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Imagen del crítico María A. Melchiori
María A. Melchiori
  • Cantidad de críticas: 80
  • Promedio: 72%
  • Críticas favorables: 67/80 (84%)
  • Críticas desfavorables: 13/80 (16%)
  • Diferencia absoluta: 12%
  • Email de contacto: No disponible
  • Medio donde critica: Cine & Medios
  • Furia de titanes 2
    Furia de titanes 2
    Cine & Medios
    Los titanes ¿contraatacan?

    Han pasado algunos años desde que Perseo (Sam Worthington), hijo semidivino de Zeus (Liam Neeson), derrotó al Kraken y salvó temporariamente a la humanidad del capricho de dioses envidiosos, como Hades (Ralph Fiennes). Pero su vida como tranquilo pescador y padre viudo de un niño está a punto de acabar: el Tártaro se desmorona y los primeros demonios abandonan el Infierno para invadir la Tierra y hacerse del poder total, aniquilando a la raza humana. Forzado por circunstancias mayores que su voluntad de mantenerse al margen, Perseo decide emprender el viaje infernal que le permitiría rescatar a Zeus de ser consumido por su padre Cronos, y así restaurar el equilibrio de la humanidad.
    Curioso hablar de furia de titanes cuando es apenas uno, Cronos, el que sobrevive y amenaza a la humanidad. El ocaso de los dioses es poco solemne, expeditivo y carente de toda emoción. Sólo importa el momento de la acción, cuando Perseo se calce de nuevo el papel del héroe que tan bien le queda y les pase el trapo a todos sus partenaires, incluída la poco creíble reina Andrómeda. Esta secuela de una remake de una película de 1981 es pochoclo en estado puro, un entretenimiento exclusivo para quienes van al cine con la idea de salir de cualquier preocupación diaria, aunque atropelle cualquier tipo de rigor o verosímil de la mitología en que dice basarse.
    ¿Es entretenida? Sí, y también pasa rápido. Muy rápido. Si no se detiene uno a mirar las paupérrimas actuaciones y caracterizaciones de cada personaje, hasta podría pensar que se trata de un entretenimiento a la altura de los millones invertidos. Pero los millones se notan en los efectos, puestos al servicio de cuatro o cinco momentos clave de la acción (y sobre todo para destaque del 3D). Qué harán los humanos cuando la divinidad haya abandonado el mundo, es algo que esperamos no resuelvan en una tercera entrega. Sin titanes, ni siquiera el título tiene el mismo sentido.
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  • El mal del sueño
    El mal del sueño
    Cine & Medios
    Inquieto sueño tropical

    Enamorado de la tierra africana donde ha misionado como médico en un proyecto humanitario, el doctor Ebbo Valten se resiste a dejar atrás el programa de erradicación de epidemias que con tanto éxito presidió, y que comienza a mostrar graves falencias. Al menos, este es el criterio de sus inversores. Nombrado un sucesor, Valten debe abandonar la casa donde fue feliz con su esposa durante tantos años y regresar a una Alemania que le resulta totalmente extraña, como si el paisaje irreal y por momentos pesadillesco de la jungla fuera más consistente con su humanidad que la civilización a la que debe volver.
    Lo cierto es que Valten ha redescubierto una suerte de segunda juventud en esas tierras y pocas ganas tiene de dedicarse a la vida estándar de un burgués berlinés. Su hija adolescente lo percibe como a un extraño, y el desconocimiento es mutuo. No le seduce la idea de su mujer convertida en una activa mujer urbana. Entonces, demora la partida unas semanas más, dejándolas a ellas partir primero. Las semanas pasan y se convierten en meses, y su vida termina por parecerse más a aquello que creía evitar en la civilización, en lugar del sueño de la eterna juventud africana.
    Así lo encontrará el doctor Alex Nzila, evaluador de los fondos destinados al proyecto epidémico frustrado y encargado de decidir el destino final de Velten. De inmediato, el recién llegado (hijo de inmigrantes africanos, pero totalmente integrado a la cultura e idiosincracia parisinos) percibe el extrañamiento hostil de esa tierra que conquistó al alemán y se siente amenazado, allí donde el otro se piensa como pez en el agua. La tensión creciente entre personajes y entorno va construyendo la trama de una historia que tomará ribetes cada vez más alucinados.
    El director Ulrich Köhler, hasta ahora desconocido en nuestro panorama cinematográfico habitual, es un miembro de la camada más reciente de realizadores de cine alemán. En esta producción puntual es muy marcado en contraste entre el ritmo cansino del relato, más bien clásico en su estructura, y algunas escenas donde la cámara pareciera querer meterse en la piel de los personajes a través de un estudio dinámico de su expresividad, sin escamotear defectos e incomodidades al espectador. La tensión lograda con esos sencillos trucos trasciende lo sugestivo en un par de momentos insertos justo al inicio (el puesto de control militar) y a poco menos de la mitad del filme (cuando el doctor y su familia regresan a su casa rural y nadie acude a abrirles la puerta) como para dejarle claro al espectador que en este ámbito engañosamente tranquilo subyace un mar de fondo particular, que derivará en la resolución más sorpresiva.
    Quizá con la digna excepción de la escena final, este film es uno de esos que producen, al momento de abandonar la sala, la curiosa sensación de ser olvidables. Como sucede con algunos sueños, que empezamos a olvidar al momento de despertar. Pero esto no lo convierte en un filme de descarte ni mucho menos, sino en una opción para quienes ven en el cine una posibilidad de reflexión creativa, donde las preguntas no quedan únicamente del lado del director. Ajustada en su timing, cumple con sus premisas y poco más.
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  • El topo
    El topo
    Cine & Medios
    Juegos de guerra (fría)

    George Smiley (Gary Oldman) ha servido durante toda su vida a su país de forma discreta, casi invisible, como parte de la cúpula de seis miembros del M16, llamado "el Circo" en la jerga del oficio. Taciturno, flemático y discreto, Smiley tiene el perfil más bajo del cónclave y es a él a quien elige el líder del grupo, llamado Control (John Hurt) para acompañarlo en el exilio. Han sido degradados debido a la sospecha de que Control se encuentra afectado por algún tipo de perturbación paranoica que lo lleva a sospechar lo peor: hay un doble agente en la misma cúpula del Circo, y podría ser cualquiera. Quizá el monolítico Roy Bland (Ciarán Hinds), el atildado Percy Alleline (Toby Jones), el encantador Bill Haydon (Colin Firth) o, por qué no, el cínico Toby Esterhase (David Dencik) a quien el propio Control rescató y entrenó al final de la Segunda Guerra.
    Cuando Control muere, a las pocas semanas de su forzado retiro, el primer ministro británico y su mano derecha encomiendan a Smiley la más secreta de las misiones: seguir la intuición de su mentor y descubrir si efectivamente hay un infiltrado que pasa información vital a los soviéticos, cuyo no menos enigmático líder, Karla, parece anticipar cada movimiento de los espías del M16 en la convulsionada Europa posterior al muro de Berlín.
    En un thriller en principio moroso y luego trepidante, el director Tomas Alfredson se esfuerza por mostrar no sólo una historia puntual de tiempos difíciles (la reconstrucción de posguerra y el inicio de la Guerra Fría) sino que aborda también los conflictos personales de un puñado de personajes interesantes, bien desarrollados. El factor psicológico es tanto o más importante que la intriga, por momentos, y quizá es esa tónica la que vuelve al relato un poco denso en los primeros tramos. Cuesta entrar en el ritmo de esta película, aunque la espera tiene su recompensa.
    Sin embargo, y a diferencia de otros filmes de espías de similares pretensiones (se me viene a la mente, por nombrar uno solo, "El buen pastor" de Robert de Niro), Alfredson consigue poco a poco sumergir a su público en un mundo con códigos intrincados y hacer que el tedio de la vida del espía en reposo (porque tampoco estamos frente a un filme de James Bond) resulte accesible, comprensible para los cinéfilos curtidos y eventuales. Después de todo, esta historia está más cerca de la realidad que cualquiera de las protagonizadas por el agente 007.
    Con actuaciones sobrias y algunas excepcionales (Gary Oldman, por supuesto; pero también Benedict Cumberbatch en la piel de un joven espía curtido por la vida, mano derecha de Smiley), esta propuesta se impone finalmente por su calidad técnica, y porque el guión funciona a muchos niveles, ajustado y preciso, con un tour de force en los treinta minutos finales que compensa ampliamente una floja primera hora de metraje.
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  • El Artista
    El Artista
    Cine & Medios
    Quedan los artistas

    Corre el año 1927. George Valentin (Jean Dujardin) es la máxima estrella de los estudios Kinograph y sus películas entretienen y conmueven al gran público. Es querido dentro y fuera de la pantalla. Una noche, luego de la presentación de su último gran éxito cinematográfico, se cruza accidentalmente en la puerta del teatro con una aspirante a actriz y admiradora suya, Peppy Miller (Bérénice Bejo) y ese encuentro los cambiará a ambos para siempre. Porque Peppy, que es joven y fresca y tiene hambre de gloria, debutará como extra justamente en una película de Valentin, preludio a su inexorable y rápido ascenso en los estudios que preside Al Zimmer (John Goodman).
    Soplan vientos de cambio y a poco de terminada la producción de su último filme, Valentin recibe la noticia de que Kinograph no va a producir más cintas mudas; el cine sonoro se perfila como el gran hit y George siente que no hay lugar para él en ese nuevo mundo. Toda su existencia cambia en cuestión de meses, mientras Poppy se convierte en una de las primeras divas del nuevo cine y él cae poco a poco en el olvido.
    Podría decirse que, si "La invención de Hugo Cabret" es un homenaje a los orígenes del cine, "El artista" es un retorno clásico y casi literal al mejor cine de la primera época de oro de Hollywood. En un recorrido de poco más de un lustro, Michel Hazanavicius abarca las luces y sombras de un pionero y ficticio ídolo del cine -inspirado claramente en Douglas Fairbanks-, inserto justo en la bisagra entre el mudo y el sonoro, la Hollywoodland de los primeros grandes estudios justo en los instantes previos a la Gran Depresión. Y en su recorrido expresivo -nunca mejor dicho- se apropia de todos los recursos a su alcance: humor, drama, suspenso, acompañado y discretamente acentuado por la impecable banda sonora a cargo de Ludovic Bource.
    La dupla protagónica tienen un doble desafío actoral. Interpretar sus personajes y los que representan en las películas dentro de la película. Estos últimos generosos en ademanes y gesticulaciones tan propias del cine mudo; en tanto sus roles principales están llenos de matices y gestos muy alejados de la pantomima farsesca. Es la revalorización de la actuación en tiempos donde el marketing pone a cualquier pedazo de tronco frente a una cámara para ser salvado por parlamentos que explican todo. La ductilidad de la pareja protagónica, y en especial de Dujardin quien se consagra con su labor, nos permite reencontrarnos con la emoción generada desde la pantalla. El mérito no es solo de ellos. Por supuesto que el excelente trabajo de fotografía y el expresionismo mejor entendido del que ha hecho uso el director acaban configurando un hecho artístico con precedentes, pero lejanos.
    El declive de una forma de hacer cine y el surgimiento de la nueva ola son retratados en este filme de sobria belleza, con planos que homenajean a las mejores producciones del primer Hollywood. Lubitsch, Clair, Vidor y hasta Welles se dejan ver en más de un fotograma de este homenaje a quienes sentaron las bases para el mejor cine. Seguramente hay cuestiones que harán de esta propuesta algo inusual, y quizás no apto para todos los públicos. Sin embargo, cada objeción al producto puede ser rebatida con suficiencia.
    Es cierto que el gran público, el masivo, está habituado a las más modernas derivaciones del séptimo arte. No sólo en lo que hace a la espectacularidad de una historia o la agilidad de los guiones de abundante diálogo, sino también a lo último en tecnología (CGI, 3D), todo lo que ha contribuido a una resignificación del relato cinematográfico. Pero aquí, frente a la pantalla, se comprueba la verdad universal del cine: si hay una buena historia y alguien hábil para contarla, el "cómo" resulta anecdótico. En blanco y negro, muda, sin sonido ambiente, "El artista" es una de esas historias destinadas a permanecer en el corazón de los espectadores.
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  • La chica del dragón tatuado
    Juego de silencios y misterios sepultados

    En un paraje azotado por el invierno, la localidad sueca de Hedestad, palpita un drama que lleva cuatro décadas agobiando a un anciano y retirado hombre de negocios. En Estocolmo, capital del país, un periodista de renombre sufre el peor traspié de su carrera al quedar condenado por presunta difamación a un poderoso industrial. Una mujer introvertida, de llamativa y chocante apariencia, los conecta sin querer a los dos y pone en marcha una trama de intriga en la que acabará teniendo parte. Así se plantea el juego en esta película de suspenso con relativamente poca acción y mucha tela para cortar.
    Convocado por el anciano magnate Henrik Vanger (Christopher Plummer) para que investigue qué fue lo que ocurrió con su sobrina nieta Harriet, desaparecida durante un encuentro familiar en la isla fuera de Hedestad y presumiblemente muerta, Mikael Blomkvist (Daniel Craig) se encontrará con intrigas familiares, un oscuro submundo empresarial y el hallazgo menos esperado de todos: un asesino serial de mujeres en la civilizada Suecia. Mientras sus asociados luchan por sacar adelante la tambaleante revista que fundaron en los años ´80, maltrecha por la sentencia de su director editorial, Blomkvist dedica todos sus esfuerzos para hacer justicia por Harriet y su abuelo, contando para ello con la ayuda de una joven muy singular que tiene detrás una buena carga de historia propia, Lisbeth (Rooney Mara).
    Han pasado seis años y "Los hombres que no amaban a las mujeres", novela del sueco Stieg Larsson (cuya historia personal es casi tan apasionante como un libro) se prueba una y otra vez como un fenómeno de larga permanencia. No sólo sigue vendiendo ejemplares como el primer día, sino que ya cuenta con dos adaptaciones cinematográficas y una televisiva, foros dedicados en Internet, bastante fan art sobre sus personajes y ni hablar de los temas que aborda (violencia de género y trata de personas, resurgir del nazifascismo, el rol del periodismo independiente...). A este collage de percepciones viene a sumar, por suerte, el mejor David Fincher; desde los títulos de apertura, una historia concebida y desarrollada con cierta morosidad se vuelve automáticamente atractiva, los personajes son todo lo profundos que podría esperarse y, si salvamos algunas omisiones necesarias, es la mejor adaptación de la novela original.
    Rooney Mara da una dura pelea para estar a la altura de la notable Noomi Rapace, pero apenas se las ingenia para componer a una sociópata brillante y de múltiples recursos, en lugar de la perturbadora criatura que es en realidad Lisbeth Salander. ¿Exigencias del guión, quizá? En todo caso, si bien su personaje es el que justifica el título de la remake, se la ve bastante empobrecida en relación a su coprotagonista, Daniel Craig: si bien en el libro el periodista Mikael Blomkvist era equiparable en protagonismo a Salander, en la adaptación de Fincher el peso de gran parte de la trama cae sobre los hombros de Craig. Hay un esfuerzo notable por emparejar los tantos, pero el mensaje queda claro: la estrella aquí, el que viste marquesinas y vende boletos, es Craig y no Mara. Por más fichas que le pongamos en los próximos Oscar.
    En esta transposición hollywoodense se mantuvieron, no obstante, los escenarios y la idiosincracia de la obra original; hay escenas, como las que tienen que ver con la reconstrucción del desfile de Hedestad el día que Harriet desaparece, que parecieran haber sido calcadas de la versión cinematográfica sueca. Pero es un detalle que habla también de la potencia con que Larsson supo transmitir imágenes dentro de la visión literaria. La historia de un país, de una familia o de una persona, como círculos concéntricos dentro de un drama puntual, siempre es una historia atractiva si sabe ser bien contada. Larsson y Fincher tienen el pulso de aprendices dilectos o viejos maestros en este terreno.
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  • La última noche de la humanidad
    La luz mala

    Ben (Max Minghella) y Sean (Emile Hirsch) son dos clásicos amigos complementarios; desde la infancia Ben se destacó por su inteligencia y Sean por su desparpajo y don de gentes. Juntos para el éxito y el fracaso, se enfrentan a este último en Moscú, donde un inescrupuloso asociado de ocasión llamado Skyler (Joel Kinnaman) los deja en la estacada con una gran inversión en software. Tratando de superar la decepción de ese viaje trunco, se meten a un bar y encuentran a dos amigas, Natalie (Olivia Thirlby) y Anne (Rachael Taylor), dos americanas "de paso" en Moscú. Y justo, justito esa noche en ese boliche donde se acaban de encontrar, se corta la luz... y comienza la invasión de una extraña raza alienígena.
    Los extraterrestres buscan todo lo que buscan siempre en esta clase de películas: recursos naturales... entre los que no se cuentan los humanos, claro. Y los héroes de ocasión serán esos sobrevivientes desconectados de sus raíces, de futuro incierto, atravesando una Moscú arrasada e infestada de extraterrestres "eléctricos" armados apenas con unos colgantes hechos de bombitas de luz.
    En algún momento se puede notar una cierta pretensión de similaridad con la más notable (y dramáticamente interesante además) "Batalla en Los Angeles". Pero lo que allí era efectismo patriotero lógico (es decir, coherente con el guión), con buena puesta en escena y gran trabajo de equipo de efectos y camarógrafos, aquí queda desdibujado y burdo por agujeros en el guión, falta de transiciones y una serie de situaciones deus-ex-machina que serían desopilantes si estuviéramos frente a una parodia al estilo de "Marte ataca!" de Tim Burton.
    Obvia, sin suspenso, efectista y predecible, la segunda película de Chris Gorak (pichón de Timur Bekmambetov, que figura aquí como productor ejecutivo y es responsable de mamarrachos como ) decepciona básicamente porque no cumple nada de lo que promete. Una película para ver la última noche de la humanidad, sólo si te querés ir indignado de este mundo.
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  • Un zoológico en casa
    Papá se volvió loco

    ¿Qué le pasó a Cameron Crowe? es la pregunta que surge inevitablemente a menos de 10 minutos de comenzado el filme. Es que parece mentira que el director de "Casi famosos" sea el mismo que dirigió este compendio de lugares comunes, al servicio de un guión basado muy (pero MUY) libremente en la historia real de Benjamin Mee, periodista viudo y con dos hijos, hoy co-propietario de un zoo modelo en Gran Bretaña.
    La acción aquí se traslada a un zoológico estadounidense, en un suburbio californiano, al que se mudan el protagonista (Matt Damon) y sus dos hijos, el adolescente Dylan (Colin Ford) y la pequeña Rosie (Maggie Elizabeth Jones), responsable, además, de las líneas de diálogo más efectistas e inverosímiles en boca de un personaje de siete años, en toda la historia del Cine contemporáneo. Benjamin es un viudo guapetón que de inmediato se gana la simpatía de sus nuevos empleados, entre ellos la atractiva directora del Rosemoor Park, Kelly (Scarlett Johansson) a fuerza de pura voluntad y mucha improvisación.
    Esa improvisación, ese sentido de aventura que exuda el personaje de Damon, está resumida aquí en una serie de gags previsibles, cuyo remate invariable son las sonrisas de aprobación de Johansson y Elle Fanning. Algo escandalosamente innecesario en un director de recursos y una guionista como Aline Brosh McKenna, que evidentemente tenía pocas ganas de pensar (o un material más pobre del que se creía).
    Qué decir del elenco infantil. Los que deberían ser un pilar de la trama (los adolescentes Ford y Fanning componiendo una pareja despareja) se notan forzados, inverosímiles. Fanning exagera su faceta "chica-simpática distinta de su hermana Dakota", a fuerza de sonrisas, como si fuera un pálido reflejo del personaje que compuso para "Somewhere", de Sofía Coppola. Ford compone a un adolescente desganado con igual desgana. Y la pequeña Jones está allí para convertirse en deus ex machina de cualquier situación que se pueda resolver derritiendo a la audiencia con su sonrisa de cachetes redondos.
    Los conflictos, lógicos y previsibles, tienen un adicional inesperado: las intervenciones de Thomas Haden Church en el rol del hermano mayor de Benjamin descomprimen las obviedades con humor menos forzado que el del resto de los diálogos y situaciones, en especial cuando aparecen en escena los flashbacks de la vida anterior del viudo y los niños, es decir: cuando mamá Katherine vivía. Haden Church es el único al que se lo nota cómodo en todo momento y consigue transmitir algo de esa comodidad al espectador.
    Con todo y previsibilidades, "Un zoológico en casa" es una película cumplidora para cualquiera que se acerque al cine con ganas de pasar dos horas en intimista aventura familiar, de vuelo bajito y con miras a un mensaje optimista en fechas donde siempre es bienvenida la esperanza. Nada más.
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  • Terror en lo profundo 3D
    Chicos lindos, tiburones sueltos

    Un grupo de jóvenes compañeros de universidad se disponen a pasar un fin de semana de deportes acuáticos y mucha diversión en la isla del padre de una de las chicas, ubicada en el sistema lacustre del golfo de Louisiana. Plan sencillo, pero nada es lo que parece en ese paraíso miniatura. A poco de llegar, hostilizados por lugareños de mala traza, los chicos ricos y facheros descubrirán que las saladas aguas del lago esconden un aterrador secreto.
    Hay un cine que podríamos llamar "nueva clase B" o quizás " tan malo que es bueno" y en esa categoría, definitivamente, David R. Ellis tiene un lugar preferencial. Con productos como "Celular", "Destino final 2" y sobre todo "Terror a bordo" (sí, sí: la película de las serpientes asesinas en un avión donde Samuel L. Jackson llevaba al testigo protegido de una megacausa) se venía posicionando en ascenso dentro del mundillo de acción hollywoodense que conoce tan bien por su larga experiencia como extra de riesgo.
    En esta propuesta, Ellis eleva el listón un poco más de lo recomendable, apoyándose en un presupuesto mediano, actores prácticamente desconocidos y la irresistible atracción que los tiburones ejercen en la audiencia desde que Spielberg los hizo debutar en la pantalla grande. ¿Alcanza? Apenas. Sorteada la muy efectista y promisoria secuencia de títulos, los clichés (ya no puede llamárseles "homenajes") son patentes desde la escena incial, con chica linda en bikini enfocada con cámara subacuática, se refuerzan en la presentación exageradamente superficial de los personajes protagónicos (todos carne de cañón, para qué esmerarse...) y resuelven muy rápidamente una trama que no tiene transiciones dramáticas, y sí muchos momentos que rayan la comicidad grotesca.
    Tamaño despropósito sólo tiene su razón de ser en el negocio del cine 3D; "Terror en lo profundo" conjuga lo más básico del cine de terror adolescente y lo más básico de las nuevas tecnologías al servicio de una trama que es pura acción y (mediocres) efectos visuales. Eso sí: los amantes de los tiburones se harán un auténtico festín promediando la trama, que es cuando el filme levanta algo la puntería y se revela tal cual es, sin pretensiones de algo más que un entretenimiento ligero.
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  • La prima cosa bella
    La prima cosa bella
    Cine & Medios
    Algo sobre mi madre

