de Oro (este año se celebran las Bodas de Plata del Festival) y haré lo posible para que así sea”.

    Tras ver un corto en el que se homenajeó la historia del cine nacional desde su primera película muda acerca de la Revolución de Mayo hasta mostrar fragmentos de Nueve Reinas, Un Oso Rojo, Dos Hermanos, y por supuesto, El Secreto de sus Ojos, se dio pie a la función de Apertura.

    La elección de este año fue nuevamente un film “independiente” estadounidense. Recordemos que el 2008 inauguró con Vivir al Límite de Kathryn Bigelow y en el 2009, Un Hombre Serio de los hermanos Coen (ambas compitieron irónicamente este año por el Oscar, triunfando la primera). Ambas, en lo personal, me resultaron excelentes películas, que superaron al 80% de las participantes en el Festival.

    Este año, posiblemente se haya bajado un peldaño, aunque nuevamente se trate de una elección muy acertada.

    La película en cuestión fue Somewhere, en un rincón del corazón. Cuarta obra consecutiva de Sofia Coppola.

    Nuevamente la hija de Francis Ford hace hincapie en sus dos principales obsesiones: la soledad en personas que tienen TODO servido en bandeja, y la relación padre – hija.

    Si bien esta vez, estos aspectos ocupan mucho más el primer plano a comparación de Perdidos en Tokio o María Antonieta, y con menos pretensiones artísticas que ambas y Las Vírgenes Suicidas, Sofía hace su película, en apariencia, más improvisadas y desestructurada, buscando incesantemente darle un sentido a la vida de su alter ego, Johnny Marco, una mega estrella internacional (como Bill Murray en Perdidos), recluido en un hotel de modelos y actores (hay un cameo de uno interpretándose a sí mismo), enyesado, playboy y mujeriego interpretado con un naturalidad, calidez y austeridad digna de una nominación al Oscar por el subvalorado Stephen Dorff. Johnny, además debe viajar para dar conferencias, recibir premios, hacerse moldes para efectos especiales… O sea todo lo que hace un actor cuando no está filmando. El resto es demasiado tiempo libre... para hacer nada, y cuanto más inútil es el personaje más pierde su identidad. No importa cuantas mujeres se le tiren encima, Johhnny es triste, solitarios y final. Hasta que llega Cleo, su hija, y previsiblemente le cambia la vida… y él a ella.

    Durante 85 minutos de los 95 que dura, Sofia Coppola (quien quedó marcada por la falta de atención que le brindó su padre, y quizás por esa culpa interna Francis produjo esta obra) construye una comedia dramática, lacónica, meláncolica, filosófica y existencialista, menos obvia, previsible y más austera y sutil que Perdidos en Tokio, película con la que tiene mayor similitudes. La sencillez y la química de Dorff/ Elle Faning (mejor actriz que Dakota) es excepcional, pilares de la obra, pero también lo son el timing lento pero no aburrido, y la estética elegida. Similares a las que usaba el setentosos John Cassavetes o Hal Ashby. La elección de colores, la cámara fija, el uso del fuera de campo, la falta de explicación. Como si todo se tratara de un viaje improvisado. Además parece notarse cierta influencia de Torrentes de Amor (1984), la última y mejor película de Cassavetes, donde como en el resto de su filmografia, insistia en explicar la busqueda de amor, en relaciones no del todo ortodoxas. En este caso, el amor fraternal, sin que esto se relacione con lo incestuoso. Pero en Torrentes… lo que era muy interesante era la relación entre este actor alcohólico difícil de tratar (Cassavetes) y su sobrino. En Somewhere, sucede algo similar con la relación Johnny – Cleo.

    En los últimos minutos, sin embargo, Coppola hace explícito aquello que no hacía falta explicar, y el final, un poco complaciente con el espectador, no dan pie a que el mismo pueda sacar conclusiones más amplias. Un desenlace más abierto hubiesen dado como resultado un riesgosa obra maestra.

    Igualmente, estamos ante una obra reflexiva y madura de una directora que decide contar siempre lo mismo, pero desde ángulos distintos: personajes perdidos… no en sentido diegético o dialéctico, sino figurativo existencial. Perdidos en la vida. Sin identidad.

    Siguiendo los pasos del padre, además, Sofía hace una gran sátira a la fama, los premios y la industria del cine. Se destaca la banda sonora, donde se hace mucha referencia a la soledad.

    Si bien no se trata de una película mayúscula (el León de Oro en Venecia fue un poco exagerado), está más que justificada su elección como Función de Apertura del 25º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.
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  • Los santos sucios
    Los santos sucios
    A Sala Llena
    Cosa de Mandinga

    Sabemos muy bien que cuando se intenta hacer cine de ciencia ficción en Argentina, los resultados generalmente bordean lo grotesco. Hubo solo una y solo una película “futurista” que supo entender que para hacer un cine inteligente, intelectual, fantasioso no se necesitan efectos especiales, sino pensar más allá con lo que tenemos más acá.

    Los decorados son muy importantes, al igual que el vestuario, el maquillaje, sonido, montaje, etc, pero sin una buena anécdota que justifique el cuento nos quedamos varados en Pampa y la vía. La única y verdadera (y le pido disculpas a Fernando Spiner, que intentó realizar dos películas de ciencia ficción… y dentro de todo fueron interesantes) joya de la ciencia ficción nacional fue escrita por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, dirigidas por un joven llamado Hugo Santiago. Se llamó Invasión. Dicha obra, que data de 1969 inspiraría a El Eternauta de Oesterheld, y aunque parezca irrisorio, influenció sobre los Hermanos Wachowsky a la hora de crear Matrix.

    Ahora bien, sacando a los GENIOS de Farsa, pocos se animaron a realizar ciencia ficción en nuestro país. Ya nombré a Spiner, cuya ópera prima, La Sonámbula era bastante interesante, aunque su segunda obra, Adiós Querida Luna, era un pretendido grotesco porteño. Quizás más interesante e innovador fue el caso de La Antena de Esteban Sapir. Pero aún así estos casos no parecen estar demasiado relacionados con la ciencia ficción… Y tampoco es el caso de Los Santos Sucios.

    Tercer largometraje de Ortega, quién había transitado un camino costumbrista en su ópera prima (que filmó con apenas 20 años), Caja Negra y un ensayo más existencialista en la segunda obra, Monobloc.

    Esta vez parece acercarse más a este último, pero con influencias de algunas películas estadounidenses, ciertos climas rusos, personajes de Leonardo Favio y cierta metafísica subielista.

    El principio remite a Terminator. Letras rojas rezan que después de una guerra que terminó con casi todo, quedan pocas personas en la Tierra, que para sobrevivir, deben cruzar un río. Cielo (Ortega) es el narrador de la historia. Un joven optimista que quiere salir del terreno ruinoso de donde vive, junto con su “amigo” y guía por el mundo, Rey (Urdapilleta). Cielo se pregunta constantemente que fue de su pasado y peor aún, que le depara el futuro… El picaporte (literalmente) para entrar en un terreno de “libertad” tras cruzar el río, la tiene El Mudo (Seguel) un joven con un extraño corte de pelo a lo Monzón, pero con mayores similitudes con el Anton Chigurh de Javier Bardem en Sin Lugar para los Débiles de los Coen. El guía será un viejo sabio, encargado de tocar las campanas de un viejo monasterio, acaso el único sonido humanos que queda. Por último, los acompañará en la travesía, un enano, que nuevamente remitirá a Soñar, Soñar.

    Sin embargo para salir tendrán que unirse, tener confianza uno en otro, y no dejarse tentar por El Mono, acaso el mayor de los peligros: una mujer (Martina Juncadella)

    Ortega construye entre Colón y los restos de la fábrica Liebig en Entre Ríos, una tierra devastada bastante creíble, que guarda más de una reminiscencia con el mundo destruido en el que deambulaban Viggo Mortensen con su hijo en La Carretera de Hillcoat. A la vez, esta misma atmósfera remite un poco al trabajo de Alfonso Cuarón en Niños del Hombre. En ese sentido, sumado a la dirección de arte de Anna Carnovale y la fotografía magistral de Bill Nieto, el film sorprende. Hay efectos especiales generados por computadora (como una patrulla que pasa a la velocidad de la luz o fondos de una ciudad destruida) que logran generar una sensación de desazón y justifican su presencia. El problema son algunos elementos narrativos impuestos, diálogos inverosímiles y remanidos, situaciones tan surrealistas que bordean lo grotesco o bizarro, que la bajan de categoría a la película.

    Si la intención de Ortega fue hacer un film serio y solemne sobre el fin del mundo, y como unos pocos sobrevivientes deben saber convivir, tenerse confianza mutua, superar la locura y los miedos juntos, no lo logró. Lo visual toma protagonismo siempre, y las intenciones hacen quedar a la película como una obra pretenciosa que parece haber sido filmada a principios de los ’90. Ahora bien, como obra bizarra y de autoparodias, la película funciona mucho mejor. O sea, no demos más vueltas, se trata de un film clase B.

    Por momentos las risas son intencionales, pero hay lapsos donde se nota que el director había perdido completamente la brújula, el rumbo de la historia.

    ¿La soledad es un crimen, un castigo, una esperanza al final? No se sabe. Ortega juega con sarcasmo sus piezas. A veces, se come fichas del espectador y otras, se lo comen a él.

    Excepto por la presencia del director, que debería haberse quedado detrás de cámara, las interpretaciones son aceptables. Urdapilleta se vale de las mejores herramientas que tiene en su haber y el resto cumple con el personaje.

    Tiempos muertos, idas y vueltas, y una estructura poco sólida provocan que Los Santos Sucios no logre captar la atención de espectador en todo momento.

    Sin embargo, me quedo con el esfuerzo y las primeras intenciones. Como director, Ortega demuestra tener un buen ojo para elegir encuadres y armar planos. Sus obras son más que nada pictóricas. Pero todavía le queda profundizar, mejorar y bajar un poco las expectativas de sus historias y guiones.

    O quizás estemos frente al nuevo Roger Corman o un Edgar Wright argentino, que pretende seguir haciendo estos híbridos existencialistas.

    Lo único que me quedó claro es que siempre es bueno tener una lata de extracto de carne, cerrada en la alacena.
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  • La epidemia
    La epidemia
    A Sala Llena
    Adiós a las armas

    John Carpenter hace cine de terror. Wes Craven hace cine de terror. Darío Argento hace óperas de terror. Takashii Mike ya es repugnante (pero en el buen sentido). Roger Corman bordea entre la comedia y el terror, lugar donde se puede incluir, por ejemplo a Sam Raimi y Peter Jackson en sus primeras y mejores obras o los chicos de Farsa.

    Pero George A. Romero hace dramas políticos, disfrazados de películas de horror, lo cuál es una falacia, porque en realidad cada película de Romero está inspirada en un western. La mayor relación que tiene Romero con el terror es cuando adapta cuentos o novelas de Stephen King, que en realidad no dejan de ser dramas psicológicos.

    Por lo tanto George A. Romero no hace cine de terror. El morbo, las tripas y la sangre no hacen al género de terror. Mondo Cane es horrible, pero es un documental.

    Y eso es algo que nunca entendieron aquellos que buscan hacer remakes de películas de Romero. Ese es el punto que más fallaba en la remake de El Amanecer de los Muertos del sobrevalorado Zack Snyder.

    Una película que crítica la práctica del consumismo, la influencia de los noticieros, el capitalismo más salvaje y la adicción a la violencia, más que una película de terror es un documental de Michael Moore, pero Romero le agregaba zombies, vísceras y la transformaba en una divertidísima e inclasificable obra maestra.

    Snyder, en cambio, con su estilo cool y video clipero la convertía en un impresionable y tensionante film de horror, efectista, previsible y con muertos vivos que corrían a los protagonistas.

    “Si vos te despertás de la muerte, ¿de donde sacás energía para correr?” – decía Romero refiriéndose a la remake del film de 1979 y a Exterminio – “ ¿Acaso los zombies toman jugo de naranja, un energizante o se inscriben en un gimnasio para estar en forma?”

    El humor ácido pero punzante y real, del director es algo que no falta en ninguna de sus magníficas obras tampoco.

    Todos estos argumentos sirven para explicar porqué La epidemia, si bien no es decepcionante, se suma a la larga lista de films industriales, hechos por encargo; una de terror más para ver un sábado a la noche en compañía de un/a novio/a y/o amigo/s.

    El film original era realmente una aplanadora de emociones. Empezaba con toda la fuerza. En sí no tenía principio siquiera. Uno iba entiendo lo que pasó en el pueblo a medida que iba avanzando el relato de estas personas que se tenía que escapar de su ciudad natal, porque las fuerzas militares imponían una rígida ley marcial por pandemia de “locura”. Locura… generada químicamente por ellos mismos y contagiada a la población de este pueblo granjero a través del agua. Los malos en esta obra no eran tanto los “locos” como los militares y la adicción a la violencia que tienen los estadounidenses más conservadores.

    Romero se quedó adentro del cuerpo de un joven anarquista hippie revolucionario y su grito de protesta son sus films (igual que Godard), solo que en vez de ensayos hace terror con muertos vivos, pero particularmente no hay diferencias. A Romero no le interesa tanto la forma, como el fin… como el mensaje final, incluir grandes dosis de ironía, cinismo y humor negro, con algo de melancolía pesimista, solemnidad, morbo y mucho, mucho clase B.

    Todo lo lindo e imperfecto del cine de Romero, Eisner lo pierden en esta escuálida remake.

    El comienzo es prometedor. La historia se desarrolla rápidamente y con ritmo hasta llegar al conflicto principal: el encuentro con los militares. Hasta ahí estamos bien. O sea, si están los típicos efectos de sonido y música que ayudan a acrecentar el suspenso, y los gritos de susto en las plateas. Linda fotografía, lindo maquillaje y un interesante protagónico de Olyphant (un actor interesante que compuso al villano de Duro de Matar 4). El personaje de este alguacil honesto e idealista recuerda un poco al de Will Kane (Gary Cooper) en A la Hora Señalada, lo cual emparenta nuevamente al cine de Romero con el western. De hecho, Eisner (cuyo única antecedente es la flojísima Sahara) copia al mejor plano de A la Hora…

    Hasta la demorada aparición de los militares estamos bien. Ya nos pegamos un par de sustos, nos tensionamos con una muy buena escena en una funeraria y nos dimos cuenta de la mano romeriaza (esta vez superviso la película porque figura como productor ejecutivo) cuando pone de manifiesta la critica hacia tres cazadores furtivos.

    El problema es la persecución, aquello en lo que Romero se esmeraba más en desarrollar en el film original. Si bien los militares siempre están dando vueltas por ahí, amenazando con matar a la pareja protagónica: el alguacil y su esposa (la hermosa y brillante actriz, Radha “Melinda” Mitchell), con su comisario (Anderson) y una chica que cayo en el medio (Panabaker), los verdaderos perseguidores terminan siendo “los locos”. Si no estabas contagiado, te contagian. Una fábula que debería ser más política y social, acerca de la paranoia, la forzada claustrofobia, etc., se transforma en una banal obra más, del montón sin destellos de personalidad, con alguna que otra ingeniosa escena de suspenso (me gustaron individualmente las escenas del hospital, del lava autos y la de la estación de servicio como si fueran viñetas independientes de la película) y tensión constante.

    Está bien. Pido demasiado quizás. Eisner hizo un film distinto. No es Romero ni esperaba que lo sea. La Epidemia tiene su independencia, tiene su fidelidad y produce tensión, aún con sus lugares comunes, clisés, frases inverosímiles y personajes de cartón. Los climas están bien logrados y las interpretaciones de Olyphant y Mitchell, si bien no están a la altura de trabajos anteriores, convencen. No la pase mientras la veía (todo lo contrario, me sentía cómodo y entretenido), pero el efecto posterior es lo que te cuestiona la calidad del espectáculo que viste. ¿Es realmente tan bueno… o tan malo?

    Esta mañana varios críticos la lapidaron y subvaloraron el género, lo cuál me produce tristeza porque me gustan los films de terror. Hay muchos que tienen algo que decir, y más me produce tristeza que no hayan visto el original que SI tenía algo que decir.

    Acá no. Eisner no cuenta algo nuevo. Los militares y la adicción a la violencia son secundarias (en ese sentido lo más cercano a Romero fue la secuela de Exterminio, una película muy política antimilitar dirigida por un español con Jeremy Renner). Importa solo el efecto. Cumple, aún cuando el final del film es DEMASIADO inverosímil y hollywoodense (y visto).

    Pero George A. Romero está detrás. Algo queda de su magia, pero la mayor parte no. ¿Dónde está el espíritu anárquico? ¿Dónde está el incómodo, absurdo y melancólico humor negro? ¿Dónde está la crítica política, económica, social, militarizada de sus propias obras? ¿Se nos estará aburguesando o estará juntando la plata para realizar su próxima gran creación política con zombies asumiendo cargos legislativos, ejecutivos o judiciales?

    Me juego que esta opción es la adecuada y Romero no se vendió. Solo ahorrando. Espero que de resultados. Sin duda, a él lo voy a seguir. Eisner ya es parte del olvido.
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  • Enredados
    Enredados
    A Sala Llena
    La fórmula todavía funciona…

    Hay secretos que hoy en día todavía se mantienen bajo llave: la fórmula de la Coca Cola, la de las hamburguesas de Mac Donalds (por suerte) y como hizo Walt Disney para crear esa magia que aún hoy en día sigue enamorando a grandes y chicos. Muchos creyeron que con la muerte (su criogenización es un mito) del creador del ratón Mickey, la magia se había evaporado. El tiempo demostró que si bien los productos no alcanzaron los niveles que se esperaban tras su fallecimiento, la magia para muchos seguía existiendo. O, al menos trataban de imitarla. Los mejores trabajos desde entonces se dieron durante los años 90 gracias al éxito de las adaptaciones de cuentos clásicos. O sea, una de las razones por las que Walt supo capturar a la audiencia es porque se inspiraba en cuentos infantiles como los de los hermanos Grimm para crear sus películas (Blancanieves). Justamente cuando Ron Clements y John Musker le dieron una segunda vida a los estudios, se volvieron a inspirar en un cuento de Hans Christian Andersen, como fue La Sirenita (1989). Lo mismo sucedió en los años sucesivos con La Bella y la Bestia, Aladdin, El Jorobado de Notredame, etc.

    Pero de a poco, los estudios empezaron a apostar por historias modernas, más “originales”, futuristas, etc que terminaron perdiendo a la audiencia, más que nada, por la falta de ideas, del humor que lograba contagiar y empatizar con el espectador. Pronto, no fueron las películas “Disney” tradicionales las que atrapaban al público, sino las de una subproductora que intentaba explorar los recursos de la animación digital: “Pixar”. La cuestión es que con sus obras completamente originales que lograban mezclar ternura, humor e inteligencia narrativa, el clan conformado por Lasseter, Stanton y Bird principalmente, revivió la fórmula de Disney para hacer magia y captar el mayor número de espectadores en una obra animada. Por lo tanto, si los animadores más veteranos fuera de “Pixar” querían seguir trabajando debían recurrir a al menos uno de ellos en asesoramiento para llevar a cabo los nuevos proyectos. John Lasseter salió al rescate y ahora, cuando vemos una película de Disney que no se relaciona con “Pixar” podemos decir que la magia está de vuelta. ¿Y por que La Princesa y el Sapo o Enredados funcionan? No es solo porque Lasseter figura como productor ejecutivo en los créditos (un talismán), sino porque han regresado a las fuentes: los cuentos de los hermanos Grimm.

    Humor y Canciones

    Adaptada por Dan Fogelman (guionista de la pieza más clásica y subvalorada de “Pixar”, Cars), Enredados cuenta la historia de Raspunzel, una joven princesa secuestrada por una anciana que descubre, que el cabello de la misma funciona como una fuente de juventud. Siendo aún bebé, Rapunzel es criada por Gothel y encerrada en una torre en medio del bosque, al tiempo que su cabello no deja de crecer. Si se corta, pierde su poder. Cada año, sus padres, los reyes, envían linternas (globos con velas) al cielo buscando a su hija perdida. Rapunzel las observa y desea encontrar el lugar de donde parten esas “linternas”, pero los miedos infundidos por su “madre” le impiden salir de la torre. Un día, accidentalmente, choca con la torre, Flynn Rider, un ladrón de poca monta, a quien Rapunzel lo chantajea para que lo guíe hasta la ciudad, aprovechando que su “madre” se fue a buscar comida. La pareja de héroes será perseguida por dos ex “socios” de Flynn, la madre de Rapunzel y el ejército del rey que busca una tiara que Flynn robó.

    La dupla Greno / Howard (Bolt) logran una narración entretenida, adrenalínica y divertida gracias a personajes que generan empatía en el espectador, ya sea la inocente princesa como el galancito pero chanta Flynn. Además cuenta con un abanico de secundarios sólidos, donde se destacan un grupo musculosos “vikingos” que ayudaran a cumplir los sueños de los protagonistas, mientras cumplen los suyos (la mayoría relacionados con intenciones románticas o artísticas).

    Los gags, acompañados por las persecuciones (se destaca un caballo que si bien no habla es más inteligente que todos los demás personajes) y la excepcional banda sonora le aportan calidez al film. Con elementos que hacen recordar a La Sirenita (la escena del bote) o Aladdin (el personaje de Flynn es un calco del protagonista de la misma), Enredados, retoma los mejores aspectos de estas películas, incluyendo las canciones compuestas por el mítico Alan Menken. El mismo, que el año pasado supo adaptar las clásicas canciones Disney a ritmo de jazz de Nueva Orleans en La Princesa y el Sapo, esta vez lo hace con tono celta.

    Aunque no cae en golpes bajos o sentimentalismo solemne (el peor mal de películas como Pocahontas, El Jorobado o Mulan), la última media hora de película se vuelve un poco lenta y redundante con demasiadas idas y vueltas. Y más allá de que se puede ver una especie metáfora política alrededor de la paranoia que Gothel construye en Rapunzel, no hay un subtexto social tan evidente como el que había en La Princesa y el Sapo. Aunque ambas comparten un final un poco oscuro para los más chicos.

    Más allá de estos detalles, Enredados es una obra muy simpática y honestamente vigorosa. Como siempre las voces, le dan un afortunado agregado a los productos. Esta vez se puede apreciar a Mandy Moore, Zackary “Chuck” Levi, la gran Donna Murphy (una veterana de Broadway no muy conocida en cine) o los monstruosos Jeffrey Tambor, Brad Garret o Richard Kiel (el famoso Jaws de las películas de James Bond con Roger Moore) dentro de la banda de vikingos sentimentales. Y en la versión en español está… ¡Chayanne!.

    A nivel visual es realmente meticulosa en la creación de escenarios y el 3D aporta profundidad de campo en cada plano.

    Disney vuelve a pasarle el trapo en materia de animación a Dreamworks, Fox o Sony. La magia del gran Walt sigue viva gracias al aporte que John Lasseter le agrega a las producciones. Aunque habría que preguntarse… ¿no sería hora de cambiarle el nombre por Lasseterlandia?
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  • Más allá de la vida
    Nadie es perfecto

    Puede fallar. Nombres rutilantes no aseguran que un film esté a la altura de las expectativas. Tras una serie de películas hechas por encargo, con resultados óptimos, el guionista Peter Morgan (El Último Rey de Escocia, The Damned United, La Reina y Frost / Nixon) decidió dar a conocer un guión original que no involucra a ningún personaje político o reconocido e incluso viajar… al más allá, literalmente hablando. Se puso en contacto con un tal Steven Spielberg para que realizara la producción ejecutiva quien delegó la producción final a los productores Kennedy / Marshall que vienen trabajando con él desde los años ’80 y la dirección cayó en las manos de Clint Eastwood, nada menos.

    Trifecta. Pues, no. A veces grandes nombres no pueden salvar un producto que fallaba desde su concepción. En este sentido, si la obra logra mantener interés y tiene varios puntos para destacar es gracias a que su director, a los 80 años, sigue estando más cerca de acá que del… retiro.

    Si alguno piensa que al realizar un film sobre lo que sucede después de la muerte, Clint Eastwood empieza a despedirse de la industria, está muy equivocado. Más Allá de la Vida es quizás la película más esperanzadora que el director de Los Imperdonables haya dirigido en su vida. Se trata de un film optimista acerca de personas que deben decidir vivir y superar sus miedos a la muerte.

    Generando climas secos y sin caer en golpes bajo o de efecto facilista; llevando a la emoción genuina de forma sólida pero contenida, Eastwood pone cabeza fría (en parte gracias a la ayuda de su excelente director de fotografía habitual, Tom Stern) a escenas melodramáticas.

    El problema de Más Allá de la Vida, es el guión de Morgan. No porque los personajes no estén bien construidos, los diálogos no sean verosímiles o las historias no contengan ritmo, sino porque el desarrollo de cada una de ellas, se queda corto. Cada historia merece su propia película, acaso como hizo con el díptico, La Conquista del Honor / Cartas desde Iwo Jima. Aunque acá había dos puntos de vista de la misma historia.

    En la última obra, todo se superpone y el resultado final, es meramente curioso. No dudo de la capacidad para narrar de Eastwood, pero sí me sorprende que su instinto para leegir proyectos no lo haya acompañado esta vez. Los 126 minutos se hacen cortos porque ninguna de las tramas logra establecerse y profundizar en el mensaje. Este aspecto la acerca justamente a La Conquista del Honor. Las historias corales no suelen funcionar en el cine de Eastwood. Pero, al menos esta vez, los personajes y sobretodo las interpretaciones son mucho más palpables y sólidas.

    Por un lado tenemos la historia de Marie, la periodista francesa (brillante Cecile de France) que revive tras una catástrofe (una escena inicial magníficamente realizada, un prodigio visual) y decide dedicar su carrera a la investigación acerca de sus visiones del “más allá”. Varios asociarán la historia de este personaje con la de un periodista argentino fallecido recientemente. Con los primeros 5 minutos, se podría haber hecho una emocionante película de tres horas o incluso una miniserie de Hallmark. El personaje no logra entusiasmar demasiado durante el resto del relato, hasta que logra justificar su presencia en el final.

    La segunda, es la historia de un chico inglés de los barrios humildes de Londres. Con una interpretación austera, sutil, cálida y emocionante de los hermanos Mc Laren, Eastwood demuestra una precisión y economía de recursos majestuosa. Relata de forma directa, dando a entender todo con apenas pocas imágenes y gran intuición para sorprender. En este episodio, lo inesperado es el arma de Eastwood. Si solo tendría que elegir una de las tres historias para desarrollar en una película completa de dos horas, me quedaría con esta. Lo mejor de Río Místico y Million Dólar Baby se encuentran en este episodio, al que le juega en contra tener que compartir lugar con dos historias más, que no están a la altura, en sentidos cinematográfico.

    Aún así, lo más destacado de la dirección en estos casos, es como Eastwood demuestra su versatilidad e invisibilidad para dirigir. Si bien uno, puede palparlo debido a su puesta en escena y las notas musicales que suenan de fondo, tanto el episodio de Francia como el de Inglaterra no parecen haber sidos dirigidos por un estadounidense. Como sucedía en Cartas desde Iwo Jima con Japón, Eastwood estudió el ritmo, el timing de los realizadores franceses e ingleses para poder imitar su estilo y ser fiel a la idiosincracia del país donde posa su mirada (no como cierto neoyorquino que no cambia su estilo, filme donde filme). Sin salir del clasicismo que lo caracteriza, Eastwood prueba diferentes posiciones y acierta en tonos, climas y dirección actoral.

    Pero el episodio en Estados Unidos (particularmente en San Francisco, acaso su ciudad preferida para filmar) tiene su impronta emotiva y discursiva. La narración fluye de taquito. Nuevamente con Matt Damon como alfil, secundado por los excepcionales Bryce Dallas Howard y Jay Mohr. Sin embargo, aunque tiene el personaje más complejo y ambiguo (muy bien Damon), la historia carece de la emoción contenida del episodio de Londres o el dinamismo del francés. Es todo más obvio y previsible. Aunque hay pequeñas escenas que son una delicia (todas las que suceden en la escuela de cocina).

    La última media hora de la película, si bien no carece de lógica, está demasiado forzada para que todas las piezas encuentren su lugar.

    Aún así, cuando no se trata del film más logrado de su carrera, acaso por ser demasiado fiel al guión de Morgan, Eastwood acierta en la dirección una vez más. Más Allá de la Vida da pie a la reflexión y a la emoción, es cierto. Pero también, necesita desarrollar mejor cada una de sus historias y subtramas. Inclusive, de todas las bandas sonoras que ha compuesto para sus films, esta es la que menos incide en la narración lo que demuestra, junto a la decisión de tomar una posición de cámara más alejada de lo habitual, que esta vez Eastwood no se tomo esta película a modo más “personal”.

    Ha perdido su “Invicto”, pero su prestigio lo sigue avalando. Como diría Billy Wilder, nadie es perfecto.

    Pero a no desesperar. No falta mucho para que realice la biografía sobre el fundador del FBI: J. Edgar Hoover con Leo Di Caprio como protagonista.

    Esto demuestra, sin dudas, que Eastwood “sigue siendo el dueño de su destino, el capitán de su alma”.
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  • Los bastardos
    Los bastardos
    A Sala Llena
    Sin gloria, pero...

    El sueño americano. Sabemos muy bien, que ni bien cruzamos la frontera a los latinoamericanos ilegales nos tratan como basura en los Estados Unidos.

    Lo pueden ver en Machete, acaso uno de los mejores estrenos del año, donde un mexicano que trabajaba para el FBI es traicionado y luego de ser expulsado del país de la libertad es tratado como un obrero mexicano más.

    Machete se venga y Robert Rodríguez supo encontrar el tono perfecto para equilibrar la comedia policial clase B con la crítica política, irónica que caracteriza a su cine.

    Sin embargo, del otro lado de la frontera, las cosas no se ven con tanto humor y Amat Escalante lo manifiesta en un relato lleno de ira, hecho principalmente para causar impresión visual que para dejar una reflexión acerca de la convivencia de estadounidenses y mexicanos ilegales en la frontera con una sólida narración.

    Lo que sigue fue mi impresión del film cuando lo vi por única vez, dos años atrás el 23º Festival de Cine de Mar del Plata:

    “Los Bastardos es la historia de dos inmigrantes ilegales en EEUU, buscando trabajo, Jesus y Fausto. Con un registro seudodocumental, realista, y actores no profesionales, el comienzo de la película es prometedor: denunciar el maltrato por parte de los gringos hacia los ilegales, la explotación laboral, e incluso relatos de abuso sexual. Sin embargo la trama deriva hacia un tono policial, cuando ambos protagonistas entran en la casa de suburbios de una madre soltera y su hijo adolescente. Lo que empieza como una visión mexicana de Fast Food Nation deriva en algo similar a una película de Gus Van Sant (especialemnte Elefante)por así decirlo. Planos fijos, largos de duración, parecen las razones por las que Carlos Reygadas apoyo este film. Sólidas interpretaciones, buena fotografía y sobretodo un final impactante y desesperanzador en lo que respecta al futuro de la relación entre ambas naciones hacen olvidar algunos baches narrativos”.

    Dos años después no recuerdo tan precisamente el film, pero hay algunos puntos, que me gustaría resaltar

    Primero, que si bien la historia es comparable (inclusive se la puede comparar a nivel visual) con Juegos Peligrosos (versión austríaca o USA) de Michael Haneke, el grado de solemnidad de la película de Escalante, y la falta de acidez son tales, que la pretenciosa obra de Haneke guarda demasiada distancia con esta pequeña película, que si bien tiene sus méritos, no alcanza para mantener la tensión del espectador.

    En vez de generar un thriller a lo Haneke o similar a Horas Desesperadas (versiones de Wyler y Cimino), Escalante decide transformar el relato en un depresivo viaje donde la crítica a las drogas y la tecnología incrementan una serie de “golpes bajos” inncesarios.

    Por último, el final es divertido, pero carece de lógica argumental. Para los que quedaron impresionados, recomiendo ver el excelente film de Claude Chabrol, La Ceremonia (1995), con la que guarda varios remanentes.

    Particularmente, no recuerdo haber salido del Teatro Colón de Mar del Plata muy satisfecho con esta obra, y justifico los premios obtenidos con la misma varilla con la que justifico los premios que obtuvieron las películas de Alejandro Gonález Iñarritú: efectismo, culpa primermundista y moda.

    Aún cuando el film tiene sus méritos visuales, climáticos e interpretativos, Los Bastardos es una obra contradictoria. Por un lado tiene una intención de ser honesta y conciliadora, a pesar de no poseer un final feliz. Pero por otro, termina siendo un poco xenófoba, mostrando a los mexicanos ilegales de manera salvaje y a los estadounidenses como ingenuos snobs drogadictos. Cuanto la película más trata de alejarse visualmente del modelo Hollywood, más se acerca a sus estereotipos, prejuicios y clisés de forma initencional.

    Esta es la sensación que me dejó en su momento y que revivo cuando veo el trailer, fotos o leo algunas críticas.

    Acaso, deberé verla de vuelta para justificar mi opinión.
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  • Videocracy
    Videocracy
    A Sala Llena
    Pizza con Champagne

    Yo no creo en las casualidades. Las películas no se estrenan porque sí en cierta época del año, en cierto momento político. Y sí, el estreno “comercial” de Videocracia responde directamente a un acontecimiento que se está viviendo nuevamente en el país: no, no hablo de la Navidad, ni los cortes de ruta, ocupaciones de terrenos, etc. No, hablo del regreso de “Gran Hermano”.

    Los medios y la realidad política siempre están relacionados, y para que la gente no “vea” esa realidad surgen los programas, que lo único que intentan capturar es la apariencia: los cuerpos, las cirugías estéticas y el aceite que chorrea de los mismos como si fuera una película de Michael Bay.

    De eso se trata la televisión argentina: la “tinellización” contra “gran hermano”. Quien la tiene más grande.

    En Italia pasa algo parecido, la única diferencia es que este enfrentamiento lo mediatiza, maneja, manipula la misma persona: Silvio Berlusconi, el presidente de TODA la televisión y Primer Ministro Italiano desde hace ya varios años.

    Videocracia es un documental hecho en el exilio. Es la única manera que tuvo su realizador para poder terminarlo, imagino. No se trata de un trabajo histórico, sino de una reflexión acerca de la fama, la fortuna, el cirq du freak, y la trampa mediática.

    Para llegar al Tutti Cappo, Gandini comienza su travesía mostrándonos a Ricky, un aspirante a estrella televisiva, cruza entre Van Damme y Ricky Martin. Lo que sueña es participar en un programa tipo “Gran Hermano” o “Talento Italiano”. Esta búsqueda de los 15 minutos de fama con los que sueña Ricky, llevan al realizador a investigar como se maneja el negocio televisivo, que busca el espectador italiano o mejor dicho, que o quiénes lo obligan a ver solamente cuerpos “atractivos”.

    Así, llegamos con Lele Mora, representante televisivo multimillonario, amigo del Primer Ministro y fascista confeso. El viaje termina mostrándonos las dos caras de la relación política – fama: por un lado, el perfil mediático de Berlusconi y por otro, el paparazzi extorsionador de artistas, Fabrizio Corona, que termina convirtiéndose en otra figura mediática.

    La película de Gandini va a provocar en el espectador argentino una no casual identificación: Italia es casi un reflejo de nuestro país. Allá como acá solo nos importa ver fútbol, los culos y las tetas en televisión. Por otro lado, la festiva vida de Berlusconi no podría ser menos diferente a la que tenía cierto ex presidente riojano en los tiempos de la pizza con champagne.

    Sin embargo, más allá de esto, y de que la finalidad de Gandini no es otra que mostrar fuera de Italia un resumen de los acontecimientos mediáticos que se dan durante el gobierno Berlusconiano, el documental se enamora demasiado de sus personajes cayendo en la misma red paparazzi que en cierta forma “denuncia” o sobre la cual, “reflexiona”.

    No se trata de una obra política porque no profundiza sobre todos los asuntos extramediáticos del gobierno del Primer Ministro, y se queda bastante en la superficie con respecto a la participación del mismo con las mafias, el negocio del fútbol y la economía italiana.

    El propósito de Videocracia, es más bien, reflexionar acerca del fanatismo por estar delante de una cámara italiana, y como Berlusconi con sus discursos manipuladores (y siniestros, con spot publicitario a lo M… lo hizo incluido, pero repleto únicamente de mujeres atractivas) ha impostado un mensaje general demagógico, acerca del cuidado de la imagen pública.

    Mientras se habla del mandatario, el film atrapa, pero cuando en la última media hora, Gandini (quizás por miedo de meterse demasiado con el mandamás) prefiere darle protagonismo al extorsionador Fabrizio Corona, termina perdiendo un poco el hilo de interés inicial.

    Aun así, el mensaje termina siendo claro: vemos lo que nos obligan a ver.

    Berlusconi lo hizo. Y acá lo copiamos.
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  • El ilusionista
    El ilusionista
    A Sala Llena
    Elogio a Tatí

    Una imagen vale más que mil palabras y con un lenguaje sencillo y simple se pueden reconstruir mundos reales y complejos. Eso es lo que propone Sylvain Chomet, en su nueva obra, tras el éxito de Las Trillizas de Belville.

    Al igual que en su primer largometraje, el realizador de 47 años, nos muestra que la falta de diálogos puede enriquecer la pantalla siempre que la animación sea clara y el mensaje, universal. En este sentido, se lo puede considerar a Chomet, otro discípulo de Hayao Miyazaki, y un compatriota ideológico del cine de Nick Park o John Lasseter, dos artesanos de la animación contemporánea, que han demostrado con sus respectivas empresas, Aardman y Pixar, respectivamente, que las herramientas de las que se debe valer el realizador de animación son sus propias manos y el trazo de su lápiz, aún cuando sea virtual.

    Esta vez, Chomet no solo se inspira en la imaginación, sino también en la obra de un artista completo (payaso, actor, guionista, realizador) de la década del ’50 proveniente de su Francia natal: Jacques Tati.

    Con apenas 5 largometrajes (Día de Fiesta, Las Vacaciones del Sr. Hulot, Mi Tío, Playtime, Trafic) , Tati revolucionó el cine francés a fuerza de una inocencia keatoniana, basada en miradas, planos generales silenciosos, y una visión infantil del mundo que en realidad, termina siendo compleja e irónica, llena de ternura, humor y melancolía.

    Inspirado por un guión nunca realizado por Tati en 1959, demasiado lúgubre según el autor, Chomet agarra la posta y dirige esta obra largamente esperada por los fanáticos del cine, y especialmente de ambos artistas.

    Inteligentemente, Chomet homenajea a Tati con gracia y melancolía, pero lamentablemente hay más de la segunda que de la primera.

    A veces hay obras que gustan más o menos, según la percepción que uno tiene de la vida en general, y del momento anímico que cada espectador pasa cuando ve la película en sí.

    Y si uno anda medio deprimido o no quiere deprimir, El Ilusionista no es la obra adecuada. ¿Por qué? Porque destila melancolía y tristeza en cada plano. No a un nivel literario, vulgar o burdamente representado como se suele hacer en el cine estadounidense, sino a un nivel subtextual. El Ilusionista desilusiona en cierto sentido.

    Aun con una mirada cínica y satírica alrededor de la ternura, nostalgia y melancolía que rodeaba a Las Trillizas de Belville, uno podía palpar cierto optimismo o esperanza, en medio del humor negro imperante. Pero en El Ilusionista, el texto es tan directo y poético a la vez, que a pesar de no usar recursos golpebajistas, primero planos de los personajes, diálogos o una empatía entre los protagonistas y el espectador, Chomet logra emocionar con muy poco, y un mensaje demasiado claro: cuando no hay espectadores, la magia y el arte están muertos, dejan de existir. Son solo trucos creados creados por hombres.

    Esta moraleja tan sutilmente confeccionada, pero a la vez tan directa es lo que convierten a la película en un obra pesimista y desesperanzadora acerca del futuro de la sociedad. No hace falta tener un cinismo estupidizador como el de los hermanos Coen, para mostrar como la humanidad se viene abajo si no existe el arte, solamente ver como los jóvenes prefieren ciertas arbitriariedades de la vida, antes que el esmero de expresar un sentimiento a traves de la creación artística.

    Tati, siempre fue un visionario en este sentido. Un crítico de la sociedad, un marginal. Pero tambien un amante del cine mudo, especialmente de Keaton (en cuanto a la inocencia, expresividad y sentido del humor) y de Chaplin, (por la manifestación social). En este sentido, Chomet se acerca un poco más al segundo, en su última etapa (la de El Pibe, La Quimera del Oro, Luces de la Ciudad y especialmente, Tiempos Modernos).

    No dudo, que a pesar, de su pesimismo, El Ilusionista (al igual que Las Trillizas…) se convierta en un clásico y Chomet en un autor de culto. Más allá de las contundentes imágenes, los paisajes, el clima, el diseño de los personajes, se trata de una obra atemporal. Al poco tiempo de situarla en París, 1959, nos olvidamos del tiempo. El mensaje es demasiado contemporáneo y por eso impacta.

    Se destaca la cinefilia de Chomet y el amor por la obra de Tati (asi como el tributo de este por el Music Hall), y como ya dijeron varios colegas, la secuencia en la que personaje y creador original se reúnen en un cine, provoca una grata sonrisa en el amante cinematográfico.

    Los 80 minutos y la narración episódica provocan que el relato se haga un poco monótono, y por momentos tedioso, pero aún así es una maestra, que imagino se va a poder apreciar más si uno está con el ánimo adecuado para verla, y que no va a faltar en ninguna retrospectiva de los tesoros cinematográficos que Francia ha heredado del gran Jacques Tati.
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  • Tron: El legado
    Tron: El legado
    A Sala Llena
    ¿Alguien vio la película Tron?

    Mi infancia estuvo marcada por tres tendencias audiovisuales bien marcadas. Por un lado las series estadounidenses de los años 50 (Los Tres Chiflados) 60 (El Superagente 86, Batman) y 80 (Alf, Brigada A, MacGyver), por otro todos los productos relacionados con Spielberg / Lucas y una tercera, pero no por eso menos importante, e incluso mayor en número, influencia de las películas que llevaban la marca Disney.

    Y con esto no me refiero a los productos animados que todos conocemos, los clásicos desde Blancanieves hasta Bernardo y Bianca, Fantasía o La Espada en la Piedras (mis favoritos). No, hablo de las películas con actores, muchas de ellas, que mezclaban técnicas de animación con interacción animada. En ese sentido, el estudio del viejo Walt siempre estuvo a la vanguardia. Y son muchas de estas películas las que más recuerdo. Desde Canción del Sur (1948) con el hermano conejo y la canción Zip-A-Dee-Doo-Da (una version de La Cabaña del Tío Tom con animación sino me acuerdo mal) pasando por Cupido Motorizado (me vi la primera trilogía tantas veces…), Mary Poppins, El Profesor Distraído y El Profesor Boligoma, El Joven Merlín, Un Papá con Pocas Pulgas (original), Travesuras de una Bruja, Los Hijos del Capitán Grant, (todas dirigidas por un genio revolucionario no demasiado valorado llamado Robert Stevenson) Mi Amigo el Dragón, 20 Mil Leguas de Viaje Submarino (no tan infantil), Birdman (muy mala version para television) y las dos más oscuras, acaso que más me impactaban por su violencias, pero también me sorprendían por sus efectos especiales, Más Allá del Agujero Negro (1979) y Tron (1982). Ambas películas, además formaron parte del declive de los estudios en materia cinematográfica. Inclusive, el departamento de animación venía en decadencia a mediados de los años ’80 hasta que los rescató una nueva generación conformada por Clements / Musker y cuando esta generación se volvió anticuada, aparecieron los genios de Pixar para sacar a flote la empresa del ratón. En materia cine con actores, fue la asociación con Jerry Bruckheimer la que trajo beneficios económicos.

    De esta forma llegamos al presente de Disney. Un presente que mira al pasado, si nos ponemos a analizar cuáles fueron las producciones estrenadas en el 2010: El Príncipe de Persia (basada en un video juego de los años 80), El Aprendiz de Brujo (inspirada en el acto de Fantasía) Alicia en el País de las Maravillas (la adaptación más recordada es la animada de los ’50), y Toy Story 3. En fin, Disney apostó este año al reciclaje, y parece que repetirá la fórmula en el 2011 (Cars 2 y la cuarta Piratas del Caribe). Las dos primeras (producidas por Bruckheimer) tuvieron resultados flojísimos, tanto en calidad cinematográfica como en la taquilla. Las dos segundas fueron los grandes éxitos del año y son mucho más destacadas a nivel cinematográfico (y bueno, Burton y Pixar).

    Para desempatar apareció este extraño proyecto: Tron: El Legado. ¿Y por que extraño? Porque la original fue un fracaso comercial. Al igual que Más Allá del Agujero Negro, su trama era tan adelantada y los efectos especiales tan revolucionarios, que solo la mitad de los espectadores (con suerte) lograron entenderlas. Además, ambas eran demasiada oscuras para un público infantil. Disney quiso aprovechar el interés por la ciencia ficción que habían vuelto a despertar la saga de La Guerra de las Galaxias y las películas de Viaje a las Estrellas, que quisieron crear sus propias películas, y fracasaron porque fueron más allá… Mucho más allá.

    Hoy en día, un reducido grupo de freaks (de ahí viene el famoso chiste de Homero Simpson en un Casa del Terror), entre los que debería incluirme, rinde tributo a ambas obras y espera ansioso la llegada de la remake de El Agujero Negro, de la mano de Joseph Kosinsky, director de Tron: El Legado.

    La originalidad de la película de 1982 era su aspecto visual sin dudas. Los diseños del mundo virtual, la desmaterialización del personaje de Flynn, la carrera de motos. Pocos recordamos cual era en sí la trama. Acaso por esto, la película no pasó a la historia. Los colores fluorescentes, la desfragmentación de los elementos eran realmente innovadores. A medida que iba creciendo, me encantaba mucho más la película de Steven Lisberger.

    Cuando me enteré de que se iba a realizar una suerte de remake / secuela en 3D, no dudé que se trataría de una de las experiencias que más expectativas crearía en mí. No se trataba solamente de ver si hay una revolución visual como Avatar, sino de conectarme nuevamente con el niño que llevo adentro. Aquel que estaba como loco antes de entrar a ver el Episodio I de La Guerra de las Galaxias o la cuarta parte de Indiana Jones. Lamentablemente, ambas experiencias, aunque me gustaron, estuvieron por debajo de mis expectativas. ¿Qué pasaría con Tron?



    Entre el pasado y el futuro

    La historia empieza en 1989, donde un joven Kevin Flynn (Bridges digitalmente rejuvenecido) relata a su hijo Sam las experiencias vividas en 1982 como si se tratara de un cuento de hadas. En la habitación del mismo aparece el afiche de la película original y uno de El Agujero Negro además de merchandising de la película (motos, muñecos, etc). La acción salta al presente. Nos enteramos que Flynn se volvió un filántropo no demasiado diferente a Charles Foster Kane que un día desapareció sin dejar rastro. El único que parece saber la verdad es su ex socio Alan (Boxleitner, el Tron original). Ahora, Sam es un hacker que no quiere que la empresa de su padre Encom caiga en manos de inversionistas que quieren vender los video juegos que Flynn solía regalar. Kosinsky plantea este segmento en el mundo real de manera estética y musical no muy distinta a como la planteó Christopher Nolan para ambas partes de Batman. Incluso la banda sonora de toda la película no dista demasiado de la de El Origen. Sin embargo, un día, Alan recibe un mensaje de biper de Kevin, y Sam decide salir a investigar en el viejo negocio de arcade, donde reside el juego Tron. La reproducción escenográfica es exactamente a como la recordaba en la película original.

    Sam cae en el mundo cibernético, el cuál ha evolucionado notablemente y es mucho más oscuro. La primera hora de la película es una experiencia audiovisual notable. En primer lugar porque el diseño del mundo es impecable, el sistema Dolby 3D de Disney es magnífico. No solamente porque pueden llegar a salir objetos desde la pantalla, sino también porque el uso de la profundidad de campo es completamente justificado. El tiempo le hizo bien a Tron. Por otro lado, hay una increíble fidelidad a la idea original, donde los programas combaten en batallas inspiradas en los juegos romanos: pan y circo, gladiadores, los discos, carrera de motos que simulan ser como las carreras con carros y caballos, etc. Inclusive Kosinsky se anima a incluir una pequeña referencia a La Guerra de las Galaxias. Hasta aquí todo fantástico. Supera mis expectativas, me divierte, entretiene y fascina.

    A partir de la segunda hora es donde la película empieza a meterse en terreno pantanoso cuando los guionistas Kitsis y Horowitz (de Lost) acomplejizan demasiado el argumento. Por así decirlo: donde la película de Lisberger (que sigue siendo productor e incluso tiene un cameo) hacía agua debido a su simpleza, esta termina siendo desbordada. No solo porque Sam y Kevin deben enfrentar al alter ego cibernético pero villano de Flynn padre, Clu (Bridges rejuvenecido) sino por lo solemne y pretenciosa que se vuelve la trama al incorporar demasiadas subtramas con influencias religiosas y filosóficas con referencias a La Guerra de las Galaxias (Episodio IV, las mejores escenas) con Matrix (por supuesto, las peores). Aparecen personajes como Quorra (la hermosa Olivia Wilde) o el carismático Zesu (Michael Sheen excelente, caracterizado como un David Bowie que habla como Rick de Casablanca pero camina como el acertijo o Chaplin) que le terminan aportando poca inferencia a la trama hasta la inclusión de toda una civilización “perfecta”. El personaje de Clu a la vez se muestra como un facho, y así van apareciendo demasiadas referencias espirituales y políticas, que no deberían haber estado, no hacen más que rellenar la trama y realentar la última media hora con diálogos un poco cursis y trillados.

    Por suerte Kosinsky no deja que la película caiga en el tedio fácilmente y con algunas batallas con demasiadas similitudes con el Episodio IV de La Guerra de las Galaxias, más las hermosas peleas en el bar de Zesu logra remontar tanto palabrerío.

    Este Tron siglo XXI encuentra como ya dije, su justificación desde la técnica principalmente, pero parece apuntar a un público cinéfilo ochentoso. Tanto la moda como los peinados parecen sacados de las visiones futuristas de las películas e ilustraciones de los años ’80 como la segunda parte de Volver al Futuro o la primera Batman de Burton. Pero también hay una banda sonora con temas de la época que incluyen a Annie Lenox o Mötley Crue. El diseño sonoro / musical de la banda Daft Punk es realmente interesante (aun con las semejanzas con la de Hans Zimmer por El Origen). Además otro punto que tocó mi corazón fue el homenaje a la literatura de Julio Verne.

    A nivel cinematográfico es maravillosa y cumple con lo esperado. La fotografía de Claudio Miranda, el DF chileno colaborador habitual de David Fincher (hasta Benjamin Button) merece ser más valorada que la de Mauro Fiore (Avatar).

    Las interpretaciones son más sólidas de lo que cabría suponer. El joven Garret Hendlund se desenvuelve bastante bien en su rol de hijo con cara de tipo duro, Olivia Wilde no desentona, Michael Sheen es soberbio, y es grato volver a encontrarse con Bruce Boxleitner, aun cuando el personaje de Tron tenga poca inferencia en el relato. Por supuesto que las palmas van como siempre para Jeff Bridges que maravilla como el joven, poderoso y excesivo Clu, pero a la vez interpreta a un Kevin Flynn más sabio y místico, aunque con algunas frases del Dude (de El Gran Lebowski).

    Sin dudas, y más allá de los toques intelectualoides del guión, Tron: El Legado admito me terminó impactando más por nostalgia que por tener una narración sólida y original. Como muchos saben, cuando se filtra gran cantidad de cinefilia entre los márgenes de las nuevas generaciones, yo me siento como pez en el agua. Y agradezco también a Tron: El Legado, por devolverme cierta esperanza en el cine maistream de ciencia ficción, que no sentía hace tiempo. Porque más allá de estar realizando nuevas producciones sobre historias que tienen casi tres décadas, Kosinsky se impulsa como una promesa interesante del nuevo cine industrial de Hollywood.

    En cuanto a este film, el público dará su veredicto: o se convierte en un éxito que le hará justicia a la subvalorada predecesora de 1982, o termina siendo un fracaso estrepitoso, con destino de culto, entendido solo por una cantidad limitada de freaks como yo, que se criaron viendo la película original y el resto de obras cinematográficas de Disney en formato VHS (no creo que se hayan pasado a DVD algunas y deben llenar de polvo las bateas de unos pocos video clubes).

    Mientras tanto, le voy a responder a Homero: “Yo vi Tron 1 y 2… y no solo eso. También me gustaron”.
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  • Surveillance
    Surveillance
    A Sala Llena
    Carretera Perdida (o el juego de las diferencias)

    Ciertas cosas se llevan en la sangre. Así como a Nick Cassavetes o Angelica y Danny Huston se les dio por dirigir alguna vez en la vida, con resultados que se alejan bastante de la calidad cinematográfica de sus progenitores, otros como Sofía Coppola, han logrado incluso superarlos, al menos, si comparamos los últimos trabajos de ella con los de Francis Ford.

    El caso Lynch se acerca un poco a este último, pero un poco más equilibrado… parecido, pero a la vez con voz propia.

    Jennifer ya había dirigido un prometedor film en 1993, Boxing Helena, con Julian Sands. En los 15 años de diferencia con su segundo largometraje, vivió una serie de eventos desafortunados, por así decirlo, de los cuáles logró “recuperarse”.

    El resultado de la catarsis terapeútica parece haber sido esta más que interesante obra que mezcla el thriller psicológico con el terror psicópata o slasher con una cuota de humor negro que parece sacado de uno de los trabajos del padre.

    Un guión bastante sólido con diversas influencias. Tenemos un relato a lo Rashomon: en medio de la carretera, se perpetra un crimen y se entrevista a los testigos en forma separada. A partir del relato de cada uno vemos una serie de flahsback intercalados, que no concuerdan literalmente con lo que cada testigo le dice a los policías y agentes del FBI.

    Lentamente, pero siempre manteniendo la tensión, a medida que conocemos que ninguno de ellos es precisamente un santo (en realidad, la niña sí, pero su familia no), nos enteramos que fue precisamente lo que sucedió en “aquella” carretera… que está tan perdida como la que el padre filmara 15 años atrás con Bill Pullman (que en esta película interpreta a un peculiar agente del FBI).

    Drogas, alcohol y morbo se mezclan en un relato bastante atrapante e hipnotizante, que si bien no contiene los giros oníricos y surrealistas que caracterizan la filmografía de David Lynch, sí conservan el clima y algunas características de los personajes del mundo Lynchiano: policías torpes, ignorantes, borrachos y corruptos, agentes que parecen extraterrestres, traficantes de drogas perversos y rubias sensuales. Tampoco falta cierta fascinación por el voyerismo y el lesbianismo, otros elementos muy propios del padre.

    Aún así, la película se aleja mucho de ser una película David Lynch. No sería muy alejado decir que se parece más a una obra de Rob Zombie en realidad.

    Como sucede con las películas del padre, no todo es lo que parece, y sí los personajes nos resultan repulsivos, no es casual.

    Por la elección del paraje y de los policías que protagonizan la historia (así como de la comisaría) bien podríamos hablar de Survelliance como piloto de la tercera temporada de Twin Peaks, probablemente.

    Rodeada con un elenco que intercala nombres desconocidos con algunos que resultan de culto, se destacan el extraño pero magnífico Bill Pullman, en un personaje a la altura del protagonista de Carretera Perdida. En la misma frecuencia se festeja el postergado regreso de Julia Ormond a la pantalla grande, en un rol austero, pero a la vez sorprendente. Extrañas pero acertadas son las elecciones de dos comediantes televisivos de primer nivel como French Stewart (acaso su mejor interpretación desde 3rd From the Sun) o Cheri Oteri (veterana de Saturday Night Live). Y siempre es un placer volver a ver a Michael Ironside, especialmente si no interpreta al villano de turno.

    Si bien no estamos hablando de una película que los va a dejar desconcertados (al contrario abundan bastantes sobreexplicaciones) ni desubicados de cualquier lógica, esta segunda obra de la hija de David, es una pequeña gema del suspenso, con excelentes climas, que los amantes del cine de terror van a saber apreciar. Y los fanáticos de David Lynch, van a tener que conformarse con escucharlo cantar mientras pasan los créditos.
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  • Wendy & Lucy
    Wendy & Lucy
    A Sala Llena
    En el año 2009 conocimos gracias al BAFICI a Kelly Reichardt (Old Joy). Si bien no pude ver los demás films de la realizadora independiente más respetada de hoy en día, se puede apreciar al menos en este una cinefilia que se remonta 40 años atrás y que es tan estadounidese como el western (dicho sea de paso, la ultima película de Reichardt, Meek's Cutoff, es un western que se presentó con muy buenas críticas en Cannes).

    Wendy (excelente Michelle Williams) se escapa y decide vagar por el oeste de EEUU hasta llegar a Alaska (como el protagonista de Hacia Rutas Salvajes) junto a su perra Lucy.

    Sin embargo, cuando una noche Lucy se pierde, la busqueda de Wendy por su perra, se convierte en prioridad. Sin dinero, en un pueblo extraño, Wendy trata de sobrevivir y sobre llevar su perdida.

    Road movier o drama austero, bien independiente, con estilo melancolico que hace recordar cierto espíritu setentista o Harry y Tonto de Paul Marszusky, este tercer largo de Reichart la confirman como una gran realizadora. Por momentos puede ser que el relato divague, y algunas escenas merecen mayor desarrollo. Sin embargo, la emotividad contenida, nunca gratuita y el realismo, acompañado por excelentes planos secuencias le dan una profundidad impensable a primera instancia, gran calidad cinematografica y poder sensorial. Además conforma una sutil pero consentida crítica hacia la mentalidad conservadora de los pueblos rurales del norte de Estados Unidos. Cabe destacar la notable fotografía de la propa directora, además del excelente trabajo de Lucy como ella misma.

    La película se exhibe únicamente en el cine Cosmos-UBA.
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  • La reunión del diablo
    Aunque el diablo se vista de...

    No se dejen engañar. Él está entre nosotros. Ha tomado otra forma, pero su esencia nos sigue atormentando. Sus mensajes subliminales siguen persiguiéndonos. Creíamos habernos librado por un tiempo de su presencia, pero ha decidido atacarnos de vuelta. Y nada mejor que manipular a dos hermanos directores que habían hecho una película sobre posesiones demoníacas para volver a expandir su mensaje evangelizador.

    El diablo, perdón digo, M. Night Shyamalan ha vuelto a las andanzas y ha elegido a los hermanos Dowdle (Cuarentena, remake estadounidense de Rec) para llevar a cabo sus maliciosos planes…

    Lo cuál, es muy probable que haya sido mejor decisión que haber tomado la historia de La Reunión del Diablo en sus propias manos. Esta es la primera entrega de “The Night Chronicles”: relatos que el director de El Protegido escribió hace tiempo y ahora no quiere dirigir, pero son un poco mejores (o menos pretenciosos y tienen presupuesto más reducido mejor dicho) que sus últimas obras

    La película empieza patas para arriba. No es una metáfora, sino literal. El mundo se ha dado vuelta y el diablo se instaló en un ascensor. Básicamente esa es la idea: un suicidio, un detective que llora a su esposa e hijo fallecidos hace 5 años y 5 personas encerradas en un ascensor. El mismo se detiene en el piso 21, y pronto todos los acontecimientos se empiezan a cruzar. Gracias a una innecesaria voz en off (de un mexicano religioso y creyente. En Latinoamérica no hay escépticos para los ojos estadounidenses) a modo de narrador fabulesco, nos enteramos que el mismo diablo se ha metido en el cuerpo de una de esas cinco personas, va a aterrorizar a los otro cuatro, a medida que los va matando, y de paso termina con un par de curiosos de este mismo edificio de Filadelfia que tratan de ayudar a sacar a los “inocentes” antes que Satanás se los lleve.

    Bajo este relato de suspenso con climas bastante bien manejados, humor previsible y obvio, se esconde (o se expone burdamente mejor dicho) una subtrama acerca de la redención, el perdón y la esperanza de que el hombre no es tan malo como parece y puede excomulgar sus pecados. Shyamalan revuelve sobre sus obsesiones más básicas: la religión, la moralina, el héroe que debe dar vuelta la página y superar sus miedos, recuperar la fe, etc. No hay demasiadas diferencias entre el detective Bowden o el reverendo que interpretaba Mel Gibson en Señales, o incluso el alma perdida de Bruce Willis en Sexto Sentido.

    Los hermanos Dowdle se limitan solamente a seguir un guión al que se le notan demasiado los hilos… que se parece a un whodidit (que tanto despreciaba Hitchcock) con el estilo de las novelas de Agatha Christie. Acá el misterio, es ¿quién es el diablo? De esta forma se van rotando las sospechas. Y sí, mientras lo que importa es ese juego, la película meramente entretiene gracias a interpretaciones creibles de Messina, pero especialmente de los miembros del club de los atrapados: Marshall- Green, Novakovic, y dos veteranos actores de reparto como Jenny o’ Hara y Bokeem Woodbine. También aparece otro excelente intérprete secundario como Matt Craven (Marea Roja, La Vida de David Gale). Ayuda la fotografía de Tak Fujimoto y la banda de sonido del español Fernando Velázquez (El Orfanato) a mantener la tensión.

    El problema aparece cuando al diablo se le empieza a notar la cola, o mejor dicho cuando Shyamalan ensombrece la película con su típica mitología. A partir de entonces, quedan al descubierto las tonterías del guión. Demasiado discurso explícito, demasiada redundancia, e incluso, lugares comunes. Ya no es una cuestión de diálogos, sino de acumulación de clisés. Al final, quien es el diablo, es lo que menos importa.

    Como dije al principio, si la agarraba el propio Shyamalan seguramente estaríamos hablando de otro desparpajo al estilo El Último Maestro del Aire, El Fin de los Tiempos o La Dama del Agua. Los hermanos Drowdle logran simplificar y al menos hacer entretenidos, efímeros y olvidables los 80 minutos que dura el film.

    Sin tantos sobresaltos como prometía, y apenas alguna que otra escena de tensión rescatable, La Reunión del Diablo, tan solo confirma que a M. Night Shyamalan, no importa el rubro que ocupe (aunque sea actuar, lo cual tambien lo hace de forma horrible) no se le puede tener más fe.
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  • Megamente
    Megamente
    A Sala Llena
    Esta vez el ogro es azul y viene de otro planeta…

    Cuando la fórmula se agota hay que dar vuelta la página y comenzar una en blanco. Ahora bien, si repetís una misma fórmula, y en vez de X ponés Y, pero el resultado sigue siendo siempre Z, la misma solamente ha cambiado de color.

    Eso es lo que pasa con los productos de Dreamworks Animation. Está bien, es cierto que Pixar también tiene fórmulas repetidas, pero sabe camuflarlas mucho mejor que la compañía creada por Spielberg, Katzenberg y Geffen. Las historias de héroes inusuales están empezando a cansar.

    Megamente nos trae a un personaje que por su color de piel, sus características físicas y su mala suerte siempre fue discriminado por el resto de los seres humanos, odiado y destinado por la sociedad a ocupar el lugar del villano. ¿Les suena conocido esto? Allá muy, muy lejos en las tierras de burros y princesas, se encontraba un personaje solitario muy similar, marginal, que al principio fue bastante original y divertido, pero terminó volviéndose demasiado pesado y repetitivo.

    No importa que sea un extraterrestre émulo de Superman, un oso panda o un ogro malaonda, los antihéroes de Dreamworks se parecen demasiado.

    Acá en vez de cuentos de hadas, lo que se da vuelta es el mito del superhéroe, y la premisa no es tan mala ¿Qué pasaría si el villano le gana al superhéroe? ¿Se apoderaría del mundo o construiría otra superhéroe para enfrentarse?

    En la injustamente olvidada Hombres Misteriosos, la solución aparecía en un grupo de improbables superhéroes. De hecho, hay un poco de olor a plagio en la forma en la que Metroman desaparece de la faz de la tierra.

    Acá no hay una princesa encantada sino la típica reportera gráfica con la que Megamente, comienza una relación odiosa y pronto empieza a descubrir otros sentimientos en su interior. Sentimientos que no le juegan tan en contra a él sino más bien al espectador.

    Durante los primeros 40 minutos, si bien enseguida empezamos a empatizar con el villano, el relato es ameno y divertido como suele suceder en la mayoría de los productos de animación. El problema surge cuando Megamente reemplaza su deseo de conquistar el mundo, con el de tener una compañía, aún cuando se camufla de un empleado de biblioteca. Acá el relato empieza a tomar sendas demasiado transitadas y previsibles, y la aparición de Titán no ayuda demasiado.

    Si bien apunta a un público infantil, pero con un lenguaje adulto, un poco más abarcativo que los anteriores trabajos del director MacGarth (Madagascar), que Mi Villano Favorito, comedia con la que compartía el tópico del villano que se vuelve héroe, pero que resultaba un poco más original en su concepción, pero no tanto para estar a la altura de los trabajos, Pixar, Megamente es atractiva, medianamente entretenida y pasatista, pero ningún descubrimiento en la materia animación. Ni los diseños o el 3D resultan novedosos.

    Lamentablemente, el mayor acierto de la película se da en el terreno extracinematográfico y no pudo ser apreciado en la función de prensa: Will Ferrell le pone la voz al protagonista y seguramente debe haber varios gags que acentúan el humor del personaje, ya que el mismo habla con acento alemán (de hecho la película se iba a llamar originalmente “Oobermind”, pero era muy complicado para los chicos estadounidenses). Sin embargo en la dirección del doblaje no supieron como aprovecharlo, por lo que algunos chistes relacionados con el acento o el mal pronunciamiento se pueden apreciar conociendo esta información previa. Tampoco podemos conocer el trabajo que la han impostado Tina Fey, David Cross, Jonah Hill, Brad Pitt o Ben Stiller.

    Sí, el resultado final se deja ver, y la banda sonora que incluye temas de AC/DC (los mismos que sonaron en Iron Man 2), Guns and Roses, Ozzy Osborne y Michael Jackson, potencian varias escenas del film. Además hay pequeños guiños cinéfilos y no falta un chiste político relacionado con Obama, pero no mucho más.

    Megamente resulta ante todo un producto demasiado calculado, cuyas bases si bien son sólidas, no parecen tener algo “novedoso” que contar. Quizás Dreamworks Animation, debería aprender de Disney, encontrar el lado oscuro de sus personajes y secuestrar a alguna de las “megamentes” de Pixar.
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  • Machete
    Machete
    A Sala Llena
    La venganza de los estereotipos mexicanos

    “Jodieron al mexicano equivocado”.

    Los caminos de la vida. Un delincuente condenado a 15 años de prisión se redime, se convierte dentro de la misma en campeón de boxeo, sale, entrena a Eric Roberts para pelear en Escape del Tren, comienza una segunda vida dentro del mundo del cine como entrenador, doble, extra… y un día, su rostro lleno de cicatrices de la vida llamaron la atención de los directores buscadores de estereotipos mejicanos y empezó a formar parte de pandilla de asesinos, criminales, etc. Pero un día, el reivindicador de los estereotipos latinos, llamado Robert Rodríguez lo llamó para formar parte de su obra completa. A veces, como villano, a veces como héroe, como se puede ver en la saga de Mini Espías. Pero el actor, californiano, pero descendiente de latinos, merecía tener un protagónico… y paradójicamente, lo consiguió para un trailer.

    Los caminos de la vida. Cuando Robert Rodríguez se unió a Quentin Tarantino para realizar el díptico Grindhouse, se le ocurrió dirigir uno de los cuatro falsos trailers que acompañaron a los dos largometrajes, Planet Terror y A Prueba de Balas. Aunque Don’t de Edgar Wright (el mismo de Scott Pilgrim y Muertos de Risa), Thanksgiving de Eli Roth y, especialmente, Werewoolf Women of the SS, de Rob Zombie (con Nicholas Cage como Fu Man Chú), tuvieron una manufactura técnica increíble, el único que realmente pareció pertenecer a una película real, y sobretodo a una de los años ’70 era Machete, con Danny Trejo y Jeff Fahey como protagonistas.

    El público enloqueció. Machete superaba a Planet Terror, y eso que duraba solo tres minutos y medio, y eso que la obra de Rodríguez es la obra más gore desde Muertos de Miedo de Peter Jackson (1993). El público lo pidió, el público lo tuvo: ¡Danny Trejo Super Star y Machete se volvió real!

    Es posible que al estar dirigida por Maniquis, alguno sienta que la película no es tan Rodríguez… Se equivocan. Rodríguez ha hecho su film más personal, riesgoso y anticonvencional, aun cuando cae en todos los estereotipos posibles.

    Machete se acerca más al trazo grueso de Y Donde está el Piloto? a una Grindhouse. Esto se debe a que Rodríguez decidió ubicar la historia en los tiempos modernos, y sacarle un poco la estética “película de cine viejo”, que es algo más propio del director de Bastardos sin Gloria que de Rodríguez. Esta vez no hay Tarantino a la vista. Rodríguez mezcla lo mejor de todas sus obras: el humor, la acción y la falta de escrúpulos para mostrar de forma estereotipada, pero a la vez con mucho respeto a la comunidad mexicana que tenía la saga de El Mariachi / La Balada del Pistolero / Érase una vez en México, con cierta narración superflua de Mini Espías, ciertas “actitudes” que parecen sacadas de un cómic (como lo fue La Ciudad del Pecado) y el gore de Planet Terror con algunos personajes de Del Crepúsculo al Amanecer. Pero hay algo nuevo: citas cinéfilas obvias y chistes internos de Hollywood, que parecen inspirados en las obras de Zucker y Abrams… o del propio Tarantino, sumado a un dreamteam de figuras, donde sobresalen Don Johnson, Robert De Niro, Cheech Marin, Steven Seagal, Jessica Alba, Lindsay Lohan, Jeff Fahey, Tom Savini, y por supuesto, su protagonista, Danny Trejo.

    Lo irónico, es que más allá de la sátira y la inverosimilitud de cada escena, o de cada minuto; del subrayado de algunos textos (pocas veces tan bien usado, prestarle atención al texto de la longitud de los intestinos), de las autoparodias de Lohan (con relación a su pasado de drogas) o el propio De Niro (conduce un solo auto en toda la película, adivinen cual), lo mejor de Machete, es el cinismo pero, a la vez, la seriedad, con la que encara el tema de la entrada de inmigrantes mexicanos ilegales en los Estados Unidos, y la sed de sangre, odio y xenofobia de los sectores más conservadores representados por los republicanos de Texas (el personaje de De Niro).

    Con humor y estereotipos, Rodríguez critica la política de crear una valla eléctrica (iniciativa de la familia Bush, por supuesto), y sugiere que tal vez este acto beneficie al narcotráfico. Y no es algo que sobrevuela la película, sino el tema principal: los mexicanos discriminados en los Estados Unidos le declaran la guerra a los republicanos.

    Violenta, surrealista, icónica. No hay plano de más y en cada encuadre se puede ver una cita u homenaje a otra película (incluida, Harry, el Sucio). Rodríguez y Maniquis crean una película muy imperfecta, pero planeadamente imperfecta que la hacen fresca, espontánea, más divertida y original. Algunas escenas con gran despliegue técnico contrastan con otras más pobres, pero a la vez, imprevisibles como los diálogos acerca de la “utilidad” de los mexicanos en Estados Unidos por parte de los guardaespaldas de uno de los villanos (entre los que aparece actuando Nimrid Antal, el director de Depredadores).

    Es cierto que hay escenas que no quedan claras (como la inicial, pero el misterio da pie a una segunda parte quizás) personajes que desaparecen repentinamente (el de Savini) y un supuesto incesto que da pie a la ambigüedad.

    Pero como dije, esta imperfecciones no hacen más que mejorar de alguna manera al film. Por momentos parece que a Rodríguez la película le importa muy poco, y otros que le preocupa mucho. Aun así, vale resaltar, que al director de Aulas Peligrosas, pone en un pedestal a “el mexicano” rudo y se burla de su protagonista (en pequeñas cosas), de la religión, de la política, de la mirada estadounidense. La falta de solemnidad y escrúpulos de Rodríguez provocan que Machete sea tan divertida.

    Con logradas actuaciones, un montaje que por momentos sorprende, una banda sonora soberbia y una mirada autoral meticulosa, el nuevo trabajo de Rodríguez supera todas las expectativas (mucho más que Los Indestructibles destruidos de Stallone). Esperemos que Rob Zombie, Eli Roth y Edgar Wright sigan el ejemplo.

    Todos los caminos se cruzan en un sagrado juramento: ¡Que Viva Machete!
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  • Ocio
    Ocio
    A Sala Llena
    Basada en una novela de Fabián Casas, otra película presentada en co producción por dos reconocidos críticos de El Amante (y tercer largo de Villegas además).

    Es la historia de una familia que debe superar la muerte de su madre. Tres hombres, un padre y dos hermanos. Andrés, el menor, no tiene trabajo, no tiene novia, no tiene motivación para vivir. Su vida es el ocio. O la búsqueda de un destino. Deambulará por el barrio, tratará de conseguir un departamento, un trabajo y le comprará una moto a unos choppers, junto a unos amigos, lo cuál le traerá más de un inconveniente.

    Oscura y deprimente, la película es la contemplación de la desazón en un periodo de transición de la vida del protagonista, que vive entre dos barrios de hinchadas de fútbol rivales (Boedo y Parque Patricios) en una época inestable (entre los ´80s y 90´s). Los directores no dan ninguna información. Dejan que todo se sobreentienda, lo cual sirve para escapar de los discursos, y los diálogos redundantes. El ambiente costumbrista no es un simple capricho. Los detalles de los decorados se relacionan con la nostalgia, con un dejo de melancolía que ayuda a construir el clima del relato.

    Austero, con buenas interpretaciones, se trata de otra película argentina de contemplación, con personajes tan cotidianos como estrafalarios, con un mundo que ahora resulta ajeno, pero a la vez se siente como muy familiar.

    Una película que respira tristeza por cada poro, pero que a pesar de todo, resulta atractiva y nunca llega a ser un relato lacrimógeno.

    Cada espectador la sentirá de forma diferente, se familiarizará más o menos con el barrio. Porque de eso se trata, de un homenaje a los viejos barrios, a las viejas costumbres sin llegar al absurdo o el patetismo. Tiene solvencia narrativa, no es pretenciosa.

    El final es un poco abrupto, aunque necesario porque la narración en la última media hora empieza a decaer un poco y tornarse algo repetitivo. Pero, a pesar de eso, es una película que da pie a la reflexión y deja calando algo más, que una simple moralina sobre el aburrimiento y la depresión.
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  • Actividad paranormal 2
    Diferencia de Concepto

    Como ya dije cuando se estrenó Enterrado hace un mes atrás, estoy un poco saturado de las “películas” de terror que esconden un banal ejercicio cinematográfico nada más.

    Actividad Paranormal, el año pasado me había parecido por lejos la película más sobreestimada del año. A diferencia de El Proyecto Blair Witch, la película que revivió el género de películas de terror grabadas en forma casera (se hacía mucho y mejor esto en los años ’70, basta solo recordar El Loco de la Motosierra original de Tobe Hooper, 1974), la ópera prima de Oren Peli, al menos lograba crear un mínimo de tensión con pocos recursos. El uso del fuera de campo, era bastante inteligente. Se aprovechaba muy bien el encuadre de las cámaras ocultas y el bajo presupuesto. Pero lo cierto es que más allá de estos aspectos “técnicos” la película era muy floja a nivel narrativo, monótona, repetitiva y muy mal actuada por la pareja protagónica.

    Pero la agarró Steven Spielberg, le cambió el final (personalmente me gustó más el original, pero no daba pie a la secuela) y fue un verdadero éxito. $500 dólares se convirtieron en $100 millones. Nada mal.



    Pero lo cierto, es que el amauterismo de esta propuesta era alarmante. Hay películas de género que se proyectan en el “Festival de Cine Inusual” y el “Buenos Aires Rojo Sangre” que superan ampliamente propuestas como esta, con más o menos el mismo presupuesto. Cito, por ejemplo, Uritorco de Carlos de la Fuente. También grabada en primera persona (cámara en mano diegéitca) resulta más dinámica, divertida, menos solemne e incluso más política que estas propuestas estadounidenses mediocres. Incluso, un escalón más arriba (pero más parecida a un video juego en primera persona) prefiero las saga de Rec de Jaume Balagueró y Paco Plaza. Aunque, detrás de estas hay mucha producción y profesionalidad. Aunque narrativamente, son bastante pobres, al menos los directores no son meros estudiantes que quisieron hacer un experimento y les salió bien. Cada uno, tenía su trayectoria en el género. Similar es el caso de Enterrado. Rodrigo Cortés tenía ya una ópera prima, y se notaba la profesionalidad del trabajo cinematográfico. Lástima por el guión obvio.



    Y así, llegamos a Actividad Paranormal 2. Película que quería dirigir originalmente Kevin Greutert (El Juego del Miedo 6 y 7), porque el director original, Oren Peli, estaba encarando otro proyecto a estrenarse el año que viene, Area 51 (ya sabemos de que va ¿no?), pero no pudo romper el contrato con Lionsgates, que le pedía realizar la última parte de la saga de Jigsaw. Paramount quería que se estrene sí o sí para Halloween para competir con El Juego del Miedo 7, así que salieron con urgencia a buscar otro director. El primero en ser tentado fue… Brian De Palma. Hubiese sido hermoso, lo admito. El director de Vestida para Matar y gemas del suspenso y terror, venía de dirigir una película similar sobre la guerra de Irak que ganó en Venecia y fue abucheada en Estados Unidos como Samarra (Redacted), un excelente film, crítico contra el ejército estadounidense y los soldados en Irak. Por supuesto, era una locura pensar que Brian aceptaría y no lo hizo.



    En cambio, la posta la agarró, Tod Williams, que venía de hacer la comedia dramática, Las Aventuras de Sebastian Cole (sobre la historia de un travesti adolescente) y la interesante La Mujer Infiel con Jeff Bridges y Kim Basinger basada en la novela del prestigioso John Irving.



    ¿Qué hace este tipo con Actividad Paranormal?



    Le da aquello que Balagueró y Plaza le dieron a Rec, y Cortés a Enterrado: profesionalidad. Trabajo por encargo paga bien y Williams cumple, al menos en cuanto a lo cinematográfico. Para el guión contrataron a Michael Perry, guionista de la serie Millenium y el resultado, sin salirse de lo superficial y comercial, al menos se deja ver. No es un ejercicio sino una película de suspenso en serio.



    ¿De las buenas? Y… más o menos.



    Dan (Boland) y Kristi (Grayden) Rey viven en una mansión de los suburbios. Él trabaja para Burguer King (es dueño de varias franquicias). Ella acaba de tener su primer hijo, Hunter. Junto a ellos, está Ali (Ephraim), hija del primer matrimonio de Dan. Su madre falleció. Y por supuesto no falta la cocinera mejicana, Martine (Cortez). Ahh y un ovejero alemán (que como dijo un colega, es el mejor actor de la película). Un día descubren la casa destrozada, pero no falta nada. Ahí empiezan los ataques de este supuesto demonios o fantasma que tendrá como objetivo atacar principalmente a Hunter.



    A diferencia de la primera parte, esta es mucho más dinámica, gracias a que la mayor parte de la acción es grabada con grabadoras que usan los miembros de la familia y cámaras de seguridad que graban en colores reales. Esta vez, se ponen por seguridad y no para ver si hay o no “actividad paranormal”. Si bien por la noche, se ven algunas cosas en infrarrojo (o verde mejor dicho) lo principal toma un color más “real”. Esta vez, a nivel fotográfico y de montaje está pensada cinematográficamente. Los encuadres son más prolijos, las actuaciones de los intérpretes más cuidadas y verosímiles… hasta que aparecen Katie y Micah, la pareja protagónica de la primera parte. No, no son fantasmas. Actividad Paranormal 2 es una suerte de precuela (y si no lo entienden, por las dudas hay un cartel que lo explica, porque los espectadores no saben razonar) y epílogo.



    Mezcla entre Poltergeist de Hooper (y Spielberg sin acreditar) y películas de exorcismos, posesiones, etc, Actividad Paranormal 2, se destaca porque el suspenso está más dosificado. Su uso, clásico, esta vez es efectivo. Cuando empieza a caer el ritmo y regresa la monotonía de la primera parte, empiezan los efectos especiales… y el humor. SI bien la intención, obviamente es asustar, resulta imposible no reírse ante las vueltas absurdas que usa Williams y los demás creativos para despertar a los espectadores.



    Solo les voy a dar una pista: hay cierta influencia de Los Cazafantasmas 2.



    Si bien es cierto que, desde un punto de vista cinematográfico y narrativo es más sólida que la antecesora, también es verdad que acá se muestra y se explica demasiado. No hay nada peor que cuando se le agrega un McGuffin a un film sobrenatural. Justamente, cuanto más se empezaba a explicar Poltergeist, el relato decaía en intensidad. Pero bueno, la primera hora tiene una factura tan soberbia, que se le perdonaba.



    Acá las explicaciones no molestan porque le dan un poco más de peso al guión. La original era demasiada vacua. Igualmente, todo se dice muy rápido. Si lo agarras bien y sino, no te perdés.

    Esta vez, ya no hay pretensiones de que el público se coma que se trata de una historia real. Se nota porque hay una estructura narrativa de fondo. Pero por

    las dudas Paramount le dedica la película a los familiares, y deja dos minutos de silencio y pantalla negra antes de poner los créditos finales (la primera ni siquiera tenía).



    Actividad Paranormal 2 cumple con las expectativas de aquellos a los que les gusta el género y poco más. Sin embargo, es una lástima que un film que trata sobre fantasmas… no tenga alma.



    No es culpa de demonios, sino de un grupo de corporativos que solo buscan generar dinero con un producto que funcionó en el pasado. O sea, vampiros.
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  • Todo un parto
    Todo un parto
    A Sala Llena
    Viaje Repetido

    Hace bastante tiempo, cuando era adolescente tardío, vi una película en la línea American Pie, que siendo muy tonta, me divirtió bastante. Se llamaba Viaje Censurado. Una road movie acerca de cuatro amigos que realizan un viaje para visitar a la novia de uno de ellos una universidad a otra. Drogas, sexo y Rock and Roll. Según pude leer por entonces el director, Todd Phillips, nunca vio El Ciudadano o alguna película de Bergman mientras estudiaba cine.

    A Phillips no le fue nada mal en sus comienzos. Viaje… fue un relativo éxito. Al que le siguió, una aún mejor, Aquellos Buenos Tiempos (Old School) con Will Ferrell. Después esta vinieron la versión cinematográfica de Starsky y Hutch con Stiller y Wilson que no cumplió las expectativas y la aún peor Escuela para Tontos con la dupla Thorton / Heder. Parecía que esta promesa de director de comedias “zafadas” se había agotado hasta que salió, ¿Qué Pasó Ayer? el año pasado, que se convirtió en la sorpresa de la taquilla de la temporada estadounidense.

    Si bien me pareció divertida, ¿Qué Pasó Ayer? no me parecía una gran película. Buenas actuaciones, alguna que otra situación inesperada y paro de contar. Lo original era la premisa. Tres amigos que debían reconstruir lo que hicieron la noche anterior y encontrar al cuarto amigo antes de que se case.

    Una de las claves del éxito fue el elenco prácticamente desconocido, especialmente el gran Galifianakis. Extraña mezcla entre John Goodman, John Belushi y Jack Black, este actor gordito y barbudo sorprendió a todo el mundo con su personaje estrafalario, y de repente apareció también en Amor sin Escalas, y la comedie “Indie” inédita It’s a Kind of a Funny Story con la sobrina de Julia Roberts y la remake estadounidense de La Cena de los Tontos. Pero todos esperaban Todo un Parto.

    Nuevamente, Phillips toma el volante de la película, y en el viaje los acompaña Robert Downey Jr, uno de los actores del momento: desde Una Guerra de Película, pasando por Iron Man 1 y 2, y Sherlock Holmes, el intérprete que debutó en las comedias de John Hughes, pero ganó fama y respeto gracias a la magnífica interpretación de Charles Chaplin, en la biografía dirigida por Richard Attemborough, la viene pegando, y generalmente lo que levanta la película, es su presencia.

    Todo un Parto no es la excepción, solo que esta vez Galifianakis da una gran mano.

    Peter es un arquitecto “exitoso”, un empresario serio que está en Atlanta por viaje de negocios, pero debe volver a su casa a Los Angeles para el nacimiento de su primer hijo. Allá lo espera Sarah (Monahan que trabajó con Downey en Entre Besos y Tiros). Ni bien llega al aeropuerto empiezan los problemas con Ethan, un supuesto actor que viaja a Hollywood para buscar trabajo junto con su pequeño perro.

    Al igual que en Mejor Solo que Mal Acompañado de John Hughes, Peter y Ethan serán la típica “pareja despareja”. La pulcritud y seriedad de Peter contrasta con la locura y estrafalaria personalidad de Ethan, con quien finalmente tendrá que cruzar los Estados Unidos en auto para llegar bien al parto de Sarah.

    En el medio sucede lo de siempre: drogas (Peter nunca consumió, chiste extra cinematográfico sobre el pasado de Downey), golpes, persecuciones policiales, etc. No vale la pena develar mucho. Nuevamente Phillips hace una comedia road movie con personajes estereotipados de convencionales. Es más, son pocas las diferencias que hay entre el Alan de Galifianakis en ¿Qué Paso Ayer? y Ethan. El grave problema es que esta vez, Phillips ha madurado. Sus personajes no son siquiera adolescentes en traje de adulto. Son adultos y el tema de la película es paternidad. Ethan acaba de perder al padre, Peter va a ser padre. Y surgen las dudas, las dudas llevan a momentos sentimentales previsibles, que si Phillips sería una gran director de comedias habría evitado.

    El guión es bastante simplón y superficial. Muchos chistes son obvios, otros sorprenden y son efectivos, pero siempre termina dando la sensación que el gag se podría explotar mejor, que falta el remate final.

    Aún sin el “ingenio” de ¿Qué Pasó Ayer? y los chistes más morbosos de sus anteriores comedias, Todo un Parto es una comedia “liviana” de Phillips, pasatista, de transición hasta que se estrene la segunda parte de ¿Qué Pasó Ayer? con los mismos actores. Y si esta crítica no lleva un puntaje bajo es porque la fórmula, si bien no es extraordinaria, funciona gracias al humor y la espontaneidad de la pareja interpretativa que cumple con los roles correspondientes de forma previsible. Aportan el perro (sin dudas el tercer personaje relevante) y la apariciones de Lewis (trabajó con Downey en Asesinos por Naturaleza), Danny McBride (actuó en Una Guerra de Película con Downey y Amor sin Escalas con Galifiniakis), Jamie Foxx (trabajó con Downey en El Solista) y el propio Phillips con mayor tiempo frente a cámara que en otras películas.

    Se me ocurre al voleo, que en vez de hacer un guión “original” que deja un gusto a deja vú impresionante, con un fin tan banal, Phillips con ambos actores y fanático de las road buddy comedy movies podría haber hecho directamente y sin vueltas la remake perfecta de Los Hermanos Caradura. Por supuesto, la influencia está y la fórmula Aykroyd/Belushi/Landis es irremplazable, pero prefiero la remake honesta, antes que un híbrido de muchas cosas vistas, que terminan siendo prácticamente… nada.

    Pero bueno, para distraerse de los paros, cortes, caos diario, divertirse un rato y entretenerse sirve. No creo que haya otra pretensión más que esa.

    Un viaje muy efímero de ida y vuelta, que se olvida a los 5 minutos de terminarse.
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  • Elegía de abril
    Elegía de abril
    A Sala Llena
    Aquel Querido Mes de Abril

    “Cuando deseen filmar, elijan historias cercanas a ustedes. Relatos que sean amenos. Temas que conozcan”

    Esta frase me quedó impregnada en el recuerdo. La dijo mi profesor de dirección cinematográfica en el segundo año de la facultad. Su nombre: Gustavo Fontán.

    Muchos directores no son fieles a sus palabras, sus obras no muestran aquello que enseñan. Se contradice el discurso con la obra. Pero en el cine de Gustavo Fontán, esta norma es llevada casi al extremo. No hay película que no sea personal, y cuando me refiero a personal, no hablo solamente de un pensamiento, una ideología, una temática similar. Gustavo Fontán es un antropólogo de su propio árbol familiar, que logra converger la poesía, el cine y la memoria.

    Licenciado en literatura en la UBA, poeta, profesor y director de cine, Fontán empezó su carrera con cortos mediometrajes dedicados a la vida de otros poetas como Leopoldo Marechal, Macedonio Fernández y Jacobo Fijman. Desde ese momento, empezó la búsqueda de una estética que intercala ficción y documental.

    Su primer largometraje que no se basa en una historia verídica es Donde Cae el Sol (2002). Aunque se inspira en la relación que tenía él con su propio abuelo, este último trabajo de Alfonso de Grazia, demostraba que el realizador podía contar un pequeño cuento, con sencillez, sutileza, elementos amenos y cotidianos, pero sobretodo fluidez narrativa.

    Con El Arbol comenzó la trilogía de “La Casa” que, sigue con Elegía de Abril y terminará con La Casa.

    Recuerdo que para ejemplificar su pensamiento, Gustavo siempre nos hablaba sobre como estaba realizando El Arbol, en que se basaba para grabarla. Porque más allá del hecho de grabar a sus padres, y tener como actor fetiche a su propio hijo, el director utiliza elementos de su infancia que son palpables y se pueden conectar con el pasado de todos.

    Y ahí está la verdadera conexión del director con el público. No, en lo que provocan las imágenes en el momento, sino en lo que cada uno conecta con sus películas. Sus obras no solamente son audiovisuales, sino que son palpables, tiene aromas reconocibles. Esa casa, ese árbol, esa familia, no es nuestra, pero de algún modo es nuestra propia familia.

    Compañeros míos de la misma facultad donde da clases Fontán, Marcelos Scoccia y Cyntia Grabenja grabaron el corto La Mia Casa, ganador en el último Bafici, que justamente muestra lo mismo. Como el árbol familiar de uno se puede convertir en el nuestro, si reconocemos lo extra cinematográfico. Hablo de elementos que no necesitan explicaciones.

    Es por eso que valoro Elegía de Abril y El Arbol sobre el resto de las películas de Fontán. Porque a pesar de que Donde Cae el Sol y La Madre, sus obras llanamente de ficción tienen el lirismo y la temática, de estos seudos documentales, están ausentes de aquello, por lo que el cine el Gustavo más me gusta. Como su historia es la mía.

    En el medio de estas obras, también realizó un homenaje extraño y vanguardista sobre la vida de Juan L. Ortiz. Un trabajo más cercano al cine experimental: La Orilla que se Abisma. Un trabajo hermoso.

    ¿Por qué la hizo? Quizás la necesidad de que pase el tiempo… Ya que Elegía de Abril no se puede hacer en cualquier momento. Es una película sobre la espera…

    “Salvador Merlino, fue poeta. Su poesía celebra lo sencillo de la vida, la belleza de lo simple y, a su vez, los aspectos más trascendentes del hombre”.

    Esta es la definición que Fontán saca sobre su abuelo. Definición que quizas su nieto saque alguna vez de él.

    Elegía de Abril, a pesar de todo no es la historia de Salvador ni sobre el último libro del mismo. Sino una mirada sobre los que están vivos: sus hijos Mary (madre de Gustavo) y Carlos (el tío).

    A pesar de vivir juntos, Mary y Carlos están distantes. Les cuesta recordar la relación que tenían con su padre, y prefieren que su obra inédita, “Elegía de Abril” quede guardada en un ropero o se la lleve Gustavo.

    En el principio, el director sigue a ambos desde dos perspectivas: la suya y la de su hijo, Federico que graba todas las acciones con una cámara casera.

    Pero pronto ambos, se cansan de “actuar” y Fontán se queda “sin película”.

    Por lo que resuelve llamar a dos actores profesionales para que “reemplacen” a su madre y su tío: Adriana Aizemberg y Lorenzo Quinteros. El trabajo de ambos, obviamente es impecable, aunque los verdaderos son mucho más emocionantes.

    Al igual que en Aquel Querido Mes de Agosto de Miguel Gomes, se pasa del documental a la ficción en un paso. En el medio solo vemos al equipo técnico definiendo que van a hacer.

    Pero la estética no cambia en sí. Es un cine contemplativo, donde las conclusiones no se explican. El espectador se convierte en miembro de la familia a nivel literal y tiene que sacar sus propias conclusiones sobre porque las personas con las que vive, se comportan siempre de la misma manera, porque se relacionan de la manera en que lo hacen, porque se comunican como se comunican. Fontán no da respuestas, y no esperen un final conciliatorio de su parte.

    El cine de Gustavo no solamente es rico a nivel visual, no solamente es preciosista en cada plano detalle, sino que además tiene varios matices narrativos, capas que se van explorando sobre la memoria que se tiene sobre los muertos y el tiempo. Porque más allá de que se vuelva o no monótono el relato, lo verdaderamente admirable es la paciencia que tiene para realizarlo y la eficiencia que tiene al transmitirlo.

    Un lenguaje sencillo, belleza en lo simple, que a la vez habla de los aspectos más básicos y trascendentes del hombre.

    Salvador Merlino hubiese estado orgulloso de él.
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  • Red social
    Red social
    A Sala Llena
    Hombre Solitario III: La Gallina de los Huevos de Oro

    ¿Será acaso recordado como el 2010 el año de la soledad? ¿Cuanta más tecnología tenemos a nuestro alcance, más rápido envejecemos y más solitarios nos volvemos?

    Entre Michael Douglas (Hombre Solitario, Wall Street) y Adrián Suar (Igualita a Mí), quedó demostrado que es así. Incluso Leo Di Caprio está bastante solo en el mundo (La Isla Siniestra, El Origen). ¿Por qué vemos las mejores demostraciones de lo que significa la amistad en películas animadas que valoran las amistades entre juguetes o la que podría llegar a existir entre un chico y su mascota… un dragón?

    ¿Acaso la amistad está muriendo en el siglo XXI? Ya murió el amor para muchos… ¿la amistad sigue sus pasos?

    Claro, uno se justifica diciendo: “no… como voy a estar solo si tengo 500 amigos en el Facebook”

    ¿Pero será verdad eso, o solo una declaración de la soledad en la que está inmerso?

    Red Social es una película… antisocial en todos los aspectos.

    Por un lado, nos muestra la vida Mark Zuckerberg (Eisenberg), un joven brillante, un genio en matemáticas y computación, que vive dentro de su mundo de datos como John Nash o inclusive Raymond Babbitt, resentido porque su novia lo deja por ser un estúpido egocéntrico, misógino en cuanto a su visión de las mujeres, superficial y completamente aislado del mundo. Tiene compañeros de habitación, un seudo amigo al que llama cuando lo necesita y extrañamente no tiene ningún, ningún vínculo familiar. Durante 2 horas de película es un personaje que vive hablando y tirando datos, datos y datos, pero no parece humano. De hecho… ¿quiénes son verdaderamente amigos en una película que habla sobre el Facebook? Ninguno. Eso sí. Todos se volvieron millonarios.

    Desde otro punto de vista, la película parece imitar al personaje, al creador de la Red Social. Se trata de un film tan frío y estadístico como Zuckerberg. Una genialidad de guión acaso, pero tan ávido de sentimientos genuinos como cualquier comedia adolescente de los últimos años. Un ente solitario flotando en el ciberespacio cinematográfico, difícil de comparar con otras películas.

