Ricardo Ottone
  • Cantidad de críticas: 32
  • Promedio: 61%
  • Críticas favorables: 24/32 (75%)
  • Críticas desfavorables: 8/32 (25%)
  • Diferencia absoluta: 10%
  • El dedo
    El dedo
    Tiempo Argentino
    El largo dedo del costumbrismo

    Con un tinte de cine añejo, esta comedia que se presenta como negra tiene poco de humor oscuro y ronda lo naif. Situada en la vuelta de la democracia, narra la historia de un candidato a intendente con un contrincante particular.

    El realismo mágico no es un género que le ha dado muchas alegrías al cine nacional, y ciertamente no ha estado entre los favoritos del llamado Nuevo Cine Argentino. Está, sin embargo, entre las influencias que Teubal recoge, junto con cierto costumbrismo de pago chico, en su ópera prima.
    La acción transcurre en un pequeño pueblo cordobés en 1983, previamente a la vuelta de la democracia al país, la cual tendrá su correlato en las elecciones que se anuncian por primera vez en el pueblo. En ese marco, el corrupto juez de paz (Gabriel Goity) pretende ser elegido. Su principal contrincante es el popular Baldomero (Martín Seefeld), admirado por los hombres y deseado por las mujeres. A poco de anunciados los comicios, Baldomero aparece asesinado y su hermano (Fabián Vena) jura venganza después de cortarle un dedo para ponerlo en un frasco en el mostrador de su almacén. Desde allí, el dedo empieza a mostrar signos de vitalidad, y la capacidad para señalar (literalmente también) el camino correcto a sus cada vez más numerosos seguidores, quienes terminan imponiendo su candidatura. El dedo se propone como una comedia negra (después de todo hay un cadáver y un miembro mutilado) pero su humor es menos oscuro y más bien naif, basado sobre todo en las salidas supuestamente insólitas de los habitantes del pueblo. Personajes estos que parecen responder al lugar común, algo condescendiente, de que la gente de pueblo es buena, inocente, atolondrada y simple, y donde nadie es realmente malo, ni siquiera el villano de turno.
    Claro que también podría tratarse de una sátira política. Y razones no faltarían cuando la acción transcurre en esa época, hay unas elecciones de por medio y políticos corruptos en danza. Pero la verdad es que hay que tener ganas de tomarlo por ese lado, porque el retrato no es tampoco demasiado elaborado. Más allá de algunos paralelos con personajes o situaciones conocidos o cierto folklore electoral (besar niños u organizar asados), todo se reduce a la puja entre un caudillo malo (el juez) y un caudillo bueno (el dedo milagroso). Lo cual no parece apuntar a una crítica, sino que es presentado como algo simpático y pintoresco. Se trata de una comedia liviana, cuyos gags a veces son graciosos y a veces son ñoños, y donde los actores hacen un papel digno aun teniendo que vérselas con unos personajes estereotipados. Todo termina dando una sensación de cine argentino añejo, como de la década que se está mostrando, y eso llama la atención en un realizador debutante.
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  • Depredadores
    Depredadores
    Subjetiva
    Los cazadores de la franquicia perdida

    Vuelta a las raíces, la llaman. Le pasa mucho a las bandas de rock cuando, después de uno o varios fracasos, les da por regresar al sonido de los primeros discos, los que les dieron fama y reconocimiento, para recuperar frescura, credibilidad y/o público. El recurso es también aplicable a este caso ya que después del fiasco de la última Alien vs Depredador (la primera no había estado mal sin embargo), la franquicia del cazador extraterrestre no estaba en su mejor momento. Por eso dejamos de lado, por lo menos por el momento, la pelea de titanes contra los babosos monstruos de Giger y bebemos nuevamente de los dos primeros films de la saga (muy en particular del primero, cuyos acontecimientos son citados en este), algo que Robert Rodríguez, aquí oficiando como productor, admitió sin reservas. Si la operación sale bien, capaz que hasta seguimos con una secuela que el final sugiere con ganas y sin mucho disimulo.

    El escenario es bastante similar al de la primera película de 1987, dirigida por John McTiernan y protagonizada por el hoy gobernador de California, solo llevada un poquito más lejos: en una jungla interminable, en un planeta utilizado por los depredadores como reserva de caza, unos cuantos humanos son arrojados (literalmente) para servir de presas en su deporte favorito. Para hacer el juego más interesante, la selección de especímenes incluye lo más granado de una elite de soldados, mercenarios y delincuentes. La misma extracción de las presas es la que sugiere el título en plural donde se menciona que no solo los cazadores sino también los humanos son depredadores entre los suyos.

    Se trata entonces de juntar a unos cuantos tipos de diferentes orígenes pero similares características, soltarlos en un escenario hostil y ver que pasa. Una idea simple, quizá algo tonta pero eficaz. Al rato la cosa está bien clara y la acción está servida. Si el movimiento parece bien planeado, viendo el resultado, no parece de todos modos que se lo hayan tomado muy en serio y eso está bien. La decisión de poner a Adrien Brody como héroe de acción ya debería ser una pista. Y en la misma línea va el breve pero contundente papel de Lawrence Fishburne, absurdo, descolgado y hasta en un tono diferente del resto (y eso que Fishburne es un gran actor, con lo que uno tiende a pensar o que lo hizo a propósito o que no le importó nada), que es a pesar de eso, o justamente por eso, uno de los momentos divertidos.

    Depredadores levanta un poco la puntería de la serie e intenta agregar algo a su mitología (el enfrentamiento entre dos clases diferentes de depredador) pero también tiene sus zonas fallidas: es algo previsible y los personajes cada tanto se sienten en la obligación de explicar lo que está pasando, aunque no haga falta, o pronunciar sentencias graves, que uno quiere creer que son parte de la joda pero no está seguro.

    De todos modos se trata de una diversión descerebrada, y si los responsables no parecen habérsela tomado en serio, tampoco habría motivo para que los espectadores lo hagan.
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  • El origen
    El origen
    Subjetiva
    Todo por un sueño

    A Christopher Nolan le gustan las tramas enrevesadas, los desafíos formales y los ejercicios narrativos. Eso ya lo veíamos desde Memento, donde se trataba de contar la historia de adelante hacia atrás. Y también le preocupan los trucos y mecanismos de la mente: la memoria, los trastornos del sueño o los traumas. El origen es la apoteosis de esos intereses, donde el mundo del sueño es el tema y el escenario.

    En un universo que parece el aquí y ahora pero donde existe una tecnología que permite compartir los sueños, infiltrarse en los sueños de otro o introducir a otro en el propio sueño mientras uno es consciente de estar soñando y hasta puede diseñar la arquitectura del sueño, los protagonistas se dedican a estas actividades con fines delictivos para robar información o “introducir ideas” en la mente de los soñantes elegidos como blanco. Cobb (Leonardo DiCaprio) es un experto en el procedimiento que, al ser acusado del asesinato de su esposa, ya no puede volver a su casa y ver a sus hijos. El jefe de una corporación japonesa le propone la misión de infiltrarse en los sueños del heredero de la firma líder de la competencia a cambio de usar sus influencias para limpiarlo y permitirle volver. Allá ira entonces con su equipo en una misión delicada y peligrosa, tanto por la resistencia que el universo onírico de la víctima ofrece a los intrusos como por los propios elementos de su mente que el protagonista sin querer introduce, ya que dejó algunas cuentas pendientes allí, en el mundo del otro lado de la vigilia.

    Este planteo, que le debe mucho al universo del escritor Philip K. Dick (donde es frecuente que los personajes lleguen a un punto en que no pueden estar seguros de cuál es la realidad) da el pie para un despliegue de imaginación y parafernalia visual exuberantes en la medida que el mundo del sueño lo permite y lo propone (ciudades que se pliegan sobre si mismas, combates en gravedad cero). Aquí la misión funciona como elaboradísimo McGuffin que justifica la búsqueda del protagonista para saldar las cuentas con su pasado pero parece estar también en función de justificar la apuesta visual, los escenarios imposibles, las secuencias de acción, y todo lo que el film tiene visualmente para ofrecer de espectacular.

    La trama, cada vez mas intrincada, con diferentes capas de realidad, sueños dentro de sueños y desdoblamientos del tiempo, necesita explicarse a sí misma cada tanto, que alguno de los personajes explicite las reglas de ese universo y explique lo que está pasando. Y bueno, en algún punto uno tiene la sensación de que lo están cameleando un poco, que la abundancia de información (suministrada constantemente) tiene un fin más de confundir que de aclarar, hacer que uno avance con el relato y no se cuestione mucho lo que está pasando, tapar la boca y llevar de la nariz, porque cuando uno quiere procesar enseguida llega un nuevo estimulo espectacular. El origen se presenta como un preciso mecanismo, pero quizás algunas piezas están más para hacer bulto y hacerlo parecer más complejo de lo que es. Así, esa abundancia de información y explicaciones parecen funcionar como en los trucos de magia (Nolan sabe bien de esto), como un distractor que desvíe la atención de ciertas cosas: de que ciertos elementos, aunque explicados, son así porque sí, de que ciertas leyes son arbitrarias y de que los sueños, aunque dirigidos, son demasiado racionales, para ser sueños. Pero, bueno, si uno se pone a revisarle el truco al mago la diversión se pierde. Lo brillante de Nolan es la forma en que logra presentarlos como lógicos y necesarios, haciendo que el espectador entre como un caballo entendiendo, creyendo que entiende o no entendiendo pero sin que eso importe.

    Se trata de un despliegue de imaginación y una experiencia sensorial. El origen es un film avasallante que exige toda la atención del espectador y amenaza con pasarle por encima. Ante esa perspectiva, la mejor recomendación quizás sea la del dicho inglés: relájate y goza…
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  • Portadores
    Portadores
    Subjetiva
    Apocalípticos e infectados

    El género apocalíptico (si es que se trata de un género) hace tiempo que está pasando por una racha productiva. Algo habrá en el aire, pero son unas cuantas las películas recientemente estrenadas que proponen el fin de la especie como escenario, sea por desastres naturales, guerras, epidemias o zombies, así como las desventuras de los pocos sobrevivientes en pos de continuar siéndolo. En el post-apocalíptico de los ‘80 era frecuente ubicar la causa en algún desastre nuclear, ahora la razón frecuente es una infección que se expande como pandemia y deja diezmada a la mayor parte de la humanidad. Son varios los films que explotan las consecuencias de ese estado de las cosas, y con diferentes tonos, desde Exterminio a Zombieland, pasando por las últimas entregas de Resident Evil y la saga de los Muertos vivos. Portadores está ubicada en este contexto: un virus mortal, altamente contagioso, acaba con la civilización, y los sobrevivientes van de un lado al otro procurándose el techo provisorio, el alimento escaso y, sobre todo, evitando cualquier contacto con posibles infectados.

    Los protagonistas son dos hermanos jóvenes que, junto con sus parejas, se mueven en coche por la ruta en dirección a la casa de verano en la que pasaron su niñez y a la que ubican idealmente como posible refugio. Pero el camino está plagado (cuac) y de posibles encuentros indeseables. Ese planteo le da al film el elemento de road movie, algo que comparte con films también apocalípticos pero tan disimiles como pueden ser La carretera y Zombieland. Será que el Apocalipsis se presta bien por la necesidad de estar siempre en movimiento.

    El principio es algo engañoso, cierto comportamiento de los protagonistas, y sobre todo la actitud un poco imbécil del hermano mayor, hacen temer un tono adolescente y lelo que por suerte se esfuma cuando las cosas se ponen pesadas. La premisa, ya lo dijimos, no es original, pero el tratamiento tiene lo suyo. No se trata exactamente de una película de terror, aunque tenga elementos del género. No hay un monstruo, ni un antagonista claro. Los infectados no se transforman en zombies, no muerden ni están rabiosos. Los monstruos reales son -no es sorprendente- la paranoia que lleva a que los sobrevivientes estén dispuestos a lo que sea. De lo que se trata es de cuan bajo puede caer la humanidad, cuan insensible y cuan despiadada puede ser, y como las situaciones límite logran romper con la solidaridad y las normas más elementales. Lo interesante de Portadores es que, si bien al principio el miedo y la desconfianza están puestos en el afuera y en los otros, luego se trasladan al seno mismo del grupo protagónico, y son sus integrantes los que cometen las acciones más cuestionables, volviendo la situación aún más cruel. Hay un tenso clima de paranoia y los realizadores (los catalanes Alex y David Pastor, que debutan en el largo con una producción norteamericana), aún cuando por momento acuden a golpes bajos (las filmaciones caseras de los hermanos cuando eran chicos), retratan con precisión el progresivo y agónico desmembramiento del grupo.

    Suerte de road movie, con elementos de terror y hasta algún elemento moral, con el marco siniestro del fin de la especie, pero filmada en la ruta y a pleno sol, Portadores puede tratarse de una película barata y menor, pero termina siendo una interesante sorpresa.



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  • El aprendiz de brujo
    Al mago se le notan los trucos

    En sus títulos de cierre, esta película declara de sí misma estar inspirada (“suggested” es la palabra que emplea, es decir “sugerida”) por el segmento homónimo de Fantasía, superclásico de Disney, que a su vez produce esta re-visita. Aquel segmento estaba protagonizado por el ratón Mickey e inspirado a su vez por un relato de Goethe, y funciona aquí más bien como una cita, reducida a una sola escena en la que se encuentra toda la anécdota e insertada dentro de una historia más amplia.

