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Imagen del crítico Pablo Planovsky
Pablo Planovsky
  • Cantidad de críticas: 112
  • Promedio: 63%
  • Críticas favorables: 80/112 (71%)
  • Críticas desfavorables: 32/112 (29%)
  • Diferencia absoluta: 10%
  • Los juegos del hambre
    Esta es una película que pertenece al género fantástico: propone una historia donde los jóvenes deben luchar, literalmente, por sus vidas. La carnicería forma parte de un reality televisado a todo el país, para mantener a la población dócil aunque esté muriendo de hambre. Los lobotomizadores son los dueños del juego, y los mismísimos ocupantes de la Capital. Es como si la dirección de arte intentara sintonizar alguna película distópica de Terry Gilliam. De hecho, hay mucho de otras películas en Los Juegos del Hambre: la más obvia es la referencia a Batalla Real (2000, de Kinji Fukasaku), cuya premisa es casi la misma pero la ejecución es completamente diferente.

    No se necesitaba ser un gurú de la taquilla para adivinar cuál iba a ser el éxito sucesor de los huecos que dejaron las franquicias literarias como Harry Potter o Crepúsculo. Los Juegos del Hambre, como las dos mencionadas, tiene algo para todos y trata de no ofender a nadie, como sucede con este tipo de superproducciones de Hollywood. Eso no está bien ni mal, pero explica -en parte- la razón de su triunfo. Los demócratas ven a este film como una parábola donde los malos representan a la derecha más belicosa y avara de Estados Unidos. Y los republicanos se ven a sí mismos como los jóvenes que desafían a un sistema corrupto y negligente como el que dirige el engañoso personaje de Donald Shuterland (el presidente Snow, con una barba tan blanca y celestial como el nombre indica).

    Jennifer Lawrence es la joven heroína de esta película. Es una actriz de verdad: puede emocionarnos momentos antes de entrar a la arena de gladiadores y también en la arena de gladiadores. Faltaría que empiece a gritar si estamos entretenidos. Es una criatura indefensa y marginada, sin llegar a un personaje tan extremo como en Lazos de Sangre (Winter's Bone, 2010) que podría ser una suerte de Los Juegos del Hambre real y diez veces más terrible. En aquella película ella tenía que usar un rifle viejo y anticuado para matar ardillas y así alimentarse. Aquí tiene que usar el ingenio y el arco y la flecha si quiere salir con vida. Se complementa con Josh Hutcherson, una verdadera revelación para quien no haya visto Mi Familia (The Kids Are All Right, 2010). Los dos tienen química y hacen creíbles sus personajes. Como los actores secundarios (entre los que destacamos principalmente a Wes Bentley, Woody Harrelson y Stanley Tucci como un presentador que se roba las escenas en las que aparece) su trabajo es excelso y casi irreprochable. Aunque muchos sean personajes de stock, principalmente algunos de los involucrados en los juegos. Lamentablemente la película nos pide que nos involucremos sentimentalmente con ellos cuando no son más que meros estereotipos. Además: si cada vez que alguien muere se escucha una explosión y aparece una identificación en el cielo: ¿cómo un personaje puede desesperarse cuando alguien muere? ¿no sabe que a los pocos segundos verá su cara en las nubes?

    Gary Ross (el director de Alma de Héroes, es linda película sobre un jockey, un caballo y la industria automotriz) y salva a esta primera instancia de ser una floja adaptación literaria como la saga de Crepúsculo. Dirige bien a los actores y nos da una idea clara de lo que está pasando. Pero no sabe cómo filmar la acción o bien -órdenes de productores mediante- se abstiene de mostrar demasiado para evitar una calificación para mayores que restrinja a la potencial audiencia. Muchas de las secuencias dentro de los juegos propiamente dichos son incomprensibles. Seguro, podría hacer uso de la vieja enseñanza de Hitchcock (decía, básicamente, que las peleas sin ayuda del montaje eran aburridas) pero en esta época se trata más de complicadas y bellas coreografías. Sin contar demasiado, el grand finale del tercer acto no está a la altura de las expectativas: y después de dos horas y casi veinte minutos, merecíamos algo mejor que perros hechos por unos y ceros envueltos en las convenientes sombras de la noche.

    Los Juegos del Hambre no resiste a las comparaciones con la mayoría de las películas aquí citadas, pero es una película sólida. El elenco debería ser suficiente para que cualquier excéptico le de una oportunidad. No hay demasiada violencia, no hay escenas de sexo, no hay nada que pueda ofender a nadie y propone ideas que ya han sido aceptadas por el sentido común, como que un reality show es destructivo y no tiene nada de civilizado. No está mal, pero aún así sigue siendo una versión light de lo que podría haber sido -o no, nunca lo sabremos- una gran película.
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  • El topo
    El topo
    El Ojo Dorado
    El observador solitario

    Es una historia de espías, pero alejada de la pirotecnia que podríamos esperar de una de espías del siglo XXI: la pirotecnia visual de James Bond o el montaje frenético de Jason Bourne dan lugar a un prolijo, por demás correcto, elegante y sobrio estilo visual y una edición equilibrada que da lugar tanto como para reflexionar sobre lo que vemos como para perdernos en un entramado laberíntico en un whodunnit (¿quién es el asesino? o en este caso, el topo) que sobrevive a más de una visión. El Topo, basada en la densa novela de John le Carré, propone un mundo asfixiante y burocrático que termina por convertir a los hombres en autómatas, máquinas donde apenas distinguimos algunos sentimientos.

    John Hurt es Control -no es una entidad, es un nombre clave- la cabeza del Circo (seudónimo para el MI6, Servicio Secreto Británico) quien apenas comienza la película encarga a uno de sus agentes (Jim Priedaux / Mark Strong) una misión especial: conversar con un desertor húngaro para que revele el nombre del «topo» el infiltrado ruso que está en la mismísima cúpula del Circo, integrada por Alleline (Toby Jones), Bland (Ciarán Hinds), Esterhase (David Dencik) y Haydon (Colin Firth). Cuando Control fallezca de una ataque al corazón, la misión quedará en manos de un ex-agente, George Smiley.

    Smiley es el protagonista, encarnado en la impávida cara de Gary Oldman (después de Alec Guiness, formidable también, en la miniserie de la BBC). El apellido parece una ironía, viniendo de otro de los hombres del Circo que nunca sonríen. De pocos gestos, de mirada fija, más gris que el resto de sus compañeros, de movimientos mecánicos, Oldman transmite la emoción interna del personaje a través, claro, de los ojos y de esas enormes gafas. El detective debe escrudiñar un perverso juego de ajedrez, donde su rival no es el topo, sino Karla, un espía británico del cual desconocemos el rostro. Como todo archivillano, plantea el juego sabiendo las debilidades del héroe. El film asume que tenemos la misma inteligencia, concentración y pasividad que Smiley para resolver el enigma. Los planos son largos, con mucha información y muchos detalles. No es un error comparar el ritmo y la estética con los viejos films de espías europeos (incluso en los setenta, algunos norteamericanos eran intrincados, aún cuando hubiera piñas y persecuciones de por medio, como Los Tres Días Del Cóndor). Alfredson utiliza grandes angulares para crear la atmósfera, con unos escenarios impactantes (la dirección de arte es impecable) que van desde las oficinas del MI6 hasta inmensas librerías. La atmósfera bastante lograda nos recuerda a la soledad en la que vivían los personajes de Criatura de la Noche, la película de vampiros del mismo director, Tomas Alfredson.

    Como siempre digo, el principal problema con este tipo de película -donde hay un culpable, varios sospechosos y todavía más vueltas de tuerca- es que, una vez resuelto el misterio, la película pierde toda la gracia. No es el caso de El Topo, no tanto por las vueltas que uno le pueda dar a la trama, sino por el espesor que cobran los personajes con cada revelación nueva. Se esbozan constantemente ideas frescas: no es casual que todos estos hombres parezcan más robots que seres humanos. Incluso los personajes secundarios más importantes adhieren una nueva subtrama romántica (que también podría ser el tema central, visto de otro modo).

    La edición ayuda a crear esa permanente sensación de confusión, alternando las historias principales con algunos flashbacks, principalmente de Ricki Tarr (Tom Hardy, el próximo Bane) y Peter Guillam (Benedict Cumberbatch, el Sherlock de la televisión). Todo el tiempo trata de desorientarnos (no hay indicadores de fechas ni de lugares, no hay diálogos explicativos que resuman lo acontecido). Esta es la versión adulta e inteligente de Sherlock Holmes (incluso, hay un notorio subtexto homosexual) y una de las películas que más desearía que tengan secuelas. Si no me creen, comparen esta película con Sherlock Holmes: Un Juego de Sombras...
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  • Tan fuerte y tan cerca
    Tan melodramática y tan obvia...

    Tan Fuerte y Tan Cerca es la edulcorada historia y por demás melodramática, de un chico con -supuesto- síndrome de Asperger (esas personas que encuentra dificultades para socializar, que se aturden fácilmente por los sonidos altos y generalmente, son genios) que pierde al padre en el atentado del 11 de Septiembre. Agreguen un anciano mudo, traumado por el Holocausto, y el cocktail parece irresistible para los Oscar mas no para el espectador que no tenga ganas de sufrir. Como el título original bien lo indica, la historia se trata de exceso (extremadamente fuerte, increíblemente cerca), que nosotros vemos y sentimos a partir de las experiencias del joven Oskar Schell.

    Antes de morir en el atentado, Thomas Schell dejó tras de sí un juego inconcluso. La expedición de reconocimiento para el sexto distrito de Nueva York. Un tiempo más tarde, Oskar encuentra una enigmática llave con un sobre donde está escrito «Black». Esa podría ser la pista para definir el mayor enigma y legado que podría prolongar la memoria del hombre que más lo entendía a él. Mientras su madre no parece salir del shock emocional, el joven se aventura en la gran ciudad y conoce historias igual de terribles o peores que la suya. Uno de los objetivos de los juegos del padre era ayuda a su hijo a socializar y atreverse a disfrutar el mundo. Los padres son Tom Hanks y Sandra Bullocks, en roles menores pero necesarios, acompañando a otros actores secundarios como John Goodman, Viola Davis y Jeffrey Wright, todos con trabajos más que respetables.

    La novela de Jonathan Safran Foster, es, si se quiere, más bien vanguardista. Es el relato a través de un chiquito que ama el francés (nada de esto está en la película), con una singular faceta creativa y muchas -pero muchas- dudas acerca de la vida, la muerte y el amor. La película convierte toda la historia meta-filosófica en una búsqueda cuasi fantástica (es una ciudad de Nueva York de ensueño, de fantasía, sin gente mala y con un héroe que la recorre a pie con una pandereta que lo tranquiliza) en el proceso de conversión de una persona desequilibra, algo mayor para su edad, e irritante en un verdadero niño. Ese es el punto más desconcertante de la película: simpatizar con el pequeño Oskar, que parece demasiado sobreprotegido. Los personajes de Eric Roth (guionista de Forrest Gump, El Curioso Caso de Benjamin Button) son personas extraordinarias en situaciones ordinarias y esta no es la excepción, aunque al guionista le gusta llenar la historia de diálogos sobreexplicativos y dramáticos.

    El principal problema del director de aquella película extremadamente solemne, llamada El Lector, es que no puede acultar los hilos que utiliza para manipular emocionalmente al espectador y para peor, algunas veces ni siquiera es algo tan fino como un hilo. Para sacar lágrimas de la tragedia, recurre una y otra vez a la imagen de Tom Hanks cayendo del edificio (¡es el plano inicial!) como poniendo el dedo sobre la yaga una y otra vez hasta que alguien rompa en lágrimas. De la escueta filmografía de Daldry, este quizás sea su film más desparejo, más torpe y obvio. No hay mucho que pensar aquí: se trata de emocionarse o no con la historia que se está contando, llena de golpes bajos. Hay detalles que bordean lo grotesco y absurdo, como por ejemplo, que Oskar entre a un subte con una máscara de gas poco después del atentado a las Torres.

    Thomas Horn se luce como el protagonista, pero quien se roba la película es Max von Sydow (el caballero que desafía a la muerte a una partida de ajedrez en El Séptimo Sello) como el misterioso anciano que no habla y se comunica a través de anotaciones. Ellos dos ponen el corazón para que esta historia regular salga a flote. El error no es el elenco: son las decisiones que tomaron los creadores para hacer de esta una de las películas más cerradas y conservadoras que se han visto en mucho tiempo. El modelo a copiar es el del antihéroe que funciona como sinécdoque para toda una sociedad, pero por varias razones eso nunca llega a funcionar. Llenaríamos canales enormes sólo con las lágrimas que derraman los protagonistas, pero Daldry tiene un sentido del humor nulo y es incapaz siquiera de que ese mismo universo tenga algo de gracia.

    La simplificación de la novela (también criticada, también elogiada, por grandes autores como John Updike) en un melodrama manipulador y demasiado sentimental no hace que este sea un film inteligente, pero sí hay suficiente talento (Max von Sydow, Thomas Horn, el compositor Alexandre Desplat, los tres se dan cita en un monólogo impresionante que muestra las mayores falencias y aciertos del film) como para volverlo emocionante, si el espectador entra en su juego. Encontré una idea buena, satisfactoria, que es la de volver a un héroe que parece más grande de lo que en realidad es, un viajero cuya recompensa es invisible a los ojos: la -verdadera- maduración que implica dejar de mirar por arriba a los demás y comprender el sufrimiento no sólo el sufrimiento ajeno, sino también la alegría.
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  • El Artista
    El Artista
    El Ojo Dorado
    Resistencia al futuro

    Disfrazada de un elegante homenaje al cine clásico de Hollywood durante la transición del cine mudo a sonoro, El Artista está lejos de ser un film hermético o vanguardista, aunque el prejuicio diga lo contrario al saber que se trata de una producción francesa, muda, en un formato antiguo (1.33, pantalla "cuadrada") y en blanco y negro. Muy por el contrario, la historia de George Valentin es una simpática recopilación de clisés del género romántico más clásico. Seguro, los aspectos técnicos parecen ser los protagonistas, pero Jean Dujardin encabeza un elenco más que sólido que le da vida y corazón a la obra.

    La historia empieza en 1927. Un hombre es torturado por científicos rusos. «Speak!» está escrito en los rótulos. «I won't talk!» responde el protagonista de A Russian Affair. Escuchamos música que, suponemos, es de la orquesta que acompaña la película proyectándose en un teatro colmado. La gente se emociona con las hazañas del héroe. Detrás de la pantalla vemos al protagonista, el actor George Valentin, atento a la respuesta final de la audiencia. Un cartel pide que todos detrás del telón guarden silencio. Finalmente, el espectáculo acaba y la música cesa. La multitud aplaude, pero no escuchamos nada. Valentin comienza su acto de pavoneo junto a Uggie, su fiel mascota y actor secundario, mientras la música de Ludovic Bource nos señala el fin de la memorable presentación.

    El centro del film es cómo la carrera del prolífico actor de cine mudo empieza a decaer con la llegada del cine sonoro y al mismo tiempo, la mujer que él ama y a la que ayudó a llegar a la industria del cine, empieza a ascender en Hollywoodland. En un decorado perfecto para la ocasión, George baja las escaleras y se cruza con Peppy Miller, que sube. Ella parece ignorar que con cada comentario o gesto de ayuda hacia él, hiere más su orgullo. El elenco brilla y no sólo por los roles estelares, sino también por las breves pero memorables apariciones de John Goodman (el productor en una época donde tenían muchísimo más peso que los directores), Missi Pyle y James Cromwell como el inseparable mayordomo de la estrella.

    Jean Dujardin es el corazón y la cara más visible, con razón, de todos. El actor hace un trabajo superlativo al expresarse sólo con gesticulaciones que nunca quedan como meras caras caricaturescas. Bérénice Bejo, la coprotagonista, también se luce, pero nunca llega a tener el espíritu de una verdadera estrella de cine clásico ni mucho menos la mirada de chica enamorada. La secuencia clave para entender la grandeza de Dujardin están en el rodaje del film-dentro-del-film A German Affair. Las tomas se deben repetir hasta cinco veces porque el actor está distraído por su partenaire. Pero hay que ser de piedra para no emocionarse con las caras y gestos a lo espía internacional que pone Dujardin cada vez que ingresa a su personaje-dentro-del-personaje.

    Como homenaje al cine que referencia, esta es una película formidable. De todos los aspectos técnicos hay que notar el montaje, que trata de imitar el estilo, pero por sobre todo el ritmo (recordemos que las cámaras se movían poco porque eran grandes y muy pesadas) de los planos. Donde la estrella es el formato, es notable que aún así el director se las ingenie para conseguir un relato con fuerza y corazón. Los mejores momentos de El Artista son aquellos que recuperan el carácter lúdico y divertido del cine, el regocijo que sentimos como espectadores al ver cómo los actores se convierten en personajes, cómo el cine imita a la vida (y viceversa).

    El drama de George Valentine (y la idea más interesante de la película) es el de un hombre que no puede aceptar el presente y teme al futuro. Es la desesperación de aquellos que no se pueden adaptar los cambios y resisten, pelea, pero saben que al final, la resistencia termina siendo fútil. Contrario a lo que se pueda esperar, esta no es una película conservadora. Sin adelantar nada, podemos decir que como La Invención de Hugo Cabret, deja a los espectadores con ganas de ver adelante y no hacia atrás. No todo tiempo pasado fue mejor.

    Es curioso que aún siendo una comedia, el principal problema de El Artista sea el grado de solemnidad ciertamente insoportable que destila a veces. Por ejemplo: la música de Ludovic Bource es espléndida. Pero hacia el último acto, el director decide usar el tema de amor de Vértigo (el clásico de Alfred Hitchcock) que desentona con el resto de la banda sonora y saca de contexto al cinéfilo. Es una pomposidad innecesaria. Ciertamente esta película ganará el Oscar, pero no deja de llamar la atención que algunos clásicos de los que El Artista toma mucho «prestado» no haya siquiera, ni recibido nominaciones. Tenemos Cantando Bajo la Lluvia, El Ciudadano y hasta la mencionada Vértigo. Hollywood muchas veces es demasiado torpe para premiar a lo mejor de su cine y esta vez no parece ser la excepción.

    De todos modos, tenemos aquí a uno de esos films que parecen agradar a la mayoría de los cinéfilos. Esa clase de películas que no ofenden a nadie, están bien hechas y son muy prolijas. Que esta sea una producción francesa pasa casi desapercibido para las audiencias generales, pero no para los Académicos, que si la premian, podrían estar premiando el esfuerzo de Francia por rendir homenaje a una época donde el cine se servía de historias simples y simpáticas que quedaban en la memoria popular. ¿Será el caso?
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  • La invención de Hugo Cabret
    El material del que están hechos los sueños

    La Invención de Hugo Cabret es ni más ni menos que una declaración de amor a la máquina de la invención de los sueños, una oda al amor, un relato fantástico y mágico, una reflexión sobre el paso del tiempo, la nostalgia y la necesidad de conservar las obras de arte. Martin Scorsese consiguió otra obra maestra, lo que no es poca cosa si tenemos en cuenta que estamos hablando del director de Taxi Driver, Buenos Muchachos, Toro Salvaje y Los Infiltrados. A diferencia de esos films, este es el primero apto para todo público, en el sentido más amplio de la palabra. Lo disfrutarán en su máxima expresión aquellos familiarizados con la historia del cine, pero también es una opulenta carta de presentación para aquellos interesados en acercarse los films clásicos de fantasía.

    La película centra su núcleo en la historia del joven huérfano Hugo Cabret (Asa Butterfield), escondido en los ductos de una red laberíntica en una estación parisina. El plano secuencia de introducción establece una singular conexión entre este jovenzuelo escurridizo como un roedor y un juguetero amargado (Ben Kingsley). Pero también envuelve la historia de un guardia bastante severo y rígido (literalmente) interpretado por Sacha Baron Cohen, en un distintivo uniforme azul, la pequeña nieta del juguetero (Chlöe Grace Moretz, la perturbadora belleza de Déjame Entrar y Kick-Ass) una niña que desconoce el verdadero significado de las aventuras más allá de los libros y hasta las breves pero loables apariciones de Jude Law, Christopher Lee y Michael Stuhlbarg (Un Hombre Serio) como el historiador René Tabard.

    Todos estos son personajes unidos por un singular amor. Cada uno tiene varias aristas, aunque al principio se revelen como meros comic-reliefs. Pensemos, por ejemplo, en el obstinado guardia con cazar al pequeño Hugo. La revelación del trasfondo emocional de este personaje es típica, es un clisé, pero realmente lo creemos cuando lo vemos enamorado, torpe, dominando los cinco tipos de sonrisa. Incluso el ritmo cómico es soberbio, en la misma escena donde él trata de acercarse a la florista y queda abochornado por el claqueteo metálico de su pierna. El más interesante de todos es aquel interpretado por Kingsley, porque es un hombre con miedo, derrotado por la vida y resentido con su propia obra, a la que alguna vez amó. No es una casualidad que hasta los personajes secundarios más secundarios, estén en busca del amor.

    ¿Amor por qué? Hugo Cabret trata de encontrar la llave que hará funcionar al autómata -único legado de su padre antes de morir- que tiene forma de corazón. Las máquinas, por más cursi que suene, también necesitan amor para funcionar. El ferrocarril siempre estuvo ligado a la historia y los comienzos del cine. Desde El Gran Robo Al Tren (cuyo primer plano de un hombre disparando a la cámara espantaba a la audiencia en 1903, por mencionar un caso que no aparece en este film) pasando por El Maquinista De La General (Buster Keaton y acaso, los mejores gags que se hayan visto en la pantalla) hasta, bueno, la mismísima La Invención De Hugo Cabret. El cine es una combinación de distintas formas artísticas, pero también complementa las artes humanísticas con maquinarias de ingeniería. Nos asombramos cuando vemos un corredor girar, porque creemos que Fred Astaire desafía la gravedad o que Joseph Gordon Levitt realmente está en los sueños de otra persona.

    Si las referencias literarias del autor original del libro (Brian Selznick) se pueden encontrar en Charles Dickens, por citar alguno, sería imposible mencionar todas las referencias más o menos directas, visuales y sonoras con las cuales Scorsese rinde homenaje a otros grandes directores. Buster Keaton, Harold Lloyd, los hermanos Lumiere, Georges Mélies y hasta Alfred Hitchcock (la famosa toma de Vértigo). Todos, empezando por el director, están en la cima de su juego. Thelma Schoonmaker, la multipremiada montajista; Dante Ferreti, el diseñador de producción, quien junto a Francesca Lo Schiavo, seguramente termine ganando el Oscar por estos escenarios fantásticos; Robert Richardson que mantiene la magia y el color aún cuando el 3D parece oscurecer la fotografía; Howard Shore, colaborando con Zaz para componer no sólo la banda sonora, sino el tema de los créditos. Quizás el trabajo más objetable de todos sea el de John Logan. La adaptación es maravillosa, pero a veces se puede volver un poco solemne, otras veces los personajes tienen diálogos demasiado explicativos...... en fin, detalles que no afectan al todo.

    La Invención de Hugo Cabret entiende el pasado mirando el presente. Por eso es, desde Avatar, la película que mejor utiliza el 3D, del cual que tantos agoramos la pronta muerte. Como en la película de James Cameron, la profundidad de campo es más importante que los objetos que salen de la pantalla. Estamos inmersos en la película y no al revés. Incluso por momentos ayuda a crear cierta atmósfera mágica, como si estuviéramos delante de figuras troqueladas. Hay varias secuencias espectaculares, pero no vale la pena mencionarlas, para evitar arruinar la sorpresa. Sí aclarar que causó un efecto en mí que hace años no sentía: el asombro, la maravilla. Mientras veía esas imágenes tan bonitas, tan poéticas, tan -perdonen la reiteración- maravillosas, me preguntaba si algo así debían sentir los espectadores que iban por primera vez a soñar a una sala de cine.

    Esta no es una película que imagine viendo fuera de otro lugar que no sea el cine, ni en otro formato que no sea en 3D. Porque de eso se trata el cine: de una experiencia colectiva. Y qué experiencia más maravillosa que poder soñar junto a otras personas. Ni más ni menos, lo que nos propone Scorsese.
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  • Los descendientes
    Los descendientes
    El Ojo Dorado
    En uno de los momentos clave de Los Descendientes, Matt King (George Clooney) conduce para encontrar al hombre que -no está seguro- contribuyó a arruinar la relación con su mujer. En el asiento de atrás está Alex (de Alexandra: es una chica... ¡y qué chica!) con su novio Sid (Nick Krause) que lanza, inoportunamente, no uno sino dos comentarios desubicados, valga la redundancia. Ese instante deviene en una amalgama emocional para el espectador: pasamos del enojo a la risa y de la risa a la angustia. Esa es la maestría que Payne ya había demostrado en sus otras grandes películas: Las Confesiones del Sr. Schmidt y Entre Copas. Lejos de señalar, condenar o santificar, los personajes de sus comedias se muestran humanos, creíbles. Podemos simpatizar con ellos porque son como nosotros.

    Matt King es el protagonista y el centro de la historia. Su mujer sufrió un accidente y está en coma, con las horas de vida contadas. Sus hijas tienen 17 y 10 años y él no tiene la más mínima idea de cómo criarlas, mucho menos de cómo relacionarse con ellas. Al mismo tiempo está a punto de vender unas parcelas de tierras vírgenes en su tierra natal, Hawaii. Este no es un dato menor porque la historia se desarrolla en Hawaii y es indispensable que así sea. Los hawaianos tienen una cultura muy arraigada sobre el cuidado de su tierra, aunque lo primero que haga la película sea desmentir algunos mitos turísticos sobre los hawaianos. Pero Matt sí resume el espíritu hawaiano: es un hombre de negocios, multimillonario, que piensa en las consecuencias antes de actuar y trata de evitar hacer daño a los demás, aunque parece recibirlo constantemente.

    George Clooney encarna a Matt en cuerpo y alma. Es notable como el actor mantiene su estilo aún con personajes tan disimiles como en El Fantástico Sr. Zorro, El Amor Cuesta Caro o Michael Clayton. Va más allá de la versatilidad: su impronta queda en esos seres que a la vez tienen vida propia. Hay un antes y un después en la vida de todos los personajes de Los Descendientes (no por nada el título hace referencia a los antepasados). La película encapsula un momento clave en la vida de uno de ellos y Clooney lo entiende. Payne también. Sabe cuándo es necesario mover la cámara y como reforzar una idea, un sentimiento. Los directores clásicos casi nunca movían la cámara (vean sino, las películas de John Ford). Cuando termina la reunión familiar y Matt avisa a todos la pronta muerte de su mujer, cae rendido en el césped. La temperatura de la imagen nos indica que la postal idílica de Hawaii puede existir en otro lado, pero no en ese.

    Esta no es una comedia liviana, pero sí es una película de esas que los norteamericanos denominan como feel-good movies. Los personajes quieren hacer el bien, aún cuando las cosas no les salgan como desearían. Son creíbles porque son inestables, porque ríen, porque sufren, porque lloran. Payne logra una película contemporánea y clásica al mismo tiempo. No es condescendiente ni cruel con ellos, algo muy común en la mayoría de las comedias de Hollywood. Logra que pensemos y reflexionemos, aún si no estamos de acuerdo con el camino que toman las cosas.

    Los Descendientes, como todo el cine de Payne, es difícil de encasillar. Se mueve con ligereza e inteligencia entre el drama y la comedia. Es provocadoramente humana. Matt King es un personaje noble, bueno, porque toma decisiones evaluando las consecuencias y pensando en su entorno. Está llena de personajes ricos pero también gracias a un elenco enorme, encabezado por una de las mejores interpretaciones de Clooney, pero con actores de reparto tan esenciales como él. Basta ver unos segundos a Shailene Woodley para entender que estamos ante una gran actriz y una enorme película.
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  • La chica del dragón tatuado
    La música es triste y algo tenebrosa: no escuchamos ni siquiera el rugido del león de MGM. Lo primero que vemos es un paneo de una isla, cubierta por la nieve. Oímos la charla entre dos hombres, ambos igual de frustrados. Lo que queda al descubierto es una planta en un marco: el mensaje del asesino de Harriet Vanger, que ha estado enviando esas postales durante cuarenta años al tío de la desaparecida. Comienza el tema de Karen O. (un cover de The Inmigrant Song, de Led Zeppelin) que parece una mezcla entre una película de Fincher y una de Bond, y desde ese momento la película nunca se detiene. Esa quizás sea la única queja plausible.

    La novela de Stieg Larsson, Los Hombres Que No Amaban A Las Mujeres, retrataba la historia de un periodista en decadencia que debía investigar la desaparición de una jovencita hace 40 años (asesinato, según su tío Henrik Vanger). Como las buenas novelas de Raymond Chandler, la investigación policial es intrigante pero más aún los personajes: desde el propio periodista hasta la familia Vanger. Como el patriarca anuncia al investigador: «Estarás investigando a ladrones, matones, miserables: la colección más detestable de gente que puedas encontrar. Mi familia.». Hay violaciones, asesinatos, neo-nazis y otras cosas que hacen decididamente de esto una historia para adultos.

    Este repertorio de seres desquiciado y principalmente, la coprotagonista, Lisbeth Salander (Rooney Mara) encajan perfectamente en el universo de David Fincher. Al director de El Club de la Pelea, Zodíaco y Red Social, siempre le interesaron aquellos excluidos -bien por decisión propia o ajena- de la sociedad. Esa gente, sí, antisocial y menospreciada que termina superando los obstáculos en el camino. No tomen esto como un clisé sino como una suerte de prueba de superación que los mismos personajes se imponen (no importa si es moralmente condenable o no). Todos los personajes aquí parecen encerrar una suerte de génesis de la maldad, pero la clave está en ver qué hacen con eso.

    Ahora bien, siempre las películas de Fincher son algo truculentas y las historias esconden otro significado. En La Chica del Dragón Tatuado lo más interesante es la película romántica escondida en la investigación policial. Mikael Blomkvist (Daniel Craig) y Lisbeth Salander son una peculiar y atípica pareja. Ella es una hacker con una estética punk y una actitud bastante rebelde. Mara le da vida a un personaje para que no sea pura estética, logra conseguir que parezca una chica frágil y autosuficiente al mismo tiempo. Craig hace un trabajo tan bueno como el de ella: un tipo algo torpe, pero de buenas intenciones. Es como el 007 de Casino Royale, aquel que tropezaba con todos los obstáculos pero tenía una fuerza de voluntad avasalladora.

    Sí, están todos los elementos presentes que hacen a Fincher unos de los autores (aunque no escriba sus propios guiones) más interesantes del cine norteamericano. Este film noir cuenta con todo el equipo técnico que lo acompañó en Red Social y las ideas aquí son igual de interesantes. El problema acaso es que esta es una historia que merece un poco más de tiempo (la película dura dos horas y cuarenta minutos, que nunca se resienten). Se nota que Fincher aceleró las secuencias, como hace en todos sus films, algo que en estas historias de detectives es a la vez un acierto y una contra. Por un lado tenemos menos tiempo para reflexionar sobre lo que hay en pantalla. Por otro lado, los diálogos, las situaciones y los climas pasan con más fugacidad.

    Jeff Cronenweth es el director de fotografía. En estas islas el clima gélido y las casas son, perdonen el lugar común, personajes. El diseño de producción y la edición de sonido contribuyen a hacer más ricos a todos estos empresarios y los secretos que ocultan, presten especial atención al sonido del viento, sino. Hay dos viejos proverbios suecos que sintetizan no sólo la estética sino también la idea central. Uno de ellos es: «El mal será combatido con el mal» y el otro, más interesante reza «Lo que está oculto bajo la nieve se revela con el deshielo». No es casualidad, entonces, que a medida que la investigación avance la primavera también se acerque.
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  • Año nuevo
    Año nuevo
    El Ojo Dorado
    En esta película hay tanta publicidad de Nivea que cuando vemos una multitud atiborrada en Times Square para ver a un cantante de rock (Jon Bon Jovi), todos usando sombreros azules con la marca de la crema, no podemos dejar de pensar si no se trata de algún mensaje subliminal para prevenir al espectador. Se entiende por qué el título de la película no incluye un "Feliz": es imposible encontrar la felicidad mientras uno ve Año Nuevo.

    Esta película responde a la cadena generada por Realmente Amor (Love Actually) aquella simpática película del 2003 donde había declaraciones de amor, joyeros que parecían Mr. Bean, canciones empalagosas, abrazos en aeropuertos y muchas -pero muchas- caras conocidas. Pensar que lo último es la receta para el éxito parece ser un craso error. Garry Marshal (según IMDb, el responsable de esta atrocidad) ya había fotocopiado a esa película con Día de los Enamorados (Valentine's Day). Ahora es el turno de otra festividad. No quiero pensar cuando llegue el Día de Acción de Gracias o Halloween...

    Hay muchos actores respetables aquí (por no decir todos) lo que a uno lo lleva a pensar en cuánto vale un buen director. Ningún personaje se siente mínimamente real. Esta es una de las películas más fantasiosas del año y no estamos hablando del género, precisamente. Dos personas atrapadas en un ascensor. Una de ellas es un hombre con el corazón roto que no cree en la Navid... perdón en el Año Nuevo (¿?). La otra es una chica simpática que trabaja como corista del cantante de rock más famoso de Nueva York pero alquila (o vive, se mudó hace poco) en un departamento de mala muerte en el que los ascensores no funcionan. Otra historia es sobre un enfermo terminal cuyo último deseo es ver caer la bola de fin de año (¿? de nuevo). La enfermera que lo atiende quiere saludar a su esposo, combatiente en Irak. La empleada de una prestigiosa firma debe hacer que la bola de fin de año caiga (y hay un chiste del tipo "don't let the ball to drop"). Hay más: un electricista con acento ruso que resulta ser una eminencia, una embarazada que se enfrenta panza a panza a otra, un padre con acento alemán que estaba mejor matando nazis, una cocinera escotada morocha y latina (latina o lo que el director entiende que es el estereotipo de latina) y otra cocinera con escote disimulado rubia y norteamericana. Todavía no les dije que Michelle Pfeifer hace de una señora mayor neurótica de la que sería imposible que alguien se enamore y que Sarah Jessica Parker hace de... Sarah Jessica Parker.

    Ahora bien, ¿vale la pena todo el rejunte de estrellas? La respuesta en este caso es "no". Traten de recordar dos nombres de los tantístimos personajes vistos. No van a poder porque ninguno de ellos es real aún dentro de la mismísima fantasía de la película. Siguen siendo los actores que ya conocíamos. Los diálogos son atroces a tal punto que nos llevan a la pregunta elemental: ¿esta gente sabe lo que es vivir? Digo, hay más emoción en cualquier momento del día (incluso cuando dormimos) que en las eternas dos horas de Año Nuevo.
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  • Operación regalo
    Operación regalo
    El Ojo Dorado
    Operación Regalo comienza casi como si fuera una película de acción: miles de duendes trabajan por la noche para entregar todos los regalos, en tiempo y forma. Parece un adelanto de la nueva película de Misión: Imposible. Alejado de todo el trajín, la acción y el vértigo, en el Polo Norte, se encuentra Arthur, un muchacho alto, largo y bastante torpe (con reminiscencias de Linguini, el chef caótico de Ratouille) pero con un corazón de oro. Su cuarto está iluminado con lamparitas navideñas y su labor consiste en leer y responder las cartas que los niños le envían a su padre, Santa.

    Esa es su posición en el negocio familiar y pronto entendemos por qué: el muchacho hace que hasta la tarea más simple -como llevar una carta a su hermano, Steve- parezca una odisea homérica. Ni hablar de dejar las puertas abiertas (no tanto por el frío nórdico, sino por los osos polares). Nadie en su familia parece atesorar lo que todavía queda en Arthur y ese es el verdadero espíritu navideño. Su hermano quiere reemplazar al viejo en la tarea anual para siempre, pero el hombre de la bolsa no planea retirarse. Para más, el abuelo (el linaje de Santa Claus es legendario, parece) quiere probar que puede hacer las cosas mucho mejor sin la ayuda tecnológica. Todos están preocupados por sí mismos, menos el pobre Arthur, que desea entregar el último regalo de Navidad antes de que sea demasiado tarde.

    El film es predecible y sus personajes están basados en estereotipos demasiado conocidos, pero -como la película- tienen suficiente personalidad como para ser recordados con simpatía. Steve, el hermano perfecto de Arthur, vive monitoreando todas las operaciones. Los planos son angulares, como para enfatizar su soledad frente a la fría mecanización moderna, opuesta a la cálida y minúscula (un poco empalagosa, para mi gusto) habitación del protagonista. Noté que incluso los personajes secundarios (esos parlanchines que alivian el relato siendo elementos puramente cómicos) brillan. Tomemos por ejemplo, la elfa empaquetadora. Uno puede ver que más allá de sus apariciones en pantalla, la muchacha era una avocada al trabajo en los envoltorios.Parte del crédito es del guionista Peter Baynham quien trabajó en Arthur (la comedia con Russell Brand) y Borat. Mezcla buenos gags con un humor, por momentos, irreverente. Después de tanta solemnidad con el cine de Pixar (que lo amamos, pero eso no quita que sea solemne o pretencioso) y del cinismo de Dreamworks (que se agotó junto con la saga de Shrek) se agradece un poco de diversión y aventura genuina.

    Los estudios Aardman Animation fueron responsables de clásicos como Pollitos en Fuga y la serie de Wallace & Gromit. Es injusto comparar Operación Regalo con esos títulos porque esta se trata de una película animada por computadora, mientras que las otras -más "artesanales"- eran capturas de movimientos de muñequitos de plastilina. A diferencia de Lo Que el Agua se Llevó, que intentaba copiar ese estilo de animación en el mundo digital, Operación Regalo acepta lo que es y se dedica a relatarnos una bella fábula sobre la Navidad.
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  • Amanecer - Parte 1
    Amanecer - Parte 1
    El Ojo Dorado
    Los films de la serie Crepúsculo a esta altura se han convertido en un fenómeno comercial, intrascendente para la historia del cine. Para bien o para mal, han vuelto a poner en el mapa de la cultura popular a los vampiros y los licántropos -vedados, hasta no mucho tiempo atrás, para algunos pocos fanáticos del cine de terror fantástico- pero en clave romántica. En los films anteriores, la joven humana (Bella Swan) debía decidirse entre el pálido (el inmortal Edaward) o el morocho (el peludo, CGI mediante, Jacob Black).

    Establecida formalmente con Edward (con boda, familiares, seres sobrenaturales, luna de miel y todo) el punto culminante de la serie parece llegar demasiado pronto en la (primera) parte final. Tienen relaciones sexuales, con el consabido riesgo que ello implica para Bella: la muerte. La prueba de fuego es superada, pero nace un nuevo riesgo cuando ella queda embarazada y su vida corre peligro. El melodrama ahora pasa por conservar la vida de la joven madre, que necesitará de todos sus amigos (de la raza que sean) para superar el desafío. Claro: habrá reproches, momentos de tensión, desmayos y ocasionales peleas.

    Que todo el drama parezca una sinopsis de la telenovela de la tarde no es tan molesto como el mal que sigue aquejando a la serie: todo está en palabras de los personajes. No encontré un solo momento en Amanecer donde los hechos no estén explicitados en las palabras del hombre-lobo o los vampiros. Incluso hasta en los momentos románticos está la necesidad de expresar con palabras lo que ya quedaba claro en imágenes. Si los personajes no hablan, entonces escuchamos música de las bandas que completan la banda sonora. Mal de males, Melissa Rosenberg, pródiga para los diálogos, hace que los actores repitan líneas risibles. Sumen (o resten) a eso que ni Taylor Lautner ni Robert Pattinson son buenos actores (Pattinson hasta parece bueno al lado de Lautner) y la carga dramática se evapora en un par de gritos histéricos.

    El otro gran problema está ligado a ese sinfín de palabras: la falta de emoción proveniente de verdaderos momentos cinematográficos. No hay mucho que decir más allá del resumen de la historia, porque la película tampoco ofrece secuencias memorables. Si me preguntan qué recuerdo del film: plano y contraplano de adolescentes debatiendo en una cabaña en medio del bosque. Cuando pareciera que la verdadera emoción está por llegar, esos momentos se diluyen esperando la segunda parte. Es como si el clímax se obviara en pos del "omitido" tercer acto. Algo así pasaba con las últimas dos entregas de Harry Potter. La diferencia es que en ambas había momentos e imágenes icónicas, difíciles de olvidar (¿o nadie recuerda el castillo iluminado por la barrera mágica?).

    Bill Condon, el director de De Dioses y Monstruos y Soñadoras, se esfuerza en crear los climas de tensión y suspenso, más que nada en la segunda hora de película. Cuesta saber cuánta libertad puede haber tenido a la hora de decidir las cuestiones más importantes, en una película donde todo está (pre)calculado por los productores. Hablar en términos más comerciales que artísticos frente a esta película ("aceptable", "mediocre" podrían ser los términos promedio para referirse a ella) no está mal. Después de todo, el título nos indica qué es lo que importa: el dinero.
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  • Un amor
    Un amor
    El Ojo Dorado
    El tercer film de Paula Hernández la establece como una de las mejores directoras de la reciente filmografía argentina, lo cual no es poco teniendo en cuenta algunos de los nombres que podemos encontrar ahí (desde Lucrecia Martel hasta Ana Katz). Construye un relato conmovedor que gira alrededor de tres personajes, atrapados en un triángulo amoroso que nunca olvidarán ni dejarán del todo. Pocas películas logran con tanta rapidez y facilidad la conexión con el espectador: sospecho que esta es una de ellas. Gracias a la sutileza conque se maneja la historia de los personajes, podemos sentir lo que ellos están viviendo.

    Lalo y Bruno (Alan Daicz y Agustin Pardella) son dos amigos inseparables. Lalo es de perfil más bien bajo: ese tipo de personas calladas, que miran todo el tiempo al piso y no quieren dañar a los demás. Bruno es más efusivo, más directo, aunque en el fondo también comparte la inocencia y el miedo de su amigo. Los cimientos de sus mundos son sacudidos ante la llegada de Lisa (Denise Groesman) una jovencita que parece decidida a tener su primera experiencia sexual con alguno de ellos dos. A partir de ese momento el nombre de Lalo cambiará: será Concha. Tanto su amigo como su amor (¿imposible?) lo llamarán así. Las cosas no parecen ir mejor para Bruno, que entablará una relación con Lisa pero no sabrá cómo mantenarla.

    Esa descripción de la historia parece adelantar demasiado, pero no: lo que importa aquí no es cuán original es, sino cómo está llevada a la pantalla grande. Es allí donde se luce todo el elenco, de tan buen nivel interpretativo que cuesta elogiar a uno por sobre el resto. Incluso los más chicos están bastante bien. Luis Ziembrowski (Bruno adulto) y Elena Roger (Lisa adulta) establecen una relación profunda y sincera, basada en las miradas, los gestos y las caricias. Es un placer verlos juntos en la pantalla y a la vez, una tristeza enorme. Igual que las breves apariciones del confundido Lalo (Peretti) que no sabe bien cómo reaccionar. La música Axel Krygier es bella y melancólica: hermosa. Pero a veces está en primer plano y parece indicarnos qué debemos sentir ante tal secuencia o momento climático. Es una pena, en un film cuya principal fortaleza es la sutileza conque maneja las historias dramáticas.

    Mientras la miraba recordaba situaciones de mi propia vida: cuando una película, además de ser una amalgama emocional, me retrotrae a distintas etapas de mi vida, la considero un suceso en mi corazón. Son esas a las que vuelvo con el paso del tiempo para reveerlas con el mismo interés (o quizás mayor). Más aún si el título es Un Amor. No hay mejor descripción posible.
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  • Detrás de las paredes
    ¿Qué tan mal puede salir una película que tiene como principales actores al actual 007 (Daniel Craig) y a dos de las actrices más bonitas que el cine haya visto (la ganadora del Oscar Rachel Weisz y Naomi Watts, que para quien suscribe, es la actriz más linda en la actualidad)? La respuesta a esta pregunta está en Detrás de las Paredes, que de todos los misterios que esconde (y son muchos), quizás ese sea el más interesante. La narración del film es un desastre: los giros -supuestamente reveladores- son demasiado previsibles, los personajes toman decisiones que nadie puede entender (según sus propias reglas y su propio mundo) y para más, la película tiene una crisis de identidad. Mezclar géneros es un indicio de maestría, algo que Jim Sheridan obviamente no ha logrado. Detrás de las Paredes comienza como una película de terror fantástico, pero rápidamente se vuelca al thriller psicológico, para pasar al policial más simple y chato y culminar (spoiler: puede pasar al párrafo siguiente si prefiere) con una nota pseudo romántica/fantástica. La música de los créditos finales así refleja todo esto, sin mencionar que el título original es Dream House. Si los films de Scorsese y Nolan sobre los sueños fueron justamente criticados (aún con sus aciertos, que los tienen) imaginen este film.
    Detrás de las Paredes narra la historia de un escritor que cansado de la vida urbana decide mudarse con su familia a un lugar más tranquilo. Pero lo que sus vecinos nunca le dijeron es que en la nueva casa se cometieron terribles asesinatos. Casualmente, un hombre enloqueció y asesinó a su esposa y a sus dos hijas. Adivinaron: el personaje de Daniel Craig tiene una esposa y dos hijas. Para más, una vecina tiene una mirada sospechosa, pero más nos hace sospechar a nosotros que está involucrada en algo mucho más importante que lo que parece, no sólo porque sea Naomi Watts, sino porque nunca se puede esconder que ese personajes "secundario" es, en realidad, bien "primario". Del mismo modo no se pueden evitar que las revelaciones estallen frente a nuestros ojos, seamos espectadores avezados o no, mucho antes de que ocurran. Lo que queda es un film que se siente como rutina pura, y ni siquiera prolija.
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  • Don Gato y su pandilla
    En esta época donde toda película se promociona en 3D, todavía hay algunas que no entienden que el cine es en 3D sin necesidad de anteojitos. Que haya que trabajar la profundidad en 2D es otra cosa. El problema es cuando, aún con los anteojos puestos (o sin ellos, es lo mismo), ni siquiera se logra un mínimo de profundidad de campo. No digo que las caricaturas en pantalla parezca realizadas en el Antiguo Egipto -sólo porque no están de perfil todo el tiempo- sino que nunca logran "despegarse" del fondo. Esta es una producción argentina-mexicana, pero el resultado es muy pobre. No sólo porque la animación es fea (escenarios pixelados, mandíbulas mal "recortadas") sino porque "lo demás" (hablando de una película animada, no es poco) es catastrófico.
    Una secuencia involucra una persecución entre Matute (el oficial de policía degradado por el villano de turno, que vigila la ciudad con cámaras de vigilancia y robots) y Don Gato (el gato que con mucho ingenio se las arregla para conseguir lo que quiere): termina en un choque múltiple con un violinista, gente despavorida huyendo de un teatro, y una lluvia artificial de extintores activados por accidente. Nada de lo que sucede en pantalla resulta gracioso (el slapstick es muy básico) y los remates o one-liners no ayudan en nada, incluso resultan un poco ofensivos (uno de los gatos de la banda, Demóstenes, decide crear una distracción vendiendo caramelos y anuncia a los gritos: "La gorda da 10 pesos por un chocolate: ¿quién da más?". Más tarde habrá perros metálicos, perros que se creen gatos, gorilas con moños (en una de las secuencias más increíbles, en el peor de los sentidos, de la película), mafiosos, caballos elegantes, y villanos feos que se creen lindos. Es una mezcla que nunca se siente orgánica, como si por poner todos esos elementos que distan de ser originales, el producto fuera gracioso per se. La sensación que deja Don Gato y su Pandilla es que los gags que realmente funcionan son los que eran parte de la serie (los de la secuencia de introducción y algunos más) pero el resto es silencio. Hablando de una película que apunta a divertir a los más chicos, es un silencio inquietante y molesto.
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  • Pina
    Pina
    El Ojo Dorado
    Filmar sobre danza

    Thelonious Monk decía que escribir sobre música era como bailar sobre arquitectura. Algo así se siente al intentar abordar la nueva y ambiciosa obra que Wim Wenders, el director de París, Texas, planeó junto a Pina Bausch. Es un proyecto que nació en la década de 1980 y recién se materializó en este 2011. Entre medio muchas cosas han cambiado y todo el documental estuvo a punto de quedar en la nada cuando la famosa coreógrafa falleció en el 2009. Pero la tristeza por la pérdida de una de las más grandes bailarinas de la danza contemporánea se convirtió en una celebración: a un estilo, a una estética, y a una forma de ver la vida y el arte.
    Sin seguir los lineamientos estrictos de un documental, Wenders realiza, junto a la compañía de danza Tanztheater Wuppertal, un homenaje a Pina. Su carrera a través de Café Müller, Le sacre du Printemps, y Vollmond -con un escenario lleno de agua-, entre otros, es especialmente conmovedora. Uno puede no "entender" de danza contemporánea, pero difícilmente salga impávido ante la belleza de los movimientos de los bailarines, acompañados por sus propios recuerdos de la Maestra (aunque algunos de estos testimonios, con voz en off y dirigidos al espectador, interrumpan la danza).
    Wim Wenders quiere que esta sea una experiencia totalmente inmersiva: que el espectador se sienta atraído por estas imágenes tan bonitas. Así lo logra: combina el material de manera que resulte conmovedor, pero principalmente alegre y cómico. No hay tristeza en esta película: solo el regocijo por disfrutar el legado de una artista. Se entiende así la utilización del 3D que desde Avatar (de James Cameron) hasta ahora, es de lo mejor que se ha visto en el cine. No es casualidad que ambos directores filmaran sus respectivos películas con las cámaras Real 3D. Es fundamental que no sea un trabajo de producción y que Wenders entienda que el 3D está pensado en un plano bidimensional. Borrando las fronteras de cine comercial y cine de autor, esta es una película que puede ser disfrutada por cualquiera, aún cuando le resulte complicado expresar por qué le gustó lo que le gustó.
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  • Gigantes de acero
    Gigantes de acero
    El Ojo Dorado
    Demasiado acero y poca sangre

    Hugh Jackman es Charlie, un perdedor que se la pasa viajando en su casa rodante con los pedazos de chatarra de lo que alguna vez fueron grandes robots. Los modelos, otrora campeones, quedan reducidos a pedazos cuando él se encarga de dirigirlos. En el futuro los boxeadores son reemplazados por gigantes mecánicos que no hacen más que obedecer las órdenes de sus dueños. Uno creería que deberían ganar siempre aquellos con el mejor equipamiento que el dinero pueda comprar y en efecto así es. El actual campeón está comandado por fríos directivos que hacen del deporte un negocio. Casi como una parábola de esta película (dirigida por Shawn Levy, de La Pantera Rosa y Una Noche en el Museo) que sigue al pie de la letra el manual de las películas de boxeo y se sostiene demasiado en la simpatía que nos puedan causar sus estereotipados personajes.
    Cuando el personaje que más gracia y corazón inspira es un robot (Atom, la fábula del underdog que tiene una chance en su vida) se nota que estamos en problemas. Charlie es una versión adaptada para los más chicos de Randy "The Ram" (Mickey Rourke) en The Wrestler, que de por sí era una suerte de parodia a estos personajes re-interpretados hasta el cansancio. Dakota Goyo es Max, el hijo que llega por obligación (el padre acepta cuidarlo por unos meses a cambio de dinero) pero es demasiado listo para preocuparse por su progenitor. La dinámica entre los dos, un poco conflictiva al principio, no tardará en dar sus frutos. Empezarán una travesía alrededor del país entrenando al robot que parece ser el indicado, sólo ante la vista del menor. ¿La moraleja? Todos pueden tener su oportunidad. Esa es la conocida. Por otro lado se plantea una más o menos "nueva": las relaciones humanas todavía pueden darle batalla a las frías organizaciones ultra-sofisticadas y su avanzada tecnología. Es una lástima que no haya un corazón latente en esta película, que se siente demasiado estereotipada como para ser sincera con lo que nos está diciendo. Todo se trata de terminar y lograr que los niños quieran comprar algún juguete de los robots. Al menos están bien diseñados y la película, en términos puramente técnicos, está bien. ¿Suficiente? Depende el grado de simpatía que logre usted con los personajes.
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  • Conan el Bárbaro
    Conan el Bárbaro
    El Ojo Dorado
    De espadas, sangre, monstruos y pocos sesos

    El problema con Conan: El Bárbaro, no es que el nuevo protagonista (Jason Momoa, ocupando el lugar de Arnold Schwarzenegger en el film de culto de 1982) no tenga gracia. Eso hasta podría ser un acierto, porque el film no intenta hacer de Conan -el personaje- un tipo simpático o agradable. El guerrero cimerio es bruto, salvaje y por demás violento. Está bien, es un bárbaro, y su rutina en Hybora incluye liberar prisioneros (aunque casi los mate a todos, en su intento de rescate), quedarse con las mujeres más bellas, decapitar nigromantes y pelear contra bestias míticas. Ni siquiera importa que sea la venganza su única motivación (¿cuántas historias -atrapantes- hay de venganza?). El verdadero problema es que Marcus Nispel nunca puede darle algo de alma a unapelícula que se siente como rutina pura.
    El otro problema es Jason Momoa. Cualquiera de los actores secundarios es más interesante que él. Stephen Lang (el militar que bebía café mientras derribaba árboles en Avatar) es un poderoso hechicero que ansía revivir a su fallecida mujer, con ayuda de su hija, la engañosa Marique (Rose McGowan, con un manquillaje que hace que su belleza sea tétrica). La búsqueda de sangre de Conan no se detendrá mientras ambos sigan con vida. En el camino conocerá algunos aliados y enemigos, de breves minutos en pantalla. Cada uno cumple el rol indispensable en una película moderna de aventuras. Está el estafador cobarde, el torpe y bruto guardia carcelero, el amigo (también bruto) pero de buen corazón. Claro, que los verdaderamente importantes son el padre de Conan (Ron Perlman, en otro desastre de fantasía y batallas, después de Cacería de Brujas) y el interés romántico, protagonizado por la ignota Rachel Nichols.
    Sí: hay escenas cruentas de batallas, hechizos, monstruos descomunales, sexo, violencia, y hectolitros de sangre. Decididamente esta vez la fantasía no es una propuesta para chicos. No hay nada de malo en eso, pero nada se siente como un conjunto orgánico (parecen injertos para tratar de complacer a los fanáticos). Si a eso le sumamos que aún con todos los miles de dólares invertidos todo se ve falso (especialmente la barba de Perlman y los tentáculos de un pulpo gigante) lo único que nos queda es un Conan, bárbaro, sí, pero nada memorable.
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  • El árbol de la vida
    Tan compleja, triste y hermosa como la vida misma

    Unless you love, your life will flash by.

