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Imagen del crítico Diego Martínez Pisacco
Diego Martínez Pisacco
  • Cantidad de críticas: 73
  • Promedio: 57%
  • Críticas favorables: 38/73 (52%)
  • Críticas desfavorables: 35/73 (48%)
  • Diferencia absoluta: 13%
  • Misión secreta
    Misión secreta
    CineFreaks
    No soy de aquí, ni soy de allá

    Tras un parate profesional de dos años Richard Gere vuelve a hacerse presente en la cartelera porteña con Misión secreta, un thriller de espionaje tan entretenido como discreto que en su país de origen sólo cosechó críticas negativas. Pero así son los colegas del hemisferio norte: redimen bodrios y entierran películas que no siempre lo merecen. Misión secreta es la opera prima del cotizado libretista de Hollywood Michael Brandt (El Tren de las 3:10 a Yuma, Se busca) quien junto a su habitual socio Derek Haas también se ha encargado de escribir el guión. En general no ha hecho un mal trabajo pero algunas decisiones arriesgadas sobre la información que se le brinda al espectador quizás lo hayan perjudicado más de lo esperado. Es un producto no particularmente brillante que ganará puntos al trasladarse al ámbito doméstico: por sus características la pantalla chica le sienta mejor que la grande.

    Richard Gere, siempre atlético y pintón aún a sus sesenta y pico de años, entrega en este filme uno de esos roles ambiguos que tan bien le salen. Su papel del espía retirado de la CIA Paul Shepherson entra en perfecta sintonía con algunas de sus actuaciones más recordadas (Sospecha mortal, Justicia a cualquier Precio, Corresponsales en peligro), aquellas en las cuales los dobleces morales de sus criaturas sacuden un poco la modorra. La historia de Misión secreta da cuenta de la persecución a un reaparecido asesino ruso apodado Cassius que encabeza Shepherd junto al más joven agente Ben Geary (Topher Grace). El asesinato de un senador con el modus operandi de Cassius obliga al Director de la CIA Tom Highland (Martin Sheen) a sacar del ostracismo a Shepherd que descree de la identidad del responsable. Y motivos no le faltan: él mismo asegura haberlo matado un cuarto de siglo antes. Del argumento no conviene adelantar nada más para no revelar detalles esenciales para el desarrollo de la trama. Que, aclarémoslo de entrada, es previsible como pocas pero, de todos modos, se sigue con interés gracias al oficio de todos los profesionales que colaboraron con Brandt: el montaje, la fotografía y la banda sonora son realmente de primer nivel.

    Durante los primeros minutos de película nos ponen en situación sobre el estado de la política exterior de los Estados Unidos (no olvidemos que esto es ficción, no un documental). En una entrevista para la TV. el senador por Nueva York Morris Friedman asegura que debido a la obsesión con Medio Oriente se ha descuidado a un país como Rusia que ha vuelto a las andadas con el lanzamiento de un programa nuclear. Cuando se le retruca a Friedman que sus declaraciones sólo responden a la necesidad de conseguir un presupuesto para el senado, éste redobla la apuesta aseverando que en la actualidad Rusia tiene diez veces más agentes infiltrados en suelo norteamericano que durante la Guerra Fría. Y esta aparentemente temeraria réplica tendrá su argumentación a lo largo del filme dejando plasmada aquella famosa letra de Facundo Cabral que rezaba: “No soy de aquí, ni soy de allá; no tengo edad, ni porvenir…”. Tampoco es nueva la premisa del agente durmiente que es activado quizás muchos años después cuando ya ha formado una familia y debe forzosamente abandonar a todos sus seres queridos (pues ha aprendido a amarlos) para cumplir con sus obligaciones para con su país natal.

    Misión secreta reincide sobre esta temática sin grandes alardes de nada. La dinámica entre Gere y Grace es creíble, hay escenas de acción competentes, momentos de tensión razonables y un final con una vuelta de tuerca no muy inesperada que sin embargo no decepciona. El elenco es variado: Martin Sheen, Stephen Moyer (el vampiro Bill de True Blood), Tamer Hassan, Chris Marquette, la bella Odette Yustman y la más bella aún Stana Katic (Castle) cumplen roles breves pero bien matizados. La desafortunada idea de desenmascarar al asesino ante el público apenas media hora después de iniciada la cinta le cuesta caro a Brandt. Con ese dato jugando a su favor Hitchcock se hubiese hecho una fiesta. Las botas del Maestro nunca fueron tan grandes, amigos. Brandt no da la talla ni rellenándolas con bolitas de papel…
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  • Los padrinos de la boda
    Imposible reírse

    Una de las películas más sobrevaloradas por la crítica y el público de los últimos tiempos ha sido sin lugar a dudas Muerte en un Funeral (2007), comedia negra dirigida por un experto en el género como Frank Oz pero pésimamente escrita por Dean Craig. Sólo la aparición fulgurante del enano Peter Dinklage (en boga por estos días gracias a la serie de HBO Game of Thrones), toda una revelación por aquel entonces, merece ser recordada en una obra que pese a su ADN británico coqueteaba demasiado con el humor escatológico y ramplón de los yanquis. Fue tan inmenso el impacto de este título a nivel mundial que Hollywood, verdadera usina del copy paste a la hora de recrear éxitos ajenos, no demoró en rodar su propia versión del film con la particularidad de que buena parte de su elenco estaba compuesto por afroamericanos. Dinklage repetiría su rol de amante despechado para continuar explotando uno de los roles más bizarros de la historia del cine. El mal gusto de Muerte en un Funeral parecía muy difícil de superar pero debo reconocer que Los Padrinos de la Boda, la nueva ¿comedia? guionada por Dean Craig, ha batido todos los récords en ese sentido. Con esta coproducción entre Inglaterra y Australia se confirman mis peores temores: el género no logra dar señales de vida y siempre se puede caer un poco más bajo…

    Con Los Padrinos de la Boda todo lo que podía salir mal ha salido peor que mal. No es raro que nos encontremos con engendros fílmicos de toda clase y pelaje pero sorprende que suceda con una película australiana. Pensar que hubo una época que cualquier obra procedente de Oceanía llegaba a nuestro país precedida por un halo de prestigio. Claro, era la época de oro de realizadores talentosos como Peter Weir (La última ola, Gallipoli), Bruce Beresford (La fiesta de Don, Después de la emboscada), Paul Cox (Mi primera esposa), Colin Eggleston (Fin de semana mortal), Russell Mulcahy (Destructor), George Miller (la trilogía de Mad Max), entre muchos otros. Stephan Elliott, el impresentable director de Los Padrinos de la Boda, sólo cuenta en su haber con Las Aventuras de Priscilla, Reina del Desierto como antecedente válido. Y entrega aquí exactamente un manifiesto sobre todo lo que NO hay que hacer al filmar una comedia de enredos. Se suele decir que un mal guión no puede ser mejorado ni por el más dotado de los cineastas. ¿Qué nos queda, entonces, cuando ambos son deplorables?

    Dean Craig es un guionista que por el sólo hecho de acumular situaciones anecdóticas mechadas con gags estúpidos cree que está cumpliendo con su trabajo. Craig confunde gracia con golpes bajos y nunca se detiene a reflexionar sobre la sarta de barbaridades que se le ocurren. Lo que se le cruza por la cabeza el tipo lo escribe sin filtro alguno. Recursos soeces como la purga al carnero (que le gana por afano al personaje que se defeca encima en Muerte en un Funeral) seguramente quedarán en alguna antología que recopile escenas de un mal gusto atroz. Si provocara una miserable sonrisa al menos habría un mínimo atenuante pero la comedia no encuentra nunca el rumbo. A diferencia de la gran mayoría de los exponentes del género Los Padrinos de la Boda genera rechazo e indignación. Ni las actuaciones se salvan.

    Duele mucho ver involucrada a la otrora bellísima Olivia Newton-John (todavía se le reconocen las facciones pese a las cirugías estéticas) en este papelón descomunal. Olivia, no obstante, es lo más rescatable que tiene para ofrecer la película. Está sobreactuada, es cierto, pero parece ser la única que se divierte con el papel que le tocó. Distinto es el caso de los demás actores, incómodos y sin saber muy bien para donde correr: sus personajes jamás fueron debidamente elaborados por un libro insensato a más no poder. Xavier Samuel es el novio que invita a sus amigos ingleses a su casamiento en Australia. Estos energúmenos interpretados por Kris Marshall, Kevin Bishop y Tim Draxl son todos personajes sin relieve y francamente insoportables. Laura Brent es la novia que lentamente se resigna a que toda la ceremonia se vaya al diablo debido a las salvajadas de los amigotes de su media naranja. Rebel Wilson, su regordeta hermana, afirma ser lesbiana para molestar a papito (Jonathan Biggins), un senador que tiene como amuleto de la suerte a un carnero llamado Ramsy. La esposa del funcionario es Barbara (Newton-John), mujer insatisfecha dispuesta a todo luego de esnifar unas líneas de cocaína. Y por ahí también anda Ray (Steve Le Marquand), un dealer con tendencias homosexuales tratando de recobrar una fortuna en drogas que los chicos por error se llevaron de su casa.

    Ante este panorama sólo queda por rogar que el final llegue lo antes posible. Agobiado por el pesimismo de pronto descubro luz en la oscuridad: la sublime versión de la canción de Meat Loaf "Two out of three ain’t bad" que interpreta la banda de la fiesta se convierte en el único atisbo de buen gusto en los 97 minutos de metraje.

    Si esta crítica fuera un telegrama se leería así: Imposible reirse STOP Imposible identificarse STOP Imposible entretenerse STOP Imposible FULL STOP
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  • Votos de amor
    Votos de amor
    CineFreaks
    Si te he visto no me acuerdo

    Pese a que las comedias románticas ya no son lo que solían ser mientras sigan existiendo esas almas cándidas y blancas que lloran como magdalenas de acuerdo a los avatares que atraviesan las parejitas de rigor para llevar su amor a buen puerto, relatos como la película que nos ocupa seguirán generándose por los siglos de los siglos. La cuestión es que después de tantas historias de romances truncos que hemos conocido, la posibilidad de ofrecerle algo nuevo a la audiencia roza el milagro. Y, como podrán imaginarse, Votos de Amor no se acerca a esa categoría de ningún modo.

    ¿Cuál es la premisa de esta opera prima de Michael Sucsy? Un recurso inmemorial, el nunca bien ponderado conflicto del amnésico (amnésica para el caso) que debido a un accidente de tránsito olvida todos los años que compartió con su media naranja a quien confunde con un médico al despertar en el hospital. Ya con este planteo el melodrama (aunque a posteriori no lo sea tanto) se frota las manos anticipando lo que está por venir. Por desgracia otro tanto sucede con el espectador pero habrá quienes no lo vean como un problema sino apenas como una constante más del género. Para ellos está dirigida esta obra inspirada en sucesos presuntamente reales (hasta nos muestran la foto del matrimonio afectado antes de que pasen los créditos) entre cuyos guionistas aparece Jason Katims, el creador de la serie de culto Roswell.

    Con todas sus limitaciones a cuestas, ¿cuál puede ser el secreto del éxito de este filme que sorpresivamente encabezó la taquilla en EE.UU. durante el pasado mes de febrero? Es sencillo de establecer: la química entre sus actores principales. Ella, Paige, es la simpática y desenvuelta Rachel McAdams; y él, Leo, es interpretado por el inexpresivo ex modelo Channing Tatum. Entre los dos se potencian pero, también es justo decirlo, son los únicos personajes de interés ya que los secundarios realmente apestan. Ni siquiera buenos actores como Sam Neill (odioso como de costumbre: al irlandés/neozelandés lo encasillaron hace rato) y Jessica Lange sacan las papas del fuego. Scott Speedman como el tercero en discordia no debe tener más de tres o cuatro apariciones y los amigos de la pareja entran y salen de escena sin que lleguemos nunca a conocerlos demasiado. Ignoro si esta decisión fue tomada para no eclipsar a Tatum y McAdams o si la causa hay que buscarla por el lado de la impericia de sus hacedores (creadores suena demasiado ambicioso para lo que es el producto final); lo cierto, en definitiva, es que la trama se concentra exclusivamente en esos roles y desatiende al resto de mala manera. Cualquier comedia o drama de tono romántico que se precie de tal -hay decenas de ejemplos para citar-, les encuentra su lugar a estos confidentes, ayudantes o antagonistas que le dan relieve a la relación de los protagonistas. En Votos de Amor estos personajes no cumplen una función concreta con la excepción, quizás, de la asistente de Leo en el estudio de grabación (que de eso vive el hombre). Una de las tantas amistades de la pareja es la bella Jeananne Goossen, que al igual que Sam Neill y Wendy Crewson (la doctora de Paige) han compartido set en la serie de TV Alcatraz. ¿Les harán precio por paquete? Qui lo sa…

    Si Votos de Amor sobrevive al visionado de un ojo entrenado es sólo porque la idea que vende es tan fuerte y emotiva que compensa la pobreza de su ejecución. ¿Quién no es capaz de identificarse con un Leo desesperado por recuperar a su amor perdido tras ser testigos en las primeras escenas de la profundidad de su vínculo con Paige? Aún un intérprete con escaso registro técnico como Channing Tatum logra transmitir esa angustia y generar el feedback emocional indispensable para que una película de estas características funcione. Previsible, chata, sin vuelo: podríamos enumerar estos y otros adjetivos calificativos negativos y sin embargo, aunque parezca contradictorio, el filme cumple su propósito de aflojar las conjuntivas y proyectar en quien lo acepte la simple noción de que el amor todo lo puede. Básica pero concreta, la propuesta al menos no ofrece gato por liebre y no se estira más allá de la cuenta. Al que le alcance con esto que lo intente…
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  • Pie de página
    Pie de página
    CineFreaks
    Las paradojas de un filólogo erudito

    Hay que empezar diciendo que si hoy podemos ver en una sala de cine de la Argentina el interesante filme de origen israelí Pie de página, es gracias a la nominación al Oscar que este trabajo del autor y realizador Joseph Cedar tuviera en la última edición del ya harto discutible premio otorgado por la Academia de Artes y Ciencias de Hollywood. Precedida por elogiosas críticas y un exitoso desempeño en el Festival de Cannes del año pasado (por el que Cedar obtuvo el lauro al Mejor Guión), la película quizás desconcierte un poco a quien no esté más o menos a tono con la cultura y la idiosincracia del pueblo de Israel; aunque también es de destacar que los conflictos que arrastran sus personajes son de una universalidad evidente. En todo caso, se trata de una experiencia cinematográfica más que atendible y no solamente circunscripta a la colectividad residente en nuestro país.

    Pie de página narra con meticulosidad lo que sucede cuando por el lamentable error de un burócrata se le notifica al veterano Profesor Eliezer Shkolnik (formidable máscara de Shlomo Bar-Aba), investigador incansable del Talmud, que ha sido seleccionado por un jurado de académicos para recibir el premio Israel, el más trascendente dentro de su actividad; cuando el destinatario es en verdad su hijo Uriel (Lior Ashkenazi, excelente), catedrático experto que comparte la misma pasión que su padre con el que rivaliza por traumas de la infancia y diferencias profesionales (casi ideológicas podría afirmarse). La confusión queda explicitada cuando los integrantes del jurado le explican a Uriel lo acontecido y le piden consejo sobre cómo obrar de ahí en más para no ofender a Eliezer…

    Uriel, esposo devoto (por cobarde, no por leal según su ácida esposa) y consternado padre de cuatro (especialmente por el hijo mayor que no demuestra inquietud por trabajar o estudiar), reprueba la decisión del presidente del jurado (quien es un adversario histórico de Eliezer) de respetar a rajatabla la votación que lo dio como ganador en detrimento de su padre. Uriel sospecha que una vez informado del desgraciado episodio la relación con su progenitor, que de por sí ya cuelga de un finísimo hilo, ha de quedar irremediablemente deshecha. Por ende, en su encendida defensa de los méritos académicos de Eliezer (que abarcan más de tres décadas de investigador de la literatura rabínica), subyace tal vez la última esperanza de una posible reconciliación familiar. Pero la soberbia y la pedantería del sexagenario, sumadas a un carácter severo que bordea el autismo, se ponen una vez más de manifiesto sembrando una duda tremenda en Uriel que debe enfrentarse a sus propios demonios. ¿Qué pesa más en un hombre? ¿Su integridad moral o su ambición personal? Habrá tantas respuestas como cabezas pensantes existan pero está claro que la película, a través de las acciones de los personajes, no elude una respuesta concreta. Y no es una obvia ni precisamente condescendiente por parte de Cedar, que demuestra ser un exacto dramaturgo y un muy buen director de actores.

    Con una música demasiado volcada a la comedia -Pie de página no lo es pese a ciertos toques de humor irónico que se deslizan aquí y allá-, la historia va creciendo en dramatismo y consistencia con un soberbio uso del montaje en los tramos finales de este personalísimo relato que no encandilará a quienes estén acostumbrados a los rutinarios productos venidos de Hollywood pero sin dudas sabrá captar la atención del sufrido cinéfilo argentino, siempre a la pesca de este tipo de manjares fílmicos foráneos…
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  • El líder
    El líder
    CineFreaks
    De lobos y hombres

    En El Líder conviven dos fuerzas antagónicas que confunden al espectador. Una de ellas es de carácter interno dado que involucra de manera directa a John Ottway, su protagonista, un hombre sin esperanzas ni futuro que vive más anclado en el pasado que en un tortuoso presente. A través de este personaje y, desde ya, de la empática actuación del gigantesco (literal y figurativamente hablando) Liam Neeson, el director y coguionista Joe Carnahan expresa sus inquietudes místicas, filosóficas y humanistas. Estos dilemas morales que Ottway sobrelleva con entereza pero también con mucha angustia, ya estaban subrayados aún antes de la prueba definitiva a la que lo somete el Destino (o Dios, o la causalidad, o como quieran Uds. llamarlo): sobrevivir a un accidente de avión en una inhóspita región de Alaska junto a otros pocos desgraciados compañeros de la compañía petrolera para la que trabajan. Por si no alcanzara con las inclemencias del tiempo y la indefensión ante la falta de refugio, abrigo adecuado y comida (la ayuda puede demorar días o semanas si es que alguna vez llega) el grupo debe lidiar con una manada de lobos que los acosa una y otra vez por haber ingresado a su zona de caza. Y aquí entramos a la segunda fuerza que mencionaba al comienzo de esta nota: la historia del enfrentamiento -al estilo gato y ratón- entre hombres y bestias (aunque en ocasiones los primeros igualan a los segundos en salvajismo) que van provocando bajas inevitables con el correr de los minutos.

    La fricción entre el existencialismo desesperado que le otorga Carnahan a Ottway (y por ende al filme) y los ataques efectistas de los lobos no encuentra nunca un tono convincente. Es como si Carnahan hubiese estado viendo la espléndida filmografía de Terrence Malick para luego preguntarse: ¿qué haría Malick con un material como éste? Y lo intenta, lo intenta con ganas, pero el guión es de una elementalidad tan grande que se queda en la cáscara. Una melancolía de cartón pintado con fondo gris, golpes de efectos sonoros y unos versos supuestamente poéticos que Ottway recita en off cada vez que la muerte ronda cerca…

    El Líder traza analogías claras entre lobos y hombres: en ambos bandos hay un macho alfa y otro omega a los que siguen los demás. Claro que los sobrevivientes están en inferioridad numérica y “jugando” de visitantes en el peor escenario posible: temperaturas de 40º bajo cero, nieve copiosa, viento ululante, etc. Para agigantar las diferencias a los animales se los ha caracterizado como criaturas casi sobrenaturales. Una idea que en la práctica no funciona y después de todo tampoco era necesaria. Así como se retacea lógicamente la figura de los lobos sobreabunda la presencia en escena de sus rivales humanos. Que podrán ser encarnados por buenos actores –en particular, Dermot Mulroney- pero cuya carnadura deja bastante que desear. Teniendo en cuenta que los trabajadores de la refinería son, en palabras de Ottway, “ex convictos, fugitivos y vagabundos”, se podrán imaginar que los personajes son un cúmulo de estereotipos. Y como tal deja que se anticipen sus reacciones media hora antes de que ocurran.

    Pero no es todo negativo. La película si triunfa es en la elección de los escenarios naturales, la correcta utilización de los valores de producción (a cargo de los hermanos Scott, Ridley y Tony) y las bellas imágenes del director de fotografía Masanobu Takayanagi. Si bien el ritmo se resiente por la duración excesiva y las ínfulas líricas de un realizador que no está todavía para estas cosas, El Líder tampoco es algo para despreciar (aunque en lo personal esperaba mucho más).

    Se advierte que tras los créditos queda una breve escena (que dicho sea de paso podría omitirse sin problemas).
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  • El precio de la codicia
    Esos aviesos tiburones de Wall Street...

    En primer lugar aclaro que la temática que aborda esta correcta opera prima de J.C. Chandor no es precisamente de mi agrado. En segundo lugar encuentro que el conflicto que desarrolla –el instante en que explota la crisis económica en una compañía financiera allá por 2008 en Nueva York- debería funcionar como contexto o background. Eso es lo que me interesaría ver a mí, pero sería otra película… una que a Chandor no le inquietó hacer. Como relato coral animado por ejecutivos y brokers la historia está bien llevada, no lo niego, aunque tampoco seduce. No hay personajes con quienes empatizar, excepto el de Kevin Spacey que está obviamente humanizado para que el espectador se identifique con alguien, y sin embargo si vale la pena El Precio de la Codicia es por lo que aportan sus conocidos actores. Jeremy Irons, Simon Baker, Paul Bettany, Stanley Tucci, Demi Moore y Zachary “Spock” Quinto, además uno de los productores, se desempeñan magníficamente aunque si analizamos fríamente el guión no hay muchas escenas superlativas como para que puedan lucirse. El tópico quizás sea importante pero no por afrontarlo y enunciar cierta tendencia al realismo (para naturalismo le queda grande) podemos hablar de un trabajo memorable. El Precio de la Codicia, como sus personajes, es ambiciosa pero no sé si está tan bien escrita como muchos aseguran…

    ¿Qué se puede decir sobre el ambiente bursátil que no haya sido tocado hasta ahora? Muy poco, realmente. El anclaje histórico es aquí trascendental pero las motivaciones y acciones de sus protagonistas son las mismas de siempre: por la plata baila el mono, amigos… No obstante, sí es curioso observar cómo se relacionan jefes y subalternos en este esquema de roles. Irónicamente el que mejor capta lo que sucede, y al que a los demás les cuesta bastante seguir en su línea de pensamiento, es Peter Sullivan (Zachary Quinto) el empleado más inexperto del Departamento de Riesgos (divierte ver las reacciones de la junta de ejecutivos al revelarse que este buen muchacho es un ingeniero espacial egresado del MIT).

    La trama narra las 36 horas claves a partir del descubrimiento de la ecuación que anticipa la debacle económica que haría trizas a los Estados Unidos (y a varios países más; ni los argentinos nos hemos librado de ella). En un comienzo lleno de tensión somos testigos de cómo despiden a una cantidad de gente de la empresa para la que trabaja Eric Dale (Stanley Tucci), jefe de Peter y del analista Seth (Penn Badgley). Tras una escena humillante en la que dos mujeres enviadas por la compañía le notifican que debe retirar sus objetos personales de la oficina, Eric le entrega un pendrive con un proyecto inconcluso a Peter. Le advierte con razón antes de marcharse del edificio: “¡Cuidado con eso!”. En ese pequeño dispositivo Peter detecta el embrión de lo que sería una auténtica bomba para el mercado de valores. Alarmado llama a su flamante superior Will Emerson (Paul Bettany) para notificarlo...

    Tras esta situación desencadenante empieza un efecto dominó fascinante a medida que las malas nuevas son impulsadas de forma piramidal hasta que entra en escena el capo di tutti capi, John Tuld (toda una creación del inglés Jeremy Irons). Este bastardo despiadado no teme en aniquilar toda la economía del país con tal de no perder plata. Uno de los pocos momentos realmente vibrantes, al menos desde lo actoral, ocurre cerca del final. Un distendido Tuld almuerza animadamente mientras el mundo se cae a pedazos; sin dejar de comer, le explica a un apesadumbrado Sam Rogers (Kevin Spacey) su visión sobre los negocios. “Es sólo dinero –pronuncia muy suelto de cuerpo-, un invento, pedazos de papel con dibujos para que no debamos matarnos para conseguir algo de comer. No es algo malo…”. Luego, tras citar las crisis más importantes de los últimos dos siglos, completa su monólogo frente a un callado Rogers: “No podemos controlarlas, sólo podemos reaccionar. Ganamos mucho dinero si acertamos y quedamos a un costado si nos equivocamos…”. ¡Este señor sí que le da una nueva dimensión al adjetivo inescrupuloso!

