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Imagen del crítico Rodolfo Weisskirch
Rodolfo Weisskirch
  • Cantidad de críticas: 416
  • Promedio: 64%
  • Críticas favorables: 322/416 (77%)
  • Críticas desfavorables: 94/416 (23%)
  • Diferencia absoluta: 12%
  • Email de contacto: No disponible
  • Twitter: @Rodowei
  • Medios donde critica: A Sala Llena, Loco x el Cine
  • Divergente
    Divergente
    Loco x el Cine
    Reflejo del Hambre

    La culpa es de J. K. Rowling. La literatura juvenil no la necesitaba. Nos podríamos haber quedado con Stevenson, Dickens, Alcott, Twain… pero no. La escritora británica tenía que traernos a Harry Potter y como si no fueran poco la cantidad de fans y escritores que empezaron a imitar el modelo del niño mago, Hollywood debía hacer lo mismo. Así es la cosa. La última década y media, la literatura juvenil se dividió entre preadolescentes en mundos de fantasía y adolescentes busca destinos en medio de triángulos románticos, en futuros post apocalípticos o mezclados con vampiros y hombres lobos. Así estamos. Porque si no fuera poco ver (y leer) a Suzane Collins, Stephanie Meyer, tenemos ahora que aguantar a la joven Verónica Roth y su saga, que poco y nada difiere de la de la creadora de Los Juegos del Hambre.

    Y si bien – gracias a Peter Jackson y Tolkien – se empezaron a rescatar los relatos de fantasía de la Edad Media y afines – Narnia, La Brújula Dorada, Eragon – que apuntan a un público más infantil, en esta segunda etapa más romántica con protagonistas femeninos, prevalece la telenovela romántica antes que la aventura o la metáfora fantástica.

    Teniendo representantes como Huxley, Dick, Matheson, este futuro que pintan Collins o Roth lo único que muestran es prácticamente lo mismo que ya nos mostraba Fritz Lang en Metrópolis. Mundos divididos entre dos clases sociales: los poderosos y los humildes, todos “luchando” por sobrevivir dentro de un mundo devastado. No muy diferente a la realidad.

    En Divergente. la sociedad de Chicago – único lugar con humanos en todo el planeta – está dividida entre los eruditos (los hombres de ciencia), los osados (el ejército), los que siempre dicen la verdad (los abogados), los amables (campesinos y agricultores) y los abnegados (los pensadores que son líderes políticos). También hay gente viviendo en las calles. Ellos no tienen facción… Y hay un muro, que separa la sociedad de los… (a esperar las secuelas).

    Beatriz es hija de Abnegados, pero pronto tiene que hacer la prueba para elegir su “identidad”. La prueba la califica como “divergente” o sea que posee características de todos las facciones, lo cual es una condena de muerte, según los eruditos, que están tomando mayor poder y quieren borrar a los abnegados del mapa social. Léase: los científicos quieren ocupar el rol de los políticos en la sociedad.

    Gracias a la ayuda de una tatuadora, Beatriz logra esconder los resultados de la prueba y a la hora de elegir facción se inclina por los “osados”. A partir de ahí tendrá un entrenamiento que le servirá para rebelarse y enfrentarse finalmente con los mismos que la entrenan. Pero, por supuesto, no habría conflicto sin interés romántico y acá aparece, el fortachón carilindo entrenador, Tobías, que la ayuda ante el duro Eric, una especie de R. Lee Ermey de Nacido para Matar, de Kubrick.

    El film del impersonal Neil Burger, en quien algunos depositaron mucha confianza tras la sobrevalorada El Ilusionista, tiene como moraleja “ser distinto es lo que salvará tu vida”, pregona por el libre albedrío y conservar la identidad de los individuos. Pero la película es lo opuesto a eso. Está atada al sistema. No solo es convencional, mecánica, aburrida desde lo formal y lo estético, sino también previsible, monótona, obvia, subrayada, discursiva al extremo del absurdo. Burger no se toma riesgos de ningún tipo. Ni siquiera en la elección de los actores. Todos los jóvenes son realmente esbeltos y tienen curvas perfectas. En una época donde se intenta que los adolescentes tengan menos prejuicios contra sus cuerpos, Hollywood dora la píldora con actores extraídos de jugueterías.

    Ni la prometedora Shailene Woodley se salva, inexpresiva como pocas, es lamentable el poco carisma que transmite. Tampoco se destacan actores más veteranos como Ashley Judd, Kate Winslet o Tony Goldwyn. Todos en piloto automático. La reducida sensibilidad de cada personaje, el esquematismo, la ausencia de humor, los diálogos forzados, terminan por generar que extrañemos a Los Juegos del Hambre, que es superior solamente porque el elenco consigue momentos más creíbles.

    Burger maneja mal la tensión y el suspenso. No consigue generar un clima para mantener el ritmo durante las dos horas y cuarto que promedia el film. Y lo peor de todo es que ni siquiera es decepcionante. Es mediocre por ser más de lo mismo.
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  • Berberian sound studio
    Profondo Rosso

    El cine italiano tuvo una importante influencia sobre la cinematografía mundial desde el neorrealismo, a mediados de los años ’40 con Vittorio De Sica y Roberto Rossellini como principales exponentes, pasando por el surrealismo fellinesco, la comedia alla italiana de Risi o Monicelli, el spaghetti western en los ’60, la polémica obra de Pasolini, los melodramas de Visconti y finalizando la etapa de oro de Cinecittá – las magistrales estudios que tuvieron a Carlo Ponti, Alberto Grimaldi y Dino de Laurentis como máximos representantes de la explosión internacional de estos realizadores – a los hoy veteranos Ettore Scola y Franco Zeffirelli. Sin embargo, dentro de esta maravillosa última etapa hubo un grupo de rebeldes que se animaron a cambiarle el rostro al género policial: Mario Bava, Lucio Fulci y principalmente, Dario Argento, se encargaron de horrorizar las salas de todo el mundo con el famoso Giallo Italiano que derivó al cine clase B y de ciencia ficción más sangriento y visceral que se haya hecho hasta el J-Horror.

    El joven realizador británico Peter Strickland decide rendir homenaje al Giallo y al trabajo de los estudios Cinecittá con el thriller psicológico Berberian Sound Studio. La película es una pieza casi teatral, que sucede exclusivamente en el estudio que da nombre al film. Ahí se está realizando las post producción sonora de un típico Giallo que tiene todos los ingredientes del cine de estas características: sangre, gritos, vísceras y doblaje de voces. Para ello, el productor del film acude al ingeniero de sonido Gilderoy – impresionante trabajo de Toby Jones – un pequeño hombrecito británico, cuyos elegantes gestos, mínimas formas de expresarse, humildad y seriedad con el trabajo, contrastan con las violencia y la verborragia de los italianos, que además son bastante desprolijos y primitivos en su manera de trabajar.

    Gilderoy debería solo supervisar la mezcla de sonido y la mezcla de voces, pero se empieza a involucrar también en la realización de efectos, ser testigo de la grabación de la banda sonora, los conflictos entre el productor y sus actrices, y la ausencia del misterioso director de esta horrible película. Pero sobretodo lo que le preocupa a Gilderoy es que no le pagan y lo tienen encerrado en habitaciones sin notificarle cuando va a terminar su trabajo y cuando le van a pagar por ello.

    Strickland crea un clima opresivo y claustrofóbico. Durante la primera hora, el film se construye desde el ojo realista del protagonista, y entre el homenaje y la sátira se expone la naturaleza de los británicos contra los italiano. Sin embargo, más allá de esto, también queda expuesta el trabajo de un ingeniero sonoro, muchas veces olvidado e ignorado de los créditos de post producción de los films. Mientras que los productores, directores y actores son, la mayoría de las veces, los principales exponentes del mundo del cine, los ingenieros técnicos pasan a un segundo plano. Strickland, con mucha ironía, rescata el meticuloso trabajo del mezclador de sonido y analiza su función a la hora de realizar cualquier film (acaso solo DePalma en Blow Out o Hernán Godfrid en Música en Espera lo tienen en cuenta).

    Sin embargo, a medida que avanza la historia, se va tornando más pesadillesca. Como una obra lynchiana, el espectador empieza a dudar sobre la realidad y el punto de vista del personaje. Haciendo uso del recurso de fuera de campo, el sonido en off, vinculado a la mirada de los protagonistas, adquiere un foco especial. Nunca vemos el film en cuestión y lo que nos llega son reflejos.

    Teñida de humor negro, el film en su última media hora empieza a tomar formas más plásticas. Strickland decide experimentar con las alucinaciones del protagonista para no volver más al mundo real.

    Berberian Sound Studio es una experiencia por demás interesante. Acaso su lenta aproximación al climax y algunas divagaciones entorpecen el relato, densifican innecesariamente al film, y su media hora final roza el surrealismo de manera exagerada. Pero la sólida interpretación de Toby Jones, con sus ojos chiquitos, su mirada expectante, su tartamudeo y delicadeza permite, junto con el inquietante y perfeccionista trabajo de la fotografía – ambientes claroscuros rodeados de sombras – y de sonido ya mencionados, que este segundo trabajo cinematográfico de Peter Strickland se disfrute en su totalidad.

    Los fanáticos del Giallo adorarán la banda sonora y un pequeño homenaje a la banda de culto Goblin, que musicalizó gran parte de la filmografía de Argento.
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  • La tercera orilla
    La tercera orilla
    Loco x el Cine
    Flotando sobre la Ciénaga

    Hace aproximadamente 15 años, el cine argentino empezó a emitir un cambio en su manera de filmar. Hubo una manera de narrar diferente, una búsqueda formal, artística y temática que se asociaba – con mucha razón – al cine desolador de principios de los años 60, que al seudo cine de género de los 90. Entre el compromiso social y el experimento audiovisual nos encontramos con directores que transgredían las fronteras del star system televisivo y se animaban a poner no-actores delante de las pantallas, intérpretes marginales o salir a buscar artistas del teatro off. Estéticamente, podía interpretarse como un cine más primitivo, más salvaje.

    Una de las obras paradigmas de esa etapa fue La Ciénaga de Lucrecia Martel. Una verdadera perfeccionista de la puesta en escena y la composición sonora, Martel se convirtió en un referente de ese “estilo” de narración. Su ambigüedad, distanciamiento y frialdad son parte de su estilo. Una directora que confía más en la creación de climas de tensión, antes que en la necesidad de contar una historia “trascendente”. Amada, odiada y envidiada por igual se le debe reconocer a Martel una búsqueda autoral, que al menos siempre despierta curiosidad.

    Celina Murga, es una de las últimas discípulas de la generación original, que participó de este cambio. Mientras que varios de sus colegas, ya son nombres representantes de una seudo industria local, que trabajan con actores de una seudo start system – Trapero, Burman, Caetano – Murga prefiere seguir filmando como hace 15 años, en cambio. Aunque sus colegas, mantengan búsquedas formales, que aún los conserva como autores, pero aprovechan los recursos que tienen a mano para generan producciones más ambiciosas, Murga prefiere quedarse en su Entre Ríos natal, y narrar como si el tiempo no hubiese pasado, lo cual, en cierta forma significa una rebelión y al mismo tiempo una certificación de principios cinematográficos.

    Acaso el apoyo brindado por Martin Scorsese en sus últimas obras, no significa que se le hayan ido los humos a la cabeza, y en cierta forma mantiene un perfil bajo.

    Tras este preámbulo, metámonos de lleno en La Tercer Orilla. En principio, resalta que la realizadora entrerriana sigue manteniendo el foco en el universo púber y adolescente. Hay cierta coherencia en el crecimiento de los personajes de sus películas. El protagonista de esta obra está terminado el secundario y empezando a convertirse en un adulto. Sin embargo, el conflicto es claro. Su hogar es inestable: su padre es un confeso bígamo, tiene dos familias; divide su tiempo con sus dos esposas e intenta darle la misma atención a los vástagos que tuvo con ambas mujeres. Esta figura paternal, completamente autárquica es la gran sombra que atormenta al protagonista, un muchacho lacónico que pretende convertirse en médico para satisfacer los deseos de su padre.

    Desde una estética casi costumbrista, la directora, incrementa la tensión interna del protagonista a medida que el relato avanza lentamente con la densidad que solicita el ambiente y el contexto pueblerino, donde viven los personajes. El odio, ante la hipocresía es evolutiva, la violencia es progresiva y por supuesto, en algún momento va a estallar.

    Alejada de la empatía y el tono semi humorístico de sus primeras dos ficciones, Murga, se encasilla más cerca del melodrama familiar y el thriller. Acaso el paso intermedio por el género documental le ha brindado cierta madurez temática y narrativa. Sin embargo, algo se ve forzado, impostado en el tono de la película. Y sobretodo, algo se ve anticuado en su forma de exhibir el conflicto. Como si la directora en pos de no repetirse, termina imitando al modelo de Martel y el resultado final es ambigüo. No se siente cercano ni a ella ni al público. La cámara toma un distanciamiento a medias de los personajes, que por un lado consigue mostrarnos que al protagonista le sucede “algo” interno, pero por otro no podamos tener empatía con el mismo. El laconismo y austeridad del actor Alián Devetac es contraproducente. En algunas escenas, su postura corporal y actitudes son convincentes, por momentos parecen forzadas. Un intérprete irregular, cuyo amateurismo contrasta con el de Daniel Veronese, su padre en la ficción, que pese a una sólida actuación, no termina por incorporarse al tono del resto del elenco que realmente parece más natural con el ambiente. Puede ser que haya sido algo buscado por la directora, el hecho de que un artista más ligado con un contexto urbano resalte más aún en un pueblo del interior, sin embargo hay algo de Veronese, especialmente su relación con Devetac, que hacen ruido, que no resulta convincente, como si fueran peces de dos ríos distintos.

    Muchos espectadores no perdonarán que la directora deje tantos huecos abiertos, que el relato parezca empezado y no terminara, que la medida que tome el muchacho contra su padre, sea un poco exagerada, teniendo en cuenta, los conflictos que vemos entre ambos. Sin embargo, a ojos de este redactor, todo eso es relativo. Hay mucho de la diégesis de la historia que no vimos ni veremos y se puede construir perfectamente en el imaginario. El recurso del fuera de campo narrativo es acaso lo mejor que tiene La Tercer Orilla. La información que brinda el guión sobre los personajes es la justa y necesaria. El personaje del padre, queda completamente villanizado, incluso en escenas que podrían no haberse incluido. La directora posa su mirada en el paso de la infancia a la adultez, de la maduración intelectual y sexual de los personajes. Eso se ve y está sólidamente planteado.

    El problema no surge por sus intenciones formales o por lo que transmite el guión, sino por su timidez a la hora de cómo narrar, de su indefinición estética, del poco compromiso audiovisual que tiene la directora con su guión. Esta austeridad cinematográfica, no se ve auténtica. Imita un modelo de hace 15 años que ya hizo otra persona. Y acá no hay lugar para la cita, el homenaje o la referencia. Acá surge la pretensión de seguir una formula ganadora, un cine “for export”, que triunfe fuera de la “industria” local. Y cuando la cabeza está puesta más en el resultado comercial – que desde el vamos parece resignado a triunfar en el mercado nacional – que en la realización propiamente dicha de un producto que guarde coherencia entre lo que se quiere contar y como contarlo, estamos ante un grave problema. Hace 15 años se perdonaba; ahora no.
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  • Operación monumento
    Operación monumento
    Loco x el Cine
    El Botín de los Valientes

    George Clooney es un director de otra época. Una época en la que el cine se hacía en material en fílmico, donde los temas “importantes” estaban camuflados bajo géneros como el thriller o la comedia, donde los realizadores, eran autores, imponían una ideología, no dejaban de ser artesanos de la acción y aún así ponían el entretenimiento en primer lugar.

    Si Confesiones de una Mente Peligrosa tenía influencia del cine de Ronald Neame, Buenas Noches, Buena Suerte de Stanley Kramer y para Secretos de Estado se nutría del cine político setentoso de Alan J. Pakula o Sidney Lumet, en su quinta obra, Operación Monumento elige a aquellos realizadores que escondían un mensaje antibélico con obras inmortales de acción con mucho humor. John Sturges con El Gran Escape, Robert Aldrich y Los Doce del Patíbulo, o principalmente Brian G. Hutton y el díptico protagonizado por Clint Eastwood: El Botín de los Valientes, y Donde las Águilas se atreven. Todos clásicos de los sábados a la tarde.

    En este caso, el grupo de los Hombres Monumento, tienen la misión de encontrar, recuperar y devolver todas las obras de arte – pinturas y esculturas principalmente – robadas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, y mientras esta misma se encuentra en su ocaso.

    Muy lejos de la estética cool y pop de Tarantino con sus Bastardos sin Gloria – que en realidad tiene menos de film bélico que de noir o western – Clooney evita muchos lugares comunes. Por ejemplo, decide no tomarse demasiado tiempo para mostrar el reclutamiento y entrenamiento de su grupo – liderado por él misma en una interpretación no muy diferente a la de Danny Ocean o el astronauta de Gravedad – así como sus protagonistas evitan internarse en tiroteos o escenas bélicas. La guerra estaba terminando y ni siquiera eran soldados, sino curadores de museos, arquitectos o directores teatrales.

    Stokes (Clooney) divide el grupo – más idealista que patriota – y de esta manera el film va abarcando varias subtramas que inducen a distintas relaciones. De esta manera quedan divididos el propio Stokes con un protector de arte británico que intenta recuperarse del alcoholismo – Hugh Bonneville – o un teatrista y un arquitecto que conforman una buddy movie independiente al conflicto central. La misma “extraña” pareja está conformada por Bob Balaban y Bill Murray – fetiches de Wes Anderson – quienes aportan sus dotes cómicos para darle más corazón que odio al film. Una pareja más desaprovechada es la de John Goodman y Jean Dujardin, quiénes cumplen con sus roles a pesar que su química está más forzada.

    Saliendo del perfíl bélico y entrando en el terreno de cine de espionaje bélico, encontramos a un restaurador de muros, intentando buscar el sitio donde los nazis guardaron la mayor parte de obras de arte a través de una ex agente de la Resistencia que trabajaba para un coronel nazi. Matt Damon y Cate Blanchett respectivamente, consiguen aportar un poco de romanticismo a un film que venía siendo bastante frío.

    Si bien el guión no depara demasiadas sorpresas, el tono más cercano a la comedia que al drama bélico solemne-reflexivo, estilo Rescatando al Soldado Ryan o La Delgada Línea Roja, convierten a Operación Monumento en un film ligero, liviano, divertido y entretenido. De hecho, la visión de la Segunda Guerra de Clooney se acerca más a la del Spielberg de Indiana Jones que a la de la película ganadora del Oscar protagonizada por Tom Hanks.

    Mucho esperaban que por los laureles cosechados con obras anteriores, Clooney realizara un film más ambicioso, pero Operación Monumento es lo que pretende ser. Un homenaje a los films de principios de los 60 que mezclaban humor y acción, donde se priorizaba tener personajes carismáticos, extraños, divertidos, con buena química entre ellos que un guión demasiado riguroso. Acá es más importante la camaradería que los conflictos internos, el patriotismo está visto, incluso, con una sonrisa y hasta los soviéticos son tomados con liviandad.

    Acaso el mayor lujo y, sin duda, el más importante legado que deja Operación Monumento es su espectacular banda sonora, que merece una mención aparte porque consigue levantar el tono de varias escenas que podrían ser intrascendentes. Alexandre Desplat – quién además tiene una actuación menor en el film – se inspira en las bandas sonoras de films bélicos de Elmer Bernstein, Lalo Schiffrin o específicamente Maurice Jarré y el leit motiv de El Día más Largo del Siglo, otra referencia al film, que tiene bastante similitud con el tema principal – en tono bastante “alegre” – al de Operación Monumento.

    Orientada a un público interesado en episodios no tan conocidos de la Segunda Guerra y al cinéfilo de la edad dorada de Hollywood, Operación Monumento es una fluida y simpática pieza del museo del cine, que nuevamente demuestra la destreza y sobriedad de George Clooney a la hora de dirigir y llevar adelante un relato clásico.
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  • Non-Stop: Sin escalas
    Non-Stop: Sin escalas
    Loco x el Cine
    I’m So Excited

    ¿Alguien imaginaba 20 años atrás que Liam Neeson, el actor irlandés nominado al Oscar por su interpretación de Oskar Schindler se convertiría en un ícono del cine de acción? O sea, ya tenía antecedentes – Darkman, Bajo Sospecha, Rob Roy – pero realmente, hay que admitir que el actor de 61 años se sigue re inventando y manteniéndose tan vital como siempre.

    En Non Stop: Sin Escalas, se reúne de nuevo con el catalán Jaume Collet-Serra – Desconocido – para un nuevo thriller, que sigue el tono del anterior film conjunto. Ya alejado del género de horror que lo puso en el mapa – La Casa de Cera, La Huérfana – el realizador se anima a hacer un policial “vertiginoso” dentro de un avión.

    El resultado termina siendo bastante entretenido. Neeson interpreta a Bill Marks, un típico detective venido a menos por tragedias familiares: alcohólico, depresivo, tabaco-dependiente, etc. Nada original. Marks trabaja como sheriff encubierto de vuelos comerciales. Un perfecto antihéroe. En medio de un vuelo a Londres recibe un mensaje en el celular, donde le avisan que si no deposita 150 millones de dólares en un cuenta corriente morirá un pasajero del avión cada 20 minutos. La profecía se cumple, pero de una forma bastante impredecible.

    Durante el vuelo, Marks, no solo debe descubrir al asesino sino también demostrar que él mismo no es un asesino o secuestrador al resto de los pasajeros.

    En la línea del clásico de Agatha Christie, Crimen en el Expreso Oriente, mezclado con Aeropuerto, Pasajero 57, Momento Crítico o Turbulencia, Non Stop, es una propuesta que se disfruta mientras se mira, porque carece de bastante lógica y coherencia narrativa. Collet – Serra, a través de un montaje ágil y la ayuda de una intensa banda sonora le aporta suficiente dinamismo al film para no aburrir, y mantener el interés obligando al espectador que no razone demasiado acerca de la verosimilitud del relato.

    En la última media hora, se van rotando los sospechosos y la resolución para evadir los lugares comunes termina siendo bastante ridícula. El McGuffin decía Hitchcock es lo que menos le importaba y el director de Non Stop está bastante conciente de ello, por lo que decide explicar todo lo suficientemente rápido para que no se vuelva una distracción para el espectador.

    Influenciado acaso por el piloto que compuso Denzel Washington en El Vuelo, para Bill Marks, el viaje termina siendo una suerte de terapia de rehabilitación pero, el director decide usar la personalidad del protagonista solo como excusa para encasillarlo dentro de otro tópico hitchcokiano: el hombre equivocado.

    Los giros argumentativos bordean la ridiculez, y ciertos clisés y estereotipos del género – desde la típica niña que viaja sola en un avión con su muñeca hasta la muerte de uno de los pilotos – no hacen más que confirmar la vigencia que aun hoy tiene Y Donde está el Piloto? de los hermanos Zucker. Es claro, que lejos del típico patriotismo del cine estadounidense, al director le interesa, opuestamente, satirizar la paranoia post 11 de septiembre.

    Un argumento poco creíble no sería digerible sino fuera por un elenco sólido que aporta suficiente tensión para generar la empatía con el espectador. Liam Neeson, que después de Taken resulta un antihéroe perfecto, y Julianne Moore, consiguen trabajos dignos, más allá de que la química entre ambos – trabajaron previamente en Chloe – es bastante orgánica.

    Aun con excesos y ciertas situaciones forzadas, Non Stop es un viaje entretenido y visualmente atractivo. Hubiese sido más divertido, claro está, verlo a Liam Neeson entreteniendo a los pasajeros al ritmo de “I’m so Excited”, pero dejemos el número musical para cuando Almodóvar se haga cargo de la secuela.

    Mientras tanto, piensen poco y disfruten del vuelo.
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  • Un cuento de invierno
    Un cuento de invierno
    Loco x el Cine
    Caballero del Zodíaco

    “¿Qué pasaría si las estrellas en realidad fueran personas? ¿O si fueran ángeles” con esta frase en off, comienza la primera película del guionista Akiva Goldsman en calidad de director.

    Repasemos los trabajos pasados de este ganador del Oscar: cuatro películas junto a Joel Schumacher, que incluyen dos aceptables adaptaciones de novelas de John Grisham – El Cliente, Tiempo de Matar – y las horribles secuelas de Batman con Val Kilmer y George Clooney.; cuatro colaboraciones con Ron Howard: las sobrevaloradas Una Mente Brillante – por la que encima ganó un Oscar – El Luchador, y las dos adaptaciones de las novelas de Dan Brown. Por último un subgrupo de cine fantástico que incluye dos pochocleras adaptaciones de novelas de culto como Soy Leyenda y Yo, Robot… o la pésima trasposición a la pantalla de la serie Perdidos en el Espacio. Digamos que los antecedentes no son el mejor terreno de Goldsman, pero siempre se puede caer más bajo, y Un Cuento de Invierno, sin duda es lo peor que Goldsman cayó. Bueno, Batman & Robin sigue siendo peor.

    Acá tenemos la historia de un hijo de inmigrantes deportados que llega a Nueva York a principios del siglo XX como si fuera Moisés adentro de un barco en miniatura. El niño, rebautizado como Peter Lake se cria en las calles como ladrón, y a los 21 años – sí, claro Colin Farrell tiene 21 años – se vive escapando de un “demoníaco” gangster que lo persigue sin tregua, que tiene el rostro del gladiador Russell Crowe. En medio de un robo a una mansión es interrumpido por una joven que se pasea en piyamas semi transparentes y está enferma de tuberculosis.

    La joven adinerada y el ladrón se enamoran, y podría ser el cuento de hadas perfecto sino fuera porque el demonio de Crowe lo sigue persiguiendo, aun cuando el mismo Lucifer – actor sorpresa – le pide que no pierda el tiempo.

    Después de una tragedia anunciada y una pelea desafortunada, Peter se cae al Río Hudson. Despierta amnésico y sobrevive a lo largo de 80 años – hasta el 2014 – gozando de una juventud eterna. Su única meta es hallar al amor de su vida, y conseguir un milagro.

    La joven adinerada y el ladrón se enamoran, y podría ser el cuento de hadas perfecto sino fuera porque el demonio de Crowe lo sigue persiguiendo, aun cuando el mismo Lucifer – actor sorpresa – le pide que no pierda el tiempo.

    Después de una tragedia anunciada y una pelea desafortunada, Peter se cae al Río Hudson. Despierta amnésico y sobrevive a lo largo de 80 años – hasta el 2014 – gozando de una juventud eterna. Su única meta es hallar al amor de su vida, y conseguir un milagro.

    Melodrama romántico fantástico, Un Cuento de Invierno tiene un tono de realidad mágica, que va acumulando cursilerías minuto a minuto. Acaso es tan autoconsciente el film de este detalle, que no termina molestando tanto como la suma de ridiculeces que el director pretende que sean vistas con cariño y terminen emocionando a los espectadores sensibles. Es que más allá de carecer de verosimilitud, carece de coherencia dentro del universo semi realista que Goldsman pretende hacer creer al espectador.

    Y sí, entre tanto delirio – que incluye un Pegazo volando por encima del puente de Brooklyn, las sobreactuadas y poco carismáticas interpretaciones de Farrell, Crowe, la cuasi desconocida Jessica Brown Findlay, William Hurt , Jennifer Connelly y Will Smith (que mala suerte, se me escapó el actor sorpresa) la moraleja sobre de los milagros que podemos brindar al mundo todos los días, los golpes bajos y sentimentalismo efectista – se termina por congeniar una absurda comedia inconsciente.

    La única manera de ver un film como Un Cuento de Invierno es como un producto bizarro y risible, dominado por un deus ex machina llamado Akiva Goldsman que realmente cree que está vendiendo caviar con champagne, cuando solo nos está convidando agua y pan.

    Aun cuando se la puede ver con simpatía por ser una propuesta delirante desde su concepción, inepta narrativamente y torpe en su realización, también hay que admitir que es una de las peores películas que se han realizado en Holliwood en los últimos años.
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  • Romeo y Julieta
    Romeo y Julieta
    Loco x el Cine
    Copiado y Pegado

    La industria del cine cada vez apuesta menos al riesgo y va más a lo seguro. Son cada vez menos las propuestas cinematográficas originales que llegan a las salas comerciales y es preferible comprar fórmulas, que se repiten constantemente y tiene cada vez peor calidad artística. No es suficiente que Hollywood siga llenando las multisalas con más y más adaptaciones de cómics, mediocres novelas para adolescentes, secuelas y remakes innecesarias. Ahora también el teatro se proyecta en pantalla gigante. Y este redactor no hace referencia a las óperas y ballets que se estrenan en una cantidad limitada de salas. Eso es realmente una apuesta interesante y constructiva a nivel didáctico. La posibilidad de ver espectáculos que no están al alcance, en un pantalla, es más disfrutable que verlo en la pantalla chica del televisor. No, este redactor se refiere al estreno de obras escritas para el escenario y adaptadas a la pantalla grande, por artistas perezosos que no se toman el trabajo de pensar que posibilidades les da el cine para ampliar el universo transmite la obra. Como una cámara legitima un nivel de verdad, que a veces por la distancia y limitaciones espaciales del espectáculo teatral no se puede apreciar en un escenario.

    Sin embargo, los encargados de llevar a cabo la trasposición prefieren reposar todo en el “talento” de sus intérpretes y ser perezosos a la hora de escribir y/o filmar lo que la obra transmite en forma subliminal, el subtexto de lo literal.

    Cuesta comprender como el actor y guionista Julian Fellowes, responsable de haber escrito la película Gosford Park y la exitosa serie Downton Abbey haya sido tan perezoso a la hora de adaptar esta versión de Romeo y Julieta, limitándose a hacer un copiado y pegado, y no una relectura del clásico de Shakespeare tantas veces adaptado.

    Posiblemente, resulte casi original que teniendo en cuenta que la última versión cinematográfica haya sido la de Baz Luhrman en la edad contemporánea con unos jóvenes Leonardo Di Caprio y Claire Danes, sumado a versiones camufladas que siempre andan dando vueltas, se pretenda regresar a las fuentes originales y llevar la historia de los hijos de Capuleto y Montesco de nuevo a la Verona del siglo XVI. Sin embargo, la pésima dirección de actores, y fundamentalmente, la pésima elección de algunos actores como el inexpresivo muñeco de torta, Douglas Booth, imposibilitan que el film se pueda tomar demasiado seriamente.

    Si en un escenario puede ser perdonable la declamación, en cine, a menos que tengas un Orson Welles, Laurence Olivier o Kenneth Branagh delante y detrás de cámaras, debería estar prohibido. Y menos con esta obra, que para los grandes fanáticos de Shakespeare es considerada como menor dentro de la bibliografía del autor. Por algo, ninguno de los tres mencionados hizo una transposición a la pantalla.

    El italiano Carlo Carlei, cuyos antecedentes cinematográficos se limitan a mediocres miniseries y películas para televisión, y el melodrama infantil Fluke a mediados de los ’90, en primer lugar tiene poca imaginación para sacar la obra de la representación escénica. No hay una sola escena que consiga brindar un poco de tridimensionalidad a las situaciones que viven los personajes. La fidelidad con que se recitan los textos y el poco corazón y emoción de parte del elenco brindan al relato una constante sensación de artificialidad, sumado a que muchos de ellos, algunos notables intérpretes como Paul Giamatti o Demian Lewis, están al borde del grotesco con trabajos sobreactuados y desbordados.

    La fotografía plana – todas las escenas, incluso las nocturnas están demasiado iluminadas, no hay contrastes prácticamente – escenografías que se alternan entre hermosos paisajes naturales con estudios cuyo decorados parecen pintados, exhiben una pobreza de producción alarmante.

    De nada sirve un elenco de nombres “relevantes” y caras bonitas, si no se ponen ganas a la hora de trabajar. Si todo es forzado, si se apuesta a la fórmula más que a construir un mundo, una puesta en escena. Falta corazón y alma.

    Si de Agosto, decíamos que era “teatro filmado”, acá debemos afirmar que es teatro leído sin emociones, lo que hace que la película sea densa e interminable. Lo cual resulta absurdo, teniendo en cuenta que está orientada a un público adolescente, teniendo en cuenta la edad de su protagonista que iguala a la del personaje. Nunca se eligió actriz más joven para interpretar a Julieta.

    La excelente protagonista de Temple de Acero (2010), Hailee Steinfeld – junto a la veterana Lesley Manville – sobresale un poco de la mediocridad del elenco, pero se nota, que una pésima dirección de actores también pueden perjudicar el esfuerzo individual. Esto queda denotado especialmente en la poca química que hay entre Romeo y Julieta, y la poca sensualidad que transmiten a la cámara, en parte también porque Steinfeld todavía conserva un rostro demasiado preadolescente para considerarla interés romántico de este Romeo veintiañero. Obviamente, la tensión sexual entre ambos es nula.

    La banda sonora a cargo de Abel Korzeniowski intenta incrementar la tensión del relato forzosamente y a la vez rememorar el inolvidable leit motiv que compuso Nino Rota para la clásica versión de Franco Zeffirelli de 1968. Obviamente, no lo logra.

    ¿Por qué? Porque cuando uno copia y pega un texto, no está escribiendo, no está construyendo arte, simplemente está haciendo una reproducción, una clonación, un androide. Romeo y Julieta de Carlo Carlei es eso, un androide, a simple vista, efectivo, pero en la esencia, sin vida. Volvé Zeffirelli, te perdonamos.
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  • La leyenda de Hércules
    El Hijo del Rayo

    Groucho Marx decía: “nunca voy a ver una película donde los pechos del hombre sean más grandes que los de la mujer”.

    Habría que hacerle caso a Groucho. La Leyenda de Hércules es nueva película de Renny Harlin, un realizador finlandés, que además de tener el reconocimiento de haber sido marido de Geena Davis, hizo alguna que otra buena película de acción en los ’90, dígase Duro de Matar 2, Riesgo Total, El Largo Beso del Adiós – con su mujer – y la simpática Alerta en lo Profundo.

    Ninguna de ellas gozaba de buenos guiones, pero al menos, sus “estrellas” la sacaban adelante.

    La excepción vino en 1995 cuando realizó La Pirata, en 1995 y su carrera prácticamente se hundió.

    Ahora, este nórdico imitador Uwe Boll, nos trae la historia del hijo de Zeus nuevamente, intentando competir con la película que a mitad de año el mediocre Brett Ratner estrenará con The Rock.

    Sin embargo, acá Zeus está representado solo por rayos y nubes como si fuera el espíritu santo.

    El rey Anfitrión conquista todo lo que tiene a su paso como si fuera el rey Leonidas de 300, pero versión villana. Su esposa engendra dos hijos: el mayor es Ificles, el heredero natura, el segundo es Hércules – también conocido como Alcides, el rey de la bailanta – hijo bastardo de Zeus o el manto sagrado.

    Pasan 20 años y ambos hermanos luchan por el amor de la Princesa de Creta, quién obviamente elegirá al musculoso rubio ojos claros de Hércules, y no a su debilucho hermanastro morocho. Es rubia pero no tonta. Cuando Anfitrión le pide a Ificles que elija a su esposa, el muchacho desea a la mujer de su hermano, desatando la ira de Hércules, al que el rey lo mando bien lejos – a Egipto – para sacárselo de encima.

    Junto con el Coronel Sotiris, Hércules atravesará una especie de camino del héroe – que incluye luchar solo contra un ejército, ser vendido como esclavo, y nuevamente ganarse los laureles como gladiador… esperen, esto suena familiar – para volver por su amada, vengarse de Ificles y destronar a su padrastro.

    Más de allá de que todos los personajes son de cartón y no tienen ningún tipo de conflicto interno, sorprende que la propuesta sea más pobre que las películas de género peplum de los años ’60 filmados en España por italianos. Acá uno puede leer un guionista italiana, seguramente criado en Cinecitá y un elenco compuesto por actores y extras rusos. Se nota que es para reducir costos. Igualmente es difícil dilucidar donde fueron a parar los 70 millones de dólares de presupuesto porque cada rama técnica, incluyendo efectos especiales son realmente muy pobres.

    Existen películas malas que son insalvables. Otras que provocan risa incondicional. La Leyenda de Hércules está una línea medio del absurdo inconsciente y un cine berreta.

    No hace falta aclarar lo pretencioso y ridículo que suena cada diálogo, la inverosimilitud – más allá de la fantasía – de cada secuencia, incoherentes a más no poder. Pero lo que más llama la atención es la pereza de Harlin para darle un tono al relato. El realizador no hace más que imitar fórmulas recientes que funcionaron y carece de todo tipo de identidad: el conflicto de hermanos podría haber salido de Gladiador o Thor, a nivel visual intenta calcar a 300, hay algo de Espartáco – más de la serie que de la película de Kubrick, pero en una versión apta todo público, realmente espantosa – y así podemos seguir detallando. Quizás lo más molesto es su pretensión religiosa, querer contar la historia de Cristo a través de la de Hércules, haciendo un paralelismo con los personajes claves de ambas historias.

    O quizás no hay que darle tantas vueltas. Es falta de imaginación a la hora de crear un producto solvente, que aunque sea clase B, sea conciente de alguna manera de su pobreza.

    El muñeco Kellan Lutz, cuyo único antecedente es haber “trabajado” en la saga de Crepúsculo, no logra transmitir suficiente carisma, emociones para llevar adelante la película. Al menos Victor Mature tenía un poco más de expresiones guardadas. El resto del elenco también deja bastante que desear, y realmente es muy triste ver al gran Rade Serbedzija entre las filas, como una suerte de guía moral para nuestro héroe.

    “La imitación es la expresión mas elevada del halago”, dice Anfitrión. Debió haber aclarado, la “buena” imitación, porque Ridley Scott, Zack Snyder y los precursores del género, después de ver La Leyenda de Hércules, deben sentirse insultados.
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  • Agosto
    Agosto
    Loco x el Cine
    Si querés llorar, llorá…

    “La familia es la base de la sociedad”. Bueno, no hay que ser un genio para deducirlo. Pero lo cierto es que en Estados Unidos “la familia” unida es símbolo de estabilidad y prosperidad. Un hombre debe tener su esposa, sus hijos, sus cuñados, suegros, nietos, perros y gatos bien bien cerca o la sociedad lo empieza a mirar con otros ojos.

    No por nada, la temática “familia disfuncional” es un tema tan convocado por el cine de Hollywood. Es un tema que hay que arreglar. Una familia disfuncional no es buena propaganda estadounidense.

    La obra Agosto: Condado de Osage del premiado dramaturgo Tracy Letts intenta de alguna manera satirizar la institución familiar exponiendo o desnudando en un fin de semana toda la hipocresía y mentiras que se esconden debajo de la alfombra de los Weston, una típica familia conservadora rural sureña liderada por un patriarca intelectual y una madre dominante. Los hijos, tienen su propia vida y evaden a cualquier costa, reunirse con sus progenitores.

    Pero sucede una tragedia: papá se suicida en el lago y mamá se está muriendo de cáncer, a consecuencia del tabaco y el alcohol. La familia deberá pasar un fin de semana juntos intentando no matarse entre ellos, después del funeral del padre.

    De esta manera comienza la adaptación cinematográfica de John Wells de la premiada pieza de Letts.

    Lo más atractivo – y publicitario – de esta trasposición reposa en el elenco que Wells tiene la difícil tarea de coordinar. Meryl Streep lidera un escuadrón, secundado por Julia Roberts, Chris Cooper, Benedict Cumberbatch, Juliette Lewis, Abigail Breslin y Ewan McGregor entre otros.

    Sin embargo, entre tanto nombre, entre tanto prestigio ganado con antelación, entre tanta fotografía crepuscular y una banda sonora emotiva a cargo de Gustavo Santaolalla que intenta recuperar un tono folclórico típico sureño, John Wells, se olvida de construir una película

    Letts, con bastante pereza hace una adaptación demasiado fiel de su propia obra y Wells toma esto al pie de la letra. Es muy poco lo que convierten a Agosto, en una obra cinematográfica y no en una obra filmada en escenarios “naturales”. Wells pone la cámara al servicio de diálogo y es demasiado respetuoso para construir una atmósfera, un clima cinematográfico. No hay estética. El montaje es una sucesión de escenas en espacios reducidos – hay bastantes exteriores, pero el espacio donde se mueven los personajes es muy limitado – hay poco lugar para silencios o cruces de miradas. Wells no comprende demasiado bien que el primer plano, diferencia al cine del teatro, y por mero respeto a la obra, quiere conservar una puesta teatral – especialmente en una escena clave durante una cena que dura 15 minutos, pero pareciera que dura tres horas.

    Si tomamos como ejemplo otras trasposiciones como Tape (Richard Linklater, 2001) o Closer (Mike Nichols, 2004) veremos que la tensión pasa por lo que no se dice en la escena, por lo que se transmite en el ambiente, por las miradas de los actores, por la evolución rápida que tiene la acción. Sin salir de un mismo escenario obras llevadas al cine como la de Linklater, Bug (William Friedkin, 2006, inspirada en otra obra de Letts, al igual que la inédita y genial Killer Joe) o ¿Quién le teme a Virginia Woolf? (también Nichols, 1966), la tensión se construye por todo aquello que no vimos en el teatro, por la intimidad, porque el espectador es el aire entre los personajes.

    Por un momento el film parece influenciarse en ciertas películas “indies” de fines de los ’60 como Mi vida es mi vida (Bob Rafelson, 1970), pero está muy lejos de ese nivel de cercanía, química y perspectiva entre los personajes y el espectador.

    Más allá de una fallida e inimaginativa puesta de cámara, el film se regodea más en el melodrama que en la ironía. Wells impone un tono similar a la de una telenovela donde se van sucediendo revelaciones que en cierta forma obligan al espectador a despertarse del letargo. Una excusa para que la película siga adelante y no termine de repente. Las “sorpresas” argumentativas no son más que golpes de efecto forzados y que derivan en diálogos superficiales, que terminan con personajes llorando, abrazándose o pegándose.

    Si la intención de Letts fue una crítica sarcástica a la forma en la que la sociedad estadounidense retrata a la familia perfecta, el resultado de la visión de Wells, es el opuesto: una justificación de esa mirada conservadora.

    Y sí la mirada ingenua – que incluye la mirada de un personaje ajeno, una descendiente de aborígenes demasiado estereotipada – y discursiva no es suficiente para molestar al espectador que no se conmueve fácilmente con las revelaciones familiares, el aburrimiento lo terminará sucumbiendo. Porque no nada que sea más denso que ver teatro filmado, y mucho menos si este parece leído tal cuál fue escrito.

    Nuevamente, el único verdadero atractivo del film es su elenco. No en particular Meryl Streep, que cuando compone un personaje demasiado alejado físicamente de su propia fisonomía – caso Margaret Thatcher – da como resultado una caricatura, una criatura inverosímil que solo conmueve a los miembros de la Academia de Hollywood por su distanciamiento con la “Meryl real”. Tampoco Julia Roberts, que un poco mejor que Streep, no puede sacarse de encima a Erin Brockovitch. Y mucho menos Ewan McGregor que desde que hizo Episodio I de La Guerra de las Galaxias se parece más a un androide que al fascinante actor que conocimos en los primeros y mejores trabajos de Danny Boyle.

    Son Chris Cooper, Margo Martindale, Julianne Nicholson, Juliette Lewis y Sam Shepard quiénes le brindan un poco de calidez y humanidad a la obra. Tampoco están mal, a pesar de ciertos excesos Benedict Cumberbatch y Dermot Mulroney, acaso el personaje más parecido a un comic relief que tiene el film.

    Una obra oscura demasiado iluminada, una sátira dramatizada injustamente, una película pretenciosa, demasiado confiada en sus nombres para sacarla adelante.

    Para rematar, Wells le agrega una escena final que no estaba en la obra original, que deja la sensación de que el mundo se puede arreglar tan solo mirando el crepúsculo.

    Gracias, pero con Lo que el Viento se llevó fue suficiente.
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  • Esto no es un film
    Esto no es un film
    Loco x el Cine
    Clandestino y Autorreferencial

    No es fácil hacer cine político cuando la libertad de expresión esta restringida. Mucho menos en el caso de que el realizador sea un prisionero político del Estado.

    En Argentina, nombres como Jorge Cedrón o Raymundo Gleyser son ejemplos de cine creado y distribuido en la clandestinidad.

    Por eso resulta necesario y fundamental la distribución de films como Esto no es un Film.

    La última frase resulta paradójica sin dudas. Jafar Panahi está cumpliendo una injusta condena como prisionero político simplemente por ser un director de cine que promueve la reflexión y la crítica a normas políticas y sociales – recordemos Offside, en la que critica que una mujer no puede ver un partido de fútbol en un estadio - a través del uso de la ficción, del arma de la narración.

    Acaso el peor castigo que recibió el director es haber sido censurado. Haberlo condenado a no filmar por 20 años.

    Como legalmente no tiene herramientas para luchar, decide filmar con medios caseros y enviar la película al exterior de manera clandestina. El título parece ser una advertencia a las autoridades. “Esto no es un film”. Pero resulta que es mucho más que eso.

    Es una autobiografía, una visión del mundo, del cine. Una lección de la pasión de un hombre por ser libre de prejuicios y seguir exhibiendo su arte hasta las últimas consecuencias.

    Panahi, sin salir de su casa, aprovecha la tecnología digital para hacer un autorretrato, una suerte de reflexión sobre su situación, ficcionando situaciones – charlas con el abogado y su familia – y analizando su filmografía, poniendo en perspectiva escenas de sus obras con su presente como prisionero.

    Pero eso no es todo. Panahi demuestra sus virtudes no solo como cineasta, dirigiendo a su camarógrafo en su propia casa, con él como único intérprete, sino que también de narrador. Como si fuera una película dentro de otra, nos cuenta la historia de una chica a la que se le prohíbe asistir a la universidad por normas religiosas y eso termina por enfrentarla con su familia.

    No es difícil adivinar la metáfora. Panahi es la chica, el estado representa la familia.

    Desde la intimidad, Panahi desnuda sus miedos, su incertidumbre. Se convierte en un antihéroe de una película que no es una película, dirigida por un director que no puede dirigir.

    Esto no es un film, es una propuesta ingeniosa y acaso humorística por la ironía y absurdo del caso legal, honesta porque está representada en primera persona, y sensible porque es imposible no sentir empatía e impotencia por el presente – y futuro – de un hombre cuyo crimen es mostrar su verdad al mundo.

    Como si fuera el protagonista de un film de Hitchcock, Panahi está encerrado y debe demostrar su inocencia con todo en contra. Esto no es un film es la prueba de su inocencia. Y aunque tenga gusto a testamento artístico, es solo el comienzo de una nueva etapa en la filmografía del realizador de El Espejo.

    Poco tiempo después de que Esto no es un Film se exhiba en festivales de todo el mundo, Panahi realizó Close Curtain donde llevó su cautiverio a un lugar más extremo, llamando a un actor para que lo interprete y posteriormente interviniendo en la acción, haciendo aún más difusa la línea entre la ficción y la realidad.

    Aunque para Panahi sea una forma de manifestarse, para la historia del cine, este díptico significa muchas cosas: en primer lugar una demostración que la tecnología digital no solo es una herramienta que permite ahorrar dinero en proceso y revelado, sino que le permite a un director filmar con solo un teléfono o una cámara casera sin que nadie se entere. De ninguna manera Panahi habría logrado esto con FILM. En segundo es una nueva muestra que ninguna condena política puede impedir que un artista se exprese aun cuando su vida corre peligro.

    El cine clandestino está de vuelta en las calles.

    Por último es una confesión y lección sobre como cruzar límites de géneros, como narrar sin narrar, reflexionar de la existencia de la representación con elementos simples.

    Sin descuidar nunca la estética, y pensando cada palabra que expresa, Panahi con Esto no es un Film consigue una de las más crudas y directas películas sobre la importancia de que el cine y los directores sigan filmando, sobre la libertad de expresión y su coartación.
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  • Código sombra: Jack Ryan
    Juego de patriotas: Ryan inicia... de nuevo

    Han pasado más de 20 años desde que conocimos por primera vez al agente Jack Ryan – 30 si tenemos en cuenta la novela original -. El personaje, creado por el escritor y ex agente de la CIA, Tom Clancy – fallecido en el 2013 – fue una especie de alter ego del autor, una versión estadounidense de James Bond, pero con un tono más realista y menos glamoroso. Ryan es hombre de familia, un agente de escritorio que solo entra en acción bajo circunstancias extraordinarias.

    La primera adaptación cinematográfica, La Caza al Octubre Rojo realizada por el artesano del cine de acción de los ’80, John Mc Tiernan – Duro de Matar, Depredador – fue un sorpresivo éxito que ayudó a catapultar a la fama a Alec Baldwin y demostrar que Sean Connery seguía tan vigente como siempre, a pesar del paso de los años. Ryan fue el agente del fin de la Guerra Fría, pero en las posteriores entregas se enfrentó con enemigos más actuales: rencorosos miembros del IRA y el cuartel del narcotráfico colombiano. Esta vez, Ryan estuvo a cargo de Harrison Ford, quien sin duda es la cara más adecuada para interpretar al personaje.

    Sin embargo, tras dos exitosas entregas dirigidas por el australiano Phillip Noyce, Ryan dijo adiós al cine.

    Hace unos años se lo intentó resucitar con la cara de Ben Affleck en La Suma de todos los Miedos – Phil Alden Robinson – pero el poco carisma del actor y una floja adaptación la convirtieron en un fracaso de taquilla. El personaje nuevamente quedó archivado para las novelas.

    2014: tras el éxito de las sagas de Bourne, la resucitación de James Bond con Daniel Craig, la magnífica Misión Imposible 4 y la discreta pero divertida Jack Reacher con Tom Cruise nuevamente, llega la hora de sacarle el lustro al personaje creado por Clancy y llevarlo al mundo actual.

    JACK RYAN

    Esta vez no se trata de un analista político sino económico, y el film se inicia con el reclutamiento “a la sombra” – de ahí su título original – de Ryan, un genio de las matemáticas, héroe herido durante la guerra de Afganistán, que pretende seguir siendo un patriota y luchar del lado de la CIA.

    “Pero ustedes hacen torturas y matan gente discriminadamente”, acusa Ryan a su superior con el rostro de un envejecido Kevin Costner. “Ese no es mi departamento”, responde el comandante naval, para mostrar cierta conciencia “moral” de parte de Hollywood y lavarse las manos.

    Resuelto el reclutamiento, Ryan tiene que evitar que se genere un nuevo atentado terrorista analizando las compras de acciones y depósitos bancarios de un empresario ruso, Viktor Cherevin.

    Entre el thriller político setentoso y algunas secuencias de acción que imitan los modelos de cine de espionaje mencionados en párrafos superiores – al igual que James Bond, Ryan mata a su primer enemigo en un baño – esta relectura del personaje, se aleja del modelo Clancy, y de hecho es la primera historia no novelada por el escritor. Kenneth Branagh, alejado de Shakespeare y más cerca del cine mainstream hollywoodense, dota al relato de la suficiente fluidez y ritmo para volverlo un producto entretenido. Se extraña alguna escena con influencias teatrales – incluso Thor tenía un clásico conflicto shakesperiano en la relación del protagonista, su hermano y su padre – pero Branagh – que está filmando Cenicienta para Disney, manteniendo su afan por el cine mainstream – regresa a la actuación como el villano de turno, impostando un acento ruso que no suena forzado.

    Film Review Jack Ryan

    El resto del elenco es sobrio. Chris “Capitán Kirk” Pine, tiene un poco más de carisma que Affleck y puede llegar a futuro a ser una digna cara para el protagonista, mientras que la belleza de Keira Knightley y la solemnidad de Costner ayudan a mantener el interés de un film cuyo mayor mérito es que no decae en ningún momento, y que equilibra, al menos cinematográficamente y sin distracciones visuales, excesos de explosiones o secuencias de acción demasiado vertiginosas un guión con falencias y ciertas escenas inverosímiles con el contexto del relato.

    Jack Ryan – o algo parecido - ha regresado, y si bien no está en completa forma, por lo menos no deja del todo insatisfecho al fan original.
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  • El ejecutor
    El ejecutor
    A Sala Llena
    Los Especialistas

    Esta crítica va dedicada a dos estimados amigos, fanáticos de un director y un actor, que al igual que el club del que son hinchas, han conocido tiempo mejores.

    Cuesta imaginar que sería del cine sin Walter Hill ni Sylvester Stallone. Cuesta entender como es que dos íconos del cine de acción de los 80, nunca habían trabajado juntos aún.

    Sin embargo, ambos no están pasando por su momento de gloria como hace dos décadas atrás. Walter Hill, tras un par de fracasos de taquilla prefirió quedarse como productor, especialmente con todos los subproductos derivados de la saga Alien, mientras que Stallone tuvo que reinventarse solo, sacando adelante la sexta parte de Rocky, la cuarta de Rambo y las dos entregas de las bizarras Los Indestructibles...
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  • Gravedad
    Gravedad
    A Sala Llena
    Romper el Huevo…

    Durante muchos años se trató de imitar a 2001, Odisea del Espacio de Stanley Kubrick, film que revolucionó la ciencia ficción e innovó a nivel visual y narrativo. Kubrick entendió que necesitaba tener una historia compleja, profunda, existencial, acorde a las ambiciones que deseaba desarrollar. Y por lo tanto era esencial que el elenco no esté compuesto por “figuras” que distraigan al espectador, sino por sólidos intérpretes que comprendiesen la idea del realizador, que no se destaquen ellos mismos frente a la historia.

    Alfonso Cuarón, con Gravedad, pretendió realizar la 2001 del siglo XXI. Pero se limitó a aprovechar las últimas tecnologías para generar una experiencia visual abrumadora aunque vacía. En primer lugar, el cineasta realmente tomó la decisión de restarle importancia al argumento. La lluvia de desechos de un satélite ruso que destruye al estadounidense es un simple Mc Guffin, uno bastante anticuado en tanto recurso narrativo...
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  • 20.000 Besos
    20.000 Besos
    A Sala Llena
    El amor en tiempos “freakies”

    Cuando terminó la función de prensa de 20 Mil Besos, un reconocido crítico me dijo: “esta película está hecha para tu generación”. Y sí, hay algo de verdad en esa afirmación. A pesar de que se trata de una comedia romántica clásica, el público al que apuntan Sebastián De Caro y Sebastián Rotstein está bien delimitado: hombres que rondan la tercera década, imbuidos en un ambiente de fanatismo “geek” y criados por la cultura popular de los años 80 y principios de los 90 (televisión, arcade, Star Wars, Monopoly). 20 Mil Besos está llena de íconos, es un baúl de recuerdos, de nostalgia enraizada en una generación joven que debe decidir si entrar en una adultez con las responsabilidades sociales que esto conlleva o seguir con una vida influenciada por los juegos de la infancia...
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  • Cassandra
    Cassandra
    A Sala Llena
    El país que no miramos. Tras Extranjera y El Recuento de los Daños, inspiradas en los mitos griegos de Ifigenia y Edipo Rey, la directora sigue buscando otras maneras de adaptar los clásicos mitológicos a la realidad argentina. Si Extranjera, era un drama campestre y el segundo uno más urbano relacionado con el funcionamiento de las fábricas, Cassandra es trasladada a otra realidad: la del Impenetrable, y los habitantes Wichis y Tobas olvidados y marginados por los gobiernos de turno en el norte de El Chaco...
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  • R.I.P.D. Policía del más allá
    Muerta antes de nacer

    Hay películas que están predestinadas al fracaso. O sea, todos los años surge ese film, que ni bien se filtran las primeras imágenes por Internet, es sabido que va a ser un resonado fracaso de crítica y taquilla a nivel mundial. Pasó con Las Aventuras de Jim West, pasó con Jonah Hexx, Linterna Verde, John Carter, Gatúbela, El Último Maestro del Aire, etc. No hay que ser un especialista. Simplemente se ve venir. Porque el elenco es incorrecto, porque la acumulación de efectos especiales no atrae como hace 20 años atrás, porque la historia no es apropiada para la adaptación cinematográfica o porque es demasiado pretenciosa desde que se le da luz verde. A veces, todo esto junto. Y por eso es adecuado que estos tanques predestinados a la basura vayan directamente al DVD cuando llegan a nuestro país. Es cierto que algunas veces los productos son mejores de lo imaginado – Guerra Mundial Z, por ejemplo – pero con R.I.P.D: Policía del Más Allá, se confirman las peores sospechas...
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  • Wakolda
    Wakolda
    A Sala Llena
    Simpatía por el Demonio

    Cuanto más atractivo sea el villano, mejor será la película, decía el maestro Alfred Hitchcock. El Josef Mengele del nuevo film de Lucía Puenzo, sin duda podría haber pertenecido a la galería de grandes villanos del creador del suspense. Un hombre atractivo, inteligente, amable y educado, que al mejor estilo de La Sombra de una Duda, enseguida entabla una fascinante relación con una joven de 12 años, que sin embargo, por un desarrollo óseo, aparenta tener cuatro años menos.

    El tema es que este hombre no es ni más ni menos que el científico a cargo de experimentos genéticos durante el nazismo que tras su salida de Alemania, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, vino para seguir desarrollando sus experimentos en Sudamérica, en vanos intentos por continuar con la raza aria. Bien se puede recordar el clásico de Franklin J. Schaffner, Los Niños del Brasil (basada en la novela de Ira Levin), con Laurence Olivier como un cazador de nazis israelí y Gregory Peck en el rol del famoso médico. Sin embargo, la concepción del mismo personaje en la piel del español Alex Brendemühl es mucho más intensa y atractiva que la del actor de Matar a un Ruiseñor. Y que quede claro, no estoy defenestrando a una leyenda de Hollywood, simplemente resaltando que Puenzo ha logrado en forma soberbia, dotar de humanidad y sensibilidad a un monstruo, consiguiendo que al igual que Joseph Cotten en La Sombra… éste termine siendo simpático y querido por el espectador. Y también por los personajes. Porque si hay una relación que resulta interesante en el film es la de este médico alemán interesado en el desarrollo corporal de la pequeña Lilith, gran descubrimiento de Florencia Bado...
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  • Cacería macabra
    Cacería macabra
    A Sala Llena
    El método cassavetiano

    John Cassavetes es el padre del cine independiente estadounidense. Incuestionable. Nacido a fines de la década del ’50, fue el padrino de un movimiento de cineastas que empezaron a filmar con bajo presupuesto, evitando el star system, los estudios, asumiendo temáticas indisciplinadas, cuestionadoras, a contrapelo de Hollywood, así regeneró la cinematografía mundial. Surgían nuevos autores dispuestos a rebelarse, verbalizando problemáticas sociales desde puntos de vista semi documentales, con estética de noticiero y protagonistas marginales. Los hippies se convertían en héroes, voceros en contra de la guerra de Vietnam. El sexo, las drogas, el amor libre. Fue una década dorada para el cine. No sólo por Cassavetes sino por otros realizadores que proviniendo del mismo sistema o la televisión empezaron a cambiar las perspectivas en lo que respecta a cómo filmar la violencia y la realidad: Lumet, Altman, Hopper, Nichols, Ashby, De Palma, entre otros. Y Cassavetes fue el pionero, el precursor, la mayor figura, que no solo desafió la narración convencional sino los métodos de actuación. Y esta forma de filmar, independiente del sistema, se trasladó al género de horror y gracias a ello tenemos La Masacre de Texas (o El Loco de la Motosierra, como se llamó acá), de Tobe Hooper...
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  • Séptimo
    Séptimo
    A Sala Llena
    Llamen a Kurt Russell

    En su autobiografía, Mientras Escribo, Stephen King admite que sus novelas menos exitosas fueron aquellas que se quedaron solamente en la premisa. O sea, cuando uno escribe lo primero que surge es una idea. Esa idea hay que saber como desarrollarla, para que la premisa no se convierta en toda la película en sí, y en caso de ser así, que el resto de la obra no sea una explicación de aquella premisa.

    Pongamos un ejemplo concreto. Hace varios años, el aún ignoto Jonathan Mostow filma Sin Rastro, un interesante film con Kurt Russell, donde un hombre pierde a su esposa después de que ella va a buscar ayuda, tras un accidente que ambos tienen en la ruta. Cuando pasan varias horas y sin saber nada de su mujer, el hombre va a buscarla y las personas que supuestamente la ayudaron no se acuerdan de ninguno de los dos. La premisa era interesante ya que cuestionaba la propia realidad y estado mental del protagonista. ¿Hasta dónde está siendo engañado el personaje y/ o dónde comienza la manipulación hacia el espectador? Lamentablemente Mostow decidió virar hacia la solución más fácil y el final era el más coherente y verosímil que se podía encontrar en los manuales del thriller clásico hollywoodense. O sea, la premisa era buena, la resolución… básica...
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  • Reality
    Reality
    A Sala Llena
    Todo por un Sueño

    La comedia italiana tiene diversas aristas. No es lo mismo la commedia all’italiana, costumbrista de Dino Risi o Mario Moniccelli, que la comedia grotesca de Fellini o la tragicomedia de Ettore Scola que atraviesa el drama y la historia de la nación mediterránea.

    Matteo Garrone, uno de los realizadores más galardonados e interesantes que presentó la cinematografía de su país en muchos años, consigue en Reality un retrato de una familia napolitana cruzando estéticas y temáticas de estas tres vertientes de comedias identificadas como típicas italianas...
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  • Las crónicas del miedo 2
    Crónicas Marcianas

    Tras el fenómeno de El Proyecto Blair Witch hace casi 15 años atrás, el cine de horror found footage se ha convertido en una especie de moda, tendencia efectiva del cine independiente estadounidense. El resurgimiento del género a partir de la saga Actividad Paranormal, sumado al éxito de otras sagas de muertos vivos, fantasmas, demonios, etc provocan que continuamente se pruebe suerte con nuevas franquicias. La ecuación es fácil: bajo presupuesto, grandes ganancias. La calidad del producto y las pobres interpretaciones son lo que menos importan...
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  • Jobs
    Jobs
    A Sala Llena
    Un comerciante como cualquier otro

    En octubre del 2011 murió Steve Jobs. Pionero de los sistemas de software contemporáneo, Jobs fue el fundador de una de las empresas más trascendentes en lo que respecta a innovaciones informáticas: Apple Computers.

    Pero más allá del genio informático, Jobs fue para muchos, un gurú espiritual, un ser misterioso, ambiguo que cambió la manera de relacionarnos. Si los 90’s fueron de Microsoft y su fundador, Bill Gates, el siglo XXI le pertenecería, por once años a este visionario que fundara su empresa en un garaje durante los años 70s y que tuvo a fines de la misma década y principios de los ’80 una cúspide de éxito que lo pondría por encima de IBM. Aunque la fama duró poco...
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  • Drácula 3D
    Drácula 3D
    A Sala Llena
    La Conspiración del Conde

    Cuesta recordar la última vez que se estrenó un film de Darío Argento en las salas de nuestro país, pero también es razonable teniendo en cuenta la decepción, a nivel cinematográfico, que resultaron las últimas producciones del maestro del “giallo” en las últimas dos décadas.

    El caso de esta versión de la clásica y demasiadas veces revisitada obra de Bram Stoker se puede leer desde diversas perspectivas.

    Es verdad que no se la puede tomar seriamente. De hecho por momentos resulta más divertida que la sátira dirigida por Mel Brooks hace casi 20 años atrás. Pero desconcierta, acaso, el tono romántico y melancólico que el film va adquiriendo con el pasar de los minutos...
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  • Star Trek 2: en la oscuridad
    Un Regreso con Mucha Ira
    A poco menos de dos años que se estrene el Episodio VII de la saga de La Guerra de las Galaxias, Jeffrey Jacob Abrams, sigue demostrando su enorme talento como narrador en la secuela de Star Trek, que viene a ser la secuela de la precuela de la saga original, pero a la vez una especie de remake del film de Nicholas Meyer de 1982, Viaje a las Estrellas II: La Ira de Khan.
    Es cierto que Abrams ha revitalizado una franquicia que previamente a 2009, solo seguían los fans de la serie, convirtiendo a esta serie creada originalmente por Gene Roddenberry en un producto de culto, que ha fascinado a grandes y chicos durante varias generaciones. Lo cierto es que más allá de la Nueva Generación, creada en los 90s’, Star Trek necesitaba lavarse un poco, adaptarse al siglo XXI y Abrams con su enorme pulso para narrar y su intuición y fanatismo por la ciencia ficción logró convertirla en una obra divertida, que no solo se destaca en el terreno de la ciencia ficción, sino también en la aventura, la acción y el suspenso...
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  • La parte de los ángeles
    La solución está en la bebida

    Ken Loach pertenece a una generación de cineastas europeos, que han dedicado la mayor parte de su carrera cinematográfica a cuestionar al sistema y observar diversos procesos históricos que desencadenaron conflictos civiles y sociales, criticando la desigualdad económica y posando su mirada en regiones marginalizadas.

    La filmografía en particular de Loach incluye obras grandilocuentes, como Agenda Secreta, Tierra y Libertad o El Viento que Sacude el Prado, y otras más minimalistas, donde prefiere contar la historia de pequeños personajes de barrios de los suburbios industriales, que generalmente son los menos favorecidos a nivel económico. La observación del crecimiento de los jóvenes en dichas regiones es una parte fundamental de su cine.

    Por eso no es de extrañar que tras la inédita Route Irish, que mostraba la participación del ejército irlandés en Irak, Loach prefiera contar una pequeña fábula de personajes que son más afines a él...
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  • Los amantes pasajeros
    Volver a Destaparse

    “Yo quiero ser una chica Almodovar como Pepi como Lucy como Bom”

    Joaquín Sabina

    Y Pedro estaba excitado. Posiblemente cansado de que esperaran de él la próxima candidata a la Palma de Oro o al Oscar de Idioma Extranjero, Almodóvar necesitaba hacer una película para él. Ya andaba con ganas cuando filmó Los Abrazos Rotos y se dio el gusto de reproducir una pseudo escena de Mujeres al Borde de un Ataque de Nervios. Pero ahora quería volver para atrás. Regresar a los tiempos de El Destape del cine español, donde sus primeras obras se pueden encontrar como las pioneras de un movimiento que revolucionó la cinematografía de su país, que por culpa del franquismo y la influencia de la institución eclesiástica, se había quedado en el tiempo, estancado y era víctima de la censura y la discriminación...
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  • Voyage, voyage
    Voyage, voyage
    A Sala Llena
    Tomate un vino y olvidate

    Dos hermanos franceses llegan Buenos Aires, con la única intención de comenzar un viaje hacia Mendoza, rumbo al casamiento de un primo que se ha instalado en la región cuyana. Uno de ellos, acaba de ser abandonado por su esposa e hijos, el otro salió de un neuropsiquiátrico. Ni bien llegan, el primero descubre que le perdieron las valijas, el segundo trata de tomarse la situación con humor y levantarle los ánimos, aún perjudicando su propia salud. En el hotel donde paran conocen a Gonzalo, el típico argentino que se las sabe todas, aunque es bastante patético, ya que también fue dejado por la novia, que se ofrece como guía hacia las tierras mendocinas.

    Esta coproducción franco argentina se define como una típica road movie que mezcla comedia y drama. Ofreciendo en su primera mitad, una típica pintura turística de Buenos Aires, incluyendo el centro porteño y algunos antros de la noche, mejora un poco en la segunda mitad cuando se convierte en una road movie hecha y derecha.

    En Mendoza, los hermanos conocen viñedos de importantes familias, y al trío de “hermanos” (incluido el porteño Gonzalo) se suma una joven, hija de un hacendado, que se convierte en objeto de deseo de ambos franceses.

    Deluc cae en bastantes lugares comunes, pero nunca pierde la brújula de la historia. Fotografía notablemente los paisajes argentinos, y aprovecha el carisma de sus protagonistas, incluido Gustavo Kamenetzky como Gonzalo, acaso el cómic relief más efectivo del film. Generalmente estos personajes no suelen funcionar, pero la gracia innata de Kamenetzky es soberbia y acompaña muy bien al dúo protagónico compuesto por Duvauchelle y Rebbot. Paloma Contreras, demuestra un notable talento, muy natural y verosímil en su personaje.

    Sin el ingenio ni la intelectualidad de Javier Rebollo, Máriage á Mendoza, tiene varios puntos en común en su pintura de nuestro país y en algunos momentos narrativos con El Muerto y Ser Feliz. Por supuesto, que escasea de la cinefilia, las citas y la gran interpretación de José Sacristán, pero aún así tiene momentos de emoción y diversión genuina.

    Mucho vino, algo de sexo, un poco de locura. Una road movie clásica, intrascendente, simpática, aunque olvidable.

    Hacia el final, la aparición del cantante Benjamin Biolay, le da un toque de elegancia al elenco.

    Sin grandes pretensiones, Deluc consigue un producto digno. Otros realizadores, más galardonados y con trayectorias de mayor renombre intentaron filmar en nuestro país consiguiendo productos desastrosos, imposibles de mirar, empezando por Robert Duvall y Francis Ford Coppola. Deluc no es Won Kar Wai ni Gus Van Sant, pero al menos cumple con lo que pretende: divertir y tomarse un vino.
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  • El conjuro
    El conjuro
    A Sala Llena
    Bautizarás a tus niños y mascotas

    Desde que los padres Merrin y Karras entraron en la habitación de la joven Regan y le sacaron al demonio de adentro, los exorcismos y posesiones diabólicas se han vuelto moda. Especialmente desde que quedó comprobado con el reestreno del film de William Friedkin, que el público disfruta morbosamente observando cuerpos que se mueven de manera extraña, vomitan sangre, hablan en latín y tienen poderes telequinéticos. Parece que nunca vieron a Tusam...
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  • Renoir
    Renoir
    A Sala Llena
    Las Reglas del Juego

    La biopic es un género bastardeado, sin embargo al igual que en la última película de Steven Spielberg sobre los últimos años de Abraham Lincoln y la guerra de secesión, Renoir, de Gilles Bourdos no se centra en la biografía del artista impresionista, sino básicamente en su vejez, y particularmente en la relación que tiene con su hijo Jean, y la musa de ambos, Andrée.

    Y acaso el título termina siendo engañoso, ambiguo, ya que Jean termina siendo tan protagónico como su padre Pierre- Auguste, e incluso vemos al hermano menor, Coco, girando por la casa de la familia y teniendo una particular mirada sobre su anciano padre...
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  • Rosalinda
    Rosalinda
    A Sala Llena
    Este mediometraje del director de Todos Mienten y El Hombre Robado continúa el juego de obras shakesperianas que el mismo Piñerio representa en el Centro Cultural Ricardo Rojas en el Ciclo Óperas Primas con Y Cuando no te Quiera Será de Nuevo el Caos (ver crítica acá: http://www.asalallenaonline.com.ar/teatro/criticas/2037-ciclo-de-operas-primas-.html)

    Un grupo de jóvenes actores vive y representa comedias del dramaturgo inglés en una isla del Tigre. La película incluye personajes de diversas obras enredados románticamente en un sucesión de cambios de sexo, confusiones y engaños. Este ida y vuelta lúdico van acorde a la obra del Rojas. La espontaneidad de los textos, la versatilidad, dinamismo y agilidad de los intérpretes hacen de Rosalinda una obra entretenida, divertida y ligera. Lo que desconcierta, son los últimos 10 minutos, cuando los intérpretes olvidan para siempre a Shakespeare y se meten de lleno a jugar a una versión del Poliladron en medio de la noche. No es que eso no sea divertido, pero aparece de forma tan descolgada, que no se entiende muy bien cuál fue la intención del realizador para incluir una escena así...
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  • Vino para robar
    Vino para robar
    A Sala Llena
    Un Brindis al Homenaje

    Desde fines de los años 30 hasta mediados de los años 40, hubo un género que Hollywood hizo suyo y que en ningún otro país se pudo manifestar con más ingenio y delicadeza como en Estados Unidos. La comedia brillante. Porque seamos honestos, el film noir consiguió excelentes trabajos en Francia, y el western supo revitalizarse en Italia, pero la comedia brillante, aquella que consigue mezclar romance, enredos, humor sin apelar a golpes bajos, vulgaridades, sexo y mantener la tensión amorosa entre los personajes hasta el final del relato, escasea hoy en día en todo el mundo...
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  • Red 2
    Red 2
    A Sala Llena
    Quémese Después de Verse

    Al finalizar la proyección de Red 2, tardamos 20 minutos en recordar, con un colega quién había sido el villano de la primera parte. Porque uno puede a veces olvidar detalles de la historia, alguna que otra escena, pero olvidarse de un villano… es extraño. Y acaso, lo raro es que mi colega suele recordar bastante bien esas cosas. Yo también. Pero nos costaba ver quién había sido la persona que traicionaba a Frank Moses y su pandilla en la primera parte de esta ¿saga?
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  • Wolverine: inmortal
    Sushi Industrial

    Llegó “El combo del verano”. Pongamos unas piezas de samurais, otras de yakuzas, algo de manga y el resto de ninjas, y tenemos el plato de sushi ideal. ¡Ah me olvidaba! Este es un plato de un restaurante japonés atendido por estadounidenses, por lo tanto en el medio del plato viene la salchicha con mostaza: ¡Wolverine!

    ¿Y el gusto? Obviamente es artificial. Hay cosas que no se mezclan. James Mangold, un especialista en cocinar de todo, pero con una alarmante falta de gusto fresco, regresa a las andadas en esta secuela de la saga X Men. Sí, no se trata de la continuación del origen del personaje de Logan que vimos en 2009 con el sudafricano Gavin Hood detrás de cámaras, haciendo un video clip de secuencias ridículas, que derivaban en un película grasosa, pero entretenida. Esta vez se trata de una secuela de X Men 3: La Última Batalla, y Mangold demuestra una vez más su pretenciosa ausencia de personalidad con una película que solamente es rescatable por su secuencia inicial y una anecdótica escena post créditos...
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  • Ladrona de identidades
    Extrañamos tanto a Felix y Oscar
    Existe una vieja fórmula para la comedia, tan vieja como la historia del cine. Se llama incluir dos personajes completamente opuestos en una situación cotidiana para generar humor. Cuanto más grotescos sea, cuanto más exageradas sean las características que diferencian a ambos, mejores van a ser los resultado...
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  • Algunas horas de primavera
    Reconstrucción de un Amor

    El año pasado, el veterano realizador austríaco Michael Haneke mostraba un perfil más sensible y humano, aun cuando hacía padecer a sus personajes por una degeneración física y moral, en la multipremiada Amour.

    Allí, un hombre debía confrontar el dilema de ver a su mujer desaparecer poco a poco delante de sus ojo.

    Lo que Stéphane Brizé muestra en su nuevo largometraje, no es solamente la relación entre dos seres que a su manera también se aman, sino la posibilidad que tiene uno de ellos de elegir cuando dejar de existir físicamente, y la reacción del otro frente a esta decisión...
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  • Metegol
    Metegol
    A Sala Llena
    Juego en Equipo

    “Uno puede cambiar muchas cosas en su vida, pero nunca puede cambiar su pasión”. Esta frase la expresa el personaje de Guillermo Francella en El Secreto de sus Ojos, anteúltimo largometraje de Juan José Campanella.

    Pasión es lo que transpira Metegol. Se podrá decir que al ser una producción animada, se nota la fórmula, se nota el artificio, pero si la intención del director es competir con Pixar y las grandes producciones animadas de Hollywood, el resultado termina siendo estimulante y más que digno.

    ¿Qué es lo que diferencia a Pixar o Aardman de Dreamworks o Fox? Identidad. Autoría. Y más allá de que la producción está orientada a un público infantil, Metegol es una película de Campanella...
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  • Titanes del Pacífico
    Metal y Hueso

    Desde aquella joya llamada Cronos, que merecería ser redescubierta, hasta el segundo capítulo de la saga Hellboy, Guillermo del Toro se ha convertido en un director que toma la fantasía en serio, que ha demostrado que seres extraños nos rodean continuamente y no nos damos cuenta. Vampiros, fantasmas, criaturas, seres de otra dimensión, demonios, conviven con los seres humanos, y de vez en cuando alguno de ellos despierta y quiere destruirnos...
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  • Woody Allen - El documental
    La película que nunca haría Woody Allen

    Revisar la filmografía de un director que desde hace 44 años viene filmando ininterrumpidamente un promedio de película al año da para mucho más que un documental de dos horas de duración. Si ese director además es considerado uno de los autores más representativos de la cultura estadounidense, más influyentes, icónicos y controversiales hasta cierto punto, más que un documental se debería hacer una serie sobre su vida.

    El tema es que Woody Allen, es posiblemente uno de los realizadores que más se oponen a ser documentados, porque a pesar de su exhibicionismo, se trata de un director al que no le gusta ser entrevistado ni dar detalles sobre su vida privada. Para conocer la infancia de Allen no hace más falta que ver sus películas. Lo mismo que para conocer su pensamiento, ideología, referencias. No hay director más transparente en ese sentido que Allen, más autorreferencial e incluso autobiográfico...
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  • El llanero solitario
    Un lazo demasiado extenso

    Hay muchos cineastas contemporáneos que en los últimos años intentaron hacer un western. Se debe admitir que el género mostró una especie de renacimiento, una mejoría con respecto al decline posterior a Los Imperdonables, acaso la única obra maestra realizada en los 90s. Después eso, se deben contar con los dedos exponentes fieles, que a la vez fueran dignos. Kevin Costner se animó con Pacto de Justicia, Ed Harris con Entre la Vida y la Muerte (Appaloosa), y dejemos de contar. En el 2010, los hermanos Coen, hicieron sin dudas una obra épica y reflexiva llamada Temple de Acero, remake del mítico film con John Wayne, que supera en calidad al original, y que se debe tomar como lo mejor de un género que vio nacer al cine...
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  • Antes de la medianoche
    La Eternidad y un Día

    Hace un poco más de 18 años, Jesse, un estudiante de letras estadounidense emprendía un viaje iniciático y conocía en un tren de Viena a la extrovertida Celine. Entre diferentes observaciones acerca de la vida, la literatura, la política y el amor, estos dos extranjeros recorrían en menos de 24 horas la capital austríaca, descubriendo una atracción fugaz, casi utópica, instantánea, imposible,

    En el final de Antes del Amanecer, surgía un interrogante, una promesa. ¿Se reencontraría Jesse y Celine 5 años después?
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  • Guerra Mundial Z
    Guerra Mundial Z
    A Sala Llena
    Ayer, los extraterrestres, hoy los zombies, ¿mañana?

    “Me da risa que un zombi pueda correr ¿Cómo hace para estar en forma? ¿Se levanta de la tumba, empieza a tomar vitaminas y se inscribe en un gimnasio? ¿De donde saca las energías?” George A. Romero.

    ¿Existiría la ciencia ficción si no hubiesen existido un H.G. Wells o un Julio Verne? ¿Existiría el terror sin Poe o Lovecraft?

    La verdad es que el cine sigue tomando influencias de los autores clásicos para construir nuevas aventuras fantásticas. Y esto no está mal. O sea, los tiempos cambian y hay que adaptarse a los cambios, pero la esencia no cambia...
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  • Monsters University
    Back to School

    Si a Monster University le agregáramos un poco de sexo, otro poco de drogas y alcohol, sin duda estaríamos viendo una comedia universitaria de los años 80, del grupo National Lampoons.

    Pero, teniendo en cuenta que Pixar y Disney se encuentran detrás de esta producción es previsible que no nos vamos a encontrar con un relato iniciático – coming of age – apuntado a un público netamente adolescente, sino a una aventura familiar, que lleva la firma de la productora que desde 1995 viene demostrando que se puede conseguir un film animado, de notable e innovadora factoría visual que tenga diversas lecturas dependiendo la edad del espectador...
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  • Bárbara
    Bárbara
    A Sala Llena
    Lo admito, vi Ghosts y Triángulo, y a pesar de las benevolentes reseñas internacionales, ninguna me convenció. De hecho, la nueva escuela de cine alemán no me termina por enamorar. No critico que tienen un modo de narrar peculiar, una estética más transparente de lo usual y personajes creíbles, con grandes actuaciones, pero hay algo frío que me genera rechazo y depresión...
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  • Después de la Tierra
    Veo Gente Muerta…

    A veces me pregunto que es lo que tanto nos entusiasmó hace más de diez años atrás del cine de M. Night Shyamalan.

    O sea, ¿que cambió, que se perdió en el camino? O acaso, fue siempre así, un vendedor de humo y no nos dimos cuenta.

    Desde que vimos Sexto Sentido, podíamos percibir que se trataba de un realizador atraído por el didacticismo, la moralina barata, los diálogos pretenciosos y situaciones al borde del absurdo y del ridículo. Pregunto nuevamente, ¿cambió el director o se aburrió el espectador?

    Quisiera pensar que la culpa provino de Shyamalan, aunque no se puede negar que después de Sexto Sentido todos esperábamos la siguiente obra de suspenso con grandes expectativas, ansiando la escena final donde posiblemente, el director nos sorprendiera con alguna imprevista vuelta de tuerca.

    Lo cierto es que sacando a La Aldea, nunca más hubo sorpresas en el cine de Shyamalan. Ni siquiera en sus mejores obras, como El Protegido o la subvalorada Señales.

    Es que en esencia, esta tetralogía de films “interesantes” se caracterizaban por tener personajes de carne y hueso, con dudas, ambigüedades y actitudes austeras, climas bien logrados, un ritmo más lento que el habitual para los cánones de Hollywood y alguna que otra situación algo ridícula que el director no pretendía ocultar bajo un manto de pretenciosidad.

    El problema vino a partir de La Dama en el Agua, film en el que siguieron las metáforas, pero esta vez en forma más explícita, y el ridículo traspasaba la barrera del humor para filtrarse en un tono absurdo que no provocaba gracias sino lástima. La pobre historia, los unilaterales personajes y el poco impacto visual tampoco acompañaba al film.

    Con El Fin de los Tiempos, algo mejoró. Fue difícil salir del ridículo con una historia clase B que incluía plantas asesinas, pero al menos había climas interesantes y mejores interpretaciones. El resultado no era bueno, pero zafaba.

    Todo se vino abajo con la paupérrima El Último Maestro del Aire. Fallida fue poco, aburrida también. La incoherencia e insulto cinematográfico de la adaptación del premiado animé no admite críticas benevolentes. Era mala y punto.

    Con Después de la Tierra, las expectativas venían bajas. A partir de una historia del propio Will Smith, como vehículo para que su hijo Jaden demuestre sus cualidades interpretativas, Shyamalan realiza una obra de ciencia ficción cuyo prólogo es demasiado similar al de Oblivion, el Tiempo del Olvido de Joseph Kosinsky con Tommy Cruise. La Tierra devastada, los humanos en otro planeta, la lucha con seres extraterrestres y el regreso al planeta. Padre e hijo son los únicos protagonistas de una historia que amaga con tener un mensaje ecológico, pero no.

    Como bien dice mi colega Tomás Maito, los protagonista podría haber caído en la Tierra o Pandora. Para la situación es lo mismo. Al igual que en Señales o El Protegido, el vínculo filial es el centro de la historia: un militar perfecto, herido que deposita su vida en la confianza de un hijo que demostró no tener las cualidades físicas que él pretendida. El hijo, por su parte, debe demostrar al padre que tiene coraje: madurar y poder sobrevivir en la selva, cuidándose de animales y salvajes, y postergando para el final, el enfrentamiento con un monstruo de otra galaxia. Papá Smith desde su nave, guía cual Yoda a su hijo a su destino final.

    Si bien la premisa podría ser interesante, la sobrecarga del discurso, sumado a innecesarios flashbacks que incluyen a una hermanita muerta, terminan por convertir al film en un obvio discurso aleccionador. La lucha por la supervivencia carece de suspenso y tensión, las fieras no generan miedo, los peligros son demasiado ingenuos y las metáforas son demasiado explicadas. Entonces, tenemos dos personajes simples, estereotipados, caricaturescos sin un relato que sostenga el conflicto en acciones concretas.

    Shyamalan ha perdido ese poder de concentrar la expectativa del espectador gracias al uso del fuera de campo. Solamente lo utiliza en dos escenas, donde el punto de vista del protagonista es esencial para conseguir un poco de misterio. El problema, es que a veces confunde dicho punto de vista, y no entiende que es innecesario mostrar tantas veces a Will Smith sufriendo en la nave.

    Las interpretaciones tampoco ayudan. Smith padre debe poner cara seria todo el film, pero no resulta verosímil. De hecho parece aburrido. Smith Jr. en cambio está sobreactuado, exagerando cada gesto de miedo, para enfatizar su inseguridad. En esta perspectiva es que Shyamalan parece tomar el pelo al espectador. No necesitamos ver el sufrimiento constante de ambos personajes.

    El resto es el joven Jaden corriendo por la selva sorteando peligros como si fuera un video juego o el protagonista de Apocalypto.

    A pesar de todo – de que el film hace agua en todas partes, aburre, copia para mal una pelea de El Señor de los Anillos: Las Dos Torres – se nota una mejoría en Shyamalan, a comparación de sus últimas películas. No sé como explicarlo, pero pareciera que algo se está recuperando con respecto a la visión temática. Nuevamente vemos una relación padre-hijo distanciada, donde el conflicto está en que el padre reconozca a su hijo como adulto, y a la vez el menor se reconcilie con su padre. Por otro lado, el nivel de ridiculez ha disminuido. El absurdo queda escondido. Es como si el director pretendiera demostrar que está para cosas serias nuevamente.

    Si bien este no es el caso, confío que en próximas obras, este director, de origen hindú, fascinado por el mundo espiritual, las relaciones intimistas y el suspenso dramático nos va a volver a confirmar porque en algún momento, lo consideramos un autor industrial para tomar en cuenta. Hay señales dispersadas en Después de la Tierra, que se escapan a una interpretación concreta. Digamos que es intuición… o llamémoslo sexto sentido.
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  • Nada es lo que parece
    Desprestigiados

    El Gran Truco. Acaso uno de los mejores y más subvalorados films de Christopher Nolan. Una obra personal, compleja, meticulosa, que además de hablar de magia… habla de cine. En ella, Michael Caine – intérprete fetiche del realizador – nos introducía en la película y en el mundo de las ilusiones relatando, los tres actos que tiene un truco de magia: la presentación, donde el mago nos muestra algo ordinario, pide que lo examinemos y nos demos cuenta que exactamente se trata de algo normal. La actuación, el acto en sí, donde el mago convierte eso ordinario en algo fantástico o extraordinario… y el prestigio. Esta es la parte más difícil, porque el mago debe convertir lo extraordinario nuevamente en ordinario. Reaparecer las cosas, por así decirlo.
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  • Seis sesiones de sexo
    Una Relación Particular

    Inspirada en la historia real de Mark O’ Brien, esta película del veterano director televisivo Ben Lewis, pretende ser el típico estreno inspirador de la semana. No quiero que se tome a mal lo que voy a decir, pero me la imagino a Virginia Lago presentándola un sábado a la noche en televisión.

    Lo más interesante, acaso, es que sin ser un gran film, con una estética netamente televisiva, logra trascender gracias a la ausencia de golpes bajos, pero sin caer en golpes efectistas comunes relacionadas con la enfermedad del protagonista o agrandando la ironía de la situación, explotando los poco gags que tiene el guión o pretendiendo emocionar gratuitamente.

    Seis Sesiones de Sexo, es ante todo un film iniciático. Similar en cuanto a ideas a Vuelo en Busca del Amor, dirigida por Paul Greengrass, realizador ignoto en su momento, Seis Sesiones… narra la historia de un hombre, que desea debutar sexualmente, pese a su incapacidad muscular a los 37 años. Para esto recurre a una terapeuta sexual, casada y con un hijo, bastante insatisfecha con su propia vida conyugal.

    El conflicto no sucede, por el descubrimiento sexual, sino por la búsqueda de una relación amorosa correspondiente, y el enfrentamiento ideológico – religioso que sobrelleva el protagonista, a través de una banal subtrama, donde le confiesa y relata sus experiencias a un cura bastante liberal, interpretado por William H. Macy, con su habitual gracia.

    El tema religioso es relevante, pero no tiene sustancia, ya que de hecho, el punto de vista de Lewin es bastante afable con respecto a los dogmas y la función de la iglesia en el film.

    La tensión acaso pasa por la evolutiva relación que entablan Mark y Cheryl, atravesando el miedo al rechazo y la posición que toma la protagonista en relación a una posible infidelidad.

    La química entre John Hawkes y Helen Hunt es el principal factor positivo del film de Lewin, ya que de hecho todas sus escenas tienen una impronta semi teatral. Hawkes logra transformarse físicamente y consigue una actuación notable, lejos de la sobreactuación y cercana a la profundidad psicológica que tenía Daniel Day Lewis en Mi Pie Izquierdo.

    Helen Hunt en cambio arma un personaje a su medida, similar en parte al que interpretara en el film Mejor… Imposible de James L. Brooks por el cuál consiguió su único Oscar. Acaso los elogios pasan más por el “coraje” que tiene de mostrarse completamente desnuda en múltiples escenas, lo que para el espectador y la crítica media estadounidense, siempre es un factor de riesgo. Pero Hunt lo encara con la naturalidad que el trabajo lo amerita y los desnudos están justificados.

    Hay historias paralelas que poco aportan a la principal – como la relación de la cuidadora de Mark con el conserje de un hotel – y la poca profundidad de estos personajes es notable. Sin embargo la película es simpática, consigue emocionar, entretener y divertir por momentos, sin caer en los típicos golpes de efecto. No hay que esperar mucho más de lo que se muestra en la superficie. Y a veces, eso alcanza.
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  • 911 Llamada mortal
    911 Llamada mortal
    A Sala Llena
    Auxilio, necesito un final

    Hace bastante tiempo que Halle Berry no hace un producto decente. Ni siquiera aquellas obras, donde forma parte de un gran elenco, también estrenadas este año como Proyecto 43 o Cloud Atlas, el trabajo de la actriz de Pasajero 57 estuvo a la altura de las expectativas.

    Mientras espera su ansioso regreso como mutante en el 2014, la actriz protagoniza este decepcionante thriller dirigido por Brad Anderson, realizador que tuvo algunas obras interesantes en su pasado y ahora ha perdido el rumbo de su carrera.

    Parece que lo único que justifica el estreno del film en nuestro país es la visita que está haciendo Berry en el país, porque sino es completamente incomprensible que teniendo mejores propuestas, la distribuidora haya optado por este film menor, que debería haber ido directo a DVD/

    Pero acá no estamos para juzgar el accionar de los distribuidores nacionales, sino el film en sí.

    Jordan – Berry- es una operadora del 911 de Los Angeles. Todo el día se la pasa atendiendo pedidos de auxilio o llamadas de convictos que necesitan escuchar una voz atractiva. Una noche, escucha como una adolescente que llamó pidiendo ayuda es secuestrada por un hombre. Más tarde la joven es hallada asesinada. Jordan queda con el cargo de conciencia de no haber podido ayudarla y encima haberle dado una pista al asesino sobre el paradero de la joven. Varios meses más tarde, la situación vuelve a repetirse, pero esta vez, el secuestro sucede en un Shopping y la adolescente – Abigail “Little Mis Sunshine” Breslin – es llevada en el baúl de un coche al mismo tiempo que sigue hablando con Jordan por teléfono y esta intenta ayudarla, al tiempo que la policía sale a la persecución del captor.

    Planteada como un thriller similar a Celular – básicamente el 70% sucede en el coche y la oficina del 911 – la nueva película del director de El Maquinista y Transsiberian, dos películas subestimadas injustamente que salieron directamente en DVD, se plantea como una obra de caza de gato y ratón clásica.

    Lo mejor acaso, es la persecución en sí por la autopista, donde Berry se debe ingeniar como guiar al personaje secuestrado para liberarse o acaso darle pistas a la policía sobre su paradero. Hay bastante tensión y Anderson mete la cámara en cada recoveco que puede dentro del auto, intentando transmitir la sensación de claustrofobia del personaje atrapado.

    Hasta ahí bien. Incluso la absurda subtrama romántica, los clisés, los estereotipos y lugares comunes de este tipo de films, eran perdonables frente a una persecución inteligente, bien lograda, pese a las mediocres actuaciones (excepto de Breslin).

    El problema viene cuando Jordan sale de su oficina y se convierte en una especie de Clarice Starling que va detrás de Buffalo Bill en El Silencio de los Inocentes, y cuando el secuestrador pasa de ser un simple criminal a ser un trastornado secuestrador demasiado parecido al personaje de la película de Jonathan Demme o de Norman Bates. En la última media hora, el film se pone realmente ridículo – como sucedía en el último film de Anderson que lamentablemente sí se estrenó comercialmente, La Oscuridad – y no solamente toma decisiones patéticas a nivel estético (aunque hay una lograda escena de suspenso dentro de un placard, homenaje puro a Psicosis), sino incluso a un nivel moral irrisorio y que le termina dando un tono fascista incluso a toda la narración.

    Una lástima, porque pasa de ser un thriller meramente entretenido a una farsa remanida.

    Realmente no se sabe que les pasa por la cabeza a los guionistas estadounidenses que últimamente no pueden brindar un desenlace creativo y original a sus historias, y terminan cayendo en los peores lugares comunes. Quizás el 911, pueda brindarles un poco de ayuda.
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  • Tadeo, el explorador perdido
    Aventuras Animadas de Ayer y Hoy

    Allá muy lejos… por los años 80, la serie de Indiana Jones recuperó el amor por el serial y provocó un genuino interés por la arqueología, especialmente entre el público infantil, generando una serie de imitaciones, empezando por las dos mediocres adaptaciones de las aventuras de Allan Quatermain creadas por H. Rider Haggard. Con Richard “Shogun” Chamberlain y una joven Sharon Stone, las películas Las Minas del Rey Salomón y especialmente La Ciudad Perdida del Oro fueron rotundos fracasos a comparación de la saga de Spielberg y Lucas.

    Sin embargo, en materia de animación derivó a una excepcional serie de Disney llamada Patoaventuras o Duck Tales, donde el Pato Donald, sus sobrinos y especialmente el Tío Rico, emprendían aventuras por todo el mundo buscando tesoros perdidos. Una serie bastante inteligente que merece una revisión dado que tenía muy buenos guiones, y mejoraba acaso, el espíritu de aventuras que tenía Scooby Doo, por ejemplo.

    Las Patoaventuras sirven hoy en día como principal referencia posiblemente junto a las originales Indiana Jones de Tadeo, el Explorador Perdido, una película de animación española con bastante historia. Su director Enrique Gato, ya había filmado dos cortometrajes con el personaje Tadeo Jones, un torpe aspirante a arqueólogo que se metí en problemas debido a sus aspiraciones.

    El largometraje intenta mostrar la historia de Tadeo – Stones, cambió el apellido para no someterse a juicio con Lucas seguramente – que desde niño sueña con ser arqueólogo, pero en cambio termina siendo albañil de una obra de construcción. Tadeo intenta colaborar con el Museo con piezas que encuentra en las obras, pero ninguna realmente vale algo. Por una serie de confusiones, Tadeo se hace pasar por el director del Museo y termina yendo a Perú en busca de una ciudad perdida oculta bajo Machu Pichu y el tesoro de los Incas. En el medio se encuentra con la hija de otro arqueólogo que busca lo mismo, y ambos deberán encontrar la ciudad perdida antes que una empresa rival, que solo se quiere apoderar del oro.

    La historia del oro oculto de los Incas es remanida: La Ciudad Perdida del Oro justamente abarcaba ese tema, Indiana Jones y El Reino de la Calavera de Cristal también, así como el episodio piloto de las Patoaventuras dividido en cinco partes. O sea, no hay nada novedoso en el guión, pero Gato no lo intenta ocultar, de hecho el film se convierte en un homenaje puro a esas películas sumando referencias de la saga de La Momia de Stephen Sommers (especialmente la secuela) e incluso de Tintín . Los cinéfilos se van a deleitar con los miles de detalles que tienen co relación con dichos films e historias

    Sin embargo, al mismo tiempo, esto le juega un poco en contra al film, porque lo convierte en estructuralmente previsible.

    A pesar de tener un tono didáctico y estar apuntada a un público infantil, Tadeo es una película muy entretenida para adultos con algunos efectivos toques de humor. Hay dos personajes en particular: un loro mudo y un guía peruano, que remiten directamente al sarcasmo y la ironía de los Looney Tunes. Al no emitir palabras, el loro se comunica a través de carteles, lo cuál nos lleva a pensar directamente al Coyote y el Correcaminos, y por otro lado el estereotipado guía peruano – que puede resultar ofensivo, pero es simpático – tiene la magia y la chantería de Bugs Bunny o el Pato Lucas.

    Enrique Gato logra un producto visualmente muy digno con un elaborado trabajo de fondos tridimensionales – apenas por debajo de Pixar - atractivos personajes, y más allá de los clisés, una narración entretenida.

    El espíritu del cine de aventuras ochentonas sigue vivo en Tadeo, El Explorador Perdido.
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  • Oblivion: El tiempo del olvido
    Equipo Efectivo

    Con su sonrisita carismática, su mirada “penetrante”, sus esforzadas expresiones para escapar de explosiones o sorprenderse ante la idea de que acaba de descubrir el secreto de un complot internacional para destruir el mundo, Tom “Ethan Hunt” Cruise regresa para salvar el planeta. Esta vez no es Jack Reacher, sino Jack Harper, pero algo guarda del agente paramilitar que nos divirtió en el verano: una gorra de beisball de las yanquees, que aún en un futuro devastado, guarda en una cabaña junto al lago.

    Lo que más bronca me da de Tom Cruise no es el hecho de que es un MAL ACTOR, que no importa lo que pretenda hacer tiene un número limitado de expresiones faciales a las que acude ante cada situación porque no sabe como conectarse con cada personaje en forma interna, sino el hecho que las películas que elige, y los directores con los que trabaja no son malos.

    Está bien, lo admito, en los últimos años, Tommy ha mejorado un poco. La calidad de los films termina por conseguir que valoremos sus interpretaciones, o quizás los realizadores entendieron como debían dirigirlo para que no se note que es un MAL ACTOR y que pueda rendirles en la taquilla. Irónicamente, en los últimos tiempos, sus mejores actuaciones fueron aquellas en las que era una caricatura de sí mismo, donde el chiste estaba en verlo a Cruise “transformado” como son los casos de Una Guerra de Película o La Era del Rock.

    Pero viendo Oblivion, realmente no puedo entender como puede haber un grupo selecto de críticos que entienden que es un buen actor. Como sucede con De Niro o Pacino, que hoy en día son solamente una suma de tics y expresiones que nos sabemos de memoria – a veces igualmente nos sorprenden - Cruise sigue apelando a los mismos rostros… pero lo hace desde sus primeros films.

    Es posible, que con otro intérprete, Oblivion, segundo trabajo de Joseph Kosinski – quizás con Ryan Gosling – este trabajo de ciencia ficción que se nutre de diversas fuentes como 2001, Odisea del Espacio, Wall E o La Guerra de las Galaxias, tendría un tono menos solemne, menos romántico y optimista, y sobretodo pretencioso.

    Pero el hecho es que Cruise roba toda la atención, tiene dos mujeres peleándose por él, y la trama termina siendo secundaria, por detrás de su figura, de su personaje, que no tiene la profundidad que el mismo amerita. Aún así es una interpretación más contenida y austera que otras, lo que demuestra que Kosinski no es solamente un visionario audiovisual, capaz de crear universos y mundos propios, con códigos que cierran completamente, sino también un buen director de actores. Le saca incluso una verosímil interpretación a Olga Kurylengo, algo que hace pocos años creíamos imposible. Pero la verdaderamente destacada es Andrea Risebourgh con sutiles expresiones y sensualidad, tiene el personaje más difícil y consigue una notable interpretación.

    Ahora bien. Poco importan las actuaciones en una obra que pretende sobretodo entretener con la magia de los efectos visuales. Entre persecuciones y momentos más reflexivos sobre el cuidado del planeta, la ecología y la crítica armamentista, transcurre un film que respeta las reglas del género y tiene un par de sorpresas rondando alrededor de esta tierra deshabitada.

    La utilización del Empire State como núcleo de la relación de Jack y Julia (Kurylenko) es un factor interesante, así como el diseño de los diferentes espacios, elección de colores – otro interesante trabajo del chileno Claudio Miranda como director de fotografía en film con muchos efectos como Una Aventura Extraordinaria – y sutiles elecciones musicales, que le aportan una identidad retro a la obra.

    Quizás esta idea new age y la música tecno sean lo único que vincula a Oblivion con Tron: El Legado, pero hay que aceptar la idea, de que Kosinski consigue hacernos creer que este universo paralelo, este futuro apocalíptico esta ahí. El mito de la invasión y las guerras nucleares tiene cierta lógica hasta los últimos minutos del film, donde se deja llevar por un enfrentamiento digno de Ronald Emmerich o Paul W. Anderson. Y esto lo digo en forma peyorativa.

    Sobre la segunda parte del film, cuando empiezan a develarse los “secretos” del film, aparece un mundo subterráneo liderado por Morgan Freeman, que carece de desarrollo y profundidad dramática. Termina siendo parte del decorado del film.

    Aún así, termina siendo un producto aceptable, menor en calidad a Tron: El Legado, pero que los fanáticos de la ciencia ficción apreciamos debido a los homenajes – literales – a los innovadores films de Kubrick de 1969 y Lucas en 1977 (hablando en términos técnicos).

    Oblivion no será recordada como una obra innovadora, pero tampoco merece ser olvidada. Lástima que está Tom Cruise…
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  • ¿Quién mató a Mariano Ferreyra?
    El hombre y su lucha

    A pocos días de que se dicte la sentencia en contra de José Pedraza y su patota de matones, el grupo Ojo Obrero estrena el segundo film relacionado con el asesinato de Mariano Ferreyra.

    En noviembre, la misma productora presentó en Mar del Plata – y ahora en UNCIPAR – Videominutos por Mariano Ferreyra. Un compilado de cortos que no superan los dos minutos de duración, compuesto por trabajos experimentales, documentales y de animación que exigían justicia por el joven militante del partido obrero explicando brevemente los motivos de su lucha, y como se sucedió el crimen.

    En ¿Quién Mató a Mariano Ferreyra? se redobla la apuesta con una obra que mezcla ficcionalización con documental.

