Lorena Vazquez
  • Cantidad de críticas: 18
  • Promedio: 61%
  • Críticas favorables: 14/18 (78%)
  • Críticas desfavorables: 4/18 (22%)
  • Diferencia absoluta: 8%
  • Cuentos de la selva
    Puro cuento

    Ante la pregunta de si es por falta de tecnología o de talento, la respuesta se complica. Un guión -incapaz de generar empatía o un atisbo de sonrisa- de Jorge Maestro (El sodero de mi vida) sumado a una animación –créase o no- poco animada, convierten está fábula ecologista en un verdadero bodrio.

    Y es probable que no se cuente con la tecnología de Pixar o Dreamworks, pero eso no justifica la seguidilla de imágenes lavadas y estáticas que conforman Cuentos de la selva.

    Este es el caso de una película que carece de virtudes. La Tobal -con una vocecita aguda y unos diálogos aggiornados - en su papel de coatí concheta hace lo que puede, y eso es muy poco. Ni ella ni Abel Pintos, ni ninguno de los actores que dan voz a estos personajes logran darle expresividad a esos bichos impávidos, a excepción del lorito paraguayo que probablemente sea lo más destacable.

    La banda de sonido sufre las mismas vicisitudes que el guión, carece de eso que llamamos onda, por no decir que parece un revival de lo peor de Lerner en los ochenta.

    Basada en los Cuentos de la Selva de Horacio Quiroga, toma y transforma a ciertos personajes – tortuga salvadora, flamencos con medias de víboras, etc.- que se dan cita en la selva misionera para enfrentarse a los humanos y salvar su hábitat. Se sabe que varias organizaciones ecologistas apoyaron esta película por su mensaje conservacionista y que los productores se comprometieron con esa causa al punto de donar lo recaudado en la avant premiere a la Fundación Vida Silvestre. Para hacerle justicia, alguien debería inventar un Save The Quiroga para que no sigan pasando estas cosas.
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  • El recuento de los daños
    Estilizada lectura del mito de Edipo

    Un joven, de camino a su ciudad natal, ignora o desconoce cada una de las señales que el destino le pone en el camino para advertirle que no debe continuar. Aún así, regresa a la tierra que lo vio nacer, no tanto por melancolía sino para asesorar en nombre de un holding a una fábrica con serios problemas económicos. Este es el comienzo de una relación amorosa con la madura y recién viuda dueña de la fábrica, mientras el mundo fabril y sus alrededores se deterioran. Lo que este treintañero no sabe –y termina descubriendo, diegésis mediante- es que esta mujer viuda y madura lo parió mientras estaba secuestrada en un campo de concentración.

    Inés de Olveira Cézar no intenta adaptar el mito del Edipo Rey de Sófocles, tampoco hace una versión libre ni lo actualiza para mostrar la vigencia de lo trágico; tampoco creo que utilice la tragedia como trasfondo para hablar de las consecuencias de algunos hechos cometidos durante la última dictadura, como la apropiación de niños. Parece más bien haber captado el núcleo o la esencia del mito para traducirlo –y traicionarlo- en otra cosa. Los elementos de la tragedia están más o menos camuflados y es tan buena la reescritura que se hace, que son armoniosos y dan continuidad a la trama. Esto, además de ser uno de los rasgos más interesantes de la película, es lo que convierte a esta cineasta en una verdadera trágica.

    Aún con diálogos secos y escasos y con personajes que se muestran apáticos, El recuento de los daños tiene mucha fuerza narrativa. Y, a sabiendas de que el cine no se narra con palabras, esta fuerza se apoya en la belleza desoladora de una estilizada puesta en escena.
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  • New York, I love you
    Amores cortos

    El amor y la ciudad de Nueva York son algo así como figura y fondo de New York, I love you, como antes lo fueran París y el amor en la musa inspiradora Paris, Je t´aime. Tan inspirados quedaron que se habla de repetir la fórmula en otras grandes urbes como Rio de Janeiro –favela, eu te amo- o ya en Paraguay –Asunción, Rojaijú-.