    En el epílogo Rogers debe hacerse cargo de una tarea ingrata, dolorosa. Se parece mucho a una metáfora: Chandor cierra la película a través del único personaje capaz de expresar culpa. Una buena idea desde lo conceptual para un thriller sobrio y profesional que por suerte no se empantana con diálogos farragosos sobre cuestiones tan técnicas que ni los mismos ejecutivos de la financiera entienden a fondo…
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  • Proyecto X
    Proyecto X
    CineFreaks
    La mamacita de todas las fiestas

    Proyecto X cristaliza en la pantalla grande un clásico anhelo adolescente: llevar a cabo una fiesta apoteósica que quede en la historia para siempre. Más que inolvidable sería mejor denominarla definitiva; algo así como la madre de todas las fiestas. De entrada Proyecto X apenas si aspira a una modesta reunión de un par de decenas de invitados pero paulatinamente degenera en lo que ya sabemos. La excusa para organizarla es un cumpleaños; claro, no es cualquier cumpleaños: el nerd Thomas (Thomas Mann) festeja sus 18 añitos y sus amigotes Costa (Oliver Cooper) y el gordito JB (Jonathan Daniel Brown), tan impopulares como él en el colegio, lo convencen para tirar la casa por la ventana aprovechando que los padres del muchacho se van el fin de semana a celebrar su aniversario de casados (lo cual da pie a una de las humoradas más felices de la película por parte del descarado de Costa). Las intenciones del trío reflejan lo que quiere la mayoría de los chicos: ser aceptados socialmente, divertirse (y no sanamente para ser sinceros) con gente de su edad y por sobre todas las cosas concretar la tan mentada tercera base con el sexo opuesto (al que ven de lejos con no poca tristeza). Ya lo dijo el maestro Dolina: “Las mujeres son la causa de todas las acciones de los hombres”. Y a los 18 años ni hablar…

    La desconfianza en el éxito de la empresa lleva a Costa a tomar medidas extremas para difundir el evento anunciándolo en sitios de Internet y programas de radio, además del boca a boca que se inicia en el ámbito estudiantil para trasladarse a otros. Acto seguido se juntan entre 1500 y 2000 personas en una casa de suburbio con pileta durante ocho frenéticas horas. ¡Un delirio absoluto! La fiesta que deviene de esta idea es una típica fantasía masculina en la que todas las chicas tienen carita de modelo, cuerpo de actriz porno y ninguna parece hacerle asco a parrandear con muchachos (el contacto carnal se da por descontado); además hay peripecias para todos los gustos (como la colorida presencia del sacado enano interpretado por Martin Klebba), y un desmadre tan grande en el final que más allá del sello de Todd Phillips (realizador de ¿Qué pasó ayer? y su secuela) se adivina la mano de uno de los productores más hiperbólicos del cine de acción de Hollywood: Joel Silver (el de la saga Matrix). Los disturbios con que cierra la historia catapultan la fiesta a otro nivel que sólo puede ser descrito como épico. ¿Creíble, verosímil? Ni por asomo. Todo el concepto obedece a los dictámenes de una mente teen calenturienta y los elementos que se observan responden a esa necesidad. Probablemente el target deje de lado a las mujeres porque el punto de vista del filme es nítidamente varonil. En Proyecto X las figuras femeninas sólo cumplen la función de objetos sexuales y por desgracia carecen de cualquier arista de interés.

    Para plasmar esta visión el director británico de origen hindú Nima Nourizadeh, de gran trayectoria como creador de videoclips y publicidades para marcas top, no se hace drama en acumular gratuidades de todo tipo (sexo, drogas, violencia, lo que quieran aquí lo tienen… amplificado). Enhebrar situaciones con adolescentes en ebullición dispuestos a todo parece algo muy trillado pero Nourizadeh (que rodara en el 2008 el famoso spot House Party para Adidas: sin dudas un antecedente válido para Proyecto X) ha salido bien librado de esta primera experiencia cinematográfica por su bagaje en el rubro audiovisual. El hombre sabe filmar, edita con fluidez y la hora y media de película se va desarrollando con un ritmo fabuloso al compás de una banda sonora que es una aplanadora. El recurso para narrar esta party desmesurada vuelve a recaer en el falso documental pero por esta vez no hay quejas: las cámaras en mano y la estética casera se ajustan mucho mejor a una propuesta como ésta que a la reciente, por citar un ejemplo, Poder sin límites. Un detalle que llama la atención en el guión -especialmente por provenir de Hollywood- es que no hay un afán moralizante sobre las consecuencias de semejante fiestón. Es como si a nadie le importara nada. Los daños y perjuicios por la jodita montada podrían llevar a los responsables a la prisión pero el espíritu de la película, supuestamente inspirada en un caso real acontecido en Australia, apunta a la comedia más desaforada y quienes se le animen así deberán tomarla si pretenden disfrutar de esta pequeña travesura a espaldas de mamá y papá que fue in crescendo hasta adquirir proporciones colosales.

    Por si no queda claro, estos adolescentes se parecen más a los de American Pie y Porky’s en la era de MTv antes que a esos seres sensibles y confundidos que tan bien describiera Greg Mottola en algunas de sus obras. Y es lícito que existan tanto unos como otros. Para emocionarme y reflexionar me quedo con Supercool o Adventureland pero en lo suyo Proyecto X tampoco defrauda... siempre y cuando seamos concientes de que estamos frente a una pavada suprema, atada con alambre y con el único propósito de aturdir los sentidos (lo cual logra). Ideológicamente estoy seguro que debería pegarle más pero me reí demasiado como para hacerlo. Sospecho que esto no habla bien de mí…
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  • Drive
    Drive
    CineFreaks
    Kiss Kiss Bang Bang

    Era cuestión de tiempo. A alguien se le tenía que ocurrir crear una película de acción “arty” para beneplácito de esos individuos que ningunean el género criticando desde una nube de pedantería (por no decir otra cosa, Uds. me entienden). Pues bien amigos y vecinos, Drive: Acción a Máxima Velocidad es ese título destinado a hacer ruido entre críticos y cinéfilos varios. Resulta llamativa tanta alabanza para un filme considerablemente ascético, caprichoso y al fin y al cabo discutible. Ascético porque su protagonista lo es y la historia se nutre de su personalidad para desarrollarse; caprichoso porque los giros argumentales y varias instancias claves del relato lo son (por no mencionar un par de coincidencias que dan como para levantarse de la butaca y volar para la salida en señal de protesta); y finalmente discutible porque la tan anunciada acción está destilada en cuentagotas y el nivel de violencia resulta tan extemporánea que directamente no se entiende a qué obedece. La “violencia seca” de la que se jactan algunos como si se tratara de un rasgo estilístico asombroso es, a mi modo de ver, sólo violencia per se, puesta allí como emoción gratuita para quien quiera dejarse llevar. Drive no cuenta nada nuevo aunque el material en manos del danés Nicolas Winding Refn subvierte algunas características del género a piacere y habrá que buscar por ese lado las posibles bondades del producto. Si habría que describirlo en una frase diría que es un thriller de acción apto para el consumo de aquellos que no disfrutan este tipo de historias. Un filme snob, bah…

    Ryan Gosling interpreta a un parco e inexpresivo joven que trabaja en un taller mecánico (incursionando de tanto en tanto en la industria del cine como doble de riesgo) y en su tiempo libre oficia de conductor especialista en fugas para cualquier delincuente que pueda contratarlo. Como el Frank Martin de Jason Statham en El Transportador, un pariente fílmico que anda por ahí, el muchacho cuenta con un par de reglas monolíticas de las que no se aparta nunca. Nada insólito, sólo lo necesario para sobrevivir en un submundo peligroso que no perdona los errores. Lamentablemente para él su platónica vinculación afectiva con una joven madre (Carey Mulligan) redundará en una guerra previsible con los mafiosos encarnados por Albert Brooks y Ron “Hellboy” Perlman. El guión del prestigiosísimo autor iraní Hossein Amini si bien está basado en una novela de James Sallis parece homenajear bordeando el plagio a The Driver (Walter Hill, 1978), otro thriller neo noir desparejo. Y claramente han tomado la fábula del escorpión y la rana para contextualizar las acciones de los personajes. La chaqueta del conductor con un enorme escorpión en la espalda no es casualidad…

    La adaptación de Amini es extrañamente elemental. Parece un escritor sobrecalificado para un trabajo como este. Por su parte el realizador Nicolas Winding Refn apunta toda su atención a la creación de climas mediante largos silencios y miradas elocuentes que reemplazan a las palabras (los diálogos son muy escasos en toda la película). Esto estaría bárbaro… ¡pero no en un film que vende acción ya desde el título! La profundidad psicológica no existe, o al menos no pude apreciarla, por más que la cámara siga obsesivamente a Ryan Gosling hasta cuando va al baño. Y aquí está el meollo del asunto: Drive es todo estética y se vende desde su elegante puesta en escena, su magnífica fotografía y una musicalización “cool” perspicazmente mezclada. La edición es un tómalo o déjalo absoluto: una primera mitad llena de tiempos muertos que acompañan al protagonista mientras se establece la muy anormal relación amorosa con su vecina, luego la situación desencadenante que llega demasiado tarde (¡a los 45 minutos!) y por fin una segunda mitad donde las cosas se ponen en movimiento con un frenesí inesperado. Tan inesperado como la violencia contenida en un personaje que deviene en un psicópata en extremo perturbador.

    El director de Pusher, que reemplazó a Neil Marshall apadrinado por el mismo Ryan Gosling, tomó un guión chato como pocos y con su estilo avant-garde entregó este cuento de hadas macabro, desangelado y visualmente atractivo que algunos entusiastas se han apresurado en calificar de obra maestra. Pero no nos engañemos: el público que recibió con honores un título tuerca mucho más honesto como Rápidos y furiosos 5 difícilmente se enganche con esta propuesta mal titulada por la distribuidora local.
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  • Poder sin límites
    Apenas otro primo lejano de Carrie

    Si bien en el cine está todo inventado todavía queda un margen para sorprender con recursos lícitos a una audiencia cada vez menos propensa a dejarse arrastrar por el impacto fácil. Y muy especialmente cuando se trata de una producción proveniente de esa fábrica de chiches inútiles llamada Hollywood.

    A Poder sin límites no le sobran las ideas para plasmar en la pantalla grande dos conceptos hasta ahora nunca fusionados: el mockumentary (o falso documental al estilo de El Proyecto Blair Witch o la más fresca Cloverfield- Monstruo) y el relato de superhéroes. Comercialmente el filme creado por Max Landis (el hijo del subvalorado John) y Josh Trank (quien debuta como director con este trabajo) tuvo una primera semana soñada liderando la taquilla de los EE.UU. y hasta la fecha cuadriplicó su presupuesto estimado (51 millones de dólares contra una inversión de sólo 12: negocio redondo). Sin embargo lo más inexplicable fue la excelente recepción que le brindó la crítica especializada: uno de los tantos misterios que se pueden hallar en esta industria tan difícil de pronosticar.

    Seamos sinceros: la película en base a sus efectos, sus toques de humor y un ritmo parejo puede llegar a entretener a un público sin pretensiones pero la elementalidad del guión -con personajes torpemente construidos desde lo psicológico- es indefendible de comienzo a fin. El mix es novedoso, debe reconocerse, y sin embargo sólo se pueden rescatar algunos hallazgos de ingenio que se dejan ver cada tanto (como la justificación para la cámara flotante, la escena del número de “magia” y dos o tres travesuras más o menos bien humoradas). Durante el resto del metraje reina la mediocridad más tajante.

    La historia, para ser exactos, no es la de unos superhéroes sino la de tres muchachos adolescentes compañeros del colegio que en una secuencia harto caprichosa absorben una energía tremenda de algo (no se ve bien) que podría ser de origen extraterrestre. En realidad no importa porque el guión se desentiende de inmediato de este aspecto para concentrarse en lo que le interesa enfatizar: cómo reacciona cada personaje con estos superpoderes que ellos no pidieron. Y es aquí donde el filme empieza a desbarrancar: Landis y Trank arman un triángulo con dos típicos chicos de la prepa como el afroamericano Steve (Michael B. Jordan), un avezado deportista que empieza a incursionar en la política estudiantil, y Matt (Alex Russell), un imbécil que cree que citando a pensadores célebres logrará borrar un pasado de adolescente chato e intrascendente; finalmente, y como el anómalo del trío, está el primo de Matt: el conflictuado (y conflictivo) Andrew (Dane DeHaan). Como si no fuera suficiente con un padre abusivo al muchacho le endilgaron el cuidado de una madre moribunda de cáncer. Más que de Matt el antisocial Andrew parece un primo lejano de la pobre Carrie (del film homónimo dirigido por Brian De Palma en 1976). El tipo es una olla a presión y se cae de maduro que los poderes sólo van a servir para potenciar toda esa oscuridad que subyace en su interior y que se adivina con suma facilidad desde el mismo prólogo de la historia. Si hay que hablar en términos de “buenos” y “malos” ya se sabe quién es quién con esta breve reseña…

    El “found footage” está aquí bastante más tirado de los pelos que en otros productos recientes (hoy también se estrena Con el diablo adentro) pero de todos modos la situación desencadenante ya era un delirio total. Lo que vende la dupla Landis / Trank es difícil de comprar con personajes y acciones tan previsibles que a los cinco minutos uno ya se imagina para dónde rumbea el clímax (espectacular si no se le exige demasiado al equipo de efectos). Algún detalle en la relación entre los primos parece inspirada en De hombres y ratones (mea culpa si no es así), genial novela de John Steinbeck, pero básicamente estamos ante un cóctel que aúna los elementos ya mencionados sin un rasgo estilístico que los cohesione o una estructura que intente superar esas limitaciones a través de una forma narrativa más creativa.
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  • Tan fuerte y tan cerca
    Para amar u odiar

    En todas las épocas han existido temas de especial sensibilidad para la gente. Cuando los mismos son abordados por el cine con demasiada proximidad el asunto puede ocasionar las más disímiles reacciones. Por ejemplo, ¿cuántas veces se ha dicho que el espectador no estaba preparado para tal o cual experiencia cinematográfica? Seguramente no pocas… Ya ha transcurrido una década desde aquel fatídico 11-S que además de un inmenso dolor provocara una reacción en cadena con consecuencias tremendas en todos los órdenes imaginables. Las películas que se rodaron hasta ahora se han concentrado en la crónica de ese día que enlutó a la humanidad entera y la gesta de tantos hombres y mujeres anónimos que lucharon codo a codo, cada cual desde su lugar, para tratar de salvar vidas y sostener a los familiares que debieron sobrellevar semejante tragedia. Analizadas en retrospectiva esas historias respondían a la necesidad imperiosa que tenía la sociedad estadounidense de empezar a cicatrizar la herida de alguna forma. Hacer esto está bien visto, es como una catarsis controlada en la que no caben los riesgos de ninguna índole: mucho menos los artísticos.

    Tan fuerte y tan cerca, la nueva película del inglés Stephen Daldry, es una de las primeras obras en plantear el atentado a las Torres Gemelas como disparador de una ficción que, pese a las opiniones vertidas por ahí, conmueve hasta lo más profundo sin recurrir a golpe bajo alguno. Claro que esto es subjetivo y digno de ser debatido. El filme tendrá algunas pocas fallas pero no es tibio, se juega el todo por el todo cargándole el absorbente rol del niño protagonista a Thomas Horn, un muchachito sin experiencia actoral, y presenta unas cuantas facetas como para explorar largamente.

    El joven escritor de origen judío Jonathan Safran Foer publicó su novela Tan fuerte y tan cerca en 2005. El galardonado guionista Eric Roth (Oscar por Forrest Gump) se encargó de adaptarlo para la pantalla grande con suma habilidad y Daldry le imprimió su sello poético a un drama hipnótico que pasa de la intensidad emocional más crispada a elucubraciones metafísicas prácticamente sin despeinarse. Nada aquí luce forzado, todo fluye maravillosamente en una trama que debe ser la más original que he visto en años.

    Oskar Schell (prodigioso e inolvidable Thomas Horn) perdió a su padre (un muy cálido Tom Hanks) en el World Trade Center hace apenas un año. El contexto traumático de esa desaparición –los seis mensajes de voz guardados en el teléfono- y el sentido de pérdida han dejado en un estado de convulsión y furia permanentes al chico de nueve años, cuya tarjeta de presentación lo identifica como inventor, diseñador de joyas (el oficio paterno), astrofísico y pacifista. Oskar se refiere con razón al 11-S como “The worst day” (El peor día). El precoz e inteligente niño avasalla con su personalidad y sus fuertes conflictos existenciales (“¿Nadie sabe que no hay nadie en el ataúd?”, exclama en el funeral) a su golpeada madre (una impecable Sandra Bullock). Padre e hijo eran tan inseparables que por momentos tememos por la salud mental del pequeño. Durante esas largas jornadas de depresión y nostalgia alternadas Oskar descubre un jarrón en el que su papá dejó un sobrecito con una llave. Recordando los juegos de expediciones con pistas que solían practicar se da cuenta que la única forma de que esa venerada figura no se desdibuje es tratar de hallar la cerradura para la cual fue construida. Una tarea por demás ambiciosa en la que recibirá la comprensión y la ayuda de un anciano que podría ser su abuelo (el genial Max Von Sydow, nominado al Oscar por este papel) y que ha renunciado a hablar por una serie de eventos traumáticos que el director prefiere dejar en un segundo plano. Todos los sábados sale Oskar acompañado por el anciano y munido de sus mapas, su mochila y su pandereta (que le sirve para no paralizarse ante la multitud de Manhattan) para buscar el objeto misterioso que su querido papá le encomendó como misión póstuma y que podría de alguna manera traerle algo de consuelo para, por fin, empezar a superar tan irreparable pérdida.

    Los detractores de la película están en condiciones de acusar a sus creadores de utilizar el 11-S como trasfondo con fines sensacionalistas. Yo no lo veo así. La carga emocional no sería la misma si, por ejemplo, el personaje de Tom Hanks perdiera la vida en un accidente de autos. Ese contexto en particular y el tratamiento, insisto, para mi nunca especulativo que le da Daldry empuja hacia delante la historia dramáticamente. Y estoy convencido de que los tiempos, los climas y el personaje de Oskar en sí son menos hollywoodenses que varias de las otras películas nominadas al Oscar en este 2012. La clave del relato, no obstante, recae en la actuación de Horn que por suerte no intenta congraciarse con el espectador haciendo caritas ricas a cámara; Oskar no es un nene para poner en la mesita de luz: es complejo, por momentos lo odias, en otros te compadeces por su sufrimiento pero siempre resulta creíble en sus berrinches, arrebatos y extrema sensibilidad. Esta actuación es el verdadero triunfo de Tan fuerte y tan cerca…

    El tiempo pone en perspectiva a las obras de arte. Lo que hoy es calificado como obra maestra mañana puede ser destrozado sin culpa (y viceversa). El valor de una película valiente, poco concesiva (hay algunos subrayados que se podrían haber evitado cerca del final) y honesta como esta no puede ser objetado con argumentos irrefutables. Todos podemos cambiar nuestro sentir eventualmente. Aquí y ahora, un film brillante. Quizás lo mejor que haya realizado Stephen Daldry en toda su carrera. ¿Para amar u odiar? Eso parece...
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  • Mini espías 4 y los ladrones del tiempo
    Las bondades del Tercer Mundo

    La saga de Mini espías se había agotado con la trilogía rodada entre los años 2001 y 2003 pero al infatigable Robert Rodriguez parece que todavía le quedaba algo por decir al respecto. Tras seleccionar una parejita de nenes que pudiera reemplazar a la original se despachó con esta innecesaria Spy Kids: All the Time in the World in 4D que por pertenecer al Tercer Mundo nos llega con una D menos: el sistema Aromascope se extravió en la Aduana. Por una vez hemos salido beneficiados: si la tan mentada tarjeta de olores incluía las caconas de la beba del personaje de Jessica Alba, las “explosiones” de las bombas de pañales sucios y demás lindezas derivadas sólo puedo agradecer al cielo por la cortesía…

    A Robert Rodriguez uno no sabe si admirarlo o simplemente detestarlo por su intrepidez al encarar un proyecto: el tipo no duda en meter mano en cualquiera de las muchas actividades relacionadas con la filmación de una película. Fotografía, efectos especiales, música, producción, escenografía, edición, sonido, a nada le hace asco el muchacho en su ambición por dominar un arte que por sobre todas las cosas es esencialmente colectivo. Tal vez por una megalomanía que le impide confiar en los demás o quizás por el más sencillo motivo de abaratar costos de presupuestos nunca demasiado generosos, lo cierto es que Rodriguez abarca más de lo que el sentido común indica. Y esto siempre se nota en el resultado final.

    Al director de Sin City se le observa un estilo propio instaurando en sus obras un universo desquiciado basado en sus variadas influencias (hay mucho de animación en las Mini espías) donde nunca falta la libertad creativa ni el sentido del humor. Ideas se le ocurren, prestadas o no, y por algún motivo inexplicable su trabajo engancha a los chicos que disfrutan abominaciones como La aventuras del niño tiburón y la niña de fuego. Como su amigote del alma Quentin Tarantino, el texano saca la multiprocesadora y de ese mix surgen las historias más disparatadas en la que no es raro encontrar esos “mensajes” profamilia que en un filme como Mini espías 4: Los Ladrones del Tiempo se hacen evidentes desde el vamos. ¿Es competente en lo que hace?, ¿cumple medianamente esta nueva entrega su propósito de entretener? Desde un punto de vista adulto posiblemente no. De todos modos como el público al que apunta Rodriguez tiene 10 años o menos es difícil ser tan concluyente.

    Jessica Alba interpreta a Marissa, una espía que se retiró del oficio para criar a su beba, consentir a sus hijastros Rebecca (Rowan Blanchard) y Cecil (Mason Cook) y hacer una vida hogareña junto a su despistado marido periodista Wilbur (Joel McHale). La aparición de un terrorista llamado Time Keeper (Jeremy Piven) que está dispuesto a robarle el tiempo al mundo provoca que Marissa regrese a la acción ahora con su bebita como “sidekick”; mientras tanto Rebecca y Cecil acceden al área de Spy Kids en la OSS que estuviera cancelada desde la partida de Juni Cortez (Darryl Sabara) siete años antes. Juni y su hermana Carmen (Alex Vega) se suman también al grupo junto con Argonaut (en la voz del inglés Ricky Gervais), el perro robot protector de los chicos. Rodriguez instala en la platea a puro machaque la moraleja de que los papis deben dedicarle todos los minutos que puedan a sus hijos para no tener nada de lo cual arrepentirse el día de mañana. No hay nada como el HOY, podría ser el slogan tranquilamente…

    Ocasionalmente a Rodriguez se le prende la lamparita y brinda una idea tan brillante como la de los audífonos de Cecil (el chico padece de una sordera parcial), que debidamente convertidos en casi un gadget a lo James Bond le permite al público infantil identificarse con un pequeño que de otro modo podría ser visto como a sapo de otro pozo. Y este es el karma de Roberto: ésta y otras ideas potencialmente buenas se pierden en su caos creativo, tanto argumental como narrativamente, en el cual para colmo se ha asentado con placentera comodidad esa escatología tan cara al sentimiento de la Nueva Comedia Americana. El fin por sobre los medios: si los chicos se ríen todo vale. Ah, Jessica Alba y Joel McHale demuestran entre ellos tanta química como Daniel Aráoz e Ingrid Grudke en Mi papá se volvió loco!!! Más que esposos parecen vecinos, che…
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  • Inmortales
    Inmortales
    CineFreaks
    Despanzurrando mitos

    Después de un hiato bastante pronunciado Hollywood regresó a la mitología griega sui generis con Furia de titanes, una película mediocre orientada a un público de preadolescentes que alcanzó una proyección comercial acaso inmerecida. Los Inmortales, por su parte, es una película muy menor orientada a un público de jóvenes y/o adultos que guarda varias similitudes estéticas con la en su momento sorprendente 300 (inclusive comparten los mismos astutos productores). La diferencia más radical entre Furia de titanes y Los Inmortales es que esta última al menos cumple su función de entretener con una historia que se nutre del mito de Teseo aunque con unas licencias dramáticas tan disparatadas que sería un error exigirle exactitud a la adaptación realizada por los hermanos Charley y Vlas Parlapanides. Los responsables del proyecto le pidieron sangre, vísceras y un gore ultraviolento al director de origen indio Tarsem Dhandwar Singh (sí, aquel que debutara en el cine en 2000 con el lisérgico e imaginativo thriller de horror La Celda) que como buen soldado acató las órdenes y volcó todo su saber –dicho esto sin ironía- en composición, imágenes alucinantes, un CGI deliberadamente artificioso y el condimento final que tanto convoca por estos tiempos: el polémico 3D…

    Ya que el guión es un desatino constante voy a plegarme a la causa para enunciar uno propio: ningún filme de aventuras que empiece con la narración en off de John Hurt puede ser totalmente malo. La voz de este simpático veterano inglés le saca el jugo a cualquier texto –aún a los más profanos- y automáticamente, al reconocerla, te roba de prepo una sonrisa. El elenco de Los Inmortales es claramente superior al de Furia de titanes: hay muchas figuras de una fuerte presencia escénica. Algunos (Mickey Rourke, Stephen Dorff, Freida Pinto, el mencionado John Hurt) son más conocidos que otros (el protagonista Henry Cavill, Luke Evans, Joseph Morgan, Isabel Lucas) pero el casting es sin dudas uno de los puntos fuertes que potencian el relato. Aunque algunos papeles han sido asignados de manera caprichosa (el Zeus demasiado juvenil de Luke Evans encabeza la lista) esto no impide un buen desempeño por parte de la gran mayoría de los artistas involucrados. La jugada de mezclar intérpretes de trayectoria con ex modelitos, estrellas de la TV y actores que recién comienzan a forjarse un nombre en la industria podría haber salido terriblemente mal. Que no haya sucedido así es el gran logro de Singh: después de todo la calidad del apartado visual ya estaba garantizada de antemano…

    ¿Con qué se van a encontrar quienes se acerquen a esta versión hiper pochoclera de los mitos griegos que muchos descubrimos en nuestra infancia gracias a los poemas épicos de Homero? Pues ni más ni menos que esa técnica de guión que se dio en conocer como el Camino del Héroe (ver enlace) y que tan buenos resultados tuviera en títulos clásicos como Star Wars o la trilogía de El Señor de los Anillos por mencionar sólo los más obvios. Como he dicho en más de una oportunidad la estructura del Camino del Héroe no genera milagros si el material es ramplón pero sí le da a la película una base sólida sobre la cual moverse. Las peripecias de Teseo (Henry Cavill) en Los Inmortales no asombran a nadie pero pese a todo se siguen con cierto interés culposo. Como en Star Wars, el inicio de la aventura encuentra a nuestro personaje principal trabajando como granjero y nada hace suponer que dejará su oficio para liderar a los suyos contra el despiadado rey invasor Hyperion (un dignísimo Mickey Rourke) que por venganza contra los dioses quiere liberar de su prisión a los temibles titanes para que lo ayuden a aniquilar la raza humana. Modesto el hombre… El asesinato de un ser querido y las circunstancias llevarán a Teseo a sumarse a la resistencia contra el rey demostrando su valor en batalla y enamorando de pasada a la virgen oráculo (Freida Pinto) mientras los dioses se debaten entre ayudar o permanecer ajenos al conflicto que se desata en la tierra…

    Los Inmortales tiene tantos efectos visuales generados por computadora que da la sensación de estar pintada de punta a punta. El artificio está un poco menos volcado al comic que en 300 pero no se puede negar que navega en esa dirección. El nivel de violencia bordea la desmesura más insólita cuando las explosiones de sangre que provocan los mazazos, espadazos y cadenazos de los guerreros se entrelazan en cámara lenta para regocijo de los adictos a las emociones fuertes. La película es simplemente eso: un relato pueril pero contado con garra y una convicción que, debo reconocer, no me esperaba de ninguna manera. Sorpresas te da la vida…
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  • Al borde del abismo
    La gloria o Sing Sing

    Con el único antecedente del largometraje documental Ghosts of Cité Soleil, el danés Asger Leth se posicionó inmejorablemente en Hollywood al obtener en 2006 el premio del Sindicato de Directores de los Estados Unidos dentro del rubro “no ficción”. Al borde del abismo, su flamante opus, es exactamente todo lo contrario: un thriller policial ajustadísimo en su narrativa que atrapa irremediablemente al espectador desde la primera escena. El realismo obtenido en Ghosts… sedujo a los productores de Man on a ledge (frase con la que se identifica en la jerga policial a los potenciales suicidas que amagan con arrojarse al vacío desde la cornisa de un edificio). La elección fue perfecta porque Leth no sólo saber filmar muy bien: con su simpleza para la puesta en escena y su dominio de la marcación actoral también es capaz de hacer creíbles las situaciones más extremas. Cuando promediando la película el guión del venezolano Pablo F. Fenjves se excede de revoluciones (abundan las giros sorpresivos) es la mano firme del realizador la que impide que desaparezca el verosímil cinematográfico.