    El proyecto es ambicioso y sigue varias líneas narrativas simultáneas. Por un lado tenemos a un periodista, Andrés – Martín Caparrós, bastante convincente como actor – que debe presentar un informe sobre el asesinato de Ferreyra para la revista en la que trabaja. Esta misma línea narrativa se divide en la investigación que realiza – donde entrevista personajes reales involucrados en la tercerización de las empresas ferroviarias, analistas sociales y periodistas – y en una línea más personal – la relación con su hija, con su jefe que tiene la voz de Enrique Piñeyro y con un empleado de limpieza.

    Por otro lado, con un registro netamente documental los directores entrevistan a la familia y amigos de la víctima, y por último, se recrea el día y el momento en que se cometió el crimen contra Mariano con algunos de los personajes que estuvieron presentes ese día, interpretándose a sí mismos.

    Ante tanta complejidad narrativa, vale destacar el dinamismo del film, la forma en que los directores consiguen que la información, el mensaje y el pedido de justicia por Mariano, queden claros. Dividida en capítulos, uno puede entender la implicancia de Pedraza, como funcionan las empresas tercerizadoras, quién era Mariano como ser humano.

    Al igual que Whisky Romeo Zulu, de Enrique Piñeyro, la mezcla de ficción y realidad sirve para separar un poco al film de todos los trabajos documentales que se estrenan en el año, permitiendo que sea más accesible acaso para el público no afín al documental. Las sutiles pinceladas de humor para aligerar la solemnidad del relato, breves momentos de tensión le dan un tono puramente cinematográfico.

    Aún cuando ciertos momentos ficcionalizados y la relación entre los personajes no reales están un poco forzados, la historia es atractiva y conmemora un poco el cine de Raymundo Gleyser, especialmente Los Traidores, o de Jorge Cedrón con Operación Masacre. De hecho este último film aparece brevemente en pantalla, y el personaje de Caparrós toma de referecia ¿Quién Mató a Rosendo? escrito por Rodolfo Walsh como referencia de su investigación.

    Concreta, impecable a nivel estético, con un planteo socio político que invita a la reflexión, y una función visiblemente didáctica, pero sin didacticismo, ¿Quién Mató a Mariano Ferreyra? pretende informar, influir sobre el dictamen final, y conseguir recapacitar acerca de uno de lo crímenes que desnudó la corrupción del estado y de los sindicatos ferroviarios.
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  • Verano del '79
    Verano del '79
    A Sala Llena
    Un Satélite de Amor

    Hace 26 años el gran Ettore Scola lograba una brillante pintura de una típica familia italiana a través de tres generaciones. La película justamente se llamaba La Familia. Se trataba de una obra personal, divertida, dramática que concentraba los diversos puntos de vista de un emblema social y servía para mostrar la sociedad italiana en el siglo XX al mismo tiempo.

    Con muchas menos pretensiones y en un breve lapso de tiempo, la actriz devenida en directora, Julie Delpy, decide mostrar las historia de lo que se supone que es su propia familia y a la vez, un poco los enfrentamientos sociales y políticos que existían en la sociedad francesa en el verano del 79.

    Precisamente ella se enfoca en el enfrentamiento de la burguesía conservadora de derecha contra los bohemios artistas ambulantes de pensamiento más ligado a la izquierda en un contexto más cercano a la aristocracia campesina que a un ambiente urbano de clase media.

    Con la excusa del cumpleaños de la matriarca una familia reúne a tíos y primos para celebrar un fin de semana en una típica campiña.

    Viejos rencores, enfrentamientos ideológicos, recuerdos y primeros amores se concentran en esta casa.

    Julie Delpy decide poner la cámara en el personaje de Albertine, una niña que está descubriendo su sexualidad, y a la vez, empieza a demostrar su faceta artística, influida por los padres. Esta decisión consigue darle una mirada un poco más inocente al relato y encasillar al film como una narración iniciática.

    Además la directora le da una estética intimista, apelando a la cámara en mano y varios planos secuencia que enfatizan la sensación de estar dentro de un núcleo familiar real.

    El guión evita caer en un único conflicto fuerte que atraviese el relato, y en una posición más obsecuente, manifiesta micro conflictos que vive esta familia, que podría ser la de cualquiera. En ese sentido el film es efectista consiguiendo empatía con el espectador, que se remite a su propia infancia o crianza acaso.

    Hay sutiles pinceladas políticas, un total cuidado de la época en detalles de peinados, vestuario, música e iluminación. La sensación es que bien podría haber sido filmado en el año que sucede la historia. Es imposible no relacionarla con obras clásicas como Melody o Verano del ’42. Pero Delpy decide no emitir un juicio sobre sus personajes ni darle un nivel emocional, sentimental recargado. Ni siquiera en los momentos más románticos de los personajes infantiles hay una intención de generar algo cursi o caer en un lugar común. El sexo es presentado con naturalidad e incluso frialdad.

    Más cercano de Jean Marc- Vallé en Mis Gloriosos Hermanos, Delpy demuestra mucha calidez en el diseño de personajes. El casting es más que acertado y hay interpretaciones notables. Especialmente de los actores más jóvenes. Es una sorpresa encontrar a la nominada al Oscar, Emmanuelle Riva – Amour – entre el elenco, en un personaje bastante distinto al que la vimos en la película de Haneke. Irónicamente, la más artificial de todas es la propia Delpy en piloto automático, representando a su propia madre, y por el contrario el verdadero padre de la directora tiene uno de los personajes más notables.

    Simpática, tierna, verosimil, Verano del ’79 es una película dinámica, que más allá de contener algunas situaciones forzadas y que el único conflicto que atraviesa el relato sea anecdotario – el temor a la caída del skylab sobre la campina francesa – se suma a una serie de retratos autobiográficos que sirven para contextualizar una época y reflejarse en la pantalla…
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  • Proyecto 43
    Proyecto 43
    A Sala Llena
    Chistes Viejos

    Aquellos que nos criamos en los años 80 aún recordamos una gran comedia episódica dirigida entre otros por John Landis y Joe Dante llamada Mujeres Amazonas en la Luna. Un título delirante para una comedia que satirizaba y criticaba la televisión estadounidense, buscando un perfil absurdo, grotesco y sexista, no llevándolo a un terreno escatológico, sino más bien hacia la sátira social, la comedia que ironizaba la mirada conservadora del estadounidense medio confrontando con la necesidad de darle un perfil provocadoramente sexual a todo.

    Era una película inteligente e ingeniosa, con algunos episodios realmente inspirados y otros no tanto, como sucede siempre, interpretada por grandes comediantes y algunos actores serios parodiándose a sí mismos.

    25 años después llega Proyecto 43, acaso una especie de remake de aquello obra de 1987, pero con un humor puramente escatológico que si bien es zarpado, al mismo tiempo se basa únicamente en el chiste sexual, al punto que lo provocador de la propuesta, termina siendo banalizado por un humor demasiado superficial, que busca lo escatológico por ser nomás escatológico. Mientras que Mujeres Amazonas, se podía filtrar una crítica, acá lo que vemos es un episodio de Saturday Night Live con todos actores de primer nivel, la mayoría de ellos nunca relacionados con este tipo de propuestas, y mostrando todo aquello que para la televisión abierta estadounidense, sería tabú o de mal gusto. Llámese excrementos, violencia gráfica y/o desnudos.

    Nuevamente, acá vemos actores parodiándose a sí mismos. Algunos tienen mejor suerte que otros, como es el caso de la pareja Naomi Watts / Liev Schreiber en el episodio dirigido por Will Graham que incluye escenas incestuosas promovidas con bastante ingenio y humor negro. Dentro de todo, se trata del episodio más sutil.

    Otros dan vueltas únicamente alrededor del chiste como el que protagonizan Hugh Jackman y Kate Winslet, que solo da vueltas sobre el mismo gag hasta que se agota.

    La historia que une todas, es una de las más estúpidas. Esta vez, no es el control remoto sino el Internet y los videos sexuales los que comprimen todas las historias.

    Brett Ratner no queda tan mal parado con el segmento más violento de todos, que tiene a un Gerard Butler irreconocible como un duende.

    Al igual que Saturday Night Live, hay tres falsos comerciales, que no están tan mal y tienen su crudeza provocada por golpe de efecto final.

    Pero la mayoría decepcionan: Steve Carr, Steven Brill (director de las comedias de Adam Sandler), el veterano Griffin Dunne, Elizabeth Banks brindan episodios con chistes viejos, ávidos de humor. Las pobres interpretaciones y la falta de ideas a la hora de poner la cámara del segmento de Banks, terminan decepcionando e incluso aburriendo. Podría haber sido mejor aprovechado y no llevado hasta agotamiento, la idea de las Citas Rápidas de Super Héroes.

    Peter Farrelly logra con Verdad o Consecuencia, un episodio simpático, pero eso se debe al talento del comediante británico Stephen Merchant (socio de Ricky Gervais) y de Halle Berry en su mejor personaje en años.

    Para el final, queda sin dudas el episodio más enfermo, morboso, genuinamente divertido, personal y grotesco que es Beezell, dirigido por James Gunn. El realizador le aporta su talento y transgresión a esta historia que mezcla animación con actores.

    Pero es acaso, demasiado humor para cultos, para un producto total, tan desalmado, que muestra lo peor de la nueva comedia estadounidense. El resto de los episodios ni siquiera valen mencionarlos.

    La comedia pícara está pasada de moda. Esto demuestra Proyecto 43. No causa gracia, es anticuada. Y habría que debatir seriamente como recuperarla.
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  • La memoria del muerto
    Lo admito, no soy un fanático del cine de terror argentino. Me parece que muchas veces se busca el golpe de efecto, se le presta demasiada atención al maquillaje, a impresionar con efectos digitales, pero se le presta poca atención a la historias, los personajes, las actuaciones. Y eso resta. Es verdad, que hacer cine de género acá representa un doble esfuerzo. Llevar gente, recuperar la inversión. Recién en los últimos tres años el INCAA empezó a aprobar guiones que retraten un género maldito que ha dado grandes obras maestras en los años ’50, por ejemplo con Narciso Ibáñez Menta como protagonista (y muchas veces como director)...
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  • La reconstrucción
    La reconstrucción
    A Sala Llena
    Las Vidas Posibles

    Tras conseguir un auspicioso debut con tres comedias románticas, con algunos tintes melodramáticos, Juan Taratuto ha regresado en voz baja al cine con un drama hecho y derecho, con sutiles toques de humor.

    No voy a decir que tanto No sos vos, soy o ¿Quién Dijo que es Fácil? sean películas que me desagradan, pero cierta sensación de querer hacer comedias efectistas con remates televisivos, nunca termina por convencerme. Admito que los guiones son bastante interesantes y Taratuto trata de darle un giro a la visión de la vida en pareja, especialmente cuando se trata de segundas oportunidades amorosas, acaso el eje de toda su filmografía – incluso Un Novio para mi Mujer o La Reconstrucción – pero quedaba latente esa perspectiva, de que sus historias parecían apuntar a un público más acostumbrado a la televisión que al cine.

    Esta perspectiva cambia por completo en La Reconstrucción, donde el realizador demuestra con guión propio esta vez, una visión más personal e introspectiva de la vida, en un tono más sobrio y dramático que confirman, que este cuarto opus, sea acaso el mejor de su carrera.

    Desde un comienzo, la geografía patagónica nos recibe con la visión de un desierto, y en ese desierto encontramos a Eduardo – Diego Peretti – un personaje callado, austero; un ingeniero hidráulico, que fuera de su trabajo, vive como un completo ermitaño, casi como un salvaje, un hombre incivilizado que ha escapado de la sociedad, y disfruta, en cierta forma de la condena que se impuso.

    La llamada de un amigo, Mario – Alfredo Casero, nuevamente en el fin del mundo, como con Todas las Azafatas van al Cielo – provocará en Eduardo un cambio radical en su rutina, encontrando la oportunidad de redimirse, reconciliarse con su pasado, explorar sus sentimientos y reinsertarse en la sociedad.

    La evolutiva forma que tiene el director de ir mostrándonos al protagonista con sus conflictos internos y el admirable trabajo – sin duda la mejor actuación de su carrera – de Peretti, son los pilares de esta película que decide expresarse mejor en imágenes y sensaciones que en palabras. Durante la primera media hora, el director va construyendo lentamente el panorama, para que cuando suceda el principal golpe bajo, no caiga de sorpresa a fin de causar una sorpresa. Taratuto juega con la previsibilidad. No tiene la intención de sorprender. Es un relato que de por sí se vuelve sentimentalista, pero a través de la mirada de este personaje lacónico logra evitar hasta los últimos 15 minutos caer en el efecto lacrimógeno y emotivo.

    La Patagonia nuevamente se convierte en una geografía ideal para personajes solitarios que andan en una búsqueda interna de descubrimiento. Ya sea el personaje de Alejandro Awada en Días de Pesca, de Carlos Sorín, o Ana Celentano en Las Vidas Posibles de Sandra Gugliotta, o el taxidermista epiléptico de El Aura, De Bielinsky. La áridez y el frío no solamente son parte del arte, sino tiene que ver con el tono del film y del corazón del protagonista. Taratuto logra, que ninguna acción que toma el protagonista sea imprevisible, porque hay un armado muy sólido, basado en las mínimas acciones y las repercusiones que dichas acciones del protagonista tienen en el desarrollo de la trama. Sí, es un film soul food, pero no cae mal. Por lo menos hasta los últimos 15 minutos, en los cuáles el director tiene una búsqueda simbólica y un incremento del volumen de la banda sonora completamente forzada. Los diferentes signos que aparecen de fondo de las situaciones adquieren protagonismo por la banalidad y obviedad que tienen en el plano visual.

    Sin embargo, este film consigue un resultado equilibrado más allá de todo. El drama no se hace pesado, el humor aparece en los momentos justos para romper la tensión y la solemnidad, las actuaciones superan la corrección. A Peretti lo acompaña Claudia Fontán, que consigue una interpretación verosimil, y Alfredo Casero que le aporta comicidad a sus diálogos.

    El resto proviene de la propia sensibilidad que transmite el film. Situaciones que generan empatía: el duelo, la ausencia, la figura paternal, la madurez, la adolescencia, y una forma identificable de ver estas mismas escenas. Todo trabajado en forma sutil, apreciando los silencios y momentos de contemplación.

    Acompañado por un factoría técnica notable, y gracias a una tremenda interpretación de Peretti, La Reconstrucción es un film lento, pero que atrapa a pesar de todo, que no pretende gustar inmediatamente al espectador medio, acostumbrado a productos superficiales.

    Taratuto logra evitar los clisés y aunque cae en algunos lugares comunes y dispersa piezas del rompecabezas en ciertas escenas que era un poco innecesario agregarlas, consigue un relato fluido y honesto.
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  • Efectos colaterales
    El juego de los “engaños”

    “El mejor truco que el diablo inventó fue convencer al mundo de que no existía” – Verbal Kint

    ¿Realmente piensan que Steven Soderbergh se va a retirar de la pantalla grande?

    O sea, habiendo conseguido una prolífica carrera de films personales, comerciales, experimentales, oscarizables, cuesta creer que Steven Soderbergh diga “Adiós” con un thriller tan convencional; que el tipo que se creyó el rey del mundo con la sobrevalorada Traffic, y que fue completamente obviado por Vengar la Sangre, que se animó a realizar una adaptación estadounidense de la novela Solaris, compitiendo ni más ni menos con Tarkovsky, que puso a los galanes y figuras más rutilantes de Hollywood a reírse de sí mismos – y un poco del público – con la saga de Danny Ocean, se vaya a retirar del mundo del cine con un producto que solamente se deja ver un sábado a la noche en el cable cuando no hay ninguna otra opción decente para entretenerse.

    El pretencioso Soderbergh se retira. Claro, queda la supuestamente polémica biopic sobre la vida del pianista Liberace con Michael Douglas en la piel del controversial músico y Matt Damon como su pareja. Pero es para HBO.

    Efectos Colaterales confirma la mediocridad y falta de imaginación del realizador. No es que se trate de un producto malo, sino que se trata de un thriller “que ya se hizo antes”, que pretende sorprender con el truco más viejo de todos: las vueltas de tuerca, engañar los ojos del espectador que se “enamora” de un personaje y después lo va revelando como un mentiroso, un fabulador, que va en pos de una meta concreta: ganar dinero y poder.

    Quizás, Efecto Colaterales, sea la declaración de Soderbergh, confirmar que él, al igual que su protagonista son personajes engañosos, capaces de hacernos creer cualquier cosa gracias a la manipulación que produce el montaje.

    Porque el guión de Scott Z. Burns tiene lo suyo. En principio parece que estamos ante un film político, de denuncia contra las empresas farmacológicas, pero no, a medida que el protagonista masculino, el psiquiatra que interpreta con bastante soberbia Jude Law, va revelando el misterio de la paciente que le tocó en suerte analizar, nos vamos encontrando con un clásico thriller psicológico… sobre psicólogos dicho sea de paso. Los efectos colaterales de una droga, no solo repercuten en el cuerpo de la protagonista, sino en la vida de todos los que están a su alrededor. Y así, combinando elementos de Cuéntame tu Vida de Hitchcock, La Verdad Desnuda, de Gregory Hoblit – film donde descubrimos el talento de un joven Edward Norton – o cierta sensualidad de Brian De Palma – obsesiones que parecen calcadas de Hermanas Diabólicas o Femme Fatale – este último film se convierte en una caja de sorpresas, donde nada es lo que parece… excepto el personaje de la psiquiatra interpretada bastante fallidamente por Catherine Zeta Jones, que revela su personalidad desde un principio.

    Y aún así, aunque el truco sea viejo, aunque las mentiras terminen teniendo una explicación forzada, hay que admitir que también se trata de uno de los films menos pretenciosos de su director. O sea, no se trata de una obra que ande buscando un Oscar, ni que busque el éxito de taquilla. Sus figuras, más allá de ser bastante reconocidas, no consigue un status de “estrellas” que garanticen un rotundo éxito de taquilla.

    Visualmente la foto y cámara de Peter Andrews (seudónimo del propio realizador) ayudan a crear una atmósfera extraña, sostenida por un clima tan oscuro como las nubes que constantemente están sobre la cabeza de los protagonistas. La música, también enfatiza esta densidad, y el suspenso está bien dosificado. Como guión de David Mamet, lo que pensamos que puede tratar de una historia de amor, deriva en un crimen, que deriva en una estafa, donde la bolsa de valores y la crisis del 2008 están también involucradas a modo de excusa.

    Puede ser que muchos espectadores se sientan estafados, con algunas de las vueltas de tuercas, sin embargo el guión está bien estructurado. El problema, la mayor falla es el tono. Si Soderbergh no hubiese querido hacer algo tan “correcto” y “serio”. Si se lo hubiese tomado en forma más lúdica, pensando en el espectador, en el efecto colateral que produce en la psiquis del espectador el engaño, aludiendo al género negro – un poco en la línea de Hitchcock, De Palma, Mamet o el Bryan Singer de Los Sospechosos de Siempre - y no prestando tanta atención a lo discursivo, a explicar el argumento al espectador en forma lenta para que nadie se quede afuera, posiblemente estaríamos ante un producto más trascendente.

    Pero a Soderbergh el humor no le sale en forma natural, y en su pretenciosidad consigue… esto. Un film medianamente entretenido que podría haber firmado cualquier director con un poco de oficio. Sí, en este caso, el guión de Burns se destaca sobre la dirección y aporta mucho la participación de Rooney Mara, el maravilloso descubrimiento que hizo David Fincher en La Red Social y que consiguió atención con su sensible Lisbeth Salander de La Chica del Dragón Tatuado (versión USA). La joven actriz consigue con éxito seducir a los intérpretes y a espectador con su inocencia, carisma y belleza. Esos ojos que ocultan todo un mundo, pero que proporcionan convencernos que estamos ante una joven inocente, son parte esencial del “engaño Soderbergh”.

    Y así, este thriller que combina psicólogos jugando a los detectives – digamos que Jude Law interpreta una variante contemporánea de su Dr, Watson – denuncia económica y juegos de espejos, se deja ver. Sin embargo, el mayor engaño no pasa tanto por el argumento, sino por una sensación final, de que no estamos frente al último film de Soderbergh y todo se trata de un efecto secundario de una droga llamada Hollywood, que nos obliga a creernos cualquier chimento que ande dando vueltas. Lamentablemente, tenemos Soderbergh para rato.
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  • Una pistola en cada mano
    Patéticos Hombrecillos

    Es muy difícil que una película coral funcione en su totalidad, y mucho menos una que además sea episódica. El nivel generalmente es desparejo, tanto por sus interpretaciones, como por sus argumentos. No es el caso de Una Pistola en Cada Mano.

    Acaso se trate de una especie de Woody Allen español, el realizador Cesc Gay ha conseguido en su breve trayectoria consolidarse como un director de actores y guionista excepcional. Desde Krampack hasta su última obra ha logrado trabajos cuyo peso recae especialmente en sus intérpretes, y en la inteligencia de los diálogos, la veracidad y calidez de sus personajes, la sensibilidad y credibilidad de sus historias.

    Una Pistola en Cada Mano es atravesada por 6 encuentros de parejas, cuyo eje es la dificultad de llevar a cabo una relación amorosa, hombres que atravesaron, atraviesan o están por atravesar una separación o divorcio, la incomunicación en la pareja, los celos y la infidelidad. Se trata de 6 encuentros en lugares únicos, ya sea entre dos amigos que no se ven hace mucho tiempo – Sbaraglia y Fernández – una pareja divorciada que se reencuentra – Segura y Cámara – un hombre que descubre que su mujer le es infiel y un vecino de su casa de verano – Darín y Tosar – un oficinista casado y un compañera de trabajo – Noriega y Peña – y dos parejas amigas, que en diferentes espacios se van contando intimidades – San Juan y Waitling por un lado, Molla y Guillén Cuervo por otro.

    Apelando a un brillante timing humorístico, cierta ridiculez y parodia al patetismo masculino, Cesc Gay, consigue al igual que Allen, reírse de conflictos domésticos gracias a inteligentes diálogos que no caen en lo burdo o vulgar, sino que capturan el cotidiano y lo lleva, por momentos al remate absurdo.

    Cada episodio tiene una duración exacta, y algo muy difícil, consigue que ninguna situación se parezca a la anterior. Hay varios giros narrativos que pecan de ser un poco previsibles, pero esto no logran aminorar el interés de las historias. Y si cada episodio logra mantener su encanto, aún con una puesta en escena básica, es gracias a la potentes y creíbles actuaciones, especialmente del elenco masculino, que consigue, en su ridiculez convertir sus personajes en atractivos y queribles. Situaciones dramáticas que no son llevadas al sentimentalismo ni al golpe bajo.

    El elenco, como puede verse está compuesto por una selección de actores españoles, muchos de ellos que han trabajado en Hollywood incluso – caso de Mollá y Noriega – y de reconocidos argentinos como Sbaraglia y Darin, que seguramente permitirán que el film funcione – merecidamente – muy bien comercialmente en nuestro país. Si bien el tono interpretativo de los españoles y los argentinos es diferente – los ibéricos están más contenidos que los nacionales – los trabajos de Sbaraglia y Darín son superiores a muchos de los que hicieron últimamente en el cine nacional, más creíbles e identificables. Si bien Sbaraglia interpreta a un español y su personaje contrasta con el de su opuesto, Eduard Fernández – el mejor del elenco, aunque los trabajos de Tosar y Cámara son notables – lo de Darín es más parecido al argentino chanta que tan bien viene interpretando hace bastantes años, pero esta vez, en un contexto ideal, y muy bien dirigido. La elección es perfecta.

    Por otro lado, el elenco femenino no se queda atrás y también tiene algunas interpretaciones para destacar como las de Candela Peña – ganadora del Goya – y Leonor Waitling, soberbia como de costumbre.

    Una Pistola en Cada Mano es irónica, honesta, negra, simpática y da pie a la reflexión sobre las relaciones en pareja y las motivaciones de los hombres, específicamente, a la hora de encarar una relación con una mujer.

    Fluida y dinámica, falla únicamente en los últimos minutos, cuando el director decide agregar un innecesario epílogo. Pero el desarrollo es tan agradable, la narración se deja seguir tan bien, el guión está tan bien escrito – a la altura de Ficció o V.O.S. – que las pequeñas cosas que se le pueden criticar, terminan siendo nimiedades.

    Cesc Gay vuelve a demostrar que es uno de los realizadores más interesantes del cine español actual.
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  • Anna Karenina
    Anna Karenina
    A Sala Llena
    Ideas o Narración

    Si una misma novela es adaptada ya sea para cine o televisión, año tras año, infinidad de veces, con el mismo tono, con la misma estética una y otra vez, ¿cómo se logra trascender con una nueva versión? Tratando de hacer algo nuevo, implementar nuevas ideas a viejos conceptos sin perder la esencia. Acaso ¿el secreto está en llevar una misma historia a nuestros tiempo o agregarle un elaborado paquete, para que quede más lindo, y notable? Esto no significa que en el fondo, siga siendo el mismo film que venimos viendo todos los años con otros actores.

    En el caso del quinto film del británico Joe Wright, las ambiciones e ideas sobran en una visión ampulosa y pretenciosa de la clásica novela de Leon Tolstoi. Amante de los clásicos, Wright ha sorprendido con su adaptación de Orgullo y Prejuicio, y dividido aguas con Expiación. Probó dejar a Keira Knightley y los trajes de época a un lado, consiguiendo resultados más acordes a sus pretensiones con las subestimadas El Solista y Hanna.

    Anna Karenina, es definitivamente su peor y más ambiciosa obra hasta el momento, dado que en su obsesión por darle otra imagen, más modernosa, y menos cinema du qualité, descuidó la narración.

    Enamorado del teatro ruso, Wright le pidió al dramaturgo y guionista checo, responsable del guión de Shakespeare Apasionado y la adaptación de El Imperio del Sol, Tom Stoppard, que elabore una versión de Anna Karenina, en un ritmo similar al de los contemporáneos dramaturgos rusos de Tolstoi como Anton Chejov.

    El resultado es bastante dispar aún cuando tiene numerosas ideas.

    En primer lugar sitúa la acción en un teatro, en cada recoveco del teatro: escenario, camarines, pasillos, etc. No se trata de un cambio espacio/temporal literal, ya que los personajes no son partícipes de este artificio, sino que todo apuesta a que el público se enganche con la falsedad del proyecto.

    Imaginemos que lo logra. Cuando la estética y el escenario, y los objetos que gráficamente son maquetas se hacen palpables, pasamos al lado narrativo, que emula al ritmo de diálogos cortos y cortantes del teatro soviético y actuaciones, completamente excesivas, que parecen provenir del mundo de la exclamación dramático de las tablas que del plano cinematográfico.

    Sin embargo, existe en todo esto, una coherencia visual y literaria que acopla a la idea general. Por lo tanto, el concepto estético / narrativo es prodigioso y muy interesante, tanto a niveles técnicos como plásticos, dado que el impresionismo está presente en cada decorado del film. Este meticulosidad de la puesta en escena, consigue que se reconozca a Wright como un hombre de gran imaginación para dar un giro a esta adaptación y recortarla de otras versiones.

    El problema es que, distraído en cada detalle de época, en cada mecanismo que queda transparente a cada momento, y no aporta ningún misterio a la trama, Wright se corre del eje central de la historia. O sea, ante tanto brillo visual al estilo Moulin Rouge! coreografías que parecen salidas de un musical que no tiene canciones, tanta cáscara, el interior de esta historia, la novela original de Tolstoi no genera empatía alguna, no transmite emoción, identificación o algún tipo de sentimiento autónomo por los personajes. Y cuanto más forzosas son las interpretaciones para adecuarse a este tono teatral, menos conseguidas terminan siendo. Por juego de artificio, todo parece un decorado de cartón pintado. Sí, es admirable la fotografía, la dirección de arte, el vestuario (bien merecido el Oscar), la banda sonora hermosa de Darío Marianelli, emulando a Maurice Jarré en Doctor Zhivago, película de la cuál roba más de una escena. Pero tantas ideas, terminan distrayendo, y entre tantos conflictos, personajes, subtramas amorosas similares, nombres de personajes y sitos, el espectador termina más perdido que Anna Karenina en laberinto de ligustrina.

    Cuando, estéticamente, Wright se calma un poco, y empieza a atenuar su concepción estética / narrativa para no reiterarse ni repetirse o que el espectador se empieza a acostumbrar, el ritmo, que inicialmente era bastante dinámico, comienza a depurarse, y la obra cae en diálogos densos, demasiado melodramáticos, escenas extensas y lagrimógenas. No hay nada peor que aburrir al espectador, decía Hitchcock, y cuando las ideas se agotan, Wrigth no logra sostener el relato durante la última hora diez, cayendo en un pozo del que no logra salir, ni siquiera por efecto de alguna pintura que cobra vida, al mejor estilo los Sueños de Kurosawa.

    Pero Wright y Stoppard no consiguen que sus sueños se transformen naturalmente en imágenes. Caen en las peores situaciones, con la cruda intención de trascender, de hacerse notar, de demostrar cuan ingeniosos son, y en cambio perpetuan lo contrario. Se ponen en una posición snob.

    Keira Knghtley repitiendo el mismo rol de siempre, víctima de la sociedad y la época, no logra conseguir un momento de honesta interpretación, algo genuino que no haya hecho en otros films similares. Peor es lo de Aaron Taylor - Johnson que no consigue ser verosimil en ningún sentido, y mejor parado queda Jude Law con su contenido y más austero ministro Karenin, alejado de sus típicos estereotipos y tics. Desperdiciadas están Olivia Williams y Emily Watson en roles menores.

    La afición de Wright por los planos secuencia, le terminan jugando en contra, entre tanto falso decorado. Podés hacer uno lindo, donde demuestres tu virtuosismo como en Expiación, pero no intentes hacerlo constantemente. Eso es cancherear.

    Es una lástima, que si no fuera por la gran cantidad de ideas e imaginación y fanatismo por incorporar a Keira Knghtley incansablemente, Wright no consiguiera que esta versión de Anna Karenina, se viera como una historia épica más natural, menos artificial. Y todo es culpa de que se olvidó mostrarnos, lo más esencial: justamente la historia. Porque demasiado amor puede matar, dice un dicho. Y en este caso, hay un desborde de escenas románticas que dejan afuera, acaso, lo más intenso y criticado de la novela: su perfil revolucionario, su mirada social, su contexto pre bolchevique. Los anarquista y el socialismo ocupan un lugar relativamente tan chico, que la esencia del mensaje y crítica aristocrática / gubernamental / religiosa, queda completamente obsoleta y tapada por un banal relato amoroso que ya vimos hasta el cansancio, porque seamos honestos, el triángulo amoroso es lo menos original de la obra de Tolstoi.

    Tremendo desperdicio de talento. Si Wright, hubiese exhibido, este film a Einsenstein, seguro lo mandaba a trabajos forzados a Siberia.
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  • Mi novio es un zombie
    Muertos demasiado Vivos

    Me acuerdo que cuando se dio a conocer la idea para Diabólica Tentación, muchas personas empezaron a especular con el carácter bizarro de la historia. La guionista Diablo Cody escribiendo una película de vampiresas y rock en el colegio secundario con Megan Fox a la cabeza generaba mucha especulación. Sin embargo el resultado era muy decepcionante, aburrido y carecía del humor que prometía tener.

    En el caso de Mi Novio es un Zombie sucede algo parecido, aunque los resultados son mínimamente mejores...
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  • Mamá
    Mamá
    A Sala Llena
    J-Horror pero en el Norte

    Y Willy del Toro no se cansa de sorprendernos. El pasado año produjo la floja No le Temas a la Oscuridad, una película de fantasmas donde el centro de la historia era una madre y su hija. En Mamá vuelve a repetir la fórmula, pero con otro director, el argentino Andy Muschietti, quien debuta en la dirección tras realizar varios cortometrajes, incluido uno llamado Mamá, en España, que en cierta forma inspiró esta película...
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  • Teoría de cuerdas
    Teoría de cuerdas
    A Sala Llena
    ¡Por fin cine experimental y vanguardista! Teoría de Cuerdas, es sin dudas una de las propuestas más radicales que dio este BAFICI.

    Es verdad que para alguien que va sin haber visto alguna vez un film de estas características y no sabe que va a ver, esta película no va a gustarle. Pero así comenzó en sí el cine y a la vez este es el futuro. Películas abstractas, con mensajes incluidos, pero adaptados a formas plásticas, figuras artísticas distintas. Una variedad de cortos que experimentan y llevan los sentidos a otra parte de la sala. Música e imagen van y no van de la mano en esta propuesta apocalíptica e indescriptible. Hay que verla para disfrutarla. Cierto, es que cada corto es distinto, alguno más concreto que otro, pero si el orden parece casual, les digo que no es así. Si bien se podría haber ordenado diferente, para que los saltos no sean tan contundentes y bruscos, tambien es verdad que la suceción:abstract-concreto-abstracto-concreto sirve para que aquel que no haya visto films de estas características no se sienta tan cansado, o que la vista le sea tan pesada...
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  • Oz: el poderoso
    Oz: el poderoso
    A Sala Llena
    Sin Cerebro. Sin Corazón. Sin Valentía

    En algún lugar, más allá del arco iris, se encuentra una tierra mágica imaginada por L. Frank Baum, que forma parte del escenario de una novela infantil que ha sido numerosas veces llevada al cine, la mayoría de ellas, con poca repercusión. Esto se debe, principalmente, a que en 1939, el director Victor Fleming la convirtió en una de las grandes obras maestras de la historia de la cinematografía universal, inmortalizando a su estrella, y al tema musical de la película...
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  • Hitchcock: el maestro del suspenso
    La Sombra de un Gigante

    Buenas noches. La película de la que hablaremos a continuación es la historia casi incestuosa de un director de cine obsesionado con las mujeres rubias y la esposa del mismo, que viviendo a la sombra del genio, desea tener una película para sí sola. Todo en el marco del rodaje de una de las obras que cambiaron el género de horror para siempre…
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  • Broken City
    Broken City
    A Sala Llena
    Policía Malo, Policía Bueno

    La química es fundamental en el cine. Cuando un director se asocia con un actor y sigue trabajando con el mismo intérprete durante un largo periodo de tiempo no se trata solamente de una cuestión de amistad, fórmula o un resultado comercial satisfactorio. Se trata de química, de comprender los códigos de la otra persona, y si una historia funciona bien dentro de esa relación, es porque así debe ser. Sin haber sido amigos - de hecho se odiaban - Kinsky y Herzog han hecho sus mejores películas, juntos. Lo mismo podríamos decir de la relación Wayne-Ford, Mastroianni-Fellini o Guiness-Lean...
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  • The Master
    The Master
    A Sala Llena
    Clase de Cine

    Se deben contar con las manos los directores que pueden confluir un relato original, ambiguo, que consiga despertar interés por las sensaciones que intenta generar, que amalgame una osadía visual, pero a la vez un concepción del armado de los encuadres meticuloso, pensar cada plano en forma individual, cada secuencia como unidad visual, única, pero a la vez que en el producto final signifique mucho más que una escena, conseguir crear personajes extraños que no abusen de su extrañeza, que tenga anclaje en personas reales, pero tomando vida propia, gracias al trabajo de un elenco que no busca destacarse por su rostro bonito sino por un talento para componer, crear, ocultar sentimientos o explotar, mostrando una gama de rostros diferentes según lo que solicite la escena...
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  • Magic Mike
    Magic Mike
    A Sala Llena
    El Truco Viejo

    Steven Soderbergh es un director esquizofrénico. Esta no es una acusación. Uno de sus primeros largometrajes, Schizopolis protagonizado y dirigido por él mismo, así lo demuestra. Y esto no incluye el hecho de que se pone diversos seudónimos para ocupar otras ramas técnicas de sus películas, como por ejemplo, Peter Andrews, el supuesto director de fotografía de todos sus films.

    No, sino porque es un director con múltiples personalidades, un camaleón, que aún con una cierta identidad visual y estética, no consigue nunca tener una autoría única, sino que esta adaptación medio forzada arrastrada al cine “Indie” o al cine industrial, pocas veces terminan dando resultados netamente satisfactorios. Si bien no soy enemigo acérrimo de su filmografía, tampoco encuentro una obra que me fascine en sí. Algunas me resultan más interesantes que otras en todo caso, como Vengar la Sangre, Confesiones de una Prostituta de Lujo, la muy dividida Traffic o La Nueva Gran Estafa, película que defiendo con capa y espada, un ovni en la trilogía protagonizada por George Clooney.

    El caso de Magic Mike parecería ser el espejo de Confesiones… Esta película que tiene solo un par de años fue protagonizada por Sascha Grey, mítica y aún joven actriz porno interpretando a una “dama de compañía” (para no repetir el patético título en castellano). Un film íntimo y minimalista, sin conflicto al descubierto, sutil, notablemente interpretado, un reflejo sin prejuicios del trabajo de la prostitución entre las clases burguesas neoyorquinas sin caer en golpes bajos, ni sentimentalismo. Apenas con un poco de ironía. Tampoco se trataba de una obra maestra, pero era interesante, con verdadero espíritu Indie.

    Magic Mike es completamente opuesta. Es pretenciosa, obvia, discursiva, sumamente convencional y previsible. Y lo peor de todo es que Soderbergh con su estética digital, su cansador gusto por la fotografía ocre, trata de ocultador, y las falencias narrativas, quedan más expuestas aún. Alguien me podría decir: “es un cuentito clásico bien narrado”. No, Soderbergh pretende sacarle lo clásico constantemente, le adjudica una intimidad sexual pretenciosamente tabú, pero que ha quedado obtusa desde los tiempos de Showgirls, con la que toca varios puntos en común. Magic Mike es CONVENCIONAL.

    Mike (Channing Tatum) es un stripper que sueña tener su propia empresa de diseño inmobiliario. Un día conoce a Adam (Pffyster), un joven de 19 años sin rumbo que vive con su hermana mayor. Mike le da la oportunidad de trabajar como stripper en el club que dirige Dallas (McCoughney) y no le va tan mal: gana dinero, obtiene mujeres, pero además del trabajo entra en contacto con otros negocios que ponen en riesgo su vida.

    El grave problema del film es que nos presenta un universo interesante que no logra profundizar demasiado. Apenas vemos un mero backstage de cómo se entrenan los protagonistas, pero el resto es muy superficial. Soderbergh presenta el club como si fuera Garry Marshall. Todas las coreografías son perfectas, con mucha producción, a las clientas el dinero le crece de las manos y por supuesto son todas jóvenes y atractivas. Vamos, Steven, podes ser un poco menos grasa que Michael Bay cuando querés.

    Si bien no hay que sacarle méritos al grandote Tatum – que además inspiró el guión de la película con su pasado en el rubro – demostrando que puede actuar y bailar al mismo tiempo, con mayor naturalidad que en el resto de su filmografía, que Pffyster no es tan duro como aparenta en un principio y McCoughney está pasando un gran momento interpretativo – ver Killer Joe y Bernie para comprobarlo - la película no logra levantar. Los conflictos son tan previsibles y forzados que no provocan siquiera que sintamos empatía por los “traumas” de los personajes. Soderbergh en su frialdad no logra definir si filma un drama, una comedia. Es un híbrido sin magia ni alma. Solo con buenas coreografías. Aunque no está mal narrada ni tampoco aburre, las situaciones son tan clisés, los giros tan previsibles que no logra evadir ni un solo lugar común. Y si durante media película creíamos que al menos el director muestra sin prejuicios ni críticas la profesión, al final todo se desbarranca cuando emite una opinión moral al costado económico y ligado a las drogas del negocio nudista. Nuevamente, esto podría ser interesante, sino estuviera tan forzado para darle una progresión dramática a la historia que posiblemente, habiéndolo evitado generaría mayor interés. No descubrimos nada nuevo. Obvio que todo es un negocio, y Dallas desde un principio es un símbolo del capitalismo, pero como el guión nunca logra profundizar al respecto ni se anima a realizar decididamente una crítica socio – político – económica de la “crisis”, esto queda de adorno a la subtrama menos interesante del film: los conflictos y las decepciones amorosas de Mike. ¿Es necesario golpear tanto al personaje? – aunque punto para Soderbergh que no se regodea en ello.

    Magic Mike es un film superficial que no logra levantar la perdiz, que se fija demasiado en los músculos, la “belleza” externa y los cuerpos, pero le falta algo de cerebro, como a sus personajes. Reitero, hay buenas actuaciones desperdiciadas en personajes esquemáticos y estereotipados. No se consigue por esto mismo la verosimilitud que el director pretende con su repetida estética. Soderbergh en su esquizofrenia indie/industrial pega una de vez en cuando, sin importar con cuanto presupuesto cuente en la mano, algún proyecto interesante que justifique su continuidad cinematográfica. Aunque pareciera que si logra dar en el clavo, le sale más por accidente que por talento.

    Será hora de probar con otros trucos. Los de Magic Mike son demasiado repetidos.
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  • Amour
    Amour
    A Sala Llena
    Un Hombre… y Otra Mujer

    Después de su paso por Cannes, Nueva York y cuanto festival se cruce en el camino, seguir discutiendo los atributos del último film de Michael Haneke se hace redundante. Sorprende, que haya tenido tanta repercusión acaso, en Estados Unidos, donde fue nominada al Oscar en ambas categorías como Mejor Película y Mejor Película Extranjera (representando ridículamente a Austria, cuando es netamente francesa), su director, su intérprete femenina, y su guión original, el cuál no es demasiado original, y, posiblemente, sea el menos original de la filmografía de su realizador.

    Lo primero que puedo acotar, es que habiéndose realizado seis años atrás una obra similar, tan sutil, bella y excepcionalmente interpretada como Lejos de Ella, que era un poco más clásica y convencional en su concepción pero cargaba con un hermoso lirismo y sensibilidad – gran trabajo tras cámaras de Sarah Polley – Amour es un film que no debería sorprender tanto por su temática.

    Sin embargo, en su tratamiento, Haneke impone su estilo desde principio a fin: ya sea por su frialdad, escepticismo, ausencia de elementos ajenos a la narración para generan emoción, su discurso seco y directo; o su estética visual: extensos planos fijos, escenas secuencias, cortes abruptos sobre el eje de cámara, fotografía barroca, elección musical incluso.

    Tampoco queda afuera, una sutil y no tan importante, pero relevante igualmente, crítica a la burguesía, la manera en que las noticias actuales van entrando en el mundo de los personajes, o una completa crítica acerca del abandono de las generaciones jóvenes con sus padres, o con los ancianos. Una total ceguera sobre enfermedades y miserias cotidianas, que Haneke desnuda a través del patético personaje que le tocó en suerte a Isabelle Huppert, musa del realizador.

    Haneke despoja al relato de efectismo lacrimógeno mostrando a un personaje que aún siendo sensible puede reflexionar acerca del absurdo de las ceremonias y ritos religiosos en los entierros, cuya frialdad para enfrentar el deterioro de su mujer lo antepone a la emoción, y por eso Huppert queda reducida a una caricatura sensiblera, en donde el director apunta sus filosos dardos para demostrar la superficialidad e hipocresía de los nuevos burgueses, que no son cultos, sino materialistas; que no se preocupan por sus semejantes, a menos que estos los ataquen de alguna forma. En este sentido Haneke muestra la crisis inmobiliaria y le da un contexto afín, común, normal.

    Pero el centro de la historia no pasa por la relación de Georges con su hija, sino con su esposa, la manera en que la paciencia se va transformando en incertidumbre y violencia. Mientras Anne realiza una involución y deterioro físico, él sufre el mismo síndrome a nivel emocional. Y sin embargo, aún con esa imprevisible pero coherente descarga de violencia, no se puede dejar de analizar que Haneke quiere hablar de un amor puro, de un amor que trasciende valores morales, un amor que es indemne al dolor.

    El realizador quiere demostrar a sus seguidores que esta vez eligió personajes comunes, y por eso nos los presenta en un cine/teatro, similar (según imagina) al del espectador, y así como cada persona es una más de una multitud, Georges y Anne, son una pareja más que puede figurar entre el mismo público del film. Así como en la última escena de Caché (escondido) el director recorta personajes dentro de un plano general, y apenas los consigue destacar sobre el resto. La presentación de ambos sigue en una progresión paulatina de los tamaños de planos y espacios por donde circulan. Después de este comienzo inspirado, Haneke decide no moverse del departamento del matrimonio, el cual desde un principio parece haber sido forzado y abierto misteriosamente. La muerte, el olor a muerte ronda en el espacio, y a pesar de todo es una trabajo optimista, positivo, acerca de un amor que va más allá del duelo.

    La química que se genera entre los intérpretes, Emmanuelle Riva y Jean-Louis Trintignant, es completamente verosímil y naturalista. Sin embargo, cuando la enfermedad se empieza a interponer, la actuación de Riva se limita a un increíble trabajo físico, que está bien reconocido por la Academia, aunque el verdadero protagonista, debido a su imponente y empático trabajo emocional, basado en la represión de acciones y sentimientos, de miradas, de austeridad y laconismo que es típico de su personalidad, pero a la vez cierta calidez y transmisión de amor real es Jean-Louis Trintignant. El protagonista de El Conformista, Rouge y Un Hombre y una Mujer es un monstruo. Su compasión y preocupación por Anne, consigue momentos de tensión extrema, gracias a la actuación del protagonista. A los 82 años es admirable el estado mental y la fuerza física que requiere el personaje. Y Trintignant, una de las máximas leyendas del cine francés, cumple con las expectativas de Haneke, convirtiéndose en un personaje de carne y hueso, espiritual y creíble.

    Ninguna situación, forzosa o de riesgo, es creada para provocar un efecto. Incluso aquellas escenas que denotan cierta crudeza en el tratamiento narrativo, como la degeneración corporal o la demencia senil, tienen una base real e identificable.

    Justa ganadora de la Palma de Oro en Cannes Amour nos muestra nuevamente el talento de dos artistas completos, versátiles, de personalidad y carácter. Un actor y un director, que confluyen en esta reflexión sobre la familia, las mujeres, los hombres, la vida y la muerte, las enfermedades y el miedo a la soledad. Un hombre que ha logrado expresar su cinismo y visión del mundo – y ahora muestra un perfil un poco más sensible - en forma única a través de la cámara; y un intérprete que logra borrar los márgenes entre actuación y poner realmente el cuerpo a un personaje.
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  • Carne de neón
    Carne de neón
    A Sala Llena
    El Fin y los Medios

    Después de la pésima Aparecidos, una historia de fantasmas ubicada en la Patagonia , que tenía como protagonistas a dos hermanos españoles, que eran perseguidos por militares y recibían la ayuda de espíritus de desaparecidos de la dictadura, el español Paco Cabezas, regresa a filmar a la Argentina una llamativa obra que supuestamente debería suceder en España, pero cuyo escenario son los barrios de Buenos Aires.

    Al principio es un poco extraño ver a todos los autos con placas españolas, la policía integrada por españoles, y que básicamente la mayor parte del elenco hable con acento español, y que pareciera que los pocos argentinos presentes sean los extranjeros. Pero cuando uno se acostumbra a esta fantasía o realidad paralela que propone Cabezas, sin que le importe demasiado el verosímil del espacio físico, dónde se sitúa la historia es lo menos discutible de Carne de Neón.

    El protagonista, Ricky, decide darle un regalo a su madre que está por salir de prisión por ejercer la prostitución: un burdel, Hiroshima. Para eso le pide ayuda a Angelito, su mejor amigo, proxeneta y buen conocedor de antros, y ambientes marginales para que lo ayude en su misión. Ricky, Angelito su guardaespaldas, El Niño, salen a buscar inmigrantes ilegales, vendidas como trata de blancas. Al principio, el negocio prospera, hasta que aparece El Chino, un gángster que monopoliza la prostitución de la ciudad y le pide una parte de las ganancias de Hiroshima.

    Paco Cabezas realiza una suerte de thriller a lo Guy Ritchie, intercalando humor, acción y dramatismo en esta ciudad ficticia. Las nacionalidades que importan son las de las mujeres extranjeras secuestradas para ser usadas como esclavas sexuales. Cabezas apela a los peores golpes bajos posibles y guarda reminiscencias con otras películas: desde una inmigrante africana embarazada (parecida a la de Niños del Hombre), hasta escenas de violaciones y sodomías. Sin embargo, a pesar de todo, el guión tiene una búsqueda formal y una construcción alrededor de la relación madre/padre – hijos/hijas que es bastante interesante. Más allá del sentimentalismo, se nota una intención de parte de Cabezas de generar una suerte de cómic al estilo Sin City, con personajes sólidos y actuaciones verosímiles, a pesar del tono caricaturesco de varios de ellos.

    La estética videoclipera, está bastante bien aplicada en función de la historia y el mensaje anti trata. La fotografía y dirección de arte remite un tratamiento crudo, similar al que podría aplicar Joe Carnahan o Alejandro González Iñarritú. Esto demuestra, sin duda, las ambiciones y pretensiones de Cabezas.

    La películas es dinámica, tiene ritmo y humor. Y en este sentido es donde se genera la mayor incomodidad acaso, ya que por momentos, Cabezas se deja tentar por cierta mirada misógina y sexista que contrasta con el mensaje final. La película tiene momentos extremos, pero a la vez la tensión de ciertas escenas son dignas de admirar.

    Es un trabajo impecable en su factoría técnica, que profundiza en un tema demasiado serio, y que con una estética modernosa, “cool” como trasfondo desorienta por sus contradictorias intenciones.

    Es realmente destacado el trabajo de Vicente Romero, el cómic relief del film; de Luciano Cáceres como El Niño – trabajo introspectivo, austero, diferente a lo que nos tiene acostumbrados en la televisión argentina – de Darío Grandinetti como el villano de turno y, especialmente de eterna Ángela Molina como la madre de Ricky, una prostituta con Alzheimer.

    Películas, con tantos golpes, con una visión tan marginal del mundo, tan cruda es blanco fácil de críticas, y más especialmente si se cruzan los géneros, pero al mismo tiempo es imposible no reconocer, que el relato fluye, que todas las intenciones de Cabezas, terminan por tener coherencia en la resolución final del film, y para enfatizar la moraleja.

    Que para el debate y la reflexión, si en este caso el fin justifica los medios.
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  • Duro de matar: un buen día para morir
    No me llames Junior

    Y sí. El cine no es lo mismo sin John McClane. Bruce Willis puede representar el mismo héroe de acción una y otra vez, reírse de sí mismo, repetir el tag line yippie ka yei en otras película, ridiculizar al personaje que interpretó en 1988 hasta el cansancio, pero lo cierto es que John McClane hay uno solo. Y sí, celebro que en este Hollywood sin ideas, de vez en cuando, un productor con ganas de generar rédito económico de manera fácil y rápida, diga, llevemos a John McClane a Rusia y hagámoslo vivir las mil y una sin que tenga un rasguño. Al fin y al cabo, es Duro de Matar. Es divertido, es efectivo y es fórmula.

    Con Duro de Matar 4.0 el resultado había sido satisfactorio. Tonta, inverosímil, pero divertida, el film de Les Wiseman que había sido concebida como un thriller cibernético - inspirado en un artículo que afirmaba como se podía detener la actividad de una ciudad desde una sola computadora, y que finalmente tuvo a John McClane como héroe - no estaba nada mal. Tiros y choques de la vieja escuela. Un auto se estrellaba en el aire contra un helicóptero, el villano simulaba destrozar el congreso, y McClane sobrevivía a una autopista derrumbándose. Bien. Efectivo. Tenía sus fallas también. Lejos estaba Timothy Olyphant de ser un villano amenazador como Alan Rickman o Jeremy Irons. Pero Justin Long, Kevin Smith y la bella Mary Elizabeth Winstead (que no solo es una cara bonita, ver Scott Pilgrim vs los ex de la chica de sus sueños, y la inédita Smashed) le ponían un poco de humor y gracia al film.

    Duro de Matar: Un Buen Día para Morir solo se conecta con el film de Wiseman a través del personaje de Lucy (la hija de McClane, nuevamente Winstead), llevando al personaje de Willis hasta el aeropuerto, desde donde el policía neoyorquino debe viajar hacia Moscú para saber por qué su hijo fue arrestado y va a atestiguar contra un billonario ruso. Esta vez McClane va a Rusia, y los rusos no van al aeropuerto (como en la secuela dirigida por Harlin). Ahí, el joven Jack (o John Jr.) es una agente de la CIA que debe proteger al billonario en cuestión, que guarda un expediente buscado por un ministro que puede subir al máximo poder de la nación. Como en toda la saga, la acción sucede todo en 24 horas que son más largas que las de Jack Bauer.

    Lo que sigue es media hora de acción constante, persecuciones, choques y muchas, muchas explosiones de autos. Posiblemente desde Los Hermanos Caradura no se hayan visto tantos coches volando por el aire, literalmente hablando. El director John Moore, y el par de guionistas, llevan a McClane a un conflicto de espionaje internacional con muchas similitudes, especialmente en lo que respecta a la estética de los choques en el centro de Moscú, con La Supremacía Bourne. Sin embargo, no se olvidan que se trata de una secuela de Duro de Matar (la primera realmente escrita para la saga, pero esto no se nota). Así que durante media hora, Bruce Willis, saldrá completamente ileso, incluso con la camiseta limpia, de todos los choques. Además, como siempre, McClane debe resolver su situación familiar antes de salvar el mundo, así que al igual que las dos últimas partes de Indiana Jones (de las que roba varias frases), el conflicto central del personaje es reconciliarse con su hijo, al que dejó de lado por su trabajo, luego de su divorcio (¿qué será de la vida de Bonnie Bedelia?). Pero la relación padre- hijo no solamente está presente del lado de los policías / agentes benévolos heroicos estadounidenses - después critican a Bigelow- , sino también de los rusos malos - malos, bien malos, todos los rusos vuelven a ser malos - con una banal historia de reencuentro entre un padre y su hija.

    Y sí, entre tensiones filiares que rozan el absurdo y la acción constante, Duro de Matar 5 entretiene y divierte durante efímeros 90 minutos. Los guionistas y productores deciden llevar el inverosímil al ridículo extremo y a diferencia de la tercera y cuartas partes, que algo de sentido tenían en el fondo, acá los escritores dejaron el cerebro en el armario e hicieron una historia que incluye al accidente de 1986 en Chernobyl. Si Indiana Jones sobrevive a la radiación, ¿Por qué no lo habría de hacer McClane? ¿Se le va a caer el pelo acaso?

    Lo cierto es que más allá de la adrenalina y el humor, Duro de Matar 5 tiene muy poco ingenio, muy poca sustancia a comparación de las anteriores. Aunque John Moore haya dirigido dos thrillers decentes como Detrás de las Líneas Enemigas (en Chechenia) y la remake de El Vuelo del Fénix (no vi su versión de La Profecía ni la adaptación de Max Payne), está muy lejos de convertirse en el nuevo John McTiernan, que supo hacer las dos mejores, más inteligentes y divertidas partes de la saga. McTiernan no solo es un maestro del suspenso y la adrenalina, sino que logra que sus películas sorprendan con juegos de gato y ratón. Esto no se aplica a esta entrega. Solo vemos lo que vamos a ver: Willis sobrevivendo a todo. A diferencia de la cuarta entrega, acá las citas a las tres primeras partes (citas cinematográficas, no conexiones literales) abundan. El fanático se va a divertir bastante con esta suerte de homenaje, que en el final tiene, incluso, un plano calcado del film original de 1988.

    Willis se conoce el personaje de memoria, y lo interpreta de taquito. El joven Jai Courtney visto recientemente en Jack Reacher convence muy poco y, a penas mejor, está el gran actor alemán Sebastian Koch (La Vida de los Otros), oculto tras una espesa y no casual barba negra.

    Sin embargo, es muy difícil olvidar a Hans Gruber y Simon (Rickman / Irons, extraños hermanos). En esta oportunidad existe un simpático matón a cargo de Radivoje Bukvic que no termina por concretarse como amenazante tampoco.

    Moore no olvida el origen de la saga inspirado en cierta forma en el western Río Bravo de Howard Hawks. “Odio los vaqueros”, dice el personaje de Bukvic y tras esto se genera un tiroteo atrás de una barra de un bar que remite directamente a las cantinas de los films del Oeste.

    Y sí, Duro de Matar 5 tiene esas cosas. Mientras Bruce Willis, siga en forma, tendremos McClane para rato. Y sí. ¡Yippie ka yei, mother fucker!
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  • Los miserables
    Los miserables
    A Sala Llena
    Estrellas y estrellados

    Tras el éxito de Chicago, la transposición de musicales de Broadway a la pantalla grande era algo cantado. En realidad, lo que se está intentando es recuperar una larga tradición en Hollywood que se había perdido a fines de los años 60, con la adaptación de los últimos grandes musicales, La Novicia Rebelde, Mi Bella Dama y Oliver! Después vino una era diferente, con obras más chicas, menos épicas y contestarías, reflejo de la ideología política de los 70 que es lo muestran los musicales de Bob Fosse, y durante los 80 y 90 el género estuvo prácticamente muerto. Pero, gracias a Chicago (otra creación original de Fosse bastante sobrevalorada) los estudios empezaron a ver con buenos ojos volver a llevar los musicales con gran envergadura a la pantalla grande y con toda la pompa. Los resultados fueron menos llamativos de lo esperado, especialmente porque confiaron en los directores teatrales originales (caso Los Productores, Mamma Mia, Nine) para que hagan la adaptación. Grave error. Excepto por Joel Schumacher y El Fantasma de la Ópera, los demás directores no provenían del cine, y las puestas seguían pareciendo teatrales. Irónicamente, El Fantasma terminó siendo la peor de las adaptaciones, pero eso es culpa del poco talento de Schumacher para narrar y hacer películas en líneas generales. Con esto no quiero generar polémicas. Todas las obras son hermosas en el escenario… y deberían quedarse ahí...
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  • Mala
    Mala
    A Sala Llena
    Rara

    He defendido el cine de Caetano bajo toda circunstancia. Desde Pizza, Birra, Faso hasta Francia, pasando por Bolivia y las soberbias Un Oso Rojo y Crónica de una Fuga, Israel Adrián Caetano ha demostrado un gran talento para narrar, combinar géneros, armar personajes rebeldes, duros, generar discusión sobre el trabajo en grupo, mezclando costumbrismo con marginalidad, western con thriller, romance con pasión y sexo más alá de los estereotipos, representando una realidad posiblemente, un retrato de violencia urbana, pero influenciado por los cómics, el clase B, el cine mainstream.

    Por eso, uno comprende perfectamente qué es lo que lo llevó a filmar Mala, una película de sicarias, de venganza, violencia y rencores varios. Una película que a nivel temático logra encuadrarse – aunque no tiene la figura del grupo como fuerza motora – dentro de la filmografía de su director. Lo que no queda claro es por qué la hizo como la hizo, porque Mala bordea el ridículo y lo bizarro, pero no desde una perspectiva positiva, divertida, entretenida, sino con una seriedad y solemnidad, que hace dudar sobre las intenciones que tuvo su director con esta obra.

    Se trata de un trabajo muy personal y postergado. Durante bastante tiempo, Caetano estaba esperando que Natalia Oreiro aceptara el rol protagónico y de hecho, estuvo muy cerca de cumplirlo. Pero no la consiguió. De repente, decide contratar cuatro actrices para que tomen el rol de Rosario. La principal es Florencia Raggi, quién además es la que mejor ejecuta este rol, con más verosimilitud. Las otras actrices son imágenes que tienen las víctimas de Rosario impuestas por la misma Rosario. Acá no hay bipolaridad ni esquizofrenia. Tampoco hay capricho como el de Buñuel en Ese Oscuro Objeto del Deseo. Acá la justificación impera por una cuestiones de roles que asume el personaje frente a otros, en un tono similar al de Terry Gilliam en El Increíble Mundo del Dr. Parnassus (solo que GIlliam usó este recurso por que Heath Ledger falleció en la mitad del rodaje). El efecto le imprime a la película un clima extraño, casi onírico que funciona a la par de una estética muy cuidada y de una fotografía de contrastes, bellísima puesta de Diego Poleri. Ahora bien, lo que realmente deja afuera al espectador, o por lo menos a mí, es el salto de géneros que se van atravesando. La historia nos muestra a Rosario, una sicaria que tras ser salvada de la prisión se compromete a asesinar al ex esposo de una campeona de tiro paralítica. Esto lleva a Rosario a infiltrarse en el campo y la vida rutinaria de este hombre – Rafael Ferro – y en la vida de su esposa embarazada – Juana Viale. En principio uno creería que se va a encontrar con una suerte de thriller estilo La Mano que Mece la Cuna de Curtis Hanson, con un juego de seducción en el medio, pero en cambio el guión dispara para otro lado y deriva hacia un melodrama romántico que incluye un Torino Rojo muy parecido al Playmouth de Christine, y una subtrama telenovelesca que extiende terriblemente el argumento, y termina aburriendo con textos densos y mal escritos.

    Sin embargo, lo peor no es simplemente lo narrativo, la falta de profundidad en los personajes, que son banalizados y carecen de un cuerpo, son caricaturas manipulables, sino las fallas básicas de la dirección, una falta de coherencia en el montaje, errores de estudiantes – no veía a un director veterano cometer tantas falencias desde que Coppola dirigió Tetro – incongruencias narrativas, además visualmente la película desconcierta: por sus efectos visuales, por encuadres y movimientos de cámara desprolijos. Pero una desprolijidad que no pretende ser intencional, sino que termina por desconcertar más aún. Si hubiese habido crítica a la burguesía, sería más directa posiblemente y no con tantas vueltas. El elenco es desparejo – a excepción de Raggi y Celentano que se guarda un interesante duelo – y se van sucediendo situaciones que de tan patéticas que son, terminan siendo bizarras, pero sin provocar risa, sino algo parecido a la repulsión. Caetano comienza proveyendo un personaje feminista, pero al final, casi parece tomar una posición misógina, dejando al personaje masculino como un santo, y al femenino como sádico.

    Es difícil definir hasta que punto Caetano es autoconsciente del absurdo que hizo, del pastiche, de ese tono extraño, raro… La última escena parece un gran chiste, donde queda claro que al director poco le importan los personajes, el contexto o la historia. En ese sentido, con esa ironía final, el film podría leerse como una gran sátira clase B, pero como todo lo que vimos minutos es inclasificable, dicha afirmación podría ser errada.

    Mala es rara. Difícil de interpretar, con situaciones muy risibles. Confío que se trata de un paso en falso. En serio.
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  • El vuelo
    El vuelo
    A Sala Llena
    Una experiencia religiosa

    Gracias a Dios por Robert Zemeckis. Siempre el cine de Zemeckis tuvo una interesante faceta religiosa. Sin embargo, fue a partir de La Muerte le Sienta Bien, donde Zemeckis empieza a incluir en su cine elementos relacionados con las segundas oportunidades, la redención y… los milagros. De acuerdo, el tono era de comedia negra y satírica, pero poco a poco el humor se fue volviendo más serio, y si tenemos en cuenta el lugar que ocupa la religión para Forrest Gump (antihéroe creyente) o la disputa entre creencia divina y ciencia en Contacto, nos vamos dando cuenta que el “tema” destino versus fe, que el azar no existe y todo pasa una razón “misteriosa” forma parte de la ideología del director, que desde Volver a Futuro confía en que los accidentes no existe, e incluso el amor puede ser planeado. Sin embargo, Zemeckis fue interesándose cada vez menos en la ciencia, y más en la fantasía o filosofía más básica. No por nada Naúfrago, no es solo una historia de supervivencia, sino una lección moral sobre nunca perder la fe ni la esperanza.

    Después vino la trilogía “caption motion” que posiblemente, se haya tratado del mayor paso en falso de su director, donde las convicciones religiosas de Zemeckis se confirman con dos cuentos que celebran los íconos navideños en gran expresión (El Expreso Polar, Los Fantasmas de Scrooge) y una tercera obra, donde los protagonistas – a pesar de ser escandinavos – se guían por los dioses (Beowulf). No es que yo rechacé el “caption motion” de Zemeckis, de hecho las tres películas, especialmente Beowulf, me han gustado bastante. Pero lo cierto, es que eran obras que el mismo director con actores de carne y huesos, hubiese convertido en películas mucho más vívidas y menos artificiales. Quedó claro tras el fracaso de Marte Necesita Mamás, que es una tecnología a la que todavía le falta desarrollarse mejor. Es necesario que los personajes respiren un poco más. Aún así, si todavía le tengo fe a esta herramienta audiovisual es gracias a Las Aventuras de Tintín y el sabio uso que supieron darle Spielberg/Jackson para la adaptación de las novelas de Hergé.

    Volviendo a Zemeckis, el estreno de El Vuelo nos muestra el perfil más evangelista del realizador. Seguramente el guión de John Gatins en manos de otro director se hubiese convertido en una película para televisión más o en esas obras financiadas por la Iglesia Universal (como la saga Left Behind con Kirk Cameron). O sea, el elemento eclesiástico está presente en toda la obra. Teniendo en cuenta las convicciones religiosas de su protagonista, Denzel Washington, no quedan dudas porque eligió este proyecto. Se trata de una historia que condena todo tipo de vicio (llámese alcohol, marihuana, cocaína, heroína, sexo promiscuo) de la forma más obvio y didáctica posible. Acaso la inteligencia de Zemeckis es que esto esté escondido, tenga una sutil inferencia. Pero si nos fijamos en los detalles, no es en realidad la gran habilidad del protagonista lo que lo salva de morir, sino en el hecho de que cada vez que está en peligro hay una “intervención” divina, llámese el rezo de algún compañero, un “Dios mío” librado supuestamente al azar, o la presencia de alguna iglesia o panfleto evangelista. Son detalles que construyen el mensaje subliminal de la historia. Para salvarse, es necesario tener fe y creer.

    Claro, que un maestro de la narración como Zemeckis hace magia, pilotea la trama, le da ritmo, suspenso, intriga, incorpora numerosos elementos humorísticos (prestar mucha atención al “dealer” de John Goodman, pensar que representa a partir del tema que su director elige para presentarlo en escena, acá la sutileza ya no existe).

    El Vuelo – ya su título tiene una metáfora evangelista – es una película intensa, atrapante, que conmueve gracias a que detrás de cámara se ubica un autor, un hombre que ha sabido entretenernos como los mejores cineastas de la década clásica, ocultando sus convicciones con inteligentes símbolos visuales. Zemeckis siempre fue un detallista de la puesta en escena y sabe como incorporar la redención de manera que sea parte de la coherencia del film y no como un simple panfleto. Pero esto no oculta que lo sea. Hay numerosos puntos en común entre los personajes del El Vuelo y Forrest Gump o Naúfrago. Especialmente, las analogías entre Nicole y Jenny. No solamente porque ambas sean adictas, sino incluso en la forma en que irrumpen y salen constantemente de la vida del protagonista.

    Aun con sus golpes bajos, sentimentalismo más clásico y moralina mediante, El Vuelo, es también una película que confirma el talento de su realizador para llevar adelante una historia con transparencia e inteligencia. Las soberbias actuaciones de un convincente Denzel Washington, demostrando su versatilidad para hacer creíbles las situaciones más críticas del personaje, la siempre maravillosa y sensible Kelly Reilly (ver Eden Lake) acompañados por grandes secundones con Bruce Greenwood, Don Cheadle, Melissa Leo (en una pequeña pero esencial participación) y el gran John Goodman poniendo la cuota de humor, consiguen un película destacable, más allá del mensaje y la propaganda religiosa subliminal.

    Bienvenido Zemeckis, nuevamente, en la tierra de los mortales.
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  • La niña del sur salvaje
    Lo que el agua no se llevó

    Confiar en el criterio del jurado del Festival de Sundance no es garantía de calidad. La sobrevalorada Preciosa, demuestra que el festival de cine independiente más prestigioso del mundo es muy adepto a las historias golpebajistas, a películas que se ocultan en el bajo presupuesto para contar las mismas cosas que se cuentan en Hollywood con menos dinero y estrellas afeadas...
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  • Lincoln
    Lincoln
    A Sala Llena
    Caballero(s) sin Espada

    Hace varios años que Steven Spielberg está esperando reconciliarse con la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas. Acaso porque sus últimos proyectos tuvieron una visión demasiado personal – exceptuando Tintín e Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal – parecía necesario que Spielberg concretara un producto afable, de mayor repercusión y aprobación con la crítica y el público en general. Un producto serio, histórico. No un producto metafórico de aventura y ciencia ficción, que en realidad oculta mucho más de lo que muestra.

    Y así es que llega Lincoln. Película varias veces postergada, la historia de cómo el presidente decimosexto presidente de Estados Unidos consiguió abolir la esclavitud de su país había sido pensada, en primer lugar para Liam Neeson. Pero finalmente, el rol protagónico cayó en Daniel Day Lewis.

    En primer lugar, la decisión de no crear una biopic – el título puede llegar a confundir – sino más bien como fue la lucha y el proceso político que tuvo que atravesar Lincoln, su partido – el republicano – y sus ministros para conseguir la libertad de los esclavos es una decisión acertada, porque de esta manera, Spielberg concentrar la tensión en un hecho histórico que a pesar de ser muy conocido, y por supuesto, saber su resolución final, termina siendo un episodio que no fue tan explorado en detalle, al menos desde el aspecto burocrático, ya que siempre lo que se ha desarrollado es la guerra de secesión, a través de varios puntos de vista, generalmente, de personajes muy particulares, peones de la guerra o generales de alto estado.

    Sin embargo, la elección de este periodo en particular, permite a Spielberg también mostrar el carácter más humano y sensible del personaje, no solamente como cara de una nación, sino frente a su familia, los miembros de su gabinete, los soldados incluso.

    Lejos de tratar de construir una estatua, Spielberg decide homenajear a Lincoln por su inteligencia y bondad, y convertirlo junto a Thadeus Stevens, el principal defensor de los abolicionistas en personajes caprianos, luchadores de causas, de ideales, y no de intereses políticos o económicos como los demócratas prosureños. Pensar en los derechos humanos y la igualdad, no como una solución a la guerra sino como una lucha por la libertad (para hacer justicia por mano propia está Django). Incluso si tiene que mentir o manipular para conseguir sus sueños, también lo hacen.

    En ese sentido, ambos personajes, lo más profundos e interesantes, interpretados con sensibilidad, mucho sentido del humor y calidez por Daniel Day Lewis – impresionante metamorfosis como siempre – y Tommy Lee Jones – sigue siendo un ogro, pero oculta una faceta sentimental poco habitual en el actor – son como la caracterización de un Mr. Deeds o un Mr. Smith de El Secreto de Vivir y Caballero sin Espada. Spielberg, más capriano que Capra, a diferencia de otras películas, resuelve los conflictos en el congreso, en oficinas, habitaciones varias, e incluso porches. Espacios teatrales y a través del diálogo. Lo cuál llama la atención. Generalmente es raro que Spielberg decida hacer una obra de “diálogos”, priorizar las palabras sobre las acciones, pero esta vez, el diálogo es la acción principal, resaltando también el poder de las miradas de los personajes (no falta la mirada del chico). Quizás por esto, es que volvió a recurrir a Tony Kushner, premiado dramaturgo del off de Nueva York que había trabajado previamente con él en Munich. Si el anterior trabajo no había sido demasiado fructífero es porque la asociación parecía desbalanceada. Ni Spielberg se veía demasiado cómodo con la dirección de esa película, y el guión tenía demasiadas vueltas forzadas.

    En cambio, en Lincoln, el ritmo fluye más allá de la teatralidad. Aun cuando la mayoría de las escenas tienen personajes sentados o discutiendo en forma más estática de lo que nos tiene acostumbrado el director – lo más cercano irónicamente sería Amistad –la capacidad de Spielberg para narrar es tan apabullante que la dos horas y medias se vuelven atrapantes de principio a fin. Ayuda mucho el soberbio elenco – lejos el mejor que haya tenido el director de Jurassic Park en su carrera – integrado por una Sally Field casi sicótica, un maravilloso David Straitharn, el veterano Hal Holbrook, un divertidísimo y sorprendente James Spader, además de varios cameo muy dignos como Jared Harris. Quizás el más sobreactuado es Joseph Gordon Levitt. Igualmente, para un director que nunca se definió como gran director de actores, lo que saca de todo el elenco es digno de un reconocimiento.

    Y a pesar de los valores humanos, reflexivos, históricos, visuales – notable fotografía de Kaminsky – narrativos, musical (otra gran partitura de Williams) a pesar de todo, se siente que esta película Spielberg no la hizo tanto para él como para el pueblo, como si se pusiera en la piel del propio Lincoln y le deba esta historia a su país como un compromiso.

    ¿A que me refiero con esto? Al igual que John Ford, a Spielberg no le interesan tanto las figuras de primera línea, los héroes más obvios. Así como Ford, siempre prefirió al héroe marginal – John Wayne – que al general o sheriff demasiado correcto – Henry Fonda, que interpretó justamente a El Joven Lincoln de John Ford – Spielberg prefiere centrar su visión en los personajes más chicos, más imperfectos, y con un pasado algo oscuro. Los protagonistas de Spielberg tienen sus falencias, sus errores. A primera vista, el Lincoln de Spielberg es un estratega político veterano, pero también es un hombre que siempre tiene una anécdota que contar para inspirar, un remate humorístico para sacar tensiones, la palabra justa para llamar la atención; tuvo sus falencias como hombre de familia: la relación con su esposa tiene tensiones debido a la muerte del segundo hijo, por lo que Abraham trata de cuidar a su hijo menor, personaje típico de Spielberg, descuidando al hijo mayor al que quiere proteger de la guerra, y cuánto más lo quiere proteger, más quiere ir, rebelándose contra la autoridad del padre. Dicha dicotomía en la relación con sus hijos nos devuelve, aunque sea por 5 minutos gloriosos al mejor Spielberg de La Guerra de los Mundos o Encuentros Cercanos del Tercer Tipo: el padre ausente que cuando aparece no puede cuidar a su hijo. Aún cuando Gordon Levitt no le imprime tanta verosimilitud al personaje, su corta participación muestran al Spielberg más personal, más visceral incluso.

    El resto de la película parece llevar más la firma de Kushner que del director. Parece una obra hecha por encargo. No es tan personal como podría haber sido, y eso decepciona un poco. No tiene el carácter épico de Caballo de Guerra, por ejemplo – aunque en el principio y final hay escenas que recuerdan un poco al inicio de Rescatando al Soldado Ryan. Este Spielberg más solemne, similar al de La Lista de Schindler o Munich, consigue cumplir con el objetivo. Le aplica una imprevisible cuota de humor, simpatía y calidez al relato y los personajes que ningún otro director le hubiese puesto. A pesar de la ambición y la magnitud de la producción, queda la sensación que como Amistad – aunque inferior en emoción para mí – se trata de una obra más chica de lo que termina siendo. Es más didáctica, pero a la vez necesaria para un pueblo que a veces olvida las palabras de sus próceres.

    Con menor truculencia, un oportuno sentido político, Lincoln es una obra clásica, importante en su mensaje, impersonal en varios aspectos, pero que aún con todo esto, y gracias al apoyo de un elenco envidiable confirma el talento de Spielberg para seguir narrando.
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  • La noche más oscura
    Hasta las Últimas Consecuencias…

    La Noche más Oscura ha desatado, como era de preveer las más severas polémicas en los Estados Unidos. Antes de su estreno comercial, el nuevo film de Kathryn Bigelow venía llevándose los mayores reconocimientos de la crítica internacional, que destacaba el gran manejo e intuición de su directora para llevar adelante un thriller político sin dejarse tentar por tomar partido.

    Sin embargo, tras las primeras exhibiciones para el público, un sector conservador se sintió “tocado” por la violencia inferida y la exposición de escenas de torturadas perpetradas por la CIA sobre los “terroristas”. Ahora, si bien la ultraderecha empezó a manifestarse en contra del film por mostrar aquello que el gobierno estadounidense siempre negó, pero todo el mundo sabe; la izquierda leyó que la posición de Bigelow ante los hechos que muestra en el film tiene fines patrióticos o propagandísticos, e inclusive partidistas del gobierno de Obama, y no demasiados críticos con el gobierno de Bush Jr.

    Es irónico, pero se vuelve a abrir un debate pendiente desde el estreno de Vivir al Límite, laureada obra de Bigelow que mostraba la adicción y obsesión de un soldado desarma bombas durante la guerra de Irak, sin concebir un juicio de valor, sino retratando un trabajo de riesgo.

    Cada individuo tendrá su opinión si la función de un cineasta es tomar partido y tener un discurso aleccionador que brindar o limitarse a narrar los hechos en cuestión con la mayor objetividad posible y dejar que el espectador establezca la balanza moral sobre lo que está bien o está mal, si el fin justifica los medios, o si todo es una excusa para mostrar el poder del imperio estadounidense a través de la violencia, el sadismo o la fuerza.

    Lo que yo pienso es que las películas hablan solas. Que un director, como bien indica la palabra dirige su obra para que cada espectador le de una lectura diferente contemplando su cultura y educación. Que Bigelow tiene mucho más pelotas que la mayoría de los directores de todo el mundo para enfrentarse contra la opinión pública y las dogmas didácticas de la industria del cine es innegable. Y lleva su mirada con mucha inteligencia a sus personajes. Porque más allá de la política, del punto de vista, del hecho verídico per sé, se encuentra una gran narradora, una directora con mirada de autor, que no solamente tiene un pulso tremendo a la hora de llevar adelante un relato complejo que atraviesa diez años de búsqueda, que tiene muchos personajes, nombres, lugares involucrados, negocios, atentados, y trata de comprimir todo en una obra de dos horas y media sin descanso con feroz ritmo y adrenalina, estética con cámara en mano, sino que además nos demuestra que esos personajes son personas reales. No porque se inspiren o basen en alguien de verdad, sino porque viven, transpiran, sienten. Por que cuando están trabajando representan un papel, pero fuera de la oficina, necesitan descansar, tienen dudas. Y no solamente de un solo bando, sino que ese pensamiento se aplica tanto para los terroristas de la CIA como de Al Qaeda. Por Bin Laden era un hombre, que sangraba y no tardó en morirse como los villanos duros de matar de cualquier película. Por que los “buenos” también mueren enseguida en la vida real, porque no hay heroísmo en la victoria y porque la victoria es relativa y no pertenece solo a los soldados.

    Hay dos películas que se me vienen a la mente para comparar La Noche más Oscura: la primera es Red de Mentiras, una floja obra de Ridley Scott que mostraba con demasiada espectacularidad y la ironía de Russell Crowe y Leonardo Di Caprio, las mentiras de la CIA, con una inocencia atroz. En cierto aspecto, La Noche más Oscura pretende ser una versión más severa, realista y dramática de los mismos acontecimientos (pero actualizada en el final). La segunda película que demuestra que la guerra se pelea más desde una oficina que desde el campo de batalla es el clásico de Stanley Kubrick, nunca tan oportuno, Dr. Strangelove. En dicho film, se ironiza sobre la influencia que tienen (o no) las salas de guerra sobre los resultados de las mismas (“gente, no se pueden pelear, estamos en la sala de guerra”). Se podría nombrar también a Fail-Safe – clásico de Sidney Lumet a la que satiriza Kubrick.

    Pero también tiene grandes secuencias de suspenso y acción. En los momentos más tranquilos o de aparente calma, Bigelow sorprende aún cuando el que recuerda los hechos, sabe que los personajes no están a salvo, pero la directora nos convence tanto de la ficcionalización de hechos recientes, que nos olvidamos que todo fue real por algunos instantes. Si en el medio se pone un poco dialogada – al estilo Syriana – consigue dar un quiebre para no generar monotonía. A la vez, la última media hora, consigue cautivar con una dosis de tensión como juego en primera persona, a la que aplica un pequeña dosis de ironía para no caer en la solemnidad.

    Y sin embargo, sus películas siguen siendo obras sobre personajes obsesionados que luchan por un objetivo hasta las últimas consecuencias, que son adictos a sus trabajos, a sus misiones, más allá del dinero, del amor, de las órdenes o de la patria. Es un tema personal para el personaje de Maya – interesantísima actuación de Jessica Chastain, aunque un poco sobrevalorada – atrapar a Bin Laden. Ese comportamiento lo podemos en ver Keanu Reeves en Punto Límite – como la obsesión por atrapar a un criminal lo convierte en su aliado – la obtención de justicia y de verdad para Jamie Lee Curtis en Testigo Fatal, descubrir un crimen y defender un invento hasta las últimas consecuencias en Días Extraños, defender un submarino nuclear como si fuera un hijo en K19 o seguir desarmando bombas hasta la muerte en Vivir al Límite. Los personajes de Bigelow no descansan hasta conseguir lo que desean… no tienen moral, no tienen sentimientos, no se quiebran. Y Maya es un reflejo de la personalidad de la directora también (igualmente el análisis definitivo de la filmografía de ella se lo dejo a mi colega Matías Orta).

    Por eso, a pesar de que La Noche más Oscura no se puede clasificar como una de las obras más personales de su directora ni tampoco se puede decir que se involucra en el sentimiento de adicción a la violencia con la profundidad y ambigüedad psicológica que tenía Vivir al Límite, porque no consigue decidirse si quiere quedarse solo con Maya, o contar absolutamente todos los hechos terroristas o que de alguna manera involucraron a la CIA desde el 2004 hasta el 1º de mayo del 2011 - que es lo que termina siendo – Bigelow consigue que el dispositivo que arma siga teniendo su firma.

    Porque más allá de las ambiciones, de las contradicciones ideológicas, del patriotismo, la crítica, la ironía o la propaganda, La Noche más Oscura es un relato clásico sobre una protagonista que tiene una misión y desea cumplirla hasta las últimas consecuencias, no porque quiera, no porque necesite la recompensa, la venganza, la sangre, sino porque es su trabajo y no sabe hacer otra cosa.

    Y Kathryn BIGelow podría amagar con hacer obras más suaves, reflexivas y dramáticas a esta altura de su vida y de su carrera. No necesita seguir demostrando que en un género históricamente dominado por los hombres, una mujer puede hacer LA película definitiva que cierra la guerra de Irak y la muerte de Bin Laden. Pero lo hace, porque es lo que mejor sabe hacer y no se va a detener ante nada para conseguir la mejor película posible. Y les aseguro que lo logra.
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  • Django sin cadenas
    Django sin cadenas
    A Sala Llena
    Los Anillos de Tarantino

    Ningún argumento de alguna película de Quentin Tarantino tiene algo de original. Siempre fue así. De hecho, Tarantino es el mayor ladrón que existe en la industria y él es el primero en confesarlo. Todas las películas de Tarantino se nutren de miles de influencias desde su estructura narrativa, hasta los nombres de los personajes. Este collage de citas e intertextualidad es lo que más enoja a algunos y resulta lo más aplaudido por otros, en este caso los cinéfilos enfermos como él, fanáticos del mismo tipo de cine que él. Aquellos que dicen que Tarantino les vuela la cabeza y ha reinventado el cine, realmente ignoran de que se trata lo que el realizador quiere generar en cada nueva obra que encara. Así mismo es errado pensar que porque en todas sus películas abundan referencias a géneros malditos o clase B, de explotación, setentista y otras bizarreadas, el trasfondo de la obra tarantinesca carece de sustancia. Nada que ver. Tarantino es hijo de todo el cine en general. Queda demostrado que su influencia puede venir de Truffaut para el argumento de Kill Bill (inspirado en La Novia Vestía de Negro) o como es el caso de Django Sin Cadenas, de Fritz Lang, más precisamente Los Niebelungos, y su obra estadounidense.

    ¿Qué tiene que ver el clásico poema anónimo medieval alemán sobre las aventuras de un caballero tratando de recuperar un tesoro de unos enanos que viven en cuevas, con la historia de un esclavo liberado por un dentista cazarecompensas, que pretende recuperar a su esposa también esclava de un terrateniente sureño? Todo. Y no es algo arbitrario. El personaje de King Schultz – interpretado por Christoph Waltz, el alma de la película y sin duda el personaje más sensible y humano que haya creado Tarantino en toda su filmografía, junto con propio Django – le cuenta al protagonista el origen del nombre de su esposa, Broohmilda, y cuál es el sacrificio que emprende el príncipe Siegfried en la leyenda. Claro, más que nada hay simetrías y no precisamente una analogía literal con la historia, pero si nos ponemos a dividir y comparar las diversas capas de la historia podemos encontrar que el director quiso construir una epopeya romántica disfrazada de western spaghetti. Sería muy fácil decir, que Leone o Corbucci o Anthony Mann son los principales referentes visuales del film, pero en su estructura narrativa, Tarantino prefiere ser menos episódico – aunque hay dos mitades bien diferenciadas – que en otras obras, no aspira por un relato coral, sino que se ata de principio a fin con sus protagonistas y los lleva por diferentes circuitos – o anillos – hasta llegar al centro mismo de la tierra, la guarida de los “Niebelungos”, que es Candyland, en este caso, la plantación y mansión de Calvin Candie – desorbitado y caricaturesco Leonardo Di Caprio. Después de Candyland, el film empieza a cerrar una estructura casi circular, lo que confirma que el director pensó la película en forma menos lineal de lo que aparenta ser.

    Con esto no me refiero a linealidad temporal – y de hecho es la película con menos flashbacks de Tarantino – sino a pensarla en forma circula basándose a situaciones que se vuelven a repetir en la vida del protagonista.

    Aún así y como analizábamos con la colega Laura Dariomerlo, la película tiene dos mitades que difieren en ritmo, tono pero funcionan a la vez como espejo. La primera mitad de la película que admite la liberación de Django y sus primeras aventuras como cazarecompensas se trata de una comedia, un buddy movie incluso, donde dos amigos cruzan el estado cobrándose la vida de criminales, profundizando una relación amistosa (una relación de verdad, no de camaradas, sino de verdadero sentimiento) que tiene su espejo en la relación entre Calvin y su sirviente Stephen – Samuel L. Jackson, tan caricaturesco como Di Caprio. Mientras que la primera relación se basa en lealtad impuesta por buenas actuaciones retribuidas, la segunda es una relación forzada, mientras que las actuaciones del lado de Foxx y Waltz son honestas, casi naturales – extraño en un film del director también – la segunda es completamente artificial, basada en sobreactuaciones demasiado maquillados los personajes. ¿Y acaso este contraste es azaroso? No, en Tarantino ni un solo encuadre depende del azar. Él quiere marcar esa contrafuerza visual y funciona.

    Por otro lado, otra diferencia entre la primera y la segunda parte es el ritmo. La primera hora y media es dinámica, divertida, llena de humor – con una memorable secuencia donde el director se burla del Ku Klux Klan – acción y tiros. Pero la segunda, cuando aparece el personaje de Calvin, y especialmente Stephen depuran un poco el relato. Se vuelve más intelectual y dialogado. Muchos han acusado a Tarantino de racista, pero lo cierto es que sucede todo lo contrario. Tarantino retrata la esclavitud en forma salvaje y sanguinaria, denotando no solo las consecuencias físicas, sino también sociológicas y psicológicas. ¿Es casual acaso que el único personaje “blanco” benévolo sea justamente un alemán? Prestar atención a este detalle. No hay un solo personaje blanco que se salva de ser estúpido, brutal, sanguinario e hipócrita.

    Siempre se ha tildado a Tarantino como un director poco sentimental, pintoresco, demasiado enamorado de sí mismo y sus personajes, pero poco sensible a las emociones de los personajes. En Django, Tarantino adopta un carácter romántico que empezó a aflorar con “la novia” de Kill Bill, siguió con Shossana en Bastardos sin Gloria y realmente se vuelve el núcleo dramático de Django. Parece que al ir envejeciendo, se nos va poniendo un poco más emotivo. Pero todo se justifica desde la narración, la estética y la elección genérica.

    Como siempre, se puede encontrar tantas citas hasta el cansancio en el cine de Tarantino. Ni Spielberg se salva esta vez (Calvin en un momento narra una escena de El Color Púrpura). Visualmente es prodigioso el trabajo de Robert Richardson plagiando la imagen lavada de millones de westerns de los 60 específicamente, tanto italianos como estadounidenses. Los pocos flashbacks remiten a la estética grindhouse incluso. Hay enormes libertades temporales que no sacan de contexto y le aportan mayor humor a una película que resulta menos cómica de lo esperado.

    Pretenciosa y ambiciosa, Django Sin Cadenas, tiene a un Tarantino desenfrenado sediento de violencia, sangriento, casi gore. Aún cuando no construye demasiadas escenas independientemente memorables – como logró en Kill Bill o Bastardos – consigue una película con mayor consistencia en sentido unitario, un relato un poco más clásico, pero con algunas puestas de cámara rebeldes, provocativas para un director estadounidense. La ecléctica banda sonora es realmente magnífica y mantienen la atención en forma constante. El elenco depara enormes sorpresas de actores invitados como un maravilloso Don Johnson o eternos segundones en roles destacados como Walter Googgins y James Remar, además de varios cameos divertidos (y explosivos).

    Difícil de clasificar, Tarantino consigue una nueva obra que confirma su talento, influencia general de todo el arte y potencia como autor. Superior en muchos sentidos a Bastardos sin Gloria, A Prueba de Muerte y Kill Bill; aún con sus excesos, caprichos, ambiciones y pretensiones, Django Sin Cadenas es una película completa, hermosa a nivel visual y con mucho más para analizar – especialmente sobre el punto de vista histórico – de lo que se ve a primera vista. Más allá de las referencias y el pastiche, hay detalles que van a saltar mejor en una segunda visión.

    Al igual que los mejores westerns spaguettis, Django está destinada a ser un clásico de culto, apreciado por generaciones venideras. En ese caso, el objetivo de esta aventura se habrá cumplido y Tarantino podrá decir que venció al dragón y se alzó con su anillo.
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  • El lado luminoso de la vida
    Desayuno con Tiffany

    Llega esta época del año y siempre se estrena “esa” película “Indie”, la comedia dramática romántica de autor que pretende darnos una lección moral y al mismo tiempo hacer una “radiografía” – palabra que encanta a los críticos – sobre la sociedad estadounidense. Cuando no es Jason Reitman – por quién siento un gran respeto a pesar de todo – es Alexander Payne… y todo parecía indicar que este año sería el turno de David O’ Russell, autor maldito que coquetea con los críticos, no suele agradar demasiado al público masivo, amaga a ser “Indie” y “autor” con tocar temas importantes, pero llama actores de renombre que desean probar suerte en el terreno del bajo presupuesto para ganar premios, etc.

    Pero O’ Russell, no es tampoco tan querido. De hecho, muchas “celebridades” lo odian por su mal carácter. Son legendarias sus peleas a los gritos con sus protagonistas – excepto Mark Wahlberg nadie se lo banca – e incluso existe la leyenda que le pegó a George Clooney. Quizás David debió internarse en un hospital por un tiempo y así salió El Lado Luminoso de la Vida, que a contracorriente del resto de la filmografía del realizador es una película optimista, aún con un trasfondo oscuro.

    Sin embargo, si bien el crédito de tal positivismo habría que adjudicárselo al autor de la novela… y por ende a la actitud del personaje frente a la vida, se pueden vislumbrar dos corrientes típicas del director: primero que siempre termina imponiendo su personalidad de una forma u otra, denotando una autoría no solo en la narración, sino específicamente en la estética, que no es tan transparente ni pop como la de otros cineastas del mismo círculo. Segundo, una fascinación por ir en contra del concepto de autor que se tiene de su filmografía. Por último, como ya demostró en El Ganador, su última obra, O’Russell es un enfermo cinéfilo del cine de los años 50 y 60. Y si en la película que tiene la actuación que le valió a Christian Bale su primer Oscar, tomaba como principal referencia el cine de Robert Aldrich o Samuel Fuller, dos cineastas de género rebeldes, para El Lado Luminoso de la Vida, eligió a los directores de comedias románticas más cínicos, críticos y melancólicos de la industrias: Billy Wilder y Blake Edwards.

    Dicha comparación puede parecer en principio exagerada, pero no lo es. Aunque la película esté protagonizada por dos típicos antihéroes y sus respectivas familias, O’ Russell se interesa menos que sus contemporáneos por el retrato social. Este es solo un contexto para profundizar en las relaciones. El film en sí no es humorístico. El conflicto de cada uno es muy dramático, pero el conjunto de patetismo y el simple hecho de buscar un happy ending a través de la unidad de estos personaje que parecen destinados a fracasar y pelearse continuamente, dan un tono esperanzador que era típico de los dos maestros citados.

    La relación entre Patrick – Bradley Cooper demostrando varias facetas de su personalidad y aun cuando podría caer en la caricatura termina siendo verosimil y brindando una gran actuación – y Tiffany,- Jenniffer Lawrence también demostrando que no solo tiene cara de chica triste, golpeada, sino que puede tener gran timing humorístico aprovechando esos golpes – parece calcada de la que tenían Baxter (Jack Lemmon) y Kubelik (Shirley MacLaine) en Piso de Soltero, o la de Paul (George Peppard) y Holly (Audrey Hepburn) en Desayuno con Diamantes. No es casual la elección del nombre de la protagonista. Todo remite a ese periodo de transición entre el Hollywood clásico con historias de amor que terminaban bien, y el nuevo, con jóvenes que huían de las rutinas de sus hogares y buscaban nuevas maneras de ganarse la vida. La relación con la familia, las costumbres es el otro pilar del film, a partir de la potente figura paterna de Patrick. Algo con lo que el personaje debe convivir y aceptar. O’ Russell pone énfasis en la distancia y la incomunicación de la relación padre – hijo y pone como única solución la conformidad y aceptación. Ni el football americano o las apuestas son lo que los unen. Existe un elemento intimidatorio en que este personaje lo interprete Robert De Niro – sin llegar a sus mejores trabajos, es al menos el más creíble, decente y digno trabajo que hizo desde Cabo de Miedo – y eso queda marcado en varios momentos, donde el actor se parodia a sí mismo en clave mafiosa.

    Desde la banda sonora, O’ Russell confirma que no se casa con una década y a medida que el film va tomando una estructura y un ritmo conforme a una obra clásica – convencional, previsible – se va creando una autoconciencia de ello en el plano musical que incluye una hermosa versión del tema María de Amor sin Barreras.

    Por otro lado, el comienzo del film, dentro del hospital psiquiátrico podría remontar fácilmente a Atrapado sin Salida. ¿Adonde voy con todo esto? O’ Russell no es un director que pretende trascender. Es un chapado a la antigua con ideas concretas sobre como llevar un relato cinematográfico con ingenio, verosimilitud, gracia y clasicismo. Logra sacarle grandes actuaciones a las piedras – Chris Tucker y Jackie Weaver son dos gemas del elenco secundario, divertidos, naturales.

    Y por si esto fuera poco, se trata de una película cuidada, sutil, que no apela a golpes bajos, que el sentimentalismo está bien usado, que consigue emocionar sin forzar ni manipular situaciones, que logra meternos en un microuniverso suburbano querible aún con su toque pintoresco, sus ancianos conservadores y una sátira al psicoanálisis que no deriva a la burla sino a la reflexión sobre los tratamientos. . Un retrato que parece haber conservado de El Ganador, su obra más regular, sólida y menos pretenciosa hasta la fecha. Pero si ahí había podido domar el drama, con esta consigue seguir en la línea de conflictos sociales clásicos de esta última con el humor irónico y el cinismo oscuro de Tres Reyes o Yo Amo Huckabees (film injustamente maltratado, lleno de ideas y original en su concepto).

    O’ Russell mantiene la cámara en mano girando intensamente alrededor de los personajes manteniendo una tensión y un ritmo que paulatinamente va bajando, en forma justificada, pero consiguiendo justificar un poco esa referencia al cine de Wilder (especialmente el de la década de los 60, donde el vienés se animó a jugar un poco más con los movimientos y las velocidades) y cerrando la penúltima escena con un travelling hermoso tributo a Edwards.

    Sacando de lado, la previsibilidad que el relato clásico aporta a cualquier película, El Lado Luminoso de la Vida demuestra que el optimismo no se consigue tratando de ser el mejor, o mostrando una faceta políticamente correcta, sino siendo uno mismo y aprendiendo de la experiencia, de los veteranos. Acaso la lección no solo se aplica al mensaje del guión, sino sobretodo a la filmografía de un director nuevamente demuestra el lado luminoso del cine de Hollywood.
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    A Sala Llena
    Nuevo Tango en París

    El tercer film de Sergio Mazza (El Amarillo, Gallero) habla de la imposibilidad de comunicación entre dos seres que comparten las mismas incertidumbres.

    María – Belén Blanco – es una argentina que está hace un tiempo en París. Trabaja en una fábrica limpiando prendas y necesita un nuevo techo en el que vivir. Consigue un lugar en la casa de Jérome, un fotógrafo especialista en desnudos femeninos, que está en medio de un divorcio. Rápidamente María se acomoda en la pieza que pertenecía al hijo de Jérome.

    Mazza muestra la relación entre estos dos personajes solitarios. María tiene problemas para legalizar sus papeles para conseguir un permiso de trabajo, lo que le perjudica su posición en la fábrica. Jérome no consigue la custodia de su pequeño. El idioma no es un impedimento, ya que ella se arregla con el francés y él con el español. Sin embargo, cada uno hace su vida por su lado. El sexo irrumpe como única vía de comunicación y conexión entre ambos.

    Mazza crea un film intimista, pequeño, introspectivo, basado en silencios e imágenes realistas. La cotidianeidad de esta seudo pareja viviendo en una París fría alejada de la pintura turística pero tampoco haciendo hincapié en la marginalidad es lo que nos presenta esta obra sencilla en su concreción formal, pero profunda en su carácter climático. Las interpretaciones de Blanco y Ronan Rauz tienen una introspección y austeridad acordes con el tono frío, ajeno que respira la película. A pesar de que sabemos muy poco de cada uno, y nos vamos enterando en forma paulatina del pasado de cada uno, de lo que los llevó a esa situación, el director no fuerza a los intérpretes a largar sus diálogos. Todo se da en forma natural y coloquial, un momento lleva a otro de manera coherente y comprensible.

    A pesar de que es imposible no sentir empatía por el drama interno que vive cada uno de ellos, también es comprensible la distancia que existe entre los dos, a pesar de que viven bajo el mismo techo, no tienen dificultades con el idioma y no tiene peleas. Pero el pasado es más fuerte que su presente.

    En varios sentidos, el film de Mazza tiene puntos en común con 77 Doronship, inédita obra de Pablo Agüero que también mostraba la relación de un argentino y una francesa embarazada de su yerno en un pequeño y viejo departamento parisino. Pero mientras que lo de Agüero tomaba situaciones límites al borde del grotesco, Mazza decide que los conflictos no pasen tanto por el presente, sino por las huellas del pasado que siguen persiguiendo a los protagonistas, a pesar de querer escaparse de ellas.

    La construcción de los personajes y de la relación, la profundidad de las actuaciones son el fuerte de esta bella película, que apela a la repetición para comunicar un sentido del agotamiento, que consigue una crítica sobre la política y burocracia migratoria, sin bajar bandera ni crear un alegato en sí y nunca cae en la pretenciosidad filosófica. Tiene un lenguaje directo y formal, pero bien construido. La hermosa fotografía de Alfredo Altamirano es otro punto fuerte del film, no quedando de adorno, sino apoyando el clima que rodea a los personajes.

    A pesar de que puede volverse previsible en los últimos minutos – tampoco que Mazza pretenda sorprender al espectador – la esencia no se pierde en ningún momento y la sutileza con que se maneja el lenguaje – y el mensaje – en los pasajes finales, nos llevan a una reflexión acerca del carácter humano que traspasa las fronteras de las nacionalidades, y toma un discurso universal.
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  • Hansel y Gretel: Cazadores de brujas
    Las brujas también sangran

    Confieso que esta nueva moda de adulterar los cuentos de los Hermanos Grimm – o cuentos de hadas en general - no me atrae mucho. El año pasado tuvimos que soportar dos adaptaciones mediocres de Blancanieves, el anterior una de Caperucita Roja y ni siquiera la aventura épica con Heath Ledger y Matt Damon dirigida por Terry Gilliam terminó siendo demasiado atractiva, más allá del gran diseño artístico típico del animador de los Monty Pithon, y el humor inglés que le pudo aportar a un guión bastante pobre en ideas.

    La primera película del noruego Wirkola – realizador de una obra de culto sobre nazis zombies que regresan en la actualidad – sobre suelo estadounidense (en sentido figurativo, porque fue filmada en Europa), se acerca un poco más a la película de Gilliam que a los exponentes adultos más recientes. Y esto, en cierta forma, resulta positivo, ya que si hay algo que no se le puede dejar de reconocer al director de Doce Monos, es que a pesar de todo nunca ha perdido el humor negro, y en ese sentido, Los Hermanos Grimm resultaba exitosa más allá de la sobrecarga de efectos especiales, el previsible guión o las superficiales interpretaciones (aunque gracias a esta actuación, Ledger demostró que podía interpretar a algo más que una cara bonita).

    A pesar de darle otra lectura al clásico cuento infantil, Wirkola diseña un guión demasiado obvio, lleno de lugares comunes y personajes esquemáticos, imitando modelos acartonados del cine Blockbuster estadounidense de los últimos años, héroes reos, antipáticos con pasados torturados que deben aprender a superar sus resentimientos en el presente de la historia.

    El prólogo de la película nos muestra en forma sintetizada, similar a La Leyenda del Jinete sin Cabeza de Tim Burton (incluida la música de Danny Elfman), la historia de los dos hermanitos que son abandonados en el bosque y encuentran una casa hecha de dulces para atraer niños. Adentro, descubren una bruja, a la que cocinan rápidamente. Nada de migas de pan. Varios años después, los hermanos son adultos, y al mejor estilo Van Helsing, Cazador de Monstruos, viajan cazando brujas de pueblo en pueblo con un arsenal de armas demasiado modernas para la época. Todo va bien hasta que llegan a un sitio donde desaparecieron varios niños. La culpa es de una Gran Bruja – Famke Janssen, en piloto automático de una Jean Grey enojada – que descubrió una manera para sobrevivir al fuego, el elemento más efectivo para asesinar a las mujeres de su clase.

    Hansel y Gretel deben competir contra un siniestro sheriff local – el siempre maravilloso Peter Stormare – para recuperar a los niños y derrotar a Muriel, la gran bruja.

