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Imagen del crítico Marcelo Stiletano
Marcelo Stiletano
  • Cantidad de críticas: 19
  • Promedio: 60%
  • Críticas favorables: 13/19 (68%)
  • Críticas desfavorables: 6/19 (32%)
  • Diferencia absoluta: 11%
  • Email de contacto: No disponible
  • Twitter: @stiletano
  • Medio donde critica: La Nación
  • Bichos criollos
    Bichos criollos
    La Nación
    Nada distingue a Bichos criollos de la larga lista de documentales deportivos que ganan cada vez más horas en los canales especializados de la TV paga más allá de la fortuna de haber llegado (proyectado en Blu Ray) al circuito comercial de exhibición cinematográfica, con proyecciones diarias a partir de hoy en dos salas: Arte Cinema y Cinema City General Paz.

    Lo que este matiz deja en claro es la intención de dar a conocer de un modo más amplio que el habitual las razones del sostenido fervor que en más de un siglo se construyó alrededor de Argentinos Juniors, camiseta de la cual son hinchas confesos los realizadores del documental.

    Sin embargo, esa identificación con un club que tiene la particularidad "de ser chico entre los grandes y grande entre los chicos" condiciona el abordaje del tema. El documental, desde el vamos, sale en busca del tradicional público futbolero, dejando fuera de a poco a quienes podrían sentir curiosidad por detalles que van más allá de la trayectoria de un club de fútbol según la estadística de los campeonatos que jugó.

    El desarraigo que obligó a Argentinos, en sus comienzos, a peregrinar de un barrio al otro, y detalles curiosos como el de los partidos cuyo horario se fijaba de acuerdo con la llegada del tren a la estación más cercana, tal vez merecían más atención desde los ojos de quienes no se detienen sólo en los datos de la evolución deportiva.

    Esa historia, por lo demás, está plagada de altibajos y oscilaciones tanto en los hechos como en el tratamiento documental, porque deja al desnudo (por ejemplo) que material de archivo de los años 40 y 50 se conserva mucho mejor que las imágenes más recientes del Argentinos campeón en la década del 80. De paso, hay cierto desorden en el desarrollo histórico que va y viene entre los hechos del pasado y la más reciente consagración de los bichos colorados: el título alcanzado en el Clausura 2010.

    Si la película logra sortear estos titubeos es porque consigue afirmarse en una idea fuerza (el equilibrio), porque el recorrido por la historia acerca curiosidades que el espectador futbolero recibirá con interés y porque el relato se enriquece con muy bien aprovechados testimonios (Maradona, Pekerman, Redondo, Sorín) de figuras que engalanaron al club de La Paternal.
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  • Pie de página
    Pie de página
    La Nación
    El primero de los muchos méritos que entrega esta atractiva producción israelí, una de las cinco nominadas de este año para el Oscar a la mejor película extranjera, pasa por haber clarificado lo que en una primera instancia podría ser tranquilamente visto como un planteo complejo, oscuro, denso y digno de un selecto grupo de especialistas. Logro que, por añadidura, también lleva a que públicos de todo el mundo sigan con interés hechos ocurridos en lo que a priori se desarrolla dentro de un estrecho espacio geográfico y religioso.

    El pie de página aludido en el título es una referencia académica decisiva para la evolución de los meticulosos estudios sobre el Talmud, reservados a un muy selecto grupo de expertos. Su artífice es Eliezer Shkolnik, un hombre maduro, huraño y de exacerbado culto a la rutina, convencido de que aún no le llegó el reconocimiento que merece por su gran hallazgo académico.

    El hijo de Eliezer, Uriel, comparte la vocación paterna, pero la lleva adelante con el espíritu de las nuevas generaciones. Más informal, mucho menos circunspecto y -sobre todo- mejor dispuesto para dialogar del modo más fecundo con ese mundo exterior del que su padre reniega.

    Será un gigantesco equívoco ligado al otorgamiento de uno de los máximos galardones oficiales de Israel lo que desencadenará en los hechos un conflicto de difícil resolución entre padre e hijo. Pero ese acontecimiento puntual no hace más que hacer explícito todo lo que el director Joseph Cedar, con la delicadeza y la atención de quien cuida hasta el mínimo detalle, fue construyendo hasta allí. Esos dos mundos paralelos y a la vez divergentes, presentados desde el recelo, la envidia y una silenciosa rivalidad que terminará en un estallido no menos sordo.

    Cedar trabaja ese conflicto -que es también generacional y tiene al mismo tiempo complejas derivaciones familiares- con una rica paleta de recursos narrativos y dramáticos. A veces juega con la intriga, a veces con el suspenso y también, con frecuencia todavía mayor, utiliza un costumbrismo bien entendido para dibujar, con agridulces pinceladas, cómo el universo riguroso que padre e hijo fueron construyendo a partir de sus estudios puede desmoronarse en un lapso muy corto por culpa de circunstancias que pueden parecer incongruentes.

    Atrapados en un escenario nuevo por una lógica principista de la que no pueden escapar, padre e hijo se verán las caras como nunca en un ejercicio que no duda en exponer del modo más llevadero complejos dilemas morales con la ligereza del mejor humor ligado al absurdo. Habrá que agradecérselo a la capacidad de observación de Cedar y a su brillante elenco, encabezado por los inmejorables Shlomo Bar-Aba (el padre) y Lior Ashkenazi (el hijo).
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  • La cocina (En el medio hay una ley)
    Desde un lugar definido y asumido por sus responsables como "cine de emergencia", este trabajo coincide con el segundo aniversario de la aprobación parlamentaria de la ley de servicios de comunicación audiovisual (genéricamente conocida como ley de medios) con el fin de documentar el camino que llevó a ese resultado desde una perspectiva muy cercana a las posiciones del actual oficialismo.