    Lo cierto es que el formato de estas películas da buenos resultados. La idea fue buscar a once directores buenos y/o de renombre para que realicen un corto –que varía entre los 3 y 10 minutos, según la ciudad que se ame- teniendo como único requisito tratar cuestiones amorosas siempre que se filtre la esencia de la ciudad.

    Apenas un poco más pochoclera, mantiene una extraña cohesión que la diferencia de su predecesora. Lograda en parte por una unidad estética de directores con estilos muy diferentes entre sí, las historias son entrelazadas por una videoartista que encuentra y retrata con su cámara a los distintos personajes.

    La afinidad entre los cortos no salva a New York, I love you de los altibajos y la película oscila entre episodios más o menos interesantes, cuando no vacuos, como es el caso de la historia de un padre latino que parece la niñera de su hija, logrando demostrar que, como directora, Natalie Portman es muy linda, la yegua. Después del bodoque Portman, la pregunta que resta hacerse es qué pudo haber filmado Scarlett Johansson para que le descartaran su corto en esta película.
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  • Sex and the city 2
    Mucho brillo y pocas nueces

    Como muchas, estas cuatro mujeres se caracterizan por estar sumidas en sus roles y al mismo tiempo rebelarse contra esos roles tradicionales tanto en la sexualidad como en las relaciones de pareja -incluye al matrimonio- y la maternidad, siempre con ese toque femenino que significa estar pendiente de cómo combinar los zapatos con las carteras de Luis Vuitton.

    Con el discurso guevarista a cuestas, no tanto el del Che sino el de Nacha, la rebeldía y el glamour pasan unos días en la exótica, lujosa y reprimida Abu Dabi. Lejos del sexo y la ciudad, les toca vivenciar las costumbres conservadoras de la capital de los Emiratos Árabes Unidos.

    Si bien es un poco más tolerable que su predecesora, Sex and the City 2 insiste en caer en las mismas falencias. Por más válidos que sean los conflictos de cada una, la liviandad con que se tratan los desvirtúa y menosprecia al punto de convertirlos en un esperpento.

    Concentrado en demostrar que los ricos también lloran, la menopausia de Samantha se convierte en la prohibición de ingresar al país con un cocktail de hormonas o, lo que es peor, en llevar el mismo vestido que una adolescente. Miranda no es tenida en cuenta en su trabajo, hecho que se resuelve –elipsis mediante- cuando se la ve radiante en otro empleo. Charlotte desconfía de la fidelidad de su marido frente a una niñera sin corpiño, pero –gracias a dios- la nana resulta ser lesbiana. Lo que era glamour en la primera entrega, ahora es abierta chabacanería y andar por el desierto vestida como para ir al corso acorta las distancias entre Carrie y Wanda Nara.

    A pesar de la cantidad de escenas innecesarias, resulta ser una magnífica fusión de forma y contenido -mundo banal retratado de manera no menos superficial- donde la intriga pasa por saber si son capaces de armar sus valijas en menos de una hora o si Charlotte es capaz de andar en camello y hablar por celular al mismo tiempo.

    Sin el sarcasmo y la inteligencia de la serie, estas cuatro glamorosas y veteranas caricaturas de sí mismas convierten a esta película en un festín para el bobero.
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  • El mural
    El mural
    Subjetiva
    Neruda: me gusta cuando callas

    Quién diría que el dueño de un diario puede decidir qué es noticia y qué no para influir –léase forjar- la opinión pública según su antojo y conveniencia y pueda afirmar sin escrúpulos que los presidentes pasan y nosotros (el periodismo) quedamos. Quién iba a decir que el dueño de un medio de comunicación esconde un secreto con respecto a la paternidad de uno de sus hijos. Y quién diría que me estoy refiriendo a Natalio Botana, dueño del diario Crítica en los años 30.

    Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia, por lo menos en lo que respecta al personaje. En cambio, la recreación de la realidad de los años 30 por parte del equipo de Olivera denota un esfuerzo y una dedicación meritoria. Notable reconstrucción de época que incluye innecesarios planos generales llenos de extras acartonados, locaciones reales y un sinfín de trajes y automóviles que hacían furor en aquellos años locos.