    ¿Acaso Zuckerberg es un Charles Foster Kane en potencia? Puede ser. ¿Acaso ha llegado a tener el poder de un Michael Corleone? Sí. ¿En que coinciden todos estos personajes? Todos terminan SOLOS. Y Zuckerberg tendrá poder y millones, pero terminará igual. Por lo menos eso muestra la película. Es un intocable. Nadie lo puede tocar. Se sugiere pero no se muestra. Y en los momentos más introvertidos, el personaje se encuentra solo, escribiendo en su computadora (como yo en este momento ja). ¿Acaso la computadora, la mejor fuente para “buscar pareja” en la actualidad no se trata del aislante más efectivo que tiene el mundo?

    Fincher y Sorkin son responsables de una “maravilla” cinematográfica según el cristal del que se mire.

    Tenemos diálogos creíbles, sofisticados, divertidos, irónicos, inteligentes que llevan una carga metafórica intensa. Hay escenas (aisladas, por supuesto) llenas de creatividad como la parábola entre la situación que viven los personajes de Zuckerberg y Saverín (co fundador del Facebook) y lo que este último hace con una gallina. Pero sobre todo, va a ser recordada por un prólogo y un epílogo de antología. Sutil pero a la vez directo discurso sobre el amor, el consuelo y la soledad.

    Narrativamente es clásica, pero a la vez tiene sus vueltas de tuerca. Por ejemplo, no es la historia de Zuckerberg como se vende a primera vista. Si bien los 45 primeros minutos aproximadamente se centran en él, después toman protagonismo los gemelos Winklevoss y Divya Narendra, quienes acusaron a Zuckerberg de robarle la idea, (la secuencia acaso más irónica y humorística del film), y posteriormente la relación de Zuckerberg con Saverín y su contrincante, Sean Parker, creador de Napster, en un tono más dramático. Pero al final, todo gira alrededor del verdadero protagonista de la historia.

    El guión de Sorkin es casi perfecto. Un poco discursivo, es cierto, y en el final tres personajes elementales quedan olvidados, pero aún así son elementos minúsculos de un guión soberbio y superlativo.

    A nivel visual es impecable. Uso y abuso de marrones, verdes y tonos barrocos son característicos en su filmografía y no faltan en esta obra. El problema es que sufre de la falta de personalidad autoral que tienen el resto de las sus películas. Me he preguntado en noches desveladas… ¿de que trata el cine de Fincher? Si Spielberg siempre habla del divorcio, si Burton habla de la reconciliación de los hijos con la familia, si Woody Allen habla de relaciones inadecuadas (y así podemos seguir con cada uno de los “maestros” del cine) de que habla Fincher no logro averiguarlo. En un comienzo hacía vibrantes thrillers con finales inesperados. Después de El Club de la Pelea, se puso más convencional acaso, y tras La Habitación del Pánico abandonó el género directamente (considero a Zodíaco un drama épico). Pero ¿cómo encuandran Benjamin Button y Red Social en su filmografía no logro definirlo. El hecho de “pertenecer” a un club o sociedad es el punto de partida de esta película y El Club… inclusive de Al Filo de la Muerte (The Game). Humanizar las películas de asesinos seriales, dándole una explicación moralista e incluso existencialista a los asesinatos fue el tema de sus dos mejores obras, en mi opinión, las más destacadas visualmente, menos pretenciosas e incluso mejor actuadas como son Zodíaco y Pecados Capitales. Acaso las dos únicas obras con… alma.

    Red Social carece de eso. Quizás es a propósito, pero no lo creo. Fincher fue llamado a hacer esta película tras cierta “desilusión” que terminó siendo Benjamin Button. Y lo que hizo fue un superficial, pero a la vez soberbio trabajo técnico. El montaje es excelente. La fotografía maravillosa y también se destaca en un rubro donde generalmente no le dan crédito: la dirección de actores. Si Fincher puede sacar una interesante interpretación (pero no asombrosa como decía algunos) de Justin Timberlake, y lograr que Jesse Eisenberg, que siempre ha interpretado a personajes “nerd”, lo haga una vez más pero con tal profundidad dramático y sicótica, al punto que asusta cada tic, cada gesto que tiene el personaje es porque en ese sentido tambien la tiene clara. Pero dirigir es más que eso. Es poner el corazón, el mentón, la frente, el pasado, la historia familiar, la memoria emotiva en función de la obra. Eso diferencia a un muy buen director de un artista cinematográfico. Hay directores que corren riesgos y fracasan, pero la intención y el sentimiento es tan honorables, que las “fallas” quedan perdonadas, pero Fincher es demasiado perfeccionista en este sentido. Ben Affleck o Clint Eastwood, son más sentimentales y falentes, pero sus obras, al menos respiran humanidad.

    Pueden llamarlo “director intelectual” a Fincher si quieren, pero lo cierto es que hubo directores intelectuales como Kubrick, Welles o Hitchcock que componían sus películas con sentimientos autóctonos. Fincher es un Zuckerberg en potencia. Esperemos que con la adaptación de Los Hombres que no Amaban a las Mujeres, volvamos a encontrarnos con la tensión y los excelentes climas logrados en Pecados… y Zodíaco (al menos espero que sea mejor que la adaptación sueca).

    Igualmente, lo que más me llamó la atención en forma negativa de Red Social, y que no escuché decir a nadie es lo misógina que es. No hay un solo personaje femenino fuerte o interesante, excepto por Erica, la antigua novia de Mark (Rooney Mara, la actriz de la versión de Fincher de los libros de Larsson). El resto son puro objeto sexual, casi inerte. Al igual que los personajes de las comedias sexuales universitarias. ¿Serán así realmente las mujeres en Harvard? ¿Será que Fincher/Sorkin solo quería mostrar lo que ven, obsesiona a los protagonistas? ¿O será que ellos mismos en su afán de convertirse en futuros Zuckerberg/Saverín/Parker son tan misóginos como ellos?

    Volviendo a la película destaco las interpretaciones de Eisenberg como Zuckerberg. Sin duda, su mejor actuación. Esperemos que lo ayude a salir del encasillado rol de “nerd looser”. Andrew “Hombre Araña” Garfield, se come la mitad de la segunda parte con un personaje clásicamente estadounidense y casi hitchcoiano: “el buen tipo traicionado”, y me encantaron el novato Armie Hammer en el doble rol de los gemelos Winklevoss (las diferencias en las personalidades, están muy bien trabajadas) y del ascendente Max Minghella (hijo del finado Anthony), del que pronto se va a ver una gran actuación en Agora de Alejandro Amenábar.

    ¿En que quedamos? Red Social puede ser la película más importante hecha sobre un tema contemporáneo. Está llevada a cabo con inteligencia y sagacidad por dos hombres que conocen muy bien su oficio como Fincher y Sorkin. ¿Es la película del año? No tiene la impronta. Además, el año no terminó.

    Mientras, espero LA obra del 2010, voy a ir posteando esta crítica en Facebook. Y aunque no creo que lea, la quiero terminar dándole un consejo a Mark Zuckerberg. La dijo el mejor filósofo del siglo XX:

    “Nunca seas socio de un club que te acepta como miembro”
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  • Amor de familia
    Amor de familia
    A Sala Llena
    C’ Est la Vie

    La vida no es color de rosa. Lo sabemos todos, y si por alguna razón sentimos que la segunda obra de Bezançon nos produce una sensación de deja vu es porque las situaciones son demasiado identificables.

    Se trata de una película que supone mostrar “la vida familiar” a través de cinco episodios concretos de los Duval durante 12 años.

    Cada episodio lleva su propio títulos y está protagonizado por un miembro distinto. Los Duval están compuestos por Robert, taxista (chiste fácil, la relación con el actor de Apocalipsis Now, interpretado por Gamblin), su esposa Marie Jeanne, ama de casa (Breitman), y sus tres hijos, Alfred, médico (Marmai), Ralph, el bohemio (Grondin) y Fleur, la adolescente rebelde (François, actriz de Unmade Beds del argentino Alexis Dos Santos). Cada uno tiene su lucimiento particular, pero a la vez participa y es fundamental en los episodios de los demás miembros.

    Cada episodio toma un día de su vida en un año particular: 1988, 1993, 1996, 1998, 2000. Siempre en un fecha relacionada con el día 3 de un mes distinto.

    Cada día representa el momento que cada personaje siente como el más importante de su vida: todos se relacionan en cierta forma con el conocer el amor, la ida o vuelta al hogar, la reflexión sobre el paso del tiempo o la muerte.

    Gracias a un guión sólido sin fisuras, muy calculado, este relato seudo coral, se convierte en una agradable comedia dramática, que sin salir de algunos moldes, logra trascender gracias a personajes e interpretaciones creíbles y divertidas que generan empatía con el espectador.

    A pesar de los previsibles momentos sensibleros y un par de golpes bajos, el director y guionista se propone no armar la típica telenovela o melodrama familiar, lo cual la acerca principalmente a la canadiense Mis Gloriosos Hermanos (C.R.A.Z.Y) o el cláscio de Ettore Scola, La Familia con Vittorio Gassman con remanentes de Vida en Pareja de Ozón.

    Más allá de compartir protagonista (Marc-André Grondin), Amor de Familia, comparte un tono y una estética pop muy interesante con Mis Gloriosos.... Cada episodio es encarado con estética levemente diferente (hay diferencia sutiles de colores, y según el episodio se pasa de planos fijos generales a primeros planos con cámara en mano), está muy cuidado el contexto artístico y musical. Los tres hermanos comparten pasión por cantantes de moda (especialmente por el grunge y heavy metal), y la habitación, y vestuario de cada uno concuerda con la moda imperante (prestar atención a un poster futbolero que aparecen en el fondo de la habitación de Alfred en un flashback). A diferencia del film canadiense, el de Bezançon no tiene momentos surrealistas, y los problemas padre-hijos no toman tanto protagonismo o son tan fundamentales. Acá, no hay un único narrador, y cada visión tiene un contexto, cada acto, una consecuencia y una fundamentación.

    Más allá del “realismo” que le quiere aportar el director hay secuencias muy divertidas que se salen de lo cotidiano, y collages visuales más cercanos a una estética videoclipera o publicitaria que le dan ritmo y dinamismo a los 114 minutos que dura la película. El montaje y la fotografía son fundamentales en estos aspectos, así como la elección de los temas musicales que van desde AC/DC, Janis Joplin, Lou Reed o Nirvana.

    La gracia de Gamblin como el patriarca de la familia es lo que más se destaca del elenco. Pero hay que aclarar que todo el elenco es versátil y eficaz en cada rol, incluido el abuelo interpretado por el veterano Roger Dumas.

    A pesar de algún plano acompañado por un acorde melancólico que busca la emoción gratuita y alguna mensaje moral subliminal, Amor de Familia (el título original se emparenta con la traducción que le dieron acá a Un Conté de Noël de Arnaud Desplechin) , es un agradable entretenimiento, que evita caer en el típico lugar seudo intelectual de cierto cine francés (de hecho parece más canadiense que francesa), da pie a la reflexión y a la reconciliación familiar,
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  • Atracción peligrosa
    Cuando la Ciudad se Despierta…

    Películas sobre ladrones, asaltantes de bancos, etc existen desde que el cine es cine. De hecho, a mi criterio la primera obra maestra cinematográfica e insuperable en ritmo y narración es El Gran Robo al Tren (1903) de Edwin S. Porter. Mezcla de western con thriller, Porter revolucionó el nuevo séptimo arte con esta historia de unos ladrones que robaban el tren que llevaba el dinero de los bancos.

    Ha pasado más de un siglo y el género de “robos” sigue más vigente que nunca. Quizás porque los asaltos siguen siendo cosa de todos los días, quizás porque resulta muy atractivo las nuevas tecnologías que usan los ladrones para asaltar, o simplemente porque siempre satisface ver una película de acción inteligente con ladrones inteligentes, personajes bien delineados y mucha, mucha acción.

    Hay ejemplos de todo tipo. Desde fines de los años ’30 hasta principios de los ’50 el film noir tomaba como protagonistas a los criminales, los humanizaba, pero al mismo tiempo castigaba sus fechorías. Por esos años, aproximadamente, se empezó hacer lo mismo en Francia con Jean Pierre Melville a la cabeza, e incluso hay buenos ejemplos en Argentina como El Asalto o Apenas un Delincuente de Hugo Fregonese.

    Muchas veces se dijo que el género murió con la llegada y difusión del cine color. En parte se perdió el misterio, el perfil romántico de los personajes que interpretaban principalmente Humphrey Bogart y Robert Mitchum en sus años mozos, pero en cambio se ganó en crudeza y realismo…

    En los ’70 esto quedó claro con policiales que incluyeron asaltos y persecuciones como Contacto en Francia (1971) de William Friedkin; Harry, el Sucio (1971) de Don Siegel o Tarde de Perros (1975) de Sidney Lumet.

    Por supuesto, que también la comedia dio pie a excelentes películas sobre robos: personalmente me encantó el trabajo que hizo George Roy Hill con El Golpe o Butch Cassidy con la dupla Redford / Newman. Por otro lado, un clásico también podría decirse que fue, con un tono seudohumorístico, Bonnie & Clyde del recientemente fallecido Arthur Penn. Y una comedia sobre robos de bancos que fue muy subvalorada, pero es muy divertida y original es No Tengo Cambio (1990) dirigida y protagonizada por Bill Murray.

    Todas ellas sumadas, a las dos mejores obras sobre robos de banco hechas, Mientras la Ciudad Duerme (1950) de John Huston y Casta de Malditos (1958) de Stanley Kubrick, fueron influencias para que una nueva generación de realizadores intente reproducir la tensión, el suspenso, el misterio y la humanización de los personajes de los film noir, con la crudeza de los ’70.

    La violencia de los asaltantes se pone frente a usos pocos dogmáticos de las fuerzas policiales. Ojo, no corruptos, pero sí con métodos inusuales, mostrando policías inteligentes, honestos, pero a la vez, antimoralistas. Némesis que en realidad provienen del mismo sitio, pero que cada uno decidió ponerse en veredas opuestas.

    No voy a incluir películas mafiosas destacadas como Los Infiltrados de Scorsese (o la versión original china) o Brasco, sino los mejores asaltos de los últimos años: Punto Límite (1990) con Keanu Reeves y Patrick Swayze de la ganadora del Oscar Kathryn Bigelow, Fuego contra Fuego de Michael Mann con la perfecta dupla Pacino / De Niro y sobretodo, uno de los más inteligentes asaltos vistos en la década (con esta se van a sorprender), El Caballero de la Noche, de Christopher Nolan. Sí, la última de Batman representa el espíritu de los film noir y la crudeza de los ’70 en su mejor nivel.

    Y una de las cualidades de los films de robos filmados en colores es su aspecto brillante y diurno. Películas muy nítidas, veloces… en fin, como los robos de hoy en día.

    Dentro de estos conceptos, Ben Affleck, retoma las riendas de la dirección cinematográfica y filma.

    En Busca del Destino (de la nota)

    Un grupo de ladrones que provienen de los barrios suburbanos de Boston, los barrios más humildes y marginales, se convierten en la pesadilla de la ciudad. Siempre usando disfraces diferentes tratan de no herir a nadie en el camino, gracias a que su líder, Doug (Affleck) es un tipo pacífico dentro de todo. La película comienza con un asalto con muchos remanentes del comienzo de El Caballero… Golpean al subgerente del Banco (Victor Garber) y se llevan a la gerenta (Rebecca Hall) como rehén, dejándola en un playa sola. Sin embargo a Jem, el miembro más violento de la banda (Jeremy Renner) esto no le gusta y Doug decide ir a vigilar sus acciones, pero termina enamorándose de ella. Al mismo tiempo, por un tenaz y persistente agente del FBI (Jon Hamm). Y la banda seguirá tocando…

    Affleck, criado en los suburbios pobres de Boston, situó en el mismo sitio su guión (supuestamente co escrito con Matt Damon) de En Busca del Destino (Good Will Hunting). Sus protagonistas están rodeados por las bandas callejeras que frecuentaba Will (Damon) en la misma película, y un entorno de drogas y prostitución. Generalmente los trabajadores de la zona son obreros o trabajan en la construcción. De hecho es bastante divertido ver en un momento a Affleck con el mismo traje que usaba en la película de 1997. Entre ambas vale recordar una película por demás curiosa como Desapareció una Noche, más cercana a un Clint Eastwood que a un Michael Mann, este thriller dramático sobre una nena que era secuestrada en complicidad con la policía planteaba debates interesantes sobre las consecuencias de ser criado en un ámbito social “peligrosos”. ¿Dónde debía recaer la educación y crianza de un infante de 6 años si la única cuidadora era una madre soltera drogadicta y alcohólica? ¿Mandarlo a un orfanato, lugar donde, según las perspectivas de los personajes, comenzaban las pandillas juveniles o dejarlo con la madre?,

    Ben Affleck daba un happy end con sabor ambiguo en dicha película.

    Esta vez, deja de lado las sutilezas, y le da prioridad a la acción antes que al debate social, que también está pero no tanto en primer plano. Quizás a modo de desafío, se tomo más en serio otros aspectos como el montaje y la fotografía, antes que la historia en sí, la cuál no escapa de los lugares comunes de las películas mencionadas previamente. Sin embargo no descuida a sus protagonistas y al igual que Eastwood encara una dirección actoral clásica. Las mejores actuaciones las logra, aunque sorprenda, de él mismo y sobretodo de Rebecca Hall. No digo que Affleck haya mejorado mucho, pero desde Hollywoodland ha madurado. Mientras tanto Hall, es maravillosa, un milagro interpretativo descubierto principalmente por Nolan en El Gran Truco y explotado por Woody Allen en Vicky Cristina Barcelona: sensible, dura, inteligente, una perfecta femme fatale, aun cuando el personaje no es malo. Pero ha tener en cuenta. Me recuerda un poco a Ava Gardner. En su frialdad hay algo muy sensual…

    En cambio, otros personajes son llevados al borde del absurdo y lo caricaturesco, como Jeremy Renner, totalmente acelerado y sobreactuado (en contraste con la frialdad que mostraba en Viviendo al Límite) y sobretodo Jon Hamm (el actor de Mad Men, con un gran parecido físico entre John C. MacGinley y Christopher Reeves), excesivamente superficial. Es más interesante la actuación y el personaje del asistente, Titus Welliver (el hombre de negro de Lost) Al elenco se suman la atractiva y prometedora Blake Lively, y dos monstruosos trabajos de dos sólidos veteranos como Chris Cooper y Pete Postlewhite.

    Atracción Peligrosa es más ágil que Desapareció… tiene buenas cuotas de acción, dramatismo (sin caer en lo telenovelesco) y reflexión. No alcanza la profundidad psicológica (ni la duración, por suerte) de Fuego contra Fuego, pero sí nos presenta a un actor, que muchos ya daban por muerto, encarando nuevamente un rol detrás de cámaras por demás interesante. Robert Elswitt como director de fotografía, ayuda que cada plano de la película tenga atracción para el ojo del espectador (excepto los flashbacks en blanco y negro, que están de más).

    Atracción… es un thriller de la vieja escuela, bien pensado, un poco frío en ciertos aspectos, y no tan humanizador (más cerca de Kubrick que de Huston se podría decir), que no sale de algunos estereotipos y situaciones previsibles, pero estos aspectos no le juegan demasiado en contra.

    Esperemos que mientras la ciudad duerma, esta nueva casta de malditos liderada por Ben Affleck, quizás en una tarde de perros en punto límite, siga dando golpes de este tipo… y que nuevas generaciones sigan honrando la memoria de Edwin S. Porter.
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  • El ocaso de un asesino
    Se le acabaron las millas

    Le puede ir muy bien en los casinos de Las Vegas y de Europa, pero con el amor no tiene suerte hacer rato.

    George Clooney es un galán descorazonado. Al menos en sus últimas interpretaciones.

    Esta vez en El Ocaso de un Asesino, sino las puede tener… las mata.

    El personaje de Jack hace recordar un poco al Ryan de Amor sin Escalas, un hombre taciturno, con un pasado oscuro, solitario, sin hogar fijo, experto en lo suyo, que desea que cada nuevo trabajo sea el último porque siempre termina perdiendo una mujer en el camino.

    Rodeado de una típica villa italiana, se enamora de una prostituta hermosa, con la que se quiere escapar después de realizar una última misión, en la cual no va a tener que soltar disparos supuestamente sino solamente armar a una bella asesina.

    Este segundo largometraje de Corbijn prometía desde el trailer y el afiche inicial, mostrarnos una perspectiva europizada de las películas de asesinos profesionales. En ese sentido, el director de Control cumple, al menos en términos cinematográficos. Junto con el director de fotografía, aprovechan al máximo cada paisaje europeo (ya sea Suecia o Italia) para enfatizar la desolación de este personaje que solamente tiene que esperar… a que le llegue la hora.

    Corbjin trabaja el personaje de Jack en varios niveles psicológicos y existenciales, pero sin ser redundante o explicativo. El sutil, fino y elegante trabajo de George Clooney es muy interesante para entender el funcionamiento de la mente de este hombre.

    Corbjin trabaja con cuadros, no con planos. Trabaja con una simetría total completamente pictórica clásica, y aplica dicho clasicismo en la elección de las referencias cinematográficas que utiliza.

    La película remite a los policiales negros de principios de los ’50 con un protagonista al que no le queda mucho tiempo de vida, y a la vez por la elección de los principales personajes que lo rodean, Clara (la prostituta) y el padre Benedetto, un cura bonachón, con un secreto a cuestas.

    También se nutre, y muy bien a los policiales dramáticos europeos de los años ’60, especialmente los franceses como A Pleno Sol, de René Clement, donde por primera vez aparecía el personaje de Tom Ripley (Alain Delon), también reconocido en El Amigo Americano (de Wim Wenders con Dennis Hooper como Ripley).

    Si bien, Jack no es un sociópata como Ripley, el hecho de ser “un americano” forma parte fundamental de la estética narrativa de la película, donde se hace hincapié en la utilización del termino “americano” según la cultura europea: un café americano, el tema “No parlo americano” (que salía en El Talentoso Sr. Ripley para seguir en los paralelismos con el personaje de esta película).

    Y no falta tampoco la sensación de estar viendo un western crepuscular como A la Hora Señalada o Quién le Disparó a Liberty Valance, donde el “héroe”, debía esperar la llegada del villano en un pueblo pequeño y de paso, se enamoraba de la chica menos pensada antes de duelo final.

    Esta vez, el villano es dejado a un segundo plano para centrarse en crear a este antihéroe.

    Y en este sentido es donde encuentra más agujeros la película.

    Si bien desde un punto de vista visual e interpretativo, el talento artístico de fondo es innegable, la imagen está trabajada en sentido plástico, e incluso los tiempos son diferentes al de los thrillers estadounidenses contemporáneos, pero no por esto es densa o aburrida (aun cuando no hay mucha acción, Corbijn maneja muy bien los climas de suspenso y da falsas pistas al personaje, y al espectador), a nivel narrativo, la historia es demasiado previsible y convencional.

    Al hablar de Erase una Vez en el Oeste, Sergio Leone (quien tiene un homenaje justificado en el film) dijo: “Es una danza de la muerte: desde el principio sabemos que los personajes no van salir vivos”.

    Ahora bien, la comparación es un poco banal: mientras que Leone sabía como rellenar el desarrollo de la película con lirismo auténtico, humor y escenas de acción soberbias, Corbjin se limita a dejar que el tiempo pase… y pase… Por lo tanto, cuando termina el film, uno dice… “Al final, todo terminó como pensaba”.

    Nos quedaremos con los méritos de un director cinéfilo, excelente constructor de climas y encuadres, las soberbias interpretaciones de Clooney, Plácido (Clara), Bonacelli (el cura) y Leysen (Pavel, el jefe de Jack) antes que una historia tan remanida, con tantos lugares comunes.

    Demasiada película para tan poco guión.
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  • Gigante
    Gigante
    A Sala Llena
    Amor a Distancia

    Olvidémonos por un minuto del guión, de los diálogos, de los personajes. ¿De que se trata el cine? ¿De que se trata el arte en general? De miradas. Puntos de vista. Aprender a ver, observar. Se ha dicho por ahí que los cineastas son grandes vouyeristas del mundo que representan su visión a través de la cámara. Bueno, lo mismo se puede decir de los artistas plásticos, de los fotógrafos, incluso de los escritores. Pero en el cine, la visión está en constante movimiento, por lo cuál el receptor de la información no tiene tiempo “eterno” en realidad, para quedarse mirando una simple imagen (incluso en una película de Kiorastami). Cuando uno va al cine está obligado a moverse, a ver como el cuadro cobra vida y movimiento. Mirada y movimiento. Eso caracteriza al cine.

    ¿Y cuales son los pilares fundamentales de Gigante? Justamente eso: mirada y movimiento. Y no hablo de travellings. Es más el 80% de la película está filmado con planos fijos, pero cuando tiene que moverse, se justifica, y la técnica, ahora sí llamémosla travelling, está al servicio de la historia. Por lo tanto, esta autoconciencia de la importancia de las miradas, los encuadres y el movimiento en Gigante, hacen de esta “pequeña” película uruguaya, una de las mejores obras del año.

    Discípulo del cine de Robert Bresson más que de George Stevenson (cuac), Biniez apuesta por un minimalismo austero pero riguroso, sin nunca perder de vista a sus protagonistas, la historia e incluso, el propósito real de la película: contar un clásico relato de amor.

    El cuidado de la puesta en escena es proporcional al excepcional guión, apoyado por el Hubert Bals, en Alemania.

    Jara es el guardia de seguridad nocturno de un hipermercado en Montevideo. Es un hombre realmente corpulento, una bestia anatómica. Su trabajo consiste en vigilar un pequeño monitor por donde van pasando sucesivamente las imágenes que graban las diversas cámaras de seguridad, y anotar anomalías. En su tiempo libre juega a la Play con su sobrino y los fines de semana es patovica en un boliche de Heavy Metal.

    Un día, queda prendidamente enamorado de una de las chicas que limpian. A partir de ese momento, y en parte carcomido por la culpa, empieza a seguirla después que ambos terminan su turno nocturno. Al igual que el protagonista de la ópera prima de Christopher Nolan, Following, Jara sigue a Julia por el barrio, empieza a conocer su vida, sus rutinas e interiorizarse de su “vida amorosa”. Al mismo tiempo, en el trabajo debe luchar con las presiones diarias: un supervisor molesto, compañeros que se quejan de contracturas, y fundamentalmente, la amenaza de despidos masivos.

    Pero a Jara solo le importa una cosa: Julia. A pesar de ser algo rústico, este “seguidor” empieza a convertirse en una suerte de “héroe urbano” al tiempo que trata de pasar desapercibido ante los ojos de Julia.

    Biniez recrea una historia de amor clásica: la bella y la bestia, pero solo desde el punto de vista de este último. La “brutalidad” de su comportamiento diario contrasta con la timidez, ternura e incluso, comportamiento infantil cuando sigue a Julia. Los celos, el miedo, la protección. Biniez trabaja con un humor sutil, sencillo y efectivo. Cálido. Lejos de la pretensión intelectualoide. La manera en que construye ambos personajes es maravillosa. No vale develar mucho, pero préstenle mucha atención a las palabras que Julia dice en toda la película.

    Pero no es solamente el tacto de Biniez para crear esta historia y representarla, lo que convierten a Gigante en un film… gigante. Horacio Camandule, austero, natural, brutal es increíble. Desde sus pequeños ojos, se pueden leer muchas cosas, y al mismo tiempo, estamos frente a una persona sincera y honesta. Al mismo tiempo, la frágil interpretación de Leonor Svarcas, es perfecta como contrapunto de Camandule. Sin dudas, se trata de la pareja perfecta.

    Desde la cuidada fotografía que toma elementos del cine de Kitano (como Escenas Frente al Mar), los encuadres, la música incidental, el montaje externo y sobretodo el interno de los planos, Gigante es una de esas pequeñas películas, a las que uno le encuentra más elementos y facetas a medida que pasan los días. Porque si encanta por la historia, al tiempo que uno la está viendo, va creciendo en perspectiva cuando sigue reflexionando sobre ella (y especialmente cuando la compara con la mayoría de los demás estrenos de la semana).

    No se trata solamente de una historia de amor, es una película política, es una película sobre la cura de la soledad, de superar los miedos y aversiones de la sociedad, de ir en contra del sistema, incluso. Biniez se ha criado trabajando a la par de Rebella y Stoll (directores de Whisky y 25 Watts, donde colaboró) y ha tomado lo mejor de su lenguaje austero, su humor lacónico, melancólico pero a la vez querible

    Generalmente, no me gustan las comedias románticas estadounidenses. Me parecen todas iguales, por eso Gigante, sin ningún exceso me pareció increíble. La comedia romántica del año.

    Es cierto, que hay una escena promediando la hora de metraje, que queda un poco inconexa y no logra resolverse concretamente. Pero Biniez repara este descuido narrativo / formal con otra escena y un plano que resumen toda la película, donde la pauta es, que ni los personajes ni los espectadores lo sabemos todo. Que siempre hay otra mirada dentro de una misma mirada. Un solo plano, que sería la envidia de Orson Welles y emocionaría al propio André Bazin.

    Ganadora en Berlín del Oso de Plata: Gran Premio del Jurado, a la mejor Ópera Prima y el premio Alfred Bauer, Gigante, anuncia que del otro lado del río (aunque es argentino), Adrián Biniez es un realizador sensible y reflexivo a tomar en cuenta.

    A pura mirada… a puro movimiento… nos ha mostrado su visión del mundo, y compartido con nosotros, qué hay más allá del ojo de la cerradura, o en este caso, del otro lado de la pantalla.
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  • Enterrado
    Enterrado
    A Sala Llena
    Otro Ejercicio Cinematográfico Disfrazado de Thriller y van...

    El thriller, sobrenatural o no se ha convertido en un género propicio para que los realizadores puedan experimentar con la técnica, ya sea en cuanto a efectos especiales o a “minimalismo” absoluto, y a la vez para poder cumplir con los sueños de los estudios y productoras de Hollywood: logran un producto solventemente comercial, atractivo con muy pocos recursos, y sobretodo poco dinero, pero que termine generando enormes recaudaciones.

    Estos “ejercicios cinematográficos disfrazados de thrillers” no son novedosos. De hecho, el maestro del suspenso Alfred Hitchcock fue uno de los primeros en experimentar con el thriller La Soga (1948), supuestamente filmada en plano secuencia. Pero, él mismo admite que el producto no fue totalmente logrado, que faltaban ingredientes, que a excepción de James Stewart las interpretaciones no eran convincentes y había demasiada influencia de la obra de teatro original.

    Otras películas que se animaron a adaptar thrillers teatrales a la gran pantalla sin pretensiones de experimentar con la técnica tuvieron mejores resultados: 12 Hombres en Pugna (1957) y Espera en la Oscuridad (1967). Ambas suceden 90% de la acción en el mismo interior, con pocos (pero excepcionales intérpretes) y no se necesitan planos secuencias elaborados, ni técnicas novedosas para generar tensión. Solo un buen director, un buen elenco y un excelente guión.

    El caso de Enterrado se emparenta más al de las películas de cine independiente que sorprendieron por su minimalismo formal que a estas producciones importantes del Hollywood clásico. O sea, El Proyecto Blair Witch, Actividad Paranormal y Mar Abierto. Personalmente, las tres me parecieron desastrosas como obras cinematográficas. Sobreestimadas, fallaban en las tres claves que deben predominar en este tipo de thrillers, y por encima de todo, me resultaron aburridas, soporíferas. Ejercicios que no debían salir de las escuelas de cine. Sin embargo hay un cine más comercial, que también tuvo estas pautas (pocos actores, lugar reducido) que también fallo (en lo cinematográfico) por culpa de los mismos inconvenientes: El Juego del Miedo (que abandono el ejercicio por el morbo en sus secuelas y dejo de ser un mero ejercicio), Enlace Mortal (o el santuario de la redención de Colin Farrell por el cada vez más mediocre Joel Schumacher) y la olvidable El Cubo. Ninguna era muy original que digamos en su historia, y menos en su desarrollo.

    En ese sentido, esta segunda obra del español Rodrigo Cortés supera a las anteriores. Si bien el argumento es básico y remanido, al menos se las ingenia para hacer una crítica, no tanto a la participación estadounidense en la Guerra de Irak, sino a la burocracia imperante en Estados Unidos, y sobretodo a la poca importancia que el gobierno y los agencias de espionaje le daban a los soldados y empleados en el país de Medio Oriente. Poco importa la inverosimilitud acerca de cómo se realizan las llamadas, el costo de las mismas o la manera en que todos enseguida le creen a Paul que esta enterrado bajo tierra hablando por celular.

    Hitchcock era el rey de la inverosimilitud y sacaba pecho orgulloso de eso. En ese sentido Cortés, con su ironía y humor negro (al igual que al director británico le brota un morboso deseo de hacer sufrir a su protagonista y al espectador de principio a fin) se acerca bastante al realizador que, como queda en evidencia desde la excelente y cautivante secuencia de títulos (homenaje a Psicosis) toma como primer referente a tener en cuenta.

    El problema no resulta sostener el interés. Aunque algunas situaciones resultan más forzosas que otras (por ejemplo, la de la serpiente, es casi una obviedad), el film es divertido y entretenido.

    La fotografía y el montaje aportan dan ritmo, ayudan a crear el clima ideal para que el espectador sienta claustrofobia (aun con algunas “libertades” y “engaños” visuales), pero con el correr de los minutos se distraiga mejor pensando en lo que pasa del otro lado de la línea. En ese sentido, uso de sonido, miradas y luces para crear un suspenso basado en el fuera de campo es efectivo. Pero volvemos a lo mismo. La técnica y la intelectualidad están al servicio de la historia, hay sutilezas políticas interesantes, crítica a la velocidad que tienen hoy en día las comunicaciones, el Internet y la popularidad de You Tube, pero nada más. Y es cierto, que ya vimos estas “críticas” en otras oportunidades y resueltas de maneras más profundas (esperemos ver que nos trae Fincher con La Red Social)

    No esperen ver una maravilla cinematográfica innovadora. Los españoles han creado las mejores obras de suspenso de los últimos años, es cierto. Desde Paco Plaza y Jaime Balaguero (REC) hasta Guillermo del Toro (filmó más en España que en su México natal), pasando por el subvalorado Juan Carlos Fresnadillo (Intacto, Exterminio 2), Juan Antonio Bayona (El Orfanato) o Alejandro Amenabar. Todos excelentes exponentes. Y dejamos afuera los que no pasaron por la cartelera porteña como Nacho Vigalongo. Incluso Alex de la Iglesia ha demostrado solvencia en el género. Y Brad Anderson (El Maquinista, Transiberian) filma en España. Que la madre patria es la nueva capital del género y hacen de los grandes maestros, un monumento no hay quién lo niegue.

    Pero también es cierto, que como obras cinematográficas en sí, son todas menores. Ninguno realmente “innovó”.

    Si bien la película elude casi todos los lugares comunes, e incluso se burla del típico final sentimentaloide estadounidense, detrás de la técnica, de la fotografía, de la imponente banda sonora de Victor Reyes (con elementos de Herrmann y Zimmer) y la curiosidad, solo tenemos un producto entretenido y pochoclero más. Efectista y solventemente realizada. Pero solo eso.

    Entonces, decíamos. La dirección es buena, el guión del joven Chris Sparling muy básico… y ¿el intérprete? El canadiense Ryan Reynolds es quién saca a este experimento y ejercicio realmente de la mediocridad. No solo porque es creíble, sino porque es carismático y sabe como equilibrar sus aptitudes para la comedia con comentarios cínicos (rasgos de su personaje en la serie que lo hizo famosos: Two Guys, a Girl and a Pizza Place) con momentos de dramatismo y tensión, suficientes para contagiar de “pánico y desesperación” al espectador. Se pone la película sobre sus hombros. Por el teléfono desfilan interesantes voces de actores secundarios como Stephen Tobolowsky y Samantha Mathis. Pero la verdadera “compañera” de Reynolds es una “linterna verde fosforescente”. Imagino que se la pusieron ahí para que se vaya acostumbrado a usarla…

    Una curiosidad: en los agradecimientos aparece Leonardo Sbaraglia, el intérprete de la ópera prima de Cortés. Quizás porque la película iba a filmarse primero en español, pero después vieron que funcionaría mejor comercialmente con intérprete angloparlante. Pero hubiese sido divertido ver como reaccionaba un argentino en semejante situación ¿no?
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  • Orquesta roja
    Orquesta roja
    A Sala Llena
    Cuando el Hombre Muerde al Perro

    En medio de la guerra por la nueva ley de medios, la lucha contra los monopolios y el cuestionamiento sobre la manipulación de la información se estrena Orquesta Roja, ópera prima de Nicolás Herzog (nada que ver con Werner).

    Nos tenemos que remontar diez años atrás para entender de donde proviene la verdadera historia de estos personajes.

    Concordia. Desocuoación y pobreza. Un grupo de militantes de izquierda lideradas por desempleados como Juan María “Chelo” Lima, Carlos Sánchez y la joven Patricia Rivero, pedían al gobierno que se ocupe de estos problemas. Cuando los noticieros no quisieron cubrir más los cortes de ruta, para volver a llamar la atención, hicieron un convenio con Crónica TV para que transmita un falso video, donde los miembros del partido se hacen pasar por un grupo guerrillero denominado “Comando Sabino Navarro”, se ponen cazamontañas y simulan que entrenan en un monte junto a las ruinas de una vieja iglesia. El tiro les salió por la culata. En vez de enfocarse los medios en difundir el mensaje, el pedido del “Comando”, la policía y el ministro del interior de entonces, Federico Storani salieron a su búsqueda y los cazaron rápidamente. Como dice un anciano de la zona, “el problema fue que ustedes se convirtieron en el hombre mordiendo al perro". O sea, terminaron siendo noticia ellos y no su causa.

    Herzog reconstruye los hechos poniendo en ridículo a los medios locales y con la complicidad de los implicados (Chelo, Carlos y Patricia) que a la distancia pueden analizar los hechos con frialdad y haberse arrepentido de reaccionar de esa forma. Sin embargo, el director, de esta forma logra tres cometidos muy interesantes:



    En primer lugar, denuncia la manipulación que un medio amarillista como Crónica TV hace con sus notas, el morbo que rodea a los noticieros, y la forma en que la información llega a la población.



    En segundo lugar, permite darle espacio a los “culpables” de expresarse y contar su versión de los hechos frente a cámara, algo que no tuvieron en el momento de su detención, cuando solamente fueron exhibidos como locos (e incluso quería hacerles firmar un papel de que estaban insanos)



    Por último denuncia, la falta de compromiso que todavía hay hoy entre los gobiernos y la población del interior del país, la ineptitud de la justicia y los sucios arreglos que hay entre los políticos y los medios.



    Es muy interesante como los protagonistas se logran tomar con humor lo que hicieron, y el nivel de autoconciencia e ironía que le imprime Herzog a la reflexión de cómo se forma un grupo guerrillero hoy, un poco como hizo el estadounidense Jim Finn en Perú con el falso documental: La Trinchera Luminosa del Presidente Gonzalo (vista hace tres BAFICIS atrás).



    A la hora de recrear lo vivido el director combina un relato en primera persona (como si fuera un noticiero) con imágenes más plásticas creadas a partir de sombras, encuadres muy bellamente fotografiados de los cielos y la geografía de Concordia, para terminar en una especie de video clip reinvindicadora del protagonista con el tema “Post Crucifixión” de “Pescado Rabioso” sonando de fondo (igual que en Sin Retorno, estrenada hace una semana, pero de forma más justificada).



    Si bien empieza con gran ritmo, pasando los 45 minutos, este decae un poco, y ciertos pasajes se tornan monótonos y repetitivos en el final. También sería muy interesante que el film pueda ampliarse y exhibirse en material fílmico, de esta manera se podrá apreciar más la fotografía.



    Igualmente, lo cierto es que Orquesta Roja parte de un hecho anecdotario para analizar el rol que ocupan ciertos medios de comunicación hoy en día y lo fácil que resulta hacerle creer cualquier cosa a la gente.



    No por nada, la película comienza con una frase del personaje (y el director) más manipulador que hubo en la historia del cine, Charles Foster Kane. Es que en sí, lo que hacen los protagonistas con la película es lo que Kane no puede hacer con su vida: admitir su error. Quizás porque son humanos y no un “medio” (el staff de “Crónica” nunca se animó a dar la cara en el documental).



    Ahora bien, ¿dónde empieza la propia manipulación de Herzog y donde la libertad que les concedió a los protagonistas para revivir el relato tal cual fue? Eso no lo sabremos.



    Deberemos confiar en Herzog como confiamos en “Crónica TV”.
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  • Che, un hombre nuevo
    Entender al mito a través del hombre

    Tanto desde el género documental como desde la ficción nos han bombardeado innumerables veces con biografías sobre Ernesto Guevara, el Ché. No voy a dar la lista de trabajos. Desde lamentables telefilms hasta la bastante interesante interpretación de Benicio del Toro en la película de Soderbergh hemos visto al personaje, al mito, a la leyenda, cuestionada desde diversos puntos de vista.

    Pero, Tristan Bauer, decidió mostrarnos al Che desde la óptica del personaje. O mejor dicho desde las conclusiones que él saca a partir del material de archivo que el propio Guevara fue dejando por el largo camino que transitó desde Rosario a Buenos Aires, desde Buenos Aires a La Habana. De allá al África y por último a Bolivia, donde fue asesinado.

    Bauer, se aleja de la posición política que ocupa en el actual gobierno, del Canal Encuentro, del arduo trabajo que significó realizar una epopeya como Iluminados por el Fuego y regresa a la génesis de su filmografía: el documental, donde ganó los mejores elogios de su carrera. De hecho, Cortazar es uno de los trabajos más premiados de los últimos años.

    Por lo tanto, habiendo leído que la investigación de Bauer y Scaglione llevó más de 12 años (lo estrenan en un nuevo aniversario del asesinato), se podía esperar un trabajo interesante, inspirado, diferente sobre una de las figuras políticas más controversiales y cinematográficas. Si hasta John Carpenter lo incluye en la secuela de Escape de Nueva York.

    La película empieza con imágenes subyugantes de la guerra de Vietnam que remiten un poco al comienzo de Apocalipsis Now, con la diferencia que estas imágenes son reales. De fondo se puede escuchar una voz masculina (uno de los hijos de Ernesto Guevara) leyendo reflexiones del protagonista del documental. Ya ante este hecho, comprendemos que la película va a tomar un camino más lírico que convencionalmente narrativo. Las imágenes tienen una calidad técnica asombrosa. Realmente este documental fue hecho para cine.
    El viaje de Bauer empieza en La Paz, en la búsqueda del material. A partir de ahí y a través de su voz, de la de Camilo Guevara y grabaciones del propio Che, empezaremos a entender al personaje, y conocer al hombre.

    No tanto porque la película haga hincapié en su vida privada (a pesar de estar narrada en forma cronológica) sino más bien en su pensamiento, en sus reflexiones, en el evolutivo proceso que llevó la creación de una ideología política.

    Además de conocer la faceta más artística del personaje: su pasión por la fotografía y la literatura: los autores que leía mientras realizaba sus viajes, fragmentos de sus diarios, poesías que le escribió a su segunda esposa e hijos.

    Bauer aprovecha material audiovisual inédito, fotografías y fragmentos de películas sobre Cuba como Memorias del Subdesarrollo de Tomás Gutierrez Alea y La Hora de los Hornos de Fernando “Pino” Solanas (al menos como documentalistas, se siguen apoyando) para construir el relato, y lo cierto es que la película tiene el espíritu de los documentales más militantes de los años ‘60s sin tratar de proponérselo. No hay entrevistas grabadas, opiniones aleatorias o contradictorias. Las contradicciones del personaje de dejan entrever por lo que el propio protagonista escribió: sus reflexiones sobre el comunismo, Stanlin, Fidel…

    Bauer retrata un momento histórico fundamental para la historia detrás de su protagonista. Prácticamente es muy poca la participación que tiene dentro

    personajes emblemáticos de la Revolución Cubana como Fidel Castro o Camilo Cienfuegos. Tampoco tienen mucho lugar, la esposa e hijos del Che. Pero no es necesario ni fundamental, porque acá no se trata de conocer la historia del personaje sino su pensamiento. De plasmarlo, pero no con una intención panfletaria sino reflexiva. Bauer deja bastante abierta su posición con respecto a lo que hizo Guevara. Consigue demostrar que era un hombre con sus pro y contras. Le da bastante lugar al enfrentamiento del revolucionario con sus dos principales enemigos: el asma y el imperialismo.

    La película converge con el cine de espionaje en el momento que el protagonista deja Cuba para adentrarse en el Congo y la fallida misión de crear un Vietnam del Sur en el Continente Africano.

    Pero además de perfil político e ideológico, Bauer también resalta el costado aventurero y viajante de Guevara. Acompaña las reflexiones con panorámicas aéreas que se adentran en los territorios por donde andaba el protagonista de gran belleza visual.

    En este sentido los méritos recaen en Bauer y su habitual director de fotografía, Javier Julia. Acompañado por la banda sonora de Federico Jusid y la música incidental del francés Jean- Jacques Lemetre, junto a canciones de Daniel Viglietti, Alfredo Zitarrosa y Carlos Puebla, Che, Un Hombre Nuevo es un trabajo admirable en lo formal. Un ejemplo de documental cinematográfico y de investigación ardua. De saber como utilizar el montaje como herramienta fundamental para crear un relato en base a material de archivo, de cómo imágenes que independientemente cuentan una historia sirven en conjunto para recrear la historia de Cuba a través de los ojos de un personaje que a la vez se nutría de herramientas similares (su voz, una cámara fotográfica, un lápiz y un papel) para reconstruir lo que iba sucediendo a medida que sucedía.

    A pesar de que no se puede negar que estamos frente a un documental político, más de la ideología de cada espectador se debe admitir que no estamos ante un producto con intenciones manipuladoras e influyentes.

    Más allá de su extensa duración, que por momentos se hace notar (especialmente durante la segunda hora donde hay información un poco repetitiva) Che, un hombre nuevo, merecidamente premiado en el Festival de Cine de Montreal como el mejor documental, nos presenta a fin de cuentas, solo a un hombre, retratado por el mismo hombre… lejos de la iconografía, de la estampita, de los pin, del objeto de culto o moda… Y justamente, ahí, radica la novedad.
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  • No se lo digas a nadie
    De Entre los Muertos

    Hace más de 50 años, el maestro del suspenso Alfred Hitchcock, nos traía en una de sus mejores obras, Vértigo, la historia de un hombres obsesionado con una mujer muerta. El director hizo pasar al bueno de Jimmy Stewart por un detective que le quería hacer el amor a un cadáver y por eso transformaba a una simpática modelo en el “cadáver”. Por supuesto, al final, la modelo y la muerta eran la misma persona, todo formaba parte de un plan macabro, y el personaje se curaba del miedo a las alturas a la fuerza. Pero lo que realmente le interesaba al morboso del director era el hecho de que un hombre se pudiese enamorar de una muerta.

    Vértigo estaba basada en una novela de los franceses Pierre Boileau y Thomas Narcejac llamada “Entre los Muertos”.

    En No se lo Digas a Nadie, el protagonista, el Dr. Alex Beck (Cluzet) se obsesiona con encontrar a su ex mujer fallecida, porque cree haberla visto en un video, enviado por ella, tras 8 años de haber sido asesinada. A la inversa de Vértigo, se trata de un film francés que adapta la novela de un estadounidense.

    El director, es Guillaume Canet, un reconocido actor al que le fue bastante bien con su ópera prima, y para este segundo largometraje convocó a un verdadero seleccionado de actores para un thriller que, al menos durante 105 minutos o un poco más atrapa y tensiona mejor que uno de los últimos thrillers estadounidenses.

    Por supuesto, si detrás de la producción está Luc Besson, el ritmo adrenalínico está asegurado, pero la calidad y sutileza cinematográfica de esta película supera a todas las que ha producido el director de Azul Profundo.



    Es que Canet, más allá de darle ritmo, generar buenas escenas de suspenso, y crear escenas secuencia, le agrega un toque de lirismo que escasea últimamente en el cine francés más comercial contemporáneo.



    La película va sumando personajes, subtramas y giros argumentales. Tras la primera escena en la que se ve que Margot, la mujer de Alex es secuestrada, pasan 8 años y nos enteramos a través de flashbacks que Alex estuvo en coma y ella murió asesinada por dos ladrones que se querían hacer pasar por un asesino serial de moda. Cuando ambos son encontrados en el lago donde Margot fue asesinada, las sospechas caen en Alex. Al mismo tiempo, él recibe por mail un video donde Margot aparece viva ese mismo día. ¿Acaso se trata de un chantaje?



    A pesar de la complejidad de la historia y la manera en que aparecen detectives, testigos, familiares y bandas de pandilleros de los suburbios de París, la narración es emocionante. Más allá de que hay momentos medio cursis, sentimentaloides como flashbacks donde aparecen Alex y Margot de chicos, es la mezcla de film noir, melodrama romántico y policial urbano lo que provoca que el film sea tan atractivo.



    Visualmente, Canet logra momentos muy logrados, poéticos gracias la fotografía de Christophe Offenstein y persecuciones verosímiles con cámara en mano al mejor estilo Paul Greengrass con la serie Bourne.



    Las interpretaciones son sólidas. Cluzet (el excelente actor de El Infierno y la inminente La Mentira) logra un gran protagonismo, ni un gesto de más, ni una emoción exagerada, y sobretodo un trabajo físico que dejaría exhausto a James Bond. Lo acompañan veteranos maravillosos como Dussollier (fetiche de Resnais) y Berleand. Nuevamente, Kristin Scott Thomas se destaca en un film francés con frescura y espontaneidad y los breves minutos de Jean Rochefort son brillantes: apenas se le sube una ceja, se le mueve el bigote y ya dice más que muchos actores. Gestualidad mínima. Desaprovechada aparece una gran actriz como Natalie Baye, y el propio director tiene una aparición mínima pero fundamental.



    El grave problema del film es el final. Canet decide terminarlo de golpe. Explicar toda la trama en 5 minutos, ser redundante, obvio y sobreexplicativo a través del discurso de uno de los personajes. Es el pecado de los finales de todas las series detectivescas estadounidenses. Pero mientras que en las series se justifica por el tiempo limitado que se maneja en televisión, en No se lo Digas a Nadie, queda la sensación de que no supieron como desarrollar estas cuestiones de manera menos Agatha Christie (igualmente en las novelas de la escritora inglesa había pistas durante el desarrollo y muchos sospechosos, acá hay demasiadas explicaciones injustificadas).



    A pesar de esto, se trata de un film interesante y atrapante. Un thriller pretencioso, pero clásico en su concepto cinematográfico, sin efectos especiales, pero con un montaje videoclipero y elenco de lujo.



    Podría tratarse de un éxito de taquilla (de hecho lo fue en Francia y ganó muchos premios), pero en Argentina la estrenan con cuatro años de demora y en formato DVD en los cines Arteplex. ¿Alguna vez se sabrá armar una buena campaña publicitaria para un film europeo?



    Al final, los amantes del cine francés parecemos también un puñado de necrófilos.
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  • Mi familia
    Mi familia
    A Sala Llena
    Están todos bien
    Las reglas del juego están cambiando. La homosexualidad ya no es un tabú, no es un insulto, no es motivo para el chiste fácil… y tampoco es “tema serio para dramas sobre la identidad”. Abran los ojos, estadounidenses conservadores. Los matrimonios entre gente del mismo sexo es algo perfectamente natural y aceptado socialmente. La homofobia está pasada de moda. Toda pareja (no importa el sexo del par) está capacitada para criar chicos.

    Y mientras, acá en Argentina el tema del matrimonio y la adopción ya ni necesita discutirse, en el país de la “libertad”, el senado tiene todavía miedo de generar la propuesta.

    La excelente repercusión de la serie “Modern Family” y la película de Lisa Chodolenko en cuestión, debería ayudar a que el debate, al menos, se abra a los conciudadanos y les pregunten a ellos… que el pueblo decida si debe existir o no el casamiento gay. Pero no hay lugar más peligroso en el mundo que Estados Unidos para darle poder al pueblo.

    Mi Familia es una película con pretensiones de generar debate disfrazada de una comedia dramática familiar bastante clásica y conservadora.

    Acá no se discute el rol de la “familia” en la sociedad. Ni se discute si dos personas del mismo sexo pueden o no criar chicos. Lisa Chodolenko de primera da por sentado que la unión familiar (sin importar quienes compongan esa familia) es la base de la educación de los hijos, y que si durante 18 años un matrimonio de mujeres (en el contexto del film, el matrimonio gay es legal en Estados Unidos) pudo criar perfectamente a sus hijos, ¿por qué con la llegada de un hombre adulto las cosas van a cambiar?

    Claro, que pueden cambiar si este hombre es un mujeriego seductor sin remedio, pero Chodolenko decide sin ningún tipo de complejo hacer una película feminista en el mejor de los sentidos.

    Este cuarto largometraje de la directora californiana confirma que estamos frente a una autora para tener en cuenta dentro del cine “independiente” estadounidense. Hace unos años ya habíamos podido ver (aunque sea en DVD o Cable), la divertida Laurel Canyon con una gran actuación de Frances McDormand, que satirizaba la industria musical y el modus vivendi en California.

    Esta vez, Chodolenko pone su ojo en la relaciones familiares y los conflictos de pareja. No es tanto lo que pretende profundizar en cuanto a las “consecuencias” de criarse sin una figura masculina o como es el proceso de la inseminación. Estos temas son secundarios. Mi Familia habla sobre la madurez.

    Chicos que deben comprender el mundo que los rodea. Quienes son sus amigos, que es la familia, que es el amor. Pensar en el futuro, pero vivir el presente. Y también habla sobre la monotonía conyugal, de la importancia del diálogo en la pareja y con los hijos. Repito, todo en forma independiente a lo que podría generar “controversia”.

    Chodolenko tiene una estética visual invisible, decide darle mayor relevancia a los diálogos que a la estructura narrativa, que no se sale demasiado de los cánones convencionales (la película tiene momentos muy arriba pero también en los típicos conflictos dramáticos previsibles del subgénero familia “disfuncional”). Los personajes son verosímiles, creíbles, respiran y viven fuera de estereotipos. Este es el fuerte de la narración, acompañada de las magistrales interpretaciones de la mayor parte del elenco, que aportan una naturalidad invaluable. Si bien es cierta que los personajes aparecen y desaparecen por episodios, esta irregularidad no le termina quitando ritmo a la historia, y finalmente todo cierra de forma redonda.

    Los más jóvenes, Mia Wasikowska y Josh Hutcherson tienen buena química entre ellos, y logran interpretaciones destacadas. Mark Ruffalo, como el donante del esperma logra sus mejores momentos cuando no se toma en serio al personaje. Lo malo, es que tiene un registro actoral un poco limitado, por lo tanto, cuando los personajes de sus películas deben salir del comportamiento pasivo que caracteriza al actor, Ruffalo termina forzando este mismo comportamiento, y la austeridad da paso a reacciones poco creíbles de su parte. Esta película no es la excepción.

    Sin embargo, lo que realmente levanta al film, casi a un pedestal y es por lo que realmente, Mi Familia se hizo acreedora a tantos elogios, son las interpretaciones de Julianne Moore y, especialmente Annete Bening.

    ¿Hay algo que esta mujer no pueda interpretar? De acuerdo, siempre elige personajes de carácter fuerte, y este no es la excepción: Nic es la mujer de la casa, la que trae el dinero, el sostén, la que toma las decisiones importantes y decide que camino debe tomar el resto de la familia. Esta actitud prepotente la califica casi de enemiga, pero pronto las consecuencias del accionar de Paul (Ruffalo) le terminan dando la razón. Y Annette Benning se come cada escena en la que participa: el trabajo de voz, la postura al caminar, la seguridad de cada palabra que dice y cada palabra que se guarda. En una de las mejores secuencias, Chodolenko le otorga un primer plano de dos minutos en silencio, con sonido de fondo solamente que es formidable. Los rumores de Oscar no son en vano (ya se merecía el premio en 2004 por Conociendo a Julia, pero perdió por segunda vez contra Hillary Swank por Million Dólar Baby. Irónicamente cuando fue nominada por Belleza Americana, Swank le ganó por Los Muchachos no Lloran).

    También, en un rol más pasivo y tranquilo del acostumbrado se destaca Julianne Moore, aunque el personaje es muy parecido a otros que la actriz ya ha interpretado en el pasado. Lo mejor, es la química que ambas mujeres generan en la pantalla. Es el matrimonio más sincero visto en cine desde Elizabeth Taylor y Richard Burton en Quién le Teme a Virginia Woolf (y ellos eran pareja en la vida real).

    A pesar de tener ciertos pasajes dramáticos, Mi Familia es una comedia honesta, para debatir, discutir y reflexionar. Chodolenko logra mantener el humor y un clima positivista hasta el final, con ese agradable cinismo que caracterizaba a Billy Wilder. Lo que se dice una “soul food movie”. Para terminar de una vez por todas con los prejuicios y la hipocresías. Ahora sí, estamos todos bien.
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  • Wall street 2 - El dinero nunca duerme
    Las Burbujas se Pinchan muy Fácilmente

    “La codicia es buena”.

    Esta frase no solo es el leit motiv de la primera Wall Street (1987) sino que ahora es la línea argumental que parece defender Oliver Stone, el director la ¿saga?

    Porque por un lado, el director de JFK da vueltas por Sudamérica con la bandera chavista, moralista y kirchnerista, pero por el otro, a la hora de concretar un proyecto de ficción, revive a uno de los mejores personajes creados en su etapa más inspirada, contestaría y crítica de su filmografía: Gordon Gekko, inmortalizado en una merecida actuación ganadora del Oscar, por Michael Douglas. O sea, decide lucrar con una segunda parte. Y todos sabemos que no hay símbolo que represente más al imperialismo y capitalismo, que la repetición de una fórmula. Oliver Stone se contradice con lo que critica en sus documentales.

    Está bien. Las circunstancias políticas y económicas de la crisis financiera de octubre del 2008 daban el contexto perfecto para que Stone monte a un viejo vaquero de Wall Street como Gekko en la posición de líder del pelotón de la historia.

    Esta vez no está Bud Fox (Charlie Sheen, aunque hace un cameo que lo emparenta más al personaje de Two and a Half Men) sino Jacob Moore (Le Beouf) un inteligente corredor de una empresa accionista liderada por Lou Zabel (Langhella), mentor de Jacob. A su vez, éste se va a casar con Winnie, la hija de Gekko, que tiene un portal de Internet de izquierda.

    Sorprendentemente la película empieza de forma ágil, dinámica, divertida y atrapante, con reminiscencias al film original inclusive con las panorámicas de Nueva York y la tipografía de los títulos. Utilizando una edición multicámara, diálogos rápidos e ironía, Stone nos sitúa en el mundo donde vive Jacob. Pasará la primera gran caída de la bolsa y un hecho particular para que Jacob salga a buscar a Gekko como consultor financiero… a cambio le da la oportunidad de reconciliarse con su hija.

    La primera hora transcurre entre fluidos e interesantes diálogos propios de las bolsas de comercio informando acerca de la manera en que se manejan los negocios al espectador ignorante. Las compras, ventas, las trampas que se van poniendo uno a otro, para generar más y más dinero.

    La película va creciendo en magnitud a medida que pasan los minutos como una burbuja que se va inflando paulatinamente. Justamente, esta es el elemento simbólico que predomina: la burbuja. Stone mezcla la preocupación por el medio ambiente y el petróleo con los negocios en las oficinas.

    Visualmente es muy atractiva, el director hace uso y abuso de los susodichos multicuadros, iris, infografías científicas, etc pero lo que prevalece especialmente son las interpretaciones: por primera vez puedo decir que Shia Le Beauf ha madurado. El rol le viene como anillo al dedo, al contrario de lo que pasaba en la última Indiana Jones, donde nunca se lo vio cómodo y lejos del estereotipo de adolescente fracasado de Transformers o Paranoia. Reemplazando a Sheen, logran un trabajo convincente a lo largo de toda la película, sin momentos efusivos, sobrio, concentrado. Por otro lado, también se destaca nuevamente Josh Brolin como el magnate inescrupuloso del que se quiere vengar Jacob. Y Frank Langhella hace uno de los mejores personajes y actuaciones de su carrera en los pocos minutos que aparece en pantalla.

    El problema de la película no es el aspecto crítico o político, donde siempre Stone se sintió fuerte, sino el lado sentimental que le decidió imprimirle, el perfil humanizador que se va impregnando a lo largo de la segunda hora, cuando mayor relevancia tiene Gordon Gekko.

    El conflicto que tiene con su hija es demasiado clisé y cursi. Aunque Mulligan hace lo posible por no desbordarse, tampoco parece muy cómoda en el personaje.

    En cambio Douglas, parece repetir el personaje de El Hombre Solitario y no al Gordon Gekko original. La cárcel lo modificó, de acuerdo. No sabemos donde empieza el empresario manipulador y donde un hombre que lo perdió todo, y se dio cuenta que el dinero no es “todo” en la vida.

    El final es bastante absurdo, las conflictos se resuelven de forma fácil y rápida, pero lo más extraño es el carácter romántico y sentimental que toma el argumento. Como si Stone se hubiese dado cuenta que siempre fue demasiado duro y cínico, y ahora a los 63 años ha decidido darle mayor preponderancia al romanticismo, a la esperanza de que la juventud puede cambiar el mundo, es más honesta y piensa en la ecología y el medio ambiente

    Pero lo más imperdonable en Stone, es que ahora perdona a los codiciosos. Para Stone ahora la “codicia es realmente buena”.

    Sí, el director que se pone la camiseta bolivariana decide no pegarle duro a los “pobres” magnates de Wall Street. ¿Dónde está el Oliver Stone combativo, anárquico, crítico?. Quizás metido en una burbuja. Pero las burbujas son fáciles de pinchar.

    Douglas volvió a sus mejores trabajos. Si bien no se destaca tanto como en El Hombre Solitario, encara nuevamente a Gekko con naturalismo. No es una caricatura pedante, sino un hombre de verdad con virtudes, emociones e ingenio. Sin un gesto de más, no se pone al hombro la película, pero logra empatizar con la película. El “maestro” Eli Wallach sigue tan enérgico como siempre a los 95 años. También aparece un cómico veterano como Austin Pendelton en un rol menor, y Susan Sarandon (nuevamente con Douglas en un mismo año) en una interpretación un poco sobreactuada y desaprovechada.

    En conclusión, Wall Street: El Dinero nunca Duerme no tiene el carácter transgresor de la primera parte, Stone utiliza muy bien los recursos cinematográficos (montaje y la fotografía de Rodrigo Prieto) al principio pero se los olvida al final. Se ata a un guión demasiado acartonado, no profundiza demasiado en los planteos iniciales y toda la crítica capitalista termina siendo banalizada. Si bien, se deja ver, es el elenco, el que termina por justificar el precio de la entrada. Una lástima.
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  • Mis días con Gloria
    Los Últimos Días de la Víctima en Sunset Boulevard

    No hay tanta ciencia detrás del cine. A veces, hay íconos, leyendas vivientes que merecen un último reconocimiento. Un fanático de dicho ícono se adhiere como productor de un proyecto e insiste en darle ese último contacto, el último suspiro, la última posibilidad de reencontrarse con el público.

    Así fue como Billy Wilder, cuando empezó a trabajar en el guión de El Ocaso de una Vida, se acordó de Gloria Swanson, y así fue como Alberto Rodríguez Saa, gobernador de San Luis, se acordó de la Coca Sarli.

    Porque muchos de nosotros la conocimos por las reposiciones y otra generación ni siquiera la oyó nombrar. ¿Quién fue Isabel Sarli? ¿Quién fue Armando Bo? ¿Por qué su cine es tomado como objeto de culto hoy en día, cuando en los años ’60 y ’70 era censurado, insultado, subvalorado?

    ¿Cómo es que una modelo convertida en fantasía sexual para miles de hombres, se convirtió en un ejemplo a seguir en la lucha contra la oligarquía, los militares, y el poder regente en Argentina, animándose a romper con los tabús, a mostrar el perfil más denigrante de la naturaleza humana?

    Es probable que todas estas respuestas las tengamos que encontrar en el documental Carne Sobre Carne de Diego Curubeto.

    Pero la Coca merecía algo más que un documental… hace mucho La Dama Regresa de Jorge Polaco, había pasado sin pena ni gloria por la cartelera porteña. La Coca necesitaba esa Gloria. Y literalmente, la fue a buscar.

    Gloria Saten (Sarli) es una actriz venida a menos. En su mansión relucen afiches de películas que filmó con Armando Bo. Ahora, viaja a San Luis, a su pueblo natal para terminar con unos asuntos pendientes.

    Por otro lado, tenemos a Roberto Sánchez (Luis Luque, lejos de ser Sandro), un asesino a sueldo deprimido, cansado de su profesión, de ver sangre. No muy diferente al personaje que componía Federico Luppi en Los Últimos Días de la Víctima (1984) de Aristarain (incluso ambas empiezan con escenas similares. En 1987, Hector Olivera hizo una versión barata para Roger Corman en inglés: el protagonista mataba a Nathan Pinzón), o al protagonista de The Matador (2005) con Pierce Brosnan.

    Roberto trabaja para Orinal, un teniente corrupto (Repetto). En la última misión, que este le solicita, el asesino no logra llevarse una valija con 100 mil dólares y por lo tanto, sino consigue la plata en dos días, Orinal lo mata. Por desgracia o fortuna, Gloria se sube al remise, que Roberto usa como pantalla y lo contrata como chofer personal. De esta manera, Roberto tendrá una oportunidad para redimirse.

    Este regreso, tras 8 años de ausencia, del veterano Juan José Jusid tras las cámaras nos trae una película que visual y narrativamente atrasa en el tiempo. Podríamos decir que parece un thriller nacional clase B de fines de los ’80 o mediados de los ’90. Un guión que sufre bastantes falencias, clisés, lugares comunes, violencia gratuita, escenas de acción irrelevantes, huecos narrativos y personajes toscos, poco inspirados e inclusive inverosímiles como el de Orinal, no ayudan a que la película supere la media. Sin embargo, parece que Jusid logró recuperar algo del pulso para narrar thrillers que lo había perdido con una serie de películas comerciales, comedias con Francella o románticas con Echarri, que lo habían llevado por caminos erróneos cinematográficamente. El director de Tute Cabrero (1968), había logrado algunos productos interesantes en los ‘70s y ’80s como Los Gauchos Judíos (1974), Asesinato en el Senado de la Nación (1984), Made in Argentina (1987) o la polémica Bajo Bandera (1997), pero después su carrera decayó artísticamente con Un Argentino en Nueva York (1998), Papá es un Ídolo (2000) y Apasionados (2002). Sin embargo a todas les fue bien comercialmente.

    No vaticino lo mismo para Mis Días con Gloria. A pesar de que el relato no decae en ritmo y Luis Luque logra una gran composición, complejizando y humanizando, un personaje que seguramente no tenía tanta profundidad dramática, el film cae en diálogos casi risibles y el resto del elenco, con excepción de Carlos Portaluppi en una participación fugaz pero elemental para la trama, no ayuda demasiado, aunque tampoco desentona con la calidad con la que los personajes fueron escritos. Tanto Repetto como Isabelita Sarli fueron elegidos más por capricho e iconización que por otra cosa. Los rubros técnicos están un poco mejor, especialmente la banda sonora compuesta por Federico Jusid (hijo del director que compuso el tema de El Secreto de sus Ojos)

    Pero, más allá de estos aspectos, se logra rescatar una intención clara: darle un último reconocimiento a la Coca Sarli. Porque, detrás del film noir, de este mediocre policial que sirve de enlace para conocer a Gloria, tenemos un film claramente emotivo y nostálgico. Una despedida de un personaje que acompañó la infancia y adolescencia de muchos de nosotros. Ver a Gloria rememorando, cuan Norma Desmond, su filmografía (escenas de películas verdaderas de la Coca dirigidas por su marido), preguntándole al personaje de Roberto “era bella ¿no?” realmente termina sensibilizando hasta al cinéfilo más duro.

    Da la sensación que era ése el camino que realmente debía llevar la película. No divagar o distraerse con un policial negro, sino seguir una línea más clásica, más estadounidense: la relación de dos personas contrastantes en apariencia, pero que en el fondo se aman, se comprenden. Como sucedía con Jessica Tandy y Morgan Freeman en Conduciendo a Miss Daisy o Swanson – Holden en la película de Wilder.

    La conclusión sería: elementos de un film de Raoul Walsh con personajes sacados de un western crepuscular de John Ford con la dirección de Alan Smithee, por así decirlo.

    Bah! Por una vez, voy a dejar la crítica cinematográfica de lado y hacerle caso a mi nostalgia cinéfila. He visto cine argentino malo durante el año: películas pretenciosas, que ni valen la pena recordarlas. Mis Días con Gloria, es una película sincera, honesta e inclusive cálida. Con el correr de los días, la valoro más, aunque parezca mentira. Más allá de su irregularidad narrativa, se resalta un aire pesimista, un clima de finitud, una reflexión sobre la muerte, que el cine argentino parece haber perdido hace tiempo.

    Para finalizar, este último regreso de Isabel Sarli a la pantalla, se puede sintetizar con la siguiente frase de Norma Desmond:

    “Yo soy grande, son las películas las que se volvieron pequeñas”.
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  • El rebelde mundo de Mía
    Una Pecera a Punto de Explotar

    Un jueves hecho y derecho para la visión femenina. Además del estreno de la película a la cuál me referiré en las próximas líneas, quiero mencionar una curiosidad. Tanto, esta, como Comer, Rezar, Amar con Julia Roberts, Ni Dios, ni Patrón, ni Marido, Sofía Cumple 100 años, e inclusive, Mis Días con Gloria comparten algo en común: la mujer como centro de la historia.

    Puede tratarse de una visión un poco misógina de mi parte, pero es cierto. Debería darse más seguido, pienso. Es más difícil satisfacer el gusto femenino. Las mujeres son más selectivas y críticas. Necesitan varias propuestas en la cartelera para poder elegir la adecuada. Los hombres somos más simples. Nos ponen delante de la nariz, un afiche con Stallone, Statham, Li, Rourke, Lundgren, Willis, Roberts, Couture, Austin y Schwarzenneger y ni dudamos sobre lo que queremos ir a ver.

    El Rebelde Mundo de Mía, la vi hace casi un año atrás en la Semana del Cine Europeo en Buenos Aires que contó con la presencia de Thierry Fremaux. No hice reseña en su momento porque básicamente no hizo falta. De hecho, si cliquean acá, van a ver una excelente críitca de una ex compañera de la página.

    Pero como en A Sala Llena nos gusta la polivisión, voy a hacer un breve comentario sobre este demorado estreno.

    La directora Arnold (Red Road, inédita), construye el micromundo de Mía, una adolescente de 15 años que vive en los suburbios industriales de una ciudad inglesa. A pesar de ser atractiva y que los hombres la buscan, ella tiene un carácter especial y se anima a hacerle frente a aquellos que tratan de aprovecharse de ella. Digamos que no es buena estudiante, tampoco le interesa demasiado serlo. Es independiente, y necesita escapar de su ambiente familiar: su madre es alcohólica y vive organizando fiestas como si fuera también una adolescente.

    Entre los hombres que llegan a su casa, se encuentra Connor (el muy solicitado Michael Fassbender), quien demuestra cierto interés por Mia y su sueño: llegar a ganar un concurso de baile hip hop. Entre ambos empieza una relación casi incestuosa.

    Película que no deja de lado la crítica social contra los prejuicios económicos que existen sobre la clase industrial ingles en la línea de los films de Loach (como mencionó mi compañera) Arnold pone el ojo sobre la discriminación femenina, pero también hace hincapie sobre los dilemas de ser adolescente: madurar de golpe, tener que ser madre y hermana al mismo tiempo (Mía tiene un hermanito y lo tiene que cuidar constantemente).

    Si bien hay algunos momentos golpe bajos, logra sortearlos bastante bien, gracias a una gran adrenalina estética: cámara en mano, planos secuencia en constante movimiento, montaje abrupto. La banda sonora también ayuda. Especialmente el tema California Dreamin, que básicamente coordina con los sueños imposibles de escape que tiene Mia. Los personajes se mueven por un entorno real: los actores provienen de esas zonas. Arnold trata de mantener la verosimilitud en cada cuadro.

    Retrato duro, crudo y a la vez sensible, identificable. Notable trabajo de la debutante Katie Jarvis, poniéndose a los hombros la película entera. Austera, con unos bellos ojos claros, que denotan mayor inestabilidad emocional que cualquier diálogo. Fría, pero a la vez inocente y dura, la composición de Jarvis es para tener en cuenta para futuros trabajos. Una versión joven de Samantha Morton. El resto del elenco es soberbio

    Ganadora en Cannes, este segundo trabajo de Arnold nos demuestra que el lugar de la mujer en el cine es cada vez más prominente y preponderante. Años de discriminación y misoginia por parte de la industria cinematográfica mundial provocaron que la mujeres salgan a rebelarse con todas las ganas. Y lo festejo cada día más.
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  • El Rati Horror Show
    Se veía venir. Donde Piñeyro pone el ojo, pone la bala. Esta vez, incluso literalmente.

    No hay lugar para la duda. Se trata de la película que para bien o para mal, le agregará polémica a un BAFICI que necesitaba de algún director que de un poco de color al Festival. Y nuevamente, el director de Whisky Romeo Zulu, lo hizo posible.

    La polémica comenzó el día que el film se estrenó en el BAFICI 2010. Desde poner sobre la calle Agüero frente al Coto, un “stand” con el coche “protagonista” de una masacre, incomodando a cada patrulla que pasa cada 10 minutos a observarlo, pasando por una polémica estética documentalista, donde el actor y director, en cierta forma, es investigador y abogado, en vez de cumplir solamente un rol contemplativo, de observador o narrador. Junto a un editor, Piñeyro denuncia la corrupción del sistema legal argentino, y comenzando por la Comisaría 34 de Boedo, hasta cada uno de los fiscales, abogados y jueces que condenaron a Fernando Carrera, una “victima” del gatillo fácil, que termino siendo chivo expiatorio de la “Masacre de Pompeya”, donde murieron 2 mujeres y un chico cuando fueron atropellados por Carrera tras una confusa persecución y tiroteo con la policía encubierta.

    Aterradora como en Fuerza Aérea, Piñeyro trata de armar un caso policial, un rompecabezas hitchcoiano, donde se condeno a un inocente por las malas políticas de nuestro país. Como si fuera un episodio real de una serie policial, Piñeyro demuestra la inocencia de Carrera entrecruzando material de archivo de noticieros y programas periodísticos con declaraciones juradas de su Juicio en el 2005.

    Piñeyro no se mantiene neutro. Arremete contra la policía federal y todos los involucrados en el crimen. Solamente entrevista en dos oportunidades a Carrera y un perito policial, pero lo importante, son las conclusiones que, desde su productora, el director saca junto a su editor sobre como sucedió el crimen.

    Cinematográficamente, Piñeyro asume un rol polémico al estar un 90% del metraje delante de cámara, por lo cual se va a ganar seguramente varios enemigos cinéfilos. Por mi parte, pienso que el fin justifica los medios, y la información y el método de Piñeyro de ser él quien saca las conclusiones y pone el dedo acusador (no lo esconde, pero lo demuestra), ayudan a generar empatia con el espectador. Sus comentarios irónicos, tristes, también ayudan a que el relato no caiga en una manipulación sentimentalista de los hechos, y alivianar un poco la información, aun cuando estos momentos de humor, sean quizás, los mas difíciles de creer y digerir. El armado completo del caso, lo deja abierto para que el espectador racionalice y arme el rompecabezas, con las piezas que va dispersando sobre su escritorio. Solamente un prologo con la presencia de Cecilia Rosetto queda un poco descolgado y forzado.

    Ayudado por reconstrucciones animadas de los hechos, un par de experimentos al aire libre y muñecos que representan a los imputados (los jueces) junto a una soberbia fotografía y puesta de cámara, El Rati Horror Show, es al igual que las películas de Michael Moore, una propuesta que va a generar controversias, entre seguidores y detractores del director, pero que, aun así, termina siendo una excelente muestra de cine político contemporaneo, de visión imprescindible.
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  • El baile de la victoria
    Fábula Trasandina

    Y un buen día, Fernando Trueba decidió volver a la ficción. Tras varios años en los que se dedicó a dirigir y producir (e incluso fundar un sello discográfico) excelentes documentales sobre música latinoamericana como Calle 54, Blanco y Negro y El Milagro de Candeal, el prestigioso director español de Belle Epoque y La Niña de tus Ojos, decide crear una ficción de pretensiones épicas. Cruza el océano Atlántico con su mirada, traspasa la cordillera andina y llega a Chile.

    ¿Por qué lo hizo? Porque es un romántico empedernido. Porque ama el cine clásico del Hollywood dorado (especialmente de Billy Wilder, con el que llegó a cosechar una gran amistad en los últimos años de vida de este mismo) y sentía la necesidad de volver a las raíces.

    No me considero un experto en su filmografía, pero puedo asegurar que es un director que sabe lo que quiere y ama los géneros como pocos.

    Y puso los ojos en la fábula de Skármeta que le cae como anillo al dedo con respecto al resto de su obra. No es la primera vez que el autor chileno sirve de inspiración para una adaptación cinematográfica: en 1994, Ardiente Paciencia fue llevada exitosamente a la pantalla grande bajo el título El Cartero (Il Postino) por el hindú Michael Radford con inolvidables interpretaciones de Phillipe Noiret y el finado Massimo Troise. La película fue uno de los grandes éxitos sorpresa del año, fue nominada al Oscar en varios rubros y el argentino Luis Bacalov ganó el premio por la banda sonora.

    Con tales antecedentes, El Baile de la Victoria, prometía ser un regreso con gloria. Pero no lo fue. La crítica y el público no lograron entusiasmarse tanto esta vez (aun cuando fue nominada a 9 premios Goya y enviada como representante española al Oscar). Sin embargo, en lo referente a gustos no hay nada escrito, y voy a tratar de deshilvanar los aspectos por los cuales, este baile deja un ambiguo gusto a victoria.

    Nicolás Vergara Grey (Darín) fue en algún momento un prestigioso ladrón de cajas fuertes. Cayó preso por 5 años y al salir lo único que desea es recuperar el tiempo perdido: una deuda que le debe un antiguo socio y volver a ver a su esposa e hijo. Angel (Ayala con marcado y verosímil acento chileno) es un joven delincuente juvenil que estuvo preso durante dos años y también acaba de salir de prisión. No tiene hogar fijo y deambula por las calles de la ciudad. Una tarde se enamora a primera vista de Victoria, una joven muda y humilde que vive en la casa de una veterana maestra de danza húngara.

    Los caminos del joven y el ladrón se cruzan cuando el primero le propone al segundo que roben dinero ilegal perteneciente a Pinochet (la historia sucede antes de que el dictador genocida falleciera).

    Con retazos de un spaghetti western o un film noir, Trueba construye un relato atractivo y romántico. Una fábula con reminiscencias épicas y fantásticas, donde la realidad social se entrecruza con los sueños de dos hombres: uno que se quiere llevar el mundo por delante, el otro que ha vivido demasiado y solo quiere estabilizarse.

    El guión se va abriendo a medida que avanza, como un abanico. Aparecen subtramas y más personajes típicos de las novelas negras: asesinos, usureros, apostadores. Trueba agarra elementos de Casta de Malditos de Kubrick o Mientras la Ciudad Duerme de Huston. Pero también parece haber inspiración de otros autores contemporáneos que realizaron trabajos parecidos: lo más cercano, Sendero de Sangre (2002) película con argumento similar protagonizada por Javier Bardem y dirigida por… John Malkovich.

    Así y todo con la presencia de Ricardo Darín en la pantalla resulta imposible para el espectador argentino no encontrar similitudes con las últimas películas de Eduardo Mignona (La Fuga, La Señal, ésta última dirigida por el actor con guión de Mignona), con el tono romántico, tragicómico que le imprimía a sus historias, donde el estilo novelesco se respira en cada diálogo, en la forma de estar montada, en que cada secuencia se va desarrollando. Por supuesto que la forma en que se va desarrollando la relación entre Angel y Vergara Grey, discípulo – mentor, remite indefectiblemente a una mezcla de Nueve Reinas con el tono lúgubre y oscuro de El Aura. Y por otro lado parece que Ricardo todavía no pudo quitarse del todo al personaje de Espósito (El Secreto de Sus Ojos).

    Más allá de eso, el argentino da una interpretación soberbia, melancólica, austera, que la ubica entre las mejores de su filmografía. Desde hace 10 años, que el actor viene mejorando trabajo tras trabajo y esta no es la excepción. A su lado, Abel Ayala (el protagonista de El Polaquito) hace un trabajo honesto y sensible. Un poco limitado debido a ciertos diálogos forzados pero creíble.

    La debutante Miranda Bodenhofer queda un poco relegada finalmente. Si bien es indudable su tierna mirada y su talento para la danza clásica, su interpretación no convence tanto como la del dúo masculino.

    La película tiene sus momentos altos y bajos. Varias situaciones no terminan por resolverse de manera verosímil, e incluso amagan con tocar límites absurdos. No todas las subtramas cierran convincentemente y algunos personajes desaparecen de la trama de forma repentina.

    Si bien, a pesar de su duración, la narración no se vuelve monótona ni lenta, hay momentos un poco edulcorados, que podrían haber sido eliminados del montaje final. Por otro lado, se agradece que Trueba no haya querido hacer demasiado énfasis en el contexto político - social de Chile, como quizás hubiese hecho algún realizador anglosajón.

    Bellamente fotografiada, un poco pretenciosa en su romanticismo, con sutilezas pero a la vez poca profundidad dramática (la película es bastante discursiva y obvia en metáforas), El Baile de la Victoria es una obra atrapante y entretenida, que lleva el sello de su realizador, una fábula mágica que no mereció críticas tan severas, pero que a la vez deja el sabor de aquellos partidos de fútbol que se ganan con lo justo: una victoria que podría haber tenido muchos más goles, pero se conformó tímidamente con el mediocre resultado final.
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  • El pasante
    El pasante
    A Sala Llena
    El funcionamiento de un hotel a través de los ojos de un pasante que va a trabajar como botones podría ser el disparador de muchas ideas. Una lástima que la joven Picasso ha decidido encararlo por el camino menos interesante. El protagonista (Ignacio Rogers con el acostumbrado rostro lacónico que perjudicó Como un Avión Estrellado de Ezequiel Acuña) es llevado por las narices por una recepcionista bastante hipócrita, que verá una tragedia donde no la hay.

    ¿Una comedia de enredos? ¿Un thriller? A la directora poco le interesaba encasillar en un género esta peliculita que no va para ningún lado… como los protagonistas. En algún momento de la narración, se incluye una cena donde se juntan los empleados de la cocina del hotel y tienen una discusión un poco más trascendente que la pareja protagónica durante toda la película. Pero la escena y los personajes quedan tan descolgados como Bruce Willis en película de Tarkovski. Si bien, en términos visuales, la fotografía de Fernando Lockett aporta un poco de estética, y los encuadres son más o menos interesantes, esta primera incursión de Picasso es decepcionante. A penas se puede rescatar un divertido homenaje a La Mujer Pantera (la escena de la pileta, obviamente), pero más allá de eso se trata de un film fallido, monótono, repetitivo, redundante. Los cuestionamientos de los protagonistas acerca del significado del amor son tan banales, que lo único que realmente queda claro, es que su realizadora, tenía un hotel (o varios) a su alcance y no supo qué hacer con ellos. Los espectadores no podemos darle la respuesta.
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  • El encanto del erizo
    El “soul food” cine no pertenece solamente a los estadounidenses.
    El Encanto del Erizo es una prueba fehaciente de ello. La joven directora Mona Achache crea una película que bien podría ser representada en teatro con total facilidad, aunque le da un interesante giro cinematográfico.
    La protagonista es Paloma, una joven de 11 años, hija de una familia aristocrática, cuyo padre es un insípido ministro del gobierno, y su madre, una superficial “dama de la sociedad”. Tiene una hermana adolescente que solamente se preocupa por su apariencia externa. Paloma es la “oveja negra” de la familia. Tiene una mirada nihilista de la sociedad, crítica en cuánto al comportamiento de su familia, y una actitud anarquista.

    Sus hormonas en vez de llevarla por un rumbo sexual, la llevan a tener cuestionamientos existencialistas y sociales: promete suicidarse cuando cumpla los 12 y dejar un testimonio de su visión de la humanidad registrado en una cámara.

    De esta forma, la película toma el punto de vista de Paloma y su visión desde dos puntos de vista. Es probable, que si toda la obra hubiese sido registrada solamente en este último formato estaríamos hablando de un film un poco más osado e interesante a nivel cinematográfico. En cambio, la directora toma un rumbo bastante convencional. Aunque admitamos que el uso de la cámara “diegética” termina en un abuso indiscriminado de la técnica, que a veces llega a resultados absurdos (Actividad Paranormal)

    Pero no nos vayamos por la tangente.Muy, por debajo de Paloma vive, Reneé, la hosca y austera portera del edificio. Bajo la fachada de ser una mujer dura,
    Reneé guarda una personalidad culta, amante de la literatura y el cine japonés. Reneé suele pasar desapercibida para la mayoría de los habitantes del edificio, excepto por Paloma que reconoce en ella una belleza interior, relacionada con la cultura y la introspección del personaje.

    La vida de ambas se modifica cuando llega el Sr. Ozu al edificio. Un japonés viudo, que también verá en ambas mujeres, personas sensibles, cultas e inteligentes. Erizos, que tras una cobertura dura, lista para defenderse de los peligros externos, en el interior son personas amables.

    Achache hace una película “linda”, amable, agradable en tres cuartas partes. Si bien los diálogos y situaciones no son demasiado inspirados, y la acción se vuelve previsible, los tres personajes transmiten calidez. Hay que destacar las excelentes interpretaciones conformadas por la veterana Balasko-Igawa y la joven Le Guillermic como Paloma, una encarnación cinematográfica y francesa de una Mafalda post modernista.
    Durante el desarrollo, Achache hace “citas y homenajes” al cine japonés (especialmente Ozu) de la forma más literal posible, y también a nivel literario a
    Tolstoi y Anna Karenina.Para darle un poco más de dinamismo, y romper los moldes, incluye escenas animadas (fantasías) y escenas grabadas en video (cuando Paloma da su “mirada”) pero siempre recurriendo a la justificación narrativa.

    En el tramo final, sin demasiada imaginación, la directora apela al golpe bajo para dar la moraleja del cuentito. Si bien no deriva en a la sensiblería habitual de este tipo de golpes bajos, es cierto que este giro final de la trama era innecesario para intensificar el mensaje que da pie a la reflexión sobre el “cual” es el significado de la vida.

    Más allá de esto, se trata de una película optimista, esperanzadora. El estilo de cine que le gusta más a los estadounidenses que a los europeos. El típico “soul food”.

    Quizás la alternativa para no caer en dicho lugar común hubiese sido una película donde Paloma se cruzara con Mafalda y le dejaran la respuesta acerca de cuál es el significado de la vida… a los Monty Python.
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  • El ambulante
    El ambulante
    A Sala Llena
    Daniel Burmeisteir es el cine independiente nacional. Tiene 58 películas grabadas en VHS y montada en dos video caseteras. Deambula por los pueblos del interior del país, escribiendo guiones afables, sencillos, divertidos, populares, con y para los habitantes de cada pueblo.

    Solo utiliza una cámara y un micrófono. Hace travellings en bicicleta, y cuando quiere actuar, le pide a algún vecino que le sostenga la cámara. No tiene estética, no piensa en historias existencialistas y no pretende que sus películas se estrenen en salas comerciales. El mismo, proyecta las películas, un mes después de grabarlas, en una sábana, en el Centro Comunitario del pueblo. Cine sencillo, honesto y sin pretensiones.

    La película del trío de directores sigue a este personaje tan estrafalario como encantador en la grabación de Hay que Matar al Tío (ni los Coen imaginarían un título tan bizarro para una película). Sin entrevistas, ni una estética demasiado distinta a la del protagonista, El Ambulante es una divertida y agradable película. Se trata ni más ni menos que un registro detrás de cámara de un rodaje, al que ningún programa de TV le prestaría atención. Sin golpes bajos ni demasiadas pretensiones es un testimonio de un cine diferente.

    Es una lástima que los prejuicios artísticos del BAFICI, no incluyan una retrospectiva completa o parcial de la obra de Burmeisteir. En cambio nos conformaremos con este agradable documental. La elección de incluirla en la Competencia Internacional fue un poco exagerada quizás, pero aún así se trata de una película que “hay que ver”.
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  • Los Indestructibles
    Vienen, matan, destruyen, se van…

    ¡Volvió el sábado de súper acción!

    Hay que reconocer que Stallone la tenía calculada esta vez. La fórmula no podía fallar: desenterrar a todos los “héroes” de acción de los 80s y 90s, mezclarlos con un par de luchadores de ahora, aplicarle gran dosis de tiros, explosiones, mutilaciones, torturas, persecuciones, choques y pocos efectos digitalizados para crear una película… emocionante.

    Por lo nostálgica, no por su calidad cinematográfica precisamente.

    Esa era la única pretensión del creador del boxeador de clase obrera convertido en símbolo del capitalismo a mediados de los ’70.

    Lo admito, nunca fui fan de Stallone. No me gusta como actor, vi poco y nada de Rocky y Rambo, pero es cierto que fui seguidor incondicional de todas las porquerías reaganistas de Chuck Norris, Lundgren, Van Damme, Schwarzenegger, Steven Seagal y Michael Dudikoff (¿este donde estará?).

    Lamentablemente en Los Indestructibles, solo aparecen la mitad de ellos… o al menos lo que queda de esa mitad.

    La propuesta prometía ser divertida, y en ese sentido Stallone no decepciona. Cumple sin demasiadas vueltas ni pretensiones. Entretiene, salpica la pantalla y da al menos tres escenas antológicas.

    La primera, es la auspiciosa reunión entre los tres ex socios de Planet Hollywood, que termina con un remate humorístico oportuno y brillante.

    La segunda, una pelea entre Lundgren y Li, que justifica la presencia de ambos en la película, ya que el resto de sus apariciones son poco entusiastas.

    La tercera, la esperada pelea entre dos pesos pesados de la lucha libre estadounidense, Randy Couture contra Steve Austin.

    Digamos, que Stallone deja felices a todos los fanáticos del género. Si se busca obviamente alguna cualidad o profundidad narrativa, este es el ejemplo erróneo.

    Acá tenemos un equipo de soldados sedientos de sangre, una apología a la violencia pura, donde el sadismo es tratado con un psicólogo, y si eso no funciona… le dan unas vacaciones y le perdonan toda la falta de “ética” y “moral”.

    Uno podría entender que Stallone no hace más que burlarse de los estereotipos, de los clisés y los lugares comunes, llevándolo al extremo, al gore absoluto. Una autoparodia de los trabajos que todos los actores realizaron en el pasado, más que una sátira política, se podría decir.

    En el film, los corpulentos machos multiétnicos, orgullosos de sus tatuajes, de tener un cuervo negro (quizás pregonando la biografía que el director quiere realizar sobre Edgar Allan Poe) en la espalda, son los salvadores de Latinoamérica, donde un dictador es títere de un despiadado agente de la CIA, que se fue de la Agencia porque le pagaban poco y gana más explotando latinos para que cultiven coca y traficándola por el mundo.

    Los personajes carecen casi completamente de cuerpo y alma… Especialmente el de Stallone. En ese sentido Jason “Transportador” Statham queda mejor parado, gracias al aporte de una subtrama seudo romántica, que cierra de forma redonda.

    Es irónico pensar que una película tan vacua de contenido narrativo, tiene una estructura sólida. No hay fisuras argumentales. Esto demuestra, que a veces es mejor centrarse en la historia, no divagar en vueltas de tuerca inverosímiles. Stallone presenta las reglas del juego ni bien empieza la película y es fiel a su ideología… fascista.

    Ninguno de los intérpretes trata de dar más de lo que puede y de lo que se lo conoce que pueden dar como actores.

    Sin embargo, hay pequeñas joyas entre tanto músculo: un monólogo de Mickey Rourke (que se escapó con vestuario y todo del rodaje de Iron Man 2, para grabar sus escenas) emulando a Marlon Brando en Apocalipsis Now. El actor de El Luchador, renació como el ave fénix en los últimos años, y con cada aparición en Los Indestructibles aporta frescura, calidez y humanidad.

    Por otro lado, es brillante la interpretación de Eric Roberts como el villano, el ex agente de la CIA. Fue Rourke quien influenció en Stallone para que lo eligieran al hermano de Julia y padre de Emma. El actor (nominado al Oscar por Escape en Tren) fue héroe de acción con Lo Mejor de lo Mejor y después decayó interpretando roles secundarios olvidables. Hace un par de años, regresó gracias a una pequeña pero fundamental interpretación en El Caballero de la Noche y la serie Héroes.

    Vale mencionar también a Terry Crews, quién pide más espacio como protagonista y demuestra ser un actor versátil (¿acaso solamente yo veía Everybody Hates Chris?)

    A nivel visual, Stallone confirma que no es demasiado imaginativo, pero al menos no tiene la grasa ni manipula la acción con estética videoclipera a lo Michael Bay. La banda sonora compuesta por Brian Tyler, aporta más ritmo al adrenalínico montaje final.

    La misión está cumplida. Dejemos afuera de la sala el intelecto, no nos distraigamos con la mirada imperialista, misógina enaltecida a la cuarta potencia y disfrutemos como si fuera una película de Tarantino o Rodríguez de la sangre y la violencia.

    Para ver con la dama a la que tuviste que acompañar de mala gana a la función de Eclipse. Llegó tu revancha.
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  • Agente Salt
    Agente Salt
    A Sala Llena
    Se vienen los rusos, se vienen los rusos!!!!!

    Y de golpe y porrazo, resurgió la “guerra fría” en Hollywood. Era un síntoma extraño, pero previsible. Cuando se estrenó Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal, me preguntaba ¿por qué los rusos? ¿por qué volver a la URSS? Está bien, Harrison Ford estaba viejo para luchar contra nazis, pero la amenaza roja había terminado hace años… ¿por qué revivirla?

    Lo interpreté más como una sátira que como una realidad… pero ahora que se estrena Agente Salt, me pregunto… ¿cómo es que así de la nada, los estadounidenses volvieron a temer que el comunismo stalinista vuelva a ejercer una amenaza nuclear?

    ¿Es que ya se aburrieron de los árabes, iraníes, iraquíes, afganos, etc? ¿Los norcoreanos no representan una verdadera amenaza? ¿Los chinos son amigos? ¿Ni siquiera la mafia italiana resulta un tema latente para revivirla, que tuvieron que resucitar a la Unión Soviética?

    La verdad es que los estadounidenses necesitan de la guerra, como necesitan respirar. Pero no para vender armas o sustraer petróleo como suelen poner de excusa. No. Necesitan una guerra por década, para tener material para escribir libros, filmar ficciones épicas, documentales controversiales, ponerse a la defensa o al ataque del gobierno de turno.

    Ni siquiera Cuba los molesta ahora. Y, como demuestra Oliver Stone, con Chávez está todo bien en realidad… Así que si no hay una guerra real… como decían en Mentiras que Matan (Barry Levinson, 1997), “inventemos una”.