    Bruno (Valerio Mastandrea) es un profesor de hotelería y poeta frustrado que ya frisa los cuarenta años. Misántropo, huraño, se resiste a tomar las riendas de una vida adulta y se ha anclado en el pasado para justificar su adicción a los opiáceos y la falta de resolución de sus situaciones familiares y maritales. Su hermana Valeria (Giulia Burgalassi) lo va a buscar a la facultad con un ultimátum: es la última oportunidad para que se acerque nuevamente a su madre, Anna (Stefania Sandrelli), que convalece de un cáncer terminal en un hospicio de Livorno.
    No es una tarea fácil para Bruno confrontar situaciones que evocan, a su entender, el origen de todos los males de los Michelucci. Si Anna no hubiera sido elegida la Mamá Más Hermosa de la playa de Livorno en 1971... quizá todo lo que llegó después no habría sucedido. Anna habría aguantado, como hasta ese entonces, el trato despótico de su marido Mario (Sergio Albelli). Bruno y Valeria no habrían dejado la comodidad de su hogar para correr aventuras de hotel en hotel mientras Anna revelaba su auténtica personalidad: la de una mujer cautivadora e impredecible, capaz de alterar el aire a su alrededor. Como efectivamente alteró a Bruno, un hijo incapaz de superar la barrera que lo separa de esa mujer a la que ama y admira a su pesar.
    Aunque contiene y desarrolla muchas unidades temáticas de interés, no todas bien logradas (del breve homenaje al cine italiano de los ´70, a la torpe y estereotipada tía de los niños Michelucci) hay, cualitativamente, una gran distancia
    Para homenajes al drama edípico ya existe una notable película italiana, con mucha más sangre y explosividad insular: "Respiro" (Emmanuele Crialese, 2002), con una desmesurada Valeria Golino que en la Sicilia de los años ´90 es compañera y tormento de sus hijos varones. En esta cuestión nuclear análoga (la relación de Anna y Bruno y cómo él se construye con los años en relación a sus vivencias infantiles), faltó bastante alma y empatía entre los personajes. Quizá no sea una falla del director y co-guionista, sino de los actores. Por lejos, las situaciones ambientadas en la actualidad son las de mayor impacto sobre el espectador y aquí se lucen, sin excepción, actores y equipo de producción. Una propuesta que apela a la nostalgia
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  • La piel que habito
    La piel que habito
    Cine & Medios
    Sobrevivir a la obsesión

    El doctor Robert Ledgard (Antonio Banderas) es un hombre de mediana edad, parco en sus gestos y palabras, una eminencia en su especialidad: la cirugía plástica. Lleva algunos años retirado en una clínica-casa llamada El Cigarral, en las afueras de la ciudad, con la única compañía de su fiel criada Marilia (Marisa Paredes) y una paciente muy especial que está confinada a una habitación hermética.
    La joven paciente (Elena Anaya) alterna momentos de sumisión resignada a su condición de cautiva, con otros momentos de rebeldía que la dejan al borde del paroxismo. Porque Vera no está allí por su propia voluntad; el doctor Ledgard tampoco es el profesional equilibrado y compuesto que sus colegas creen, y en medio de ellos se extiende una red de ocultamientos y una historia de tragedia, crímenes y violaciones a la ética.
    Una visita inesperada a El Cigarral trastocará el orden que Robert supo cultivar en años de reclusión; el quiebre se suscita justo cuando la obra máxima del cirujano ha culminado. Porque la ambición de Robert es, ni más ni menos, que la perfectibilidad de la piel humana. Un descubrimiento que, de haberse producido años atrás, le habría salvado la vida a su esposa Gal.
    Los almodovarianos puros se reencontrarán con un atisbo de aquél cine desquiciante, descolocado que fue el sello del manchego en los noventa. Los más neófitos, una película que es pura adrenalina desde el comienzo, pese a alguna morosidad en el relato. Los diálogos, en general, son circunstanciales y bastante olvidables (con la sana excepción de las escenas que comparten Banderas-Cornet y Banderas-Anaya). En todo caso, no defrauda, aunque sobre el final la tensión afloja el nudo de tal manera que parece que hubiéramos entrado en otra película; justo cuando todo termina. ¿O es que empieza?
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  • Contagio
    Contagio
    Cine & Medios
    Historia de una epidemia - Beth (Gwyneth Paltrow) regresa de un viaje de negocios en Hong Kong fuertemente engripada y con un dolor de cabeza terrible. Menos de tres días después, está muerta. La gente que la acompañó en el avión, en el transporte público, en la oficina e incluso en casa comienza a presentar los alarmantes síntomas. La enfermedad aparece con fuerza en otros puntos del globo: una semana después, infectados y muertos saltan de los gráficos de las salas de control de epidemias gubernamentales a los medios de comunicación. El viudo de Beth, y potencial infectado Mitch (Matt Damon), un periodista conspiranoico (Jude Law), un médico (Lawrence Fishburne) y dos epidemiólogas (Kate Winslet y Marion Cotillard, cada una en locaciones diferentes según la prosecución evolutiva del virus) son los extremos visibles del drama humano que se gesta detrás de este fenómeno explosivo, que descalabra a las sociedades más desarrolladas cuando sucede.
    ¿Cómo se origina una epidemia? ¿Cuál es el momento preciso en que un virus rompe las previsiones de una sociedad altamente organizada y esparce el terror en la población? Sobre estas preguntas parece estar construída la columna vertebral de la última película de Steven Soderbergh, experto en plantear de manera muy realista escenarios problemáticos de actualidad.
    El resto del esqueleto lo conforman los personajes, el elemento humano al que Soderbergh también es muy afecto. Entre su lista de vicios de director está el permitirse contar con un elenco de notables, no sólo para una mejor performance narrativa, sino para atraer a un público más amplio que el que sólo convocaría el mero interés por el tema.
    A dos años de la paranoia desatada por el virus H1N1 (conocido como Gripe A), distancia que lo salva de ser tildado de oportunista, Soderbergh y su guionista Scott Burns se permiten deconstruir el itinerario de un misterioso virus, barajando en el medio todas las teorías que en su momento se elucubraron y cerrando, en una escena impecable (exactamente, en el minuto final de película) con una conclusión más cercana a la navaja de Occam que a lo políticamente correcto en términos cinematográficos.
    Nuestra calificación: Esta película justifica el 80% del valor de una entrada
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  • Si fueras yo
    Si fueras yo
    Cine & Medios
    Viviendo (y enloqueciendo) en cuerpo ajeno - Mitch (Ryan Reynolds) ya no es tan joven, pero insiste en vivir como un adolescente, tropezando en una carrera de actor que no despega nunca, sin responsabilidades ni horarios y disponible para cualquier diversión fácil que se le presente. Dave (Jason Bateman) es su antítesis: ha llegado a la madurez como un auténtico hombre de éxito. Es un abogado de carrera meteórica, padre de familia entusiasta y esposo amoroso de Jamie (Leslie Mann), sin tiempo casi para divertirse en su afán de progreso social y laboral. ¿Qué tienen en común estos dos tipos, aparte de una amistad de años? Nada, en absoluto. Pero se envidian en secreto. Y luego de una noche de borrachera, un deseo formulado de la manera correcta en el preciso momento y lugar, les da la posibilidad de cambiar de cuerpos por tiempo indeterminado... poniendo a prueba la fuerza de sus convicciones y el sustento de sus auténticos deseos.
    La clásica comedia de enredos con cambio de cuerpos y roles está de regreso, esta vez con la dirección de David Dobkin (que sobresalió con "Los Rompebodas", una comedia simpática con algunos plus) y los mismos productores de las "¿Qué pasó ayer?". Esto podría hacer pensar que es posible revitalizar un género ya muy transitado en cine, pero si bien el resultado es favorable a rasgos generales, esa "refrescadita" esperada no es exactamente lo que sucede.
    Lo cierto es que no hay muchas vueltas de tuerca que ofrecer al espectador en este tipo de películas. Si la eligió es porque la fórmula resulta. "Si fueras yo" no es la excepción; ofrece entretenimiento, agilidad y humor burdo, aunque el valor agregado a un guión previsible y soso lo dan los actores ofreciendo un plus de histrionismo bastante mesurado y que sirve para reforzar la veta "profunda" (léase la cuestión moralizante) de la trama. En ese sentido estricto, no defraudará a su público.
    Nuestra calificación: Esta película justifica el 60% del valor de la entrada
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  • Eva de la Argentina
    Eva de la Argentina
    Cine & Medios
    El ícono reinventado

    Comienzan los años más negros de la historia contemporánea argentina. Corre el año 1976 y, desde la clandestinidad, un periodista ya maduro escribe y escribe. En una carpeta voluminosa se juntan recortes de diarios, fotos, escritos. En cada hoja, la misma presencia: una mujer rubia, menuda, elegantemente vestida y casi siempre sonriente que opaca a cualquiera que entre en cuadro con ella. El periodista es Rodolfo Walsh y es su voz en off la que narra la historia. La mujer es "esa mujer": Eva Duarte de Perón, Evita, la adalid de los descamisados. Walsh ha perseguido su historia por los entresijos de toda la historia política desde los años treinta en adelante, y más allá. La infancia en Los Toldos, la adolescencia truncada de improviso para ganarse la vida como actriz en Buenos Aires y, por supuesto, la apoteosis de la mano de Juan Domingo Perón, el político que marcó para siempre la escena política y social de la Argentina. Un momento de inflexión en el que esa mujer tuvo mucho que ver.
    Si bien no hay posibilidad de bajar línea política respecto a la vida de Eva Duarte (su sola presencia en la escena social del país no deja lugar a dobles interpretaciones), sí se podía enfocar la historia de la mujer más emblemática de la Argentina desde un lugar épico romántico. Con el rigor que la caracteriza, puesto al servicio de una trama que está acotada por el género y valiéndose de mucho material de archivo, Seoane no se guarda nada. Eva antes de Perón no la tuvo fácil y hay poco romanticismo en su vida de provincias; no hablemos de sus primeros años en la gran ciudad y su relativamente rápido ascenso en la escena del espectáculo local. Si bien las sutilezas son necesarias, la narración a cargo del personaje de Walsh no es ambigua y no esquiva la violencia, la perversión, las traiciones que surcaron ese ámbito en el que Eva aprendió a moverse.
    Sobre sus pensamientos no hay más que letra muerta. ¡Quién podría decir lo que realmente pensaba la mujer más poderosa del país? Eva no escribía y los únicos testimonios que se escuchan de su viva voz corresponden al archivo de sus apariciones públicas, mediatizados por la necesidad política y ajustados en beneficio de Perón. Sin embargo, Seoane la posiciona más allá del simbolismo heroico y apela a su dimensión más humana con flashbacks a la infancia y escenas de ternura conyugal. La animación y sus recursos permiten este juego, no exento de hipérboles e imposibilitado de escapar del romanticismo intrínseco, de la épica evitista.
    Y hay que destacar que, si bien esta película es sobre Evita y se centra en ella, es el valor agregado su punto más fuerte. Que la historia de Rodolfo Walsh y sus investigaciones atraviesen la trama, que el archivo bien utilizado reemplace la voz de las animaciones (más meritorias por lo que muestran que por su calidad intrínseca) realmente son factores para destacar. Por lo demás, si no se produce por parte del espectador un acercamiento por fuera de la emoción, si no hay posibilidades de soslayar el contenido romántico-político, no se la puede disfrutar en plenitud: el peronismo es así, como las emociones que despierta. Visceral, a todo o nada. Para propios y para ajenos.
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  • Aquel martes después de Navidad
    Entre dos amores

    Paul y Adriana llevan juntos muchos años. Diez de casados, con una niña excepcional de por medio y una rutina sólida, bien establecida. Sin embargo, Paul oculta una doble vida: desde hace seis meses tiene como amante a Raluca, la dentista de su hija. Justo cuando la existencia se le vuelve cuestionable, aparece la posibilidad de un amor diferente al que se había acostumbrado a experimentar con Adriana. Mientras se acercan las fiestas, Paul se siente obligado a tomar una decisión. ¿Estará listo para afrontar las consecuencias?
    Desde el desembarco de excelentes productos como "La noche del señor Lazarescu", "Cuatro meses, tres semanas, dos días" y "Bucarest 12:08" entre otros, el cine rumano se posicionó como una opción sólida a la hora de considerar un cine diverso, escapándole a propuestas habituales en tono de comedia, acción o drama. Con este largometraje estrenado en Cannes, el director Radu Muntean confirma la tendencia y ofrece uno de esos dramas donde el peso específico de los climas, los espacios y los silencios es tan fundamental como la gestualidad o dicción de los actores.
    Casi teatral por momentos, la propuesta apunta casi exclusivamente a Paul: es su decisión la que cuenta la historia, todo lo que sucede en el medio le da al espectador un panorama de todo lo que el protagonista tiene por perder o por ganar, según a qué amor apueste.
    Cautivadora, íntima y por momentos hipnótica (una larga escena clave, sin cortes, entre Paul y Adriana sencillamente corta el aliento por la expectativa que genera), esta película merece ser vista con especial atención. Quizá su única limitación sea la temática, ya que al girar en torno a un eje temático (el surgimiento de un nuevo amor y los conflictos subsiguientes) y a un personaje de forma casi exclusiva, el público acostumbrado a devenires efectistas puede perder algo de interés.
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  • Medianeras
    Medianeras
    Cine & Medios
    Collage de seres urbanos

    Hace años que Martín (Javier Drolas) lucha por superar su agorafobia, que sobrevino luego de una ruptura amorosa. Si los departamentos porteños son, como él dice, una suerte de reflejo de quienes los habitan, su cabeza es un cajoncito atiborrado y desesperante. Pese a su relativa inmovilidad, Martín no deja de pensar, de intentar, de buscar... ¿qué? ¿La cura a su fobia? ¿Relacionarse con otras personas? ¿Cambiar su vida? Entre noches de insomnio y reflexiones existenciales, Martín encontrará la manera de ir superando esos miedos y retornar al paisaje urbano que actualmente lo espanta.
    Mariana (Pilar López de Ayala) acaba de separarse luego de cuatro años en pareja y recuerda esa parte de su vida como si le hubiera sucedido a una extraña. En tiempo récord, se instala en su viejo departamento de soltera, un caos en permanente transformación que se siente libre de llenar a placer. ¿Con qué? Por ejemplo, maniquíes: arquitecta frustrada, trabaja arreglando vidrieras en coquetos negocios del Bajo y del centro de Buenos Aires. La anarquía hogareña es su revancha contra la soledad y es en el interior de ese dúplex donde puede dar rienda suelta a sus angustias, sintetizadas en la imposibilidad de encontrar a la persona adecuada en medio de una ciudad atestada de gente.
    En su largometraje debut, Gustavo Taretto redobla una apuesta planteada en 2004: en aquel momento "Medianeras" era un cortometraje. Hoy, años después de la crisis que inspiró la propuesta original y si bien este nudo se retoma, el director se revela maduro, un trabajador a conciencia que consigue construir una historia sólida a partir de pocos personajes transitando el espacio enorme, anónimo, de la gran ciudad.
    Sin miedo a la mezcla, Taretto combina anécdotas de Buenos Aires con referencias a la cultura popular, se toma a la chacota los mitos que circundan a la era digital, ahonda en los prejuicios que jamás se verbalizan pero que se pueden palpar en la mirada esquiva de dos personajes y, en el medio, propone remansos visuales y musicales que complementan la historia de Martín y Mariana.
    Más allá de algunos devenires en el ritmo narrativo (por momentos la historia se ameseta, las líneas de diálogo bordean la literatura de autoayuda), se trata de una propuesta que atrapa desde el primer fotograma y lleva al espectador al territorio incierto de las relaciones humanas. Un ámbito que puede generar terror o esperanza, pero que es siempre el escenario de una de las mayores aventuras de la vida: el encuentro.
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  • El árbol de la vida
    Cada vida, la Vida

    Jack (Sean Penn) es un lobo de las finanzas en una ciudad de acero y cristal que viste el paisaje sin verlo. Pero hoy, en este día, su mente se adhiere a los recuerdos de infancia. Su hermano trágicamente fallecido, su madre a la que adora, la tortuosa relación con su padre, cada espacio transitado... El mar. El bosque. El río. Y más lejos aún en el tiempo, la Vida. Vagamente consciente de su fe postergada, Jack reconstruye mediante recuerdos el mundo de su infancia buscando una paz y una respuesta que quizá siempre estuvieron allí.
    Es necesario aclarar que, pese a sus indiscutibles méritos, el cine de Terrence Malick no es un cine fácil de digerir. Quizá por eso, o a pesar de eso, es uno de los directores que más atención merecen en los últimos tiempos. Sus dos últimos filmes, "El nuevo mundo" (2005) y la presente "El árbol de la vida" le insumieron dos y cuatro años de dedicación exclusiva, respectivamente. Esa dedicación se traduce en resultados visibles: pocas veces asistirán a un evento de tal magnitud compositiva en cine. James Cameron y su "Avatar" quedan en ridículo al lado de los veinte primeros minutos de esta joya, que aunque descolla por su fotografía y preciosismo visual no se queda atrás en lo que respecta a su argumento.
    Sean Penn, Brad Pitt y Jessica Chastain, que componen la tríada fundamental de personajes adultos, están correctísimos y convincentes en sus roles. Pitt despliega aquí con sobriedad su madurez artística y deja en un lógico segundo plano a Penn, ya que su personaje tiene un mayor peso específico durante el relato del pasado, de la infancia.
    Hay personajes adicionales en esta trama que merecen mención aparte. La secuencia que representa el origen del Universo, de la Tierra y la vida en ella, sólo con imágenes, sonido ambiente y música, es la antesala a estos personajes deshumanizados. Dios y la naturaleza, la compañía omnipresente de la familia O´Brien, forman también parte de esa familia y no constituyen sólo una metáfora que redondea la película.
    Lo único que resta en este filme que encabezaría cualquier lista de "mejores del 2011" es ese juego de estiramiento de clímax que fractura la cadencia de los últimos minutos. También hay que tener en cuenta que aquellos que entren a la sala buscando sólo evasión y entretenimiento saldrán (qué duda cabe) entre perplejos y abrumados.
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  • La vida nueva
    La vida nueva
    Cine & Medios
    Módicos infiernos de pago chico

    Juan (Alan Pauls) recorre el pueblo en su camioneta una madrugada, buscando a su esposa Laura (Martina Gusman) luego de uno de sus habituales conflictos; ella se descubre embarazada y no quiere tener el bebé. Involuntariamente se topa con la escena de una pelea entre adolescentes, en la que uno de ellos sale herido de gravedad y queda en coma. Pero el responsable de este incidente es Nicolás (Pedro Merlo), el hijo de un poderoso terrateniente de apellido Martínez (Néstor Sánchez) y Juan se ve obligado a mentir para evitar inconvenientes personales.
    Mientras tanto, Laura se reencuentra con Benetti (Germán Palacios); su ex pareja y también tío del joven herido, que por esa causa regresa momentáneamente al pueblo del que escapó años atrás. Laura y Benetti guardan mucho más en común que su afición por la música, y pronto ella lo usa como paliativo a sus crisis matrimoniales. En esta red de mentiras, ocultamientos y murmuraciones se desarrolla la trama de "La vida nueva", una típica historia de pueblo chico y tan chiquita a su vez, que su infierno no pasa de un tibio rescoldo.
    Sencilla, prolija, correcta y poco más, esta película de Santiago Palavecino podría considerarse promesa de buenos momentos cinematográficos por venir. Por el momento, quedan para el recuerdo las postales de pueblo chico, las actuaciones del elenco adolescente, la puesta y fotografía impecables; la historia cambia cuando la cuentan los adultos, se vuelve difusa y en contraposición al conflicto de los más jóvenes, aparece insulsa inclusive.
    Gusman, habitualmente expresiva, luce aquí inusitadamente apagada. Su personaje no convence como catalizador y objeto de deseo, moviendo apenas una pregunta: "¿Qué le vieron?" ¿Dónde está esa supuesta pasión que la hace irresistible? Si era tan buena pianista, ¿por qué la cámara insiste en detenerse en una única partitura de Bach y ella a su vez repite dos simplonas melodías al piano, como si fueran un monocorde leitmotiv vital? Como recurso estilístico es redundante y no suma nada al personaje; con su actitud apagada, Gusman ya lo dice todo.
    La explosión liberadora queda únicamente del lado de Benetti, el que se fue: el hijo pródigo, el amante idealizado, la estrella que dio el pueblo. Pero está de visita, de paso, "afuera". Los conflictos internos, que se supone motorizarían esta trama mueren en la más asfixiante de las rutinas. No hay tensión posible porque no hay rebelión. El Juan de Alan Pauls se conforma con estrellar algunas cosas contra el piso, en un conveniente fuera de campo; luego, ni siquiera levanta la voz para defender lo que considera justo, o lo que considera suyo (a Laura, por ejemplo). La policía está del lado del terrateniente. El músico rebelde que se fue a la Capital es cocainómano. ¿Era necesario semejante desborde?
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  • La verdad oculta
    La verdad oculta
    Cine & Medios
    Sin justicia para los débiles

    Cuando fue destinada a la zona de conflicto de la ex Yugoslavia como parte de la fuerza de paz de la ONU, la oficial Katryn Bolkovac (Rachel Weisz) jamás imaginó que terminaría envuelta en una sórdida trama de corrupción y violencia. Las angustias de la postguerra y la crisis humanitaria han servido de telón y soporte para encubrir un negociado atroz sustentado por una empresa multinacional, del que participan las propias fuerzas de paz por acción u omisión. La vida, la carrera y la estabilidad emocional de la agente peligra a medida que se adentra en un drama cuyas ramificaciones llegan a las esferas más altas del poder.
    Basada en una historia real, "La verdad oculta" (cuyo título original significa "La delatora" o "La soplona" en inglés) contiene en su trama central el perfecto resumen de un drama que parece tan difícil de erradicar de cualquier sociedad, justamente por las pocas personas que se atreven a hablar del tema. Resulta casi justicia poética que el personaje de Rachel Weisz, una agente de policía que ha perdido la tenencia de su hija, sea quien devela esta trama desgarradora de trata de personas que un conflicto como la guerra de los Balcanes volvió más monstruoso de lo que de por sí es. Su actuación es de alto impacto y a la vez convincente. No cuesta creer nada de lo que sucede en la pantalla, aunque podría pensarse que hay excesos; la propia autora y verdadera protagonista de la historia, la Katryn Bolkovac real, admitió no pocas veces que hubo que suavizar algunas situaciones para que no se vieran inverosímiles.
    Sin embargo, el ambiente de sordidez, angustia y terror que envuelve al espectador es un cachetazo ineludible y certero; el mérito del equipo de dirección y producción es haberlo logrado con acierto.
    En tiempos donde la trata de personas y la violencia de género son temas centrales de debate en el mundo (siendo la Argentina un país que ha demorado bastante en subirse al tren en ese sentido, si la encuadramos en el resto de Latinoamérica), un filme como el de la novata Larysa Kondracki es tan necesario como revelador.
    Por estos méritos, y salvando algún desacuerdo que podría tenerse respecto del guión y ciertos efectismos menores (justificables desde una necesidad de refuerzo dramático, aunque no sumen humanidad a la historia) es que merece verse en cine esta película. Quien entre buscando verdades, no saldrá decepcionado. Aunque es bueno recordar que la verdad es más incómoda que la mentira, y muchas veces, más dolorosa. Y que, salvando las distancias, puede haber una puerta cerrada frente a tu propia casa que esconde la misma realidad.
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  • Viudas
    Viudas
    Cine & Medios
    El dolor después del amor

    La vida de Elena (Graciela Borges), una mujer en sus sesenta años, exitosa directora de documentales, se pone de cabeza cuando su marido Augusto fallece de un repentino infarto... y quien lo lleva al hospital es nada menos que su amante de treinta años, Adela (Valeria Bertuccelli). Al dolor y la sorpresa de esta revelación sucede la rabia contra Augusto, que en el lecho de muerte le pide que cuide de esa joven a quien recién conoce y que ya "ha comenzado" a odiar.
    Con el correr de los días, Adela y Elena elaboran su propio duelo. La viuda joven y extraoficial intenta acercarse a la viuda oficial, que la rechaza persistentemente. Hasta que un nuevo incidente las re?ne de forma inesperada, y entonces deben ajustarse a una convivencia cautelosa, mediada por la omnipresente?mucama Justina (Mart?n Bossi) y por la socia de Elena, Esther (Rita Cortese).
    Marcos Carnevale ofrece, una vez m?s, un producto de muy buena calidad?en rasgos generales, aunque con algunos baches que no pueden ser soslayados ya que afectan al buen ritmo del filme. Quiz? sea una deficiencia propia de un gui?n que coquetea con el drama y la comedia sin definirse por ninguno de los dos; la forma en que se imbrican los extremos es desigual, a veces anticlim?tica.
    No ofrecen sorpresas las muy buenas actuaciones de Graciela Borges y Valeria Bertuccelli, ambas dentro de un registro que les es habitual, aunque contenidas y muy convincentes dentro de la propuesta del libreto. S?, hay lugares comunes y simplistas; las aperturas y cierres de cada unidad narrativa son bastante previsibles, pero gracias al excelente trabajo de actores, la pel?cula llega a buen puerto y conforma al p?blico.
    P?rrafo aparte merecen las actuaciones de Mart?n Bossi en el papel de una mucama paraguaya muy particular, y la siempre brillante Rita Cortese, oportuna y marcando el tiempo de la escena cada vez que aparece.
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  • Cowboys y Aliens
    Cowboys y Aliens
    Cine & Medios
    De tiros, tipos no tan duros y rayos protónicos

