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Imagen del crítico Fernando Herrera
Fernando Herrera
  • Cantidad de críticas: 41
  • Promedio: 67%
  • Críticas favorables: 30/41 (73%)
  • Críticas desfavorables: 11/41 (27%)
  • Diferencia absoluta: 9%
  • Email de contacto: No disponible
  • Medios donde critica: Espacio Cine, La Capital, Mirar y ver
  • El gran Gatsby
    El gran Gatsby
    Mirar y ver
    El lujo es vulgaridad

    El Indio Solari puede condensar en una sola frase toda la prosa del gran Francis Scott Fitzgerald, pero sigue siendo indispensable volver a leer su obra. Ver las películas basadas en ella, en cambio, sigue siendo apenas un gesto de curiosidad.
    La aparentemente inadaptable novela El Gran Gatsby suma ya la quinta versión en el cine. La novedad en este caso pasa por el 3D (moda lujosa y vulgar que pretende imponer el cine de Hollywood actual) y por la potencial transgresión que podía significar que el proyecto estuviera a cargo de Baz Luhrmann, director australiano cuyos principales antecedentes pasan por una versión pop de Romeo y Julieta, en donde el mismísimo Shakespeare parece soportar mejor que Fitzgerald las licencias, y lo que fue la cumbre de su estilo, Moulin Rouge, en donde el pastiche de anacronismos musicales y melodrama grandilocuente realmente funciona.
    No es el caso, esta vez. Por una elemental cuestión de tamaño. Su Gran Gatsby viste los trajes de una gran película, pero no es más que una película grandota. La diferencia es esencial y genera una distancia que ni Di Caprio ni una formidable ambientación pueden salvar. La almidonada versión del 74, la más famosa hasta la fecha, se mantiene como la principal referencia. La fidelidad de esta nueva versión hacia aquella con Robert Redfod en el rol de Gatsby es mucho mayor de lo que parece a primera vista. Las escenas son prácticamente las mismas, respetando incluso la mayor parte de los diálogos (de un guión que estaba a cargo nada menos que de Francis Ford Cóppola). Lo que cambia radicalmente es la puesta en escena. El estilo elegante de Jack Clayton (y de su director de fotografía, Douglas Slocombe) se ve ahora desbordado por el vértigo kitsh y clipero de Luhrmann, una lustrosa cáscara que esconde más de lo mismo.
    O menos, porque esa hoguera de vanidades, ese artificio de clase alta que encandila pero esconde oscuros intereses, se denuncia desde un lugar peligrosamente parecido a lo que Fitzgerald sabía desenmascarar tan bien.
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  • El gran simulador
    Como viene la mano

    Se llama el gran simulador pero bien podría haberse llamado El profesional, ya que el documental de Frenkel es el reverso exacto de su anterior trabajo, El amateur. Un acercamiento a la figura mítica del ilusionista argentino más reconocido que suma el humor del director al del propio protagonista para lograr un entrañable retrato de un tipo que con su habilidad de lentidigitador logró engañar hasta a su propio destino por años y años. No se puede hacer más lento.
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  • Tabú
    Tabú
    Mirar y ver
    Impermanencia

    Según Fernando Pessoa, la diferencia entre el genio y el ingenio está dada por la desadaptación al medio en el primer caso y la completa adaptación en el segundo, lo que redunda en una aceptación tardía para lo primero y un éxito instantáneo pero efímero para lo segundo. Esto le venía muy bien a Pessoa para explicar su propia vida de éxitos esquivos y desasosiegos, pero no por eso deja de ser certero.

    En el mismo año en que la ingeniosa, amable, disfrutable El artista arrasaba con todos los premios posibles apareció Tabú, del desadaptado Miguel Gomes. Las dos películas juegan su juego en esa especie de limbo entre el cine mudo y el sonoro, en el que siempre resplandecerán, como se señalara en la nota anterior, Luces de ciudad, de Chaplin y (otra vez) Tabú, de Murnau, ambas de 1931. Pero mientras El artista elije la referencia directa y el homenaje, apelando a la nostalgia de una manera tan agradable como pasiva, la película de Gomes mira a la vez hacia atrás y hacia adelante y, en cierta forma, reinventa el cine a cada paso que da en su impredecible camino que va del presente a un pasado mudo que se vuelve un paraíso perdido contaminado por ese presente.

    Los personajes del pasado son capaces de emitir sonidos pero incapaces de hablar. Lo que dicen queda mediatizado, lo que genera un extraño distanciamiento en la segunda parte de la película. Cine voluntariamente mudo, el recuerdo retiene imágenes y sonidos, pero las palabras se han perdido. En la primera parte, la "normal", los personajes pueden hablar, y viven en el presente, pero no generan más que una tibia empatía.

    Libertad artística absoluta para Gomes, que demuestra verdadero amor por el cine y explica un poco cuales son sus inquietudes en la entrevista que acompaña a esta nota. Sus películas siempre son promesas incumplidas, porque van mutando en su desarrollo. Ya había pasado eso con Aquel querido mes de agosto, que era un documental que se transformaba en ficción (como la Tabú de 1931).
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  • Lazos perversos
    Lazos perversos
    Mirar y ver
    Sombras y certezas

    Fuera de competencia se pudo ver en el BAFICI la última película de Park Chan Wook.
    “Lazos perversos” representa el paso a Hollywood del director de “Old boy” , y como tal modera la crueldad y el riesgo de sus trabajos anteriores, pero conserva un par de planos magistrales y una lograda atmósfera que revisita un clásico de Hitchcock, “La sombra de una duda”.
    Una adolescente solitaria (Mia Wasikowska, que ya fue Alicia y aquí compone otro personaje dark que parece salido de una película de Tim Burton) descubre el terrible secreto que oculta su elegante tío (Matthew Goode) ante la desatenta mirada de su madre (Nicole Kidman). El tío se llama Charlie, como en el clásico de Hitchcock, pero la línea de bien y mal que representaba cada personaje en aquella película está ahora deliberadamente desdibujada, y es casi la única novedad o actualización que propone una trama con algunos lugares comunes y situaciones inverosímiles pero también con mucho estilo. Al director parece importarle mucho el cómo y no tanto el qué.
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  • Hitchcock: el maestro del suspenso
    Indiscreciones

    Yo confieso que disfruté esta película a pesar de sus evidentes altibajos y sus vicios de telefilm en donde todo se simplifica. Pero detrás de esa sucesión vertiginosa de personajes conocidos y con muy poco espacio para mostrarse (bien James D’Arcy como un incómodo Anthony Perkins) asoma una trama módicamente macabra que nos permite espiar por un rato los entretelones de la filmación de Psicosis.
    Ni siquiera la frenética sucesión de éxitos encadenados de toda su obra previa a 1960 le permitió a Hitchcock contar con la banca de un estudio para emprender su siguiente proyecto, por lo que Alfred (un Anthony Hopkins que imita más de lo que interpreta), amparado en el total respaldo de su mujer Alma (una Helen Mirren que interpreta más de lo que imita) decide jugársela y financiar él mismo su trabajo. Tras la incertidumbre llegará el mayor éxito de su carrera.
    La película es muchas cosas pero su foco está puesto en la relación de Alfred y Alma, tratando de demostrar la enorme influencia que ella tuvo sobre él. Derrapa cuando se arriesga a poner en escena el vínculo imaginario entre el director y el asesino de la novela en la que se basa Psicosis, y acierta cuando se concentra en el proceso de rodaje y edición de esa obra maestra. Hay una ligera subtrama de infidelidad, pobre Mc Guffin, y un gran momento cerca del final, cuando se escuchan los gritos de los espectadores que asisten al estreno y experimentan por primera vez la mítica escena de la ducha.
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  • Amour
    Amour
    Mirar y ver
    Love rears its ugly head