    En casi dos horas veinte, Terrence Malick se propone a englobar toda la alegría, la tristeza, el drama y la épica que significa ser humano. Al lado de eso, la creación y la destrucción de la Tierra (del universo, también) queda como algo... pequeño. Es un film demesurado y desproporcionado pero en el buen sentido: la odisea (del espacio) visual remite a 2001, de Stanley Kubrick, sólo por hablar de uno de sus referentes. Pero en esa visión bigger (¿o deberíamos decir equal?) than life lo primordial son todos los aspectos que nos constituyen como personas; el vínculo que establecemos con la naturaleza y la religión.
    En esta aventura ambiciosa, Malick pone especial atención a los pequeños detalles de las vivencias de Jack (Hunter McCracken, el verdadero protagonista de la película) en su hogar de clase media en Texas, alrededor de la década de 1950. La cámara capta con ángulos panorámicos todas aquellas cosas hermosas que nos llaman la atención: desde la cara de un bebé reposando en el hombro de la madre, hasta el andar del padre por una fábrica nueva y limpia, luego vieja y corroída por el paso del tiempo. Esas son las cosas que verdaderamente interesan. La magnitud de lo que vemos en pantalla nos recuerda que somos seres finitos, apenas "algo" en el cosmos. Jack, el menor, crece entre el orden (el cosmos) representado por el padre (en una primera visión puede parecer demasiado estricto: no lo es) y el desorden (el caos) representado por la madre. Para Pitágoras el universo se rige entre la armonía musical y la armonía cosmológica: en la película todo tiene un rol musical, incluso los silencios. Escuchamos composiciones de Brahms, Taverner, Berlioz, mezclados con la música original de Alexandre Desplat (como siempre, una gran partitura nunca altisonante, nunca en primer plano, que se complementa con el resto de los "apartados técnicos"). Toscanini es el referente del Señor O'Brien (Brad Pitt que compone en cada gesto, cada mirada, cada arranque de furia, no un concepto, sino a un personaje). Él trata de llevar la orquesta, su familia, con armonía, pero pronto descubre que es una tarea bastante complicada. Sigue el camino de la gracia (como anuncia la madre al principio: "Hay dos caminos en la vida: el de la gracia y el de la naturaleza. Hay que elegir a cuál seguir") pero cuestiona las cosas que le suceden, no entiende ni comprende como es que Dios permite que sucedan las cosas que, efectivamente, suceden. Aunque a veces los voice-over de la madre irritan un poco (parecen llenos de filosofía new-age, explicativos y pretenciosos) el film nos recuerda que se adopta al punto de vista de esta familia tradicional norteamericana de religión católica. Desde esa cosmovisión interpreta el resto.
    Si Akira Kurosawa filmó Ran siempre por encima del hombro los personajes, dando la sensación de que veíamos todo desde el punto de vista de un Dios, Malick parece embobarse, maravillarse, con tantos planos en contrapicado de edificios, personas, luces, sombras... es como si viera todo como la más grande y bella creación. La creación del universo, los girasoles, las nubes, todo está filmado con extrema delicadeza. Es cierto que eso mismo se parodiaba en la grandísima Adaptation. (El ladrón de orquídeas, de Spike Jonze) pero aquí todo está tan bien hecho, con tanto decoro y prolijidad que lo que hubiese sido banal termina siendo poético. No se trata de descifrar símbolos, como si fuera una película de Ingmar Bergman. Walter Lippmann decía que todos creemos en imágenes preexistentes en nuestras mentes (los tan mentados preconceptos o prejuicios) y convertimos las ideas en símbolos. Malick deconstruye todas estas imágenes inconexas a priori, para que el sentido se lo otorgue el espectador. El ritmo, la deconstrucción, permite que se derriben todos esos prejuicios, esas ideas preconcebidas de esto y aquello. Eso, claro, hasta el tercera acto, donde -sin adelantar nada-, la película nos dice, nos indica qué es lo deberíamos pensar y sentir. Es un error donde muchos grandes cineastas han caído (recientemente, Peter Jackson con The Lovely Bones y Clint Eastwood con Hereafter).
    Brad Pitt no es el único actor que brilla. Desde el pequeño Hunter McCracken, la mística Jessica Chastain -uno de los nombres más promisorios del cine, de aquí en más con su voz celestial y pasiva-, hasta la breve aparición de Sean Penn, todos son funcionales al relato. A veces el tono filosófico agota, los personajes hablan poco pero pareciera que hablan de más (otra vez: el voice-over el personaje de Chastain), alguna secuencia onírica molesta (de nuevo, involucra a Chastain, esta vez, volando) y el tercera acto que sí bordea lo banal. Pero son reparos más bien menores en una obra con tantos aciertos. Es como si el protagonista desquiciado, rebelde, enorme, que se devora la película, fuera la película misma. Ya saben: el ciudadano Kane, el Daniel Plainview, es el mismo director. Necesitamos de la épica en nuestras vidas, y también en el cine. Este es un relato épico, no sólo por la escala, sino por la atención con la que está realizada. David Lean borraba las huellas que dejaba la producción y los camellos antes de cada toma en Lawrence de Arabia. Tal trabajo no se puede apreciar, pero nos da una idea enorme de lo que es la película.
    La primera vez que salí de la sala de cine, experimenté cierta confusión: admiraba la película y había podido conectar emocionalmente, pero también comprendía algunas de las quejas con la narración del film. Luego de verla por segunda vez, comprendí que la narración no es compleja. Hasta se podría decir que es clásica, salvo por un par de saltos temporales. También entendí que todos los "grandes temas" que recorre la película quedan pequeños, porque se centra en algunos puntos en cuestión, no en todos. Ahí está el acierto: la familia es la columna vertebral del film, el modo en que la entendamos hará que veamos una obra mayor o menor. De eso se trata el arte: de interpretar y conmovernos. No de imágenes grandilocuentes o temas serios. El Árbol de la Vida, ante todo, conmueve.
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  • Damas en guerra
    Damas en guerra
    El Ojo Dorado
    Mucho más que una comedia para mujeres

    Hay dos grandes aciertos en Damas en Guerra, película-hermana de aquellas dirigidas por Judd Apatow (Virgen a los 40, Ligeramente embarazada): el primero es que es una película de mujeres pero no exclusivamente para mujeres. Es como si los groseros, brutos y chiquilines protagonistas de aquellas películas ahora tuvieran su equivalente femenino. Hay dosis por igual de situaciones donde los personajes deben tomar decisiones y madurar (como en Supercool, también producida por Apatow) que se alternan con otras de humor decididamente grotesco y poco sutil. Esto permite que, salvo algunas pequeñas situaciones, no nos riamos de los personajes sino con ellos. Sufren, sí, pero anhelamos que puedan superar sus problemas.
    En este caso, todo pasa por un casamiento, y cómo dos amigas de toda la vida se ponen a prueba. La protagonista es Annie, una ex-cocinera de pasteles (con local propio) que ahora vive en un departamento alquilado con otros inquilinos, su relación amorosa no parece estar mejor (está con un hombre que la trata como un objeto sexual) y su vida no parece encontrar un buen rumbo. Su madre le dice que lo mejor de tocar fondo es que no se puede caer más bajo, pero parece que el fondo todavía está unos kilómetros más abajo.
    Ella, con el advenimiento de la boda de su mejor amiga, se pone celosa con la inclusión de otra de las "damas de honor": Helen es la chica perfecta. Esa mujer snob que habla en inglés y francés, planea la boda de la amiga (con todos los detalles tan edulcorados y costosos) y en definitiva, es insoportable para la mayoría de los mortales. Es, como la describe uno de los afiches de personajes, "Little Miss Perfect". A partir del encuentro entre ambas, la película toma un rumbo distinto a la primera media hora y empieza a utilizar los mejores gags (algunos de ellos poco originales, hay que decir). Más tarde se transforma en una película de compañeros: todas las películas de Apatow duran mucho más que las comedias normales (siempre de una hora y media, mientras que estas, al menos, de dos horas). Pero también es cierto que hay "varias" películas en una. Esta no es la excepción.
    El otro gran acierto de la película, uno que de por sí solo vale el film, es Kristen Wiig. La comediante de Saturday Night Live hace suya la historia: construye un personaje multifacético, capaz de hacernos reír y emocionar. Es simpática e insegura, y ella es Annie, la chica que deberá encarrillar su vida mientras compite, digamos, con la mujer perfecta. No vale la pena arruinar las sorpresas que depara el film, pero uno casi nunca ve a la actriz, sino al personaje. Eso es muy bueno.
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  • Noche de miedo
    Noche de miedo
    El Ojo Dorado
    El disfraz de los vampiros

    Noche de miedo, en parte, recupera el encanto y la nostalgia por films como La hora del espanto (Fright Night, 1985). Aquella era una de las últimas películas sobre los monstruos clásicos (agotados ya por tanto cross-over y auto-parodias) antes del advenimiento de las slasher movies (cuando los asesinos seriales ocuparon el puesto de los clásicos seres de Universal y Hammer). En este caso, Noche de miedo es una película más dentro de la época de las remakes. Por suerte está hecha con suficiente cariño y respeto como para saber congeniar secuencias de suspenso genuino con situaciones cómicas.
    La primera media hora del relato combina el estilo cómico de las películas de adolescentes norteamericanos con el suspenso in-crescendo que provoca la llegada de un misterioso vecino. No es casualidad que uno de los amiguitos del protagonista sea Christopher Mintz-Plasse (McLovin de Supercool), y que ahora los jóvenes sean los típicos nerds sufridos de la Universidad. Charley, el chico que descubre que su vecino es un vampiro, podría haber sido Michael Cera o Jesse Eisenberg. Es Anton Yelchin, que cumple con el psyche du rol. La madre es Toni Collette y la novia, Imogen Poots. Atención: porque las mujeres aquí son de armas tomar. Nada de salir gritando histéricas cuando haya peligro.
    Hay muchas persecuciones, hectolitros derramados por aquí y allá, y aunque los efectos visuales "baratos" probablemente produzcan la sensación de nostalgia que produce el film original, en unos cuantos años más, los efectos de maquillaje de la película de 1985 se ven todavía más creíbles que los vampiros por computadora.
    Si hay algo en lo que esta remake sale favorecida en comparación con la original es en el elenco. Además de los ya mencionados, Colin Farrell pone el carisma y la gracia que el villano de la película original no supo tener. Está bien: es un vampiro afectado por la moda de Crepúsculo (¡había una época en que los vampiros eran feos!), pero hay que admitir que aquí funciona. El otro gran pilar del film es David Tennant, es que una suerte de Chris Angel mezclado con el Peter Vincent (personaje nombrado en homanaje a Peter Cushing y Vincent Price, eternos cazadores de vampiros). La mejor secuencia de todo el film cuando este estafador se va sacando todos los disfraces que lleva encima. Es casi un comentario sobre las películas de terror moderna: pura estética, nada de corazón. Noche de miedo es pura estética: pero también tiene corazón.
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  • Amigos con beneficios
    Me río porque te quiero

    Los dos amigos (bueno, no tanto: más bien compañeros de trabajo) están tirados en el sillón mirando televisión. La situación es rara porque no hay nada que impida que en pocos momentos tengan sexo: no tienen lazos de amistad que cuidar. La idea aflora y los dos, más propicios que reacios, se comprometen a tener relaciones sexuales, pero sin ningún tipo de ataduras. Lo que sigue son, claro, en clave cómica, escenas de sexo. Ante tanta pacatería por parte de los estudios de Hollywood, es llamativo ver una secuencia así. No es que ninguno de los actores tenga un desnudo frontal, pero en este tipo de comedias románticas livianas, el sexo significa qué el montaje nos muestra como llegan a la cama y cómo se levantan. Nunca lo que pasa en el medio. Hay algo de "rebeldía" en esta producción. Claro: entre comillas.
    Mientras los dos están viendo una película (falsa, que reúne todos los clichés del género), él se pregunta por qué siempre se siguen los mismos y notorios lineamientos. El chico que espera a la chica en la estación de trenes, el beso final y la música pop celebradora para terminar (un esquema que repite sin sutilezas Slumdog Millionaire, por ejemplo). Ambos se burlan: no es la única referencia metatextual. Se nota que al director de Se dice de mí (Easy A, la película que llevó a la fama a Emma Stone) le interesa demostrar que sabe -o al menos vio- varios clásicos del cine. Un dato no menor, en otro de los tantos géneros bastardeados aquí y allá. Pero debajo de esa capa de cinismo, casi como el personaje de Justin Timberlake (el varón que sabe que está frente a "la" chica pero que le cuesta asumirlo en público) se esconde un gran amor y aprecio por todos esos lugares comunes que tanto critica. Es como el personaje cool (y de vuelta: volvemos a Timberlake-Dylan-SeanParker) que nunca admitirá que tiene debilidad por lo cursi.
    Hay algunas secuencias que definitivamente, no funcionan (el baile coreografiado en Nueva York) pero muchas otras sí. Principalmente, porque el film respeta mucho a sus personajes y siempre trata de hacernos reír con ellos y no de ellos. Es una diferencia notable. Por ejemplo: el niño que hace magia y todo le sale mal. En la mayoría de las comedias (románticas, especialmente) no se dudaría en burlarse de él, casi siempre con un humor físico bastante burlón. Aquí se consigue la simpatía con el chiquito, que es lo que a la mayoría le falta.
    Todos estos clichés, que el film cumple casi a rajatablas, demostrando ser mucho más conservador de lo que aparenta -incluso en la idea de sexo casual: no pueden tener relaciones sin enamorarse-, no serían tan funcionales si los dos actores frente a la pantalla no tuviera tanta química. Timberlake lo probó en The Social Network y Mila Kunis, a su modo también, en Black Swan. Pero aquí los dos tienen un excelente timing cómico. Se llevan de maravilla y eso se agradece. Se podría haber hecho toda una crítica (laudatoria, también) sobre ellos dos, que nos compran con apenas unas sonrisas. Porque en el fondo, son la piedra basal del film: gracias a ellos compramos la reiterada historia una vez más. Y gracias a ellos, la reiteración se vuelve algo más fresca, algo simpática. Nos reímos con ellos, pero no de ellos.
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  • Destino final 5
    Destino final 5
    El Ojo Dorado
    La serie de los tornillos flojos

    La serie de Destino Final se basa en una premisa simple: un grupo de personas -destinadas a morir- se salvan de una catástrofe. A la muerte no le gusta que la engañen, por eso lo único que logran, en definitiva, es posponer lo inevitable. Ciertamente estas raíces orientales (la creencia en el destino) parecen amedrentar a la cultura occidental en los films de Hollywood. En este caso, un grupo de jóvenes escapa con vida del colapso de un puente. Mueren, pero en una premonición. Cada personaje muere dos veces en estos films: una vez es falsa. La otra, no.
    Esta falta de suspenso agotó a la serie en primera instancia. Los personajes son seres unidimensionales interpretados por jóvenes no muy afectos a la dramatización (o por el contrario: excesivamente teatrales) que no logran el mínimo de simpatía, ni siquiera entre ellos. Para más, cuando el terror (¿terror?) toma ribetes cómicos, ahí es donde se nota más la incompetencia. En 4 películas hemos tenido dos mediocres y dos malas. Era hora de tener una, al menos, aceptable. Esa es Destino Final 5 que, por su flojo desempeño en taquilla, parece ser la última.
    Esta cuenta con muchos de los problemas de las anteriores. Lo más notorio, una vez más, son los actores. Dejando de lado eso, hay un interés genuino por generar acción y tensión en la pantalla. La mayoría de las veces, las tragedias se desatan por tornillos flojos (el 90% de las muertes más cruentas se generan porque un tornillito estaba mal ajustado). Aquí una secuencia juega con eso, y nos muestra como los pies de una bailarina de danza pueden terminar muy mal clavándose un tornillo en el talón. No morirá, es cierto: pero el dolor insoportable es lo que nos genera nervios.
    Por otro lado, algunas secuencias están matizadas con buenos intentos de comicidad. A la muerte no le gusta que la engañen, pero tampoco quiere tomarse las cosas tan seria. La aparición de la muerte personificada le agrega un matiz más: el villano que nunca debería haber faltado. Con todos estos agregados, la serie encontró el rumbo: es casi un cómic, un pulp, del cine. Lástima que es demasiado tarde. A estas alturas, el destino final parece ser más bien profético para la propia franquicia.
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  • Mi primera boda
    Mi primera boda
    El Ojo Dorado
    La fiesta inolvidable

    Adrián (Daniel Hendler) juega tirando el anillo al aire. Está en un balcón y la cámara nunca nos mostró cómo se ve el suelo desde esa altura. Nosotros suponemos (sabemos) que momentáneamente perderá el anillo y dará lugar a todo tipo de situaciones increíbles para esconder tamaño error. Sí, es un cliché: la película rinde homenaje a la comedia norteamericana de los años '50 y '60, haciendo principal referencia a la screwball comedy (la comedia de enredos: algo así como Muerte en un funeral) y al slapstick (el humor físico en estado puro), en menor medida. No es un film revolucionario, pero no no todos tienen que serlo. En este caso estamos hablando de una producción cómica inteligente, con suficiente espíritu y actores carismáticos que logran que la alegría se transmita hacia el público. Porque de eso se trata: como si fuera un musical, Mi Primera Boda es una película feliz.
    Natalia Oreiro es, aún más que Hendler (quien está bastante bien como el torpe -pero bienintencionado- joven judío) el alma de esta película: bella, simpática y carismática. La cámara sabe captar sus gestos y potenciarlos. El cine, la pantalla grande, potencia todo: por eso los actores teatrales que no tienen en cuenta las dimensiones del nuevo formato tienden a sobre-actuar. Algo similar ocurre con los actores que vienen de la televisión. Oreiro logra ser fiel a su estilo y encandilar cada vez que aparece en escena.
    Es cierto que los buenos films establecen el ritmo y el tono en los primeros minutos. Mi Primera Boda abre con una secuencia de títulos (animada por el caricaturista Liniers) que resume la vida y la personalidad de los dos protagonistas. Él, un chico judío que se la pasaba jugando a los videojuegos. Ella, una chica católica que estudiaba para recibirse. La música, los colores vívidos y el resumen se adecuan perfectamente al meta-relato.
    Hendler y Oreiro se complementan de tal modo que nos creemos todas las situaciones que los involucran. Aparece un villano: el seductor Miguel Ángel (Imanol Arias), un hombre con ínfulas de intelectual. De esos que no bailan en un casamiento pero se la pasan criticando a los que sí se divierten, como si estuvieran en una posición más elevada. Él será uno de los tantos desafíos que tendrá que atravesar la pareja. También están los mismos familiares, algunos de los cuales están, sí, sobreactuados (principalmente la madre alcohólica, Soledad Silveyra). No es el caso del sidekick, el compinche, el potz: Martín Piroyansky como el joven primo que quiere ayudar pero termina entorpeciendo aún más los desastres de Adrián. El triángulo cómico que forma con los novios es totalmente eficaz. En un casamiento donde todo puede salir (y saldrá) mal, este tipo de personajes no ayudan para remontar las cosas. Nosotros estamos agradecidos.
    Hay algunas pequeñas secuencias que no funcionan del todo (breves insertos de humor físico, como Natalia Oreiro corriendo a su ¿futuro? marido con una motosierra) pero son más los aciertos. Entre tanta comedia que va al lugar común y se olvida que es cine, se agradece que esta producción no sólo tenga ingenio, humor y chispa, sino también mucho profesionalismo. Una película no es la sumatoria de sus partes sino el sentimiento psicológico que provocan. En ese caso, estamos hablando de un film que logra contagiar alegría. Como si fuera un musical.
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  • No le temas a la oscuridad
    Cuento de hadas perverso

    No le temas a la oscuridad es una remake de un telefilm de 1973 donde una pareja se mudaba a una vieja mansión, pero pronto descubrían que estaba habitada por una suerte de duendecillos demoníacos. El terror que no se explica siempre es el más efectivo: simplemente porque tememos a lo que desconocemos. Poco se explicaba sobre esas criaturas. Sólo sabíamos que hacían lo imposible para atrapar a Sally.
    La versión 2011 se explaya sobre la mitología de los monstruos. Es un acierto, en parte, porque uno de los guionistas es Guillermo del Toro, quien además produjo el film. Se nota la mano del director de Mimic y El laberinto del fauno: Sally es ahora una chiquita que se muda con su padre y la madrastra (Guy Pearce y una muy linda Katie Holmes) a la mansión embrujada. Los duendes comen dientes humanos y son más bien hadas malignas que parecen divertirse aterrorizando a los visitantes. Lo terrorífico siempre estuvo ligado a lo fantástico y allí es donde esta nueva versión de No le temas a la oscuridad es efectiva. Si bien la original era mucho más inquietante, esta opta por expandir el universo fantástico. Incluso se anima con unas bienvenidas secuencias cómicas.
    Por ejemplo, la misma secuencia -la cena con los inversores- en ambos films es bastante distinta. En la versión para televisión, no veíamos a los duendes y por eso resultaba escalofriante. En esta película los duendes ya no nos causan miedo, porque gracias al CGI ya hemos visto varias veces, pero resulta cómica y en cierto sentido, inquietante: sabemos que la protagonista tiene evidencias sobre ellos (obviamente, nadie le cree) pero también sabemos que los duendes se la quieren sacar.
    Los duendes fueron el principal atractivo de la versión '73 y lo siguen siendo ahora. Porque no son simples máquinas de matar, sino que parecen tener personalidad propia y disfrutar sembrar el pánico. Las voces que escucha Sally al principio son amistosas, pero luego se pondrán más y más violentas. Además, ver cómo se las ingenian para atacar a los humanos, mucho más grandes y fuertes que ellos, siempre es interesante.
    Ver cómo mutilan a un hombre, no nos asusta ni nos impresiona. Pero cuando la habitación de Sally está apenas iluminada por una lámpara, y distinguimos la figura de un duende detrás de un oso de peluche, sí nos asusta. Principalmente, porque la heroína es una niña. Allí es donde la magia aparece y la película se salva de terminar sepultada en el cine de terror mundano. La dirección de arte logra que la mansión tenga vida propia (ok: no es el Hotel Overlook) y nos muestra dibujos demenciales sobre criaturas del inframundo acechando a los niños. Del Toro había hecho algo parecido en la breve -pero memorable- secuencia del hombre pálido en El laberinto del fauno.
    Se nota que el género no sólo está en decadencia, sino que además sufre una crisis de identidad: este mismo año Wes Craven se auto-parodió con Scream 4. Tuvimos dos estrenos -atrasados- de maestros del terror: pero ninguno demostró estar a la altura de lo que alguna vez fueron. Ahora otra remake, que apenas es efectiva cuando se trata de impresionarnos y dejarnos con escalofríos. Por suerte, el cine de terror no se trata sólo de asustar: tiene que ser una buena propuesta artística, antes que nada. No le temas a al oscuridad lo es.
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  • Cowboys y Aliens
    Cowboys y Aliens
    El Ojo Dorado
    Geek Nirvana

    Por la red circula uno de esos afiches falsos que se "burlan" de las películas. Cambian el título original por el título fiel al sentido de la película. Así, The Tree of Life se llama Oscar, protagonizada y dirigida por Oscar (ya que todo parece indicar que es una de esas películas a las que a la Academia le gusta premiar). El de Cowboys & Aliens no podía ser más certero: Geek Nirvana. Si Sucker Punch era un mediocre rejunte de fantasías nerds, C&A no se queda atrás: faltaban los monstruos clásicos de Universal entrando en el tercer acto, para la batalla final, y estaban todos.
    La conjunción del título es una "y" pero bien podría haber sido un "vs.": quizás no lo usaron ya que hace unos años los aliens habían tenido que enfrentar a los monstruos. Un poco de paz no viene mal, cada tanto. Esta vez llegan a la Tierra, pero desconocemos sus intenciones. Las caballos de sangre pura no son competencia para las naves espaciales, así que los vaqueros son rápidamente dominados por los extraterrestres. Entra en escena Jake Lonergan, uno de esos tipos con un pasado violento y desmemoriado (otro héroe amnésico: y van...) que tiene un brazalete sofisticado con el que puede darle batalla a los invasores. Esto es apenas el inicio: lo que viene será un viaje entre los clásicos personajes del western: hay un Doc (y por ende, se escucha un "Hey Doc!) protagonizado por el versátil Sam Rockwell, un alguacil que quiere arreglar las cosas para bien con el desaforado, una extranjera, un tipo racista, un indio bueno, un indio no-tan-bueno, y claro, aliens que desliegan brazos del interior del exoesqueleto.
    Daniel Craig es un tipo bravo, como ya probó en Casino Royale, así que este rol encaja a la perfección con su piel curtida y su rostro temerario. Harrison Ford es una presencia mayúscula en cualquier film que aparezca y sabe como hacer de malhumorado (los que tuvieron la oportunidad de entrevistarlo, dicen que él es realmente así). Olivia Wilde no tan sexy como en Tron: El legado, pero igualmente deslumbrante (casi tanto como las lens fleres que parecen salidas de J.J. Abrams). Ya con sólo mencionarlos uno sabe que además de todos los personajes antes nombrados, se podrá encontrar con James Bond e Indiana Jones salvando a la chica de Tron de los aliens. Es la fantasía nerd, bien hecha.
    Mezclar géneros tan diversos y disímiles como estos no es tarea fácil. A lo largo de los años, estos crossovers demostraron ser casi imposible. Cualquier neo-western retro-futurista es desastrozo. Vean Wild Wild West, sino. Pero el director de Iron Man se las ingenia bastante bien: consigue crear atmósferas dignas del western (con personajes que recuerdan un poco al cine de John Ford) y que la mixtura no sea tan chocante. Matthew Libatique, el cinematógrafo de El cisne negro, ilumina los salones como homenajeando a Los imperdonables (de Clint Eastwood) y las luces de las naves espaciales, como en Star Trek. Los condimentos están, la preparación está bien hecha, pero hacia el final, Favreau apura la cocción: el último acto, la escaramuza entre terrícolas y seres espaciales, no está filmado con mucha dedicación (demasiada cámara "inquieta") y la conclusión es más bien abrupta. Una lástima. Sin los aliens, quizás hubiese sido un producto más formidable.
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  • Linterna Verde
    Linterna Verde
    El Ojo Dorado
    El color de la (des)esperanza

    Habría que investigar por qué los superhéroes verdes definitivamente no funcionan en Hollywood. Hulk (en sus dos fallidas y recientes versiones), el Avispón y ahora Linterna Verde. Un estudio simplista, llano y rápido concluiría afirmando que fallan (tanto en la taquilla como en recepción crítica) porque, mirándolos con benevolencia, son films mediocres. Pero... ¿no hay acaso películas peores, nocivas incluso, que terminan siendo éxitos mundiales? Despejar la incógnita de la ecuación no es tan fácil como parece. No es la intención aquí analizar por qué Linterna Verde es un fracaso (más allá de la tibia recepción en taquilla, dudo que hagan una secuela; mucho menos planes para Justice League, donde se reúnen todos los héroes de DC).
    En primer lugar, lo que hace que Linterna Verde sea un film fallido son las posibles secuelas. Aquí toda la mitología del humano que es reclutado por guardianes intergalácticos para convertirse en un protector del universo, se siente demasiado reciclada, apurada, e infradimensionada. Comienza como si fuera un cuento: oímos la voz de Tomar-Re (Geoffrey Rush) quien nos informa sobre la historia de la Green Lantern's Corp. Luego vemos a Hal Jordan (Ryan Reynolds) durmiendo con una chica mientras se da cuenta que está llegando tarde al trabajo. El tono parece ser el de Iron-Man: un film más bien cómico, con un mujeriego empedernido, bastante irresponsable, que descubre que hay cosas más importantes que uno mismo. Pero luego cambia, y se intercalan imágenes muy torpes sobre su pasado (esos flashbacks demasiado explicativos y poco prolijos) con momentos que difícilmente tengan correlación con el cuento de hadas que se proponía al principio.
    Green Lantern: First flight, un film animado lanzado a video, resume y narra mucho mejor los inicios del héroe. Hay más ideas en los primeros minutos de esa película, que en toda esta. Comparemos: en First Flight, Hal Jordan están volando, literalmente, en imágenes generadas por una computadora (aunque nosotros, al principio, creamos que es el cielo real). Aún así avergüenza a su compañera de equipo. Abin-Sur (el extraterrestre malherido) llega a la Tierra y el anillo hace que la máquina simuladora de vuelo realmente despegue, en busca del anillo. En Linterna Verde, Abin-Sur se estrella contra la Tierra, y tenemos que ver secuencias de la vida cotidiana de Hal (donde se subraya lo que ya sabíamos: que es un tipo irresponsable) para que, en plena luz del día, un globo verde lo encierre y lo haga volar hasta el lugar del aterrizaje. Pero la fantasía en ningún momento funciona: no llegamos a creer que eso puede pasar.
    Linterna Verde debería abrazar una amplia gama de colores en pantalla. En cambio, se las ingenia para ser realmente fea de ver. No sólo porque el CGI es bastante malo (¡la cara de Reynolds flotando sobre un cuerpo digitalizado!) sino porque la fotografía de Don Beebe no parece ayudar a otra cosa más que al caos tonal. Cuando está con la chica: atardecer romántico. Cuando pelea contra el villano: habitaciones oscuras.
    Todavía no hablé de los villanos. Hay dos. Hitchcock decía que si hay más de uno, es porque uno de ellos debería suplir las falencias del otro. Así tenemos los dúos: el cerebro y los músculos. Pero acá no: Parallax (una nube -¿no aprendieron de Los cuatro fantásticos y Silver Surfer?- con tentáculos) sería el villano principal. Pero casi no aparece. Entonces, es Hector Hammond (Peter Sarsgaard) pero... aparece muy poco también. Entonces es Sinestro (Mark Strong). Pero tampoco: si bien Mark Strong y su personificación de Sinestro es lo mejor, los guionistas se guardan un as bajo la manga, tan arbitrario, que lo arruina por completo. Y es lo mejor del film.
    Hay muchísimos errores en Linterna Verde: la estructura del superhéroe se siente no cansada, sino agotada La primera pelea entre Hal y Hector carece de imaginación, emoción y conflicto genuino. Sospechando estas cosas, se agregan personajes innecesarios (con grandes actores, como Angela Basset y Tim Robbins) y para peor, tríos amorosos que más que aportar, restan.
    Martin Campbell es un buen director de cine de acción. Pero aquí no tiene idea de dónde está parado: lo suyo es el realismo "sucio" (si así se puede decir de una superproducción cuidada hasta en el más mínimo detalle) de Casino Royale o El Zorro. No filmar secuencias donde un sujeto está parado frente a una pantalla verde. Él no es el único que falla: vean el elenco, los créditos del montajista, director de fotografía, compositor y hasta diseñadora de vestuario para entender cómo la suma de individualidades no hace un todo.
    No hay mucho para halagar, de verdad. Las secuencias en Oa se pasan demasiado rápido -como si algún productor gritara pensando en el presupuesto- con cameos de personajes clásicos de la serie (Kilowog merecía un mejor trato que este) y los aciertos pronto son sepultados bajo la misma torpeza de los creadores.
    En definitiva, Linterna Verde, y no sólo por la (sobre)carga de efectos visuales, es un film feo de ver. Y en el cine no hay peor crítica que decir que una película se ve fea. Es el mundo de las imágenes bonitas y la fantasía. Ninguna de las dos existen en Linterna Verde.
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  • Super 8
    Super 8
    El Ojo Dorado
    La emoción de vivir el cine

    Super 8 es el intento de J.J. Abrams de recrear, revivir u homenajear el espíritu de ciertas películas clásicas de fines de los años setenta y principios de los ochenta. Las referencias sustanciales, estéticas y obligatorias son E.T., Encuentros cercanos del tercer tipo y también otros clásicos como Cuenta conmigo. Películas donde los efectos visuales eran funcionales a la historia: hoy en día la historia parece ser una mala excusa para acompañar un despilfarro -no necesariamente bueno- de CGI. Una película no debería ser evaluada por la suma de sus partes sino por el efecto (emotivo, psicológico) que produce en nosotros. En líneas generales Super 8 es formidable, principalmente porque sus personajes resultan creíbles. Aún cuando en el tercer acto las cosas no tengan la misma intensidad emocional y uno termine por descubrir el artificio.
    Joe Lamb (una actuación casi imperceptible y pura de Joel Courtney) es el hijo del comisario de un pequeño pueblito. La primera imagen de una película generalmente es la más importante de cualquier película porque debería establecer el tono y el ritmo. Aquí vemos un cartel que anuncia los días sin accidentes en una fábrica metalúrgica, pero lo están cambiando: una tragedia ocurrió y allí falleció la madre de Joe. Los vecinos, en el velorio, lo miran por la ventana. Hablan de él y de su padre: no podrá asumir la responsabilidad ahora que están solos.
    Es cierto que esta película está basada en estereotipos, y ciertamente los clichés contienen una carga peyorativa. Walter Llypman usó el término en su análisis socio-político para designar las posiciones antagónicas que se crearon en el contexto de la Guerra Fría. Según el periodista, estas imágenes pre-concebidas coexisten todo el tiempo con el pensamiento social. A quienes hayan visto las películas antes mencionadas les resultará más fácil tener empatía por los personajes. Pero aún estando basados en estereotipos, se sienten reales.
    La película es consciente de ello: los jóvenes están filmando una película de zombies casera. Una baratija que homenajea al cine de George Romero. Charles, el pequeño director, habla sobre valores de producción, y sobre la inclusión de un interés romántico para el protagonista. Allí entra Alice, una joven a la cual Joe, en secreto, ama. Esto nunca se pone en palabras, pero lo sabemos desde el instante en que los ojos de él se iluminan al verla llegar. Los estereotipos tendrían una consideración negativa aquí y en cualquier otro film si el artificio quedase al descubierto. Es decir: podemos suponer qué sucederá al final (incluso nos lo pueden contar) pero lo importante es cómo sucederá.
    El padre de Joe debe asumir la responsabilidad de cuidar a su hijo y a su pueblo sin apoyo (los ojos Kyle Chandler mezclan dureza con un costado sensible). Charles quiere filmar su película. Joe, superar la muerte de su madre y también estar con Alice. Alice (Elle Faning, quien ya se había probado en Somewhere), reconciliarse con su padre, un hombre alcohólico y derrotado. En El ladrón de orquídeas (Adaptation.) el personaje de Brian Cox resume todos los clichés del cine de Hollywood. Personajes que debe vencer obstáculos y tienen éxito al final. Cuando está bien hecho, en esta caso, se produce la magia del cine.
    No sólo por eso es que Super 8 es una experiencia pensada para ver en el cine. Sino también porque los tan mencionados efectos visuales y sonoros son impresionantes. El descarrilamiento del tren, la invasión de las fuerzas armadas al pueblo (en E.T. los agentes del FBI perseguían al chico con pistolas, que luego Spielberg cambiaría por walkie-talkies en la edición en DVD: aquí un tanque aplasta juegos de niños en una plaza) todos son momentos verdaderamente climáticos e impresionantes.
    Hasta ahora no hablé del extraterrestre. Y es que ese es el punto más flojo (el único, para quien escribe) del film. En el tercer acto, las revelaciones y conclusiones relacionadas con el alienígena no son del todo emocionantes. O no al menos si la comparamos con las inolvidables imágenes del cine de Spielberg. ¿Recuerdan las siluetas recortadas por la luz de la Luna? ¿La melodía y las luces que aparecían tras la montaña? El misterio y los ataques del monstruo aquí están muy bien construidos, pero cuando llega la hora de que él también resulte emocionante, se convierte en un cliché. A Abrams le importa más que pasa con los humanos, y no hay nada de malo en eso. Pero cuando una historia se construye alrededor del alienígena y esa parte resulta la más débil, algo no funciona del todo bien. Creo que el decorado donde se empiezan a resolver las cosas tampoco ayudan: ni la iluminación ni el ambiente son muy espectaculares.
    Detalles. ¿Detalles?. En una película formidable, emocionante y grande como esta, sí, eso puede pasar por alto. Descubrí que incluso los personajes que están para ser comic-relief (el alivio cómico, que le dicen) tiene peso y personalidad propio. También hay un militar de stock, pero por más raro que parezca, su arco emocional nos remite a Moby Dick, como un Capitán Ahab furioso tratando de capturar a la bestia.
    Super 8 funciona como una película sobre el crecimiento y la maduración, como un espectáculo visual y sonoro (con una de las más hermosas partituras de Michael Giacchino, el hombre de la música de Ratatouille), una película de compañeros (las buddy-movies), una película sobre el cine (según André Bazin, algo que hacen todas las grandes películas: reflexionar sobre el cine mismo) e inclusive como una romántica (con una de las secuencias más conmovedoras del año, aún cuando no sea del todo genuina). Donde se nota el artificio es en el invasor espacial, y allí pierde un poco de brillo. No es descabelleado que eso suceda en una película de J.J. Abrams, ese director que puso en escena a las lens fleres (los reflejos de las luces que vemos en pantalla), ya que no importa tanto el cuidado extremo y calculado, sino la puesta en escena de las emociones. Todo pasa por el impacto emocional. Conmigo funcionó.
    Una cosa más: el Super 8 es una tecnología considerada más bien obsoleta y anticuada hoy en día. La película nos recuerda que el cine clásico está lejos de pertenecer a un museo. Está más vivo que nunca.
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  • Capitán América - El primer vengador
    El primer Vengador contra el Capitán América

    El subtítulo para la aventura del Capitán América (la primera a tener en cuenta, de verdad,en la historia del cine) es El primer Vengador. Más allá de razones de marketing (para vender la película en mercados como el ruso o el coreano con el título simple) sugiere dos cosas: que esta es una "precuela" a las historias de superhéroes (¿notaron que todos los superhéroes del cine de Marvel parecen haber salido del clóset del 2000 en adelante?) y que el Capitán forma parte de un equipo mucho más grande que él: Los Vengadores.
    Como aperitivo tenemos esta película, dirigida por Joe Johnston, el mismo de Jurassic Park 3 y El hombre lobo. Aunque su currículum no es de lo más esperanzador, tampoco es del todo malo: también filmó The Rocketeer, el film por el cual supongo se decidieron a contratarlo. Si hay algo que Johnston sabe crear (y no de manera sarcástica como, supongamos, Robert Rodriguez) es la atmósfera de cine clase B. Esas películas baratas gracias a las cuales conocimos a Roger Corman (y gracias a él: a Martin Scorsese, Francis Ford Coppola...).
    Capitán América tiene ese tufillo, ese espíritu de un film clase B, apta para todo público. No hay sangre, no hay demasiada violencia gráfica (más allá de explosiones y algunas peleas), los personajes son arquetipos que no transmiten demasiado (en realidad, la mayoría de los secundarios no transmite nada directamente). La secuencia inicial, donde el malvado Red Skull (un nazi interpretado por Hugo Weaving) busca magia negra, se desarrolla en una suerte de catacumba. La iluminación y el set son artificiales y se nota. Piensen, comparen, el prólogo de Los cazadores del arca perdida con el de esta película. Aquí ni siquiera las bóvedas están lo suficientemente sucias. Están filmando en estudio: eso es una película de clase B. Es simpático, no chocante.
    Se siente como descontracturada: ahí es donde realmente sale ganando. Johston no se toma nada demasiado en serio y juega con la vieja propaganda política, que ya satirizaba Jack Kirby con su historieta. Nadie puede pensar que este es un film de propaganda porque es todo tan obvio, tan decididamente satírico, que resulta ineficiente si así lo fuera. Porque ya resulta imposible tomar en serio al Capitán América y está bien que así sea. Después de todo, la intención de los cómics originales es ser... cómicos. Agradables a la vista, coloridos, con personajes entrañables. Esa es Capitán América.
    Pero El primer vengador sale perdiendo y hasta amenaza con destruir lo logrado por Capitán América. En primer lugar, todo resulta demasiado genérico. A estas alturas el género de superhéroes ya está casi agotado, más que por los números (que distan de confirmarlo), por las ideas: está la chica del héroe, la figura paterna que no confía en él (un desganado Tommy Lee Jones aquí), el "abuelo" que sí confía (Stanley Tucci) y los amigos. La chica es la hermosa Haley Atwell quien debería tener más trabajo en el cine: es una presencia que impone respeto y a la vez, belleza. Me gustaría ver cómo se desenvuelve con roles más complicados. Pero su rol, y el de otros, como el de Stanley Tucci que realmente se mimetiza en su personaje (a diferencia de Tommy Lee Jones que parece estar para cobrar el sueldo) son cortados y amputados en pos de servir el relato que viene: Los Vengadores.
    En el último tercio se nota más esto, con giros del guión que lejos de satisfacer, terminan confundiendo y borrando con el codo lo bueno que habían construido. Es como si en el fondo, Johnston recordara que este es un blockbuster enorme, con muchas pretenciones financieras, y que obedece a una saga más grande, y le quita el espíritu que había sabido congeniar al principio. Una lástima.
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  • Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte 2
    Todo concluye al fin...

    Harry Potter y las reliquias de la muerte: Parte 2 es el emocionante tercer acto que le faltaba a la Parte1: el enfrentamiento entre las fuerzas del bien y el mal llega a su punto culminante. Con ellas se despiden, por ahora, siete películas que han sabido despertar pasiones y disgustos por igual. La culminación no defrauda: lo más emocionante de cualquier película es el tercer acto y esta, bueno, es un gran tercer acto. Si hiciéramos la prueba y lo graficáramos mediante una línea, el interés del público llegaría a lo más alto, en lo que tradicionalmente se conoce como el "desenlace". No han escatimado en nada. La mayoría de los actores de renombre tienen al menos un plano en pantalla (si tienen una línea de diálogo, es porque son -o fueron- muy importantes) y en general todos los "rubros técnicos" están muy bien.
    El film comienza donde terminaba el anterior. Voldemort roba la varita del fallecido Dumbledore, erigiéndose así como el mago más poderoso sobre la tierra. No está el característico y clásico tema de John Williams en los títulos iniciales del film. Que la atmósfera y el tono han cambiado, para dar lugar a una serie más madura y oscura lo venimos intuyendo desde Harry Potter y el prisionero de Azkaban. Tampoco hay demasiadas explicaciones. El trío protagónico (Harry, Ron, Hermione) se lanza a la búsqueda de los horrocruxes restantes, el primero de ellos en las bóvedas de Gringotts. El robo al banco tiene una secuencia con un dragón albino que sólo por él, merece la nominación al Oscar Mejores Efectos Visuales.
    ¿Qué son los "horrocruxes"? ¿De dónde salió ese gnomo? No hay demasidos flashbacks, lo cual está bastante bien: quien vaya a ver esta película sabe que cuenta con un legado de 6 films posteriores... y la Parte1. Quizás alguno se pierda un poco entre tanto hechizo, encantamiento, horrocrux y piedra resucitadora. Pero todos ellos son artilugios del guión (tanto del veterano Steve Kloves -quien realizó el guión de todos los films de la serie menos Harry Potter y la Orden del Fénix, como de Rowling) para movilizar a los personajes.
    Veamos: los tres héroes deben encontrar un horrocrux (amuletos donde Voldemort fragmentó y guardó su alma). Llegan a Howgarts y Harry le dice a todos sus compañeritos que deben ayudar en la búsqueda. "¿Cómo es?" le preguntan. "No lo sé", responde. "¿Dónde está?"; "No lo sé". Es un "McGuffin": como explicó el maestro del cine, Alfred Hitchcock, un McGuffin es cualquier objeto que persigan los protagonistas, pero que carece de verdadera importancia.
    Mientras los jóvenes buscan el nuevo horrocrux, custodiado por el fantasma de Ravenclaw (Kelly McDonald en el papel que rechazó Kate Winslet), los profesores se establecen como el último bastión, la última defensa contra la magia oscura de Voldemort. El asedio al castillo incluye mortífagos, trolls, arañas gigantes, hombres-lobo y dementores (esos seres que succionan el alma de las personas). Es una metáfora agradable la escuela como última defensa contra la oscuridad absoluta. Los profesores forman un escudo impenetrable y McGonagall invoca unos gigantes de hierro para darle más tiempo a Harry.
    Maggie Smith (Gosford Park) como McGonagall es prueba del calibre de actores del Reino Unido que han sido parte de esta saga. Con apenas una línea de diálogo ("Siempre quise usar ese hechizo") logra robar una sonrisa. La lista incluye a otros actores como Michael Gambon, Helena Bonham Carter, Alan Rickman, Emma Thompson, Jim Broadbent y Gary Oldman. Todos secundarios con escaso tiempo en pantalla esta vez, a excepción de Rickman, cuyo personaje Snape, merece párrafo aparte.
    Snape es, acaso, el corazón central de esta película. Su personaje resulta genuino y esconde algunas sorpresivas revelaciones bajo la manga. Hay una secuencia especial que seguramente emocionará a los seguidores -y no tan- fanáticos de la serie. La música de Alexandre Desplat (El fantástico Mr. Fox, El discurso del rey) que también está en lo más alto del nivel del compositor, ayuda a crear el ambiente propicio para el impactante momento. Que esta sea la mejor escena de toda la película es notable, en una superproducción que podría haber optado por el puro deslumbramiento pirotécnico (que está, claro). En este mastodonte, estos elementos humanos son más que bienvenidos. Algo así sucedía con El prisionero de Azkaban, donde Alfonso Cuarón se permitía hacer una obra más o menos personal en un blockbuster de Hollywood. David Yates, quien viene del mundo televisivo, no es Cuarón, pero es eficiente.
    Sí llama la atención otras cosas, que son las flaquezas del film. Así como es loable que la atención esté en los personajes antes que en el despliegue visual, se nota que a Yates no le interesa (o no sabe como dotar de emoción) filmar los combates épicos. Apenas vemos unos segundos en pantalla de la batalla por Howgarts. Si bien las comparaciones son odiosas, basta recordar lo bien que filmó Peter Jackson el asedio a Minas Tirith en El retorno del rey. Aquí, para peor, personajes secundarios mueren en estas instancias decisivas pero lo hacen fuera de campo. Alguno podría objetar que el film pierde en solemnidad (que es bueno) y gana en ritmo (todavía mejor), pero hablamos de un desenlace que carga con 7 películas a sus espaldas y nos ha impuesto, o ha hecho que nos importen, esos mismos personajes que apenas vemos, por segundos, muertos por ahí. El film dura 130 minutos y aunque parezca mentira, es el más corto de todos. Es entretenido, sin dudas, pero si tanto se hizo esperar este clímax (he incluso se lo dividió en dos) se podría haber concluido mejor esas historias laterales.
    HP7P2 es una conclusión más que satisfactoria. Que se haya divido en dos es una cuestión que obedece más a las reglas de mercado que a la realización fidedigna del universo literario de Rowling (después de todo, La Orden del Fénix es el libro más largo... en una de las películas más cortas). De todos modos eso es perdonable porque este final parece resaltar lo mejor de la serie Harry Potter. Sin dudas cosechará su buena cantidad de nominaciones al Oscar (¿damos por hecho Efectos Visuales y Música Original? ¿Sumamos Mejor Fotografía?) e incluso, si el film es aplaudido por la crítica (todo parece indicar que así será) y es un éxito de taquilla (obvia respuesta...) algunos podrían pensar en la nominación mayor.
    Más allá de los premios o no que reciba, la película refleja como una serie literaria exitosa, comercialmente atractiva, criticada o defendida por los expertos, puede trasladarse al cine con bastante dignidad y respeto. Pero no por el libro: respeto por el cine mismo.
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  • 8 minutos antes de morir
    El juego de los espejos.

    Un hombre está atrapado en un tren y tiene sólo 8 minutos para encontrar una bomba y salvar a todos los tripulantes. Falla y muere. Vuelve a intentar. De nuevo: 8 minutos. Esto que podría ser la sinopsis de algún videojuego es la carta de presentación de Source Code (8 minutos antes de morir) la nueva película de Duncan Jones, el director de la película de ciencia ficción Moon (2009).
    Si Moon tenía como principal referencia a 2001: Una odisea del espacio, esta película baraja muchos homenajes y guiños a películas de acción, fantasía y en menor medida, ciencia ficción. En este caso las referencias más obvias son películas mayores: Matrix (de la que compra la filosofía barata) y Minority Report (de la que alquila el debate sobre al abuso de la tecnología y de la autoridad).
    El protagonista (Jake Gyllenhaal) en el héroe de la historia: un hombre que controla su propia figura en una realidad virtual. Cada vez que muere siente el violento sacudón de la explosión. Despierta y se encuentra en una suerte de cubículo frío, donde recibe órdenes de una mujer muy prolija y seria (Vera Farmiga) quien le advierte que él está en un cuerpo ajeno, ya muerto. Los 8 minutos son una recolección de la memoria de la víctima y durante ese período de tiempo, su deber es encontrar al culpable que pronto hará un ataque a escala mayor.
    ¿Por qué un terrorista detonaría una bomba en un tren para anticipar un ataque mayor? No lo sabemos. Quizás sea porque en el fondo quiere que lo detengan. O porque es uno de los tantos villanos genéricos que sirven para impulsar la trama. El foco no está puesto en él sino en el protagonista, encerrado en dos (o tres) realidades diferentes. La realidad intermedia, donde se comunica con la científica por medio de una cámara, recuerda a los desesperantes llamados telefónicos entre Ryan Reynolds y la operadora en Enterrado (Buried, 2010). El hombre manipulado por compañías mucho más grandes que él.
    Aunque las intenciones por humanizar el relato son buenas, no dejan de ser como el villano de la historia: bastante regulares. Ya saben: en el tren está el fanático del baseball, los sospechosos de siempre, el nerd, etcétera. Como en El origen (Inception, 2010) la forma importa más que el contenido. Sin embargo, se nota que aquí hay un esfuerzo genuino por emocionar al espectador, aún así sea a base de trucos clásicos (clichés, dirán aquellos a los que no les guste la película). Ya saben: el hombre que entiende que está a merced de un sistema frívolo e inhumano, la mujer robótica que se empieza a humanizar, el científico "malo" que ansía poder (un correcto Jeffrey Wright). No está mal, pero más nos interesa saber cómo se resolverán las cosas los siguientes 8 minutos. En ese sentido, la película es un acierto: suspenso y adrenalina constante.
    El otro acierto del film es esporádico, pero igual de efectivo. Es cuando Duncan Jones deja de poner todo en boca de los personajes y empieza a utilizar recursos más cinematográficos para dar a entender ideas más complejas. En este caso, se trata de la manipulación del destino (es curioso ver cómo una creencia más bien oriental es la base fundamental de una película norteamericana) y del juego de espejos. Vemos al protagonista frente a un gran óvalo, que deforma la realidad que él cree percibir. De eso se trata el cine y es lo que esta película pone en juego. Diferentes formas de percibir la misma realidad.
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  • Hanna
    Hanna
    El Ojo Dorado
    Inquietante ejercicio de acción

    Hanna es la nueva película del director de Orgullo y prejuicio (2005) y Expiación: deseo y pecado. Dramas de época, sensibles, bastante estilizados. Si bien hay puntos en común con la obra de Wright (incluso con la más reciente, El solista) Hanna parece otra partida del género en el que está encasillado: esta es una película violenta y frenética. Es como si fuera un ejercicio del director en el terreno de la acción, y a decir verdad, es un ejercicio muy bueno. Wright es un director formidable, aunque sus obras tienden al desequilibrio. Esta no es la excepción.
    Saoirse Ronan es la heroína del título. Es una chiquita de 14 años que vive entrenando con su padre, en Finlandia. No sabemos de qué se están ocultando: viven como primitivos, cazando animales salvajes y entrenando todo el tiempo, incluso cuando duermen. No es de extrañar, entonces, que la chica sea una máquina de matar. El padre, Erik (Eric Bana), esconde varios secretos, pero sin dudas quiere a su hija. El villano de la película es Marissa Weigler (Cate Blanchett haciendo formidable un rol genérico), una despiadada ejecutiva de la CIA que tiene una agenda pendiente contra ambos. Es como si fuera Karen, el personaje de Tilda Swinton en Michael Clayton.
    La película sostiene el interés mientras no devela las preguntas que nos hace. A decir verdad, el tercer acto, donde todas se empiezan a responder, es lo más flojo. No logran ser las grandes revelaciones y terminan siendo pura fórmula, pero tampoco está mal. También se intenta congeniar el cuento de hadas adulto (hay constantes referencias a los hermanos Grimm) con las películas de venganza. Es una simbiosis rara, pero lejos de molestar o chocar (podría haber resultado algo más o menos chocante, como en Kick-Ass) envuelve a los personajes con su costado más humano.
    En especial a esa suerte de robot-androide-petit Nikita que es Hanna. Saoirse Ronan, quien estuvo nominada al Oscar por su papel de Briony Tallis, es temeraria. Las cejas blancas, casi imperceptibles, le dan un aire todavía más despiadado. Todos los actores están bastante bien, a decir verdad, a excepción de Tom Hollander. El señor Collins de Orgullo y prejuicio no tiene el perfil de sicario despiadado. Aquí interpreta a uno de los asesinos (el más malo de todos) de Marissa Weigler. Pero aún con leit-motiv y todo, nunca puede despegar, de convencer.
    Como todo ejercicio, tiene sus virtudes y defectos. Es un espectáculo digno de las películas de acción de finales de los setenta y principios de los ochenta: sucia, rápida. También es una suerte de homenaje a El perfecto asesino (León, 1996, de otro europeo: Luc Besson). Es una película estilizada y con algunas secuencias impresionantes (como para demostrar que sigue siendo un autor, hay un plano secuencia fabuloso donde Bana pelea contra unos agentes, y conversaciones femeninas debajo de una cobija) y el ritmo de videoclip no agota y se muestra lleno de ideas y energía. Pero de nuevo: como todo ejercicio, también tiene sus carencias. En este caso, los personajes de stock no molestan tanto ya que los actores son estupendos (basta ver lo que hace Cate Blanchett con el suyo), pero la conclusión es decepcionante y no está a la altura del resto. Aún así, Hanna prueba que Joe Wright es un gran director de cine de acción. Mucho más que los que se "dedican" al género.
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  • X-men: Primera Generación
    Sangre nueva para una franquicia cansina

    Muchos señalan a X-Men 2 no sólo como la mejor de la franquicia, sino también como una de las grandes películas de superhéroes. El riesgo de las películas de X-Men siempre fue apoyarse demasiado en los efectos visuales: así no sólo han envejecido, sino que se ven más bien como apenas películas simpáticas. Lo que hacía que esa película fuera un paréntesis comparada con el resto, es la humanidad que Singer (por entonces director, ahora sólo ideólogo) le quería imprimir al relato. X-Men: Primera generación, es la mejor de la serie, no sólo porque deja la pirotecnia para el final, sino porque es la que mayor atención presta al desarrollo de sus personajes. También es consciente de la fuente de inspiración, y eso la ennoblece.
    Como el subtitulo indica, esta es una precuela: la historia sobre "los orígenes de". En este caso, de los hombres X, aunque los protagonistas son Charles Xavier y Erik Lehnsherr. El primero será el futuro líder la patrulla de mutantes, el hombre abnegado por la raza humana. La otra cara de la moneda es Erik, perseguido por un pasado tortuoso en los campos de concentración nazis, donde perdió a su padre. Él perdió toda la confianza en la humanidad, y sólo quiere vengarse de sus antiguos captores. James McAvoy está bastante bien su rol: se mueve con comodidad y otorga las dosis necesarias de comedia y sabiduría (¡qué sería si un maestro no supiera cuando ser cómico!). Michael Fassbender (el crítico de cine -doble agente- de Bastardos sin gloria) tiene un rol más dramático y difícil. Por un lado, tiene que demostrar el pasado a través de los ojos. Por el otro, controlar los metales como si fuera telequinesis implica un esfuerzo mayor que la telepatía de Xavier. McAvoy se lleva el dedo índice y el anular a la cabeza y uno ya tiene la impresión de que está invadiendo mentes ajenas. Fassbender, debe estirar las manos, poner cara de esfuerzo hercúleo y convencernos de que puede mover una antena gigante. Imaginen un plano medio de un actor haciendo eso: borda lo risible. No para Fassbender que congenia las dos cosas: hacernos creer que es un tipo resentido y dolido, y que puede mover los metales. Un gran actor sin dudas y habrá que esperar a A dangerous method, de Cronenberg, para ver si confirma esto y recibe nominación de la Academia.
    El elenco de Primera generación es grande. Entre sus filas se destacan Jennifer Lawrence (bellísima Mystique) que aporta en iguales cantidades dosis de sensualidad y fiereza, y January Jones (Mad Men) como la malvada Emma Frost, también, igual de sensual y peligrosa. Zoë Kravitz (la hija de Lenny) integra al resto de los X-Men, que bien podría ser jóvenes que participen de un capítulo de Glee. Después de todo, de eso se tratan los cómics: la aceptación del diferente.
    Kevin Bacon es Sebastian Shaw, cuyo plan no consiste en dominar el mundo, sino en armar la tan temida guerra nuclear. El marco es la Guerra Fría (lo cual, sumado a la estética y los créditos finales, confirma la pasión del director por la saga de James Bond) y allí es donde los mutantes deberán luchas. Si bien el trasfondo histórico no termina de cuajar (parecen más bien injertos) la película solventa sus problemas con trajes coloridos (a diferencia de los oscuros trajes sin vida de las películas anteriores), montajes divertidos (el reclutamiento de mutantes) y mucho corazón. Aporta energía y diversión a una franquicia que cada vez lucía más agotada y seria.
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  • Piratas del caribe: Navegando aguas misteriosas
    Navegando sin rumbo en aguas (bastante) conocidas