    Y los soviéticos siempre representaron una amenaza potencial por tener la nación más grande… y guardar “armas nucleares”. ¿Quién más está sino detrás de los coreanos, de los chinos, de los vietnamitas (cuidado con Charlie, no murió, simplemente duerme)? Así que los guionistas sin imaginación en Hollywood, decidieron solitos resucitar URSS. “Back to the URSS” dirían The Beatles.

    Pero esta vez James Bond no está disponible. La MGM debe mucha plata y el 007 está en su retiro en las Bahamas. Jason Bourne no sabe si seguir o no buscando su identidad (Matt Damon, Paul Greengrass y Tony Gilroy dan millones de vueltas para regresar a la saga, tomando en consideración que el autor, Robert Ludlum murió antes de escribir el cuarto libro) y, quizás vuelva Jack Ryan, el invento de Tom Clancy, aunque recordemos que según La Caza al Octubre Rojo, el personaje era amigo de los soviéticos… Así que hubo que inventar alguien nuevo.

    Su nombre es Salt… Evelyn Salt. Y viene en el cuerpo moldeado de Angelina Jolie.

    La cuestión está en que no se sabe si Salt es de la CIA o un agente entrenado de la KGB (o una agencia con nombre parecido), por lo tanto Jolie correrá, pegará, matará y explotará a todo aquel que se le cruce en frente con tal de “hacer justicia”.

    El Toque Noyce

    Pero volvamos a los años ’90. Si cuando uno ve Agente Salt tiene una sensación de deja vú (especialmente viendo el entrenamiento de los niños rusos), es porque la película tiene bastantes reminiscencias a El Santo, la fallida transposición de la serie con Roger Moore a la pantalla grande de la mano de Val Kilmer y Elizabeth Shue. La película le quitó el humor y el carisma a la clásica serie del ex Bond, y lo reemplazó por una solemnidad y dramatismo densamente innecesario.

    Dicha obra fue dirigida por Phillip Noyce, director australiano más interesante de lo que se suele suponer si uno analiza superficialmente su filmografía. Estuvo hace unos años en Mar del Plata donde dio una Masterclass, que los que asistieron dijeron que fue notable. Lamentablemente yo me la perdí, pero puedo afirmar que fue bastante interesante según fragmentos que pude leer. Un hombre que realmente sabe de cine.

    Y un artesano del thriller contemporáneo. Su primer film comercial distribuido en Argentina fue Terror a Bordo (1989) filmado en su país natal, protagonizada por los aún desconocidos Sam Neill, Nicole Kidman y Billy Zane. Una película de suspenso que remitía a El Cuchillo Bajo el Agua, la ópera prima de Roman Polanski. A la que siguió Furia Ciega (con Rutger Hauer como un Zatoichi australiano), y los mejores episodios de la saga Jack Ryan: Juego de Patriotas y Peligro Inminente, ambas con Harrison Ford. También fue ojo de la polémica con thriller “erótico” Sliver, Invasión a la Privacidad con Sharon Stone. Tras la decepción que fue El Santo, pasaron films más interesantes (y de menor presupuesto y pretensión) pero que no trascendieron demasiado: El Coleccionista de Huesos (con Jolie), Cerca de la Libertad, El Americano y Atrapa el Fuego.

    Salt es el verdadero regreso de Noyce al thriller industrial, de espionaje, repleto de escenas de acción y con una protagonista “ardiente” y taquillera.

    El resultado final no está a la altura de sus mejores films, pero tampoco de los peores. Como thriller es vigorizante, tiene un ritmo arrollador, no da respiro. Noyce no deja de mover la cámara a toda velocidad durante los 100 minutos que dura la película. Atrapa, entretiene y divierte con los giros dramáticos que da el guión. Juega con el espectador, su “inocencia” y la del personaje. Nos da la información apropiada para no casarnos con ningún personaje y vibrar al ritmo de las persecuciones.

    Y si la película tiene lo mejor, en cuanto a dinamismo y suspenso, de los films de Noyce, también tiene sus peores vicios: flashbacks cursis, romanticismo impostado, sentimentalismo meloso. Noyce no se maneja bien con el género romántico. Por lo tanto, las escenas solo ameritan su presencia como una justificación narrativa innecesaria. Demasiado explicativas. Es un síndrome del Hollywood contemporáneo: subestimar la inteligencia del público, dar demasiadas explicaciones para que todos entiendan al toque. Aún así, estas escenas no tienen tanta presencia para distraer al espectador de la acción.

    El problema principal es la historia en sí. Es demasiado absurda e inverosímil. Volver a la Unión Soviética no significa un miedo “real” (a menos que Stalin y Lenin hayan revivido como muestra un episodio de Los Simpsons). El personaje de Salt de por sí es exageradamente vueltero. Pero lo importante es mantener la tensión y la adrenalina. En ese sentido, el film de Noyce cumple. No importa cuan complejos sean realmente los personajes (más allá de si son o no comunistas, desertores, románticos o fríos). Ni siquiera se puede leer entre líneas alguna crítica política o social. Los agentes de la CIA quedan parados como niños de pecho a comparación de los súper entrenados agentes soviéticos involucrados en la conspiración que plantea la película. La paranoia post 11 de septiembre sigue vigente, pero acaso, ¿hubo algún momento en que los Estados Unidos no fue una nación paranoica?

    El trío protagónico: Jolie – Schreider – Ejiofor cumple con las expectativas en piloto automático. El guión de Kurt Wimmer (el mismo de la defenestrable Días de Ira) no presenta ninguna novedad estructural interesante, sino que se apoya en clisés y lugares comunes del género. Y al igual que en sus anteriores guiones (El Caso Thomas Crown, Reyes de la Calle y El Discípulo) se apoya en vueltas de tuercas como ¿quién es el traidor? ¿cuál es el truco? para mantener la atención del espectador. Según el ingenio del realizador que agarra los guiones, el film va a ser mejor o peor.

    Esta vez el resultado es… apenas entretenido.

    En tiempos “calmos” de guerras, en que Bond, Bourne, Ryan y Ethan Hunt se toman vacaciones, parece que Salt se ofrece como una alternativa interesante y divertida. Y si no funciona, ya que revivieron la Guerra Fría, podríamos revivir a Flint (protagonizada por el fallecido James Coburn) o a Harry Palmer.

    No dudo que Michael Caine aceptaría ponerse los lentes con marco negro si se lo ofrecieran nuevamente.
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  • El hombre solitario
    Como interpretar a un playboy y no aburrir en el intento.

    Hace un par de semanas comentábamos, como Adrián Suar había desaprovechado la oportunidad de interpretar a un personaje interesante, un playboy que no se anima a admitir su edad, y cómo ante el hecho de descubrir que tiene una hija y va a ser abuelo termina por reevaluar su calidad de vida. Pero el actor, llenó al personaje de detalles superficiales, histrionismo, absurdo y artificialismo. O sea, hizo una caricatura, una publicidad de cartón con un personaje que merecía más suerte. Tampoco ayudaba el guión vale aclararlo.

    En la crítica de Igualita a Mí, también decíamos que su personaje era similar al que interpretaba Michael Douglas en El Hombre Solitario.

    Pero hay dos notables diferencias entre la obra de Kaplan y de la dupla Koppelman/Levien. En primer lugar, en vez de divagar en subtramas que nunca lograban profundizarse, el film estadounidense realiza un verdadero estudio sobre las consecuencias que genera en su contexto y por lo tanto en su relación con las personas, esta “adicción” a tener relaciones sexuales efímeras con mujeres de 20 años. Por otro lado, y más fundamental acaso, que el actor elegido para encarnar el rol protagónico nació para interpretar este personaje… O mejor dicho Ben Kalmen nació para Michael Douglas.

    En uno de esos roles que derivan en la posibilidad que un actor veterano, consumado, logre resarcir de las cenizas y volver al primer plano, coincido con varios colegas de tierras norteamericanas que la interpretación de Douglas bien podría ser merecedora de un Oscar, estatuilla a la que aspiran todos los actores estadounidenses. Douglas ya se llevó gracias a Wall Street en 1987. Durante la década del ’90, su carrera fluctuó entre trabajos interesantes (Bajos Instintos, Acoso Sexual) hasta algunos mediocres. En el año 2000 reapareció con dos trabajos interesantes: Traffic (dirigida por Soderbergh, productor de El Hombre…) y Un Fin de Semana de Locos (Wonderboys),una de las mejores actuaciones de su carrera, injustamente olvidado por la Academia. No sería alejado decir, que en El Hombre Solitario hace su mejor interpretación desde entonces.

    Kalmen es un chanta, un mujeriego al que nunca le faltan chamuyos para seducir mujeres al menos 20 años más jóvenes que él, pero esto que podría derivar en una comedia se convierte en un drama, cuando se vayan desencadenando una serie de eventos que provoquen que Kalmen, se conviertan en un solitario por culpa de sus actos. Kalmen salta de una mujer a otra, perdiendo la confianza de su esposa, su ex y su hija, para terminar dando consejos a un joven universitario (Jesse Eisenberg, a esta altura encasillado como el adolescente “virgen” del nuevo cine estadounidense) y suplicando a un amigo que no veía hace 35 años que lo vuelva a aceptar (Danny DeVito, en un rol que parece que no le demandó mucho trabajo: es amigo de Douglas hace más de 40 años).

    Koppelman y Levien (directores de Golpeando las Puertas del Cielo, y guionistas de Confesiones de una Prostituta de Lujo) logran los mejores momentos cinematográficos cuando muestran a nuestro antihéroe solo, miserables, patético.

    El tono de la película es distante pero certero: los directores no se burlan de su Quijote que lucha contra el paso del tiempo. Sienten lastima, pero no lo llevan a extremos absurdos y tampoco lo usan como arma moralista y demagógica para crear un melodrama. El ojo de los directores encuentra un tono equilibrado entre el humor y lo sentimental, convirtiendo en humana a su creación, no generando una simpatía inmediata, aunque a fin de cuentas, Ben Kalmen resulta siendo querible. Y es ahí donde Douglas apuesta por un naturalismo y gracia que le eran ajenos desde hace tiempo. ¿Dónde empieza el personaje y donde el actor? A diferencia de Jeff Bridges en Loco Corazón que creaba un personaje marginal, de esos que les gusta premiar a los estadounidenses (no critico su cualidad actoral, la cual es soberbia), este personaje es como el de El Luchador con Mickey Rourke. Es imposible decir que hay otro actor capaz de interpretarlo.

    El guión de Koppelman no intenta evitar algunos lugares comunes y transita un camino previsible. Sin embargo esto no molesta, porque los giros argumentales no resultan forzosos. La calma y seguridad que dominan al personaje, también se demuestra detrás de cámara.

    Lo mejor que se puede decir de El Hombre Solitario es que nos regresa a un actor que habíamos perdido hace tiempo en comedias y thrillers mediocres, con interpretaciones caricaturescas y sobreactuadas. Un actor que heredó el carácter de su padre (el gran Kirk, que hubiese sido el intérprete ideal para este film, si se hubiese hace 40 años), su templanza y seguridad. Que sabe que no es un galancito, que acepta la edad que tiene y todavía logra sorprendernos de vez en cuando. Como sucede con el personaje de Ben Kalmen.

    Y si al terminar la función, se quedaron con ganas de ver más de Michael Douglas, en un mes, vuelve Gordon Gekko.
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  • London river
    London river
    A Sala Llena
    Lo peor de ser “crítico” de cine o mero cinéfilo que va a ver cualquier cosa que se le cruza por el camino es el deja vu.

    Encontrar propuestas que a pesar de atraparle, estar sobriamente interpretadas y dirigidas, dan la sensación de haberse visto previamente… está sensación va acompañada de un presentimiento, que el cinéfilo tiene acerca de cómo va a terminar el realizador la historia. Es saber cazar los códigos, los tiempos, encontrarle el truco a la estructura dramática.

    Es por eso, que London River, nueva película del director Rachid Bouchareb, de rica filmografía (Días de Gloria) no puede disfrutarse plenamente, ya que guarda similitudes con varias propuestas similares, y que fueron vistas hace poco tiempo en la cartelera.

    Se podría emparentar con Al Otro Lado (Fatih Akin, 2007) o alguna película que ahora no se me viene precisamente a la memoria, relacionada con el 11 de Septiembre en Nueva York.

    Elizabeth (Blethyn) es una mujer de 60 años, cuyo esposo murió en la guerra de Malvinas. Ella vive en un pequeño pueblo inglés con riscos y bosques. Sigue las tradiciones típicas rurales. Va a la iglesia todos los domingos, trabaja como agricultora en su jardín. Su hija, vive en Londres. Cuando estallan las bombas del atentado del 2005 en la estación de tren y el colectivo en Londres, tiene un mal presentimiento, y ante la falta de respuesta de su hija, decide salir a buscarla. Situación similar le pasa a Ousmane, un inmigrante del norte de África, que vive en Francia. A pedido de su ex esposa, sale a buscar a su hijo que estudia en Londres, y al que no ve desde que tiene 6 años, tras abandonarlo. Ambos caminos convergen en medio de comunidad musulmana londinense. Pronto, se dan cuenta que ambos chicos se conocen previamente y deben buscarlos juntos.

    Sino fuera por las excepcionales, sutiles, austeras, creíbles y emocionantes interpretaciones de Blethyn y Kouyaté (ganador al mejor en Berlín 2009) es posible que la película no trascienda demasiado. Las situaciones que Bouchareb crea para ambos personajes es la más convencional, aún cuando no dejan de tener un contexto verosímil y contemporáneo: Elizabeth se comporta de forma prejuiciosa, no entiende como su hija, puede involucrarse con un joven negro y aprender árabe. Su mente conservadora se irá abriendo a medida que avance su relación con Ousmane, quién, a pesar de aspecto físico, que atemoriza a Elizabeth, termina siendo un alma gemela, un personaje emotivo, cálido y de comportamiento más razonable que el de ella .

    Bouchareb trata de construir un típico relato del cruce de dos mundos distintos, pero a la vez con demasiadas similitudes en principios más básicos como la formación de una familia y educación. Los prejuicios, la discriminación son los temas principales de la narración pero nunca subraya sobre ellos, ni da un discurso obvio. Trata de manejar el dramatismo con un pulso firme, sin que se desborde a lo lacrimógeno, pero también atento a mantener la tensión, procurando que nunca la relación entre ambos personajes divague hacia vínculos románticos, y así caer en el lugar común.

    A pesar, de que trata de evadir los clisés, y aún con un tono solemne y austero, no puede evitar que el río siga su curso natural y termine en un final previsible. El desenlace, igualmente es coherente con el resto de la narración y muestra la diferencia entre ambas culturas.

    Construido sobre los pilares del relato cuya moraleja, es aprender a no discriminar, y que no importa cual sea la religión o raza de cada persona, todos nos relacionamos de la misma manera, tenemos los mismos sentimientos… o sea básicamente somos todos iguales, London River, es una película que da la sensación que ya vimos varias veces, pero con una narración sólida, personajes creíbles, diálogos que no suenan forzados; es visualmente impecable y, por supuesto, destaca gracias a las impresionantes actuaciones de la pareja protagónica.
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  • Igualita a mi
    Igualita a mi
    A Sala Llena
    El Hombre Solitario

    No se trata ni más ni menos que un “run for cover”. Patagonik necesita estrenar alguna comedia para la etapa posterior a las vacaciones de invierno, en que los grandes tanques de Hollywood ya pasaron, para que el público masivo vaya a ver “cine argentino”. Generalmente esta es la mejor semana para estrenar alguna película nacional “comercial”. El año pasado, se trató de El Secreto de sus Ojos y mal… creo que no le fue, aunque Patagonik no estaba involucrada.

    Este año, que solo tuvo dos estrenos argentinos rendidores en cuanto a taquilla nacional como Dos Hermanos y Carancho, ejemplos soberbios en cuanto a manufactura cinematográfica, Patagonik decidió apostar por lo seguro: una comedia con Adrián Suar,

    Hace dos años, Un Novio para mi Mujer de Juan Taratuto fue un éxito masivo, que le devolvió la corona de “rey de la taquilla” a Suar, tras haberla perdido hacía rato contra los productos de Telefé contenidos. Desde el 2001 no había logrado un éxito como fue El Hijo de la Novia. Por lo tanto, había motivos para festejar cuando Un Novio para mi Mujer, dio buenos dividendos.

    Particularmente, no me gustó Un Novio… Si bien confieso que es un poco mejor que las comedias anteriores del gerente de programación de Canal 13, no pude integrarme ni hacerme cómplice de los protagonistas. Y pienso que el “éxito” se debió a que dentro del elenco había dos actores monumentales, interpretando dos personajes ricos en matices y originales, en un contexto narrativo y audiovisual demasiado convencional y conservador para ser aprovechados al máximo.

    Porque la regla de tres simple es muy básica: un buen contexto + buenos personajes + buenas interpretaciones dan como resultado una buena película. Un Novio tenía a La Tana y El Cuervo, dos personajes divertidos de por sí y conceptualmente interesantes, interpretados de manera brillante por dos monstruos como Valeria Bertuccelli y Gabriel Goity. Ya de por sí, ellos dos valen el precio de la entrada. Pero en el medio está Suar, un guión poco inspirado y una dirección demasiado publicitaria. A mi pesar, la película funcionó.

    Por lo tanto, para el 2010 había que repetir el éxito, pero el proyecto se postergó, se apuró y aquí llegó… en fecha elegida.

    Sin embargo, entre las distribuidoras nunca hay buen diálogo, ya que en dos semanas se estrena El Hombre Solitario, una comedia de la dupla Koppelman / Levien con Michael Douglas interpretando a un playboy sesentón con hijos y nietos, que sale con muchachas de 20 años sin pretensiones de tener una relación seria con alguna, y al que no le gusta que lo llamen padre y abuelo respectivamente. Acá, pasa algo similar…

    En Igualita… Fredy (Suar) tiene 41 años y reniega de su edad. Como a los 18 años, sigue saliendo todas las noches, sigue siendo el rey de la noche (nada que ver con Rudy de 76 89 03), sigue teniendo los mismo chamuyos… y sigue levantándose chicas de 20 años…

    Trabaja con su hermano (Chame Buendía) en una especie de inmobiliaria y tiene negocios con productos “todo x 2 pesos” provenientes de China. Se levanta a las 4 de la tarde, tira ideas para comprar o vender casas y vuelve a salir de joda.

    Un día, entre sus “levantes” conoce a Ailín (Bertotti), una vendedora de artesanías de El Bolsón. La invita a la casa y se entera, que ella, en realidad, es su hija, producto de un “romance” del viaje de egresados 23 años atrás. Y peor aún, cuando se confirman los análisis de paternidad, resulta que Ailín está embarazada. Por lo tanto, en una semana, Fredy se convirtió en padre y abuelo.

    El planteo es si Fredy va a madurar y aceptar su edad, o va a seguir con su vida burguesa y nocturna.

    Lo que podría haber sido la punta inicial para una comedia unitaria de Canal 13 se convirtió en una película de casi 2 horas, pero sin perder una estructura narrativa y estética televisiva. El director seleccionado para dicho proyecto fue Diego Kaplan (¿Sabés Nadar?), que estuvo demasiado alejado del cine con sus publicidades y direcciones televisivas (lo mejor que hizo fue Mosca & Smith), pero esta vez los resultados son desilusionantes. Si bien la premisa no es demasiado original (hay elementos de El Padre de la Novia, Tres Hombres y un Bebé, El Hijo de la Novia y ¿Quién dice que es Facil?), el tratamiento es aun peor. Mucho se debe a la acumulación de tics y gestos repetidos, demasiado conocidos, insoportables de un Suar, que abarca demasiado tiempo en pantalla. Esto termina impostando y artificializando aun más el relato. Si bien el personaje tiene una construcción interesante, la interpretación exagerada del protagonista no le hace justicia, más allá de que se parodie a sí mismo, y acepte que no puede seguir interpretando al “muchachito de la película”.

    La película además de tener clisés y estereotipos, escenas y salidas argumentales previsibles, una estructura llena de lugares comunes, es bastante decepcionante en términos visuales y artísticos. Taratuto tiene imaginación para imprimirle una dinámica cinematográfica a sus obras. En cambio Kaplan abusa de los interiores, del plano contra plano (aunque hay un virtuoso plano secuencia cuando Fredy se entera que es padre). La fotografía del GRAN Felix Monti, no está a la altura de lo que se puede esperar de su prestigio y su carrera. Aunque haya sido filmada con una cámara último modelo, la puesta de luces televisiva no dimensiona cinematográficamente la obra final.

    A nivel narrativo empieza a acumular personajes y subtramas, que no terminan cerrando. Todo para apoyar y simbolizar innecesariamente el carácter superficial y avaricioso del protagonista, para resaltar como va a cambiar su carácter previsiblemente dentro del relato. Hay un negocio inmobiliario (incluso parece plagiado de El Hijo…) donde se quiere transformar una casa antigua en un edificio torre, y la película apuesta por la moralina de que lo “viejo” también tiene sus beneficios, que hay que respetar la edad, etc, etc, etc. La comparación abruma por la obviedad, pero lo que es peor, no termina por definirse cuando llegan los créditos. En la última media hora, cuando la película podría empezar a definirse, los realizadores deciden agregarles innecesarias escenas que poco le aportan a la trama principal.

    La música incidental de Iván Wyszogrod, decepciona también por lo convencional y la poca participación que tiene durante la marcha.

    Lo único que le aporta verdadera calidez al relato son las demás interpretaciones, empezando por Florencia Bertotti, que sin sobreactuar ni denotar gestos provenientes de sus personajes televisivos, le da naturalidad a un personaje que lamentablemente no está tan elaborado como el de Fredy, que pasa durante la segunda parte del relato a segundo plano, tapado por hegemonía del protagonista. Una lástima porque Bertotti le da humanismo y gracia, a su Ailín. Cabe preguntarse porque la actriz no tuvo más propuestas cinematográficas (tuvo solo roles secundarios) ya que logra evadir caer en el personaje de sit com, para entrar en una posición más realista, alejada de la caricatura.

    El resto de elenco aporta medianas cuotas de humor, pero las situaciones en las que participan no están suficientemente desarrolladas ni aprovechadas. Kaplan no tiene timing humorístico o intuición para saber aprovechar al máximo una escena cómica. Hay varias que podrían haber funcionado muy bien, que lamentablemente se quedan a mitad de camino. Claudia Fontán, tiene una gran capacidad interpretativa, un humor espontáneo y talento para las comedias, pero queda encasillada en el personaje de amiga, de ex, de interés maduro. Su personaje recuerda demasiado al que ya interpretó en El Hijo de la Novia, específicamente. El resto, sorpresivamente desconocidos, logran interpretaciones interesantes, a tener en cuenta por futuros cineastas. Tanto Chame Buendía como Castel provienen del cine ultraindependiente. Sus trabajos pasados más inmediatos fueron en las obras de Tetsuo Lumiere, lo que habla muy bien del ojo del cineasta para elegir actores.

    Con los previsibles contrastes que uno puede esperar de este tipo de películas (Fredy es cheto, Ailin, bohemia) y el mensaje que todos pueden convivir juntos en buena ley, apostando por una moraleja familiar, conservadora, algún que otro chiste forzado, un montaje demasiado publicitario, la manipulación sentimentalista y lacrimógena de la segunda mitad de la película (el protagonista debe aprender su lección a la fuerza), Igualita a Mí, es un producto meramente simpático que va a llevar multitudes a las salas, reembolsar las inversiones del Instituto por las películas que no funcionaron comercialmente en el resto del año y borrada rápidamente de la memoria. De ingenio cinematográfico o artístico, ni hablar.

    Es lo que hay. En Hollywood lo tienen a Adam Sandler. Acá tenemos a Adrián Suar. Por suerte el actor y productor argentino, no compra los derechos de películas estadounidenses (se “inspira” en ellas). Mientras que Sandler (que ya intentó llevar El Hijo de la Novia), probablemente saque Igualita a Mí en un par de años con Kevin James y Rob Schneider… y le salga “igualita”.
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  • El último maestro del aire
    ¡Que Vuelvan los Na’vi!

    Libro Uno: Un Poco de Historia

    Hace algunos años atrás… en una galaxia no tan lejana, trabajaba en un video club. Un día salió en DVD una película animada, aparentemente japonesa cuyo título me llamó la atención: Avatar. Libro Uno: La Leyenda de Aang. Pensé, “bueno, un animé más”. Pronto esta solitaria película (recuerdo que fue la única novedad del día) empezó a ser bastante solicitada, y no solo eso. Los padres venían entusiasmados relatándonos a los cajeros (“cleros”) lo interesante, educativa y atrapante que era dicha película. Pronto, empecé a interiorizarme que se trataba de una serie de culto en Estados Unidos, que cosechaba premios, buenas críticas. Que no se trataba de “un animé más”.

    Creada por Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko para el canal Nickelodeon, la serie se nutre del animé y el manga, el cine de Hayao Miyazaki, y tiene una trama que remite a la cultura zen, al budismo. Mezcla las artes marciales con las prácticas religiosas provenientes la zona más continental de Asia, : India, Mongolia, Tibet, parte de China. La serie fue transmitida por tres temporadas concretamente planeadas entre febrero del 2005 y julio del 2008. Cada temporada toma un “libro” diferente del entrenamiento, una especie de joven monje preadolescente capaz de controlar los elementos de la naturaleza aire, agua, tierra y fuego, para devolver equilibrio y paz a la Tierra, y para que todo el poder de los dioses no caiga en el malvado reino del fuego que quiere dominar el mundo… O sea, una mezcla entre El Quinto Elemento de Luc Besson y la mitología galáctica creada por George Lucas en 1977. Sin duda se trata de una idea original para una serie animada, y que inculca a los chicos un poco de conocimiento de los preceptos de la religión y la cultura budista.

    Debido al éxito en lo que se convirtió la serie, los productores Kathleen Kennedy, Frank Marshall (que en algún momento fueron soporte de las mejores películas de Spielberg) y Sam Mercer compraron los derechos de la serie y no tuvieron mejor idea que delegar la adaptación y la dirección de la serie animada a las manos del único director hindú que conocían: M. Night Shyamalan. ¿Por qué no? El director nacido en India pero criado en Pennsylvania tiene antecedentes en el género fantástico, está acostumbrado a trabajar con chicos, conoce el territorio, las tradiciones y la cultura. Solo debía adaptar su mirada para que sea un poco más infantil. Además Marshall, Kennedy y Mercer fueron sus tutores desde Sexto Sentido. Sin embargo, el director vino en caída libre en los últimos años. Si bien La Aldea, tuvo una recepción “aceptable”, La Dama en el Agua y El Fin de los Tiempos, fueron estrepitosos desastre de crítica y audiencia, a comparación de las expectativas y de los anteriores trabajos de este extraño y polémico “autor” que se ha ganado tanto adeptos como detractores. Por lo tanto, un trabajo hecho por encargo, sobre una obra que demostró ser exitosa en versión animada, podía levantar un poco su alicaída carrera. Después de sus dos últimas propuestas había perdido “fans”, pero aún así, sigue habiendo personas que defienden su “identidad” cinematográfica: sus tiempos lentos, un supuesta gran capacidad para crear climas tensos, para poner personajes convencionales ante circunstancias fantásticas de las que no se sienten parte, pero que deben aceptar la “misión divina” que se les otorga para sacar adelante el relato, La unidad familiar, la reconciliación marital son temas que siempre aparecen en su filmografía. La introducción de elementos fantásticos nunca es azarosa, ni los efectos especiales toman preponderancia por sobre las historias. Se rodea de sólidos actores. Se apoya en la iluminación de notables Directores de Fotografía, la banda sonora de James Newton Howard para crear esos mismos climas. Se nutre de Spielberg para combinar el drama familiar con la aparición de los elementos fantásticos que siempre un significado metafórico, que como todo cuentista le agrega una cuota importante de moralismo y solemnidad, pero a la vez elementos lúdicos, combinados con el juego entre los personajes y la naturaleza y/o situación paranormal que los rodea. Además de un sátira implícita (no siempre intencional incluso), una suerte de parodia a la política y la religión en Estados Unidos. Acaso este choque que se da entre el melodrama solemne y la parodia típica de los films clase B de los años ’50 sean el aspecto que más me interesó de su filmografía. La manera en que te descoloca con un fino (y un poco pretencioso) sentido del humor negro, egocéntrico. A nivel visual siempre se destaca el trabajo que hace con el registro fuera de campo.

    Aunque me molestó un poco La Dama en el Agua por su tonito moralista, y porque la segunda mitad era realmente estúpida (aunque me divierte como se burla de los críticos) y se autoproclama defensor absoluto de la fantasía contemporánea (literalmente hablando es lo que sucede, ya que la dama en cuestión elige a su personaje como el narrador de la historia), y El Fin de los Tiempos, a pesar de que empieza más misteriosa de lo que termina siendo, es un interesante film clase B, filmado en colores, no puedo dejar de destacar que se ha mantenido fiel a su “identidad cinematográfica y narrativa”. Aunque en ambas película ya había dejado atrás el final sorpresa, la revelación que te modificaba la concepción del film (como sucedía en Sexto Sentido, El Protegido o La Aldea) y a nivel visual se había vuelto un poco más convencional, el ritmo de sus obras tenía un montaje más dinámico, los resultados finales, a pesar de todo eran un producto 100% Shyamalan.

    Por lo tanto Kennedy/Marshall se aseguraban que habría un público que elegiría ver el film porque era de Shyamalan y otro sector que iría por ser fanático de la serie animada. Esos son los “beneficios” de elegir a un “autor” para dirigir una saga de este tipo.

    Libro Dos: El Presente… Horror… Horror…

    Cuando vi por primera vez el trailer del film y la gran cantidad de efectos especiales utilizados, lo primero que me vino a la cabeza: “esto no parece un film de Shyamalan”. Mi intuición fue correcta por dos razones. Primero porque El último maestro del aire no se parece a ningún otro film de Shyamalan y segundo al definirlo como ESTO.

    La película empezó a tener problemas un año y medio antes de estrenarse. Cuando se anunció que Shyamalan correría a cargo de la dirección corría el año 2008, recién se acababa de estrenar El Fin de los Tiempos y el proyecto se llamaba Avatar: The Last Airbender (título original del animé). Se iba a estrenar en julio del 2010.

    Pero, como muchos saben, Jim Cameron se adelantó y nombró Avatar a su nueva película tras 13 años de ausencia. Aunque todavía se sabía poco y nada del film que terminó siendo el mayor éxito taquillero de la historia del cine, superado a la Titanic del propio Camero en 1997, Kennedy/Marshall/Shyamalan, para evitar confusiones y litigios legales le sacaron convirtieron al film en El Ultimo Maestro del Aire a secas. Ahora se estarán arrepintiendo. Quizás con la primera palabra habría llevado al cine a algún despistado que pensara que se trataba de una secuela de las aventuras de los extraterrestres azules.

    Seguramente, la intención habrá sido crear una nueva saga en la línea, Señor de los Anillos, Crónicas de Narnia, que fueron exitosas, pero también como La Brújula Dorada, Eragon, o Percy Jackson, que fueron fracasos monumentales. Había riesgos sin dudas, pero creían que con Shyamalan detrás de cámara podría funcionar y llenarse los bolsillos con dinero.

    Fue mejor mi instinto que el de ellos. Las críticas, literalmente “reventaron” al film de Shyamalan. No fue sorpresa, la paciencia de la crítica con el director hindú venía agotándose hace tiempo. Pero los que todavía defendíamos mínimamente su autoría buscábamos redención con su obra, poder reaccionar ante la elite de críticos soberbios y ombliguistas. Demostrar que aun quedaba un autor en Hollywood.

    Y no fue así. Al final, les terminamos dando la razón. El Ultimo Maestro del Aire es literalmente hablando, un desastre, horrible, un insulto a la inteligencia, al género de fantasía, una enfermedad para los ojos y oídos cinéfilos. Insoportable. Aburrida. Densa. Y no por las razones que caracterizaban al cine de Shyamalan. Se trata de su film más dinámico y convencional en cuanto a montaje, pero a la vez el más interminable de todos. Recuerdo que José Luis de Lorenzo a mitad del metraje me preguntó si sabía la duración a viva voz, y le respondí tímidamente “103 minutos” y él me dijo, “parecen 3 horas”.

    Lamentable que un director medianamente interesante haya filmado semejante porquería. Definitivamente perdió la brújula, y peor aún, a sus defensores… los que venían defendiendo lo que ahora creo que era indefendible. Empiezo a pensar que los méritos de las anteriores películas son loables gracias al elenco y equipo técnico del que se rodeaba más que por mérito propio.

    La historia se mantiene fiel a la serie pero al tratar de condensar y comprimir los 20 capítulos del primer libro (primera temporada) en menos de dos horas, el resultado es una narración confusa, demasiado explicada, que llena baches temporales y narrativos con la peor voz en off que recuerde haber escuchado en mi vida (o al menos desde los tiempos remotos de Ed Wood). Los protagonistas son dos hermanos adolescentes Katara (Peltz) y Sokka (Rathbone) de la comunidad del agua. Ella es una Maestra del Agua, pero todavía no domina sus poderes completamente. Un día ambos encuentran a Aang (Noah Ringer), el último avatar de una serie de Maestro del Aire que se convertiría en el “elegido” para traer equilibrio al planeta ya que tendrá dominio total de todos los elementos de la naturaleza. A Aang lo buscan los Maestros del Fuego para matarlo. Ellos quieren dominar el resto de las tierras. Especialmente lo busca el príncipe Zuko (Dev Patel), quien desea agarrar a Aang y llevarlo ante su padre, el rey (Cliff Curtis) para que lo vuelva a apreciar como hijo. Para eso viaja con su tío Iroh (Toub) y desea atrapar a Aang antes que las legiones de su padre comandadas por el malvado Zhao (Mandvi). Pero Aang, Katara y Sokka darán pelea, apoyados por el fantasma de un Dios Dragón.

    Alguno podría decir, Shyamalan revivió la fantasía, pero lo cierto es que nada tiene sentido. Las alegorías religiosas y filosóficas son banalizadas, estupidizadas. La moralina, infantil, didáctica. Explicativa hasta el hartazgo (multipliquen las explicaciones de El Origen por diez). La estructura es confusa, los flashbacks re alentar el relato, resultan redundantes, innecesarios. Ninguna interpretación es verosímil, creíble. Todos los diálogos son malos (y escuchados en versión doblada al castellano mucho peor). Los personajes son acartonados. La caracterización del príncipe Zuko, es ambigua. ¿Es villano, amigo, tonto? Dev Patel demuestra una vez más, como en Slumdog Millinonaire, que no puede actuar. Es completamente inexpresivo, no se le cree ni una sola línea de diálogo, insulso, alfeñique. ¿Cómo puede un director que descubrió a Haley Joel Osment tener tan poca intuición de casting ahora? Ninguno de los jóvenes intérpretes logran destacarse. Cada uno es peor que otro. Muñecos que hacen muecas. Ninguna emoción es genuina. Veteranos como Mandvi, Toub y Curtis aparecen completamente desaprovechados. Parece que fueron elegidos solamente porque tienen rasgos hindúes (en realidad solo Mandvi lo es y precisamente no es un buen actor, y menos para interpretar un villano tan malo. Toub es iraní, lejos lo mejor del elenco y Curtis neocelandés, peor que cuando hizo de colombiano contra Schwarzenegger). Slumdog Millionaire fue la mayor mentira de la década. ¿Por qué usarla como influencia?

    Shyamalan no sabe aprovechar la geografía de Groenlandia, ni de Nueva Zelanda. Podría haberle pedido ayuda a Peter Jackson. Tampoco sabe como introducir animales fantasiosos. Aang se transporta en un seudo perro más parecido a los monstruos de Donde Viven los Monstruos, pero con pretensiones de que sea como el dragón de La Historia Sin Fin. No es ni uno ni otro, porque Shyamalan lo decide mantener en segundo plano. Lo mismo con el Dragón que le habla a Aang y otros animalitos sueltos por ahí. Si Narnia resultaba ser artificial, El Último Maestro tiene menos cuerpo, menos alma, menos espíritu que el Dr. Crowe (Bruce Willis en Sexto…). Los efectos especiales son poco imaginativos, poco trascendentes. Es una lastima saber que los supervisó el argentino Pablo Helman, que se destacó en La Guerra de los Mundos. El 3D es una mentira. No está. No hay profundidad de campo, no hay elementos que saltan a la pantalla. Hasta Boogie, el Aceitoso se destacaba mejor en este sentido. En el único momento donde se nota el efecto es en la presentación, cuando aparece el logo de Paramount.

    Shyamalan la filmó sin ganas. El solo hecho de no aparecer en pantalla en algún momento lo confirma. Shyamalan no está (en El Fin de los Tiempos aparece su voz en off). Sí, se puede entrever en pequeños momentos cierto interés por darle relevancia a la unidad familiar, de la reconciliación entre padres e hijos, la dualidad de aceptar los poderes que le son asignados a los personajes, y saber usarlos para hacer el “bien” (como en El Protegido principalmente). Pero nunca está profundizado este aspecto ni cobra relevancia. Los (malos) efectos especiales toman preponderancia sobre la historia y los personajes. El recurso fuera de campo solamente está presente para cubrir errores de compaginación con los efectos especiales. La fotografía de Andrew Lesnie está muy lejos de parecerse a la de El Señor de los Anillos o Desde mi Cielo. La banda sonora de James Newton Howard es lo mejor. Intensa e imponente. Pero a la vez abruma con relación a la película, tiene demasiada participación es escenas donde no hay batallas. Escucharla de forma aislada es placentera, pero contrasta con lo que se ve en el film. Todo lo destacable del resto de sus films, esta vez queda oculto por oposición. En cambio, quedan más explícitos los aspectos más negativos de su filmografía: el egocentrismo, y sobretodo la solemnidad y el dedo moralista, la mirada manipuladora, sentimentalista y falsamente romántica. El romance en el film es impuesto de manera forzada, artificial (como besar a un maniqueen).

    Las inclusiones humorísticas son ineptas, no causan gracia. Otras veces, supo ser más efectivo en sus thrillers dramáticos y románticos para incluir alguna línea simpática, o algún truco que sorprendiera al espectador y le arrancara una sonrisa. Esta vez, la película es tan mala, que uno no se ríe siquiera de lo mala que es. Cuando se hace un film clase B, de terror o ciencia ficción, aunque sea, aun cuando no fue la intención de los realizadores, uno se puede divertir por lo poco eficaz que es el producto final. Pero acá ni siquiera eso. No es un film clase B, no es bizarro, no tiene citas cinéfilas para destacar, no tiene fantasía destacable, no es imaginativa: es justamente, eso, la nada misma. Es un híbrido sin vida ni sabor. Aburrido.

    Uno es no espera más por que llegue el final. El final no llega… porque no hay un final… y lo peor de todo, cuando empieza la verdadera acción, la película (al fin) termina… y ¡da el pie para la segunda parte! ¡No, por favor, no! ¡No más tortura hindú! ¡Ya entendí el mensaje… el castigo por haber defendido por tantos años a este subestimado supuesto “autor” cinematográfico llamado M. Night Shyamalan! Ya entendí… ¡este hombres es una mentira que viste y calza!

    Libro Tercero: ¿Hay Futuro?

    Pido disculpas por brindarles un manuscrito, una lista de los “defectos” que posee el film. Pero es verdad. La película es insalvable. ¿Qué le queda hacer a ahora a Shyamalan? Debería empezar de cero nuevamente. Volver a filmar películas de bajo presupuesto, independientes, con su propio dinero, una cámara súper 8 y actores desconocidos. Proyectarla en Sundance solamente y rezar porque alguien la vaya a ver. Hay que bajarle las pretensiones a este hombre. Yo no le confiaría mi dinero a este supuesto “director” o “autor”.

    El mes próximo se estrena en Estados Unidos, Devil, primera película que escribe y produce sin dirigir (¡por suerte!) La premisa, admito que es interesante. 5 personas desconocidas entre sí quedan atrapadas en un ascensor. Uno de ellos tiene poderes diabólicos o algo así. En el trailer se ve como los miembros de seguridad ven por la cámara flashes de imágenes monstruosas que no se relacionan con la “realidad”. La dirigen los hermanos Dowdle que dirigieron las versión anglosajona de Rec, Cuarentena. Esperemos que sea mejor.

    En cuanto a futuros proyectos, se comenta una futura reunión entre el director y Bruce Willis. Ambos necesitan resurgir, sin duda. Willis, por su lado cree que solamente volviendo con Shyamalan o realizando una quinta parte de Duro de Matar puede volver a tener un “éxito” de taquilla.

    Bruce, te doy un consejo: John McClane siempre va a tener seguidores. En cambio, Shyamalan, gracias a El Ultimo Maestro del Aire, le dijo “adiós” a los últimos que le quedaban.
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  • Depredadores
    Depredadores
    A Sala Llena
    No necesitamos más a Arnold

    Como todos saben, o por lo menos, así espero, con motivo del festejo del primer aniversario de A Sala Llena Online, decidimos realizar la primer avant premiere del sitio.

    Podríamos haber elegido El Origen, o Encuentro Peligroso, pero nos decidimos por Depredadores. ¿Por qué? Llámenlo instinto cinéfilo.

    Es una apuesta arriesgada proyectar una película de terror / ciencia ficción. Es más, si la película hubiese sido desastrosa, esta misma crítica la estarían leyendo el próximo martes, después de la función. No vamos a tirar abajo nuestra función una semana antes ¿no?.

    Pero la están leyendo ahora. ¿Por qué?

    Porque en Robert Rodríguez se puede tener Fe… cinéfila.

    No soy un fanático de la saga de Depredador, pienso, que si bien la primera es bastante entretenida y elemental, y a pesar de convertirse en un objeto de culto de los años ’80, las secuelas fueron bastante grotescas, banales y desaprovecharon un buen personaje de terror en pos de entretenimiento masivo, llenar las expectativas de un público ávido de ver sangre y tripas… pero los pobres guiones, las pobres búsquedas estéticas terminaron por ni siquiera satisfacer este tipo de público.

    A comparación, la saga de Alien siempre estuvo un paso más adelante (al menos las primeras cuatro). Los productores buscaron directores con mente de autor, capaces de crear personajes y atmósferas intensas, claustrofóbicas. No solo gore. Seamos honestos, siempre hubo una mayor búsqueda creativa y artística. Pero llegaron las Alien Vs Depredador y terminaron con ambos mitos… hasta ahora.

    Alguien debía revivir a estos dos monstruos del cine. Con la saga de Alien, lo está haciendo, nuevamente, Ridley Scott. Con Depredador, el descendiente director de Roger Corman: Robert Rodríguez.

    Si bien esta vez se alejó de la silla del director y cedió el lugar a Antal, un interesante director nacido en Estados Unidos pero que comenzó su carrera cinematográfica con la intensa película Kontroll (2003, vista en el Bafici 2004) en Hungría por la cual ganó numerosos premios, Rodríguez se encargó de la producción, la supervisión del diseño sonoro y de los efectos visuales.

    Antal, que venía de hacer las discretas Habitación sin Salida y Armored en Estados Unidos, tomó la posta y supo darle el nivel necesario de suspenso, intensidad, administrarle buenas dosis de terror, gore, y ciencia ficción a la saga dirigida originalmente por John Mc Tiernan, con el extraterrestre del gran y querido Stan Winston.

    Pero no solo eso, sino que le rinde tributo a la original en varios sentidos. Suerte de secuela/remake, nuevamente vemos a un grupo de mercenarios en medio de la jungla. Solo que esta junta no queda en nuestro planeta.

    Hombres cayendo con paracaídas en caída libre. En tierra, ninguno conoce a otro, provienen de distintos países incluso. Lo que tienen en común: son todos asesinos de una forma a otra, condenados, solitarios, despiadados. El liderazgo lo toma un capitán de las Fuerzas Especiales (Brody, cada vez más consolidado como héroe de acción), y lo siguen una agente del Mossad (Braga), un violador condenado a muerte (Goggins), un mercenario de pandillas mexicanas (Danny Trejo, llamado Cuchillo según los créditos. ¿Será primo de Machete?), un yakuza, un miembro de un clan de asesinos africanos, un soldado ruso que luchaba en Chechenia, y un médico alfeñique, completamente dócil (Grace, rol similar al de El Hombre Araña 3).

    Pronto, los cazadores se convierten en presa y empiezan las persecuciones. Los depredadores empezarán a cazarlos uno por uno, al mejor estilo “diez indiecitos” de Agatha Christie, o mejor dicho ocho indiecitos. No olvidemos que también así era la original película de 1987, y también las dos primeras entregas de Alien.

    El principio remite indefectiblemente al gancho Lost: marginados de la sociedad deben convivir, sobrevivir y luchar contra el mundo sobrenatural que tienen ante sus pies: primero se odian, después deben unirse para seguir vivos. La única diferencia es que estos están armados hasta los dientes.

    La película combina aventura, acción, humor negro y terror. Es entretenida de principio a fin. Hay muertes de todo tipo para los amantes del género, y si bien contiene todos los lugares comunes y clisés que uno espera del género, se va adivinando el orden en que se irán sucediendo las defunciones, los creadores son bastantes astutos para guardarse algunas cartas bajo las mangas y sorprender.

    Los mayores aciertos son de índole cinéfila, como decía. Se cita a la película original en la mitad y en el final, y no falta una línea perteneciente a un clásico de Brian DePalma. Pero también en la creación de personajes y elección del elenco: esta vez, no son solamente soldados que no marcan diferencia en carácter uno de otro. Acá cada uno tiene su lugar para destacarse, ya sea por su misterioso pasado, como por sus destrezas físicas. La elección de Brody en vez de Schwarzenegger es más adecuada de lo que parece a simple vista. Le da carácter, profundidad dramática a su personaje. Como Sigourney Weaver lograba con Ellen Ripley en Alien. A la vez sorprende ver a Laurence Fishburne en un rol seudo humorístico – absurdo. El resto del elenco no desentona, a excepción de Topher Grace, que no puede salir del estereotipado personaje de nerd depresivo de That’s 70s Show. Ya no son más héroes de acción solamente, sino personas palpables, más reales que en otras películas del género.

    Los diálogos no son de lo más brillante. Brody dice cada palabra como si fuese una “tag line” (las frases hechas de los trailers), y por momentos las explicaciones son demasiado redundantes. Pero lo mejor es la acción, la adrenalina. El clásico juego del gato y el ratón, las trampas, la atmósfera seca de la selva que penetra en la sangre y te hace pertenecer a la película. El mismo mérito de la original.

    Los efectos especiales nunca pasan a primer plano ni sobresalen sobre la cuestión humana. Es más que loable la actitud de Rodríguez de seguir utilizando actores para interpretar a los depredadores, con vestuario y bocas diseñadas con animatronics y algún que otro retoque de CGI (especialmente para el Depredador más grande y feo) y no crearlo completamente en computadora como haría George Lucas.

    Hay que seguir teniendo fe en Rodríguez. Depredadores es un divertido film clase B que no va a desilusionar a aquellos que vayan el lunes a la Avant Premiere del Abasto. Por supuesto, tengan en cuenta que van a ver una película de Depredador… No esperen una “cinema de qualité” europea, la competidora del Cocodrilo de Oro de un Festival Internacional o la próxima ganadora del Oscar.

    Ya sé que son lectores fieles, pero tampoco pedimos tanto…
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  • Un loco viaje al pasado
    Pájaros Volando en los años ‘80

    Llámenlo destino. Llámenlo competencia de distribuidoras, pero los años ’80 se vuelven a cruzar en nuestras vidas a partir de esta semana. Saquemos de lado Miss Tacuarembó, acaso la celebración más opulenta y original que se haya visto en mucho tiempo que se desarrolla en la década en que volvió la democracia, Argentina ganó el mundial y el primer Oscar de su historia.

    Si con Pájaros Volando, volvía el humor de las mejores comedias de Enrique Carreras, con Un Loco Viaje al Pasado vuelven todos los íconos de la moda y la estética estadounidense que se podían ver en las pantallas allá por 1988.

    Para muchos, veintidós años no es nada, pero para este grupo de amigos, significa la pérdida total de los sueños, de la esperanza.

    Adam, Nick y Lou (Cusack, Robinson y Croddry respectivamente) tienen 40 años y son infelices. Odian sus trabajos, están divorciados o sometidos por sus matrimonios, se encuentran pasando una depresión que parece imposible de remontar. A este grupo de perdedores se suma, Jacob, el sobrino de Adam, un nerd fanático de los video juegos.

    Para tratar de levantarle los ánimos a Lou, los cuatro viajan a un hotel con pista de sky junto a las montañas. Allá pasaron los mejores momentos de su vida cuando eran jóvenes. Después de una borrachera, los cuatro se dan un baño en un jacuzzi caliente. El tablero de mando se rompe, y todos viajan a 1988.

    Para poder volver al presente deben pasar todo un día en ese año y hacer exactamente las mismas cosas que hicieron el día en cuestión, ya que ante los ojos de los demás, ellos tienen la apariencia que tenían en ese año… menos Jacob, que mantiene misteriosamente su apariencia adolescente. Sin embargo, ven la oportunidad de cambiar lo que hicieron para que en el presente tengan una mejor vida.

    El mayor mérito de la película es la poca seriedad con que están tomados todos los temas “relevantes”. Aquel que quiera buscarle cierta coherencia o verosimilitud al viaje en el tiempo, no lo va a encontrar. De hecho la película se burla de todas las reglas y las películas relacionadas con el tema. Aquellos que recordamos la década, encontraremos citas por todas partes: desde la moda, la forma de hablar, las referencias musicales, etc. En cierta forma, es como Volver al Futuro… al revés. Todo está exagerado. Es fácil acusar de misoginia a la película, pero lo cierto es que estos “chicos” quieren divertirse con todo. Sexo, alcohol y rock and roll. Como si mezcláramos la saga creada por Robert Zemeckis (con Crispin Glover inclusive) con las burdas comedias que le siguieron a American Pie. Clisés y humor de traso grueso, no pasan desapercibidos, pero lo cierto es que la película no decae en ritmo en ningún momento, tampoco cansa y mantiene su humor delirante hasta el final de los créditos.

    Aquellos que entiendan las referencias que abundan en cada diálogo, cada decorado van a comprender mejor el humor que impera. No digo que el guión sea perfecto o sea la mejor comedia de los últimos tiempos, algunos chistes son más efectivos que otros, pero nunca terminan por desagradar o molestar los gags menos logrados.

    Pink (guionista de Tiro al Blanco y Alta Fidelidad, ambas películas con Cusak y director de Aceptado), muestra gran capacidad para manejar el timing humorístico sin caer en momentos sensibleros, ni en redundancias narrativas. Se apoya en una gran director de fotografía como Jack N. Green (habitual colaborador de Clint Eastwood) para crear una estética ochentosa creible y cinefila.

    Cusack deja un poco de lado el rol serio con el que trató de involucrarse en los últimos años y vuelve a ser el muchacho desilusionado románticamente de sus comedias de fines de los ’80. Además de Glover, se destaca en un rol imposible de describir, acaso, el humorista más popular de la década, el olvidado Chevy Chase.

    Pero sin duda es la locuacidad y personalidad desfachatada de Coddryn y Robinson, dos maduros descubrimientos de los últimos años, que se destacan sobre el resto del elenco.

    También dos jóvenes promesas vistas en Kick- Ass como Clark Duke y la hermosa Lindsy Fonseca logran solventes interpretaciones.

    Para divertirse sin pretensión alguna, para recordar los ’80 y reflexionar sobre como a veces, es mejor seguir nuestros instinto, nuestros impulsos, nuestros sueños.

    Nuestra vida será mejor, siempre y cuando tengamos amigos, twittagra y una lata de “Chernobly”. Si no saben que es, búsquenlo en Louggle.
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  • Cinco minutos de gloria
    El conflicto entre Irlanda del Norte, del Sur e Inglaterra aun deja secuelas en el presente. Hace unos años, cuando Ken Loach ganó la Palma de Oro en Cannes, por el film El Viento que Acaricia el Prado, declaró que “el trato que hizo Michael Collins entre las dos Irlandas fue vergonzoso”. Por dicha razón, Loach sigue impulsando la lucha del IRA y la independencia de Irlanda del Norte. Lo manifiesta políticamente en sus films, como queda bien en claro en la magnífica Agenda Secreta (1990). De esta manera, también criticaba al film de Neil Jordan, sobre la vida del líder irlandés, que lo posicionaba como un héroe, título muy discutido actualmente. El rol protagónico era llevado a cabo por Liam Neeson, quién vuelve a aparecer en este discreto, pero intenso film del alemán Oliver Hirschbiegel.

    El director de las sobrevaloradas, a mi parecer, El Experimento, La Caída y la remake de Los Usurpadores de Cuerpos, Los Invasores con Nicole Kidman y Daniel Craig baja un poco sus pretensiones artísticas para darle prioridad a los personajes principales y sus intérpretes.

    1975, Alistair y un grupo de protestantes adolescentes deciden cometer un asesinato para lograr fama en su círculo de amigos. El blanco es un joven católico, acusado de ser miembro del IRA. El único problema es que deja un testido, el hermano menor de la víctima: Joe, quien posteriormente al hecho vivió signado por la culpa, echada por su madre.

    25 años después, un reality show quiere confrontar a ambos para hacer una reunión conciliadora, con mensaje pacifista en un antiguo castillo medieval.

    Alistair (Neeson) se ha vuelto un hombre “serio” y “disciplinario”. Un gentleman en apariencia. Joe, (Nesbitt) en cambio, sufre de esquizofrenia. Es un hombre alterado, insoportablemente nervioso que quiere aprovecha la oportunidad, para vengarse de Alistair, asesinarlo, Tener los cinco minutos de gloria, que tuvo Alistair cuando era joven.

    En su primera hora, la película tiene un planteo interesante. Más allá de la exasperante interpretación de Nesbitt, al comienzo, la película juega con el montaje paralelo pasando de los recuerdos de ambos en 1975 a la realidad: los dos yendo llevados al castillo para realizarse la entrevista.

    La tensión se va incrementando a medida que llega el momento de la reunión, en cuanto vamos conociendo los planes de Joe, que relata a una asistente de producción (Marinca).

    “¿Qué hacer con el hombre que mató a mi hermano, darle la mano con una sonrisa o asesinarlo a sangre fría?”

    Esta pregunta provoca que el espectador reflexione acerca del lugar que deberá tomar en la historia. ¿Qué posición tomará la película? Si se pone del lado de la reconciliación caerá en la ridícula inverosimilitud del perdón fácil. Si se pone del lado de Joe, nos enfrentamos a una peligrosa apología acerca de la justicia por mano propia. ¿Y cuál fue la posición de la verdadera justicia? Alistair estuvo preso 15 años, aprendió su lección y trabaja como mediador de conflictos barriales, enseñando a los adolescentes las consecuencias de involucrarse en cultos o pandillas.

    Se trata de matar o dejar vivir.

    Hirschbiegel hace un interesante ensayo de cámara, montaje y actuaciones. Contrastes estéticos, uso y abuso de la voz en off. No deja pasar tampoco una crítica directa sobre el rol mediático de la televisión, que artificializa y manipula los acontecimientos con tal de lograr rating. La moraleja, en este caso, es que ciertos asuntos se deben resolver personalmente. Uno contra uno.

    Si bien, el guión de Hibbert es bastante discursivo, en sí, las situaciones durante esta primera hora, resultan intensos y verosímiles. El problema es la segunda mitad de la película, cuando tratan de resolver el conflicto, y darle un contexto más dramático y humano a los personajes. El thriller se convierte en melodrama y posteriormente en un film de acción. Si bien hay un cuota interesante de suspenso, parece que Hirschbiegel se aburrió de su propia película y trató de terminarla lo más rápido y ágil posible. No es un desenlace abrupto ni completamente inverosímil (supuestamente está basado en hechos reales), pero la última parte tiene mucho menos intensidad que la primera, y el planteo moral se resuelve de forma bastante simplista y banal.

    Neeson demuestra estar cómodo en su rol: profundo, austero, su interpretación impone respeto, intimida, pero a la vez conmueve en honestidad. Nesbitt, (visto en la gran Domingo Sangriento de Paul Greengrass) en cambio es completamente imparable. Tiene una prepotencia que lo convierten en un barril de pólvora a punto de explotar, y su caracterización bordea en lo sobreactuado o caricaturesco. Sin embargo, a mi parecer, y teniendo en cuenta que es un actor que siempre se mostró calmo en pantalla, dicho contraste no hace más que confirmar la versatilidad de este intérprete irlandés poco conocido en nuestro país.

    Poco hay de elenco secundario, más que algunos bolos mayores o menores. Entre estos, en Marinca, con un personaje sencillo, pero con más tiempo en pantalla que logra resaltar.

    Proyecto, que parece haber sido pensado en principio para televisión, pero que Hirschbiegel logra darle altura cinematográfica, sin embargo podría encontrar, mejor destino como obra teatral. A fin, de cuentas, se trata de un duelo interpretativo: personajes sólidos, ricos, profundos, contradictorios, enfrentados en un dilema moral. Con dos buenos actores (de la talla de Neeson o Nesbitt) se podría convertir en un clásico.

    El resultado cinematográfico no deja de ser discreto nomás. No estamos hablando de verdaderas representantes del tema como En El Nombre del Padre, Agenda Secreta o la citada Domingo Sangriento. Pero es cierto, que se trata de un film que deja reflexionando por rato largo y vale la pena discutirlo en grupo… durante más de 5 minutos.
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  • Pájaros volando
    Pájaros volando
    A Sala Llena
    Admiro a Diego Capusotto como comediante y el grupo que lo sigue desde Cha Cha Chá y Todo por $2, que dirigía justamente el mismo Néstor Montalbano, pero nunca fui un seguidor fidedigno de sus programas o unitarios televisivos. En cambio sí he visto Soy Tu Aventura, donde el dúo Luque / Capusotto era acompañado por el finado Luis Aguilé y El Regreso de Peter Cascada (aunque en realidad Montalbano debutó con el thriller Cómplices con Oscar Martínez y Jorge Marrale).

    Lo cierto es que las tres obras previas del director hacen hincapié, mucho más que su trabajo televisivo, en la nostalgia, en la cultura y humor argentino de fines de los ‘60s hasta mediados de los ‘80s. Lo cual no está mal. Los resultados son, quizás, dispares : por momentos vemos humor disparatado, bizarro, burdo, mezclado con escenas más sentimentales, oscuras, profundas, e incluso críticas con la identidad de los argentinos.

    Sus historias intentan rescatar la cultura de pueblo chico alterado por personajes de ciudad, que se escapan del contexto urbano y encuentra “un lugar en el mundo” en dicho pueblo del interior del país o personajes que regresan a sus raíces, y descubren que no pueden alejarse del sitio donde se criaron y se formaron .

    En este sentido, Montalbano es un nostálgico, sentimental incurable, en el buen sentido de la palabra, que transmite este “mensaje” en toda su obra, por lo cual deberíamos considerarlo como uno de los “autores” más subvalorados del cine argentino. Si bien hay bastante referencia de Enrique Carreras en sus películas, el director toma los mejores aspectos de sus obras, las mejores intenciones, las imágenes más recordadas, y las transforma en íconos de un cine sin retorno, que pareciera que muchos realizadores contemporáneos se niegan a admitir que existió. Soy defensor de la frase que dice: “un cine que no mira el pasado, no mira su historia, no mira sus orígenes, no tiene futuro”.

    Ciertamente, pocos se acuerdan hoy en día que el cine de Carreras fue el cine con el que se criaron. Pocos saben que no existiría hoy un Diego Capusotto, sino habría existido, por ejemplo, un Alberto Olmedo.

    Pero no nos vayamos por las ramas y hablemos de Pajaros Volando.

    Absurdo absoluto, mezclado con sensibilidad hippie, el guión del actor y humorista Damián Dreizik tiene una estructura bastante sólida, y nunca cae en golpes bajos, sentimentalismo barato o situaciones forzadas. Un abanico de personajes desfilan por el pueblo, evocando al extremo el carácter del estereotipo del hippie (Cantilo), el rockero, el socialista vegetariano anticapitalismo (el propio Dreizik), los artesanos provincianos, los músicos norteños (Oski Guzmán en una caracterización grotesca) o el gaucho (Mesa). Los personajes le aportan color, diversidad y múltiples subtramas que alargan un poco innecesariamente el relato. Todos estos , los cuáles algunos solo están incluidos para aportar gags, cómplices del conocimiento que tiene el espectador sobre el actor que los interpretan, pueden terminar agobiando un poco. Simplemente porque no todos los chistes son igual de efectivos y porque durante la segunda hora, algunas situaciones se tornan un poco monótonas y repetitivas. Aún así, por momentos afloran escenas de mucho ingenio (especialmente al final) y gags lisérgicos imprevisibles.

    El trabajo técnico es destacable. Teniendo en cuenta que la fotografía reposa en el veterano Marcelo Iaccarino, se puede apreciar un tono visual elaborado, mezclado con efectos especiales, en general muy bien diseñados. Si bien, las noches impostadas resaltan demasiado, las naves espaciales y la interacción de actores con animación es bastante creíble.

    El mayor problema de la película en sí, no son los aspectos cinematográficos, sino la sensación de podría haber sido todavía más bizarra, más grotesca, satírica, ocurrente y transgresora de lo que termina siendo.

    Si bien el personaje de Capusotto remite al trabajo que el comediante realiza actualmente en Peter Capusotto y sus Videos, el asiduo espectador sabe que el actor puede volar más alto aún. Tiene demasiada competencia desaforada de Luis Luque, que con su apariencia, completamente inusual a la que se le conoce, y la prepotencia que lo caracteriza termina “tapando” al protagonista. Para decirlo llana y directamente, Luque es un monstruo que se come la película.

    Entre los secundarios quedan muy bien parados, Verónica Llinás, que dentro de un mundo surrealista le aporta naturalidad a su personaje y Damián Dreizik, en un personaje que escribió a su medida. Desaprovechados aparecen Guzmán, Mesa y Flechner, como una comisaria que no termina de destacarse. Por otro lado, los pequeños aportes de Lola Berthet, el Ruso Berea, Cafiero y Victor Hugo Morales son mucho más acertados y efectivos en cuanto a comicidad.

    Más allá de sus desniveles narrativos, de tono y artísticos, Pájaros Volando es una comedia con remanentes del cine clase B y los primeros video clips, que viene a rescatar dos décadas perdidas del cine nacional; que apuesta por un lenguaje muy argentino, por la nostalgia. Que no tiene mayores intenciones que provocar risas fáciles.

    Teniendo en cuenta, que el resto de las comedias argentinas comerciales que se estrenan en esta época, terminan abrumando y aburriendo por su falta de imaginación, y sus remanentes televisivos, una película como la de Montalbano es un verdadero hallazgo, ya que a pesar de usar fórmulas que fueron efectivas en televisión, su director le agrega un lenguaje cinematográfico, lamentablemente inusual en este tipo de propuestas.

    Mejor pájaro en mano, que cine volando.
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  • El origen
    El origen
    A Sala Llena
    Atrapa al Pez Dorado

    Según David Lynch, las ideas flotan por nuestra mente como peces en el agua. Pescar una buena idea, la correcta, la adecuada, la original es como atrapar un pez dorado. No hay que dejarla escapar, exponerla lo antes posible. Lynch estaba tan seguro de esta definición que sacó un libro de autoayuda autobiográfico al respecto, antes que algún otro le robe la idea.

    Obviamente el libro se llama “Atrapa al Pez Dorado”.

    No es ninguna novedad que el cine de Hollywood se ha quedado hace rato sin ideas. Se inspiran en Best Sellers, cómics, series, clásicos, dibujos animados, secuelas (y precuelas), fórmulas demasiado remanidas para sacar nuevas películas. Es raro, a esta altura de las circunstancias encontrar una idea realmente original en Hollywood… o al menos un tratamiento singular.

    Cuando nos estábamos acostumbrando a ver siempre lo mismo, a contentarnos con las ideas de Pixar (que más allá de que siempre nos sorprenden también hacen secuelas de sus éxitos) sale Christopher Nolan a la superficie con El Origen… una idea original: surgida de su propia mente. Nada de cuentos de su hermano, Jonathan, nada de adaptaciones de cómics o remakes. Ni siquiera fue escrita en conjunto con otro guionista.

    El Origen es ORIGINAL. ¿Y de que trata?… justamente, de ideas: extraer ideas, instalar ideas, robar ideas…

    La película entera es una metáfora acerca del lugar que la película misma ocupa en la cinematografía contemporánea. Un concepto original con tratamiento original.

    Sin embargo, como pregunta Ariadne, la arquitecta de laberintos oníricos (que comparte el nombre con la creadora del laberinto del minotauro del mito griego), ¿acaso no creamos a partir de recuerdos verdaderos?

    Hay ideas de El Origen que pudimos ver previamente en La Celda (navegar por los sueños), Matrix (mundos paralelos, despertar en otras realidades, los orígenes filosóficos griegos, algunas escenas visualmente similares), Sueños de un Asesino, Abre los Ojos (o Vanilla Sky) Avatar (incluso uno de los actores, Dileep Rao, trabaja en ambas películas con personajes similares), así como referencias cronobergianas y justamente, lynchianas que otros colegas ya nombraron. Pero lo cierto es que la película asombra por su solidez narrativa, que me animo a decir, supera a todas las películas previamente nombradas.

    Pero tratemos de encontrar la salida al laberinto Nolan, por capas, como juego de cajas chinas.



    Un Psicólogo a la Derecha

    Lo que caracteriza al cine de Nolan por encima de todos sus rasgos formales y estéticos, es que no hay filmografía alguna que sea tan obviamente psicológica, y con esto no me refiero a que todas sus películas (incluso las de Batman) sean thrillers psicológicos, sino que realmente tocan los tópicos más comunes del psicoanálisis Fruediano y el análisis de la mente humana.

    Comencemos por su ópera prima, la cuasi desconocida Following. Su tesis universitario, es un ensayo sobre el comportamiento obsesivo compulsivo de un hombre que sigue personas sin razón alguna y termina con paranoia porque cree que lo siguen a él.

    Memento, la película que lo llevo de Inglaterra a Hollywood, es un inteligente, y en cierta manera, un original estudio acerca de la memoria, el inconciente y la culpa.

    Noches Blancas (inspirado en un film danés llamado Insomnia) justamente retrata las consecuencias psicológicas del estado de insomnio permanente que sufre el protagonista (Al Pacino, en una de sus mejores interpretaciones de los últimos tiempos).

    El díptico Batman Inicia / El Caballero de la Noche son incluso las más profundas y filosóficas de su filmografía. No solamente se tratan (aun hoy) de sus mejores obras, sino que además escarban acerca de los orígenes y confrontación de los miedos (Inicia) y la conciencia moral colectiva de la sociedad (El Caballero). Sobretodo, esta última termina siendo un relato existencialista de debate continuo en donde tenemos a un villano que está más allá del bien y del mal, un comodín, que se introducía en Ciudad Gótica para demostrar que el caos es posible y lo construyen los mismos miembros de la sociedad. No es una figura humana, sino completamente simbólica, interpretada inolvidablemente por el finado Ledger.

    Nolan se animó a usar una franquicia para exteriorizar sus preocupaciones psicológicas.

    Y hablando de ambigüedades, la esquizofrenia, la obsesión y el engaño (otro de los tópicos de su filmografía) se denotan en la subvalorada El Gran Truco.

    Pero lo más obvio acaso que atestigua la obsesión del director por la psicología es el factor que los espectadores nos metemos en la mente de los protagonistas, que atraviesan una inconciente sesión con un psicoanalista que los interpela a recordar constantemente lo que hicieron en sus vidas para llegar al momento donde inicia el film. No recuerdo otro director que esté tan fascinado con el recurso de los flashbacks, y de meter como juego de cajas chinas, un recuerdo dentro de otro recuerdo y así sucesivamente, hasta encontrar en la memoria, recuerdos en el inconciente de los protagonistas que le ayuden a la solucionar sus traumas. Irónicamente, en ninguno de los films hay un personaje que interprete un psicólogo.



    Cuéntame tu Sueño

    Quizás para encontrar la semiosis de los sueños en el cine debamos retroceder en el tiempo y remitirnos a Un Perro Andaluz, de Buñuel y Dalí. Pero, como siempre, el gran precursor del cine contemporáneo, Alfred Hitchcock, fue el primero en buscar criminales a través de los sueños con Cuéntame Tu Vida (1945) con escenas oníricas diseñadas por Dalí.

    En El Origen, Dom (Di Caprio) es un espía industrial de los sueños: debe robar ideas para empresarios antes que estas sean elaboradas, metiéndose en los sueños de los corporativos, a través de un sistema químico no demasiado explayado (un MacGuffin) y vendiéndoselos a su jefe (del cual no volvemos a escuchar nombrar durante el resto del relato, pero se explica algo más en una suerte de cómic que salió con el lanzamiento del film (ver acá).

    Sin embargo cuando una misión sale mal, la víctima de la misma, el Sr. Saito (Watanabe) le hace una contraoferta, depositar una idea adentro de la mente del hijo de un heredero empresario moribundo, Mr. Fisher (Cillian Murphy). Dom con su equipo intentará cumplir con su misión, pero deberá enfrentar un fantasma de su pasado: su ex esposa Mal (Cotilliard) que se aparece como oponente en sus sueños.

    Develar más información es matar la película, la cual en sus ¾ partes depara bastantes sorpresas. Irónicamente, su final no es tan elaborado como uno esperaría ver en un film de Christopher Nolan. Esto no significa que el guión no tenga una elaboración meticulosa.

    Esta vez, el director no solamente recurre a meter un flashbacks dentro de otro, sino literalmente meter un sueño dentro de otro. De hecho, esa es la misión. Este efecto provoca un sentido de desconfianza en el espectador. Uno duda, cuantos sueños vemos realmente, y cuanto, de hecho es realidad. Otra vez el juego del engaño que establecía en El Gran Truco. ¿Hasta que punto los personajes se engañan entre ellos y por lo tanto, involucran al espectador en ese engaño?

    Mezcla de Misión Imposible y Los Simuladores, donde cada miembro del equipo tiene una tarea específica, El Origen es sobretodo entretenimiento puro. Acción, suspenso, drama, romance, ciencia ficción, espionaje. A puro ritmo, Nolan logra su obra más atrapante y asombrosa a nivel visual y la más estimulante a nivel intelectual. Ciudades que se van modificando a medida que los personajes caminan, juegos de velocidades, enfrentamientos sin gravedad. Los efectos especiales, al contrario de Matrix, están al orden de la historia. Nunca pasan a primer plano. La banda sonora de Hans Zimmer aporta, al igual que en El Caballero de la Noche a intensificar los magníficos climas de tensión creados por el guionista / director.

    Técnicamente es una obra impecable. La fotografía y el arte aportan densidad visual en las escenas de acción y lirismo en las escenas sentimentales, que por suerte nunca desbordan hacia el culebrón dramático. Además, no queda afuera la fascinación que Nolan siente por la cultura y la decoración china/japonesa, como ya quedó demostrado también en El Gran Truco y ambas partes de Batman (por algo trabaja Watanabe nuevamente).

    Sin embargo, lo que se extraña es la poca profundidad, la unilateralidad, sinceridad, que tiene el elenco secundario. Sus personajes tienen poco cuerpo, no son más de lo que vemos. Si bien el protagonista Dom, con sus secretos y contradicciones está sólidamente trabajado, e incluso interpretado por Leonardo Di Caprio, que si bien no hace una actuación inolvidable, demuestra madurez actoral con cada paso al frente que da, el resto de los personajes, a excepción de Mal (hermosa y brillante Marion Cotilliard, a la que Nolan incluso homenajea con una canción), no aportan demasiado al argumento principal. Un par de consejos al protagonista, cumplimiento de órdenes y apenas un par de chistes. Esto no significa que las interpretaciones no sean elocuentes: Ellen Page, el ascendente Joseph Gordon Levit, Ken Watanabe y el desconocido (futuro Mad Max) Tom Hardy logran hacer creíbles estos acartonados secundarios. Poco aportan las apariciones de Murphy, Pete Postlewhite y los veteranos Tom Berenger (casi desconocido) y Michael Caine (¿lo habrá puesto por cábala o amistad?).

    Más allá que narrativamente funciona muy bien, Nolan se da cuenta que no puede dejar al espectador en una libre interpretación y decide de una forma elegante ir dosificando la información, explicando la trama lentamente para que no haya espectadores desprevenidos. Mucho no funcionó, porque varios críticos no llegaron a entender “la trama”. Sí en Batman, trató de ser lo menos discursivo posible, acá es todo lo contrario. Pero no importa. Se trata de una main stream de 160 millones de dólares, no de un film de vanguardia expresionista. Si se quiere recuperar la ganancia, hace falta que los espectadores entiendan de que se trata la historia. Hay varias preguntas, que por supuesto se solucionan de una manera más simplista y banal de lo que un aficionado a la ciencia ficción esperaría, pero lo cierto es que a Nolan le interesa más la historia de amor, que la de espionaje a fin de cuentas, y esto justificaría también porque no hay tanta vueltas de tuerca sorpresivas o un final abierto.

    Si por alguna razón, alguien siente una sensación de Deja Vu, viendo a Di Caprio corriendo por un laberinto mental, es porque la película, inintencionalmente guarda semejanzas con La Isla Siniestra de Martin Scorsese en más de un sentido.

    El Origen demuestra que todavía hay ejecutivos en Hollywood que saben reconocer un autor original capaz de mezclar los géneros, generar un productor comercial inteligente y artístico (probablemente el mejor descubrimiento desde Tim Burton). Para los seguidores de Nolan, probablemente sea una leve decepción: no se trata, en mi opinión de su película cumbre, ni la que les va a volar el cerebro o convertirse en la obra maestra del año, aunque quizás arrase en la entrega de los Oscars 2011, dependiendo de que otra oferta haya hasta diciembre.

    Si El Origen está unos peldaños debajo de las expectativas, es porque las Batman, son difíciles de superar, pero la película tiene sus propios méritos.

    Cerramos las cajas chinas. Celebremos que Nolan logró, al fin, exhibirnos, su reluciente pez dorado.
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  • Al diablo con el amor
    Andy Warhol decía: “la fama solo dura 15 minutos”.

    Pero algunos todavía no lo creen. O sea, ciertos actores y actrices, siguen vigentes después de más de 50 años de carrera. Pregúntenle sino a Michael Caine, quién agarra cualquier proyecto que le cae en sus manos, y no tuvo, al menos que yo recuerde, un periodo malo en su filmografía. Todos tienen sus altos y bajos, pero Michael Caine, no. La clave fue la renovación continua, que Caine hizo constantemente.

    Bueno, Nia Vardalos, tuvo solo un éxito, y a menos que se renueve, será el único.

    Allá por el 2002, esta comediante, que provenía del stand up, y solo había interpretado roles secundarios en sitcoms y alguna que otra comedia olvidable, escribió y protagonizó Mi Gran Casamiento Griego. Una simpática, pero demasiado sobrevalorada comedia romántica, sobre una chica no demasiado agraciada, torpe, pero graciosa que se pone en pareja con un galancito de telenovela (John Corbett) y lo lleva a conocer a su familia griega. Con elementos que recordaban a la serie La Niñera, y un humor similar, esta película producida por Tom Hanks y Rita Wilson, se convirtió en el éxito sorpresa del año. La clave, fue el excelente elenco de comediantes veteranos que componía la familia y la gracia de Vardalos, y no tanto la historia en sí.

    Quizás alguno pensó, que esto significaría un trampolín para Vardalos, y le dejaron que llevé la película a la televisión con una sitcom que no duró ni media temporada (incluso no se llegó a estrenar en Argentina).

    Pero Vardalos no renunció, y escribió 2 comedia más que tuvieron menos suerte aún: Connie & Carla (que contaba con la participación de Toni Collette) y Mi Vida en Grecia.

    Guiones no demasiado ocurrentes y precisos, directores con menos personalidad que De la Rúa, llevaron a Vardalos a tomar una decisión extrema por retomar sus 15 minutos de fama: dirigir su siguiente guión ella misma.

    Lo más sorprendente de Al Diablo con el Amor! es que la dirección no falla. De hecho, tiene un par de elecciones estéticas interesantes (el color pastel de cada escenario), un par de planos fijos interesantes. Digamos que Vardalos, leyó el manual del director primerizo y lo siguió al pie de la letra. Visualmente, puede tratarse de un director de comedias con 50 años de experiencia o de una ópera prima. No molesta lo visual.

    El problema es el guión. Vardalos no aporta una sola idea original.

    La historia es muy simple: la dueña de una florería es la consejera de citas del barrio. Pero según ella, las relaciones a largo tiempo no funcionan. Hay que salir 5 veces, y quedarse con una sensación de satisfactorio placer antes que las cosas se tornen pesadas. El problema es cuando llega un comerciante nuevo (Corbett nuevamente), abandonado por la novia, que decide ponerse un restaurante de tapas en el medio de Nueva York.

    Al igual que en Mi Gran Casamiento… ambos empezarán a salir a media hora de ser presentados, y el problema vendrá, previsiblemente, cuando las 5 citas se terminen.

    A Vardalos no se le escapa un lugar común o clisé del género. A falta de ingenio, recurre a meter personajes secundarios estereotipados (la madre kitch, los amigos gays de ella, el amigo misógino de él, etc) y solo se destacan un par de actuaciones de intérpretes que siempre son estereotipos de personajes duros y fornidos, mafiosos o policías como Mike Starr y Jay O Sanders. A su manera, Vardalos, resulta meramente simpática. Actoralmente no hace nada diferente que no haya hecho en el pasado, Interpreta una y otra vez, el mismo personaje. Ya se volvió en este aspecto más intolerable que Woody Allen (al menos, Allen sigue siendo ingenioso en sus guiones, al menos para mí).

    ¿Por qué John Corbett sigue trabajando en comedias románticas? Es un misterio. Desde Sex and the City hasta The United States of Tara, pasando por las películas de Vardalos, Corbett es el comediante romántico más inverosímil que se haya visto en el cine estadounidense. No se le puede creer una sola línea de diálogo, no transmite un solo sentimiento.

    Si dentro de tantas cursilerías (la mayoría coherentes con el tipo de relato), se pueden rescatar algunos gags, es probable. Se agradece que al menos, no caiga demasiado profundo en momentos sensibleros, o evite los golpes melodramáticos.

    Hay demasiadas subtramas forzadas, momentos de relleno, chistes que parecen esperar una risa grabada para que se termine la escena.

    Para comedias románticas sobre el día de los enamorados, me quedó con Garry Marshall, y su humor anticuado, antes que con este pastiche de situaciones demasiado copiadas de películas y series de Marshall.

    Mas que odiar el día de los enamorados (título original), Al Diablo con el Amor! provoca que digamos al unisono: yo odio a Nia Vardalos.

    ¿Dónde estarán acaso, los discípulos de Hepburn y Tracy?

    A la actriz de Mi Gran Casamiento Griego se le acabaron sus 15 minutos de fama hace rato.

    Que pase la que sigue.
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  • Partir
    Partir
    A Sala Llena
    Amantes en crisis (económica)

    La historia no presenta ninguna novedad: ama de casa burguesa con hijos adolescentes y esposo lleva una vida aburrida. Quiere empezar a volver a trabajar de lo que le gusta (kinesióloga), pero esto no significa que pueda quebrar la rutina. El marido le presta más atención a su consultorio, sus pacientes, sus amigos y sus fiestas. Suzanne necesita un cambio y será un albañil hosco pero honesto, amable, Iván quién le robe el corazón y la lleve por los románticos caminos del sexo sin edad y el riesgo… a ser descubiertos.

    Hasta aquí nada sale de lo convencional. Las mujeres franceses no soportan estar casadas a los 40 y agarran al primer catalán que se les cruza en el camino… y si es ex presidario, mejor. Veremos algo similar en el próximo estreno, Un Affair du Amoir.

    Sin embargo, cuando ya creíamos que teníamos la película vista y terminada, la guionista y directora, Corsini nos sorprende con un giro que a los argentinos nos acerca un poco más a la historia: Suzanne es una mujer honesta y decide decirle la verdad a su esposo, quien se niega a darle el divorcio y en venganza, le corta la cuenta corriente e ingresos a Suzanne, echa a la calle a Iván y gracias a sus amistades gubernamentales, les prohíbe conseguir otro trabajo.a ambos.

    ¿Cómo sobrevivir sin dinero? Del sexo solamente… no se puede.

    Ante un planteo inicial lleno de lugares comunes, climas reconocibles, clisés, nos terminamos encontrando con un film social, una sátira extrema a la crueldad de una burguesía dominante. De repente Suzanne, debe vivir con el sueldo de una obrera. La reina se tiene que bajar del trono para estar al lado de su amante.

    De forna sutil, Corsini va convirtiendo su melodrama romántico en un thriller psicológico en línea netamente chabroliana. Combinación perfecta entre la magistral El Carnicero y La Ceremonia, con elementos de La Dama de Honor, El Infierno y La Mujer Partida en Dos, la veterana Corsini homenajea al maestro del suspenso francés.

    Sin embargo los méritos no recaen solamente en la paulatina y sólida forma en que la directora lleva el relato, sino también en decisiones estéticas importantes, como elegir a la gran directora de fotografía Agnes Godard, para diseñar encuadres emotivos, líricos, o fotografiar el rostro de la protagonista, Kristin Scott Thomas de manera impecable para que cada arruga de su rostro denote un sentimiento y preocupación. El montaje tiene un ritmo inusualmente in Crescente para este tipo de películas, inusual. Al principio planos largos en duración van dan paso a cortes violentos y sin raccord (como en la nouvelle vague) con inesperados saltos de eje.

    Pero más allá de los toques estilísticos se destaca su trío protagónico. Tanto el israelí Yvan Atal como el catalán Sergi López están sólidos como es acostumbrado verlos en sus complejos personajes. López es un oso tierno. Lejos están los oscuros personajes de Harry, un Amigo que te Quiere Bien, El Laberinto del Fauno y Negocios Entrañables. Su Iván es parecido al protagonista de Ricky, pero con mayor profundidad dramática y búsqueda interior. Pero la verdadera revelación vuelve a ser Kristin Scott Thomas. La actriz de El Paciente Inglés ya se había destacado el año pasado en el film francés Hace Mucho que te Quiero, y en Partir, se la ve mucho mejor: más liberada, capaz de pasar del minimalismo gestual al desenfreno pasional, de la mirada sutil a la expresión más exagerada. Son difíciles los diversos estados de ánimo que atraviesa el personaje, y Thomas, con un fluido francés transmite emoción, risa e inocencia… y además demuestra ser una de las mujeres de 50 años más hermosas y sexis de la pantalla, sin necesidad de hacerse cirugías u ocultar su edad con maquillaje. Su excepcional trabajo enaltece la calidad del film.

    La directora logra mantener un clima de tensión latente a lo largo de todo el film. No tiene miedo de hacer escenas de sexo “osada” para un film de estas características. Poco importa si el final es o no previsible. A diferencia de otras películas la breve duración ayuda a que el impacto final deje reminiscencias en la conciencia del espectador.
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  • El viaje de Avelino
    Avelino, un humilde campesino del norte del país hace un recorrido a lomo de burro de muchos kilómetros desde el desierto hasta la ciudad durante una semana, hasta encontrar un hospital para salvar a su pequeña hija de una neumonía fatal. La niña muere. La noticia se difundió por todo el país.

    Francis Estrada reconstruyó el hecho, no en forma de documental sino ficcionalizando el viaje con los mismos protagonistas. Austero y crudo, denuncia el maltrato y la pobreza en el norte del país. Sin embargo, a pesar de las benevolentes intenciones, uno puede encontrar cierta demagogia y manipulación en los hechos. La reconstrucción del viaje es un poco torpe en la manera que está filmada y narrada. Interesante pero monótona. Estrada decide no hacer demasiado hincapie en la geografía rural, limitándose a mostrar el viaje, y los paisajes simplemente funcionan como contexto de las acciones de los personajes. Deja pensando sino hubiese sido mejor hacer un documental para televisión (Canal 7 o Encuentro).

    La película se exhibió en el BAFICI 2009 y el MARFICI 2010.
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  • El aprendiz de brujo
    Todo Comenzó con un Ratón

    El primer hechicero del siglo XX se llamó Walt Disney. Algunos creen que fue el creador de los dibujos animados, pero eso no es verdad. Lo cierto es que bajo el ala de este hombre contradictorio, polémico, imaginativo se crearon obras maravillosas de la historia del cine, que nos hipnotizaron por su magia… y aún la sangre de Disney brota en el cuerpo de Pixar, quienes elevaron con identidad propia el estudio más importante de la historia del cine estadounidense.

    No vamos a ponernos meticulosos con la historia la compañía, pero vamos a recordar, uno de sus trabajos aún más bellos, armoniosos, arriesgados, personales de la historia, y lo admito, mi favorito.

    Fantasía (1940) son múltiples cortometrajes que combinan música clásica, ópera, ballet con animación, ordenada con motivos cronológicos, desde los albores de la humanidad (como 2001, Odisea del Espacio) atravesando momentos cumbres de la historia hasta los tiempos aledaños. En el año 1999, se estrenó una secuela, que no tuvo ni la repercusión ni el éxito deseado. Fantasía 2000 nos traía jazz, blues y otros temas.

    Pero de la obra original, es recordado especialmente un cortometraje llamado: El Aprendiz de Brujo dirigido por James Algar. El mismo se inspira en el tema musical que lleva el mismo nombre del corto compuesto por el francés Paul Dukas, que a la vez se basa en una balada escrita por Goethe (Fausto). Pueden verlo acá.

    Pasemos la Escoba

    Como en Disney nada se tira o se olvida, sino que se recicla… Y una atracción con juegos mecánicos en el Parque de Diversiones de Disney acerca de piratas, se transforma en una saga de aventuras, ¿como no podía existir el largometraje acerca El Aprendiz de Brujo?

    La idea cayó encima de Jerry Bruckheimer, al que la asociación con los estudios del viejo Walt le dieron frutos con la saga de Piratas del Caribe y La Leyenda del Tesoro Perdido. En el 2010, el ex socio de Don Simpson apostó Doble o Nada… y me parece que le salió… Nada.

    Hace 2 meses estrenó la versión cinematográfica del video juego Príncipe de Persia: Las Arenas del Tiempo. Los resultados fueron bastante desagradables. Más allá de la artificialidad del relato, la película fue un fracaso comercial, y cuando los números no cierra habría que evaluar si vale la pena seguir por la misma senda. Un director con un pasado interesante como Mike Newell no fue suficiente para reflotar una película con apenas un par de efectos especiales y escenas aventureras. Para El Aprendiz… confió en el director de La Leyenda del Tesoro… para tomar las riendas del barco, y lamentablemente, en el mismo equipo de guionistas (e inclusive uno de los protagonistas) de Príncipe de Persia.

    Siempre se me ataca por ser un tipo frío, insensible ante los productos más manufacturados de e industriales de Hollywood, pero debo admitir, que en épocas remotas, fui seguidor del cine de Jon Turteltaub. No voy a decir que fanático, o que sus películas me encantaban, pero admito que a este comodín de Disney lo vengo siguiendo hace tiempo.

    Como dije, Turteltaub está casado con la empresa Buena Vista desde los comienzos de su carrera, a principios de los años ´90 cuando realizó la subvalorada y bastante divertida/entretenida: Jamaica Bajo Cero (1993), una de las últimas apariciones del gran John Candy, aunque debo admitir que también vi su segunda película personal: 3 Ninjas (1992). Estoy seguro que más de uno la habrá visto. Un clásico de artes marciales con chicos y el finado Victor Wong.

    Posteriormente, pero sin dejar la compañía agarró trabajos más “adultos”, cuestionables desde puntos de vista cinematográficos, pero que tenían buenas intenciones, moralina mediante, y trataban de relajar al espectador con humor sano, algo de romance y una cuota bastante más amplia de drama. El trío: Mientras Dormías (con Bullock), Fenómeno (Travolta) e Instinto (Hopkins). Son películas que dan un poco de vergüenza ajena, es cierto, pero que todos vimos e incluso nos emocionamos.

    Sin embargo ante pobres resultados en la taquilla, Turteltaub decidió volver a trabajar con chicos y nos trajó la lamentable Mi Encuentro Conmigo (¡que traducción!) con Bruce Willis. En esta oportunidad se combinaba fantasía, comedia y drama melancólico. A pesar de las pésimas críticas, esto sirvió para que el director vuelva a estar en la lista de favoritos del estudio. Se asocia con Bruckheimer y Nicolas Cage. Entre los tres sacan las dos entregas de los Tesoros Perdidos, y si alguna vez hubo algún atisbo de identidad cinematográfica, aun cursi, en Turteltaub, esta ahora había desaparecido: películas de aventuras light, (mal) imitada de Indiana Jones, con cuota de patético patriotismo.

    En El Aprendiz… la cosa empeora.

    Todo comienza con una secuencia alrededor del 1300. El mago Merlín (que originales para poner nombres), se enfrenta por última vez, a su archienemiga Morgana. Merlín tiene tres aprendices. Verónica (Bellucci), por tratar de destruir a Morgana queda encerrada junto con ella dentro de una muñeca rusa. Horvath (Molina) se pasó de bando y también queda encerrado en una capa superior. El único que sobrevive del enfrentamiento es Balthazar (Cage con otra ridícula peluca y sin camello). Merlín, antes de morir, le pide que busque a un mago que será su único sucesor. Durante siglos, Balthazar, viaje a lo Richard Alpert, poniendo a prueba a chicos hasta que consigue al adecuado en… Nueva York. Por supuesto, se trata de Dave (Baruchel), un nerd, perdedor con las mujeres, al que solo le interesa sacar adelante su proyecto de física.

    Horvath saldrá de su “muñeca” y tratará de revivir a Morgana, así ella puede esclavizar a la humanidad. Baltazhar debe entrenar a Dave y ponerle al tanto de sus superpoderes, mientras este trata de conquistar a su “amor” de la infancia, Becky (revelación Palmer, alias la doble de Naomi Watts).

    El guión del quinteto de escritores no logra crear un relato que no se escape de lo convencional: o sea, personajes estereotipados, chatos, previsibles, unilaterales, una historia previsible, una estructura dramática compuesta por persecuciones, idas y vueltas que ayudan a extender el metraje injustificadamente, secuencias de acción, efectos especiales, dragones, autos fantásticos, etc. Todo es creatividad… superficial. En el fondo hay poco para rescatar. Todas frases hechas, diálogos poco creíbles y pretenciosos, romance aburrido. Si bien entretiene y posee un par de diálogos divertidos y efectivos (con relación a Star Wars, Indiana Jones o los magos pop del momento) es poco lo rescatable de esta película que se vuelve monótona, de lo manufacturada que termina siendo.

    A diferencia de Newell, al menos Turteltaub le dio un poco más de lugar a la actuación y un poco menos a los efectos, pero aún así ni Cage ni Molina, logran permeabilizar sus personajes. Quedan estancados, rígidos en ellos. En cambio, el elenco más joven parece más suelto. Baruchel es un humorista consumado. Hace el personaje de “loser” de taquito. Pero se empieza a encasillar en el rol. Al igual que Michael Cera o Seth Rogen, que provienen de la misma generación, es hora de que empiecen a elegir diferente sus personajes, porque van a terminar aburriendo (es triste pero Rogen no sale del personaje de amigo fiestero ni siquiera en El Avispón Verde)

    Baruchel, por su gracia natural, se destaca sobre Cage, que pasa a un segundo plano, por culpa de sus gestos demasiado conocidos a esta altura. Lo mismo pasa en el duelo entre Molina y Toby Kebbell (que también trabajó en Persia, pero se destacó en RockandRolla). A pesar de tener corta participación, sus aportes humorísticos son más atractivos que los tics del actor de Frida. Por último se rebela Palmer, como la chica de turno. Esta hermosa rubia, hace verosímil la interpretación que muchas otras hubiesen sobreactuado.

    Pero la obra en sí decepciona. Todo funciona correctamente. No hay sorpresas (ni siquiera en el final post títulos con mensaje de secuela y homenaje a Mickey incluido).

    La mejor escena, irónicamente es la más aislada del argumento y montada más forzosamente en la película: una seudoreproducción en música e imágenes de El Aprendiz de Brujo original con escobas, trapos, hachas, esponjas, espuma y agua por todas partes.

    Sin embargo, injustificada inserción no levanta el nivel del film.

    Un guión endeble, personajes e intérpretes mediocres no sacan adelante una película de estas magnitudes y presupuesto. Turteltaub confirma, lamentablemente, que es solo un aprendiz de Disney, un discípulo de Bruckheimer y Cage que acata las órdenes sin manifestar oposición.

    Por amor a la fantasía, pasémosle el trapo a este Aprendiz de Brujo, y sigamos viendo a Mickey haciendo travesuras.
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  • Encuentro explosivo
    Elogio de la Estupidez: Diviértanse, Entreténgase, No Piensen y Olvídesen

    Otra vez la misma dicotomía: ¿es acaso bueno un film que cumple con sus primeros objetivos sin demasiadas intenciones o expectativas? ¿se puede pedir más de un producto tan prefabricado, tan visto, tan olvidable como termina siendo Encuentro Explosivo?

    Sí, es divertida, sí, entretiene, se pasa volando, no cae en lugares sentimentales, golpes bajos. No se desvirtúa en los géneros que propone desde un principio.

    Es una comedia de acción, de espionaje con dos carilindos un poco veteranos, pero aún así efectivos. La química de ambos ya fue probada y aprobada en Vanilla Sky. James Mangold es uno de los directores por encargo más “regulares”. Tiene mejores y peores películas, pero tampoco es bochornoso… y aún así es difícil encontrarle una identidad artística, ideológica, estética o visual. Y eso que siempre trabaja con Phedon Papamichael, que no es un destacado director de fotografía, pero tampoco se encuentra entre los peores.

    La mediocridad de Encuentro Explosivo se encuentra justamente en que no se trata de una película que termine siendo insultada, pero tampoco alabada. Es una película más…

    No es acaso horrible tal descripción. Imaginemos tener a James Mangold frente nuestro…

    Sí, felicitaciones por Encuentro Explosivo, para pasar el rato y no pensar estuvo bien… ¿Que tipo de elogio es ese?

    Todo funciona tan bien… está tan calculado que da asco recordarla. De hecho, ya no me acuerdo de que trataba… ah sí, el famoso Mac Guffin era una fuente de energía eterna. ¿Qué tipo de Mac Guffin es ese?

    Pero eso no importa… lo importante es generar una comedia de enredos en medio de una intriga internacional… Perfecto, seguimos con Hitchcock.

    Cameron Diaz, logra explotar su faceta humorística, su encanto, su ingenuidad. Nuevamente, la rubia tonta de buena familia, desilusionada amorosamente encuentra a su caballero ideal: un agente erróneamente acusado de ser ladrón (y seguimos con las citas hitchcoianas)

    Tom Cruise, en cambio, pone su típica sonrisa: “Confía en mí, sé exactamente lo que hago”. Por suerte esta vez no es un exagerado dramáticamente Ethan Hunt. Hay que reconocer que las comedias lo salvan un poco a Tom de la humillación. Burlarse de los personajes del pasado, no lo convierten en una mejor actor, pero al menos no está la pretensión de tomarse en serio sus personajes e interpretaciones. Por esto mismo es que la mejor actuación de su carrera la hizo en Una Guerra de Película.