    La trama no es de hierro pero aún con algunos hilos sueltos está muy por encima del promedio. Sin revelar demasiado puede decirse que detrás de un supuesto intento de suicidio por parte del ex policía Nick Cassidy (extraordinaria actuación de un empático Sam Worthington) en el piso 21 del Hotel Roosevelt de Nueva York hay un plan maestro para robar un diamante valuado en 40 millones de dólares. El propietario de la joya es el villanesco David Englander (un formidable Ed Harris), un millonario inescrupuloso que comparte un pasado con Cassidy. Para persuadir a este último de que no se tire es convocada la conflictuada mediadora Lydia Mercer (la linda Elizabeth Banks) quien al poco tiempo de llegar se da cuenta que hay algo raro detrás de todo ese circo (con los medios cubriendo la noticia y la gente observando todo desde la calle con más morbo que curiosidad). En otros roles de peso brillan además Jamie Bell, Génesis Rodríguez (¡hija de José Luis "El Puma" Rodríguez!), Titus Welliver (el anti Jacob de la serie Lost), Anthony Mackie, Kyra Sedgwick y el buenazo de Edward Burns. Un elenco así de sólido no se ve muy seguido por estos días…

    Al borde del abismo es cine de género puro, un escapismo de lujo, bien escrito y mejor montado y dirigido para agradar a un target amplio ya que no hay escenas demasiado fuertes o explícitas. Una película que gana en emoción minuto a minuto, con una historia que funciona como un mecanismo de relojería durante la mayor parte del metraje y con un in crescendo dramático notable. El suspenso gana a la platea y ni un clímax algo deshilachado por algunos detalles descuidados logra atenuar el impacto que genera este gran espectáculo.

    Este thriller tan intenso como disfrutable es un tapado que los fanáticos de la acción sabrán apreciar si le dan una oportunidad...
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  • J. Edgar
    J. Edgar
    CineFreaks
    Un vestido y un amor

    J. Edgar, la película número 32 de Clint Eastwood en su faceta de director, acaba de sufrir un duro castigo por parte de la Academia de Ciencias y Artes de Hollywood que la ha omitido por completo de las nominaciones al premio Oscar. Ni siquiera un rubro técnico para un filme con visibles esfuerzos en materia de escenografía, vestuario y maquillaje. ¿A qué se debe esta saña para con el por lo general más que respetado realizador de tantas obras memorables del cine? A no dudarlo, señores: el viejo Clint perdió el pelo pero no las mañas. El problema de la biopic sobre la controvertida figura del funcionario público J. Edgar Hoover es la visión demasiado blanda que de él presenta el siempre vigente cineasta de Los Imperdonables. No lo aseguramos nosotros sino la abrumadora mayoría del periodismo de su país…

    En los Estados Unidos quien fuera el férreo director del temido FBI durante cuarenta y ocho años ininterrumpidos nunca ha contado con el favor de sus compatriotas pese a la gran cantidad de innovaciones que implementara para combatir el crimen (el análisis científico de la escena del crimen, la sistematización de una base de datos de huellas dactilares, la incorporación de profesionales universitarios en las diversas especializaciones del organismo, etc.). En su persecución indeclinable de un modelo de justicia (SU modelo de justicia) Hoover no hesitó en chantajear, extorsionar, manipular y quizás (no hay pruebas que lo confirmen) mandar a borrar del mapa a quienes se opusieran a su voluntad. No por nada el slogan de J. Edgar reza: “El hombre más poderoso del mundo”. Consagrado en cuerpo y alma a su trabajo es muy poco lo que se conoce de la intimidad del hombre excepto la versión de que era un homosexual malamente asumido y que habría mantenido una larga relación con el director adjunto del FBI, Clyde Tolson.

    La injerencia directa o indirecta del todopoderoso e intocable Hoover en la gestión del gobierno de turno (¡logró mantenerse en su cargo durante ocho presidencias!) con tristes antecedentes como la caza de brujas en la década del ’50; su responsabilidad en la condena a muerte a los esposos Rosenberg acusados de traición (se demostró que por su antisemitismo Hoover no verificó las pruebas en su contra) o, entre muchos otros, las sospechas de su participación de los atentados que culminaron con las vidas de los hermanos Kennedy o Martin Luther King Jr. Claramente era esto lo que la prensa de Estados Unidos quería ver en la pantalla y no una radiografía ecuánime y equilibrada de los vicios y virtudes de este terrible megalómano.

    Clint Eastwood, que aquí demuestra una vez más su sabiduría como artista, es demasiado inteligente como para cometer el error de filmar un panfleto para denigrar a Hoover. No sólo porque no es su estilo sino también, insistimos, porque ciertos hechos no han podido ser debidamente corroborados. La J. Edgar de Eastwood enuncia y denuncia cuando así se lo requiere pero también sugiere y deja a criterio del espectador la decisión final sobre la culpabilidad de Hoover en algunos de los más destacados sucesos de la historia estadounidense. Y está bien que así sea. Eastwood ha logrado no transparentar enfáticamente su postura personal pese a que en su fuero íntimo con seguridad ya tiene un veredicto. Clint expone al personaje, lo ubica en el tiempo y el espacio, le da un contexto emocional además de histórico, desnuda sus motivaciones, revela por primera vez sus altas y bajas pasiones (la soterrada pasión por Clyde, el extraño vínculo con su dominante madre) y no olvida remarcar tanto lo bueno como lo malo con la inestimable colaboración de Leonardo DiCaprio en la mejor actuación de toda su carrera.

    Ya establecido el QUÉ de un relato sólido como casi todos los que entrega habitualmente Eastwood sólo nos queda ocuparnos del CÓMO. La estructura de J. Edgar juega con los tiempos sin prisas ni pausas: transcurre en tiempo presente durante los últimos años de su conducción al frente del FBI mientras paralelamente se van disparando flashbacks –con la excusa de estar redactando sus memorias a un joven escriba- que dan cuenta de su ascenso meteórico dentro del Departamento de Justicia, su asignación como máximo jefe de los federales a los 29 años de edad, la lucha contra el hampa en la época de la ley seca, las consecuencias trascendentales derivadas del secuestro y muerte del bebé del famoso aviador Charles Lindbergh, sus celos profesionales para con algunos de sus agentes (mandó al destierro a Melvin Purvis, el G-Men más popular, solo porque le hacía sombra ante la ciudadanía), su obsesión con los comunistas, las reuniones con los presidentes recién electos que buscaban apartarlo de su puesto e indefectiblemente terminaban siendo persuadidos de no hacerlo cuando Hoover les mostraba sus expedientes Top Secret en los que se acumulaban documentos, fotos u otros elementos incriminatorios de llegar a los medios de comunicación. Este montaje no lineal jamás cansa ni abruma con la información brindada. Con todo lo que se puede recopilar sobre Hoover un director como Oliver Stone hubiese ocupado un tercio de su película con el guión completo de J. Edgar.

    Desde luego que hay limitaciones, todas las biografías las tienen. La clave es saber elegir de tanto material exactamente lo que se quiere contar. En ese sentido Eastwood separa la paja del trigo: no innova en lo que ya es vox populi y se la juega sobre lo que ocurría con Hoover fuera de lo laboral. La historia de que alguna vez se lo descubrió usando un vestido es un clásico mito del folclore yanqui. Y su parco amor fou con Clyde (sensible aproximación al personaje de Armie Hammer) contrasta con la sumisión y adoración para con su madre (Judi Dench). La frase “No seas marica, sé un hombre; prefiero verte muerto antes que tener un hijo marica” que le espeta dona Anna Marie Hoover, dice más sobre el vínculo madre e hijo que varios tratados que se puedan escribir al respecto. Fuera de Clyde y de su madre una de las personas que más trató a Hoover fue su leal secretaria personal Helen Gandy (Naomi Watts). Es una pena que tras la muerte de su jefe Gandy no haya contribuido a disipar algunos de los tantos misterios que aún hoy le sobreviven.

    A medio camino entre lo íntimo y lo público, la J. Edgar de Eastwood humaniza sin exagerar al hombre y pone en su lugar al funcionario del gobierno que supo mantener su posición de privilegio en base a una combinación de inteligencia, cintura política y malas artes. ¿Analogías por suelo argento? Salvando las distancias: Don Julio, claro…
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  • Robo en las alturas
    Anexo de crítica: Brett Ratner es el más impersonal de los directores de Hollywood pero para productos inocuos como Robo en las alturas con su profesionalismo le alcanza y sobra para entregar un típico pasatiempo de verano. Ben Stiller no está en plan gracioso pero se pone la película al hombro; Eddie Murphy, además uno de los productores, tiene curiosamente pocos minutos de pantalla y te logra sacar un par de sonrisas a puro carisma pese a estar desaprovechado en un 100%. Alan Alda compone de taquito al villano de turno y los demás actores parecieran divertirse con los papeles que le tocaron en suerte. Como comedia es modesta a más no poder pero si no le prestan demasiado atención a los agujeros de la historia se puede pasar un rato ameno (¡¡¡ameno que sean exigentes, claro!!!).-
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  • Secretos de estado
    Anexo de crítica: La historia principal de Secretos de estado demora en arrancar y no es precisamente atrapante hasta el último acto pero allí donde el guión falla prevalecen los actores con personajes muy bien definidos. La descripción de una campaña política, con su compendio de agachadas, traciones y lealtades puestas a prueba de manera constante, compensan cierta debilidad argumental que levanta el nivel en dramatismo más avanzada la trama pero nunca en originalidad. Es una de esas películas en la que casi todos los personajes de peso son seres humanos cínicos y poco edificantes: la radiografía que efectúa George Clooney es impiadosa y nada mejor que la formidable máscara de Ryan Gosling para hacer llegar su mensaje desolador. De todos modos se trata de la película menos interesante realizada por el actor, director, productor y guionista hasta la fecha…-
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  • La chica del dragón tatuado
    Anexo de crítica: La adaptación estadounidense de la primera parte de la saga sueca Millennium sale airosa del compromiso gracias al por momentos brillante trabajo de dirección de David Fincher, aunque la versión cinematográfica original que aquí se estrenara como Los hombres que no amaban a las mujeres sigue siendo superior. El guionista Steve Zaillian y Fincher se propusieron hacer más empática a la pareja Mikael / Lisbeth a la vez que resolvieron bajar un poco la apuesta en términos de claustrofobia y violencia. La Chica del Dragón Tatuado es como la versión light de aquella película de Niels Arden Oplev, sobre todo en lo concerniente al personaje de ella que adopta en dos o tres escenas puntuales actitudes casi melosas si lo comparamos con la Lisbeth sueca. Por su parte a Daniel Craig, pese a lo buen actor que es, me parece que le faltan algunos años más y unas cuantas abdominales menos para que me cierre mejor su periodista de mediana edad. Empero son detalles que pasan a un segundo plano gracias a la fluidez del montaje y la prodigiosa puesta en escena del realizador de Pecados capitales. Quizás no sea una gran película pero como thriller cumple con su cuota de intriga e impacto…-
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  • Las aventuras de Tintín
    Anexo de crítica: El estilo de Steven Spielberg vuelve a manifestarse gratamente en esta adaptación de la clásica historieta de Hergé que ha sido llevado al cine con la controvertida técnica de captura de movimiento que la convierte en un filme de animación (pese a ello los actores son parte esencial de la “actuación” de los personajes). De todas las películas que he visto rodadas con este sistema Las aventuras de Tintín me parece la más convincente: el problema es un guión enmarañado por la decisión de fusionar varios libros de Hergé en una sola historia. Narrativamente es despareja, con momentos brillantes (la persecución cercana al final demuestra que Spielberg no pierde los reflejos para la acción fluida) y otros no tanto, con muchos (demasiados) diálogos y con la confirmación de que el peligro de la unidimensionalidad en las criaturas de Hergé no era sólo un mal recuerdo de la infancia. De todos modos vale la pena el intento…- Diego Martinez Pisacco (7 puntos)
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  • Misión Imposible 4: Protocolo Fantasma
    Anexo de crítica: Hay varios cambios sustanciales entre esta nueva entrega de la franquicia que reiniciara Tom Cruise de la mano de Brian De Palma en 1996 y su inmediata predecesora (aquella dirigida por J.J. Abrams, que sigue siendo la mejor de la saga en mi opinión). Protocolo Fantasma es una película mucho más al estilo Bond, supera por lejos en vértigo tanto a la primera (siempre fue un thriller más que una action flick) como a la segunda parte (el bodrio con palomitas y motos que dirigiera John Woo) y queda cabeza a cabeza con la tercera. No obstante este última involucraba de una forma más personal al agente Ethan Hunt y lo enredaba en una historia de acción tan dramática como visceral que mucho le debía al universo de la serie Alias que creara J.J. Abrams y que no por nada motivara su contratación (Cruise era un fanático del programa que animara la bella Jennifer Garner durante 5 espléndidas temporadas). Además del virtuosismo de varias escenas que aúna el talento –y el reconocido sentido del humor- del realizador Brad Bird con el excelente nivel técnico y el poderío de una producción impecable, Protocolo Fantasma gana puntos por el equipo que rodea al héroe (Paula Patton, Jeremy Renner) y especialmente por el desarrollo que ha tenido el personaje del inglés Simon Pegg que de una pequeña participación en Misión: imposible III ha devenido en parte integral como excelente comic relief de una trama funcional y con las suficientes vueltas de tuerca para no decepcionar a nadie. Los seguidores de Lost se llevarán una linda sorpresa ni bien empieza el film: hay aquí un poco de todo para cada espectador. Un gran espectáculo audiovisual como para arrancar el 2012 con la adrenalina bien arriba…- Diego Martinez Pisacco (8 puntos)
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  • Si fueras yo
    Si fueras yo
    CineFreaks
    El único motivo que justifica el visionado de esta absolutamente mediocre comedia sobre dos amigos que intercambian cuerpos por accidente es el desempeño de sus protagonistas. El siempre rendidor Jason Bateman (a años luz de aquel adolescente de la sitcom Valerie y de sus primeros escarceos con el cine en Muchacho lobo 2) y el carismático Ryan Reynolds interpretan respectivamente a un abogado workaholic ahogado por sus responsabilidades como esposo y padre; y a un actor bohemio inmerso en una etapa de inmadurez emocional e interesado sólo por “livin’ la vida loca”. Tras una noche de juerga el dúo expresa a viva voz su deseo de sentir cómo les calzarían los zapatos ajenos mientras descargan la vejiga en una fuente que, mágicamente, les concede el pedido. Al despertarse al día siguiente, Dave (Bateman) es en verdad Mitch (Reynolds) y Mitch, Dave. El contraste de sus personalidades entra entonces en juego propiciando la vis cómica de estos experimentados actores. Claro que no lo suficiente para que la película funcione a pleno…

    ¿Es necesario recordar todos los antecedentes en la materia que tiene Si fueras yo? Repasemos por las dudas: Un viernes de locos (en sus dos versiones: una con una Jodie Foster niña y la otra, más conocida, con Lindsay Lohan), Viceversa (el filme original inglés de 1948 fue convertido en una remake yanqui cuarenta años después), De tal palo tal astilla, 18 otra vez, Hay una chica en mi cuerpo… ¡la lista es interminable! Si la extendemos a la TV directamente nos quedamos cortos de espacio: en cualquier serie estandar se ha tocado la temática incluyendo Los Expedientes X y La Dimensión Desconocida, entre muchas otras. Con este panorama, ¿qué ofrece Si fueras yo que no se haya visto antes? Me temo que bastante menos de lo esperado: apenas cierto tono irreverente que el guión de los mismos autores de ¿Qué pasó ayer? confunde con mal gusto apelando a un humor de trazo grueso. A diferencia de algunos de los títulos citados aquí no hay espacio para la ingenuidad o el humor blanco. La receta utilizada mezcla a tontas y locas algo del estilo de los hermanos Farrelly con un tratamiento de los personajes cercano a lo que se suele ver en las producciones de Judd Apatow (cuya esposa, la actriz Leslie Mann, interpreta a la sargentona mujer de Dave). Lo que sucede es que más allá del esfuerzo actoral de la dupla principal cuesta encontrarle algún atisbo de inteligencia, creatividad e ingenio a un libreto que, además, se estira en demasía hasta rondar las dos horas de metraje. Que para lo que se cuenta y cómo se lo cuenta es, ni más ni menos, una barbaridad…

    Para colmo el consabido mensaje que conlleva la propuesta –con el tópico “responsabilidad” a la cabeza para no ahondar en varios subtemas que también están allí- es algo fútil e innecesario en el esquema de comedia guarra y canchera en la que se enrola este muy discreto trabajo del realizador David Dobkin que contó con un mejor material para su película Los rompebodas –que hasta la fecha sigue siendo lo más destacado de su corta filmografía-. Si fueras yo es de esos filmes contradictorios que se la dan de re heavies, re jodidos para en un último acto borrar con el codo lo que escribieron con la mano. Lo melosa que se pone la partitura de John Debney en esas escenas finales es francamente de no creer. La supuesta acidez del planteo a medida que se desarrollan los conflictos y cada personaje asume su nuevo rol (Mitch, en la piel de Dave, como un exitoso abogado y aplicado pater familias; Dave, dentro del cuerpo de Mitch, como un individuo con más tiempo para disfrutar del ocio) empieza a degenerar en la misma comedia previsible y condescendiente made in Hollywood de siempre. No hay un rigor para sostener nada: sólo queda en pie el histrionismo de dos tipos que si fuera por su profesionalismo merecerían la medalla de oro al remo tranquilamente. El único problema es que cuando se avizora la anhelada meta el bote se llena de agua y se hunde lentamente…

    Si alguien me pregunta sobre la presencia en el elenco de la divina Olivia “13” Wilde como una colega de Dave mi respuesta es muy corta: un lindo adorno. ¡Pero a quién le importa!
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  • Medianeras
    Medianeras
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Tuve la oportunidad de ver el cortometraje Medianeras en el Festival de Cine de Mar del Plata de 2005 y aún recuerdo la grata impresión que me llevé por la originalidad de su planteo y la frescura de su humor. Es uno de los cortos más impactantes que se hayan filmado jamás en la Argentina y es una pena que no se consiga con buena calidad de imagen (ni siquiera en internet). Cuando leí que Gustavo Taretto estaba expandiendo la historia para convertirla en un largometraje, por un lado la idea me gustó ya que posiblemente recibiría una difusión que el corto, por su exhibición restringida, jamás podría. Los riesgos, no obstante, eran grandes: ¿sería Taretto capaz de superar o inclusive igualar un trabajo tan bueno? Lamento decir que ni el uno ni el otro: Medianeras, la película, pierde fuerza al estirar aquellas situaciones que fueran tan ágilmente hilvanadas en el original. Los momentos de inspiración son exactamente los mismos que hicieron del corto algo digno de ser mencionado. Los protagonistas son correctos, los secundarios concebidos para la ocasión también pero hay un problema de ritmo muy serio que cosnpira contra la eficacia del producto. Medianeras, el corto, me pareció una creación genial; Medianeras, el filme, apenas una comedia urbana fallida; de a ratos hasta tediosa. ¡Y quería tanto que me guste!...
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  • Justicia final
    Justicia final
    CineFreaks
    Million Dollar Sister

    Por lo general me predisponen mal las películas que llegan precedidas por el fatídico cartelito: “Basado en hechos reales”. Es como si la aclaración pretendiera legitimar de alguna forma la historia que se cuenta. Más allá de su origen las propuestas son interesantes per se y no me importa en absoluto lo que está en la periferia o totalmente fuera del universo desarrollado en el film. De todos los argumentos posibles aquellos que narran procesos judiciales son material propicio para la manipulación emocional más flagrante. En ese sentido Tierra fría (North Country, 2005) es un paradigma perfecto de mi aserto: no carece de ciertos valores fílmicos pero se lo siente especulativo y poco honesto para con el público. Dentro del género en el que se mueve nadie puede negar que el filme dramáticamente funciona. Y sin embargo al mismo tiempo genera dudas por la intencionalidad que abrigan sus creadores. Para contar lo que cuentan, ¿era en verdad necesario hacerlo tal y como lo hacen? Sostengo que no…

    Por eso celebro que un caso análogo aplicable como Justicia final venga a corregir los defectos aludidos. Si bien el tufillo a telefilme de la semana ronda continuamente durante la proyección hay aquí una sensibilidad en la dirección de Tony Goldwyn que evita el regodeo en el sensacionalismo y logra extraer maravillosas actuaciones de sus actores, en especial de sus protagonistas excluyentes: Hilary Swank y Sam Rockwell. La primera mitad de la película juega con los tiempos cinematográficos mezclando pasado y presente para introducirnos en la vida de los hermanos de baja extracción social Kenny y Betty Anne Waters que crecen en un hogar partido (la madre tuvo siete hijos, todos de distinto padre) para luego ser cedidos a sendas familias adoptivas en aras del supuesto bienestar de los menores. La violenta escena en la que se les “comunica” la irrevocable decisión de separarlos me trajo reminiscencias de Un largo camino a casa (A Long Way Home, 1981), excepcional largometraje televisivo de Robert Markowicz que en la Argentina se estrenó en salas de cine en junio de 1986. Justicia final es uno de esos raros dramas en donde hasta el último secundario luce creíble. Y los niños Bailee Madison y Tobias Campbell en los roles de Betty Anne y Kenny no son la excepción. La segunda parte, seguramente la más convencional, se concentra en la valiente iniciativa de Betty Anne por recibirse de abogada para intentar reabrir el caso de su hermano y probar su inocencia del asesinato por el que fue condenado en 1983 (y del que se declaró siempre inocente).
    La larga serie de obstáculos que debe sortear Betty Anne para alcanzar su objetivo han sido encomiablemente dramatizados por la guionista Pamela Gray (en su segunda colaboración con Goldwyn luego de A Walk in The Moon) sin descuidar el desarrollo de los personajes y esa humanidad que los convierte en personas cercanas a nosotros en sus errores y virtudes. Gray ha realizado un trabajo de equilibrio muy certero en su guión sin salirse de cauce ni perder de vista que detrás de la gesta personal de Betty Anne existe una crítica demoledora al sistema judicial de los Estados Unidos.

    Muchos han comparado Justicia final con Erin Brockovich, una mujer audaz (Erin Brockovich, 2000) pero más allá de sus semejanzas temáticas creo que se trata de dos películas con distintos propósitos: el filme de Steven Soderbergh tiene su razón de ser en la presencia exhibicionista de una Julia Roberts desesperada por ganar el Oscar con una caracterización impactante y de la mano de un director de prestigio. Y vaya si lo logró. La primera, en cambio, sólo apunta a narrar los sucesos tal como ocurrieron y con una interpretación anti diva de una Hilary Swank que cuando acierta con los proyectos demuestra poseer un talento considerable. Su Betty Anne no requiere de tics oscarizables para emocionar con esa hermana tan leal como para sobreponerse a un divorcio, criar a dos hijos y sobrevivir como camarera mientras estudia leyes en la Roger Williams University. Sin pretender ser un modelo de nada Betty Anne se constituye en una heroína imprescindible para los tiempos que corren.