    Puesta en función de demostrar que, con un poco de dinero, puede haber verismo histórico en el cine argentino, El mural cae en puro esteticismo visual –tan ajeno a los ideales que intenta reflejar en David Sequeiros- y hace agua todo el resto de la película. Sin profundizar demasiado en las características de los personajes y sus motivaciones, el trazo grueso a la hora de caracterizar a los personajes –la charla progre de Salvadora con la nana lesbiana o la obviedad amorosa entre Neruda y Blanca Luz Brum- no colabora ni un poco con este grupo de actores forzados a hablar todo el tiempo de sí mismos. Los diálogos redundantes y declamatorios tampoco logran crear o transmitir la pasión desmedida que, se supone, conllevan. Se agradece, eso sí, que Neruda sea nomás que un bolo.
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  • Ricky
    Ricky
    Subjetiva
    Pollitos en fuga

    Tal vez lo más significativo del niño Ricky no sean las alas que le crecen en los omóplatos sino la forma en que Ozon decide retratarlo. No parece tanto una mezcla intencionada de distintos géneros, sino más bien una apuesta a un tratamiento realista de una situación que no se condice con un verosímil real -como la de un retoño medio pollo-. Situaciones comunes y bastante estereotipadas como la de perder a un hijo en el parque o en el supermercado, son desnaturalizadas por lo fantástico pero, no por eso, son expuestas de manera menos dramáticas en esta película. La sensación de desconcierto que genera esta estética realista es abonada también por un anclaje en la problemática socioeconómica de la familia en cuestión.

    Fuera de las alas de pollo, Ricky es un drama basado en la relación de una hija con su madre soltera, vinculo alterado primero por la aparición de Paco –noviete latino de la madre- y luego por la llegada del hermanito chicken little.

    El atractivo de esta película es, a las claras, este realismo con que encara un hecho fantástico. Por lo demás, Ricky es un producto más o menos poético, más o menos bien hecho, más o menos bien actuado, más o menos interesante.
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  • Todos tenemos un... ex
    ¿Y dónde están las perdices?

    Llegar a la casa de tu novio y encontrar crema para peinar o hebillas que la otra se olvidó, pueden ser momentos decisivos en una pareja que empieza a dar sus primeros pasos. Ni qué decir si se trata de explicarle al actual un llamado inapropiado de un ex o, peor aún, que si descubre un llamado oculto. La problemática de los ex parece estar de moda en la actualidad. Pero, si de por sí es difícil convivir con esos fantasmas, sepan que ampliados en pantalla grande, a veces y solo a veces, el asunto se vuelve bastante más que llevadero.

    La película arranca ahí donde mueren todas: en el beso final que acompaña al “vivieron por siempre felices” para preguntarse qué tan cierto es todo eso del amor eterno. Ex novios celosos, peligro de ex, divorcios y desencuentros hacen de esta tragicomedia romántica un rejunte coral de situaciones con el fin de una relación como único hilo conductor.

    Brizzi hace de lo gracioso algo grotesco y este rejunte que en general es parejo y simpático, se va del eje cuando intenta –sin éxito- hacer escenas en tono dramático. Mucho cliché, lugares comunes, demasiado estereotipo para suponer que Ex puede pasar con laureles a la posteridad. Además de ser previsible, tal vez sea por su misma fluidez que cae en la superficialidad a la hora de tratar el tema. Pero logra sus dos únicos objetivos que son entretener sanamente y generar millones.
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  • Séraphine
    Séraphine
    Subjetiva
    Bueno pero no suficiente

    Me acuerdo que una vez tuve un novio perfecto. Este buen hombre se dedicaba y le gustaban las mismas cosas que me gustaban a mí. Era apuesto, decente, trabajador, bastante gracioso y divertido. Y, por si fuera poco, me aceptaba tal cual soy. Lo cierto es que Séraphine es como uno de esos novios agraciados que lo tienen todo. Yolande Moreau y Ulrich Tukur –ignotos por estos lares- se lucen con dos sobrias actuaciones que tienen el buen tino de no caer en excesos ni en lugares comunes propios de sus personajes.