    Pero si el fragmento del film de 1940 no es aquí más que un guiño que de reconocerse no va a cambiar la visión de la película, el verdadero referente – no declarado ni sugerido, pero bien identificado como blanco- es la saga de Harry Potter, ya cerrada en los libros y de próximo final en el cine. Un futuro lugar vacante al que se lanzaron también otros pretendientes como Percy Jackson y el ladrón del rayo o El aprendiz de vampiro (que aquí fue directo a dvd,) funcionando como Sagrado Grial o Santa Franquicia a alcanzar. El rey aún no ha muerto (aunque su muerte esté anunciada) y ya se están disputando su herencia. Sin embargo, hasta ahora, ninguno estuvo a la altura de ocupar el trono, y tampoco a esta El aprendiz de brujo le dio la cabeza para probarse la corona.

    El tándem Tureltaub-Bruckheimer-Cage vuelve a seguir el Manual del Alumno Disney que ya había aplicado en La leyenda del tesoro perdido, para rodear la anécdota del fragmento citado de una historia a la que la palabra nueva le cabe apenas: Un (post) adolescente perdedor, de involuntario (y al principio no deseado) destino mesiánico, dotado de poderes mágicos y acompañado por un maestro que lo guía lo reta y lo protege hasta que alcance su verdadero potencial. El film se sostiene por momentos gracias a algunos personajes secundarios y algunos gags que son efectivos pero que están alternados entre un montón de escenas ñoñas de romanticismo naive (el target son niños y preadolescentes) y un montos de diálogos y sentencias sentimentales y solemnes enmarcados en una historia previsible.

    Al principio hay una secuencia, a la manera de prólogo, que relata los sucesos previos para llegar al estado de situación actual, que se remontan a la lucha de Merlín y Morgana, a sus discípulos y rivales, y a las consecuencias de ese enfrentamiento a lo largo de los siglos. Contada a un ritmo apresurado y atolondrado, que quiere meter demasiada información en poco espacio, sugiere la pregunta de si no estaremos viendo el resumen de una película que no existe dentro de la secuela que vendría a ser El aprendiz… y que (lo intuimos al final) de haberse filmado podría haber sido más interesante que la que acabamos de ver. Imposible saberlo, porque de eso tenemos poco. Lo que sí tenemos es la aplicación de la pura formula donde se puede reconocer la marca Disney, así como se puede reconocer cada elemento, cada cliché y cada truco. Algo que para un mago es fatal…
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  • Chéri
    Chéri
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    Hay que casar al nene

    Stephen Frears es un observador agudo y un critico punzante de las costumbres, las concepciones, las instituciones y las hipocresías de la sociedad, y se ha servido con frecuencia de adaptaciones de grandes escritores (desde Hanif Kureishi a Choderlos de Laclos, pasando por Jim Thompson o Nick Hornby) para tales fines. Cheri es la adaptación de una novela de Colette, seudónimo obligatorio de Sidonie Gabrielle Colette, que escandalizó la Francia de principios del siglo XX con títulos sugestivos como “La ingenua libertina”, con su apuesta por la sensualidad y la libertad individual, y con la disección de las convenciones sociales de su época.

    Cheri (Ruper Friend) es el apodo de un joven mundano de la Belle Epoque que ya a sus 19 años visito bares y burdeles como para una vida y cuya madre, Madame Peloux (Kathy Bates) es una cortesana retirada. Ese apodo cariñosos se lo dió Lea (Michelle Pfeiffer), amiga de su madre y colega de profesión, que lo conoció de pequeño y lo trato como un sobrino. Claro que cuando el nene creció la tía postiza paso a interés amoroso y compañera de alcoba. A pesar de considerarse solo amantes, con el tiempo se enamoran de verdad, amor que, al tomarse ambos por cínicos y superados, no reconocen del todo. Esa relación es tolerada por Madame Peloux en tanto (ella lo ve así) se mantiene como algo superficial ya que tiene otros planes para su hijo. Es así como arregla para él un matrimonio conveniente para dejarlo en una posición social más relevante. Planteado el arreglo, el joven no se atreve a contradecir a su madre y Lea también considera que lo mejor es dar un paso al costado. Pero si efectivamente tomaran esa decisión y aceptaran el plan de la madre, sería, aunque no quieran reconocer que su amor es verdadero e inevitable, a costa de la felicidad de ambos.

    La triste realidad que este estado de situación revela es que nadie le escapa a la (doble) moral que impone la sociedad, ni siquiera aquellos que se mueven en sus márgenes y -se supone- deberían haber superado esas convenciones. Así, Madame Peloux, una ex-cortesana que solo se diferencia de una prostituta en el poder adquisitivo y el rango social de sus clientes a quienes prefiere llamar amantes, se guía por las mismas normas de una sociedad que la tolera pero no la considera un miembro respetable. Con el mandato de que hay que casar (y colocar) al nene responde a los mismos ideales de pertenencia, y al pretender acabar con la relación de su hijo con una cortesana igual que ella demuestra los mismos prejuicios. La cobardía de Cheri o la resignación de Lea, la aceptación de ambos, no van sino en el mismo sentido. La pregunta es ¿deberían ser distintos? De hecho los films de Frears son frecuentemente protagonizados por personajes en los bordes de la sociedad que declaran despreciar sus reglas (los libertinos de Relaciones Peligrosas, los estafadores de The Grifters) pero no por ello están menos condicionados.

    Hay precisamente alguna referencia a Relaciones Peligrosas en un gran plano de Michelle Pfeiffer que es cita concreta a un plano de Glenn Close y que transmite una muy similar frustración y amargura. No obstante hay un tono ligero, con mucha apelación al humor, acompañado por un relato en off (cuya voz es la del propio Frears, aunque no ese acreditado). Un tono que se lleva bien con la frivolidad de los personajes y que hace más contundentes los momentos más crudos, donde las relaciones dejan de ser un juego y la mascara protectora de la superficialidad se descascara.

    Sea en la Inglaterra de Thatcher o de Blair, en la Francia del siglo XVIII o de la Belle Epoque (todos momentos que el realizador visitó con sus películas), la condición humana no parece cambiar demasiado. Hipocresía, arribismo, codicia, crueldad, traición, impostura, están entre los temas favoritos de Frears. No se puede decir que le falte material.
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  • Karate Kid
    Karate Kid
    Subjetiva
    En busca del karate perdido

    El estreno simultaneo de las remakes de Karate Kid y Brigada A, que se dio tanto en las pantallas locales como en las del país de origen (en Estados Unidos ambas películas se estrenaron el pasado 11 de junio), transparenta una operación que ya lleva unos años lanzada: el rescate de los 80 en el cine, la TV, la música y la moda. Es fácilmente comprobable que lo que se rescata no necesariamente es lo mejor (más aun tratándose de una década prodiga en productos berretas que vistos hoy dan un poco de vergüenza) y en ambos casos ya eran los originales los que no estaban entre los exponentes más destacables, aunque tanto la serie como el viejo film hayan alcanzado un estatus de ícono que se explica mejor por una nostalgia que tiende a sobrevalorar lo que nos acompañó en nuestros años de formación.

    La remake de Karate Kid viene con algunos cambios con respecto a la película de 1984 que pueden provocar (y aparentemente ya han provocado) la irritación de los ex niños y ex adolescentes que sienten violada su memoria a pesar de constituir gran parte de su público potencial. Dejando de lado el purismo generacional, la verdad es que los cambios ni le agregan ni le sacan demasiado al original. Los más evidentes son la edad del protagonista, que ahora es un niño de 12 años en vez de un adolescente, el escenario que ahora se ubica en China (dando pie a innecesarias y demasiado evidentes tomas paisajísticas de rincones turísticos como la Ciudad Prohibida o la Gran Muralla) y, por fin, el trueque de Karate por Kung Fu que, más allá del absurdo de un titulo que menciona un arte marcial distinto del que se practica, no es importante para la historia, dado que a las necesidades de la misma podrían estar haciendo Taekwondo y sería lo mismo. Aunque el asunto sí es lo suficientemente grave en China como para que allá se rebautice como Kung Fu Kid. Allá estas cosas se toman muy en serio.

    De todos modos los elementos esenciales de la historia están allí: chico nuevo que tiene que adaptarse a un lugar que no es el suyo (asunto que en esta nueva versión está más que subrayado), que va a ser hostigado y acorralado, y que encontrará un protector, un maestro y un guía en la vida en la que se encontraba un poco perdido.

    Los recursos son los mismos cambiados superficialmente. Así, el ejercicio de encerar y pulir se reemplaza por sacarse la campera, colgarla, tirarla, recogerla, volvérsela a poner y vuelta a empezar, mientras que la Patada de la Grulla lo hace por un más aparatoso Control Mental de la Cobra (probable guiño a la pandilla de la Cobra, los malos del film original). Las debilidades argumentales, las obviedades y previsibilidades también son achacables a su predecesora que, siendo honestos, tampoco era gran cosa por más que uno la recuerde con cariño porque la vio cuando era chico y aún sienta un placer culpable al escuchar una balada mersa como Glory of Love (que en realidad es de la segunda parte pero a esta altura ya quedo identificada con la marca).

    Los nuevos protagonistas, Jaden Smith (el hijo de Will Smith, también uno de los productores) y Jackie Chan, sin brillar hacen un papel aceptable pero cometen el herético e imperdonable pecado de no ser Ralph Macchio y Pat Morita. Y es que estas remakes podrán ser un buen negocio pero en un punto son inevitablemente fallidas.

    Karate Kid versión 2010 en si misma y para quien no vio la original no pasa de ser un película del montón más o menos correcta más o menos intrascendente (y que, en tanto producto derivativo, no podrá acceder a ese destino de culto). Para el que vio la original en su momento de estreno, el nuevo film será insatisfactorio en la medida en que irá a pedirle que le haga sentir lo mismo que sintió entonces, algo tan imposible como ser un niño o un adolescente otra vez.
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  • Flame y Citrón
    Hay algo podrido en la resistencia

    Los tanques de Hollywood tienen aseguradas las principales salas del planeta. Distinto es el caso del cine industrial del resto del mundo. Aún cuando hayan sido éxitos en su país de origen, al cruzar la frontera irán a parar inevitablemente al circuito alternativo. Quien suscribe pudo ver a principios de año como El secreto de sus ojos, la película más taquillera del cine argentino reciente, una producción de indudable factura industrial y vocación popular, era exhibida en Río de Janeiro (no tan lejos, al fin y al cabo) en una pequeña sala de Cine Arte compartiendo cartel con La cinta blanca cuando aquí había llenado los multicines. ¿Qué queda entonces para el cine danés en Argentina por muy caro y masivo que haya sido en Dinamarca? Flame y Citrón es efectivamente la película más cara del cine danés (necesaria co-producción con Alemania) y un éxito rotundo en su país de origen que, con la misma historia y la misma realización, pero en ingles y con actores norteamericanos, hubiera recibido una distribución muy diferente.

    Ambientada durante la ocupación nazi del pequeño país, basada en hechos reales, con una minuciosa reconstrucción histórica y cierto aliento épico, todo puede hacer temer cierta pretenciosidad consustancial al qualité europeo. Y aunque algo de eso hay en cierta ampulosidad y cierta gravedad solemne, la película le escapa a ese destino y es afortunadamente bastante más que eso.

    Los protagonistas, Flame y Citrón, son dos miembros de base de la resistencia danesa contra la ocupación alemana, idealistas, arrebatados y temerarios. Sus misiones consisten en asesinar a colaboracionistas del enemigo, actividad en la que se sienten justificados por el conflicto pero en la que demuestran demasiado entusiasmo y poca reflexión. Personajes con pasta de héroe y destino de mito, pero que a lo largo del relato irán convirtiéndose a su pesar en héroes funcionales al servicio de intereses que desconocen.

    Más concentrados en apretar el gatillo que en pensar en lo que están haciendo, a quien le están tirando o a quién obedeciendo, Flame y Citrón empezarán a ser utilizados en misiones cada vez más dudosas, cuya carácter cuestionable ni a ellos se les escapa, pero a las que no pueden negarse. Cuando se dan cuenta de que los intereses de sus lideres están en otro lado antes que en la liberación y que han estado jugando como peones y que lo han sacrificado todo, ya están metidos en una trampa de la que la única salida parece estar en la huida hacia adelante y en la inmolación. Para entonces los protagonistas se darán cuenta de que ya no están seguros en ningún lado y que ya no saben en quien confiar, momentos en los que el relato ofrece un logrado clima de encierro y paranoia.

    El director Ole Christian Madsen fue muy criticado en su país por su retrato nada amable de la resistencia danesa. Y es que la resistencia europea anti-nazi siempre fue objeto de retratos románticos y son pocos los que se atrevieron a iluminarles las partes oscuras como recientemente hizo Paul Verhoeven en El libro negro. Pero es precisamente ese atrevimiento el que le da su mayor valor al film. Esa voluntad de introducir los matices, de admitir la duda, de desmitificar y meter el dedo donde duele, para sugerir que las causas justas no justifican cualquier cosa, que mancharse las manos de sangre no es ni simple ni gratis y que también los idealistas pueden pifiarla.
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  • Los senderos de la vida
    Dos niñas esperan

    Convengamos que la premisa es fácil de decir pero no tanto de representar, por lo menos no sin jugar al borde y, por ahí, pasarse al otro lado, el de la catarsis y el subrayado. Dos niñas, una en edad de escuela primaria y otra mas pequeña, son dejadas, casi abandonadas, por su madre en la casa de la ex-cuñada de esta y tía de las nenas debido a las dificultades económicas y el intento de la madre de viajar a reencontrarse con su ex-marido. La madre le promete a sus hijas volver pronto y desaparece mientras las niñas, sin otro remedio que esperar el regreso de la abandónica, quedan medio a la deriva, a cargo de una mujer no muy confiable, sin malas intenciones pero con escaso interés en el cuidado de sus sobrinas y con mas entusiasmo por tomarse algunos tragos, llegando incluso a olvidarse de que les tiene que dar de comer o a dejarlas suelas deambulando por el barrio sin ninguna supervisión.

