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Imagen del crítico Pablo Martinez
Pablo Martinez
  • Cantidad de críticas: 91
  • Promedio: 66%
  • Críticas favorables: 63/91 (69%)
  • Críticas desfavorables: 28/91 (31%)
  • Diferencia absoluta: 12%
  • La separación
    La separación
    Qué se puede hacer...
    Dialectos matrimoniales y rituales de justicia

    El cine iraní nos viene trayendo gratas sorpresas en lo que a definición de cine de autor se refiere. Tal es el caso de Jodaeiye Nader az Simin (2011) una historia melancólica y cruda al mismo tiempo, que guarda cierto fondito amargo para el deleite de los que odian las tramas melosas y con final feliz. Nada de eso hay en la película de Asghar Farhadi y su inquieta cámara. A separation, como se la conoce mejor, es una cinta inquieta en todo sentido. Sus infinitos diálogos, su urbanismo desmesurado, su trasfondo político (motivo del intento de divorcio del personaje de Leila Hatami), su base religiosa como leitmotiv imperativo y su realismo imparable la clasifican como lo más atinado de esta temporada que ya pasó.

    El guión arquitectónico de Farhadi funciona como una máquina que no para hasta el eterno plano final. Todo es poesía muerta, todo es realidad. Una joya.
    Por si fuera poco, el realizador va ensamblando pieza por pieza a medida que pasa la trama, hasta crear un desorden caótico y hermoso, en el que confluyen diferentes hechos que se narran con una magistral dirección y desempeño actoral por parte de un reparto perfecto, casi documental.

    La realidad de un departamento puertas adentro (notable la cantidad de interiores en esta propuesta), contada con una puesta de cámara en mano muy adecuada, se vive con las pulsasiones de un guión que en cualquier momento está por sufrir un ataque. Farhadi tiene todo puesto en un lugar con un motivo, y con una excusa, lo cual convierte a Jodaeiye Nader az Simin, que no es más que una historia de divorcio vilipendiada por un sinfín de complicaciones que la hacen un rompecabezas judicial y cotidiano.

    Si el cine es antropolgía, Jodaeiye Nader az Simin es la etnografía, y Farhadi un gran, gran antropólogo con una inquieta cámara que es nuestra ventana a un mundo que, kilómetros más kilómetros menos, es cercano a todos.
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  • La invención de Hugo Cabret
    La invención de Hugo Cabret
    Qué se puede hacer...
    Para el cine, con amor. Marty.

    Una de las películas más esperadas y comentadas de esta temporada resultó ser la apuesta de Martin Scorsese por un cine más familiar, sencillo y limpio. Es así que Hugo (2011) quedó en boca de todos no sólo porque el director de Taxi Driver, Godfellas o The departed olvidó por un segundo a Leonardo DiCaprio y fue en busca de jóvenes actores para ilustrar una trama vestida de infantil, sino porque en ella también volcó sus ánimos más cinéfilos para una película que se planta como una de las declaraciones de amor más grandes al cine como el artificio más espectacular de la historia.

    Hugo es lenta, por momentos aburrida, pero ahí está siempre la impronta artística imponiéndose por sobre la trama, con el desprolijo pero característico montaje típico de Marty y un deslumbrante diseño de producción para recrear la Paris de los 30. Y todo esto la hace inmensa, gigantezca, aunque nunca más que el aprecio que tiene el realizador por lo que está haciendo.

    El homenaje constante a la figura de Georges Méliès (una descomunal interpretación de Ben Kingsley) y sus incursiones a la magia y la cinematografía (si es que una no quita a la otra realmente) no es más que una fachada que cubre el verdadero propósito de esta aventura fílmica: el propio asentimiento de devoción hacia un mundo, un estilo de vida. Una semblanza que se dibuja con ese mecanismo precioso del séptimo arte (símbolo del Autómata), con sus idas y vueltas, muchas veces, sí, desilusionante, pero siempre esperanzador, rejuvenecedor, activo y creativo.

    Los talentosos aportes de Asa Butterfield y Chloë Grace Moretz inundan de radiante frescura una pantalla que por momentos se opaca un poco por un complicado andar en los primeros treinta minutos de metraje, invadidos por cierta sonsera y sobreactuación -tal es el caso de Sasha Baron Cohen y las breves intervenciones de Frances de la Tour y Richard Griffiths con su innecesaria historia de amor canino-, que desdibujan la propuesta para llevarlas a una cosa aniñada y desorientada, que finalmente evoluciona a lo que termina siendo Hugo, una delicia.

    Así como el niño Cabret se esconde tras las maquinarias de los relojes para ver las historias que se suceden en la estación de trenes, el espectador quedará embobado con una película maravillosa y una trama que va in crescendo para llegar a su propósito, homenajear al cine, venerar el ritual de los cinéfilos, y preservar a los grandes como Méliès en un tiempo en que, como lo dice el personaje de Michael Stuhlbarg, "el presente trata mal al pasado".
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  • La noche del Demonio
    La noche del Demonio
    Qué se puede hacer...
    Ayer vi Insidious, de James Wan, el encargado de la magistral Saw (2004). La odié tanto que hasta es querible. Una basura de película pero que casualmente después del visionado se hace recordar. ¿Por qué? Por la banda sonora, por el estilo tan berreta que tiene para asustar y porque el director se pasa TODA la película esmerándose por sobresalir, a tal punto que algunos de sus planos lo logran.

    La propuesta carece de originalidad, pero tiene una constante intención de ser diferente que, cuando menos, es valiosa. A veces es inevitable reir con algunos pasajes del guión, como los clichés o el hito de las frases estúpidas en la historia del cine de terror: "¿Crees que la casa esté embrujada?" Marche un manual para hacer libretos para Leigh Whannell. Este último tiene una pequeña participación, en la cual está irreconocible.

    Y si a todo eso le agregamos el nombre de Oren Peli en la producción (Peli dirigió Paranormal Activity, 2007), tenemos cartón lleno. Son los mismos de siempre intentando que el público devore los mismos conceptos, la misma estética y los mismos plots. Siempre va a haber niños correteando por la casa, sesiones de espiritismo (Wan no evita su estética surrealista cuando intenta shockear visualmente, véase la máscara de la anciana), y conflicto matrimonial. Pero encima esta vez hay desenlace sorpresivo (si a eso se le puede llamar sorpresivo) y a Barbara Hershey malgastada a más no poder.
    El collage visual pasa por atmósfera a lo Stephen King, súmums sonoros a lo Von Trier y malas actuaciones a lo Ivan Reitman.

    Insidious es de esas cintas que los aficionados amarán, pero que los críticos y los consumidores compulsivos descartarán al toque. Se queda en un punto intermedio por el intento de hacer algo distinto, aunque -están advertidos- no le sale. Sólo rescato la banda sonora y algunos movimientos de cámara innovadores que Wan usa para no menospreciar la utilización de los espacios hogareños. Espacios que, no, Patrick Wilson, no están embrujados.
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  • Scream 4
    Scream 4
    Qué se puede hacer...
    No me engañes, terror era el de antes

    El peor error que se puede cometer para ir al cine es hacer cara o cruz cuando se está indeciso. Más si del otro lado hay una propuesta que no dudarías en elegir de no ser porque se va acompañado a la sala (no diré cuál era la otra opción). Lo cierto es que al momento de dejarlo en manos del azar, lamentablemente ganó Scream 4, película a la que servidor no le daba ni dos centavos, y finalmente terminó corroborando que por lo menos en los prejuicios todavía es efectivo.

    Resulta ser que esta cuarta parte sobre Ghostface es un refrito disfrazado de crítica cool. La fórmula de la primera parte, sí buena, resulta reciclada y por ende desaprovechada. No sólo repiten el reparto, sino que con el mismo intentan trazar un puente que lo conecte con la nueva generación de actores. Digo, desde mi humilde lugar: ya que estamos, ¿no era más rentable hacer una remake?

    "Nueva década, nuevas reglas", reza la promoción del filme... ¿y las nuevas reglas? Lo que pasa es que la película está tan preocupada por no ser como las demás cintas de terror que recurren a la saga como elemento narrativo, y respetar ese culto que logró levantar en torno a sí misma (las constantes aluciones a esa "Puñalada" y todas sus secuelas son un tono crítico evidente, aunque ambiguo), que termina siendo repetitiva, y con esto aburrida.

    Los mismos personajes aseveran que se está respetando la trama de la primera parte, y terminan anticipando el final con un guión que además de malo es estupidizante. Si a eso le sumamos la catarata de clichés y lugares comunes a los que recurre, tenemos algo así: fórmula gastada + recurso de la repetición (cuasi radiofónico) + lugares comunes + incorporación de actores semi-coll = un bodrio más. Sí señores, en Hollywood lo volvieron a hacer, y evidentemente van por más.

    Neve Cambell y David Arquette reaparecen para servir de factores de confusión, más otro par de actores que están ahí también para eso, para distraer. Lo curioso es que el público (sacando a esa casta especial que son los devotos de un film/saga específico, lo cual es totalmente respetable) se se pueda llegar a sentir bien con esta película.
    Porque Scream 4 intenta engañar al espectador constamente. No sólo se preocupa porque quede claro el mensaje de "ojo eh, que si ves clichés o algo reciclado es porque estamos criticando a los guionistas de Saw o Jason, somos re frescos y hacemos guiones cool, y encima nos damos el gusto de homenajearnos", sino que pretende que el que está viendo la cinta se sienta un estúpido en el final. Una cosa es querer distraer, pero siempre intentarlo es demasiado, y más si el desenlace termina siendo cualquier cosa, lo cual termina denostando que la única finalidad de la película era reaparecer para 1) actualizarse cual usuario que apreta F5 en su computadora, y 2) hacer creer a dicho usuario que es un imbécil por a) comprar la entrada (o en un futuro alquilarla o perder tiempo descargándola de internet) y b) porque lo engañó el que resulta ser Ghostface en esta entrega.

    En fin, Scream 4 es tan mala que hace que, de paso, odies las tres primeras partes también. Todo confluye en un sinfin de recursos excedidos en sí mismos, con algún que otro sobresalto (hay que reconocer que la masacre en la casa está bien lograda, aún cuando al inicio de la cinta se critica que en Saw IV sólo se muestra sangre porque sí) y el reinvento/insistencia respecto al personaje épico que se logró con la saga. Lo peor encima es que Scream 4 se la da de valiente por darle palos a las cintas de terror de ahora (lo cual no es difícil, lo puede hacer cualquiera), lo que demuestra que Wes Craven realmente está convencido que cerró las puertas de la era gloriosa del buen cine de terror. No te engañes Craven, o mejor dicho, no nos quieras engañar a nosotros.
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  • Un cuento chino
    Un cuento chino
    Qué se puede hacer...
    Como caído del cielo

    Delirante, mágica, argentina y simple. Así se podría definir a la nueva comedia protagonizada por Ricardo Darín, que nuevamente se muestra como el maestro del arte de la puteada, pero que también es capaz de conmover con gags hechos a la medida. Su química con Ignacio Huang son el punto fuerte de un film que puede pecar de pretensioso en su mensaje final, pero que goza de una diversión que no siempre se ve en un cine argentino que en lo que a comedia respecta cada día está peor.

    Todo empieza con una pintoresca, bizarra y extraña situación mediante la cual se desencadena toda la historia, aún más pintoresca. Luego viene el encuentro del dúo que lleva adelante el film, y las risas.

    Un cuento chino (2011) funciona bien porque su guión es justo y conciso, lo cual es mérito de Sebastián Borensztein. Este opta por el recurso de la repetición -harto usado pero, como buen clásico, siempre efectivo-, así como el tópico del choque de culturas y la mirada etnocéntrica del personaje de Darín, Roberto, que representa a un argentino cuasi ermitaño con toda una historia como trasfondo. Fórmula acertada para la finalidad del largometraje, que es hacer reir, nada más.

    Película atractiva, con sus momentos cumbre en los delirios de Darín con su pasatiempos de recortes de noticias inusuales de diarios mundiales, y con una historia compacta y bien contada. Nada del otro mundo, pero vale la pena su visionado.
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  • Los ojos de Julia
    Los ojos de Julia
    Qué se puede hacer...
    Cuando la pretensión es la que ciega

    Tener un departamento fotográfico espectacular, contar con el apoyo de Guillermo del Toro, tener a la deslumbrante Belén Rueda como protagonista, y tener una mega distribución. ¿Qué más puede pedir un cineasta? Lo cierto es que este fulano, Guillem Morales, no se conforma. A él no le basta todo esto, y eso lo deja ver en Los ojos de Julia (2011), un thriller pseudo terrorífico que posee tantas pretensiones que se ciega (cuac) a sí misma.

    Todo empieza muy bien. Demasiado bien. La película va como una montaña rusa a la cúspide del entretenimiento bien logrado, cuando de golpe y porrazo derrapa maliciosamente hasta tener una leve subida en la escena mejor lograda de todo el film, en el departamento del asesino.

    La ya mencionada fotografía es genial, pero no logra conectarse con la historia y su clima tan impaciente. Morales quiere que nosotros estemos desesperados por la paulatina pérdida de la visión de Julia (doble rol de Rueda, en una excelente interpretación para cargarse la peli al hombro), pero su personaje no muestra desesperación. Morales quiere que nos asustemos con sus efectismos, y no se aviva en ponerle más humanismo al asunto y menos plots zonzos como amoríos agarrados de los pelos y extrañas explicaciones filosófico-existenciales sobre la psiquis del indocumentado asesino.
    En resumidas cuentas, Morales quiere que nos fumemos Los ojos de Julia como si fuera una buena película, y lo cierto es que no lo es. Es sólo un buen intento del cine español por hacer algo diferente (como siempre, lo cual es loable), pero que -también como siempre- termina cayendo en parámetros del mainstream como el horrible final de la historia.

    Los personajes no son creíbles; la música es buena pero intrusiva; el guión es malo; y la dirección llena de subjetivas para narrar está bastante bien, aunque por momentos es extraña: ésos son algunos de los matices que definen a esta propuesta fallida y aburrida. Cuidense de no dormirse en una de escenas malogradas en que todo queda a oscuras (porque, por si no se dieron cuenta, a pesar de las inagotables subjetivas, la actriz lleva una venda, y no ve) y el sonido hace su trabajo. Y cuidense de no ser pillados desprevenidos al darse cuenta que hay muchos personajes a los que casi nunca se les ve la cara, porque nosotros también tenemos que ser ciegos y no tenemos que ver muchas cosas. Entonces, ¿cómo acompañamos al personaje principal en su proceso? Bueno, este es un ejemplo de cómo no hay que usar el recurso de igualdad de condiciones para el personaje y el espectador. He ahí la falla básica, por eso es mala.
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  • Rango
    Rango
    Qué se puede hacer...
    Flik + Mr. Fox + homenaje a Blondie = Rango

    Dicen que las viejas fórmulas nunca fallan. Lo cierto es que parece que sí. Rango (2011) es un mejunje de ideas sacadas de películas animadas exitosas, o cuando menos originales. Estamos hablando de pequeños matices o detalles que hicieron a un todo en los títulos que pronto citaremos, que los destacaron como films de culto.

    Se trata de A Bug's Life (1999) y The Fantastic Mr. Fox (2009): por un lado tenemos la esencia argumentativa de la segunda cinta de Pixar, y por otro las caracterizaciones del último film de Wes Anderson, ligado a lo grotesco y lo feo como intentos de emparejamiento con la noción de común.

    Rango falla por predecible -aún cuando esas lechuzas, que tranquilamente pueden pasar por los ratoncitos de Babe (1995), insistan con el hecho de que el protagonista se termina muriendo-, por una trama acartonadísima, que se mezcla como un verdadero forastero en un claro y decente intento de originalidad estética, apoyada en la colaboración del mítico Roger Deakins en la supervisión cinematográfica de las animaciones y su puesta en escena tipo western.
    Lo único rescatable es el intento de reivindación de aquel género, con su súmum en el personaje del Espíritu del Oeste, que -damas y caballeros- es nada menos que Clint Eastwood haciendo de Blondie en Il buono, il brutto, il cattivo (1966).

    La cinta experimenta, prueba por aquí, por allá, y no encuentra su lugar en el mundo. El protagonista, ese camaleón tan perturbador como para la imagen de un personaje principal en un film que ¡pretende ser para niños!, tranquilamente puede ser un fiel reflejo de la película en general. Rango -título y personaje- no sólo no se decide entre el público infantil y el adulto, sino que apuesta al shock visual como elemento de originalidad, como la innecesaria aparición de Roadkill, el puercoespín que aparece casi partido al medio en plena autopista.

    Ni por sus idas y vueltas, ni por su intento de comedia negra, ni por la calidad de la animación: nada justifica soportar las impresiciones e indecisiones de una película semejante. Por su obviedad narrativa, por su cliché llamado Johnny Depp (actor que, lamentablemente, si no elige mejor sus papeles se viene en picada), y por su casi-plagio a caracterizaciones como el topo ladrón (un auténtico 'choreo' al film en stop motion de Anderson) o el mismo protagonista, que tranquilamente podría ser Flik de A Bug's Life, no vale la pena gastar tiempo y dinero en Rango.
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  • 127 horas
    127 horas
    Qué se puede hacer...
    Soberbia paleolítica

    Con una estética videoclipera, el director ganador del Oscar por Slumdog Millionaire (2008), Danny Boyle, nos entrega la historia verídica de un hombre que representó la eterna lucha del ser humano contra sí mismo. "Esta roca me estuvo esperando desde que fue un meteorito", dice el desventurado Aron Ralston (interpretado excelentemente por James Franco). Es una frase muy hecha, pero es cierta. La paradoja del hombre y su prepotencia tecnológica sucumbe ante una simple roca. Esa es la premisa que se explota con deslumbrante timing en la humanamente espeluznante 127 hours (2010).

    En un día típico de expedición montañosa en Utah, Ralston pisó mal una piedra y se fue al muere en una grieta que está en el medio de la nada. De ahí, una puesta en escena magnífica nos sitúa cinematográficamente en esa cueva, para que vivamos el doloroso periplo junto a nuestro protagonista.

    Cómo hicieron Boyle y Simon Beaufoy para no aburrir, es una incógnita que quizás sólo la puedan contestar tipos como Chris Sparling (guionista de Buried). Pero lo cierto es que, a diferencia de la citada película de Rodrigo Cortés, aquí se necesitan flashbacks y mucho ruido visual para no dormir al espectador. Quizás 127 hours es menos arriesgada que el film español sobre el americano enterrado en Oriente Medio por una cuadrilla de terroristas. Pero también es menos política.

    Lo más injusto sería compararlas, pero es inevitable caer en ese vicio. Buried y 127 hours tienen en común el plot, pero el desarrollo es completamente diferente. Mientras la primera es vacua pero adrenalínica, la segunda propone más detenimiento en los sentimientos del protagonista. Sí, ambas necesitan de tecnología ostensible para que la trama sobreviva (cuando en realidad el personaje es quien debiera ser el centro de atención en la supervivencia), pero la cinta de Boyle goza de más lectura simbólica. Cuando Cortés precisa de golpes de efecto y shock (hacia la mitad de la película se le acababan los recursos y, para matar minutos, una serpiente irrumpiría en escena), Boyle transita por la historia de vida de un hombre que está atado a esa hazaña, porque debe superarse a sí mismo y convencerse de que es mejor que todos.

    ¿127 hours tiene autosuperación? No lo sé, pero transmite un sentimiento de desazón impresionante ante la situación que se divisa en pantalla. Es muy fingida, pero leído con detenimiento es muy destacable el contraste histórico que hay en la escena en que Ralston despliega todo su cargamento tecnológico (era contemporánea) sobre la piedra (prehistoria) que lo está atascando. Resignado a que el origen venza la superioridad de un hombre que cree que ya dominó el mundo, Ralston comienza su catársis (memorable la secuencia del talk show frente a la handycam) y avanza en el tedioso pero sabio sendero del aprendizaje sobre los errores.

    El film cierra con una frase: "ahora Ralston siempre avisa adonde va antes de salir". Si bien la gráfica significa más de lo que debiera, y se toma un lugar demasiado imperante por sobre la imagen (lo cual hace un tanto simplona la propuesta), no se sabría definir el mensaje de no ser así. Si vamos al caso, todos conocen el final de la historia, porque todos conocen el caso del hombre que se quedó atascado en una fosa e hizo lo que hizo para escapar (no voy a decirlo para que no digan que hago spoiler como medio mundo).

    127 hours es, de antemano, una película pasatista, porque se sabe qué va a suceder desde el desafortunado momento en que Ralston se cae y recién ahí deciden poner el nombre (lo cual nos pone frente al dilema, "¿debo soportarlo yo también?"). No obstante, es un ejercicio de reflexión. Un espejo en el que hay que verse para detenerse un momento y pensar si en verdad tanto de lo que tenemos no es poco ante una situación límite. No, no es un film con moraleja. Pero lo intenta, y eso es lo malo.
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  • Desconocido
    Desconocido
    Qué se puede hacer...
    Lo inverosímil como juego de creación y deconstrucción

    Amigos y amigas, estamos ante el ascenso de un realizador que, adivinen qué, se anima a jugar con el cine. Sí, porque la realidad no tiene por qué ir de la mano del celuloide, y si uno quiere jugar con los guiones, lo hace: el arte es libre. Jaume Collet-Serra, quien con Orphan (2009) ya nos demostró que sabe crear atmósferas cinematográficas, acude a influencias muy fuertes e importantes (claramente visibles) para contar una historia agarrada de los pelos pero que está buenísima.

    Unknown (2011) es la historia súper hollywoodense e industrial de un hombre que pierde su identidad tras quedar en coma por un accidente. Collet-Serra logra que Berlín dé claustrofobia, y que mediante planos bastante interesantes vayamos descubriendo junto al personaje la psiquis del mismo. Influencias, como decíamos, hitchcokianas y polanskianas que tienen ápices de originalidad y algo de actualidad, sobre todo en el constante y recurrente uso de flashbacks.
    La fotografía cumple un rol clave en el desarrollo estético de una trama que te deja embobado no sólo por el reparto femenino, sino porque no da respiro a pesar de su ritmo.

    ¿Por qué es válido un guión tan atado con alambre? Porque en este caso está usado para la finalidad de la trama: si los guionistas quieren que Kruger y Neeson choquen cuarenta veces con el auto, y que no les pase nada, está bien; si los guionistas quieren que Neeson y Quinn se sepan exactamente las líneas de un diálogo dicho al unísono, lo hacen -y queda bien-, porque Unknown tiene un valor agregado que hace mucho no veíamos en el cine de Hollywood (para qué negarlo, lamentablemente, el director español está preso de la industria mainstream): es cine por cine mismo. Su finalidad está sujeta y atada a cualquier escueto intento de modificación de la realidad. Es allí, en ese mínimo pasaje, donde el verosímil queda relegado a un segundo plano y queda a merced de las implicancias tanto del guión como de las intenciones del realizador.

    Unknown puede pasar como divertimento, capricho o experimento fructífero. Si hay una cultura popular que se fuma las películas idiotas de Quentin Tarantino, entonces podemos soportar un film serio, sobrio y despelotado a la vez, como lo es el nuevo de Jaume Collet-Serra, un director que va camino a convertirse en un preferido de este blog. Si sigue por este buen sendero, lo seguiremos apoyando.
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  • El ganador
    El ganador
    Qué se puede hacer...
    Más cuerpo que cabeza

    Cuesta creer que se necesitaron cuatro cabezas (cinco, más el dire) para idear una trama tan básica y predecible, partiendo desde el hecho de que es una historia verídica. Siguiendo los cánones del subgénero de 'drama sobre boxeadores sufridos' al estilo Rocky (1976) o Raging Bull (1980) -y un largo y tedioso etcétera-, The fighter (2010) cuenta la historia de cómo Micky Ward fue campeón mundial a pesar de tener un hermano drogón que le hizo sombra toda su vida, sin nunca haber sido nada ni nadie en la vida más que aquel que 'knockeó' a Sugar Ray Leonard (hecho dudoso hasta hoy en día).

    Casi como esa fórmula que Dicky Elmund le enseña a su hermano menor para el box, "Cabeza, cuerpo, cabeza...", The fighter no se inmuta en generar novedades estéticas en cuanto a la forma de narrar. Sí, el ritmo es fluido y el film en su totalidad se digiere bien, pero ¿y dónde está la novedad? Si ponemos en Youtube "Ward vs Sanchez" tendremos infinitas opciones para ver ese memorable knock-out luego del golpazo asestado en los costados, que fue el primer escalón al éxito para el pobre y explotado Wardy (diminutivo que se me acaba de ocurrir).

    Aún así y su esquematismo y linealidad, la cinta de O. Russel nominada a ¡siete Oscars! (mundo generoso) es un puente a esa realidad. Muchos son (somos) conscientes de que quizás sin esta peli no se sabría de Ward fuera del mundo de los aficionados a ese pseudodeporte que es ver a dos brutos intercambiando trompadas discontinuas. Y muchos somos conscientes también de que O. Russel manipula esa premisa, esa verdad tan irrefutable que es la realidad, para hacer cine.

    Porque The fighter será casi tan clásica como casi industrial, pero es un buen ejemplo diferenciador entre el formato cinematográfico y el televisivo. El porqué no es un mero audiovisual melodramático, y es cine, se refleja en los replays de los mejores momentos de las contiendas, en los cuales hay relatos y comentarios en off, y varias puestas de cámara al mismo tiempo (¡con televisación de HBO, ojo!) para simular ese vivo y directo que brinda la pantalla chica. Ese montaje refiere a la calidad que tiene el cine para emocionar. La manipulación de la realidad, llevada a la actuación dramática (por cierto, con un reparto sobresaliente, con Bale y Adams a la cabeza) y los efectos visuales disponibles -ralentis, planos detalle, edición de sonido, flashbacks, etc-, son una celebración de esa diferencia entre ambos formatos, o más bien ambos mundos.

    Por el contrario, y como si se tratase de un monumental castillo de arena, el hecho de que Stallone ya lo haya hecho con la fotografía digital símil transmisión de tv en la lucha final de Rocky Balboa (2006) es una patada letal que derrumba ese logro tan simple pero elogioso. The fighter no innova, no aporta nada realmente plausible, pero sí emociona gracias a un elenco admirable, y nos recuerda que, aunque nos enganchemos viéndolo en el zapping en un futuro no muy lejano, su logro está en ser cine.
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  • El cisne negro
    El cisne negro
    Qué se puede hacer...
    Los reflejos de la psiquis

    Aronofsky tiene como claro factor en contra ser un realizador cuyo nombre es de más peso que sus obras. Vendría a ser el Dumont de Hollywood (salvando las distancias). Por equis motivo, películas como Pi (1998), Requiem for a dream (2000) o The wrestler (2008) han trascendido como grandes obras, y se han ganado un grupo bastante numeroso de gente aficionada a estos títulos.

    Su última película, Black Swan (2010), es una película curiosamente interesante. Apoyada en el desenvolvimiento de su reparto, la cámara inquieta de Aronofsky 'persigue' una historia psicótica y rebuscada, con más matices que certezas y más alegorías que metáforas. Hay poca simbología y mucha subestimación al público, ese que tanto recomienda sus historias.

    Natalie Portman sobreactúa, pero logra encarnarse bastante bien en su personaje, Nina, una niña-mujer reprimida que tiene el sueño de protagonizar "El Lago de los Cisnes" pero debe luchar tanto contra sus demonios como contra los que la rodean. Esta última frase suena estúpida, pero así lo plantea Aronofsky. Nina es frígida, nerd y, sobre todo, vive una extraña relación casi incestuosa con su posesiva madre (Hershey), y su alrededor está lleno de todo lo que ella no es. Es una Alicia en un país de horrores, que lentamente la irán llevando a su cometido. Cómo, eso es lo importante, y el punto más flojo de la historia.

    El rol que ocupa la sexualidad en este film es llamativo. Todo el tiempo hay referencias explícitas e implícitas sobre el sexo, con la escena lésbica entre Kunis y Portman como auge. El director de Requiem... acude a la habitual psiquiatría de sus films para recuperar ciertos símbolos muy explícitos que terminan por opacar lo místico de la propuesta, aunque también se deslizan gotas de comedia en escenas como la del viejo baboso en el subte, algo que puede leerse como asqueroso y perturbador pero también como un intento fallido, devenido en una risa desubicada.

    Debo reconocer que ni bien terminé de ver esta película me pareció una genialidad, pero luego de mucho tiempo para pensarla y analizarla, resolví que tiene muchos clichés y golpes de efecto excesivos, que hacen a un guión que termina siendo esquemático -sí sorpresivo, no vamos a negarlo-. La dirección es la que más me dejó indeciso: ¿el mérito es de Aronofsky o de la fotografía de Matthew Libatique? No quiero dejar que el tiempo arruine mi perspectiva de esta propuesta, pero me es inevitable. Black Swan no resulta ser un film inolvidable, pero quizás algunas revisiones cambien esa idea. ¿No es eso molesto? Un film debe defenderse por sí mismo como una pieza completa sin grietas, y Black Swan las tiene, a pesar de su solemnidad.

    Sí hay que reconocer que es encantadora la dirección de arte, la atmósfera y las actuaciones de Mila Kunis y Barbara Hershey. La fotografía es todo un logro también -los espejos, una maravilla-, aunque hay muchísima ayuda del CGI -malo, por cierto-, lo cual le resta méritos (hay claros retoques en algunos fotogramas mediante ordenador). La narración es, como decía, interesante, pero nada fuera de lo común y que no se haya visto antes. Aplaudir un film como este sería demasiado condescendiente viniendo de un realizador como Aronofsky.

    Black Swan es una historia muy buena, bien actuada y bien 'perseguida por la cámara' (insisto, no filmada con rigor). Hay un tipo de cine que diferencia los productos hollywoodenses del resto de la basura que allí se produce, y Aronofsky es uno de los que llevan esa bandera. Esta cinta sí es algo diferente estéticamente, pero el cine no es sólo eso. Sin embargo, la recomiendo para que ustedes también la analicen y se planteen estas cosas.
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  • El rito
    El rito
    Qué se puede hacer...
    Patéticos exorcistas

    Venimos de vapulear a The Tourist (2010) por la trama precisamente "turista", y este año uno de los primeros encuentros (tropiezos) con el cine de la temporada es con este pseudo-thriller sobre exorcismos. La verdad no entiendo por qué Hollyood se empecina tanto en hacernos creer en este rito, siendo que a estas alturas ya hay títulos mejores como The last exorcism (2010) que tocan la temática de una manera más social y fenoménica que todas estas payasadas que encima le hacen hacer al pobre Hopkins.

    El veterano actor no puede llevar adelante él solo la historia, y eso se nota a leguas. La película es malísima por donde se la mire. Tiene efectismos torpes, un guión que parece que fue hecho por un mono, y esa idea imperante de que, adonde sea que vayas (no importa si es a Italia, Singapur o el Congo), siempre habrá un hombre que hable un inglés fluidísimo.

    La historia puede aparentar interesante, pero no se engañen: no lo es. Es un bodriazo eterno, que dura más de lo que debiera, y que es tan predecible que en el momento en que aparece Hopkins ya sabés el final.

    Párrafo aparte se merece el eteeerno plano en picada del protagonista gritando "¡¡¡¡¡BAAAAAAAAAAAAAAL!!!!", que no tiene sentido y roza lo patético. La verdad, una película olvidable.
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  • El discurso del rey
    El discurso del rey
    Qué se puede hacer...
    El cine de las masas también puede ser cine

    Cerramos la 'Semana de los Oscars' con la gran ganadora. Mejor Guión Original, Mejor Actor Protagonista (Colin Firth, inmenso en su construcción del papel), Mejor Dirección y Mejor Película. ¿Merecido el premio mayor? Por supuesto, se trata de la Academia estadounidense. Cualquier película que no vaya más allá de un mensaje lineal merece un Oscar.

    Pero The King's speech (2010), así no estemos de acuerdo con su mensaje, es una gran película. Una gran película. Estéticamente, escapa a los vicios televisivos de su principiante director, Hooper, y acude a un trabajo fotográfico brillante por parte de Danny Cohen, con una construcción de encuadres detallista y una búsqueda de la información en el plano magnífica, para salvarse. El cuidadoso trabajo en la profundidad de campo pondría orgulloso a un Kubrick o un Wells, algo que quienes en el cine sólo miran las historias probablemente no valoren.

    La imagen es muy respetada en esta película sobre Jorge VI, el rey popularmente conocido en la historia monárquica por su problema de tartamudez. Hay, como decíamos, información medida, ya sea en los planos-detalle como en los granangulares ocupados en espacios íntimos del protagonista. La realidad inmediata del personaje tan sutilmente actuado por Firth se muestra distorisionada y complicada en la primera lectura, mientras la cámara lo acompaña como un amigo más.

    El público simpatiza con Jorge VI (aún cuando fue quien fue históricamente, a nivel político) y se preocupa por su condición, pero, incapaz de hacer algo a diferencia de Lionel Logue (otra gran actuación, a manos de Geoffrey Rush), se quedará inerte ante la pantalla hasta la resolución. Porque el guión está tan bien trabajado, que va dosificando la información a cuentagotas, sin caer en el esquematismo del in crescendo melodramático, y repartiendo esa cuota de comicidad que a veces pide una historia tan empalagosa como esta.

    Hooper cumple por eso: porque en una historia tan política como la que podía ser The King's speech, logra ser apolítico; porque en un melodrama barato como el que podía ser, logra diversión; porque logra romper y desmitificar la imagen monárquica, a pesar de la opulencia en la dirección de arte (algo inevitable, dado el contexto); porque no abusa de la situación histórica mundial, salvándonos de una típica cinta con trasfondo sobre la 2da Gran Guerra e invitándonos a una historia humana; porque en una trama ya conocida, con un final "feliz", logra conmover y cautivar. Y, básicamente, porque respira y suda cine en cada fotograma y en cada espacio del cuadro. Una obra de arte hecha a lo malabar.