    La extraordinaria actuación de sus dos protagonistas y la precisión habitual de Haneke para la puesta en escena elevan una propuesta que se sostiene en una rara combinación de tensión y ternura para derrapar cerca del final. Podría haber sido una obra maestra pero solo persiste como un desencantado grito de amargura.
    George y Anne son una pareja de profesores de música cómodamente jubilados, pero el bienestar se desmorona cuando Anne sufre un infarto que le irá haciendo perder gradualmente todas sus capacidades.
    El tema no es tanto cómo retratar la agonía, sino para qué. Y en ese punto es en donde se abren todos los debates. El personaje de Emanuelle Riva (quien podría quedarse con el Oscar) es seguido de cerca en su degradación física con una mirada que oscila entre extremos de delicadeza y crueldad. No deja de ser irónico que se trate de la misma mítica actriz de Hiroshima Mon Amour (1959) y Kapo (1960), ya que esta última película inspiró el no menos mítico artículo de Jacques Rivette sobre la abyección del que se sigue hablando y se reactualiza con este film.
    El trabajo de Jean Louis Trintignant es conmovedor. El de Haneke, muy certero en su afán de generar incomodidad y claustrofobia. Amour es angustia hecha cine y sus propósitos se seguirán discutiendo.
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  • Los miserables
    Los miserables
    Mirar y ver
    Tuve un sueño

    Toda la grandilocuencia de un musical hecho con talento y esfuerzo, formalmente impecable y por completo carente de nuevas ideas.
    Tom Hooper, el sobrevalorado director de la multipremiada El discurso del rey (2010) se confirma como un laborioso artesano de retratos de época, muy hábil para lograr el lucimiento de cada uno de sus actores. Y es probable que su película se lleve algún Oscar, sobre todo en los rubros técnicos y por la actuación secundaria de la versátil Anne Hathaway.
    No soy para nada fan de los musicales, menos de los dramas, pero disfruto de los directores talentosos como Jacques Demy que saben crear universos propios cuya fluidez permite vencer el artificio de las transiciones. Cosa que claramente no se logra en este caso, donde cada tema musical es precedido por una escena hablada que duplica lo que se quiere contar, hasta generar una sensación de hastío y volver excesivas las más de dos horas y media de duración.
    El irónico problema de Los Miserables, entonces, es que derrocha demasiado tiempo y talento.
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  • El vuelo
    El vuelo
    Mirar y ver
    Dado vuelta estás vos

    Robert Zemeckis vuelve a la ficción con actores tras Náufrago (gran película) y doce años de experimentar con la animación 3D. El resultado final de su último trabajo es, irónicamente, un nuevo naufragio. Una caída en un mar de moralina que aún así tiene un par de rasgos redimibles, sobre todo por el lado de las interpretaciones.
    Denzel Washington está perfecto en su rol porque en el fondo siempre compone el mismo personaje, dueño de una nobleza interior que lo salva de sus ocasionales desvíos. El tema es que siempre termina haciendo lo mismo y entonces uno puede anticipar cualquier resolución de una trama que lo incluya. En este caso es un piloto tan talentoso como descarriado que no tiene ningún problema en realizar su trabajo bajo los efectos del alcohol y las drogas. Hasta que un accidente aéreo lo pone en el centro de una investigación que amenaza con hacer públicas sus adicciones. Un punto a favor del argumento (prácticamente el único, pero importante) es que el accidente no guarda relación con una mala praxis del piloto.
    Don Cheadle y Bruce Greenwood son dos grandes actores que cumplen como siempre en sus roles secundarios. Y el personaje compuesto por John Goodman (dealer del protagonista) parece trasplantado de algún film de los hermanos Coen, y con eso le alcanza para quedar como lo más destacado.
    El problema es el enfoque que se le da a un tema muy interesante, esa búsqueda de redención que tan bien saben plasmar cineastas como los hermanos Dardenne, y tantos otros. Pero la propuesta, en este caso, simplemente no está a la altura, y termina transformándose en una víctima más de su propio vuelo bajo.
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  • La niña del sur salvaje
    Take a walk on the wild side

    Una curiosidad que, en el marco de los Oscar, saludablemente no se inscribe en lo que habitualmente se premia, y que muestra una gran habilidad de su director, el debutante Benh Zeitlin, para no caer en ninguna de las trampas que se podían presentar en una apuesta riesgosa que combina un registro semi-documental con efectos visuales y fantasía, y un gran trabajo de la niña protagonista y otros no-actores que la rodean.
    Cuento de hadas marginal, a mitad de camino entre el neorrealismo y el realismo mágico, mezcla rara de De Sica y Miyazaki conviviendo con Mark Twain y Kusturica, la película se parece a muchas cosas para no parecerse a nada, se destaca por sus climas y su permanente sensación de peligro.
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  • Lincoln
    Lincoln
    Mirar y ver
    Haz lo correcto

    El último trabajo de Spielberg es como un buen alumno, tan correcto como anodino, y lo que más llama la atención es la ausencia de la mayoría de las virtudes y los defectos de sus películas previas.
    Es muy probable que Daniel Day Lewis se lleve otro Oscar por su intepretación de un Lincoln que parece cargar con todo el peso de la historia en sus hombros. Por lo demás, el interés de la trama es acotado. Resulta un acierto que el foco esté puesto en solo un año en la vida de Lincoln, 1865, y en su obsesión por lograr la abolición de la esclavitud. Con esto Spielberg logra desmarcarse del tradicional formato biopic, que suele engolosinarse en representar una infancia que defina el destino de su protagonista. No obstante, la extrema dignidad del buen Abraham y ciertos subrayados no hacen más que billikenizar la Historia. Una Historia que solo por momentos cobra vida, cuando se embarra en una serie de posiciones contradictorias pero atendibles de cada uno de los políticos que negocian las idas y vueltas de la enmienda que permitirá la libertad de los esclavos.
    Los puntos de contacto con Amistad (1997), del mismo director, son varios pero en este caso se nota una clara intención de evitar las ingenuidades, simplificaciones y golpes bajos de aquel trabajo.
    Habrá que ver si con esto alcanza para llevarse más premios. En el contexto actual no sería raro que eso ocurriera.
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  • El lado luminoso de la vida
    El tiempo hace poesía con los errores

    David O. Russell siempre ha sido un director interesante, que mantiene una línea aunque sus últimos trabajos puedan parecer versiones lavadas y más aptas para todo público de sus obsesiones de siempre. En sus películas los hombres son como niños y las mujeres son las que llevan adelante el relato, incluso en su trabajo previo que se metía con el mundo del boxeo y también compitió por el Oscar, y que en Argentina se conoció como “El ganador” (ay, duelen algunas traducciones de títulos, porque los protagonistas de los films de Russel suelen ser perdedores hermosos).
    En este caso no había muchas posibilidades de conservar el título original (algo así como “el libreto forrado de plateado”) por lo que habrá que aceptar la traducción buena onda (en México, por ejemplo se conoció como “Los juegos del destino”).
    La historia es la de un tipo que vuelve vencido a la casita de sus viejos, tras pasar ocho meses internado en un psiquiátrico por agredir al amante de su esposa. Su actitud positiva es más un manotazo de ahogado que una convicción, pero aún así encara el camino de la recuperación, pero un tropiezo (literal) con una vecina que también carga con sus demonios internos cambia todos sus planes. Más amontonados que juntos deberán encarar una improbable recuperación que no siga recetas de manual.
    La trama es un vehículo perfecto para el lucimiento de los actores, por sus diálogos filosos y veloces. Jenniffer Lawrence es seria candidata al Oscar a mejor actriz, pero todos los demás también se destacan (la película acumula 4 nominaciones para sus actores principales, entre los que se cuenta a un recuperado Robert De Niro, que vuelve a estar nominado después de mucho tiempo).
    El final edulcorado, convencional y previsible confirma el camino hacia la amabilidad emprendido últimamente por el director, que le permitió gozar de éxito y mayor difusión, pero que deja gusto a poco. A Rusell le va mejor el coqueteo con el lado oscuro y habrá que ver como sigue su carrera. El tiempo dirá.
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  • Django sin cadenas
    Desarma y sangra