    Con esa misma premisa se podría haber hecho un melodrama/folletín decimonónico o un culebrón telenovelesco. Eso salvo que uno tenga el talento y la sutileza de la directora So Yong Kim, que opta claramente por otro camino, el de hacer un retrato delicado sobre el mundo de la infancia desde la mirada extrañada de los niños a un mundo de los adultos cuyo comportamiento y motivaciones se les revelan ajenos, incomprensibles y arbitrarios. Un camino que comparte con Nadie sabe, de Hirozaku Kore-eda, otro film oriental de temática y tono muy similar.

    Los días van pasando sin que la madre de señales mientras las hermanas sufren el abandono pero tratan de mantener la esperanza y de creer. Así, van juntando con empeño monedas para lograr llenar una alcancía, momento casi mágico que, en las palabras de la madre, marcara la hora de su regreso. Paulatina y amargamente se irán dando cuenta que estas palabras, como las de otros adultos no tienen demasiado valor. La realizadora retrata la cotidianeidad de las pequeñas protagonistas de manera minuciosa y sin despegar la cámara de ellas pero a la vez sin invadirlas, dándoles espacio y logrando actuaciones notables de parte de ambas, sin estridencias, con naturalidad y bancándose el primer plano, oscilando entre la sorprendente madurez con que sobrellevan su situación y la ingenuidad infantil que sin embargo conservan.

    El país idealizado de la infancia también a veces puede ser áspero y hostil, como los paisajes despojados en que las niñas deben moverse solas y donde juntas trataran de mantener un poco de calidez entre tanta indiferencia. So Yong Kim las retrata con respeto y ternura, demostrando que sin acudir a golpes bajos se puede ser sensible y conmovedor.
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  • Legión de ángeles
    El ángel exterminador

    La propuesta inicial pinta interesante, alguna idea más o menos original y algunas que no lo son tanto pero que están bien sustraídas y dispuestas. Dios, harto una vez más de esta humanidad desobediente y descontrolada, da comienzo al largamente anunciado Apocalipsis, y con furia vengadora envía a sus legiones de ángeles, que ya nada tienen de protectores o de la guarda, a acabar de una vez por todas con la especie. Esos se servirán, además, de humanos poseídos, con poderes sobrenaturales e instintos asesinos. Pero uno de su ángeles principales, Michael (presumiblemente el Arcángel Miguel, jefe de los ejércitos celestiales) se apiada de la humanidad, que está falladita sí, pero tiene sus cosas buenas, y rechazando la obediencia debida decide cambiar de bando y proteger a un niño por nacer cuyo destino, si vive, será el de redimir a la humanidad, y cuya cuna, como corresponde a un buen mesías, está bien complicada, siendo hijo de una joven madre soltera con un trabajo miserable como camarera en una estación de servicio-bar perdida en medio del desierto. Los ángeles obedientes, cuyo líder es Gabriel (otro de los principales arcángeles), ansioso por obedecer y complacer al padre todopoderoso, trataran de frustrar el nacimiento y ese destino salvador, sitiando la estación de servicio donde la joven a punto de parir y un puñado de sobrevivientes deberán resistir.

    La parte no tan original toma algo prestado de Terminator (hasta la caída de Michael en la ciudad parece tomada del inicio del film de Cameron), algún elemento de western, algo de film de zombies, y un tono que parece sacado de algún comic sucio y violento de la línea Vertigo (Preacher, por ejemplo). Toda esa mezcolanza funciona bastante bien la primera parte del film. Cerca de la mitad, ya bien planteado el escenario, Michael le anuncia a los sobrevivientes asediados que a partir de ahí tendrán que aguantar hasta el inminente nacimiento del niño. Pero, claro, también hay que ver si la película es a su vez capaz de aguantar el interés. Y lo cierto es que… no llega. Ahí nomás todo se aplasta y llegan las sentencias pomposas de Michael sobre su fe en la humanidad, las confesiones de vocación conmovedora y los intentos forzados de redención de esos personajes que son todos un desastre en sus vidas pero que algo bueno en el fondo tienen.

    El rumbo, que venía bastante bien encaminado, se pierde al punto de que uno, por más buena voluntad que le ponga, ya no se puede tomarse el relato en serio. Aún cuando se acepte que un ángel, criatura de origen divino, tenga los métodos y los modales de Rambo o el ya mencionado Terminator y resuelva cualquier asunto sin apelar a otro poder que su habilidad con los fierros, es bastante absurdo y trivial que el enfrentamiento con el arcángel Gabriel se resuelva punta de metralleta como contra cualquier monstruo cualunque haciendo que cualquier pretensión épica se vaya al demonio. Acá jugábamos con fuerzas sobrenaturales y que el Apocalipsis se resuelva metiendo bala es un poco decepcionante. Así no hay mística que aguante…
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  • El escritor oculto
    El fantasma que sabía demasiado

    Como en todos los países en que se estrenó, El escritor oculto llega en medio de la controversia por la detención de Polanski, quien aún espera en arresto domiciliario en Suiza que se resuelva el pedido de extradición a Estados Unidos, país que no pisa desde 1978. Y es que más allá del acontecimiento cinematográfico en sí, uno no puede dejar de advertir aquí y allá momentos que parecen guiños, aunque uno sabe que la película ya estaba filmada cuando lo arrestaron (la postproducción, sí, la hizo detenido). El más evidente es la situación legal del personaje de Pierce Brosnan que, requerida su extradición en el Reino Unido, no puede salir de los Estados Unidos para no ser arrestado. Exactamente la situación inversa a la que Polanski vivió durante treinta años.

    Ahora, si uno deja por un rato el morbo también tiene que advertir que El escritor… es una gran película, de lo más interesante que ha dado Polanski en los últimos años. El protagonista, interpretado por Ewan McGregor, es un escritor fantasma (esos que escriben por encargo libros firmados por otros), tan fantasma que en todo el film jamás se menciona su nombre y en los créditos figura como “el fantasma”, contratado para dar forma a la autobiografía de Adam Lang, ex primer ministro británico interpretado por Pierce Brosnan. Las cosas se le complican al poco tiempo porque, a días nomás de su llegada a la residencia-bunker de Lang en una isla de la costa noreste de Estados Unidos, este es acusado de entregar civiles acusados de terrorismo a la CIA para ser torturados, con lo que el escritor se ve en una situación más que incomoda y peligrosa. Más aún cuando se entera de que su antecesor en el empleo fue encontrado muerto en circunstancias sospechosas. Investigando, va descubriendo que en el pasado de su empleador hay elementos todavía más oscuros que los de su escándalo reciente.

    Se trata de un thriller político muy efectivo, narrado con precisión y un manejo del suspenso que le debe bastante a Hitchcock. Una escena donde el protagonista se da cuenta en un ferry a punto de zarpar de que lo están siguiendo y que debe escapar a toda costa, no desentonaría en una película del gran Alfred. También remite al maestro la trama del hombre común en circunstancias extraordinarias, envuelto sin quererlo en algo que es más grande que él (Polanski ya había coqueteado con ese recurso y con el estilo a la Hitchcock en Búsqueda frenética). De hecho, el escritor se mete en el asunto ingenuamente, vanagloriándose de no saber nada de política, para encontrarse con un asunto que le quema las manos. Su reacción al principio es tratar de zafar pero, a medida que descubre información, entra a investigar a espaldas del acusado, en parte por la intriga pero en parte también por ambición. El film va mostrando su progresivo encierro, tanto el confinamiento en la casa del primer ministro (otro paralelo) como la encerrona de su situación en la que, a medida que va picando cada vez más alto, va cayendo cada vez más en una trampa. Va cayendo, además, en una posición moralmente cuestionable al darle palabras a un tipo tan seductor como siniestro, llegando al caso de redactar su comunicado de prensa como respuesta ante las acusaciones.

    Polanski sigue en su mejor forma, al menos cinematográficamente hablando. No se sabe aún como se resolverá su situación legal, pero para quienes lo admiran (lo admiramos) por su extraordinaria filmografía, el deseo explícito es el de que pueda seguir filmando con el talento que aquí sigue demostrando.
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  • Sangre y amor en París
    Hablar no sirve

    Oh-la-la Paris, sus calles vieron persecuciones y tiroteos protagonizados por celebres locales como Delon, Belmondo o los Repodridos y fueron visitadas por personajes ilustres como James Bond o, más acá, Jason Bourne, con fines igualmente explosivos. Ahora son el escenario de esta reciente buddy movie (la pareja despareja, recuerden) de acción. Jonathan Rhys Meyers con bigotito hace del asistente del embajador norteamericano en Paris, aspirante a agente secreto, con ansia de aventura pero sin entrenamiento y con la correcta pero aburrida costumbre de ajustarse a las reglas. Su primera misión real en campo tendrá que hacerla con un John Travolta pelado y con barba candado, cínico, violento, ególatra, escandaloso y con la incorrecta pero más rendidora tendencia a llevarse todo por delante, sea gente o sean las reglas que, ya se sabe, son un estorbo. Como es de esperarse, la relación empieza como el demonio y, como es de esperarse también, ambos se volverán socios y amigos, maestro y alumno, donde Travolta convertirá a su inexperto compañero a su mundo maleducado, prepotente y feliz.

    El insufrible personaje de Travolta (que se supone debería terminar cayéndonos simpático con el tiempo) se pasa de canchero mientras insulta y desprecia a todo el que se le cruza o dispara a mansalva sin que se le inmute la cara de banana con una facilidad que hace de cada enfrentamiento un tramite. Precisamente esa facilidad con que el personaje resuelve todo, peleando como de taquito, bajando muñecos que no le presentan ninguna dificultad, como si fueran los patitos de un tiro al blanco de feria, vuelve todo muy repetitivo y tedioso.

    La trama es irrelevante pero no le importa a nadie, empezando por los autores, porque está todo lo de rigor: tiros, piñas y explosiones a granel, persecuciones automovilísticas, drogas y terroristas (sexo no hay, pero todo no se puede). A quien no le moleste ver otra vez la misma película que ya vio cien veces (y muchas veces mejor) y le puede adivinar cada paso, tiene para entretenerse. En la misma línea tendrán también chistes burdos, desconfianza y desprecio por las mujeres y racismo. Todos los malos son chinos, árabes o pakistaníes y la religión musulmana lleva al fanatismo y al crimen. Quizás se trate de una incorrección estudiada pero quizás sea simplemente que los responsables del film piensan así.

    Pese al titulo local y también al original (“De Paris con amor”, obvia referencia a “De Rusia con amor” de la saga Bond) no hay mucho amor. Al contrario que en la canción, acá el amor no es más fuerte, por lo menos no más que un buen tiro, que se transforma en la decisión correcta, como lo demuestra el consejo del personaje de Travolta a un compañero demasiado blando: “hablar no va a funcionar, tenés que disparar”. El desarrollo posterior le va a dar la razón, una lección de vida…
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  • La pequeña Jerusalén
    Mujeres judías al borde de un ataque de angustia existencial

    Sarcelles es un barrio de las afueras de París al que se lo llama popularmente “La Pequeña Jerusalén” por ser uno de los lugares de mayor concentración de la colectividad judía. Algo así como una versión parisina y suburbana de Once o Villa Crespo. Si Daniel Burman filmara en Francia posiblemente ambientaría alguna de sus películas allí. Eso si Burman además perdiera totalmente el sentido del humor y su nivel de pretenciosidad alcanzara dimensiones titánicas.

    Las protagonistas son Laura y Mathilde, dos hermanas que viven en un departamento en el barrio del título junto a su familia. Laura tiene 18 años, estudia filosofía y es algo así como la rebelde de la familia, rechazando el orden religioso para abrazar el no menos estricto del imperativo categórico kantiano. Semejante alejamiento de la tradición que la familia acata estrictamente solo puede acarrearle reproches y chicanas a mansalva. Mathilde esta casada y tiene cuatro hijos pequeños, Tanto ella como su marido siguen los preceptos ortodoxos al pie de la letra. Completa el grupo familiar la madre de ambas, una señora de buenas intenciones pero tan metida e hinchapelotas que parece respetar a rajatabla no solo la tradición hebraica sino también el estereotipo de la madre judía. Amabas hermanas van a vivir un momento de crisis personal y angustia existencial. Laura, cuya vida ya dista de lo que construye en sus sueños de independencia, se enamora de un trabajador argelino de familia musulmana con lo que viene a sumar otro motivo a los sermones familiares. Por otro lado no la ayuda una personalidad rígida y reprimida que racionaliza e intelectualiza todo y no se permite ningún rasgo de espontaneidad. Su rebeldía además tiene las alitas muy cortas y así es como amaga todo el tiempo con irse de la casa pero no se puede decir que haga avanzar mucho ese proyecto. Mathilde descubre que su marido la engaña y cuando lo encara acepta muy obediente su explicación de que ella es la causante debido a su actitud reprimida ante la sexualidad que le impide cumplir sus deberes de esposa. Como termina asumiendo la culpa (cosa que nadie le discute), va a consultar con una guía de la sinagoga acerca de cual es la manera correcta de satisfacer las necesidades del marido sin ofender a Dios. Ambas parecen estar en lados opuestos del espectro pero el resultado es el mismo: la represión del deseo, el acallamiento de las pasiones, la frustración y la angustia.