    Lo que ambos comparten, además de haber trabajado en Vanilla… es que siguen siendo muñecos de torta refinando personajes que ya interpretaron en el pasado. La June Havens (Diaz) de Encuentro Explosivo parece melliza de los personajes que interpretó con mejor o igual solidez en La Boda de mi Mejor Amigo, En sus Zapatos, El Descanso, La Cosa más Dulce… y una larga serie de etc. ¿Dónde está la Diaz que ha sabido sorprender en ¿Quieres Ser John Malkovich? o en La Caja Mortal?

    Llega un momento en que las fórmulas empiezan a agotarse. Comedias de espionaje con guerra de sexos incluido venimos viendo en decadencia desde la maravillosa Charada de Stanley Donen con una de las mejores parejas desparejas que ha dado el cine industrial en su historia: Cary Grant y Audrey Hepburn, pasando por la cada vez más subvalorada, pero con momentos de inspiración y seducción sublimes como fue Mentiras Verdaderas de James Cameron.

    En la misma, la contrastante pareja compuesta por Schwarzenegger y Jamie Lee Curtis, lograban entretenernos y divertirnos gracias a la precisión del timing humorístico de Cameron, la habilidad de un as de la acción, la gracia de Curtis y varias escenas originales.

    Encuentro… sufre de la misma suerte (o incluso peor) que Sr. y Sra. Smith. Si bien, no hay tantos efectos especiales, aunque sí, varias persecuciones dignas del último film de Duro de Matar, esta vez falta inspiración en forma absoluta.

    Ni siquiera se destacan los paisajes de los países europeos, por donde la pareja transita sus aventuras/desventuras.

    No hay un elenco secundario capaz de destacarse sobre la pareja protagónica. Buenos intérpretes secundarios como Paul Dano, Peter Saarsgard (parece actuar como si estuviera hipnotizado el 100 % de la película), Viola Davis aparecen completamente desperdiciados. El villano principal, lamentablemente no tiene demasiadas escenas para destacarse: se trata del carismático traficante de armas español que interpreta el gran Jordi Molla. Las pocas escenas en las que participa no son suficientes para robarle la película al dúo protagónico, pero al menos supera al resto de los secundarios. Molla demuestra que pueda enfrentarse contra Cruise o Minujín (Juan, en Zenitram) sin despeinarse o cambiar la motivación.

    Los gags son efectivos, pero nunca logran trascender. Charada o Mentiras Verdaderas tenías escenas y diálogos inolvidables, que lograron mantenerse en el tiempo, que siguen divirtiendo… El guión de Patrick O’Neill (actor devenido en escritor) no logra una sola línea original. Todos los clisés y lugares comunes imaginables asoman durante los efímeros 108 minutos.

    A veces, ver una y otra vez lo mismo puede provocar gracias, si se usa en un contexto o con un argumento más original. Acá no. Todo parece una fórmula demasiado pretenciosa, preconcebida. A estos productos les falta calidez, espontaneidad, improvisación, carisma. Esto no es culpa de Cruise. Por primera vez en mucho tiempo, Tommy no tiene la culpa de haber generado un fracaso comercial – artístico. Pero sí de haber aceptado interpretarlo.

    Mangold que venía de haber hecho una muy digna remake de El Tren a las 3:10 a Yuma, confirma que los méritos de la misma provenían de haber tenido un buen guión entre manos, con profundidad interpretativa de parte de Christian Bale y Russel Crowe.

    Este director, que había sumado prestigiosas menciones en sus comienzos, y tuvo la tutela del gran Milos Forman, provoca que nos preguntemos como es que la identidad artística es muy relativa en Hollywood. Que los productores y jefe de estudios son demasiado poderosos para permitir que los realizadores se puedan salirse con la suya. O que realmente todo se trate de un bluff. Que las menciones de honor de las escuelas no significan nada. Que ser un potencial director, significa cumplir dignamente los objetivos del estudio.

    En Hollywood molesta más “bancar” a un Orson Welles que a un Uwe Bowll, pero después se dan aires de haber sido la cuna de los mismos.

    “Tuvimos un gran director como Orson Welles entre manos”. Sí seguro, pero se les escapó por suerte. En su momento no lo querían.

    Repito, en Hollywood un gran director es el que hace billetes. Mangold se convirtió en eso.

    Pueden cambiar los tiempos, pero las bases del cine pochoclero siguen siendo las mismas: un show de carne, entregas de premios descarnadas: la apariencia, lo discursivo y lo obvio. Y luego una horda de autohomenajes que piensas que sigue importando al público.

    Y lamentablemente así es.

    Debido a esta forma de concebir la producción cinematográfica es que sales “estos” productos.

    Al principio, todo es lindo… todo es espejitos de colores, pero cuando las máscaras se caen, queda el vacío absoluto, la incertidumbre, la insensatez.

    Y en esta onda expansiva, los críticos entramos en la vanguardia de la insensibilidad. En el debate si recomendar o no una película porque va a haber un público preciso al que le van a gustar estas películas. Un público que va salir diciendo… “Que buena película. Muy entretenida. Esto es cine”.

    Y los cinéfilos no podemos culparlos, no podemos cargar contra ellos, porque alguna vez fuimos iguales… y quizás aún lo somos en cierta forma. Expresamos nuestra gratitud ante un cierto tipo de cine y desechamos otro. Pero al final de cuentas, cada película tiene su público.

    Cuando salimos de ver una porquería como Encuentro Explosivo, tratamos de justificar lo que acabamos de ver diciendo: “Sí, estuvo bien… para entretener y nada más…”

    ¿Podemos ser acaso tan hipócritas? ¿Caer tan bajo? ¿Olvidar por que nos dedicamos a esto?

    No, yo no recomiendo Encuentro Explosivo para nadie PORQUE A MI NO ME GUSTO.

    Esperaba ver una película ASI y CONFIRME MIS EXPECTATIVAS. Que tristeza no sorprenderme…

    Quizás debería dejar de ver trailers, no leer absolutamente un renglón del argumento previamente a entrar en las salas.

    La banalización de la expresión artística sigue tocando nuestras billeteras, y seguimos regalando dinero a la banalidad. Estas películas son como placebos para el cerebro. Sucedió lo mismo con Brigada A

    Pero es difícil rechazar la tentación. Voy a seguir contradiciéndome, renegando conmigo mismo con igual ahínco porque en mí, el cine es una adicción. Y quiera aceptarlo o no el cine industrial hollywoodense es CINE.

    Y se preguntará, ávido lector, porque he llenado casi una carilla con palabras que poco o nada en realidad, tienen que ver con Encuentro Explosivo.

    La respuesta es muy simple: me gusta escribir, y si honestamente debería hacer una crítica concisa de la última película de James Mangold, habrían sido apenas dos renglones. Por que honestamente este film con la pareja Cruise / Diaz es un mandato de la estupidización que no puede sostenerse mediante un análisis más extenso que eso.

    Como diría el gran modelo del pensamiento humano del siglo XX en adelante, Homero Simpson: “Tu has un cheque, y yo sigo liberando más endorfina”.
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  • Las hierbas salvajes
    Esos pequeños placeres que nos otorga de vez en cuando el cine.

    He confirmado con agradable placer que los directores octogenarios aportan vitalidad, juventud y sabiduría al cine, a medida que envejecen sus cuerpos.

    Debemos ser concientes de lo que significa tener todavía entre la comunidad cinéfila a verdaderos próceres de la historia cinematográfica mundial como Claude Chabrol, Jean Luc Godard, Jacques Rivette (de quien se presentó su última obra en el último BAFICI), Agnes Varda (de la que se pudo ver ese poema autorretrato biográfico llamado Las Playas de Agnes en Les Avants Premieres) y Alains Resnais.

    Se ha dicho que el director de obras cumbres como Hiroshima, Mon Amour; El Año Pasado en Marienband; Providence y Mi Tío de América se ha aburguesado. Decidió relajarse, crear comedias musicales, románticas menores.

    Pero desde Conozco la Canción, pasando por En los Labios No, y Corazones hasta llegar hasta esta, su última obra, Las Hierbas Salvajes, Resnais sigue creando historias que desafían visualmente el espacio y tiempo diegético como se lo suele ver en la mayoría de las películas, y sigue experimentando con la técnica. Es probable que los guiones que lo acompañan sean algunos más banales y sencillos que otros, pero conservan el lirismo que caracteriza a su obra completa.

    Las Hierbas Salvajes comienza con una narración en off que rememora a Hiroshima y Marienband… Un relato en presente… un pensamiento… una reflexión… una fábula, quizás.

    Esta fábula con tono de film noir narra el (des) encuentro entre Marguerite y Georges. Ella una dentista solitaria, soñadora que acaba de ser robada, y cuya billetera va a parar a las manos del segundo, un hombre de pasado misterioso, temeroso, con demasiadas dudas… solitario, a pesar de estar casado, con oscuras fantasías. Georges se obsesiona con esta mujer que no conoce, y pronto el sentimiento empieza a ser recíproco. Una historia de amour fou (como le gusta decir a los franceses) donde un gesto dice más que mil palabras… Una mirada suspicaz, un roce de manos… un cine de fondo… un rojo… un azul…

    Todo eso forma parte de la manera en que Resnais desfragmenta un pequeño incidente en consecuencias imprevisibles.

    La armonía con la que Resnais hace uso de la cámara, calculando los tiempos de cada movimiento de los actores para que sean exactos y precisos, y no haya una acción azarosa…

    El director nos envuelve dentro de este juego de personajes tímidos, con dulce melancolía, nostalgia, pero sobretodo mucho humor.

    Además de encariñarnos con los personajes, la química generada por la extraordinaria pareja que forman Azéma – Dussolier (que trabajaron en las anteriores películas de Renais) llevan al espectador a volar con ellos en esta aventura de sugestiones. Donde a pesar, de la meticulosidad con que están compuestos cada cuadro, cada plano, ellos nunca transmiten la frialdad de los actores que no saben donde están parados, porque no son ellos los que llevan la película. La magia de Resnais a la hora de dirigir consiste en equilibrar la puesta en escena con la narración de forma que los personajes sigan siendo los protagonistas de la película, y los actores tengan la libertad para hacerlos propios, y ser los conductores del relato. Nunca estética o intérpretes se pasan por encima, sino que colaboran para crear un híbrido natural.

    Emmanuelle Devos y Mattheu Amalric ayudan a crear pequeños personajes inspirados, trascendentes y demuestran con ellos, que ningún pequeño detalle se le escapa a Resnais cada vez que arma su propio universo, el cuál tiene un código personal, digno del realizador-autor, que será apreciado y distinguido por sus seguidores.

    La fotografía a contraluz del experimentado Eric Gautier y los decorados fluorescentes de Jacques Saunier, aportan a crear la atmósfera necesaria para entrar en este micromundo de personajes patéticos, melancólicos, tristes pero esperanzados en encontrar el verdadero amor. No es de extrañar que la mayor carga de tensión se lea en un primer plano, o un plano detalle de una mirada, de una mano rozando la superficie de un coche, de una boca temblando sobre el parlante de un teléfono… ya sea en silencio o una voz en off, los segundos de expectación emocionan.

    La música de Mark Snow, acompaña esos silencios y aportan suspenso a cada escena, aún cuando entendemos que no hay crimen de por medio, Resnais se encarga de engañarnos una y otra vez, alrededor del misterio y el miedo mismo que rodea a los protagonistas.

    Es posible que tras el primer encuentro real de la pareja, la narración decaiga apenas un poco, pero la belleza y el lirismo con que un maestro del cine da el broche final, la última pincelada a su pintura, provocan que olvidemos los traspiés habituales de los guionistas, y admiremos la sensibilidad de un poeta contemporáneo que a los 87 años sigue sorprendiéndonos con su juventud, vitalidad y sabiduría.
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  • Chéri
    Chéri
    A Sala Llena
    El Defensor del “Cinema de Qualité”

    Hoy en día el cine de época, o peyorativamente hablando, “ el cinema de qualité”, término adjudicado a François Truffaut, que irónicamente, se dejó tentar por los textos románticos de fines del siglo XIX para filmar en 1968, Las Dos Inglesas, se encuentra atravesando un cierto tipo de “crisis”.

    Mientras que un sector popular de la audiencia (léase, los adolescentes y veintiañeros hasta cuarentones) buscan adrenalina, efectos especiales, cuerpos y rostros artificiales made in Hollywood, lo cual no es sorprendente ni novedoso, el séctor más cinéfilo, ávido de encontrar experiencias vanguardistas e influido por un movimiento elitista de críticos, que se creen “modernos por desdeñar lo clásico” ha decidido discriminar completamente cada nuevo estreno comercial situado históricamente en Europa desde fines del siglo XVIII hasta principios del XX.

    Otra vez el término “cinema de qualité” se infiltra despectivamente en las filas de espectadores que se encaminan a las boleterías, como si fuera el rumor de la llegada de la peste a las salas porteñas.

    Pero los directores todavía no renuncian a realizarlas. Si bien se trata de un grupo selecto de cineastas cuyas edades superan las 6 décadas, lo más sorprendente es que todavía, y a pesar de haber críticas encontradas, distribuidores locales aun creen que puede haber “algo” en estas producciones que le llamará la atención al público adulto.

    Y estrenarla en medio de las vacaciones de invierno, es una movida riesgosa, pero bastante calculada en sí.

    Veamos, las pantallas están dominadas por los tanques hollywoodenses que apuntan a un público infantil / adolescente, por lo tanto, si películas como Cheri, obviamente no se van a colar entre los primeros lugares de la taquilla semanal, al menos garantizan llevar mayor público que en otras épocas del año, debido a que no está la competencia adulta (léase un público mayor de los 50 años) desarrollada para competir contra los tanques. Así que, por descarte, este público va a preferir ver un “cinema de qualité” en vez de… digamos, Eclipse o Shrek.

    Y lo mejor de todo es que aquel que no esté influenciado por la crítica ombliguista e ignorante que no reconoce el arte dentro de estas producciones para no ir en contra de la corriente, puede sorprenderse con una más que digna obra cinematográfica.

    Quedan pocos Frears, quedan pocos Taverniers en el mundo. Es mejor mirar al futuro, a Pandora, que al viejo continente, que trajo todos los males a América.

    Sin embargo, admito que para disfrutar Cheri, hay dos factores a tener en cuenta:

    1- A uno le tiene que gustar el cine “victoriano”. No hay nada que hacerle, si el espectador tiene en la cabeza, que todo cine “antiguo” es aburrido… se va a aburrir.

    2- Uno debe entender la línea iróníca de Stephen Frears.

    Stephen Frears (Inglaterra, 1941) es un realizador que siempre ha sabido mecer sus relatos en la fina línea del melodrama con la ironía (mal denominado comedia), el sarcasmo y la crítica hacia la nobleza y burguesía europea y/o estadounidense. Es un director que no hace dos películas iguales seguidas, y en donde sus personajes van sacando sus capas y sus máscaras paulatinamente para desnudar almas hipócritas, bestias que marcan el rumbo hacia el abismo. La ironía y la soberbia no los van a salvar de la desazón, y la frialdad y supuesta ingenuidad de su carácter, tampoco.

    Es en esa fina línea de la sátira y la amargura en donde se movían justamente sus mejores piezas: Mi Hermosa Lavandería, Relaciones Peligrosas, Ambiciones Prohibidas, Héroe Accidental, Negocios Entrañables, La Reina. Otras fueron más sutiles y superficiales como Mrs Henderson Presenta, El Secreto de Mary Reilly. Pero también, Frears ha sabido como moverse en terrenos menos oscuros y pretenciosos, encarar historias más afines, con la misma sutileza, un toque especial, una elegancia formal, y gran sentido del humor, como son esas dos magníficas obras llamadas La Camioneta y Alta Fidelidad, a esta altura un clásico de las comedias románticas contemporáneas, con uno de los más honestos trabajos de John Cusack. Versátil, pero fiel a su estilo, Frears ha podido construir una carrera ejemplar, y varias veces, subestimada.

    Cheri, reúne a Frears con el guionista Christopher Hampton, un especialista en adaptaciones de época (Carrington, El Agente Secreto) como de obras más contemporáneas (Eclipse Total), que ha tenido un terrible traspié cuando vino a filmar Imaginando Argentina con Emma Thompson y Antonio Banderas.

    Cheri se basa en las novelas “Cheri” y “El Fin de Cheri”, escritas por la novelista parisina Colette, conocida por Gigí (llevada a la pantalle en 1958 por Vincente Minelli) y la saga de novelas de Claudette, también llevadas a la pantalla.

    Cheri es una crítica mordaz a la sociedad francesa de fines del siglo XIX y principios del XX. Una mirada irónica a la falsedad de los sectores opulentos, previos a la Primera Guerra Mundial. Nos muestra a Lea (Pfeiffer) una cortesana (prostituta de lujo, de reyes, ministros y condes) quien tenía prohibido enamorarse hasta que decide instruir sexualmente al aburrido hijo de una ex rival (Bates). Cheri, (Friend) es un joven frío, que solo se muestra inspirado cuando está bajo la tutela de Lea. Pronto ambos pasan de tener una relación protocolar, a tener una romántica, donde la diferencia de edad no será, en principio, un contratiempo.

    El problema llega, cuando la madre de Cheri, decide casarlo con la opulenta (e inexperta) hija de otra cortesana. Por supuesto, para mantener la hilacha millonaria. Esto provocará una crisis interna de parte de Lea, que deberá asumir, que a cierta edad, la diferencia generacional, puede interceder en el futuro de una pareja.

    A través de personajes inexpresivos, exagerados, falsos, Frears compone una pintura de época casi excepcional. Los matices de Lea y Cheri se van abriendo como capas de cebolla. Esto no son solamente méritos de Hampton a la hora de llevar y humanizar los personajes de la novela a la pantalla sino también de dos soberbios intérpretes como Michelle Pfeiffer, que a los 50 años, se encuentra más bella que hace 20, que ha sabido madurar y aceptar su edad, sin perder su encanto ni refinamiento. Que ha superado los estereotipos impuestos por el cine hollywoodense industria, se ha independizado y profundizado su carácter interpretativo, dándonos una actuación que debería haber sido tomada más en cuenta en las entregas de premios del 2009. Su sonrisa maliciosa, su mirada frágil y el trabajo de la voz en cada gesto. Conmueve cada vez que se mira al espejo y se toca las verrugas de la cara. Su personaje parece irónicamente un pariente de la Marquesa de Merteuil interpretada por Glenn Close en Relaciones Peligrosas, del que ella misma interpretó en la misma película, por lo tanto la elección parece natural: la alumna se vuelve profesora. No está joven, lo admite pero lo suelta, porque acerca de la juventud, el deseo y el paso del tiempo trata Cheri. Friend (que se ha destacado en La Joven Victoria), como el personaje que da título a la obra logra ser verosimil en esta actitud de joven engreído, mimado y depresivo, que busca experiencias románticas novedosas. Una suerte de joven Conde de Valmont. Su rostro es pálido como vampiro salido de una novela de Ann Rice. Pero logra estar a la altura de Michelle Pfeiffer (varios lo envidiamos por tener que compartir la cama con ella). Por otro lado, Kathy Bates cumple con creces su odioso personaje. Aunque no se aleja demasiado del que interpretaba en Solo un Sueño.

    Una pequeña obra de cámara, una obra de teatro, a la que se le puede acusar de no ser pretenciosa ni superar el cáliz de cuento. Se queda chica narrativamente, para tanto despliegue de producción.

    Se destacan la fotografía de Darious Khonji, el arte de Alan MacDonald y el diseño de vestuario de Consolata Boyle para crear una atmósfera impresionista netamente inspirada en las pinturas de Renoir, Toulousse-Loutrec, Klimt o Monet, entre otros. Ya se trate de la caracterización de personajes, elección de actores, paleta de colores (mucho verde, rojo y tonos grises pálidos para los rostros) o la ambientación de los escenarios. Inclusive cinematográficamente uno encuentra referencias del Visconti de Il Gatopardo o Muerte en Venecia. Frears decide no situarlo en una época dada, sino armar en torno a los artefactos, a las creaciones de la segunda revolución Industrial. Sin duda, si Relaciones Peligrosas, con su magistral y meticulosa puesta en escena es objeto de análisis de estudiantes de dirección de arte, Cheri, no se aleja de este modelo y puede ser analizada desde diferentes puntos de vista visualmente. La forma en que la luz del Sol entra por las ventanas o impacta sobre los rostros es fascinante. Los amantes de la pintura pueden encontrar en esta obra lo que los cinéfilos encuentran en una película de Tarantino.

    No se trata de una obra épico, inmortal que será recordada sobre otros trabajos de Frears, pero sí es un trabajo noble, honesto y sin duda sobrevalorado.

    Para rendirle tributo a Renoir (el director) y Truffaut, Frears incluye a un narrador (él mismo pone la voz) para enfatizar el carácter cínico de la obra, con la frialdad, y el típico tono sádico, de disfrutar los males que asemejan a los personajes, que es un emblema de la cultura inglesa.

    La combinación de una narración sólida y dinámica (un montaje a buen ritmo y su breve duración impiden el aburrimiento), excelentes interpretaciones, personajes profundos, no obvios en actitudes, una puesta en escena perfeccionista, cálida, encuadres simétricamente ejecutados acompañados por una soberbia, y emotivamente contagiosa banda sonora a cargo de Alexander Desplat dan como resultado final en Cheri, una obra refinada, astuta, que se mueve en contra de los cánones cinematográficos contemporáneos, a pesar de respirar clasicismo por cada poro.

    Aquellos que defendemos y disfrutamos del “cinema de qualité”, tenemos razones de sobra para agradecer a Stephen Frears, Christopher Hampton y equipo, por otra obra preciosa. Como siempre digo, para entender el futuro, a veces hay que seguir mirando el pasado.
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  • El recuento de los daños
    Oliveira Cézar comenzó dentro del cine argentino como directora con la discreta La Entrega hace unos años atrás. La película pasó como una más por la cartelera porteña, sin pena ni gloria. Pero ganó notoriedad gracias al interesante trabajo realizado en Como Pasan las Horas , una versión nacional de Madre e Hijo de Sokurov, con un trabajo fotográfico notable. Con Extranjera empezaría la transposición moderna de obras clásicas griegas. Esta se basaba en Ifigenia en Aulide de Eurípides. El Recuento… toma el mito de Edipo, pero esta vez se trata de un producto menor.

    Un muchacho llega de Francia a un fábrica en el interior del país. En la ruta, tuvo un problema con su coche, lo que provocó que accidentalmente, otro auto se saliera de la banquina y se incendiara al costado del camino. Su ocupante, era el dueño de la fábrica, y el muchacho debe hacer la auditoría de cómo sacar la fábrica a flote, para que esta no tenga que cerrar. La viuda del dueño de la fábrica (Eva Bianco), al principio desconfía del joven que parece querer quitarle el poder, pero pronto terminarán teniendo una relación secreta, donde el hermano de ella, inspirará sospechas acerca del origen del muchacho, el verdadero origen.

    El que conoce la obra de Sócrates entenderá todo desde el primer minuto. El problema de la película es que detrás de una puesta en escena demasiado prolija, una fotografía muy cuidada, excelente uso de los recursos fuera de campo y planos secuencia, la historia es muy vaga. No hay potencia dramática. El tono es demasiado austero y solemne. El clima denso no le juega a favor. Las actuaciones están demasiado controladas. La directora no permite (a excepción de Bianco que tras Los Labios, vuelve a brillar en el BAFICI) que los personajes respiren con identidad propia y el elenco cuasi desconocido hace lo que puede con ese control. Marcelo D’ Andrea como el hermano, es un personaje que empieza muy bien y siniestro, pero aparece completamente desaprovechado en el final.

    Si vieron Dos Hermanos, donde Antonio Gasalla hace una histriónica y descomunal declamación del final de Edipo sabrán que el final de la obra es realmente muy potente. Ines de Oliveira Cézar decide suprimirlo de la película directamente, cometiendo el último grave error de esta película que podría haber sido mucho más interesante que lo que termina siendo. Demasiados temas mezclados (inclusive sobrevuele el fantasma de la dictadura) pero con poca profundidad narrativa. Una desilusión.
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  • Océanos
    Océanos
    A Sala Llena
    Tocando el cielo, desde lo profundo del mar

    Muchos se acordarán de Jacques Perrin como la versión adulta de Totó en Cinema Paraiso o el adulto Pierre de Los Coristas, pero más allá del intérprete versátil que ha demostrado ser a lo largo de sus 50 años de carrera, Perrin se ha consolidado como uno de los productores más eficientes del cine francés (desde Z hasta Estado de Sitio, ambas de Costa-Gavras), y ha logrado sorprender como un visionario documentalista ambiental / ecológico.

    Varios críticos han caído en la trampa de clasificar Océanos, como un producto impersonal de Discovery Channel y Disney, en la rama de La Tierra. Incluso, yo mismo he creído esto, por lo cual desistí de ir a verla a en la función para la prensa (por favor, está el mundial). Grave error.

    Océanos, a diferencia de los documentales hechos por canales geográficos (llámese Discovery o National Geographic) no nos presenta familia de animales siendo documentados durante un año (en realidad son varios, pero ficcionalizan el relato) con imágenes “tiernas” para que los chicos puedan sentir empatía por dichos animalitos. El precepto de estar doblada al español puede ser engañoso.

    Si bien el propósito de Perrin y su co director, Cluzaud, es claramente concientizador y didáctico, el tratamiento narrativo y visual es realmente demasiado impactante, y realista para ser exhibido por menores que sean impresionables. Y está bien que así sea. No se debería ficcionalizar la naturaleza. Demasiado mano mete el hombre sin la cámara para tener que armar un argumento humano y familiar alrededor de la fauna marina.

    Perrin, aprendió de una de sus producciones, la mítica Microcosmos de la dupla Nuridsany – Pérennou a observar la naturaleza, lo más cerca posible a través de una excepcional fotografía, paciencia y excelente uso de lentes y microcámaras, pero no interceder en la vida animal. A penas, quizás, en el montaje, usar algunos efectos de animación y computarizados, para atar algunos cabos narrativos.

    De esta manera efectuó la maravillosa Tocando el Cielo, donde sus ojos se posaban en las migraciones de las aves de todo el mundo, con un despliegue visual, de innagotable belleza.

    En Océanos redobla la apuesta. No hay una historia, apenas un relato en off del propio Perrin (que más tarde se justifica con la presencia de su nieto, y de él mismo en un museo contemplando animales embalsamados), que tiene una función más bien poética / reflexiva, que una explicación obvia y soza sobre el comportamiento animal. Es verdad, que si no hubiese puesto una sola voz humana, la película serían deleitantes imágenes puras, pero tampoco molesta demasiado, ni siquiera el hecho de ser doblado. No se nombra en algún momento que especie estamos viendo en pantalla, ni hay entrevistas aburridas a oceanógrafos o biólogos, zoólogos, o algún científico parecido. Los protagonistas son netamente las criaturas de los océanos en todo su esplendor y belleza.

    Podría durar más o menos, pero nunca cansa. ¿La razón? Porque no se trata de una película, sino de un viaje por todo el mundo, acompañado por una épica banda sonora a cargo de Bruno Coulais, realmente emocionante y penetrante. Los coros, los trombones: cada instrumento eleva la magnitud de las imágenes. Se trata de un espectáculo digno de ser admirado en pantalla gigante.

    No se trata solamente de seguir los pasos de Jacques Cousteau (ambos directores inclusive comparten nombre de pila con el innovador del género). La primera parte es contemplación pura. Es meterse en un microsubmarino y recorrer, conocer, admirar los misterios acuáticos. Admito que creía que mis conocimientos en fauna marina eran amplios, pero esta película me dejó con la boca abierta. Hay hermosos especímenes que nunca vi en mi vida… y ahora desearía conocer en persona. No hay violencia, pero sí se puede ver con detalle como el pez grande se come al pez chico. Ni en los noticieros argentinos vemos estos símbolos políticos exhibidos con tanta libertad.

    La segunda parte, es la reflexión. Ahí empiezan a aparecer japoneses cazando tiburones (supuestamente estas escenas son falsas y recreadas en la post producción. Si es así aplaudo a los ingenieros porque me comí el truco), buzos nadando como si nada a la par de los cetáceos.

    La película no solamente apuesta por encontrar el equilibrio ecológico y respetar a las especies, sino a mostrar que se puede convivir sin peligro alguno con estos gigantes de los océanos, e inclusive con el “monstruo” de la película de Spielberg. Son todos prejuicios insanos. Pero si mantenemos este razonamiento peyorativo e hipócrita con el vecino de al lado, como vamos a poder convivir con estos seres prehistóricos, a los que les tememos tanto como al vecino (y sino creen que la naturaleza puede ser cruel, incluso con los fanáticos de los animales, recuerden lo que pasó con Steve Irwin).

    La película fue criticada por la misma insensatez de siempre: narrativamente tiene un guión fluctuoso, es demasiado didáctica, etc.

    Pero, lo repito Perrin no quiere hacer un documental sino compartir una visión emocionante, con el espectador. Ir más allá de Mundo Marino. Por que no solamente es un espectáculo cinematográfico, sino que es un ballet, un concierto acerca de la vida y la muerte, de manera más salvaje, verosímil y real que pueda haber sido filmada jamás.

    Desde Alaska hasta la Antártida, Perrin y Cluzaud, finalmente logran no solo cumplir con los preceptos instaurados por Cousteau, ir más allá de la baranda del “Calypso”, sino que además, siguen los pasos del primer observador cinematográfico que hubo de la naturaleza y su relación más básica con el hombre, Robert J. Flaherty (Nanuk el Esquimal)

    Pienso que la importancia de un film como Océanos en la cartelera porteña, reside en la sensación me que dejó al salir de la sala. A pesar de cierto mareo (no sé si fueron las olas que “salen” de la pantalla o un inminente resfrío), lo que realmente me enfermó fue el furor adolescente provocado por vampiros y hombres lobo de cartón. Sí, antes que codearme con las fanáticas de la saga Crepúsculo, prefiero nadar entre tiburones. Son más silenciosos y menos peligrosos.
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  • Plan B
    Plan B
    A Sala Llena
    Secreto en la Terraza

    Uno de los más interesantes aspectos de la película dirigida por Ang Lee en el año 2005, Secreto en la Montaña era mostrar una verosímil historia de amor entre dos hombres, dos símbolos masculinos, dos vaqueros clásicos, sensibles, pero que nunca dejaban de lado su perfil masculino. O sea, a diferencia de la gran mayoría de filmes que retratan a los homosexuales como estereotipos feminizados, Secreto… no quería “mariconizar” (como se suele decir en estas pampas), ni crear un tabú al respecto, aunque a fin de cuentas, lo termina haciendo, más que nada por el círculo mediático que se construyó a su alrededor.
    Con Plan B, Marco Berger, se anima a hacer algo similar, pero en tono de costumbrismo porteño, personajes masculinos, vagos típicos estereotipos del barrio con el agregado de una apuesta o plan, mejor dicho, que podría ser parte de un guión del grupo Judd Apatow, John Hamburg o Nicholas Stoller.

    No me sorprendería ver a Seth Rogen o Jason Segel en un par de años en el personaje de Bruno, o a Paul Rudd como Pablo (total, ya trabajó en El Objeto de mi Afecto).

    Pero la película de Berger, si bien se puede comparar con estos modelos, tiene una impronta y personalidad propia. No hay otras connotaciones cinematográficas en sí.

    Los primeros 5 minutos marcan la ambigüedad del film. La presentación nos demuestra que estamos ante un film contemplativo. Nada de simple identificación. Sino una contemplación de un presente, de un tiempo muerto incluso, donde Bruno ingenia en su interior, un plan para recobrar a

    Laura, su ex novia, quien ahora sale con Pablo, un fotógrafo. La mejor amiga de ella, le informa a Bruno que Pablo, como es un pibe de mente abierta, probó tener relaciones con otro chico y le gustó. Esto inspira al protagonista, quien le cuenta a un amigo, en 2 minutos su plan b, para recobrar a Laura: hacerse amigo de Pablo, enamorarlo y de esa manera, cuando ella se da cuenta, vuelve con Bruno.

    Lo que sigue, es una hora y cuarto de tiempos muertos, de una lenta seducción que empieza con trucos de Bruno para hacerse amigo de Pablo (los dos siguen una serie que nadie ve), fumar porros juntos, regalarse juegos de la infancia. Evolutivamente, Bruno logra envolver a Pablo en su engaño y confundirlo en cuanto a sus gustos sexuales.

    No se trata de una comedia, pero tampoco de un drama, sino un retrato de una generación. Comparable con los protagonistas de Ocio, la película dirigida por Juan Villegas y Alejandro Lingerti que se presentó en la última edición del Bafici (Plan B se exhibió en la versión 2009), la película nos muestra a dos jóvenes que lo único que hacen es mirar el cielo, sentarse a fumar en las terrazas de las casas con otros amigos, mirar el cielo, deambular por un cementerio de barcos, y entre el chiste e ironía… empieza ¿el amor?

    La película no tiene un tono fijo, es austera, melancólica, nostálgica, lacónica. Una marca de tono del Nuevo Cine Argentino que podríamos ubicar en el cine de Ezequiel Acuña, Martín Rejtman o las películas producidas por la Universidad del Cine o sus egresados como Medina, Rotter o Piñeiro con Los Paranoicos, Solo por Hoy, Todos Mienten respectivamente. Pero este estilo, que últimamente me empieza a abrumar, por lo previsible que se torna en dichos filmes. Pero este tono, grabado con planos fijos simétricos, y diálogos de la calle, no juegan en contra de Plan B, sino que enriquecen el film para que no se torne convencional.

    El diseño de vestuario y arte es fundamental para entender como funcionan estos personajes (solamente camisetas de fútbol), la ausencia total de tecnología (no hay una sola computadora, ni un solo celular, solamente una cámara de fotos digital, pero cuyas imágenes se tienen que imprimir). Hay decisiones estéticas y narrativas interesantes. La fotografía es bastante natural y convincente. La pintura urbana es bella, más allá de que solo se ven terrazas de edificios de clase media o medianeras (Taretto reclama derechos de autor)

    A los protagonistas no se los ve trabajando, no estudian… gracias que van al gimnasio… Es un mundo burgués, pero bohemio, costumbrista, y en esta mezcla donde lo sutil, y la progresión de una amistad funciona de manera fluida, verosímil, y a la vez dinámica, es donde la película encuentra su fuerte y mayores aciertos. Además, tanto Manuel Vignau como Lucas Ferraro, crean caracterizaciones bellas, creíbles. Es por todos estos logros, que se lamenta que en la última media hora, vuelva Berger a recurrir a lo discursivo y explícito para “cerrar” su narración.

    Al igual que en el comienzo, en un minuto, uno de los personajes, dice lo que no tendría que haber dicho. De acuerdo, sirve como contraposición de la primera escena, pero también la esquematiza de una forma clásica, previsible, convencional que rompe, quiebra el clima distante que se venía generando para caer en todos los lugares comunes y clisés del melodrama. El conflicto no cambia. Y en este sentido es donde se encuentran, lamentablemente, los puntos en común con las películas de Apatow: el hecho de que los personajes se percaten que la adolescencia terminó y deben tomar decisiones “adultas”. Lo peor de la nueva comedia estadounidense popular, es justamente cuando se tornan dramáticas inútilmente. Si bien, esta vez el contraste de tono no es tan abrupto en Plan B, e incluso hay coherencia y verosimilitud en que termine pasando… lo que termina pasando, pero es como decir: “vamos Marcos, si venías bien, no podías haber un tomado un camino menos convencional.

    Aún así, este extenso final de media hora, no tira por la borda los interesantes resultados de la primera parte.

    Al menos, al final no hay abrazos y llantos sobre camisas colgadas en perchas o melodías simples pero “conmovedoras” compuestas por Gustavo Santaolalla.
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  • Brigada A
    Brigada A
    A Sala Llena
    La cultura ochentosa está impregnada en mi ser. Tengo fascinantes recuerdos de una década (mal) considerada decadente a nivel cultural.

    Entre las series televisivas que más me (mal) educaron en esos años, se destacaron: El Súper Agente 86 (aun hoy se trata de una adicción fatal), Batman (la serie de Adam West, inmirable ahora), El Zorro (con Guy Williams, muy digna sigue siendo)… Todas reposiciones en realidad.

    La más contemporánea era Brigada A, (en realidad también debería agregar a MacGyver, que en cierta forma, era la competencia más directa de la Brigada liderada por George Peppard)

    La serie llevaba la firma de Stephen Cannell, un experto en series de acción que posteriormente realizaría otros “éxitos” como Los Archivos Rockford, Hunter, Renegado, Patrulla Juvenil, etc.

    Tiros, explosiones, humor, ironía… y personas comunes, que se veían amenazadas por militares, policías corruptos, traficantes de drogas, de armas. Siempre había al final de las episodios, escenas de acción con persecuciones, camionetas que saltaban por encima de la cámara (a lo John Ford) y peleas en cámara lenta con repetición de los movimientos.

    Si habremos visto y (mal) imitado a estas series acá en Argentina…

    Hoy en día, Jerry Bruckheimer se dedica a sacar adelante las nuevas series policiales, pero lo que realmente hacían de Cannell un autor de verdad, era que escribía cada una de las series y al final, uno lo podía ver frente a la máquina de escribir, firmando los episodios.

    Por supuesto, el tiempo pasa, uno crece, y se da cuenta que la violencia gratuita de estas series, que dignifican, enaltecen el machismo estadounidense y veneran a las fuerzas militares, son un poco ambiguas a nivel ideológico.

    Por un lado, los protagonistas, son antihéroes víctimas de ser moralmente impecables, intachables personas, que harían cualquier cosa con tal de defender al “débil” (generalmente, mujeres, viejos, adolescentes estudiosos de barrios marginados, etc). Por otro lado hacen apología de la violencia, pero lo justifican con una sonrisa final o un comentario oportuno.

    Y sí, la moda de los agentes independientes, que dignifican la violencia, la justicia por mano propia y la ironía, empezó con James Bond. Admitámoslo, seguimos disfrutando del agente británico a pesar de todo.

    Por eso, a la hora de ver la adaptación cinematográfica, que se hizo desear bastante tiempo, uno tiene que tener en cuenta estos antecedentes.

    La Brigada A, es una mezcla de los agentes de Misión Imposible con Los Simuladores (aun cuando Damiám Szifrón admite haberse inspirado en la serie de Cannell para crear la suya). Cada integrante tiene un rol: Hannibal, el líder que arma todos los planes. Ayuda en las interpretaciones y en las áreas técnicas al resto, con su inconfundible habano en la boca. Face, es la “cara” del grupo: elegancia, carisma, soberbia: se encarga de engañar a los villanos con disfraces y personajes. B.A. Baracus (o Mario, para los amigos): conductor y fuerza bruta, el loco Murdoch: piloto experimentado, se dedica a explosivos y tecnología.

    Cada uno, además aporta humor… mucho humor, y un nivel de locura extraña.

    La adaptación cinematográfica, a cargo de Joe Carnahan (el Guy Ritchie estadounidense: pasó de la muy interesante Narc a la mediocre Smokin Aces) respeta el perfil de los personajes, mas no tanto el argumento en sí de los episodios, lo cual no es del todo negativo: en el cine estadounidense todo se agrada, se quintuplica. Poner a la Brigada A resolviendo problemas de gente común no es tan interesante para el “estándar” hollywoodense.

    Así que la misión debía ser a lo grande: grandes explosiones, grandes efectos, personajes acartonados, una historia demasiado sencilla para tanta película.

    El comienzo recupera las raíces de la serie: 8 años atrás, cada uno de los miembros vive una situación límite, que gracias a su astucia y la ayuda del resto del grupo, logran salir adelante. Así, casi de casualidad, se formará la Brigada. Ya con las tropas de Irak en retirada, la Brigada A es traicionada por un grupo rival que quiere robar placas que imprimen dólares. A partir de acá se mezclarán idas y vueltas, persecuciones, disfraces, etc. O sea, todo lo que debe contener una película de espionaje. Al igual que en Misión Imposible (1996, Brian DePalma) el grupo es perseguido por una honrada elite del FBI, liderado por la bella pero acartonada Agente Sosa (Jessica Biel mostrando más sus curvas que su rostro) y el Director McCready (el subvalorado Henry Czerny, interpretando un personaje muy similar al de la primera parte de la saga con Tom Cruise), y los traidores agentes de la CIA liderados por el Agente Lynch (Patrick Wilson) y el Agente Pike (interpretado por el co guionista Brian Bloom).

    El resto son explosiones, autos chocados, tiros y cosa golda.

    No se puede esperar demasiado de un guión pobre que no oculta sus falencias, sus lugares comunes, clisés, estereotipos y previsibles vueltas de tuerca. Que de por sí cita y satiriza innumerables veces a películas del género similares.

    Honestidad fatal. Hay situaciones confusas, diálogos y escenas que tienen cortes demasiado rápidos, obvios. El montaje es pésimo y la fotografía de Mauro Fiore (ganador del Oscar por Avatar) es bastante desilusionante: no tiene identidad, parece plagiada de una película de Tony Scott (productor , junto a su hermano, y quizás un nombre que le habría dado mayor personalidad a la película). Carnahan aun no ha logrado definirse bien como cineastas y eso se siente en la película. El humor es forzado, artificial, impostado. No parece ser el fuerte del realizador.

    Todos estos desniveles narrativos, tampoco son compensados por las actuaciones. Si bien el elenco está correctamente elegido, y al menos tres de los cuatro principales han demostrado solvencia interpretativa en el pasado, ninguno logra realmente hacer creíbles a los personajes… y esa es la mayor diferencia con la serie. Peppard no era la caricatura que termina siendo Neeson, quién después de afirmarse como actor de cine de acción gracias a Batman Inicia y Búsqueda Implacable, no logra trasmitir el carisma del actor de Desayuno con Diamantes. Bastante desaprovechado. Bradley Cooper tiene mayor protagonismo del que tenía Dirk Benedict como Face, durante la serie, pero en cambio, le dieron un aspecto más rebelde que elegante, un carácter más “winner” que “playboy”: como si reemplazáramos a James Bond por Tony Stark. Y lo peor, es que Cooper, es un buen actor, un excelente comediante (lo demostró en ¿Qué Pasó Ayer?) y Carnahan decide explotar solamente su sex appeal. Quinton Jackson, es tan de piedra como Mr. T actuando. La diferencia está en que hicieron que su personaje sea más… humano, y Jackson no tiene la experiencia ni la capacidad de hacer “sensible”, más “querible” un personaje que originalmente, no lo era. Justamente, en la serie, se aprovechaban de las limitaciones actorales del actor de Rocky III, para crear un personaje súper fuerte que continuamente su burlaba de sí mismo, de su propio enojo. El Baracus de Jackson… es más bueno. Aún así conserva rasgos del original: como el amor por su camioneta que lamentablemente está menos presente de lo que debería.

    La mejor elección es la del sudafricano Copley (Sector 9), su sentido del humor es similar, e inclusive más reprimido, menos alocado que el de Dwight Schultz. Lamentablemente los realizadores, decidieron darle menos protagonismo que al resto del grupo y Copley no puede destacarse en su totalidad, por culpa de las limitaciones del personaje.

    El resto del elenco no aporta demasiado. El villano de Patrick Wilson no logra nunca impresionar ni asustar. Jessica Biel, como la “chica de turno” tampoco tiene demasiada presencia fuera de su acartonado personaje.

    Las escenas de acción no terminan de ser completamente divertidas, los realizadores decidieron apostar más por la adrenalina que por el humor. Justamente, en este sentido también salía ganando la serie. Esta falta de experiencia y decisión por parte del director para inclinar la balanza hacia la comedia, es lo que termina por indefinir la película. Inclusive, la sátira política es demasiado superficial. Además el mensaje ¿anti? violencia de la película, es ambiguo… confuso.

    Al igual que la adaptación de El Súper Agente 86, el sabor final para los fanáticos es agridulce. Hay muchas citas a la serie. Cada vez que el leit motiv de la serie aparece, el fanático se entusiasma, se excita, rememora otras épocas.

    Pero ahora, que pasó un tiempo de su exhibición, me he dado cuenta, que al igual que la película de Peter Segal (2008), esta adaptación es menos interesante de lo que prometía. Solo una sucesión de escenas de acción, entretenidas secuencias unidas narrativamente en forma banal y, por momentos. Injustificadamente.

    ¿Divierte? Sí. ¿Entretiene? Mucho. ¿Tiene buen ritmo? ¿Que película de este tipo no tiene? Pero hay un vacío que el fanático va a poder reconocer muy bien cuando finalicen los créditos finales. Ese gustito a nostalgia. Ese sabor de que podrían haber hecho algo un poco mejor. Que con mayor fidelidad y un poco más de astucia a la hora de ponerse a escribir, no se habría logrado un producto tan pretencioso, (mal)o, mediocre…

    A pesar de la excitación inicial que me invadió cuando se terminó la función (contagiado por la banda sonora y la escena que le sigue a los títulos: no irse de la sala), debo reconocer que el paso del tiempo hizo su trabajo en mi cabeza (apenas un día, en realidad) y la excitación se derivó en desilusión. O quizás empiezo a valorar más a la serie de culto de los años ’80.

    Cannell, de esta manera convierte a su mejor serie, a su producto más identificable… a su Brigada A, en un producto clase B. Es probable, que bajo este concepto, la película se pueda disfrutar más. Personalmente, pienso que la serie no se merecía este título.
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  • Flame y Citrón
    Flame y Citrón
    A Sala Llena
    Queda tanto por descubrir de la historia de la Segunda Guerra Mundial. Tantos personajes ignorados, tantos héroes desconocidos, tantas voces que aún tienen miedo de relatar lo que pasaron.

    Es realmente inusual, que una de estas tantas historias provenga de Dinamarca. Estamos acostumbrados a ver visiones estadounidenses, alemanas, austríacas, francesas, checas, pero de la región escandinava se sabe poco.

    Inusual también es contar en una función para la prensa con la presencia del productor del film, que en este momento se encuentra en nuestro país filmando una película llamada Superclásico (parece que se relaciona con River – Boca), según sus propias palabras junto al director de Flame & Citrón, y al guionista, que de hecho, reside en Argentina.

    No vi los anteriores films de Madsen, pero este representante de la nueva generación de cineastas daneses, empezó como algunos de sus co relativos a difundir sus obras gracias al movimiento “Dogma 95” creado por el polémico Lars Von Trier.

    Flame & Citrón es una película épica, de narración lineal, clásica, hecha más for export que por razones artísticas o antropológicas, que no rompe con ninguna regla de este tipo de películas.

    Los protagonistas son Bent (Flame, interpretado por Lindhart) y Jørgen (Citrón, interpretado por Mikkelsen). Ambos son miembros de una pandilla de resistencia contra los nazis que ocupan Copenhague. Pero antes, repasemos un poco de historia (como bien explicó, el productor presente en la función).

    El 9 de Abril de 1940, llegan los nazis a Alemania. Dinamarca se mantiene neutra. Los opositores al régimen, se escapan a Noruega o Suecia, en donde se pueden esconder en las montañas, mientras que en Dinamarca, debido a su paisaje campestre pero desierto de montes o cumbres, los “resistentes” tienen que esconderse subversivamente en bares, que irónicamente son frecuentados por los nazis. El gobierno prohibió a los grupos, matar soldados alemanes. Por dicha razón, los grupos se dedican a asesinar daneses que trabajan para los nazis. Pero nadie habló de ello hasta el año 2000. Recién, en ese año, los sobrevivientes empezaron a contar sus propias historias, y los realizadores estuvieron 6 años grabando testimonios hasta que encontraron una historia y posteriormente un guión, pero el resultado final, es ambiguo. Un poco decepcionante.

    Es 1944. El ataque de los aliados es inminente, pero Flame & Citrón tienen la misión de asesinar a sangre fría a un grupo de miembros del Tercer Reich, incluidos, jerarcas alemanes. Su jefe, Winther, recibe en secreto órdenes desde Londres.

    La primera hora de la película es intensa y atrapante. Los atentados se van sucediendo, las interpretaciones son creíbles, los personajes son verosímiles. Tienen dudas, temores, incertidumbres, pero cumplen casi perfectamente con las misiones. Sin embargo, la relación de Flame, el más buscado de ambos, con una misteriosa mujer, Katie, que se codea con un Capitán de la Gestapo, que a la vez, se reúne con Winther, pondrá en peligro a la pareja de resistentes, y el resto del grupo.

    Andersen cuenta la historia en forma solemne. En la primera hora, tiene una cuidada puesta en escena, donde se remarcan primeros planos y detalles de las acciones. Aun, cuando todo el macguffin es muy explicado y discursivo, el relato mantiene la tensión inicial. No decae en lo más mínimo, pero a medida que aumenta la presencia de Katie, y se hace énfasis en la relación con Bent, y paralelamente se cuenta la difícil situación matrimonial de Jørgen con su mujer, el relato empieza a decaer y se vuelve previsible. Estos aspectos humanizan bastante a los personajes, ayudadas por las actuaciones impecables de Lindhart y Mikkelsen (un excelente intérprete en Dinamarca, recordar Después del Casamiento, pero bastante decepcionante en sus trabajos de Hollywood: Casino Royale, Furia de Titanes). Pero a la vez, encasillan a la película como un drama más de guerra, con pocas novedades cinematográficas para ofrecer a los espectadores asiduos. La búsqueda estética inicial, conjunto a las elaboradas escenas de complots, quedan relevadas por escenas demasiado dialogadas.

    Se trata de un trabajo correcto, pero meramente informativo al final, demasiado emotivo y previsto. El final, incluso, aparenta ser un poco exagerado (habría que revisar hasta donde fue real,) ya que uno tiene la sensación de estar viendo el desenlace de Cara Cortada (en cualquiera de las versiones).

    Andersen no encuentra la forma en sí de agregarle un suministro estructural distinto al acostumbrado a ver mini series o películas de hace 10 años.

    Además, es notable, como deja de lado al resto del grupo de la resistencia (está bien, por algo la película lleva el nombre de Flame y Citrón, y nos La Historia de los Resistentes Daneses). Pero uno extraña en este tipo de películas, la anarquía de algunos directores, que supieron agregarle un poco de humor a este tipo de historias como Robert Aldrich en Los Doce del Patíbulo, o más recientemente, Bastardos sin Gloria de Tarantino (aunque, esta casi se trata de una fantasía). El resto de los personajes secundarios, sobriamente interpretados también, especialmente por el alemán Chrisitan Berkel como Hoffman (no Damián), el jefe de la Gestapo (irónicamente, él trabajó en Bastardos… El Milagro de Santa Ana, El Libro Negro y Operación Valkiria interpretando a nazis también ) no tienen la suficiente participación para destacarse por encima de los protagonistas tampoco, aunque el alemán en la última media hora, tiene un par de escenas brillantes.

    Flame & Citrón, es un film menor a comparación de otros sobre el tema. Solo un discreto film de espionaje bélico. Finalmente convencional en el aspecto visual y narrativo. Pretencioso para ser vendido comercialmente. Interesante pero trascendente. Con algunas intensas y tensionantes escenas de suspenso (especialmente la del sótano del bar con Berkel) bien realizadas.

    Su función principal, no es cinematográfica, sino histórica: lograr el reconocimiento de dos personajes completamente desconocidos para el nuevo continente, que siempre reconoce a los mismos héroes. Hacer valer la memoria, que los sobrevivientes de guerras y masacres históricas se animen a contar lo que pasó, para que no se repita.

    En ese sentido, la misión del film se cumple.
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  • Toy Story 3
    Toy Story 3
    A Sala Llena
    La Magia que no Conoce Límites (o una declaración de amor a Pixar)

    No puedo encontrar en mi memoria, un realizador que logre superarse película tras película. Honestamente, el mayor desafío de haber visto una obra maestra cinematográfica, es que cuando uno va a ver la siguiente película del mismo realizador, tiene miedo de salir defraudado.

    Es una constante. A excepción de Clint Eastwood, que se trata de mi director favorito, no encuentro alguien que logre emocionarme cinematográficamente hablando con cada nuevo trabajo. He llegado a enamorarme de las últimas películas de Tarantino por razones puramente cinéfilas, pero no lo considero un gran director.

    E incluso Eastwood tiene sus alicaídas, pero realmente estoy sorprendido que Pixar pueda superar las expectativas película en película.

    ¿Acaso estos hombres no conocen un límite en la “perfección” de sus obras?

    No pareciera.

    Funcionan como autores como productora y de forma independiente cada realizador es un autor por sí solo. Desafían todas las reglas comerciales, y son los reyes de la taquilla.

    Apártense todos. Afuera James Cameron. Afuera Peter Jackson. Afuera Spielberg.

    Acá vienen cabalgando Woody y Buzz Lightyear para salvar al cine.

    No tengo demasiado que decir sobre Toy Story 3. No quiero quemar los cartuchos ni las ilusiones, ni la imaginación de los espectadores que ansiosamente, seguro van a acudir a ver esta tercera parte.

    Como ya habrán leído en las críticas de la reedición de Toy Story 1 y 2, se trata de nuevos clásicos, de obras maestras indiscutibles de la animación y el cine mundial. Es difícil superar eso. Se puede decir que solo Pixar supera a Pixar y quizás, Wall E y Up solo superan ambos productos.

    Pero cuando se vuelve a los orígenes a veces se pueden visualizar los errores, se pueden crear nuevas ideas, nuevos mecanismos, sin dejar de lado, los orígenes, las estructuras previas y el encanto preeliminar.

    Toy Story 3 no está a la altura de sus antecesoras. Sino, mucho más arriba. Sí, créanlo o no. Pixar ha logrado superarse nueva y ampliamente. Está por encima de todas las expectativas previas. Lee Unkrich ha superado al maestro Lasseter. No estamos hablando de una película más, sino de una OBRA MAESTRA.

    Y no soy de los que conceden el título con facilidad, pero es cierto. El guión es perfecto, a nivel visual (incluso el 3D) es gloriosa, sublime, los personajes son maravillosos. Hay un gag seguido de otro gag, y cada uno remite a un film clásico diferente. Si ayer decía que Kick-Ass era el film cinéfilo del año, me corrijo. Kick-Ass se queda corto a comparación.

    De una secuencia inicial increíble, asombrosa en Monument Valley (nadie se animó a volver a filmar ahí desde John Ford) con varios homenajes a westerns de todas las décadas (desde El Gran Robo del Tren, el primer western hecho po Edwin S Porter a la coreana The Good, the Bad and the Weird o el western espacial de Joss Whedon, Serenity) a El Gran Escape, Misión Imposible, mucho, pero mucho del mejor Spielberg (inclusive la fotografía parece de Kaminski), referencias a detalles de las dos primeras partes, mucho de Wall E e incluso de Up. Y me quedo corto.

    Barbie y Ken tienen una participación ejemplar en esta secuela. Ken parece emular al protagonista de Juegos de Placer (Boogie Nights) o al Tony Manero de Travolta (no el chileno) de Fiebre de Sábado por la Noche.

    Es un éxtasis visual, sonoro, narrativo. Y, a pesar de su previsible estructura, todo calza tan bien como el zapatito de la Cenicienta. Todo fluye, el ritmo es alucinante. El dinamismo inconcebible.

    No se ha hecho nada igual ni superior. No puedo expresar la felicidad que siento en este momento.

    La historia contiene una madurez, una fuerza expresiva y emocional como ningún otro guión de Hollywood tiene. Toy Story es la única saga animada que admite el paso del tiempo. Y que bien lo hace, sin caer en sentimentalismo barato o golpes bajos.

    Solo Hayao Miyazaki ha logrado expresar esta filosofía de vida en occidente con sus animaciones, y los responsables de Pixar, rinden tributo al maestro de la animación nipona, lo ponen en un pedestal, le hacen una estatua. Y que mejor que incluir a Totoro en el repertorio de juguetes.

    La madurez, la importancia de conservar al niño interno, de no olvidar el pasado, de saber pasar la posta, de rebelarse contra el sistema no son temas banales para una película de animación dirigida al gran público.

    Pixar maneja un código perfecto entre el clasicismo y la atemporalidad, de saber que elementos modernos utilizar para criticar y a la vez llevar sus historias a un presente identificable, perpetuo, pero a la vez invariablemente permeable. No quiero revelar más de la historia.

    Simplemente recomiendo ver y observar cada detalle, cada plano, cada objeto de Toy Story 3. Para entender la transgresión visual de la productora, miren el cortometraje previo: Día y Noche. Donde se valora la animación manual clásica y se la combina con la computarizada de la manera más justificada y original que se haya alguna vez visto.

    Disfrutable tanto en castellano (donde se luce Mike Amigorenga como Ken) y en versión original con Tom Hanks, Tim Allen (al que se le hace un pequeño homenaje por un trabajo previo) Joan Cusak, Ned Beatty y Timothy Dalton.

    El nivel de sutilezas, didacticismo, magia, aventura que presenta este film es de una embergadora que se ve una vez al año (cada vez que Pixar estrena un film).

    No hay oscuridad, no está pensada para un público intelectual como Wall E o más adulto como el de Up. Es diferente, pero lo mismo al mismo tiempo. Demuestra que su objetivo no tiene un público concreto. Personalmente me parece que está pensada para aquellos que teníamos la edad de Andy en 1995 e indefectiblemente, como Andy, crecimos y tuvimos que abandonar casi todos nuestros juguetes.

    A diferencia de la segunda parte que presentaba un momento lacrimógeno que debería haber sido eliminado del montaje final (la canción de Jessie), esta tercera parte no tiene desperdicios ni un segundo.

    Nuevamente, el gran Randy Newman innova en la banda sonora, sin abandonar su identidad, sus melódicas canciones, hace un combo que mezcla elementos de John Williams o Michael Giacchino (que hizo las bandas sonoras de Ratatouille, Los Increíbles y UP). Además se incluye un gran repertorio de música disco para los mayores de treinta años.

    El 3D esté mejor aplicado que en UP. Como era de preveer la historia es tan atrapante, que uno olvida rápidamente que está con los lentes puestos, pero la profundidad de campo ha mejorado, los efectos son más creíbles y menos molestos. Se trata de un viaje inolvidable, hacia el interior de un mundo que conocemos de memoria desde 1995. El tiempo ha mejorado la claridad, iluminó de forma maravillosa la mente de los creadores. El clima oscuro y pesimista de las últimas películas de la compañía ha sido reemplazado por un coherente optimismo.

    El guión está firmado por los creadores originales: Lasseter, Unkrinch y Stanton, junto a Michael Arndt (ganador del Oscar por Pequeña Miss Sunshine). La combinación es perfecta. No queda mucha más para decir. Disfrútenla y listo.

    Emociónense cada vez que Buzz Lightyear diga: “¡Al Infinito… y Más Allá!”

    Vuelvan a sentir el niño interior… recordar y recobrar los juguetes de su infancia.

    La magia vuelve a las pantallas y parece que nadie hasta ahora se ha animado a sacarle la corona al rey Pixar.
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  • Cómplices del silencio
    La Nueva Oleada Italiana en Argentina

    Los cineastas italianos se cansaron de ver siempre los mismos paisajes, de criticar a Berlusconi, de generar giallo alla italiana con la mafia de fondo, o comedias románticas banales, que apuntan más al ojo de Hollywood que al propio.

    Le dijeron basta a una tradición de revisionistas de la historia; artistas invaluables como Bertolucci, Scola ya forman parte del pasado. Sí, bueno, de vez en cuando Moretti arma algún manifiesto socialista, Bellocchio hace una épica y Darío Argento sigue aterrando con actores ingleses o estadounidenses perdidos en las calles de Roma perseguidos por algún asesino serial de mujeres, sectas de brujas, espíritus vengativos o Asia Argento semidesnuda.

    Ahora la nueva moda italiana es la historia argentina.

    Emanuele Crialese, reprodujo el puerto de Sicilia en Buenos Aires con Nuevo Mundo (2006), Marco Risi, filmó la inmirable La Mano de Dios (2007, ¿hace falta aclarar de que se trata?) y ahora, Stéfano Incerti nos trae, Cómplices del Silencio.

    Tras haber visto Aparecidos (2008) co producción española de terror acerca de las desapariciones en la última dictadura militar, me prometí a mi mismo cuidarme de ver películas extranjeras que tocaran un tema tan doloroso para los argentinos de forma tan superficial. Y en apariencia, Cómplices… podría tomar el mismo rumbo.

    Mundial del ’78. Maurizio (Boni, visto en La Mejor Juventud) es un periodista italiano que llega a la Argentina para cubrir los partidos de la selección italiana. Acá se reúne con un tío (Marrale), un primo (Fonzi) y un amigo de la familia, Pablo Pere (Leyrado), que trabaja en la organización del mundial.

    Al mismo tiempo, y sin que se entere su familia local, se encuentra con Ana (Raggi, realmente una revelación actoral en esta película), la ex esposa de una amigo que Maurizio tiene en Italia. Ana, pertenece a un grupo subversivo que planea un golpe contra La Triple A. A medida que Maurizio se involucra sentimentalmente con Ana, va descubriendo lo que sucede en las calles de Buenos Aires: secuestros, asesinatos, persecuciones.

    Incerti es muy respetuoso ante la historia argentina, y los personajes son creíbles y verosímiles. No se puede decir que escapan del estereotipo televisivo, pero lo cierto es que tanto Leyrado, como Marrale, Fonzi, Mariana Levy (Recortadas) y la apuntada Raggi tienen un trabajo actoral que supera la mayoría de actuaciones que hacen en películas nacionales. Irónicamente es Alessio Boni, quien no logra darle carisma a su personaje. Todo el tiempo parece demasiado preocupado, sobreactuado, no le encuentra el tono justo al personaje.

    Narrativamente es clásica, previsible y convencional. La puesta en escena es rigurosa y transparente. La historia amaga en convertirse en un culebrón, pero por suerte Incerti, sin demasiados excesos, evita que caiga en el melodrama tradicional, gracias a la tensión y el suspenso que logra transmitir. El relato es atrapante y fluido.

    En ese sentido, más de un argentino podrá identificarse con la historia y los personajes. La investigación previa del director acerca del contexto socio – político que vivía el país, el miedo en las calles es acertado, al igual que la actitud de los represores, y la siniestra mirada de Pablo Pere. Leyrado, lejos de sus actuaciones llena de exabruptos logra concebir un villano interesante.

    Incerti no tiene miedo de criticar los vínculos que había entre la Iglesia y los militares o de reproducir escenas de tortura, sin llegar a la morbosidad, pero tampoco abusando de la sutileza.

    Es verdad, que por momentos es demasiado discursiva, explicativa, y en el final, se suceden algunas situaciones demasiado dramatizadas, exageradas, inverosímiles para los que conocemos la historia, pero que contienen un mensaje directo para que los italianos puedan conocer lo que pasaba del otro lado del charco.

    El fin justifica los medios a veces. Aun con matices criticables durante su desarrollo, Cómplices del Silencio es un film oscuro, un thriller que muestra la otra cara de una época contradictoria, repleta de muerte e hipocresía, al tiempo que el resto de los argentinos festejaban ingenuamente la Copa del Mundo.

    Estreno oportuno, para no olvidar, que aunque la pelota ruede en el campo de fútbol de Johannesburgo o de Buenos Aires, el mundo sigue girando, sigue habiendo injusticias, sigue habiendo atrocidades.

    Finalmente, la pelota se mancha.
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  • Kick-Ass
    Kick-Ass
    A Sala Llena
    Demasiados Poderes…

    El ambicioso Sr. Vaughn.

    Round 1: Ex productor de las primeras (y mejores) películas de gángsters de Guy Ritchie, Vaughn incursionó en el cine como guionista y realizador con una suerte de secuela efectiva de las películas de Ritchie, llamada No Todo es lo que Parece. Mezcla de comedia con acción y gángsters. Acá, nada nuevo bajo el Sol.

    Round 2: Stardust, el Misterio de la Estrella. Acá empezamos a mezclar géneros e intensiones: fantasía, un pirata travesti (tristemente interpretado por De Niro), romance, comedia, acción, etc.… La mezcla era un poco naif y no funcionó demasiado.

    Round 3: Kick Ass, es definitivamente la película que consolidad a Vaughn como un director capaz de mezclar varios géneros, ser cool, y atraer a varias generaciones. Sin dudas, esta vez todo sale más armoniosamente. O al menos, superficialmente…

    ¿Que es Kick - Ass? No voy a repetir la sinopsis, pero es por un lado es una sátira a los superhéroes adolescentes, con mezcla de comedia adolescente nerd con cine de gángsters (el terreno donde Vaugh se siente más sólido sin dudas). En un film con un montaje y una dosis de humor negro e ironía típicamente británico pero filmada como una mainstream de superhéroes de Marvel.

    Parece demasiado, pero al menos en la primera mitad no se hacen tan confusas estas cruzas. Al contrario resultan verosímiles.

    El protagonista vive en una zona humilde, le roban cada dos por tres, está enamorado de la chica más linda de la escuela pero no le da cabida (por lo que tiene que hacerse pasar por gay para que le tenga lastima) y es tan fanático de los superhéroes que se pregunta: por que nadie intento disfrazarse como uno y salir a pelear. La respuesta la encuentra al poco tiempo, cuando lo molan a golpes. Hasta acá, uno siente que este intento de hacer real, verosímil a un héroe enmascarado sin superpoderes, es realmente efectivo. El personaje, como adolescente es creíble y la película se anima a vender a los adolescentes a un prototipo de superhéroe que se masturba viendo pornografía en internet o fantasía con la profesora. ¡Peter Parker eso no lo hace!

    Los amigos, son los típicos nerds perdedores. En sí, los estereotipos y lugares comunes funcionan bien, no se hacen redundantes, porque Vaugh juega a burlarse de los mismos. Parece una película que hubiese dirigido, incluso, Kevin Smith… pero con más producción. O los personajes de The Big Bang Theory en el cine.

    Esta primera mitad no es algo del otro mundo. Apenas, unas risas esporádicas, unos golpes de efecto bien logrados, y buenas actuaciones.

    El film cambia cuando aparecen los personajes de Big Daddy y Hit Girl. O al menos cuando se muestra su origen. Y también cuando empieza a ganar relevancia Chris D’Amico / Red Mist, hijo del villano de turno, el mafioso Frank D’Amico.

    Es acá donde empiezan las contradicciones de otra índole: ideológicas y políticas. Algo no funciona demasiado bien en estos personajes. Algo huele mal en Dinamarca.

    … Requieren Demasiadas Responsabilidades

    No tengo nada contra la violencia en el cine, pero a veces uno se tiene que replantear el carácter ideológico de los personajes y la violencia gratuita. Como si fuera el personaje de Gerard Butler en Días de Ira (Law Abiding Citizen), este Big Daddy (is watching you) de Nicolas Cage, es un sanguinario vengador anónimo, que parece ser avalado en su conducta por el director Vaughn

    ¿Acaso bajo la favorable cara de una comedia de acción de superhéroes adolescentes se esconde un film de corte netamente fascista, que le da la razón al “hay que matarlos a todos”? Extraño.

    Entre escenas que parecen estar filmadas con intenciones serias, se filtran frases, citas, pistas de que Vaughn en realidad no está tomando como referencia al cine de gángsters de Guy Ritchie, o al cine de aventuras y superhéroes/antihéroes de Sam Raimi o Jon Favreau. Ni tampoco a las comedias de Greg Mottola o los hermanos Weitz.

    No, Vaughn quiere demostrar en Kick Ass que puede ser Quentin Tarantino. Y no es una reflexión librada al azar. Los observadores podrán encontrar citas gráficas constantes, no solamente a novelas o historietas de superhéroes (y sus adaptaciones), sino también a películas desde El Silencio de los Inocentes a Operación Trueno (de James Bond), de Operación Dragón a Cara Cortada, o series como Lost (al ser estrenada con tres meses de diferencia con Estados Unidos, el chiste perdió gracia). Pero principalmente, los fanáticos tarantinescos se darán cuenta que la historia e sí, e inclusive, por momentos, la estética remiten demasiado a Kill Bill Vol. 1.

    Y… acaso ¿alguien acusa a Tarantino de fascista? La violencia gratuita, el humor negrísimo de sus obras, la apología directa de la venganza (no solo Kill Bill, sino A Prueba de Muerte y Bastardos Sin Gloria también) es tan divertida en su obra, tan cinéfila que a nadie le importa la ideología de Tarantino. Y como no estamos acostumbrados a ver a un imitador del gran ladrón que nos ha dado el cine de los noventas, podemos llegar a interpretar que Vaughn quiso hacer una sátira y un drama de aventuras, y no termina haciendo nada de eso.

    Nada de eso. Si en la primera parte Vaughn engaña al espectador haciéndole creer que va a seguir una línea verosímil, en la última media hora, tira todo al tacho y crea una sátira con un nivel de sarcasmo que lo ponen casi a la altura de un Mel Brooks con un presupuesto de 100 millones de dólares. Aunque sea irónico, esta desopilante segunda parte de película cinéfilamente, me atrajo en forma independiente, más que la primera.

    Todos los años surgen algunas comedias con altas dosis de cinefilia. En el 2008 fueron Grindhouse de la dupla Rodríguez / Tarantino y Una Guerra de Película de Ben Stiller (en realidad Wall E, sin ser comedia, tiene más citas que ambas juntas creo). En el 2009, Los Bastardos y Arrástrame al Infierno (lo mejor de Raimi desde El Ejército de las Tinieblas)… Parece que Kick Ass intentaría ser la cita cinéfila, (con destino de culto) del 2010…

    El Problema Final

    “Grandes poderes, requieren grandes responsabilidades”. Desde Yoda al Tío Ben, los héroes tienen un consejero que los guía. El problema es que a Matthew Vaughn le falta ingenio para convertirse en el héroe del año. Definitivamente no es Tarantino (de por sí faltan los diálogos, que son la marca autoral del mismo), pero hablo en términos cinematográficos generales: no existe un registro claro de transgresión real o de salir de los patrones convencionales

    Sensaciones encontradas. Kick - Ass tiene un guión sólido. La estructura narrativa y casi todas las subtramas (excepto la del protagonista jugando el rol del amigo gay) se sostiene por todas partes. No faltan referencias en cuanto al armado del guión a Star Wars como a El Padrino (el tema del legado patriarcal), pero falta sustancia… carácter… personalidad propia quizás. Como ya dije, excepto por cierto tono seudo humorístico de cine de gángsters que recuerda a Juegos, Trampas y Dos Armas Humeantes (además de los cameos de Jason Flemyng, Dexter Fletcher, y para los ochentosos, aparece Elizabeth Mc Govern) hay poco de Vaughn en la película… Se huele a imitación de estilos… en demasía. Hay algo muy superficial, y uno denota esto, en la poca profundidad o maniquierismo que tienen algunos personajes como Katie (la novia) o Red Mist, que podría haber sido mucho mejores.

    La acumulación a veces agota. Y en Kick - Ass se acumula mucha información, mucha cinefilia, y el resultado final deja sabor a que se necesitaba o mayor metraje o menos… muchas menos intenciones y propósitos. No por nada, los últimos films de Quentin superan las dos horas y media, o están divididas en partes: cada personaje necesita su desarrollo y cada actor su lucimiento.

    En Kick - Ass, el casting no está desatinado: Aaron Johnson y sus amigos cumplen con los roles de nerds acertadamente sin demasiadas sorpresas, Mark Strong se convirtió en el villano perfecto del 2010 (Robin Hood, Sherlock Holmes de Guy Ritchie el amigo de Vaungh, esta) la joven Chloe Moretz es realmente el arma mortal del elenco. No solamente actúa bien y le roba cada escena a un cada vez más viejo y cansado Nick Cage (que a la hora de ser satírico funciona, cuando se pone melodramático no, aunque se auto parodia con su rol en Con Air), sino que la además, la niña es una revelación como comediante e intérprete de escenas de acción (una doble y efectos especiales ayudan, pero igual lo simula bastante). Los problemas en elenco surgen con Lyndsy Fonseca (la chica de turno, muy hermosa pero con pocas neuronas) y especialmente con Christopher “Mc Loving” Mintz-Plasse, al que parece que el rostro de nerd ya le queda chico. Fue demasiado explotado en el pasado, y aunque interpreta creíblemente su rol en esta película, no logra destacarse ni Vaughn logra darle libertad para hacer crecer al personaje más de lo estipulado.

    Último Round

    Me doy cuenta que la película me cautivó más de lo que supuse en primera instancia. A lo largo de esta nota, cambié mentalmente la calificación final de la película, unas cuatro o cinco veces (pasando de ser una obra maestra cinéfila a solo un simple intento fallido de imitar a Tarantino). La extensión de la nota se debe justamente a que la película permite varias líneas de análisis, y tiene varios niveles de lectura que no suponemos a simple vista. O quizás no. Las confusas pretensiones del ambicioso Vaughn me han llevado ha confundirme un poco y espero que el lector no se confunda también. Las contradicciones de la película, pueden relacionarse con las contradicciones en la crítica. No es un film fallido, pero...

    Quizás lo estoy sobrevalorando demasiado. Probablemente se trate de un fascista más de Hollywood al que le estoy dando la razón. ¿Quién sabe?

    Habrá que ver Kick Ass 2, para confirmarlo.
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  • El refugio
    El refugio
    A Sala Llena
    La ecléctica e irregular filmografía del francés Francois Ozon, provoca que sea difícil analizar en conjunto; encontrar los matices que unen las obras de este realizador provocador, cinéfilo, que en poco más de diez años ha sabido construir clubes de fervientes admiradores y detractores por igual.

    Particularmente, solo he visto la mitad de su obra, por lo tanto no puedo generar una completa comparación entre El Refugio, su última película estrenada, y el resto de su filmografía, más que justificar que esta obra cumple con la principal característica que une narrativamente a todos los films: la desestructuración del núcleo familiar, cuestionar cuál es el rol social que cumple la institución familia en el mundo, en Francia.

    A diferencia de películas como La Piscina o Ricky, esta vez la fantasía no interfiere con el mundo “real”. Tampoco se encuentra esa faceta más excéntrica y kitsch de Ozón, la que la relaciona con su perfil más cinéfilo, amante de los melodramas de Fassbinder o los musicales de Hollywood como Gotas que Caen sobre Rocas Calientes u 8 Mujeres.

    Estructuralmente El Refugio ni siquiera se anima a ser “innovadora temporalmente” (estilo Irreversible) como era Vida en Pareja (la vida de una pareja empezando por el divorcio y terminando cuando se conocen).

    Tampoco contiene un misterio abierto, ni juega manipulando la información de los personajes o espectadores como hacía en Bajo la Arena.

    Justamente, lo que hace a El Refugio, la obra más madura, soberbia y profunda de la cinematografía de Ozon son sus bajas pretensiones, su sutileza y sencillez.

    Todo comienza con una pareja joven, adicta a la heroína, en un departamento desnudo. Ozon nos presenta con menor locura videoclipera, una situación a lo Requiem por un Sueño, pero el efecto será efímero. Cuando la aristocrática madre del muchacho entra al departamento, encuentra a su hijo muerto y a su novia, Mousse, en estado de coma. Cuando despierta, le notifican que está embarazada de 8 semanas.

    Los padres del novio, miembros de la clase alta francesa, la discriminan y le piden que aborte. Ella no quiere y se escapa a un pueblo en las afueras de París, típica campiña francesa, parando en la casa de un ex amante que ha quedado ciego.

    Su tranquilidad se verá afectada, cuando reciba la compañía de paso, de Paul, el hermano de su novio fallecido, con quien empezará una relación, aún cuando este es homosexual.

    Retrato de personajes que deciden aislarse y marginalizarse, Ozon logra una obra soberbia gracias a que decide centrar su cámara en la evolución de los personajes, en la forma en la que deciden abrirse sentimentalmente, moverse por impulsos y no por racionalismo. Pone el peso de la película, no en la estética, la fama de sus actores, la estructura, los giros narrativos, los temas tabú, sino en las actuaciones en sí, de un elenco joven y sólido.

    Tanto Isabel Carré (Corazones) como Louis Ronan – Choisy, hacen un trabajo extraordinario, sutil. Ella, con su aspereza e inseguridad, luchando contra los fantasmas del pasado. Él, simbolizando la esperanza, el nuevo camino.

    La naturalidad con la que ambos llevan las interpretaciones son el punto más fuerte de esta película que se llevó el premio especial del jurado en el Festival de San Sebastián.

    Al igual que en Bajo la Arena, la playa y el mar son esenciales para delimitar a los personajes, pero a la vez para potenciarlos. Sin apelar a golpes bajos forzados, Ozon construye su mejor opus, basándose en un relato fluido, un cuento bien contado, dinámico, contemplativo, donde los personajes no son juzgados, y donde ciertas acciones tienen una respuesta coherente, necesaria.

    Otro tema recurrente que ya expuso en Gotas que Caen… y El Tiempo que Queda, son los dilemas morales de la comunidad homosexual dentro de la sociedad, y la familia. En El Refugio, el mayor dilema es la capacidad que puede tener un hombre para suplantar a una mujer en el rol materno. Ningún estreno comercial está aislado de su contexto político, y la películas podría ser exhibida como buen ejemplo en el Congreso Nacional a propósito de la ley que aprueba el matrimonio entre personas del mismo sexo y la posibilidad de adoptar chicos.

    Bellamente fotografiada, pero nunca en un exceso de meticulosidad en la puesta en escena, el director logra conciliarse con seguidores y detractores, gracias a la austeridad, y la sencillez del discurso narrativo.

    ¿Estaremos frente a un nuevo cineasta, que ha crecido, que ha pasado los tiempos de rebeldía y adolescencia para reflexionar sobre las consecuencias de traer una criatura al mundo, pero sin temer a que la misma salga volando por encima de los tejados parisinos?

    Habrá que juzgarlo a partir de sus próximos trabajos. Por ahora, El Refugio demuestra lo mejor de Ozon, lo más puro y obsesivo.
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  • Por tu culpa
    Por tu culpa
    A Sala Llena
    El Desafío Berneri

    Antes de escribir sobre Por Tu Culpa, tercera obra de la realizadora argentina de 34 años, decidí ver Un Año sin Amor, la única de sus películas que no había visto todavía. Una de esas películas que no pude ver por circunstancias externas y postergaba y postergaba…

    Lo que reconozco, evaluando, en este momento toda la filmografía de Berneri, es que me resulta dificil de analizar.

    Más que nada, porque cada una es completamente diferente de la otra. Se pueden encontrar similitudes a nivel visual, y en el micromundo que rodea a sus protagonistas, ya sean Pablo Pérez, Erni o Julieta, pero aún así, si me dijeran que se tratan de realizadoras diferentes, yo lo creería.

    Con esto, no quiero decir que Berneri no se trate de una autora nata, sino que con apenas 3 películas ha logrado algo que ningún otro realizador del “Nuevo Cine Argentino” había hecho: poner a la obra encima de la dirección.

    Berneri, a pesar de su juventud se anima a jugar con opuestos. Por lo menos, a simple vista. Del desgarrador relato de Pablo Pérez enfrentando el SIDA con la búsqueda del verdadero amor, a través de la violencia sexual, o la actriz en decadencia que busca esa juventud perdida, o una madre perfecta siendo juzgada por descuidar a sus hijos. No parece haber encuentros estos personajes. Tampoco en lo visual, las películas se dan la mano.

    Mientras que Un Año… es oscura, Encarnación tiene un dejo de expresionismo, de realismo, y Por Tu Culpa es muy iluminada, siendo quizás la más oscura de las tres a nivel narrativo.

    No parece ser casual que una directora decida cambiar de Director de Fotografía de película en película. Y todos logran generar un clima distinto y a la vez apropiados para cada historia. Tanto la fotografía de Lucio Bonelli como la de Willi Benisch son excepcionales. No puedo analizar con demasiada propiedad la de Diego Poleri en Encarnación, ya que la vi hace tiempo y no recuerdo haberme impresionado demasiado.

    Pero uno puede reconocer una madurez narrativa y cinematográfica en su realizadora por la forma de narrar. Mientras que Un Año… puede comprenderse casi como una película de rutina, un diario oscuro con influencias del cine Martín Rejtman o Esteban Sapir, impulsadores del nuevo cine argentino, Encarnación es una película más femenina, jovial que se puede dar de la mano con el cine de Celina Murga o Ana Katz.

    Pero Por Tu Culpa tiene el tono de un melodrama clásico de la época dorada de Hollywood. Su antiheroína podría haber sido interpretada por Susan Hayward, una Doris Day o más recientemente por una Sally Field. Y a la vez, tiene esa preocupación, esa sinceridad, y emotividad de las madres italianas del neorrealismo.

    Por tu Culpa esta realizada por dos mujeres, en realidad: Berneri y la gran Erica Rivas, que si resultaba admirable en sus roles en comedias televisivas, y pudo sobrellevar roles secundarios con mucha naturalidad en producciones de menor suerte artística como El Corredor Nocturno y la aberrante e insultante Tetro del desconocido Francis Ford Coppola (no hablo en forma irónica, realmente es desconocido, la película es paupérrima), en esta película se puede explotar como una de esas actrices dramáticas que con apenas un gesto o una mirada logran cautivar.

    La inteligencia de Berneri en la puesta de cámara recide en la forma en la que no se despega de ella, de sus ojos perdidos en la vulnerabilidad.

    La película empieza con una secuencia violenta: juegos, peleas con dos chicos, realmente insoportables. Planos muy cercanos que pretenden demostrar que a veces un juego simple de hermanos con su madre, no siempre tiene una simpleza lúdica y cariñosa.

    Pero tampoco se trata de una violencia doméstica. Sino de un juego que termina mal, una serie de eventos desafortunados que terminan en una crudísima noche en un hospital privado.

    Berneri pudo haber sido demagógica y más dura denunciando la situación que viven los hospitales públicos, pero en cambio decide universalizar la situación. Mostrar la hipocresía, los prejuicios, el machismo del sistema médico en sí. Al final no importa si las paredes son más blancas, las camas más cómodas o las luces más brillantes. Si el servicio humano falla, uno está en las manos equivocadas, y sufre las consecuencias (en Un Año sin Amor, Pablo se atiende en hospitales públicos y la atención es mejor que en la clínica privada de Por Tu Culpa).

    Berneri no juzga en sí, la capacidad de Julieta para ser madre. Al contrario, la protagonista es atenta en un 99% de la películas y juzgada por el entorno, en el 1% que giró la mirada. Una heroína que tiene que enfrentarse con la hipocresía de un sistema creado por hombres y aristócratas, que tiene todas las de perder, que, a diferencia de las heroínas de Hollywood que pueden superar los trances psicológicos y las inseguridades, con tal de luchar y conseguir lo que persiguen, Julieta es muy frágil y tiene actitudes de madre real.

    El relato es atrapante, de una noche agitada… y real. Aquellos que hemos pasado noches enteras en guardias, comprendemos el suplicio , sufrimiento y expectativas de Julieta. No es fácil ser paciente.

    Ayudada por un excepcional diseño sonoro de Jéssica Suárez, la fotografía de Bennisch, el arte de Ailí Chen y el montaje de Eliane Katz, la película es un gran logro cinematográfico. Quizás por su sencillez, pocas pretensiones y perfil bajo, porque detrás de un accidente cotidiano, se oculta una preocupación enorme: la destrucción del núcleo familiar.

    Si bien, es notable la interpretación de Rivas, vale destacar la increibles actuaciones de los hermanos Galán (no son los Pimpinela), especialmente el más chico, Zenón. Es probable que haya pocas actuaciones destacable de un chico de dos años como la de Zenón (debería formar pareja con la actriz de la misma edad de La Pivellina, película italiana de inminente estreno comercial). La relación con Erica Rivas de ambos menos es verosimil en cada plano, versatil, nunca forzada. Parecen ser los hijos naturales de la actriz sin dudas. Mucho ensayo, excelente elecciones de tomas, un gran trabajo previo solo pueden lograr una realción tan natural.

    No puedo dejar de mencionar que elenco adulto secundario también aporta su grano de arena: Rubén Viani, Osmar Nuñez y Carlos Portaluppi, el amuleto de la filmografía de Berneri.

    Es probable que cuando llegue el final, uno se sienta un poco desilusionado. El final, coherente con el desarrollo, no tiene la intensidad del comienzo. Esto no es desfavorable, sino que tiene que ver con que la directora decide darle un desenlace natural y creible a los acontecimientos, dejar respirar a los personajes y al espectador… pero a la vez, interiormente se extrañan las primeras sensaciones encontradas. A pesar de esta reflexión la película crece y mejora en mi cabeza, a medida que la recuerdo.

    Esa sensaciones desconcertantes del universo Berneri, que generan malestar, identificación con los protagonistas, asimiliación, compasión, deseo que triunfen y puedan superar sus miedos e incertidumbres.

    No es un cine facilista. No se trata de una realizadora, de la cual se pueden sacar conclusiones rápidas, sino que da pie a la reflexión y la discusión. Un cine que inspira.

    Es un desafío para analizar. Así como Berneri, desafió las normas al llevar a la pantalla, una “polémica” historia como la de Pablo Pérez (vamos a ser honestos, que una joven embarazada de 29 años inspeccione el mundo leather de Buenos Aires en su ópera prima tiene su desafío) y lo transforme en una historia identificable, sin pretensiones de polemizar, que haya confiado que Silvia Pérez, una actriz y vedette poco tomada en cuenta para roles “serios”, pueda cargarse al hombro una película entera junto a una adolescente, y transformar a Erica Rivas, en una madre con todo el mundo encontra; nosotros, los cinéfilos no podemos tomarnos la obra de esta directora tan superficialmente.

    Espero haberle hecho justicia esta vez. Tendré que llevar conmigo la “culpa” de, en su momento, haber analizado tan superficialmente Encarnación. Pero el cine da revancha, siempre está la oportunidad de ver por segunda vez una obra y cambiar los preconceptos.

    Mientras tanto, espero haber superado el “reto” de entender el desafío Berneri.
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  • Stella
    Stella
    A Sala Llena
    Stella tiene 11 años y entra en una prestigiosa escuela parisina. Su relación con el resto de la clase no es buena. Stella vivió todas su vida en un bar de alcohólicos y pandilleros. Sus padres tienen una relación distante, nunca le ponen obligaciones ni límites porque se dedican más a atender clientes que a criarlas, por lo que ella tuvo siempre que defenderse sola en la vida, inspirada por hombres rudos y borrachos. Pero los chicos de su clase vienen la mayoría de familias aristocráticas y finas. Ella no se lleva con este tipo de vida. No presta atención en clase, no le gusta estudiar y sus notas son deficientes hasta que conoce a Gladys, la representante de los alumnos, la mejor de la clase. Ella es inmigrante argentina, y se supone (porque nunca lo dicen) que los padres llegaron a Francia, escapando de la dictadura, ya que, aunque nunca lo aclaran, la película sucede a fines de los ‘70s. Uno lo puede denotar por la moda, la música y la escenografía.

    Verheyde construye el diario personal de una niña que se siente diferente, que está creciendo, madurando, convirtiéndose en una adolescente. Eso conlleva el desarrollo del cuerpo, la primera menstruación, la curiosidad por el sexo opuesto y por experimentar el primer amor.

    Filmada completamente con cámara en mano y una fotografía, y colores que realmente dan la sensación que se trata de una película de los años ’70 (como sucedía por ejemplo con Jacky Brown), la directora no se deja influenciar solamente por la estética, la magnífica y versátil banda sonora, para meterse dentro de la mente una chica, nunca subestimándola, y seguramente con muchos componentes autobiográficos.

    Sin subrayados, ni obviedades, Stella es una película inclasificable genéricamente. No se trata de un melodrama ni de una comedia. Múltiples lecturas y discursos dan pie a la reflexión, pero nunca siendo redundante en el mensaje. Las situaciones son verosímiles, pero nunca llegan al extremo del grotesco o la farsa. El tono de actuación austero de todos los chicos intérpretes, especialmente de la pareja Barbara – Rodrígues es exacto. Ambas actrices auguran un prominente futuro.

    La oscuridad en la mirada de los adultos contrasta con el esplendor de la inocente pero inteligente visión de las chicas.

    El elenco adulto lo completan el cantante Benjamin Biolay en un sorprendente interpretación y el fallecido Guillaume Depardieu en una de sus últimas actuaciones, donde guarda un parecido físico que remite demasiado a su padre.

    Una agradable película que no debería pasar desapercibida.
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  • El príncipe de Persia
    Como pasa el tiempo…

    Si pudiera retroceder al pasado, y remontarme a la época, en la que por primera vez, a los 11 años, tocaba un PC… en el laboratorio de computación de mi querida escuela primaria… Monitores en blanco y negro, tiernos infantes, aprendiendo a usar el DOS, y al final de la clase, la recompensa era jugar 10 minutos, al Pac Man, el Galaxy (o algo similar) y, principalmente, el más desafiante de todos… El Príncipe de Persia…

    Que tiempos aquellos, parece que hubiese sido ayer: un joven con turbante caia en los túneles de una prisión y daba vueltas, tratando de no caer en trampas, con estacas metálicas, pósimas que daban o quitaban vidas, a la búsqueda de una princesa protegida por un malvado persa. No voy a mentir, tantas vueltas me terminaban mareando y aburriendo, y pasaba a jugar al Carmen San Diego, un juego donde ponías en práctica tus conocimientos de historia y geografía. Era tan divertido para mí, en ese momento, que incluso creé una historia, en base a él: con detectives que recorrían el mundo, buscando a la famosa ladrona del título. Lamentablemente, tres años después, Disney tomó el mismo juego, y lo convirtió en serie animada: trataba de un grupo de jóvenes detectives que buscaban a Carmen San Diego alrededor del mundo… Duró cuatro años, dicha serie. Ya tendré mi revancha…

    Pero aca no estamos para hablar de mi no tan tierna infancia o de Carmen San Diego… todavía. Sino de Príncipe de Persia, que irónicamente, también fue comprada por Disney para su adaptación cinematográfica, con la colaboración de Jerry “Dame Acción” Bruckheimer. Ambas empresas quieren empezar a planear una nueva saga de aventuras exóticas, por las dudas, que la cuarta y (esperemos) última parte de la saga de Piratas del Caribe, solamente con Johnny Depp y Geoffrey Rush del reparto original, bajo la dirección de Rob Marshall, se hunda antes de partir.

    Así que, se salto por la borda, y se cambio el escenario: el mar por el desierto. El Caribe por Medio Oriente. El paisaje es igual de bello, exótico… y artificial…

    Para la dirección de la adaptación, los productores eligieron a Mike Newell, que a los 68 años aceptó el “desafío” de llevar este producto pochoclero a la pantalla, o porque ya no le interesa el prestigio de su carrera, o porque la jubilación de los directores británicos no es demasiado buena.

    No se puede decir, que se trata del mejor director british que ha dado el Imperio en el último cuarto de siglo (Newell debuto a principios de los ’70, donde dirigió más de 30 series y películas para TV), pero nos ha dado algunas películas interesantes, como Un Abril Encantado, Cuatro Bodas y un Funeral, Donnie Brasco… Después se vendió a la gran maquinaria hollywoodense y realizó las paupérrimas La Sonrisa de Mona Lisa y El Amor en los Tiempos del Cólera… y por supuesto, en el medio, la cuarta parte de la saga del niño mago.

    Pero si en Príncipe de Persia, uno cree que finalmente va a encontrar al verdadero Newell… bueno, pues, se equivoca.

    Que la gente de Disney, hayan tratado como reyes a los corresponsales de prensa, regalándoles pochoclo, bebidas, relojes, mochilas, remeras y agendas, no cambia la opinión que tenga uno de la película, lamento informar. Agradezco (y admiro) la atención, pero el producto final es lo que realmente importa acá.

    No busquemos verosimilitud en el relato. Sabemos lo que venimos a ver… Pero lo cierto, es que cuando a un realizador británico le dan un trabajo por encargo en Hollywood, lo encara de la forma más fría posible. En piloto automático. Da lo mismo que la haya dirigido Newell o el propio Bruckheimer. El carisma de Gyllenhall (le quedan mejor los roles dramáticos) o la “hipócrita” simpatía y falsa sensualidad de Arterton no levantan esta obra escrita y forzada a tres manos bastante torpes. No solamente el guión cae en cada lugar común atravesado previamente por las 40 mil (y mucho más divertidas y originales) versiones de El Ladrón de Bagdad, Aladino, Ali Baba, Las Minas del Rey Salomón, La Tumba India, Indiana Jones (infaltable), sino que también se alimenta (y demasiado) de las recientes películas de La Momia con Brendan Fraser, pero con menos humor, menos resoluciones originales, y sobretodo, poco espíritu de aventura. Algunas peleas a capa y espada, y acrobacias en el aire no son el “género de aventuras”. Más bien se trata de una fiel adaptación o lo más cercano que un video juego puede hacer con el género.

    Gyllenhall salta esquivando obstáculos, de un edificio a otro, colgado de las ventanas… igual, igual que un video juego… ahora la tensión, el suspenso, el clima cinematográfico está completamente ausente. Los decorados, en su mayoría creados por CGI son poco convincentes, al igual que la fotografía, que parece haber sido diseñada en los ‘50s, cuando a nadie le importaba que todo fuera filmado en estudios. Volvimos a esos tiempos.

    Entretiene, sí, es divertida. Pero muchas películas divierten, pero al menos transmiten emociones al espectador. Príncipe no… Será porque no hay sorpresas: las traiciones son previsibles, los giros narrativos y reacciones de los personajes son obvias. El abuso de los clisés, lugares comunes y estereotipos, llegan a un nivel de previsibilidad que tornan al relato no solamente ridículo de seguir avanzando, sino que además, un poco monótono. Inclusive las interpretaciones de Kingsley y Molina rememoran, actuaciones pasadas. Como si hubiesen hecho un copiar / pegar, y nos mostrarán personajes que ya vimos. Especialmente de Kingsley. ¿Dónde quedó el gran actor de Gandhi?

    Nada alcanza para que salgamos de la sala deseando inmediatamente meternos en otro cine, a ver algo un poco más digno. Esta mezcla de batallas árabes y viajes en el tiempo, poco convencen (para eso vuelvo a ver Lost).

    Personalmente, solo me he reído ante las bastante obvias (aunque atrasadas, como advierte mi colega Tomás) referencias acerca del gobierno de Bush y la invasión a Irak: la inutil búsqueda de armas de destrucción masiva, la suba de los impuestos, la borrachera del mandatario, y las comparaciones entre el tío malo (Kingsley) y Dick Cheaney. Admito, que en esos momentos, pensaba que había otra película más allá de la que estaba viendo, una más sutil y autocrítica… que podrían hacer valer subir la calificación… que algunas escenas de aventuras atrapan mínimamente, pero ante un guión tan xenófobo, amateur, básico, explicativo e inverosimil dentro de la inverosimilitud (Dastan razona más rápido que Sherlock Holmes, y repite claramente todo lo que pasa, para que ningún chico salga del cine diciendo “no entendí”) que se me hace imposible poder recomendar este producto mediocre y manufacturado.

    De por sí, nunca me interesaron demasiado (a contracorriente de la fascinación mundial) los piratas fantasmales de Verbinsky, pero ahora los extraño.

    Y tras releer la nota, más que al Príncipe de Persia, me volvieron a dar ganas de jugar al Carmen San Diego, y volver a escribir la adaptación. En una de esas, Bruckheimer y Disney, algún día, me la compran.