    La iluminación, la fotografía, el vestuario y las locaciones funcionan de maravillas a la hora de recrear los contrastes entre la realidad y la vida interior de la protagonista. El mismo Provost cuenta no haber usado colores cálidos en la puesta, precisamente para contrastar la realidad exterior con la paleta de la artista plástica que vendría a ser expresión del agitado mundo interior de la protagonista. Una dirección correcta desde donde se la mire para contar la interesante historia de Séraphine de Senlis, una mujer huraña y anómala, gran amante de la naturaleza -convengamos que no podía ser amante de ninguna otra cosa viviente- que troca plumero por pincel.

    La pregunta es si ser correcto es necesariamente una virtud. La corrección y la frialdad a tlejan a Seraphine de cualquier concesión dramática gratuita tanto como de cualquier tipo de sensibilidad. Las actuaciones serán muy brillantes pero nada pueden hacer ante unos personajes que no generan ninguna clase de empatía. Más que una buena pintura, parece un primer boceto que se queda a medio camino a la hora de transmitir una idea.

    Algunos de los tantos temas que plantea (la inspiración divina, la marginalidad del artista, el concepto de Arte, la locura como lugar de la creatividad, etc.),

    aunque anacrónicos, podrían ser interesantes si hubiera podido profundizar, por lo menos, en alguno. La película termina convirtiéndose en una serie de temas importantes más o menos pespunteados.

    De mi novio perfecto, al tiempo, me aburrí, y lo cambié por uno que terminó apuntándome con un revolver. Séraphine es algo así como mi ex novio: correcto a la distancia y sin eso que le dicen “pasión”.
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  • La isla siniestra
    El gabinete del director Scorsese

    Si este ítaloamericano fuera argento, la realidad distorsionada no hubiera sido producto de una mente alocada sino de los medios de comunicación, el gobierno o el INDEC. Desconocedor del puterío, Scorsese prefiere contar la historia del cada vez menos lúcido Teddy Daniels, alguacil encargado de encontrar una peligrosa mujer que se evaporó estando recluida en un psiquiátrico situado en una isla.

    Introducirnos de la mano de este director en la mente trastornada del personaje implica vivenciar la sensación de angustia y opresión sugerida por una atmósfera amenazante de paisajes nublados y oscuros, un mar tempestuoso, una tormenta siniestra, interiores asfixiantes y el encierro en una isla.

    Tanto por cuestiones temáticas como estéticas, esta película retoma muchos de los preceptos del expresionismo alemán. El énfasis en la subjetividad, el uso de la luz como elemento constructivo, la figura del monstruo y la adecuación del espacio escénico al estado mental de Teddy -la luz, el decorado y el vestuario varían según la inestabilidad del personaje -, además de puntos de giro y vueltas de tuerca recuerdan a El gabinete del doctor Caligari.

    Jugando en la delgada línea que separa la locura de la cordura, la percepción de la realidad y el punto de vista se tornan temas capitales en esta película. Se trata de ver a través de los ojos del loco y la imagen que vemos refleja su subjetividad. Así, haciendo uso de la narración subjetiva, el manicomio y toda la isla enuncian lo oscuro y laberíntico de la mente del protagonista.

    ¿Se puede vivir con las consecuencias de haber matado? Para contestar esa pregunta, La isla… indaga en las heridas internas del personaje, en la violencia de los campos de concentración nazis y los criminales procedimientos psiquiátricos y la ética de cada uno de los involucrados. Vivir como un monstruo -existir sin culpas y convertirse en el sonámbulo asesino del Dr. Caligari- o morir como un hombre bueno parece ser el dilema.

    La isla… además de ser una buena historia y muy bien narrada, cuenta con lo mejor de la poética de Scorsese y una soberbia actuación de Leonardo DiCaprio.
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  • Aquel querido mes de agosto
    La noche americana

    En escena hay una fila de fichas de dominó en un orden y una distancia precisa, dispuesta por la mano de un director – Miguel Gomes – y su equipo técnico. Y es que, aparte de Dios, ¿hay alguien más omnipotente que un director de cine? Con esa obra de la ingeniería humana hubiera empezado Aquel querido mes de agosto si el malo de la película –llamémoslo el productor – no la hubiera desbaratado en un acto de mera torpeza.

    Distorsiones del audio, conflicto con el sonidista, los conocidos intereses encontrados con el productor y la hazaña de encontrar actores son algunos de los temas puestos en función de refutar este viejo mito del director con control total sobre su obra.