    Alineados en una corriente de cine documental político que tiene a Porotos de soja (ligado al conflicto con el campo) como antecedente próximo, los artífices del film dejan bien explícitos sus puntos de vista. En una primera instancia se apoyan en varios testimonios, registrados con atractivos recursos visuales en distintos lugares del país, a partir de los cuales comenzó a forjarse la llamada Coalición para una Comunicación Democrática. Este conjunto de organizaciones sociales y comunitarias (en un amplio rango que va desde radios barriales y de pueblos originarios hasta cooperativas de servicios públicos y algunos medios provinciales) brindó un decidido apoyo al proyecto oficial.

    Llueven desde allí críticas al "sesgo concentrado y elitizado de los medios concentrados y monopólicos" cargando sobre la oposición al Gobierno política y mediática, que sólo aparece -para reforzar la calificación negativa- enmarcada en la pantalla del canal de noticias TN. Mientras tanto, apenas al paso se habla de cuestiones tan controvertidas como la publicidad oficial y de las dudas acerca de cómo se financiarán los medios comunitarios alentados por la ley. Así las cosas, la "cocina" no documenta en los hechos la intimidad del debate parlamentario, reemplazada por una sucesión de elogios al proyecto aprobado.

    El recorrido posterior resulta aún menos exigente y termina caracterizando al documental como una suerte de informe periodístico ampliado, que se vale del archivo de la TV como fuente casi exclusiva.

    Al optar por lo ya visto y ya dicho se pierde la ocasión de revisar los hechos -especialmente el tramo de la discusión parlamentaria- a partir de miradas y enfoques originales. Al parecer no fue necesario, dado que la mirada de los realizadores coincide con lo que se aprobó en el Congreso.

    Entre tantas simplificaciones (todo aquí parece reducirse en definitiva a una lucha entre buenos y malos, en línea con lo que piensa el Gobierno), La cocina perdió la oportunidad de reconstruir una de las discusiones políticas más intensas de los últimos tiempos con la distancia que otorga el tiempo y una mirada más equilibrada (como la que había entregado David Blaustein en Cazadores de utopías ), aún sin resignar las posturas más comprometidas.

    Son impecables todos los rubros técnicos -fotografía, edición, sonido- de una producción que llega a los cines y también podrá verse por Canal 7, esta noche, a las 24.
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  • El guardián del zoológico
    Lo primero que conviene dejar de lado frente a El guardián del zoológico es el lugar común: no estamos ante una película más de animales parlantes y humanos que se sorprenden o se mantienen indiferentes ante ese mundo armado a fuerza de efectos especiales y de animatronics.

    Los recursos para hacer hablar a las bestias del zoológico existen, pero aquí se ponen al servicio de otra clase de historia. Lo que resuelven leones, elefantes, gorilas, jirafas y osos es romper una suerte de código de silencio para que el protagonista del relato pueda salir de perdedor.

    La víctima es Griffin (Kevin James), versión más inocente y fornida del eterno y ciclotímico adolescente encarnado por Adam Sandler, cuya escudería aparece de un modo muy visible como artífice de este proyecto. Al macizo astro de The King of Queens lo vemos al comienzo fracasando en su intento de proponerle matrimonio a la chica de sus sueños (Leslie Bibb), una rubia tan bella como vacía.

    Tiempo después, la muchacha reaparece y el desafortunado héroe, que se gana la vida como jefe de guardianes del zoológico de Boston, sólo acepta probar suerte de nuevo con la inesperada ayuda de algunas fieras, capaces de expresar una vasta gama de sentimientos que van de la ironía a la comprensión. El más cercano es el gorila Bernie, todavía más frustrado que Griffin y arrojado casi a la depresión a fuerza de abusos y maltratos dentro del mismo zoológico.

    Sin perder el espíritu de la comedia familiar convencional, el film se propone rescatar a los perdedores, reivindicar cierto comportamiento animal por parte de los humanos y cuestionar desde allí la trivialidad de los excesos en el lujo y la sofisticación. Una trama con suficiente brío y un par de secuencias muy logradas (la primera salida compartida entre Griffin y el gorila, la escena de la boda) contribuyen a ese propósito. Sin embargo, las cosas quedan al mismo tiempo descompensadas por culpa de algunos bruscos cambios de ritmo, cierta sobrecarga en el énfasis de la idea fuerza original y, sobre todo, un muy desafortunado doblaje a la mexicana que arruina chistes enteros y nos priva de disfrutar las voces originales de Nick Nolte, Sylvester Stallone, Maya Rudolph y el propio Sandler.
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  • Habemus Papa
    Habemus Papa
    La Nación
    Habemus Papa (que para su estreno local perdió insólitamente la "m" final del título original en latín) es una película compleja, inquietante e incómoda para los adictos a las etiquetas y las respuestas fáciles. Su artífice, identificado con las posturas históricas de la izquierda italiana, tal vez no sea un hombre de fe, pero sin dudas es un moralista.

    Por eso sabe escapar de los prejuicios al interrogarse sobre el poder, cuál es el mejor lugar que cada uno podría encuentra en su afán de transformar la realidad y cómo se distorsiona esa posibilidad a partir de un manejo liviano y superficial de las responsabilidades. Como en toda su obra, Moretti no necesita recargar la densidad de los cuestionamientos: tiene la rara habilidad de suavizar los planteos más profundos con la genuina ligereza de una comedia satírica, pero jamás irreverente.

    El cardenal Melville (un admirable Michel Piccoli) es investido con una responsabilidad que no esperaba: la de ser elegido Sumo Pontífice. Como todos sus pares, Melville llegó a Roma para participar en el cónclave del que surgirá el sucesor del papa que acaba de fallecer. El mundo entero está, fuera de los muros del Vaticano, a la espera de esa noticia. Adentro, la mayoría de los candidatos se encomiendan a Dios para ser liberados de ese compromiso.

    A Moretti no le interesa dar las razones de ese comportamiento. Tampoco se propone dejar constancia expresa de las razones por las cuales le toca a Melville ser designado. Con una puesta rigurosa y visualmente irresistible, además de un firme pulso narrativo, Moretti prefiere concentrarse en la perplejidad de Melville, en las cavilaciones y dudas -profundos valores cristianos, al fin y al cabo- de un religioso que cree en su misión, pero siente que las obligaciones de su nuevo papel están fuera de su alcance.