    Es "oscarizable", pero también tiene méritos artísticos, como todas las que estaban ternadas en el premio mayor. The King's speech no es una mala película. Es una gran película, salvando alguna que otra escena tediosa como la secuencia final, en la cual no economiza en nada el discurso, algo que hubiésemos agradecido los que la disfrutamos en todo su metraje.
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  • Temple de acero
    Temple de acero
    Qué se puede hacer...
    Sobre el talento de Steinfield, remakes, y una simple producción

    Amigos, está ante nuestros ojos una nueva estrella de Hollywood. No, más que eso: una señora actriz. Con ustedes... ¡Hailee Steinfeld! Con tan sólo 15 años de edad, la Academia estadounidense la nominó al Oscar como 'Actriz de reparto'. Pero, no me jodan, es una San Protagonista.
    De hecho, no entiendo el punto de dicha categorización. La Academia no la tiene en cuenta porque a su lado hay pesos pesado como Jeff Bridges (ganador del Oscar el año pasado), o un genio como Matt Damon. Y está Josh Brolin también... ... ...

    La cuestión es que Steinfield es la verdadera protagonista de este western. Es fácil decidirlo, porque en base a ella parte el primer plot de la trama, así como también los hermanos Coen encaran la perspectiva desde ella. Nuestro punto de vista en la película es a través de Mattie Ross. No vemos nada que ella no vea. ¿Es necesario un nombre reconocido para que además de eso te consideren protagonista?

    En fin. True Grit (2010), remake de un film del '69 -entonces estelarizado por John Wayne-, ahora dirigido por los hermanos Coen, no va más allá de los logros de esta joven promesa. Es una historia entretenida, que está rodada respetando a rajatabla las convenciones del Western (incluso hasta venerando sus clichés), ambientada magistralmente, pero nada más que eso. Un film digno de la industria, que en nada se parece a una de los Coen. Para nada es lo mejor que hayan hecho Joel y Ethan, e incluso podríamos estar hablando de lo más flojito de su filmografía.

    ¿Por qué? Porque, primero que nada, estoy totalmente en contra de las remakes. Me parecen un atentado a la originalidad. Y, tratándose de los Coen, el hecho de que sea un guión adaptado de una novela (y por mucho que la Academia se empeñe en súper nominarla) ya la pone en una situación en la que la miro con reparos, lo que al final la hace una cinta un tanto desdeñable.

    Ojo, no es mala, pero tampoco es la gran cosa. Uno cuando está por ver algo de los Coen sabe que va a ver buen cine. Porque quizás los Coen son los mejores de la industria. Es más, a muchos no les caben dudas de que lo son (empezando por Bridges, que sólo por eso aceptó el papel del caricaturizado Rooster Cogburn). Pero True Grit, siendo el divertimento que es, no deja de ser una propuesta a la altura de alguna de las historietas de Tarantino, por ejemplo. Es un cine simplón, sin mucho que ver más que la primera lectura que ofrece la pantalla.

    Sí hay homenaje para todos los gustos, que va desde la banda sonora, pasando por los planos detalle a las pistolas enfundadas, hasta el croma en la secuencia final. A propósito, el final es uno de los peores que he visto en mucho tiempo. Queda todo disuelto y abierto. Nada se explicita, e incluso quedan muchas cosas sin explicar. El personaje de Ross de grande, es cualquier cosa.

    La dirección de arte es asombrosa. El vestuario, el maquillaje, las escenografías, todas una verdadera maravilla y una hermosa ambientación.
    En cuanto a la fotografía de Roger Deakins, que muchos la tienen en los cielos, de ganar el Oscar sólo sería por su trayectoria. En esta película hay pura luz natural, ahí no hay gran mérito. Las escenas de noche sí están bien hechas, y el uso de las tonalidades claras también son bonitas. Pero el resto es más que nada una colección de encuadres sacados de viejas películas del género. No hay que engañarse, tampoco es para tanto.

    Si van al cine para divertirse, ver un buen trabajo de producción, y encima se llevan la grata sorpresa de conocer un potencial como el de Steinfield, se encontrarán con una muy buena película. Si entran a la sala pensando que van a ver una de los Coen, no esperen nada más allá de una desilusión.
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  • Lazos de sangre
    Lazos de sangre
    Qué se puede hacer...
    Ree tiene pantalones

    En un ambiente rural se desarrolla la desoladora historia de Winter's Bone (2010), segundo film de Debra Granik, que triunfó en Sundance con dos premios -incluyendo el Especial del Jurado-. Cuenta la historia de Ree (apabullante actuación de Jennifer Lawrence), una adolescente que vive la desaparición de su padre en el momento más complicado de su vida: cuando le toca crecer.

    El film de Granik, coescrito para la pantalla con Anne Rosellini, es una historia sobre la madurez. Ree es un personaje visceral, que se cargó la familia al hombro justo cuando su padre los abandona sin dejar rastro y los deja a merced de Dios. Granik no sobresale por la labor estética, pero sí con la dirección de actores. Lawrence y un irreconocible John Hawkes se llevan por delante la pantalla, y encarnan los lazos de sangre (por fin un título bien inventado en Argentina) de una manera que llega al corazón. Su relación es inestable, y hasta bipolar, todo con un tono lisérgico pincelando el mar de fondo. Las mentiras, la violencia verbal, y física por momentos, toman protagonismo en un momento en que el in crescendo del guión ya no da más y busca estallar, como la sensible pero firme Ree.

    Y es que todo pasa por Ree. Ella es la historia. Ella encarna la búsqueda por cielo y tierra de su desaparecido padre. Ella lleva las riendas de un film independiente que rebosa ternura y angustia al mismo tiempo (secuencia final), o asco y vergüenza por otra parte (el pueblo corrompido como espejo de la sociedad retorcida por los vicios y las drogas). Ree se pone los pantalones y construye el puente entre el público y una película virtuosa y fría, pero sensible al mismo tiempo.

    Winter's Bone no será una novedad ni nada del otro mundo para los acostumbrados a thrillers contundentes. Pero la sangre y nervio que tiene esta historia es lo que tiene de particular. No vamos a encontrar en cualquier parte un drama familiar con tanta calidad y tanta mano dura para narrar el despojo y la soledad ante una situación desesperada como la que vive el personaje magistralmente encarnado por la joven y talentosísima Lawrence. Quizás nos remitamos a títulos recientes como The Constant Gardener (2005) para refutar esta idea, sólo que Granik no precisa un mega despliegue y nombres conocidos en cartelera para mostrar lo que quiere contar. Sólo le basta un microcosmos turbio, un personaje creíble y un poco de maleza en planos generales para hacerlo. Eso, obviando la tierna y devastadora lección de cómo crecer y sobrevivir, matando ardillas y disparando bien un rifle.
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  • Enredados
    Enredados
    Qué se puede hacer...
    Con un brillante guión de Dan Fogelman, adaptado del famoso cuenta de hadas, Disney lo vuelve a hacer reinventando una historia clásica para hacerla propia, haciendo personajes creíbles y generando musicales preciosos, a la vieja usanza pero con tecnología súper actual.

    El trabajo de efectos especiales de esta cinta animada no es para pasar por alto. Hay una labor sensacional en la profundidad de campo, los encuadres y los "movimientos de cámara" (el travelling en gran plano general del puente, por ejemplo) que denostan muchísimo profesionalismo, sobre todo tratándose de una animación no-Pixar. Tangled (2010) no tiene nada que envidiarle a las demás cintas de éste tipo que se estrenaron en la temporada.

    Además, y como viene sucediendo con las últimas propuestas animadas de Disney, se nota mucha madurez al encarar el proyecto, apuntando al seno familiar y cuidando los mensajes para los más pequeños. Todas las decisiones tomadas por los realizadores -que van desde el título (que no es simplemente "Rapunzel") hasta la fotografía- son un indicador de los tiempos que corren en la empresa de Don Walt.

    Nada más que decir. Un film muy disfrutable, muy bien musicalizado -con la emotiva escena del bote y la canción "I see the light" como cumbre absoluta- y dirigido, que gustará a grandes y niños por igual.
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  • La reunión del diablo
    La reunión del diablo
    Qué se puede hacer...
    ¿A qué infierno va?

    Shyamalan nos entrega una historia muy interesante, que nada tiene que ver con lo que él viene dirigiendo (nota: servidor aún no vio The Last Airbender (2010), pero se está armando de valor para hacerlo). Devil se trata de esas películas que, revestidas de una trama de terror, intentan abordar el subgénero demoníaco con una intención más que palpable hacia el final, pero que por obvios motivos no revelaremos.

    Si hace poco hablábamos de Buried (2010) y su propuesta claustrofóbica, ahora el montaje paralelo cobra importancia para que el espectador viva la adrenalina de otra forma, con esa mirada omnisciente que el film de Cortés no brindaba, lo cual no está mal, sólo son exposiciones diferentes a la hora de contar la historia.

    Con una labor aceptable de los actores, más un frenesí en el desarrollo de la historia, el film resulta agradable, aunque tenga algunas cosas bastante agarradas de los pelos, como el círculo que se cierra cuando los personajes se empiezan a dar cuenta que tienen cosas en común (bien a lo Final Destination o Saw). Hay clima, hay tintes de comedia muy propios del realizador hindú, y hay momentos de auténtico suspense como los que alguna vez supo lograr con The Sixth Sense (1999).

    Devil tiene los condimentos para un buen rato, aunque no sea una propuesta demasiado atractiva -es incluso algo trillada, si se quiere-, y no pase de una remontada en la filmografía de Shyamalan.
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  • Machete
    Machete
    Qué se puede hacer...
    You've got to be kidding me...

    Machete (2010) nace de un falso trailer de Grindhouse (2007), con el que Robert Rodriguez intentó inventar un héroe latino a la vez que homenajeaba al cine Clase B. La película es un chiste en sí mismo, pero su triunfo radica en si logra llegar al espectador o no con dicha finalidad.

    Es difícil digerir un film tan petético como Machete. La camada de producciones del estilo tarantinescas, que uno no sabe si van en serio o son producto de alguna deficiencia mental del realizador, de por sí son difíciles de digerir, y para complicar más el asunto llega esta película demasiado estadounidense, con una mirada demasiado xenofóbica, testosterónica y pochoclera, que sólo divertirá a los aficionados de Rodriguez y sus producciones 'sanguinarias-porque-sí' (con la cálida y refrescante excepción de Sin City).

    Como decíamos, la cinta es un chiste. Es como si los realizadores se divirtieran haciendo el film, logrando que de rebote los receptores se contagien con eso. De por sí, ver a Danny Trejo mostrando los dientes cada vez que está enojado es patéticamente chistoso, así como ver a Michelle Rodriguez con un parche en el ojo o Robert De Niro corriendo como embolsado para escapar de un tiroteo. Eso, sin contar los desnudos gratuitos, la escena de sexo en la piscina y todas las escenas en que Lindsay Lohan se ríe de su drogadicción.

    En definitiva, un gran chiste contado con clase... B. Hay mucho humor negro, bizarre, violencia extrema y una absoluta y anticipada carencia de porte cinematográfico. Todo está hecho para el deleite de los aficionados. Daba igual si Machete se hacía en VHS, con una camarita digital o lo que sea... el (des)propósito era ser ingenioso, respetar el estilo, y hacerlo bien. Y, mal que nos pese a los que buscamos un poco de juicio entre tanta fantochada, eso se logra con creces, a tal punto de que uno disfruta (en el tarantinesco e inocente sentido de la palabra) viendo a Machete matar, mientras soltamos incontables carcajadas en el proceso.
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  • Scott Pilgrim vs. los siete ex de la chica de sus sueños
    De timing, explosión semiótica y flashback en formato cómic

    Ya son muchísimas las películas que abordan historias salidas de cómics, y Scott Pilgrim vs the world (2010) no intenta ser la excepción. Sino al contrario, aborda la temática de la novela gráfica de Bryan Lee O'Malley en Oni Press con mucho ruido icónico, pastiche narrativo, pero principalmente mucha fidelidad al formato original, sobre todo en aquellas escenas en que Ramona Flowers (interpretada por la sensual Mary Elizabeth Winstead) rememora sus viejas historias con los exes que ahora le hacen la vida imposible a Scott Pilgrim (Michael Cera, desopilante en su papel).

    El film de Edgar Wright cuenta con un timing asombroso, basado en un montaje que no reserva palabras para describir su calidad. La edición en Scott Pilgrim... lo es todo. Sin ella no sería el boom cinematográfico que fue en su país, logrando muy buena recepción de la crítica.

    El aire jovial, sumado a la penosa historia del protagonista, intercalada con una serie de gags muy bien puestos (siempre resguardados en el timing), como cuando Scott se detiene a atarse los cordones de la zapatilla, son todos puntos a favor de una peli que para muchos será infantil, cursi, ñoña, y sobre todo muy videogamer. Porque si hay algo que explota el film es la cultura del video juego, con un guión escalonado, segmentado pero nunca unificado. Además no falta el homenaje al neopunk, las tendencias de tipo dark, gótico y hasta otaku.

    Scott Pilgrim vs the world es un estallido semiótico, un recital de luces y sonidos rimbombantes que son un buen aliciente para pasar un buen rato, aunque queda a consideración de cada uno si vale la pena soportar ciertas secuencias tan ñoñas como el musical del primer ex, o las sobreactuaciones de Chris Evans y Jason Schwartzman. Dicen que sobre gustos no hay nada escrito... pero sí de formas.
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  • Actividad paranormal 2
    Actividad paranormal 2
    Qué se puede hacer...
    Innecesaria y forzada secuela, o lo que sea que es

    El concepto de "producto bien vendido" se definía casi en su totalidad con la propuesta de Paranormal Activity (2007), la cual fue promocionada como una obra maestra -no lo fue y nunca lo será- que nos dejaría a todos pata pa'rriba y temblando del miedo. No fue tan así, pero lo cierto es que fue la película más rentable de la historia del cine luego de una temporada gloriosa en la taquilla, incluso entregando un film convincente y entretenido para su género.
    No obstante, esta entrega que funcionaría como una suerte de paralelismo a la historia ocurrida en la primera parte no aporta nada ni siquiera básico a lo que la original logró. De hecho, hasta parece forzado (ni hablar del final patético que tiene).

    Quizás lo que más le jugó en contra a esta pseudo franquicia es que la primera parte tuvo muchos finales alternativos, en base al público al que estaba dirigido. Eso hizo que, por ejemplo, aquel que vio Paranormal Activity en un festival del 2007 al 2009 no entienda qué demonios hace la protagonista de esta primera en el final de la segunda parte (en la versión original la policía mata a Katie, en la comercial, no).

    En definitiva, Paranormal Activity 2 (2010) es como una mezcla del concepto de la primera entrega con algunos matices nuevos como el fuera de campo, extraídos de propuestas más justas como [·REC] (2007) y así sucesivamente. En fin, un disparate clicheado a más no poder que trastabilla por culpa de la indecisión en la presentación inicial y que no es creíble ni siquiera un poco (esta vez sólo pusieron lo de los "datos obtenidos gracias a la policía" como un mero cumplido al formato, e incluso hay secuencias eliminadas que sólo están en los trailers).

    No vale la pena verla, ya que no asusta, no entretiene, no aporta nada de nada, salvo algún que otro silencio intimidatorio que dure unos segundos.
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  • Todo un parto
    Todo un parto
    Qué se puede hacer...
    El buen sentido de la urgencia

    Parece mentira que se hayan necesitado tantas cabezas para idear un film tan sencillo, pero así se hacían las cosas en los viejos tiempos. Todd Phillips se consagra con esta película como un auténtico explotador de fórmulas básicas, que con el cine las potencia para convertirlas en un gran espectáculo, digno de la talla de la era de oro de Hollywood. Timing sobresaliente, respeto en el desarrollo de los personajes, y narrativa ante todas las cosas. Bendito sea el cine; bendita sea la comedia.

    Si con The hangover (2009) Phillips logró deslumbrar con una historia que mezclaba Fear and Loathing in Las Vegas (1998) con un capítulo de Los Simpsons que parodia dicho film de Terry Gilliam, ¿qué queda para una cinta que hasta juega peligrosamente con el auto-homenaje? (hay quienes incluso la tratan de versión libre de Planes, Trains & Automobiles -1987-). Due date (2010) nace y muere con la clásica redondez de un encuentro forzado entre dos seres diametralmente opuestos (Downey Jr. y Galifianakis en la dupla actoral del año), y se nutre de cánones cinematográficos para impulsar una trama insalvable, pero riquísima.

    Phillips juega con fuego al idear una locura como Due date, porque no todos se bancan que una película tan básica sea tan, pero tan buena. A nadie le cae bien (nadie, siempre intentando despersonalizar a aquellos que no tengan pudor al disfrutar algo que hace reír) que una fórmula ultra-clásica como la dirección del realizador de la ganadora del Golden Globe 2009 a Mejor Comedia llegue tan bien a los espectadores (la sala con la que compartí la proyección no paró de estallar en risotadas descontroladas en cada una de las secuencias ideadas para ese fin). ¿Y saben qué? Está bien. No importa, porque yo no voy a escatimar al decir que Due Date es, sino la mejor, una de las mejores comedias de la temporada.

    Insistía con el timing porque la película goza de un ritmo asombrosamente pegadizo. Cada secuencia, cada escena, cada golpe de efecto, es como una droga para el espectador. Y es una droga casi mortal, que Phillips -apoyado en los maravillosos aportes de sus protagonistas- utiliza sin reparos para no dar respiro ni un segundo: cuando termina un gag implícito (las insinuaciones sobre infidelidad), arremete con otro (la ácida y negrísima escena del "café" que se toman los muchachos), y no contento con eso, nos da un zarpazo de dramatismo (la penosa situación del personaje de Galifianakis). Y así hasta el final.

    Puede pecar de grotesca (chistes físicos como reventarse contra una puerta de auto y sacarla de los goznes), puede pecar de exagerada (innecesario el acto en la frontera mexicana), pero es una historia que está muy bien equilibrada (la escena en el Gran Cañón, impagable). Due Date hace reír y nos hace pensar que, es cierto, la comedia americana pasa por tiempos muy difíciles, aunque siempre sabe como quedar bien parada. Lo último de Phillips no aporta nada al género, no brinda novedades. Al contrario, se reinventa una y otra vez con alusiones a su pasado filmográfico (por cierto, que técnicamente va mejorando) y así se concibe como un disfrute que sólo los que estén despiertos y sobrios de vieja usanza podrán esquivar. El resto, atrapados por la risa y la prisa.
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  • El juego del miedo 3D
    El juego del miedo 3D
    Qué se puede hacer...
    El círculo se cerró

    Finalmente llega a su fin una historia que venía cansando a más de uno, pero que los que nos hicimos adeptos logramos quedar cautivados con una trama que se abrió en ramificaciones y secuelas que no hacían más que seguir manchando de hemoglobina una pantalla que ahora encima se prestó al formato 3D.

    Saw 7, o Saw 3D, se sigue inscribiendo en el género de thriller o policial ya alejado de aquel 'horror' que fue ver esa genialidad de la primera parte. Y de ésta se vale mucho esta última secuela, pero no vamos a contar nada.

    Lo cierto es que muchos se quejaron de la vuelta de tuerca final, que era muy predecible, pero la verdad que resulta curioso como la mayoría de los que dicen eso son los sinvida que se la pasan ideando finales para sus ídolos en pseudo-foros. Una vez dicho esto, queda aceptar que si bien se podía imaginar que las cosas sucederían así, resultó gratificante que ese "círculo" al que hacían referencia en Saw 6 se haya cerrado tan perfectamente, sin dejar ningún cabo suelto.

    Ahora, no vamos a tocar la cuestión ética que muchos huecos aluden, ya que sabemos de lo que estamos hablando y sabemos a qué estamos entrando cuando compramos la entrada para un film de horror y sangre agranel como lo es la saga de Jigsaw y sus trampitas macabras. Por cierto, este último se ha vuelto un personaje clásico, que nada tiene que envidiarle a Hannibal, Freddy, Jason, Scream, etc.

    En cuanto a la cuestión ética que mencionamos, cabe remarcar que el final de la historia es una bofetada a ese estilo de mostrar los "juegos": el juego final, el definitivo, resulta el más macabro, doloroso y tortuoso de todos en la saga entera... y no corre ni correrá una sola gota de sangre por ello. Un cierre a la altura, que significa la decisión estética y moral de una franquicia que se metió en la retina de todos desde aquel doctor que se cortó la pierna para ser libre. Saw siempre se prestará a esa confusa e incómoda reflexión sobre los valores que defiende el villano moralista: apreciar la vida, aún si eso implica la muerte.

    El final de la saga de Saw resulta satisfactorio, si cabe esa expresión entre tanto sufrimiento de los personajes (siempre, tenganlo en cuenta aquellos adictos al realismo como si este fuera el único cine legitimado, dentro de la FICCIÓN). Los guionistas lograron cubrir las expectativas, y ahora dejan en el recuerdo (y las cuentas bancarias) un legado de cine tipo clase B que logró atraer aficionados y dar esos buenos momentos que el terror como género supo dar en sus buenas épocas.
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  • Atracción peligrosa
    Atracción peligrosa
    Qué se puede hacer...
    La redención del captor

    Ben Affleck ya había sorprendido con su ópera prima como director, Gone Baby Gone (2007), y con ella se convertía en uno de los realizadores más prometedores de la década. Ahora con su nuevo film, The Town (2010), reafirma su seguridad detrás de cámara, una clara tendencia al hiperrealismo, y ante todo, su condición de cineasta con intención de mostrar la mugre que se guarda bajo el sofá.

    Si bien pasea por lugares comúnes, la película intenta salirse de lo convencional para contar una historia que como trasfondo tiene los finos trazos de un paisaje urbano manchado por la delincuencia, la corrupción y el desasosiego de los habitantes de esa ciudad que, lejos de buscar partir, intentan hacer de su vida lo menos miserable posible. Y aquí no se habla de miseria en términos económicos, sino de seguridad en tanto despliegue policial y conflicto de instituciones.

    Affleck, además de entregar una actuación formidable y sensible como plus a su gran trabajo detrás de cámara y escribiendo el guión, logra amalgamar dos universos totalmente opuestos como lo son el crimen y la guerra interna en la búsqueda de un futuro mejor. El personaje Doug McRay expresa eso: indecisión pero pasión, convicción y sensatez en el trabajo sucio, y una dicotomía existencial mezclada por el inexplicable amor que siente por la víctima de uno de sus atracos a un banco de la ciudad. Dicha amada está interpretada bellísimamente por Rebecca Hall, cuyo personaje es presa fácil de un síndrome de Estocolmo involuntario. La secuencia inicial, que finaliza con la secuestrada caminando hacia el mar: impagable.

    Hay que hacer hincapié en la velocidad de la historia, su timing, objeto loable que Affleck y sus co-guionistas lograron con éxito para reducir el melodrama (que lo hay, para qué negarlo) y aumentar la tensión de la historia, para dar más lugar al thriller policial que al drama romántico entre ladrón y doncella engañada. No obstante, a pesar de esa decisión que se puede palpar en el frenesí del metraje, hay una poesía en las secuencias de The Town que la hacen única. Un nuevo acierto en la jóven (y ojalá prolífica y extensa) filmografía del que alguna vez fue abucheado por un público que hasta hoy día no soporta sus actuaciones a fines de los '90 y principios de los '2000.

    The Town es una historia sobre la redención, sobre los cambios, sobre las decisiones en la vida. El papel que encarnan exquisitamente tanto Jeremy Renner como Blake Lively en sus respectivos papeles son claves para el desenvolvimiento de estas premisas que se pueden captar, así como también el sutil pero imponente aporte de Chris Cooper como el padre del personaje de Affleck.

    El director de Gone Baby Gone dejó un poco de lado el noir para apostar un poco más a un público general, con una historia que puede conmover tanto a los amantes de los tiros (la secuencia de la persecución automovilística en los suburbios es muy buena) como a los paladares que gustan por las historias algo trilladitas pero bien contadas (cabe que convenir que el desenlace deja muchísimo que desear). The Town, lo nuevo de Affleck, se muestra intensa, frenética, sensible y cruel, más no tan profundamente realista como su predecesora. Oh, sí... el dire va por buen camino...
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  • Red social
    Red social
    Qué se puede hacer...
    Oportunismo virtuoso

    El fenómeno Facebook se ha apoderado de las masas en cualquier rincón del universo, y toda esa vorágine le da un rédito a un señorito que la pensó bien y sacó provecho. Tal es el caso de Mark Zuckerberg, el creador de la red social más utilizada en estos días (y el billonario más joven del mundo). ¿Qué hizo, básicamente, este tal Zuckerberg? Tal parece que "robó" una idea (no se sabe a ciencia cierta) de unos colegas en Harvard, y con esto fue tomando distintas cosas de las redes sociales ya en uso (My Space, Fotolog, Youtube, etc), para llevarlas todas a un sólo lugar así los cómodos usuarios no tendrían que hacer el único ejercicio corporal que les quedaba frente a la pc: mover el mouse con el brazo y la mano.

    Por otra parte tenemos a David Fincher, un inteligente director que supo deleitarnos con opus como Se7en (1995), Fight Club (1999), Zodiac (2007) y el reciente The curious case of Benjamin Button (2008). ¿Qué hizo, básicamente, este tal Fincher? Tomó la idea de un libro que resumía la interesante historia de cómo se gestó la ya mencionada red social, algo que -sin faltarle el respeto al director- lo pudo haber hecho cualquiera.

    ¿Qué hay en común entre Fincher y Zuckerberg? Que ambos sacaron provecho de una idea que la pudo tener cualquiera. ¿Qué tienen en común Fincher y Zuckerberg? Que sólo a ellos les podía salir tan bien.
    En resumen, ¿Qué hay en común entre Fincher y Zuckerberg? The social network (2010), una película gélida, rigurosa y virtuosa por donde se la mire, que ilustra radiográficamente no sólo la historia de cómo se formó el Facebook, sino cómo éste llegó como objeto definitivo de la necesidad de comunicación de una sociedad hambrienta de cruzar fronteras, límites y retroalimentar una globalización despiadadamente productiva.

    Todo eso logrado con matices infinitos, que van desde una dirección magistral, una banda sonora excelente, fotografía bellísima y, principalmente, un reparto que lleva la trama más allá del cine y hace que la pantalla sea una ventana que, mediante la fuerza de un guión cargado de elocuencia, la teletransporte al mundo del documental. Porque The social network, de haber sido un documental, hubiera sido un bodrio con mayúsculas. Pero no, Fincher le dio su toque de director que sabe lo que quiere y logró una película hecha y derecha.

    The social network es un film hecho con rigor. El sentido categórico de la expresión de sus actores nos remonta al más sofisticado de los dramaturgos del teatro realista de principios del Siglo XX. Y en esto Jesse Eisenberg (sí, el muchacho que competía con Michael Cera por quién le pone más cara de nada a un personaje) se lleva todos los laureles. La frialdad con la que éste interpreta a Mark Zuckerberg es tal que divaga sola por el sendero más sencillo a la emotividad. Eisenberg hace del billonario más joven del mundo un hombre común, así como Fincher hace de la historia de Facebook una dulce anécdota universitaria, casi como una travesura que se fue de las manos y pasa de comedia juvenil a thriller judicial. Pasaje turbio del que el director de The Game (1997) y Panic Room (2002) sabe cómo caer bien parado.

    A la calidad del reparto agrégenle la frescura y credibilidad en los papeles secundarios de Andrew Garfield y Justin Timberlake, éste último interpretando al avispado creador de Napster. Ambos, junto con el resto de los actores -la mayoría muy correctos en sus interpretaciones- cierran un círculo casi perfecto que recrea la historia tal y como pareciera que fue.

    Si bien todo esto no hace más que ensalzar la película, cabe advertir que no a todos les podrá llegar una historia con tantas contrariedades y jaques a principios, así como tampoco el ritmo tan austero del que goza. The social network es un film violento con el espectador: remata la premisa en la retina y el cerebro con la misma facilidad con que el Facebook se metió en el imaginario social de esta generación. Difícil escapar de las garras de un mecanismo comunicacional tan tramposa y efectivamente pensado, así como también es difícil no quedar agradecido con Fincher por esta pieza de oportunismo virtuoso llevado al celuloide.
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  • Enterrado
    Enterrado
    Qué se puede hacer...
    Adrenalina underground

    El cine abre espacio a muchas posibilidades en cuanto a la forma de contar una historia. El original y espeluznante caso de Buried (2010) es sin duda uno de los últimos manifiestos de esto. Sinecdoque, un actor, una sola escenografía y un montaje de sonido asombroso basta para que la propuesta sea llamativa, si a eso le sumamos una trama que nos invita a estar encerrados en tiempo (casi) real con el protagonista.

    Éste último es nada más y nada menos que Ryan Reynolds, quien solito acarrea la historia, olvidándose por completo que lo suyo es la comedia americana industrial. El drama, la expectativa y la adrenalina que le imprime Reynolds a su actuación es algo formidable: no necesita de nada más que de un sólido apoyo en diálogos -verosímiles- para captar la atención.

    Muchos se sentirán incómodos viéndola, otros quedarán cautivados. Lo cierto es que Buried difícilmente deje indiferente al espectador, justo en tiempos en que la dirección artística está recobrando importancia, pero de la mano del CGI. La puesta en escena es sensacional; el montaje, deslumbrante; la atmósfera, correcta (a veces el guión precisa de ganchos como una serpiente que se inmiscuye en el cajón, o tildes cómico-absurdos para mantenerse a flote); pero lo que más sorprende es la dirección.

    Le damos un párrafo aparte porque la sensación que quedó es algo rara. Faltó rigor, quizás. Hay algunos planos ficticios que sobran (como ese enorme zoom out que hace, en un buen intento, de disparador psicológico entre personaje y platea), o inclusive hay un momento en que se llega a notar la escenografía... fatal error, o gazapo, como le dicen los españoles. Así que, Cortés, más cuidado para la próxiima.
    Pero difícilmente haya próxima. Buried es una experiencia irrepetible. Muy atractiva y meritoria. Una película que puede dejar los pelos de punta así como también puede llegar a exasperar a todo aquel que carezca de paciencia... y ni hablar si detestan los finales sorprendentes.
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  • Mi familia
    Mi familia
    Qué se puede hacer...
    Gracias Clinton, por dejarnos hacer una familia

    Cuando me enteré que saldría una película con una temática tan jugada, me ilusioné mucho. Sobre todo porque se trataba de un guión original. El quiebre que podría sufrir una familia, conformada por dos madres lesbianas, cuando sus hijos adoptivos decidieran conocer al donante de esperma, no podía fallar. No obstante, la primera descepción llegó cuando supe que se lo vería con una perspectiva cómica. ¿Qué podía salir de eso? Y sí, a veces Hollywood amaga con innovar, pero nunca se sale de los cánones y a sus miembros no les da el cerebro para hacer historias jugadas.

    The kids are all right (2010) no es, para nada, la excepción a la regla. Lo que podía ser tranquilamente una trama rica en contenido sociopolítico, no es más que un horrendo disfraz con el que se viste una historia más sobre la familia en tanto institución, que se rompe cuando un factor externo irrumpe en su modus operandi. Tratamiento súper burgués, que no se salva ni con las exquisitas actuaciones de Julianne Moore, Annete Bening y Mark Ruffalo.

    En realidad, todo el reparto es una maravilla. Lo hace muy bien y con mucho realismo. Pero eso no es suficiente. El guión de Cholodenko y Blumberg es embustero, está lleno de arquetipos familiares -que van desde la idiosincrasia propia de su micro universo hasta el protocolo y ceremonial a la hora de la comida- y golpes de efecto manipuladores. El revés ultra obvio que da la trama hacia la mitad de la historia no sólo la convierte en una pésima y engañosa historia, sino que además la reestructura hasta convertirla en una telenovela (lésbica, por supuesto) filmada. Para colmo, propagandística, porque se da por sentado que, como trasfondo, el liberal e igualitario estado norteamericano apoya y hace posible la vida hermosa que lleva esta familia de clase media-alta, que nunca expresa condiciones obstaculizadas en el trabajo. Todo es bello en este film. Sólo es arruinado por ese villano que quiere romper los cánones familiares. God bless America.

    Los rasgos positivos, si es que los hay antre tanto conservadurismo burgués, son claramente las interpretaciones juveniles, que se complementan a la perfeccion con los adultos. Después, ciertos gags funcionan como elementos aislados, pero Woody Allen los usaría mejor en una de sus películas romanticonas de ahora, sin necesidad de engañar al público con todo ese verso de las lesbianas y su familia perfecta.

    De haberse tratado con más respeto y soltura, sería una cinta magnífica. Pero, al contrario, es una más de las tantas teatralizaciones baratas de Hollywood, que por muy independiente que se quiera hacer, no deja de ser una American Beauty homofóbica.
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  • Lula, el hijo de Brasil
    Lula, el hijo de Brasil
    Qué se puede hacer...
    El hijo pródigo

    Lo más sensato que servidor ha visto en mucho tiempo en materia de biopics. No hay ni propaganda, ni oficialismo, ni idealismos. Es más, hasta hay ambigüedad, y eso está bien. Al comenzar la cinta tenemos el desfile de algunas marcas que la patrocinan; éste es el ejemplo de esa ambigüedad que hablamos, ya que la mayoría de esas marcas apoyó el golpe de estado brasileño contra el que luchó el protagonista en la vida real. En todo el metraje no hay exhaltaciones dice qué patrióticas, así como tampoco hay momentos hollywoodenses en los que los que dirigen propuestas de este tipo de géneros suelen caer reventándose las narices contra el suelo.

    Allí está Lula, el ex-presidente de Brasil. Ese Brasil que lo ve con un 80% de imágen positiva. Ese Brasil que lo reeligió. Según Fábio Barreto y Marcelo Santiago, Lula es el hijo de Brasil. Un hombre que sorteó dificultades -como todos- pero que siempre se mantuvo fiel a sus pensamientos (comunistas, o no comunistas, industriales, o no industriales).
    No obstante, la figura protagonista de la historia no es Lula en sí, sino su madre, interpretada cálidamente por Glória Pires. Ahí se justifica tamaño título para el film: la vida del ex mandatario brasilero no tendría el efecto que tuvo, sin la convicción de servir a la patria como siempre lo hizo con su madre, imagen de resitencia, fortaleza, trabajo y honra. Pires se roba la pantalla por encima del novato Rui Ricardo Diaz.

    La película pasa bien, a pesar de su duración de 130 minutos (lo cual suena algo excesivo). El guión alude a algunos lugares comunes, pero eso no quita que la historia esté bien contada. Pasa sin mayores logros que el del lucimiento de los actores, y la escena del discurso en el estadio, por lejos la mejor.