    Pero esta película es mucho más que un backstage o una demostración de lo complicado que puede ser el proceso de trabajo colectivo cuando se trata de hacer cine. Si hasta acá Aquel…recordaba a La noche americana, de François Truffaut, se desentiende de su predecesora al plantear un confuso juego con los límites de dos géneros con más similitudes que las que pueden admitir. Lo que comienza siendo un documental hecho de fragmentos de música de bandas en vivo, lugares y anécdotas de gente común, se va convirtiendo en un drama sobre un romance entre dos primos incestuosos y un padre medio adípico.

    Con el cambio de documental a drama, lo que antes era persona ahora es personaje, lo que era un problema se convierte en un conflicto dramático y va de paisaje a decorado. Los limites se confunden hasta el punto de no saber si el documental no es parte de una emboscada al espectador y es, en realidad, tan ficticio como el resto de la película.

    Aquel…, ganadora de la última edición del Bafici, es una de esas raras películas que se hacen gigantes a medida que avanza el tiempo. Lo poco convencional e inconexo que puede parecer la primera parte – el documental – ancla sentido en el drama posterior. Y si bien esto exige un espectador atento y bien predispuesto, superada la abulia del primer momento, resta disfrutar de una película inteligente y original.
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  • Un hombre serio
    Guía práctica del buen espectador

    Resulta bastante complicado entender la última de los Coen sin tener competencia en algunas cuestiones de física y teología. Para los que ya vieron Un hombre serio y confunden física con gimnasia, desconocen a Job y creen que los judíos viven en Judea, sepan que yo tampoco había entendido la película.

    Es recomendable tener un mínimo conocimiento acerca de todos esos simbolismos y extraños rituales –tan ajenos al mundo goy– que tanto le gusta a la cultura judía. Además, también hay que saber que Un hombre serio es una adaptación libertina del libro de Job, quien sufrió una seguidilla de calamidades, a pesar de ser hombre bueno y justo. La ley divina afirma que si sufre es porque pecó o proviene de una estirpe de pecaminosos. Job le pide a Dios un juicio para demostrar su inocencia. Dios, que a las claras no tenía tanto trabajo como hoy día, acepta y responde desde la tormenta al desafío. Conocer esta historia nos sirve para entender no solo el abrupto e inexplicable final y el cuento de fantasmas idish que inicia la película sino que le da sentido y coherencia a todo el relato.

    Larry, nuestro Job moderno, paga los pecados familiares con el desplome de su familia y su vida profesional. Su vida perfecta ya no tiene sentido y este profesor de física decide buscar en la metafísica la explicación a la incertidumbre que su mente racional no logra hallar. La respuesta que encuentra en los tres rabinos que consulta es más o menos la misma: todo cuestionamiento termina en la nada porque hay cuestiones sobre las cuales no tendremos nunca una respuesta.

    La otra competencia que exige la película trata sobre dos teorías de la física. Por un lado, el principio de incertidumbre –vagamente explicado por el protagonista– afirma que no se puede determinar, simultáneamente y con precisión arbitraria, ciertos pares de variables físicas. La escena del accidente es buena muestra de este principio gracias a un montaje paralelo que está en función de confundir dos escenarios diferentes haciendo creer que Larry choca con la actual pareja de su mujer. Por otro lado, la teoría del caos –no se puede saber con precisión lo que va a suceder– se ve reflejada en lo impredecible de la vida del protagonista. Y, otra vez, sirva el prólogo de la película como ilustración de esta teoría.

    La conclusión es que ni la ciencia ni la religión le permiten a Larry entender lo que sucede o lo que pueda suceder y los Coen nos hacen transitar la incertidumbre de este pobre hombre que “no hizo nada” con las mismas vacilaciones del protagonista. Un hombre serio –que de a ratos se torna monótona, confusa y exigente– nos cuenta la historia de un hombre que intenta entender la lógica de la vida hasta llegar a la imposible tarea de aceptar el misterio. Otros, los más humildes, nos contentamos con entender esta película.
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  • Desde mi cielo
    La vida continúa

    Los adolescentes de ahora viven en el limbo. Algunos se pasan el día pensando en el amor y en los pajaritos mientras otros prefieren andar borrachos, pichicateados y teniendo sexo promiscuo hasta en las plazas. Je. A diferencia de estos jóvenes sin futuro, el vecino de Susie le saca pasaje sin escalas al limbo de los muertos, después de haberla violado y asesinado.