    Un hombre que no recuerda su identidad (Daniel Craig) llega a una desolada aldea minera dominada por el inconmovible coronel Dolarhyde (Harrison Ford). En su muñeca porta un extraño artefacto que parece activarse según su estado de ánimo. Una gresca con el hijo del coronel y con los agentes de la ley, que lo identifican como el conocido bandolero Jake Lonergan, lo lleva a la cárcel. Pero su traslado al tribunal superior del estado queda trunco cuando una siniestra cuadrilla de naves voladoras arrasa con el pueblo durante la noche y se lleva a la mitad de sus habitantes. Desorientados, los sobrevivientes se lanzan a la caza de un enemigo al que no comprenden, movidos por la necesidad de reencontrarse con sus seres queridos. Entre ellos, una misteriosa mujer (Olivia Wilde) que está empeñada en hacer que Jake recupere la memoria, convencida de que en sus recuerdos (y en el artefacto aferrado a su muñeca) reside la clave para destruír a sus enemigos.
    Con una propuesta curiosa, tentadora por lo bizarro de los temas que cruza, el director de "Zatura" e "IronMan" se atreve a abordar una versión ciencia-ficción del western más clásico, sólo que con un par de giros fuera de lo común. El héroe, sus contrapartes, la chica, el conflicto, la necesidad de unión, el camino del héroe (para el niño que interpreta Noah Ringer, y para el personaje de Sam Rockwell, en un pálido segundo plano respecto del protagonismo del trío Ford-Craig-Wilde) son algunos de los tópicos visibles desde el comienzo, y bien desarrollados por cierto, al menos en la primera parte de la cinta.
    Lamentablemente, hay que señalar que hacia la mitad de la historia, la película decae y zozobra en los arrecifes del cliché. Para sostener semejante (in)verosímil, es necesario que los estereotipos se consoliden de forma paródica, o bien tengan una vuelta de tuerca original. En el pendular entre lo políticamente correcto, lo marketinero y vendedor y aquello que se planteaba en los 40 minutos iniciales, se pierde gran parte del mérito de una propuesta que es risible desde el título, pero que arranca con potencia, prometiendo un clímax con el que no cumple. Se queda en la anécdota: una película que termina antes de arrancar del todo.
    El talentoso y aún promisorio Jon Favreau apenas consigue redondear una propuesta entretenida aunque simplona, y con algunas líneas de diálogo y situaciones que dan vergüenza (casi todas a cargo de la fascinante Olivia Wilde, una chica que no se halla en el terreno de la ciencia ficción; basta recordar "Tron: El legado"). Quizá la responsabilidad haya que buscarla en un guión adaptado por ¡ocho! escritores, bastante mal avenidos por lo que se ve. No menos imperdonables son algunos errores de continuidad (mínimos) y de escala o proporciones (groserísimos), que a esta altura no deberían tener lugar siquiera, en una producción de estas características.
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  • En un mundo mejor
    En un mundo mejor
    Cine & Medios
    El dolor que preña la violencia

    No en vano la celebrada Susanne Bier ("Hermanos", "Cosas que perdimos en el fuego") ganó el Oscar a mejor película extranjera con este drama; es difícil poner en pie de comparación un trabajo argumental y escénico como el de esta directora danesa, que ya viene ofreciendo trabajos de altísimo vuelo con historias modestas, y tiene varias incursiones exitosas, y merecidas, en festivales internacionales.
    Sin embargo, hay algunos detalles nada menores que contribuyen a un cierto menoscabo de la propuesta: las situaciones de contraste y reflexión forzados , la interpelación moral al espectador, algunos momentos de falsa empatía entre los protagonistas hacen que uno se pregunte, inevitablemente, ¿qué fue de la sutileza de ciertos climas presentes en "Hermanos", por ejemplo?
    A la solidaridad y candor del tercer mundo en el que Anton se brinda como profesional y como ser humano, se opone la violencia del primer mundo donde su mujer y su hijo viven, en apariencia, una existencia ideal. Buena educación, buena casa y buenas intenciones no alcanzan para frenar la gestación de un drama tan humano como íntimo: las pérdidas, los rencores, el dolor interno que desgarra y lleva a provocar el dolor en otros. Como metáfora cruda y bien filmada de la violencia, "En un mundo mejor" puede postularse como digno referente cinematográfico. Como historia de trasfondo moral, se queda un poco corta.
    Por suerte, están los chicos (William Jehnk Nielsen en la piel de Christian y Markus Rygaard como el arquetípico adolescente que se esfuerza por un ideal de ser humano, proyectado en su padre) que salvan cualquier oposición y se roban la historia por mérito propio.
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  • El mundo según Barney
    Las tres vidas de Barney

    Barney Panofsky (Paul Giamatti) ha tenido lo que los chinos llamarían "una vida interesante". No particularmente fuera de lo común, pero sí llena de pequeños incidentes que alcanzan para volverla curiosa. Joven viudo en Italia, pequeño productor televisivo en Canadá, enamorado a primera vista de Miriam (Rosamund Pike) el mismo día en que se casó con su segunda esposa, sospechoso de asesinato y, finalmente, desencantado hombre de mediana edad. La historia comienza justamente el día en que Barney despierta convertido en ese hombre ya mayor, recién divorciado, con hijos adultos que se percatan de algo que no está bien. De repente, Barney siente que toda su vida lo alcanza y que recupera con el correr de los días algunos momentos que parecía haber borrado de su memoria.
    En esta película pequeña, íntima, el director Richard J. Lewis aborda de manera dinámica, narrativamente eficaz, el corrimiento de la memoria histórica para ocupar el lugar de la memoria cotidiana, en un desplazamiento que tiene que ver no sólo con la condición clínica de un ser humano, sino fundamentalmente con su historia emotiva.
    Dejando de lado un guión cuyos giros dramáticos se vuelven más y más previsibles a medida que la historia avanza, aquí juegan un notable rol de interés los personajes en sí. Las actuaciones por sí mismas justifican el visionado de la película y no especialmente porque sean sobresalientes, sino porque es fácil dejarse llevar por el relato de cada personaje.
    A través de tres décadas y dos continentes, como propone la sinopsis del filme, el espectador se inmiscuye en los recuerdos de Barney y sólo por momentos puede atisbar la perspectiva de quienes le rodean, intuyendo aquello que el protagonista ignora. El juego es atrayente, aunque un poco fallido, ya que a menudo la mirada externa a Barney se superpone con ésta, la que importa, la del propio personaje, generando algunas situaciones anticlimáticas que, de cualquier manera, logran superarse rápidamente.
    En su medida justa, "El mundo según Barney" entretiene y emociona al público con naturalidad, apelando a una simpatía relativa por un personaje no necesariamente querible, envidiable por momentos y fundamentalmente humano.
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  • Capitán América - El primer vengador
    Luchando contra los malos por el sueño americano...

    Al escuálido Steve Rogers (Chris Evans), oriundo de Brooklyn, hijo de un valeroso soldado y de una enfermera del pabellón de tuberculosos, nada le arredra cuando tiene una idea fija. Y pocas cosas le irritan más que el hecho de que, justo ahora que su país se encuentra en guerra con el Eje, le nieguen la admisión al ejército. Luego de su quinto rechazo, un científico alemán exiliado (Stanley Tucci) le evalúa y aprueba para una sección experimental del ejército y le propone un trato irresistible: convertirlo en un super-soldado, mejorando sus aptitudes físicas y llevándolas al límite de lo humano. A cambio, le pide mantenga intactos su bondad, sus principios y su coraje.
    Pero una amenaza que va más allá de Hitler y sus aliados surge en el horizonte cuando Hydra, una organización escindida del Tercer Reich al mando del peligroso científico Johann Schmidt (Hugo Weaving) se prepara para conquistar el mundo diezmando la población mundial. Para ello, se valen de una novísima tecnología basada en una joya legendaria: el teseracto de Odín. Ciudad tras ciudad, oculto se extiende el poder de Hydra... hasta que, ayudado por la agente Carter (Hayley Atwell) y el excéntrico ingeniero Howard Stark (Dominic Cooper) el Capitán América ataca sorpresivamente al enemigo. Así, convence incluso al reluctante coronel Phillips (Tommy Lee Jones) para que le permita entrar en acción y cambiar el curso de la guerra.
    Prolija, correcta, entretenida y visualmente impecable, así es esta nueva producción del universo Marvel que llega a las pantallas argentinas. Si se la compara con otras películas pre-Avengers (el plato fuerte que se viene) es ligeramente menor, sobre todo por sus continuas y necesarias (para la construcción del personaje, claro está) referencias al patriotismo norteamericano, el rol que tuvieron los EE.UU. en la guerra y tantas otras cuestiones más funcionales a los fines de la propaganda que de la historia humana en sí.
    Porque hay algo que es innegable: el personaje del sargento Steve Rogers merecía crecer por encima de ese necesario clisé. Quizá una dimensión más cercana al Peter Parker de "Spiderman 2", o al Tony Stark de la primera "IronMan" lo habría puesto en un pie de igualdad de oportunidades con el público de estas latitudes.
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  • Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte 2
    Y de las sombras, surgirá la luz

    La noche ha caído definitivamente sobre Hogwarts, hogar y colegio de magos durante siglos. Los dementores y mortífagos, leales sirvientes del señor oscuro Voldemort (Ralph Fiennes), mantienen el control sobre el lugar y sumen a sus alumnos en una terrorífica incertidumbre. El otrora profesor Snape (Alan Rickman) ahora es director, y en los claustros sólo se practica la magia oscura. Sólo tres alumnos resisten allá afuera, como fugitivos: Harry Potter (Daniel Radcliffe) y sus leales amigos, Ron (Rupert Grint) y Hermione (Emma Watson), que están buscando los siete objetos en los que Voldemort dividió su alma para destruírlos, y así volverlo vulnerable.
    La confrontación final se acerca, y en medio de un despliegue de intriga, emoción y magia, el director David Yates consigue atar los cabos de una historia que venía bastante enredada y el valor agregado de alguna vuelta de tuerca, demostrando a un público relativamente acostumbrado que todavía puede haber sorpresas hacia el final. Por supuesto, esto sólo asombrará a quienes no hayan leído los libros.
    El público que entra a una sala a ver un filme de estas características, luego de diez años de perseverar (poco sentido tiene asistir si no se está familiarizado con la saga) tiene una idea concreta de lo que encontrará en pantalla. La expectativa generada se verá más o menos defraudada en los detalles, pero hay que reconocer que luego de un excelente debut como director (en "La orden del Fénix"), un lamentable traspié ("El misterio del príncipe") y una transición promisoria (la primera parte de "Las reliquias de la muerte") David Yates llega a encontrar el ritmo preciso para concluír adecuadamente esta saga biblio-cinematográfica.
    Hay una serie de puntos débiles que a propios y ajenos resultarán evidentes, como la aparición forzada, casi en forma de cameos, de algunos de los personajes más entrañables de la serie (Hagrid, Remus Lupin, la familia Weasley), la ruptura de climas dramáticos con inoportunas semi-humoradas y algunas incoherencias argumentales en favor de una resolución más rápida. Lo único que podría considerar imperdonable, y esto no es demérito del filme, es el casi innecesario epílogo, que arrancará más risas que sonrisas de emoción.
    Sin embargo, estos detalles que es menester señalar no llegan a opacar el valor cinematográfico de una película que si bien no llega a ser para cualquier público (la calificación SAM 13 es más que adecuada) es disfrutable al máximo por su ritmo, su atractivo visual y su excelente factura. Los chicos crecieron también interpretativamente, pero al César lo que es del César... los personajes memorables de esta saga son aquellos que llevaron adelante los veteranos. En especial Alan Rickman, Ralph Fiennes y Helena Bonham-Carter entre los caóticos y villanos; Maggie Smith, Gary Oldman y Michael Gambon entre los buenos y neutrales. Los muggles vamos a extrañar la sensación de esperar con ansia una película más de Harry Potter, pero la magia ha sido preservada.
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  • De dioses y hombres
    De dioses y hombres
    Cine & Medios
    El auténtico coraje de vivir

    Es primavera en la abadía de Nótre Dame de L´Atlas, en Thibirine. Ocho monjes, encabezados por el abad Christian (Lambert Wilson) despiertan por la madrugada y comienzan su labor en la comunidad musulmana luego del rito de oración. En esta comunidad que no comparte sus creencias, los religiosos trabajan, comercian e incluso se ocupan de curar a quienes por aislamiento o falta de recursos no tienen otra posibilidad de atención.
    Así las cosas, en una zona siempre al filo del conflicto étnico y religioso, un grupo de fundamentalistas islámicos comienzan a asesinar a cuanto extranjero encuentran en esas montañas que el gobierno no llega a controlar. Advertidos por gendarmes y vecinos, los monjes se debaten entre la obediencia a su conciencia y el lógico temor que los compele a abandonar la pequeña comunidad donde son tan queridos y valorados.
    Con actuaciones notables, aunque sin estridencias, Xavier Beauvois ofrece una pintura somera, de una objetividad casi documental, sobre un dramático episodio que tuvo lugar en 1996 en una abadía cisterciense de la región montañosa del Magreb. Con parsimonia y preciosismo fotográfico, sigue a los monjes en su discurrir diario entre la comunidad musulmana. Los espía en la privacidad de sus cuartos, en sus momentos de duda, en sus disensos.
    En el punto culminante, en torno a una mesa que pese a su austeridad espera ser festiva, con un clímax musical que estremece sin palabras, el director logra levantar un poco el ritmo ondulante de la trama; ya no decaerá. Los últimos minutos, si bien previsibles, tienen el valor de una buena resolución dramática: no es hasta ese punto que el espectador, pese a haber contemplado la cotidianeidad cansina (aunque incansable) de los religiosos, percibe claramente la densidad de la historia que se ha desarrollado frente a sus ojos. El drama es tan viejo como la humanidad y trasciende credos y condiciones: no hay mayor coraje que amar hasta darlo todo.
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  • El retrato postergado
    Díptico de ausencias

    A mediados de los años ´70, Roberto Cuervo era un joven y entusiasta fotógrafo que soñaba también ser cineasta. Roberto había conocido a Haroldo Conti, para ese entonces escritor consagrado al que admiraba, y comenzó a filmar un documental sobre su vida que se truncó primero con la desaparición del propio Conti, y luego con la trágica muerte del director novel en un accidente. Roberto Cuervo no llegó a ver el retorno de la democracia, pero su hijo Andrés, que floreció a la vida en años mejores, se convirtió en heredero de esa vocación y de las horas de archivo audiovisual sobre Haroldo. El inefable profesor Conti, el hombre que parió a "Mascaró" y fue el biógrafo de su Chacabuco natal, el escriba de los ríos, un tipo humilde; no "como esos escritores conocidos".
    Con criterio personal, Andrés Cuervo eligió convertir este material de archivo en una suerte de doble documental: la historia del escritor consagrado, y la de su biógrafo ocasional que lo admiraba y que buscaba transmitir a muchos más esa admiración, lo pintoresco de una existencia que era y no era literatura. A lo largo de poco menos de una hora, juega con los sonidos, las voces en off, entrevistas de tres décadas atrás y las actuales e incluso con técnicas de animación propias. Todo acompañado y matizado con la adecuada música original de Dario Barozzi.
    En una de las secuencias iniciales de esta película breve y testimonial, casi doméstica, Haroldo Conti se aleja caminando por un pasillo; la cámara, fija en su espalda, va saliendo de foco y un instante después, retoma frontalmente en otro pasillo, en lo alto de una escalera; Andrés Cuervo traspasa la puerta del presente y se enfrenta al marco de un retrato vacío. Retrato que llenarán con su presencia el protagonista original del documental (el escritor) y su biógrafo (el joven cineasta). El resto es literatura, cine... e historia.
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  • Medianoche en París
    La fiesta inolvidable

    El exitoso guionista Gil Pender (Owen Wilson) acompaña a su prometida y sus futuros suegros a un viaje en Paris. Si bien el matrimonio entre él e Inez (Rachel MacAdams) es inminente, implica anclarse en una vida que no le satisface por completo; su verdadero sueño es dejar de escribir para Hollywood. En Paris, su costado bohemio aflora y de inmediato queda deslumbrado por los escenarios que inspiraron a tantos artistas. Como muchos nostálgicos, Gil cree que hubo un tiempo pasado que fue mejor. Como muchos escritores, Gil cree que este tiempo pasado fueron los locos años ´20, cuando una oleada de escritores norteamericanos y la bohemia de Europa hicieron de París su destino inevitable convirtiéndose en lo que la editoria y mecenas Gertrude Stein llamaba "la Generación Perdida". Pero convencer a Inez de la posibilidad de mudarse a la Ciudad Luz es imposible, y más cuando la llegada de un amigo erudito (Michael Sheen) y su pareja la distraen de los intereses y expectativas de Gil.
    Abandonado a su suerte en las noches parisinas, el protagonista se pierde en las calles empedradas y al dar la medianoche, desde un anticuado Peugeot lleno de extravagantes personajes, es invitado a una fiesta que jamás olvidará. Porque cuando entra al salón, lo recibe el flamante matrimonio de Francis Scott y Zelda Fitzgerald, pero también descubre que quien toca el piano es nada menos que Cole Porter. Todo parece indicar que aquel coche lo ha llevado directo a aquella época donde su nostalgia anida, y el summum de sus expectativas llega cuando un jovencísimo Ernest Hemingway (Corey Stoll) le ofrece la posibilidad de que la mismísima Gertrude Stein (Kathy Bates) lea y corrija su novela inaugural. Excitado por la perspectiva de una nueva noche en los años ´20, Gil desafía la estabilidad de su estructura familiar regresando una y otra vez al lugar donde puntualmente a medianoche el anticuado Peugeot lo devuelve a ese París de sus sueños, y a una misteriosa musa, Adriana (Marion Cotillard), capaz de hacerlo olvidar su presente.
    La llamada "generación del ´20" de Paris, constituída principalmente por escritores y que tenía como epicentro la librería Shakespeare and Company (aún en actividad) tuvo una existencia bohemia tan simple y abierta que sus ecos llegan hasta nuestros días.
    En uno de sus filmes modernos más logrados, Woody Allen explora los mitos y leyendas en torno a quienes recorrían las interminables noches parisinas. El infortunado matrimonio Fitzgerald, Papa Hem, los surrealistas y cubistas, reviven en la impecable puesta escénica y la excelente caracterización por parte del elenco. Pero Allen va más allá, permitiéndose jugar con aquellos clichés que volvieron a estos pintorescos personajes en la flor de su juventud, las leyendas que fueron más adelante.
    En lo actoral, Owen Wilson aporta una actitud inocente y expectante, como la de un niño ante su deseo más soñado, el que se deja llevar y el que se juega por aquello que pulsa en su ser más profundo. Los personajes que Gil encuentra en la vieja París están encarnados por notables intérpretes, pero sin dudas el que tiene a cargo Adrien Brody, en una breve aparición, es el más destacable.
    Más allá de este homenaje retozón a una Paris soñada todavía por muchos bohemios tardíos modernos, subyace el infaltable dilema que el director suele plantear en sus filmes: cuestiones que abordan la propia existencia y desafían la capacidad de decisión de los hombres.
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  • Blue Valentine
    Blue Valentine
    Cine & Medios
    Cuando el amor tiembla

    A Cindy (Michelle Williams) no le alcanzan las horas del día para repartir entre su labor como enfermera, el descanso, el cuidado de la casa y de su hija Frankie. Vive con un esposo que la adora, Dean (Ryan Gosling), que trabaja ocasionalmente pintando casas y es más bien infantil y reacio a tomar responsabilidades. Pero algo ha pasado desde que se conocieron y nació ese amor irresistible, a primera vista. Dean es capaz de vislumbrarlo, pero se resiste a enfrentar la realidad del distanciamiento de su esposa; Cindy rumia en privado sus sensaciones, perpetuamente incómoda y tensa, sin poder verbalizar o ubicar sus insatisfacciones.
    Si el amor se definiera como el juego de ganar y perder (metáfora lírica más ajustada a la necesidad de un compositor musical o autor romántico que a la realidad), el espectador de "Blue Valentine" podría pensar que la moraleja de esta, como de muchas otras historias, es que en el amor siempre se pierde, aunque se gane. Amar es sufrir. O desear sin llegar a satisfacer en plenitud ese anhelo punzante. Tal la mirada que ofrece Derek Cianfrance con esta historia, la sencilla y muy realista trama de amor entre dos personas en un lapso de unos seis años.
    El mayor mérito de la película reside en dos pilares: la forma en que está contada, y las excelentes actuaciones de la pareja protagónica y los secundarios. El manejo de cámaras, timing, escenarios y línea temporal (flashbacks que permiten vislumbrar cómo se originó la pareja de Cindy y Dean) se conjugan para redondear el producto, que si tiene algún demérito es quizá, y sólo quizá, la expectativa del espectador al entrar a la sala.
    No es una historia de amor de esas que el cine ofrece habitualmente, sino un drama sumamente verosímil donde los momentos luminosos, más bien escasos, son el balance necesario para que se luzcan los rincones oscuros de la historia. Que vendrían a ser el sustrato real de la misma, la perspectiva que al director le interesa abordar y analizar. El final tampoco es políticamente correcto, y hay algo de suspenso, de inconclusión en las escenas finales. En definitiva, que quienes vayan en espíritu romántico abandonen en la puerta toda esperanza.
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  • La noche del Demonio
    Adivina quién vino

    Los jóvenes profesionales Josh (Patrick Wilson) y Renai Lambert (Rose Byrne) se mudan junto con sus tres hijos a una casa nueva en los suburbios. Al poco tiempo de llegados, Renai intuye que algo anda mal entre estos muros y casi de inmediato uno de los niños, Dalton (Ty Simpkin) cae en una especie de coma a raíz de un accidente doméstico. A partir de allí, las situaciones misteriosas no darán tregua a la familia. Objetos que cambian de lugar, espectros y oscuros rincones donde se ocultan misterios que no alcanzan a ser explicados racionalmente obsesionan a Renai, aunque su esposo se empeña en no creerle. Mientras la familia busca sobrevivir a la fatalidad que se abatió sobre uno de sus miembros, Renai pronto se da cuenta que hay mucho más en juego que la vida de Dalton, y que una serie de espíritus malignos los usan como terreno de batalla.
    Con elementos que conjugan lo más habitual del género, el director James Wan y su guionista Leigh Whannell se reúnen otra vez para construir un filme que no decepcionará a los más consuetudinarios fanáticos del cine de terror y tampoco a aquellos que se acercan a estos filmes sólo ocasionalmente, a la espera de encontrarle la vuelta al clásico.
    Sin grandes despliegues de originalidad en su planteo, ya que la estructura es conocida (familia se muda a una casa nueva donde comienzan a suceder extraños fenómenos que giran preferentemente en torno a alguno de sus integrantes), los conflictos devienen un poco trillados hacia la mitad y el final de la película, en detrimento del crescendo inicial.
    Wan, que no en vano dirigió la primera y mejor entrega de la saga "El juego del miedo", maneja como pocos los climas y el suspenso necesarios para mantener en vilo al espectador, enganchado en una trama a la que los clichés le juegan en contra, pero que en su conjunto resulta disfrutable. Queda de sobra demostrado que para que una película de terror sea efectiva, no es necesario el gore en exceso: el terror es un género que puede sobrevivir al golpe de efecto y el exceso de sangre. También, que un clásico como "Poltergeist" puede dar de comer a varias generaciones de cineastas, tres décadas después de su estreno.
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  • Le quattro volte
    Le quattro volte
    Cine & Medios
    Contemplación de la vida