    El último trabajo de Tarantino es como un mal alumno, tan personal como caprichoso en su afán por ser incorrecto, un más de lo mismo en el que se pueden encontrar algunos chispazos de genialidad, mucho ingenio y un ya clásico regodeo por la sangre, sobre todo en la última media hora.
    Curiosamente, hay más de Sergio Leone en Bastardos sin Gloria (2009) que en este western demasiado conversado y recargado de marcas autorales como para parecerse a otra cosa que no sea una película de Tarantino, y que abunda en ejemplos de explotación que van de lo metafórico a lo literal (basta con ver el pequeño papel que se reserva el propio director). La única salida posible, otra vez, parece ser la venganza.
    Lo cierto es que la película se deja ver con fascinación, más allá de que algunos la consideren una obra maestra y otros un lujoso salto al vacío. Tarantino se encarga de poner las cosas en su lugar. Ni tanto ni tan poco. Lo que queda es un vehículo perfecto para el lucimiento de los actores, en donde Waltz repite papel y vuelve a encandilar con lo suyo, y también se luce Samuel Jackson, que siempre crece cuando está a las ordenes de Quentin. Di Caprio y Foxx también cumplen y solo Kerry Washington parece tener un papel decorativo.
    La violencia (por momentos estilizada, por momentos gratuita) también le deja lugar a pasajes más líricos como el de la leyenda de Brunilda y Sigfrido, que el Dr. Shultz (Waltz) le relata al protagonista, un esclavo que juega al amo.
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  • La noche más oscura
    Bastardos con gloria

    Kathryn Bigelow supo ganarse el prestigioso lugar que ocupa hoy en la industria del cine a base de películas en donde el pulso narrativo estaba sustentado por una interesante ambigüedad. En Vivir al límite, su muy galardonada película previa, mostraba como contar algo desde un único punto de vista no necesariamente significaba adherir a ese punto de vista.
    Nada más alejado de su último trabajo. La noche más oscura es su película más clara, y abyecta, porque amparada en ese lugar ganado amaga con generar alguna polémica y termina avalando todo lo que podría llegar a condenar (tibiamente). La CIA tortura, sí, pero solo a gente malvada que se lo merece, y que de paso termina brindando una información muy útil para el fin que justifica todos los medios, cazar y aniquilar al mismísimo Osama Bin Laden.
    Por las dudas, se aclara que desde la llegada de Obama se terminó con eso de las torturas. Que los responsables de esos actos sigan ocupando posiciones cada vez más importantes parece un detalle menor. Y que los centros clandestinos de detención sigan multiplicándose por el mundo es apenas un mal necesario.
    Hay, claro, talento para la puesta en escena, rigor para ser verosímil, buena edición de imagen y sonido y un ritmo lento pero sostenido para generar un continuo estado de alerta. Pero todo en función de contar la historia de gente que, con semejante y temible poder de decisión, nos da la pauta de que la noche más oscura es la que aún está por llegar.
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  • Una aventura extraordinaria
    Sacá el tigre que hay en vos

    Este extremadamente bello folletín new age, que cuenta con una asombrosa fotografía y un buen aprovechamiento del 3D, comienza con una media hora ordinaria en su apelación al mensaje directo, hablando de Dios de la manera más intrascendente. Lo que sigue es una aventura sin dudas extraordinaria que levanta un poco la puntería y que, como bien dijo Fernando Varea, es una cruza de Náufrago con El libro de la selva, por más ridículo que esto parezca.
    Más espectáculo circense que película, la experiencia se parece a un paseo por el mejor acuario. El final apela tibiamente a la ambigüedad, pero demasiado tarde, y es entonces cuando se produce un curioso fenómeno que la termina conectando con ese afán del protagonista por encontrar a Dios, uno termina creyendo en algo cuando el final es inminente.
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  • Argo
    Argo
    Espacio Cine
    Irán y los argonautas

    A esta altura ya no se puede hablar de sorpresa. Ben Affleck (1972, Berkeley, EEUU) es un buen director que sabe cómo elegir y contar una historia, contextualizarla (en su película se justifica nada menos que la revolución iraní del ´79) y tomarse el asunto con humor. De hecho parece que hiciera todo bien.
    La anécdota gira en torno a una realidad que supera la ficción, la toma de rehenes de la embajada norteamericana en Irán (que duró más de un año), y una ficción que supera a la realidad, un descabellado plan de la CIA (para ser más exactos, de un agente solitario y con poco consenso) para rescatar a seis de esos rehenes haciéndolos pasar por miembros de un equipo de filmación de una película del estilo de La guerra de las galaxias llamada Argo.
    Los momentos que refieren a la producción de la película dentro de la película son los más disfrutables, en parte por la intervención de John Goodman (en el papel del especialista en maquillaje John Chambers, cuyo crédito mayor fue El planeta de los simios) y del gran Alan Arkin, siempre muy de vuelta de todo, como un productor consagrado que tiene claro que el mundo de Hollywood siempre será más despiadado que el demonizado terrorismo islámico. Esos momentos recuerdan a Mentiras que matan (Wag the dog, de Barry Levinson). Pero la película no se queda ahí. Sin salirse del libreto del cine más clásico, combina géneros con astucia.
    La otra subtrama tiene que ver con el destino de los seis miembros de la embajada que lograron escapar a tiempo de la toma del edificio y se refugiaron en la casa del embajador canadiense en Teherán. Hasta allí llega Tony Mendez (interpretado por el propio Ben Affleck) como el más clásico de los héroes de Hitchcock, un hombre común arrojado a circunstancias extraordinarias.
    Si la película puede entenderse como pro-americana es más que nada por esa exaltación del héroe individual cuyos ideales están muy por encima del sistema perverso al que adhiere. Esta parte es la que tiene más puntos de contacto con el cine de Clint Eastwood, aunque los dardos a la política exterior norteamericana marcan una distancia tan clara o tan difusa como la que hay entre un republicano y un demócrata (y aquí aparece la figura de George Clooney en la producción).
    Que todo esto haya pasado realmente (en los créditos finales puede verse una asombrosa comparación de lo ocurrido con lo recreado) no hace más que aumentar el mérito de Affleck, a quien parece faltarle siempre algo como actor pero sobrarle oficio como director. A los aciertos de Desapareció una noche (Gone baby gone) y la mal llamada Atracción peligrosa (The town), Argo le suma ironía y le resta romance, aunque el amor por la ficción sigue allí, más fuerte que nunca.
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  • La araña vampiro
    Leyenda sobre un mal bicho