    Les aseguro que será más interesante, que Príncipe de Persia: Las Arenas del Tiempo… una película, que tan solo verla es una pérdida de tiempo, y merece enterrarse en la arena.
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  • Zenitram
    Zenitram
    A Sala Llena
    Luis Barone es un director extraño… y maldito dentro del cine nacional. Su filmografía no es precisamente destacable, aunque tuvo un meritorio reconocimiento gracias a Los Malditos Caminos (2002) un extenso y abarcativo documental. Pero también tuvo una interesante ópera prima: 24 hs, Algo está por Explotar (1997). Pero la maldición comenzó con El Tigre Escondido (2003), un thriller filmado en el Tigre, que nunca pudo estrenarse porque en la película actúa, Omar Chaban. Esta fue la insólita y única razón por la que la película nunca pudo exhibirse públicamente,

    Tras varios años de post producción, al fin se pudo estrenar Zenitram, ambiciosa co producción española sobre el primer superhéroe argentino llevado al cine oficialmente, abriendole las puertas a El Eternauta (¿la dirigirá Enrique Piñeyro?).

    Pero Zenitram está lejos de ser una película pensada para las masas y un público infantil adolescente.

    Entre un tono seudo bizarro, el clase B, el homenaje y la burla hacia los superhéroes estadounidenses, se filtrea una burda sátira social, que se ríe de los argentinos y nos describe de la forma más surrealista posible, anclándose en las costumbres, el vocabulario y las tradiciones icónicas.

    Se trata de una película costumbrista con elementos de ciencia ficción y mensaje ecologista (Barone estuvo involucrado en Sed Invasión Gota a Gota, documental de Mausi “Martinez” sobre la escasez del agua).

    La película nunca intenta trascender como una obra popular, capaz de ser el “éxito” de las vacaciones. Casi es lo opuesto, y el problema de la película es una falta de coherencia narrativa y de intensiones.

    Parecen viñetas de historietas aisladas. Divertidas ideas inviduales e independientes sobre un tema utópico (como sería un superhéroe argentino) a las que les falta un nexo. Excelentes, imaginativas y ocurrentes decisiones son resueltas a veces, con escenas insípidas, que no terminan de cerrar. Como el chiste que empieza bien y al final no alcanza el nivel inicial que tanto prometía.

    A su vez, no se logra comprender si Barone quiso crear una comedia bizarra pretenciosa al mejor estilo Alex de la Iglesia, o una propuesta clase Z como las joyitas de Farsa. Y por este motivo, por ser demasiado abarcativo en las subtramas, en personajes, en intenciones, en incluir chistes, es que la película se pierde… vuela demasiado alta, pero cae en pozos de aire.

    Uno recuerda por momentos a El Día de la Bestia o Acción Mutante, en otras escenas uno cree estar viendo Plaga Zombie, con el costumbrismo de Esperando la Carroza.

    Pero también tiene esa falta de cohesión que tenía, por ejemplo, The Spirit de Frank Miller. La estética, a la vez, mezcla el retrofuturismo de Superman (a la vez, hay citas textuales a la película de Donner de 1978 y la “remake” del 2006). Hay personajes que aparecen y desaparecen de la nada (El Presidente interpretado magníficamente por Daniel Fanego) y otros cuya aparición es demasiado forzada como The Thinner (¿Qué hace ahí Steven Bauer?). En cambio la misteriosa e inexplicable aparición del “empresario” que le da los poderes a Zenitram y nunca más aparece es un acierto… justamente por el misterio que despierta.

    Pero, a pesar de la confusión en la logística del guión, algo funciona de forma indefectible: el humor, la ironía, el sarcasmo. La burla hacia los símbolos.

    No se salva nadie, ni los recolectores de basura, ni las empresas extranjeras que nos roban el agua (¡Es cierto! Este futuro no me parece demasiado delirante), ni los Kirchner, ni los periodistas vividores, ni los conductores faranduleros… ni Maradona se salva.

    Realmente tiene escenas y ocurrencias desopilantes.

    Las interpretaciones son irregulares. Mientras que Minujin y Luque se lucen en sus roles protagónicos, al igual que Fanego y Jordi Molla como los villanos, es realmente una lastima que la lacónica, inexpresiva, aunque bonita, Verónica Sánchez sea “la chica” de turno. No convence ni un minuto su presencia delante de la cámara. Error de casting serio forzado por el convenio de co producción… y completamente desenfocado aparece Bauer, en un intento fallido por tener una “estrella” de Hollywood que pueda hablar español.

    Zenitram es un gran despliegue nacional que no sé si va a poder cubrir los gastos de producción. Se trata de un film, al que le va a costar encontrar su público. Porque entre los homenajes al cómic nacional, el humor político (definitivamente, el punto más alto de su argumento), la crítica a las empresas multinacionales y efectos especiales, tan absurdos y elementales al principio, pero bastante bien resueltos en el final, se encuentra una película entretenida, interesante, pretenciosa y al mismo tiempo nostálgica.

    Increíblemente extraña es la sensación con la que sale el espectador tras su exhibición. Satisfactoria, pero a la vez, incompleta. Varias buenas ideas con resultados ambiguos juntos en un experimento que uno intuye que podría haber sido mejor, pero a la vez mucho peor, mucho más solemne, grandilocuente y decepcionante.

    Este Zenitram no deja con la boca abierta, no es asombrosa y no se nota que haya sido esa la intención de sus realizadores.

    Sin embargo, no me extrañaría si de acá a 15 años (época en la que transcurre la historia), se convierta en una película de culto: mientras estemos pasando nuestras tarjetas de crédito por encima de las canillas para sacar un poco de agua, la basura cubra nuestras cabezas, alguien prometa limpiar el Riachuelo… diremos… como necesitaríamos, entre nosotros a un… Zenitram.
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  • Triángulo
    Triángulo
    A Sala Llena
    Esta película la vi en el cierre del BAFICI 2009, y mis opiniones las saqué de las primeras impresiones que tuve en ese momento y plasmé en un blog de mi autoría.

    Petzold viene de la llamada “nueva escuela de cine de Berlín”, de la que salieron directores interesantes como Faith Akin, que me gusta mas no me fascina, y otros, que personalmente no me atraen tanto como Maren Ade (Entre Nosotros).

    Petzold se inscribe en la estética depresiva y ominosa de esta última. Ya había visto en el BAFICI 2006 la película Ghosts de Petzold, que tampoco me había atraído demasiado. Un drama adolescente demasiado solemne y pretencioso.

    Irónicamente, no sabía que Triángulo era del mismo autor. Y el resultado fue decepcionante también.

    Mientras que algunos críticos se regodean hablando maravillas de este tipo de cine naturalista, pretencioso y mentiroso en cuanto a sus resultados, a mi me sigue siendo esquivo. Sus historias y tratamientos no me llegan. Me resultan forzadas tanto las resoluciones narrativas como las interpretaciones. La sequedad de sus personajes no me resulta atractiva en el contexto que construyen alrededor.

    Cada crítico o espectador tendrá su mirada, obviamente. Pero yo no veo aquello que otros adulan con tanto entusiasmo.

    Triángulo. A un hombre le fallece la madre. Viene del ejercito y no le dejo plata. Solo tiene unos euros ahorrados para pagar un deuda a la mafia.

    Le salva la vida a un distribuidor de comidas turco (con un restaurante similar al del protagonista de Soul Kitchen de Akin) y este lo toma como conductor, aprendiz y hasta como el hijo que nunca tuvo. El problema es que se siente muy atraído por la joven y sensual esposa del comerciante. La atracción es reciproca, y ella le pide un pequeño favor: matar al marido en un "accidente" y ambos vivir felices con su negocio. ¿Suena conocido?.

    Si, bueno. Lo hizo Rafelson con Nicholson, Visconti, y por supuesto Lana Turner: El Cartero llama Dos Veces, basado en la novela de James Cain. Estructuralmente no presenta ninguna novedad, solo que Petzold hace más hincapié en el drama y el dilema moral del protagonista, que en el clima denso, la tensión y el erotismo de las versiones anteriores.

    Atrás quedó toda referencia al cine negro, la decadencia de personajes miserables, el contexto socio económico. En esta versión, la cámara es transparente, la estética esta puesta en función de la historia, no hay demasiadas sorpresas y el repentino final facilista, termina por embarrar una película que no empezó mal, que proponía un clima interesante, una lectura diferente, pero que termina en el convencionalismo puro. Las actuaciones no ayudan, tampoco la música. Muy floja.

    Creo que mis impresiones no son tan erráticas con el paso del tiempo. No me gusta atarme al gusto de los otros ni a tendencias pendencieras de “nuevas escuelas”. Y así como aseguro que nunca fui un defensor acérrimo de la nuevas escuela de cine nacional, tampoco me ato a esta nueva tendencia del cine bárbaro.

    La escuela clásica siempre es más eficiente y emocionante. Que los nuevos críticos duerman con Petzold y Nina Hoss. Yo prefiero seguir soñando con Lana Turner y Luchino Visconti.
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  • Entre la Fe y la Pasión
    No tengo demasiada referencias del cine de Bruno Dumont, excepto que en sus películas trata de abarcar el ser, el conflicto de personajes que se hacen preguntas existenciales, relacionadas con la religión y la vida.

    Entre la Fe y la Pasión es un film denso y oscuro, que nos pone en manifiesto la incertidumbre de una joven, dentro de un contexto internacional real. No aísla a la protagonista del mundo contemporáneo, sino justamente nos muestra el peligro que representar llevar al extremo una ideología.

    Celine (intensa actuación de Julie Sokolowski) es una torturada hija de un ministro francés recluida por voluntad propia en un convento. Las monjas no soportan las flagelaciones que la joven se induce a ella misma. No come, no duerme, pensando en Cristo, amando a Cristo. Cuando la madre superiora decide echarla para que “viva la vida” en el mundo exterior, ella siente que debe recuperar el amor de Cristo porque no lo siente con ella.

    Paralelamente conocemos a David, un joven en libertad condicional, que hace arreglos de jardinería afuera del convento. Tras no reportarse a su custodio, David vuelve a la cárcel.

    Celine, encuentra un soporte emocional en los hermanos árabes Nassir y Yassine. El primero es un imán de la comunidad musulmana de los suburbios de París, el segundo, menor, se enamora de Celine. Pero este amor no es recíproco, porque su fidelidad, está con Dios.

    Dumont arma un lento entramado sobre lo aterrador que puede terminar siendo llevar un dogma a puntos límites.

    Mientras que el mundo se cae a pedazos, Celine, sigue con su amor ciego hacia Dios, sin darse cuenta de lo que está sucediendo a su alrededor.

    El director evita hacer una evidente bajada de línea política, para tomar el contexto con naturalidad y frialdad. Esta mirada austera, seca, se contrasta con las emociones de la protagonista, quien por momentos llega a hartar al espectador con sus declamaciones de amor.

    El final, un tanto previsible, desarticula, el clima, la intensidad dramática y emocional que el director venía manteniendo, sin caer en clisés o lugares comunes, e incluso insertando sutiles cuotas de ironía y sarcasmo, mirada crítica a la nobleza francesa y sobretodo a las instituciones religiosas que inculcan ritos y normas sobre mentes débiles.

    Se suele comparar a Dumont con Robert Bresson. El director negó las referencias. Es cierto, para Bresson era fundamental que los protagonistas de sus películas pudieran darse cuenta del crimen que cometieron, y buscaran el perdón divino. La redención. Dumont, en cambio, utiliza el tema en forma irónica, metafórica para criticar el pensamiento eclesiástico (de por sí, es prácticamente humorístico, que las monjas echen a la protagonista por ser "demasiado religiosa").

    Una austera puesta en escena, con intervenciones fotográficas “divinas”, le aportan solemnidad al relato. Los encuadres, simétricamente diseñados demuestran un gusto plástico, pictórico, con puntos de fuga que exponen referentes de la pintura renacentista. Los paisajes rurales tienen un preciosismo medieval soslayado. Como si dijera que a pesar del paso del tiempo, hay ciertas tradiciones que no cambiaron en la Francia contemporánea. Inclusive, la casa del ministro tiene la arquitectura de un palacio del medioevo.

    Celine se convierte en una Juana de Arco moderna, capaz de sacrificarse en nombre de la religión, pero no por el pueblo.

    Si bien tiene varias líneas de lectura que confluyen armoniosamente, con interpretaciones muy creíbles de parte de un elenco de actores profesionales y no actores, el ritmo es lento. Por momentos cae en la monotonía: hay escenas que son demasiado largas.

    Dumont, apoyado por Bouchareb (director de Días de Gloria y London River, de estreno inminente) realiza un film que sigue escarbando sobre las paradojas religiosas en el mundo contemporáneo, el estado del miedo y la violencia en la sociedad, y como, a pesar de las nuevas tecnologías, seguimos siendo influenciados por las mismas instituciones que regían hace 800 años atrás.
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  • El escritor oculto
    El escritor oculto
    A Sala Llena
    En cierta época, el estreno de un film de Roman Polanski era motivo suficiente para ir corriendo a las salas de cine. Se trata de uno de los directores más transgresores del cine comercial de todos los tiempos.

    Un rebelde, un marginal, cuyas polémicas obras, solo fueron opacadas por su polémica vida. Se puede decir con certeza, que solo Roman Polanski puede hacer un film sobre su vida. La ironía, la tragedia, la oscuridad de la mente de este cineasta polaco septuagenario nos ha dado joyitas cinematográficas: algunas, obsesiones personales, miedos sobre el aislamiento, la claustrofobia, y la huída. Otras, trabajos por encargo, preconcebidos, que el director ha convertido en turbios relatos psicológicos con finales amargos.

    Y mientras esperamos que el gran director de Barrio Chino, Repulsión y El Bebé de Rosemary, salga de la prisión domiciliaria a la que está sometido hace casi medio año, y se proponga hacer una película sobre su tortuosa vida, de la que ya todos conocemos los detalles, disfrutemos de su último thriller.

    Polanski ha probado con todos los géneros, desde dramas épicos como la adaptación de Mac Beth (acaso un tratado sobre la violencia y la catarsis sobre la masacre del clan Mason y Sharon Tate), comedias absurdas (¿Que?, La Danza de los Vampiros), melodramas de época (Tess, El Pianista, Oliver Twist) y aventuras con piratas (Piratas), el género que mejor le queda es el thriller psicológico. Si bien las dos últimas obras (la que lo hizo merecedor del Oscar al mejor director y la Palma de Oro en Cannes, y la adaptación del cuento de Dickens), contienen muchos elementos personales, relacionados con su infancia; en el thriller, él se puede expresar mejor artísticamente, tiene mayor creatividad, ironía, se mueve con gran sutileza y efectismo

    No hacen falta demasiado tiros o explosiones para tensionar los nervios del espectador. Lo decía Hitchcock, y acaso sus tres mejores discípulos (Chabrol, De Palma, Polanski) lo entienden así.

    El Escritor Oculto, contiene elementos típicos del rey del suspenso: un hombre bastante patético que se involucra en un crimen involuntariamente. Persecuciones, suspicacias, complots con justificaciones mínimas (el Mc Guffin), una soberbia banda sonora que acompaña el excelente clima creado por el director y su cinematógrafo. No tiene golpes de efectos con un sonido exagerado ni efectos visuales de más. Un paisaje desolador, lluvia, frío… femmes fatales que enredan aún más al protagonista.

    Un escritor (Ewan Mc Gregor, convincente), del que nunca conocemos el nombre, que se dedica a redactar autobiografías de personas famosas, razón por la cuál es conocido como “fantasma”, recibe la tarea de reescribir el manuscrito de otro escritor fantasma que fue encontrado muerto en una playa. El protagonista de esta autobiografía es el ex primer ministro británico, Adam Lang (una de las mejores interpretaciones de Brosnan), que está siendo investigado por secuestrar y torturar supuestos terroristas paquistaníes.

    La tarea no es fácil, y menos cuando el escritor empieza a encontrar pistas que le hacen sospechar, que su predecesor fue asesinado, porque descubrió secretos oscuros del pasado de Lang.

    Paulatinamente Polanski construye un thriller seductor. Entre sospechas, humor, crítica política, engaños, personajes que aparecen y desaparecen, apariencias, etc, la paranoia se va inculcando en la mente del protagonista. Así como Repulsión, no sabemos los espectadores distinguir quien es real y quien no. Las conjeturas se vuelven certezas, pero aun así no toda la información termina siendo explícita y Polanski deja inteligentemente abierto el final, para que el espectador saque sus propias conclusiones.

    En cierta manera, el director continúa el hilo estructural de La Ultima Puerta. En ambas, los protagonistas, a través de un libro se introducen en un mundo oscuro, que supera a su conocimiento previo. Las consecuencias pueden ser fatales.

    Tensionante y divertida, tan atrapante como Búsqueda Frenética, se trata de un producto que no podría haber sido filmado por otro director.

    Sutil crítica a Tony Blair y la política de George W. Bush, Harris y Polanski tiran palos a todos los secretarios y agencias secretas de ambos gobiernos. Sin embargo, y a pesar de todo, pareciera que el director se apiada del inepto ex primer ministro, mostrándolo como un prisionero de sus propios actos.

    “Y ahora resulta que estoy preso en los Estados Unidos y no puedo volver a Inglaterra” dice Adam Lang en un momento dado. Con esa frase, el director larga una confesión sobre su vida, y da muestras que prefiere identificarse con el villano, en lugar de con el héroe.

    Además de mantener su timing intacto y la creación de climas, donde el estado meteorológico, es un verdadero aliado, Polanski elije un elenco soberbio. Se luce como nunca antes en su filmografía, Olivia Williams como la inteligente esposa de Lang, y mejor no revelar varios intérpretes reconocidos que hacen cameos.

    La banda sonora de Alexander Desplat, con reminiscencias al estilo musical de Bernard Herrmann aporta tensión.

    Visualmente fría y ominosa, Polanski no se deja tentar por incluir planos caprichosos y alocados (acaso solo una subjetiva en gran angular, de la mirilla de una puerta que remite a El Bebé de Rosemary, El Inquilino y Repulsión). Sin embargo, la mano artesanal del realizador de El Cuchillo Bajo el Agua, en la construcción de encuadres y planos secuencia se destaca en la escena final. Algunos aspectos inverosímiles, aunque muy sarcásticos del guión, en cuanto al manejo del Internet en la sociedad contemporánea, no le quitan solidez a esta obra.

    Las playas sirven de marco de este thriller clásico, un autohomenaje a Cul de Sac, y demuestran la solvencia de este narrador, que a los 76 años, y desde la prisión suiza ha terminado una película casi excepcional, sin pretensiones de obtención de premios, que mantiene el ojo cínico de un gran autor.

    Directores jóvenes de Hollywood que hacen bazofias de terror solamente con efectos especiales: aprendan de los veteranos. Siguen siendo los mejores.
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  • Eva y Lola
    Eva y Lola
    A Sala Llena
    Aunque las pesadillas se maquillen de rosa, pesadillas van a seguir siendo, y cuanto más se maquillen, peor van a ser.

    Sabrina Farji, co directora de Cielo Azul, Cielo Negro, y directora de Cuando Ella Saltó, le ha dado colores a la página más oscura de la historia argentina, y aún cuando sus intenciones sean honorables, este pastiche kitch y pop sobre dos jóvenes lidiando con los fantasmas de la última dictadura militar termina siendo un mamarracho cinematográfico y una confusa administración didáctica de información, acerca de los hijos de desaparecidos, nietos de Las Abuelas de Plaza de Mayo.

    Trato de luchar con mi conciencia que me pide que no sea tan duro, pero es que si al menos, el propósito final de la película sea legítimo, novedoso e imprescindible lo podría tolerar. Pero no es así.

    Las Abuelas de Plaza de Mayo auspician esta película que en la última escena, sin revelar detalles, parece banalizar su lucha de tres décadas en un diálogo paupérrimo y dramáticamente insulso y ausente de emoción, aun arriesgándose a caer en el sensibilísmo y lo cursi, esta solución hubiese sido más apropiada que la resultante.

    El padre de Lola (Emme, en una interpretación pobre y forzada a comparación de la soberbia actuación en El Niño Pez), el Oso (Jorge D’Elia desaprovechado) se intenta suicidar. En los ‘70s fue un militar represor de la dictadura, y se sospecha que Lola es hija de desaparecidos. Ella prepara un show circense – erótico junto a Eva, su amiga (Celeste Cid, que no derrapa pero está en el borde), cuyo padre fue torturado y asesinado. Ella quiere convencer a Lola de que se haga un análisis de ADN para descubrir su verdadera identidad.

    Ambas comparten otra incertidumbre que las deprime: la falta de un amor. Mientras que Lola trata de defender a su padre, Eva se enamora de Lucas (el paralelismo no es muy coherente), el chico que atiende el bar de la esquina. En el medio está la historia de Alma, la hija biológica de El Oso, quién tiene la carta de la supuesta “verdadera” madre de Lola, que prueba la culpabilidad de su padre. Ella también es una mujer solitaria, quien encontrará en Daniel (Awada, lo mejor del elenco junto con Willy Lemos) un alma gemela en quien refugiarse.

    Historia coral, donde el drama histórico, se mezcla con la comedia romántica, por así decirlo, y algunos números musicales aislados, Eva y Lola propone ser un híbrido didáctico, con discurso obvio y directo, pero información errónea.

    Porque a los graves y notorios errores cinematográficos, se le suman errores de datos (no hay 300 hijos de desaparecidos sino más de 500, y esto queda aclarado con un cartel en el final. Ahora bien, ¿por qué Farji si lo sabía no lo puso durante la película? Para decir que 100 años después de que terminó la dictadura se encontrarían todos. Es inaudito).

    Y más allá de eso, el guión hace agua por todas partes. Las intenciones dramáticas no quedan claras. El humor es forzado, torpe. La estética no se justifica con el relato.

    La fotografía de Marcelo Iaccarino, uno de los mejores directores de fotografía del país, no le aporta emoción a la historia. En cambio, parece como si Fito Paez, hubiese querido filmar una historia de desaparecidos… o peor aún, Diego Rafecas. Y estoy más que seguro, que ambos hubiesen hecho películas mejores.

    No, esto no tiene remedio. No se salva ni la veterana Claudia Lapacó.

    ¿Una publicidad… un video clip… un especial de televisión abierta sobre los hijos de desaparecidos? Honestamente no puedo definir yo que quiso hacer Farji: si tomarse el tema en solfa, de forma más liviana… si dar esperanzas… No entiendo.

    Lo único que queda claro, es que esto cine no es, y que en vez de ayudar a encontrar personas, las termina confudiendo.
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  • Samarra
    Samarra
    A Sala Llena
    Un escuadrón de soldados estadounidense vengativos, aburridos, sedientos de sangre, violencia reprimida, lujuriosos, encabezados por un soldado inestable psicológicamente, en terreno extranjero, en medio de la "nada", en una guerra, provocada por los propios estadounidenses por motivos económicos, viola y asesina a una adolescente nativa, inocente de cualquier crimen, excepto el de ser el chivo expiatorio elegido por dicho escuadrón, por ser ellos usados como carne de cañón de los dirigentes políticos de su país. Un soldado de dicho escuadrón se opone verbalmente, pero no toma acción en el asunto y tiene que vivir por el resto de su vida, con las imágenes en su conciencia de no haber impedido los crímenes de sus compañeros.

    En seis líneas se puede resumir Redacted, última película de Brian DePalma. Momento. Acabo de tener un deja vú. Esto ya lo vi. Ah cierto: Sean Penn y Michael Fox, y la guerra era Vietnam. El director: Brian DePalma también.

    ¿Será que DePalma tiene el síndrome de directores de su generación y está empezando a repetirse acaso? Lamentablemente, lo que se repite es la historia. Cambia la guerra, la década, pero nuevamente están los mismos protagonistas cometiendo los mismos crímenes. DePalma es un director demasiado inteligente para repetirse. Pecados de Guerra (1989) fue una película dura, cruda, que relataba otra caótica experiencia real vivida en Vietnam. Dicha película seguía la línea de Apocalipsis Now, El Francotirador, pero más similar desde un punto de vista temático a Nacido para Matar de Kubrick o Pelotón de Oliver Stone, de las que les separaba pocos años de diferencia.

    Redacted es una remake actualizada de la anterior, pero sucede durante la ocupación estadounidense en Irak, post caída del gobierno de Sadam Hussein. No es la primera ni será la última película que sucede durante dicha guerra. Pero sí puede que sea la más impactante filmada por un director estadounidense. No por nada, DePalma reside en Europa. Sacando todos los documentales impactantes sobre el tema, DePalma toca fibras sensibles en el espíritu estadounidense. Los soldados a los que se refiere todavía están allá y han pasado menos de dos años desde que sucedió el hecho inspirador. Con Pecados de Guerra habían pasado un poco más de 20 años. A pesar de todas las críticas hechas hacia el gobierno de Bush y el accionar de las tropas allí, ninguna fue tan cínicamente tan directamente crítica y despiadada como esta, al punto de que parece más hecha por un director iraquí que por uno estadounidense.

    En Venecia 2007 (hace tres años que se realizó y recién ahora llega a los cines), DePalma fue premiado con el León de Oro al mejor director y al mejor trabajo filmado con cámara digital. En EEUU, la mitad de los críticos vapuleó la película, y la otra mitad la trató con respeto, pero uno o dos le dieron el reconocimiento merecido. El público directamente la odió y algunos inclusive pidieron el linchamiento del director, por así decirlo. De este tipo de mentalidad habla la película justamente.

    A DePalma le encanta jugar con la doble personalidad, y trabajar con múltiples cámaras y múltiples puntos de vista. En Redacted trabaja con dos: por un lado, la filmación con cámara casera de un miembro, aspirante a estudiante de cine, del escuadrón a cargo de vigilar un Punto de Paso en Bagdad. Por otro, el de dos documentalistas franceses, con mayor "objetividad", de las acciones que toman dicho escuadrón. El soldado va mostrando la evolución psicológica de su escuadrón, especialmente dos soldados, desde que asesinan impunemente a una mujer embarazada iraquí hasta la violación en cuestión, tomando también las ideologías de cada uno, y como su carácter, no viene de su locura en la guerra, sino del medio en el que se criaron en su país. DePalma pone mucha atención a detalles en el vestuario de ambos soldados para mostrarnos que no hay "casualidades". Que los soldados no se vuelven criminales durante la guerra, sino que la cuestión viene incluso de familia: la xenofobia, el racismo, todo explota en medio de desierto. La tensión sexual que sienten los soldados es evolutiva. La violación no es una acto de venganza aislado.

    Desde un punto de vista más alejado, o sea el de los documentalistas franceses, DePalma muestra el papel de los medios de comunicación y las cámaras de seguridad. El otro punto de vista es el de los noticieros iraquíes, los videos de los blogs talibanes, los blogs de las esposas de los soldados estadounidenses, la difusión de videos y opiniones en youtube, y principalmente los registros de las cámaras de seguridad en los cuarteles estadounidenses: tanto las oficinas administrativas, con decorado árabe, como las salas psiquiátricas. Esto muestra una vez más que en EEUU no existe la privacidad y todo es grabado, y peor aun que todo puede llegar a los medios. El internet se muestra como un arma de doble filo: por un lado es informativo, por el otro, peca de cosechar seguidores y opositores a los grupos terroristas (sean talibanes o estadounidenses) usando imágenes morbosas. DePalma no se muestra neutro en el conflicto, y juzga a los pecadores. Puede parecer demagógico por momentos, y hace diferencias de bandos entre los soldados, así también como diferencia a los terroristas de los civiles inocentes, que mueren día a día porque los estadounidenses no saben (o no quieren) diferenciarlos. Es verdad, DePalma no se da con vueltas a la hora de condenar el accionar de los soldados jóvenes en la guerra, de aquellos que cometen crímenes, de aquellos que se callan por miedo, de los comandantes que deciden hacer la vista gorda del asunto. También hace hincapié en la censura estadounidense, desde los mismos títulos. En cierta forma la película funciona como material "editado" de lo sucedido realmente. Al mostrar documentos "supuestamente" reales, hay tachones negros sobre palabras claves, tachones que usa de metáfora sobre lo que los estadounidenses deciden no querer ver ni mostrar. Cínicamente, también lo usa para "tachar" marcas y los rostros de lo verdaderos protagonistas iraquíes. (Se podría comparar con la película argentina Iraqui Short Filmes de Mauro Andrizzi)

    DePalma es menos sutil que en Pecados de Guerra pero tiene menos pretensiones comerciales. Filmó en Alta Definición Digital para dar mayor realismo a su "falso documental". La mayoría de las veces con cámara en mano. Explora las diferentes iluminaciones digitales: infrarrojas para las escenas nocturnas, blanco y negro de seguridad, webcams, y de video grabación en las cámaras fotográficas.

    No por esto pierde su estética personal y registrada: no faltan las falsas subjetivas en planos secuencia, que ya había hecho en clásicos como Vestida Para Matar o Blow Out y en La Dalia Negra su anterior película. Hay planos que simulan pertenecer al documental de los franceses, pero es diegéticamente imposible que pertenezcan. Pero DePalma es un seguidor de Hitchcock, y poco le importan las críticas diegéticas. Así mismo, hay un par de giros narrativos, que si son bien pensados, no concuerdan con información previa. Pero a DePalma le interesa lo que se cuenta en el instante, y lo que va cultivando para remover la conciencia del espectador y, que vaya tomando una posición en el relato. Hay pocas sorpresas en la película, porque el director sabe como crear el suspenso. Tira pistas, información previa que crea tensión en el espectador atento. Tampoco faltan sutiles pinceladas de humor negro, muy crítico, y algo burlón hacia los soldados.

    El dramatismo y suspenso son constantes, nunca cae en recursos telenovelescos. Los 91 minutos de metraje se pasan rápido, pero el significado de las imágenes queda grabado.

    Para lograr mayor realismo, como sucede en todos los falsos documentales, escogió a un elenco desconocido de actores, algunos eficientes pero por momentos sobreactuados y desbordados. Aun así, DePalma vuelve a dar cátedra cinematográfica de como filmar un falso documental. Sin embargo, en Hollywood, incluso los llamados "liberales" se sienten ofendidos con este trabajo. Porque? Bueno, DePalma siempre fue crítico con la industria y por algo integra una lista negra no demasiado dada a conocer. Previendo esto, decide darles una patada casi al final de la película. DePalma no se guarda nada y nuevamente ataca. Pero sus balas, lamentablemente, son falsas imágenes, que tienen el mismo el mismo efecto que las palabras, en el actual gobierno: rebotan. Sin embargo, algún día, alguien va a recordar Redacted como hoy recordamos Pecados de Guerra, y se van a horrorizar con las violaciones y torturas, sucedidas durante la guerra de Irak, así como nos horrorizamos con Vietnam. Porque la historia se repite, pero la gente no olvida, el cine tampoco, y sirve como conciencia colectiva.
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  • La hora de la siesta
    Ganadora de la Competencia Latinoamericana del último Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, La Hora de la Siesta, ópera prima de Mora con ayuda de Nestor Frenkel, desembarca extrañamente y con poca publicidad a las carteleras porteñas.

    Recuerdo que finalizada la función me quedó un grato gusto amargo. Busco críticas de colegas, que no han salido satisfechos.

    Mostrar la infancia desde un punto de vista tan lúgubre y pesimista, con desazón, pero sin caer en la demagogia o la manipulación sentimental no es fácil ni usual.

    Por la estética blanco y negro, bien uno podría comparar esta película con la primera obra de la dupla Rebella – Stoll: 25 Watts

    El padre de dos de los chicos protagonistas fallece. La familia se reúne para “celebrar” el velorio. La madre no sale de la habitación y los pobres menores deben soportar las condolencias y saludos. Pronto, mientras en el barrio, se celebra la hora de la siesta, ambos se escapan. El pequeño está curioso, infectado de los cuentos que le venden los adultos. La pre adolescente trata de comportarse como una adulta, asumiendo responsabilidades y contestando con soberbia e intelectualidad las preguntas de su hermano.

    Ambos tratan de repeler las lágrimas con frialdad, y mientras recorren el barrio se cruzan con un introvertido muchacho que vive en una vieja casona, cuasi abandonada. Será una aventura lacónica, poco emocionante, pero que llevará a la protagonista a replantearse las relaciones con su hermano y el resto de su familia.

    Mora, se embarca en crear un clima aún más oscuro y lacónico que la película uruguaya o la comedia melancólica mexicana, con la que comparte puntos en común, Temporada de Patos.

    Lo que juega a favor de esta obra sobre las demás es que no necesita de planos tan simétricos o de una estética tan buscada. Le escapa a la solemnidad para introducirse en la melancolía y la nostalgia del ser solitario, del ser marginado por el mundo adulto, de ser un chico que desea crecer, pero a la vez necesita seguir disfrutando de actos inocentes.

    No se trata de un film ni pretencioso ni moralista. El mensaje se encuentra en el modo en que uno juzga su propia infancia y como actuó en momentos de desolación similares. Mora no da respuestas, genera incógnitas acerca de cual es el camino correcto que deben llevar estos niños ante una pérdida de este tipo. Los sentimientos no resultan forzados, la represión es fundamental para entender el clima y los personajes.

    Película que bien podría analizarse como tratado psicopedagogo, La Hora de la Siesta, nos presenta a una directora, que al igual que como hizo Julia Solomonoff con El Último Verano de la Boyita, no subestima a sus protagonistas, destaca su inteligencia, su valor, su imaginación, creatividad y astucia por saciar las curiosidades existencialistas, que muchas veces los adultos tenemos y que por miedo a no pasar por ridículos, decidimos callar.

    El trío protagónico (especialmente Poviña), se comporta con gran naturalidad, y esperemos que siga un rumbo prometedor dentro del cine nacional.

    Con menos humor del que uno piensa que no va a haber al principio (y por suerte este código queda enseguida claro), con una monotonía angustiante, pero a la vez preelaborada y justificada, La Hora de la Siesta es un pequeño gran film, que da pie a mayores reflexiones de lo que aparenta en una primera mirada, y que nos advierte de que debemos observar mejor y preenjuiciar, subestimar menos, la psicología infantil.
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  • Carancho
    Carancho
    A Sala Llena
    Sangre y Amor en San Justo

    Si uno husmea la historia del cine argentino, va a encontrar exponentes aislados de cine policial a lo largo de las décadas, desde Kurt Land, pasando por Fernando Ayala, Adolfo Aristarain, Eduardo Mignona hasta el último y mejor exponente del género, Fabián Bielinsky.

    En el 2002 se estrenaron dos interesantes exponentes provenientes del “nuevo cine argentino”: Un Oso Rojo de Israel Adrián Caetano, y El Bonaerense de Pablo Trapero.

    Trapero, en un camino que ya lleva 6 largometrajes, ha tratado de ser versátil en la elección de los temas, de los guiones, de los personajes, sin modificar aquello que distingue a su cine: la marginalidad, la crudeza de la imagen, del lenguaje, lo que se esconde detrás de una mirada dura, de una decepción. Sus personajes hacen viajes… dentro y afuera de su cuerpo… o de última planean escaparse, como posible vía de solución hacia sus “problemas”.

    Ya sea, la somatización de un obrero de construcción, un policía que descubre que la justicia no se encuentra en una comisaría, una familia que descubre todos sus rencores en la mitad de un viaje que supuestamente debería haberlos unido, un hombre que hace dos viajes (uno interno y otro externo) para superar un accidente donde se vio involucrada su familia, o la lucha de una mujer embarazada dentro de una prisión, todos sus personajes tienen una impronta de provincia, calle, andar buscando una respuesta utópica a sus problemas.

    De cierta manera, esa forma de redención es la que busca Sosa, un abogado que perdió su matrícula y debe moverse como ave de carroña buscando accidentados para estafar aseguradoras. Este antihéroe que juega el rol de villano necesita redimirse con urgencia… y a su pedido de auxilio sale una paramédica, Lujan, en quien ve la figura para salirse de los problemas en los que está metido. Pero como en Argentina, la corrupción se multiplica, Lujan no quedará aislada de la red mafiosa que se teje alrededor de ambos.

    Trapero parece haber encontrado un camino definitivo en el cine argentino. Tras probar con resultados ambiguos su inserción en la comedia (Familia Rodante) el melodrama (Nacido y Criado) y promover el nuevo cine argentino con Mundo Grúa, pareciera que el género que mejor le queda a Trapero es el policial. Los excelentes resultados de El Bonaerense y Leonera, lo comprueban. Con Carancho confirma esta hipótesis, aún cuando la película sea un compendio de variadas intenciones, y resultados no tan complacientes como ambos ejemplos, pero, al menos, un entretenimiento interesante, filmada con vigorizante ritmo e intensidad, que deja reflexionando y sigue impactando largo rato tras haber salido uno de la sala.

    No contemos por favor ejemplos de policiales contemporáneos como los de Polka, Telefé Contenidos, La Señal o El Secreto de sus Ojos.

    Con el mismo grupo que escribió Leonera Trapero construye esta película polifuncional, como si cada escritor hubiese escrito una subtrama distinta. Por un lado se trata de un film noir clásico: un personaje oscuro, corrupto que involucra a una joven inocente en una serie de crímenes de la que él se siente vícitima, por otro es una denuncia acerca de la forma en que las financieras se aprovecha de las indemnizaciones que dan las aseguradoras a las víctimas de accidentes, y esto se convierte en un negocio donde están implicados paramédicos, policías y clínicas. A la vez es un melodrama romántico, idílico, imposible, y hay otra película, que muestra la tensión y stress que viven todos los días los paramédicos como si se tratara de un episodio de E24 o una visión bonaerense y realista de la película de Martin Scorsese, Vidas al Límite. Entre la locura, la ironía, golpes, sexo frustrado, y las peleas con otros abogados, Trapero lleva el relato con muy buen timing dramático.

    El diseño de sonido, es realmente ejemplar. El caos reina constantemente, los ruidos tapan muchas veces los diálogos, pero lo que uno puede pensar en primera medida que se trata de un error de edición, pronto se dará cuenta como el ambiente entra en los departamentos, incrementan el malestar de los protagonistas.

    A diferencia de Leonera, donde el guión se movía en forma dinámica y fluida, esta vez Trapero apostó por un camino más episódico, por lo tanto hay escenas cuya continuidad resulta forzada. Los puntos de vista se abren, y algunas secuencias parecen insertadas al azar (especialmente las del hospital)

    A pesar del desconcierto que vive el espectador en este sentido, es difícil quitar la atención de lo que sucede.

    Trapero no es sutil y ataca con violencia desbarnizada. Tiene un discurso directo, un tono crudo, que contrasta contra cualquier ejemplo similar de cine comercial argentino, incluso de género. Porque Trapero no se vende. El tono, la forma de hablar, de expresarse es propio de la provincia de Buenos Aires.

    No trato de ser peyorativo en este concepto, es así. Cada ciudad de esta gran provincia tiene su propio dialecto, su propio volumen, acento, y por ser autóctono de San Justo, Trapero lo conoce a la perfección. De hecho San Justo se respira en cada poro.

    Al igual que Mundo… o El Bonaerense, Trapero recrea un universo propio, en donde Martina Gusman, su mujer y productora ejecutiva, se amolda perfectamente. El mayor problema de Carancho, no es tanto narrativo, donde se filtran algunos desniveles y cabos sueltos, sino interpretativo.

    Un Error de Cálculo

    Realmente algo no concuerda en el registro actoral de Ricardo Darín y el resto del elenco.

    Se trata de dos escuelas distintas. Trapero trabaja con la calle. La verosimilitud de su relato, el realismo de su puesta en escena, el impacto que genera la violencia de su cine, radica en la posibilidad de creer en el mundo que nos muestra en sus películas. Porque los hospitales son reales, porque los abogados son reales, porque la bonaerense es real. Pero mientras que la mayor parte del elenco respira un tono de provincia, un lenguaje, una yerga callejera, Darín actúa.

    En cierta perspectiva, Ricardo nos vuelve a mostrar que es un actor todo terreno, el típico argentino creido y perdedor al mismo tiempo que ha sabido desarrollar con mayor soltura en las películas de Bielinsky (especialmente Nueve Reinas) y las primeras de Campanella (o sea, no El Secreto…) El chanta, el comprador, el chico bonito que detrás de su sonrisa carismática y seductora, oculta un perfil oscuro, depresivo, temeroso e inseguro. Sosa es así, Darín es así, pero el actor es un porteño canchero simulando ser un bonaerense reacio… y el resultado es un poco incómodo por así decirlo.

    Cada diálogo entre Lujan y Sosa suena forzado, pero porque ambos parecen hablar en distinto idioma. Como si uno de los dos (Darin) hubiese sido doblado. Es algo de oído.

    Por otro lado, la elección del “actor más cotizado” es coherente. Se trata de la película con mayor presupuesto, espectativas y despliegue técnico del realizador (superando incluso a Nacido y Criado, que fue filmada en 70 mm o Leonera) y además si uno leyera el guión seguramente no podría negar que Sosa fue escrito para Darín, aunque quizás le hubiese venido mejor un Julio Chávez (lo demostró en Un Oso Rojo). Fue un error de calculo, que no creo que le perjudique en la taquilla, a pesar de todo.

    Si bien, no se puede perfilar como uno de sus mejores trabajos, Ricardo se esfuerza por acomodarse al tono de Trapero. Pero no hay dudas que la que sale ganando y destacándose es la cada vez más ascendente esposa del director. Gusman está soberbia, hermosa, verosimil. Vive el personaje, no podemos encontrar a la actriz detrás del personaje. Ahí radica la calidad de su interpretación. Gusman es un perfecto ejemplo de cómo un actor se puede acomodar a un universo creado para no actores. Inclusive se la nota más tranquila, relajada frente a cámara, que en Leonera, donde de por sí tuvo un rol memorable. El resto del elenco no logra destacarse demasiado pero se muestra natural.

    La Fidelidad a un Estilo

    En cuanto a lo estético, Trapero se muestra cada vez más perfeccionista, meticuloso e imaginativo para crear encuadres y secuencias. Si en Nacido y Criado desarrollaba un plano secuencia inicial majestuoso, filmaba el sur argentino como pocos lo hicieron; si Leonera tenía planos generales maravilllosos (como el de las mujeres llevando los cochecitos a través de las rejas en una coreografía inolvidable), en Carancho, sabe armar planos fijos y planos secuencia combinando choques, con una sutileza, efectismo narrativo y visual, realmente admirables. Escenas que contienen una violencia gráfica sin cortes, mezcla de la sequedad de Chabrol con el pulso de Greengrass, Trapero no se ata a una estética. Varía, provoca que lo previsible sea imprevisible. Da la información apropiada para sorprender y a la vez tensionar al espectador.

    No dudo en catapultar a Carancho como su mejor película a nivel cinematográfico. Sin embargo no llega a volar, al final tan alto o tener un resultado tan redondo o completamente satisfactorio como El Bonaerense o Leonera. Se podría decir, que ambas películas tienen la pretención justa, y que Carancho termina siendo menos pretenciosa de lo que auguran las expectativas.

    Como sucede con Dos Hermanos de Burman, queda la sensación de que podrían haber sido mejores y haber trepado más alto. Ninguna de las dos se va a convertir en las películas argentinas del año, y hay pocas posibilidades que logren batir el fenómeno de la película de Campanella (y no creo que sean las representantes para el Oscar).

    Aún así, se trata de una producción muy interesante. Trapero, a pesar de contar con una “estrella” fue fiel a sí mismo, y eso es destacable.

    Carancho afirma que Trapero, al igual que Burman y Caetano SON el cine argentino contemporáneo. Los directores que filman de vez en cuando acá, pero trabajan mayormente en el extranjero, son meros invitados.
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  • Un profeta
    Un profeta
    A Sala Llena
    Exhibida en el Panorama de Autores, del 24º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, la nueva película del director francés Jacques Audiard (Lee mis Labios, El Latido de mi Corazón) abrió ayer la “Semana del Cine Europeo” en el marco del evento Ventana Sur, que se realiza en Buenos Aires durante este último fin de semana de noviembre.

    Para presentar la película asistió Thierry Fremaux, productor ejecutivo del Festival Internacional de Cine de Cannes, donde la película se llevó el Gran Premio del Jurado.

    A pesar de que los primeros minutos remiten a un típico drama carcelario, cuyos mejores ejemplos que recuerdo en este momento son las películas argentinas: Leonera y Unidad 25 (el primer plano es exactamente igual al de la película de Alejo Hoijman), Un Profeta, es mucho más compleja e inclasificable. Se podría decir que tiene puntos en común desde Sueño de Libertad, tanto como de El Padrino o Buenos Muchachos.

    El argumento gira en torno a Malik, un muchacho de orígenes árabes que es condenado a 6 años de prisión, según se da a entender, por agraviar a un policía. Desde un principio Malik va a ser objetivo sexual de uno de los presidarios, y a la vez, será usado por los custodios, en el rol de sirviente.

    Todo cambia, cuando los ojos de César, un poderoso mafioso, que maneja a todo el mundo (presos y custodios) dentro de la cárcel (y también fuera) se posan en Malik, para servirle de verdugo de un testigo que cumple condena, contra un policía corrupto amigo de César. Malik, cumple con el objetivo (acá aflora el homenaje al clásico de Coppola) y pronto se empieza a convertir en mano derecha y hombre de confianza del mafioso.

    Audiard muestra la evolución de un criminal de poco monta, hasta convertirse en un sujeto importante dentro de la cárcel.

    Atrapante, asfixiante, tensionante, fantástica desde todo punto de vista, Un Profeta combina elementos del film noir, el policial francés más el genero mafioso de forma extraordinaria. El prácticamente novel, Tahir Rahim, logra un trabajo descomunal, poniéndose la película en sus hombros; apenas un gesto, una mirada, una frase son suficientes para justificar la elección de Audiard. Acción, violencia y crudeza sin tapujos, pero sin regodeos. El director decide no hacer bajadas de línea demasiado obvias sobre el tema de la inmigración ilegal en Francia, pero tampoco evade el tema, al mostrar como viven las diferentes comunidades. Ya sean italianos, irlandeses, griegos, rusos o principalmente árabes. Sutilmente hace hincapié en la discriminación, pero nunca cayendo en la solemnidad o la corrección política. La elección de Audiard es no abandonar el género.

    Pronto el protagonista se gana al espectador, que vive y sufre en su piel. Trata de razonar como él. Puede ser que tantos personajes secundarios con los que se va relacionando, terminen abrumando, pero la tensión mezclada con leves toques de humor e ironía son tales que el relato nunca decae durante las dos horas y media de proyección que sobre el final parecen quedar cortas. Audiard es un gran narrador, y como excelente guionista sabe crear personajes tridimensionales, que sienten, que dudan, que tienen más de una cara. El elenco secundario ayuda a generar esa credibilidad necesaria para acompañar al protagonista.

    El punto fuerte de la película es que aún teniendo un protagonista moderno, es muy clásica en su concepción estructural. Y sólida. No le falta ni sobra una sola escena. El ritmo es tan arrollador que uno quisiera ver más. Pero Audiard, inteligente, la sabe terminar con un final soberbio, antológico, memorable e incluso sorprendente, por lo efímero pero efectivo. Esos que quedan grabados en la retina del espectador.

    Implacable a nivel visual, Audiard combina largos planos secuencias con cámara en mano, con escenas de primeros planos y montaje constructivo. Miradas, diálogos filosos, que esconden otras palabras, sutilezas narrativas que sirven para explicar con imágenes simples, elementos que en términos discursivos quedarían redundantes. Cine básico.

    Para encasillarla aún menos, Audiard le imprime una sutil cuota onírica – fantástica, que justifica el título y ayuda, a que la narración cierre perfectamente.

    A esta altura, es indudable que Jacques Audiard con Un Profeta se corona como uno de los Maestros del nuevo cine francés.
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  • Iron Man 2
    Iron Man 2
    A Sala Llena
    Marvel me repela.

    En serio, más allá de que algunas películas sean mejores o peores, no puedo involucrarme con las historias, protagonistas y superhéroes de Marvel llevado al cine, como en cambio me involucro con las adaptaciones de DC, como lo fueron las cinco adaptaciones de Batman (dejo afuera por razones obvias las dos versiones de Joel Schumacher) e incluso Superman (en su momento he defendido a capa y espada Superman Regresa de Singer, más allá de que Brandon Youth no puede actuar más en su vida).

    Incluso con El Hombre Araña de Sam Raimi no pude sostener el fanatismo que sienten millones de críticos y fans alrededor del globo. Y Raimi es una gran influencia para mí (especialmente sus películas bizarras). Pero no puedo con el trío Maguire – Dunst – Franco. No me convencen. La estética visual de Raimi es soberbia en toda la saga, más allá de los efectos, admito que tiene escenas admirables, diseñadas por un verdadero autor, artesano cinematográfico nutrido de los cómics y el clase B. Pero no aguanto el melodrama romántico, el discurso telenovelesco, la crisis post adolescente. No por nada, me quedo con la tercera parte, acaso la más oscura, ambiciosa, personal e imperfecta, que contiene el humor más Raimi de las tres partes… Pero el final es horrible… y pensar que no habrá una cuarta para mejorarlo.

    Algo similar me pasa con las X-Men. Al igual que con las de la saga del alter ego de Peter Parker, a la trilogía mutante la seguí porque conocía su procedencia, no del cómic en sí, sino de las adaptaciones animadas. Y con ambas series me pasaba algo similar: no aguantaba cuando se convertían en dramas moralistas y sociales. Demasiadas lágrimas. Batman es oscuro pero no llora al menos. Y las películas de Singer sobre el grupo de mutantes liderados por Charles Xavier, son bastante interesantes. Se trata de un director que sabe manejar el suspenso y la tensión de forma clásica, pero cuando se mete con dramas humanos, es el más convencional y previsible. Por suerte, Brett Ratner, supo dejar el drama un poco de lado en la tercer parte, y dedicarse más al humor y la acción en sí, logrando un producto, quizás mediocre, pero al menos más entretenido.

    Por Iron Man, no sentía demasiada simpatía. La serie animada de chico me aburría. Este millonario con armadura de robot era demasiado solemne serio y aburrido. No sé como sería en el cómic, pero en la pantalla chica era peor que los X-Men. Podría agregar a la lista fracasos estrepitosos como Daredevil, Elektra, Los 4 Fantasticos… pero son irrelevantes. Las Hulk merecieron mejor suerte. Ang Lee hizo un trabajo estético interesante en la primera y con actores realmente fascinantes como Bana, Conelly, Lucas, Elliott y Nolte. Pero fracasó por su propia solemnidad. La segunda fue más entretenida, pero menos sustanciosa, a pesar de contar con Edward Norton.

    El mayor mérito del actor Jon Favreau, a la hora de encarar al hombre de hierro detrás de cámaras, fue aportarle un espíritu lúdico humorístico como ningún otro superhéroe tiene… y por supuesto elegir a Robert Downey Jr. como este Tony Stark megalómano, que en realidad es tres personajes al mismo tiempo: Stark – Iron Man – Downey Jr. No necesita una personalidad visual o guiones demasiado oscuros, filosóficamente profundos, que hablen sobre la discriminación, la madurez, o cualquiera de esos temas existencialistas de la sociedad contemporánea. Los enemigos de Iron Man son de carne y hueso: no son abstractos. Son los enemigos de la “paz”, traficantes de armas, terroristas internacionales, militares, fabricantes de bombas. Y ahí es donde triunfo la primera parte, y donde la secuela refuerza sus cañones y afina la puntería.

    Pocos le tenía fe al gordito cuasi desconocido, actor cómico secundario cuando agarró la batuta de Made con su amigo Vince Vaugh, una comedia que sería precursora del estilo Apatow en cierta forma. Pero le fue bien. Hizo algunos modestos e intranscendentes trabajos para TV, a la vez que seguía adelante su carrera actoral, y empezó a triunfar realmente con dos divertidas comedias infantiles bastante entretenidas: Elf con Will Ferrell y Zathura.

    Iron Man no me voló la cabeza como le sucedió a tantos otros, pero me gustó. Robert Downey Jr. estaba perfecto en el rol. Podía pasarle por encima a notables actores como Jeff Bridges o Terrence Howard, gracias al magnetismos de su personalidad, su humor desprolijo, políticamente incorrecto y desfachatado. Además la primera Iron Man abrió el camino a Los Vengadores, que se realizará bajo la dirección de Joss Whedon en el 2012.

    Iron Man, el Superhéroe Rockero

    Lo más criticable de la primera parte, era que Favreau no se animaba aún de salirse completamente de los moldes. Todavía existía cierta timidez por no corromperse. El guión era muy básico, y efectivo. Demasiado redondo y correcto para un personaje (y un actor) tan desequilibrado. Hay un dicho que dice: “a tu vida agrégale un poco de locura”. Como diría El Guasón de Ledger: “se necesita un poco de anarquía a veces”.

    Lo que Iron Man 2 necesitaba era “imperfección”. Y Justin Theorux, el reconocido intérprete de las últimas películas de David Lynch, director de la comedia romántica Enamorado, y co guionista de Una Guerra de Película, realizó un guón con bastantes fisuras, grandes dosis de humor y desequilibrio. Todo apropiado para que Downey Jr. vuelva a brilla y Favreau pueda relamerse en demostrar que puede filmar excelentes secuencias de acción.

    La diferencia es que esta vez, además de la potencia interpretativa de Downey Jr. trató de concederle al elenco un poco más de personalidad, no dejar que todo el peso recaiga sobre el actor que interpretó con la misma solvencia a Chaplin y Sherlock Holmes.

    Lo cierto es que Sam Rockwell como el empresario opositor a Stark es prácticamente tan megalómano como este mismo, y el actor, a la vez, tiene algunas escenas donde logra superar a un peso pesado como Mickey Rourke, que interpreta de manera bastante discreta para un actor de su calibre a este Ivan Vanko. Realmente parece que Rourke ha retrocedido a las épocas en las que trabajaba solo por el dinero, y no a las emocionantes escenas de El Luchador o Los Inadaptados. Desilusionante. Desconcierta también como Scarlet Johansson bajo a los sótanos, y terminó siendo solo una chica con un cara y cuerpo bonito. ¿Dónde está la actriz que brillaba con luz propia en Perdidos en Tokio o Match Point?

    No se sabe. Pero Gwyneth Paltrow logra destacarse un poco más como la chica Iron Man, y sobretodo sorprende que el verdadero cómic relief de esta secuela sea… Happy, el conductor y guardaespaldas de Stark, que es interpretado con mucha gracia por el propio Jon Favreau, que en la anterior apenas había sido un bolo menor. Don Cheadle no le hace sombra al protagonista y realmente no se extraña a Howard en el mismo personaje, pero si en la tercera parte, cambiaran nuevamente al actor, tampoco se lo extrañaría a Cheadle. Parece que el personaje de Rhodes no encuentra todavía la brújula en la saga.

    Por último, cabe destacar la presencia de Samuel L. Jackson como Nick Fury. Con su típico humor e ironía, Jackson tiene los textos más divertidos de la trama.

    Es raro encontrar la adaptación de un cómic en donde se deba hablar más del elenco que de la historia, o los efectos especiales. Pero es así, la saga de Favreau se destaca más que nada por los personajes e intérpretes. La historia es muy simple: el gobierno quiere usar a Iron Man como arma, él no quiere estatizarse. Es casi, como si Macri fuera Iron Man y los Kirchner lo obligaran a trabajar para ellos, buscando “terroristas”. No es una linda comparación, pero se lo podría definir de esa manera… Solo que la idea de tener a Macri como “superhéroe” es aterradora. Pero no nos desviemos por la tangente.

    En el medio aparece una empresa rival liderada por Hammer (Rockwell) que quiere inventar sus propios Iron Mans, para competir con Stark y para eso, manipula a un ruso loco (Rourke) al que en realidad le importan poco los negocios y más la venganza. Por otro lado, Tony Stark debe enfrentar su propia mortalidad, luchar contra sus excesos y egocentría. Como si fuera poco, Nick Fury lo controla para que forme parte de Los Vengadores… y además no puede quedar afuera una subtrama romántica.

    Sí, el guión de Theroux es demasiado ambicioso y todo queda un poco… episódico. Algunas situaciones son forzadas y completamente incomprensibles (¿Tony se mete a pilotear un Fórmula 1 por pura excentricidad?) Pero en dicha perfección, dichos baches y caprichos de guión, Favreua mete Heavy Metal. Y si no es AC/DC, es Queen (maravilloso ejemplo de cómo usar cinematográficamente “Another One Bites the Dust” como sucedía en Pequeños Guerreros).

    Iron Man sobretodo es una crítica política a la manera en que se inventan, se crean y se venden constantemente armas y explosivos con tanta facilidad. Como se trabaja con partículas, átomos y energía nuclear sin ningún tipo de cuidado. Como con solo apretar un botón podemos volar todos en mil pedazos, y como las empresas arman guerras para tener más armas. La violencia como adicción, pero con humor y sin redundancias didácticas: “así somos los estadounidenses, unos adictos a la guerra y armas como Tony Stark y Iron Man”.

    En esta secuela se refuerzan las semejanzas con James Bond, se abre el abanico para seguir enganchado con la saga Marvel que logrará juntar a todos los superhéroes en Los Vengadores (prestar atención a un elemento que ayudará a Tony Stark con un experimento y quedarse hasta el final de los créditos para comprobarlo). Y sobretodo se refuerza el humor y las desfachatez.

    Quizás, en forma objetiva tengo que admitir, que a pesar de la espectacularidad y los méritos ante descriptos, la primera fue mejor cinematográficamente hablando. Personalmente, esta me gustó más, y por tanto se convierte en la película Marvel que más conforme me ha dejado. Entretenida, divertida, y a pesar de todo, olvidable a la semana de haberla visto.

    Habrá que empezar a ilusionarse que en el 2011 la Thor del gran Kenneth Branagh esté a la altura de las expectativas, al igual que El Capitán América de Joe Johnston. Y si en el 2012, usted lector, después de Los Vengadores le pide a Marvel un descanso, no se preocupe. Ese mismo año, Christopher Nolan nos traerá la tercera parte sobre la vida de otro multimillonario que combate el crimen detrás de una máscara, solo que, a diferencia de Tony Stark, a este no lo acompañan rubias hermosas, sino “ratas con alas”.
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  • Sólo un hombre
    Sólo un hombre
    A Sala Llena
    ¿Cómo llorar públicamente una pérdida cuando se debe reprimir la verdadera identidad de uno?

    El diseñador de ropa masculina, Tom Ford, discípulo de Gucci e Yves St Laurent, decide realizar su ópera prima en base de esta premisa.

    George Falconer (Firth) es un profesor universitario de literatura de Los Angeles, en 1962. Tras unos gruesos lentes, traje y una elegante forma de caminar, debe ocultar su homosexualidad, y sus penas amorosas: Jim, su pareja durante 16 años falleció en un accidente automovilístico y desde entonces George quedó destruido anímicamente.

    La película se desarrolla durante todo el día en que George ha decidido quitarse la vida. Durante este día, George hará un balance de su vida: el pasado (los recuerdos con Jim), el presente (su trabajo, su relación con Charley, su mejor amiga) y el futuro (suicidarse o darle la oportunidad a un joven estudiante, con el que empieza una relación).

    Basada en una novela de Christopher Isherwood (Cabaret), a diferencia de otras películas que encaran los prejuicios de la sociedad conservadora estadounidense durante los años ’50 y ’60 (el mejor ejemplo sigue siendo Lejos del Paraíso de Todd Haynes), el film de Ford, toma el contexto ideológico con sutileza. No lo deja de lado (al principio del film, George da un excelente monólogo sobre la discriminación frente a su clase), pero tampoco pone énfasis en el tema por sobre el análisis del personaje.

    El protagonista lleva la narración, y nunca el guión se desvirtúa hacia subtramas que poco aportan al análisis de la mente del personaje.

    El miedo a mostrar los sentimientos, la paranoia ante la guerra nuclear y los misiles soviéticos de Cuba, forman parte del contexto histórico y político que ayudan a mostrar la mentalidad de la sociedad estadounidense, la violencia implícita, las adicciones y represiones sociales, la obsesión por mantener una imagen.

    Entre flashbacks e imágenes oníricas esterilizadas, mezclas de formatos (interactúan el súper 8, con el 16 mm blanco y negro, y el 35 color con una saturación de grano admirable), Ford crea un melodrama con reminiscencias al cine de Douglas Sirk (inspiración de Haynes para Lejos… y Sam Mendes para Solo un Sueño), con un refinamiento, elegancia y belleza visual como pocas veces se ve en un ópera primista , que hasta el momento, había tenido poca relación con el cine. La fotografía crepuscular, fría, otoñal, del catalán Eduard Grau (Honor de Cavallería) adquiere identidad propia y le aporta calidad cinematográfica al film de Ford.

    Postales cinéfilas desfilan ante la pantalla, ya sea un enorme póster de Psicosis o un homenaje a la rebeldía de James Dean, prototipos de la década.

    La banda sonora del polaco Abel Korzeniowski remite a los leit motivs, más dramáticos de Bernard Herrmann, acompañado con temas de los ‘50s y ‘60s.

    Ford narra con fluidez, con precisión, y gran intuición para crear encuadres y un montaje dinámico.

    Colin Firth luce auténtico en cada faceta que atraviesa el personaje, desde los momentos más débiles y sentimentales hasta donde tiene que exponer la frialdad e ironía típica inglesa ante sus estudiantes o hacia Charley. La represión y los miedos internos, son expuestos de forma sutil, nunca se le escapa un gesto de más. Firth ganó en Venecia por dicha interpretación el premio al mejor actor, e injustamente perdió el Oscar ante Jeff Bridges.

    Acompaña, Julianne Moore (otro punto en contacto con Lejos…) en un destacado rol secundario como Charley, la alcohólica amiga de George. Si bien, el personaje no tiene tanto protagonismo como anuncia el afiche, Moore lo encara con su habitual verosimilitud y profundidad, con un rango que hace acordar a otras amas de casa de los ’50 o ’60 que ha interpretado en el pasado (Lejos… Las Horas; The Prize Winner of Defiance, Ohio) con la madre alcohólica y depresiva de Boogie Nights, Juegos de Placer. También se destaca el joven Nicholas Hoult (Un Gran Chico) como el admirador de George.

    Con encanto, sin pretensiones polémicas en la forma de encarar el “tema”, un estilo tan elegante como su indumentaria, Ford crea un relato atrapante, sobre un hombre soltero, que pretende dejar atrás las máscaras, luchar contra los prejuicios e hipocresías de la época, y poder llorar y superar la pérdida de un amor.

    Solo un Hombre es una película “tapada”, que durante una hora envuelve al espectador en un mundo interno sin demasiadas respuestas, que elige durante el resto del metraje mostrarse más sencilla y honesta, a medida que el personaje se va mostrando más vulnerable. Este último tercio de hora, provocan que la película sea un poco más convencional de lo que prometía ser en un principio. Pero, a la vez, es acaso la única brecha que se puede encontrar para que no hablemos hoy, de una obra maestra.

    Tom Ford consagra estilo con narración, y en medio del declive del cine estadounidense de autor, una ópera prima de estas características es más que bienvenida.
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  • Crisálidas
    Crisálidas
    A Sala Llena
    Tras 20 largometrajes grabados con la comunidad de Saladillo, la dupla Midú / Junco, estrenan su segunda película en salas comerciales, tras El Último Mandado.

    Si bien ampliaremos la información acerca de la historia y como se realiza Cine con Vecinos y el Festival Anual de Cine de Saladillo en la entrevista realizada a Midu y Junco, pronta a publicarse, hay que aclarar que ambos cineastas son graduados del ENERC, pero que aunque viven y trabajan en Capital Federal, provienen de la localidad, y hace 12 años vienen trabajando con los vecinos y familias del pueblo con un meticuloso trabajo de dirección de actores, historias identificables, profundas y cuyo primer fin fue el de exhibir dentro y para Saladillo.

    A primera vista se puede notar la precariedad técnica con la que ambos directores trabajan. Una cámara digital y unas pocas luces. Pero tanto en construcción de encuadres y montaje, es notorio que no son simples aficionados.

    Crisálidas es una película coral, cuyo argumento bien podría ser comparado con Intimidades (Personal Velocity, 2005 de Rebecca Miller), ya que retrata la vida de 5 mujeres que no están demasiado conformes con su vida amorosa dentro de Saladillo. No estamos hablando de Amas de Casa Desesperadas, acá realmente vemos la tensión que provoca la soledad y la rutina. Las cinco mujeres, tienen en común que trabajan en un taller textil. Las cinco viven con sus familias, y bien podrían no trabajar, pero lo hacen para mantener su independencia, acaso el único lugar donde pueden sentir que tienen algo propio.

    A diferencia de la película de Miller, las historias de las cinco se muestran de forma paralela y no episódicamente. Las tentaciones de romper las reglas, las estructuras, las tradiciones. La necesidad de no repeler los sentimientos y las costumbres.

    Junco y Midú deciden mostrar una realidad de los pueblos: como se vive de los chimentos y los prejuicios cuando alguien no sigue los moldes de la sociedad, especialmente cuando se trata de la formación de una familia o el estar en pareja. Para ninguna de las protagonistas es fácil vivir con sus sentimientos y poder liberarse de la presión, y la discriminación misógina típica de pueblo. En un lugar donde todos se conocen de cara, ninguno realmente conoce el interior del vecino, más allá de la foto familiar que cada uno trata de pintar. Crisálidas muestra otro interior, otra realidad, más creíble. Existe una crítica subyacente, sutil hacia los vecinos de Saladillo, pero innegable. Midú y Junco no hacen turismo y se animan a demostrarlo.

    Crisálidas no es cine costumbrista sino una crítica al “género” (en parte se puede ver lo mismo en algunas obras de Perrone).

    No hay que dejarse engañar por la precariedad de la estética. No hay que buscar un Bresson o un Tarkovski en cada plano. No busquemos un cine “intelectual” cuando no se pretende realizarlo. Junco y Midu realizan películas, accesibles, de discurso directo, pero no subrayado. Sensible pero no telenovelescos. Moralista pero sin obviedades. No resultan forzados los encuentros amorosos ni los puntos de giro. Todo el relato tiene gran fluidez, un ritmo propio, íntegro, y ninguna situación parece fortuita.

    A fuerza de diálogos creíbles en su mayor parte, las interpretaciones prácticamente amateurs (cada vecino se interpreta a sí mismo, aunque tanto Florencia Midú, hermana del realizador, y Viviana Esains estudiaron actuación de forma profesional, y se nota la diferencia con el resto del elenco en la forma de hablar, y en la austeridad de las miradas) resultan verosímiles y atractivas debido a que los vecinos ya no le tienen miedo a la cámara. Por el contrario se muestran cómodos. La experiencia de haber trabajado hace 12 años, ha dejado huella en ellos, por lo que se justifica que las películas de ambos realizadores, era hora que lleguen a las salas porteñas y amplíen su circuito audiovisual.

    Es notorio destacar que, a pesar de tener el aspecto de un film de cine “casero”: la definición sonora es clara, los diálogos se escuchan perfectamente, y el ambiente no imbuye o molesta. Es un detalle, pero grandes superproducciones nacionales todavía sufren el “problema” de que hay diálogos que son poco claros. Si bien es probable que la banda sonora (original, de dos hermanos del pueblo) sea un poco ampulosa, y por momentos esté demasiado presente en la película (se podría encontrar reminiscencias al tema clásico de Francis Lai de Love Story), no resta que Crisálidas sea un drama interesante, intenso, emocionante, y con un tema universal.

    Esperemos que el cine de Junco y Midú pueda tener mayor repercusión comercial en el futuro. Esto es verdadero cine independiente nacional, y no temo decir que supera en calidad artística y narrativa a la gran mayoría de las películas argentinas que participaron del última edición del BAFICI, cuyas pretensiones terminan jugándoles en contra, y que con mayor infraestructura, solo gustaron a un sector minoritario (aunque lamentablemente influyente) de la crítica.
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  • Recuérdame
    Recuérdame
    A Sala Llena
    No se puede resucitar a James Dean.

    Si Robert Pattinson quiere que lo recuerden por algún trabajo “serio” y no como el “cara-bonita” de la saga Crepúsculo, o que hizo una pequeña aparición en una Harry Potter, no puede imitar a James Dean.

    En primer lugar, debería tomar una clase de actuación en el Actor’s Studio y aprender el “método” al menos. Después que busque su propio método interpretativo, pero… imitar a James Dean… es caer muy bajo. Especialmente para aquellos que conocimos la obra de este increíble actor, de frescura inmortal, que con apenas tres películas se convirtió en leyenda y falleció en un trágico accidente automovilístico.

    Podríamos decir que no es culpa de Pattinson elegir un guión tan malo (no hay otra palabra) como el de Recuérdame, pero tomando en consideración que aparece como productor ejecutivo, en algo debió influir para realizar semejante bodrio.

    La película empieza en 1991. Dato no menor. Una mujer con su pequeña hija son asaltadas, esperando el tren. A la mujer la matan. Su esposo es policía de Nueva York.

    Diez años después conocemos a Tyler (Pattinson), un joven rebelde que va a cumplir 22 años y no sabe que hacer de su vida, excepto vivir de fiesta en fiesta y leer libros en la biblioteca para la que trabaja. Tyler vive deprimido por el suicidio del hermano mayor, a quien admiraba. Piensa que debe dejar algún tipo de testimonio o legado para que no se olviden de él. Vive peleado con su padre (Brosnan),un millonario empresario, a quien culpa de la muerte de Michael, su hermano. Para Tyler, lo único relevante que le queda hacer es cuidar de su hermanita de 11 años, y tratar de que su padre, se preocupe por ella, y como cuido a los hijos mayores. Diferentes circunstancias acercarán a Tyler a Neil (Cooper) y su hija Ally (De Ravin), de quien se enamorará paulatinamente. Ally es la hija de la mujer que matan en la secuencia inicial, y su padre policía, la cuida como si fuera un guardabosques. La pareja se rebelará contra sus respectivos padres, buscando un rumbo a su relación, y a sus vidas.

    Si combinamos Al Este del Paraíso (Elia Kazan, 1955) con Rebelde Sin Causa (Nicholas Ray,1955), ambas protagonizadas por Dean, llegaremos a la génesis de esta historia. El conflicto central de la película es obviamente la relación padre e hijo, ya sea uno ausente, o uno omnipresente. La moraleja, es dejar crecer a los chicos, pero por otro lado, acompañarlos en la vida, por así decirlo.

    Este tipo de conflictos que suceden en las mejores familias, Coulter (director de Hollywoodland, y miles de series de TV, especialmente Los Soprano), los convierte en la telenovela de las dos de la tarde de manera más burda posible, apelando a golpes bajos, momentos sensibleros, gritos, llantos, besos, video clips románticos vistos en las peores series estadounidenses. Acompañado por melodías contemporáneas. No falta un clisé, ni lugar común. Por supuesto, el comic relief es el compañero de habitación de Pattinson.

    A Coultier no se le escapa estereotipo, y esto repercute en las interpretaciones. Cooper, que desde El Ladrón de Orquideas, se convirtió en una figura de gran relevancia, pero su aspecto hosco, lo encasillaron en el personaje del conservador / borracho / policía violento. Brosnan es el típico empresario frío, sin la calidez del Michael Douglas de Wall Street pero un comportamiento más serio, que lo alejan cada vez más de James Bond. Se muestra creíble en el personaje, pero los excesos dramáticos del guión lo obligan a sobreactuar. Lena Olin completamente desaprovechada como la madre testigo. Solamente Emile de Ravin aporta mayor simpatía y gracia a su personaje,

    Pero Pattinson se come al elenco. Y no porque sea buen actor. Tan solo por ser narrador y protagonista. Se trata de un monigote. Un verdadero vampiro, pálido, andrógeno, escuálido sin una mínima expresividad. Todos sus diálogos están dichos con el mismo tono parco. Y no hace falta aclarar que cada línea, encima es peor que la anterior. Cada diálogo es previsible, mil veces visto.

    Y como si esto no fuera suficiente para completar el tedio, Coultier no acierta con los encuadres, con la puesta de cámara, con la iluminación (no hay una sola puesta lumínica de interior donde no me haya distraído pensando donde estaba cada farol). Realmente se trata de una película que visualmente pretende ser prolija, y termina siendo peor que un cortometraje de un estudiante de cine de primer año. Hay errores de montaje que son increíbles para un film industrial.

    No se trata de una película siquiera hecha en piloto automático. Directamente, es “algo”: un “ente melodramático” cuya exhibición y realización resultan inexplicables. Resulta anticuada en el peor de los sentidos. Ver hoy en día las obras de Kazan y Ray siguen siendo inspiradoras, tensionantes, apasionadas. Recuerdame es lo opuesto.

    Teniendo en cuenta, que Coultier, con Hollywoodland trató de recuperar el espíritu del film noir de los ‘50s, así como la desmitificación de los “héroes” de esos años, no es difícil creer, que con esta película trató de revivir los melodramas adolescentes de ese periodo, pero llevado hace 9 años atrás. Aclaro, Hollywoodland no me gustó. Fue una gran decepción porque la historia prometía contar aspectos interesantes sobre el star system de la década, pero se perdía en densas escenas de diálogos inertes, y pistas falsas. Al final no tenía ni una pizca de noir, ni de tensión, ni de dramatismo o suspenso. Lo mismo o peor, mejor dicho, sucede con Recuerdame.

    Pero si el principio y desarrollo son más difíciles de tragar que bola de naftalina, el final es un insulto a la inteligencia del espectador. Fetters y Coulter se las arreglan para introducir pistas sobre como (o mejor dicho, cuando y donde) va a terminar la historia. Cada espectador lo resolverá de forma distinta seguramente. Por mi parte, me di cuenta cuando el protagonista mira en el cine la secuela de American Pie (¿no podía haber elegido un película mejor de ese año?). Una cadena de razonamiento, me llevo a razonar, la fecha en que sucede la película y el lugar. El resto, por lo tanto es previsible.

    Y sí, van a correr lágrimas… pero de bronca. Porque si alguno no lo entendió (o se quedó dormido capaz), Coulter no encuentra un cajoncito para las sutilezas, y no solamente indigna la redundancia del relato en off de Pattinson, sino también la manera burda, obvia, subrayada con que remarca cual va a ser el destino de Tyler en el final del relato.

    Me molesta cuando ciertos “críticos” hablan de los hermanos Coen, como realizadores, que se creen que están por encima del espectador, y se burlan de la inteligencia de los personajes. Los Coen no lo ocultan: critican y se ríen, de y con el espectador (bueno, no a todos les cae bien el humor Coen). Pero Coulter es pretencioso e ingenuo al pensar que el espectador es demasiado estúpido para no darse cuenta de su jugarreta. Repetir tantas veces el mensaje y la información más banal ES burlarse deliberadamente de la inteligencia y la paciencia del espectador. Y ni hablar del cinéfilo, amante del cine clásico, al que ya nada puede sorprender, y solo pide… respeto por aquel cine.

    No solamente se trata de un film, pretencioso, pobre, retrógrado, insultante, indignante y manipulador, sino también, un producto irrespetuoso, que no solamente desmitifica a la leyendas y glorias, del cine de la edad dorada de Hollywood, sino que los pasa por encima y se ríe de ellos.

    Elia Kazan, Nicholas Ray y James Dean deben estar revolcándose en sus tumbas. Recuerdame es totalmente olvidable.
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  • El padre de mis hijos
    Es la historia de Jerome, un productor cinematográfico, casado y con tres hijas, dos de ellas infantes, y la tercera adolescente. Jerome tiene varios proyectos realizándose al mismo tiempo, y además está por producir un film coreano, y va a tratar de apoyar el nuevo guión de un joven realizador.

    Sin embargo no puede ocultar sus deudas. Trata de poner lo mejor de sí y con todo el optimismo posible para darle confianza a sus clientes, empleados y familia, que va a poder salir adelante con todo.

    Durante el tiempo libre, trata de ayudar a sus hijas en las tareas, asistir a su esposa, pero el celular no deja de sonarle, cada vez, con mayores problemas.

    Lo que para muchos podría tratarse en un principio de una sátira acerca de la agitada vida de un productor, con un humor negro cínico pero camuflado de liviano al mejor estilo la inédita What Just Happened? de Barry Levinson, se convierte paulatinamente en un melodrama que, a pesar de un golpe bajo imprevisible, sorpresivo, pero a la vez coherente y verosímil con el contexto narrativo. El guión, que no tiene ninguna fisura, propone una progresión dramática, un juego de interacción entre el espectador y la familia protagonista.

    La historia francesa, la arquitectura funcionan como perfecta metáfora sobre la situación que vive el protagonista.

    A la mitad del relato se cambia el punto de vista del narrador, centrándose en la esposa y Clemence, la hija mayor del matrimonio, que busca también el primer amor. Cada uno con sus inseguridades y cuestionamientos con respecto al futuro de cada uno. La película, sin dudas, crece en interés en esta segunda mitad, porque la directora puso a sobreaviso, que todo puede llegar a pasar. Y a pesar, de tratarse de un drama, el relato toma un carácter de intriga y angustia por los personajes. Es muy difícil adivinar como va a terminar todo, pero la directora lleva el relato a buen puerto, sin necesidad de forzar situaciones, con armonía, ni incluir más puntos de giros que no tienen que ver con la historia.

    Una fotografía bella, prolijos encuadres, buen ritmo narrativo con influencias de cine rohmeriano y de Olivier Assayas (el Assayas más tranquilo como el de Las Horas del Verano) acompañan un guión lleno de sutilezas, silencios, miradas que dicen más que muchos diálogos. Las excelentes interpretaciones de Louis-Do de Lencquesaing, su hija Alice, y Chiara Caselli, apoyan esta pequeña joyita del nuevo cine francés.

    Hansen Love, de apenas 29 años, tiene una mirada diestra, veterana para ser apenas su segunda obra (tiene antecedentes como actriz desde los 18 años).

    La película tiene escenas emocionantes, pero nunca lacrimógenas o sensibilizadotas. A la vez también tiene pequeños momentos de humor. Por ejemplo, las discusiones con un excéntrico y meticuloso director de cine sueco, que Jerome protege. La relación de ambos recuerda un poco al trato que tenía Werner Herzog con Klaus Kinsky.

    Una reflexión acerca de cómo, cuando se cae el poder, puesto en los hombros de un solo hombre, las consecuencias de sus actos ególatras, repercuten en todas las personas que están a su alrededor.
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  • Séraphine
    Séraphine
    A Sala Llena
    Es difícil satisfacer a los críticos. Para ser crítico uno debe leer otras críticas…

    Sí, está bueno ser el primero, en publicar. No tener influencias. Pero a veces también sirve para disentir. Tener una referencia, es interesante para saber que puntos de vista compartir y cuáles no.

    Realmente me cuesta entender la frialdad con la que Seraphine fue tratada por los “especialistas argentinos”.

    Seraphine Louis fue una artista muy particular. Desde el pequeño pueblo de Senlis donde vivía limpiando pisos, cocinando, lavando sábanas de hosterías y la burguesía francesa, Seraphine, esta mujer silenciosa, de mirada atenta, solitaria, en su tiempo libre, hacía retratos increíbles, bellísimos y muy adelantados para la época, de vanguardia, de la naturaleza.

    Seraphine estaba influenciada por dos elementos: una supuesta voz divina, que le dijo de la noche a la mañana que debía pintar… y por la naturaleza, que la inspiraba y le daba los elementos concretos en donde fijara su vista.

    Seraphine se entendía con el cielo, las nubes, los árboles, el pasto. Ante los ignorantes e ingenuos ojos de la sociedad, Seraphine, era una mujer extraña, una loca.

    Seraphine pintaba con los colores que podía conseguir y ahí rebosaba su magia.

    Martin Provost decide que su película este vista desde los ojos de la artista, y también del hombre que la descubrió: Wilhelm Udhe, un coleccionista alemán, descubridor de pintores como Henri Rousseau, y defensor del primer Pablo Picasso. Udhe se refugia en Senlis para no tener que participar de la inminente Primera Guerra Mundial. Seraphine limpia su habitación, y por pura casualidad, Udhe empieza a descubrir su magnífica obra, por lo que hace lo imposible por comprar cada pintura que realiza y darla a difundir. Pero Alemania ingresa en Francia y tiene que escaparse. La segunda parte de la película, nos muestra el regreso de Udhe varios años después y la manera en que modifica la vida de Seraphine, que pasa de ser una empleada doméstica a una mujer, que a los 55 años, podría empezar a vivir como una aristócrata.

    La crítica ha dicho que la película tiene una formación académica, y no trata de meterse en la cabeza y las fantasías delirantes del personaje, que no trata de explorar su perfil “divino”.

    En principio, pienso que tratar de meterse dentro de las visiones y la locura de un artista, imbuirse de la estética y los colores de las pinturas del personaje, está muy visto.

    El mejor ejemplo sigue siendo la visión de John Huston sobre la vida de Henri Toulousse Loutrec en la original y hermosa Moulin Rouge (1956). Donde sin ser obvio y no subrayar las pesadillas interiores del personaje con la estética, Huston, le daba a su película una visión similar a las pinturas del artista. Dicha elección de vincular estética de las obras con la película en sí fue imitada innumerables veces, desde versiones burdas y aburridas hasta otras interesantes, pero no trascendentes.

    En cambio, con Seraphine, Provost no imita el estilo de su artista, sino que se basa en las obras de otros artistas contemporáneos o previos a Seraphine para mostrar el universo en que el personaje se mueve. Por eso, el tratamiento impresionista o post impresionista para retratar los paisajes y campos que recorre Seraphine, alejado de cualquier locura o pesadilla interna, transmite la tranquilada que caracterizaba al personaje en su cotidianeidad. Los interiores tienen un remanente barroco, donde el director aprovecha de forma bella y creíble a la vez, la luz que entra por ventanas, como si se tratara de pinturas del siglo XVIII o XIX. Lo académico del tratamiento es confundido por la falta de educación pictórica de los “críticos”.

    Provost, decide ser clásico, usar un ritmo lento, mas un montaje dinámico, tonos austero, nunca meloso, ni exagerado. Nunca la película se convierte en un melodrama telenovelesco. El director decide que los actores, la maravillosa y natural Yolande Moreau, y el versátil, siempre creíble, tranquilo y austero, Ulrich Tukur, lleven la intensidad de este drama, sin que se les mueva un pelo, sin forzar sentimientos, ni acciones.

    El encanto y química de la pareja se da en las sutiles oposiciones externas de los personajes. Él, un alemán rígido, ordenado, aristócrata y pulcro. Ella, una mujer desliñada pero educada. La relación de ambos, que no admite una segunda lectura, debido a que él nunca ocultaba su homosexualidad ante su grupo social, pero fue la razón por la que fue perseguido durante el nazismo, es bella por la distancia que mantienen, por la independencia y por la convicción interna de cada uno.

    Si bien es cierto que a medida que la vida de Seraphine se va apagando, la película decae un poco, y que algunas subtramas secundarias (la relación de Udher con un joven pintor enfermo) no termina por interesar ni introducirse demasiado en la historia y de Udher para formar un mejor perfil del personaje, Seraphine es una película cálida, de un encanto interno propio, independiente del personaje a nivel estético, con excepcionales interpretaciones, sutiles, austeras, naturales. Un retrato respetuoso, sin grandilocuencias heroicas ni juicios de valor sobre sus creencias, sobre una artista que en vida nunca tuvo el reconocimiento merecido.

    Por suerte, en Francia, la película fue reconocida como la mejor del 2008. Espero que algún día, ciertos “críticos profesionales” puedan salir de su ideología estancada, y entiendan que cada obra es independiente como cada pintura, y la elección estética de un realizador no siempre debe ir de acuerdo a una “tendencia”.
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  • Dos hermanos
    Dos hermanos
    A Sala Llena
    Madurar Según Daniel Burman

    Soy gran seguidor del cine de Daniel Burman. Junto a Israel Adrián Caetano y Pablo Trapero fue uno de los estudiantes de Fundación Universidad del Cine que participó del proyecto colectivo, Historias Breves I en 1995 con apenas 22 años, gracias al corto: Niños Envueltos.

    Dicho título es irónico, teniendo en cuenta que las edades del ser humano, y los diferentes tipos de madurez, en cada edad es parte esencial de la filmografía de dicho director.

    Con apenas 25 años, se animó a filmar, probablemente, su película más extraña y difícil de etiquetar dentro de su carrera.

    Un Crisantemo Estalla en Cinco Esquinas es una fábula rural, nutrida de folclore y leyendas del interior del país. Un cuento que contiene, sin embargo los elementos que el director profundizaría en sus siguientes obras: un personaje en busca de una identidad, que se reencuentra con sus raíces y debe crecer de golpe. La religión y la filosofía formarán parte de su educación y provocarán que cuestione su misión, su venganza. Filmada en El Palmar de Entre Ríos, con una barroca fotografía de Esteban Sapir, Un Crisantemo, es una películas oscura, solemne y pretenciosa. Sus interpretaciones no son destacadas (especialmente José Luis Alfonzo), pero si la comparamos con la mayoría de las obras de mediados de los 90, nos damos cuenta, que se trata de un interesante relato, distinto a lo que se venía haciendo hasta el momento. Un Crisantemo… abriría las puertas al Nuevo Cine Argentino…

    Parece que en esos dos años que pasaron desde su ópera prima hasta Esperando al Mesías, Daniel Burman reflexionó más sobre lo que quería hacer en su vida. El tipo de cine que le interesaba. Que quería contar. Y ese impetuoso chico que se graduó de la FUC e hizo un film donde ponía su energía en crear la historia de un personaje igual de impetuoso, cargado de una furia ciega para estallar el mundo, se convirtió en un narrador original. Ya había pasado la infancia (Niños…) y la adolescencia (Crisantemo), ahora había que empezar a encontrar un rumbo en su vida… y proyectó todo sus sueños, miedos y frustaciones en Ariel (Daniel Hendler), un alter ego que iría cambiando de apellido y persona en sus siguiente films, pero en realidad seguía siendo el mismo chico caprichoso que debía encontrarle el sentido a la vida, ya sea como hijo, esposo o padre.

    Esta especie de Antoine Doinel que significó Ariel (siempre Hendler, que no solo hizo madurar al personaje sino también que le sirvió para crecer actoralmente, aún cuando algunos se terminen cansando de él) para Burman sirvió como transporte para reflexionar sobre cuestiones existenciales, pero a la vez comunes del ser humano, y especialmente en la sociedad, y clase media argentina.

    Al tiempo que Burman busca su identidad como realizador proyecta esa búsqueda a los protagonistas, y tanto autor como personajes experimentan, se confunden, se equivocan y tratan de enmendar los errores… y gracias a lo mágico que resulta el arte cinematográfico, al final, ambos realizador y sus criaturas, logran encontrar un final feliz y satisfactorio.

    Porque Esperando al Mesías es un film que está lejos de ser perfecto: la inclusión de puro capricho cinéfilo de actores extranjeros como Stefanía Sandrelli e Imanol Arias, sumado a la participación de Héctor Alterio, y una subtrama incongruente protagonizada por Enrique Piñeyro (antes de ganar reconocimiento por Whisky Romeo Zulu), distraían al espectador de la trama central: con humor cínico, ironía y un dejo de melancolía, Ariel era el verdadero protagonista de esta mirada particular sobre “crecer en Buenos Aires”.

    Pero si Ariel era un renegado del amor, Burman necesitaba crear un personaje que lograra vencer sus miedos, y volar hasta el fin del mundo para reivindicarlo. Quizás pocos imaginarían que Alfredo Casero sería el actor ideal para interpretar a este viudo que vuela a Tierra del Fuego para volver a enamorarse. Burman no tiene miedo de elegir a actores de gran renombre y darles una oportunidad en géneros que a primera vista parecen ajenos a lo que suelen hacer. Todas las Azafatas van al Cielo, es su obra más cursi y menos inspirada, pero a la vez es un relato honesto con escenas divertidas, melancólicas y fantasías (nunca faltan las fantasías, sueños y visiones en sus películas) memorables, como la escena de las azafatas haciendo striptease.

    La película no fue bien acogida por la crítica lamentablemente. La subvaloraron. Daniel Burman con tres obras, tenía un reconocimiento moderado todavía (a comparación de lo que se convertiría a posteriori) y era difícil encasillarlo como autor. Sus tres películas eran completamente diferentes visual y narrativamente una de otra. Como si fuera un veintiañero que está eligiendo que carrera seguir, después de haber empezado tres diferentes. Pero eso estaría a punto de cambiar.

    En 2004, Burman se dio cuenta que Esperando al Mesías había sido su obra más personal, y que tuvo mejor recepción de público y crítica. Era una película que consiguió por primera vez en mucho tiempo, que la gente, especialmente los porteños de clase media y la comunidad judía del centro de la ciudad se viera identificada, reflejada en la pantalla. Eso gustaba.

    Por eso, El Abrazo Partido (2004) contempla un antes y un después en su carrera. Un quiebre importante. Es irónico, pero pocos recuerdan que Todas las Azafatas vino entre Esperando… y El Abrazo. Y los memoriosos la consideran un tropiezo de su director. No opino igual. Si bien Esperando y El Abrazo comparten un personaje y universos similares, son muy diferentes una de otra, y Burman necesitaba de Todas las Azafatas para encontrar el patrón “definitivo” de su carrera.

    Ya se habría dado cuenta a esta altura que tiene un timing natural para la comedia, y que puede introducir elementos muy dramáticos, filosóficos y profundos de por medio, sin perder por eso la calidez de la historia y los personajes. Premiada en Berlín, significó el ahínco que necesitaba para seguir adelante. Ahora tenía el apoyo de la crítica y el público con solo 31 años. Pocos logran eso a tan corta edad. Y aun así no se trataba ni de un director populachero, ni conservador. Estaba convirtiéndose en un prodigioso autor.

    Nuevamente, la madurez y la búsqueda de la identidad, ya se trate dentro de una comunidad religiosa específica (como la judía) en un barrio que reúne mezcla de etnias (el once) como dentro del pilar de la sociedad (la familia). Este sería el tema de El Abrazo Partido. Nunca Burman abandona esa preocupación por el contexto socio económico que vivía el país en ese momento. Y eso es fundamental para lograr el equilibrio que busca entre lo personal y lo nacional.

    A partir de El Abrazo, la figura de Burman se agrandaría dentro de la industria: la productora BD Cine (junto a Diego Dubcovsky) empezaría a ser un nido donde jóvenes cineastas pueden desarrollar sus primeras obras (como Anahí Berneri o Ezequiel Acuña), y él mismo ayudaría a fomentar debates sobre el cine nacional debería crecer para llegar a ser una industria nuevamente. Fue uno de los ideólogos de la marca “Cine Argentino”, del portal del mismo nombre, y de construir el Arte Cinema en la calle Salta.

    Pero no dejaría de lado, su obra cinematográfica personal. El número par, le cae bien a Burman. Sus obras se estrenan cada dos años exactos. Es un director regular. Ha filmado 7 películas en 12 años. Realmente envidiable tal regularidad con la manera que se hace cine en Argentina.

    Con Derecho de Familia, que cierra la trilogía Ariel-Hendler, logra su obra más redonda hasta la fecha. Logra conciliar estética con historia, personajes con contexto, humor con drama, alejándose de la solemnidad y ampulosidad de sus primeras tres películas para centrarse en lo importante, en qué se quiere contar. No hay excesos, no hay carcajadas pero tampoco lágrimas. Una película cuasi – perfecta. Otra obra muy personal. Gracias a Derechos, se cierra una edad de Burman. Arien (Antoine) ha crecido, ha madurado, se ha convertido en padre y esposo ejemplar, se concilió con su padre (aun siendo diferentes personajes y diferentes actores, la relación de Ariel con cada uno de ellos es parecida). Ha cumplido los dictámenes de la religión judía, los mandamientos.

    Ahora hay que pasar a otra edad. El Nido Vacío proyecta a Burman como un director maduro, adulto, con cuestionamientos sobre el porvenir. En ese alter ego que significa el personaje de Leonardo (excepcional Oscar Martinez) están las dudas del después… las fantasías, los miedos, de que pasa cuando ese “estado de bienestar” de una pareja que empieza cuando el hijo empieza las clases, hasta que abandona el “hogar”, se termina. Difícilmente a Burman le toque todavía llegar a esa etapa. Pero las dudas afloran, y cuando se llega a la “madurez de edad”, empiezan los deseos de rejuvenecimiento.

    El Nido parece haber sido filmada ya por un veterano. A nivel visual se trata de la película más prolija, aunque Burman no pierde por completo la identidad. Hay movimientos con cámara en mano, hay primeros planos y conversaciones en off, pero ahora algo cambió. Burman no es el futuro del cine sino el presente. En El Nido, Daniel cambió a su primer director de fotografía, Ramiro Civita, por el veterano Hugo Colace. Señal de que su búsqueda visual necesitaba otro tono conjunto a la madurez de actores y personajes elegidos (aunque conservan su identidad los encuadres) Sus comedias dramáticas (El Nido es la más ligera en cuanto dramatismo, la más optimista, alegre, divertida denotativamente) se comparan con las de Campanella. Pero mientras que el flamante ganador del Oscar, siempre expone todo su discurso, romanticismo, conservadurismo cinematográfico de la forma más obvia y explícita posible, brindando todas las respuestas al espectador, Burman siempre se guarda cartas, tanto en lo literal como lo implícito, y no da información de más. Siempre deja abierto un capítulo para que lo termine de rellenar el espectador. ¿Acaso no es fantástico encontrar un autor que no de todas las respuestas, pero a la vez se juegue por hacer algo que sea atractivo para un público masivo? En algún momento lo supo hacer Bielinsky, pero Burman supo consolidarlo también. No, a la altura intelectual del director de Nueve Reinas, pero sí con su propio estilo y firma. El cine de Burman, a diferencia de Campanella, no busca conciliar, gustar a todo el mundo, pero al final lo logra.

    El Nido Vacío fue otra satisfactoria experiencia del universo Burman.

    Crecer Según Daniel Burman

    Es raro encontrar un autor que decida tener una filmografía cronológica, en donde los protagonistas de sus historias sumen años conjunto a los del director. Su primer corto incluye Niños (al menos en el título, ya que no pude verlo porque ni figura en youtube) y con Dos Hermanos entra en la vejez. Si bien es cierto que no es una obra original suya (sino de una novela del hermano de su socio) se puede incluir perfectamente en su filmografía y encuadra en esta cronología / análisis de las edades del hombre. Conciente o inconscientemente, Dos Hermanos debía sí o sí venir consecutivamente a El Nido…

    Nuevamente el quiebre definitivo de una familia al fallecer un integrante esencial de la misma es el punto de partida de la película, y la búsqueda de los protagonistas por encontrarse, madurar y encarar nuevamente su vida, sin “esa” persona, que era pilar fundamental de su funcionamiento orgánico (lo mismo sucedía en Un Cristantemo, Esperando… Todas las Azafatas y en El Nido, la partida de la hija es simbólica. En El Abrazo y Derecho, el quiebre se da en la incorporación de un miembro, que estuvo ausente, ya sea un padre o un hijo respectivamente).

    Pero esta vez el punto de vista es más oscuro, pesimista y melancólico. Se puede decir sin duda alguna, que se trata de la película más triste de Burman, aún cuando no haya ni una escena que trate de generar una emoción lacrimógena. Es muy difícil encarar un drama tan oscuro y no pretender caer en efectismos baratos. Porque si en Esperando y Todas las Azafatas se generaban “esos” molestos momentos sensibles, cursis, románticos utópicos, en Dos Hermanos esa emoción es contenida por la melancolía reprimida de los personajes, por la excelente destreza de los intérpretes, quizás en sus mejores y más logradas actuaciones cinematográficas, por la fría personalidad de los mismos, el humor negro, y una tensión que parece que va a explotar… y por suerte, no lo hace.