    Lula: o filho do Brasil es un biopic de esos que se encuentran en la televisión un sábado a la tarde, y te enganchan hasta el final. No sólo porque la historia del hombre que esperó tres candidaturas para llegar al sillón presidencial sea cautivante, sino porque los directores la hacen amena. Recomendable, pero sin pretensiones.
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  • Una pareja despareja
    Una pareja despareja
    Qué se puede hacer...
    Dos reclusos del amor

    Después de su intrépido regreso en la más que aceptable Yes man (2008), los fanas de Jim Carrey nos quedamos con ganas de más. Lamentablemente, o por lo menos desde mí visión, el traspié de A Christmas Carol (2009) no se pudo evitar, a pesar de que era una interesante propuesta visual para niños. Finalmente, y después de tanto amague de sus participaciones en films cómicos, Carrey aparece en el debut en la dirección de los hasta ahora reprochables guionistas Glenn Ficarra y John Requa, acompañado por un reparto de gente conocida dispuesta a marcar un nuevo episodio en la filmografía hilarante (que no significa que dé gracia, sino que hace reír, que no es lo mismo) del hombre de las mil caras.

    Sin embargo, el film que nos compete -el atrevido I love you Phillip Morris (2009)- no despega hasta que Ewan McGregor irrumpe en escena, brindándonos una de sus más efectivas incursiones interpretativas en lo que al histrionismo en su carrera se refiere; y eso que Carrey y Leslie Mann la vienen piloteando bien con la introducción. Pero no, I love you Phillip Morris no funciona sin ese dúo magistral compuesto por el capocómico de los rostros graciosos y el rubiecito de ojos celestes (como él mismo se describe en su aparición en la peli).

    Más allá de que a muchos les pueda resultar chocante el tratamiento de las escenas homosexuales (la historia trata la vida de una pareja gay que se conoce en la cárcel, aunque después ahondaremos más), Carrey y McGregor hacen un estupendo trabajo juntos, no sólo generando una química asombrosa, sino haciendo a uno desternillarse de la risa por algunas escenas muy elevadas de tono pero con un fuerte contenido de comedia ácida y negra (si alguien nota el detalle de la escena en el bote, que avise). Y aunque la trama se reviste de tragedia en más de una ocasión, los matices románticos que le aplica la pareja protagonista no tienen desperdicio (como la escena del traslado a otra prisión, con McGregor persiguiendo a su amado y Carrey gritando el título de la cinta desde el omnibus), generando empatía desde la secuencia en la biblioteca hasta esas excelentes discusiones de pareja en los momentos de quiebre del guión.

    Esta comedia dramática con tintes de biopic (es una historia real, según se dice) cuenta con un raro pastiche entre la parodia y el romanticismo, que a veces le juega en contra, aunque siempre está McGregor dispuesto a ponerle el pecho a cada escena y salvar al relato de la ambigüedad. El guión, a pesar de ser muy sólido, a ratos se cae, y deja muchos cabos sueltos que al final resultan no ser de mucha ayuda.
    Esto, y teniendo en cuenta que la película está practicamente partida en dos partes bien marcadas -por un lado, la historia de amor entre Steve Russell y Phillip Morris (con todas las escenas de la cárcel siendo lo mejor del film, por lejos), y por otro las andanzas de Russell, lo cual seguramente se dio con el fin de lucir las cualidades histriónicas de Carrey-, es lo único desfavorable que se le puede atribuir a esta creíble, transgresora y ácida producción francoamericana.

    Y, como decíamos, se da un raro episodio interpretativo, ya que tenemos a la insulsísima Leslie Mann aportando bastante al inicio de la historia, junto con la participación de Rodrigo Santoro siendo, además de necesaria, efectiva para ciertos momentos en que el guión necesita encontrar un claro donde descansar (por ejemplo, en los sucesivos intentos de suicidio del protagonista). También hay ciertos momentos en que la dirección cobra fuerza y el relato se nutre de seriedad y credibilidad, motivo por el cual la tragicomedia se vuelve digerible incluso para aquellos pudorosos que no encontrarán la gracia ni en las fuertes escenas de sexo ni en los chistes racistas o religiosos de los tramos más brillantes del film.

    Por último, cabe resaltar la importancia que se le da a los cimientos psicológicos que fundamentan todo lo sucedido, incluso cuando la voz en off de Jim Carrey ya no aguanta más el peso de tanto giro argumentativo. Además de sólido, entonces, el guión resulta pertinente, algo que ya no sucede en las comedias que nos llegan desde Hollywood (aunque ésta lo es sólo en parte).

    I love you Phillip Morris invita a sacarse los tabúes, para disfrutar de 102 minutos de comedia negra de la buena, con actuaciones excelentes, gags efectivos y una historia de amor encerrada en una nube (con forma de pene) de credibilidad, solvencia y, principalmente, divertimento "a la Carrey".
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  • El Rati Horror Show
    El Rati Horror Show
    Qué se puede hacer...
    Construir el mundo con el cine

    Enrique Piñeyro quizás sea, hoy por hoy, y a título exagerado, el mejor documentalista del mundo en cuanto a repercusión social. Con Wisky Romeo Zulu (2004) logró cambiar la ley de aeronáutica argentina tras el accidente del Vuelo LAPA 3142, y con Fuerza Aérea Sociedad Anónima (2006) también logró repercutir en el imaginario social con casi el mismo éxito que su predecesora y maestra ópera prima. Ahora, con El Rati Horror Show (2010) apunta a lo mismo, desmantelando una cuestión particular para terminar apuntando directamente al corazón de la "justicia" en la Argentina.

    El documental cuenta mediante mecanismos basados en el último grito de la tecnología la historia de Fernando Ariel Carrera, condenado a treinta años de cárcel por la denominada "Masacre de Pompeya", un confuso accidente de tránsito que acabó con la vida de tres ciudadanos luego de una sangrienta persecución policial.
    Se dice el último grito de la tecnología de manera irónica, aunque cabe remarcar la habilidad del director y actor para manipular de forma excelente las técnicas del stop motion -entre otras- en las recreaciones miniaturizadas (muy cómicas también, por cierto), o la animación en las dramatizaciones en esa tabla azul hacia donde se dirige junto a su compañero Germán Cantore en las secuencias que ayudan a ir recreando los hechos después de los asaltos de iluminación gracias a la brillante investigación periodística de Pablo Galfré.

    Paulatinamente, Piñeyro construye y deconstruye el caso judicial que terminó acabando con la libertad de una persona inocente, víctima de los chanchullos de policías corruptos, que ante un error grave cometido tras perderle el rastro a ladrones en una persecución por el barrio de Pompeya decidieron "fabricar" al culpable mediante manipulación de las evidencias. Piñeyro (que hace de Sherlock Holmes y nos deja ser su J.H. Watson) pone en ridículo a la policía, o mejor dicho, deja a la vista lo ridículo del grupo policial que encabezó la operación, puntualmente de la controvertida Comisaría 34, que evidencian su ignorancia y falta de transparencia en las mismas declaraciones documentadas de las que se vale el realizador para poner en tela de juicio y debate la cuestión.

    La información es tratada con sumo cuidado y sentido crítico y analítico, a tal punto que se llega a probar el sonido de los impactos de la bala sobre la carne en una secuencia particularmente espectacular detallada en X-Mo, con el director calzando el arma de fuego, para dejar de lado la naturalización de una balacera contra un ser humano (inocente o no). Y precisamente armas son las que utiliza Piñeyro (no sólo la mencionada) para valerse de su actividad tan creíble y contrastable, haciendo uso útil no sólo de la tecnología (mucha publicidad a Apple nomás, pero qué se le va a hacer) sino hasta de los paupérrimos noticieros argentinos, demostrando también el rol que juegan estos a la hora de construir la realidad y el ya mencionado imaginario social en el que tanto se inmiscuye Piñeyro con fines críticos y si se quiere hasta revolucionarios (el trabajo tiene un aire de grandeza a lo Operación Masacre, de Rodolfo Walsh).
    "Si leo en el diario Clarín que Fernando Carrera es un asesino, entonces creo que Fernando Carrera es un asesino, no me importa lo que él tenga para decir," explica el propio Fernando Carrera -la víctima del hecho, el "perejil"- durante la entrevista dentro de la cárcel con el director del film. Esta frase bien puede resumir lo expuesto en el párrafo anterior.

    Y volviendo a lo dicho al principio, la repercusión que logra Piñeyro con El Rati Horror Show (el término "rati" -"tira" al revés- en el lunfardo contemporáneo se le atribuye a "la cana", la policía ) llega al punto en el que el realizador logra concretar una entrevista con un procurador de la causa, con el fin de exponer su visión de los hechos desde el punto de vista de su investigación. Si todos lograramos eso con un film, una simple película (obviamente, nótese el grado de significación que le doy a ese "simple"), podríamos dar por seguro que iríamos a un mundo mejor. Documental, 'mockumental', lo que sea, pero se alude a la justicia nuevamente, y esta vez -si bien la causa sigue abierta y Carrera sigue preso- también se logra llegar a una instancia de reelaboración de los conceptos que inciden en la realidad. Si eso no es triunfar, no se me ocurre qué otra cosa puede ser...

    Ese cine que propone y utiliza Piñeyro en El Rati Horror Show es, más que un arte, una herramienta de construcción social.
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  • El último exorcismo
    El último exorcismo
    Qué se puede hacer...
    Si crees en demonios, crees en exorcistas...

    La manera más justa de describir a esta cinta es como "acotada". Sí, se trata de un subgénero explotado, con recursos explotados (sobre todo en la última década), y construcciones narrativas explotadas y ya harto usadas que limitan bastante a la propuesta en sí. No obstante, el clima que genera The last exorcism (2010) puede llegar a ser su mejor escudo defensor ante los amantes del bombardeo de sobresaltos propios del terror que saldrán a desdeñarla por sus carencias y errores técnicos sin recalar en esa creíble parsimonia que posee en el desarrollo de la trama.

    La forma de presentar el relato es contundente y sorpresiva. Los realizadores no fueron a la fácil asegurando la asimilación de la historia en los primeros minutos, sino que prefirieron una introducción pausada y bien llevada, que al llegar al foco de la cuestión hace a uno pensar "ah, así que para esto estamos acá", indiferentemente de lo que se pueda leer en alguna sinopsis o reseña del film. Esto es un ítem a favor, ya que, insisto, lo que mejor puede hacer referencia a The last exorcism es el concepto de lo acotado, siendo que en tan sólo 87 minutos de metraje se anima a meterse en surcos (no hago referencia a lo bucólico del guión) que en otros proyectos bien podrían haber sido un pretexto para extender la trama, y en este caso se utilizan para dar sentido y explicar los porqués de lo que sucede.

    Ahora, nos metemos de lleno en el recurso: el famoso falso documental, recientemente explotado por Paranormal Activity (2007), vilmente plagiado por Paranormal Entity (2009) -una de las peores películas en la historia del cine de terror-, inaugurado por Cannibal Holocaust (1979) y popularizado por la épica The Blair Witch Project (1999), entre otros más originales como Cloverfield (2008) que no vienen al caso. Si bien The last exorcism hace uso de este modo de narrar como su mayor carta de presentación (vale más el motivo por el cual se decide filmar que lo que se filme), la película esquiva el recurso propiamente dicho para dar lugar a una vuelta de tuerca interesante en el guión que justifica casi a la perfección el porqué de esa forma de presentar la historia. Es como si en la pre-producción se hayan hecho todos los recaudos pertinentes para que la trama no tenga huecos ni fallas, aunque sí tiene algunas falencias técnicas que pasaremos a mencionar.

    Eli Roth está en la producción, y ahí es donde podemos notar cierta tendencia hacia el gore al que la película hace referencia en la excelente secuencia en que la protagonista se roba la cámara (literalmente, y figurativamente le corresponde el momento en que se arquea con el cuerpo hasta quedar casi en 90 grados: un distintivo que le corresponderá por siempre) y mata al gato con la misma. Sin embargo, hay otros errores bastante notables que son hasta infantiles, por ende, imperdonables, como tener cortes en las conversaciones manteniendo la fluidez de lo que se diga, o que hayan dos tomas diferentes de la misma acción (supuestamente hay sólo un camarógrafo "documentando" el proceso de exorcismo).

    Aún así, The last exorcism vendría a cumplir, acotadamente, lo que promete en un principio, e incluso ofrece más. Es que no estamos ante una más de exorcismos; no, para eso está la insuperable The exorcist (1973). Estamos ante una mirada crítica a las creencias religiosas, una interesante reconstrucción del imaginario social que se da en las zonas rurales de Norteamérica, un intento de falsearlo, una premisa reciclable que nada tiene que ver con la temática que se vende, y un desenlace digno de la admiración de aquellos que son amantes del estilo y el subgénero. Justo cuando pensábamos que debíamos creer en demonios para creernos los cuentos casi mitológicos de la parte 'oscura' de la Biblia, nos enteramos que también tenemos que creer en exorcistas. Para eso está esta peli, para analizar si creer en lo que hay que creer. Y, mientras tanto, te da algún que otro sustito...
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  • Amor a distancia
    Amor a distancia
    Qué se puede hacer...
    Ápices del amor contemporáneo

    Más allá de lo trillado que puede resultar el concepto inicial del que parte Going the distance (2010), tenemos una fresca comedia romántica protagonizada de manera sobria por dos de los más versátiles actores de la comedia norteamericana: Drew Barrymore y Justin Long. Ellos llevan adelante sin ningún problema un guión con muchos vaivenes y algo de rebuscada voltereta para alargar el metraje, pero que termina destacándose por una rutilante acidez cuando se disfraza de crítica a las costumbres de las parejas posmodernas.

    El típico contraste entre dos ciudades totalmente opuestas -amado por el norteamericano pochoclero, sobre todo si su pareja consume Britney Spears o Lady Gaga- es el marco ideal que encontraron los realizadores para contar una historia de amor a distancia que se involucra más con la confianza y el valor de las amistades que con ese guiño que hace hacia la vida de roles y sueños que se explotó mejor en otros títulos recientes (el ejemplo más cercano, Up in the air, la última obra maestra de Jason Reitman). Cuando juega a la moralina fácil, no le sale. Pero cuando coquetea con los distintos matices que van conformando la cotidianeidad estadounidense en una sociedad que no le da cabida a los treintañeros que vienen trastabillando con los trabajos o los logros personales, se llena de una riqueza que no todos sabrán ver, obnubilados por los gags en las líneas del guión.

    Por lo visto, el humor de las producciones de Apatow influenció bastante a Nanette Burstein y su equipo, ya que se puede notar cierta gama de latiguillos o salidas rápidas a ciertos lugares comúnes gracias a ese estilo tan característico de bombardear la pantalla con palabras ácidas y muchas veces grotescas. Cuando la comedia cobra protagonismo, Going the distance se luce; cuando el romance y la duda existencial la ahogan, decae. Y en ese (des)equilibrio incesante se balancea constantemente la película hasta llegar a un final bastante agarrado de los pelos pero que sabe como cerrar el círculo por el chiste leitmotiv por excelencia de la cinta.

    Esta es una película que no da para ir a ver al cine, o quizás sí, pero en una tarde de lluvia, si hay dinero para el taxi y una buena compañía gastronómica durante la proyección. Imposible verla si no es acompañado por alguien de otro sexo. Realmente, la recomiendo para alquilar, y sin muchas pretensiones.
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  • El hombre de al lado
    El hombre de al lado
    Qué se puede hacer...
    Los miedos de la burguesía

    Esta película no debiera dejar indiferente a nadie. Desde lo artístico de la propuesta hasta el plano dramático de la cuestión, todo es político en El hombre de al lado, este ¿thriller? careta que intenta poner en contraste las dos caras del poder en la Argentina dentro de un microcosmos anodino como lo es la relación vecinal entre dos platenses de diferentes clases sociales.

    El hueco que hace Victor para tener "unos rayitos de sol" pone histérico al prestigioso diseñador de arte, Leonardo, que vive en la única casa que Le Corbusier construyó en América y que es considerada una obra maestra de la arquitectura. Este conflicto desencadena una interesante trama que a simple vista se puede exponer como hasta irrisoria, porque no se puede evitar reír en la diferencia palpable que hacen Mariano Cohn y Gastón Duprat en el sólo hecho de la forma de hablar de los dos polos opuestos, pero que en una mirada mucho más minuciosa se traduce en una ácida mirada a los temores de la clase social más privilegiada de este país.

    Leonardo llora en el semáforo, o se consuela encerrándose en su Citroën último modelo mientras lo pone en lavado automático. Leonardo intenta "limpiarse", porque su vecino invasor le abrió los ojos, esos ojos que ni con los ventanales que construyó Le Corbusier pueden ver la vereda de enfrente. Por su parte, Victor sólo quiere un rayito de sol que Leonardo no usa, y encima vende autos usados y hace una bizarra práctica de esculturas con armas de fuego mientras por las noches invita a muchachas a beber, eructar y tener sexo con él. Estos dos contrastes se dan en un excelente y justo metraje calculado milimétricamente gracias a un gran trabajo de guión hecho por Andrés Duprat, avalado también por un bellísimo trabajo fotográfico que se llevó un premio en la edición de Sundance de este año.

    El aspecto técnico no sólo queda a merced de los ojos, sino del entendimiento. En El hombre de al lado, la historia transcurre en las edificaciones psicológicas representadas en las deconstrucciones arquitectónicas que protagonizan los dos personajes principales. Los estilos de vida se marcan con pincel, y lo que queda demás se pega con moco. Así de artística es esta película, que posee los mejores plano-secuencia del año, sobre todo en uno de los finales más intimidatorios y espeluznantes de la cartelera argentina que se recuerde, sin necesidad de entrar en el género al que le corresponden esos atributos. Con el shock ideológico se asusta más que con el mero sopetón, y eso es palpable en este film.

    Esta película habla con lo que se ve, y escucha sólo los golpes de las construcciones. El hombre de al lado se edifica en nuestras narices, y ni así nos evita la mirada aguda y crítica al sistema aislado de ciertos sectores del país. La inocencia del gorila de clase media, y la rigidez y paquetería del businessman de clase alta. Todo resumido en una mini-obra teatral que muestra que el arte no es sectorial ni partidario, sino político, muy político.
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  • Los Indestructibles
    Los Indestructibles
    Qué se puede hacer...
    ¡Old School, Baby!

    Sylvester Stallone vuelve a ponerse detrás de cámara después de sus dos estocadas finales a las sagas Rocky y Rambo, esta vez para hacer una gran fiesta de tiros, piñas, patadas, cuchillazos y mucha nostalgia.

    The expendables (2010) se presenta divertida, entretenida y bien sencilla, aún cuando el guión es más simple que sencillo, obviamente. Pero tratándose de una propuesta en la que lo único importante es ver explosiones y la forma en que los buenos no tan buenos vencen a los malos malísimos, se permite. Es que la propuesta no era para menos. Stallone invitó a todos sus camaradas de la acción que prendió fuego el celuloide de los '70 hasta la actualidad para componer una película muy buena, sin importar ciertos matices.

    Y esos matices (empecemos por lo malo así después sólo le lanzamos laureles a la peli) son nada más que algunas decisiones reprochables por parte de los realizadores en cuanto a la construcción del eje narrativo (who cares!?), como por ejemplo esa Isla-Nación mitad brasuca mitad boricua cuyos habitantes son interpretados por actores que ¡tan luego no acostumbran hablar español!. Tal es el caso de David Zayas, un puertoriqueño que de la cuna se fue al Bronx neoyorkino, y de la preciosa Giselle Itié, brasilera de origen mexicano; todos hablando un español casi ininteligible. El resto ya pasa por el nivel de aceptación y la cuota de credibilidad que el espectador le permita a la cinta, aunque vale aclarar que casi no hay secuencia que desprenda un "¡Pss, imposible! o un "¡¡Naa, pará un poco Stallone!!, lo cual es digno de remarcar y, por qué no, agradecer en estos casos.

    Ahora sí, yendo a lo concreto: qué buena peli. Toda la acción bien al estilo ochentoso, ese equilibrio entre el cine de acción guerrero y el de los karatecas locos, las líneas de diálogo bien a la Rambo pero también cómicas. Un compendio del cine bueno de acción, de la mano de un reparto que además de gozar de una química increíble hace todo súper verosímil. ¡Súper, súper! Bueno, no tan súper, pero bastante súper... Y con esto nos referimos a las peleas y las escenas de combate armamentístico, que si bien son demasiado "boom" no dejan de tener una cuota alucinante de poderío visual y sonoro (tal vez la mejor edición de sonido del año, sin exagerar).

    El dúo Statham-Stallone quizás se vuelva antológico, quizás no, pero sí funciona a toda marcha con esas conversaciones hilarantes que nos hacen creer que son amigos de toda la vida y que, principalmente, nos hacen olvidar que el pelado de The Transporter nació dos años después de que Stallone empezara su carrera actoral. Son dos generaciones uniéndose para el deleite de la afición de piromaníacos que disfrutó también con todas las películas protagonizadas por los que aquí el director se da el lujo de poner como mero relleno, aunque también con cada uno teniendo su minuto de gloria. Y por esto entiéndase a Terry Crews y la mejor arma que se recuerde en el cine de los últimos años; Randy Couture y sus planteos psicológicos (y el encargo especial en una de las peleítas, pero no vamos a hacer spoiler); Steve Austin haciendo del típico grandote invencible; Jet Li y su talento de siempre más un plus en su forma de ser que permite la sorpresa; y un Mickey Rourke que vuelve a demostrar que probablemente está en el mejor momento de su carrera y que definitivamente es el fénix de Hollywood.

    Los hombres, ellos son los principales. Aquí no se cae en la típica de hoy en día, con tanta carne femenina en exposición con el único fin de mixarlo en el cóctel explosivo. Stallone y compañía (como también sería una buena forma de llamar al film) aprendieron de sus errores y no tropiezan con la misma piedra que todos los peso-pesado de la cartelera actual, sino al contrario: no hay estereotipos, o por lo menos no muy exagerados, y eso le da credibilidad a la trama.
    The expandables expone más bien la figura del hombre de la mitología griega, ése que despliega su poder con la sensibilidad, a fuerza de sentimiento, sensatez y temor. Helo aquí al personaje de Rourke llorando por un recuerdo que lo movió de su pensamiento de siempre -como si fuera un llamado de atención al cine industrial actual-; el personaje de Jet Li soñando con tener familia; el de Couture planteando lo hablado con su psiquiatra con el resto del grupo; el de Statham conmovido por sus problemas de pareja; el de Dolph Lundgren -Gunnar (¿homenaje a Nick Gunar?)- en la dicotomía entre el "bien" y el "mal"; o el propio Stallone, cuyo personaje se ve movilizado por la actitud patriótica y honesta de Sandra (Giselle Itié) a la hora de decidir si ayudarla o no.

    The expandables, cobrando energía con la cuota de calidad del cine de acción de la vieja escuela y algunos retoques producto de la experiencia de los que integran el proyecto, es un crítica al Hollywood actual, una burla a sí misma y un combo de adrenalina y testosterona que, además de entretener con creces, se plantea como franquicia (qué bien te salió, Stallone) y una mirada reflexiva a lo que se viene en el género. Ah, y lo mejor, por lejos, la escena del trío de los grandes: Stallone + Willis + Schwarzenegger; muy entretenida, como la película.
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  • Depredadores
    Depredadores
    Qué se puede hacer...
    Las berretadas del género

    Caída libre, a toda velocidad. Introducción oportuna. Es Adrien Brody en la antesala a la que será una de sus peores actuaciones haciendo una versión libre -y escuálida- de Arnold Schwarzenegger, cayendo en picada, lidiando con un paracaídas, aunque con buenos efectos visuales y banda sonora como sustento, hasta llegar al clímax con el brusco descenso a una zona selvática. Da un golpe seco contra el césped, corte a negro: "Predators".

    Así inicia este film de corte conservador que intenta continuar con la incesante idea de querer hacer la saga infinita de los bichos que se pueden esfumar en el aire, desaparecer, pero al volver seguir denostando ser actores de segunda disfrazados con un mal traje. El autor material de este crimen contra la paciencia es el húngaro Nimród Antal, quien a menos de un año de dirigir Armored (2009) lanza esto, que salió luego de recibir la propuesta de su buen camarada Robert Rodriguez -productor de esta obra- para dos cosas: una, tener aunque sea un mínimo papel en su esperada nueva cinta Machete, que en el protagónico cuenta con Danny Trejo (y que a su vez aquí también tiene un papel), y dos, dirigir la peli que nos incumbe en este artículo.

    Predators, hablando mal y pronto, es aburrida. Los primeros diez minutos sirven como una aclimatación aceptable para lo que después debiera ser, cuando menos, una sangrienta cacería interplanetaria como tanto nos lo promete el póster. Pero no, la cosa continúa, y pasando el minuto 40 encontramos a nuestros desventurados y desorientados personajes en la misma situación en la que se encontraban al momento de "caer" a ese extraño sitio. Por cierto, todos son unos asesinos peligrosísimos que fueron llevados a un planeta que los Depredadores utilizan para divertirse cazándolos. Esta premisa nunca se explota en la hora y cuarenta de metraje tan soso y lineal.

    Ni hablemos de la construcción de los personajes, súper obvia, estereotipada y burda, siendo -¡ooobviamenteee!- los dos estadounidenses los más rudos que más se la bancan al lado de los extranjeritos que se acaban de dar cuenta que fuera de su país el peligro es verdadero y la rudeza sólo se conoce habiendo, o bien sido amigo de Stallone, o haciendo estado en la Armada del Tío Sam. Si a la idea absurda del peligro amalgamado en un grupo pluriétnico en territorio "extraterrestre" le sumamos el papel de Topher Grace como el médico desarmado que viene con sorpresita, cantamos cartón lleno. Vamos gente, la peli tendrá su intento de homenaje a las viejas usanzas del cine de este género, pero todo esto ya se vio, es prescindible.

    La saga de los Depredadores antes se caracterizaba por asustar un poco y entretener, mientras intentaba definirse como un proyecto que se autolimita por sus propias convenciones y está a tiro con los avances tecnológicos. No obstante, en esta ocasión más que homenaje se podría decir que Predators es un pastiche o revoltijo de ideas sacadas de otros films que más o menos conducen a esta idea. Tenemos situación geográfica a la Avatar (2009), mezclada con una pizca de la sensación de abuso generalizado o intento de terror psicológico de Saw II (2005) o Saw V (2008), más un poco de gore de mal gusto a lo Wrong Turn (cualquiera de las tres) muy propio de las preferencias del señor Rodriguez, y así podemos seguir. Ah, y por supuesto, algo de los depredadores, sino no estaríamos hablando de esta película.

    Lo que sí gusta, y mucho -no como la absurda e innecesaria aparición de Laurence "Morfeo" Fishburne o la terriblemente patética escena de la lucha del samurai en el descampado- es la secuencia final, con la frase que cierra la cinta. Lo mismo que allí se expresa se aplica al estilo, a la mala costumbre que adoptaron los realizadores de esta industria que se ha vuelto el "terror". Sólo cambien la palabra "planeta" por "género tan berreta". Los que la vieron sabrán a qué me refiero, y los que no la vieron aún, sigan así que no se pierden de nada, sino al contrario, se están ahorrando una buena hora-cuarenta de vida para usar haciendo otra cosa o viendo algo mejor.
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  • Te extraño
    Te extraño
    Qué se puede hacer...
    Little Montonero, o lo que queda de éste

    Raras formas suele presentar el cine argentino a la hora de intentar plasmar una idea concisa respecto a una situación que tranquilamente, y por los ánimos revanchistas que caracterizan a los años actuales de nuestro país, puede ayudar a caer en lo monotemático. Cuando claramente está a la vista el peligro de ensuciarse las manos con más de lo mismo, ahí está el "nuevo cine argentino" (ya fue eso, gente) siempre firme en su postura de desmantelar la realidad de una manera cruda o desinteresada (en el buen sentido de la palabra) para contarnos una historia, de nuestra historia. Sí, adivinaron, del último golpe de Estado.

    Cuando entré a la sala para ver Te extraño, lo admito, no tenía ni idea de con qué me iba a encontrar. Estaba tan cansado por caminar del Abasto a Congreso que ni me percaté en leer la sinópsis. Sólo compré la entrada, y me senté con otros cuatro o cinco personajes de la siesta porteña para disfrutar, o padecer, lo que ante nosotros estaba por materializarse.

    Y allí estaba la historia de Javier y su hermano Montonero (bah, los dos son Montoneritos) desaparecido en pleno inicio de la dictadura militar de 1976. Luego viene el exilio, y el letargo (demasiado extendido), las experiencias del crecimiento propias de un adolescente desentendido pero a la vez comprometido políticamente, el sentimiento de orfandad, los experimentos hormonales, y nada más.
    Realmente cuesta encontrar algo profundo en un relato tan sencillo y tan fácil de digerir. Es simple, y sin ser cruel con la película de Fabián Hofman: una más sobre los desaparecidos.

    La trama no se lleva bien con las imágenes, pero aún así hace lo que puede por llevar el hilo conductor para que el ritmo sea llevadero, aunque no hace falta agregar más a esas frases tan significativas, que bien pueden ilustrarnos las cualidades y las intenciones del film. La mirada de un sapo de otro pozo en medio de una lucha a la distancia, la propia contradicción ideológica que -ojo, cito del guión- "destruyó" la lucha montonera, el sentimiento de desarraigo contrastado por el amor circunstancial (lejos queda en el recuerdo y en la mutación del protagonista su debut sexual en un motel con su amigovia del colegio), y otros tantos matices de Te extraño que no hacen más que completar una pieza de rompecabezas para todas las edades.

    No hay muchas lecturas a la vista, salvo algún que otro intento icónico por darnos a entender el indescifrable final (arruinado por el texto que reza la conclusión del autor de manera tan escolar), con el mar traicionero de la bellísima canción (si no me equivoco, la única de toda la cinta) que suena en las últimas secuencias.

    Al igual que las peripecias de Javier, encarnado muy correctamente por el jóven Fermín Volcoff, la historia va pendulando en un dramático ir y venir que nunca termina por definirse, o por lo menos apunta a muy poco teniendo en cuenta el penoso final. Para que se entienda en resumidas cuentas, lo que se cuenta es interesante -y muy bien actuado, sobre todo por el prometedor Martin Slipak (que ya nos deleitó como el hijo de Julio Chavez en la serie Tratame bien), Luis Ziembrowski y Edda Díaz-, pero no hay nada por descubrir, no tiene nada para ofrecer. Es un cuento bien contado, muy bien rodado, y que llega al espectador, pero al salir de la sala (téngase en cuenta el tono geográfico que le estoy queriendo dar al artículo) el recuerdo ya no lo lleva de la mano. Te extraño no nos acompaña luego del visionado, se queda ahí, inmóvil.

    La temática tan utilizada y explotada, las constantes referencias políticas, los acentos en las diferencias socio-culturales entre la Argentina de Videla y el México de López Portillo y Pacheco, y principalmente el aletargado ritmo, no ayudan mucho a un film que no tiene mucho para ofrecer a pesar de una muy buena realización, con todos los aspectos técnicos sin reproches algunos.
    Quizás éste sea un claro ejemplo de que el cine argentino (a pesar de que una vez más es ayudado por otro país para asegurar la trascendencia) aún no encuentra los términos medios. Cuando tiene algo excelente para contar, lo desaprovecha con pobres aspectos técnicos; y cuando logra pulir esto último, no lo condimenta con algo agradable.

    Sobre el tema que aborda ya se hicieron muchos otros films que tratan mejor la idea, pero si quieren, hay una bonita relación entre los hermanos, de fidelidad, compañerismo, y sobre todo amor, que vale la pena destacar entre el estancamiento de casi dos horas. Insisto en que basta con el plano final para describir lo que transmite Te extraño. También, la escena en que la tía de Javier entra a la habitación del triste muchachito y éste sólo está tendido en la cama mirando el techo, motivo por el cual la tía le dice "cuando encuentres una grieta en el techo, avísame Javi". Todo dicho.
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  • Pájaros volando
    Pájaros volando
    Qué se puede hacer...
    Abducidos por la risa y el delirio

    El título de la película de Néstor Montalbano bien puede tener varias vías de interpretación: primero y principal, el hit que marcó a fuego a los consumidores de la música de esa Argentina de los '80 que nos intenta ilustrar el director de Soy tu aventura (2003), aún cuando se manipulan algunas cuestiones históricas para fines exclusivamente cómicos y se conservan otras para avalar la base ideológica que cimienta toda la desfachatez del guión; y segundo, ya en un plano más interpretativo, una alusión a las creencias de las cuales el pueblo de Las Pircas está absolutamente acostumbrado y que, en un contexto ajeno y plenamente etnocéntrico como del que proviene el protagonista (un excelente y atípico Diego Capusotto), puede denominarse "de locos".

    Si bien ya estoy harto de que a cada comedia -de procedencia nacional o internacional- que pase por las carteleras argentinas se le adjudique el adjetivo "loco/a" en el título, la mejor forma de describir a Pájaros volando es diciendo que es una comedia loca, de locos, y para reír como locos.

    Aún cuando el film carece de solvencia técnica (montaje medio pelo, con errores grosos, y una edición de sonido bien argentina, o sea, también medio pelo), se asegura la buena relación con el público gracias a un guión bien dotado, sin estereotipos notables, actuaciones acertadas (Luis Luque y Capusotto nuevamente la rompen juntos, Osky Guzmán está genial, y las conversaciones entre Juan Carlos Mesa y el personaje Magallanes son monumentales), y un desfile de parodias, insultos y autoreferencias que caen muy bien paradas en el momento justo.

    Si alguien sale de la sala sin haber reído aunque sea dos o tres veces con Pájaros volando es porque, o bien no sabe digerir el único e inigualable estilo de la única gran comedia que hoy por hoy disfruta el arte audiovisual argentino, o no logra captar la esencia prejuzgada de un humor que a vuelo de pájaro (no es un chiste fácil) se ve ridículo y grotesco pero que en el fondo guarda una inteligencia poética, estilística y política riquísima, que no todos están acostumbrados a consumir y (lamentablemente), por ende, entender.

    Para demostrar esto me valgo de las diferentes interpretaciones que cada personaje le atribuye al platillo volador en el desenlace; la gloriosa conversación con el gorila estando en estado de abducción -tener a un peronista de raza hablando de fútbol con ese animal cuando menos resulta curioso-, con la intervención de Pedro Saborido en la escena (he allí la fórmula mágica de lo mejor en comedia argentina del momento, como lo es Peter Capusotto y sus videos); o las participaciones de un sinfín de personajes de renombre dentro del mundillo artístico y mediático argentino, algunos apareciendo de forma obvia (como la buenísima secuencia con Antonio Cafiero), y otros traídos a colación con una simple mención tal como "que la sigan mamando".