    Piratas del Caribe: Navegando en aguas misteriosas es una película de aventuras, sin emoción, sin gracia, sin chispa. Todo parece en piloto automático, empezando por Johnny Depp como el (Capitán) Jack Sparrow, quien ya venía mostrando signos de agotamiento a partir de la primera secuela. ¿Para qué existe esta nueva entrega de Piratas del Caribe? Simple: para robarnos el dinero, como sugiere cualquier manual de piratería para principiantes.
    Ahora Jack Sparrow está en Londres, merced de la corte imperial. Su antiguo enemigo, el capitán Barbossa es un corsario al que se le encarga una simple tarea: llegar a la Fuente de la Juventud antes que los españoles. Jack no demuestra demasiado interés hasta que un impostor se hace pasar por él, reclutando bribones para una tripulación. ¿Qué despierta el interés de Sparrow por llegar a la fuente? Vi toda la película y todavía me lo pregunto. Parece no haber una motivación genuina. Como fuere, él que sí la tiene es Barbanegra (Ian McShane) al cual una predicción le augura una muerte cercana. Por eso, su hija recién encontrada, Angélica (Penélope Cruz) lo ayuda en su odisea. Nada tiene demasiado sentido, ni en el inicio, ni en el nudo ni en el desenlace. Si uno escucha el audio-comentario de los DVD de la trilogía original, no tarda en notar que los guionistas creen que son harto originales, creativos e ingeniosos. Cuando, a decir verdad, apenas pudieron congeniar elementos tan disímiles y dispares. Aquí hay zombies, sirenas (con colmillos de vampiro), vudú… aunque nada de esto tiene mucha razón de ser.
    Pensemos en Barbanegra, el personaje más deslucido después de Angelica, su hija. Es el tipo malo. Para demostrarlo hay dos secuencias: en la primera, controla mediante su espada cada parte de su barco que, supongo, tiene vida propia. Ahora bien, uno esperaría que ello tuviera alguna funcionalidad en el resto de la historia. Aunque sea para dar una espectacular batalla final. No: ninguno. Es sólo para que chamusque a un cocinero. Qué malo. Pero eso no es todo: en otra incomprensible secuencia, carga dos pistolas y le da a elegir dos a Jack. Si se equivoca, matará a Angelica. ¿Con qué propósito? Ah, cierto: demostrar ser malo, malísimo. Así están todos los personajes, con especial mención para la propia hija, a quien la ganadora del Oscar Penélope Cruz es incapaz de dotar con algo de sensualidad o picardía. Ni hablar de su horrible inglés.
    También hay una sirena y un católico para suplantar el romance adolescente de Keira Knightly y Orlando Bloom. Sin embargo, tienen menos carisma y relevancia que el monito encantado. El misionero lo único que hace es sacarse la camisa, como para que las teens se emocionen, supongo.
    La tercera parte ya mostraba los signos de la decadencia: historia complicada (sí, se entiende… pero incluso dentro de la lógica que proponen estas películas, no tiene sentido), duración desproporcionada (En el fin del mundo duraba casi ¡tres horas!), personajes sin carisma sólo para que el actor de turno haga su Cameo… en fin, como el éxito de taquilla estuvo asegurado (y lo estará para esta también) sólo había que ver si se preocupaban en brindar algo más que un producto. Lo que se dice, una película. Pero no, repitieron todos los errores. Eso sí, aunque Navegando en aguas misteriosas sea la más corta (con dos horas y quince minutos de duración) se siente como la más larga. Ni siquiera Johnny Depp puede aportar algo nuevo a un personaje gastado, cansado, que se guía por los números. Si ya era difícil soportarlo antes (cuando dejó de ser “original”, “novedoso” y especialmente “divertido”) imaginen ahora, que sin coprotagonistas reales, debe aguantar toda la película.
    Más allá de que la franquicia ya dé claras señales de agotamiento, el principal problema es Rob Marshall. El director de Memorias de una geisha y Nine es incapaz de darle algo de vida a la película. Si bien las últimas dos películas de Gore Verbinski sufrían de una megalomanía excesiva, al menos sabía dirigir la acción, dándole espacio, ritmo e importancia a lo que sucedía en pantalla. Comparen el clímax de La maldición del Perla Negra con el clímax de Navegando en aguas misteriosas. Este último resulta anodino, efímero. Las secuencias de acción son lentas, donde el montaje ni siquiera funciona para la elección de los planos. Ver a un montón de hombres pelar con espadas no es entretenido per se. Verbinski sabía eso y le daba emoción a los combates, como si fueran una danza. Marshall, director del musical ganador del Oscar, Chicago, no tiene idea. O no tiene el mínimo interés. Yo, en esta serie, tampoco.
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  • Thor 3D
    Thor 3D
    El Ojo Dorado
    Mitología nórdica para la cultura pop

    El mayor mérito de Kenneth Branagh con Thor es que nos creamos el mundo que nos propone la película (está bien: cuenta con algo de ayuda si el espectador vio las recientes producciones de Marvel). Es decir, Thor es un dios nórdico, que difícilmente aquel no familiarizado con el cómic lo imagine lleno de colores, con acento australiano y bien pulcro. Branagh logró evitar que quede ridículo y kitsch, aunque tampoco lo transformó en un drama demasiado serio.
    Algunos dirán que esta nueva versión de Thor es como un drama de Shakespeare. La verdad es que es una definición vaga porque, en primer lugar, la mayoría de los dramas en mayor o menos medida (de manera consciente/inconsciente) están inspirados en la obra de Shakespeare. En segundo lugar, que exista la tragedia en las relaciones familiares (en este caso, celos entre hermanos por el amor del padre) tampoco significa que sea shakepereano. De todos modos no es del todo equivocado decirlo porque, más allá que el director sea el mismo de Enrique V y La flauta mágica, sí hay cierta tendencia a la desmesura teatral (en esos desesperados y furiosos gritos entre Thor y Odín).
    Anthony Hokins es Odín, el padre de Thor (Chris Hemsworth) y Loki (Tom Hiddleston). El hijo mayor, el dueño del clásico martillo mjöllnir, es quien pronto deberá ocupar el lugar del padre, como rey de Asgard, que recuerda demasiado a la ciudad Esmeralda de El mago de Oz (con un puente de arcoiris, para no ser menos que el camino del ladrillo amarillo). Claro, en línea con los otros superhéroes de Marvel (siendo Iron Man, el que comenzó el fenómeno, el principal referente) Thor es un joven un poco irrespetuoso. No respeta demasiado el protocolo. Pero eso no es lo más terrible: su ánimo belicoso quizás lleve a una guerra contra los gigantes de hielo, unas criaturas CGI que cuanto menos se mueven, más creíble resultan. Lástima que se muevan tanto. Loki, en cambio, parece ser el más prudente, pero esconde un extraño y oscuro pasado (y no estoy adelantando nada para nadie: la historia fuera o dentro de la película es la misma).
    Las secuencias de acción están bien, a pesar de que bueno, uno no puede dejar de imaginarse a los pobres actores luchando contra nada. Cuando no son los falsos gigantes de hielo, es The Destroyer, esa armadura enorme animada por Odín (o mejor dicho, por los encargados de los efectos visuales) cuyo rayo mortal emana un sonido insoportable. Si hay otra crítica para el director de Mucho ruido y pocas nueces, es eso mismo: el volumen (no estoy hablando ni de la música ni los efectos sonoros) tiene niveles, por momentos, ensordecedores. No es que me guste escuchar las películas con bajo volumen (al contrario: cuanto más grande la pantalla y mejor la calidad de sonido, más cerca estamos de experimentar una película) pero acá funciona más como una distracción, como para darle una espectacularidad a la película que de otra manera no tendría.
    Todo parece hecho casi a las apuradas, como si fuera una entrega inmediata para solaparse con el estreno de Capitán América, y en un año reunirlos a todos para Los Vengadores. Se nota que hay talento en la película: sin ir más lejos, tiene el lujo de tener a Anthony Hopkins como Odín y a Natalie Portman como Jane, la científica que, adivinaron, será la chica del dios. Pero su rol es el ejemplo del síntoma de toda la película, ella logra lucirse con el poco tiempo en pantalla, pero no se puede profundizar demasiado en la relación amorosa. Sin dar muchos datos, ella debería ser la que provoque el cambio en el héroe. Sin embargo eso se da de una manera tan abrupta que corre el riesgo de ser insulsa, un agregado obligatorio. O pensemos en el resto de los compañeros divinos de Thor: apenas se insinúa, muy por encima, algún tipo de atracción entre la diosa Sif y Thor (que en la mitología es su esposa). La dirección de actores es buena: aún a las apuradas sus personajes no son meros estereotipos (bueno, no todos) y el caso más llamativo es el de Jeremy Reener (The hurt locker), como Hawkeye, otro superhéroe por venir.
    Por suerte, Hemsworth es un tipo carismático. No es un gran actor, pero está allí y cae simpáticos en los breves y modestos toques de comedia que se le encargan. Nada mal. Habrá que ver que nos deparan las secuelas (al momento de escribir estas líneas se confirmó la primera) y el rejunte de héroes en Los Vengadores. Con Thor las cosas están bien hechas. No quiero hacer una crítica como si estuviera aprobando algún producto: es entretenida, por momentos tiene vuelo (con aquel guardián celestial y esa cúpula-balística interplanetaria) pero ahí se queda. No olvide, querido lector, que hay más en el cielo y en la tierra que todas con las que Hollywood pueda soñar.
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  • Scream 4
    Scream 4
    El Ojo Dorado
    Sátira de un género en decadencia

    Adolescentes infartantes corriendo en poca ropa, un serial-killer que ya es todo un clásico, la mano del director Wes Craven detrás de las cámaras, muchos chistes y referencias geeks/nerds/cinéfilas... Scream 4 es un festín. Quien vaya preparado para asustarse, quizás no saldrá muy conforme. Quien vaya preparado para divertirse y entretenerse, saldrá más que satisfecho. Cumple con creces.
    La tercera secuela de Scream confirma lo que se venía insinuando desde aquella: el cine de terror, como género, está sufriendo cambios, está mutando. Si bien esa idea se dispersó y las secuelas confundieron el camino, dejando a la serie como un slasher menor y mediocre más, Wes Craven volvió a tomar las riendas que nunca debió abandonar. Y esta vez el tono satírico se devora la película, a tal punto que se olvida, en el fondo que también debería ser de terror. A pesar de ello, es la mejor desde la primera, y en síntesis, es una formidable propuesta del género (ya sea terror/comedia). Una de esas películas imperdibles para ver en el cine con muchos amigos. Si son cinéfilos, mejor todavía.
    ¿Cómo es que la protagonista de esta serie se las ingenia para haber sobrevivido tres películas? Esa es una de las posibles preguntas que ofrece la película, que constantemente juega con los clichés y las convenciones del género. No se burla con desprecio de la historia del cine de horror (en especial, de las películas de asesinos enmascarados) sino que las parodia, las homenajea, con mucho cariño y afecto. Esto es lo que Scary Movie debería ser. El problema con la película es que juega con las convenciones pero no las reinventa. Incluso, en las peores ocasiones, las repite. Ya sea en tono paródico o no, hubiese sido bueno ver una reformulación.
    Sidney es ahora una mujer adulta, cuyo libro es un best-seller y cuyas secuelas no parecen ser más que un par de cicatrices. No tiene demasiados conflictos internos con su pasado, ustedes ya saben: que asesinos enmascarados lo quieran asesinar, no son cosas que le ocurren a uno todos los días. Pero está bien: los personajes son queribles, aún así sean caricaturescos. Ahí está la reportera Gale (Courtney Cox, que pareciera que de verdad quiere robarse el protagónico) que también representa la vieja escuela: parece que Craven se siente anticuado ante tanta revolución moderna. Hay unos nerds (¿o debería decir geeks?) amantes de la serie Stab (la película dentro de la película) que ejemplifican todo este salto generacional (incluso la manía de hacer las películas de terror con cámara en mano, para dar la sensación de video viral). Es extraña la sensación, pero aún queriendo a todos los personajes, hay cierto desprecio, quizás inconsciente, por parte del director, hacia los mismos.
    Craven ya tiene ganado el corazón de muchos cinéfilos. Ya sea con clásicos como El despertar del diablo (The hills have eyes, la original), Pesadilla en la Calle Elm y/o Scream, el hombre sabe como hacer una película de terror decente. La metatextualidad está más patente que nunca, en una película que podría tener a los fanáticos de IMDb revisando y revisando referencias para la sección Movie Connections. Solamente una secuencia en un cuarto lleno de afiches de clásicos es prueba de ello.
    Esta película es una fiesta, que celebra y no despide al género. Podría haber revolucionado y dejar una marca más profunda si se hubiese animado a reinventar los códigos, pero bueno, no es para nada una mala propuesta.
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  • Pase libre
    Pase libre
    El Ojo Dorado
    Fotocopia conocida

    En Pase Libre, Owen Wilson y Jason Sudeikis son dos hombres casados, que ya no pueden, ni quieren, disimular el cansancio de su estilo de vida. Uno de ellos hasta tiene que masturbarse en su camioneta en lugar de tener relaciones con su mujer. Las cosas llegan a un punto donde la situación se vuelve insostenible: las mujeres (Jenna Fischer, la genial actriz de The Office US, y Christina Applegate) deciden darles un "pase libre" para que ellos hagan de las suyas sin remordimientos. El problema es: ¿siguen teniendo lo necesario? ¿O muy por el contrario, como el espía seductor, perdieron su mojo hace tiempo?.
    Alguno podría notar la similitud con los inmaduros personajes del cine de Judd Apatow y no estaría del todo equivocado. La década pasada estuvo signada por las comedias donde los hombres debían enfrentar la realidad y crecer, de algún modo u otro. Virgen a los 40, Supercool, y hasta The host, son películas sobre la maduración. Pase Libre no se destaca por ser sumamente original, de hecho, los "homenajes" se hacen notorios si uno vio la reciente ¿Qué pasó ayer? (The hangover, de Todd Phillips). Aquí los estereotipos se repiten: de hecho, si me preguntan, para mí Sudeikis intenta copiar a Ed Helms (Stu en aquella película) y no sólo en apariencia.
    El gran acierto es mostrar no sólo lo que sucede con ellos, sino también con sus mujeres. Un gran problema de las comedias norteamericanas (o de la nueva comedia norteamericana, mejor dicho) es que se olvidan de la situación femenina. Con esto no quiero decir que la película esté apuntando hacia ese público (de hecho, no lo hace) pero eso no significa per se, que no pueda/deba mostrar las dos caras de la moneda. Por ejemplo, mientras que ellos a lo largo de la semana van de mal en peor, ellas empiezan a descubrir que todavía las desean y que no están tan "viejas" como pensaban.
    Pase Libre tiene algunos buenos gags, situaciones dinámicas y divertidas (en el tercer acto hay tiroteos y persecuciones, como en las últimas películas de Phillips) y tiene buenos actores. Algunos gags no resultan demasiado inspirados pero hay otros que sí funcionan. El mejor ejemplo está en la noche de "levante" en el bar. Algunas de las frases están inspiradas ("¿Estas servilletas huelen a cloroformo?") y otras (¿Hay algún oso polar por acá?) los vam a dejar en la casa mirando La Supremacía Bourne. Y no hablo del espectador.
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  • Rio
    Rio
    El Ojo Dorado
    ¿Río de qué?

    Imagine que se encuentra con varios de esos animalitos simpáticos que adornan las cajas de cereales. Ahora piense un poco más e intente crear algunos compañeritos para ellos y listo: tiene a Rio, una película que, como su protagonista, jamás logra levantar vuelo. Al menos se ve mucho más linda y prolija que el trabajo anterior del director, La era de hielo 3. Pero sigue con los mismos errores.
    Saldanha se hizo más popular cuando se encargó de la franquicia de La era de hielo, a partir de la primer secuela. Tambié dirigió Robots, pero los resultados no difieren mucho. Es un director de animación mediocre, con personajes que no logran generar demasiada simpatía o están sólo para dar el nuevo remate. Son los llamados comic relief: aquellos que están ahí para aliviar la tensión, o simplemente para divertir. El problema es que en las películas animadas se dividen en dos tipos: los gags ingeniosos, con juegos de palabras y ayudados por el montaje (la mayoría de las películas de Pixar) y los gags físicos, el tan elaborado slapstick de la escuela keatoniana o chaplinesca, como en la mayoría de las películas de Dreamworks. El problema, que estas películas parecen ignorar, es que el slapstick requiere tanta elaboración y cuidado como elegir las palabras adecuadas para que algo resulte gracioso. Las películas de Buster Keaton son un ejemplo de ello. No basta con ver violencia física contra un personaje para que resulte gracioso (piensen en las películas de Madagascar) ni con que tengan movimientos raros y retorcidos. Sólo los hace más excéntricos y difíciles para conectar emocionalmente. Hay otras cosas que salen mal también. Linda, la dueña de Blu, el guacamayo que debe ir a Brasil para aparearse y dejar que la vida se abra camino, en una misión de rescate termina en un desfile. Ella, con ropa que apenas puede tapar lo mucho que tiene de vergüenza, termina en un carro gigante, ante una multitud que le pide que sacuda el trasero. Debería ser un momento gracioso, pero termina resultando incómodo y no sólo para ella, sino para nosotros también. No sólo no es gracioso, sino que la secuencia carece del ritmo para saber cuando debería terminar el chiste.
    Hay un montón de personajes, como un bulldog baboso, un cardenal gordito y unos monos que recuerdan bastante a los lemures bailarines de Madagascar. Todos están para propiciar el próximo chiste o número musical (ninguno de ellos demasiado inspirado). Carlos Saldanha es brasileño, pero ni siquiera logra despegarse del recorrido turístico y extranjero de su propia ciudad. Río tiene todos los paisajes que cualquier turista imagina. Incluso hay una secuencia vertiginosa, donde el protagonista huye por las favelas, mientras todo Brasil está pendiente de un partido de fútbol (como no podía ser de otra manera, contra Argentina). Como no escapa a los lugares comunes, sus personajes también son puro cliché. Principalmente los humanos, que si no son pobres con buenas intenciones, son amantes del fútbol o la danza carioca.
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  • Nunca me abandones
    Nunca me abandones
    El Ojo Dorado
    Lo que nos hace humanos

    Llueve. Los alumnos del Hailsham School miran a la profesora, que con expresión desairada, como perdida entre el deber y la moral, les dice la terrible noticia. Ellos, los alumnitos, no tienen futuro. Su cita con el destino los condiciona: no van a poder disfrutar como personas normales. Es un momento impactante. Lo que hasta entonces se había presentado como una película de época inglesa, con una paleta de colores monocromática y un triángulo amoroso entre tres chiquitos, se devela como algo más grande y tenebroso. Pero algo hacía ruido: nunca vimos a los padres de los nenes, no sabemos qué tipo de escuela es Hailsham, y los mitos que existen en ese lugar son, cuanto menos, perturbadores.
    La película no nos engaña, sino que de una manera muy sutil e inteligente, crece en distintos géneros. La primera media hora, es decir, el primer tercio, es la más amigable. Allí Ruth, Tommy y Kathy establecen los lazos que los unirán para siempre. Ruth y Tommy se hacen novios, aunque mucho del crédito lo tiene Kathy, quien fue la que primero se enamoro del joven introvertido y excluido. Ruth, en cambio, casi por competencia, se lo sacó de las manos. Cada uno supondrá qué es lo que realmente sucedió con ellos.
    La escuela está dirigida por la inquebrantable Charlotte Rampling, que produce un discurso inquietante después de la impertinente declaración la profesora. Sally Hawkins, quien ya se había probado y con grandes resultados, como maestra en Happy-go-lucky, parece ser hasta ese entonces, la más humana de todos (incluso más que los chiquitos, que algo raro esconden). Es expulsada de la escuela. ¿Por qué? Mucho del misterio se devela en el final, aunque realmente no era necesario, porque ya se había esbozado un concepto sobre la historia: ellos son seres humanos creados con el único propósito de ser donantes de órganos. Que la película esté ambientada en la década del '90 y que sea ciencia ficción, al fin y al cabo, no hacen más que añadir originalidad a la historia. Tendemos a asociar la ciencia ficción con historias que transcurren en el futuro, cuando en realidad, el término hace referencia a la ficción científica, el "qué pasaría si..." de los nerds. Hay una historia romántica, pero es más que nada un matiz (aunque se venda como lo principal). El tema tiene bastante peso y es lo suficientemente complicado de manejar como para que quede sólo en una de "amores imposibles". Sí: los peores momentos de Nunca me abandones son aquellos edulcorados, con caritas lindas llorando y música triste de fondo, en playas desérticas. Pero afortunadamente, el director no siempre pierde de vista lo esencial, y cuenta con la ayuda de tres grandes actores. Carey Mulligan, la protagonista (la gran actriz de An education), Keira Knightley (la que rompe la verdadera relación de los protagonistas, no sin cierta malicia) y Andrew Garfield (Wardo de Red social). De los tres, el que menos peso y consistencia tiene es él. Sin haber leído la novela en la que está basada la película, supongo que es un error del actor. A Garfield le va bien con el papel de flacucho maltratado pero con cara de bueno. Y (sólo) hace eso. Comparten algunos momentos intensos, donde nos preguntamos si son máquinas o humanos (son clones de drogadictos, pobres). Realmente sienten miedo. Cuando realmente estamos convencidos de su humanidad, se nos vuelve a interpelar con nuevas actitudes. ¿Cómo reaccionarían ustedes si supieran que su vida está "programada"?. Esas preguntas están bien. Si todo hubiese salido mal, debatiríamos si esta es una película en contra (o no) de la donación de órganos. No es el punto. Hay ecos de los desesperados replicantes de Blade Runner.
    Para algunos, Nunca me abandones resultará una película fría y distante. Yo creo que no lo es (y cuando lo es, es deliberado). Si bien no llega a ser un clásico de ciencia ficción/romance (podríamos encasillar la fabulosa Gattaca en esa subcategoría) sí nos deja con más preguntas que respuestas. ¿Qué es lo que nos hace humanos? ¿Qué nos separa de la frivolidad, el tedio? El amor, la pasión. El pulso vital de quien ama a otra persona. Ellos aman, seguro. ¿Pero pueden decidir qué hacer con sus vidas? Parte de amar es eso: tomar decisiones.
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  • Sucker Punch: Mundo Surreal
    Publicidad de dos horas de una fantasía nerd

    Al director de 300 y Watchmen siempre le dio por resaltar el aspecto visual. Un artista de la imagen, podrían decir. Para mí siempre se notaron sus raíces televisivas, de la publicidad, más que nada en sus últimas películas. No es un mal director: Watchmen es una muy buena película, pero quizás mucha de la ayuda venía de los cómics de Alan Moore. En 300 (película que me resulta indiferente, más bien tediosa) se nota más la falta de peso en los personajes. Sí: se veía muy linda, pero la emoción del combate era nula. Acá pasa lo mismo.
    El comienzo de Sucker Punch prueba que Snyder puede ofrecer mucho más. La secuencia inicial empieza con un cover de "Sweet Dreams" por Emily Browning (la misma protagonista, que también hace covers de "Where is my mind?" de The Pixies) y la paleta de colores monocromática estéticamente está muy bien y acompaña el duro momento que atraviesa la heroína: acaba de quedar huérfana y su padrastro planea violarla. La situación se resuelve de manera tal que ella terminará en un manicomio. Allí la película desbarranca. En primer lugar, porque no ofrece nada nuevo ni original (la primera prisión de la cual deben escapar es la de... sus mentes). En segundo, porque el director se empieza a copiar a sí mismo. Mucho slow-mo (interminables secuencias injustificadas en cámara lenta), enormes bichos CGI (que se ven sumamente falsos y caricaturescos, aunque carecen de la gracia de una caricatura), músicalización obvia (una cosa es que sea linda música y otra es que esté bien usada). De lo que prometía el director de la remake de El amanecer de los muertos, hay poco y nada. Esa película sí que era un festín, aún con todos sus errores. Un clásico moderno del cine B. Sus películas siguen siendo clase B, pero se creen clase A.
    Si uno recuerda la película, más bien recuerda segmentos como si de una publicidad o un comercial se tratara y no de los mejores, precisamente. Supongamos: toda la introducción podría haber sido un videoclip. Y no estaría mal. Es la forma por al forma misma. Sin embargo, las intenciones de Snyder van más allá (sus historias requieren ir más allá) y buscar, encontrar, personajes humanos. Que aporten una nueva dimensión al asunto. Las heroínas viajan a través de distintos mundos, pero en ninguno de ellos sentimos peligro. Cada uno representa, más que un estado mental, una fantasía nerd: nazis-zombies durante la Segunda Guerra Mundial; orcos, dragones, y castillos medievales; androides y ciudades futurísticas como si hubiesen escapado de la novela de Isaac Asimov; todos ellos despedazados por (esto no es un punto a favor de la película: son cinco) chicas lesbianas (al menos tres lo son) bellísimas pero rudas. También, representan otro tipo de fantasías adolescentes. La líder está vestida de colegiala y usa un sable samurái. Lo absurdo de todo este planteo hace que sea una premisa prometedora y tentadora. Imaginen este material en manos de Robert Rodriguez. Sería un espectáculo divertido. En manos de Snyder definitivamente no es divertido. La única línea que más o menos inspira una sonrisa es la del capitán del grupo, al referirise a los nazis-muertos-vivos: "No se preocupen en matarlos... ya están muertos".
    La solemnidad abunda en esta película, cuando, por el contrario, el planteo original pide a gritos que no se la tome en serio. Ni siquiera es "impecable" desde el apartado visual. La catarata de efectos generados por computadora deja de atraer a la vista a los 20 minutos de película. Y todavía nos faltan 100 más. Mejor vayan y compren un videojuego. Al menos, tienen control sobre los personajes.
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  • Sólo tres días
    Sólo tres días
    El Ojo Dorado
    Hágalo usted mismo

    Russell Crowe es un profesor de literatura, cuya esposa es acusada de homicidio, aunque no sabemos si injusta o justamente. Hay un par de flashbacks del hecho, pero sólo están para hacernos trampa y que dar la chance de la duda, para que John sea un protagonista por el que sentimos empatía. Pero si bien hay varias cosas cuestionable, el verdadero quiebre se produce cuando se mancha las manos con sangre. Ya saben: ella es acusada y condenada a prisión. La familia queda destruida y él se propone a liberarla. Cueste lo que cueste.
    Lo que podría haber sido un interesante drama moral se torna en simplemente un ejercicio de cine de suspenso/acción. Muchas corridas por aquí y por allá. Muchos actos fallidos de liberarla. Mucho dealer amenazante. Todo resuelto con bastante pesadumbre, como si nadie tuviera ganas de hacer algo original. Es raro, porque si bien a muchos les disgustó, el director y guionista ganador del Oscar de Crash: vidas cruzadas, se destaca justamente por el costado "humanista" de sus relatos. En esa película era la vida de los angelenos. Pero basta ver Casino Royale, Quantum of solace o las colaboraciones con Eastwood (Million dollar baby, Cartas desde Iwo Jima) para entender mejor a qué me refiero con eso. Sólo tres días cuenta con buenos actores, como Elizabeth Banks y Crowe. Pero no están bien aprovechados y me pregunto si para este tipo de película (que no termina de ahondar en la psiquis de los personajes) no hubiese sido mejor uno de estos directores franceses de la escuela de Luc Besson, que no serán sutiles, pero saben entretener. Aquí John pasa de literato a Jason Bourne en cuestión de minutos. Mucho video de YouTube y listo: usted puede vulnerar hasta las prisiones más seguras.
    Lo que más ruido hace es que deberíamos sentir empatía por el protagonista. En orden para liberar a su mujer, planea una meticulosa fuga y se junta con rufianes del bajo mundo (Liam Neeson es uno de ellos, aunque hubiese sido mejor que sea él el héroe de acción). Es una obsesión pero la película, que no está filmada como cine trash (como, por ejemplo, Búsqueda implacable), no hace demasiados juicios morales. Cuando Russell se convierte en un asesino, se lo sigue viendo como un héroe de acción. Hay una línea bien notoria que separa una cosa de la otra. Incluso se podría decir que es un poco fascista que no pase nada porque mata a los dearles y ladrones. Hacia el final, las trampas del guión se hacen más notorias e insostenibles. Haggis filma la acción con prolijidad, pero no es suficiente. Se queda a mitad de camino, y la película es larga: dos horas y veinte.
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  • Sanctum
    Sanctum
    El Ojo Dorado
    Aventuras sin emoción

    Sanctum cuenta con el mayor atractivo de ser una "producción de", en este caso, James Cameron, el rey de la taquilla y padre adoptivo del 3D. Para muchos, el nuevo Cecille B. DeMille. Para otros un tipo aplastado por su propio ego. No nos desviemos: que esa sea la consigna para ir a ver la película, no está mal si la película es buena. Si un nombre ayuda, mejor. El problema con Sanctum es que no es una buena película. Uno entiende por qué la produjo el director de El abismo, pero preferiría que él mismo la hubiese dirigido.
    ¿Para tanto? No: un grupo de científicos y aventureros quedan atrapados en uno de los sistemas de cuevas más grandes del mundo, en Nueva Guinea, luego de un desastre natural. Lo que sigue es una carrera contra el tiempo y los elementos. Sí: está el productor malvado (uno entiende cuando los financistas son los malos en los films de Jim, pero en este...), el científico bueno, el nerd de las computadoras... Es como si un James Cameron mucho menor la hubiese dirigido. Avatar no era precisamente buena por su originalidad, pero era un ejemplo de la narración clásica hecha con maestría. Y en su simpleza era mucho más rica que tantas otras películas que se caen a pedazos en sus intentos por ser originales.
    Aquí están todas las cosas que le interesan al productor: la investigación, la aventura, el amor, etc. Pero dejemos al productor en paz. ¿Qué le interesa al director? En primer lugar, las relaciones humanas de la película son insoportables. Todo el prólogo que precede a la aventura principal es horrible. Con diálogos atroces y situaciones increíbles, que los actores no saben cómo dotar de vida. Frank, el protagonista, es un duro explorador. Quizás demasiado, y por eso su hijo guarda cierto rencor contra él. ¿En algún momento funciona la relación? Nunca. Hay un leit motiv, una suerte de poema, como para poner en palabras que el padre le pasa la "antorcha" (perdón: en palabras y en imágenes) al hijo, que no suman: restan.
    Podríamos conformarnos con el 3D. No está tan mal, pero el problema es cuando se internan en las cavernas. El 3D hace la imagen más oscura de lo normal. ¿Se imaginan en una cueva de por sí oscura? Bueno. Es eso: la oscuridad.
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  • Un despertar glorioso
    Despertarse con una sonrisa

    Es raro, pero el saludo matutino no agrada a todo el mundo. Ustedes ya saben: es un acto de cortesía y amabilidad desearle un "buen día" a la otra persona, pero no siempre se toma como tal. Están esas personas que, bueno, empalagan. Y provocan el efecto adverso. En ese sentido, el personaje de Rachel McAdams es un poco como Sally Hawkins en La felicidad trae suerte (Happy-go-lucky, de Mike Leigh): una persona que irradia felicidad y optimismo pero no siempre logra contagiarlo. McAdams es el espíritu y el alma de la película. Está bastante bien, y como si fuera poco, está secundada por Harrison Ford y Diane Keaton.
    Él es el nuevo conductor de un programa de noticias en caída libre. El equipo de producción es un desastre, y la presentación de los informes roza lo ridículo. Lo hace por contrato. Es un profesional ganador de varios premios Pullitzer. De ahí que siempre tenga cara de pocos amigos (incluso, un compañero lo describe como "la última persona con la que querrías trabajar). Becky (McAdams), la flamante productora sabe el potencial que se está desperdiciando con él, así que arma un nuevo equipo junto a Collin (Diane Keaton, que de Annie Hall en adelante, dejó de tomarse las cosas demasiado en serio). Los dos no se llevan para nada bien, aunque ese no es el único desafío de la joven. Además tiene que equilibrar una fracasada vida personal, donde es incapaz de establecer relaciones duraderas con hombres. Es la típica obsesiva workaholic (o "adicta al trabajo" en inglés...) que controla todo.
    Hasta acá parece que la película es puro cliché, y en cierto sentido lo es. No es una comedia que se destaque por su originalidad, sino por la elaboración. El director de la fallida Notting Hill le gusta lo cursi. En algunas películas funciona y en otras no. En esta, se notan todos los lugares comunes del sub-género de "programas periodísticos" (por favor, piensen en las comedias, no en Network) pero sale a flote gracias a la infatigable y carismática protagonista. McAdams ya coqueteó con la comedia en Los rompebodas y Sherlock Holmes, pero no había tenido la oportunidad de probarse hasta que le tocó este papel. Me deja con ganas de ver un poco más en pantalla, no sólo de ella, sino de los otros actores también. Decía que Diane Keaton ya no se toma las cosas muy en serio... y tampoco lo hace Harrison Ford. Ambos crean caricaturas más que personas: él con el ceño siempre fruncido, ella con su sonrisa cínica. Pero son grandes actores y saben cuando ponerse serios. Cuando la película lo requiere, ellos están ahí. En cierto punto, la comparación no es tan descabellada, pero el cómic a Ford le sienta muy bien: cuando lo veía acá recordaba cuánto me divertí con Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. Siempre entendí las críticas contra la película, pero también dije que iba por otro lado.
    A fin de cuentas, Un despertar glorioso peca a veces de empalagosa. Reúne todos los lugares comunes del sub-género (periodistas que no se quieren, productora con problemas románticos, etc.) pero se salva por los actores. Eso de se salva quizás sea muy duro: es una buena película. Hay que aceptarla tal como es, y como de quién viene. Como los saludos de la mañana.
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  • Invasion del mundo. Batalla - Los Ángeles
    La tentación de retirarse del cine.

    En Batalla: Los Ángeles, Aaron Eckhart es un sargento que se siente viejo. Los marines entrenando en la playa no tienen problemas en superarlo físicamente. La invasión extraterrestre llega y también su oportunidad para lucirse. Nosotros sabemos que en realidad la experiencia y los años cuentan. No lo sabe la película ni el director. En primer lugar, porque comete los peores errores del cine de ciencia ficción: situaciones incomprensibles e inverosímiles, diálogos irritantes, personajes unidimensionales, extraterrestres mal diseñados… es como si hiciera caso omiso a la historia del género. Y miren que desde Viaje a la luna, de Meliés, hay varias películas como para ver cómo hacer bien las cosas. ¿Es necesario hablar de la experiencia de Jonathan Liebesman, el director? No, porque tiene poca y entre sus antecedentes se encuentra La masacre de Texas: El inicio.

    Los mal pensados suponen que la invasión en Los Ángeles es porque bueno, cada vez que Estados Unidos está en problemas, significa que el mundo lo está. Ya saben: un superhéroe salva a Nueva York pero en realidad está salvando al mundo entero. Los otros mal pensados dirán que la invasión es en Los Ángeles porque bueno, filmar en Hollywood no debe ser muy caro y además, que el campo de batalla sea una ciudad gris y monótona destruida por CGI no es tan exigente como filmar algo un poco más “sucio”. Ya saben: meterse en el verdadero campo de batalla (si no entienden, vean el documental Heart of Darkness: A filmmaker’s apocalypse, sobre la filmación de Apocalypse Now). Yo creo que invadieron L.A. para encontrar buenos diseñadores. De allí salieron los aliens, E.T., Gort y mucho otros más. Estos son mezcla de orgánico e inorgánico. Con cuerpos recubiertos de metal. Imaginen cuánto deben pesar. Sin embargo, salvo en situaciones donde la narración lo requiere, son extremadamente ágiles en relación al peso que tienen. Parece que las buenas ideas se fueron a Sudáfrica, con los langostinos de Sector 9 y allí se quedaron.

    Para colmo de males, la película es un rejunte de los estereotipos (clichés) del cine bélico. El sargento viejo pero experimentado, el novato joven que se guía por el entrenamiento y los libros, el cobarde, etcétera. El que resulta más molesto es el civil, que al principio es una carga hasta que por fin, haga algo útil y tome las armas. Porque cuidado: no hay inocencia ni humor (aunque sea una parodia) en el tono, los diálogos y las situaciones de Batalla: Los Ángeles. Es una película de propaganda, me atrevería a decir inefectiva, pero de propaganda al fin y al cabo. Si el Tío Sam apareciera en pantalla y nos señalara con el dedo para decirnos “I want YOU to join the U.S. army!” sería más sutil. Incluso la corrección política me harta: allí está Michael Peña, el mexicano bueno por excelencia para Hollywood. Vale recordar sus roles en Crash: vidas cruzadas y World Trade Center, aquel bodrio insufrible también de Oliver Stone. Aquí hace del civil mexicano.

    Lo que sigue (lo que comienza, lo que finaliza) es puro ruido, con una cámara movediza digna del peor Michael Bay. Es como si nos quisieran meter en el campo de batalla. Está bien: hay modos y modos de lograrlo. Algunos con fines estéticos, otros con fines puramente efectistas. Esta no logra ninguno de los dos.

    El personaje de Aaron Eckhart utiliza al principio, ni bien comienza la “acción” un leit motiv con su tropa: Retreat, hell! (algo así como “¡Retirarse, jamás!”). Debería saber que en ciertas ocasiones es mejor retirarse. Si ustedes aguantan las dos horas que dura Batalla: Los Ángeles sin irse del cine, ni lo duden. Merecen la Medalla de Honor. O al mérito.
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  • Infierno al volante
    Infierno al volante
    El Ojo Dorado
    Sin manos, sin frenos

    Muchas películas son en 3D y el único "atractivo" que tienen es ese. Por eso, en las traducciones se le agrega ese "sufijo" molesto: así tenemos Piraña 3D, El avispón verde 3D, Sangriento San Valentín 3D (del mismo director que esta película). Pocas tienen desde su título original el 3D: es como si eso las hiciera viejas (digan lo que quieran: el 3D es una moda pasajera, por lo menos como lo conocemos ahora). Infierno al volante no esconde su carácter de antigüedad, de cine trash (o basura, para los oídos menos sensibles), de cine exploitation. Y eso la hace sincera y divertida. Suficiente para mí.
    Milton (Nicolas Cage: más tarde nos ocuparemos de él) es un conductor desquiciado. El diablo en ruedas. Casi literal: el tipo salió del infierno para vengarse de unos satanistas. ¿Qué hicieron? No lo sabemos y ese es otro acierto de la película: no develar todo (por más simple que sea) desde el principio. El tipo anda con ropa de cuero, lentes oscuros y una actitud ruda. No desentona porque bueno, en Louisiana todos parecen personajes salidos de un cómic. No hablo de la vida real: de la película. El mundo donde se desarrolla está lleno de camioneros, rebeldes sin causa, cocineros sucios, rubias exuberantes (que parecen camiones), policías estúpidos. Todos los clichés del género. Dejan como algo sutil al almanaque de cualquier mecánico.
    Amber Heard representa muy bien a la película: no es una chica natural, y como rara vez está sucia, tampoco da la sensación de que se haya metido en las escenas de acción. No importa: tiene su atractivo. También Nicolas Cage representa el alma del film. El actor que amamos odiar sobreactúa como nunca. Es como un Terminator del infierno (si hasta tiene una estética similar) perseguido por El contador (genial William Fitchner). En la sala, la sola presencia de Cage provoca al menos una sonrisa.
    La película sabe y reconoce sus limitaciones. Es más una comedia de gore/acción que un thriller serio. Muchos la comparan con el díptico Planet Terror/Death Proof de Grindhouse (de Rodríguez y Tarantino). Si allí ambos homenajeaban al cine de bajo presupuesto de los '80, Infierno al volante no es un homenaje, sino el nuevo cine trash. Está bien: está hecha en tono paródico, pero yo creo que es una buena representante de lo que será considerado el cine clase B de la década del 2000 (aunque sea del 2011...). Ya saben: ese que en el momento de estreno todos critican, pero que después no pueden rechazar el placer (¿culposo?) que provoca volver a verla.
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  • Rango
    Rango
    El Ojo Dorado
    (Jugar a) Ser el héroe.

    Rango es una largartija que vive encerrada en una pequeña pecera. Sus únicos amigos son un pez dorado de juguete y una muñeca descabezada (literalmente). Él ensaya como actor, rescatando a sus amigos del peligro. Se da cuenta que a su universo, a su microcosmos, le falta algo: el impulso sorpresa que lo obligue a ese ser común a convertirse en héroe. La yuxtaposición no deja de ser efectiva: el auto donde viaja pega un giro brusco, provocando que el reptil salga volando por los aires. Ahí está: ya tiene el acontecimiento que desatará lo que sigue.
    Rango es la primera película animada de Industrial Light and Magic (ILM, la compañía de efectos visuales de George Lucas) y también lo es para Gore Verbinski (el director de la trilogía inicial de Piratas del Caribe). Entra en un género duro, dominado en lo artístico por Pixar y en la taquilla por Dreamworks. Hay competencia dura, pero Rango también lo es: es una gran película, inteligente, divertida y hasta poética. En primer lugar, que el personaje sea una lagartija con aspiraciones de actor, le da cierta originalidad. Sí, claro: Rango llega a un pueblo de mala muerte en medio del desierto, como el extranjero debilucho. ¿Cómo armar algo original a partir de esto? Bien, lo que sigue juega con las convenciones del género, pero las reinventa. Rango miente: ese ni siquiera es su nombre. Como todo ser con sentido por lo artístico, crea una imagen nueva de sí mismo ante la gran oportunidad de sorprender a su audiencia. Respetado en cuestión de minutos, él es el forastero con el que no hay que meterse. Claro: las mentiras sólo crecen y pocas veces traen reales beneficios. Así es como él deberá ser quién no sólo se enfrente a la ruda pandilla de turno, sino el que deba resolver el conflicto que aqueja al pueblo: la escasez de agua.
    Entre muchos logros que se le pueden atribuir a la película, está no sólo el convertir al pequeño mentiroso en un ser carismático, de notable astucia e inteligencia, en alguien querido (las buenas películas de animación se notan por el diseño de su protagonista: Rango no es la excepción) sino por introducir una considerable gama de personajes. Todos ellos tienen la oportunidad de lucirse, no sólo en la comedia, sino en el desarrollo general. Tienen personalidad y peso propio. Desde los peculiares residentes del pueblo, hasta los forasteros. Hay muchos: la serpiente que interpreta Bill Nighy (un villano tan bueno como Davy Jones de El cofre de la muerte), el armadillo que se parece a Don Quijote (por Alfred Molina en la versión original), la lagartija co-protagonista (Isla Fisher), entre otros.
    Rango confirma muchos otros talentos, más allá del de los actores y él director. Hans Zimmer (compositor que a esta altura no hace falta recordar sus trabajos previos) logra una de sus más inspiradas (como siempre, un poco desequilibrada) partituras. Roger Deakins es el consultor de fotografía y eso se nota, porque hay algunas imágenes sumamente impactantes y bellas en la película, como aquella donde un Sol rojo y melancólico recorta las siluetas en perfil de los personajes cabalgando hacia su destino (tan icónico del western...). Las películas de animación que aspiran a un prestigio más grande que el comercial tienen un consultor de fotografía. En WALL-E el mismo Deakins había sido el consultor. Incluso él fue quien recibió su novena nominación al Oscar por Temple de acero (increíble pero real: todavía no lo ganó).
    Gore Verbinski es un buen director. La serie de Piratas del Caribe lo encontró, para la tercera parte, agotado y sin ideas. Su peor película hasta le fecha. Las dos primeras, mostraban un encanto juguetón hacia la aventura, la fantasía y la magia. Como con Wes Anderson, presiento que lo suyo está más ligado a la animación. Puede manipular a su antojo los personajes y las leyes físicas. ¿Recuerdan a Jack Sparrow dando vueltas en la rueda gigante? Era un truco bastante bonito. La secuencia debió haber sido lo suficientemente complicada para que no dure más que unos minutos en pantalla. En Rango hay una de las mejores secuencias de acción del año, donde incluso la música parodia directamente a la saga de los piratas. De verdad, hay que saber filmar la acción. Howard Hawks decía que una película debía tener 3 secuencias buenas y ninguna mala. Esta tiene sus 3 secuencias, siendo esa la principal.
    Lo más interesante de la película es el giro que toma a partir de la segunda mitad, cuando el personaje realmente se cree al personaje que inventó. Allí todo se vuelve un gran homenaje a los westerns de Sergio Leone (y uno entiende por qué la elección de la pantalla wide, que además sirve para meter a tantos personajes en escena). Y no sólo eso. Hay referencias a 2001: Odisea del espacio, Barrio Chino (¡La tortuga! ¡El agua!), Django (el título...) y más. Lástima que durante la primera hora (que es bastante digna) la película no termine de encontrar su tono y vacile entre el humor exagerado de Dreamworks y la inteligencia que explotará luego. Quizás yo me confunda: calificar a una película es molesto y este 7 bien podría haber sido un 8. Pero sumado al penoso doblaje castellano (donde hay acentos argentinos que dicen "boludo" y "loco") la experiencia se hizo un poco densa al principio.
    Más allá de las quejas menores, Rango es una gran película. Apuesta con el corazón por el cine de aventuras y acción. Es un cómic, en tanto exagerada y traviesa. Pero lo más importante, como el héroe que tiene, es que cree en el cine. Es noble. Nos recuerda lo lúdico de las películas: que nos presentan la oportunidad no de comenzar de nuevo, sino de creer en esos universos, mundos y claro... héroes.
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  • 127 horas
    127 horas
    El Ojo Dorado
    Atrapado en un videoclip

    James Franco es héroe y víctima en 127 horas, la historia del hombre que quedó atrapado durante más de 5 días en el cañon Blue John. Una inmensa roca cayó y aplastó su brazo izquierdo, confinándolo a la soledad absoluta. ¿Cómo llegó a esa situación? La película se convierte en un relato moralista sobre la supuesta independencia y el egoísmo del autoproclamado héroe norteamericano. Ya saben: una de esas personas capaces de hacer todo por sí solas. Hasta que bueno, se les cae una roca encima de la mano.
    Este es el primer trabajo luego de haber ganado el Oscar por la multipremiada Slumdog Millionaire, una película de la cual admiro su destreza técnica pero no su inteligencia. Aquí el guionista vuelve a ser Simon Beaufoy (Full Monty, Slumdog Millionaire) junto al propio director. Si bien por breves momentos hay algunas líneas de diálogo que hace chirriar los dientes ("Esta roca... me ha esperado toda mi vida" dirá Aaron Ralston, que parece, tiene más gusto por lo teatral que el Guasón de The Dark Knight). Hay una historia romántica que molesta, y mucho. No tanto porque Clémence Poésy (la francesa linda de Harry Potter o In Bruges) luzca forzada y ridícula, sino porque los fragmentos de la historia parecen más injertos que otra cosa. Ralston queda atrapado en una roca. Entonces se pone a pensar (después de todo, hay mucho de qué pensar en ese lugar). El Sol lo toca y recuerda su infancia. Injerto: Ralston niño ve el amanecer con su padre. Y así con varias personas importantes en ese lugar. Momento: ¿Todo esto y la película es un 8/10? Bueno, sí. Tiene sus defectos, que son muchos. Pero es uno de los mayores logros del director de Trainspotting. A esta altura no esconde que lo suyo son las emociones fuertes (resaltado aquí en el naranja furioso que abunda en toda la película). Que apuesta por un cine más bien clásico norteamericano pero revisionado con estética y ritmo de videoclip. En Slumdog Millionaire chocaba porque se trataba de una historia sobre los pobres de la India, y más allá de las torpezas múltiples, era moralmente cuestionable en varios sentidos. Yo había titulado la crítica de ese film como "Colorida pobreza" en tanto Boyle veía todo lleno de colores, ángulos imposibles, edición frenética y música pegadiza. Ahora vuelve a utilizar todos esos elementos, que encajan perfectamente, no sólo con el final feliz que quiere, sino con el protagonista. Aaron Ralston es un hombre que vive excitado/extasiado. La película comienza ("arranca" sería mejor) con gente gritando, caminando, corriendo. Es pura energía, pura actividad física. Sí: él está confinado a un hueco pero a diferencia, supongamos, de Enterrado (la película de Rodrigo Cortés, que se desarrollaba toda en un mismo lugar) aquí todo pasa por la emoción. O mejor dicho: las emociones. No importa: suena Never hear surf music again y se presenta a Ralston, que no hace caso a los llamados ni de su madre, ni de sus amigos. Está por salir a buscar una nueva aventura. La pantalla se divide en 3: hay marcas, luces, cualquier tipo de distracciones. Cualquier montajista curtido dirá que la múltiples imágenes no son de su agrado. Eso no es tanto porque parece inmaduro, sino porque no tiene demasiado sentido. En 127 Horas tampoco, pero sí tiene sentido con el cine desaforado de Boyle. Yo no descreo sus intenciones: él director quiere emocionar. A veces es demasiado torpe, es verdad. Pero se nota que le gustan estos cuentos de superación. Por eso la gente que es el prólogo y epílogo de la historia: la sinécdoque perfecta. Y me atrevería a decir que esta es la película que no solo en estilo mejor se lleva con el director, sino también con el público al que apuntan sus películas (aunque a cualquiera le puedan gustar): los adolescentes. En definitiva, de eso se trata lo de Aaron Ralston.
    127 Horas es una película tan banal como efectiva, tan manipuladora como emocionante, tan estoica como frenética, tan torpe como ágil. Es como si durante una hora y media viéramos un comercial, o mejor dicho un videoclip. No lo digo en un mal sentido: la estética encaja perfecto con el resto de la historia. ¿Es sobre el tiempo, sobre el instinto de supervivencia humano? No importa: Aún con sus fallas, que no son pocas, logra su cometido.
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  • Biutiful
    Biutiful
    Cines Argentinos
    A Alejandro González Iñárritu le gusta lo extremo. No se anda con muchas vueltas. Si uno no tiene problemas con eso, entonces supongo que Biutiful le va a gustar. Yo disfruté de 21 gramos pero no de Amores Perros ni de Babel. Babel era como el súmmum (hasta entonces) del cine de Iñárritu: relato no-lineal, historias interconectadas, personajes sufridos. Ahora vuelve a mostrar todas las miserias humanas, pero en un relato lineal y sin demasiados truquitos de montaje (aunque sí hay otros igual de efectistas, podríamos decir).
    En Biutiful Javier Bardem es Uxbal, un hombre que trabaja vendiendo productos truchos en España. Eso es lo más benévolo que podríamos decir de su profesión: esos productos están hechos por inmigrantes asiáticos y africanos. Él es el encargado de cuidarlos. Su ex esposa es bipolar, tiene que mantener a sus dos hijos, tiene conexiones con los muertos, y la presencia de la muerte lo acecha. Orina sangre, su piel empalidece cada vez más, y se vuelve débil. Los actos de bondad que quiere hacer salen mal, con consecuencias caóticas. En sus últimos momentos, busca la redención. No es un personaje malo. Lo que hace está mal. Claro que eso no lo justifica, pero por lo menos no lo hace totalmente detestable. Bardem es un actor enorme y logra darle a su personaje una humanidad inmensa. Las decisiones que toma tienen una carga moral y él lo sabe. Es un pobre tipo que va en caída libre, en un mundo cada vez más oscuro.
    Iñárritu logra imágenes muy poéticas. Me acuerdo la imagen de los pájaros en el cielo en 21 gramos. Aquí también hay una secuencia similar. El director de fotografía es Rodrigo Prieto que además trabajó en la fotografía de Secreto en la montaña y Los abrazos rotos, de Almodóvar. Juntos logran captar la suciedad y la miseria de Barcelona. Nada que ver con la misma ciudad fotografiada “como paseo turístico” de Woody Allen en Vicky Cristina Barcelona. Sabe captar la belleza de cada lugar, por minimalista que sea (miren sino los primeros minutos con la lechuza en medio de la nieve). Y también recrear un ambiente hostil, de opresión, de melancolía.
    Ahora bien, el problema con esta película es el mismo que con las anteriores. Al director le gusta mostrar lo peor del ser humano. Pero la manera en que lo hace convierte a la película, por momentos, en una explotación de la miseria. Hay una secuencia donde se lo ve a Uxbal en pañales. El mundo que crea Iñárritu no tiene matices: todo es negro, oscuro. Se ensaña con eso, y se nota.
    En el 2009 se estrenaba Preciosa (la película nominada al Oscar, de Lee Daniels) que más o menos iba por el mismo camino. Los protagonistas sufren todo tipo de calamidades. Están enfermos y quieren hacer el bien pero no pueden. Es más: en esa el título también estaba mal escrito (en la película, aclaro) como si lo hubiese escrito la protagonista ignorante. Acá también, salvo que el mismo título está intencionalmente mal escrito (de nuevo: como si Uxbal lo hubiese escrito). Pero mientras que la película norteamericana estaba más aggiornada, esta directamente se mete en la suciedad. Hay una línea que separa la denuncia social, la crítica bien fundamentada (miren Lazos de sangre) de la explotación de la miseria. Ahí es donde Iñárritu falla: se puede argumentar, con razón, que lo que filma es, directamente, mórbido y canallesco.

    Pablo Planovsky, crítico invitado. Realizador de Con un ojo dorado.

    Trivialidades (o el Dato Loco :P)

    - Biutiful está nominada al Oscar Mejor Película Extranjera representando a México. Pero hay una fuerte presencia argentina: Nicolás Giacobone y Armando Bo (sí: el nieto de) que ayudaron al director con la escritura del guión. La actriz protagónica, la mujer de Uxbal, Maramba (Marciel Álvarez), también es argentina. Eso sin contar que el compositor es el ganador del Oscar Gustavo Santaolalla. Iñárritu ha tenido varias nominaciones al Oscar pero nunca ganó. ¿Estará festejando esta vez? ¿Los medios hablarán de la importante participación argentina en la película? Veremos.
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  • Piraña
    Piraña
    El Ojo Dorado
    Eso. Pirañas en 3D.

    Piraña 3D no es tanto un intento de revival del viejo cine trash (o cine basura), sino un festín de aquellas cosas que hoy se consideran clásicos del cine de bajo presupuesto. Por ejemplo, el director de Titanic y Avatar fue quien dirigió Piraña 2, y como si fuera una novia, James Cameron no la quiere recordar ni hablar de ella. Es como si lo avergonzara. Ahora bien, cuando a uno le hablan de Piraña ya sabe más o menos que va a encontrar (más allá de los pececitos del título). Ahora la pirañas atacan de nuevo, pero en 3D.
    La película con la que tiene más puntos en común es con Terror a bordo (Snakes on a plane) esa donde Samuel Jackson puteaba a los reptiles en un avión. La trama era simple: serpientes en un avión. No era de terror, sino de comedia. Las serpientes picaban y mordían caras, culos, tetas, de todo. En esta película intentan superarlo, con siliconas y penes, entre otras cosas. Sabrán disculpar el vocablo: pero es el que va con este tipo de películas. El problema con Piraña 3D es que es graciosa a medias. Están las pirañas CGI que no dan miedo, y hay un par de golpes de efecto que tampoco son muy efectistas. Esto nos deja con sólo dos cosas: el ingenio para resolver las situaciones. Más allá del caos en la playa (que tiene secuencias muy buenas: como cuando se hunde el escenario o la mujer queda atrapada en la lancha con sus pelos) el resto no ayuda mucho. Por la parte cómica, tiene altibajos. Los chistes buenos (las actrices porno nadando The Flower Duet de Lakmé) se estiran demasiado.
    Para peor, cada tanto Piraña 3D olvida que debería ser una fiesta y se va para el cine gore. Por ejemplo: una de las actrices porno hace jet-ski con sus generosos senos rozando el agua. Como las pirañas están por ahi (la cámara subjetiva, como tantas otras cosas, dejan en claro que Tiburón es una referencia) uno esperaría que cuando se levante tenga las pirañas prendidas de las tetas. Sería un buen gag. Hasta que no: la escuchamos gritar desesperada. La elevan y le faltan las dos piernas. Eso no da gracia ni da miedo. A lo sumo impresión. Fueron todos minutos de construcción cómica para nada. Eso es imperdonable.
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  • El ganador
    El ganador
    El Ojo Dorado
    Otra vez más: los golpes de la vida

    Basada en la historia real de los hermanos Ward, esta no es la película más brillante sobre boxeo que haya visto el cine. Está bien, la competencia es dura: desde los clásicos populares como Rocky hasta las más prestigiosas como Toro salvaje (la mejor película de Scorsese y definitivamente la mejor sobre boxeo) podríamos nombrar unas cuantas. Hace unos años incluso Ron Howard se animó al (sub)género con Cinderella man (traducida acá como El luchador…). Y si obviamos que lo que hacía Mickey Rourke en The wrestler (traducida acá como… El luchador) era lucha libre, también podríamos decir que era una clásica historia de box. Podría seguir hablando de otros directores respetados que intentaron hacer lo propio. Pero no es la idea. Este es el turno de David O. Russell (Tres reyes) considerado un “rebelde” de Hollywood con The fighter (traducida acá como… El ganador).
    Ustedes ya saben la historia: un tipo que a través del boxeo, le da pelea a la vida, y trata de salir de los barrios pobres. No importa tanto la pelea en sí, sino el entrenamiento. Generalmente el protagonista es alguien con quien resulta fácil identificarnos. En el camino hacia el éxito tiene que soportar muchos golpes (bajos, algunos) que le depara el destino, aguantar y ganarse a sí mismo. Todos los lugares comunes, es cierto. Lo que hace David O. Russell durante la primera hora de película es tomar todos esos clichés y entregarlos en forma de comedia. Ahí sí que la película es (y ya que estamos con los lugares comunes…) un knockout: funciona a nivel emocional e intelectual.
    Mark Wahlberg es Micky, el hijo menor de los Ward. Es un tipo más que nada callado, de buen corazón, buenas intenciones, algo torpe, pero noble. Entrenado por su hermano, Dicky Eklund, del cual HBO está haciendo un documental. Esta es la década de los ’80 y Dicky cree que el documental es sobre su momento (pasado) de gloria: cuando tiró al piso a Sugar Ray. Claro que algún malpensado va a decir que el gran Sugar Ray en realidad se tropezó. Pero en realidad el documental es sobre la adicción al crack, que no sólo lo consume, sino que afecta a quienes lo rodean. Como sea, todo lo que Micky sabe lo aprendió de él. Es su entrenador, además de hermano mayor. Su madre, Alice, es el manager: es una persona absorbente y manipuladora. Sus siete hijas (grandotas y no con muchas luces) están allí como para acompañar las decisiones de la “familia” aunque sea a la fuerza. El único más o menos normal parece ser el padre, dominado en su propio reino.
    Ahora, con este panorama, O. Russell podría haber hecho un melodrama insufrible, sobre la adicción al crack y la ruina familiar, pero no: opta por un relato lleno de energía y originalidad. ¿Cómo? ¿No es todo un gran cliché? Y sí: pero la manera en que está tratado lo convierte en algo fresco. Vamos con un par de secuencias a modo de ejemplo: cuando Micky conoce a la chica “buena” (Amy Adams) que lo va a ayudar a enfrentar a su familia y a conseguir algo de personalidad, la invita al cine. Como pierde la lucha la noche anterior a la salida, para evitar que lo vean todo magullado, la lleva a ver una película francesa. En el camino van tratando de dilucidar cuál es el tíyulo (“Big Epic” dice él) hasta que un snob con anteojos y camisa prolija les dice “¡Belle Epoque! Escuché que la fotografía es estupenda”. La cara del personaje de Amy Adams ya lo dice todo. Cuando entran al cine, ella está totalmente aburrida. Y él, totalmente dormido. Ahora bien, esta es una secuencia muy interesante y es un poco el resumen sobre las películas de boxeo: a veces pueden ser poco sutiles, un tanto torpes, y carecer de esa elegancia que atrae a los snobs. Pero están llenas de corazón, de energía, de garra. El ganador, por suerte, es de esas películas.
    Quienes llenan de humanidad a sus personajes y resaltan son Christian Bale (como Dicky) y Melissa Leo (la nominada al Oscar por Frozen River, como la madre). Bale compone a una figura cómica y trágica. Es casi como si fuera un payaso: en inglés la palabra es “goofy”. El tipo se pasea por las calles de Lowell con un cigarrillo en la oreja, la gorra para atrás, devorándose a las cámaras de HBO. Es la estrella. Muchos podrán pensar que él es el verdadero protagonista de la película, y no estarían del todo equivocados. Lamentablemente, no lo es: Mark Wahlberg que es un gran actor, no consigue darle el peso adecuado a su personaje como para que resulte interesante y complejo. El propio Bale, Melissa Leo o Amy Adams están mejor, tienen personajes más fuertes. Si fue decisión del director hacer que este sea un personaje más apagado (después de todo, imaginen crecer en esa familia) no está mal: pero no quita que podría haber sido más interesante. Es un protagonista más bien anodino.
    Lo de Bale es lo del típico caradura que nos termina cayendo simpático. No es “malo” pero sus decisiones son equivocadas. El crack lo está arruinando, y vive a la sombra de lo que alguna vez fue su momento de gloria. El actor de Batman inicia, El caballero de la noche, y Psicópata americano sabe cómo construir personajes que no están del todo bien de la cabeza. Personajes que tienen rincones muy oscuros. Su logro y éxito (por el que probablemente gane el Oscar) es hacer que estos resulten… simpáticos. Deseamos más que Dicky le gane la batalla al crack que ver a su hermanito siendo campeón de los pesos medianos. Incluso, las notas emocionales más altas son gracias a (sí, adivinaron) Christian Bale. Más que nada en un final bastante parecido al de The Blind Side (pero mejor: con una ingeniosa vuelta de tuerca).
    Wahlberg no es la única falla en lo que podría ser (y por momentos es) una gran película. La segunda mitad del film apuesta por el melodrama. La pelea final resulta menos que interesante. Ahí si que pierde por knockout con, supongamos, Toro salvaje (esa no escaseaba en sangre y violencia: acá casi ni existe) u otras menores como Cinderella Man (que tenía esas radiografías del daño de los golpes). Aunque O. Russell intenta crear la sensación de que la batalla la transmite HBO, consigue algo que no es del todo bueno: que la película parezca de televisión. Es un golpe duro lo que acabo de decir. Pero en el resultado final, El ganador se eleva como una muy buena película, que gana nuestro corazón apenas por puntos. Cuando tenía todo el entrenamiento y la capacidad para volarnos la cabeza. Fin de la pelea.