    A la vez, el director se reserva delante de las cámaras el papel de un exitoso psicoanalista, convocado casi como último recurso para convencer al remiso purpurado, deje tranquilos a todos y contribuya al retorno del equilibrio.

    Apoyado en la voz de Mercedes Sosa, que entona "Cambia, todo cambia", el Moretti director lleva a Melville de regreso en ese mundo del que se distanció por el lugar que ocupa dentro de la jerarquía. Y a la vez, en un divertido intercambio de roles, el psiconalista termina encerrado en el Vaticano junto a los cardenales. Desde allí, el personaje del Moretti actor parece sugerirnos que los rituales del poder no son más que un juego y que las responsabilidades deberían considerarse y asumirse sobre todo a partir de un profundo conocimiento interior y una convicción de la que surgen las auténticas decisiones trascendentes.
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  • La verdad oculta
    La verdad oculta
    La Nación
    Toda película que se inicia con la advertencia de que está inspirada en hechos reales enfrenta dos riesgos ciertos: que se tense en exceso la cuerda sentimental del melodrama y que la noticia utilizada como punto de referencia imponga su propio peso. De esta manera, cualquier adaptación cinematográfica termina opacada y reducida a un segundo plano, cuando el objetivo buscado era precisamente el contrario: darle trascendencia y visibilidad a alguna "verdad oculta".

    Lo que sale a la luz con ese título -elegido seguramente por su explícita e inmediata carga testimonial- es la reconstrucción del calvario vivido en los Balcanes por Kathryn Bolkovac (Rachel Weisz), una oficial de policía de Nebraska que aceptó en 1999 sumarse a las fuerzas de paz de las Naciones Unidas con la esperanza de mitigar sus penurias económicas. Madre soltera y dos veces divorciada, Bolkovac imaginaba que esa holgura favorecería un reencuentro con una hija distante y cada vez más escéptica.

    Lo que encuentra, en cambio, es una posguerra tan cruenta como el conflicto que desangró a la región. Y que tiene como víctimas principales a jóvenes mujeres llegadas a Bosnia desde otras regiones (Ucrania, por ejemplo), reducidas a la esclavitud y obligadas a ejercer la prostitución por parte de una red de tráfico de personas. En Sarajevo, confía en que su tarea ayudará a desactivar ese comercio infame, pero no tarda en descubrir que integrantes de la propia ONU aparecen involucrados en los ilícitos.

    Al relato no le faltan ni intensidad ni convicción, pero tropieza casi todo el tiempo en la reiteración expresa y redundante del objeto de la denuncia, atrapada en frases hechas ("inmunidad no es impunidad", se dice en un momento) y el recurso del exceso melodramático. En este sentido, hay una escena de vejación que aparece al límite de lo tolerable en términos visuales.

    Por fortuna está Rachel Weisz, que con un enorme compromiso y un admirable despliegue de recursos expresivos aporta desde su personaje la complejidad y la riqueza interior que la historia no ofrece en su esquematismo. Gracias a ella y a la autoridad de sus compañeros de elenco (Redgrave y Strathairn, sobre todo) es posible hallar sutilezas en medio de un planteo sobrecargado de evidencias.
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  • Cars 2
    Cars 2
    La Nación
    Los personajes más reproducidos de la historia de Pixar viajan por el mundo en una carrera de vértigo y de espionaje internacional

    Cinco años atrás, la placidez de Radiador Springs funcionaba como alegoría perfecta de un mundo añorado y nostálgico habitado por personajes sobre ruedas de contornos mecánicos y temperamento humano. Lo único que les faltaba a estos prototipos (en el más amplio sentido del término) era superar el aislamiento: sentirse valorados y reconocidos.

    En el cierre de Cars, el objetivo se había logrado: Radiador Springs quedaba definitivamente integrada al resto de este mundo animado de vehículos antropomórficos, fruto creativo de las más caras devociones personales del factótum de Pixar, John Lasseter. Esa expansión se amplió al mundo real de un modo bien tangible: año tras año, el merchandising comenzó a crecer en proporciones gigantescas y hoy se citan al respecto cifras globales cercanas a los 8000 millones de dólares, jamás alcanzadas previamente.

    Semejante fervor no hace más que abrir las puertas de par en par a la secuela más ambiciosa que pueda imaginarse, capaz de reproducir a la máxima escala el interés por hacer de todas las maneras reproducciones de personajes de apariencia fría, pero con diseños perfectos y un espíritu que se pone a prueba en el contacto con sus pequeños o grandes consumidores.

    Por eso, Cars 2 sigue en una perfecta lógica la línea insinuada por el final del primer film y sus ecos fuera de la pantalla: una aventura gigante, llena de vértigo y peripecias, que multiplica a sus personajes (aquí llegan a ser casi 900) y deja atrás (literal y simbólicamente) la quietud de Radiador Springs para zambullirse en el ruido propio de las carreras de Fórmula 1. Lasseter cambia el freno por el acelerador, lleva a fondo su entusiasta apego por el mundo automotriz y le agrega -para reforzar todavía más ese ímpetu- la sofisticación de las historias de espías (de James Bond a El agente de Cipol ) que tanto parece haber disfrutado de niño.

    El resultado es un relato sin pausas, sin dudas el más ambicioso y estridente de toda la fecunda historia de Pixar. Con un extenso metraje y varias historias superpuestas: las andanzas de Rayo McQueen en un Grand Prix mundial con escalas en Tokio, París, la Riviera italiana y Londres, un complicado vínculo lleno de equívocos con la bonachona grúa Mate (verdadera estrella del film), el involucramiento de ésta en un caso de intriga internacional ligado al uso del petróleo y el film de espías propiamente dicho, con predominio de elegantes referencias británicas. Tal vez demasiado para construir una historia tan plena, sensible, profunda y poética como las que nos tiene acostumbrados Pixar en los últimos años ( Ratatouille , Wall-E , Up! ). Con todo, hay elementos de sobra en Cars 2 para entretenerse, regocijarse y asombrarse: un espléndido prólogo digno de un film de 007, la elegante y sensible reproducción de las calles de Tokio, una formidable secuencia de carrera en la ficticia Porto Corsa e increíbles planos generales. Aun en sus títulos menos acabados, Pixar siempre es capaz de superarse a sí misma.
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  • La doble vida de Walter
    Actor y personaje en busca del otro lado

    Habrá que resistir ante todo la tentadora curiosidad de comparar la ficción de La doble vida de Walter con el mundo bien concreto del actor que la protagoniza. Porque el personaje central de este film, triunfador en los negocios y en la vida hasta que una depresión lo paraliza en estado de eterna somnolencia, no es otro que Mel Gibson, otro ganador indiscutido en el pasado que afronta hoy las perspectivas de un futuro incierto por culpa de su incontinencia verbal y física.