    Aunque limitada por ser tan, pero tan argenta, Pájaros volando se disfruta en grande por un humor único, que describe y testífica fielmente la jungla que es nuestro país. Además, invita a la doble lectura: la risa fácil como mero divertimento (que no está nada mal, y si se la juzga sólo por esto es una obra maestra hecha y derecha), o la posibilidad de un mensaje que nos indica que quizás no sólo estamos ante una re-delirante de hippies drogones que creen en extraterrestres, sino toda una radiografía de nuestra sociedad y sus matices, la cual nos hace pensar que más le vale a Dios que no nos haya dejado sólos en el Universo.
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  • El origen
    El origen
    Qué se puede hacer...
    Sueños que no son sueños

    Ante tanta -demasiada- expectación, y todo el embrollo que se armó con las distribuidoras, ya era inminente que a Inception le jugaría en contra una antesala plagada de rumores y gente que dice que lo nuevo de Christopher Nolan es una obra maestra que va camino al clásico. No obstante, después de un visionado en que uno se la pasa intentando entender (después diremos qué), la peli convence y gusta mucho a pesar de un par de cositas que pasamos a mencionar.

    En la cinta se trata el tema de lo onírico como eje central, aunque es bastante reprochable la poca imaginación que denosta el director de Memento (2000) y The dark night (2008) respecto a la idea de los sueños. No vamos a develar la trama, pero para dar un pequeño pantallazo, y sin caer en la maldad de muchos que injustamente compararon la esencia del film con obras de Lynch o Buñuel, diremos que aquí no hay surrealismo, no hay libertad, no hay tales sueños según como son en verdad.
    ¿Qué soñamos? ¿Cosas locas, banales, sin sentido, sin estructura, sin continuidad? ¿O nuestros sueños son las "proyecciones" de la realidad impulsadas por nuestras ideas y nuestros recuerdos?

    Muchos salieron a defender a Inception alegando que había teorías del psicoanálisis y de la física, pero la verdad es que no se trata la idea de la memoria o la consciencia, sino más bien se piensa que la mente es el escenario de unos sueños que tienen más parecido a un videojuego que a lo que Nolan intenta hacer parecer.

    Aún así, y dejando esto en claro, esta película tiene una dirección impresionante, un apartado técnico espectacular, con un montaje alucinante y una puesta en escena digna de aplausos. El guión está bien, pero tiene más laberintos que los que tiene que construir el arquitecto (¿no hemos escuchado esto antes... en Matrix quizás?) para armar las misiones encabezadas por un Leonardo DiCaprio que está simplemente correcto, al igual que todo el reparto en general.
    En lo actoral, no hay nadie que se luzca demasiado y, sinceramente, da un poco de cosita ver a Michael Caine relegado a un mínimo papel como el que tiene. Todos están en la línea de lo correcto, quizás con un Tom Hardy sobresaliendo algo más por la cuota de histrionismo que le impregna a la cinta, pero nada más. Es que cuando hay tantas estrellas en una misma propuesta queda diluída la labor general y hasta los personajes se hacen difíciles de creer. Pero aún así, este grupo sale airoso.

    Decíamos entonces, que la idea de los sueños es la excusa perfecta para un despliegue cinematográfico gustoso y atractivo, pero que se ve afectado por tanta vuelta de tuerca. Este servidor se pasó todo el visionado debatiéndose entre entender el guión (que está bastante bueno y hace trabajar muchísimo el cerebro) y entender cómo se rodaron ciertas escenas como las de anti-gravedad protagonizadas por Joseph Gordon-Levitt (que quizás sea el más flojito de todos). Después, puro disfrute visual, como las escenas en ralenti, acompañadas por un gran trabajo fotográfico de Wally Pfister y redondeada con una común pero aceptable banda de sonido del genial Hans Zimmer. Se destaca el plano final, que nos corta la respiración hasta que la pantalla queda en negro; si se entendió el guión, claro...

    Inception tiene mucho para contar y mostrar, aunque no se debiera permitir que Nolan nos diga que precisamente eso que nos muestra es un buen concepto de los sueños. En ese sentido, y ante las expectativas que ofrecía, digamos que el surrealismo nos lo debe para la próxima...
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  • Toy Story 3
    Toy Story 3
    Qué se puede hacer...
    Nuestra gran amistad, el tiempo no borrará

    Me considero a partir de ahora autor absoluto de una subjetividad plenamente ligada a una infancia vivida en paralelo a esta hermosa historia. Mis juguetes eran de Toy Story, mis aventuras también, y así sucesivamente. Podría hablarles durante muchos párrafos lo que significó esta saga de Pixar (ama absoluta de la animación, no importa quien se niegue a esta verdad irrefutable) para mí, pero ese no es el caso. Así que, ya advertidos y a sabiendas de cuál será la nota de esta peli, consigno la reseña.

    Difícilmente se pueda encontrar algo malo a ésta, quizás la mejor obra de la factoría Pixar en cuanto a un todo divertido. Mientras Toy Story (1995) mostraba más seriedad y Toy Story 2 (1999) una leve inclinación al divertimento por divertimento mismo sin ningún tipo de enseñanza que avale lo sucedido, Toy Story 3 se consagra como la fusión de ambas fórmulas, dejando bien en claro que el drama es un factor clave para el desenlace de la historia, y afianzando la idea del final... triste, triste final. Pero no teman, no hacen la gran Disney, y me tomo el atrevimiento de contarles que no muere nadie: los juguetes ¡no pueden volar! ni tampoco morir, así que ¿cuál es su única finalidad? Jugar y ayudar a la diversión.

    Sobre esta última premisa pende la duda existencial de Buddy, Buzz, Sr. Cara de Papa, Ham, y el resto del ahora reducido grupo de juguetes de Andy, que ahora es un adolescente próximo a ingresar a la Universidad. Por esto, el joven deberá pasar por uno de los momentos más duros en la vida de un hombre: dejar su niñez, es decir, sus juguetes, para convertirse en un adulto. Mientras tanto, mediante una serie de hechos muy hilarantes y entretenidos, los protagonistas de plástico se debaten entre ser usados o ser fieles a su dueño, en un ida y vuelta que los deja varados en una guardería, infierno y paraíso.

    Sinceramente, está demás hablarles de calidad de animación, argumento fabuloso, construcción de personajes, y demás matices, porque se trata de Pixar. Y, a menos que hablemos de Los Increíbles o Cars, todos sabemos lo que implica mencionar a Pixar a la hora de referirse a un título animado. Lo que importa en esta tercera y última entrega de la historia de los juguetes que cobran vida es lo que transmite, lo que hace sentir. Y si bien a muchos en edades neutrales les será indiferente el desarrollo de la película, a nadie le puede resultar pasajero el hecho de recordar el momento en que tocó crecer.
    Y esta cinta, amigos, duele como crecer.

    El film lo vale todo. La calidad del relato, la madurez en la producción (esa escena apocalíptica en el basural es glo-rio-sa), la responsabilidad en el mensaje, la capacidad de llegar a un verdadero público en general, y un nuevo episodio después de tanto tiempo es lo que más se agradece de Toy Story 3. Y del final, mejor ni hablemos... pura lágrima.

    Por mi parte, me queda agradecer a los juguetes por tantos años de alegría y emoción. Les parecerá cursi, pero realmente me despedí de mi infancia lejana con esta película. Desgarradora pero muy cómica a la vez. ¿Cuántos largometrajes pueden hacer eso hoy en día?
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  • Kick-Ass
    Kick-Ass
    Qué se puede hacer...
    El muchacho cool que quería saltar...

    Antes de empezar a ver la peli, y sin tener cuenta de la existencia del cómic, uno espera otra de las tantas parodias a superhéroes con el que el cine de Hollywood de los últimos 10 años nos ha sabido empachar. Sin embargo, pasados los veinte minutos de metraje, uno descubre que, contra todos los pronósticos y a pesar del típico humor teenager simplista, la cosa va en serio... y es ahí cuando comienzan las confusiones.

    Uno no sabe qué es peor en Kick-Ass (2010), si ver a Nicolas Cage disfrazado de vigilante a lo Batman o caer en la cuenta de que se despilfarró tanta calidad técnica para terminar conformando a la masa sobre la marcha (las diferencias con la historia 'orignial' son inmensas). Porque, 1) la dirección es excelente, los efectos especiales también, y las actuaciones puede que también, 2) se nota un claro decaimiento en el argumento una vez que se pasa de la hora de duración, y 3) habrá secuelas... no, me refiero a que habrá una segunda parte... pensaron que me refería a... no, ya es tarde para eso.

    Este film dirigido por el adicto a los superhéoes Matthew Vaughn despertó sentimientos encontrados en este servidor, ya que de momentos uno la pasa muy bien con toda la acción que brinda la cinta y por otros quiere acabar como el personaje que aparece al comienzo. Es así, bien ambiguo: pasa del buen gusto en los gags a ser terriblemente estúpida, y de lo creible de la construcción de los personajes a una atroz inverosimilitud que la termina manchando más de lo parece. No hay que engañarse. Kick-Ass tiene pasta de film cool, bien tarantinezco y con el intento (fallido) de recurrir al estilo de Greg Mottola para que los espectadores se sientan más identificados, pero termina quedando en el camino por culpa de un guión flojito que quizás hubiese sido mejor de no tomarse tan en serio como unidad independiente...

    Los freaks enmascarados que empiezan lentamente a levantarse como auténticos superhéroes van minando la pantalla para terminar haciendo a uno pensar "¿esta es la tan buena película qué me recomendó fulano? Me dijo que era re original y que te hacía cagar de la risa... ¿me habré equivocado?", mientras ves disparos, mucha sangre y una sutil (por qué no habríamos de reconocerlo) inclinación por el bizarre o el gore para describir ciertas escenas.

    Párrafo aparte se merecen los personajes. Tenemos a Hit-Girl, que ya pasará a ser de culto, para muchos, con una grandiosa actuación de la prometedora Chloë Moretz; a McLovin... perdón... a Christopher Mintz-Plasse, siguiéndole los pasos en calidad actoral; a la preciosa Lindsy Fonseca robándose la cámara con ese par de ojos impresionantes; Cage haciendo el ridículo; y por último, el protagonista, Aaron Johnson, que empieza bien, hasta que le agarra el huracán "cursi" del guión y se termina queriendo parecer a Daniel Radcliffe y todo se va al muere total.

    Para ir cerrando, cabe mencionar que la película tiene su mérito por construir su propio eje narrativo a base de hechos exclusivamente del guión, sin intentar inmiscuirse en fanfarronerías políticas como sí hicieron otras parodias autodeclaradas como verdaderas parodias. Porque, si uno deja de lado el absurdo final, Kick-Ass no es más que una parodia malograda que sobre la marcha cayó en la cuenta de que podía valerse por si misma, armar una historia propia, y -quién te dice que no- hasta quizás tener su propia legión de admiradores que irán por las calles disfrazados como superhéroe y terminar como el de la escena de la emboscada en el callejón con la limusina.
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  • Por tu culpa
    Por tu culpa
    Qué se puede hacer...
    La guardia eterna

    El cine de Berneri (que con esta suma cuatro largos en su haber) se torna intimista y realista cuando se trata de acompañar discretamente con la cámara a Julieta (Erica Rivas). La cámara reposa, pasiva, en un costado mientras la protagonista intenta trabajar, y de fondo se escucha a sus hijos pelear, discutir, y portarse mal, secuencia que dura unos ocho minutos más o menos. Con este ejemplo se ilustra casi todo Por tu culpa (2010), drama familiar que retrata la noche de una madre de clase media-alta que intenta no explotar cuando todo se desborda por un descuido con sus hijos.

    Pero, como decíamos, lo más rescatable de este film es su dirección. Berneri nos convierte en un testigo que, como si fuera de paso, descubre de soslayo la historia de Julieta. El personaje encarnado por Rivas debe lidiar con dos hijos inquietos (en fin, son sólo criaturitas de Dios) que no la respetan y viven el momento de crisis del matrimonio de la familia. Todo eso, potenciado cuando nos trasladamos a la segunda de las cuatro locaciones que tiene la película, un hospital.

    El tiempo casi real que maneja Berneri, logrado con un muy buen trabajo de montaje, se desmorona con la poca profundidad en el desarrollo de los personajes, así como cierta dejadez en la profundidad de la historia a contar. Todo es muy burocrático. Tanto, que si queremos saber qué siente Julieta nos tenemos que sentar un rato en la sala de espera de una guardia, y no necesitamos ver Por tu culpa. Y ése es el mayor defecto de la técnicamente excelente película de Berneri: es innecesaria. Se queda a mitad de camino como una historia más de tantas que viven las madres de una sociedad con un ritmo vertiginoso (como el que supone y proponen Wolf y Berneri con su guión), obligaciones laborales y complejidades horarias. Es decir, como cine quizás cumple, pero como un todo deja bastante que desear.
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  • La ciudad de las tormentas
    La ciudad de las tormentas
    Qué se puede hacer...
    El verdadero drama en Iraq

    Frenético thriller dirigido con mano sabia por el siempre confiable Paul Greengrass, quien anteriormente nos deleitó con otras obras como United 93 (2006), The Bourne Supremacy (2004) o The Bourne Ultimatum (2007), con ésta última merecedora de la mejor calificación. Ahora llega con un drama bélico muy realista sobre los días posteriores a la invasión estadounidense en Iraq, generando un clima excelentemente caótico y propicio para la acción que allí se da lugar. No hay exceso de belicosis, y, cuando se habla, se habla en serio (bien a lo Greengrass, aunque el guión no sea suyo). Pero, principalmente, y lo que más se agradece, es que se reprueba la belicosis.

    A diferencia de la propagandística y edulcorada The hurt locker (2008), ganadora -pero no merecedora- del Oscar 2010 a Mejor Película, Green Zone manipula la información de una manera muchísimo más cuidada, con la intención de no caer en el peor error que caracterizó a la sobrevaloradísima cinta de Kathryn Bigelow: la ambivalencia de la hipótesis.
    Greengrass, con su ya reconocida cámara en mano, practicamente intenta documentar cada segundo de lo que sucede en la Zona Verde -desde los entramados políticos que encaminaron una de las más reprobables movidas del gobierno de George W. Bush, hasta las mismas instalaciones del lugar, haciendo un contraste genial respecto a la situación sociopolítica que se desata fuera de los muros-, con el fin de exponer la idea inequívoca de lo que sucedió en aquellos meses del 2003 que marcaron un hito en la historia.

    A la fórmula Bourne (Damon-Greengrass) no se le escapa una. Damon nuevamente está soberbio en su papel (ya se está convirtiendo en el favorito de este blog, en lo que a intérpretes contemporáneos se refiere, por su camaleónica forma de adaptarse a cada personaje), aunque se reconocen ciertos rasgos (¿adrede?) de Jason Bourne. Por su parte, el dire apunta cada ítem de la composición visual a su tésis, como un todo que termina definiéndose -o diluyéndose suavemente- en las secuencias de acción tan bien rodadas, como las de las dos escenas iniciales.

    Y hacemos hincapié en la "tésis" argumentativa porque, si la comparamos maliciosamente con la reciente ganadora de la inocente Academia hollywoodense, claramente ésta última sale perdiendo. Cuando The hurt locker aplaude a esos héroes que están resignados a tomarse la "droga del hombre" que es la guerra, Green Zone intenta apartarlos del campo de batalla, poniéndolos en situaciones más humanas e icónicamente superiores a la inquieta cámara de Bigelow. La forma en la que el Jefe Roy Miller (Damon) va encontrando las respuestas, sin caer en la típica "verdad-absoluta-del-protagonista-inocentón", es un claro ejemplo de esto que se menciona. Y el desenlace de la película es otro excelente ejemplo, con el secuestro y el comunicado de prensa mostrados en montaje paralelo, denostando una calidad narrativa superior a la interesante pero unidireccional propuesta de Bigelow.

    Ya dejando de lado la comparación a la que se presta el género y el guión, y que además permite aclarar que la cinta no recibió buenas respuestas en Estados Unidos precisamente porque, tal y como lo dijo un colega, los ciegos ciudadanos norteamericanos "prefieren la imagen de héroes que se muestra en The Hurt Locker" (a lo que yo agregaría que más bien es lo que les quieren imponer desde las campañas propagandísticas), pasamos a hacer valer los dotes del último trabajo de Greengrass.
    Se destaca el diseño de arte, creando esas locaciones tan reales para alterar el orden de una manera muy creíble y aplaudible. Como decíamos, la escena inicial con el bombardeo a Bagdad de fondo (¡qué oportuno ese zoom-in, Paul!), es genial, y también se destaca el hecho de que casi no hay banda sonora, lo cual impregna aún más de realismo la trama bélica.

    Pero lo que más se aprueba es el ya mencionado contraste entre lo que sucede dentro del muro y en la resistencia. Greengrass juega al desentendido filmando la conversación en la piscina del hotel, o la de la habitación de la reportera del Wall Street Journal, para que uno diga "mirá vos, qué lujazo es ese lugar", mientras secuencias anteriores muestran al ejército estancado en un tránsito provocado por gente que ruega tanques de agua para subsistir. Aquí, los tiranos son los visitantes, no los locales.
    Aquí no hay escenas en las que una anciana lugareña engaña a un capitán en su mercado mientras esconde una bomba; aquí, en busca de defender la integridad de su país, un lugareño filtra información a un soldado extranjero que aún así parece de confianza. Aquí cada fotograma está impregnado de desesperación basada en la crisis humana que supone la invasión estadounidense (planos aéreos al barrio de Adhamiyah), buscando dejar expuesta la soberbia tiranía de la Autoridad Provisional de la Coalición (plano aéreo al Palacio Republicano), no de desesperación por estar "Oh! atrapado en este infierno..." (véase "El infierno de los beligerantes").
    También se yuxtapone esa enmarañada demostración de la complicidad de la prensa, tan culpable como los impulsores de la movilización, algo que además de arriesgado se materializa como oportuno, ya que no intenta hacer de eso un descubrimiento de la pólvora como sí pasó con el burdo recurso de la cita de Chris Hedges en el comienzo de la ahora inferior película que ponemos en comparación.

    Green Zone no sólo enaltece la imagen de Greengrass como realizador realista y frenético buscador de la documentación de su mundillo ficticio, sino que además, mientras se juega como un producto creíble y atractivo por su factura técnica y sus buenas secuencias de acción, demuestra que algunos ya galardonados todavía deben aprender mucho sobre incursionar en el género bélico. Y, si bien se le puede atribuir mucho de la saga Bourne (el reparto se adapta muy bien pero conserva la escencia de ésta última), y le cuesta empezar, mantiene un toque indiscutido de originalidad puesto a merced de los defensores de una verdad política muy cuestionada por cuestiones del mismo tipo. He ahí su poca repercusión a nivel global. No aprendemos más...
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  • Legión de ángeles
    Legión de ángeles
    Qué se puede hacer...
    Los ángeles de cara larga

    De todas las propuestas apocalípticas que Hollywood (ojo, con mayúsculas bien puestas) nos viene trayendo en la bienaventurada compañía de la ciencia ficción, Legion aparece como un circo de payasos endiablados y serios, dispuestos a hacer a uno caer en la trama de un microcosmos distorsionado por la llegada de un ángel de la guarda rebelde, una nueva versión de El-Nacido-Que-Nos-Salvará, Dennis Quaid fumando y actuando bien, y una claustrofobia excelentemente llevada durante un metraje que no se avergüenza de su decencia vilipendiada por un flojo desenlace.

    Para empezar, Scott Stewart es el autor material de este crimen divertido. Un tipo que desde hacía diez años no se ponía detrás de las cámaras para dirigir, pero sí arrasaba el mercado con su compañía de efectos visuales en films como -atentos, agárrense de lo que tengan cerca-: Blade Runner, Mars Attacks!, The lost world: Jurassic Park, Sin City, Harry Potter and the Goblet of Fire, Superman Returns, Pirates of the Caribbean 2 y 3, y Iron Man. ¿Qué consiguió esta vez este buenazo amante del CGI? Una mirada muy original sobre el Apocalípsis, con guiños más que palpables sobre La Biblia, un desempeño cinematográfico inusual en estos proyectos (la fotografía es asombrosa) y una dimensión paralela pero superior a todo el cataclismo emmerichiano y existencialista tan burdo y patético al que estamos acostumbrados.

    Este film que fue muy promocionado en Estados Unidos pero terminó siendo un fiasco en la taquilla, pasa al olvido por culpa de una mala resolución de los hechos y un par de detallecitos técnicos un tanto risibles. Pero en una mirada abierta, poco pretensiosa para con el género y consciente del contenido, la deja bien parada por su primera hora de metraje, destacando la introducción y la presentación inicial del reparto -digamos- coral, analizando psicológicamente a cada uno para que a la hora en que las papas empiezan a arder (o los ángeles endemoniados y los perros del Cielo empiezan a obrar) no nos comamos el estereotipo casi inexistente ni nos desentendamos de la propuesta. Es que la manera en que está tratado este compendio de miradas retorcidas sobre las decisiones y los "sentimientos" de Dios la hacen diferente, y eso ya es mucho decir para un film que si se lo trata de pochoclero o catalizador de un sábado lluvioso puede terminar en un "que flor de estupidez" ante la mirada gruesa del cinéfilo malhumorado.

    Es así, amigos, para querer a Legion hay que armarse de paciencia y entenderlo por lo que es: un diamante en bruto que quizás nunca se llegue a pulir del todo, pero que será recordado como una propuesta minimalista y demasiado categórica sobre su propia esencia e hipótesis. Aspectos técnicos irreprochables consumados en un matrimonio que nunca funcionará con un guión revoltoso y mal desarrollado, aunque ciertas líneas sacadas de contexto pueden darle una buena lección a otros que intentaron o intentarán incursionar en este género.
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  • El escritor oculto
    El escritor oculto
    Qué se puede hacer...
    La verdad os hará libres

    Luego de cinco años de ausencia, el genio de Roman Polanski regresa al panorama cinematográfico (en buena hora) con un thriller político lleno de rigor y calidad. Con su característica forma de presentar el argumento, sus deliciosas composiciones visuales y un estilo narrativo que remite principalmente al clásico Rosemary's Baby (1968), The ghost writer, luego de un paso exitoso y muy bien recibido en el Festival de Berlín (que le mereció el Oso de Plata a la Mejor Dirección y la nominación al Oso de Oro), se apunta entre lo mejor de este onanista 2010 del cine.

    Primero que nada, apuntar que las traducciones -en un por lo menos rescatable y vindicable intento de respeto al título original- son, para variar, desacertadas. En Latinoamérica arriba a las salas con el nombre de El escritor oculto, y en España sólo El escritor. ¿Qué pasa con estas traducciones? El título The ghost writer no sólo hace referencia al arduo trabajo que realiza el personaje encarnado excelentemente por Ewan McGregor (y pensar que hace unas semanas alabábamos su papel gay en I love you Phillip Morris, qué grande este tipo), sino que abre una variedad de caminos interesantísimos respecto a la psiquis del escritor protagonista, la trama y el sentido que le quiso dotar Polanski al contexto que rodea a la acción, siempre vista desde la perspectiva del personaje principal, como ya nos tiene acostumbrados en sus thrillers el autor de Le locataire (1976) y The pianist (2002), entre otros.

    La traducción literal, entonces, sería El escritor fantasma. Muchos dirán que este es un dato menor, pero realmente se lamenta la forma en la que ciertos remates se diluyen por culpa de una mala traducción, tal y como pasa en las escenas en las que al anónimo personaje de McGregor le toca presentarse como "the ghost --el fantasma--" (por lo menos en Argentina en esos momentos el subtítulo reza "el escritor"... ¿ven que tiene otra esencia?). Pero principalmente el error que le achacaremos a la distribución subtitulada (no queremos ni imaginar lo que sucede en el caso de los cómodos y despreciables doblajes) es ése. ¿Por qué?
    "The ghost writer" es como se le dice en los países angloparlantes al escritor profesional cuya labor es entrevistarse con una personalidad para reconstruir, en este caso, sus memorias, para luego elaborarlas desde el anonimato; el autor que firma la obra es el personaje de renombre, y no el verdadero. En otros países el término es "el escritor oculto", de ahí la -mala- traducción: se tradujo la labor, no la intencionalidad de los realizadores. En este caso el término o el adjetivo "fantasma" es un paralelismo, desde la perspectiva de este servidor, de la esclavitud a la que Polanski y Robert Harris -autor de la obra- someten al protagonista.

    Un elemento característico que los que tengan la fortuna de toparse con este film podrán notar es el de la constante agresión a "El Fantasma" (como de aquí en adelante llamaremos al protagonista). Hay fácilmente seis o siete escenas en que el personaje principal se ve en una situación de incomodidad o de aversión por parte del contexto inmediato. Desde una simple ofensa verbal como el "basura" escupido por un residente del pueblo en el que debe acompañar a su cliente, el ex-Primer Ministro Adam Lang (muy buena la actuación de Brosnan), hasta las constantes e incesantes situaciones en las que El Fantasma se siente o se encuentra perseguido, ya sea de manera palpable como las propias mentiras u ocultamientos de la verdad. Nadie lo trata bien, ni siquiera la esposa de Adam Lang, Ruth Lang (también excelente en su papel Olivia Williams) en una escena puntual que además de curiosa resulta histérica pero efectivísima (remite otra vez a Rosemary's Baby, ya notarán por qué al verla). Nadie entiende ni pretende entender a El Fantasma, ni siquiera el ministro Richard Rycart (Robert Pugh), que sólo busca el interés de su propia misión política.

    En definitiva, El Fantasma se ve expuesto -y lo cual se pierde desde la asimilación inicial que es el título mal traducido- a una esclavitud que se simboliza en lo fantasmal, lo deambulante, lo casi mágico, que es representado de manera muy irónica en la resolución del misterio.

    La película está teñida de muchísima calidad técnica, con una fotografía espectacular (con un papel preponderante de la iluminación), dirección magestuosa (¡que viva el cine de profundidad de campo exagerada!) y montaje excelente (el glorioso comienzo de la película, más que entendible y aplaudible, con esa secuencia en montaje paralelo mostrándonos el punto de partida, como filtrándonos información), una banda sonora magnífica y un trabajo actoral muy destacable. El guión apela a recursos narrativos muy acertados, que van intercalando formas en el estilo del relato que además de darle fluidez van refrescando la historia y nos mantiene en vilo sin importar las más de dos horas del metraje.

    Dicho todo esto, queda concluir que The ghost writer no sólo es un thriller bien llevado, sino que es un camino hacia la libertad por parte de un protagonista oprimido e ignorado, privado de la identidad, exigido a condiciones laborales hasta si se quiere peligrosas, y reducido a la aceptación de jerarquías impiadosas, mentirosas y violentas. Todo, con un único atajo definitivo que para muchos puede ser obvio o predecible, pero no es más que una genialidad del realizador para liberar a su esclavo.
    "La verdad os hará libres," nos dice la data del borrador paseando por las calles inglesas luego de que el ocurrente (y bendito) fuera de foco nos induzca al final del recorrido del protagonista, y a un sinfín de posibilidades que quedarán en la retina y la memoria pensante del espectador.
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  • Robin Hood
    Robin Hood
    Qué se puede hacer...
    Hood-Men: Orígenes

    Siendo la cinta de apertura en el Festival de Cannes, nos llega Robin Hood, film dirigido de manera excelente por Ridley Scott, quien retoma la temática histórica que tanto éxito le trajo en otras obras como Gladiator (2000), nuevamente con la cara de Russell Crowe, y contando la historia que dio pie a la leyenda del afamado ladrón de los ricos y defensor de los pobres.

    Con la ya agotada premisa de las aventuras del arquero, Scott y sus guionistas decidieron acertadamente centrarse en los hechos que formaron la personalidad de Robin Longstride, que luego se convertiría en quien todos conococemos. Para ello, infaltable, recurrieron a secuencias de guerra épica, muchos extras colisionando entre sí en varios actos clicheados sucedidos, gritos de hombría, Crowe poniendo cara de malo, y espectaculares secuencias de acción que además agregan como nuevo condimento esos ralentis en primerísimo primer plano detalle en, por ejemplo, el desenlace o aquellos momentos en los que Hood hace gala de sus dotes con el arco y la flecha.

    El guión, para qué dar vueltas, es pésimo. Los diálogos son toscos, no llevan a nada, y, al igual que la trama en general, no tienen un eje narrativo del que prenderse para seguir rumbo. De hecho, el impás generacional que sufre la cinta a partir del encuentro entre Crowe y una también tristemente desaprovechada Cate Blanchett, es fiel muestra de ello, llegando a generar reacomodamientos en la butaca e incluso bostezos. Uno anhela que la cámara se quede un rato más con las travesuras del personaje de Crowe, cuando éste da indicios de sus hazañas que luego lo inmortalizarían, como la escena del asalto en la madrugada o la incursión en la emboscada.

    El problema con este tipo de cintas es que, cuando la acción se da un break, los discursos pasan a tomar un protagonismo que no merecen, y más cuando se denota una falta grave de ingenio en los remates de las conversaciones. Señoras y señores, el Robin Hood de Scott y sus amigos es un demagogo. No hay con qué defender esos discursos diplomáticos con el Rey, ni las arengas, ni mucho menos la charlas entre los dos tortolitos (lo más predecible y aburrido del film)... todo es tan empalagoso que uno pide a gritos que vuelvan esas hermosas tomas aéreas o los travellings en las secuencias de acción.

    La película está muy bien fotografiada. Hay mucho provecho sacado de las ambientaciones y los paisajes, así como también se percibe un buen uso de los colores a la hora de, por ejemplo, elegir el vestuario. En lo artístico, la cinta se lleva todo el mérito; en lo técnico, Scott hace un muy buen trabajo; el guión, ya lo saben.

    Típico film histórico. Si busca buenas escenas de acción, adrenalina, o alguna historia con la cual pasar de largo 140 minutos de su vida, quizás esta sea la elección correcta. Si busca ir más allá de eso, es decir, buenas actuaciones, un guión creíble, y una mirada no tan trastocada por la subestimación al público tan característica de la industria hollywoodense, búsquese otra. Acá no hay demasiado para ver. O por lo menos algo que aún no se haya visto.
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  • Carancho
    Carancho
    Qué se puede hacer...
    La intimidad del infierno

    Resulta curiosa la relación que se terminó gestando entre director y actriz, más allá de que fuera del set estos lleven una vida matrimonial casi normal. Es que Pablo Trapero volvió a elegir a Martina Gusman para un protagónico, como lo hizo en Leonera (2008), sólo que ésta vez la puso al lado de un peso pesado (campeón incontables veces) como Ricardo Darín. ¿Y la fórmula funciona? Oh, sí.

    La historia que nos deja perplejos en Carancho (2010) es impresionante. Todo el entramado de corrupciones y mentiras que envuelven el negocio de las aseguradoras en un país cada día más oscuro hacen que todo el amorío sexual entre la enfermera y el abogado esté en un puesto muy relegado, aunque no dejan de ser interesantes esas miradas que Sosa (Darín) logra sacarle a la introvertida Luján (Gusman) entre tanta desesperación laboral.

    Pero lo curioso no es este trío laboral tan fructífero. No, lo curioso es que una nueva historia de "qué-país-de-mierda-es-éste-en-el-que-vivimos" funcione tan a la perfección gracias a una dirección majestuosa por parte del innovador e intrépido Trapero, que hace de su cámara un protagonista más (mejor dicho, nos hace con su cámara un protagonista más) para seguir bien bien de cerca este infierno por el que transcurren diariamente los dos personajes principales de esta espectacular obra.

    La parquedad del relato, los primeros planos a Gusman y Sosa (durante una secuencia de acción hasta una escena "íntima"), los efectos especiales, el maquillaje, la poca musicalización (gran acierto) y una sorpresivamente buena fotografía hacen de Carancho una película más que recomendable, ya apuntada como lo mejor que ha dado la cartelera del 2010.
    Crudeza, realismo, violencia, amor, tensión, suspenso, drama, sangre, desnudos, ¡disparos!, y un ritmo inalterable desde las actuaciones hasta el guión -algo tan propio de Trapero- no nos pueden dejar indiferentes.

    Lo que vale toda la entrada, literal y figurativamente, es el plano secuencia final... estremecedor. Ni la mejor película de terror en mucho tiempo me hizo saltar como salté en el desenlace de la acción definitiva, un poquito 'hollywoodizada', pero aceptable. Nuevamente, también, se agradece la obviedad en las elipsis, ya que si hay algo que uno aprende al ver el "nuevo cine argentino" es que resulta ser que había una vez un cine que con la imágen nos hacía entender lo que más de mil palabras nos pueden explicar. Nuevamente, gracias Trapero.
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  • Rompecabezas
    Rompecabezas
    Qué se puede hacer...
    Armando la vida

    Una costumbre tan atractiva como lo es armar rompecabezas no dejó a nadie indiferente alguna vez en la vida. Tal es el caso de María del Carmen (genial, María Onetto), quien desarrolla un extraño hobbie con este juego y logra hacer un dúo con Roberto (también muy bien, Arturo Goetz), lo cual -contra todos los pronósticos- cambiará su vida, más allá de su marido (otro que lo hace bien, Gabriel Goity), sus hijos y su rol como ama de casa.

    Vale la pena reconstruir una especie de storyline para esta peli porque no todos lograron dar con ella, y realmente hay que ver este mapa de costumbres porteñas, tan de barrio, que se entrecruzan con los poco habituales rincones de una ciudad que se descubre así misma sólo porque, como dijo Le Corbusier en su venida, "le dan la espalda" a su espejo mayor, el Río de la Plata.

    Rompecabezas, ópera prima de Natalia Smirnoff que fue recibida cálidamente en Berlinale, es un relato costumbrista, con paisajes de ciudad intimistas y una construcción de los personajes que hacen a uno recordar que todavía existe el cine de las cuatro paredes, ese cine concebido de la experiencia del teatro que Woody Allen reivindica con su fría pero genial reciente filmografía.