    Jerónimo, joven urbano al borde de un ataque de nervios, es llevado por su padre a pasar un fin de semana en las sierras, a unas cabañas alejadas de todo, en un ambiente tan saludable que bordea lo mágico y misterioso para el atribulado protagonista (el siempre eficaz Martín Piroyansky, ganador del premio al mejor actor en el último Bafici por esta película). Lo que podría ser una cura para la ansiedad y un reencuentro padre-hijo se transforma en una pesadilla cuando Jerónimo es picado por una araña sobre la que pesa una leyenda. Lo que sigue es un viaje a pie por terrenos inciertos para encontrar un improbable antídoto, en compañía de un guía que carga con sus propios demonios internos. Gabriel Medina, cuya anterior película fue la notable “Los paranoicos”, sabe como imprimir su sello saltando de un género a otro. En su primer trabajo apuntó a la comedia romántica y en este se pasa de drama a comedia, suspenso, terror y road movie, con una saludable apuesta por el riesgo. El problema es que la suma de las partes no termina de cuajar y una premisa original se transforma en un híbrido cargado de aciertos parciales.
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  • Tournée
    Tournée
    Mirar y ver
    Show must go on

    Hay que celebrar, esa es la consigna, así que celebremos la llegada tardía de este film de Mathieu Almaric, mucho más conocido como actor que como director, que pudo verse en el BAFICI 2011 y se centra en la llegada, (también tardía) de un grupo de strippers norteamericanas a Francia, para formar parte de un espectáculo conocido como “New Burlesque”, organizado (es una manera de decir) por un productor caótico, querible y chantún compuesto por el propio director. Mujeres reales, de carne (mucha carne) y hueso, cuyos excesos de años o kilos no les impiden ser encantadoras y que son el motor de está película vital, excéntrica y por momentos saludablemente caótica que combina con maestría ficción y realidad (las protagonistas realmente se dedican a su oficio, y lo hacen muy bien). Entre ellas Mimí Le Meaux resulta toda una revelación ya que sostiene con su extraordinaria actuación los mejores momentos de la película y está a la altura de un notable actor como Almaric.
    En el medio de todo ese desenfreno queda espacio para meterse con temas como el lugar que ocupa hoy el arte, el erotismo y el cuerpo femenino.
    Sin ser perfecta (ni pretenderlo) Toruneé recupera algo del espíritu festivo, burlón y salvaje del cine de Cassavettes. Habrá que celebrarlo.
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  • Ted
    Ted
    Mirar y ver
    No tan cariñoso

    Tiene un solo chiste, pero funciona. Un osito de peluche cobra vida por el deseo de un niño y lo idílico y naif de la premisa muy pronto se transforma en un una montaña rusa de sarcasmo al ver que casi 30 años después ambos se han transformado en en un par de adultos sumamente irresponsables, lo que que genera carcajadas como pocas veces se ha escuchado en el cine, por lo menos en los últimos tiempos.
    Si bien la primer película no animada de Seth Mc Farlane tiene un punto de partida que recuerda a Los Muppets o Toy Story, su apuesta por combinar un humor físico efectivo (gran escena la de la pelea) con una catarata de referencias la termina acercando a las series animadas de su creador, en particular a Padre de familia, con la que comparte tanto el ritmo y la eficacia de los chistes como el vicio televisivo de sus efímeras citas a personajes de la actualidad, que se suma a la nostalgia por el espíritu clase b de algunas películas de los 80 (en particular el excesivo, divertido y enfermizo apego por Flash Gordon).
    La incorrección que ya no escandaliza a nadie la conecta a su vez con “El dictador”, con la que comparte un falso sentido de la transgresión y un final convencional que debilita la propuesta. Una tenue apuesta por explorar géneros, pasando de la comedia a la acción, el terror y en mucha menor medida el drama no termina nunca de explotarse y queda como un amague que tiene más de gesto que de verdadera experimentación. Cambiar algo para que nada cambie y todo siga su curso circular y vicioso. Tiene un solo chiste. Pero funciona.
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  • 360
    360
    Mirar y ver
    El cine de Fernando Meirelles se parece cada vez más al de Alejandro González Iñarritu, Dos directores latinoamericanos que se consagraron con sus primeras películas (Ciudad de Dios y Amores Perros, respectivamente) y que luego se fueron globalizando al mismo tiempo que, paradójicamente, se desinflaban. Pero Iñarritu filma mejor y sabe como generar tensión dramática.
    360 está claramente inspirada en una vieja obra de teatro de Arthur Schnitzler (también autor del libro en el que se basa Ojos bien cerrados, de Kubrik) llamada La Ronda, que ya fue adaptada varias veces, y con mejor suerte. Hasta existe una versión argentina del año 2008 dirigida por Inés Braun y protagonizada, entre otros, por Mercedes Morán y Rafael Spregelburd que toma de la obra de Schnitzler su sistema narrativo coral, en donde los personajes se van pasando la posta con cada una de las historias hasta generar un relato circular (de allí el título). Una idea que alguna vez fue muy original, pero que ha sido muy transitada.
    Las distintas tramas se van acumulando, al igual las ciudades y los grandes nombres del reparto (por ahí andan deambulando Anthony Hopkins, Rachel Weisz y Jude Law, entre otros) pero no llegan a cristalizar una sola historia cuyo peso las justifique, conformando un todo que, si bien está bellamente realizado, ronda lo predecible.
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  • El camino del vino
    Vino para quedarse

    Este curioso falso documental de Nicolás Carreras tiene una estructura compleja que engaña los sentidos pero termina dejando un buen sabor.

    Charlie Arturaola es un prestigioso sommelier uruguayo, una celebridad en el mundo del vino que vive en Estados Unidos y viene a Mendoza a participar de un evento, allí se cruza con varios personajes reales de ese mundo, como el enólogo Michel Rolland y el chef Donato De Santis, que aporta su simpatía habitual y algunas notas de madera con su actuación. Con estos elementos, más propios de un programa de cable, Carreras construye su propia historia y sorprende con una trama que muy pronto da un giro inesperado. Charlie descubre que está perdiendo su sentido del gusto al punto de ya no llegar a diferenciar un varietal de otro. Toda la película termina siendo un camino hacia la recuperación de ese paladar perdido, camino que cruza visitas a bodegas reales (en donde el protagonista apela a toda clase de mentiras para poder probar los mejores vinos) con su propia historia familiar hasta borrar cualquier límite entre documental y ficción. Hay momentos que funcionan mejor que otros pero la originalidad de la propuesta termina imponiéndose como un buen cabernet.
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  • Batman: el caballero de la noche asciende
    Fallas de Origen

    Tan grandilocuente y ambiciosa como era de esperar, la última película de Christopher Nolan (uno de esos directores que solo sabe filmar en mayúsculas) ahonda las debilidades de su anterior trabajo, El Origen, sumando subtramas a una historia más intrincada que compleja, sobreexplicandolo todo y traicionando por momentos su propio estilo con un par de resoluciones torpes. Apenas se puede rescatar el trabajo de Ann Hataway como una gatúbela que parece ser el único personaje capaz de adaptarse a las circunstancias, y la tensión bien lograda de algunas secuencias como la incial en el avión o la del estadio, tensión que se disuelve y reaparece esporádicamente a lo largo de las casi tres horas de este supuesto final de la saga. Nolan es un laborioso arquitecto al que le resulta cada vez más difícil poblar sus obras con personajes tan ricos e impredecibles como el Guasón de Heath Ledger, que aquí brilla más que nunca por su ausencia.
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  • Figuras de guerra
    Tras las huellas perdidas

    Este documental de Sylvain George, ganador del premio a la mejor película del BAFICI 2011, propone una mirada tan contemplativa como rigurosa sobre la vida de los inmigrantes ilegales africanos que desde Calais, Francia, intentan cruzar el Canal de la Mancha para llegar a Gran Bretaña. Un extraordinario trabajo de inmersión en un mundo invisibilizado con algunos puntos de contacto con “El Gran río”, que pudimos ver hasta hace poco en la cartelera rosarina. Aquí no se podrá encontrar el bienvenido humor y la música del documental de Rubén Plataneo, pero sí algunas de las secuencias más extraordinarias de año, que quedarán por mucho tiempo en la memoria, como aquella en la que los protagonistas, cercados por la policía, optan, como último y doloroso recurso, por borrar sus huellas dactilares para imposibilitar su identificación, y de paso perder el último vestigio de identidad.
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  • El chico de la bicicleta
    En el nombre del hijo

    El cine de los hermanos Dardenne se respira en cada toma. El talento único de los directores belgas para el montaje hace de la economía de recursos una fortaleza más, tensando el relato hasta límites insospechados y convirtiendo a “El niño de la bicicleta” en una de las grandes películas del año.