    Desde la frontera con el más allá, la difunta observa y narra la vida de su familia y compañeros de escuela, la depravación de su asesino, el deterioro de la relación de sus padres, la forma en que sobreviven sus hermanos y la intentona de una freak por robarle el novio.

    A partir del asesinato de la joven, la película alterna entre dos mundos paralelos. El limbo kitsch de Susie bien podría inscribirse en el género fantástico por su menjunje de sobrenatural y fantasía onírica. Esta nube de pedo coexiste con un mundo real, sucio y violento donde una familia no logra reponerse de la pérdida de un ser querido.

    Oscilar entre estos dos espacios con sus respectivos y disonantes criterios estéticos no resulta atinado. Ambos mundos se opacan y mientras el colorido limbo de la joven violada termina siendo de mal gusto, el drama familiar pierde fuerza dramática entre tanto floripondio lírico.

    Para hacerle justicia a Desde mi cielo, hay que agregar que el ecléctico Jackson es un conocedor del oficio y habrá que reconocerle algunas decisiones acertadas que incluyen el casting de actores, los montajes en paralelo del primer tercio de la película y las primeras escenas de la mudanza al limbo.

    Y hablando de hacer justicia, ¿la forma estúpida en que muere el asesino y ese final Narosky en el cielo fraternal de las violadas, no es un insulto a la inteligencia?
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  • Mis estrellas y yo
    Un poco de humor francés

    Comedia que para ser liviana es bastante pesada, dicho sea de paso. Los problemas de guión de Mis estrellas… son notorios. Se demora un rato largo en mostrar las ingenuas intromisiones de Robert en la vida de sus estrellas y se detiene mucho más en cada una de las tres respectivas estrategias de sus estrellas una vez que deciden alinearse en una suerte de constelación vengadora. En cambio abrevia donde no debería y los objetivos de cada uno de los personajes no son fuertes o están desdibujados y todo parece reducirse a situaciones que a veces pretenden ser graciosas y en casi todos los casos son aburridas y desubicadas.

    Si a la historia le falta energía, a las escenas les falta resolución. El humor del que hace uso es demasiado ingenuo y previsible, hecho que podría salvarse si el guión fuera más contundente a la hora de rematar.

    Demás esta decir que Catherine Deneuve es un lujo inmerecido de esta película y ni siquiera su aura alcanza a esconder el hecho de que estamos en presencia de una de esos formatos ñoños que dominan a la perfección los norteamericanos pero hecha con lo peor de los franceses.
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  • Hablame de la lluvia
    Lluvia ácida

    Agathe Villanova es una de esas feministas a las que les debemos el pagar la mitad de la cuenta del restaurante, la opción de no tener novio porque amamos la libertad, la actitud activa en el sexo – que implica estar despiertas – y el cupo femenino en ciertas instituciones (logro también del discapacitismo). Michel es un cineasta torpe y poco cultivado con alguna que otra gloria pasada que ya nadie recuerda. Karim es un recepcionista de hotel que en sus ratos libres juega a ser un inexperto documentalista con sueños de justicia social.

    Estos personajes tienen en común ser víctimas de la discriminación y la humillación. Agathe es una mártir del sexismo como Karim del racismo. A su vez, Florence –hermana de la feminista – es víctima de una madre que la ignoró toda su vida y Michel sufre los designios de una sociedad que no le reconoce derechos a los hombres a la hora de tener la custodia de los hijos. Resultan ser víctimas de la sociedad o de otras personas mientras intercambian roles con los victimarios y son víctimas de sí mismos.

    No suele ser confortable un mundo dividido entre débiles y fuertes y por esto no sorprende que Hablame de la lluvia presente personajes desubicados en situaciones embarazosas y en apariencia inconexas que buscan y logran incomodar al espectador.