    Lo que más llama la atención de esta adaptación es que Wirkola no quiso hacer una versión para adolescentes y jóvenes, sino decididamente apunta a un público mayor, fanático del horror – como Joe Johnston pretendió hacer con la fallida El Hombre Lobo - más que de la fantasía o la aventura. No solamente hay sangre, sino verdadero gore: cabezas que explotan, cuerpos mutilados, insinuaciones sexuales (con una sugerente subtrama incestuosa). Se hace un poco hincapié en la “virginidad” de los protagonistas para incorporar otros personajes que consiguen separar a la pareja protagónica y abrirle otras posibilidades de relaciones. Por suerte, esto se explica en forma más sutil que discursiva. Nunca se pone se juzga el comportamiento de los hombres frente a las mujeres, sean brujas o no: no hay prejuicio moral en pegarles, quemarlas o torturarlas un rato.

    Wirkola no le teme a explotar la utilización de efectos visuales para mutilar seres humanos y de fantasía, y tirarle al espectador, partes de los cadáveres, aprovechando el efecto 3D. Y acaso, el mayor logro del director, es justamente la falta de pretensiones, divertirse con el material que tiene en las manos, no tomárselo demasiado en serio, aportarle alta dosis de humor negro y efectiva tensión. Acaso, por la ausencia de solemnidad y la omnipresencia de remates cómicos habría que agradecerle a Will Ferrell y Adam McKay, que sorprendentemente son productores del film.

    Ni Jeremy Renner – que a esta altura no logra diferenciar si está interpretando a Aaron Cross, Hansel o Hawkeye – así como la fría Gemma Arterton – la princesa inmutable de Príncipe de Persia y la empetrolada secretaria de Quantum of Solace – logran transmitir genuina comicidad o carisma a sus personajes. Pero tampoco desentonan (aunque si ellos son alemanes, Schwarzenegger es italiano). Sin duda, lo mejor del elenco es un Troll diseñado con CGI e interpretado en Caption Motion por Derek Mears – el último Jason, parece que no consiguieron el teléfono de Andy Serkis – que le aporta un poco de humanismo irónico y calidez al reparto. Tanto por el diseño de su rostro, como por la “bondad” que inspira el personaje, parece que Wirkolda lo sacó del Laberinto de Jim Henson.

    Aún con sus falencias narrativas y pocas ideas ingeniosas – hay un efectivo chiste referido a la “enfermedad” del personaje de Renner - Hansel y Gretel: Cazadores de Brujas, se deja ver, es entretenida, dinámica, divertida sin demasiadas pretensiones y con mucha artificialidad.

    En esta adaptación, las brujas no logran asustar. Esperen a ver la secuela, cuando los protagonistas deban enfrentarse a sus respectivas suegras y ya veremos.
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  • Tres tipos duros
    Tres tipos duros
    A Sala Llena
    Dejen de darle viagra a Pacino

    Que tristeza. Que desconsuelo. Si habría que hacer un recuento de las mejores escenas de actuación pura de la historia del cine estadounidense, Pacino tendría varias en un Top Ten. Esa mirada iracunda, pero reprimida en la cena con Bonasera antes de pegarle el tiro en El Padrino; la llamada de Sonny a su pareja en medio del asalto de Tarde de Perros; la consternación de la injusticia de un tribunal en Justicia para Todos… Sérpico, Sérpico, Sérpico… la transformación en Cruising… Que animal era Al Pacino.

    Pasaron 30 años. Si bien no es novedad que Al es solo una caricatura de sí mismo, un imitador de sus lugares comunes, de Tony Montana – acaso el único personaje desbordado que vale rescatar, junto al villano de Dick Tracy, pero se trata de películas de por sí caricaturescas – verlo en una camilla desorbitado con una erección, hace pensar que ya está definitivamente para el retiro. Tuvo algunas interpretaciones decentes en los últimos años – principalmente en televisión – que vale la pena resaltar como las que hizo para Michael Mann en El Informante y Fuego contra Fuego, pero esa sutileza, esa expresividad y creatividad para hacer fácil lo difícil, para transformar lo sentimental en un juego, en algo genuino y no caer en el tic, en la mueca… ha desaparecido.

    Pacino tiene 72 años, pero aparenta 10 más. Está destruido. Su cara, curtida por los excesos está peor que la de cualquier personaje envilecido.

    Tres Tipos Duros, es una demostración de lo poco que duran los últimos galanes en Hollywood. No quiero recordar los trabajos que tuvo que interpretar Brando antes de quedar completamente en la vía, pero Pacino parece seguir su camino.

    La nueva película de Fisher Stevens, un gran actor secundario, que tuvo un gran momento en la serie de culto Early Edition, es una obra completamente ausente de ideas, que pretende generar humor a partir de situaciones inverosímiles que se repiten constantemente hasta llegar al punto absurdo de que los personajes se cuestionen como pueden seguir despiertos, seguir comiendo o seguir cogiendo. Esta autoconciencia, que en otro contexto podría resultar divertida, acá solo demuestra los huecos narrativos de un guión viejo, aburrido, ávido de ideas, que acude al humor vulgar, escatológico con el uso menos ingenioso que se pudo llegar a inventar. Tan previsible es la resolución de los chistes que ni siquiera se puede hablar de una bizarreada, de una comedia pasada de rosca, de espíritu retro. No, porque lo que Tres Tipos Duros pretende ser es una comedia dramática sobre personajes en el ocaso de su vida. Y si a eso sumamos subtramas acerca de la reconciliación familiar que encallan de manera tan forzada como imposible, entonces solo tenemos una buddy movie, que funciona por momentos.

    Es que si Pacino está pasadísimo de rosca - ¿hacia falta verlo aspirar cualquier medicamento como si fuera un Tony Montana de geriátrico o hacerle decir Uja hasta el cansancio? – es Christopher Walken el que le da un poco de coherencia a esta ridiculez. Walken esta vez está contenido, más austero, transmite ternura. Tiene esa templeza y calidez, genera esa empatía que producía con el personaje de Atrápame si Puedes: el padre que fue por el mal camino y necesita redención. La química con Pacino existe y en ese sentido, hay que reconocerle sus méritos a Stevens. La relación entre ambos personajes es el eje del film, y al menos eso no es ridículo. Alan Arkin, en su reducida participación también le aporta un poco de calidez, pero su interpretación está en piloto automático. Siempre es un placer verlo, pero esta vez, al igual que Pacino recurre a varios tics conocidos. Es una pena que Mark Margolis, actor de la escena under neoyorkina tenga una participación tan intrascendente. Al menos se podría haber armado alguna escena con Pacino con un chiste interno, teniendo en cuenta que Margolis tiene una corta pero recordada participación en Caracortada y Tony le volaba la cabeza en medio de un auto. Ver a Julianne Margulies nuevamente vestida como doctora pretende generar alguna nostalgia posiblemente, pero realmente no es un chiste muy inspirado, y en ese sentido, de las actrices secundarias que participan en la película lo más destacable es lo de Lucy Punch, la británica que ya había tenido una interpretación soberbia Conocerás al Hombre de tus Sueños, una fallida comedia de Woody Allen, demuestra su habilidad humorística una vez más, aprovechando la frialdad e ingenuidad del personaje que le toca interpretar.

    Tres Tipos Duros es una película tan rústica, tan convencional y previsible, tan erróneamente construida desde la narración que tanto sea para bien o para mal, de lo único que me interesa hablar es de las actuaciones. Ya sea por la decepción que me provocaron o por el brillo de algunos artistas que se salen de lo ordinario.

    Y sin duda, que la banda sonora contenga temas “nuevos” de Bon Jovi – de voz irreconocible prácticamente – demuestra que el film de Fisher Stevens debería haberse estrenado hace 25 años, cuando todos sus integrantes tenían un presente un poco más digno.

    Hoy en día, ni los nostálgicos podemos hacerles el aguante.
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  • S.O.S: Familia en apuros
    Chistes para Abuelos

    Es una verdadera lástima que en una industria que ha tenido grandes nombres con obras particularmente maravillosas en lo que concierne a comedia familiar, como Steven Spielberg, Joe Dante, Richard Donner, y el primer Rob Reiner, se sigan realizando películas tan poco inspiradas como S.O.S. Familia en Apuros.

    Esta nueva obra del inoperante Andy Fickman, al igual que Steve Carr, un sucesor mediocre de Shawn Levy o Brian Levant que de por sí ya son mediocrísimos – a comparación, Jon Turtletaub es Ingmar Bergman – reafirma no solamente la falta de ideas, la repetición de fórmulas de la industria a la hora de crear películas que puedan ver padre e hijos – y abuelos – sino de la ignorancia, el desconocimiento del mundo infantil, cayendo en retratos pueriles, banalizando la inteligencia de los menores, estupidizando al mundo adulto hasta llegar a puntos tan ridículos que resultan inverosímiles y ávidos de humor. Ya no se trata de una crítica a los padres contemporáneos ni al recambio generacional, sino también un insulto a la credibilidad del espectador.

    Esta vez, el chiste está en mostrar a dos abuelos que tratan de combatir la edad demostrando que siguen siendo hábiles en sus trabajos, teniendo que cuidar a tres chicos demasiado mimados y cuidados por parte de padres muy modernos que viven en una “casa inteligente” que hace todo, y además asisten a clases “especiales” para destacarse y mejorar sus destrezas, a través de una educación basada en la psicología inversa.

    Si bien este planteo parece demasiado trillado, peor se va desarrollando la trama, cuando aparezcan previsibles chistes escatológicos, xenofóbicos – tomando como punto al dueño de un restaurante asiático – y gags que provienen de la década del ’30 y que hoy en día ya no causan gracia, debido al abuso que el género ha sufrido en las últimas décadas.

    Si esta comedia, que por supuesto tiene moralina conciliadora - cumplir los sueños, ser uno mismo, etc - de por medio, y es sobre explicada, discursiva y obvia, sale mínimamente adelante es por gracia y obra de la pareja protagónica: Billy Crystal y la admirable Bette Midler.

    No esperen que alguno de los dos interpreten personajes muy distintos a los que ya hicieron en las docenas comedias que se acumulan en las bateas de los dvd clubes, sin embargo, juntos conforman una pareja… simpática, y la química entre ambos se consigue a los pocos minutos de comenzado el film. Ninguno de los dos está en su mejor estado. Crystal, siempre quejoso ha dado mejores interpretaciones, más divertidas y con chistes más ingeniosos, mientras que Midler, artista más completa, talentosa, graciosa y versátil que su compañero, hace lo que puede con un personaje tan estereotipado… y lo hace ¡muy bien! “La rosa” sigue siendo una belleza, y su honestidad compra a cualquier espectador escéptico de este tipo de comedia. Solo tres escenas donde la actriz demuestra sus dotes como cantante alcanzan para robar unas sonrisas entre tanto humor insoportablemente estúpido. La película cae en tantos lugares comunes y clisés que se vuelve un tedio, una apología a la imbecibilidad y la ausencia de recursos narrativos. Aunque no cae realmente en golpes bajos, los momentos sentimentaloides son patéticos por una puesta en escena que pretende causar efecto lacrimógeno apoyado por una banda sonora redundante que manipula e incrementa la emoción en forma forzada.

    Los actores infantiles completamente sobreactuados tampoco logran conmover o caer simpáticos, y ni hablar de la forma en que Marisa Tomei se sigue ridiculizando, con su rol de adulta aniñada, que parece olvidar las magníficas interpretaciones que consiguió en los últimos años con El Luchador y Antes que el Diablo Sepa que estás Muerto.

    Esta no es una película ni para chicos, ni para padres, sino para abuelos que no conocen el lenguaje infantil y caen en los mismos prejuicios que los realizadores de la película, cuando llevan a sus nietos a ver obras tan retrógadas como S.O.S Familia en Apuros, y Andy Fickman necesita recibir en forma urgente un DG: “Director Guidance”.
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  • El último desafío
    El Último Gran Héroe

    Vamos a admitirlo. Extrañábamos a Arnold. Lo necesitábamos. Jason Staham es muy chiquito, no da miedo, no tiene un acento divertido. Pero Arnold es diferente. Su cuerpo ya intimida, su sonrisa pintada en el rostro aterra, su mirada fija pone los pelos de punta… y su acento, lo convierte en un chico travieso europeo con ganas de romper todo.

    Si bien, ya lo habíamos visto al lado de Stallone y los demás duros en Los Indestructibles, Arnold merecía una película hecha a su medida y su trayectoria.

    Confieso no ser demasiado fan de sus films de acción más clásicos, pero a partir de que empezó a relajarse y tomarse menos en serio, reírse un poco de sí mismo, el grandote me cayó bien.

    El Último Desafío no es una película escrita y pensada solo para que el austríaco de 65 años demuestre que sigue activo y es más popular como intérprete que como político, sino que también es un western contemporáneo como los de antes: artesanal, divertido, sencillo, con pocas explosiones y esenciales efectos digitales. Una película que no pretende ser más grande de lo que es, que no tiene connotaciones políticas e ideológicas, cuya única meta es divertir y entretener, dejar satisfechos a los fans del ex gobernador de California. Y lo consigue, con creces.

    ¿Por qué? Porque el cine coreano es el futuro del cine. Hollywood ya se dio cuenta. No hace falta que Psy haga el Gangnam Style frente a Obama, para que occidente exporte nuevas gemas de la dirección coreana. John Woo y Ang Lee son parte del pasado. Ahora, traen a Chan - Wook Park y Jee Woon Kim, consolidados realizadores en su país para que se conviertan en el refuerzo cinematográfico que la industria necesita.

    Jee Woon Kim se ha ganado ese reconocimiento. Hizo la remake coreana de Lo Bueno, lo Malo y lo Feo – The Good, the Bad and the Weird – que si se hubiese realizado en Hollywood habría sido un sacrilegio. En cambio, Jee le aportó una impronta dinámica, original, creativa, espectacular. Esto lo lleva a El Último Desafío, un western clásico, con reminiscencias de Duro de Matar, A la Hora Señalada y 3:10 a Yuma.

    Ray (Arnold) es el sheriff del pequeño pueblo de Sommerton. Un sitio pacífico, lleno de granjeros de armas tomar, donde lo más grave que puede suceder es tener que encerrar al típico joven rebelde por emborracharse. Sin embargo, el lugar se convierte en un punto clave para Cortés, un importante narcotraficante mexicano (interpretado por el español Eduardo Noriega), que se acaba de fugar de Las Vegas mientras era custodiado por el FBI – liderado por un Forest Whitaker que repite un personaje que ya hizo en el pasado - y pretende cruzar la frontera que limita con México para escaparse definitivamente.

    Pero Ray es un hombre de honor, con principios, demasiado viejo para ser comprado, por lo que desafia a toda la banda de Cortés – encabezada por el gran Peter Stormare – para implementar “justicia”.

    Cargada de gags y homenajes al género, Jee Woon Kim explota la imagen de su protagonista desde cada ángulo para resaltar su figura sin necesidad de mostrar sus músculos. Se trata de un sheriff a lo Burt Lancaster, pero también existe una autoconciencia y sátira a la historia personal del actor. El guión está escrito precisamente, para que Arnold con ese acento inconfundible, remarque frases, que en boca de otro – exceptuando Bruce Willis posiblemente – no generarían el mismo efecto. “Bienvenido a Sommerton”; “Soy el Sheriff”; “Estás bajo arresto”; "Estoy viejo". En la voz de Schwarzenegger cobra otro sentido, se convierte en un remate humorístico, son guiños para los fans. “Sos una vergüenza para los inmigrantes” es la cereza de la torta. Acaso una burla a las leyes inmigratorias que implementó durante su gobierno.

    Aunque sea una historia clásica, y contenga estereotipos y frases hechas, en el contexto que rodea al actor cobran otra relevancia. Es que Arnold lo permite y lo necesita.

    Jee Woon Park consigue que el film no se exceda, lo nutre de espíritu ochentoso, de violencia gráfica, de humor negro. Los caricaturescos personajes de Luis Guzmán o Johnny Knoxville – emulando a Murdoch de Brigada A – le aplican otra capa de comedia, de surrealismo necesario para no caer en el relato solemne.

    Es revitalizador, complace ver el espíritu de los héroes de antaño en este film que le debe mucho a Hill, Siegel – el colectivo de Harry, el Sucio - o Leone. Hay detalles literales, que confirman esto. Desde los encuadres hasta elementos escenográficos. Al film no le falta ni le sobra nada. Quieren persecuciones, hay persecuciones; quieren ver a Arnold apuntando armas sofisticadas, no se van a decepcionar. Incluso demuestra que todavía sigue activo en el combate cuerpo a cuerpo – y Noriega es un digno oponente.

    Esto es cine, muchachada. Cine clásico, espectáculo del bueno. Entretenido, divertido, y con Schwarzenegger en el mejor estado posible. Que importa si hace apología al derecho de cada individuo para tener armas. Es solo un film de acción.

    Arnold is back. Hasta la vista, baby.
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  • Fuerza antigangster
    Esta Película ya la Vi

    La historia de la mafia y los gángsters durante los años 40 en Los Angeles, Chicago y Las Vegas son fuentes inagotables de inspiración cinematográfica. Se pueden seguir exprimiendo al mismo tiempo que se sigan encontrando cadáveres en el desierto y James Ellroy continúe publicando novelas sobre el tema.

    De hecho, las mejores películas relacionadas con la pintura de esta década que se hicieron en los últimos años estaban inspiradas en dos exitosas novelas de este autor: Los Ángeles al Desnudo, de Curtis Hanson y La Dalia Negra, dirigida por Brian De Palma, que pese a no haber recibido demasiados elogios, tiene la identidad cinematográfica de su realizador, que no regresaba al tema desde Los Intocables.

    Fuerza Antigángster toma a un personaje constante en la literatura de Ellroy: Mickey Cohen. Sin embargo, Ruben Fleischer deforma la novela negra, el policial, y lo convierte en un folletín, en la representación cinematográfica de un serial de los que se compraban en los kioscos de revistas en aquella época.

    Esta elección podría haber sido interesante, sino fuera que el guión de Will Beall es realmente tan superficial como previsible. Los personajes están acartonados, son caricaturas sin profundidad ni historia. Fleischer deja que la película la lleven adelante estereotipos del cómic. La idea de crear una pandilla salvaje sin reglas, violenta, marginados de la ley para capturar al forajido Cohen fue llevada tantas veces al cine, que deja de generar emoción. Y no hablo solo del género de gángsters. Compararla con Los Intocables es caer en un lugar facilista. De hecho, guarda mayores reminiscencias con la película de Sam Peckinpah protagonizada por William Holden, Los Siete Magníficos - o Samurais versión original de Kurosawa – y Munich – con la que tiene mayores similitudes incluso – que con las películas de gángsters. También hay varias citas a Barrio Chino o las películas de John Huston, como el robo del agua o una persecución… por el Barrio Chino. O, incluso, robando el famoso plano secuencia de entrada al club de gángsters de Buenos Muchachos. La aparición de Carmen Miranda aporta muy poco a la historia.

    Posiblemente, habiendo incluido la escena de la matanza dentro del cine, habríamos visto algo que no hayamos visto en otras películas (la escena fue quitada tras la masacre en el cine de Denver, razón por la cuál hubo que postergar el estreno del film). En cambio todas las escenas parecen haber sido extirpadas de otras obras del género. Y, lo que es peor, esta pastiche de escenas, no logran tener una unidad visual. En una escena determinada, a Fleischer se le encapricha robar la estética cámara en mano de Michael Mann en Enemigo Público… porque sí, ya que todo lo visto previamente tenía una puesta completamente industrial. No es anarquía, es incoherencia.

    Honestamente, la poca inspiración de Fleischer a la hora de narrar esta historia es una decepción. Tierra de Zombies, su primera película era divertidísima, una obra llena de ideas novedosas que conseguía encontrarle una vuelta de tuerca a otro género demasiado transitado en los últimos años. Pero ya segunda película, 30 Minutos o Menos (que fue directo a dvd acá) era una comedia bastante estúpida y de resolución demasiado ingenua.

    Con Fuerza Antigángster sigue demostrando ausencia total de ideas. Esta pintura que parece emular a la Dick Tracy de Warren Beatty (1990), estrepitoso fracaso comercial en su momento, que aunque sea era más honesta y menos pretenciosa en su estética folletinera. Al duro Sargento O’Mara - con el que Josh Brolin logra una sólida interpretación a pesar de todo - solo le falta el reloj con pantalla para comunicarse con su jefe. En cambio, la grotesca caracterización de Sean Penn, completamente caricaturesca, remite al villano mafioso que interpretaba Pacino en la obra de Beatty. Pero mientas que el actor de El Padrino, le aportaba un humor genuino, en Penn, todo resulta forzado, poco creíble, pretencioso.

    El resto del elenco y los personajes está completamente desperdiciados: Nick Nolte, Robert Patrick y especialmente Emma Stone, aparecen para rellenar la escenografía. Más allá del cuidado estético con la fotografía y el diseño de producción recreando a Los Ángeles de los ’40 no hay otra arista para poder resaltar. Solamente Ryan Gosling y Giovanni Ribisi logran interpretaciones un poco más destacadas, personajes más creíbles y humanos.

    Si bien el relato no cae en la monotonía ni se vuelve moroso, al final queda un sabor agridulce, producto de la falta de imaginación de un director y un guionista para llevar adelante un material que daba para mucho más. Quizás si se hubiesen apegado un poco más a la verdadera historia de Cohen – lo único real del film – este habría sido más interesante.

    Queda solamente para destacar un final a puño limpio, entre Penn y Brolin, que había quedado pendiente de los tiempos de Milk.
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  • Tesis sobre un homicidio
    Cine en Espera

    Hace unos años, cuando vi Música en Espera, ópera prima de Hernán Goldfrid, quedé gratamente sorprendido. Lo que a primera vista se trataba de una comedia romántica, en realidad, terminaba siendo una comedia en clave de thriller. Había un misterio que develar que llevaba a sus protagonistas a meterse en una serie de enredos casi hitchcoianos (el Hitchcock más romántico y divertido, como el de Para Atrapar un Ladrón o Tuyo es mi Corazón), planteada con escenas que le debían mucho a la estética de Brian DePalma (la secuencia inicial es un homenaje a El Sonido de la Muerte) y una historia de amor anticonvencional. La inteligencia de las situaciones, los ingeniosos diálogos y la maravillosa química entre Peretti y Oreiro (a partir de esta película empecé a notar el talento de la actriz uruguaya como actriz cómica, sin necesidad de caer en los estereotipos televisivos), generaban en mí, altas expectativas por ver el siguiente trabajo de la asociación Goldfrid/Vega en calidad de realizador/guionista respectivamente.

    Que en el medio, Vega guionara la subvalorada comedia Mi Primera Boda, hacía crecer dichas expectativas. Por lo tanto, un policial noir que tuviese el agregado de tener a Darín como protagonista vislumbraba un cambio positivo en el cine comercial de género. Nada más alejado de la realidad.

    Tesis sobre un Homicidio, no solamente es una decepción, sino que además es una película fallida sin importar los nombres rutilantes que se encuentran detrás de cámaras. La adaptación de la novela de Diego Paszkowski no logra enganchar, ya que su premisa se agota a los primeros minutos.

    Bermudez (Darín), un abogado retirado de la profesión, obsesionado con los homicidios en serie dicta un seminario para estudiantes de leyes. Al mismo, atiende un joven bastante creído, hijo de una amiga de Bermudez. Cuando una joven es asesinada frente a la Facultad de Derecho, el protagonista enseguida sospecha de su alumno. La tensión entre ambos – supuestamente – se incrementa cuando los dos desean a la misma mujer, la hermana de la víctima.

    Planteada como un thriller psicológico, la película empieza bien, pero va decayendo en interés cuando pierde el hilo policial y se empieza a volver previsible. Lo que podría haber sido un whodidit clásico se convierte en una trama llena de lugares comunes y clisés. Sin embargo, esto no es el principal problema del film. Más allá de falencias narrativas, la película es monótona, se va repitiendo y caen en un pozo denso, diálogos monocordes, sin ninguna progresión dramática y con actuaciones al borde del grotesco – Alberto Ammann es el más convincente del elenco – provocan que el film se vuelva… aburrido.

    Recién en los tramos finales aparece un poco de ingenio cinematográfico en una secuencia que recuerda mucho al final de La Conversación de Coppola.

    Nuevamente se nota la influencia de DePalma en el cine de Goldfrid, pero esta vez no está bien aplicado. La ausencia de humor y mayor suspenso o misterio, sumado a la nombrada previsibilidad, provocan que más allá de algunos momentos bien fotografiados y una banda sonora que aporta tensión, la película no esté a la altura de las expectativas. Posiblemente muchos puedan comparar el trabajo de Darin con el realizado en El Aura, pero que mientras en la película de Bielinsky, el meticuloso trabajo de puesta en escena, sumado al clima y ambigüedad ayudaban a que el film se destacara por encima de cualquier obra de suspenso nacional – o internacional, incluso – vista en mucho tiempo; acá la sobrecarga de explicaciones y la forzada incorporación de obvias referencias cinematográficas - Vértigo, Vestida para Matar, Doble de Cuerpo, Psicosis - terminan perjudicando el resultado final.

    Quedamos a la espera, por lo tanto que el próximo trabajo de la sociedad Goldfrid/Vega logre cumplir al menos las expectativas de este crítico que ha disfrutado mucho su primer trabajo.
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  • Mentiras mortales
    Mentiras mortales
    A Sala Llena
    El Hombre que Quería ser Rey del Cementerio

    “En la tumba no vas a ser ni más rico ni más pobre” – Dicho popular

    Si no es Vietnam, es Irak, si no es Irak es la crisis económica. Los estadounidenses necesitan explotar guerras o crisis que viven para tener material con que hacer catarsis y un poco de autocrítica.

    Una forma de decir al mundo… bueno, está bien. ¿Ven? No somos el mejor país del planeta. No somos perfectos. También los que mandan son corruptos. Pero tampoco somos el tercer mundo.

    Mentiras Mortales es un thriller económico no muy distinto a otros estrenados en los últimos tiempos como El Precio de la Codicia o Wall Street: El Dinero Nunca Duerme, que toman de referencia la crisis bursátil del año 2008 para analizar la avaricia, frialdad y negocio sucio que hacen los empresarios y accionistas. Esta gráfica ya la vimos recientemente en un tono más satírico y surrealista en Cosmópolis de Cronenberg, más oscuro y sangriento en Psicópata Americano, y acaso en una radiografía más realista y naif en El Nuevo Sueño Americano – Boiling Room, (2000).

    Nuevamente acá tenemos a un empresario que hizo una especulación financiera que no funcionó y para remontar la situación económica, y no ir preso por fraude, realiza una serie de malversación de fondos para salvarse el culo. En el medio de la venta de su empresa, y justo al cumplir 60 años, encima tiene un accidente automovilístico, donde muere su amante y corre el riesgo de caer preso por homicidio culposo, ya que abandonó la escena del crimen, hecho muy similar al que le sucedió a Ted Kennedy en 1969 con su “secretaria”.

    Jarecki va enlanzando inteligentemente ambas tramas alrededor del personaje de Robert Miller, para demostrar la manera en que estos empresarios banalizan la vida de su entorno – llámese familia, amigos, colegas, etc – priorizando su negocio. Y demuestra como todo su mundo se puede derrumbar cuando los afectos personales se mezclan con el poder.

    El relato es fluido y claro. La narración es transparente, didáctica, aunque un poco boba en e inverosímil en su resolución. Jarecki intenta demostrar que todos los personajes, a los cuáles no intenta villanizar al mejor estilo Oliver Stone con Gordon Gekko en Wall Street – la original, la mejor – son capaces de cometer actos de corrupción para lograr sus objetivos. Ya sea cambiando números o mentir (en el caso de Miller, el protagonista), ocultar información (la familia de Miller, que no es tan ingenua como él piensa), callarse la boca (caso del amigo que usa Miller para escapar) o modificar evidencia (el caso del detective), todos son culpables de ser corruptos o corruptibles. Ningún personaje esta libre de pecado, por más que el director decida crear empatía alrededor de ellos. Por esto mismo, el guión del film termina siendo más interesante que su fría e intrascendente resolución cinematográfica. Por más que el final es un poco arbitrario, también termina siendo efectivo con el mensaje y la moralina que pretende dar Jarecki.

    Si bien a nivel visual no despierta demasiado interés, la puesta de cámara está al servicio de la información que brinda el guión, las interpretaciones sacan un poco adelante la narración. No tanto de parte de Gere, que si bien es una elección adecuada para el rol, no deja afuera todas las expresiones y tics que hemos visto innumerables veces – solo rescato un par de buenas actuaciones – sino más que nada de la ascendente Brit Marling y Susan Sarandon, que con reducida participación y sutileza se vuelve lo mejor del elenco.

    Mentiras Mortales es una película del montón. No pretende ser original ni resaltar por nada en especial. Se deja ver, atrapa por momentos. Una obra que si no fuera por su elenco, habría pasado inadvertida como película hecha para televisión para ver un sábado a la tarde; una anécdota intrascendente, olvidable a los cinco minutos de salir de la sala.

    Esperemos que The Wolf of Wall Street, próximo film de Martin Scorsese con Di Caprio a la cabeza, aporte algo nuevo a la crítica al capitalismo salvaje, que a esta altura, es tan anticuada como las reglas del propio capitalismo.
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  • Jack Reacher - Bajo la mira
    No te metas con The Zec

    Cuando ya parecía que íbamos a tener que seguir sufriendo más y más secuelas, y remakes y precuelas, y orígenes de los mismos personajes de siempre, explotados, reformularizados a más no poder, a Tom Cruise se le ocurrió buscar alguno que todavía no haya sido adaptado al cine.

    Por supuesto que la tarea no es tan fácil como parece. Habiendo tantos modelos de espías, agentes secretos, detectives privados sueltos por ahí, siempre se cae en la comparación facilista. ¿Qué puede aportar un nuevo personaje a la pantalla grande? ¿Qué puede aportar Jack Reacher acaso?

    La respuesta es poco y nada en realidad. O quizás no sea tanto la culpa del personaje creado por el autor Lee Child, sino la visión de Christopher McQuarrie, que podría haber sido un poco más original, o posiblemente que Tom Cruise no haya adaptado la película para su potencial exhibición física, sus habituales tics y su aburrido carisma.

    Vale decir que al menos, esta vez, decidieron erradicar cualquier atisbo de romanticismo. A pesar de que el personaje resulta “seductor” para todas la mujeres que pasan a su lado – sin duda, el punto más inverosímil de la adaptación, Cruise ya tiene 51 años, no está para rodearse de pendejas de 20 – el personaje es frío y calculador. Un Sherlock Holmes de la policía militar. No está mal. Es inteligente, astuto, preparado físicamente para el combate cuerpo a cuerpo. Si Robert Downey Jr. no hubiese interpretado al personaje de Conan Doyle, hubiese sido mejor elección posiblemente.

    El argumento del film, la trama, no se aleja demasiado de un misterio que podría pertenecer a alguna serie policial de moda como NCIS, que justamente tiene como protagonistas a agentes paramilitares. Sin embargo, Christopher McQuarrie logran deslizar sutilmente – al menos en los primeros minutos - una crítica a la pena de muerte, el fanatismo armamentista y la violencia civil estadounidense especialmente entre el círculo militar y veteranos de guerra. Nada novedoso. Se ha mostrado bastante en los últimos diez años, pero McQuarrie decide que queden como subtextos de una trama en donde también quedan sin demasiado explicitar las relaciones entre las constructoras multinacionales corruptas y el ejército estadounidense. Toda esta trama está minimalizada a lo esencial. Lo cuál habla muy bien de McQuarrie como guionista. Ahora bien, sí es redundante la explicación del modus operandi mental de Reacher para resolver misterios. Si algunos critican a Nolan a la hora de explicar sus películas, McQuarrie es todavía más explícito aún. ¿Dónde quedó la sutileza y la sencillez narrativa de Los Sospenchosos de Siempre o Valkiria? – ambos guiones originales – ¿hay que darle mérito a Bryan Singer?

    Igualmente, el director tiene un excelente antecedente llamado Al Calor de las Armas, un film de gángsters bastante original con una buena dosis de humor negro. A Jack Reacher, el humor no le falta, y muchas escenas que podrían haberse cortado en la edición final porque no aportan demasiado al argumento se sostienen por el humor.

    Al mismo tiempo, McQuarrie sorprende con la ejecución de una escena de persecución que remite directamente – quizás por el planeamiento de las calles y la elección del Camaro como punto de vista – a las persecuciones de Bullit. Claro, que McQuarrie no tiene la audacia para filmar en calles reales como lo hacía Peter Yates, y Tom Cruise no tiene ese mirada potente que tenía Steve McQueen. Pero el intento vale la pena.

    Pero sin duda, si esta primera adaptación de Jack Reacher – Lee Child escribió hasta ahora 17 novelas con el personaje – logra trascender un poco, no es por ninguno de los elementos descriptos previamente, ya que a fin de cuentas es un thriller común y corriente bastante cuidado estéticamente – mérito de Caleb Deschanel, el director de fotografía – sino por tener un villano tan sombrío y oscuro como su protagonista. Tanto Reacher como The Zec son personajes de los que sabemos muy poco. Ni siquiera sus nombres reales. Son solitarios, no les importa demasiado el prójimo sino cumplir con lo que se les pidió. La frialdad de The Zec es bienvenida aporta un aura misterioso al argumento. No están todas las respuestas servidas. Y vaya uno a saber como fue que McQuarrie convenció al mítico director de Fitzcarraldo, Werner Herzog para interpretar a este villano. Herzog no se esfuerza, no se inmuta, y de hecho, su forma de hablar remite directamente a la narración de sus documentales. No solamente porque tiene un timbre de voz único, sino por el tono y la ironía que le regala a The Zec.

    El resto del elenco está en piloto automático. No hace falta a esta altura describir el naturalismo de Richard Jenkins o Robert Duvall. Cruise cuida un poco más sus muecas. Parece estar más cómodo con Reacher que con Ethan Hunt, y el personaje en sí es mucho más interesante. El problema es que McQuarrie no tiene todavía ese ingenio cinematográfico, esa creatividad visual para crear escenas memorables como la de los directores que realizaron Misión Imposible. Piensa mejor como guionista que como director.

    Si bien, repito, no hay pretensión moralista o bajada de línea política obvia, hay un mensaje contradictorio acerca de la pena de muerte en el principio y en el final del film. Lo cuál demuestra que ambiguos siguen siendo los estadounidenses a la hora de castigar a sus criminales. Posiblemente no le hubiese venido mal a McQuarrie ver Into the Abyss, filmada por su villano, antes de terminar con la edición.

    Por lo demás es un film, que aún siendo prolongado y tener algunos lugares comunes, entretiene y no termina por ser producto engolosinado con la acción de alto riesgo, las explosiones o el CGI. Un thriller noventoso clásico. Que no se pida más.

    Y si extrañan las franquicias a fin de año regresa Jack… Ryan.
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  • Una aventura extraordinaria
    Queríamos tanto a Wilson

    Hollywood tiene gran fascinación con Bollywood. Hace bastante tiempo, se dieron cuenta la cultural proveniente de la India, logra congeniar en forma, al menos artificial y superficial con la occidental. A los estadounidenses les encantan los estereotipos culturales y la hindú, entre su fe religiosa, sus bailes exóticos – para ellos – y sus colores, congenia con cierto espíritu american dream, que se ha perdido bastante en las últimas 5 o 6 décadas. Quizás tratando de recuperar ese sueño, salen a encontrarlo en otras naciones. Sin embargo, no se dan cuenta que solo ven colores, efectos especiales, y justamente, estereotipos. Regresando a obras como Quién Quiere ser Millonario – por ejemplo – podemos encontrar que esa fascinación nace de un deseo conservador clásico e inverosímil.

    Una Aventura Extraordinaria, se nutre de la mitología y folclore hindú, de la narración fabulesca, casi infantil – no muy diferente a la de El Curioso Caso de Benjamin Button – para mostrarnos un mundo muy colorido, pero al mismo tiempo irreal.

    La película comienza con un escritor canadiense que buscando historias para una novela, se encuentra con Pi, un inmigrante hindú que tiene “algo para contar”. Ese algo, es justamente, su vida, y el episodio que lo marcó por siempre. A través de un flashbacks que empieza con la historia del tío de Pi y la explicación de su nombre, y continúa con la crianza del personaje en el zoológico del padre. Ang Lee se regodea para exhibir el zoológico en toda su magnitud aprovechando el efecto 3D y proporcionando volumen a los animales, haciéndolos reales. El resto de la primera parte carece completo de este recurso. En el zoológico, Pi, conoce a Richard Parker, el feroz tigre del mismo. Tras describir su adolescencia demostrando su facilidad para salir de problemas, Pi debe viajar a Inglaterra con su familia, y los animales. El barco naufraga y el personaje queda a la deriva en una chalupa con Richard Parker, una cebra, una hiena y un orangután.

    El resto del relato es la supervivencia del protagonista en medio del océano evitando que el tigre se lo coma, tratando paulatinamente de amaestrarlo.

    El grave problema del film no es tanto su premisa – que en su relato simbólico y la relación de los protagonistas remite directamente a Naúfrago de Zemeckis – sino a su completa artificialidad. Ang Lee, que en otros tiempos supo aportar no solo un alto nivel estético a su cine, sino cierta humanidad, personajes sólidos, creíbles, se regodea y termina desnivelando el film hacia el punto de vista artístico perdiendo la pista de la narración, que después de media hora se vuelve morosa, previsible y repetitiva. Los efectos digitales son tan obvios y Richard Parker está tan animado, que no se llega a generar suspenso ni tampoco empatía por el relato. La pobre expresividad del joven Suraj Sharma no ayuda a crear un mínimo de preocupación. Los estados anímicos del protagonista no son creíbles. Los animales que los rodean no generan miedo, porque Lee no crea la suficiente tensión para generar suspenso, y en cambio se enamora más del carácter preciosista simbólico fascinante de las “maravillas” de la naturaleza. O sea, bajo el bote de PI, el universo submarino se parece más al de La Sirenita que a uno real.

    Demasiados colores, demasiado brillo. Peces que vuelan, suricatas que llenan la pantalla con sus extraños movimientos; una pintura admirable digitalmente, pero sin alma ni espíritu.

    Si la película se parece más a un libro para colorear o troquelado que a una narración es porque descuida completamente el concepto para centrarse en el espectáculo extendiendo situaciones simples, dándole un clima pretencioso. ¿Ang Lee busca otro Oscar acaso?

    Como si fuera poco, el pobre guión de David Magee – el irresponsable de otro bodrio sobrevalorado como Descubriendo el País de Nunca Jamás - termina con una moraleja religiosa predecible, una vuelta de tuerca que aniquila el sentido del film.

    Es inobjetable la calidad técnica y visual empleada al servicio del director, que debería volver a sus humildes homenajes en comedias menos pretenciosas como El Banquete de Bodas, Comer, Beber, Amar o Bienvenido a Woodstock o – en menor medida - los dramas intimistas como Secreto en la Montaña y Crimen y Lujuria. Pero estos intentos de quedar bien con Hollywood terminan siendo fallidos por su grandilocuencia y exceso audiovisual (demasiada influencia de Avatar). La neutralidad del elenco secundario tampoco aporta demasiado, incluyendo a un Gérard Depardieu completamente desaprovechado.

    Para ser fanático de los géneros como dice ser, Ang Lee necesita ver un poco más de cine de aventuras. Quizás podría empezar con el díptico El Tigre de Eschnapur y La Tumba India de Fritz Lang, que tiene los mismo elementos étnicos que Una Aventura Extraordinaria y sin recurrir a efectos especiales.

    No tengo dudas, entre un tigre vivo pero computarizado y una pelota de volley maquillada, la segunda es una compañera más real – y menos peligrosa - a la hora de naufragar. ¡Wilsoooooooooooooon!.
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  • Lo imposible
    Lo imposible
    A Sala Llena
    Preparen los pañuelos…

    A veces el melodrama genera prejuicios. Y no lo voy a negar, yo soy de los primeros en criticar cuando una historia se vuelve demasiado cursi, sentimentaloide y lacrimógena. Pero hay que saber diferenciar las situaciones. Una cosa es que la película fuerce las situaciones para crear un efecto sentimental, para emocionar gratuitamente al espectador con recursos obvios, lugares comunes y clisés. Otra muy diferente es que la historia y la construcción en la relación de los personajes en el contexto de un conflicto verosímil lleven a una asociación naturalmente lacrimógena, a una emoción genuina, en donde la frialdad, la austeridad y la distancia con los conflictos narrados carezcan de verosimilitud, sino vemos a los héroes de la historia llorando a lágrima tendida.

    Es lo que sucede un poco con Lo Imposible. Juan Antonio Bayona, consigue una narración que compromete emocionalmente al espectador llevándolo a través de situaciones límites reales, que además son cercanas temporalmente, y muchos podemos atestiguar que fueron reales.

    Ni bien comienza el film un cartel advierte que se trata de una historia real y subraya la palabra real. ¿Por qué dicha afirmación? Bueno, porque posiblemente si no fuera así, sería realmente muy difícil creer que los acontecimientos que se narran hayan sido tal cuál se muestran, en la vida real de esta familia.

    El único cambio que Bayona admite haber transformado es la nacionalidad de los protagonistas, supuestamente británicos (nunca se confirma, solo son anglosajones que trabajan en Japón), pero que en la vida real eran españoles. Por una cuestión de marketing y para brindar mayor llegada comercial internacional, pusieron actores reconocidos y entrar más fácilmente a más mercados. Debido a que la producción demandaba un alto presupuesto para recrear el tsunami y sus consecuencias en la población tailandesa, era obvio que se necesitaba realizar en coproducción con Hollywood. El cambio de nacionalidad no afecta en lo absoluto a la narración.

    Después de ver El Orfanato, film que funciona mejor como drama psicológico que como obra de terror/suspenso inspirado en el J-horror y compararlo con Lo Imposible, queda claro que a Bayona la relación madre – hijo le interesa mucho más que el contexto. Y justamente, si el film emociona no es porque es impactante la recreación del desastre que azotó las costas asiáticas, sino porque Bayona le mete mucho cuidado a esa relación para que sea un hilo narrativo que atrape al espectador y provoque cierta empatía. Con Nuria Silva hemos visto, que no solamente se trata de una historia de supervivencia, sino sobre la historia de un chico - Lucas – que debe cortar el cordón umbilical con su madre, plantear la madurez y el crecimiento a la fuerza y aceptar responsabilidades.

    En ese sentido, ese crecimiento infantil, la historia de una familia que a la fuerza termina estando dividida poco tiempo después de que planteara una división por obligaciones laborales – Henry, el padre plantea al principio del film una división sugerida por la crisis económica – parece haberse creado para la cámara de Steven Spielberg. Y Bayona se da cuenta enseguida de esto, por lo que toma a Lucas como protagonista absoluto de la historia, su visión “inocente” remite a la del Jamie – Christian Bale interpretando al J.G. Ballard – de El Imperio del Sol. La tensión y el suspenso que Bayona maneja usando la manipulación de la información que tienen los personajes sobre el destino de sus familiares, y la información que le brinda al espectador, es muy propio de Spielberg. Aunque suene risorio, el concepto de división familiar en circunstancias extraordinarias, está muy bien reflejado en Jurassic Park, y aunque no se puede comparar el hecho en sí, es la visión, la construcción de la puesta de cámara donde se ven las simetrías.

    Por suerte, Bayona, entiende que para crear un buen climax se debe aprovechar cada herramienta cinematográfica a mano: el montaje, los lentes – excelente el cambio de foco en la escena final – la fotografía y las actuaciones. Si bien es grato ver una reconstrucción tan realista y meticulosa, comparable a que hizo Clint Eastwood en Más Allá de la Vida – que la dirección de arte y la escenografía no pretenda destacarse ni tampoco tome protagonismo, pero al mismo tiempo, le aporte verosimilitud al universo del film, es más disfrutable ver como Bayona logra sacarle los estereotipos a Naomi Watts y Ewan McGregor – especialmente el segundo demuestra una madurez que no siempre es aprovechada – y generar empatía con muy pocos elementos. Las interpretaciones infantiles – sin duda el joven Tom Holland es el mejor actor del film – consiguen emocionar sin necesidad de acudir al efecto lacrimógeno tradicional hollywoodense.

    Bayona no manipula las escenas, no juega con los sentimientos, se trata de atar también al espectáculo, al entretenimiento y aprovecha el sonido para lograr una unidad entre el principio y el fin del film.

    Es verdad, que en el final se podría haber ahorrado un par de lágrimas y metáforas obvias – funciona muy bien sin embargo la simbología de la historia con la vida de las estrellas y la separación de las velas flotante – pero aún con eso es imposible no tener vibración con el relato, no sentirse dentro de la catástrofe o estar presente en el momento.

    Ver Lo Imposible por supuesto que va a generar varias dudas acerca de la verosimilitud del relato, por eso recomiendo ver las entrevistas a Ana Belón, el personaje que inspiró al de Naomi Watts, realizadas en España – donde el film se ha convertido en el mayor éxito de la historia de cine ibérico – y juzgar cada uno que creerle a Bayona. Cinematográficamente, el film es impecable y el guión de Sergio Sánchez logra con inteligencia evadir lo artificial para centrarse en el factor humano. En Estados Unidos, eso mismo, parece imposible.
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  • Cloud Atlas: La red invisible
    Mucho… es Poco

    ¿Es realmente una buena noticia decir que los hermanos Wachowski y Tom Tykwer han regresado al cine con una película con ambiciones y pretensiones, no solamente más grandes que la vida, sino que la historia de la humanidad per sé?

    O sea, después de ver lo que los Wachowski terminaron haciendo con ese sobrevalorado experimento de ciencia ficción llamado Matrix o la mediocrísima adaptación de Meteoro, ¿se podría esperan una obra al menos decente de dos directores que venden espejitos de colores hace más de diez años? Admito que su ópera prima, Sin Límites, me sigue resultando interesante y V de Vendetta tenía lo suyo, aunque no haya sido dirigida por ellos. Pero se tratan de obras mucho menos pretenciosas que las mencionadas previamente, por lo menos en el aspecto visual.

    Por otro lado, Tom Tykwer tampoco es un director que goza demasiado de mi simpatía. Aunque no soy ni los que defenestran ni elogian demasiado Corre, Lola, Corre ni El Perfume, confieso que me parece un director demasiado industrial, vendedor de video clips modernosos, no de películas.

    Entonces si mezclamos a estos tres seres vende humo, con una historia fantasiosa que atraviesa la historia de la humanidad en pos de un discurso moralista, ecológico, discursivo, obvio, cursi con un elenco medianamente interesante, llegamos a Cloud Atlas, seguramente la película más pretenciosamente profética ególatra desde la última obra de Shyamalan.

    Y si bien, todo podría suponer que el resultado final es un bodrio tan enorme como sus ambiciones, la sorpresa es que posiblemente haya sido mejor de lo esperado.

    El mérito de esto cae irónicamente en Lana y Andy, directores de los segmentos 1879, 2144 y después del invierno – algo así como el prólogo de la próxima película del director de Sexto Sentido – que no gozan demasiado de mi simpatía, pero al menos demuestran que son sólidos narradores. Los tres episodios en cuestión, en primer lugar son los más entretenidos, tienen mayor emoción. El espíritu aventurero y el suspenso clásicos funcionan a la perfección y sin duda son los más sólidos desde la narración (si los ven en forma linean de manera individual caerían en la cuenta), desde el tratamiento visual y desde las actuaciones. Nadie puede negar que a la hora de crear mundos artificiales y diseñar escenas de persecuciones, los Wachowski tienen una imaginación insuperable. El problema es que no logran narrar con imágenes el discurso de los protagonistas. Con menos diálogo y explicaciones y confiando más en el poder de las imágenes, los tres episodios hubiesen quedado mejor, ya sea porque el de 1879 remite un poco a las aventuras exóticas de las películas de los años 40 – algo de Gunga Din, algo Moby Dick – o porque la Nueva Seúl reúne elementos de Blade Runner y El Vengador del Futuro, con el contexto de Cuando el Destino nos Alcance – Soylent Green. La cinefilia es innegable dentro de los Wachowski y acá está bien aprovechada.

    Los problemas vienen principalmente con los episodios dirigidos por Tom Tykwer, que terminan siendo mucho más pretenciosos porque intentan ser más “reales” y menos fantasiosos. Desde el absurdo y farsesco relato actual que tiene a un Jim Broadbent como protagonista y funciona solamente a medias, porque el peso narrativo va cayendo hasta llegar a un final insultante, pasando por una historia de amor histórica que también se termina desinflando en los años 30 con la composición de un partitura, para terminar en un policial de espionaje en los 70 protagonizado por Halle Berry. Realmente es el peor de los seis episodios. Falta de humor, falta de suspenso, falta de emoción. Tykwer cada vez se impersonaliza más, y demuestra sus faltas de ideas para armar puestas en escena. Una pena. Ni el homenaje final a Bullit funciona.

    Si bien el episodio que sucede en el 2012 goza de una cuota de humor por momentos efectiva que rompe con la solemnidad y el discurso romántico de los otros tres episodios (en realidad, hay que agradecer el talento de Broadbent y Hugo Weaving) el cuento tiene tantos altibajos que no se puede terminar de disfrutar. Algo similar pasa con la historia de amor musical que interpreta Ben Whishaw – actual Q de James Bond, y protagonista de El Perfume – que se termina desencantando por las complejas e innecesarias vueltas de tuerca.

    Es irónico, pero en medio de un espectáculo tan frío, industrial, calculado , artificial y efectista es el episodio del 2144, con la talentosa y sumisa Doona Bae, que logra despegarse del resto. No es solamente el impacto de imaginaria audiovisual que resalta, sino también el costado humano, más allá de ser el episodio clave que termina dando sentido a este puzzle de casi tres horas de duración. Quizás sea la calidez de la actriz o la metáfora a lo Wall E, pero el episodio funciona desde todo punto de vista: provoca tensión, es bello, da lugar a una mínima reflexión anti capitalista.

    Pero el resultado como producto general es desparejo. Por eso, lo critica por partes. Porque es una obra tan grande que un análisis global termina siendo injusto. Porque el maquillaje está muy logrado en algunos pasajes y obscenamente exagerado en otros, porque algunos actores están muy bien – Broadbent es gran comediante y la versatilidad camaleónica de Weaving es asombrosa – otros no están a la altura de su trayectoria porque los personajes no son profundizados un poco – casos Sarandon o Grant – y otros tienen niveles grotescos con puntos en común con otros personajes que hicieron en el pasado – Sturgess, David o Hanks. Halle Berry es definitivamente la que peor sale parada del elenco.

    La ambición no le termina jugando a favor de esta fábula romántica con tintes esperanzadores. El relato no se sostiene, y el juego del montaje, los efectos especiales y el “adivina quien se esconde atrás de la máscara” terminan distrayendo la atención del mensaje final, que es el más viejo de todos: el amor siempre triunfa.

    Más allá del apuntado artilugio técnico bien concebido, de algunas interpretaciones aisladas interesantes y un montaje ingenioso inspirado en movimientos externos e internos de los planos y algunas conexiones narrativas en los diálogos o a través de algunos objetos que unen las historias mínimamente, Cloud Atlas es un film decididamente menor de lo que pretende ser, un ejercicio que como todo film coral, queda incompleto a pesar de su duración, una narración fallida que se ve linda. Nada más. Para los Wachowski, es un progreso, para Tykwer es un retroceso… y para el cine de Hollywood, una pérdida millonaria o un riesgo risible.

    Con suerte, se llevan un Oscar bajo el brazo…
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  • La cabaña del terror
    Terror en Crisis

    El género de horror, gore, suspenso psicológico y fantasía aterrador se ha manifestado de diversas maneras en los últimos años, especialmente en el cine estadounidense que se ha dedicado a exprimir y reciclar viejas fórmulas clase B, berretas, bizarras de los ’70 y ’80, aportando un nivel de producción y dedicación al efectismo visual, que escapa a cualquier análisis profundo o sistemático de la narración, creación de personaje o crítica sociocultural. Aspectos, que se tenía bastante en cuenta en las producciones originales, y que aún hoy, sus creadores originales como George A. Romero, John Carpenter o Tobe Hooper siguen tratando de manifestar aunque con resultados un poco menores que en las épocas de mayor inspiración.

    Ante este vacío creativo, donde lo único que se hacen son precuelas, secuelas, remakes o la compra de éxitos internacionales, exprimidos hasta el hartazgo y agotamiento en sus países de origen, y en Hollywood, La Cabina del Terror, surge, no como una obra que traiga novedad o algún tipo de elemento innovador en el género – qué es lo que lo algunos esperan – o como una propuesta efectista que contagie el miedo, que sea fiel a lo que se vende, sino como la suma de todo eso dentro de una gran análisis de los fenómenos y personajes que surgieron en los últimos años a nivel mundial y como el público se fue cansando de ellos, por culpa de los lugares comunes a los que recurren. Lugares comunes y clisés a los que no solamente la ópera prima de Drew Goddard invoca sino que se vuelven la materia prima de la narración justamente para criticar la falta de imaginación de los directivos de Hollywood, una manga de ejecutivos antiguos que se nutren de la sangre joven para seguir llenando sus bolsillos de dinero.

    Así es, la inteligencia del guión de Goddard y Whedon es esconder las verdaderas intenciones o el mejor dicho el principal objetivo de la historia que es apuntar a mostrar en forma cínica, cuan previsible son las películas de terror, y que justamente lo imprevisible sería el triunfo del bien, de la inocencia, de los protagonistas sobre el mal, y como ese triunfo, paradójicamente simboliza el fin del género.

    O sea, la moraleja de La Cabina del Terror no es que el género del terror se está desintegrando solamente por culpa de la falta de imaginación, sino que sin la fantasía no existe el miedo a los dioses, sin el miedo, se termina la imaginación. Más o menos como la metáfora de La Historia sin Fin: necesitamos seguir asustándonos con estas cosas berretas, porque sino sucumbimos al final del cine posiblemente, y ninguna metáfora funciona mejor que el último plano de la película.

    Más allá de este mensaje, la película se sostiene como un entretenimiento bastante divertido, perverso y gore durante un poco más de una hora y media. Goddard desde un principio no intenta engañarnos y muestra las cartas rápidamente jugando con la expectativa, el criterio y el conocimiento del espectador. Generando empatía y suspenso en los momentos adecuados. Pero como afirma mi camarada Nuria Silva, el cóctel Noche Alucinante y The Truman Show, tiene un límite. Ese límite lo pone que dentro de la narración hay otra fila de espectadores que nos confirma que fácil es manipular al público, que fácil caemos en las trampas típicas de los guionistas, la musiquita y los efectos especiales.

    En este sentido, la película se muerde su propia cola y no puede escapar al poder mainstream. O sea, al igual que con la saga de Scream que satiriza las películas slashers y los lugares comunes de las mismas, pero termina cayendo en los mismo lugares, volviendo autoconcientemente boba a las intenciones y blancos fáciles de otras sátiras como las Scary Movies, La Cabaña del Terror, cuida al principio cada aspecto visual para imitar con una visión cínica el cine adolescente de género pero agregando una sobrecarga de efectos que parecen haberle sobrado a Whedon del montaje final de Los Vengadores – de paso también lo metió como relleno a Chris “Thor” Hemsworth – y un poco se pierde la línea original más artesanal y anarquista. Es como criticar al sistema, usando las herramientas del sistema, lo cuál suena un poco hipocrático, pero bueno, el fin siempre es hacer dinero y tener a los dioses contentos.

    Se pueden hacer múltiples lecturas intertextuales, citar a las miles de referencias que aparecen en el medio del film, tanto en sus momentos en el mundo de “ficción” y manipulación, como en el supuesto subsuelo “real”, pero lo que más me llamó la atención es el diálogo directo que tiene con una de las mejores películas del 2011: Paul, dirigida por Greg Mottola. En dicho film, támbien se satiriza en forma bastante original y divertida el mundo de la ciencia ficción, pero en lo que ambas mayor convergen es en la explicación de los acontecimientos al final de la película, y el medio en que lo hacen. Sí, al hacerlo tan explicativo y discursivo se cae en una narración redundante e innecesaria. El espectador puede razonar lo que sucede sin necesidad de que se lo cuenten como si fueran chicos de primaria. Básicamente, al final se pierde un poco la espontaneidad con tanto diálogo, y le juega en contra al film, dándole inclusive giro previsible. Sin embargo y lo más llamativo es que ambas películas usen a la misma persona como herramienta de interacción… aunque usted no lo crea.

    Cuando salimos de la función privada, un colega salió bastante irritado expresando que esta película debería tener un cartel que advierta: “Prohibida para todo aquel que no conozca o sea adepto al cine de horror”. En cierta forma es verdad. La Cabaña del Terror está pensada para el cinéfilo amante del género, la va a poder saborear más que aquel que va solamente con intención de distraerse. Es un límite riesgoso, pero del que sale más que airoso.

    Como yapa, la dupla que conforman Bradley Whitford y Richard Jenkins es maravillosa, concretando una buddy movie dentro de una película de terror. El talento y versatilidad de ambos intérpretes – especialmente Jenkins – es asombroso.

    Así que a disfrutar La Cabina del Terror, una reflexión sobre el horror y la manipulación cinematográfica en pos del marketing, que podríamos definir como “la verdad a 24 cuadros por segundo”. Ah no, eso lo dijo el otro Godard.
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  • Escuela normal
    Escuela normal
    A Sala Llena
    A pesar de que no soy fanático de Celina Murga, Escuela Normal, me pareció una interesante crónica del día a día en un colegio secundario de Entre Ríos, supuestamente la primera fundada por Sarmiento. Murga muestra dos puntos de vista: el de la directora recorriendo los pasillos y organizando las clases día a día, y por otro lado la evolución del sistema de elección de un Centro de Alumnos organizado por los mismos estudiantes. Es una lástima que el primer relato (el de la directora) termine teniendo tanto protagonismo ya que le resta interés a la mirada de los alumnos organizándose y reflexionando sobre la importancia de las elecciones...
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  • Ralph: el demoledor
    El Arcade sea Eterno

    Recuerdo que ir a Sacoa o algún lugar con video juegos me hacía muy feliz. Luchar al Street Fighter, competir en el Cruis’n World o jugar al pinball se volvieron experiencias gratificantes de mi infancia y preadolescencia. Y si no quería salir de mi casa, siempre podía prender el Family y saltar con Mario o Luigi rumbo al castillo donde Koopa tenía secuestrada a la princesa.

    Pero el tiempo pasó y esos juegos pasaron a la historia. Ahora son mucho más violentos o infantiles. Oscuros o demasiados kitsch. ¿Donde están esos mundos imaginarios donde la violencia y la inocencia podían convivir en un mundo casi real, con personajes caricaturizados pero inspirados en algunas cosas reales? Después de todo, los hermanos Mario vivían de la plomería.

    Sobre lo antiguo y lo presente, el cambió de generaciones y los estereotipos de bondad y maldad habla esta nueva comedia animada de Disney, ópera prima de Rich Moore.

    No es la primera vez que el cine se mete en el interior del mundo de los video juegos. Básicamente de esto trataba Tron, pero acá los personajes convergen en un mundo que no conocemos cuando las máquinas se apagan. Siguiendo un poco el patrón de Toy Story y Monsters Inc. los personajes de Ralph son concientes que sus roles son parte de su trabajo. La escena inicial es realmente fantástica, una charla de autoayuda para villanos que no quieren ser malvados y se necesitan mutuamente para seguir cumpliendo con sus roles, pero Ralph no es un simple villano. Destruye el edificio porque lo echaron del suyo. Ralph sufre la discriminación y los prejuicios en su propio video juego. Quiere hacerse amigo de sus enemigos y no lo dejan. Por lo tanto decide abandonar su propio juego para convertirse en héroe en un juego más moderno. Tras probar suerte en Medal Of Honor, se convierte en un fugitivo y termina un juego de carreras en Candy World.

    Nutrida de bastante nostalgia, Moore construye varios mundos realmente asombrosos desde el concepto audiovisual prestando atención a mínimos detalles como el contraste de diseño generacional, el modo de caminar, de hablar, de mirar de cada personaje, y al mismo tiempo le aporta humanismo al interior de cada uno.

    Si bien en el resultado final peca de ser demasiado didáctica e infantil, Ralph, el Demoledor tiene numerosas capas de lectura y un meticuloso trabajo visual que la ubican por encima de los cuentos que los mismos estudios realizaron años anteriores como Enredados o La Princesa y el Sapo.

    El aporte de las voces originales como la de John C. Reilly, Jack Mcbryer, Jane Lynch Ed O’ Neill o Alan Tudyk es otro atractivo de esta producción que critica los prejuicios sociales y evita caer en algunos lugares comunes, más allá de que estructuralmente es bastante previsible y calculada.

    A pesar de su extensión es una obra entretenida, que esperemos tenga una secuela (o por lo menos así lo espera Rich Moore, en declaraciones a este redactor) que esté a la altura de este producto… o de Ralph.
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  • Marley
    Marley
    A Sala Llena
    Natural Mystic

    'Though I've tried to find the answer to all the questions they ask / aunque he tratado de encontrar las respuestas a todas las preguntas que hacen
    'Though I know it's impossible to go livin' through the past / aunque sé que es imposible continuar viviendo del pasado

    Bob Marley no murió. Bob Marley es eterno. Vive en su música, en la cultura popular, en la influencia religiosa, política, espiritual. Capturar la esencia del verdadero artista, conocer al hombre es lo que Kevin Macdonald consigue en su nuevo documental.

    Reconocido sobretodo por sus trabajos de ficción como El Último Rey de Escocia, Los Secretos de Poder o la inédita The Eagle, Macdonald ha conseguido una exitosa carrera como documentalista con trabajos destacados como One Day in September o Touching the Void. Acaso lo más interesante de su filmografía es la forma en que prioriza el perfil humano y a la vez la preocupación de sus personajes con el contexto social y político.

    Con Marley, realiza una biografía bastante completa sobre la vida del cantante jamaiquino que dio a conocer el reggae fuera de su país natal. En forma cronológica y sin detenerse a analizar demasiado cada etapa de su vida, sino limitándose a narrarla, comprendiendo el fenómeno musical y al mismo tiempo observando los orígenes del género musical, de la cultura y religión rastafari, el contexto socio – político y musical de Jamaica y el impacto de Marley en diversas partes del mundo, Macdonald da a conocer la vida completa del artista desde la intimidad, a través de las personas que estuvieron cerca de él.

    Aprovechando que el documental es producido por el manager de Marley y su hijo Ziggy, se abren las puertas al universo de Robert. Universo con aristas, donde conocemos su pensamiento y donde no quedan afuera sus humildes orígenes, la crianza sin figura paterna (un capitán británico blanco), el rechazo de sus compañeros por su mixtura, su carácter mujeriego y la poca atención que tuvo con sus hijos, pero también, su principal legado: llevar la filosofía de pacificación rastafari, influencia del emperador de Etiopía, Haile Selassie.

    Con total transparecia y honestidad, Macdonald deja que los entrevistados hablen. Su interpelación es limitada. No se trata de un documental político, sino de un retrato pacífico y sin prejuicios de la vida de uno de los cantantes más importantes e influyentes de la segunda mitad del siglo XX.

    Posiblemente, para los seguidores de Marley, la información no aporte demasiado al conocimiento popular del mito, pero conocer la intimidad, le da un caliz más humano y menos mítico. El material de archivo con entrevistas, testimonios del propio Bob, recitales y fotos es inmenso. La película se detiene lo suficiente es las causas y consecuencias del atentado contra su vida en 1979, así como hace una excelente construcción de los hechos que lo llevaron a su fallecimiento en 1981 sin caer en un lugar común sentimentalista o golpes bajos.

    Aunque la mayoría de las imágenes son entrevistas fijas de personajes sentados – mejor conocidos como bustos parlantes – los planos aéreos de Jamaica, así como las recorridas por los barrios humildes de Kingston, le dan una perspectiva más cinematográfica que televisiva. En ese sentido la fotografía de Mike Eley, Alwin H. Küchler y Wally Pfister (colaboradora de Christopher Nolan) le aporta una estética colorida y cálida al documental.

    Más destacable como trabajo periodístico casi objetivo, que como producto cinematográfico en sí, Marley es completamente disfrutable gracias al dinámico montaje – a pesar de durar casi dos horas y media - tiene buen ritmo y la duración podría haber sido más extensa incluso, profundizando un poco más en la cultura rastafari y un análisis específico de las canciones de Bob, que lo diferencian de la mayoría del resto de los artistas reggae.
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  • Fausto
    Fausto
    A Sala Llena
    Padre e Hijo

    Si uno indaga en el mito de Fausto, va a encontrar, que la historia del médico, que a cambio de poder y conocimiento le regala su alma al diablo, precede varios siglos a las novelas que Goethe escribió a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Y de hecho, es acaso la historia más popular de la literatura y mitología alemana.

    Por qué la tragedia de este hombre común, que ha pasado de ser un oscurantista a un doctor escéptico y ateo sigue interesando a las nuevas generaciones de narradores no es un misterio. Tanto el mito como la novela de Goethe hablan de la codicia, del deseo de poder a toda costa, pecado mortal que se paga con la sangre, vendiendo el alma al diablo, y por eso mismo, el realizador ruso Alexander Sokurov decide cerrar su saga sobre figuras que terminaron destruidas por su propio poder (Hitler, Stalin, Hirohito) con un cuento clásico, en vez de la dramatización de la vida de personajes del siglo XX.

    Acaso Fausto, resume poéticamente todo lo que Sokurov ha demostrado en las anteriores películas, pero consiguiendo una autonomía cinematográfica que sitúa esta adaptación en un extraño lugar de su filmografía.

    Parece que han quedado lejos las épocas en las que el director se animaba a experimentar con las primeras cámaras digitales que salían al mercado, desvirtuaba la imagen y narraba pequeñas, pero poderosas historias sobre madres o padres e hijos. Cuentos, donde el atractivo pasaba por generar un clima, por convertir el cine en un lienzo lleno de colores con personajes vivos, cálidos, identificables. Esa novedosa estética minimalista, pero al mismo tiempo de una belleza indescriptible fue (bien) imitada por realizadores argentinos como Inés de Olivera Cézar o Gustavo Fontán. Sin embargo, el realizador ruso se dejo tentar por el lado oscuro del séptimo arte y se agrandó. Ya desde El Arca Rusa, podíamos ver que a Sokurov le gusta la grandilocuencia y Fausto lo confirma.

    Fausto es completamente excesiva, es grotesca, es épica, es cínica, pero también es hermosa, poética y crítica. Es pretenciosa y ambiciosa en todo sentido. Sokurov decide llevar al protagonista a un viaje de ida que se convierte en el mismo que hace el espectador. Fausto busca el alma. Su incredulidad y deseo son lo que lo llevan a firmar el famoso pacto con este ser que Sokurov lo pinta deforme y monstruoso desde el primer minuto que aparece. De hecho, toda la pintura barroca de la Alemania campestre de principios del siglo XIX es grotesca, horrible, miserable y apocalíptica. Fausto pone en duda sus creencias y cuánto más se fascina con Margarita, menos cree y menos culpa asume por sus “pecados”.

    Mauricius (Mefisto) le muestra al protagonista los placeres a los que puede acceder y también lo involucra en un crimen. De esta forma, también se trasforma en una suerte de conciencia y el Fausto del film adquiere una culpabilidad similar al personaje de Raskolnikov de Crimen y Castigo. Lo religioso y profano entran en escena en forma completamente corrupta y la pureza está representada en la figura de Margarita.

    El micromundo que crea Sokurov es realmente fascinante, admirable en los detalles de escenografía, vestuario y maquillaje. La fotografía de Bruno Delbonnel es clave en la degeneración de la realidad, transformando los espacios en sitios casi oníricos, deformando las figuras con lentes – similares a los de Madre e Hijo – y teniendo una gran variedad de colores que van rotando por escenas – verdes, azules, amarillos, grises – hasta llegar al impresionante y desolador final.

    Al borde del absurdo, Johannes Zeiler y Anton Adasinsky, logran dos interpretaciones fascinantes, netamente expresivas, que si bien no transmiten empatía o calidez, en su horrible retrato resultan atractivos. Ambos, además conforman una pareja donde se va generando una tensión casi familiar, un duelo de poderes, que se vuelve casi humorístico. Sokurov acierta en aplicarle a la película varias dosis de humor negro para no volver tan solemne el relato. Definitivamente no es un film de “qualité” más y el agregado de escenas bizarras, casi gore, lo confirman.

    Se trata de una propuesta arriesgada desde el comienzo, donde una gran panorámica nos presenta el pueblo donde sucede la acción como si fuera una historia épica de Hollywood.

    Sin embargo, después de una interesante introducción de los protagonistas el film cae en un gran número de diálogos innecesarios y discursivos que le restan ritmo a la película. Aun cuando solo dura un poco menos de dos horas y media, pareciera que ya estamos ante un obra mucho más extensa, dado que las escenas se extienden demasiado y algunas situaciones podría haberse simplificado un poco.

    Más allá de esto, Sokurov no defrauda y no termina siendo devorado por su propia criatura. El mito sigue vivo, y una vez más el infierno está tan encantador…
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  • El Hobbit: Un viaje inesperado
    13 Enanos en Pugna

    Y Peter Jackson regresó a las Tierras Medias… Lo que originalmente iba a ser un proyecto pensado y conceptualizado por Guillermo del Toro, gracias a las postergaciones de la MGM y la crisis económica del 2008, El Hobbit regresó a las manos de su director, lo que por un lado es un alivio, porque PJ creó sus propias Tierras Medias a partir de las novelas de Tolkien y es auténtico, fiel a su concepción original y su identidad cinematográfica como autor, pero por otro lado trae consigo una previsible decepción: la primera entrega de la nueva trilogía no ofrece algo nuevo que las anteriores entregas ya ofrecieran. La sorpresa, la expectativa, lo novedad ya no forma parte del entusiasmo popular. Es un film con espíritu épico, pero que no es épica en su resultado cinematográfico final, como si hubiese forzado a la novelita original a convertirse en algo bigger than life.

    O sea, seamos claros. Jackson es un gran narrador y recupera la aventura, el humor, la simpatía, la gracia y la imaginación que ya había manifestado en El Señor de los Anillos. Pero también está la sensación de que tampoco le resultó un desafío lograr esto, le sale automáticamente, apretando un botón.

    El problema principal es que se nota que la historia original de Tolkien podría contarse en una sola película de tres horas y no en tres películas de ¡tres horas cada una!.

    Por supuesto, que Jackson sabe muy bien como rellenar los huecos para lograr entretener a la audiencia: le agrega nexos al El Hobbit con El Señor… , que además sirven como guiño para que el espectador no pierda de vista sus personajes favoritos - y un elenco más conocido que los trece actores ingleses/irlandeses/australianos/neozelandeses que componen a los enanos protagonistas - pero más allá de eso, se nota que Jackson alarga demasiado algunas situaciones, escenas de peleas se hacen más extensas de lo que deberían ser - aunque no llegan al colmo de King Kong – la solemnidad – dedicado a José Luis de Lorenzo – se manifiesta con ese tono épico y grandilocuente con la que se presentaba en las entregas previas, que en realidad son posteriores cronológicamente.

    La sensación final es que se pierde algo de espontaneidad, pero el viaje el recorrido es bastante disfrutable en sí. Y no lo digo porque se haya filmado en 48 cuadros por segundo ni por el 3D, el cuál no pude disfrutar lamentablemente, sino porque es una película en la que Jackson se da la oportunidad de explorar un poco más a fondo el mundo de las Tierras Medias, sus criaturas, la tecnología caption motion – junto al Gollum, hay más orcos, trolls y otros seres mitológicos con voces de actores medianamente conocidos.

    Pero lo que la hace menos pretenciosa, acaso es el perfil humorístico donde se nota la mano de Guillermo del Toro. Desde una cena enana que parece sacada de Blancanieves hasta la pelea con tres trolls que emulan a Moe, Larry y Curly. Después, se vuelve más seria con la llegada de los elfos y Saruman - ¡aguante Christopher Lee! – para retomar el espíritu aventurero en el enfrentamiento con los orcos… y la aparición del Gollum.

    Hasta este momento, Martin Freeman – Bilbo – verdadero protagonista del film, no había tenido la oportunidad de destacarse sobre el mundo de las tierras medias, pero es en esta particular escena seudo teatral donde el personaje encuentra cierto anillo mágico, donde tiene un duelo interpretativo con Andy Serkis, que nuevamente se lleva los más grandes elogios sobre un buen pero intrascendente elenco. Serkis ya se volvió un artista increíble del caption motion: el trabajo corporal, expresivo e incluso la voz del actor es admirable. Un personaje complejo que vuelve a destacarse por sobre todos los demás por su humor, su esquizofrenia y su oscuridad. Freeman es buen actor, pero no tiene aún la presencia de Elijah Wood como protagonista, aún cuando recien comienza su camino como héroe.

    Acompañada por una admirable banda sonora de Howard Shore - que es mejor y más compleja en varios aspectos que la original de El Señor… - El Hobbit: Un Viaje Inesperado es un agradable entretenimiento, más divertida que La Comunidad del Anillo incluso, que sin la profundidad ni la sorpresa de la saga del año 2001, aún así conserva cierta magia, el tono mitológico e imaginación en escenas aisladas, y en el espíritu general del film.

    Pero a no bajar los brazos… el viaje recién comienza.
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  • La noche del chihuahua
    Luna Nueva

    Está claro que ideas y creatividad no hace falta tener grandes presupuestos para hacer una película. Tampoco hace falta recurrir a la imaginación del espectador. Solamente saber plasmar con los recursos que se tienen más a mano, un relato coherente, divertido y original que esté acorde a la propuesta económica y sepa evitar caer en el mero juego o experimento para convertirse en una producto con autonomía, donde la escasez no distraiga al espectador de la historia, o al menos la intención de lo que se quiere contar...
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  • Mátalos suavemente
    When a man come around

    Hay películas que están pensadas para la platea masculina, sin ánimo de ofender a la platea femenina. Así como en esta misma semana, Despedida de Soltera, es una película que toca temas que las mujeres van a entender mejor que los hombres, Mátalos Suavemente es una película netamente masculina. Y no porque tenga violencia, no porque sea sangrienta o de gángsters o tenga demasiado testosterona. No tiene que ver con el género cinematográfico, sino con una cuestión temática y sexual. En primer lugar porque hay solamente una mujer en todo el film. En segundo porque deja en claro que la política y la economía, en Estados Unidos lo manejan los hombres, que la mafia, el juego y el asesinato son cosas de hombres… y las crisis económicas le afectan a los hombres.

    Los hombres son solitarios, abandonados, deprimentes y este es el contexto en que Andrew Dominik va moviendo a patéticos tipos duros en tiempos de crisis económica. El contexto histórico son las elecciones McCain/Obama y continuamente hasta llegar a la obviedad, podemos escuchar de fondo discursos de Bush y el actual presidente que terminan funcionando como espejos. Espejos que se reflejan en todos los personajes del film. Asesinos que son enviados a matar o encarcelar a otros asesinos y ladrones. No hay personajes nobles en Mátalos Suavemente, y de hecho son tan patéticos como asesinos que no pueden disparar de frente, sino lo hacen a la distancia, tienen miedo a la cárcel, postergan asesinatos.

    Sí, la crisis también afecta a los asesinos por encargo.

    Andrew Dominik ha construido su filmografía en base a estos preceptos, desde el cruel y violento retrato de un sociópata en Chopper (descubrimiento de Eric Bana) hasta la estilizada El Asesinato de Jesse James. En ambas, Dominik se mete en la mente de los criminales, les aporta sensibilidad, miedo, culpa, responsabilidad, cobardía, sentimientos.

    Pero a diferencia de la crudeza de la primera y, la solemnidad y pretenciosidad de la segunda, acá se lo toma con humor. Y de hecho, por momento pareciera que estamos viendo una sitcom, o una comedia negra de HBO. No hay que confundir Mátalos con un thriller. El que va con esa idea se va a decepcionar. Es una sátira al género policial y de gángsters. Una película contracultural, filmada y ambientada como si fueran los años 70 (autos, vestuario, peinados, estética general), pero contextualizada en el 2008 (el único atisbo de avance tecnológico es un celular viejo).

    Y de hecho en esta sátira autoconsciente también reside la elección de los actores. La intertextualidad es palpable. Ver al capo de Los Sopranos (James Gandolfini) sin ganas de matar, tirado en un sillón, insultando a una prostituta a la distancia o a Henry Hill (Ray Liotta en Buenos Muchachos, film al que homenajea en un par de escenas), llorando, siendo golpeado sin manera de defenderse demuestra la ironía del mensaje de Dominik: ni los gángsters ni el género cinematográfico son lo que eran.

    Algunos críticos han comparado la película con una de Tarantino, pero mientras, que en cierta forma, el director de Perros de la Calle, trata de realzar la figura de sus criminales mostrándolos impecables, Dominik los muestra en la miseria total. Un símbolo del estado en el que están los pueblos de los suburbios de las grandes ciudades industriales, una crítica social de la que no se salvan ni los matones, que no solamente entienden la realidad económica mejor que cualquier analista de televisión, sino que encima están impotentes ante ella.

    Igualmente Dominik no lanza sus dardos hacia UN responsable, sino a un comité. Si bien la comparación entre los presidentes de turno y el abogado que compone Richard Jenkins con su acostumbrada taciturna es clara, es justamente el manejo de la economía en las manos anónimas de un “comité” adonde va el mensaje final del director.

    Inteligente, divertida, con un Brad Pitt cínico y algunos momentos visuales notables, Mátalos Suavemente es un film extraño por lo que se puede esperar de él, pero que funciona mejor en un análisis posterior que a la primera visión.
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  • 7 días en La Habana
    Clase Turista

    Una semana está compuesta por algunos días buenos, otros mediocres y definitivamente malos. No existen semanas perfectas. Incluso cuando nos vamos de vacaciones. Lo que los productores de esta película nos proponen es un viaje turístico por la Ciudad de La Habana durante (algo más de) 7 días.

    Para eso trajeron a 7 realizadores diferentes para narrar, mostrar diferentes historias que suceden en la capital cubana. Pero como sucedió e París o Nueva York… la ciudad solo sirve de contexto, de excusa para los realizadores cuenten historias, que bien podrían suceder en cualquier otro lugar. Si bien la mayoría trata de mostrar algo que es típicamente cubano (Del Toro muestra la comida y las mujeres, Trapero la música, Medem vaya uno a saber, Noé se confundió de isla, Suleiman la política, Tabió la gente y la comida, Cantet la gente y la religión), a la película le falta una identidad con el cine cubano en sí, o al menos algo que justifique la unión de estos cortos, más allá de algunos paralelismos que se van encontrando sobre la marcha.

    El resultado final no llega a ser decepcionante, porque es sabido que estos trabajos son irregulares de por sí. Todos los directores tienen grandes obras (menos Del Toro), así que la selección no desentona. Sí se puede decir que hay algunos que imponen mejor su identidad autoral que otros. Posiblemente el cuentito de Elia Suleiman no solamente es el más estrictamente cinematográfico, sino que además tiene puntos en común con su filmografía: el humor, el plano fijo, la ausencia de diálogos, la construcción de un mensaje en forma indirecta. Pero a la vez también es más alienado, y sin embargo es el único que realmente habla o menciona a Fidel Castro. Simpático y sencillo, posiblemente sea el más honesto, pero que termina al mismo tiempo pasando desapercibido al figurar en la mitad de la película.

    Si bien el de Benicio del Toro empieza bastante bien (estética y narrativamente) va decayendo. La mirada que se tiene sobre los turistas estadounidenses (el Yuma) es interesante y atina en el tono seudohumorístico. A la vez, Hutcherson es un protagonista creíble, un buena actor. El problema es que en vez de enfocar sobre la relación de él con su guía (un ingeniero que estudió en la URSS pero ahora es taxista) se centra en su inútil búsqueda por una relación sexual, lo que termina banalizando y extendiendo el relato. Una lástima porque hay una escena en bar cubano que realmente es brillante.

    Trapero logra un digno y divertido trabajo al lado de un borracho Kusturica. La historia es simpática y revaloriza a los músicos cubanos por sobre los artistas extranjeros. Pero al igual que Del Toro y Suleiman termina siendo la visión de alguien ajeno a la isla. Aún así tiene un plano secuencia inicial tan memorable como el que realizó en la subvalorada Elefante Blanco. A nivel visual se trata sin duda del mejor corto.

    Medem y Tabió hacen los cortos más narrativos y clásicos. Pero si lo de Medem es un melodrama mal actuado, obvio y pretencioso, Tabió inserta una necesaria cuota de humor y personalidad cubana. El problema del segundo es que le da continuidad al flojísimo corto del director de Los Amantes del Círculo Polar, un corto hecho a desgano por un realizador que quiso cumplir con el encargo y nada más. Al menos en el del co director de Fresa y Chocolate hay mejores actuaciones, un tono menos grandilocuente y chistes autoconscientes (“ojalá hubiese tenido esta peluca para el corto de Benicio del Toro”).

    Por qué en el medio Gaspar Noé metió un ritual para sacarle el lesbianismo del cuerpo a una joven cubana es un misterio. El corto no está mal. No refleja la personalidad del realizador y en parte se agradece. No hay diálogos ni explicaciones tampoco, pero queda la duda si sucede en Cuba, Haití o Trinidad Tobago. Innecesario aunque con climas aplicados.

    Y sin duda, el mejor y más equilibrado termina siendo el de Cantet, que parece haber sido filmado por un verdadero cubano que trata de rescatar el espíritu de la gente y su relación con la religión sin caer en moraleja, solemnidad ni obviedad, con buen gusto y con conciencia social, La Fuente es divertido y atina en ser el último de la selección.

    7 Días en La Habana es un compendio de miradas simpático, sensual, que apenas refleja la realidad política del país ni hace bajada de línea. Se queda en una línea superficial, apenas criticando la homofobia latente en la sociedad y los contrastes culturales.

    Una película hecha para turistas… y realizada por turistas. ¡Viva Cuba libre!
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  • Siete psicópatas
    Siete psicópatas
    A Sala Llena
    Cambiar el juego

    Desde que Buster Keaton filmó El Camarógrafo, el cine se dio cuenta de lo divertido que podría resultar hacer cine… dentro del cine. Con ejemplos notables como Cantando Bajo la Lluvia, Cautivos del Mal o más recientemente, El Nombre del Juego o El Ladrón de Orquídeas, las películas que satirizan el funcionamiento de la industria hollywoodense han tenido una interesante repercusión, y prácticamente se puede hablar de un género en sí mismo.

    Segunda obra del inglés McDonagh, Siete Psicópatas es una comedia negra que no viene a cambiar demasiado el género de gángsters y de hecho guarda varias similitudes con la película de Barry Sonnenfeld de 1995. A diferencia, de la historia inspirada en la novela de Elmore Leonard, la de McDonagh toma como protagonista a un guionista que quiere escribir un film sobre siete psicópatas pero no encuentra inspiración. Recibe ayuda de su mejor amigo, Billy que está obsesionado con la idea y le empieza a narrar historias de sicópatas que escuchó por varios lados, paralelamente que lo persigue un psicópata al que le secuestró su perro shit zou.

    Lo que en un principio comienza como una comedia de enredos se va transformando en un guión más intelectual a partir de que va tomando conciencia de su condición cinematográfica y lo que vamos viendo no termina por definirse como parte de la realidad o de la imaginación de Martin, el guionista interpretado por Colin Farrell.

    McDonagh crea una sátira a partir de las ilusiones de un escritor seudo intelectual y alcohólico que busca realizar un guión profundo y espiritual, y el de su amigo que pretende crear una película de acción bien pochoclera, demostrando así las dos caras de los artistas de Hollywood.

    Lo más extraño acaso del film gira justamente en la autoconciencia que tiene el director de las falencias del film: la escasa profundidad y participación de los personajes femeninos, el hecho de que empieza con mucha adrenalina y va decayendo a medida que avanza el metraje e incluso del efecto sorpresa. Los personajes discuten en un momento sobre el tono de la película que están escribiendo, sus golpes de efecto y así, esta autoconciencia envuelve al espectador que se pregunta hasta que nivel McDonagh está pecando de canchero (un poco al estilo Charlie Kauffman en El Ladrón de Orquídeas) o si realmente lo tiene todo mentalizado. Lo cierto es que la película juega con la imprevisibilidad, el hecho de que los personajes adelanten lo que va a pasar, permite que el director se tome libertades y mate desde principio a fin a intérpretes, que si bien no son estrellas, son bastantes conocidos y esto marca el efecto sorpresa. Cualquier personaje puede morir de un momento a otro y no hay moral mediante que interceda por ello. O sea, realmente a McDonagh no le interesan tanto los personajes como las reglas que crea y va rompiendo al mismo tiempo (un poco al estilo David Mamet), a medida que se va desarrollando la acción.

    Un elenco encabezado por un Colin Farrell a tono con el personaje, y donde se destacan Sam Rockwell, Christopher Walken y Woody Harrelson con sus diferentes capas de ironía y cinismo junto a dos maravillosos cameos de Harry Dean Stanton y Tom Waits, es otro punto interesante del film de McDonagh que evita caer en lugares comunes en pos de sorprender al espectador y burlarse de los guionistas de Hollywood.

    Siete Psicópatas es una obra más desprolija, pero con menos cálculo que Escondidos en Brujas, anterior trabajo de McDonagh, pero justamente por todo esto, es que se trata de una película que sorprende gratamente por su originalidad y frescura, en la línea de los mejores films que meten el cine dentro del cine.
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  • El ministro
    El ministro
    A Sala Llena
    Más allá de ser una de esas películas francesas muy dialogadas, esta cínica mirada de la política francesa a través de los ojos del ministro de transporte tiene varios momentos sumamente atractivos, además de la descomunal actuación del gran Olivier Gourmet (y, sí, los Dardenne producen el film)...
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  • Días de pesca
    Días de pesca
    A Sala Llena
    El viejo y el mar

    Y un día Carlos Sorín volvió a la Patagonia. La relación del cineasta con la región del fin del mundo se remonta al rodaje de la película Un Rey para la Patagonia, un rodaje fallido del publicista Juan Fresán que trató de reproducir la historia de Orélie Antoine de Tounens, un delirante explorador que se autopronunció Rey de los Araucanos. Al igual que la misión de Orélie, la película de Fresán naufragó debido a sus altas pretensiones, pero la desventura del rodaje llevaron a Sorín, casi diez años después a concretar su ópera prima, La Película de Rey, que tuvo un éxito precipitado y ganó reconocimientos en todo el mundo...
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  • Cosmopolis
    Cosmopolis
    A Sala Llena
    This is the end, my only friend…

    No son pocas las personas que dicen el capitalismo está muerto y debe dejar de existir. Numerosos documentales han hecho hincapié en este asunto tomando como principal referencia la crisis del 2008… y es muy posible que así sea. Lo cierto es que yo no entiendo mucho de economía, y no he visto tampoco todos aquellos documentales.

    Ahora bien ¿cuál es la mejor forma de expresar el fin del capitalismo a través de la ficción? George Romero elige a los muertos vivos. David Cronenberg elige a Robert Pattison. Con esto no quiero armar una analogía con el fin del cine, ni mucho menos. Al contrario. Mostrando el fin del capitalismo, Cronenberg logra crear una de las películas más inteligentes y divertidas que se hayan realizado sobre el tema apelando a constantes simbolismos y, un lenguaje filosófico pretencioso que en realidad satiriza al lenguaje filosófico pretencioso. Además, sabe aprovechar al máximo las virtudes físicas y las limitaciones interpretativos de su estrella.

    “Un talento mal usado, es un talento desperdiciado”. ¿Acaso es una defensa que hace Cronenberg sobre las capacidades del protagonista de la Saga Crepúsculo? Puede ser. Lo cierto es que Pattison está perfecto como este austero y vampírico agente de bolsa de Wall Street que con solo 28 años amasó una fortuna y pretende gastarla lo antes posible antes de quedar en bancarrota… y al mismo tiempo se va a cortar el pelo.

    Cronenberg usa una puesta completamente teatral. La película no sale de espacios limitados. Aún los exteriores son espacios limitados visualmente. Peter Suschitzky logra un interesante trabajo de elección de lentes eligiendo angulares para el interior de la limusina de Eric y teleobjetivos para los exteriores. Prácticamente nunca Cronenberg abandona a su protagonista de la visión del espectador. Está en cada escena. Como si fuera un rey o farón de alguna obra teatral griega que no deja su trono (dentro de la limusina) recibiendo a toda su corte, secretarios y ministros que lo aconsejan, lo cuidan pero al mismo tiempo se burlan de él. No falta la esposa traicionada, las amantes, el médico, el visir, los consejeros, la oráculo e incluso el bufón. La única diferencia es que se trata de un trono móvil. Eric recorre supuestamente toda la ciudad – o toda la ciudad se mueve para llegar a Eric – encontrándose con gente que le anticipa que está transitando un camino al infierno. Muy parecido al de Apocalipsis Now. Y obviamente - ojo, ¡spoiler! - se enfrentará al mismísimo demonio, a quién primero lo insultará, lo rebajará negando su existencia hasta que este le demuestre que no puede escapar de su destino.

    El director de Pacto de Silencio es un maestro generando climas de tensión constantes. Sus obras suelen ser lentas, dialogadas, densas pero cargadas de atmósferas oscuras, extrañas, surrealistas. Cronenberg cuida cada detalle de la puesta en escena (aunque lo niega) y este caso no es la excepción. La banda sonora de su habitual colaborador, Howard Shore o el diseño de vestuario de su hermana Denise aportan la densidad necesaria para convertirla en un obra gótica.

    La película tiene la estructura de Después de Hora o La Hora 25: todo sucede en un día, el protagonista cambia de escena, como cambia de personaje que le viene a anticipar su caída bursátil, moral y física. El film tiene un tono oscuro, pero hipnotizante. Las luces de neón contrastan con el apocalíptico mundo fuera de la limusina, dominado por las ratas. La tecnología empieza a morir y convertirse en innecesaria a medida que avanzan la reuniones, las cuáles mantienen una carga sexual muy típica en varios casos. Como en otros films del director, tecnología y relaciones carnales se fusionan en un mismo espacio. A veces dando la sensación que no hay cortes, como si todo fuera un sueño continuo sin pausas ni elipsis.

    Cosmópolis es un film filosófico que transciende su crítica económica para simbolizar el fin de un personaje que se va desnudando inteligentemente ante el espectador, y también tiene lecturas religiosas relacionadas con los contrastes de Dios y el Diablo. Cada escena tiene una puesta excepcional, meticulosa, milimétricamente planeada. Se pueden ver numerosas relaciones visuales con Almuerzo Desnudo, Una Historia Violenta e incluso Promesas del Este. Sin embargo, acá el morbo pasa por destruir a un personaje que intenta ser simpático y termina siendo un pretencioso muchachito rico y excitado.

    El personaje atraviesa un río de miseria en línea recta, partiendo de Wall Street hasta llegar a una peluquería en el Bronx. A partir de acá es donde más se nota el mundo estirilizado del director: arranques de ira violentos, repentinos y gráficos, particulares de la cultura cómic, que recuerda a la manera en que Cronenberg ha explotado cabezas a lo largo de toda su filmografía. El film toma lo mejor del Scorsese o el Coppola más ambiguo y le suma esa metafísica densa e irreal del universo del autor.

    Cosmópolis, se puede leer como una burla al espectador, una burla a lo que el espectador puede llegar a esperar de estrellas como Pattison (que comienza paradójicamente con una palidez vampírica y anteojos negros como huyendo de la luz solar), Jay Baruchel, Juliette Binoche, Mattheu Amalric o Paul Giamatti, que tiene uno de los mejores personajes del film. Sátira al mundo capitalista, a la sociedad consumista, salvajemente retratada por una visión cínica y absurda, anarquista y apocalíptica donde las ratas comienzan a apoderarse del mundo; es un film hermoso, siniestro y odioso al mismo tiempo. Cronenberg nunca hizo cine para las masas, ni para los críticos, ni tampoco para agradar a los jurados de los festivales, pero lo cierto es que estamos frente a una de las propuestas más radicales de su autoría, aquella que busca provocar, pero sin dejar de lado una impecable factoría audiovisual, donde se nota su mano desde los créditos iniciales hasta el plano final.

    ¡Cronenberg vive, larga vida al rey!
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  • La casa
    La casa
    A Sala Llena
    El cine de Gustavo Fontán se relaciona directamente con el arte que más le apasiona al director, además del cinematográfico, la poesía. Tras haber llevado a la pantalla biografía de notables poetas, Fontán construyó una filmografía rica en sensaciones, climas, recuerdos y nostalgias. “Filmar lo que uno conoce” es su frase de cabecera. Con La Casa, cierra la trilogía acerca de su familia y la casa donde se crío, que comenzó con El Árbol, siguió con Elegía de Abril y cierra con esta entrega...
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  • Operación Skyfall
    Operación Skyfall
    A Sala Llena
    Los Diamantes son Eternos

    Posiblemente sea su falta de moral, su elegancia, su carisma, su sentido del humor, su puntería, su poder de seducción o todo esto junto, combinado con una buena dosis de acción, adrenalina, ironía, crítica, intriga, misterio, fantasía y cinismo británico, lo que lo convierten en un personaje inmortal. No, no solamente son los guionistas los que tienen el mérito de resucitar al personaje una y otra vez dentro de cada película, sino también los actores, los directores, las actrices, el público.

    Mezclemos el fanatismo con lo mencionado anteriormente en una coctelera fría y sirvamos este trago seco pero delicioso, tanto como el vodka martini, sobre la pantalla gigante… y nos encontramos con Bond… James Bond.

    Si, señores, soy fanático del agente 007. Me vi todas las películas y por esto mismo Casino Royale - 2006 - pudo haber sido un interesante entretenimiento pero no era una película de Bond. Desde Al Servicio Secreto de su Majestad no veía tanta cursilería. Pero tardé dos películas en poder apreciar lo que Broccoli y Wilson se proponía hacer con este Bond platinado y duro a cargo de Daniel Craig. Dalton no había sido bueno y Brosnan no consiguió los objetivos deseados. Había que resetear. Borrón y cuenta nueva. Con Casino Royale conocimos el lado melancólico, romántico y moral del personaje. Entendimos una parte de sus orígenes. En la subvalorada Quantum of Solace, Bond tiene el carisma de las películas de Roger Moore. El film no es muy sólido pero abundan guiños al pasado cinematográfico del personaje… y se empieza a construir un interesante villano en la figura industrial de empresas S.P.E.C.T.R.O, antiguo antagónico del personaje - liderada varias veces por Blofeld.

    Sin embargo, en Operación Skyfall, nuevamente nos acercamos al personaje desde un punto de vista más sentimental, pero no tan romántico. La película habla sobre el pasado. De que forma el pasado siempre vuelve. Y en el personaje de Silva se encuentra la clave. Un ex agente que desea vengarse de M. Así de simple es el argumento. Esta vez no hay complots internacionales, espionaje industrial, guerra fría, misiles, amenaza nuclear. Es una guerra de espías, un juego de gato y ratón clásico, un partida de ajedrez para destruir a la reina. Pero en el medio Bond vuelve en el tiempo y no solamente se empieza a deslucidar un poco del pasado del personaje, lo cuál es lo que menos les interesa a los fanáticos, aunque le aporta un poco de humanidad, sino, y acá están los méritos del film, empiezan a resurgir antiguos personajes de la saga, aparecer viejos trademarks y sobretodo valorar aquello que inmortalizó Sean Connery de la mano de Terence Young y Guy Hamilton en los primeros films. Detalles no menores como que Bardem platinado remite a Robert Shaw, persecuciones, encuentros y frases en donde se citan en forma retrospectiva pequeñas joyas del universo Bond de estos últimos 50 años. Sí, Bond cumple 50 años y sigue pareciendo un pibe. Y cuanto más nos acercamos al final del film, más cerca estamos de aquel nacimiento en 1962.

    Se trata de uno de los films más autoconscientes de toda la saga, pero también en forma independiente, es una película vigorosa y divertida, que nunca pierde el ritmo. Sam Mendes en conjunto con el gran Roger Deakins cuidan cada encuadre para embellecer las escenas de acción sin necesidad de darle una estética grasosa a lo Michael Bay. Es otra cosa, más clásica, casi barroca. Habrá quiénes piensen que esta superficie esconde falencias narrativas, pero no es así. No confundamos simplismo argumental o linealismo con un guión fallido. Quizás sea el aporte de John Logan - por fin dejaron a Paul Haggis afuera - pero el guión de Skyfall está muy bien planteado. Tiene escenas memorables como un sutil diálogo entre Silva y Bond que se convierte en un juego de seducción. Y acá se nota el cálculo, pero también cierta sagacidad de parte de Mendes para lograr un film equilibrado con buenas dosis de acción y suspenso, fiel a la tradición, pero también un toque humano que no termina siendo del todo impostado como sucedía con las dos obras anteriores.

    El villano que compone Javier Bardem es grotesco, border. Uno de esos personajes tan destinados a resaltar que terminan siendo odiados o amados por igual, pero lo cierto es que Bardem logra en muchas escenas robarle la película a Craig y eso no sucedía desde que Christopher Walken compusiera al gran Zorin de En la Mira de los Asesinos (1985). El duelo interpretativo funciona y en el medio queda la chica Bond de turno, aquella por la que luchan el héroe y el villano: M. Esta vez no hay duda de que la jefa es el interés romántico del protagonista, y Judi Dench, único enlace con el Bond de Pierce Brosnan le aporta una calidez y humanismo que la convierten en uno de los personajes más sensuales de toda la saga. Ni las bellas Naomie Harris o Berenice Marlohe pueden superarla en presencia.

    Porque como si fuera parte de un leit motiv, en Skyfall, lo viejo le termina ganando a lo nuevo; los juguetes superan las nuevas tecnologías, lo antiguo sobrevive. Este es el juego de estas bodas de oro del personaje con el cine. Consolidar la juventud con la fórmula - la mejor metáfora está en el personaje de Q - los nuevos puntos de vista narrativos y cinematográficos con la nostalgia que impera alrededor del mundo Bond. Skyfall apunta al corazón del fanático, ya sea empleando una cita clásica en el momento justo o la aparición sorpresiva del compañero inmortal del personaje, y el tema de Monty Normal sonando en primer plano, asegurando una y otra vez, que no estamos frente a una imitación mediocre y poco inspirada, sino que tenemos delante nuestro al verdadero Bond… James Bond.
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  • La Caracas
    La Caracas
    A Sala Llena
    En 1948 se organiza la primera carrera de coches que atravesaría gran parte de territorio sudamericano. Se llamó “La Caracas”, justamente porque los automóviles partían de Buenos Aires y tras varios días, la carrera terminaba en la capital venezolana...
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  • Histeria - La historia del deseo
    La necesidad de “sexiar”

    Hoy en día resulta risible crear tabúes alrededor del sexo, pero todavía los prejuicios siguen estando y muchas veces, las desinhibiciones son castigadas duramente entre sectores conservadores y religiosos.

    Si una parte de la sociedad sigue atacando y temiendo a la liberación sexual, condenando prácticas que deberían ser naturales al comportamiento humano, hace dos siglos, se tomaba el libido como una aberración, y por lo tanto si una mujer sentía la necesidad de tener un orgasmo, se pensaba que sufría de alguna enfermedad.

    La cura de la “histeria” a fines del siglo XIX es lo que desencadena el argumento de Histeria - La Historia del Deseo. La prácticamente novel realizadora estadounidense, Tania Wexler, concreta esta comedia romántica no demasiado inspirada, acerca de la historia de un médico, Mortimer Granville (Hugh Dancy), que tras ser despedido del hospital donde trabajaba por diferencias en los métodos de tratar las enfermedades, (sus ideas eran demasiado “modernas” para la época), termina como ayudante de un doctor especialista en curar la “histeria”. La terapia del doctor Dalrymple consiste en introducir su mano dentro de la “pelvis” de sus pacientes (la mayoría viudas o solteronas) realizando “masajes” que calman la necesidad sexual de las mismas. Claro, que para ellas, es más estimulante la juventud de Granville que la frialdad de Dalrymple. El doctor (interpretado por un desaprovechado Jonathan Pryce) tiene dos hijas. Una es formal, elegante, culta (Jones), la otra es rebelde, trabaja en un hogar de beneficencia y tiene ideas demasiado “radicales” para las mujeres de la época. Granville se encuentra en medio de ambas, al mismo tiempo que busca una forma de mejorar el tratamiento, lo cuál lo llevará a inventar un instrumento, que sigue vigente hoy en día.

    Wexler logra un film demasiado cuidado en la reproducción histórica pero muy básico en lo narrativo. Si bien, el tono humorístico nunca cae en golpes bajos, sentimentalismo o melodramas, típicos de estos relatos, tampoco logra despegarse demasiado de lo que cuenta. No hay metáforas y el humor es bastante anticuado, predecible. Aburre por su falta de ambición o pretensión. Wexler no sabe como darle mayor relieve a las escenas. Cae en cada uno de los lugares comunes y clisés de las comedia de época. Es un chiste: “¿Cómo fue la historia del primer consolador?” y ahí se queda. Es demasiado inocente en sus intenciones y su puesta de cámara. Falta provocación, sensualidad. Para estar hablando de sexo, como diría el Maestro John Waters, hace falta “sexiar” (Ver Adictos al Sexo).

    La sátira hacia los prejuicios de la clase alta, se limita a un simpático retrato de época, con interpretaciones en piloto automático. No digo que Maggie Gyllenhaal, Dancy o Jones no logren darle cuerpo a sus personajes, porque son buenos actores, solventes, pero pareciera que se limitan a interpretar a sus personajes como lo dice el guión o se espera de parte de ellos. En ese sentido, el pequeño aporte de Rupert Everett logra destacarse sobre el resto. Aun cuando el mismo personaje, ya lo ha realizado en otras obras. Hay mucho de fórmula y menos de cinismo. El romance clásico atenta contra el mensaje antimisógino, convirtiéndola en una película prácticamente machista.