    El tono del relato es de una gravedad que parece ser el imperativo -kantiano o no- para los temas importantes que se tratan. Así desfilan en solemne caravana los mandatos familiares, las pasiones amorosas, la represión sexual, el deseo de superación y realización, el racismo, y la tensión entre el deseo y la pasión versus la tradición y el deber. Semejante sumatoria contribuye a una pretensión que le dan al film el peso de un yunque y, peor aun, para la que no tiene resto. En eso se parece un poco a su protagonista, que amaga con despegar definitivamente para no ir demasiado lejos porque no se atreve o no puede.
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  • ¡Está vivo!
    ¡Está vivo!
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    Mi bebé

    Uno de los meritos de It’s Alive versión ’74, que aquí se conoció como El monstruo está vivo y fuera el primer largometraje del director de culto Larry Cohen, es haber logrado un film de terror creíble y efectivo con una premisa que contada puede parecer absurda (un bebé recién nacido con instintos asesinos y un poder brutal para darle rienda suelta a esos mismos instintos) y eludir el ridículo con inteligencia, saliendo muy bien parado del desafío, logrando primero que uno acepte que un bebé puede ser un monstruo asesino, luego que uno tenga miedo de ese bebé monstruo que se acerca a sus víctimas gateando y, por último, que uno se apiade de ese pobre monstruo acosado que solo actúa así por instinto y genética.

    Se ve que a la hora de planificar la remake, los responsables (donde se cuenta el propio Cohen como uno de los autores del guión) le tuvieron miedo al ridículo, quizás pensando que lo que podía ser aceptable en los ’70 no iba a salir tan bien librado en este milenio. Es por eso que hay unos cuantos cambios en la propuesta argumental de está versión ’08 (estrenada aquí con algo de atraso). Por lo menos tres merecen mencionarse. En principio lo más evidente es que ya no se trata de un bebé mutante y deforme (el original era un cabezón feo con garras y dientes de predador al que se mostraba siempre fugazmente y entre sombras) sino uno de apariencia normal y hasta adorable, que pasa desapercibido y del que nadie sospecha con excepción de su madre. Queda sin respuesta la pregunta de cómo hace para matar si no hay en su cuerpo (por lo menos no exteriormente) ningún arma que le permita cazar y desgarrar a sus víctimas como sugieren esos chorros de sangre que vuelan alegremente cada vez que una de ellas es atrapada y constituyen algunos de los (pocos) momentos disfrutables del film. (Solo en una toma se le ven unos dientes deformes pero que nadie antes advirtió).

    Otro cambio notable es el de punto de vista. El original estaba relatado desde la experiencia del padre, quien sabía (como todos) del carácter monstruoso de su hijo y tenía que lidiar con sus sentimientos de decepción, rechazo y odio para con la criatura a la que incluso quiere exterminar, para finalmente apiadarse de ella. Acá se cuenta la historia desde la perspectiva de la madre (ya que el padre ni se entera) quien se espanta por las características de nene pero lo encubre y trata de borrar las huellas de sus matanzas mientras va perdiendo progresivamente la cordura (en esto es similar a la original). Esto resulta en que no se puede hacer empatía con ninguno de los dos, cuando en la anterior no se podía si no sentir pena y simpatía por la desgraciada y acosada familia. Y, como ya se dijo, al final uno hasta le tenia lastima al monstruo, cosa que aquí tampoco sucede.

    Finalmente y no menos importante, hay un salto de la esfera pública a la esfera privada ya que, salvo la madre, nadie se entera y ni siquiera sospecha que el autor de los asesinatos podría ser el bebé. En el primer film esto era sabido por todo el mundo desde el principio, lo cual daba pie para la incorrección, con una cacería policial con la misión de matar un bebé, y hasta cierta denuncia, donde la prensa acosaba con rapiña a los padres mientas los médicos intentaban tapar las causas de la mutación. En la nueva versión la causa de la misma son unas misteriosas pastillas abortivas cuya legalidad nunca se aclara y, por ende, no hay nadie claro a quien culpar.

    Si uno perdiera de vista el referente Está vivo pasaría por un film de terror clase B, correcto, y algo anodino, que no está muy mal pero tampoco está muy bien. Comparando con su sucesora es indisimulable que en la búsqueda de sobriedad o sutileza se perdió contundencia, provocación, incorrección y originalidad.
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  • Caso 39
    Caso 39
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    Diablito de barrio

    Hay un efecto curioso en algunos films recientes con niños diabólicos como La Huérfana o la recién estrenada Caso 39, y es que parece colarse el mensaje de que ser solidario quizás no sea buena idea y que ayudar a un niño desamparado solo puede traer problemas. Se trata seguramente de un efecto no buscado que poco y nada tendrá que ver con los infortunios de la virtud o con una buñuelesca inutilidad de la caridad a la Viridiana, pero no deja de llamar la atención. De cualquier modo son varias las películas que últimamente han tocado el tema de los niños malignos, como la mencionada e interesante La Huérfana o las no tan interesantes Eden Lake y Susurros de Terror. Caso 39 comparte además con está última el hecho de optar por el lado sobrenatural del asunto.

    Emily (Renée Zellweger) es una asistente social especializada en niños en situación de riesgo que se topa con el caso de Lilith, una niña que se siente amenazada por sus padres, un tipo de amenaza que parece ir más allá de la ya de por sí preocupante pero más frecuente violencia domestica. Emily realmente se preocupa por la suerte que Lilith pueda correr y, desoyendo recomendaciones superiores, sigue el caso hasta rescatar a la niña (con un policía a punta de pistola) del intento de los padres de encerrar a la nena en el horno (encendido, claro). Con los tutores legales tras las rejas y lógicamente imposibilitados de ejercer la custodia, y con la niña con destino cantado en una institución, Emily que, como corresponde a cualquier servidor público retratado por Hollywood sea policía o asistente social, se toma el caso de manera personal y pide la custodia de Lilith hasta que aparezca una familia sustituta. Al poco tiempo se dará cuenta que la nena no es tan inocente y no solo es una manipuladora de temer, sino que la gente que toma algún contacto con ella enloquece o muere de maneras horribles. Averiguando un poco más nos damos cuenta que la dulce niña no solo no es tan dulce sino que tal vez ni siquiera sea una niña en el sentido estricto sino una suerte de entidad demoníaca caprichosa y vengativa.

    No era su rubro pero, si se hubiera interesado en temas esotéricos o antropológicos, ya Emily debería haber empezado por sospechar por el nombre de la niña porque, aunque no se lo mencione en ningún momento, es obvio que el nombre Lilith hace referencia a un celebre demonio de la mitología hebrea y mesopotámica. De hecho en algunas tradiciones se la menciona como la primera mujer de Adán (antes que Eva) de espíritu inquieto y por ende peligroso, mientras en otras se la sindica como la vampira originaria. Como sea, la Lilith que Emily se lleva ingenuamente a vivir a su casa empieza a manifestar sus intenciones cada vez más claramente y a manifestar sus poderes de manera también contundente, con lo que Emily se encuentra paradójicamente en la misma incomoda situación de los padres de la niña que acusaban la malignidad de la niña y solo conseguían victimizarla más y atraer las miradas de sospecha sobre sí mismos.

    Es cierto que la historia no es nada original y el desarrollo es bastante previsible. Y sin embargo como film de suspenso tiene cierta efectividad y las escenas de mayor tensión funcionan aunque más por cierta habilidad u oficio en la realización que por un guión lleno de agujeros y obviedades (el guionista es uno de los responsables de asesinar Kairo, la gran película de Kiyoshi Kurosawa, con una remake desastrosa que aquí se llamó Latidos). Igualmente, aunque por algunos momentos sea capaz de mantener cierto interés o provocar cierta inquietud, no va a ser un film que se destaque de entre los ya muchos que utilizan el mismo recurso argumental. Lo que quizás logre es que uno lo piense mejor antes de abrirle las puertas del hogar algún posible monstruo sanguinario disfrazado de pobre angelito en apuros.
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  • Fama
    Fama
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    Filosofía barata y artistas de plástico

    Fama, el film original de 1980, fue un éxito rotundo cuya estela produjo una también exitosa serie de televisión, una vendedora banda de sonido, y un musical que conoció varios reestrenos. Alan Parker, su director, es un especialista en films musicales. Ya venia de hacer Bugsy Malone y posteriormente realizaría Pink Floyd the Wall, The Commintments y Evita. Parker tuvo éxitos y fracasos, films logrados y otros que no, y nunca fue un favorito de la crítica. Se le han achacado muchas cosas, entre ellas su estética publicitaria (su origen, de hecho, era la publicidad), pero si hay algo que reconocerle es su capacidad para hacer creíbles situaciones y personajes aun dentro del más puro artificio, lograr que uno sienta cercanos a esos protagonistas y a que uno le importe lo que les pasa. Y también el merito de no haber tenido miedo (por lo menos en su primera etapa) a situaciones adultas y momentos duros, baste recordar la aspereza de algunos pasajes de Expreso de medianoche o ciertas imágenes escabrosas de The Wall. Y en aquel Fama versión ‘80, bastante de ello se apreciaba. Eso no sucede en absoluto en esta remake pasteurizada donde la impostura es indisimulable, la falsedad evidente y la chatura irremontable.

    Fama versión 09 retoma la estructura de su predecesora escalonando el relato de un grupo de estudiantes de una escuela de artes escénicas de Nueva York en audiciones, años de cursada y graduación, y recrea varias de sus escenas más recordadas como las audiciones de la primera parte que servían para presentar a los personajes o la famosa escena del baile en salón comedor. Los personajes son y no son los mismos, inspirados e identificables con aquellos, sus historias varían en gran parte, sus nombres son cambiados y sobre todo se los despoja de casi toda su densidad. Y esa es la constante de esta reversión. El film de Parker apostaba a mostrar entre los momentos de más brillo otros más oscuros como la violación de la hermana de uno de los estudiantes (que no se mostraba pero se anticipaba de un modo bastante ominoso) y verdaderos conflictos como la discriminación racial y de clase o como la represión y las dudas sobre su propia sexualidad. Aquí los conflictos no pasan de peleas con los padres que quieren direccionar la carrera artística de sus hijos, encuentros con inescrupulosos que se aprovechan de las ilusiones o problemas de timidez y dificultades para soltarse. El único personaje que tiene una historia más sórdida, como la muerte de su hermana menor en un tiroteo (años atrás), simplemente expone el tema en clase en una escena de muy poca intensidad.

    Se podría que se trata de una actualización, pero esta lo es solo en los términos de aggiornar la historia a la escena musical de hoy. Aggiornar en términos de lo que la industria musical quiere vender, o sea hip hop, RnB y pop plastificado de artistas prefabricados. El director Kevin Tanchaoren, también tiene una historia en los musicales, donde su currículum más notable se compone de realitys para MTV, conciertos de Britney Spears y programas sobre las Pussycat Dolls, así que imagínense por donde pasa la cosa.

    Si en este verdadero retroceso no queda más que superficialidad, no por eso se privan de sembrar todo el film con frases presuntamente trascendentes de los profesores, que parecen inspiradas en realitys como American Idol o suenan a manual de autoayuda, y que contienen la mayoría de los lugares comunes del aspirante a artista: no renunciar a los sueños, entregarse por entero, creer en uno mismo, y un largo etcétera, resultando en un hibrido a la manera de un musical de Disney con aspiraciones.
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  • Amante accidental
    La mano que roba la cuna

    Las Cougar están de moda. Y para quién no sepa que diablos es una Cougar (no lo culpo, yo tampoco lo sabía hasta hace muy poco) podemos aclararle que es un término del slang norteamericano para referirse a señoras mayores que gustan de salir con muchachos jóvenes, y cuyo equivalente masculino ha sido retratado desde hace tiempo con generosidad y también con bastante más aprobación, machismo mediante (en nuestras calles existe el termino roba-cunas que tiene la ventaja de ser unisex).

    Claro que no es algo que sucede desde ayer nomás, pero recientemente los medios empezaron a prestarle más atención al asunto y uno de los lugares donde se ha reflejado el fenómeno es en las sitcoms, donde cuarentonas o treintañeras de buen ver tienen sus escarceos amorosos con veinteañeros de buena voluntad. Se podrían mencionar Cougar Town con Courtney Cox o Accidentally on Purpose con Jenna Elfman. Aunque en esos casos ¿qué jovencito estaría mal predispuesto? Y lo mismo puede decirse de la protagonista del film que nos ocupa…

    Como Hollywood es sensible a las modas, hace su aporte ahora con este film donde Catherine Zeta-Jones es Sandy, un ama de casa que supone su vida perfecta pero que al descubrir que su marido es infiel se muda a la ciudad con sus dos hijos y, al dejarlos al cuidado de Aram, un jovencito medio colgado pero buena onda, que oficia de niñero (oficio poco respetable para los padres del mismo), será presa de una atracción que derivará en una relación amorosa con el jovenzuelo. Relación que debido a la diferencia de edad generará sus dudas en sus protagonistas y provocará una reacción no demasiado favorable en amigos y parientes.

    El título original, The Rebound, también viene del slang y hace referencia al período seguido a una ruptura después de una relación larga y está caracterizado por relaciones cortas, inestables y poco serias. Y para ese caso tanto Sandy como su partenaire vienen de rupturas traumáticas de relaciones supuestamente comprometidas aunque pretenden que su nueva relación sea algo más. Tanta pretensión de retrato social no se ve acompañada por un tratamiento más bien al vuelo, pero, en cualquier caso, a una comedia romántica uno no le pide sociología sino que lo haga reír. El problema es que en ese ítem el film tampoco es demasiado generoso ya que los escasos momentos realmente cómicos conviven con escenas emotivas/sensibleras y con un humor ATP bastante ñoño basado en hacerle decir o hacer a los niños cosas supuestamente insólitas o ingeniosas para que uno se divierta y enternezca al mismo tiempo (algunos debemos tener un corazón de hielo porque ese recurso no nos causa la menor gracia). Hay, eso si un poco de humor a costa de pobres y minorías. El hijo de Sandy anda diciendo alegremente a los desconocidos “somos pobres” para escándalo de su madre, o en plena mudanza recordar que el padre de un amiguito dice que “solo las minorías y los capitalistas viven en la ciudad”. Estos gags que se pretenden incorrectos son más bien producto de una mirada de conservadurismo miedoso y paleto que no da ni para reaccionario y cuyo mayor ejemplo es el horror que a la familia les causa un ciruja desdentado que como respuesta les exhibe sus vergüenzas y que provoca en la madre el resignado consejo “si vamos a vivir en la ciudad tendremos que enfrentar cosas como ésta”.