    Como la amiga y compañera de Betty Anne Minnie Driver se complementa muy bien con Swank. De un reparto numeroso también se destacan Peter Gallagher, Loren Dean y la sensacional Melissa Leo que con apenas tres o cuatro escenas ratifica una vez más porqué es una de las mejores actrices de la actualidad. ¡Cómo se nota que Tony Goldwyn posee una formación y experiencia como actor!

    Con sus limitaciones, Justicia final levanta el nivel de otros dramas judiciales recientes y entrega una lección de amor fraterno francamente conmovedora. Es imposible no identificarse con sus personajes o gustar de esta realmente recomendable película que a punto estuvo de no estrenarse comercialmente en pantalla grande. Una de las escasas sorpresas de la temporada.

    Spoiler: Por una de esas ironías de la vida (ya se sabe que Dios tiene un torcido sentido del humor) Kenny Waters murió en un accidente ridículo seis meses después de ser liberado. Después de las casi dos décadas de sacrificios que pasó la hermana para que le revoquen la sentencia es casi un chiste malo que el tipo se parta la cabeza en la vía pública de la manera más idiota. Claro, eso no podría estar nunca en la película. ¡Si parece una escena extraída de alguna de las tantas Scary Movie!
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  • El guardián del zoológico
    Los animales se divierten... el público no

    ¿Cinco guionistas? Sí, ni más ni menos que diez manos metieron su cuchara en este plato poco apetitoso que se ha dado a conocer como El Guardián del Zoológico; una comedia muy poco graciosa al servicio de un actor bastante ignoto por estas latitudes como Kevin James. Lo único que puede salvar comercialmente a esta producción de Adam Sandler dirigida por su habitual colaborador Frank Coraci es el “concepto” que intenta vender: los animales hablan (aunque nunca frente a los seres humanos) y deciden revelarle el secreto al personaje del título para ayudarlo a reconquistar a una ex novia.

    ¿Qué se puede rescatar de una película cuyas escenas de humor involucran a un tipo copiando el comportamiento animal en situaciones cotidianas? Nada, diría yo. O apenas dos o tres pequeños momentos, sumamente aislados, en los que surge a pleno la espontaneidad de un Kevin James que ha dado muestras de eficiencia con un material superior. Con el mismo Sandler en una comedia discretísima como Yo los Declaro Marido y… Larry o en la sitcom The King of Queens el muchacho de aspecto voluminoso ha salido bien parado. Ahora que sobre él recaiga todo el peso de una historia, y una tan finita como la de El Guardián del Zoológico, seguramente no es una idea brillante. Hasta ahora sus aportes más interesantes han sido como partenaire del actor protagonista (recuérdese también Hitch, Especialista en Seducción junto a Will Smith). Es ahí, en mi opinión, donde relucen sus mejores armas para la comicidad: expresividad, un lenguaje corporal que incorpora astutamente las peculiaridades de su físico y un perfil bonachón recurrente que se mete al espectador en el bolsillo con suma facilidad.

    Como es costumbre en la filmografía de Sandler –por lo menos la de los últimos años- hay un “mensaje” humanista detrás de las payasadas, el slapstick y los clichés de tantas comedias románticas que hemos consumido en aras del entretenimiento. Griffin Keyes está obsesionado con recuperar a la tilinga Stephanie (Leslie Bibb) quien tiempo atrás se le riera en la cara al ofrecerle matrimonio. Roto el noviazgo Griffin no ha vuelto ha conocer a nadie que saque de su mente el recuerdo de la bella Steph (aunque la veterinaria que compone Rosario Dawson lo mire con buenos ojos). Como es un pan de Dios y no sabe qué hacer con su vida, los animalitos del zoo a los que ha cuidado con cariño y respeto por largos años empiezan a darle consejos con resultados catastróficos. ¡Y menos mal que desestimó la sugerencia del monito de arrojarle excremento a la hembra! A todas las demás pavadas Griffin las sigue a pie juntillas generando un montón de micro escenas embarazosas, de esas que dan vergüenza ajena y disparan la preguntas más obvias: ¿en qué estaban pensando? ¿Cómo se les ocurrió hacer semejante mamarrachada? ¿Nadie se percató de que los gags no funcionaban? ¿Existe el buen gusto en Hollywood?

    Por más delirante que esto suene el compañero de andanzas de Griffin es un gorila. Que, no lo voy a negar, tiene una secuencia módicamente graciosa cuando salen de reviente a TGI Friday’s (tremendo chivo dicho sea de paso) pero teniendo en el elenco al divino botón al talentoso Ken Jeong (el asiático amanerado de ¿Qué pasó ayer?) como el encargado del serpentario uno hubiese preferido verlo a Kevin James interactuando más con otros comediantes de su talla. El tema aquí es que como producto dirigido al público familiar el filme fracasa sin discusión. Los animales no son simpáticos y todo el tema de conversación gira siempre sobre cómo atraer y seducir a Stephanie. Es una temática adulta con un tratamiento estupidizante. Y para colmo ni siquiera las voces originales de intérpretes de gran trayectoria como Nick Nolte (el gorila), Sylvester Stallone (el león), Cher (la leona), Adam Sandler (el mono), Maya Rudolph (la jirafa) y Jon Favreau (el oso Jerome) logran elevar a esta realización de la más rotunda mediocridad. Un paso en falso que quizás pueda remediarse con la próxima comedia de este mismo equipo: Here Comes the Boom, a estrenarse en el 2012.

    Mientras tanto un aserto lapidario: El Guardián del Zoológico es en verdad impresentable…
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  • Paul
    Paul
    CineFreaks
    ¿Y Monguito dónde está?

    Para el fanático de la ciencia ficción, las historietas, los videojuegos, la televisión y el cine existe un Paraíso terrenal llamado Comic-Con que se celebra anualmente en la ciudad de San Francisco, en la costa oeste de los EE.UU. En esta convención que convoca a miles de personas –entre freakies, nerds y geeks de todo tipo- hay dos muchachos que se mimetizan con la masa pese a su indumentaria convencional (muchos se disfrazan de sus personajes favoritos): son los inmaduros e inocentones británicos Graeme y Clive que han roto el chanchito para cruzar el Atlántico con tal de cumplir un sueño en común. Y ahí están los chicos; sólo que en verdad ya no son chicos sino señores que pisan los cuarenta años y pese a ello persisten en la pavada total hablando en klingon (el idioma creado para la serie Star Trek), comprando merchandising a precios exorbitantes y demostrando que a las mujeres las conocen, sí, pero sólo gracias a las revistas de desnudos. ¿Se puede afirmar, entonces, que se trata del nunca bien ponderado estereotipo del loser especializado? Sí, se puede; es eso, me temo que es eso. Con el encanto de Simon Pegg (Graeme) y Nick Frost (Clive) -la dupla de amigos actores que trabajara en Muertos de risa y Arma letal- como estandarte aunque no creo que esta vez sea suficiente. No para mí, al menos…

    ¿Qué “novedad” nos quieren vender con Paul estos ingleses que además han escrito el guión? Sólo una, razonablemente aprovechada: la presencia del alien del título, una criaturita grisácea que habla hasta por los codos, fuma, bebe y hace chistes… ¿Cómo? ¿No es el pato Howard? Con otra fisonomía, otra personalidad, otro estilo y otros objetivos digamos que sí, que comparten algunas características. Los dos son extraterrestres, los dos quedan varados en la Tierra por un accidente, los dos son “adoptados” por humanos y los dos quieren volver a su casa. En Paul los guiños son múltiples y el bombardeo de referencias a la cultura pop está a la orden del día. Sólo falta el Monguito de Los extraterrestres (Enrique Carreras, 1983) para que cantemos bingo. El mérito, si es que existe alguno, es haber mezclado todo eso para volcarlo en la historia sin mucho cálculo previo. Como sale, así se queda. Le guste a quien le guste.

    Argumentalmente no hay mucho para analizar. La trama sólo es una excusa para homenajear a una interminable lista de programas de TV, películas de los setentas, al santo patrono Steven Spielberg y un largo etc. Todo envuelto para regalo con la estructura de una road movie que le cede algo de espacio a la crítica cuando se trata de satirizar el fanatismo religioso y armamentístico de los estadounidenses. Gracias a la participación de la campirana tuerta Ruth (Kristen Wiig) y su padre Moses (John Carroll Lynch), un auténtico caso de gatillo fácil, la película -dirigida sin demasiado alarde por el correcto Greg Mottola- de cuando en cuando levanta un poco el nivel y causa su gracia. El flashback con la voz en off de Spielberg siendo asesorado por Paul previo al rodaje de E.T. El Extraterrestre no puede ser más idiota. Las obviedades que todos se imaginan están ahí y también en muchas otras escenas. Y por si alguien piensa que me equivoqué de género, que esto no es mi target o que simplemente no estaba en mi mejor día cuando la ví... bueno, tal vez esto último sea cierto. Lo demás, nada que ver…

    El E.T. con la voz del inefable Seth Rogen se roba la función opacando a sus coequipers. Posiblemente sea deliberado. Simon y Nick hacen bien su parte aunque se extraña un poco la frescura de sus primeras colaboraciones. El MIB que compone Jason Bateman es de lo más flojo que yo le recuerde a este generalmente estupendo intérprete. Bill Hader, comediante fetiche de Mottola, y otros actores de reparto no logran destacarse casi nada. Por su parte Sigourney Weaver sólo aparece para que en el final un personaje secundario le sacuda un mamporro con la inolvidable frase de la Tte. Ellen Ripley en Aliens, el regreso: “Get away from her, YOU BITCH!!!”. Bastante patético. El homenaje mal insertado en la acción sólo despierta el interés del que desconoce la cita al comprender que hay algo que se le está escapando.

    Si se identifican con la casta de freaks que pululan por la Comic-Con y si su sentido del humor sintoniza con esta propuesta formalmente poco inspirada quizás la experiencia les reditúe de alguna u otra forma. En lo personal esperaba mucho más. No me siento estafado pero sí decepcionado. Y créanme que lo lamento…
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  • Sin límites
    Sin límites
    CineFreaks
    El primero te lo regalan...

    Tras mucho trajinar como actor secundario en roles para el cine y la televisión a Bradley Cooper, el carilindo de ¿Qué pasó ayer?, le llegó su cuarto de hora en Hollywood. Sin límites es la demostración de que ha superado las pruebas necesarias para que le confíen un protagónico excluyente pese a la episódica presencia de Robert De Niro en el elenco. Por si fuera poco Cooper también ha debutado como productor con esta historia ideal para ver en un viaje en micro o mientras nos despabilamos de una siestita un día domingo. La premisa argumental concebida por el novelista Alan Glynn y adaptada al cine por Leslie Dixon le da nuevos bríos a la palabra inconsistencia. Para ser una película sobre una droga experimental que despierta zonas poco usadas del cerebro disparando la inteligencia del personaje principal a la estratósfera, el tratamiento es realmente tonto y por demás perezoso. No es suficiente con hacerle repetir cual loro parlanchín frases altisonantes y presuntamente agudas sobre cualquier tema que amerite una mini disertación. El Eddie Morra que compone Cooper debería transmitir algo más que una verborragia interminable sobre la economía, la bolsa de valores y las estrategias para comprar o vender acciones de acuerdo a parámetros invisibles para el resto de los mortales. Pese a tanto texto rimbombante el tipo es un pavote inmaduro y no puede dejar de serlo aunque el intelecto le crezca proporcionalmente a lo que consume de NZT 48 (la sustancia química en cuestión). El que nace pavote…

    Eddie ha ocupado buena parte de su vida de adulto aprovechándose de quienes lo rodean para pasarla bien y darse sus gustos auto justificándose patéticamente por tener un contrato firmado para la publicación de un libro del que no ha sido capaz de escribir ni una miserable oración. No se habla de trabajos literarios previos por lo que el acuerdo comercial resulta demasiado sospechoso (y aquí empiezan las inconsistencias aludidas). El perfil del personaje queda marcado con la escena en la que su novia (la linda australiana Abbie Cornish) en el momento previo a abandonarlo le pregunta qué representa para él. “Amante, enamorada”, le asegura Eddie. “La mujer de la limpieza, banco”, le replica impiadosamente ella mientras paga la cuenta del bar con su tarjeta de crédito. Y sí, Eddie es un loser…

    No obstante, su suerte parece cambiar cuando se cruza por la calle con un ex cuñado (¿de veras no podían pensar en algo mejor?) que termina ofreciéndole la milagrosa droga sintética. Sin revelar demasiado digamos que por un capricho de guión Eddie se hace con una cierta cantidad de pastillas a la vez que se ve involucrado en un caso de asesinato. Con la ayuda de la NZT 48 el joven se convierte en poco tiempo en un gurú de Wall Street y mano derecha del magnate de los negocios Carl Van Loon (un Robert De Niro que continúa dilapidando su leyenda en producciones mediocres). Los lujos de su nueva vida se contraponen con dos pequeños detalles que impiden que su felicidad sea completa: un prestamista ruso al que le debe dinero (¿por qué no le pagó la deuda con las fortunas que amasó?) y que lo extorsiona al averiguar la verdad sobre sus poderes y unas prolongadas lagunas mentales como consecuencia de los efectos secundarios de la droga. Durante uno de estos “blackouts” se produce la muerte de una amante ocasional de Eddie que podría llevarlo a la ruina total en su trabajo por no mencionar unas cuantas temporadas a la sombra.

    Sin límites intenta implementar una estructura no tan lineal iniciando la narración con un conflicto de vida y muerte que transcurre muy cerca del final. Acto seguido, corte a un extensísimo flashback con la voz en off de Eddie como elemento omnipresente. Toda la película se apoya en este recurso literario que raramente deja un saldo positivo. Por algún motivo se han puesto de moda los relatos en primera persona como recurso canchero para personajes ad hoc. Algo de eso sucede en este thriller bastante vacío de contenido pero repleto de trucos ópticos, montaje frenético y efectos especiales que complementan la puesta en escena del inquieto realizador Neil Burger. Los despropósitos del guión no son su responsabilidad aunque secuencias como la de la pista de hielo y la resolución del ataque del ruso con sus esbirros (sí, la escenita de la sangre derramada…) provocan carcajadas involuntarias.

    Descerebrada, dinámica y poco perspicaz, la novelesca historia de Eddie quizás deslumbre a su público como les ocurriera a los indígenas con aquellos espejitos de colores traídos de la vieja Europa por los españoles. Fuera del artificio se adivina una absoluta nadería, apenas otra fruslería llegada del norte con mejores referencias de las que se merece…
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  • La oscuridad
    La oscuridad
    CineFreaks
    Sin luces

    Así como se alinean los planetas para que de cuando en cuando emerja una obra maestra, también suele darse la antítesis con unos cuantos ejemplos comprobables. Lo que no sucede con tanta asiduidad es que a semejantes porquerías se les permita acceder al estreno comercial en los cines locales mientras que obras infinitamente superiores con suerte se estrenan en DVD. La Oscuridad es uno de ellos y debe estar, sin sobredimensionar ni un ápice, entre las peores películas de los últimos años. Una sorpresa más que desagradable viniendo de Brad Anderson, un director al que respetábamos por su trabajo en el género fantástico. Particularmente en El maquinista y la serie Fringe. Después de este lamentable simulacro de thriller sobrenatural y pseudo existencial Brad va a tener que remarla bastante para que le perdonemos el desliz…

    Bajo el aparente look de una clase B se esconde una de las más pobres producciones estadounidenses que hayamos visto alguna vez. No en recursos de producción, que sería lo de menos, sino en inspiración y profesionalismo. Históricamente han existido títulos modestísimos en presupuesto que con inteligencia y algo de talento han conseguido superar sus limitaciones. Recordemos que los mejores exponentes de la clase B son aquellos que generan la sensación de valer más de lo que realmente costaron. Por eso Roger Corman fue uno de los más notables especialistas en obtener productos comerciales decentes con cifras irrisorias. La Oscuridad, desde lo temático, es probable que apunte más alto que el estándar pero en definitiva esa ambición provoca que el fracaso artístico sea todavía más categórico.

    La película narra un Apocalipsis abrupto e insólito cuando las sombras nocturnas empiezan a devorarse a la gente dejando sólo sus ropas. Un porcentaje mínimo de la población se ha salvado pero por la noche vuelve el peligro de desaparecer para siempre. Esta idea argumental es factible de ser explotada de varias formas: jugando con la mirada micro, macro o una combinación de ambas. Anderson y el ignoto guionista Anthony Jaswinski, obviamente se han inclinado por la micro. Para desarrollarla nada más idóneo que el viejo truco de encerrar a varios personajes en un lugar físico determinado (como en la clásica La noche de los muertos vivientes y tantas otras). Jaswinski reúne en un bar a dos hombres, una mujer y un preadolescente a los que ha caracterizado con la torpeza de un amateur. Los conflictos que los movilizan son de manual y tan precarios que ni siquiera dos intérpretes del nivel de John Leguizamo y Thandie Newton salen bien parados de la experiencia. Hayden Christensen, por su parte, tal vez esté en condiciones de protagonizar filmes de acción por su porte o su rostro pero si como actor dramático no da la talla y encima lo dirigen en piloto automático... Sinceramente, no encuentro palabras para describir la “actuación” de este muchacho.

    Sin justificar nunca el origen del fenómeno, todo queda reducido a especular sobre quién será absorbido por las sombras y quién no. Argumentaciones filosóficas, existencialistas e incluso científicas pueden tener cabida en el contexto de la historia. No importa, da igual, la trama es tan deslucida, inerte y desganada que a los treinta minutos de metraje la atención del espectador ya está irremediablemente perdida. Quien siga sentado luego de la hora de proyección se asegura la canonización…
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  • El laberinto
    El laberinto
    CineFreaks
    Cuando el dolor no conmueve...

    En determinadas ocasiones la suma de nombres de peso, por mayor prestigio o capacidad que estos revistan, no configuran una obra a la altura de las expectativas en ellos depositadas. Algo de esto seguramente ha ocurrido con El Laberinto, el más reciente filme de John Cameron Mitchell (Hedwig and the Angry Inch, Shortbus) que se basa en una obra de teatro ganadora del Premio Pulitzer en 2007 y que ha sido adaptada al cine por David Lindsay-Abaire, el mismo dramaturgo que la escribió. Este autor parece ser uno de esos talentos que absorbe Hollywood para intentar moldearlo a su gusto y conveniencia tal como ha sucedido en el pasado (¿es necesario recordar nombres como William Faulkner, F. Scott Fitzgerald, Dashiell Hammett o John Steinbeck?) y seguirá sucediendo en lo eventual. Lindsay-Abaire, que ha colaborado con los guiones de Robots (¡bien!) y Corazón de tinta (¡mal!) además de escribir los textos para Shrek the Musical, si se descuida podría convertirse en un émulo del Barton Fink de los hermanos Coen.

    Mientras su trabajo para la industria con producciones clase A continúa viento en popa (Sam Raimi le encargó el guión de Oz: The Great and Powerful, su próxima película), Lindsay-Abaire fue contratado para llevar Rabbit Hole a la pantalla grande. La misma pieza con la que obtuviera el Pulitzer y que ahora llega a la Argentina con el no muy feliz título de El Laberinto. Debe decirse que el proyecto fue impulsado por la actriz Nicole Kidman (pobre… ¡qué deforme quedó luego de las inyecciones de botox!) que además de interpretar a la protagonista es una de las productoras del filme. Evidentemente Kidman sabía lo que hacía, o al menos tenía la convicción indispensable para llevarlo a cabo, ya que su demasiada bien calibrada actuación fue merecedora este año de una nominación a los premios Oscar. Y es que El laberinto es la clásica historia hecha a medida para el lucimiento de sus actores. Aaron Eckhart, Dianne Wiest, Tammy Blanchard, Miles Teller y en un rol más secundario Sandra Oh descollan en sus respectivos papeles complementando con enjundia a la Kidman. Si hay que rescatarle un aspecto a este drama desolador sobre la pérdida de un hijo sería sin dudas el desempeño de este grupo de actores.

    En verdad no hay nada intrínsicamente malo en la manera que se eligió de plantear un conflicto con demasiados antecedentes tanto en el cine como en el teatro y la televisión. De hecho guionista y director procuraron eludir los golpes bajos y el regodeo indiscriminado en el dolor de sus personajes principales: no hay aquí atajos melodramáticos para llevarnos con efectismo a un final redentor o catártico en extremo. Claro que tampoco encontraron la veta apropiada para reincidir sobre un tópico ya agotado y sonar a la vez frescos e interesantes. Dentro de un tono serio y solemne, aunque no totalmente carente de humor (a veces negro), el término que mejor le cabe a la narración es el de “correcta”. Y se me antoja que no es algo positivo. Desgarradora, melancólica, emotiva o apasionada serían palabras más adecuadas para este material. La tibieza impide que nos involucremos más con lo que le sucede al matrimonio y al muchacho responsable involuntario de la tragedia. Si esa era la idea no es de mi gusto pero la respeto. Caso contrario…

    No puede hablarse de una “trama” propiamente dicha. Hay aquí un detonante fuera de campo (el accidente), una elipsis de ocho meses y un punto de arranque donde el episodio de la muerte del niño (que es atropellado tras perseguir a su perro a la calle) ya generó enormes desacuerdos entre Howie (Eckhart) y Becca (Kidman) que no saben cómo superar el dolor y seguir adelante. El hombre supone que asistir a terapia con un grupo de ayuda compuesto por parejas que han perdido a sus hijos quizás sea una forma de lograrlo. Ella, por el contrario, prefiere canalizar su angustia buscando a Jason (Miles Teller) -el adolescente que conducía el coche propiciador del accidente fatal- e intentar conectarse emocionalmente con él. Una curiosa historieta creada por Jason, la Rabitt Hole del título en inglés, dispara un concepto sobre mundos paralelos que tal vez alcance a esbozar un principio de consuelo para Becca.

    El Laberinto es una obra a flor de piel por su delicada temática que nunca pierde el buen gusto en el trato de situaciones que podrían volcarse fácilmente hacia el exceso lacrimógeno. Empero, ese freno emocional promueve una sobriedad general que distancia al espectador lo suficiente como para localizar y dejar a un costado toda emoción profunda. Es una cuestión de sensibilidad: si la ve un padre probablemente la reacción sea muy diferente a la mía. Por eso, si bien en lo personal no me conformó, jamás me atrevería a desestimar de pleno su visionado…
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  • Rompecorazones
    Rompecorazones
    CineFreaks
    Cuando enamorarse es un mal negocio

    Para Alex Lippi, el seductor protagonista de esta agraciada comedia francesa intitulada Rompecorazones, hay tres tipos de mujeres: las que son felices, las que son infelices y lo enfrentan, y las infelices que no lo admiten. A esta última categoría se dedica el buen hombre ejerciendo una insólita especialidad: rompedor de parejas profesional. Claro que no está solo para ejecutar la titánica tarea de enamorar a una cantidad respetable de féminas: su hermana y su cuñado lo complementan dando forma así a un equipo aceitadito y siempre listo para afrontar cualquier desafío. La logística de la operación comienza con la inquietud de una tercera persona, por lo general un familiar o amigo de la “damnificada”, que se contacta con el grupo y por un precio justo adquiere sus servicios. Tras un trabajo de investigación sobre la pareja y, más que nada, sobre la dama en cuestión Alex se presenta ante ella con un libreto bien aprendido. En apenas unos días la mujer queda prendada del galán quien manifiesta unos gustos y una sensibilidad customizados a su medida. Una vez roto el compromiso entre los novios/esposos/amantes Alex gentilmente rechaza a la damisela que, aún dolida, encara el futuro llena de optimismo y con la ilusión de, algún día, volver a encontrar al amor de su vida. Excepto para el hombre desplazado por Alex, una transacción favorable desde todo punto de vista…

    El código ético del equipo, cuyo funcionamiento presenta más de una semejanza con el diseñado por Damián Sizfrón para Los simuladores, se resquebraja cuando por un giro argumental interesante Alex deba romper una pareja sólidamente constituida por la bella e independiente Juliette Van Der Becq, hija de un poderoso empresario y un magnate inglés que pareciera hacerla dichosa. Dado que Alex se ufana de brindar una ayuda “social” a sus chicas, la misión es etiquetada como una traición a los propios ideales. Una cucharada de medicina amarga que es indispensable tragar rápido para sacarse el asunto de encima y seguir adelante. Asumiendo la falsa identidad de custodio de la joven, Alex debe terciar en una relación que no demuestra fisuras. Claro que el proceso se extiende más de la cuenta ya que en un principio la temperamental señorita se resiste con facilidad ante sus otrora infalibles encantos. Lo que nunca podía esperar este mercenario solidario, y en el fondo solitario, es enamorarse de su adorable target. Un pequeño detalle… ¡muy bueno para el corazón, muy malo para los negocios!