    Una película como Cuerpos Perfectos de Alan Parker (1994) se animaba a ser más crítico en relación a la mirada sobre el sexo a fines del 1800 y principios del 1900. En cambio, esta producción británica es muy naif, ingenua. No se anima a trascender la anécdota. Una bella fotografía y algún que otro chiste suelto, no rescatan una obra demasiado vista y monótona.
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  • Masterplan
    Masterplan
    A Sala Llena
    Los Levy no son los Coen ni tampoco los Zellner, pero empiezan a tejer una interesante filmografía en la cinematografía nacional. El humor que utilizan no es agresivo ni crítico, no pretenden innovar con el uso del absurdo ni salir de una línea de comedia surrealista o cínica. Masterplan es una obra afable, sencilla, simpática con humor efectivo, que posiblemente no sea ni original ni ingenioso, pero es notable como de una premisa tan minimalista, los Levy arman una obra personal, atrapante y honesta...
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  • Argo
    Argo
    A Sala Llena
    Hollywood al Rescate

    No éramos pocos los que dudábamos hace varios atrás si la alicaída carrera de Ben Affleck como intérprete podría reestablecerse o si se convertiría en esos actores que tuvieron sus 15 minutos de fama, pero terminaría en la televisión protagonizando sit coms mediocres de una o dos temporadas, o lo que es peor, films clase B que terminan yendo directamente al DVD.

    Irónicamente, a partir de que interpretara con bastante profundidad dramática al depresivo George Reeves en el olvidable film Hollywoodland, Affleck empezó a recobrar renombre, y si bien este policial centrado en los años ’50 pasó inadvertido, fue su sorpresivo giro como sólido narrador y director cinematográfico lo que lo pondría nuevamente en el mapa de las estrellas.

    Un mapa al que le decide devolver la pelota sin ninguna gentileza. Después que Atracción Peligrosa, su segunda obra, se convirtiera en otro sorpresivo éxito de crítica y público, Affleck encara esta historia real, que si bien es la menos personal, reflexiva y filosófica de las obras de su filmografía, también lo confirma como un sólido narrador, cuya versatilidad y prudencia, lo convierten en la persona indicada para encarar este proyecto.

    Basada en un historia real bastante insólita, Argo es un film que critica la política, el accionar y la hipocresía de los Estados Unidos en dos frentes de batalla: Irán y Hollywood. Si bien la primera es la verdadera protagonista, la segunda también recibe merecidas críticas.

    Los primeros minutos del film son realmente vibrantes. Un retrato seudo documental con escenas ficcionalizadas acerca de la toma a la Embajada de Estados Unidos en Irán en 1979 y la fuga de seis trabajadores diplomáticos a la mansión del Embajador de Canadá. No solamente toda esta secuencia introductoria supone tener gran adrenalina, sino que además lo separa a Affleck de tener una típica mirada estadounidense. El director dispara contra los políticos estadounidenses que le dieron asilo al Ayatolah después de ponerlo en el gobierno iraní, y que este torturada y asesinara a gran parte de la población. En el medio, la toma de la Embajada es captada en cámara en mano en pleno movimiento, cortes abruptos y una narración más parecida a la de un noticieron. Urgente. Similar a la estética de Costa-Gavras en Estado de Sitio o Z.

    A partir de que comienza el plan de rescate el film irá cayendo en ritmo, pero apuesta por la ironía y, a una cínica mirada del mundo de la fama y la realización industrial a través de un especialista en maquillaje y un director multipremiado, que ayudarán a Tony, el protagonista a rescatar a los seis rehenes de la Embajada Canadiense. Toda esta secuencia cobra gracia y vitalidad, debido a las soberbias y divertidísimas interpretaciones de John Goodman y Alan Arkin.

    La última hora, en la que se realiza el “gran escape” remite a un cine inteligete y netamente setentoso con referencias a los mejor de Sidney Lumet, Alan Pakula o Sidney Pollack. Ya de por sí, un personaje nombra a Network como ejemplo a seguir, lo que confirma la autoconciencia cinematográfica de Affleck. Sin embargo, para la persecución final usa todo tipo de herramientas para retrasar, interrumpir y mantener en vilo al espectador a pura tensión y suspenso con una fuerte inspiración hitchcoiana. De hecho, todo el viaje hacia el aeropuerto, remite invariablemente a La Cortina Rasgada.

    En este retrato de la Estados Unidos de Jim Carter no se salva nadie, y se demuestra como la violencia y xenofobia en un país lleva a que se genere la misma violencia y xenofobia en otro país. Odio contra odio. Affleck muestra a Estados Unidos como reflejo de Irán y viceversa. En estos tiempos convulsionados, en que la historia parecería que se vuelve a repetir, Argo es un film vital, crítico y satírico pero que no baja bandera. Un film dramático, uno sutilmente político, pero en primer lugar es un thriller clásico bien narrado, que no necesita de explosiones, grandes persecuciones o disparos, o bajar bandera para mantener al espectador enganchado a la butaca.

    La fotografía de Rodrigo Prieto, la música de Alexander Desplat, sumado a un excelente elenco, liderado por un Ben Affleck sobrio, maduro, sutil, profundo, convierten a Argo en una propuesta interesante, efectiva. Se puede criticar que sus últimos minutos centrados, únicamente en la misión de rescate, el film empieza a decaer y no sigue escarbando la basura de la Casa Blanca generando un sátira mucho más efectiva que ingeniosa en la narración. Affleck se limita a terminar de contar la historia y crear un epílogo simpático (justiicado) y convincente. Igualmente, pienso que se trata de un film que supera la anécdota para convertirse en una obra de género, entretenida y tensionante. Mucho más no importa.

    Affleck logra generar una obra que equilibra una visión cínica y contradictora del imperialimo representado por el gobierno de Carter y el poder de Hollywood como propaganda demagógica, sin dejar afuera el drama interno de personajes reales, que sufren y tienen miedo (el punto más debil), con buenas dosis de suspenso. Si bien, el tono no es tan oscuro o ambiguo (más bien esperanzador) como en Desapareció una Noche o Atracción Peligrosa, lo que no queda en duda es que el género que mejor sale parado de la visión irónica del director, es la ciencia ficción. A fin de cuentas, nada resulta tan aterrador que ver a simios dominando la Tierra.
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  • Un reino bajo la luna
    Pequeño Anderson Ilustrado

    Entrar en el mundo de Wes Anderson se ha convertido en un extraño y placentero viaje de ida hacia los sentimientos de uno de los niños mimados dentro del cine “Indie” y de autor en Hollywood.

    Así como Steven Spielberg o Tim Burton, Anderson es de esos realizadores que se niegan a crecer o cambiar su estética cinematográfica.

    Antes de que comience la proyección podemos ir adivinando como van a ser los créditos, como va a ser la presentación de la película, que colores va a utilizar, que tono va a tener la narración e incluso como van a ser los diálogos o actuaciones.

    ¿Esto provoca que Anderson se convierta en un autor repetitivo y previsible? No. A pesar de no abandonar la comedia dramática, ni la temática central de sus obras (la familia, las relaciones padres-hijos), Anderson se encarga de mostrar versatilidad en cada proyecto que encara, intercalando géneros, mezclando estilos e influencias, apuntando a diversos públicos.

    Es por eso que podemos ver una obra irregular, pero maravillosa como La Vida Acuática como una comedia de aventuras y pasar a otra más minimalista, con influencias más europeas como Viaje a Darjeeling o pasar a la adaptación de un cuento infantil con animación cuadro por cuadro en la excelente El Fantastico Sr. Fox.

    Y parece que la relación con el mundo pre adolescente no se limita a ampliar su rango de audiencia, sino también a ahondar en sentimientos de la niñez. Si bien los Tenenbaum, la presencia de actorcitos era fundamental para que siga profundizando en la relación generacional de los personajes, en Un Reino Bajo la Luna, los niños toman el control absoluto.

    Obviamente, y con dos críticas previas de mis colegas, no voy a dar detalles del argumento, pero vale anunciar que pocas veces, un amor iniciático con referencias sexuales en el medio, estuvo tan bien analizado y profundizado como en este film. No solamente se trata de una relación adulta con todas los conflictos que puede llevar un romance de dos seres marginales, incomprendidos que se escapan para aislarse del mundo, sino de una pintura patética y absurda del mundo adulto, de seres solitarios, border, con tendencias suicidas, incluso. Es imposible no enamorarse o sentir lástima por cada uno de los personajes que salen en busca de los chicos. Actores de la talla de Edward Norton, Bruce Willis, Bill Murray y Frances McDormand le aportan gran calidez y humanismo a sus patéticos seres. Los dos primeros, especialmente, que no vienen haciendo trabajos, donde se pueda destacar su nivel interpretativo (Norton porque hace films muy mediocres, Willis porque volvió a la acción), logran tener una sensibilidad que compite con las dos verdaderas estrellas, la pareja protagónica compuesta por Jared Gilman y Kara Hayward.

    Más alla de la humanidad y belleza narrativa que conlleva el film, es destacable su originalidad, creatividad, ideas constantes que salen a la superficie de forma inesperada, pero no en forma caprichosa, sino justificadas por la estética, cuidado y meticulosidad de puesta en escena, y sobretodo por la coherencia de la narración.

    Es un cuentito o una fábula sobriamente narrado, sin pretensiones, más que visuales y detalladas, las cuáles son armoniosas con la impresionante banda de sonido de Alexander Desplat, la selección de temas musicales (otro lujo de la filmografía de Anderson) y la sutileza para imprimir sátira y emoción sin caer en clisés, golpes bajos, bajada de línea o demagogia. El lenguaje casi naif, ingenuo del realizador recuerda al de los primeros trabajos de Burton. Un niño que vive en su propio mundo, que no es color de rosa, pero al menos que lucha para convertirlo en un valioso reino bajo el resplandor de la luna.

    Un reino que sin perfecto, se disfruta y donde se puede vivir cómodamente. Aún, cuando en la última media hora, el ritmo del film cae un poco, y no destila tanta originalidad como su primera hora, el efecto que genera en el espectador es muy disfrutable.

    Haciendo uso y abuso de encuadres cuidadosamente centrados y equilibrados, barridos, travelings interminables que juntan espacios, datos, y todas artimañas vistas en sus anteriores obras sumado a la influencia de Jacques Costeau, la moda de los años 60 y cierta inocencia de los films de Disney, Un Reino Bajo la Luna es una nueva muestra del poder imaginativo del mundo de Wes Anderson.
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  • Dredd
    Dredd
    A Sala Llena
    El límite es la imaginación, dice un viejo dicho. Este año hemos comprobado que uno de los graves pecados a los que recurre el cine de Hollywood cuando pretende viajar al futuro es imprimir en imágenes todo lo que la imaginación, y los efectos digitales son capaces de lograr hoy en día.

    Y para justificar tal gasto, no solamente expanden el imaginario visual, copiándose unos a otros, recurriendo a fórmulas visuales comprobadas, sino que también ampliando argumentos, retorciéndoles, forzando situaciones para crear metáforas sociales, críticas políticas o giros argumentales imprecisos que solamente terminan confundiendo las acciones, desgastando el entramado policial y mezclando en forma inepta, diversos géneros o elementos que no se pueden encasillar únicamente en la ciencia ficción.

    Tanto en Looper como en El Vengador del Futuro, la tentación por parte de los realizadores y los guionistas de seguir complekizando la idea principal, al tiempo de ingeniarse a diseñar escenas de acción con pretensión de asombrar un poco al espectador, dieron como resultado dos films irregulares, mash-ups de homenajes con golpes de efecto, pero un tratamiento vacío. No importa la calidad visual del producto, cuando el desarrollo textual es tan banal y superficial.

    Por suerte, Dredd 3D viene a revindicar el género, por fuera de él. Lejos de la pésima versión con Stallone del año 96, esta relectura, es más fiel a la historia original creada por Ezquerra y Wagner, y crea una esterilización de la violencia, que no teme mostrar aquello que justamente hizo famoso al personaje, el contradictorio uso que hace un juez de la justicia con mano propia, ya que además de investigar y dictar justicia, también ejecuta las condenas a muerte.

    El héroe de esta historia es Dredd (Karl Urban), un juez que junto a la novata jueza Anderson (Thirlby) deben parar a una peligrosa narcotraficante que se refugia en un edificio torre repleto de marginales y asesinos. Sin embargo, el cazador se convierte en presa cuando MaMa (Lena Headley, la narcotraficante) cierra los muros de edificio y ofrece una recompensa por la cabeza de ambos jueces, quiénes harán lo imposible por sobrevivir, contrarrestar el fuego enemigo y cazar a la peligrosa MaMa.

    Quizás lo más interesante de esta visión futurista de Pete Travis (el mismo de Puntos de Vista - un obra de acción que pasó con mas pena que gloria - sea la cuota de realismo externo al edificio. Han pasado unos cuantos siglos, pero seguimos viendo una sociedad que no cambió demasiado de la de hoy en día, excepto por la implementación de los jueces. Las revueltas en la calle parecen tomados de archivos reales Es como que Travis quizo hace un retrato negativo, oscuro, barroco pero real, combinado con densidad dramática del trabajo original.

    Esta Megacity 1 donde sucede la acción no es muy diferente a la Detroit de Robocop o la San Francisco de Harry Callahan, y de hecho Dredd, por su frialdad y sus movimientos mecánicos, combinados por su respeto por la ley y llevar la justicia al extremo, es una combinación de ambos personajes. Es muy arriesgado y notable la interpretación de Urban, que imposta un acento similar a Clint Eastwood, mientras que toda su expresividad facial se limita al hueco de la boca, ya que nunca le vemos el resto del rostro, protegido por un casco (como sucede en el cómic).

    Sin embargo, más alla de las reminiscencias futuristas o policiales, se trata de un western a lo Howard Hawks como Rio Bravo o El Dorado, donde un comisario experimentado y rudo debe verse prácticamente solo con todo un pueblo, ayudado por una novata a la que debe entrenar al mismo tiempo (y que solo posee la virtud de tener telepatía, algo que remite a Looper). Por supuesto, que si hablamos de Hawks enseguida entran en el paquete las obras de George Romero, John Carpenter o Walter Hill de los años 70 y 80, especialistas en crear microuniversos muy similares a los de Dredd, con reglas que quedan claras en los primeros minutos de película. El resto se trata de un inteligente juego de gato y ratón con influencias estéticas de los video juegos en primera persona. Travis es un estilista y utiliza la cámara lenta en forma justificada para describir los efectos del “slo”, una droga que hace ver la vida a 1000 cuadros por segundo (o sea, lento). De esta manera también logra generar escenas impresionantes en términos visuales e incluso justifica el uso del 3D.

    La sangre y la violencia no solamente es gráfica, sino que también le aporta una cuota de gore no demasiado acostumbrada para este tipo de producciones de Hollywood. Pero volviendo al inicio, no solamente Travis tiene los lustros por mejorar Dredd, sino también Alex Garland, el guionista, compañero de Danny Boyle en varias oportunidades. Situando la acción en un espacio determinado y en un tiempo limitado (menos de 24 horas), le permite crear un thriller clásico al mejor estilo Duro de Matar, donde los héroes deben subir niveles hasta llegar a su meta. Posiblemente los buenos resultados del film británico Ataque Extraterrestre o de la obra de culta indonesa, The Raid: Redemption, haya influido para que Garland haya decidido comprimir la historia en un tiempo casi real en un edificio de estas características.

    A pesar de no contar con actores de gran renombre el elenco es sólido. Olivia Thirlby – la amiga de Juno – rectifica ser una actriz versátil y creíble, aportando humanidad al argumento (e impulsadora de una escena final maravillosa, copia a uno de los mejores westerns de la historia). Por otro lado también es muy sólido lo de Lena Headly, actriz de televisión, que como la villana, logra algo siniestro, pero melancólico al mismo tiempo, gracias a una gama de expresiones sutiles, suficientes para encantar al espectador.

    Épica, entretenida, cinéfila, esta Dredd, termina siendo una agradable sorpresa gracias a la visión de un guionista y de un director, que se impusieron sobre las fórmulas de Hollywood para respetar el material original y además entender, que no se necesita ser retorcido para dar un producto redondo y efectivo.
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  • Looper: asesinos del futuro
    Futuros eran los de antes

    Todo lo que empieza tiene que terminar. La ciencia ficción basada en teorías futuristas empieza a agotarse. A menos que se agarren cuentos o novelas inéditas de Phillip K. Dick o Isaac Asimov, el género fantástico debería empezar a renovarse y no inclinarse continuamente hacia las mismas visiones pesimistas futuristas. Las ciudades arrasadas, marginalizadas, clases sociales extremas… son un futuro tan posible como demasiado visto en los últimos años. La inclusión de una vuelta de tuerca con viajes temporales en el medio, no hacen de Looper una propuesta tan novedosa o inteligente como se preveía.

    La premisa prometía cierta originalidad. Es el año 2044 y todavía no se inventaron los viajes en el tiempo, sin embargo treinta años después no solo existirán, sino que estarán prohibidos y lo usarán solamente los mafiosos para deshacerse de víctimas. De esta manera, mandan al condenado atado y con la cara tapada al pasado, y un “looper” lo mata de un balazo limpio. Después se deshacen de los cuerpos. Limpio y legal. No se puede acusar de asesinar a alguien que no es del presente. La única claúsula del “looper” es que su tiempo termina, cuando mata a su “yo” del futuro, por lo que recibe una rica indemnización.

    Joe, un “looper” joven y soñador, se enfrenta a su Joe treinta años más viejo y con el rostro de Bruce Willis. Imposible matarlo. Bruce como siempre, se escapa de su Joe joven y sale en la búsqueda del hombre que está matando a todos los “loopers” del futuro, mientras Joe joven (Gordon – Levitt) desea perseguirlo y matarlo (o matarse) antes de lo encuentren sus jefes.

    La primera hora del film de Johnson es entretenida e intensa. Si bien la pintura futurista no resulta del todo original, es convincente. El mundo no ha cambiado tanto, pero la violencia se ha incrementado. Como retrato social es interesante. Después que ambos Joe coinciden en 2044 comienza una persecución llevada con buen ritmo, hasta que el director parece cansarse de la trama original y complicar caprichosamente el argumento, agregando personajes, abriendo subtramas, induciendo al espectador a generarse hipótesis que no llevan a ningún lado, para terminar con un absurdo, banal y previsible final.

    Es una verdadera lástima, porque Johnson le dio tono de film noir cronenbergiano que podría haber sido mejor explotado, sino se hubiese tentado por convertirlo en un relato inútilmente apocalíptico y sentimental. A partir de que aparece el personaje de Emily Blunt, la película desbarranca y el realizador/guionista pierde la brújula. Se vuelve morosa y aburrida, repetitiva, y lo que es peor, empieza a mostrar sus cartas intencionalmente. La paradoja temporal acerca de la búsqueda de una identidad en la hora inicial, se contradice con la segunda mitad, pesada, lenta, romántica, combinación entre Terminator y X Men que no llega a profundizarse ni quedar demasiado clara, porque el director quiso que el espectador reflexione demasiado, y para eso lo confunde continuamente.

    Se nota que a Johnson, Blade Runner, le voló la cabeza, pero no logra transmitir, ni generar ese clima oscuro, retrofuturista y ambiguo, mezclado con cierto lirismo estético. Si en lo narrativo existen numerosos huecos y sin sentidos, en la puesta en escena también es azarosa. Nunca se comprende el maquillaje del protagonista, la transformación física de Gordon-Levitt en este Joe que no se parece demasiado a Willis. Tampoco queda claro que género quiso encarar realmente el director, porque comienza como un policial clásico, con vos en off incluida, resolviéndose como un típico spaghetti western.

    Si bien no vi Brick, premiada ópera prima de Johnson, sí puedo opinar de Los Estafadores (The Brothers Solomon), su segunda obra, que también fue una decepción. Una comedia dramática con alguna que otra idea ingeniosa, pero que desbarrancaba al final. Looper en cambio, cae en la mitad y no se recupera.

    Si los minutos aparecen desperdiciados, el elenco padece de lo mismo. Gordon-Levitt se toma en serio el personaje y no le queda mal, contenido e intenso. Willis por su lado, hace lo suyo: pelea a puño limpio, ametralla un poco, corre. Lo de siempre. Usa una camiseta blanca que tarde o temprano terminará llenándose de sangre propia y ajena. Además no le provoca sorpresa verse a él mismo joven. Recordemos que ya lo había hecho en 12 Monos y Mi Encuentro Conmigo.

    Si ayer nos quejábamos de la remake de El Vengador del Futuro, hoy Looper no logra hacerle sombra a esta. El secreto debería apostar por la sencillez. No dar vueltas con paradojas y filosofía barata. Demasiados puntos que quedan sin cubrir, y pocas herramientas discursivas verosímiles para darle una resolución a la historia.

    Looper es pretenciosa y no cuenta con suficiente ingenio para romper su propia lógica y probar algo “nuevo”. En pocas palabras, un desperdicio de tiempo. Y dicho esto, regreso al DeLorean.
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  • La araña vampiro
    La araña vampiro
    A Sala Llena
    El Absurdo de Existir

    (Parte de esta crítica se puede encontrar en un Dossier sobre el último BAFICI)

    En Los Paranoicos, su ópera prima, Gabriel Medina construyó una comedia negra que tenía bastantes chistes internos relacionados con los estudiantes de la FUC y tuvo buena repercusión por el carácter patético y perdedor de su protagonista a cargo de Daniel Hendler. La Araña Vampiro es mucho más difícil de definir. ¿Una comedia negra? ¿Una aventura existencialista?. No sé. Lo cierto es que me hizo recordar a dos obras que me encantan: The Shooting de Monte Hellman y El Aura de Fabián Bielinsky.

    Un padre (Awada) con su hijo (Piroyanski) viajan a una cabaña en medio de las sierras cordobesas. La misión es alejar al veinteañero del caos urbano y si es posible curar su hipocondría. Sin embargo, todo empeora cuando al pibe lo pica una araña vampiro. Según los médicos no es nada, pero el chico se siente realmente mal y acude a un tipo de chamán local que le advierte que si no le pica nuevamente otra araña vampiro se va a morir. Por lo tanto, parte inmediatamente con un guía (Sesán) rumbo a las montañas para ubicar el nido de la famosa araña.

    A partir de ahí, Medina sigue a los dos protagonista a través de los bosques. A pesar del silencio y la monotonía, a diferencia de otras obras del último BAFICI como El Espacio entre los Dos o Igual si Llueve, en este recorrido sí se empiezan a manifestar extraños síntomas en los personajes. La locura, paranoia y esquizofrenia se va apoderando de ellos.

    La sensación de perdición se transmite lógicamente al espectador; la tensión crece, pero todo parece formar parte de un chiste delirante. Ese extraño humor es lo que caracteriza al cine de Medina. Los climas son sublimes gracias a la notable fotografía de Lucio Bonelli.

    Es un relato de suspenso, un drama algo esotérico. Piroyanski es uno de los actores más expresivos y divertidos que hay en este momento en Argentina. Se le puede criticar cierta repetición, pero su carácter introvertido y miedoso funcionan perfecto con la historia de La Araña Vampiro. Es notable el trabajo de Jorge Sesán, que evoluciona y tiene picos de violencia que hielan la sangre. Por último, Alejandro Awada está muy contenido y logran una actuación natural y realista.

    Como en The Shooting o El Aura, existe la duda de estar realmente entendiendo si lo que sucede es real o no. Hay una caminata muy extensa, un deambular que parece eterno hacia ningún lugar y se genera la incertidumbre: ¿por qué el personaje realiza esto? ¿A esta altura lo que le sucede es real o producto de su imaginación? ¿Cuánto de charlatanes tienen los personajes locales, el guía, el chamán y la chica que lo llevan a su meta? Todo tendrá una justificación en la resolución.

    La Araña Vampiro se construye en sensaciones, no en contenido. Así como en el segundo film de Bielinsky, la geografía argentina toma protagonismo como una suerte de brújula que decide el destino de los personajes.
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  • Cacería implacable
    Para atrapar al ladrón

    Roger no es exactamente “el hombre equivocado”, pero podría haber sido perfectamente un personaje hitchcoiano: ladrón bon vivant con doble cara (por un lado ejecutivo de una empresa, por otro, traficante de pinturas), está casado, sin hijos (dato no menor) y tiene una amante. Vive en una mansión que su sueldo no le alcanza para poder pagar, pero le da todos los lujos a su bella mujer que lo supera por una cabeza de altura. A pesar de que se trata de un criminal, sentimos simpatía por este pequeño burgués que se cree más inteligente que el resto de los personajes, hasta que aparece Clas Greve, su opuesto alemán. Roger es intelecto puro. Clas es fuerza bruta. Cuando Roger cree poder engañarlo y robarle una pintura original al mismo tiempo que lo evalúa para entrar en su empresa, se ve envuelto en una conspiración donde Clas desea borrarlo del mapa, y por lo tanto lo termina persiguiendo por campo y ciudad, lo cual provoca que el personaje esté yendo de un lado para otro como Cary Grant en Intriga Internacional.

    A simple vista, se podría analizar que el juego del gato y el ratón está un poco agotado en el cine. Sin embargo, hace tanto que no se ve un ejemplo tan genuino y respetuoso de este tipo de argumentos, que la ausencia de otros exponentes convierten a esta producción noruega en una propuesta por demás atractiva.

    En primer lugar porque cuenta con un guión redondo, sin fisuras en donde prácticamente no quedan cabos sueltos. Segundo por el carisma y simpatía del protagonista (interpretado maravillosamente por Aksei Hennie, un tour de force físico, un clon de Christopher Walken joven con un cierto aire de Tobin Bell y Steve Buscemi). Se trata de un ladrón de guante blanco similar al Steve Mc Queen de Thomas Crown o al Grant (nuevamente) de Para Atrapar al Ladrón. Tercero, el ritmo continuo y las vueltas de tuerca, muchas veces sorprendentes.

    Morten Tyldum se guarda varias cartas bajo la manga, y a pesar de proponer un relato bastante clásico, convencional visual y cinematográficamente hablando, también desarrolla escenas netamente bizarras, trash que le aportan una cuota de humor efectivo e ingenioso.

    Además de que se trata de una narración solvente con interpretaciones creíbles (hay situaciones bastante inverosímiles, pero pasan inadvertidas), vale destacar el acertado timing del director para suministrar tensión y adrenalina a las escenas de persecuciones que no tienen nada que envidiarle a las superproducciones de Hollywood.

    Cacería Implacable es un film inteligente e ingenioso que le debe mucho a Hitchcock y al Spielberg de Minority Report, que aprovecha el absurdo y ridículo para satirizar las batallas corporativas, el espionaje industrial y la cultura pictórica. Una obra de suspenso, que no le tiene miedo a las vísceras y las explosiones sangrientas, a llevar al protagonista humillarse y flagelarse continuamente. Si bien el agregado de algunas escenas sentimentaloides sobre el final impiden que el relato tenga el mismo nivel de ligereza, y otras escenas se convierten en demasiado discursivas y explicativas, todo es funcional para que no haya huecos narrativos.

    La influencia del maestro del suspenso psicológico sigue presente hoy en día, ya sea en la industria estadounidense o el prominente cine comercial escandinavo.
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  • Días de vinilo
    Días de vinilo
    A Sala Llena
    With a little help from my friends

    Amigos, mujeres y música. Estos son los tópicos de la ópera prima del creador de la exitosa serie Todos Contra Juan. Pero uno de esos elementos no funciona. Justamente el del medio, las mujeres. Las mujeres que se interponen y lo complican todo. Tenemos a cuatro protagonistas amantes de la música, lo único que los une, de hecho, es la pasión por las bandas de ‘60, ‘70 y ’80, y los vinilos que coleccionan desde chicos. Sin embargo, al igual que a un reconocido cuarteto proveniente de Liverpool, estos cuatro amigos están a punto de separarse por culpa de sus respectivas Yoko Ono. En uno de los casos, literalmente hablando.

    Comedia nostálgica y retro, Días de Vinilo, tiene un universo propio que Nesci respeta en un sentido obsesivo y meticuloso. El guionista/realizador destruye la verosimilitud tiempo/espacio. Por un lado, hay una clara asimetría temporal: la ficción es contemporánea, pero el único tipo de emisor musical que se ve es el vinilo. No hay CDs, no existen los casetes. Los celulares, son bastante anticuados dependiendo el caso, pero no hay una alusión a una década específica. Realmente se trata de un cuidado estético por manifestarse a favor de lo retro en cada detalle del arte (abundan referencias musicales y cinematográficas) y el vestuario. Con el espacio, sucede algo similar. Nesci rompe Buenos Aires, los personajes caminan por un extremo de Palermo, cruzan una calle y están otro. Si esto fuera una característica de solo una escena, se interpretaría como error, pero al manifestarse en todo el metraje, es claro que la intención del realizador es romper con la verosimilitud y crear un mundo de fantasía propio de esto personajes. A pesar de que la fotografía remite a una estética publicitaria, los colores, el cuidado de la puesta, la velocidad de obturación nos lleva justamente a las publicidades de los ’90, agrandando ese tono nostálgico.

    El segundo punto a favor del film es su autoconciencia. Un colega me decía que lo que más le había molestado es el hecho de que Gastón Pauls interpretara a Juan Peruggia. Ni a Nesci ni a Pauls parece molestarles demasiado este detalle, ya que en una escena, la comparación se hace obvia, lo cual habla de cómo Nesci ha decidido expandir el universo que ha creado televisivamente a un terreno cinematográfico y no le sale nada mal.

    El director pone el énfasis en diálogos y situaciones, algunas ingeniosas, otras ingenuas, que logran confluir en un relato coral fluido, entretenido y divertido, apoyado por las sólidas interpretaciones del cuarteto protagonista, donde cada uno logra destacarse (en particular quedé gratamente sorprendido con la actuación de Fernán Mirás, que después de verlo como Tanguito, se me hacía difícil visualizarlo como comediante. También es muy divertido lo de Sbaraglia). Si bien es el elenco femenino el que tiene mayor irregularidad interpretativa (se destacan Álvarez y Efrón), esto no perjudica un film generacional, que genera empatía y provoca un bien estar interior gracias a su inocencia, calidez y humor.
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  • Ruby, la chica de mis sueños
    Más Ficción que Extrañeza

    Cuando salimos de la función de prensa de Ruby, La Chica de mis Sueños, le dije a mi colega Elena D’Aquila, “esta película ya la vi”. La memoria de vez en cuando me hace jugadas tramposas, siento deja vués y no logro a veces disipar por qué. Lo primero que pensé es en Stephen King, que varias veces pone como protagonistas de sus novelas a escritores que se enfrentan a sus propios personajes (La Mitad Siniestra, La Ventana Secreta) o que lo que escriben se convierte en realidad (Tommyknockers), con algunos elementos de las comedias de Woody Allen que suelen tener bastantes escenas o premisas fantásticas. De hecho, parece no casual que el protagonista lleve lentes con marcos negros y pulóveres rojos o verdes, emulando el típico vestuario del realizador neoyorquino.

    Pero a los pocos días, Elena, que es más joven y ha perdido menos neuronas que yo en el transcurso de los últimos años, me lo recordó. Más Extraño que la Ficción es un film del año 2006, dirigido por el sobrevalorado Marc Forster que hizo una sola película realmente buena, cinéfila y entretenida en toda su carrera, Quantum of Solace (muy superior a Casino Royale, el que lo niegue no vio nunca un film de James Bond).

    En ella, Will Ferrell era un hombre al que de repente le empiezan a escribir su vida. Todo lo que sucede forma parte de la redacción de una escritora. O sea, si Emma Thompson ponía, Will Ferrell tiene un mal día, Will Ferrell tenía un mal día.

    En Ruby, en cambio, un escritor desinspirado (si estuviese inspirado no habría película parece), con duelo amoroso, tiene sueños acerca de una musa que lo viene a visitar. Empieza a escribir sobre ella y un día ella cobra vida. Pero no es su imaginación. Realmente ha creado un ser vivo (algo similar a la película Ciencia Loca de John Hughes pero sin explicación científica, hubiese sido más divertido en este caso). Calvin (Paul Dano, extraordinario, versátil, demostrando con que facilidad se puede mover de la comedia al drama) y Ruby (la guionista del film, Zoe Kazan, bastante sólida, para ser prácticamente desconocida), tienen un amor apasionado, idílico, al punto que Calvin no necesita escribir más sobre ella. Pero cuando la relación se empieza a desgastar porque Ruby quiere llevar una vida independiente, Calvin se tienta a esclavizarla con su máquina de escribir, de la misma forma que sucedía en la película de Forster, pero en forma menos filosófica.

    Si bien la premisa del film puede ser original, lo cierto es que es bastante previsible y superficial, pero sobretodo vista. O sea, tiene una estructura demasiado convencional, lugares comunes. Los giros que pretenden ser más llamativos (la familia new age de Calvin) se ha visto tantas veces en los últimos años en el cine “Indie” (otra vez Annette Bening como hippie ya es un clisé) no lo son tanto, la introducción de elementos fantásticos en relatos realistas ya no sorprenden. Entonces, queda la simpática historia de amor del muchacho perdedor que no es muy diferente a la de 500 Días con Ella (incluso Kazán es muy parecida a Zooey Deschanel), la crítica a la intelectualidad literaria queda a un nivel superficial también (vean Un Fin de Semana de Locos de Curtis Hanson y aprendan), por lo tanto, tampoco se puede decir que Faris/Dayton pretenden crear una sátira social. No soy fanático de Pequeña Miss Sunshine, pero era una película que al menos tenía buena construcción de personajes y una ácida mirada sobre la familia estadounidense y sus niveles culturales (además de enormes interpretaciones). Acá la sátira no funciona, porque no hay crítica, que un manager cultural sea una persona que trabaja únicamente por interés económico o sexual era el tópico principal de la filmografía de Blake Edwards.

    Si bien es correcta en casi todos los rubros, la falta de un alma, de acudir continuamente a la fórmula, de ir al efecto romántico, de pretender una estética transparente, con alguna que otra escena onírica inspirada, ya no logran convertir una comedia “Indie” en una obra trascendente. El soberbio elenco, no logran salvar una película mediocre, del montón (y agrego, además de Bening repitiéndose, Coogan ya me está cansando como el inglesito canchero, muy mal aprovechado). Resaltan Banderas y Elliot Gould, más distendidos que de costumbre.

    Es una pena que Zoe Kazan haya debutado con una obra simpática, pero tan poco sensible socialmente, teniendo en cuenta que el abuelo haya sido uno de los más polémicos y transgresores directores, un hombre que cambió la forma de encarar los conflictos de la juventud, darle un contexto socio-político, reformó con Lee Strasberg la forma de actuar en el cine, impulsó la carrera de uno de los mejores actores de la historia y realizó una obra maestra llamada América, América.

    Personalmente, pienso que las segundas o terceras generaciones deberían dejar atrás sus apellidos para no mancharlos con estos despropósitos cinematográficos (Cassavetes, Nick; Coppola, Francis) que no le hacen justicia a sus progenitores.

    Aprendan de Joe Hill, que consiguió una sólida carrera de escritor a la sombra de su padre, cambiando su apellido y sin necesidad de enfrentarse con sus propios personajes.
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  • El periodista
    El periodista
    A Sala Llena
    Para donde sople el viento…

    Tras la experimental Sidra, realizada íntegramente con foto montaje, y la comedia negra, Habano y Cigarrillos, Diego Recalde regresa a las salas porteñas con otra comedia ejecutada en forma de falso documental, que satiriza al periodismo de hoy en día en nuestro país. Teniendo en cuenta la polarización política que se vive en la actualidad pone como punto de referencia a un periodista, un corresponsal en exteriores de un noticiero, que toma opiniones en la calle de ciudadanos comunes, pero les pide diversos testimonios de un mismo punto de vista para quedar bien con la bajada de línea editorial, del medio en el que trabaja.

    Aprovechando el testimonio de backstage, nos enteramos que a este inescrupuloso “periodista” lo único que le interesa es ascender y quedar bien parado.

    Sátira acerca de lo fácil que es manipular a los entrevistados y por lo tanto, lo fácil que resulta intervenir en el verosímil del espectador, El Periodista es un relato demasiado creíble acerca la actitud de ciertos “periodistas” en la televisión contemporánea.

    Recalde no emite juicio ni voto político, porque su objetivo no es un medio, ni una figura en particular, sino… todos y ninguno. Se adjudica una falsa autoconciencia, generando cierta incomodidad en el espectador que debe separar hasta que punto realmente la opinión pertenece al realizador y hasta cuando al personaje. Cuestiona la ética, la moral del periodismo, la forma de utilizar música para seguir manipulando y deja entender, usando divertidas intervenciones de títeres y marionetas, que en realidad se trata de una cadena de mandos, donde aquel que no se vende ni se pone la camiseta del medio al que representa, queda fuera del sistema.

    Apelando a la repetición de situaciones con sutiles cambios y un in crescendo en la evolución del personaje, (un recurso que ya viene utilizando en sus anteriores obras), Recalde logra una cuidada sátira a los medios de comunicación, a la corrección política, a la hipocresía del periodista que se vende al mejor postor, que pretende quedar progre exhibiendo la denuncia social y a las corporaciones que se hacen dueñas de la verdad, según para donde corra el viento político. O sea de donde provenga el dinero.

    Con un grado de ironía que incluye escenas de humor completamente absurdo, Recalde construye una mirada original con un presupuesto ínfimo, pero que transmite una reflexión bastante acertada acerca del periodismo contemporáneo.

    Recalde es conciente del formato televisivo que utiliza y por eso pensó este film para cine. La ironía se comprende mejor cuando se ve la película.

    Me cuestiono, que dirán los supuestos medios independientes sobre esta película. ¿La recibirán con los brazos abiertos de la gimnasia lobbista o se jugarán por dar un testimonio auténtico, individualista del juego que la película propone? ¿Se sentirán aludidos o la mirarán como simpática curiosidad? ¿La rechazarán con vehemencia o se apiadarán de ella?

    Sin demasiadas pretensiones, pero con bastante ingenio, con una simpleza envidiable de discurso, El Periodista es una obra polémica, que no se casa con nadie, ni con todos ni con todas.

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  • El etnógrafo
    El etnógrafo
    A Sala Llena
    El Camino del Héroe

    Palmer, John Palmer. También conocido como “el etnógrafo”, este antropólogo inglés abandonó su tierra natal para asentarse en Tartagal, Provincia del Chaco junto a la comunidad Lapacho Moche, integrada por miembros wichís. Lo que empezó siendo una investigación antropológica sobre la situación de los pueblos originarios en Sudamérica, como parte de su tesis universitaria, se terminó convirtiendo en parte de su vida cotidiana. Palmer traspasó su profesión para dedicarse a defender al pueblo wichí, entenderlo, estudiarlo y protegerlo contra las leyes del hombre urbano que los menosprecia, y no comprende sus creencias y tradiciones. Palmer, además encontró una familia: una mujer, cinco hijos, y forma parte de esa misma comunidad que trata de proteger. Es considerado un wichí más.

    Después de Bonanza y Sofácama, Ulises Rosell, retoma la visión sobre el núcleo familiar y lo extiende al mundo del protagonista. Esta vez en una comunidad que tiene reglas propias, incomprensibles y malinterpretadas por la ley. Rosell, con cierta distancia y respetuosa prudencia, se mete en la historia de Palmer y su familia, es testigo del amor y cuidado que tiene por sus hijos. Un personaje que no reniega de su pasado posiblemente burgués, ya que está en permanente contacto con su madre en Inglaterra, que además manda regalos para sus nietos.

    El Etnógrafo muestra tres facetas de Palmer: por un lado su vida diaria junto a su familia, y la de su mujer, que nos lleva a conocer la lucha por la liberación de Qatú, que considera a Palmer como un hermano espiritual. Qatú está preso, acusado de haber violado a la hija de su mujer, pero lo que la ley no comprende es que para los wichís, el acto que profesó Qatú no es considerado delito, especialmente porque tuvo el consentimiento de la joven Estela.

    Rosell decide no emitir juicio ni prejuicio, sino ser testigo e informar de las tradiciones, mostrar el punto de vista dentro de la comunidad. No es necesario ver el otro lado esta vez. El pensamiento del hombre “civilizado” es conocido y criticado por Palmer, debido a su ignorancia.

    Por otro lado (y quizás en forma menos armónica y más aislada de las otras historias), también se muestra el conflicto de Palmer con una petrolera que deforesta y destruye los caminos de la tierras wichís sin el consentimiento de la comunidad, atropellando lo que pasa por delante, gracias al apoyo de empresas y legisladores.

    Si bien, el objetivo del realizador es mostrar al personaje en su vida diaria, tras un trabajo notable de investigación, a través de él se filtra una crítica directa e inteligente hacia los organismos oficiales y el papel de las multinacionales que explotan las tierras de pueblos originarios.

    El director evita caer en bustos parlantes que hablan a cámara y a través de incisivos diálogos que tienen los personajes la cámara permite que el espectador entre a la comunidad. Un tratamiento naturalista, prolijo, pero sin pretensiones demasiado formales o estéticos ayudan a integrar al público a un relato ameno e identificable en cierta medida, por el que podemos sentir empatía y compartir las emociones e injusticias.

    Sin caer en la bajada de línea, El Etnógrafo es un bello documental, contenido, con sutilezas, que a pesar de tener un ritmo pausado (justificado por el temperamento calmo, pero reflexivo de Palmer), atrapa porque contiene a un personaje inusual, un héroe de las tierras áridas y defensor desinteresado de las causas nobles.
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  • Salvajes
    Salvajes
    A Sala Llena
    Narcos New Age

    ¡Llegó el gurú del budismo… cinematográfico! No, el Ravi Shankar no va a dirigir películas ahora. Oliver Stone está de vuelta entre nosotros para inculcarnos su poderosa sabiduría. Especialmente si se trata de drogas y observaciones del capitalismo, dentro del sistema mismo. Stone, odiado, despreciado, pero también, muchas veces sobreestimado, es un director que genera polémica cuando no pretende generar polémica, y por lo tanto todos aquellos que lo critican por ser un realizador que busca siempre la confrontación política, también lo critican cuando no intenta serlo.

    Tras varios años de venir haciendo productos que van de malos (Alexander, Las Torres Gemelas) a mediocres (W., Wall Street: El Dinero Nunca Duerme), encuentra en Salvajes una suerte de regreso a un cine, que sin ser realmente trascendente, al menos se puede ver como uno de sus productos más osados de los últimos años, en cuánto a tono satírico y violencia gráfica, pero también que lo confirma como el gran narrador que supo ser a finales de los ’80 y principios de los ’90.

    Los primeros 15 minutos nos presentan a una trío amoroso que funciona a la perfección: Ophelia (Lively), Chon (Kitsch) y Ben (Johnson), tienen un romance perfecto entre ellos. Ophelia tiene una relación bígama con ambos, y Stone nunca los juzga ni condena por eso. Al contrario, hace apología de ello. Ninguno de los dos hombres siente celos por el otro, ni confronta por la mujer en cuestión. Ambos, además son productores y traficantes de la mejor marihuana de California, gracias a los conocimientos botánicos de Ben, y las conexiones de Chon, un ex soldado de la guerra de Afganistán. Ambos forman, en palabras de Ophelia el yin y el yan, el equilibrio perfecto de una hombre (o son dos mitades de la mentalidad del propio Stone). Ben es pacifista, usa las ganancias para viajar por el mundo y construir sistemas de economía ecológicos. Chon usa la fuerza militar cuando algún comprador no quiere pagar. Así funciona la economía. Stone nos muestra este sistema “perfecto” con un montaje veloz e inteligente, como si nos estuviera describiendo como funcionan los negocios de Wall Street. Pero no todo es paz, amor, porro, dinero y felicidad. En el medio, entra el cartel de Baja, México, para adueñarse del negocio de Ben y Chon.

    La metáfora es clara. Los narcos representan a las empresas multinacionales que van adquiriendo a cualquier negocio casero independiente capaz de triunfar. Si no se unen a ellos, les están en contra y por lo tanto serán castigados (esto lo podemos traspasar también a la política si queremos). El punto es que los narcos liderados por Elena Sanchez, la viuda de un antiguo magnate del negocio, venida a menos, decide secuestrar a Ophelia, hasta que Ben y Chon decidan agruparse a su empresa. Pero los muchachos, en cambio decidirán darle batalla.

    Si bien en W. y Wall Street 2, Stone había retomado un poco con su cinismo e ironía habitual, es en Salvajes donde el resultado termina siendo más redondo y contrastante.

    Por un lado, la pintura del mundo narco toma clisés y lugares comunes, pero por otro, sirve como sátira del mundo corporativo. El abogado de Elena (brillante Demián Bichir) es elegante y no muy diferente a lo que podría ser el de que cualquier multinacional gigante. Una suerte de Tom Hagen del mundo de las drogas. Pero también está la cara “salvaje” de Elena, representada por Lado, un mercenario sádico y violento compuesto por un Benicio del Toro border, grotesco, burdo, que sin duda, es lo más interesante del elenco. Estos dos personajes son un espejo exacto de Ben y Chon. En el medio se encuentran los femeninos: Ophelia, una joven que extraña la presencia de su madre, y Elena, la dueña del cartel, que justamente no se puede relacionar con su hija. Este juego de opuestos, marca uno de los puntos más interesantes del guión firmado por Stone, Winslow y Salerno. En ningún momento Stone descuida la relación padres-hijos en casi todos los personajes. Le aporta humanidad, aún con cierta ironía, a cada uno de ellos. Los narcos terminan teniendo sensibilidad, lo cual resulta irónico con la exhibición de actos que cometen. Así, Stone regresa a la sátira violenta y alocada de Asesinos por Naturaleza o Camino sin Retorno, sus mejores obras de los 90, y no teme mostrar torturas bastante gráficas.

    El absurdo domina gran parte del relato y especialmente en el desenlace “elige tu propia aventura”, donde Oliver juega a ser Michael Haneke y burlarse de los típicos finales moralistas del cine de Hollywood. Acá, en cambio lo que es un final de mierda para la sociedad, se convierte en un final feliz para los protagonistas, y paradójicamente, también para el espectador.

    El film tiene una narración fluida y mucho más dinámica de lo que Stone venía haciendo en los últimos 4 films, pero por momentos se extiende demasiado en alguna que otra escena, otorgando un ritmo un poco denso. Le sobran minutos, básicamente. Visualmente tiene algunos caprichos de montaje y superposición de imágenes muy típicas de la etapa más videoclipera de su realizador, pero no abusa de esto como en Asesinos… Está más contenido. Lo mismo se puede decir del trío de protagonistas. Kitsch, Lively y Johnson no consiguen interpretaciones inolvidables, pero tampoco desbordan. Son los veteranos: Del Toro, Bichir y John Travolta, (que interpreta a un corrupto agente de la DEA que funciona como comodín), los que logran las actuaciones más destacadas, con mayores matices, al borde de la caricatura. A Salma Hayek le toca el personaje más extraño. Funciona muy bien cuando es una asesina despiadada, pero su perfil más humano, parece sacado de una telenovela mejicana.

    Salvajes es un film extraño, políticamente incorrecto, de contrastes, con excesos, pero al mismo tiempo coherente con la mirada del director. Al igual que en Wall Street 2, Stone le impregna una mirada new age a sus personajes. Si bien humanizar a Gordon Gekko fue un pecado mortal, darle un tono zen a narcos parece una respuesta irónica a los cánones de la sociedad estadounidense. Stone se caga en la monogamia, promueve la legalización de la marihuana y convierte a torturadores en villanos queribles. Libre albedrío, amor y porro para todos. A happy world, a happy end.
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  • ¡Vivan las antípodas!
    Emulando a Gagarin

    Durante la ceremonia de inauguración Victor Kossakovsky hizo una referencia que fue mal traducida: Yuri Gagarin dio la primer vuelta a la Tierra en el espacio durante 108 minutos. Esta es la duración exacta de la nueva obra de este director de culto.

    Las antípodas son lugares opuestos geográficamente hablando. Pueden compartir visiones o ser completamente asimétricos. Estos puntos geográficos fueron elegidos porque están habitados, se podría decir...
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  • Ted
    Ted
    A Sala Llena
    El Mejor Amigo del Oso

    Seth MacFarlane ha cambiado la televisión estadounidense. El humor de MacFarlane, influenciado sin duda por Los Simpsons, pero mucho más cínico, ácido, crítico y políticamente incorrecto debía ser llevado al cine cuanto antes. Y para eso apareció Ted, una película que lleva el sello de uno de los autores más interesantes de los últimos diez años.

    Lo primero que hay que decir es MacFarlane se mantiene fiel a una ideología política y una estética narrativa y temática. El traspaso de formato (televisión a cine, animación a personajes de carne y hueso) no han modificado el sello del realizador, sino al contrario, confirmar su status como tal. Aunque sea muy irreverente y provocador, MacFarlane es un defensor de los valores más básicos del ser humano. Cree en los modelos familiares y en la importancia de la amistad.

    A pesar de que sus series parten de familias que representan lo peor de la sociedad estadounidense, ya sea por su falta de cultura, su snobismo, conservadurismo político y religioso, xenofobia, racismo, etc, también defiende esos modelos. En su mensaje crítico y satírico se filtra una moraleja a favor de aquellos valores e incluso se burla de las fobias liberales. En el lenguaje de MacFarlane existe un tono anarquista por defender cierto clasismo “capriano” pero al mismo tiempo desestabilizar el orden. Idealizar a personajes fofos, fascistas, energúmenos, permitiendo que sus contradicciones sean atractivas y empalicen con el espectador, en cierta manera. Además que las series cuentan con gran número de guiños a la cultura pop, la historia y el presente estadounidense, por lo cuál siempre es más divertido entender las referencias a nombres y personajes reales nombrados, o películas a las que satiriza.

    MacFarlane es muy cinéfilo, ha consumido las series y películas de los 70 y 80. Ted es una obra ochentosa pura. Desde que se propone ser una suerte de fábula moderna con narrador incorporado (como Una Historia de Navidad, 1983) o citar más de una vez y con propósito de evolución narrativa, a Flash Gordon. Desde la música hasta la estética, la autoconciencia y referencialidad es inagotable.

    Pero más allá de eso, es un cuento sobre la amistad. El humor escatológico (más zafado que el televisivo) se justifica desde la intención del director de tirar palos continuamente, pero también para hablar acerca de la madurez de dos amigos que deben enfrentarse a grandes cambios en su vida: casarse, conseguir un trabajo serie, vivir en forma independiente uno del otro. Porque Ted es humano, muy humano. De hecho, la voz de MacFarlane le agrega una verosimilitud y expresividad que por momentos no le dan Mark Wahlberg ni Mila Kunis, y eso que ambos se sienten muy cómodos con sus personajes, pero lo real, es que Ted es una gran personaje.

    MacFarlane no descuida ninguna de las subtramas, especialmente, la familia que quiere adoptar a Ted cuando John decide separarse, nuevamente criticando la estupidez del estadounidense medio (gran interpretación de Giovanni Ribisi). Los lugares comunes de la estructura dramática son necesarios para profundizar la relación con los personajes, y al mismo tiempo para romper estereotipos dramáticos. Las reacciones de Ted y John son verosimiles en su contexto. MacFarlane, no exprime lo emotividad a menos que se quiera burlar de eso mismo. Nuevamente, la forma de encarar la autoconciencia no llega a convertir a Ted en una comedia estilo Y Donde Está el Piloto (a la que le roba una escena literalmente y meticulosamente, que a la vez es una sátira de otro clásico de los años ’70), pero tampoco adquiere el nivel de seriedad que presentan los productos de Apatow que también hablan sobre la inmadurez a los treinta y pico de años.

    Aquellos que seguimos las series de MacFarlane vamos a encontrar en Ted a un Brian, a un Stewie, a un Roger, un personaje imposible de encontrar en la vida real, pero tiene comportamientos propios de cualquier ciudadano de clase media, vago, fiestero, cinéfilo y culto al mismo tiempo. Ted como todos los anteriores previamente es más ingenioso, moralista e inteligente que los humanos. La crítica a los que critican a los conservadores se presenta en la ironía del humor y el doble lenguaje que apela el creador. Incluso hay una autorreferencia, y numerosas citas a productos de los que el director es verdadero fanático (La Guerra de las Galaxias, Indiana Jones, ET).

    El toque de MacFarlane al mismo tiempo está implícito en la creación de mundo de los personajes, de crearle un contexto a John, Ted y Lori (Kunis). Es fundamental mostrar la relación de cada uno con sus jefes, sus compañeros de trabajo, la crianza de cada uno en la forma de hablar. Todo aporta al relato. Incluso los flashbacks o fantasías incorporadas en la mitad de un diálogo (muy propio de Padre de Familia) ayudan a crear el universo de la historia, de que aún en su absurdo, lo que sucede dentro de la ficción (y ciencia ficción) sea creíble y no ridículo.

    La narración es fluida, inteligente, entretenida, muy divertida, ácido, crítica y a su vez, sensible, Ted es una obra que va a trascender la comedia pendenciera y sirve de ejemplo claro para mostrar, que en un género bastante bastardeado, pero a la vez sobrestimado a veces (casos Apatow y NCA) hay autores que no se casan con nadie excepto con ellos mismos… y quizás con su oso de peluche.
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  • Sal
    Sal
    A Sala Llena
    Un oasis en el desierto

    Y de vez en cuando sucede… de vez en cuando alguien se anima a realizar un western. El género que Hollywood creó de la mano de John Ford principalmente o Edwin S. Porter y que terminó destruyendo gracias a pobres imitaciones. El género que revivió gracias Sergio Leone, pero que los italianos exprimieron hasta dejarlo tan seco como el desierto de Atacama.

    El western… un género olvidado, prácticamente. Ed Harris y los Coen con sus últimas obras le devolvieron un poco de dignidad en los últimos tiempos (Temple de Acero, posiblemente es el mejor western desde El Bueno, el Malo y el Feo). Pero en el resto del mundo, así como los samurais desaparecieron de Japón (gracias Takashi Miike en revivirlos con 13 Asesinos), en el resto del mundo, los vaqueros se fueron muriendo, los marginales cambiaron de rostro, y quedó un vacío en el corazón del cinéfilo amante de los guerreros del desierto.

    Pero el Sur también existe. Debajo de la frontera mexicana, cerca de la Cordillera Andina, Fernando Spiner se animó a realizar un western mezclado con cultura gauchesca, pero estética fiel a la crudeza de Sam Peckinpah o Leone. Aballay, el hombre sin miedo es un gran film, por ambición, fidelidad al género y estética cuidada que mereció tener mayor repercusión en las salas porteñas.

    Ahora llega Sal, ópera prima de Rougier, realizador argentino radicado en Chile. Sin embargo, no se puede encasillar al film solamente como un western tradicional. Quizás el mayor referente que se puede encontrar es la película Tres Amigos de John Landis, la comedia con Chevy Chase, Steve Martin y Martin Short. Al igual que en el film de 1987, acá tenemos un personaje que tratando de crear al protagonista de una historia, se trasforma en uno.

    Sergio, (Martinez) es un realizador español que pretende filmar un western en el desierto chileno pero no encuentra apoyo financiero, dado que al guión le falta un argumento. Viaja a Chile para buscar inspiración, pero es secuestrado por un mafioso que reside en el desierto, Víctor (Contreras), confundido con un ex socio que lo traicionó. Este, deja a Sergio semi muerto en medio del desierto al cuidado de un viejo solitario, Vizcacha (Hernández) que se convierte en mentor. Sergio se entrenará para estar preparado para cuando Víctor lo vuelva a buscar.

    Con reminiscencias en el tono humorístico dramático a 800 balas de Alex de la Iglesia, Sal es un film muy cuidado en su puesta de cámara, encuadres y con un guión suficientemente complejo y con varias vueltas de tuerca para mantener el ritmo y la atención del espectador. Por un lado tenemos la experiencia del “hombre equivocado” que tiene que convertirse en héroe a la fuerza, por otro es una sátira a la industria del cine, mostrando la creación de un personaje a través de la mirada de un guionista, que trata de encontrarse con las características del género en la actualidad. Hay acción, romance, traiciones; personajes marginales, ambiguos. El mismísimo protagonista no termina de convertirse en un héroe tradicional, dado que es débil, vago, pedante y debe superar sus miedos enfrentando a Víctor, gran villano compuesto sobriamente por Patricio Contreras. Rougier utiliza primerísimos primeros planos para generar tensión en los duelos, no faltan encuadres desde la cartucheras, crepúsculos y horizontes eternos. La mirada melancólica del género y personajes que saben que su final está cerca, son características del género que Rougier respeta.

    El film tiene persecuciones, idas y vueltas, que podrían generar confusión, pero sin embargo, el guión es bastante redondo. Todas las facetas de la historia logran cerrar armónicamente y no quedan cabos sueltos. Rougier no deja nunca de lado la meta creativa del personaje, los sueños, el límite de la realidad y la ficción.

    Lamentablemente, el cuidado estético y narrativo no se transmite en los personajes secundarios y las actuaciones, que son más irregulares. Si bien se destacan Martínez y Contreras formando un duelo actoral que trasciende a los personajes, y hay interesantes interpretaciones de parte de Hernández y Dubó, otras actuaciones secundarias no brindan suficiente verosimilitud y calidez al relato.

    Sin embargo, teniendo en cuenta las pretensiones y ambiciones, el resultado final es bastante sólido y entretenido. Un digno y emocionante homenaje a un género que desde que somos chicos nos enseñó de que se trata el espectáculo cinematográfico.
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  • El código del miedo
    Statham contra Todos

    Es un goce saber que la vieja escuela de acción sigue activa. En los último años, el cine de artes marciales ha mermado en su calidad: el arribo de coreógrafos orientales que combinan coreografías de artes marciales con efectos especiales ha desprestigiado un poco las tradiciones. Luc Besson y sus obras ya han agotado -exprimido- el género. ¿Dónde están los artesanos? Donner, retirado, McTiernan, rodeado de juicios, Tony Scott sigue deleitándonos cada dos años -por suerte-; pero el problema es que no aparecen caras nuevas. O, al menos, no lo han hecho hasta ahora...
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  • Elles
    Elles
    A Sala Llena
    ¿Lo que ellas quieren?

    No es fácil entrar en la cabeza de las mujeres, especialmente cuando se trata de sexo y romance. Son dificiles de entender. Por eso, la directora polaca Malgorzata Szumowska, pretende investigar el universo sexual de tres mujeres. La protagonista, Anne (Binoche) es una periodista de la revista “Elle” que está entrevistando a “damas de compañía”, dos jóvenes mujeres de diversos orígenes: Alicja (Kulig) es una muchacha que se escapó de Polonia y empezó a prostituirse para pagar su estadía en Francia. Por otro lado, Charlotte es un joven universitaria del campo, que mantiene sus estudios de la misma manera. Ambas prefieren mantenerse en el anonimato, pero ser abiertas y francas con Anne, que no las juzga, sino todo lo contrario empieza a sentir empatía por ellas, casi a envidiar su vida libertina.

    Szumowska narra simultáneamente la vida sexual de las tres mujeres protagonistas como si fueran viñetas independientes. Cada una, cuenta sus aventuras a la pobre Anne, que debe conformarse con una rutinaria e insatisfactoria vida familiar, sirviendo a su marido y a sus hijos, uno infante, otro adolescente. Trabajar y ser ama de casa contrasta con la bon vivant y el espíritu liberal que ve en Alicja y Charlotte.

    En la primera hora de película, la directora muestra episodios como si narrara fantasías eróticas estilirizadas, cuidando la fotografía y los encuadres, realentando los tiempos, seduciendo fragmentando los cuerpos, pero sin un hilo narrativo sólido que justifique el empalme de las escenas. Es bastante azaroso el criterio para montar, y tomando en consideración que esto sigue así durante más de la mitad del film, cuesta seguir el ritmo. Se comprende, que la lentitud con que avanzan las narraciones, forma parte de la estética, pero no hay una evolución, no hay avance. Es pura monotonía y pretensión estética.

    Esta caja china, donde un relato evoca otro no termina por convencer hasta la media hora final, en que nos enteramos que todo sucede para explicar la insatisfacción de Anne frente a la vida que le tocó y la falta de atención que le pone el marido.

    A partir de este momento, ella y los demás personajes empiezan a tener un poco más de alma, y dejan de ser solo cuerpos. Empezamos a conocer un poco más de ellas, pero no lo suficiente para lograr empatizar con el film, que sigue siendo pesado y repetitivo. Descubrir que la vida de los personajes no es un lecho de rosas adquiere cierto interés, conocer sus miedos, humillaciones, la forma en que el sexo se vuelve un arma de doble filo; pero la provocación de las escenas eróticas y el tema se termina en la adecuada utilización del recurso fuera de campo, que aporta un poco de sensualidad y sutileza a una obra impunemente gráfica, y la suficiente información para no caer en lo chabacano.

    Si en lo visual e interpretativo se puede decir que Szumowska da en el clavo, es en el plano narración, donde no logra ni conmover ni convencer. El drama de Anne no se profundiza demasiado, adquiere un tono banal. Quizás fue la intención de la directora generar una sátira social. Aún así, ¿cuántas películas vimos donde se critica a la burguesía a través del rol de mujeres insatisfechas? Muchas, con menos pretensiones y más divertidas. Solo hace falta volver a ver La Ceremonia, La Flor del Mal o cualquier otra obra maestra de Chabrol, que no solo criticaba a la burguesía, exhibiendo sus miserias en la vida conyugal, sino además le agregaba algún misterio, alguna muerte para enganchar al espectador desde la primer escena hasta la última, sin necesidad de adquirir un tono pretencioso, solemne y melodramático como lo hace Szumowska en Elles.

    Irónicamente, las ideas más interesantes empiezan a aparecer en los minutos finales del film. Tampoco son escenas que brillan de creatividad, pero aportan, al menos un poco de ironía, a un film falto de humor. Juliette Binoche sigue siendo sensual y creible en todo momento. Su sencillez eleva un poco la calidad de esta obra mediocre. También es cierto que si todo la película, hubiese sido meramente el relato de Alicja y Charlotte, respetando hasta el último momento la asimetría temporal, al menos hablaríamos de un film más vanguardista y arriesgado, pero la directora decidió en la última media hora seguir una linealidad temporal, que por un lado es necesaria para anclar un poco las imágenes y darle sentido al “relato”, pero por otro le quita cierta rebeldía a la hora de narrar el cuento clásico, que la convertiría al menos en un propuesta más trascendental. Y si bien, yo prefiero que haya elegido el anclaje, también admito que esta indecisión le juega completamente en contra con todo lo visto previamente.

    Así, Elles es un film falsamente provocador, que se queda en el camino medio entre una obra que podría haber roto un poco el conservadurismo de la cartelera comercial, con otro más convencional, y terminan diciendo algo que ya se ha expresado demasiadas veces en el cine contemporáneo.

    En cambio, si de repente se hubiese abierto un placard y caía de la nada un cadáver… bueno, al menos tendríamos el espíritu de Claude Chabrol revoloteando como ave de rapiña por encima de las cabezas burguesas.
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  • Todos tenemos un plan
    Príncipe y Mendigo

    Las expectativas eran altas, sin duda. Es raro que un actor que está viviendo un momento destacado dentro de la industria hollywoodense, acepte participar de una ópera prima argentina en un momento no demasiado “iluminado” del cine nacional. No es la primera vez, que una figura extranjera viene a filmar a nuestro país, una obra dirigida por un artista local. Liv Ullman trabajó con María Luisa Bemberg en La Amiga, Jeremie Rennier sin ir demasiado lejos protagonizó Elefante Blanco de Pablo Trapero junto a Ricardo Darín. Ni hablar de los españoles que vienen constantemente al país y viceversa, pero el caso de Mortensen es más llamativo. Dejemos de lado el tema que vivió mucho tiempo en el país, su fanatismo por San Lorenzo y su perfecto dominio del castellano a lo porteño, Viggo, está construyendo una interesante filmografía al lado de David Cronenberg, se da el lujo de elegir proyectos con grandes presupuestos o más íntimos, pero protagonizar un film nacional era un sueño lejano.

    Ana Piterbarg lo consiguió, y el resultado es tan ambigúo como la propuesta. La historia de dos hermanos que intercambian vidas, aprovechando su cualidad de mellizos se viene llevando al cine desde los albores del mismo. Sin embargo en Todos Tenemos un Plan, lo que más se destaca es una intención por parte de la realizadora por crear atmósferas siniestras, por enrarecer el relato a través del clima, por no venderse hacia los requerimientos del cine comercial, respetar los tópicos del cine negro, pero sin ridiculizarlo, encontrando un timing adecuado, lento, denso, pero adecuado para la propuesta.

    Existe un riesgo en la propuesta, que forma parte de la ambigüedad misma del relato: pretender transmitir un misterio con las preguntas ya resueltas, con los personajes en primer plano, pero a la vez que otras preguntas queden sin resolverse, haciendo partícipe al espectador de la ambigüedad del protagonista, que está lejos de ser un héroe clásico, y se parece más al protagonista de un film de Hitchcock. Un hombre que es confundido con otro y por tanto debe enfrentarse a lo que heredó del mismo, en este caso, su mellizo. Claro, que el personaje busca también su destino y de ahí su complejidad, porque no acaba de ponerse al espectador en el bolsillo (de hecho podríamos relacionarlo como una mezcla del protagonista de Cuentame tu Vida con el de El Hombre Equivocado). Piterbarg logra generar una distancia prudencial, mostrar el rostro más oscuro del personaje. Da pocos indicios y la información adecuada para construir el personaje y su entorno.

    A medida que va desarrollándose la acción, el misterio se incrementa. Viggo Mortensen logra generar una interpretación madura, austera, llena de matices para diferenciar a ambos personajes. Es cierto que las escenas más dialogadas cortan con el clima perpetrado en aquellas donde los silencios dicen más que una conversación, o que una mirada comunica la verdad mejor que el discurso.

    Los personajes son inteligentes. Agustín, el protagonista subestima la sagacidad de los mismos, y se agradece encontrarse con personajes que logran razonar sin manifestarlo lo que sienten. En ese sentido, el trabajo de Piterbarg como directora de actores, es notable. La directora apuesta por las expresiones mínimas. Un cuadro congelado en las reacciones logra equilibrar, la frialdad y banalidad de algunos diálogos demasiado explicativos e innecesarios. Justamente, la película pierde interés cuando el texto toma demasiado protagonismo, las metáforas son tan evidentes que no hace falta expresarlas con palabras. La voz en off del personaje de Clara (Sofía Gala Castiglione) es innecesaria y perjudica incluso a la actriz que logra la mejor actuación de su carrera posiblemente, austera, verosimil, inocente, pero al mismo tiempo muy potente. Cuando el personaje toma rol narrativo y moralizador es cuando se vuelve poco creíble. Castiglione es una de las sorpresas del film, a pesar de todo. Por otro lado, el rol de villano a Daniel Fanego, le calza perfecto. Así como en ¡Atraco!, el actor logra comer cada escena, imponiendo presencia corporal incluso sobre una figura como la Mortensen. El trío interpretativo a cargo del protagonista de Una Historia Violenta, Castiglione y Fanego se adapta al clima del film, confirmando un excelente casting.

    En un lugar más abajo quedan Javier Godino y Soledad Villamil (ambos intérpretes de El Secreto de sus Ojos) que no tienen personajes adecuados para destacarse un poco más. Los pocos minutos de cada uno, son solventes pero no aportan demasiado a la narración.

    La película tiene altos y bajos. Quedan huecos narrativos, algunos impuestos, y que posiblemente no le aportarían mayor información a la historia (justamente el personaje de la esposa de Agustín a cargo de Villamil), pero también hay otras subtramas que inexplicablemente no cierran y generan preguntas que restan verosimilitud al relato (el destino de los hermanos compuestos por Sergio Boris y Alberto Ajaka).

    Todos Tenemos un Plan es un film pretencioso por su ambición y su riesgo a no atarse al típico cine industrial, que no busca el público masivo con herramientas fáciles, pero también, como sucedió con El Aura, la recordada obra maestra de Fabián Bielinsky apuesta a generar atmósferas ominosas, gracias a personajes sombríos, fríos, un tono solemne salido de los mejores policiales negros y una geografía muy particular, como la de El Tigre que funciona como quinta protagonista. El río se traga a los personajes, y su rol es realmente muy interesante. Aunque no logra ser tan ambigüa, profunda, filosófica e imprevisible como el film del director de Nueve Reinas, se aproxima bastante al clima. Vale destacar, en este sentido, el aporte de la banda sonora de Federico Jusid y la fotografía de Lucio Bonelli, acompañando un relato que le debe mucho a la literatura de Horacio Quiroga.

    La ópera prima de Ana Piterbarg merece ser vista más de una vez. Apuesta por un cine diferente que logre convocar al público masivo con su protagonista, pero también deje contento al cinéfilo más exigente con su arriesgada puesta en escena.
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  • El legado de Bourne
    El Equipo “B”

    En la serie de Damián Szifrón, Los Simuladores, estaba el equipo A, encabezado por Mario Santos (Federico D’Elia) que se dedicaba a realizar las misiones “importantes” y un equipo B, encabezado por Feller (Jorge D’Elia), a los que se les derivaba los trabajos menores. Cuando en un capítulo Szifrón quiso dar un descanso a sus cuatro protagonistas, y darle mayor relevancia al equipo “B” con una misión que incluía la presencia del FBI, se confirmó que el ingenio de la serie se había ido al carajo y ya no era lo que había empezado siendo. De hecho, en el último capítulo, de alguna manera, el creador se disculpó por ello.

    Con El Legado de Bourne sucede algo similar. Se trata de una película innecesaria. De transición, sería el adjetivo más apropiado. Como Paul Greengrass y especialmente, Matt Damon, se negaron a realizar la cuarta entrega de la saga, esta vez sin una novela de Robert Ludlum, su creador, como inspiración, los productores y ejecutivos de la Universal con Frank Marshall a la cabeza, buscaron un equipo “B” para dejar contentos a los fans de la franquicia, mientras ellos siguen negociando y esperando el regreso de Greengrass/Damon. Recordemos que fue el realizador de Vuelo 93, el que sacó a flote al personaje y le encontró un rumbo con La Supremacía de Bourne, ya que Identidad Desconocida de Doug Liman, había pasado con más pena que gloria por las salas cinematográficas, pero Greengrass le aportó vértigo, inteligencia, frialdad y dinamismo gracias a su estética seudo documental, cámara en mano, uso de zoom constante, cortes sin raccord. El tono la diferenció de todo lo que se había hecho con el cine de espionaje previamente, marcando una clara distancia del cine de James Bond. Por fin, el cine estadounidense tenía un agente secreto de verdad.

    Pero duró poco la magia, y en la búsqueda de facturar, Marshall llamó a Tony Gilroy que se encargó de la adaptación de los primeros libros, para que creara un nuevo personaje dentro del mundo Bourne, escribiera el guión junto a su hermano y de paso, ponerse al frente de la dirección, ya que con Michael Clayton y Duplicidad no le fue mal.

    Si El Legado Bourne permite que nos olvidemos durante un par de horas, de que fue hecha solo por una cuestión económica, más que para enriquecer narrativamente el legado de una saga, es porque Gilroy es un realizador de la vieja escuela, capaz, limitado, pero que ofrece un producto simpático, entretenido, redondo sin demasiadas pretensiones. Hay olor a choreo, pero el resultado se deja ver.

    En Estados Unidos, se le dice “spin off” a una serie derivada de otra serie. Ejemplo reciente: lo que se quiso hacer con la serie Joey. Usan un personaje del mundo Friends y le da su propia serie. Acá sucede lo mismo.

    Al mismo tiempo que la CIA persigue a Jason Bourne (o sea, la acción sucede en forma simultánea a Bourne: El Ultimatum), un equipo “B” liderado por dos coroneles retirados, comienza a asesinar a todos los superagentes que tuvieron el mismo entrenamiento de Bourne y a los científicos que desarrollaron las drogas que los volvieron súper soldados. El problema es que uno de estos agentes, Aaron Cross sobrevive al ataque, y del otro lado, una científica infectóloga, Martha Shearing, también logra escapar de un intento de asesinato. La única forma que tiene Aaron de seguir vivo es con las pastillas que diseñó Shearing, así que debe salvarla a ella también, y ambos, fugitivos de la CIA, buscar las drogas para Aaron.

    Básicamente, Gilroy cambió el argumento de la saga, que pasó de ser acerca, la búsqueda de la identidad del protagonista a la lucha por la supervivencia, lo cuál por suerte, se establece como tema desde el primer minuto.

    Hay varias subtramas que anclan con el resto de la saga, para que no parezca que esta podría haber sido una película llamada Aaron Cross y no tener relación con Bourne. Sin embargo en esta cruzada de Hollywood por alargar y exprimir productos rendidores, los caminos de Bourne y Cross se terminan cruzando.

    Si bien el film tarda un poco en arrancar y es demasiado discursivo, y sobretodo explicativo, se debe admitir que Gilroy se desempeña bastante bien desarrollando persecuciones, creando escenas de tensión y suspenso. Además arma bastante bien al personaje de Cross. Es ambigúo pero un poco más humano, cálido, carismático que Bourne. Si el personaje de Damon era parco y poco dispuesto a responder preguntas, Cross al menos, sonríe, tiene puntos débiles, y pretende iniciar conversaciones en forma más amena. Casi se parece a James Bond. De hecho la diferencia que hace, Jeremy Renner con respecto a Matt Damon, es como la de Roger Moore con Sean Connery en la serie de Ian Fleming. Renner es más divertido, irónico, e incluso más seguro como intérprete que Damon. Además (y esto es apreciación personal) toma bastante del carácter rebelde pero canchero de Steve Mc Queen. Haber elegido al protagonista de Vivir al Límite como continuador de la franquicia es posiblemente la mejor elección de este equipo B.

    Por otro lado Rachel Weisz, aporta belleza y cierta solvencia a su personaje, nada para destacar dentro una filmografía en la que ha tenido mejores interpretaciones, y Edward Norton se muestra frío y superficial como el villano corporativo de turno, aún ligado con un contrato esclavo que hizo con la Universal. El resto del elenco “importante” que provenía de las anteriores entregas solamente hace cameos, para dejar en claro que la saga no está muerta. Solo se agrega Stacy Keach, actor injustamente olvidado por el tiempo, en un rol menor.

    Mientras esperamos que Damon y Greengrass acepten nuevamente realizar la quinta parte que cerraría definitivamente la saga (esperemos) debemos conformarnos con este producto menor, realizado por un equipo “B”, pero que al menos, resulta entretenido.
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  • Cuando los chanchos vuelen
    Actitud Conciliatoria

    Es muy fácil tomar una posición de intermediario cuando uno no pertenece a ningún bando en una disputa.

    Muchas veces, un director se siente atraído por cumplir el rol de pacifista y conciliador en conflictos internacionales que no se relacionan directamente con su propia nacionalidad.

    ¿Cuántas veces hemos visto a directores extranjeros venir a filmar historias de desaparecidos a la Argentina? La mayoría vienen con las mejores intenciones pero terminan por confundir los hechos, cometer errores históricos y banalizar el conflicto.

    En Hollywood, este tema no solamente toma una actitud patética, sino también xenofóbica, torpe e inepta.

    A pesar de los bienintencionados motivos que haya tenido Sylvain Estival al querer mediar en el conflicto entre palestinos e israelíes en la Franja de Gaza, lo que comienza como una metáfora inteligente acerca de las diferencias y similitudes culturales entre ambos territorios se termina convirtiendo en una obra excesivamente inverosímil, que juega con un humor absurdo, satirizando situaciones demasiado serias y, encima, sin definir un tono, una posición.

    Otras obras como La Vida es Bella de Benigni o El Tren de la Vida de Mihaileainu han hecho sátiras del Holocausto que provocaron numerosas críticas, pero que al final mostraban que, a pesar del juego y el humor, hay ciertas cosas que no se pueden banalizar. Pero Estival es más optimista y además retrata un conflicto contemporáneo.

    Uno puede fantasear con un final ideal y mágico como el que propone el director francés, pero llegar al punto de burlarse de los terroristas que se inmolan en nombre de la religión es jugar en una línea que insulta al verosímil y a la inteligencia del espectador. Verosímil que quiere generar -por lo menos- en la primera mitad del metraje.

    Porque hasta la hora diez de metraje el relato tiene coherencia, la narración fluye y el punto de vista es simpático. Como para judíos y musulmanes el cerdo es un animal pecaminoso, la metáfora sirve para demostrar que un muro no puede dividir a dos grupos de seres humanos que piensan igual y que tienen similares propósitos y costumbres. Este tema, además, ya lo exploró con mayor honestidad y sutileza Elia Suleiman en Intervención Divina y El Tiempo que Queda.

    Aun cuando por momentos se pone grotesca y un poco delirante en su tono, la excelente interpretación de su protagonista -Sasson Gabai- posibilita que simpaticemos con su patetismo, nos encariñemos, nos pongamos de su lado. En cambio, Estival apunta contra los soldados y líderes fundamentalistas, su crítica y alegato. Es una película que se opone a las normas religiosas, los prejuicios, los dogmas, pero sin explicar o al menos justificar el punto de vista de los protagonistas. El cuento está obviamente calculado para la sociedad occidental de “libre pensamiento”.

    Pero ¿cómo lo vería el protagonista? ¿Por qué subestimarlo? Sin llegar al extremo de la “pornografía de la miseria” (no me gusta el término pero es aplicable para el caso) de ¿Quién quiere ser Millonario? -en la que, además, la estética y la violencia gráfica no hacían más que enfatizar el conflicto desde ojos británicos exhortando cualquier tipo de culpa-, Estival quiere crear la paz llevando las situaciones al ridículo pero sin la sutileza que tenía en la primera mitad del relato.

    En este caso, no alcanza con tener buenas intenciones y excelentes intérpretes. De hecho, siguiendo la misma línea temática, El Paraíso Ahora de Harry Abu Assad es más inteligente, profunda, irónica y efectiva en términos críticos. En ella se mostraba el fundamentalismo pero desde el punto de vista interno y con verosimilitud. Esto provocaba que la tensión cinematográfica que se transmitía contagiara al espectador.

    Estival es transparente en su narración, discursivo, obvio y se le desborda el relato con el conflicto que desea evitar al principio y que, después, expone a gran escala. Más allá de eso, tampoco se puede hablar de un estilo visual atractivo que justifique el tono “liviano”, “soñador”, “fantasioso“. No hay poesía ni lirismo mediante. Tampoco se da pie a una discusión. En El Último Día de Danis Tanovic, al menos, el intenso final daba lugar a una mínima reflexión; acá se pretende generar humor y empatía apelando al cariño por los personajes, enfatizando el tono lúdico en forma forzosa, siguiendo el patrón de realismo mágico que Kusturica aplicó a sus últimas obras de ficción, pero sin la estilización ni la potencia visual del realizador yugoslavo. Esta vuelta de tuerca con pretensiones metafóricas termina por confundir la narración y provocar un efecto demagógico.

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  • La era del rock
    La era del rock
    A Sala Llena
    Íconos Ochentosos

    Se acuerdan que en Volver al Futuro 2, Marty Mc Fly entraba en un Bar de los ’80 y aparecían todos los íconos de la década enmarcados como si fueran postales, y mientras tanto nosotros nos reímos pensando… ¿realmente cuando llegue el 2015 vamos a venerar todo esto con nostalgia? ¿Será posible que los niños no sepan jugar al Arcade? ¿Seguirá sonando Michael Jackson?...
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  • Dos más dos
    Dos más dos
    A Sala Llena
    Una Orgía Infantil

    La comedia de enredos románticos, familiares (y populares) es un género que en Argentina tuvo la marca registrada de Manuel Romero. Este verdadero genio, compositor de los mejores tangos de la historia, además fue un prestigioso autor cinematográfico que lanzó a la pantalla grande al personaje de Catita, interpretada por Niní Marshall en la trilogía del “Casamiento”. Dicho género tuvo una continuidad mediocre pero simpática durante los años de la dictadura con la saga de La Discoteca del Amor, La Playa del Amor, La Carpa del Amor y El Éxito del Amor dirigidas por Adolfo Aristarain, Julio Porter y Fernando Siro respectivamente. Tengamos en cuenta que en esta época, la mejor forma de filmar sin tener problemas con la censura, era haciendo estas películas.

    Desde entonces el género atravesó etapas olvidables. Después del “éxito” de Comodines, Adrián Suar, en vez de seguir con films de acción se dedicó a “renovar” la comedia familiar popular conservadora, con films que tuvieron cierta repercusión, pero que en vez de aportar ideas nuevas al cine nacional, terminan siendo retrógrados, previsibles y repetitivos. Es cierto que no todos son iguales, hay mejores y peores. Aunque no me gusta admitirlo, Un Novio para mi Mujer, es posiblemente la propuesta más interesante, ya que las interpretaciones de Valeria Bertuccelli y Gabriel Goity lograban rescatar la pobreza de una puesta en escena televisiva y publicitaria al guión de Pablo Solarz, que solamente aportaba el personaje de la “Tana” Ferro.

    Con Igualita a Mí, llegó al cine de Suar/Patagonik, Diego Kaplan, y el resultado fue aún peor. Kaplan responsable de algunos productos televisivos interesantes, no pudo despegarse de una estética nuevamente publicitaria y darle relieve a un guión menos atractivo que comedia de Garry Marshall.

    Dos más Dos es una resta. No solamente, porque se siguen repitiendo las fórmulas de todas las películas anteriores, (los chistes malos, porteños, cancheros sin gracia), sino que pretende ser mejor que todas juntas al intentar transgreder con el tema de las parejas “swinger”, agregar actores que dan cierto relieve interpretativo (Peterson – Minujin) fuera de los tics televisivos, y cuidar un poco más la estética gracias al estilístico trabajo visual de Felix Monti.

    Pero no se dejen engañar. El paquete no puede darle brillo al contenido. Por sí fuera poco, el argumento en sí mismo, es casi un plagio. Seré joven, pero he visto cine.

    Una pareja empieza a asistir a un club swinger. Desde entonces su relación se ha fortalecido a nivel sentimental y sexual, por lo que tratan de convencer otra pareja de amigos más conservadora, que prueben ir algún día, para mejorar la relación, y a la vez intercambiar parejas respectivamente. Ella se siente atraída, él no tanto. Por lo que el resto de la película tratará de cómo su esposa, y la pareja swinger, tratan de convencerlo para formar parte de la orgía.

    Este, no es el argumento de Dos más Dos, sino el de Bob & Carol, y Ted & Alice, comedia maravillosa, transgresora y muy inteligente de Paul Marzusky (1969). En plena era de flower power y de liberación sexual, Marzusky trata de exponer los miedos y prejuicios de la sociedad conservadora estadounidense como una crítica social a la clase media.

    En Dos más Dos, el argumento es prácticamente igual pero no existe crítica, ni transgresión. Acá el único pecado de la clase alta porteña es ser infiel unos con otros… y no por aburrimiento como sucedía en Las Viudas de los Jueves, sino por falta de imaginación… narrativa.

    En vez del ingenuo y corpulento Eliiot Gould, uno de los mejores comediantes de su generación, tenemos a Adrián Suar, repitiendo el mismo personaje que interpreta desde La Banda del Golden Rocket (el chico temeroso, conservador, inseguro pero canchero). Julieta Díaz está completamente desperdiciada a nivel expresivo como su mujer (piensen en una pareja con menos química y se llevan un premio), y por el otro lado en vez de Natalie Wood y Robert Culp están Carla Peterson y Juan Minujín que al menos componen personajes sensuales, creíbles y con matices. A decir verdad, el mejor y más divertido de todos es el joven Tomás Wicz, que se roba cada escena en la que participa.

    No sé si me molestaron más los chistes misóginos, los diálogos construidos con frases hechas, los lugares comunes, la falta de tensión, Alfredo Casero sin la gracia que lo caracteriza o el final ultra conservador, pero previsible, que termina arruinando la propuesta inicial, lo que la diferencia por suerte, de la película de Marzusky que tenía un desenlace más arriesgado.

    “No son los años ’70, cuando estaba de moda la liberación sexual” dice en un momento Diego (Suar) a Ricky (Minujín), como justificando la moralina final. Es verdad, pero no por eso tenemos que regresar a la mentalidad papista de la década del ’20.
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  • Buenas noches, España
    No resulta fácil describir, ni siquiera criticar con palabras un film experimental. De hecho, tampoco se debería hacer. El cine experimental, surgido en la vanguardia de los años ’30 y desarrollado por realizadores a lo largo de la historia es un movimiento único, con reglas, pero a la vez que no se atan a ningún tipo de estructura tradicional. Sino que apuntan a un público específico, con mente abierta, generalmente más interesado en la plástica de la imagen, en la exploración del encuadre, de los colores, del montaje, del mecanismo más que de un contenido...
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  • Los Indestructibles 2
    “¿Quieres resultados? Tenés que ir con los Schwarzenegger, los Stallone y en menor medida con los Van-Damme” (Bart Simpson)

    Yippee ki yay, motherfocker! Los mercenarios liderados por Barney Ross regresaron a la pantalla.

    Stallone vuelve a juntar a casi toda la troupe (Mickey Rourke esta vez dio un paso al costados) para continuar con esta franquicia que se va a convertir en un deleite para los cinefilos nostálgicos que se criaron viendo películas de acción durante los 80 y 90. Cuando parecía que Hollywood se había olvidado de ellos, Stallone decidió inyectarles vida y hacerles un homenaje a todos juntos, con parodias incluidas.

    Esta secuela supera con creces a la predecesora, incrementando el grado de autoconciencia, parodia y violencia desenfrenada.

    Desde la primer escena, un rescate en Nepal, los protagonistas invaden un pueblo y destrozan cualquier cosa que camine armada. Mientras que los villanos, al menos amenazan con matar al secuestrado, estos mastodontes aniquilan sin preguntar, se regodean en la sangre, las tripas, las explosiones. Y está bien. Cualquier otro realizador los habría tomado como villanos. Stallone los pone en un pedestal.

    Los Indestructibles 2 tiene un argumento principal completamente absurdo y dos subtramas un poco más serias. Mr Church (Willis) le pide a Ross que consiga un mapa de una caja fuerte ayudado por una agente china, Maggie Chang (Yu). Dicho mapa lleva a un cargamento de plutonio escondido por los soviéticos durante la Guerra Fría. Sin embargo, en medio de la misión son interceptados por Vilain (Van-Damme) otro mercenario que planea robar el plutonio. Con esta excusa argumental se va desarrollando la película, esta vez dirigida por Simon West, un realizador no demasiado notorio, cuyo mejor crédito era Con Air – Riesgo en el Aire con Nicholas Cage.

    Al tiempo que West desarrolla esta historia, se abren dos subtramas relacionadas con los sentimientos del personaje de Ross (un seudo romance con Maggie y la venganza por un miembro de su grupo al que Vilain asesina). Esto provoca que la acción y la comedia se frene un poco, tratando de aportar un poco más de humanidad al personaje, y permitiéndole al semental italiano que se destaque como actor dramático. Sin embargo, West, sabe aprovecha mucho mejor los personajes secundarios y explota el materia extranarrativo que los “actores” mismos le dan a la trama.

    De esta manera, Dolph Lundgren se convierte en el cómic relief de la historia, demostrando mucha gracia para reírse de sí mismo, su brutalidad e incluso su doctorado en química (que proviene de la vida real). Por otro lado, las breves apariciones de Schwarzenegger y Willis son realmente notables. Ambos crean una buddy movie, una pareja despareja dentro de la película con diálogos que remiten a los anteriores trabajos de ambos. Y si de autoparodias hablamos, los pocos minutos de Chuck Norris en pantalla están dirigidos a los fans del campeón de Karate, que a los 72 años se mantiene en forma. Absolutamente todas sus escenas remiten a la películas que Norris filmó a fines de los ’70 y principios de los ’80 con Golan Globus.

    Es notable, como ninguno de los chistes se agota, y son completamente efectivos. No habría forma de ridiculizar a estos “héroes” de otras décadas que si no hubiesen estado ellos mismos. Incluso Van-Damme en su rol de villano funciona a la perfección. Se encuentra cómodo, disfruta siendo sádico, ya que nunca tuvo esa oportunidad en los films exitosos. Cada personaje, termina siendo funcional al argumento, cada muerte es más ingeniosa y sangrienta. Se trata de una automática experiencia de culto, donde se explota la limitada expresividad de cada uno en función de generar humor.

    A diferencia de la primera parte, la bajada de línea política es menor, ya que como queda claro, el único que se identifica como estadounidense es Stallone. Más allá de las leyendas, hay participaciones relajadas de Terry Crews y Jason Statham. Es mucho menor pero aplicada la participación de Jet Li, y la desconocida Nan YU, se destaca en su rol romántico con sensualidad y carisma.

    Dinámica, entretenida, explosiva, grasosa y autorreferencial, Los Indestructibles 2 es la mejor película que West haya hecho hasta el momento, se encuentra entre lo mejor que cada uno de los intérpretes realizó en la vida, y se trató del mayor placer culpable del año. El sueño del pibe. ¡Solo falta Seagal!
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  • La fuerza del amor
    La fuerza del amor
    A Sala Llena
    Historia de Dos Ciudades

    “Habiendo tantos personajes interesantes a lo largo de la historia, siempre filman a los mismos”. Es una frase que se he oído decir numerosas veces a mi padre, que siendo tan cinéfilo como yo y un apasionado de la historia, se siente decepcionado cada vez que escucha que en Hollywood deciden contar siempre las mismas historias sobre los mismos personajes.

    No hay que irse muy lejos. Este es EL año de Lincoln. Primero, cazador de vampiros, y después se viene la biografía de Spielberg.

    Sin embargo, existen héroes anónimos, que luchan por sus causas e ideales que son olvidados por la industria, quizás porque sienten que no van a ser marketineros.

    ¿A que estudio le podría interesar la biografía de Aung San Suu Kyi? Hija de un lider pacífico de Burmania, Suu Kyi es un personaje contemporáneo que lleva más de 20 años luchando contra el gobierno dictatorial de Birmania, para conseguir las primeras elecciones democráticas en 50 años.

    La clave de la lucha de Suu Kyi fue su propósito netamente pacífico inspirado por el idealismo de Mahatma Gandhi. Sin embargo, el mayor apoyo que tuvo fue el de su esposo, un doctor y profesor universitario británico, que pese a arriesgarse a perder a su mujer, emplea todo su tiempo, en incentivarla para que siga adelante con su lucha. El idealismo sobre el cuerpo y el amor.

    Luc Besson ya no busca impactar desde el contenido visual ni revolucionar en sus narraciones. Tiene suficiente filmografía para demostrar que es un realizador arriesgado que puede cambiar su punto de vista y expectativas audiovisuales película tras película. Le interesa el entretenimiento, pero le preocupa contar algo. Es un narrador.

    Con La Fuerza del Amor demuestra oficio y prolijidad. Bien podría tratarse de un film para televisión, pero realmente la tensión es efectiva, y la relación entre la protagonista y su marido, Michael Aris es el pilar de la película.

    Así como en Los Gritos del Silencio, más allá de la crítica y el alegato social, Roland Joffé priorizaba la relación entre el periodista y su asistente, aún estando a la distancia, cada uno en su país, Besson muestra como vive cada personaje la soledad y la injusticia en su tierra. Aung San tratando de demostrarle a los guardias que rodearon su prisión domiciliaria, que la revolución puede realizarse con fines pacíficos, mientras que en Gran Bretaña, Aris entabla una lucha diplomática donde queda en relieve la frialdad de los altos ejecutivos ingleses.

    La solidez y emotividad sutil, nunca forzada ni llevada a la sobreactuación de Michelle Yeoh y David Thewlis se imponen sobre la historia. Los personajes son fuertes y están muy bien escritos, mostrando las contradicciones de sus comportamientos, o mejor dicho su fragilidad y humanidad.

    Si bien no toda la película es llevada con la misma intensificación, Besson consigue un relato ameno y agradable, crítico con las dictaduras y las naciones que deciden dar una mirada al costado, pasar la vista gorda. A pesar de lo que dicen otros críticos, no es una obra golpebajista, porque los momentos más fuertes los anticipa desde el principio. Sí, es triste y sentimental. Tiene un par de escenas demagógicas que buscan el llanto fácil, la emoción. Pero no se siente trillado ni algo impositivo. Simplemente Besson cumple una función de narrar de la forma más transparente posible, dejando afuera las pretensiones. Pretensiones que darían posiblemente una película aún más solemne y ampulosa de lo que es.

    Besson adopta un tono seco por momentos y no se regodea en el sufrimiento de sus protagonistas. Trata de tener una mirada objetiva. No llega a ser una obra épica como la epopeya de Richard Attemborough ni tampoco una biopic tradicional (porque decide contar solamente un parte de su vida) , pero tiene una factor tensionante, relacionado con el paso del tiempo. Dicho tono se parece más al que realizara 20 años atrás con su mejor película , Azul Profundo.

    Una excelente reproducción, meticulosa puesta en escena, sobrias actuaciones y momentos emocionales genuinos, conforman La Fuerza del Amor, que si bien tiene algunas deficiencias, al menos nos permiten conocer a los espectadores, una historia diferente, de un personaje real y luchadora de los derechos humanos.
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  • Abraham Lincoln: Cazador de vampiros
    El Nacimiento de una Nación

    ¿Cuántas formas existen de esconder el racismo? En 1915, D.W. Griffith inventaba el cine épico en Estados Unidos. Realizaba la primer obra maestra de la historia del cine. Ejemplo básico acerca de la técnica cinematográfica, de las posibilidades narrativas que brindaba la cámara como testigo de múltiples puntos de vista de una misma historia, de cómo trasladar la literatura de Dickens al relato estrictamente visual. Sí, Griffith fue un precursor e innovador. Pero también era racista. Eligió como excusa de su revolución cinematográfica contar la guerra de secesión desde un punto de vista sureño, el lado derrotado, exhibiendo al “negro” como culpable de la guerra, como si fuera un animal salvaje, primitivo, malicioso. Pintaba a blancos con betún y exhibía a los miembros del Ku Klux Klan como grandes héroes, mártires y salvadores. El Nacimiento de una Nación hoy en día es considerada una obra netamente racista que no merece ser recordada...
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  • El vengador del futuro
    Con Arnold y Paul era Más Divertido

    Lo admito, no soy de los que defienden el cine de Paul Verhoeven con espada y cuchillo, y creo que El Vengador del Futuro no es una buena película, sino un producto clase B sobrestimado con el paso del tiempo, gracias a las numerosas repeticiones que tuvo en cable y televisión en los últimos 22 años. La remake era completamente innecesaria. El universo de Phillip K. Dick empezó agotarse y solo Spielberg ha logrado realizar en los últimos 10 años dos propuestas interesantes con sus historias: Inteligencia Artificial (lejanamente inspirado en el mismo cuento que inspiró Blade Runner) y Minority Report: Sentencia Previa, que es un digno entretenimiento pero se encuentra lejos de lo mejor del realizador...
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  • Gabi on the Roof in July
    Torrentitos Amorosos

    El legado de John Cassavetes sigue siendo la principal influencia del cine Indie estadounidense. Una nueva generación de cineastas que bordean los treinta años como Joe Swanger o principalmente los hermanos Safdie se nutren del estilo, la temática e incluso el método de producción del cineasta que innovó y revolucionó el cine de Hollywood con trabajos ultra independientes, búsquedas temáticas y estéticas propias, y una exploración de los límites de las actuaciones con un elenco fijo que lo siguió hasta sus últimos trabajos (como los recientemente fallecidos Ben Gazzara y Peter Falk, o su mujer, Gena Rowlands)...
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  • Atraco!
    Atraco!
    A Sala Llena
    Cuando el humor sobra

    Es irónico. Por fin se realiza un film noir con actores argentinos que tiene una historia que justifica, la estética, el tono, los personajes de los mejores policiales negros nacionales de la década del ’50. Aquellos que realizaban Hugo Fregonese o Kurt Land como Apenas un Delincuente o El Asalto. Por fin se recupera la tradición noir, con una trama histórica tan absurda que podría ser real. Por fin, Guillermo Francella puede demostrar que es un gran actor dramático y puede ser un protagonista serio, profundo, creíble.

    Si ¡Atraco! tenía todos los motivos para ser un gran policial, provocando olvidar el bodrio que fue La Señal de Ricardo Darín, rememorando el tono romántico-épico que Eduardo Mignona supo construir en La Fuga… entonces, ¿por qué si la película tendría los condimentos necesarios para convertirse en un éxito asegurado, tenían que meterlo a Nicolás Cabré interpretando un personaje cómico?

    Parece que Eduard Cortés y los demás productores no confiaban que podría funcionar bien el film sin una cara bonita, y una dosis de humor contemporáneo. El efecto termina siendo contraproducente. Cabré, su personaje y los momentos cómicos, perjudican una historia bastante atrapante.

    1955. Perón está en Panamá. Uno de sus secretarios, Landa (maravilloso y soberbio Daniel Fanego) pretende empeñar los joyas de Evita para conseguir el dinero suficiente para que el General pueda establecerse en Madrid. Sin embargo, Franco no quiere que un presidente exiliado viva a su gusto en España. Landa no se rinde. Ya ha empeñado las joyas y hará lo posible para que Perón se quede en Madrid. Al mismo tiempo, se entera que en la joyería donde hizo el empeño acude Doña Carmen, esposa de Franco y exige las joyas de Evita. Landa y el dueño de la joyería planean un falso robo para sacar las joyas de España antes que Doña Carmen se las lleve. Para eso manda a un ex guardaespaldas y un joven actor desempleado para que cometan el “atraco”.

    Cortés logra hacer una exacta reconstrucción de época y ayudado por la fotografía de David Omedes, genera climas líricos. El problema es el tono de las actuaciones que afecta a todo el relato. Lo que empieza siendo una comedia negra sobre una pareja despareja que debe robar una joyería (Francella es meticuloso, serio, experto; Cabré es tonto e inocente) deriva a un policial hecho y derecho, con un chica en el medio (Amaia Salamanca, basta sólida), que si bien no funciona en el rol de femme fatale, termina siendo el talón de Aquiles de uno de los personajes, para terminar en un melodrama previsible. Aún así, el salto de género es evolutivo y la película tiene ritmo, ya que cuando la participación de los ladrones se agota, pasamos a conocer a dos detectives (Martínez y Jaenada) que funcionan como espejo de la pareja que conforman Francella y Cabré. La relación padre-hijo/veterano-discípulo funciona mejor en el segundo caso que en el primero, porque el tono interpretativo y la química se da en forma más natural. Por el lado argentino, en cambio, Cabré parece salido de una comedia televisiva. Esto no es culpa del actor, que se esmera un poco por estar más contenido y expresivo que en otras películas, pero sí de la dirección de actores o de las intenciones de los productores que buscan con su presencia y “gracia” enganchar a la audiencia femenina. El contraste es Francella, que sí consigue salirse del rol del comediante. La madurez del protagonista ya se había visto en El Secreto de sus Ojos y acá se confirma. Francella puede ser dramático y carismático al mismo tiempo, adaptándose al momento histórico que vive el personaje.

    Más allá de esto, no se trata de un producto mediocre. Hay buen ritmo, el suspenso está dosificado, se genera tensión. Podría crecer un poco más sobre el final y ser menos melancólico, pero igualmente el efecto funciona. Apoyado en la banda sonora de Federico Jusid, se genera un tono sentimental, romántico, empático con los personajes, sin llegar al desborde.

    Pero sino fuera por el mal uso del humor y la fallida elección de Nicolás Cabré interpretando a… Nicolás Cabré, estaríamos hablando de un film mucho mejor, que haría justicia a la historia del cine policial nacional.
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  • Amigos intocables
    Amigos intocables
    A Sala Llena
    Pura Química

    Es muy posible que si no hubiese sido un sorpresivo éxito de taquilla que ganó adeptos a nivel mundial gracias al boca en boca, nunca habríamos escuchado hablar de esta película. No pasó por Les Avant Premieres ni ningún Festival clase A, no tiene figuras de la talla de Gerard Depardieú o Catherine Denueve. Ni siquiera están Louis Garrel o Romain Duris para trascender los límites de Francia. Tampoco apunta directamente a la juventud con estrellas televisivas atractivas o un tema que podría llegar a interesar al público adolescente...
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  • El silencio del puente
    Injusticia sin fronteras

    En 1991, Carlos Saúl, por entonces presidente argentino, inauguraba el puente San Roque González de Santa Cruz en la Ciudad de Posadas, que uniría la capital misionera con la ciudad de Encarnación en Paraguay. Dicho puente, que se empezó a construir durante las dictaduras militares de Videla y Stroessner, permitiría un mejor acceso a la triple frontera, mejorar el comercio de la zona y la comunicación entre ambas naciones.

    Sin embargo, gracias a las privatizaciones de empresas nacionales que terminaron por destruir la economía durante la década del ’90, el 70% de la población de la provincia mesopotámica quedó debajo del nivel de pobreza, provocando que la principal actividad que se realizara en dicho puente, sea el narcotráfico. Esto trajo como consecuencia la creación de la Policía Caminera en la frontera paraguaya, que controla el paso de droga y mercancía de una frontera a otra.

    En el año 2001, en una “confusa” persecución a traficantes en el puente, dos gendarmes misioneros murieron supuestamente ahogados. Desde entonces, la viuda de uno de ellos, Aurora, está tratando de descubrir la verdad, acerca de la muerte del marido.

    El trabajo de Eduardo Schellemberg tiene un mayor valor periodístico que cinematográfico posiblemente, ya que tiene una clara intención de denuncia contra el sistema legal y la corrupción policiaca en ambos bordes del puente.

    El realizador toma como protagonistas a tres personajes: la susodicha Aurora, a la que viene siguiendo en estos diez años en que busca justicia; a un ex fiscal paraguayo devenido en jefe de la policía caminera, que muestra el funcionamiento del registro en el puente y a un abogado misionera, que pretende mostrar la razón por la que las comunidades de ambas fronteras se convierten en peones del narcotráfico para poder mantener a sus familias.