    Nunca en toda su filmografía, Burman incluyó un personaje tan siniestro (ni siquiera en Un Crisantemo) ni odioso como lo es Susana (Graciela Borges a la medida), Hipócrita, mentirosa, falsa, desposta, superficial, xenófoba, homofóbica, soberbia, egocéntrica, ladrona, insegura, pero al final… querible. Es un personaje construido y pensado a la perfección tanto desde la interpretación sutil y sobreactuada a la vez, como desde el diseño de vestuario. Todo es muy cuidado. Nunca Burman construyó un personaje femenino tan meticuloso como lo es Susana. Marcos, su hermano (magnífico Gasalla: austero, reprimido, tímido, profundo expresivamente en los momentos dramáticos, y sacando a relucir sus personajes televisivos en las breves escenas humorísticas que Marcos le permite), quien ha vivido la mayor parte de su vida, cuidando a su madre, es lo opuesto: humilde, reflexivo, sumiso. La química entre ellos no es buena (Gasalla y Borges no la tienen tampoco, lo cual es otro acierto del casting). Susana manipula demagógicamente a Marcos, lo subestima, maltrata y tortura constantemente, sin llegar la relación Bette Davis / Joan Crawford de ¿Qué Pasó con Baby Jane? Pero el nivel de crueldad es similar. El castigo, los celos porque Marcos trata de construir su vida en un nuevo lugar (que irónicamente le otorga ella), en otro país incluso, llevan a Susana a sublevar a su propio hermano. La revancha de Marcos será encontrar un grupo de teatro, y un profesor en Villa Laura especialmente, que le brinden la oportunidad de ser “alguien”, aún a una edad “madura”. El profesor (brillante Osmar Nuñez) que si bien Burman no lo hace explícito ni obvio ni subrayado, es tan chanta, hipócrita y soberbio como Susana, está representando una puesta moderna (y risible) de Edipo Rey. La relación de Marcos con su madre guarda connotaciones con la historia de Sófocles obviamente y él hará lo imposible por sacar adelante la obra, aun con la inaptitud del profesor, por el cual también se siente atraído en otro contexto que Burman, inteligentemente lo maneja con sutileza, dejando todo implícito, en apenas unos gestos, unas miradas, un par de palabras.

    Mientras que Marcos madura y se da cuenta que puede encontrar otra compañía que no sea su madre y su hermana, esta, entra en un vacío espiritual que le provocan tener fantasías (al menos desde mi punto de vista) con un supuesto vecino. La realidad es que ambos son personajes extremadamente solitarios, que solamente se tienen el uno al otro, y de esta forma tienen que aguantarse, y amarse a su manera.

    Nostálgica, melancólica, tristemente divertida y cínica, Dos Hermanos es un nuevo paso adelante en la carrera de Burman que confirma que está en su mejor etapa desde Derecho de Familia. Se trata sobre una reflexión sobre el paso del tiempo, sobre una clase social rencorosa, oculta por máscaras y apariencias. La realidad argentina está manejada con sutileza pero está presente constantemente.

    Hay que poner mucha atención a detalles que hablan más sobre la relación que lo que Burman explica: el hecho de que lo que una a la familia, sea la “admiración” por Mirtha Legrand no parece casual. Hay simetrías diplomáticamente no explicadas entre la relación de las mellizas Legrand con mamá Neneca – Tía Lara (ambas interpretadas bellísimamente por Elena Lucena a los 95 años) y la relación Marcos – Susana. Detalle no menor son los vestuarios y peinados de Borges que remiten a las películas que filmó con el fallecido Raúl de la Torre. La película entera contiene un aire del cine argentino de los años ’60 y ’70 tanto por los objetos como por estos personajes que se han quedado en el tiempo, como dos chicos que se negaron a crecer hasta ahora que su madre murió. Inclusive la banda sonora remite a películas nacionales de esos años (un coro de chicos cantando de fondo suena a película de Torre Nilsson, Olivera o Ayala, o de un “giallo” italiano).

    Es cierto que no es una película perfecta. Por momentos las idas y vueltas de Buenos Aires a Villa Laura y viceversa se vuelven repetitivas y monótonas. La narración se alarga en algunas escenas que parecen interminables. El ritmo se resiente. Otras mantienen muy bien la tensión (el cumpleaños de Lara). Se trata de una obra más densa y pesada. Los chistes no son demasiado efectivos, pero tampoco hay que buscarlos. Probablemente esta vez, Burman no genere tanta identificación y asimilación con el público, y se trate de una película en la que trató de mantener una mayor distancia estética. Solo hay primeros planos en movimiento en la primer escena. La relación padre-hijo le siente mejor que la relación entre hermanos.

    Hay subtramas relacionadas con las divisiones de bienes que no se profundizan demasiado y algunos personajes que pasan sin pena ni gloria. El final se precipita un poco, pero a la vez es más coherente con los finales del resto de sus películas, que con el verdadero desenlace pesimista que merecía esta obra.

    Pero el producto final es muy digno y profundo. Da pie a la reflexión y discusión acerca de cual es la importancia de la familia como modelo, hoy en día.

    Hay reminiscencia cinéfilas a Un Día Muy Particular de Ettore Scola (con la dupla Loren – Mastroianni), ya sea por el carácter de los personajes como por la frialdad estética. Se nota la diferencia que le impone Colace a la fotografía que la que le daba Civita.

    A la vez no faltan algunos caprichos típicos del realizador como incluir sueños engañosos, visiones ambiguas, una sutil crítica a las escuelas de teatro amateur, y sobretodo, como broche final, un número musical al estilo Broadway (esta vez fue “Putting on th Ritz” de Irving Berlin, pero en El Nido Vacío fue el Bolero de Ravel en el Abasto, o las escenas de “rikudim” en Esperando… y El Abrazo).

    En su búsqueda por una identidad y madurez cinematográfica (los TEMAS de su filmografía tan particular) Daniel Burman ha demostrado a lo largo de su carrera que se puede ser un autor versátil, original, a veces comercial, introvertido y extrovertido, usar a los géneros como excusa para reflexionar sobre las etapas de la vida, y al igual que los finales de sus películas, lograr complacer y autocomplacerse. Que el paso de los años lo convirtió en un realizador que filma como si tuviese 20 películas en su haber y superara los 60 años de edad (a nivel de sabiduría).

    Con Dos Hermanos confirma su estatus como uno de los mejores directores de su generación, un gran director de actores, un autor, un narrador, un novelista (es innegable que todas sus películas tienen una estructura visiblemente episódica), un artista completo, que ya sabe lo que quiere, como lo quiere, porque lo quiere y a quién le quiere contar sus fábulas con moraleja no explícita.

    Al que no le guste que Burman nos deje la puerta abierta, que vaya ver a Campanella, que la cierra y, encima… nos deja afuera.
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  • Hermanos
    Hermanos
    A Sala Llena
    Cuando se estrena una remake estadounidense de una película clásica o de alguna que no sea de Estados Unidos, es inevitable hacer una comparación con la película original, que generalmente, supera a la remake. Hay casos aislados de versiones que superaron o igualan en calidad a la anterior, ya sean fieles o apenas inspiradas.

    No vi la película original de Bier. Se trata de una deuda pendiente. Hace tiempo que la vengo postergando… desde el momento en que se estrenó. Pensé que esta debía ser la oportunidad ideal, una excusa para armar un crítica comparativa. Sin embargo, al notar que los demás críticos, no pueden ver objetivamente esta versión de Sheridan, porque se le viene a la memoria la película danesa, tomé la decisión de seguir postergándola para armar una nota genuina.

    Es cierto, que si se tratara de otro realizador, probablemente me gustaría compararla, pero al tratarse de Jim Sheridan, un director con una notable filmografía, distinguida marca autoral, prefiero venerar la manera en que Sheridan, hace propia una historia ya filmada.

    Durante la guerra de Irak, Sam Cahill, un capitán estadounidense (Maguire), es tomado como rehén de los talibanes en Afganistán. Su familia y el ejército lo dan por muerto. En su casa, su hermano Tommy, un ex presidario, la oveja negra de la familia, trata de ocupar el lugar del mayor: para compensar sus “faltas” del pasado, cumple el rol de padre y marido ausente. Pronto, Tommy muestra su perfil más vulnerable y sentimental, las hijas de Sam lo aprecian, y el resentimiento, que Grace, la esposa de Sam, sentía hacia él, se van disipando. Entre ambos se cosecha una relación que empieza a traspasar la barrera de simples cuñados. El problema surge cuando Sam es liberado y vuelve a casa, con un grave trastorno psicológico, y un secreto entre manos.

    Sin descuidar el contexto histórico bélico, Sheridan hace hincapié en el conflicto familiar. En la película hay tres relaciones que generan tensión: la fría y distanciada relación entre Tommy y Sam, la relación de Tommy y su padre Hank y la relación de Isabelle, la hija mayor de Sam y Grace, con Tommy, su propia hermana y posteriormente con Sam.

    Estas tres relaciones, que son periféricas al “supuesto” conflicto principal: el triángulo amoroso entre Grace, Tommy y Sam, cobran mayor protagonismo gracias a las poderosas actuaciones de Shepard y la joven Bailee Madison.

    Al igual que en Mi Pie Izquierdo, En el Nombre del Padre y Tierra de Sueños, la relación padre e hijos, le importa mucho más a Sheridan, que el sheakspereano conflicto de celos de hermanos.

    La tensión va in crescendo, y mucho ayuda mostrar, la evolución del deterioro psicológico de Sam. Evitando una clara bajada de línea política, al igual que hizo Bigelow con Vivir al Límite, el director muestra como la violencia acumulada, termina explotando dentro del contenido capitán, y como esa “bomba de tiempo” en el interior del personaje, explota en el campo, y cuando vuelve de la guerra. Al igual que la última gran ganadora del Oscar, Hermanos, hace énfasis en el hecho de las consecuencias en la mentalidad del soldado estadounidense, en el carácter adictivo de la violencia. Sin embargo, no hay que dejar de lado, el “incidente” que Sam trata de ocultar. Así como en Pecados de Guerra de Brian DePalma, lo que sucedió durante la guerra tendrá graves consecuencias en la moral del soldado “perfecto” cuando vuelve.

    Sheridan critica sutilmente el carácter nacionalista y orgulloso de las familias estadounidenses, que tienen un veterano de guerra por generación, y cuan vergonzoso es tener un “rebelde” dentro.

    El gran problema de este producto no son los momentos cursis, previsiblemente románticos. Tampoco las situaciones o diálogos más obvios del guión básico de Benioff (una buena promesa tras la gran Hora 25). Inclusive, tanto Tobey Maguire y Natalie Portman, dos actores con un registro interpretativo bastante limitado en el pasado, demuestran gran madurez y contención emocional. Los momentos de explosión no resultan forzados, y las escenas más sentimentalistas no terminan convirtiéndose por suerte en un mar de lágrimas. El resto del elenco, Shepard, Winnigam, y especialmente Gyllenhaal muestran la solvencia, a la que nos tienen acostumbrados hace tiempo. El problema, es que toda la tensión acumulada que explota en dos soberbias escenas, clases ejemplares de dirección actoral, sumado con una puesta de cámara sutil, invisible pero precisa, y un trabajo sonoro y fotográfico meticuloso, derivan en un final banal, superficial, simplista, similar al de un drama de Hallmark para televisión.

    ¿Es posible acaso, que Sheridan decida tirar toda la potencia que supo elaborar de forma más que solvente, durante hora y media, que cierre cada una de las subtramas, que le daban mayor volumen a la narración, con un final tan inverosímil, tan previsible y grasoso? ¿Por qué no darle un epílogo mejor? ¿Cómo puede simplificar y olvidarse de cada uno de los personajes secundarios y sus conflictos? No voy a dar detalles, pero a Sheridan le falló el tiro del final.

    A falta de imaginación Benioff, decide optar por dar el final conciliador que le gusta al público más conservador estadounidense. La crítica social queda a mitad de camino. No logra llegar totalmente.

    Si bien, no podemos decir que se trata de un producto ni siquiera mediocre, es desilucionante tal resolución.

    A pesar de todo, destaco las soberbias interpretaciones del trío protagonista (más que nada, porque superaron mis expectativas), de algunos secundarios (vuelvo a destacar la increíble interpretación de la joven Madison), así como es una lastima que algunos buenos actores como Clifton Collins Jr. y Carey Mulligan (la eligieron antes que sea nominada por Enseñanza de Vida) estén desperdiciados.

    Como es costumbre, donde hay un director irlandés, U2, aporta una melancólica canción para los créditos finales.

    Reivindico las intensiones de Jim Sheridan y su mano de artesano para crear un drama intenso, que no da respiro, que trata de dar un mensaje reflexivo, y que a pesar de no completar las expectativas previas, termina siendo una propuesta atrapante y atractiva.

    Seguramente, en el futuro nos obsequiará trabajos mejores.
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  • Como entrenar a tu dragón
    ¡Solo falta Sean Connery!

    Desde el megaéxito que significó Shrek (2001) para Dreamworks Animation, dicho estudio se convirtió en la competidora natural de la dupla Disney / Pixar en cuánto películas generadas por animación CGI. Sin embargo, descartando las secuelas de las aventuras del ogro verde (bastante pobres cinematográficamente hablando, menos original, y divertida que la precursora), las siguientes películas de Dreamworks Animation, estuvieron lejos de llenar las expectativas artísticas, narrativas y financieras, mientras que Pixar siempre se mantuvo a la cabeza del cine animado.

    ¿A que se debe este fenómeno? En principio, a que el estudio liderado por Katszeberg, Geffen y un tal Spielberg, apunta sus dardos a un público infante, debido a sus “tiernas” historias, su humor y complicidad más básicas, pero a la vez, el humor en doble sentido, los chistes localistas y contemporáneos, sumado al “enganche” de poner voces de actores famosos como protagonistas, atrae multitudes… pero solo al principio. Porque, las historias terminan siendo menos inspiradas que las de Pixar, dejando de lado cualquier tipo de metáfora o sutileza para dar el mensaje más obvio y subrayado… además de visto, previsible, al final lleno de clisés y lugares comunes.

    No por esto, dejan de ser simpáticas, entretenidas y atractivas, pero no al nivel de Pixar. Mientras que el equipo liderado por John Lasseter se inspira en el cine del maestro de la animación, Hayao Miyazaki (vean el trailer de Toy Story 3 y compruébenlo), lo de Dreamworks se asemeja más a un sketch de Saturday Night Live.

    Por último está la competencia visual. No hablo del 3D, que ahora lo utilizan todos, sino de la animación en sí, que no tiene la calidad, la belleza visual, el lirismo pictórico de las películas de Pixar. Las formas, los colores, los movimientos, siguen siendo muy duros; no viven, no respiran con independencia. Sigue pareciendo una animación convencional en el fondo. El sonido no vibra, no vive, no asombra en detalles o meticulosidad como Pixar.

    Personalmente, me había cansado de Dreamworks y sus fábulas animadas, especialmente después de pobres productos como El Espantatiburones o Madagascar y su tonta secuela. Veo monotonía y repetición en sus guiones.

    Como Entrenar a Tu Dragón, es probable que dramáticamente no difiere demasiado de otras películas animadas, pero es cierto, que supera a todos los ejemplos anteriores.

    En primer lugar, no usa el humor como principal atractivo. Al situar la acción en tiempos vikingos, los creadores, logran evadir la inserción de personajes “cancheros” o “humoristas stand up”. No usan terminologías modernas, y tratan de limitar el campo de acción.

    Por suerte, no apelan a agregarle voces a los dragones. La relación humanos / dragones, se trata de una metáfora sobre la domesticación animal; resulta ”realista” esta relación. Si retrocedemos en el tiempo y buscamos otras películas infantiles con estas criaturas mitológicas (no incluyo El Reinado del Fuego), como Mi Amigo el Dragón (de Disney) o Corazón de Dragón de Rob Cohen (con Dennis Quaid y la voz de Connery como Draco), encontramos la típica subestimación del público, para generar mayor empatía con los más chicos.

    La película, dirigida por los creadores de la subestimada de Lilo & Stitch (pobre en su concepción pero divertida y poco pretenciosa en su realización) tiene méritos independientes de las demás producciones Dreamworks. Si bien, a nivel narrativo acude a algunos estereotipos y lugares comunes en la caracterización de personajes como que el protagonista sea el típico “nerd” que va a contracorriente de los deseos de su padre, un cazador de dragones, y de la comunidad, el “chico raro” de la clase, también vale destacar, que no existe el típico villano, malvado de turno. Hippo, el protagonista, debe mostrar a su comunidad (y especialmente a su padre) que los dragones no son malos. Que pueden domesticar, y puede haber una convivencia pacífica entre humanos y ellos.

    Por más peligrosos que sean, son lo hacen para defenderse y tienen la meta de robar ganado, para dársela a la “reina” como tributo para que no se los coma. Pero sus directores, más allá de que terminen endemoniando a dicho súper dragón, no se apartan demasiado de la línea principal de la historia, y el mensaje rector: dejar de lado tradiciones supersticiosas, abrir la cabeza y la mente a otras comunidades, conocerlas para convivir y no atacarlas porque parecen peligrosas (es probable que Bush no lea eso).

    La primera mitad de la película, es mejor que su benévolo, previsible y conciliador desenlace sin duda. Los paralelismos entre como Hippo investiga como domesticar o “entrenar” a un dragón, la construcción de un mecanismo que sirve para dirigir el vuelo, es realmente interesante, a contraparte de los métodos que los vikingos tienen para “entrenar” a sus hijos para luchar contra los dragones (similares a los del circo romano). Esta evolución del protagonista y sus compañeros, son el punto más alto del relato en cuanto a la narración.

    No es tarea fácil domar a un dragón. No se trata de unir el pelo del humano con la oreja del “animal” (James Cameron debería leer el manual de Hippo).

    El resto de la película es probable que sea un poco convencional, pero no deja de ser entretenido y adrenalínico, el viaje. Por más estereotipados que estén el resto de los personajes, terminan siendo verosímiles sus comportamientos.

    A nivel visual y sonoro, supera a otros productos Dreamworks. Si bien los humanos y la comunidad vikinga parecen sacados de un videojuego de estrategia como el Age of Empires, la textura de los dragones es realmente admirable. Respiran, los detalles en cuanto a piel, fisiología, estructura ósea, es muy realista. Inspirados en la reconstrucción de dinosaurios, y la fisonomía de reptiles, los dragones, lucen como si existieran en el mundo real. No hay tanta meticulosidad ni innovación, en cambio, en cuanto a diseño de las figuras humanas.

    El sonido ayuda a incluir al público dentro de la comunidad vikinga. En dicha integración aportan también la inclusión de la técnica 3D, que aporta profundidad de campo dentro de los bosques y tabernas. La banda sonora compuesta por John Powell, contiene influencias de música celta, que recuerda por momentos a las bellas melodías que Howard Shore, compuso para la banda sonora de El Señor de los Anillos.

    Como siempre, es una verdadera lástima perderse las voces originales de Jay Baruchel, Gerard Butler y especialmente, del excelente humorista británico Craig Fergusson.

    Sin abandonar, la estructura básica, el mensaje políticamente correcto de una película orientada para los más chicos, Como Entrenar a Tu Dragón es una propuesta que rompe, por suerte, los moldes de los estudios Dreamworks, (igual para este año, vuelven con dos propuestas de humor banal como la cuarta parte de Shrek y Megamind con Will Ferrell).

    Será un consejo convencional, pero Como Entrenar a Tu Dragón, es un grato entretenimiento para grandes y chicos.

    Y sino pregúntenle al crítico que, durante la función de prensa, descuidó a su hijo (que se trepó encima mío), por quedarse prendido de la pantalla.
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  • Los últimos días de Emma Blank
    En el último Festival de Mar del Plata pudimos “apreciar” (es una forma de decir, porque es muy difícil apreciar tal despropósito cinematográfico) la película griega Dogtooth, acerca de una familia que vive encerrada en su hogar, y sometida a torturas y humillaciones a pedido del patriarca. Con un humor negro, que rozaba los límites entre el masoquismo visual y el absurdo, esta obra, densa, aburrida, monótona; no dejó una buena huella en mi memoria.

    La película de van Warmerdam, en cambio, con un argumento con bastantes puntos en común con el film griego, propone un juego similar, con mayores convencionalismos estructurales y visuales, sí, pero con menos pretensiones, más sutilezas, y sobretodo un excelente elenco.

    Emma Blank es una exótica y excéntrica artista refugiada en una casa, junto a un lago. Según dice, se está muriendo. Le quedan “pocos días”, y la única compañía que le queda es su servidumbre, que pronto nos enteraremos que se trata de su propia familia: Haneveld, el jefe de mayordomos, fue en algún momento, esposo de Emma, con quién tuvo a Goonie, que ahora también mucama de su madre. De esta manera el espectador va empezando a razonar acerca de los dobles roles que cada siervo de Emma cumple. Excepto por Theo, quien representa ser “el perro” de Emma. Theo no habla, y solo sale a hacer sus necesidades, y a pesar de que viste como hombre, se porta como animal y lo tratan como tal.

    La “familia” se mueve según los caprichos cada vez más incoherentes de Emma. Ella los va manipulando a todos para que estén a sus pies. Pero, esto lleva a que vivan una situación de opresión que los va reprimiendo, al punto que no saben si obedecen, por respeto, obligación, lealtad u odio hacia la “millonaria” patrona.

    Todo empieza a cambiar cuando Goonie tiene intenciones de vivir la vida, y tener opciones para enamorarse, además de Meijer, su primo, quien la desea desde chica.

    Debido al reducido terreno por el que se mueven los personajes, y el hecho de que cada uno, tiene una escena de lucimiento al menos, se podría pensar, que van Warmerdam (que además de escribir, co producir, dirigir y componer la música, interpreta a Theo, el perro de forma soberbia y muy divertida) armó la historia como si fuese una obra teatral. Eso no significa, que cinematográficamente no funcione. Si bien, hay una completa transparencia en cuanto a la presencia de la cámara, así como de la foto y el montaje, la película tiene una dinámica interesante, y sin duda, son estrafalarios personajes, y las soberbias, creíbles y divertidas interpretaciones, especialmente de Bervoets y Malherbe, las que sacan adelante la película y estimulan al espectador para que la siga viendo. Además, los personajes en sí, siempre representan una farsa. El director acierta en generar molestia e incomodidad en el “encierro” que vive la familia, confirmado por la hipocresía y las mentiras (por razones de paranoia, o miedo al quiebre del equilibrio del bienestar) que van generando y al final terminan creyendo (lo cual recuerda un poco a The Truman Show o La Aldea también, pero con mayor autoconciencia)

    A la mitad de la película, cuando la pintura de personajes se agotó, y las ridiculeces que Emma les pide que hagan llegan a un topo, el film empieza a volverse previsible, obvio y repetitivo. Sin embargo, está lejos de caer en clisés o tonos similares al del cine estadounidense, o de insertar golpes bajos o momentos sensibilizadores de forma forzada.

    Cuando van Wardermar parece amagar con caer en el melodrama, decide meter algunos cadáveres y apostar mejor por el humor negro, género donde la película estanca mejor. El uso de la música para generar tensión acrecienta y mejora los climas, dando en la tecla con el tono justo, entre el thriller y la comedia, lo que la acerca, junto a cierta mirada crítica sobre la burguesía, a un film de Claude Chabrol, o incluso a Quién Mató a Harry del maestro Alfred Hitchcock, que a su vez era una comedia negra inspirada en una obra de teatro.

    Sin mayores logros que una gama de personajes “originales” pero a la vez sensatos, que a diferencia Dogtooth, no tratan de estar demasiado alejados del espectador, un buen elenco, y sin pretensiones por generar polémica gratuita, Los Últimos Días de Emma Blank, es un comedia negra efectiva, algo reflexiva y por demás, atendible.
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  • Paco
    Paco
    A Sala Llena
    No me gusta criticar a Diego Rafecas, me incomoda. Pienso que Rafecas en su ambición y pretensión ha equivocado el rumbo de su filmografía, de sus ideas, apuntando al cine cuando debería ir directamente a la televisión.

    Rafecas, posiblemente sea un Shyamalan argentino, en géneros opuestos, claro, pero con obvia moralina ideológica new age. Pero, mientras que el director del Sexto Sentido, disfraza su “mensaje” con atractiva estética cinematográfica, efectivos climas, buen desarrollo de personajes e interpretaciones, y sobretodo un aire de cine de clase B, y géneros malditos, Rafecas… bueno, expone todo deliberadamente de la forma más burda posible.

    Lo de Rafecas, se podría comparar con lo de Subiela, pero con menos pretensiones poéticas y líricas… Rafecas toma de Subiela, lo peor… lo cual como sabemos, puede ser mucho.

    Paco, por su ambición, es quizás lo más decepcionante y menos personal de su realizador. Aquellos que sean sus detractores, posiblemente lo linchen a esta altura.

    A diferencia de Un Buda o Rodney (que a comparación termina siendo la menos pretenciosa, más ligera, y por lo tanto digerible a nivel cinematográfico), esta vez Rafecas no solo quiere mostrar la redención y reinserción en la sociedad de un adicto, gracias al amor, la religión y un cambio interno de la moral, sino que además intenta hacer una crítica política obtusa, ingenua, falsa, reforzada por las estereotipadas y pésimas interpretaciones de Gabriel Corrado y especialmente Esther Goris como dos senadores… en contra del paco.

    A nivel informativo, Rafecas aporta detalles, que se pueden ver en cualquier noticiero de hoy en día y suma una subtrama explosiva, literalmente hablando, que lleva a Paco (Tomás Fonzi, un poco mejor que en otros trabajos) al Africa (¿?) Y cuánto más social y crítico se ponen las intenciones de la película, menos queda de moral y más de telenovela barata.

    El otro problema es la estructura narrativa. No tanto, por el hecho de tener una historia descompuesta, y que poco a poco el espectador va armando las piezas sobre como fue la “explosión” en la cocina de Paco, sino por la forma en que encara la coralidad. Cuando Rafecas abre la historia del protagonista para divagar en las diferentes historias, de los demás reclusos del centro de rehabilitación, la película decae en ritmo, se vuelve monótona, repetitiva, y va sumando clisé tras clisé, aburriendo al punto de que las dos horas de duración se convierten en dos siglos. Si bien, no hace tan “santos” a los personajes de los coordinadores (Luque sobreactuado y Aleandro, una rosa entre las espinas), es cierto que a medida que suma y suma personajes, le agrega a cada uno su conflicto y después entremezcla las historias (solo Juan Palomino y Roberto Vallejo resultan creíbles en sus roles), se va metiendo en un enredo que no logra tener una conclusión satisfactoria. Hay personajes a los que en un principio se les da demasiado cabida, y luego desaparecen (como Willy Lemos o Rizzi) y otros que nunca terminan por aparecer (Pasik).

    El director elude golpes bajos durante la primera hora, y pone todos juntos después. Alterna escenas románticas con otras policiales, y algunas propias del peor melodrama, como si fuera un esquema demasiado previsible. Trata de no caer en escenas lacrimógenas, pero termina haciéndolo también. O sea nada le sale bien. La estética es bastante televisiva. La fotografía del gran Marcelo Iaccarino, que otras oportunidades supo estar al lado de Fabián Bielinsky, termina forzando, impostando un clima que nunca termina de cerrar visualmente. Aun siendo, irregular y errático, Matías Mesa, el excepcional camarógrafo (que trabajó con Gus Van Sant en varias oportunidades) logró un trabajo más cinematográfico en Rodney.

    Los efectos visuales son patéticos, poco creíbles.

    Se rescata la intención de concientizar sobre el efecto del paco en los sectores bajos, sobre como erradicarlo de la sociedad, y a su vez sobre la importancia que tienen los centros de rehabilitación. Pero los resultados son demasiado pobres para que la película pueda conseguir estas intenciones. Si a eso le sumamos, escenas demasiado patéticas como en las que Sofía Gala ve sombras y estrellas (exactamente igual que en Los Resultados del Amor de Subiela, eso es caer bajo), o la entrevista a un senador opositor a Esther Goris (el propio Rafecas, entrevistado por Nelson Castro), es imposible que un mensaje bienintencionado se destaque de una obra tan floja.
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  • Un sueño posible
    Un sueño posible
    A Sala Llena
    ¡Maldita hipocresía!

    ¿Es posible ser tan ciego? En el fútbol americano, le llaman punto ciego (o al menos así entendí en el prólogo de la película) al jugador que logra empujar y sacar del juego al delantero del equipo opuesto, para que su propio delantero pueda atacar y anotar un touchdown.

    No me gusta el fútbol americano y nunca lo entendí demasiado tampoco. Si bien reconozco las similitudes con el rugby (deporte que nunca me atrajo demasiado hasta que emocioné con Invictus de Clint Eastwood), lo único que veo siempre en las películas estadounidenses es el show. En Febrero de cada año, se realiza la gran final, llamada Superbowl, uno de los eventos deportivos más importantes del año (algo así como la final de la Libertadores o de la Intercontinental para los estadounidenses pero sin salir de los Estados Unidos). En el entretiempo cantan grandes bandas, se exhiben los trailers de las películas más pochocleras del año, etc y esto emociona a todo el mundo. Los estadounidenses no comprenden como el fútbol americano no interesa en otros países (me lo dijo un estadounidense) y, en cambio, les resulta insulso un partido de fútbol tradicional… (se nota que nunca vio un River – Boca… en cuanto a fervor, no a juego generalmente).

    Pero acá debemos evaluar una película y no un deporte. Lo cierto es que Un Sueño Posible, es la hipocresía del conservador estadounidense, el sueño del republicano potenciado. La excomulgación de los “pecados” de la etapa esclavista, pero con un subyacente discurso racista. Si esta película se hiciera en la Argentina, no serían pocos los que acusaría al director de fachista de ultraderecha. Pero en Estados Unidos es nominada al Oscar mejor película del año y su protagonista, ganadora del premio a la mejor actriz.

    La idiosincrasia de los estadounidenses a la hora de nominar cada vez tiene menos coherencia. Se puede hablar de versatilidad, pero la verdad que nominar a una obra maestra del pesimismo, escepticismo y de la incertidumbre teológica (Un Hombre Serio de los Coen) contra este panfleto republicano es una verdadera vergüenza. Vale aclarar, que la película de los Coen pone en cuestión algunas prácticas judías. Si hubiesen hecho lo mismo con la Iglesia Católica, pienso que la película podría haber tenido mayor éxito, pero dudo que la hayan nominado.

    Sandra Bullock compone a Leigh Anne, una dama de la alta sociedad, orgullosa cristiana, que un día ve a un pobre chico negro, “Big Mike”, en la calle, bajo la lluvia (por supuesto, sino no dará lástima), y le da un sofá para que duerma y “pase la noche” con ella y su familia.

    Retrocedamos. Michael (o Big Mike) proviene de la zona “pobre” de Missippi, hijo de una adicta al crack, criado entre pandilleros negros drogadictos. Michael pasa de casa en casa, hasta que el padre de un vecino del barrio, trata de incorporarlo en una importante escuela secundaria católica privada, donde el profesor de educación física y entrenador de fútbol, piensa que con el cuerpo que tiene Big Mike, va a llegar a ser un gran jugador. Sin embargo, su falta de atención en clase y timidez (único negro entre blancos), provoca que tenga pobres notas, y no participe, a pesar de tener “un buen corazón” y honestidad. Cuando está a punto de ser expulsado, lo agarra Leigh Anne, que conociendo los deseos del entrenador hará lo (im)posible para que Michael entre a las grandes ligas, pero este no es tan buen jugador como se pensaba.

    Este cuento de hadas con moraleja, esta fábula similar a la historia de la Cenicienta es vergonzosa (realmente es aterrador pensar que es una historia real) y sobretodo superficial, pretenciosa, culposa, obvia y literal. Lo peor es que al principio, y durante el desarrollo, es manipuladora, atractiva, compradora. Gracias a una buena fotografía y un tono seudohumorístico (impuesto por una forzada caracterización de Bullock), falso positivismo, optimismo, personajes estereotipados, clisés, el millón y uno de los lugares comunes de este tipo de historias. Hancock, un director “orgulloso dandy yanqui”, que viene de hacer películas de similar patriotismo, combinado con el sentimentalismo y el “deporte” como la exitosa (solo en Estados Unidos) El Novato para la Disney (con Dennis Quaid “debutando” como jugador de Beisball) y la penosa remake de El Álamo son ejemplos muy poco inspirados de este realizador mediocre, que parece que no vio una sola película que no provenga del cine clásico más cursi, del cine estadounidense. Cada plano rebosa en una grandilocuencia abrumadora y humillante.

    Mientras que la mayoría del cine “indie” terminó por aburrir mostrando el fin del sueño americano, la mentira que se encuentra detrás de las mansiones, de la vida elitista de la “familia media”, Un Sueño Posible la revalora con un mensaje peligroso: el dinero hace la felicidad. Una familia blanca, cristiana, con cargo de conciencia, culpa por su riqueza adopta a un chico pobre, y este chico terminará como estrella de fútbol. Por supuesto, para eso debe vender su alma al diablo, dejar a su madre olvidada (la misma, en una escena muy patética e inverosímil “regala” a su hijo a la familia blanca con gran placer), dejar su barrio, dejar a sus “amigos”. Para un millonario blanco es sencillo imaginar como Michael deja tan fácilmente ese “hogar” para caer en las bondadosas manos de la nobleza. Aunque la película, en una secuencia bastante simplona y banal, cuestiona como el “contexto” decide por Michael, lo manipula para lucrar económicamente con su juego, la respuesta termina del mismo termina siendo: “yo hago lo que la gente me dice que haga, porque a veces hay que hacer lo que otros te dicen que hagas”… Sí, una apología a la manipulación y la demagogia. Por lo menos, en este sentido, Hancock es honesto.

    Las intenciones por crear un lazo afectivo con el espectador es realmente patético. Aun, cuando se intenta no caer en el golpe bajo, ni en la melosidad o lacrimogenia facilista como otro patético film de la temporada de premios como fue Preciosa, hay que admitir, que al menos el film de Daniels tiene “algo” de personalidad… personalidad amarillista, televisiva, videoclipera, sí, pero al menos fue realizada por un director autor. Hancock se comporta peor que un director televisivo. Su rol detrás de cámara carece de carácter para salirse de la mediocridad, del convencionalismo. Lleva la teoría de la cámara invisible a un extremo odioso.

    Sin emoción, con un humor impostado, burdo, Un Sueño Posible es la pesadilla del cinéfilo inteligente. El elenco, encabezado por una Sandra Bullock, que por primera vez crea un personaje distinto al resto de su filmografía, con tics, acento sureño impostado lleva adelante la película, pero aunque la mona se vista de seda… Su interpretación no es destacable. Es mejor que las otras en su carrera, pero para ganar tantos premios… Sí, como dice Fontanarrosa, El Mundo ha Vivido Equivocado.

    Del resto del elenco, solo Quinton Aaron en el rol de Michael hace una interpretación aceptable, austera y expresiva. Lastima, que en la película equivocada. Los otros, solo sobreactúan personajes mil veces visto en la televisión estadounidense (los profesores condescendientes, los más estrictos, los entrenadores misóginos, flacos, histriónicos), desde el inexperto cantante Tim McGraw hasta Kathy Bates, cada vez más alejada de soberbia interpretación en Misery.

    Un Sueño Posible es una película engañosa, inflada por una estética tan conservadora y clásica como su ideología política. Localista en su humor. Superficial en su crítica social. Demasiado cinematográficamente correcta y diplomática. No se trata de un film fallido para los ojos de un espectador que comparta la ideología, y el sentimiento culposo de la protagonista seguramente, el guión del propio Hancock no contiene falencias en cuanto a ritmo, o altibajos narrativos. Solo que aburre, por sus pretensiones, previsibilidad y prefabricación, en la construcción de la historia.

    Tan real como inverosímil, prefiero “amargarme” y aburrirme con un superclásico, que tener que soportar tanto patetismo cinematográfico junto en un sola película.
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  • Un fueguito. La historia de César Milstein
    ¿Quién fue Cesar Milstein? ¿qué hizo?

    Es probable que varios hayan escuchado de él, ya que se trata del quinto y último argentino en ganar un Premio Nobel (1984). Aunque haya sido un reputado Bioquímico, ganó el Nobel en medicina por el descubrimiento junto con otros científicos de Cambridge, de anticuerpos monoclonales, que sirven para curar tumores y cánceres.

    El documental de Ana Fraile, es un tributo a la memoria de Milstein (1927 -2002), y principalmente su obra. Grabada y exhibida en soporte digital, tiene una estética bastante convencional (especialmente las entrevistas) y alterna testimonios recientes de sus allegados, con entrevistas realizadas al propio Milstein poco antes de fallecer, cuando sus experimentos relacionados con los sistemas de defensa empezaron a tomar un nuevo rumbo. Junto con el material de archivo oficial, a la vez, Milstein era un gran fanático de las filmaciones caseras en película de Super 8 mm, por lo tanto, las mismas aparecen dentro del film como línea temporal.

    Sin hacer demasiado énfasis, también sirve para recordar el contexto socio político que vivía el país desde los años ’40 hasta los ’80. No se dejan de lado opiniones antiperonistas, el tema del exilio obligado por culpa del régimen militar, etc. Pero Fraile, no deja de lado a su protagonista y trata en un poco más de una hora explicar porque Milstein fue tan importante para la humanidad, exponiendo sus teorías y prácticas, fracasos y el camino al “éxito” gracias a sus experimentos y descubrimientos en Cambridge.

    No hay que buscar demasiada profundidad en casa faceta que se cuenta de su vida, casi sirve de diario íntimo, donde si alguna vez hubo una arista oscura, es mejor que quede afuera. Aunque, el documental lo muestra como una persona tan alegre, esperanzadora, optimista y algo anarquista, que es dudoso que haya habido algún episodio malogrado de su vida que merezca difusión. Además, gracias a la banda sonora, el documental se contagia del tono humorístico de Milstein y no cae en sentimentalismo o lacrimogenia baratas.

    Quizás al final, uno se queda con ganas de más. A pesar de ser un poco rudimentario, cumple con la función didáctica necesaria: dar a conocer a las nuevas generaciones quién fue y que hizo este científico argentino del que tenemos que sentirnos tanto o más orgullosos de lo que estamos ahora, por el “triunfo” de Campanella en Hollywood. Recordemos a los “otros” héroes de nuestra historia.
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  • Mongol
    Mongol
    A Sala Llena
    ¿Qué tienen en común John Wayne, Omar Shariff y el actor japonés Tadanobu Asano?

    Aunque cueste creerlo, los tres, siendo de diferentes nacionalidades y etnias han encarnado al legendario conquistador mongol de fines del año 1100 y principios del 1200, Temudgin, más conocido por su título, Genghis Khan.

    Poco y nada aporta el hecho de que la película de Bodrov sea co producción mongola. Se trata de una biopic bastante tradicional dentro del género épico.

    La película narra la infancia, adolescencia y primeras conquistas de Temudgin. Hijo de un Khan (jefe de la tribu) asesinado, es obligado a emigrar a los bosques nevados, escapando del lugarteniente de su padre, que solo podrá ser Khan si asesina a todos los descendientes directos. Temudgin crecerá a su propio resguardo, y la de los lobos, confrontando el miedo al trueno, (lo único a lo que le temen los mongoles, porque es señal de que su Dios está enojado) tramando una venganza sobre el hombre que traicionó a su padre y usurpó su posición.

    Para darle mayor profundidad al personaje, y no solamente la banal trama de venganza, Bodrov hace hincapié en el perfil romántico y defensor de los valores familiares de Temudgin. El personaje de Borte, su esposa, se convierte es una piedra angular, el sostén psicológico y moral (¿?) del protagonista, quien sobrevivirá a la prisión china, los desiertos, las torturas, en el afán por reencontrarse con su amada, quien irónicamente es la que lo terminará rescatando a él. Será fundamental en su ascenso a Gran Khan, Jamuga, un amigo de la infancia que también se convertirá en Khan, y no tendrá deseos de participar en la campaña unificadora de tribus de Tamudgin, el conquistador, por lo que terminará siendo su enemigo.

    Mongol es una superproducción que intercala soporíferos momentos románticos con luchas épicas, dignas de una superproducción de Hollywood, aunque no demasiado inspiradas a nivel visual. Bodrov, en cambio prefiere darle énfasis a los hermosos paisajes chino – mongoles, las praderas, los bosques nevados. La fotografía es una verdadera belleza, que lamentablemente, al ser exhibida en DVD, no va a poder ser disfrutada completamente.

    A nivel narrativo, Bodrov no logra mantener el interés durante las dos horas de proyección. La falta de imaginación en la construcción de los personajes, situaciones previsibles, diálogos vistos en cada película épica (sea estadounidense o china) habida o por haber, convierten a Mongol en un cuadro sin demasiada vida, e inclusive por momentos, demasiado artificial. Los efectos CGI no aportan demasiado, quedan muy expuestos y obvios. ¿Qué ha pasado con las películas épicas que no necesitaban fondos mate, falseados, pantallas? ¿Dónde ha quedado la magia épica de, por ejemplo, David Lean, que trataba de recrear sus decorados en terrenos reales?

    Más allá de que esta versión de Mongol, victimiza (como si fuera un asesino por naturaleza) y a la vez, pondera la figura de Genghis Khan, se puede destacar la intención del realizador por valorar la identidad mongola, y la importancia que el personaje tuvo para la historia de su nación, a pesar de ser un despiadado conquistador.

    Lamentablemente, cuando la película empieza a ponerse más interesante, y deja atrás los pocos, pero densos y solemnes diálogos que parecen salir de una tragedia sheakspereana; cuando uno cree que empezará la etapa épica de verdad… o sea, a partir de que Temudgin es nombrado Khan… la película termina. No estoy contando el final, simplemente es así el argumento. Bodrov decide contar solo el ascenso de Khan. El resto de su vida: la unificación de Mongolia, el triunfo sobre la dinastía china, etc. queda afuera esta vez, por lo que el espectador terminará sintiéndose un poco abatido y desilusionado, como si hubiese visto el capítulo piloto de una serie televisiva.

    A pesar de haber sido nominada al Oscar a Mejor Película Extranjera en el año 2007, es poco lo que Mongol aporta a la filmografía del personaje: hermosos paisajes, actuaciones demasiado solemnes y calculadas, una guión monótono, episódico, fallido…

    Personalmente, prefiero verlo a John Wayne calzando las botas con piel de lobo y acento sureño… Es más divertido.
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  • Loco corazón
    Loco corazón
    A Sala Llena
    A veces Hollywood retrocede en sus pasos. Parece que regresaron los tiempos en que se hacían películas, con la única intención de lograr que sus intérpretes, ganaran por fin, el Oscar que en otras oportunidades se le había negado. Y Loco Corazón, ópera prima de Scott Cooper, es ni más ni menos que un vehículo para que su protagonista absoluto, Jeff Bridges se llevara la preciada estatuilla. Y la consiguió.

    Es que, a pesar de parecer una historia real, se trata de una ficción, seguramente inspirada en muchos cantantes countries similares a Bad Blake, que todos los integrantes de la película, especialmente, uno de los compositores de la banda sonora, el renombrado cantante country, T-Bone Burnett. La película fue escrita y pensada en Bridges, que además es productor ejecutivo. Bridges es la única razón por la que la película se estrena en cine.

    Y solo por Bridges vale la pena. Es sabido que se trata de un actor multifacético, que se desenvuelve perfectamente, de manera creíble tanto en la comedia como en el drama. Que puede pasar de ser un elegante político (La Conspiración) o un pianista carismático (Los Fabulosos Baker Boys) a luchar en mundos ficticios (Tron) o seudo ficticios como cuando colaboró con Gilliam en Tideland o Pescador de Ilusiones… o ser simplemente “el tipo”, de El Gran Lebowsky de los hermanos Coen.

    Se pone las botas de “Wild Bill Hickock” con aspecto hippon, o es capaz de raparse completamente para enfrentarse a Iron Man. Y estos son solos los últimos ejemplos. Porque Bridges ha madurado, crecido actoralmente y envejecido con estilo, personalidad, y sobretodo sin pretensiones. Ha sabido aceptar roles menores y secundarios, así como protagónicos. Autores independientes e industriales. Cantar, bailar, pelear…

    Hace 30 años atrás Bridges debutaba oficialmente (participó al año de vida en una película y más tarde en las series protagonizadas por su padre, el gran Lloyd). En 1971, fue el gran protagonista de La Ultima Película de Peter Bogdanovich, en un rol melancólico querible y creíble, un adolescente honesto, confundido, pero bienintencionado. Volvió a ser nominado como compañero de Clint Eastwood en Thunderbolt and Lightfoot, opera prima de Michael Cimino. Volvió a ser nominado como protagonista de Starman, de John Carpenter.

    Tiene una mirada única, contempladora y asombrosa, únicamente compartida por su hermano Beau (otro gran actor pero con menor suerte para las películas).

    Bad Blake, el personaje protagónico de Loco Corazón está creado para emocionarse, para ser vivido y conmover fácilmente, identificarse a la vez con la platea, tanto por su vulnerabilidad, su gracia y carisma, como por su perfil más oscuro como alcohólico. Se trata del típico cuento de redención de una estrella caída que le gusta tanto a los estadounidenses y a la Academia: una mezcla entre The Ram, el inolvidable luchador interpretado por Mickey Rourke (una verdadera estrella caída) y Nicolas Cage en Adiós a las Vegas. Quizás haya cierto remordimiento por no haberle dado el premio el año pasado a Rourke (igualmente competía fuertemente con Penn en otro personaje típicamente oscarizado), pero al igual que ambos, Bad Blake es ficticio, por lo cual no hay licencias en el medio.

    Bad Blake es un cantante venido a menos. Fue tutor de Tommy Sweet (Farrell, por primera vez creíble y no sobreactuado en un rol), un cantante country que se ha hecho inmensamente popular. Llena estadios y tiene un equipo técnico gigante. En cambio, Bad Blake, que se da a entender que tuvo en algún momento popularidad, tiene que arreglarse cantando en bares, vagabundeando de un pueblo a otro, siempre en su vieja furgoneta y con la misma guitarra. Su pasión por la música es tan imponente como lo es la pasión por las mujeres y especialmente el alcohol, que lo tiene a mal traer en todo momento.

    En el medio conoce a Jean (Gyllenhaal, natural, soberbia en un rol menor a comparación de otros que hizo) una madre soltera y aspirante a periodista. Previsiblemente lo que empieza siendo una amistad y buena química termina en una relación romántica que le hace replantear a Bad Blake, el hecho de que por el bien de su salud, la de ella, y su pequeño hijo, que enloquece a Blake, así como para inspirarse musicalmente, debe terminar con el alcohol.

    La películas es la típica lucha del antihéroe contra su enfermedad interna, que por un lado, es como una marca de su arte, pero por otro (al igual que en El Luchador) será la cruz en su vida, sino la agarra a tiempo.

    Se puede decir a favor del ex actor secundario Cooper, que trata de no caer en golpes de efecto demasiado bajos o demasiado lacrimógenos convirtiendo la película en una telenovela, pero tampoco evade los clisés y estereotipos del género, incluido un hijo adulto abandonado. Nada demasiado original o inspirado. Y se nota que fue pensada para televisión. La fotografía de Barry Markowitz se destaca a la hora retratar paisajes (realmente hermosos), así como algunos interiores oscuros, pero también tiene escenas de notables errores de continuidad lumínica que distraen del drama principal.

    Una de las cualidades de la interpretación de Bridges es su naturalidad. A diferencia de otros actores que hacen una transformación completa cuando encaran un rol así, a Bridges no parece costarle para nada, ni cantar, ni bailar, ni amar, ni emborracharse. Esa simbiosis entre actor y personaje, sin perder el hilo, el punto de vista o amagar en caer en la sobreactuación es lo que generó la gran repercusión de Loco Corazón.

    Sí, la banda sonora de Burnett y Ryan Bingham es otro punto atractivo para todo aquel que le guste la música country. Las canciones son pegadizas (recomiendo escuchar el soundtrack), uno siente realmente estar en un recital de Bridges y Farrell, que forman una gran pareja musical.

    La química con Gyllenhaal es maravillosa también. Y Robert Duvall, hace casi un cameo como el “amigo” de Bad Blake. Un personaje que le sale bastante natural, muy alejado de los inolvidables que interpretara en el pasado para Coppola.

    ¿Bridges se merecía el reconocimiento? Sí, pero quedará en el gusto de cada uno determinar si supera a Renner, Firth, Freeman o Clooney.

    Loco Corazón es una película sencilla y poco pretenciosa, hecha a la medida de Bridges. Un cuentito con moraleja obvia y subrayada (sobrio te va a ir mejor en la vida, cuestión de karma), creíble, mil veces visto, para ver relajado y olvidarse a los pocos minutos de salir de la sala.
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  • La isla siniestra
    La isla siniestra
    A Sala Llena
    No hay nada más escabroso que viajar al interior de la mente de un hombre desequilibrado. Y Martin Scorsese sabe que esta es la clave para aterrar y mantener atado a la butaca al espectador. Se trate de un taxista solitario, cuan caballero medieval, buscando salvar el mundo de la manera más escabrosa posible, la locura paulatina de un paramédico durante tres noches consecutivas, la obsesión de un fanático de Jerry Lewis, la paranoia y esquizofrenia de un magnate millonario, llevada a escalas increíbles; la caída físico – psicológica de un astro del boxeo; las dudas sobre religión y razón de Jesucristo, o la simple pero demencial aventura de un pobre oficinista, perdido en los barrios bajos de Nueva York.

    Algunos encasillan el cine de Scorsese dentro del género de gángsters y mafioso. Pero de lo que verdad trata su cine es el deterioro de la mente humana ante circunstancias externas. Personajes que cuestionan el mundo que los rodea, y los supera. No importa cuan poderosos sean, todos pierden la “razón” en algún momento.

    Desde Pandillas de Nueva York, el cine de este gran cineasta, cinéfilo, coleccionista y restaurador de películas, dicen que se ha “devaluado”. Es cierto que Scorsese piensa en grande ahora. En superproducciones, en estrenar de forma masiva. Algunos relacionan esta etapa más “industrial” y quizás menos “personal” de su filmografía, a la necesidad de buscar el Oscar (ya lo obtuvo) y al haber cambiado a Robert De Niro por Leonardo Di Caprio.

    Lo cierto es que donde algunos ven falta de inspiración, yo sigo viendo un amor inaudito por el cine, como pocos directores en la historia del cine tienen. No se trata de citas solamente, se trata de verdadero respeto por el cine clásico…

    Pandillas… fue una obra épica con notables secuencias de acción, un plano secuencia admirable, en contra de cualquier guerra, un personaje maravilloso interpretado por Daniel Day Lewis, y una reflexión acerca de los primeros años de historia estadounidense sumado a las consecuencias de la Guerra de Secesión. Brillantemente filmada, la película, a pesar de todo tiene demasiados detractores, y no del todo bien recibida en el momento del estreno.

    Algo similar sucedió con El Aviador. Es verdad que las películas de Scorsese se parecen visualmente, cada vez menos a Buenos Muchachos, Toro Salvaje, Taxi Driver o Calles Salvajes. El Aviador confirmó esto. Pero también dio la oportunidad a su director de poner en el asador todos sus conocimientos sobre la historia de Hollywood, recrear meticulosamente la estética y el cine de los años ’30 y ’40. Reproducir el periodo “dorado” del star – system, con un increíble reconstrucción de las escenas aéreas de Los Ángeles del Infierno de Howard Hughes.

    Los Infiltrados, en cambio parecía estar filmada por un gran fanático de Scorsese, personajes caricaturizados, escenas que no podía competir en tensión siquiera con la interesante, aunque algo sobrevalorada película honkonesa original. A pesar de la opinión de este crítico, Scorsese recibió el Oscar tantas veces negado, arrebatándoselo de las manos a Clint Eastwood, quien en el 2006, quizás hizo la mejor película de su carrera.

    Tras cuatro años de espera, con documental de Rollings Stones de por medio (donde no metió a Di Caprio, quizás porque Jagger no quiso), Martin vuelve al ruedo con un thriller psicológico clásico, que posiblemente se trate de una de las películas más tensionantes y vibrantes desde la remake de Cabo de Miedo (1991), llevada con pulso firme por el mismo director.

    A diferencia de la película protagonizada por De Niro y Nolte, a la cual el director le dio una composición visual contemporánea, tanto por el uso del montaje como la fotografía o la interpretación excepcional de De Niro, que contrasta con la solemnidad y clasicismo del excelente film original de J. Lee Thompson, La Isla Siniestra es un film clásico en estado puro.

    Lo primero que llama la atención es que la película bien podría haberse filmado en blanco y negro, y hubiese quedado soberbia, pero era una decisión demasiado controversial para un film comercial. Aún así, Scorsese cuida detalles, típicos de un thriller de los años ’40 o ’50. Fondos falsos marcados, diálogos que parecen sacados de una novela de detectives, y planos contrapicados, tomando al actor desde los pies a la cabeza que remiten directamente a una estética de un film de Orson Welles.

    Pero más allá de una meticulosa puesta en escena, con homenajes a films de Samuel Fuller como Shock Corridor o Jacques Torneaur, por ejemplo, se identifica poco visualmente al director de ¿Quien Golpea a mi Puerta? Pero no a un nivel psicológico. Teddy Daniels no entra a Ashecliff con todas las luces. Notamos que algo anda mal en su cabeza, y la presión y tensión dentro de la prisión llevará al personaje a un viaje por las peores zonas de la isla, y a la vez de su propia cabeza. Entre pesadillas filmadas de forma muy bella y lírica (casi como el intermundo de Desde mi Cielo), y escenas muy oscuras y escalofriantes, el personaje va a llegar a descubrir que es lo que verdaderamente pasa en esa isla.

    La película está basada en una novela de Dennis Lehane, que ya tuvo dos muy buenas adaptaciones cinematográficas en su haber: Río Místico (2003) de Eastwood, y Desapareció una Noche (2007) de Ben Affleck. Ambos relatos comparten muchos puntos en común con La Isla… No la época o la estética, pero Lehane en las tres obras, “humaniza” a sus detectives, y sobretodo hace hincapié en como las marcas del pasado, aunque tratemos de esconderlas siguen estando dentro nuestro en todo momento. Asimismo, nuevamente el infanticidio es otro tema que la película de Scorsese no elude y a la vez se conecta con las otras películas.

    A medida que el relato va avanzando, Scorsese procura empezar a dejar pistas sutiles acerca de la revelación final. El espectador atento sentirá que la película se vuelve previsible, pero sin embargo el camino por recorrer es largo, y entre un montaje continuamente desfasado que hace recordad al Scorsese más rebelde y anárquico de Calles Salvajes, la soberbia fotografía de Robert Richardson, y sobretodo las excelentes elecciones para la banda sonora, el director construye una de las películas más incómodas, psicológicamente atrapante, ominosa que se haya visto en mucho tiempo.

    Al igual que en Cabo… la mano para crear escenas de suspenso tienen una destreza, sencillez exquisitas, que hace preguntar porque Scorsese hizo tan pocas películas del género, teniendo una intuición tan clásica, pero a la vez tan meticulosa para poner la cámara y construir climas, densos, personajes ambiguos, engañosos…

    El elenco es soberbio. Si bien Di Caprio no hace su peor actuación, tiene tendencias nada novedosas a sobreactuar algunos momentos dramáticos y no llega a dar con el tono que Scorsese trata de imponer durante toda la obra. Pero los roles secundarios son interpretados con majestuosidad por Ben Kingsley (como el misterioso director del Hospital), el siempre admirable Max Von Sidow, y pequeñas pero fundamentales participaciones de Michelle Williams, Jackie Earle Haley, Elias Koteas, John Carroll Lynch, y especialmente Ted Livine, y Patricia Clarkson. Hay una magnífica escena la maravillosa y subvalorada Emily Mortimer se luce como la “paciente desaparecida”.

    Mark Ruffalo, como nos tiene acostumbrado, termina siendo demasiado neutral expresivamente. Y su personaje, importante, no logra levantar demasiado vuelo.

    Es posible que el fanático acérrimo de Scorsese no quede del todo conforme con el resultado final de La Isla Siniestra: se trata de un film demasiado encasillado en el género, y con demasiado efectos visuales, para ser una película de su director. A la vez, el guión no escapa de varios clisés, y como ya dije, puede resultar por momentos previsible y convencional. No se puede ver un lirismo visual, una forma de manejar los movimientos, con el nervio y la subjetividad de los films más reconocidos.

    Pero lo que es indudables, es que se trata de una película atrapante desde el primero hasta el último plano, con un ritmo arrasador, creación de climas fascinantes, momentos escalofriantes, vibrantes, viscerales, oníricos. Hay lugar para el romance y el melodrama clásico.

    Es sabido que Scorsese es un maestro del cine contemporáneo. Si bien, esta vez no se puede decir que nos está dando una clase de dirección, bien se puede ameritar una verdadera lección de historia del cine. Y por supuesto otra declaración de amor al “Séptimo Arte”.
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  • Alicia en el país de las maravillas
    Hay directores a los que uno les exige mucho. No es para más. Se sabe que a un autor, realizador, independiente, con una imaginación inagotable, personalidad y humor único, estética marcada, que no solo nunca, pudo ser copiada o imitada, sino que además, impuso una moda, se le debe pedir más.

    Tim Burton y su mundo de fantasía provocan eso. La conjunción de los relatos de Lewis Carroll y la imaginación burtoniana parece de esas uniones obvias, que uno se pregunta, porque no se dieron antes. El mundo de Burton, está lleno de elementos inspirados en Alicia en el País de las Maravillas y Alicia a Través del Espejo, escritas por el autor hace casi dos siglos atrás. Aun hoy, tras inumerables adaptaciones, la mayoría para televisión y una inolvidable versión animada producida por los estudios Disney, ha llegado una versión que mezcla de tecnología CGI, y actores de carne y hueso. A eso, hay que sumarle la tecnológica del momento: el 3D.

    Nuevamente, los estudios se ponen del otro lado de la cámara, distribuyendo esta versión cuyo principal público, intenta ser el de menores de 12 años. No por nada, la película se estrena en Argentina doblada al castellano también. Sin embargo, como es previsible, el mundo Burton no tiene como único objetivo al infante, y por eso, con su inteligencia habitual el director de El Joven Manos de Tijera apunta hacia los adultos también. Y ahora empiezan las contradicciones, entre lo encargado y lo realizado.

    Hay que aclarar que la intención de Burton y la guionista Linda Woolverton (La Bella y la Bestia, El Rey León) fue conformar en una misma obra, ambas historias de Carroll, para crear a su vez una original, casi una secuela humanizada a la historia de Alicia. En este sentido, se me viene a la memoria la personal adaptación que Steven Spielberg realizara en 1991 sobre el cuento de Peter Pan, Hook, con Robin Williams y Dustin Hoffman, donde el chico que nunca quería crecer, se convierte en un abogado que regresaba a Nunca Jamás para redescubrir su niño interior.

    Opuestamente a esta lógica, Alicia en el País de las Maravillas de Burton trata sobre crecer y saber elegir uno mismo las opciones que tomará en la vida. Esta matriz, cuyo origen pertenece en parte al ideal de Carroll, suele vincularse con la de El Mago de Oz. Alicia deja de ser adolescente para imbuirse en un mundo adulto, y dejar de ser influenciada por una aristocracia superficial y estúpida, adepta a rutinas y tradiciones para convertirse en una burguesa de espíritu imperialista (ejem).

    Realmente esta lectura de Alicia es… extraña, viniendo de Tim Burton, un director que siempre defendió al niño interior, al espíritu infantil, que siempre se opuso a dejar de lado la infancia, la inocencia, la ingenuidad. Lo lúdico, siempre formo parte escencial de la filmografía burtoniana y Alicia, se va alejando de eso…

    Sweeney Todd, su anterior trabajo, un híbrido musical, demasiado oscuro para formar parte de su filmografía, pero que a la vez, contenía muchos simbolismos, objetos, estética y temática, relacionada con las anteriores obras, era una obra compleja, demasiado ambiciosa, con graves errores narrativos.

    Alicia, en cambio, funciona como reloj suizo, es tan lógica y perfecta como juego de ajedrez. Todo es demasiado calculado, solemne, equilibrado, prefabricado. Demasiado perfecta. Fiel al espíritu de los libros, en todo punto de vista, y a lo que uno esperaría de Tim Burton, tanto desde la estética, el diseño artístico, la temática, los personajes, la filosofía, la banda sonora a cargo del siempre eficaz, Danny Elfman. A la vez, no deja de ser una película de Disney: es entretenida, ligera, familiar, con intenciones de unir públicos, de forma similar a la saga de Piratas del Caribe. Pero, por alguna razón se nota que se trata de un trabajo por encargo. Elementos que todo aquel que sea fanático de Burton sabe de memoria, aparecen desfigurados. Las presentaciones de las películas de Burton son siempre identificables: siempre pone los títulos principales al principio, en alguna secuencia conformada por objetos que más tarde serán de vital importancia narrativa. Esta vez los créditos van al final. ¿Por qué distanciarse de una marca tan obvia y conocida?

    Porque Burton quizo tomar una distancia con respecto a la obra. Los primeros 5 minutos son extraños. Demasiado luminosos y realistas. No parece una película de Burton, la hipocresía blanca de la aristocracia inglesa, no parecen combinar con la oscuridad que distingue al director… Alicia se escapa y cae en el hueco adentro del árbol que la llevará a la “Tierra Subterránea”. A partir de que sale al exterior, el personaje no entra en el País de las Maravillas sino en la imaginación de Burton: árboles deformados sin hojas con ramas retorcidas, un zoológico abandonado, animales formados por ligustrina (¿quien los habrá cortado?). Todo será oscuro, lúgubre, nada que ver con el dibujo animado. El sombrerero loco toma el té delante del molino incendiado de La Leyenda del Jinete sin Cabeza. Sí, es una película de director, pero por ahora, solo a nivel superficial. De a poco, los personajes de cuento de Carroll, caracterizados por el autor original como completamente locos, empiezan a tomar características humanas, melancolía, nostalgia, tristeza. Sentimientos. Y nunca resulta forzada la trasformación.

    La película levanta vuelo existecialista y filosófico, además de tomar carácter social: la Reina Roja, impone un reinado de maldad y prejuicios. Ha destruido el País de las Maravillas junto con el malvado caballero Stayne. La única manera de pararlos, es destruir al protector de la Reina, el monstruoso Jabberwocky y devolver el reinado a la Reina Blanca. La elegida para matarlo es Alicia, quien no se muestra demasiado interesada en cumplir la misión.

    Burton y Woolverton se toman bastante licencias en nombre de la fantasía: se sugiere una seudo relación romántica entre Alicia y el Sombrerero, paralelamente que se trata de vincular al interesado Stayne, con la Reina de Corazones, cuya deforme cabeza gigante, pero a la vez, su “ilimitado” poder provocan que todo su entorno construya una falacia alrededor de ella. Fiel a su mirada del mundo, Burton se compadece de la Reina, una mujer que lo único que desea es ser amada y respetada, pero que para ello (e influenciada por los discursos de Stayne) lo busca a través del miedo (cualquier semejanza entre esta relación y la de el Pingüino y Max Schrek en Batman Vuelve no son coincidencias). A la vez, realizador y guionista homenajean a Carroll: muchas de las palabras inventadas, y juegos lingüísticos del universo del autor aparecen en la película, incluído el poema original del Jabberwocky.

    El director, extrañamente, a medida que avanza el relato, va dejando atrás el humor y la fantasía, inocencia inicial, para mostrarse dramático, oscuro y más solemne aún. Los tonos empiezan a ser contradictorios, al igual que el mensaje final, las lecturas ideológicas, y filosóficas, que se pueden sacar acerca de la resolución de la historia.

    No voy a develar detalles, pero pareciera que Burton y Disney no se lograron poner de acuerdo, de la manera en que la Reina Blanca debía ser representada. Mientras que la Reina Roja termina despertando enorme simpatía y compasión, la Reina Blanca es hipócrita, falsa, oscura y siniestra. Delega el trabajo sucio (matar al Jabberwocky) en Alicia para volver a ser reina. El problema de la película (¿y del guión?) es la lectura que se le quiere dar al público infantil. Quizás un adulto, note que la Reina Blanca no es tan “pura” como aparenta ser, pero Burton lo maneja de forma tan sútil, que nunca queda clara la posición al respecto, dando la apariencia, en una primer lectura, que la Reina Blanca es en realidad tan buena como se la pinta. ¿Peligroso y manipulador?

    Se sabe que a un chico no se lo puede engañar. Burton lo sabe y toma distancia al respecto, pero parece que los estudios del ratón, tomaron otra decisión al respecto.

    Más allá de esto, y del hecho que sobrevuela cierto aire de artificio, la películas es disfrutable de principio a fín: los colores, la escenografía, el ritmo. Ciertos personajes clásicos, muy reconocibles del cuento van perdiendo participación con el correr de los minutos: desde los gemelos Tweetledee y Tweetledum, pasando por la liebre, y especialmente el conejo Mc Twid. En cambio el sombrerero loco, convertido en antihéroe y co partener de Alicia en su misión es fundamental. Vale agregar, que quizás su participación hubiese sido menor sino estaría interpretado por un equilibrado, contenido y excesivo a la vez, irreconocible por el maquillaje, Johnny Depp. El sombrerero loco, tiene alma, vida, gracias a Depp, que demuestra que a cargo de Burton, siempre actúa mejor.

    Bonham Carter hace querible, exquisita y odiosa a su Reina Roja, mientras que Hathaway termina irritando por la simpatía y el fantasmal retrato de la Blanca en una de sus mejores interpretaciones. Destacado es Crispin “Mc Fly” Glover como Stayne, y da placer escuchar a Stephen Fry, Alan Rickman, Timothy Spall, Michael “Alfred” Gough y el gran Christopher Lee en las voces de personajes secundarios. Pero la verdadera protagonista que se lleva todos los laureles es la excepcional actriz australiana Mia Wasikowska. Creible, contenida, en ningún momento sobreactúa, sabe balancear y modificar sus estados de ánimo sin sobreactuar ni parecer forzada.

    Burton no deja atrás pequeñas referencias en decorados y vesturario a Beetlejuice, El Joven Manos de Tijera, Charlie y la Fábrica de Chocolates y Sweeney Todd.

    Quedará abierta la polémica, acerca de cómo el realizador, logra meter su identidad esta vez, cuanto es auténtico, cuanto manufacturado por la Disney, pensando únicamente en la taquilla… Sin duda, la compañía va a tratar de redituar lo máximo posible con la película: por primera vez el director accede a incluir un tema pop adolescente para atraer al público más joven. La canción “Alice” de Avril Lavigne es realmente olvidable, pero hará vender muchos discos (en realidad, en la Batman original Prince compuso un par de temas, pero las intenciones publicitarias de ambos son diferentes). Para el fanático, volver a escuchar a Elfman en los créditos, será el verdadero premio.

    A diferencia de Avatar, Alicia en el País de las Maravillas, le da mejor y más versatil uso al efecto tridimensional: no solo mejora y aumenta la profundidad de campo, sino que también está muy bien aprovechado (sin ser ostentoso ni fatigante a la vista) el recurso cuando los personajes le tiran objetos a la cámara, de forma tal que parece que estuvieran por caer encima del espectador.

    En conclusión, este nuevo excepcional viaje imaginativo a los mundos de Lewis Carroll, y Tim Burton no va a terminar decepcionando. Pero es cierto, que se trata de un trabajo tan perfecto y calculado, con tan poca sorpresa, espontaneidad o fallas, que uno le exige más a su creador… más osadía, que rompa los moldes, que vuelva a defender la fantasía infantil… y no se ate tanto a lo que le piden. Quizás es demasiado dificil teniendo en consideración los cánones del Hollywood contemporáneo. Pero… ¿dónde está el amante de Ed Wood y el cine clase B? ¿Bajo que capa se esconde? Al final, la perfección termina siendo objetable.
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  • Un maldito policía en Nueva Orleans
    Maldito Policía, la gran película que Abel Ferrara realizará en 1992 con Harvey Keitel no necesitaba ni secuela ni remake. Además no se trató de un film comercial tampoco, sino todo lo contrario, la marginalidad, visceralidad y realismo “es” lo que caracteriza el cine de Ferrara. La película resultó fuerte, potente, un golpe al estómago, un clásico de culto de cine independiente estadounidense de los 90s. La Taxi Driver o Calles Salvajes de la década. Keitel encarnaba a un policía corrupto, drogadicto, violador, que buscaba redención en la religión como típico gangster ítalo americano de los años ’20 y ’30.

    Para hacer la remake se debía utilizar a un director tanto o más trangresor y alocado como Ferrara. Y fueron tras el alemán Werner Herzog.

    El cocktail prometía ser explosivo. Lo irónico es que si Ferrara, parecía un joven Martin Scorsese, Maldito Policía en Nueva Orleans parece dirigida por un Ferrara veterano, irónico, divertido, sarcástico, e inclusive, morboso y lisérgico.

    No se trata de una remake ni una secuela. Por lo tanto, cada uno de los films son incomparables, y tienen una frescura independiente. Más una estrategia de marketing que otra cosa, la versión de Herzog toma también a un personaje muy similar al que hizo Keitel (adicto a las prostitutas, al juego, a las drogas, corrupto), pero en vez juzgarlo y convertirlo en un villano, Herzog pone al personaje en una posición casi heroica. En vez, de rebajarlo moralmente, lo premia.

    El Teniente Mc Donagh no es un ejemplo de policía. En una Nueva Orleans, que todavia sufre las consecuencias del huracán Katrina, inundaciones, casas devastas, personas en la calle (no muy diferente a lo que se vive en nuestro país todos los días), se descubren los cadáveres de los miembros de una familia de inmigrantes ilegales africanos masacrados. El Teniente Mc Donagh se hace cargo del caso. Adicto a la cocaína, y a la heroína para curar sus dolores de espalda, Mc Donagh, empieza a investigar con la ayuda de su compañero y descubren que fue resultado de un altercado entre narcotraficantes de droga. A la vez, Mc Donagh tiene otros problemas: amenaza a hijo de un politico mafioso con matarlo tras descubrir que golpeó a su novia prostituta, tiene deudas de juego, y para colmo de males, su padre, que está yendo a “Alcohólicos Anónimos” le deja el perro a su cuidado.

    Mc Donagh empieza a descubrir que la única manera de mejorar sus situación es cambiarse de bando, pero sin abandonar la policía.

    Herzog convierte un policial ordinario en una comedia de enredos, con muchas, muchas adicciones. Lleva al personaje a límites de patetismo y absurdo realmente surrealistas. Si Ferrara quería hacer énfasis, en la hipocresía de un hombre que buscaba la redención mientras violaba y asesinaba sin código moral, enfrentar el bien y el mal en su solo cuerpo; Herzog muestra a un personaje que está más allá de todas las reglas… y de alguna manera, triunfa en su mundo…

    Sin regodeos visuales, apenas unos planos “místicos” con lentes angulares junto a iguanas y cocodrilos, filmados por él mismo, Herzog explora la enferma mente de un hombre sin caer en el moralismo, ni el sentimentalismo barato o ponerse didáctico.

    Con un ritmo y humor negro que podría ser propio de los hermanos Coen, también este Maldito Policía intercala (y critica) escenas estereotipadas del film noir con verdaderas escenas de una tensión delirante, capaces de arrancar carcajadas al espectador más deprevenido, debido a lo confuso e incierto que resulta el tono en que maneja los códigos y géneros cinematográficos, y la forma imprevisible en que inserta estas escenas.

    Sin abandonar cierta cuota de sadismo y debate existencialista, pero a la vez lleno de un cinismo y crítica a capitalismo más salvaje a través de la figura de la policía (corrupta) como “institución” básica, y de “respeto” como modelo de autoridad del “sueño” americano, cierto tono en la visión me recordó un poco al humor de Jarmursch también, el más onirico, donde se mezlcan sensaciones, pensamientos y sueños, como Ghost Dog.

    Nicolas Cage, estrella, que en algún momento prometía convertirse en un gran actor, calza como anillo al dedo con el personaje: desquiciado, histriónico, medido por momentos. Aquellas características desbocadas, que en una película mediocre ha terminando perjudicando, esta vez son llevadas al extremo de lo patético por la calculadora mano de Herzog, para disfrutar y sorprenderse. No hay duda, de que el espíritu de Klauss Kinsky deambuló por el set de filmación.

    En cambio, el elenco secundario no corre la misma suerte. No tanto por las interpretaciones en sí, sino porque el convencional guión de William Finkelstein no les permite levantar vuelo (a menos que sea en forma literal) a personajes bastante esterotipados y clisé. Eva Mendez, Xzibit, Fairuza Balk, Irma P. Hall y especialmente, Val Kilmer, solo forman parte del contexto de la película y no gran destacarse. Al contrario, con excepcion de Mendes, el resto lucen bastante sobreactuados y fuera de tono. El único capaz de hacer creíble su personaje es el siempre excepcional y subvalorado Brad Dourif (que ya trabajó con Herzog en la magnífica The Wild Blue Yonder).

    Es cierto, que este no es el Herzog de Woyzeck, Fitzcarraldo, o Aguirre. La relación del hombre con la naturaleza, para encontrar su verdadera y salvaje naturaleza interior hay que leerla más en la metáfora que en la película en sí (tras filmar Maldito Policía, hizo My Son, My Son What Have Ye Done, con Michael Shannon como protagonista, que empieza también en Nueva Orleans y sigue en Perú. Es el viaje místico de un asesino, muy en la línea de sus primeros films, y el personaje de Shannon también recuerda a Kinsky. La produce David Lynch y la empezó a filmar al mismo tiempo que Maldito… ya que Shannon, Hall y otros actúan en ambas).

    Excesivo, pero divertido, correcto, pero cínico, Herzog no ha perdido las mañas. Su intuición para captar lo más oscuro del alma humana y ponerla contra un paredón sigue intacta.
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  • Un hombre serio
    Un hombre serio
    A Sala Llena
    La ley de la incertidumbre. Todo es incierto. No hay respuestas. No hay verdades. No hay seguridad. No se puede confiar en el prójimo. No se puede “creer”. No se puede tener fe.

    Básicamente, los hermanos Coen han desplegado durante toda su carrera un tono visualmente surrealista y narrativamente pesimista, patético, nihilista, miserable. Una mirada cruel, anárquica de la humanidad, donde solo una mujer policía embarazada, es la única, en su mundo, capaz de salir indemne, de la crítica feroz, que los hermanos han desarrollado durante toda su filmografía… y cada vez están peores…

    Porque los Coen son expertos, ya sean agregando una cuota mayor o menor de comedia, drama, o suspenso en destrozar a sus personajes, avergonzarlos, humillarlos, estupidizarlos al extremo de la incomodidad. Convertirlos en víctimas de una estupidez aún mayor, que es la raza humana.

    Y posiblemente me quedo corto. En Mar del Plata, dije que necesitaba extenderme un poco más en el análisis de esta genial obra. Acá va el porqué.

    En Un Hombre Serio, los Coen introducen a un personaje identificable, querible pero tan patético, contradictorio y obsesivo como Barton Fink o Ed Crane (Billy Bob Thorton en El Hombre que Nunca Estuvo, junto a la película en cuestión, los mejores trabajos de los directores en opinión de este “crítico”).

    Larry Gopnik es un hombre serio. O por lo menos eso pretende ser. Profesor de física, pero que nunca ha cuestionado las tradiciones judías, hasta que empieza a ver, como su mundo y sus creencias empiezan a venirse abajo: la mujer lo abandona por un amigo, que le habla en tono conciliador y racional, completamente odioso y soberbio; un alumno coreano y su padre intentan sobornarlo y chantajearlo a la vez, su hermano es un enfermo jugador compulsivo y redactor de absurdas teorías matemáticas, y su hijo tiene sus propios problemas a medida que se aproxima su Bar Mitzvah.

    Pero lo que realmente le molesta a Larry es no conseguir respuestas. No puede resolver sus problemas por medio religioso, porque las respuestas de los rabinos son contradictorias. Se basan en cuentos sin moraleja definida, que no responden los cuestionamientos existencialistas de Larry. La matemática y física que explica dan millones de vueltas para terminar siendo… inciertas. No se puede confiar en la familia, no se puede confiar en los amigos, ni en los vecinos… El amor no existe siquiera en el mundo de Larry.

    Los Coen, no solamente crean un ensayo cínico, malicioso, irónico sobre la incertidumbre, sino que además crean narrativamente la película como un gran rompecabezas, una incertidumbre de guión. Larry no consigue respuestas, el espectador tampoco. ¿Por qué el film empieza con un cuento sobre una familia tradicionalista y supersticiosa en la Rusia del siglo XIX? Uno puede crear hipótesis relacionadas con la manera en que los mitos y la ambigüedad siguen presentes en la tradición judía, pero ciertamente es que los Coen, en la estética e inclusive en la adaptación de formatos de la pantalla quisieron diferenciar el corto de la película en sí.

    Cuando vi la película en Mar del Plata, los espectadores creían que era problema del proyector, sin embargo en una segunda visión en Buenos Aires, he notado el mismo problema. Bueno, no lo es. Los Coen hicieron una película con dos formatos de pantalla: 4:3 (pantalla cuadrada) a 16:9 (pantalla rectangular). La meticulosidad de creación del film permite apreciar que nada es azaroso en el mundo Coen: la letra de la canción de Jefferson Airplane, “Somebody to Love” termina teniendo participación diegética en la trama (prestar mucha atención a las palabras del último rabino al final).

    La corrupción de la moral ha sido un tema preferido de los directores estadounidenses. A veces banalizado, a veces solemnizado. Los Coen prefieren reírse de ello. Lo toman como una variable absoluta. Todos terminamos moralmente corrompidos a fin de nuestros propósitos o de beneficiar nuestro entorno. La desgracias se convierten en beneplácito y agradecemos por ello. Los Coen no respetan la vida ni la muerte, las tradiciones ni las creencias.

    Un Hombre Serio probablemente es su película más personal y autobiográfica con respecto a sus infancias, pero también es ideológicamente la obra en que mayor vomitan toda su paranoia y culpa (judía?). Tratan de alejarse de su tradicional estética, no por eso, cada plano, cada cuadro, es extremadamente cuidadoso, planificado, pero esta vez no hay grandes angulares, no hay lentes que exageran el rostro de sus personajes. No los necesitan. Todos los personajes son exagerados de por sí, pero creíbles, a pesar de todo. Odiosamente creíbles. Si en Quémese Después de Leerse, la estupidez de sus personajes era tan obvia y subrayada, al punto de que parecen sacados de una película de los hermanos Marx, el naturalismo de los personajes (y el excelente elenco prácticamente desconocido, donde se destaca Stuhlbarg y Richard Kind) de Un Hombre Serio benefician a que el espectador no se quede afuera. O sea, como siempre los Coen son mucho más inteligentes que el espectador, los personajes, y por supuesto lo hacen notar a cada segundo.

    Los ayudantes tradicionales de los Coen, Carter Burdwell en la banda sonora y Roger Deakins en la fotografía (no incluyo a Roderick Haynes como montajista, porque es el seudónimo de los directores) aportan a crear esta atmósfera depresiva, fría, casi psicodélica, propia de los suburbios de los ‘60s.

    Los Coen son fieles a la narración tradicionalista judía, pero la trangiversan a su piacere. Si los cuentos morales judíos, buscan respuestas en historias de personas comunes a las que les suceden eventos extraordinarios, o en sueños, que en forma simbólica, representan las acciones que las personas deben tomar para seguir su vida (hay que buscar la semiosis en la historia de José, de la Biblia), Joel y Ethan deciden con los respectivos relatos y sueños confundir más al protagonista y aumentar la paranoia general. En ese sentido, ni Woody Allen, un ateo confeso, se ha animado a cuestionar tantos preceptos y tradiciones. Ambos utilizan el humor, pero mientras que Allen es suave y superficial, los Coen son incisivos y molestos.

    Sin demasiadas pretensiones, los directores, construyen una obra redonda, pero abierta a múltiples discusiones, reflexiones sobre el sentido de la vida, con un final extraordinariamente agnostico, pero creyente. Al igual que los Monty Pythons, les interesa poco y nada, dar respuestas a ello.

    Básicamente, siguen siendo los molestos chicos que juegan en la esquina del arenero. Solo que, esta vez, desde su rinconcito, han creado un monumental castillo, una obra maestra… apenas con un puñado de arena y buenas ideas.
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  • Adopción
    Adopción
    A Sala Llena
    Adopción, nuevo film del veterano Lipszyc (El Astillero, Volver, y otras películas pertenecientes a un generación bienintencionada pero decadente dentro del cine argentino lamentablemente) empieza como un híbrido ambicioso, complejo, pero resuelto de forma sencilla y con pocas pretensiones. O sea, bastante más interesante y atractivo de lo que promete la gacetilla de prensa.

    Ricardo y José fueron pareja en plena dictara militar. Debido a los prejuicios de la época, no podían mostrar su relación abiertamente. Sin embargo, Ricardo se animó contra todas las reglas a adoptar un chico de 8 años. Con el correr de los años, Juan, el chico, va madurando y Ricardo no quiere ocultarle su pasado, por lo tanto, sospechando que es hijo de “desaparecidos”, empieza la búsqueda de sus padres biológicos.

    Lipszyc no decide caer en una recreación de época como recientemente fueron Hermanas, Cordero de Dios o Andrés no Quiere Dormir la Siesta, y en cambio encara la historia en formato documental. Aunque no se trata de una historia real y los entrevistados son actores (Gonzalez como Ricardo es muy creíble en el personaje), Lypszic decide no enfatizarlo, e incluso las recreaciones de épocas la graba en película Súper 8, lo que supone que fueron hechas por algún personaje real y no una cámara invisible.

    A la vez, el tono de Adopción, no hace énfasis ni en lo melodramático ni lo sentimentalista. Ricardo cuenta la historia de forma cotidiana, como si fuera una anécdota. A su relato se sumará el de Juan adulto, y otros personajes que conocieron al chico cuando iba al orfanato.

    Desde un principio se hace énfasis en que el tema no es el “ser hijo de desaparecidos” solamente, sino lo que significa para un chico crecer en un orfanato y ser adoptado en una edad no demasiado lejana a la adolescencia; como Ricardo tenía que ocultar su homosexualidad para adoptar, como tenía que presentarla ante Juan; el rol de José (que nunca aparece) en la pareja; el miedo de que los militares descubran la homosexualidad y lo maten. A esto se le suma, el misterioso pasado de Juan. ¿Quiénes fueron los padres? ¿Por qué se “escapó” la madre?

    La película pasa de ser un documental a un tipo de ensayo acerca de las diferentes capas psicológicas que incluye la adopción para el chico y para los padres. El problema viene en la segunda mitad, cuando se empieza a develar el misterio del pasado, y cuando así de repente la película, cuando se ponía más interesante, termina abruptamente, dando algunas respuestas en la forma más simplista, conciliadora, y banal posible. Otras, como cual fue el destino de José, quedan sin resolver. Es verdad, que Lypszic no quiso caer en el “lugar común” de ubicar a Juan como hijo de un padre buscado por la triple A, pero también es cierto que al final todo resulta poco verosímil.

    Una verdadera lástima que a nivel narrativo, la película decaiga tanto en su último tercio. Incluso se podría hablar casi de una falta de respeto por el pasado argentino.

    A nivel estético, sin demasiadas ideas en cuanto a la estética documental resulta acertada la inclusión del Súper 8, meticulosa su reconstrucción. El director también incluye secuencias animadas que remiten al cine de Albertina Carri, y una secuencia con “Playmoviles” es referencia casi directa a Los Rubios.

    Cuando alguien decide encarar una producción abarcando tantos temas “importantes” debe entender que si no profundiza en lo narrativo, que si lleva la investigación a mitad de camino, y da las respuestas más fáciles y obvias, no importa cual sea la intención de la obra, si da en la tecla con el tono o la estética, si rompe moldes o no, lo importante es que no queden cabos sueltos. Y si quedan debe explicar el porqué, justificarlo de alguna manera. No estamos hablando de una película ambivalente, donde la información no se da porque los realizadores quieren dejar una brecha para que complete el espectador, no servir todo en bandeja. Claramente, esa no es la intención de los realizadores de Adopción. “Algo” en el proceso creativo, no lograron entender.

    Por abarcar demasiado, aprietan poco y, así terminan estrenando una película incompleta, lamentablemente condenada al olvido, como tantas otras…
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  • El imaginario mundo del Doctor Parnassus
    La fantasía está de moda otra vez. La semana pasada Peter Jackson nos trajo la imperfecta pero hermosa Desde mi Cielo. La semana que viene se estrena la esperada versión de Alicia en el País de las Maravillas del gran Tim Burton (esperemos que no nos desilusione, aunque yo no tengo altas expectativas). Pero esta semana es el turno de otro fanático de la literatura de Carroll: Terry Gilliam. Pero antes de arrancar con la crítica repasemos un poco la carrera de este genio maldito, maltratado y a la vez admirado por cinéfilos de todo el mundo.

    La Maldición Gilliam

    Casi cuatro décadas atrás, un joven Terry Gilliam encaminaba su carrera artística dando cuenta de su talento en la animación. Cuentos que contaban cuentos, avivando leyendas medievales, la historia del mundo y una sátira mordaz, un humor negro surrealista, donde se mezclaba la caricatura con el collage, fotos animadas con dibujos estrafalarios… Y un día, un grupo de comediantes, se fijaría en la habilidad, creatividad e increíble imaginación del mundo de Gilliam, lo sumarían a participar de su show al otro lado del océano.. porque aunque muchos no lo crean… Terry Gilliam es estadounidense, el único del grupo británico humorístico Monty Python. Empezó teniendo un espacio de animación humorístico, un sketch en el show Flying Circus, y de ahí no se detuvo.

    Participaría en la parte creativa de cada una de las películas posteriores, y también como intérprete ocasional en Los Caballeros de la Mesa Cuadrada, La Vida de Brian y El Sentido de la Vida. A medida que la vida de los Python en cine avanzaba, Gilliam tomaba mayor participación como guionista, e incluso director de secuencias con actores, como Los Piratas de la Agencia de Seguros, el segmento inicial de la genial, El Sentido de la Vida.

    Previo a eso, el director había conseguido llevar a cabo una simpática fábula de ciencia ficción y aventura, inspirado por los cuentos y cultura medieval: Los Bandidos del Tiempo. Un grupo de enanos, llevan a un chico de los años ‘80s hacia diferentes etapas históricas… desde las cruzadas hasta las guerras napoleónicas.

    El éxito de los Python junto a Los Bandidos… dieron energía a Gilliam para llevar a la pantalla su proyecto más ambicioso y personal: Brasil, un clásico de la ciencia ficción inspirado en 1984 de Orwell con Jonathan Price. El éxito parecía sonreír a Terry. Es nominado al Oscar como mejor guionista.

    Con su siguiente trabajo, Gilliam empezaría a ser tratado con mayor frialdad. La superproducción, Las Aventuras del Baron de Münchausen, a pesar de su originalidad, es demasiada ambiciosa y costosa. Se convierte en uno de las mayores pérdidas económicas de la historia del cine.

    Entre la fantasía y la cruel realidad, la desigualdad social, la búsqueda del amor… Gilliam encuentra nuevamente la cima de su carrera artística con Pescador de Ilusiones (1991) con un hermoso duelo actoral entre Robin Williams y Jeff Bridges, el príncipe y el vagabundo…

    Le sigue su película más exitosa, el thriller de ciencia ficción, inspirada en el cortometraje de Chris Marker, La Jeteé, 12 Monos (1995) con Bruce Willis, reminiscencias con Brasil, donde un personaje debe cambiar el curso de la historia, al tiempo que sale de un futuro decadente y entra en un presente desolado…

    Los excesos y las alucinaciones empiezan a jugar en contra de Gilliam. Su siguiente proyecto, la lisérgica crónica autobiográfica del periodista Hunter S. Thompson, Pánico y Locura en las Vegas, no logra la resonancia esperada… divide las aguas de la crítica y empieza a circundar el mito, que el cine de Gilliam no es lo que era en un principio. A igual que sus contemporáneos, Gilliam se deja llevar por los avances computarizados, y su universo empieza a verse artificial…

    Pánico… a pesar de todo es una divertida experiencia, una road movie juguetona… El aspecto de Johnny Depp ayuda a construir este arquetipo de personaje, ayudado por un exagerado Benicio del Toro.

    Pero el mayor desastre de la carrera de Gilliam sería la realización de El Hombre que Mató a Don Quijote basada en la novela de Cervantes. Teniendo en cuenta el humor e ironía del director, mezclado con su procaz imaginación, es inevitable no pensar que es el director ideal para tal proyecto. Pero el destino no quiso que Terry la terminara todavía, y al igual que la versión de Orson Welles, que estuvo repleta de inconvenientes y se filmó a lo largo de varias décadas, el Quijote de Gilliam pasó las de Caín: Hollywood retiró el dinero, y se tuvo que reducir el presupuesto a una cifra afable para la cinematografía europea; debido a problemas de salud, el protagonista Jean Rochefort (idéntico a la imagen que brindó el escritor español) tuvo un problema de salud, que le impidió volver a montar a caballo; los sets fueron destrozados repetidas veces por tornados; fallecieron técnicos, Johnny Depp (interpretando a Sancho Panza) decidió salirse del proyecto. Los realizadores del backstage, crearon a partir de estos imponderables el documental Lost in La Mancha, un diario sobre una producción totalmente fracasada. La película ganó numerosos premios, pero Gilliam no volvió a encarar el proyecto. En cambio se avocó a reproducir el mundo fabulesco de los hermanos Grimm. La película sufrió numerosos contratiempos y enfrentamientos entre Gilliam (que tiene fama de tener mal carácter) con el estudio Dreamworks. Nuevamente pospuesta varias veces, la fecha de estreno de Los Hermanos Grimm, con Ledger y Matt Damon, fue otro sonado fracaso del director en Hollywood, trabajando por encargo para un gran estudio. A pesar de, en apariencia, vincularse visual y temáticamente con obras anteriores de Terry, parece haber sido filmada por un imitador, y básicamente, se trata de una comedia de aventuras y fantasías poco imaginativa en su narración y muy convencional en su estructura dramática con personajes poco atractivos y creíbles.

    Al mismo tiempo, mientras esperaba que los problemas internos de los Grimm los resolviera el estudio, él filmó Tideland, otra oscura fábula de drogas y chicos, que remite a Alicia en el País de las Maravillas, proyecto que siempre se sintió tentado a rodar, pero nunca pudo (y ahora le robó Burton). Nuevamente la fantasía desbordante, y los simbolismos obvios superaron las intenciones de Gilliam. A pesar de ser mejor que los Grimm, Tideland es un proyecto bastante pobre para un director que se merece mejores trabajos.

    Nuevamente contó con la desaprobación de la crítica, y en la taquilla le fue peor que a Münchausen. “No la fue a ver nadie”, dijo bastante deprimido.

    Parnassus, un proyecto autorreferente

    Gilliam es ante todo un soñador y a pesar de la mala suerte de sus últimas películas no baja los brazos. Decide volver al cine con capitales europeos: El Increíble Mundo del Doctor Parnassus, el proyecto que en este momento no arremete, combina lo mejor y lo peor que Gilliam ha hecho a lo largo de su carrera. Es una reflexión, un análisis altruista, pero que guarda muchas semejanzas con el mundo real.

    Lamentablemente, antes de seguir con la crítica, vale aclarar que hubo aspectos nuevamente malogrados durante el rodaje. En Enero del 2008, en pleno rodaje, fallece uno de sus protagonistas: Heath Ledger. Gilliam y el resto del equipo quedan destruidos. No saben como seguir el rodaje sin él. Sin embargo, a manera de homenaje Terry decide evocar a Depp, Jude Law y Colin Farrell para seguir con el personaje, cada vez que este entra en un mundo imaginario. Por suerte, Gilliam consiguió que Ledger filmara toda su participación en el mundo real. Pero no fue la única pérdida, también a mitad del 2008, fallece William Vance, el productor canadiense del proyecto. La mala suerte sigue a Gilliam.

    Cuando la película se presenta fuera de competencia en el Festival de Cannes 2009, las críticas reconocen que el director ha mejorado y se dividen entre los que quedaron fascinados y lo que no se dejaron impresionar. El film se estrenó en diciembre del 2009 en Estados Unidos y lamentablemente, a pesar del recuerdo por Heath Ledger, no tuvo ni el reconocimiento ni el éxito económico necesario para devolver a Gilliam a la senda exitosa.

    Gilliam no se rinde, a pesar de todo. Su próximo proyecto es retomar El Hombre que Mató a Don Quijote, esta vez con Robert Duvall en el rol protagónico.

    En Parnassus, Gilliam retoma la idea rectora de Münchausen, un anciano capaz de cautivar la imaginación de las personas y motivar a que se sigan contando historias fantásticas alrededor del mundo, con elementos de la cultura medieval que expuso en Pescador y Los Bandidos del Tiempo, como la carreta ambulante, los artistas nómades, las leyendas, los juglares, etc. A la vez sigue metiendo viajes en el tiempo como en 12 Monos, la posibilidad de cambiar el presente, y personajes que penetran en constantes fantasías como en Brasil o Tideland. Sí, la película, por suerte tiene el sello Gilliam en cada fotograma, ya sea a nivel temático / narrativo como visual… Nuevamente, como en Pescador, los personajes del medioevo viven como vagabundos de la ciudad (en vez de Nueva York, es Londres).

    El Doctor Parnassus del título (Plummer, soberbio como siempre), es un monje inmortal que le ha ganado una apuesta antigua al diablo (Waits, un poco estereotipado). Parnassus tiene la misión eterna de relatar cuentos para sostener el universo. En la antigüedad lo hacía en un templo, ahora viaja en una caravana con su eterno asistente Percy (Troyer, sorprendente interpretación), su hermosa hija Valentina (Cole) y el comediante, mago y acróbata Anton (Garfield). Sin embargo el diablo, vuelve a aparecer para reclamar una vieja apuesta: llevarse a Valentina cuando cumpla los 16 años. Faltan dos días y Parnassus lo quiere evitar a toda costa. El diablo le da otra oportunidad, el primero que junta 5 almas, se queda con Valentina. Parnassus acepta, pero su deplorable estado y los conflictos internos de su grupo, no ayudan. En el medio encuentra a Tony, un misterioso y carismático (Ledger) joven capaz de captar la atención del público, y llevarlos con la atracción principal del circo de Parnassus, un misterioso espejo, donde cada persona vive sus fantasías más surrealistas como si fueran reales. Pero, a la vez Tony también tiene un lado oscuro.

    El gran conflicto que surge en Parnassus, es similar a lo que sucedía la semana pasada en Desde mi Cielo de Peter Jackson. Por un lado Gilliam, hace un trabajo personal, no es difícil encontrar similitudes entre Parnassus (personaje) y el director, quizás un alter ego de su mente creadora. La misión del doctor es que “la gente siga creyendo en la fantasía”. Con el paso del tiempo la gente ha dejado de creer (similar mensaje que el de La Historia Sin Fin) y por tanto, Parnassus ha caído en el alcoholismo, se pelea con todos sus compañeros, fracasa constantemente. El problema es que Gilliam, “necesita” meter una crítica política y social en el medio, y ahí es donde el controvertido Tony, termina causando un efecto contraproducente en la trama: así como su vida anterior complica al personaje de Parnassus, en la película misma su rol queda confuso, forzado poco claro. La relación con Valentina nunca se profundiza, y de pronto toda la trama desde su aparición se va enlazando y confundiendo. La ambición de Gilliam por abaratar muchos tópicos al mismo tiempo (incluyendo la crítica hacia las obras de caridad, que sirven de vidriera de negocios mafiosos) lo van alejando del tema principal: la necesidad de que la gente siga motivada a imaginar mundos maravillosos y entrar en el subconsciente. A la vez, la presencia y magnetismo de Ledger (que por momentos recuerda al Guasón) opacan al verdadero protagonista: Christopher Plummer. También termina siendo banalizada la historia romántica entre Anton y Valentina. Al igual que Jackson, cuando Gilliam se entusiasma imaginando los mundos más fantasiosos creados en animaciones completamente identificables con el realizador, la narración decae en ritmo y entusiasmo. Por supuesto, que al principio el espectador no lo nota, porque los sorprendentes dibujos de Gilliam, son demasiado imponentes y admirables para notar que la narración decae. Además, está el “plus” de ver que actor va a reemplazar a Ledger cada vez que se mete con algún “cliente” en el Imaginarium de Parnassus.