    En un pueblo montañoso de Italia, el tiempo tal como lo conocemos parece haberse congelado. Lejos de la alta tecnología a la que nos acostumbra la vida moderna, los días transcurren con la cadencia de hace siglos en medio de ritos cotidianos que se mantienen más o menos inmutables. Así, un anciano cuida sus cabras y palia sus enfermedades con polvo de iglesia, los aldeanos recrean el Via Crucis en un primaveral viernes santo, los animales nacen y crecen mientras los árboles completan su ciclo vital, y el hombre se dedica a aprovechar todo aquello que la naturaleza ofrece no sólo a sus necesidades, sino a sus ritos y celebraciones.
    En este filme que abunda en planos inmóviles, panorámicas fotográficas preciosas y sonido ambiente, Michelangelo Frammartino recurre a un registro de tipo documental para que sus personajes (sean éstos humanos, animales, el propio paisaje de la aldea y sus alrededores) discurran en la historia prescindiendo de palabras. Los diálogos, si existen, son inaudibles; el sonido ambiente captura más que nada el murmullo de la naturaleza, los pasos de los aldeanos en la gravilla, el petardeo de algún vehículo vetusto que recorre cansinamente la montaña. Todo apunta a un único hilo conductor: el transcurso de las estaciones y el ciclo vital del mundo a través de sus criaturas.
    En definitiva, estamos frente a un producto fundamentalmente visual, destinado a un disfrute sin apuros ni pretensiones. Pese a una gran recepción a nivel crítica, el público general puede sentirse abrumado por la sobreabundancia de planos largos y fijos, el minucioso seguimiento que las cámaras hacen de los animales y la carencia de un argumento tradicional sostenido mediante interacciones, que este género no favorece. Pese a su relativamente corta duración, tiene esa cualidad no siempre positiva de hacerse más larga; quizá por eso, sólo es recomendable (muy recomendable) a ese público particularmente predispuesto que sabe bien lo que encontrará al ingresar a la sala.
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  • El gato desaparece
    El gato desaparece
    Cine & Medios
    Miradas que erizan la piel

    Después de varios meses en un neuropsiquiátrico, Luis (Luis Luque), profesor universitario y hombre obsesivo de su trabajo, obtiene la posibilidad de volver a su casa y a su antigua vida a condición de continuar un tratamiento ambulatorio. Las circunstancias que lo llevaron al brote psicótico en el que amenazó la integridad física de su mujer, así como la de su socio y colega, se explican en la secuencia de inicio.
    Beatriz (Beatriz Spelzini) ha esperado este día con alegría e inquietud. Está inequívocamente enamorada de su esposo, pero no puede evitar la incertidumbre que la agobia incluso desde antes de que él ocupe el asiento del acompañante en el coche que los devuelve a su casa. Los ritos antes habituales (comidas compartidas, el sexo, las charlas en la cocina) tienen que ser reaprendidos; el desafío de Luis es recobrar la confianza de sus seres queridos, y la confianza en sí mismo.
    Además, algo extraño sucede casi al momento de la llegada de Luis. Donatello, el gato de la familia, lo desconoce y lo ataca cuando el profesor intenta acariciarlo. Esa misma noche, no regresa a la casa. Al menos eso parece atestiguar el plato de comida que Beatriz deja en el patio y que aparece revuelto al día siguiente, y al día siguiente a ése. Una sospecha crece en el corazón de la mujer, sospecha que no comparten ni la hija (María Abadi), demasiado ocupada en su nueva relación amorosa, ni los alumnos de la facultad que van a visitar al profesor. ¿Qué si Luis no sólo no está curado, sino que está muy cerca de sufrir un nuevo colapso?
    "El gato desaparece" es una excelente incursión inaugural de Carlos Sorín en el cine de género (en este caso el suspenso, el thriller psicológico), bien inserto en una trama que no por universal deja de ser actual... incluso, muy argentina. También es un retorno del director al trabajo con actores de método, formales, probados en pantalla y el teatro. Como bien afirmó en una entrevista radial, no podría haberse hecho esta historia sin la afiladísima dupla protagónica.
    Es que, si bien Luis Luque es un actor de porte, cuya gestualidad y presencia llenan la pantalla por sí mismas consiguiendo un personaje capaz de cargar el ambiente hasta la asfixia, vale la pena también enfocarse en Beatriz Spelzini. En su rol central, protagónico, de esposa y catalizador de la acción, carga exitosamente con la responsabilidad de llevar adelante las escenas más potentes. Su Beatriz, arquetípica dentro de una trama que así lo exige, es quien consigue del resto de los personajes (hija, psiquiatras, ex colega y socio, alumnos del Profesor).
    Al modesto entender de quien escribe, lo único que sobra en el remate por demás redondo de esta película es un cuadro inmóvil cerca de la escena final, que sirve para explicar una metáfora onírica anterior y poco más, restando sutileza al efecto del desenlace. Por lo demás, estamos sin dudas frente a la prueba del talento indiscutible de Sorín, que no sólo es un cineasta de oficio, sino un excelente narrador de historias.
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  • Prueba de amor
    Prueba de amor
    Cine & Medios
    Un amor insustituible

    Cuando Bennet Brewer (Aaron Johnson) muere en un accidente de tránsito, su familia queda devastada. El hermano menor (Johnny Simmons) tiene problemas de conducta y sus padres han atravesado crisis por la infidelidad de Allen (Pierce Brosnan), así que la desaparición del único elemento que percibían como funcional y perfecto les descalabra el panorama a futuro. Para empeorar las cosas, llega a sus vidas una muchacha llamada Rose (Carey Mulligan), de quien sólo saben estaba con Bennet la noche del accidente. Sólo que Rose es más que una chica del colegio: era la mujer que Bennet amaba en secreto y a la que dejó embarazada la única noche que pudieron pasar juntos.
    La más afectada es, sin duda, Grace (Susan Sarandon), la madre de Bennet, que ocasionalmente sufre de terrores nocturnos y otras crisis nerviosas. Asimismo, está obsesionada con descubrir el mínimo detalle sobre los últimos instantes de vida de su hijo. Demasiado dolorida incluso para permitirse reír o dejar que los demás vivan algún tipo de felicidad, acoge con reservas y sentimientos ambiguos a Rose en su casa, aunque está claro que no es una prioridad para ella.
    La forma en que la familia Brewer lleva adelante su duelo, la intrusión de Rose en su cotidianeidad y sobre todo la evolución de cada miembro del clan por separado es, quizá, demasiada tela para cortar en una estructura de menos de dos horas. Quizá una de las mayores debilidades de esta película es la rapidez con que se suceden los distintos eventos, y más allá de que los flashbacks reconstruyen el pasado inmediato de manera eficaz y dinámica, hay transiciones que resultan un tanto bruscas. Bastante inusual si pensamos que se trata de una trama que persigue la sensibilidad del espectador con un tema tan traumático como la pérdida de un hijo y la forma inesperada en que otra vida llega a equilibrar la balanza.
    El rol más potente está a cargo de Susan Sarandon. Aunque ella no sea más que una parte de la historia, por momentos es el único personaje de peso; se echa sus escenas al hombro con oficio y ofrece una muy destacable performance teniendo en cuenta las limitaciones del guión. Asimismo, hay escenas como la de la familia en el coche al inicio de la película (una larga toma de tres minutos en total silencio, en la que padres e hijo se centran en su propio mundo de dolor) que valen tanto como la historia completa.
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  • El hombre que vendrá
    El silencio de la historia

    La pequeña Martina no ha sido la misma desde el día en que su hermano menor murió. El impacto de esa muerte la sumió en un profundo silencio que su familia ya ni siquiera cuestiona; la niña sencillamente está muda y este rasgo particular la pone muchas veces en posición de extrañamiento respecto de sus pares, que tienden a aislarla.
    Pese a su corta edad y escaso roce, Martina sigue con interés el devenir de los adultos que la rodean. Sabe que están en guerra, pero esta es una circunstancia tan arraigada a su breve memoria que casi no recuerda otra forma de vida y su único interés en lo inmediato es el nacimiento de su nuevo hermanito. Sin embargo, luego de la llegada de un regimiento de SS alemanas al pueblo de Bologna en el que vive con su familia, la niña advierte que un mar de fondo comienza a sacudir a la comunidad: los partisanos se esconden en las montañas y el peligro de una confrontación desigual comienza a sentirse en el aire.
    En medio de los conflictos, la vida diaria de un poblado agrícola de montaña y sus costumbres solidarias brillan a lo largo de una película que tiene para ofrecer sólo un poco más que un testimonio de aquellos días donde la tragedia acechaba sin perdonar a ancianos, mujeres y niños.
    El filme de Giorgio Diritti tiene, más allá de su escaso interés por profundizar en personajes individuales o su relevancia en una trama mayor, un mérito innegable: ofrecer una mirada a una tragedia largamente impune, la matanza de Marzabotto. Un hecho real, uno de los tantos actos genocidas agónicos efectuados por las SS en las postimetrías de la Segunda Guerra Mundial y que no tuvo condena en la Justicia sino hasta el año 2007, revelando que la memoria sobre este pasado atroz nunca es suficiente.
    Sin embargo, ¿es suficiente la intención del filme para dotarlo de calidad cinematográfica? Esto es cuestionable, ya que más allá de la fidelidad de la reproducción histórica y el interesante juego narrativo con que director y guionistas deconstruyen la comunidad de la zona de Marzabotto, una historia que debería resultar devastadora en su clímax se convierte en una crónica más de la historia infame de la Italia facista, por momentos aséptica y errante.
    Sí se puede destacar la actuación de la pequeña Greta Zuccheri Montanari, que por su rol de testigo silenciosa y por el peso de su personaje en la historia ocupa necesariamente un lugar preponderante. En cuanto al hombre que se alude en el título, la interpretación queda a criterio del espectador. ¿Se trata de un partisano, de un sacerdote, de un simple vecino? ¿Se trata del hermano largamente esperado por Martina? Quizá sólo sea una expresión de deseo, un símbolo de reconstrucción o renacimiento, la esperanza de la paz y de un nuevo hombre, hijo de los nuevos tiempos.
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  • Nunca me abandones
    Nunca me abandones
    Cine & Medios
    Inhumanizados en busca de un alma

    Corren los años setenta. La ciencia ha conseguido erradicar gran parte de las enfermedades y la humanidad transita hacia el próximo milenio con una expectativa de vida superior a los 100 años. Hailsham es un colegio de pupilos británico donde se alojan niños muy especiales. Allí, su directora y maestros siguen a rajatabla una línea de pensamiento y conducta que procuran transmitir a estos niños, literalmente aislados del mundo real, inmersos en una rutina que incluye pulseras electrónicas para controlar sus movimientos. Entre esos niños crecen Kathy (Carey Mulligan), Tommy (Andrew Garfield) y Ruth (Keira Knightley), jugando y estudiando a la par que practican algunas costumbres que les permitirán relacionarse con otras personas cuando dejen el colegio.
    Pero la realidad que les aguarda extramuros es tan dura e inimaginable para estos niños que hace falta una maestra especialmente sensible (Sally Hawkins) para comunicárselas, rompiendo todas las reglas del colegio. Cuando el por qué de sus existencias es revelado a los niños de Hailsham, la vida de los tres amigos comienza un proceso de cambio doloroso, especialmente para Kathy, que es en extremo dócil a la par que autoconsciente, y jamás consigue rebelarse contra lo establecido.
    Es difícil pensar el porqué de la elección de Mark Romanek (mayormente director de videos musicales y responsable de "Crónica de una obsesión" como único mérito cinematográfico), para llevar a la pantalla grande una de las más celebradas novelas de Kazuo Ishiguro ("Lo que queda del día"). No obstante, el resultado sorprende por su calidad y la delicadeza con que se van manejando los segmentos de la trama, muy fieles al libro original. Quizá la intervención del propio Ishiguro en el guión tenga que ver con esto; por lo demás, el énfasis en lo visual y el cuidado trabajo de los actores corren por cuenta de Romanek, indudablemente.
    La cuestión humana (la finitud de la vida, las preocupaciones diarias y por encima de todo, la capacidad de sentir, los instintos) es abordada aquí a través del relato de Kathy H., el epítome de la persona adaptada a su medio ambiente, capaz de ignorar sus impulsos más básicos e incluso el propio instinto de supervivencia si se le dice que "así está escrito". Mediante el relato de Kathy podemos llegar a conocer a sus dos íntimos amigos de infancia, y a intuir a los demás personajes. No hace falta más que ver a través de sus ojos cómo son tratados los niños de Hailsham y de otras instituciones que se le parecen, para darse cuenta desde el primer minuto que algo no es totalmente humano en ellos. Por supuesto, quienes dicen qué es y qué no es humano son, irónicamente, las personas que pusieron a esos niños (posteriormente adolescentes y adultos) en el lugar en que están. Condicionándolos a una vida limitada en nombre de la ciencia, y por ello mismo ignorándolos como semejantes.
    El epílogo de la película es de una sencillez demoledora, bastante más que una simple moraleja sobre el propósito de la existencia. Profunda, lineal y fatídica, "Nunca me abandones" es también el registro distópico de una tragedia; un drama difícil de narrar sólo con palabras y que encuentra en esta adaptación fílmica el toque necesario para alcanzar su dimensión de extraordinaria melancolía.
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  • Amor sin límites
    Amor sin límites
    Cine & Medios
    De fantasía y realidad

    Syracuse (Colin Farrell) es un solitario pescador de las costas irlandesas. Padre a medio tiempo de una hija a la que adora, Annie (Alison Barry), tiene serios problemas con la bebida y se ha convertido en el hazmerreír de la pequeña comunidad a la que pertenece. Quizá por ese motivo vive aún en la casa aislada que perteneció a su madre; una mujer tan solitaria como él mismo. Un día, mientras recoge las redes, encuentra junto a la pesca habitual a una misteriosa mujer (Alicja Bachleda) que balbucea confundida, en estado de shock. Dice llamarse Ondine y se muestra esquiva, reacia a comentarle a Syracuse algún detalle de su vida pasada o actual.
    Desde ese momento lo acompaña en sus tareas diarias y vive en su casa, bajo condición de no ser vista. Pero un día es descubierta por la enfermiza Annie, que luego de una cuidadosa investigación de las tradiciones orales irlandesas concluye que Ondine es una selkie; una mujer-foca que, de acuerdo a la leyenda, puede vivir en compañía de humanos unos siete años antes de regresar al mar. Syracuse piensa que estas historias sólo existen en la imaginación de su hija, pero a medida que pasa el tiempo nota que Ondine influye de una manera muy particular en quienes la rodean, especialmente en él. Y la duda aflora. ¿Se trata efectivamente de una simple mujer sin pasado... o de una selkie?
    Usando una leyenda muy conocida de los mares del norte como punto de partida, Neil Jordan retoma sus temáticas habituales: las relaciones (familiares y de las otras) no convencionales, la soledad, los personajes marginales u outsiders que le son tan caros, y a los que consigue retratar con maestría... pero sobre todo, ese reverso que no siempre somos capaces de atisbar y que tienen todas las situaciones y personas que la vida puede ponernos por delante, casi accidentalmente.
    Es una pena que el remate de la historia no esté a la altura de la delicadeza con que Jordan supo manejar los primeros dos tercios de la cinta. Por previsible o porque algunos recursos han sido muy gastados, el tramo final transcurre sin sorpresas ni demasiados sobresaltos, con un cierre políticamente correcto. Claro que se trata de un filme de gran calidad y con un costumbrismo que sabe alejarse de los lugares comunes más molestos, por lo que "Amor sin límites" se puede recomendar con algunas salvedades.
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  • Un despertar glorioso
    Joven profesional busca desafío

    Becky Fuller (Rachel McAdams), una treintañera adicta al trabajo y llena de energía, no ha conseguido acercarse siquiera a su mayor sueño: producir el programa "Hoy", el matutino más exitoso de la televisión abierta nacional. Sin embargo, está conforme con su trabajo en un programa de segunda línea; eso, hasta que deciden despedirla en lugar de promoverla. Porque Becky, con toda su experiencia, dedicación y entusiasmo, no es graduada universitaria ni experta en marketing.
    Pese al desaliento momentáneo, Becky busca trabajo en cualquier otro lugar donde sus servicios puedan ser apreciados. Por eso, cuando Jerry Barnes (Jeff Goldblum), responsable de una pequeña cadena, le ofrece revitalizar un programa de casi cinco décadas al aire, ella acepta encantada... sólo para encontrarse con un absoluto caos. "Amanecer" es un matutino de tercera línea, cuyo único elemento inmutable es su conductora femenina, la ácida Colleen (Diane Keaton); ansiosa por probar su valía, Becky contrata como partenaire de Colleen a un periodista legendario, Mike Pomeroy (Harrison Ford), conocido por su mal genio y su temperamento difícil.
    Becky deberá probarse frente a sus empleadores no sólo como la trabajadora incansable y creativa que es, sino como una mujer de temple frente a unos cuantos veteranos del negocio televisivo, que no le ponen las cosas fáciles a la hora de rescatar un programa en la cuerda floja.
    En esta cinta con guión de Aline Brosh Mckenna (responsable de comedias simpáticas y muy eficaces como "El diablo viste a la moda" y "27 bodas") podría decirse que el cine se ríe de la televisión. Pero toda la trama es tan ligera que el peso de la historia y su mayor interés reside inevitablemente en los personajes y sus interacciones. Las bambalinas de un programa matutino resultan el condimento de una cinta que pasaría sin pena ni gloria si no fuera por el trabajo de algunos de los actores. Y no precisamente de los más renombrados...
    Por momentos el veterano periodista a cargo de Harrison Ford (¿o quizás él mismo?) genera una incomodidad que es un poco hija de su gestualidad acotada, y de un guión que lo deja como personaje incoherente o poco verosímil, más que como un hombre cínico y fuera de lugar en la estructura de "Daybreak", que es lo que posiblemente hubiera funcionado mejor. Por suerte, Rachel McAdams es un buen prospecto para cintas de este tenor, una buena contraparte para Diane Keaton (bastante desaprovechada en un rol que podría haber sido de cualquier otra actriz) y tan arquetípica por momentos, que se vuelve simpática sin mayores pretensiones, eficaz sin llegar a deslumbrar (como sí pasó en "Chicas pesadas"), y un muy buen elemento cohesivo para ese equipo de producción que se roba todo el interés de la trama.
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  • Líbano
    Líbano
    Cine & Medios
    La guerra a través de la mira

    Líbano, 1982. Israel ha ocupado el sur del país para expulsar a las guerrillas palestinas, y los sirios acaban de sumarse al conflicto. Cuatro jóvenes conscriptos israelíes son enviados dentro de un tanque a una ciudad que acaba de caer en poder sirio como apoyo a una pequeña unidad de combate. Es su primera incursión en territorio de guerra y les cuesta organizarse. Bajo el mando de Assi (Itay Tiran), el artillero Shmulik (Yoav Donat), el conductor designado Ygal (Michael Moshonov) y el cargador Hertzel (Oshri Cohen) funcionan exactamente como cabe esperar de cuatro muchachos inexpertos lanzados al medio de un infierno: por acción del instinto y del miedo.
    Llegados al centro de la ciudad destino, el tanque recibe un impacto de obús que lo inhabilita parcialmente y deja a estos cuatro jóvenes asustados, dependiendo exclusivamente de su superior en el exterior. Una vez dentro de esa fortaleza móvil, no pueden salir a menos que reciban órdenes en ese sentido. Los horrores de la guerra les llegan mediados por lo que escuchan a través del aparato de radio y lo que Shmulik puede espiar desde la mira del cañón en la torreta del tanque. La sensación de peligro inminente sumada al encierro comienza a hacer mella en estos soldados, que verán puesta a prueba su capacidad de mantenerse unidos y sobrevivir.
    Si bien es inevitable caer en tópicos trillados (la guerra es más o menos igual en todas partes, siempre cruel y muy rara vez explicable por la lógica), como esos momentos donde Shmulik no puede evitar enfocar la mira del cañón sobre los cadáveres de los civiles a medida que se internan en los poblados, "Líbano" ofrece un pasaje completo y acabado de una experiencia real, vívida, con todo el peso de lo autobiográfico.
    Como respaldo a un buen guión, las actuaciones de los cuatro personajes principales son más que logradas, articulando una pequeña compañía que funciona muy bien en la pantalla. Tanto como cabe esperar que funcione un grupo de jóvenes en la situación que se presenta a los fines de la ficción.
    En su debut en el largo cinematográfico, Samuel Maoz no eligió precisamente un tema sencillo: la intervención vista del lado del que invade un país, sean cuales sean sus propósitos, siempre genera una controversia y es bueno que así sea. Sin embargo, la perspectiva desde la que se narra el conflicto consigue perfilar un drama humano inusual, capaz de conmover al espectador en más de un sentido.
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  • El cisne negro
    El cisne negro
    Cine & Medios
    El precio de la perfección

    Nina Sayers (Natalie Portman) es una joven y talentosa bailarina de ballet, hambrienta de perfección. Nina baila incluso en sueños y se levanta temprano para practicar, con una disciplina de hierro que le trae no pocos problemas. La piel lacerada por una compulsión nerviosa a rascarse, su nula vida social y sus desórdenes alimenticios son un pequeño precio a pagar por esa perfección que anhela, casi tanto como el lugar central en el cuerpo de baile que dirige Thomas Leroy (Vincent Cassel).
    Cuando la prima ballerina (Winona Ryder) es forzosamente jubilada, por decirlo delicadamente, Nina es la primera candidata para ocupar el puesto. El problema es que Leroy la considera poco adecuada para el papel central de "El lago de los Cisnes", ya que su performance como Odette, la Reina Cisne, es impecable... pero cuando debe transformarse en Odette, el Cisne Negro y su propia contraparte, su falta de nervio y pasión dejan disconformes al director.
    La presión de una madre absorbente y posesiva (Barbara Hershey en un rol secundario pero poderoso), la irrupción de una posible rival, Lily (Mila Kunis) y su propia obsesión esquizoide hacen que a poco tiempo de empezados los ensayos Nina comience a experimentar una serie de déja vu, extrañas visiones y pesadillas de todo calibre. Consumida por su anhelo de gloria, la aniñada bailarina pronto sentirá que ni su cuerpo ni su alma le pertenecen del todo, sino que hay en ella una fuerza de la naturaleza imparable y rabiosa, que busca abrirse camino a cualquier precio.
    Se ha dicho de esta película que es, junto a "El luchador", la mejor obra de Darren Aronofsky. Es difícil, con este precedente, sentarse a mirar "El cisne negro" sin expectativas, más cuando las anteriores películas del director han generado comentarios apasionados de todo tipo, en contra y a favor. Sin embargo, desde la secuencia introductoria con el sueño de Nina, queda claro que las controversias se pueden dejar de lado para sentarse a disfrutar de una película. Grande, pequeña, buena o mala, pero una película con mayúsculas. El tablero de juego se dispone con mucha rapidez, y una vez presentados semejantes personajes es fácil imaginarse que el producto final será un filme digno de ser encuadrado en lo que vulgarmente conocemos como séptimo arte.
    Pequeña obra maestra, gran compendio de notables interpretaciones y sobre todo, enorme estudio sobre la obsesión femenina, la historia de Nina Sayers atrapa al espectador y lo va sumergiendo paulatinamente en una danza feroz cuya apoteosis puede entreverse apenas, pero que lo eludirá hasta el clímax final.
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  • El discurso del rey
    El discurso del rey
    Cine & Medios
    El amigo del rey