    Todavía no sabemos cómo saldrá Gibson de su laberinto personal, pero en el cuento que lo trae de vuelta al primer plano de la interpretación cinematográfica su personaje parece haber hallado una solución: colocar sobre su brazo un castor de peluche, moverle la boca como si fuese un ventrílocuo y dejar que el muñeco maneje sus conductas y temperamentos. Así irá recuperando de a poco la autoestima y la creatividad en los negocios, por más que su familia mantenga razonable perplejidad frente a tan extraña salida.

    La opción elegida por Jodie Foster en su tercera incursión como directora para retomar la pregunta que parece perseguirla casi obsesivamente en su carrera artística (¿cómo resolver conflictos en familias disfuncionales?) queda claramente abierta a riesgos y extravagancias. La película no teme por momentos bordear el ridículo, afrontar las consecuencias de algunos diálogos sentenciosos y retratar el cuadro familiar desde cierto psicologismo de corto vuelo, como cuando describe la simbiótica relación entre Walter y su hijo mayor (el excelente Anton Yelchin).

    Pero al mismo tiempo Foster cuida a sus personajes, les insufla admirable convicción y deja que Gibson sostenga con todo el peso de sus grandes dotes de actor intuitivo un personaje que en otras manos caería en la impostura y el desborde. Con tales premisas y respaldos, la directora sortea con discreción algunos de los desequilibrios a los que ella misma decide exponerse y en los mejores momentos de un film dispar hasta consigue conmover al espectador.
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  • Teatro Colon: Música Palabras Silencio
    Una mirada sobre la restauración del Colón

    Por más que remita de inmediato a lo que ocurrió el 25 de mayo último, cuando se reabrió el Teatro Colón luego de una prolongada parálisis por las obras de remodelación, este documental de tardío estreno registra en realidad los primeros pasos del largo proceso de restauración de nuestro primer coliseo.

    De hecho, los créditos finales indican que las imágenes fueron tomadas entre octubre de 2006 y septiembre de 2007, y entre los agradecimientos aparecen los nombres de Jorge Telerman y Marcelo Lombardero, por entonces jefe de gobierno porteño y director artístico del Colón, respectivamente. Además, hay breves segmentos de las últimas obras representadas en aquel momento, precisamente antes del cierre, como la ópera Boris Godunov , de Mussorgsky.

    De todos modos, el más reciente documental de Bebe Kamin ( Adiós Sui Generis ) evita toda polémica y se concentra en la meticulosa tarea de ingenieros, artesanos, orfebres, técnicos y operarios, todos mancomunados en el rescate del esplendor original del teatro. La cámara se pone todo el tiempo a la altura de ellos y acompaña miradas, voces y trabajos en la búsqueda de una cabal comprensión de la magnitud de los trabajos, mientras procura elaborar un retrato de los perfiles menos conocidos del Colón. El relato fluye con elegancia, prolijidad, afán didáctico y cuidado por el detalle, aunque sin escapar de los convencionalismos de cualquier documental institucional.
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  • Una pareja despareja
    Suma de géneros con el mejor Jim Carrey

    La entrega del actor es el eje de Una pareja despareja

    Sería una lástima que entre las irresueltas controversias que rodean el lanzamiento en Estados Unidos (demorado varias veces y programado ahora para comienzos de diciembre) y el muy desafortunado título elegido para su lanzamiento local este film quede expuesto a permanentes equívocos y se pierdan de vista los muchos hallazgos que es capaz de ofrecer.

    En este sentido, seguir el título original parece el mejor camino para aventar confusiones. Sobre todo porque hace una explícita referencia a sorprendentes hechos reales, cuyos protagonistas reales llevan los mismos nombres y apellidos que aparecen en el relato.

    El personaje central es Steven Russell (Jim Carrey), un estafador vocacional y profesional que llegó a ser bautizado Houdini por su notable talento para el engaño y la fuga. Se sabe que logró escaparse de al menos 14 prisiones con distintas caracterizaciones. También que pasó su infancia como hijo adoptado de una familia muy conservadora, que se casó, tuvo hijos y fue oficial de policía hasta que una instancia reveladora -representada en el film con un accidente- lo llevó a cambiar de vida o, mejor dicho, a declarar que a partir de ese momento viviría según sus deseos, impulsos y sueños. Asumió desde entonces su homosexualidad, dejó a su familia, descubrió un talento innato para la defraudación y la estafa en pequeña o gran escala y en una de sus sucesivas estadas en la cárcel se enamoró perdidamente de otro interno, llamado Phillip Morris (Ewan McGregor), relación también marcada a fuego por la compulsión de Russell por el fraude.

    Este tour de force parece haber viajado de la realidad a la ficción para que Carrey pudiera demostrar virtuosamente la convivencia entre el histrionismo desbordante y una profunda interioridad dramática, dos facetas hasta aquí nunca aprovechadas en conjunto. La entrega y el compromiso del actor canadiense -seguramente en su mejor aporte a la pantalla grande- son el eje de un relato que recorre con energía, frescura y atrevimiento esta suma de peripecias.