    Desde hace años que la industria fílmica francesa se desmerece cuando apela al burdo mimetismo copiando lo que producen en Hollywood (que de por sí deja bastante que desear). Rompecorazones se perfila como la excepción a la regla por varios motivos: hay una cuestión de timing, energía y empatía natural en su elenco que logra trascender las limitaciones del género. No se trata de originalidad, de un tema presupuestario o ni siquiera de estilo (aunque no carece de él por cierto) sino de algo más inasible e imposible de enseñar o transferir: simple y pura magia cinematográfica. La ópera prima de Pascal Chaumeil refleja ese cine pasatista y poco pretencioso del que hacen gala tantos directores mediocres en los productos hollywoodenses pero entrega una comedia muy por encima de lo que se suele encontrar en la cartelera por estos días. Otro aspecto que agradezco es haberle buscado un perfil familiar, de humor prácticamente blanco, en detrimento del procaz de otras propuestas. Por alguna razón sintonizo más con esta clase de historias; esos romances de emociones fuertes pero con reacciones casi pudorosas en sus personajes. Filmes como Quiero decirte que te amo (la de Rob Reiner, no la homónima de Lawrence Kasdan), Digan lo que quieran… y Pasión de cristal serían adecuados ejemplos de este gusto personal. Rompecorazones le agrega un tono lúdico, divertidas referencias pop a los ochenta (las canciones de Wham! y el musical clásico Dirty dancing - Baile caliente despertarán adhesiones instantáneas en una buena parte de la platea) y una dosis importante de glamour con sus magníficas locaciones de la Costa Azul. Como entretenimiento realmente no le falta nada…

    Romain Duris siempre me pareció un actor por demás respetable pero hasta ahora no me había percatado de lo carismático y notable comediante que es. Su magnética presencia levanta muchos de los más destacados gags de un guión urdido conociendo las posibilidades expresivas de un artista que denota una frescura y picardía que en algún momento recuerda al mejor Jean-Paul Belmondo. ¡Hasta baila como los dioses el muy condenado! Vanessa Paradis, la también cantante y modelo que está en pareja con Johnny Depp desde hace más de una década, lo acompaña con una menor exigencia actoral pero entre ambos se encargan de darle carnadura y credibilidad a ese romance que nace en el momento más inesperado. De más está decir que la química entre ellos es el secreto de su éxito. Por otra parte también son excepcionales los aportes de Julie Ferrier como la multifacética hermana, el desopilante François Damiens como el desgreñado cuñado y Héléna Noguerra en el papel de la amiga ninfómana de Juliette.

    Sorpresas te da la vida… y esta película que nos cae del cielo para robarnos una sonrisa y varias carcajadas con un ingenio voraz, es una de ellas. Mi lista de comedias románticas favoritas acaba de sumar un nuevo y rutilante título. ¡A no perdérsela!
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  • Rápidos y furiosos 5
    Rompan todo

    Los milagros “cinematográficos” existen. Miren sino lo que ha sucedido con la saga de The Fast and the Furious: una franquicia muerta y enterrada con la execrable Rápido y Furioso 3: Reto Tokio (2006) que cuando nadie lo esperaba logró ser resucitada por el elenco original con la divertidísima Rápidos y furiosos (2009). La impactante Rápidos y furiosos 5: sin control (2011) amplifica aún más los méritos de la entrega anterior trasladando la acción a una ciudad tan fascinante como Río de Janeiro y creando, ¡por fin!, algo parecido a una trama argumental. Los ingredientes clásicos más los nuevos, entre los cuales la participación del carismático Dwayne “The Rock” Johnson no pasa desapercibida, conforman un producto tan contundente como vistoso. La espectacularidad de las imágenes obtenidas por el taiwanés Justin Lin es tan descomunal que en la próxima secuela –ya en marcha luego de los 83 millones de dólares conseguidos en los primeros días de exhibición en suelo norteamericano- se las verán en figurillas para superar a este memorable blockbuster.

    El guionista Chris Morgan no descubrió la pólvora con este trabajo por encargo –por otra parte el tercero que realiza junto al director Lin- pero sí es cierto que supo administrar los clichés y estereotipos habituales de la saga mezclándolos con la formulita de los caper films al estilo de La estafa maestra o La gran estafa. El robo sobre el que gira la historia le da una solidez inusual (¡sin exagerar que esto no es Shakespeare!) a esta continuación que reúne a la mayoría de los actores convocados en los títulos previos. Así, regresan personajes como Vince (Matt Schulze), Roman (Tyrese Gibson), Tej (el cantante Ludacris), Han (Sung Kang) y Gisele (la bella Gal Gadot); que se suman al trío integrado por Vin Diesel, Paul Walker y Jordana Brewster. La incorporación del durísimo federal Hobbs (que le permite sacar a relucir todo su poderío físico al intimidante The Rock), la valiente e incorruptible agente de policía carioca Elena (interpretada por la española Elsa Pataky) y un villano acorde (el portugués Joaquim de Almeida) terminan por completar un elenco que es un auténtico crisol de razas y nacionalidades. Incluso les buscaron un lugar dentro del equipo a los famosos músicos boricuas Tego Calderón y Don Omar que funcionan bastante bien como relevos cómicos pese a su inexperiencia actoral.

    El relato empieza exactamente donde concluía Rápidos y furiosos: Brian (Walker) y Mia (Brewster) interceptan el vehículo policial que traslada en detención a Dom (Diesel) y provocan la huida del recio pero no por ello insensible pelado de voz aguardentosa. Buscado en territorio estadounidense, el grupo escapa a Brasil y se instala en Río de Janeiro donde es recibido por Vince, viejo camarada de Dom. La favela en la que vive Vince le insufla nuevos aires a la tradicional y algo gastada ambientación urbana que han exhibido las distintas secuelas (en especial las tres primeras). La invitación de unirse a una banda delictiva local para robar unos súper autos incautados por la DEA, y que son trasladados en tren, posibilita de entrada una secuencia de acción filmada con tanta adrenalina, audacia y sorpresiva conclusión que sólo puede predisponer de la mejor manera al fanático. Dos horas después quedan dos cosas más que claras: primero, que la elección de Rio fue un hallazgo a nivel visual y segundo, que el género de acción acaba de anexar una nueva obra maestra que de ningún modo pasaría vergüenza al lado de clásicos de la más alta calificación. Y pensar que tras el traspié de Reto Tokio el futuro de la serie parecía sentenciado...

    Rápidos y furiosos 5: sin control es el equivalente dentro de esta franquicia a lo que fue Arma mortal 4 en su momento para la saga de Richard Donner: una fiesta de principio a fin en la que, como decía el viejo lema de los Benvenutto, “lo primero es la familia”. Estos personajes, con los años, se han infiltrado de tal manera en la cultura popular como para que cada nuevo filme traspase en acción, humor y taquilla a su inmediato predecesor. Vin Diesel, un actor de enorme fuerza que irradia ángel pese a sus limitaciones como artista, con el tiempo se fue quedando sin caballitos de batalla. Riddick no prosperó, el espía reluctante Triple X tampoco y otros proyectos suyos directamente fracasaron o no tuvieron luz verde. The Fast and the Furious seguramente le hará justicia a este émulo y admirador de Sylvester Stallone que ya cuenta con una legión de seguidores propios. Realmente se lo merece.

    Lo dicho: los milagros existen. Acabo de presenciar uno...
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  • Prueba de amor
    Prueba de amor
    CineFreaks
    Como un subibaja emocional

    Todo drama que se precie de tal –al menos dentro de una estructura narrativa convencional- presenta una situación desencadenante determinada. De cuán verosímil sea depende muchas veces que uno compre o no el producto. Prueba de amor lucha denodadamente para hacernos olvidar lo que debe ser una de las situaciones desencadenantes más idiotas que recordemos. Y desde luego, fracasa en el intento. En concreto, hablamos del accidente en el que muere Bennett (Aaron Johnson), el hijo mayor de Allen (Pierce Brosnan) y Grace (Susan Sarandon). El muchacho está tan eufórico por su recién formalizada relación con Rose (Carey Mulligan) que estaciona el coche en el medio de la ruta para hacerle una confesión a su novia en el peor de los escenarios posibles. Flaco, ¡es obvio que te van a atropellar! En la vida se hacen tonteras sin necesidad de justificarlas. En el cine, en cambio, es necesario tomar ciertos recaudos porque hay algunas cosas de las que no se vuelve…

    Rose sobrevive al estupidicidio de Bennett y algún tiempo después decide solicitar la ayuda de los padres del muchacho dado que con apenas 18 años se encuentra embarazada y sola. Aquí empieza a desarrollarse el núcleo de la historia con Rose integrándose a duras penas a esta familia disfuncional como pocas. Allen es incapaz de canalizar su dolor y se concentra en su trabajo de profesor de matemáticas; Grace está más loca que un plumero (no se sabe si por la desaparición del hijo o si ya era una causa perdida desde antes) y su vida transcurre entre el llanto desconsolado y una investigación cuasi detectivesca sobre lo que ocurrió durante los diecisiete minutos que el chico se mantuvo con vida luego del siniestro. Lo más insólito es la guardia que mantiene en el cuarto de hospital del conductor del vehículo que propició de manera involuntaria la tragedia, quien se encuentra en un coma profundo. En este rol y con sólo una escena de diálogo se luce el siempre inquietante Michael Shannon. El personaje restante de importancia es Ryan (Johnny Simmons), el hijo menor del matrimonio, que se debate entre sus problemas con las drogas y la culpa por razones que no mencionaremos aquí. Grace rechaza a Rose mientras que Allen y Ryan la aceptan rápidamente. Juntos atravesarán la etapa del luto, intentando resignarse a la pérdida del ser querido y preparándose para recibir una nueva vida con las fuerzas que les quedan. Y eso es todo.

    La autora y directora debutante Shana Feste escribió el guión de Prueba de amor mientras trabajaba de babysitter en el tiempo récord de tres semanas. Le salió rápido pero no redondo. Y al igual que su segundo opus Country strong –que de acuerdo a la información que manejamos no se estrenaría comercialmente en la Argentina- se la rescata más que nada por el excelente nivel de sus actores. Los conflictos con los que construyeron sus respectivos papeles son universales y cercanos al común de la gente. La película no es original pero en sus propios términos funciona. Feste tuvo la suerte de poder contar con el apoyo de Pierce Brosnan (también productor ejecutivo) quien a su vez convenció a Susan Sarandon de aceptar un rol que en principio la actriz no quería por contener varias similitudes con los que interpretara en La vida continúa (Moonlight Mile, 2002) y La conspiración (In the Valley of Elah, 2007). Al compromiso de ambos se debe sumar la inteligencia de la expresivísima Carey Mulligan (vista hace poco en Nunca me abandones, un melodrama muy superior) y la sinceridad de Johnny Simmons.

    A no engañarse: no es lo mejor de ninguno de ellos pero con el oficio y la convicción transmitida alcanzan a sostener un relato que apunta todos sus cañones a la sensibilidad del público femenino. En el 99% de los casos una película con estas características termina confinada al mercado local de DVD. Habrá que ver si el voto de confianza que implica su exhibición encuentra un eco apropiado en un momento donde la atención del espectador se bifurca en dos sendas que casi nunca confluyen: el circuito comercial tradicional y los aportes independientes del BAFICI. Pese a su dignidad escasamente espectacular las posibilidades concretas de éxito se avizoran cuanto menos complicadas…
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  • Rio
    Rio
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Rio es la fervorosa declaración de amor que le dedica el realizador carioca Carlos Saldanha a la multitudinaria ciudad de la que es oriundo. La excusa argumental es aquí lo de menos y vuelve a abrevar en el inoxidable Camino del héroe; por eso lo importante, más allá de la incuestionable eficacia de la historia, pasa por el trabajo del co-director de La era de hielo cuya inspiración se ha desbordado al recrear no sólo los lugares físicos (¿quién podía imaginarse que en un dibujo mainstream como este nos mostrarían una favela con tanto lujo de detalle?), con su característica flora y fauna, sino también la idiosincrasia de un pueblo con sus bailes, música, energía y sentido del humor. Ni siquiera el carnaval quedó afuera. Es todo tan prototípico (en el buen sentido) que si esta película la hubiese dirigido una persona no brasilera con seguridad estarían lloviendo las críticas. La sensibilidad manifestada por Saldanha es sorprendente pero no deja de tener su lógica: el proyecto era una jugada personal y no podía darse el lujo de malograrla por errores propios. Rio es una maravilla en la que todos los elementos que la nutren cohesionan mágicamente como pocas veces suele verse en el género. Saldanha superó las expectativas depositadas en él y logró el mejor filme animado producido por la Fox hasta el día de hoy. Francamente imperdible…
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  • El mecánico
    El mecánico
    CineFreaks
    Es sólo un encargo pero me gusta...

    Repasando la filmografía como director de Simon West nos encontramos con títulos de alto perfil comercial como Con Air (1997), La hija del general (1999) o Lara Croft: Tomb Raider (2001). También dirigió el thriller Cuando un extraño llama (2006), remake del film setentoso de Fred Walton, y estuvo involucrado en la producción y/o realización de dos series muy divertidas, ambas con el actor Mark Valley: Keen Eddie y Human target. Con estos antecedentes, al darse a conocer que West se encontraba trabajando en una nueva versión de The mechanic (Michael Winner, 1972) uno podía anticipar con un margen de error mínimo para dónde estaría encarada la película. Pues bien, tras visionar la obra en cuestión no podemos sino confirmar nuestro pálpito: El mecánico 2011 apuesta sobre seguro extrayendo el ADN argumental de aquel clásico con Charles Bronson, potenciando la acción con todas las posibilidades técnicas modernas y simplificando más de la cuenta el desarrollo de sus personajes principales.

    El esqueleto pareciera ser similar pero ya desde la escena de presentación queda claro que en realidad son dos cosas muy distintas. El filme de Winner se tomaba su tiempo para caracterizar al asesino a sueldo que interpretaba Bronson con su acostumbrado laconismo y el conflicto sobre el que giraba la historia llegaba cuando tenía que llegar. Ni un minuto antes. El vínculo maestro / alumno que se daba entre Bronson y Jan-Michael Vincent fue escrito siguiendo esos parámetros. Y funcionaba, dentro del verosímil planteado, podríamos decir que casi sin fisuras. No obstante, recordemos que eran los setenta y el ritmo cinematográfico de entonces no puede equipararse a la velocidad actual. Los cambios efectuados por Richard Wenk sobre el guión original de Lewis John Carlino apuntaron a corregir ese aspecto y de paso ajustarlo para el lucimiento de su estrella, el inglés Jason Statham. Wenk hizo su tarea a conciencia y en consecuencia El mecánico fluye con un dinamismo con la que su predecesora sólo podría soñar. La contra era de esperarse: el relato pierde consistencia con cada exceso adrenalínico tendiente a superar la escena anterior. Con semejante despliegue de acción no se puede sacar los ojos de la pantalla, garantizado, pero a nadie le importa el destino de sus fríos protagonistas. Son los riesgos de trivializar una buena trama…

    Jason Statham es el solitario, cerebral e infalible hitman Arthur Bishop. Quien le encarga las misiones es su mentor Harry McKenna (Donald Sutherland) quien tiene con él algo así como una relación de padre / hijo (sacando de la ecuación cualquier atisbo de emoción). Steve (Ben Foster), el verdadero hijo de McKenna, es el polo opuesto de Bishop: impulsivo, visceral y explosivo. Cuando por un suceso que no mencionaremos Bishop resuelve enseñarle el “oficio” a Steve todos los elementos dramáticos son puestos sobre la mesa. Si la situación parece forzada en parte se debe a ciertas modificaciones introducidas por el guionista Wenk que además se ha tomado la libertad (si fue él en efecto) de cambiar el archiconocido y sorpresivo final. Algunos fanáticos de Bronson no le perdonan a Wenk la irrespetuosidad. En lo personal, disiento con tales efervescencias porque se trata de un vehículo al servicio de Statham y por ende es lógico que busquen otras alternativas para no caer en un burdo calco al carbónico.

    De los héroes de acción occidentales que se observan hoy en día Jason Statham es quizás el más completo, el que mejores producciones entrega y el que menos desentona actoralmente (reconoce sus limitaciones y escoge bien los proyectos). El mecánico no está a la altura de la saga de El transportador –lo más destacable que hizo el actor en este género- y tampoco logra mitigar el impacto del film con Bronson por los motivos aludidos; sin embargo, para los seguidores del inglés hay varias secuencias trepidantes muy bien filmadas por Simon West y su equipo que justifican la inversión de los pesos que cuesta la entrada. Es sólo un encargo, sí, pero ejecutado con tanto profesionalismo y desapego emocional como los que realiza el mismísimo Arthur Bishop…
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  • Nunca me abandones
    Depresión, melancolía y amores fatalistas...

    Con algún retraso luego de su exitoso paso por la 25ª edición del Festival de Cine de Mar del Plata, por fin ha llegado el drama existencial inglés Nunca me abandones a la cartelera local. El film de Mark Romanek es ambicioso en su temática, personalísimo narrativamente y con no pocas aristas de interés para analizar. En principio se trata de la adaptación al cine de una novela de culto publicada en 2005 por el japonés –criado y educado en el Reino Unido- Kazuo Ishiguro. El argumento sólo puede ser calificado como espeluznante: en una sociedad distópica es perfectamente lícito desarrollar y educar a jóvenes concebidos en un laboratorio para ser utilizados como donantes de órganos al cumplir la mayoría de edad. Una premisa en verdad atroz que se ve hábilmente mezclada con un triángulo amoroso que involucra a dos chicas (interpretadas por la ascendente Carey Mulligan y una Keira Knightley casi desconocida con su look de morocha) en franca competencia por el amor de un problemático muchacho (Andrew Garfield, el nuevo Spiderman).

    El dilema ético y moral que conlleva semejante concepto está ahí para quien quiera recoger el guante y salir de la sala dispuesto a desmenuzarlo. La película, en cambio, se preocupa infinitamente más por sus personajes y los climas opresivos en los que están inmersos. El guión de Alex Garland (asiduo colaborador de Danny Boyle en la década del 90) refleja el viaje iniciático –interior y exterior- de Kathy (interpretada por Isobel Meikle-Small de niña y por Carey Mulligan a partir de la adolescencia) que desde su más tierna infancia está internada como pupila en un colegio que se especializa en “preparar” para su aciago destino a otros pobres desgraciados como ella. Todos los alumnos del establecimiento dirigido por Miss Emily (Charlotte Rampling) saben que al egresar no les espera un trabajo bien remunerado, el perfeccionamiento académico o la posibilidad de formar una familia si así lo desean. Para estos clones las opciones son dos: calificar como donante vivo o a lo sumo como acompañante terapéutico (son quienes asisten a los primeros antes y después de las intervenciones). La mayoría resiste dos extracciones, algunos menos toleran tres y si llegan a una cuarta por lo general luego mueren sin remedio…

    Nunca me abandones propone una reflexión potente, desgarradora y deprimente sobre la condición humana. La idea que plantea en su libro Ishiguro no parece tan lejana a lo que nos encontramos viviendo en la actualidad. Los avances científicos de a poco le han puesto un freno al orden natural de las cosas y quizás llegará el día en que una situación tan extrema pueda ser algo habitual, casi normal, para la gente. Esa espada de Damocles que cuelga sobre los personajes principales le da un mayor relieve a la historia de amor entre Kathy, Tommy y Ruth, que se inicia cuando aún son niños y se extiende a lo largo de sus vidas. Kathy guarda un resentimiento con Ruth –en teoría su mejor amiga- desde que sedujera al inseguro e iracundo Tommy pese a que éste pareciera guardar sentimientos para con ella. El relato sigue a los chicos desde su pre-adolescencia en el colegio, los acompaña en sus primeras vivencias al egresar del mismo y dedica buena parte del metraje al triángulo amoroso, con reencuentros, culpas, arrepentimientos y -por fin- la tan anhelada redención.

    Por su experiencia previa en videoclips y el muy desparejo nivel del thriller Retratos de una obsesión, el director estadounidense Mark Romanek no era la elección más lógica para adaptar la novela del autor de Lo que queda del día. Sin embargo Romanek se las arregló bastante bien para estar a la altura de las circunstancias sin regodearse en su portentosa imaginería visual. Los típicos manierismos cliperos (con abuso de esteticismo y vértigo) están afortunadamente sosegados en beneficio del relato, más encauzado hacia la introspección y el desasosiego narrativo.

    El constante pulsar de la memoria se entronca con el fatalismo de amores condenados a una finitud prematura, en esta lánguida y feroz visión del mundo a la que sólo le falta el contrapunto musical de una banda hiper depre como Joy Division para hacer completa la devastación emocional de sus personajes.
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  • Marte necesita mamás
    Lo que necesita es un buen guión…

    Marte necesita mamás fue la última producción iniciada por la ImageMovers antes de que la Disney anunciara su cierre definitivo en marzo de 2010. La compañía del viejo Walt había comprado en 2007 el Studio creado una década atrás por Robert Zemeckis y socios. Es casi tragicómico leer los argumentos oficiales de la Disney para decretar la bajada de persiana: detrás del palabrerío inútil se sobreentiende que los motivos reales están relacionados con que las películas cuestan mucho más de lo que recaudan. El canto del cisne de esta productora especializada en films animados con la técnica de captura de movimiento sinceramente no podía estar más fallido y confirma las sospechas agoreras de los dueños. Marte… tuvo un presupuesto de 150 millones de dólares y cosechó menos de 7 en su fin de semana de estreno. Los catastróficos números son lapidarios. No es el único responsable pero por su cargo en el Studio hay que decirlo: Robert Zemeckis nunca le encontró la vuelta comercial a sus productos. El expreso polar (2004), Monster House, la casa de los sustos (2006); Beowulf, la leyenda (2007) y Los fantasmas de Scrooge (2009) ya son historia...

    En Marte necesita mamás el director Simon Wells y su mujer Wendy adaptaron sin mucho ingenio el libro infantil homónimo del autor e ilustrador ganador del premio Pulitzer Berkeley Breathed. El planteo es descabellado pero eso en sí no es forzosamente malo. El problema son los personajes que no funcionan como deberían y un humor raquítico que siempre se queda corto. La aventura dispara la imaginación de los niños pero sin el complemento estimulante de la comicidad la narración se desinfla sin remedio. Pixar es un buen espejo para esta clase de relatos. Simon Wells, pese a su experiencia en el campo, da la sensación de no haber visto en su vida alguna de las tantas películas del revolucionario Studio de John Lasseter…

    Milo (Seth Green) es un niño de unos diez años que se enoja con su mamá (Joan Cusack) por castigarlo sin saber que esa misma noche una líder marciana (Mindy Sterling) ha decidido secuestrarla para extraerle todo su conocimiento en la crianza de niños y así programar a sus propias nannybots (niñeras robot). Al intentar detener a los captores Milo accidentalmente sube a la nave espacial y es llevado a Marte donde un adulto/niño humano llamado Gribble (Dan Fogler) lo ayuda a escapar. El resto de la trama narra los esfuerzos del dúo, a quien luego se suma la marciana insurgente Ki (Elisabeth Harnois), para rescatar a la mamá de Milo antes de que sea demasiado tarde…

    Curiosa resulta esa sociedad netamente matriarcal que describe Wells en la cual los hombres son condenados a vivir en un planeta basura por ser “tontos y querer jugar y bailar todo el día”. Las mujeres son guerreras o científicas y no pierden su tiempo criando hijos. Si las criaturas recién nacidas –que emergen del suelo, no del cuerpo de las marcianas- son hembras se las entrega a los nannybots para que las eduquen. Si son machitos, en cambio, son arrojados al planeta basura para que los idiotas de los hombres se ocupen de ellos. Un panorama desalentador que Wells y compañía utilizan para entregar su mensaje: todo niño debe estar bajo los cuidados de una madre y un padre; mientras que el Amor es el ingrediente mágico que mantiene cohesionada a cada familia, y hay que ser extraterrestre para no verlo.

    Para superobjetivo un poco básico, ¿no?

    Desde un punto de vista cinematográfico Marte necesita mamás cumple con los mínimos rudimentos para entretener por su solvencia técnica y el poderío audiovisual que era de esperarse viniendo de Disney. Faltan los contenidos para enriquecer la simple anécdota elegida y sobre todo las emociones que involucren a chicos y grandes por igual. En materia de personajes insufribles Jar Jar Binks ya no está tan solo: el gordito Gribble se ha ganado su lugar con un histrionismo agotador. Viendo el making of que acompañan los créditos finales nos queda una certeza incontrastable: el equipo técnico y los actores se divirtieron mucho más que nosotros. Y bué, un despropósito más…
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  • Amor sin límites
    Balada para una selkie

    En la vasta mitología de pueblos como el escocés y el irlandés hay un lugar importante reservado para las selkies. ¿Qué son estas curiosas criaturas que han inflamado la imaginación de Neil Jordan como para concebir este bello filme con nombre de mujer en el título original (Ondine) y horriblemente traducido al español como Amor sin límites? Se trata de unas míticas ninfas acuáticas con torso y rostro de mujer y cuerpo de foca en lugar de piernas. Dice la leyenda que una selkie puede enamorarse de un hombre de tierra ya que al salir del agua se les desprende la piel de foca y lucen exactamente como cualquier fémina. El problema es que eventualmente sienten la necesidad de regresar a su elemento y no dudan en abandonar a su amante pese a los años de convivencia y amor juntos.

    En su decimosexto filme el autor, productor y director Neil Jordan explora una línea argumental no muy vista en su respetable filmografía. El realizador de En compañía de lobos y Mona Lisa se ha jugado por una idea temática cuyo eje rector está sostenido por una deliberada ambigüedad. Ondine (lograda caracterización de la polaca Alicja Bachleda) es atrapada moribunda por la red del pescador Syracuse (un Colin Farell más contenido que lo habitual) quien la salva dándole respiración boca a boca, la protege y le brinda un lugar donde esconderse ya que la muchacha muestra una conducta hacia la gente un tanto aversiva. La pequeña hija de Syracuse, Annie (Alison Barry) proclama que la dama en cuestión es una selkie que ha venido a cambiar la mala suerte crónica de su papá. Y en verdad que la Diosa Fortuna comienza a sonreírle a este pescador alcohólico cuyas redes se llenan de pescados y langostas cuando antes brillaban por su ausencia. La pregunta, no obstante, sigue estando allí: ¿es Ondine una ninfa cantarina o un ser humano común y corriente que oculta algún terrible secreto?