    Luego de esa excursión a terrenos menos transitados que significó “El silencio de Lorna” los Dardenne vuelven a lo que mejor conocen, una fábula de redención sobre una paternidad ausente que invita a la supervivencia en un mundo hostil.
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  • Un amor imposible
    Pescados capitales

    Lasse Hallstrom supo hacer alguna que otra película interesante, nadando contra la corriente, para luego desarrollar una especie de fórmula efectiva y artesanal que consiste en contar las historias más infrecuentes de la manera más convencional. Con algo de gracia, extrema ligereza y buenos intérpretes le alcanza para agradar sin culpas. El ejemplo perfecto de esto es su film Chocolate, que tienta desde el mismísimo título. En este caso no hubo tanta suerte con la traducción, ya que los caprichos de la distribución determinaron que había que cambiar el curioso título original: “La pesca del salmón en Yemen”, basado en una novela del mismo nombre, por el mucho más obvio (y bastante mentiroso) “Un amor imposible”. Más allá de eso Hallstrom se siente como pez en el agua con la pintura amable de una pareja despareja que debe encarar el extraño desafío de criar salmones escoceses en el clima árido del desierto yemenita para cumplir con los caprichos de la agenda política británica, que pretende fomentar la buena relación con los países árabes para cubrir otros escándalos.

    Y si esta premisa improbable se sostiene es en buena medida gracias a los protagonistas, un científico aburrido interpretado por Ewan McGregor y una entusiasta consultora que compone Emily Blunt. Juntos deberán satisfacer las exigencias de un jeque tan obsesionado por los proyectos faraónicos como cualquier gobernador puntano. Ambos están siempre a tono con la ligereza de una propuesta narrativa que no escapa de ciertos lugares comunes, ni pretende hacerlo. Esa quizás sea su mayor virtud.
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  • Prometeo
    Prometeo
    Mirar y ver
    Gracias por el fuego

    Ridley Scott supo ser el creador de dos de las más influyentes películas de ciencia-ficción de todos los tiempos, Alien (1979) y Blade Runner (1982). Irónicamente, o no tanto, el director prestigioso fue mutando hasta convertirse en un replicante, y en casi toda su obra posterior alternó cierto vuelo visual y talento para la puesta en escena con grandilocuencia y predilección por ideas gastadas.

    Prometeo condensa toda la carrera de Scott en un solo trabajo (que sin duda dará inicio a una nueva saga). Todo lo bueno y lo no tanto.
    Esta nueva/vieja película adhiere a la casi siempre detestable moda de las precuelas, pero de una manera saludablemente lateral que revisita el universo creado en la primera entrega pero no abusa nunca de ello, genera nuevas (grandes) preguntas y, afortunadamente, no puede responderlas. Se permite algunos diálogos ingeniosos y desarrolla a sus personajes principales (no así a los secundarios). Y con todo esto le alcanza para desmarcarse del cine anabólico que supimos conseguir.

    Los dos protagonistas, Michael Fassbender y Noami Rapace, si bien se están transformado en figuritas repetidas, cumplen a la perfección con sus papeles.
    Una mención aparte merece la escena de la “césarea” que retoma la entrañable (literalmente) y antológica escena de la mesa de operaciones de la primera para crear otro momento inolvidable. Scott redobla la apuesta con una mágnifica edición y, claro, un estilo visceral. Seguramente lo mejor de la película.

    Habría que ver si en otro de los denominados “tanques de Hollywood” existe semejante alegato a favor del aborto.
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  • La traición
    La traición
    La Capital
    Patadas, mentiras y video

    Steven Soderbergh es un realizador inclasificable y versátil que en esta oportunidad se mete con un género devaluado como el de acción sin traicionarlo, y demostrando un fervor tarantinesco por el cine clase B de los años setenta. En esta película no se podrán encontrar ni rastros del director de “Che, el Argentino”, pero sí del de “La gran Estafa”. El guión es apenas un marco de referencia para desarrollar un thriller estilizado, autoconciente y autoindulgente, tan trivial como placentero, con una realización de bajo presupuesto en formato video, con buen aprovechamiento de locaciones reales como Dublín o Barcelona y una saludable ausencia de efectos especiales. Parecería que todos los recursos económicos se concentraron en rodear a la protagonista (la eficaz y ágil Gina Carano, popular luchadora de artes marciales y aquí una suerte de versión femenina de Jason Bourne) con actores muy reconocidos (Ewan McGregor, Michael Douglas, Antonio Banderas, Channing Tatum, Bill Paxton y un Michael Fassbender que ya va por su quinta película en el año), para redondear un producto elegante y poco novedoso que apuesta a lo esencial de un género, donde todo ha sido muy visto pero es igualmente disfrutable.
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  • Mi semana con Marilyn
    Esa estrella era mi lujo

    Poca importa el escaso parecido entre la protagonista y la inmensa figura que se pretende retratar, ya que Michelle Williams interpreta con todo el cuerpo y va más allá de la mera imitación. Tampoco es relevante que se rescate el rodaje de la película “El príncipe y la corista”, de 1957, dirigida y protagonizada nada menos que por Laurence Olivier (genial Kenneth Branagh) ya que se trató de un film anticuado e intrascendente. El núcleo del relato es la puesta en escena de una recurrente fantasía masculina, aquí contada como si se hubiera concretado. Un joven asistente de dirección tiene la oportunidad de intimar con la mayor diva que ha dado el cine, en una suerte de cenicienta a la inversa (fórmula que ya se había probado con éxito en Notting Hill), lo que redunda en una fábula tan previsible como encantadora.
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  • Madagascar 3: Los fugitivos
    Justo cuando parecía que ya no había mucho que agregar a la aventuras de Alex, Marty, Melman y Gloria, la dupla de Eric Darnell y Tom Mcgrath nos regala la entrega más divertida de la saga, que se contagia por momentos del espíritu anárquico e irreverente de los hermanos Marx.
    Los personajes de siempre (mención especial para los pingüinos) se complementan muy bien con los nuevos en una trama que esta vez los lleva a una persecución por todo el continente europeo para generar el vértigo bien entendido de los productos Dreamworks, que si bien no alcanza la profundidad de los de Pixar acierta sumando talentos como el guionista Noah Baumach y las voces de Martin Short (un muy expresivo león marino con acento italiano) y Frances McDormand como una temible villana dispuesta a todo por atrapar al cuarteto protagónico (aunque como siempre hay que lamentar que la mayoría de las funciones sean habladas en español). Ejemplo de una saludable tendencia actual del cine de animación a cuidar las secuelas que comenzó con "Toy Story". La propuesta de pan y circo esta vez funcionó.
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  • El puerto
    El puerto
    Mirar y ver
    Perdedores hermosos