    A ese mismo espectador le toca enfrentarse a personajes que se presentan de manera independiente, sin que se evidencien los vínculos que existen entre ellos ni hacia donde se dirige la historia. Esto ralentiza el comienzo y la película se demora demasiado tratando de armar el rompecabezas. Las piezas recién encajan cuando Karim y Michel deciden entrevistar a la feminista – quien llega de vacaciones a su casa materna – para realizar un documental sobre mujeres de éxito. Para ese entonces, Hablame… mantiene un virtuoso equilibrio entre un drama que se adentra en las relaciones de poder y los sentimientos de inferioridad, y la comedia ácida de enredos que hace base en lo absurdo de las situaciones que plantea.
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  • Aparecidos
    Aparecidos
    Subjetiva
    El cuco represor

    Aparecidos trata la historia de dos hermanos que, queriendo conocer su pasado, reviven unos brutales asesinatos ocurridos en nuestro país, cometidos por la última dictadura militar. No es que los protagonistas se hayan topado sin querer con un libro de historia o con el Nunca más de la CONADEP, sino con el diario íntimo de un médico represor, al estilo Josef Mengele.

    Paco Cabezas intenta en su primer largometraje, un relato de terror inteligente, con mezcla de géneros y temas serios donde las mujeres que corren aterradas en pelotas están de más. Apariciones apuesta a la sugestión del ruido sorpresa, a las puertas poco aceitadas o con vida propia. No hay sangre, ni amputaciones, ni tortura explícita. En el menjunje, hace uso de muchos de los tópicos y convenciones del género de terror para mezclar lo irreal con la realidad política de la Argentina y para convertir a los aparecidos del título en algo más que simples fantasmas que vuelven para exigir venganza.

    El género de terror tiene la única y difícil tarea de aterrarnos. Una trama enrevesada no garantiza ni miedo, ni un buen susto, ni una buena película. El resultado de Apariciones es un mix que como terror no asusta y como denuncia política es confusa. La mezcolanza crea un desconcierto ideológico tal que hacia el final de la película Malena tiene que desenchufar al represor comatoso para que su fantasma deje de torturar a su hermano y para que los muertos descansen en paz.

    Serán muy innovadores los elementos que agrega Cabezas al género de terror, pero sigo creyendo que los represores no son monstruos y los desaparecidos no son apariciones. Lo que hace aberrante a los dictadores es que –creer o reventar- eran personas.
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  • Goodbye Solo
    Goodbye Solo
    Subjetiva
    Al final de este viaje

    No debe haber profesión que se ajuste más a su estereotipo que la del taxista. Parecería ser que el inmiscuirse en la vida ajena y el saber discurrir entre el clima y las posibles formas de preparar pescado al horno son condiciones sine qua non de cualquiera que se digne a ser un buen tachero.

    El senegalés Solo no es precisamente la excepción que confirma la regla. Por eso no importa que tan poco hable su víctima pasajera, Solo habla por los dos. Lo poco que sabemos la víctima en cuestión, William, es en parte por algunos dichos suyos de dudosa veracidad y en parte por conjeturas del taxista. Lo único que deja claro el personaje es que se trata de un viejo solitario, esquivo y malhumorado que, además de haber cerrado sus cuentas bancarias, pretende ser llevado y dejado en una apartada montaña llamada Blowing Rock, donde el viento es lo suficientemente fuerte como para empujar a un hombre al cielo.

    Por distintas razones, la necesidad de volar alto parece ser el común denominador de William y este taxista, que ambiciona convertirse en auxiliar de vuelo a pesar de que su latina y embarazada esposa se obstine en mantenerlo cerca y en tierra.

    En su intento por hacer desistir a William de su viaje sin retorno, Solo se empeña en descubrir las motivaciones que oculta su cliente y para eso lo persigue, lo acosa con preguntas, lo presiona y revisa sus pertenencias. Lo que un psiquiatra no titubearía en catalogar como psicópata es, a los fines de este relato, un hombre de carácter bondadoso y solidario.

    Lo cierto es que, mientras se acerca el día pactado para el ascenso al Blowing Rock, entre estos dos personajes nace una suerte de extraña amistad. Goodbye... confronta, en tono poético y sencillo, a la idiosincrasia de estos dos personajes evidenciando sus distintas realidades, sus modos de ver el mundo, sus sueños y expectativas ante la posibilidad de tomar las riendas de sus propias vidas.