    Ese conservadurismo es el mismo que hace que, aunque al principio parezca que el film se ríe del american dream al mostrar un ama de casa perfecta que ve toda su fachada esfumársele, lo abraza luego o, mejor aún, lo recupera. El final es algo tan azucarado como para provocar una hiperglucemia o un coma diabético y cuyo colmo es una secuencia en montaje paralelo que muestra a la pareja en un periodo en que viven separados y que es una competencia de clichés sobre la el triunfo social y la realización personal (ella asciende de asistente a conductora de un programa de TV y él viaja por el mundo y adopta un niño birmano), en el que sería el momento más cómico de la película. Por el ridículo, claro…
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  • Número 9
    Número 9
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    A todo trapo

    No se trata de una película para niños. Y para darse cuenta no hace falta atender a la calificación SAM 13 (solo apto para mayores de 13 años). Queda claro al principio. No hay nada de infantil, pese a sus simpáticos protagonistas animados, en esos escenarios en ruinas, en esos cielos grises, crepúsculos en llamas y noches tenebrosas donde acechan bestias mecánicas. Y tampoco lo hay en un relato que parece simple pero que recoge multitud de elementos e influencias, y donde los encantadores pero indefensos protagonistas lidian constantemente con el miedo y la muerte. Mucha oscuridad para un infante pero muy disfrutable para niños grandes.

    En un futuro post-apocalíptico, un grupo de pequeñas criaturas, cuya apariencia es la de un muñeco de trapo pero con una maquinaria que los anima, viven ocultos entre los restos de una humanidad devastada y extinta, escondiéndose de monstruos mecánicos de apariencia animalesca que los cazan, viviendo en conflicto entre la necesidad de saber y el miedo que los paraliza. En ese contexto llega 9, el último en incorporarse al grupo, que viene a cuestionar al líder, 1, quien con mitra, báculo y actitud oscurantista mantiene su rebaño en la ignorancia y el temor al exterior, (según él por su propia seguridad, aunque no duda en dejar atrás a quien caiga en peligro). 9 desafía la autoridad de 1 y empuja a la pequeña comunidad de muñecos de trapo a salir a hacer frente a los monstruos y a averiguar quienes son ellos mismos y por qué están ahí. Ese camino no será sin peligros y tampoco sin bajas.

    9, el largometraje, está basado en un corto homónimo, también de animación digital, del mismo director (se lo puede ver en youtube y paginas similares). En este ya estaba presente el núcleo de la propuesta, pero al ampliarlo al formato largo se sumaron unos cuantos elementos e influencias. En principio uno puede advertir el toque Tim Burton (que es uno de los co-productores), en su estética oscura, en su reivindicación de los outsiders y su cariño por los freaks, e incluso en la música (hasta Danny Elfman compuso algunos temas). De hecho hay algunas escenas que parecen de una influencia clara, cuando no una cita directa: Al comienzo, con 9 descubriendo al despertar el cadáver de su creador y saliendo al mundo como en Edward Scissorhands, o en el funeral de uno de los protagonistas muy similar al del Pingüino en Batman Returns.

    Lo más rico e interesante será seguramente el particular universo que fue creado para ambientar la historia. Una tierra post-apocalíptica producto de una guerra que no tiene nada que ver con las habituales pesadillas nucleares y radioactivas de los films de los 70 y 80 ni con la actual guerra teledirigida, sino que recuerdan más bien a los más terrenales combates y bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, donde los principales responsables son un científico (curiosamente la voz que lo interpreta es al de Alan Oppenheimer cuyo apellido es igual al del padre de la bomba atómica) y un canciller que recuerda mucho al Adolf Hitler. Así es que se juega con una tecnología entre mecánica y eléctrica a la que se suman elementos de magia y religión cuya simbología remite directamente a la alquimia (“ciencia negra” dirá 1 con temerosa aprensión). Una operación de mezclar ciencia y ocultismo ya la había hecho el expresionismo alemán en films que tomaban el tema de la creación de vida artificial como Metrópolis o el serial Homunculus. Y ahí tenemos entonces el tópico de humanidad vs tecnología, donde las maquinas se rebelan contra la humanidad y la exterminan, pero donde a su vez los protagonistas son criaturas producto de la tecnología pero que tienen un alma y son los herederos del espíritu humano.

    Hay muchas ideas y el relato avanza con fuerza e interés al principio aunque al final se vuelve algo redundante. Aún así la imaginería visual y el universo creado para el film son tan personales y atractivos como para justificar la experiencia de verlo.
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  • Mongol
    Mongol
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    El joven Gengis Khan

    En Un tiro en la noche (The Man Who Shot Liberty Balance, John Ford), se pronuncia la celebre línea ”en el oeste, cuando los hechos se convierten en leyenda, se imprime la leyenda”. Parece que lo que ocurre en el oeste también es aplicable a Mongolia, y por más que los realizadores de Mongol hayan explicitado que su intensión era la de desmitificar la versión corriente de un Gengis Khan cruel y sanguinario, que en el imaginario popular lo emparenta con personajes como Atila el Huno (para los que tenemos cierta edad Gengis Khan también era un luchador de Titanes en el Ring, y era malísimo), lo cierto es que aquí la operación más que de desmitificar es la de construir un mito opuesto: el de un Gengis Khan sabio, justo y valiente que ya de niño estaba predestinado a una grandeza que las dificultades y derrotas que sufrió en la juventud no hicieron más que retardar o, mejor aún, preparar. Y no está mal, porque en todo caso es una opción tan valida como la de ajustarse a un realismo histórico igualmente sospechoso y cuando para el espectador esta claro desde el vamos que lo que se va a contar es eso: la leyenda del joven Gengis Khan.

    Mongol vendría ser entonces como una precuela o un episodio uno del que luego sería el personaje más conocido. Así como el niño y luego joven Anakin se convertirá en Darth Vader en la saga de La guerra de las galaxias, el niño y luego joven Temudjin se convertirá el Gengis Khan guerrero y conquistador. Un personaje que para cumplir su destino recorrerá un camino plagado de dificultades y pruebas, que nacerá como el hijo del jefe de una de las tantos pueblos nómades de Mongolia, que siendo aún un niño elegirá a la que será la mujer de su vida (y a la que lo unirá un lazo indestructible e incondicional), que sufrirá el asesinato de su padre, la persecución y la esclavitud, que se sobrepondrá, luchará, ganará amigos y combatirá a sus enemigos, para finalmente unificar a las tribus y (ya no en esta película, pero esa es la historia conocida) construir un imperio que conquistó la mitad del mundo entonces conocido.

    Hay varios elementos que hacen al carácter mítico del relato y lo alejan del naturalismo. Los más evidentes son aquellos que pueden tranquilamente considerarse sobrenaturales: un monje que al ver a un Temudjin derrotado y prisionero puede ver no obstante su destino de conquistador, o los elementos de la naturaleza que, como los truenos que según la tradición mongola expresan la ira de los dioses, se manifiestan en escenas clave. El más claro ejemplo esta en los momentos de orden sagrado en que Temudjin, en las circunstancias de mayor desamparo e incertidumbre, ira a implorar la ayuda del Señor del Cielo y entonces un lobo (o quizás otra entidad con esa apariencia) aparecerá para acecharlo, observarlo en silencio y dar cuenta de que sus plegarias son escuchadas desde el otro lado.

    Se trata de una épica y la puesta responde a esa tónica: grandes batallas filmadas con brío y emoción, la presencia imponente del paisaje de la estepa mogola y un protagonista cuyas cualidades exceden a lo humano. La narración es bien clásica y si bien es previsible funciona si uno entra en ese código y acepta la solemnidad y cierta grandilocuencia en diálogos y situaciones como consustanciales a esa épica. Si uno es capaz de hacer esa operación, esta gran producción de países poco habituales para este tipo de films, como Rusia, Mongolia o Kazajstán, se vuelve un producto entretenido y una experiencia interesante al ver una épica diferente a la hollywoodense pero no por ello menos afecta al mito. Ya se sabe, la leyenda imprime tan bien…
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  • Alicia en el país de las maravillas
    Rebelión en el país de las maravillas

    Cuando se anunció el proyecto de Alicia en el país de las maravillas dirigido por Tim Burton, muchos entraron en éxtasis. Era la unión perfecta, el matrimonio feliz, nacidos el uno para el otro. ¿Quien mejor que Burton para trasladar a la pantalla el alucinante universo de Carroll? Y es cierto que Burton es de lo más adecuado porque efectivamente los universos de ambos son muy parecidos, con el desborde de imaginación, la reivindicación de los freaks, el mundo de lo fantástico por encima del mundo real o el aspecto falsamente infantil que a la vez va de la mano de lo macabro.

    Claro, las expectativas se dispararon y se puede decir que Burton no las cumplió, pero básicamente porque no tenía ninguna intención de cumplirlas. Cabría recordarles a los quejosos que ya Burton había anunciado que no le interesaba mostrar una serie de eventos donde Alicia se paseaba de un personaje a otro sino que lo que quería era contar una historia.

    Y lo que surge después de ver Alicia versión Burton es que ciertamente no se trata de una adaptación del libro de Carroll sino más bien una suerte de secuela no oficial (¿un fan fic?) donde se toma un universo (que es parecido al propio, pero no el mismo), un escenario y una serie de personajes de ambos libros. “Alicia en el país de las maravillas” y Alicia a través del espejo” (personajes como la reina Blanca, el Jabberwocky, las Flores Parlantes o Tweedledee y Tweedledum pertenecen en verdad al segundo libro) y donde también hay condensaciones de los mismos (el personaje de Helena Bonham Carter es una mezcla de la Reina de Ccorazones del primer libro con la Reina Roja del segundo). De hecho, aunque este habitado por los mismos personajes Wonderland pasó a llamarse Underland y el mismo carácter de Alicia esta cuestionado.

    La pregunta de si se trata o no de la verdadera Alicia se traslada a la trama y es formulada por personajes que desconfían de si la joven de 18 años y en edad de merecer (y huir de un casamiento arreglado) es la misma niña que conocieron.

    Tal como Burton había adelantado, el relato ya no es, como en los libros, episódico sino una historia que es de fantasía pero también de aventuras donde Alicia pasa a transitar (a su pesar) el Camino del Héroe. En un Underland oprimido por al tiranía de la Reina roja, Alicia toma un carácter que es prácticamente mesiánico, debiendo asumir un rol predeterminado como aquella que va a liberar a esa tierra de la opresión enfrentando con espada y armadura, como Juana de Arco, al monstruo Jabberwocky.

    A pesar de ese relato más clásico, que pareciera acercarlo al de películas como Narnia, no se puede decir que Burton haya traicionado a Carroll. Y aunque no sea fiel al texto, es fiel a su universo, a su estética (las ilustraciones de John Tenniel que acompañaban las primeras ediciones de los libros ciertamente fueron tenidas en cuenta), y a bastante de su espíritu, no solo por el despliegue de elementos fantásticos sino también por la apelación al absurdo y su carácter lúdico y hasta caprichoso, que aquí los personajes del Sombrerero y de la Reina Roja representan muy bien. Y en todo caso, donde mejor se aprecia ese espíritu es en el cuestionamiento y la subversión de la rigidez, la formalidad y las convenciones del mundo real que aquí están representadas por la estirada high class decimonónica británica, donde lo que queda es la fantasía como refugio y recurso.

    Quizás el final sí, es algo ñoño, pero eso no resiente un film que no esta entre sus mejores pero sigue siendo una experiencia feliz, y que como casi todos los de Burton, es un derroche de imaginación y de humor y un despliegue visual alucinante. No tiene mucho sentido preguntarse que hubiera pensado Carroll de la (re)versión Burton de su obra, si se hubiese sentido satisfecho o traicionado, porque en todo caso, si a alguien sigue siendo fiel Burton, es a sí mismo.
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  • Tierra de zombies
    Nos devoran los de afuera

    Cuantas alegrías nos han dado los zombies en los últimos años. Desde el regreso triunfal del maestro Romero a sus monstruos originales (Tierra de los muertos, El diario de los muertos) a los pases de comedia negra (Shaun of the Dead), pasando por las reformulaciones infecto-contagiosas (Exterminio, ([REC]), y en el medio el debate a vida o muerte (o a muerte sola, nomás) entre zombies rápidos vs zombies lentos. Alegrías que tienen un valor adicional en un género como el terror que, por lo menos en Hollywood, viene alicaído y previsible, embotado como muerto vivo, dedicado al copy-paste de éxitos pasados y sucesos extranjeros (mayormente orientales) o a la explotación miserable de las pulsiones sádicas. En un contexto así, los zombies se cargaron el género al hombro y le brindaron muchos sus mejores momentos. La última de esas alegrías se llama Tierra de zombies, y no es mezquina en aquellos elementos que uno disfruta en una película de muertos caníbales: el humor negro, el gore y el despliegue descerebrado y alegre de violencia brutal.

    En un mundo arrasado por la plaga zombie y con una humanidad en vías de extinción, cuatro sobrevivientes se encontrarán y deberán seguir juntos para poder subsistir. Un muchacho tímido y asustadizo, un redneck de carácter duro pero de corazón blando y un par de hermanas (una joven y una niña) que sobrevivieron siempre –y también ahora- gracias a su habilidad para embaucar ingenuos. A pesar de la desconfianza inicial que hace que ni siquiera se revelen sus nombres y se llamen por su lugar de origen (Columbus, Tallahassee, Wichita y Little Rock), se cuidaran las espaldas a sabiendas de que si entre ellos se pelean los devoran los de afuera. Y aunque igual se pelean bastante, entre ellos ira surgiendo un vínculo afectivo genuino. Porque de lo que se trata aquí, en ese trasfondo de horror y supervivencia, es de la constitución de una familia. Una familia sustituta, posiblemente disfuncional pero adecuada a tiempos disfuncionales, cuyos miembros en circunstancias normales hubieran sido incapaces de formar una.