    Marcel Marx, ex-escritor bohemio y alcohólico devenido lustrabotas de una ciudad portuaria se cruza, cuesta abajo en su rodada, con un niño africano que acaba de llegar en un container y busca reencontrarse con su madre. Ese es apenas el punto de partida con el que el director finlandés Aki Kaurismaki (Luces al atardecer, El hombre sin pasado) desarrolla su tan particular tragicomedia. Si bien la temática de la inmigración ilegal la acerca a propuestas vistas recientemente como Figuras de Guerra o la rosarina El gran río, lo que hace Kaurismaki solo es comparable con sus trabajos anteriores, por la manera de querer a los personajes y de contar con distanciado humor las historias más tristes. Un retrato muy humano de antihéroes que, a fuerza de ser solidarios, terminan llegando a buen puerto.
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  • Misión secreta
    Misión secreta
    Mirar y ver
    Una que sepamos todos

    Cuando una película de espionaje revela su predecible vuelta de tuerca en el mismísimo trailer, y a pesar de eso trata de sostener esa supuesta incógnita, estamos en problemas. Después, hacia el final, habrá una remanida segunda vuelta que afortunadamente no fue revelada antes, pero aparece demasiado tarde para sostener el interés minado por esa primera revelación y por un verdadero festival de lugares comunes (agente ya retirado y experimentado debe volver a revisar un último caso y para ello se verá obligado a convivir con un novato tan ingenuo como prometedor). Richard Gere pone todos sus mohínes de siempre al servicio de sostener lo insostenible. Hay algunos disparos, pero los agujeros principales son los de la trama.
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  • 35 Rhums
    35 Rhums
    Mirar y ver
    Una película de Claire Denis en la cartelera rosarina siempre es motivo de festejo. La talentosa y aquí poco conocida directora francesa construye este trabajo (visto hace unos años en el BAFICI) a partir de los gestos de afecto de sus personajes, casi todos inmigrantes africanos aferrados a sus rutinas. Un empleado ferroviario a punto de jubilarse que vive muy apegado a su hija, y su familiar relación con sus vecinos y compañeros de trabajo son el punto de partida y de llegada de esta historia contada con nobleza y calidez. Todos ellos conforman una suerte de comunidad que vive en un delicado equilibrio y que se resiste al cambio. Denis tiene una mirada certera para encadenar sin énfasis detalles mínimos, y encontrar belleza en los rituales cotidianos. Postales suburbanas de vidas que se unen o se bifurcan como las vías de un tren.
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  • La separación
    La separación
    Mirar y ver
    Una serie de eventos desafortunados

    Nader y Simin se respetan, sin demostrarlo aún se quieren, pero no hay forma de que se pongan de acuerdo. La intransigencia deriva en divorcio y este en una serie de equívocos y complicaciones impensadas. Todo parece empeorar hasta un punto casi sin retorno, en este viaje sin concesiones hacia el peligro de romper con lo establecido.

    Lejos de cualquier otro exponente del cine iraní, La separación está mucho más cerca de lo que se espera de una película occidental por su dinámica, pero termina no pareciéndose demasiado a nada. Es notable la capacidad del director Asghar Farhadi para sostener la tensión de una trama que mezcla con absoluta precisión melodrama y thriller judicial y va desplegando sus capas con inteligencia narrativa. Es interesante ver como todos los personajes tienen sus razones para hacer lo que hacen y decir lo que dicen. La solución a sus problemas no parece estar muy cerca, y esa incerteza se vuelve palpable.
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  • Ánima Buenos Aires
    Un proyecto de María Verónica Ramírez que cuenta cuatro historias realizadas con multiplicidad de técnicas de animación y un único fervor artesanal por recrear una ciudad mítica con pinceladas de humor absurdo y tanguera nostalgia. “Meado por los perros”, de Pablo y Florencia Faivre, es el retrato de un carnicero de barrio que ve perder a su clientela ante la llegada de un hipermercado y cuenta con la técnica más original. “Claustrópolis”, de Pablo Rodríguez Jáuregui, aporta una buena ambientación a una cálida e ingenua historia de amor infantil saturada de colores con aires retro y música de Fernando Kabusaki. “Bu Bu” se vuelve lúgubre y cruel con el despliegue y vuelo visual de Carlos Nine para contar los últimos recuerdos de un criminal moribundo, y “Mi Buenos Aires herido”, de Caloi y Ramírez, cierran con una historia más convencional.
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  • Las mujeres del 6° piso
    Los de arriba y los de abajo

    A mitad de camino entre el costumbrismo estereotipado de “El exótico Hotel Marigold” (pero sin colgarse tanto de la chapa de sus protagonistas) y la denuncia social licuada por el paso del tiempo de “Historias cruzadas” (otra película sobre señores y criadas situada en los años 60), la película de Philippe le Guay se sostiene apenas por el encanto de los protagonistas, la bella argentina Natalia Verbeke (El hijo de la novia) y el siempre perfecto hombre gris que compone Fabrice Lucchini (Confidencias muy íntimas), en este caso pobremente acompañados por el grupo de mujeres españolas de título, aquejadas por una sobredosis de clichés (comen paella y tortillas, gritan, rezan, y parecen disfrutar de la vida más que los franceses). El contexto histórico, muy de fondo, es interesante, la migración de mujeres que iban a trabajar de lo que fuera a Francia escapando del franquismo, pero todo redunda en un módico entretenimiento, tan amable como esquemático, cuya principal virtud termina siendo su falta de ambiciones.
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  • Un método peligroso
    (Psico)análisis de "Un método peligroso"