    En menos de dos horas, Requa y Ficarra abordan múltiples géneros (el melodrama familiar, la comedia de enredos, el film carcelario, la sátira costumbrista) y terminan valiéndose de todos ellos, en una libre y fecunda amalgama, para fundir todos los ingredientes en una cálida historia de amor. Para lograrlo, los realizadores eligieron asumir todos los riesgos, entre ellos una escena sexual entre hombres al borde de lo explícito, disparadora de la enorme polémica que aún rodea al film en Estados Unidos.
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  • Como perros y gatos 2
    Otra de espías, pero con mascotas

    Como perros y gatos 2 se apoya en una trama de escaso vuelo que parodia a 007 y en los efectos visuales 3D

    Once años separan a la película original Como perros y gatos de esta secuela, que a juzgar por sus resultados intenta sobre todo sacar provecho del irresistible atractivo que por ahora despierta cualquier estreno en 3D. Esta novedad marca la diferencia a tal punto que los efectos visuales, convertidos en amos y señores, reducen a la mínima expresión la presencia humana, bastante significativa en el comienzo de la historia.

    Una historia familiar dominaba el film de 2001: la obsesión de un científico por hallar un remedio a las alergias de las mascotas abría una módica aventura de espionaje, en la que perros y gatos se convertían en enemigos irreconciliables. Algunas de esas mascotas (los canes Butch y Lou; el felino Mr. Tinkles) reaparecen en una segunda aventura que parodia a las películas de James Bond desde la secuencia de los títulos, en la que reaparece la voz más familiar en términos musicales para los devotos de 007, la de Shirley Bassey.

    En este caso, la excusa argumental es una nueva operación encubierta del equipo canino ultrasecreto, al que se suma un perro policía castigado por el fracaso de una operación. Y de nuevo una gata (la Kitty Galore del título) aparece como villana, construida en trazos gruesos a imagen y semejanza de las enemigas de James Bond. La novedad es que se queda tan solo como ellos, porque varios de su especie también se organizan en una red de agentes secretos, cuyo líder responde al nombre de Lazenby (otro guiño para los fanáticos de 007, al punto que en la versión original tiene la voz de Roger Moore).

    Así se pierde uno de los escasos atractivos de la primera parte. Para evitar protestas y posibles reclamos de favoritismo, ahora perros y gatos son aliados: el único enemigo es el felino más malo y más desagradable de todos. Como para marcar aún más las diferencias, Kitty Galore resulta ser un animatronic armado en un laboratorio de efectos visuales; el resto son animales verdaderos, llevados a la acción gracias a un batallón de efectos digitales.

    Esa acción resulta más vertiginosa que precisa y más artificiosa que coherente. La trama desborda en menciones y referencias a películas muy conocidas (además de Bond se cita a Arma mortal , El silencio de los inocentes y muchas otras que auguran una tercera entrega), pero el divertimento se agota rápido y todo se limita a mostrar del modo más llamativo posible cómo todos estos animales bien adiestrados son capaces de hablar y de desafiar la ley de gravedad, mientras los escasos actores de carne y hueso (Chris O´Donnell y el excelente comediante de 30 Rock Jack McBrayer) quedan totalmente desaprovechados.

    Al menos es posible disfrutar de un fantástico prólogo con el regreso de los Looney Tunes . En una nueva aventura de tres minutos con el Coyote y el Correcaminos, a la que sólo le hace falta bajar un poco el pie del acelerador, el 3D refulge en los entrañables escenarios surgidos de la inventiva de Chuck Jones y el espíritu de la historia original se mantiene intacto, así como un comentario musical digno de Carl Stalling. A diferencia del producto principal, esperamos en este caso con avidez nuevas aventuras.
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  • El origen
    El origen
    La Nación
    El origen, un portentoso ejercicio de imaginación

    Christopher Nolan y la exploración de lo onírico

    Desde el enigmático comienzo, con DiCaprio arrastrado por la corriente en estado de inconsciencia hacia una misteriosa playa, hasta un plano final que ya es objeto de las más variadas interpretaciones, las fascinantes dos horas y media de El origen se desarrollan entre realidades convertidas en simulacro y apariencias que parecen cobrar en la pantalla el espesor y las dimensiones de los elementos más tangibles.

    Con este film, que estará con toda seguridad entre los más comentados del año, Nolan se suma a la larga lista de realizadores atrapados por las sugerentes posibilidades visuales y narrativas que abre para el cine la exploración de los sueños. En su obra más ambiciosa -lo que es mucho decir tratándose del director de Batman, el caballero de la noche cruza esa materia prima con sus propios anhelos creativos a través de una monumental construcción de climas, secuencias, referencias cinéfilas y alusiones a múltiples disciplinas, plasmada en imágenes de portentosa creatividad.

    Si El caballero de la noche es una indagación sobre la mente de un terrorista, Nolan traslada en El origen la pregunta al terreno del espionaje corporativo. En este único (aunque tan elusivo como los demás) terreno de realidad visible dentro de un film que hace equilibrio todo el tiempo sobre distintas fases simultáneas de narración, el equipo encabezado por Dom Cobb (DiCaprio) se especializa en ingresar en los sueños de otros para extraer información clave.

    En una de las muchas paradojas con las que juega deliberadamente el film, un trabajo fallido abre para Cobb la posibilidad de reivindicarse espiando al rival corporativo de su último patrón y soñar con reencontrarse muy pronto con los suyos, algo que veía casi imposible. Esta vez, el trabajo exige una apuesta todavía más fuerte y la entrada al inconsciente ajeno no sólo pasa por la apropiación de ideas ya presentes. Lo nuevo es la originación (término con el que se traduce el título original del film), el acto creativo de instalar ideas nuevas en el subconsciente de alguien.

    Toda la atención

    De la nada, Nolan nos lleva hacia allí con el pulso firme de quien nos guía a lo largo de un camino que sólo él conoce a la perfección y se dedicó a explorar meticulosamente con anterioridad. Coloca infinitas pistas y señales con una precisión abrumadora -el film exige máxima concentración para no descuidar ni el mínimo detalle- para que el espectador pueda recuperarlas y evaluar su sentido en cualquier momento.

    Seguramente por eso, el personaje con el que más parece identificarse es el de Ariadne, la arquitecta encargada de diseñar los distintos escenarios en los que transcurrirá la ilusión y que personifica aquí Ellen Page con la misma aplicación seguida por el resto del admirable elenco a las instrucciones del realizador.