    Por otro lado, como pasaba con Jackson, a pesar del caos visual / narrativo se nota un gran amor del realizador por la obra completa y los personajes. A diferencia de Jackson, Gilliam logra ser más coherente estructuralmente, y menos contrastante en tonos, y montaje de secuencias. Tiene más dinámica y armonía que Desde mi Cielo. Además el pesimismo de Terry y la falta de cursilería juegan a favor de la diégesis. Los personajes (excepto Tony) resultan ambiguos, son antihéroes identificables que logran mimetizarse con el espectador.

    Con respecto al finado Ledger, lamentablemente, el hecho de que nunca queda demasiado claro, cual es el rol verdadero del personaje en la historia, y el aporte de demasiados tics, propios del actor juegan en contra. Si bien no resulta molesto ver otros actores en sus fantasías, si uno no tendría la información previa, de “por qué” fue cambiado, podría leerse que los cambios no tienen verdadera justificación. En defensa de Gilliam se puede pensar que esto no fue concebido desde el guión. El mejor de los “imaginarios Tonys” resulta ser Depp, quien se desenvuelve con mayor soltura, dada su experiencia con Burton quizás en mundos imaginarios. Pero es Farrell quien tiene mayor participación, y da con el tono más parecido al que venía trayendo Ledger. Habría que preguntarse, si Depp no debería haber sido la elección correcta del director desde el principio. Jude Law, es tapado completamente por la estética del Imaginarium.

    En cuanto a los mundos “imaginarios” resulta cautivante ver muchas autorreferencias: el primer “imaginarium” parece haber salido de Münchausen, pero más reconforta ver el “imaginarium” donde Ledger se transforma en Law: el humor y la estética remiten directamente al mundo Python, por lo cual, un fanático de ley del grupo inglés verá más que retribuida el precio de la entrada.

    El Imaginario Mundo del Dr. Parnassus nos puede devolver a la infancia gracias a su magia y cierta inocencia. A pesar de los desniveles narrativos (especialmente en el final) la película supone un regreso de Gilliam a los orígenes de su carrera. Entre el humor, la melancolía, la nostalgia y el romance, se arregla para demostrar que la fantasía no está muerta. Esperemos que, a diferencia de Welles, pueda terminar su versión quijotesca… Muchos molinos de viento pasaron por su camino…
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  • Desde mi cielo
    Desde mi cielo
    A Sala Llena
    “Es mejor intentar evolucionar y caer en un fracaso humillante que ir a lo seguro, o peor aun, tratar de ganarse el favor de los demás”.

    Aunque no lo parezcan, estas palabras pertenecen a Woody Allen. Justamente, las leí una noche antes de ver Desde mi Cielo, y se podrían relacionar con directamente con una frase no demasiado trascendente a nivel narrativo, pero sí llamativa, tomando en consideración la poca repercusión, que el último y esperado trabajo de Peter Jackson tuvieron entre la crítica y el público internacional:

    “¿Acaso no se valora la creatividad en esta familia?”

    Parece la pregunta que el director debería hacer en Hollywood, y a sus retractores.

    Un Poco de Historia

    Corría el año 1990 y a mi casa llegaba, al principio por error, el catálogo de lanzamientos en video de AVH: “Contacto en Video”, editado por Dardo Ferrari, quien después tendría un trascendente (para los cinéfilos) programa sobre avances e historia de películas, sin la pretensión elitista de Morrelli y Berrutti, y que, sin dudas, influenciaría sobre Axel Kuschevatzky, por ejemplo, para crear programas de trasnoche similares.

    Recuerdo perfectamente (además de tenerla ya mismo a mi lado) que en una edición me llamó la atención, una película de horror llamada Mal Gusto, acerca de unos extraterrestres que llegaban a la Tierra para poner una cadena de hamburgueserías de carne humana. En ese momento, contaba con poca edad y no me llamó la atención.

    Bastantes años después, una película inglesa (era neocelandesa, pero en ese momento para mí era lo mismo) con dos jóvenes muchachas llamadas Kate Winslet y Melanie Lynskie, se transformaba en una sorpresiva obra de culto inmediata con las mejores críticas del año. La película se llamaba Criaturas Celestiales. Pero en ese momento las películas que no eran estadounidenses me llamaban poco y nada la atención.

    Con el paso de los años, el terror me empezó a llamar la atención y me encantaban las historias de fantasmas. De esta manera descubrí, la que se transformaría en una de las últimas películas con Michael J. Fox: Muertos de Miedo (The Frighteners), ninguna obra maestra, pero bastante original en su concepción, con efectos especiales interesantes, y sobretodo una sobria combinación de humor y fantasía, con algo de romance. Sorpresivamente, no era la única Muertos de Miedo que uno podía encontrar en un video club. Había otra más que me atemorizaba: Braindead, “la película más sangrienta de la historia del cine”, según rezaba la cajita. Decidí que todavía no era hora de verla.

    Realmente, este prontuario cinematográfico no pregonaría lo que vendría inmediatamente después en la carrera de su realizador, el gordito y desgarbado, Peter Jackson.

    No hace falta aclarar que El Señor de los Anillos, puso por fin a este director neocelandés en el mapa de la cinematografía mundial, adaptando, lo que para algunos es, una obra imposible de adaptar que había sido tratada de llevar a la pantalla grande, en versiones animadas, a las que no les fue demasiado bien.

    Jackson lo hizo posible, y este humilde cinéfilo empezó a investigar los antecedentes del mismo , y descubrir para su sorpresa, que conocía toda la obra anterior, pero nunca la había visto. Por tanto, empecé a ver todas (me falta la sangrienta, Meet the Feebles, difícil de conseguir, pero hecha con títeres). Quedé realmente deslumbrado por el ingenio, el humor, la fantasía y la melancolía de su creador. Inclusive el falso documental Forgotten Silver, es una obra maestra. Me di cuenta, que El Señor… era una obra “menor” comparada a todo lo anterior.

    Tras dos años de intervalo, Jackson nos trajo una versión muy cinéfila, melancólica y muy extensa de King Kong. La película tiene muchos retractores, pero a pesar de ciertos excesos (la pelea con los Tiranosaurios) y algún que otro error de casting (Adrian Brody), es una obra hermosa. Una de las mejores historias de amor cursi bien realizadas de los últimos años. Naomi Watts y Andy Serkis (como Kong) conforman una pareja tan increíble como inverosímil, pero llena de pasión y autenticidad.

    Por supuesto, que al tomarse cuatro años, para estrenar su próximo proyecto, el seguidor de Jackson, pretende encontrar un esfuerzo a la altura de las expectativas generadas.

    Aclaro que no conocía ni había leído el best seller de Alice Sebold, pero tampoco estaba interesado en saber mucho sobre él. Simplemente quería sorprenderme con la película de Jackson. Las primeras fotos y el primer trailer eran prometedores. Imágenes oníricas generadas por efectos especiales, sobre la particular visión de Jackson acerca del “cielo” abrían esperanzas de encontrarnos con LA película del año. Pensaba que Desde mi Cielo se convertiría en la gran sorpresa que destronaría el fenómeno Avatar. O sea, confiaba más en la narrativa y creatividad de Jackson que en la técnica de Cameron.

    Tales expectativas empezaron a caer, cuando las primeras críticas resultaron ser… desastrosas. Un “ídolo” no puede caer tan fácilmente. Por esto mismo, tenía mucha curiosidad por ver cuan “mala” podía resultar la obra de una gran director.

    El Imperfecto Arte de un Autor

    Es difícil explicar la sensación que produce ver algo, que el fondo, y desde la objetividad uno sabe que tiene falencias, pero por otro lado no puede dejar de admitir que le produce cierta emoción interna relacionada con el hecho de estar viendo una obra personal, arriesgada, que no está típicamente hecha para gustar.

    Desde una visión estrictamente crítica debo admitir, que Avatar (la cual perfilaba como la principal competidora de la película de Jackson) es un producto más redondo a nivel cinematográfico, pero también más mecánico, manufacturado por máquinas, prefabricado, demasiado preconcebido, previsible a nivel narrativo. Cuando uno ve Avatar no parece que se tratara de una propuesta arriesgada sino de un “éxito seguro”.

    Pero Desde mi Cielo, tiene el gusto de aquella obra hecha para uno, de una obra que se anima a combinar géneros, tonos y formas por momentos, arbitraria y azarosamente; desprolija, pero a la vez, con picos de belleza. Aquel que vio y supo disfrutar de la obra de Jackson antes de los Hobbits, puede reconocer que todavía queda en la mente de esto hombrecillo, ese sello autoral, personal, esa melancolía y romanticismo cursi. La espina de la rosa, el perfil macabro del adolescente que no abandonó su infancia y el mundo de la fantasía. O sea, todo lo que resumía Criaturas Celestiales, allá por ’94.

    La verdadera magia interna de Jackson no está perdida ante la excesiva imaginación y los efectos de computadora generados por CGI, así como todavía quedan atisbos del director de cine clase B (o Z) que empezó su carrera junto con su novia Fran Walsh, allá a fines de los ’80 con Mal Gusto en Nueva Zelanda.

    Esta vez el problema surge con las intenciones y las ambiciones: Jackson no quiere revolucionar la técnica sino, contar una fábula, un cuento de hadas surrealista, de la forma más “linda” y “emocionante” posible, ensalzando, los valores familiares y la justicia poética (“el destino se encargará de implementar la justicia”). Ahora bien, los tonos varía de acuerdo a la escena y el personaje. Si lo vemos desde el punto de vista de Susie Salmon (Saoirse Ronan, hermosa, honesta y soberbia) se trata de una fantasía melancólica, con elementos típicos del Spielberg (no por nada es el productor ejecutivo) de Siempre e Inteligencia Artificial, dentro de un mundo (un tipo de Purgatorio donde las víctimas de Mr. Harvey esperan para ser liberadas) que podría haber sido diseñado por Tim Burton, o que evoca a Más Allá de los Sueños o las fantasías de las protagonistas de Criaturas...

    Si tomamos en cuenta la visión del personaje del siniestro psicópata compuesto por un irreconocible y extraordinario Stanley Tucci, se trata de un thriller psicológico, con componentes de M, El Vampiro de Fritz Lang (en ambos casos, también son pedófilos, pero ambos correctamente deciden no ser obvios en ese aspecto). Combinando ambos mundos, uno puede reconocer ciertos aspectos de la subvalorada La Celda (donde Jennifer López se metía dentro de la mente del asesino Vincent D’Onofrio).

    Pareciera, que a pesar, que el mundo de Susie tiene un gran despliegue técnico y visual, con imágenes realmente maravillosas, aunque también con algunas inclusiones desprolijas y torpes, uno nunca termina de meterse dentro o seguir maravillándose, porque la realidad (el cuento real) intercede, y como sucede con toda la película en sí cada secuencia es interrumpida y no termina por disfrutarse, desarrollarse y profundizarse a pleno, o al máximo. Hay demasiado personajes secundarios y demasiada subtramas.

    Para seguir con el análisis de los personajes, encontramos el melodrama familiar, la ruptura del matrimonio perfecto, los padres de Susie, y como esto afecta a los dos hijos menores. En este sentido, Jackson apela a caer en la telenovela lacrimógena. Ciertas situaciones no logran salirse de la solución banal y simplista. La actuación de Mark Walhberg como el obsesivo Jack, padre de la protagonista no ayuda y no resulta creíble, más allá de que el personaje tiene mucha profundidad y complejidad. Lo opuesto sucede con Abigail, la madre. Rachel Weisz se ve soberbia y cómoda en el rol, creíble, pero es un personaje injustamente dejado a un lado muy rápidamente. En este sentido, mucho más equilibrada está Susan Sarandon, como la borracha y extrovertida abuela de Susie. El problema surge que Jackson interrumpe el melodrama para incluir, una secuencia humorística descriptiva del personaje, que genera una doble sensación de incomodidad y desconcierto, al cortar el clima de forma tan abrupta por una secuencia tan simpática.

    Poco aporta la subtrama policial a cargo de Michael Imperioli, en un rol solvente.

    Y si todo esto fuera poco, no se deja de lado, la subtrama romántica, de cómo Susie perdió a su primer amor, su primer beso, su primer hombre. Entre la cursilería más básica y la ingenuidad, Jackson fuerza el relato para que este aspecto tampoco quede afuera.

    ¿Y acaso el resultado final no es un poco exagerado? Sí. Nada termina realmente por cerrar. O mejor dicho, se cierra de la manera más simplista y televisiva posible.

    Esta vez, Jackson, Walsh y Phillipa Boyens, no pudieron amalgar bien todos los aspectos que plantea la novela y el resultado es incompleto. Uno termina teniendo la sensación que podría haber visto más y mejor, si algunas escenas no fueran innecesariamente tan largas, solemnes y melodramáticas.

    Sin embargo, no se trata de un desperdicio. Jackson aprovecha para plasmar dos excelentes escenas de suspenso en la que el personaje del Mr. Harvey, gracias a la sutil gestualidad y transformación de Tucci logra mantener una tensión feroz. La persecución dentro de la casa a Lindsey Salmon (Ruth Connors en un excelente debut) es magistral, digna del mejor Hitchcock. Todas las secuencias que incluyen a Mr. Harvey son realmente lo mejor de la película.

    A nivel visual es irreprochable, desde la fotografía de Lesnie o el arte de Naomi Shohan (que además de crear el celestial mundo de Susie, reconstruye meticulosamente los años ’70 en los que sucede la historia) hasta la poética banda sonora de Brian Eno, o los efectos especiales se nota una meticulosidad y personalidad creativa por parte de Jackson. No faltan, además un cameo, ni el cartel de una novela adaptada en el pasado por su director. Lo que se puede leer como la firma definitiva que no se trata de un convencional trabajo por encargo.

    Personalidad

    Aun con sus falencias, la película transmite pasión y amor de los realizadores por su creación, por sus personajes, y por cada objeto, ninguno incluido azarosamente. Todos tienen una connotación narrativa y simbólica (por momentos demasiado simbólicas, subrayadas y obvias).

    Pero a pesar de todo, ese amor es transmitido al espectador, y solo un alma demasiado fría y aburrida no puede sentirse conmovida por la cursilería, la simpatía de este complejo rompecabezas, que no es más ni menos que un macabro cuento de hadas existencialista, que no elude el sermón, pero por otro lado irradia belleza y lirismo, por momentos impuesto, en otros auténtico.

    Desde mi Cielo es una obra de autor, personal, imperfecta, encantadora, que los seguidores de Peter Jackson, (aquel gordito con cara de nabo que se enfrentaba a espantosos extraterrestres, mientras que la materia gris colgaba de su cabeza), a pesar de todo, sabrán apreciar y admirar.
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  • La canción de las novias
    Parece que los años en que criticar las tradiciones religiosas y diferencias culturales se consideraba un tema tabú, pasaron a la historia.

    La Canción de las Novias, segunda obra de la directora y actriz francesa, Karin Albou (La Pequeña Jerusalem) usa como contexto histórico la invasión de los nazis en Túnez para explorar temas muy delicados dentro de la cultura de los países de Medio Oriente, como lo son las diferencias ideológicas, religiosas y culturales, y a la vez para criticar algunas prácticas ortodoxas, que aún hoy son comunes, y que implican costumbres misóginas, donde las mujeres terminan siendo víctimas de la sociedad.

    Túnez 1942, Myriam y Nour son dos amigas íntimas. Ambas tienen 16 años y sus padres quieren casarlas. Myriam vive con su madre Tita (la propia Albou), ambas emigrantes francesas judías, en un barrio pobre de la ciudad, mientras que Nour, su vecina, es hija de una ortodoxa familia musulmana. Sin embargo, esto poco influye en la relación de ambas. Túnez es una colonia francesa, y los tunecinos quieren la independencia. Tita es despedida de su trabajo como costurera, por lo tanto, necesita que Myriam se case con Raoul, un aristocrático médico tunecino judío para sacar adelante a la familia. Mientras tanto Nour quiere casarse con Khaled, su primo, pero su padre no aprueba el compromiso, porque el joven es desocupado. Cuando los nazis ocupan Túnez, Khaled trabaja como informante de la SS. Los nazis imponen un impuesto para que los judíos se queden en tierras tunecinas, por lo que solamente si Raoul lo paga por ellas, Myriam y Tita se pueden quedar, y eso solamente puede pasar si Myriam se casa con él. Al mismo tiempo, Khaled le llena la cabeza a Nour para que abandone a Myriam por ser judía.

    Más allá del retrato histórico, la directora explora el lavado de cerebro y la discriminación, nacionalidad, situación económico – social, religión y sexo. Sin salir del humilde barrio donde sucede la mayor parte de la historia, la asfixia, la iniciación sexual, la amistad son puestos en cuestión, a través de la demostración de ritos en forma detallada, que llevan al espectador a compartir el sufrimiento de los personajes.

    La tensión sexual y la pérdida de la virginidad impuesta por la sociedad, y sobre todo la falta de libertad e independencia de Túnez, sirven como metáfora de las restricciones a las mujeres con las de una ciudad sometida por dos bandos hegemónicos.

    La reconstrucción histórica es precisa pero no ambiciosa, sino moderada. No se trata de una superproducción histórica de Hollywood. La fotografía fría, oscura transmite ese clima asfixiante, que la directora efectivamente pretende recrear. El vestuario, es fundamental para entender la transformación de comportamientos de las mujeres, la importancia que tiene para definir cuando se rompen barreras sociales, y barreras generacionales. El pasaje de la chica a la mujer. La mujer que según, la cultura, debe convertirse en madre, esposa, súbdita de un hombre que no ama.

    Los climas son eficientes, la tensión constante, y la película alcanza tener un buen ritmo, la narración es atractiva y atrapante la mayor parte del relato, tratando de que la carga dramática no caiga en golpes efectistas de lacrimogenia fácil, mas sí tiene algunos puntos bajos, pero que no resultan forzados.

    Si bien en los últimos minutos toma una posición conciliadora un poco inverosímil, la película es una obra cargada de simbolismo que da pie a reflexiones y discusiones.

    Las interpretaciones de las jóvenes Lizzie Brocheré y Olympe Borval, como Myriam y Nour respectivamente, elevan el nivel de la película de Albou.
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  • Día de los enamorados
    Oportunismo mediante, el veterano director Garry Marshall ¡vuelve al ataque!

    Es verdad que nadie puede ir con muchas expectativas a ver una nueva comedia romántica del director de Mujer Bonita, Frankie & Johnny, Novia Fugitiva y creador de exitosas series como Laverne y Shirley (interpretada por su hermana, la directora Penny Marshall) Días Felices (con un joven Ron Howard, otro futuro director) y Mork & Mindy (que dio a conocer a Robin Williams) entre tantas otras comedias y series.

    Pero es verdad, que se trata de un director muy irregular, cuyo principal público generalmente es femenino, y que de vez en cuando, gracias a algún guión medianamente inspirado, puede hacer una comedia simpática y pasatista, sin demasiadas pretensiones, que se deja ver.

    Tras apuntar dos veces hacia el público infantil con Los Diarios de la Princesa, Marshall había tenido una gran recaída con Las Reglas de Georgia con Jane Fonda y Linsday Lohan. Con Día de los Enamorados, su intención es emular a Realmente Amor de Richard Curtis, pero en vez de Londres, el destino como es habitual en su cinematografía, son Los Angeles.

    En primera instancia uno creería que se trata de episodios aislados uno del otro, al mejor estilo Paris, Je Taime o la inédita en Argentina, New York, I Love You. Pero pronto uno se va dando cuenta, por suerte, que hay mayor consistencia en la narración, coherencia estética, dinamismo que un film compuesto solo por cortos. Eso no significa que todas las pequeñas historias y todos los personajes tengan la misma cuota de profundidad y elaboración.

    Como dice el título, se trata de un film coral que sucede durante todo el día de San Valentín. Partiendo del personaje de Reed (Ashton Kutcher) que le propone casamiento a su novia (Jessica Alba) y siguiendo con el relato de un periodista deportivo que debe cubrir historias de parejas en la calle (Jamie Foxx), una gimnasta que trabaja como secretaria de una agente deportiva y atendiendo llamadas hot al mismo tiempo (Hathaway), cuyo conservador novio no sabe como impresionarla (Topher Grace). O una maestra (Jennifer Garner) que quiere buscar a su novio a San Francisco, pero no sabe que él tiene un secreto; un chico que quiere encargar flores para una “chica” del colegio; una pareja que busca debutar sexualmente o el episodio más superficial, el de una capitán del ejército (Julia Roberts) que vuela regresando a su casa, en compañía de un hombre solitario (Bradley Cooper). Y si les parecen muchos personajes, solo se trata de la mitad.

    A medida que va avanzando la película, las historias quedan como anécdotas de otras más grandes, y todas de alguna manera terminan relacionándose unas con otras, ya sea por conexiones entre los personajes o mera casualidad espacial (un hotel, un restaurante, la escuela).

    Previsible, estereotipada, repleta de clisés, lugares comunes, y por supuesto… muy cursi, obvia, con diálogos y frases hechas, que figuran en todas las películas románticas estadounidenses desde los años ’50 hasta ahora, Marshall, sin embargo nunca trata de esconder estas “fallas”. Es totalmente conciente de lo que hace. Es así como por momentos, el guión se burla de lo previsible que resultan las acciones de los personajes (aparece un gran comediante secundón como Larry Miller para darle énfasis) se burla de los estereotipos, al tiempo que no deja alguno afuera… y por supuesto, cuanto más cursi es, más efectivo.

    Sin demasiada originalidad, a pesar de todo, la película resulta… simpática. Algunos gags son muy divertidos, otros no tanto, otros aburren… Aún así resulta atractiva, más allá de que uno vaya acertando media hora antes que termine la película, quien se queda con quien.

    A diferencia de otros films del director, y es en este punto, donde guarda las mejores semejanzas con Realmente Amor, Día de los Enamorados, no se recurre a golpes bajos o momentos lacrimógenos elementales y sobreactuados. Se puede decir, que cuando el film se pone meloso y sentimentalista, que pareciera que se empieza a agotar, repetirse o ser monótono, concluye. Marshall sabe ponerle ritmo y punto final a la narración, y acierta en el timing humorístico.

    Si bien, no está a la altura estética, narrativa o interpretativa de la película de Curtis (aunque la homenajea con un afiche de fondo en una escena), aun cuando esta tampoco es “la” gran película (esta un poco sobrevalorada), cumple con la intención de entretener por un rato, en compañía de la media naranja de cada uno.

    Visualmente Marshall nunca fue demasiado inspirado, y tiene un tratamiento invisible con la cámara y fotografía, legado de sus años como director televisivo. La música de la película, fluctúa con temas románticos clásicos desde el gran Glenn Miller hasta la joven Taylor Swift, también interprete de un pequeño personaje.

    Dentro del elenco, los actores logran destacarse en la medida que sus personajes le dan lugar para que tengan mayor o menor participación dramática y narrativa, o según la complejidad de los mismos, en la medida le van sucediendo contratiempos.

    No debería sorprender entonces que sea Ashton Kutcher el más destacado dentro de un elenco de figuras “importantes”, ya que su historia, además de servir como nexo con las otras, es la más compleja (y a la vez más clisé). En ese sentido Jennifer Garner, también logra destacarse. Hathaway, Queen Latifah, Jessica Biel y Jamie Foxx, cumplen efectivamente sus roles.

    Desaprovechados resultan Shirley MacLaine (solo se ve justificada su participación como un homenaje a su trayectoria), Hector Elizondo (participante de todas las películas de Marshall), Kathy Bates, en un rol muy menor, Bradley Cooper y especialmente Julia Roberts.

    Quizás lo más disfrutable de la película se encuentre en algunos detalles secundarios como una sutil crítica a la vida de Los Angeles, la dependencia de la clase media y alta a los blackberry, los bluetooth y el Facebook.

    Marshall es un director de escuela clásica que no inserta montaje videoclipero, efectos especiales, violencia o drogas para darle un toque contemporáneo. Las referencias sexuales y de homosexualidad son sutiles también, como para no molestar a los ancianos conservadores, pero tampoco para ser acusado de discriminatorio. O sea, un ejemplo perfecto de lo que es ser “políticamente correcto” en el cine estadounidense.

    Lo más desilucionante, personalmente hablando, fue no ver un reencuentro (ni siquiera un cruce de miradas) entre Kutcher y Grace dentro de la película (ambos participaban de la serie That 70s Show) o Patrick Dempsey y Eric Dane (compañeros de Grey’s Anatomy). Aunque no falta el típico cameo de Marshall, y casi al principio también hay una sorpresa.

    Se trata de una película más, efímera, rápidamente olvidable. Quizás la opción más obvia del domingo por la tarde.
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  • Los viajes del viento
    Es realmente satisfactorio, de vez en cuando, ver en pantalla gigante un trabajo visual realmente meticuloso, armado, plástico. Es un placer para los ojos tener frente a uno, paisajes increíbles fotografiados de forma soberbia, con calidad pictórica, sentido artesanal, sin necesidad de tener que retocar la imagen en post producción o agregarle efectos visuales. Tomarnos el tiempo, esculpir en el tiempo, como decía Tarkovski para entender como está compuesto un cuadro.

    La naturaleza nos provee escenarios increíbles, que por suerte artistas de gran talla partiendo de maestros como Kurosawa o Herzog han sabido aprovechar para nutrir a sus relatos de una belleza incontenible. A veces el paisaje provee la idea de qué filmar, a veces la cultura, a veces los integrantes de estas comunidades, sus costumbres, ritos, mitos…

    Abundan ejemplos de este tipo de cine en latinoamérica y pareciera que tenemos mejores directores de fotografía que narradores. Por más que todos estos elementos estén presentes en las películas, a veces las narraciones no fluyen. Los directores apelan al minimalismo de forma vaga y obvia, o critican costumbres desde una óptica burguesa, convirtiendo historias mínimas, en telenovelas rurales orientadas a un público masivo lacrimógeno. La fama adquirida es una falacia construida sobre la base de hacer un cine social hipócrita, que triunfa más afuera que adentro, que impacta sobre un público urbano, pero que los integrantes de dichas sociedades expuestas, no encuentran la identificación que los realizadores pretendieron filmar.

    Y así es como ponemos en un pedestal a realizadores sobrevalorados como Iñarritú, Cuarón, Reygadas o Plá. Todos ellos no niego que sean talentosos, pero a veces las imágenes que resultan tan llamativas y atractivas para cierto público no se asocian con la realidad. No niego que la primera vez no me haya cautivado ver Amores Perros o Japón, pero fue con películas que no llegaron al cine y recurren al golpe bajo, el sentimentalismo e imágenes demasiado elaboradas para una narración no demasiado sólida como El Desierto Blanco de Plá o Noticias Lejanas de Ricardo Benet… Digamos que estas películas me hicieron un poco abrir los ojos y ver que hay detrás de una excelente fotografía y una gran puesta en escena. Y fue desilucionante no solamente no encontrar mucho, sino que todas se empezaban a parecer de una forma u otra. Bueno, lo que suele pasar con el cine estadounidense a fin de cuentas, sea de estudio o “independiente”.

    Pero Los Viajes del Viento, segunda obra del joven Ciro Guerra es un notable descubrimiento, una verdadera sorpresa que logra evadir los lugares comunes del cine social latinoamericano, sin por eso perder una cultura latinoamericana. Planteada como una road movie, la película parece deberle más al cine de Sergio Leone o de Glauber Rocha que a algún cineasta latino contemporáneo. Quizás se podría buscar simetrías con la propuesta de Albert Serra, Honor de Caballería, pero con mayor sentido de la estética, menor pretensión hacia la polémica y por supuesto mejor trabajo en la dirección de actores, perfil de personajes y profundidad dramática, porque aunque no lo parezca esta historia le debe mucho al cine clásico o a los westerns, no solo de Leone, sino de Ford y Hawks.

    Ignacio Carrillo (el músico Marciano Martínez) es un acordeonista juglar retirado en un pueblo muerto del norte de Colombia. Tras la muerte de su esposa decide cumplir una vieja promesa de un día para el otro: devolverle el acordeón que lo acompañó toda su carrera a su maestro, que lo construyó. A galope de mula, Carrillo parte lentamente a la aventura. Pronto a empezar el viaje se cruza con Fermín, un joven aspirante a músico que pretende que Carrillo le enseñe a tocar el acordeón. A cambio, él le hará compañía y le servirá para lo que necesite en el viaje. Ignacio es hosco, resentido, soberbio, pero acepta la compañía. Fermín lo acompañará a pie por desiertos, bosques, playas y montañas para que pueda concebir su fin.

    El viaje demandará algunas vicisitudes, para conseguir comida, Carrillo tendrá que enfrentarse a otros juglares, y se entablarán duelos que remiten tanto a la Edad Media como al lejano Oeste. Mezcla de película de aventuras y narración de contemplación, lo que se destaca de la película es la austeridad de los personajes, que nunca pierde su tono, elementos absurdos y fantásticos que aparecen de manera sutil. Guerra junto con el excelente fotógrafo Pablo Pérez, y una gran banda sonora, logran generar un clima tenso, reflexivo, atrapante y cautivante en las imágenes.

    La narración integra temáticas típicas del género, como las desavenencia entre dos generaciones, el maestro desencantado y el aprendiz esperanzado, idealista. El clima es el tercer protagonista, el viento está presente en todos los planos, el calor como enemigo. Y eso influye también sobre los personajes que encuentran en el camino. Pero, sin duda lo que más se palpa, son las huellas de El Quijote de Cervantes, sin el sentido del humor, por supuesto, pero en lo estrictamente superficial, la relación de Fermín e Ignacio guarda similitudes con la obra del escritor español. Dos almas varando por el desierto con una misión en apariencia maldita.

    La figura del diablo está latente en cada detalle, desde los mitos narrados por los personajes que aparecen en el camino hasta los cuernos del acordeón. Es cierto, que a pesar de tantas aventuras, la solemnidad y falta de humor en el relato, terminan realentando la historia y por momentos, a pesar de subyugarnos a la fotografía, la película se hace un poco monótona y repetitiva. Es razonable pensar que le sobren por lo menos 15 minutos de metraje. Mas, Guerra, evita caer en la melosidad, sentimentalismo y dramatismo telenovelesco. Logra mantener una distancia prudencial de las emociones fáciles, y en cambio se contagia de la frialdad del antihéroe.
    Es probable que ya hayamos visto esta película antes, pero es un orgullo que dentro del cine latinoamericano se pueda encontrar una obra con identidad latina, identidad cinematográfica, deleitable fotografía, y creíbles interpretaciones (la pareja protagónica es soberbia). Las habrá mejores, sin dudas, pero si empezamos con el juego de las comparaciones, Los Viajes del Viento, saca leguas de distancia a la mayor parte del cine latinoamericano actual. Esperemos que no se la lleve el viento…
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  • Días de ira
    Días de ira
    A Sala Llena
    La ley de la incoherencia. Hay dos formas de hacer un film de acción clase B.

    La primera, siendo conciente de lo que estás haciendo y virar hacia lo bizarro, exagerado, inverosímil, pero tomarlo como estética, como parte del chiste del “vale todo”. Dando a entender al público que tu intención es hacer pasar un momento entretenido, sin demasiadas pretensiones y nada más. Pongamos como ejemplo a Robert Rodríguez, sin duda el mejor ejemplo contemporáneo en el tema; Roland Emmerich, el descendiente del cine catástrofe… Incluiría a Tarantino, pero, ya va más allá de lo bizarro, traspasa la barrera del cine de culto y ya se convierte en un director “importante” de la industria.

    Las películas de John Woo, por ejemplo, son estilísticas, tienen un lirismo y un sentido personal del ritmo. Son poesía y acrobacia pura. No importa cuan malo sean los guiones. John Woo es arte y se le debe perdonar hasta Operación Cacería.

    Pero están los que se creen que están haciendo algo más que una película de acción clase B. Los pretenciosos que realmente creen que con su película van a causar polémica, y que lo que hacen, con cero inspiración o pretensión artística y autoral, va a resultar un éxito. Son directores que hacen películas que fácilmente se confunden en estilos y narraciones con otras. Algunas de estas películas de acción, terminan siendo efectivos entretenimientos, porque más allá de los estereotipos, logran ser creíbles, verosímiles dentro del universo creado. Otras nunca deberían haberse hecho.

    F. Gary Gray ha entrado en el mercado de los directores invisibles. Bien uno podría confundirse a esta altura a Gray con Andrew Davies. Nadie niega que ambos tuvieron en su momento, un par de películas de acción y suspenso efectivas. ¿Pero se los puede acaso diferenciar en estilos, temáticas o rasgos personales.? No.

    Gray hace viene tiempo errándola. Su última película Be Cool, la “segunda parte” de El Nombre del Juego era una comedia sin humor, lugares comunes tras lugares comunes, golpes de efectos mil veces visto…

    Se puede perdonar, anteriormente, dos thrillers apenas entretenidos e interesante como El Mediador y La Estafa Maestra.

    Pero Días de Ira se trata sin duda del peor paso en falso de este, en algún momento, prometedor director.

    Clyde (Butler) tiene esposa e hija. Es inventor. Una noche le golpean a la puerta, él atiende y dos hombres entran, lo atan, lo apuñalan a él y la esposa, uno de ellos, la viola. Después, mata a la hija frente a los ojos de Clyde. Tiempo después, no se sabe ni importa como, ambos criminales son enjuiciados: el implacable fiscal Nick Rice (Foxx) hace un trato: uno de los asesino confiesa e inculpa al otro: el primero (el más cruel) es condenado a 5 años, mientras que el otro, tendrá la pena de muerte. Clyde quiere justicia equitativa. 10 años después ejecutará una oleada de venganza que empezará con los asesinos y tendrá como objetivo hacer caer todo el poder jurídico de Estados Unidos, especialmente contra Nick, quien se convirtió en el Fiscal de Filadelfia, y va a tratar de seguir el juego de Clyde e impedir que siga matando para vengarse de la “justicia”.

    Planteada como una suerte de película de Steven Seagal combinada con la saga de Bourne y algo de la serie La Gran Estafa, la película busca ser un thriller convencional con película de venganza con drama jurídico y sale perdiendo en cada área.

    El problema en principio no parte directamente de Gray, quien logra impostar cierto suspenso en momentos claves de la historia, pero sí del guión. Más allá de tener los mil y un lugares comunes, clisés, estereotipos, diálogos obvios pretenciosos y grandilocuentes (solo falta que Clyde diga: ¡Esto es Esparta!), los típicos juegos de “¿quién es el asesino?” (que tanto odiaba Hitchcock), situaciones previsibles, correcciones políticas, etc, etc, etc, la película es completamente inverosímil en su estructura y linealidad. Los personajes están realmente pobremente escritos, no hay complejidad de ningún tipo. Los cambios en los personajes son abruptos, ininteligibles, y lo peor, es que pretenden que el espectador se crea cada estupidez que va sucediendo.

    Acá el guionista Wimmer subestima la inteligencia de los personajes, del espectador y del pobre actor que hizo el esfuerzo por hacer creíble un guión que no tiene pies ni cabeza y se contradice constantemente en el mensaje.

    Si en algún momento, me parecía que la película podía dejarse ver, al menos como mero entretenimiento por cable, en el final con dos vueltas de tuerca, que pretenden provocar sorpresa en el espectador, terminan por confundir por la incoherencia temporal típica de los cánones del peor cine hollywoodense. No se puede pedir explicación a semejante final, a no ser que en diez años vivamos en el planeta Vulcano.

    Días de Ira (título que ayuda a confundir más al espectador desprevenido) se enrosca en una serie de subtramas que nunca terminan de congeniar, personajes secundarios que quedan dejados al margen incomprensiblemente (como el detective que interpreta el gran actor irlandés Colm Meany, totalmente desaprovechado), complots político risibles, explosiones, escenas de mutilación…

    ¿De que estamos hablando? ¿El Juego del Miedo con novela de John Grisham y El Vengador Anónimo? Al menos, Gray se mantiene fiel a una estética noventosa y no sobrecarga la pantalla de efectos visuales videocliperos o publicitarios a lo Tony Scott o Michael Bay.

    Pero si hubiese detrás de cámara un director que no se tomara muy en serio su rol, la historia que debe plasmar en pantalla, y tuviéramos delante a un dúo actoral con mística y química, podríamos decir que al menos nos divertimos. Pero F. Gary Gray pareciera creer que realmente está haciendo la remake de Pecados Capitales. Es cierto, que la película comparte puntos en común con El Mediador (hacer justicia desde medios poco ortodoxos) pero en ésta, la tensión no era interrumpida por giros tan inverosímiles; Samuel L. Jackson y Kevin Spacey creían en sus personajes.

    Gerard Butler, en cambio demuestra nuevamente que quiere seguir los pasos de Stallone o Seagal (no tiene carisma ni para la comedia, aunque lo intenta) como (anti)héroe del cine de acción, pero ni siquiera llega a ellos. Y obviamente, está muy lejos de un Charlie Bronson. Foxx es un desconocido. Tras interesantes interpretaciones en Ray, Colateral o El Solista, hace traspié con un personaje que no entiende desde los primeros minutos, y termina siendo demasiado contradictorio al final.

    Terminada la función, más que Días de Ira, tuve Un Día de Furia. Pero, ¿Por qué preocuparse tanto? al fin y al cabo es otra mediocre película de Hollywood, como habré visto, y veré tantas en mi vida.
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  • Vivir al límite
    Vivir al límite
    A Sala Llena
    Hace dos años tuve el beneplácito de asistir a la función de apertura del 23º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, donde se exhibió Vivir al Límite, con la presencia de Kathryn Bigelow, su hermosa directora. La película venía de haber ganado varios premios en Venecia y empezaba a tener un interesante recorrido por festivales internacionales, pero no había encontrado, hasta el momento un distribuidor dentro de los Estados Unidos para estrenarla comercialmente.

    Esta ironía, permitió que debamos estar hablando de la película ahora, y no hace un año. Llámenme visionario o simplemente un cinéfilo experimentado, pero ni bien terminó la proyección sabía que tanto la película como su directora, y su protagonista (James Renner) estarían nominados al Oscar con todas las cartas a favor.

    Definitivamente no soy adivino.

    Vivir al Límite es un relato soberbio, atrapante, potente, intenso. Tuve una ola de sensaciones encontradas, cuando terminó dicha función. Una apertura más que digna. Todavía sentía la adrenalina de la guerra en mis venas, días después de asistir a tal evento.

    Decidí volver a mirar la película antes de su estreno comercial local, para brindar a esta crítica una visión más contemporánea y probarme a mi mismo, si dichas sensaciones habían estado relacionadas con el contexto en que miraba la obra, tras un día de muchas corridas y emociones en el Festival (hacía dos horas había estado a metros de la Presidenta de la Nación) o si realmente, la película misma tenía esa potencia contagiosa, que al salir de la sala, sentís esa necesidad de acción por la que pasa el protagonista.

    La primera impresión no fue errónea, Vivir al Límite, es adrenalina pura. Pero más allá de eso, se trata de una película con una meticulosa puesta en escena. No voy a repetir su argumento, ni hablar de los aspectos que ya han comentado mis colegas de forma tan completa y soberbia. Pero en esta segunda mirada, me he dado cuenta que el punto de vista de la cámara nunca es arbitrario ni invisible, como sí lo son la mayoría de las películas bélicas, y por supuesto un 90% del cine estadounidense.

    Bigelow encara la película desde puntos de vista estratégicos, militares. Ya sean planos muy cortos, como la de compañeros de batallas, pegados unos a los otros, como de francotiradores espiando desde edificios aledaños. En cierta forma, no sería muy alejado definir, que el 80 % de los planos parecen subjetivas o falsas subjetivas.

    Y lo más interesante, que ha generado debate, es donde se ubica la directora a nivel ideológico. Bigelow decide no ceder ante los típicos panfletos moralistas anti o pre belicistas. No se trata a los árabes como “víctimas” del ejército estadounidense, lo cuál se podría llegar a ver como una visión xenófoba, sino fuera, que es sabido que los hombres bombas, existen realmente, pero tampoco como “enemigos”. Son vecinos, implicados en la guerra atacando a los soldados, esto no los convierte en los “malos” sino en otro tipo de soldados. A medida que avanza el relato se irá viendo, que el antagonista es invisible. Es un cuerpo, un tirador, un punto a la distancia. El verdadero antagonista de nuestro antihéroes es la adicción a la violencia y a la guerra. El hecho de “buscar un enemigo” es lo que “mueve” a este grupo de soldados, que no se satisfacen con desarmar bombas y vivir como si no hubiese un mañana.

    Detrás del aspecto frenético, detrás del thriller y la tensión manejadas con un pulso de hierro, ayudadas por elementos extranarrativos como la excepcional fotografía, la edición, la banda sonora, el meticuloso uso de efectos de sonido y visuales que, en ningún momento son demasiado excesivos para sobresalir, sino que acompañan fielmente a lo “que” se quiere contar, detrás de todo eso, se encuentra un análisis psicológico sobre el estado mental del soldado, de vivir pendiente de un movimiento, de un paso, del cruce de palabra con un campesino, de la fauna, del viento, y el aire. La paranoia, la necesidad de luchar, aunque sea con el compañero de habitación, de jugar un video juego violento. Sin caer en debates misóginos, Bigelow demuestra que a pesar de lo que aparentan ser, estos soldados, son hombres “normales”, tienen familias en las que pensar, tienen metas, tienen sueños, son torpes, tienen miedo, dudas morales.

    En medio de tales reflexiones, en los tiempos muertos, donde lo único que los protagonistas deben hacer, es al igual que en Soldado Anónimo de Sam Mendes, esperar a que salga la próxima misión, nunca decae el ritmo o el interés de espectador.

    Estéticamente se trata de un film crudo, y real, con referencias más al documental que al video clip o la publicidad, que suelen hacer los hermanos Scott. O sea, sin duda, no tiene la iconografía fashion, y explosiones realentadas y exageradas de La Caída del Halcón Negro. En este sentido hay mayores similitudes con la película argentina Iraquí Short Movies de Mauro Andrezzi.

    La estructura de Vivir al Límite no es convencional. No hay una meta final, aunque sí bastantes simetrías clásicas.

    Bigelow acierta en elegir un elenco tan desconocido como extraordinario y de pocas pretensiones. No solamente, por la calidad de las interpretaciones (el trío Jeremy Renner, Anthony Mackie, Brian Geraghty) sino como bien dijo ella, esto provoca, que el espectador nunca sepa quien va a sobrevivir o quien no. Este recurso introducido por el maestro del suspenso Alfred Hitchcock en Psicosis o Wes Craven, en Scream, sirve para acrecentar el carácter de sorpresas que surgen minuto a minuto. Es realmente imposible imaginar lo que va a suceder de una escena a la siguiente.

    Lo cierto es que a medida que avanza la película, se empieza a parecer como viaje a los lugares más oscuros del alma humana: ya no impactan tanto las escenas de acción en sí, sino las decisiones de los protagonistas. En este sentido guarda similitudes (inclusive visuales) a películas bélicas como Pelotón, Apocalipsis Now, Nacido para Matar o Pecados de Guerra.

    Con respecto a las películas sobre la guerra de Irak, podríamos trazar similitudes con Red de Mentiras (en realidad fueron filmadas al mismo tiempo) y especialmente con la subvalorada Redacted de Brian De Palma (en la misma línea que Pecados…), aunque mientras que De Palma es juez y verdugo de los soldados, Bigelow decide no tomar un posición política, sino tener en consideración el factor humano, quizás poner ciertas esperanzas en algunos soldados, y que el juicio lo saque el espectador.

    Decidir posar sobre un escuadrón antibombas el relato es refrescante y riesgoso, mas no novedoso. En 1959, Robert Aldrich, realizó Diez Segundos al Infierno con Jack Palance, donde un comando debía desactivar las bombas que no explotaron durante la Segunda Guerra Mundial en Alemania. En dicha película también se analizaban los traumas los soldados, desde un punto de vista depresivo, solitario, psicológico.

    La guerra como una droga que no se puede dejar. El suicidio no es una opción, sino una meta inconsciente. Se puede decir, que la diferencia entre aquellos que se inmolan con fines “religiosos” y los desarmadores de bomba que arriesgan su pellejo, pero a la vez disfrutan lo que esa tensión les genera, se da en la medida de la conciencia que cada uno tiene, de que su “misión” lo llevará indefectiblemente a la muerte.

    El teniente Will James al final, parece saber lo mismo que el personaje de Woody Harrelson en Tierra de Zombies: si uno es bueno para algo, lo sabe y lo disfruta, debe seguir haciéndolo, sin importar que su vida corra peligro, o lo que piensen sus familiares y amigos. Esa es la adicción a la violencia a la que remite Bigelow.

    Vivir al Límite tiene lo mejor del género bélico (incluso comparable con Rescatando al Solado Ryan), cuotas de suspenso y tensión soberbias, escenas de acción magistralmente planteadas y llevadas a cabo, un elenco excelente interpretando personajes creíbles y complejos. Puede ser que algunos diálogos sean un poco obvios y subrayados, pero no se puede pedir la perfección en una obra tan completa.

    Esta segunda mirada me da pie a volver a resaltar, aquello que tanto me había gustado la primera vez que la vi. Y aunque no me sorprendí de los giros narrativos (el factor sorpresa es fundamental para seguir atrapado) a la salida, volví a sentir esa emoción y adrenalina en la sangre. Un triunfo para Bigelow, una directora excepcional. Esperemos que el próximo 7 de Marzo, se haga justicia, y la Academia de Hollywood premie esta obra personal, que empezó de forma muy independiente y terminó a lo grande.

    Es hora de despojar al rey (irónicamente, su ex marido) del trono, que la reina asuma su posición y se terminen los prejuicios e hipocresías.
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  • 5 días sin Nora
    5 días sin Nora
    A Sala Llena
    Los cadáveres y los funerales pueden ser motivo de risa. No es novedad. Los Monty Python han sabido nutrirle humor a un funeral y el cine estadounidense más banal también. Desde Fin de Semana de Locos (1989, y su secuela en 1993) hasta el reciente éxito Muerto en un Funeral, se ha sabido aprovechar de los cadáveres, para crear gags, y a veces para generar reflexiones sobre la vida, y sobretodo, los vivos; así mismo de tratar de responder cuestiones filosóficas, existenciales y/o religiosas como la demostró también, la recientemente estrenada, Final de Partida.

    Ganadora en el rubro “Mejor Película” de la Competencia Oficial Internacional del último “Festival de Cine de Mar del Plata”, Cinco Días sin Nora, sorprende por las diferentes capas que la joven directora y guionista, Mariana Chenillo explora, dentro de lo que aparenta ser, una banal comedia de enredos.

    José llega a la casa de su ex mujer, Nora, para traerle comida, y la encuentra muerta. Dicha circunstancia lo apena, pero a la vez trata de solucionar el “problema”, lo antes posible. Llama a su hijo para que ayude a organizar el entierro. Sin embargo, Moises, quiere seguir con las tradiciones de la religión judía, de la que Nora se había vuelto muy practicante en los últimos años, y cumplir los últimos designios de su madre. José, que es abiertamente ateo, acepta, sin demasiada gana. El problema surgirá cuando tiene que enfrentar dos inconvenientes: primero, no la puede enterrar en el día, porque es Pesaj (Pascuas judías) y después viene el sábado, por tanto el cementerio está cerrado y deben esperar 5 días , y segundo, como Nora se suicidó, los cementerios se niegan a enterrarla porque se considera “pecado” al suicidio. José intentará acudir a un servicio católico, por lo cual, se enfrentará a la familia y amigos. Como si fuera poco descubre, secretos de Nora, que desconocía.

    Con mucho ingenio, Chinillo crea un micromundo de personajes originales e identificables, divertidos, amenos, costumbristas, pero sin caer en un humor burdo, satírico u ofensivo. Todo lo contrario, ofrece una pintura de costumbres y tradiciones que se oponen, crítica los extremos, pero nunca les falta el respeto, por lo que la película se puede decir que es “políticamente correcta”. Los gags son creíbles siempre. Además el retrato familiar es preciso en detalles, por ejemplo, como encarar a los nietos.

    Más que nada, la directora, en su ópera prima da pie para reflexionar, acerca del pasado, del presente, de los recuerdos y viejos amores, del tiempo y la falta de oportunidades para reincidirse, pedir perdón, pero nunca cayendo en lo obvio o lo reiterativo, ni lo redundante. Y sobretodo, sin intención de caer en momentos cursis o de emoción fácil. Como si fueran un pequeño viaje por el alma de José, por los ánimos, por la forma de entender el cambio que significa este momento de su vida, o de la vida de cualquiera, cuando se da cuenta, que no va a tener a “esa” persona para el resto de su vida.

    Chenillo acierta en aplicar un tono denso, cuotas exactas de humor negro, y situaciones que bordean el ridículo, con una ironía amable, nunca mal intencionada.

    Si bien, los momentos más delirantes del comienzo, derivan en reflexiones más profundas y dramáticas del protagonista, y la película decae un poco en ritmo, se puede decir, a favor, que la directora aprovecha un elenco soberbio, especialmente, el protagonista, Fernando Luján, en quien se posa, y del que solo alcanzan una pocas miradas gachas y oraciones pausadas para entender el dolor que siente por dentro y que no se anima a mostrar. El resto del elenco se destaca tanto en la comedia, como en los momentos más sentimentales.

    A pesar de ser una comedia con pretensiones populares, Cinco Días sin Nora, da lugar a discusiones acerca de los valores familiares, la separaciones, y los amores frustrados en la tercera edad. Si bien no alcanza, (ni tampoco pretende) encontrar un nivel de solemnidad y reflexión existencialista acerca de la vida y la muerte, como lo haría Bergman, Chenillo se acerca cinematográficamente, al cine del argentino Daniel Burman, e inclusive visual y narrativamente comparte puntos en común con Esperando al Mesías.

    Con una puesta de cámara muy prolija, meticulosos planos fijos, fotografía oscura, con excelente combinación de colores, que dan un tono de zepia melancólico, como si fuera el amanecer triste tras el fallecimiento de un ser querido, y un montaje más lento que los cánones estadounidenses; Chenillo, se suma a una nueva generación de cineastas mexicanos como Carlos Reygadas, Amat Escalante o Fernando Eimbecke, quienes a diferencia, de los comercializados, publicitarios y videocliperos, Iñarritú, Del Toro o Cuarón, se nutren más del cine ruso, tomando como principal referencia, al maestro Tarkovski, que modelos más contemporáneos y fantásticos, como lo hace el segundo grupo citado.

    Es que a veces, detrás de las pequeñas historias familiares (Chenillo admite que se trata de una anécdota autobiográfica), se oculta la inspiración para crear un guión creíble, fresco, divertido, amargo, ameno, reflexivo, y que sumado a una intuición plástico / estética, cinéfila, que no se deja influir por modas kitsch o los trucos de los programas de post producción, termina dando por resultado una más que agradable, agridulce y original obra, de la cual se puede aprender mucho, cinematográficamente hablando.

    Es cierto, que quizás, a comparación de otras películas, incluidas dentro de la Competencia Oficial del “Festival de Mar del Plata”, como las comedias negras y dramáticas, A Room and a Half de Andrey Khrzhanovsky, o Life During Wartime, del siempre polémico y cínico, Todd Solondsz (ambas comparten puntos en común con Cinco Días… pero son más extremas y “jugadas” en el tratamiento narrativo y visual, y más críticas en lo que respecta a los valores familiares, sociales y religiosos) o la argentina, Vikingo de José Campusano, Cinco Días sin Nora, está (a gusto personal) unos escalones más abajo.

    Sin embargo, es inobjetable el talento que reposa en la joven directora, y que al tratar de hacer una película, que combina de una forma tan equilibrada, cine de autor, la comedia, el drama, el costumbrismo y las tradiciones, con ciertos tópicos del cine popular, dejando incluso, pie a la reflexión, los premio y reconocimientos, terminan siendo completamente merecidos.
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  • Invictus
    Invictus
    A Sala Llena
    ¿Adonde nos lleva la inspiración?

    Generalmente se atribuye la inspiración a un fenómeno artístico. Un autor debe estar inspirado para escribir, crear, plasmar en imágenes sus sentimientos. Pero… en la vida real, ¿como un hombre puede inspirar a una nación a unirse en un único sentimiento? ¿Cómo se pueden dejar de lado las diferencias sociales, culturales, políticas, raciales, en post de un bien común?

    Sí, parece una utopía. Nada une realmente a una nación, excepto un sentimiento compartido: apoyar hasta la victoria a un grupo de personas que nos representa.

    Como bien sabemos los argentinos, el fútbol une multitudes. Pero este sentimiento es mundial. Y eso no es solo conocimiento popular, los políticos también lo saben. El deporte puede convertirse en un factor político, pero también en uno humano.

    Invictus es una las más innovadoras películas de inspiración deportivas vistas en los últimos años. A diferencia de la gran cantidad de películas similares, inspiradas en hechos reales, donde un equipo mediocre llega a una final de un campeonato, uniendo grandes y chicos, razas, religiones, comunidades en un aliento único, la nueva película de Clint Eastwood ahonda en la esperanza, pero sin caer en el moralismo más obvio.

    A simple vista, es fácil catalogar a la historia real de cómo Nelson Mandela, flamante presidente de Sudáfrica en 1995, decide unir a la población noble blanca con la población pobre negra a través de un equipo 90% blanco de rugby en un sentimiento compartido, como una lección de vida.

    Pero Invictus va más allá. No se trata de una película donde uno o varios personajes reciben una lección, cual sentimiento debe servir como enseñanza al espectador. No hay villanos, no hay personajes que les ponen trabas a los protagonistas, la lucha, la energía de un hombre (Mandela) y un equipo va in crescendo hasta llegar al clímax donde se da el previsible final.

    Cada elemento sirve como inspiración y los equipos no están unidos solo dentro de una cancha.

    Eastwood, al igual que en Million Dólar Baby, construye una película que va más allá del mero evento deportivo. El personaje de Nelson Mandela, es la cabeza inspiradora de cuatro equipos simultáneos: su gabinete, constituido por ex ministros blancos del ex presidente De Klerk y sus propios ministros negros (con muy buena interpretación de Adjoa Andoh como la secretaria); sus guardaespaldas conformados, por miembros de ambas razas, subtrama de mayor y mejor desarrollo con soberbias actuaciones de intérpretes sudafricanos (especialmente Tony Kgoroge) , el equipo de rugby en cuestión liderado por el capitán Francois Pienaar (Matt Damon) y sobretodo los 42 millones de habitantes de Sudáfrica representados por los chicos de los barrios más pobres de la ciudad que juegan al fútbol y los aristocráticos blancos, rubios descendientes de los ingleses y holandeses.

    Eastwood decide bajarles la pretensión a los personajes. No construye héroes de cartón que gritan frases motivadoras a lo William Wallace, si bien esa es la intención del guión. Sino les da una emoción genuina, humana, creíble y sin caer en agregarle dosis de sensibilidad o golpes bajos, efectistas. Eastwood, a diferencia de sus últimas obras, encara Invictus desde una posición un tanto más alejada de la que lo distinguió desde Río Místico. Decide no hacer énfasis en las guerras civiles post Apartheid y en cambio lo encara desde una faceta optimista que contrasta con la oscuridad y el moralismo de sus últimas y potentes obras. El director de Los Puentes de Madison narra con una intensidad envidiable. En vez de identificarse o tomar como referencia a Pienaar, como haría algún compatriota más joven, se identifica con la pasión y energía de Mandela, quien a medida que se entusiasma con su proyecto de sacar campeón al endeble equipo de rugby consolidando costumbres Apartheid con tradiciones de la población negra, y nunca olvidando el pasado, pero no usándolo como emocionante golpe de efecto, sino como parte de la inspiración. No hay subtrama ni elemento narrativo que este de más. Cada plano es motivador, tiene una belleza, y un cuidado interno en lo que respecta a puesta de cámara, fotografía, colores, que se alejan de los estereotipos televisivos o de la estética video clipera de las películas de futbol americano.

    Eastwood mantiene paradójicamente un tono no dramático, sino seudo humorístico. Las miserias y contrastes sociales que vive la nación son mostradas desde un punto de vista objetivo, sin intentar regodearse en la pobreza para crear un estado lacrimógeno como lo hacen directores como Meirelles, Iñarritú o Boyle

    Pero no se trata del optimismo de Capra, de Reitman, o la mayoría de los directores estadounidenses. No hay patriotismo barato. Se trata de inspiración real, y de tratar de reinvidicar, pero desde una arista humana, que es en sí su marca de autor, a los líderes, a aquellas personas fuertes, criadas para poner la otra mejilla y pegar en el momento justo, que tuvieron una vida dura, y que cada experiencia les sirvió a salir adelante ellos mismos y sacar adelante a su comunidad. De tal forma no sería demasiado alejado comparar al Mandela, ex boxeador, ex presidario, con alguno de los personajes que John Wayne haya interpretado para John Ford. No por nada, se suele comparar a Eastwood con Ford. No se trata solo de un gran narrador clásico, quizás el único que quede, sino por ser directores que siempre supieron desafiar las reglas, darles humanidad a personajes duros, hacer creíble al más noble estereotipo.

    Tampoco es novedoso que Eastwood crea empatía del público hacia un equipo que tiene todas para perder. Recordemos que en Cartas desde Iwo Jima, se sabía que los japoneses iban a perder, pero el sentimiento de victoria y lucha hasta las últimas consecuencias, acompañado por un tono lírico, poético es contagioso y emocionante.

    El guión de Anthony Peckham no tendrá una estructura original, pero tiene detalles sutiles: la simetría entre los guardaespaldas de Mandela y el equipo de rugby, la sombra de la prisión en cada comportamiento del mismo Mandela (no puede ver el Sol en la cara, no canta el himno de los blancos a pesar de inspirar al pueblo a hacerlo) y Eastwood decide no subrayar esos hechos.

    Más allá de alguna subtrama no demasiada profundizada (por ejemplo la de la familia de Pienaar o la de la familia de Mandela) o alguna que otra frase hecha, especialmente al principio, no hay otras fisuras en el guión.

    Morgan Freeman se pone en la piel de Mandela de forma sublime y creíble. No hace LA actuación para el Oscar, pero sin duda logra salir del personaje para darle una identidad propia. Matt Damon agarra un personaje chico, en sí, no demasiado complejo. Quizás su fama artística queda grande para un personaje así, pero es cierto, sin embargo, que logra bajar sus pretensiones, y es algo completamente diferente a lo que hizo anteriormente.

    Que Eastwood maneje el ritmo con una solvencia increíble no es novedad, pero si llama la atención la virtualidad, dinamismo y tensión con que filma el último partido, poniendo cámaras en todas partes, realentando cada movimiento, especialmente cuando chocan ambos equipos y puede notarse como tiembla cada músculo del cuerpo, acompañado por un meticuloso trabajo sonoro.

    La banda sonora con acordes que recuerdan a Gran Torino o Cartas desde Iwo Jima, es otra maravillosa marca distinguida de la última década de su director, que muestra su faceta como compositor, acompañado por su hijo Kyle (por otra parte, su hijo Scott participa dentro del equipo de rugby, no por ser el hijo como pensarían todos, sino porque realmente se parece al verdadero jugador) y Michael Stevens.

    Todos estos elementos hacen de Invictus otro triunfo, otra victoria de su realizador. Un relato emocionante, tensionante, atrapante, inspirador. Magnífico.

    Personalmente, como seguidor de eventos deportivos, especialmente futbolísticos y atento a los pasos de la selección de Maradona camino, justamente, a Sudáfrica, en una situación no demasiada diferente a la que tenía el seleccionado de rugby sudafricano, me pongo a pensar si en vez de criticarlos tanto, no sería hora de apoyar al máximo al equipo en las buenas y especialmente las malas. La inspiración es poderosa, y quien sabe, en una de esas veamos a Verón, cual Matt Damon, levantando la Copa del Mundo.
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  • Nine
    Nine
    A Sala Llena
    ¿Por qué Rob Marshall abandonó las tablas como coreógrafo y director teatral para dedicarse a la dirección cinematográfica?

    No es una pregunta retórica. Realmente quiero saberlo.

    Hay directores que supieron dar ese salto y salieron indemnes: supieron diferenciar uno de otro medio, saben poner la cámara, armar un plano, un cuadro y distinguir una estética de otra. Especialmente dirigir actores. Pero Rob Marshall parece que sabe poco o nada de cine. Casos: Sam Mendes, Mike Nicholls o ni hablar de David Mamet.

    Pero no Marshall. Definitivamente no sabe narrar, no sabe darle personalidad a una película y se aferra a todos sus conocimientos escénicos y a la influencia de Bob Fosse. Influencia, mal interpretada vale aclarar, además de una intuición bastante floja para elegir los elencos, basado más en un nombre, que en el hecho de que esa persona SEA la correcta para dicho rol. Se cree que por agarrar la posta de Fosse en Chicago, puede ser Fosse, y está lejos. Una dimensión de distancia.

    Mientras que Fosse tenía de vida, volumen, sentimientos, personalidad, controversia, lirismo a sus películas, Marshall se queda con los aspectos más superficiales. Posa sus películas en los hombros del australiano Dion Beebe para la fotografía, la dirección de arte de John Myhre y el vestuario de Coleen Atwood. ¿Algo más? El elenco, hace el resto de la publicidad.

    8 y Medio de Fellini es una declaración de amor al cine y las mujeres. Es la dicotomía del pensamiento de un director y sus fantasías por complacer sus impulsos y la de los demás. Esta propuesta reflexiva y semi autobiográfica de Fellini, impulsó a dos grandes cineastas a recrear 8 y Medio, a medida de su personalidad y sus filmografías.

    El primero fue Bob Fosse, quien en 1979 con All That Jazz creo su propia versión (también musical) de 8 y Medio. Un director de cine y teatro, que quiere abarcar sus pasiones (cinematográficas y teatrales) y al mismo tiempo poder conformar a sus esposas y amantes, lo que lo lleva a enfermarse seriamente. No muy distinto a lo que le pasaba al personaje de Mastroianni en la película de Fellini. Pero con la personalidad, la gracia, el desafío con que Fosse encaraba cada proyecto. Pero esa no fue la primera adaptación del director de Cabaret al mundo de Fellini. Su ópera prima, Sweet Charity con Shirley Maclaine estaba inspirada en Las Noches de Cabiria. Pero, Fosse entendía a Fellini y sabía como diferenciarse.

    En 1982, llegaría una visión mucho más similar a la fellinesca, en cuanto a lo estructural e incluso estética: blanco y negro, flashbacks, etc. Se trató de Recuerdos. Una visión completamente humorística de 8 y Medio escrita y dirigida por Woody Allen, donde obviamente, él se interpretó a sí mismo con el tono paródico que la caracteriza, pero con un verdadero amor cinéfilo hacia Fellini, sin por ello hacerlo obvio. Pero Nine, empieza con Recuerdos, sigue con 8 y Medio y amaga en el final imitar a All That Jazz. Sin embargo no lo logra. Se queda a mitad de camino. Justamente los finales de las dos últimas son maravillosos, históricos, conmovedores. De lo mejor de la historia del cine.

    Pero Marshall decide unir estas tres obras en una para construir un collage muerto, sin vida, sin sentimientos, sin coherencia. El amor del protagonista por el cine, a pesar de las citas cinéfilas extranarrativas, queda injustamente relegado, debido a las telenovelescas relaciones románticas.

    Los despliegues musicales están poco inspirados. ¡Todos los números suceden en un escenario! Y la cámara nunca se aleja del eje del público. Todos los números alternan con la realidad de Guido en un montaje previsible, monótono, rutinario. Marshall le agrega un glamour forzado, impuesto. El acento italiano, y las palabras italianas que vuelan, acompañadas por la geografía romana es tan artificial como los japoneses (chinos y coreanos) hablando en inglés de Memorias de una Geisha, que a comparación de Nine, por lo menos era más vistosa e inspirada en la puesta de cámara, sin números musicales previsibles. Y el final es lo más frío y austero, pero en un pésimo sentido que haya visto en mucho tiempo.

    Nada suena real en Nine. Desde la primera escena donde aparecen todas las actrices juntas algo hace ruido. Y cuando Marshall parece no saber de que agarrarse para que el espectador siga enganchado, mete números, vira la estética a blanco y negro, más por una justificación cinéfila que por otra cosa. La falta de imaginación es alarmante.

    Sí, el fanático de Fellini, sabrá hallar decenas de citas durante el metraje, especialmente a La Dolce Vita y Roma. Sí, suenan acordes similares a los de Nino Rota, pero no. Marshall no es Fellini, no es italiano y definidamente no tiene a Rota detrás de la banda sonora.

    El homenaje a lo “italiano”, se mantiene en lo superficial y lo vox populi. ¿Por qué Sofia Loren cayó tan bajo? Sí, verla cantar es un placer, pero tengo vergüenza por observar como es solo un ícono más de la idea que Hollywood tiene del cine italiano de los ´60s. Miren La Princesita que Quería Vivir de Wyler, si quieren ver un digno homenaje a Roma

    Por momentos densa e inconexa, el guión del finado Minghella y Tolkin tiene bastantes arbitrariedades y subtramas que no cierran (la de la periodista de Vogue, la relación con el productor). Además de personajes e intérpretes mal aprovechados.

    Daniel Day Lewis demuestra que la comedia musical no es lo suyo. Mientras Mastroianni trataba de ser austero y tímido al igual que Woody Allen, Lewis es eufórico, sobreactúa, demasiado gestual. Quizás Antonio Banderas, que interpretó el personaje en Broadway era mejor opción. Por algo no aceptó. El elenco femenino sobre sale un poco más. Marion Cotilliard se lleva todos los aplausos en la única interpretación creíble y moderada del elenco, además de deslumbrar en un número musical donde no se destaca la puesta en escena. Judi Dench, brilla, pero su personaje no alcanza a tener la profundidad y participación que merecía. Kate Hudson es sensual, se mueve y canta bien en un personaje que no debió estar siquiera. Nicole Kidman pone su grano de arena, pero aparece desaprovechada también. Lo mismo que la Loren. El desparpajo es Penélope Cruz. Excepto con Vicky Cristina Barcelona y La Elegida, nunca pudo amoldarse al cine estadounidense, y si, en las anteriores se destacó era porque interpretaba a una española vista con ojos españoles (Woody Allen no es estadounidense) A pesar de moverse bien y mostrar su voluptuoso cuerpo, da pena verla tan mal, a comparación de los trabajos que hace con Almodóvar. Por más que quiera ocultar su acento español con un inglés con acento italiano, no le sale, por lo tanto cada frase que dice, suena risible para el oído de habla hispana.

    La cantante Fergie, sale mejor parada en su número, gracias a que Marshall logra copiar meticulosamente, cuadro por cuadro, se podría decir, el flashback de Guido con la prostituta Saraghina en 8 y Medio, y combinarlo con la coreografía de “el tango de las celdas” de Chicago. No muy inspirado, pero sin duda el mejor momento de la película, además de que “Be Italian” es también el mejor tema de la obra.

    Poco y nada para destacar. El despliegue técnico no sobresale tanto como la primer obra de Marshall, en donde por lo menos el guión de Bill Condon era superior, y todavía se respiraba la influencia de Fosse. Nine es un híbrido, en cambio, una película que como la película que dirige Guido Contini está destinada a ser olvidada y nunca debió hacerse. Una falta de respeto al cine italiano, de Fellini y de Fosse. No se trata aún así de una película mala, que no pueda llegar a gustar a un público no demasiado exigente. Al igual que las obras anteriores de Marshall el paquete es atractivo y está bien armado. Pero a un cinéfilo no se lo puede engañar.

    “Al final de cuentas, un director es aquel que solo debe decir “sí” o “no” a lo que le pregunten” dice Lilli (Dench) en un momento. Eso no es dirigir para mí. Aunque parece que sí debe ser la opinión de Marshall.

    Es por esto que debería haberse quedado en el mundo teatral y no saltar al cine, para caer al vacío. Como diría San Martín: “Serás lo que debas ser o serás nada”.
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  • Amor sin escalas
    Amor sin escalas
    A Sala Llena
    ¿Nunca les molestó, acaso, sentirse identificados, con una película que deberían odiar?

    ¿Por qué el cine estadounidense nos hace pasar insomnio y pelearnos con nosotros mismos con películas que van en contra de nuestra moral y ética personal? Y que no nos debería gustar pero sin embargo nos gustan, les terminamos tomando cariño, les damos la razón… Nos sentimos reflejados en personajes comunes, que al principio parecen ser tan ajenos a nosotros, tan distantes y fríos… Y los crean a propósito de esta manera, porque ellos deben aprender una lección, y porque “nosotros”, espectadores debemos aprender la lección.

    La filosofía caprista (del gran Frank Capra) sigue viva en los corazones estadounidenses. Esa maldita manía que tienen de reflejar una realidad social, de crear una crítica a la sociedad globalizadora, pero a la vez de resaltar valores familiares. Esa técnica de escritura, que los hace ganar premios en todo el mundo; una fórmula, una tradición moralizante que se regenera con el paso de las décadas, y que a pesar de nuestras insurrecciones, nos toca alguna fibra personal, algo íntimo que nos dice interiormente “maldita sea, tienen razón, pero ¿por qué? No deberían tenerla…”

    ¿Y saben que es lo peor de todo? Que las hacen bien… Que van más allá del manual del buen director, para entrar en el manual del “buen autor”, que es lo que gusta más a los “críticos” y de última, al público también.

    Este tipo de películas se llama “soul food: comida para el alma”. Contienen el típico cuentito con moraleja y final ambiguo, donde el protagonista aprende la lección, aunque para eso tiene que hacer un sacrificio especial. Y a pesar de todo, el espectador se va con el estómago lleno; porque la comida para el alma, no es abundante, no llena, pero contiene ese ingrediente secreto que toca “algo personal”. Como el ingrediente secreto de Ratatouille.

    Este tipo de cine clásico tiene “eso”. Llámenle “mensaje”, “discurso” o “cassette”.

    Difícil es toparse con una película estadounidense que tenga el “mensaje” opuesto, o sea: la vida es una mierda, el amor no existe, la fe no tiene sentido, la familia no es un soporte, la compañía no es necesaria para vivir. Bueno, esa película, por suerte existe y se llama Un Hombre Serio, y la dirigen los visionarios hermanos Coen.

    Pero ya hablaremos de ella cuando se estrene. Centrémonos en Amor sin Escalas.

    Jason Reitman se podría empezar a comparar con un Frank Capra contemporáneo. Nada enloquece a un estadounidense más que encontrar a un Capra contemporáneo, que use métodos modernos de armar visualmente una película, y tenga la rebeldía (mal comprendida) de un joven Mike Nicholls.

    Las comparaciones no son exageradas. Jason Reitman es un gran director. Ya en Gracias por Fumar nos había presentado a un personaje singular: un hombre que debe hablar a favor del cigarrillo en una era antitabaquista. Simpático, seductor, comprador. No lleva la vida perfecta pero nos cae bien. El personaje aprende una lección: la vida no es un discurso, y hay otras vidas en juego además de la de uno. El capitalismo y el materialismo no nos deberían importar, si tenemos junto a nosotros, a las personas que queremos.

    Sí, en 70 años, el mensaje de Capra (Caballero sin Espada, El Secreto de Vivir, Que Bello es Vivir) se ha mantenido inalterable.

    En Juno, su segunda película, una adolescente no se ata a las convenciones sociales, y descubre que la felicidad no se encuentra en tener un hijo, sino estar con el hombre que ama.

    Cuanta cursilería. ¿Pero acaso no es políticamente incorrecta y encantadora a la vez?

    Y por último, Amor sin Escalas. Al igual que el protagonista de Gracias… que se beneficiaba si la gente fumaba, Ryan mejora en su trabajo a medida que despide más personas, lo que le permite ganar más millas aéreas, para convertirse en un récord de cliente fiel, no a la empresa a la que trabaja, sino a American Airlines. Ryan ama su profesión, más por el hecho de viajar, estar en el aire, recibir todos los lujos y servicios de hoteles, catering, autos alquilados que por el hecho de despedir. Se necesita tacto personalizado, labia para ello y él la tiene. Pero es no tener un hogar, no estar en contacto con su familia, esquivar responsabilidades sociales, y solo a veces, tener un relación sexual ocasional, lo que le proporciona placer. Además de ser una inminencia que da charlas a favor de la soledad, en beneficio de los negocios. También conoce a Alex, otra viajante de negocios constante, con la cual mantendrá encuentros ocasionales, que derivaran en una relación más seria y comprometida, acaso influida por el inminente casamiento de su hermana Julie con Jim (y siguen robándole a Truffaut).

    Todas las subtramas confluyen en un relato ágil y fluido. Divertido, romántico, reflexivo. Reitman supo encontrar en apenas tres films, un tono propio que no se aparta de las raíces del cine estadounidense. El guión tiene sutilezas, maravillas. Ninguna palabra ni escena parece estar de más, a pesar de caer en secuencias de resolución previsible y cuya cursilería termina chocando hasta al más romántico.

    La construcción de los personajes es meticulosa, y la dirección de actores es fundamental para crear la verosimilitud en cada aspecto narrativo. Ryan es interpretado con gran solvencia por George Clooney, sin demasiadas pretensiones, y así mismo es notable el trabajo natural de Vera Farmiga, de cuyo personaje sabemos poco justificadamente, y especialmente de la novel Anna Kendrick (vista especialmente en la saga de Crepúsculo en un rol secundario). La jovial actriz es un descubrimiento a la altura (o mejor quizás) que Ellen Page en Juno. El resto del elenco es soberbio, aun cuando se trate de mínimas interpretaciones.

    Reitman supo encontrar el “timing” para los momentos humorísticos, para los dramáticos, románticos sin dejar de lado una cuidada puesta en escena (vestuario, fotografía y especialmente un montaje brillante), excelentes elecciones musicales, y tampoco (como hacía tan bien Capra) dejar de criticar a las empresas frías y globalizantes, a las que solo le importan los números y no las personas. La vida es más que números sería el mensaje. Y Jason Bateman cumple otra excelente interpretación del lado corporativo. Además de crear una sátira acerca de la seguridad y los protocolos contemporáneos en los aeropuertos (atentos los que tengan que viajar).

    Se pueden encontrar similitudes, como ya dije, en el protagonista de Gracias… pero también hay puntos de contacto con La Terminal (el aeropuerto como símbolo de la vida) y Michael Clayton, ya que Clooney, de alguna forma, trata de humanizar y caer más simpático el personaje que interpretó en la película de Tony Gilroy (afinar el oído, Vera Farmiga dice una frase similar a la que decía Clooney en la película).

    Igualmente, opino, que ciertas reiteraciones, y similitudes de Amor sin Escalas con algunas películas “indies” de los últimos tiempos, provocan una sensación de deja vú contraproducente, y en ese sentido, Juno está a mayor altura, que la última de Reitman.

    Pero el dilema moral o debate de Amor sin Escalas, está en la estructura y la moralina en sí misma. ¿Cuánto tiempo más nos comeremos el cuento del sueño americano?

    Estará en el paladar de cada espectador seguir comiendo “soul food” o preferir un plato más abundante, pesado pero novedoso, como es Un Hombre Serio.

    Personalmente, me quedo con el pesimismo de los Coen
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  • La joven Victoria
    La joven Victoria
    A Sala Llena
    El desprestigiado “cinema de qualité”. Dícese de las películas de época que tienen grandes despliegues de decorado, una meticulosa reconstrucción histórica, vestuarios deslumbrantes, y, un lenguaje demasiado clásico y solemne. Películas hechas para ganar premios, simpatizar con los paladares más finos. Un cine sobre la realeza hecha para la realeza.

    El crítico devaluó esté género por considerarlo demasiado anticuado, la masa popular lo prejuzga de aburrido y monótono. De esta manera, se termina considerando que el único cine histórico que prevalece es el de los últimos 50 años.

    Sin embargo, no todos pensamos así. Para los que nos gusta la historia, películas como La Joven Victoria también sirven como refresco para entender el presente, acaso la razón más importante de que se enseñe la materia en todas las escuelas del mundo.

    1826. Se acerca la muerte del rey Guillermo IV y la descendiente próxima de sangre real, elegida para ocupar el trono es la joven Victoria, hija del duque de Kent, quien fallece a los pocos meses que nace su hija. Su madre, la duquesa, junto a su pareja Sir John Conroy, trata de hacerle firmar a Victoria, una Ley de Regencia, en donde al ser menor de edad, la misma le otorga el reino a sus tutores. Pero el rey se opone, y la convence de que se quede para reinar y se apure en casarse. Pretendientes no le faltan. Desde el primer ministro hasta su primo, el príncipe Alberto de Bélgica. A pesar de los lujos, Victoria, es inteligente y solitaria. No le gusta que la manden y le cuesta aceptar el legado que tendrá que afrontar cuando sea coronada reina de una de las naciones más influyentes de Europa.

    El punto de vista que toma la película de Jean-Marc Valleé (Mis Gloriosos Hermanos), es por demás atrapante desde el inicio. Un montaje ágil e inspirado, más parecido a un trailer que a un prólogo abren el film. Muchos nombres y cargos, que al principio serán confusos y más tarde, a medida que la película vaya tomando un ritmo más lento, se irán alumbrando. De mayores similitudes con la Maria Antonieta de Sofia Coppola que con la saga de Elizabeth de Shekhar Kapur con Cate Blanchett, Valleé y el guionista Julian Fellows (Gosford Park) retratan la vida de una adolescente prisionera de su castillo y posteriormente del palacio de Buckingham, haciendo énfasis en las similitudes que tienen ambos con una prisión, al igual que el trato dado a la joven Victoria. Desde la soledad, los ritos, las conspiraciones políticas, las tradiciones, las luchas de poderes, el lugar que ejerce la monarquía, la magistratura y el pueblo en la sociedad, y todo sin salirse de los jardines reales, ya sea en los ducados como en Bélgica. Al igual que la película de Coppola, ella es una víctima de las circunstancias, que solo quiere encontrar un verdadero amor, y tener autarquía y no ser un mero títere de los gobernantes adultos

    La primera hora de la película no da respiro. Más allá de la meticulosa reconstrucción de época y los interesantes detalles históricos aportados desde el guión, Valleé crea un relato donde coinciden los arrebatos políticos con las desilusiones amorosas. Entre los vaivenes de cartas entre Victoria y Alberto, los personajes secundarios que se disputan el poder forman una telaraña de máscaras donde el espectador jugará junto a Victoria el papel de tratar de descubrir quien es honesto y quien es falso. La atmósfera creada a partir de un montaje muy ágil y moderno para ser una película de “época”. Acompañado por juegos de foco, constantes movimientos de cámara e incluso curiosos efectos, como mostrar a Victoria levitando al sentirse atraída por Alberto durante el baile real.

    Sin embargo, en la segunda mitad la película empieza a decaer en ritmo e interés cuando se centra en la relación romántica entre Alberto y ella, y el rol que el Rey debiera tener en la monarquía, su influencia, especialmente en la reformas sociales que al final terminaría implementando, aunque esto solo se aclara en el epílogo final, y no se profundiza demasiado en el relato en sí, para no salir del punto de vista de Victoria.

    Si bien, Valleé, lográ quitarle un poco de solemnidad a la película, sin llevarla al extremo videoclipero de María Antonieta, no logra evadir los lugares comunes que convierten a este tipo de películas en pretenciosas obras con vistas a las premiaciones de principios de año. Aún así se mantiene fiel a su primer intención que es lograr, sobretodo, un retrato intimista con el cual el espectador se pueda identificar en ciertos aspectos, así como hizo con la soberbia y exitosa Mis Gloriosos Hermanos, donde los conflictos familiares, y las ambigüedades de los personajes logran resaltar sobre las decisiones estéticas. Por que más allá, del cuidado en la elección de colores, la fotografía, etc, en la película se destacan las interpretaciones.

    Emily Blunt, ya no es más una promesa, y se convierte gracias a esta película en una actriz versátil, honesta, sencilla, creíble y natural para encarar un personaje demasiado preconcebido. La sutileza de la mirada y gestos de Blunt, la ponen a la altura de las magníficas interpretaciones de Blanchett como Elizabeth. Dentro del elenco secundario, tanto el “desconocido” Rupert Friend, como Paul Bettany están dentro de parámetros correctos. El único que no está a la altura, por darle un tono más teatral que cinematográfico es Mark Strong, nuevamente en rol del villano (también es el Némesis de Sherlock Holmes que transcurre durante la era victoriana). Y se destaca, como es usual, el gran Jim Broadbent como Guillermo IV.

    La película cuenta con apoyo real, ya que la produce Sarah Fergusson y también, el “rey” de Nueva York, Martin Scorsese, que nuevamente demuestra interés por el cine de “época” tras La Edad de la Inocencia (1993), con la cual comparte algunos puntos en común.

    Más allá de los cuestionamientos ya mencionados, y si esta “moda” de mostrar con benevolencia a los monarcas, criticando más a los gobiernos de turno (incluida La Reina de Stephen Frears), se trata de un punto de vista fiel, o solo una aproximación romántica e ingenua de la historia, La Joven Victoria, como película, es dinámica, no demasiado extensa en duración (como se cree que son todas las películas de época), despierta bastante interés histórico y trata de reivindicar un género bastante marginado en los últimos tiempos.

    ¡Larga vida al cinema de qualité!
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  • Sherlock Holmes
    Sherlock Holmes
    A Sala Llena
    La ciencia del razonamiento deductivo. Aquel que sea conocedor de la obra de Arthur Conan Doyle acerca del personaje, Sherlock Holmes, creado en 1887 en la novela Estudio en Escarlata sabrá que la mayor característica del detective, es su sagacidad y entrenamiento de la lógica deductiva, sumada a los conocimientos de física, química, y sobretodo poder meticuloso de observación para resolver misterios, dentro de los cuáles se encuentran crímenes que Scotland Yard no puede resolver.

    Los métodos detectivescos sugeridos por Doyle, como crítica a los estandarizados métodos de la policía tradicional sirvieron como inspiración para resolver crímenes contemporáneos en todas partes del mundo, siendo de vital influencia en la criminología contemporánea.

    Lamentablemente, el cine sólo ha tomado el estereotipo que se ha hecho de Sherlock Holmes en gacetillas y, excepto contables ejemplos, como la serie británica de Granada, protagonizada por el fallecido Jeremy Brett durante los años 90, ha sido poco fiel a la obra de Conan Doyle, especialmente al personaje. Se le ha dado mayor importancia a los casos, al suspenso, a la estética victoriana, al sombrero, la pipa, la elegancia y la solemnidad, pero poco y nada al personaje que describía Doyle. Solo una vez apareció en las novelas el estereotipado “Elemental”. Más bien, el Sherlock Holmes del cine, era el que mostraban las ilustraciones de las novelas.

    Confinado a mediocres películas para la televisión (británica, estadounidense, canadiense y australiana), Sherlock Holmes era una caricatura más que un personaje.

    Irónicamente, gracias a la visión de cómic de Lionel Wrigam, el detective londinense del 221B de Baker Street, vive y respira con nuevos aires, pero sobretodo con mucha más fidelidad a la esencia original creada por Doyle, que cualquier lectura anterior.

    Olviden la elegancia, el porte, y la caballerosidad. En sí, nunca fue demasiado caballero que digamos, pero sí tenía clase.

    Este Sherlock Holmes, es ágil, irónico, cínico, inteligente, sadomasoquista, hábil para los deportes, y no es muy afectuoso con las mujeres, aunque siente un gran aprecio por su compañero, el Doctor John Watson. Todas estas características son parte del comportamiento original.

    Producida por Joel Silver, la dirección quedó a cargo del venido a menos, Guy Ritchie, que por primera vez toma un trabajo por encargo donde no puso su firma en el guión, por suerte, ya que sus tres últimos trabajos fueron desastrosos. Pero Sherlock Holmes es completamente inspirada. Si bien Ritchie no deja de lado su estética pop / videoclipera, aunque llevada a la Inglaterra victoriana, se contiene con la utilización de flashbacks, y sobretodo sabe darle un equilibrio justo entre acción, humor y misterio. Y no descuida nunca, la ironía, el contexto histórico / revolucionario (industrial), la miseria de Londres.

    El guión tiene cuotas exactas de escenas de suspenso / humor y grandes dosis de adrenalina, explosiones y efectos especiales, bastante atípicos en las novelas de Doyle, donde los casos eran minimalistas, aun cuando había crímenes complejos. Es irónico que tome como mc guffin, la magia negra y el esoterismo, cuando Doyle pocas veces incluyó el tema en una historia de Holmes (aunque siempre le daba una explicación racional), mientras que el propio Doyle era profundo creyente de la vida en el más allá (contrató a numerosas médiums buscando el fantasma de la madre).

    Pero se trata de un entretenimiento excepcional, de escuela clásica, con un héroe perfecto, Tony Stark, perdón digo Robert Downey Jr. El estadounidense ES Sherlock Holmes. Parece que no hay personaje neurótico/soberbio/genial que Downey no pueda interpretar a la perfección sin un gesto de más. Al igual que Iron Man, es Downey el que merece la mitad de la acreditación de que la película funcione.

    Ritchie y los guionistas, descuidan un poco a los personajes secundarios: Jude Law, como Watson, a pesar de que hace buena química con Downey no tiene la fuerza interpretativa del personaje en las novelas, además de que es demasiado vigoroso a comparación del lento médico veterano de guerra. Rachel Mc Adams como Irene Adler, no tiene la elegancia ni la sutileza del personaje original, aun cuando Adams en el contexto de la película está perfecta en el rol. Mark Strong como el villano está bien, más allá de que Blackwood nunca estuvo en el universo Doyle. El más cercano, en todo caso es el excepcional Eddie Marsan (La Felicidad trae Suerte) como el detective Lestrade.

    Pero las similitudes con las novelas, como diría el propio Holmes, se encuentran en los detalles mínimos. Aquellas pequeñas citas, que un ávido lector va a reconocer: la cita a casos de nombres ridículos, personajes que aparecen por poco tiempo, la relación entre Holmes, Watson y su futura mujer (Kelly Reilly, el personaje aparece en las novelas), la poca admiración de Holmes hacia el sexo opuesto. Pero sobretodo es la explicación del método de la ciencia del razonamiento deductivo lo que devuelve al personaje a sus orígenes. También se da algunas libertades como la inserción de un perro. Detalle que solo sirve como un gag más.

    Guy Ritchie cumple con las expectativas: se mantiene fiel a la obra, le agrega excesos típicos de una mainstream Hollywoodense, le saca elegancia y solemnidad, necesario para meter al personaje en el siglo XXI y lograr atraer a un público joven.

    Si bien no pudo superar en taquilla al tanque de James Cameron, logró un notable éxito que le permitió asegurar una secuela, donde el personaje enfrentará a su enemigo más famoso.

    Esta nueva mirada al mundo de Sherlock Holmes, es fresca, entretenida, y hace olvidar (aunque se trate de una de las películas de mi infancia) a la ingenua El Secreto de la Pirámide (Barry Levinson, 1987), que poco y nada tenía que ver con la mitología escrita por Doyle.

    Sherlock Holmes mezcla lo mejor de las novelas del detective con la adrenalina de James Bond (por suerte, decidieron no darle características del niño mago). El resultado es un efectivo y redondo entretenimiento cinematográfico.
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  • Buenas Costumbres
    Buenas Costumbres
    A Sala Llena
    Empecemos esta crítica aclarando quien fue Noel Coward. Actor, dramaturgo, músico, director, hombre de múltiples talentos, se trató de una de la personalidades más importantes y prestigiosas del teatro británico del siglo XX, a la altura de un Laurence Olivier o un John Gielgud. Sin embargo el nivel de ironía, cinismo y crítica contra la burguesía y nobleza británica, eran parte de su toque de distinción por encima de los autores contemporáneos.

    La obra Easy Virtue fue uno de sus primeros éxitos. La escribió cuando tenía veintitantos de años, y tal fue su repercusión que un joven director británico de 29 años y un futuro prometedor, llamado Alfred Hitchcock, hizo una película muda sobre la obra que no tuvo demasiada difusión, a comparación del resto de la obra del director.

    Es por esto, que a 80 años de aquel estreno, el director australiano, Stephan Elliott que tuvo un interesante debut cinematográfico hace unos 16 años atrás con Priscilla, Reina del Desierto (donde se destacaban como travestis, los desconocidos, Guy Pearce y Hugo Weaving, junto al veterano Terence Stamp) a lo que le siguieron films bastantes convencionales, adapta nuevamente esta obra de Coward, con resultados, bastante más trascendentales.

    El joven y aristocrático John Whitaker, se casa con una corredora de autos estadounidense, de orígenes humildes, Larita y la lleva a Inglaterra, a las tierras de su noble familia, una mansión monumental, donde viven su altanera madre, su rezagado padre, veterano de la Primera Guerra Mundial, y sus dos tímidas hermanas, junto a toda la servidumbre, por supuesto.

    La llegada de la joven, bella, atractiva, rebelde, contrasta con la elegancia, clase, y conservadoras tradiciones de la aristocracia británica, despertando celos y suspicacias. Especialmente de la madre, Verónica, quien no solo ve en ella una competencia, una usurpadora de su hijo, sino la razón por la que puede caer toda su distinción en la sociedad. Pronto entre ambas habrá una lucha de poder, donde Verónica, tratará de convencerla de que se divorcie de John y se vaya de la casa. Sin embargo la convivencia con el resto de la familia no será tan fácil tampoco.

    Esta aparente comedia satírica contra las clases nobles británicas de los años ’20 mantiene el cinismo y el típico humor británico, para desnudar y criticar la frialdad de sus reacciones, de sus intenciones, las falsas apariencias y el doble discurso.

    Juego de modernidad y conservadurismo, en todos los aspectos (el más obvio es una carrera entre una moto y caballos), donde las posiciones de dos continentes (dos generaciones, dos clases sociales) lleva a sacar las verdaderas máscaras de las personas.

    Elliott es sútil, irónico y original para poner la cámara y la estética. Desde homenajes a los afiches, el cine mudo, hasta el uso y abuso de espejos, planos secuencias llamativos, se nota que Elliot quiere destacarse sobre las tradicionales transposiciones de época. Los momentos humorísticos son efectivos, e inclusive no molesta la teatralidad de la mayoría de las escenas.

    Sin embargo, en la mitad de la obra, cuando esta se vuelve, previsiblemente dramática, la película empieza a decaer un poco, aunque el remate final es de por sí divertido y coherente con el resto de la película.

    Abundan homenajes y Elliott, al contrario de Hitchcock, decide no profundizar demasiado el aspecto policial de la misma. Como siempre, el maestro del suspenso, no podía con su genio y convirtió una comedia en un thriller con juicio y todo. Este aspecto, Elliott lo eludió por completo, abocándose a criticar las miserias de la clase noble, y explotando a los personajes, especialmente de los padres de John, así como demostrando el estado psicológico de los soldados, sin importar la clase social, tras una guerra.

    Impecable en la reconstrucción histórica, Elliott acierta en la elección de la mayor parte del elenco, sobretodo en los excelentes Kristin Scott Thomas y Colin Firth como los padres de John. Sorprende la bella Jessica Biel, demostrando que puede tener un personaje más complejo que la típica sex symbol de las mediocres comedias, películas de terror y acción en las que participó en Estados Unidos. También se destacan, la no tan reconocidas Kimberly Nixon y Katherine Parkinson como las hermanas de John y Kris Marshall como el sirviente, en el cual Elliott, se da libertad para incluir homenajes a Alec Guiness y La Fiesta Inolvidable.

    El que desentona en este elenco es el “Príncipe Caspian”, Ben Barnes como el joven John Whitaker. Parece que un personaje complejo, más allá de lo superficial e ingenuo que parezca todavía le queda grande. Esperemos que sea mejor su interpretación como Dorian Gray.

    Otro elemento muy destacable en la película es la excelente banda sonora, a cargo de la “Easy Virtue Orchestra” conformada por el propio Elliott y el elenco, que interpreta temas escritos principalmente por Cole Porter, algún que otro tema contemporáneo (como “Sex Bomb”) en tono de Foxtrot, y temas del mismísimo Noel Coward, lo que conforma un homenaje completo hacia la obra de este gran artista.

    Buenas Costumbres es una comedia entretenida y pasatista, que recuerda un poco al cine de Robert Altman, pero con menos profundidad e implicancias sociales, y por supuesto, sin las intenciones transgresoras, del director de M.A.S.H. quien sin duda, hubiese sido el director ideal para esta película.
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  • Final de partida
    Final de partida
    A Sala Llena
    No todo es cine de artes marciales, terror o acción en el cine japonés. Películas como Final de Partida y en mayor medida la inédita en nuestro país, Still Walking de Koreeda, confirman que todavía quedan retazos del cine de Kurosawa, Ozu, Imamura o Mizoguchi.

    Pequeñas y llamativas historias, que nos hacen emocionar con pocos recursos. Un buen guión, personajes creíbles que provocan empatía, involucrados en situaciones que no son demasiado ajenas, pero a la vez se relacionan con las raíces de la cultura nipona.

    Daigo es un chelista profesional, sin embargo cuando la orquesta en la que toca se disuelve, junto a su esposa se replantea como seguir adelante.

    Ambos deciden volver al pueblo natal de Daigo y empezar una nueva vida, en la casa de la infancia del mismo. Su madre murió dos años atrás, y el padre los abandonó cuando él tenía 6 años, por lo que le guarda una gran rencor.

    Daigo atiende a un aviso clasificado en donde prometen buenas ganancias, sin experiencia previa de ningún tipo. Creyendo que se trata de una agencia de turismo asiste a la entrevista donde su empleador, lo contrata enseguida. Sin embargo, es muy distinto a lo que imaginaba.

    Se trata de ser asistente de su jefe en las ceremonias de maquillaje y vestimenta de los muertos, antes de ser puestos en los féretros e incinerados. Una práctica tradicional que todavía utilizan algunas familias.

    Primero, desiste de la tarea, pero el salario es bueno y lo acepta. Al principio le cuesta relacionarse con los cadáveres, pero luego lo toma como otro trabajo, y le agrada la reacción de familiares de los fallecidos ante los buenos tratos con que evolutivamente trata a los cuerpos.

    Daigo encuentra su lugar en el mundo, su objetivo en la vida y aprende a no tener prejuicios ante la profesión solamente porque se relaciona con muertos.

    Takita, director veterano, apuesta por el minimalismo y la sutileza. Disfrutar de los pequeños placeres, de formar una familia, de reflexionar sobre el pasado y el futuro. El guión de Koyama hace hincapié en dejar atrás las ideas preconcebidas sobre la muerte, respetarla y aceptarla como parte de la vida.