    La cámara en mano de Smirnoff con los planos cortos, y esa fotografía tan cuidada, hacen que uno se sienta parte de una historia que se abre camino paulatinamente mientras marca un ritmo parsimonioso y bello, que se contrasta con la familia tan ruidosa que se presenta en la gloriosa introducción con la fiesta de cumpleaños. Así también lo vive la protagonista, que un día se encuentra armando su vida (todo un símbolo obvio pero acertado por parte de la realizadora) y dándose cuenta que el amor está hecho en piezas y la enseñanza familiar se costruye también desde afuera y no sólo con lo que se mama en el hogar.

    Los mails, los celulares, estos medios se intentan colar en una historia casi figurativa y anacrónica, que de no ser por estos indicios estaría estancada en circunstancias de tiempo y espacio bastante ambiguas, y por ende confusas. Pero no, Smirnoff introduce estos detalles también en situaciones de crisis matrimonial, haciendo referencia a la globalización y las costumbres con unos contrastes admirablemente concebidos.

    El ritmo puede que sea aletargado, lo cual alejará a algunos, pero no por eso hay que ignorar una cinta que se vale por una mirada muy "de acá". Ahora, otra cuestión es lo llamativo que resulta el tratamiento tan femenino del film. Rompecabezas es eso, un film femenino. De hecho, el 70% del equipo de trabajo está conformado por mujeres, lo cual reafirma esto que apuntamos.

    Si bien tendrá sus ratos de decaimiento en la trama, y puede que una vez más nuestro cine muestre señales de que no se dejará de aferrar nunca al costumbrismo, Rompecabezas es una película que no hay que dejar de ver por su tratamiento estético, su mirada y su reflexión final, cuando la vida se muestra como un círculo que siempre busca cerrarse, nos guste o no.
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  • Iron Man 2
    Iron Man 2
    Qué se puede hacer...
    Propaganda de acero

    Comienza la película y lo primero que escuchamos es la declaración polémica del excéntrico Tony Starks en la secuencia final de Iron Man (2008). Luego tenemos a Mickey Rourke llorando en ruso la muerte de su padre y comenzando un plan para vengar al tipo que apareció haciendo demagogia paramilitar en la tv. Siguiente escena, secuencia de caída libre en la noche junto a nuestro superhéroe con la música de AC/DC de fondo. ¿Cuánto más cool puede ser Iron Man 2? Con esa introducción te compra y te deja sentado en la butaca hasta el último tramo de los créditos (porque uno sabe que si hay algo que Pirates of Caribbean nos enseñó es que, para entender la secuela hay que prestar atención a lo que sucede después de los créditos finales).

    Pero no, el ritmo decae. Jon Favreau, por muy bien que le quede el papel de choffer todo-terreno que encima sabe pelear contra guardias re malos, vuelve a caer en la tónica del "bla bla bla + un par de secuencias de acción que despilfarre CGI = público contento" para repetir la fórmula que a muchos les agradó (servidor no se incluye) en la primera entrega de ésta, que parece ser una serie televisiva con presupuesto cinematográfico, sin contar el reparto de lujo ya tirando a Dream Team que tiene.

    El guión no es malo. El problema es que tantos personajes nuevos, tantas subtramas, tanto rollo matrimonial entre Robert Downey Jr. y Gwynett Paltrow, y tan poca acción a la Marvel, hacen de la película una desilusión total. Seamos honestos queridos lectores, ¿qué quieren ir a ver a la sala cuando eligen pagar por ver Iron Man 2?
    1) Acción, buenos efectos visuales, y apartado técnico que avale y haga creíble eso que uno quiere ver.
    2) Cómo la historia va tomando tintes de serie con el único fin de que todos después queramos ir a ver Thor (2011), Captain America: the First Avenger (2011), Nick Fury (2012), The Avengers (2012), y toda la línea de la saga Marvel Comics, para después decir "wow, que bien que engancharon las tramas".
    3) Un puñado de buenos actores haciendo lo que saben hacer, o, como en el caso de Samuel Jackson o Sam Rockwell (excelente en su papel), viendo qué tanto le pueden aportar con su talento a una historia que si no fuera por el reparto y la maquinaria propagandística sería una porquería total.

    Estas tres opciones encontrarán en Iron Man 2, pero sólo ustedes podrán determinar qué tan satisfecchos les dejó la propuesta una vez se decanten por una de las tres. Yo fui en busca de la Opción 1, más el repunte luego de una primera entrega que me aburrió bastante, y me encontré con una secuela que -para variar- es peor que la anterior y que sólo está como trampolín para otras películas, incluyendo obviamente Iron Man 3.

    Ni vamos a mencionar toda esa filosofía barata de que Starks quiere el mundo en paz, o como el dice "privatizar la paz mundial", ni de lo caricaturizado que está el ejército y el Senado estadounidenses (ok, todos coincidimos en que son unos payasos, pero tampoco mostrarlos así en la pantalla) para el lucimiento de "los buenos", ni de lo buena que está con el traje negro Scarlett Johansson (más radiante que Jessica Alba en Fantastic Four), ni de que a esta altura Downey Jr. ya se merece una terna para él sólo en las entregas de premio por la calidad histriónica con la que salva sus papeles dentro de cintas desdeñables (la escena de la fiesta, la borrachera, lo consagran como el actor más versátil del mundo en la actualidad). No, ese no es el mundo que vivimos día a día. Iron Man es un cómic, y la película le rinde pleitesía. Punto final. No buscar nada más porque todos los elementos externos son pura campaña marketinera. Perdón Favreau, pero ¿te das cuenta que no me trago ni un pelín tu película a pesar de que me encanta el apartado técnico?
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  • Un profeta
    Un profeta
    Qué se puede hacer...
    El hijo pródigo

    Cuando una película lejana a las fronteras estadounidenses comienza a tener un ritmo similar a los productos salidos de la que alguna vez fue la cuna del cine, o intenta recrear los ambientes y recursos que consagraron a Hollywood como el epicentro del séptimo arte, no puede quedarse asi nomás sin ser advertido con un llamado de atención. Ahora, cuando lo hace con categoría, como pasa en Un prophète, se acepta.

    Digan lo que digan algunos críticos académicos, esta película no tiene un guión perfecto. Y digan lo que digan, no es la gran obra maestra que tanto auguraron. De hecho, el protagonista no demuestra en ningún momento ser ese tal "profeta" del que se jacta la cartelera. Entonces, ¿qué agrada, qué compra, qué impacta de esta cinta dirigida de manera pulcra por Jacques Audiard? Casi todo. Suena contradictorio, pero precisamente ese es el único gran defecto de esta cinta francesa tan galardonada alrededor del mundo.

    Todo empieza bien, con un jóven de 19 años que empieza a cumplir una condena de 6 años en un hotel cinco estrellas... quiero decir, en la cárcel de París. Hasta ahí venimos bien. Luego de una hora de película, donde se destaca la memorable e impactante escena de la prueba de valentía por la que pasa Malik El Djebena (muy buena actuación de Tahar Rahim) para entrar al círculo de los intocables del patio del spa carcelario, todo comienza a trastabillar con un guión que quiere abarcar más de lo que puede y una dirección que intenta hacer un collage de recursos que le expliquen de la forma más explícita posible a un subestimado espectador que tendrá que soportar el nombramiento de cada personaje supuestamente relevante en la historia, así como una banda sonora erráticamente americanizada y un montaje no muy acertado. Más allá de eso, el film se aprecia con sutileza y buen gusto, como el cine francés siempre nos acostumbra, sobre todo en su año salvataje, como lo fue el 2009.

    Este mal calificado drama carcelario (es difícil asignarle un género), se disfruta por su tenacidad, su grado de realismo, su crudeza y su ritmo intenso, que hacen que las interminables dos horas y media de metraje justamente no sean interminables, sino más bien llevaderas. El que se tome tan en serio a la película como ella misma lo hace, va a poder negociar con el reparto bilingüe, la fotografía tan artística entre tanta desprolijidad decorativa y la variedad de situaciones por las que pasa el protagonista, que hacia la mitad de la cinta se va transformando de una manera sorprendente, digna de resaltar.

    Dos cosas para tener en cuenta: una, la crítica al sistema penitenciario europeo (a esta altura, vamos a generalizar, para no quitarle mérito a otra grande del género, como lo es Celda 211), bien explícita y mordaz en su contenido icónico-metafórico; otra, la importancia de la educación expuesta por los guionistas, Audiard y Thomas Bidegain, que dejan grabado a fuego el mensaje valiosísimo sobre el peso de un delincuente con título sobre uno criado en la calle. Por esto último, el eje de la historia roza la discriminación y la segregación, ya que hace demasiado incapié en las diferencias idiomáticas de las que se valen los personajes para marcar el territorio. Por suerte no llegan tan lejos, pero están cerca.

    Párrafo aparte se merece en su actuación Niels Arestrup, quien se encarga de personificar al malo malísimo César Luciani, uno de los mejores villanos de los últimos años. La ambigüedad moral del personaje desdibuja un poco el rol que juega en la trama, pero su peso radica en las miradas, las órdenes que da y los movimientos con los que marca el tempo del metraje. Rahim, si bien está muy bien en su papel, queda como un mero aprendíz de actor al lado del peso pesado de Arestrup, tanto en la actuación como en el desarrollo de los personajes en la ficción.

    Si están dispuestos a sentarse por dos horas y medias a ver como un delincuentón casi analfabeto se convierte en el hijo pródigo de la mafia francesa (o por lo menos lo intenta, a su manera), les recomiendo esta película. El que respeta demasiado obras como Remanzo criminale, Scarface o The Godfather, también la recomiendo pero están advertidos.
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  • Sólo un hombre
    Sólo un hombre
    Qué se puede hacer...
    Los colores del ocaso

    No vamos a hacer hincapié en la transición del prestigioso diseñador de moda, Tom Ford, a director de cine, pero sí vamos a consignar lo desilusionante que fue para este servidor el toparse con una de las grandes cuentas pendientes del 2009.

    Ok, fallamos en obviar esta película en la selección oficial de lo mejor del año pasado, pero tampoco le erramos tan feo. Quizás su excelente fotografía (que aún así no está a la altura de otras que valoramos desde aquí) merecía una mención aparte, o la monumental caracterización de Colin Firth. Pero el guión y la película en sí -un dramón tedioso sobre las últimas horas de vida de un hombre que se autorecluye de la sociedad por ser un viudo homosexual (¿?)- deja muchísimo que desear a la hora de poner en la balanza lo que nos deja esta obra.

    Para empezar, nos quedamos en la injusta pero (por qué no) importante valoración del diseño: encontramos un apartado técnico excelente, pulcro, ubicado y bien trabajado en cuanto a la ambientación (al parecer, la historia se centra en los '60), un diseño de vestuario muy bueno, musicalización bellísima y, lo mejor, la fotografía.
    Ésta última merece un punto aparte, ya que el trabajo psicológico que encabezó Eduard Grau no se puede dejar pasar por esa curiosa forma de transmitirnos las emociones de George (Fith) cuando éste recurre al lagrimón o al flashback explícito. O cuando recibe una bofetada abstracta de su amiga (llamativa participación de Julianne Moore, pero que dejó indiferentes a muchos), en la única escena rescatable de la película, en la cual el protagonista se reúne con su compañera/amante/exnovia para eructar todas las emociones y reacciones de su ser.

    La construcción de los personajes desborda lo obvio. La pareja difunta, que provoca que seamos participes del duelo eterno, el chiquilín drogón que quiere ser como el referente de sus ideales, la amiga que quiere "convertir" a su amigo, los padres ausentes, y esa importante aparición de un tal Carlos, un hispano que -a pesar de estar bien actuado- embrutece aún más la estética de un tema desaprovechado por Ford en una escena que tiene como único elemento querible los colores del cielo moribundo (paralelismo con el personaje principal). El resto, frases hechas, y mucho drama con violines...

    A single man (2009) puede ser una propuesta amada u odiada. Acá no hay términos medios. Y disculpen lo categórico que puede ser este artículo, pero la opción dos es la que más se adecua para definir a una cinta que se la pasa más intentando ponerle el color ideal a una historia acartonada, tediosa y melodramática, que aprovechar la profundidad que logra concebir un reparto que se tomó más en serio de lo debido este luto de no más de una hora y media.
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  • Hombres de mentes
    Hombres de mentes
    Qué se puede hacer...
    Viajando sin rumbo (en cuanto a la película)

    Cuesta creer que, con semejante reparto, este film como mucho te arranque a duras penas tres o cuatro risotadas forzadas. Lamentablemente, esta es una de las propuestas que más me atraía (no tengo explicación racional o fundamentada para explicar el porqué) en el 2009, y terminó diluyéndose en una pochoclera que se alquila un sábado a la noche en el que nadie te invita ni siquiera para juntarse a comer una picadita.

    Repasemos los nombres, todos oscarizables más uno más que pronto protagonizará el nuevo opus de nada menos que Roman Polanski: Ewan McGregor, George Clooney, Kevin Spacey y Jeff Bridges. Un super dream team que aporta comicidad sólo por el hecho de ver las pavadas que hacen en pantalla sabiendo que cada uno se luce o se lució con algún papel memorable en su carrera en productos de más dramatismos, como American Beauty en el caso de Spacey, que hace un aporte lamentable, o el reciente boom de Up in the air con Clooney a la cabeza (otro que da un poquito de verguenza ajena en su papel), y el que se lleva los laureles del rubor, Bridges -con el Oscar por Crazy Heart prácticamente en sus manos. McGregor nos tiene acostumbrados a derroches de actuación (lo más atrevido que hizo fue la escena de la inmolación en Angels and Demons), pero ¿el resto? No vamos a negar que uno logra regalarle una sonrisa a secuencias como las del LCD en los huevos y el agua, o los intentos fallidos por cruzar la carretera hacia Iraq estelarizados por Clooney gurú y McGregor devenido en aprendiz de la secta paranormal, pero por momentos uno se siente un tanto burlado por el guión paupérrimo de esta parodia de films dramático-bélicos como The hurt locker (la escena en la gasolinera o la venta de rehénes es un ejemplo de esta suposición).

    El film termina resumiendo un concierto de clicheados personajes, envueltos en una trama súper delirante pero que por lo menos no abusa en el metraje. El ritmo de la historia es parsimonioso y no llega a un clímax palpable en ningún momento. De hecho, el desenlace de la trama es una fantochada tremenda.

    Típica comedia que Hollywood entrega año tras año, subestimando al espectador, otorgándole diversas vanalidades pensando que algún decerebrado se va a desternillar de la risa. Lo peor de todo es lo desperdiciado que está el reparto, que aún así se defiende, obviamente. Una propuesta revestida de tanto target que termina siendo un blockbuster bien simplón no puede saber a otra cosa más que a amargura y decepción.
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  • La cinta blanca
    La cinta blanca
    Qué se puede hacer...
    A los jóvenes de ayer...

    "Miralos, miralos, están tramando algo / Pícaros, pícaros, quizás pretenden el poder", cantaba Charly García con Serú Girán allá por los confines de los '80. Esa frase se me vino a la cabeza al ver al grupito de niños de Michael Haneke observar por la ventana, o caminar en grupo rumbo a la casa de la hija del accidentado doctor. Hipotéticamente, según la tesis quirúrgica del director austríaco, fueron los que después, tambien con una cinta blanca -aunque teñidas de svásticas y estrellas de David-, plagaron al mundo con la maldad que germinó en las tinieblas del seno familiar corrupto de la Alemania pre-Gran Guerra.
    Haber trasladado esa idea, a modo de fábula, a una simple aldea con un par de personajes significativos no estuvo nada mal, porque logró concebir un filme extraordinariamente reflexivo y perturbador, aunque al final uno se quede con la sensación de que se podía ser un poco más responsable con el mensaje final y no quedarse simplemente con el "esto fue así; si les gusta bien, y sino también".

    Nadie, y muchos menos yo, puede negar el inmenso talento de Haneke. De hecho, el apartado técnico es lo más exquisito de esta película, destacando esos fuera de foco tan tenebrosos, que esconden -al igual que sus personajes- los secretos de los actos que cometen en la oscuridad, mientras sus niños los repiten (y perfeccionan) a plena luz del día, y sus resplandecientes cintas blancas los justifican y protegen dentro de todo ese marco de absurda religiosidad excesiva y obsesiva de la época.

    La fotografía de Christian Berger es sensacional, atractiva y reveladora, así como asfixiante y compañera de la punzante y tenaz dirección del que también escribió la obra. El blanco y negro abala todo un abanico de posibilidades sugerentes para con la época, lo que le da otro toque maestro a una ambientación impecable, imposible de llevar al color. Simplemente, estamos ante una exposición fotográfica que ilustra como radiografía el corazón de una historia fuerte y reflexiva, aunque demasiado soberbia y permisiva, con un metraje tedioso y segregador de ideas.

    Tenemos por un lado la trama central, y por otro la composición de los personajes, dos cosas que van en paralelo y casi nunca llegan a cruzarse para definir del todo el concepto general, ya que, insisto, me quedé con las ganas de ver una propuesta más comprometida desde lo ideológico, algo que ahora sí le celebro a Quentin Tarantino, por muy idiota que haya sido su mensaje en Inglorious Basterds. Igual, no me malinterpreten, no estoy comparando las películas. Nada más lejano a mis intenciones. Simplemente mencioné el otro filme como para ejemplificar lo que sentí cuando la escena final comenzó a quedar a oscuras, y Das Weisse Band llegaba a su fin.

    Comparto la idea que leí en varias críticas: a la película le sobra esa voz en off. De por sí, el personaje del profesor es bastante desubicado, ya que queda atrapado dentro del salvajismo humano (y por lo tanto, político) que se regodea durante cada fotograma. De todos modos, he de mencionar que el reparto no tiene nada reprochable, sino al contrario, es muy bueno. Rescato la conversación sobre la muerte, de lo más grandioso que he visto en muchos meses en cuanto a guión; simple, directo y conciso.

    Finalmente, estamos ante una película imperdible, de lo mejor del año y muy merecedora de los reconocimientos que tuvo (como la Palma de Oro o el Golden Globe) y tendrá (si no gana el Oscar será sólo porque la Academia no quiere que alguien de afuera les diga lo que tienen que pensar). Y eso hace Haneke en esta gran obra de arte: obliga a pensar. Y eso se agradece con creces.

    Sólo nos queda pensar lo que hubiese estado en nuestras manos de haber formado parte de esa historia, aunque en retrospectiva lo seamos. Porque hubo un tipo que nos trasladó hasta allí y, durante casi dos horas y media, nos hizo vivir en carne viva la cosecha de una siembra siniestra y malévola. Una cosecha que a todos nos hubiese encantado destrozar como el muchacho lo hace durante la celebración del pueblo.
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  • Furia de titanes
    Furia de titanes
    Qué se puede hacer...
    Dilema entre tecnicismo y cinefilia

    Tecnicista: En el momento en el que uno se pone los anteojos, Clash of the Titans nos entrega unos excelentes encuadres en profundidad y uno se siente realmente en el lugar de los hechos y en la época, más allá de la típica deformación del lenguaje proveniente de los angloparlantes.

    Cinéfilo: Esta es una de las peores películas que el cine hollywoodense ha dado. Me imagino que verla en 35 mm debe ser lo más aburrido de bancarse este bodriazo profanador de aquel gran film llamado Clash of the Titans (1981), que tampoco es que haya sido tan bueno que digamos.

    Tecnicista: Después de The incredible Hulk (2008) y el comienzo de la saga Transporter, con The transporter (2002) y Transporter 2 (2005), con esta película Louis Leterrier demuestra que tiene mucha mano para las cintas de acción. Clash of the Titans tiene el ritmo adecuado para transmitir las secuencias, y no abusa de un metraje que de ser un poco más largo -como acostumbran estas propuestas- caería en lo típico.

    Cinéfilo: Puede que esté bien dirigida pero... ¿y el resto? Pésimas actuaciones, un guión deplorable, trama sin sentido, y encima todo parece hecho con decorados de cartón.

    Tecnicista: Efectos especiales muy buenos. Se destaca la composición del Kraken y Medusa, además de las escenografías oscuras, denostando un buen trabajo fotográfico. La mejor escena, en el Inframundo.

    Cinéfilo: Intenta apoyarse en subtramas, pero termina siendo una sucesión de hechos sin rumbo que no tienen ni pies ni cabezas. Eso, a tener que soportar el estereotipado papel de Sam Worthington y la contienda sin contienda entre Zeus (pésimo trabajo de Liam Neeson) y Hades (Voldemort con pelo y joroba, otro mal trabajo de Ralph Fiennes), hace que den más ganas de levantarse de la butaca e irse.

    Tecnicista: El final es malo. El comienzo también. Pero el transcurso levanta vuelo gracias a todo ese despliegue visual que hace de esta película una más de la trova que viene a resignificar al cine como lo conocíamos hasta hace unos años, en eso que algunos ya denominan "post-cine".

    Cinéfilo: Horrible película, pero no porque sea de horror (no lo es), sino porque es pésima. Ni siquiera las secuencias de violencia levantan vuelo. Nada sobrepasa el límite de lo políticamente correcto. Es un ATP bien basura.

    Tecnicista: Del 1 al 10, la recomiendo con un 8.

    Cinéfilo: Del uno al d... bah, ni siquiera se merece mencionar el diez ante este esperpento. Un 1.

    Conclusión de Pablo Martínez (en el papel del tecnicista y el cinéfilo): A los que les agradaron los blockbusters como 2012 o Avatar, ésta es una propuesta que les puede interesar. Leterrier hace un gran trabajo junto a su equipo técnico, pero si se intenta buscar demasiado (o más de lo que se esperaba) de este film, al igual que yo, terminarán muy, muy desilusionados. Quizás sea por la premisa de la que parte la historia, pero ningún personaje se presta a la representación por parte del espectador, quizás porque todo está demasiado clicheado. El final de la película es un trámite rumbo a la salida de la sala o la búsqueda del control remoto para presionar el Stop. Obviamente en 3D se la aprecia mucho más, así que no es recomendable, porque no pasa de lo visual.
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  • Recuérdame
    Recuérdame
    Qué se puede hacer...
    La abstracción de la memoria

    Cuando por fin aparece en cartelera una película romántica cuya premisa es digna de la hoguera, y encima se puede poner a consideración la calidad actoral de Robert Pattinson -conocido por sus insulsas participaciones estelares en la saga Twilight-, uno se frota las manos de la emoción. Pero cuando al sentarse a apreciar los matices que hacen al film uno se encuentra con que sorpresivamente la historia no es tan mala y, aún peor, Pattinson tampoco lo es, todo se vuelve confuso.

    El que nació siendo el moribundo carilindo Cedric Digory en Harry Potter and the Goblet of Fire (2005) despliega credibilidad en su personaje, en parte gracias al complemento de actores en un correcto rol que tiene alrededor. Su personaje se devora cada fotograma, haciendo contraste con un nuevo gran papel de Pierce Brosnan y una importante participación de Chris Cooper. Las escenas en que estos tres se conjugan en la pantalla son de lo mejor del largometraje, siendo todo lo contrario a las secuencias románticas con una Emilie de Ravin que, si bien hace linda pareja con Pattinson, no logra convencer aisladadamente.

    El guión es lo que más sorprende... es bastante bueno. De hecho, la trama no aburre y, a pesar de que no encuentra un súmun de acción que despierte del onanismo a las muchachitas que caerán en el producto engañoso del póster, se descubre minuto a minuto entre emocionantes líneas de diálogo entre el protagonista y su hermanita, o en el pasado que tanto pega de cerca a los dos enamorados, que se ven sumidos en una memoria ultrajada por las circunstancias instantáneas de la vida, sin importar el grado de shock de los hechos que los formaron.

    El título está muy bien puesto. Ese "recuérdame" es sobre la historia, la paciencia, la atención paternofilial, la del amor, la de la vida en sí misma, con todos sus matices. Y ese final tan inesperado es el aval principal de la tésis central de la trama. Si uno llega a un punto en que no quiere seguir viendo la película, con el final termina por aceptar que todo lo anterior tenía un sentido, aunque sea por el simple hecho de recibir una percepción emotiva desde las imágenes, algo que casualmente es lo que se busca a la hora de elegir un film para ver... y algo que el cine de hoy, refugiado en la comodidad de la industria -y, aceptando los dardos, diré que éste no es el caso- no logra hacer llegar.

    Esta es una película que destaca el rol interpretativo por encima de la historia, y sólo puede llegar a conmover justamente a aquel que sienta de cerca el caso que atañe al personaje principal. Insisto en que, en lo personal, el final me sorprendió/impactó. Fue inesperado. Y lo mismo sucedió con el histrionismo que por fin demuestra Pattinson en su trabajo individual, sin quedar opacado por los nombres que lo rodean en este proyecto.
    No es la gran cosa, pero mantiene atento al espectador... y bueno, obviamente, a las espectadoras.
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  • Caso 39
    Caso 39
    Qué se puede hacer...
    Un film tan poco creíble como duradero. Su ritmo no sólo le impide el paso al suspense, sino que además hace que todo parezca un montón de sucesos sin sentido. La película dirigida por Christian Alvart está hecha a base de una simple y gastadísima fórmula casi matemática en todo proyecto de "terror" berreta:

    Sustito prefabricado + Ritmo frenético + Malas actuaciones + Final malísimo = X

    X= Case 39 (en este caso).

    Renée Zellweger aparece con una actuación muy por debajo de lo que su comprensivo e ingenuo personaje pedía a gritos para combatir al malo malísimo (en este caso, como ya anticipamos antes, una niñita -- Jodelle Ferland, a quien la producción o la gente de casting quiso vendernos como una especie de demonio -- ¡¿WTF?!). La blonda quedó encasilladísima en el bodriazo number one de Bridget Jones, repitiendo esa sonrisa falsa que da a uno pensar que siente dolor al hacerla.

    En fin, los personajes secundarios -- entre los que sólamente se rescata a Ian McShane -- pasan sin pena ni gloria, y la historia no cuaja en ningún momento. El final es una suerte de consejo de autosuperación y confianza para vencer a Lucifer totalmente patético. Quizás se lleven algún que otro sobresalto a causa de una embustera edición de sonido que hace que un "toc toc" en la puerta suene más fuerte que la caída de un mueble.

    La única escena medianamente rescatable es la de la oficina de los servicios sociales completamente vacía y a oscuras con la silla que minutos (de la película, no de la trama) antes había sido ocupada por Lillith (Ferland) girando a toda velocidad a lo lejos mientras Emily (Zellweger) recorre el lugar impactada por lo paranormal que se ve todo.

    Un film de terror olvidable, que nada se compara con el aceptable concierto de clichés que analizaremos a continuación.
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  • Dos hermanos
    Dos hermanos
    Qué se puede hacer...
    Las dos costas de la vida

    Refugiados en la solemnidad casi esclavisada del seno materno, Marcos (brillante Antonio Gasalla) y Susana (genial, aunque caricaturizada, Graciela Borges) viven dos vidas distintas. El primero en una tranquilidad que roza lo insulso, introvertido y opacado por los divagues de grandeza de la segunda. Ambos son distintos, y ambos encararán la muerte de Neneca (tierna y bella en su papel, Elena Lucena) de maneras diferentes.

    Daniel Burman retoma el tópico de las problemáticas familiares excéntricas, cayendo en los lugares cómicos y en los costumbrismos regionales, aunque abunda muchísima calidad dialogal, en parte por las excelentes interpretaciones de los dos protagonistas. Esta es una historia que uno sigue sumido en una verosimilitud elogiable, y un ritmo narrativo que no es perfecto ni grandioso, pero tampoco es irreprochable. Sorprende la elegancia con la que Burman escapa al esteorotipo, acudiendo a Gasalla y Borges -más un reparto que está muy bien en general- para englobar la tarea con una frutillita en el postre.

    La dirección del realizador de El abrazo partido no es que sea la gran cosa tampoco. Es que uno se pierde en la emotividad de las escenas en que Marcos pierde la mirada en la nostalgia de la casa de su madre, o Susana hace de las suyas con sus dudosos negocios inmobiliarios (un chasco tras otro). "El roaming, Susana, no tengo el roaming". Genial.

    La fotografía del film es muy bonita. Las secuencias en que ambos hermanos cruzan el río para ir de Buenos Aires a Villa Laura están muy bien iluminadas, a comparación de lo que uno acostumbra en los proyectos nacionales en cuanto a los rodajes en exteriores. El sol es puro, como la actitud de Marcos, mientras que Susana prefiere la oscura comodidad del interior del yate mientras degusta "calentitos" y satisface su paulatino alcoholismo con champagne y wisky importado. Eso, y ni hablar de la toma final frente al "mar" según ella, y en verdad el "río" según él.

    El contraste entre ciudad y pueblo-balneario es interesantísima, sobre todo desde la construcción psicológica de ambos personajes. El hecho de que uno termine en Uruguay y la otra se quede en su delirio de la Capital Federal no es detalle menor; todo sale de la reacción ante la pérdida materna, y la reestructuración del complejo de Edipo vista desde esa obra de teatro de los adultos.

    Quizás se desinfla hacia el final, lo que la vuelve bastante desilusionante. Y quizás uno hubiese querido más gags de Antonio, quien supo deleitarnos con grandes personajes como la Mamá Cora o la empleada doméstica. Pero esta cinta no es para reír. Quizás arranque un par de sonrisas, pero no es una comedia, como algunas fichas técnicas lo insinuan. No, es un drama familiar, muy bien retratado y encarnado por dos protagonistas descomunales. Cada detalle de su andar es digno de aplausos, aunque el conjunto que hace al todo no termine por convencer debidamente. Pero bueno, por lo menos no "hace el ridículo".
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  • Paco
    Paco
    Qué se puede hacer...
    Exterminio de un mensaje

    Esta película la ví en el marco del "24 hs de cine" de la Biblioteca Popular de Posadas. Debo decir que quedé impresionado por el impacto que logró en la gente una película tan manipuladora y tan maniqueísta como ésta.

    Cuenta la historia de un grupo de rehabilitación de drog... de paco. Para los lectores de otros países, el paco es la droga con la que se mata en Argentina a la clase baja, producto de un sistema que banca el narcotráfico y que vende incluso lo que se rasca de las ollas de las cocinas de cocaína. Así es este país. OK, hasta acá todo bien (o no), pero como dicen por ahí, esta peli no es de las que se puedan criticar porque tiene un intento de concientización como el que hay en su mensaje (si me permiten, tan soso). Pero lo cierto es que muchos colegas apuntan que como es una ficción (mal hecha encima) y no un documental (lo que hubiese sido ideal teniendo en cuenta que el director fue víctima del paco en su juventud y tenía miles de testimonios en los que apoyarse), hay una decisión estética, por lo tanto, dispuesta a devoluciones.

    Pasando a la trama en sí de Paco..., cabe aclarar que hay una cosa que no se le puede retrucar, y es la banda sonora, compuesta por Babasónicos, Pity Alvarez y otras bandas del rock argentino que se prestaron a musicalizar este intento de melodrama social.
    Ahora, lo que se cuenta, para atrás. Primero que nada, la selección de actores tan pop (sin contar, por supuesto, a LA actriz que es Norma Aleando) fue uno de los errores principales que se cometieron para encarar semejante compuesto de historias cruzadas que realmente poco tienen que ver con lo que se suele leer en los diarios y demás medios de "comunicación" argentinos (lo cual también tiene su grado de baja credibilidad, pero así de vendados vivimos en este hermoso país) acerca del tema.

    Los realizadores la pensaron bien cuando decidieron contarlo de una manera tan hollywoodense, con explosiones, avasallamiento de flashbacks -insoportables-, y un ritmo melodramático realmente admirable. Pero las cosas no se hacen así: eso es engañar al público. Y con esto remarcamos en la totalmente inverosímil historia del hijo de la senadora, con narcotráfico intercontinental incluído (¿llevamos el paco a África? ¿símbolo de igualdad de condiciones socio-económicas? ¿intento banal de burlar al sistema de seguridad y prevención del narcotráfico?), o la conversación telefónica entre dos senadores contando que se puede combatir el narcotráfico pero "bajando a uno estás haciendo que aparezcan otros" y una sucesión de estúpidas reflexiones pensadas para estúpidos (más bien, subestimando al espectador, lo cual es más insultante) que serían como sacar la mano por la pantalla y pegar con moco la idea en la frente del que se sentó en la sala a ver el film.

    Es larga, muy larga, lo cual es otro ítem en contra. Y el desenlace, generando problemas internos para hacer una implosión en un guión que no necesitaba un detonador para implosionar por sí sólo la grasa que le corre por las venas, otro más.

    Paco, la punta del iceberg (2009), logró conmover al público con el que compartí la proyección (¡tuvieron que hacer un receso para que muchos se repongan! ¡habían mujeres que no paraban de llorar! ¿¿??), pero si lo hace es porque es manipulador, maniqueísta, copioso del mainstream, maleducado y maleducador. Un golpe bajo, sin dar más vueltas, con un reparto que patina de lo lindo por culpa de un guión hecho para menores de 8 años y una dirección que rebosa intenciones industriales e intentos de atraco a la taquilla (que según tengo entendido, no lo logró hasta la llegada al dvd).

    Si quieren verlo, que sea a conciencia, y como ejemplo de manipulación. No habría que permitir que el público ATP al que el sistema cinematográfico acostumbró a bombardear con basura y lata norteamericana consuma también el producto de aquellos que por estos pagos sólo hacen "cine" con esos fines. A ese público hay que proteger con realizaciones con un mensaje, y no con dobles intenciones. Totalmente reprobable, aunque enganche como lo hace.
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  • El libro de los secretos
    El libro de los secretos
    Qué se puede hacer...
    Vaivenes de la invulnerabilidad divina

    En un panorama apocalíptico logrado con un diseño artístico fabuloso, una fotografía espectacular y un vestuario bastante westereano, los hermanos Hughes dirigieron esta interesante obra sobre un guerrero solitario (cliché N° 1), que es casi imposible de vencer porque pelea y usa el sable que mete miedo (cliché N° 2), y que lleva un instrumento -en este caso, un libro- que puede cambiar el mundo (y llegamos al cliché N° 3).

    Pero esta original y algo compleja historia escrita por Gary Whitta, además de estar construída sobre un armazón de clichés indefendibles, no sólo se presenta con esa trama tan descifrable y predecible. También tiene como escudo protector generador de puntos a favor un reparto de lujo, que despliega e irradia talento por todos lados, cubriendo la pantalla de un elemento pocas veces visto en propuestas como estas: buenas actuaciones en un guión mediocre. Aún cuando sabemos desde la mitad de la película como va a terminar todo (aunque cabe reconocer que el giro que da en el final es una muy buena maniobra para pulir lo que parecía imposible de pulir), la película nos atrapa y nos lleva por un camino austero, desolador y tortuoso, dejándonos en claro algunos aspectos esenciales sobre la invulnerabilidad divina en lo que a selección de profetas que sí predican en su tierra respecta.