    El método Cronenberg
    1907, un joven Karl Jung (Michael Fassbender) visita a quien era su mentor por entonces, nada menos que Sigmund Freud (Viggo Mortensen) en su casa de Viena. Allí hablan durante horas y exponen sus diferentes enfoques sobre una psicología que apenas se vislumbraba como ciencia. En la conversación Jung manifiesta que se siente exaltado por un sueño que tuvo y se lo cuenta a Freud.
    No hay imágenes de lo latente del inconsciente en el último trabajo de David Cronenberg, sólo relatos. Qué hubiera pasado si pudiéramos ver las pesadillas de Jung, nunca lo sabremos. Un director como Terry Gilliam hubiera hecho una película sólo con eso. Pero aquí sólo conocemos las palabras que mediatizan las experiencias de los protagonistas.
    ¿Cronenberg se reprime? Hay una velada intención en su búsqueda, que se remonta a Spider (2002) y a Una historia violenta (2004), un esfuerzo por contener su habitual fascinación por los excesos y ver qué pasa. Y lo que pasa sigue siendo Cronenberg.
    El arte de curar
    Sabina Spielrein fue una figura importante dentro del incipiente panorama del psicoanálisis de principios del siglo pasado. Paciente de Jung devenida psicoanalista y formadora de psicólogos como Jean Piaget, autora de trabajos que llegaron a influenciar al mismísimo Freud. Su interesante, ambivalente punto de vista es recuperado por Cronenberg y su guionista Christopher Hampton, especialista en adaptaciones (ya había escrito en el 2002 una obra de teatro en la que se basa esta película).
    Sabina (Keira Knightley, en un papel exigente) es llevada en 1905 a una clínica de Suiza para ser tratada por un diagnóstico de histeria. Sus ataques alternan con momentos de lucidez que descolocan e inquietan al joven Jung, que intenta con ella un novedoso tratamiento de la cura por la palabra ideado por Freud. Es una época en la que los marcos de referencia se corren y el concepto de locura comienza a borronearse.
    Karl dice que en Psiquiatría necesitan gente como Sabina. “Insane you mean?” pregunta ella. “Sí”, responde él, “nosotros los sanos tenemos serias limitaciones”. Y ya hacia el final del film vuelve al tema con una frase certera: “Sólo los heridos pueden tener la esperanza de sanar”. A esa altura, aún no estaba difundida la palabra psicoanálisis. Y, llegado el momento de hablar de esa nueva disciplina, cada uno de los protagonistas la pronuncia distinto. La palabra en Un método peligroso tiene un peso específico.
    En el nombre del padre
    El joven Jung se va haciendo un lugar en el panorama de esa disciplina, hasta que sus obsesiones colisionan con las de su mentor, Sigmund Freud, cuyo objetivo es muy claro: lograr que la Psicología sea aceptada y se la incluya en el panteón de las ciencias. Jung, mucho menos pragmático, y con su vida resuelta por su conveniente matrimonio, siempre quiere ir un paso más allá del psicoanálisis. Tiene una aproximación mucho más emocional a su profesión. El hijo pródigo deviene parricida.
    Jung admira a Wagner, en particular Die Walküre, y no solo es Küre lo que resuena allí: el padre del héroe en la ópera se llamaba Sigmund. Todo está calculado en un guión que parece un trabajo de orfebrería en donde nada se enfatiza. Tampoco las conversaciones de Jung con Sabina, en la que ésta parece sugerirle conceptos que él mismo ampliará en el futuro.
    Escrito en el cuerpo
    Si bien la aproximación contenida de Cronenberg puede catalogarse de cerebral, el cuerpo sigue presente, como en todas sus películas previas. En los encuentros sexuales, en los azotes que exige Sabina, en el corte que le provoca en la cara a Jung cuando se siente dejada de lado (un pequeño acto de violencia que cambia por completo la dinámica de la relación entre los dos y de paso ilustra la dialéctica del deseo). Es justo en ese preciso momento en donde el cuerpo velado irrumpe.
    Freud tomará las ideas de Sabina sobre la pulsión de muerte y el masoquismo para desarrollos ulteriores, ya completamente distanciado de Jung. Sabina ha coqueteado con los dos y la trama también ha coqueteado con las ideas de ambos. Con su aproximación analítica y su foco puesto en la palabra parece avalar a Freud, pero a la vez termina validando hacia el final a Jung con el apocalíptico relato de la visión de una futura guerra en Europa, que no tardaría en llegar. Si bien probablemente esto ya estaba en la obra teatral de Hampton, que a su vez se basa en una novela del año 93 de John Kerr, Cronenberg consigue plasmarlo muy bien.
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  • Drive
    Drive
    Espacio Cine
    De la naturaleza del escorpión

    La vieja y conocida fábula del escorpión que le pide a la rana ayuda para cruzar el río es revisitada en plan cine negro de los ‘70 por el eficaz Nicolás Winding Refn (1970, Copenhague, Dinamarca) -ganador del premio al mejor director en el último Festival de Cannes- en esta película que suma y multiplica referencias (aunque nunca citas directas), empezando por el cine de Martin Scorsese en general (y Taxi Driver en particular) y convocando en su protagonista al samurai de Alain Delon (personaje solitario, sin nombre y con pocos diálogos). Pero allí donde el film de Jean-Pierre Melville lograba convertir su pura forma en el más puro cine, Refn se queda con su estilo prestado a mitad de camino (o quizás convenga decir a mitad del río), proponiendo apenas una bella y sofisticada cáscara vacía.
    La historia de la doble vida del doble (hábil piloto de escenas de riesgo para el cine de día, hábil chofer de criminales de noche) que encuentra un oasis al proteger a su vecina indefensa y a su hijo, se sostiene, más que nada, por la química de los personajes (desequilibrio apenas contenido para él, vulnerabilidad extrema para ella), sustentada en el trabajo de dos actores en estado de gracia como Ryan Gosling y la siempre notable Carey Mulligan.
    Si bien algunas escenas de extrema violencia parecen quedar fuera de lugar, un par de secuencias notables (en particular la de la presentación del protagonista) y un cuidadoso diseño visual y sonoro transforman a Drive en una experiencia por momentos hipnótica.
    Quedará en cada quien la tentación de dejarse llevar por el oscilante devenir de una historia tan formalmente impecable como vacía de contenido. Y es que uno, rana al fin, probablemente descubra la estafa cuando ya sea demasiado tarde.
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  • El árbol de la vida
    Los riesgos de filmar en maýusculas

    Curiosa película ésta de Terrence Malick (1943, Waco, EEUU), autor todopoderoso que construye, reconstruye y deconstruye su propio universo para darle entidad a una obra que está a la altura de todos sus (des)propósitos, con una belleza enigmática y arrolladora, un lirismo elemental y una búsqueda de sentido que bien podría haberse ahorrado. Pero, claro, sería otra película y no este conjunto de momentos que acarician la obra maestra unidos a otros que se desbarrancan maravillosamente.
    Ese exceso de ambición, esa búsqueda de abarcar lo inabarcable, a contracorriente de cualquier tendencia, probablemente valgan el precio de la entrada y quien se aventure a ver esto debería hacerlo en la pantalla más grande posible.
    El centro de la historia pasa por un relato preciso sobre una arquetípica familia norteamericana de los años 50, con padre autoritario (Brad Pitt), madre comprensiva y tres hijos varones, que deben afrontar una tragedia que nunca se explica del todo. Este retrato está construido con solidez y amor por los detalles. Para dar cuenta de este micro-mundo, el director, fiel a sus ambiciones y a sus principios, nos lleva al Principio, el mismísimo del nacimiento del mundo, con una muy bella secuencia que es pertinente comparar con el final de 2001 – Odisea del espacio (Stanley Kubrick), más cerca del cine experimental y con muchas imágenes que, liberadas del peso de lo narrativo, se disfrutan en sí mismas.
    A todo esto, otra subtrama, no muy desarrollada, nos lleva a ver en un frío presente al desencantado hijo mayor de la familia (Sean Penn, en plan intenso y sin la edad suficiente para haber sido un niño de 10 años en los ´50), deambulando por la ciudad y tratando de conectarse con ese pasado perdido. Parece mucho. Es mucho.
    En la memorable Zorba, el griego (1964, Mihalis Kakogiannis) el final encuentra a los personajes principales bailando despreocupadamente en una playa, a pesar todo lo que vivieron. Los protagonistas de El árbol de la vida también terminan en una playa, pero más que bailar caminan confundidos, como buscando un guión perdido. Zorba no necesitaba replantearse tanto todo, simplemente bailaba sobre las ruinas de un proyecto desmedido que había terminado muy mal y, con una sonrisa, le preguntaba a su compañero Basil si alguna vez había visto un fracaso más esplendoroso.
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  • Copia certificada
    Copia certificada
    Espacio Cine
    La vida continúa bajo el sol de Toscana