    Si bien termina siendo un poco extenso el documental, hay que atribuirle a Schellemberg la pasión por la investigación (recurriendo a buen material de archivo) y un preciso uso del montaje, consiguiendo un relato fluido y dinámico gracias a que va intercalando en forma progresiva las tres historias. En los tres casos, la narración se va construyendo de a poco. Ya sea aclarar un misterio (la muerte del gendarme), comprender los motivos que dejaron al ex fiscal fuera del poder judicial paraguayo (funciona en menor medida, pero es un personaje interesante) o ser testigo de la construcción del informe sobre la pobreza de la zona por parte del abogado. De las tres historias, la de Aurora es la más atrapante porque como personaje tiene una construcción completa. Ya que además de mostrarla en la cotidianeidad y narrando los hechos que acontecieron en la primavera del 2001, el director también la ayuda en la búsqueda de testigos para la apelación contra los sospechosos por el crimen de su marido.

    Por otro lado, tiene muy buenos momentos el seguimiento del día del ex fiscal, como por ejemplo cuando atrapan a un motociclista o a un automotor con cocaína encima.

    Algunos datos no logran comprenderse en su totalidad, pero también porque lo que sucede en el puente termina siendo tan corrupto como confuso.

    El Silencio del Puente es un trabajo que da pie a la reflexión y que hace una aplicada denuncia sobre una región del país, donde la justicia, prefiere hacer la vista gorda.
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  • Batman: el caballero de la noche asciende
    Bigger than Life (más grande que la vida)

    “ ¿Por qué caemos?... Para volver a levantarnos”

    Hay historias que superan al simple relato. Hay narradores que buscan llevar sus ideales a un sentido épico que supera cualquier tipo de comparación. Hay artistas que tienen la ambición de dejar una huella marcada en la historia. Hay personajes que trascienden su origen y toman vida propia, depende quien cuente sus historias.

    Christopher Nolan traspasó todo tipo de barreras con su trilogía de Batman. Superó los prejuicios iniciales, confirmó que se puede hacer cine de autor a partir de un producto prefabricado. Tomó a Batman como un justiciero de los ideales y la moral. Un defensor ideológico, un creyente del bien común. No se trata de hacer cumplir la ley, sino de implementar un equilibrio. Pero más allá de eso, creó un trilogía perfecta, redonda, donde se habla del camino del héroe. Las caídas, el resurgimiento, y el triunfo a través del sacrificio. Bruce Wayne es un revolucionario. Un hombre que está más allá del bien y del mal, que viene a una Ciudad Gótica que representa a las grandes capitales mundiales, a la pesadilla capitalista, que está a punto de ser derrumbada una y otra vez por un ejército que desea implementar la anarquía como forma de justicia, de equilibrio. Una anarquía asociada a la destrucción. Batman representa un símbolo de fe. Ese es el superhéroe de Nolan. Un hombre común capaz de devolver la moral a una ciudad.

    El espejo de esa sociedad corrupta es el ejército de las sombras liderada por Ra’s Al Ghul (Liam Neeson) o en este caso por Bane (Tom Hardy), pero también fue la figura de El Guasón, un personaje completamente metafórico, el espíritu del odio. Y cada personaje al que Bruce Wayne tuvo que enfrentar durante su camino de heroísmo, lo ayudaron a superar sus propias pérdidas, y a recomponerse como el hombre detrás de la máscara.

    A pesar de que Nolan, siempre le quiso impostar una estética cada vez más realista a su Ciudad Gótica, más profundo y simbólico es el mensaje que quiere construir. Ambicioso y riesgoso sin dudas. A Nolan no le interesa la psicología de sus villanos. Son amantes de la destrucción por el solo placer de destruir. Los villanos son el Apocalipsis, el caos en sí mismo. No importa cuáles sean las herramientas que usan, las máscaras. La meta es siempre la misma.

    Los guiones de Nolan son tramposos y complejos. Pretenciosos pero profundos al mismo tiempo. Esta pretensión le jugaría en contra sino fuera que Nolan, no solamente viene a dejar un mensaje y apropiarse de una figura de la cultura popular, sino desmenuzar sus facetas, exprimir cada aspecto para introducir una crítica al sistema, pero al mismo tiempo tener fe en los ideales de la gente.

    Al igual que Frank Capra, Nolan manipula a sus villanos para que destruyan en primer lugar la economía de Estados Unidos y después las esperanzas de sus habitantes. Villanos inteligentes, no meros criminales que buscan retribución económica o poder, sino una venganza sistemática, en donde incluyen las debilidades de Industrias Wayne, pero subestiman el poder que genera Batman y sus aliados.

    El Caballero de la Noche Asciende peca de ser un poco previsible, pero como sucede con otras películas de Nolan, las trampas, no molestan porque tienen coherencia con el relato y con lo que se quiere contar. El entretenimiento y la acción son mecanismos para enganchar al espectador, y las actuaciones y los diálogos son el soporte la base del realizador. Sin un elenco que convenza continuamente, que sufra, que motive al espectador a odiar, empatizar, generar conflictos con los personajes, dualidades, es imposible ver una obra de estas características. Nolan se esmera para que los efectos especiales se noten lo menos posible y lograr resaltar las interpretaciones de Bale, Oldman, Cotillard, Hardy y especialmente Michael Caine que se luce como Alfred mucho más que en las anteriores entregas. Busca matices en sus personalidades, sutilezas en sus expresiones, dicotomías emocionales incluso, sin dejar afuera pocos pero apropiados chistes, que le quitan solemnidad al relato.

    Nolan explota el recurso de “deus ex machina” para no dejar ningún cabo suelto. Es una historia muy compleja, con varias vueltas, idas y venidas temporales, personajes ambiguos. Pero esto no debería sorprender, ya que lo fue filtrando sutilmente en Batman Inicia y El Caballero de la Noche. Al igual que a Hitchcock, poco le importa el verosímil. Sí, es una ironía. Trata de mantener una estética realista (contrastada a las visiones pop y kitch de Burton y Schumacher respectivamente), pero crear elipsis extrañas, irreales. Aún así, en el resultado final, o mientras se desarrolla la acción, esto no molesta, pero crea interrogantes al salir de la sala. Ahora bien. ¿Quién dice que esto esté realmente mal, si de verdad no ayuda al desarrollo de las acciones y resta dinamismo al relato?

    Como en toda trama y las mejores películas, el universo, el mundo es fundamental. Y no me refiero a la construcción de Gótica en sí, sino a la forma en que Nolan se arriesga a alejarse del punto de vista del héroe únicamente para empatizar con otros personajes, más humanos, con mayores dudas, que atraviesan el camino del héroe también a su forma y a su ritmo. Porque si bien, la trilogía habla más de Bruce que de su alter ego, es solo en la primera parte en la que lo toma como protagonista absoluto. En la segunda, aparecía el justiciero sin máscara que “vive lo suficiente para verse convertido en villano”, Harvey Dent, que era el verdadero hilo argumental de la historia, y cuyo desenlace es la razón por la que Gótica vive en un equilibrio falso que necesita desequilibrarse nuevamente. O sea, Dent era más importante que El Guasón (este era solo un comodín que inclinaba la balanza) y sirve para que se cuente esta historia. En El Caballero de la Noche Asciende, hay dos personajes que deben decidir de que lado están: un policía huérfano (Blake, a cargo de Joseph Gordon Levitt que posiblemente logra su mejor actuación hasta el momento), y una ladrona inteligente, pero de códigos morales, que es Selina Kyle (o Gatúbela, convincente Anne Hathaway). Nolan muestra la desigualdad social de Estados Unidos a través de estos tres personajes, rencorosos y solitarios, fundamentales para vencer al mal mayor: Bane.

    El realizador juega, manipula continuamente a estos personajes, porque no hay duda de que Gordon, Fox y Wayne están del lado de la justicia. Y está bien que el espectador en cierto sentido se identifique con ellos. En el medio hay personajes comodines nuevamente como los que interpretan Matthew Modine y Marion Cotillard, con la destreza ya conocidas de ambos.

    Como toda gran saga cuando llega a su fin, El Caballero de la Noche Asciende tiene momentos de melancolía y tristeza. Es difícil separarse de algunos personajes, pero el resultado final es satisfactorio. Algunas piezas encajan en forma forzada, con el último aliento y hay que autoconvencerse bastante, de que las mismas no fueron puestas para satisfacer el capricho, sino para cerrar la pieza en su totalidad.

    He entablado largas charlas con colegas que están a favor y en contra de esta tercera parte, pero no he visto uno solo que se fije más en el efecto del resultado final, que es impactante. Así como El Padrino, El Señor de los Anillos o la primera trilogía de La Guerra de las Galaxias, en este momento me es imposible pensar la saga como piezas por separado. “La” Batman de Nolan (o de los hermanos Nolan) es una sola película. Una obra maestra, grandilocuente, con excesos, pretenciosa y ambiciosa, sí, pero también repleta de múltiples lectura sobre la visión del mundo, la violencia y la corrupción política y de los valores. Es un trabajo donde la fotografía de Wally Pffister en la creación visual de un universo, y la banda sonora de Hans Zimmer, aportan a deslumbrar los sentidos, envolver al espectador y crear una experiencia cinematográfica única, épica, como hace años no se veía (justamente desde El Señor de los Anillos) con final a lo grande y exagerado, como se merecía esta historia que habla de padres, hijos, maestros y discípulos básicamente. El círculo se cierra.

    Aplaudo y me arrodillo ante la destreza narrativa, intelectual, creativa; la sagacidad y la pérdida del miedo al fracaso de Christopher Nolan para crear una trilogía que sin dejar el factor mainstream y entretenimiento, se arriesga a romper las barreras comerciales y dar pie a discusiones y debates.

    Por esto mismo no me pongo a comparar una contra otra. Las tres son igual de efectivas, igual de inteligentes y muy distintas en sus búsquedas, lo cuál permite que se disfruten como paquete o en forma individual. Se complementan. No me importa que el romance no se genere, que algunos personajes se debiliten de un momento a otro, que por momentos se vuelva discursiva y explicativa. Todos son detalles menores. El resultado final es más grande que los elementos individuales. Más grande que la vida. El espectáculo cinematográfico es todo.

    Nota: al final de los créditos un cartel reza, “esta película se hizo con material fílmico de principio a fin”. El verdadero cine no está muerto. Nolan lo hizo ascender.
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  • El dictador
    El dictador
    A Sala Llena
    Primavera para Aladeen y Wadiya

    Sacha Baron Cohen entró a Hollywood por la puerta grande pero con una película muy chica llamada Borat. No hace falta explicar que era, porque fue un sorpresivo éxito de taquilla y crítica mundial por combinar humor político, comedia negra con estética documental y humor escatológico.

    Dos años después repitió fórmula con Brüno, donde seguía con la estética de falso documental, pero evitando que se genere controversia con aquello que era real y aquello que estaba ficcionalizado. Brüno era obviamente más falsa que Borat, y acaso más jugada en humor escatológico. Sin embargo, era un idea que se agotaba muy rápido. El ingenio no estaba a la altura de la predecesora...
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  • Los tres chiflados
    Los tres chiflados
    A Sala Llena
    La Vieja (y verdadera) Comedia Americana

    El cine de los hermanos Farrelly tiene tres influencias básicas: Cat Ballou – La Tigresa del Oeste, Animal House y la serie de Los Tres Chiflados.

    A su vez, al igual que los dibujos animados de los Looney Tunes, Los Tres Chiflados se nutren directamente de la comedia de slapstick que construyeron, durante el cine mudo, Mack Sennet, Buster Keaton, Charles Chaplin, Harold Llyod, entre otros, y que solo continuaron con éxito Laurel y Hardy (el gordo y el flaco; el resto no prosperó de la misma manera, Keaton perdió gracia y Chaplin se volvió dramático). En televisión (y en cine), los que siguieron con la tradición en forma casi simultánea con los hermanos Howard fueron Bob Hope o Abbott y Costello, por solo nombrar los que tuvieron mayor repercusión...
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  • Plan perfecto
    Plan perfecto
    A Sala Llena
    Sin derechos ni beneficios, pero con un pibe en el medio

    ¿Tiene algo nuevo para contar el cine “Indie” estadounidense? Últimamente pareciera que si uno desea buscar mayor originalidad o experimentación debe remitirse al cine pochoclero. Vivimos una era de decadencia y repetición del cine “Indie”. Mientras que la industria grande empieza a lanzar autores, que tratan de desarrollar nuevas formas para narrar un viejo cuento, el cine “Indie” se ha estancado. O al menos, eso confirma Plan Perfecto.

    Jennifer Westfeld pertenece a un grupo de cineastas neoyorkinos, que a principios de la década pasada trató de transgredir la manera en que son analizadas las relaciones amorosas, a través de una comedia dramática llamada Besando a Jessica Stein. En su doble rol de guionista y protagonista, Westfeldt demostró que se podía hacer una comedia romántica clásica y crítica, con influencias del cine de Woody Allen, acerca de la manera en que se ve y prejuicia las relaciones homosexuales en este siglo.

    Esta vez, Westfeldt debuta como directora en una propuesta similar, que al igual que la anterior, se disfraza de transgresora para terminar previsiblemente conservadora. ¿Cuál es el problema? El planteo. Sus protagonistas son Jason y Julie (Scott y Westfeldt), dos amigos y vecinos solteros, que se conocieron en la Universidad a los veintitantos y ahora ya bordean los cuarenta. Ambos son testigos que sus mejores amigos, dos matrimonios (Jon Hamm y Kristen Wig; Chris O’ Dowd y Maya Rudolph), se hayan desmoronado a partir de que empezaron a criar chicos. La conclusión es que los hijos destruyen a las parejas, por lo tanto plantean por qué dos amigos no pueden tener un niño en común, pero sin las ataduras que conlleva el matrimonio, y después seguir buscando “el amor de la vida”. Por lo tanto, ambos lo ponen en práctica, antes que se termine su reloj biológico.

    A través de diálogos inteligentes y dinámicos, Westfeldt lleva una narración fluida con momentos muy divertidos. El carisma de Adam Scott (un gran actor siempre relevado como secundario) y la gracia de la propia Westfeldt provocan que el film sea atractivo y vistoso. A la vez, el resto del elenco es sólido, aunque termina un poco desperdiciado. No se trata de un film coral, y Westfeldt decide olvidarse de los conflictos del resto de los personajes a medida que se desarrolla el film. Es una lástima que excelentes comediantes como Rudolph, O’Dowd y Wig no logren darle más vuelo a sus personajes. En este sentido, sorprende gratamente que Megan Fox, aún con sus limitaciones interpretativas, se vea más cómoda en su personaje. Por otro lado Edward Burns, especialista en dirigir este tipo de comedias, tiene un rol secundario que logra desarrollar, pero sin conclusión. Todos se mueven alrededor del conflicto de Jason y Julie: ¿se puede criar un hijo entre dos amigos que no se aman?

    Dejemos de lado la cursilería e inocencia de la moraleja. El mayor problema del film radica en que es previsiblemente conservador. Ya no nos pueden engañar. Vimos demasiado veces esta película. Solo Woody Allen ha logrado romper estas convenciones (ver Maridos y Esposas). A pesar de que el planteo satiriza la mirada romántica que tienen los estadounidenses sobre las relaciones y las crianzas, al final todo sucede de la manera más clásica. Es imposible erradicar la fórmula en este sentido. Algunos críticos plantearon que no le dejaron los productores dar a Westfeldt un final acorde al planteo inicial. Yo no estoy de acuerdo. Westfeldt es la procutora (junto a Hamm, su marido) y quiso hacer una comedia clásica con un discurso, y lenguaje contemporáneo, pero que dejó de ser provocador. El humor funciona, el peso de película recae sobre la verosimilitud de las interpretaciones, visualmente es completamente transparente. Nada más, nada nuevo. Sin sorpresas, sin beneficios, sin derechos.

    Ni Ivan Reitman con Ashton Kutcher y Natalie Portman, ni Will Gluck con Justin Timberlake y Mila Kunis el año pasado, lograron un producto más original que el de Westfeldt. La moraleja sigue siendo la misma.

    Plan Perfecto, divierte y entretiene sin demasiadas pretensiones, pero esta película ya la vimos hace 20 años. Vamos a extrañar tanto a Nora Ephron…
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  • Valiente
    Valiente
    A Sala Llena
    La Cenicienta de Pixar

    Hollywood es misógino y la industria del cine es machista. Siempre fue muy difícil que una mujer pudiera imponerse como realizadora, que sea respetada, tenida en cuenta para obras de ficción que no sean románticas (Ida Lupino fue una excepción en los ’40). Sin embargo, a partir del Oscar que ganó Kathryn Bigelow en el 2010, parece que las cineastas empezaron a tener mayor participación en producciones de gran presupuesto, y además, poder propagar una mirada más personal, que pueda marcar diferencia en la realización y en la forma en que se narra una historia.

    El hecho de que Brenda Chapman lidere el proyecto Valiente no es casual. Por fin, una clásica historia de princesas Disney, tiene un punto de vista netamente femenino, e incluso feminista. Chapman, la primera directora de animación (previamente hizo El Príncipe de Egipto) es además, la primera directora del mundo Pixar. Y nuevamente, es la compañía de John Lasseter, la única capaz de construir un relato donde los personajes masculinos sean apartados de los roles protagónicos y exhibidos como brutos, tontos y sucios. El heroísmo cae directamente sobre los hombros de la princesa Mérida, que cansada de los protocolos reales, que le impone su madre, busca su propio destino. Es interesante, que no haya conflicto romántico (ausencia total de un príncipe) sino, que sea la rebeldía y, a la vez, búsqueda de reconciliación con su progenitora, el motor argumentativo de la película. Tampoco hay un villano, sino una meta a superar de orden más bien, social.

    Chapman (junto a Andrews y Purcell) eligen estereotipos y lugares comunes del género “princesas” como brujas, encantos y la aceptación del “distinto”, pero defendiendo una postura más acorde a los tiempos modernos que a los relatos de Hans Christian Andersen o los Hermanos Grimm.

    Valiente se acerca por temática, tono humorístico – dramático y moraleja a un cuento clásico de Disney, más cercano a dos últimas y notables obras como La Princesa y el Sapo o Enredados, pero en el diseño audiovisual se nota la mano de Pixar de fondo. La creación del paisaje es realmente notable, así como el diseño de los personajes, aunque de menor meticulosidad a comparación de otras obras de la compañía como Toy Story 3 o Wall E. Otra marca de la empresa es la elección de reconocidos artistas para las voces originales, como Billy Connolly, Emma Thompson y Julie Walters, cayendo el comic relief principalmente en la gracia del primero.

    Por otro lado, es indudable, que tiene ritmo, es entretenida y puede ser disfrutada por igual, tanto por un público infantil como adulto. No hay guiños para cinéfilos (solamente en los nombres de un par de personajes) y la música celta a cargo de Patrick Doyle es imponente, asimismo, la intervención de canciones que apoyan la moraleja de la historia.

    Pero para los que seguimos la trayectoria del estudio, es un poco decepcionante. Falta la adrenalina, la emoción, la sutileza de las obras de Lasseter, Stanton o Bird. El discurso es textual y obvio. Los personajes aclaran las metáforas, dando poco lugar a la reflexión o a que las imágenes se expliquen por sí solas. Es cierto que no hay demasiadas pretensiones tampoco ni subtramas derivadas, lo cuál es extraño en Pixar. La sorpresa pasa más bien por las vueltas de tuerca que puede tener el guión y no tanto por el resultado final del film.

    Valiente funciona como la respuesta de la compañía (y con ojos femeninos) a Como Entrenar tu Dragón (2010) de Dreamworks. Las comparaciones son odiosas, pero esta vez el estudio creado por Spielberg supo encontrarle una mejor vuelta a la historia del joven heredero del trono que debe demostrar a sus padres que puede luchar tan bien como ellos. Con esto no apunto que se trate de un film menor, el clasicismo de Disney, siempre es bienvenido, pero Pixar siempre le aportó algo más a sus historias: ingenio, sublecturas, y principalmente, la capacidad de narrar sin necesidad de adjuntar diálogos a los planos; confiar en el poder de las imágenes. Así, se me vienen a la mente los primeros gloriosos 10 minutos de UP, los 45 de Wall E, o sin ir más lejos el maravilloso cortometraje La Luna de Enrico Casarosa, que precede a Valiente. La demostración más simple y brillante que una imagen vale más que mil palabras, y que además se puede ser ingenioso y original en el proceso.

    Aún así, el mayor mérito del film radica en demostrar que se puede romper el hechizo misógino que existe en Hollywood desde hace décadas, y que la fórmula del éxito siempre termina siendo el mismo: saber contar una buena historia. Y en eso a Pixar no hay quién le gane.
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  • El gran río
    El gran río
    A Sala Llena
    África en Rosario

    La historia de David Doda Bangoura es apenas solo una entre las miles que existen sobre los inmigrantes africanos que se escapan de su tierra natal, alejándose de sus familias como refugiados en un barco conteiner y terminando en nuevos países. No todos sobreviven. No siempre pueden quedarse. Cada caso es aislado. La historia de David Doda Bangoura es parecida a la del personaje de El Puerto, la última película de Aki Kaurismaki.

    David se escapó en un barco vietnamita esperando despertar en Europa, pero en vez de eso cayó en el puerto de Rosario. Esto no impidió que, después de varios contratiempos, pueda hacerse amigos y cumplir su sueño: tener una banda de rap/hip hop y cantar sus propias letras que narran la historia de su vida.

    Plataneo elige un relato documental no líneal para contar la vida del personaje: la búsqueda de un hogar, las relaciones con otros refugiados, las llamadas a su madre en Guinea, sus amigos argentinos, y su novia canadiense.

    Pero también, esta historia sirve de excusa para que el director exhiba la realidad de dos orillas conectadas por un mismo personaje. No solamente, porque a través de David se van filtrando los viajes de otros refugiados, algunos que sufrieron más que el protagonista, otros que no tuvieron tanta suerte y viven al borde de la locura; Plateneo viaja a Guinea y le lleva una carta de David a su madre, conoce a sus amigos, el puerto de donde partió y la manera en que viven las comunidades de Guinea.

    De esta forma demuestra como el cine es una vía de comunicación entre una madre y un hijo, entre dos naciones, en apariencia diferentes, pero que tienen mayores similitudes de lo que se piensa por lo general.

    A través de los ojos de David, vemos otra Rosario, alejada de la turística. El protagonista pasa de ser objeto de entrevista a narrador: denuncia la polución y contaminación, habla con otros refugiados, los cuestiona. Sutilmente denuncia los prejuicios y el racismo de los argentinos. Pero también muestra la solidaridad y el respeto que tienen cuando conocen su viaje.

    Plateneo no se separa de su personaje en la primera mitad del film. Aprovecha su buen humor para arrancar la solemnidad del documental clásico, sentir simpatía y afecto por él sin caer en el acto demagógico. La película tiene la intención de enseñar, pero sin didacticismo y un discurso directo, planteado a través de encuadres meticulosos y crudos al mismo tiempo, sin retoques de postproducción, buscando una estética realista y prolija..

    A pesar de que le sobran algunos minutos, El Gran Río es un interesante documento sobre un personaje prácticamente anónimo, su viaje y sus sueños.
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  • El sorprendente Hombre Araña
    Tejiendo una nueva saga…

    Y sí, la saga de Peter Parker que comenzó Sam Raimi estaba agotada. La telenovela romántica sobre el triángulo amoroso que formaba el protagonista con Mary Jane y el conflictuado Harry Oscorp debía llegar a su fin. No atrapaba, se había complejizado demasiado y vuelto demasiado cursi. Peter Parker necesitaba una relectura.

    James Vanderbilt (guionista de Zodíaco entre otras) hizo borrón y cuenta nueva, y propuso un otro comienzo para el héroe arácnido.

    Esta vez, la transformación del protagonista no es tan accidental y todo lo que sucede alrededor de Peter tiene una justificación.

    El film de Marc Webb (que ya se había destacado con 500 días con ella), prefiere centrarse en la búsqueda de un adolescente huérfano por saber quiénes fueron sus padres. Esto lo lleva a encontrarse con el Dr. Connors, lo cuál termina transformándolo en el Hombre Araña, dicha transformación convierte a Connors en El Lagarto, y así sucesivamente, todas las subtramas de la historia convergen en un mismo centro, como una telaraña.

    Si Vanderbilt trata de dar coherencia al origen del personaje, Webb y el elenco aportan la humanidad a la trama y los personajes. El Sorprendente… se aleja de la estética cómic, al menos en la sólida primera mitad del film, en que se presenta a los protagonistas, como seres humanos con incertidumbres, deseos, y sueños, pero especialmente cuentas pendientes con el pasado, ya sea Parker y la búsqueda del trabajo de su padre, o Connors deseando encontrar la cura para su brazo.

    Si bien, el interés romántico con Gwen Stacy es importante, a Webb le interesa profundizar más en las relaciones padres-hijos, aún cuando se trata del vínculo entre Peter y el tío Ben, mentor del protagonista, que además lleva al personaje a convertirse en una suerte de vengador anónimo. Así mismo, no es casual que sea interesante como contrapunto de la vida de Peter, la armoniosa relación entre Gwen y su padre, el capitán de policía de N.Y.

    La verosimilitud y empatía que generan estas relaciones son un acierto del realizador, que optó por un elenco sólido, que transmite emociones creíbles, alejándolo del frío y caricaturesco tratamiento que le dio Raimi. Seamos honestos ni Tobey Maguire ni Kirsten Dunst lograron dar calidez a sus personajes como sí lo hacen Andrew Garfield y Emma Stone, que dejaron de ser promesas, para convertirse en verdaderas joyas jóvenes de la actuación cinematográfica contemporánea. Además, cuentan con el apoyo de Rhys Ifans, un villano humanizado, más parecido al Doctor Octopus de Alfred Molina; el gran Martin Sheen como Ben, y el regreso de Denis Leary sacándole la solemnidad al Capitán Stacy (en un tono similar al de J.K. Simmons como el Sr. Jameson de la saga de Raimi). Es una lástima que Sally Field sea la única desperdiciada del elenco, ya que la Tía May, por ahora no tiene demasiada relevancia.

    La primera mitad del film, apuesta por un contenido dramático / humorístico que ayuda a construir personajes, para que en la segunda se puedan generar escenas de acción y persecuciones más propias del género, en donde lo que manda es más bien el efecto especial y no tanto la carga emocional.

    Webb logra un film equilibrado, que contiene suficiente escenas divertidas y acción para no aburrir, y atrapa desde lo dramático por la complejidad y máscaras de sus personajes. Esquiva, pero no deja afuera, la faceta romántica, y cambia el punto de vista de varios aspectos de la vida de Parker (la acción no se da tanto en la Gran Manzana sino en los barrios bajos de Nueva York, no existe el diario y se le da poca importancia al hobby de Parker como fotógrafo, y su relación con la lucha libre) para que esta relectura esté lo más alejado posible de la trilogía anterior.

    Pero esto es solo el comienzo de una saga que va a tener a Norman Oscorp, aparentemente, como un villano mucho más poderoso de lo que fue en la saga de Raimi. A diferencia la anterior, ésta tiene una incógnita (quien fue Richard Parker), y un dilema, donde se enfrenta el poder científico de creerse Dios, contra la búsqueda del héroe por conocer su identidad.

    Esto permite pensar que los productores desean que este Sorprendente Hombre Araña se parezca más al Batman de Nolan, que al romántico Parker de Raimi. Donde, incluso el rol de la ciudad de N.Y. se parezca al de Gótica. Ciudades que forma a sus héroes y villanos, y deben decidir de que lado están.

    Por todo esto, El Sorprendente Hombre Araña es un alentador y entretenido comienzo para una nueva saga del superhéroe arácnido.
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  • Malón
    Malón
    A Sala Llena
    El segundo largometraje de Fattore nos relata la historia de un “extra” de la realidad. Sosa no es ningún protagonista tradicional, no cambia su forma de vida, no influye sobre las personas que tiene a su alrededor. Es apenas, un observador. Es un Rocky Balboa que no atraviesa “el camino del héroe estadounidense”, que no luchar por superarse a sí mismo, ni se inspira en la mujer que ama. No simboliza ni siquiera un paradigma generacional. Sosa es un empleado de un café tradicional de Capital, a la salida, practica boxeo en el Club Ferroviario ubicado debajo de la estación Constitución (el mismo de Tiempo de Valientes) para terminar su día en la pensión que comparte con una madre soltera y un hombre que cria gallinas...
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  • Tierra de los padres
    Tanta sangre derramada…

    Dicen que la historia la escriben los que ganan, pero eso no significa que haya un solo punto de vista.

    La nuestra está repleta de enfrentamientos sangrientos, venganzas personales, guerras civiles, masacres.

    Los próceres fueron figuras contradictorias. Figuras a las que les construimos monumentos, pusimos en billetes, proclamamos en avenidas, calles, barrios, autopistas, pero ¿qué sabemos de lo que realmente hicieron por nuestra patria?, ¿cómo pensaban?, ¿qué generaron?, ¿por qué tienen un mausoleo hecho en su memoria en el Cementerio de la Recoleta, que es visitado día tras día por curiosos de todas partes del mundo?, ¿cómo puede ser que estas personas que fueron capaces de cometer actos genocidas tengan tanto reconocimiento?..
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  • El camino
    El camino
    A Sala Llena
    Estevez Unidos

    En los años 80 fue un ícono de la juventud rebelde. En los 90 jugó al policía en varias oportunidades. Sin embargo, mientras seguía trabajando en películas clase B, mientras su hermano Charlie, la pegaba en comedias, Emilio Estévez encontró en la dirección cinematográfica, un camino alternativo para expresarse artísticamente. Sus primeras películas no tuvieron demasiada difusión. Tengo un vago recuerdo de la comedia Hombres Trabajando que hijo junto con su hermano. Una buddy movie más.

    Pero Emilio, encontró en el cine Indie un espacio, un lugar. Hace 5 años, Bobby, una ambiciosa apuesta por reconstruir el momento en que fue asesinado Robert Kennedy a través de una historia coral de varios personajes, que fueron testigos del mismo hecho, despertó críticas positivas. Es que más allá de sí eran atractivas o no cada una de las anécdotas que narraba, el elenco que se prestó a formar parte de esta película era espectacular. Dificil poder reunir a tantos actores de primera línea todos juntos. Con algunos momentos edulcorados y otros que generaban tensión, Estévez demostró que podía destacarse dentro de la cinematografía de Hollywood. Es que Emilio tiene casi 50 años y ha madurado como artista.

    Reflejo de esto es El Camino. Co producida en España, con Julio Fernández (socio de Brad Anderson), narra la historia de un renombrado oftalmólogo estadounidense viudo, Tom, que tiene una relación distanciada con su único hijo Daniel. Cuando este aparece muerto en los Pirineos, Tom se traslada a Europa, donde se le comunica que falleció cuando empezaba a realizar el Camino de Santiago de Compostela. Se trata de un perenigraje que empieza en Francia y termina al Sur de España. Los peregrinos realizan 800 km a pie, parando en diversos hostels entre España y Francia. Turistas de todo el mundo lo realizan todos los años. Alguno tienen una búsqueda espiritual, otros, religiosa. Algunos lo descubren en el camino. Tom se propone llevar las cenizas de Daniel hasta la catedral de Santiago de Compostela y terminar el viaje que empezó su hijo.

    Estévez podría haber hecho un film netamente sentimental y golpe bajista, pero en cambio opta por narrar una road movie clásica, honesta sin perder de vista temas básicos como la redención, las segundas oportunidades, el “nunca es tarde” para hacer lo que no se hizo. Es un film espiritual pero no religioso. Un recorrido geográfico pintoresco, donde aprovecha los paisajes para brindar encuadres hermosos fotografiados por Juan Miguel Azpiroz, colaborador habitual de Julio Medem. El Camino no tiene la pretensión filosófica de otras road movies recientes como Hacia Rutas Salvajes de Sean Penn, sino que se ata a una estructura clásica.

    El personaje de Tom debe vencer diversas arbitrariedades. Tiene casi 70 años, pero buen estado físico. Las principales adversidades son internas. Prejuicios y culpa, descubrir sus emociones. Pero no se trata de un viaje introspectivo. Tom encuentra tres personajes, que al igual que él, viajan hacia Santiago de Compostela por motivos que no se relacionan con la religión: Joost es un holandés que desea perder peso para volver a acostarse con la novia; Sarah es una canadiense que quiere dejar de fumar y Jack es un escritor irlandés en busca de inspiración. Este personaje está inspirado en Jack Hitt, autor del libro en que se basó Estévez para escribir el guión.

    Gracias a estos personajes, la película incorpora un necesaria cuota de humor que le quita la solemnidad y el dramatismo al viaje de Tom. Joost funciona como un cómic relief. Al igual que Jack. Sarah como un posible interés romántico. Pero Estévez, por suerte decide evadir completamente esta dirección para centrarse en la moralina relacionada con la amistad. La manera en que la compañía genera esperanza.

    Estévez eligió un elenco que provoca empatía y tiene buena química entre sí. Es notable que la relación de los personajes dentro de la pantalla se tradujo fuera de la historia, permitiendo que en el final del viaje, los mismos tengan una amistad verosímil. Ayuda, también que el director interprete a Daniel, y Tom, sea su padre Martin Sheen. A los 72 años, el protagonista de Malas Tierras y Apocalipsis Now se carga la película a los hombros con sobriedad. Hace un gran trabajo físico y emocional. Creíble. El hecho de verlo al lado de Emilio permite creer en la breve relación padre-hijo que se construye. En parte, porque Emilio tiene la misma cara de Martin. Sus amigos en la travesía conforman un elenco sólido: Deborah Kara Unger, James Nesbitt, Yorick van Wageningen. Solamente, el actor irlandés tiene momentos un poco eufóricos, que desatinan con el tono del resto. Es poco pero efectivo el aporte de Tchéky Karyó y una avejentada Ángela Molina.

    No se oculta, que detrás de la historia hay un mensaje propio de la religión católica, pero tampoco ocupa tanto protagonismo. Lamentablemente, la banda sonora subraya demasiado el mensaje. Es un viaje agradable y dinámico. Más allá de algunos clisés, estereotipos y lugares comunes, El Camino deja un sabor agradable.
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  • A Roma con amor
    A Roma con amor
    A Sala Llena
    El Rey de la Comedia

    Hace cuánto tiempo esperaba una comedia así. Les soy honesto, la Nueva Comedia Americana, tan vanagloriada por un sector de la crítica me parece espantosa. No me provoca gracia, no veo provocación, es fría, banal y poco inteligente. Hay excepciones, para mí la comedia estadounidense murío con Tootsie. Más o menos por esa época, la otra gran nación de la comedia, Italia, también empezaba a mostrar los últimos grandes exponentes del género.

    Lo que pasa es que en los años 60 y 70, casi todos los cineastas italianos hacían comedia (excepto los dedicados a los giallios, como Argento o Bava, o los más artísticos como Visconti, Pasolini o Bertolucci, y claro los westerns de Leone). Pero todos los grandes, pasaron por la comedia: desde De Sica hasta Fellini, pasando por Moniccelli, Risi, Sordi y Scola. Mientras tanto, en Estados Unidos, los grandes maestros del humor se dividían entre un grupo de guionistas que empezó a trabajar en forma conjunta, y luego se convirtieron en autores y referentes natos, como Carl Reiner, Mel Brooks, Neil Simon (que nunca llegó a dirigir) y Woody Allen.

    Alguno dirá, bueno, Reiner, Brooks y Allen continuaron. Sí, pero las comedias de los dos primeros en los últimos 20 años carecían del ingenio de El Joven Frankenstein, Cliente Muerto no Paga, El Hombre con Dos Cerebros o Locuras en el Oeste. Pasaron tantos imitadores de ese estilo en el medio, que Reiner y Brooks quedaron atrasados. En cambio, Allen persiguió el drama. Las últimas comedias de Allen no eran tan ingeniosas. Incluso, Medianoche en París no se puede encasillar tanto como comedia, sino una obra romántica.

    Pero A Roma con Amor es humor anárquico en estado puro, risas constantes, con notables influencias de la comedia de enredos paródica de Neil Simon (California Suite y Perdidos en Nueva York principalmente), referencias al timing humorístico y temática de los films Moniccelli, Risi o Sordi, con una impronta netamente alleniana (el de Bananas y el de Crímenes y Pecados), y con el resultado final de haber visto una cínica mirada sobre la gente de Roma, como la podrían hacer Fellini (Roma) o Scola (Gente de Roma).

    La película se divide en cuatro historias que nunca se cruzan, pero suceden simultáneamente (como California Suite). La mitad con estadounidenses, la otra mitad con italianos.

    Por un lado tenemos a John (Alec Baldwin, cada vez más sólido como comediante), un arquitecto que vuelve a Roma y regresa al barrio donde pasó su adolescencia. Allí se cruza, con Jack, un estudiante de arquitectura fanático que lo invita a formar parte de su vida, y ser testigo de cómo su novia (Greta Gerwig) le pide que sirva de guía de su amiga Mónica, una actriz estadounidense con carrera caída que acaba de romper con su novio. Jack quedará completamente enamorado de la neurótica Mónica, mientras que John se infiltra aconsejando que se aleje de ella.

    La segunda historia está integrada por una joven turista, Hayley, que se enamora de una abogado italiano comunista cuyo padre es funebrero (Fabio Armillato). Cuando los padres de ella Jerry y Phyllis, un “vanguardista” director de ópera jubilado y una psiquiatra, (Allen y Davis), llegan a Italia y conocen a sus suegros, Jerry aprovechará el talento de su suegro para salir de su retiro.

    Las dos historias italiana están compuestas por una pareja de campo que se muda a Roma, cuando a él le ofrecen un puesto en una compañía importante. Por una serie de enredos, ambos se separan del otro y el joven termina recorriendo Roma junto con una prostituta, y su novia con un destacado, pero mujeriego actor.

    Por último, está Leopoldo, un empleado de clase media que opina sobre todo y todos con completa libertad hasta que se convierte en objeto de noticieros y programas cholulos, que solo están interesados en conocer sus rutinas y opiniones, convirtiéndolo en la estrella del momento.

    Esta vez, Allen quiso dejar de lado el romance para apuntar directamente hacia otro tema que le encanta: la fama. Con su típico humor irónico, dispara contra la persona común que busca tener sus 15 minutos en el cielo, ya sea saliendo con una actriz famosa o actor famoso, paseando por los sitios más aristocráticos, o teniendo la oportunidad de su vida para estar en el ojo de todo el mundo, para luego caer, y estrellarse estrepitosamente cuando se da cuenta que todo fue falso.

    En este mundo de infidelidades a uno mismo y su cónyuge, es que se mueve Allen en esta película que tiene uno de los guiones más ingeniosos y creativos que Allen haya escrito en años. En muchos sentidos, superior al de Medianoche en París. No solamente se trata de la efectividad de los chistes (es verdad algunos son viejos y predecibles, pero siguen funcionando) sino de una intuición del corte, del momento cómico. Mezcla del humor tonto con que se originó con una mirada universal, pero aplicando el tono costumbrista de la comedia alla italiana. Y también la fama y los paparazzis son típicos de la cultura italiana. Recordemos por ejemplo La Dolce Vita de Fellini. Sin duda, la influencia es conciente en Allen (tema central de Celebrity).

    Nuevamente, y como era predecible, Allen nos muestra la Roma más turística, histórica y bella. No sale de esa zona. ¿Para qué mostrar otros sitios, sino le sirve para las historias? Si justamente su propósito es criticar la superficialidad de los estadounidenses intelectualoides, los conocimientos de arte, el capitalismo, frente al italiano de clase media que se conforma con la vida rutinaria (aunque sueña con ser reconocido alguna vez).

    A diferencia de Medianoche… Roma es importante, aunque no tanto como París. No podría pasar en otra ciudad, pero por otro lado, no toma mayor protagonismo literal que los personajes Acá hay otro tipo de magia, menos obvia, más anárquica y como es típico de su autor, azarosa. El “místico” John de Alec Baldwin es inclasificable e ingenioso. A Allen no le importa el verosímil: hay personajes que aparecen de la nada en los lugares menos esperados, óperas que contienen los más disímiles artefactos… y a pesar de toda la ridiculez e incoherencia a la que apela, todo cobra sentido durante el metraje. Nada parece forzado, Allen va sorprendiendo al espectador minuto a minuto con situaciones y diálogos inteligentes, aún cuando sean solo monólogos, la narración fluye y cierra perfectamente.

    Grandes figuras del cine italiano desfilan en pequeñas apariciones, la banda sonora nos remite a las comedias dirigidas e interpretadas por Sordi (el episodio que interpreta Allen se parece más a una película del gran Alberto que una de Woody), las arias operísticas, los cafés, las escaleras… De repente estamos frente a una película, de la edad de oro de Cinecittá. Cinéfilo empedernido, viste a Penélope Cruz como una Sofía Loren o Gina Lollobrígida sacando lo mejor de la artista española, explotando su sensualidad y gracia que había perdido en Estados Unidos y recuperó con Almodóvar.

    A pesar de que las historias y los personajes no tienen el mismo nivel de sordidez y profundidad (las partes con personajes estadounidenses son mejores generalmente porque se nota una mayor ironía, mientras que los episodios italianos, son un poco más naif), el film desborda en calidez y humor atemporal. Conflictos existenciales, la relación del artista y el crítico, los sueños de gloria, la fantasía de ser infiel con la mujer o el hombre perfecto, el miedo a la muerte, la sátira al psicoanálisis; obsesiones típicas de Allen, que se convierten en parodia sin compasión. Anarquía pura hacia los personajes, crimen y castigo' no hay sentimentalismo en este film. Ese es el contraste que tiene con otro tipo de comedia que está más de moda, que busca a un público adolescente haciendo referencia a objetos que en diez años perderán su significado. Allen como los grandes cineastas italianos o Neil Simon, apunta a conflictos que no se modifican, que son comunes a todos, con los cuáles nos identificamos, pero aportando esa magia cinematográfica que es capaz de transformar el tiempo y el espacio sin que nos demos cuenta.

    Con un elenco fantástico, donde Roberto Beningni está moderado (otro alter ego de Allen), Elle Page histriónica, se convierte en una joven Diane Keaton, Judy Davis regresa con su maravillosa parquedad y Alec Baldwin consigue uno de los mejores personajes de su carrera, A Roma con Amor, muestra a un Allen lleno de ideas, (algunas nuevas, otras remanidas), pero que lo confirman nuevamente como EL referente de la comedia mundial.
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  • Un amor imposible
    Un amor imposible
    A Sala Llena
    Pescando Ilusiones

    Según la gacetilla de prensa, Un Amor Imposible, se basa en una novela que pretende satirizar la forma en la que el gobierno británico (y acaso cualquier gobierno imperialista) hace lo imposible por cambiar la imagen negativa que el pueblo puede tener de ellos. La estructura narrativa del libro se basa en el intercambio de mails (como si fuese un diario) entre los personajes protagónicos.

    Teniendo en cuenta, que el humor político británico suele ser bastante ácido y crítico, no tengo dudas que el tono elegido para adaptarlo cinematográficamente, no fue el apropiado, e incluso, me atrevo a decir que dieron vuelta el mensaje de la historia.

    Como bien dice el título original en inglés, la película narra la historia de un jeque de Yemen que pretende criar salmones para implementar la pesca en su pueblo. El problema es que no hay salmones en la región porque el clima y la temperatura del agua no son apropiadas. Por esto mismo, la representante legal del Jeque en Inglaterra, Harriet (Blunt) le pide a un doctor especialista en pesca, el Dr. Jones (McGregor) que trabaja para el Ministerio de Agricultura, que se las ingenie para llevar salmones a Yemen.

    La idea es ridícula, pero la jefa de prensa del primer ministro británico la quiere implementar como publicidad positiva acerca de las buenas relaciones entre un país de medio oriente y el imperio británico, para distraer al pueblo sobre las malas maniobras que hizo el gobierno en el conflicto de Afganistán. Jones y Harriet viajan a Yemen para conocer el honesto plan del Jeque (Waked). Ambos no solamente depositan su “fe” en el proyecto, sino que se van enamorando de a poco, al mismo tiempo que viven un momento de “crisis” con sus respectivas parejas.

    Es una verdadera lastima que una vez que Ewan McGregor se muestra suelto, cómodo y espontáneo con un personaje y Emily Blunt, transmite emoción y credibilidad con un personaje, ambos tenga que sufrir trabajar con un guión tan pretencioso y obvio como el de Simon Beaufoy. El guionista de la paupérrima ¿Quién quiere ser Millonario? se une al romanticón de Lasse Hallström para realizar una obra política, a la que no le interesa la política, sino “llegar al corazón” con el retrato de dos perdedores en el amor que se “encuentran” en medio oriente, gracias a los sanos y moralistas consejos del jeque.

    No solamente es cursi, repleta de clisés e imágenes metafóricas obvias (el Dr. Jones camina a contramano de todos, al igual que el salmón. ¿No se hizo muchas veces esto?), la ironía política pasa de lado cuando Hallström decide convertir la crítica en fantasía, y todo termina como un cuento de hadas de Disney. La guerra y los soldados terminan siendo banalizados. El conflicto razón contra fe no se profundiza. Toda la sátira es reducida a un par de diálogos literales, y solamente las expresiones caricaturescas de Kristin Scott Thomas (se maneja bien en la comedia) aportan un poco de humor inglés y parodia política, pero en forma superficial.

    Un trama principal que no avanza, por lo que necesita el apoyo de subtramas predecibles y forzadas forman una película que no nada, que se estanca, que no genera ni emoción, ni simpatía, ni empatía. La artificialidad de la puesta en escena de Hallström, un especialista en comedias dramáticas romanticotas, no permite que nos involucremos con el conflicto de los personajes. Ahí es donde contrastan las interesantes interpretaciones con la dirección. El tono nunca se define. No voy a decir que Hallström es santo de mi devoción, pero al menos, con Las Reglas de la Vida, Chocolate y especialmente Atando Cabos (película injustamente maltratada) había logrado climas más interesante, micro universos simpáticos, que tocaban alguna fibra. Acá no. A pesar de fotografía cálida, el tono es frío, denso, indefinido. Y encima los salmones se parecen a las pirañas de la película de Alexandre Ajá.

    Una comedia que no saca una sonrisa (ni siquiera en forma involuntaria); un romance sin tensión; un drama sin conflicto. Solo un espejismo en el desierto. Ni una canción de Calamaro la salva del aburrimiento.
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  • Un suceso felíz
    Un suceso felíz
    A Sala Llena
    Maldito alienígena

    El cine tiene estas cosas. Un film de ciencia ficción, género considerado menor, puede plantear más dudas existenciales acerca de la paternidad -representada mediante la figura de un extraterrestre invasor creado por una raza seudo humana- que una comedia dramática que trata sobre una pareja joven que debe enfrentar el hecho de madurar y postergar asuntos de su vida por culpa de la llegada de un recién nacido...
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  • Sombras tenebrosas
    Sombras tenebrosas
    A Sala Llena
    Pastiche Setentoso… a lo Burton

    Lo primero que voy a decir es que ninguna película de Tim Burton me desagradó, y más aún defiendo aquellas obras que la mayoría de mis colegas defenestran como la remake de El Planeta de los Simios (no es lo mejor de su carrera, pero tiene buenos momentos y un final divertido) y Alicia en el País de las Maravillas, que se destaca por aportarle un poco de oscuridad y sentimentalismo al cuento de Lewis Carroll, además de tener un imaginario visual impresionante. Particularmente la película que menos me gustó de Burton fue el musical Sweeney Todd, al que le faltaba el humor negro que Burton solía tener como marca registrada. Aún así no era un film del todo desechable, más si tenemos en cuenta, que Johnny Depp no puede protagonizar un musical.

    Sin embargo, admito que tanto Sweeney y Alicia, con el paso del tiempo me gustan menos, al igual que El Planeta de los Simios e incluso El Gran Pez. En cambio, la única película que odié en el momento del estreno, ¡Marcianos al Ataque!, hoy en día me parece una obra anárquica, divertidísima y personal.

    Hace varias horas que terminé de ver Sombras Tenebrosas y todavía no decido que grupo integra. Es un film realmente extraño, macabro, pretencioso, absurdo, ridículo, fallido y a la vez muy divertido, en parte por las fallas involuntarias, pero también por algunas decisiones narrativas.

    Tras un prólogo típicamente burtoniano ubicado a fines del siglo XVIII, donde Barnabás Collins cuenta la historia de su maldición, pasamos a 1972, siguiendo la ruta que Victoria, una joven institutriz desarrolla en tren. Como es habitual, Burton pone al inicio la secuencia de títulos, solo que esta vez no recurre a la animación ni a la banda sonora de Danny Elfman de fondo, sino una de las tantas canciones setentonas que pasarán en la película. Una secuencia demasiado normal. Básicamente, así será el resto del film: un enfrentamiento entre la sátira flower power y el melodrama gótico.

    Todo lo relativo al vampiro Barnabás (Johnny Depp, muy parecido a Charlie, Sweeney, Ichabod) y Angie, la malvada bruja que lo hechiza (hermosa, seductora, magistral y sorprendente Eva Green, que presenta una faceta cómica reveladora) y la inocente Victoria, llevan la marca del oscuro Burton, pero la familia que vive y se cria en los 70s, tienen un aspecto salido de series de esa década o los 60s, mezcla de La Tribu Brady con Los Locos Addams con influencias de Scooby Doo.

    Entre John August y Seth Grahame-Smith no lograron encontrarle la vuelta a la adaptación de la oscura serie de Dan Curtis, y parece que Chris Lebenzon, habitual editor de Burton fue el encargado de armar verdaderamente la historia, ya que por algo figura como productor ejecutivo.

    Hay escenas que parecen estar insertadas de manera forzada, que podrían ir donde están o más adelante… o después. Personajes que aparecen, desaparecen, cambian su personalidad, su físico, le aparecen facetas incoherentes y de repente… se van. Hay mucha intriga alrededor del armado argumental. Realmente falta una cohesión narrativa, son retazos, como episodios de la serie copiados y pegados. De alguna manera todo esto se comprende, y acá se nota la mano de Lebenzon solucionando lo que el guión e incluso la dirección no supieron darle.

    La película peca de artificial, pero con un extremo de patetismo, que no se sabe a ciencia cierta si Burton quería realmente hacer una comedia absurda o un relato fantástico-dramático y le salió mal. El tono del film puede cambiar de un minuto al otro, una escena sentimental a los pocos segundos tiene un remate humorístico.

    Tanto el contenido romántico, como la violencia del film tienen relevancia narrativa, pero a diferencia de otras obras, Burton decide no tener una mirada tan cursi, y la sangre termina siendo menos importante de lo que debería ser. Por otro lado, se burla, aun prestando poca atención al perfil mítico, de los estereotipos de los vampiros y las brujas.

    Justamente por este sentido ambiguo, por lo bizarro e incoherente que es el relato, es que Sombras Tenebrosas es un obra clase B de alto presupuesto (como Marcianos). Burton se burla de los personajes, de los fanáticos, de lo mainstream. La estética recuerda a un film de la Hammer, y esto no es para nada casual, teniendo en cuenta que el mismísimo Lord Christopher Lee, actor fetiche de la compañía, acá hace un cameo a los 89 años de edad.

    El romance del film también es extraño. Barnabás ama a Victoria, pero desea carnalmente a Angie, la bruja. Las escenas de ambos tienen diálogos morosos, pero la gracia de la pareja Depp/Green funciona. Los duelos entre ambos, junto al humor negro que le imprime el director, recuerdan bastante a los de Meryl Streep y Goldie Hawn en La Muerte le Sienta Bien, de Zemeckis.

    Quedán por otro lado bastante relegadas algunas tramas que prometían tener mayor desarrollo y que Burton, y los guionistas resuelven discursivamente como la de los hijos más chicos de los hermanos Collins, la relación entre ambos, y particularmente el rol de Victoria. El casting es un punto fuerte del film, ya que el timing humorístico de Michelle Pfeiffer, Jackie Earle Haley y esa promisoria gran actriz llamada Chloë Grace Moretz es más efectivo que el rol de los personajes per sé. A la vez, la mujer de Burton, Helena Bonham Carter, con menor relevancia que en otros films de su esposo, compone al personaje más divertido y entrañable, la psicóloga borracha de la familia.

    Los habituales colaboradores de Burton, Rick Heinrich, Danny Elfman y Collen Atwood, ayudan a crear Collinsport y sus ambiguos personajes, y existe un particular interés por revivir las canciones y las modas de la década. Desde Love Story, pasando por los Carpenters, T-Rex hasta la Barry White… y el mismísimo rey de las tinieblas, Alice Cooper que se suma a la parodia.

    Desde lo visual es una propuesta de contrastes, pero desde lo temático contiene mayores novedades. Burton empieza a alejarse de la mirada infantil, y por primera vez en su filmografía se insinúan referencias sexuales (con sexo oral incluido) y escenas literalmente “fumadas”.

    Parece que durante todo el proceso de filmación y armado del film, Burton también consumió un poco (¿habrá consumido lo mismo para Marcianos?) porque es la única forma de justificar que este imaginativo director haya hecho un film tan malo en términos narrativos, pero tan bizarramente divertido y original por otro. ¡Que dicotomía!

    Sombras Tenebrosas parece seguir la senda de “película de culto”, una obra menospreciada en el momento de su estreno, como Marcianos al Ataque, elogiada con el paso de los años. Quizás esta es la fórmula de Tim Burton para ser inmortal.
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  • La traición
    La traición
    A Sala Llena
    Nace una Rompestrellas

    A Steven Soderbergh no le gusta encasillarse. Se le pueden criticar muchas cosas: es pretencioso, superficial, ambiguo con sus mensajes políticos, pero hay que admitir que el realizador de Traffic nunca se ató al cine de Hollywood, siempre fue por la vereda de enfrente, tratando de correr riesgos estéticos y narrativos, aún con sus films más de género e industriales como la trilogía de La Gran Estafa, donde la fotografía, el montaje y el uso de flashbacks tienen mayor arbitrariedad y anarquía de lo que muchos piensan.

    En cambio, las películas más importantes, con temas potentes y críticos, terminan siendo más pretenciosas y menos llamativas.

    Lejos del rumor de retirada (rumor que divulgó en forma de chiste Matt Damon supuestamente) Soderbergh en el último año trató de mostrar sus dos facetas: la política y aleccionadora (Contagio) y la otra, la menos solemne y pretenciosa, la cinéfila, donde el interés pasa por una cuestión estética más que narrativa, con La Traición.

    El guión parece un calco de las películas de Bourne, pero versión femenina: Mallory, una agente entrenada con los marines es contratada para recuperar a un rehén en Barcelona. Dicha misión se complica y un agente, supuestamente del servicio de inteligencia británico, la trata de asesinar, lo que será el principio de una persecución a lo largo de varios países, evitando que la asesinen nuevamente, y tratando de descubrir quién y por qué la traicionaron.

    Las respuestas, por suerte no son demasiado complicadas, porque la historia, el Mac Guffin es lo que menos le interesa al realizador. En La Traición, todo surge de la figura de Gina Carano. Campeona mundial de Kickboxing y artes marciales combinadas, Carano se pone la película sobre el hombro y corre, pelea, pega, salta por todas partes, destrozándole la cabeza a tipos duros como Michael Fassbender, Channing Tatum y haciéndole frente a grandes intérpretes Michael Douglas, Bill Paxton, Antonio Banderas, Matheu Kassovitz o Ewan McGregor en roles olvidables. Esto forma parte del chiste interno que le gusta hacer a Soderbergh con las “estrellas” de sus películas: destrozarlas, reírse indirectamente de la fama.

    Steven rompe un poco con la estructura, creando varios flashbacks, algunos innecesarios, pero dándole un uso similar al que tenían en la saga de La Gran Estafa: puramente explicativos. De hecho, la música de David Holmes es similar, la fotografía de Peter Andrews (el mismo Soderbergh) pasa arbitrariamente de colores fríos a cálidos, y la cámara en mano (al igual que Paul Greengrass en Bourne) le impone ritmo a las persecuciones. ¿Qué es lo más original que presenta La Traición? Las peleas cuerpo a cuerpo.

    El realizador de Vengar la Sangre, no abusa de disparos, evita completamente las explosiones y en cambio exprime al máximo el talento para la lucha de Carano. Las coreografías son precisas y las filma en forma cercana pero tamaño entero, para poder apreciar la lucha, en tiempo real; que se note que no se utilizaron trucos de cámara ni se apela al montaje. No hay realentados ni efectos especiales. Ni siquiera una música o efecto sonoro que incremente el impacto de los golpes. Riesgoso pero efectivo. Las peleas se ven reales, aun cuando se nota que Fassbender y McGregor tienen dobles de riesgo (estoy en duda con Tatum). Definitivamente Carano es ella misma, y eso queda en claro en todos los planos. Cada vez que se pone discursiva, logra levantar con las escenas de peleas (especialmente la de Fassbender, que demuestra una vez más su versatilidad como sólido intérprete, aún si ser protagonista).

    Siempre me pareció que Soderbergh es un realizador que pretende ser europeo, no solamente porque le encanta filmar ciudades del viejo continente como publicidades francesas, sino porque elige no usar una estética típicamente industrial. Rehusa el plano contraplano en los diálogos, hace mucho uso del zoom, planos secuencia de seguimiento, corta de planos muy cerrados a otros muy abiertos.

    Y se agradece que con La Traición haya usado esta estética porque el impacto visual, el ritmo, y la acción se destacan sobre lo narrativo. Un film menor, pero entretenido.
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  • Chimpancés
    Chimpancés
    A Sala Llena
    Involución Cinematográfica

    Si hay un género que ha ido evolucionando a través de los años, es el documental. Desde los trabajos de Robert Flaherty, padre del cine de contemplación sobre la naturaleza, se han explorado nuevas formas de narrar, de acercarse al objeto de investigación, reflexionar sobre aquello, sin caer en el típico didacticismo, estimulando al espectador a visitar el lugar, y tratando de deshumanizarlo, diferenciando los géneros, respetando la propia naturaleza de cada especie, evitando la manipulación cinematográfica, o al menos, tratando de que el espectador no la note.

    Bueno, la película de Fothergill y Linfield, es justamente lo opuesto a esta búsqueda. Mientras que Werner Herzog se involucra lo menos posible, toma distancia, pero continuamente trata de generar un debate alrededor de su objetivo, Fothergill y Linfield, tratan de generar empatía a través de una narración que le imprime humanidad a los protagonistas, una familia de chimpancés que deben defender un nogal de otra familia.

    De acuerdo, la película está producida por Disney y su público preferencial es el infantil. Sin embargo, existe una subestimación de la mente del niño. Porque creando una enemistad entre miembros de una misma especie, que lucha por su necesidad natural, manipula a través del montaje, el sonido y la narración las imágenes para conseguir diferenciar bandos en una banal disputa del bien contra el mal.

    Como ya dijo mi colega Eliana D’Aquila, los realizadores nombran al líder de los chimpancés “malos” Scar, igual que el villano de El Rey León. En una época, donde términos como maldad y bondad, se han relativizado, y se reflexiona un poco más acerca del punto de vista del “enemigo”, la moraleja de Chimpancés es completamente retrógrada.

    Las imágenes capturadas son bellísimas, la factura técnica impecable, la fotografía destacada, pero el contenido, completamente banal. La película cae en un didacticismo tan obvio y discursivo que se hace imposible disfrutar de la experiencia cinematográfica o de reflexionar acerca de las diferencias y similitudes entre humanos y chimpancés en sus comportamientos, la violencia expresada o el sentimiento de maternidad/paternidad sobre un recién nacido que ha quedado huérfano.

    Estar conciente de que existe una manipulación, además imposibilita creer la historia. ¿Cuánto fue diseñado por los documentalistas y cuanto realmente sucedió?

    Es cierto que se necesita un lenguaje ameno y divertido para atraer al público infantil, pero aún así ¿debe Tim Allen (narrador original) expresar supuestos pensamientos de los protagonistas?

    No voy a cuestionar el hecho de que todos los documentales sobre el reino animal siempre toman como referencia a los cachorros para generar ternura o empatía, pero es cierto que el recurso se ha agotado por la frecuencia en que se da este punto de vista en los últimos trabajos realizados sobre la fauna. Hablemos de pájaros, osos, pingüinos, suricatas o leones, la familia es el objetivo a seguir. Y la cámara se fija en los ojos de las criaturas, pensando en un efecto de merchandising, más que una justificación narrativa o expresiva. Esto lleva a otra pregunta ¿En serio estamos viendo a Oscar a lo largo de todo el film?

    La manipulación no solamente abarca la narración en off que sea en el idioma que sea, resulta molesta, sino también por la elección musical que impone un ritmo obvio a las secuencias, utilizando la repetición de planos como efecto humorístico,

    Chimpancés no enseña tanto, a pesar de que esa sea su intención, no nos descubre un mundo nuevo al que nos hayan mostrado otros trabajos de los últimos 30 años, ni crea una reflexión sobre el comportamiento animal. No se puede disfrutar como film de contemplación por que la voz en off distrae y ocupa un lugar demasiado predominante.

    Lo mejor del film es el making off. Las peripecias del grupo de documentalistas, su lucha contra los ambientes hostiles como son las selvas de Costa de Marfil y Uganda. Pero para eso van a tener que esperar a los créditos finales.
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  • El secreto de Albert Nobbs
    ¿Glenn o Glenda?

    ¿Qué sería el cine sin actores? ¿Cuántas películas malas y banales han sido salvadas por grandes elencos y cuántas fueron hechas al servicio de los dotes interpretativos de ciertos actores? Miles, millones. El star system nunca dejó de estar de moda.

    Sin embargo hay trabajos, que más allá de pensar en la repercusión en la taquilla por el fanatismo que el público tiene por ciertos actores, que sirven para que un actor sea ubicado o reubicado en el mapa cinematográfico.

    Hay obras que son hechas pensando, especialmente en como se vería tal actor interpretando a tal figura, muchas veces con vistas al Oscar. Es así como Meryl Streep nuevamente se llevó un Oscar el último año por interpretar a Margaret Thatcher. Premio que debería haber ido a las manos de Michelle Williams por su retrato de Marilyn Monroe o, quizás de Glenn Close por El Secreto de Albert Nobbs.

    Pero acá no estamos ante una biopic, sino ante una creación original de la propia Close, inspirada en un cuento y una obra de teatro. Si bien se inspira en ciertos hechos reales, el personaje Albert Nobbs es original, y sirvió para que la actriz nuevamente esté entre las más codiciadas de Hollywood, así como Petróleo Sangriento fue el vehículo perfecto para renacer la carrera de Daniel Day Lewis.

    Close, interpreta, escribió y produjo, Albert Nobbs, la historia de un mayordomo que trabaja en un hotel del centro de Dublin a fines del siglo XIX. Teniendo en cuenta la discriminación hacia el rol femenino durante esa época, Albert en realidad es una mujer en disfraz de hombre. Tiene un sueño: poner un negocio que venda tabaco. Para eso, quiere emplear a una mesera del hotel: Helen (Wasikowska) a la que además, desea como vínculo romántico. Pero Helen tiene una relación con Joe (Johnson), el muchacho que cuidas las calderas del hotel.

    Trágica historia de amor que muestra el travestismo un siglo y medio atrás, Albert Nobbs es un film de qualité, con una cuidadosa puesta en escena, trabajada fotografía, escenografía y vestuario, pero más allá de la reconstrucción de época y el impresionante maquillaje de Close, lo que más se destaca de Albert… son las actuaciones.

    Rodrigo García hace bastantes años viene demostrando que lo suyo son las películas y series, donde el actor pueda construir personajes con matices, conflictos internos y dudas existenciales. Albert Nobbs seguramente es la más superficial de las obras de García, pero contiene personajes que resultan creíbles.

    Close logra metamorfosearse en este personaje diminuto, concretando una transformación física y vocal meticulosa. Además de que tiene que condensar las expresiones, reprimir sentimientos y decir lo máximo posible con la menor cantidad de palabras, prácticamente sin mover los labios, usando los ojos, una mueca bocal o una forma de desplazarse. Esta construcción de personaje es un eficiente trabajo por parte del director.

    Cada mínimo movimiento dice algo de su ser. Close, es soportada por un elenco sólido empezando por Wasikowska que se trata de despegar de la Alicia de Tim Burton, Johnson, completamente distinto al adolescente nerd de Kick Ass, y enormes actrices como Pauline Collins, Brenda Fricker o Janet Mc Teer, más que convincentes en sus pequeños roles. Las tres no son figuras demasiado reconocidas, pero cada pequeña participación suma a brindar escenas elegantes y líricas con respecto al lenguaje.

    Pero así, como vale la pena destacar la sensibilidad de García para entender la idiosincrasia del personaje y unirla a la del actor, hay que decir, que en lo narrativo no logra esquivar los lugares comunes del guión, los golpes bajos y la falta de sorpresa. Es una historia demasiado lineal que no profundiza en los diversos dilemas que vive Albert. Llega a ser una obra sentimentaloide, que abre numerosas tramas, para cerrarlas en forma predecible.

    García hace bastante énfasis en la psicología del personaje: la incertidumbre de cómo el personaje de Hubert (McTeer) pudo casarse con una mujer siendo mujer también que vive constantemente como hombre, el deseo de poder desplegar su feminidad y los prejuicios internos, relacionado con el amor homosexual (en una época donde era condenado), pero también con la soledad del personaje, el miedo a relacionarse con las personas de salir del molde sirviente masculino. García siempre ha preferido posar sus ojos en el punto de vista femenino, y no es de extrañar que los hombres de esta obra sean los personajes más débiles, menos desarrollados y destacables. Es muy básico el retrato de Joe, y nunca influencian demasiado los personajes del doctor (a cargo del gran Brendan Gleeson) o el Lord que interpreta como si fuese un cameo, Jonathan Rhys Meyers.

    El Secreto de Albert Nobbs es una propuesta que no esconde sus raíces teatrales, apenas emociona, pero que se destaca por el atractivo y fatal trabajo de Glenn Close.
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  • Fuera de juego
    Fuera de juego
    A Sala Llena
    Cursi y con poca rudeza

    “El fútbol es el fútbol” dice el tío (Papá Darín) a Diego (Peretti). Sí, fútbol es fútbol y cine es cine. Hay muchas películas sobre deportes, desde dramas motivadores a comedias satíricas. La mayoría son fallidas. Quizá lo mejor que se haya hecho sobre el tema es Un Domingo Cualquiera, de Oliver Stone, que en realidad no habla sobre el deporte per sé sino sobre el “negocio” del deporte. Fuera de Juego, cuarta obra del español David Marqués, tampoco habla del deporte, sino también del “negocio” del fútbol...
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  • Habano y cigarrillos
    Casi Extraños

    Alguna vez un director de cine me dijo, “todo el mundo le roba a Hitchcock”. Habano y Cigarrillos, el segundo film de Diego Recalde (Sidra), grabado en 2008 pero recién ahora estrenado en el Cine Cosmos, es una comedia negra mezclada con film noir que se encarga, entre otras cosas, de confirmar esa frase...
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  • Prometeo
    Prometeo
    A Sala Llena
    ¡La criatura sigue viva!
    Hace un par de años, Ridley Scott estrenó una innecesaria versión de Robin Hood. Si bien el film en sí no resultaba completamente fallido, se trataba de un mero entretenimiento que se parecía demasiado al film de Kevin Reynolds de 1991 y aportaba muy poco al mito del personaje -y mucho menos a la historia del cine-...
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  • Mi semana con Marilyn
    El Sueño del Pibe

    ¿Cuántas veces habrás soñado con pasar una velada romántica con una diva de Hollywood? Que la mujer que seduce, se contornea y besa a los galanes traspase la pantalla, llegue a tus pies y caiga irresistiblemente sobre vos. ¿Es pedir demasiado?

    La ópera prima de Simon Curtis narra la historia de un muchacho de 23 años que vivió ese sueño, quizá con el ícono cinematográfico femenino por excelencia: Marilyn Monroe...
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  • Abrir puertas y ventanas
    Algo que no cierra…

    Ingmar Bergman es el mejor denominador que existe para hablar de relaciones íntimas en espacios cerrados. Lo primero que pienso cuando veo a tres hermanas, prisioneras de una casona antigua, repleta de fantasmas de familiares, es justamente en la obra maestra del realizador sueco, Gritos y Susurros (1971). Bergman no solamente era una verdadero genio en la creación de climas, de tensión, sino un dramaturgo consumado, capaz de crear los diálogos más potentes a partir de situaciones cotidianas. Diálogos en donde los personajes, generalmente reprimidos, expresaban sus dudas existenciales. Otras obras como Persona o El Silencio también muestran situaciones similares. La colaboración en la fotografía de Sven Nyqvist y las interpretaciones de Ingrid Tuhlin o Liv Ullman apoyaban la dirección. No hay planos forzados o caprichosos en Bergman. Todo símbolo, toda metáfora es rebuscada, pero impactante, estimulan la reflexión.

    Lamentablemente, en Argentina muchos realizadores tratan de emular a Ingmar. Será porque nos identificamos con su filosofía acaso. Porque entendemos los climas fríos o simplemente porque nos seduce su estética. O la combinación de todo. El problema es que se emula mal. El teatro de los años 80, moralista, con necesidad de dejar un mensaje es muy bergmiano. La excelente repercusión de los textos creados en estos años, llevaron a que en los 90, la estética teatral de los 80, se trasladara al cine. De ahí sale ese espanto cinematográfico llamado Convivencia, que desperdicia el talento de Luis Brandoni y José Sacristán en una puesta aburrida y obvia.

    Abrir Puertas y Ventanas me hizo acordar a todo esto. Sentí que regresé 20 años al pasado del cine nacional. De hecho, hasta que no vi un reproductor de DVD y un calendario del 2006, pensaba que la acción sucedía en los años 90.

    Sofía, Marina y Violeta son tres hermanas que viven en una casa de Olivos (justo frente a la residencia presidencial, ¿tendrá algún significado?) que pertenecía a su abuela, recientemente fallecida. La única que sale de la casa es Marina: trabaja, estudia en la facultad. Marina se ocupa de la casa. Violeta deambula. La comunicación entre las tres no es la mejor. Existe un vecino codiciado que impulsa el lívido de las protagonistas.

    El problema principal del film es su pretenciosidad. El hecho de que los diálogos son más ampulosos de lo que verdaderamente pretenden ser. Claro, lo que importa es lo que no se dice. El conflicto es que la ausencia y el duelo no parecen generar tanta tensión. No conmueve tanto como uno podría imaginarse. Y esto es consecuencia de una puesta en escena demasiado fría y distanciada. La fotografía (y especialmente la post producción de imagen) es destacada. La película tiene “lindos” colores, es atractiva visualmente, pero los encuadres no tienen demasiado ingenio. El recurso de que cada escena empiece en una puerta y cada plano contenga una ventana de fondo, se agota rápidamente. Ya entendimos, la película se llama Abrir Puertas y Ventanas. Hay puertas y ventanas por todas partes. Se puede pensar una relación metafórica, de hermandad entre puertas y ventanas, relacionada con las protagonistas, pero algo no cierra con los encuadres. Son obvios y poco profundos.

    Hay críticos que la compararon visualmente con el cine de Lucrecia Martel. Más allá de que no soy demasiado fanático de dicha realizadora, no puedo dejar de admitir que los encuadres, la fotografía y el clima que genera Martel están mucho mejor realizados, justificado e intelectualizados que en los de esta obra. El colorido vestuario está medio alienado de las escenas. Posiblemente, lo único que une a ambas directoras es el meticuloso diseño de sonido de sus películas. Poder escuchar cada detalle, pero en diferentes niveles. Que cada sonido infiera en el clima, en la narración de alguna forma. Igualmente, el mejor trabajo nacional realizado hasta la fecha es el de La Rabia de Carri.

    Las escenas se suceden. El conflicto va in crescendo pero la acción es reiterativa, monótona. Entiendo, que es parte de la intención. Pero algo no funciona. No se logra la empatía, la emoción necesaria. Da la sensación de artificio. Ni siquiera los trabajos más esterilizados de Bergman me generaron esta sensación.

    Mumenthaler no oculta una fuerte de inspiración teatral en la puesta en escena. Las interpretaciones de Canale y Juncadella hacen énfasis en este tono. Ambas, realmente tienen momentos intensos y profundos. El conflicto entre las dos genera un poco de tensión, pero los diálogos, el ritmo que le imponen, le quita credibilidad a las escenas. Son demasiado literales. Falta espontaneidad. Y eso se traduce en la puesta en escena también.

    Bob Rafelson también es un notable ejemplo de un realizador que usa personajes teniendo conflictos en espacios cerrados. Sin embargo, la transparencia en la narración, permiten que el ritmo y los climas generados sean más efectivos y dinámicos.

    Acá, la sensación de pesadumbre se transmite por accidente u oposición a lo que pareciera que se quiso generar la directora.

    Fría, obvia, pretenciosa, Abrir Puertas y Ventanas encontrará seguramente un público más intelectual que aprecie aquello que a mí no me cerró.

    Una curiosidad. En un momento dado del film, las protagonistas piden que les traigan una película a la casa. Dicen: “cine argentino, no”. Yo me preguntaba, ¿por qué los personajes rechazan el cine nacional? En el contenido del film se puede encontrar la respuesta.
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  • Blancanieves y el cazador
    Bella, Thor y Siete Británicos Encogidos

    ¿Vieron alguna vez los programas de “variedades” estadounidenses tipo Saturday Night Live o El Show de David Letterman? A veces, los mismos incluyen sketchs satíricos donde inventan falsos trailers que parodian a los grandes tanques de Hollywood. Una de las burlas más representadas son las películas collage.

    ¿De que se tratan? Son aquellas obras que mezclan todas las fórmulas exitosas de los tanques de los últimos años en una sola película. Cuando se hacen estos trailers – collage con fines humorísticos, el resultado es genial

    Sin embargo, cuando se lo lleva realmente a un producto serio, con el fin de estrenarse en salas comerciales y generar verdaderas ganancias, los resultados suelen ser decepcionantes. Especialmente porque queda demasiada evidenciada la motivación de crear un producto redituable y no una obra artística. El lucro es lo más importante en la industria.

    Blancanieves y el Cazador no es mala idea y tampoco es la peor exposición de un collage de fórmulas y tendencias en una sola película. Pero cuando se empieza a reflexionar sobre ella, la conclusión es otra.

    Lo primero que llama la atención es la elección de los protagonistas, la historia y la estética. Tenemos el clásico cuento de los hermanos Grimm llevado a un determinado tiempo medieval, pero un indeterminado sitio geográfico. Se supone que es Europa. Las cruzadas, los arqueros, los grandes castillos feudales, la peste negra… Una hechicera rencorosa llamada Ravenna (¿una cuerva se podria denominar?) toma el poder del castillo del rey y encierra a la joven princesa Blancanieves en una torre. Al mejor estilo Femme Nikita, Blancanieves se escapa siendo ya adolescente y se trata de ocultar en el bosque. El hermano de la reina, manda a un cazador viudo y borracho a buscarla para capturarla, así Ravenna sigue siendo joven y bella por siempre.

    Teniendo en cuenta que Kristen Stewart y su lacónico rostro interpretan a Blancanieves, no asombra demasiado que el personaje sea muy parecido al de la saga Crepúsculo. La pobre chica no logra una sola interpretación realmente expresiva desde La Habitación del Pánico. Chris Hemsworth es el encargado de rescatarla, caracterizado física y psicológicamente como Thor. Es una lástima. Se nota que el forzudo carilindo tiene algo de carisma para salirse de su rol, pero lo mal aprovechan.

    Hasta el encuentro de ambos personajes, el film es divertido y entretenido. La narración en off nos lleva directamente a la fábula original. Queda demasiado evidente la influencia de El Señor de los Anillos y el cine de Ridley Scott (especialmente Cruzada, 1492 y Robin Hood). El tono fantasioso, incluso remite a La Historia Sin Fin, especialmente en el diseño del bosque. Sin embargo, después la mezcla de referencias queda más obvia, forzada e incoherente. Hay giros narrativos que aportan poco y nada a la historia. Los productores (no le echemos la culpa al novel Sanders) le agregan innecesariamente escenas inspiradas en Narnia o Harry Potter y alarga el metraje, provocando cierta monotonía. En consecuencia se cae en lo discursivo, dejando de prestar atención en la visual, que es acaso la mayor contribución creativa de Rupert Sanders.

    Pero Stewart y Hemsworth no conforman una buena pareja. Les falta química, carisma entre ellos. Uno nunca termina de creer si hay o no, romance entre ellos. En el medio, está además, el novio de la infancia de Blancanieves interpretado por Sam Claflin, tan inexpresivo como Stewart.

    El resto está en el cuento. Lo más original y verdaderamente increíble es la elección de los “enanos”. Son ocho actores de primera categoría, cuya altura y nacionalidad es promedio. Hoskins, Mc Shane, Marsan, Toby Jones, Winstone, Harris y especialmente Nick Frost, le aportan humor a una obra demasiado dramática y solemne. La banda sonora de James Newton Howard, la fotografía y los efectos aportan carácter épico. Asimismo, los re alentados y el clima frío, ayudan a dar una sensación parecida a un cuento de Alexander Dumas medieval. Pero esta sucesión de intenciones por parte de los productores juega bordeando el ridículo. Los diálogos son mediocres y risibles. El guión sorprende poco, el desarrollo de la historia es previsible. Muchas subtramas no llevan a un encuentro narrativo ¿Pero que se puede esperar?

    Finalmente, Blancanieves, se debe transformar en una heroína al estilo Juana de Arco para terminar con Ravenna, interpretada por Charlize Theron, por momentos, austera y contenida, pero en otras escenas, completamente eufórica y sobreactuada.

    Todo el análisis de la psicología del personaje, relacionado con su infancia y sumado al mensaje ecológico/político sobran de la película. ¿Era realmente necesario agregar una crítica al descuido que los malos gobernantes tienen del medio ambiente, y especialmente su relación con el petróleo (Ravenna nada en un espeso líquido negro que parece sangre de cuervo, pero podría interpretarse como petróleo)? No lo sé. Pero cuando se trabaja con tendencias y fórmulas, y no con el alma o la pasión artística, se terminan realizando estas obras demasiada artificiales e hilachadas, montadas como un video clip.

    Sin terminar de ser aburrida, por suerte, Sanders construye un entretenimiento medianamente agradable para espectadores con pocas pretensiones. Contó con toda la producción a su favor, y la sabe aprovechar.

    El problema es que una obra más, sin personalidad. Sanders plagia detalles mínimos de otras películas para referirse a esta. Hay una línea correspondiente a Nick Frost en que se admite un poco el carácter lúdico de toda la obra. Sin embargo, sin la presencia del alma o pasión, nos quedamos cortos.

    Violenta para muy chicos, naif para los más grandes, esta versión del cuento de los Grimm apunta a un público adolescente, mínimamente culto.

    Entre tanto pastiche, lo que vuelvo a resaltar es el efecto especial de haber achicado en tamaño, a seis ingleses que logran manipular a la protagonista para luchar. Un truco, no muy diferente al de los Hobbits en El Señor de los Anillos.

    El resto es cuento de hadas…
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  • Hombres de negro 3
    Hombres de negro 3
    A Sala Llena
    El que volvió sin que lo llamen…

    1997. Cuando empezábamos a recuperarnos de la destrucción alienígena en manos del desastroso Roland Emmerich con Día de la Independencia, aparecieron Spielberg y Barry Sonnenfeld para encontrarle una vuelta de tuerca al género de invasiones extraterrestres y de paso darnos una respuesta a la verdadera razón por la que nunca vimos un ET caminando entre los humanos. Los “Hombres de Negro” nos estaban protegiendo.

    Alegoría política acerca del miedo a lo extranjero y la inmigración, sátira militar canchera, ingeniosa comedia de ciencia ficción que parodia a las obras clase B de los años ’50, la primera entrega de esta saga era fresca, entretenida y divertida. Tenía algunos giros y gags bastante ingeniosos y se burlaba de algunas celebridades. Además, la química entre Tommy Lee Jones y Will Smith funcionaba muy bien.

    2002. Se esperaba ansiosamente esta secuela. Sonnenfeld había demostrado que era un realizador ingenioso. Su talento para la comedia absurda y surrealista estaba impreso en las dos entregas de Los Locos Addams y además en la adaptación de la novela de Elmore Leonard, El Nombre del Juego. Sin embargo, el éxito no estaba garantizado. Su anterior obra, también con Will Smith, Las Aventuras de Jim West (decepcionante trasposición de la serie Wild Wild West) había sido un fracaso. Por lo tanto, cuando estrenó Hombres de Negro 2, se esperaba que el realizador, lograra retomar la línea de sus primeros trabajos.

    Pero no fue del todo así. Sin haber sido un total desastre, la secuela aportaba muy poco a la primera parte. El problema radicaba en un guión defectuoso con pocas sorpresas e ingenio. Solamente se destacaba la escena inicial (tributo al cine clase B de Ed Wood) y las dos últimas escenas, donde los personajes se burlaban de la ignorancia terrestre.

    2012. El regreso de Hombres de Negro parece más bien una excusa para levantar un poco las carreras de Sonnenfeld y Will Smith, que en los últimos años estuvieron alicaídas. Por suerte, a Tommy Lee Jones nunca le faltó trabajo (como director a actor) lo que confirma la gran estatura y versatilidad artística del tejano.

    Tras pasar por las manos de notables guionistas como David Koepp y Jeff Nathanson (habituales colaboradores de Spielberg), el texto lo terminó firmando Etan Cohen, especialistas en comedias como Una Guerra Película. El resultado final, si bien es superior a la anterior entrega, es un poco decepcionante.

    Si bien es irreprochable que la narración es fluida y la acción, constante, el paso del tiempo ha hecho su trabajo, y como sucedía en la cuarta parte de Indiana Jones, el humor que en 1997 era efectivo, en esta entrega parece forzado y remilgado. Ya en el final de Hombres de Negro 2, Sonnenfeld que se caracterizaba por aportar un gran nivel de cinismo e ironía constante a sus películas, empezaba a dar muestras de agotamiento y adicionó una cuota de sentimentalismo medio cursi, que generaban como resultado un producto conservador. Este aspecto se incrementa en esta tercera parte.

    Boris, el Animal (Clement, destacado actor de El Vuelo de los Concord) es un extraterrestre que escapa de una prisión en la luna y vuelve a la Tierra para viajar al pasado y matar al Agente K (Jones, de reducida participación en esta entrega para destacarse) para que en el presente los habitantes de su planeta, puedan invadir el nuestro. Ante la desaparición de K, el agente J (Smith, funcionando en piloto automático con sus primeros trabajos) debe viajar a 1969 para que impedir que Boris mate al K joven y no se produzca la invasión actual. Para esto cuenta con la ayuda de un benévolo alien, Griffin, capaz de visualizar constantemente variados futuros al mismo tiempo. Con la aparición de estos personajes, la película toma un poco de vuelo, no tanto por la complejidad de los mismos, sino por las notables interpretaciones de Josh Brolin, imitando a la perfección cada expresión facial de Tommy Lee Jones, el acento sureño, el modo de hablar y aportando calidez y humanidad al personaje, y de Michael Stuhlbarg (Un Hombre Serio, Hugo Cabret), respectivamente, que demuestra nuevamente que es un actor con herramientas suficientes para robar escenas. Las expresiones faciales de este simil extraterrestre son divertidas, porque el personaje es sencillo, y Stulhbarg lo convierte en “adorable”.

    Sin embargo, en cambio, se extraña el aporte humorístico de Frank, el perro (bastante homenajeado igualmente) y de Z, a cargo de Rip Torn (octogenario y preso en la vida real).

    Desde el principio los Hombres de Negro se despiden de este personaje esencial, para la saga. Este tono funerario estará presente en el resto de la película. No solo es sentimentalismo, sino también melancolía. El humor parece haberse perdido en el camino.

    Tras la presentación del personaje de O (la nueva jefa, a cargo de Emma Thompson, en un rol bastante desaprovechado), se desarrollan un par de escenas de acción, pero el ingenio que caracterizó a la primera parte, empieza a encontrarse a partir de que J viaja a 1969. La transición temporal se utiliza como sátira de diversos momentos de la historia estadounidense. A partir de que se encuentra con K joven, la película comienza a levantar y se suceden diversas secuencias que cuentan con varios gags efectivos, especialmente aquellos donde se manifiesta el racismo de la sociedad de 1969.

    Sonnenfeld se ata a íconos de la cultura cómic y serial de la década para inspirarse a la hora de crear nuevos extraterrestres. Una forma de homenaje, acaso, a los dibujantes de la época. Se van sucediendo algunas escenas que provocan mayor risa que otras, especialmente la secuencia dentro de “La Fábrica” de Andy Warhol, en donde se satiriza al creador del Pop Art, gracias a un gran trabajo del comediante Bill Hader.

    Pero sobre el final, la película empieza a apagarse, se torna nuevamente cursi y sentimentalista, predecible y le falta una idea ingeniosa para darle el cierre. Justamente, las escenas finales de las anteriores entregas eran brillantes, pero a esta le falta esa chispa de creatividad y sorpresa que caracteriza de por sí al cine de Barry Sonennfeld.

    Aun siendo un producto mejor que la media de obras de ciencia ficción que se estrenan en las salas cinematográficas, Hombres de Negro 3, deja un sabor agridulce, como que en estos diez años se perdió la magia: el humor, la ironía, la química entre Jones y Smith, la conciencia de ser un producto clase “B”. No se necesitaba una tercera parte. Aunque, estaría bueno que haya una cuarta entrega capaz de devolver el ingenio y cinismo a estos “hombres” que defienden el planeta de la escoria del universo.
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  • El puerto
    El puerto
    A Sala Llena
    Bienvenido al Mundo, Aki Kaurismaki

    La enorme filmografía de Aki Kaurismaki siempre se ha destacado por su diversidad. Diversidad cultural, diversidad de historias, personajes entrañables, melancólicos perdedores del frío finlandés. Estos personajes, la mayoría muy austeros, tienen comportamientos extraños, secos, pero cariñosos.

    En el cine de Kaurismaki, los gestos minimalistas se agrandan gracias al poder de la cámara. El director es un fanático del cine mudo estadounidense, el humor de Buster Keaton, el policial pop francés y la nouvelle vague...
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  • Elefante blanco
    Elefante blanco
    A Sala Llena
    En el Ojo de la Tormenta

    Thierry Frémaux afirmó recientemente que el cine argentino estaba al borde del suicidio y que el único que lograba diferenciarse era Pablo Trapero. Este comentario recibió muchas críticas. Algunos enfatizaron el hecho de que Frémaux y Trapero son amigos, que el director de Carancho se ha vuelto un abonado a Cannes, que Frémaux solo ve un tipo de cine argentino. Todo puede ser cierto. Pero hay algo innegable. A Pablo Trapero le sobra coraje artístico y siempre va a la búsqueda de nuevos desafíos.

    El cine de Trapero se agrandó. De la humildad de Mundo Grúa, pasó por El Bonaerense (su mejor película hasta la fecha), siguió con Familia Rodante y llegó hasta Nacido y Criado. En ese transcurso de su filmografía, se notaba un Trapero que empezaba a buscar un estilo, una estética, una temática que, por un lado, lo identificara como autor pero, por el otro, no lo encasillara en un estilo único y cerrado. En esta etapa –podría decirse- más experimental de su filmografía, vemos un gran esfuerzo por explorar el lenguaje audiovisual y superarse. Si en Mundo Grúa vemos un análisis del obrero desde su punto de vista, sin caer en lugares comunes y con un lenguaje parecido al neorrealismo, en El Bonaerense nos encontramos con un policial seco, reflexivo y distinto. Con Familia Rodante quiso probar suerte con la comedia dramática pero el resultado fue desigual. Lo mismo con Nacido y Criado, acaso una de las películas más meticulosas en lo que respecta a utilización de material fílmico (70 mm), con una puesta en escena hipnótica. Estos trabajos, desiguales pero igualmente interesantes, permitieron que Trapero madurara como cineasta. Esta evolución fue paralela a la de su mujer, Martina Gusman, en el rol de actriz. La unión de ambos permitió que desarrollaran dos films más brutales en su concepción narrativa y cinematográfica: Leonera y Carancho. Ambas posibilitarían que Trapero tuviese otro nombre, que fuese un autor internacional a tener en cuenta.

    Y acaso, la unión entre el primer Trapero y este último, más jugado en términos de producción, dan como resultado Elefante Blanco, una producción a la altura de grandes obras épicas latinas o europeas en donde confluyen el drama, la acción y, a la vez, el retrato de una realidad social. Quizá gracias a la repercusión de Ciudad de Dios o Amores Perros, es posible que hoy en Argentina se concrete una obra como Elefante Blanco.

    Por suerte, la película de Trapero es mucho menos manipuladora, demagógica e hipócrita que las obras de González Iñarritú o Meirelles. Sin embargo, en su pretensión y ambición, también deja al descubierto algunas falencias narrativas que, si bien no terminan manchando el resultado final, pueden llegar a hacer ruido en una reflexión pos-visionado.

    Elefante… toma como protagonista al Padre Nicolás, un cura belga que, tras sobrevivir en una masacre dentro una tribu en la selva amazónica, es rescatado por el Padre Julián, un cura argentino que trabaja en Villa Lugano, donde queda el famoso Elefante Blanco, un hospital que iba a ser el más grande de Latinoamérica, abandonado en su construcción por los diversos gobiernos de turno. Dentro de la Villa, ambos curas deberán enfrentarse con los problemas de drogas de los adolescentes, los continuos cruces con la policía federal y los inconvenientes económicos para construir viviendas que están avaladas por la Iglesia Católica.

    Como es de prever, los protagonistas continuamente cuestionan su propia fe (cómo puede, por ejemplo, existir un Dios en un sitio tan violento) y ponen en duda que lo que están haciendo termine sirviendo para algo, o incluso que estén del lado correcto. No solamente ellos tienen estas dudas; también hay dos voluntarios sociales -Juliana y Cruz- que continuamente piensan si deben seguir o no trabajando en aquel lugar olvidado por los gobiernos. Teniendo en cuenta esta trama, no es muy difícil ver una inspiración directa de la figura del padre Mujica (el sacerdote luchador y de izquierda que vivía en villas).

    Acaso uno de los problemas mayores del film es que son demasiadas subtramas en una sola, haciendo excesivo lo que Trapero desea contar. Esto hace que su duración de casi dos horas termine quedando corta. Y si bien el personaje de Nicolás tiene un excelente desarrollo y profundidad emotiva, se va perdiendo en el avance de las diferentes historias. Hay demasiadas cosas para contar en esta película: los chicos que pueden encontrar una salida, el enfrentamiento entre pandillas locales, la intromisión de la policía, las obras que desarrolla la iglesia, la influencia de estos “padres villeros”, el lugar de los asistentes locales; todo esto sumado al desarrollo de las relaciones entre los protagonistas mismos. Hay por lo menos dos subtramas que están de más en el film y no se resuelven. Si las hubiesen omitido, la película sería mucho más concreta y redonda.

    Sin embargo, esto no quita que la película sea atrapante, entretenida, movilizadora. Hay varios factores ajenos a lo narrativo que permiten que Elefante Blanco sea, quizás, la película nacional más interesante para analizar en los últimos años. En especial en lo que respecta al análisis del punto de vista y de la estilización visual.

    Respecto del primero, al igual que en gran parte de su filmografía, Trapero toma el punto de vista de la persona que entra en una nueva comunidad. En este caso, Nicolás y su infiltración que le permite a Trapero situar la cámara en el centro de acción: el Elefante Blanco. Ese siniestro esqueleto donde pueden dormir tanto los curas como los adictos al Paco. A través del personaje de Julián, vamos conociendo los diversos parajes y personajes dentro de la Villa, sintiendo una constante tensión en cada puerta que se abre, cada persona que pasa corriendo al lado de los protagonistas. Pero así como Trapero no obvia el costado más violento y policial, tampoco deja de lado la parte humana, la contradicción, los sueños y los deseos de la gente. La manera en que ellos viven, tratan de salir adelante y se preocupan por lo suyo. La película incluso termina preguntándose si no son mucho peores los que viven fuera de la Villa que dentro de ella.

    El segundo aspecto para destacar es la impresionante puesta en escena. Trapero recorre todo el Elefante Blanco y los pasillos de la Villa con extensos planos secuencia, filmados con steady cam, que siguen a los personajes. Esto, además de permitir construir la geografía de la villa, permite que el espectador sea un testigo, un habitante más de ese espacio. Es increíble, desde este punto de vista, la precisión de los movimientos, la coordinación, la tensión que se vive. La presentación dentro del Elefante Blanco seguramente sea el más extenso plano secuencia filmado en la historia cinematográfica argentina. Guillermo Nieto, director de fotografía y cámara, logra superarse a sí mismo con este trabajo. Primero por la calidad que tiene cada imagen, la nitidez; el aporte del grano en ciertas escenas y, a la vez, el arriesgado trabajo que supone iluminar cada espacio de la villa en forma distinta, teniendo en cuenta que no va a haber cortes en el medio. En cada escena no sucede una sola cosa, sino decenas. Algunas confluyen en la trama central, otras, no, pero ayudan a comprender cómo suceden las cosas dentro del mismo barrio.

    Por este motivo, es muy destacado el montaje, ágil y dinámico, acompañado por la banda de sonido de Michael Nyman, que contiene pasajes de tensión a cargo de coros eclesiásticos, que hacen recordar a la música de Ennio Morricone para La Misión. El colaborador habitual de Peter Greenaway (también compositor de La Lección de Piano y Gattaca, entre otras) sorprende por la manera en que se integra sonoramente al contexto villero. Es extraño cómo pueden convivir en un mismo sitio el barroquismo de Nyman con el rock del Pity Álvarez.

    Trapero pone detalle a cada historia que está detrás de la principal. Cada una suma verosímil a la hora de construir este micromundo con su crudeza y naturalidad.

    En este sentido, las interpretaciones de los actores de la Escuela de la Villa (su lenguaje, sus movimientos) son imprescindibles para generar verosímil y crear un clima de naturalidad. Aportan mucho las actuaciones de personajes secundarios como Walter Jacob, Mauricio Minetti y fundamentalmente, Martina Gusman. Tres actores que parecen inmersos en el entorno de la villa como lo estará, con el correr del metraje, Jeremie Renier (mejor que en las películas de los Dardenne, sin desbordar y contenido, siempre verosímil), que a la media hora nos olvidamos de que es belga e incluso un actor, y lo que vemos es un cura envuelto en un contexto socio político al que trata de imponerse.

    La pieza más irregular es Ricardo Darín. La gran figura del cine nacional tiene excelentes momentos, muy creíbles, y otros en lo que parece tener otro código de actuación, más obvio, menos contenido, similar al de la televisión.

    Pienso que Ricardo es versátil y busca no caer en su propio estereotipo pero, por momentos, su actuación se vuelve demasiado "artificial", demasiado asociada a personajes que interpretó en otras películas previamente, y esto termina contrastando mucho con el registro actoral realista del resto del elenco.

    Aunque tiene sus desniveles narrativos y no todas las subtramas cierran perfectamente, el esfuerzo, la intención, la crítica y la posición que toma Trapero con esta obra es claro. Es verdad que está pensada para que en otros países el público no se sienta expulsados de los códigos nacionales, pero lo que muestra es suficiente para crear una crítica, que no se tira contra ningún partido específico, pero que apunta, a la vez, a la historia, al abandono y corrupción, y a cómo las consecuencias de lo que no se hizo se incrementan cada día.

    Potente en sus imágenes, reflexiva, intensa. Elefante Blanco logra un retrato cultural y social que no debe pasar inadvertido y que debería provocar la discusión entre los protagonistas, organismos estatales y privados. ¿Qué hacer? ¿Cómo resolver?

    A pesar de no ser tan sólida a nivel narrativo, tener algunos errores y golpes bajos innecesarios, la octava obra de Trapero lo consolida como realizador y confirma que las palabras de Frémaux no se refieren tanto a que una película sea mejor o peor, sino a que Trapero es un director que busca nuevos desafíos y que tiene la osadía de llevarlos al extremo y, especialmente, de concretarlos.

    Con la crudeza que lo caracteriza, esa impulsiva capacidad de pasar violentamente de un primer plano a uno general y quedar así ante una escena clave, rehusándose a incrementar clima y tensión, Trapero se perfecciona, se mantiene fiel a otros trabajos pasados (especialmente al tono y estilo de El Bonaerense y Leonera) y homenajea, de paso, a un grupo de personas que buscan mejorar un poco este mundo con honestidad y fe.

    Aunque suene inverosímil, esas personas existen
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  • 35 Rhums
    35 Rhums
    A Sala Llena
    Los trenes, la familia, el amor...

    Película coral, creada a partir de pequeñas historias de inmigrantes, e integrantes de la clase obrera y media baja. Situaciones cotidianas, familiares que la realizadora nunca trata de que terminen en el sentimentalismo, y a pesar de un par de golpes bajos, no apuesta al golpe bajo. Claire Denis hace una pelicula sencilla, pero muy bien filmada. Humilde, bella, elegante, con encuadres simétricos, prolijos, nada pretenciosa. Denis, se calma un poco a pesar de tener una filmografia de irregular tono.
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  • Comando especial
    Comando especial
    A Sala Llena
    You Give Love a Bad Name

    Me niego a explicar el título de esta crítica. Los que comprenden, comprenden. Lo cierto es que –como pasó hace unos años atrás con la adaptación cinematográfica de Brigada A- llevar a la pantalla grande la serie Comando Especial es un hecho que está teñido por la nostalgia. Es que no lo voy a negar, las series policiales de Stephen Cannell marcaron mi infancia. Fueron un registro del paso de los ’80 a los ’90. Así como ahora están Dick Wolf o Jerry Bruckheimer, antes estaba Cannell, que firmaba cada episodio al final de los créditos con su propia persona escribiendo a máquina y lanzando una hoja en el aire...
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  • Música campesina
    Música campesina
    A Sala Llena
    Un film tranquilo para empezar el BAFICI. Las (des)aventuras de un chileno perdido en Estados Unidos tras haber sido abandonado por una novia estadounidense. Grabada como un diario de viaje medio improvisado, mezcla de road movie indie cassavetiana y Un Argentino en Nueva York. Lo más interesante es que el protagonista no es un completo ignorante de la lengua inglesa. Al contrario, se comunica bastante bien, pero rechaza el idioma...
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  • Los vengadores
    Los vengadores
    A Sala Llena
    El humor disipa las penas (o el fin del mundo)

    Tras internarme 10 días viendo cine “independiente”, pasando del drama intimista contemplativo nacional con solo 20 planos en 80 minutos, al cine experimental de Narcisa Hirsch o de Raya Martín, del documental autobiográfico al cine de terror y ciencia ficción más bizarro e ingenioso, agarrar nuevamente una superproducción de Hollywood con la magnitud de Los Vengadores en menos de 12 horas, provoca un shock fuerte… encima en 3D (y pensar que hace 48 hs había visto una obra croata de artes marciales en SVHS).

    Lo primero que sale a la luz es la artificialidad que tienen estas megaproducciones, el cálculo, la manera en la que los hilos de la estructura quedan al desnudo, el golpe de efecto, el momento de humor exacto. La previsibilidad del montaje y los diálogos construidos en base a frases hechas o protocolos militares. El patriotismo.

    Pero cuando uno comienza a entrar en la propuesta de Joss Whedon, descubre que Los Vengadores supera en casi todo sentido a las últimas adaptaciones del mundo Marvel. La unión hace la fuerza.

    Whedon proviene de la televisión. Su estilo, al igual que el de Johnston o Favreu es completamente transparente. Visualmente, el director de Serenity no encuentra demasiado ingenio para innovar visualmente. Cumple con lo que espera cualquier fan que desea que sus personajes tengan mayor protagonismo que el director. No es como Kenneth Branagh que logró incluir escenas con impronta teatral shakesperiana. Sin embargo, la mano de Whedon se nota en el guión, la narración y el humor que le imprime a la historia, los personajes y los diálogos.

    Si hay algo que nunca me gustó de los superhéroes Marvel es que en algún momento se hacen demasiado morosos, sentimentales en niveles cursis, solemnes. Whedon prefiere dedicarse a la acción y al conflicto grupal. Genera bastante tensión. No hay espacio para el romance prácticamente (apenas unos besos de Tony Stark con Pepper Potts, y un cruce de miradas entre Hawkeye y la Viuda Negra), por lo tanto el nervio está puesto sobre la lucha de egos que se desarrolla en el grupo. Bruce Banner tratando de repeler al Hulk, Tony Stark aprendiendo a trabajar en equipo, Steve Rogers buscando la forma de no tomar el rol de soldado que solo sigue órdenes.

    Esta lucha permite que se alimente el poder de Loki, el villano de turno. Whedon aplica un equilibrio preciso para que cada personaje de desarrolle casi de igual forma. Loki termina por ser más tenebroso y poderoso en Los Vengadores que en Thor, por ejemplo.

    A pesar de no contar con demasiadas sorpresas (solamente hay algunos cameos muy divertidos), el film es entretenido, el suspenso está bien generado, y los efectos especiales toman protagonismo, pero no desorientan al espectador como sucede en los films de Michael Bay.

    Cuando Whedon hizo Serenity (adaptación de su fallida serie Firefly) ya demostró que sabe manejar equipos, que se puede generar comedia cuando se tiene a un grupo que funciona como una familia disfuncional. En medio de diálogos dramáticos, Whedon aplica comentarios irónicos de Stark y Banner, el Hulk genera voluntaria comicidad con sus peleas, e incluso hay un registro de autoparodia (“Parece un conflicto shakesperiano” dice Stark cuando ve a Loki luchando con Thor).

    De esta forma, las casi dos horas y media son precisas. Al film no le falta ni le sobra nada. El cálculo permite que todos se queden conformes y vivan la experiencia como un chico de 12 años (como dijo Iván Steinhardt).

    Hay incongruencias narrativas en el guión. Algunas vueltas de tuerca sin resolución, errores en la coherencia y verosimilitud misma de la historia, pero se perdonan. Pasan inadvertidas.

    Alan Silvestri da un gran apoyo musical en la acción, crea un leit motiva que queda horas en el oído.

    No busquen espontaneidad en los textos. La mayoría de los diálogos carecen de realismo, sin embargo los chistes funcionan.