    Lo que Tierra de zombies viene a ofrecer no es algo nuevo, pero lo cuenta de manera muy entretenida y manejando hábilmente los ingredientes que mezcla: la trama de terror, el tono de comedia y los elementos de road movie y hasta de western, mientras la química entre los personajes opuestos de Tallahasee y Columbus (Woody Harrelson y Jesse Eisemberg) le da su toque de buddy movie. En esa mixtura juega un gran papel el soundtrack de country y rock, que incluye temas que van desde Willie Nelson a Metallica (en una apertura que es la épica del splatter), junto a las citas cinéfilas igualmente eclécticas para ir desde Deliverance a Los cazafantasmas.

    Hay una diferencia entre ser ingenioso y querer pasarse de piola. En Tierra de zombies hay ideas ingeniosas que están integradas al relato, como las reglas de supervivencia elaboradas y formuladas por Columbus, que cobran presencia física y van jalonando la historia. O también los divertidos flashbacks que no se limitan al pasado de los protagonistas y pueden incluir experiencias, explicaciones y ejemplos de víctimas y sobrevivientes anónimos.

    El director, Ruben Fleischer, declara la influencia de Shaun of the Dead y ha citado a El Hombre lobo americano como ejemplo de una buena combinación entre terror y comedia. Esas influencias se notan, al igual que la de El regreso de los muertos vivos, la saga con la que Dan O’Bannon integró a las criaturas de Romero al reino del humor. Hay precisamente un tono de desparpajo, de liviandad en medio del desastre, de catarsis y buenos momentos, que le dan a Tierra de zombies su carácter de película feliz.
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  • Medusas
    Medusas
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    A la deriva

    Al ser interrogado sobre el título de la película, el co-director Etgar Keret respondió que este estaba inspirado en el hecho de que las medusas van a la deriva por el mar sin control de su dirección. Con esto estaría haciendo referencia al estado de las protagonistas del film: moviéndose erráticamente por la vida, sin conciencia de adonde se dirigen y sin control de su propio destino.

    El film se estructura a través de un relato coral, aunque limitado a tres protagonistas, tres mujeres que no se conocen y apenas se cruzan un par de veces, pero que tienen en común la incapacidad de dirigir sus vidas y de relacionarse con los otros. Batia es una joven hija de padres separados con los cuales no tiene una relación muy fluida y con un trabajo desagradable que no tarda en perder. Joy es una inmigrante filipina que trabaja de mucama en Tel Aviv (empleo que parece ser frecuente entre los residentes de su origen) que dejó en su país natal un hijo pequeño con el que solo se comunica por teléfono y que se ve en dificultades con sus clientes por no saber hablar el hebreo.

    Keren es una joven recién casada que por un accidente estúpido se rompe la pierna en la fiesta de casamiento, con lo que debe olvidarse de los planes de luna de miel en el Caribe, la cual tendrá que pasar con su pareja en un hotel de la ciudad mientras la relación de ambos se va enfriando. Con ese elenco de disfuncionales, es claro que los temas que aborda el film son la alienación, el control del propio destino y la falta de expectativas, con la incomunicación como asunto principal. Asunto que se subraya con las dificultades concretas para comunicarse que sufren algunos personajes, como la imposibilidad de Joy de hablar y comprender el idioma o las dificultades de Batia para hacerlo con una niña muda y posiblemente autista que encuentra abandonada en la playa. Pero también las dificultades de Batia de relacionarse con sus padres o de Keren con su marido. En su derrotero cada una de las protagonistas se encontrará con un personaje que sin quererlo asumirá la función de disparador para hacerlas avanzar, para sacarlas de la deriva embotada en la que se encuentran. La niña extraviada en el caso de Batia, una clienta mayor que tiene una relación tirante con su hija actriz en el caso de Joy, y una poeta que se hospeda en el mismo hotel que la pareja en el caso de Keren.

    El universo planteado se asemeja bastante al de cierto indie norteamericano, sobre todo en sus personajes abúlicos, fracasados, con un vacío interior y que no encajan socialmente. De cualquier manera no se da demasiada cuenta, salvo en el caso de la filipina cuyos problemas son más concretos, del por qué de estás características. Los personajes simplemente son así. Con muchos de los tics y lugares comunes de ese cine que lo inspira, Medusas es un film sobrio y correcto, pero al que se le nota la pretensión de navegar más profundo de lo que realmente se sumerge.
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  • Final de partida
    El funebrero alegre

    En los últimos años se estrenó cine oriental en nuestras salas como nunca antes. Películas japonesas, chinas, coreanas y hasta tailandesas y mongolas. Mucho del mejor cine que vimos y de los directores que conocimos últimamente tienen este origen. Se podría pensar que Final de partida responde a esa tendencia. Pero no, por más japoneses que sean sus responsables, su propuesta está más cercana al más chapucero cine de qualité europeo, aunque explote algunos cuantos elementos exóticos de la cultura japonesa pensados para un espectador con ojos de turista.

    El protagonista, Daigo, es un chelista que, al poco de disolverse la orquesta en la que trabaja, decide (bastante rápidamente) abandonar la música, mudarse con su esposa a su pueblo natal y buscarse otro empleo. Por una confusión bastante básica termina tomando un empleo como ayudante de un especialista en preparar cadáveres, actividad que se lleva a cabo ante los dolientes mediante ritos tradicionales muy específicos y previamente a su introducción en el ataúd. Al principio toma el empleo de mala gana y no da pie con bola en el oficio, pero al tiempo empieza a tomarle el gustito, a valorar sus alegrías y gratificaciones, hasta descubrir, conduciendo él mismo el rito en unas cuantas ocasiones, que, quizás más que en la música, por ahí pasaba su verdadera vocación. A este punto, en el que se siente casi realizado, tendrá que hacer frente a los prejuicios que una actividad semejante provoca entre sus personas cercanas, su esposa incluida.

    En la primera parte el relato se mueve dentro de un registro de comedia de enredos que juega con las confusiones y las dificultades del protagonista en su nuevo empleo, apelando a situaciones incomodas, chistes bobos y caras también bobas, que hacen oscilar a este entre el depresivo torpe y el boludo alegre. Para la segunda parte el film va perdiendo el humor (que no era muy gracioso, así que no se extraña) para adquirir cada vez más gravedad, culminando en una solemnidad de pompa fúnebre, con una notoria postura de profundidad y la pretensión de estar diciendo cosas importantes. Propósito que se corona con altisonantes frases de poster del tipo “la muerte no es el fin” o “debemos vivir el presente”, y con momentos que van de lo pomposo a lo grasa. El ejemplo más acabado es la escena en que se muestra una sucesión de ceremonias realizadas por el protagonistas (donde se muestra a los deudos pasándola bomba como si se tratara de un casamiento) alternadas con imágenes de este tocando el chelo en medio del campo como si fuera un videoclip de Vanessa Mae o Kenny G. En fin, el famoso “canto a la vida” que parece obligatorio en el qualité y tanto mal le ha hecho al cine.

    Siendo así de pobre y trillada su propuesta, la carta de presentación más fuerte que el film presenta es nada menos que la de haber ganado el Oscar a la mejor película extranjera en la última edición. Haciéndola valer en su doble sentido, podríamos formular la pregunta ¿y a quién le ganó? Bueno, entre otros le ganó a Vals con Bashir de Ari Folman y a Entre los muros , de Laurent Cantet. Con este dato el film adquiere un valor nuevo, el de ejemplo lapidario de cómo los miembros de la Academia han perdido completamente el criterio.
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  • Halloween 2
    Halloween 2
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    El enmascarado no se rinde

    Cuentan las reseñas que Rob Zombie no quería filmar esta secuela. La muy interesante remake del clásico de John Carpenter que Zombie dirigió en 2007 dio buenas cifras, así que el estudio estaba dispuesto a continuar la serie de todos modos, y parece que Zombie aceptó escribirla y dirigirla “para que nadie le arruine su visión”. Parece un poco ingenuo por parte de Rob suponer que a los estudios de Hollywood les importe preservar la visión de nadie. En cualquier caso a Carpenter no pareció importarle en su momento dejar su creación a merced de manos no muy idóneas que convirtieron a la serie, gracias las secuelas cada vez más decadentes, en un chiste malo, hasta que Zombie vino a dignificar un poco el asunto. Y si uno se pusiera pragmático podría decir que es preferible que la arruine otro y no uno mismo. Pero esto también sería injusto, porque esta Halloween II es una remake bastante digna y efectiva, aunque está unos cuantos escalones por debajo de su predecesora y de los otros dos films del propio Zombie.

    Técnicamente se trata de una secuela de la remake pero una remake a medias de la secuela. Es decir, existe una Halloween II, estrenada en 1981, de la que Carpenter co-escribió el guión pero dejó la dirección en otras manos. Al igual que aquella, esta Halloween II arranca en el exacto momento en que concluyó su predecesora y continúa esa noche ambientada en el hospital donde internan a Laurie, la hermana del asesino Michael Myers y su principal objetivo. Pero a la media hora, el film da un vuelco, pega un salto temporal y continúa el relato por su propio camino. Y el camino que Zombie elige es el de seguir la evolución de sus personajes principales, o más bien su caída: Laurie quedó completamente traumada después de los episodios que le tocaron vivir en la primera parte, victima de pesadillas recurrentes, alterada, medicada, con una psicoterapia que no da mucho resultado y una actitud resentida e irascible. El Doctor Loomis se ha convertido, ahora sí, en un mercachifle carroñero, inescrupuloso, vanidoso y dispuesto a cualquier canallada con tal de auto-promocionarse. Y mientras los otros protagónicos van cayendo, conscientemente o no, en su espiral decadente, Michael Myers permanece inmutable, nada en el ha cambiado, ni la pulsión asesina ni la obsesión por encontrar a su hermana. En esto parece recobrar el carácter casi sobrenatural que parecía detentar previamente en la serie. Pero Zombie, trata de ser coherente con su visión. Y si en el film previo se ocupó de mostrar la historia y las motivaciones de Myers, en este film se trata de ver que pasa por su mente, un vistazo al mundo interior del asesino. Lo cual da la oportunidad para escenas oníricas y alucinatorias donde Zombie puede desplegar su particular universo visual. En este escenario la madre de Michel y su propia imagen de niño lo van guiando para lo que se propone como una reunión familiar definitiva.

    Rob Zombie sigue fiel a su estética y aquí también se encontrarán sus habituales referencias a la cultura pop, las citas cinéfilas, el soundtrack rockero y el retrato del mundo White Trash. Además, sigue demostrando que tiene una visión personal y un dominio del relato cinematográfico que lo sitúan entre los mejores del cine terror actual. Pero si en su film anterior el guión era sólido, riguroso y no daba lugar a cabos sueltos, acá el relato aparece más errático, dando lugar a arbitrariedades y alguna que otra trampa (como cierto sueño engañoso que se diferencia totalmente de los que aparecen después). Se podría decir que a los Slashers jamás le importó mucho la rigurosidad o la coherencia, pero Zombie ya marcó previamente la cancha y por eso cuando hay agujeros se notan. En cualquier caso, con la tercera parte en marcha y no siendo ya de la partida, Rob habrá aprendido lo mismo que el maestro Carpenter en su momento: que ciertas cosas sencillamente no pueden evitarse ni vale la pena hacerse mala sangre por ello. Porque la industria es un asesino en serie tan despiadado e inmutable como el temible Michael Myers.
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  • Eden Lake
    Eden Lake
    Subjetiva
    Juventud sin barreras

    Es cierto, hay una larga tradición en el cine de terror sobre niños sádicos y asesinos. Una larga fila de pequeños diabólicos cuya escasa edad no los hace menos peligrosos. Pero ni clásicos como El pueblo de los malditos o Quién puede matar a un niño, ni estrenos recientes como La huérfana pretendieron estar tratando con un problema social ni vendernos ningún debate. A poco de comenzada Eden Lake, vemos a los protagonistas escuchando por la radio del auto una discusión acerca de que hacer con los jóvenes sin control, si multar a los padres, si intervenir en las escuelas, etcétera, sin que se vislumbre una salida. Momento que sirve tanto de prologo para lo que la pareja protagónica va a vivir como de introducción al tema que se quiere discutir. No es que no se puedan hacer operaciones de este tipo desde el cine de género, pero para hacerlo hay que tener con qué. Y hay que tomárselo en serio hasta el final en vez de abandonarse al poco rato a la más pura explotación.

    Jenny y Steve son una pareja de clase media acomodada que, en vez de irse de vacaciones a Paris como quería ella, viajan con la intención de pasar unos días a una cantera en desuso que, al inundarse, produjo un lago frente a un bosque y se constituye en un paisaje encantador. A poco de llegar se topan con una bandita de adolescentes locales, maleducados y provocadores, que al ser contrariados se convierten en una turba de lo más enardecida y salvaje que sale a la cacería de la pareja. Así es como lo que prometía para unas relajantes vacaciones rurales se convierte en una huida desesperada.

    Se advierte la influencia de films como Deliverance y The Last House on the Left, y puede decirse a favor de la película que no es exactamente un Torture-Porn como los productos de las series Hostel ll y El juego del miedo VI, aunque participe de la tendencia al sadismo tan de moda y los fans de esa corriente encuentren un par de escenas que satisfagan su gusto por la carnicería y el sufrimiento ajeno. El director debutante en el largo, James Watkins, maneja el relato de una manera mucho más hábil que la mayoría de los que están haciendo films similares, logrando una tensión en crescendo y momentos de verdadera angustia. Y por lo menos se pone del lado de la victima en vez del victimario, algo que puede parecer una pavada pero considerando la tendencia mencionada no es la moneda corriente.