    No hay nada peor para un hombre tranquilo que estar en el mejor momento de su vida personal y familiar, y que le carguen de golpe y porrazo con la responsabilidad de volverse un hombre público, un símbolo y un adalid para la nación más poderosa de la Tierra. Eso es lo que le pasa a Albert, "Bertie" (Colin Firth), segundo hijo varón de Jorge V de Inglaterra y, por ende, segundo en la línea de sucesión al trono. Aunque neuróticamente se niega a admitirlo, Bertie se la ve venir. Su hermano David (Guy Pearce), que a la muerte de su padre asume el trono como Eduardo VIII, está llevando a Gran Bretaña por una senda caótica de desgobierno, absorto como está en su relación con la divorciada Wallis Simpson. Esta situación no sólo escandaliza a la familia sino que puede convertirse en un grave escollo para la política interior y exterior del Imperio.
    Bertie sufre un trastorno del habla desde la infancia, y su esposa Elizabeth (Helena Bonham-Carter) se ha desvivido no sólo por ser una compañera digna y leal, sino por buscarle una cura. Agotado cada recurso, sólo queda acudir al excéntrico terapeuta del lenguaje Lionel Logue (Geoffrey Rush), un ex actor sumamente desenvuelto y poco ortodoxo que, casi sin quererlo, se volverá una persona imprescindible para el futuro rey de Inglaterra. Máxime cuando éste debe enfrentarse al mayor desafío: llevar tranquilidad a una nación a punto de entrar en guerra con la Alemania de Hitler.
    Colin Firth no sólo compone un cuidadoso y creíble retrato del rey Jorge VI, excepcional en cada aparición en pantalla y figura indiscutible de la trama; también se entrega totalmente a su rol, emparejando a un dignísimo Geoffrey Rush que está más cómodo que nunca en un rol a su medida. Esta dupla de intérpretes parece haber sido destinada a este momento, a encontrarse en la pantalla para deslumbrar al público predispuesto... y también al público reluctante.
    La evolución de Bertie, su relación con Logue, el dinamismo de la narración y una sutil nota de humor a cuenta de la historia (pequeñas licencias que potencian el relato) son el corazón de una película cuyo punto de partida es el vasto mundo de las relaciones familiares y políticas dentro de la realeza, y que termina por enfocarse en el sencillo aunque complejo mundo interior de un hombre que sólo busca la tranquilidad, y poder encontrar su propia voz.
    Con innegable cualidad, excelente puesta en escena y un elenco de primera línea que acompaña al dúo protagónico, Tom Hooper se consolida como joven director de prestigio en esta dignísima y peligrosa candidata al Oscar, que hará temblar a más de un "número puesto".
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  • Somewhere - En un lugar del corazón
    Algún lugar, cualquier lugar

    El taquillero y ascendente actor norteamericano Johnny Marco (Stephen Dorff) lleva una vida algo nómade desde que saltó a la fama como protagonista de filmes de acción. Vive en un hotel de Los Angeles y maneja una Ferrari, tiene a las mujeres que se le antojen y fiesta día de por medio si es que le place. Pero la mayor parte del tiempo está solo y en silencio, perdido en un vacío que el éxito no llena.
    Por circunstancias inusuales, queda a cargo de su hija Cleo (Elle Fanning), una madura púber de once años con inquietudes artísticas y un temperamento tranquilo y reservado que parece calcado del suyo propio. Johnny y su hija comparten una conexión de pocas palabras, una afinidad quieta, natural, que los hace sentirse cómodos en compañía. Juntos, padre e hija disfrutarán de los privilegios de la vida de estrellas, mientras Johnny intenta recuperar el tiempo perdido acompañando a Cleo en sus actividades. La epifanía está allí mismo, en esos momentos fugaces; en los lugares más inesperados, la respuesta que el actor busca desde hace tiempo sobre su propia existencia.
    Los actores están impecables en sus roles, destacándose la pequeña Elle Fanning (hermana de la más conocida Dakota) cuyo trabajo excede las expectativas que podría haber sobre el personaje. Debe tenerse en cuenta que la historia que se narra hace más hincapié en lo visual que en los diálogos, y en este sentido cada miembro del elenco cumple. Las escenas de pole dancing que un par de gemelas realizan en la habitación del protagonista son tan forzadas e incómodas como se pretende transmitir; el vacío emocional de la vida de Johnny Marco no necesita demasiada apoyatura en las palabras. Tampoco los momentos de paz y plenitud que permiten a la historia volverse "respirable".
    Hay similitudes notables entre el registro de "Somewhere..." y el de "Perdidos en Tokio", filme de inmediata referencia de la directora y escritora. De hecho, la secuencia de premios en la televisión italiana remite inconfundiblemente a la escena en la que Bill Murray se sometía a los caprichos de un conductor televisivo japonés. La misma perplejidad del actor internacional frente a las costumbres vernáculas de un país que le resulta extraño y al que sólo visita por conveniencia, no por goce personal. Este tipo de autorreferencias no es extraño en Coppola, pero para quien se habituó a su cine puede resultar irritante; en todo caso, la trama no necesita de esos guiños, no suman a la historia ni generan un plus de empatía en el público.
    Salvando las recurrencias, este regreso de Sofia Coppola a lo mejor de su cine (esa perspectiva íntima, absorbente y preciosa del mundo cotidiano de sus personajes) resulta no sólo una propuesta interesante e imprescindible, sino un verdadero remanso en una pantalla veraniega que por momentos parece retraerse únicamente a los géneros de animación y de acción clásicos. Un drama entrañable, plausible de ser apreciado por espectadores ávidos de buen cine.
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  • La epidemia
    La epidemia
    Cine & Medios
    El pueblo se volvió loco

    En la tranquila localidad de Ogden Marsh, en la zona agrícola de EE.UU., un día rutinario y tranquilo se convierte en pesadilla cuando el sheriff local, David Dutton (Timothy Olyphant) mata en defensa propia a un vecino y granjero extrañamente perturbado. Esta muerte es el primer paso de una reacción en cadena: pronto aparecen nuevos casos de pobladores mentalmente afectados y en cuestión de horas, Ogden Marsh se encuentra rodeado por un cordón sanitario gubernamental, su población separada en "contaminados" y "no contaminados".
    Sospechando que se lleva adelante algo más que un plan de contención, el sheriff decide abandonar el poblado, no sin antes rescatar a su esposa embarazada, Judy (Radha Mitchell), que para más detalles es la médica del pueblo. Junto a su alguacil Rusell (Joe Anderson) buscan la forma de salir de ese lugar de pesadilla, donde los contagiados comienzan a tomar el control y amenazan expandir la infección a otros condados.
    Con producción de George Romero, y basada bastante libremente en una de sus películas anteriores, esta cinta propone un thriller bastante soso donde los zombies (en una de sus múltiples formas: la de infectados de rabia, mucho mejor planteada desde que Danny Boyle filmó "Exterminio") son gente enferma que enloquece y mata sin motivo, poseída por una suerte de demencia que los brutaliza sin que lleguen a perder un cierto estado consciente.
    Sacando los clásicos golpes de efecto y la rapidez con que se producen los distintos eventos que llevan a la debacle, "La epidemia" es un filme con más altos que bajos, que retiene escasamente el interés del espectador y, sin llegar a ser malo, resulta flojo y predecible en su propuesta.
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  • El ilusionista
    El ilusionista
    Cine & Medios
    Quedan los artistas

    El gran Tatischeff ha visto tiempos mejores. Hacia los años ´60, con el declive de un estilo de vida y de la costumbre del asombro, comienza a advertir que se hace muy difícil la supervivencia de su arte. Tatischeff sabe cómo deslumbrar a los niños, a los simples, e incluso a un público nuevo en un pueblito aislado, pero es rechazado de manera más o menos rápida en las grandes ciudades.
    Es justamente en un pueblo escocés donde conoce a Alice, una adolescente que termina yéndose con él de viaje y poniéndose bajo su cuidado como si fuera la cosa más natural del mundo. Alice está convencida de que Tatischeff es capaz de materializar dinero, pares de zapatos, comida o un abrigo de la mismísima nada. Para el veterano prestidigitador se vuelve una auténtica prueba de entereza mantener la ilusión de Alice y, al mismo tiempo, conseguir trabajo para comprar todas esas cosas que ella, una joven pobre e impresionable, admira con deseo en cada escaparate de Edimburgo.
    Con una resignación estoica y un sentido de la rectitud muy personales, Tatischeff se vuelve querible no sólo para quienes se cruzan en su camino a lo largo del viaje por Francia y el Reino Unido, sino para el espectador. Es que, finalmente, es el espectador quien será capaz de apreciar todos los guiños a Mr Hulot y al propio Jacques Tati, creador de aquel entrañable personaje cinematográfico, y de la historia que aquí adapta con maravilloso pulso el realizador Sylvain Chomet.
    Chomet y su equipo de animación vuelven a demostrar en este filme una calidad extraordinaria. Ya que, como sucedía en el largometraje "Las trillizas de Belleville", los diálogos son escasos o nulos, con una mezcla enrevesada de idiomas que no confunde al espectador porque las imágenes y la música son lo suficientemente elocuentes para transmitir conceptos, emociones y actitudes. No es un trabajo fácil, pero lo consiguen de manera natural y deslumbrante, como si el cuento no pudiera ser relatado de ninguna otra manera.
    Salvando alguna morosidad en el inicio de la trama, el filme discurre de forma bastante ágil, interesante, sobre todo, por la construcción hiperbólica aunque humana de los diferentes personajes centrales (Tatischeff y Alice) y secundarios (el ventrílocuo, el payaso triste, el escocés borracho y el representante del mago, entre otros). A medida que avanzan los minutos, la sensación de melancolía y fatalidad se adueña de la pantalla; se vuelve, por momentos, no apta para demasiado sensibles. Como sea , "El ilusionista" consigue transmitir un mensaje de esperanza, fundada en la capacidad que tienen los auténticos artistas (esa maravillosa especie en riesgo) para reinventarse y surgir nuevamente de sus propias cenizas.
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  • Personalidad múltiple
    Ese extraño e inquietante conocido

    Jessica (Sarah Michelle Gellar) es una mujer afortunada. Con su carrera profesional en continuo progreso y un matrimonio maravilloso, es la envidia de sus amigos y conocidos. Incluso es la envidia de su cuñado Roman (Lee Pace), un hombre violento y siniestro que habita en la misma casa con Jess y su hermano Ryan (Michael Landes), que pese al vínculo fraternal es el opuesto exacto de Roman. Sensitivo y romántico, Ryan no ha dejado faltar ni un solo día los gestos de amor a su mujer, que pese a la incómoda presencia de Roman sólo puede sentir gratitud hacia la vida.
    Pero todo cambia el día en que un accidente inesperado termina con los dos hermanos, Ryan y Roman, en estado de coma. Devastada, Jess debe sobreponerse a la tragedia y a la sensación de incertidumbre: es muy posible que ninguno de los dos sobreviva. Sin embargo, meses después del accidente, Roman despierta y comienza a comportarse de forma extraña. Desconoce su propia historia y afirma que sus recuerdos corresponden a los de Ryan; incluso su trato hacia Jess es diferente. A partir de ese momento, la joven comienza a transitar un camino tortuoso para adaptarse a la presencia física del cuñado tan temido, a la par que éste demuestra día a día no ser quien parece ser. ¿Habrá posibilidades para la supervivencia de un amor como el de Jess y Ryan en estas circunstancias?
    No es de extrañar que en su país de origen, y pese a que Sarah Michelle Gellar ha sabido convocar público, esta cinta haya pasado directamente a DVD sin estreno comercial. La dupla Bergvall-Sandquist ofrece una película morosa, de buena factura y promisoria en cuanto a lo técnico, pero cuyo guión previsible, por momentos fallido, no llega a interesar ni dentro del género ni por fuera de él. No hay actuaciones sobresalientes ni puntos cercanos al clímax, ni espacios para que el espectador se sorprenda. O sea: falta prácticamente todo lo que hace a una buena cinta de suspenso.
    Por su giro en el último tramo de la historia, se podría comparar en cierto modo a "Premonición", cinta de suspenso (aquí vendida también de forma errónea como "thriller") protagonizada por Sandra Bullock y Julian McMahon. También, al igual que esta última, se habla de un final alternativo (posiblemente se pueda hallar en el DVD). Pero resulta difícil imaginar que otro cierre pudiera levantar un poco este filme técnicamente correcto, y aún así, irremisiblemente ordinario.
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  • Cazador de demonios: Solomon Kane
    A la caza de un público esquivo

    Hubo un tiempo en que el capitán Solomon Kane (James Purefoy) era un implacable mercenario, entrando a sangre y fuego en nombre de Inglaterra. Un auténtico asesino que no vacilaba en saquear y devastar, usando a su bandera como estandarte de muerte. Pero esto cambió el día en que su ejército fue diezmado y su alma víctima de una maldición demoníaca, que lo forzó a tomar el camino de la paz y la rectitud.
    De regreso en su país y sin atreverse a regresar a la casa paterna, de la que se exilió voluntariamente cuando adolescente, se cruza en el camino de una familia de cuáqueros que esperan viajar a América. Uniéndose a ellos para reforzar su cambio de conducta y de vida, Kane no tarda en ser alcanzado por un siniestro ejército que, persiguiendo su alma y un oscuro propósito, devastan a la familia que le alberga y secuestran a la hija (Rachel Hurd Wood). Atormentado, se propone salvar a la joven aunque le cueste dar su vida y resolver el enigma detrás de las fuerzas demoníacas que asolan la región.
    Con el estreno tardío de "Cazador de demonios" se prefigura ya el apático cierre de un año que ha tenido pobres exponentes en lo tocante a la acción comiquera. Esta cinta no será la excepción. Con atractivos escenarios, efectos especiales y fotografía, busca compensar un guión bastante endeble e insulso: la falta de nombres de fuste en el reparto no ayuda en ese sentido. En su favor, se podría decir que la hora y media, poco más, que la compone, se pasa bastante rápido gracias a la agilidad del relato.
    En síntesis, se trata de un producto pensado y diseñado para entretener a un público acostumbrado a la mitología rimbombante con estética comic, predigerida y sobreexplicada propia de estos tiempos donde el mainstream es ley. Pero como producto se revela insuficiente, dada la poca consistencia de una trama que abreva de diversas fuentes ya explotadas. Salvo los breves momentos de tensión y los clímax (sí, hay más de uno) dramáticos, no existe en este filme originalidad alguna.
    Al menos los actores se esfuerzan por ponerle un poco de esfuerzo a situaciones y diálogos que no tienen mucho brillo. Si no fuera por esto, se podría creer que estamos frente a un filme de la más rancia e ilustre clase B.
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  • Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte 1
    Se avecina la tormenta...

    El Ministerio de Magia ha caído. Con Harry Potter (Daniel Radcliffe) en la mira de Lord Voldemort (Ralph Fiennes), ningún lugar es seguro para él, su familia muggle o sus amigos. Harry, Ron (Rupert Grint) y Hermione (Emma Watson) deberán emprender en solitario un viaje casi a ciegas para encontrar, reunir y destruir los horcruxes que el Señor Tenebroso creó para preservar todo su poder. Saben que si él los encuentra primero, se volverá prácticamente invencible. Mientras buscan, se topan accidentalmente con un extraño símbolo que se repite en distintas latitudes y objetos. Pronto sabrán que su significado está ligado de manera misteriosa al propósito final de Voldemort: apoderarse del mundo y gobernarlo mediante la magia, sometiendo a cualquier no-mago o mestizo a la esclavitud, tortura y muerte.
    Más oscura, más tortuosa y menos ingenua que nunca, regresa la franquicia que más público había logrado reunir en los últimos diez años. Viene para despedirse: sus personajes ya alcanzaron una madurez extra-adolescente, y si bien hasta el momento apenas incursionaron en tibios romances que no llegan a calentar pantalla, su crecimiento es palpable y juega en contra del verosímil.
    Ante todo, hay que dejar bien claro que es casi imposible plasmar en un filme estándar de dos horas y media todo lo que J. K. Rowling dejó sin aclarar en los seis libros previos y que se resume bastante ajustadamente en la séptima entrega. El despliegue visual y el timing del celuloide se suman en este caso a la necesidad del mercado para que el último volumen de la historia del mago infanto-adolescente llegue a la pantalla grande como dos películas en lugar de una sola. Como toda decisión de este calibre, tiene sus pros y contras a la hora de un balance final. También es sumamente difícil evaluar una historia que no concluye en el último cuadro del metraje, sino que continúa de aquí a algunos meses más.
    Como sea, hay que destacar que a nivel cinematográfico las películas de Harry Potter han sabido evolucionar junto a su público. Quizá tenga que ver con el hecho de que su autora tuvo el ¿acierto? de ajustar los volúmenes venideros (del 4 al 6) en función de las películas que se iban filmando y estrenando año a año. Quizá. Es innegable que la tónica de rotación de directores se agotó en la cuarta entrega con Mike Newell, y la irrupción de David Yates ancló con bastante solidez una franquicia que tambaleaba. Esto trajo algunos pros y contras, a saber: lo que director y guionista no consiguen cambiar para su mejor comprensión audiovisual, lo omiten.
    Esto se percibe de manera muy marcada en lo tocante a los personajes secundarios, algunos extremadamente valiosos para el interés de la trama, cuya participación va declinando con el correr de los filmes en detrimento de una mayor presencia del trío protagónico. Sin ir más lejos, lo que diferencia significativamente a "Las reliquias de la muerte" de sus predecesoras. Algunas transiciones no se explican (la aparición y desaparición sin mayores explicaciones de algunos de los integrantes de la numerosa familia Weasley es un buen punto), se pierden inevitablemente y por acción del tiempo las referencias a los filmes anteriores (fundamentales para comprender cuáles van a ser los cabos a atar en esta última entrega). Estos dos indicios resumen por qué esta última película es la más fallida de todas en cuanto unidad narrativa, ya que cuanto más se ata al libro, pierde su cualidad de subsistir independientemente de la estructura general. No se puede decir que no haya sido una circunstancia largamente anunciada, pero al menos hasta la cuarta película había una posibilidad de análisis individual de cada filme.
    Salvando estos detalles, se trata de un filme que cinematográficamente, desde lo narrativo y el tratamiento argumental, se impone a la última entrega aproximándose a la calidad que el director ya había conseguido en "Harry Potter y la Orden del Fénix". Afortunadamente, en esta ocasión David Yates cuenta con una mejor puntería por parte de Steve Kloves para llegar a arañar la calidad de la quinta entrega de la saga. Es de esperar un final por todo lo alto, si se mantiene esta calidad y el ritmo de los últimos treinta minutos. Hasta entonces, se puede considerar con reservas el producto terminado ya que en esta cinta, a diferencia de sus predecesoras, los clímax están demasiado medidos para considerarlos efectivos.
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  • Agora
    Agora
    Cine & Medios
    Elogio de la mujer fuerte

    Hipatia (Rachel Weisz) es la única hija de un filósofo y enseña en el Serapeo de la legendaria Alejandría a un grupo selecto de jóvenes aristócratas romanos. Fiel a su instinto de cuestionarlo todo, es testigo privilegiada y casi inmutable de una época de cambios: la histórica ciudad egipcia se debate en virulentas contiendas relgiosas entre paganos, judíos y el floreciente cristianismo. Nada de esto aparta jamás a esta tenaz mujer de sus convicciones ni de la finalidad última de su existencia: rebatir el paradigma ptolomeico que explica el comportamiento del sol, la Tierra y los planetas, llamados "errantes" en aquel momento del tiempo.
    Dos hombres de su entorno más cercano la pretenden. Uno de ellos, Orestes (Oscar Isaac) es un joven alumno, pragmático y destinado a convertirse en figura prominente de la política local. Otro es su esclavo, Davos (Max Minghella), condenado a verla y escucharla todos los días sin poder abandonar su condición vil. Cuando los cristianos toman por asalto la ciudad, al sentirse provocados, Davos obedece al llamado de la nueva fe con la esperanza de ganar su libertad y se vuelve contra todo aquello que conoció desde la cuna. Sobreviene la inevitable debacle: los paganos deben sufrir el asedio y destrucción del Serapeo, e Hipatia, desterrada de sus ámbitos amados, continúa enseñando en su propia casa y desarrollando ideas que el floreciente régimen político, preñado de cristanismo, considera blasfemas y peligrosas.
    A la manera del "Alexander" de Oliver Stone (pero lejos de sus pretensiones solemnes y con mucha más onda), Alejandro Amenábar toma un episodio histórico y con muchísimas licencias, lo convierte en una excusa para relatar la vida de Hipatia, filósofa alejandrina del siglo IV que se destacó por sus ideas radicales en geometría y astronomía, y por la extrema libertad con la que se permitió vivir en un tiempo donde la libertad de pensamientos era nominal, protocolar.
    Más allá de los efectismos y las obviedades que son funcionales a la historia que se presenta, la actuación de Rachel Weisz (no por nada el peso del filme recae sobre ella) consigue momentos conmovedores . No es el mejor trabajo de Amenábar, y si tenemos en cuenta de la magnitud de la producción que encara aquí podríamos hablar de su primer fallido funcional. Sin embargo, la tensión narrativa y lo ajustado de las transiciones hacen de este filme una buena opción, sino la mejor, entre los estrenos de la semana.
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  • Red social
    Red social
    Cine & Medios
    Pobre niño nerd

    Chico universitario (Jesse Eisenberg) conversa con su chica (Rooney Mara) en uno de los bares cercanos a Harvard. La incontinencia verbal del muchacho es notable y lleva a una ruptura inesperada con su novia. Herido por la situación, chico vuelve a su dormitorio y publica algunas entradas ofensivas en su blog, pero no queda conforme. En cuestión de horas, pone en línea una web donde se comparan fotos de las chicas de Harvard, sacadas de los sistemas de la misma Universidad, y la red se colapsa. Tras el escándalo, su nombre trasciende rápidamente el entorno de profesores y se convierte en el blanco del repudio femenino.
    Chico universitario es Mark Zuckerberg, y su obsesión con la vida social de la Universidad es directamente proporcional a su incapacidad de relacionarse. Unos pocos años después del incidente, se enfrenta a dos demandas millonarias simultáneas: la de su otrora mejor amigo, Eduardo Saverin (Andrew Garfield) y la de los gemelos Winklevoss (ambos interpretados por Armie Hammer). Las dos partes reclaman su parte en un negocio millonario: nada menos que la red social Facebook, la de mayor crecimiento en la historia de los mass media. Pero Mark, que no ha cambiado su forma de actuar, vestirse ni relacionarse, está dispuesto a defender su obra con tenacidad. La red social es su vida, y está claro que por ella no le importa renunciar prácticamente a nada: algunos millones, algunos amigos, la simpatía de abogados y colegas.
    El realizador David Fincher se resarce con bastante éxito de su fiasco oscarizable anterior. Esto es posible gracias a la asistencia de un guionista habituado a la intriga poco clásica y una historia de interés, actual, en la que puede lucirse con lo que mejor maneja: dirección de actores, construcción de un esquema narrativo poco convencional, jugando con la simultaneidad. Además, retoma la sana costumbre de la agilidad narrativa: el espectador de "La red social" puede ignorarlo todo sobre Facebook (todo, excepto el enorme fenómeno social que constituye) y aún así engancharse naturalmente con una historia que, si bien funciona como ficcionalización de la realidad, no pierde un ápice de su potencia humana.
    Cuenta también con una buena dupla actoral, los jóvenes Jesse Eisenberg y Andrew Garfield (a quien vimos foguearse con un inusual Terry Gilliam en "El imaginario del doctor Parnassus"), destacándose con creces el primero. Eisenberg viene demostrando desde "Historias de familia" su calidad como actor más allá del indie, y su capacidad de meterse en el papel del outsider sin caer en clichés.
    La figura de Mark Zuckerberg, el joven creador de Facebook, resultará controversial aún después de ver esta película, porque no es la intención - al menos, no evidente - de sus responsables la promoción de un fenómeno que no la necesita, ni la reivindicación de las conductas de quien hizo este fenómeno posible. Con la suficiente objetividad para no volverse referente documental y su indiscutible arte para la ficción, Fincher ofrece una película de corte sociológico como una mirada si no original, esclarecedora. Es una pena que en los últimos cinco minutos se simplifique el planteo con una suerte de toma de posición falsa. No hacía falta.
    Nuestra calificación: Esta película justifica el 80% del valor de una entrada
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  • Mi familia
    Mi familia
    Cine & Medios
    Familia muy normal, conflictos muy actuales