    Denzel Washington y Gary Oldman protagonizan un duelo antagónico monumental, haciendo que uno no sepa con cuál de los dos quedarse en la actuación. Washington parece frío durante toda la película, pero con el desenlace y un posible segundo visionado uno aprecia mejor el trabajo de este multipremiado y polifacético actor. En cuanto al malo malísimo de Oldman, con este papel uno recuerda aquel memorable personaje tan despiadado en León (1994), aunque también se pueden apreciar ciertos matices de Zorg, de The Fifth Element (1997). Ambos protagonistas deslumbran en sus repectivas escenas, y ofrecen grandes momentos cuando comparten algunas.

    Del resto del reparto uno puede rescatar algunos nombres que pueden mover el piso: un acmuflado Tom Waits haciendo de un ingeniero; la bellísima Mila Kunis en un papel tan aceptable como innecesario (pero nunca puede faltar la chica que empieza molestando al héroe hasta terminar con él en la acción... cliché N° 4); y quizás la más apreciada de las participaciones, Michael Gambon haciendo de un anciano encerrado en su casa de 'en-medio-de-la-nada-pero-justo-donde-están-los-protagonistas', armado hasta por los tobillos y con una característica que no vamos a revelar en este texto.

    Con un apartado técnico intachable (la escena del tiroteo en la casa simulando un plano secuencia quedará en nuestra retina por mucho tiempo), actuaciones excelentes, y un guión original pero que parte de una premisa bastante explotada con anterioridad, The book of Eli se reduce a una hora y cuarenta minutos de espectativa, western apocalíptico -si es que eso existía-, y un largo y violento caminar que intentará por cualquier medio insertar un mensaje ético-religioso al espectador, inspirados en una historia que ni siquiera parece estar demasiado convencida respecto a lo que será el futuro de la humanidad.
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  • Un sueño posible
    Un sueño posible
    Qué se puede hacer...
    Vidriera de un ejemplo de vida

    Voy a ser directo y honesto con ustedes: hasta ahora, la filmografía de la cual formaba parte la señora Sandra Bullock me parecía una absoluta basura, y ella una pésima actriz que se encargó siempre de tirar por tierra todo tipo de films de los que formó parte. Ahora toda esa colección de largometrajes olvidables se ha vuelto un lejano recuerdo con esta bella película basada en una historia real, la vida de Michael Oher, el N° 23 del último Draft de la NFL.

    Si Bullock antes era insoportablmente histriónica y desmedidamente falsa en sus intentos de comedia barata (y eso que todavía no he tenido lo oportunidad de ver The Proposal), ahora es una centrada intérprete de un factor de vida tan importante como la solidaridad, el amor, y la lucha por la igualdad en un mundo -mejor dicho, en un país- que aún demuestra ser discriminador y repulsivo para con las clases más bajas de su sociedad. Bullock se materializa en Leigh Anne Tuohy, una mujer que, como pocas, marcó la diferencia en un sector social y un rubro como el deporte, que está muy lejos de ser indiferente a los cambios socio-políticos, a diferencia de lo que muchos piensan.

    Si bien la película de John Lee Hancock, basada en el libro de Michael Lewis, tiene baches argumentativos en cuanto a las líneas del guión y el eje que se quiere seguir, es un gran gusto ver como solita se va abriendo camino al mensaje final, impreso claramente dentro del desenlace de esta redonda película, principalmente salvada gracias a la gran interpretación de Bullock, quien ya recibió sus merecidos reconocimientos por esta labor.
    Qué decir del "protagonista", Quinton Aaron. Al lado de la interpretación de Bullock, el resto parece una bola de principiantes, exceptuando obviamente a la increíble Kathy Bates. Sin embargo, este muchacho que en la primera media hora más hace de autista que de chico sufrido, merece un aprobado porque logra plasmar la evolución en su personalidad con creces.

    Tenemos fotografía aceptable, actuaciones dignas de cada papel (aunque Hollywood siga intentando hacer propaganda hasta en historias como ésta, y lo digo porque no hay necesidad de hacer parecer tan jóvenes y hermosas a personas comunes y corrientes que formaron parte de un hecho verdadero y más que palpable), pero un metraje demasiado excesivo. En estos casos, la cosa puede ser mucho más directa y concisa, y no dar tanta vuelta. Yo quitaría los primeros diez minutos y todo ese dramatismo innecesario que hay hacia la mitad de la cinta. No obstante, se disfruta muchísimo la dosis de comedia en varias escenas, algo que se agradece por no volver edulcorado y meloso un producto que en malas manos puede pecar de eso y cosas peores.

    En general se deja ver muy bien. Principalmente hay que saber apreciar el ejemplo que proyecta la historia, que de por sí le quita puntos a la película por el simple hecho de que se la puede conocer leyendo en periódicos o en la misma web. Pero estos filmes sirven como vidriera para los que no siempre se topan con mensajes como estos, incluso cuando creen que estas cosas sólo suceden en una "medio pelo" de Hollywood.
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  • Número 9
    Número 9
    Qué se puede hacer...
    Rápido y tedioso: reto en el apocalípsis.

    Hace poco más de cuatro años, Shane Acker realizó un corto denominado 9, que trataba sobre la hazaña de un muñequito de trapo luchando con una máquina que se había cobrado la vida de su amigo. El corto fue nominado al Óscar, y por su estética atrajo la atención del reconocido director Tim Burton, por lo que éste decidió producir un largometraje basado en la joyita creada por Acker con nada más que el programa Adobe.

    Sin duda esto fue un error, ya que por más de que sea interesantísimo el contexto apocalíptico en el que se desarrolla la película, nos encontramos ante una versión extendida de aquella cinta, que encima no cumple con lo que tanto se prometía.
    Tenemos una historia contada a las apuradas, para focalizarse únicamente en la acción -- con unos efectos especiales impresionantes, por cierto -- y en el desenlace de una trama casi inexistente a causa de la velocidad del filme.

    Elijah Wood le pone la voz a 9, mientras que el resto de los desventurados muñequitos también son representados por las voces de reconocidas estrellas, como pasa con 1 (Christopher Plummer), 5 (John C. Reilly) , 6 (Crispin Glover) y 7 (con la hermosa Jennifer Connelly).

    Se le da mérito a la producción por semejante puesta de animación, pero la historia realmente opaca todo intento de deslumbrar al público con dichas cualidades. Cuando empezamos con una interesante escena de descubrimiento de la vida por parte de 9 -- una suerte de héroe que llega al mundo para concientizar a sus compañeros sobre la lucha, la esperanza y la autoestima -- de repente nos vemos en una especie de persecución terrorífica que saca completamente de contexto el clima que se venía obteniendo cuando el protagonista conoce a 2.

    Lejos de ser una película infantil, 9 plantea ciertas dicotomías por parte de unos personajes que se encuentran en un mundo de post-guerra, solos y con la responsabilidad (rebuscada) de "salvar a la civilización". Dichas dicotomías no van más allá de la típica reflexión entre "pensar o hacer", "esconderse o luchar" que muy dificilmente llegue a dejar algún tipo de enseñanza a algún desprevenido que se detenga a ver este factor.
    Para colmo de males, luego de toda una hora de film oscuro, tenemos un final sentimentaloide y completamente cursi, que tira abajo todo lo "logrado" hasta el momento.

    En resumidas cuentas, hubiese sido bueno quedarse con el corto, pero parece que a Burton le atrajo lo que podía llegar a vender este tipo de proyectos.

    En lo que a mí experiencia respecta, es decir, saliendo de lo poco objetivo que se puede ser en estos comentarios, me aburrió sobremanera este film, quizás por la hora en la que lo ví (cerca de las 23:00 hs, un miércoles). Sin dudas es una de las decepciones que me dejó este año.
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  • La isla siniestra
    La isla siniestra
    Qué se puede hacer...
    El gabinete del Dr. Marty

    (Atención: el comentario contiene spoilers)
    El gran Martin Scorsese se sale un poco de la temática de su filmografía reciente, pero siempre fiel a su fetiche actual, Leo DiCaprio, para dirigir con mano maestra un thriller psicológico que se apoya en una novela de Dennis Lehane (Mystic River, 2003; y Gone Baby Gone, 2007), para armar un pastiche de calidad, técnica y narrativa, histórica. Por qué pastiche: porque en este film se ve una impronta 'esencial' que va desde Hitchcock o Polanski hasta incluso un guiño ¡al caligarismo de Robert Wiene!.

    No vamos a revelar mucho de la trama, pero sólo cabe anticipar que el guión está armado de una manera excelente, interpretado con una calidad irreprochable del reparto -destacando una de los mejores actuaciones en la carrera de DiCaprio-, algo que hace que todo lo que sucede al final (para lo que está hecho absolutamente todo de la película, desde los matices de colores en la fotografía hasta la parquedad de Kingsley y Ruffalo en sus geniales papeles) tenga total explicación y todo cierre bien redondito. Quizás se percibe una leve predilección del autor por obviar los vaivenes de la trama explícita para dejar a la vista del espectador mareado un final que está cantado desde esos flashbacks que tiene el protagonista, justamente de manera implícita, pero el resultado no deja de ser satisfactorio a pesar de ello.

    Scorsese reconvierte la moneda corriente de los films noir y la canjea por un producto de una magnitud visual impagable, que encima se ve avalada por la calidad del relato. Nada está dejado al tanteo. Nada pasa por casualidad. Todo está pensado para ese broche de oro en el cierre de la trama, con el plano final y, anteriormente, la que probablemente será de ahora en adelante una de las frases más memorables del cine actual, pronunciada por un enorme DiCaprio: "¿Qué es peor, vivir como un monstruo o morir como un hombre bueno?" ¡Chupate esa mandarina!

    Y cuando digo que nada está hecho porque sí, principalmente me refiero a la banda sonora, una obra maestra del realizador junto a la colaboración de Robbie Robertson de The Band, que crearon las pistas sobre material previamente grabado para hacer de cada escena una verdadera combinación de imágenes y melodías, practicamente perfectas. Todo tiene un ritmo tan desquiciado, tan poco común y a su vez tan expresivo, que sólo una selección musical semejante podía amparar tanta parafernalia visual. Y a esto se acopla el monumental trabajo de edición de Thelma Schoonmaker, que hace que todo parezca desencajado o fuera de lugar y lleve un ritmo vertiginoso salteado por anacronismos, flashbacks y pausas... en definitiva, irreal. Por último, la fotografía, con Robert Richardson en la dirección, es sensacional. Contrastes jugando con "auras" en tonalidades claras y colores cálidos dentro de decorados con escalas de grises: un nuevo acierto del staff técnico para trazar el camino rumbo al gran final, más allá de que a muchos malacostumbrados a las sorpresitas Kinder del cine reciente les/nos pueda parecer (y con justa razón) predecible.

    No, en Shutter Island nada es predecible. Nada es lo que parece. Todo es una realidad construída por Marty para hacernos vivir en la mente perturbada de un ser temeroso y temido, buscador y buscado, víctima y victimario. Muy recomendable y tecnicamente excelente nuevo opus de Scorsese, aunque tampoco es lo mejor que ha hecho. Encima invita a un segundo visionado para recién ahí poder ver las cosas con ojos de "espectador". Antes que eso, sólo se es un convicto más del recinto.
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  • Loco corazón
    Loco corazón
    Qué se puede hacer...
    Tribulaciones de un compositor en decadencia

    Si hay algo que cabe destacar en este pasable film del debutante Scott Cooper, es su calidad para elevar al protagonista a un pedestal inimaginado, a pesar de lo decadente del mismo en cuanto a aspecto y creatividad. La vida de Bad Blake (monumental caracterización de Jeff Bridges) nos atrae porque, de alguna u otra manera, comenzamos la película conociendo su historia, sabiéndonos sus canciones y siendo conscientes de lo mal que está nuestro personaje en su carrera musical. Por ello nos alegramos cuando comienza a reiniciar su vida al conocer a la interesante reportera pueblerina, Jean Caddock (también brillante actuación de Maggie Gyllenhaal), entabla una adorable relación con el hijo de la susodicha y se mantiene fiel a sus hábitos -malos o no-.

    Crazy Heart se resume en una parsimonia argumentativa exasperante pero amistosa para con el espectador, que entre cantitos country, la aparición de Robert Duvall y Colin Farrell, y el intento de redención del gran Blake, pasará dos horas confortables y apasibles, como la escena de pesca en el lago, la más bella de todo el film.

    Y quizás sea por el gran trabajo de Bridges, o por la buena composición musical del genial T-Bone Burnett, que sin tener mucho para ofrecer esta cinta siente tan bien en un público poco pretensioso, pero lo seguro es que no es la gran cosa. Todo se corona con la canción "The weary kind", poderosa en la lírica pero muy acartonada en la melodía (sin embargo, ganó el Golden Globe y el Oscar a la Mejor Canción Original), que termina resumiendo a modo de triunfo un sufrido pasaje de un grande del country, creado a imágen y semejanza de la ascendente carrera del actor protagonista.
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  • Alicia en el país de las maravillas
    Ejercicio de la memoria a la Burton.

    (Nota: se pueden saltar esta intro)
    Uno intenta ser lo más objetivo posible, aún siendo consciente de que la objetividad es una utopía que no se la cree nadie. En films como estos, sea de quien sea, en el que está impreso todo un ejercicio de la memoria sentimental y sensitiva (hasta olores pueden venir con una propuesta así), resulta casi imposible definir el todo sin caer en viejos amores u odios para con el contenido, por lo que la conclusión terminará estando sujeta expresamente a la combinación entre la devolución del producto artístico y esa serie de emociones hilbanadas en la mente y el corazón, y que tanto influyen en la observación y lectura. Esto es a lo que están prevenidos antes de leer esta crítica de Alice in Wonderland, un raro experimento de laboratorio Sci-Fi entre Walt Disney Pictures y Tim "sigo siendo un loco" Burton.

    Para un jóven nacido a principios de los '90, es inevitable rememorar aquella cinta animada en la que se vio sumido por completo en un mundo de fantasía -sin caer en la cuenta de que estaba adaptada a una gran novela llena de alegorías, simbolismos y una fuerte crítica socio política- y que tanto lo influyó en sus juegos y travesuras durante la niñez, así como también formar parte del comienzo de la construcción de una filmoteca bastante gorda que a hoy día sigue creciendo más y más. En la corta y casi inexistente carrera actoral de este jóven (que escribe estas humildes líneas), le tocó interpretar a uno de los personajes que integran el reparto de este nuevo opus del director de obras memorables como Sleepy Hollow, Edward Sissorhands, Batman, y más recientemente otras como Charlie and the chocolate factory o Sweeney Todd: The Demon Barber of Fleed Street. Aún cuando ese personaje sea extrictamente imaginario (por lo tanto hecho por computadora), es imposible para el jóven no tener un lazo sentimental con el susodicho, que no es otro sino el famoso Cheshire Cat, también conocido como el Gato Risón. Verlo desde un punto de vista "burtoiano" no hacía más que incrementar los deseos por ver esta película, que terminó resumiéndose en lo siguiente:

    Estamos ante un "démosle rienda suelta, pero hasta cierto punto" por parte de Disney, que dejó en las alocadas manos de Burton esta remake (o también aceptablemente interpretada como secuela) del clásico de la industria de Mickey. ¿Qué hace que uno no logre distinguir entre una cosa y otra? La ambigüedad del concepto. Mientras el director de Big Fish atormenta a niños y grandes con un paisaje austero y poco "maravilloso" en su mirada respecto a Wonderland, Disney le da esa cuota de cursilería típica para terminar englobando un todo completamente ambivalente. En conclusión, nos vamos de la sala habiendo visto una mezcla entre Hook de Steven Spielberg, Lord of the Rings de Peter Jackson y The Nightmare before Christmas de Henry Selick. Lo sé, es odioso comparar obras, pero es inevitable encontrar la influencia que Burton recibió de estos films para realizar su versión de las aventuras de Alicia, que ahora es una muchacha de 19 años que huye del matrimonio y debe derrotar a una bestia gigante para salvar la Infratierra (¿?).

    No obstante, se puede apreciar un gran trabajo artístico, tanto en el vestuario como en los decorados y la manipulación del CGI para lograr ciertas cositas. El reparto es muy destacable, con la fórmula 'Depp + Bonham Carter = éxito' cumpliéndose a rajatabla para el imaginativo cineasta. La caracterización de Helena Bonham Carter en el papel de la reina roja es de lo mejor de la película, junto con la recreación de los gemelos y el tan esperado Gato Risón. Johnny Depp vuelve a encontrarse con un personaje que tranquilamente puede ser de su invención, como le pasa en esta ocasión con el Sombrerero Loco, pero tiene demasiado guión para enaltecer su imágen innecesariamente, por lo que exaspera bastante su reiterada presencia en algunas secuencias. La jóven y prometedora Mia Wasikowska está aceptable en su actuación, descubriéndose constantemente a lo largo del excesivo metraje de la cinta. Por último, se rescata una interesante y llamativa participación de Anna Hathaway como la reina blanca, pero de ahí para abajo (remarcando apenas la voz de Alan Rickman como la oruga azul) sólo nos encontramos con el típico ridículo de Crispin Glover y su cabellera larga, un guión básico hasta reventar y una dirección sin muchos méritos.

    Es un disfrute considerable, pero para lo que aspiraba sabe a muy, pero muy poco. Por momentos, decae aparatosamente y se convierte en un ejercicio tedioso de la memoria sentimental, sólo apta -por supuesto- para aquellos que disfrutaron tanto de la novela de Lewis Carroll como de la versión edulcoanimada de los '50. No es el tipo de mundo que uno espera, ni mucho menos la aventura, pero es Burton, y todos lamerán las botas de este producto por los nombres del director y sus intérpretes; allá ellos.
    Eso sí, una cosa es clara: no quedaremos indiferentes ante esta nueva versión de Alice in Wonderland. Aunque sí un tanto desilusionados.
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  • El desinformante!
    El desinformante!
    Qué se puede hacer...
    El bocón de los '90

    A comienzos de 1991, un hombre comenzó a notar irregularidades en el proceder de la empresa para la cual trabajaba. Acto seguido, ese hombre se dirigió al FBI para notificarles estos hechos. Como consecuencia, se veía envuelto en una misión de espionaje en la que debía sacarle todo tipo de información a los criminales empresarios. Y en el medio tenemos a Matt Damon diciendo sandeces con una voz en off completamente delirante y cómica. ¿Qué atrae de The informant!? Que Steven Soderberhg vuelve a engañar al espectador, haciéndole darse cuenta hacia la mitad del film que nada de lo que estaba viendo era lo que parecía. Y ahi nos quedamos, para no develar más.

    Esta sobria comedia protagonizada por un genial Damon (que vuelve a recurrir a la metamorfósis para emplear sus habilidades), tiene un ritmo bastante reprochable pero no por eso negativo. La historia gira en torno a las etapas psicológicas del protagonista, que se divide entre la vida laboral-familiar y la de un soplón del FBI. Los métodos de trabajo son muy hilarantes, aunque la caricaturización de los agentes sean fácilmente palpables. El guión seco y la espectacular banda sonora se complementan como el yin y el yan de esta interesantísima nueva entrega del director de Che.

    Tenemos escenas muy graciosas, así como también el espectador podrá darse el lujo de lamentarse por tanta desgracia acaecida en pantalla. Mucho bla bla, pero contribuye a la historia. Porque, insisto, lo mejor de la propuesta es lo ofensivamente confundido que se siente uno cuando nota que no todo es lo que parece. Y a todo esto, hacia el final del film uno quiere levantarle una estatua a Damon por su transformación interior y exterior durante toda la cinta.

    Para pasar el rato, reír, y divisar a través de una mampara de vidrio esmerilado el que fue uno de los grandes escándalos de los Estados Unidos en los años '90.
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  • Donde viven los monstruos
    Donde viven los monstruos
    Qué se puede hacer...
    "Imagina un mundo en que suceda todo lo que quieras..."

    Spike Jonze se toma el atrevimiento de alargar al MAXimo posible este reconocido cuento infantil de Maurice Sendak, para construir una típica película suya, que invita a la reflexión propia, la interpretación individual y, sobre todo, una libertad extremadamente delirante y provechosa para las emociones del afortunado espectador.

    La historia es delirante a más no poder, hasta para los que conocen el cuentito. Pero de eso se vale el director de Being John Malkovich para crear un ambiente cálido y nostálgico en medio de las travesuras con alto grado de salvajismo (hasta violento) por parte de estas bellísimas criaturas y el insufrible niño Max. Éste último, protagonizado por el histriónico y sorprendentemente talentoso Max Records -que se lleva la película por delante-, es el eje principal de la trama en la que debemos rendirnos al universo que propone Jonze para poder disfrutarla, o -mejor dicho- vivirla.

    Es que si hay algo que se le debe agradecer con creces a este director es la facilidad con la que los que supimos amar la niñez nos reflejamos o reconocemos en la imaginación librada a la eternidad por parte del protagonista y sus amigos imaginarios. El ambicionar aún más imaginación en medio de un mundo imaginario, valga la sagrada redundancia, (ejemplo: la maqueta del tierno personaje de Carol, una de las escenas más bellas del cine que parió el 2009), creer que la mejor forma de canalizar la rabia es una guerra de tierra, pasear por un desierto que desemboca en un mar paradisiaco, o sin ir más lejos, hacer un iglú con la nieve, es un homenaje a la creación de los hijos de la tierra, que disfrutan más jugando con cosas hechas por sí solos que con elementos de "diversión" prefabricados.

    Párrafo aparte merecen los monstruos, quienes son verdaderos reflejos de las emociones más extremas del ser humano cuando realiza ese doloroso viaje en bote desde la orilla de la niñez hasta la orilla de la adolescencia, cuando la imaginación queda en un segundo o tercer plano para abrir paso a la realidad a secas, cada día más parecida a "lo que viene después del polvo", como dice Carol en la gloriosa escena del desierto y la charla sobre el sol.
    Mientras el "rey" gobierna a su manera su propio mundo, donde sucede todo lo que anhela, la traviesa inocencia, la incomprensión, el escepticismo, el tedio, la agudeza, la violencia y el desahucio pasean salvajemente por sus inestables y extremas inmediaciones naturales, cobijándolo como un amigo más de la familia, cumpliendo sus deseos, viviendo sus sueños y padeciéndolos.

    Jonze, a pesar de que alarga demasiado una historia que fue contada de manera más simple, y que encima queda pendulando entre infantilismo y reflexión adulta, entrega un espejo en el que cada uno podrá verse reflejado, de buena o mala manera, principalmente porque lo que menos tenemos en cuenta es que esto es cine, más allá de la fotografía exquisita -contraluces asombrosos y una amplia gama de colores puestos al servicio de la vieja usanza titiritera-, la aceptable dirección, y probablemente la mejor banda sonora del año de la mano de Karen O, de los Yeah Yeah Yeahs.
    Y todo eso lo logra porque, como bien dice el póster, cada uno de nosotros lleva un monstruo salvaje dentro.

    Emoción pura, nostalgia, ternura, violencia y diversión. Todo servido en bandeja para nuestro deleite, de la mano de un director tan libre como Jonze.
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  • Al filo de la oscuridad
    Al filo de la oscuridad
    Qué se puede hacer...
    El hábito no hace al monje

    Edge of darkness no sólo marca el regreso de Mel Gibson a la actuación luego de siete años. También es una película con una rítmica acojonante, guiños al cine noir y de clase B, construcciones actorales muy bien preparadas y, sobre todo, una tesis sobre lo que sucede en las sombras, mientras el mundo transcurre y las personas tratan de cambiar el mundo; lo que es y no es.

    Pocas veces un film de estas características tiene tan bien puesto el nombre. Al filo de la oscuridad es una clara alusión al actuar de los mal nombrados "malos y buenos" en medio de un campo de juego ambientado para una guerra de negociaciones, chantajes, 'limpiezas', violencia y mucha corrupción. Así es como de manera muy bien anticipada nos vamos abriendo camino en la vida de Thomas Craven (Gibson, que se come la película con su impresionante actuación), un detective de Boston que se encuentra atrapado en el caso del confuso asesinato de su hija, quien antes de su partida deja toda una vida secreta a disposición del protagonista para que éste llegue al foco de la cuestión y todos quedemos con la boca abierta.

    Durante el correr del metraje, nos vamos enriqueciendo de información con un in crescendo de la trama que deja espectante a cada momento. Es así que gracias a los diversos recursos de narración nos vamos familiarizando cada vez más con cada uno de los personajes (o entes) de la película.

    La historia está basada en una serie británica de los años '80 por los guionistas William Monaham y Andrew Bovell. Estos arman unas líneas de diálogo excelentes para ayudar al pulso narrativo setentoso que caracteriza a esta cinta dirigida correctamente por Martin Cambell. Nos quedarán muchas frases hechas pero bien contextualizadas para entender la esencia del film, como "todo es ilegal en Massachusets", "no sé lo que es perder un hijo per sí lo que es no tener uno" (dicho por Jedburgh, un gran papel de Ray Winston), y finalmente la más gloriosa, salida de la boca de un intrigante Jay O. Sanders: "no se trata de lo que sea, sino de lo que ellos hagan que parezca".
    El resto se debate entre la resolución del caso y un par de subtramas más que interesantes que enaltecen la profundidad dramática del producto.

    El director de este film fue quien tuvo la oportunidad de dirigir el reinicio de la saga de James Bond, Casino Royale, así que era el más indicado en lo que a acción se refiere. Y lo logró con creces: Edge of darkness tiene unos sobresaltos tramposos pero muy efectivos para que el espectador se quede sentado viéndola hasta el final. Esa es una tarea difícil de lograr hoy en día, más para este tipo de films, que siempre terminan quedando en el olvido por culpa de la impaciencia de los loquitos de la pirotecnia que la difaman antes de verla como el policial negro que es.

    A los seguidores de Gibson les encantará este combo de drama, acción, thriller y cine de clase B para pasar un buen rato. Sus defectos podrían bien ser un tono muy pasivo en cuanto al desenlace, pero más allá de eso es un disfrute asegurado. No se la recomiendo a los de estómago débil ni a los que después salen impresionados por ver hemoglobina. Este no es un policial más: aquí van a ver disparos en el ojo, tripas en el suelo, escopetazos, y mucha sangre. Bien Mel Gibson, o como le dicen por ahí, Gibsonísima.
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  • Un hombre serio
    Un hombre serio
    Qué se puede hacer...
    Seguí participando

    Cuando uno emprende como meta conseguir un premio, supongamos una situación así, siempre tiene en mente la parte buena. Por ejemplo, nadie mide cuánto se gasta en quinielas, sólo cuánto se ganará. O cuando uno busca en el envase algún regalito o premio, nunca piensa en lo que se gastó del contenido: sólo piensa en lo bueno que es estar buscándolo. Lo peor viene cuando en el envase dice el siempre bien ponderado "Seguí participando", y nuestro mundo se viene abajo en ese instante.
    Así es la vida del profesor Larry Gopnkik (sobresaliente en su papel Michael Stuhlbarg), un tipo que vive el día a día de manera normal, hasta que "su Dios le pega una cachetada" y le muestra la realidad con toda la crudeza que sólo los hermanos Coen pueden concebir.

    Ésta es una comedia negra sagaz, y rotunda en su mensaje. Lo hilarante recide en todas esas vanalidades de la vida del desventurado profesor judío, así como en unas líneas magníficas del excelente guión. El punto fuerte de esta historia es esa tradicionalidad tan portentosa en el relato, sacada de las vidrieras de antaño de los hermanos, que se basaron en su infancia en un barrio de Minnesota para recrear esta trama tan única por su estilo y sus idas y vueltas.

    Las actuaciones son fenomenales, sin excepciones. Pero por sobre todo se destaca la calidad de Stuhlbarg en sus distintos estadíos psicológicos, comenzando en la incredulidad, pasando por la lujuria, hasta la desesperación en esa escena final maravillosa, aunque siempre odiable por la parquedad del relato, tal y como pasa con la mayoría de las cintas de estos dos directores tan confiables a la hora en que uno se sienta a ver sus productos. Hay que conocerlos para amarlos, y cuando se los conoce, se los ama.
    A serious man reafirma esa condición a fuerza de comicidad sangrante, un guión fenomenal, actuaciones muy buenas, fotografía hermosa y la firma de los Coen, cada día más caseros.
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  • El imaginario mundo del Doctor Parnassus
    A Heath Ledger. Sobre el recuerdo.

    La historia de cómo se logró concebir la última película de Terry Gilliam es fascinante y emotiva. Todo tenía un rumbo y una idea definida, hasta la lamentable muerte de Heath Ledger el 22 de enero del 2008, incluso medio año antes de que se estrene la película que lograría darle todos los honores que injustamente no se le había dado por su comprometido papel en Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005). Por desgracia, nunca se volvería a superar el papel del Joker que hizo en The Dark Knight (Christopher Nolan, 2008), pero aún así el personaje que Ledger interpretó en sus últimos días de vida era crucial para la historia. Por eso, y por el mismo motivo que Nolan duda en hacer una tercera entrega de Batman, Gilliam suspendió la realización de The imaginarium... hasta un próximo aviso.

    Finalmente, y luego de muchas idas y vuelta, el director británico decidió que la mejor manera de homenajear al actor era continuar con la historia, por lo que se finalizó con el proyecto. El resultado fue una película con un alto grado de imaginación, odas al surrealismo, y un homenaje al recordado 'corazón de caballero' que corona la cinta diciendo, en vez de "Un film de Terry Gilliam", "Un film de Heath Ledger y sus amigos".

    La historia es difícil de seguir durante los primeros minutos. Empieza lenta, pero una vez que todas las piezas están en su lugar (y eso pasa recién cuando Ledger aparece en escena colgando de un puente y posteriormente sabemos la historia del Dr. Parnassus), se comienza a vivir en armonía con un guión espectacular y un despliegue de efectos especiales que nos hacen sentir dentro de un mundo lejano, donde nuestra imaginación no tiene límites distintos a nuestras propias limitaciones como seres humanos. Y ese es el tema que trata Gilliam en su nuevo opus: la codicia, el materialismo, la desconfianza, la identidad y los viajeros errantes de un mundo que cada día se vuelve más propenso a abandonar los confines de la mente y el corazón con tal de no apartarse del sistema.

    En una Inglaterra moderna (respetando la estética), la película se va abriendo camino hacia una profundidad filosófica poco palpable, pero muy enriquecedora si se tiene en cuenta el contexto en el que se llevó a cabo el filme. Y ahi es donde más importancia recae en las oportunas e importantes actuaciones de Johnny Depp (quien, a mí gusto, participa en la mejor escena), Jude Law y Colin Farrell. A cada uno de los tres les toca algo esencial en un personaje de Ledger que, lejos de ser el mejor del último ganador del Oscar a mejor actor de reparto, sorprende gracias a un monumental trabajo de edición sobre dos tramas distintas encarnadas por actores diferentes en tiempos diferentes.

    Depp es el que recuerda a Ledger. Lo trae al filme aún cuando después con el "bualá" lo tendremos de vuelta con su talento, aunque sea unos minutos más. Lo cita, lo homenajea, lo hace estar presente envuelto en su propia cara. La escena de Depp habla de la muerte, y como ésta nunca podrá vencer a la inmortalidad de los que, gracias al corazón, la mente y la memoria, se quedan para siempre en el mundo.
    Law es quien desenmascara al personaje de Ledger. Lo ayuda a terminar un papel que por su partida no pudo desmembrar del todo. Y a Farrell le toca darle el toque final a un papel que (disculpen mi ignorancia si estoy equivocado) quizás por primera vez haya sido tan multitudinario. Una joya invaluable.

    Christopher Plummer actúa muy bien haciendo del Dr. Parnassus, quien lidia con el demonio (¡Tom Waits!) por culpa de sus vicios y su ambición. La atractiva Lily Cole no estará en una gran actuación, pero le da algo de lujuria a una historia demasiado visual para tanta profundidad narrativa, que por supuesto -y valga la redundancia- se apoya en las imágenes, como sólo el mejor cine puede hacer en estos días de escaza producción de emociones que nos trae el 7mo arte.

    Un film que los invito a ver, no sólo para atraparse con una interesantísima trama, sino también para recordar a un gran actor como lo fue Ledger. Podrá ser algo simple en cuanto a su definición global, pero si nos tomamos el trabajo de apreciarla por su grado emotivo, este es uno de los indispensables del 2009. Un tratado sobre la imaginación, la memoria, y la muerte. Y la mejor de las frases sale de la boca de Depp, quien en dicha línea pareciera hablar directamente con su desaparecido camarada: "Que renazcas. Y, recuerda, nada supera esto. Ni siquiera la muerte."
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  • Los hombres que no amaban a las mujeres
    Esa mujer me hace sufrir...

    La trilogía de Millenium comienza con esta primera entrega, Los hombres que no amaban a las mujeres. Adaptada de la denominada como obra maestra literaria de Stieg Larsson, y dirigida casi en piloto automático por Niels Arden Oplev, la película logra cautivar por dos condimentos: las odas al film noir y la descomunal actuación de Noomi Rapace, quien se entrega en cuerpo y alma a su personaje, la intrépida hacker Lisbeth Salander.

    Partiendo de una base policial, la historia intenta abarcar ciertos temas propios de la época de las guerras mundiales, o teñir de cultura nórdica una trama que lamentablemente será copiada (porque, en definitiva, eso es una remake) en los cada vez menos originales estudios de Hollywood de la manera más fincheriana posible: dirigida por David Fincher.

    Pero volviendo a los méritos de una historia cautivadora como Millenium 1... (2009), hay que destacar también lo bien logrado que está el producto técnicamente, en especial desde el apartado sonoro (partitura, montaje de sonido y sonidos ambientes), haciendo de la manipulación de la información un recurso narrativo harto usado por otros autores -más ligados a lo literario, por supuesto- pero bien logrado aquí. La dirección de arte es otro factor a favor, ya que la ambientación y la puesta en escena se nota que están cuidadas y bien preparadas, no así tanto el aspecto fotográfico o la ya mencionada dirección general.