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  • El cisne negro
    El cisne negro
    El Ojo Dorado
    Cine fantástico.

    Natalie Portman es la estrella, el corazón y la fuerza de El cisne negro, la última película de Darren Aronofsky (Pi, Réquiem por un sueño y El luchador). Ella es Nina Sayers, una bailarina de ballet obsesionada con interpretar el rol protagónico en El lago de los cisnes de Chaicovski. El film comienza con una estilizada coreografía donde ella interpreta a Odette en medio de la oscuridad. Es todo un sueño. El director con el que trabaja (Vincent Cassel) está haciendo una nueva interpretación de la obra, donde la misma persona que haga del cisne blanco, deberá hacer del cisne negro. Nada de grises: blanco o negro. Esta película es todo un viaje: un furia de cine, desordenada y rica. Una de las mejores películas (y experiencias) del año.
    Aronofsky hace una película sin sutilezas: es apasionada, por momentos caótica, no siempre original. Es fácil notarlo en los momentos donde hay danza: la cámara sigue embobada a la bailarinas. No es que esté en cualquier lugar, sino que está hipnotizada con el ballet. Muchos personajes tienen diálogos increíbles (no en el buen sentido) como señaladores, del tipo: "Estuviste tantos años esperando para este papel... ¡esta es tu oportunidad!". Dicho por la madre de Nina. El problema con este tipo de diálogos explicativos no es su naturaleza, sino cómo y cuándo se hacen presentes. En primer lugar, uno no cree que la madre (con quien ella vive) diga algo así. En segundo lugar, se nota que está para poner en palabras la obsesión de la protagonista. En tercer lugar, después del sueño, eso funciona como un subrayado (por si alguno no entendió: Nina quiere ser la protagonista de El lago de los cisnes).
    Sin ir más lejos, Aronofosky no cuida demasiado estos aspectos, y se reserva un grand finale con giro incluido y todo. Cuánta originalidad hay en todo, poca. La música contundente (parte de la banda sonora de Clint Mansell es la original de El lago de los cisnes, pero al revés) y la puesta en escena, sin embargo, sugieren que todo es más que lo que surge a primera vista. Por momentos, la película es tan camp que es irresistiblemente seductora, atractiva a la vista (y no lo digo por Natalie Portman y Mila Kunis, solamente) y endidabladamente perversa. En una época donde Hollywood parece orientar a sus producciones a ser lo más original, esta parece una cachetada: toma un montón de clichés, los licua, y los sirve en una mezcla que con el tiempo se hace más deliciosa. Donde hay tantas películas que calculan todo para lograr la (falsa) perfección, esta tiene corazón, sangre. No suda, como ese pedazo de carne ambulante en The Wrestler, que soportaba heridas, cortes y volvía a aferrarse a las cuerdas. Esta chorrea sangre, directamente. No esconde su atractivo de feria, hasta de circo podríamos decir.
    Sin ir más lejos, podríamos enumerar a todos los directores que homenajea: Roman Polanski (Repulsión), David Cronenberg (La mosca), Dario Argento (Suspiria), David Lynch (El camino de los sueños) y Michael Powell (Las zapatillas rojas). Aronofsky ni siquiera se priva de armar algunos truquitos efectistas como para que parezca un thriller sobrenatural, o mejor dicho, una de terror. Hay algunas imágenes espeluznantes, que revelan la psicosis de la heroína. Esta es la mejor película del director hasta el momento: se complementa con su estilo visual y con sus temas recurrentes. La degradación (o el horror) por el cuerpo humano. Algunas de las secuencias más poderosas son aquellas donde la madre le corta las uñas a la hija, o cuando vemos una aguja pasar muy cerca de sus pies, mientras ella se prepara para el ballet.
    Por supuesto, estas cosas no funcionaría si no creyéramos en los personajes. Portman seguramente gane el Oscar por su interpretación. Mientras que al principio siempre parece tener la misma cara de susto, vamos descubriendo que lo suyo es gradual: para el tercer acto no es otra cosa que atemorizante. Presten atención al movimiento de la cámara y los ojos de Portman cuando hace el rol dentro del rol dentro del rol: rojos, llenos de sangre, de locura, de desquicio. Que eso no quede en una caricatura pero que tampoco sea de una solemnidad insoportable es muy difícil. Acá se logra y se supera.
    Ella es un poco tímida, reservada. El director dice que es fría y frígida. Para darle el papel que tanto quiere, trata de aprovecharse de ella. Nada, no hay caso: que sea bella no significa que sea sexy, per se. Para el papel del cisne blanco está perfecta. ¿Pero la otra cara? ¿El cisne negro? Allí se ubica Lily, su nueva compañera. Mientras que Nina es una perfeccionistas, de esas que llegan a todos lados temprano y son incapaces de mostrarse provocativas, Lily (Mila Kunis, perfecta en el psysique du role: si no entienden lo que es, vean la película, o mejor dicho véanla a ella y lo van a entender) es lo opuesto. Es natural, desinhibida, pasional. El director lo sabe. Su técnica no es perfecta, pero tiene lo que a ella le falta: corazón. Esto supone un gran problema para Nina por dos motivos: el primero, podría quitarle el lugar que tanto anhela. El segundo: siente algo más que simpatía por su nueva compañera. De allí la referencia a David Lynch y la soberbia Mulholland Dr. El cisne negro explora (y explota) los rincones más oscuros y perversos del personaje.
    A fin de cuentas, podríamos hacer una lista con todos los errores de la película. También podría criticar más los subrayados de Aronofsky (la buena usa un tapado blanco, y la amiga perversa, que fuma y tiene sexo, uno negro) pero de eso no se trata la crítica. Por eso tampoco es una enumeración de lo bueno y la malo. Es decir, también podría hablar de las virtudes de la fotografía, la dirección de arte, etcétera. Pero no: esto se trata de pensar cómo nos afectó intelectual y emocionalmente una obra de arte. En este caso, creo que no hace falta aclarar demasiado: es un festín de todas esas cosas por las que nos gusta el cine. Bueno, en parte. Sabrán disculparme los que piensan que con esta crítica (y el puntaje) exagero: es apasionado. Es asburdo, es fantástico.
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  • El discurso del rey
    El discurso del rey
    El Ojo Dorado
    El inicio de la amistad.

    El discurso del rey es una película de estilo "clásico" que no es lo mismo que decir que la película es un clásico. En todo caso, esto último lo afirmará (o no) el paso del tiempo. Es la historia sobre el rey George VI y su incapacidad para hablar en público. Pero más que una película sobre el liderazgo y la valentía, es sobre la amistad. En este caso, detrás de un gran rey, hay un gran compañero.
    Colin Firth es quien deberá dar el discurso del título. No es una tarea fácil: el mundo está por sumirse en la Segunda Guerra Mundial y necesita escuchar la voz que dará la confianza y el coraje para emprender otra época oscura y violenta. Sus oyentes no son sólo los habitantes del Reino Unido, sino de todo el mundo. Y principalmente, de Alemania. Pero Bertie (como le dice su psicólogo) es tartamudo y es incapaz de hablar en público. El inicio de la película lo deja claro: frente a un gran auditorio en Wembley, apenas puede leer parte de una ceremonia de inauguración. Y ni siquiera es rey: es el Duque de York. Pero sus silencios son eternos. Su mujer lo mira desconsolada, con lágrimas en los ojos, y el público baja la vista decepcionado. Nadie tiene demasiada confianza en él. Su padre, cuyos métodos no son los mejores, lo insta a perder los miedos hasta que resignado, le dice: "Si tu hermano no se hace cargo de sus deberes... ¿Quién se va a parar frente a las botas de Alemania y el abismo del proletariado? ¿Tú?".
    Edward VIII (interpretado por Guy Pearce) es el heredero directo al trono. Pero parece tener otra cosa en la cabeza: Wallis Simpson, la americana dos veces divorciada. Está enamorado, pero si asume como rey, al ser la cabeza de la Iglesia Católica, no se puede casar con una mujer divorciada. Edward VIII será recordado románticamente como el rey que abdicó por amor, pero la película sugiere que además de amor, había mucha irresponsabilidad. Bertie presiente lo que acontecerá y el miedo lo apabulla. Quiere evitar lo inevitable.
    Su mujer, la reina Elizabeth (Helena Bonham Carter sin el maquillaje ni el CGI de su marido Tim Burton) es la primera persona en ayudarlo. Los logopedas no parecen ayudar a su estresado marido, que para colmo, tiene un temperamento muy malo. La situación queda muy clara: ella es quien enciende la chispa de Bertie, quien lo ayuda a calmarse, y la persona de mayor confianza para el Duque. Así lo convence para visitar a un nuevo doctor: Lionel Logue. Alguien cuyos métodos son poco ortodoxos y controversiales.
    Lionel Logue está interpretado magníficamente por Geoffrey Rush, quien no va a ganar el Oscar porque ya lo ha ganado, pero no estaría mal si se repite su triunfo. Logue es el nexo emocional más fuerte con el espectador, y aunque el título de la película mencione al rey, él es quien lo hace posible. Como todo buen terapeuta, sabe que no alcanza sólo con arreglar la parte "mecánica" del problema. Hay que ir ahondar más en la cabeza del paciente. Pero Bertie se resiste. Hay cosas allí que no son fáciles de contar.
    La dirección de arte (podemos contar otro Oscar) se las ingenia no sólo para crear lugares inolvidables, como el consultorio de Logue, sino también para recrear los lujosos y suntuosos palacios de la realeza británica. Pero ese no es el mayor logro: lo mejor es una simple pared. En el consultorio de Lionel, detrás de Bertie, hay una pared descascarada. La cámara enfoca la situación de tal manera que pareciera que el paciente trata de escapar del encuadre. El resto queda rellenado por esos viejos tapices. Son una excelente metáfora de la cabeza del rey: con muchas capas, perturbada. El trabajo de fotografía acá pasa más por el uso de las lentes (caras alargadas, corredores que se hacen exageradamente angostos) y el encuadre que por el trabajo con los colores. A decir verdad, es una paleta monocromática, que recuerda a las películas europeas de bajo presupuesto. De esas que cuando las dan por TV, aunque subamos el contraste al ciento por ciento, siguen siendo frías y apagadas. Ambos trabajos tratan de plasmar en imágenes lo que sucede en la cabeza real.
    Las sesiones en el consultorio son uno de los puntos más altos del film, con diálogos realmente ingenioso. Aquí una reproducción de uno de los diálogos:

    Bertie saca una lata de cigarrillos.

    Logue:
    - Por favor, no haga eso. Creo que aspirar humo a sus pulmones lo mataría-

    Bertie:
    - Mis terapeutas dicen que ayuda a relajar mi garganta-

    Logue:
    - Son idiotas-

    Bertie:
    -Todos son Caballeros-

    Logue:
    - Lo hace oficial entonces-

    El montaje se las ingenia para no caer en el plano/contraplano por encima del hombro de cada hablante, sino que los ubica casi en la misma posición de la pantalla y de frente. Aunque hay mucho para ver, nuestra atención se centra en los actores. Eso es bueno. Ese diálogo en la boca de dos grandes actores se potencia. Cada uno calcula el timming a la perfección. Firth tiene un trabajo un poco más difícil, porque su tartamudeo es gradual. Incluso va y viene.
    Esto no quiere decir que el guión sea perfecto. Cada en algunas redundancias, y no faltan los personajes señaladores (la mujer explicando cómo se casaron, el hermano diciendo que sigue los consejos de Wallis contra su familia) ni tampoco la estructura clásica de inicio-nudo-desenlace, con un personaje que debe enfrentar el desafío más grande de su vida, en pos de defender a toda una nación. La película está matizada como si fuera una comedia, así que nunca se desborda como un drama. También, en la línea de La reina (The Queen, 2006, de Stephen Frears) es otra película que trata de demostrar que la realeza está compuesta por seres humanos. Lo que allí era novedad, acá no lo es. Pero bueno, está bien si todos los productos que vienen tienen esta calidad. Hay una secuencia bastante previsible, donde Bertie finalmente se abre con Lionel y le comenta su atormentado pasado. Allí se establece el vínculo definitivo: nace la amistad entre ambos.
    ¿Si merece o no el Oscar? En lo personal disfruté más de Red social, y creo que es una mejor película. Siguiendo los últimos años de la Academia, debería seguir premiando al cine más arriesgado y poco convencional para Hollywood (No country for old men, The hurt locker). Pero El discurso del rey parece no disgustarle a nadie (un poco esas son las intenciones) así que si gana, no estaría del todo mal.
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  • Temple de acero
    Temple de acero
    Loco x el Cine
    Una opinión sobre la nueva y multinominada producción de los hermanos Coen.

    La nueva película de los hermanos Coen quizás sea una de las más atípicas dentro de su filmografía. Los directores (aunque en los créditos a veces figure uno solo) de Fargo, El gran Lebowski, y Sin lugar para los débiles (No country for old men, por la cual ganaron 4 Oscar) tienen un estilo bastante particular y para muchos, hermético. A veces tratan de imitar o resucitar algún género olvidado, siempre dentro de su cinismo y humor negro. Allí se encuentran algunas de las obras más desparejas de los hermanos: ¿Dónde estás, hermano? (O brother, where art thou?) y Quémese después de leerse (Burn after reading). En línea con su película anterior (Un hombre serio) esta vez apuestan por un cine más emotivo. Impersonal, pero más abierto a mayores audiencias.

    En primer lugar, el género que elijen es el western, la piedra basal de grandes autores del cine norteamericano, que hace varias décadas casi desaparece del medio que le dió la vida. Podríamos afirmar que esta es la mejor películas sobre el Lejano Oeste desde Los imperdonables(Unforgiven, de Clint Eastwood) pero de nuevo, eso no sería decir mucho (por la escasa oferta y calidad). Pero la apuesta es diferente: aquí no se trata de despedir al género, sino de celebrarlo. Si bien es una película de los Coen, se siente mucho más “clásica” que el resto de su filmografía. Por ejemplo, Carter Burwell, su habitual compositor, despliega una orquesta para musicalizar y recuperar el espíritu aventurero, grandilocuente y romántico del western. Algo raro, teniendo en cuenta que sus composiciones tienden a ser más oscuras y minimalistas. No está mal, pero no funcionó del todo para mí.

    Para que esta historia verdaderamente capte la esencia del western, no es suficiente un equipo técnico impecable (como en la puramente estética El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford) sino hay que darle vida y corazón a los personajes. Jeff Bridges no tiene que probar nada a nadie para confirmar que es uno de los actores vivos más grandes del cine. Cada aparición suya, llena, literalmente, la pantalla. Podemos escucharlo hablar casi de cualquier cosa, porque al hombre le sobra carisma. Su presentación en la película es dentro de un baño, después de una resaca. Solamente su voz sirve para lograr que cualquiera esboce una sonrisa. Ni hablar de la secuencia siguiente: un juicio donde se lo acusa de haber disparado y matado a dos hombres. Bridges se adueña del papel, ante la mirada atrapante de Mattie Ross (Hailee Steinfeld, después hablaré de ella) quien desea contratarlo para vengar la muerte de su padre.

    Allí se complementa con la fotografía de Roger Deakins, la cual podrían valerle el Oscar que hace rato se merecía (más que nada por Fargo). La cámara rodea a “Rooster” (“Gallo” en la traducción) Cogburn, ubicándonos en el punto de vista de la joven protagonista, que lo rodea. Solamente una ventana permite la entrada algunos haces de luz que iluminan la oscura habitación. Es una secuencia cautivadora y bonita. Hay muchos planos generales muy típicos del género, y también poéticos, pero yo me quedo con esa secuencia. Si el Oscar lo gana o no es accesorio en cierto sentido: no hace falta para demostrar la grandeza de Deakins (además, este año la competencia es muy buena). El último tercio de Temple de acero es una belleza embriagadora. Hay, incluso, una referencia visual muy obvia a La noche del cazador (The night of the hunter) una de las películas mejor filmadas de la historia del cine. En ese último tramo se incluye una salvaje, espeluznante y no por eso menos meritoria, secuencia con una “personaje” bastante secundario que pone a prueba el temple de acero de Cogburn.

    Es la segunda vez que un actor interpreta a Rooster Cogburn en el cine. Y el primer actor es nada menos que John Wayne, con el papel que le valió el Oscar a Mejor Actor. Más que hacer una remake de la película de 1969 (que no es gran cosa), el verdadero atrevimiento es encarnar un personaje tan icónico en la carrera del legendario, mítico, Duke (así lo llamaban a Wayne). Jeff Bridges no es el Duke pero sí es el Dude. Sus estilos son completamente diferentes. Bridges ya tiene un Oscar y no es precisamente, el actor que pide permiso para interpretar un rol. Es atrevido, osado, juguetón. Es como un viejo maestro oriental, que a priori no aparenta mucho, pero que por algo es un maestro. Sí: también tiene esa mística que emanaba el actor de Más corazón que odio (The Searchers).

    El film original también contaba con Kim Darby, en el papel de Mattie Ross. Su carrera nos despegó luego de esa película. Esperemos que no sea así para Hailee Steinfeld, ahora nominada al Oscar como Mejor actriz de reparto. Ella, cuando está junto a Bridges, hace que la pantalla explote de humanidad. Se complementan más que bien: ella encuentra algo en él, mientras busca la venganza contra el asesino de su padre. Él la quiere, la aprecia. Quedan conectados cuando ella demuestre, por primera vez, su verdadero temple de acero al cruzar un caudaloso río. Y al cruzarlo, le va a reprochar algunas cosas: entre ellas, la ortografía. Steinfeld es una de las mejores promesas de la nueva generación de actores de Hollywood. Es carismática, osada, y simpática. Es una mujer en un mundo de hombre… ¡pero qué mujer! Eso sin olvidar, que sigue siendo una niña. Es como si Juno viviera en el Lejano Oeste. O algo así.

    Matt Damon es LaBeouf, el guardia de Texas (o Texas ranger) que comparte la búsqueda con ellos. Como toda buena persecución, lo más importante está en el viaje: cómo se relacionan los principales protagonistas entre sí. Es allí donde la película se hace más cálida. Combina grandes momentos de tensión, con otros de suspenso y comedia. Josh Brolin es prueba de ello, interpretando al torpe (pero amenazante) Tom Chaney.
    Hacia el final, me pregunté cuál era la necesidad de hacer una remake de la original. Ok: a los Coen no les gusta decir remake, aunque algunos planos sean casi idénticos. Prefieren decir que es una nueva adaptación de la novela de Charles Portis. Sencillamente, no me puse a pensar si había necesidad o no. Solamente me dediqué a disfrutar de una (muy) buena película. El tiempo dirá qué lugar tiene en la historia del cine.
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  • Lazos de sangre
    Lazos de sangre
    El Ojo Dorado
    Criaturas marginadas, amenazadas.

    Lazos de sangre es una película rotunda, que golpea al espectador con sus implacables imágenes y situaciones. Es un recordatorio de cómo el cine puede ser un poderoso instrumento de denuncia, sin dejar de ser arte. No escribe ninguna página nueva en la historia del celuloide, pero sí es un testimonio poderoso. Es una película independiente, pero su poder no reside en el montaje, la fotografía o cualquier otro aspecto técnico. La atmósfera, el clima que construye Debra Granik es lo esencial: un mundo donde cada uno lucha por su cuenta.
    Jennifer Lawrece es Ree, una jovencita de 17 años cuya principal preocupación es cuidar de sus dos hermanos menores. La madre está enferma y el padre, desaparecido, ha dejado deudas. Si Ree no consigue que su padre se presente ante la justicia, la casa será deshabitada. Entre la montañas de Ozark, el frío invernal no perdona a ninguna criatura. Los vecinos están al acecho: quieren quedarse con uno de los hermanitos. El hambre y la pobreza se resienten cada día más. Son criaturas indefensas, sumidas en un mundo lleno de peligros. Para más, el Sheriff que le da la advertencia a Ree, insinúa que su padre podría estar muerto: estaba involucrado en negocios con drogas.
    A partir de allí, Lazos de sangre se devela como un inteligente y crudo policial. Ree es la detective y el tiempo, el mayor enemigo. Hay una secuencia bastante estilizada, muy bonita, en blanco y negro, que divide estéticamente a la película. Aparentemente, sin sentido, Debra Granik inserta imágenes de árboles secos, motosierras que los tiran abajo, y ardillas huyendo del caos. Es fundamental y se relaciona con una secuencia que vemos antes: Ree tiene que enseñarles a sus hermanos menores que la vida es dura, y que deberán hacer muchas cosas que no son de su agrado. Para ello, decide cazar una ardilla. No solamente es duro matar al animal, sino que peor aún es comerlo: hay que arrancarle (literalmente) las tripas.
    Ellos son los depredadores y las presas. Las leyes del mundo que propone Lazos de sangre son penosamente reales. Cada uno tiene que usar sus tácticas de supervivencia para evitar ser la presa de otros depredadores más grandes. Por eso la película es también efectiva como una "película de denuncia". Hay tantos films que por hacer hincapié en el contenido social se olvidan de lo que verdaderamente deberían ser. Lazos de sangre nunca subraya: nos recuerda que estos mundos no son fantasía, ni siquiera posibilidades: son reales.
    La pobreza, el abandono, la indiferencia, el dolor, y la crueldad, conviven con todos nosotros. Akira Kurosawa definió para siempre los bosques, en el cine, como la mejor "locación" onírica. Lo que sucede con estos personajes no es un sueño ni una pesadilla: es lo normal.
    Nada de esto hubiese sido tan efectivo sin el control de Debra Granik, claro. Pero también son fundamentales las expresiones, los gestos, las cicatrices que denuncia el tiempo, de los actores. Muchos de ellos son no-profesionales, pero la distinción casi ni se nota. Tomemos a Dale Dickey, una señora con un rostro temible, que le advierte a la heroína que no meta las narices donde no debe. La primera vez, la advertencia, habría bastado para que muchos se alejaran del lugar. No Ree, que es perseverante.
    Jennifer Lawrence, de 19 años, recibió una nominación al Oscar por interpretar a Ree. John Hawkes también, como actor de reparto. Ambos están soberbios y son el motor y el corazón humano de la película. Ella, con su valentía inquebrantable. Él, como un hombre violento y alcohólico, trata de buscar la rendención y definirse entre hacer lo que conviene o hacer lo correcto. Son personajes curtidos por la vida.
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  • Los viajes de Gulliver
    Los viajes de Gulliver
    Cines Argentinos
    Los viajes de Gulliver dista de ser una película perfecta. Muchos incluso dirán que dista de ser una buena película. Y la verdad es que si uno no logra sentir empatía por los personajes, seguramente no va a salir muy contento del cine. Por mi parte, logré tomarle cierto cariño a ese eterno perdedor que es Jack Black (a esta altura, hablar del actor o el personaje es casi lo mismo) y por eso disfruté, en menor medida, de la película.
    Basándose muy libremente en el clásico de Johnathan Swift (apenas la idea de un gigante en una tierra de gente diminuta) el director de Monstruos vs. Aliens cuenta la clásica historia de un hombre que, en nuestro mundo, vive desapercibido. Ese es Jack Black, un rockero, un nerd, o un geek. O las tres cosas al mismo tiempo. Es el “tipo del correo” que ama en secreto a su superiora. Para impresionarla, termina aceptando un viaje al Triángulo de las Bermudas. El destino hará que termine en Lilliput, atado en la playa por esos pequeños seres. Esa imagen sí es parte del universo del autor (cuyas cuatro obras tienen una densidad que la película obvia) y es fácil de reconocer porque hasta se encuentra en los afiches promocionales.
    La “bestia” (como prefieren llamarlo los lilliputenses) en un principio será recibido con hostilidad, hasta que un acto casi involuntario de valentía lo convertirá en su salvador. Entonces, este hombre “pequeño” en el mundo real pasará a ser un verdadero “gigante” en Lilliput. Clásico y efectivo, en este caso. A partir de esta premisa, se desarrollan algunos gags muy buenos, como aquellos donde Gulliver recrea películas como Star Wars o Titanic en una suerte de anfiteatro para los lilliputenses. Incluso hay referencias para Avatar (Gavatar aquí) y West Side Story. Tampoco podían faltar los chistes con los videojuegos y la música (Black jugando al Guitar Hero con temas de Kiss, interpretados por personitas diminutas). Él es como una suerte de Dios protector, que pronto encontrará afecto en Horacio y la princesa de Lilliput. Interpretada por la belleza británica Emily Blunt (la protagonista de El hombre lobo, o la modista de El diablo viste a la moda) cuyo escote generoso parece ser el único interés de su prometido, el General Edward (Chris O’Dowd, sobreactuando como debe ser). Claro que la llegada de Gulliver moverá las cosas de lugar y entonces Horacio empezará a expresar su verdadero amor a la princesa.
    Los viajes de Gulliver va a lo seguro. Hay algunos chistes con el físico de Black, pero no demasiados. A decir verdad, la película tampoco es tan larga: apenas unos 85 minutos. Sí: tiene defectos (sin ir más lejos, los efectos visuales por momentos son mediocres) pero en general se disfruta. Eso, claro, siempre que nos hayamos creído lo que nos están contando. Yo de verdad creo que Jack Black se sentiría a sus anchas en Lilliput.
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  • Más allá de la vida
    La vida y nada de lo que viene después.

    Gran desafío para Clint Eastwood: filmar una película sobre lo que viene después de la vida. La sola idea de la vida después de la muerte (afterlife, o hereafter, en inglés) ya es bastante compleja y abstracta. Muchos cineastas incursionaron en esas caudalosas y peligrosas aguas y terminaron naufragando. Basta recordar The Lovely Bones (Desde mi cielo, de Peter Jackson) para ver qué tan mal puede salir todo. A decir verdad, Clint Eastwood evita bastante bien todos los problemas que pueda llegar a tener con ese concepto, pero las complicaciones en la película son otras.
    Esta historia coral entrelaza tres vidas afectadas por la muerte (como dice un personaje: "una vida que gira alrededor de la muerte no es una vida"): la de un médium (Matt Damon), la de una periodista que sobrevivió al tsunami de Indonesia (Cécile De France) y la de un chiquito que perdió a su hermano gemelo en un accidente (Frankie McLaren en ambos roles). A partir de esos fragmentos, Eastwood construye una historia superior. No sobre la vida después de la muerte, sino sobre la necesidad de creer en la vida después de la muerte. Cada uno de estos personajes está realmente afectado pero ninguno está fuera de sus cabales. La composición del personaje de Matt Damon así lo sugiere: un verdadero médium no estaría celebrando su poder, ni lucrando con él, sino sufriendo sus consecuencias. Es como si el nene de Sexto sentido creciera superando el trauma de ver a la gente muerta. O bueno, algo así.
    Una de las secuencias claves para entender a ese personaje, y quizás la mejor secuencia romántica de toda la película, se empieza a desarrollar cuando George (el que habla con los muertos) intenta tener una vida normal. Atiende a un curso de comida italiana, donde conoce a Melanie (la bella Bryce Dallas-Howard, re-afirmando que Shyamalan no sabía filmarla) una tímida, bonita, y algo torpe compañera de curso.
    La situación sentimental de la periodista francesa no parece ir mucho mejor. Cuando el tsunami (literalemente) la golpee, su vida cambiará. En ese momento estaba de vacaciones con su marido y productor. Él le aconsejará tomarse un tiempo para relajarse y escribir un libro. Ella empezará a indagar sobre la vida después de la muerte, ya que la experiencia la dejó con destellos de lo que podría ser el más allá (en una pequeña -pero feísima- escena donde ve a los supuestos fantasmas de la catástrofe). El tsunami es casi tan artificial como la breve visión. En los planos abiertos es cuando peor se ve. En los cerrados, Eastwood maneja mejor las cosas, distrayendo la atención en autos y demás peligros que arrastra el mar. Increíblemente ganó una nominación al Oscar por efectos visuales (a los académicos parece que les gustan las olas CGI como esta y la de Poseidón de Wolfgang Petersen).
    Como sea, salvo por esa introducción, estamos hablando de una película menor del director sutil y poderoso de Los imperdonables y Cartas desde Iwo Jima. Si bien la grandilocuencia se acaba luego de los primeros 10 minutos, lo que sigue es muy irregular. El guionista es Peter Morgan, uno de los mejores guionistas actuales. Entre sus trabajos se encuentran La reina, Frost/Nixon y El último rey de Escocia. Está claro que es él quien, inteligentemente, adhiere todo un contenido socio-político (el mundo está en caos: el tsunami, los atentados en Londres) y Eastwood se refugia en el minimalismo lacrimógeno de la música y la fotografía con colores apagados.
    En sí, Más allá de la vida no es un desastre, pero tampoco una obra brillante (o por lo menos, algo más entretenida como Invictus). Es prueba de algunos de los peores vicios de Clint (los golpes bajos como en El sustituto) pero también es un testamento de la habilidad narrativa del director. Con 80 años, sigue fiel a su estilo de cine. Para algunos, lleno de golpes bajos y sensiblero. Para otros, emocionante e inteligente. Para mí, esta película es mezcla de ambos.
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  • El ilusionista
    El ilusionista
    El Ojo Dorado
    La ilusión del cine.

    Alice mira por la ventana. Ella es pobre, vive en un pueblito de Escocia y está encantada con la magia de Tatischeff (que además de ser el nombre del alma mater de la película, Jacques Tati, es el nombre del ilusionista). Mira, y no sabe que abajo una señora tiene problemas rellenando una bolsa con plumas. El viento sopla con más fuerza y las plumas decoran un árbol como si fueran copos de nieve. Ella piensa que el frío invernal hizo nevar y enciende la chimenea, para agasajar al mago. El mago llega a la habitación (para ese entonces el viento y unos niños ya desplumaron al árbol) y Alice vuelve a mirar por la ventana: la nieve no está más. Indudablemente Tatischeff hizo que desapareciera.
    Alice en cierta medida nos representa a nosotros, los que amamos al cine. Creemos en una ilusión (que es mucho más romántico que decir "un truco de magia" que devela su artificio) y en este caso, creemos en el cine. Si no creemos en el cine, no lloramos cuando Chaplin se encuentra con la florista ciega. Si la ilusión no existiera, no nos pondría nerviosos ver la silueta del cuchillo acercándose a la bañera. George Meliès, el director de la primera película de ciencia ficción/fantasía de la historia (El viaje a la Luna), era un mago Y cualquier película con magos, tiene una responsabilidad mayor a la hora de hacer un comentario sobre el cine (todas las buenas películas lo hacen). ¿Nunca vieron un detrás-de-escena de una película que les gustó mucho? ¿Nunca sintieron decepción por saber como era "el truco" que hacían para hacernos creer que existía un castillo enorme, por ejemplo? Las personas inteligentes aceptan la magia, la ilusión. Se dejan maravillar por ello. Los cínicos, los que llevan una vida gris, no están pensando en la magia. Están pensando en descubrir el engaño, la trampa. Pobre de ellos.
    El ilusionista, en sus breves 80 minutos habla sobre muchas cosas. Sobre el estado del arte (principalmente de los artistas), sobre el amor entre un padre y una hija (Sophié, la hija que Tati apenas conoció), sobre el cine mundo y cómico, sobre las modas. ¡Qué atrevimiento sería criticar a The Beatles hoy en día!... por suerte la banda ficticia de la película se llama The Britoons (algo así como los "dibujitos británicos") que son verdaderamente unos tipos dibujados, que gritan y enloquecen a las muchachas. El espectáculo de Tati es anacrónico. Nadie se queda para ver a un viejo sacando un conejo de la galera. Qué acto viejo, qué cliché. Hasta un chiquito cínico advierte la falsedad (que no se ve, claro) del asunto. Nadie parece dispuesto a creer en la magia. Ese es un poco el rol que tienen, lamentablemente, algunas películas clásicas y animadas. Muchos son reacias a verlas. Han perdido su inocencia y el blanco y negro les parece anticuado. Ni hablar de tratar de ver una película animada con un adolescente: quieren ver algo "serio", algo "adulto". En un mundo ideal, The Britoons y el ilusionista tendrían el reconocimiento que se merecen. Y no digo uno en desmedro del otro.
    En una época donde el 3D parece la excusa para ir al cine (el 3D, que oscurece la pantalla y le da "más" profundidad de campo a las películas que de por sí son en 3D) y los efectos visuales son cada vez más importantes (no por nada la Academia de Hollywood expandió la categoría a 5 películas nominadas), ver El ilusionista, una película casi muda (los personajes sólo murmuran), con una paleta de colores pastel (¡vieja!) y acuarelados (¡débil!) resulta casi tan anacrónico como ir a ver el espectáculo de Tatischeff.
    El ilusionista es un hombre alto, de movimientos torpes, con unos pantalones ridículamente cortos, que encuentra afecto y cariño en un pueblito escocés. En París su show es poco menos que despreciado. Allí conoce a Alice, la muchacha que escapará de su realidad con él. Es una muchachita cuyos modelos de roles son los maniquíes de las vidrieras de ropa. No confundan las cosas: no es frívola ni tonta. Es inocente, y por eso la magia de Tati(scheff) impacta directo en su corazón. Él, en una cruzada quijotesca (o chaplinesca) intenta complacerla como sea. Pero como en una cruzada quijotesca, Sancho llora la muerte de Quijote, y lo insta a volver a ser un caballero errante. Sancho, la figura que quería que Quijote recupere su salud mental, lo llamaba de nuevo a la acción. En El ilusionista, sucede algo parecido, aunque de otro modo.
    Que El ilusionista es una película melancólica, sensible, lírica y profunda, de esos no hay dudas. Pero no es como la ópera prima de Sylvain Chomet, Las trillizas de Belleville -que también era melancólica-. Esa arrancaba como un rayo: con la canción Belleville rendez-vous y las "caricaturas" de Fred Astaire y otros bailando.Esta es una película mucho más tranquila. Comparte, eso sí, el amor que los personajes tienen por sus hijos. O sus nietos. Son una prueba de lo que las personas podemos hacer por quienes amamos. El resto de los personajes no son despreciados, aún cuando sean seres deformes, con cabezas puntiagudas y intenciones poco nobles. Aquí algunos secundarios dan lugar al costado más melodramático y poco sutil de la película (un payaso depresivo y suicida, por ejemplo) pero uno lo soporta, porque tampoco desentonan con el tono general.
    No es una película triste. Para nada. El ilusionista es una ilustración del cine. Un grandioso homenaje al cine de Jacques Tati, Las vacaciones del señor Hulot, Mi tió -de la cual se ve un fragmento-, un recordatorio de por qué amamos no sólo al cine de Tati, sino al cine en general. Porque El ilusionista es mágica. Es maravillosa. Es cine.
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  • Tron: El legado
    Tron: El legado
    El Ojo Dorado
    El pasado y el presente

    Que Tron (1982) fue una película visionaria, de eso no hay dudas. Introducía el concepto de un héroe atrapado entre dos mundos, uno real y uno virtual, como si fuese Matrix o Avatar. La película se sostenía en base a sus efectos visuales... como si fuese Matrix o Avatar. Pero acá se terminan las comparaciones: el paso del tiempo la ha dejado bastante maltrecha y no sólo eso: la narración no se destaca por ser entretenida. Para más, Disney tiene una suerte de vergüenza con esa película (que, aclaramos, sí se puede conseguir en DVD) y la convierte en una figurita difícil de conseguir (o de ver). Entonces, como el título de clásico le queda bastante grande, se convierte en una película de "culto" (no quiero desprestigiarlas a todas... algunas "de culto" son bastante buenas).
    Más allá de ser la película favorita de Al Gore, la premisa de Tron es bastante atractiva para atraer millones de espectadores: un hombre atrapado en un sistema informático tiene que pelear por su vida en terribles juegos de video, sólo que no hay segundos intentos. Tron: El legado es consciente de ello, y no es casual que la secuencia más espectacular de la película sea la persecución en motos. Visualmente es una maravilla, aunque hay que ver cómo evoluciona con el paso del tiempo. También hay enemigos comunes, que cuando caen hacen como ruidito de monedas, a los cuales hay que eliminarlos con discos voladores (o freesbees). Son todos seres cibernéticos, así que los héroes pueden seguir siendo héroes. Hay una secuencia divertida donde el protagonista empieza a combatir a un montón de enemigos, y Daft Punk (que además de la banda sonora participa en la película) musicaliza el combate. Es como un videogame, donde al final nos espera un boss.
    Lo más llamativo de toda la película (después de los efectos visuales, de lo que me ocuparé luego) es su ambición. No tanto el aspecto teológico (bastante obvio, con un Dios que, entre otros grandes logros, creó a Olivia Wilde para pasar el rato) sino el cronológico: Tron: El legado es una película sobre la imposibilidad de deshacer lo hecho, y de recuperar el tiempo perdido. El protagonista sufre porque no ha visto a su padre durante 20 años. El padre, porque su creación lo ha capturado y ha perdido miles (no veinte años "de usuario") de años y lo ha separado de lo que más quiere. Jeff Bridges es este semidios en el mundo virtual, Kevin Flynn, mezcla entre The Dude y un budista, que trata de recuperar el balance perdido y poder regresa al mundo real.
    No es casual que el villano de la película también sea Jeff Bridges (como Clu, un programa malvado) rejuvenecido, estancando en la original Tron. Los efectos visuales para reconstruir la cara del joven Bridges son los mismos que se usaron para El curioso caso de Benjamin Button. La animación CGI no logra convertir a esta criatura en algo humano, pero tampoco lo hace falso. Es un híbrido que no se camufla como lo hacía, supongamos, el joven Brad Pitt en la película de David Fincher. Como estamos hablando de un ser virtual, podría pasar por alto eso. Clu quiere llegar al mundo real (sus intenciones no son buenas, y una secuencia molestísima lo muestra como un dictador en potencia) porque, por más perfecto que sea ese mundo ficticio, el verdadero planeta Tierra, con todas sus imperfecciones, es perfecto. ¿Por qué quiere salir un personaje de computadora a la realidad? No sabemos, pero supongo que tampoco cabe preguntar eso cuando estos seres se divierten tirándose discos unos a otros. Quizás les falte un upgrade.
    Además, la fotografía oscura de la película resulta agobiante, y no sólo para sus propios personajes. Si bien hay varios momentos impactantes, que pueden recordar a la escala visual de Blade Runner, la decisión de oscurecer toda la ciudad y darle algunas luces de neón termina agotando. Es como si se justificara por un par de momentos. Nosotros, como los protagonistas, añoramos un rayito de luz, del verdadero Sol. No es lo único que deseamos: el protagonista tampoco no logra transmitir mucha humanidad, aunque por suerte ahi está Bridges (capaz de darle vida a casi cualquier cosa) y Olivia Wilde, una maravilla de carne y hueso, que ningún producto CGI o hecho con piezas de Transformers puede superar.
    La sensación que deja Tron: El legado es que es tan "clásica" como la primera, quizás menos, porque no significa una revolución en cuanto a efectos visuales (recordemos que la original es el puntapié al cine de animación computarizada) ni estilo temático (es un rejunte de homenajes, incluyendo el momento de disparar desde una torreta como en Star Wars). Además, abarca tanto que termina definiendo poco (la lecutra del paso del tiempo, dentro y fuera de la película, es lo más interesante). Técnicamente está muy bien y puede cosechar algunas nominaciones al Oscar como efectos visuales y dirección de arte, pero cuando un tanque de Hollywood cuenta con tanta capacidad (hagamos un back up: Daft Punk, Jeff Bridges, Olvia Wilde, los efectos visuales) es una lástima que no se haya exprimido más. El resultado final es parecido al de Flynn: Tron: El legado vivirá siempre en comparación con Tron. La versión vieja contra la nueva. Ambas, llenas de maquillaje. O mejor dicho: maquillaje CGI.
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  • Machete
    Machete
    El Ojo Dorado
    Desproporción conmensurable.

    Un falso trailer del fallido díptico de Grindhouse fue suficiente para encender la chispa que llevaría a Danny Trejo y a Robert Rodriguez a cargarse con una parodia a las típicas películas de acción exploitation de la década de los '80. En un año que parece signado por la nostalgia, más hacia esos años (¿realmente todo lo anterior fue mejor?) y sin ser nada del otro mundo, Machete es la mejor propuesta. Es divertida, entretenida, y cumple con lo que ofrecía ese viejo trailer. Quizás sin tanta efectividad.
    En primer lugar, el chiste ahora parece demasiado largo. Salvo por un par de secuencias (la "soga" en el hospital, la introducción y alguna más) la locura visual y estética no logra sostenerse durante la hora y media que dura el film. En el trailer, Machete llegaba hasta el cielo con una motocicleta, mientras disparaba a sus enemigos, con la machine-gun que tenía montado el vehículo. En esos dos minutos, donde abundaba el grotesco, se parodiaba a todos los lugares comunes del cine de acción (viejo y no tanto). El héroe inmortal, el one-man army. Todo era desproporcionado, desmesurado y estaba bien que así lo sea. Después de todo, lo que seguía era Planet Terror, una brillante película cómica con zombies.
    Machete no hubiese sido Machete sin Danny Trejo, un actor secundario de películas como... Es carismático, feo, y rudo. Quizás no tenga demasiado tiempo en pantalla, pero bueno, en una historia donde hay tantos personajes, casi que asistimos a un desfile de caricaturas. Algunas de ellas están representadas por Michelle Rodríguez (una Che Guevara femenina), Jessica Alba (lo más flojo del film, como una agente anti-inmigración) y hasta más que cameos de Steven Seagal, Al Pacino, Lindsay Lohan y Don Johnson. El elenco de Machete, sus posters, todo, contribuyen a crear la atmósfera perfecta de una gran producción de clase B. Todo apunta a un festín de splatter, con amputaciones, muertes exageradas, tiros, explosiones, sexo y violencia. Pero como decía al principio, eso se cumple a medias. A Robert Rodriguez parece fastidiarle muchísimo la xenofobia que hay en los estados sureños en Estados Unidos, y que llevaron, incluso, a proponer leyes racistas para controlar la inmigración ilegal.
    La película es una creación de Robert Rodriguez, aunque esta vez, el director no compuso la banda sonora y comparte la dirección con Ethan Maniquis (¿Qué pasa con Rodriguez que siempre tiene que dirigir acompañado por otros?). Así, Machete, pasó de ser un guiño, un gran chiste, a ser un buen chiste, lleno de tintes políticos. Todo es muy obvio (y esa es la intención: vean la comparación de la propaganda donde se presenta a los mexicanos como, literalmente, cucarachas) y entorpece un poco la acción. Vamos a ver. es una buena película. Es entretenida y divertida, pero, maldita corrección política, mucho más modesta que el atrevido trailer que ofrecía y cumplía más. Y casi con 103 minutos menos.
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  • Cazador de demonios: Solomon Kane
    Sin la gracia de una película barata.

    Unos cuantos barcos se acercan a lo que parece ser un fortín endemoniado. La batalla es cruenta, ya que el capitán de esa flota, es un pirata despiadado y sádico. Arenga a las tropas diciéndo que el único demonio es él. Es Solomon Kane. Pronto penetrará la fortaleza, hasta llegar a encontrarse con la mismísima parca, un bicho CGI que no esconde sus orígenes cibernéticos. Luego de una breve escaramuza, tenemos que creer que ese encuentro fue un punto culminante en la vida de Kane. Y bueno, después sigue un festín de clichés donde uno se pregunta si los que hicieron la película no son realmente los demonios.
    James Purefoy es Kane, y sin dudas es lo más divertido de la película. El tipo es carismático, y si bien por momento parece un Aragorn devaluado (como la película, que está más cerca de la terrible Calabozos y dragones que de El señor de los anillos) por lo menos le pone ganas. Conoce eventualmente a una familia, y el resto es historia, pero con minúscula. Ya sabemos que esa familia lo hará cambiar, que recuperará la humanidad de su corazón, etcétera de la etcétera. No habría tanto problema si todo estuviera bien hecho. Pero cuando veo al tercer monstruo feo, hecho con malos efectos de computadora, todo se va al diablo y no solamente Kane.
    Cuando uno piensa que las cosas no pueden ir peor, los productores, supongo, metieron mano en el montaje para hacer la película más "digerible". Se nota en escenas totalmente inconexas, como aquella donde, de la nada, asistimos a una feroz resistencia por parte de los héroes, en medio de un castillo en llamas. Es casi como los saltos de missing reels de Grindhouse. Sólo que esta vez, este producto clase B es malo.
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  • Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte 1
    Movimiento arbitrario pero liberador

    Es curioso ver cómo después de 7 libros, 7 películas (y por ahora, esperando sólo 1 más) y millones de dólares cosechados, Harry Potter sigue siendo objeto de amores y odios por igual. El mérito literario de Rowling no debiera tener nada que ver con la crítica de la película. Puede ser buena (o no) literatura, y las películas, mejores o peores. En este caso, nos encontramos con la primera parte de la adaptación del último libro de Harry Potter, que según dicen, es tan denso, que son necesarios dos films, que deben sumar cerca de 5 horas, para condensarlo. Bueno, también es cierto que Harry Potter y la orden del fénix es el más largo, y la película es la más corta. Negocios son negocios.
    Se podrá acusar a la serie de muchas cosas (hablando, ahora, sólo de la serie cinematográfica), y algunos la podrán comparar con el otro éxito literario de la década (que también es un éxito en el cine): Crepúsculo. Pero hay que decir algo: la serie de Potter tiene mucha más dignidad que la de Edward. Eso me debe de hacer del Team Potter. Así, llegamos al principio del fin, nunca mejor dicho.
    Un primerísimo primer plano de Bill Nighy, que destaca todos los tics que lo hacen tan famoso, son la carta de bienvenida y el establecimiento del tono general del relato. Nighy es Rufus Scrimgeour, el Ministro de la Magia, que anuncia, con un labio tembloroso y algunas gotas de sudor por la frente, que se avecinan tiempos oscuros. Desde que Alfonso Cuarón tomó la posta en El prisionero de Azkaban, el tono de la serie se fue haciendo más oscuro. Y no sólo por la fotografía. Hasta en la elección del compositor eso se nota: mientras que en los primeros films el músico era John Williams (¿hace falta decir que es el compositor de Star Wars, Superman, Indiana Jones, y tantas otras?) que le dió la inconfundible personalidad al tema principal y aportaba su enorme espíritu de aventuras, ahora el compositor es Alexandre Desplat, un músico tan bueno como variado. Su presencia no se nota tanto como la de Williams, pero igual es soberbia.
    Lo misión de Harry, Ron y Hermione (tan grandes que cuesta creer que tengan 17 años) esta vez está fuera de Hogwarts. Deben encontrar unos horcruxes para derrotar a Lord Voldemort. Es decir: el horcrux es el McGuffin de la película. No importa bien qué hacen, sino que los tienen que buscar, y pasar por situaciones terribles para conseguirlos, y punto.
    A diferencia de la última película, en esta Yates apuesta mucho más al entretenimiento a base de explosiones, disparos de varita mágica, y a la tensión genuina que generan algunas secuencias de suspenso. Hay elementos repetidos, claro, como la partida de uno de los amigos post-pelea, el flirteo entre algunos con escena con "desnudos" incluida (y sí, tenían que crecer) y algunas muertes apuradas y otras arbitrarias como para emocionar a la platea.
    Lo que impide que Harry Potter y las reliquias de la muerte despegue totalmente, son algunos errores que comparte con sus hermanas mayores. En primer lugar, se nota que algunos pasajes están para contentar a los fanáticos del libro. Pequeñas secuencias que suman metraje, pero realmente no son necesarias a la historia. Otro de los problemas, es el Deus-ex-machina del final, del cual esta película no está exenta. El Deus-ex-machina se le llama al artilugio del guionista que aparece a último momento para salvar la situación. Cuando en el tercer acto de una película, algo parece demasiado complicado de resolver, el guionista introduce un Deus-ex-machina. Como ejemplo, podríamos recordar cualquier película de Harry Potter. Los que leyeron el (los) libro(s), dirán que así lo escribió Rowling. Pero bueno, esos serán recursos que usó la escritora cuando no supo como salir del enredo. Que las películas los sigan, es otra cosa.
    Además, el elenco no puede lucirse demasiado. Grandes nombres han pasado por la saga, como Robbie Coltrane, Alan Rickman, Kenneth Branagh, Michael Gambon (y Richard Harris), Ralph Fiennes, Brendan Gleeson, Maggie Smith, John Hurt, y un largo etcétera. Tantos nombres del Reino Unido, que llama la atención lo poco que aparecen algunos de los mismos en el film. La que más tiempo gana es Ilmeda Stauton, la gran actriz de El secreto de Vera Drake, como la estricta profesora Umbridge. Según la trivia de IMDb, uno de los productores de la serie sólo se lamentó de no haber conseguido a Daniel Craig, Daniel Day-Lewis, Ian McKellen y a James McAvoy. Con Helen Mirren y Judi Dench, hubiese sido un dream-team.
    Incluso, los mortífagos, ahora más que nunca, son una directa alegoría al nazismo. Persiguen a los sangre impura y hasta los marcan en el brazo. Sí: como en los campos de concentración. Alguno se podrá quejar de la banalidad, o la obviedad, pero no hay que olvidarse que es ficción, y que es Harry Potter. No lo digo con desprecio: afortunadamente la película evita caer en el sensiblerismo y la solemnidad de tantas películas relacionadas con el nazismo. Sí: apuesta al melodrama, pero al melodrama de adolescentes. Sabe escapar con elegancia de las zonas más riesgosas.
    La acción transcurre en muchos exteriores (que uno supone que siempre son los mismos, con algunos cambios climáticos), a diferencia de las anteriores que se desarrollaban puertas adentro de Hogwarts. La aventura está allá afuera, y bueno, hay que salir a buscarla. Si bien los momentos más débiles de la película son aquellos donde los personajes debaten qué hacer, y cómo seguir, en el bosque, casi siempre son rescatados a tiempo por la tele-transportación. Está bien: para los que no siguen la serie (o los que no recordamos cómo funciona eso) parece algo muy arbitrario, pero como agiliza muchísimo el relato, no está mal. Y esa es la principal virtud: los personajes se mueven de aquí para allá, como si tantos años encerrados en Hogwarts tuvieran sus consecuencias. David Yates apuesta por agilizar el relato, y no le sale mal. Los mejores momentos de La orden del fénix, eran aquellos donde el director apostaba por el espectáculo grande. Se nota que esos son los momentos que Yates más disfruta, y le quita la pereza y la modorra a las situaciones y diálogos.
    En el aspecto técnico, la película está más que bien, e incluso hay algunas apuestas arriesgadas (por lo menos para una superproducción de Hollywood). Quizás ese sea un buen resumen para toda la película: está bien, es entretenida, no revoluciona al cine, pero tampoco todas las películas están orientadas a eso.