    Copie conforme (copia certificada), a pesar de ser un film realizado en Francia y contar con la luminosa actuación de Juliette Binoche, conserva todas las marcas autorales de su director, Abbas Kiarostami (1040, Teherán, Irán), y, a la vez, plantea un juego de espejos con el Rossellini de Viaje por Italia (1954). Pero la película se disfruta por sí misma y su notable sistema narrativo es capaz de combinar con maestría ligereza y oscuridad, amor y desamor, para crear la copia más original que se haya visto.
    Una mujer vinculada con una galería de arte a la que nunca se nombra asiste a la conferencia de un exitoso escritor inglés recién llegado a Toscana para presentar la versión italiana de su último libro llamado, precisamente, Copie conforme, en el que teoriza sobre la idea del arte como eterna copia, como combinación de elementos predefinidos. A ella no parece importarle demasiado el asunto pero terminará viajando hasta el pequeño poblado de Lucignano para visitar una obra de arte que podría poner en perspectiva la teoría de él.
    El centro de la historia es la conversación durante el viaje entre estos personajes interpretados por una inspirada Binoche y un sorprendente William Shimell (que no es actor sino barítono). Un paseo en auto por una bella Toscana que nunca se transforma en postal es la excusa perfecta para que hablen prácticamente de todo, algo que ya sucedía en la obra citada de Rosellini y, entre muchas otras, en Antes del amanecer (1995) y Antes del atardecer (2004), disfrutables películas de Richard Linklater. El talento principal de Kiarostami reside en sumar estas capas de referencias (paseando además por la comedia romántica americana y los rasgos más reconocibles de sus propias películas previas) sin empantanarse ni resentir en absoluto un resultado final, generando algo nuevo de todo ese desandar caminos transitados y desafiando, de paso, la teoría inicial.
    Kiarostami logra salir airoso de todas las trampas en las que podría haber caído con esta mixtura de elementos “artísticos” y de cualquier prejuicio relacionado con su paso al cine europeo. Basta mencionar como ejemplos de todo esto las conversaciones en el auto (su marca registrada) o en el bar, en donde a pesar del contexto cambiante Binoche es a la vez sorprendente, graciosa y verosímil, o el uso de espejos y su función dramática.
    Todo encaja a la perfección, pero aún nos aguarda una sorpresa que no será aquí revelada, para terminar configurando un oxímoron perfecto, que amaga con ponerse profundo y se simplifica, o con volverse demasiado leve y se oscurece, con promover el romance y dejar latente el reflejo del desamor.
    En ese vibrante juego especular solo nos queda especular con lo que pudo o podría suceder realmente.
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  • Le quattro volte
    Le quattro volte
    Espacio Cine
    Esperando un milagro

    Presentada en el último BAFICI, Le quattro volte es una fascinante rareza situada en un pueblito de Calabria (perdido en el espacio pero, sobre todo, en el tiempo). Con una historia mínima como punto de partida, la película comienza a sostener su interés justo en el momento en que parece que ya no hay nada más para contar, a fuerza de una poesía no exenta de melancólico humor.
    La anécdota de la que se vale la trama es engañosamente simple. Un viejo pastor moribundo se aferra a lo que le queda de vida y cifra sus últimas esperanzas de recobrar su endeble salud en un polvo que obtiene en la iglesia cercana (ya veremos cómo, en una de las tantas pinceladas irónicas que propone el director). El pobre hombre aún cree que el milagro es posible, pero la película no, y su final (¿su final?) es el esperable. Su muerte coincide con el nacimiento de una de las cabras de su rebaño. La vida sigue y el animal toma la posta narrativa, hasta que se pierde en el bosque en pleno, junto a un árbol. La ¿acción? pasa entonces al ciclo de vida del árbol hasta que es talado para formar parte de una fiesta tradicional en el pueblo (que es descripta con magistral ajenidad), pero la vida sigue, a pesar de todo, y la última vuelta del relato lleva a la madera del árbol a transformarse en carbón, y después…
    Las cuatro veces a las que hace referencia el título remiten a los cuatro tipos de vida retratados (humana, animal, vegetal y mineral) y la cámara no parece pertenecer a ninguno de esos mundos, o quizás sea parte de todos a la vez.
    Michelangelo Frammartino (1968, Milán, Italia) es un director nacido en Turín y criado en un pueblo de Calabria muy parecido al de la película, que cita entre sus influencias al cine de Lisandro Alonso. Su estilo prioriza los planos generales fijos, en un registro que oscila permanentemente entre el documental y la ficción, terminando por borrar toda frontera. La coherencia narrativa y la mirada distante reubican al hombre en su entorno. Y se permite un solo momento de virtuosismo con un plano secuencia memorable y pertinente, que representa un quiebre en el relato hacia la mitad del metraje, relato que se sostiene sin actores ni diálogos ni música ni solemnidad, y que se desentiende de todo para entenderlo todo.
    El milagro finalmente se produce, pero es puramente cinematográfico.
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  • Vincere
    Vincere
    Espacio Cine
    Grandilocuente, operística, exacerbada. Vincere está diseñada para pasar por encima al espectador, como una brigada negra.
    El film se inicia como una biopic de Benito Mussolini (a quien se lo ve en los inicios de su carrera política como un furibundo y ateo militante de izquierda), pero pronto la trama se concentra en la figura de Ida Dalser, esposa no reconocida, y madre de un hijo igualmente no reconocido del Duce. Ese primer Mussolini tiene la impostación del recuerdo distorsionado de Ida, y una vez que la relación termina abruptamente (casi todo en este film termina abruptamente) sólo podemos ver al Duce real a través de un abundante material de archivo.
    El veterano director Marco Bellocchio (1939, Piacenza, Italia) desparrama certezas y demuestra un absoluto control de todos los recursos con los que cuenta, con un despliegue formal totalmente funcional para el tono buscado, que se pone en evidencia en las actuaciones (sobreactuaciones en realidad), la música y, sobre todo, el montaje a cargo de Francesca Calvelli, los sobreimpresos propios de la época que retrata y la particularidad de que muchas escenas son violentamente desplazadas por las que siguen (hasta se puede hablar de un método de edición fascista). Un ejemplo de todo esto es la antológica escena de la pelea en el cine.
    Pero la máxima virtud de Vincere es que toda esa técnica queda al servicio de una historia, y esa historia a su vez al servicio de la Historia, en una tesis que vincula fascismo y locura. La película se estructura en dos partes: la segunda transcurre mayoritariamente en instituciones psiquiátricas, y en ambas todos los personajes están alienados, fuera de sí, empezando por la sufrida protagonista (cuyo irónico nombre es Ida), que termina siendo el espejo de todo un pueblo traicionado por su caudillo.
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  • Aquel querido mes de agosto
    Cuentos de verano

    El pop como parte del paisaje (literalmente) inunda y dota de sentido y sinsentido esta maravillosa trampa que es Aquel querido mes de agosto, supuesto documental de aspecto intrascendente sobre las costumbres de los pueblos del interior portugués que, de manera casi imperceptible, deviene en ficción rohmeriana de amor de verano.
    Hay que esperar casi una hora de metraje para confirmar la sospecha de que aquéllo que estamos viendo no es lo que parece, y esa invocación a la paciencia es un gran riesgo calculado por el director Miguel Gomes, quien va orquestando (detrás y a veces hasta delante de cámara) los acontecimientos que se suceden como pistas, con un montaje tan pausado como preciso, retratando el calor con frescura.
    Y no es tarea sencilla. Un relato fragmentado, relevamiento musical (y cursi) de fiestas populares, viñetas sin conexión aparente, van mutando en melodrama romántico, en un ejercicio de amable deslizamiento.
    La magia que propone se materializa en planos convencionales, testimoniales, en donde se va colando algún elemento de ficción. Hay más de una gran escena escondida en los límites de esas imágenes simples, y uno descubre la trampa y se deja estafar con gusto.
    La escena final, con las quejas del sonidista porque el micrófono capta sonidos que no deberían estar allí, es el resumen de la tesis de Gomes: la realidad es inabarcable, pero aquéllo que encontramos cuando salimos a buscarla sigue valiendo la pena.
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Hoyts