    Goodbye… es mucho más que las diferencias entre reggae y country, es mucho más aún que un fresco sobre las condiciones de vida de los inmigrantes en USA. Y en este sentido, tampoco alcanza con hablar de la excelente fotografía o las inmejorables actuaciones. Es más bien un viaje por un camino sinuoso que quieran o no, les toca recorrer juntos. Es un viaje sobre las motivaciones que impulsan a seguir o detenerse, sobre frustraciones y pérdidas y, sobre todo, sobre la necesidad de ser dueño de su destino.
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  • El último verano de la boyita
    Un caballo con dos cabezas

    No hace mucho de la última vez que el cine argentino trató tópicos como el hermafrodismo y la vida rural. En este sentido, las comparaciones entre El último verano de la boyita con XXY y La rabia, además de ser odiosas, son casi inevitables. Lo que no siempre se lleva a la pantalla grande es esa demostración de seriedad y respeto de la que hace gala esta película.

    Más que tratar de un tema, trata sobre una mirada, por eso ninguno de esos dos tópicos es el tema central de la película, que más bien parece acompañar el tránsito de la infancia de Jorgelina hacia algún otro lugar incierto y complejo (de ahí que el título haga referencia a una casa rodante que quedó atrás -la Boyita- como imagen de un mundo conocido). Es la mirada de esta niña de 9 años la que guía un relato que se adentra en los rituales de iniciación adolescentes y en el mundo de los adultos y la normalidad. Su corta edad y su desconocimiento científico le devuelven al mundo la naturalidad que olvidaron los adultos.

    A sabiendas de que la seriedad no consiste en fruncir el ceño y decir algo importante a las generaciones venideras, El último verano… carece de prejuicios y juicios de valor sobre los saberes disociados que pone en juego, que logra hablar de la normalidad desde lo normal y cotidiano sin caer en lugares comunes, sin estereotipar personajes, situaciones o paisajes.

    Habla del otro y de la diferencia con el respeto del que entiende que el peso del asunto no requiere de ningún tipo de subrayado burdo. El haber respetado las edades y el haber pensado que los chicos no son necesariamente minusválidos mentales ni están en el mundo para darle pie a la reflexión del adulto, le confiere naturalidad a los diálogos y voz propia a cada uno de los personajes.

    Cuidando hasta el más pequeño detalle, Solomonoff narra una historia simple en tono intimista que busca -y logra con mucho éxito- alejarse de tanta sanata grandilocuente.
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  • La extranjera
    La extranjera
    Subjetiva
    Con un pie ajuera

    Tarde o temprano, todos pensamos alguna vez en terminar ocupando las propiedades de nuestros familiares. Y no es que uno ande por ahí deseándole la muerte a alguien, pero es difícil no caer en repartijas mentales y calcular la cantidad de hermanos, tíos y sobrinos involucrados. Las elucubraciones que a mi me convierte en una porquería de persona, a María se le hacen realidad y la obligan a abandonar Barcelona para volver a la Argentina para convertirse en única heredera de una chacra perdida en un pueblo puntano. Y si con la chacra rasposa no le alcanzaba, tiene la fortuna de conquistar al patrón de una estancia vecina, el adinerado, citadino y buen mozo Arnaldo André. A medida que se va acomodando en su nueva propiedad, María se va transformando en una Inodora Pereyra dispuesta a montar una cooperativa rural destinada a explotar la promisoria industria del arrope.

    La imprecisión a la hora de definir a los personajes y sus acciones convierte a la segunda película de Fernando Díaz en una suerte de híbrido entre el drama y la comedia. Como drama le falta fuerza y el intento por apropiarse de los tiempos lentos del campo se traduce en situaciones que no aportan nada, son largas y podrían haberse evitado. Para ser comedia, el timing de las escenas no la favorece y a esta Pereyra empresarial le falta el talento de Fontanarrosa a la hora de encontrar un remate.

    Podría haber sido una buena parodia acerca de la mirada bucólica y pintoresquista de dos personajes de ciudad sobre la vida en el campo o bien podría haber sido un drama centrado en la necesidad y los modos de adaptarse al otro. Víctima de la vacilación, opta por chapotear como puede entre dos aguas.
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