    A ver con qué trivialidad me salís...
    - El primer trailer casi no tiene secuencias de la primera parte de Las reliquias de la muerte. Y a decir verdad, el trailer de la verdadera película entusiasma mucho menos que ese...
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  • Scott Pilgrim vs. los siete ex de la chica de sus sueños
    Un frenesí de amor por el cine

    El tagline (o eslogan, si prefieren) de Scott Pilgrim vs. the world advierte: An epic of epic epicness. Ciertamente es una historia épica de épicas proporciones. Si para referirnos a ciertas películas usamos la expresión "over the top", aquí deberíamos usar "over over the top" porque eso es la nueva película de Edgar Wright, un desborde de creatividad, pasión y amor por el cine.
    Es una combinación de géneros tan disimiles e inconexos como el cine de; acción, artes marciales y acrobacias imposibles como en Matrix; a la comedia de iniciación adolescentes, como en la reciente Supercool (en esa donde Michael Cera hacía de nerd) y con la sensibilidad por la juventud del mejor John Hughes (El club de los cinco, o The breakfast club); comedia romántica (no es casualidad que el pelo de Ramona V. Flowers cambie de color como el de Clementine en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos):y hasta se podría decir que Scott Pilgrim es un musical, de esos furiosos y atrevidos, como Moulin Rouge! que siempre me gusta definir como un huracán pop.
    Es difícil de encasillar al personaje Scott Pilgrim, casi tanto como a la película. Es un geek, que ensaya con su banda Sex Bob-Omb y sale con una chica oriental de 17 años. O sea, no es el típico nerd, pero tampoco alguien cool. Es un poco naïve, y a veces, bastante despierto. Tanto él como la película, son una rara combinación del indie y el mainstream. La película es una rareza, una magistral combinación de las dos cosas. La acción in-your-face, con una imagen y un sonido bestial, tan típico de las grandes producciones, y la sensibilidad del cine independiente.
    Para conseguir el corazón de Ramona Flowers (la hermosa Mary Elizabeth Winstead, la hija de Bruce Willis en Duro de matar 4.0 y la porrista tontita en Death proof) Scott tiene que ver terminar con Knives (la chica con la que sale), continuar con los ensayos de la banda que empieza a descuidar, y madurar. Vive con un compañero de cuarto gay y este en algún momento le dice que no puede seguir viviendo ahí para siempre. Kieran Culkin (el hermano de Macaulay, Mi pobre angelito) es el compañero gay, y recibe alguno de los momentos más cómicos de la película. Es también una suerte de compañero/maestro para el joven Scott.
    Sin embargo, todavía hay 7 desafíos más: los 7 malvados ex de Ramona. Allí es donde la creatividad, y la estética, que combina elementos propios del cómic (la fotografía toma la sabía decisión de no saturar los colores sólo porque está basado en una novela gráfica) con la cultura de los videojuegos. Cada ex de Ramona es como un final boss, uno de esos jefes finales que aparecen al final de cada nivel en un juego. Eso es lo más divertido de cualquier juego, y así es desde Super Mario Bros. hasta Shadow of the colossus. Edgar Wright lo sabe, y hace de cada enfrentamiento una experiencia única.
    Es fascinante la cantidad de elementos extra-diegéticos que aparecen en pantalla (rótulos como "Fight!" o el "KO!" tan típico de los juegos de pelea, hasta líneas gráficas de velocidad) hasta el cambio del formato de la pantalla, que a veces agrega una líneas negras y pasa de tener un formato 1.85 : 1 a 2.35 :1, más "wide" lo que al mismo tiempo, recuerda a las películas de Sergio Leone (y no es casual que las secuencias oníricas sean en el desierto).
    Técnicamente es irreprochable. Edgar Wright usó una proceso de fotografía HDTV para las secuencias en alta velocidad y Super 35 como formato de origen, según la ficha de IMDb. Incluso los efectos especiales no desentonan con la fotografía de la película. Hay una secuencia espectacular contra los ex #5 y #6 donde todo esto se entiende mejor. El montaje es un frenesí que nunca pierde el ritmo. Quizás resulte un poco excesivo para algunos, pero la duración de 2 horas de la película es justa. Impide que nos agobiemos con la invasión de imágenes y sonidos a velocidad relámpago. No hay que confundirse: que la película sea vertiginosa no significa que no se entienda. De hecho, sorprende lo bien que se entienden las secuencias de acción (muchísimo mejor que tantos blockbusters malos...).
    Como en Muertos de risa y Arma fatal (Shaun of the dead y Hot fuzz) hace una equilibrada e inteligente combinación entre el humor físico (gags geniales y situaciones de slapstick propias del cine de Buster Keaton, con un personaje que es arrojado por los aires, literalmente, contra una torre) y el diálogo, ayudados ambos por el montaje. Es una mirada fresca, y es la consolidación de un autor con una fervorosa pasión por la cultura pop. La banda sonora original es brillante, llena de referencias a los videojuegos (con sonidos y música de Zelda o Final Fantasy), incluso los temas de Sex Bob-Omb. Hay además, algunos covers como Black Sheep de Metric y especial atención para el uso de música pre-existente de The Rolling Stones y T-Rex.
    Aunque no es el punto central, Scott Pilgrim también es una película con corazón (o a movie with soul, como dicen los norteamericanos) y ofrece lecturas sobre el amor, la maduración y el pasado. Scott Pilgrim tiene que eliminar, no vencer, a los 7 ex malvados. Vencer a trompadas, con esfuerzo, al pasado, y no sólo de Ramona. Michael Cera, es un muy buen actor, y lo demostró en La joven vida de Juno, donde hacía de ese tímido chico al que le gustaban los tic-tacs de naranja. A veces, a la vida, no hay que salir a pelearla, sino a vencerla.
    El cast de Scott Pilgrim es formidable, y tiene a Brandon Routh (Superman regresa), Chris Evans (el próximo Capitán América) y Jason Schwartzman (Viaje a Darjeeling, de Wes Anderson) como algunos de los villanos. Cada uno de ellos corresponde a un nivel diferente, así que van siendo como una caja de sorpresas. Anne Kendrick (Amor sin escalas) y Mark Webber (Flores rotas, de Jim Jarmusch) son algunos de los buenos. Todos están más que bien, y realmente hay química entre ellos.
    Scott Pilgrim vs. los 7 ex de la chica de sus sueños es una gran película. Tanto a nivel estético como emocional. Es una fantasía extraordinaria, que desborda, sin hipocresías (las cosas suceden porque así es el universo que propone la película, y punto), un amor profundo y verdadero por el cine. De verdad: desde el logo de Universal, hasta el último momento en los créditos, la película no para. Bravo.
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  • Red
    Red
    El Ojo Dorado
    Los actores que son los personajes.

    Helen Mirren, la mujer que alguna vez nació joven (disculpen, es que se me hace difícil imaginar a Helen Mirren joven), apunta y dispara con una gatling gun a un montón de enemigos. Irrestible imagen, teniendo en cuenta que a la formidable actriz de La reina, uno no la imagina así. Y lo mejor es que lo hace bien. Ahi está, esa mujer de la tercera edad, luciendo todavía atractiva y ruda (bad-ass, dirían los norteamericanos). Todos los cinéfilos amamos a Helen Mirren.
    El director Robert Schwentke lo sabe, y construye una película en base a esa premisa: grandes actores haciendo papeles en los que uno no pensaría verlos. Ok: está Bruce Willis haciendo de héroe de acción retirado, como en Duro de matar 4.0, y John Malkovich como un delirante perseguido y medio loco, pero uno no esperaría ver a la nombrada actriz o a Morgan Freeman en este tipo de películas (una adaptación de un cómic de acción).
    Como sea, la película obviamente se apoya en los personajes y no en las situaciones que deben aguantar (ex-empleados de la CIA, ahora buscados y traicionados) y ese es el mayor defecto de la película. Digamos que cuando termina de presentar a todos, llega el clímax, que para colmo, ni siquiera es muy bueno y la película se termina. Además, carece de un villano formidable. Creo que Malkovich como villano hubiese sido mucho mejor (pequeño spoiler: es Richard Dreyfuss, que tiene muy poco tiempo en pantalla).
    Así y todo, si esta película no hubiese tenido a estos actores, estaríamos hablando de un producto menor, más ligero y menos memorable. Pero bueno, los tiene, y cada uno repite sus tics (la típica mirada de reojo de Bruce Willis, la voz profunda y sabia de Freeman, y podríamos seguir) pero no nos molesta. Después de todo, lo genial es verlos en pantalla haciendo esas cosas, que para nada hacen mal.
    El principio es quizás lo más prometedor: Mary-Louise Parker demuestra tener un excelente timming cómico y mucha química con Willis en pantalla. Es una lástima que esa historia se ubique tan pronto en segunda fila para dar lugar al repertorio de personajes extravagantes.
    El humor de RED no viene tanto de los diálogos, ni siquiera de las situaciones, que son un poco previsibles, sino, repito, de la imagen. Es un humor muy físico: así podemos pasar de ver a Malkovich corriendo con un cerdito de peluche, a Enerst Borgnine (La pandilla salvaje) como un file clerk molestado por Karl Urban.
    Las secuencias de acción están bien filmadas, pero no son las protagonistas. Eso se nota en la construcción del gran trabajo final, donde una mano más experta (el director es el mismo de la insoportable Plan de vuelo) quizás hubiese filmado algo mejor, con más tensión y nervio.
    Lo mejor que puedo decir de esta película es que es simpática. Es otra más que trata el tema de la vejez (como Los indestructibles, la reciente película de Stallone) pero lo hace con tal ligereza y liviandad, que eso también es secundario. ¿Qué es, entonces, lo primario? Pasarla bien. Tanto para los que están fuera como dentro de la pantalla. Y se nota. Esperemos que si hay secuela, el viaje sea más divertido.
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  • Atracción peligrosa
    La ciudad de los clichés

    Atracción peligrosa (título tan imaginativo como el original en inglés) arranca más que bien. Trae rápidos recuerdos de algunos policiales recientes (y buenos) como Los infiltrados de Scorsese, El plan perfecto de Spike Lee, y algunos clásicos del cine policial "sucio" que transcurre en calles con un alto índice de criminalidad. Charlestown es la ciudad donde se desarrolla toda la historia, donde el jefe de un equipo de asaltadores de bancos se enamora de su rehén. Ahora, ustedes pueden pensar que esta relación ya la vieron varias veces (sean o no ávidos espectadores de cine) y podrían tratar de adivinar, con razón, qué es lo que va a pasar durante el resto de la película. Y no se van a equivocar.
    Eufemismos de la crítica local (e internacional) se usan para hablar del segundo largometraje del actor de Pearl Harbor (aquel papelón, mínimo, de Michael Bay). Algunos dicen que Affleck es un director "clásico" como Eastwood. Ese "clásico" podría significar que a Affleck no se le ocurre ninguna idea nueva, y por eso copia (con buen ritmo y pulso, hay que decir) a grandes maestros del género como los antes mencionados. Como hay varias secuencias (o 2, para se exactos) de robos a bancos, no pueden faltar las menciones a Michael Mann (el director de Fuego contra fuego y Colateral). Aunque desbordan espectacularidad, y Affleck filma bien (la acción se entiende, es prolija) ninguna secuencia me impresionó, digamos, como el robo al banco de Fuego contra fuego. Está bien: muy pocas películas pueden lograr eso. Habría que aclarar que si uno se siente cómodo en esta ciudad de lugares comunes, va a disfrutar mucho más Atracción peligrosa. No es una mala película, y hay mucho talento en ella. Desde la fotografía de Robert Elswit (ganador del Oscar por Petróleo sangriento) hasta el elenco, donde todos están más que bien (bueno... Affleck es mejor detrás que delante de las cámaras). Pero incluso allí hay problemas. Hey, entre las menciones, me olvidé de los "homenajes" a Punto límite, la película de acción de Kathryn Bigelow con los asaltantes enmascarados.
    Rebecca Hall (la mujer de David Frost en Frost/Nixon) sin dudas es lindísima, pero su relación con Affleck (ella es la rehén, Affleck es el líder del grupo de criminales) está forzada. En ningún momento recibí el impacto emocional que flechó a Doug MacRay (así se llama el protagonista) para quedar enamorado. Plus: hay una secuencia cliché -cliché del cliché- donde Doug decide ir a darle una paliza al bravucón que se mete con su chica. Momento: ¿un ladrón que asaltó un banco mantiene una relación con la única persona que podría identificarlos? Sí, porque Doug es bueno, busca la redención, etcétera. Cuidado: también está el reo James Coughlin (Jeremy Reener de The hurt locker, el mejor actor de la película) que es el ladrón malo, o rebelde. Como sea, se supone que deberíamos sentir algo de simpatía por ambos. El verdadero villano (o mejor dicho, en inglés, asshole) es el detective del FBI, que no deja que los buenos muchachos se diviertan.
    Hubiese sido mejor que Affleck convirtiera a este detective en un ser despreciable, así por lo menos resulta más fácil identificarse (o querer) a los ladrones. Pero no: lo que hace el agente es simplemente su trabajo, y sin embargo, debe apreciar a Doug, porque, en su historial de pobre angelito, no tiene ningún muerto. El otro, James, sí, porque ese es el malo (o mejor dicho: el "rebelde"). No sólo hay problemas en el desarrollo, sino también en la ética de la historia.
    Ustedes ya saben: si les gusta viajar por lugares que conocen hasta el hartazgo, visiten Charlestown en Atracción peligrosa. A mí, en cambio, me gusta disfrutar de lugares nuevos cada tanto. Y si viajo a los lugares que conozco, me gusta que al menos sean memorables. El resto es efímero.
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  • Red social
    Red social
    El Ojo Dorado
    El fin de la amistad

    Como el golpe de efecto que recibíamos al comenzar El club de la pelea, así es Red social, sólo que sostiene su capacidad de inventiva y sorpresa durante toda la película. Es una obra maestra, el punto de inflexión de un director; una película definitoria, contundente y humana. No está mal compararla con la mejor película norteamericana de todos los tiempos: El ciudadano, de Orson Welles. Esta es una epopeya cinematográfica.
    Lo primero que viene a la mente cuando termina Red social es si es una film moderno (es decir, viejo) o un clásico. Nadie se acuerda de aquel telefilm, Los piratas de Sillicon Valley ¿por qué deberían acordarse de una película sobre la creación de Facebook? Ya la premisa parece estancarla en el tiempo. Pero donde Red social es firme, catártica e incluso intemporal es allí donde tantas otras fallan: en el contenido humano. En esencia, esta es una película sobre la amistad (mejor dicho, el fin de la amistad), la hora de los nerds, la sinécdoque que significa una computadora, entre otras cosas.
    Mark Zuckerberg, el inventor de Facebook, charla con su novia, ni bien empieza la historia. Quiere entrar a un club de Harvard. Lo importante es pertenecer, no parecer. Unas pocas palabras de ella bastarán para lastimar su orgullo. Como venganza, Mark crea una encuesta virtual donde cualquiera puede calificar a las chicas de Harvard. Elegir a una, claro, en detrimento de otra. Y eso no es nada: también escribirá sobre ella en su blog, y no cosas agradables, precisamente. Así se iniciará la odisea del protagonista: la construcción de una red social más grande que la vida. La paradoja definitiva no sólo es el making-of de esa obra descomunal, sino también los valores en los que la misma se sustenta.
    Mark cuenta con la ayuda de Eduardo Saverin (un simpatiquísimo Andrew Garfield) su único amigo, para el emprendimiento. Uno tiene el dinero, y el otro el conocimiento, no hace falta aclarar qué tiene cada uno. Es fundamental que en toda la historia los adultos pasan a un segundo plano. Este mundo está (casi) gobernado por estos estudiantes de Harvard. No en vano se evita cualquier referencia a los padres de Zuckerberg o Saverin. Es también un mundo machista. Las mujeres que aparecen, con algunas pocas excepciones, son trepadoras, insulsas y secundarias.
    El montaje ayuda a que la atención nunca decaiga, alternando las secuencias donde Mark empieza a gestar su ambición, y donde "paga" el precio, en una demanda legal por parte de su (ex) amigo Eduardo y los hermanos Winklevoss (Arnie Hammer y su potente voz). Los hermanos Winklevoss funcionan como los principales antagonistas en mayor parte de la historia. Son casi la representación dual de dos estados de consciencia de una persona (aunque ellos se jacten de su sincronización). Son la fuerza, la nobleza, y en cierto modo, las reservas morales de la Universidad. Fincher lo sabe, y lo pone en escena en una brillante secuencia donde los dos hermanos están en una competencia de remo, donde son invencibles. La música es una maliciosa sátira de In the hall of the mountain king. Los hermanos por primera vez podrían ver como el trono les es arrebatado. Los músculos que tienen, aún acompañados de cerebro, no pueden contra el nerd.
    En esa secuencia, no hay diálogos, la fotografía de aleja del verde monocromático y resalta el azul del agua. El montaje sigue el ritmo de la música, que cada vez se vuelve más socarrona y cruel. La vuelta de tuerca es inteligente. ¿Cuántas películas recuerdan donde el villano sea sobrepasado por el "héroe" (especial atención al uso de las comillas)? Zuckerberg es un Kane tan ambicioso, competitivo, decidido e ingenioso, que incluso da vuelta el tablero de sus enemigos. Justo cuando un piensa que su destrucción empezaría a manos de los rivales, se equivoca. Es como si Charles Foster Kane aplastara a Jim Gettis en la política en el clásico de Welles.
    David Fincher tiene un historial bastante popular. Algunas de sus películas son muy buenas, otras no tanto y algunas apenas buenas. Es un director relativamente joven, salido del mundo de los videoclips y los efectos visuales de El regreso del Jedi. Que tiene una inclinación notoria a distraernos con efectos técnicos no se pone en duda. En Pecados Capitales, la atmósfera y el diseño de producción de una ciudad corroída. En El club de la pelea, eran los efectos de sonido. En El curioso caso de Benjamin Button, casi todo, pero principalmente los efectos visuales. Ahora, como en Zodíaco, toda la estética, todo lo técnico (en una película sobre Facebook y la tecnología) pasa a un segundo plano y es funcional a la historia. Sí, se nota que es un film de Fincher (después de todo, es un auteur) pero eso no quita que sea un Fincher maduro, dominando completamente la técnica. Haciendo algo más: arte.
    Sin dudas mucha ayuda viene del guión de Aaron Sorkin (basado en la novela de no-ficción de Ben Mezrich). La película es puro diálogo, pero nunca decae. Es sofisticada, y a la vez clásica, agradable. Hay tantos diálogos, que parece una screwball comedy. Es más, aunque es un drama, todo el film tiene un tono cómico. Sabe balancearse entre distintos géneros.
    El elenco también es una de esas rarezas que arañan la perfección. Jesse Eisenberg (Zombieland) es el autómata de Zuckerberg. Un genio, un prodigio, un insoportable, un nerd, un geek, lo que quieran. Su postura física es sólo parte del trabajo del actor. Y no me refiero a lo bien qué se apropia de los diálogos tampoco. La relación que establece con Sean Parker, el creador de Napster, y el que promete una buena vida (por un precio, claro está), es mucho más compleja de lo que aparenta. A Zuckerberg no le interesa el dinero, tampoco la fama. Hay algo que va más allá.
    La paradoja definitiva, sea que toda la red social venga de la mente de este personaje. Allí donde la soledad se desmorona, la amistad se resquebraja, y donde nada se puede explicar con certeza, Zuckerberg creó un hito. Pero no es que el personaje exceda al film. Para nada. Uno de sus amigos aporta el algoritmo que empezó todo. Lo escribe en una ventana. Pero la sinécdoque, el mundo que crea Mark -si es que se le puede decir mundo- es mucho más grande y complejo. Ningún matemático o físico podría explicar usando la lógica el por qué. Las relaciones humanas, se podría haber llamado la película. Aunque debería durar mucho más. Pero se llama Red social, y dura poco más de dos horas. Al final, entendemos, pero no estamos seguros de comprender, lo de "social".


    (pequeño spoiler):
    La secuencia final de la película es devastadora. Es como si tratara de condensar todo esta paradoja, este enorme universo, en un instante. Aquel donde una estado de ánimo pasa por ser o no aceptado como un amigo. Allí donde todo se reduce a esperar una confirmación o un rechazo para pertenecer a la lista de amistades del otro contacto. Sí: el problema del club. Una repetición ad infinitum, en soledad, frente a una computadora acompañada, virtualmente, por millones de "amigos".
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  • Resident Evil 4: La resurrección
    Con la fugacidad de un producto de vidriera

    Un personaje es aplastado por hacha, blandida por un gigante de casi tres metros de altura. Los otros, sorprendidos, empiezan el tiroteo contra el coloso. Cuando un monstruo así se acerca sigilosamente, y tiene tiempo para aplastar a un personaje sin que los otros lo vean, eso no habla muy bien de la película. Lo sé: es Resident Evil y no tengo que exigirle demasiada coherencia. Pero este monstruo que parece uno ejecutor de guillotina, hace temblar el suelo cuando camina. Y es el colmo de lo gratuito.
    Algún nerd dirá "claro, es porque es un villano del juego". El que escribe es más nerd y eso lo sabe. Eso no quita que (casi) todo en la película sea tirado de los pelos, ridículo y aburrido. Al momento siguiente, quizás el más espectacular, una de las atractivas chicas (porque cuando hay un apocalipsis causado por muertos vivos, las chicas lindas son las que quedan vivas) empieza a dispararle a la abominación. Nada tiene lógica. La acción por lo menos se entiende, aunque a decir verdad, no importa demasiado eso. Hay una unas cuantas goteras en esa secuencia, y en menos de un minuto, estaba pensando cuál era la verdadera funcionalidad de todo eso. Y llegué a la conclusión: exhibirse en un televisor LCD (o LED, o lo que usted quiera) en Alta Definición en un shopping. Nada más.
    Hay otros momentos que tratan de ser ampulosos en el aspecto visual, pero son lamentables. Uno es un choque en un helicóptero contra una montaña. La cámara lenta, no sé, se supone que trata de hacer más cool (¿o dramático?) el momento. Sólo demuestra que los efectos visuales estaban mejor en el jueguito que acá.
    Uno podría esperar algo de diversión en una película con zombies, pero ni eso. Los zombies existen, básicamente, para ser asesinados. Así lo prueba la gran película de Romero, El amanecer de los muertos. ¿Cuántas formas hay de matar zombies? Piensen la más original y divertida y después vean Zombieland. Ahora, en esta película (con una fotografía donde abunda el gris, para más datos), todo es aburrido. Hasta la manera en que matan a los zombies (ah, cierto que se puede matar a los no-muertos). Les disparan. ¿En la cabeza? No, solo les disparan. Bang, bang, y listo. Así de simple, así de aburrido, así de gris.
    Y ahi está Milla Jovovich, la mujer del director, con cara de mala toda la película, incapaz de transmitir alguna emoción. Y es muy flaquita. Así que cuando la vemos triplicada, con una katana y una uzi, lo que menos inspira es respeto.Todo un autor de bodrios este W.S.Anderson (a no confundir con Paul Thomas, que está en las antípodas). Llena la película de referencias a Matrix: recargado y como para justificar el 3D, le lanza al espectador algunos objetos. Salvo algunas excepciones, el 3D sigue probando que es una atracción de feria, y una película seria (con perdón de Up, Avatar y alguna otra) no lo necesita. Sí lo necesita esta agotada serie (a propósito: ¿no es molesto el cliché crítico "una adhesión innecesaria a la franquicia" como dice Rottentomatoes?) cuya vida útil se reduce a un instante. Ese donde alguien pasa por una vidriera, y pensando en comprarlo para ver deportes o alguna película buena, ve un televisor de alta definición y sigue su camino.
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  • Whisky con Vodka
    Whisky con Vodka
    El Ojo Dorado
    La piel no es el corazón

    Lo primero que uno piensa cuando ve Whisky con vodka es en 8 1/2 la gran película gran de Fellini sobre el cine. O sobre el cine en el cine. O algo así. Películas sobre el cine -en el cine- hay varias. Sería en vano nombrarlas. Desde aquellas más oníricas, hasta las avocadas a la comedia. Justamente, este film alemán pertenece a ese último grupo. Lo cual lo hace bastante bien, pese a caer en lugares comunes y no aportar ninguna idea nueva.
    "En el cine no hay sustitutos" dirá Otto Kullberg, un viejo actor que tiene problemas con el alcohol. Claro: al director de la película le impusieron una nueva condición. Filmará, pero rodando todas las escenas con un doble, Arno Runge, demasiado joven en un rol en el que Otto parece demasiado viejo. Como sea, el encuentro da lugar a recelos, aires de divismos por parte de Otto, y cuando no, la auto-superación del viejo actor, para demostrar que es mejor que su joven copia. Se nota que el hombre tiene más cancha, especialmente en el trato a sus co-protagonistas.
    A medida que el relato a avanece, será cada vez más interesante, pero tampoco aporta nada nuevo. Uno de los personajes, el director, dice que en el cine las cosas no se explican con palabras cuando las imágenes ya lo dice todo. Aún así, más tarde se las ingeniarán para contradecirlo, y cometer ese error (para peor: la sobreexplicación "aleccionadora") en la película. Pero en la "real" comenten los mismos errores (in-intencionalmente).
    Lo divertido del film es que es una suerte de antítesis de las buddie-movies. El joven intenta aprender del viejo, pero el mayor es reacio y sólo le demuestra lo inexperto que es. Hay algunas secuencias cómicas, las mejores involucran el rodaje de la película, una producción bastante mala, llena de lugares comunes y diálogos peores.
    Más allá de todos sus desatinos, yo prefiero un cine alemán "jovial" y cómico, como este, en vez de ese aleccionador, con "contenido social" y sobre jóvenes rebeldes. Sí: que esta sea una película sobre la vejez no tiene nada que ver con su corazón. Es un corazón jovial.
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  • Enterrado
    Enterrado
    El Ojo Dorado
    La presión

    Un hombre está enterrado vivo. Tiene un celular, un encendedor, un cuchillo, un poco de alcohol y una carta. Pronto nos enteramos que está en Irak, y fue enterrado por iraquíes que exigen una recompensa millonaria al gobierno de USA. No importa: la película dura 90 minutos y la mayor parte del tiempo estamos en el cajón. No hay trucos: ni flashbacks, nada. Rodrigo Cortés hace un tour-de-force con esa propuesta, y lo sostiene esos 90 minutos. Film claustrofóbico si los hay. El que se sentía asfixiado con los pasillos de Alien: el octavo pasajero, mejor que mire para otro lado (u otra película).
    Ryan Reynolds (que hace más que patalear y sudar) es un camionero cuyo convoy fue atacado por insurgentes en Irak. Ahora está enterrado vivo. Lo que a priori parece ser una película a favor de la invasión, pronto arremete contra todos lados. No me refiero a algunos diálogos bastante explícitos ("Yo no estaría haciendo esto si vos no estuvieras acá") sino a las corporaciones con las que Paul (el protagonista) habla por celular. Decir que el ciudadano promedio, o el hombre de clase media de EEUU está en esa situación es bastante arriesgado e incluso algo desubicado, pero la película es eso: un hombre que tiene toda la presión alrededor.
    Una de las mejores secuencias del film, y que sirve para aclarar esto, es cuando apenas se puede comunicar con el FBI. Lo atiende una operadora, Paul expresa su desesperación y quiere que lo comuniquen inmediatamente con alguien. Pero la señora lo pasa a llamado en espera, y de fondo se escucha la música "tranquilizadora" de la espera. A medida que el film avanza, se hace cada vez más claro que los grandes responsables (o quienes deberían hacer algo por el hombre) no se molestan mucho por su situación. Dan Brenner (la calmada voz inglesa de Robert Paterson) es el contacto con el que más habla. El hombre realmente parece preocupado (y movilizado) por su situación. "Decime un nombre, el de alguien que hayas rescatado y que realmente te haya importado" le impera Conroy, cuando se da cuenta que no es el primero en esa situación. "Mark White" responde Dan, y a partir de allí, el vínculo estará hecho.
    Lo mejor de la película es como va armando cada situación. Sabemos que tiene el celular, pero sólo tiene dos líneas de batería. Eso es suspenso. Sabemos que si no pagan el rescate en tanto tiempo, lo dejarán sepultado allí. Eso también es suspenso. Una de las secuencias más desesperantes y divertidas involucra un reptil en el ataúd. Se pueden imaginar cuál.
    Si bien es un ejercicio de estilo, y más que un aprobado thriller "de género", lo antes mencionado eleva a Enterrado por encima de la media. Todo el tiempo el espectador siente que los empresarios son tan inhumanos como el árabe caricaturesco que lo mantiene cautivo. Como siempre, en un conflicto bélico, los primeros en estar entre el yunque y el martillo son los ciudadanos. La "gente común".
    El guión es de Chris Sparling, uno de los responsables de las vueltas de tuerca en El juego del miedo. Y se nota un poco la malicia, principalmente un chiste algo sádico. Más allá de eso, cada situación está creada con inteligencia, precisión y tensión. La crítica política a la orden del día. Sólo queda disfrutar la película.
    Cortés se vale de la música, el montaje y la iluminación (de Eduard Grau, el mismo de la estilizada Sólo un hombre) para entretener al espectador menos afecto a la idea de estar 90 minutos encerrado. También hay un par de planos "fuera" del ataúd y una elipsis, que descarta la posibilidad de que el film sea en tiempo real.
    Pero de entrada, la película no oculta sus intenciones, y eso la hace noble. Ni bien comienza, los títulos de presentación evocan a Hitchcock. No sólo la música imitando a la de Bernerd Herrmann, sino también el diseño, que parece inspirado en el de Psicosis de Saul Bass. Y hasta creo que se usaron diferentes ataúdes, de distintos tamaños. Eso o Rodrigo Cortés maneja tan bien las lentes como Sydney Lumet en 12 hombres en pugna.
    Una película inteligente, divertida, angustiante y bien hecha. Y de género. ¿Qué más se puede pedir?
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  • Mi familia
    Mi familia
    El Ojo Dorado
    Clásica familia moderna.

    Esta es una verdadera feel-good movie. Si bien hay varios momentos dramáticos, están hábilmente matizados con otros distendidos, donde los personajes se divierten, tienen relaciones sexuales, hablan sobre música o incluso sobre la belleza de Buenos Aires. Ya desde el poster la película remite a Entre copas, la película de Alexander Payne que también se presentó en el festival de Sundance, aunque sean bastante distintas, tienen puntos en común.
    Mi familia es una rara película reaccionaria y progresista. La historia gira en torno a una familia poco común: mamá y mamá (Julianne Moore y Annette Bening) viven con la hija mayor (Mia Wasikowska) e hijo menor (Josh Hutcherson). La cuestión es que Jani, la hija mayor, quiere conocer al donante de esperma, un bien intencionado pero un poco irresponsable Paul (Mark Ruffalo). Ella queda encantada con él, un muchacho bien parecido. Laser, el hijo menor, es un poco más reservado. La visita altera los dos universos: el de la familia (que un poco remite a los sutiles melodramas de Douglas Sirk) y el de Paul, un bon-vivant. nunca atado a responsabilidades mayores que las de su viñedo.
    Es interesante, porque lo que la diferencia principalmente, de algún folletín ideológico progresista o conservador, es que la película no sentencia, no ejemplifica. Nos deja con más interrogantes que respuestas, como debe ser. Claro que el título es Mi familia (o The kids are all right, en inglés, basado en el tema de The Who) y hacia el tercer acto la directora sí apuesta por el conservadurismo (¿hace falta aclarar por qué?). Por un lado, la llegada de Paul suplirá algunas emociones, algunos deseos, hasta ese entonces, ocultos. Por el otro, será un desequilibrio, un agente extraño para esa familia. El problema es que el hombre se empieza a encariñar con los chicos. "¿Por qué donaste esperma?" le pregunta Laser, a lo que Paul, tan distendido y despreocupado como siempre, le responde "Creí que sería más divertido que donar sangre".
    El elenco de esta película es sublime. Mark Ruffalo tiene su mejor rol dramático dese Puedes contar conmigo, una película y un personaje con los que guarda varios puntos en común. Julianne Moore como la madre que se empieza a enamorar (y a redescubrirse) con su presencia también recuerda a la joven naïf (bueno, naïf decimos ahora, con cierta malicia) de Lejos del paraíso (aquella película donde Todd Haynes honraba a Douglas Sirk). Y Mia Wasikowska es una belleza. La chica no sólo logra conmover, sino que también sabe cómo dirigir la mirada ante la cámara. Hay que ver esas sonrisas, esas miradas que tiene cuando Paul, con su rebeldía innata, comenta por qué dejó la universidad. Pero, sin embargo, quien está un escalón más arriba (y eso que todos están bastante alto) es Annette Bening, quien seguramente conseguirá otra nominación al Oscar, como actriz de reparto. Su personaje quizás sea el que mayor peso dramático tenga, y aún rodeada de pesados clichés (¡basta con la copa de vino en la mano, ya entendimos cuándo un personaje es alcohólico!) logra hacer creíble su personaje. Sus arrugas cuentan, y no es un chiste: la edad de cada uno de los personajes es importante.
    El mayor acierto del film es que no trata de ser un debate sobre el matrimonio gay, o analizar si la familia gay funciona o no, sino, simplemente, construir un triángulo (o cuadrilátero, vaya uno a saber) amoroso, donde cada uno busca la armonía pero no la encuentra sin herir al otro. El tono distendido, liviano, cómico y agradable que la directora de High art la imprime a la película no podía ser mejor. Uno de los mejores estrenos del año.
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  • Sin retorno
    Sin retorno
    El Ojo Dorado
    Todo pasa

    Un summum de los peores vicios de la sociedad argentina. No es casual que el comienzo recuerde a 21 gramos, aquel film de Iñárritu, donde todo empezaba mal y terminaba peor. La estructura coral del film reúne tres historias a priori inconexas. Pequeños detalles desencadenarán una tragedia mayor. Es una lástima que todo ese mecanismo sea puesto en palabras de un personaje a mitad del film ("Si no hubiese puesto hielo en la licuadora...") que termina por enterrar la poca magia que esconde (algo así como la secuencia del "if..." en El curioso caso de Benjamin Button).
    Una noche, las vidas de tres personas quedarán inexorablemente entrelazadas, a partir de un accidente, Federico (Leonardo Sbaraglia) será el principal sospechoso por la muerte de Pablo Marchetti (Agustín Vázquez). El padre, Víctor (Federico Luppi), apoyado por una explosión mediática, buscará justicia. El aspecto más interesante (y el más logrado) del film, es ese: como el sistema judicial está tan corrompido como para que nadie tenga el menor deseo de hacer las cosas bien, y como está tan afectado por los medios masivos, como para que todos quieran una solución rápida.
    Matías (Martín Slipak), un joven de 22 años, de clase alta, es el verdadero culpable del crimen. No es necesariamente el villano, aunque por momentos reciba el odio de la platea. Su tormento es convivir con ese crimen, taparlo, y hacer cómplice a su padre, en primera instancia. La música de David Julyan por momentos recuerda a Capote, en tanto acompaña los estados de ánimo de los personajes, de una manera muy similar.
    Slipak y Sbaraglia son los mejores en la película. Son lo suficientemente buenos como para aportar emociones reales a sus personajes y no convertirlos en meras marionetas del guión. Sbaraglia, que ya ha demostrado su capacidad como actor en Las viudas de los jueves y El corredor nocturno, aporta la carnadura que su personaje necesita luego de una "transformación" que sucede con demasiada rapidez (solamente la mayor elipsis de la película, daba para otro film).
    Aún así, con sus altibajos, la ópera prima de Miguel Cohan, tiene algunos aspectos muy destacables. El principal es la manipulación emocional, como decía Hitchcock: el espectador cambia "de bando" sin darse cuenta. Más que claro queda cuando Slipak intenta deshacerse de la prueba del delito.
    Aún con todos sus aciertos, me resulta difícil recomendar el film. Cinematográficamente es chato. Hay mucho product-placement, y la hora y media en la que se desarrollan tantas tramas, es poco. Pareciera que todo está apurado (justamente, lo mismo que crítica la película: la sociedad que exige todo de inmediato). Muchas veces se ve la pantalla chica, en la pantalla grande. Da la sensación, por momentos, que esta película parece pensada más para el primer formato que para el segundo.
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  • El descenso 2
    El descenso 2
    El Ojo Dorado
    Se puede caer más bajo.

    Cuando de terror una película usa los mismos trucos para asustarnos que su inmediata antecesora, las cosas no andan bien, pero peor es cuando trata de innovar, y el golpe de efecto es ínfimo. Ese bien podría ser el resumen de El descenso 2, una película que ni siquiera es la sombra de la original.
    En aquella película, un grupo de chicas se internaba en una caverna como diversión pero pronto descubrían a los inquietantes crawlers, humanoides que no conocen la evolución darwiniana como nosotros. Marshall se tomaba su tiempo, construía el clima necesario, y no sólo brindaba una formidable película de terror, sino que además hacía una con... inteligencia. Sí, leyó bien: una película de terror del 2005 inteligente. El final (ah, cuidado, spoiler) sugería que el verdadero descenso era hacia la locura. Allí, sola, quedaba Sarah, enferma y mirando a su difunta hija, mientras los bichos se acercaban. (fin del spoiler).
    Bien, sucede que los amigos norteamericanos no lo iban a entender -según los productores- así que decidieron terminar la película con un golpe de efecto. Nada de pesimismo. Nada de perder a Shauna Macdonald para la secuela. Ni a la guerrera Natalie Mendoza. Aunque para involucrarlas en esto, mejor hubiese sido que encontrar sus cadáveres en descomposición en algún túnel. A propósito: en esta secuela, un equipo de rescatistas (alejen ya cualquier similitud con Aliens) se interna en lo profundo para ver qué pasó con el resto del equipo. Sólo cuentan con la ayuda de una chaplinesca (por lo muda) Sarah que, pobrecita, es verdaderamente insoportable. Como sea, estos crawlers son a) bichos raros o b) precavidos. Es así porque si bien aniquilaron a las chicas para devorarlas, los cuerpos están casi enteros y sin embargo siguen llevando animalitos a las cavernas (¿para no tener que salir en invierno, quizás?). Además: si son ciegos ¿no deberían haber desarrollado el olfato junto con el oído? Aunque un par de primeros planos en esta película parecen indicar que los bichos no están ciegos y son todos de ojos azules. En fin.
    Se nota que esta es una película menor, de esas hechas y pensadas para DVD. No sólo por el elenco (a su vez, mal dirigido) sino por el poco cuidado técnico que hay en esta producción. En El descenso, sin ser algo fabuloso, Marshall se preocupaba más por los colores, el uso de la oscuridad, la sensación constante de claustrofobia... acá hay un intento por copiar esas cosas. Pero sin la efectividad de aquella. Hay bastante nostalgia en el film, ya que varias veces recurre al material de archivo, como añorando aquellos buenos sustos. Para nosotros, nada mejor que volver a él. Y olvidar esta secuela.
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  • Los Indestructibles
    Los Indestructibles
    El Ojo Dorado
    La pandilla salvaje de los ochenta.

    La premisa es más que tentadora: un conglomerado de estrellas de acción de los ochenta, disparando cuanta arma encuentren en su camino, peleando, explotando todo. Sylvester Stallone reunió a un dream team que incluye a Mickey Rourke, Arnold Schwarzenegger, Bruce Willis (estos tres, con muy poco tiempo en pantalla), Dolph Lundgren (Ivan, el ruso malo de Rocky IV), Eric Roberts (el hermano de Julia...quizás lo recuerde como el mafioso de Batman: el caballero de la noche), Jet Li, Jason Statham (el británico pelado de la saga El transportador) y claro, el propio Sylvester. Hay alguna trampita comercial: como dije antes, Bruce y Arnold tienen apenas un cameo, y el equipo de Expendables (horroroso y equívoco título le pusieron acá) está en realidad formado por los últimos tres más Randy Couture y Terry Crews. Ok, si usted vive en USA o está familiarizado con el fútbol americano o el UFC quizás los conozca.
    Como sea, uno ya entró a ver Expendables, con la esperanza de revivir el cine de acción de los ochenta, despreciado no sólo por los críticos intelectuales, y le resulta imposible no sonreír cuando, por el montaje, la iluminación, los one-liners, y especialmente un escopetazo, la película parece haber captado la esencia de ese cine. El espíritu "berreta" dirán algunos. Para otros (en los que me incluyo) la parte difícil en una película de acción es darle corazón. Sangre. Y no hablo literalmente. Entonces, a partir de ese escopetazo, todo parece indicar que sí: estamos en un lugar común, pero confortable. Otra amigable película de clase B.
    No hay pretenciones artísticas elevadas, como en, digamos, La pandilla salvaje, aquel clásico de Sam Peckinpah que reunía a un grupo de ladrones en decadencia para lo que podría ser el último trabajo de sus vidas. Y que además, era la carta de despedida del western, un género hoy en día abandonado. Sí: parece contradictorio decir que The expendables no tiene las mismas intenciones. Porque, en primer lugar, la acción desenfrenada, exagerada y desmesurada de los ochenta no es un género en sí (aunque el género "acción" no exista, vaya paradoja) y en segundo, a lo sumo Stallone quiere revivirlo y no despedirse. Está perfecto. Seguramente esta película tenga una secuela. No es conclusiva, como lo fue hace unos años Rambo. O Rocky Balboa.
    El problema con esta película es que el corazón trash se parece agotar rápido y sólo por breves momentos revive. Es como el corazón de Mickey Rourke en El luchador (una película mejor, más grande, que habla de lo mismo). La gloria pasada se siente, por ejemplo, en una secuencia donde Stallone y Statham destruyen todo desde un avión. La isla está llena de militares caribeños que apenas pueden hablar español. Claro: la locación debía ser en América Central. Un país bananero, donde se pueda romper todo y defender al pueblo. No lo digo como una crítica: sino como un guiño para el cinéfilo ávido.
    Pero quizás el peor pecado que comete Sly sea recurrir a elementos bien contemporáneos para filmar la acción: sonido altísimo y montaje frenético. Uno no sabe que pasa en pantalla. Y si bien en Rambo hacía lo mismo, quedaba una sensación más cerca a Bourne: el ultimátum. La sensación de estar, literalmente, en medio del tiroteo. Ahora, bien, en Los indestructibles, hacia el tercer acto, toda la acción transcurre de noche. Sí: si antes apenas entendíamos algo, ahora directamente nada. Hay un par de secuencias injustificadas y tan arbitrarias que uno duda si Stallone está copiando el estilo trash de esos films o lo hace en serio. ¿Cuál es la necesidad de ver a cada uno de los Expendables poniendo cargas de C4 en slow-mo?
    La mayoría de los que aparecen en esta película, realmente son indestructibles.Aún con el paso de los años y las cirugías que tienen encima, hay algo que va más allá de los músculos. ¿Se acuerdan cuando Mickey Rouke decía "I'm an old broken down piece of meat"? Bueno, algo de eso hay también acá. Aunque estos hombres buscan una redención más acorde con su pasado.
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  • Agente Salt
    Agente Salt
    El Ojo Dorado
    Mujer de armas tomar.

    Salt era una de las películas que más expectativas me generaba. No me refiero a la división crítica que generó en USA (mientras que Roger Ebert le otorgó la calificación máxima, A.O. Scott la destruyó) sino al trailer. Sí: se supone que uno no debería entrar al cine con prejuicio, pero el trailer me prometía acción, saltos, explosiones, y con coherencia narrativa. Cuando terminó la función, lo confirmé: Agente Salt es eso. Piñas, patadas, disparos, explosiones con coherencia. Quiero decir: se entiende lo que pasa en pantalla. Sí: se notan similaridades con la saga Bourne, pero el montaje frenético que caracteriza a las películas de Greengrass acá no está. O está mucho más controlado que en otras películas (pienso en la última de Bond, Quantum of solace, como ejemplo).
    El guión de Salt es flojo. O por lo menos, bastante objetable. Pero no importa: Philip Noyce supera con creces los defectos. Es un tour de force inagotable. Cuando la acción empieza, no para. Casi literalmente. Es una de esas películas que disfrutaría viendo en televisión. No la estoy degradando diciendo que es un producto para TV. Al contario: disfruté la película en la pantalla grande. Es rápida, corta y entretenida. También es disparatada, algo excesiva, y light. Son más o menos las mismas cualidades de 2012 (salvo que esa es un mastodonte con una hora más de duración).
    Angelina Jolie merece un párrafo aparte. Nada de Tomb Raider (que tenía menos vida que el videojuego). Angelina debe ser la agente Salt. Nada de señora Smith. Hay que ver lo bonita que se ve (y creíble, creíble es imporantísimo) acá. Es muy buena actriz. Pensemos en todos los pequeños gestos suyos (muequitas que ya son su trademark). Nos engaña todo el tiempo. No me refiero a los giros del guión (que, repito, no son sorprendentes). Sino a los giros emocionales del personaje principal. Es como Daniel Craig: Jolie salta, corre, transpira, cae en un camión en movimiento, le disparan, corre, se saca los zapatos, pelea. Hace de todo. Y como el rubio de Bond, uno le cree. En una película tan física como esta, es indispensable una actriz así. Es lo que Megan Fox nunca jamás podrá ser.
    Después, todo eso de los espías rusos, la CIA, e incluso las vueltas del guión, no lo veo más que como aderezos para una película de este estilo. Es casi una parodia a todo el cine de espías durante la Guerra Fría (así como lo fue la divertida Goldeneye). Cine clase B, puro y duro. Aunque con una estrella (y actriz) clase A.
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  • Luz silenciosa
    Luz silenciosa
    El Ojo Dorado
    ¿Amor que destruye?

    Las primeras imágenes de Luz silenciosa, nos dejan embriagados de su belleza. El formato de la pantalla está aprovechado al ciento por ciento. Se nota la calidad técnica y visual que nos acompañará el resto del relato. Además establece el ritmo y el clima de la película. Bueno, casi. El principal problema con esta lenta, climática y bella obra, son los excesos que tiene. Si usted, querido lector, pudo conectarse emocionalmente con los personajes, excelente. Seguramente debe haber disfrutado mucho más la película. No es este el caso.
    Luz silenciosa es la historia de un hombre que se enamora de otra mujer, aún cuando está casado y tiene una numerosa familia. Todo se acentúa porque pertenece a una colonia de menonitas que viven en México. Los menonitas son comunidades agrícolas muy tradicionales (los moderados apenas utilizan coches y medicina científica, pero no medios de comunicación masivos) y férreamente sujetos a su religión. La película intenta transmitir estas cosas. Por ejemplo, hay una secuencia donde el protagonista habla en plautdietsch (diálecto germánico que viene de Frisa y es cercano al holandés medieval y al flamenco), al rato en castellano, mientras canta una típica canción de música country (género, por antonomasia, de Estados Unidos). Es bastante interesante, más que nada por ver como viven estas comunidades/colectividades muy cerradas. Parece casi otro planeta. O mejor dicho: parecen anacrónicos.
    El otro tema, el principal, es el amor. Johan, el protagonista (interpretado por el actor no profesional Cornelio Wall) que verdaderamente sufre por este affair. Más que importar la trama en sí, todo el relato nos hace sentir esa pesadumbre que sufre Johan. El problema, y créanme que odio estas frases, es que todo está demasiado "afectado". A ver: una de las críticas que se le hizo a La cinta blanca (algunos podrían buscar alguna comparación con esta, sacando la malicia en los personajes de Haneke) era, justamente, que parecía hecha para los premios. Caía en todos los lugares comunes del "cine arte" para Hollywood. Incluso la fotografía de ese film es en blanco y negro. Con Luz silenciosa pasa algo parecido y es lo que no me termina de convencer:
    Está bien: Reygadas es virtuoso con la cámara, y los planos secuencias, los encuadres, todo es muy bonito. Incluso los actores no profesionales quizás sean los mejores de su corta filmografía. Pero se supone que un film nos provoque algo más. No es este el caso. La duración se siente y resiente. Una película no es la suma de sus partes, sino el total. Y este crítico quedó impávido. Sin emoción. Se supone, como decía Truffaut, que un film exprese el regocijo o la agonía de hacer cine. El 6 creo que expresa lo que yo sentí al ver esta película.
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  • Depredadores
    Depredadores
    El Ojo Dorado
    Depredadores baratos.

    Después de tener varias invasiones extraterrestres, llega una superproducción que no trata de ser aleccionadora, ni sacar provecho per ser de una vieja franquicia. Los extraterrestres con "contenido social" de Sector 9 mirarían de reojo a los nuevos depredadores, dispuestos a ofrecer una simple película de acción. No hay grandilocuencia, tampoco grandes ideas. Se pueden hacer películas excelentes de acción (e incluso, de autor) con los E.T. Basta recordar las dos primeras entregas de la saga Alien para ello.
    Ahora, bien, tanto Alien como Depredador vinieron a menos en los últimos años. Los crossovers entre estos monstruos del espacio exterior (que recordaban un poco al cine trash de la época de menor brillo de Universal) son realmente malos. La primera podía generar un poquito se simpatía. Ya la segunda, no.
    Ahora, mientras que Alien siempre fue más prestigiosa, la saga de los Depredadores sólo apuntaba al entretenimiento puro y duro. Lo cual no está nada mal. La primera era buena: estaba Schwarzenneger en medio de la selva ("¡oh, metáfora de Vietnam!" dirán los que tienen que buscar el subtexto en todo) disparando a ciegas, porque un extraterrestre con rastas y camuflaje óptico lo perseguía. La secuela carecía de Arnold, entre otras cosas. Y el carisma de los bichos no alcanzaba.
    Ahora, Robert Rodriguez produjo esta secuela que destila amor por el cine. Sí: así como Grindhouse era un guiño cool al cine basura, menospreciado por el mainstream, Depredadores también lo es. No importá qué, cómo o por qué pasan las cosas. Lo que todos tienen en claro es que el público va a ver una de acción con marcianos. Nada de ficción científica, o finales altisonantes y dramáticos. Adrien Brody, incluso, genera más simpatía que respeto, intentando poner cara de malo en cada plano que se lo ve. Y hay una referencia más que obvia a la primera película, con un anabolizado pianista despistando al enemigo. Incluso el principio, un gran deus ex machina (reitero, no importa cómo ni por qué, sino para qué, y la respuesta a esto es para entretener) lleno de guiños a Lost.
    Decía que Depredadores, aún con todos sus defectos (principalmente una secuencia demasiado larga con Laurence Fishburne) tiene algo de pasión por el cine. Es casi como ese gran, gran homenaje que hizo el productor Robert Rodriguez en Planet Terror. Sólo que esta vez, no es tanto una canchereada, sino una obra hecha con el mismo espíritu berreta de, supongamos, las viejas producciones de Roger Corman. O con el mismo de la primera Depredador. Y esto fue un cumplido.
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  • El origen
    El origen
    El Ojo Dorado
    ¿Este es el material del que están hechos los sueños?

    Probablemente el sueño de Christopher Nolan sea dirigir una película de Bond, James Bond. Si uno espera una película onírica, al estilo de Cronenberg o Lynch, mejor que consiga la obra maestra de la década pasada, El camino de los sueños (también conocida como Mullholand Dr.). El origen no va tanto sobre eso, sino que es un rejunte de lo que más le gusta a Nolan: gente linda con trajes caros, disparando cuanta arma esté a su alcance, en intricandos montajes que seguramente recordarán a Memento. Algunas secuencias están sumamente estilizadas, y no es casualidad que esas mismas sean participes de un montaje paralelo que demuestra lo bien que el director controla la tensión.
    Leonardo DiCaprio es Cobb, un ladrón en sueños (y se podría decir de sueños), cuyo pasado retorcido nos recuerda mucho a La isla siniestra (y el psique du rol de psicótico es el mismo que viene perfeccionando desde Los infiltrados). Un personaje indudablemente ligado al desmemoriado Leonard. Sólo que aquí él guarda un secreto, y nosotros somos lo que carecemos de información. Él tiene que hacer un último trabajo para un poderoso empresario de rasgos orientales (Ken Watanabe, el primero de la troupe actoral a la que recurre el director) que conlleva armar un grupo de profesionales: un imitador, un químico, una arquitecta y un viejo compañero. La dinámica del equipo es funcional para algunos momentos cómicos, pero no hay demasiada exploración en el funcionamiento del mismo. Uno supone que la arquitecta (la jovencita Ellen Page) será motivo de interés para Cobb, e incluso parece sugerirlo una secuencia donde su subconsciente la ataca. Pero no: solamente ella está para ocupar el lugar del espectador y que se pueda explicar el funcionamiento de los sueños.
    Básicamente, es un mundo à la Matrix (incluso se "conectan" de un modo muy similar) donde cada uno cumple un rol fundamental. La arquitecta debe ser la que recrea esos mundos. ¿Son vitales para el desarrollo de la trama? No, principalmente el último escenario, que es un homenaje gigantesco a 007 al Servicio Secreto de su Majestad (con algunos planos idénticos). Previamente se nos había inducido a la idea del laberinto, de lo imposible y arbitrario. Pero en cuanto al laberinto, sólo aparece en un dibujo. La manipulación del mundo artificial es poca (solamente se dobla un edificio que tampoco es importante para el desarrollo de la película).
    Hay algunas secuencias que valen la pena, y entre ellas, una donde Arthur (Joseph Gordon-Levitt, de (500) Días con ella) tiene una pelea que desafía las leyes físicas. La banda sonora de Hans Zimmer hace más importante el momento (para los que odiaban la estridencia en El caballero de la noche: acá se multiplica hasta la irritación). La estética de Nolan/Pfister (el director de fotografía) recicla ideas pasadas (y por eso me sigue pareciendo menos impresionante que en El caballero de la noche) aún cuando se hacía el autobombo con "la arquitectura de la mente". Eso sí, las explosiones en slow-mo quedan bárbaras. En la era HD Bruce Willis quedaría desubicado corriendo descalzo y en musculosa, y los protagonistas bien peinados/vestidos, de El origen, no. No por nada el summum incluye los momentos mejor logrados (el frío metal de la urbe, la calidez de un hotel sofisticado y la pureza del frío polar). Nada es estética per se: cada escenerio, cada toma está pensada y repensada. Aún con sus fallas, El origen le gana por goleada a la mayoría de los summer blockbusters contemporáneos (¿alguien dijo Michael Bay?)
    Quedará en cada uno comparar la película con la obra de Borges (yo lo hago con Vértigo de Hitchcock y Las ruinas circulares, la idea de la repetición infinita) por mi parte, veo a El origen como el festín de acción de Nolan. Que en segundas o terceras visiones se enriquezca no hace más que hablar de lo buena que es. Ahora, si para justificar la calidad uno tiene que buscar elementos que no están la película, significa que es mala. El origen es buena, en sus propios términos. Quien espere vivir un sueño, quizás salga un poco decepcionado.
    Lamentablemente, la película sufre de algunos de los males del director que parecían aplacados. Está la (sobre)explicación (aquí más larga y tediosa que otras veces) y la redundancia (en diálogos que parecen totalmente falsos). ¿Se acuerdan como al final de El gran truco se repetía la idea principal con la voz en off de Michael Caine? Bueno, acá sucede algo parecido (de hecho, en las películas anteriores del director pasa lo mismo). Scorsese decía en una entrevista con Laurent Tirard, que un director nunca debe caer en el error de explicar el título al final de una película. Incluso, como todo parece más complejo, Nolan siente la necesidad de poner en boca de sus personajes varias veces palabras como "subconsciente". Por momento me pareció un poco pocket Freud pero bueno, uno lo soporta.
    Entre tanta metatextualidad (El ciudadano, El padrino, 2001: Una odisea del espacio y más) no se pueden evitar las comparaciones con dos películas de acción y oníricias recientes: Matrix (bueno, no tan reciente) y Avatar. Raramente, El origen hace que valore más esta última. Por su simplicidad Avatar consigue ser un poco más poética (¡increíble!). Las posibilidades de mundos paralelos, mundos artificiales o mundos dentro de otros mundos son temas que en definitiva hablan del cine mismo. Escapes de una realidad tormentosa. Neo era un hacker ninguneado, Jake Sully un discapcitado y ahora Cobbs trata de soñar para olvidar su propia realidad. O no: quizás trata de dejar de soñar, y allí es donde se vuelve más interesante la película. La idea de la paradoja, del laberinto (en inglés se diferencia maze de labyrinth: mientras que el primero tiene principio y fin, el segundo lleva a un centro único que guarda una sorpresa, un tipo de elevación espíritual) que cobija El origen.
    Que quede algo claro: El origen es una muy buena película. No revolucionará el cine, pero tiene mucho afecto por él. La idea del trompo que gira y no se detiene (e indica cuando se está en un sueño) se refiere al cine y al espectador. Si el movimiento cesa, es la realidad. Si es la realidad, no es el cine que es lo sorprendente, lo fantástico, lo deslumbrante. En La isla siniestra, el protagonista prefería lo fantástico antes que lo real. Acá bueno... mejor vayan a verla.
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  • Toy Story 3
    Toy Story 3
    El Ojo Dorado
    Juguetes contra el paso del tiempo.