    El reparto está muy bien, pero Rapace se devora la pantalla. En sí, Los hombres... es un film que se apoya tanto en su personaje protagónico que termina diluyendo la idea general a fin de enaltecer el peso icónico del mismo. La historia es muy interesante, y su desenlace también, pero la construcción está pensada para el desarrollo psicológico de Salander y la continuidad de una trama que se dará en episodios y escapándole como pueda al telefilm. Las secuelas, con títulos más largos que llamativos, decidirán hacia dónde desemboca todo.
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  • Percy Jackson y el ladrón del rayo
    Dioses del Olimpo posmoderno

    El error más grave que se puede cometer al mirar "Percy Jackson..." es querer meterlo en la misma bolsa junto a los demás films de acción o ciencia ficción. Otro error sería pretender que sea una cinta apta para todo público (la clasificación correcta sería "no apta para mayores de 16 años"), o pedir una genialidad de un producto dirigido por Chris Columbus, que fue el precursor de la ruina de la saga cinematográfica de Harry Potter.

    No he leído los libros de los cuales seguramente se basará fielmente el grupo de incontables realizadores que tendrán en sus manos esta franquicia, pero tampoco es mi intención hacerlo, ya que si hay algo que aprendí viendo Lord of the Rings, Harry Potter o cualquier otra historia de estas características basada en un libro, es que si la película es buena, el libro lo es; pero si la película es mala, el libro lo es aún más.

    En este caso sucede algo difícil de definir, porque Percy Jackson & the Olympians: the Lightning Thief es una cinta entretenida para grandes y chicos, siendo estos últimos los que más disfrutarán de los aceptables efectos visuales, las coreografiadas pero atractivas batallas con sables-bolígrafo, escudos modificables y poderes heredados de los dioses del Olimpo de la mitología griega -totalmente bastardeada por la siempre frívola mirada hollywoodense respecto a lo que sucede más allá de sus fronteras y de su historia-, y las divertidas secuencias que protagonizan estos teenagers saltados a la fama.

    Obviamente, no podemos pedirle peras al olmo. Se lo digo a los tontos que compran la entrada pretendiendo ver la esencia de Kubrick o Fellini en un film que no es para adultos: no van a encontrar nada llamativo en esta propuesta. Es para chicos, adolescentes que no quieren desprenderse de su infancia, o adultos que quieran entretener a sus hijos o sobrinos con algo. Si en otra sala tienen un documental sobre las empresas que hacen comida para gatos, compren esa entrada, ya que seguro encontrarán allí algo más profundo que en Percy Jackson.
    Ahora, me dirijo al público que se sienta dentro de los tres requisitos que mencioné recién:

    Decíamos que hay buenas secuencias de acción, CGI aceptable y un par de participaciones actorales más que interesantes, como la de Pierce Brosnan haciendo de un centauro (puede ser tan divertido como patético y humillante), o Uma Thurman haciendo el rídiculo como Medusa asombrada por un Iphone, y -quizás lo mejor de la peli- Steve Coogan en una versión bien rockera de Hades.

    Los más grandes se aburrirán bastante, pero podrán encontrar algunos detallecitos como las construcciones etnocentristas e ignorantes por parte de los cineastas estadounidenses que mencionábamos anteriormente, empezando por la historia de los hijos abandonados por sus padres-dioses, los sacrificios que deben hacer los del entorno de Percy, o los maniqueísmos típicos del mainstream hollywoodense para hacer que todo se adapte al mundo postmoderno mientras -si es que existen- los verdaderos dioses maldicen y se revuelcan en sus tumbas.
    Por suerte, para que todo sea más ameno, a la película no le faltan sutilezas hilareantes e irrisorias, destacando la escena de partida rumbo al Inframundo con "Highway to Hell" de AC/DC sonando de fondo, o el intento de soborno al barquero en la entrada de la morada de Hades. También la que quizás es el mejor ejemplo sobre esa adaptación a la actualidad que mencionábamos, en una escena en el casino de Las Vegas que no tiene desperdicio.

    En fin, es un film típico de Columbus, imposible de no comparar con las horrendas adaptaciones de Harry Potter. Habrá que ver qué le depara a esta saga, teniendo en cuenta cómo les fue a Eragon o La materia oscura. Esta primera entrega se deja ver sin pretensiones ni nada de esos caprichitos cinéfilos sin sentido. No busquen nada de esta película. Es de consumo descartable, como toda la filmografía de Columbus... con todo respeto, pero se pasa el rato.
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  • Desde mi cielo
    Desde mi cielo
    Qué se puede hacer...
    Siguiendo una historia ya resuelta

    Después de mucho tiempo, nos llega un nuevo film dirigido por Peter Jackson, quien vuelve a retomar la temática fantástica, aunque esta vez para abordar un tema común de una vida común. Esta vez le toca tratar la psicología de un asesino serial (brillante actuación de Stanley Tucci), una niña barada en una suerte de limbo, y el trauma familiar por la pérdida de la joven muchachita, encarnada aceptablemente por Saoirse Ronan.

    El reparto es de lujo: tenemos a Mark Wahlberg haciendo del padre que se obsesiona con encontrar al asesino; la preciosa Rachel Weisz haciendo de la madre que no logra lidiar con el asunto; una Susan Sarandon que es la que menos encaja en la historia pero que logra completar un papel redondo, con un compromiso corporal como sólo los de su camada pueden ofrecer; y finalmente los mencionados Tucci y Ronan, que se devoran la película. De hecho, cuando ellos no están en escena -y eso que tengo debilidad con la belleza de Weisz- la cinta se torna monótona, aburrida, con poco tacto.

    Es que el director de la saga de Lord of the Rings justamente peca de eso, tener poco tacto. El guión, basado en el libro de Alice Sebold, es muy malo, con diálogos vacíos y sin credibilidad. La reacción de la familia, exceptuando al padre, es incomprensible. Intento de olvido, con negación y resignación. ¿Quién reacciona así? Por más de que la trama esté ambientada -digamos- en los '70.

    Si bien la historia atrapa, cuando todo termina uno descubre que fue una pérdida total de tiempo. Por ejemplo, las melancólicas escenas de Susie Salmon (Ronan) en el limbo o, como le llama el niño que vaya-uno-a-saber-cómo sabe dónde está su hermana, el "horizonte azul". Los efectos especiales ayudan a que todo sea más llevadero. Pero, ¿qué pasaría si Jackson hubiese intentado hacer esta película hace 20 años? Ok, si mi abuela hubiese tenido bigotes sería mi abuelo, pero a lo que voy es que sin los CGI esta película estaría muerta en vida. Repito: el guión es muy malo. Sólo las actuaciones y los efectos especiales logran estar al servicio de las emociones que se intentan exponer, pero aún así nada se puede hacer con semejante desperdicio de libreto.

    El único apartado que se resuelve como muy bueno es el de la dirección, ya que Jackson se luce con un juego de cámaras muy interesante, alternando digital con celuloide según la mentalidad que la escena precise. Lo mismo pasa con los planos, que son de gran ayuda para ir "resolviendo" la historia, que de por sí está resuelta desde la primera escena. Y eso es lo peor de todo. Si uno comete el egoísta error de ponerse a pensar en medio de la película: "¿para qué veo esto, si ya sé quien es el asesino, quien es la víctima, y encima donde están ambos?", puede llegar a arruinar demasiado algo que ya viene flojito de fábrica. De hecho, cuando la crítica rechazó algunas escenas, Jackson y su equipo se dirigió a la sala de edición para volver más morbosa la patética última escena de Tucci en la película.

    Notarán que todo está tratado con pinzas. Nunca se juegan por una escena osada, o algún diálogo crudo. Todo es demasiado "lovely". Nunca se pasa el límite de lo políticamente correcto. Y eso es nefasto para una historia que debiera doler por dentro, e incluso arrancar lágrimas. Pero nada de eso pasa. Al contrario, todo es lineal, simple, y absurdo (la forma en la que se resuelven las cosas es para irse a dormir).

    Una completa y total desilusión este nuevo film del que alguna vez triunfó con The return of the king. Si no fuera por Tucci, Ronan y, ejem, Weisz, este sería un bodrio.
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  • El Hombre Lobo
    El Hombre Lobo
    Qué se puede hacer...
    Lobo feroz en piloto automático

    Joe Johnston dirige esta nueva entrega sobre el hombre-lobo, que como película de terror cumple pero en líneas generales la propuesta termina pecando de trillada y predecible. Benicio Del Toro, la hermosa Emily Blunt, Anthony Hopkins y un relegado Hugo Weaving llevan adelante el proyecto con interesantes interpretaciones, acompañados con un apartado técnico -exceptuando la dirección- sin mucho que recriminar: fotografía muy buena, montaje normal, ambientación excelente, sonido embustero pero laborioso y cumplidor, y maquillaje regular mixado con una manipulación de CGI que denota demasiado miedo a caer en lo interactivo ante una propuesta tan clasisista como ésta.

    Porque si hay algo que se le debe advertir a Johnston es que su film es demasiado clasisista para los tiempos que corren. Quizás le haga falta una renovación más atractiva en la estética, o en la ambientación, algo que haga al film algo distinto a lo ya antes visto. Pero no, todo pasa llanamente como quien no quiere la cosa, pasando al montón de cintas que realzaron la presencia del desventurado humano que es mordido por la bestia (demoníaca según la creencia gitana en ésta) y devenido en atacante salvaje.

    Se rescatan ciertos momentos muy tenebrosos como los del bosque, las transformaciones (lo mejor del film) o las fugaces apariciones de "lobo mayor". Lamentablemente, después de la escena del manicomio, todo se diluye en un despliegue de efectos especiales fracasados y un final para el olvido.

    Insisto: como cinta de terror, cumple como una más de su género. Como un todo general, deja bastante que desear.
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  • Preciosa
    Preciosa
    Qué se puede hacer...
    Levantate y anda

    La obviedad es un recurso que a la mayoría de los realizadores de hoy en día le queda mal a la hora de mostrar el producto final. No es el caso de Lee Daniel. Este director relativamente nuevo no tendrá mucha mano para la ambientación, pero sin duda da un batacazo con este drama contundente sobre la complicada vida de una joven negra y obesa de 16 años, abusada por su padre y maltratada por su madre. Las injurias hacia la desgraciada persona que encarna muy bien Gabourey Sidibe es el eje central de la historia, cada vez más cruda a medida que avanza el justo metraje, que mantiene en vilo al espectador entre tanta injusticia y reflejo grosero y obvio de la vida segregada que se padecía en la Harlem de los '80.

    Sin dudas, el plato fuerte de esta película es el reparto, compuesto por un grupo de actores con no mucha chapa pero que aquí dan muestra de muchísima sangre para interpretar a sus personajes. La que más destaca, por lejos, es Mo'Nique, que personifica a la madre abusadora y victimaria con un realismo contundente y abasallador, por momentos hasta coqueteando con la exageración (nótese la prolífica escena final en el centro de asistencia social). La otra cara conocida es la de la cantante Mariah Carey, quien en un papel irreconocible despliega muchísimo talento para darle vida a un relato que por momentos sesga con un letargo pesadumbroso y frío, dejando un poco de lado la idea central, que sería -a grosso modo- la vida de Precious (Sidibe). En última instancia tenemos a una hermosa y deslumbrante Paula Patton haciendo de Ms. Rain, y Lenny Kravitz interpretando a un personaje pasajero e insulso, pero que vale su reconocimiento por el intento.

    Lo más llamativo del filme es ese jugueteo cuasi infantil que se expone en los momentos más crudos, cuando se intercalan escenas de lo más horrendo de la vida de la muchacha, madre de dos hijos productos de las violaciones de su padre, con las fantasías que ella tiene, como la fama, la belleza, y -lo más despreciable de esta obra producida por Oprah Winfrey, que encima se hace autobombo en algunas líneas del guión- "ser blanca, rubia y de pelo largo". El racismo entra con los tapones de punta contra la moral del espectador en algunos momentos en que uno se pregunta si había necesidad de caer tan bajo para contar una historia que con su propia simpleza de relato de vida onda biopic documental (hasta tenemos voz en off de protagonista y todo, ojo) ya se defiende entre las mejores del año.

    Dichos horrores ideológicos argumentales, tales como el mencionado racismo, la discriminación e incluso la homofobia, no logran opacar una historia que se vale de una técnica difícil de ensamblar por su estética tan festiva y jazzera (homenaje digno de aplausos a la cultura negra y sus raíces que dieron vida a la música que hoy consumimos indiferentes de su procedencia) como contraparte del reflejo principal del relato, característica que no va en desmedro de su propia originalidad. Es que muchos no entenderán el porqué de las fantasías o flashes/delirios de la protagonista cuando le están haciendo las peores porquerías que se le puedan hacer a un ser humano, y eso se debe a su rara forma de presentar las reacciones de la susodicha. Tal vez podríamos darle el beneficio de la duda por la ambivalencia que ofrece, y darle un punto por esa propuesta a la interpretación según el grado de resentimiento del espectador. Celebro eso.

    Y celebro que exista una obra tan oscura (no malinterpreten), tan cruda, y tan bien actuada por un reparto que está increíble. Ese complemento equilibrista es su punto fuerte. Lee Daniels fue multipremiado en todo el mundo por este espectro de drama y otros cachibaches del séptimo arte, y bien merecido que se lo tienen, él y su "Preciosa" historia sobre el tan trillado pero nunca desubicado mensaje de "valora tu vida, hay gente que la pasa peor".
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  • Vivir al límite
    Vivir al límite
    Qué se puede hacer...
    El infierno de los beligerantes.

    La multi premiada, y reciente nominada a los Golden Globe, The Hurt Locker, es una cruda y bastante creíble historia sobre el día a día de un escuadrón del ejército estadounidense, situado en Irak, encargado de desmantelar las amenazas explosivas puestas por el enemigo.

    Este rudo filme dirigido por Kathryne Bigelow, si bien está realizado con mano muy profesional y una capacidad de verosimilitud llevada al límite, es portador de un mensaje bastante fuerte respecto a la obsesión norteamericana por entrar en guerra. Abre el telón con una frase de Chris Hedges: "la guerra es la droga de los hombres".
    El problema es cómo se utiliza ese mensaje. ¿La historia trata de poner en pantalla la pesadilla vivída por los soldados de la Armada americana, o intenta enviar un mensaje subyacente sobre lo que debiera sentir todo estadounidense que se haga llamar patriota? No sé, no me cerró.

    La belicosis está llevada al extremo gracias a una imponente puesta en escena, una fotografía sensacional y un par de caracterizaciones avasalladoras por parte de Jeremy Renner (encarnando al Sgt William James) y Anthony Mckie (interpretando a Sanborn). También vale remarcar quizás la mejor escena de la película, con la aparición de Ralph Fiennes, quien junto a otro grupo de guerrilleros se bancan un tiroteo en el desierto que dura como 15 minutos, donde todo el realismo, el impacto y la crudeza son llevados al máximo por la señora Bigelow, tal vez hasta su momento cumbre, con el desenlace de dicha secuencia. En general el reparto está bien, aunque lamentablemente todos son un montón de personajes estereotipados -el blanco que se las sabe todas, el negro rudo pero que en el fondo siente admiración por el puesto que ocupa el blanco, el pendejo asustado que aún así tiene una puntería que da miedo, el coronel típico de oficina que por hacerse el macho termina como termina, e, infaltable, la historia de la familia en la espera eterna como trasfondo.

    Ahora, ¿sirve de algo todo eso? ¿Es The Hurt Locker tan buena como dicen que es? Para mí, no. Es una más de guerra que otra como, por ejemplo, Saving Private Ryan, no tiene nada que envidiar. Pero a esto agregémosle una dosis de mensaje beligerante con contexto infernal, digno de aplauso por parte del guionista, pero reprobable en cuanto a la ideología. Son filmes como estos los que avalan un Premio Nobel de la Paz para Obama, los que admiten como algo natural del ser humano algo tan desquiciado como la poca compasión por un hermano de otro país, que la muerte es sólo un componente más para el mensaje. No importa si son demócratas o republicanos: es de patriota ir a la guerra, es típico del humano matar por su país. La reflexión final por parte del personaje de Renner es una muestra viva de esta hipótesis. No queda nada por aclarar.

    Quizás se lleve todos los premios por una cuestión política, aunque no vamos a negar que la película está muy bien hecha. Aún así, no es digna de llamarse la obra maestra que muchos dijeron que es. Por lo menos lo dice este humilde comentarista, que no cree que sea algo propio de su modus operandi humano lo que en The Hurt Locker dicen que sí es.
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  • Enseñanza de vida
    Enseñanza de vida
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    Ínfulas de pasión

    Con una ambientación muy formal y que no sobrepasa los cánones de lo políticamente correcto, nos llega este anodino drama romántico con aspiraciones a tocar la puerta del corazón cerrado con candado de algún espectador que logre conmoverse con esta historia teenager, aún cuando la dirección de Lone Scherfig es muy buena y la actuación de la joven y bella Carey Mulligan sea excelente.

    ¿Qué me atrapó del filme? Practicamente nada. La historia, al finalizar, resulta ser un retazo de la vida de una niña cegada por una vida reprimida, principalmente ocasionada por su conservador padre, que vive demasiado pendiente del qué dirán y apunta, más que a un futuro digno de su hija, a una comodidad lograda por las buenas conexiones superpuestas a esa "educación" tan discutida (digamos) en la Londres de los '60 y retocada con perfume francés y sueño liberal en esta cinta.

    Tanta filosofía barata, maquillada por el buen apartado técnico, termina por seducir a un espectador que quizás se encuentre atrapado en los primeros 30 minutos de metraje (Scherfig no pierde tiempo, y manda toda la carne al asador en el minuto 5), pero que después verá como todo se termina disipando solo, por culpa de un final malogrado y absurdo, demasiado tierno para la crudeza que merecía el relato, actuado medianamente bien por un reparto demasiado global como para ponerse de acuerdo con el acento inglés.
    El papel de Alfred Molina es aceptable, así como el de Cara Seymour, y el de Olivia Williams interpretando a la señorita Stubbs. Quizás el personaje más significativo sea el de la directora del colegio, que logra ponerse en el papel de juez entre tanta irreverencia y petulancia por parte del gran papel encarnado por Mulligan, cuyo personaje se roba todos los planos.

    Peter Sarsgaard está muy pobre en su actuación, desilusionando completamente. No está a la altura del que quizás sea el personaje más importante de la historia, después de la joven Jenny, claro.

    En fin, tenemos un muy buen desempeño en la dirección de arte y fotografía, con bellísimas tomas, así como la musicalización y el vestuario. En cuanto al guión, voy a ser menos permisivo y le doy un regular, ya que en definitiva, la historia se hace pesada por culpa de unas líneas aburridas y sin contenido, salvando algún que otro intento de forjar una enseñanza que se queda en la moralina fácil por no tener la suficiente profunidad.

    Se pasa el rato, pero la trama termina por ser pobre, floja y hasta innecesaria. La verdad, no comprendo la nominación al Oscar. Me parece que esta historia está tan sobrevalorada como pasa con The blind side, filme que se mide más por la actuación de la renacida Sandra Bullock que por lo que sucede durante el desarrollo propiamente dicho. Pero bueno, hay para todos los gustos. Esta que nos compete, sabe a poco.
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  • 5 días sin Nora
    5 días sin Nora
    Qué se puede hacer...
    Proxémica del trámite post mortem

    Uno de los mayores triunfos que se pueden encontrar en la vida quizás sea el descubrir que una causa propia une a las personas. O que un emprendimiento propio logre concretarse, generando respuestas positivas por parte del entorno, y así finalizar la misión con una buena sensación. Esto puede ser lo que sucede (o no) en el caso de Nora, que muere con todo preparado para un funeral tradicional sin complicaciones, pero intentando manipular a todos sus seres cercanos.

    La premisa de la que parte Mariana Chenillo para Cinco días sin Nora es muy original y, principalmente, divertida. Cómo de un funeral o de la muerte de una persona pueden surgir tantas situaciones hilarantes o tantos momentos de tensión que deriven en un desenlace provechoso para la historia, no es más que un gran triunfo de esta jóven directora que de a poco se va abriendo camino con obras de su autoría.

    Con un reparto excelentísimo, lleno de aciertos y con una química impresionante, la película cuenta los días posteriores al suicidio de una mujer con un pasado lleno de secretos. Secretos que se irán desempolvando a medida de que su ex-marido, José (descomunal interpretación de Fernando Luján), comience a aburrirse dentro del frío y silencioso departamento de la difunta, donde se tiene que quedar hasta que su hijo, Rubén, vuelva de sus vacaciones interrumpidas.

    La fotografía es espectacular, y el montaje con esos flashbacks intercalados entre la mirada nostálgica de José, son los dos mejores matices del film, además del mencionado reparto y el guión escrito por Chenillo.
    Es increíble como se puede pasar de la risa al drama en cuestión de segundos, gracias a los momentos milimétricamente preparados para hacer de hilo conductor de una trama que en manos equivocadas podría caer en el desastre total, por los momentos de tedio y de pesadumbre a los que se presta el luto extendido.

    De todos modos, lo más significativo de la película es ese juego simbólico que la directora hace constantemente, contraponiendo dos religiones eternamente en discordia como el judaísmo y el catolisismo (¡contrastados con el ateísmo!), con sus tradiciones y costumbres puestas en juego para una lucha de posiciones que termina diluyendo -a favor de la risa del espectador- el eje central del problema: el funeral de Nora.

    Además, está el hecho de que casi toda la acción trascurre dentro del apartamento, algo que se logra gracias a una utilización de los espacios muy bien tratada, junto con una dirección de arte soberbia. En definitva, un film imperdible.
    Queda como punto de partida esa toma final tan reveladora, con el fin justificando los medios hasta el último plano general del edificio. Todo un acierto por parte de Chenillo, teniendo en cuenta que no utiliza el final como cierre, sino como invitación a una reflexión posterior al visionado.

    Cinco días sin Nora puede parecer ambivalente en su carta de presentación (es cierto que genera dudas ese pasaje abrupto del drama a la comedia), pero una vez iniciado el trayecto o, mejor dicho, el trámite, es un disfrute asegurado, desde la historia hasta lo cinematográfico.
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  • Nine
    Nine
    Qué se puede hacer...
    Be Italian, pero no en inglés

    Rob Marshall, luego de que asombró al mundo con el despliegue en Chicago, lo vuelve a hacer con esta impresionante puesta en escena de Nine, una película que dramatiza la vida de Federico Fellini y sus fantasmas amorosos, así como también materializar la falta de creatividad que el otrora director de 8 1/2 (de ahí el nombre de la película que nos compete) atravesó en cierto momento de su carrera. El guión, basado en un musical de Broadway de los '80, es bastante frío, sólo rescatado por las escenas musicales interpretadas por el reparto de lujo que compone la obra.

    Tenemos a Sophia Loren expuesta como diva y diosa intocable (casi ni aparece, y cuando lo hace deslumbra, aunque no tanto como las demás); a una Nicole Kidman para el olvido, pero bella como siempre; una sobrevaloradísima Penélope Cruz, que no pincha ni corta; una atractiva y explosiva Kate Hudson cantando "Cinema Italiano", uno de los mejores tracks del cine del 2009, así como también la coreografía; Fergie de los Black Eyes Peas haciendo de una prostituta en la niñez del protagonista, interpretando la canción que más resume la idea central de la trama -"Be Italian"-, con la escena de mejor despliegue coreográfico y fotográfico del film; una deslumbrante Marion Cotillard cantando y actuando genial, como siempre; Judi Dench en un papel que no la deja lucirse, aunque se agradece su participación; y finalmente, un galante Daniel Day-Lewis haciendo del supuesto Fellini, Guido Contini.

    Lo más raro de la película es ver a Day-Lewis prestándose para esta producción luego de hacer There will be blood. Las escenas en que a este prodigioso actor le toca cantar mejor ni mencionarlas, porque son casi de risa, pero impresiona la elasticidad para hacer papeles del dos veces ganador de un Oscar a mejor actuación (nadie olvida My left foot).
    Pero lo más molesto es ese acento italiano en el inglés, lo que demuestra que Hollywood sigue sin desprenderse de ese detestable etnocentrismo para denostar obras que apunten hacia afuera. Por suerte no se ve ninguna bandera de cincuenta estrellas, pero era lo que faltaba. Si hay tres frases en italiano es mucho decir, y eso pinta a pata de palo para un director tan artístico como Marshall. El "lo atamo' con alambre" es algo que se está volviendo costumbre en los estudios angelinos, lo que se lamenta.

    Sin embargo, las canciones, las coreografías, la sensualidad y el despliegue de vestuario y decorados logran ponerse por encima de la tediosa historia, que de ser un drama común y corriente se hubiese llevado la medalla a "Bodrio de la década".
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  • Tierra de zombies
    Tierra de zombies
    Qué se puede hacer...
    La corrupción del mata-zombies.

    Es sabido que se ha creado todo un subgenero dentro del subgenero de zombies, y ese es el de la comedia terrorífica basada en zombies. Sí, suena insoportable, pero es así. La creatividad, el buen gusto para el humor ácido y, principalmente, una buena caracterización, debieran ser -a criterio de este servidor- los condimentos indispensables para encarar un proyecto que intente posicionarse entre el grupo selecto que tiene a la exquisita Shaun of the Dead como referente o modelo a seguir.

    Quizás el error más grave sería comparar a Zombieland con aquella película de Edgar Wright, ya que esta última sentó las bases para el mencionado subgenero, indiferentemente del orden de creación de dichas producciones.

    Zombieland es, por lo menos en estos días de euforia "box officera", un filme aceptable, con ciertos rasgos característicos que la hacen defendible sólo si se la mantiene en esa delgada línea de estupidez por la que recorre, jactándose de ser graciosa y aguda. Las interpretaciones actorales de Jesse Eisenberg (una versión más canchera de Michael Cera, aunque no sabría decir quién copia a quién), Woody Harrelson, Emma Stone y Abigail Breslin (¿esta es la adorable niñita de Signs? Increíble) son buenas, pero lejos están de construir un grupo tan épico como el de Simon Pegg y compañía. Y aquí es donde hay que detenerse a analizar qué ha hecho el grupo dirigido por Ruben Fleischer.

    Tal vez estemos ante una parodia del cine zombie, o una oda a los video juegos al estilo Redneck Rampage, o simplemente una fallida producción que se mofa de unos efectos especiales muy buenos y un ritmo frenético de acción violenta y ¿cómica?.

    Plagada de estereotipos (el sonso que conoce al rudo delirante, que encima se topa con la hermosa chica mala y su no tan dulce hermanita menor), y con un estancamiento sobre la mitad que la conduce hasta el borde del bodrio (patética la escena de Bill Murray haciendo de él mismo), esta producción es tentadora desde su comienzo tan posmoderno de presentar la trama, sentándose en las "reglas" que sigue Columbus (Eisenberg) para ser uno de los pocos sobrevivientes de la ex-Tierra ahora devenida en "Z-land".

    Para ir englobando un poco la cuestión, podríamos decir que estamos ante una trama que traza un curva ascendente en la primera media hora, para descender violentamente (casi tanto como la escena de la mujer saliendo despedida de su auto) en la mitad, y elevarse un poquito en el clímax.

    Harrelson sabe hacer papeles como éstos, por lo que quizás sea uno de los pilares de esta historia tan pop. Su personaje es una clara corrupción del mata-zombies admirado en la cultura popular americana, y se deja llevar por esa fachada de ganador al que le importa más devorarse un Twinkie en vez de desatar una furia contenida a causa de su dolorosa pérdida.

    En fin, como bien apunta Eisenberg en una escena, "todo es muy duro en Zombieland", pero nada ácido y mucho menos terrorífico. Nos quedamos simplemente con un filme atractivo que no nos hará nada de daño si nos lo perdemos.
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  • Invictus
    Invictus
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    Rumbo a Sudáfrica con Madiba

    Nelson Mandela fue un ejemplo para el mundo. Un hombre que luego de 28 años en prisión aprendió a perdonar a los que lo encerraron, para luego, con la capacitación que tuvo tras las rejas, emprender un camino de redención para el pueblo de color y así guiar a su país hacia una vida de respeto mutuo que hoy en día se siente como eco de su obra y enseñanza. Para muchos, un Mesías; para otros, un tipo con mucho de lo que hay que tener para llevar las riendas de un país; para otros tantos, el negro que acabó con el apartheid.

    De cualquier manera, y de la impecable mano de (reverencias) Clint Eastwood (más reverencias), Invictus retrata el período presidencial de aquel personaje tan característico y significativo para el pueblo africano. El guión basado en la novela de John Carlin se centra en la campaña de difusión para apoyar a los Springboks que permitió a Mandela unir a blancos y negros por una misma causa. Quizás lo que más ayuda en el film para exteriorizar esta idea, y no hacerlo algo masivo y enclenque (como lo harían otros directores, seguramente) es el grupo de guardias de seguridad.

    El reparto es un punto fuerte de esta película, con Morgan Freeman metiéndose en el papel de una forma excepcional, y Matt Damon transformándose como siempre para encarnar al capitán de la selección, Francois Pienaar.
    La fotografía es bellísima, y retrata los rincones sudafricanos sin caer en la postal turística. Y eso se ve reflejado en la escena de las clínicas de rugby en las villas miseria.

    No obstante, el film acaba desilusionando por ser un retrato tan vivido de lo que sucedió. Muchos pueden pensar que su punto fuerte es la fidelidad del relato para con la vida real, pero no. Eastwood cae en simplismos y melancolía barata para enaltecer la figura ya muy alta de Mandela, que no precisa de más laureles para que sepamos cuán grande e importante fue para la humanidad, por lo menos desde el plano político. Ni que hablar de la escena de la final de la Copa del Mundo: un bodrio total. El recurso de la cámara lenta fue mal usado por la persona menos pensada, y eso es algo que no hace más que desilusionar con creces.

    Por ser de Eastwood (reverencias), y estar actuado por un Freeman descomunal y un Damon que se mantiene en la línea de lo que nos acostumbra, en ese compromiso por los papeles, tanto para la transformación corporal como en la construcción actoral, la cinta sabe a poco. Sin embargo, se pasa el rato, a pesar de que se conozca toda la historia desde un comienzo e incluso el metraje abuse de la paciencia y el tiempo del espectador.
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  • Vampiros del día
    Vampiros del día
    Qué se puede hacer...
    Salgan al sol

    Daybreakers se presenta con una interesante y típica premisa sobre los ya muy explotados tópicos vampirezcos, aunque esta vez visto desde una perspectiva corporativista, correlato social y fuertes guiños al cine de clase B.

    El núcleo desde el cual se construyen los personajes es bastante trillado, pero se rescatan las actuaciones de Ethan Hawke, Claudia Karvan, Sam Neill y en un lejano segundo puesto William Dafoe, aunque el personaje más interesante para analizar es el del hermano del protagonista (Michael Dorman), que escapa de los convencionalismos estereotipados en los que se apoyan los hermanos Spierig -directores y guionistas de esta obra-, para desenvolverse en un ir y venir constante entre las dos realidades que atañen a la situación planteada en el film.
    Es así como nos encontramos con elementos de acción sofisticados para lo que acostumbran estas propuestas, como por ejemplo la escena de "la carnicería transformadora" de los minutos finales, o -tal vez la mejor escena de la película- la original "ejecución" a los híbridos por parte de los soldados que defienden esa entidad que suple sin cuestionamientos la posición gobernante en la estructura política tan bien jerarquizada a modo de alegórica crítica social en la trama (los hambrientos bajo tierra, los descentes en la superficie, y en el medio la adaptación a esa transición por la que se pasa ante el dilema de la cuestión).

    Aquí no tendremos presidentes, sindicalistas, ni pobres desamparados, pero sí contaremos con un jefe de corporación bien maquiavélico (Neill), los que se revelan al sistema y el modo de vida (Hawke, Karvan y Dafoe), y finalmente los sedientos de sangre que desconocen los avances científicos que revelarían cuál es la cura (palo a los negocios farmacéuticos).

    Más allá de los prototipos obvios en la formación del guión, las vueltas de tuerca "inesperadas" que aún así son muy predecibles, los típicos entes protagónicos para el desarrollo del film, y el hecho de que este servidor no quiere saber más nada de vampiros por unos años por culpa de una insistencia temática del 2009 que llevó al hartazgo, se pasa el rato viendo las secuencias de acción mencionadas, el buen maquillaje, las grandes dosis de hemoglobina y un justo metraje enmarcado en una pintoresca y correcta banda sonora. Lo único que queda por saber es qué llegará primero: el video juego o la segunda parte.
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  • Amor sin escalas
    Amor sin escalas
    Qué se puede hacer...
    La vida en jerga aeronáutica

    Jason Reitman viene demostrando desde Juno una pasta de director muy llamativa, tanto por su originalidad, como en la estética de sus films y los planos que elige, convirtiéndolos en un personaje aparte, que dice tantas o más cosas que el guión propiamente dicho. Y es lo que vuelve a suceder (y a Dios gracias) en Up in the air, una historia contundente en su mensaje, ácida en cuanto al cómo, y directa y fría en el porqué. Una joyita en todos los aspectos.

    Protagonizada exquisitamente por George Clooney, esta multipremiada cinta con ciertos tintes indies comparte la historia de un agente de despidos, que llama “casa” a los eternos viajes en avión y es alérgico al matrimonio y el sueño americano. De repente, el tipo ve cómo su vida comienza a dar un timonazo cuando una compañera de trabajo de la nueva generación intenta revolucionar el mercado implementando los fríos aparatos tecnológicos que tanto dividen e incomunican en nuestros días. Ese papel está a cargo de Anna Kendrick, quien entre tanto histrionismo e histeria acaba por cerrar un papel sólido y convincente, para inventar un nuevo estereotipo en el mundo del cine office: la yupi moralista.

    Así, entre tanta teoría certauiana y líneas argumentativas frescas y crudas, la trama envuelve una hipótesis sobre las relaciones sociales de los días que corren -¿tal vez un anticipo a lo que será la nueva década?-, con subtramas amorosas, laborales (las mejores del año) y comunicacionales. Un verdadero palo a la “tecnología idiotizada”, y no “idiotizante” como algunos ignorantes la llaman en los medios, que lo único que logra es que los humanos se confundan, pierdan el rumbo y comiencen a creer que la mejor salida para las cosas es cargar la mochila de cosas insignificantes, pero pesadas. Esa metáfora de la mochila es una verdadera genialidad, que en boca de esta versión tranquila, suelta, auténtica y seca de Clooney se perfecciona aún más para definir la idea principal.