    Hace dos décadas que las atractivas y a su modo exitosas Nic (Anette Benning) y Jules (Julianne Moore) conformaron una verdadera familia. Se aman, se respetan y llevan adelante con bastante éxito a sus dos hijos, Joni (Mia Wasikowska) y Laser (Josh Hutcherson), concebidos gracias a la inseminación artificial. Con sus conflictos y sus lucimientos personales, los adolescentes aportan a sus madres la misma alegría, las mismas preocupaciones que cualquier otro chico de su edad.
    Pero a la inteligente Joni no se le ocurre mejor idea que, cumplidos los dieciocho años, emprender la búsqueda del padre biológico. Y en este predicamento logra dar con Paul (Mark Ruffalo), dueño de un restaurante y de una personalidad jovial, peligrosamente encantadora. Cuando este nuevo elemento se incorpora paulatinamente a la familia, comienzan otro tipo de problemas, absolutamente inesperados, que ponen a prueba el delicado equilibrio de esa estructura práctico-afectiva.
    Más allá de las críticas que podrían realizarse basadas en cuestionamientos a la elección de los conflictos y el choque con lo que las premisas parecen prometer (palabra clave: parecen), lo relevante en términos cinematográficos es la forma en que la directora Lisa Cholodenko presenta estos conflictos. Nada menos que poniendo de relieve que cualquier familia es permeable a cualquier tipo de situación que involucre su condición de ser humanos: la inmadurez emocional, la traición, el desgaste, la desilusión.
    En este sentido, basándose en un guión sólido y en las muy buenas actuaciones de todo el elenco (particularmente el trío protagónico: Moore, Benning y Ruffalo), podemos sostener que estamos frente al primer producto cinematográfico de alcance masivo que pone sobre el tapete una realidad que hasta ahora no fue develada en la pantalla desde el ángulo que propone Cholodenko. Las familias disfuncionales no se limitan a una estructura tradicional, y está bien que así se muestre, sobre todo en momentos donde la familia de padres del mismo sexo se encuentra en el momento clave de su reconocimiento por la ley, no sólo de hecho.
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  • El descenso 2
    El descenso 2
    Cine & Medios
    Mejor quedarse arriba

    Sarah (Shauna MacDonald) ha sobrevivido al infierno bajo tierra. Contra toda expectativa y en un fuerte estado de shock, emerge de las cuevas de los Apalaches que se tragaron a sus compañeras de excursión con la mente en blanco y su estado mental aún más alterado que cuando bajó. En la superficie, un equipo de rescate lleva tres días buscando al contingente de aventureras, y el jefe de la policía local no quiere perderse la única posibilidad de quedar bien con la prensa: apenas Sarah puede tenerse en pie, la saca del hospital y vuelve a meterla en las cuevas de las que apenas escapó con vida.
    Por supuesto, a diferencia de "El Descenso" (un tour de force del realizador Neil Marshall, relegado en esta ocasión al rol de productor / consultor) esta secuela profundiza en todo aquello que el cine de terror tiene de cliché en lugar de quedarse con lo novedoso. Las secuencias claustrofóbicas que en aquella ocasión funcionaron dándole al filme el condimento de thriller, son desaprovechadas en su potencial y se vuelven una excusa más para el gore, que (también a diferencia de la primera vez) está presente desde el primer momento.
    Asimismo, queda bastante más de relieve la cualidad poco aterradora de los crawlers, las inquietantes criaturas ciegas y voraces que habitan este inframundo. Su presencia es menos atemorizante cuanto más obvia, ya que su mayor ganancia estaba dada por la ominosidad con que sabían ocultarse y no en su aspecto o sus reacciones frente a cámara.
    En cuanto al guión, queda claro que es una propuesta mucho más previsible, sin la profundidad que caracterizaba a los personajes en la cinta original, sus historias y motivaciones totalmente fuera de la trama. Aquí el elemento humano (representado por los policías y el equipo de rescate) queda reducido al precepto fundacional del género: todos carne de cañón, con mínimas y obvias excepciones. Y en este caso, el elemento híbrido, disruptivo, representado por Sarah "la que fue y volvió", se limita a cumplir una función específica sin llegar a aportar el elemento de interés que la volviera figura central en la propuesta de Marshall.
    Sí, continúan los golpes de efecto visuales y sonoros; sí, hay un elemento fuertemente emotivo que acicatea la supervivencia (la hija de la mujer policía), pero lejos de la calidad psicológica y más cerca del alimento primigenio del morbo. En síntesis, una floja propuesta para sobresaltarse y poco más, dirigida por el responsable de "Eden Lake", una también fallida cinta que se perfilaba rupturista y original aunque resultó decepcionando.
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  • El Rati Horror Show
    El Rati Horror Show
    Cine & Medios
    Matar es fácil

    Había una vez un país donde la corrupción llegaba desde el eslabón más ínfimo hasta las cúpulas aparentemente más inalcanzables de los tres poderes. Lo triste de este país es que en su tradición comunicacional existieron no pocos documentalistas con la capacidad de revelarle a los más chicatos las cosas que pasaban tras bambalinas, pero se fueron quedando mudos o ciegos a su vez (muchos de ellos ni siquiera por propia voluntad). Los pocos que aparecieron post-dictadura, no llegaban a gritar lo suficientemente alto. Es muy raro que en la televisión o en los cines un buen documental argentino funcione de esta forma, a la vieja usanza: para despertar conciencias. Algo pasó a finales del siglo XX y una voz se coló por la rendija del bienpensar promedio para decir en voz alta lo que los noticieros no. Primero, con el caso del vuelo 3142 de LAPA, y luego con los manejos escandalosos de la Fuerza Aérea en la aeronavegación civil argentina.
    En esta ocasión, el ex piloto, actor, director y productor Enrique Piñeyro se adentra en la causa judicial que llevó a un hombre de familia, sin antecedentes penales, a la cárcel con una condena de 30 años... todo, por un delito que no cometió. Es tan obsceno el manejo que la policía y la Justicia hacen de la causa mediáticamente llamada "masacre de Pompeya" que las variantes a explorar son tan numerosas como lo posibilite el material disponible. Que es mucho, y que Piñeyro sabe ensamblar de forma implacable para causar el mayor impacto en su espectador.
    La mayor ventaja de Piñeyro posiblemente reside en su capacidad de convocatoria (el éxito de sus dos filmes previos lo avala) y en los medios que puede movilizar cada vez que estrena una nueva cinta. Independientemente de esto, ofrece en cada ocasión un producto de calidad, ambicioso y sumamente didáctico, profusamente respaldado y de exhaustiva realización. Sumando todas las variables, se podría concluir que en su historial como realizador y productor está contenido el germen de un nuevo tipo de documental, una suerte de lado B de los noticieros, o dicho de otro modo: una mirada lateral a esas noticias que nadie se preocupa por seguir, por mantener en una agenda caliente.
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  • El hombre de al lado
    El ojo que nos mira y el ojo que no ve

    Leonardo (Rafael Spregelburd) está en la cima de su carrera: es un diseñador exitoso, un docente admirado y temido por sus alumnos y un hombre de familia bien, tranquilo, snob. Hasta se da el gusto de habitar la única casa que Le Corbussier hizo en Argentina, una maravilla arquitectónica, baluarte de un barrio de la ciudad de La Plata. Todo marcha bastante bien, hasta que un día los martillazos en la medianera lo sacan de su eje para ponerlo frente a un vecino al que recién presta atención. Víctor (Daniel Aráoz), reducidor o vendedor de autos usados - nunca se aclara bien este punto en la película- clama su derecho a "unos rayitos de sol", su pertenencia desde siempre al barrio, su intención de buena vecindad con Leonardo. Pero desde ese momento, será un elemento disruptivo en la vida del apacible y neurótico diseñador-arquitecto.
    Al mismo tiempo que comienza a conocer y a relacionarse con Víctor (muy a su pesar, está claro), Leonardo devela poco a poco los rasgos más enfermizos de su personalidad. Entre sus familiares y amigos, se burla de ese vecino al que no es capaz de enfrentar con la mínima valentía cuando le toca hacerlo. Con el correr de los días, el mal dormir y la tensión se apoderan de toda esta vida aparentemente perfecta que Leonardo cree vivir, mientras el vecino atraviesa su propia existencia con una placidez y verborragia exentas de todo filtro. A través de las ventanas enfrentadas y separadas por un metro escaso de distancia, transcurren como en un escenario los conflictos (algunos soterrados, otros explícitos) de dos individuos destinados a no comprenderse del todo.
    Con un sólido guión de Andrés Duprat, excelentes actuaciones por parte de todo el elenco y sobresalientes en el caso de los protagónicos, más una puesta en escena y edición que sintetizan lo mejor del cine nacional de la última década, "El hombre de al lado" tiene todo para cautivar al espectador exigente, tanto como al iniciático.
    Lo único que podría llegar a restar en esta trama es la morosidad de algunas escenas y la escasa tensión de los últimos minutos, aunque sobre el final el clímax se viene encima del espectador casi sin previo aviso, de la forma más inesperada posible. El ante último plano largo es una maravilla de síntesis y conclusión para los dos personajes centrales.
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  • El encanto del erizo
    Saliendo de la pecera

    En el mundo de Paloma Josse (Garance Le Guillermic), los días son rutinarios y grises y las personas que la rodean, peces en una pecera. Destinada a repetir una y otra vez la chatura de una vida que siente pre-escrita, decide realizar su "ascenso al Everest": una película que englobe los últimos días de su vida, ya que ha decidido suicidarse el día de su cumpleaños número doce. Sí: Paloma es una niña, pero una niña brillante que se siente permanentemente fuera de estructura. Sin embargo, está a punto de conocer a dos personas que pueden cambiar esta visión del mundo, entregándole una perspectiva diferente con la que encarar su vida.
    La portera del edificio de Paloma es una mujer madura, severa y estoica llamada Reneé Michel (Josiane Balasko), que detrás de una fachada de desinterés y abandono personal oculta a una ávida lectora y entusiasta del cine oriental. Ha vivido durante tres décadas en este edificio sin que los vecinos sospechen siquiera del doble fondo de su existencia. Aún así, en una mínima bajada de guardia, el nuevo inquilino (Togo Igawa) le da a entender que ha descubierto su secreto.
    La tríada de personajes centrales es sencilla y eficaz. Por un lado, la niña-genio incomprendida y automarginada, que muestra una cara al mundo . Por el otro, la portera que oculta sus inquietudes culturales y literarias tras una fachada de clichés clasistas. Y en el centro, el flamante vecino del edificio: un exótico millonario oriental, Kakuro Ozu (su apellido remite al mítico realizador de cine), que fungirá como catalizador vehiculizando el encuentro entre estos dos diamantes en bruto. La potencialidad de las relaciones humanas en clave de fábula urbana son el punto fuerte de esta historia, pero cuando la acción abandona a los personajes, la trama se revela superficial e insuficiente.
    Si bien la novela de Muriel Barbery está mucho mejor estructurada a los fines del interés narrativo y las progresiones de los personajes no son tan violentas como puede suceder cuando el formato limita, la adaptación de Mona Achache tiene sus momentos luminosos a tono con el libro. Esto hace que los baches puedan sortearse con bastante éxito a fin de quedarse con un buen producto.
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  • De vuelta a la vida
    De vuelta a la vida
    Cine & Medios
    Manual de supervivencia para el padre solo

    Cuando la vida de Katy (Laura Fraser) se apaga rápida y trágicamente a causa del cáncer, su esposo Joe Warr (Clive Owen), atareado periodista y escritor de deportes debe modificar drásticamente sus actividades y su existencia para afrontar el golpe. Al mismo tiempo debe hacerse cargo de la crianza en solitario de su hijo Artie (Nicholas McAnulty), un niño que procesa a su particular manera la ausencia de su madre y esa presencia entre novedosa y molesta de su padre, antes distante.
    Un poco perdido, Joe transita el duelo con tropiezos. Su primera esposa, además, le envía a su hijo mayor, Harry (George MacKay) a quien no ha visto en años, para unas vacaciones que posiblemente ninguno de los tres olvide. En una casa que se convierte de a poco en un campo de batalla, donde la única disciplina es la diversión y la catarsis, Joe intenta mantener unida a la familia ("somos como Mi Pobre Angelito, sólo que hay tres de nosotros" reflexiona en un momento dado) sin perder la relación cordial que supo cultivar con sus suegros. Al mismo tiempo, intenta un acercamiento entre terapéutico y de aprendizaje con Laura (Emma Booth), madre soltera de la mejor amiga de su hijito. Con tantas variables urgentes en equilibrio, Joe se sentirá muchas veces al borde de un conflicto que, llegado el momento, no sabe si podrá enfrentar.
    Clive Owen lleva adelante un digno rol principal, no exento de algunos clichés. Los hijos están bien representados por los jóvenes actores Anulthy y MacKay, y lo mismo sucede con el resto de las interpretaciones: suficientes, aunque carentes de verdadera profundidad. El guión no tiene mayores tropiezos, pero tampoco momentos particularmente iluminados; se agradece el cuerpeo de guionista y director a los manierismos propios de las adaptaciones de Nicholas Sparks, que tanto tientan en argumentos como éste.
    Con todo, por medio de una brillante ambientación y paisajes que por momentos hacen que el espectador olvide de qué viene la cosa, este drama sentimental tiene lo justo y poco más para conmover y gustar, aunque no llegue a encantar.
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  • London river
    London river
    Cine & Medios
    Llórame un río

    Elizabeth Sommers (Brenda Blethyn), viuda de un marino muerto en la guerra de Malvinas, trabaja incansablemente y casi siempre en soledad en su granja, situada en una de las islas del canal de la Mancha. Una mañana de julio de 2005, la noticia de los atentados terroristas en Londres sacude su mundo. Cuando cae en la cuenta de que su única hija, que reside allí, no le devuelve los llamados, deja su casa y su vida en la isla para ponerse en contacto con ella. En el fondo, Elizabeth está convencida de que la encontrará sana y salva. Pero cuando llega a la casa de Jane se da cuenta que prácticamente no conoce nada de la vida actual de su hija, y la inquietud va en aumento cuando se suma otro factor: Ousmane (Sotigui Kouyaté) el padre del novio musulmán de Jane, toda una novedad para Elizabeth, que es una madre protestante muy tradicionalista.
    Por su extrema y aún así respetuosa sensibilidad, esta cinta de Rachid Bouchareb se posiciona como uno de los más logrados dramas cinematográficos en lo que va del año, muy cerca de la cadencia narrativa de "Goodbye Solo" aunque más eficaz en términos de identificación del espectador por su apelación al criterio de proximidad. La trama se inserta en los sucesos trágicos del subte de Londres, ocurridos en julio de 2005 y que costaron la vida a 56 personas.
    La dupla protagónica se luce de manera sobresaliente, sin sorpresas en el caso de Brenda Blethyn (una madre a la que dan ganas de abrazar y contener pese a que se hace fuerte en la soledad) y con el agradable plus de reencontrar a un intérprete como Sotigui Kouyate ("Negocios entrañables"), en el rol del padre ausente que se redime mediante la búsqueda de un hijo al que no ha visto en años, del que ni siquiera conoce el aspecto actual.
    La mayor virtud del realizador es plasmar con bastante acierto el ambiente inmediatamente posterior a los atentados, los diferentes ámbitos (hospitales, jefatura de policía, el barrio musulmán) y en menor medida la relación titubeante de los personajes protagónicos entre sí. En este punto queda claro que los dos actores se cargan al hombro una trama llena de lugares comunes y algunas secuencias de diálogo un poco inverosímiles o forzadas, lo que aligera notablemente el peso de una trama por momentos abrumadora.
    Las secuencias de inicio y cierre son hermanas en su composición y en el aspecto metafórico y no conviene revelar detalles; baste aclarar que el final tiene una potencia que justifica sobradamente la recomendación para ver este filme.
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  • Chloe
    Chloe
    Cine & Medios
    Lolita a pedido para familias aburridas

    Abrumada por la sospecha de la infidelidad de su marido, David (Liam Neeson), la doctora Catherine Stewart (Julianne Moore) contrata a una joven prostituta, Chloe (Amanda Seyfried) para proponerle un contrato inusual. Mediante Chloe, Catherine pretende de alguna manera tener un cierto control en la vida personal de su marido, aquella que transcurre lejos de su casa. Con los años de rutina matrimonial y familiar David se le ha vuelto en cierto modo un enigma. Lo que Catherine no puede prever de ninguna manera son las consecuencias que este insólito convenio traerá a su mundo privado, y cómo este redescubrimiento de la sexualidad puede enlazarse con la rutina de sus días, poniendo a peligrar la estabilidad aparente de la familia Stewart.
    Con ambientes estudiadamente fríos que por momentos bajan un tanto la exaltada sensualidad de la propuesta, Atom Egoyan retoma la historia que en 2003 llevó al cine Anne Fontaine, "Nathalie X", con la sensual Emmanuelle Béart en el rol que hoy cubre con solvencia Amanda Seyfried. La joven suple con carisma y actitud algunas limitaciones estéticas que la alejan de la arquetípica prostituta aniñada para acercarla a la Lolita de Adrien Lyne. Y en este sentido es una buena co-equiper de la dupla constituída por Liam Neeson y Julianne Moore, destacables en su interpretación, aunque limitados por cuestiones formales propias del guión (algunas situaciones ponen incómodo al espectador y no porque éste sea un efecto buscado, sino más bien por fallas intrínsecas del verosímil, que afectan a la fluidez del relato).
    Hechas las salvedades, se puede tomar en cuenta a esta cinta como un drama erótico estéticamente muy cuidado, con giros interesantes y un elenco acorde. No decepcionará a quienes vayan enganchados con la propuesta del trailer; en los tiempos que corren, eso ya es un avance.
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  • Cinco minutos de gloria
    Cinco minutos de gloria

    Fines de los años ´70. Irlanda se debate en un conflicto ultraviolento que se cobra cada vez más vidas inocentes. La escalada de violencia enfervoriza sobre todo a los jóvenes idealistas, que ante la gratuidad de la muerte responden con más muerte. Uno de estos jóvenes es Alistair, de apenas diecisiete años, ansioso de mostrar su valía ante el líder de su “ejército”. Cuando le proponen un escarmiento a un muchacho de su misma edad, sospechado de simpatizar con el IRA, no duda en convertir el escarmiento en asesinato ejemplificador. Treinta años después, Alistair (Liam Neeson) no puede vivir con la culpa. Expurgó su crimen en la cárcel y al salir se convirtió en un reputado conferencista sobre aquellos años dolorosos y oscuros, ganando fama y simpatías a lo largo de un país que sólo busca la reconciliación.
    Pero Joe (James Nesbitt), hermano menor de la víctima de Alistair, no quiere reconciliación, sino venganza. Ha vivido en la sombra de un dolor inmenso durante treinta años, no sólo por haber sido testigo de la muerte de su hermano, sino culpado obsesivamente por su madre de no haber hecho nada para salvarlo. Como si un preadolescente de treinta kilos hubiera podido contra el fanatismo de Alistair y sus amigos.
    Por eso, cuando una cadena televisiva los invita a un diálogo en cámara donde se reencuentren y puedan hablar del tema, Joe acepta con una sombría determinación en mente. Alistair lo sospecha, pero no puede evitar el encuentro; necesita volver a ver a los ojos de aquel niño y pedirle perdón, aunque no lo obtenga. Los prolegómenos de la puesta en escena de esta reconciliación mediática son el primer escenario de un drama plagado de pequeños clímax y de angustiosas revelaciones personales.
    Reivindicándose de su último fracaso hollywoodense (aquella vergonzosa remake de “Body Snatchers”), el realizador alemán Oliver Hirschbiegel demuestra en pocos minutos cuál es su auténtica cualidad. Partiendo de una anécdota verídica, mínima, de enorme potencia emocional, pasea al espectador por el angustioso mundo interior de dos personajes (asesino y víctima) en un despliegue que demuestra técnica y oficio. Las cámaras pasan de subjetiva a objetiva, de planos de desplazamiento a primeros planos estáticos con verdadero oficio cinematográfico.
    Es sencillo para dos actores de la talla de Liam Neeson y James Nesbitt lucirse en este marco, desplegando los matices de angustia, neurosis, sobrecarga emotiva y parálisis por las que deben atravesar los personajes para deconstruir .
    El final es uno de los más simples y potentes que se han visto en los últimos años. Un filme recomendable, por momentos abrumador y claustrofóbico, con la tensión sostenida, justa, que tienen las historias pequeñas, pero bien contadas.
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  • Mi villano favorito
    Mi villano favorito
    Cine & Medios
    Gruñones, pero felices

    Gru es un supervillano que ha conocido tiempos mejores. Junto a su colega, el doctor Nefario, y su ejército de ayudantes miniatura (de especie desconocida) han ejecutado los mayores delitos y los planes maléficos más osados, pero están en un notable declive debido a la aparición de una nueva generación de villanos, más versátiles en cuanto a tecnología y mucho menos respetuosos de los viejos códigos.
    Enfrentado específicamente a uno de estos nuevos malvados, el joven Vector, Gru concibe un plan: atacar la guarida de su enemigo con la ayuda de tres huérfanas recientemente adoptadas, que venden las galletas preferidas de Vector, y así apoderarse de un rayo reductor que le permitirá robarse la Luna. Nada menos. Pero el plan se verá entorpecido porque estas tres huérfanas descubren en Gru a un padre potencial, y su influencia trae a la vida del villano un inesperado giro.
    Con el aval de Chris Meledandri, que tiene en su haber la producción de las cintas de Blue Sky "La era del hielo", llega este nuevo producto animado que constituye un debut promisorio para este equipo de directores y guionistas. La historia tiene una estructura bastante clásica y sus giros son previsibles, pero tiene momentos muy altos (los recuerdos de Gru y la intervención de su madre como personaje bisagra son un buen ejemplo) y puede convertirse en un buen clásico de estos tiempos 3D.
    A no dudarlo: "Mi villano favorito" y "Toy Story 3" son las películas de animación de esta temporada. Vale la pena verlas en cine y en familia, ya que no subestiman ni al espectador infantil ni al adulto.
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  • Miss Tacuarembó
    Miss Tacuarembó
    Cine & Medios
    Pop, kitsch y sueños de superestrella

    Natalia, niña en Tacuarembó - Uruguay - y adulta en Buenos Aires, siempre ha tenido un sueño estelar. Entusiasta del canto y del baile, su máxima aspiración es llegar a cantar y bailar en televisión, pero a sus treinta años parecen estar cerrándose todas las puertas. Subsiste en la capital argentina gracias a un trabajo deprimente en un bizarro parque de diversiones de temática religiosa. El día que asiste al que decide será su último casting, si bien no lo sabe, es un día muy especial: su pasado y su presente se encontrarán en el momento soñado de su vida.
    El debutante Martín Sastre se las apaña con un guión irreverente y lleno de guiños a la cultura de los ´80 y al pop en una trama que divaga entre el pasado y el presente, con algunos altibajos.
    En el elenco no faltan los lugares comunes (el sempiterno Diego Reinhold como el amigo gay, la utilización de la propia actriz protagónica para encarnar a su némesis) pero también hay guiños acertados (los cameos de Janet Rodríguez, Ale Sergi de Miranda y Graciela Borges). Con un comienzo tibio, un buen desarrollo y un final flojo, esta adaptación de la novela de Dani Umpi no le hace honor a su original. Los actores, especialmente los infantiles, no brillan particularmente ni con naturalidad, a excepción de Oreiro; y si bien la puesta en escena está muy cuidada y se luce desde la fotografía y el trabajo de cámara, no llega a conformar un producto homogéneo.
    En definitiva: Martín Sastre no hace papelones, pero coquetear con lo bizarro requiere de una mano mejor entrenada. Tampoco habrían venido mal mejores efectos especiales; no se debe confundir kitsch con mal hecho. Como comienzo es promisorio, lástima el desperdicio de un material que tenía un mucho mejor potencial cinematográfico.
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  • Shrek para siempre
    Shrek para siempre
    Cine & Medios
    Que vivan felices para siempre, de una vez