    Toy Story es una de las mejores sagas del cine animado. O dejemos de lado la subcategoría: es una de las mejores trilogías del cine, y punto. Si la primera era el indicio más que claro y firme del advenimiento de la animación computarizada, la segunda iba al infinito y más allá. Combinaba todo el humor, el amor por la aventura y los personajes entrañables que sólo Pixar nos sabe ofrecer. En menos de 20 años, la productora no solo ofreció 2 buenas películas, sino 11. Algunas son obras maestras, y ahí empezarán a discutir todos. Que es Toy Story, que es WALL-E, Up, Los increíbles. Está bueno: se discute sólo para saber cuál es la mejor, siendo todas de una calidad sorprendente.
    Sergei Eisenstein, el director del El acorazado Potemkin (una de las más importantes películas de la historia) dijo después de ver Blancanieves y los siete enanitos, que era le mejor película que había visto en su vida. Y es que el cine de animación, cuando está bien hecho, no tiene barreras, salvo la imaginación de sus creadores. Podemos estar en el interior de una ballena, en el hombro de un robot gigante, llegar al mundo de la Navidad, e incluso tener una batalla en el cielo con perros pilotos. Todo es posible. El reto está, claro, en lograr que el espectador se pueda encariñar con ellos.
    Es fácil encariñarse con, digamos, un animal que habla. ¿Pero con un juguete? No recuerdo una película live action donde haya sentido la mínima empatía hacia un muñeco. Con Toy Story es diferente. Nos creemos que Buzz, Woody, Ham, y todos los demás tienen vida. Y qué mejor que el final de esa película para comprobar que sí, realmente están vivos.
    El comienzo de Toy Story 3 es explosivo. Una persecución impresionante. Woody, Jessie, y Buzz persiguen en el Lejano Oeste (¿estará Ethan Edwards por ahí?) a los malvados de turno. Después, el truco se devela: toda la aventura, era la imaginación de Andy, mucho más que un dueño. Un amigo, para los mismos juguetes. No hay cinismo en esto: al contrario, un profundo e inquebratable amor por la imaginación y el espíritu del niño. No es casualidad que todos los personajes más memorables guarden un niño interior.
    Esas aventuras, en un montaje con filmaciones caseras, van desapareciendo. Andy, claro, crece. Lo insoslayable, terrible, y trágico de la serie, es que los juguetes no parecen expirar por causas naturales. Y los chicos que acompañan, se olvidan de ellos. Así, muchos de los viejos y queridos personajes ahora ya no están. Vaya uno a saber qué pasó. Sólo quedan los principales. Guardados en un baúl con cosas inútiles. Un último intento de llamar la atención de Andy los prepara para la cruda realidad: el muchacho ya creció. No los necesita. Irá a la Universidad, y ellos probablemente pasarán el resto de sus días (¿¡cuántos?!) en el ático. Pero bueno, siempre existen otras posibilidades, y estás tienen que ver con ser donados.
    Y la principal aventura, esta vez, será escapar de Sunnyside, una guardería infantial gobernada por el despóta Lotso, un osito para nada cariñoso que recuerda a Capataz de Toy Story 2. Todo este set-up es un festín para recordar viejos clásicos como Stalag 17 de Billie Wilder, o El gran escape con Steve McQueen. No: no es la primera película animada para chicos en hacer esto. Pollitos en fuga también tenía referencias muy similares. Quizás donde la película no termine de convercerme del todo es en todo este intermedio. Sí: está muy bien, es gracioso, divertido y memorable. Pero hay algunos chistes que se repiten y la inspiración no parece ser tan alta como fue en la anterior (me acuerdo del cruce de la calle, magistral secuencia de acción y humor). Hay presentación de nuevos personajes (Barbie y Ken, quienes están totalmente justificados con la historia) y situaciones por demás simpáticas. El último acto del film si recupera toda la energía, tensión y carga dramática. Pero de nuevo: esta crítica es mía y quien no tenga problemas con el resto, seguramente verá una obra maestra.
    Quizás el único aspecto técnico que podría reprochar es la banda sonora de Randy Newman. No es demasiado inspirada. Sólo el tema del osito Lotso (que rememora a John Barry en Perdidos en la noche) se destaca. Luego, claro, acompaña las referencias cinéfilas y secuencias totalmente sorprendentes, como ese escape de la incineradora, donde más de uno deberá aguantar las lágrimas. Otra de las críticas va hacia los mismos juguetes que ahora aparecen en pantalla. Pareciera que en lugar de inventar, se dedicaron a llenar la pantalla de juguetes conocidos como para que el espectador ávido los reconozca. Sin ir más lejos, el villano Lotso es un Lots-o-huggin bear.
    El primer fotograma y el último antes de los créditos finales, son idénticos. Sin arruinar nada, se puede decir qué se ve: varias nubes, idénticas en forma y tamaño. Claro: lo primero es la imaginación de Andy, que crea un mundo de amistad, acción, compañerismo, tensión. Al final, no, es la realidad. Pero al mismo tiempo, es la visión del mundo de un alma sensible, o mejor dicho, el trabajo de varios artistas. Así, con esa magia incadescente, atemporal, comienza y concluye esta maravillosa historia. Que en definitiva, no es otra cosa, que el cine mismo.
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  • Kick-Ass
    Kick-Ass
    El Ojo Dorado
    Kick-Ass comienza como una película de iniciación, más parecida al reciente clásico Supercool (o Superbad) que a la ochentosa Porky's. Es decir: un grupo de 3 nerds que se reúnen a leer historietas, hablar de chicas, y fantasear con convertirse en superhéroes. De hecho, uno que más tarde se unirá al grupo es Christopher Mintz-Plasse, el eterno McLovin de Supercool.
    El héroe es Dave Lizewski, un chico judío que se masturba por la noche frente a su computadora, y cuya única habilidad es pasar desapercibido por las chicas. Un poco para contrarrestar esa imagen, otro porque se le zafaron un par de tornillos, querrá convertirse en un justiciero nocturno, más cercano al Charles Bronson de El vengador anónimo que a un superhéroe. No es que su familia haya sido brutalmente asesinada, ni que Kick-Ass (así se llama su alter-ego) use armas de fuego, sino que es un vigilante más que un héroe. El límite que divide a ambos es siempre difuso, porque hay que recordar que para que existan los superhéroes, el Estado tiene que ser ineficiente para que uno de sus ciudadanos tenga que protejer al resto. Las mejores películas de superhéroes son aquellas donde esta figura no es resplandeciente, sino sombría y atormentada. Algo de eso hay en Kick-ass, pero comete un error fatal: abandona el tono paródico y al final, se nos dice con mayúsculas que esos son los verdaderos héroes. Se podría ver, incluso, un comentario más fascista. El fin justifica los medios.
    Para expandir este punto, es esencial el personaje de Big Daddy, una sátira (por lo menos en el diseño del traje) de Batman. Nicolas Cage es Damon Macready, un ex-policía que perdió el juicio cuando el mafioso de la ciudad (Frank D'Amico, o el villano de moda en Hollywood: Mark Strong) le tendió una trampa y mutiló a su mujer. El hombre ya tiene un arco dramático más que interesante, porque además de estar obesionado con la venganza (y no con un ideal de justicia) está entrenando a su hija de 11 años para desbaratar la organización criminal y asesinar a Frank. El problema es que se nota más que nada en el último tercio de la película: Macready ( va tanto para el padre como para la hija) no es visto como un desquiciado, sino como un héroe. De hecho, hay un personaje, que es un policía que no se anima a actuar, que hacia el final esbozará una sonrisa. Se ha hecho justicia. ¿Justicia? Allí es donde el film deja de ser una buena parodia, y se transforma en una delicada cuestión ética. No sé a ustedes, pero a mi me cuesta tener algo de empatía con personajes tan desequilibrados como estos, y que para colmo de males, no se dan cuenta de lo mal que están.
    Si había algo que hacía más que interesante a Batman: el caballero de la noche, era justamente, ese velo que lo separaba de ser una figura heroíca. En Kick-Ass, el cielo resplandeciente en el horizonte, mientras los héroes descansan sobre cientos de cuerpos mutilados no lo parodia. Lo está afirmando: esos son héroes.
    La película sufre otros problemas: la combinación de tantos sub-géneros le restan en identidad propia. Estéticamente, trata de solventar todos esos problemas, llenando la pantalla con una fotografía saturada de colores brillantes. Algunas secuencias están para probar que sin dudas Mathew Vaughn es un buen director de acción. Una de ellas es el rescate de Hit-Girl, que combina la vista en primera persona tan común en los videojuegos con luces incandecentes que asemejan la carnicería a un boliche. La otra es aquella donde Big Daddy irrumpe en una fábrica para acabar con un montón de matones. El uso del zoom y la música de Exterminio 2 (28 weeks later, leaving England) hace toda la secuencia espectacular, y hasta allí se podría decir que acierta en presentarlo como una figura oscura. Pero bueno. después...
    No es que Kick-Ass sea una mala película. Pero deja un terreno fértil para críticas devastadoras (que las tuvo, donde se la acusaba de fascista, entre otras cosas, porque los villanos siempre son extranjeros). No leí el cómic, pero se nota que la película empieza como una parodia al fugaz género cinematográfico de superhéroes (fugaz, entre otras cosas, por la cantidad de oferta que está teniendo) pero pronto se desvanece y como si se auto-fagocitara, pierde de vista su objetivo, y se vuelve torpe. Una lástima, porque hay talento.
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  • El príncipe de Persia
    El mejor transporte sigue siendo el DeLorean.

    La saga de El príncipe de Persia, basada en el popular videojuego del mismo título (a su vez basado en el mítico juego en 2D) es un intento de Jerry Bruckheimer de repetir el éxito de Piratas del Caribe, la serie que ya está esperando su tercera secuela. Y a decir verdad, los tres juegos en los que basarían la historia de este príncipe corredor, dan una base más que tentativa para la adaptación cinematográfica. El problema, como se sabe, es que un buen juego no es garantía de nada. Los juegos tienen un concepto totalmente distinto al de las películas, y muchas veces eso se confunde y lo que nos parecía divertido en una consola de video, es un bodrio en la pantalla grande.
    Aquí están todos los roles típicos de la aventura familiar: el protagonista tímido pero valeroso, pobre pero sincero, algo torpe pero ágil, etc. La princesa bonita e inteligente, no muy afín a las armas, el compañero obligado que nunca se siente satisfecho con la travesía y aporta las mayores dosis de humor, y así podríamos seguir, para rellenar los otros personajes stock cuyo destino los confina a una sóla película. No tengo nada contra este conjunto de clichés, de hecho, cuando está bien hecho, lo celebro (La momia 1 y 2, Piratas del Caribe 1 y 2) y cuando no, lo destesto (La momia 3, Piratas del Caribe 3). El principal problema aquí es que el guión no proporciona ni diálogos punzantes ni situaciones más o menos inteligentes, y la acción en pantalla es bastante confusa. Los tres montajistas con los que contó el film no pudieron dejar las cosas del todo claras, y nos tenemos que conformar con avisorar algún saltito parecido al del juego o un zoom en slow-mo de una flecha que casi le pega al príncipe Dastan. Ese es el ideal de acción para Mike Newell.
    El lineamiento general de la historia, como para darle a cada uno su cuota de pantalla es el siguiente: Dastan es un húerfano que tiene como hermanos a 3 herederos del trono de Persia. En un ataque a una ciudad que esconde supuestas armas destructivas (¡inesperada crítica tardía a la política exterior de la era Bush!), Dastan encontrará una suerte de daga que permite a su poseedor viajar en el tiempo. A decir verdad, son viajes bastante amarretes y caprichosos. Generalmente sirven para retroceder unos instantes nomás. Y cuando se debería usar (supongamos, la muerte de algún personaje no tan importante) no se usa. Ahi la culpa no es de la daga, sino de los guionistas. Los viajes espacio-temporales o son entretenidos y funcionales a la historia o directamente son accesorios inservibles listos para dar el deus ex-machina de último momento. Esta daga sirve a ese último propósito. Sin adelantar nada, el último acto es de lo más anodino de todo el film. Si este es el grand finale de un blockbuster, la verdad, no se notó.
    La daga es una excusa para la invasión. La princesa Tamina (la linda Gemma Arterton, o la chica de 5 segundos de Quantum of solace) es una especie de guardiana de este artefacto. Claro que los demás no lo saben, y son manipulados por Nazim, un Ben Kingsley correcto y gritón. La daga debe ser guardada en un territorio lejano y peligroso, y bueno, ahi ya tenemos en principio a los dos protagonistas, en un viaje de aventuras y desencuentros amorosos como para emocionar a los más chiquitos.
    Como sea, todos los erroes podrían aguantarse más, digamos, con un buen cast. Por ahí está Alfred Molina como un secuendario de escasa duración. Que así y todo se agradece para solventar la falta de carisma de Jake Gyllenhaal como el aventurero príncipe, que prefiere dar saltos de free-runner (free-runner CGI, claro) y hacer acrobacias imposibles como para que no se note su blanda performance. Si alguno esperaba encontrar algo tan divertido como la creación de Johnny Depp en la saga de los piratas, mejor que piense en ir a ver otra cosa, o esperar a alguna buena película de aventuras.
    Jerry Bruckheimer es quien produjo el film, y es también el que cada tanto nos depara un blockbuster insospechado, como aquel donde Bruce Willis para un meteorito con un cable (ah, perdón: spoiler). Nunca fue un productor de mi agrada (sigue sin serlo) ya que innevitablemente siempre lo asocio con el terrible Michael Bay. Me resulta imposible siquiera simpatizar o esperar ansioso la nueva película del productor de Con Air o Pearl Harbor. Aquí es su intento menos sutil de copiar un éxito anterior. ¿Si lo va a lograr? Seguro que sí y en un par de años estará la crítica de la segunda parte. Sí: también es seguro que va a haber breves viajes temporales. Pero lo peor es que nosotros no recuperamos el tiempo perdido por ver esta película.
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  • El escritor oculto
    El escritor oculto
    El Ojo Dorado
    La bella complejidad de lo simple.

    Hace poco tiempo tuvimos el homenaje de Martin Scorsese al cine de Hitchcock. La isla siniestra es un ejercicio puramente formal. De ahí que no sea, desgraciadamente, un film emocionante. Está bien: en la filmografía de Hitch lo que importan son las situaciones y no los personajes. Pensemos por ejemplo en Intriga internacional: una magistral película donde lo que importan son las diversas situaciones que debe enfrentar su personaje. Sin embargo no eran meros decorados, algo que si sentía con la última de Scorsese.
    Ahora Roman Polanski, el gran cineasta que nos ha legado excelentes películas como Repulsión y El bebé de Rosemary, rinde el mejor honor al maestro del suspense. Combina situaciones fabulosas, personajes siniestros, y climas adecuados para un thriller sólido, de esos que no abundan.
    Un "escritor fantasma" (título más adecuado, pero que seguramente disgustó a las distribuidoras, pensando que así vendían una de terror) es aquel que se encarga de dar revisiones, correcciones, cuando no párrafos enteros de obras ajenas. Esta es la profesión del personaje de Ewan McGregor (no importa su nombre) que debe terminar las memoirs de un político inglés (Pierce Brosnan) que recuerda bastante a Tony Blair. Claro que no todo es tan fácil como parece. El escritor deberá ocupar el lugar de su antecesor, presuntamente asesinado. Adam Lang, el ex primer ministro, es una figura controvertida. Por un lado es un bon vivant (y bueno un poco de Bond vivant también) amable y gentil con su equipo de trabajo, y por el otro, un marido infiel, político decadente hostigado por los medios, y recluído en su lujosa mansión. ¿Cualquier similitud con el director acusado de pedófilo es pura coincidencia?
    El fantasma, entonces, irá descubriendo a la par nuestra, los sucios secretos de Adam. Así como también entrando en su círculo íntimo. Polanski sabe que es mucho mejor sugerir que mostrar, y así el thriller de espionaje se vuelve mucho más interesante cuando empezamos a sospechar, no sólo que la secretaria de Adam es su amante (Kim Catrall, de Sex and the city) sino que la mujer de poderoso contratante podría estar seduciendo al escritor (una femme fatal soberbia de Olivia Williams). Estos son poderosos ejemplos de que los personajes, a Polanski, le importan. Si no fueran tan ricos en contradicciones, llenos de paranoia y supuesta maldad, la historia se convertiría en puro ejercicio estético. Las miradas, los gestos, los movimientos de cada uno, nos dice algo. No siempre es lo que pensamos, y los giros, así, resultan más sorprendentes.
    En cuanto a lo estético, las elecciones de Roman no podían ser mejores. Desde la guardia moderna, recta y asegurada de Adam, hasta los alrededores grises, fríos y húmedos que la rodean. Una buena película de suspenso tiene que tener una secuencia con lluvia. En La isla siniestra, la lluvia se sentía artificial, nos imploraba una sensación de peligro inexistente. Aquí hay varias secuencias con lluvia, las cuales son realmente atrapantes. Incluso la música a priori desubicada de Alexandre Desplat está a tono con el relato general. Hay algunos pocos artilugios lo suficientemente tecnológicos como para que nos parezcan sofisticados hoy, y funcionales a la historia, hoy y mañana.
    Siempre se critica cuando un director prestigioso ahonda en dramas históricos para ganar el Oscar (lo hizo Spielberg con La lista de Schindler, lo hizo Polanski con El pianista). Y esa crítica confirma la regla: las historias importantes (entiendasé: dramas del Holocausto) tienen muchas más chances de tener una nominación y ganarla, lo cual es bastante injusto. Esta película es muy buena, aunque por la fecha de estreno y la temática (un thriller político "menor") parece alejada de cualquier mención. Sí, hay una subtrama política que describe y comenta la guerra de Irak (o las políticas británicas al respecto) pero como toda gran obra, primero la disfrutamos por lo que es, y no por el tema que trata. Lo que se justifica es lo que está en pantalla: después vienen todas las intrepetaciones exógenas que hagamos.
    El escritor oculto puede que no esté a la altura de la mejor película del polaco, pero hay que tener en cuenta que una obra maestra como Barrio Chino no se estrena todos los días. Aún así, se las ingenia para ser un film endiabladamente divertido y entretenido en sus dos horas de duración. Quizás eso se deba a lo bien que maneja este tipo de historias, donde todos parecen atentar contra la tarea del protagonista. El mal siempre está latente, pero como Jack Gitties, siempre tenemos curiosidad por saber qué es lo que ocurre. Aunque al final, la revelación más demoledora sea que el mundo, no deja de ser un lugar cruel.
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  • Robin Hood
    Robin Hood
    El Ojo Dorado
    No voy a poner en discusión la calidad de Ridley Scott, el director de gemas del cine como Alien: el octavo pasajero y Blade runner, pero me parece que es uno de los directores más irregulares hoy en día. Pareciera que cuesta encontrar un concenso respecto a su obra, y no porque sea un visionario incomprendido, precisamente. Salvo Gladiador, aunque con Oscar y todo (podríamos decir que con el Oscar, más) trae amores y odios con igual intensidad. El hombre que se mostró versátil para dirigir oscuros universos tecno-retro-futuristas y pasar a una road movie y películas de criminales como Gángster americano (lo sé: es gánster) y Hannibal, se interesó estos últimos años por sacar los soldaditos de plomo de algún baúl empolvado y empezar a jugar a la guerra del medioevo. Así, repetía en menor medida la efectividad del gladiador romano con las guerras cruzadas en las Orlando Bloom deshacía más de lo que hacía. No era una mala película, pero fallaba el actor protagónico (quizás porque lo de "actor" se puede poner en duda). Con Robin Hood vuelve Máximus el magnánimo, a cortar cabezas, brazos y piernas de cualquier enemigo, ahora, en nombre de Inglaterra.
    El personaje de Robin Hood tuvo varias adaptaciones en la historia del cine, de las cuales tenemos Las aventuras de Robin Hood, con el inigualable Errol Flynn (el capitán Blood, ese que moría con las botas puestas). Es de 1938, de William Keighley y Michael Curtiz (Casablanca), en blanco y negro, y le pasa el trapo a esta chata adaptación de la leyenda popular. Para simplificar digo que, desde el título, la versión de 1938 es todo lo que esta no es: una aventura.
    ¿Dónde está el corrupto Sheriff de Nottingham? Es una figura central en la historia, porque, claro, es un hombre que aún dentro de su maldad, cree estar haciendo las cosas bien. Su muerte no es un motivo de festejo, sino de conmoción. La existencia de Robin Hood, un defensor del oprimido pueblo, como la de cualquier superhéroe encapotado, no hace más que hablar de una sociedad en decadencia. Es por eso que el enfrentamiento entre quien actúa dentro de los marcos legales (y debería ser el héroe, pero es el villano) y el que lo hace fuera de la ley (que debería ser el villano, pero es el héroe) es un enfretamiento épico, decisivo. Aquí Ridley Scott cree que para hacer una película de aventuras basta con poner un par de personajes de stock (el frailer gordito gracioso, el bruto grandote y gracioso, la dama linda pero guerrera, etc.) y se olvida que la aventura es más que eso. Aunque tampoco creo que apuntaba a eso. Aquí el sheriff es un comic relief (a cargo de Matthew Macfayden) y la verdadera contrapartida es Mark Strong, el malo de Sherlock Holmes, que sigue haciendo el mismo papel. Cara siniestra por aquí y allá y voilá: Hollywood consiguió un nuevo villano. Scott, en un momento, quiso hacer la película donde Russell Crowe fuera Robin Hood y el Sheriff. ¿Las dos caras de la misma moneda? No sabemos, pero seguro hubiese sido un planteo mucho más interesante.
    Robin Hood es una precuela que nos cuenta el origen de uno de nuestros outlaws favoritos. Cómo Robin se convirtió en Hood, en esta manía postmoderna de contar orígenes (como Darth se convirtió en Vader, Wayne en Batman y James en Bond). O sea, agregar un fondo pseudo dramático, con flashbacks torpes y situaciones dramáticas peores, no hace otra cosa que cimentar una falsa realidad (cuota de realismo que a partir de Batman inicia, parece fascinar) que la historia no necesitaba. Se traiciona no sólo el orígen del fantástico personaje. Sino su escencia.
    Por ahí el cast está lleno de caras conocidas, desde Cate Blachett para propiciar comentarios babosos como este (el bodrio anterior de Sir Ridley, Un buen año, tenía a Marion Cotillard para eso) hasta el cruzado de El séptimo sello, Max von Sydow. Este último es parte de una secuencia que debería ser vital y por poco roza el ridículo.
    Sí, las batallas están más o menos bien (utilizando un framerate menor, como en Gladiador) y alguno quizás le vea una pizca de emoción a esta larga historia de dos horas y media. Yo no vi ninguna. Me entretenía pensando que los bosques siempre fueron lugares oníricos, ominosos e incomprensibles. Como laberintos (y sino, vean esa obra maestra que es Rashomon). Quizás Robin Hood, el verdadero, se perdió por ahí y el director buscó un soldado romano para reemplazarlo.
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  • Carancho
    Carancho
    El Ojo Dorado
    Sobrevivir en un mundo hostil.

    El último film de Pablo Trapero es el retrato de un universo decadente, corrupto y sucio, que logra conjurar cierto encanto visceral y único. Sus protagonistas no quieren escapar de esta realidad, sino sobrevivir. Son parte del medio que los rodea. Es un ecosistema del cual forman parte. Él, aprovechando los accidentes, las imprudencias ajenas, y ella, a su modo, también, pueden vivir.
    La introducción de Carancho está totalmente estilizada: el golpe de efecto esta vez es más sutil pero igual de funcional: con cortes abruptos, en blanco y negro, y con el tango Misiones de fondo, nos revela un choque automovilístico. A partir de todos esos escombros, llenos de sangre, una historia nacerá. En esta única secuencia se usa música y una fotografía en blanco y negro. El resto del relato trata de estar siempre sucio, recorriendo las mismas calles y entrando a los mismos edificios a los que concurren sus protagonistas. No se regodea del panorama, pero lo transforma en un antro impoluto que puede recordarnos un poco a las películas de Scorsese como Taxi driver.
    Por estas malas calles, siempre a horarios diurnos, se movilizan Luján y Sosa. En un montaje espejo vemos la profesión de ambos. Ella es una joven enfermera que trata de salvar la vida de sus pacientes. Él, revolotea hasta el lugar del siniestro y ofrece sus servicios de abogado. En un mundo que parece descender, la prudencia para manejar no es una de las principales prioridades. Allí hay un negocio (ilegal, claro) que mueve bastante dinero. Sosa conoce los gajes de este oficio. Ricardo Darín encarna este personaje con cada una de sus pequeñas arrugas. Su nariz ganchuda se parece al pico del carancho, un ave carroñera grande e intimidante. Afeitar la cabeza del hombre que trabaja en los mayores éxitos comerciales del cine argentino es una decisión más que acertada.
    La joven Luján es interpretada por la maravillosa actriz Martina Gusmán. Ella cargó con el peso de Leonera, el largomtraje anterior de Trapero, y ella sola valía la recomendación. Combina inocencia y madurez. No es una chica frágil, aunque tampoco es un témpano. Es la clase de persona en la que uno podría confiar alguna misión importante y podría despreocuparse. La relación que entablece con Sosa, a base de miradas y breves encuentros sexuales forjarán más que un simple amorío. Él está dispuestos a convertirse en un héroe dantesco por su amada.
    La cámara de Trapero es virtuosa. Capta la escencia de cada secuencia. Hay un plano secuencia que no se anuncia con bombos y platillos, pasa casi desapercibido, y no se siente caprichoso con el resto del relato. Los planos tienen una duración larga. Los movimientos de cámara son sutiles, lentos, suaves. Cuando la acción empieza, tampoco caen en la tentación de volverse rápidos y cortos. Las imagenes que hay en pantalla son lo suficientemente duras como para convertirlas en un show circense. Este es un policial negro que no depende de ruidos altisonantes ni montajes frenéticos para atraparnos. El detalle que esconden los planos scope permiten distinguir rasguños, personajes y deterioros en los edificios (el impresionante hospital público, por ejemplo).
    Para representar la realidad, hay que crear un universo paralelo. La película anterior de Pablo Trapero (El bonaerense) no lograba eso y caía en en algunos errores del cine "extranjero" for export (pienso en ese tan prometedor director que era Iñárritu). Esta vez, no: sólo basta ver a Luján y Sosa dialogando frente a un destrozado cuerpo en un frío asfalto, rodeados por la cálida y amarilla luz de la ciudad, para lograr una conexión profunda y dura. Es decir, entrar al universo que propone esta historia, y que a su vez, no es ninguna fantasía lejana.
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  • Pesadilla en Calle Elm
    Cuando hay que evitar dormirse.

    Freddy ha vuelto una vez más, pero con un nuevo rostro. El resto, básicamente, sigue siendo igual. Otra secuela (perdón: reinicio) que no está a la altura del original. Por suerte, está varios escalones más arriba que el resto de remakes (o no) de terror. Piensen en Halloween de Rob Zombie, y esta Pesadilla en la Calle Elm es casi El ciudadano Kane. No habla tan bien de la película, como habla mal del resto.
    La cosa es más o menos así (para los que no vieron esa divertida película del director de El despertar del diablo... de nuevo, la original, claro): un grupo de adolescentes sufre el acoso de un hombre desfigurado. Tiene el rostro quemado y un guante con filosas y mortales garras. El maquillaje del nuevo Freddy no tiene ni la mitad de la onda del primero, pero bueno, sigamos: este psicópata ataca cuando los jovenes sueñan. O mejor dicho, cuando duermen, transforma sus sueños en pesadillas. Agradecidos aquellos que tengan la oportunidad de contarlo.
    Esta película copia varias secuencias de la original: desde el momento de la garra en la bañera, hasta la desesperación de los protagonistas por mantenerse despiertos. Incluso, todo el entramado policial que en la original (quizás por eso, porque era original) era más interesante. La copia la cumple dentro de lo aceptable, agilizando las cosas y yendo directo a los asesinatos. Lo que realmente aleja a esta película de la recomendación segura, es que no termina ni de asustar ni de ser cómica. Sus intenciones, claramante están enfocadas a lo primero, pero... ¿por qué no hacer ambas?
    En USA fue muy mal recibida. Las críticas se ensañaron con el producto. Creo que Sam Raimi demostró que una buena película de terror hoy en día debe combinar una buena dosis de sustos y toques cómicos. De hecho, la primera Pesadilla tenía varias secuencias surrealistas, imposibles, y sí: oníricas. Esta tiene poca inventiva. Y cuando la tiene tropieza increiblemente consigo misma.

    Y vamos a dar un spoiler (si usted, querido lector, está leyendo hasta acá, o tiene mucho interés en la nueva de Freddy, o ya la vió): Fred Krueger ahora tiene un nuevo trasfondo. No es que su personaje necesite un respaldo dramático digno de Shakespeare, pero cuando se insinúa que el tipo es un pedófilo, las cosas se ponen más interesantes y espeluznantes. El problema es que sus víctimas, acosadas también en la vida real, no guardan el menor recuerdo. Si eso es un mecanismo para dar un giro "inesperado" en la trama, es patético.

    Además, si intenta ser una película de terror, debería por lo menos, tener un poco de ritmo para dar los golpes de efecto. Chica escondida en el placard y ¡zas! Freddy aparece al lado, entre la oscuridad. Chica que se agacha un par de veces adelante de un espejo y ¡zas! no pasa nada. Pero en unos pocos segundos, sí. Plano general de un pasillo y ¡zas! alguien pasa delante de la cámara. Hasta ahora, la enumeración pareciera que apunta a la originalidad, pero no: vean la película, y se darán cuenta que todos estos momentos están desfazados. Dan demasiado tiempo para pensar, y cuando el golpe llega, no tiene efecto.
    Lo que rescato del film, pese a sus numerosas y reiteradas fallas, es que por lo menos, la estética está algo cuidada. Principalmente la fotografía, que tampoco es ninguna maravilla: sólo digo que con respecto a la media de este subgénero de remakes de films de horror está bastante bien. Hay una pequeña referencia: tenemos por unos segundos una imagen de Saturno devorando a sus hijos, del Goya. Hay talento en la producción, aunque sin dudas el director no supo aprovechar al máximo todas sus posibilidades.
    Una mala elección sin dudas fue el diseño de la cara de Freddy. Jackie Earl Haley (el pedófilo de Secretos íntimos, Rorschach de Watchmen) también prueba ser una elección fallida. El actor resulta más interesante sin la cara quemada y la voz tenebrosa. De hecho, resulta más inquietante sonriendo y acariciando a los chiquitos del jardín de infantes que haciendo ruidos con las garras.
    Para odio general, todo termina sepultado cuando la película opta por el slasher puro y duro. Freddy achura a los adolescentes que son estereotipos como para atraer a la posible repelida platea femenina (de ahí que deambule con cara de zombie el clon de Robert Pattinson que hace unos meses vimos en Invocando espíritus) acaso alejada por el derrame de sangre. Repito: mucho mejor que la media, lamentablemente. Debería estar más enojado, pero entre tanta remake berreta, trato de ver el vaso medio lleno. Aunque quizás, ni siquiera esté por la mitad.
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  • Iron Man 2
    Iron Man 2
    El Ojo Dorado
    No vuela más alto

    Los estudios de Hollywood tienden al efecto multiplicador para las secuelas. La verdad es que muchas veces da resultado. Puedo traer como ejemplo cualquier franquicia más o menos exitosa que venga de norteamerica para demostrarlo. Desde las aventuras de un pirata caribeño hasta los saltos del hombre araña, todo crece. Hay más villanos, más subtramas, y muchos más minutos. Podriamos parafrasear a Roger Ebert y decir que cuando una película buena nunca es demasiado larga y una mala nunca es demasiado corta. Pero lo que les juega en contra a estas secuelas es la desmesura de personajes y situaciones que tienen. Plus: el público espera algo mejor y no necesariamente "más".
    Este síndrome afecta sin dudas a Iron Man 2, que ve a Tony Stark de regreso, para combatir a dos enemigos Whiplash y Justin Hammer, luchar contra una enfermedad mortífera, proteger su armadura del Estado nacional, hacer nuevos aliados, e incluso recibir la oferta para pasar a formar parte de una liga de superhéroes.
    Stark no es el atolondrado y torpe Peter Parker o el esquizofrénico Bruce Wayne. El tipo no tiene poderes sobrenaturales y el principal motivo por el cual es Iron Man (y que ya había explicado en la crítica del primer film) es porque es cool. Así queda claro en una de las primeras secuencias, donde Tony, mofándose de haber dejado atrás su identidad secreta, sale a escena, para ser aplaudido y vanagloriado. Recordemos: al final de Iron Man, Tony decía en público que era el hombre de hierro, conmoción, y títulos finales con la música de Black Sabbath. La apuesta para la secuela era mucho más alta: ¿que podía pasar con los enemigos de Stark ahora que sabían su identidad? ¿como iba a reaccionar el gobierno ante su "juguetito"? ¿podría Tony con su genio caber en el rol de superhéroe?
    A la primera pregunta responde Mickey Rourke. Da la sensación que el descubrimiento de la identidad de Iron Man sólo provocó que un viejo enemigo ruso de la familia armamentista entrara en cólera. Pero parece que la sociedad toma la revelación más como una nueva celebrity que como el acontecimiento que supondría semejante afirmación. Entonces, Ivan Vanko se unirá a Justin Hammer (Sam Rockwell, redescubierto por el film de ciencia ficción En la luna) un emulo de Stark pero sin el éxito (ni las chicas). Hay más apariciones, pero tienen más que ver con la futura saga que planea lanzar Marvel: por allí deambulan Samuel Jackson en su simpático papel de Nick Fury y Scarlett Johansson como la infartante Natalie Rushman. Pero claro, ellos están para condimientar lo que vendrá de aquí a dos años.
    Para la segunda pregunta, Don Cheadle reemplaza con menos carisma a Terrence Howard en el papel del amigo Rhodey, quien, trabajando para el gobierno de USA, deberá intentar que el Howard Hughes moderno entregue su armadura. Por las buenas o por las malas. Armen la secuencia: amigos-enfretamiento- amigos nuevamente y voilá.
    Y la última: para nosotros, la película es Tony Stark, o mejor dicho, Robert Downey Jr. devorándose cada minuto en pantalla y probando que es un gran actor cómico (perdón, es un gran actor: yo lo redescubrí en Zodíaco) con sus gestos y su precisión, su ritmo, para cada chiste. Los demás, con el tiempo que tienen en pantalla, no pueden lucirse mucho. El más perjudicado sin dudas es Mickey Rourke, cuyo personaje tiene un atractivo mucho más grande que el apenas esbozado en pantalla. Pero termina siendo un villano de stock para proporcionar grandes secuencias de batallas robóticas en el último acto.
    El guionista Justin Theroux (de la gran Una guerra de película) inserta como puede todo esto en el film. Las cosas no se van al demonio como en El hombre-araña 3 (la peor del pasado arácnido), y todo se asemeja más a una sucesión de problemas y descenlaces para avanzar al nuevo problema. Es dinámico, pero también es light. Hay varios chistes que por suerte, funcionan y siguen haciendo esta nueva saga, por ahora, un producto atractivo. Eso sí: no existe el comentario político de la película anterior (está bien, hay, pero poco, sin espacio para expandirse) y tampoco esperen grandes cuestionamientos morales acerca de lo que significa ser un superhéroe.
    Por suerte, el director Jon Favreau es lo bastante listo como para nunca pasarse al dramatismo barato ni a la falsa épica. Incluso él se permite un divertido papel que revindica su tono juguetón e infantil (y esto no lo digo para nada en sentido peyorativo). Pero juntar tanto material hace que la compresión dañe al producto final.
    Iron Man 2 sigue siendo una película cómica antes que otra cosa. Es una lástima, sí, que no se anime a más (yo no pido el aura oscura de El caballero de la noche tampoco) y que sólo vuele a la misma altura que su predecesora. ¿Es este un film menor? Sí. Acá ya no existe el factor sorpresa ("que gran performance de Robert Downey Jr.") y tampoco la escalada. La película navega (con un capitán que sabe entretener a su tripulación todavía y cada tanto trata de revertir el caos marítimo) en las tranquilas aguas que sin duda la llevarán al éxito mundial en la taquilla.
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  • Un profeta
    Un profeta
    El Ojo Dorado
    Una de las cosas más impresionantes de esta película francesa es como evita la mayoría de los clichés del (sub)género carcelario y construye una historia potente y cautivante, que a la vez está recargada con comentarios sociales. Desde Expreso de medianoche, la polémica película de Alan Parker, que una película no me conmovía tanto. No quiero decir que Un profeta sea un drama lacrimógeno, para nada. Pero es una fuerte historia de supervivencia y aprendizaje. Sí: es una historia que creemos haberla escuchado. Pero nunca visto. Y menos así.
    Malik El Djebena es demasiado joven cuando ingresa a la prisión. No sabemos por qué, y tampoco interesa demasiado. Sólo sabemos que debe pasar unos 3 años, si se porta bien. Pero portarse bien quizás signifique salir antes en una bolsa de plástico. La vida en prisión tiene sus propias reglas y leyes. Nosotros entramos a ese mundo no como seres inocentes, sino como espectadores que de algún modo u otro, sabemos lo que espera. Audiard juega con eso, y a medida que el relato fluye, se permite mostrar pequeños y grandes engranajes que mueven la vida carcelaría. Entre los pequeños, contamos el tráfico de drogas (especialmente en un divertido montaje con música de rap, Corner of my room) y las coimas a los guardias. Mientras que para los grandes engranajes, se necesitan matones fríos y sádicos. Muchachos que no tienen demasiados sesos, porque les basta con el cerebro de su líder.
    Niels Arestrup, quien trabajó con Jacques Audiard en su film anterior, llena la pantalla con cada aparición. Es el Lord de la prisión. No, el Lord no, es el amo. No sólo controla a los guardias, y aparenta tener mucha más libertad de la que en realidad tiene, sino que escapa a ser sólo una figura temeraria. Sabemos que en el fondo, lo que más ansía es recuperar su vida fuera de los muros. Cuando charla con su abogado, que le informa que todavía tiene un largo tiempo tras las rejas, lo único que acumula es odio. César no es un padrino. No cumple deseos de los demás, sino que los utiliza para sus propios fines. ¿Y qué ganan sus trabajadores? Nada, pero por lo menos no pierden demasiado.
    El mayor acierto de Audiard es conseguir a la vez un relato de iniciación (en este caso, en la vivencia carcelaria) y destrucción, no de una persona, sino de varias. Asistimos con igual de interés a cada historia, sea principal o secundaria. Vemos, en más de un sentido, crecer a los personajes, y ellos nos importan.
    La cárcel se divide en dos grandes grupos: los franceses y los árabes. Una de las mejores películas del 2008 también transcurría en una suerte de prisión para adolescentes, y trataba el tema de la interracialidad que convive en el país europeo. Esta película va un poco más allá proponiendo como héroe a un mestizo. Malik es un árabe, despreciado por los franceses y más que nada por su jefe, César, e ignorado por los árabes, que lo creen francés. Un mestizo que sufre de los abusos de sus razas. En ese crisol, él se tiene que conseguir un lugar. Y en este punto difiere y se diferencia de la mayoría de las películas del género. Hay un crecimiento en el personaje, pero es tan sutil que, para cuando empiece a tomar, literalmente, las armas, la transformación es algo natural y no un simple deus ex-machina.
    Quizás lo que resulte un poco frustrante es el elemento fantástico que tiene la película. Sólo son algunos minutos esporádicos dispersos en el relato general, pero pueden confundir: Malik sueña y habla con su primer muerto. De esos sueños saldrá el título que da origen al film, pero hacia el último tercio descubrimos que el hombre es un profeta, también, por otras cosas.
    Aunque el protagonista es un presidiario, no todo transcurre en la cárcel. Algunos permisos por "buena conducta" le valdrán salidas para cumplir distintos encargos de su jefe. Cada encuentro que mantienen los dos es tensión pura. Es una relación más de trabajador-empleado que de padre-hijo. Luciani es un hombre de temer, pero uno intuye que algo nervioso está ante la pasividad de su nuevo siervo. "Te ordeno que preparés café y lo seguís haciendo" le incrimina, asombrado, el crime boss.
    Uno de los aspectos más interesantes de Un profeta es cómo están construidas las secuencias de acción. Los movimientos y las posiciones en las que se ubica la cámara, le otorga realismo y "suciedad" a las imágenes. Uno de los asesinatos del profeta, no sólo es de los más brutales que haya visto hace mucho tiempo, sino de los más memorables. Sufrimos con el protagonista, y los planos están pensados para aumentar la tensión y el suspenso por cada minuto que transcurre. Esta película es demoledora, cruda, e inteligente.
    Mientras que se puede disfrutar como un relato carcelario, Un profeta esconde varias aristas que permiten varias revisiones. Ni hablar de la química que tienen en pantalla sus dos protagonistas. Basta verlos en el patio, en medio de la nieve, para sentir que las cosas no pueden estar tranquilas por mucho tiempo más.
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  • Hombres de mentes
    Hombres de mentes
    El Ojo Dorado
    Sátira sin gracia

    La película prometía. El trailer e incluso los primeros minutos anticipaban una (posible) gran comedia sobre la guerra en Irak, la locura militar e incluso una ácida crítica a los medios de comunicación (la llamada "guerra de las luces" por televisión). Todo quedó en promesas. Hombres de mentes se siente como si fueran un par de chistes (medianamente) ingeniosos como para reunir a una troupe de actores para que se diviertan un rato. Una lástima, porque tener en un cast cómico a Ewan McGregor, Jeff Bridges y George Clooney, es algo digno de mejores resultados.
    Obi-wan Kenobi es ahora un periodista que, atisbos del destino, terminará con una gran historia en sus narices: un grupo paramilitar estadounidense con poderes psíquicos. Claro que eso bien podrían ser puras patrañas. Allá irá Ewan McGregor/Bob Wilton a investigar. Además, el hombre tenía la imperiosa necesidad de probarse y hacerse necesitar como persona. Así que nada mejor que ir al frente de combate.
    Una vez allí, contará con la ayuda de Lyn Cassady (George Clooney), quizás el único miembro de ese antiguo grupo de soldados hippies que realmente tuviera algún tipo de poder mental. Pero bueno, el tipo tampoco parece estar del todo bien de la cabeza.
    Lo que siguen son un montón de situaciones pseudo cómicas que intentan repetir hasta el hartazgo los pocos chistes funcionales. Por ejemplo: el líder de la antigua banda es Jeff Bridges, el hippie por antonomasia. Eso igual ya lo había probado con su inmortal criatura The Dude en El gran Lebowski. Ok, Jeff igualmente es simpático y lo banco. Seguimos. Ewan McGregor recibe constantes referencias con doble sentido a la fuerza jedi. Gracioso la primera vez. Cuando empieza a ser un término con el que se manejan todos estos lunáticos ya es demasiado.
    El film también acarrea otros problemas (después de todo, decir que resulta gracioso o no es lo más arbitrario de esta crítica): pareciera que quiere abarcar muchas cosas y no abarca ninguna. No es ni una crítica, ni una sátira. Si la comparamos con Una guerra de película, del gran Ben Stiller, esta producción empalidece totalmente. De hecho, pareciera que el guionista se enredó demasiado con las subtramas o que algún editor manos de tijera podó el material que hubiera hecho más interesante el resultado final. No recuerdo ver flashbacks tan largos como los que vi acá. Pareciera que hay un cierto desinterés en la historia principal y como sea hay que llegar a los relatos del pasado por Lyn Cassady, para ver a todos esos soldados extravagantes. Como sea, no existe la mínima cohesión narrativa entre las muchas subtramas que se intentan introducir.
    De todos modos, no todo es malo. Hay varias cosas rescatables: el buen timming que tienen todos los actores (a los ya mencionados, sumamos a Stephen Lang, el militar malvado de Avatar y Kevin Spacey). La fotografía está cuidada (colores saturados, típicos de la comedia norteamericana) y cada tanto ofrece algún imponente paisaje de Irak. De hecho, la mayoría de los rubros técnicos están bien. Hay un tiroteo por las calles de la ciudad arábica que deja la sensación de que si se hubiesen hecho las cosas con un poco más de esmero (principalmente de los guionistas) estaríamos hablando de un producto mayor.
    Al final, parece que esto fue una buena excusa para una reunión de amigos. Por lo que se ve en pantalla, seguro que todos se divirtieron mucho en sus respectivos papeles. Lástima que nosotros, poco y nada.
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  • La cinta blanca
    La cinta blanca
    El Ojo Dorado
    ¿Calma en la superficie?

    Durante una clase de catecismo, una chica aelaman que estará entrando en la adolescencia, trata de mantener la calma entre sus alborotados compañeros. No puede, y es reprendida por su padre, que es además, el profesor y el Pastor de la pequeña comunidad. La chica, cansada un poco por los abusos disciplinarios de su estricto padre, se desmaya. Sabemos, por su manera de ser, que eso no terminará ahi. Habrá una venganza, y será la explosión de odios y reconres, contra un tercero, totalmente ajeno a esos problemas.
    Esa es una de las tantas (sub)tramas que hacen de La cinta blanca (titulada así por el listón que debían usar los niños para recordar la pureza) una película imperdible. Poderosa, tensa, de autor. Pero cuidado: no es para mí la mejor de Michael Haneke. Pareciera que entre tanto decorado, tanto vestuario y recreación de un pueblito de inicio del siglo XX, el alemán director de Caché - Escondido y La pianista pierde un poco el ritmo. El film dura dos horas y veinte minutos, aproximadamente, pero se siente un poco más largo, quizás también por la frialdad del relato y la ausencia de música. Claro que también, el impacto emocional e intelectual que ejerce al terminar, es mucho mayor que la mitad de las películas que acostumbro a ver.
    La idea que propone Haneke es la siguiente: esta acumulación de odio, de resentimiento, es lo que podría haber sido la antesala del nazismo. O de los nazis. La cara de un chiquito hostigado mentalmente por su padre, es una de las imagenes más potentes del año pasado. Podríamos pensar que es el huevo de la serpiente. Tampoco es casualidad la ubicación y el tiempo en el que se ubica la historia.
    La película está en blanco y negro, y su fotografía es imponente. No sólo por los paisajes de la campiña alemana, sino por cada plano que esconde terribles sucesos. El fueracampo siempre fue un arma que Haneke utilizó muy bien. Los mejores momentos son aquellos donde la escencia retorcida y perturbada de Michael Haneke se esparce. Si en Caché la sensación era que el peligro podía estar al acecho, listo para explotar en cualquier momento, acá la sensación es que estamos asistiendo a la génesis del mal, y no podemos hacer nada para impedirlo. Una impotencia que también sufre el joven protagonista, un profesor que sólo quiere construir una prolífica relación amorosa con la jovencita Eva.
    Hay muchas subtramas y casi todas están entrelazadas. Una multiplicidad de voces y miradas que recuerda, un poco, a Robert Altman. Con menos éxito, claro, trata de ir al corazón de las relaciones entre diferentes clases sociales. Uno de estos momentos tiene lugar luego de una pequeña celebración en la mansión del Barón y la Baronesa de la comunidad. Alguien del pueblo, aparentemente no muy contento con los dos, se encargó de destruir toda la cosecha. El mal latente. Una secuencia con un timming fabuloso, y que devela los mecanismo para el ojo ejercitado en el cine del director de Funny games tiene lugar cerca de un lago. El niño rico está alegre con su flauta. Pero el ritmo enloquece a los hijos de los peones. Algo pasará. Seguro.
    Si bien con el correr de los días La cinta blanca creció en mi cabeza, volviéndose cada vez más fascinante, tengo que ser justo y admitir que hay un par de cosas que no me convencieron. En primer lugar, Haneke tienen (o siente) la necesidad de incluir una historia romántica entre dos personajes benévolos, como para lograr la empatía y el calor con el público. Está bien, decididamente no es esta una película masiva, aunque si una más "digerible" que Caché.
    El mismo director se encargó del guión, y se nota en algunas situaciones demasiado explicativas o relatos truncados por una voz en off que es la del protagonista, a una edad mucho más avanzada. Y a veces (sólo a veces) me surgió la incómoda idea del síndrome scorsese: pareciera que con tanta producción, con "tema importante" y actores alemanes reconocidos que se mezclan con nuevos intérpretes (la mayoría de los niños, surgidos de un inmenso casting) para obtener algún premio grande. La Palma de Oro la obtuvo en Cannes, y hasta la nominación al Oscar, en la que muchos predijeron una victoria y asi, una especie de vuelta al reconocimiento de grandes autores extranjeros que son la alternativa al cine de Estados Unidos. Un año más, ganó una película que, por el contrario, se amolda perfectamente al tipo de cine de Hollywood.
    Pero la sorpresa que da Haneke es, como Tarantino el mismo año, utilizar un subgénero que ultimamente rondea lo solmemne e insoportable (pero que parece para los académicos, importante per se, vean sino The reader) y convertirlo en una suerte de despedida inteligente y elegante. Sí, hay muchos directores que ya usaron una temática similar, pero vean este film, y digánme si no les queda la sensación que, al conocer lo que vendrá luego de los créditos, esta vez, la conclusión es el inicio.
    La historia tiene ribetes del policial poco convencional cuando los siniestros aumentan. Desde brutales castigos corporales a los pequeños de la aldea, hasta un granero en llamas. ¿Acaso son capaces los niños de esto? Todos los indicios apuntan a ellos. Y hay algo bastante perturbador en ese pensamiento.
    Pero tampoco los adultos están limpios: el doctor del pueblo sufre un "accidente" a caballo en el inicio. Cuando se recupera, descubrimos que el hombre no es precisamente ningún santo, y razones para atentar contra él, sobran. En ese mundillo de hipocresía, el rey es el Pastor. Lo que lo hace un personaje tan interesante, es, como todo buen villano, que hace lo que cree correcto. Cuando castiga a sus hijos, y los obliga a usar el listón blanco, él cree educarlos bien. Uno de los diálogos finales es una demostración del impresionante actor Burghart Klaußner (quien también trabajó en The reader) y cómo para ese momento, nos creímos hasta el mínimo gesto de su personaje.
    En sintesís, esta gran obra trata de simular la aparente calma en la superficie de las relaciones en ese pueblito alemán. Pero a medida que el relato avanza y se desenvuelve, notamos que la apariencia es sólo eso. Que en el fondo, al agua está fría, helada. Y hay oscuridad. Mucha.
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  • Furia de titanes
    Furia de titanes
    El Ojo Dorado
    ¡Libéranos, Kraken!

    Esta película debería haber sido una comedia. David Zucker en sus mejores épocas, y con un presupuesto mejor aprovechado, seguramente hubiese hecho algo más memorable que esta basura. Los pocos momentos cómicos de Furia de titanes, no logran esbozar apenas la mínima sonrisa: para cuando vienen los esporádicos chistes, uno quisiera que Zeus se canse y large al Kraken y se acabe la película. Para peor (y esto no es spoiler de nada: dos poster y el trailer bastan para figurar todo lo importante que va a acontecer en el film) cuando el dios del Olimpo finalmente decide largar a la bestia, imploramos que los proximos en ser liberados seamos nosotros, pero de la sala del cine.
    No me interesa reprocharle a la película cuan fidedigna es o no con la mitología griega (después del advenimiento de los minotauros, hidras, y demases, a la cultura popular juvenil con los videojuegos, todos son "expertos") sino lo pesada que se vuelve en sus dos horas de duración. Lo que voy a buscar cuando una película se titula Clash of the titans, es una carnicería, un choque furioso y tremebundo entre humanos y monstruos míticos. Algo memorable. Uno de esos trash-films que uno puede ver y volver a ver. En cambio, me tengo que conformar con un montaje rápido que trata de darnos a entender que las criaturas computarizadas y los humanos sobre pantallas verdes se están matando. O algo así.
    Louis Leterrier es un director francés for export. Sus obras más conocidas son la segunda parte de El transportador y El increíble Hulk. Ahora más que nunca se suma a la lógica de: que-no-se-entienda-nada-pero-que-parezaca-acción. Si bien la película de Ray Harryhausen, que inspiró esta remake, no es muy buena (para quien escribe, apenas podría decir que es buena), los muñequitos de plastilina en stop-motion (aplastados en su momento por los AT-AT de El imperio contraataca) generan cierta empatía hoy en día. Nada que ver con cualquiera de las decisiones estéticas de Leterrier: desde las manifestaciones divinas (CGI, carentes de todo lo que hacía "clásico" al cine de Harryhausen), pasando por cualquier set-piece o pieza de vestuario (uno nunca tiene la sensación de ver un grupo de soldados de Argos, sino a un grupo de extras barbudos), hasta la armadura de Zeus, una vomitiba bola de boliche que más bien parece un viejo televisor Magnatech mal sintonizado.
    Supongamos que alguien lee esta review y quiere saber de qué trata Furia de titanes, y supongamos que este crítico no quiere hablar de lo vergonzo del guión, de cómo se resuelven los problemas (y cómo se generan). Entonces, uno tendría que hablar de algo así: Sam Worthington el avatar/marine, humano/máquina de Avatar y Terminator: La salvación es ahora un humano/semidios. No se dejen engañar: a pesar de la cara de bronca que simula tener todo el tiempo, Worthington es un tipo carismático. De madera (y acá va más valoración para Avatar) pero un héroe de acción. Como sea, Perseo quiere vengar a sus padres, muertos por la intervención divina (de Hades, el dios del inframundo) y además, puede probarse y salvar a la ciudad de Argos del caos total cuando Zeus libere al Kraken. El elenco lo completan Oskar Schindler y Amon Goeth como Zeus y Hades (o Liam Neeson y Ralph Fiennes), Gemma Arterton (la chica de los 5 segundos de fama en Quantum of solace) y Mads Mikkelsen como el desconfiado Draco. Estos son parte del grupo que lo acompañará en la travesía. Están además los extras que sirven para morir, y dos cazadores que tratan de ser el alivio cómico (que Leterrier maneja sin pulso, algo que sabía hacer Sommers en las dos primeras partes de La momia).
    El viaje los encontrará con criaturas computarizadas, escorpiones gigantes, seres sin carisma, brujas que practican la futurología (y deben ser parientes del hombre pálido de El laberinto del fauno) y algún rey deforme. Nada más. Si uno espera minotauros, centauros, titanes colosales y acción, mejor que alquile Hércules, la película animada de Disney.
    Si hay algo por lo que Furia de titanes será recordada es por su utilización del 3D. Cuando todavía a James Cameron le cuesta convencernos de que el 3D no es el resurgimiento de una simple atracción de feria con el único fin de acrecentar ganancias, Furia... se encarga de confirmar todos los males de este sistema. Realizada en 2D, convertida en postproducción a 3D, la imágenes horrendas que vemos en pantalla parecen sufrir parte del mestizaje de su protagonista. Por un lado, hay claros efectos (al principio y al final) como para justificar la conversión al 3D. Por el otro, todo el film es tan chato, carente de profundidad y de imaginación, que uno se pregunta por qué nadie en la postproducción pensó primero, en tratar de pasarla a 1D.
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  • Un sueño posible
    Un sueño posible
    El Ojo Dorado
    Manual de aprendizaje para el buen cristiano.

    Esta película es dañina. De veras. No sólo porque parece más un panfleto ideológico antes que una película, sino porque sus personajes tienen tanto carisma como los de cualquier publicidad de la pasta dental que deja los dientes más blancos que nunca. Es un festival de clichés, que en vez de conmover logra que uno sienta vergüenza ajena. Algunos diálogos y situaciones están tan, pero tan subrayados, que de existir una calificación para géneros cinematográficos como "infantil", Un sueño posible tendría un lugar bien asegurado.
    Poco me importa cuán fidedigna es o no. Es como decir que cierta abominación cinematográfica es buena porque "el doctor de verdad curaba con la risa". El cine es cine, y si para que una película sea buena hay que buscar elementos ajenos a ella, entonces, no es una buena película. Eso no quiere decir que uno no pueda hacer comparaciones con una determinada realidad. Sólo que no se tiene que basar totalmente en ella para justificarla. Aclaro por si alguien se ataja de este fiasco diciendo "está basado en una historia real".
    La cosa es así: un adolescente negro, grandote como un ropero, y muy callado (y todos suponen que sin todas las luces en la cabeza) con un pasado turbio (con la original idea de mostrar flashbacks de segundos donde está llorando) se encuentra, gracias a Dios, con una mujer cristiana, rubia y de clase alta. Sandra Bullock, en el papel que seguramente le valdrá el Oscar a Mejor actriz. Este personaje es como si aquella mujer ricachona y prejuiciosa de Crash: Vidas cruzadas, después de caerse de la escalera, se hubiese vuelto una discípula del Papa.
    Adopta como suyo al chico este. Claro, el joven no se siente del todo cómodo al principio. La familia, que parece estar siempre feliz, siempre bien, sin matices ni lados oscuros, lo acepta enseguida. Le enseñan el american way of life o sea, mamá fue porrista, y ahora tu hermana también lo es. Papá fue un crack del fútbol americano, y se espera que vos y tu hermanito también lo sean. Claro, también son cristianos, buenos repúblicanos que detestan a los rednecks, pero son tolerantes.
    De entrada, sabemos que esta película pertenece al subgénero de deportes. De allí viene el título: el "lado ciego" es el punto que un jugador de fútbol americano debe cuidar de sus compañeros. Un metáfora tan simple y obvia que se repite hasta el hartazgo. Cuida a tu familia. Ella te cuida a vos.
    Hay un par de secuencias, que lejos de conmover, causan vergüenza. Una de ellas es así: Big Mike (así le dicen a este chico negro) está en su nueva casa, mirando un libro donde en la portada, se ilustra el cliché de la familia unida, alrededor del pavo del Día de Acción de Gracias. Big Mike añora eso. Al otro día, Anne (Sandra) ve a Mike comer sólo a la mesa, apaga la tele y reúne a su familia. Van a cenar el pavo todos juntos, y diciendo la bendición del día. O sea, lejos de estudiar ese cliché instaurado en la sociedad, y hacer una crítica sobre cómo afecta a quienes no tienen la oportunidad de tener una familia, la película lo reafirma.
    Otra de las secuencias bastante flojas, involucra a un redneck que vocífera durante un partido, en contra del jugador negro. La resolución de la secuencia, con mamá Anne poniendo los puntos sobre las ies, es patética. En esta película, los malos son malos y los buenos son buenos. No hay puntos intermedios. Y da la impresión, que salvo por algunos pequeños desajustes sociales (como el "rival" del partido o algún pobretón del barrio) todo iría bien, gracias a cualquier vecino cristiano que se aprecie. Ah, hay un detalle imperdible: la camiseta del equipo de Big Mike denuncia el nombre del equipo "Crusaders" o los "Cruzados".
    Las mejores película sobre deportes, no tiene como protagonista al partido, sino a todo el entrenamiento. Al preparamiento físico y psíquico anterior. Un sueño posible apenas esboza esto.
    Hay además, momentos políticamente correctos, como la pequeña y sutil crítica a Bush en la "administración que se demora". No digo que la película sea falsa, o hipócrita, porque desconozco las intenciones del realizador. Quizás todas sea buenas, pero de intenciones no se hace una película.
    Al enfocarse más a un drama familiar, sobre la aceptación, el rechazo, y la inclusión social, uno espera un producto más inteligente. O cuando no, funcional (en este caso, el melodrama no da en las teclas indicadas y se revela trunco ante cada dispositivo para emocionar). Hay frases del tipo "Nosotros no lo ayudamos a él. Él nos ayudó a nosotros" o "Protege a tu equipo, como si me protegieras a mí". Y no sigo, porque como dije al principio, leer y escuchar eso, es un poco dañino.
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  • Número 9
    Número 9
    El Ojo Dorado
    Cuerpos sin almas

    Esta película está basada en un corto de animación, que fue nominado al Oscar en el 2005 (y que se puede ver haciendo clic acá). Ese cortometraje se desarrollaba en un mundo desolado en el cual sólo 3 seres tenían vida, y gracias a sus almas. Bah, uno de ellos se encargaba de robar el alma de los demás. Mutismo absoluto de parte de los protagonistas, que aún así no necesitaban del habla. Era claro cuando tenían miedo y cuando investigaban. Lo que se sugería, era mejor que un voice-over o intertítulos explicativos. Después de todo, la imaginación del espectador se disparaba y así uno podía oscurecer (o no) más la historia.
    En el largometraje, la misma historia se alargó, y se le agregaron más detalles. Pero eso no necesariamente es algo bueno. Primero, la idea del mundo devastado acá se explica: una especie de gobierno fascista, comunista o alguno de esos gobiernos que alteran la paz y el orden mundial, en su afán por desarrollarse y ser la potencia bélica número 1º, llevó al mundo a la ruina. Sólo quedan muñequitos de trapo creados por un científico, que guarda algo muy valioso. Y para hacer(les) la vida imposible, están las máquinas primas de Skynet, la malévola computadora de la saga de Terminator. Cómo revive la máquina principal y para qué los muñecos tratan de encontrar el mcguffin de la película (una especie de disco recolector de almas) es algo desintencionadamente gracioso. Digamos que el caos se desata por la misma "misión" de los héroes, para que estos tengan, ahora sí, la misión de restaurar el equilibrio. O algo así.
    Los puntos más altos de Número 9 no son tanto los aspectos técnicos (que están bien) sino el diseño de todas las criaturas, desde las afiladas garras de los siniestros robots (con secuencias "shockeantes" para una película "para chicos", título molesto si los hay) hasta el diseño de los muñequitos de trapo, que reflejan sus personalidades. Pero, aún así resulta muy difícil conectar con cualquiera de estos personajes. No sólo porque sus movimientos y párpados (y ojos) son muy de stock, carentes de cualquier atisbo de gracia y humanidad, sino porque el doblaje (en inglés, según esta crítica) no hace otra cosa que empeorar todo.
    Los distintos actores-estrellas que pusieron las voces son John C. Reilly, Elijah Wood (Happy Feet), Jennifer Connelly y Christopher Plummer (también la voz de Muntz en Up). Será que uno está acostumbrado a sus voces, puede ser. Será que cada voz se siente distintate, que el voice-acting es débil, y que parece una grabación en un estudio de sonido, donde cada uno grabó en un día distinto, seguro. No sé si fue así, pero poco me importa: las voces no suenan como si fuesen las de dos personajes dialogando, sino que lo hacen como si fueran dos actores recitando líneas para cobrar el cheque de turno.
    El lado bueno de la película es su medianamente innovadora apuesta por el género de acción animada. Las correrías, explosiones y escapes al borde de la muerte están bien. Pero toda la película carece de alma. Una lástima, si uno se pone a pensar que bien podrían sacrificar un par de muñequitos más para que el film este tenga algo de vida.
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  • Loco corazón
    Loco corazón
    El Ojo Dorado
    Sin lugar para los dramas (en exceso).