    Neil Jordan escribió un guión sin grandes alternativas dramáticas –lo cual no significa que no pasen cosas interesantes- poniéndole especial énfasis a la faceta intrigante de la historia. La relación amorosa entre Syracuse y Ondine está narrada sin exceso de sentimentalismo procurando siempre no caer en la melosidad. Lástima que por buscar ese delicado equilibrio, en el camino quizás se haya perdido algo de la clásica pasión romántica. El devenir emocional del personaje de él también presenta algunos reparos que hubiesen sido fácilmente subsanados durante el desarrollo de la trama. Aunque esto es claramente opinable, así como la resolución del misterio que puede llegar a decepcionar o entusiasmar de acuerdo a la sensibilidad de cada espectador.

    Más allá del discreto trabajo de Jordan como guionista si hay algo que debe rescatarse en esta película es su riquísima pátina estética en la que confluyen los notables talentos de Christopher Doyle (el director de fotografía australiano que detesta la Argentina de acuerdo a las anécdotas originadas durante el caótico rodaje de Happy Together), la escenógrafa Anna Rackard y el director de arte Mark Lowry, más el invalorable aporte del compositor islandés Kjartan Sveinsson cuyas melancólicas melodías de guitarra revisten a este moderno cuento de hadas de un inspiradísimo hálito poético. La hermosa península de Beara –localizable en la costa suroeste de Irlanda- ha sido embellecida aún más por un equipo técnico de desempeño extraordinario. Por su parte Jordan como director aprovecha con sapiencia los recursos de producción puestos a su disposición y entrega un producto filmado como los dioses que desde lo conceptual podría haber sido notoriamente mejor.
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  • Sanctum
    Sanctum
    CineFreaks
    Un 3D que deslumbra pero no tapa agujeros

    Voy a empezar por recalcar lo más obvio: Sanctum no es una buena película. Son tantas las fallas y desaciertos que se desprenden de esta segunda experiencia en el largometraje del realizador australiano Alister Grierson que sería mucho más breve resumir sus -en comparación- modestas virtudes. No obstante vale una aclaración fundamental: lo que estamos analizando no es Sanctum sino Sanctum 3D. Y estando involucrado el mismísimo Rey del Mundo en el proyecto (verbigracia, James Cameron) esto sólo puede inclinar la balanza para el lado positivo siempre y cuando tomemos la tecnología tridimensional como un fin más que como un medio. Debería ser a la inversa, seguro, pero la propuesta es aquí tan limitada como esos documentales de escasa duración y alto impacto retiniano con que se le daba difusión en un principio. Como espectáculo audiovisual provoca asombro pero por lo demás lidiamos con un producto casi elemental desde un punto de vista dramático.

    Y ése es el conflicto con Sanctum 3D: un guión pobre inspirado en las vivencias personales del productor Andrew Wight -amigo cercano de James Cameron y responsable de sumarlo a la causa- y al que John Garvin le diera forma cinematográfica gracias a su pasado de buzo. El tema es que ni siquiera es una adaptación fiel de lo acontecido al grupo de Wight en 1988: quizás por una cuestión legal, o quizás por no tener su historia la fuerza necesaria para ser trasladada a un film, se resolvió tomar solamente la situación desencadenante y modificar el desarrollo y final a piacere. La expedición de Wight pasó dos días luchando contra la adversidad pero en definitiva todos sus integrantes lograron sobrevivir a la experiencia. En Sanctum una de las particularidades más llamativas es la cantidad de bajas que se producen en la trama con el único argumento de que “nadie le hace frente a la naturaleza y sale indemne”. Si esas muertes llegaran de un modo más o menos creíble podríamos tolerar un poco mejor la burda bajada de línea que hasta pareciera contradecir el espíritu de aventura que ha caracterizado toda su vida al intrépido Cameron. Tales planteos morales no lo detuvieron en El Abismo ni en Titanic ni en ninguno de los documentales que ha rodado en las profundidades marinas (Ghosts of the Abyss, Aliens of the Deep).

    Descartado el elemento fantástico (como en El Abismo) o el contexto histórico (como en Titanic) a Sanctum sólo le han dejado abierta la puertita del tópico Hombre vs. Natura. Es un enfrentamiento interesante y suficiente para sostener un relato de supervivencia… si los personajes estuvieran construidos con propiedad. En la primera desatención digna de mención nos topamos con serios desajustes en la marcación actoral. Más allá de lo unidimensionales que son sus criaturas resulta alarmante observar la discrepancia tonal entre los actores. Mientras Richard Roxburgh (el querido y recordado Duke de Moulin Rouge!, amor en rojo) apuesta por la gravedad y una reciedumbre un tanto altisonante, el resto de sus colegas no se deciden entre el naturalismo y la payasada. Especialmente patético se lo ve al galés Ioan Gruffudd que nunca fue un dechado de talento pero esta vez directamente pasa vergüenza. Claro que no toda la culpa es suya…

    Roxburgh interpreta a Frank Maguire, un destacado espeleobuzo obsesionado con hallar una ruta al mar en la inmensa cueva del Pacífico Sur Espíritu de Esa’ala (sita en Papúa Nueva Guinea). Gruffudd es el financista de la expedición, un aventurero adepto a los deportes extremos. Tal es así que conoció a su bellísima novia Victoria (la atlética Alice Parkinson) escalando el Monte Everest. La pareja arriba al lugar escoltada por Josh (Rhys Wakefield), el rebelde hijo de 17 años de Frank con quien mantiene agrias disputas por incompatibilidad de caracteres. Los personajes secundarios son realmente episódicos y sólo sobresale Dan Wyllie en el papel de Crazy George, el hombre de confianza de Frank. Este grupo reducido es el que intentará buscar desesperadamente una salida cuando una tormenta tropical descomunal llene de agua las cavidades de la cueva con una violencia salvaje. Las decisiones que surgen en circunstancias de vida o muerte ponen a prueba el liderazgo de Frank quien es capaz de adoptar métodos de supervivencia reñidos con las más básicas leyes humanitarias si lo considera indispensable. La voluble relación con su hijo halla en este forzoso viaje de autoconocimiento y superación un principio de redención cuando el joven por fin vislumbre los motivos para tan áspera conducta.

    Sanctum pierde muy rápido la verosimilitud narrativa y se termina desluciendo con un último acto lleno de malas jugadas que incluyen la aparición de un villano cuando nadie lo esperaba (ni requería), una crueldad fuera de lo común para con sus personajes y una curva dramática con excesos e incongruencias de todo tipo. En el debe queda el poderío visual del 3D que está usado con el mismo criterio inmersivo que Avatar. No caben dudas de que muchos de los sensacionales pasajes submarinos quedarán en la memoria del espectador. Y está fuera de discusión que Sanctum sabe entregar imágenes plásticas de una belleza sublime. De ahí a saber cómo administrarla dentro de una historia cohesionada y equilibrada hay un largo trecho...
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  • Un despertar glorioso
    La tercera peor persona del mundo

    En los primeros minutos de Un despertar glorioso, con una breve escena de presentación, ya nos formamos una imagen bastante nítida sobre su enérgica protagonista, la productora de TV Becky Fuller (una encantadora Rachel McAdams). La chica vive por y para su trabajo en un programa matinal de noticias. Se acuesta todos los días a las 8 de la noche y se levanta a la 1.30 de la madrugada para empezar a preproducir el show que se emite a las 4. Con una vida social inexistente y sin ningún novio a la vista (ni siquiera un candidato al puesto ya que lo ahuyenta en la escena antes aludida), Becky deposita todas sus esperanzas en su carrera. Cuando la llegada de un advenedizo la deja injustamente en la calle, por un momento se mueven los cimientos de esta joven perennemente animosa. Lejos de desalentarse la hiperquinética chica sale resuelta a conseguir otra oportunidad. Tras mucho perseverar –llamados, mails y currículums mediante- Becky por fin es citada para una entrevista de trabajo en la cadena IBS de Nueva York. El director Jerry Barnes (Jeff Goldblum) le ofrece el cargo de productora ejecutiva del desprestigiado noticiero tipo magazine “Daybreak”. Becky recibe la propuesta como un desafío sabiendo que los números de rating no son buenos, y acepta.

    La primera medida de su gestión es echar al sexualmente perverso conductor del programa Paul McVee (Ty Burrell). La co-host seguirá siendo la ácida Colleen Peck (Diane “Algún día te vas a tener que jubilar” Keaton), los columnistas serán los de siempre y para ayudarla en la puesta a punto diaria, ahí está el eficiente jefe de producción Lenny Bregman (un notable John Pankow). La falta de presupuesto para convocar a un profesional de carrera que reemplace a Paul obliga a Becky a buscar entre la plantilla de contratados de IBS. Es así que aparece Mike Pomeroy (impecable Harrison Ford), una suerte de Santo Biasatti yanqui, personaje odioso si los hay, a quien se le paga un contrato millonario pese a que fue desafectado de su último show. El trato con este sesentón soberbio, egocéntrico y multipremiado es prácticamente imposible pero con ardides legales (por la plata baila el mono, amigos) lo persuade para que se sume al grupo. Colleen y Mike se llevan mal (no podía ser de otra forma) pero Becky cuenta con tiempo para pulir la relación. Su incipiente romance con otro productor de la cadena, Adam Bennett (Patrick Wilson), de algún modo pareciera darle algo de sentido a su acelerada existencia. Claro que su inveterado optimismo se ensombrece cuando Adam recurre a su experiencia personal con Mike Medavoy para arribar a una terrible conclusión: “-Es la tercera peor persona del mundo (luego de Kim Jong-Il y… Angela Lansbury!!!)”.

    El esforzado armado de ese magazine alocado y berretón; más la difícil responsabilidad de ser la mediadora de dos personalidades explosivas y contrapuestas es en líneas generales lo que cuenta esta vertiginosa comedia bien escrita por Aline Brosh McKenna (El diablo viste a la moda) y elegantemente dirigida por el sudafricano Roger Michell (Un lugar llamado Notting Hill). La película está narrada desde la perspectiva de la omnipresente Becky cuya característica más notoria es su verborragia incansable. En manos de otra actriz este personaje tal vez sucumbiría sin remedio pero Rachel McAdams es una mujer que irradia tanta belleza y carisma –sin perder su condición de “chica de al lado”- que se pone al espectador en el bolsillo de inmediato. Harrison Ford ha hecho pocas comedias en su larga trayectoria y posiblemente ninguna de ellas integrará nunca una antología del género; sin embargo, su desempeño como ese periodista serio y cascarrabias debería incluirse entre lo más saliente de su filmografía. Diane Keaton alguna vez fue una actriz de nobles atributos; hablamos de cuando era la musa inspiradora de un Woody Allen irrepetible (Annie Hall- Dos extraños amantes, Manhattan) y entregaba interpretaciones arriesgadas como la de la aquí inédita en cine Buscando al Sr. Goodbar (Richard Brooks, 1977). Como otros actores de su generación (De Niro, Nicholson, Pacino) la Keaton con los años se aburguesó y su insistencia en reiterar el mismo papel de señora bien, independiente, intelectual y habitualmente juvenil (cuando su documento la delata como una madura dama de casi sesenta y cinco añitos) a esta altura sólo causa más enojo que pena. No es mi actriz favorita, está dicho, pero en Un despertar glorioso cumple con su rol a la perfección. Quienes esperen una comedia romántica saldrán defraudados del cine: el triángulo que surge aquí no es amoroso sino laboral. Y uno muy divertido, por otra parte…

    Si bien el desarrollo pudo explotarse un poco más y el remate no deja de ser convencional a las normas más tradicionales de Hollywood, este noveno filme de Roger Michell se permite poner el foco en una actividad con gancho para el común de la gente: la “cocina” televisiva. Por más exagerada que luzca en sus observaciones –¡es una comedia, recordemos!- el guión dispara certeras verdades sobre la fauna del medio. Nadie que haya trabajado en algún canal dejará de reconocer y reconocerse en ella. Confiemos que con mejor humor que Mike Medavoy…
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  • Rango
    Rango
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Rango resulta una anomalía hollywoodense porque se desentiende bastante del target natural de las películas de animación –o sea, los chicos- para concebir un formidable homenaje al spaghetti western. Los guiños son numerosos pero por suerte no es indispensable estar familiarizado con ese mítico subgénero para disfrutarla. Los seguidores de la Trilogía del Dólar de Sergio Leone se sentirán de parabienes con el trabajo realizado por el inspiradísimo director Gore Verbinski (el responsable de la saga de Piratas del Caribe) que demuestra su mano maestra para narrar escenas de acción con un nivel de detalle apabullante. Desde ya que no faltan el humor negro ni apuntes brillantes de todo tipo: algunos son de diálogos, otros de caracterización y muchos del prodigioso diseño animado que se destaca por su realismo pictórico y una precisión tremenda en los movimientos. Entre tantos personajes inolvidables no podemos dejar de reconocer el desempeño de los búhos mariachis que por momentos se roban todos los aplausos…

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  • Infierno al volante
    Anexo de crítica: Patrick Lussier se dio a conocer en la década del 90 como el competente editor fílmico de Wes Craven en una larga lista de títulos mayoritariamente de terror: Un vampiro suelto en Beverly Hills, la saga Scream, La marca de la bestia y Vuelo nocturno, entre otros. Por desgracia también se le ocurrió empezar a dirigir a partir del año 2000 con La profecía 3. Y digo por desgracia porque de todas las películas que dirigió hasta el día de hoy no rescatamos ni una sola del olvido: Drácula 2000 (y sus continuaciones que salieron directo a DVD), la segunda parte de Voces del más allá -que aquí ni siquiera se vio en cines- y la más reciente Sangriento San Valentín, no han superado la más flagrante medianía. Infierno al volante es sólo otro pasito más hacia el abismo por parte de este artesano sin luces ni ingenio para el género. En este delirio absoluto Nicolas Cage se escapa del inframundo para perseguir y ser perseguido por una secta satánica que asesinó a su hija y secuestró a su nieta. El tipo mata a destajo y es baleado sin miramientos además de tener sexo vestido (¿cómo llamarlo si el tipo está muerto?; esto ya excede la necrofilia!!!) mientras fuma un habano y toma whisky como agua durante el acto. El absurdo del asunto se sostiene por un rato, concretamente la primera media hora o poco más, pero luego se pierde en un cúmulo de lugares comunes, situaciones sin ton ni son y una resolución sentimentaloide francamente patética. Tripas y miembros amputados vienen hacia el lente de la cámara mientras un pezón te entra en el ojo: ese es básicamente el uso que se le ha dado al 3D en esta bizarra película sin alma. Nico Cage sigue siendo inimputable pero ¡cuidado!: hay un límite para todo…
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  • Fase 7
    Fase 7
    CineFreaks
    Sobreviviendo al Apocalipsis argento

    Alguien podrá rezongar contra Fase 7 porque el filme de Nicolás Goldbart no rehuye de esos Grandes Éxitos que son la sal del género y que en ocasiones, de tanto repetirse, agotan la paciencia a más de uno. La gran diferencia –y el gran hallazgo- es que la historia exuda idiosincrasia nacional por todos sus poros. Esa argentinidad, cuando está explotada con inteligencia e ingenio como en este caso, puede ser impagable si evaluamos lo anómalo del contexto. Hay aquí un virus mortal que antes de liquidar al desventurado de turno lo convierte en un símil zombie (como en Portadores o La epidemia por citar algunos títulos recientes); también un edificio en cuarentena que genera su buena dosis de claustrofobia (como en Rec) y unas cuantas referencias tangenciales al cine de Alex de la Iglesia (en especial La comunidad). Y por sobre todo mucho humor para describir a estos vecinos porteños poco solidarios con los cuales es imposible no sentirse reflejado…

    El germen de la idea argumental se le ocurrió al guionista y director debutante Nicolás Goldbart en el largo invierno del 2009. Para algún olvidadizo recordemos que fue el año de la Gripe A, verdadera usina de disparates varios que vistos hoy día provocan un poco de gracia y otro tanto de extrañeza. Porque en su momento nadie se reía cuando aparecieron los barbijos y los episodios de extrema paranoia a los que estuvimos expuestos durante esos extensos meses. Goldbart, un experimentado montajista que ha trabajado con Damián Szifrón en El fondo del mar y con Pablo Trapero en sus primeras obras, toma de inspiración a ese brote virósico para plantear la premisa de Fase 7, una comedia negra que coquetea exitosamente con el costumbrismo, con el thriller de tintes apocalípticos e inclusive con el western. La jugada era arriesgada pero de algún modo Goldbart y sus colaboradores han dado con el tono justo para narrar la historia de Coco (Daniel Hendler) y su mujer embarazada Pipi (Jazmín Stuart) a partir del encierro al que se ven sometidos por orden de las autoridades sanitarias. La relación con sus vecinos y cómo la misma va mutando a medida que transcurre el tiempo y los víveres se van terminando conforman una lúcida mirada sobre la sociedad actual. No en vano Fase 7 se llevó el Premio al Mejor Guión en el Festival de Sitges 2010.

    La escena en el supermercado con la que abre la película parecía preanunciar uno de esos lavados productos televisivos con proliferación de chivos publicitarios. La presencia de TELEFE en la producción nunca es tranquilizadora en ese sentido. No obstante, siendo sinceros, hay que admitir que las publicidades están pero han sido astutamente justificadas desde lo narrativo. Luego de este comienzo la acción se desplaza al mentado edificio donde nos presentan a los personajes: el enigmático y paranoico Horacio (el cómico cordobés Yayo Guridi, en su salsa), el manipulador Guglierini (Carlos Bermejo), el poco perspicaz Lange (Abian Vainstein) y el sorprendente viejo Zanutto (toda una creación del formidable Federico Luppi). Estos pocos hombres más Coco y Pipi son prácticamente todos los que participan en una trama urdida al milímetro, siempre intensa y entretenida pese a lo minimalista del enfoque.

    Fase 7 presenta los recursos de producción de lo que en Estados Unidos sería una película de Roger Corman (o sea, una modesta clase “B”). Sin embargo están tan diestramente administrados que si bien no le sobra nada dejan saciado al espectador más exigente. Una de las claves para que esto así sea tiene que ver con el equipo artístico reunido. Básicamente es la misma gente con la que se dio a conocer Damián Szifrón quien aún sin participar de manera directa proyecta su sombra en el proyecto. La fotografía de Lucio Bonelli, la fantástica música de Guillermo Guareschi y el montaje de Pablo Barbieri Carrera y el propio Goldbart son de alto vuelo y se convierten en puntales fundamentales para esta atípica muestra del cine argentino. La riqueza aquí no está cuantificada en elementos materiales sino en talento y capacidad. Y eso sí que es una buena noticia…