    No será el único. Dos asistentes todoterreno (Joseph Gordon-Levitt y Tom Hardy), un efusivo chofer (Dileep Rao) y el propio contratista de Cobb (el gran Ken Watanabe) se suman a un equipo que se vale de una compleja red de cables, aparejos y compuestos químicos para cumplir con el plan. En su transcurso, unas cuantas dificultades operativas se mezclarán además con las tribulaciones de Cobb y su aproximación a una enigmática mujer (Marion Cotillard).

    Si toda esta enmarañada intriga aparece más o menos inteligible para el espectador atento es porque Nolan jamás pierde el control de lo mucho que sucede minuto a minuto, y también porque la intriga, en el fondo, responde ante todo a impulsos propios del cine de acción. Por cierto, hay en El origen una vía que alienta todo tipo de indagaciones psicoanalíticas y llega a plantearse interrogantes de alguna trascendencia, pero por encima de ella se impone la debilidad de Nolan por los films de James Bond y Michael Mann, representada en apasionantes persecuciones por las callejuelas de Tanger y las heladas montañas de Calgary.

    Con la ayuda de extraordinarios colaboradores (el fotógrafo Wally Pfister, el diseñador de producción Guy Dyas), Nolan desplega toda su creatividad en estas travesías y otras mucho más personales e introspectivas que desafían los sentidos (y hasta la ley de gravedad) y llegan a provocar genuino asombro. Lo hace al punto de presentarle al espectador la hoja de ruta entera (el camino principal, posibles atajos, eventuales salidas) de un modo quizá demasiado explícito.

    El director enfría por momentos la intensidad del planteo, tal vez temeroso de que algún nudo llegara a soltarse y el esquema entero termine desmoronándose. El precio a pagar es el de cierto distanciamiento, que no impide disfrutar al mismo tiempo de una obra de las más imaginativas y provocadoras de los últimos tiempos, con un director que vuelve a creer en los sueños como materia prima de la maravillosa realidad del cine.
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  • Marmaduke
    Marmaduke
    La Nación
    Aventuras repetidas con perros parlantes

    Poca originalidad y destreza canina en Marmaduke

    La Argentina no figura entre la veintena de países a los que se exportó con éxito la tira cómica protagonizada por el perro Marmaduke. Las aventuras de este gran danés eternamente incapaz de obedecer las órdenes de su dueño conservan su vigencia después de medio siglo y se siguen publicando en Estados Unidos -su lugar de origen- y otros 20 países.

    Esa falta de familiaridad se compensa con la condición que caracteriza a Marmaduke en su salto a la pantalla grande. Como otros recientes animales de película, el mastodóntico y siempre despistado can habla y se hace entender con sus pares de distintas razas.

    Hay un breve y alentador prólogo que insinúa con seres humanos algunas de las potenciales situaciones de comedia que se abren alrededor de un personaje de las dimensiones de Marmaduke cuando entra en colisión con su entorno. Pero lo que llega después es un desfile de lugares comunes, oposiciones elementales y propósitos aleccionadores.

    Marmaduke vive en el hogar de los Winslow, una familia prototípica con tres hijos que encuentra la posibilidad del crecimiento profesional cuando el padre -experto en marketing de alimento para mascotas- recibe una invitación para dejar la provinciana Kansas y mudarse a Los Angeles.

    El nuevo hogar resulta en los papeles tan acogedor como el amplio espacio laboral. El señor Winslow puede compartir las horas de trabajo en un amplio jardín con su mascota, que no tardará en interactuar -y, de paso, meterse en problemas- con toda clase de canes. Mientras su dueño descuida a la familia por atender en exceso el trabajo, el perrazo elige a los amigos equivocados y queda prendado por Jezebel, la bella émula de Lassie que es pareja del macho alfa de la jauría, dejando de lado a una confiable ejemplar de menor pedigrí. Como se precia en estos casos -trajinados hasta el hartazgo-, el deslumbramiento lleva primero a la frustración, después al dolor de la pérdida y por último a la redención. Todo para mostrar cómo los adiestrados canes pueden representar y verbalizar comportamientos humanos, lo cual torna las cosas más absurdas.

    La módica anécdota se resuelve con una sensación constante de historia ya vista. Y si por momentos el genuino entretenimiento asoma la cabeza -aunque la versión doblada impide disfrutar de las voces y algunos chistes de grandes comediantes como Owen Wilson, George Lopez y Steve Coogan- es porque los únicos verdaderos triunfadores de este film son los 30 entrenadores de canes que figuran en los créditos finales. Gracias a ellos, las mascotas consiguen algunos momentos de lucimiento y, de paso, dejan al descubierto el desgano con el que los actores de carne y hueso asumieron este compromiso.
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  • Batalla por Terra
    Batalla por Terra
    La Nación
    Relato futurista con moraleja y sólo en 3D

    Explícitos mensajes ecológicos en Batalla por Terra

    Tres años antes del estreno de Avatar , Batalla por Terra planteó un punto de partida argumental con más de un elemento en común con la revolucionaria obra de James Cameron. Aquí también los seres humanos se ven en un futuro impreciso ante la necesidad de conseguir recursos elementales para garantizarse la supervivencia. En este caso, el planeta se quedó sin oxígeno y permanece en órbita como una masa oscura y esférica de hierros retorcidos.

    El vital elemento abunda en Terra, un astro rebosante de nubes en el que hay delfines surcando los cielos y cuyos habitantes son vivaces alienígenas de ojos saltones y sin extremidades inferiores, que disfrutan de una convivencia en perpetua armonía. Todo se desvanece ante el inevitable choque con los humanos, ejecutado con espíritu de campaña militar.

    Pero Terra no es Pandora y el canadiense Aristomenis Tsirbas está muy lejos de alcanzar el virtuosismo y la inspiración de Cameron para valerse de la tecnología 3D en la creación de nuevos universos visuales y cinematográficos. No se percibe en el realizador vocación por trabajar el detalle y enriquecer a los personajes de este mundo nuevo más allá de una descripción básica y convencional. Pero Tsirbas, al menos, muestra sensibilidad plástica para aprovechar el cuadro y poner a su favor algunas de las posibilidades visuales ofrecidas por la imagen tridimensional.