    Loco corazón sería un estreno directo a DVD, si no fuera por la presencia de Jeff Bridges. No es que sea una mala película, pero toda la historia uno ya la sabe de memoria: antihéroe adicto al alcohol, con problemas familiares y sentimentales, que tiene la oportunidad de redimirse. Acto seguido, la nueva caída y la recuperación (o no) final. Sin ir más lejos, el año pasado, pudimos disfrutar en los cines de El luchador, esa película donde Mickey Rourke resucitaba como un tipo golpeado, en más de un sentido.
    Está bien, el film tiene nombres además de Jeff Bridges, pero sinceramente, Maggie Gyllenhaal nunca me terminó de convencer como la reportera que se enamora de Bad Blake. No digo que esté sobreactuada, sólo que me pareció un poco en piloto automático: una carita de felicidad por acá, una carita de llanto por allá, y listo. Al Oscar. Pero bien distinto es lo que sucede con Bridges. Si la película tiene un corazón, loco, lleno de sangre, capaz de hacer creíble a su protagonista, darle vida, identidad, y que nos interese lo que sucede, es el de Jeff Bridges.
    Ok: no es The dude, ese mítico personaje por el cual debería haber ganado el Oscar en su momento. Pero Bad Blake (o Blake el Malo...) es otra gran composición del actor la primera remake de King Kong. Aquí, cada plano parece favorecerlo. Ya sea que ponga su atención en su salvaje y descontrolado cabello, o en su mirada cansada y llena de arrugas, uno siente al verdadero músico (aclaro: esto no es ninguna biopic) en pantalla. Algunas de las claves de Bridges, para que aceptemos a sus personajes, pasan por pequeños detalles como un cinturón desatado, o el mal aliento que se sugiere siempre que anda cerca. Parafraseando a Johnny Deep/Ed Wood: Bad Blake viviría con ese tipo de problemas todos los días. O mejor dicho, haría a su esencia. Si en El gran Lebowski Jeff era el antihéroe de los '90, un tipo vago en Los Ángeles, ahora es una mezcla, un pariente lejano, del dude con Randy The Ram Robinson. Uno puede suponer, que seguramente Blake fue un votante de Bush en su momento, y hoy es más bien, un republicano de los más pasivos. Y esto no es un pensamiento aleatorio: si el espectador imagina moementos del personaje más allá de lo que se muestra en pantalla, es porque tiene piernas, tiene vida propia.
    Bad Blake es un cantante de música country. Su hora de éxito ya pasó, y se dedica a cantar en pubs o en pequeños bowlling alleys para sus fieles seguidores, tan avanzados en edad como él. Cada tanto aprovecha el fanatismo de alguna seguidora. Noche tras noche regresa a su hotel de mala muerte donde se emborracha. Pero la historia, tan trillada como sabemos, no hace tanto hincapié en los pesares del cantante. Sino más bien, es un reflejo del sentimiento de un artista de música country. No caben dudas que algunos de los momentos más placenteros son cuando Bad se encarga del hijito de la reportera. La química que los une es real. Si la relación amorosa principal falla o se siente falsa, es por culpa de la hermana de Jake Gyllenhaal (más allá de todo el cliché que pueda haber en sus frases).
    Pensemos en Tommy Sweet, la nueva estrella de la música country. Fue instruido por Bad Blake, y parece que hace años no se hablan. Ahora, en el camino a la recuperación, Bad deberá aceptar ser su telonero. Y el encuentro entre ambos, quizás casualidad, quizás no, evade el cliché. Uno esperaría una actitud más reacia o resentida entre ambos. Por el contrario, se saludan reconciéndose viejos amigos. No dura mucho: los diálogos que tienen son de lo más explicativo y torpe de todo el film.
    Están Robert Duvall por allí y hasta Ryan Bingham, productor y compositor de la música del film, que verdaderamente es bonita. No sé si es la mejor canción original del 2009 (justo en el año en que se iban a poner más exigentes, los académicos, a mi gusto, nominaron 5 canciones que no iban a tener mucha vida más allá de su película), pero The weary kind resume un poco la sensación que tenemos al terminar de ver Loco corazón. Nos parece haber escuchado algo más bien del montón, pero con el tiempo crece en nuestra memoria.
    El director del film es el mismo guionista, Scott Cooper. Es su ópera prima, según IMDb. Aquí, calificamos de acuerdo a nuestro gusto, y según como la película evoluciona en nuestra cabeza con el pasar de los días. No voy a decir que ser la ópera prima le quita o resta mérito, pero sin dudas, me impresionó la manera en que maneja el ritmo. Si bien todo es un festival de lugares comunes, Cooper sabe evadirlos, nunca dramatizarlos en exceso, y centrarse en pequeñas vivencias de su gran protagonista. De esta manera, la película deja de ser otra historia de redención, y no sólo por Bridges, que sin duda, paga la entrada. Los momentos que más recordamos, son los de regocijo de Puede que alguien que no haya disfrutado el film se encargue de decir que sin Bridges era un estreno directo a video (o más cínico: un telefilm y punto). Pero el formato en el cual iba a estrenarse una película no debería importar (El camino de los sueños, de David Lynch, estaba pensada para televisión) sino cuánto disfrutamos cuando vemos el producto terminado. En otra realidad, sí, sería un telefilm que habría pasado sin pena ni gloria. Pero estamos hablando de nuestra realidad: hoy es una película, grande, con sus torpezas, pero entretenida al fin y al cabo.
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  • La isla siniestra
    La isla siniestra
    El Ojo Dorado
    Una isla a la que nunca llegamos.

    Scorsese es un cinéfilo. Un amante del cine, y principalmente, de las películas de Hitchcock. Y, mucho mérito del (re)descubrimiento de Vértigo, la mayor película del rey del suspenso, se deba al director de Toro salvaje (*Nota: En el día de la publicación de esta crítica salió un juego bastante interesante, justamente, sobre el proceso de restauración de los films de Hitch por parte de Scorsese, lo pueden ver acá). Se suponía que este, entonces, con La isla siniestra brindara un espectáculo de terror y suspenso manífico, un homenaje tan grande como algunos de los títulos previos del director. Incluso, podríamos agregar, que al haber ganado el Oscar por Los infiltrados, Scorsese estaría todavía más tranquilo y haría no tanto una película personal, sino un blockbuster inteligente y atrapante, estilizado y entretenido. El problema es que de estos adjetivos, la película sólo es una módica narración de suspenso con un tercer acto para nada sorprendente. Y sí, el estilo es lo que más importa, porque uno nunca se siente en la isla del título, sino más bien mirando un módico ejercicio de adaptación de otra obra más del autor de la novela Río místico.
    Los homenajes a Scorsese parecen más que nada para distraer al cinéfilo nerd, para que se la pase diciendo "ah, mirá, esa toma es igual a la de Psicosis" o "acá DiCaprio hace lo mismo que Cary Grant al final de Intriga internacional". Porque el resto de la película tiene un ritmo más propio de un thriller más, que, como Hollywood manda, tiene uno de esos finales que harían a Night Shyamalan babearse por arruinar.
    El primer acto cuenta la llegada de Teddy Daniels, el ofuscado detective interpretado por Leonardo DiCaprio (quizás, más cercano ahora a Howard Hughes que en la biopic El aviador) a la isla para criminales dementes. La llegada es lo más memorable del film: se nos presenta al protagonista y su compañero llegando a la fantástica isla del título a través de una niebla que parecería cruzar a otra dimensión.
    Él detective acarrea problemas y bastante trágicos: su mujer (Michelle Williams, ex mujer en la vida real y mujer en la ficción de Heath Ledger en Secreto en la montaña) murió calcinada por un pirómano. Las cosas se vuelven más turbias cuando Teddy sueña, en sus periódicos viajes oníricos a su vida pasada, con ella, quien le asegura que el criminal está encerrado en la isla. Pero su deber no es vengarse, o pelear con fantasmas del pasado, sino encontrar a la paciente Rachel Solando. Misteriosamente, se "desvaneció" del instituto de máxima seguridad. Lo que sigue es una pesquisa de parte de Teddy (nunca abandonamos su punto de vista, claro) para tratar de descubrir la verdad. Pero las cosas se complican, cuando empezamos a sospechar que quizás todo el instituto podría ocultar algo más tenebroso. Macabro, incluso (es esencial, que toda la paranoia esta viene en plena caza de brujas, superada la guerra contra el nazismo). Y para peor, Teddy es un hombre problemático. Sería el paciente/experimento, perfecto.
    Creanmé, pero con la sensación de peligro o paranoia en una isla con interminables tormentas, locos con cara de asesinos (bueno, todos lo son), antihéroes que dejarían normal a Travis Bickle a su lado, y dos monstruos de la actuación como Ben Kingsley (Gandhi, La lista de Schindler) y Max von Sydow (El séptimo sello) como doctores siniestros, plus un DiCaprio bastante psicótico, uno debería aferrarse a la butaca del suspenso que provocaría cada esquina, cada rincón sin luz de La isla siniestra. Pero no. Uno siente que está en una isla totalmente artificial. Que todo es puro artificio. Si sacamos los actores y la psiquis de los personajes, el estilo de Scorsese (esa edición impactante) se nota apenas un par de veces: bueno, también están los errores de continuidad que intentan hacer "sucia" una película que está mucho más cerca a Pandillas de Nueva York que a Taxi Driver.
    No le recrimino al director haber optado por un enfoque más digerible, mientras me brinde una buena historia de suspenso. Pero acá, en cada plano, cada efecto digital, se nota el artificio. Se delata en la estructura del guión, que es previsible (y sin adelantar nada, ¡basta de matar niños Dennis Lehane!), en la llegada a la isla, con una banda sonora no original que intenta reforzar la idea de la oscuridad subyacente y no lo logra (sí quieren ver algo aterrador, y con una banda sonora que lo potencia, miren El resplandor, de Kubrick).
    Hay una revisión del nazismo, pero es mucho menor a la de Tarantino, que hace unos meses parecía decir basta a la solemnidad de las películas sobre la Segunda Guerra Mundial. Acá, Martin al principio parece un poco afectado por el maniqueísmo de Hollywood, pero después unta todas las subtramas, para que tengan mayor relevancia. Pero ese también es uno de los problemas: la película quiere decir tantas cosas que al final, dice pocas.
    Parece que Scorsese, tan apegado al cine de los '50 quiso reconstruir su escencia. Algo así, como, citando de nuevo a otro director-cinéfilo empedernido, Tarantino con el grindhouse en A prueba de muerte. Pero ambas películas comparten los mismos efectos y defectos: las dos son más que prolijos ejercicios estéticos que intentan copiar un estilo, pero también carecen del factor humano, de la conexión emocional con el espectador. Da la misma sensación estar en la isla tenebrosa que arriba del Dodge furioso. O sea, lindo para ver. Nada más.
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  • Un maldito policía en Nueva Orleans
    Reyes de los excesos.

    Un ejemplo de remake. En una época donde abundan las fotocopias de películas bastante buenas (o no: abundan remakes, de todo tipo) y franquicias que se (re)inician sin la mínima idea ignífuga, Wener Herzog presenta una película que tiene fuerza, inteligencia, y posibilidades (por mi parte, más que bienvenidas) de convertirse en una franquicia.
    Terence McDonagh discute junto a un compañero del trabajo (Val Kilmer) acerca de la posibilidad (o no) de salvar a un prisionero en medio de la inundación por Katrina. El escenario es Nueva Orleans, retratada como nunca con sus exóticos animales (cocodrilos e iguanas, que cobran vital importancia para la película) en medio de un paisaje devastado, desolado y arruinado. La fotografía está llena de azules y rojos intensos. No parece haber espacio para grisis o colores suaves. Así es el nuevo mundo en el que este policía se mueve. A propósito: Terence tiene un particular forma de moverse, y eso se debe a esta crucial secuencia inicial. Podríamos decir que tiene el karma está presente en esta película, que deja al hombre con un dolor de espaldas terrible, y lo convierte en un rengo adicto a la cocaína.
    El andar reptiloide del teniente no es lo único que lo hace tan característico. También la línea que lo separa del bando de los delincuentes. McDonagh no es un Harry Callahan que hace justicia por mano propia. Parece que sólo le interesa hacer lo que sus instintos indiquen. Es parte de la flora y fauna de la (nueva) Nueva Orleans. Va para la salida de los boliches. Espera a que alguna parejita sospechosa salga y los detiene. Roba la droga que tengan encima, y para colmo, abusa de la chica adelante de su pareja. Pero el placer no es sólo eso: el joven debe ver el abuso. Es un tipo encorvado, de andar raro, personalidad más ambigua aún, y con un revolver totalmente exagerado (no digo que no sea real). Y cada uno de sus actos parece jugarle en contra. No puedo más que esperar películas tan buenas como esta con otros "llamados portuarios".
    Algunos se sentirán casi tan abusados como el joven por pagar una entrada de cine y tener que bancar a Nicolas Cage en el papel protagónico, haciendo gestos totalmente desmesurados. Pero la realidad es que no me imagino otro Terence McDonagh que no sea Nicolas Cage. Sí, para mí también la mayoría de las apariciones del ganador del Oscar son insoportables. Y si la película es mala, la hace peor. Pero cuando un director inteligente sabe aprovechar los defectos de Nicolas, y los usa para un fin concreto, el tipo se luce.No digo que merezca una nominación al Oscar ni mucho menos, sólo que su personaje es bastante peculiar. Desmesurado. Histriónico. Como la película, encaja justo. En este caso, el llamado es en Nueva Orleans, donde Terence debe resolver el asesinato de una familia, presuntamente ligada a la droga y a un traficante llamado Big Fate (el rapero Xzibit). Mientras tanto, debe arreglar su situación personal: deudas por apostar (con un maniático Brad Dourif), una novia porstituta (Eva Mendes) a la que defiende de hombres demasiado poderosos y también cuidar de un perro y un chico. Aunque eso último es parte del llamado del deber.
    Quien espere un thriller rápido y barato, de esos que podrían equipararse con el fast-food que sólo deja dolor de estómago, no va a encontrarse con lo que esperaba en esta película. No es un relato caótico, pero sí desmesurado. Convergen en la trama el policial, la comedia (con un par de líneas que quedarán, con algo de suerte, en la historia del cine, como "His soul is still dancing!" y "Ain't no fucking iguanas"), y hasta la reflexión sobre el cumplimiento del deber.
    Werner Herzog es un gran director (Aguirre, la ira de Dios) que durante la última década se la pasó dirigiendo impresionantes documentales (uno de ellos, debió ganar el Oscar: Encuentros en el fin del mundo). Su sensibilidad para registrar pequeños detalles (y enamorarse de ellos) se nota en cada primer plano que hace a los lagartos que polulan por los edificios y carreteras de Nueva Orleans. Es un nuevo y apreciado enfoque a una ciudad que ya bastante trillada estaba (sí, acá también están los típicos pubs y la música soul, pero no se presentan como postales, sino como cosas habituales). Sólo basta con escuchar la excelente banda sonora de Mark Isham (Crash: Vidas cruzadas) y deleitarse con este héroe tan torcido, tan imperfecto.
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  • Donde viven los monstruos
    Un reino problemático

    Max es el rey de su propio mundo. Atravesó tempestuosos mares para llegar a una tierra recóndita y enfrentarse a enormes, gigantes y atemorizantes monstruos. Pero su mayor enfrentamiento tuvo lugar en un lugar mucho más común y menos anecdótico. O no. Max es apeñas un niñito revoltoso: pero no es malo. Contruye un fuerte con hielo, y se tirando bolas de nieve a los amigos (y novio) de su hermana, a quien él ama. Siente recelo de la nueva pareja de su madre (no sabemos que es de la vida de su padre) y cada tanto, se pone un poquito loco, saca el salvaje de adentro, y practica lucha libre con su perro.
    Por eso, que Max llegue a una isla llena de monstruos no signfica pavor para él, sino casi, un lugar que ya conoce. Después de todo, cada una de las criaturas que conocerá y con las que compartirá momentos emotivos, no son más que extensiones o analogías de su propia vida. Aunque la ambigüedad fantasia/realidad sobre lo sucedido tiende a ser menor que en otras películas, uno no puede dejar de ver todo como la cosmovisión, la intromisión en la cabeza de un chiquito. Con sus miedos y alegrías.
    Spike Jonze es el director de una las mejores películas de la década pasada. En El ladrón de orquídeas, nos metiamos de lleno en la mente de un atribulado guionista. Y también viviamos las emociones del resto de los personajes. Ahora, este director de algunos videoclips memorables, se dispone a meternos en la cabeza de Max. Ya desde los títulos de las productoras queda claro, cuando vemos el logo de WB tachado y reemplazado por "A movie by MAX RECORDS".
    Que Jonze es un buen director, no lo niego. Aquí se nota en la performance de Max Records (hablando ahora del actor). Hay que saber manejar a los niños, y muchas veces ellos son buen indicador del trabajo con actores de un director. De hecho, si uno quisiera alegar más a favor de Jonze, podría hablar sobre el tono arriesgado de la película que, para este crítico, es algo frívolo. Es toda una apuesta en una película para chicos tratar las decepciones infantiles (mejor dicho: humanas) y problemas contempóraneos de una manera tan melancólica y hasta oscura. Uno de los momentos más bellos del film, y que explica un poco esto que quiero transmitir, tiene lugar en medio del desierto. Max y Carol (el monstruo con el que establece la relación más estrecha, y el que lo coronó rey) empiezan a hablar sobra la fugacidad de las cosas, del mundo y de la vida. De hecho, el lugar no es casual. Ese desierto solía ser algo. Ahora es sólo arena. Todo pasa, con mayor o menor rapidez. Y en eso, Max habla sobre el Sol, más específico: sobre la muerte del Sol. Y su enorme y peludo amigo no lo puede creer. Él es grande, enorme, y Max es el rey. ¿Cómo se pueden preocupar por una cosa tan chiquita como el Sol?
    Yo no tendría problema si la película más o menos mantuviera ese tono (o ese nivel de poder emocional) todo el tiempo. Pero parece que la adaptación falla un poco acá. Asistimos a juergas entre los monstruos, rituales, peleas de barro, e incluso a la construcción de un edificio al tono de la música empalagosa (o mejor dicho, que en el film empalaga) y a ritmo de videoclip de Karen O. Pero la película se hace un poco larga.
    Jonze decidió no hacer tanto un film para chicos sino uno para adultos. Y también declinó convertir a los monstruos en monigotes CGI para que, siendo trajes reales, su textura no fuera artificial y permitieran una conexión emocional mayor. Aquí otra de mis críticas: si bien es algo bueno, no dejan de parecer muñecos cuando corren, saltan o se tiran bolas de barro. Mientras más quietos están, mejor.
    La clave del film es ver todo a través de los ojos de Max. Hay emociones encontradas, y nada parece demasiado seguro. La pelea de barro que en un momento es puro regocijo, se convertirá en algún que otro llanto, malentendido y terminará por opacar cualquier atisbo de felicidad. No importa en que lugar se encuentre Max. Aprenderá que en ninguno las cosas son exactamente como él quiere, por más que sea rey. "La felicidad no es la única manera de ser feliz" dirá un monstruo al joven mandatario. Y quizás el no lo entienda, como el público más joven, pero es algo que Max aprenderá en el transcurso de la vivencia en la isla. En todos lados hay peligros, preguntenlé a Dorothy, la chiquita que tenía que cuidarse de la Malvada bruja del Este, sino.
    En el cuento de Maurice Sendak, era claro que Max se embarcaba hacia lo más profundo de su imaginación para escapar no de un drama familiar mayor (para nosotros) sino de un reto de su mamá. No salía de su habitación, pero cruzaba el océano y llegaba a una isla misteriosa. Los monstruos lo querían comer, lo terminaban adoptando como rey, y cuando llegaba el momento, él los abandonaba. "Te comeremos, no te vayas" decían los melancólicos bichos. En las ilustraciones, ellos eran una combinación de diferentes animales (claro, para los chicos todo tiene cara de perro o gato, como en La historia sin fin). Y había un dato para nada menor: la luna, cuando Max comenzaba el viaje, estaba media llena. Al llegar estaba completa.
    Ahora, para mí el relato es más emocionante y entretenido (y corto) que toda la película. Pero bueno, tampoco está tan mal.
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  • Un hombre serio
    Un hombre serio
    El Ojo Dorado
    Cuando todo está mal, puede estar (y estará) peor.

    El prólogo de Un hombre serio, la nueva película tragicómica de los hermanos Coen, ratifica su habilidad narrativa. Saben como construir secuencias y captar nuestra atención, para ir generando un climax que generalmente suelen rematar con humor negro. En esta ocasión, vemos como una pareja judía recibe una maldición, según la mujer. El marido fue visitado por un espíritu maligno. El desarrollo y la conclusión de esta mini-historia es una rotunda prueba de por qué los Coen son unos grandes cineastas. Uno podría argumentar que el humor negro a veces es excesivo, demasiado malicioso y cruel (como en la insufrible Quémese después de leerse) y otros festejarán la "inteligencia" para crear tales situaciones.
    Sin abandonar ninguna de las marcas autorales que vienen generando (desde la malicia contra sus sufridos personajes, pasando por el equipo técnico, los planos, y los terceros actos "inconclusos" hasta el diálogo punzante y mordaz) hicieron la que podría ser, hasta ahora, su película más personal. Es una suerte de Ley de Murphy exagerada en la vida de un judío, Larry Gopnik (Michael Stuhlbarg). Todo lo que puede salir mal, saldrá mal. Larry es un profesor de física al que las cosas no le empiezan a salir bien. Su mujer quiere divorciarse, que Larry cumpla el ritual, de lo contrario sería una gett. El hombre por el que lo va a dejar es Sy Abelman, un tipo entrado en años y fuera de forma. No sólo quiere el divorcio: también le pide a Larry que abandone el hogar.
    El profesor de física también debe afrontar otros problemas: su hijo está a punto de hacerse hombre en su Bar Mitzvah y a escondidas, fuma marihuana y le debe dinero a un compañero del colegio. Su tío vive también en su casa, y para colmo, está medio loco. Y tiene problemas con la policía. Sy Abelman no para de aconsejar a Larry sobre cómo tomar este momento de separación, y su voz tranquilizadora no tiene, precisamente, el efecto deseado. Ah, y tiene que además, arreglar la antena de su casa.
    En la escuela las cosas no van mejor: un alumno coreano quiere sobornar a Larry para que cambie una nota (una F, con la cual no puede conseguir la beca). Larry se altera y dice "Todas las acciones tienen consecuencias". "Quizás" responde el coreano. "No, en esta oficina, las acciones siempre tienen consecuencias". Ese diálogo, como muchos de la película, tiene una importancia fundamental para el tercer acto, que es, a ojos de este crítico, uno de los más emotivos y potentes de los Coen, impulsado por el tema Somebody to love, de Airplane. Además, el profesor tiene problemas económicos, y una serie de cartas anónimas pone en duda su continuidad laboral.
    En la búsqueda por la ayuda, Larry recurrirá a distintos rabinos. Mientras que alguno es muy joven y sólo complica aún más las cosas, otros son muy viejos y ya no lo quieren atender. El protagonista duda de la existencia de Hashem, Dios, y cómo este obra. Su vida es una catarata de desgracias. Sin embargo los Coen se permiten diálogos emotivos como el del hermano de Larry (Arthur, o Richard Kind) que parecen vivir en un mundo más complicado. No es una simple solución del tipo "la vida de este es peor" sino, solo una visión más.
    Si el personaje de Woody Allen en Dos extraños amantes o Hannah y sus hermanas se sentía siempre perseguido, paranoico y reflejaba el estado emocional de un judío neoyorkino, los Coen tratan de ir un poco más allá, y fieles a su estilo (sin el matiz romántico de Allen) dejan fluir todas las calamidades sobre Lawrence. Este, además, mientras trata de digerir todos los problemas, se encuentra con otros nuevos. Su vecina que reposa al Sol desnuda, es una tentación para él. Al mismo tiempo, la familia de ella, parece no ser del todo amigable con los judíos (o así lo imagina él).
    Si bien hasta ahora todas son loas para la película, el puntaje debe ser también, razonable. Para empezar, los Coen decidieron narrar todo de manera episódica. Casi como el cuento del principio con el dybbuk. Algunos "episodios" están más logrados que otros. El relato del dentista y el goy, por ejemplo es más memorable que el montaje paralelo que es desconcertante (en un mal sentido) del accidente automovilístico. Eso también quita un poco del poder emocional a la película. Pero de todas maneras, el ignoto Michael Stuhlbarg, con pequeños detalles, como ojeras y el pelo despeinado se encarga de darle continuidad orgánica a todo el relato. No sólo eso, el actor logra transmitir humanidad en medio del hermetismo típico de los Coen (algo que sólo grandes actores, como Jeff Bridges en El gran Lebowski, consiguen). Decididamente, merecía una nominación al Oscar.
    En cuanto a los rubros técnicos, todo está más que bien. La música fría y casi apocalíptica de Carter Burwell congenia de manera estupenda con el estilo de los directores de Educando a Arizona. Roger Deakins demuestra una vez más por qué es uno de los directores de fotografía más grandes con vida. Y los Coen, hacen una más que buena película. Algunos abrazaran esta historia tan personal, ubicada en la década de 1960, en Minnesota. Otros, encontrarán una de las más herméticas y cerradas películas de los hermanos, fría y cruel (y los que festejan su ingenio, por el contrario, verán una de sus pequeñas joyitas). Polarizadora de audiencias, sin duda.
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  • El imaginario mundo del Doctor Parnassus
    Caos en la vida de un narrador.

    El cine de Terry Gilliam es bastante peculiar. Sus películas son amadas u odiadas (últimamente, más odiadas que amadas). El director puede dar rienda suelta a su poder de imaginar mundos alteras y piscóticos que a veces, funcionan y terminan por sumir al espectador en una experiencia surrealista y sensorial. Brasil, una de las más polémicas obras del director, trataba sobre una víctima de un Estado totalitarista, y si bien el nivel de disparate era alto, en el tercer acto todo se desmesuraba. Pasión por la fantasía y lo caótico, algo que también agrada en 12 monos, aquella ficción con Bruce Willis.
    Durante el rodaje de la película, Heath Ledger falleció y Gilliam sólo contó con la mitad de su papel rodado. Casualmente, eran todas las secuencias "reales" del film. Para saber a qué me refiero, vale la sinopsis de la película.
    El Doctor del título es un monje de miles de años de edad, un inmortal, que vive apostando contra el diablo (una carismática creación del músico Tom Waits). A través de los siglos, estos seres estuvieron apostando almas humanas. Parnassus tiene un espejo mágico que, al cruzarlo, refleja la imaginación del (o los) visitante(s). También es controlado en parte por el mismo Parnassus y el diablo, que intentarán convencer a cada uno de que vaya para su lado. Hasta la llegada de Tony, un hombre al que la compañia ambulante del inmortal salvó del suicidio, las cosas no iban bien. No sólo porque ya nadie parece interesado en el mugroso y anticuado show, sino porque la misma banda de fenómenos (entre los que se encuentran la bonita Lily Cole y el cómic relief de la película, Verne Troye, Mini-me en la saga de Austin Powers) carece un de un show-man. Ese es el papel con el que juega Heath Ledger.
    Según Gilliam, el papel y el guión no sufrieron modificaciones notables a pesar de la muerte del protagonista (aunque algunos diálogos en el Imaginario parezcan indicar que sí). El papel de Tony, que algunos podrán ver como un ángel (está siempre de blanco) salvador del teatro ambulante y callejero, tiene varios matices, y muchas caras. Y no sólo porque cada vez que cruce al Imaginario sea un rostro literalmente distinto. Vale aclarar que con la muerte de Ledger, Gilliam recurrió a sus amigos para completar el material. Así tenemos a Johnny Depp, Jude Law y Colin Farrell (los cuales, salvo el último, no tienen considerable tiempo ni protagonismo en pantalla).
    Uno no se puede quejar de que se rompa algún tipo de conexión emocional con Tony al cambiar de rostro, porque sinceramente, no creo que se produzca con algún personaje. No es algo necesariamente malo: la película no trata de ser sentimental, sino, puramente visual. Quizás no tanto, porque la trama está plagada de giros inesperados (un tanto caprichosos e incomprensibles) como para dar el tercer acto tan típico del director de Pánico y locura en Las Vegas. Si bien en la historia hay romance y rendención, el acento está puesto (y debe ser donde el lector se enfoque, si quiere disfrutar la película) en el vasto despliegue visual y fantástico del universo imaginario. Gilliam es un artista, y se nota en cada edificio, construcción, o detalle que tengan sus personajes. Desde mundos conformados por láminas desiguales hasta árboles de madera y escaleras que van hacia las nubes, pirámides que simbolizan el camino hacia Dios, o la purificación del alma. Una obra menor suya, es más original que el resto de las películas promedio.
    El problema con todo el relato es, justamente, la narración. Es totalmente caótica. Y en esto, Gilliam profundiza sus errores. Por todos los aciertos que tiene el film (que son bastante y agradables) también uno siente la truncada y esforzada narrativa. Desde los flashbacks que carecen de mucho sentido, hasta las tragedias que sufren sus personajas. O el desarrollo de la película, que quiere abarcar mucho y termina apretando poco y nada. Ejemplos hay a montones. Como las visitas al Imaginario, que en un primer momento son impresionantes, para luego ser repetitivas y arbitrarias.
    Es obvio que Gilliam se identifica con los artistas londinenses callejeros que protagonizan su relato. Y va por más: se anima a decir que el universo, el cosmos, el orden, funciona gracias a que siempre hay una historia por ser contada. Perdón, una historia que se cuenta en ese mismo momento. Parnassus es Gilliam. Es un narrador, que pone enfásis en las imágenes del relato, pero se olvida que para que las imágenes se complementen, debe haber una fluidez notoria con lo que uno cuenta.
    Mirando la película, me preguntaba si haciendo más abstracta la "historia" no hubiese sido más productivo para todo el film. Para sentir una experience totalmente surrealista, bella, y bien trabajada (todos los actores están bien, algunos más, como el gran Christopher Plummer). Digo, las alegorías se notan sin necesidad de remarcarlas, y por lo que uno se lleva de "la historia" (la película parece una sucesión de secuencias creativas, pero que no siempre encajan) no sería demasiado problema. Después de todo, para ser inmortal, Gilliam tiene al cine. Y seguramente nos cautivará con una obra maestra. Por ahora, sólo es un show aceptable.
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  • Desde mi cielo
    Desde mi cielo
    El Ojo Dorado
    Lejos (lejísimo) del paraíso.

    Cuesta creer que el director que supo entregarnos una de las mejores trilogías de la década (y de la historia del cine) falle tanto con una película. No sólo errores (u horrores) para narrar la historia, sino también estéticos y morales. Desde mi cielo es un melodrama sobrepasado de CGI, tonto, pretencioso e insoportable. Salvado por algún atisbo de humanidad, producto del esfuerzo titánico de sus protagonistas.
    Basada en la obra homónima de Alice Seabold (best-seller hace unos años), cuenta la historia de una chica de 14 años brutalmente violada y asesinada. Sin ser una obra maestra (y los errores que tiene, la película los acentúa), Seabold retrataba una familia que se fragmentaba y decaía ante una tragedia tan grande. La muerte de la pequeña Susie Salmon resquebrajaba a la familia. Era un drama fantástico (hablo del género, no es un elogio) ya que la chiquita, desde una especie de purgatorio, vigilaba a su familia. Y también a su asesino, el vecino, George Harvey. En ese lugar, sus deseos materiales se hacían realidad, pero sin embargo, la chiquita sufría el haber perdido el contacto humano. No importa que tuviera un edificio de dos pisos sólo para ella: la gran ausencia, su familia, era irrecuperable.
    Muy poco de lo bueno de la novela llega en esta pobre adaptación. No sentimos el drama. La música (poco original, comparándola con sus trabajos anteriores) de Brian Eno, y los paisajes CGI no son suficientes para conmover. Se produce el error que se sentía en la trilogía de los anillos. En esas películas, nos costaba conectarnos emocionalmente con los personajes. Aquí también, y por el ritmo con el que se suceden las cosas, es practicamente imposible sentir algo. Parecen disparadores de situaciones (y alusiones) bobas y obvias (presten atención a la secuencia de la flor). Hay una chica muerta, pero a los minutos de película la vemos disfrutar en ese purgatorio CGI mientras un montaje nos muestra a su (¿desolado?) padre feliz, porque sabe que ella está en un lugar mejor (y no estoy citando las frases textuales, que comparan la muerte de esta chiquita con el encierro de un pingüino que "no está solo, está en su propio y perfecto mundo"). Mark Wahlberg tiene que hacer grandes esfuerzos para convencernos de la mitad de sus escenas, y mientras que en algunas lo consigue a medias, en otras falla (parece alguien demasiado perturbado cuando supuestamente está "asimiliando" la muerte).
    Todo el contendio de "fantasmas" de la película tampoco ayuda. El "intermedio" en el que está Susie es un pastiche animado por computadora. No sé si se debe tanto al presupuesto o a las técnicas (¿de verdad este hombre dirigió Las dos torres?) sino más que nada a una elección estética. Que no deja de ser artificial y fea. Hay secuencias donde la protagonista intenta fundirse con el mundo de los vivos que, francamente, dan vergüenza ajena (¿de verdad este hombre dirigió Criaturas celestiales y Muertos de miedo?).
    Podría nombrar, entre las malas elecciones estética el vestuarios de los protagonistas (o colores super brillosos en la fotografía y tantas otras cosas...). Parece que la película pide a gritos que se entienda como un drama de época setentoso. Y no lo digo sólo por la elección de Brian Eno para la música, sino también por los abundantes elementos "referentes" que hay en pantalla y hacen que todo parezca un circo (y no de los buenos). Desde los ruleros inmensos en la cabeza de Susan Sarandon hasta las cámaras Kodak con rollos.
    Todo en esta película está subrayado y sobredimensionado. Desde la molesta voz en off que pone en palabras lo que está en imágenes, hasta los montajes paralelos que apenas tienen algo de coherencia.
    La película de todos modos sirve para aprender de varios errores. El que se me ocurre ahora, es qué mostrar y cómo. Hay películas que muestra un asesinato y es sólo por morbo, está mal, claro. Otras, no lo hacen y resultan ofensivas (¿se acuerdan La caída?). Esta película no muestra el brutal asesinato de la chica, lo cual es un grave error. Porque lo que le sucede es una tragedia. Se tiene que ver, porque de otra manera, si lo que sigue es un montaje donde la vemos feliz (sin recuerdos del homicidio) corriendo y jugando por un mundo perfecto, hay algo que está mal. Muy mal. Pareciera como si no hubiese sido la gran cosa. Es más, como si su asesino le hubiese hecho un favor.
    Hablando del asesino, Stanley Tucci es lo más rescatable del film (junto con Saoirse Ronan). Pero aunque Jackson se esmera en crear un personaje memorable, el asesino sigue siendo unidimensional. De todos modos, esas cosas me permiten seguir creyendo que esta película es una mancha ligera en la carrera de un gran cineasta.
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  • Preciosa
    Preciosa
    El Ojo Dorado
    Una muchacha inmensa.

    Preciosa se estrenó en el festival de Cannes y recibió aplausos, que duraron 15 minutos. La película del debutante Lee Daniels recibió elogios de la crítica norteamericana, y finalmente acabó cosechando varias nominaciones al Oscar, incluyendo Mejor película. Eso no significa que la crítica (más que nada, en nuestro país, como se puede ver en las calificaciones acá arriba) no haya generado polémica. Como Slumdog millionaire un año atrás, a Preciosa se la acusa de pornográfica, hipócrita, bastarda. Algo de razón hay, pero también hay elementos que la redimen. Para este crítico, tal como Slumdog millionaire, la película tiene sus defectos pero también sus aciertos.
    En primer lugar, basta la sinopsis de la película (o la mini-biografía de la protagonista) para intuir el por qué de la cólera de quienes la defenestran. Preciosa es una joven negra, obesa, que vive en Harlmen en la dédaca de los '80. Se encuentra embarazada de su segundo hijo (el primero nació con síndrome de down), es semi-analfabeta, la expulsan de su escuela, es violada por su padre y violentada por su madre. Debe recurrir y mentir en la asistencia social para que el Estado siga dándoles dinero. Y tiene 16 años.
    Esto que parece un compendio de desdichas, a primera vista, sí, resultaría lastimoso y pornográfico. Es decir, lo que nos interpela a mirar la película es qué desgracia (hay muchas más por venir) le va a tocar a la joven. Es como uno de esos talk-shows que rozan el patetismo. Acá no va la excusa de "denuncia social" o "realismo crudo" porque, obviamente, todo esto está aggiornado (y hasta acá comparte con Slumdog... que también tenía pobreza glamourizada). Una buena película se sustenta no por sus intenciones, sino por cómo están llevadas a cabo.
    Si uno quiere ver una historia moral y éticamente bien relatada, podría ver Taxi driver, que es una de las joyas del cine. Acá en Preciosa por más que la fotografía a veces sugiera cierta "suciedad", no deja de verse todo como espectáculo. De ahí también otro de los grandes puntos flojos de la película: La elección de estrellas como Lenny Kravitz y Mariah Carey para roles secundarios. Sí, la cantante está irreconocible. Pero tal como Paula Patton (la protagonista de Déjà vu, de Tony Scott), ambas hermosuras estan muy bien disimuladas. Es más, a Mariah la cubren con maquillaje y prótesis para que no se parezca a la pop-star. Hay un rasgo que ambas comparten: a las dos les disimulan las tetas. No es un dato menor: habla de la ética de la película. Recurre a nombres famosos que podrían ayudar en la taquilla, pero se ocupa de afearlos para que sea "serio". Eso puede ser acierto o fallo. Para, mí, es lo segundo.
    Sin dudas, el peso de Preciosa está en las dos protagonistas principales. Ambas nominadas al Oscar. Son Gabourey Sidibe como Clarice "Precious" Jones, un tour de force, una chica que pelea por algo que está más allá de las miserías de la película. Cada plano trata de abarcar (no sólo) la inmensidad física de la protagnista, sino su espíritu combativo, su nobleza y su empuje para tratar no de salir (quizás, en la nota pesimista, no tenga salida) sino por superar ciertos obstáculos. Si de historias de underdogs se trata, siempre es bueno remitirse a Rocky, ese clásico donde el perdedor peleaba contra sí mismo antes que contra otros.
    El rol del antagonista lo ocupa Mo'Nique, quien seguramente gane el Oscar a Mejor actriz de reparto. Si bien su personaje por momentos ronda el cliché (y algun detractor se resguardará diciendo que la película vive en el patetismo y cae en el mismo lugar que Norbit). La madre de Preciosa es una mujer desocupada, que se pasa todo el día sentada mirando la televisión. Guarda rencor con su hija, a quien maltrata y golpea siempre que tiene la oportunidad. Quizás la transfomación de Mo'Nique no logre convencer a todos, pero basta la secuencia con la asistenta social (no con el personaje de Mariah Carey, sino antes) para ver qué bien manipula la mujer sus emociones y a su personaje.
    Hay algunas secuencias donde Preciosa escapa en su mente de los momentos más terribles. La idea no es original, pero por lo menos sirve para que el film no se rogodee con algunos abusos. De todos modos, los momentos más duros parecen ser aquellos donde la joven golpeada se quiebra. Es una chica que tiene que ser mujer a los tumbos. Habla poco, no sabe leer, y apenas dirige una mirada. Tiene sus fantasías, pero a veces debe "terminar" las fantasías de su madre. Tiene un ideal de justicia y de belleza, con el que sueña, pero no por eso deja la realidad. Tiene esperanzas en el fondo, aunque sabe que quizás esté confinada.
    La película tiene sus fallas pero también tiene sus aciertos. Aunque en el tercer acto despiste un poco más (con llantos y redención, sin adelantar nada, incluída), Preciosa no es una mirada cínica y despiadada de gente "bien" sobre "probes desafortunados". Lee Daniels es un hombre negro y gay. Quizás haya sentido parte del rechazo y la marginación que tuvo la protagonista (tampoco hay que ser crédulo: es el productor de Cambio de vida) pero su mensaje aflora entre todos los errores del film: la esperanza es lo último que se pierde.
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  • El Hombre Lobo
    El Hombre Lobo
    El Ojo Dorado
    El hombre bobo.

    Esta película resulta una gran decepción. No es que el director de Jurassic Park 3 me creara muchas esperanzas (Rocketeer, una de sus más tempranas producciones, está bien), pero tenía la esperanza que Joe Johnston ofreciera un espectáculo más que digno. Un revival del viejo cine de terror de Universal, con una estética y ritmo moderno. Con un buen rendimiento en taquilla (aunque esto es independiente de la calidad del producto, algunas veces), quizás podríamos ver a diferentes directores que, buscando redimirse, continuara con la chispa que encendiera esta película. Y así, actualizar clásicos de terror.
    Claro, todo eso se esfumó al cuarto de película.
    Para empezar, cuando esperaba "ritmo moderno" no me refería al ritmo de videoclip cercano a las carnicerías filmícas de la escuela de Michael Bay. Es ahí donde se refugia la película: un montaje vertiginoso, que a veces apenas tiene sentido y con sonido rompetimpanos (como para que los golpes de efecto carentes de imaginación funcionen).
    El hombre lobo toma algunas cosas del original de Universal (que, aunque no fue un fracaso, nunca tuvo secuelas directas, que no sean crossovers) como la relación amorosa entre el Lord inglés Talbott y Gwen Conliffe. Se toma varias licencias, claro, y nunca termina de definirse entre una película de terror estilizada y un slasher medio pelo como hay que aguantarse hace varios años. En esta producción, Benicio Del Toro cumple el rol del inglés y el licántropo. Aunque no parece una de las mejores decisiones para el papel que tiene Lon Chaney Jr. en el clásico, Benicio aporta la figura para el hombre. Sólo eso. Porque, como el resto del elenco, en especial Anthony Hopkins, cada tanto sobreactua. Y es que algunas exageraciones de la película así lo ameritan.
    El único híbrido acá no es el personaje de Lawrence Talbot (hijo de John Talbot, en una clara referencia a la original) sino toda la película. Y no es que Joe Johnston sea un genio y haga toda la película así a propósito. Son los mismos problemas de la película. Tenemos secuencias oníricas que dan vergüenza (y ni hablar del famoso flashback), con Benicio gritando que va a matar a todos antes de transformarse en un lobizón CGI que parece unos cuantos años atrasados (quizás se tomaron muy en serio el siglo decimonónico) para después andar flirteando con al viuda de su fallecido hermano. La muchacha, en la piel de Emily Blunt, no pierde tiempo. No la voy a juzgar, pero con lo bien que le queda el escote a Emily, bien podría dejarse de pavear con este tiempo lleno de problemas y salir a buscar algún otro Lord que no se convierta en un monstruo que no se decide entre textura real o virtual.
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  • Enseñanza de vida
    Enseñanza de vida
    El Ojo Dorado
    Camino que has de recorrer...

    Esta película es como una de esas pequeñas joyitas que uno encuentra, disfruta, y con el tiempo vuelve a ver con el mismo cariño que la primera vez. Es una historia romántica bien contada, con personajes queribles y actuaciones memorables. Hay una gran atención por el detalle (noten cada mirada, cada gesto) y una gran química entre ellos. Quizás en el último acto (o mejor dicho, en los últimos minutos) todo se convierta en un desfile de clichés con enseñanzas de vida incluídas (y ahí justifican un poco el pomposo título con el que se tradujo en este país).
    La historia es sobre una chica de 16 años, Jenny, linda, inteligente y energética. Mucha de su energía la vuelca en los libros. Estudia para conseguir un lugar en la prestigiosa universidad de Oxford. Su padre (estupendos en su trabajo Alfred Molina) quiere que ella asegure su futuro. Nada de escuchar música francesa o dejar las prácticas de violín. Ella debe encajar en la etiqueta de Oxford.
    Jenny es estupendamente encarnada por Carey Mulligan, una chica que sabe como enamorar al espectador. Solamente con una sonrisa y algunos tics esnobs (las frases en francés que ni ella sabe por qué las dice) puede comprar a cualquiera. Una de las secuencias claves de la película, y donde consigue sin dudas, la mejor tensión romántica, se produce cuando la jovencita sale de la escuela. Llueve, y la chica está empapada con su violonchelo (nota al margen: quien escribe está encantadisímo con la pronunciación inglesa de ciertas palabras, que sale de la flema inglesa de estos actores). Pero en ese momento aparece David (Peter Sarsgaard) un bon vivant que maneja un Bristol deportivo y es, claro, el móvil a la sofisticación y la vida de lujo. No hablo del auto, sino del concepto del personaje de David. Es lo que la muchachita llena de estudios necesitaba. Nada de compañeros temblorosos ante la presencia familiar. O de una vida de clase media condenada al esfuerzo fútil. Ese encuentro tan romántico bajo la lluvia (con una fotografía predominantemente azul) es la clave, el punto de inflexión en la vida de esta chica con ganas de vivir y aprender lo que no está en los libros. De ahí el título en inglés, que también viene de los dichos de la verdadera protagonista Lynn Barber (en base a sus memorias se elaboró el guión de la película).
    El relato se constituye luego por el misterio, el romance, y el suspenso. Está, claro, la iniciación sexual, pero no se profundiza demasiado. Uno sospecha que el pretendiente de la adolescente inglesa puede tener otras intenciones. Ella también, pero la sonrisa de David y sus modales hacen que uno acepte su guiño y sea cómplice. De todas maneras, vale aclarar que esta no es una película de asesinatos o violaciones (por si alguno resaltó la palabra suspenso) sino de un amor, podríamos decir, platónico. Y no el de Jenny con David, sino el de Jenny con una idea, un estilo de vida. En este aspecto (y en el ritmo, el trato) la película es un drama elegante y sutil sobre el lugar de la mujer en la Inglaterra de los '60.
    Los actores son, quizás, el punto más alto de Enseñanza de vida: basta un par de miradas, gestos o intercambio de palabras para saber, intuir, que sucede entre ellos. Miren sino la tensión erótica que hay entre Jenny y Danny, uno de los amigos con dinero y estilo de David.
    La película se llena de esos pequeños, pero intensos e inteligentes momentos. No abusa del montaje ni la música (que es muy buena) para subrayar una idea. Es dinámica, simple, y "chiquitita". Casi como la joven Mulligan, una actriz a tener en cuenta.
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  • Vivir al límite
    Vivir al límite
    El Ojo Dorado
    El nuevo héroe de acción.

    La cámara de Kathryn Bigelow no deja de moverse. No es que la directora de Punto límite no sepa que así nunca puede construir suspenso o empatía con los personajes. Como la buena escuela de Paul Greengrass, el movimiento pseudo-documental agota físicamente (sí, leyeron bien) al espectador. Y sabe cuando parar, aminorar el ritmo y crear suspenso. Es algo elemental si estamos hablando de una película dividida en secuencias de acción que involucran (en su mayoría) a un grupo que desactiva bombas en Irak.
    Lejos de abordar la guerra en Irak desde una visión más política, Katrhyn Bigelow ofrece una excelente película de acción antes que un panfleto pro o anti-guerra. Eso no quiere decir que de diversas interpretaciones (como la que aquí se puede leer) refuten cualquier especulación política o ideológica (¡¿que sería si no tuviera carga ideológica?!).
    El protagonista es William James (atención a este nombre: Jeremy Renner) un marine que desactiva alguna de las más complicadas bombas en Irak. Es un sujeto temerario. Es la afirmación de la frase con que inicia la película "La guerra es una droga", del periodista norteamericano (corresponsal de guerra) que también es el guionista, Mark Boal. Will ve una bomba, y encuentra un desafío. Cada vez que debe desactivar una, se juega la vida. Y la de sus compañeros. Pero poco parece importarle. Que el hombre es eficaz, no hay dudas (desactivó casi 300). Su ingenio, su hábilidad para pensar como su enemigo lo hace un soldado ejemplar. Sin dudas, con más tipos como este, EEUU ganaría la guerra. El problema es, desde luego, que la adicción a la adrenalina lo hace un peligro para sus propios compañeros. Es por lejos, uno de los personajes más interesantes, duros y complejos (hay un flashback en la película, que agrega todavía más matices) que haya visto el cine bélico. Es también uno de los más originales.
    A Will no lo motiva la venganza, el honor a su patria, o la defensa de su familia y nación. Sólo le interesa encontrar un nuevo y letal desafío. No puede estar quieto. Guarda una caja con distintos detonadores. Son las cosas que pudieron haberlo matado. Entre ellos está su anillo de bodas. Will es humano. Establece relaciones con otros (un chico iraquí llamado Beckham, por ejemplo), pero su actitud es tan extrema, que sólo consigue choques con el sargento Sanborn (una espectacular interpretación de Anthony Mackie, que merecía una nominación al Oscar). Este es un buen tipo, con intenciones nobles. Pero no soporta a William, y tampoco, sospechamos, soporta la guerra. Aún siendo un tipo duro, sabemos que preferiría estar en cualquier otro lugar menos ahí, en Bagdad, protegiendo a un psicópata que pone en riesgo su vida.
    Howard Hawks decía que una buena película tiene 3 o 4 escenas buenas y ninguna mala. Con Vivir al límite cuento más de 3 o 4. Una involucra una de las explosiones más memorables del cine. Otra, el lazo de vida y muerte que une a Sanborn/James (y una de las más tensas de la película). El traje de protección que parece salido de un viaje a la luna (de hecho, la primer secuencia sugiere que estos muchachos no están en la Tierra). Podría seguir (la secuencia donde no se puede quitar la "suciedad" bajo la ducha) pero no quiero adelantar muchas cosas.
    La cámara de Bigelow es una de las más virtuosas que se puede ver en cine desde Vuelo 93 o El ultimatúm Bourne, con el agregado que acá, la directora de K-19 aminora los ritmos cuando es debido para que nos compenetremos con los personajes. Así mismo, los puntos de vista no sólo significan estados de ánimo de los protagonistas, sino también la ubicación de los enemigos. Y ese es otro acierto: nunca hay un enemigo presente y claro en la película. Sí, sospechan de varias personas. Y la cámara revela posibles escondites, donde quizás, se esconda el arquitecto de las bombas. Pero nunca sabemos con certeza. Es una paranoia constante. La cámara se mueve. Parece un documental, pero no lo es. Nos agota, y cuando estalla una bomba, lejos de sacudirse aún más, se inmoviliza y un super slow-mo muestra todo el poder devastador de la explosión.
    La fotografía, a cargo de Barry Ackroyd, es una de las más grandes justificaciones contra la piratería. Como debe ser. No sólo porque la mayoría de los encuadres (principalmente cuando la cámara está quieta) son poderosos (Will levantando las bombas escondidas) sino porque tiene una alta definición impresionante. El detalle del polvo que se levanta por las ondas expansivas es algo digno de ver en la pantalla grande (ni hablar del sonido). Además, pone en escena a otro protagonista. Uno que ya pasó por varios clásicos (Lawrence de Arabia, El bueno, el malo y el feo) y convierte a los hombres en Hombres. En leyendas. Es el calor, claro. Ya sea en el desierto de Arabia o en el de México (o en el de Irak, como es el caso), el calor toma un lugar importante en la historia. De nuevo, cito esa secuencia fundamental contra los francotiradores. Allí, en medio de la nada se forja el compañerismo.
    Pensar que la justificación principal de Avatar es ir al cine porque en televisión pierde mucha potencia, y ver (y escuchar, sentir) cada momento de Vivir al límite (en cine, potenciado), una película independiente del 2008 no hace más que coronarla como la mejor candidata para el Oscar. Una película arriesgada, inteligente, técnicamente impecable (atención a la metatextualidad de la soberbia banda sonora que evoca una de las mejores películas del 2007). Un triunfo para el cine.
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  • Invictus
    Invictus
    El Ojo Dorado
    El partido de sus vidas.

    La última película de Clint Eastwood es otro testimonio de las cualidades de este auteur norteamericano: personajes que buscan redimirse o ayudar al prójimo, relación de padre/hijo o maestro/alumno, una dirección "clasicista" (abundantes planos medios, historias chiquitas) y también es una reafirmación en los rubros técnicos: la fotografía con tonos bajos, la música minimalista, y grandes personajes interpretados por actores igual de grandes.
    La figura central del film, Nelson Mandela, después de sufrir el apertheid y ser electo como presidente, generó revuelo en Sudáfrica. Por un lado, muchos lo veían como un terrorista, por el otro, como uno de los suyos que asumía el más alto mando político. Blanco(s) y negro(s). Cualquier similitud con la realidad de los EEUU no es mera coincidencia. Pero no hay que equivocarse: no es que el republicano Clint Eastwood esté embobado con Obama y haga una película para defender su administración. No. Clint hizo una película sobre el liderazgo, y en menor medida, el deporte y la política. Quizás este último sea el aspecto menos logrado.
    Mandela es un hombre que, a ojos casuales, podría parecer demasiado bueno. Sin aristas que lo hagan más vulnerable. Pero eso sería una visión superficial. Morgan Freeman tiene una más que merecida nominación al Oscar: Si Mandela no es unidimensional (por más que esté descripto así en varias biografías y en el libro en el que se basa la película El factor humano) es porque Freeman, hace una tarea titánica y transmite las emociones y dificultades del primer mandatario negro. Si consigue eso, es porque el trabajo es más interior que exterior. Y no es fácil. Sí, también ayuda la mimetización propia de las biopics y el acento sudafricano que hace, como su compañero Matt Damon. Y el actor de la saga Bourne, trabaja más que bien: es el capitán del seleccionado de rugby de Sudáfrica, François Piennar. Su tarea es levantar un equipo que va de mal en peor. Y para colmo, no sólo pende de un hilo la clasificación al mundial, también está el fervor por el rugby de los blancos que se sienten amenazados por el gobierno nuevo. Y los negros, que creen que las derrotas servirán para socabar con el uniforme del seleccionado que apoyaban sus carceleros y represores.
    Entonces, con esta panorama, la película plantea el conflicto interno de un mandatario bastante perspicaz que utiliza el deporte para fines políticos. No hay nada de malo con ello. El problema en sí es que, a pesar de ser más prolija y menos polémica que otros trabajos de Clint (se me ocurre El sustituto) esta película no deja de tener momentos poco inspirados y que son demasiado clisé. Cuando François Piennar lleva a todo el equipo de rugby por las celdas donde estuvo aprisionado Mandela, hay una especie de flashback que conecta a ambos (y donde se pronuncia el leit motiv de Nelson). Parece una secuencia de otra película. Sí, ya sé que las últimas películas de Clint tienen "secuencias que atentan contra toda la película" (la visita de la familia en el hospital de Million dollar baby, el electroshock en El sustituto).
    El título, orignario del poema de William Ernest Henley (la famosa frase que se repite, sobre el liderazgo), no podía ser más certero: esta historia (basada en el guión de Anthony Peckham, guionista de Sherlock Holmes) trata sobre los residuos de la Sudáfrica post-apertheid. Tiene varias historias secundarias, de las cuales la más rescatable es la de los custodias. Pero sin embargo (y aunque la película no es lo que se diría "corta") queda la sensación que se podrían haber profundizado más ciertos personajes. Parece más interesante la evolución de la familia de Piennar, que la del propio protagonista (y dejando de lado que si su discurso antes del partido decisivo nos emociona, es por la calidad de Matt Damon). Quizás falten cosas que haga a la película más jugada. Con más errores, pero más personal.
    A pesar de las críticas que pueda hacer, Invictus me parece una de las mejores películas de deportes (y acá, un comentario sobre este subgénero: las mejores películas de deportes no son sobre deportes) de los últimos años. Sí, el mensaje es importante, pero parece demasiado edulcorado (e increíblemente, hasta blando) por momentos. Es interesante el tema que plantea (como se interrelacionan la política, el liderazgo y el deporte) pero al cabo de unos cuantos minutos, el tema parece diluirse y acabar en una historia de aceptación y discriminación. Una lástima, teniendo en cuenta que el director de Río místico nos ofreció una de las más grandes películas sobre discriminación de los últimos tiempos (o dos).
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  • Tierra de zombies
    Tierra de zombies
    El Ojo Dorado
    Reinsertarse en un mundo de zombies.