    En Fase 7 coexiste una faceta cotidiana con otra más dramática que es la que hace avanzar la trama. La primera recae enteramente sobre la pareja Hendler - Stuart, que cumple aquí un desempeño maravilloso generando mucha empatía por sus personajes. El entendimiento absoluto de esta dupla ya vista en Los paranoicos proporciona algunas viñetas de humor sumamente divertidas en un principio a puro jolgorio. La otra faceta tiene su origen en la lucha por sobrevivir y está animada por Coco y Horacio, dúo dinámico que se las trae con sus trajes a lo "El Eternauta" (muy lindo homenaje a la clásica historieta de H.G. Oesterheld y Solano López) y un arsenal suministrado por el desquiciado del segundo. Haciendo equilibrio entre géneros y tonos muy distintos e inyectándole un sabor local ciertamente delicioso, Nicolás Goldbart entrega una pequeña gran obra que el fanático del cine pochoclero sabrá agradecer en las boleterías. Espero no fallar con el augurio…
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  • Amigos con derechos
    Anexo de crítica: Ivan Reitman siempre tuvo buena mano para la comedia y aunque lo más rescatable de su obra se realizó en los 80s y comienzos de los 90s, sus últimas películas (concretamente Mi super ex novia y Evolución) no carecen de cierto encanto. Amigos con derechos es una muy disfrutable comedia romántica con un guión bastante por encima del promedio sin llegar a ser una maravilla ni mucho menos. Hay una premisa que atrae y que no se ha usado en otras películas (ella sólo quiere sexo; él además necesita un compromiso emocional), imprevisibilidad en muchos arranques de los personajes y en situaciones de humor; ingenio a discreción, diálogos ácidos dosificados como para no abrumar y una pareja central con química y credibilidad. Kevin Kline como el padre del protagonista está desaprovechado y tal vez los actores secundarios podrían haber sido mejor escogidos; por lo demás Amigos con derechos cumple a rajatabla con las reglas del género: el final feliz, desde ya, está asegurado…-
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  • Biutiful
    Biutiful
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Mi teoría es que no se puede hacer una película con tantos elementos dramáticos como los que tiene Biutiful y salir impune. Un personaje principal enfermo de cáncer que habla con los muertos (y que cobra por el servicio), trabaja al servicio de unos chinos que explotan a un grupo de compatriotas en la manufacturación de bolsos y además debe lidiar con sus hijos pequeños y una ex mujer con problemas psicológicos que la llevan a los excesos contínuos con las drogas, el alcohol y el sexo. Si a todo este menjunje le agregamos unos pincelazos (de trazo grueso) de amor fou gay entre dos chinos (parece que González Iñárritu vio detenidamente Happy Together), una crítica poco novedosa sobre la política de inmigración en España, un tono de desesperanza y angustia constante y la típica música sui géneris de Gustavo Santaolalla, el combo sólo merece ser calificado de explosivo e indigesto. Más allá de lo actoral –todos sabemos de lo que es capaz Javier Bardem-, Biutiful se malogra por la insistencia de su director en buscarle el lado negativo a cuanto acontece. Todo lo que puede salir mal aquí sale mal. Para González Iñárritu sólo la muerte trae algo de luz a este mar de lágrimas. En su opinión el infierno ya llegó a un mundo en el que la miseria, la destrucción y la pobreza de espíritu hunden a la humanidad en un abismo de dolor. Lamentablemente Biutiful vuelve a demostrar que a veces más es menos...
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  • El ganador
    El ganador
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Hay cierta verdad en los personajes de este filme de David O. Russell que afecta de buena manera al espectador y lo hace partícipe de la gesta personal -y familiar- del boxeador Micky Ward (un sobresaliente Mark Wahlberg) que logró hacerse de un nombre a principios de los 90s después de muchos vaivenes en su errática carrera. Buena parte de esos vaivenes están relacionados con su hermano Dicky (el enorme Christian Bale en otra actuación metamórfica para el aplauso) quien alguna vez peleó como profesional con Sugar Ray Leonard para luego dilapidar su trayectoria pugilística por su adicción al crack. Las entradas y salidas a la cárcel de este personaje prácticamente al borde de la marginalidad impactan muchísimo en la vida de su hermano menor a quien entrena cada vez que la droga le libera la mente por un rato. El vínculo de Micky con Dicky, con su sargentona madre Alice (la sensacional Melissa Leo) y su novia Charlene (una tan hermosa como temperamental Amy Adams) -por no mencionar a sus temibles hermanas- es usufructuado con intensidad por el director de Tres Reyes (1999) que, en el final, entrega una antológica secuencia a pura testosterona con la recreación de la pelea entre Micky y el muy superior boxeador inglés Shea Neary que hasta al mismísimo Sylvester Stallone le hubiese gustado rodar…
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  • Desconocido
    Desconocido
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Es una delicia reencontrarse con Liam Neeson en estos roles tan exigentes desde lo físico: el grandote se banca los golpes sin chistar y a su vez reparte los suyos de lo lindo. Lamentablemente, Desconocido no es Búsqueda implacable en la que el guión era apenas una excusa para ver en acción al eximio actor de La lista de Schindler y se despachan una historia que empieza por los carriles esperados pero promediando la proyección se desbanda sin remedio. Las vueltas de tuerca no estarían mal si se hubiesen cuidado un poco más los pequeños detalles. Estos detallecitos son la sal de estos relatos: cuando no son verosímiles se producen los errores garrafales que terminan hundiendo la película en cuestión. Hay muchos de esos –y tan tontos que cuesta creerlo en un guión profesional- en Desconocido y ni el oficio de Jaume Collet-Serra ni las buenas artes de un elenco altamente competente (no hay papeles chicos para Bruno Ganz) alcanzan a remontar el desastroso último acto de este thriller deudor de demasiados títulos parecidos. Cada vez queda más claro lo grandes que le quedan los zapatos de Sir Alfred Hitchcock a estos imitadores serpentinos…
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  • El cisne negro
    El cisne negro
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Con El Cisne Negro los detractores de Darren Aronofsky seguirán teniendo sus motivos para odiar a este talentoso, inteligente y algo presuntuoso director de cine. Huelga decir que sus fanáticos lo van amar un poquito más y quienes recién lo descubren seguramente correrán a conseguir una copia de Pi, Réquiem para un sueño, La fuente de la vida o El luchador, todas ellas grandes películas. En su nuevo opus es tan absorbente el papel que interpreta con exquisita sensibilidad Natalie Portman (en el rol de su vida, sin duda) que casi todo lo demás pasa a un segundo plano, incluyendo a los buenos actores que interpretan a los personajes que interactúan con ella (Vincent Cassel, Mila Kunis, Barbara Hershey). La actuación es tan descomunal como para que algún fundamentalista le sugiera plantearse el retiro: ¿para qué seguir si artísticamente es insuperable? Un tour de force impensado en una actriz que parecía haber llegado a su pico con obras como mucho correctas mezcladas con bastante mediocridad de todo tipo. La imaginación de Aronofsky para la puesta en escena –especialmente en el último acto-, la tétrica ambientación de Thérèse DePrez, las texturas y climas obtenidas por el genial DF Matthew Libatique y el aporte siempre bienvenido del compositor Clint Mansell le dan el marco ideal a esta oscura fábula sobre la búsqueda de la perfección y la represión sexual. Tuvo que pasar casi medio siglo para que Repulsión ya no esté tan sola…
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  • El rito
    El rito
    CineFreaks
    Anexo de crítica: La temática de las posesiones demoníacas ya no da para más: El Rito no cuenta nada digno de mención, no agrega ni la más mínima innovación al subgénero (para colmo, en mi opinión, El Exorcista además de insuperable es la mejor película de horror de todos los tiempos) y desperdicia a un Anthony Hopkins que cada día elige peor sus proyectos. Lo único rescatable es la dirección del sueco Mikael Håfström que sabe organizarse para narrar con cierto estilo y alcanzar algunos climas de tensión que no compensan las debilidades de un guión que recae nuevamente en el viejo cliché del religioso con problemas de fe. En su búsqueda de realismo el filme se queda en un inoperante término medio que sólo enfatiza su mediocridad...
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  • Temple de acero
    Temple de acero
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Los hermanos Coen vienen coqueteando con el western prácticamente desde los comienzos de su carrera pero Temple de Acero puede ser considerado como su primer relato del Oeste hecho y derecho. La ya extensa filmografía de este dúo creativo les ha servido de invalorable experiencia para diseñar a la perfección la historia simple, cruda y directa (a diferencia de títulos más herméticos como Barton Fink, Un hombre serio o el discutido final de Sin lugar para los débiles) de la que hace gala esta nueva adaptación de la novela de Charles Portis. Minimalista argumentalmente, muy precisa en su narrativa y con unos diálogos sensacionales que denotan tanto trabajo de escritura como elaboración interpretativa, esta Temple de Acero atrapa con su fluidez y deslumbra con la categoría de sus actores. El subvalorado Jeff Bridges sigue entregando actuaciones de antología: por su rol del Marshall Rooster Cogburn merecería nuevamente un premio Oscar. Matt Damon sorprende con un registro bastante alejado de lo que suele hacer y la adolescente Hailee Steinfeld exhibe una personalidad arrolladora logrando darle credibilidad a un personaje que con sólo 14 años de edad se enfrenta a los hombres con la inteligencia y el aplomo para ganarse el respeto de todos. Un debut cinematográfico de alto impacto...
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  • El discurso del rey
    Anexo de crítica: El conflicto planteado en esta biografía parcial sobre Jorge VII no deja de ser anecdótico pero no obstante ello hay aquí mucha más originalidad, frescura y sentido del humor que en otros filmes sobre la monarquía inglesa. Nada realmente memorable pero con el proverbial buen gusto de los británicos para las películas de época y con esa escuela interpretativa de la que Colin Firth es un alumno recibido con honores. La química entre Firth y Geoffrey Rush es la clave de un relato que apunta sus dardos a la autosuperación del personaje en detrimento de cualquier análisis político contextual que también podría haber sido de sumo interés. Modesta en sus pretensiones la obra de Tom Hooper cumple sobriamente con lo que se propone. Los premios obtenidos, las 12 nominaciones al Oscar y la eterna disputa entre defensores y detractores sobre la calidad intrínseca que posee, le han dado una trascendencia a todas luces desmedida...
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  • La casa muda
    La casa muda
    CineFreaks
    Anexo de crítica: La casa muda arranca con sugestión y buen uso del fuera de campo pero al rato queda en evidencia que detrás del artificio no existe un guión coherente que lo sustente. La historia resulta muy poco creíble a partir de un giro argumental que sucede en el segundo acto y desde ese momento todo parece caprichoso e inverosímil. Lo único rescatable es el look del producto que tanto le debe a falsos documentales de terror como El Proyecto Blair Witch. Esta vez el ingenio se quedó corto…
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  • De amor y otras adicciones
    Anexo de crítica: Edward Zwick era un director de películas chiquitas, queribles e intimistas como ¿Te acuerdas de anoche? (1986) o la muy galardonada serie thirtysomething… (1987/1990) hasta que se volcó a los espectáculos épicos (o al menos grandilocuentes) a partir de Tiempos de Gloria (1989). Tras una carrera irregular como pocas vuelve al género que mejor le sienta con esta comedia romántica que no rehuye ni del melodrama ni de los lugares comunes. Pese a esto último hay en esta película suficientes motivos como para no quejarse al terminar la proyección: buen timing cómico, dinamismo en el desarrollo de las secuencias, personajes correctamente diseñados y una velocidad en los diálogos que hoy día ya no se encuentra fácilmente. Los actores le hacen justicia a cada uno de los personajes y la parejita formada por Jake Gyllenhaal y Anne Hathaway –que vienen trabajando juntos desde la época de Secreto en la montaña- se siente auténtica y totalmente creíble debido al conocimiento que tienen uno del otro. Tanto en sus revelaciones emocionales como en las muchas escenas de sexo hay verdad en esa relación que, fiel al manual de la comedia romántica clásica, tiene más vueltas que un caracol…
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  • El turista
    El turista
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Típico pasatiempo de verano con bellos escenarios, lindos actores y una historia tan ligera como tonta. Por momentos se parece a uno de esos divertidos filmes con Robert Redford en los cuales el eterno galán rubio es el más inteligente, sagaz y cool de los personajes mientras que sus antagonistas pecan de bobos, torpes e incompetentes. El esquema remite un poco al modelo implementado por Hitchcock en tantas películas pero el tono intenta recrear -sin lograrlo- títulos de gran elegancia y sofisticación como Charada, de Stanley Donen. Las no muy creíbles vueltas de tuercas que provee el guión en el último acto terminan debilitando cada vez más a este thriller con toques de humor (gentileza de ese todoterreno que es Johnny Depp, siempre un prodigio de expresividad) y romance (con una ocasionalmente glacial pero también muy apropiada Angelina Jolie en su ambivalente rol de femme fatal y heroína). Que el clímax aluda tan directamente al recordado –y nunca superado en su estilo- filme con el que el escritor Christopher McQuarrie se llevó un Oscar en 1996 no habla muy bien que digamos ni del autor ni de su co-guionista y director Florian Henckel von Donnersmarck. Claro que para ese entonces se pasó más una hora y media moderadamente entretenida en la que todos los involucrados (el elenco, el DF John Seale, el soberbio compositor James Newton Howard y el montajista Joe Hutshing) saben lo que deben hacer para que el espectador no la pase mal con un discreto batido de escenas de suspenso, acción y tiernas miraditas cruzadas entre dos actores que sin duda están para mucho más…
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  • Los viajes de Gulliver
    Anexo de crítica: Cada tanto la inmortal novela de Jonathan Swift vuelve a ser llevada al cine o la televisión para las nuevas generaciones con resultados por demás dispares. Esta versión libre que acaba de estrenar la 20th Century Fox debe ser la peor de la historia por lejos. Nada funciona en esta comedia si de ingenio, ideas y buen gusto hablamos. No es divertida, no entretiene en lo más mínimo y ni siquiera está bien filmada. Da mucha pena ver a los actores debatirse a capa y espada con parlamentos de una pobreza franciscana y perder irremediablemente una y otra vez. Si a eso le añadimos un doblaje al español realizado en México con una cantidad exorbitante de modismos lingüísticos de ese país, la catástrofe queda sellada a fuego y no la salva ni el histrionismo ya cansador del aquí también productor ejecutivo Jack Black. Un bodrio por donde se lo mire...
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  • Noches de encanto
    Anexo de crítica: Qué largo ha sido tu camino y cuán incierto tu destino, Steve Antin!!! De aquella imagen de galancito en los comienzos de la década del 80 (¿recuerdan al chico que embarazaba a Diane Franklin en El último americano vírgen?) al curtido y ya maduro director de este paupérrimo musical intitulado Noches de encanto, parece haber transcurrido no sólo una vida sino también varias reencarnaciones. La película podría haber sido original y fresca… de haberse rodado en 1932. La historia está construida en base a clichés de lo más vulgares para lucimiento de su estrella Christina Aguilera que se prodiga en escena a puro alarido. La rubia –casi irreconocible después de tantas operaciones estéticas aunque en este rubro la campeona indiscutible es Cher- grita mucho, canta poco y no deja de aparecer un segundo en pantalla. A Cher le dedicaron un solo número musical al comienzo y luego interpreta magistralmente "You Haven't Seen The Last Of Me", la mejor canción de la banda de sonido (letra obvia, buena música). Las coreografías y las canciones dejan bastante que desear y Antin demuestra que pese a su veteranía todavía le queda mucho por aprender. Los talentosos Kristen Bell y Alan Cumming fueron relegados en el montaje quedando reducidos a figuritas decorativas que entran y salen de escena de acuerdo a los caprichos de un guión que es lisa y llanamente una vergüenza…
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  • Imparable
    Imparable
    CineFreaks
    Anexo de crítica: La ampulosidad fílmica de Tony Scott se pone de manifiesto una vez más con este thriller de acción dinámico, efectivo y tan vacío como la cabina de ese tren fuera de control que intentan parar los protagonistas. Un triunfo de narrativa y puesta en escena para una película encarada como un ejercicio estilístico en la que los actores apenas si son títeres funcionales para ese gran esteta del cine que es el realizador de Top Gun / Reto a la gloria y Escape salvaje...
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  • Enredados
    Enredados
    CineFreaks
    Anexo de crítica: El cuento clásico de los hermanos Grimm fue diestramente llevado a la pantalla grande por los estudios Disney haciendo hincapié en varios aspectos: la espectacularidad del 3D, los números musicales (algo excesivos, podrían haberse utilizado menos canciones), el buen humor y los impecables personajes diseñados para regocijo de un público multi-target fiel y adicto a este tipo de propuestas animadas. Colorida, vital y efervescente, a Enredados no le falta nada. Otro pleno de John Lasseter, el Rey Midas del dibujo animado de calidad…
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  • Más allá de la vida
    Anexo de crítica: Para ser sinceros de no estar detrás de las cámaras un director de tanta categoría como Clint Eastwood -que extrae oro del barro con su sabiduría cinematográfíca- este drama de tintes sobrenaturales sería una película del montón totalmente descartable. No obstante, desde la secuencia inicial (la impactante devastación que provoca un tsunami) Eastwood logra imprimirle su sello clásico a esta historia tripartita que se anuda en el final algo convencionalmente. El guión de Peter Morgan es muy básico y si bien en general le falta vuelo también es cierto que el talento de Clint logra sacarle lustre al texto trabajando conjuntamente con sus brillantes actores. Más allá del notable elenco protagónico resulta muy gratificante ver a la coloradita Bryce Dallas Howard en un breve rol como un posible interés romántico para el psíquico renuente que encarna Matt Damon. Los primeros planos que le dedica el viejo Clint en una escena clave son tan ejemplares como la sensibilidad y la convicción manifestada por la bella hija de Ron Howard. Más allá de la vida no es una obra genial pero sí sólida y atendible: merece verse…
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  • Los pequeños Fockers
    Anexo de crítica: El cambio de director no parece haber favorecido el nivel de esta tercera entrega de la saga iniciada con La familia de mi novia en 2000 y continuada por Los Fockers: la familia de mi esposo en 2004. Más allá del ingreso de Paul Weitz en lugar de Jay Roach hay aquí un problema de agotamiento de ideas que le impide a la comedia igualar el efecto causado por las dos películas anteriores. De Niro ya cansa con su gesto adusto, Stiller se repite histéricamente una vez más, Jessica Alba luce descontrolada en su papel de chica tonta y sexy, Barbra Streisand le aporta algo de dignidad a su rol y Dustin Hoffman actúa (muy mal) en apenas dos escenas por el pancho y la coca. Ah, el cameo de Harvey Keitel es de lo más patético que hemos visto en mucho tiempo. Sólo algunos gags aislados la salvan del desastre. Y roguemos que sea la última… aunque el final indique más bien lo contrario…
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  • La epidemia
    La epidemia
    CineFreaks
    Anexo de crítica: Contaminator fue el "inventivo" título nacional con el que se estrenó directamente para VHS la película The Crazies de George A. Romero. Fiel a la manera de pensar de su realizador la historia recapitulaba sobre los temas y obsesiones habituales en el creador de Creepshow pero sin ningún ácierto estético o narrativo digno de mención. Discursiva, sobredialogada y morosa, la cosa apestaba a más no poder desde el vamos (y no solamente por la presencia de sus cuasi zombies). La remake de Breck Eisner apuesta a corregir todos los defectos que el mínimo presupuesto disponible en el original enfatizaran sobremanera: hay aquí corrección y esmero en todos los rubros técnicos (fotografía, F/X, montaje) pero (y siempre existe un pero...) la abundancia de relatos de similar tenor rodados en los últimos años la perjudican sin remedio. No es un mal filme sino uno que ya viste mil veces antes. La sensación generada se puede sintetizar en una frase: -Mozo, hay un zombie en mi sopa!!!...
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  • Amor en tránsito
    Nos habíamos desencontrado tanto...

    Todo cine de género “fatto in casa” tiene en un principio el encanto inocultable de lo autóctono pero, a veces, ese plus tiende a desvanecerse gradualmente al quedar en evidencia el desconocimiento del tema o la simple impericia para entregar un producto decoroso por parte de sus creadores. Esta idea puede conectarse con otro aserto repetido hasta el hartazgo aquí y allá pero que pese a ello no deja de ser una gran verdad: en el cine argentino sobran directores y faltan buenos guionistas. Algunas escuelas de cine implantaron a claquetazos el erróneo postulado de que un cineasta debe escribir su propio material si pretende alcanzar el estatus de autor. Como si se persiguiera a ultranza aquel viejo romanticismo surgido de la nouvelle vague en una época irrepetible y con talentos también irrepetibles. Está más que claro que un director debe entender de guión para hacer su trabajo. De ahí a reunir las condiciones para desempeñarse como un escritor profesional parece un tanto extremo…

    Fred Zinneman -el realizador austríaco que triunfó en Hollywood con obras como A la hora señalada, De aquí a la eternidad o Julia- era partidario de una máxima que comparto en un 100%: “Los tres elementos más importantes de un filme son el guión, el guión y el guión”. Con esta introducción se imaginará el lector cuál es el principal problema de Amor en tránsito, la fallida ópera prima del joven Lucas Blanco.

    En más de una oportunidad he lamentado no poder defender con mayor asiduidad un cine argentino con el que me identifico, aquel que procura captar su target con lícitos filmes de género. Para darle ese marco de “legalidad” es esencial que aún dentro de los lógicos márgenes que conforman a un producto comercial exista una búsqueda narrativa, conceptual o estética (¿y por qué no las tres juntas?) que lo despegue de tantos otros similares confiriéndole un carácter único, personal, diferente…

    Hablo de un cine comercial de calidad, lejos de esos subproductos bastardeados por anti-autores como Rodolfo Ledo que, por lo general, se aprovechan de la popularidad de algunas figuras televisivas para atraer público en masa a las salas. No es Pol-Ka precisamente adonde apuntamos –después de todo Adrián Suar siempre se queda a mitad de camino de lo que esperamos de él- sino más bien a las huestes de Damián Szifrón (Los simuladores en tevé; El fondo del mar y Tiempo de valientes, como fundamentales paradigmas cinematográficos) o a lo sumo algún Pablo Trapero tardío (Leonera puede ser visto como un exploitation carcelario con ínfulas artísticas y Carancho sin dudas califica como otro adecuado modelo de lo que pretendemos). Cualquiera de ellos está capacitado para entregar una película equilibrada en la que arte e industria confluyen armónicamente.

    Para empezar a ir al grano podría decirse sin exagerar que Amor en tránsito está bastante bien dirigida pero bastante mal escrita. El resultado de esta fricción es que como comedia romántica en su conjunto no funciona. Se advierten pequeños momentos o microescenas con algún que otro detalle rescatable (tanto desde la puesta en escena, como desde lo actoral) pero la suma de las partes está lejos de ser convincente dejando en uno una sensación ambivalente pero invariablemente más amarga que dulce.

    La línea argumental involucra a dos parejas con el clásico cruce amoroso de encuentros y desencuentros. Algunas intersecciones entre los personajes de Micaela (Verónica Pelaccini), Juan (Damián Canduci), Mercedes (Sabrina Garciarena) y Ariel (Lucas Crespi) no terminan de ser explotadas con sorpresa e imaginación por los libretistas (el mismo Lucas Blanco y Roberto Montini; ambos, además, productores responsables del proyecto). Los juegos temporales que pretenden sofisticar una historia coral per se por demás previsible y directa, simplemente no cuajan generando más confusión que impacto. Se percibe el esfuerzo de actores y equipo pero, aunque duela reconocerlo, la película en ciertas escenas bordea el amateurismo. Esta sensación es potenciada por un elenco demasiado desparejo en el que la increíblemente fotogénica Verónica Pelaccini es el punto más alto seguida por un Lucas Crespi con un look desaliñado a lo Nico Cabré; en cuanto a Sabrina Garciarena no da señales de mucho compromiso aunque la culpa no es sólo suya; por último, el eslabón más débil: Damián Canduci físicamente quizás dé la talla como galán (no se le puede negar cierta presencia) pero el rol protagónico que le tocó en suerte deja a la vista de propios y extraños sus limitaciones como actor (al menos en esta oportunidad).

    Para cerrar la nota nada mejor que una frase que dejó caer al pasar Nicolás Goldbart -el montajista, guionista y director de la muy festejada Fase 7- durante una charla con los espectadores luego de proyectar su película en el reciente 25º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Más o menos Goldbart dijo que “Fase 7 surge de mi necesidad de generar un proyecto propio; es muy poco probable que alguien me convoque para dirigir un material ajeno: de ahí mi inquietud por plasmar esta idea y llevarla a la pantalla grande”. Honestidad brutal. Ni Goldbart ni Blanco habían escrito y/o dirigido un largometraje hasta entonces. La diferencia es que a uno le salió algo realmente original e interesante y al otro no. Más allá de lo meramente subjetivo es justo mencionar que Amor en tránsito se presentó en Mar del Plata en la Competencia Latinoamericana obteniendo el primer premio ex aequo con el film peruano Octubre, de Daniel y Diego Vega.

    Respetuosa moraleja: formemos más guionistas y menos directores. ¡Los necesitamos!

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  • El ocaso de un asesino
    George Clooney sigue alternando películas comerciales con otras “con inquietudes” como esta El ocaso de un asesino que intenta –infructuosamente- desarrollar el perfil psicológico de un personaje retraído y con menos onda que Ricardo Fort (y esto no es poca cosa, señores…). La historia es básica hasta decir basta, la intriga directamente no existe y los tiempos muertos escogidos por el director Anton Corbijn para la narración, más que a la reflexión incitan al aburrimiento. Se entiende la intención pero una cosa es el guión de La conversación de Francis Ford Coppola (un título que me vino a la mente varias veces durante la proyección aunque también me vino a la cabeza un sanguche de milanesa, entre otras cosas…) y otra muy diferente el de esta obvia adaptación fílmica de una novela de Martin Booth. El final es escandalosamente patético pero no son todas pálidas: la planificación visual de Corbijn se destaca por méritos propios y también están muy bien escogidas las dos chicas que rodean al protagonista (con especial lucimiento para la exuberante y muy natural Violante Placido). En líneas generales, un filme tan irregular como fallido...
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  • Resident Evil 4: La resurrección
    Por esas cosas insólitas que a veces tiene la distribución, la saga Resident Evil llegó a las salas locales puntualmente con la insólita excepción de la primera parte (la mejor de la tetralogía por lejos). Los avatares que rodearon a la economía post corralito imposibilitó el estreno correspondiente en el 2002: se vieron los avances de la película en los cortos publicitarios y se exhibieron los afiches en los halls de los cines pero todo quedó allí… Para ser sinceros se trata de una franquicia sumamente despareja: Resident Evil – El huésped maldito (Paul W.S. Anderson, 2002) contó con el elemento sorpresa -sobre todo para los que estamos ajenos al mundillo de los videojuegos- y un impecable nivel técnico; Resident Evil 2: Apocalipsis (Alexander Witt, 2004) tocó fondo con una historia chata y mal narrada; Resident Evil 3: La extinción (Russell Mulcahy, 2007) cobró nuevos bríos con elementos “sustraídos” de la ambientación retro-futurista y apocalíptica de Mad Max y ahora la flamante Resident Evil 4: La Resurrección vuelve a dejar en tablas a la saga con un relato inconsistente, previsible, mal actuado en general y sólo tolerable para los más fanáticos defensores del subgénero zombie. La “actuación” de Wentworth Miller (el “genial” Michael Scofield de la desopilante serie Prison Break) y la presencia del subvalorado Kim Coates en un rol secundario –y siempre encasillado como villano, ¡pobre!- son motivos contrapuestos de interés para quien esto escribe. No obstante, está claro que el fuerte de esta flojita secuela de Anderson pasa por las escenas de acción y violencia –con un excesivo uso de la cámara lenta a lo Matrix- y la novedad del 3D que es razonablemente bueno. Lo demás –argumental, narrativa, y estilísticamente- no supera la rutina más elemental...
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  • Bajo el mismo techo
    Te amo, te odio, dame más…

    La premisa que pone en marcha esta dignísima comedia romántica, por más improbable que parezca, no deja de ser ingeniosa y con un interesante potencial para fusionarse con la clásica formulita hollywoodense de siempre. Con la enorme cantidad de títulos acumulados en el género –sin dudas uno de los más perjudicados por la falta de autores/directores talentosos- es prácticamente imposible encontrar algún vestigio de originalidad o frescura en los mediocres exponentes que llegan a las salas de cine. Bajo el mismo techo no logra escaparse del todo de esa restricción porque si bien la idea rectora es un hallazgo, el desarrollo y el tono general del relato responde a los cánones habituales en los cuales la rutina es el común denominador. ¿Por dónde pasan, entonces, las virtudes de esta película de Grez Barlanti (el creador de las series televisivas Everwood y Eli Stone)? Fácil: la química entre Katherine Heigl y el sorprendente Josh Duhamel es tan potente como para minimizar los defectos de un guión por otra parte superior a la media.

    Luego de varios fiascos al hilo -27 bodas, La cruda verdad y Asesinos con estilo- resulta un alegrón que por fin la bella y carismática actriz de Ligeramente embarazada haya dado con un vehículo acorde a su capacidad. Uno que sigue su carrera desde Mi papá es un héroe (la remake de 1994 co-protagonizada por Gérard Depardieu y una Heigl adorable de apenas 15 años) sabe lo que ella puede dar y por eso le exige en consecuencia. Josh Duhamel para mi es una revelación porque sólo lo tenía visto en su rol de militar inexpresivo en la saga Transformers. La dupla se complementa a la perfección animando con excelentes recursos a los mejores amigos de un matrimonio que fallece en un accidente dejándolos como tutores de su beba Sophie. Opuestos y desavenidos en todas las facetas habidas y por haber, la conservadora Holly y el irresponsable mujeriego Messer se ven de pronto superados por las circunstancias, y compelidos por la última voluntad de la pareja fenecida a tratar de superar sus irreconciliables diferencias en aras del bien de la pequeña. Que de a poco surja una corriente de simpatía –y luego algo más- entre ellos es parte del ABC de la comedia romántica típica que Hollywood viene produciendo desde tiempos remotos.

    Ante esta decisión de guión quedan dos caminos por seguir: aceptarla de buen grado y disfrutar de las chispas que brotan cada vez que se cruzan estos personajes tan contrastados o, por el contrario, resentir la convención que horada el verosímil forzando una relación amorosa prácticamente irrealizable en la vida real. ¿Podría Bajo el mismo techo haberse alejado de este previsible devenir para ensayar algo diferente? Sí, seguro. Pero para eso faltan ejecutivos con cojones dispuestos a arriesgar su cabeza si las cosas no salen como es dable esperar en un producto de estas características…

    El mayor mérito de esta propuesta está relacionado con la minuciosa dosificación del arco de transformación de los dos personajes principales. Los cambios que operan en Holly y Messer debido a la imprevista paternidad se plasman progresivamente y sin apresuramientos. Dentro de este contexto genérico la obra se sostiene con gracia, no abusa de los momentos sentimentales (aunque tampoco los rehuye) y da en la diana cada vez que la beba aporta sus travesuras. Los secundarios no están tan cuidados pero se agradece el fenomenal desempeño de Sarah Burns como una algo excéntrica asistente social que carece de filtro para expresar con palabras lo que se le cruza por la cabeza. La participación de Josh Lucas como un médico divorciado que corteja a Holly sólo puede calificarse como funcional: su presencia responde más a una necesidad de guión –el tercero en discordia- que a otra cosa…

    Con varios detalles que recuerdan sin exagerar a Enamorándome de mi ex (la secuencia con la droga, el trabajo de ambas mujeres, el triángulo amoroso, el candidato profesional, etc.), Bajo el mismo techo fluye con amenidad hasta configurar un combo nada despreciable si la comparamos con otras producciones de similar tenor. Y sí, la modestia es parte de su encanto...
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  • Una pareja despareja
    Homo Eroticus Súper Gay

    ¿Jim Carrey interpretando a un policía de pueblo chico con doble personalidad? ¿No se trata, acaso, de Irene y yo y mi otro yo, la salvaje y muy graciosa película de los hermanos Farrelly? Pues no, aunque se pueden establecer algunas similitudes o paralelismos con la obra que nos compete, intitulada I Love You Phillip Morris en su idioma original y pedestremente traducida al español por la distribuidora local como Una Pareja Despareja. De hecho, como en aquella comedia de 2000, también aquí hay dos realizadores responsables de poner en imágenes una de las historias más extremas –desde un plano sexual al menos- que haya encarado el actor canadiense de The Truman Show hasta el día de la fecha. La diferencia más notoria es que el personaje de Carrey no está escindido psicológicamente como el Charlie/Hank de Irene… pero aún así esconde un alter ego que se revela de la forma más brutal a los diez minutos de iniciada la proyección.