    Si bien, ninguno de los actores, tiene una participación memorable, la mayoría está mejor que en sus propias películas. Es el caso de Tom Hiddleton, mucho más sólido y convincente que en Thor, Chris Evans, que parece comprender mejor su rol de Capitán América, los pocos minutos de Gwyneth Paltrow aportan una frescura que no había en las dos partes de Iron Man. Downey Jr. con menor participación logra destacarse, Ruffalo es más convincente que Edward Norton como Bruce Banner y Scarlet Johansson interpreta a una Natasha Romanoff más cálida y humana. Sorprende la frialdad de Jackson como Nick Fury (estaba más suelto y menos atado al guión en Iron Man), desaprovechados Stellan Skarsgard, Cobie Smulders y Jeremy Renner, y son muy nobles las pequeñas intervenciones de Clark Gregg o el veterano realizador polaco Jerzy Skolimowski

    Para distenderse, divertirse y relajar la cabeza después de romperse la cabeza reconstruyendo las tramas (o buscándole sentido) a más de 46 films, Los Vengadores cumple con las expectativas generadas. Un producto redondo y calculado. El riesgo habrá que buscarlo en Miguel Gomes o Guy Maddin.
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  • El útimo Elvis
    El útimo Elvis
    A Sala Llena
    Larga Vida al Rey

    Tras realizar el guión de Biutiful de Alejandro González Iñarritú con Nicolás Giacobone, Armando Bo, hijo de Victor y nieto del director de India (que también se presenta en el Festival), inaugura el BAFICI con una ópera prima de bastante producción que cuenta con el apoyo de Telefé y del director de Amores Perros...
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  • Las mujeres del 6° piso
    Inocencia y Culpa Burguesa

    El cuento de la Cenicienta me lo han contado demasiadas veces. La historia de la chica humilde que gracias a su simpatía, carisma, carácter y belleza física logra ablandar al príncipe frío y seco, hacerle sentir empatía por las clases bajas, libre de culpa y pecado, convertir a la bestia que se rige por dogmas y protocolos sociales, en un ser alegre y solidario, la he visto hasta el hartazgo. Algunos realizadores supieron aportarle giros más o menos originales, y no desestimo el encanto de obras clásicas como El Príncipe y la Corista de Laurence Olivier.

    Pero Las Mujeres del Sexto Piso, no solamente no aporta una sola idea original, sino que además peca de ingenua, superficial y hace apología al capitalismo.

    Jean Louis Jeaubert es un hombre tímido que siempre vivió bajo la sombra de mujeres: primero su madre y después su esposa. Cuando la primera fallece, la segunda despide a la empleada doméstica que había estado junto a ellos por más de 25 años. En el mismo edificio del que es propietario, en el sexto piso, viven 5 mujeres provenientes de España, que son las empleadas domésticas de los aristocráticos del edificio, todos burgueses, dueños de negocio o empresas con dinastía, como la de Jeaubert, que se dedica a la compra y venta de acciones. Cuando llega María, la sobrina de una de las mujeres del sexto piso, Jeaubert la emplea y pronto empieza a sentir interés romántico por ella, y simpatía por las demás mujeres, brindándoles el apoyo económico que necesitan, pero al mismo tiempo, dejando de lado a su propia familia.

    Nadie duda de las buenas intenciones de Le Guay a la hora de filmar. El relato tiene ritmo, y escenas muy simpáticas. Básicamente, es agradable y no cae ni en golpes bajos ni en otros momentos sentimentalistas. Ahora bien, la acción sucede en 1962, y supuestamente, las mujeres españolas se fueron a Francia, escapando del franquismo. Esta elección de tiempo termina siendo bastante trivial y banal. El interés de Jeaubert por la situación político-social de España es relativamente menor al que tiene por la cultura culinaria o musical que las mujeres intentan instruirle. De hecho, una de ellas, la que pone mayores barreras a la relación del protagonista con ellas, defiende el comunismo, pero queda como un personaje demasiado superficial. Se nota que Le Guay fue criado en una familia burguesa, aislada de los acontecimientos que se estaban dando en Francia en los años ’60.

    La inferencia de la política y la economía nunca se profundiza, e incluso, se intenta demostrar que invertir en la bolsa da frutos y es favorable para todos. La “comunista” termina sintiéndose atraída por la Bon Vivant que propone Jeaubert. Los conflictos conyugales que llevan las acciones del protagonista con su esposa, están reducidos a superficiales gags referentes a la imposibilidad de las clases aristocráticas de llevar adelante una vida doméstica sin empleadas.

    Para dejar en claro que las mujeres son españolas, Le Guay las estereotipa al máximo, mostrando al burgués como víctima de su educación conservadora.

    Recientemente vi en el último Les Avant Premiere, Ma Part du Gateau, en donde también se mostraba la evolución en la relación de una mujer obrera que termina como empleada doméstica de un yuppie de la bolsa, en la actualidad. Pero en la obra de Cedric Klapisch, se hacía mayor énfasis en lo social; al personaje del burgués no se lo ingenuizaba tanto e incluso, se lo castigaba.

    Acá, Jeaubert es un ángel, un hombre sometido, sin maldad, que demuestra que el capitalismo no es tan salvaje, y el dinero puede construir la felicidad.

    La narración es demasiado amable, tira por el suelo todas las enseñanzas cinematográficas que brindó la nouvelle vague. Es anticuada, de ideología peligrosamente conservadora y retrógrada.

    Lo único que realmente salva un poco al film son las interpretaciones. Fabrice Luchini, es un actor inmenso, sutil, de pocos gestos y gran expresividad, con innumerable versatilidad humorística y dramática. Uno de esos intérpretes que brillan en cualquier género, y cualquier personaje. Sandrine Kiberlain, también es una destacada actriz, minimalista, con una mirada penetrante y sonrisa compradora. Su honestidad le brinda calidez a un personaje tan frío y calculador. La tercera pata, del triángulo, es Natalia Verbeke, la actriz argentina, pero que trabaja hace bastante en España y compone a María, la Mary Poppins del cuento. Verbeke, con su belleza y simpatía logra una interpretación mucho más contenida que en obras anteriores, y mucho más creíble también. Berta Ojea es la más interesante del elenco secundario, y dos enormes actrices como Lola Dueñas y Carmen Maura, se encuentran completamente desperdiciadas. De hecho, es decepcionante, el ambiguo rol que le dieron a la protagonista de ¿Qué he Hecho Yo para Merecer Esto?

    Visualmente poco imaginativa (aunque la fotografía es bastante destacada), Las Mujeres del Sexto Piso es una comedia sin personalidad, simpática, pero demasiado armada a partir de fórmulas remanidas, calculada, que repite con mucha ingenuidad el modelo del burgúes con conciencia social que decide cambiar gracias al amor, y sale triunfante.

    Ya va a llegar el día en que el cine se dé cuenta que el príncipe azul y el lobo feroz, son la misma persona.
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  • Tenemos que hablar de Kevin
    Mamita querida…

    Una de las grandes preguntas que atormentan a la humanidad es ¿de donde proviene la maldad?

    ¿De donde provienen los psicópatas, los psicóticos? ¿Es posible ser simplemente un asesino por naturaleza?

    ¿Acaso todos los criminales son víctimas de una mala educación, provienen de la marginalidad, han tenido abusos sexuales, maltratos físicos?

    ¿Por qué un chico que se cría que en un ambiente cálido no puede convertirse en un ser diabólico?

    ¿Cuál es la responsabilidad de los padres?

    Basada en la exitosa novela de Lionel Shriver, Lynne Ramsay regresa al cine con una obra intensa, cínica, morbosa, maliciosa, pero a la vez extremadamente atractiva, tensionante, crítica y visualmente meticulosa.

    Ya en El Viaje de Morvern, la obra que la trajo a estas tierras, Ramsay había demostrado un gran talento para no seguir las convenciones. Para crear un personaje, alrededor del mismo un mundo, pero a la vez no salir de su cabeza. Desestructurar la narración, ir armando un rompecabezas para generar un efecto final más impactante, y además darle un tono visual marcado, provocando un doble sentido de objetos, que posiblemente, fuera de contexto no tendrían sentido.

    Pero acá, el contexto es todo. El contexto es Kevin, como él mismo dice.

    La forma en que la realizador construye el personaje de Eva, desde la empatía hasta la vergüenza y la culpa, y se va relacionando con este niño, posteriormente adolescente, que desde un principio adquiere unos tonos maléficos, es realmente admirable. Todo juega a favor de demostrar que Kevin es peor que el mismísimo Demian, pero solo mamá sospecha que algo no está bien. Claro, es un niño. Todos son traviesos, tienen algo de malicia. Sin embargo, a medida que la tensión se intensifica, la destrucción psicológica de Eva se agranda, y al final, a pesar de que nunca nos da pistas de lo que fue el suceso, por el que Kevin está preso y Eva en constante éxodo, los hechos no provocan sorpresa.

    Tenemos que Hablar de Kevin, se puede ver como un alegato social, y el tono entre morboso y seudo humorístico que elige Ramsay fue fuertemente criticado, especialmente porque los hechos que narran no se alejan demasiado de ciertos actos reales. Pero justamente esto es lo que la aleja de obras más convencionales que se limitan a contar los hechos y punto. Solamente Gus Van Sant en Elefante, se había animado a meterse en la cabeza de un adolescente traumado, pero acá, la directora se pone (o nos pone) en el rol de la madre inocente e ingenua, pero no tanto como el padre de Kevin, completamente ausente de la crianza, alejado.

    Ramsay elige que contar, que no, que elementos narrativos dejar sutilmente aclarados porque no necesitan enfatizarse. Los silencios, miradas, planos fijos o una construcción eisenstiana del montaje es fundamental para la creación de climas, y para que el espectador rellene aquello que no se dice.

    Es que básicamente, lo que no se dice es necesario que la sociedad lo divulgue. Ramsay mantiene el suspenso y el misterio. ¿Por qué no vemos a Kevin fuera de su casa, de su contexto hogareño? ¿Por qué no la vemos a Eva trabajando, pero asumimos que lo hace? ¿Por qué no vemos a Franklyn, el padre sacando fotos? ¿Dónde están los abuelos?

    Ramsay elige no ampliar el espectro de personajes, lo que lo hace teatral, pero a la vez más intimo y personal.

    Visualmente, elige contrastes, colores llamativos, una morbosa fascinación por lo rojo, que no es casual ni arbitrario, que adquiere un especial sentido de repulsión. Los cereales machacados, la mermelada rebalsando el pan. Todo adquiere otro significado si proviene de Kevin. Y la mirada de Eva…

    Tilda Swinton se aleja de sus propios clisés y estereotipos para crear un personaje querible, verosímil hasta llegar al punto de odiarlo. Son tantos los matices de sus expresiones, la evolución de una sonrisa hasta la mueca de disgusto, odio o la sospecha, que es imposible no sentir atracción hacia ella. Ramsay, explota a Swinton, pero la manipula, la forcea a quedarse en un molde social “aceptable”. Logra que no desborde dramáticamente. Es simplemente sublime el nivel de sutileza para aceptar una realidad, ante la preocupación de ser una víctima de las circunstancias, o quizás la principal victimaria de los actos de Kevin.

    También debo adular dos trabajos inolvidables. En primer lugar, Jasper Newell, el pequeño demonio súper talentoso e ingenioso. No recuerdo haber sentido tanto odio por un infante hace mucho tiempo. Ni siquiera Polanski ha creado criaturas tan horribles como este chico. Newell es un descubrimiento increíble. Por otro lado, la versión adolescente de Kevin, Ezra Miller es otro verdadero placer, aunque más previsible que el anterior. Esa sonrisa cínica, maléfica, anticipatoria, y al final, el arrepentimiento, la duda. Miller también es capaz de manejar varios estados anímicos con la misma careta. Esto provoca un duelo actores constante, de miradas y gestos mínimos.

    En el medio vemos a John C. Reilly, nuevamente en el rol del esposo/padre ingenuo abstraído de la realidad que se vive en su casa, con esa sonrisa de oso Teddy pintada en la boca. Sin embargo, su ausencia y estado es fundamental para entender las consecuencias de los actos de Kevin. Si bien el personaje se parece al que interpretó en Un Dios Salvaje (estrenada hace un par de semanas) o especialmente al esposo de Roxie en Chicago, Reilly logra convencernos de su benevolencia, lo cuál permite que se lo odie al mismo tiempo.

    Ramsay da una mirada siniestra acerca del prototipo de familia “normal” estadounidense con sus prejuicios y la necesidad de mantener una imagen. Hay que resaltar el atino de una banda sonora oportuna, fantástica, que por un lado contrasta, pero por otro lado incrementa el humor negro que rebalsa el film.

    Sarcástica, trágica y reflexiva, Tenemos que Hablar de Kevin es un film que no deja indiferente; que provoca, genera el diálogo, acerca de la responsabilidad de los padres en los actos de cada hijo es las diversas facetas de su vida. El oscuro retrato psicológico de lo que sucede en la cabeza del vecino.
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  • Un método peligroso
    La Zona Oscura

    La fama de David Cronenberg como realizador no se debe a su estética o la originalidad de las historias que elige narrar. Sino al modo en que lo hace, especialmente aquello que decide mostrar, y más importante aún aquello que sugiere sin mostrarlo. El mundo es un lugar oscuro. Detrás de cada expresión se oculta una zona muy siniestra en la mente humana.

    A veces los monstruos internos sale a la superficie (Scanners, The Brood, Videodrome, Festín Desnudo), otras quedan adentro, y unos mínimos gestos bastan para demostrar es más atrapante tratar de llegar a esa zona, que develarla.

    La sugerencia es un discurso que hay que saber mostrar de forma muy sutil. En este sentido es muy importante con actores muy talentosos para encontrar la forma de decir sin expresarse, de abrirse solamente con una mirada. ¿Quién diría que Viggo Mortensen, podría convertirse en uno de esos intérpretes?

    Un Método Peligroso es ambigua, misteriosa pero fiel al espíritu de su realizador. Justamente, es una obra que se da de la mano de aquellas que fueron menos apreciadas por el público y la crítica general, como M. Butterfly.

    A diferencia de lo que muchos esperarían, Cronenberg decide hacer una película que retrata la relación entre Jung y Freud, demostrando que la mente humana tiene misterios, que ni un psicólogo puede desentrañar.

    Los personajes son tan ambiguos e indefinibles, que son imposibles de analizar de forma unidimensional.

    Por un lado tenemos a Sabina, la misteriosa paciente que se termina convirtiendo en psicoanalista, por otro lado Jung, el renombrado psiquiatra que tiene mayores dilemas morales que sus pacientes, y por otro, el oscuro y soberbio Freud, que se pone una máscara para no develar los secretos de su mente.

    Cronenberg se apiada y victimiza al pobre Jung. Lo manipula, se burla de su ingenuidad y bondad. Su positivismo termina perjudicándolo como personaje, pero justamente eso busca el director. Es que solo un vehículo para explorar el mejor de los personajes, Freud. El mítico creador de la teorías psicoanalistas, es el verdadero Cronenberg. Así, como el protagonista de Spider, Freud no habla de lo que lo preocupa realmente. Su mirada cínica, sus irónicos comentarios son lo único que utiliza Cronenberg para desnudar a su personaje. El resto son conjeturas, conclusiones que debe sacar el espectador.

    Sin salirse demasiado de la estética teatral conceptuada por Hampton, Un Método Peligroso, es un film que deja picando en la cabeza, mucho después de terminada. Más allá de prolija puesta en escena, Cronenberg es un experto en crear climas lúgubres, sin forzar las situaciones, ni desbordes extracinematográficos. A pesar de contar una sobria escenografía, excelente reproducción histórica o una fotografía expresionista, las mismas nunca toman un primer plano. Los personajes siempre están primero. Tampoco la banda de sonido de Howard Shore, toma una posición notoria, pero el director, lo que busca es que todo esté conectado, y se crea una sensación misteriosa.

    Como otras obras, la historia tarda en comenzar. Si bien el montaje es más rítmico y, la duración de los planos más reducida, Cronenberg arma el relato lentamente.

    El humor se hace presente a través de una burla hacia la hipocresía hacia la burguesía alemana de principios del siglo XX, especialmente la comunidad científica. En los oscuros ojos de Freud, se encuentra una ácida mirada acerca de las convenciones y el conservadurismo sexual de la época.

    El sexo está presente en cada escena, e incluso hay una clara intención fálica por parte del realizador de que Freud tenga un habano en la boca cada vez que aparece. La violencia, el sexo y las drogas es parte del cóctel cronenbergiano. Todo se combina para crear una crítica a lo limitada que es nuestra capacidad de ver la magnitud de estas tres fuerzas juntas.

    El personaje de Otto Gross representa el libido en su máxima expresión, todo aquello que Jung le gustaría ser: el exceso sin culpa.

    Los roles se mezclan: la relación padre-hijo se transforma en relación mentor-discípulo, y de repente se dan vuelta a través de las connotaciones sexuales que interfieren. Pero lo más morboso, acaso, es la forma en que todo el dolor y abusos provocan placer en los personajes. Esta sadomatización nos lleva invariablemente a pensar en Crash, extraños placeres.

    En el universo Cronenberg, todo se relaciona. Los elementos no se aislan, y aún cuando la violencia y el sexo no son tan gráficos como en otras obras a nivel visual, cobran mayor relevancia, justamente porque el director apuesta por lo sugerente fuera del campo visual e incluso fuera del aspecto narrativo.

    Compleja, misteriosa, maravillosa, Un Método Peligroso no es la típica película que gusta ni bien se termina de ver. Es necesario discutirla y desmenuzarla.

    Hampton es un dramaturgo profundo e inteligente. Cuando sus guiones fueron llevados a la pantalla por notables realizadores que comprendieron su humor irónico y el patetismo que se oculta detrás de las máscaras aristocráticas, podemos encontrar trabajos tan soberbios como este o Relaciones Peligrosas, la gran obra de Stephen Frears.

    Fassbender y Mortensen tiene un notable duelo interpretativo, en el que se suma Keira Knightley, que tiene momentos sobreactuados y otros, en donde la contorsión física y expresiva, ayudan a completar la tensión que pretende realizar el director.

    Vale manifestar que Mortensen parece haber estudiado cada expresión de Christoph Waltz, la original elección de Cronenberg, así como Fassbender se empieza a parecer cada vez más a Aidan Quinn.

    Por último, los pocos instantes de Vincent Cassel, también son uno de esos lujos que se da esta obra.

    Cronenberg sigue manteniéndose fiel asi mismo, y sus elecciones temáticas. Por sus historias, cualquier realizador se habría tentado por hacer algo más grandilocuente, pero Cronenberg fija su visión en los detalles del comportamiento humano, convergiendo en espacios reducidos para mantener la tensión y la claustrofobia (recordemos que hizo lo mismo en La Mosca). Hay pocos que explotan el poder de una mirada a cámara de forma tan expresiva como él.

    La zona oscura no está tan muerta y sigue siendo tan seductora, cuando Cronenberg trabaja sobre ella…
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  • Furia de titanes 2
    Furia de titanes 2
    A Sala Llena
    Creer o Reventar

    El género peplum se volvió a poner de moda. Digamos que todo comenzó con Roma, tras el éxito de Gladiador y por supuesto, después vino Grecia con sus mitos y dioses.

    Tras el suceso de la primera parte dirigida por Louis Leterrier,, era predecible que llegara la secuela. Esta vez, Leterrier se quedó en la producción y fue elegido Jonathan Liebesman para llevar a puerto esta obra titanica.

    Liebesman proviene del cine de terror/ciencia ficción clase B. No hizo un mal trabajo con la precuela artificial de La Masacre de Texas e Invasión a la Tierra: Batalla Los Angeles, fue bastante subvalorada.

    Lo mejor, justamente, de la secuela de la obra del 2010 son algunas, muy pocas, decisiones de parte de dirección, que incluso permite afirmar que supera a la original. Liebesman se toma la película como una de clase B con gran presupuesto. Las criaturas mitológicas tienen formas más monstruosas que fantasiosas se podría decir. A su vez, Liebesman impone la cámara en mano (firma visual suya) en algunas escenas, por lo cuál la artificialidad es sutilmente, menor que la obra previa. A diferencia de Leterrier, las escenas de peleas, luchas, coreografías logran distinguirse. Leterrier tiene tendencia al caos visual, a la confusión. Como sucede con Michael Bay, los enfrentamientos creados digitalmente superan en velocidad a la percepción del ojo humano. Liebesman es más tranquilo y paciente. Además prioriza el espíritu de aventura que la historia amerita, le agrega humor a través del personaje de Agenor (Toby Kebbell), dosificando un poco la solemnidad.

    Ahora bien, a nivel narrativo, Furia de Titanes 2 parece una telenovela familiar, que a medida que progresa se va enredando hasta quedar incoherente con su propio discurso e ideología. Los guionistas Johnson y Mazeau no supieron encontrarle la vuelta a lo que proponían desde el principio al final.

    Básicamente, los dioses del olimpo están desapareciendo. Los humanos están dejando de creer en ellos, y por lo tanto si no hay fe, los dioses no pueden existir. Y si los dioses no existen el mundo se termina. Palabra de Zeus. Su hermano, Hades, en el infierno, quiere dejar escapar a Cronos, el padre de ambos para que destruya al mundo a cambio de dejarlos a ambos inmortales. Zeus advierte a Hades que se está equivocando, pero este lo toma prisionero y lo utiliza para hacerle una transfusión de poder (¿?) hacia Cronos, con ayuda del hijo bastardo de Zeus, Ares, Dios de la Guerra.

    Los únicos que pueden destruir a Cronos y salvar a Zeus, son Perseo, hijo mitad Dios, mitad humano de este último, y Agenor, el hijo mitad humano de Poseidón. Ambos con ayuda de la Reina Andrómeda, deben encontrar la puerta del infierno para evitar que Cronos destruya el mundo.

    Cuando una película clase B necesita ser explicada constantemente algo falla. No hay complejidad, pero los guionistas la crean. Liebesman no logra extraerle el discurso constante a la historia y además cae en confusiones mitológica, e incluso incoherencias ideológicas. Al principio pareciera que estamos frente a un folletín de la Iglesia Evangelista, y más tarde, resulta que los dioses son mortales, y sí se los destruye, el mundo no cambia. También hay “subtrama” romántica que tiene menos cabeza que las cabezas de las estatuas de los dioses. Tampoco se logra profundizar demasiado en la relación: padre – hijos – hermanos.

    Los personajes son de piedra. El único que tiene cierta duda existencial es Hades, que vacila si hacer el “bien” junto a Zeus o ayudar a Cronos a liberarse. Pero la impasible mirada de Ralph Fiennes no permite distinguir su realmente estamos frente a un villano, un dios amigo. No sé. Liam Neeson cambia de barba, pero no de personaje: ya sea Ra’s Al Ghul, el león Asian, Qui-Gon Jinn o Rob Roy, se ha encasillado en el rol de líder sabio, e interpreta igual a todos. Pensar que ambos brillaron en La Lista de Schindler hace casi 20 años…

    Decepcionantes son, por otro lado, las apariciones de Bill Nighy, Edgar Ramírez y Danny Huston. Rosemund Pike es una buena actriz mal aprovechada y Sam Worthington es más convincente en su avatar navi.

    Vacía, sin alma, Furia de Titanes 2, entretiene pero no emociona. Ni siquiera como una mera diversión clase B. Poco aporta la banda sonora de Javier Navarrete (El Laberinto del Fauno) y el efecto 3D (lo único que se puede decir a favor, es que está mejor usado que en la primera parte, donde fue insertado en la post producción. Acá al menos se pensó desde el diseño de ciertas escenas).

    Furia de Titanes 2 no da pie a reflexiones (tampoco que lo pretendiera), no innova ni genera algún tipo de debate o controversia en lo visual o narrativo, pero mientras siga facturando, los dioses de la Warner, se conforman.
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  • La suerte en tus manos
    Se (re)fuerza la máquina

    Tradición Burman. Religiosamente, Daniel Burman se ha autoimpuesto estrenar una película con un promedio de dos años de diferencia, aproximadamente entre Marzo y Abril, y por ahora cumple con lo que propone. De esta manera, deja abierto su juego. Mostró sus cartas en Esperando al Mesías, y desde entonces controla el azar. Cambia de productores (no de socio), de guionista, pero Burman ha encontrado regularidad en su cinematografía, y no solamente desde un punto de vista industrial, sino también cualitativo. Ha encontrado una línea temática para desarrollar y profundizar trabajo tras trabajo, la mantiene. Puede cambiar un poco el tono, pero es fiel a una estética y a un tono que le permita movilizarse entre un cine de autor, con historias que se conectan mas no se unen, y al mismo tiempo comercial, con un público que lo sigue, generando pequeños éxitos comerciales, que lo ayudan a seguir manteniendo su productora, que muchas veces ayuda con la financiación de trabajos independientes de noveles autores, más experimentales y riesgosos (como fue el caso de Anahí Berneri).

    Ese equilibrio, del que también forman parte en cierta forma, otros contemporáneos de la generación 01 como Caetano y Trapero, sumado a dos realizadores más veteranos como Campanella y Sorín, que encontraron sus mayores éxitos dentro de la misma época, es lo que se necesita para afirmar que autoría y búsqueda de público pueden ir de la mano. Todos ellos, aún hoy, consiguen ser fieles y llevando público gracias al apoyo de nombres de actores, que se han vuelto “importantes” en la “industria” cinematográfica.

    Es cierto que de tan efectiva, la fórmula encontró una mecanicidad, que podría no atraer tanto a festivales extranjeros, que buscan siempre algo “nuevo” (leer las últimas reflexiones de Thierry Fremaux). Bueno, acá no hay innovación. Y aún así sigue funcionando. E incluso, hay una contradicción, porque a pesar de ser cine clásico y de género, La Suerte en tus Manos, fue seleccionada para competir oficialmente en Tribecca.

    En su óctavo largometraje, Burman retoma los temas que más le interesan: familias distanciadas, el duelo patriarcal, la búsqueda del verdadero amor, las segundas oportunidades, el lugar que ocupa la religión, el azar y la suerte, todo esto en un contexto urbano porteño.

    Uriel es un adicto al juego y al sexo, pero mantiene su vida ordenada y controlada. Sabe cuando retirarse de una mesa de poker y si va a relacionarse con varias mujeres al mismo tiempo, prefiere hacerse una vasectomía para que no haya “accidentes”. Tiene dos hijas, una ex esposa ausente de su vida y una empresa financiera que funciona como relojito. Esta rutina se rompe cuando se reencuentra con Gloria, quien acaba de regresar de Francia, tras el fallecimiento de su padre, con un novio francés barba candado. Ambos tuvieron una relación pasional en el pasado, pero cuando salían de los albergues transitorios, no lograban conectarse. Ahora, los dos van a tratar de construir una nueva relación; el problema es que Uriel, además es un mitómano, y su método de seducción se basa únicamente en decir una mentira tras otra.

    Después de dos films casi crepusculares como El Nido Vacío y Dos Hermanos, Burman regresa con un personaje con el que siente mucha más empatía. Uriel es una versión un poco más exitosa y carismática que el Ariel (Daniel Hendler) de Esperando, El Abrazo Partido y Derechos de Familia. Es un acierto de parte del director, apostar por un intérprete menos taciturno e introvertido para la representación del personaje. La elección de Jorge Drexler, por un lado le permite alejarse un poco del modelo Hendler, es más cálido pero a la vez, es cierto que se nota, que el cantautor uruguayo (que ya había participado con Burman en la banda de sonido de El Nido Vacío), no tiene la seguridad ni la profundidad interpretativa del actor (también uruguayo), ahora convertido en director, y que ha puesto fichas en la televisión.

    Aún así, lo interesante es la construcción del personaje, no solamente cada faceta que se va conociendo de su personalidad, sino también esa percepción e interés por describir los detalles que lo caracterizan. Burman, siempre se fija en los detalles. Algo que lo une por ejemplo con el cine de Gustavo Taretto. De que forma influye el vestuario, los objetos, la mirada, los gustos en el desarrollo que tiene el personaje, incluso los gustos musicales.

    Si hay algo que siempre he criticado en Burman desde Crisantemo hasta Dos Hermanos, es que esa percepción no era equilibrada entre personajes masculinos y femeninos. Con la llegada de Sergio Dubcovsky, los personajes femeninos encontraron mayor desarrollo y profundidad dramática.

    Como había sucedido con el personaje de Susana (Graciela Borges) en el film anterior, Gloria, no es solo una acompañante y complemento del personaje masculino. Tiene una historia propia, una meta que se va desarrollando en forma independiente y aislada de la de Uriel. Incluso, y gracias a la gran versatilidad expresiva de Valeria Bertuccelli, más contenida que en otros trabajos, el personaje resulta mucho más atractivo que el de Uriel.

    Durante la trama, hay varias situaciones que se tornan un poco repetitivas y previsibles. Aún así el ritmo de la acción no cae en ningún momento, generándose un producto entretenido y efectivo. A diferencia de Dos Hermanos, su trabajo más oscuro y denso desde Esperando al Mesías, La Suerte en tus Manos, recobra el espíritu más lúdico y la energía más optimista y positiva de Derechos de Familia. Sin apostar por golpes bajos o sentimentalista, se convierte en un obra querible, amable, romántica, donde se realzan los valores familiares.

    Visualmente impecable, se puede criticar que Burman ha limpiado un poco su estética, la volvió más transparente y accesible, pero también se toma algunos instantes para incluir secuencias más surrealistas, aún en un contexto verosímil, que forman parte de su firma personal.

    El humor no siempre es ingenioso, y las citas a algunos símbolos de la cultura musical pueden resultar un poco obvios, pero esto no ensucia la historia.

    Además de Drexler y Bertuccelli, hay un interesante elenco secundario, que aporta presencia y naturalidad a sus personajes. Si bien, no logran brillar ni son tan profundos como los protagónicos, Norma Aleandro y sobretodo Luis Brandoni tiene roles divertidos y fundamentales para el desarrlollo de Uriel y Gloria respectivamente. Gabriel Schultz no desentona, aportando humor sin desbordar, y sin duda es muy destacada la labor de los chicos Paloma Álvarez Maldonado y Lucciano Pizzichini.

    En roles más técnicos, la fotografía de Daniel Ortega, la música de Nico Cota y el diseño sonoro de Jessica Suárez tienen una influencia en la creación de los climas de la obra.

    La Suerte en tus Manos es una obra un poco más ligera y menos trascendente que otras de Daniel Burman, pero no tiene mayores pretensiones. La máquina sigue funcionando.
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  • Los juegos del hambre
    Le siguen robando a Kurosawa

    Hace un par de días, le comentaba a mi buen amigo y crítico Alejandro Ricagno que después de ver French Can Can en Les Avant Premiéres, me parecía insultante que haya personas que veneren como obra maestra la versión de Moulin Rouge de Baz Luhrman. Alejandro me respondió: “Habría que encerrar 72 Hs a esas personas en una sala y mostrarles esta película y la versión de John Huston una y otra vez hasta que comprendan lo que de verdad es el cine”.

    No pensé que en menos de 24 horas, volvería a pensar lo mismo de otra película.

    Todo empezó con La Fortaleza Oculta (1958) de Akira Kurosawa. Una épica obra de aventura y acción con samurais, donde un caza recompensas marginal debía rescatar a una princesa de las manos de un emperador déspota.

    Un gran cinéfilo de la generación de los ’60/’70 de la nueva camada de niños genios de Hollywood, agarró el guión de esa película y la convirtió en una pequeña obra de ciencia ficción, que transformó la historia del cine contemporánea gracias a sus efectos especiales, y el carácter mítico que se construyó dentro y fuera de la diéresis del film. Por supuesto, hablo de La Guerra de las Galaxias (la original, la mejor) de George Lucas.

    Después de dos secuelas maravillosas y tres precuelas decepcionantes (con respecto a la original saga), llega a los cines la adaptación cinematográfica de la novela de Suzanne Collins, Los Juegos del Hambre de la mano de Gary Ross.

    ¿Qué tiene que ver La Guerra de las Galaxias con Los Juegos del Hambre? Nada… y todo.

    La historia se sitúa hace mucho tiempo (en el pasado o en el futuro), en algún lugar lejano. La estética retrofuturista y el hecho de que ningún sitio que se nombre existe, así como que los nombres de los personajes son completamente ficticios permite que pensemos que toda la acción puede pasar en otro planeta, otra dimensión, acaso.

    Al igual que en la película de Lucas de 1977, la historia ha comenzado hace mucho tiempo. Hubo una rebelión contra el imperialismo que fracasó, y por lo tanto, para castigar a los rebeldes cada año se celebran Los Juegos del Hambre, algo así como las olimpiadas, donde 24 chicos de 12 distritos se deben matar unos a otros como forma de tributo, y a la vez para recordar que no debe haber más rebeliones, pero también para dar una mínima esperanza de supervivencia. Son 74 juegos del hambre, por lo tanto, hace 74 años que el mundo está así.

    La cuestión que lo que empezó a ser un castigo se convirtió en pan y circo, y se gana mucho dinero a través de un reality show, donde se apuesta que adolescente va a ser el vencedor. En este sentido, el libro y la obra de Ross se separa de la de Lucas. Sin embargo, es imposible dejar de relacionar una obra mítica con la otra, especialmente, porque empieza con una introducción con letras blancas que ponen al espectador al tanto de lo sucedido (como Flash Gordon), porque el gobierno (el imperio) sigue siendo el villano, y porque la frase que acompaña a los juegos es: “que la suerte esté de tu lado”. Vamos… Collins, podías ser menos obvia…

    Y así se van filtrando referencias, algunas sutiles y otras más obvias La Guerra de las Galaxias. Esto no quita, claro que independientemente de esto, sea una obra interesante. Bueno, no lo es. El principio promete, Ross con cámara al hombro se dedica a hacer planos muy cerrados de sus personajes, dando una impronta casi independiente. Vemos a Jennifer Lawrence en una cabaña cuidando a su madre y hermana, filmada de esta manera, e incluso podemos imaginar que se trata de la secuela de Lazos de Sangre. Sin embargo, después, cuando comienzan los juegos y vemos como se construye el gobierno de El Capitolio, Ross elige símbolos propios del nazismo para representación visual: el logo es un águila erguida, los policías marchan como soldados alemanes (pero visten como los guardias de THX 1138, otro robo a Lucas) y los chicos que esperan para no ser elegidos para representar al Distrito 12 en los Juegos… parecen sacados de campos de concentración. ¿Hacía falta ser tan obvios? O sea, se nota a la legua que es un gobierno totalitario, pero tiene que parecerse tanto al nazismo. No pueden ser más sutiles o imaginativos.

    No, a Los Juegos del Hambre le sobre mucho, pero la falta de imaginación es alarmante. No me voy a molestar en hacer la comparación con Battle Royal, porque es tan obvio que lo nombraron todos los medios. La figura de los comentarista del reality show (a cargo de dos desaprovechados Stanley Tucci y Toby Jones) es similar a la del periodista que narraba la vida de Truman en The Truman Show. Y la alegoría polítca-apocalíptica sumada a un deporte ya se hizo en Rollerball y Carrera contra la Muerte.

    Innovador es que hayan elegido a una heroína fuerte, fría y valiente, y el muchachito sea un cobarde, romántico, cursi. Y hay que elogiar a Ross por seleccionar a Jennifer Lawrence, que se toma en serio a su personaje, consagrándose como una actriz sólida y verosimil. Expresiva con pocos gestos. No se puede decir lo mismo de Josh Hutcherson, que es menos creíble que Schwarzeneger como gobernador. El resto del elenco deja mucho que desear. Donald Sutherland como el presidente (una suerte de emperador de La Guerra de las Galaxias) promete tener un mejor rol en las secuelas. Elizabeth Banks hace lo que puede con su personaje surrealista, Woody Harrelson parece que creyó que estaba haciendo la secuela de Kingpin, Lenny Kravitz intenta actuar y solo se salva por unos minutos la joven Isabelle Fuhrman (la maravillosa protagonista de La Huérfana).

    Más allá del argumento risible, de las variadas influencias que intenta oculta de manera muy pobre, de los personajes unidimensionales, se le puede atribuir a Gary Ross, que al menos logra generar buenos climas de suspenso, y el ritmo del film es acelerado. No se notan los 142 minutos, aún cuando hay escenas románticas patéticas, completamente incoherentes con el resto del argumento. Si el film aburre es un pecado, dijo alguna vez Steven Spielberg sino me equivoco. Bueno, Los Juegos del Hambre no aburre al menos.

    Ross por otro lado intenta generar puntos de contacto entre su ópera prima, Amor en Colores y Los Juegos… Tenemos una pareja de jóvenes que ante un mundo con demasiadas reglas, desafían a los poderosos, haciendo valer su “amor” antes que las convenciones. Ambos pasan de un mundo real a uno imaginario, son seres marginales, pero que hacen valer su estatus social. Y ahí se acaban las similitudes. De la misma manera en que desaparecen los planos cerrados cuando empiezan los juegos, la autoría de Ross, queda completamente anulada. Tampoco que Amor en Colores sea una obra maestra, pero se podría haber esperado un producto menos planeado, menos superficial de parte de un realizador/guionista que busca diferenciarse en Hollywood, aun cuando revalidad el cine clásico de los años ’40 y ’50.

    Si Los Juegos del Hambre se quiere convertir en la nueva versión de La Guerra de las Galaxias, los productores y realizadores deberían aprender que no fue solamente la mitología alrededor de la historia, los efectos especiales o la aventura lo que hicieron exitosas a la saga de George Lucas, sino también el carisma de sus personajes, la química entre los actores, la falta de escrúpulos a la hora de citar a las obras de Michael Curtiz, Fritz Lang o Akira Kurosawa. En vez de querer crear otra saga de Harry Potter o de Crepúsculo inspirándose en fríos modelos contemporáneos, miren los seriales de los años ’30. No oculten el espíritu clase B.

    Pero los adolescentes compran y se fanatizan. Corren a las salas con los nombres de los personajes tatuados en la frente (los vi después de la película). A todos ellos habría que encerrarlos, por lo menos 15 horas seguidas, y mostrarles las 6 películas de las aventuras de Anakin y Luke Skywalker, una detrás de otra. Así, por lo menos van a comprender, que Los Juegos del Hambre no es ni más ni menos que una pobre remake, (con obvias referencias a los documentales de Leni Riefenthal), de otra mítica saga, que no merece, por ahora ser actualizada.

    Concluyo esta “crítica” con un mensaje para los pobres padres que deban acompañar a sus hijos a las salas: “Que la Fuerza los Acompañe”.
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  • Enter the Void
    Enter the Void
    A Sala Llena
    Algo me hace ruido en el cine de Gaspar Noé. Me gusta la provocación en el cine. Creo que es necesario provocar, pero con inteligencia y no de forma superficial. Lars Von Trier o Jean Luc Godard son provocadores. Provocan desde su ideología política del mundo y desde la estética que eligen para sus obras. A veces, la pifian, porque se concentran más en una u otra y olvidan que están haciendo una película...
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  • Drive
    Drive
    A Sala Llena
    Una Danza de Muerte

    “El ritmo de la película tiene la intención de crear la sensación de las últimas bocanadas que una persona da justo antes de morir. Érase una vez en el Oeste fue de principio a final, una danza de muerte”

    Sergio Leone

    Definir a Drive, como un film de acción es como decir que las películas de Sergio Leone son únicamente westerns. Lo irónico, es que la octava película de Nicolas Winding Refn tiene la estructura de un western clásico… con la poesía y meticulosidad en la puesta en escena que le aportaba Leone.
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  • Poder sin límites
    Poder sin límites
    A Sala Llena
    Última Degeneración

    En 1999 dos jóvenes directores se internaron en un bosque con tres actores y una cámara de video y realizaron una seudo obra de suspenso y terror, acerca de una bruja que perseguía a tres cineastas. Como experimento era ingenioso, como obra cinematográfica fue un desastre, pero lo cierto es Blair Witch demostró que se podía hacer cine con muy poco recursos, dando enormes dividendos, mientras se aprovechaban del bolsillo de adolescentes fácilmente impresionables.

    El fenómeno casero resurgió hace unos años con Cloverfield: Monstruo, producida por J. J. Abrams y dirigida por Matt Reeves. Aun siendo bastante banal, la película estaba bastante bien dirigida, el recurso fuera de campo era funcional, y la premisa original. Cuando vimos la adaptación estadounidense de Dejame Entrar, pudimos constatar, que Reeves tiene talento para filmar realmente, y quizás, lo peor de Cloverfield, provino irónicamente de Abrams.

    Son dos ejemplos aislados y extremos de lo mejor, y lo peor del género mezcla fantasía con realidad. En los últimos tres años, este fenómeno resurgió gracias a la serie Actividad Paranormal, que nuevamente desprestigia el género cinematográfico, asustando realmente con muy poco ingenio y puro golpe de efecto.

    Esta semana coinciden dos estrenos grabados en forma testimonial: Con el Diablo Adentro y Poder sin Límites. Pero mientras que la primera, relacionada con exorcismos es completamente banal, la segunda tiene criterio cinematográfico y del punto de vista, una intensa evolución del personaje protagónico e ingenio técnico para no agotar el recurso.

    Andrew es un joven introvertido. Se acaba de comprar una cámara para que lo acompañe a todos lados, y grabar lo que sucede a su alrededor. Su vida privada no es muy agradable que digamos: su madre se está muriendo de cáncer y su padre es alcohólico y golpeador. Por lo tanto la cámara es lo único que le da motivos a Andrew para seguir adelante y no sacar afuera sus rencores.

    En el primer día de su tercer año universitario es objeto de todas las burlas. Solo recibe el apoyo de Matt, su primo y único amigo.

    Un día, después de salir de una fiesta, ambos, junto con Steven, el aspirante a presidente del Comité de Alumnos (¿emulador de Obama?) descubren “algo” que está metido dentro de un pozo y les otorga poderes sobrenaturales: desde telepatía, músculos que soportan los golpes hasta la posibilidad de volar. Pero no son inmortales.

    Sin embargo, como dice el maestro Yoda, el miedo y el rencor llevan al lado oscuro de la Fuerza.

    A pesar de caer en bastantes clisés y lugares comunes del universo de los superhéroes adolescentes, esta obra que remite a X Men o El Protegido, porque asimila que es lo que puede suceder a una persona que descubre que tiene superpoderes, pero no sabe que hacer con ellos, tiene bastantes ingredientes interesantes.

    En primer lugar, su joven director Josh Tank (casi sin antecedentes) y Max Landis (guionista, hijo menor de John) deciden restarle importancia a aquello que les dio superpoderes, evitando cualquier tipo de explicación racional. La narración se centra en el conflicto interno de Andrew. Mientras que Steve y Matt usan sus poderes para boludear, y no quieren hacerse notar, Andrew lo ve con propósitos más funcionales a su entorno, y como parte de la próxima etapa de la selección natural darwiniana. ¿Les suena conocido alguien tan rencoroso con la sociedad? Sí, Andrew parece un joven Eric Lensherr (Magneto). Los tres aprenden a controlar sus poderes, pero cuando el odio y enojo atraviesa los límites de la personalidad, el poder corrompe la moral y casa lo mejor y peor de cada personaje.

    Nada de esto es original, pero llevado a este relato, con esta estética se vuelve bastante en interesante. Además, así como Andrew relaciona lo que vive con las teorías naturalistas, Matt lo hace con la física, matemática y filosofía citando a Schopenhauer o Platón. De esta manera se efectúa no solamente un conflicto entre personalidades, sino también entre teorías filosóficas. Nada banal para una obra adolescente. Tampoco falta la tensión ante el primer encuentro sexual, y todo lo que compone la liberación del libido en el adolescente, el rechazo, prejuicios, la competencia, lo popular y antipopular en el mundo del colegio secundario. Esto promueve mayor rencor.

    Hay algo con respecto al punto de vista de la cámara de Andrew que me molestó y es la incorporación de un personaje femenino. Esta chica tiene otra cámara, y de repente hay un cambio en el código y punto de vista. Arbitrariamente pasamos a ver desde la cámara de ella. ¿Por qué este cambio? Para ir acostumbrándonos, porque en el final, todo se vuelve caos, y ya el punto de vista pertenece a todo tipo de artefactos modernos capaces de capturar visualmente lo que sucede en el mundo: celulares, cámaras de fotos, cajeros automáticos. Somos demasiado vigilantes y paranoicos. El film decide filtrar una pequeña crítica al respecto.

    La oscuridad psicológica del personaje de Andrew es bastante interesante, así como el arco que compone el mismo. Dane DeHaan tiene carisma y profundidad expresiva para llevar a buen puerto el personaje, que debe enfrentar a un gran actor secundario como Michael Kelly. Recordemos que las relaciones padre-hijos son fundamentales en el mundo de los superhéroes.

    La película crece en mi cabeza. Recuerdo que cada vez que sentía que el film se empezaba a agotar en la narración y el recurso visual, surgía algo que me llamaba la atención. Todo esto se incrementa en el final, gracias a una lucha digital bien realizada.

    Pero también recuerdo esos momentos dramáticos que carecen de verosimilitud y ya fueron vistos innumerables veces.

    A pesar de esto, Poder Sin Límites es más que un producto adolescente basado en el síndrome “Yo, Cámara”. No, hay algo más. Originalidad, respeto y fidelidad por los verdaderos valores del cine cómic.

    Las nuevas generaciones han encontrado herramientas para defenderse.
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  • Tan fuerte y tan cerca
    Oximorón

    Un oximorón son dos términos opuestos que se usan en una misma frase, dando como resultado una respuesta contradictoria.

    Esta frase la saqué de Oskar Schell, el protagonista de Tan Fuerte y tan Cerca, cuarto opus de Stephen Daldry, realizador un poco sobrevalorado, cuya filmografía se completa con Billy Elliot, Las Horas y El Lector, tres obras afables, visibles, melosas, atrapantes, cuidadas estéticamente, pretenciosas, donde la narración fluye, pero que caen en decisiones argumentales contradictorias, golpes bajos y otras tentaciones de aquellos directores clásicos que buscan la ostentación y el golpe de efecto antes de una coherente y dinámica respuesta audiovisual. Son básicamente, obras correctas, pero demagógicas.

    Las contradicciones u oxiformos de Daldry vuelven a estar presentes en esta adaptación del relato de Safran Foer, adaptado por el siempre romántico Eric Roth (Forrest Gump, Benjamin Button, Munich).

    En este caso, dirección, guión, actores e historia están al servicio de conseguir la emoción gratuíta y el efecto lacrimógeno casi obligatoriamente.

    Sin embargo, esta imposición de la emoción, que tiene lo peor del cine estadounidense basado en golpes bajos y sentimentalismo, tiene otra cara: como sucede en todos los guiones de Roth, la construcción del personaje protagónico es brillante, el ritmo es constante y el relato no aburre, a pesar de sus momentos melosos, y al menos, hay tres actuaciones maravillosas.

    Oscar es un chico de 9 años muy curioso, solitario e independiente, cuyo padre, un joyero con aspiraciones científica, le da retos constantes, búsquedas para desarrollar conocimientos, razonar, investigar lo que sucede alrededor. Oscar es meticuloso, habla hasta saturar y volverse insoportable, es fóbico y retraído. Lo que lo saca adelante en la vida son las enseñanzas del padre.

    Sin embargo, sucede lo peor, y Thomas Schell muere en el atentado a las torres gemelas. Un año después, Oscar encuentra accidentalmente una llave escondida en un jarrón e interpreta que es una última misión que le dio el padre antes de morir. Oscar se resuelve a investigar a donde lleva esa llave, que abre, cual fue el último mensaje que le dio el padre, su testamento.

    La búsqueda de Oscar es una forma de atravesar el duelo y superar la pérdida. Esta búsqueda es dolorosa, demuestra los diversos estados anímicos del personaje, desde la negación hasta la aceptación. Oscar necesita encontrar el significado de la llave para seguir estando junto su padre.

    Sin embargo, la búsqueda de Oscar, lleva a tratar de acercarse a la madre, con quien tiene una relación distante debido a que siempre está ausente, y conocer al inquilino de la casa de la abuela, un hombre mayor y misterioso que se niega a hablar pero acompaña a Oscar en su búsqueda, al menos durante la mitad del relato.

    Hay dos películas dentro de Tan Fuerte y tan Cerca. Por un lado el presente/futuro del personaje, por otro lado el pasado.

    Todo lo inherente al presente es vital, dinámico, atractivo, divertido e inclusive sutil. La relación que tiene el personaje con el inquilino, a cargo de un Max Von Sidow que no emite palabra es maravillosa. No cae en la obviedad ni la revelación. Son al menos 40 minutos de metraje atrapante y divertido, donde además aparecen otros personajes que ayudan a construir la ciudad de Nueva York, sus habitantes y la paranoia post 11 de septiembre, lo cuál no es novedoso (Spike Lee hizo lo mismo pero mejor en La Hora 25), pero independientemente, el retrato, la pintura es atractiva.

    El problema del film es todo lo que se relaciona con el pasado, especialmente con la fatídica fecha del atentado.

    Al principio, se agradece que el relato salte un año en el tiempo y no se den detalles de lo sucedido con Thomas (Tom Hanks), porque el personaje es querible, odiosamente perfecto y benevolente y duele perderlo tan rápido. Sin embargo, se van sucediendo diversos flashbacks emotivos, sentimentales, narrados con tanta obviedad visual y falta de sutileza que contrasta con las bellas escenas, donde los perfectamente opuestos Oscar y el inquilino, buscan el destino de la llave.

    En el mundo interno de Oscar, todo es lágrimas y rencor, en realidad. El espíritu de aventura lo salvan.. a él y el espectador.

    Hay numerosos elementos que ayudan a digerir este melodrama clásico con aires de telenovela culebrona.

    En primer lugar las interpretaciones del joven Thomas Horn, que cumple con la difícil tarea de interpretar un personaje continuamente exagerado. No confundamos con sobreactuación. El personaje es desbordado, y el joven actor logra darle profundidad con la mirada y la voz al protagonista.

    Por otro lado, en la sutil mirada de Von Sidow se deposita honestidad, una expresión que demuestra estados internos, que el actor sueco ha logrado explorar junto a Ingmar Bergman. Realmente notable su economía de recursos expresivos. El tercero que aporta verosimilitud con su interpretación es Jeffrey Wright, un actor que desde la calma logra trabajos perfectos, sutiles. También aparecen en el medio John Goodman en un personaje pequeño, pero querible, que Goodman saca de taquito, al igual que Tom Hanks, nuestro James Stewart contemporáneo, inmutable, sencillo, fiel a lo que se espera de él, en un personaje decorativo. Desbordan en lágrimas y sobreactuación Viola Davis (la reina del llanto contemporáneo) y Sandra Bullock, repitiendo varios clisés de sus comedia románticas.

    Su personaje es bastante interesante, porque tiene mayor inherencia de la que se concibe a simple vista. De hecho, la mejor escena emotiva se la lleva ella junto al pequeño Horn casi al final de la obra. Suponemos que Naomi Watts o una actriz más sólida le hubiese dado mayor verosimilitud.

    En lo extracinematográfico, la fotografía cálida de Chris Menges, la grandilocuente banda de sonido de Alexandre Desplat, el vesturario multicolor de Ann Roth, son gratos aportes audiovisuales que ayudan a construir el mundo de Oscar.

    Daldry construye su film más personal desde Billy Elliot. Nuevamente acá, la relación padre – hijo es fundamental, así como la influencia de la educación en las relaciones entre personas de diversas edades (tema que se relaciona con El Lector)

    Es cierto que dista de ser el gran film que pretende ser, y la nominación al premio de la Academia, está de más (no así la de Von Sidow), pero más allá del sentimentalismo, el patriotismo post 11/09, el golpe bajo, hay una pintura interesante y emocional de una ciudad, una narración bien llevada que necesita de esos golpes bajos para progresar, buenas interpretaciones y alguna sutilezas que vale la pena rescatar.

    A veces, la suma de las partes es mejor que el todo

    Un oximorón gráfico, pero honesto.
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  • El topo
    El topo
    A Sala Llena
    Los Espías que Regresaron al Frío

    ¿Qué significa la palabra espiar? Observar, mirar, desde una posición prácticamente invisible. El objeto de observación no debe percatarse que lo están espiando. El espía debe pasa desapercibido. Imperceptible.
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  • El Artista
    El Artista
    A Sala Llena
    Norma Desmond sigue teniendo razón

    “Yo no soy más grande, las películas se volvieron más pequeñas”, decía el mítico personaje de Gloria Swanson en Sunset Boulevard, el Ocaso de una Vida.

    En las últimas semanas, tuve la percepción de que el cine había renacido. Obras como La Chica del Dragón Tatuado, Caballo de Guerra, Hugo o El Topo, no hacen más que confirmar que para crear para delante, hay que ver el pasado, y ser fiel a este mismo en sus códigos e intencionalidad. Fincher miró su propia filmografía y aplicó su destreza narrativa y audiovisual para renovar la novela de Stieg Larsson; Spielberg posó su ojo y sus temáticas habituales en un cuentito que remite al mejor cine de John Ford, Scorsese da una clase de Historia del Cine, homenajeando ingeniosamente a George Melies, y Tomás Alfredson revive el cine de espionaje inglés de los años ’70 con sus pro y contras, a través de una estética fiel e interpretaciones soberbias.

    Pero El Artista, que irónicamente es la obra que pretende literalmente hacer un homenaje al cine, regenerando la neutralidad sonora, y filmada en blanco y negro, no es más que un exponente de cómo la pantalla se ha achicado, y lo que es peor, se la sobrevalora.

    No sé si es por efecto temporada de premios o porque salí de ver y emocionarme por segunda vez con Caballo de Guerra (y confirmar que se trata de una obra maestra increíble), que realmente no pude sentir aprecio por la película de Michel Hazanavicius. Generalmente, me encanta cuando se recrea el periodo de oro de Hollywood, se filma en blanco y negro, e inclusive se arriesga a no incorporar diálogos audibles, pero lo cierto es que no solamente no me inmuté con esta obra nominada a 10 Oscars, sino que además me indigné.

    Desde ¿Quien quiere ser Millonario? que no sentía tanto insulto. Bueno, Historias Cruzadas es peor, A nivel cinematográfico, la película del director de OSS 117, tiene algunos méritos, pero lo que me pareció pobre es la resolución de una buena idea e intención. O mejor dicho, la banalización al objeto de homenaje.

    Partamos de la base que el personaje de George Valentín es estrella de las películas más “tontas y menos pretenciosas” de cine silente. Un actor que acude a la fórmula y la repetición para triunfar. Cuando esta se agota, por la incorporación del cine “sonoro”, Valentín queda en el olvido absoluto. Esto sucede con El Artista también.

    Esta sinopsis toma dos tópicos: por un lado, como la incorporación de diálogos auditivos perjudicó a varios artistas. Sin ir más lejos de eso se trataba Cantando Bajo la Lluvia (1952) de Gene Kelly y Stanley Donen. Digamos que acá se encuentra el homenaje honesto. Valentin es un emulador de Kelly por sus personajes (como D’artajnan) y sus pasos de tap. En Cantando, el drama quedaba tapado por los ingeniosos y divertidos números musicales, el encanto del trío protagónico y un grado de cinismo, que no hacía obvia la clase de historia. Pero no es el único caso. En 1992, el gran Richard Attenborough contó los orígenes del cine y el impacto de El Cantante de Jazz, a través de la voz de Charles Chaplin. Así que el tema, de por sí no es novedoso.

    Ahora bien, para desarrollar el mismo, Hazanavicious enfatiza a través de momentos surrealistas y oníricos, la importancia de hablar y comunicarse. Esto tampoco es novedoso. Siendo más metafórico y abstracto Esteban Sapir, también filmó en blanco y negro, sin diálogos La Antena (2007), y sin ir más lejos es el tópico favorito de Guy Maddin, que basa toda su filmografía en una regeneración con autoría y sin ser discursivo de los géneros filmados en blanco y negro, no solo en Estados Unidos, sino a nivel mundial, y con un gran grado de abstracción y poesía.

    Por lo tanto, ¿porque El Artista generó tanto revuelo? Posiblemente, ni siquiera el director y su pareja protagónica lo entiendan.

    El guión del director es completamente transparente, obvio, sin sutilezas. La puesta de cámara carece de decisión. Hay encuadres y movimientos que son demasiado contemporáneos, y otros que remiten al cine los años ’20 y ’30. Pero se suceden sin criterio, de forma azarosa, y no por motivos trasgresores como quizás hubiese hecho Buñuel, sino por falta de pulso para narrar. Las mejores reproducciones de obras mudas, son aquellas en donde se ve el marco de la pantalla. O sea, las películas dentro de la película.

    La falta de ese criterio se traduce en la selección musical. Casi llegando al final, es completamente insulso e incoherente el uso del leit motiv de Vértigo de Bernard Herrmann. Ahora entiendo lo que decía Kim Novak. ¿Por qué poner esta hermosa banda sonora de fondo, si todo el tiempo tenías música instrumental incidental original, y no se relaciona con el argumento de la obra de Hitchcock? Ojo, quizás el acompañamiento musical de Ludovic Bource, sea único realmente fiel al periodo mudo y es bastante digerible.

    Nada que objetarle a la fotografía o la reconstrucción histórica, pero los títulos de las películas que se proyectan tienen una connotación demasiado obvia con lo que le sucede a los personajes reales. Si vemos a Valentin deprimido y caminando solo por la calle, no puede haber en primer plano un cartel que diga “Lonely Star” (Estrella Solitaria). Es subestimar la inteligencia del espectador.

    Y así con muchas otras metáforas. Todo está al frente. No hay algo detrás, no hay sublecturas, no existen sutilezas, no hay múltiples interpretaciones de un plano.

    Por no decir que cuando muestra un efecto humorístico, lo reitera aun cuando sobrepasa el agotamiento. Es muy divertido el perro, su entrenamiento es maravilloso y es idéntico a la mascota de La Cena de los Acusados, pero repetir una y otra vez el mismo truco, satura.

    A los 50 minutos del desarrollo, ya veia el reloj porque el tedio se me hacía insoportable. El ritmo cae en la monotonía. La idea se entiende, pero Hazanavicious la repite una y otra vez hasta que se vuelve un clisé, un lugar común, para rematarla con un efecto tan predecible que da pena. El melodrama es forzado, la comedia es poco imaginativa y me causó poca risa.

    Si bien la historia ya no me enganchaba, a nivel visual no me parecía atractiva tampoco. Solamente la actuación del multifacético Jean Dejardin, con herramientas expresivas para la comedia y el drama, junto con la gracia y simpatía (llamarla actriz revelación ya es demasiado) de Berenice Bejo, hicieron más soportable el resto del metraje.

    Grandes intérpretes secundarios como Malcom Mc Dowell o Penélope Ann Miller están desperdiciados. John Goodman (más flaco de los acostumbrado) es verosímil como el magnate productor (el director nunca aparece), y sin dudas, James Cromwell, es lo mejor del elenco secundario, ya que el cochero fiel de la estrella (Valentín) emula a dos personajes: Erich Von Stroheim en El Ocaso de una Vida, y al cochero de Crimen por Muerte (1976) una comedia de Neil Simon, que era interpretado por él mismo, 35 años más joven.

    Fuera de estas citas, hay poco que realmente remite al periodo mudo. Es más bien una interpretación libre y superflua. No se puede aprender realmente de El Artista acerca de la historia del cine, cuando todos los datos son ficticios (a diferencia de Hugo, en donde cada cita es real). Quizás haya un personaje imitando a Buster Keaton viejo, pero es demasiada subjetiva esta lectura.

    Pero acá no hay cine. Se trata de emular al cine. Falta magia, emoción genuina. Puedo hablar de alguna que otra escena ingeniosa aislada, pero la suma de las partes no hacen una película.

    Hazanavicius, además, achica el formato de la pantalla, para ser supuestamente fiel al periodo que desea representar. Sin embargo, esto simboliza, lo que en verdad es El Artista, una obra que pretende mostrar mucho, pero como diría Norma Desmond, en un envase pequeño.

    Decepcionado y traicionado, me dan ganas de tirarme al sillón a ver Tiempos Modernos. Nadie como Chaplin supo transmitir el dolor del periodo de transición como en esta obra de 1934. Al menos, me voy a ir a dormir con una sonrisa.
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  • Caballo de guerra
    Caballo de guerra
    A Sala Llena
    El Hijo Pródigo Regresa

    Y un día, el verdadero Steven Spielberg decidió dejar de lado aquello que todos esperan ver de él, para hacer el cine que realmente admira y ama.

    Y cuando el director de El Imperio del Sol recobra esa mirada de niño inocente, curioso y soñador que lo impulsaron a convertirse en realizador cinematográfico se pone detrás de una cámara haciendo gala de toda su inteligencia, conocimiento cinéfilo, magia narrativa, estilización audiovisual, meticulosidad en la puesta en escena, pulcritud en la elección de un elenco, donde lo que principalmente amerita es la calidad interpretativa y no el nombre, donde los efectos se ponen en función de la historia, y el dramatismo se combina con el humor y la aventura, para generar un producto reflexivos, espiritual y sentimental, entonces podemos considerarnos afortunados de estar frente a una obra maestra.

    A diferencia de lo que consideran muchos, exceptuando la trilogía de Indiana Jones y E.T. mis obras preferidas de Steven son aquellas que no tuvieron tanta repercusión inmediata, y que hoy en día gozan de admiración. Tales son los caso de Inteligencia Artificial, su obra más metafórica y personal, en donde realmente le importó poco y nada, la reacción del público, y El Imperio del Sol. A estas 6 obras, agrego Encuentros Cercanos del Tercer Tipo. Es imposible no reconocer al pequeño Steven en cada una de ellas. Caballo de Guerra se suma a este grupo de películas.

    Más allá de las apariencias, la película no habla sobre la Primera Guerra Mundial. O sea, no es una excusa la trama para poder hacer una película de la guerra con superproducción, sino por el contrario, la guerra, al igual que Rescatando al Soldado Ryan, sirve de metáfora para hablar del tema por excelencia de la filmografía Spielbergiana: la separación de los hijos de sus padres.

    No hay obra, incluso Tintin, que no incluya este tema en mayor o menor medida. Acaso, la más obvia, pero con momentos fascinantes fue Atrapame Si Puedes. En Caballo, lo extraordinario es que lo tenemos por partida doble:

    Por un lado, Joey, el verdadero protagonista, un semental admirable y hermoso, es separado de la madre al poco tiempo de haber nacido. Por otro lado tenemos a Albert, su joven dueño y entrenador, que debe enfrentarse a un padre alcohólico, veterano de guerra, que no lo respeta por no haber vivido una guerra.

    Tanto la historia de Joey como la de Albert se van a ir entrecruzando numerosas veces en la historia, y Spielberg se destaca analizando la camaradería y amistad entre humanos y caballos… en forma separada.

    Estamos frente a un Spielberg pura sangre y poético, que aprendió de errores del pasado y prioriza esta vez el poder de las imágenes para contar más que el de las palabras y diálogos. No sería desacertado mencionar que se trata del film menos hablado de su director. El poder de miradas entre humanos y equinos es admirable. Aquel que conozca la estética visual de Steven podrá reconocer enseguida cada travelling, zoom in o primer plano, provocando emotividad, no solamente por la belleza que genera y simboliza, sino también por lo que rodea al mismo extra cinematográficamente.

    Janusz Kaminsky se destaca nuevamente y John Williams, a cargo de la banda sonora, son parte fundamental del talento de Spielberg. El montaje de Michael Kahn, la dirección de arte de Rick Carter. Acompañado por sus habituales colaboradores, Spielberg nos lleva a la Inglaterra y Francia de la Primera Guerra con un nivel de detalle asombroso. Las capturas y persecuciones aéreas permiten disfrutar el espectáculo panorámico en que fue pensado el film.

    Cuánto se ha nutrido Spielberg de maestros del cine épico como David Lean, Akira Kurosawa o John Ford. No hay palabras que describan la belleza de las imágenes de un batalló saliendo en medio del trigo en un atardecer. El film rememora las raíces fordianas, que como bien mencionó mi compañero Matías Orta, nos recuerda a El Hombre Quieto o Que Verde era Mi Valle, pero no solamente los escenarios pertenecen a Ford, también los personajes. El padre de Albert que compone con aspereza Peter Mullan, acaso el actor más subvalorado del año por su trabajo en Tyranosaurio, se puede entender como un Victor McLagen (fetiche de Ford) contemporáneo. Esa brutalidad, violencia, pero a la vez compasión y culpa del irlandés es tremendamente habitual en las sutiles expresiones de Mullan, quien acompañado por la siempre admirable y versátil Emily Watson, componen dos personajes antológicos. Y al igual que Ford y Kurosawa, Spielberg permite infundir humor y cariño hacia los mismos.

    A diferencia de algunos de sus últimos trabajos como Ryan, La Guerra de los Mundos, Munich o incluso mi amada Inteligencia Artificial, este Spielberg es lúcido y no tan pesimista. En Spielberg conviven el sentimiento de heroísmo en la batalla (consecuencia de las experiencias de su propio padre en la Segunda Guerra Mundial) con el mensaje antibelicista. Nuevamente esto se presenta en Caballo de Guerra. Pero esta vez, no decide mostrar las muertes. Recurre a diferentes efectos escenográficos, de montaje y fotografía para evadir el golpe bajo y el regodeo sentimentaloide.

    Existe el drama, la muerte y la desazón, pero también la esperanza y el sacrificio. Sin recurrir a un discurso obvio ni redundante, Caballo de Guerra impacta porque las imágenes no necesitan más explicaciones.

    La presencia humana, nunca genera tanta empatía como la animal. Más allá de contar con Mullan, Watson y un maravilloso Niels Arestrup, los verdaderos protagonistas son los dos caballos. Nunca en mi vida, vi un trabajo físico y emotivo tan espectacular por parte de un caballo como es Joey. Ni siquiera El Córcel Negro. Hay escenas que no se pueden juzgar por su verosimilitud sino por su carga emotiva, y en estas, son Joey y su compañero, los que roban la pantalla.

    Muchos acusan a Spielberg de demagógico y manipulador de emociones. En varios es cierto, pero la verdad es que Caballo es una excepción, siendo acaso la más emotiva de todas. Es que las lágrimas no llegan por el forcejeo de crear un efecto, sino porque la historia y la relación nos llevan a eso, y porque lo emociona en este viaje cargado de drama y aventura es lo implícito, el mensaje que nos dan sus autores. Cada soldado es un ser humano, cada muerte pesa en el conciente. En la guerra, son todos peones. No hay verdadero odio entre bandos, simplemente gente manipulado, enviada como carne de cañón hacia la batalla, y ese absurdo es lo que busca imprimir Spielberg. Encontrar la humanidad en aquellos momentos donde se busca la frialdad y la respuesta mecánica. Cada personaje, se enfrenta y reflexiona, piensa dos veces a la hora de mirar a su “enemigo”. No hay buenos ni malos. Solo personas.

    No es casual que el personaje más superficial, sea el del casero que compone con una extraordinaria naturalidad David Thewlis. El único villano palpable.

    Caballo de Guerra es una obra perfecta de principio a fin. Admito que siempre me interesaron más las películas de la Primera Guerra que de la Segunda. Quizás porque hay demasiadas, pero Caballo me recordó a Sin Novedad en el Frente, La Patrulla Infernal o más cerca, Amor Eterno, un film bastante subvalorado de Jean-Pierre Jaunet, sin duda su mejor film.

    Hay elementos visuales extraños, como por ejemplo, los cielos, generados digitalmente, demasiado perfectos, que parecen robados de los decorados de El Hombre Quieto (cuando el cielo es de un azul nítido) o Lo que el Viento se Llevó (el crepúsculo). Molesta porque hoy en día sabemos que un cielo así no existe, pero hay tanta poesía en cada fotograma, que es imposible no admirarlo igualmente. De la película de Victor Fleming (y George Cukor entre otros), también emula varias secuencias relacionadas con las consecuencias de la guerra.

    Caballo es un film episódico. Su protagonista, Joey es como el Jamie de El Imperio del Sol, corre de bando en bando a través de la guerra en búsqueda de su dueño (¿padre?). Cada persona con la que se cruza, lo ayudan a crecer y madurar. Albert, interpretado por el novel pero talentoso, Jeremy Irvine, también tiene que atravesar el camino del héroe en ese sentido.

    La cohesión de la diferentes historias en forma dinámica durante casi dos horas y media de metraje (que se pasan volando) son mérito del poder narrativo de su realizador.

    Gracias al inteligente guión de Lee Hall y Richard Curtis, acompañado por una hermosa melodía irlandesa, leit motiv pegadizo como no podía ser de otra manera, de John Williams, imágenes recargadas en sensibilidad, Steven Spielberg, con perfil bajo, menos pretensiones de las acostumbradas, intimista, marginalizando cualquier atisbo de patriotismo, construye una nueva obra maestra, que quedará esperemos, en la memoria colectiva de todo aquel espectador que disfrute de un relato clásico acogedor.

    Steven Spielberg ha regresado a casa.
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  • La invención de Hugo Cabret
    Todo el Cine en una Sola Película

    Solo 126 minutos le alcanzan y sobran al Profesor Martin Scorsese para dar una clase ejemplar de Historia del Cine, y de dirección cinematográfica. No es novedad que el director de Calles Salvajes es un confeso enamorado del 7º Arte. Robert De Niro dijo alguna vez que había visto videos en You Tube donde su amigo le estaba haciendo el amor a material fílmico.

    En 1995, Scorsese dirigió Un Viaje personal a través del Cine Estadounidense, de las grandes obras que lo criaron, y en 1999, hizo lo mismo relacionado con el cine italiano, en Mi Viaje a Italia. Directores tan cinéfilos como Martin Scorsese no deben existir.

    Es por eso que, tras muchos años de realizar películas de ficción influidas por todo el cine que mamó desde su infancia, cuando siendo monaguillo, se escapaba de la iglesia para meterse en una sala cinematográfica, a pesar que estaba convencido que se convertiría en cura, soñaba con agarrar una cámara y reproducir todo aquello, que le provocaba emocionarse con una imagen en movimiento.

    La filmografía de Martin Scorsese está marcada por un instantáneo amor por el cine, la pintura, el arte en general, y se ha convertido en un protector, defensor acérrimo de las instituciones que se dedican a conservar y restituir material fílmico y celuloide, para que todas las obras realizadas a partir de 1895, sean resguardas, permitan copiarse y exhibirse a las nuevas generaciones.

    Es realmente increíble, que hoy en día, un estudiante que pretende ser director de cine no sepa quién fue o que realizó Georges Meliés. Es irónico que alguien se dedique a estudiar efectos especiales o animación y nunca hayan visto, aunque sea Viaje a la Luna, la obra más emblemática acaso, por la revolución visual, sus efectos especiales, y la fascinación que existía por las novelas de Julio Verne. Es una vergüenza que alguien quiera ser director de cine y nunca haya leído novelas de Verne, el gran narrador de fantasía y literatura científica que haya existido, empecemos por ahí.

    Hasta el momento, Scorsese solo había llevado su fanatismo cinematográfico en documentales, de forma implícita en todas sus películas o con la biografía de Howard Hughes en El Aviador, en donde director y personaje empatizan en los diversos niveles de perfeccionismo y obsesión. Pero el film con Leonardo Di Caprio no se salía de la típica biopic. Siendo una obra bastante subestimada y con mayores valores que los que se le adjudicaron (todo lo que respecta a la filmación de Los Ángeles del Infierno tiene un valor cinematográfico e histórico increíble), no se trata tanto de la admiración hacia el cine en sí, como hacia la obsesión y psicología de un personaje contradictorio.

    La Invención de Hugo Cabret, basada en la novela de Brian Selznick del 2004 (primo del mítico David O, productor de Rebecca y Lo que el Viento se Llevó), es una declaración de amor al cine a través de la figura de un huérfano, hijo de un relojero que vive en la estación de Montparnassé. Hugo entabla amistad con Isabelle, una chica de su edad, que vive con su padrino, dueño de una juguetería en la misma estación. Ella nunca vio una película, y Hugo escapa de su trabajo para llevarla a ver un Festival de Cine Mudo en París, ya que su mejor recuerdo con su padre fallecido, es haber ido al cine. Entran a la sala clandestinamente y se emocionan viendo a Harold Lloyd en Safety Last.

    Nada de esto que acabo de describir, pertenece a la línea argumental principal del último film de Scorsese, pero es donde los cinéfilos, que amamos la trayectoria de este realizador, y nos preguntábamos hasta entonces, porque había elegido esta película, que podría haber dirigido Steven Spielberg, comenzamos a entender, que este proyecto es prácticamente una autobiografía, como una precuela de Calles Salvajes.

    El personaje marginal que tiene que hacer frente a la autoridad (en este caso, el inspector de la estación) es Martin Scorsese cuando tenía 12 años. Podemos imaginar al pequeño Martin, emocionado frente a Harold Lloyd colgando de un reloj. A partir de ahí, todo lo que veamos será una reproducción de la primeras películas mudas de la historia.

    Pasarán Chaplin, Keaton, los Hermanos Lumiere y, por supuesto, George Meliés en carne y hueso.

    Más allá de las anécdotas románticas que tiene el film, y todas las subtramas que confluyen armónicamente en el resultado final (la historia de Hugo con Isabelle, y de dos parejas que se quieren juntar entre sí), el mayor amor, es que el existe entre Scorsese con el cine mudo, y el tributo hacia la figura del mago, ilusionista, genio, innovador George Meliés.

    El guión de John Logan tiene una progresiva evolución, donde a través de los ojos de este niño que guarda reminiscencias con David Copperfield y se esconde dentro de un reloj, vamos conociendo una mirada romántica de París como no veíamos desde… Medianoche en París de Woody Allen. Parece que los dos cineastas neoyorquinos más famosos, necesitaban viajar a la ciudad luz de principios del siglo XX para crear sus mejores películas en muchos años.

    La magia se impregna desde el primer fotograma en que el efecto tridimensional permite que la nieva de la ciudad invernal traspase la pantalla, transmitiendo la misma sensación que en 1895 crearon los Hermanos Lumiere cuando filmaron el Tren Llegando a la Estación, la primera película de la historia del cine. En ese momento, todo el público pensó que el tren traspasaría la pantalla. Hoy en día, podemos tocar la nieve y no nos asombramos.

    La primera secuencia confirma que Hugo debe ser vista en formato tridimensional y que no es necesario realizar un film animado para lograr un plano-secuencia imposible, soñado (o sea, Scorsese mejora lo que Spielberg hizo en Tintin). El recorrido por toda la estación de Montparnassé, a través de los ojos de Hugo, conociendo a cada personaje que influirá en su vida, es una extensión de lo que el director ha hecho en Buenos Muchachos o Calles Salvajes a la hora de presentar a los protagonistas de sus obras.

    El resto es una fábula mágica, donde los chicos protagonistas deberán descubrir el secreto del juguetero. Entre sueños y cinefilia nos emplazamos 90 años al pasado y Scorsese da cátedra del nacimiento del cine, mostrando como buen profesor fragmentos de todos los films emblemáticos de las tres primeras décadas del celuloide.

    Honestamente, poder ver a Keaton, Chaplin, Griffith y especialmente los films de Meliés en tres dimensiones, justifican, incluso narrativamente, porque Hugo fue pensada para este formato. Tanto Herzog con La Cueva de lo Sueños Olvidados como Scorsese recurren al 3D para revivir el pasado, y convertir en realidad el sueño de los primeros artistas y cineastas que tuvo a humanidad. Solo, pensémoslo así. Los artistas de las cuevas del sur de Francia eran documentalistas tridimensionales. La intención de los Hermanos Lumiere era exactamente la misma: que una imagen fija cobre vida a través del movimiento y de la sensación al espectador de que está palpable frente a sus ojos.

    No quiero matar las sorpresas que tiene La Invención de Hugo Cabret, pero realmente tiene tantos detalles cinéfilos, que provocará la locura de los amantes del cine, desde el primero hasta el último fotograma.

    Pero más allá de las citas y el mensaje de conservación, y preservación del material fílmico, Hugo es una obra inolvidable, emocionante, perfecta en cada rubro. No solamente adolece de misterio, entretenimiento, pasión y ternura, sino que además está pensada como un cuento para ser admirado por toda la familia. No comparto que sea una película infantil. Se trata de la primera película del director, que puede ser visto por menores de 12 años. No es violenta, tiene un discurso directo, aunque también se permite ser poética, metafórica y precisa. A pesar de tener una enorme producción y gran despliegue de efectos especiales, no peca de pretenciosa. Es tan mágica como una obra de Burton o Spielberg. Scorsese es un narrador increíble y acá lo demuestra con un relato vigoroso, vibrante, atrapante y clásico a la vez. La emoción es genuina, no se fuerza al espectador a llorar, pero lo logra, especialmente al cinéfilo.

    Por la descripción y los personajes que se van sucediendo, Scorsese emula un poco al mundo que construyó Steven Spielberg en La Terminal. Al igual que el film del 2004, hay un prófugo que debe vivir clandestinamente en la estación y ayuda a que los personajes se relacionen y acerquen, mientras escapa de un inspector de estación, que Sacha Baron Cohen interpreta con una gracia digna de un policía de Mack Sennet, o la elegancia y torpeza de Jacques Tatí.

    Porque si no fuera poco que la cálida fotografía de Robert Richardson o la meticulosa, espectacular reconstrucción de París a principios del siglo XX a cargo de Dante Ferretti (habituales colaboradores de Scorsese) sean maravillosas, que los efectos especiales permitan visualizar a la Torre Eiffel apuntando a la luna como si fuera un cohete, o que Scorsese nos deleite con una historia sensible, el director realizó un cuidadoso casting y una vez más, tenemos un elenco soberbio encabezado por Asa Butterfield (el mismo de El Niño con el Piyama Rayado), Chloë – Grace Moretz (Kick Ass, Déjame Entrar), dos niños que actúan como adultos y tiene un rostro tan expresivo que no necesitan emitir sonidos para comprender como piensan, puros, abiertos a la fantasía y la aventura. En los roles adultos, además de Baron Cohen (que repite el acento del barbero de Sweeney Todd), se destacan Christopher Lee, Richard Griffiths, Emily Mortimer, Frances de la Tour, Helen Mc Crory y el gran Michael Stuhlbarg (otro personaje alter ego de Scorsese, el protagonista de Un Hombre Serio).

    Y Ben Kingsley. El actor de Gandhi, nuevamente lleva su expresividad y naturalismo a otro desafiante personaje. No solamente interpreta al personaje más importante, sino que además al más real de todos, y guarda un increíble parecido con el verdadero George Meliés. La transformación física y esa mirada llena de energía de Kingsley, lo confirman como uno de los mejores intérpretes contemporáneos.

    La Invención de Hugo Cabret es sin duda, una carta de amor genuino de Martin Scorsese por el cine. Obra maestra le queda chica.

    Nota al Pie: La idiota carrera por el Oscar

    Este año se ha dado la “casualidad” que al menos cuatro de las nueve obras nominadas mejor película para el Oscar presentan un profundo homenaje y amor por el cine y el arte de las primeras tres décadas del Siglo XX: La Invención de Hugo Cabret, El Artista (única que no vi hasta el momento), Caballo de Guerra y Medianoche en París. Es una carrera absurda, donde tenemos films que no se pueden comparar entre sí. Si a eso le sumamos la majestuosa e innovadora El Árbol de la Vida, nos encontramos con una gran disyuntiva. ¿Qué preferimos? Todos son films que tienen el atributo de la nostalgia. Si bien la más superficial me pareció Medianoche… es indiscutible que el mensaje de la última de Allen (todo tiempo pasado fue mejor) se confirma con estas obras. Hugo es la que tiene lenguaje más accesible de todas, y a la vez la más profunda. El Árbol es una película críptica y lenta, que no atrae a público masivo. Sin embargo, a nivel personal me quedo con Caballo de Guerra. No se trata de fanatismo hacia Spielberg, sino porque se trata de un verdadero espectáculo cinematográfico artesanal. Hugo, a pesar de su sensibilidad está construida sobre una París de maqueta, artificial, mientras el film de Spielberg se mantiene fiel a la estética fordiana y utiliza los efectos de forma indispensable. A esto sumemos, que el diálogo queda relevado por las miradas, que utiliza el recurso fuera de campo para evitar caer en la violencia, y que se trata de un film repleto de sutilezas.

    Pero más allá de gustos personales, estas obras, no pueden competir entre sí. Merecen ser atesoradas, verse una y otra vez, aprender de ellas.
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  • La dama de negro
    La dama de negro
    A Sala Llena
    ¿Alguien, por favor, quiere pensar en los niños?

    En una época donde el cine de terror parece haber agotado todas sus fichas, Hollywood se encarga de hacer innecesarias remakes de clásicos de los ‘70 y ’80, Inglaterra ha dedicido resucitar el terror gótico de fines del siglo XIX y principios del XX.

    Esta resurgimiento viene acompañado por la resucitación de la productora Hammer, fundada a fines de los años ’50, y que con Terence Fisher a la cabeza se ha destacado por tener dos décadas de brillantes películas góticas del género, aprovechando los paisajes y castillos antiguos que brinda el país insular. Desde los monstruos más conocidos hasta oscuras historias psicológicas, experimentos sexuales y otras morbosidades del clase B, la Hammer ha sido un sello de títulos de culto en donde se destacaron figuras como Vincent Price, Christopher Lee y Peter Cushing específicamente.

    En los últimos años, la Hammer volvió a abrir sus puertas, pero los primeros trabajos no gozaron de repercusión comercial, así que necesitaban de un título de renombre y un actor de moda para sacar adelante la motivación.

    La elección cayó en un nuevo clásico de la literatura del género escrito por Susan Hill a principios de los ’80 y que tuvo enorme repercusión en la literatura, el teatro e incluso la televisión. Cuesta entender porque se tardó tanto llevarla a la pantalla grande, cuando claramente es el formato donde se podía aprovechar mejor la historia.

    Para el protagónico, convencieron a Radcliffe, quien seguramente cansado de hacer del niño mago, busca alejarse de la imagen y el encasillamiento adolescente en pos de trabajos más “serios” y adultos. Ya había hecho una comedia adolescente de iniciación que no gozó de un gran aval por parte de los críticos y el público. Por lo tanto, la primera obra post Potter, debía cambiarle la imagen.

    Lo más probable que varios críticos titulen sus notas como “Harry Potter en la Casa Fantasma”, y esto no sería del todo descabellado. Va a pasar largo tiempo hasta que Radcliffe se desprende definitivamente de la imagen que lo hizo conocido, y lo mismo va a pasar con sus compañeros magos. Sin embargo, vale destacar el esfuerzo del actor y la intención de mantener sus raíces británicas y no venderse a cualquier producto hollywoodense, porque si La Dama de Negro conserva es la identidad british y de la Hammer, aunque con efectos un poco más elaborados que los artesanales de los años ’70.

    Arthur Kipp, un abogado viudo, con un hijo de 4 años, cuya esposa falleció en el parto y le parece verla todavía en la casa, debe mudarse de Londres a una típica campiña para vender una casona, perteneciente a una viuda, cuyo hijo falleció trágicamente. Si Arthur no encuentra el testamento de la viuda para iniciar los trámites de la venta, lo van a echar de la firma, porque sus últimos trabajos no le salieron bien. Cuando llega a la campiña se encuentra con un panorama gris. Los supersticiosos del pueblo, exceptuando al millonario local, lo miran con malos ojos. Al mismo tiempo, los hijos de los mismos se suicidan misteriosamente. Cuando llega Arthur a la casona de la viuda (la dama de negro, irónicamente interpretada por Liz White) para cumplir su tarea, sus temores y supersticiones van a ser puesta a prueba.

    James Watkins, director de una de las sorpresas del 2009, Eden Lake, dirige esta película, cuyo guión de Jane Goldman (co escritora de todas las películas de Matthew Vaugh) no le escapa a ninguno de los clisés ni lugares comunes del género gótico. Al contrario, las refuerza y le agrega algo del cine de terror japonés de fantasmas estilo la saga Ringu. También la combinación mansión gótica trae recuerdos de La Maldición de Jan de Bont (un desaparecido en acción) y especialmente de Los Otros, de Alejandro Amenábar.

    La cuestión es que más allá de que estamos ante un producto predecible y poco novedoso, el resultado final es bastante confortable y efectista. Watkins es un magistral creador de suspenso, climas densos y tensión dramática. Decide no prestar demasiado atención a las vueltas narrativas del texto original, o las explicaciones y centrarse en el conflicto del personaje con su propia espiritualidad y miedos, y sobretodo en generar un malestar visual artesanal, no abusando de efectos especiales, siendo fiel al estilo Hammer, aunque con vistas más comerciales.

    Watkins perfila como un director interesado en manifestar un interés por niños manipuladores, y padres enceguecidos, hostiles con los extranjeros cuando se meten en su círculo de confianza. Un crítico de la chusma, pero sin pretensiones de que esto se destaque sobre el argumento principal.

    Las interpretaciones Ciaran Hinds o Janet Mc Teer (nominada al Oscar este año por Albert Nobbs) aportan un poco de cualidad interpretativa. Igualmente hay que aclarar que Radcliffe, después de muchos años de ponerse a Potter al hombro, logra reprimirse bastante bien y dar un actuación creíble. Le falta un poco de actitud, pero no es demasiado alejado afirmar que verlo como padre no le mancha la imagen. Daniel ha madurado y el personaje de Arthur le juega bien para demostrar que puede salir del encasillamiento. Conserva actitudes de Potter, pero esta obra le sirve como transición ha trabajos más profundos posiblemente.

    La Dama de Negro, es un film clásico, de terror conservador, que sin llegar a ser gore o demasiado violente, logra mantener un clima de tensión durante toda su extensión. La fotografía de Tim Maurice – Jones (colaborador de las primeras obras de Guy Ritchie) y la banda sonora de Marco Beltrami (3:10 a Yuma, Scream, Vivir al Límite) aportan a pegar un par de sobresaltos.

    Anticipando la llegada de un par de homenajes a la figura y literatura de Edgar Allan Poe, el film de Watkins demuestra que el terror gótico aún no se ha agotado y los cuervos van a seguir apareciendo en las ventanas de las mansiones para asustarnos.
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  • Penumbra
    Penumbra
    A Sala Llena
    Cuando se apaga la luz, se enciende…

    Podría empezar esta crítica enfatizando lo difícil que es hacer cine de género en Argentina. Hace 11 años que el Festival Rojo Sangre le da la posibilidad a variedad de directores argentinos de mostrar sus trabajos y esfuerzos, algunos hechos con más presupuesto que otros, pero terminados al fin. ¿Esto significa que los trabajos son buenos? No necesariamente.
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  • Los descendientes
    Los descendientes
    A Sala Llena
    Descendencia dolorosa

    Muchas veces, cuando un producto toma el efecto deseado, el realizador intenta reproducirlo para ver si sigue funcionando hasta que el efecto se agota, cansa, y por lo tanto se demuestra que es hora de buscar una nueva fórmula.

    El caso de Alexander Payne cruza cierta paradoja. El director que alguna vez supo ser cínico, crítico con la sociedad estadounidense, atacando los valores familiares y tradicionales de la sociedad estadounidense, se ha aburguesado es post de perseguir aquello que mayor adulación provocó en sus últimas obras como Las Confesiones del Sr. Schmidt y Entrecopas, repitiendo la fórmula equivocada, y confiando que a la crítica y el público aún así lo iban a respaldar, simplemente porque pisa terreno conocido. Y lo logró una vez más con Los Descendientes. Pero esto no significa que a todos nos guste esta fórmula.

    Básicamente Los Descendientes repite una cantidad de axiomas que funcionan. Busca llegar a la emoción sin querer ser lacrimógena, pretende ser realista con aportes de humor similar al slapstick, y meterse al espectador en el bolsillo con un protagonista, que si bien no es perfecto se puede empatizar.

    A este tipo de cine, lo llamo el soul food cinema. Es un cine que esconde una moraleja, un mensaje, pretende ser importante, cuando en realidad no es más de lo mismo, y además sigue una tendencia de cine “Indie” supuestamente, donde se rescata los valores, criticándolos al mismo tiempo.

    Los Descendientes es un film profundo que habla sobre la identidad, la tierra y la familia. Arraigarse a las raíces, enfrentar al sistema, la hipocresía, etc.

    El guión es bastante profundo y se pueden analizar varias capas de un solvente material, que no se queda simplemente en la anécdota. El personaje de Matt King debe enfrentar al hecho de que su familia o primos han decidido vender su identidad y a la vez la “venta” de su esposa moribunda a un muchachito que simboliza lo opuesto a Matt: juventud, progreso, etc. No es casual que sea esta misma persona, quien vaya a comprar los terrenos de Matt. La simetría que existe entre ambos conflictos que debe superar Matt es realmente interesante.

    El problema de este quinto largometraje de Alexander Payne no es tanto de la elaboración del guión ni de la construcción de los personajes, como de la puesta en escena, y pretensiones cinematográficas. El director solía usar el argumento como excusa para ser ácido con la sociedad estadounidense, acá busca ir directamente a la emoción manipulando a George Clooney en pos de encontrar a un antihérore demasiado usado por el cine Indie: el empresario con corazón, arrepentido de los errores del pasado que busca arreglar su presente. Si les suena familiar esta imagen, es porque ya la vimos en Amor Sin Escalas.

    No es que no sea interesante en sí la película, o esté mal dirigida, sino que busca demasiado el reconocimiento a través de planos pretenciosos, cuando en realidad no existe una puesta en escena tan elaborada. El síndrome de invisibilidad cinematográfica (o imbecibilidad) se aleja bastante del clasicismo. Hoy en día, un director clásico es aquel que narra pensando en el espectador de mediados del siglo XX, pero siendo elaborado y meticuloso en la puesta en escena, demostrando identidad, casos Clint Eastwood o Steven Spielberg, y no buscando impactar con obviedades, que en realidad no lo alejan demasiado de un productor televisivo o la corrección audiovisual.

    La dosificación del drama, apoyándose en el sentimentalismo, mas no en el golpe bajo son una marca recurrente en el cine de Payne, y generalmente lo que más odio de sus películas. La forma en que en principio crea un personaje perdedor, poco carismático, y más tarde se termina apiadando de él, es lo que no me gustaba de Schmidt y Entrecopas. El perdedor querible, pasó de ser un efecto simpático para convertirse en un lugar común, un clisé.

    Los Descendientes se vuelve predecible porque apela a la fórmula. No sorprende en su contenido. Pero tampoco molesta, porque existen elementos externos a Payne que funcionan en forma independiente a la narración. Ejemplo de ello son las actuaciones secundarias. Detrás de Clooney, que reitero no actúa mal y está bastante reprimido, aportando alguna que otra mirada cínica, pero a la vez repite aquello que le funcionó en Amor Sin Escalas y otras comedias dramáticas, se encuentra un gran elenco que no recibió elogios en todas las entregas de premios habidas y por haber por las que pasó el film.

    Me refiero a Matthew Lillard, que ha madurado hasta convertirse en un actor sólido, que detrás de la sonrisa de tarado que lo llevó a interpretar a Shaggy demuestra una gran calidez, o la siempre soberbia Judy Greer capaz de pasar de la contención a la reacción exagerada en un instante. O dos veteranos como Beau Bridges, excepcional y mantenido en el tiempo, el hermano mayor de Jeff, mantiene esa expresión bonachona que puede llegar a esconder otras emociones reprimidas o Robert Forster, un brillante actor secundario, que una vez más se destaca en un rol duro y áspero. Me extraña que la Academia de Artes y Ciencias haya obviado esta caracterización de uno de los actores más naturales de la industria estadounidense.

    En cambio, los críticos decidieron adular más a la joven Shailene Woodley, que si bien hace un trabajo específico, sin fisuras tampoco se impone demasiado, ya que atraviesa el film en un mismo estado anímico. En todo caso, es más interesante Nick Krause en el personaje de Sid, el amigo idiota de Alexandra (Woodley), que demuestra tener un poco más de luces que lo que demuestra a primera vista.

    Payne, justamente siempre decide a dar a este tipo de personajes una evolución más interesante que la que aparentan en los primeros minutos, como sucedía con Chris Klein en La Elección o Thomas Haden Church en Entrecopas.

    Los Descendientes tiene otro personaje destacado: Hawai. Al principio de la película, el realizador muestra la otra cara del paraíso, lo cual da una pintura prometedora de lo que podría llegar a ser el film, o sea, una evasión de estereotipos. Sin embargo, durante el desarrollo prefiere enamorarse de las playas y justamente, aquello que parece criticar el personaje de Matt: la imagen que se tiene en el continente (Estados Unidos). Payne termina dando la razón a los estudios y muestra aquello que vende de Hawai: las playas, las camisas, el clima, la banda sonora. Aunque como usa todas canciones tradicionales, el soundtrack es otro elemento relevante de narración. Los temas elegidos acompañan perfectamente cada estado anímico de los personajes. Ni idea si la letra coincidirá en algo.

    Gracias a la fotografía de Phedon Papamichael, y un texto sólido (aun cuando no se entiende el uso de la voz en off del personaje de Clooney que aparece y desaparece arbitrariamente) Alexander Payne construye un film afable, amable, de fórmula, efectista con un buen elenco. Los Descendientes es una obra reflexiva y cándida, pero a la vez pretenciosa, tan sobrevalorada como su realizador y el protagonista.

    La descendencia del cine estadounidense necesita repetirse menos.
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  • Al borde del abismo
    Superando las obstrucciones

    Según dice el mito, lanzar una película en Enero no es lo más adecuado. En Estados Unidos acaba de terminar la temporada de estrenos oscarizables, por lo tanto los primeros títulos que generalmente llegan a la pantalla grandes, son obras descartables que no van por premios, pero tampoco convencen demasiado para ponerle fichas para el “verano”, la época de los grandes tanques comerciales, que es cuando la gente más va al cine.

    Por eso mismo, Al Borde del Abismo no se puede tomar como un título fuerte. Sin embargo, la segunda obra del hijo del mítico Jorgen Leth (el director de El Hombre Perfecto, película con la que jugó Lars Von Trier en Las Cinco Obstrucciones) depara más de una sorpresa.

    Si bien el guión del venezolano Pablo Fenjves no es demasiado novedoso que digamos, el cineasta, acompañado por un buen elenco hacen un producto digno y muy entretenido.

    La historia es simple: un hombre se sube a la cornisa de una ventana del Hotel Roosvelt de Nueva York, provocando gran revuelo en la calle. A través de un flashbacks nos informamos que este hombre, Nick Cassidy (Worthington) en realidad es un policía encerrado durante dos años, por un crimen que no cometió. Aprovechando el funeral de su padre, se pelea con el hermano y termina escapando a lo Richard Kimble, con choque ferroviario y todo. Al subirse en la cornisa, llama la atención de la ciudad y la prensa. Solo pide una cosa: hablar con una detective que no logró salvar a otro policía que se quería tirar del puente de Brooklyn. Pero la historia no termina ahí, porque para probar su inocencia, Nick tiene otro plan que se realiza al mismo tiempo que está llamando la atención en la cornisa.

    No estamos ante una gran novedad, y de hecho, el argumento guarda demasiadas reminiscencias con Robo en las Alturas, estrenada esta misma semana. Acá también, tenemos una venganza relacionada con la crisis financiera del 2008, y el robo de capitales de parte de los accionistas de Wall Street. La mayor diferencia viene en el cómo. Mientras la obra de Rattner, se priorizaba la comedia, el humor y la historia al servicio de un elenco de nombres, acá tenemos a un verdadero gran elenco al servicio de una historia. Y todas las escenas que carecen de verosimilitud (llamémosla verosimilitud hollywoodense) logran mantener la tensión gracias a un excelente uso del suspenso fragmentado. A Hitchcock tampoco le importaba demasiado que las escenas tengan credibilidad, y Leth en ese sentido logra un producto que podría haber filmado por el maestro del suspenso en sus mejores épocas, ya que se dan varias de las características de su cine: el falso culpable demostrando su inocencia, correr contrarreloj, las acciones simultáneas, el juego con el punto de vista de los personajes con la información que posee el público, etc.

    Sí, tenemos diálogos teatralizados, lugares comunes, estereotipos y giros predecibles, pero nuevamente, acá lo que importa es mantener la tensión durante casi dos horas, aguardando por develar, como van a superar nuestro héroes las obstrucciones y lograr su cometido.

    La película tiene una buena cuota de acción, suspenso y comedia en la dupla romántica que componen Jamie Bell y Génesis Rodríguez (la hija del Puma, con un cuerpo escultural), mientras que en el otro lado, tanto Worthington como Banks la aportan verosimilitud a sus personajes, al igual que Anthony Mackie (Vivir al Límite), el compañero policía de Nick, el único que sabe la verdad .

    Hay algunos personajes desdibujados y actores que merecían mejor suerte como la periodista amarillista de Kyra Sedwick, el frustrado detective de Edward Burns o el valet que compone William Sadler. Tanto Ed Harris como Titus Welliver simplemente cumplen con sus ambiguos roles.

    Sin mayor uso de los efectos visuales, que los que necesita, Al Borde del Abismo parece un thriller de los ‘90s: uno del mejor Andrew Davis o Richard Donner. El referente más cercano, acaso debe ser el film de Spike Lee, El Plan Perfecto.

    Pocas pretensiones hacen un buen film; en este caso, la función del Leth es entretener y mantener la cabeza alejada de la realidad. Este Enero 2012, Al Borde del Abismo se sube a la misma cornisa que Robo en las Alturas y Misión Imposible 4 para intentar que el público supere (o incremente) el vértigo cinematográfico.
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  • J. Edgar
    J. Edgar
    A Sala Llena
    Ángeles y Demonios

    Se dice que a veces los perros se parecen a sus dueños. Se dice que un hijo es el reflejo de su padre. Que un invento es creado a imagen y semejanza de su creador. La gran paradoja del último film de Clint Eastwood, no es que se parece a su director, sino al personaje que retrata.

    John Edgar Hoover, es acaso uno de los hombres más polémicos de la historia del siglo XX a nivel mundial, y muy posiblemente fue uno de los más poderosos. Con apenas 24 años de edad, Hoover fue una de las piedras angulares del FBI, y sin lugar a dudas, el emblema que le dio renombre y sobretodo poder a dicha organización. Fue director desde 1935 hasta 1972, y durante su mandato pasaron siete presidentes de Estados Unidos. Pero más allá del legado político que dejó, Hoover tuvo una vida controversial. Se dijo que era homosexual y le gustaba vestirse de mujer, que salía con su asistente personal, Clyde Tolson, pero además tuvo amores con varias estrellas de Hollywood para apagar los rumores. En el medio fueron muy polémicas, las investigaciones que realizaba a los miembros de los partidos demócratas y fue un obstinado perseguidor de comunistas. Racista, antisemita y xenófobo.

    Pero también Hoover, fue el precursor de la policía científica, de la creación de la base de huellas digitales de criminales y miembros de las fuerzas policiales, de la pulcritud a la hora de investigar escenas criminales. Persiguió a gángsters y ladrones de bancos durante la recesión económica, y lideró la investigación acerca del secuestro del hijo del aviador Charles Lindbergh, además de ser promulgador del comité anticomunistas que se dedicó a enjuiciar supuestos miembros del partido rojo en Estados Unidos, que derivó a la lista negra y la cacería de brujas macartiana, terminando con la carrera de muchos artistas de Hollywood.

    Era inminente que se realizará un film sobre alguien tan controversial. O quizás una miniserie. Y Clint Eastwood no pudo resistirse. El resultado es un film ambicioso, contradictorio y tan ambiguo como el personaje al que desea representar.

    Lo que pasa es que Eastwood y Lance Black (guionista de Milk) quisieron agrupar toda la vida de Hoover en apenas un poco más de dos horas… y se queda muy corta. O sea, todo cierra, pero nada queda claro, se dejan varias aristas abiertas, otras quedan supuestas, y da la impresión que estamos ante un trailer, un pantallazo episódico, superficial, de una obra mucho más grande. Gigante quizás.

    No se trata de la típica “biopic”. Tenemos a Edgar setentón, dictando sus memorias: sus inicios en el FBI, la relación con su madre hasta la “resolución” del caso Lingbergh. Estos recuerdos van acompañados por la relación del protagonista con su secretaria, Helen Gandy y su asistente personal, Clyde Tolson. Paulatinamente vemos como se van desnudando sus sentimientos hacia Clyde, pero por otro lado no puede dejar de reprimir su homosexualidad a raiz de las “enseñazas” de su madre. La historia no es lineal y vamos continuamente a los años ’60 y ’70. La relación de Hoover con los Kennedy, Martin Luther King y Richard Nixon (ahí sale a la luz el perfil más republicano de Eastwood). La forma en que los chantajea continuamente en develar sus secretos, ya que tenía grabaciones de ellos secretas, que podían perjudicar sus carreras.

    Es difícil cuestionar los dotes narrativos de Eastwood. De hecho no sería desacertado decir que J. Edgar es el film más dinámico, atrapante y ligero de su carrera, pero también uno de los menos trascendentes y poco profundos.

    Eastwood mantiene la tensión de las redadas policiales como los films de James Cagney, acaso el gran homenajeado, el suspenso de obras recientes como Enemigos Públicos, El Buen Pastor o incluso su propia El Sustituto, pero la emoción está forzada. Escenas de gran impacto como la investigación del caso Lindbergh son sucedidas por escenas teatralizadas de diálogos insostenibles entre Edgar y Clyde. Por momentos, realmente parece que estamos frente a un melodrama de los ’40 o ’50. Son las escenas policiales, las que la acercan a un film de Raoul Walsh o Howard Hawks, las que tienen mayor emoción.

    Se trata de muchas películas en una, pero que respeta el código de cine clásico de los ’30 y ’40. El problema es que la mezcla no sale indemne. El registro de actuación incluso es incómodo. A nivel estructural, el guión guarda demasiadas reminiscencias con el segundo film dirigido por De Niro, pero las escenas de espionaje son seguidas por el melodrama de Douglas Sirk, pero con poca sutileza. La voz en off de Hoover termina siendo contraproducente. Demasiado redundante y parece que se incorpora para rellenar todos aquellos baches narrativos que no se pudieron ver en pantalla.

    La denuncia se queda a mitad de camino. Es como dar el palito del dulce, pero no el dulce en sí, y además Eastwood parece tímido en la forma en que desarrolla la relación homosexual entre Tolson y el protagonista. Conservador, reprimido. Como el personaje en sí.

    Cuando desarrolla el secuestro del bebé de Lindbergh aparece lo mejor del cineasta de El Sustituto. Sin embargo, no queda clara su resolución. La justificación que pone es que se narra desde el punto de vista del protagonista, pero eso solo queda claro cuando Tolson le refriega las mentiras que Hoover se hizo a él mismo.