    Shrek ha conquistado una vida apacible y rutinaria con su familia. Fiona, sus trillizos, el gato y el burro habitan junto a él la casa del pantano donde lo vimos por primera vez, y todas las noches se reúnen a recordar las viejas aventuras que los llevaron hasta allí. Pero el incorregible ogro no es totalmente feliz. Extraña sus momentos de privacidad, el ocio de la no-paternidad, la falta de ataduras. Extraña el terror que inspiraba a la gente y no termina de habituarse a ser el personaje más popular de Muy, Muy Lejano y aledaños.
    Entonces, aparece un siniestro personaje llamado Rumpelstinskin, experto en trocar vidas por beneficios mediante contratos tramposos. Alguna vez este duende estuvo a punto de hacerse del poder de Muy, Muy Lejano engañando a los padres de Fiona mediante un contrato para liberarla. Como Shrek se adelantó y llegó a salvarla primero, Rumpel se quedó sin el pan y sin la torta... y con un enorme odio hacia el ogro. Por eso, cuando lo ve discutir con Fiona entiende que la oportunidad le toca la puerta y no tardará en hacerse de su confianza, enredándolo en un contrato engañoso que cambiará drásticamente el pasado y el presente de todos sus seres queridos.
    Parece increíble que haya pasado una década desde que este antihéroe verde y grotesco arrasó con las preferencias y simpatías de un público masivo. La irreverencia con que "Shrek" y su cohorte de personajes de fantasía se metieron con los clásicos cuentos de hadas para subvertirlos aparece hoy como un recuerdo muy, muy lejano.
    El humor redundante, los chistes obvios y previsibles y la escasa tensión producida por la repetición de un argumento que fue mucho más eficaz en la segunda entrega (allí, donde habría que haber puesto el freno a tiempo) opacan el notable trabajo de animación que en esta ocasión consigue lucir mucho más que en "Shrek Tercero". El giro producido por el "qué hubiera pasado si..." está muy desaprovechado, justamente porque se pone el foco en las escenas morosas y redundantes cercanas a la tradición Disney y en los chistes viejos (sobre todo los concentrados en la verborragia de Burro) en lugar de aprovechar a construir una nueva historia, algo similar a lo conseguido en la primera parte.
    Todo muy lindo, Shrek y allegados, gracias por la compañía, pero de verdad... ya es suficiente.
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  • El recuento de los daños
    Nada que decir

    Una cámara fija e incómoda en la secuencia inicial. Largos planos desenfocados. Diálogos en apariencia claves para la trama que no se entienden por el mal sonido directo. Estas son algunas de las desprolijidades que resumen con bastante claridad este intento de cinematografía más bien indigno, doblemente decepcionante cuantas más pretensiones de buen cine parece tener.
    Raro en una directora de la talla de Oliveira Cézar, que fue capaz de de alzarse con buenos resultados en filmes anteriores; más que cine comprometido, suena a cine por compromiso. El infaltable argumento troncal que alude a los años de plomo está metido a la fuerza en una trama donde la acción y los momentos más fuertes transcurren en una fábrica a punto de cerrar. Alusiones banales a tragedias griegas anticipan una subtrama aún más forzada (un posible e inconsciente incesto), todo bien regado con planos fijos de situaciones estáticas donde no se luce nada. Ni actores, ni decorados. Sumémosle a esto un leitmotiv al piano cansino, trillado e irritante como única música de acompañamiento a las acciones, y que suena a uñas contra un pizarrón sumado al molesto sonido directo.
    En un momento, al personaje de Eva Bianco se le cuestiona sobre su silencio acerca del hijo apropiado, y ella responde simplemente: “No hay nada que decir”. No parece una frase ociosa, sino toda una definición para una cinta que abunda en planos de un pretendido expresionismo y un mal logrado efecto de cinema verité, pero con un guión tan endeble y carente de interés que vuelve inconexos los segmentos en que se divide el metraje y a sus personajes, insulsos.
    No hay verosímil en las situaciones, ni escenas de riesgo, ni desenvoltura en los actores, a excepción quizá de Marcelo D´Andrea, el único al que se le nota oficio. Con la única y prístina excepción de la escena inicial, un accidente en una ruta desolada (comienzo prometedor que pronto se desinfla), la cinta es un compendio de obviedades encadenadas.
    No hay mucho que agregar. Cuando el planteo de la película necesita ser defendido por sinopsis o spots publicitarios y no queda claro a través de las imágenes o del guión mismo, es indefendible. En cine no existe el “hubiese” y las justificaciones no se filman.
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  • La carretera
    La carretera
    Cine & Medios
    Letanía del hombre que está solo y pelea

    En un mundo devastado por un evento catastrófico del que no hay muchas noticias ni explicaciones, un hombre (Viggo Mortensen) y su hijo (Kodi Smith-McPhee) transitan las carreteras desoladas de un país que ha quedado reducido a cenizas, en busca de la costa. Hace ya mucho tiempo que el hombre olvidó lo que era una existencia feliz, rutinaria, el proyecto de un futuro. Hace apenas unos meses que se ha decidido a caminar para buscarle un futuro a esa criatura a la que a veces trata con cierto desapego, pero que le es animalmente propia, como una extensión de esa antigua vida que se hizo cenizas.
    Fuego, polvo, oscuridad y silencio son los elementos que acompañan a los personajes a lo largo de un camino donde cualquier alteración de la rutina constituye una potencial amenaza. Ante todo, el hombre lucha con sus propios demonios para mantener la cordura y sostener en su hijo el embrión de una cultura que se perdió después del holocausto. Los extraños en el camino pueden ser orates o caníbales, casi sin excepción; la premisa será sobrevivir pero no al costo de perder la propia humanidad. La única salida para una vía cerrada debe ser la muerte. Padre e hijo se han preparado para ese día que esperan que nunca llegue.
    Mortensen confirma que sus nominaciones recientes a diferentes premios no son en vano, en un rol que desafía de una forma compleja su capacidad en tanto él mismo es padre; puede parecer una observación menor, pero si tenemos en cuenta el tono del drama, el argumento y el devenir de los protagonistas, se revela lo más crudo de la historia de Cormac McCarthy como un poderoso motor de evolución y cambio a lo largo de la trama.
    Con una solvente puesta en escena y un par de clímax bien graduados que contribuyen a una visión más amena (recordemos que ante todo se trata de un relato durísimo de supervivencia, que apela a lo más profundo de la conciencia y la ética humanas), el realizador John Hillcoat consigue transmitir al espectador angustia e interés en la medida justa. Hacia la mitad, se pierden los únicos vestigios de efectismo y la historia tiene que sostenerse por la plena labor de los actores. Caminar con ellos por este mundo de pesadilla puede volverse una experiencia abrumadora y reveladora al mismo tiempo. Muy recomendable.
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  • Francia
    Francia
    Cine & Medios
    Algo sucedió camino a Francia

    Carlos (Lautaro Delgado) ve que su vida se desbarranca en cuestión de días cuando su pareja (Mónica Ayos) le acusa de maltrato y lo deja fuera de una vida bastante desahogada, además de llevarlo al consultorio de un psiquiatra (Daniel Valenzuela, extraño y descolocado acierto de este filme) para que se cure de sus problemas de temperamento. Acuciado por la necesidad, vuelve a vivir a la casa de su ex pareja, Cristina (Natalia Oreiro). Esto pone alegría en la vida de su hija, Mariana (Milagros Caetano); una pequeña de conducta ambivalente en el colegio, por momentos abstraída y por momentos agresiva.
    Al igual que su ex esposo y su hija, Cristina tiene sus propios dramas bien sublimados. Asiste en calidad de mucama a una familia disfuncional y paqueta durante casi todo el día e incluso algunos fines de semana. Pronto, Cristina deberá enfrentar su propia crisis y, más cercana a Carlos en la situación límite, tendrán la posibilidad de unirse para resolver la situación de Mariana, cercada por sus profesores y compañeros de colegio, cada vez más aislada e incomprendida.
    El cine de Adrián Caetano ha ofrecido auténticas joyitas a la industria nacional y se trata indudablemente de un talentoso creador y director. Pero algo pasó con esta película, que se presta al desengaño casi de inmediato.
    La alusión a Francia es tan metafórica y suena tan forzada en la trama que se vuelve una excusa para un título ganchero. La elección de Milagros Caetano para el rol principal es, cuando menos, desafortunada; le falta presencia escénica, convencimiento, ángel. Si no viéramos las escenas del parto en un insert del último tercio del filme, se podrían sobreentender muchas cosas sobre su personaje; desde la posibilidad de que sea adoptada a que tenga algún tipo de trastorno (TGD, hiperactividad, autismo, retraso emocional). Por lo menos esto sumaría interés a su caracterización. Pero no, todos estos supuestos son generados por una interpretación deficiente y algunas tomas que no la favorecen espacialmente.
    No alcanza el esfuerzo de Oreiro, que busca palanquear su personaje por momentos irritante, aunque en ese esfuerzo se vuelva meritoria. Los gestos de Lautaro Delgado (el mejor en su papel, injustamente desplazado de los créditos y críticas por el resto del elenco) y sus transiciones personales, en cambio, alcanzan para generar en el espectador la mínima empatía requerida para encontrarle gracia a esta película que por lo engañosamente sencilla parece más retorcida de lo que es, y en ese tránsito se vuelve pesada, eterna.
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  • El refugio
    El refugio
    Cine & Medios
    Un verano en la vida.

    Mousse (Isabelle Carré) se salva de milagro de morir por una sobredosis de heroína; su novio Louis (Melvil Poupaud) no tiene tanta suerte, y a la noticia de su muerte se le suma la de su inesperado embarazo. La joven, que claramente no se siente del todo lista para ser madre, se ve compelida por la familia de su novio a abortar. Sin embargo, resuelve tener a la criatura y en este tren se va a la costa francesa, a la casa de un ex amante de su adolescencia.
    En silenciosa disciplina, Mousse pasa sus días leyendo, comiendo y caminando, mientras se mantiene limpia de drogas mediante terapia sustitutiva. Durante las noches, extraña a Louis. Y un cierto día, aparece a visitarla en su refugio el joven Paul (Louis-Ronan Choisy), hermano de su novio difunto. Todo lo que Mousse tiene de presunta indiferencia y cordial frialdad, lo tiene Paul de cortés y de ubicado. Pronto encuentran que pueden estar bien en mutua compañía, y se dedican a pasar los días del verano en una rutina compartida que les revelará, de paso, muchas coincidencias entre sus historias de vida.
    La actriz protagónica, Isabelle Carré es, aparte del sostén del interés de toda la trama, de una belleza sobria y expresiva en la interpretación. Se la ve cómoda con su embarazo en cada cuadro, y a la vez convincente en su alelada distancia emocional de la situación por la que atraviesa. En ese sentido, su partenaire Louis-Ronan Choisy cumple con ofrecerle la posibilidad de explotar esa expresividad en los planos largos o continuos donde hay poco diálogo.
    Con su pulso para el relato "de personajes", simple y despojado, Ozon no decepciona. Su drama trasciende los lugares comunes y se anima a coquetear con la perversión, las drogas y la alienación de la posmodernidad, ofreciéndonos este retrato acotado de cierta burguesía parisiense, elitista y aburrida. Sin ser una historia fuera de serie, su buena factura y algunos contrapuntos interpretativos (sumado al buen timing) redondean una de las propuestas más destacadas de la cartelera para esta semana.
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  • Siempre a su lado
    Siempre a su lado
    Cine & Medios
    Una amistad para recordar

    El profesor Parker Wilson (Richard Gere) regresa una noche como cualquier otra de su estudio de danzas y música, cuando tropieza con un cachorro de raza Akita. Conmovido por la soledad de este pequeño al que nadie reclama, lo lleva a su casa y acuerda con su esposa (Joan Allen) que será un huésped de paso hasta que le consiga un hogar. Pronto queda claro que el pequeño Hachi ("ocho") está encantado con la compañía de Parker y se acomoda en la familia sin problemas. Un colega japonés le confirma al profesor la nobleza de la raza a la que Hachi pertenece, aclarándole que un Akita es más que un perro y que tendrá con él un vínculo sin igual.
    La historia del verdadero Hachiko ya es una leyenda repetida a lo largo de los años desde hace casi un siglo. Basándose en la anécdota japonesa que originó la leyenda y como remake del filme nipón "Hachiko Monogatari" (¿reminiscencias de "Chatrán"?, claro que sí), Lasse Hallström reencuentra su esencia en el guión de Stephen Lindsay y ofrece una historia de amor bastante inusual: la de un hombre y un perro que se encuentran por accidente en una estación de trenes y cuyas vidas comienzan a transitar la rutina de una verdadera amistad.
    Con actuaciones sobrias de Richard Gere, Joan Allen y Sarah Roemer, sin descuidar a los actores que reconstruyen el entorno de la estación de tren donde parte de la historia se desarrolla, Hallström ofrece un drama emotivo, bien narrado, verosímil. Parece increíble que se trate del mismo detrás de "Querido John", una trama mucho más endeble donde no se luce su excepcional talento para capturar instantes, gestualidades y ambientes.
    Sencilla, previsible en su desenlace y sin pretensiones, "Siempre a su lado" nos transporta a un universo conocido y añorado, sobre todo a aquellos que hemos vivido con mascotas. No confundir "tener" con "poseer"; de la sutil diferencia de estos términos está empapada la película. Imprescindible llegar al cine con pañuelos a mano.
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  • El escritor oculto
    El escritor oculto
    Cine & Medios
    El ¿simple? arte de escribir (para otros)

    El protagonista, un escritor de esos llamados "fantasma" (Ewan McGregor, nunca dicen el nombre) recibe un día el encargo de su carrera: escribir las memorias de un ex primer ministro británico (Pierce Brosnan), actualmente caído en desgracia por algunas decisiones que lo dejan "pegado" a la línea dura del gobierno de Estados Unidos. Su instinto lo lleva a rechazar la propuesta, pero antes de que pueda advertirlo está embarcado por obra y gracia de su agente. Más rápido aún, se dará cuenta de las implicancias políticas y personales que su tarea puede traer, no sólo a la editorial para la que trabaja, sino a sí mismo. Y a la vida del ex premier también.
    En su último proyecto, el director Roman Polanski encara una interesante premisa que coquetea con el verosímil (el esquema político que se plantea, las alusiones entre sombras a la política internacional yankee-británica) y se mezcla hábilmente con ese mundillo apenas intuido de los ghost-writers, los conocidos "negros literarios" que se ocupan de hacer el trabajo que aquellos más famosos no pueden o no saben llevar adelante. Con un interesante elenco y personajes más o menos sencillos de abordar, la película mantiene un interés parejo, sin volverse demasiado obvia.
    No obstante, hay que tener en cuenta que cuando se trabaja con la intriga de tinte político y se sigue una línea determinada por el equívoco y las omisiones, se corre un riesgo cierto de que la trama termine tan enredada en los detalles secundarios que haya que apurarse por cerrarlo todo. Y eso, lamentablemente, es lo que pasa.
    La estructura del guión comienza a resquebrajarse justo en el momento en que la resolución está a la vuelta de la esquina: cuando Internet aparece como elemento consultivo inapelable para cerrar una trama muy old school, hay algo que no funciona. El verosímil se pierde y ya no hay vuelta atrás; el espectador atento no podrá evitar cuestionarse todo lo que vio y de allí a la respuesta obvia del enigma hay apenas un paso. Sin embargo, Polanski consigue un buen remate final, con un cierre que al menos emprolija ese trazo grueso y apurado
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  • Robin Hood
    Robin Hood
    Cine & Medios
    Antiguo dueño (británico) de las flechas

    Cuenta una de las versiones de la historia (como todas las de aquellos tiempos, muy borroneada por los límites de la leyenda) que el rey Ricardo Corazón de León (Danny Huston) batalló junto a Robert Loxley, a quien el mito popular atribuye la identidad de Robin Hood, famosísimo outlaw de los bosques de Sherwood. Pero, ¿y si el forajido hubiera sido otro? En esta visión del director de "Gladiador", con escenas que remiten invariablemente a aquella cinta, el protagonista es un obscuro arquero sin linaje noble y que lucha más por la paga que por su rey, el veterano Robin Longstride (Russel Crowe, siempre en forma a la hora de la acción). Un tipo de dudosa moral, que sin embargo es escrupuloso a la hora de barajar sus lealtades e implacable cuando la situación requiere una cabeza fría.
    Algo es históricamente cierto: Ricardo Plantagenet ha muerto en combate y pronto Inglaterra, bajo el reinado de su hermano Juan, correrá una suerte incierta y desesperada. Las tropas, los nobles y los vasallos se revuelven inquietos ante las ambigüedades de la nueva tiranía, capaz de dejarles a merced de soldados franceses en tiempos en que Francia era, justamente, un enemigo potencial nada despreciable para el reino.
    En medio de todo este caos, Longstride llega a Inglaterra y toma el lugar del caballero de Loxley a fin de entregar la corona a la Reina Madre y al heredero al trono, el hermano de Ricardo, John. Sin embargo, un poderoso canciller, sir Godfrey (Mark Strong), responsable de oscuros manejos a espaldas de la Corona, lo acecha sospechando que el ignoto arquero sabe más de lo que aparenta. En cumplimiento del último deseo de Loxley, nuestro héroe se dirigirá a Nottingham, donde la mujer del lord, Marian (Cate Blanchett) y su padre (Max von Sydow) le aguardan desde hace diez años. La historia pronto le reservará un lugar a este anónimo arquero cuando los intereses políticos avancen sobre la empobrecida nobleza del Norte. Allí, sus habilidades serán requeridas y bien aprovechadas.
    Como sabemos, la idea original de Ridley Scott (largo historial de trastablilleos desde "Alien" hasta "Body of Lies") era centrarse en el obscuro sheriff de Nottingham, que a lo largo de las diferentes adaptaciones de la leyenda ha sido el villano tipo, el antagonista primordial de Robin Hood. Esta visión se llamaría "Nottingham" y se centraría en este supuesto villano, humanizándolo y dándole un relieve más heroico, dejando a Robin Hood en un plano más realista de antihéroe. Previsiblemente, el guión y el tema hicieron chillar a los estudios que lo vieron poco rentable, y el personaje terminó ajustado al mito original, a cargo de un desteñido Mattew Macfadyen. El villano, o algo así, pasa entonces a ser directamente el rey Juan de Inglaterra. Y Francia, claro.
    Esta cinta de acción y algo de drama histórico está tan bien dirigida y fotografiada, ambientada y musicalizada que incluso los groseros clisés históricos se le pueden disculpar en función del entretenimiento. Como en los viejos tiempos de Ridley Scott, vale la pena. Aunque siempre nos quedaremos con la intriga: ¿cómo habría sido "Nottingham"?
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  • Synecdoche New York. Todas las vidas, mi vida
    El largo y sinuoso camino

    El prestigioso director y autor teatral Caden Cotard (Phillip Seymour Hoffman), algo hipocondríaco y egocéntrico como todo talento de renombre, no es capaz de reconocer de inmediato que su vida familiar se terminó. De repente, su mujer Adele (Catherine Keener) se va en un viaje artístico a Europa con su única hija y ya no regresa. Luchando con sus propios y auténticos instintos, Caden se queda solo, boyando entre dos mujeres que se disputan su interés, mientras el tiempo de su vida se le desliza en una confusión de meses que parecen semanas y años que parecen meses.
    A medida que su salud decae y los médicos no pueden acertar con un diagnóstico concreto, su vida profesional se dispara gracias a una prestigiosa beca que le permite llevar adelante el proyecto más ambicioso de su vida: la narración coral, día tras día, de un grupo cada vez mayor de personas en la ciudad de Nueva York.
    Y finalmente, Charlie Kaufman debutó como director con una cinta que lo pinta entero. Se podría caer en el lugar común del homenaje a sus fuentes (cine, teatro), a la admiración que en él provocan tanto sus personajes como los actores que lo interpretan, etcétera. Pero hay algo más en este producto extraño, con mucho del último Lynch aunque por lejos más asequible a un público amplio. En su puesta escénica y en la estructuración de los conflictos se puede seguir el hilo de una trama engañosa, que coquetea con lo onírico y también con algún absurdo, sin dejar de ser un drama eficaz (evoca por momentos a "Eterno Resplandor...").
    La historia entraña algunos golpes bajos, lógicos dentro de una trama donde el personaje central debe necesariamente sufrir, aunque morigerados con la cuota de humor oscuro propio de Kaufman.
    El elenco, de principio a fin, se luce en torno a Phillip Seymour Hoffman, que logra un personaje protagónico que de a poco y como una fuerza centrífuga va liberando a sus secundarios; tanto los que le acompañan en su devenir como autor, como los actores que comparten sus días en ese gigante plató donde se desarrolla el ambicioso sucedáneo de la vida misma.
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  • Querido John
    Querido John
    Cine & Medios
    Amor altruista

    El boina verde John Tyree (Channing Tatum) pasa sus días de licencia en las bucólicas playas de Carolina del Norte, lugar donde vive su padre (Richard Jenkins) y veranean algunas familias tradicionales de clase acomodada. Es allí que conoce a Savannah (Amanda Seyfried), una joven estudiante universitaria que descolla entre sus amistades por su buen corazón y que, como es de prever, también conquistará a John e incluso a su elusivo padre. La relación se vuelve seria en muy poco tiempo y los jóvenes se verán puestos a prueba en toda su capacidad de amor y de nobleza cuando el servicio de John se extienda más de lo previsto, a raíz de los ataques terroristas del 11-S.
    Si en los primeros diez minutos de película hay una escena casual que esconde un claro (y más o menos inminente) conflicto, un personaje introvertido que, aún así, revela mucho de sí mismo y una panorámica pintoresca que nos ponga en situación, con una delicada música de fondo, podemos afirmar que estamos ante un auténtico filme de Lasse Hallström. Sin embargo, hay aquí poco del encanto sombrío que supo cultivar en "Atando cabos", y sí más bien un viraje a sus últimas cintas (como "Casanova", ese relato ficcional edulcorado e inspirado libremente en el mítico amante que casi no tenía momentos oscuros). Todo, aún el drama, se tiñe de luz en esta cinta. Algo había logrado subsanar Hallström en "Un amor, dos destinos", con la dupla Robert Redford - Morgan Freeman bastante deslucida pero con una historia que se imponía desde algunos giros originales.
    En esta tesitura, adapta la novela del talentoso Nicholas Spark ("Diario de una pasión"), aunque sin conseguir la emoción implícita en aquella, sino más bien un relato melodramático, que pese a estar bien actuado y contar con una excelente puesta y dirección artística, no llega a convencer del todo. Quizá si los personajes no estuvieran tan empapados de una nobleza extrema la historia sería más verosímil.
    Pese a las debilidades del guión (más notables a medida que éste avanza e imperdonables en un final predecible que se estira demasiado), las actuaciones de los dos protagonistas y de Richard Jenkins consiguen emocionar lo justo y necesario, revelando de paso puntos fuertes de sus respectivos talentos. No será para tanto, pero tampoco es tan poco.
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  • Dos hermanos
    Dos hermanos
    Cine & Medios
    Family Business

    Susana y Marcos son dos hermanos bastante diferentes entre sí, como es de prever (a los fines de la trama, claro está). Mientras Susana (Graciela Borges) transita a la deriva su madurez apetecible de soltera eterna realizando negocios quiméricos de manera compulsiva y bordeando la estafa, Marcos (Antonio Gasalla) se ocupa de la madre de ambos en los últimos días de su convalecencia. Marcos es un orfebre de mediano éxito, cuya vida pasó básicamente por cuidar a esa madre que casi no se mueve de la cama, y a su muerte, la ausencia inevitable de este factor de apego cambiará su vida de manera drástica, con una pequeña ayuda de Susana, que ansiosa por salvar una inversión importante de dinero lo convence de trasladarse al Uruguay.
    Es notable cómo al tiempo que se divide en dos flancos para atender de manera alternada a los no siempre coexistentes hermanos, el relato queda irremediablemente escindido en la clásica estructura de comedia y tragedia del teatro griego. No es casual, entonces, que Marcos se reencuentre a sí mismo en esta Villa Laura, un pueblo uruguayo con un modesto grupo de teatro cuyo director está empeñado en una revisión vanguardista del clásico "Edipo Rey", de Sófocles.
    En este redescubrimiento, la tragedia personal de Marcos queda aliviada o al menos sublimada en un arrebato de productividad laboral y de realización individual para el personaje, dejándolo del lado soleado de la vereda. En cambio, a la más heliocéntrica y despreocupada Susana le toca el lado de la sombra. Cada vez más aislada y sumida en el alcohol, no hace sino vivir en función del ocultamiento de un pasado que la avergüenza. En el transcurso de sus días, esa neurosis va borrando los límites de su propia identidad, la real; no esa construcción frívola que interpone entre sus penas y el mundo. Susana tiene mucho que descubrir de ese hermano menospreciado que también le resulta vergonzante.
    Con la pericia a la que ya nos acostumbró su cine, el realizador Daniel Burman explora el costado tragicómico de la relación de dos hermanos, retomando sus sempiternos temas familiares y apoyando con acierto la trama en los hombros de sus dos notables protagonistas. Los escenarios, locaciones y paisajes se vuelven, a fuerza de bellos y acertados, una parte imprescindible de la historia.
    Quizá si Burman no exudara cierto snobismo en la construcción remanida de situaciones y diálogos, si se acercara con menos vacilaciones al ángulo más humano de sus personajes en lugar de limitarlos al rincón de la ficción o acotarlos en el guión puro y duro, estaríamos frente a un verdadero tour de force actoral. Ojo: A no perderse la secuencia de créditos finales.
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  • Hermanos
    Hermanos
    Cine & Medios
    Triángulo de ausencias