    El problema con el film es su pretensión de realismo. O más bien su pretensión de ser algo más, de estar diciendo algo importante acerca del estado de las cosas, de estar haciendo un llamado de atención. Y si el problema de los jóvenes violentos se verbaliza explícitamente al comienzo, con el transcurrir del film ya no se vuelve a ese nivel de discusión. No hace falta, lo que se muestra es lo suficientemente elocuente. Después de ver lo que son capaces de hacer estos niños de un salvajismo digno de los de El Señor de las moscas pero que no necesitaron naufragar para olvidarse de la civilización, después de ver a sus padres que compiten con ellos en bestialidad y que por supuesto los apañan, lo más esperable es que el espectador salga pidiendo sangre, bajar la edad de imputabilidad a los cinco años, fusilar a los pibes, y que sus padres sean mandados a un campo de concentración. Y quizás también esterilizar a ciertos sectores de la población, habida cuenta del retrato clasista, que aquí podríamos llamar “gorila”, de las clases medias bajas inglesas que producen estos monstruos sociales. Que tan intencional o no es todo eso, es discutible, pero la posición del film termina siendo, quiérase o no, claramente reaccionaria.

    Como film de terror y suspenso podrá tener cierta efectividad, pero sus intenciones “sociológicas” lo disparan hacia otro lugar. En esa arena solo le sirve a los ideólogos de la mano dura para escenificar sus temores y justificar sus medidas. A eso se reduce su contribución al debate.
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  • Actividad paranormal
    No hagan esto en su casa

    Es imposible al abordar este film no hacer referencia a The Blair Witch Project, con el que lo une no solo el recurso narrativo sino también las condiciones de producción y explotación. El debut de Oren Peli costo la irrisoria cifra de 15 mil dólares, lo que para los estándares de Hollywood -y hasta del cine indie americano- equivale al vuelto del supermercado (e incluso es menos que los 22 mil que costó Blair Witch…), mientras que recaudó 9 millones solo en la primera semana y más de 100 hasta ahora (y la cuenta de billetes continúa). Suficiente como para quitarle a su predecesora el puesto en el Libro Guiness como la película más redituable de la historia gracias a la ridículamente enorme distancia entre costo y beneficio. Uno de los principales responsables de esta carrera meteórica es Steven Spielberg, quien promocionó el film, se lo recomendó a la Paramount, y le dio manija allí donde pudo. Nada mal para un debutante sin experiencia en el medio ni educación cinematográfica formal.

    Lo que también sucede en estos casos es que los factores extra-cinematográficos entran en primer plano y la película pasa a ser evaluada más como fenómeno que como película. Las condiciones citadas sirven como estrategia de marketing pero también condicionan la visión y la valoración. Y lo que se puede decir en primer lugar después de ver de Actividad paranormal es que como film en sí no está mal pero difícilmente hubiese despertado tanta atención solo por sus cualidades cinematográficas. Al igual que Blair Witch… está contado como si se tratase de un found footage, una filmación casera y amateur realizada por sus propios protagonistas/víctimas quienes van documentando lo que les sucede sin supuestamente saber hacia donde eso los dirige. Un recurso que recientemente fue bastante transitado, baste señalar que en los últimos dos años solamente se estrenaron en las salas locales [REC] y [REC] 2 , su remake americana Quarantine, Cloverfield-Monstruo y El diario de los muertos. Los protagonistas son Katie y Micah, una pareja joven quienes son testigos de varios fenómenos inexplicables en su casa: ruidos, sombras, en fin, la sensación de una presencia ominosa. Katie ya de chica había experimentado el acoso de una entidad poco amigable y para ella no es ningún chiste. Micah, para quien esto es nuevo, se toma el asunto muy poco en serio, viendo una oportunidad de investigar el fenómeno de una manera casi lúdica, monitoreando la casa con una cámara y micrófonos. La pareja va viendo que el asunto es serio, que la entidad es muy poco amigable, y que sus manifestaciones son cada vez más agresivas gracias a la actitud irresponsable de Micah. Este, pese a las advertencias de Katie, dobla la apuesta provocando a la entidad, cometiendo todos los errores posibles y haciendo todo lo que no debe hacerse, al punto de que uno no puede dejar de pensar que cualquier cosa que le pase se la tiene bien ganada.

    El relato va siguiendo la investigación cronológicamente, numerando los días y en algunos casos consignado las horas. El problema con la película es que es narrativamente morosa y repetitiva, cayendo en cierta circularidad de fenómeno registrado, verificación y miedo de los protagonistas y vuelta a fenómeno registrado (eso sí de intensidad creciente), y amenaza con avanzar hacia algún lado para repetir el recurso otra vez. Los secundarios de un psíquico y una amiga parece que van a aportar algo y después hacen mutis sin mucho que agregar. En todo caso, lo que sí puede decirse es que el film logra asustar por momentos y lo hace con pocos recursos sutilmente administrados. Las mejores escenas consisten en una cámara fija registrando lo que pasa mientras la pareja duerme, su momento de mayor indefensión y cuando la entidad se manifiesta más abiertamente. Allí Peli muestra poco pero sugiere mucho logrando generar una verdadera inquietud.

    Quizás lo mejor que un espectador puede hacer con Actividad paranormal es olvidarse de tanta exposición mediática y de cualquier anuncio trasnochado de revolución en el género y tomarlo simplemente como lo que es: un film pequeño sin más pretensión que entretener y dar un poco de miedo. Posiblemente así pueda disfrutarlo mejor y también pegarse algún susto.
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  • Igor El bueno de la película
    El jorobadito

    La premisa es atractiva y esta bien planteada en el comienzo: Un jorobado, de esos que trabajan en un castillo al servicio de un científico loco, tiene aspiraciones de pasar a ser él mismo un científico malvado, inventor de monstruos aterradores y maquinas diabólicas… Y además tiene el talento que su jefe no tiene. No obstante sus conocimientos e inventiva, dos circunstancias le juegan en contra: Por un lado, la rígida estratificación de la aldea donde transcurre la historia, dependiente de las invenciones de los científicos para sobrevivir chantajeando al resto del mundo, pero que no permite que quien nació jorobado pase a otro estrato que el de asistente retardado que baja una palanca, por más pasta que tenga para otra cosa. Por otro lado, que por más malvado que finja ser este Igor, es en realidad más bueno que Quasimodo (el otro jorobado celebre, el de buena prensa) y sus ambiciones están más del lado del reconocimiento y de la consideración de los demás que del dominio del mundo. Básicamente, solo quiere que lo quieran. Sin embargo, con el accidente que se cobra la vida de su jefe, le surge la oportunidad de pasar al frente, participando con una criatura símil Frankenstein en versión femenina, en el concurso anual de inventos diabólicos patrocinado por el Intendente del pueblo.

    Hay varias ideas interesantes, como la reivindicación del Jorobado Asistente, personaje-estereotipo que alcanzó celebridad con las películas de horror de la Universal de los 30 y 40, pero que siempre ocupó un lugar subsidiario y marginal dentro del panteón de los monstruos clásicos. Apelando a esta marginalidad, el film plantea con originalidad la difícil movilidad social en ese universo de reglas y roles rígidos, y juega con bastante frescura con los clichés del género en ese período: hay muchos jorobados pero todos se llaman Igor y todos tienen la obligación de hablar tartamudeando aunque su dicción sea impecable, todos los científicos son megalómanos y siempre trabajan desde un castillo con maquinaria colosal y electricidad para crear monstruos y armas terribles, además siempre es de noche y siempre está nublado y tormentoso.

    El film apunta en un principio a un público mixto de grandes y chicos. Los más disfrutable para los primeros, además de los gags, es el reconocimiento de los elementos paródicos de cine de terror clásico y los múltiples guiños a películas como Frankenstein, La novia de Frankenstein, El hombre invisible, La mosca o El cerebro de Donovan, y también a clásicos de otro origen como Annie o Sunset Boulevard. Pero, conforme avanza, el relato se queda solo con los chicos, los gags se hacen más sosos y los guiños se van perdiendo. Si al principio uno podía empatizar con el protagonista y su ambición, obstaculizada por su torpeza y mala suerte, al tiempo este va abandonando sus aspiraciones de villano, volviéndose tan bueno que resulta ñoño. El humor del film pasa a las manos de las otras dos criaturas inventadas por el jorobado, un cerebro en un frasco, pura mente pero no muy brillante, y un conejo resucitado, con tendencias suicidas pero constitución inmortal. Los mejores gags son proferidos por esta dupla, y es curioso (o tal vez precisamente no) que en un film que plantea que los segundones pasen al frente, los personajes más logrados sean los secundarios. Así, el relato se va desinflando, y la oscuridad del principio (naif, pero oscuridad al fin) va dando paso a una empalagosa búsqueda de luminosidad.

    Igor es un una película chica en el contexto de los film de animación, producida por un estudio independiente de los monstruos como Disney-Pixar, y si su animación digital no alcanza la sofisticación técnica de estos, se beneficia de un planteo ingenioso, y esos monstruos feos pero lindos, con un atractivo diseño de personajes deudor de la estética Burton-Selick de El extraño mundo de Jack 3D (pero mucho menos dark). Si bien queda la sensación de que el asunto daba para más, quedando a medio camino de lo que prometía, es de todos modos un film simpático y agradable de ver.
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  • Criatura de la noche
    La vampira que vino del frío

    El secreto de la inmortalidad del vampiro probablemente resida en su dieta líquida, pero la clave de su supervivencia como mito está seguramente en su increíble capacidad de adaptación. Así han desfilado por la pasarela de la cultura popular vampiros aristócratas centroeuropeos, vampiros del espacio, vampiras lesbianas, vampiros negros, vampiros adolescentes, vampiros afectados vestidos de seda y volados o vampiros fetish vestidos de cuero y látex. Una de las últimas encarnaciones, la más exitosa al menos, son los vampiros para la Generación Emo de Crepúsculo, que brillan a la luz del sol y se niegan a tomar sangre humana, autodenominándose por ello “vegetarianos” (¡?). Semejante aberración podría hacer temer seriamente por la salud del mito. No tengan miedo, porque el vampiro más original y la mejor película del género de los últimos tiempos ya está aquí y llega bajo la forma de una nena de 12 años y la película que se estrena en las salas locales como Criatura de la noche.

    El film es una adaptación de la novela, que en castellano se editó como Dejame entrar, de John Ajvide Lindqvist, a quien califican nada arbitrariamente como “el Stephen King” sueco, y cuenta el encuentro entre Oskar, un niño solitario y retraído, frecuente víctima de abusos por parte de sus compañerito matones (y por ende poseedor de una fuerte carga de rabia contenida), y Eli, una chica también solitaria y algo triste, que vive en el mismo piso pared mediante, y que además necesita sangre para sobrevivir. Entre ambos se forjara una relación de amistad y solidaridad que se ira afianzando aun cuando Oskar se entera del carácter vampírico de la vecinita de al lado. Ambos se harán compañía y se darán apoyo. Oskar sacará de esa amistad fuerzas para defenderse, mientras que Eli, si bien posee los poderes de su especie, es también una criatura vulnerable que necesita ayuda.

    El escenario no es gótico pero sí muy oscuro. Hay (mucho) frío, sordidez, violencia, alcoholismo, alienación, crueldad, maltrato y ensañamiento con el más débil. Si el vampirismo jugó más de una vez como metáfora (de las relaciones de explotación, de las adicciones, de la homosexualidad, del SIDA), aquí la dependencia de la sangre de Eli y su necesaria apelación a al asesinato no desentonan en ese suburbio de clase media baja arrasado por el alcoholismo y las relaciones quebradas. Y si bien el nivel de sordidez no es tan alto como el de la novela (donde también entran a jugar temas más bravos como la pedofilia), el film de Alfredson logra un ambiente de densidad en el que la presencia ominosa del elemento de terror se inserta naturalmente. En todo caso, la adaptación, a cargo del propio autor de la novela, es lo suficientemente inteligente para ser fiel en lo que conserva y a la vez coherente a pesar de lo que necesariamente tiene que dejar afuera. Y además está lo más importante, que es la amistad entre Oskar y Eli que, cual flor que crece en la basura, termina siendo lo único puro de ese escenario, aún cuando el es un nene con problemas y ella es una predadora.

    Criatura de la noche es un film bello y sutil, donde priman las atmósferas, el frío y la melancolía. Alfredson explota el contraste entre la oscuridad de esos ambientes y la blancura cegadora de la nieve, y a ese clima de opresión y desencanto le opone el refugio de calidez y ternura que surge de la relación de los protagonistas, verdaderos niños prodigio que se cargan al hombro un gran desafío. Con esa sutileza, ese trabajo con los climas, Criatura… prueba también su efectividad como film de género. Y además Alfredson no tiene problemas en mostrar la brutalidad o en derramar sangre cuando es necesario.

    El vampiro está vivo y goza de buena salud, a pesar de las repeticiones rancias o los aggiornamientos berretas para adolescentes con vampiros abstinentes. Y eso es gracias a libros como el de Lindqvist y películas como la de Alfredson, que sin traicionar la esencia del mito le aportan un buen chorro de sangre fresca.
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  • Los fantasmas de Scrooge
    Gótico navideño

    Un Cuento de Navidad debe ser una de las novelas más adaptadas a la pantalla, clásico fijo de cine y TV, ideal para exhibir y ver en las fiestas (aunque aquí tanto como en su país de origen, este film se estrene en noviembre). Los fantasmas de Scrooge es la puesta al día digital de la mano de Robert Zemeckis, un director que ya tiene experiencia en ambos rubros: Este es su tercer experimento en películas con actores digitalizados después de El expreso polar y Beowulf: la leyenda, la primera ya se inscribía dentro del relato navideño. Si en El expreso… se trataba de un niño que esta a pasos de dejar de creer en Santa Claus y al que se lo convencía llevándolo en un fantástico viaje al Polo Norte con visita guiada por la factoría de regalos del barbudo benefactor, en Los fantasmas… Zemeckis acude al clásico navideño por excelencia para realizar una operación similar de redención por la evidencia con la navidad como oportunidad. Así, el viejo Ebenezer Scrooge, el arquetipo más acabado del avaro de corazón de hielo, misántropo y solitario, tendrá la chance de cambiar su forma de ser, y así su destino, con la advertencia sobrenatural del alma en pena de su ex-socio y la visita de los fantasmas de las navidades pasada, presente y futura para mostrarle lo que fue, lo que es y lo que puede llegar a ser en caso de seguir así.