    El humor, ausente

    Con estas herramientas, el film entrega sin demasiadas sutilezas -y con una falta absoluta de humor que extrañarán los más chicos- un explícito mensaje ecológico que subraya la responsabilidad de los humanos en la destrucción del medio ambiente.

    El vehículo para dejar en claro este planteo pasa por el acercamiento en medio de la batalla entre dos prototipos de sus respectivos mundos: Mala, la alienígena que comprende antes que sus pares las necesidades de los humanos, y Jim Stanton, un militar que con el tiempo no dudará en enfrentarse a sus superiores y poner en cuestionamiento el cruento plan que tienen entre manos.

    El mensaje resulta más preciso que el retrato de los personajes, desfavorecido -sobre todo en el caso de los humanos- por la exagerada rigidez de sus rasgos. El brío narrativo y la espectacularidad de algunas secuencias disimulan en parte estos condicionamientos y, de paso, también dejan al descubierto las múltiples influencias que inspiraron este relato, de La guerra de las galaxias a los videojuegos inspirados por Final Fantasy.
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  • Siempre a su lado
    Siempre a su lado
    La Nación
    Un vínculo pensado para conmover

    No hay secretos ni segundas intenciones en esta nueva muestra de fidelidad del sueco Lasse Hallström a las historias que buscan respaldo y fundamento en la cuerda melodramática. Siempre a tu lado está concebida para conmover primero y encontrar después la complicidad del público para diseñar un universo casi beatífico, en el que todos son capaces de abrigar buenos sentimientos y compartirlos con los demás.

    Inspirado en una historia real ocurrida en Japón y en un film de ese origen que dio cuenta de esos hechos, Siempre a tu lado coloca desde el vamos y sin vueltas el eje único del relato en el enternecedor vínculo entre un maduro profesor de música -cuya vida conyugal, familiar, profesional no ofrece fisuras- y un perro de raza Akita que se extravía sin explicaciones claras en una clásica localidad suburbana de los Estados Unidos después de un largo viaje iniciado en el Lejano Oriente.

    El hombre logra superar las resistencias de su esposa y convierte al can en una entrañable compañía. El mérito de Hallström es mostrarnos ese proceso desde el impulso de ambos protagonistas -con escenas en blanco y negro que parecen acompañar el punto de vista del animal- así como el modo en que el resto de los personajes -familiares y habitantes del lugar- van comprobando de a poco la intensidad de una relación que llega a superar los lazos vitales entre ambos. No faltan excesos de azúcar y una narración por momentos desordenada, pero también abundan los momentos de genuina emoción.
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  • Hombres de mentes
    Hombres de mentes
    La Nación
    Una sátira de la guerra que navega a la deriva

    Fallidas ironías en Hombres de mentes

    Hombres de mentes se abre con la imagen de Stephen Lang ?aquel duro combatiente que se convertía en el villano de Avatar? estrellándose contra la pared de una oficina. Como en el film de James Cameron, aquí también viste uniforme militar; pero al mismo tiempo tiene la mirada perdida y un agobio que sólo podrá mitigarse si alcanza el improbable logro de atravesar ese muro y pasar al otro lado.

    Estamos ante una sátira que apuesta decididamente por el absurdo. Y el escenario de ese juego es la guerra de Irak, vista aquí con un espíritu burlón que no disimula de entrada ácidas críticas sobre el papel de Estados Unidos en el conflicto.

    En la anécdota se mezclan un periodista resuelto a viajar al frente de guerra tras un despecho amoroso, un antiguo oficial que cumple misteriosas tareas encubiertas, una misión enigmática en medio del desierto y, por sobre todo, el arma secreta de triunfo en la batalla: un batallón de "guerreros Jedi" adiestrados por un ex hippie y dotados de fuerza espiritual para ganar la batalla con el amor y el poder de la mente, gracias al cual podemos matar una cabra después de mirarla fijamente, tal como lo sugiere el título original.

    Del promisorio comienzo viajamos a una mezcla tan confusa y desconcertante como las idas y vueltas en el tiempo que propone el relato. Para anudarlas, Heslov recurre a explicaciones alambicadas y situaciones que sólo consiguen con cuentagotas un efecto humorístico. La expresión desganada de Jeff Bridges es la mejor ilustración de este relato que navega a la deriva entre los hermanos Coen (el personaje de Clooney parece salido de uno de sus trabajos con el dúo) y el recuerdo de la insuperable MASH.
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  • Furia de titanes
    Furia de titanes
    La Nación
    El videojuego de los mitos y los dioses

    Más que la remake oficial de un film de 1981 que sólo recuerdan con alguna precisión los fanáticos del cine épico, la nueva Furia de titanes es una travesía que convierte al espectador en piloto de uno de esos simuladores de vuelo que suelen funcionar como atracción en los grandes parques temáticos del Primer Mundo. De hecho, ése parece ser el destino más apropiado para esta versión, más allá de dos futuras secuelas casi aseguradas por el éxito de taquilla en la primera semana de exhibiciones casi simultáneas en los mercados más importantes del planeta.

    Podría buscarse la explicación de ese renovado interés en el eterno atractivo de los relatos mitológicos, con dioses resueltos a intervenir en los asuntos humanos y responder con la furia que se desprende del título a la osadía de los habitantes de Argos, resueltos a cuestionar la autoridad de Zeus y del resto de los moradores del Olimpo.

    El realizador Letelier parece desentenderse de esos asuntos y de las razones por las que el semidiós Perseo, hijo de Zeus, lleva adelante el viaje que rescatará a la ciudad maldita. En cambio, parece muy atento sólo al funcionamiento de los efectos visuales ?a los que se agregaron, sin demasiada utilidad, las escenas en tres dimensiones? y a darles a sus cámaras digitales giros y movimientos propios de videojuegos para anudar con bastante brío y dinamismo los sucesivos riesgos a los que se enfrenta el héroe, de la temible Medusa al colosal Kraken.