    No es que Eastwood esté perdiendo las mañas como cineasta, solo que el proyecto en su ambición, se le fue de las manos a nivel narrativo. El Hoover de Eastwood intenta parecerse (incluso por caracterización) al Charles Foster Kane de Orson Welles, pero la falta de criterio para limitar el campo de acción del personaje es lo que juega en contra.

    Cinematográficamente hablando, casa aspecto técnico es soberbio: la reconstrucción de época, la fotografía notable de Tom Stern y el montaje de Joel Cox, ambos colaboradores habituales. La banda sonora a cargo del mismo director es nuevamente un lujo, y lleva más su firma, que el film en calidad de realizador / autor.

    Leonardo Di Caprio está a la altura del personaje, y se destaca en varios momentos, aunque también recuerda un poco al poderoso Howard Hughes de El Aviador de Scorsese, o al protagonista de La Isla Siniestra. Eastwood lo guía a un código actoral de la vieja escuela. Lo mismo sucede con Armie Hammer, en un rol más destacado que en Red Social, que auspicia un gran futuro para el joven intérprete. Naomi Watts, con un perfil más bajo y austero que de costumbre se destaca con un personaje demasiado chico para una actriz tan talentosa, y la gran Judi Dench tiene varias escenas donde roba la pantalla, con una mirada o solo un parpadeo.

    Pero sin dudas, Di Caprio carga el film sobre los hombros imitando la voz, el tartamudeo, la postura y forma de caminar del uno de los hombres más poderosos de la historia. El maquillaje es una de la ramas más controversiales. Si bien, es interesante el envejecimiento de los personajes de Hoover, Gandy y Robert Kennedy, es demasiado exagerado en el viejo Tolson y sobretodo en un Richard Nixon bastante ridículo.

    Obra de luces y sombras como el personaje que decide retratar, J. Edgar es un film interesante y atrapante, pero desmedido, que rebalsa temas e intenciones a la hora de reconstruir a uno de los hombres que marcaron la historia política y policial del Siglo XX.

    Como seguidor de Eastwood me cuesta admitir que sus dos últimas obras, (esta y Más Allá de la Vida, que a comparación termina siendo bastante superior), estén por debajo del nivel que venía mostrando en los últimos diez años. Sin embargo, con Clint, nunca se sabe. Posiblemente, su próxima película sea otra obra maestra.
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  • Secretos de estado
    Secretos de estado
    A Sala Llena
    Nos siguen tomando por tontos

    “ Conozcan al Nuevo Jefe. Es Igual al Viejo Jefe” - The Who

    Los gobiernos pasan, pero los que están atrás quedan. Se sabe que un gobernante no sube solo al poder. Más allá de los ministros y asesores, atrás de los gobernantes siempre están los jefes de campaña. En tiempos de elecciones, ese es el otro frente de batalla.

    Esta cuarta obra dirigida George Clooney confirma la tendencia de actores que apoyan el partido demócrata y su necesidad de hacer política a través del cine. Secretos de Estado, se inscribe en la línea de thriller político con humor negro, cínico y satírico que Tim Robbins registró en su primer película, Ciudadano Bob Roberts, o Warren Beatty realizó en 1998 con Bulworth. Ambas son obras injustamente olvidadas, donde los intérpretes analizan las ambigüedades del poder y los ideales en los Estados Unidos.

    Hay otros ejemplos similares, como Mentiras que Matan (Wag the Dog) de Barry Levinson, y más atrás, El Candidato, épico film con Robert Redford, otro actor devenido en director, que siempre necesita meter bocado político en sus obras (ejemplo de ello, Leones por Corderos).

    En Secretos de Estado, Clooney emula el argumento de Colores Primarios, film de 1998 dirigido por Mike Nicholls, que prometía ser una crítica dura al gobierno de Clinton, y se quedaba a mitad de camino entre el drama y la comeda.

    El problema con Secretos… es que si se hubiese estrenado antes que Colores… habría pasado a la historia, pero en cambio, al llegar casi 15 años después, termina siendo un film que atrasa y pierde fuerza.

    Es sabido que Clooney apoya públicamente Barack Obama y al partido demócrata. Los discursos de su personaje, Mike Morris son perfectos. El gobernador, candidato a presidente, que él mismo interpreta, apoya el aborto, el matrimonio homosexual, se opone a hablar de religión en los discursos, está en contra de la guerra, de la búsqueda de petróleo… En fin, es un liberal de la primera hora, buen esposo, buen padre. Un candidato ideal… O casi.

    Pero el protagonista de Secretos, no es Morris, sino uno de sus jefes de campaña, Stephen (Gosling), que admira a su jefe y defiende sus ideales, a pesar de que en el entorno todos le dicen, para hablar mal y pronto, que es la misma mierda de siempre. Stephen no lo cree, hasta que la realidad lo golpea en la cara, y todo su mundo perfecto se da vuelta.

    El guión escrito por el propio Clooney y su habitual colaborador, Grant Heslov es dinámico, los diálogos son inteligentes y verosímiles, todos los personajes tienen dos caras. No hay héroes. Solo hombres corrompidos por el poder. A nivel de puesta en escena es excepcional. Si bien, no tiene el riesgo o la inspiración estética de otras obras de Clooney como Buenas Noches, Buena Suerte o Confesiones de una Mente Peligrosa, hay que destacar la magnífica fotografía fría y claroscura de Phedon Papamichael, habitual colaborador de James Mangold. Hay primeros planos realmente muy bellos, donde aprovecha la expresividad de sus intérpretes, e incluso de él mismo, con una luz baja, pero nítida al mismo tiempo, dándole un equilibrio entre la oscuridad y la claridad que plantea el film.

    La inteligencia de la estructura dramática, proporciona un guión que funciona como bola de nieve, donde la caída de un personaje trae como consecuencia la caída de otro, de forma evolutiva.

    La banda de sonido de Alexandre Desplat proporciona un nivel tensión increscente. Ryan Gosling, como protagonista absoluto es inmenso. El joven actor de 30 años, está pasando por un momento brillante de su carrera, y la forma en que maneja la dicotomía del personaje, cómo pasa de ser un jefe de campaña entusiasta, creyente, inocente a descubrir su lado oscuro, no se da de manera abrupta, sino prácticamente fluida, liviana, natural. Todo esto gracias al carisma y talento de Gosling.

    El resto del elenco encabezado por Seymour Hoffman, Giamatti, Tomei, Wright y Evan Rachel Wood es sólido, aun cuando interpretan personajes muy parecidos a otros encarados en el pasado. Especialmente Seymour Hoffman. Claro, que todos se destacan y el propio Clooney tiene escenas donde se luce con su austeridad.

    El problema del film es que no resulta ni novedoso ni sorpresivo. Al haber visto todos los films que enumeré en el primer párrafo, además de City Hall (film de Harold Becker con Pacino y Cusak, que iba por el mismo lado), Secretos de Estado, peca de inocente. A pesar de sus méritos en puesta en escena y narrativa, la historia no es demasiado atrapante. Ya está vista. Es un deja vu. Cuando se van sucediendo los infortunios en el camino del personaje de Stephen, no es difícil preveer lo que va a pasar o cuál va a ser la carta que el mismo va a usar para salirse con la suya… Y cuando eso sucede, no hay marcha atrás. El film está corrompido y se convierte en lo que critica: una película política más, que en unos años se va a confundir con otras películas políticas.

    Se trata de un traspié en la sórdida carrera de Clooney como realizador. Quizás le sirva para iniciar su propia campaña política en el Partido Demócrata, al cuál parece defender a pesar de la hipocresía que menciona en el film.

    Casi pareciera decir: “el partido demócrata tiene un gran discurso, pero de vez en cuando tenemos un desliz”. Una lástima que el desliz no sea político en este caso, porque sino la crítica sería mucho más interesante.

    Nadie es perfecto. Ni siquiera George Clooney.
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  • La chica del dragón tatuado
    La canción del inmigrante

    El poder de la mirada. ¿Cuántas miradas existen en el mundo? ¿Cómo puede cambiar un producto según la perspectiva de un ojo y según la de otro? ¿Cómo es posible que dos películas prácticamente iguales narrativamente sean tan diferentes, según quien tome la posta de la dirección…
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  • El extraño Sr. Horten
    Trenes Rigurosamente Vigilados

    “Pueden venir cuantos quieran
    Que serán tratados bien
    Los que estén en el camino
    Bienvenidos al tren”

    Para cruzar una barrera a veces hay que dar un gran salto. No importa la edad, no existen límites ni impedimentos geográficos para llegar a otro lado. Hay que animarse a seguir adelante, seguir viviendo.

    Odd Horten es ingeniero ferroviario y trabajo 40 años manejando locomotoras en Oslo. Ahora tiene 67 años, se tiene que jubilar y está completamente solo. Extraña los trenes, es testigo de situaciones que lo superan. Su madre fue esquiadora profesional, pero él siempre tuvo miedo de esquiar.

    Básicamente esta es la premisa del nuevo film del director de Kitchen Stories, una galardonada comedia que tuvo un interesante recorrido por varios festivales, y de Factotum, la adaptación de un cuento de Charles Bukowsky protagonizado por Matt Dillon, Marisa Tomei y Lilly Taylor. Esta vez, Bent Hamer regresa a su tierra natal para mostrarnos en tono agridulce la historia de un hombre solitario rodeado de otros seres solitarios.

    Hamer encara esta comedia bastante impredecible con un tono similar al de Aki Kaurismaki: planos fijos amplios con personajes que no son el foco de atención. Horten se pierde por diversas partes, a veces cuesta encontrarlo. Todos los sitios por donde deambula se relacionan con medios de transporte: botes, micros, autos, aeropuertos. Pero su amor son los trenes.

    Uno puede ver la silueta o escuchar el pitido de un tren en cada escena de la película, aunque sea de fondo, porque la visión de Hamer no se aparta ni un momento de la cabeza de su protagonista. Horten se va encontrando con diferentes personajes que de alguna forma, lo ayudarán a superar sus temores.

    Hamer apela a un humor melancólico, frío y seco. Por momentos recuerda la austeridad del protagonista recuerda un poco a la seriedad de Buster Keaton, pero no hay que olvidarse que se relaciona mucho con el humor típico de los países escandinavos.

    La puesta en escena está cuidada. Los planos son simétricos, meticulosos. La fotografía de John Christian Rosenlund es hermosa, contrastando tonos pasteles y rojizos con la blancura de la nieve que tapa toda la ciudad.

    La interpretación de Baar Owe, actor veterano que trabajó con Carl T. Dreyer en Gertrud, es austera pero brillante. Una expresión lánguida que recuerda al rostro de Vincent Price combina con una sonrisa benevolenta, y la austeridad del personaje se complementa con su inocencia y calidez. Expresivo, naturalista, humilde, Owe es la gran revelación de la película, junto con Espen Skjonberg, otro veterano que a pesar de estar poco tiempo delante de cámaras, compone un personaje estrafalario y muy original.

    La banda sonora de Kaada y el diseño sonoro de Petter Fladeby se juntan para hacer una armoniosa compañía musical a las poéticas imágenes nórdicas.

    El Extraño Horten, es una obra sin pretensiones. Divierte con sutileza, un humor sencillo, directo, que no molesta a nadie. Una metáfora acerca de las consecuencias de la soledad, pero que no pretende dar moralina, porque la enseñanza está implícita desde la primer escena.

    Hamer va saliéndose paulatinamente de la vía, y toma la rampa, creando un relato que va in crescendo en ritmo y sorpresas.

    Cuando la película podría caer en un tono más sentimentaloide, lacrimógeno o dramático, el director se da cuenta y corta, pasando a otra escena que recobra el humor original.

    Horten recuerda un poco a una de las más maravillosas obras de Akira Kurosawa, Vivir, donde su protagonista descubre, que nunca es tarde para empezar a disfrutar la vida y hacer cosas. En el caso del protagonista pasa algo similar.

    Placentera; cálida, (a pesar del gélido clima) y divertida a fin de cuentas.
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  • Sherlock Holmes: Juego de sombras
    Cuestión de lógica

    Ya lo dije hace dos años. Soy seguidor confeso de las aventuras de Sherlock Holmes escritas por Arthur Conan Doyle, y admirador de la estética que Guy Ritchie aplicó a la primera adaptación cinematográfica mainstream que tuvo el personaje en varias décadas.
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  • Historias cruzadas
    Historias cruzadas
    A Sala Llena
    La Misma Canción del Sur

    Es muy probable que Margaret Mitchell estaría orgullosa de Historias Cruzadas. Su influencia literaria sigue estando presente en Mississippi. Mitchell, fue la precursora de la Gran novela sureña estadounidense. Aquella donde los grandes hacendados sureños hacían autocrítica, reconocían sus errores frente a la esclavitud y admitían culpas, para quedar como los buenos niñitos blancos arrepentidos por sus prejuicios raciales y sociales. Inescrupulosas víctimas de un sistema escrito en los tiempos del imperialismo británico.
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  • Los Muppets
    Los Muppets
    A Sala Llena
    That’s 70s Show

    A lo hora de llevar a sus hijos para ver Los Muppets, debe estar advertido. Esta película es apta para todo público, pero solamente aquellos niños mayores de 30 años van reírse y entender la esencia de la obra...
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  • 50/50
    50/50
    A Sala Llena
    Yo soy tu amigo fiel…

    Si Ud. es virgen, le diagnostican cáncer, ha perdido a su familia, queda embarazada o busca aventuras en el área 51, debe llamar a Seth Rogen, para que sea su amigo, su compañero de aventuras, o le consiga, al menos una pareja para tener sexo.
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  • Misión Imposible 4: Protocolo Fantasma
    Dos Potencias se Saludan

    Antecedentes

    La unión hace la fuerza. Cada generación renueva a la anterior. En los años ’70, directores como Spielberg, Scorsese o Coppola vinieron a agarrar la posta. El puesto vacante que dejaron Ford, Kazán o Hawks, por nombrar algunos ejemplos.
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  • Las aventuras de Tintín
    Querido Hergé

    Cuando tenía 10 u 11 años me acerqué a tu personaje más emblemático a través de una serie animada francesa, que la cadena HBO emitía periódicamente cuando todavía no había que pagar un peso de más para disfrutar su programación. Habré visto 3 o 4 episodios, los suficientes para encantarme con la adrenalina, el misterio y la diversión de este joven personaje, que junto a su perro resolvían crímenes. Algo de Sherlock Holmes, algo de Hércules Poirot y el espíritu de los seriales de los años ’30 en los que se inspiró Steven Spielberg a la hora de crear Indiana Jones.
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  • Norberto apenas tarde
    Debut en el largometraje del actor fetiche de Daniel Burman, Norberto es una comedia dramática bastante lograda acerca de un hombre, que descubre (apenas tarde) que para ser feliz debe cambiar de vida: dejar su trabajo, dejar su casa, dejar a su esposa, dejar su auto...
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  • Un zoológico en casa
    Cursilería al Palo

    Lo voy a decir sin tapujos. Si hay un director que considero sobrevaloradísimos en el cine contemporáneo, ese es Cameron Crowe. Sigo sin entender que le ven a Jerry Maguire. Película aburrida, monótona, interminable, con pésimas interpretaciones (solo se salva Bonnie Hunt en mi humilde opinión). No me gusta el guión, me parece cursi, demasiado sentimental, y que finalmente no hace más que confirmar que la única manera de ser feliz es tener dinero y estar con una rubia de ojos claros. ¡El sueño americano es posible en las películas de Cameron Crowe!...
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  • La cueva de los sueños olvidados
    Antropología Cinematográfica

    Desde sus primeras obras, Werner Herzog siempre se ha fascinado por indagar e investigar en la relación del hombre y su naturaleza. Naturaleza externa e interna. Herzog lleva a sus personajes a estados extremos de desconfianza y alienamiento para que se descubran a ellos mismos como salvajes en medio del ambiente natural. Herzog se ha internado en selvas, bosques, desiertos, glaciares, y ya sea usando formato documental o ficción ha retratado los sueños e impulsos del ser humano en un contexto primitivo.
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  • Canciones de amor
    Canciones de amor
    A Sala Llena
    Las influencias de la Nouvelle Vague siguen presentes en el cine contemporáneo. Aunque se trate de un musical, en apariencia convencional. Con esto no digo, que Las Canciones de Amor sea una película que esté a la altura de cualquier obra filmada por Godard, Truffaut o Rohmer. Pero si es verdad, que se respira un aire de homenaje, de traspasar la barrera de la verosimilitud, de la puesta en escena...
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  • El juego de la fortuna
    No todo es deporte

    Honestamente, mientras veía El Juego de la Fortuna, no podía desasociar lo que le sucede a los Atletics de Oakland, de lo que es el presente de varios clubes de fútbol locales, algunos bastante grandes a comparación, pero que viven situaciones similares.
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  • A quién llamarías
    Número Equivocado

    Viendo películas tan “encriptadas” como A Quien Llamarías, me pregunto si los argentinos filmamos por necesidad de contar historias, o transmitir una necesidad artística o simplemente hacer catarsis. Viendo películas como A Quien Llamarías se me ocurre que no es tan dificil conseguir financiación para filmar, ganar concursos de guiones, realizar un film.
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  • Operación regalo
    Operación regalo
    A Sala Llena
    Negocio de Familia

    La animación está atravesando un momento inspirador. Las nuevas tecnologías permiten que la imaginación sea el único límite posible. Y es un placer encontrar tanta competencia en la materia. Todos los estudios quieren hacer su película de animación, al mismo tiempo que el gran Hayao Miyazaki sigue brindando obras poéticas y hermosas. ¿Quién puede competir acaso con el gran maestro japonés?...
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  • Las acacias
    Las acacias
    A Sala Llena
    El Secreto de sus Ojos

    Es cierto, festival por donde pasa, festival donde triunfa. La cuestión es que a simple vista, o con una primera mirada, mejor dicho, es difícil entender como una historia tan minimalista o cotidiana, despierta tanto interés y aprehensión...
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  • Antes del estreno
    Antes del estreno
    A Sala Llena
    Decir que Giralt se inspiró en Opening Night de John Cassavetes para crear Antes del Estreno es prácticamente redundante. Justamente todo lo que une al film con el original de 1978 con Gena Rowlads es lo mejor de la obra.

    Nuevamente acá tenemos a una actriz en crisis. Está por estrenar una obra de teatro, pero sueña con ser dirigida por el marido, un introvertido director de cine, halagado por los críticos, pero cuyo egoísmo lo llevó a convertirse en una persona ermitaña. Ambos tienen una hija que también tiene dotes actorales. El problema es que también (y como sucedía en la película original) los dos son alcóholicos...
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  • La piel que habito
    La piel que habito
    A Sala Llena
    ¡Átame, Matador!

    A veces uno pierde la esperanza cuando entra a una sala cinematográfica. La mayoría de los directores se están olvidando de filmar. Graban. Es cierto, que muchos de ellos, hacen cosas increíbles con el material digital (Sokurov, Lynch), pero después no se sale de la media, de aprovechar la reducción de costos y el avance tecnológico para pensar en función de efectos especiales y el 3D. Pero todavía existen realizadores de vieja escuela que siguen imponiendo personalidad, autoridad, cinefilia y aprovechan el 35 mm para lograr maravillas que solamente se pueden apreciar en una sala, en pantalla gigante.
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  • Un rey para la Patagonia
    Volver a La Película del Rey

    La ópera prima de Lucas Turturro es una película dentro de otra película de la que ya se había hecho, además una película ficcionalizada.
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  • Aquel martes después de Navidad
    Lo mejor del cine rumano es la manera en que logra crear dramas humanos con naturalidad y sequedad, apelando a emociones genuinas que al contrario que el teatro, la literatura o el cine más occidental, van apareciendo gradualmente y no de forma grotescamente espontánea.

    Aun, cuando a veces hacen hincapié en situaciones que se entienden mejor conociendo el pasado y presente del contexto socio político de Rumania, uno se identifica completamente con sus personajes, protagonistas que respiran, transmiten tranquilidad aunque no la tienen, y reflexionan sobre la marcha de los acontecimientos, aun cuando sean concientes que están cometiendo un error en las decisiones de vida.

    En Aquel Martes, Después de Navidad vemos a una típica familia de clase media acomodada de Bucarest. Paul parece tener su vida controlada: esposa e hija devotas y una amante que no le pide que las abandone.

    Sin embargo, los sentimientos son algo imprevisibles. Y cuando no se tiene en cuenta lo imprevisible suceden los conflictos.

    Muntean utiliza con inteligencia los planos fijos y planos secuencia que abundan en la película. No es inusual ver en el cine rumano el abuso de escenas armadas en esta forma, pero sí es cierto, que el tiempo se pasa volando dentro del mismo plano. No hay necesidad de cortes, por que las actuaciones contienen un naturalismo y una empatía que inusualmente se ve en el cine comercial de estas latitudes, así como los diálogos son tan dinámicos que uno no se da cuenta, que los personajes han estado en la misma posición durante más de diez minutos.

    Un conflicto tan universal como la infidelidad y la separación de una familia, es resuelto de forma adulta (aun cuando el comportamiento del protagonista sea un poco infantil) que cuesta creer hoy en día, que se puedan resolver problemas de esta forma en el mundo real, ya que últimamente nuestros comportamientos son más sobreactuados de lo que deberían ser porque imitamos más a las películas (palabras de Román Gubern).

    Entre la cotidianeidad y el profesionalismo técnico e interpretativo, Aquel Martes, Después de Navidad es una propuesta inteligente y reflexiva, que más allá de que el conflicto no sea agradable y se generen situaciones tensionantes tan originales como sutilmente maravillosas y creíbles en su concepción, termina dejando un sabor dulce en la boca del espectador. Sabor a esperanza de que los conflictos se pueden resolver pacíficamente y también sabor confortable en el cinéfilo, que puede atestiguar, que desde Europa siguen viniendo productos que siguen sorprendiendo por su minimalismo visual e inteligencia cinematográfica/artística. Una película ideal para ver estas navidades.
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  • Medianeras
    Medianeras
    A Sala Llena
    ¡Que agradable sorpresa! Hace cinco años, cuando vi por primera vez, el mediometraje Medianeras, la pasé bien, pero la ampliación a largometraje de la idea de Taretto me tenía un poco preocupado.

    Sin embargo, el resultado final, no solamente es satisfactorio sino que además, quizás sea la película más agradable del BAFICI, y no estaría muy lejos de afirmar que es el mejor film argentino con intenciones comerciales que he visto en años. Probablemente no sentía esto, desde Nueve Reinas.

    ¿Demasiado? Para nada. La concepción de Medianeras no es la típica de las películas argentinas. Estructuralmente hablando está concebido como una clásica comedia romántica estadounidense. Si extrañan las buenas obras que hacía a fines de los ’80 y principios de los ’90, Rob Reiner, Nora Ephron o Woody Allen, acá llega Taretto para refrescarnos la cabeza con una película que no parece haber sido filmada acá, pero que por otro lado parece una declaración de amor a la Ciudad de Buenos Aires.

    Dos personajes solitarios, herméticos, ermitaños, jóvenes viejos que buscan el amor de su vida, Mariana y Martín, encerrados en sus departamentos, unidos por medianeras. Las desilusiones amorosas en una ciudad cosmopolita.

    Acá no van a ver cine social, ni pobreza, ni robos. Se trata de una Buenos Aires burguesa, demasiado europea para ser real… e irónicamente así es. Porque Medianeras tiene como protagonista a la Ciudad y su arquitectura, sus edificios y sobretodo su gente.

    Una película rica en ideas, matices, donde la iluminación, el montaje, el diseño de arte demuestran una basta creatividad. Y es taaaan agradable además, tan contagiosa, empática. Sus personajes son tan patéticos como atractivos y queribles. Taretto juega con hacer guiños constantes con el espectador.

    Es cierto que no va con el espíritu “Indie” del BAFICI, pero también es verdad que sirve como trampolín al éxito, al boca en boca. Y no me quiero adelantar, pero con un boca en boca adecuado, este film podría tratarse del gran éxito del año, de nuestro representante en los Oscars 2012.

    Las actuaciones de los “desconocidos” Pilar López de Ayala y sobretodo Javier Drolas son sutiles, magníficas. La elección de poner protagonistas no demasiado glamorosos es jugada pero efectiva en el contexto del film. Antihéroes perfectos rodeados por un elenco de grandes figuras del cine y la televisión (no voy a quemar las sorpresas). El relato en off por momentos es redundante, pero está aplicado a la estética elegida, que adopta un tono a lo Manhattan, acaso principal referencia cinematográfica, con algunas cosas del mejor Burman, el de El Abrazo Partido y Derechos de Familia.

    Realmente deseo que a este film le vaya muy bien en la taquilla, porque ahí apunta. Se nota mucho esfuerzo detrás y sería una lástima que críticos malintencionados, prejuiciosos banalicen su estreno comercial.

    No hay rama artística ni aspecto comercial en que el film no funcione. Es probable que sea demasiado pensada, previsible a nivel estructural, obvia en los elementos narrativos, pero a veces es necesario. No molesta eso en Medianeras. El mayor problema que tiene es que es muy corta. Es tan bueno el ritmo, tan dinámica, tan cálido en su frialdad, que uno desea que no termine. No cansa seguir viendo el deambular de los personajes. Pero bueno, habrá que esperar a la secuela, o al próximo film de Taretto.
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  • El extraño caso de Angélica
    A los 100 años, de Oliveira nos da una nueva demostración que no hay edad para la inspiración. Divertida e irónica, fábula con elementos oníricos y surrealistas, efectos digitales, además de una crítica a las rutinas y supersticiones que tienen los habitantes de pueblo.

    Una reflexión sobre como la gente cobra vida en el interior del arte. El protagonista de esta obra, un fotógrafo, vive rodeados de muertos vivos, pero cuando ve Angélica su mundo cambia, en realidad ésta solo cobra vida en el interior de la cámara. Al protagonista esta relación no le gusta nada. La joven fallecida llega a sus “sueños” en forma de espíritu y lo enloquece.

    De Oliveira se toma su tiempo para construir los planos y no hacer cualquier cosa. Encuadres perfectos, llenos de profundidad y proporción aurea. Posándose en la geografía de la ciudad portuguesa.

    Hablar mucho más le va a quitar la magia y sorpresa a esta clase magistral de cine. Más allá de cierta lentitud en la forma en que avanza la trama, es una película simpática, de interpretaciones irregulares, que valoriza la importancia de las legendarias cámaras de fotos: una fuerte crítica al cine, al mismo tiempo. La foto es eterna. Uno ve El Extraño Caso... y no recuerdo la génesis cinematográfica, sus patriarcas más experimentales como los Lumiere o Meliés. Para ellos está hecha la película.

    Absurdo, romance, drama. No le falta nada más a este cocktail majestuoso del director más innovador de los últimos tiempos.
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  • Vaquero
    Vaquero
    A Sala Llena
    Un actor soberbio, creído, celoso, cansado de ser secundón, de estar en un segundo plano, de ser obviado por el público, soltero, solitario, ávido de sexo, tiene la posibilidad de participar en un western que va a dirigir un estadounidense en nuestras Pampas.

    Minujin debuta como realizador es esta comedia negra, con momentos bastante inspirados y humor efectivo. Una crítica a la mordaz competencia del rubro interpretativo y a la egocentría de los actores por querer mostrarse siempre. No solamente hay buenas ideas en la narración y la dirección (gran trabajo estético fotográfico de Lucio Bonelli), sino que además Minujin, logra una interpretación austera y verosímil. Pequeños roles secundarios de importantes actores como Guillermo Arengo y Leonardo Sbaraglia aportan solvencia al film. El uso de la voz en off en principio es uno de los elementos mas destacados, pero lamentablemente queda este recurso olvidado en el camino y podría haberlo aprovechado mejor. También, el final podría haber sido apenas un poco mejor desarrollado. Sin embargo, se trata de una opera prima destacable, un simpático film que sirvió de apertura de esta 13 Edición, y dejo en el olvido al ambiguo trabajo que Rafael Fillipelli presento en el 2010.
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  • Damas en guerra
    Damas en guerra
    A Sala Llena
    Ensayo sobre la Soledad II

    Hace un mes atrás decía que me había impresionado mucho la interpretación de Lesley Manville en Un Año Más de Mike Leigh y la mirada que tenía el director acerca de la soledad femenina, cuando llegan a los cuarenta. Salvando distancias visuales (Paul Feig no aporta una sola idea cinematográfica, lo cuál contrasta con el poder de sugestión y sutileza de Leigh),e intenciones sobre la forma en la que Judd Apatow, productor, trata de vender Damas en Guerra, es muy interesante la mirada que Kristen Wigg, en su calidad de intérprete, guionista y co productora tiene sobre el mismo tema, en la sociedad estadounidense.

    Hace tiempo vengo siguiendo a la actriz de Saturday Night Live, sucesora natural de Tina Fey acaso, por su versatilidad creativa, pero menos cínica y depresiva. De hecho, lo que hace más interesante a Wigg que Fey es que esta última no puede salir de un personaje. Siempre estuvo atada a un estereotipo creado para sí misma, mientras que Wigg tiene mayores facetas, que le permiten tener niveles de comicidad diversos, lleno de matices. Además posee un talento mucho más natural y verosímil a la hora de afrontar desafíos dramáticos. En este momento podemos disfrutar en cartel toda su versatilidad en la comedia Paul.

    Pero esta vez, al ponerse al hombro toda una película la responsabilidad se duplica y si la misma realmente logra mantener el interés durante las alargadas dos horas, es porque Wigg es tremenda.

    Si bien comparte similitudes con obras como Virgen a los 40, del propio Apatow, que a través del humor burdo, y situaciones surrealistas, el director podía ahondar en la soledad masculina en los 40, Wigg no construye un guión contrastado (la película tenía una hora muy divertida y otra muy dramática), acá el código es mucho más equilibrado. La película es una especie de montaña rusa entre momentos patéticos y absurdos hilarantes, con otros realmente depresivos. Este contraste permite que la obra sea más original. Uno de los pocos logros de Feig como director es no haber puesto música de fondo para en varias escenas humorísticas para resaltar el efecto. Los gags tiene elementos básicos, Keatonianos (el principio) y otros televisivos (los sketchs en la Casa de Novias o en el avión). Feig no se da con mucha imaginación para filmar escenas sexuales de forma sensual. Es un poco deprimente ver relaciones con los intérpretes vestidos como en una sit com.

    Más allá de eso, es verdad que hay momentos muy buenos e inteligentes y sobretodo un elenco muy sólido encabezado por supuesto por Wigg, Maya Rudolph (espero que su boda con Paul Thomas Anderson no haya sido así) y Melissa Mc Carhy. Una lastima ver a la gran Jill Clayburgh en un rol menor (fue el último, ya que falleció en noviembre del 2010). También se destaca Chris O’ Dowd, el gran protagonista de la serie inglesa The It Crowd. Rose Byrne, por otro lado resulta un poco más simpática en comedia que en drama (tratando de olvidar su personaje de X Men: Orígenes).

    Gracias a ingenio, buenos diálogos y la inteligencia para convertir la crisis interna y económica (infiltrada sutil, pero astutamente) en humor, Kristen Wigg sorprende como escritora. Damas en Guerra resulta una interesante crítica a las mujeres y costumbres estadounidense, pero también hacia la misoginia y la discriminación sexual.

    Se puede decir que hay algo de ¿Qué Pasó Ayer? y especialmente Despedida de Soltero, pero detrás del humor, se esconde la misma incertidumbre que Un Año Más: “Estoy sola, tengo 40 años y trabajo en un lugar que no me gusta. ¿Qué hago?”

    Wigg pone la otra mejilla y responde positivamente, con esperanza, valorando el significado de la amistad y creyendo que el cambio es posible. Básicamente, el sueño americano.
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  • Paul
    Paul
    A Sala Llena
    Carta de Amor para Nerds

    Lo admito, soy nerd. No lo puedo reprimir más. Amo la ciencia ficción y los detalles bizarros. Estoy cansado de que los nerds seamos vistos solamente como bichos raros en las películas. Tenemos nuestra dignidad. Por eso, Paul fue escrita para nosotros.

    El dúo británico conformado por Nick Frost y Simon Pegg se está convirtiendo en lo que algún momento fueron Laurel y Hardy o Abbott y Costello. Más allá de sus complexiones físicas, ambos conforman una pareja única, maravillosa, que con el correr de los años se consolida como una de las fórmulas humorísticas más efectivas que ha dado la televisión y el cine.

    Si bien en Argentina aun son desconocidos (tanto Muertos de Risa como Arma Fatal se conocieron directamente en DVD, y la serie Spaced nunca se emitió) en Inglaterra y Estados Unidos (aun un poco menos) ya encontraron su lugar, su fama.

    Escrita por ambos, pero dirigida por Greg Mottola (Adventureland, Supercool) la película narra las aventuras de Clive (Frost), un escritor de historietas de ciencia ficción y Graeme (Pegg), su dibujante y mejor amigo. Ambos juegan el rol del estereotipo nerd. Amantes de la ciencia ficción, cumplen su sueño de asistir a una Comic Con y posteriormente alquilan una casa rodante con la cual planean hacer el recorrido turístico “extraterrestre”: llegar al famoso Área 51, el “buzón negro”, etc. Sin embargo, cuando un auto se estrella delante de ellos, se encontrarán con Paul, un alienígena que ha vivido demasiado tiempo entre los terrícolas, y que ha aprendido el idioma y todas las costumbres hasta convertirse en un estadounidense más. Paul se ha escapado del Área 51, donde daba asesoramiento de varios tipos (la película tiene el flashback más divertido e injustificado que recuerde) y ahora planea… volver a casa. Con la ayuda de Clive y Graeme será posible. Sin embargo serán perseguidos por el FBI y el padre evangelista de la gerente de un camping, a quien secuestran en el camino (Kristen Wigg).

    Sin demasiadas pretensiones estéticas, Mottola lleva adelante una película posiblemente poco personal (aunque la amistad es un tema preponderante de la historia y de su filmografía), pero sin duda la más divertida y sólida de su carrera. El guión de Frost/Pegg es perfecto en cada aspecto narrativo. Los personajes son inmensos, ricos en matices, esquivan el lugar común, aun cuando deben interpretar estereotipos. Pero el mejor de todos es sin dudas, Paul. Generado por CGI y Caption Motion, se trata de un extraterrestre más humano que cualquier actor. No solamente el diseño e interacción resultan más verosímiles que los acostumbrados efectos especiales de los grandes tanques hollywoodenses, sino que con la voz de Seth Rogen, logra conmover un comportamiento tan natural y palpable de parte de una personaje creado por computadora. Esto no debe sorprender. Los personajes de Pixar son tan creíbles como Paul. Y si se le puede criticar algo, aunque sea muy pequeño a la película de Mottola, es que adquiere tanto protagonismo que opaca a todo el excelente elenco que tiene detrás, especialmente a Frost y Pegg. Cuando Clive y Graeme están solos, se extraña la presencia del extraterrestre.

    Más allá de Rogen, es indudable el talento de ambos para generar humor constantemente y al mismo tiempo, resultar creíbles en sus comportamientos. No hablo de una caricaturización de los nerds, sino de una comprensión y empatía hacia los personajes. Como si se estuviesen interpretando a ellos mismos. Igualmente hay un gran elenco atrás encabezado por Bateman y Wigg, seguido Bill Hader, John Carroll Lynch y varios cameos que no vale la pena develar.

    Lo cierto es que el trío Mottola/Frost/Pegg apunta directamente al ojo cinéfilo. Abundan citas a frases célebres, canciones, personajes e intérpretes de films de culto de ciencia ficción de los últimos 30 años. Desde La Guerra de las Galaxias hasta la saga Indiana Jones, pasando por E.T. Encuentros Cercanos del Tercer Tipo, Volver al Futuro, Alien, y la serie Viaje a las Estrellas (original). Incluso, como dichas citas no quedan explícitas hay varios momentos particulares que permanecen incomprensibles para los que no hayan visto estos films.

    Si en Super 8, J.J. Abrams (muy buen amigo de Pegg, vale aclarar) le rinde tributo a Spielbeg, en Paul, los guionistas le levantan un monumento y se dan el lujo de involucrarlo en la trama. Son dos films que sin la presencia omnipresente de Spielberg, no se hubiesen realizado.

    A diferencia de sus anteriores obras, Mottola no recurre (aunque hubiese podido) a golpes de efecto sentimentaloides. Paul es humor puro de principio a fin, coherente, sutil, zarpado, cinematográfico. Mottola utiliza efectos visuales con discreción y siempre a disposición de la historia de amistad que desea pregonar.

    Hay lugar para la sátira política y religiosa, pero tampoco se regodea en ello.

    Un festín para nerds, cinéfilos, fanáticos de Spielberg, de Pegg y Frost, y sobretodo de la ciencia ficción, Paul es una comedia espectacular sin demasiadas pretensiones; una buddy movie, una road movie, una sátira honesta pero respetuosa, a los films con los que nos criamos, aquellos que rondamos los 30. Una obra redonda, tan genial, que parece haber sido concebida por extraterrestres… para un público netamente nerd como yo.
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  • Sin escape
    Sin escape
    A Sala Llena
    Basada en una increíble historia real, Heinserberg, habla de un hombre con dos pasiones que se convierten en adicciones peligrosas: correr y robar bancos.

    Ni bien sale de la cárcel, Johann, sale a robar un banco y correr una maratón. No es amigo de la violencia pero sí de la adrenalina. A pesar de las advertencias de su oficial de libertad condicional, sigue robando. El encuentro con una amiga de la infancia le provocará replantearse que senda quiere seguir en su vida. No lo duda: el crimen lo emociona más.

    El director logra meterse en la cabeza de su misterioso protagonista. Un hombre solitario, adicto al riesgo. Suspenso y tensión unidos para lograr un relato vigoroso. El protagonista siempre corre (Andreas Lust, hace un trabajo magnífico, a nivel físico y expresivo). El miedo de ser atrapado, de tener que correr nuevamente en círculos motiva al personaje. No es simplemente el dinero. Un viaje acompañando por travellings de seguimiento de gran dinamismo y planeados con meticulosidad kubrickiana. Si bien, uno supone que el protagonista no va a terminar bien, cada escena resulta sorprendente e imprevisible. Buen ritmo, con pocos diálogos, Heinsenberg, no trata de poner la cámara de manera tal que sobresalga sobre el personaje o la actuación. Solidez narrativa acompañan esta película, que termina agitando al espectador.

    Sin efectos videocliperos o publicitarios como hubiese hecho Tom Tykwer (Corre, Lola, Corre) o pretenciosidad estética, The Robber, es una muestra más del gran momento que está pasando la nueva escuela de cine alemán.
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  • El significado del amor
    Esta segunda obra de Leclerc es una agradable comedia romántica dramática sobre una relación basada en opuestos, que de alguna manera simboliza de que está compuesta la sociedad francesa hoy en día. Baya (Sara Forestier) es una joven bohemia, un poco torpe, completamente liberal en sentidos amorosos y sexuales. Hija de una hippie y de un mecánico de aparatos argelino que se escapó de la masacre que el ejército hizo sobre su familia. Baya piensa que si se acuesta con todos los conservadores que existen en Francia los puede convertir en izquierdistas. De esta forma conoce a Arthur Martin (Jacques Gamblin), un cuarentón solterón, conservador en su forma de ser, pero socialista en sus ideales políticos, hijo de una emigrante griego/ alemana que se escapó del campo de concentración de Auschwitz siendo pequeña y nunca quiso hablar de su pasado, casado con un empresario nuclear demasiado conservador que nunca quiso interceder en líos políticos o religiosos.

    A pesar de que Arthur y Baya son completamente opuestos, después de acostarse por primera vez, empiezan a entablar una honesta y liberal relación amorosa.

    Sexo, política, religión relacionado con la historia familiar, y la importancia de la memoria, de contar la historia de la familia, son los pilares que sobrevuelan El Significado del Amor. Una película pacífica, alegre, con momentos dramáticos que no se encuentran forzados ni impuestos, ni tampoco apuestan al sentimentalismo o al golpe bajo. La poca solemnidad y leves pretenciones del film es lo que lo destacan conjunto a las interpretacion de Forestier y Gamblin (al que vimos hace poco en Amor de Familia).

    No se puede esperar una historia que trascienda la cinematografía. Simplemente se trata de un digno entretenimiento que da pie a la reflexión acerca de la historia que cada uno tiene con su familia.

    Teniendo en cuenta, que a nivel “moralismo” apoya el liberalismo sexual y las relaciones abiertas, finalmente defiende las relaciones convencionales. Y tampoco se juega demasiado a niveles estéticos. Cuanto más transparente, mejor.

    Sin embargo, la buena intuición para el humor, para manejar el timing de comicidad, confirman las referencias que inspiraron esta obra: Lubitch, Wilder, y principalmente, Woody Allen (casí podríamos decir que se trata de una versión afrancesada de Annie Hall).

    Con suficientes méritos para irse con una sonrisa en la boca, El Significado del Amor, es un retrato de la ideología y las nuevas comunidades mundiales, y como el amor puede ser más fuerte que cualquier opocisión política o religiosa. Si hay amor, el resto no importa.

    Bueno, dejémos que Lecler lo siga creyendo. Si es feliz así…

    Nosotros nos vamos, masticando esta obra conciliatoria, optimista. Entre tantas noticias que apuntan a la depresión, estas visiones, aun con sus clisés, lugares comunes y estereotipos, bienvenidas finalmente.
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  • Habemus Papa
    Habemus Papa
    A Sala Llena
    Cambia, todo cambia

    Tras varios años de ausencia detrás de cámaras, Moretti regresa en una producción un poco más ambiciosa y pretenciosa que las de sus últimas obras, pero al mismo tiempo más cínica, profunda y menos personal, en un buen sentido, que confirma su versatilidad tanto para el drama (ya lo había demostrado con la excelente La Habitación del Hijo) como su don para la comedia.

    Habemus Papa son tres películas en una. Por un lado nos cuenta la historia de un Papa, elegido en forma casi accidental (porque los favoritos no querían ocupar el cargo), que ni bien asume y comprende que debe enfrentar al mundo, tiene un ataque de pánico y ansiedad. El vaticano decide llamar a un psicoanalista que supuestamente es el más reconocido de Italia, pero que le traerá más inseguridades, y le recomendará que vea a su ex esposa, también su psicoanalista. Un par de preguntas de la misma son suficientes para que el Cardenal Melville (que parece una gran ballena blanca), toque fondo y decida escaparse al mundo “real”.

    Por otro lado, Moretti decide mostrarnos con más imaginación y humor que realidad acaso, la vida interna dentro del Vaticano: las reuniones, la elección, las costumbres, rutinas y protocolos. En vez de hacer una crítica corrosiva (aunque a muchos no les va a gustar tampoco esta mirada), que es lo que se espera de él, el director de Aprile, opta por una mirada complaciente, respetuosa y hasta naif. Humanista. Los cardenales parecen chicos totalmente absorbidos del mundo. El solo hecho de mostrarlos con dudas, miedos, inseguridades, es bastante cínico de su parte. ¿Para que tratar de hacer un alegato, una denuncia política para generar polémica si el objetivo del film es otro?

    O sea, Moretti quiere hablar de hombres, no de instituciones y ese es justamente el fuerte del film.

    La tercera historia, es la más descuidada y banal, aunque también podría haber dado pie a una subtrama que retratara las relaciones humanas: la del psicoanalista ateo que está atravesando una separación, no la puede superar y hace catarsis rodeado de los muros eclesiásticos con sus cardenales a través de un comportamiento soberbio y bobo. Este rol lo ejecuta, el propio director, que le viene como anillo al dedo y lo sabe de memoria. El problema es cuando toma mayor protagonismo del que debería esta subtrama, y no por los conflictos internos del personaje, sino por su comportamiento soso e infantil.

    Mucho se ha comparado a Moretti con Woody Allen. Entiendo el por qué aunque no lo comparto del todo, más allá de que es cierto que tanto Allen como Moretti en sus propias películas no puede dejar de interpretar personajes con tintes autobiográficos, que expresan sus comportamientos, ideas y visiones del mundo, con algo de autoparodia y guiño a los espectadores que los conocen. Pero, lo que creo que más comparten son gustos estéticos y dilemas existencialistas.

    De hecho, no sería muy desacertado comparar Habemus Papa con Crímenes y Pecados, donde Allen se guardaba para sí el rol más divertido, crítico y banal, y dejaba al gran Martin Landau a cargo de un personaje que debe convivir con dilemas morales.

    En este caso, Moretti pone sobre los hombros del inmenso y jovial Michel Piccoli, el aspecto más interesante de la obra: ¿puede un hombre de fe, dudar de ella en el momento más importante de su vida, cuando debe transmitirla a los demás? El recorrido que atraviesa el Santo Pontífice, observando las calles de Roma, a la gente, redescubriendo su verdadera pasión y vocación, se convierte en un verdadero análisis del ser y de observación muy similar al que realizara Mr. Chance (Peter Sellers) al comienzo de Desde el Jardín. Entre fascinación y reflexión entendemos el comportamiento interno del personaje en apenas unas expresiones sutiles que lo dicen todo. Por eso lo de Piccoli no es mágico, sino milagroso. Cada escena de uno de los actores preferidos de Buñuel y Ferrari es un verdadero deleite. Moretti pone la cámara en función de cada mínimo gesto. Un primer plano de Piccoli dice más que todos juntos del propio Nanni.

    Si bien es muy simpática y empática la mirada sobre los demás cardenales, la guardia del vaticano, protocolos y costumbres, hoy en día, bastante inútiles, es la subtrama del psicoanalista que no funciona. No solamente porque podría haber sido mejor explotada, sino porque además tapa a la del cardenal Melville. No por esto no deja de ser divertido el punto de vista, porque le da la oportunidad al director de burlarse de si mismo, de la psicología y particularmente de la soberbia de los psicólogos, con sus términos y métodos, alabando el poder del arte y especialmente del teatro como medio para salir adelante. Pero no logra funcionar en su totalidad esta sátira, acaso por la ambición del director de contar demasiado en poco tiempo. De esta forma, es más efectiva y directa la burla hacia los periodistas, el rol que ocupan los medios de comunicación y, sobretodo, los opinólogos (si sabremos de esto los argentinos, que de paso estamos bastantes presentes en la obra con banderas y número musical incluido).

    Visualmente se trata de una de las obras más meticulosas de Moretti. Una puesta en escena barroca, donde los curas reproducen, por momentos, pinturas del siglo XVIII. Se presta mucha atención al poder de los colores rojo, blanco y negro dentro de la institución.

    También vale la pena destacar un gran elenco secundario con Margherita Buy, Jerzy Sturh y Renato Scarpa a la cabeza.

    Aun, con algunos puntos débiles pero un final impactante y devastador, Habemus Papa, es una obra delicada, inteligente y sublime. Introspectiva, pero a la vez entretenida y muy divertida, Moretti confirma su sordidez como narrador, observador y crítico, no solamente de las políticas de derecha, sino también del ser humano. Mientras que Piccoli, sin duda, logra la interpretación del año.
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  • Un año más
    Un año más
    A Sala Llena
    Ensayo sobre la Soledad

    ¡Y el cine ha vuelto! Algunos piensan que lo que diferencia al arte cinematográfico de las demás artes es la capacidad de impresionar con grandes paisajes, efectos especiales, en fin… ¡espectacularidad! Nos han acostumbrado a pensar, de hecho, que una película de cámara (en el sentido minimalista de la palabra) es en realidad… televisión. Si una puesta de cámara es sencilla y simple, vemos espacios urbanos “comunes” y la fuerza de la obra la llevan los actores, entonces estamos en una cruza de una novela televisiva y un melodrama teatral. De acuerdo, el western se debe disfrutar en pantalla gigante… pero hay que saber fotografiar un western. No es lo mismo Cowboys & Aliens que Erase una Vez en el Oeste o La Diligencia, por nombrar acaso los dos mejores ejemplos, de dos estéticas diferentes a la hora de encuadrar el género más antiguo del cine.

    Pero sucede lo mismo con las películas de “actores, historias y personajes”. No es lo mismo una película de James L. Brooks que una de Mike Nicholls o Mike Leigh, por decir nombres de directores, que trabajan temáticas y estéticas similares. ¿En que se diferencian uno de otro? Los primeros planos.

    Una vez, asistí a una ”Clase Maestra” que dio el GRAN director húngaro Itzvan Szavó en Mar del Plata, y dijo una verdad irrebatible: observar un rostro en pantalla gigante, sostener el plano, prestar atención a cada detalle, a cada gesto mínimo, el cambio paulatino de expresión… ¡eso es cine! Y sino, fíjense en como Nicholls, hombre de teatro, construye películas solo con primeros planos: ¿Quién le Teme a Virginia Woolf? o Closer. Dos ejemplos excelsos sobre el poder de sugestión de los primeros planos, el impacto que puede llegar a tener, el efecto de un primer plano sobre el rostro de actores verdaderamente expresivos. Claro, que una cosa era un primer plano sobre Richard Burton que uno sobre Jude Law, pero aún así, Nicholls es un maestro de esta estética.

    Mike Leigh es mucho más íntimo, personal, autoral y sobre todo menos discursivo. Es capaz de convertir a una persona netamente “felíz” en alguien de amargura interna, que brinda felicidad para que el drama exterior no le afecte psicológicamente (La Felicidad trae Suerte). Lo que logró en aquella oportunidad con Sally Hawkins, traspasó lo admirable, para llamarse un milagro cinematográfico y algo similar sucede en el caso de Lesley Manville en Un Año Más.

    La última película del director de Secretos y Mentiras, se centra en una matrimonio exitoso de clase media inglesa, Tom y Gerry (espectaculares Jim Broadbent y Ruth Green). Ambos representan un modelo a seguir en todo sentido. Tom es un ingeniero hidráulico respetado, Gerry, una psiquiatra sumisa. Los dos tienen una huerta y apuestan por un proyecto de vida ecológica. El tercer personaje que intercede entre ambos es Mary, una compañera de trabajo de Gerry, solterona cuarentona, charlatana y chismosa, que atraviesa un periodo de depresión debido a la ausencia de pareja. Trata de tapar dicha ausencia, comprando un coche que le traerá más problemas que alegrías. Tom y Gerry, a su vez, tienen un hijo de 30 años también soltero.

    A lo largo del transcurso de este año que Leigh decide mostrarnos en la vida de Tom y Gerry vemos, los personajes que los rodean: un amigo borracho de Tom, su hermano austero, un sobrino rebelde.

    Acaso lo más interesante de Un Año Más es justamente esto, como los secundarios, los que rodean a los supuestos protagonistas, van ganando participación y terminan siendo más ricos que la pareja, no por un descuido narrativo, sino por una elección del director de centrarse en lo que más le interesa hablar en esta obra: la soledad, y como la ausencia de “esa” persona o la rutina con “esa” persona pueden llevar a la depresión.

    El film empieza de hecho, con un primer plano de la enorme Imelda Staunton en otro personaje introvertido. Una mujer que busca somníferos para salir de una profunda crisis depresiva. La vemos sola, durante 5 minutos frente a la cámara. Leigh da una clase maestra de dirección de intérpretes. La evolución que cada actor secundario, los cambios mínimos que efectúan en un plano secuencia fijo, que solo muestra el rostro es increíble.

    Un Año Más es bellísima. No solamente la naturalidad de los actores, su delicadeza que desnuda cada capa íntima. La fotografía que se va modificando estación a estación, pero manteniendo un tono gris deprimente a lo largo de toda la historia es fascinante. Detalles de vestuario, escenografía y diálogos… que dicen tanto, pero a la vez, esconden comportamientos hipocráticos.

    Leigh empatiza con esas almas en pena solitarias que vagabundean en busca de su pareja perfecta, pero que no logran encontrar, mientras tanto termina por defenestrar la fanfarronería de la clase media inglesa, y el sueño de familia tipo.

    Películas tan delicadas, sutiles, meticulosas estéticamente, complejas en su sencillez como Un Año Más es difícil encontrar hoy en día en la cartelera. Riqueza cinematográfica en todo sentido.
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  • Mi primera boda
    Mi primera boda
    A Sala Llena
    Una boda ingeniosamente planeada

    ¿Hace cuanto tiempo reclamábamos que la comedia argentina con vistas comerciales tenía que renovarse sin perder su identidad?

    Gracias a Patricio Vega y Ariel Winograd, nuevos vientos corren por el cine nacional. Hace mucho tiempo que vengo diciendo que el mejor guión escrito en los últimos años pertenecía a Música en Espera, una comedia romántica, en apariencia menor, pero que tenía una estructura narrativa sólida que deparaba muchas sorpresas, y sobretodo lograba evitar caer en lugares comunes. Con Cara de Queso, Mi Primer Gueto de Winograd, sucedía algo similar: lo que podría haber sido una comedia más, se convertía en una ácida crítica sobre el funcionamiento de los countries durante el menemismo.

    La fórmula de escritura de Vega (que en televisión logró destacarse ayudando en los guiones de Los Simuladores y Hermanos y Detectives, además de escribir la serie Un Año Para Recordar) se basa en imitar bien los modelos de guiones estadounidenses. Aquellos guiones que hacían escritores como I.A.L Diamond, Dudley Nichols, Ernest Lehmann en la Edad de Oro para directores como Billy Wilder, Howard Hawks o Alfred Hitchcock.

    Vega siempre sabe combinar la comedia con el romance y el suspenso. La tensión es un elemento fundamental para crear efectos humorísticos y muchas veces los guionistas se olvidan de eso.

    Mi Primera Boda es un guión de relojería con una estructura sólida de principio a fin. Una obra de ingeniería, matemática, lógica.

    Lo primero que vemos en pantalla es a Adrián (Hendler), el novio, hablándole a la cámara, supuestamente después de la boda, recomendando al público que nunca se case. Enseguida se vienen a la memoria los rostros de Spencer Tracy o Steve Martin en el comienzo de ambas versiones de El Padre de la Novia, posiblemente no haya mejores películas que esas dos, a la hora de hablar de bodas memorables del cine.

    Adrián nos da un breve pantallazo de pequeños momentos que vamos a ver durante el desarrollo de la trama, y, al mejor estilo Cuando Harry Conoció a Sally, vemos la opinión de la novia, Leonora (Oreiro).

    De esta manera empezamos a conocer (y tras una original e ingeniosa secuencia de títulos animada en la que se cuenta paralelamente la vida de ambos), como fue el desarrollo de esta boda mixta y sus percances.

    Más allá de tener un elenco impresionante, donde cada actor y personaje tienen su momento para destacarse, y de abrir varias subtramas secundarias (algunas de ellas con una resolución poco convincente), Vega decide centrar el 80% de la acción en el conflicto de los protagonistas: por razones que no vale la pena adelantar, Adrián va a tener que postergar la unión nupcial en sí misma, por lo que la fiesta viene antes de la ceremonia. Winograd y Vega, por tanto, concentran el conflicto en la relación y las inseguridades de la pareja central. Cada uno de ellos, va a encontrar razones durante el desarrollo para separarse: ya sea la incompetencia de uno o la llegada de un ex novio en el caso del otro.

    Para sacar adelante el guión, Vega recurre a la ingeniería y la física. El resultado final es realmente encantador. Sí, es verdad, algunos secundarios están desaprovechados, ciertos chistes ya están bastantes vistos (especialmente algunos relacionados con las religiones, pero Mundstock y Rabinovich le aportan el toque Les Luthier). Sin embargo, el conflicto central está tan bien delineado, que el resto es anecdotario.

    Hendler y Oreiro conforman una pareja antológica. La química de ambos se nota dentro y fuera de pantalla. Pero los que realmente se comen cada plano en el que aparecen, porque les tocó en suerte los mejores y más divertidos personajes, son Martín Piroyansky, demostrando un timing perfecto para la comedia, aprovechando cada expresión, cada diálogo con sutileza e inocencia, y el GRAN Imanol Arias. Que alegría volver a verlo por nuestras Pampas (después de Camila o Buenos Aires me Mata). Imanol le aporta una cuota sensual y carismática al film. Su Miguel Ángel es tan odioso como atractivo. También es muy destacado lo de Luz Palazón como la organizadora del casamiento.

    Entre caras conocidas y otras que son promesas, Winograd dirige con dinamismo, preciosismo visual y osadía. En los primeros 5 minutos ya hay una presentación de personajes extraordinaria y un plano secuencia brillante, en el que recorremos toda la estancia, donde sucede la acción, conociendo a gran parte de los personajes en pocos minutos. No todos se animan a filmar así una comedia comercial. Ni acá ni en Hollywood.

    La hermosa fotografía del Maestro Felix Monti, aprovechando al máximo la luz solar; la preciosista dirección de arte del genial Juan Cavia (un nombre a tener muy en cuenta en este rubro, a futuro), el meticuloso y cuidoso diseño de sonido de José Luis Díaz o incluso la banda sonora, demuestran que Winograd cuidó cada detalle. No solamente el guión o los actores, sino también cada rubro técnico está en función de la historia.

    Comedia brillante de enrededos o screwball comedy como quieran llamarla. Con la inteligencia e ingenio de la obras de la época dorada del Hollywood de Cary Grant, Katherine Hepburn y Jack Benny, MI Primera Boda sobrepasa las expectativas gracias a que sabe mantener el humor a nivel durante los 105 minutos de duración sin caer en sentimentalismo forzado o golpes bajos. El chiste no se agota y cada detalle ayuda a construir un final a toda pompa.

    Winograd y Vega unen fuerzas para crear la que seguramente será, y merecidamente, la película más exitosa del año. Ambos logran aplicarle sellos personales (los detalles y la tensión de Vega; los personajes de Winograd) a una obra que posiblemente en otras manos habría sido solo un aplicado trabajo por encargo.

    Impredecible, Mi Primera Boda juega con los lugares comunes y los clisés, y los termina rompiendo.

    Si realmente le va bien en la taquilla, se podría pensar en armar una trilogía como la saga con “Catita” (Niní Marshall) dirigida por Manuel Romero: Boda en Montevideo, Casamiento en Buenos Aires, Luna de Miel en Río.

    Aunque primero lo primero: festejemos que por fin llega una comedia nacional, que va a dejar satisfechos a todo el mundo.

    Pasame más tinto, se vino la pachanga.
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  • Quiero matar a mi jefe
    Solo faltan las canciones de Dolly Parton

    La idea surgió hace 30 años atrás: juntemos tres actrices de moda y cumplamos el sueño de cualquier oficinista: vengarse del jefe.

    Como eliminar a tu Jefe (9 to 5) es hoy en día una comedia de culto: Jane Fonda, Dolly Parton y Lly Tomlin deciden armar un plan para hacerse respetar frente a su misógino y malvado jefe interpretado por Dabney Coleman.

    8 años después Melanie Griffith se enfrentaba a su jefa Sigourney Weaver en Secretaria Ejecutiva y posiblemente la guerra contra la jefa más despiadada la ejecutó con sutileza y buen gusto, Anne Hathaway con Meryl Streeo en El Diablo Viste a la Moda.

    Con Quiero Matar a mi Jefe se retoma la premisa del film original de Colin Higgins, pero esta vez, el romance, el humor ingenioso e incluso los agradables números musicales son reemplazados por un humor vulgar, histriónico, efectivo, discursivo y no siempre divertido.

    Nick, Dale y Kurt son tres amigos de la secundaria que tienen algo en común: los jefes más desagradables del mundo. Nick (Bateman) se esfuerza para que Harken (Spacey), el presidente de una empresa, lo nombre vice. Harke es despiadado, fascista, torturador, manipulador, demagógico. Dale (Day) es asistente odontológico de la Dra. Harris (Aniston), una soltera sexópata, que tortura y humilla a Dale para acostarse con él, quien se acaba de comprometer y planea casarse en los próximos meses. Por último, Kurt (Sudeikis) es el contador favorito del presidente de una petroquímica, pero cuando este fallece, el cargo pasa a su hijo Bobby (Farrell), un cocainómano xenófobo y machista, fanático de las prostitutas, coleccionista de baratijas, inepto a la hora de manejar negocios que también manipula a Kurt para que eche personas por diferencias físicas. Ninguno puede renunciar a su puesto, porque sus jefes los tienen extorsionados por diversas razones. Por lo tanto, la única solución que encuentran es mandarlos a matar.

    Comedia de enredos cuya base está puesta en gritos, insultos, humor sexual vurdo y sobrexplicados cinéfilos, Quiero Matar… funciona gracias a sus intérpretes. Los personajes no son originales, las situaciones tampoco, de hecho el argumento es muy predecible, y abundan los clisés. Sin embargo, el hecho de ver una vez más a Kevin Spacey como un empresario sin escrúpulos, detestable, psicópata, Jennifer Aniston convertida en la bomba sexual que siempre quisimos ver los fanáticos de Friends y a Colin Farrell reírse de sus propias adicciones (a lo Charlie Sheen) sumado al eficiente trabajo de Bateman, el desenfreno de Day y la malicia de Sudiekis terminan por brindarnos una comedia entretenida con momentos realmente inspirados. Las pequeñas participaciones de Jamie Foxx e Ioan Gruffudd son fascinantes. Es humor televisivo, los guionistas son discípulos de Saturday Night Live, pero sigue funcionando. Este año vimos ejemplos similares de este tipo de humor con Que Pasó Ayer Parte II y Pase Libre.

    Posiblemente, dado que Todd Phillips se preocupa un poco más que Gordon o los Farrelly para lograr una obra visualmente más interesante y transgresora, la secuela del éxito sorpresa del 2009 supera a las otras dos.

    Pero lo cierto es que hacer reír es cada vez más difícil y cada generación de comediantes se arma de nuevas herramientas para divertir. Estos comediantes deben explicar todo.

    El mayor problema narrativo del film es que muchos chistes no terminan por cerrar. Es como que les falta el remate final para alcanzar la diversión genuina. Esto mismo que sucede con los chistes le pasa a la estructura del film en sí. El final está demasiado atado con alambre. Una de las tres tramas se cierra de la manera más banal imaginada. Pobre destino para uno de los mejores personajes de la película.

    Quiero Matar a mi Jefe muestra las luces y sombras de la Nueva Comedia Estadounidense. No niego que me rei bastante durante los 98 minutos que dura el film, pero me conozco lo suficiente para saber que no me voy a reir de la misma forma en una segunda visión.

    Para ver a tres locos haciendo tonterías, me quedo con Moe, Larry y Curly o los Hermanos Marx.
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  • Balada triste de trompeta
    ¿Por qué tan Serio?

    Alex de la Iglesia nos ha demostrado que se puede hacer cine fantástico, con influencias de los cómics, las historietas, los géneros malditos de los años ’70 fuera de Hollywood, pero con igual o mejores resultados que la meca industrial. Desde viajes a otros planetas, la lucha contra el anticristo o el homenaje a los westerns spaguettis hasta una cínica mirada sobre la historia del humor en España. Además, gran admirador de los thrillers clásicos ha logrado notables homenajes a Hitchcock (Crimen Ferpecto), Agatha Christie (Los Crímenes de Oxford) o Polanski (La Comunidad), De la Iglesia demuestra una versatilidad e imaginación envidiables, que mejora trabajo a trabajo, donde los efectos especiales introducidos nunca son fortuitos sino siempre justificados para generar comedia… hasta ahora.

    Si bien en Los Crímenes… Alex demostró que podía hacer una película enteramente “seria”, en Balada Triste… lo que debería hacer reír provoca angustia. Es más, el humor provoca un poco de culpa.

    La secuencia inicial es realmente devastadora. 1937. Los republicanos tratan de derrocar a Franco, por lo que toda persona que puede sostener un fusil es reclutado para ir al frente de batalla. Incluidos, los integrantes de un circo ambulante. El que termina liderando la revolución es el Payaso Tonto (un Santiago Segura muy serio). Su hijo, Javier, es testigo de cómo el mismo es apresado por el ejército franquista y llevado a unas minas para construir una cruz gigante. La imagen de un payaso destrozando hombres con una bayoneta es increíble. 36 años después, Javier ha crecido y prueba suerte como el payaso triste de otro circo ambulante en medio de una ciudad prácticamente destruida. La vida de Javier fue muy triste, y aunque siempre quiso ser el payaso tonto, las penurias que tuvo que atravesar lo convirtieron en la víctima de los chistes.

    En el circo tendrá que enfrentar a Sergio, el payaso tonto, que fuera del ambiente artístico es un hombre violento y alcohólico. En el medio de ambos, se encuentra Natalia, novia de Sergio, una hermosa acróbata, masoquista y un poco sádica. Por lo tanto, todo el odio que Javier lleva en la sangre desde los tiempos en que apresaron a su padre, lo empieza a descargar cuando ve el trato que Sergio le da a Natalia, la cuál no es tan dulce ni inocente como aparenta ser.

    A no confundirse, estos payasos se parecen más al Guasón de Heath Ledger, morbosamente desfigurados, anárquicos y repletos de odio que a Gaby, Fofo y Miliqui.

    Balada Triste es la primer película que De la Iglesia escribe en soledad. No sé con exactitud porque Jorge Guerrica Echeverría no se asoció esta vez con su director fetiche. Y esta ausencia hace preguntarse si el verdadero ingeniero, el verdadero genio del humor no era Guerrica Echeverría, y De la Iglesia siempre fue el hombre oscuro, serio.

    Estos payasos son demasiado trágicos, crueles. El triángulo amoroso es llevado a un extremo de violencia prácticamente surrealista, similar a una tragedia griega. En la primera mitad todo es va con bastante solemnidad; el estudio sobre el carácter de los personajes y la relación con el contexto socio político de la España franquista es interesantísima más allá de la metáfora que simboliza el enfrentamiento entre Javier y Sergio. Pero a partir de cierto punto, el relato se convierte solamente en una sucesión de peleas sin transfondo argumental. No solamente lo que se sucede es morboso, onírico, excesivamente político y violento, sino que falta un hilo narrativo verosímil. Simplemente vemos escenas bella y meticulosamente diseñadas, pero con una impronta publicitaria que no se parece al cine del Alex de la Iglesia cínico, sarcástico, pero aún así divertido.

    El tono es mucho más oscuro que cualquiera de las obras anteriores del director; la fotografía, excelente y contrastante, logran crear climas densos, posesivos, aterradores. Pero a estos payasos, les falta humor. O sea, a nivel temático contiene todas las obsesiones del director: la competencia constante, la burla sobre la figura del héroe clásico, el egoísmo, la reivindicación del hombre feo, sucio y gordo. Pero acá el exceso de patetismo juega para el otro lado, para la lástima y miserabilidad constante.

    Visualmente es atractiva, la banda sonora de Roque Baños es lo más cerca, que un compositor en la historia del cine, ha estado de emular a Bernard Herrman, y el elenco es seguramente uno de los mejores que podría haber reunido el director en toda su carrera. El trío Areces, De la Torre, Bang sumado a veteranos colaboradores secundarios del cine de De la Iglesia es soberbio. Pero falta cierta picardía, compasión en la mirada sobre los personajes que interpretan.

    La reconstrucción de época es admirable. Tanto en 1937 como en 1973 se respetan innumerables detalles (incluido el atentado contra el presidente Luis Carrera Blanco), hay homenajes a íconos pop de los años ’70 (el trío de payasos que cantaba: “Había una vez un circo”…; Rafael; Kojak) pero parece que por prestarle atención a estos aspectos, descuidó la narración propiamente dicha.

    A pesar de los excesos visuales y dramáticos, Balada Triste de Trompeta es un film que atrapa, exaspera y molesta a la vez. No es fallido, pero sí, deja un gran interrogante acerca del futuro de un autor muchas veces menospreciado, subvalorado y otras veces demasiado mitificado. Es probable que este film marque el inicio de una filmografía menos humorística y mucho más seria. Me gustaría saber cual fue la razón de este cambio. Que resentimientos ocultos, similares a los del protagonista, llevaron a Alex a comportarse como un verdugo de payasos.

    Sacando al crítico de lado, espero volver a ver al Alex que encuentra ternura en la miserabilidad, que en la hipocresía y egoísmo es capaz de hallar compasión y admiración por el prójimo, y no más este Festival du Freaks, enfermos de culpa y sin redención posible.

    Como diría el Guasón de Nolan: “¿Por qué tan Serio?”
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  • Cerro Bayo
    Cerro Bayo
    A Sala Llena
    Esperando la Carroza

    Hay un género que es muy propio del teatro argentino llamado: grotesco. El grotesco agarra situaciones, momentos costumbristas de nuestra vida cotidiana y los lleva al extremo del absurdo y el patetismo, explotando el humor negro para crear una crítica social, que no necesariamente apunta a la burguesía o clase alta argentina, sino también al argentino medio, de clase media, a la clase obrera y trabajadora. El grotesco es un colador por donde pasan todos los argentinos. Es un espejo deformado que nos muestra la realidad de la forma más cruda, y posiblemente, mucho más cercano a lo REAL REAL que el teatro naturalista, que ya no convence a una sola persona, como diría (con mucha más profundidad) Javier Daulte.

    Por esto mismo es que vemos Esperando la Carroza, La Nona o 100 Veces no Debo y nos reimos a toneladas. Porque nos identificamos con los personajes, los palpamos, son reales. Las tragedias que viven (porque la comedia sin tragedia, sin drama no puede existir) nos han pasado o pasarán a todos alguna vez.

    Y Cerro Bayo es un grotesco argentino en el sentido más puro de la palabra, pero disfrazado de comedia dramática intimista. En este sentido, Cara de Queso, posiblemente era más clara y honesta con sus intenciones, pero en cambio acá Victoria Galardi construye una sátira, pero no la encasilla en un género.

    Personalmente, pienso que los argentinos somos mucho mejores observadores y críticos que los estadounidenses a la hora de hablar de la institución familiar en expresiones artísticas. Tenemos menos miedo de que los sectores más conservadores se nos tiren en contra y por eso nos damos maña para poder reflexionar, de diversas formas. Y otra característica… es que somos muy familieros. Nos cuesta dejar, en general, el nido. Hay muchas costumbres muy nuestras (que en realidad son herencia de los inmigrantes italianos, españoles y judíos) que se relacionan con pasar al menos un día a la semana con nuestras familias: la pasta o el asado de los domingos al mediodía, por ejemplo.

    Pero así como nos juntamos para comer, también nos reencontramos en los momentos trágicos: por ejemplo, ante el deceso o futuro deceso de un familiar, un patriarca o matriarca venido el caso.

    En Cerro Bayo, Galardi abandona la cursilería romántica de la soledad de su ópera prima (Amorosa Soledad) para meternos en el corazón de una familia, cuya abuela se intentó suicidar y ahora está en coma. Por un lado tenemos a Marta (extraordinaria Adriana Barraza, disimulando el acento mexicano) la hija que vive con su madre en Villa La Angostura, la única realmente preocupada por su salud y no por la herencia. Marta está casada con Eduardo (Arengo, maravilloso como siempre) y tienen dos hijos, Inés (Efrón repitiendo un poco el personaje de Amorosa…) y Lucas (Perez Biscayart, de notable crecimiento interpretativo). La llegada de Mercedes (Llinás) desde Bs. As. complicará la situación. Especialmente, porque a excepción de Marta, todos buscan los réditos económicos. Sin caer en el lugar común de que los miembros de la familia se peleen por la herencia (cada uno en realidad busca un beneficio diferente, y no hace falta que se peleen), Galardi construye un abanico de personajes extraordinariamente complejos, interesantes, contradictorios… y simpáticos. ¿Por qué no? Cada uno se concentra en lo material, en lo superficial. Lo emotivo y romántico pasa de lado. Es una herramienta para manipular y conseguir la meta. Y aunque todos saben que el dinero y la apariencia no hacen la felicidad, tampoco pueden negar su atractivo.

    Lo astuto de la película de Galardi no pasa solamente por los personajes, las actuaciones y lo pulido y redondo que resulta el guión, sino que se va construyendo con situaciones minimalistas que no pretenden provocar la risa ni emocionar. Los personajes son tan austeros, introspectivos, esconden tan bien sus metas, que cuando suceden situaciones humorísticas, Galardi no las fuerza. Simplemente deja que fluyan solas. No apoya las escenas con música incidental ni efectos extra cinematográficos hasta pasada la hora de película, y cuando por fin, mete una canción el efecto que logra es completamente natural: coherente, apropiado, justificado.

    En Amorosa Soledad me quejaba que el último plano terminaba por derrumbar los pequeños logros que la obra tenía. En cambio, acá, Galardi utiliza exactamente el mismo efecto (¿una marca autoral?) pero termina siendo hermoso.

    Más allá de aprovechar la geografía, el clima, el frío patagónico de manera narrativa, la fotografía de Julián Álvarez es uno de los puntos más fuertes.

    Los planos son largos, pero tienen movimiento interno, lo que demuestra una puesta en escena meticulosamente planeada.

    Cerro Bayo es una de esa extrañas películas, que son tan chicas e intimistas, que mientras la estás viendo no entendés lo grande que son para la cinematografía nacional.

    No solamente vale la pena destacar el soberbio elenco, sino lo bien que cada intérprete está aprovechado en su rol. Lo que demuestra un profundo conocimiento de la directora de las características de los actores y hasta donde pueden dar.

    Tras un día, en el cuál vi dos pobres exponentes del cine de entretenimiento estadounidense, que van disminuyendo en calidad a medida que reflexiono sobre ellos, Cerro Bayo, crece y crece.

    Para concluir, así como los protagonistas logran disfrazar sus codiciosos propósitos con simpatía, inocencia, sonrisas y capas de ropa para el frío, Galardi, disfraza un típico grotesco familiar argentino, con la sutileza y austeridad que se puede encontrar en el lenguaje del cine argentino de la última generación (acaso lo mejor de esta generación). Esta renovación se agradece con creces y da muchas esperanzas sobre el porvenir del cine nacional.

    Información: Cerro Bayo también tiene un propósito solidario: por cada entrada vendida, $3.50 irán a un fondo para reconstruir Villa La Angostura de las consecuencias de las cenizas volcánicas. Una iniciativa original y ejemplar.
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  • Cowboys y Aliens
    Cowboys y Aliens
    A Sala Llena
    Martini Seco con Vodka, Revuelto, no Agitado

    La unión debería hacer la fuerza, pero a veces cuando hay muchas manos en el plato se hace mucho garabato.

    Los realizadores más poderosos de la actualidad se juntaron para concebir un proyecto que unía acaso a los dos géneros de culto más importantes de la historia del cine hollywoodense: el western y la ciencia ficción. Como dice el título: Cowboys & Aliens.

    Ron Howard se da de la mano con Spielberg, agarran un cómic bastante exitoso, llaman al director y guionistas de Iron Man, a los guionistas de Transformers (la original, la mejor), de Star Trekk, de las series Fringe y Lost (o sea, todos el equipo de J.J. Abrams) y encima reúnen nuevamente a James Bond con Indiana Jones (Spielberg ya la había logrado en La Última Cruzada). Para completar el combo, una de las actrices más hermosas del momento: Olivia “13” Wilde.

    Demasiados nombres y los resultados… son apenas discretos.

    ¿Dónde falla Cowboys & Aliens entonces? Que pensaron un producto, no una obra cinematográfica.

    La historia nos lleva al viejo oeste, donde un hombre (Daniel Craig) despierta amnésico en medio del desierto con un brazalete metálico en la muñeca. Cuando el desconocido llega al pueblo más cercano, descubre que lo buscan por robos y asesinatos. En el medio entra en acción el coronel Dolarhyde (Harrison Ford), un militar retirado que ahora se convirtió en el ganadero que da de comer a todo el pueblo con sus ganancias, ya que las minas de las montañas del pueblo, aparentemente están secas.

    Mientras que el desconocido trata de descubrir que le pasó, los aliens invaden el pueblo, secuestrando a la mitad de la población (nunca queda claro porque los secuestran, más que para hacerles injustificados exámenes físicos). La cuestión es que los extraterrestres vinieron al Tierra con un única misión: llevarse el oro de las montañas (tampoco queda claro para que les sirve el oro).

    Por lo tanto, los cowboys con ayuda de los Apaches de la región, tratarán de rescatar a los suyos y desterrar a los aliens.

    Una premisa de estas características necesitaba un tratamiento divertido, ágil, bizarro. En cambio, como sucede con los Transformers y demás obras de los mismos guionistas, la historia cae en un producto por encargo sin corazón ni odio.

    Favreau que supo aplicarle elegancia y carisma a un personaje como Iron Man (¿o es que los elogios deberían ir hacia Robert Downey Jr.?) acá toma una fría distancia de lo que está generando. No es que la película no sea entretenida o esté mal narrada, sino que no transmite la emoción necesaria. Posiblemente parte de la culpa la tenga Daniel Craig cuyo personaje sea tan frío como el último James Bond, quizás porque Harrison Ford no logra ponerse la película sobre los hombros y queda relegado a un segundo plano lastimoso. Lo alarmante es la falta de humor, la seriedad, solemnidad e incluso la arista sentimental/dramática que le pusieron a la historia.

    Barry Sonnenfeld posiblemente habría sido el director ideal, dado que ya jugó con ambos géneros en forma separada. Si bien Las Aventuras de Jim West no es lo que se puede llamar una obra satisfactoria, humor no le faltaba. Y si Hombres de Negro funciona es gracias al humor y no tanto a la ciencia ficción.

    Una versión con menos presupuesto, actores menos pretenciosos, más berreta (que buena hubiese sido la misma película con Simon Pegg y Bruce Campbell como protagonistas) habría dado como resultado una obra más redonda, con mayor identidad incluso.

    Del gran elenco algunos secundarios logran interpretaciones meramente creíbles: Sam Rockwell, Ketih Carradine, Paul Dano, Clancy Brown, Noah Ringer (sí El Ultimo Maestro del Aire). Los efectos especiales tampoco son asombrosos, y las referencias cinematográficas escasas: no se puede identificar como un western de ningún director. De hecho se parece más a uno televisivo (visualmente es televisiva, todo un pecado en el género), por lo tanto, se desaprovecha la geografía de la región. Los aliens son bastante asquerosos (tienen la misma cara que el de Super 8), pero a diferencia de Cameron o Lucas a Favreau le interesan más los personajes humanos. El problema es que están tan mal escritos, diseñados y, además hay tantos clisés y estereotipos que en este sentido tampoco se destacan. Sí, el personaje de Craig remite a algunos héroes del género, especialmente al “rubio” de la saga del dólar de Leone, pero seamos honestos: Clint Eastwood le ponía mayor carisma.

    Reitero, si bien no se trata de un fracaso absoluto (en términos artísticos, porque sí lo fue en proporciones económicas) pero tampoco es la obra que muchos esperábamos con gran ansiedad. Un producto salido de una máquina tan grande, fría y metálica como la nave espacial de los extraterrestres. Y ya lo dice el dicho: cuánto más grande es, más dura será su caída.
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  • El planeta de los simios: (R)Evolución
    Actores en Vía de Extinción

    Y un día el actor de carne y hueso, ha sido reemplazado por la tecnología. Pero no se trata de robots actores, como muchos creían que iba a pasar. Actores robots con autonomía, capaces de razonar y aplicar conceptos interpretativos, son de ciencia ficción. El CGI y el Caption Motion es la realidad.

    El actor empezó a ser confinado en un estudio, donde solamente debe moverse bajo las órdenes de los directores con pintura en la cara y microcamaritas alrededor del cuerpo, que captan cada movimiento para transmitirla luego, a un diseño multimedia, un dibujo que reproduce lo que el actor hizo en primer lugar, en el total vacío.

    Los animadores logran convertir al personaje animado en un ser vivo, que respira, habla y se expresa, mejor que cualquier actor. Un diseñador logra que cualquier intérprete se supere así mismo.

    No es la Dimensión Desconocida… es la realidad de Hollywood, aunque usted no nos crea.

    La paradoja de El Planeta de los Simios (R)evolución es que promueve un Apocalipsis desde la historia y el avance tecnológico. Un doble mensaje: el futuro es ahora, y nosotros no somos partícipes. Animaciones computadas nos han reemplazado.

    Esta idea de revitalizar la saga en orden inverso al film original de 1968 es una perfecta metáfora de cómo nuestras creaciones empiezan a tomar determinación propia, como nuestros frankensteins, comienzan a independizarse, encontrar una camino paralelo al de los seres humanos a partir de las herramientas que le dimos para lograrlo. Y así es, como en la ficción, los simios, experimentos genéticos, se alzan contra el poder del hombre, aprendiendo los aspectos positivos, como la demostración de cariño, el razonamiento matemático y el lenguaje, como los negativos: la justicia poética, la respuesta violenta ante actitudes violentas.

    Como dijo el General, en el 2000 nos encontraremos unidos o dominados… por los simios (aclaro que esta connotación política solo tiene implicancias referidas al contexto del film y no de la historia nacional).

    No soy gran fanático de las precuelas, pero debo admitir que esta fue una buena idea. ¿por qué? Porque el modelo futurista ya se había agotado. Debía entenderse como empezó todo, y si bien la película del casi ópera primista, Rupert Wyatt, tiene mayores coincidencias con una novela del fallecido Michael Chrichton, acaso el autor que más profundizó acerca de las consecuencias de la experimentación genética y científica en la mayor proporción de su bibliografía (especialmente con Congo), se debe reconocer que se quiso efectuar un trazado sutil, pero efectivo. La suma de detalles que conectan a esta “explicación” con el resto de las películas es maravillosa.

    Es verdad que hay objetos, frases, escenas que remiten a la original (la secuencia inicial es fantástica), pero también subtramas argumentales que no tienen demasiado explicación ni profundización para que el espectador fan una los puntos. Una medida arriesgada pero que genera entusiasmo.

    Ahora bien, lo que también garantizó el director y los guionistas es que aquellas personas que nunca vieron una sola película (ni siquiera la subestimada versión de Burton), sientan deseos de seguir viendo y para eso armaron un film que mezcla tensión y suspenso de forma inteligente, con escenas efectistas, llenas de planos secuencias, usos proporcionados del fuera de campo y sólidas interpretaciones… al menos en el caso de los primates.

    El meticuloso trabajo de Weta Division para diseñar cada simios es increíble. No recuerdo actor capaz de expresar tantos sentimientos con tan pocos gestos como los que logran los diseñadores con la ayuda del gran Andy Serkis. ¡Están vivos, respiran!

    Sí, la acción funciona, y sin ser demasiados explícitos ni redundantes con el mensaje o los diálogos, se puede filtrar el contenido filosófico / ecológico, pero tampoco es demasiado pretenciosa.

    El ritmo frenético, las largas secuencias en CGI, los efectos y la humanización de los simios ubican a esta nueva creación de la franquicia en una posición privilegiada de la saga. Los personajes y las respectivas interpretaciones en live motion, son las que no cuadran con el resto de la narración.

    No sé si es a propósito, pero los personajes homo sapiens sapiens son estereotipos puros. No hay lugar con ambigüedades: son buenos idealistas o malos codiciosos. Las actuaciones son pobres y desaprovechadas: James Franco ha demostrado que se puede poner encima el protagónico absoluto de una película, pero en esta aparece atado a un guión científico que no se termina de creer y fuerza a expresarse de forma cuestionable. Frieda Pinto vuelve a ser una figurita de cartón pintado. Su personaje está decorado, el propósito es ser la conciencia de Will (Franco), pero no sale de un rol de acompañante. Los villanos a cargo de Brian Cox, Tom “Draco Malfoy” Felton y David Oyelowo no logran ser suficientemente amenazantes porque son demasiado previsibles y arquetípicos.

    En este sentido, el que trasciende al punto de tener una gran interpretación es el veterano John Lithgow, que luego de un tiempo desaparecido (desde 3rd Rock From the Sun) regresa con un excelente trabajo como el padre de Will, enfermo de Alzheimer. Lithgow siempre fue un actor versátil, tanto en rol de comediante como dramático (sino fijarse en el esquizofrénico protagonista de Demente de Brian De Palma). Sos sus gestos mínimos, la dulzura y naturalismo con que trata a Cesar, lo que lo destaca frente al resto del elenco.

    Sorprendente, porque no confiaban demasiado en ellos (Fox la iba a lanzar en noviembre, pero las primeras pruebas fueron tan optimistas que la adelantaron al “verano estadounidense”) este Planeta de los Simios (R)evolución no conserva el tono satírico de la primera entrega con Charlton Heston, pero gracias a la magia de los efectos especiales, el gran pulso narrativo de su director y sobretodo, la calidez de los personajes “revolucionarios” se puede hablar de una nueva saga con personalidad propia.

    Se pueden discutir errores u olvidos diegéticos, pero dentro de todo, el resultado es satisfactorio. Otro día (quizás con el estreno de Las Aventuras de Tin Tin: El Secreto del Unicornio de Steven Spielberg) seguiremos planteándonos si ha llegado el momento en los actores se han convertido en la nueva especie en vías de extinción de Hollywood…

    Mientras tanto a entretenerse y no pensar…
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  • ¿Diferente de quien?
    Consecuencias de las Elecciones

    La ley de matrimonio igualitario todavía no llegó a Italia, pero el cine poco a poco está tratando de ablandar el pensamiento de los conservadores.

    Hace algunas semanas conocimos en nuestro país, Tengo Algo que Decirles, una comedia dramática que gira en torno a las confesiones de un joven acerca de sus gustos sexuales y ahora llega ¿Diferente a quién?, posiblemente una respuesta más conservadora a la anterior.

    Tengo Algo que Decirles llegó cuando se cumplió un aniversario de vigencia de la ley de matrimonio mientras que ¿Diferente…? Llega oportunamente para época de elecciones.

    Un partido de centro (dice ser de izquierda pero se comporta como uno de derecha) tiene al candidato perfecto para las elecciones de alcalde de un pequeño pueblo norteño y conservador: un hombre que vive sonriendo y le cae simpático a todos. Acaso el único candidato capaz de destronar al actual alcalde que se la pasa inaugurando muros para “parar” el crimen y la delincuencia. El hecho es que para las elecciones primarias no quieren jugar la carta más importante del partido para guardarla a futuro: Adele (Gerini) Ferri, una mujer conservadora que se opone al divorcio. En cambio, deciden elegir al candidato con menos posibilidades de hacerle sombra al principal: el delegado homosexual del partido: Piero Bonutti (Argentero). Pero este no se lo tomara de forma sencilla y hará una gran campaña que lo dejará segundo en las internas. Cuando el candidato principal sufre un infarto, Piero se convierte en el opositor al alcalde en vista a las siguiente elecciones, pero el partido le impondrá como compañera de fórmula a Adele, quien en primera instancia se opone completamente al modo de vida de Piero, pero que finalmente, no solamente compartirá su forma de hacer política, sino que además vivirá un amorío con él, lo cuál traerá inconvenientes a Piero y su novio Remo (Nigro).

    Lo que empieza siendo una sátira política bastante inteligente e ingeniosa, aun siendo muy convencional en términos cinematográficos deriva en una comedia romántica de enredos de parejas y ambigüedades ideológicas.

    Carteni apela a situaciones previsibles, lugares comunes, clisés y estereotipos, además de una pobre puesta de cámara, demasiado televisiva para mi gusto. Sin embargo, el humor es bastante efectivo gracias al carisma del trío de intérpretes (especialmente Nigro) y mucha honestidad en cuanto a sus pretensiones. Aún cuando se pone sentimental, la trama no se convierte en un melodrama y el guión, aun teniendo vueltas de tuerca demasiado vistas en el cine estadounidense es bastante redondo. Los personajes secundarios sin brillar, son simpáticos, y queda abierto el debate acerca de cuál debe ser la identidad o imagen que debe o no tener una familia.

    La película plantea, para decirlo directamente, que no se puede catalogar tan fácilmente a las personas por sus gustos sexuales. Si bien no se hace hincapié en el tabú, se critica ligeramente los prejuicios de la sociedad italiana.

    En una época donde el Primer Ministro da rienda suelta a su misoginia, películas como ¿Diferente a quien? llegan para que los italianos puedan ampliar un poco su visión del mundo.

    Se olvidan que en 1977, Ettore Scola había realizado con un lenguaje más sutil, apelando a cinematografía pura y dos monstruosas interpretaciones de Marcello y Sofía, la bellísima Un Día muy Particular. Claro, era otra época en la que se desarrollaba la acción, otra, la época en que se realizó el film y otro el mensaje.

    Aunque en realidad, lo que sucedía era que en ese momento, el cine italiano era otro. Era cine.
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  • Linterna Verde
    Linterna Verde
    A Sala Llena
    ¿El Fracaso de la Voluntad?

    Existe un excelente “ensayo” del gran Julio Cortazar llamado “Instrucciones para Subir una Escalera”. Si tuviésemos que escribir un manual de instrucciones para usar una linterna, dos de las primeras 5 pautas serían: ponerle pilas y sobretodo, voluntad para encenderla.

    La voluntad supera todas las barreras. Necesitamos, incluso (y aunque muchos no lo crean así) para escribir una crítica cinematográfica.

    En Linterna Verde, la voluntad y la energía son dos elementos narrativos fundamentales para contar la historia del bien contra el mal, básicamente. Los Linternas Verdes creen que la voluntad vence al miedo, y la única manera de vencer al destructor de mundos (debe ser hermano del villano de la secuela de los 4 Fantásticos) es demostrando que hay voluntad. No importa cuan poderoso seas. Si tenés miedo, lo reconocés y hay voluntad, la energía para vencer nace sola. Este es el panfleto que nos quiere vender DC Comics en esta oportunidad.

    La moraleja de esta historia se repite más o menos escondida, o mejor dicho, más profundizada en la saga de Batman, e incluso de Superman. Vencer los obstáculos internos del héroe para poder vencer los externos, refiriéndonos a lo que amenaza con romper la “paz” de la sociedad.

    El problema de esta Linterna Verde es que Martin Campbell nos está vendiendo una película sin pilas, y lo que es peor sin voluntad.

    Admito que vi poco de este director y nada me ha fascinado. Sus dos intervenciones dentro del universo Bond fueron decepcionantes (apenas meros entretenimientos), con el Zorro ha sido discreto y de manual (la calidad la ponían sus intérpretes) y ni hablar del bodrio de acción con Mel Gibson que estrenó el año pasado, Al Filo de la Oscuridad.

    Pero Linterna Verde, es aun peor, porque conlleva un gran pecado para un film inspirado en un personaje de historietas: aburre. Sí, señor. Mi colega Nicolás dijo que él no se aburrió porque no tuvo que mirar su reloj. Yo tampoco, pero no es una cuestión de secuencias largas, densas, lentas o solemnes. Sino una repetición de escenas que no tienen emoción. Todo es tan industrial y fabricado que el resultado final es un film con sabor a hamburguesa de Mc Donalds. Claro, es una contradicción. Si alguno le siente sabor a una hamburguesa de los arcos dorados, lo voy a felicitar (y me refiero a la carne sin aderezos). Así, es esta pálida adaptación cinematográfica.

    Nada está bien explotado. Ryan Reynolds, al que considero uno de los actores más versátiles de hoy en día, trata de imponerle carisma a Hal Jordan, pero con diálogos como los que tiene que decir, sufre del síndrome “este no soy yo, ¿se nota?” Blake Lively, que brilló en Atracción Peligrosa convence pero se encuentra limitada, mientras que Peter Saarsgard, austero y minimalista hasta que se transforma en El Hombre Elefante, y por lo tanto ES MALO, gran actor, es desaprovechado también. ¿Así que actúan los nominados al Oscar: Tim Robbins y Ángela Basset? No me enteré.

    Y ni hablar de los personajes extraterrestres a los que Mark Strong, Geoffrey Rush y Michael Clark Duncan le ponen más voz que cuerpo, que no logran involucrarse lo suficiente para llamar la atención, ser creíbles y divertidos. No se despegan del fondo del decorado. Son parte de la gran cantidad de CGI usado para construir el planeta verde. Artificialidad pura, que se vuelve atractiva porque las escenas en el mundo “real” son monótonas.

    En lo narrativo, todo es demasiado obvio, discursivo y explicativo. ¿Era necesario un personaje relatando en off, para abrir y cerrar la película? ¿Qué le aporta? ¿Un carácter mítico? Thor, con la cual hay varias similitudes, tiene un carácter mítico, pero acá todo se ve nublado, impuesto, forzado para quedar a la moda de lo que genera Marvel. Sí, DC trata de ser Marvel y sale perdiendo. No porque los productos de la empresa de Stan Lee sean grandes maravillas, sino porque la mayoría fueron bien explotados cinematográficamente, gozan de complejos y ricos personajes.

    Acá, la relación padre e hijo está tan en primer plano que no genera tensión ni misterio ¡El misterio es porque ninguno de los tres personajes principales tiene madre! O sea, ni siquiera dicen: “Tu madre estaría orgullosa”. No, acá los padres concibieron, educaron e influyeron en toda la vida adulta de sus hijos.

    No hay golpes de efecto, no hay emoción, el 3D es menos impresionante que El Ultimo Maestro del Aire para que se den una idea. En lo técnico, un excelente Director de Fotografía como Dion Beebe no logra crear un clima distinto y tampoco ayuda la banda sonora de James Newton Howard.

    Salí del cine pensando, honestamente, que al menos Reynolds, Lively y Saarsgard se esforzaban un poco para que ellos, no quedaran tan mal parados con respecto a este decepcionante film, pero reflexionando habiendo pasado unos días, me doy cuenta que este aspecto no es suficiente para elevar el puntaje del mismo.

    Cuando me acuerdo de tantos estereotipos, tantos clisés, frases hechas, lugares comunes, no queda otra que empezar a dar vuelta la página. A ver… ¿que se estrena ahora?

    Quizás debería haber visto esta película en Enero. No sé, como dice Nicolás, estamos cansados. Es posible que llegamos a un instancia del año en que ya pasaron Thor, Capitán América, los Transformers, y no queremos ver más la Tierra a punto de ser destruida por seres fantásticos y siendo rescatada por seres más fantásticos aún.

    Por eso queremos tanto a Batman, donde los villanos quieren destruir personas, no escenarios geográficos.

    Pero bueno, siempre hay oportunidad de redimirse con una secuela (y un director con más personalidad).

    Como diría Thomas Wayne, en una frase que habla, justamente de la voluntad y la energía:

    “¿Por qué nos caemos, Bruce? Para volver a levantarnos.”
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  • Ausente
    Ausente
    A Sala Llena
    Atracción Fatal

    Ausente, segunda obra de Berger funciona como un thriller a lo De Palma (Vestida para Matar, Obsesión, Femme Fatale) como pocas veces se suele ver en el cine nacional.

    Respetando una preocupación autoral en su temática, Berger, esta vez confluye el suspenso con el drama (en Plan B se mezclaba la comedia con el drama) para construir una obra climática que habla de obsesiones y amores no correspondidos… y también, porque no de sacar para afuera las inhibiciones y sentimientos reprimidos.

    Martín es personaje extraño, ambiguo, acaso mucho más seguro de lo que quiere aparentar frente a los demás, mientras que el profesor (suprema interpretación de Echeverría) es un hombre en crisis emocional.

    Los primeros 40 minutos aproximadamente de film son sublimes. La creación de climas, creados a partir de diálogos secos, sutilezas, construcción simétrica de encuadres y una banda de sonora con inserciones corales que bien podría pertenecer a una obra de Argento, construyen una película, inmensa, minimalista, intensa y atrapante. Acaso lo que muchos esperábamos ver en La Niña Santa y La Mujer sin Cabeza, pero no terminamos por encontrar. Porque no tengo miedo de admitirlo. El cine de Martel es meticuloso y perfeccionista en lo que significa puesta en escena y creación de climas, pero fluctúa en lo narrativo. Hacen agua realmente los relatos de Martel (excepto La Ciénaga, aunque tenía personajes más interesantes que la historia en sí). Berger logra reproducir algo del universo Martel, pero de forma menos pretenciosa por suerte, y mucho, mucho más accesible para el público general.

    Acá el tema de la homosexualidad reprimida no es tomada cinematográficamente como tabú y de hecho Berger construye un relato sexual sensual apelando a varios tópicos de De Palma, como el uso fragmentario de partes del cuerpo o la ducha en cámara lenta.

    Por otro lado, el director tampoco pierde del todo una óptica costumbrista, que nos adapta fácilmente al universo de los personajes. Los recursos extra cinematográficos a los que apela para manipular al espectador, se disfrazan cuando vemos calles conocidas de Capital y el conurbano o domicilios de clase media.

    La (falta de) comunicación es un tópico muy interesante. Lo que se dice no resulta tan verosímil como lo que no se expresa. A Berger parece no importarle si los diálogos tienen un tono realista, son atractivos como termina siendo el poder de la mirada y la expresividad mínima de los actores agrandada gracias al montaje y los encuadres. Lo que se sugiere solapadamente es muy poderoso. Y si no fuera por un elenco sólido, esto no sería posible.

    El mayor problema que tiene Ausente es que la primera mitad es demasiado auspiciosa y dinámica, pero la segunda parte se hace un poco larga y densa. El relato se torna un poco repetitivo y redundante, las imágenes pierden poder de sugestión. El ritmo, si bien siempre es lento, constante, los planos secuencia largos (algunos fijos) y la acción interna de cada uno, reducido; no logra sostenerse durante esta segunda mitad por mucho tiempo. Los personajes femeninos, toman mayor protagonismo y no son demasiado explotados. De hecho están un poco caricaturizados. Berger se burla de ellas.

    La película vuelve a levantar cerca del final, cuando Berger apela a un golpe de efecto sorpresivo, pero que le hace bien al film, para encontrar un nuevo rumbo emotivo, y provocar sensaciones ambiguas en el personaje y el espectador. A partir de este momento el film nuevamente tiene escenas tan intensas como inteligentes en su concepción. La persecución final se convierte en una clase maestra de montaje no diegético. El guión es profundo. No nada en la superficie, y temas como la identidad, ocultar los sentimientos, la represión burocrática, el despertar sexual, son abarcados de forma sutil, sin subrayados ni metáforas tontas. Sino un lenguaje directo, pero puramente visual.

    Tensionante y sólidamente interpretado, Ausente es un film de climas, sentimental pero no demagógico ni manipulador. Inteligente y atrapante, a pesar de algunas escenas alargadas innecesariamente. Nuevamente, Marcos Berger confirma que es un nombre a seguir muy de cerca dentro del cine nacional contemporáneo.

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  • Super 8
    Super 8
    A Sala Llena
    El Eslabón Perdido

    Aquel que se haya criado viendo, deleitándose e influyéndose por la filmografía de Steven Spielberg, sabe que su obra no habla ni de extraterrestres, seres mitológicos o dinosaurios. Habla sobre familias separadas. Familias que se deben reencontrar, unir, superar diferencias para volver a estar juntas. Pero, por provenir de una familia cuyos padres se divorciaron, siendo él muy joven, sabe muy bien que los seres humanos no se reconcilian porque sí o porque quieren, sino porque un evento extraordinario los une.

    En su filmografía, recurre a invasiones extraterrestres, arcas de la alianza, santos griales, dinosaurios, camiones asesinos, tiburones, guerras, estafas, fantasmas, asesinatos previsualizados para unir parejas, para que los padres le vuelvan a prestar atención a sus hijos, que los tomen en cuenta, que les crean, que dejen de ver sus obligaciones en la sociedad y vuelvan a prestarle atención a lo más básico.

    Realmente conozco muy poco de la biografía de J.J. Abrams para entender si su vida personal y la de Steven Spielberg tienen similitudes. Pero lo cierto es que en sus tres películas, el rompimiento de una pareja (Misión Imposible 3) o del vínculo filial (Viaje a las Estrellas) son los motores que llevan a los protagonistas a llevar a cabo sus metas.

    Super 8, es sin duda, el proyecto más personal de Abrams hasta la fecha. Un homenaje / remake de lo que Spielberg hizo en los primeros diez años de su filmografía, pero también la demostración de que detrás de las series de ciencia ficción, policiales y la fascinación fantástica se encuentra un nuevo cineasta autor que se esconde detrás del género de ciencia ficción para filtrar preocupaciones básicas del cine estadounidense clásico, y al mismo tiempo generar una carta de amor, hacia la ocupación del cineasta que desde chico, ama y conoce su oficio, tratando de filmar con los recursos que tiene a mano: una cámara super 8, amigos, maquetas caseras, imaginación, cultura cinéfila, y por supuesto, lo que aporta el contexto.

    La primera hora del film es emocionante y encantadora. Un grupo de chicos intenta filmar una película de zombies: algo de Romero, filtrado por el Peter Jackson de Mal Gusto o Sam Raimi de la original Noche Alucinante.

    Joe (Joel Courtney, un descubrimiento actoral) es el hijo del ayudante del sheriff de un pueblo chico de Ohio (Kyle Chandler, el eterno Gary de la serie de culto, Early Edition). Su madre falleció en un accidente, provocando que padre e hijo no logren comunicarse adecuadamente. A la vez, Joe es maquillador y encargado de los efectos especiales de la película de zombies de Charles. En dicha obra va a actuar, Alice (Elle Fanning, que demuestra nuevamente, que le pasa el trapo a su hermana Dakota), por quien Joe, siente un aprecio especial.

    Podríamos hablar de un relato iniciático típico de los años ’70 (de hecho sucede en 1979) como Verano del ’42, sino fuera que una camioneta choca y descarrila a un tren que llevaba una carga “especial” que la Fuerza Aérea Estadounidense se esfuerza en esconder.

    Como suele suceder en este tipo de obras, los verdaderos villanos no son los “monstruos” externos, sino los propios humanos que provocaron que el mismo salga a la superficie. El miedo, la paranoia se filtra en la sociedad de Ohio y el reducido grupo de amigos, se ve envuelto en una trama por detener el accionar militar, y ayudar a ET a volver a casa, básicamente.

    Abrams cita a Spielberg en cada fotograma. El monstruo en cuestión no aparece, utiliza el fuera de campo: sonidos, imágenes difusas, sombras, para generar expectativa y suspenso a la vez. La influencia de Jurassic Park es palpable, incluso a niveles literarios. Pero también en la puesta de luces, los travellings, angulaciones e incluso altura de la posición de cámara, el creador de Lost quiso transmitir la idea de que Super 8 es un eslabón perdido entre Encuentos Cercanos del Tercer Tipo y E.T. O acaso el film que Steven siempre hubiese querido dirigir, pero nunca hizo. Aún así, los “ataques” del monstruo no son nuevos en Abrams. De hecho, los que seguimos Lost durante 6 años ya vimos esos mismos ataques, así como también estaba presente el “monstruo” en Cloverfield.