    Uno de los protagonistas de Tierra de zombies, está desesperado por Twinkies, unos bocadillos rellenos. El tipo está en medio del apocalipsis y sólo quiere disfrutar, una vez más, esa comida. Habla sobre los pequeños placeres que hay que disfrutar. Bien podría ser el comentario sobre la misma película. No es que Tierra de zombies sea ni la pionera ni la mejor comedia con muertos vivos (acaso la mejor es Muertos de risa) o la más original (eso corresponde a El amanecer de los muertos, de Romero). Es sólo una muy buena propuesta para divertirse un rato. Y no está mal.
    La trama involucra a 4 "excluídos": Columbus, un adolescente sin familia, un nerd flacucho que se debe haber escapado de Supercool; Tallahassee, un cowboy recio cuyo deporte favorito es matar, de las formas más intrincadas posibles, a los zombies (algo que inventó Romero en la secuela antes mencionada), cuando no es buscar pastelillos; Wichita, una femme-fatale de armas tomar, que será el interés romántico del joven protagonista; y Little Rock, la little Miss Sunshine Abigail Breslin. Cada uno de los actores están más que bien (todos tienen química, y eso se agradece), principalmente Jesse Eisenberg, que repite el rol de Adventureland: Un verano memorable, como el pibe de corazón grande aunque un poco torpe. Es algo así como Michael Cera en la película de iniciación de Greg Mottola (bueno, en la anterior película de iniciación de Mottola). Y ojo, que Tierra de zombies detrás de su fachada de película de humor negro, también esconde una simbosis de road-movie con las recién nombradas películas de iniciación. No hay que olvidarse que el protagonista es un perdedor cuya relación con las mujeres nunca termina bien (la primera vez que tiene una chica, es un zombie). Y tampoco el condimiento extra: cada uno de los individuos de esta película es un excluído. Y en medio del fin del mundo, tienen la oportunidad de comenzar de nuevo, y consagrar una familia.
    Tampoco es que la película centre toda su energía en hacer un drama familiar (de eso, poco y nada, salvo que los personajes realmente se sienten vivos) ni en provocar angustia o sustos. Ahí restamos: el clímax es flaco, y desentona con el resto de la película, quizás por no jugarse un poco más y guardar cosas para la secuela (a esta altura, ya se sabe que es en 3D). La rara mixtura (y funcional) del debut de Ruben Fleischer en la dirección se da en la película cómica y chiquita (más cercana a Adventureland que a Supercool o alguna de la factoría Apatow) con zombies. No conté cuánto tiempo aparecen en pantalla, pero acá los zombies son bien secundarios. No es que alguno de los mejores gags no los involucren, pero la verdadera gracia la tienen (como debe ser) los protagonistas. Algunos de los momentos más inspirados analizan la psiquis de estas 4 personas en un panorama similar al de Soy leyenda: que hacer en un mundo donde todo está permitido. Desde las originales muertes a los no-muertos hasta los "descargos" contra objetos inanimados.
    Tierra de zombies está más que bien como una comedia. Ofrece buenos momentos (en especial, toda la secuencia en la mansión de Bill Murray) y es como un parque de diversiones. Sus personajes nos importan, y ese, quizás, sea el mayor mérito. Nos concentramos en los desencuentros amorosos del joven miedoso, aún cuando está todo lleno de muertos sedientos de carne humana.
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  • Nine
    Nine
    El Ojo Dorado
    Desastre del desastre.

    Borges, sobre Borges para millones: era una sarta de disparates. Me llevaron a un estudio, me hicieron sentar en un sillón y me anunciaron: "Ahora usted va a ver pasar sus fantasmas". Yo no tengo fantasmas, les dije. "Sí, sí —me insistieron— esos fantasmas que recurren en su obra". Y entonces me dijeron que había un señor disfrazado de bucanero, otro disfrazado de vikingo, otro disfrazado de compadrito y una mujer disfrazada de odalisca, que representaba el libro de Las Mil y Una Noches. Y esos... no sé... giraban... y yo tenía que mirarlos. "No ponga cara de asombro" me dijeron. "Sí —dije yo— estoy efectivamente asombrado y me retiro inmediatamente. Qué tengo yo que ver con esta murga". Me levanté y me fui.
    Citar a Borges para la crítica de esta bazofia "oscarizable" parace ser demasiado. Pero la verdad es que mientras veía Nine, una película basada en la obra homónima de Broadway ganadora del premio Tony que a su vez se basa en el clásico de Fellini, 8 1/2, no podía dejar de recordar al célebre escritor.
    Todo lo que tenía de sutil la película de Fellini está exagerado aquí. O mejor dicho, banalizado. Desde el bloqueo creativo de Guido Contini (Daniel Day-Lewis, que para hacer su papel sólo tuvo que pensar en qué estaba trabajando), un director italiano cuya relación con las mujeres siempre fue significativa para su obra y su vida. En el enfoque del musical de Broadway/Marshall cada relación con una mujer adquiere aires solemnes insoportables.
    En 8 1/2 hay una secuencia (memorable, como toda la película) donde Guido, en un sauna, "doma" a sus mujeres. Es cómica e ingeniosa. La música es importante (cómo olvidar los compaces de Saraghina en medio de la rebeldía...) es más: 8 1/2 es musical. Nine, en cambio, arranca con Kidman, Cruz, Hudson, Fergie, Dench, Cotillard y Sofia Loren mirando con cara de pavas (pero ojo, una mirada con reproche incluído) a Guido. La falta de imaginación a pleno. Es más, pareciera que la revolución estética del film de Fellini sólo incluye un par de anteojos y sacos (que, por las dudas, se encarga de repetir infinidad de veces una canción) y los sets a medio terminar. ¿Los sets? En Nine utilizan siempre el mismo pero con distinta iluminación.
    Ok. La película está basada en la obra de Broadway más que en 8 1/2. No veo, entonces, por qué no puede tener canciones memorables. Para más datos: La canción más "pegadiza" es un injerto innecesario de los guionistas (entre ellos, el fallecido Anthony Minghella) sobre una periodista de Vogue (bueno, la película tiene tanta trascendencia como una tapa de revista de modas) que, claro, seduce a Guido, y repite "Cinema italiano" hasta que nos entre por los poros. Ah, y más vale que se acostumbren a la gracia de esta película (y a la sutileza), porque, como "il cavaliere" italiano, parece que si uno es italiano (y no tiene bigotes y no es Mario Bros) es un latin lover. Y sino, queda claro con la canción "Be italian" (otra de las "mejores": ¡qué nivel!) que se encarga de repetirlo, también, infinidad de veces. Hay, claro, panderetas. Y chicas que gritan "hey". Todo tan italiano como Aldo Raine hablando con Hans Landa en Bastardos sin gloria.
    Y si hablamos de acentos, el efecto "teléfono" del tema "A call from the Vatican" que introduce el personaje de Carla (o Penélope Cruz) suena terriblemente a auto-tune. Y ya que está, Claudia Cardinalle era 100% más sexy que Penélope Cruz haciendo acento italiano en inglés.
    Ah, en Nine son todos ganadores del Oscar (o nominados). Y la dirige Rob Marshall (director del musical que le ganó el Oscar a El pianista y Las dos torres, Chicago). Mientras que por el lado de los actores Marion Cotillard lleva la delantera, no sólo porque es hermosa, sino porque la cámara asesina de Marshall (se viene un milagro) captura su belleza y la vuelve el único personaje más o menos real. El resto está para ser un adorno más. Adornos que a decir verdad, uno no puede apreciar mucho. El montaje es rápido. Quiere seguir el ritmo de la música. Y así termina por: (1) agotar al espectador y (2) mutilar cualquier escenario/coreografía/detalle que se encuentre en pantalla. No importa dónde está la cámara. Importa que se mueve. Así como tampoco importa qué hacen los actores en pantalla. Importa que están. Así tenemos a una inexplicable Sofia Loren que parece moverse sólo con ayuda de otra persona delante (así lo demuestra cada vez que extiende los brazos como imitando a la criatura del Dr. Frankenstein).
    Nine no tiene mucho cerebro. Aunque a fin de cuentas, tampoco le importe demasiado a su(s) realizador(es). Ahí lo que prima es la estética. Lástima que para apreciar la estética, también tiene que haber algo de contenido que nos haga querer ver toda la película. Es el travesti del 2009 en el cine.
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  • Vampiros del día
    Vampiros del día
    El Ojo Dorado
    El ocaso de los vampiros.

    El vampiro protagonista se llama Edward, no chupa sangre humana, y viene de una película del 2009. Hasta ahí son los parecidos con la saga de chupasangres light de Crepúsculo. Daybreakers es un buen refresco para este (sub)género del cine fantástico. Claro, esto si uno no vió la genial Criatura de la noche. Lo más interesante de la película es como intenta matizar distintos géneros (desde el terror hasta la ciencia ficción). Es también, lamentablemente, lo que le resta varios puntos a la película.
    En el año 2019 los humanos están en exitinción. Una rabia, enfermedad o lo que fuere (se sugiere pero nunca se explica) convirtió a casi todos en vampiros. Después de tantos años, los parientes de Drácula tuvieron que suministrar la sangre de alguna manera. Para eso, el negocio del empresario malvado de turno (Sam Neill, de los dinosaurios de Jurassic Park a los murciélagos de esta película) es cosechar centenares de humanos. El problema es que cada vez hay menos alimento disponible. Y sin alimentos, los dueños de la noche empiezan a mutar en algo así como un murciélago con forma humana. Hay hambre en la calle, el capitalista es el malo, y no es un docuemtal de los Estados Unidos.
    El protagonista es Ethan Hawke (Gattaca), quien se apiada de los humanos y prefiere beber café con (poquita) sangre. Su cansancio lo llevará de algún modo a encontrarse con unos humanos que esconden un secreto: una posible cura al vampirismo. Claro está que hay intereses de por medio (el capitalista prefiere encontrar un substituto a la sangre, para poder segui vendiendo esta un poco más cara) y, claro, el propio hermano del protagonista, que no se lleva bien con sus antepasados.
    No sólo el subtexto político es interesante, sino también uno más filosófico (y que recorre la película): qué lleva a estos seres a preferir (o no) la inmortalidad. Y qué los diferencia de terminar siendo unas bestias. Como todos los otros géneros con los que coquetea el film, lo hace a medias. Hay preguntas, sí, sobre la vida, la muerte, etc. Pero apenas hay respuestas. Hay acción, también, pero poca, como para contentar al espectador casual que va a ver una de género. Uno supone que en el tercer acto abundarían los disparos, las corridas y el caos, pero de nuevo, la película se vuelca al thriller científico y termina siendo un híbrido, como sus propios protagonistas.
    A favor, se puede decir que la mayoría de los rubros técnicos están más que bien. Desde los impresionantes "deformes" (que arriman la película al terror) hasta la fotografía metalizada que le quita vida, pero la aproxima a la ciencia ficción moderna.
    Sin ser una obra maestra, Vampiros del día es una buena propuesta sobre vampiros. Se agradece, que en los tiempos que corren, la película ofrezca inteligencia, una cámara que no sufre de terremotos constantes, un montaje que deja entender lo que está pasando, y una visión estilizada (basta con chequear los sets).
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  • Amor sin escalas
    Amor sin escalas
    El Ojo Dorado
    Desventajas de vivir en la tierra.

    Amor sin escalas tiene muchas razones para convertirse en un futuro clásico. Es una comedia dramática que, por momentos, parece evocar la maestría de Billy Wilder. Es el trabajo más personal de Reitman (aunque tanta sofisticación, lamentablemente, le juegue en contra) y le da a George Clooney un papel para que se luzca como un cínico querible (y si antes nombraba a Billy Wilder, no estaría mal hacer el símil ahora con Cary Grant). Incluso, la película basada en la novela de Walter Kim explota distintos recursos para ser una bisagra de su época: Desde la (nueva) depresión económica hasta la falta de comunicación de la generación 2.0 (aunque esta generación ya tenga unos cuantos años encima). Y casi nunca se aleja del humor.
    Ryan Bingham es un viajero. Más que eso. Es un tipo que se la pasa viajando en avión porque su trabajo consiste en decirle a distintos empleados que ya no lo son más. Eso es, despedirlos en la cara. Él hombre es muy bueno en su trabajo. Es un tipo sin escrúpulos cuyo único objetivo es juntar millas áreas para que American Airlines le otorgue una credencial a la que sólo accedieron 6 personas en todo el mundo. Todo un objetivo.
    Pero claro, Ryan no es un pibe y eso lo (re)siente con la llegada de Natalie Keener (un muy buen trabajo de Anne Kedrick), una ambiciosa jovencita cuyas ideas pondrán en riesgo el método de trabajo (y el trabajo en sí) del viejo lobo de mar (o debería decir, de aire). La modernización tecnológica contra el anticuado (pero eficaz y... ¡humano!) trabajo de Ryan. Una suerte de aventura quijotesca entre ambos.
    Ella no sólo irá aprendiendo del frío, calculador y rápido despacho de Ryan, sino también de su modo de vida. El tipo se la pasa dando conferencias sobre cómo las relaciones afectan la vida que uno lleva (o que él lleva) y nos hacen más lentos, en definitiva, mantando la esencia de lo que él supone, es el ser humano. El diálogo sobre las mochilas y el "peso" que lleva cada uno en su vida, debería ser recordado como uno de los más memorables de esta década. Tal es la sintonía de Clooney con su personaje, que no importa si el diálogo es original o no. La convicción con la que el actor lo dice, va más allá: estamos frente a uno de esos discursos, que, con el paso de los años, será citado muchas veces.
    No sólo porque la película abarca tantos temas "centrales" de este nuevo milenio (la crisis económica, la desconexión interpersonal en la era de las conexiones) sino también porque, como decía al princpio, mantiene en alto el estatus de George Clooney (un tipo que debería ser odioso, y acá lo es, pero también genera simpatía) y Jason Reitman. El director de La joven vida de Juno y Gracias por fumar, ya empieza a dar signos de autor. No por el montaje rápido de pequeños detallles (recuerden qué bien dibujaba a la clase alta cuando la veíamos por primera vez en La joven vida...) que más bien serían marca registrada de Edgar Wright, sino por como trata los temas que abarca. Vayamos más allá de la banda sonora tan propia, ahora, de Reitman. O de los planos y la puesta en escena. Reitman es un gran, gran guionista. Principalmente, porque pocas veces nos damos cuenta del guión. Nos sentimos guiados por sus personajes (algunos dirán que son manipulaciones) y atrapados en sus historias. Los diálogos son punzantes y certeros. Estoy hablando de uno de los mejores escritores de diálogos moderos, junto con otro maestro como Quentin Tarantino.
    Amor sin escalas tiene tantos momentos memorables. Y ahora no me refiero sobre temas que uno podría relacionar a una época determinada. Me refiero a momentos que involucran una cosmovisión optimista (optimista no es lo mismo que es incrédula). Nunca se siente una película que "habla sobre cosas importantes" y lo subraya, sino que intenta ser ligera, y, como su protagonista, simpática.
    Decía al principio que Amor sin escalas nunca abandona la comedia. Es cierto, pero es un error pensar que es una comedia. Hay drama, más, quizás, que comedia. Hay que ser bastante duro para no conmoverse en una historia donde los personajes principales se ganan la vida despidiendo a otros (apariciones de J.K. Simmons y Zach Galifianakis, de ¿Qué pasó ayer?).
    Es interesante notar como se cuela en Hollywood hoy en día el mensaje de estar en casa, y no andar dando vueltas por ahí. Otra genialidad del año 2009 así lo demostraba (hablo de una historia de una casa atada a globos). Acá hay un momento increíble, que dice mucho más Ryan que cualquiera de sus tantos diálogos. Lo vemos a él, sólo, mirando un mapa de una pareja que "viajó" por el resto del mundo.
    Es bastante chocante el título que le pusieron en nuestro país (el marketing importa más que la esencia de la obra de arte) porque se trata más que de una simple comedia romántica. Es la película de la década de Jason Reitman, y una de las que más gente debería ir a ver. Es el regreso, triunfal, a las clásicas comedias dramáticas de Hollywood. Inteligentes, sofisticadas y provocadoras.
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  • Sherlock Holmes
    Sherlock Holmes
    El Ojo Dorado
    Más estilo que cerebro.

    La elección de Guy Ritchie para dirigir el regreso del inmortal detective, conocido mundialmente, de Arthur Conan Doyle, no podía ser más extraña. No es que Guy Ritchie sea un mal director: sino que sus películas no daban la imagen para el detective (esas historias de gángsters y diálogos que parecen emular a Tarantino, bah: la verdad es que Ritchie siempre fue "la fotocopia" de Quentin). Todo parecía peor cuando, en medio del rodaje tuvieron que hacer un alto: los productores vieron algunas secuencias y no las pudieron entender. Eran un disparate. Lo atribuyeron al estado emocional del (por entonces) marido de Madonna.
    Lo cierto es que el resultado final está bien: una película pasatista de la que surgirán (vaya uno a saber cuantas) secuelas.
    La trama involucra a Lord Blackwood, un miembro real que es atrapado por el dúo de detectives justo cuando practicaba magia negra. Es la secuencia de introducción, y ciertamente allí está la gracia que luego se repetirá (con poca justificación, a decir verdad) el resto de la película. Desde la lograda atmósfera de Londres en el siglo XIX (que no termina de ser "real" pero tampoco "fantástica") en plena construcción. La estridente (que como siempre, termina agobiando) música de Hans Zimmer, el lujoso vestuario (seguro se lleva la nominación al Oscar) y hasta los actores principales.
    Robert Downey Jr. mezcla un poco del rockero roñoso que era Jack Sparrow, con matices de nerd insoportable y antihéroe postmoderno (sí, ese antihéroe que se guarda al público en el bolsillo) y uno compra la nueva versión de Ritchie sobre el detective. Watson también está bastante logrado por Jude Law, que sabe cuando tirarle un guiño a la platea (miren sino, como sonríe después de la trompada que le encaja a Sherlock por arruinar su cita), Mark Strong como el estoico villano que juega con lo sobrenatural (y da pié a la batalla entre lo racional y lo irracional, cuando un testigo lo ve caminando luego de ser ahorcado) y Eddie Marsan (otro de los hallazgos de La felicidad trae suerte) que, como Jude Law, tiene química con el sabueso inglés.
    El problema está, no solo en que las buenas ideas se repiten sin gracia (el ralenti, o super slow-mo que nos mete en la cabeza de Sherlock sólo a la hora de la lucha) y el guión. Pareciera que Ritchie le imprimió a la película un ritmo más acelerado que el normal (esto no parece, es un hecho) porque sabía que, las deducciones y acertijos que rememoran a El código Da Vinci, no sólo carecen de la inteligencia de los mejores libros del autor de Estudio en escarlata, sino que también son tramposos (sí, como el megabodrio antes nombrado) y no terminan causando gracia. Digo, uno espera que en el tercer acto, la mayoría de los enigmas se resuelvan con pistas del film. Pero las pistas están muy tiradas de los pelos, y es imposible que cualquiera deduzca algo. No digo que el final tiene que ser previsible, sino que se nota demasiado como el guión intenta hacer que todo tenga sentido. Peor: el "guión" se nota demasiado. Hay frases cliché que "explican" la historia detrás de ciertos personajes (cuando Watson dice "Estás enamorado porque es la mujer que te superó dos veces en ingenio" en referencia a Irene Adler, dista de ser un diálogo real para la historia en sí, y se nota que está dirigido al público) o intentan ocultar otros baches de la trama.
    Ni hablar del personaje, justamente Irene Adler, de la bonita Rachel McAdams (Los rompebodas) que es más una imposición de los productores que una necesidad natural del libreto. La chica tiene poco tiempo en pantalla y no parece ser muy funcional más que para estar en el afiche de cine. Incluso, por la química de Law y Downey Jr. se entiende un subtexto gay en la relación del detective y su fiel compañero. Está bien, quizás soy muy rebuscado, pero ¿como se entienden los intentos reiterados de Holmes por frustrar la boda de su amigo?
    En sintesís, toda la película parece más un producto a ser un tanque de taquilla como Piratas del Caribe (el tono de la película obedece más a esa saga que al original de la pluma inglesa de Sir Arthur). Se establecen a los personajes, y, sin arruinar la sopresa, se deja un puente que promete más que la película en sí presentando a un clásico villano de la literatura policial. Habrá que ver que depara el futuro.
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  • La princesa y el sapo
    Fórmula probada (y más que aprobada).

    A las mejores épocas de animación de Disney se las suele dividir en: La primera etapa de oro (empezando por el clásico Blancanieves, siguiendo con Pinocho, y otras menores, como La cenicienta) y la segunda etapa de oro (el resurgimiento con colores vivos, fuertes, y canciones simpáticas y alegres).
    Parte de la responsabilidad de ese electroshock al estudio la tuvieron Ron Clements y John Musker, directores de La sirenita y Aladín. Son también los responsables de este (¿segundo?) resurgimiento.
    Buscando recuperar ese lugarcito perdido en esta década a manos de la animación computarizada, La princesa y el sapo trata de revivir ese sentimiento de bienstar y entretenimiento que significaron las películas antes mencionadas (y hay que aclarar, llegaron a su máxima expresión con la excelente La bella y la bestia). Más allá de algunos altibajos, el estudio olvidó los musicales y se empeñó en historias de aventuras como La leyenda del tesoro perdido y Atlantis. Disney terminó entonces por lanzarse (por cuenta propia) al mundo de la animación 3D. El resultado fue un pollo que veía marcianos. Ah, y la película es mala.
    Con La princesa y el sapo se nota ese esfuerzo por volver a esa segunda etapa. Es más, lejos de arriesgarse (el único "riesgo" es la técnica de animación) se afianza en las viejas fórmulas. Sí uno ya conoce el molde de esas películas (princesa más protagonista que el príncipe; bichos, elementos sobrenaturales que hacen el número músical de turno; algún animalito/ote, que es el comic-relief (y también canta); un villano hechicero y codicioso; etc. ya sabe lo que le espera. Las referencias a Pinocho, El rey León, y otras, se terminan cuando uno siente que hay demasiadas. Y empieza a pensar que, como El libro de la selva, acá directamente cambiaron las canciones, pero la historia y los personajes siguen siendo lo mismo.
    ¿Pero, entonces, de qué trata la historia?
    Tiana es una camarera, que, desde chiquita fue educada para trabajar duro y así cumplir sus sueños. En Nueva Orleáns, lugar donde se desarrolla la historia, Tiana sueña con abrir su propio restaurante. La llegada del engreído y vago príncipe Naveen mueve la ciudad. Charlotte (disculpen, pero es el personaje cómico de la película) la rubia tonta (pero buena, claro) quiere casarse con el príncipe durante el festival de Mardi Gras. Por allí también anda el Doctor Facilier, un brujo que, mediante engaños (promesas de felicidad = promesas de dólares) terminará conviertiendo al príncipe en un sapo. Sí, el dinero es más fuerte que los sueños. Tiana también terminará eventualmente como una rana, y bueno, juntos deberán abrirse camino por la geografía de Nueva Orleáns (pantanos, cementerios, festivales, etc.). Ahí viene la catarata de moralinas (trabajar duro, darle importancia a lo que uno ama y no a lo material, etc.).
    Es interesante notar como estas películas animadas se amoldan (¿o las amoldan?) al tiempo histórico en el que se estrenaron. Lo más fácil resultaría decir que, con la llegada de Obama a la presidencia, ahora viene una película donde los dos protagonistas son negros (un poco invento del marketing, la mitad de la película son verdes). Y no sólo eso: La motivación del villano son las deudas, el príncipe está quebrado, y para no seguir nombrando vamos a redondear: el primer motivo de todos los personajes es el dinero. Y la sensación después de cada canción es que, si, los sueños se cumplen, pero igual hay que trabajar duro para cumplirlos. No sea cosa que los chiquitos salgan perezosos ahora que se viene la crisis.
    Más allá de todo discurso político, social, o moral, de la película, y más allá de toda pobre intención de darle originalidad a la historia, hay que destacar que, aún con canciones que no son totalmente memorables, la película es entretenida. Los directores de La sirenita tiene el toque intacto, y hacen que la narración fluya constantemente. No tanto por las aventuras de los animalitos, sino más bien por los números musicales. Combinan jazz, gospel, blues y claro, ragtime, en divertidas coreografías (que van desde el maléfico mundo vudú, lleno de colores alucinantes con "Friends on the other side", hasta el dorado explosivo del bayou). El tema principal de la película es "Almost there", que también es el leit-motiv de Tiana. Pero si alguno tiene chances de trascender y tener vida más allá de la película (no es que los otros no, pero creo, tienen su gracia acompañados por las imágenes) es la canción de la bruja ciega Mama Odie (en inglés, el tema tan pegadizo es "Digg a little deeper"). Toda una rareza, que, sabiendo que las reglas para Mejor canción original para el premio Oscar, son más estrictas (deben tener un promedio de 8,5 para quedar nominadas) hayan enviado a competir a 5 temas, incluyendo "Ma belle Evangeline" que no está mal, pero no va a ser la mitad de recordado que el tema que antes nombré. De más está decir que el doblaje castellano no permite disfrutarlas en un ciento por ciento (la impresionante voz de Keith David se pierde, por ejemplo).
    En épocas donde Hollywood parece empezar a apostar a lo seguro y no innovar, se exige, como siempre, tener enfrente a un entretenimiento digno. Y eso es La princesa y el sapo. Haya uno o no visto todas sus versiones anteriores.

    A ver con qué trivialidad me salís...
    - El título original era "The frog princess" pero lo cambiaron porque en Francia el título resultaba ofensivo. Y eso no es nada: Hubo críticas a Disney porque el príncipe Naveen no era afroamericano, sino que tenía acento francés. Y bueno, polémicas nunca le faltan al estudio de los mensajes subliminales
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  • Avatar
    Avatar
    El Ojo Dorado
    ¿El rey del universo?

    James Cameron hundió el Titanic, inmortalizó a la teniete Ripley, convirtió a una máquina en un ser (bueno, casi) humano, levantó el escote de Jamie Lee Curtis y mostró una criatura CGI como un alienígena de las profundides. Se llevó varios Oscar, y actualmente (sin ajustar la inflación) se da el lujo de tener a su (ante)última película como la más taquillera de la historia. Bien. Haciendo una revisión de su trabajo pasado, no caben dudas de su maestría para entretener. Se podrá criticar, por ejemplo, la historia romántica entre el pobre y la rica de Titanic, pero el despliegue visual y la energía que pone el director en pantalla, la convierten en un gran entretenimiento. Con esto quiero sintetizar: el acierto del director es disponer de tecnología avanzada y crear una montaña rusa totalmente divertida. No es poca cosa: hay que saber filmar la acción, y hay que saber manejar presupuestos desorbitantes.
    Es así, que en épocas donde el 3D resucita para combatir la crisis financiera (y una crisis que viene afectando al cine desde hace rato: la piratería) pero dista de ser algo esencial para la película en sí (es un artilugio más de marketing que otra cosa, salvo películas que lo utilicen de manera sútil e inteligente, como Up) Cameron decide probarse una vez más y demostrar que es el rey del mundo en tres dimensiones. Como diría Roger Ebert, las películas ya tienen 3 dimensiones, sin necesidad de anteojitos.
    James Cameron se pasó 15 años elaborando la historia que, según él, iba a ser la revolución del cine moderno. La que iba a marcar un antes y un después. Después de haber visto la película, no tengo dudas que Avatar es toda una proeza técnica: los efectos visuales son maravillosos, y se llevarán el (los) Oscar. Pero en cuanto a la originalidad de la historia...
    La cosa es así: Jake Sully (Sam Worthington, Terminator: La salvación) es un marine discapacitado, que llega a Pandora, un planeta extraterrestre, de abundante y letal vegetación para el hombre. Digamos que el ecosistema de Pandora, además de ser una maravilla visual, con animales enormes y diminutos, es una maravilla creativa. Los efectos de las hojas, cercanas a la cámara, en 3D, no distraen: al contrario, uno se siente aún más inmerso en esa selva. Se nota que hay una gran elaboración detrás de todo este mundo (incluso, los nativos, los na'vi, tienen un lenguaje propio). Algo así como un Tolkien menor, se deberá sentir Cameron. Menor, porque si bien los animales, por ejemplo, son notables, al rato ya se repiten y son el deus ex-machina para el climax de turno.
    Ok, sigo con la historia: El marine tiene la oportunidad de controlar un avatar, un na'vi artificial. Un grupo de científicos y guerreros buenos (la heroína del cine de acción, Sigourney Weaver, y la chica ruda, simpática, linda y varonil de turno, Michelle Rodriguez, entre otros) quieren que Jake se infiltre entre los na'vi para, claro, investigar sobre su vida. Pero la realidad es que los financistas del proyecto son inescrupulosos humanos que quieren un metal (o algo así) precioso porque, claro, vale millones. En el cine de Cameron no es díficil encontrar esta dicotomía entre los científicos buenos y los corporativos malos (¿se acuerdan de Paul Reiser en Aliens?). Hay un milico fascita como en Sector 9, aunque acá es mucho más carismático (es el Coronel Quaritch/Stephen Lang). Lo que sigue en Avatar es un poco del problema climático que atraviesa esta década (algo que ya preocupó a Al Gore y WALL-E), diálogos y situaciones dignas de Pocahontas o Danza con lobos (los na'vi son los indios, y los humanos, o la "gente del cielo" los conquistadores europeos). Si bien Cameron tiene un excelso pulso narrativo, uno no puede dejar de preguntarse si esto no hubiese sido una obra maestra con un poquito más de sutileza en ciertas ocasiones. No lo digo porque Avatar sea totalmente predecible, sino porque ya me molesta ver situaciones donde, para demostrar la desigualdad de la batalla, se pone en imágenes (¡y hasta en diálogos!) a los na'vi tirando flechas contra las naves ultra-tecnológicas y blindadas de los humanos.
    Gracias a Dios, esto no se vuelve insoportable (sí risible, por momentos), y los baches quedan más o menos tapados por las impresionantes secuencias de acción. Hay, también, claros homanjes a películas esenciales como El retorno del rey (los planos de ejércitos masivos), Apocalipsis Now (el voice-over del soldado)
    y claro, la trama y la intelectualidad (reciclada) de la película de Kevin Costner, Danza con lobos.
    A pesar del avance tecnológico que supone Avatar, todavía no estoy seguro del 3D. Sigo creyendo que es una atracción momentánea, y que la verdadera revolución, podría darse, cuando el espectador elija qué y cómo ver, desde qué ángulo prefiere, y posición. Sí: ya desde el principio, donde los marines descanzan, las tres dimensiones abundan en espectacularidad (uno casi siente que está ahí), pero no mucho más. Eso es porque Cameron es, sin dudas, un gran director y lo que logra es que la película no se sostenga en el 3D, sino que sea un efecto más.
    A ver: cuando alguien mira El mago de Oz, a pesar de vivir en una época en la que la mayoría de las películas son a color, no deja de sorprenderse y maravillarse por el cambio del blanco y negro al furioso multicolor de la tierra de Oz. Hay documentales donde se habla de la fascinación que causó en la época ver a Dorothy abrir la puerta a ese maravilloso mundo colorido. Las intenciones de Cameron son más o menos parecidas (incluso Quaritch arenga a sus tropas: "Ya no están más en Kansas" en obvia alusión a la frase inmortal de Dorothy). Pero con todo, sigo siendo escéptico. Sin dudas, Avatar tiene un despliegue técnico enorme, fascinante (incluso James Horner se da el lujo de componer una de sus mejores bandas sonoras), que nos hace olvidar la historia pobretona. La perspicacia del "rey del mundo" Cameron para hacer llevadera cualquier película la convierte, incluso, en un producto que se deja ver, aunque perderá mucho, en un futuro, en cualquier pantalla chica, con sonido apenas aceptable y sin 3D.
    Incluso antes mencioné a Sector 9. Avatar está emparentada con esa película (y no sólo por el hecho de que romperá récords) sino porque se llena de alegorías (en este caso, sobre el cuidado al medio ambiente) para llegar al tercer actor y llenarlo de acción, con tiros y explosiones. En ambas hay extraterrestres, y en ambas, parecen más humanos que seres de otra galaxia o planeta. Sí, están muy lejos de la sutileza (¡y eso que también tenía rasgos humanos) del E.T. de Spielberg.
    Aunque parezca, a este punto que la crítica no coincide con el puntaje, hay que repetir que las dos horas y media del largometraje no se hacen pesadas.
    La animación de los na'vi (ah, faltó aclarar que Avatar es más una película animada que una "real") es tan buena, que uno se olvida que son personajes animados. El secreto de sus ojos es, claro. Pero eso ya habìa quedado claro con Gollum y algún personaje con tos de George Lucas. Igualmente, vale la pena ver que bien combinan los efectos visuales. Creo que si hay que hablar de "revolución" como a Cameron le gusta decir, es en ese aspecto. Vuelvo a mencionar que el 3D no es el que "arroja objetos" (aunque hay un par de momentos) sino que le da a la película una mayor profundidad de campo. Uno se sorprende, a mitad de película, totalmente inmerso en Pandora, y olvidando que la cámara del director parece que estuviera ahí: en el medio de la jungla.
    Rótulo incómodo, pero que Avatar, superproducción de casi 300 millones de dólares, parece validar: el cine mainstream de Hollywood es pobre a nivel de ideas, pero rico en cuanto a técnicas visuales y sonoras. Hay que aprovechar, ir al cine (y aceptar las intenciones, por esta vez, del 3D) y disfrutar Avatar. Quien escribe pudo contemplar el poderío visual y sonoro de la película en Imax 3D. Si tienen dudas, acá se acaban: tienen que verla ahí (o en un cine 3D). No cambiará la manera de aproximarse al cine, pero por lo menos, uno se va a ir contento, de ver una más que entretenida película. ¿Si es de lo mejor del año? La película deja con ganas de secuela.
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  • Actividad paranormal
    ¿Y lo de "Actividad"?

    Uno se queda dormido y el mundo sigue. No, con esto no quiero decir que me quedé dormido viendo Actividad paranormal (casi nunca me quedé dormido con una película, no porque no quiera: porque no puedo), sino más bien con la premisa con la que juega la película. En este caso, ir a dormir, significa la esporádica aparición de un espíritu (demonio, para ser preciso) que hace ruidos.
    La película tuvo un costo de producción de 11 mil dólares y hasta el día de hoy, ya superó, lejos, los 100 mil en recaudación. El marketing viral de la película advertía sobre el efecto El exorcista después de ver la película: gente que se iba vomitando de la sala, por el miedo que generaba. A decir verdad, El exorcista tenía una estrategia de marketing más elaborada, con ambulancias y todo esperando a la salida de la función.
    Como sea, el fenómeno de Actividad paranormal se infló todavía más, cuando el atento (para los negocios) Steven Spielberg la vió y dijo que una puerta se cerró en su casa. Detalles que uno nunca va a poder comprobar. Lo cierto es que Spielberg intervino y le cambió el final a la película, pero eso queda para la trivia.
    No es difícil darse cuenta el porqué del éxito de Actividad pararnormal. Buen marketing, filmada como una película "viral" y "realista", y que encima, juega con el inconsciente nuestro. Ese que, cuando escuchamos un ruidito de noche, nos estimula a pensar que podría ser el chupacabras. O un ladrón. O un demonio. O un gnomo. Vaya uno a saber qué.
    Lo que sí es difícil es intentar justificar el éxito de la película por sus propios logros, en este caso, relacionados con el cine. De eso poco y nada. Como la justificación de la única cámara de la película es que está para grabar los sucesos de noche (aunque también la usan de día), tenemos un sólo plano en las escenas donde el diablo hace de las suyas. Cosas que no pasan más de un movimiento de puerta, alguna luz que se prende sola, ruidos en las escaleras. La efectividad de estos films (entiendasé por el indirecto a la precursora del género: El proyecto Blair Witch, y sucesoraras, Cloverfield, [Rec], etc.) está en que uno logra conectar con los personajes. Se siente "dentro" de la película, y a medida que la cinta avanza, el temor se hace más y más profundo.
    El problema con Actividad paranormal, es que sólo hay dos personajes (los demás, tienen cameos), y para colmo, no se sienten reales (eso de que son "no-actores" no es excusa para defender que son patéticos actuando). Es más, el marido, Micah, es un deus ex-machina. No un personaje. Está ahí para que el guión pueda avanzar, y los ataques diabólicos aumenten. O sea, con el pretexto de dibujar un personaje tarado, que es "el hombre de la casa", hicieron a un tipo que sale a enfrentar al diablo con un cuchillo. Si hay algo que nunca intenté todavía, es salir a correr al diablo con un cuchillo. Algo me dice que no es buena idea.
    Estéticamente no hay mucho que hablar sobre esta película (¿hay algo?). Ni siquiera uno puede decir que usa bien el fuera de campo, algo que este tipo de películas debería hacer bien. Todo lo que da miedo pasa en pantalla y se resume a cuchicheos diabólicos.
    Es interesante notar que críticos de otros medios hablan sobre el terror que provoca la película. Seguramente hay gente que se asusta. Quien escribe no es inmune (todavía) a las buenas películas del género. Como decía, más o menos, Hitchcock, no es que uno no pueda dormir por el trabajo. Pero disfruta de los nervios y la adrenalina de unos buenos sustos. Quizás, eso se hubiera logrado si este crítico veía la película en una computadora, solo en su casa, con todas las luces apagadas. Pero como detesta ver películas así, la va a ver al cine. Y en el cine, la experiencia pasa de largo. Nunca llega a la función. Y acá, siempre se hacen críticas sobre cine. No sobre videos de YouTube.

    A ver con qué trivialidad me salís...
    - El final original de la película (spoiler, claro) era así: Katie era poseída por el demonio, y en medio de la noche bajaba. Gritaba. Hasta ahí, va igual. Micah baja, y luego sube ella, ensangrentada y con un cuchillo. Al otro día la amiga llega a casa y descrube a Micah asesinado. Llama a la policía, y cuando llegan, acribillan a una confundida (pero con el cuchillo en la mano) Katie.
    El final de Spielberg (que es el del cine) tiene un poco más de onda. Después de que Micah baja, Katie, poseída, lo arroja contra la cámara. Él está muerto. Ella se acerca, lo huele, mira a la cámara, y con carita de diablo, devora la filmadora.
    Hay un tercer final, de exhibición, donde la chica subía y se cortaba la garganta.
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  • Criatura de la noche
    Entre el horror y el frío, un romance eterno.

    El panorama, si se quiere, más extraño para una película de vampiros: un clima frío, helado, purísimo como la nieve, en Estocolmo. Edificios que parecen apagados, sin vida. Pero aún así, todos los escenarios sobre los que desarrolla la acción de la película, despliegan un inquietante encanto. Es como si en ellos, hubiera cierta oscuridad, cierta violencia, que es mejor no conocer. Algo así como los protagonistas de este nuevo clásico (quizás, la mejor traslación de vampiros al cine desde Nosferatu) del cine de terror.
    La historia que transcurre en este gélido lugar tiene como protagonista a Oskar, un chiquito pálido, rubio, que es constantemente abusado en la escuela por sus compañeros mantoncitos. La falta de calor humano de esta ciudad de Estocolmo se deja ver en la soledad de Oskar, y en los continuos maltratos a los que lo someten. En tanto una aproximación (no estudio) sobre la violencia, y el medio ambiente, la película nos recuerda a otro gran thriller, Sin lugar para los débiles (e incluso, si se quiere, otro de los Cohen donde el clima es un personaje más: Fargo).
    El chiquito de 12 años, vive con su madre en una especie de monoblocks. Fascinado por los asesinatos que ocurren en Suecia, se descarga contra un árbol en medio de la noche, apuñalándolo como si fuera alguno de sus agresores. En medio de la noche, conoce a Eli. Una chiquita morocha, con muy poca ropa en medio de la nieve. Lo interesante son los pequeños informantes que sugieren la naturaleza sobrenatural de la muchacha: "Yo tengo doce años, ¿vos?" le preguntará Oskar, a lo que Eli responderá "Doce, durante mucho tiempo". Esta criatura nocturna nos lleva a reflexionar mucho sobre el personaje. Es decir, a partir de los indicios que se nos ofrecen, reconstruimos su pasado, y a partir de ello, surge parte de lo espeluznante. Sabemos que debajo de esa apariencia tranquila y bonita, se esconde un ser terrible, que seguramente vivió por siglos, y cuyo único contacto humano, es un asesino (viejo) que se encarga de proveerle los hectolitros de sangre correspondientes a cada día. Y también comprendemos mejor la tragedia del vampiro: un ser inmortal que priva de la vida a los demás, que la consume, y eso queda claro en la estructura circular de la narración. Para esto quizás es necesaria una explicación más profunda, y el párrafo que viene es, claro un

    Spoiler:
    Mientras el primer tercio se desarrollar descubrimos que Håkan (el asesino que la acompaña) está enamorado de la joven. Podemos intuir que es un pedófilo, pero él es muy consciente de que la chiquita es un ser demoníaco. Hacia el final de la película, el mismo Oskar, ahora horrorizado (y purificado) de la violencia, decide ser el nuevo compañero de viaje, de Eli. Ir juntos, escapar del pueblo, hacia vaya uno a saber donde. No es casual, entonces, imaginar que la historia se vuelve a repetir. La vida de Oskar, quizás sea más placentera al lado del ser que ama. Pero es difícil no imaginar un futuro como el de Håkan para Oskar, siendo el ciervo fiel, toda su vida, de la mujer vampiro.
    Fin del spoiler.

    Es notorio que la película funciona como un drama sobre el romance de dos almas separadas, solitarias. Y es ahí donde más miedo mete. Pensemos en la historia de Drácula, desvirtuada hoy en día a los vampiros light de Crepúsculo. En esencia, Drácula es una metáfora, una alegoría de la pérdida de la virginidad, el miedo a la consumación del acto sexual, y los deseos de pasión lujuriosa y desenfrenada con el conde. Lejos del castillo gótico de Lugosi, del virtuosismo de Oldman o de la sangre intensa de los films de Lee, Criatura de la noche es un terrorífico relato en tanto involucra a un chiquito, sumamente maltratado, que se enamora sinceramente, de Eli. Hay una breve secuencia donde el montaje intercala a la chiquita con el ser que verdaderamente ocupa el cuerpo, y claro, como debería ser, con todo el deterioro de los años encima. Es escalofriante. Hay un plano de pocos segundos donde, el tímido Oskar, espía a su amiguita mientras esta se está cambiando. Para nosotros, ese plano de pocos segundos supone fascinación e impresión. Los mismos sentimientos que habrá tenido Oskar en ese instante.
    Los personajes secundarios no son el fuerte de la película. Si bien no están mal, no son memorables como sus dos protagonistas. E incluso, se produce una rareza (¿error de recepción o error de emisión?) cuando conocemos al padre de Oskar. Creemos que es homosexual, pero en la trivia de IMDb figura que tanto el director como el guionista nunca quisieron comunicar eso.
    Y hablando del guionista: John Avjide basó el título de su libro (en inglés Let the right one in, mucho más interesante que nuestra traducción, que literalmente sería "Dejá entrar al indicado") en la canción de Morrisey, ex de The Smiths, cuyo título era "Let the right one slip in". Nunca mejor dicho: hay que saber a quien dejamos entrar a la cama. Oskar lo sabe, y para más detalles, Eli aclara que ella no es humana. Igual, él le pregunta si quiere ser su novia. Una sutileza estupenda.
    El uso de los silencios y el fuera de campo es importantísimo en esta pelícual, ya que cada detalle, cada ataque de Eli sobre los pueblerinos, no hace más que horrorizarnos. La composición de las imágenes, está tan cuidada, que es un acierto dejar planos tan abiertos y largos para poder apreciar la fotografía. Sí, que expresa que aún en los lugares más remotos e inesperados, la violencia y la oscuridad pueden brotar. Con todo, dentro de las situaciones más desesperantes y temibles, también puede existir el amor. Y si no queda más claro, vean la película, y admiren ese maravilloso final. Donde el contraste se hace notorio.

    A ver con qué trivilidad me salís...
    - La película no fue enviada a competir a los Oscar como Mejor película extranjera. En este caso, no es culpa de la Academia. Culpa de Suecia.
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  • 2012
    2012
    El Ojo Dorado
    Con ganas de romper.

    Ese subgénero tan raro que es el cine catástrofe... lleva a multitudes al cine, se interesa más por los avances tecnológicos que narrativos (las historias, con el paso del tiempo, se hacen más pesadas, y lo que era novedad, no lo es más, como el clásico Infierno en la torre) y termina siendo, cuando menos, ridícula en muchos aspectos. Para este redactor, sólo hay una gran película de cine catástrofe y es quizás, una de las más incomprendidas (hablo, claro, de Titanic, de James Cameron).
    2012 es la mejor película de Roland Emmerich. El director alemán de algunos de los blockbusters más insufribles, podríamos decir, es casi un auteur. La mayoría de sus películas involucran a gente común viviendo situaciones extraordinarias. Algo así como un Spielberg bastante mediocre. Basta recordar sino el megabodrio que era El día después de mañana o Godzilla para dar prueba de ello. En el medio de las historias, hay siempre constantes: pasión por destruir rascacielos y edificios históricos, personajes que deben superar las pruebas para superar distintas dificultades personales. Ya sea reunir a la familia, volver con su antigua pareja, etc.
    El problema de los films pasados de Roland Emmerich, es que, en primer lugar, los guiones son pésimos. Ok, no digamos guiones. Los diálogos y las resoluciones, son lamentables. Incluso, como si la impronta de su cine no fuera suficiente, abunda un claro amor por la nación norteamericana. Está bien, el hombre destruye al país entero. Pero si alguien tiene dudas, basta la frase de 2012, donde al enterarse que el presidente de los EEUU se queda en su país a soportar la catástrofe, un científico agrega "El capitán se hunde con su nave". La nave, no son los EEUU, sino el mundo entero. Que quede claro: El presidente de EEUU, es el presidente del mundo.
    Ahora, Roland cambió de libretista (rareza: el mismo criminal de 10.000 a.C) y las cosas están un poco (o mucho) mejor. No sólo porque los diálogos no son (tan) malos, sino porque además, el pastiche CGI termina por transformar a la película en un pulp, si se quiere, disfrutable. Es una de esas películas malas que uno más o menos disfruta. Por ejemplo, ahora en el protagónico está John Cusack, alguien que, por fin, tiene carisma. Ok, Danny Glover es un plomazo, pero veamos el lado bueno. El disparate de personajes de esta película, hace que pareza un cómic barato. Y eso también pasa con algunas secuencias de la película, por primera vez, el director hace algo con nervio. Parece, casi, un jueguito que nos invita a ser parte de él, y (sin intención, tal vez) se vuelca por el absurdo. Porque digamos, que se arme un volcán gigante en medio del parque del oso Yogi, y que escapen en una casa rodante mientras Woody Harrelson (por su personaje, no deberían quedar dudas de que la película se toma a sí misma para la comedia) vocifera por radio (ah sí, porque el mundo se acaba, pero las líneas de teléfono, radio y TV, siguen como si nada) sobre el fin del mundo. El delirio es tan grande, que lo aceptamos, y bueno, lo disfrutamos. Hay incluso, un acierto estético: el color saturado de la fotografía de la película la hace parecer más, un nuevo clásico, tal como esos viejos seriales de los que, claro, se inspiró Spielberg.
    Aún con una buena factura técnica (más que nada los efectos visuales, que seguro cosecharán una nominación al Oscar), 2012 es muy larga. Emmerich comete el error de tratar de que esta sea una obra épica, memorable (y claro, ahora destruye el planeta) y termina por socabar las buenas intenciones con las que construyó el primer tercio de película. Salvo eso, la película, es, repito, uno de esos (¿sanos?) placeres culpables.
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  • 500 días con ella
    500 días con ella
    El Ojo Dorado
    Conocer el resultado, y tratar de olvidarlo.

    "Sólo porque comparten los mismos gustos raros, no significa que sea el amor de tu vida". La frase viene de una chiquita que le da consejos al descorazonado Tom. Él es un jovencito que creyó haber encontrado a la persona indicada. Ella, Summer (Verano, en inglés) es una de esas chicas que tiene un encanto peculiar: es díficil decir que resulta tan llamativo de ella. O quizás, sea eso mismo: la incertidumbre, la peculiaridad, y los gustos excéntricos de la chica. Claro, a Tom se lo tiene que decir el cómic relief (está bien, la película es una comedia) de la película. Él, en el fondo sabe que va a chocar contra molinos de viento. Pero prefiere creer que son gigantes.
    Pero los parentésis del título no están porque sí. Los 500 días que muestra la película no siguen un orden cronológico, sino que asistimos a un continuo vaivén donde descubrimos la amalgama emocional de los dos jóvenes enamorados. Incluso, sin el orden, la película se entiende. No será una historia lineal, pero sin embargo, así lo sentimos. Hay, por si las dudas, unos rótulos donde vemos a un árbol pasar por diferentes estaciones.
    Sin embargo, lo que hace tan atrapante la película no es ni su estética light y pop (está llena de diálogos con referencias culturales, algo así como un Tarantino melancólico), ni su fragmentación postmoderna. El acierto está en Zooey Deschanel. La actriz tiene, sin dudas, una cara por demás, llamativa (lo que llevó a este crítico a soportar el bodrio insufrible de Shyamalan: El fin de los tiempos). La carita redonda de Deschanel tiene algo de ingeniudad, bastante inteligencia, algo de malicia, y a la vez, es como si estuviese constantemente escudandosé de que la lastimen. Es interesante, y crucial, la secuencia donde ella permite que Tom entre a su casa, y comparte alguna de sus más raras aficiones.
    No sólo hay que alabar a Zooey Deschanel: Gordon-Levitt también es un gran acierto como el joven soñador que vive un amor platónico y utópico. La secuencia que muestra el estado de ánimo después de lograr un gran avance con Summer, con personajes animados incluidos, es uno de los mejores momentos de la película. A decir verdad, lo que hace tan buena esta película es el aire indie que tiene, se siente como una película chiquita, pero es grande en tanto prefiere plantear más preguntar que ofrecer respuestas. También hay aciertos como los temas de The Smiths (aunque hacia el final, más que aciertos son reiteraciones) y el vestuario de los personajes (creo que es una de las deciciones más acertadas desde la extravagante e inolvidable ropa de Annie Hall en Dos extraños amantes) o las constantes referencias/chistes con las películas de Ingmar Bergman, como el famoso plano de Persona, o el ajedrez contra la muerte de El séptimo sello. Todo esto no tendría demasiada gracia si el núcleo central de la historia, el romance entre los dos protagonistas, no fuera creíble.
    La película es inteligente y se nutre del mejor cine romántico de la década: desde diálogos propios de Linklater (esas hermosas conversaciones filosóficas de Antes del atardecer), pasando por la fragmentación temporal de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, a los diálogos sobre el amor y la cultura pop propias de Alta fidelidad (donde un personaje decía lo mismo que aquí reproduce Tom: la culpa de los malestares de amor la tienen las canciones pop-melódicas y las películas románticas). Y a pesar de estar muy influenciada por otras, (500) Días con ella tiene brillo propio: la comicidad y el tono distendido (aún tratandosé de una relación fallida) le dan un espesor dramático pocas veces visto en películas de este tipo. Y si tenemos en cuenta que tiene un buen pulso narrativo, y sus dos protagonistas son carismáticos, no estamos hablando de una obra menor. Para nada.
    Roger Ebert en su crítica, decía que la mayoría de los críticos de EEUU ignoran los paréntesis del título. Le parecía correcto que lo hagan. Quien escribe ahora no podría estar más de acuerdo.
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  • El extraño mundo de Jack
    Deleite para los ojos (y para los oídos).

    El extraño mundo de Jack, es un clásico de la animación stop-motion. Esa técnica donde cada pequeño movimiento requiere de una fotografía, totalmente cuidada y calculada. Y si tenemos en cuenta que el cine es 24 fotogramas por segundo (o 24 "fotografías") eso no es poca cosa. Si gustan, es el epítome de la animación "artesanal". Si a eso le sumamos la melancolía y siempre feliz imaginación de Tim Burton, la precisión narrativa de Henry Selick, y la mejor música de Danny Elfman, tenemos un clásico, y no sólo por la técnica.
    La historia es así: Jack Skellington es el rey de la tierra de Halloween. Allí, hogar de monstruos y brujas, que no son necesariamente malos, viven todo el año preparándose para la fiesta de Halloween. Sí, algo monótono, que tiene a Jack bastante cansado. Con el peso de ser la máxima representación de esa cultura, se lamenta no poder abandonar esa fiesta. Hasta que llega, por accidente, a la ciudad de Navidad. La experiencia de ese lugar increíble y raro, cambiará la cosmovisión lúgubre y tétrica del esqueleto. Lo más llamativo es cuanta pasión, pone el protagonista, que se siente algo incomprendido. Y los artesanos de la película, cuanta sensibilidad inyectan a todo el relato. Mucho más interesante que el romance de la película (que gracias a la "vida" de sus personajes, es agradable) es el final (¿conformismo o aprendizaje?).
    En el básico set-up, la película junta esa tristeza perenne de los films de Burton (hasta en la más "feliz" como El gran pez o Charlie y la fábrica de chocolate, se esconde algo tenebroso o inquietante) y los enormes números musicales (la mayoría en notas menores) de Danny Elfman (un habitué del director de El joven manos de tijera, que en su curriculm tiene el honor de haber compuesto la de Ed Wood, Batman, Spider-man, Milk, y casi todas las de Burton). Desde la popular "This is Halloween" a la maravillosa "What's this?" se dejan escuchar (y ver) en esta introducción. Por suerte el relato no decae cuando los números musicales acaban, aunque si bien la película es un continúo deleite visual, y los personajes están bien caracterizados, el resto de la historia no tiene el mismo peso y energía. No es que aburra: pero uno no hace más que desear a la próxima secuencia "cantada".
    La mezcla estética de Beetlejuice con Batman no deja de sorprender. Y como si fuera poco, está llena de homenajes al cine de terror clásico, como Frankenstein, El hombre lobo, La criatura de la Laguna Negra (la mayoría de los clásicos de Universal) y a figuras geométricas retorcidas y puntiagudas del expresionismo alemán (El gabinete del Doctor Caligari, Nosferatu). Esta es una de esas películas donde lo que prima esa la forma, si bien el contenido no está mal.
    Como esta crítica se da en la ocasión del (re)estreno de la versión en 3D, vale aclarar que todos los pequeños detalles difíciles de apreciar en DVD, acá se vuelve más que datos triviales (¡la nariz de Zero es una calabaza!). Ni hablar del vigor de los colores (es impresionante la secuencia á la mafioso de Las Vegas, de Oogie Boogie) en la pantalla digital. Vale la pena volver a ver la película en el cine, sea o no 3D.
    La película es corta (76 minutos) pero tiene muchas secuencias difíciles de olvidar. Esa combinación de estética gótica, humor negro y lirismo simple es una combinación perfecta para uno de los mejores musicales animados de Disney (bah: una de las mejores películas animadas del cine y punto). Para no dejar de disfrutar.
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