    Este film de animación hiperrealista, con actores digitalizados para darles una apariencia más caricaturesca, pero con sus movimientos y expresiones captados al detalle, y con escenarios espectaculares y muy verosímiles, es una experiencia visual extraordinaria. La técnica permite ya unas texturas extremadamente definidas, la posibilidad de encuadrar desde lugares casi imposibles, y unos increíbles movimientos de cámara donde se destacan los recorridos en plano secuencia por una Londres decimonónica reconstruida al detalle. Y toda esta tecnología está puesta al servicio del relato clásico, con una estética que parece tomada de las ilustraciones que solían acompañar a las ediciones originales. Afortunadamente el film no cae demasiado en la exhibición onanista, salvo en unas pocas escenas, como la persecución por parte del fantasma de las navidades por venir, que no figura en la novela y parece puesta más par explotar las posibilidades de la tecnología digital y el 3D. Paro salvo esas pocas excepciones, el realizador usa esas mismas posibilidades haciéndolas funcionales a la historia. De hecho se trata de una adaptación bastante fiel al relato original de Dickens, tomando los diálogos directamente del texto de la novela y con unas actuaciones que puede parecer teatrales pero que no desentonan. En ese rubro brillan, claro, Jim Carrey (que también ya tuvo su experiencia navideña previa interpretando Grinch) quien toma para sí el papel de Scrooge en sus diversas edades y los de los tres fantasmas de las navidades pasada, presente y futura, mientras Gary Oldman se hace cargo del pobre Bob Cratchit, sufrido empleado de Scrooge, y del doliente espectro de su socio Marley.

    Pero hay algo que impresiona en esta versión tanto como su impacto visual, y que no es algo menor sino uno de sus puntos más interesantes, y es la apuesta por la oscuridad. Seguro, uno puede decir que es un film familiar y ATP, pero a contrapelo de ese carácter podemos decir que no hay nada de infantil en esa ciudad de contrastes, donde conviven el Londres luminoso y opulento con el tenebroso y miserable, donde el Scrooge de toda la vida tiene vía libre para proferir las sentencias más incorrectas e inmisericordes y donde la crueldad convive diario con sus habitantes. Una oscuridad que no era para nada ajena a Dickens, pero sorprende en un producto de la factoría Disney. Más aún cuando el realizador introduce momentos de tensión, de suspenso, de ferocidad y hasta elementos del cine de terror gótico que no desentonarían en un film de la Hammer. Lo cual le hace a uno admirarse no solo por el talento visual único de Zemeckis sino también, y sobre todo, por su audacia.
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  • Luna Nueva
    Luna Nueva
    Subjetiva
    Romance con brillantina

    Hay -o hubo- un malentendido con respecto a la serie Crepúsculo, libros y films,: y es que por el hecho de tener un protagonista vampiro eso la haría tener aunque sea una lejana relación con el género de terror. Bueno, no, ni la más remota. Se trata de un culebrón romántico, y eso lo saben bien quienes lo producen, que tienen muy claro qué están vendiendo y a quién; lo saben bien las adolescentes que constituyen su público mayoritario y masivo; y ya lo fueron aprendiendo a la mala los fans del género, a quienes desagradan profundamente estos vampiros human-friendly que se niegan a beber sangre humana, salen durante el día y brillan a la luz del sol. Hecho este último que se exacerba en esta nueva entrega haciendo que el protagonista parezca cubierto de brillantina como una vedette o una bolita de navidad. El problema con esa utilización espuria de la criatura clásica no está en el contexto adolescente (La hora del espanto o Que no se entere mamá ya lo habían hecho con gracia), si no en que el tono sea tan –pero tan- ñoño, y que se llame vampiro a cualquier cosa, demostrando el total desconocimiento sobre el tema de la autora de las novelas, Stephanie Meyer, quien ya declaró que no había leído ni el Drácula de Bram Stocker porque le impresiona la sangre (?¡). Un trato que en esta segunda parte se extiende a otro monstruo clásico, el Hombre Lobo, que acá son más bien unos lobos grandotes que se transforman no por influencia de la luna llena, sino cuando se enfurecen como el Increíble Hulk.

    Pero dejemos de lamentarnos por los monstruos maltratados, ya que no se trata de ellos la cosa, sino del amor romántico y apasionado entre Bella Swan, una adolescente humana, y Edward Cullen, un vampiro de mas de cien años pero con apariencia adolescente (y comportamiento idem,). En este segundo episodio la pareja debe separarse forzosamente y Bella, presa de un enamoramiento incondicional, sufre la ausencia del ser amado sin el cual la vida no tiene sentido. Ausencia que también da lugar a un triangulo amoroso con un joven hombre lobo. El referente es Romeo y Julieta, no solo citada explícitamente, si no tomando de la obra el modelo de amor incondicional entre dos adolescentes cuya intensidad puede llevar a la tragedia. Una cita que no conoce de sutilezas y que al final del film se transforma en remedo, Este romanticismo se evidencia en unos diálogos cargados que traspasan cómodamente las fronteras del ridículo y que si no fuesen presentados con tanta gravedad uno ya se podría imaginar las risotadas de la guionista mientras los redactaba. El ridículo dice presente también en unos afectados vampiros europeos (posible influencia de Anne Rice quien, aclaramos, no tiene la culpa) a quienes se quiere presentar como sofisticados y elegantes y lucen más bien pomposos y amanerados.

    Y si quedaba alguna duda que el target de espectadores es de chicas adolescentes, baste comprobarlo con la explotación de jóvenes carilindos y/o musculosos, y con la continua, y muchas veces forzada, exhibición de sus físicos trabajados, caminando en cámara lenta y aprovechando cualquier excusa para sacarse la remera. A los varones en tanto hay que avisarles que, si bien hay chicas bonitas, de carne femenina no van a ver ni una pantorrilla. Así y todo, si hay algo que caracteriza a la saga es el mensaje moralista impreso desde el vamos por Meyer, que es mormona y ya aclaró que el tema de su obra es la tentación, o más bien la lucha contra ella. Por eso Edward, (cuya familia de vampiros es tan ridículamente perfecta como los Brady) se niega a convertir a Bella en Vampiro pese a que ella se lo reclama (igual le aclara que tiene que ser él el que desvirgue su cuello). Una moralina que se hace más que notoria en el llamado a la abstinencia y a no hacer nada antes del matrimonio: ni tener sexo ni chuparle la sangre al otro. Un mensaje tranquilizador y ATP que dejará tranquilos a los padres de adolescentes sabiendo que aquí, aunque muestren el pecho, vampiros y hombres lobos ladran pero no muerden.
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  • Terror en la Antártida
    Como mata el viento sur

    El título local es engañoso, porque Terror en la Antártida de terror no tiene nada. Es, sí, claramente un film de género, pero de género policial, lo que a veces en la jerga se llama whodunit (deformación de who done it): la investigación de uno o más asesinatos a cargo de un detective, o personaje que cumpla ese rol. Y el rol lo cumple aquí la agente Carrie Stetko (Kate Beckinsale), Marshall de los USA en territorio antártico, quien debe investigar una serie de asesinatos en medio del desierto de nieve y en las bases científicas instaladas en el continente helado. Y en el ínterin procurar que ni el asesino ni el clima hostil se la lleven puesta. Se trata de la adaptación más o menos fiel de Whiteout (también el titulo original de la película), un muy premiado comic, al que le cambian el sexo de uno de los personajes principales e introducen alguna variante en la trama, pero respetan a la protagonista, la mayoría de los secundarios, y buena parte del planteamiento del caso investigado en el primero de los dos volúmenes de la obra.

    La gracia del asunto, tanto en comic como en film, esta en el escenario adverso antes que en el caso policial (aunque este tiene un desarrollo más sólido en el comic), y las mejores escenas del film son aquellas en las cuales el escenario le roba el protagonismo a los personajes. Como cuando la agente y sus colaboradores quedan atrapados en un avión estrellado bajo el hielo, o los peligrosos pasajes por el exterior de las bases en medio de una tormenta, a través de cables que si se sueltan lo dejan a uno a merced de los terribles vientos que pueden arrástralo a kilómetros de distancia. La gran protagonista precisamente es la “witheout”, una tremenda tormenta de nieve y vientos que soplan a cientos de kilómetros por hora, y que de agarrar a alguien a la intemperie suponen la muerte casi segura.

    Pero si el clima hostil brida los momentos más interesantes es también porque la trama policial no es demasiado interesante en si misma, y la resolución del quién y por qué es bastante previsible y decepcionante. Tampoco los protagonistas ofrecen demasiado de sí. Así, Kate Beckinsale se pasea por todo el film con actitud sufrida, mientras unos flashbacks incesantemente repetidos vendrían a explicar su furia interior y su actitud desconfiada, en un intento de darle algo de espesura a un personaje que jamás se baja de la pose solemne y atormentada.

    Terror en la Antártida, la película, es más bien un policial del montón, con escenario exótico y hostil que es el que brinda el poco interés que el relato tiene para ofrecer. En tanto, el asunto se presenta con bombos y platillos como “el primer asesinato en la Antártida”, como si eso aportara algo más que la posibilidad de incluir el caso en algún libro de records y curiosidades tipo “¿sabía usted?”.
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  • El juego del miedo 6
    Algo hicieron

    La deshumanización de la víctima es un recurso habitual de asesinos y torturadores para despojar a esta de identidad humana, convertirla en un objeto, y justificar las acciones aberrantes o al menos desculpabilizar al victimario. En una serie como la de El juego del miedo, donde la identificación propuesta es con el asesino y no con la víctima, no debería sorprender que se utilice ese mismo recurso. La manera en que lo hace esta sexta entrega es tan transparente que es hasta didáctica a la hora de ejemplificar el mecanismo, y es llevada tan lejos que la víctima pasa a ser identificada como victimario merecedor de todos los tormentos a que se lo somete. Así se le brinda al asesino la justificación de todos sus desbordes. No la explicación psicológica de por que hace lo que hace (que no se necesita), sino la justificación moral de por que está bien que lo haga.

    Desde el principio la saga tuvo un marcado sesgo moralista. El protagonista, Jigsaw, se presentó siempre como un impartidor de justicia y, sobre todo, castigo contra todo tipo de faltas: criminales, drogadictos, adúlteros, y hasta personas que “no saben vivir la vida”, es decir no la valoran. Aquí el grupo pecador sobre quien se aplicará el escarmiento es el de los agentes de compañías de seguros que buscan los subterfugios para no cumplir los contratos, denunciar a los asegurados y dejarlos sin cobertura. Una crítica a este sistema no tendría por qué ser cuestionada, pero a los fines de eximir a los asesinos y hasta apoyar sus actos se presenta a este grupo de una manera caricaturesca, como villanos de dibujo animado que ríen y festejan alegremente mientras mandan a la gente a enfermedad y la muerte, y así planteadas las cosas, el asesinato y la tortura no son más que instrumentos de justicia. Como siempre las víctimas de las trampas mortales tuvieron alguna relación con la vida de Jigsaw, quien ya murió al final de la tercera parte pero sigue aplicando su obra justiciera a partir de mensajes e instrucciones post-mortem que dejó a sus discípulos y continuadores: su esposa y un agente de policía que está asignado al caso. La víctima principal (o el villano principal, según se mire) es el agente que le negó a Jigsaw la posibilidad de hacer un tratamiento contra su cáncer. Este le tendrá preparada una trampa cruel para que aprenda que eso está mal, porque Jigsaw también es presentado como un educador y el tormento como una lección. Y es que la letra o la moral con sangre entran, aunque a los educandos el aprendizaje no les sirva de mucho después.

    Esta sexta parte no es ni mejor ni peor que sus predecesoras. Se le nota sí el hecho de que la serie se ha vuelto cada vez más autorreferencial y enroscada sobre si misma, aludiendo constantemente a situaciones y personajes pasados. En su afán de presentarse compleja solo consigue ser confusa, teniendo que acudir constantemente a flashbacks y explicaciones que en vez de aclarar confunden y enredan todavía más. Por lo demás, tiene la habitual dosis de tortura y gore, que es lo que su público va a buscar (en la carrera de los flashbacks, además repiten los de entregas pasadas), y le caben los calificativos que le calzan a toda la serie: que es tramposa, pomposa, moralista, cínica, reaccionaria, que es la glorificación del sufrimiento, la justificación del suplicio y lleva la idea de la mano dura al extremo del ridículo.

    Es un poco tedioso volver a hablar de lo mismo. Como tediosa se ha vuelto hace tiempo esta serie interminable cuya única variación es cada vez subir un poco más la apuesta de un Gore que por repetido termina anestesiando. Al menos la serie original de Martes 13 (o cualquier franquicia de slashers) era tanto o más repetitiva, pero al menos no se tomaba en serio, como sí hacen estos films pretenciosos que pretenden además estar diciendo algo trascendente sobre la vida y la justicia. Una pretensión de la cual la cita berreta a El mercader de Venecia y su libra de carne no es más que un ejemplo. Lo único cierto en todo caso, es que no hay seguro contra el mal cine.
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