    Qué decir de Vera Farmiga. No ganará ningún premio, pero este año ha demostrado que es una actriz de la hostia, con sus participaciones en Orphan y esta cinta, con la que se luce del todo, entre delicia, malicia y sexappeal. De las dos actuaciones femeninas, es la más intensa, aunque no le restaremos crédito a Kendrick, que representa el polo opuesto al personaje de Farmiga. Juntas juegan un rol de maestra y aprendiz que en el trayecto van enseñando al personaje de Clooney cómo vivir la vida. El papel de la familia también es clave para la resolución de esta historia tan cautivadora y punzante, que como yapa es una mirada reflexiva sobre lo que dejó la recesión del 2007 en EEUU.

    Reitman se vuelve a lucir en todos los aspectos técnicos, colaborando además en la adaptación del libro a la pantalla. Los planos aéreos hablan por sí solos, y los paralelismos sociales respecto de cuál ciudad están visitando también. La teoría contra las nuevas tecnologías (“la gente ya no tiene modales”, sobre los cortes por mensaje de texto), la guerra entre el método práctico y el método fácil disfrazado de económico, y la elasticidad de la trama, engloban casi dos horas de delicia cinematográfica y argumentativa, que encima –justo cuando comenzábamos a pensar que eso era imposible- esta interpretada por humanos de carne y hueso.
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  • Sherlock Holmes
    Sherlock Holmes
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    ¿Y el sombrerito?

    Si de propuestas fallidas en lo que dejó el 2009 hemos de hablar, sin duda hay que citar la última película de Guy Ritchie, quien se encargó de utilizar los personajes de la famosa obra de Arthur Conan Doyle para armar una historia pop agarrada de los pelos -ya entenderán el porqué- en una Londres victoriana digital con estética moderna.

    Es que no sólo se falló en la ambientación, la musicalización (aunque no vamos a negar que se logra el clima cómico en los momentos de acción con esos pintorescos compases de fondo), y la composición corporal de los ultrajados personajes salidos del cerebro de Conan Doyle, sino que la presencia del mismísimo Sherlock Holmes es un insulto a la memorable novela.

    Todo perfecto con esta nueva muestra de calidad y talento por parte del multifacético Robert Downey Jr. -que merecidamente fue premiado en los Golden Globe por este papel-, pero el problema está en lo que le tocó hacer: un personaje demasiado cool para la época (¿por qué el fijador en el pelo?), mezcla del Ichabod Crane de Johnny Depp en Sleepy Hollow y El transportador de Jason Statham, y con esa ambigüedad sexual a la que se ve expuesto en las escenitas de celos que le hace al Dr. Watson. Demasiado puterío para la que pudo haber sido una nueva entrega de la adaptación de aquella gran historia.

    En cuanto al ritmo de la película, no decae nunca. Y tenemos desenlace de la trama muy respetable, con un final que invita a una segunda parte si es que se triunfa en la taquilla, algo que ya está pasando a nivel mundial. El reparto es muy correcto, aunque el desperdiciado Jude Law no se luce demasiado, y Rachel McAdams está demasiado varonil. El resto pasa todo demasiado bien, muy justo, entretenido, llamativo y hasta divertido. Se rescatan un par de escenas graciosas como la primera vez que aparecen juntos Holmes y Watson, o la balacera que se descarga Downey Jr. en vano cuando intentan atrapar al villano.

    La cámara X-Mo es un elemento aparte que hace al aspecto visual pero aleja a la historia de su esencia, perdiendo encima la seriedad. Como bien dijo un crítico, el ralenti lo ponen para que nos demos cuenta cuan cool es todo lo que estamos viendo. Como si necesitáramos entender todo como niños. Tanta explicación, tanto lío bisexual, tanta estética pop y tanta frescura del protagonista, contrapuestas a las virtudes señaladas en el párrafo anterior hacen a uno quedar al filo de la decisión final, aún cuando se es conciente de que -por muy divertido que haya sido todo- estamos ante un concepto fallido. Y lo más inconcebible es que Holmes no use su sombrerito tan característico.
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  • La princesa y el sapo
    La princesa y el sapo
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    Disney clásico y al ritmo del jazz

    Entre tanta parafernalia tecnológica de tridimensión e interacción, llega esta nueva entrega de Disney en formato clásico, similar a sus obras inolvidables del mismo estilo, como La Sirenita o Aladín.
    La princesa y el sapo es una historia mágica y encantadora sobre la eterna lucha por los sueños y las cosas que uno ama, superando los obstáculos sin importar lo complejos que sean. Y qué más complejo que convertirse en rana y emprender viaje con un príncipe, convertido en sapo por un mago practicante del vudú y las artes oscuras, para intentar revertir las cosas y así seguir luchando por lograr sus respectivos cometidos, tanto de la rana (Tiana, una camarera con aspiraciones a propietaria de un restaurant) como del sapo (Príncipe Naveen, un tiro al aire hijo de reyes que le cortaron el domingo para que se busque una vida más digna de su posición).

    Al ritmo del jazz compuesto por el genio de Randy Newman (quien le dio vida a Toy Story con sus partituras jazzeras y bluseras), y enmarcada en una New Orleans de principios de los '20, esta historia logra significar un estilo de narración muy propio de la factoría del ratón Mickey, retomando la vieja usanza de lo mágico y lo musical a flor de piel. De hecho, cual Rey León o La Bella y la Bestia, esta peli ideal para los niños pero tambien imperdible para los más grandecitos que crecieron viendo todo lo que logró Walt Disney lleva un ritmo muy llevadero gracias a los musicales y las aventuras de los protagonistas, quienes además se cruzan con un cocodrilo que sueña con ser trompetista y un bichito de luz que está enamorado de... no, mejor véanla y ahi se enterarán. Sólo les digo que esa historia de amor es de lo más tierno que he visto en años.

    Obviando todo tipo de mensajes subyacentes tan puestos en duda por muchos a lo largo de los años cuando se trata de poner en la balanza las enseñanzas de Disney (tales como la discriminación, el racismo o la lucha de clases, esto último más tirado a una ideología política), este filme con un metraje medianamente justo y una animación de lo más entrañable logra como cúspide un reconocimiento e identificación únicos con cada uno de los personajes, que cuentan con un sueño particular a defender, logrando enmarcar así la idea principal de la trama: hacer entender tanto a chicos como grandes que nunca es tarde para soñar y que lo más importante en esta vida es trabajar duro para conseguir lo que uno más anhele.

    Disney se hace con un nuevo aspirante a clásico, del calibre de las mencionadas La Sirenita o incluso Blancanieves y los siete enanitos. Y si no está a su altura, según el criterio de ustedes, no tiene nada que envidiarle con una historia encantadora, a la que por supuesto no le falta el golpe bajo a lo Bambi, condimentada con una de las mejores bandas sonoras del año. Era la que faltaba para completar una colección de obras memorables. A bailar y soñar se ha dicho.
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  • Bienvenido a Woodstock
    Bienvenido a Woodstock
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    Tres días de paz, amor y casi nada de música

    Ang Lee es un director respetable por su calidad técnica y el buen gusto a la hora de dirigir a los que encarnan sus productos, ya sea para mal (Hulk, 2003) como para bien (Brokeback Mountain, 2005), así como también es querible por esa variedad a la que se presta a la hora de contarnos algo. Puede ser la perspectiva que elige, los escenarios, o esa tonalidad cómica que abunda en su filmografía, escondida en ese marco de transición entre lo tradicional y lo (post)moderno (???? Wòh? cánglóng, 2000), la que nos atrae tanto cuando tenemos en frente algún film suyo. Y eso pasa en su nuevo opus, Taking Woodstock (2009), un derroche de talento actoral consumado para el mejor delirio del año, como sólo aquel memorable festival del '69 puede traer a nuestros tiempos.

    Todo ocurre desde el punto de vista de la organización, y quizás eso sea lo único que incomode al que se siente a recordar los buenos tiempos de la música. No veremos a Hendrix deleitándonos con el himno nacional estadounidense, o Janis Joplin haciendo delirar a la audiencia. Al contrario, veremos una carabana inmensa mostrada en plano secuencia donde abundarán porros, gente subida al capot de los vehículos tocando la guitarra o jugando algún juego de mesa, manifestaciones contra la guerra en Vietnam (y vaya que abunda esto), o carteles con la inscripición "Dylan, We're wating for you!".

    El mensaje de la paz y el amor está explicitado en cada movimiento y en cada fotograma. El flower power, el hippismo en su estado puro y salvaje, es llevado a la pantalla con una perfecta ambientación y un montaje solemne. Lee vuelve a recurrir a muchas cosas de Brokeback Mountain para la fotografía o los planos que retratan la granja Yasgur que hospedó a más de 500.000 almas drogadas y encomendadas al rock n' roll puro. Lo único que falta, insisto, es la música.
    Quizás lo más acertado haya sido mostrar el caos en el que se convirtió el pequeño y humilde pueblo de Bethel ante la inmigración de tantos hippies. La escena final, con los vestigios de lo sucedido y ese mensaje de disconformidad sólo sastisfecha con más "vibra", es digna de aplausos.

    Llegado un punto en el que todo se desborda y lo más hilarante termina siendo la majestuosa intervención actoral de Liev Schreiber, el festival queda en un segundo plano, y el protagonista (Henry Goodman, no sólo desconocido sino también regular en actuación) pasa a ser el eje de atención. Error. Pero se agradece tanto mamarracho en el suelo, tanto salvajismo corporal y tanto del conocido "pepé pepé pepé" que se precisan en proyectos como estos. Sin dudas Lee sabía lo que quería antes de armar -literalmente- todo lo que compone a la película, y aquí volvemos a hacer incapié en el fabuloso montaje del film.

    El reparto se merece un párrafo aparte. La ya mencionada participación de Schreiber es de lo mejor, pero también es necesaria y oportuna la aparición de Paul Dano junto a Kelli Garner en la escena más fumada del año para el cine del 2009. Lo mismo sucede con la actuación de Eugene Levy como Max Yasgur, Imelda Stauton grandiosa en su papel de madre gruñona, y Emile Hirsch representando a toda la parafernalia de los veteranos de Vietnam que hoy transcurren por el mundo recordando aquel agosto del '69 sin llevarse un grato recuerdo de Woodstock, sino el de la guerra en el Oriente.

    Redondeando un poco, Taking Woodstock tiene todos los condimentos de la época, ensamblada a un reparto correctísimo, puestos al servicio del recuerdo de un evento que marcó un antes y un después para la historia de la música. La única cuestión es que precisamente música es lo que le falta a esta película. Pero cabe aclarar que eso no le juega tan en contra, ya que el Festival de Woodstock (que ni siquiera se hizo en Woodstock, NY) fue un movimiento colosal que tomó vida propia para dejar a la música relegada a un segundo o tercer plano. Ante todo, la ideología, la paz y el amor.
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    Qué se puede hacer...
    La genialidad no cabía en este mundo, por eso se buscó (inventó) otro...

    Partiendo desde una premisa más que trillada, y apoyándose en un relato lineal y convencional, James Cameron se (auto)proclama nuevamente como el rey de un mundo. Pero no de la Tierra, como gritaba a pulmón Jack en Titanic, sino el rey de Pandora, la luna de un planeta gaseoso similar a Saturno (aunque tiene el ojo de Jupiter...) en el sistema solar Alfa Centauri.

    El que quiera saber de qué va la película, búsquela en internet. No me voy a poner a contar la trama, porque para eso hay gente a la que le pagan por redactar sinopsis. Me remitiré a contarles lo que me transmitió esta orgía visual de dos horas y media, totalmente impactante desde el apartado técnico (una de las mejores direcciones del año, y ni que hablar de la fotografía, la manipulación de CGI, o incluso la musicalización tan buena que tiene) y tan atrapante a pesar de su guión cuadrado ya antes visto en filmes épicos como Pocahontas o El planeta de los simios.

    Es que ese es el mejor logro de Cameron: hacer de un grano de arena una playa preciosa en la que durante un buen rato uno se detiene a reposar para admirar todo el encanto y la poesía de sus imágenes, en este caso demasiado ficticias pero no por eso inverosímiles (más bien, mete miedo como los "muñecos" Na'vi ponen en jaque las interpretaciones de Sam Worthington, Zoe Saldana o Sigourney Weaver, haciendo de ellos y otros tantos del reparto casi entes prescindibles para la historia). El universo que JC crea para el espectador es, además de imponente y descomunal por donde se lo mire, una obra maestra a nivel icónico. Y los detractores saldrán con todo para hundir esta película que no es más que un blockbuster demasiado bueno que arrasará en taquilla y será un punto de inflexión en el uso de las nuevas tecnologías, aún cuando todo morirá según la capacidad económica del que después dará de comer al producto y su creador.

    Avatar es, principalmente, una película muy entretenida, con personajes estereotipadísimos (el personaje de Stephen Lang es casi una burla) encarnados por un elenco que si se mira bien no es la gran cosa, y que además se ven opacados por tanta innovación puesta al servicio de la imágen.
    Lo cierto es que, será repetitiva, cautivante, descepcionante -por qué no, para muchos-, demasiado fantasiosa, y hasta con ciertos baches imaginativos como el hecho de que se llegue a otro sistema solar en 6 años y no se haya descubierto la forma de albergar vida en un lugar más cercano como Marte o la Luna, pero es un ejemplo a nivel técnico y una genialidad por parte de un tipo que reinventa el cine a cada película que saca. Le agradezco una obra como esta.

    Le podríamos poner un 1, un 0, o ninguna estrella, lo que quieran. Podrán decir lo que sea en su contra. Pero nunca vamos a negar que Cameron tiene su propio mundo, hecho con esfuerzo, dedicación (obviamente, mucho dinero) y buen gusto, que nadie le podrá quitar jamás.
    Ahora sí puede decir "I'm the king of... Pandora".
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  • Criatura de la noche
    Criatura de la noche
    Qué se puede hacer...
    Practicando el vampirismo utópico

    Resulta gratificante ver cómo un proyecto se sale de los convencionalismos argumentativos del cuadrado cine al que se está acostumbrado por estos días. Y más gratificante aún resulta ver cómo se sale de los típicos parámetros de un tópico tan trillado como el vampirismo en las cintas pseudo terroríficas más tiradas al melodrama fantástico que al terror psicológico. Låt den rätte komma in, o como se la conoce en inglés -Let the right one in (algo así como "Déjalo entrar" en español)- se yergue entre las mejores películas del año, pasando por encima a sus hermanas compuestas por vampiros oligofrénicos tales como New Moon, Cirque du freak o Blood: the las vampire.

    Se caracteriza por una frialdad minimalista en las locaciones (los suburbios de Estocolmo) y un ritmo pausado para contar la aún más fría historia de dos niños unidos por la sangre, literalmente. Uno de ellos es Oskar (interpretado de manera magistral por el joven Kåre Hedebrant), un púber de doce años que vive atormentado por tres abusones de su colegio. Este muchachito ansía con todo su ser poder vengarse brutalmente de los imbéciles que tiene por compañeros, hasta que finalmente conoce a Eli (genial, soberbia, Lina Leandersson), una extraña niña que se muda al complejo de apartamentos donde él vive. El hecho de que la nueva vecina justo llegue cuando se cometen horribles asesinatos en el pueblo, hará que el rubiecito ambiguo en apariencia sexual pero de mirada indescriptible -lo que lo hace temible y temeroso a la vez- comience a explorar dentro de una relación que a simple vista puede ser normal pero en el fondo se ve unida por esas ansias de violencia desmedida, que en él se dan por una necesidad psicológica y en ella por una necedidad biológica.

    El ambiente que rodea los hechos, tan cutre en expresión pero tan vivo en demostración icónica (la escena de la piscina es gloriosa), hace que todo se suceda de una manera parca y solemne, generando allí el factor terror, y no en los estilos propios del subgenero. La dirección de Tomas Alfredson, con paneos de cámara que hacen que uno se mueva en distintas direcciones para poder desubrir antes lo que está por suceder, es digna de aplausos, al igual que la fotografía y el montaje. Todas las actuaciones son muy buenas, y el grado de realismo con el que se dosifica al filme es lo que la hace tan buena, aún utilizando como detonante una trama tan simple como la que tiene.

    Y es precisamente ese el mayor logro de Alfredson: sacarle partida a todos los matices cinematográficos que tanto esperamos cuando empezamos a ver una película, para pulir un tema que a esta altura de la historia del séptimo arte se debe tomar con pinzas y con mano de cirujano. No cualquiera hubiese hecho de Låt den rätte komma in lo que es. Y eso es admirable.

    Cuando hay buen gusto (el desenlace es majestuoso), empeño, buen aporte técnico -salvando las condiciones monetarias con que se lleve a cabo-, y un toque de originalidad (la forma con la que se trata la insatisfacción sentimental, la homosexualidad, e incluso la pedofilia, es muy meritorio por parte del guionista John Ajvide Lindqvist) puesta a prueba contra un obstáculo inmediato como el que supone un producto argumentativo utilizado hasta el hartazgo, el resultado no tiene techo. Quizás si este largometraje no se hubiese tomado tan en serio a sí mismo (hay hasta un aire de respeto para con el vampirismo o la criminalidad) y no hubiese sido tan inflado por la crítica especializada, hubiese sido una obra maestra hecha y derecha. Pero sin duda es una rareza en el campo, por lo tanto, digna de aplaudir de pie.
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  • 2012
    2012
    Qué se puede hacer...
    Inundados por el estereotipo y la inverosimilitud.

    Hay que reconocerlo: en su salsa, Roland Emmerich hace buenas producciones. El problema empieza cuando se quieren interpretar sus historias. Ahí pasa a ser un tipo hasta detestable, con una preocupante obsesión por la destruccción del ser humano (sin detenerse si quiera un segundo en una mínima construcción psicológica que fundamente esa causa), el Apocalípsis, el derrumbe estructural de la Naturaleza, y, por qué no, un desmedido e incomprensible patrioterismo estadounidense (el tipo es alemán).

    2012 llega a las salas de todo el mundo como un nuevo concepto del Apocalípsis, ahora visto desde una mirada un poco más abstracta, ya que en todo momento se trata la predicción maya -sobre la ocasional destrucción del mundo- como un argumento irrefutable al que estamos sujetos y no hay escapatoria, siempre y cuando no contemos con la tecnología china que, siempre precabida, guarda unos tanques del tamaño de Guatemala en el interior de una "represa" (a la que nos podemos dirigir en la chata que nos presta el Dalai Lama) que nos resguardará de toda catástrofe.

    Está demás decir que la película es un disparate de cabo a rabo, y que las actuaciones de John "nunca me llaman" Cusack (Pablo E. Arahuete dixit) y Amanda Peet no colaboran absolutamente en nada para que se revierta esa cuestión. Lo único a lo que debemos atenernos es a presenciar la demolición de los monumentos más representativos del mundo -con la Casa Blanca como el máximum de dicho conglomerado, y, ojo, el Presidente de los Estados Unidos de América (encarnado por Danny "Obama" Glover) como la entidad individual a consideración de la humanidad por excelencia- y un sinfín de escenas cursis e inverosimiles, representadas por un recital hecho y derecho (quizás hasta el más grosero del año) de actuaciones estereotipadas.

    Cada fotograma se puede advertir unos segundos antes. Todo es tan predecible, que incluso la predicción que propone la trama se puede tomar hasta como una especulación al lado de lo demás. En ese sentido hay que condenar a los guionistas, que no supieron darle vida a un relato que estaba presto a impactar al público, como sucedió en su momento con El día de la Independencia, ya que lo del año 2012 en el calendario maya es algo sabido por todos, incluso por la ciencia astronómica, que anticipa una inversión de los polos para ese año (motivo por el cual todo se va al carajo en la peli de Emmerich).

    No obstante, estamos ante un despliegue de producción im-pre-sio-nan-te, que hace digno de ver a este filme tan soso e irreparable. De hecho, si no fuera por el apartado técnico, esta película -con todo lo que la compone- se iba derechito a la hoguera, y se postulaba como una de las peores del año. Sin embargo, no hubo un mal desempeño desde los efectos especiales, sino todo lo contrario: estamos ante uno de los más grandes despliegues de CGI que se apreciaron en este 2009, y se olfatea una nominación a los Oscar. Escenas muy buenas como el despegue de la avioneta o la mega erupción del volcán presenciada por el personaje de Woody Harrelson (el único medianamente rescatable del elenco de planos actores), fundamentan este párrafo.

    Lamentablemente, el todo de dos horas y media que compone 2012 es un "casi-bodrio", solo salvado por el espectacular uso que se le dan a los efectos visuales. En líneas generales es un nuevo capítulo del fetiche de Emmerich por destruir a la especie humana y su hábitat. Eso sí, que Alemania pueda estar en peligro de extinción, ni se menciona...

    En fin... tal y como lo dice el póster: "Estábamos advertidos".
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  • Los fantasmas de Scrooge
    Los fantasmas de Scrooge
    Qué se puede hacer...
    Navidad, Navidad, una más de Zemeckis y Disney...

    Esta es una bella adaptación del cuento de Charles Dickens, que siempre tiene presente dicho factor. De hecho, el libro como apertura es un gran acierto, ya que los que no tienen idea de la procedencia del guión pueden incluso apuntar a Robert Zemeckis, adaptador y director de esta peli navideña tan empalagosamente impregnada de Disney, como un escritor simplón.

    Es que la historia, por muy bien adaptada a la pantalla que esté, es tan simple, tan predecible, y tan poco atractiva, que probablemente ni los niños la gocen a causa de esas frases tan coloquiales salidas de la boca del todo terreno Jim Carrey, que nuevamente se lleva la película por delante con sus multifaceticas interpretaciones que tanta vida le dan al viejo estereotipo del señor Scrooge.

    Quizás no haya forma de revertir la situación y haya que aceptar a este filme, de tan solo una hora y media de duración, como uno más de Navidad que se puede disfrutar en la tele en estas épocas. Sin pretensiones mayores que la tiren más abajo todavía.
    Y es que el imperio 3D, tan en jaque por cuestiones socio-económicas obvias, no ayuda a mantener en pie a la trama, que roza el bodrio y distrae más por su propuesta visual tan excelente que por lo demás. Eso es lo peor que le puede suceder a Zemeckis, tan conocido por sus anteriores booms tridimensionales náufragos (The Polar Express, 2004; Beowulf, 2007), que mueren en la orilla cuando el espectador se saca los anteojos.

    Rescato la escena en que Scrooge cae del cielo, o los paneos largos de la ciudad nevada, tan realistas y tan embelezadores. La línea argumental es básica a morir, pero cumple con el cometido moralista, aún cuando más allá de eso tengamos que esperar a que el viejo cascarrabias haga su catársis y respectiva transformación. Por suerte hay pocos villancicos, tan prescindibles como esta película.
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  • 500 días con ella
    500 días con ella
    Qué se puede hacer...
    El destino y el amor nunca se casarán

    Todo ser humano dispuesto a vivir experiencias adrenalínicas y sensacionales habrá probado aunque sea una vez animarse a hablarle a la chica que le parte la cabeza y le hace bailar el corazón. Todo ser vivo que se jacte de serlo tuvo aunque sea una situación en la que se maquinó a más no poder por la chica que le parte la cabeza y le hace bailar el corazón. Todo hombre que se haga llamar hombre aunque sea una vez fue rechazado por la chica que le parte la cabeza y le hace bailar el corazón. Y todo espécimen vivo sabe y siente aunque sea una vez en la vida esa sensación tan espectacular que es volver a intentarlo.
    Sobre esto trata la ópera prima de Marc Webb, un director realista, sencillo y genial que promete mucho si sigue por esta línea de "casos-que-suceden-a-todos-pero-que-recién-al-verlos-en-películas-reconocemos-como-propios".

    Con la nota del autor rezando "Cualquier parecido con algún personaje vivo o muerto es pura coincidencia. Especialmente tú, Jenny Beckman. Perra" arranca este hilarante y contundente relato sobre cómo un muchacho común y corriente, que cree en el destino y en el amor de los cuentos de hadas, conoce a su antítesis completo disfrazado con la belleza incalculable de la hermosa Zooey Deschanel.
    Los vaivenes por los que atraviesa la pareja, vistos desde la mirada del espectacular trabajo realizado por Joseph Gordon-Levitt, son una verdadera delicia comparados con otros trabajos vomitivos del 2009 que intentaron recrear una comedia romántica tan viva y sagaz como ésta.

    El punto más fuerte del film es ese conteo disparejo de los días, atrapados en ese paréntesis tan significativo, que podría traducirse como las mismas barreras que teme el personaje de Deschanel y que atoran al personaje de Gordon-Levitt. Además, a la cinta le chorrea lo indie, por lo cual nos olvidamos de todo ese melodrama tan empalagoso al que nos tiene acostumbrados Hollywood, que siempre termina sobrepasando a los proyectos de ésta calidad, por muy originales que sean. Y si hay algo que remarcarle a Webb y los guionistas, Scott Neustadter y Michael H. Weber, es la originalidad de la historia, algo que se agradece con creces a medida de que todo transcurre de manera tan peculiar y a la vez romántica.

    El reparto en general está bien, aunque, por supuesto, los dos protagonistas se comen la película y se llevan todos los laureles, por encima de cualquier cosa. Sin embargo, llegada la mitad del metraje, uno se acostumbra a las pautas que impone el film y comienza a notar cierto deterioro en el relato, que aún así no logra tirar por tierra al sólido guión, pero ese intercalar continuo e irregular en la historia sesga un poco el eje de la trama, englobando una confusión mayor a la que tiene el pobre Tom Hansen (Gordon-Levitt). Eso, y la innecesaria voz en off, son los únicos ítems obviables.

    Las canciones elegidas no son originales, pero están adaptadas a la película de una manera excelente, creando los momentos justos para cada momento, así como también lo hacen los colores en la gráfica del conteo de los días, toda una metáfora en cuanto al estado de ánimo de la relación. Lo mismo sucede con el paralelismo en los nombres con las estaciones del año: Summer (verano) y Autumn (otoño), lo que define el concepto de la historia: la vida no es color de rosas y no siempre que salga el sol será un buen día. Sin dudas, la teoría anti-destino y el método de atracción y repulsión interpretado por chico y chica son más puntos a favor para esta comedia que cuenta con uno de los mejores trabajos de edición del 2009.

    Querible, graciosa, representativa, realista, contundente, arrolladora y directa película sobre el amor, sus idas y vueltas, e idas nuevamente.
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  • Luna Nueva
    Luna Nueva
    Qué se puede hacer...
    Una histeria de amor...

    Cuando me vi obligado a ver Twilight presentí que estaría ante una obra completamente profunda y romántica. Por supuesto, me equivoqué, ya que no sólo ni siquiera rozaba esa idea sino que además estaba ante un producto típico de la audiencia Mtv como los que tanto aborrezco. No obstante, la historia había sido lo suficientemente empalagosa como para que le rinda tributo a las más de dos horas de vida que me había arrebatado, por lo que dije: "Voy a ver la segunda".

    Así fue, y me pasó lo que hace mucho no me pasaba yendo al cine: me aburrí. New Moon, aunque con bastante más acción que su predecesora, peca de larga y densa (le sobran, al menos, 40 minutos), y ya no tiene esa cuasi poesía en sus líneas (nos tenemos que quedar con las frases cursis de Robert Pattinson, tan insulso e idiota como en la anterior). Ahora vemos un triángulo amoroso que, no conforme con la parafernalia vampirezca copiada de Buffy, la cazavampiros, suma a un hombre lobo -bien logrado por los CGI- que es interpretado pésimamente por Taylor Lautner.

    Lo peor de todo es que ésta es una historia que está pensada para las muchachitas menores de 15 o 16 años, y sus protagonistas ni siquiera intentan representar lo que identificaría a su audiencia (¿Quién se cree el verso de que el irritable personaje encarnado -correctamente- por Kristen Stewart, Bella, tiene 18?). La película no emociona, y por lo menos advierto a los muchachos que, como yo, deben asistir a ver este bodrio de 2 horas y media para acompañar a sus novias/amigovias/amantes, que estén prevenidos de un par de escenas insignificantes que llamaría "cebollas cinematográficas" (no tienen mucho sabor pero si se cortan hacen llorar seguro).

    Las actuaciones son regulares, o por lo menos para lo que el filme ahora dirigido por Chris Weitz pretende. Pattinson es un malísimo actor, que está más preocupado por poner esa cara de lindito escuálido que por su actuación propiamente dicha. Stewart está aceptable, la pobre tiene que lidiar con un personaje de porquería, que en la primera entrega era hasta normal pero que ahora por momentos queda como una histeriquita que va y viene según su conveniencia, que encima se vuelve una suicida adicta a la adrenalina por culpa del abandono de Edward Cullen (¿?). Su química con Pattinson es inexistente, y no transmite nada. Cuando les toca hacer escenas de "amor" juntos, no tienen nada de conexión, y eso que, de última, la trama avalaría esta cuestión, pero ni así se justifica tamaña indiferencia entre ambos.
    El resto del elenco está a ese nivel, lidiando con lo que les tocó. Y el mejor ejemplo para esto último es el de la talentosísima Dakota Fanning, quien en sus 10 minutos de aparición no genera absolutamente nada.

    ¿Lo rescatable? La fotografía, tan hermosa como en la primera. Ciertas escenas románticas tienen un dejo de emoción sólo gracias a este apartado. Así lo mismo con los recuerdos/delirios de Bella, muy poéticos icónicamente, pero que no pasan de ser un complemento del quilombo central, cuando para que la película tome vuelo debiera ser al revés. Después de todo, estamos ante una romántica fantástica, y lo único que tiene de esto último es el concepto global.

    En fin, habrá que ver la tercera para demostrar si esta peli es tan mala como aparenta a simple vista. Y esto lo digo porque, si hay algo que me dejó como enseñanza Luna Nueva, es que al fin y al cabo Crepúsculo no fue tan mala.
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  • Mr 73: La última misión
    Mr 73: La última misión
    Qué se puede hacer...
    Vaivenes de una bala perdida

    Olivier Marchal nos entrega este frío policial negro que relata la historia real del policía marsellés abatido por una tragedia familiar que le encuentra sentido a su vida al intentar resolver un caso sobre un asesino serial que termina por desenmascarar a la policía francesa y los monstruos que con ella conviven.

    El personaje principal está interpretado por el todoterreno Daniel Auteuil, un tipo que conocí en la exquisita comedia Le placard (2001) junto a Gerard Depardieu y que ahora se desarma y descompone al mejor estilo de la vieja escuela para caracterizar al detective Schneider. La forma en la que se lo va acompañando durante las más de dos horas del filme hace a uno sentirse tan abatido como el personaje, algo que se siente cuando por fin empieza la acción pasada la hora y media del metraje, en esa escena de persecución que corta la respiración y deja al borde del asiento.

    Una fotografía muy bien elegida, con unos contrastes muy buenos que le dan una psicología especial a cada escena. La musicalización no es de lo mejor que ha dado Francia en el 2009, pero sin duda es muy acertada también. El resto del reparto está normal, como para no tirarles muchas flores, aunque cabe decir que Philippe Nahon está espeluznantemente genial, componiendo un personaje indescifrable y sombrío, que deja con la boca abierta en cada escena por su manera de ser, algo que los guionistas no supieron aprovechar del todo, ya que entre tanto drama se disipa un poco el suspenso por la excarcelación del temible Charles Subra.

    Lo que más le juega en contra a esta película es eso. Tanto mejunje de historias, que hacen que uno se pierda un poco en lo que está viendo. Demasiados caminos para terminar llegando a un final que hace pensar "ah, fue asi nomás...". Para haber sido una historia tan impactante se debió haber hecho más incapié en lo que hizo Schneider antes de tomar la decisión que toma, o la relación que mantuvo con su protegida (desilusionante en su papel Olivia Bonamy). Se pudo explotar más el factor de thriller, ya que los que conocen bien la historia por los lares europeos sabrán que fue escalofriante como se desenvolvieron los hechos.

    Sin duda una cinta que daba para más y que deja un sabor un tanto amargo, pero que atrapa y se deja ver gracias a un reparto correcto y un guión bien hecho. La recomiendo para un sábado lluvioso a la tarde, para ver tranquilo en el sofá. Y de paso conocen la historia.
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  • La canción de París
    La canción de París
    Qué se puede hacer...
    Amando, protestando y, sobre todo, haciendo arte...

    Honesto y bello filme francés, que con odas al cine clásico y guiños a la comedia musical despierta amor y arraigo para con las costumbres de un pueblo tan familiero como el que Christophe Barratier representa acertadamente en su Faubourg 36.

    Una historia bastante llevadera, con algún que otro traspié argumental que no pasa a mayores, y bien narrada, acompañada por un reparto excelente en su actuación, destacando a la preciosa Nora Arnezeder, que se lleva la película por delante con su belleza y su pintoresca mirada rockera y elegante a la vez. Quedé deslumbrado con la hermosura de esta actriz, pero más aún con la manera en la que las escenas despiertan cuando ella entra en acción, ya sea personificando el bello canto de Douce o protagonizando la historia de amor lacrimógeno (y melodramático) con Clovis Cornillac haciendo de Milou.

    El hecho de que sea un reparto coral le da una tónica más querible a un filme que para muchos podrá pecar de común o sentimentaloide, pero la verdad que si se tiene en cuenta su procedencia, es un hermoso homenaje al resurgir de los pueblos perisféricos de la romántica y ciega Paris que comenzaba a sentir el temblor nazi a mediados de los '30. La historia representa la dignidad de los artistas, y el poder de la protesta ante las autoridades capitalistas y/o burguesas que arrasan día a día con la cultura, en este caso de un país que se ama cada día más, a veces hasta en exceso (aunque esta película no es el caso más grosero, y esa es una peculiaridad que le juega a favor al director).

    La fotografía es tan bella como las imágenes que muestra en cada secuencia. Y todo ese color que le ponen a la psicología de cada una de las escenas, que va variando en su estado anímico -pasando del amor a la lastimosa pena y el desarraigo con una rapidez sesgadora pero comprensible- son sin duda el plato fuerte de este largometraje original y artístico de 120 minutos de metrajes bien llevados y aceptables.

    Sin dudas, es para verlo en familia, y preferentemente con una buena calidad de sonido, para poder apreciar cada matiz en la exquisita composición de Reinhardt Wagner. Podrá ser simplona, clásica y hasta melosa, pero que tiene arte, tiene arte. Y eso se agradece entre tanta sátira histórica y homenaje berreta disfrazado de originalidad.
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