    De lo que nadie se preocupa es de darles espesor dramático a personajes que van de la inexpresividad de Sam Worthington (cuyo Perseo, más que un semidiós, es un marine enviado a través de la máquina del tiempo desde Avatar hasta la Antigua Grecia) a las casi autoparódicas apariciones de Ralph Fiennes y Liam Neeson, a partir de cuyas barbas postizas más de uno podría preguntarse si es posible tomar todo lo que se cuenta en serio.
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  • Están todos bien
    Remake tan edulcorada como innecesaria

    Están todos bien adapta el clásico de Giuseppe Tornatore

    Habrá excepciones a la regla, pero la costumbre hollywoodense de reciclar toda clase de producciones europeas suele llevarnos casi invariablemente a reconocer que, en estos casos, siempre es mejor regresar a las fuentes originarias.

    Casi dos décadas separan a Matteo Scuro, aquel vital y entrañable jubilado siciliano que emprendía una travesía para reencontrarse con sus cinco hijos dispersos por toda Italia, de Frank Goode, un típico norteamericano de los suburbios para quien romper al menos por un día con la diáspora familiar (en este caso los hijos son cuatro) ayudará a mitigar sus penas: acaba de enviudar y su salud está resquebrajada por los materiales nocivos que inhaló durante largos años de trabajo en una fábrica de cables.

    Pero la distancia se hace aún mayor si comparamos la genuina melancolía que rezumaban el film de Giuseppe Tornatore y su personaje central (a quien Marcello Mastroianni le aportaba conmovedora expresividad) con la calculada acumulación de golpes de efecto que va mostrando esta remake.

    Estéril

    No hace falta más que ver a Goode (un De Niro que se esfuerza estérilmente por escapar a sus tics y guiños más conocidos), al principio del relato, recibiendo recomendaciones del médico sobre la inconveniencia de exponerse demasiado a cierta clase de esfuerzos. Más adelante, el guión pondrá en juego al personaje en una situación que parece armada para provocar un efecto emotivo más prefabricado que genuino.

    Lo mismo ocurre con el vínculo que se plantea entre Goode y cada uno de sus hijos. Una sucesión de equívocos, suposiciones y malentendidos que alcanza su clímax en la incógnita sobre el paradero de David, el hijo predilecto, que pinta cuadros en Nueva York. Aquí se plantea un juego de secretos y mentiras entre el padre y los hermanos, que el film remata a través de un giro forzado que coloca arbitrariamente al protagonista en un lugar bien diferente del que ocupaba hasta allí.

    Esa sucesión de giros, tan rebuscados como las vueltas que se ve obligado a hacer Goode durante el viaje, dejan de lado lo más atractivo que podía ofrecer la historia. Ni las preguntas sobre el valor de los lazos familiares, el paso del tiempo y el sentido de un viaje (reemplazados por clisés) ni una indagación profunda del alma del protagonista. Temas que parecen ajenos a las inquietudes del británico Kirk Jones, un realizador que no parece estar muy cómodo en un territorio melodramático tan ajeno a sus elogiadas -y vivaces- películas anteriores: las deliciosas El divino Ned y Nanny McPhee, la nana mágica.

    Ese camino apenas se insinúa a través del encuentro entre Frank y su hijo músico (el siempre admirable Sam Rockwell) y un fugaz diálogo entre el protagonista y una camionera (Melissa Leo, desaprovechada). Lo que sugieren esos momentos aislados termina desaprovechado en medio de un acentuado afán moralizador y situaciones de previsible sentimentalismo que podrán agobiar o tranquilizar al espectador, pero difícilmente lo conmuevan.
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  • El imaginario mundo del Doctor Parnassus
    Terry Gilliam, en su obra más autobiográfica

    El imaginario mundo del doctor Parnassus ofrece riqueza visual, desorden narrativo y el aporte póstumo a la pantalla de Heath Ledger

    Cada vez que se mira en el espejo del carromato con el que recorre Londres al frente de una extravagante compañía de teatro ambulante, el doctor Parnassus podría reconocer tranquilamente del otro lado la imagen de Terry Gilliam. Ese personaje de edad imprecisa que sueña con la inmortalidad a cambio de un pacto con el mismísimo Diablo refleja el perfil de su creador.

    Estamos ante el film más autobiográfico de Gilliam, con las virtudes e imperfecciones de su trabajo creativo elevadas a la máxima potencia. De un lado, una portentosa capacidad para construir toda clase de estímulos visuales y trasladarnos desde allí hacia mundos fantásticos y siempre sorprendentes. Del otro, la anarquía narrativa y el desinterés por la lógica del relato, enteramente subordinado a un aluvión de imágenes sugestivas, hipnóticas y embrolladas.

    Al mundo fantástico de Parnassus y su troupe (una hija, un enano, un torpe asistente) llega Tony, rescatado cuando estaba con la soga al cuello. Este giro argumental agrega un elemento inquietante al film, ya que el personaje es interpretado por Heath Ledger, cuya muerte en medio del rodaje agregó misterio e incertidumbre a una trama que Gilliam debió modificar sobre la marcha como un prestidigitador. Curiosamente, la vuelta de tuerca resultó provechosa, ya que el personaje finalmente atraviesa el espejo y encuentra al otro lado, a través de tres variantes del personaje (encarnadas con riqueza de matices por Johnny Depp, Jude Law y Colin Farrell) cierto vuelo y una riqueza de matices que de otra manera quizás no se hubiesen alcanzado.

    Sólo en ese atractivo tramo final el viaje de Parnassus parece cobrar movimiento y escapar a una rigidez sólo en parte disimulada por la ilimitada creatividad visual de Gilliam, que no deja de sacar conejos de su galera de trucos mientras a su alrededor no ocurre casi nada. Lo ayudan la autoridad interpretativa de Plummer, la juguetona composición del Diablo que hace Waits y la presencia ineludible del añorado Ledger, en cuyo rostro se ratifica esa rica mezcla entre intensidad y profunda melancolía de sus últimas y celebradas apariciones.
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