    Los hermanos Sam (Tobey Maguire) y Tommy Cahill (Jake Gyllenhaal) no podrían ser más distintos. Tommy transitó una adolescencia rebelde y se convirtió en delincuente, la oveja negra de la familia; Sam, en cambio, superó los conflictos y se convirtió en la luz de los ojos de su padre (Sam Shepard) eligiendo volverse un Marine como él. Tommy sale de la cárcel y se encuentra con que su hermano ha hecho una buena carrera, además de mantener una familia feliz con su novia de la adolescencia, la bonita ex porrista Grace (Natalie Portman). Pero todo cambia cuando, en mitad de una misión y a los pocos días de reencontrarse con su hermano, Sam desaparece en territorio afgano luego de que su helicóptero es derribado.
    Lidiando con el dolor de la familia y el propio, Tommy comienza a hacerse del lugar que nunca tuvo en la vida de su decepcionado padre y de sus sobrinas, a la par que Grace se reconcilia con este cuñado conflictivo pero de buen corazón. No tardará en surgir entre ellos una cálida y pospuesta atracción. Pero en el momento justo, regresa el hijo pródigo (que no estaba muerto, sino secuestrado por talibanes) y las cosas toman un cariz turbio; ni la casa, ni Sam parecen ser los mismos.
    En esta remake de la notable cinta de Susanne Bier, estrenada limitadamente en Argentina, el director de "Mi pie izquierdo" y "En América" sale de un ostracismo de cuatro años y nos recuerda cuáles son sus especialidades. La obsesión, la perturbación, la relación de una familia como un todo por sus partes y la esperanza de una redención que no siempre es subjetiva, sino que queda a cargo del espectador. En este caso, trabaja con material sensible al público norteamericano pero trata de darle un mayor relieve a la colateralidad del conflicto bélico, antes que a la sensiblería que este tema pueda generar.
    Consigue así un filme de buena factura, sólido en el aspecto técnico y actoral. Podría haber sido mejor sin tanta referencia obvia y remanida a la intervención estadounidense en Afganistán, que habría ganado sus buenos puntos con algo más de sutileza. Recursos que se derrochan en los personajes de Gyllenhaal y Portman (algunos planos que revelan la excelencia de Sheridan en la exploración de personajes) le quedan cortos a Maguire, que excepto por sus expresiones trastornadas post-conflicto es un personaje áspero, poco querible en el sentido cinematográfico de la palabra y bastante más molesto que perturbador.
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  • La isla siniestra
    La isla siniestra
    Cine & Medios
    En las fauces de la locura

    La trama es, a simple vista, clásica. El alguacil del FBI Edward Daniels (Leonardo DiCaprio) llega a Shutter Island acompañado de un asistente, Chuck (Mark Ruffalo) para investigar la misteriosa desaparición de una paciente psiquiátrica peligrosa. En esta isla del golfo de Boston se erige el asilo penal de Ashecliffe, donde se recluye a los criminales con los que el sistema carcelario convencional no puede lidiar. Daniels no tarda en advertir, desde el momento de trasponer la puerta de la fortaleza, que algo raro sucede tras esas paredes.
    Como se trata de una intriga sumamente detallada y compleja, conviene no revelar detalles de la trama. Sin embargo sí se debe destacar a un elenco que consigue lucirse, cada quien en su papel, en esta suerte de pesadilla alucinante cuyas claves están siempre a la vista, aunque dispuestas de una manera muy difícil de abordar para el espectador. La acción nunca es morosa, sino climática, con momentos de pura adrenalina.
    Con la solvencia que lo caracteriza, el realizador Martin Scorsese logra un producto que puede ser apreciado por público asiduo de cualquiera de los géneros que aborda: policial negro, suspenso, drama, terror. Todo en módicas y bien graduadas dosis, que logran fungir en un producto combinando los mejores elementos del cine clásico.
    Sucede, sin embargo, algo muy llamativo con la fluidez visual del filme. Se produce a lo largo de la historia una creciente sensación de incomodidad debido a los ¿imperceptibles? errores de continuidad, patentes y visibles en los saltos de cámara de un personaje a otro o los cambios de escenarios. Incluso para el ojo no entrenado, esta sensación puede instalarse como una molestia condicionante... o capitalizarse en función del clima agobiante de la película. Si es así y la continuidad ha sido alterada adrede, no hay nada que decir. Pero parece burdo, incluso ordinario si tomamos en cuenta la talla del equipo de producción y dirección, que detalles que no aportan a la resolución del conflicto ni al ambiente de la escena queden tan descuidados. El contraste entre desarrollo y resolución puede resultar decepcionante, y aún así, "La isla siniestra" es un original homenaje, con todas las letras, a las fuentes del cine de Scorsese.
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  • Desde mi cielo
    Desde mi cielo
    Cine & Medios
    La otra vida de la joven Susie

    Susie Salmon (Saoirse Roran) es una muchacha soñadora y tímida que proyecta su vitalidad interior a quienes lo rodean, su círculo más íntimo. Es la hija adorada de su padre (Mark Wahlberg) y una fuente de sobresaltos para su madre (Rachel Weisz), que la tuvieron siendo aún muy jóvenes. Una tarde otoñal, cuando apenas tiene catorce años, Susie es asesinada y pasa automáticamente a un estado incierto, entre la vida y la muerte. Con su alma atrapada en este umbral del cielo (un lugar que se parece a todo lo que ella ama), y pese a que sus esfuerzos son bastante infructuosos, Susie intenta mantener el contacto con su familia y con el muchacho al que amaba en secreto. De paso, intentará poner en evidencia a su asesino y descubrirá unas cuantas cosas sobre la forma en que su muerte afecta al mundo que va dejando atrás.
    Peter Jackson es un hombre con personalidades múltiples. Un cineasta esquizofrénico que a veces saca de la manga una megaproducción como "King Kong" y después baja los decibeles con la delicada, diluída adaptación de una novela melancólica y macabra como "The Lovely Bones", de Alice Sebold. El resultado es un despliegue visual y musical notable, sin la suficiente fuerza para encarnarse en el espectador (como sí sucedía en "Criaturas Celestiales", cuando Jackson manejaba presupuestos modestos y sorprendía a propios y ajenos con ese talento innato que le permite pasar de un género a otro sin perder frescura).
    A las personas sensibles nos resulta sencillo dejarnos ir flotando en el microuniverso personal de una adolescente atrapada en su propio Limbo, pero ni siquiera la compensación visual equilibra lo endeble de la trama por momentos. Las actuaciones, sobresalientes en el caso de Stanley Tucci y Susan Sarandon (impecable abuela disfuncional), no alcanzan para darle el suficiente relieve a una historia que golpea bajo por momentos y resulta previsible en su totalidad. A Saoirse Roran la vimos en un notable rol protagónico en "Expiación, deseo y pecado" a inicios del año pasado, y en esta ocasión su adolescente desgarbada ofrece más una composición de manual, exagerada y poco convincente, que apenas va remontando hacia las últimas escenas. Le tocan las peores líneas de diálogo y las situaciones más embarazosas, por efectistas. Pasa sin pena ni gloria, cuando debería haberse convertido en un personaje más bien entrañable.
    En definitiva, y pese a la alta calidad de su cine, Jackson defrauda con el producto más tibio de toda su filmografía. No le faltó jugarse; simplemente, la historia no daba para más. Mucho marco para tan poco contenido.
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  • Días de ira
    Días de ira
    Cine & Medios
    Ciudadano lobo con piel de cordero

    Clyde Shelton (Gerald Butler) es un ciudadano modelo de los suburbios que recibe el más inesperado y devastador de los golpes cuando pierde, en una misma noche, a su esposa e hija durante el violento asalto a su casa. Sin embargo, el fiscal del caso (Jamie Foxx), un joven abogado seguro de sí mismo que siempre apuesta a ganador, decide pactar con uno de los dos delincuentes que arruinaron la vida de Clyde para poder condenar a muerte al otro.
    Insatisfecho con el sistema judicial por esta sentencia, el otrora tranquilo ingeniero y padre de familia madura a lo largo de una década sus planes de venganza, planes que incluyen a cada uno de los involucrados en el juicio (fiscal y jueces incluídos) a modo de un grotesco y violento juego de estrategia donde todas las piezas son movidas desde las sombras por una mente de asombrosa lucidez e inteligencia.
    A Gerald Butler, agotados todos sus mohines, sólo le queda componer un villano arquetípico del que se habla más de lo que se ve, pero que al mismo tiempo está lejos de generar el impacto de otros villanos (Keyzer Soze, de "Los Sospechosos de siempre", es un referente muy cercano, aunque lo que Butler compone recuerda más a una parodia que a un homenaje). Y Jamie Foxx hace lo que puede, en medio de una trama que sobrevive a puro golpe de efecto y que al momento de hacer hablar a los personajes deriva en diálogos casi tan ridículos y estereotipados como los de "Avatar".
    En sí, la premisa promete; pero como toda promesa debería sostenerse con buenos momentos de acción en pantalla, y estos momentos son escasos, cuando no previsibles.
    En una suerte de escalada de suspenso invertida, F. Gary Gray pone toda la carne al asador al principio, y una vez que se aseguró el interés del espectador (más allá de que en todo momento está claro cuáles serán los movimientos del psicópata, con la consiguiente pérdida de dicho interés) deja al garete su historia, derivando en uno de los finales más previsibles y descuidados del cine. Esta es la mayor flaqueza de la película; en un thriller como el que pretende ser, no sólo es un detalle mayor: es imperdonable.
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  • Enseñanza de vida
    Enseñanza de vida
    Cine & Medios
    Una educación por otra

    A Jenny (Carey Mulligan) la espera un futuro brillante. En la Inglaterra de los años ´60, ella sólo tiene dos prospectos: casarse con el mejor partido posible, o volcarse a la vida universitaria en Oxford. Teniendo en cuenta que Jenny es una jovencita excepcionalmente madura e inteligente, la opción Oxford es su mayor aspiración y sus profesoras la alientan a tomar ese camino. Al menos hasta el día en que se cruza con David (Peter Sarsgaard), un hombre bastante mayor que ella, con chispas de sofisticación y deliberadamente ostentoso, que comienza a cortejarla sin disimulo.
    A partir de ese momento esta colegiala aplicada comienza un nuevo camino, una suerte de educación alternativa compuesta de salidas a cenar, viajes, bailes y conciertos. Jenny siente que su vida ordinaria se le vuelve doblemente pesada, y que quizá haya posibilidad de combinar sus aspiraciones académicas con otras más mundanas. Sin embargo, hasta el mejor de los sueños revela sus dobleces, y Jenny no tardará en enfrentarse a una decisión capaz de torcer su destino.
    Con un notabilísimo guión (no podía ser menos viniendo de Nick Hornby, ampliamente reconocido en este terreno desde háce más de una década), la eficaz Lone Scherfig se mete con un tema atemporal: el dilema de la educación (o no) de las jóvenes. Viene bien recordar que el progreso académico femenino recién se volvió una cuestión naturalizada a partir de los años ´70, y su Jenny es en más de un sentido un personaje de avanzada para su época, aunque la paradoja que le toca vivir la acerca más a la realidad de su época y su sociedad de lo que le gustaría.
    La puesta en escena, fotografía y ambientación son maravillosas, muy adecuadas para enmarcar una historia donde ningún personaje es totalmente secundario. Por ejemplo, esa directora de instituto que compone Emma Thompson. O ese padre ciclotímico y melindroso que encarna Alfred Molina. Todos con su propio relieve y espacio, contribuyen a esta historia que abre y cierra como el mejor de los cuentos. Casi, casi con moraleja y todo.
    "Enseñanza de vida" es, pese a lo remanido e inadecuado de su título como avance, una de las mejores propuestas que ofrece la cartelera este verano.
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  • Invictus
    Invictus
    Cine & Medios
    Demasiada inspiración

    En lo que parece ser una costumbre reciente, el viejo Clint retoma la temática histórica (el famoso "basado en un caso real") esta vez un poco más próxima en el tiempo que sus últimas cintas ("El sustituto", o el díptico "La conquista del honor" y "Cartas desde Iwo Jima"). Nos trae a los primeros años de Nelson Mandela libre, un líder en el que la cambiante Sudáfrica se apoyó para dejar atrás los años vergonzantes del apartheid. En una apelación a las pasiones que inflaman el espíritu patriótico, el entonces presidente jugó una baza inesperada: enfocar sus energías al deporte, al rescate de un equipo de rugby decadente que significaba mucho más para la minoría blanca que para sus hermanos de raza.
    Como siempre, Morgan Freeman no defrauda en su rol protagónico, un personaje que ocupa la pantalla aún de manera omnisciente. La presencia de Madiba (nombre que los sudafricanos le daban a Mandela) se siente en todo momento, de manera incluso excesiva, quizá por ese intento de Eastwood para hacer que su espectador comprenda la magnitud de su figura como inspiración a nivel nacional.
    Para aquellos que sólo escucharon hablar del apartheid de manera superficial, escenas como la que se producen en las afueras del estadio al momento de la gran final son un momento sensiblero, distractivo. Las secuencias en ralenti no contribuyen a un auténtico clima cinematográfico, sino que parecen funcionar más como un aliviador de la tensión sobre un final que llega flojo de emociones para el público que no tiene particular afecto hacia los deportes. Eso sí: capta muy bien esa suerte de delirio colectivo de las naciones desesperadas por un poco de motivación. Después de todo... es Clint Eastwood, y su vigencia indiscutible, sumada a una experiencia bien ganada por los años de cine, hacen de cada historia suya una pequeña gema. Algunas, por supuesto, brillan más que otras.
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  • La joven Victoria
    La joven Victoria
    Cine & Medios
    La reina enamorada

    Se avecinan tiempos de cambio para Inglaterra. A la muerte del rey Guillermo (Jim Broadbent), su última descendiente pura, la joven Victoria de Kent (Emily Blunt) se convierte en la heredera del trono británico, y con esto se vuelve también la presa codiciada de políticos dentro y fuera de la Isla. Victoria acaba de cumplir dieciocho años y su primer acto de rebeldía ha sido deshacerse de la influencia de su madre (Miranda Richardson), convertida en títere de los intereses de Sir John Conroy (Mark Strong).
    Sin embargo, pese a sus firmes convicciones y su empuje, Victoria es sensitiva y vulneable y no tarda en caer en la red de intrigas elaborada por el primer ministro, lord Melbourne (Paul Bettany). En un inesperado giro de planes de su tío, Leopoldo de Bélgica, el joven príncipe Albert (Rupert Friend) al que su familia alemana envía para seducirla antes política que sentimentalmente, se termina convirtiendo en el mayor aliado para esta joven. ¿Será Albert el compañero que ha soñado a su lado para construir el nuevo Imperio Británico?
    El cine le debía una buena y poética cinta a la reina más longeva sobre el trono de Inglaterra. Aunque posiblemente le haría más justicia un enfoque similar a las "Elizabeth" que protagonizó Cate Blanchett (una buena mixtura a la manera de las novelas históricas alla Jean Plaidy), no deja de ser un acierto que esta particular cinta muestre la fase más soslayada de la historia de esta monarca. Justamente fue en su juventud que se forjaron gran parte de los valores que se volvieron un sinónimo de su reinado y que definirían para siempre un estilo de vida, así como parámetros morales y estéticos.
    Emily Blunt asume el desafío con soltura, en un rol que no exige demasiado de ella interpretativamente, pero que alcanzó para granjearle la simpatía de los responsables de la temporada de premios por venir. Quizá simplemente sea esa fascinación generada por los grandes personajes históricos la que marca una tendencia en las Academias de cine de Europa y EE.UU. (no se olviden de Helen Mirren). Lo cierto es que este notable filme de Jean-Marc Vallée no carece de encanto, aunque sea menester suspender un poco el juicio para entrar a la sala y encontrarse con el costado más romántico de una trama de alianzas y lealtad que pasaron más por lo político, históricamente hablando.
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  • Criatura de la noche
    La soledad de los malditos

    Oskar (Kåre Hedebrant) no tiene una vida especialmente feliz. Es inteligente, aunque no lo suficiente para deshacerse del acoso de unos compañeros de clase particularmente agresivos. Sabe cómo entretenerse solo, pero no lo disfruta del todo. Así las cosas, una noche conoce a Eli (Lina Leandersson), que desde hace poco tiempo vive en un departamento cerca del suyo. En medio de la noche helada, Eli no parece tener frío ni sufrir desasosiego alguno. Sin embargo, rehúye las preguntas de Oskar y parece interesarse más en lo que él tiene para decirle. Entre los dos surgirá un vínculo extraño, destinado a trascender los conceptos de amistad, afecto y lealtad que Oskar creía conocer hasta ese momento.
    Paralelamente, una serie de inquietantes crímenes conmocionan a la ciudad. Un psicópata parece haberse adueñado de las calles, rapiñando por las noches la sangre de desprevenidos transeúntes y dejando los cadáveres a su suerte. El barrio de Oskar es el vértice de esa conmoción que poco a poco va ganando a los vecinos y los acerca, sin saberlo, a la revelación inesperada: una criatura de la noche habita entre ellos.
    Es inevitable caer en la comparación odiosa con el nuevo giro que se le ha dado últimamente al mito del vampiro (ya sobado, recauchutado y diluído, con su cúlmine en la mélange "Crepúsculo" y sucesivas), pero frente a una cinta de semejante calidad, la comparación es aceptable e incluso necesaria. Basada en un libro del propio Ajvide Lindqvist, éxito de ventas en todo el mundo, "Criatura de la noche" aborda el mito desde sus aristas más desdeñadas, quizá. Así, el vampiro se revela como un ser solitario y de bajo perfil, especie en peligro de extinción, con una moral imposible de encasillar e interacción social compleja, cuyos apetitos se exacerban o amortizan en pos del único imperativo que lo mantiene, por así decirlo, vivo: la sangre. La supervivencia a cualquier costo.
    Por si el gancho argumental no fuera suficiente (la perspectiva del preadolescente acosado y la pérdida de la inocencia, si bien están suavizados respecto del libro), hay una excelencia técnica que excede lo audiovisual. Los climas y los escenarios de esta película son personajes adicionales en una trama que parece escatimar los clásicos sobresaltos, aunque ofrece estremecimientos mucho más genuinos. De esos que sacuden la psique más que electrizar el cerebro, vamos.
    La única crítica que se le puede hacer a este filme increíble es que dura poco. Y que el ritmo narrativo no es para cualquier amante wannabe del cine de género.
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  • Goodbye Solo
    Goodbye Solo
    Cine & Medios
    Pequeña historia de opuestos simétricos

    Solo (Souleymane Sy Savane) es un taxista senegalés que aspira a más. Mientras maneja por las calles de Salem, en el norte de los EE.UU., estudia con tesón para poder convertirse en oficial de a bordo de una importante aerolínea. Su entusiasmo y su rectitud conquistan a propios y ajenos; además, está esperando un hijo y a la incertidumbre del futuro se opone su inagotable capacidad de esperanza. Nada más lejos de Solo que su ocasional cliente, William (Red West); un auténtico redneck que transita una mala ancianidad y cuyo objetivo inmediato es terminar sus días en Blowing Rock, un pico montañoso cercano a Salem.
    Pese a las manifiestas diferencias de carácter y expectativas, Solo y William traban una curiosa relación en la que la perseverancia del taxista por hacer sentir cómodo a su cliente lo tornan aún más hostil. Aunque un imprevisto giro en las circunstancias de Solo los llevan a una convivencia inesperada, y una vez establecida la cabeza de playa, poco podrá hacer William para entorpecer la determinación de su nuevo amigo en pos de mejorar su vida.
    Si bien parte de una premisa bastante simplista (trabajador negro negrísimo con todos los clisés de la negritud traba amistad con su hosco y ultraconservador blanco blanquísimo cliente), este filme de Ramin Bahrani conquista por puntos más sobresalientes, como la muy buena puesta en escena y las secuencias individuales en las que destaca el personaje de Solo. La carencia de banda sonora y el énfasis en los silencios incómodos de William son buenos contrapuntos, más eficaces como gancho que la propia matriz de la historia (que no remonta en lo argumental su previsibilidad).
    Se destaca la actuación de estos dos hombres notables, Sy Savane y West, que en su rol de amigos accidentales logran convencer a fuerza de situaciones que desbordan una trama más bien obvia. Es sencillo imaginar la forma en que concluirá la historia con el correr de los minutos, y sin embargo el final llega con la misma apacibilidad que el inicio: una sorpresa sin estridencias. "Goodbye Solo" es de esos filmes que dejan la impresión de que uno, como espectador, puede plantarse frente a sus propias decisiones vitales y reflexionar sobre cómo las personas pueden modificar una percepción que se creía inamovible.
    Después de todo, la vida es un fluir del que nadie escapa.
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  • Los amantes
    Los amantes
    Cine & Medios
    Insípida locura

    Leonard (Joaquin Phoenix) atraviesa una mala racha. Es un joven atractivo pero problemático que se muda a la casa de sus padres luego de un intento de suicidio. Mientras se recuperaba bajo la atenta mirada de sus padres (Isabella Rossellini y Moni Monoshov), preocupados, pero en realidad sin comprender exactamente que le pasa a su hijo, se encuentra con dos mujeres casi simultáneamente. Una es Sandra, hija de unos conocidos de sus padres. La otra, Michelle, una vecina misteriosa, hermosa y exótica que nada tiene que ver con el vecindario de Leonard.
    Por momentos los personajes parecen querer levantar vuelo, pero las situaciones pasatistas y previsibles a las que los somete el guión expone las flaquezas de verosímil y la falta de sustento de la historia. Habida cuenta y prueba del talento de Joaquin Phoenix y Gwyneth Paltrow en otro tipo de dramas, resta concluir que este fallido drama romántico es exclusiva responsabilidad de James Grey. Habría sido buena una mejor despedida para el enorme Phoenix, que aparentemente se aleja de manera definitiva de la actuación para dedicarse a la música. Esperemos no esté dicha para él la última palabra. Y que pronto venga a sacarnos este amargo sabor de boca.
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  • Camino a la redención
    Una fórmula que se repite con éxito

    Guillermo Arriaga prueba con solvencia que no necesita de un González Iñárritu para darle cuerpo y estabilidad a una historia que a los más cinéfilos puede que les resulte de sobra conocida. La estructura coral y el ensamblaje astuto entre el pasado y el presente ofrecen al espectador un panorama acabado de la proyección que Arriaga busca para su carrera profesional: el dramón. Hay un cierto aire de fatalidad en todas sus historias que inevitablemente remite a su ascendencia caribe, a la tradición de un pueblo que por más alegría que exude se desbarranca en la melancolía y la desesperanza, cacheteado desde sus orígenes por los sucesivos conquistadores.
    Más cerca de lo mejor de sus libretos que de "Babel" (insípida argumentalmente por momentos, pese a su excelencia técnica), esta cinta ofrece pocas variantes sobre la ya probada "fórmula Arriaga"; multiplicidad de historias que se cruzan y personajes que revelan su verdadera cara hacia el final, con un giro de relativamente alto impacto que puede dejar sin aliento (pero también agobiado) al espectador más prevenido.
    Sin embargo, y pese a acercarse a "Amores perros" en momentos muy puntuales, "Camino a la redención" se pierde en una cierta autocomplacencia, un regodeo en el golpe bajo que no por sutil es menos revelador. La intención de manipular, medular en todo buen producto cinematográfico, es mejor cuanto más sutil se expresa.

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Ahorr con Hoyts
CONCURSO: LOS PADRINOS DE LA BODA