    El director no abusa de los efectos digitales, los utiliza en partes específicas, pretendiendo generar más suspenso e impacto con efectos mínimos, valorando el trabajo artesanal de los realizadores, y priorizando la historia, el conflicto dramático familiar, la relación de los personajes, y sobretodo, las actuaciones, antes que el asombro visual. Por algo no fue pensada ni para IMAX ni 3D. Es una película bisagra dentro de las vacaciones de invierno. Es el cuento de los chicos que deben volver a casa.

    El cuidado temporal no solamente está llevado al vestuario, peinados o manera de filmar de los ‘70s (el cine más industrial, no el clase B como hace Tarantino), sino también en lo musical: canciones como “My Sharona” o “Don’t Bring Me Down” pasan por el soundtrack, aunque lo más destacable es la banda sonora del habitual colaborador de Abrams (y ahora de Pixar), Michael Giacchino, a esta altura un nuevo John Williams, capaz de crear leit motivs pegadizos y emocionantes (casos Los Increíbles, Up y Cars 2) como de transmitir tensión y emoción a cada fotograma, sin que esta a la vez, le saque poder a las imágenes. Esta vez, se nota, además que Abrams le pidió que homenajeara al creador de los temas inolvidables de Indiana Jones y Star Wars.

    Abrams demuestra que se está convirtiendo en uno de esos artistas como Christopher Nolan, que traen nuevos vientos a Hollywood, que detrás de la fantasía tienen realmente “algo que contar”.

    Es cierto que Super 8 tiene una gran hora, pero al final se pone un poco explicativa, y algunas subtramas que parecían importantes, quedan un poco banalizadas o las cierra con un diálogo superfluo. También es verdad que el verdadero villano, un coronel militar, no tiene suficiente potencia o participación para hacerse odiar demasiado, más allá de la sólida interpretación de Noah Emmerich (el amigo de Truman en The Truman Show).

    Aun con estas “faltas”, Super 8 es una gran película, esas que cobran valor con el paso del tiempo, no por lo que generan, sino por el mensaje que dejan.

    Es de esas obras donde la moralina no es un agregado para simpatizar con los estudios o los sectores conservadores, sino la verdadera trama de la película.

    Como cineasta me identifiqué y emocioné, me reencontré con las razones por las cuáles elegí esta carrera.

    Abrams y Spielberg se han dado la mano, y han generado un regreso a sus raíces. Ojalá se hicieran más películas así.
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  • Un mundo misterioso
    Honestamente, se trata de un verdadero misterio porque Moreno hizo esta película. Una parodia a la falta de ideas, de ingenio para crear “algo”, un producto, una película en sí. Realmente me había gustado mucho El Custodio, pero Un Mundo Misterioso me decepcionó.

    No quiero ser cruel y reproducir en forma catártica todos los sentimientos encontrados que me produjo el film. Si hay críticos que creen que los Coen se burlan de ellos, lo cuál, creo yo, es imposible, acá Moreno hace lo mismo. Cuesta mucho hacer un film en Argentina, pera hacer uno sobre “la nada” y lo que es peor, admitirlo... O sea, ¿estamos hablando de un personaje solitario, inutil, patético en la relaciones amorosas o solamente de un pibe que no sabe que hacer y anda pregonando a favor de la vagancia con pretenciosidad? Esto no sé si va para el personaje o para Moreno. Lo que es verdad, es que se trata de una película que no es aburrida por lo misteriosa que es, y como nunca se justifica que dirección quiere tomar el personaje, Moreno y asociados, sacaron como conclusión que todo se trata de una gran chiste interno, del que me quedo ajeno, alienado, sobre un grupo de gente pretenciosa que disfruta “no saber que hacer con su vida”. ¿Hay romance acaso? ¿Hay ideas? No. Solo una gran actuación de Esteban Bigliardi tratando de comprender con esfuerzo a este personaje. No me gustó la mirada sobre las mujeres (se cuela un peligroso mensaje subliminal subestimando la inteligencia femenina), no me gustó la mirada fuera del ambiente social del protagonista, hipócrita, etc y además pienso que Moreno tomó lo mejor del cine de Rejtman, pero solamente a nivel superficial. Visualmente tampoco es atractiva, parece retrasar mal 20 años.

    Rodrigo, si estas leyendo esto, te digo que no entendí tu película. Te pido disculpas si soy hostil, pero honestamente no me gustó para nada. Leyendo una entrevista, me dejaste en duda si vos mismo la entendiste y espero, que tu próximo proyecto sea mejor y podamos recuperar al gran realizador de El Custodio.
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  • Capitán América - El primer vengador
    ¿El Triunfo de la Voluntad?

    Hay que decir una gran verdad con Capitán América: El Primer Vengador, es una película de transición. Y eso es una verdadera lástima.

    Hasta el momento, todas las películas que se venían haciendo de Marvel tenían una clara intención de ser independiente entre sí. O sea, no necesitabas haber visto Spiderman para ver Iron Man, no necesitas ver el final de El Increible Hulk para comprender el principio de Iron Man 2. Pero, esta manía, que empezó como un chiste, tras los créditos de Iron Man, donde aparecía Nick Fury reclutando a Tony Stark para formar una brigada especial con super héroes para combatir el crimen, empezó a cobrar una molesta inserción narrativa en Thor de Kenneth Branagh, quebrando el clima mítico y el drama familiar que le aportó el cineasta británico influenciado por su conocimiento sheakspereano. El final final de Thor marca lo que sería directamente el argumento para la prometedora Los Vengadores de Joss Whedon a estrenarse el año próximo.

    Sin embargo en Capitán Planeta, Los Vengadores ya se empieza a hacerse notar, y la historia en sí de Steve Rogers es como un gran paréntesis de dos horas entre el final final de Thor y el principio de Los Vengadores.

    Una verdadera lástima que esta sea la principal intención de los productores. ¿Por qué Capitán América termina siendo más valiosa por las imágenes que se muestran después de los créditos que por la película en sí?

    Como ya digo en el siguiente Dossier:

    http://www.asalallenaonline.com.ar/dossier/35-directores/2711-joe-johnston-mas-alla-de-los-efectos-siempre-hay-un-hijo-buscando-a-su-padre-.html ,

    Joe Johnston es un director que dejó de lado la realización de efectos especiales para narrar historias, cinematográficamente hablando. Y lo hace bastante bien, pero esta vez se metió en un proyecto que va más allá de su administración. Que lleva publicitándose hace demasiado tiempo y le termina perjudicando narrativamente a esta película.

    En principio porque quedan demasiados huecos narrativos: ¿tiene algo que ver el suero que agranda a Steven Rogers con el cubo mágico que cae de las tierras de Thor? ¿es el mismo cubo que vemos tras los créditos de la película del dios vikingo?

    Y eso es solo el comienzo. El final deja tantas dudas como el de Lost.

    Una lástima porque no se trata de una mala obra. El principio es rico, divertido, entretenido. Chris Evans se pone al hombro la película y demuestra que es algo más que una cara bonita: realmente es muy creíble como el soldadito enfermizo con ganas de triunfar. La estética retro, romántica cuarentona está cuidada en cada detalle y existe una verdadera humanización en cada personaje. Enternece por ejemplo, la relación entre Steve y Erskine (gracias a la naturalidad y sutileza de gestos de Stanley Tucci). Johann Schmidt es un villano de antología, Hugo Weaving, demuestra su versatilidad, su destreza gestual/facial para componer al personaje. Toda la película es muy entretenida. Una mezcla entre serial estilo Indiana Jones o Dick Tracy que se relaciona con la estética de los cómics de la época, con Donde las Aguilas se Atreven (misiones suicidas en Los Alpes, todo muy vistozo.

    Sin embargo, lo que debería priorizarse es el mensaje, la moralina: la bondad y compasión hacen fuerte al hombre, y la maldad lo convierte en un monstruo. Esta trivialización, banalización del bien y el mal con estereotipos no es tan molesta, como lo es el hecho de que durante el desarrollo, Steve Rogers olvida la palabra compasión en su diccionario y mata a diestra y siniestra, sin tener compasión a algún villano.

    Los últimos 45 minutos, lamentablemente borran el contenido más político y sentimental que tan bien habían sido desarrollados intercalados con escenas de suspenso y acción al principio. El final es una sucesión de escenas adrenalínicas, más parecidas a un video juego, que a una película. Inclusive la pelea final entre Rogers y Calavera Roja es muy decepcionante. Y todo se da, cuando se sacan las máscaras, o se las ponen mejor dicho. Cuando Steve Rogers deja de ser el soldado perseverante al que ponen como propaganda política solamente, para ser EL Capitán América... y Schmidt se convierte realmente en Red Skull.

    La obra tiene un excelente elenco, entre los cuales se destaca también el rubio Neal McDonough como un duro soldado irlandés (se entiende por el estereotipo de la caracterización). Sin embargo no me queda demasiado claro porque el comando elitista que lidera Rogers empieza a convertirse cuasi en protagonista y termina siendo olvidada en la trama, al igual que pasa con los personajes de Toby Jones y Tommy Lee Jones, ambos interpretados con majestuosidad. El primero, porque resulta verosímil en cada fotograma. El segundo porque nos muestra a K (el personaje de Jones en Hombres de Negro) en medio de la Segunda Guerra Mundial.

    Desde el punto de vista narrativo podemos encontrar tantas falencias, que abren agujeros, que buscan respuestas para encontrar directamente en Los Vengadores, que resulta difícil no clasificar a esta película de tremendamente fallida. ¿Por que lo que no vemos en un debe estar en la otra?

    Sin embargo, alguien la salva. No, no es El Capitán América en sí, sino Johnston. El director le aporta, dinamismo, nostalgia, entretenimiento, cinefilia y sobre todo una gran cuota de respeto por la época y la iconografía de la misma. No quiero, honestamente centrarme en el contenido patriótico esta vez, porque es tan obvio de antemano, que criticarlo, me parece completamente hipócrita.

    Lo que vale la pena es la sensación y emoción que te va dejando a medida que te vas involucrando mejor con el personaje de Rogers. Pero al mismo tiempo, esa alienación que provoca no saber si estás viendo una secuela de Thor, acaso.

    Lo peor es que se nota que se hizo muy rápido. La construcción artística es notable, pero falta que se convierta en algo más genuino y menos industrializado. Casi que no da tiempo de masticarla bien hasta que se estrena Los Vengadores. Hay cierta frialdad conceptual. Como sí hubiese mucha autoconciencia que se trata de un nexo y no de LA película definitiva de uno de los personajes más importantes de Marvel.

    Alan Silvestri no falla en la banda sonora, pero tampoco logra explotar musicalmente como sucede con las partituras que hizo para Zemeckis.

    Podemos encontrar paralelismos con G.I. Joe y La Guerra de las Galaxias en la forma que se representa a los miembros de Hydra.

    Capitán América es una obra incompleta: faltan motivaciones claras, ser más dependiente de su propia historia. Entretenida, pero la meta es interesar al público para la que vendrá en Mayo del año que viene. Y eso no es suficiente.

    Lo que le falta es creérsela un poco más… y hacer valer la voluntad interna (y no de los inversionistas). O sea, básicamente, a Capitán América: Primer Vengador, le falta la actitud de Steve Rogers.
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  • Loco y estúpido amor
    Te Extraño, Phillip Morris

    10 películas para elegir en el Village Recoleta: 2 (Super 8 y El Significado del Amor) ya las había visto. A 3 les tenía desconfianza (Larry Crowne, El Mundo Según Barney, Amigos con Beneficio, que me daba deja vu en realidad) 2 eran nacionales pero no me interesaban demasiado (La Patria Equivocada y Cerro Bayo) y podía apostar por lo seguro: Abbas Kiorastami + Juliette Binoche (Copia Certificada) o la oscarizada Susanne Bier (En Un Mundo Mejor).

    Pero la verdad, es que tenía ganas de reirme con un producto inteligente. Así que aposte nuevamente al duo Ficarra/Requa, que ya me había dado dos alegrías en el pasado: el guión de Un Santa no Tan Santo y Una Pareja Despareja (I Love you Phillip Morris).

    Humor cínico, crítico, puesta en escena fuera de lo tradicional y un elenco soberbio. Además el guión esta vez lo firmaba, Dan Fogelman que había escrito Cars y Enredados.

    Realmente le tenía fe a esta supuesta comedia romántica.

    Pero las mejores intuiciones suelen fallar a veces.

    Loco y Estúpido… es una comedia dramática romántica, que habla básicamente de lo difícil que es saber si uno está o sigue enamorado de una persona, de la búsqueda del alma gemela, de la reivindicación del núcleo familiar tradicional estadounidense, la importancia de los valores, y conseguir el sueño americano.

    Paren. Puedo esperar esto de Fogelman (aparecen en Cars estos mismos temas, pero Lasseter hace magia cinefila con ellos), pero Ficarra y Requa han vendido una ideología, una filosofía de vida en pos del ¿éxito comercial? (aunque los protagonistas de Phillip Morris también se veian como almas gemelas, el tono era otro).

    Cal (Carrell) y Emily (Moore) son un matrimonio cuarentón que se casó muy joven y llegados a cierta edad no saben que más hacer con su vida conyugal. Por eso, ella le pide el divorcio y admite haber tenido sexo con un compañero de oficina. Cal no lo puede soportar y enseguida se muda solo. Ambos tienen hijos y esto no es fácil para ellos, especialmente para Robbie (Bobo) de 12 años, que está enamorado de su niñera de 17, Jessica (Tipton), que a la vez está enamorada de Cal.

    Deprimido, Cal pasa sus noches en un bar donde es observado por Jacob (Gosling), un playboy, casanova innato que le tiene lástima y le da lecciones para “levantarse” mujeres y al mismo tiempo, cambia completamente su vestuario y peinado, transformándolo en un seductor maduro.

    Si estas subtramas no son suficientes tenemos a Hannah (Stone), una aspirante a abogada, que deja pasar la oportunidad de pasar una noche con Jacob para abocarse a su estudio y trabajo.

    Todo esto parece mucho, pero son simplemente los primeros 5 minutos del film.

    El problema es el resto.

    Lo que más desorienta, confunde de Loco, Estúpido es como dos directores que supieron ser subversivos, transgresores para los cánones de Hollywood, decidieron convertirse en un dúo tan conservador y cursi a la hora de hablar de amor. No es que sus películas no tuviesen una moralina subliminal, pero siempre estaban codificadas por el humor negro, el absurdo y una cuota de surrealismo, básicamente porque los personajes eran tan fríos, salvajes y pragmáticos que costaba creer que fueran humanos.

    Acá sucede lo opuesto. Se llevan todas las situaciones al extremo del romanticismo cursi, de situaciones clisés (al menos en una escena lo admiten), lugares comunes y resoluciones previsibles. Los personajes son sólidos, pero un poco estereotipados. Los más interesantes, acaso son Jacob y Hannah, pero Ficarra y Requa por momentos se olvidan de ellos, los dejan de lado y los van convencionalizando hasta que no queda nada de lo que los hacía interesantes al principio de la historia.

    Visualmente, los directores también se apartan de la cuidada puesta en escena de Phillip Morris. Hay una distinguida elección de colores, y por momentos la fotografía aporta a generar ambiente, pero no es lo mismo. Resulta forzado y al mismo tiempo, no es muy inspirado. Se empasta con cualquier otra comedia dramática que se ve hace muchos años.

    Si bien, desde el comienzo queda claro que no es una comedia, sino que se enlazan momentos humorísticos a escenas dramáticas (algo así también sucedía en Phillip Morris, pero el propósito era otro), el sentimentalismo toma demasiado protagonismo. Frases hechas que algún momento fueron criticadas por uno de los personajes, terminan siendo habituales. Admito que hay escenas cómicas que sorprenden y funcionan bien, pero no le doy tanto mérito a los directores o el guión, sino a los intérpretes, que son sin duda, lo mejor de una obra que prometía cinematográficamente mucho más.

    Steve Carrell demuestra que cuando interpreta dramas se mueve con mayor naturalidad que con las comedias. Cal es un perdedor a su medida. Carrell con pocos gestos es convincente. En cambio resulta forzado en las escenas más humorísticas. Julianne Moore en cambio, encarna a la perfección a la oficinista frustrada sexualmente. Es un rol que se sabe de memoria, pero siempre es placentero volver a verla así. Ryan Gosling y Emma Stone son la vanguardia de la interpretación joven estadounidense de hoy en día. Ambos tienen una versatilidad increíble, tanto para la comedia como el drama. Explotan su atractivo físico, en pos de un rol, son camaleónicos y sinceros. Una lastima que sus interpretaciones pierden fuerza cuando los personajes se vuelven demasiado predecibles.

    Las participaciones especiales de veteranos como Kevin Bacon, Marisa Tomei (cada vez más sensual con el paso de los años) y John Carroll Lynch aportan cierta gracias, pero los tres están bastante mal aprovechados, incluso teniendo buenos personajes.

    Pero sin duda, son los dos adolescentes los que se llevan los verdaderos méritos en lo que respecta a interpretaciones: Analeigh Tipton y especialmente Jonah Bobo (a no sorprenderse si al protagonista de Zathura lo nominan al oscar como actor secundario) son lo que realmente se llevan los lauros. La gracia y la naturalidad para poder representar verdaderos cuestionamientos amorosos con sutileza de gestos en ambos, es notable.

    Sin embargo, más allá del elenco, es poco lo que esta vez aportan a la comedia estadounidense Ficarra y Requa. Se extraña el sarcasmo, el atrevimiento por insinuar con inteligencia y provocación, la sensualidad de lo bizarro. Nada de esto tiene Loco y Estúpido Amor. Es como una versión ajironada, positiva, optimista de Belleza Americana. Y si empezamos a preferir el modelo de Sam Mendes, es porque algo de lo que vemos no nos resulta creíble. El absurdo es la utopía que lo directores quieren crear alrededor de los personajes.

    A pesar de una banda de sonido atractiva, y una fotografía cuidada en ciertos momentos, de la subversión a la apología de los valores caprianos en un contexto poco verosímil, Ficarra y Requa logran una obra poco personal, de la que ojalá puedan reestablecerse pronto.

    Como el personaje de Steven Russell (Jim Carrey en Phillip Morris), los directores tienen que afirmar su identidad, sino ese loco, estúpido amor que muchos empezamos a sentir por ellos, va a terminar en un triste divorcio.
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  • La vida útil
    La vida útil
    A Sala Llena
    La Cinemateca Uruguaya es una institución de rescate y memoria cinematográfica como hay pocas en el mundo. El sitio donde Homero Alsina Thavernet diera a conocer a Bergman al mundo, es comparable a la gran cinemateca de París. Ahí trabaja Jorge (Jorge Jelinekk, crítico de cine ganador del premio BAFICI al mejor actor), que es más que un proyeccionista. Las películas y la cinemateca son su vida. La cuestión es que los números no dan, las asistencias han caído y están en la quiebra. La cinemateca no produce dinero, así que la tienen que cerrar. Si bien, para Jorge es como si se le acabara la vida, tambien es la oportunidad de salir y recorrer el mundo.

    La segunda obra de Veiroj es una fábula de amor por el cine, los clásicos y los lugares donde los cinefilos nos refugiamos para regocijarnos con este hermoso arte, pero a la vez tambien es una metáfora acerca de “la muerte del cine” (aunque no sé cuan seria es esta información) y por otro que los cinéfilos somos ratas adictas al cine que nos falta ver el mundo real y enamorarnos. Con ternura y una soberbia puesta en escena blanco y negra, meticulosa, llena de claros oscuros, La Vida Util peca de ser demasiado corta, pero aún así es divertida, entretenida, nostálgica, original y da pie a la reflexión.

    Hay cameos y homenajes para los cinefilos y críticos como Jorge.
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  • Malas enseñanzas
    Malas enseñanzas
    A Sala Llena
    Segundas Generaciones No Siempre Fueron Buenas

    En Hollywood las dinastías también existen, y muchas de ellas aún hoy siguen siendo poderosas e influyentes. La mayoría de los grandes actores o directores tienen a sus críos dando vueltas por la industria. Pregunten a la familia Barrymore, los Huston, los Estevez, etc. Hay muchos clanes dando vueltas. Pero La Familia, son los Coppola.

    Y este preámbulo viene a colación de los directores que decidieron seguir los pasos de sus progenitores, muchos de ellos con mayor talento incluso.

    El presente de los Coppola, ya que los cite previamente, dictamina que Francis Ford filma por inercia prácticamente. Con la excusa de hacer cine “independiente” hace cualquier porquería en algún país tercermundista, cuando en realidad se dedica a comprar inmuebles, hoteles, restaurantes y distribuir sus vinos. Se ha convertido en un codicioso Michael Corleone, que reniega y llora por su fortuna, mientras sigue recibiendo elogios por su carrera, al tiempo que cuida a su tesoro más preciado: la talentosa Sofía, mientras que el también talentoso hermano Román esconde su rostro bajo el mundo de la publicidad y videos clips, y le dejan los verdaderos escándalos al primo Nicolás que decidió devolver el apellido.

    Caso opuesto es el de Nick Cassavetes, que en un principio parecía querer seguir los pasos del padre, pero finalmente terminó no solamente filmando en la vereda opuesta, bajo los mandamientos a los que el padre siempre combatió desde la retaguardia, sino que además destrozó un guión que el gran John nunca llegó a filmar.

    En cambio, hay dos clanes familiares que empiezan a encontrar lugar entre los “nuevos” nombres de la industria y, paradójicamente podrían tener vínculos intercambiables: los Reitman y los Kasdan.

    Jason Reitman también decidió caminar por vereda opuesta a la de su padre, Ivan. Jason prefiere la comedia dramática, reflexiva, crítica, cínica, con típico espíritu Indie, mientras el padre siempre mezcló la comedia con la ciencia ficción o el policial con resultados no siempre satisfactorios, elencos grandes y atractivos, con pretensiones de volar la taquilla.

    El caso de los Kasdan, en cambio es paradógico. Papá Lawrence, mítico guionista de El Imperio Contraataca y Los Cazadores del Arca Perdida, hizo una filmografía variada en géneros, pero donde prevalecen las relaciones filiares, personajes sólidos que deben aprender a relacionarse con las personas que siempre tuvieron cerca, pero nunca reconocieron como tales. Toda la obra de Kasdan es el reencuentro de gente solitaria que no tuvo un rumbo y de repente debe reconocer que la persona que lo puede ayudar a salir adelantes es la que tuvo siempre a su lado o en frente. Y en cierta forma esos son los pilares de los dos primeros guiones de Kasdan también: un padre que se reconoce como tal frente a su hijo, y un arqueólogo que para encontrar una pieza mitológica antes que los nazis debe reencontrarse y pedirle perdón a un viejo amor. Como director, en cambio, no fue tan sutil. No disfrazó tanto el tema. Incluso un western épico como Wyatt Earp trata sobre la hermandad. Kasdan es uno de mis directores favoritos de los 80s y 90s. (Reencuentro, Te Amaré Hasta Matarte y El Corazón de la Ciudad, son tres grandes piezas). Lástima que la década pasada dejó dos obras mediocres.

    En cambio Jake, el primero de los descendientes Kasdan que agarró una cámara, prefirió seguir el camino de la comedia absurda más deliberada, donde no se puede pedir verosimilitud narrativa o personajes que desnuden su alma. A Jake le importa divertir sin demasiadas pretensiones, y por eso se juntó con el clan Apatow, siendo acaso el miembro más radical, en el sentido de que tiene una completa autoconciencia, así, como la tiene los hermanos Zucker o Jim Abrahams, que sus películas se desarrollan en un plano surreal. En cambio, Jon Kasdan parece volcarse más cerca de los gustos de papá, a juzgar por la película Entre Mujeres (2006).

    Paradojas del destino, Jake Kasdan parece un hijo perdido de Ivan Reitman, y Jason Reitman el descendiente directo del cine de Lawrence Kasdan.

    Con Malas Enseñanzas, se confirma que Jake tiene un buen pulso para llevar el humor, pero a la vez gran timidez para elevar el producto. De hecho si uno sigue la filmografía de Kasdan Jr, pareciera que estamos siguiendo a un joven John Landis y que Malas Enseñanzas debería haberse convertido en la Escuela de Animales de nuestros tiempos. ¿Qué pasó? ¿Por que no podemos encontrarnos con una perfecta sátira a la educación media estadounidense? Ya en Orange County (su segunda obra), Kasdan se manifestaba contra la ineptitud del estudiantado y los profesores en las universidades prestigiosas, y ahora arremete contra un colegio primario. El problema, que era el mismo en Orange… es que no se separa de su protagonista, y no se anima a abrir el abanico, aunque tiene posibilidades, porque personajes no le faltan, pero todo gira alrededor de la meta de la profesora que interpreta con una solvencia, maravilla, admiración y altura humorística de las mejores divas de la historia del cine, Cameron Diaz.

    Su Elizabeth Halsey es el centro de toda la película. A diferencia de otros personajes con los que ha sido comparada (Jack Black en Escuela del Rock, Billy Bob Thorton en Un Santa no Tan Santo o Los Osos de la Mala Suerte) Elizabeth es realmente quien dice que es, no está metida en esta escuela por error o equivocación. Es una maestra desastrosa. Un ejemplo deplorable de persona que no parece encajar con el hermoso rostro de Diaz, pero la actriz de La Máscara ha madurado y convertido tanto su belleza, como sus limitaciones en herramientas a la hora de elegir guiones y resolver personajes. Por eso Elizabeth está creada para los zapatos de Cameron. La diva se ríe de sus pechos, de sus relaciones sentimentales y procesa todo de forma tal que no queda ni como rubia boba, ni como sex symbol grasoso. Es una comediante de raza. Una lastima que el resto del argumento no se sostiene. Si bien es jugado por parte de Kasdan que cada secuencia se ate prácticamente con alambre con la anterior o la siguiente, la gracia de la actriz saca adelante una película mediocrísima. Y no está sola por suerte: Lucy Punch (otro descubrimiento de Woody Allen) es una antagonista perfecta, odiosa, pero que le escapa al estereotipo. Y con estos dos personajes, la película avanza ágilmente sin posibilitar que el espectador reflexione demasiado sobre lo que está viendo y se divierta sin tapujos. Ambas son sexis, maliciosas, queribles y molestas a la vez. Merecen ser castigadas de alguna forma. El elenco masculino está completamente de más. Ni Jason Segel o Justin Timberlake logran destacarse porque repiten personajes que ya han vivido en el pasado. Probablemente se la acuse de misógina, pero me parece que en este caso, Kasdan (a diferencia de Michael Bay, por ejemplo), lleva el fetichismo hasta un extremo tan ridículo que no se puede tomar en serio.

    La falta de cohesión narrativa permite que la película tenga ciertos aires de las primeras adaptaciones de sketchs de Saturday Night Live a la pantalla grande. E incluso hay un cameo de una ex integrante: Molly Shannon. Pero en el medio algo se pierde. El humor escatológico no siempre funciona, y la ausencia de un hilo narrativo sólido empieza a cansar. Las escenas de Elizabeth drogándose son reiterativa y pierden efecto humorístico. Incluso credibilidad diegética. El final aparece de forma forzada, incomprensible con el resto de la película. Como si el estudio hubiese desaprobado y descartado el final original e impusieran este que no termina por convencer.

    Además, como ya dije antes, hay suficiente personajes secundarios atractivos con buenas interpretaciones que hubiesen permitido abrir el abanico: darle más cabida a las subtramas relacionadas con la relación del director con los delfines, los personajes infantiles quedan injustamente relegados, y se podrían haber explotado más.

    Kasdan se burla sin filtros de otras películas con maestros como: Stand and Deliver (1988), Mentes Peligrosas (1995), Scream (¿?) y toma como referencias escondidas a clásicos como Escuela de Animales(1978) Fast Times at Ridgemont High (1982), Experto en Diversión (Ferris Buller, 1987), El Arte de la Seducción (2006), aunque quizás la más obvia sea Maestros (1984) de Arthur Hiller. Aunque el estilo visual es más comparable con la sequedad de Zwigoff.

    Discreta, no del todo desechable ya que tiene momentos humorísticos efectivos, pero bastante olvidable, Malas Enseñanzas, confirma que Jake Kasdan no tiene hasta el momento, el suficiente talento que tenía el padre a su edad. La película arremete contra la falta de inspiración de las nuevas generaciones, la estupidización, de la que Kasdan como realizador parece estar reflejado. Se extraña al Kasdan más intelectual de la ópera prima, Efecto Zero (1998).

    Igualmente, si la clase, la sigue dando Cameron, está todo perdonado. Pero están aprobando, con la nota justa.
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  • De dioses y hombres
    Al contrario de lo que puede pensarse a simple vista este nuevo largometraje del actor Beavois no habla sobre religión. Tampoco es cine político en sí. Habla sobre dilemas morales, acerca de que lugar ocupa uno en la sociedad, y si se debe dar un paso al costado para proteger la vida propia o luchar hasta el final por una convicción o una ideología.

    No importa tanto que religión sea la que profesan los monjes recluidos en ese monasterio en Argelia. Ellos ven a todos como iguales. Y los extremistas musulmanes que los amenazan, tampoco lo hacen porque ellos se opongan a la religión. Des Hommes et Des Dieux habla sobre como un bando lleva su ideología pacifista hasta que su vida corre peligro y como otro bando hace lo mismo, pero a través de la violencia.

    Ojala el mundo se pudiera definir tan fácilmente ¿no? Pero justamente a este lenguaje simple, coloquial sencillo y sutil, apela el director. A demostrar que el mundo no debería ser complicado.

    En uno de los diálogos más inteligentes, un anciano argelino intenta comprender porque un muchacho mató a su nieta, solo porque no traía puesto un manto sobre el pelo, si ambos eran de la misma religión y hablaban el mismo idioma.

    Construida sobre un guión sólido, personajes creíbles y diálogos verosímiles, inteligentes, que abren lugar al debate, además de una puesta en escena rigurosa, con una fotografía magistral, tanto en interiores como especialmente en exteriores, donde se aprovecha la geografía de la región sin alardear, el film de Beavois, peca de alguna que otra escena redundante, pero nunca pierde el ritmo. El elenco es fundamental, pilares maravillosos para sostener cada acción y diálogo. Incluso en los momentos de mayor suspenso, uno puede refugiarse en la calma de los actores, para no escaparse del mundo. Lambert Wilson, Michael Lonsdale y especialmente el veterano Jacques Herlin, se destacan en esta recreación bastante libre acerca de una historia real acontecida en 1995. Meticulosa y sin pretensiones, esta película, tiene la sencillez pero la tensión de una 12 Hombres en Pugna, de nuestros tiempos.
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  • Canción de amor
    Canción de amor
    A Sala Llena
    El mayor planteo que genera el film de Idelson es ¿qué es? Está bien, no es un plomo, no es un documental, no es una obra experimental ni vanguardista. ¿Es una mezcla de todo?

    Posiblemente, pero no me parece cine. Apenas un mero ejercicio universitario: ¿qué imágenes ponerles a populares canciones de amor de todos los géneros? Hay canciones en versiones originales, hay covers y hay versiones españolizadas. Imágenes que pegan muy bien, otras que no pegan y una tercer mirada provocativa que no entiendo que pretende generar. ¿Un striptease? ¿una empleada doméstica limpiando un inodoro? ¿Pretende hacer una crítica social o simplemente burlarse de los gustos populares?

    Estas incongruencias en las intenciones son las que provocan que este film sin fin ni principio, sea solo una mera curiosidad. Estéticamente está cuidada, y hay encuadres curiosos, pero es muy irregular. La directora, además señala a malos imitadores y parece burlarse de ellos, y si esa no fue su intención, lo que genera es que el público se ría de ellos (no con ellos), lo cual termina siendo bastante malintencionado.
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  • Cars 2
    Cars 2
    A Sala Llena
    El Camión Grúa que Sabía Demasiado Poco

    Cuando voy al cine a ver una película de Pixar, voy con otra predisposición que la habitual. Al igual que cuando voy a ver una película de Eastwood o de Spielberg o de Scorsese. Son directores especiales, sus obras son especiales. Me llevan a encontrarme con mi niño interior, como aquella famosa y maravillosa escena de Ratatouille en la que el crítico culinario prueba la comida que le da origen al título de la película y regresa a su infancia. Ese sentimiento es el que encuentro en las obras de estos autores, y con las obras de Pixar más que nada.

    Tras ver la reacción de varios colegas después de la exhibición de Cars 2 ante la reacción que habían tenido sus hijos o chicos de corta edad frente a la misma, creo fervientemente que Pixar hace películas con la misión de encontrar ese niño interior, más que con la intención de llegar al niño de hoy en día, lo cuál nos hace entender, que los realizadores, buscan encontrarse con su propio niño interior, y por lo tanto a esta altura, con el éxito mediante, pueden tener la impunidad de hacer lo que quieran en medio de un Hollywood que se rige más que nunca por tendencias y por encontrar lo que el público busca. Pixar en cambio va en la búsqueda de lo que el público necesita. Y ese niño interior no se encuentra conectando al adulto con algún producto propio de esta década, sino de la época en la que se crió.

    Por lo tanto no me sorprende encontrarme con amigos que me comenten que sus padres vieron Wall E o UP y se emocionaron durante toda la obra, que mis propios padres se hayan conmovido con los primeros 15 minutos de la película de Pete Docter o yo mismo hacerme un replanteo acerca de si tengo que vender o no los muñecos que marcaron mi infancia tras ver Toy Story 3. Eso provoca en mí el cine de Pixar. Y pareciera que tras Ratatouille esta misión, es una declaración de principios.

    Y mi infancia estuvo marcada por dos subgéneros que no eran tan populares en aquella época: el misterio detectivesco en literatura y el espionaje industrial en el cine, pero filtrado con humor. Para ponerlo en ejemplos concretos: siempre fui un gran fanático de Sherlock Holmes y Hércules Poirot, y sobretodas las cosas, soy un declarado fanático de James Bond y el Superagente 86, a la que considero la mejor serie de todos los tiempos. Me encanta volver a ver los mismos capítulos y me sigo riendo con los mismos ingeniosos chistes de Don Adams supervisados por dos genios del humor como Buck Henry y Mel Brooks.

    Tomando esta referencia, y que además me encantan comedias de enredos de espionaje, consideradas menores, como Espías como Nosotros, las dos versiones de El Hombre con Un Zapato Rojo (la primera con Pierre Richard, la segunda con Tom Hanks) y El Hombre que Sabía Demasiado Poco (con un Bill Murray ideal), Cars 2 me parece una película gloriosa.

    Ya en su época había defendido la primera parte, una obra sentimental, nostálgica que remitía al cine capriano con un argumento Doc Hollywood (olvidable película con Michael Fox). La belleza visual, el meticuloso diseño sonoro y lo queribles personajes, la convertían en una obra diferente de Pixar, más romántica, menos infantil. Hay que recordar que Cars fue la última película del GRAN PAUL NEWMAN. Por lo tanto en la secuela no falta el homenaje.

    Los protagonistas de Cars: el Rayo Mc Queen, Tom Mate, Mustang Sally son realmente tan o más queridos por John Lasseter, impulsor y presidente de Pixar, que Woody o Buzz Lightyear. A pesar de que no tuvo el éxito o la respuesta ideal, Lasseter sorprendió a todos cuando encabezó el proyecto para la secuela.

    Sin embargo esta vez, a diferencia de Toy Story, decidió virar completamente el rumbo de la historia. Llevar a los personajes alrededor del mundo, sacarlos de su pequeño y romántico pueblo en la mitad de Colorado y transponerlos en Japón, Italia e Inglaterra. Una jugada arriesgada, pero más arriesgado aún es haber cambiado el género y al protagonista de la historia. Esta vez no es una comedia romántica, sino de comedia de espionaje industrial, propia de la época de la guerra fría. No se trata de Austin Powers que es una sátira. No es lo mismo. Las sátiras obras sobre el mundo Bond son burdas, vulgares y poco inspiradas. Tampoco es el diplomático Jack Ryan, el existencialista Jason Bourne o el último y sensiblero James Bond. Esto es espionaje de la vieja escuela. Y funciona, y es entretenido y es mágico y es divertidísimo. Lo que hubiese dado por ver Cars 2 cuando era chico…

    Por otro lado, el cambio de protagonista confirma la búsqueda de Pixar por establecer a hérores hechos chatarra. Pixar reinvidica la chatarra, lo viejo, lo que está pasado de moda. Como los juguetes artesanales, como los monstruos bajo la cama, como los robots maltrechos. Mate, el verdadero protagonista de Cars 2 es primo hermano de Wall E, por así decirlo. Una serie de confusiones lo llevan a acompañar a su mejor amigo, Rayo Mc Queen por todo el mundo, y posteriormente ser confundido con un espía estadounidense por un Aston Martin de MI6 (cuya voz original pertenece a Sir Michael Caine, el mayor lujo del elenco), o sea el mejor espía británico (no podía sea otro coche, obviamente). Como en todas las películas de Pixar, las secuencias iniciales anticipan la magnificencia de lo que veremos, y Finn McMissile es un personaje soberbio como protagonista de la misma: elegante, astuto, arriesgado.

    La misión es detener un complot para destruir este World Prix donde Rayo Mc Queen es favorito junto a un Formula 1 italiano (con la voz de John Turturro, hilarante).

    Si bien Cars 2 lleva la misma estructura narrativa que todas las obras de Pixar sorprende la falta de solemnidad, sentimentalismo, pretensión emotiva que esta vez Lasseter decide aportarle a la obra, lo cual, la convierten en un obra más fiel al género que decide transmitir, más transparente, divertida y entretenida. Pude imaginar, más por cultura cinéfila que por guiños de la película, quien era el villano, pero a la vez todo esto suma para entender el fanatismo que tiene Lasseter con el género, para respetar las reglas impuestas. De hecho, parece respetar más estas reglas que las que los estudios podrían imponerle.

    Ideológicamente es mucho más ambigua que otras películas. La fidelidad que tiene con la idea “todo lo pasado es mejor” (emparentado con lo que plantea Woody Allen en Medianoche en París), provocan que desestime la moralina ecológica que parecería impulsar al principio de la trama, y que iría acorde a Wall E. Lasseter opina como The Who: “miren al nuevo jefe es igual al viejo jefe”. Por lo tanto resulta contradictorio que se tire a favor de una gasolina natural en vez de las nuevas gasolinas ecológicas. Un detalle que vale la pena resaltar.

    De esta misma forma, vuelve a reinvidicar la cultura hippie y la amiga, aunque suene utópico, con la entidad militar (vale aclarar que la entidad militar estadounidense clásica no tiene el mismo significado que la entidad militar argentina).

    Estas contradicciones o fantasías Lasseteriana, provocan que Cars 2 sea una obra personal, políticamente incorrecta, que no se deja llevar por tendencias, modas o propósitos de la cultura televisiva.

    Con Mate como protagonista se rescata la idea del tonto que se convierte en héroe, primero por error y después por méritos propios. Mate, es maravilloso (mucho influye la voz de Larry, The Cable Guy, un comediante ignoto en nuestras pampas) y sin dudas es mucho más interesante, con mayores matices, que el Rayo Mc Queen. El cine estadounidense ha dado grandes antihéroes concientes de sus torpezas (desde los personajes de Woody Allen hasta Forrest Gump se podría decir), pero Mate sube un nivel, revierte sus errores con gracia e inteligencia. Mezcla, como ya dije de Wall E, Ralph (el inolvidable personaje de John Goodman en Un Rey de Peso) o Clark Griswold (Chevy Chase en la serie Vacaciones) en, Mate empatiza con el hombre común, con la persona honesta que no tiene doble discurso ni malas intenciones. Un personaje puro, molesto por su comportamiento, pero a la vez querible. Una mezcla de personaje equivocado en el momento y lugar equivocado, propio del ideal hitchcoiano con el personaje ordinario capriano que se encuentra en un entorno extraordinario.

    Más allá de sus protagonistas, vuelve a asombrar la imaginación y perfeccionismo de la familia Pixar para crear este mundo de autos y hacerlo tan verosímil con el mundo real. Prestar atención a los decorados, a los detalles estéticos de cómo está diseñado Japón, Italia e Inglaterra. No quedan detalles afuera. Todo es fantástico.

    Ya es imposible encontrar palabras para elogiar el diseño sonoro visual de la obra Pixar. Es un manjar para los ojos. El 3D nuevamente es usado con sabiduría, mejorando la sensación de profundidad de cada escenario. La banda sonora, esta vez, a cargo de Michael Giacchino acompaña dinámicamente el ritmo de acción con un leit motiv propio de las películas de espionaje y similar a la creada para Los Increíbles (película con la que se emparenta bastante Cars 2 por la influencia setentona). Además Caine, The Cable Guy y Turturro, también aportan sus voces Emily Mortimer, Owen Wilson y el mítico Franco Nero, en una hermosa escena en una villa italiana, homenaje al cine de postguerra.

    Se destaca el mensaje de amistad de la película. El motor que impulsa la historia, la meta de la obra es resaltar el valor de la amistad por sobre cualquier otro sentimiento, incluido el amor. La relación de Mate y Rayo se empieza a convertir en una de esas parejas emblemáticas del cine. No es Woody y Buzz. Es más cinematográfica: son el gordo y el flaco, Abbott y Costello. El equilibrio entre el galán ingenioso, y el feo tonto, es una combinación, una fórmula que nunca deja de funcionar. Y siempre, se termina destacando el feo tonto. Por eso Mate es el protagonista ideal de Cars 2.

    Con un guión más sólido, personajes soberbios, un hipnótico diseño visual, una historia fantástica que mezcla espionaje, screwball comedy y buddy movie, Cars 2 supera en gran medida a su predecesora y no tengo ningún inconveniente en afirmar que se trata de la mejor obra de Pixar tras Toy Story 3 y Wall E. Y aunque es muy temprano para decirlo, quizás sea la mejor película del año.

    Propongo a los que la están destrozando, que la vuelvan a ver, analicen su guión redondo, superior al de UP incluso, su fidelidad idealista, su perfección narrativa. Recomiendo que dejen de verse los pelos del ombligo que le salieron siendo adultos, y se reencuentren con su niño interior, cuando las películas le gustaban porque las miraban por puro gusto y no por obligación profesional.

    Al igual que con la reseña que escribí el año pasado de Toy Story 3, aclaro que la calificación a continuación no es un error.
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  • Hoy no tuve miedo
    Hoy no tuve miedo
    A Sala Llena
    Tras la experiencia de Los Labios (conjunta con Santiago Loza), Fund viaja nuevamente al interior del país, precisamente a su pueblo natal de Entre Ríos para “contar” dos películas. Por un lado, la historia de una familia de jóvenes costureras.

    Esta primera parte, de este grupo de hermanas/amigas tiene un tratamiento estético similar a Los Labios, pero con menor carga social. Es un retrato de costumbres, rutinas, sentimientos compartidos narrados con un estilo seudo documental. El hilo narrativo es mínimo. Hay una búsqueda (que no voy a develar) y un “miedo” latente. Honestidad y sencillez. Fund utiliza la cámara como una testigo de los acontecimientos cotidianos de la vida.

    La segunda parte de la película es menos severa y más autoconsciente. De hecho se parece a un backstage de la primera historia, aunque la primera sucede temporalmente posterior a la primera, a pesar de que comparten personajes. El viaje de un equipo de rodaje. También se registran los vínculos familiares y entre el diario de filmación se filtra una mínima historia.

    En la observación de lo cotidiano se extrae lo extraordinario. Quizás por buscar siempre, ese conflicto, ese elemento que se sale de la rutina no observamos el contexto que nos rodea. Algo que parece interesarle a Fund. Lo otro, lo que pasa atrás.

    A diferencia de algunos colegas, yo creo que existe “algo” en Hoy No Tuve Miedo: una búsqueda estética, una forma de representar cosas que no se ve, una búsqueda de un lenguaje que no es convencional, pero a la vez es sencillo y directo, de pura contemplación.
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  • Transformers 3: El lado oscuro de la luna
    Destrucción Total (¿Y si Megan Fox no Estaba tan Errada?)

    Según Michael Bay, la razón por la que Megan Fox no quedó seleccionada para participar de Transformers: El Lado Oscuro de la Luna, fue porque comparó al director con Hitler y Napoleón por la estricta forma de dirigir a los actores y el equipo técnico. Según Bay, la decisión la tomó Spielberg, productor ejecutivo, que lo sintió como una ofensa personal y antisemita. A Bay pareció no importarle, le molestaba más que la actriz esté todo el tiempo mandando mensajitos por el Blackberry.

    ¿Y si Fox decía la verdad? ¿ Y si la sex symbol en realidad no es tan estúpida como pensamos y la comparación tiene sus fundamentos?

    La tercera parte de Transformers no hace más que demostrar que Bay tiene una ideología netamente nacionalista y peligrosa, incluso.

    Admito que la primera parte me había gustado. Creo que fue más bien la sorpresa de encontrarme con una adaptación bastante fiel a la serie animada y que los robots en cuestión eran sin duda asombrosos, al igual que sus transformaciones. Las interpretaciones humanas en cambio, eran de plástico (a pesar de que participaban Jon Voight y John Turturro entre otros). Pero había cierta nostalgia, fidelidad, cancherismo que le quedaba bien. Además era la primera vez que conocíamos a la hermosa moracha de ojos claros.

    Pero en la segunda, Bay derrapó e hizo de las suyas como siempre: si Armageddon era una película grasosa que se regodeaba en la publicidad y video clip noventoso, con aires pretenciosos (pero el carisma del elenco la salvaba), Transformers 2 era una sobredosis de grasa. Grasa de autos, de transpiración masculina y femenina, cuerpos esculturales que parecían sacados de una película erótica mediocre, los peores fetichismos del cine de los ’80 de Tony y Ridley Scott se acumulan en el cine de Michael Bay, pero sin la capacidad narrativa que tiene el cine de los hermanos británicos.

    Bay es acción, explosiones y misoginia elevados a una potencia de vacío cinematográfico y narrativo. No importa si los guionistas son realmente malos, Bay se ocupa de destruir cualquier guión. No sabe contar con imágenes las palabras, entonces apela a una acumulación, sobrecarga de efectos especiales, persecuciones, acción desproporcionada e inverosímil. Y lo peor, es que no divierte, no transmite tensión, no se genera suspenso.

    Transformers 2 era básicamente un almanaque de taller mecánico y no mucho más. Ni siquiera se disfrutaban los efectos especiales, ni las transformaciones, ni las peleas, que eran ininteligibles para el ojo humano (quizás sí para el robótico).

    Con Transformers 3 tenía expectativas de que haya aprendido de sus errores (como dijo en una entrevista), y haya mejorado algo, regresando a la aventura inicial.

    Los primeros 5 minutos me entusiasmaron. Un prólogo que sucede durante la carrera espacial de Estados Unidos por llegar a la luna. Una truca en la que se mezclan personajes históricos con los actores ficcionalizados me dio pie a especular que esta tercera parte, podría ser un poquito mejor al menos que la secuela.

    Lamentablemente no fue así. Empeora. Esos primeros 5 minutos son un engaño en todos aspectos. De hecho, tampoco es novedoso. Zemeckis lo hizo mejor en Forrest Gump y Contacto (hay varias similitudes narrativas con esta) y Zack Snyder, que, de hecho no es un director que me cae demasiado simpático fue mucho más meticuloso con el comienzo de Watchmen. Pero Michael Bay filma más rápido y le importa un bledo que el montaje final quede bien. No es meticuloso. Y esta vez se nota más que nunca. No es casualidad que firmen tres montajistas. Es horrible la edición. Hay errores de continuidad muy groseros. O quizás los noté porque la acción en cierto punto ya me aburría tanto que tenía que pensar en otras cosas. Además la idea de que el cine puede cambiar la historia o darle una explicación fantástica a ciertos hechos reales de la historia, ya fue mejor realizada en Hombres de Negro I y II de Sonnenfeld, Bastardos sin Gloria de Tarantino, las ya mencionadas Gump y Watchmen, y últimamente en la comedia de Woody Allen, Medianoche en París.

    Pero más allá del absurdo, pretencioso, incoherente argumento inicial de Ehren Kruger, un especialista en malograr adaptaciones (fue el irresponsable del guión de Scream 3, lejos la peor de la saga), tenemos un detalle fundamental y es que toda la película es inconexa e incoherente y no hay un solo plano que lo admita. O sea, incluso hay cierta conciencia en Roland Emmerich, de que está haciendo un film clase B sobre la destrucción del mundo. Sí, miren que malo que es el cine de Bay, que un film mediocre, como 2012 sale bien parado a comparación. Sin ser lo más interesante del holandés (me quedo con Stargate y Día de la Independencia, e incluso con algo de Godzilla), el último film tenía una gran secuencia de destrucción que todos los medios aplaudieron: cuando se destruye Los Angeles.

    Transformers 3 es destrucción tota,desprejuiciada, y completamente idiota, sinsentido. No hay rastros de que Bay pida perdón con alguna cita cinefila. Si Michael Bay parece que solamente vio publicidades y video clips en su vida. Quizás la única película que vio fue Top Gun, y basa toda su filmografía en eso. Y vamos a admitirlo, aunque sea de culto, no es lo mejor de Tony Scott, ni una gran película. Solamente un hito, lo que hizo realmente famoso a Tom Cruise. Una lástima que la cinefilia Spielbergriana no dice presente. Aunque hay un obvio homenaje a Jurassic Park, que me despertó la única risa durante los eternos 154 minutos que dura la película.

    Michael Bay logra algo que parece imposible: abrumar con las escenas de acción, aburrir, tan repetitivas, tan monótonas son que todo el resto carece de imaginación. Y los efectos ya no causan novedad. Es un pecado, un crimen comparar estos efectos con los de Avatar, incluso. El CGI ya no sorprende. Al menos como lo usa Michael Bay. Los giros narrativos son los mismos de la antecesora. ¡Ya sabemos todos que los Autobots no se van a morir en la mitad de la película! ¡Hiciste lo mismo en la 2! ¡BASTA! Y no me importa que sea un spoiler. Me abruman los cameos humorísticos. Me encantan Turturro y Malkovich, pero esta vez me saturaron también. El nivel de estupidización a los que los somete es humillante. Al principio me caían un poquito simpáticos sus personajes, pero el resto de las participaciones me terminaron cansando también. Sí, tanto la humanidad como los robots me parecieron insoportables.

    A favor puedo decir que la ausencia de Fox le dio excusas para evitar caer en la grasada esta vez. Cambió a la morocha rebelde y mecánica por una fina modelo rubia, Rosie Huntington – Whiteley, a la que sacó de una catálogo de Victoria’s Secret. Y no es mentira. El resto de las mujeres (excepto la gran Frances McDormand) corren la misma suerte. No me sorprendería que el casting femenino lo haya hecho, dando vueltas en una limo con las más atractivas mujeres que identificaba en los boliches top de California.

    Además no hay un solo personaje que no tiene un bronceado californiano perfecto. Desde Malkovich hasta Shia LaBeuf, todos parecen haber pasado por el mismo solarium que George Hamilton. ¿Así es la vida allá? ¿allá son las mujeres allá? Es insultante al género femenino sin duda, la visión misógina de Bay. Comparable a la de Santiago Segura en Torrente, pero destaco, el español es mucho más simpático.

    Siguiendo con las interpretaciones, (porque hablar de los efectos, la trama, las transformaciones es impúdico) se podría decir que esta tercera parte tiene las mejores y las peores actuaciones de la saga: dentro de lo peor podemos citar a los ya mencionados Malkovich y Turturro (los prefiero junto a Adam Sandler o los Coen para eso), la novata Huntington – Whiteley (Megan Fox queda como Meryl Streep en La Decisión de Sophie a comparación de la inexpresividad de esta chica. Igual no es su culpa, es su primer rol y está mal dirigida) y Shia LaBeuf que ha firmado un pacto con el demonio con esta saga, derrochando quizás una promisoria carrera tras la última Indiana Jones. Entre los desaprovechados (en punto neutro) aparecen Josh Duhamel, Tyrese Gibson y Kevin Dunn. Y lo mejorcito viene del lado de los que nunca fallan y quizás no tienen tanto renombre: los comediantes Ken Jeong (con pequeñas similitudes con el personaje de ¿Qué Pasó Ayer?), sus cinco minutos son brillantes; el maravilloso Alan Tudyk, reconocido por Muerte en un Funeral y la serie Firefly, y la gran Frances MacDormand, que logra hacer verosímil cualquier cosa. Incluso sorprende Patrick Dempsey en el inusual rol de villano. Es bastante capaz el actor de Grey’s Anatomy cuando lo sacan de su rol de carilindo solamente. Sino fuera por esas actuaciones me habría escapado de la sala, porque el tedio de la última hora me pareció insoportable.

    No hay mucho que destacar en las voces. Peter Cullen con Optimus Prime ya no causa nostalgia, Hugo Weaving como Megatrón es irreconocible, y es una lástima que Leonard Nimoy como el ambiguo Sentinela Prime no adquiera más personalidad (aun cuando se lo ve en una tele como el Dr. Spock y se hace cita varias veces a la serie clásica).

    Los diálogos son infumables: una sarta de estupideces explicativas y discursivas, falso patriotismo sin límites. Es una frase incoherente, anticinematográfica tras otra. Lo peor que ha escrito Kruger.

    Y el discurso ideológico: los Autobots destruyendo bases en Irán, apoyando al ejército estadounidense; Optimus Prime reivindicándose como un asesino despiadado (“ya no seremos más pacíficos, ahora queremos la guerra”, anuncia en un momento), al igual que el personaje de Sam Witwhiky. Todos terminan siendo ejemplos del estadounidense promedio que apoya la venganza por mano propia. Según el nivel cultural de Bay, los rusos siguen estando en la Perestroika y son unos atrasados e ingenuos por eso. ¿Dónde se ha quedado este tipo?

    Claro, no pasó de mediados de los ’90. Miren como filma. No cambió su estética, no se renovó. A pesar del 3D, sigue filmando video clips y publicidades con la estética Baywatch de mediados de los ’90. Horrible.

    El retraso mental (en sentido ideológico, se entiende) de este hombre no hacen más que confirmar las acusaciones de Megan Fox. Sí, es nazi y facho. Pero si quieren un ejemplo más concreto, no hace falta más que juntar al personaje de Dempsey y Malkovich. Los dos jefes de la película: ambos toman conciente o inconcientemente, el comportamiento y la actitud que Bay transmite y de la que se habla en sus obras.

    Sí, llegue a odiar a este pretencioso autor de talento mediocrísimo, hipócrita, anticinematográfico. Ha destruido una de mis series animadas favoritas de todos los tiempos, y por eso mismo merece este linchamiento público. Ya que le gusta, disfruta, se relame morbosamente destruyendo el mundo y vidas humanas, acá tenés esta destructiva crítica. Tomá un poco de tu propia medicina, ¿a ver como te cae?

    Mirá, si la va a leer…
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  • Medianoche en París
    El Arte de lo Imposible

    No voy a ser hipócrita. Estoy viviendo un momento bastante deprimente de mi vida. No quiero hacer catarsis por este medio, pero hay momentos de mi presente, que me cuesta creer estar transitando. Soy una persona pesimista que cree haber nacido en un momento inoportuno de la historia. No me identifico con el siglo XXI. Me hubiese gustado nacer en los ’50 o en los ’60 admito. Aun cuando políticamente eran épocas convulsionadas, peligrosas, me pregunto constantemente como habría sido mi vida habiéndome desarrollado durante esos años, con quién me relacionaría, cuál sería mi visión del mundo y la juventud de hoy en día. Hoy le temo al porvenir. Lo veo oscuro. Pienso que “Todo tiempo pasado fue mejor”, lo admito. Me gustaría sentarme en un café con Don Angelito y contarle la situación que vive el club de sus amores, imaginar que habría dicho, como reaccionaría, y sobretodo la manera en que habría resuelto, desde el pasado, los errores del presente.

    Pero la imaginación es poderosa y traicionera. Sería muy lindo que venga el Doc Brown en un DeLorean y me busque para cambiar la historia, o al menos seguir los consejos de alguna persona que considero hoy en día, como influyente en mi vida. Poder establecer diálogos con Hitchcock, Billy Wilder, Orson Welles y rebatir a todos los estúpidos que los etiquetaron a través de una visión superficial de sus obras. Al menos que me venga un pasaje de avión del cielo, y concertar una charla con Woody Allen, para aprender y al mismo tiempo felicitarlo, porque hace dos días me demostró porque me enamoré por primera vez del género cinematográfico, de la literatura, del arte en sí mismo.

    Medianoche en París nos trae a un Woody Allen auténtico, mágico, nostálgico, pero sobretodas las cosas, cinematográfico, culto, intelectual y filosófico, admirador de todas las artes, meticuloso.

    Me encanta Allen, pero admito que desde hace mucho que su obra es bastante irregular. Me gustaron sus thrillers con influencias shakesperianas y de teatro griego como Matchpoint y El Sueño de Cassandra, que muchos han criticado. Me pareció profunda Vicky Cristina Barcelona y me reí con elementos aislados de dos obras “menores” como Scoop o Que la “Cosa” Funcione. Me aburrí, me pareció superficial, repetido en Conocerás al Hombre de tus Sueños, pero Medianoche en París nos devuelve al Allen que sabe que el arte da la posibilidad de crear y hacer creer lo increíble. Que en la ficción es posible que no haya límites espacio temporales, que no hace falta justificar tales inserciones fantásticas, porque lo que importa es otra cosa, es la mística, el mensaje, la posibilidad que da una cámara de transformar el mundo, la historia.

    Así como Tarantino cambió el final de la Segunda Guerra Mundial en Bastardos Sin Gloria y nadie se molestó por eso, así como Buñuel era capaz de revivir una y otra vez a la burguesía, impedir que salgan de una habitación por razones inexplicables, y que sin necesidad de introducir una justificación material, el propio Allen conseguía que los personajes de una película salieran de la pantalla, se enamoraran de los espectadores y los aconsejaran de cómo vivir su vida, esta vez, convierte a París en una fiesta, como diría Hemingway.

    El protagonista, uno de los tanto alter egos que Woody habría interpretado diez o quince años atrás, necesita entender su vida: está inseguro sobre su obra literaria, sobre su matrimonio, sobre las razones por las cuáles debe seguir enamorado de París y no volver a Estados Unidos. La respuesta será un viaje en el tiempo, que solo se justifica cuando el reloj dan las doce de la noche. ¿Fantasía? ¿Realidad? No importa, Gil viaja a la década del ’20 para encontrarse con Cole Porter (es común que Allen use música de Porter, pero esta vez, además lo incorpora a la acción y aparece dietéticamente), es aconsejado por Scott y Zelda Fitzgerarld sobre relaciones románticas, y acerca de escritura por Ernest Hemigway. Ídolos del protagonista y el director, no solo adquieren un nivel fantástico, sino que resultan afables y familiares. Además Allen se da el lujo de mostrar su mirada sobre como eran ellos. No se preocupa por analizar las características que siempre se enaltecen en las respectivas biopics de los artistas mencionados. Además, tampoco subestima al espectador, da innumerables guiños, que aquellos que no conocen a los artistas mencionados, van a quedarse fuera del juego.

    El autor se da el lujo que su héroe cumpla con las fantasías qué él mismo o alguno de nosotros podría alguna vez satisfacer. Sí, sería hermoso compartir una amante con Picasso, viajar con ella a la Belle Epoque y sacar la conclusión de que cada uno pertenece a un tiempo específico por alguna razón.

    La magia, la gracia, el humor arquetipo de Allen son la fuerza motora de esta obra, pero hay que destacar a un elenco que con herramientas simples hacen verosímil lo imposible. Owen Wilson se relaja, más allá de que es uno de los tantos Woody Allen dando vueltas, y logra una interpretación franca, honesta, simple. Se destaca la interpretación de Michael Sheen como Paul, el rival británico de Gil. Pero los hallazgos también se dan en los actores elegidos para conformar a personajes reconocidos del mundo del arte como el cameo de Adrien Brody como Salvador Dalí o Kathy Bates como Gertrude Stein.

    Pero Allen no solamente es un “romántico”, nostálgico insalvable, enamorado de los más grandes artistas de toda la historia del mundo, sino también un cínico crítico de los críticos burgueses, de los intelectuales soberbios hipócritas que se creen dueños de la verdad y hacen sentir infradotado, subvalorado a aquel que no entiende lo que habla. Y si bien, hay algo de esa soberbia a Allen, lo que el director critica, en realidad es el modo, la clase social, cuestiona el elitismo europeo y lo compara con la “humildad” de los artistas de la generación del ’27, que con su arte combatían las diferencias sociales y creaban medios comunicativos diferentes a los habituales.

    Es cierto que se le puede critica que el tiempo presente no logra ser tan convincente como la puesta en escena del pasado, que algunos personajes quedan en el aire y Rachel McAdams está un poco desaprovechada, aunque la diva de película, es nuevamente Marion “el gorrión” Cotillard. Innumerables chistes internos (como los que se relacionan con el cameo de Carla Bruni) restan un poco de contención dramática al relato, pero si hablamos de protagonistas, Allen regresa a otra de sus obsesiones: la fotografía urbana. A diferencia de los directores más jóvenes que presumen ser “controvertidos” mostrando la periferia más desigual de las ciudades, el director de Annie Hall, siempre fue un optimista en este sentido, y prefiere mostrar a la urbes como un milagro de la creación del hombre. De esta manera resaltó la belleza arquitectónica de Manhattan, Londres, Barcelona, Venecia y ahora París. Visión turística, sí, puede ser, pero que hermoso es fotografiar París durante toda una jornada, su magia, su mejor fachada.

    Allen no apela tanto a gags esta vez, sino a la ironía e inteligencia discursiva. Los diálogos contienen múltiples lecturas, pero al mismo tiempo son sencillos, directos. Se puede pensar, incluso, como una de las obras menos pretenciosas pero más efectivas de su director.

    Con un cuidado estético impecable, encuadres pensados, colores provocativos, elementos que se extrañaban del mejor Allen, Medianoche en París es una gran fábula, un sueño seductor tan soberbio y brillante como la ciudad de las luces.
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  • Las marimbas del infierno
    Hace un par de años, gracias Hernández Cordón, conocimos el cine guatemalteco y la película Gasolina. Este segundo film es una curiosidad bastante agradable. Empieza como si fuera un documental, entrevistando a Don Alfonso, un marimbista. La marimba es un instrumento autóctono de Guatemala, una especie de xilofón de madera con forma de pinball.

    Don Alfonso es amenazado de muerte por uno de los clanes mafiosos locales y se escapa con su marimba buscando trabajo. Un día se le ocurre formar una banda Heavy Metal, y recurre a Chiquilín, su sobrino, un joven de corta estatura, vago y bastante torpe, quien le presenta a Blacko, una especie de mezcla entre Ozzy Osborne y Pappo, que ha pasado de ser un satanista un pastor judío evangélico. Las cosas a partir de ese momento no funcionan como desean. El director hace hincapié en el contraste entre Don Alfonso y Blacko, y vamos explorando la personalidad de cada uno.

    El problema se da cuando Hernández Cordón prefiere cambiar el punto de vista, y mete como protagonista a Chiquilín. El personaje es querible, y de hecho es el que genera mayor empatía con el espectador, pero no funciona como hilo conductor ni motor narrativo. No se trata de un actor atractivos. Es demasiado torpe y termina cansando.

    El film es divertido. Tiene un humor sencillo, sutil, honesto, pero al mismo tiempo bastante surrealista con planos generales fijos y una estética a lo Aki Kaurismaki, donde lo cotidiano se transforma en inusual, lo costumbrista termina siendo casi surrealista. Hay una historia de gángsters que sucede fuera de campo y le aporta una cuota social, acerca de los peligros de las pandillas de Guatemala, pero el director decide no enfatizar en ese aspecto ni cayendo en el típico cuento moral latinoamericano que se quiere ver en el primer mundo.

    Acá no hay disparos, no hay peleas, no hay enfrentamientos ni acción. Todo es discursivo, pero permite que los personajes se desenvuelvan con libertad y autonomía, sin depender de efectos alienados de la estética elegida. Absurdo y patetismo, mezclado con una banda sonora bizarra en un contexto costumbrista. Lástima que el ingenio inicial se apaga, se agota y el relato se alarga innecesariamente. La anécdota deja de ser simpática, para volverse redundante y monótona. A pesar de eso, es un film atendible, curioso, que remonta con una gran escena final.
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  • Carlos
    Carlos
    A Sala Llena
    Con el Aperitivo no es Suficiente

    En la jerga gastronómica, el aperitivo es una comida en sí misma. No se trata de un componente del almuerzo o la cena. O sea no es la entrada o primer plato, sino una combinación de pedazos de comida y bebida que sirven para abrir el apetito, para picar antes de la comida propiamente dicha. Generalmente esta provisto por varios fiambres que no terminan de llenar (no confundir con una picada) y una bebida alcohólica dulce, que deja embobado, pero aún así no provocan que el comensal se de vuelta.

    La versión de la gigantesca obra de Olivier Assayas, Carlos, que llega a los cines porteños esta semana, es meramente el aperitivo de una obra aun mayor. Partes de, seguramente una obra excepcional, meticulosamente planeada y ejecutada por uno de los enfants terribles de la cinematografía francesa. Inclasificable cineasta, Assayas puede ser motivo de estudio gracias a que tiene una obra vasta y versátil. Donde la accion puede devenir del espionaje industrial y de ahí pasar a un pequeño cuento familiar, intimista. Siempre con una visión estética definida y mucha cinefilia de por medio. Es que Assayas es un realizador que se mamó de Les Cahiers du Cinema hasta que lo echaron y luego se convirtió en uno de los directores más criticados por sus colegas, por sus técnicas poco acordes con el resto de la filmografía francesa. Para el cine de autor es demasiado comercial, para el cine comercial es demasiado independiente, demasiado artista

    Y Carlos, quizás su obra menos personal en lo forma es una representación del genio de un director que no da su brazo a torcer y mantiene intacta su firma cinematográfica, aún con un productor pensado para la televisión francesa. Sin embargo, como Assayas piensa en la pantalla rectangular, Carlos merecía verse en salas como la gente, y ante la negativa de los productores para que se lance completa o al menos en dos partes (como sucedió con El Che), Assayas mismo se encargó de recortarla exactamente por la mitad (de 330 minutos pasó a tener 165) para que se puede apreciar cinematográficamente.

    Sin embargo, más allá de que se puede llevar muy bien el ritmo y la historia, lo que termina haciendo Assayas es justificando la realización de la miniserie, reivindicando sus primeros propósitos: Carlos debe verse completa, 5 horas y media con el culo pegado a la butaca.

    Y pongo la firma: en ningún momento aburriría. Porque los 165 minutos se sienten y se hacen demasiado escuetos, cortos. Quedan muchos aspectos de Carlos afuera. Hay elipsis temporales, actitudes incomprensibles del personaje.

    El Señor de la Guerra

    La primera vez que lei acerca de Carlos fue en un revista Noticias en 1994, cuando lo atraparon y condenaron a cadena perpetua. Lo recuerdo nítidamente el artículo porque me pareció atrapante la historia de este hombre. Tres veces, se trató de llevar su vida al cine. La primera vez fue exitosa. El film se llamó El Día del Chacal (1973). Dirigida por el mítico Fred Zinneman basada en la novela de Frederick Forsyth, era un thriller que tomaba al personaje de Carlos, el hombre que para cometer sus atentados tomaba diversas personalidades, para ejecutar sus atentados, especialmente, un intento por asesinar a De Gaulle. Dicha obra sufrió dos mediocrísimas adaptaciones. La primera, El Chacal, con Bruce Willis y Richard Gere. Lamentable thriller sin emoción, predecible, repleta de lugares comunes. El segundo, un poco mejor, pero que salió directamente en video, Caza al Terrorista con Aidan Quinn y Ben Kinksley. Ambas de 1997.

    Sin embargo, todos se alejaban de lo que verdaderamente era Carlos. No se trataba solamente de un asesino despiadado, de un supuesto revolucionario marxista, de un mercenario. Lo que el film de Assayas captura es al hombre, al estratega, al negociador político.

    Se trata de un thriller político trepidante que reúne los mejores elementos de míticos films de espionaje y acción de la década del ’70 como los que hicieron John Frankenheimer, Alan Pakula, John Schlesinger, Ronald Neame, entre otros. Fue un periodo donde el mundo, como decía Shakespeare, era un gran escenario y servía de inspiración. La OLP, la KGB, el MOSSAD, la CIA, el FBI y la STASI se debatían el mundo en enfrentamientos clandestinos a la vistas de todos: atentados terroristas, ataques políticos, la lucha por el petróleo y la amenaza nuclear. Sí, nada cambio y Carlos es un oportuno reflejo de los ‘70s, pero tambien de ahora.

    En apenas 165 minutos Assayas logra resumir la tensión política que se vivía por entonces, y Carlos como personaje es un arma contradictoria de doble filo. ¿Se trata de un hombre convencido de la causa o de un guerrero que solo seguía sus propios intereses? ¿Acaso solo le importaba el dinero o detrás de esto había verdaderos deseos de ser un nuevo Che Guevara, pero sin necesidad de ser mártir?

    El personaje se nos va revelando lentamente. Sus miedos, su carácter, su inseguridad. Pero no se hace obvio nunca. Edgar Ramírez en el cuerpo de Carlos logra una de las más asombrosas interpretaciones de las últimas décadas. No solamente física (baja y sube de peso varias veces, su rostro se transforma a medida que pasan los años) sino más que nada emocional. Como mostrar las debilidades de un hombre que siempre debía ser fuerte y sólido para los demás. Ramirez lo logra con sutilezas.

    Assayas no emite juicio de valor, no lo trata como héroe ni tampoco lo villaniza. Le da un aspecto humano despreciable, pero aún así humano. En el suficiente trayecto para que el espectador logre empatizar con él y a la vez se sienta rechazado por los actos que comete. El director comienza esta versión en forma trepidante, contándonos como el ataque a un lider palestino lleva a Ilich Ramírez a ser el asesino más importante de la OLP. El climax llega cuando se infiltra en un congreso en Viena y secuestra a un gran número de ministros el 21 de diciembre de 1975. A pura cámara en mano, y perfecta elección de colores en la fotografía, el director mete al espectador en medio de los secuestrados y contagia la tensión y el miedo, al tiempo que se pone en la cabeza del protagonista, quien tiene que tomar decisiones que se contradicen a sus ideales, y a las de sus líderes.

    Durante una hora y media el film es vibrante, tiene dinámica, ritmo, energía. Tremenda. Pero después se va achicando. En la última hora, Assayas saca la picada y nos da de comer pedacitos de Carlos. El asesino más buscado deviene en notoriedad y el film cubre elipsis que justificarían la deplorable situación a la que llegaría en el momento es que es capturado. No se subvalora la inteligencia del espectador. Los baches que existen se pueden suponer, pero aún así se trata de una obra incompleta. Se espera, por supuesto, que el resto de los 165 minutos cubran algo más que los hechos propios, que Assayas muestra con solvencia narrativa, pero…

    Pero realmente terminamos conociendo más la historia, que ya fue bastante conocida, que al personaje. ¿Qué lo lleva a unirse en la OLP? ¿Cómo sobrevive? ¿El dinero viene solamente de las organizaciones terroristas?

    Assayas deja prácticamente de lado el tema de la identidad y la esquizofrenia del personaje. De hecho, no se camufla demasiadas veces a lo largo del film. Ramirez (actor), se transforma, pero si desde el guión no se justifican todas las acciones del personaje algo no funciona del todo. Entonces, toda la acción, el ritmo, la reconstrucción de los hechos, la meticulosa puesta en escena, donde se cuida cada peinado, cada vestuario, la música (excelente banda sonora), la escenografía y el modus de dialogar quedan relegadas cuando el personaje no termina por definirse.

    Más allá de esto, Assayas cumple con las expectativas: logra un film atractivo, extenso, entretenido, sensual, pero a la vez con una cuota de personalidad autoral que se denota en el armado de cada plano secuencia. No se filmaba así en los ‘70s, pero hay una fuerte influencia de movimiento Indie, que ayudan a llevar el ritmo. Por lo menos queda bien claro que la guerra es un negocio.

    Carlos es una gran producción que se pudo apreciar en Cannes, la televisión francesa y TV5 en nuestro país en forma completa. Los que la vieron no pararon de adularla. Fue filmada en casi todos los países donde se desarrolla la trama y me cuesta recordar un film donde se hablaran tantos idiomas para una misma trama: francés, inglés, español, sudanés, ruso, árabe, alemán, y nunca se producen confusiones o incoherencias. Cada actor pertenece al país que representa y esto ayuda a darle verosimilitud no hollywoodense a la película. Lástima que a veces, cuando se habla en español es tan cerrado que por momentos no se entiende… y no hay subtítulos obviamente.

    Si debo comparar esta película con alguna más contemporánea, el ejemplo más obvio es Munich de Steven Spielberg. Las historias de cruzan y los atentados se parecen. De hecho, durante mucho tiempo se pensó que Carlos estuvo involucrado dentro del secuestro al equipo olímpico israelí, pero no fue así. Si bien estructuralmente se conectan, Carlos debería haber sido el ejemplo cinematográfico de Spielberg y no a la inversa. Munich era un relato monótono que sucumbía por el alto nivel de sentimentalismo, solemnidad y grandilocuencia. Carlos, en cambio, carece de romanticismo cursi, de sentimentalismo, de obvia humanidad. Es una obra que no se detiene a sentir, sino que piensa, critica, da pie a la reflexión y discusión con un lenguaje directo, pero menos obvio. Es discreta, poco pretenciosa aunque parezca mentira e irónicamente, se camufla dentro de la cartelera.

    Lo repito, Assayas se ha superado a si mismo, demostrando una vez más en que consiste su rebeldía y versatilidad. Logra una obra monumental, que va a pasar por las salas con más penas que glorias, pero no porque el público no acompañe, sino porque el propio Assayas en su afán de llegar a más salas sucumbió: hizo su propio corte y nos deja a todos con la sensación de que el “aperitivo” es lo único que vamos a comer en la noche y/o al mediodía. Nos muestra el palito pero no nos da el dulce…

    Prometo ver la versión completa pronto y escribir un dossier de ello: por ahora lo único que este Carlos, (luchador contra el imperialismo, pero recortado para fines económicos) termina siendo un fragmento de metralla en la yugular: te deja con la vena abierta…
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  • Aguas turbulentas
    Aguas turbulentas
    A Sala Llena
    Culpa, redención y perdón. Básicamente, esas son las tres palabras que dominan este melodrama noruego, que cuenta con algunas situaciones similares a las que viven los personajes de los Dardenne. En sí, el argumento parece una combinación entre El Niño y El Hijo.

    Jan Thomas secuestra por divertirse a un bebé. Accidentalmente este se escapa y muere. 8 años después sale en libertad condicional y trata de rearmar una nueva vida, encontrando trabajo como organista de una iglesia protestante. Allá conoce a Anna, la pastora de la misma. Ella tiene un chico muy parecido al que Jan había secuestrado. Mientras que la relación de Anna y Jan prospera, el chico empieza a sentir verdadero cariño por el muchacho que sale con su madre. Debido a su pasado, Jan rechaza, en principio al niño, y a la vez esto lo obliga a mentirle a Anna. Su vida prospera hasta que aparece la madre del chico que murió en sus brazos. A partir de este momento conoceremos, el otro lado de la historia, el de la víctima.

    Poppe crea un relato de tensión que se va construyendo lentamente. Un melodrama hecho y derecho con interpretaciones frías y austeras, propias del comportamiento de los países escandinavos. La primera mitad de la película, que se centra en las relaciones que Jan crea, en su camino de “redención” son lo mejor de esta película, especialmente por la sólida interpretación del protagonista, Pål Sverre Valheim Hagen. Los problemas surgen cuando a la mitad de la obra, se cambia el punto de vista. El suplir de la madre por la pérdida del hijo. Si bien es cierto que la historia de Jan se estaba agotando, a esta altura del metraje, también es verdad que mostrar el proceso de aceptación de la muerte y el posterior reencuentro con el asesino posibilitan que el relato construya una trama obvia, previsible, cercana a los guiones de Guillermo Arriaga (21 Gramos, Camino a la Rendención), pero un poco mejor dirigida.

    La densa, profunda, pero verosímil actuación de Ellen Dorrit Petersen hacen esta mitad, un poco más visible, aunque no lo suficiente para notar que el relato ha caído. Algunas situaciones están demasiado forzadas en pos de que se “resuelvan” los conflictos.

    Poppe integra una estética interesante: usando teleobjetivos que dejan a los protagonistas en primer plano, fuera de foco, en función de demostrar que siempre detrás de cada uno hay un historia que se oculta, que uno no puede juzgar a la persona por lo que ve a primera vista.

    Aguas Turbulentas es un drama que posee atributos cinematográficos, pero cae en las típicas tentaciones de los culebrones clásicos con moralina y feliz conciliador incluidos. Como en el cine de los Dardenne, el golpe bajo es reemplazado por ciertas sutilezas del lenguaje, que logran separar un poco al espectador de la historia. Pero si quieren que sea honesto, lo que realmente la salva son las soberbias interpretaciones. El resto es discutible.
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  • Lo que más quiero
    Lo que más quiero
    A Sala Llena
    Algunos la creen muy fácil. Ponemos en un plano fijo dos personas a espaldas de cámara, un paisaje de fondo, hablando supuestas trivialidades durante 10 minutos y ya tenemos una obra maestra.

    ¿Dónde ha quedado la construcción interna de un cuadro? ¿Dónde ha quedado el montaje interno del que hablaba Bazin?

    Por favor. Pareciera, que algunos cineastas nunca han visto un film en su vida. Si hablamos de sutilezas cinematográficas pongamos Lo Que Más Quiero al lado de ambas Oxhide. Ahí estaremos hablando de cine.

    La ópera prima de Castagnino es la mentira a 24 cuadros por segundo. Historias de jóvenes que pretenden decir más de lo que dicen se viene haciendo desde los tiempos en que Elia Kazan y Nicholas Ray posaron sus ojos en la depresión de los adolescentes. El problema, es que detrás de lo que las protagonistas parecen ocultar realmente se oculta la nada. A ver… no hay mucho más que diálogos vacuos en espacios geográficos pintorescos, pero al igual que , el plano más elogiado de la película donde una de las protagonistas trata de “encararse” un chico (o viceversa en realidad), podemos notar que detrás de la pretensión algo no funciona bien. El famoso plano elogiado es visualmente desastroso. Fotográficamente mal iluminado. Y lo mismo pasa con la película. Es mala. Insoportable. Las idas y vueltas de las protagonistas, pretenden ser “reales”, pero terminan siendo previsibles, y demasiado dramatizadas.

    A pesar, de que ambas protagonistas tratan de emitir verosimilitud, diálogos forzados, emociones que nunca se sienten genuinas impregnan la pantalla. En el medio se trata de colar una manifestación de crítica o realidad social, relacionado con el cierre de fábricas y la crisis económica, pero a veces cuando se trata de ser sutil, se termina siendo demasiado explícito.

    En algún momento, los egresados de la FUC, supieron “innovar” dentro del cine nacional. Ahora se agarran de “tendencias” pasadas de moda. Ni siquiera son oportunistas.

    Consejo para futuros realizadores: tengan paciencia. Su momento llegará. No hay que volverse loco si a los 30 todavía no filmaron su ópera prima. Si no tienen una historia que los enamore, no se lancen a la calle a filmar cualquier cosa. Tomen como ejemplo a Fabián Bielinsky.

    Consejo para críticos: dejen de agarrarse de las pestañas de cualquier alumno de la FUC. Revean a los veteranos. Recuerden a Fabián Bielinsky.
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  • Blue Valentine
    Blue Valentine
    A Sala Llena
    Emulando a Gena y Seymour

    Imposible olvidarse de John Cassavetes. Y mucho más difícil, imitarlo, reconstruir su magia, construir las interpretaciones que lograba con su pequeño grupo de “amigos” al punto de hacer creer a público cinéfilo y críticos, que solo estaban viendo el resultado de largas sesiones de improvisación. Y no era así. Todo estaba planeado.

    Algunos crédulos creyeron ver en Nick, su hijo, el legado de John. Idiotas. Nick destruyó la imagen de John cuando realizó el último guión que dejó su padre: Cuando Vuelve el Amor, solo Gena Rowlads (Mamá) quedaba del legado Cassavetiano en ese film… y un pequeño tributo de Travolta, el resto era para el olvido (especialmente la actuación de Sean Penn).

    Pero varios cineastas jóvenes comprendieron y aprendieron, lo que Nick no pudo. Hacer un cine honesto, fuera de los márgenes convencionales de Hollywood. Historias creíbles con personajes queribles y odiados. Discursos que vayan más allá de los personajes, de los actores y sobrevuelan el pensamiento del resto de los mortales. Así era el cine cassavetiano. Una constante exigencia de sacar al ser humano en alma y existencia. Un ejercicio actoral, el “ser uno mismo” en el escenario de la vida.

    Y sí, se puede encontrar un pedacito de Cassavetes en Sofía Coppola, un pedacito en Rebecca Miller, un pedacito en la pequeña Zoe (hermana menor de Nick). ¿Acaso las directoras comprenden mejor el universo cassavetiano que los hombres? Es posible, acaso en los años ’70 John Cassavetes ¿no comprendía mejor a las mujeres que cualquier otro director de la década?

    Pero aún así… siempre falta algo. Quizás los mejores exponentes no sean aquellos indies estadounidenses que hacen obvia la instrucción, sino aquellos que revivieron sus historias en universos propios, como por ejemplo Abel Ferrara que hizo una más que elogiable remake de The Killing of Chinese Bookie con Tales a Go Go. O los brasileros Luis y Ricardo Pretti, Guto Parente y Pedro Diogenes con Estrada para Ythaca recreando el espíritu de Maridos.

    Lo de Derek Cianfrance, se acerca al primer grupo: el de los nuevos indies del cine estadounidense que emulan a Cassavetes por su independencia y temática, y no tanto por lo que sus films dejaron. Más allá de este aspecto, no puedo negar, que como me advirtiera mi colega Tomás M. Luzzani, hay mucha estética de John en esta trunca historia de amor.

    Dean y Cindy son dos perdedores, fracasados en el amor que se encuentran, cuáles Minnie y Moskowitz. Se enamoran y no pueden imaginar la vida, sin el otro. Al menos, eso nos muestra Cianfrance en los sucesivos flashbacks que interceden en el presente no tan optimista de la pareja.

    En el presente, tienen una hija. Cindy es una enfermera cuya carrera está en ascenso. Dean se ha quedado en sus sueños. Su única meta en la vida es criar a Frankie, sobrevivir a Cindy y tomar cerveza. Pero, al igual que en los films cassavetianos, el alcohol no es EL conflicto, sino un vehículo que provoca que el matrimonio desbarranque.

    Es un romance triste, con final predecible. Cianfrance utiliza el mismo recurso que ya habían usado Gaspar Noé en Irreversible o Francois Ozón (sin mucho más cerca de este) en Vida en Pareja: mostrarnos la felicidad al final, para conseguir que no podamos creer la infelicidad inicial que, temporalmente hablando corresponde al desenlace. El interrogante es COMO está pareja llegó de un punto a otro.

    A pesar de que no es muy original el planteo, es ingenioso el desarrollo, y sobretodo honesto. Tan real acaso, que las situaciones se hacen demasiado densas y dolorosas. Hay mucha intervención de parte de los actores en la resolución narrativa, ya que ellos aportan, la espontaneidad, el rigor y la verosimilitud necesaria para que el relato y el ritmo no decaigan. Tanto Williams como Gosling conforman una pareja tristemente creíble, melancólica, austera, reprimida emocionalmente. La violencia es real, cruda. El sexo, adquiere una relevancia que va más allá del acto en sí: la definición de qué es, esa pareja. Un retrato de juventud sin sueños, que vive el día a día, golpeándose constantemente, mientras trata de definir ingenuamente, "que es el amor".

    Cianfrance logra mantener a los personajes a una distancia prudencial para no volver la historia en una telenovela de la tarde, pero también mantiene un tono frío y sombrío para no lograr una total empatía. En ese sentido, más allá de que Cassavetes tampoco transformaba sus tensos romances en telenovelas, uno podía sentir respirar al lado suyo a cada personaje. Pero ese era el poder de Rowlands, Gazzara, el mismo Cassavetes, Peter Falk o el gran Seymour Cassell. No quiero menospreciar con esto a Gosling y Williams que son, sin duda lo mejor del film (el juego de sonrisas y miradas que hacen cuando se conocen es fantástico, un lujo en el cine contemporáneo), pero aún les falta un poco para cautivar con espontaneidad pura, que el cine estadounidense se niega a mostrar, hace mucho, mucho tiempo.

    El montaje está pensado desde el guión y la paleta de colores primarios elegidos por el director de arte y de fotografía son una gran compañía del dúo interpretativo, así como la hermosa banda sonora.

    Cuesta seguirle las huellas al director de Opening Night o Torrentes de Amor, pero acaso se puede tener cierta esperanza: solo basta comparar el último maravilloso plano de Blue Valentine con el de Maridos. Ahí, hay algo más que esencia o espíritu.
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  • Rompecorazones
    Rompecorazones
    A Sala Llena
    Si Alex, el protagonista de este film vendría a la Argentina se haría millonario. Su trabajo es básicamente seducir mujeres para destruir parejas. No importa el país, no importa la etnia. Alex es capaz de seducir a cualquier mujer insatisfecha con su relación. En esta misión lo ayudan su hermana y cuñado. Entre los tres conforman un equipo mezcla Los Simuladores con Misión Imposible. Un tercero es discordia que nota que la pareja es infeliz se contactan con Alex, y él crea toda una farsa alrededor de la pareja, para que la mujer abandone a su novio y abra los ojos. Solo hay dos reglas: no hay sexo (“queremos abrir su corazón, no sus piernas”) y no se destruyen parejas felices.

    Pero a Alex en la vida real, no le va tan bien. Su novia desconfía de él y lo deja plantado, tiene deudas con la mafia búlgara, gasta más en las misiones de lo que cobran. Por lo tanto, cuando un magnate del negocio de las flores le propone seducir a su hija antes de que se case con un millonario inglés, Alex debe aceptar la misión, aún cuando Juliette y su prometido se ven felices. Alex se hace pasar por su guardaespaldas y aprovechando la ausencia del novio, empieza a seducir a la fría Juliette, el problema será que por primera vez se sentirá atraído por una de sus “víctimas”.

    La ópera prima de Chaumeil (asistente de dirección durante muchos años de Luc Besson) tiene un estética más cercana a la comedia clásica estadounidense: es dinámica, llena de estereotipos, clisés y lugares comunes del género. El final es tan predecible como cualquier comedia de Garry Marshall, pero el carisma de los protagonistas es tan sincero y atractivo, que toda la película se vuelve un viaje irresistible por Montecarlo. Las situaciones humorísticas funcionan, no cae en sentimentalismos, y aunque algunos gags ya los vimos innumerables veces, siguen siendo efectivos.

    Romain Duris demuestra una vez más su gran versatilidad como actor. Su faceta de seductor quedó impregnada en el díptico: Piso Compartido – Las Muñecas Rusas, y su perfil dramático en la excelente El Latido de mi Corazón. Esta le aporta elasticidad, gracia, inocencia y picardía. Su contraparte, Vanessa Paradis (de Depp) le da belleza y delicadeza a su personaje. El resultado es una comedia sin demasiadas pretensiones, divertida, conciliatoria, elegante. Necesaria para salir de vez en cuando de la realidad.
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  • ¿Qué pasó ayer? Parte 2
    Resacados

    El personaje de Boris en Que la “Cosa” Funcione, la última película de Woody Allen, estrena en nuestro país, tenía un lema: “si la cosa funciona, el resto no importa, lo que hayas hecho para conseguirlo, tampoco importa, si la cosa, funciona”.

    En ¿Que Pasó Ayer? Parte II, la cosa, funciona.

    No lo puedo explicar. La nueva película de Todd Phillips es exactamente igual a la anterior. Cambia el escenario, cambian algunas circunstancias, pero básicamente es lo mismo. La estructura es igual, se incorporan algunos personajes pero estamos hablando de un mismo código, de la misma historia, con otro gusto.

    Pero funciona. Divierte, entretiene, se pasa un buen momento.

    Nuevamente, la manada (así llama Alan al grupo) asiste al casamiento de uno de los miembros del grupo. Esta vez, Stuart, que se casa con una tailandesa, cuyo padre millonario organiza la boda en una isla paradisíaca de su país. Por lo tanto, Stuart hace trasladar a toda la manada, incluido el “extraño” Alan, a Tailandia.

    El resto es lo mismo. Lo que empieza con una cerveza se convierte en una noche descontrolada, donde los personajes despiertan sin recuerdos pero algunas sorpresas.

    Esta vez, el personaje que desaparece es Teddy, el hermano menor, supergenio de la futura esposa de Stuart. Como el chico no se desprende de su computadora, la hermana le pide a Stuart que lo incluya en su “despedida de soltero”. Esto no agradará demasiado a Alan.

    A la mañana siguiente el grupo se encuentra con algunas sorpresas no muy agradables y tienen que armar su noche con las pocas pistas que tienen y recuerdan para encontrar a Teddy.

    Si bien el factor sorpresa se perdió un poco, el humor vulgar, desenfrenado, sumado a un ritmo frenético permiten que esta secuela sea tan divertida como la primera parte. Bankong se convierte en una protagonista más, así como fue Las Vegas. Una ciudad donde conviven mafias chinas, tailandesas, rusas y estadounidenses. Además de templos budistas. Básicamente se trata de humor escatológico en forma sucesiva. Todo chiste tiene una connotación sexual. Los realizadores hacen quedar bastante mal a los estadounidenses y su manera de difamar al mundo que los rodea. Nuevamente, la tecnología influye para que los personajes puedan reconstruir su noche.

    Hay lugares comunes y clisés, pero funcionan. Los personajes no son demasiado ricos en matices pero las soberbias interpretaciones de Ed Helms (con mayor protagonismo esta vez) y especialmente el gran Ken Jeong como Chow, el narcotraficante que les complica todos los planes. Un poco más relegado queda esta vez Zack Galifianakis. Alan termina influyendo un poco menos de lo que promete. Pero lo más sorprendente es la prácticamente nula participación de Bradley Cooper en el argumento. Si bien es el personaje menos interesante, a pesar de que aparece todo el tiempo en pantalla, Phillip participa poco y nada en la historia.

    Todd Phillips hace una leve mejora con respecto a Todo un Parto. Su perfil más psicótico, enfermo, zarpado está más presente que nunca. Phillips tiene un timing para la comedia virtuoso.

    Más allá de que utiliza la fórmula de la repetición en forma constante, esto no significa que ver a un mono traficando droga y fumando no termine de ser divertido. Con un tono visual bien trabajado, transmitiendo los climas y olores de Bankong (se filtra un sutil homenaje a Apocalipsis Now), ¿Qué Pasó Ayer? Parte II sirve para distraerse.

    Sin embargo, si van a hacer una tercera parte (falta el casamiento de Alan) le sugiero a Phillips y equipo que además de buscar otra ciudad (Buenos Aires, Río quizás), encuentren una manera de renovar la historia, sin abandonar la fórmula pero tampoco haciendo una tercera versión de la misma película. Porque, aunque la “cosa” funcione, siempre está bueno, ver cosas nuevas.
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  • Piratas del caribe: Navegando aguas misteriosas
    Navegando con Moderación (o elogio a un director maltratado)

    Admito que ni bien terminé de ver La Maldición del Perla Negra, la odié. No puedo concebir una película de piratas con tanta fantasía infantil, efectos especiales y estética videoclipera. Además que podía preveer cada giro de la trama, cada diálogo. La acumulación de clisés, lugares comunes y estereotipos era espantosa. También me pareció un poco sobrevalorada la interpretación de Johnny Depp. No es que reniega de sus dotes clownescos y de mímica para componer a Jack Sparrow, simplemente que me sofocaron, y los elogios fueron exagerados. Especialmente si se lo comparaba con Buster Keaton.

    Ni me molesté en ver la segunda y la tercera. A excepción de Rango, no he visto otra película de Gore Verbinsky que me haya convencido. Creo que es un maniquierista, influenciado demasiado por una estética publicitaria, punchi, que recién pudo expresarse cinematográficamente con la animación pura y concreta. Irónicamente, así, con ese canto al western tanto Fordiano como de Leone concibió una obra redonda, inteligente, cinéfila y “moderada”.

    Esa es la palabra del día: “moderación”. A veces es necesario apaciguar las aguas turbulentas del imaginario, dejar atrás la tentación de plasmar innumerables planos generados digitalmente que de tan sucesivos que son terminan por agobiando, exacerbando. Al punto que no se entiende bien lo que se está viendo, como sucede con el cine de Michael Bay.

    Por eso es que defiendo la elección de Rob Marshall como el nuevo capitán de Piratas del Caribe: Navegando Aguas Misteriosas.

    Sería fácil decir, que Marshall solo fue un brazo ejecutor, que hizo su película menos personal, más industrial, al servicio del Rey de Midas, Jerry Bruckheimer.

    Pero no.

    Marshall hizo algo mucho más interesante, aportó su falta de imaginación, y por una vez en la historia del cine, menos es mejor.

    No sé si fue intencional o no, pero Marshall decidió resolver las cosas de la forma más sencilla posible. Llevar un guión netamente malo, lleno de lugares comunes, clisés, estereotipos y diversas previsibilidades narrativas a puerto seguro.

    Esta vez no hay tanta fantasías (y no me refiero a nivel argumental) no hay tanto efecto computarizado. Acá uno puede palpar lo artesanal. Las peleas son cuerpo a cuerpo, los decorados son más cartón que tela verde, el maquillaje es más real que digital. O sea, puede parecer berreta, barato, clase B, pero es más auténtico. No hay personajes íntegramente creados por CGI. No hay monstruos marinos. Y hasta las sirenas tienen algo orgánico, palpable, real.

    Después, por supuesto, está la innegable inverosimilitud y estupidez de una historia demasiado remanida. La última media hora prácticamente es un calco del final de Indiana Jones y la Última Cruzada.

    A excepción de Ian McShane que interpreta al único personaje creíble, real, sin sobreactuar ni agregar tics, es muy difícil encontrar otras actuaciones notables. El Jack Sparrow de Johnny Depp me atrae cada vez menos. Es demasiado “personaje”, parece una caricatura, Penélope Cruz es inentendible tanto cuando habla en un español forzado, como en un inglés españolizado y ridículo. La pobre está lejos de los excelentes trabajos de su país natal. Y después está Geoffrey Rush. A pesar de que me parece un gran actor, sigue repitiendo un patrón interpretativo hace mucho tiempo. Eso incluye al personaje de El Discurso del Rey. El resto de las actuaciones suma muy poco. Quizás los escasos pero valiosos minutos de Richard Griffith sean dignos de destacar.

    Marshall nunca logra dar en la clave como narrador, pero sabe impresionar. Supo engañar a muchos críticos y cinéfilos con los maravillosos números de Chicago (lo único destacado a mi parecer), dio un festín de colores con Memorias de una Geisha (película insulsa, pero que estéticamente era bellísima) y quiso contagiar a todo el mundo al ritmo de canciones seudo italianas, glamour superficial y un gran elenco desaprovechado con Nine. Esta vez solo tenía que hacer los deberes.

    Y los hizo bien. Porque a pesar de que no está bien narrada, de que hay subtramas secundarias como el romance entre un clérigo y una sirena, el rol de la corona española, y otras arbitrariedades del guión que no supo manejar, no funcionan ni convence, sí dio en la clave en lo que es montaje, timing de aventura y sobretodo despliegue coreográfico.

    La película entretiene y gusta porque Marshall aprovechó la archiconocida banda de sonido de Hans Zimmer para crear escenas de ballet y danza.

    Porque Marshall es un gran coreógrafo. Así se hizo famoso, y si uno analiza la forma en que se desplaza Sparrow por las calles de Londres, la danza de las sirenas asesinas, los desplazamientos de Penélope Cruz, entonces entenderá que está viendo Piratas del Caribe, el musical.

    Entonces, si el autor es desplazado del trono, el coreógrafo entra en su lugar, y los momentos más disfrutables del film son estos que nombré: aquellos donde Marshall se siente cómodo, se divierte y puede ser meticuloso.

    En el pasado lo he insultado, pero tengo que admitir que si esta cuarta (y esperemos, última entrega) de Piratas del Caribe se me hizo soportable, digna, meramente visible fue porque detrás de cámara aparece un hombre sin pretensiones, “moderado” que se jugó por lo simple, sencillo y apersonal, optó por entretener más que por impresionar, que pudo meter bocados de su experiencia teatral para aportar cierta belleza y lirismo en medio del caos. Ese hombre se llama Rob Marshall y esta vez (hasta que meta la pata con otro musical) se ha ganado mi respeto.

    (Nota: también se hace más soportable porque no aparecen los aburridos personajes de Orlando Bloom y Keira Knightley, pero esa fue decisión de Bruckheimer)
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  • Poder que mata
    Poder que mata
    A Sala Llena
    El Gobierno contra Mí

    Cuesta creer que Doug Liman haya empezado su carrera cinematográfica como director de comedias seudo adolescentes. De hecho, cuando fue elegido para comenzar con la saga del Agente Jason Bourne en Identidad Desconocida, la decisión fue extraña, pero acertada. Si bien no está a la altura de las emocionantes secuelas dirigidas por Paul Greengrass, es un film entretenido, llevadero, que impuso un estilo, y a la vez, propuso a un digno competidor para el inmortal James Bond.

    El espionaje entusiasmó a Liman por un tiempo, lo cuál lo llevo a realizar Sr. y Sra. Smith, que fue un poquito más que ver al combo “bradangelina” en acción. Y así, saltemos Jumper, y lleguemos a Poder que Mata, la cuál parece Sr. y Sra. Smith dirigida por Greengrass.

    Al igual que la película con Pitt y Jolie, acá tenemos al matrimonio ideal: ella hermosa trabajadora de una compañía de seguros (Watts), él, un diplomático retirado que se divierte contradiciendo políticamente a parejas amigas (Penn, que otro). Pero bien, al igual que los Smith, los Wilson son espías… verdaderos espías. El problema surge cuando el gobierno asevera encontrar algo que la CIA dice nunca haber hallado. Estamos en el año 2002, plena invasión a Irak. Todavía no se sabía que las tropas no iban a buscar armas sino campos petroleros. Y ahí está el héroe, Joe Wilson develando la verdad a costa de dejar a su esposa sin trabajo.

    Cuesta creer que la CIA fuera tan ingenua y tan honesta a la vez para caer tan fácil en la trampa de Dick Cheney, que es a quien va dirigida de forma directa, aunque sutil la historia de Poder que Mata. George W es solo un títere de un gobierno que mintió al mundo y salió impune de terribles masacres.

    Honestamente, cuesta ver a Valerie y Joe Wilson como héroes que trataron de mostrar la verdad, y no darles una mínima responsabilidad de algunos de los horribles actos que muestra el film que se cometieron, por ejemplo, contra científicos iraquíes que se estaban tratando de escapar hacia los Estados Unidos. Pero Liman, así como no los juzga tampoco los glorifica tanto como ellos mismos, quizás hubiesen querido. Sutilmente, uno puede ver el grado de manipulación de la empresa de espionaje más poderosa del mundo. Queda entrelíneas que las amenazas son reales, que el juego psicológico es real. Y lo que Valerie empieza haciendo contra un simple inmigrante de medio oriente en Washington se vuelve en su contra.

    Liman logra darle intensidad y dinamismo al film, sin distraerse demasiado en cuestiones estéticas. No hablamos de un cineasta personal como Greengrass, pero tampoco de uno que quiere imponer un estilo a la fuerza como los hermanos Scott. De forma clásica, casi transparente se teje un thriller sólido, bien armado que recuerda un poco a las mejores historias de Tom Clancy llevadas a la pantalla, por el soberbio pulso de Philliph Noyce: Peligro Inminente y Juego de Patriotas, ambas con Jack Ryan.

    Tampoco se descuidan algunas denuncias secundarias, que hoy en día, oportunismo mediante, tienen cada vez más valor, como por ejemplo, el rol de los medios de comunicación, de los blogs, la rapidez con la que se transmite la información y llega a todas partes del mundo.

    Si bien la primera parte del film (hasta que Valerie y John son “expulsados” del sistema) es la más atrapante, la segunda, un poco más lenta, es más interesante a nivel dramático, cuando Liman humaniza a los personajes, los enfrenta, no como espía o diplomático, sino como un matrimonio, donde la comunicación no llega tan rápido como un email o un artículo llegan a un diario o un blog.

    La química de Penn y Watts (que ya había demostrado funcionar a la perfección en 21 Gramos) es lo que realmente llevan adelante al film. Watts, como siempre hace verosímil cualquier cosa, cada gesto es maravilloso en ella, cada expresión o cambio de mueca facial dicen más que diez palabras de cualquier actriz contemporánea. Sean Penn está un poco más calmado de lo acostumbrado y tiene menos tics autónomos que en otros films, lo que no quita, que por momentos, el que este tirándose en contra del gobierno sea el actor y no el personaje. Están acompañados por un sólido elenco de secundarios donde sobresalen Bruce McGill y Sam Shepard en un rol copiado de 40 hechos previamente.

    Hay varias analogías interesantes en el guión, y frases que si bien son un poco obvias y explicativas, generan reflexión.

    Más allá de cierto moralismo y patriotismo típico estadounidense, Poder que Mata logra un atrapante equilibrio entre thriller de denuncia y drama conyugal, sin demasiadas ambiciones visuales (aunque el doble rol de Liman como director y director de fotografía es destacable). La meta es entretener y dar a pensar un poco. Por eso, cinematográficamente cumple.

    Ahora bien, juzgar a los personajes, designar el grado de culpabilidad que tuvieron en este asunto, queda a cuenta del espectador y la forma en que interprete la historia. Si logramos creer que Doug Liman pudo dejar la comedia y meterse de lleno en el drama político, ¿por qué no vamos a creerles a los Sr. y Sra. Wilson?