    Sensible y sentimental, por momentos, para continuar con la emoción se apelan a efectos nostálgicos y un par de golpes bajos, pero que sirven para que la narración fluya a buen ritmo. Excelentes paisajes, y una banda sonora compuesta en su mayor medida por canciones clásicas de chelo aportan belleza visual y musical a la película.

    Las interpretaciones son simpáticas y la austeridad de la actuación de Yamazaki se encuentra entre lo mejor del elenco.

    Una puesta básica y sencilla es lo único que se necesita para relatar este pequeño cuento sobre saber superar las primeras impresiones, y poder pedir perdón ya sea en la vida como en la muerte.

    Ganó el Oscar como Mejor Película de Idioma Extranjero del 2008. Premio un poco exagerado quizás, pero aún así se trata de una película accesible y emocionante, que se da la mano las últimas películas del maestro Kurosawa como Rapsodia en Agosto y Madadayo, o también de Koreeda, la magnífica Afterlife.
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  • Asesino Ninja
    Asesino Ninja
    A Sala Llena
    ¡Llamen a Exterminator y Destrosator!!!!! ¡Volvieron los ninjas!!!!!!!

    ¿Recuerdan esas películas de sábado o domingo por la tarde que daban (o dan) por los canales de aire? Aquellas de artes marciales pero dirigidas por estadounidenses de segunda mano, con mezcla de elencos asiáticos y occidentales, prácticamente sin argumento que se estrenaban directamente en video…

    Bueno, los hermanos Andy y Lana (Sí, Lana es Larry, pónganse al día) Wachowsky siguen por el camino de los golpes produciendo seudopelículas donde intentan rememorar el espíritu setentoso y ochentoso de estas sagas que inspiraron a Carlos Galletini a traer a los ninjas a la Argentina para luchar contra Guillermo Francella.

    Por supuesto, que las películas asiáticas de los ’70, a las que Tarantino merecidamente les levanta un púlpito, poco o nada tienen que ver con estas imitaciones occidentalizadas. Y Asesino Ninja, con más presupuesto, más efectos digitales, no logra diferenciarse del resto. ¿Por qué? Porque definitivamente no tienen respeto por una cultura milenaria, se la trata con despecho y de forma superficial, y con una mirada tan ignorante como la adaptación de Rob Marshall de Memorias de una Geisha.

    Por lo menos, la belleza de las escenografías, coreografías y vestuarios hacían olvidar el detalle de ver a un grupo de actores orientales (para los estadounidenses, chinos, japoneses y coreanos son todo lo mismo mientras tengan ojos rasgados) hablando en inglés.

    Asesino Ninja sigue los mismos pasos lamentablemente. Solo en pocos momentos se habla en japonés, y esto se debe a que el protagonista es coreano simulando ser japonés. Pero si Benicio del Toro y Gael García Bernal hicieron del Che…

    La historia es mínima y la acción, abundante por suerte:

    Una secta de ninjas secuestra chicos que son entrenados (y torturados) desde los 6 años para ser asesinos a sueldo del gobierno que pague con oro. Entre ellos se encuentra Raizo (Rain), cuyo corazón es ablandado por la única integrante femenina del grupo. Debido a diferentes circunstancias relatadas a través de muy torpes flashbacks, Raizo se escapa y convierte en un fugitivo del grupo en busca de venganza contra el clan de ninjas asesinos. Paralelamente, un grupo británico de inteligencia situado en Berlín busca al mismo clan para parar una ola de asesinatos y contrabando de armas. Raizo, junto con la agente Mika (Harris) intentarán detener al maestro Ninja (Kosugi), una versión humana del maestro Yoda (¿habrá sido doblado por Frank Oz?), pero del lado oscuro. De esta forma se podría hablar de una narración estilo Jason Bourne, con menos originalidad, sorpresa en su tratamiento, y por supuesto mucho menos neuronas en su concepción.

    James Mc Teague, responsable de otra producción de los Wachowsky, la adaptación del cómic de Alan Moore, V de Venganza, una película mucho más interesante que la saga Matrix o este bochorno cinematográfico, sabe darle, a pesar de todo suficiente adrenalina, sangre (los ninjas tienen mucha más sangre que cualquier humano común pareciera) y acción (explosiones, peleas, explosiones, peleas) para no dormir y distraer de los enormes pozos narrativos y las patéticas actuaciones (no se salva ni Ben Miles, Patrick de la serie Coupling). Pero también es notoria la falta de imaginación a la hora de crear una estética o planos. Los Wachowsky, al menos, más allá de la sobrecarga de efectos especiales, hay que admitir que tienen “estilo”. Tanto Asesino Ninja como V de Venganza son visualmente parcas, hoscas, decepcionantes.

    Un producto vacío de contenido, inverosímil de principio a fin, con menos homenajes al cine de arte marciales, al manga y al cómic de lo que podría haber tenido para, por lo menos atrapar al fanático del género. En este sentido, se podría agrupar junto con las mediocres adaptaciones de algún video juego. Porque como juego tiene mayor coherencia que como película.

    De esta manera, solo es una mediocre obra de acción más, típica de la factoría Silver, con buenas coreografías de pelea que no alcanzan a satisfacer a ningún público mínimamente exigente.

    Solo, quizás a aquel que siga viendo las películas de artes marciales de las 2 de la tarde por Canal 9.
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  • La princesa y el sapo
    Desde que John Lasseter se hizo cargo del departamento de animación tradicional de Disney, la alicaída compañía creada por el rey Walt, empezó a levantar cabeza.

    Primero, fue una entretenida, aunque menor película de animación computada llamada Bolt, acerca de las desventuras de un perro actor. Si bien no carece de simpatía Bolt es completamente olvidable. Especialmente si la comparamos con el nuevo producto de la compañía, La Princesa y el Sapo.

    Para llevar a cabo la adaptación del clásico cuento infantil de E.D. Baker, Lasseter llamó a dos viejos conocidos de la compañía: Ron Clements y John Musker, directores de Basil, el ratón detective; La Sirenita; Aladdin; Hércules y El Planeta del Tesoro.

    Excelente elección. Llevada a cabo con trazos y dibujos animados tradicionales, prácticamente con poco uso de un ordenador, la dupla Clements / Musker devuelven la magia y el humor de las películas más clásicas de los estudios del ratón Mickey.

    Sin embargo son la solidez del guión, las excelentes canciones de Randy Newman, el mensaje contemporáneo y los homenajes a otros clásicos lo que hacen de La Princesa y el Sapo, casi un milagro cinematográfico y una fuente de inspiración entre tanta animación creada con un Mouse.

    Situada en la década del ’30 aproximadamente en Nueva Orleans, toma la historia de Tania, una joven camarera que debe desempañarse en tres empleos para vivir, mientras que su mejor amiga Charlotte, una rubia tonta, vive como princesa en la mansión de su padre, el magnate local.

    Tania ahorra para tener su propio restaurante, pero los prejuicios de la sociedad, no le ayudan a conseguir su sueño. Un día llega, el príncipe Naveen de Macedonia, quien necesita casarse con una princesa, para volver al hogar con sus padres, que lo echaron por ser un perezoso. Naveen queda encantado con el jazz y la música sureña. Y pronto es atraído por un mago vudú, que lo convierte en sapo. Solo el beso de una verdadera princesa puede devolverle la forma humana. Debido a una serie de circunstancias, confunde a Tania con una princesa, quien al besarlo, se convierte en sapo (o rana) ella también. Ambos deben escapar del mago que los persigue por los pantanos y bosques del estado. Pero recibirán la ayuda de una luciérnaga y un cocodrilo para surtir los obstáculos que irán sucediéndose.

    Al igual que la mayoría de cuentos de Disney se encuentra la idea del hechizo, que debe romperse encontrando el amor verdadero, así como no falta el discurso antimaterialista, solo que esta vez llevado a un contexto socio económico que hace bastante verosímil al relato: el mensaje es muy simple, sin esfuerzo no se consiguen resultados, el que no trabaja no progresa en la vida. Se podría leer como una crítica a los yuppies apostadores de Wall Street. El villano tiene que conseguir la herencia del millonario de la ciudad para pagar deudas.

    Al igual que el cuento de Cenicienta una chica trabajadora se convierte en princesa, solo que esta vez no acepta el puesto, y en cambio su meta es trabajar para vivir. ¿Mensaje socialista en una película de Disney? Porque no.

    Es probable que algunas de las complicaciones que los protagonistas tienen que afrontar durante su trayecto por los pantanos sureños, sean un poco repetitivas y haya demasiados villanos secundarios que se van acumulando, y de la nada desaparecen. Aun así es una película muy entretenida y no se desea que termine la aventura

    Visualmente se pueden reconocer rasgos físicos semejantes a los personajes de otras películas de Disney como La Noche de las Narices Frias (101 Dalmatas) o Los Aristogatos. Y no se privan los realizadores de ponerlo a Nerón de La Sirenita en medio de un desfile.

    Pero también son concientes de una nueva corriente de animación proveniente de uno de los más oscuros e imaginativos narradores cinematográficos contemporáneos: Tim Burton.

    Hay escenas relacionadas con la muerte y el vudú en donde se nota que los realizadores tomaron elementos de El Extraño Mundo de Jack y, especialmente, El Cadáver de la Novia.

    Lasseter pone su firma valorando las enseñanzas de la infancia y no perder el niño interior. También cede a Randy Newman, habitual compositor de los temas de Pixar, para componer las inteligentes y mágicas canciones que remiten a las de La Bella y la Bestia o Aladdin. Además le hace homenaje a la música: el jazz, el soul de Nueva Orleans no están ausentes de la banda sonora.

    Para las voces, decidieron mantener un perfil bajo y reservar roles secundarios a actores de renombre como John Goodman, Oprah Winfrey o Terrence Howard, mientras que el villano recae en Keith David, actor generalmente secundario, que sorprende a la hora de cantar.

    Magia y hechizos a la orden del día. La animación tradicional a punta de lápiz ha vuelto para quedarse, y los espectadores, que nos criamos viendo todo lo que el gran Walt creó para los más chicos hace 40 años atrás, agradecemos de que la ilusión sigue viva, y por una hora y media, volvemos a tener 9 años otra vez.
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  • Acné
    Acné
    A Sala Llena
    La adolescencia es un periodo difícil de nuestras vidas. La madurez y el crecimiento. Dejar atrás la infancia, la exploración del sexo. Que hacer con los padres. Que lugar ocupan los amigos.

    Son varias las incertidumbres de Rafa. Acaba de hacer su Bar Mitzva, y cree que ya debería tener actitudes adultas. De hecho las tiene.

    Por un lado sufre porque la chica que le gusta no le presta atención, sufre porque sus padres se están divorciando, porque su mejor amigo se va a Israel, porque no puede ocupar su cabeza en estudiar o prestar atención a la clase.

    Busca su primer beso, tiene relaciones con prostitutas, siente curiosidad por la atracción hacia el sexo opuesto, ya sea con la sirvienta que trabaja en la casa como por la chica que atiende el kiosco de la esquina. Se siente solo. Y además sufre un serio caso de acné.

    La búsqueda del primer amor, es el tema central de la ópera prima de Federico Veiroj, quien ya ganó varios premios por su cortometraje, Bregman, el siguiente (apellido compartido con el protagonista de Acné) Con austeridad, y un humor negro que remite al estilo de incertidumbre con que filmaban sus co patriotas Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella en Whisky y 25 Watts (donde fue actor y continuista), toma seriamente pero sin solemnidad el tema de iniciación. A diferencia de la comedia pícara estadounidense (nada que ver con Porkys o American Pie), el humor de Veiroj apunta hacia el patetismo y la desolación, pero nunca llegando al melodrama existencialista de Gus Van Sant. En este sentido, las reflexiones acerca de la madurez y el judaísmo se asemejan más al hijo del protagonista de Un Hombre Serio de los Coen o reminiscencias a Cara de Queso de Ariel Winograd.

    Para no perder los hilos de la historia, Veiroj se ata a su protagonista, y la cámara nunca se separa de su punto de vista, lo cual es un acierto, porque podemos identificarnos con lo que le pasa al protagonista. Saber distinguir el sexo del amor, lo efímero de lo perdurable.

    Reflexiones sobre el tiempo. Los silencios y las palabras son fundamentales. Diálogos consistentes, inteligentes.

    Acné es un pequeño ensayo que seguramente debe tener algo autobiográfico, se siente íntimo, respira realismo. Filmado con sutileza, apostando por lo justo y preciso en cada plano fijo, aprovechando cada milímetro del cuadro, como si fueran postales con conciencia pictórica o recuerdos de un momento perdido.

    El elenco adolescente, especialmente Alejandro Tocar, su protagonista, es soberbio. También el uso de colores (naranjas, blancos) y los encuadres a cargo de la experimentada fotógrafa Bárbara Álvarez (Whisky, El Custodio, La Mujer sin Cabeza).

    Federico Veiroj demuestra gran personalidad, y talento de autor en su ópera prima. Una apuesta a futuro.
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  • Amante a domicilio
    Amante a domicilio
    A Sala Llena
    ¿Qué le habrá atraído realmente a Ashton Kutcher del guión de Amante a Domicilio? ¿Habrá sido la oportunidad de mostrar su faceta humorística de forma más sutil y al mismo tiempo un perfil dramático usualmente poco conocido, o el hecho de poder tener sexo desaforado con la primera “bomba” que se cruzaba en su camino, y hacer la gran vida en una de esas nuevas mansiones (Spread) de Los Angeles?

    Hay que admitirlo ¿quién no querría tener la vida fácil de Nikki (Kutcher) al menos por un día?

    Nikki es un vago, un vividor, un gigoló. Pero no como Richard Gere. Realmente, Nikki vive de las mujeres. No tiene hogar fijo. Seduce a la primera cuarentona atractiva, adinerada, adicta al sexo que encuentra en un boliche y se planta en su casa, al tiempo que tiene aventuras con jóvenes modelos que encuentra en el camino.

    Nada le falta a Nikki. Tiene labia, una cara bonita y estilo. Cerebro no necesita. Cuando su último “levante” Samantha (Anne Heche), deja su casa sola, Nikki no duda en hacer grandes fiestas y cosechar numerosas seguidoras. Todo funciona a la perfección. Lujos, comida, pileta. A cambio, solo debe “cumplir” sexualmente.

    El problema surge cuando se enamora de Heather (Levieva), una mesera de un cafetería, que, al principio lo rechaza, y después empieza a jugar con él de la misma forma que él juega con el resto de las mujeres, haciéndose desear, prometiendo que lo va a llamar y no lo hace, hasta que pronto ambos sucumben el uno por el otro, lo que le trae como consecuencia perder la “vida fácil”.

    La primera parte del film de Mackensie empieza “interesante”. El retrato de la vida sexual de Los Angeles es superficial, pero despiadado, misógino, satírico. Un poco más explícito de lo que generalmente suelen ser las películas hollywoodenses, aunque no tiene la sequedad ni frialdad de las anteriores películas de su director. Más bien, parecen postales sexuales de calendario, lidiando con una soft movie, un poco más divertida.

    Ya en El Joven Adam, especialmente, Mackensie ponía a un joven mujeriego y violento (Ewan MacGregor) que usaba a las mujeres como mejor le convenía. En ese sentido, Nikki cumple el mismo rol pero con una clase social elevada, en contraste con el protagonista de la anterior, que sucedía en la clase obrera y pesquera británica. Aún con similitudes con películas adolescentes cínicas similares como Las Reglas de la Atracción de Roger Avary, se nota que la mirada de Mackensie es alienígena. Entre la comedia y la crítica, aunque no demasiado mordaz, se pueden apreciar buenos momentos hasta que Nikki conoce a Heather, y la interpretación contenida de Kutcher ayuda a que esto suceda. Incluso hay que reconocerle dos planos secuencias (el primero en el que muestra el proceso de levante en un boliche, el segundo en una pileta) realmente inusuales en el cine estadounidense. El problema surge cuando encuentra a Heather. En este punto, la narración se vuelve completamente inverosímil, cuando muestran tan ingenuo a Nikki, y al tomar por tonto al protagonista parece que se está subestimando la inteligencia al espectador. Las situaciones toman un carácter previsible y de mediocrísima comedia romántica estadounidense. Como si en el medio se hubiese cambiado de director sin aviso. La estética se vuelve televisiva, y las escenas sexuales, poco riesgosas.

    Los pocos e interesantes logros de la primera mitad se vuelven olvidables ante cursis y estereotipados diálogos. A medida que se “normaliza” Nikki, sucede lo mismo con la película. El final agridulce, a lo Mujer Bonita u otra similar película ochentosa, no hacen más que confirmar la poca imaginación del guionista y realizador para terminar una historia, aun cuando el último plano, resulte interesante y simbólico, lo visto en los previos 45 minutos, no terminan de convencer.

    Kutcher, como productor y protagonista, intenta mejorar su promedio con respecto a anteriores interpretaciones. Pero no logra ser convincente todavía en su perfil más dramático / romántico. Puede mejorar, aunque le salía mucho mejor, el Kelso de la serie That’s 70s Show. Como le dice Samantha, “solo es un muchacho con cara bonita”.

    Por otro lado, decepcionan bastante el resto del elenco. Anne Heche demuestra, con el paso de los años, que solamente ha mejorado físicamente. Mientras que la prometedora Levieva (la bomba sexual de Adventureland) no puede sostener un protagonismo, ni siquiera como contraparte de Kutcher. A esta chica le falta mucho camino para transitar, y sin duda fue elegida por tener “otros” talentos.

    Al final, la película es un espejo de la vida lujosa de Los Angeles: superficialidad, buenos cuerpos (todos artificiales) y sexo fácil. Por lo menos las películas “soft” son más honestas en sus pretensiones.
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  • Cena de amigos
    Cena de amigos
    A Sala Llena
    ¿Puede ser que la amistad sea producto de la hipocresía, el engaño y la mentira? ¿Después de tantos años de conocerse, puede una simple cena desatar una ola de infidelidades?

    La directora Daniele Thompson, al igual que como hizo en Lo Mejor de Nuestras Vidas, su última película, construye junto con su hijo Christopher, también partícipe como interprete, una comedia dramática coral, acerca de cómo el paso de los años pueden destruir parejas y amistades, aun cuando los involucrados no den cuenta de ello.

    ML (Karin Viard) organiza una cena donde, su esposo, Piotr (Dany Boon) preparará un típico plato polaco, por lo que ambos deciden invitar diferentes parejas amigas, algunas de ellas, sin conocerse entre sí, y un par de miembros solitarios, a los que tratarán de unir sentimentalmente.

    Pero no todo es tan sencillo, ya que ambos desconocen que no todas las parejas mantienen la apariencia del status quo. Los médicos Alain y Melanie Carcassonne (ella obstetra, él oncólogo a cargo de Bruel y Marina Fois) están a punto de quebrar, ya que ella está teniendo un amorío con un jockey. Sarah Mattei (Seigner) se siente disconforme con su esposo Lucas (Thompson). Por otro lado, Piotr invitó a Jean Louis (Laurent Stocker) sin saber que tuvo un romance con ML. A esto se suma que llega Juliette (Marina Hands), hermana de ML con su nuevo esposo (Patrick Chesnais), bastante mayor que ella, y el padre de ambas (Pierre Arditti), con el cual Juliette está peleada tras haberlas dejado de chicas por otra familia. Por último aparece la profesora de flamenco (Blanca Li) de ML, que le da un poco de humor al evento.

    Pero la cena, termina más por unir que por separar. Para complicar un poco más la historia, a la mitad de la película, Thompson decide mostrar paralelamente a que se va desarrollando la historia que pasa con los personajes un año después de la cena, donde va profundizando un poco más en el perfil más dramático de cada relación, y como aquellos que parecían tener estabilidad, entran en un periodo de crisis y viceversa.

    Los personajes son ricos y las actuaciones creíbles. El elenco es más que solvente, y superan las interpretaciones a una película, y una narración que nunca termina por levantar demasiado vuelo ni decidirse que quiere contar o criticar: si la superficialidad de los burgueses franceses, si la hipocresía de las amistades y las parejas contemporáneas. Si quiere ser una comedia o un drama. El tono nunca queda demasiado claro, y la película apenas es una pintura romántica, con momentos simpáticos (especialmente cuando se juntan el nuevo novio y el padre de Juliette) y melancólicos con un final un poco forzado.

    Se trata, sin duda, de una película donde se quiere vender más a un seleccionado de actores de renombre juntos, que una obra redonda. Si bien es interesante ver aquello que no se dice, el extenso epílogo agobia un poco. A nivel visual, se trata de una obra sin demasiada personalidad cinematográfica, aunque es notable el énfasis que le pone la directora a los colores del vestuario, acaso influencia de su pasado como directora de arte.

    Aún así, es una película para no descartar completamente, que quizás sirve para reflexionar acerca del círculo de amigos que uno frecuenta, de las relaciones en pareja y como el tiempo pasa para todos.

    Consejo: tomar nota ni bien empiezan los títulos finales de la receta del plato polaco, que pertenece al marido en la vida real de la actriz Emmanuel Seigner, el cineasta Roman Polanski. Quizás se trate de lo único verdaderamente trascendental de esta olvidable “comedia dramática”.
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  • Rosetta
    Rosetta
    A Sala Llena
    Los Darlenne y Yo

    A medida que me acercaba a la sala cinematográfica donde se exhibiría la función de prensa de Rosetta, traté de imaginar el plano inicial de la “nueva” película de los hermanos Dardenne, ganadora de la Palma de Oro en 1999 (sí, no es error de tipeo).

    “La protagonista camina aceleradamente por alguna vereda medio marginal de alguna ciudad industrial de Bélgica, de espaldas al espectador, en un primer plano con cámara en mano sobre el hombro del personaje”

    Lógica pura, para aquel que conoce mínimamente el cine de los premiados hermanos belga. Si bien Rosetta no camina por las calles, sino por los pasillos de la fábrica para la que trabaja, el plano es tal cual como me lo había imaginado.

    Una película no se puede analizar de forma independiente. Sería facilista de mi parte opinar sobre la película evitando dos hechos importantes, contextuales, pero que son difíciles de quitar de la cabeza:

    1º La película se estrena con diez años de atraso. Si bien, por la estética y la narración podría ser perfectamente contemporánea, hay que tener en cuenta que del 99 hasta el 09, los Dardenne estrenaron tres películas que presentan similitudes. Por tanto el impacto y la sorpresa en cuanto a la estética y la dura crónica social que retratan es menor de la que hubiese tenido en esos tiempos, aunque hace diez años, mi punto de vista, debido a la edad sería muy distinto también.

    2º La filmografía de los Dardenne tiende a repetirse, e incluso confundirse invariablemente. Ver cada película de forma independiente provoca admiración y nunca indiferencia. Sin embargo, necesitan una verdadera renovación. No es suficiente con alejar un poco más la cámara y agregar elementos más propios del cine noir que del melodrama social como hicieron en El Silencio de Lorna (2008). La última obra de Luc y Jean Pierre, es sin duda, una mezcla entre Rosetta y El Niño, ambas ganadoras de la Palma de Oro. La historia atrapa y es cautivante, y pronto uno olvida la estética para meterse en el micromundo narrativo, pero no puede más que sentir un deja vú visual.

    No vi, La Promesa, ni las películas temporalmente anteriores de los Dardenne para juzgar la obra general. Pero no puedo mentirme a mi mismo. Rosetta me hubiese encantado más si la habrían estrenado cronológicamente, quizás es por eso, que sigue siendo El Hijo, mi película referencial de ellos. Solo, que afirmo, que no fue solo el hecho de haberla visto primera. El Hijo tiene un nivel de sutileza mayor, y una intención de impactar e involucrar al espectador, mucho menor que las demás películas. Es la menos violenta, la más contemplativa, pero a la vez, la más fuerte en la narración, la que deja al espectador con una sensación de impotencia suprema.

    La Fuerza de Rosetta

    Por otro lado, es innegable que Rosetta es otra demostración de cómo hacer un cine emocionalmente efectista, dramáticamente potente, con pocos recursos, y rompiendo moldes tradicionalmente narrativos.

    Al igual que las demás obras de sus autores, Rosetta no tiene principio ni fin. Empieza con el primer punto de giro y termina en la mitad del climax, por lo cual sentimos que los Dardenne nos meten violentamente en el mundo de esta chica post adolescente, enfrentando a un mundo injusto.

    Ella tiene 17 años. Vive con su madre borracha en un trailer en medio de un camping, al borde de una ruta suburbana. Acaba de perder su empleo, al tiempo que trata de abortar caseramente.

    Su única meta, parece ser, encontrar un trabajo decente y fijo. Nada de periodos de prueba o reemplazos. Ella es orgullosa y voluntariosa, no quiere prostituirse como la madre, ni recibir limosnas.

    Su esperanza está en un puesto de waffles, donde reemplaza provisoriamente al hijo del dueño. Se gana la amistad de otro empleado, Riquet, que se solidariza con ella y parece buscar algo más que una amistad. Pero, la necesidad de Rosetta, por tener una vida sólida, provoca que tenga violentos arranques de ira, que le traen más problemas que soluciones.

    Los Dardenne crean un personaje perfecto. Humilde, pero honrado, orgulloso, pero malicioso. Una víctima de la sociedad laboral. Una vida en el borde de una edad, con comportamientos adultos pero a la vez, respuestas adolescentes. Un personaje que no quiere ser marginal, quiere crecer y se ve frenada por un mundo demasiado grande, aun visto en personajes comercialmente pequeños.

    Sin perder nunca el ritmo ni el clima ominoso gris; o la estética: cámara nerviosa, en mano, meticulosa, inoportuna, Luc y Jean Pierre mantienen en vilo al espectador. Pero la sumatoria de golpes de efecto dramáticos y algunos bastante bajos pueden provocar cierta incomodidad, que en una película estadounidense, serían duramente criticados. La narración in crescendo, hasta llegar al final ambiguo, provoca que el espectador siga atento los desaciertos de Rosetta. Como los demás protagonistas de los Dardenne, ella intenta llegar a extremos morales para lograr su meta, pero como típica antihéroe moderna, su conciencia cumple un rol central en su personalidad. O quizás los directores, se apiadan por ella, y deciden salvarla cuando ven que su vida corre peligro.

    Al igual que en sus anteriores películas, la elección del elenco es fundamental para dotar de verosimilitud al relato. La, por entonces debutante, Emillie Dequenne es un rostro inolvidable. Fiera, austera, melancólica. Casi sin pestañear y con la mirada fija, uno puede entender lo que sucede por su cabeza e incluso adivinar cual va a ser su próxima acción. El espectador, impotente, no podrá detenerla. Bien merecida tuvo la Palma a la mejor actriz.

    Fabrizio Rongione, y el actor fetiche de los Dardenne, el excelente Olivier Gourmet, completan el elenco.

    Al igual que en el resto de su obra, los Dardenne, golpean a la clase industrial y ponen su ojo desde el punto de vista y la posición, de una clase marginalizada, que usualmente el cine más comercial europeo trata de ocultar.

    Ya no vale la pena criticar el sistema de distribución (lo hicimos con Lejano en su momento) ni que debamos conformarnos en verlas en DVD. Es un poco injusto decir que los Dardenne se repiten. Pero ahora que nos pusimos al día con su cine, podríamos ponernos un poco más exigentes, y esperar que su próxima película, sin perder la identidad de sus realizadores, nos presente un micromundo un poco distinto.

    Aunque sea tan utópico, como esperar un mundo más justo, noble y equitativo para todos.
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    A Sala Llena
    Primera Parte: Las Expectativas

    Como empezar la crítica de la “película más esperada del año”, me preguntaba. No suelo escribir críticas de forma tan urgente, pero Avatar no es una película más. Los seguidores de James Cameron han esperado con ansias este momento. Han pasado 12 años desde que el Titanic coronó a Cameron con más de 600 millones de dólares solo en Estados Unidos. En el medio pasó el fracaso de la serie Dark Angel, los documentales sobre el Bismark, los Fantasmas del Abismo, acerca de los misterios subacuáticos y uno sobre el telescopio Hubble. Pero ninguno llegó a estrenarse comercialmente con demasiado éxito. Rumores de que dirigiría las secuelas de las exitosas Terminator, Alien y Mentiras Verdaderas rondaron las páginas de webs y revistas cinéfilas… hasta que se anunció Avatar.



    Proyecto postergado, con tecnología innovadora, especialmente filmada para ser exhibida en cines IMAX y 3D. Se filtró que el presupuesto rondaría cerca de los 350 millones de dólares, lo que la etiquetaría como la película más costosa filmada hasta la fecha.

    Las expectativas eran altas y la información sobre el argumento reducido: una historia de ciencia ficción en un planeta con una civilización para la que se tuvo que crear una naturaleza, una cultura, e incluso una lengua diferente.

    Se decía que iba a ser la película que cambiaría la manera de ver el cine. Que el cambio que generaría la película sería comparable a la que generó la innovación del sonido en 1927 cuando se proyectó por primera vez El Cantante de Jazz con Al Johnsson. Que la ciencia ficción no sería lo mismo, con una transformación e impacto comparable a la que generó 2001, Odisea del Espacio de Kubrick.

    ¿Sería para tanto? Hace una año la expectativa era enorme. Spielberg y Lucas habían afirmado que vieron algunas escenas y quedaron deslumbrados. “Esto es el futuro del cine”

    ¿Tanto? ¿Cameron volvería a llenarse los bolsillos con titánico proyecto? Las expectativas bajaron cuando se vieron las primeras imágenes. El trailer de tres minutos y medio, la función especial en 3 dimensiones de 15 minutos de duración para la prensa y privilegiados. Los críticos bajaron las expectativas de golpe, los cinéfilos empezaron a tener dudas. “¿Tanto para esto? dijeron. Está bueno, sí. Pero, en esto se invirtieron 350 millones?”

    Dudas. Expectativas. Intriga. Misterio. El elenco no era demasiado prometedor (exceptuando a Sigourney Weaver).

    Y con la temporada de premios, en Estados Unidos, Avatar empezó a levantar nuevamente. Por tanto, ¿estábamos ante una nueva maravilla como lo fue en su momento Terminator, su innovadora secuela, Aliens, o mi favorita, El Abismo?

    Es sabido, que a excepción de Terminator, narrativamente hablando Cameron deja bastante que desear. Es un buen narrador, pero muy básico. Nunca llegaría a “romper la cabeza” como lo hizo Kubrick, a hacer un productor genuinamente intelectual, y menos con semejante presupuesto, pero también es cierto, que ya tiene el dinero y la libertad creativa necesaria para darse el lujo de experimentar un poco más a nivel narrativo.

    ¿Ahora bien, que hizo Cameron con Avatar?

    Segunda Parte: La Función y la Crítica

    Llegó el día. Espero que ésta sea una de las primeras críticas nacionales (sueño con que sea LA primera). Afuera del Cinemark Palermo, se agolpan puntualmente a las 9 de la mañana, los más reconocidos críticos de los principales medios nacionales. Se solicitan los nombres (mucho control) de los espectadores. El desayuno es tradicional. Se agolpan todos. Un muchacho joven le pega sin querer a Condito. Nervios. Expectativas. Antes de entrar, se regala un paquete de pochocho y coca grande para cada miembro de la prensa. Gentileza de Cameron. Todos aceptan, aunque transcurridas las 2 horas 40 minutos de película, varios habrían de arrepentirse de agarrarlos (también se obsequiaron gorras y pósters al finalizar la función). Al fin y al cabo, se trata de la película más costosa del cine, la más pochoclera desde 2012. “¿Por qué no ser pochoclero también?” dice un crítico.

    Ahora sí. La película.

    No voy a dar demasiados detalles, pero se puede decir, que al igual que Spielberg, Lucas, Zemeckis y Jackson, Cameron mantiene indemne su impronta narrativa clásica. Un gran narrador. Desde el primero hasta el último minuto, Avatar es una montaña rusa de emoción y adrenalina. Quizás me animaría a decir, es la película más entretenida y pasatista de su realizador. Aventura, acción, momentos de humor y ciencia ficción como no se veía hace rato. Quizás, el espíritu me hizo recordar más al George Lucas de la primera trilogía galáctica, más que al de la última, más allá de que 75% de la película está generada por computadora.

    Cameron se mantiene fiel a sí mismo sobretodo. Abundan robots y naves espaciales que hacen recordar a Terminator y principalmente a Aliens (incluso en su argumento). Los personajes femeninos tienen la impronta rebelde, masculinizada, dura, que tanto le atrae a su realizador. Solo basta ver a Trudy (Michelle Rodriguez) y encontrar en ella una cruza entre la Sarah Connor de El Día del Juicio Final con la Ellen Ripley de Aliens (los cinéfilos disfrutarán un guiño que hace Cameron a los seguidores de la secuela de la película de Ridley Scott). Por suerte, hay poco de Mentiras Verdaderas o Titanic.

    Visualmente hablando es realmente maravillosa, mas no asombrosa o tan innovadora como esperaba. Es bella. Sí. La creación de la selva, las rocas colgantes y la noche de Pandora son maravillosas. Vegetación marina en la tierra, animales y aves con demasiadas remanencias prehistóricas (sin Jurassic Park nunca hubiese existido Avatar). La geografía imaginada, cultivada, creada íntegramente por Cameron y equipo es realmente admirable. Los efectos donde se cruzan live action (los actores) con los avatares y Na’vi son deslumbrantes. Es verdad. La diferencia entre la interacción creada en post producción y realidad es prácticamente invisible (aún se nota un poquito). Es evolución visual. No se ha llegado a la perfección, pero sí, se podría decir que la animación creada por Cameron supera la de la mayoría de las películas hechas hasta el momento.

    Los efectos 3D por momentos aportan que el espectador se sienta dentro de la selva, pero aún creo que todavía, el 3D no avanzó lo suficiente. Esperaba que Avatar sea la mejor película no creada únicamente para cines con este requisito que me “volara la cabeza”. Pero no lo fue. En ese sentido, fracasa. Sigue siendo una película convencional.

    Pero lo que creo que, principalmente, fue lo que me provocó un distanciamiento, o mejor dicho, que no pueda creer en semejante innovación, fue la historia y el guión.

    Como ya dije, cuanto más énfasis pone Cameron en revolucionar la tecnología, en ser un innovador, menos pone en el proceso narrativo, y es ahí donde la película fluctúa. No porque el guión tenga baches o desniveles. Todo lo contrario. Está demasiado medido. Previsible. Demasiado clásico, y sobre todo, visto. Aunque un poco simplista y banal en su estructura.

    Básicamente, Avatar no es una historia original siquiera. Se inspira en personajes reales de la historia estadounidense como lo fueron Pocahontas y John Smith (no por nada, el protagonista lleva las mismas iniciales que este último).

    La historia es exactamente igual, por lo tanto el que la conoce, se imaginará aproximadamente en donde termina todo.

    En este caso los conquistadores británicos son los militares estadounidenses que van en busca de Unobtanium (fundamental para conseguir energía para la Tierra) en vez de oro (o petróleo si lo comparamos con la Guerra de Irak). Jake Sully (Worthington, mejor que en Terminator Salvation, pero todavía no puede sostener él solo un protagónico) un militar parapléjico pasa su mente a una mezcla entre Na’vi avatar y tiene que interceder entre los hostiles nativos, que al final no son tan malos. Los Na’vi están caracterizados igual que los Powatan de Pocahontas. La lengua creada por Cameron y equipo son similares a la de los pueblos indígenas del noreste americano, incluso en el vestuario, formas de caza y tradiciones.

    Cameron no se aparta de ningún estereotipo de personajes ni situaciones. Apela a cada diálogo sensacionalista e inverosímil de todas las películas épicas de líderes revolucionarios históricos (Gladiador, Corazón Valiente). No hay lugar común, clisé, momento sentimental que trata de esquivar. Los personajes son buenos o malos. La banda sonora de Horner (con tempos que recuerdan a Titanic) engrandece hasta la situación más mínima. Incluso la canción “I See You” de Leona Lewis recuerda a la ya clásica “My Heart Go On” de Celine Dion. Abundan momentos lacrimógenos, que no tienen genuina emoción porque, a excepción de los personajes de Pixar, no hay personajes animados que logren transmitirnos llantos creíbles.

    El elenco tampoco ayuda demasiado. Animados resultan más sobreactuados que en cuerpo. Los “buenos” no despiertan demasiado interés tampoco. Resulta desilucionante ver a una Sigourney Weaver tan intrascendente como en esta película. En cambio mucho mejor está el villano de turno interpretado por el renacido Stephen Lang (ya se había destacado en Enemigo Público). Jim Carrey como Scrooge resultaba más creible que Zoe Saldana o Wes Studi. También resulta verosímil, el empresario capitalista que interpreta Giovanni Ribisi (con pequeña pero destacada participación en la película de Mann también).

    Mezcla de géneros clásicos, ciertas cursilerías, tecnología de última generación. Pienso que una película que busca innovar visualmente debería hacerlo también desde el punto de vista narrativo como lo hizo 2001. Cameron no lo logra esta vez. Lo narrativo no está a la altura del aspecto visual.

    A pesar de que no se puede decir que Avatar es la película que me cambió el año, la vida o la percepción del cine como decían que lo iba a hacer, aunque tampoco lo esperaba, es innegable que se trata de una de las mejores y mayor logradas películas de aventuras de los últimos años, con algunos momentos independientes de la película en sí que son extraordinarias como la caza del pájaro gigante o la ceremonia de reencarnación.

    Sin una bajada de línea demasiada obvia, aunque con un notable mensaje ecológico y antibelicista, Cameron cumple con las expectativas pero no las supera.

    No se trata de una obra maestra, tampoco merece ser despreciada.

    Solo esperemos que la próxima película del “¿gran?” James Cameron no tarde 12 años más. Por lo menos así, las expectativas no van a ser demasiado altas con respecto al resultado final.

    Consejo: si quieren mirar la película completa y/o no tener “accidentes” no tomen demasiada Coca Cola en caso de verla sin intervalos.
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  • Mis estrellas y yo
    Mis estrellas y yo
    A Sala Llena
    Durante los años ’40 y ’50 existió una gran excusa narrativa para filmar comedias musicales: mostrar el detrás de cámaras del mundo del cine o de las mismísimas comedias musicales de Broadway

    De esta manera se justificaba el hecho de que los protagonistas cantaran de forma diegética y verosímil sobre el escenario o set de filmación, aunque también cantaban cuando tenían ganas. Dentro o fuera de la ficción, todos cantaban.

    Así surgieron excelentes películas como Cantando Bajo la Lluvia, Cover Girl, Melodías de Broadway o la mayoría de películas de Vincente Minelli, acaso el que más exploró el género, aún cuando no haya canciones de por medio, como en Cautivos del Mal. Pero también se hacían musicales de este estilo en varias partes del mundo como en Argentina se hizo La Cabalgata del Circo de Mario Soffici, por ejemplo.

    Y por supuesto, una “estrella” no es “estrella” sin algún fanático loco que las persiga. Por esta senda transita Mis Estrellas y Yo de Laetitia Colombani. Esta vez sin canciones de por medio, la película combina diferentes modelos de cine estadounidense clásico, de tono efectista y no demasiado ingenioso.

    Pero no estamos hablando de comedia burda, como la sobrevalorada “nueva comedia estadounidense” con los descendientes de Saturday Night Live, sino de aquella donde brillaban Ava Gardner, Bette Davis, Joan Crawford, Gene Kelly, Fred Astaire y Marilyn Monroe, entre otros.

    En el homenaje a este tipo de cine se encuentran los mayores valores de la película de Colombani. Sin caer en momentos melodramáticos demasiado lacrimógenos como Notting Hill, en donde también se explora la relación entre una “estrella” y un tipo común, Colombani también hace una comedia de venganza femenina en la línea de Las Brujas de Eastwick.

    Quizás abusa un poco del uso de un gato (las comedias estadounidenses suelen usar perros o chicos) como efecto humorístico adicional al argumento central, o también otra simple excusa para poder ella misma aparecer mínimamente en pantalla.

    De todas formas Mis Estrellas y Yo nos permite disfrutar de una Catherine Denueve, realmente deslumbrante, que se permite burlarse de ella misma, como una diva que vive confinada en una mansión con su cochero, mayordomo, y enfermero, quien en algún momento fue su co protagonista hasta que cayó en el olvido. Cualquier semejanza con Sunset Boulevard – El Ocaso de una Vida, la obra maestra de Billy Wilder no es pura coincidencia. Y sin dudas es el mayor placer cinéfilo que tiene la obra.

    También desfilan la joven Melanie Bernier y una Emmanuel Beart madura, pero alejada de las vibrantes interpretaciones que supo dar durante los ‘90s en el cine de francés. De, aquella Beart, la de El Infierno de Chabrol o La Pequeña Mentirosa de Rivette ha quedado solo un rostro un poco modificado por cirugías estéticas. Una lastima.

    Pero, es Kad Merad, encasillado como el eterno perdedor es el que brilla sobre todas las “estrellas” relegando a un segundo plano incluso a María de Medeiros, que solo busca roles secundarios para juntar efectivo para financiar sus propios proyectos. No se justifica , de otra manera, que la protagonista de Henry y June tomara un rol tan insignificante.

    Colombani, sin demasiadas pretensiones, con precisión, simpáticos detalles (por ejemplo, el tamaño de los trailers de las protagonistas según su fama) hace una comedia sencilla, estéticamente no demasiada inspirada, con un timing humorístico de manual.

    No es un estudio sobre el fanatismo o sobre la fama demasiado exhaustivo. Pero tampoco es necesario. Una fábula, un cuento de hadas como el de Cenicienta con final felíz… dentro del mundo de las celebridades.
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  • Eden Lake
    Eden Lake
    A Sala Llena
    ¿Cuántas caras tiene el miedo?

    Según Steven Spielberg, el éxito de Tiburón se debió, no al hecho de que la película asustara, sino que presenta a un ser conocido por la mayoría de las personas, de una forma que nunca se hubiesen imaginado.

    Si los tiburones provocaban miedo por el solo hecho de ser un depredador fatal, Spielberg lo convirtió en un monstruo gigante, sanguinario, pero a pesar de todo creíble.

    No se trataba de las tarántulas gigantes mutadas por algún accidente tóxico que atacaban la ciudad.

    El miedo a lo desconocido, es provocador, pero después de tanto arremeter y arremeter con el tema, termina fatigando ver siempre a los mismo fantasmas o demonios atacar simples familias o adolescentes ingenuos e inocentes.

    No existe una sola persona que sea inocente. Todo acto produce una consecuencia, y dicha consecuencia a la vez es producto del contexto social que manifiesta la violencia.

    No por nada, la institución “familia” es la precursora de monstruos como Michael Myers, Jason, o el loco de la motosierra.

    Pero estos personajes son deformados, marginados de la sociedad, que al final terminan ganando un pasaje a la inmortalidad.

    Sin embargo, con el paso de los años, cada vez asustan menos. ¿Por qué? Porque el espectador los conoce, y porque los nuevos realizadores los hacen cada vez menos verosímiles.

    ¿Pero que pasa si el terror proviene de nuestros propios hijos? No marginados, no deformes mutantes.

    Esta vez, los adolescentes son los asesinos.

    Sin necesidad de máscaras o armas complejas, James Watkins, crea uno de los thrillers más aterradores, sangrientos y realistas que se hayan visto en mucho tiempo, en base a una pandilla de mocosos traviesos. Nada más.

    Jenny es una maestra jardinera. Steve es su novio. Un fin de semana, Steve convence a Jenny de ir a una especie de lago público, que pronto será convertido en una represa privada. Sin embargo, lo que debería tratarse de unas vacaciones románticas y apacibles, empiezan a volverse tenebrosas, cuando la pareja decide pedirle a una pandilla de adolescentes que apaguen una radio y dejen de mirar el cuerpo de la novia. La pandilla no toma muy bien la actitud “adulta” de Steve, y decide vengarse “inocentemente” robándole el coche. Cuando, va en su rescate, Steve, accidentalmente mata al perro de Brett, el líder de la pandilla, y pronto la pareja empezará a vivir un calvario.

    Watkins crea escenas de tensión y suspenso con timing hitchcoiano. No busca la sorpresa o el golpe de efecto. El montaje y el sonido, juegan roles fundamentales acompañados por un elemento cinematográfico que generalmente es bastante obviado en el género: buenas actuaciones. La dupla de la experimentada Reilly (vista en las comedias Piso Compartido y Las Muñecas Rusas) y Michael Fassbender, uno de los actores del momento (Hunger, Bastardos Sin Gloria, Fish Tank) logran darle mayor verosimilitud a la historia. A eso se le suman excelentes interpretaciones de la pandilla adolescente, especialmente de Jack O Connell como Brett.

    Sin embargo, Watkins no solamente logra un gran thriller con momentos de gore y sadismo mucho más impresionantes y creíbles de lo que haría Eli Roth, y evitar caer en demasiados lugares comunes o clisés, sino que da pie a la reflexión acerca de cuáles son los límites que se deben imponer a la violencia y “maldad” de la pubertad. Hasta donde es culpa del chico, y donde empieza el cuidado del padre, de donde viene ejemplificada tal tortura.

    El final de Eden Lake es impresionante, inteligente, imprevisible pero coherente, y deja un mal gusto en el espectador, no por aquello que se ve (justamente otro acierto de Watkins es el excelente, sutil y sencillo uso del fuera de campo), sino por el mensaje que trata de dar.

    Como si fuera una cruza entre El Señor de las Moscas y el clásico de John Boorman, Amarga Pesadilla (1972, con Burt Reynolds, Ronny Cox, Ned Beatty y Jon Voight), Watkins, en su ópera prima, construye una pesadilla en medio de los bosques, repleta de connotaciones sociales y crítica industrial, que derivan hacia el debate; donde el miedo proviene de aquello que más subestimamos, donde no medir las consecuencias de los actos, termina siendo nuestra propia condena.
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  • Cartas para Jenny
    Cartas para Jenny
    A Sala Llena
    No todos los guiones son filmables. En Estados Unidos, aquellas historias que son demasiado mediocres para trasponerse al cine, a menos que tengan un presupuesto de 100 millones de dólares y nombres rutilantes, tienen un destino donde pueden encontrar un público determinado y fiel: el canal Hallmark.

    Aquellas novelas lacrimógenas, a veces “inspiradas en hechos reales”, de hora y media de duración, pobreza visual, cinematográfica, narrativa e interpretativa, encuentran en Hallmark un hogar donde los van a recibir con los brazos abiertos.

    Lamentablemente ese filtro no existe en Argentina, por lo tanto, hasta que se logre crear un canal exclusivamente dedicado a pasar películas que no merecen tener un subsidio para ser exhibidas en salas comerciales, o por lo menos que algún canal de aire tenga un día a la semana una noche dedicada a ficciones para TV con principio y fin, (como Canal 13 hace cada año con el especial acerca del SIDA), las películas mediocres como Cartas para Jenny deben sufrir postergaciones, a veces eternas, hasta que por fín logren estrenarse.

    Diego Musiak, lamentablemente, no tuvo una carrera demasiada inspirada. Melodramas lacrimógenos y cursis, previsibles, pobres a niveles narrativos fueron su leit motiv. Su último trabajo estrenado, que data del 2002, fue un apenas interesante y discreto documental llamado La Mayor Estafa al Pueblo Argentino que debería haber ido directo a Canal 7, ya que su tratamiento visual era completamente televisivo.

    Cartas para Jenny es un melodrama que con un poco más de presupuesto, mejores actuaciones y en México, quizás habría sido filmada, con guión de Arriaga, por Gonzalez Iñarritú, Pero esto no es un halago. Justamente, la película tiene lo peor del realizador de Amores Perros.

    Cuando Jenny hizo su Bat Mitzvah recibe de mano de su padre unas cartas que le dejó su finada madre, con las instrucciones de que debe leerlas ante cada momento importante de su vida: casamiento, primer hijo y cuando no encuentre salida…

    El tiempo pasa. Jenny (Accardi) tiene veinte años y un novio español (para justificar que es co producción española) que la deja embarazada. Jenny quiere avanzar con su vida: casarse y tener la criatura. Su padre (Seefeld) no aprueba su decisión pero la apoya, en recuerdo de su madre. Cuando el novio se escapa a España, Jenny decide viajar de San Luis (para justificar la participación de San Luis Cine) a Israel a ver a un amigo de la infancia y conocer las causas del fallecimiento de la madre.

    Musiak crea una telenovela melancólica, lacrimógena cada dos escenas, previsible, moralista, obvia… No hay tema clisé que se le escape: la madurez, la búsqueda de la identidad, el origen. Para relatar la historia de la madre recurre a horribles flashbacks filmados en blanco y negro con estética publicitaria.

    En Israel, a falta de ideas, Musiak decide plagiarlo a Daniel Burman, mostrando a los protagonistas flotando en el Mar Muerto, emulando a Martinez y Roth en El Nido Vacío, sin justificación alguna (Burman lo justificaba al menos desde el inteligente guión).

    La historia romántica final resulta forzada, sacada de una novela de las dos de la tarde o de alguna abominación televisiva de Cris Morena. Diálogos demasiado escatológicos y personajes estereotipados. Interpretaciones poco creíbles y bastantes toscas.

    La fotografía de Darío Sabina, el mismo de El Hombre que Corría tras el Viento, es lo único rescatable de esta obra que va a quedar para el olvido… como aquellas películas que se muestran todos los días en el canal Hallmark.

    ¿Puede esta película caer más bajo?: sí, el novio español imita a Alejandro Sanz.
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  • Aparecidos
    Aparecidos
    A Sala Llena
    Simplemente hay ciertas cosas que no deberían mezclarse a esta altura de las circunstancias. Hace unos años, el guionista de Relaciones Peligrosas, Christopher Hampton, vino a la Argentina con Antonio Banderas y Emma Thompson para realizar una película que relacionaba elementos sobrenaturales, psíquicos, y fantásticos con el genocidio ocurrido durante la última dictadura militar. La película es una burla, inconsistente narrativamente, que retrata las desapariciones ocurridas en el país con poca seriedad y bastante falta de respeto.

    Nuevamente, con Aparecidos, se mezclan las “desapariciones” durante la dictadura con la fantasía. Esta vez en medio de un relato de fantasmas, y los resultados son tanto o más catastróficos que la anterior.

    Malena y Pablo son dos hermanos españoles que vienen a la Argentina para firmar un permiso, para que el hospital donde esta internado su padre moribundo, al que no ven desde chicos, lo desconecte del respirador artificial, si llega a caer en un caso extremo su delicada salud.

    Malena no guarda un buen recuerdo de su padre, pero no sabe porque. Ella quiere apagar la máquina que lo mantiene con vida y regresar a España con su madre. En cambio, Pablo nunca lo conoció, por lo que quiere aprovechar el viaje para saber más de su pasado. Después de los trámites en el hospital, ambos descubren que el padre les dejo una casa en Tierra del Fuego y un Falcon verde de los ´70. Detalle no menor y de poca sutileza. Pablo convence a Malena de viajar a la Patagonia para encontrar la casa del padre. Ella acepta, pero no de buena manera.

    En la ruta, Pablo encuentra una especie de diario de viaje, donde se dan detalles de torturas con picanas eléctricas, y hay fotos de una familia torturada y asesinada.

    La acción, por así decirlo empieza en un hotel de la ruta, donde ambos hermanos se cruzan con los “fantasmas” de la familia y el asesino los empieza a seguir a ellos, por lo que Pablo se decide a cambiar la historia y salvar a la familia.

    Si todo esto ya resulta demasiado irrisorio e incoherente para tratarse de una película de terror, y si se le suma la etiqueta: “película sobre desaparecidos”, la ópera prima de Paco Cabezas termina siendo un cocktail de lo peor de ambos “géneros”. En Crónica de una Fuga, Caetano logró mezclar el thriller con el drama político y psicológico. Cabezas no hace ni una ni otra.

    Como producto cinematográfico es realmente paupérrimo. Los encuadres son feos, la fotografía obvia y demasiado retocadas en post producción, los efectos especiales mediocres. A eso le tenemos que sumar que el guión tiene demasiadas falencias, los personajes son chatos, la resolución es previsible desde la primera media hora. Clisés, estereotipos y lugares comunes del género. La película no asusta ni impacta. La música tiene poca influencia. Los climas no terminan de ser logrados, por tanto el suspenso intensificado con el recurso del fuera de campo es bastante decepcionante. Narrativamente, los giros dramáticos, además de ser obvios, son risibles y las situaciones patéticas. Es muy poco lo rescatable. Inclusive el hecho de que los fantasmas aparecen en espejos ya fue exprimido por el cine de terror japonés. No hay siquiera (y por suerte, teniendo en cuenta la temática) algo de gore para los fanáticos más morbosos. La película ni siquiera puede ser interpretada como una clase B. No es bizarra, no es divertida, carece de ingenio y originalidad. Las interpretaciones de la pareja española protagonista tampoco son rescatables. Abundan los gritos, los diálogos, miradas pretenciosas y las exarberaciones actorales.

    Es una lástima desaprovechar a buenos actores argentinos como Hector Bidonde y Pablo Cedrón en una producción tan poco imaginativa, demasiado explicita y discursiva, incluso aburrida.

    Los últimos planos de la película tienen una pretensión, una falta de modestia, una sutileza y una banalidad tal, que termina siendo bastante peyorativo para aquel que tenga un familiar fallecido durante los años de la dictadura.

    Aparecidos pertenece al 2007 y nunca debió haberse estrenado en nuestro país. Se trata de una de las peores películas que llegaron a la pantalla grande durante el 2009. Conozco varias, que pasaron directamente al DVD, que habrían ocupado esa disponibilidad de salas mucho mejor que este insulto a la inteligencia y la cinefilia.
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  • Los fantasmas de Scrooge
    Sensaciones encontradas me produjo esta nueva adaptación de Un Cuento de Navidad de Dickens. No se trata de una película navideña más. Lleva la firma de uno de los realizadores que más influyeron en mí cinefilia durante los ´80 y los ´90: Robert Zemeckis.

    ¿Que esperaba encontrar? Sabía que no me iba a sorprender la historia. Vi varias versiones, y al igual que muchos que los que nos criamos durante los ´80 pienso (aún después de esta versión) que Los Fantasmas Contraatacan de Richard Donner con un genial Bill Murray, es la mejor adaptación filmada.

    También era previsible el efecto contraproducente que me produce ver películas de animación por Caption Motion. Por un lado, creo que la técnica funciona. Visualmente aporta que no quede tan artificial ver a los actores enfrentados a cosas que no estuvieron a su alrededor durante el momento del rodaje. Todas las acciones fluyen más, tienen mayor cohesión los elementos. Por otro lado, sí. Todo es artificial. Los rostros parecen sacados de personajes de un video juego de aventuras. Por alguna razón parecen mucho más vivos los personajes humanos de las películas de Pixar que los de Zemeckis.

    Aun hoy pienso que la adaptación de Beowulf, supera a cualquier película que haya tocado el tema, y el nivel de aventura y acción eran realmente admirables; entretenida, magistral como obra fílmica, pero daba la sensación, que con los actores reales hubiese sido mucho mejor (especialmente por Angelina Jolie). Y demasiado oscura… Nunca había visto tanta violencia y sangre en una película de Zemeckis. Generalmente, era bastante reprimido en este aspecto.

    Con Los Fantasmas de Scrooge, Zemeckis vuelve a mostrar una faceta suya, no muy distinta a la que viene mostrando Spielberg en sus últimas tres películas, curiosamente pesimista y oscura, que se opone a la imagen clara, divertida, más light, de sus primeras obras, hasta Contacto.

    Irónico, pero real, esta versión del cuento de Dickens, producida por los estudios Disney es quizás la adaptación más crítica, política, y poco romántica que se haya hecho. La clasificación “Para Mayores de 13 años” es correcta, pero por razones diferente al simple hecho de contener ciertas escenas “escabrosas”: la película es una metáfora y crítica sobre la crisis económica y lo que le puede sucederle a los yuppies de Wall Street, en su afán por seguir acumulando riquezas a costa de los pobres. Ninguna película está aislada de su contexto temporal.

    Igual no es tan obvia esta lectura.

    Por eso digo que tuve sensaciones encontradas. Al principio estaba fascinado: aunque la vi en 2D y castellano, por tanto pienso que me perdí un 15% de película, no pude dejar de admirar y admitir que el efecto que produce entrar desde los tejados de los edificios de los suburbios humildes de la Londres isabelina hasta los grandes palacios durante los títulos es regocijante. Zemeckis sabe aprovechar la técnica. El efecto en 3D debe ser espectacular. Los rostros mejoraron mucho (especialmente el de Scrooge). Incluso el hecho de que empiece mostrando un cadáver, me resultaba atrevido y atrapante. Sin embargo, después del encuentro con el primer fantasma, me empecé a desilusionar. El relato se pasaba demasiado rápido, empezaba a perder humor, los flashbacks eran demasiado cortos. Aparecen personajes de la nada, que aportan poco y nada a la narración principal, la historia de amor está completamente desfocalizada. Las subtramas (excepto la del asistente de Scrooge) están banalizadas y sintetizadas, especialmente la del sobrino del protagonista. Persecuciones que impactan visualmente, pero dejan poco espacio para volver a entrar en la historia de Scrooge. Narrativamente el guión del propio Zemeckis (sino me equivoco, única película que firmó en solitario) empieza a tener baches… grandes, aunque sigue siendo una gran narrador, la película no aburre, se pasa volando. Los personajes secundarios lucen deslucidos, inclusive visualmente. Sobre el final, termina explicando forzosamente la aparición de algunos personajes que aparecen en las visiones, de los que no se tenía referencia que existían.

    Al mismo tiempo, quedaba poseído por una sensación de desdicha al ver la escena en la que el fantasma de la navidad presente, muestra a dos chicos representando lo peor de la sociedad, mientras que este se desintegra bajo la sombra de un reloj (el tiempo siempre está muy presente en Zemeckis). Me preguntaba que pensarían los padres de un grupo de chicos que asistían a la función de una escena tan atemorizante, oscura y perturbadora.

    El final es hermoso. No es demasiado meloso, fiel al espíritu dickensista y navideño. Un poco cursi, pero eso es culpa de la novela.

    Para el recuerdo, son las increíbles actuaciones de Jim Carrey y Gary Oldman, que más allá de estar animados, lucen admirables, naturales. Les dan credibilidad y emoción a los personajes, los humanizan. Le aportan magia a la magia.

    Y por supuesto, la recreación de Londres del siglo XIX es brillante. Nada edulcorada, sino al igual que en la versión subvalorada, de Oliver Twist de Roman Polanski, se muestran en detalle las diferencias sociales, las injusticias y la marginalidad que vive la sociedad.

    Incluso la visión de Zemeckis es más oscura y grotesca que la del director de El Bebé de Rosemary, con respecto a las palabras de Dickens.

    Al salir de la sala estaba en una disputa sobre el puntaje que la película merece (aun ahora lo estoy). Mientras que narrativamente tiene falencias, y faltan profundizar aspectos fundamentales de la novela, por otro lado (y tras una discusión posterior conmigo mismo) me he dado cuenta que Zemeckis sigue el camino de la reflexión, planteando cuestionamientos existencialistas, y religiosos incluso. Ya lo venía haciendo en Forest Gump, Contacto y Naufrago, pero es curioso que lo haga en una supuesta película infantil de Disney, que tenga una lectura de entrelíneas del cuento, más allá de la que hicieron otros realizadores en el pasado.

    Es una apuesta riesgosa dejar de lado el romance, reducir el humor y la ironía (aun teniendo a Jim Carrey como protagonista), darle mayor énfasis al drama, al costado psicológico y social del personaje, la relación con el medio que lo rodea.

    Los Fantasmas de Scrooge, definitivamente no está a la altura de las mejores películas de este director fanático de Los Beatles (además de la inminente remake de Submarino Amarillo, recuerden que hizo la divertidísima y poco pretenciosa Quiero Alcanzar tu Mano). Por ahora, Beowulf, sigue siendo la mejor de la trilogía Zemickiana en Caption Motion, pero no hay que subestimar esta última inclusión, que más allá de la animación y el 3D, tiene mayores lecturas de las que aparenta a simple vista.
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  • Planeta 51
    Planeta 51
    A Sala Llena
    “No hay ideas originales. Solamente recicladas”. Dice una frase vox populi.

    Planeta 51, tiene una sola innovación: es la primera película de animación producida un 90% fuera de Estados Unidos en estrenarse por toda la nación casi simultáneamente con varios países del resto del mundo. Es un gran mérito, más teniendo en cuenta que a nivel visual no tiene nada que envidiarle a la animación CGI de estudios como Dreamworks, Fox, Sony e inclusive el departamento de animación convencional de Disney. Por supuesto, Pixar es inalcanzable.

    Sin embargo, si uno no leyera los créditos finales o la gacetilla de prensa, no podría adivinar que la película fue realizada por un estudio español y tres directores locales, aunque el guión pertenece al escritor de Shrek y Madagascar, Joe Stillman.

    La historia sucede en el Planeta 51, supuestamente, porque en sí, nunca dicen el nombre. Se trata de un planeta demasiado similar a la Tierra, mismo clima, misma geografía inclusive. Desde el espacio se ve igual que nuestro planeta, excepto que tiene anillos como Saturno y sus habitantes son verdes, tienen antenas, y visten igual que los humanos, pero sin ropa interior y sin pantalones (¿Cómo se reproducirán? me pregunto, ya que ambos sexos tienen nada debajo de la cintura, solo las piernas). Por alguna razón se respiran referencias a El Planeta de los Simios, pero solo en el planteo inicial.

    La acción sucede en una pequeña ciudad que emula a la California de fines de los ´50 y principios ´60 como si la hubiesen sacado de Rebelde Sin Causa, La Masa Voraz o Pleasentville: Amor en Colores. Solamente que parece que nunca hubo Segunda Guerra, ni bombas nucleares de por medio. La vida es rosa, pacífica, amable. Por lo que en realidad no se entiende, la necesidad de tener un ejército. El protagonista, Lem, trabaja en el observatorio de la ciudad, y no cree en la existencia de seres de otro mundo. Por lo menos, no como los muestran en las películas de terror de las matinés.

    De repente, llega una nave extraña, con un terrestre dentro, específicamente con un estadounidense bastante torpe y tonto. El ejército pronto lo empieza a perseguir, un científico loco quiere examinar su cerebro, y además secuestran su nave espacial. Lem y sus amigos ayudarán a escapar al astronauta, sorteando varias dificultades.

    Uno de los graves problemas de Planeta 51 es elementalidad del guión. No hablemos de una cuestión de citas: la película hace referencia y de la manera más obvia y menos sutil a todas las películas de ciencia ficción y de extraterrestres, del cine estadounidense hasta ahora de la forma más burda posible. Incluso es casi insultante la referencia a Wall E, teniendo en cuenta que es tan cercana en tiempo y espacio. Previsible, con poca imaginación para sortear lugares comunes y clisés. Tampoco posee la cuota de lirismo, emoción, crítica social y profundidad dramática con personajes inteligentes, ambiguos de las películas de Pixar, sino que se acerca demasiado a la superficialidad, humor oportunista, localista del cine Dreamworks. A pesar de todo, se puede decir que tiene una mirada bastante crítica con la actitud militar (aunque también se le perdonan todos los actos violentos, por lo que dicha mirada es ambigua).

    Y más allá de los puntos en contra que los críticos “mayores de edad” vemos, hay que admitir que la película está orientada hacia un público infante que la va a disfrutar como si fuera lo mejor que vieron en la vida… y también hay que confesar, que la película entretiene y divierte en elementos básicos. Quizás si la hubiésemos visto con las voces originales (The Rock, Justin Long, Jessica Biel, Sean William Scott, y especialmente Gary Oldman y John Cleese) nos habríamos divertido más, y que para ser una película de animación española a lo Hollywood sale airosa. Pero doblada al español, solo nos termina remitiendo a un mediocre dibujo animado estadounidenses lleno de convencionalismos. Igualmente, siempre los habrá mejores y peores.
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  • Fantasma de Buenos Aires
    A la altura de productos dignos estadounidenses de Hollywood de este tipo, como Kate & Leopold de James Mangold con Meg Ryan y Hugh Jackman, Cocodrilo Dundee, All of Me con Steve Martin y Lily Tomlin, y Mi Fantasma Favorito con Bob Hoskins y Denzel Washington, y algunas referencias a la literatura de Stephen King; Fantasma de Buenos Aires cuenta la historia de Tomás, un muchacho tímido, escéptico de hoy en día, fácil de asustar, introvertido, enamorado de la novia de su mejor amigo Claudio. Una noche, jugando a la Ouija, ambos convocan al fantasma de un malevo, Canaveri, un guapo del 900, cantor de Tangos, asesinado en una extraña disputa. Mientras que Claudio sale corriendo, Tomás siente curiosidad por descubrir al espíritu suelto. Sin embargo, Canaveri toma posesión del cuerpo de muchacho. Ambos hacen un pacto: el fantasma usa el cuerpo del protagonista para resolver su asesinato, y el muchacho pide a cambio, respuestas existenciales.

    Como suele suceder en este tipo de películas, al principio entre el guapo misógino y el chico tímido empieza a haber asperezas, y mientras que el primero lo ayuda a superar la timidez con las mujeres, y a luchar con delincuentes y ex novios de la chica que le gusta, Canaveri tiene que adaptarse a la reglas de mundo contemporáneo: empieza a moderarse y aprende que causas lo llevaron a que lo asesinaran.

    Grillo hace un debut bastante interesante. Maneja equilibradamente las cuotas de humor, drama y romance, sin excesos. Quizás demasiado correctamente. Estética y fotográficamente interesante, sin resaltar, pero también sin errores; sonoramente bien trabajada, Grillo puede meter sin pretensiones, reflexiones sobre la redención, la vida, la muerte, el amor y ciertas costumbres porteñas. Plantea las diferencias entre la Buenos Aires del 1900 y la de ahora, de forma inteligente.

    El guión es redondo, no deja abierto ninguna subtrama. Cada elemento cierra de forma coherente, con la típica meticulosidad que le impregnan los profesores de la Universidad del Cine a sus estudiantes. Sin embargo, se puede criticar que Grillo no se haya animado a salir del molde, al mismo tiempo. Con un guión tan bien escrito, y solvencia para narrar, Grillo podría haberse animado visualmente a ser más bizarro, pero se nota que no quiso inclinarse por hacer un producto clase B, sino un solvente entretenimiento cuasi comercial, con algunos planos que remiten más a una publicidad que a una película. La reconstrucción del 1900 es sumisa y discreta. Y se destacan las interpretaciones de un elenco joven y desconocido, especialmente del protagonista, Estanislao Silveyra, que sale bien parado en un rol difícil, que generalmente deriva hacia la sobreactuación.

    Para ser una película de tintes fantásticos y tangueros, Fantasma de Buenos Aires, a pesar de tener ciertos clisés, lugares comunes y convenciones del género, ser previsible, y que algunos chistes sean un poco ingenuos, sale airosa, gracias a una correcta puesta en escena. Grillo, de esta forma es un nuevo realizador argentino, para seguir de cerca.
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  • Mr 73: La última misión
    Schreider (Auteuil) es investigador de la división homicidios de la policía de Marselle. Tras un accidente, donde pereció su hija, mientras su esposa quedó postrada en un hospital es estado vegetativo, Schreider se refugia en el alcohol para ahogar sus penas, e involuntariamente secuestra un colectivo, por lo que termina siendo relegado de rango. Sin embargo, su habitual compañero le pide ayuda para resolver una serie violaciones y asesinatos, que se asemejan a los de un asesino que atrapó 20 años atrás, que al mismo tiempos, queda liberado condicionalmente, mientras que la único testigo del asesinato por el cual fue encarcelado, espera la hora para vengarse del hombre que mató a sus padres.

    Durante tres décadas (50s, 60s, y 70s), gracias a las películas de Jean Pierre Melville principalmente, pudimos disfrutar de excelentes policiales franceses que no se limitaban a entrar dentro de la categoría de film noir. No se caracterizaban sus historias por ser más oscuras que el alma de sus personajes. Sus protagonistas eran policías imperfectos incorruptibles, pero débiles a la vez, humanos. Eran melancólicos, tristes, nostálgicos.

    Tras el fallecimiento de Melville, el puesto quedo vacante. Se podría decir, que artistas de diversas etnias como Michael Mann de Estados Unidos y Johnny To de Hong Kong, supieron ocupar el puesto, pero dentro de Francia, faltaba algún director capaz de revivir el género.

    Podríamos decir, que Claude Chabrol siempre fue un maestro indiscutible del thriller, pero el policial negro propiamente dicho lo revivió Olivier Marchal.

    Si bien su primer película, Gangster no tuvo demasiada difusión, el segundo, El Muelle, contaba con un duelo interpretativo atractivo, capaz de atrapar al mayor detractor del cine francés. Auteuil y Depardieu juntos interpretando a dos policías sospechosos de estar involucrados en casos de corrupción, eran una combinación explosiva.

    Sin embargo, Marchal se dejo seducir demasiado por los aspectos comerciales, y la película dejaba un poco que desear.

    Para MR 73, film que completa una suerte de trilogía acerca de la corrupción policiaca, Marchal se envuelve mas en los climas que generaban las películas de Melville, y convierte a su (anti)héroe, o alter ego en un personaje Melvilleniano, lleno de contradicciones, impulsos erráticos, honesto, violento y rencoroso a la vez, que bien podría haber sido interpretado en mejores tiempos por Alain Delon.

    Sin dudas, el punto mas alto de la película es la complejidad psicológica del personaje de Schneider, tanto desde el guión como por la impresionante actuación de Daniel Auteuil, quien con pocas palabras y apenas unos pocos gestos, refugiado tras unos lentes oscuros que no terminan de tapar sus ojos, y un bigote que apenas le deja un espacio a su boca, se pone la historia al hombro.

    Marchal maneja los climas de forma soberbia. La lluvia que cae sobre Marselle es parte de un escenario lúgubre, turbio y denso.

    No se trata simplemente de la historia de un asesino serial, sino también un “tour de force” sobre la mente de un hombre que no puede cambiar su destino, que debe luchar contra los fantasmas del pasado, el alcohol y la corrupción policiaca en su departamento, además de vivir bajo la incertidumbre de escaparse con su capitana, de la cual está enamorado, o serle fiel a su esposa moribunda.

    Marchal es mucho menos explicito y mas implícito a la vez en la manera de exponer la información y los hechos que en El Muelle, más profundo, la trama tiene muchas capa; se toma su tiempo para empezar la historia, por lo que la película, tarda un poco en empezar, aun cuando tiene un prólogo realmente exuberante.

    El problema, es que Marchal no se conforma con contar la redención de un personaje, y su relación con el entorno a través de la búsqueda de este violador y asesino. Para complejizarlo más aun, decide incorporar como trama paralela, la historia de Justine, una joven embarazada que cuando era niña fue testigo del asesinato de sus padres. Cuando se entera que el asesino saldrá bajo libertad condicional exige justicia al policía que lo atrapó: Schneider, lo que deriva a una seuda subtrama romántica.

    Tanto todo lo que rodea a Justine (la relación con su abuelo y la hermana) como este punto romántico, le quitan un poco de dinamismo al film, y lo que es peor aun, le dan un tinte sentimental y lacrimógeno, especialmente en el montaje final, que le saca un poco de tensión al relato. Marchal amaga con convertir su policial en un culebrón, pero logra inclinar la balanza con alguna escena de acción dosificante. Además, tanto a nivel visual como en los aspectos técnicos e interpretativos (tiene un gran elenco secundario además), la película resulta irreprochable.

    Aun cuando el recurso del flashbacks realentado y en blanco negro resulta un poco anticuado, aun cuando tenga algunos estereotipos, clisés, y lugares comunes, como por ejemplo la imagen del policía corrupto, previsible desde el momento que entra en escena, aun cuando es demasiado solemne y pretenciosa; MR 73, es fiel a su título original: un arma anticuada, pero poderosa. Una película que remite a lo mejor del cine de género francés: ecos de El Samurai o Historia de un Policía se pueden llegar a encontrar entre los tiroteos y el melodrama.

    Más allá de tomar una posición dubitativa sobre si seguir por una senda comercial – industrial, o el camino del autor inescrupuloso, Marchal confirma que es un gran narrador para seguir de cerca.
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  • Volver a amar
    Volver a amar
    A Sala Llena
    De vez en cuando, es necesario encontrar una comedia romántica superficial para despegarse de la realidad. Si la misma es solvente narrativamente, y las interpretaciones convincentes, identificables, sólidas, se disfruta mucho más.

    Volver a Amar, pésimo título, que podría llegar a confundirse con tantos otros parecidos que ponen los distribuidores en nuestro país a las películas europeas, se podría denominar como una especie de remake de Así Habla el Amor (Minnie & Moskowitsz) que John Cassavetes dirigió en 1971 con los espléndidos Gena Rowlands (esposa del director) y Seymour Cassell.

    La historia es sencilla. Matty es una cuarentona empleada de una oficina de correos, se acaba de divorciar, pero sigue viviendo con sus tres hijos, aunque extraña a su ex marido, que se fue con una joven alumna. Accidentalmente “choca” con Johnny, un camionero 10 años menor que ella, especie de bohemio hippie trotamundo que vive en su camión, y viaja constantemente a Italia para repartir helado.

    En principio la relación empieza tensa, pero a Johnny le atrae el carácter fuerte y no demasiado femenino de Matty, por lo que la invita a salir. Ella acepta solamente para vengarse de su ex. Sin embargo, pronto se sentirá atraída por el espíritu liberal del camionero, que más allá de su apariencia y algunas reacciones violentas, es honesto y carismático. En el medio se encuentra la hija adolescente de Matty, que se opondrá a Johnny por su pasado alcohólico, pero a la vez apoya la revancha de la madre.

    Previsible, repleta de personajes estereotipados, algunos lugares comunes y clisés, que a pesar de haber sido vistos tantas veces en el cine europeo como en el estadounidense, despiertan simpatía. Los personajes son agradables, amenos, pero a la vez complejos e identificables. La interpretación de la veterana Sarafian (Matty), una artista belga versátil, pero desconocida en nuestro país es lo mejor de la película.

    Visualmente correcta, con algún que otro plano secuencia que podría remitir al manejo de cámara de los hermanos Darlenne es lo más interesante desde el punto de vista estético. Aunque la película muestra la vida de una familia de clase media – obrera urbano europea, el director no quiere hacer demasiado énfasis en el aspecto socio-político, usándolo simplemente como contexto, no demasiado diferente a la manera en que Richard Curtis lo utiliza en sus comedias románticas británicas.

    Sin la intensidad, la cualidad interpretativa de la dupla Rowlands – Cassell, ni la fuerza para ir en contra de la corriente que tenía Cassavetes, este romance a lo Minnie & Moskowitsz con una estructura narrativa bastante convencional, a pesar de todo, termina dejando un agradable recuerdo.
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  • El último verano de la boyita
    Nuevamente, los hermanos Pedro y Agustín Almodóvar se fijan en una cineasta argentina. Esta vez no se trata de la sobrevalorada Lucrecia Martel, sino de una realizadora menos pretenciosa, más sutil, con la cabeza puesta más en la narración que en cómo contar, porque mientras que la primera justamente flaquea en sus guiones, en Julia Solomonoff el relato básico es todo, y por eso sus películas son narrativamente mucho más sólidas.

    Tras un interesante, aunque un poco irregular debut en el largometraje Hermanas, Solomonoff bajo las pretensiones, y propone un viaje más austero y menos pretencioso.

    Jorgelina tiene 10 años y está empezando a sentir curiosidad por el cambio de hormonas de su hermana de 14. Durante el verano, ambas se refugian en La Boyita, una casa rodante que tienen en el jardín de la casa, pero este verano particular, su hermana se va con los amigos a Villa Gesell. Jorgelina vive celosa, porque ella no puede experimentar los cambios de su hermana, pero a la vez le asquea y no llega a entender todo lo relacionado con el sexo.

    En vez de ir con su hermana y los amigos, acompaña a su padre a un campo que tiene en Santa Fe. Allá conoce a Mario, el hijo de los peones de la chacra. Mario tiene 12 años y es un habilidoso, aunque bastante callado muchacho, que prefiere ayudar a su padre en las tareas agropecuarias antes que ir a la escuela. En su tiempo libre, empieza una amistosa relación con Jorgelina: le enseña a cabalgar, a relacionarse con la naturaleza, etc.

    El problema surge cuando Jorgelina descubre que Mario tiene hemorragias, por lo que recurre a su padre, el médico del pueblo para tratarlo. Ambos descubren que lo que tiene Mario va más allá de las apariencias.

    Si bien se pueden encontrar similitudes temáticas con XXY de Lucía Puenzo, el lenguaje que Solomonoff trata de incorporar, es cuasi infantil, didáctico, por así decirlo, pero sin pretensiones ni solemnidad. Deja de lado el melodrama, y remite en cambio al cine argentino de fines de los 80s y principios de los 90s. Películas más naif e “inocentes”, con mensaje claro y directo, remite un poco a El Verano del Potro o Un Lugar en el Mundo. Al mismo tiempo también crítica las costumbres misóginas del campo, cierta ideología tradicionalista, donde los hombres mandan y hacen las tareas ganaderas, y las mujeres se dedican a respetar la decisión del hombre, y cumplen con los mandados hogareños. No juzga a sus personajes, pero si impera en toda la obra una violencia latente, subyacente, no gráfica como La Rabia de Carri.

    Para darle aún un toque más autobiográfico (el padre de Solomonoff era médico rural en Rosario) y nostálgico, decide ubicar la historia a mediados de los 80s, con la nueva era democrática y los australes circulando por doquier.

    Visualmente naturalista, estéticamente convencional, pero clásica, el fuerte de la película son sus protagonistas, especialmente el elenco infantil, que le dan verosimilitud a los personajes. Es acertado la elección de haber elegido no actores, sino verdaderos peones y estancieros para representar la gente del pueblo. Nicolás Triese (Mario) supo lo que era por primera vez una película, cuando fue a la primera función de El Ultimo Verano de la Boyita en el BAFICI.

    Con algunos lugares comunes, previsibles, pero con lenguaje sencillo y coloquial, el segundo largometraje de Solomonoff, supera ampliamente a Hermanas y esperemos que las próximas películas, confirmen su enorme talento como realizadora.
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  • La canción de París
    ¿Por qué a veces uno es muy severo con algunas películas estadounidenses repletas de lugares comunes, clisés, golpes bajos, estereotipos y en cambio se es más condescendiente con el cine europeo?

    Quizás porque lo vemos menos seguido, quizás porque nos cansamos del típico discurso angloamericano, quizás por una cuestión de moda, de costumbre, de refinación. Lo cierto es que, quizás por una cuestión de prestigio, de descendencia somos más “respetuosos” a la hora de criticarlos.

    Pero también es verdad, que el cine comercial que llega a nuestro país, debe tener un equilibrio entre lo popular y lo artístico, debe captar a un público adulto, acostumbrado a ver un cine europeo que “emocione”, pero a la vez que tampoco demande un trabajo mental sofisticado, que la sofisticación pase dentro de la pantalla y no fuera.

    Y La Canción de Paris reune las características necesarias para ser uno de esos éxitos impensados, sencillos en su narración, clásico en su puesta, pero a la vez “bello y emocionante”. Para los distribuidores, no sería una sorpresa. La anterior película de Barratier, su director, fue un gran éxito gracias al boca en boca: Los Coristas, que además fue nominada a dos Oscars.

    Esta vez, Barratier y parte del mismo equipo técnico (Perrin como productor, Jugnot como protagonista) nos llevan a un teatro de los suburbios de París, el “Chansonia”, teatro de variedades, musicales y vodevil, bastante popular a principios del siglo XX, pero que fue decayendo a mediados de los ´30. Tras el suicidio del dueño ante las presiones del mafioso del barrio (Donnadieu) y la huída de la cantante principal, el teatro cierra y sus empleados quedan en la calle. Algunos como Pigoil (Jugnot) son simples desocupados, otros como Milou se afilian al partido comunista y promueven huelgas a favor de los sindicatos, y el Frente Popular Comunista, que acaba de salir electo para gobernar el país. Sin embargo, cuando Jojo, hijo de Pigoil es llevado bajo custodia de su madre, la cantante que escapó del “Chansonia”, Pigoil con ayuda de Milou y Jacky, el imitador, le piden al usurero una segunda oportunidad para abrir el teatro. La llegada de una joven cantante, ayudará y perjudicará a los trabajadores.

    Barratier, pasa de la comedia al melodrama de una escena a otra, fluidamente. Aun siendo tan previsible su estructura, llena de personajes estereotipados, clisés y los lugares comunes de estas telenovelas de época, el guión es bastante redondo. Todas las subtramas que se abren cierran perfectamente. Las críticas contra el fascismo que empezaba a imperar en el centro de Europa, el antisemitismo latente, la desocupación, los sindicatos, huelgas y la implementación de obras sociales y leyes en contra del abuso laboral son temas incluidos en este collage de época, cada uno con su porción exacta. Ni superficial, ni banal. La información necesaria y correcta. Esto también se implementa en cada rubro técnico. La película parece haber sido filmada con el manual en la mano, y hace recordar un poco a la película de Tim Robbins, Abajo el Telón, donde sucedían eventos similares. Tiene la escena para emocionarse, la escena para reírse, momentos de suspenso no demasiado tensionantes, pero que cumplen con su cometido. Todo está calculado.

    La fotografía del estadounidense Tom Stern es bella y despersonalizada (al contrario de cuando trabaja con Clint Eastwood, donde puede tener mayor libertad), la decoración de Jean Rabasse es meticulosa con el armado de época, y la música y canciones de Reinhardt Wagner nos llevan a los vodeviles, a los musicales de Broadway, donde la vida era color de rosa y todos eran felices.

    Más allá de algún que otro plano secuencia (armado en post producción en realidad) interesante donde se ve la trastienda del teatro, el mayor logro visual de Barretier es reproducir las coreografías musicales de las películas de Bubsy Berkely y el humor de Mack Sennet, entre otros, por ejemplo.

    Debido a que la película sucede, en mayor parte, durante 1936, Barretier, evita por completo mostrar la segunda guerra mundial, lo cual juega a favor para no tener que caer en el típico epílogo sentimentalista, aunque quizás es innecesario incluir uno en 1945. En cierta forma, esto hace recordar un poco a la obra maestra de Ettore Scola, El Baile, pero sin la sutileza, ni la belleza de la película de 1983.

    Las interpretaciones son correctas. Jugnot no se separa del buen padre / profesor que en otra época hacía Phillipe Noiret, Merad (Bienvenidos al País de la Locura) es el comediante todoterreno del momento (a fin de año estrena Mis Estrellas y Yo), y alegra ver actuando con tanta gracia y energía al gran Pierre Richard (El Hombre con un Zapato Rojo). Todos cantan, todos bailan, todos ríen sin dar pasos en falsos y siguiendo los códigos de las actuaciones de los años ´30 o ´40. Un crítico la relacionó con el primer (y mejor) cine de Enrique Carreras, aunque quizás se asemeja más con La Cabalgata del Circo de Soffici, o las películas de Ferreyra con Libertad Lamarque.

    Y sí, era otra época, otra ideología, y aún pecando de ser un poco ingenua y superficial La Canción de París, trata de rescatar el espíritu de los ´30. En ese sentido, lo logra.
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  • Tres deseos
    Tres deseos
    A Sala Llena
    Pablo y Victoria son un matrimonio de clase media alta de Capital Federal que se va por un fin de semana a Colonia, para tratar de levantar un poco su estado como pareja. Desde un principio de Tres Deseos, notamos que la cosa no anda bien. Pablo es posesivo, dubitativo e independiente a la vez. Quiere a Victoria, pero ella no responde como él quiere y por tanto, anda en busca de otra cosa, una respuesta a la pregunta si debe o no seguir con ella.

    Por su parte, Victoria, quiere que Pablo se fije en ella, le demuestre cariño, pero no sea tan posesivo.

    Distantes uno de otro, ambos tratan de estar juntos deambulando por calles y playas de Colonia, pero esto deriva a que cada uno haga la suya. En medio de su vagabunda caminata, Pablo se encuentra con Ana, una ex novia de la facultad. Ana se acaba de divorciar y tiene bastante claro las razones de dicha separación: los límites del amor y el cansancio por seguir una rutina conyugal.

    Pablo encuentra en Ana, la respuesta que esperaba, y siente deseos de volver con ella, aunque por otro lado, no puede dejar de sentir culpa por terminar con Victoria.

    Lo que podría ser un drama romántico clásico, Marcelo Trotta y Vivian Imar lo resuelven como una suerte de relato intimista, austero de seres vagando por las calles y charlando acerca de lo que sienten como si se tratara de una versión argentina de Antes del Atardecer. Cotidiana pero a la vez pretenciosamente existencialista con diálogos demasiado preconcebidos, que buscan ser mucho más profundo de lo que terminan siendo e interpretaciones poco convincentes especialmente de Birabent, que habla como si fuera la voz de “una” conciencia, y de Cardinali. Cada vez menos expresiva. Florencia Raggi logra ponerle un poco de naturalismo a su personaje.

    La música de Ivan Wyszogrod, por momentos se hace demasiado pesada y repetitiva, aunque las canciones, interpretadas en francés por Divina Gloria, le aportan un aire nostálgico.

    Densa, repetitiva, y bastante monótona a nivel visual; poco aportan los planos cortos, primeros planos y detalles a dotar de un clima más intenso a la historia, para que esta tenga un mayor ritmo. Solo ciertos momentos de humor, cortan con tanta solemnidad narrativa. Sobran minutos, debido a escenas forzadamente insertadas, como la de Pablo en el auditorio devenido en ruinas.

    En conclusión, lo único que me generaba Tres Deseos, mientras la veía, era desear que se terminara pronto, para emprender un viaje a Colonia, porque como postal turística termina siendo efectiva.
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  • La extranjera
    La extranjera
    A Sala Llena
    El último cuatrimestre del año suele ser una época bastante extraña en lo que se refiere a estrenos cinematográficos. Los tanques estadounidenses pasaron durante las vacaciones de invierno y Hollywood prepara los estrenos del Oscar y Navidad. Es por eso que El Secreto de sus Ojos sigue primera en la taquilla local. No hay estrenos fuertes que logren desbancarla. No se trata solamente de una fórmula exitosa. Ante la falta de competencia, en tierra de ciegos, el tuerto es rey. Por tanto, es la mejor época para que los distribuidores independientes se saquen de encima las películas europeas que fueron comprando a lo largo del año, y para que el INCAA, estrene aquellos films que quedaron en el cajón de los recuerdos.

    Es por eso, que en Septiembre, Octubre y Noviembre se estrenan las 40 películas argentinas que no llegaron en el resto del año. Por un lado, es positivo que las “pequeñas producciones”, tengan salida comercial. Por otro, la salida es en los cines de siempre, con poca publicidad (a menos que hayan ganado muchos premios en el exterior), poca difusión y críticas no demasiado entusiastas. Conclusión, no hay público, no se cumple el cupo para que se cumpla el sistema de continuidad, etc, etc.

    Y en esta bolsa cae La Extranjera también. Segundo film de Fernando Díaz, después de diez años trabajando para un canal documentalista francés, tras el estreno de Plaza de Almas. Parece que el “desarraigo” y “exilio” como consecuencia de la crisis económica impulsó a Díaz a contar esta historia.

    María es una mujer cuarentona solitaria. Vive en Barcelona en un pequeño departamento compartido. Trabaja en el guardarropas de una discoteca. Deambula buscando un destino en su vida, aunque, a simple vista parece haberse resignado a ella. La noticia del fallecimiento de su abuelo, la obliga a viajar a un pequeño pueblo muerto, fantasma de San Luis, “Indio Muerto”, para reclamar la herencia que consiste en una pequeña chacra venida abajo. Circunstancias del destino obligan a María a quedarse más tiempo, y empezar a vivir en la chacra, por la que siente empatía, y tratar de sacarla adelante cosechando y preparando comidas a base de Algarrobo.

    En principio, la mirada contemplativa de Díaz, en base a silencios, pequeñas acciones, poca información juegan a favor de la película. Hay un aura de misterio, expectativa y reflexión en el viaje de María desde Barcelona hasta Indio Muerto. Ayuda la introvertida, austera interpretación de María Laura Cali, actriz proveniente del teatro off y que solo hizo algunas actuaciones secundarias en cine. Justamente ella resulta la única revelación de la película. Física y emocionalmente Cali hace un trabajo descomunal, transformando un personaje urbano en una autodidacta estanciera rural. La conversión de ser una extranjera en su propio país a, ser parte de la tierra natal. Pero las vicisitudes que enfrenta María, sola, con clisés y toques de humor, terminan por agotarse y Díaz recurre a los convencionalismos, y lugares comunes del género: la relación con personajes del entorno, que entre caricaturescos y estereotipados, empiezan divirtiendo y terminan aburriendo. No es culpa de sus actores, el almacenero chanta que compone Roly Serrano, le viene como anillo al dedo. Arnaldo André se siente cómodo con el estanciero carismático (que cosecha soja), devenido en interés romántico (está mejor que en El Niño Pez al menos). Participa también Norma Argentina, pero lejos de aquella interesante revelación en Cama Adentro.

    La película toma caminos previsibles, y para cerrar la historia, Díaz recurre al golpe bajo, y todo lo bueno que había desarrollado en la primera mitad se viene abajo. Esperemos que Cali, tenga alguna obra mejor para destacarse en el futuro.

    Nuevamente, San Luis resulta un buen refugio (Un lugar en el Mundo), y una buena alternativa para cineastas que quieren contar la misma historia, resaltando la geografía local (bellamente fotografiada por Mariano Cúneo), las comidas tradicionales, las festividades gauchescas…

    La Extranjera es una producción menor, para vender a turistas; irónicamente conserva el típico mensaje del cine clásico de Hollywood, citando a El Mago de Oz: “Al final, no hay mejor lugar, como el propio hogar”.
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  • Toy Story
    Toy Story
    A Sala Llena
    ¿Qué se puede agregar que no se haya dicho de Toy Story?

    El primer gran clásico de Pixar, a 15 años de su realización sigue siendo una obra maestra de la animación y el cine mundial.

    La película, dirigida por la gran cabeza del departamento animado contemporáneo de Disney, John Lasseter, mantiene una belleza visual y narrativa que incomparable, cuyo paso del tiempo, al igual que con los buenos vinos, ha mejorado … Y para mantenerla actualizada, no hubo mejor idea que pasarla a tres dimensiones.

    No sé si es que la historia me cautivó como si la viera por primera vez (me la había perdido en cine pero la habré visto como mil veces en video y televisión, así que aproveché la oportunidad), pero el efecto 3D, me impresionó muy poco. Sin duda tiene notables efectos, aunque no en el sentido más literal de lo que provoca el efecto tridimensional, o sea, uno no siente que los objetos atraviesan la pantalla o que se mete dentro del cuarto de Andy. El efecto mejora en los mismos aspectos donde se destacaba UP: la profundidad de campo, la distancia entre fondo y objetos, la voluminosidad.

    Sin embargo no es la única renovación: los colores se ven más vivos, las luces tugstenas, fluorescentes se sienten más palpables. Se hizo un lavado de la imagen, que provoca que uno vea a simple vista esta película de 1995 y la compare con UP, y no note demasiadas diferencias en lo formal. Realmente, Toy Story se encuentra al día, indemne en materia visual. Ha logrado luchar contra el paso del tiempo, no pareciera que hubo demasiados avances, a comparación de otras obras de Pixar, pero teniendo 15 años de diferencia supera a todas las películas de los estudios competidores.

    La historia Lasseter / Stanton / Docter / Ranft adaptada por el joven Joss Whedon antes de convertirse en el precursor de las series de vampiros adolescentes (Buffy) tiene el maravilloso clasicismo de todas las películas que Disney, esa perduración temporal, que la convierten en la única productora que piensa en las próximas generaciones, y no juega con chistes localistas y contemporáneos.

    El reestreno de ambas Toy Story es motivo de celebración, el 3D es solo una excusa para poder sentirla y emocionarse en el cine… nuevamente, para llevar a las nuevas generaciones, o, como fue en mi caso, tener una segunda oportunidad de verla en pantalla gigante. Está bien, nuevamente no pude escuchar las voces de Tom Hanks y Tim Allen, pero lo importante es volver a tener a Woody y Buzz (y los marcianitos también, por supuesto… uhhh), los personajes importan más que los actores (al contrario que las películas de Dreamworks).

    Nuevamente… “¡Al infinito y más allá!”
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  • El extraño mundo de Jack
    A veces da enorme placer ver un clásico. Especialmente uno de esas películas malditas, que marcaron una diferencia, una ruptura en los géneros, y que no fueron suficientemente apreciadas, e inclusive subestimadas en el momento del estreno.

    Pasaron 16 años desde que se estrenó esta joyita cinematográfica producida por Touchstone Pictures y Walt Disney. Fue la conciliación definitiva que tuvo Burton con la compañía que lo había rechazado en su momento, porque pensaban que sus ideas eran demasiado “oscuras”. Y era cierto. El Extraño Mundo de Jack lo confirma, pero en cada plano, hay luz, conciencia, esperanza, una moraleja acerca de que hay diferentes mundos dentro de uno mismo, y no se puede discriminar sin conocerlos.

    El mensaje sigue intacto, y con el paso de los años, el mundo de Halloween adoptó a Jack, casi como una emblema de esta festividad en sentidos extracinematográficos.

    La película tiene la marca de sus tres geniales e innovadores creadores. A pesar de que Burton está acreditado como creador de la historia y productor, la película lleva su sello en cada árbol, en cada rostro, en cada movimiento, en cada personaje. Pero también es cierto que Selick, como director, ha demostrado en sus posteriores trabajos un autoría que conecta este trabajo con Jim y el Durazno Gigante, Monkeybone o Coraline. El hecho de que siempre haya dos mundos, uno “real” y otro de fantasía, donde los personajes pasan por arte de magia, es una marca invariable de su filmografía. Aunque claro, Burton retomó el tema en El Cadáver de la Novia.

    Sin embargo, hay un tercer eslabón fundamental en esta película: Danny Elfman. Las canciones, la música, la voz del colaborador habitual de Burton ha logrado en esta película su participación más importante, y por eso es co productor. Otra sería la historia sin Elfman.

    Más allá de la evolución que tuvo la animación stop motion desde 1993, El Extraño Mundo de Jack conserva por suerte un gran impacto visual. Tres años de trabajo. Más de 100 personas animando. Un trabajo increíble. Es realmente virtuoso el esfuerzo por mejorar el sonido, la imagen y agregarle efectos en tres dimensiones. Este es el segundo re estreno que tiene la película en este formato, lo cual agradezco personalmente, porque la vi por primera vez en video casero, y no pude verla el año pasado. Según tengo entendido esta vez, reemplazaron el doblaje español, por un castellano más neutro, al que estamos más acostumbrados los argentinos. Esperemos que algún día podamos verla, aunque sea en funciones trasnoche, en su idioma original.

    Igualmente el efecto 3D no es realmente efectivo con películas que fueron filmadas en 2D. Pasó con Boogie, el aceitoso, y sucede lo mismo esta vez. Pienso que en realidad, son muy pocas las películas que hasta ahora aprovecharon realmente el nuevo chiche de Hollywood. Habrá que ponerle las fichas a Avatar de Cameron o el preoxido y muy esperado regreso de Burton con Alicia en el País de las Maravillas.

    Mientras tanto, disfrutemos como si se tratara de una película en medio de alguna retrospectiva en el Malba o la Lugones donde los clásicos se viven como si se hubieran estrenado ayer, de esta obra, convertida en culto, por toda una generación.
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