    La narración en off en primera persona del protagonista Steven Jay Russell (Carrey) –con algunos resabios de la modélica Belleza Americana por cómo se subvierten los típicos valores burgueses/familiares- conforma muy rápidamente un estilo ya asimilado por el cine independiente de los Estados Unidos, en el cual se llama a las cosas por su nombre sin condescendencia y con bastante osadía. Claro que no siempre veremos a Jim Carrey encarnando a un hombre común que experimenta una epifanía luego de sobrevivir milagrosamente a un accidente vehicular (advertencia digresiva: parece que si escuchás Dance Hall Days del dúo Wang Chung en el stereo del auto tenés pocas chances de llegar vivo a tu casa) para terminar confesando a propios y extraños su condición de gay y abrazarse sin culpas a una vida hedonista contrapuesta a los principios conservadores que la regían hasta el momento… La escena en la que se pone de manifiesto explícitamente las preferencias sexuales de Steven –una muy incómoda para el espectador desprevenido aunque el remate sea gracioso- ha provocado tal conmoción que la película sigue permaneciendo inédita en su país de origen. (Pacatos y mojigatos los hay en todas partes…). El compromiso de Carrey con este proyecto queda más que en evidencia así como la intención de sus autores-directores: la onda es ésta, señores… (Wong-Kar Wai había utilizado un recurso parecido en Happy Together).

    Las peripecias criminales de Steven Jay Russell fueron encadenándose sin pausas a partir de su nueva etapa pro orgullo gay. Mantener los lujos y el confort de una existencia a todo trapo no es posible con un sueldito de empleado por lo que nuestro anti-héroe descubre que con pequeñas estafas los ingresos están asegurados. Primero para darle los gustos a su pareja Jimmy (breve aparición del brasileño Rodrigo Santoro) en una soleada Miami y, tras ser descubierto y encarcelado, para brindarle lo mismo al Phillip Morris del título (extraordinaria actuación del por lo general subvalorado Ewan McGregor) a quien conoce en prisión. La comedia de Glenn Ficarra y John Requa no es más que una actualización para los tiempos modernos de un cuento clásico en el que el marido opera por fuera de la ley para que su media naranja (ingenua, dulce y de pocas luces) no se percate de que es un delincuente (en este caso reincidente). Lo que saca a Una Pareja Despareja del más rancio lugar común es el brillante detalle de que la mujercita es esta vez un varoncito… Al subvertir el género del consorte el argumento cobra otro sentido, más anómalo y “original” si se quiere aunque las situaciones tiendan a repetirse en demasía (defecto quizás atribuible al libro de Steve McVicker en el que se basa: “I Love You Phillip Morris: A True Story of Life, Love, and Prison Breaks”).

    La cantidad de veces que Russell fue preso y logró escapar mediante insólitos subterfugios, brillante dialéctica y oportunos disfraces (que han dejado muy mal parado al sistema penitenciario y judicial de los Estados Unidos) para continuar con su raid de desfalcos le valió una notoriedad tan grande como para ganarse varios apodos “de guerra” (entre ellos Houdini o King Con, o sea Rey de la Estafa) y, tras su última visita a la cárcel en 1998, una ampliación a 144 años de la condena inicial. Casi al mismo nivel de Frank Abagnale Jr., aquel imberbe interpretado por Leonardo DiCaprio en la Atrápame si puedes de Spielberg…

    Ficarra y Requa, guionistas de esa fabulosa comedia negra que fue Un Santa no tan Santo, han sabido extraerle el máximo provecho a dos señores actores como Carrey/McGregor que forman una dupla sensacional. Si la obra no termina estando a la altura de semejantes intérpretes tiene que ver con las reiteraciones ya aludidas en una trama por demás anecdótica y, más que nada, por aquello de que “aunque el mono se vista de seda…”. Reconozco el rasgo de ingenio planteado –astuta, irreverentemente- por los autores pero a esta película ya la vimos…
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  • Recuérdame
    Recuérdame
    CineFreaks
    Existencialismo para principiantes

    Cuando en la primera escena de Recuérdame asesinan a una de las chicas de Los Goonies (la ya cuarentona Martha Plimpton) me llegó el primer presentimiento funesto sobre lo que vendría. Debo decir que me quedé corto. La película está diseñada para seguir explotando -mientras les dure el filón- a una figurita de moda entre las adolescentes, como es el inglés Robert Pattinson (sí, el insufrible vampiro Edward de la saga Crepúsculo). Lo indignante de estos melodramas románticos es que no se detienen ante nada (no existen aquí mayores escrúpulos éticos ni morales en el tratamiento de algunos temas delicados), con total de dejar a la platea femenina anegada en lágrimas. Se nota –y da vergüenza ajena que se note- que el desubicadísimo final fue lo primero en ser concebido, incluso antes que la línea argumental o los mismos personajes. La palabra manipulación cobra un nuevo sentido en este caradurísimo filme dirigido por el veterano realizador televisivo Allen Coulter (Los Soprano, Damages, Sex and the City, etc.) que hace aquí su tardío debut cinematográfico.

    El guión de Will Fetters desarrolla su historia de amor con recursos trillados, diálogos presuntamente perspicaces, bastante existencialismo berreta (en la línea de Gente como uno) y una sobrecarga de conflictos en sus personajes principales que la tornan excesiva. El trabajo de Fetters podría servirle a un estudiante de cine que intente aprender sobre narrativa por la claridad de su trama y sub-tramas. Lo normal sería que las partes se interconecten de una manera más armónica y fluida, pero lo “normal” muta en otra cosa. Esto es lo que se denomina un guión de manual...

    Cada personaje de Recuérdame cuenta con su drama personal y su correspondiente arco de transformación. El combo Motivación/Acción/Meta tan bien descripto por Linda Seger en sus libros de guión está potenciado como nunca. No existe la ambigüedad, todo es blanco o negro y los estereotipos arrasan con actores de probado oficio como Pierce Brosnan, Lena Olin o el pobre Chris Cooper (Oscar por El ladrón de orquídeas en 2003). Mejor parada sale la nena Ruby Jerins (encarna a la hermana del romántico y torturado héroe) y especialmente el comic relief que aporta Tate Ellington, que espeta sus textos con tanto lucimiento que se convierte en el mejor actor del drama por lejos. Por su parte Pattinson, si bien no deslumbra, sabe qué es lo que esperan de él sus fans (no por nada es uno de los productores ejecutivos) y castiga perfil de lo lindo. Su Tyler Hawkins mezcla violencia, culpa, dolor y melancolía en dosis parejas. Se trata de un primo menos pálido de Edward, seguramente más tolerable para quienes no comulguen en la misa crepuscular. La bella australiana Emilie de Ravin (la Claire de la serie Lost) no actúa mal pero hay un error de casting flagrante en la decisión de contratar a una mujer de casi treinta años para el rol de una chica que apenas ha dejado la adolescencia.

    Revelar más detalles sobre la trama sería arruinarle las “sorpresas” a los interesados/as, por lo que sólo contaremos que Pattinson es el triste hijo de un millonario enemistado con Dios y el Diablo por la pérdida de un familiar muy cercano. Ally, por su parte, es una víctima más de la inseguridad que habita en las grandes urbes y está tan dañada como él. Simplificando un poco: son tal para cual. La relación de ambos con sus respectivos progenitores ocupa buena parte del metraje y justifica la presencia de Brosnan (el padre workaholic y ricachón de Tyler) y Cooper (como el taciturno policía que sobreprotege a Ally). El contexto histórico es la carta escondida en la manga de un libreto tramposo, solemne y viciado de inverosimilitudes varias. Emociones prefabricadas se liberan como endorfinas en el cuerpo y el alma de cientos de ninfas cachondas que, ululantes, manifiestan su amor incondicional por un símbolo (ese pseudo Adonis británico) que, no nos engañemos, es la nada misma...
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  • Caso 39
    Caso 39
    CineFreaks
    Este apenas aceptable thriller sobrenatural rodado en el 2006 podría haber sacado un mayor rédito de haberse conocido antes que La huérfana. Dado que el excelente filme del catalán Jaume Collet-Serra le saca varios puntos de ventaja en todos los rubros, sólo nos resta concluir que el único motivo de su estreno es el filón comercial propiciado por estos niñitos portadores del "síndrome Damien". Curiosidad: Bradley Cooper -el más carilindo de los actores de Qué pasó ayer?- no la pasaba tan mal en una ficción desde la sesión de tortura a su personaje de Will Tippin en la serie Alias...
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  • Una noche fuera de serie
    Una comedia sumamente pasatista con algunos tibios arrebatos de humor es la que propone el siempre mediocre realizador Shawn Levy. La odisea del matrimonio Foster sólo interesa de a ratos, concretamente cuando la calidad interpretativa de sus actores principales logra hacernos olvidar que estamos en presencia de una fórmula que, sin ingenio ni innovación alguna, dispara blandamente ciertas verdades de perogrullo sobre el matrimonio, las responsabilidades paternas y la unión familiar. Mark Wahlberg jamás en su vida habrá ganado tanta plata por hacer tan poco...
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  • Fama
    Fama
    CineFreaks
    Volvé Alan Parker, te perdonamos...

    Resulta imposible no relacionar a Fama –tanto la película de 1980 como la serie derivada de la misma que se realizara entre 1982 y 1987- con un contexto histórico muy específico. El filme del ya por aquel entonces famoso Alan Parker había llegado para quedarse con su devastadora energía juvenil de la mano de un excelente plantel de actores (no sólo los más jóvenes sino también algunos veteranos como el ya fallecido Albert Hague). El guionista Christopher Gore había dado en la tecla al poner al descubierto todos los sueños, esperanzas, alegrías y tristezas de esos aspirantes a actores, bailarines y músicos que integraban el selecto New York City High School for the Performing Arts. La vida bohemia que uno podía anticipar en ese grupo de locos lindos durante los años 80 pegaría un giro dramático tremendo con el advenimiento del SIDA que le costaría la existencia al mismísimo Gore en 1988, y que generaría por su temática el musical Rent varios años después (aunque en verdad se trata de una versión moderna de La Bohème de Giacomo Puccini). Es indudable que las impresiones juveniles son las más duraderas: uno puede recordar montones de títulos que dejaron una huella por aquella época más allá de si el tiempo los destronó o no del sitial de honor en el que los colocamos. La nostalgia opera como si tuviera una mente propia y con la franquicia Fama esto se vuelve patente una vez más, dado que no se trata ni del mejor de los trabajos de Parker ni de la más brillante de las series de televisión. Simplemente fueron productos de una era altamente eficaces que con sus singularidades supieron conectarse con las necesidades del público. Los personajes principales y las canciones de Michael Gore –con especial lucimiento para el pegadizo tema homónimo ganador del Oscar y la balada también nominada "Out Here on My Own"- le proveyeron la identidad indispensable hasta gradualmente convertirse en objeto de culto.

    Fiel a sus preceptos Hollywood vuelve a reciclar viejas ideas para impactar en las generaciones contemporáneas con una Fama aggiornada al estilo MTv que no hará mella al compararla con la de 1980 por su escaso rigor para plantear los conflictos y desarrollarlos como se debe. La velocidad es aquí el enemigo público número 1 de un guión previsible y por demás deshilachado. El director debutante, Kevin Tancharoen, es un joven de apenas 25 años que viene trabajando para la industria desde adolescente como bailarín, coreográfo y productor/realizador de TV (DanceLife, 2007). La adaptación de Allison Burnett y la puesta en escena de Tancharoen han priorizado el ritmo por sobre cualquier otra cosa banalizando de esta forma la problemática adolescente que tan bien logró canalizar Parker en su momento. Si los números musicales compensaran en parte la pérdida de densidad dramática estaríamos hablando de un musical light en la senda de una High School Musical pero en esta obra lamentablemente no hay ni una escena memorable. Sí, ni una sola...

    Uno de los errores más evidentes del guión es no haber logrado darle consistencia y autonomía a cada período lectivo de los alumnos. En cuestión de minutos pasamos de las audiciones al “Freshman Year" (1er. año), "Sophomore Year" (2º año), "Junior Year" (3er. año) y "Senior Year" (último año) sin lograr hacer una descripción válida entre ellos. Las mismas limitaciones corren para los personajes de Jenny (Kay Panabaker), Marco (Asher Book), Denise (Naturi Naughton), Victor (Walter Perez), Malik (Collins Pennie), Alice (Kherington Payne), Neil (Paul Iacono), Kevin (Paul McGill) y Joy (Anna Maria Perez de Tagle). Los actores aportan su frescura, calidad (Payne es una excelente bailarina y Book y Naughton dos cantantes consumados) y buenos recursos expresivos pero los estereotipos que construyó Allison Burnett nos les permite levantar vuelo ni siquiera en sus pequeños instantes de lucimiento personal. Del elenco original sólo repite una desconocida –por lo obesa- Debbie Allen quien encarnara a la profesora de danza Lydia en el filme y la serie de los 80, mientras que ahora interpreta a la directora del colegio. La esbelta imagen de Allen de hace tres décadas y la decadencia física que revela en la actualidad no denota solamente el despiadado transcurrir del tiempo: he aquí una metáfora perfecta que se puede hacer extensible a un musical que nunca debería haberse revisitado (no así, al menos). La voracidad comercial de Hollywood lo hizo otra vez... ¿hasta cuándo?
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  • Vivir al límite
    Como carece de una trama tradicional que le inyecte intriga e interés, este filme de la genial Kathryn Bigelow se ve reducido a un sinnúmero de episodios bélicos minimalistas narrados desde un ángulo atípico para el género (no abundan historias sobre desmanteladores de bombas en el cine). Pese a la acostumbrada garra de la talentosísima directora de Cuando cae la oscuridad el periplo de la Compañía Bravo se hace eterno por lo moroso del enfoque escogido por el guionista Mark Boal. Las decisiones tomadas delatan la intención general de no acometer el proyecto con las armas habituales y eso merece cierto respeto. No obstante, el experimento funciona mejor como estudio de caracteres antes que como relato de acción o como vehículo reflexivo sobre la política exterior de los Estados Unidos. Inasible en muchos aspectos, Vivir al límite juega sus cartas a su modo. Que cada uno saque sus propias conclusiones al respecto...
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  • Papás a la fuerza
    Cuando la risa deviene en llanto...

    Con tamaña carrera a sus espaldas causa un poco de extrañeza que los caminos de dos estrellas como Robin Williams y John Travolta se hayan cruzado recién ahora. Hombres maduros ambos, con la mayor parte de su filmografía ya desarrollada y consolidada en Hollywood, no han tenido mejor idea que coprotagonizar una comedia familiar producida por la factoría Disney que acaba de conocerse en la Argentina con el adocenado título de Papás a la fuerza. Esta segunda colaboración de Travolta con el director Walt Becker, tras la mucho más lograda Rebeldes con causa (Wild Hogs, 2007), es evidentemente una muestra de film “fatto in casa”: la mujer del actor de Fiebre de sábado por la noche, Kelly Preston, forma parte del elenco como así también su pequeña hija Ella Bleu. No obstante, aparece un tercer miembro del clan en los créditos: la obra está dedicada a la memoria de Jett, el hijo mayor de esta popular pareja del jet set hollywoodense que falleció en enero de 2009 cuando sólo contaba con dieciséis años de edad. Otro episodio luctuoso resultó la desaparición física del comediante de color Bernie Mac que apenas si participa en un par de secuencias de este paupérrimo simulacro de comedia sobre dos amigos cincuentones –y solterones- obligados a cuidar de un par de críos sin tener la menor pista de cómo hacerlo...

    La premisa de la historia es pura fórmula y de a ratos recuerda a esas obras que pergeñara el francés Francis Veber en la década del ’80 con Los compadres (el mismo Williams fue uno de los intérpretes de Un papá de sobra, la remake estadounidense) y Los fugitivos a la cabeza. La diferencia básica entre ellas está claramente vinculada con la inspiración y el ingenio. Estas cualidades solían desbordarse de las películas de Veber fortalecidas, además, por la superlativa tarea de la pareja despareja que conformaban Pierre Richard y Gérard Depardieu. Papás a la fuerza fracasa en todo sentido por varios motivos. En primer lugar, los únicos gags realmente graciosos son los que aparecen en el trailer. Quien lo haya visto vaya sabiendo que la diversión se termina ahí. En segundo lugar, el director confunde timing y ritmo narrativo con una aceleración tan artificial como irritante: las situaciones se encadenan sin ningún sentido a la velocidad de la luz. Tal vez para que nadie se percate del patetismo que nutre a cada escena... Por último, aún cuando se trata de actores calificados, tanto Williams como Travolta se pasan de rosca en su intento por transmitir simpatía y buena onda. Particularmente éste último no puede impedir caer en una molesta sobreactuación sólo superada por el imbancable de Seth Green (a quien, nobleza obliga decirlo, se le debe la mayor risotada del filme por la escena en el zoológico... incluida, desde luego, en el trailer).

    El guión de David Diamond y David Weissman es de una precariedad absoluta y mezcla las torpes payasadas slapstick (el humor físico) de estos compañeros de toda la vida –en lo personal y en lo laboral dado que son los responsables de una empresa de marketing deportivo- con los típicos toques sentimentaloides que son parte vital del estilo de los estudios Disney. Apresurada, burda y con el deficitario doblaje al español de siempre a estos Papás a la fuerza más vale perderlos que encontrarlos. Y sí, esta comedia es una lágrima...

    Dato de color: Kelly Preston y Lori Loughlin, interés romántico de Travolta en el film, fueron las protagonistas de Admiradora secreta (Secret Admirer, 1985), una grandiosa comedia adolescente dirigida por David Greenwalt con guión del injustamente subvalorado Jim Kouf (Río de locura, Dos policías al acecho, Hidden, lo oculto; etc.).
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  • Asesino Ninja
    Asesino Ninja
    CineFreaks
    Una aventura de artes marciales y acción gore correctamente ejecutada, con personajes muy livianitos (por no decir inconsistentes) y un guión tan hueco como intrascendente. Muchos detalles inverosímiles impiden tomarse este relato ni mínimamente en serio pero las coreografías, el dinamismo del montaje y la contundencia de los efectos ayudan a que el asunto se tolere mejor. Cuestión de gustos, señores...
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  • Halloween 2
    Halloween 2
    CineFreaks
    Como director Rob Zombie demostró poseer una capacidad fuera de lo común para fusionar su amor por el cine slasher con la estética fílmica de los setentas. Funcionó a la perfección en Halloween, el comienzo porque había una historia por contar y un background tan importante como la mítica Noche de brujas de John Carpenter que le sirvió de inspiración. En esta nueva Halloween II, Zombie decididamente perdió la brújula. Psicología barata, visiones oníricas propias de una telenovela hiper berreta y los personajes sobrevivientes de la precuela que ahora son insoportables configuran una obra muy floja en su primera mitad que sólo despierta interés de a ratos y apenas provoca alguna tibia reacción cuando llega el intenso final. La menos odiable del elenco es Danielle Harris (Annie, la hermana de la protagonista): esta joven veterana viene transpirando la camiseta desde la saga original dado que era la sobrina de Michael Myers en Noche de brujas 4 y 5. Lamentablemente, la primera decepción del año...
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  • Enamorándome de mi ex
    Amores que vienen y van...

    Nancy Meyers se fue forjando un estilo propio desde los años en que trabajaba codo a codo produciendo y escribiendo junto a su ex marido Charles Shyer. El interés de esta directora pasa claramente por las relaciones interpersonales en ámbitos cotidianos, familiares y por lo general de clase media tirando a alta. Siempre se ha destacado en la creación de personajes femeninos fuertes para el lucimiento de grandes actrices de Hollywood. De hecho, de su primera etapa como guionista y productora Goldie Hawn le debe uno de sus mayores sucesos: la castrense La pícara recluta (Private Benjamin, 1980). Otra que salió beneficiada por el toque feminista de Meyers fue Diane Keaton con la comedia ¿Quién llamó a la cigüeña? (Baby Boom, 1987). Más allá de que los directores fueran otros (el fallecido Howard Zieff en la primera y el mismo Shyer en la segunda) se percibía con nitidez la presencia de una mujer detrás del proyecto. Tras varias producciones irregulares como El padre de la novia partes 1 y 2, (de 1991 y 1995, respectivamente) y Uno contra otro (I Love Trouble, 1994) a Meyers le llega la hora de dirigir con el típico producto Disney Juegos de gemelas (The Parent Trap, 1998). Tras este filme ATP llega la etapa más reconocida con Lo que ellas quieren (What Women Want, 2000), indagación del “alma” femenina a través del macho cabrío compuesto por Mel Gibson; el discreto romance otoñal Alguien tiene que ceder (Something`s Gotta Give, 2003) con la pareja Diane Keaton/ Jack Nicholson y por último la propuesta más “juvenil”: El descanso - El amor no se toma vacaciones (The Holiday, 2006), con el cuarteto integrado por Cameron Diaz, Kate Winslet, Jack Black y Jude Law.

    Enamorándome de mi ex (It’s Complicated) sintetiza a la perfección los pros y los contras de esta realizadora sesentona: personajes de mediana edad conflictuados por las canas que refleja la imagen en el espejo y por la consecución frustrada de alguna meta (llámese laboral, amorosa o de cualquier otra índole), diálogos muy certeramente construidos, mucho sentido del humor, casi nada de originalidad y una cierta tendencia a dejar en el montaje final más de una escena descartable estirando así la duración en demasía… Por suerte para ella esta vez contó con un trío actoral de enorme aptitud para la comedia con ganas de divertir y de divertirse. La química entre la aquí fascinante Meryl Streep y el magnético Alec Baldwin convierte a esta película en una delicia de principio a fin pese a los típicos titubeos estructurales que suelen delatar a Nancy Meyers en el sillón del director. El tercero en discordia, el inmenso Steve Martin, se acopla con sutileza y excelente timing a la pareja principal propiciando una auténtica fiesta actoral que se disfruta con una permanente sonrisa en los labios.

    La historia presenta una amena aproximación a la comedia clásica con algo de rom-com al tiempo que posibilita un regreso con gloria a esas tramas de parejas separadas que al reencontrarse por algún motivo, vuelven a sentir la pasión reverdecida. La Streep interpreta a Jane, cincuentona divorciada de Jake (Alec Baldwin) desde hace un década. Mientras que su ex ha vuelto a formar una familia junto a la mucho más joven Agness (Lake Bell), Jane sólo vive para su trabajo como repostera y para mimar a sus tres hijos (Hunter Parrish, Zoe Kazan y Caitlin Fitzgerald) que ya han abandonado el nido materno. Claro que bastan un par de cruces con Jake en reuniones sociales organizadas por algunos amigos en común para que el amor vuelva a hacer de las suyas con las complicaciones lógicas. Y no sólo por la esposa de Jake sino también por el maduro arquitecto (Steve Martin) que le anda arrastrando el ala a esta especialista en croissants rellenos de chocolate…

    Lo bueno de Meyers es que, aunque resulte un exceso, no duda en tomarse todo el tiempo necesario para ir desarrollando con verosimilitud esta relación extramarital de dos personas que, irónicamente, en otra época fueron esposos. Adam, el profesional que anima con extraña mesura Steve Martin, entra y sale de escena en la primera mitad para ir cobrando mayor cuerpo en la segunda a partir de la cena que comparte con Jane. Lo curioso de este triángulo amoroso es que el guión –excepto en la hilarante secuencia de la notebook promediando el desenlace- no lo requiere para generar conflictos. Meyers se basa solamente en el trazado de los personajes y en la forma que se relacionan unos con otros. La manera en que el yerno de la pareja termina enterándose de sus encuentros furtivos, y se ve involucrado en el engaño al resto de la familia sin quererlo es tan obvia, por el recurso empleado, como brillante por el desempeño del comediante John Krasinski (uno de los empleados de The Office).

    Enamorándome de mi ex funciona como un reloj por sus actores y aunque no es una gran comedia romántica acierta en el tono humorístico para atrapar a los pocos incautos que todavía se toman medianamente en serio estas diletantes disquisiciones sobre el ser hombre y el ser mujer en esta sociedad alocada en la que vivimos. Y sí, Meyers no es Bergman pero como entretener entretiene…
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  • Top Gun
    Top Gun
    CineFreaks
    “Joven: si tienes entre 18 y 25 años…”

    Vista en retrospectiva se puede concluir sin faltar a la verdad que una película como Top Gun: Reto a la Gloria causó más daños que beneficios en términos puramente cinematográficos. Comercialmente nadie osaría rebatirle su bien ganado cetro de campeona de la taquilla: en 1986 lideró el Box Office superando por muy poco a una tapada como Cocodrilo Dundee. Nada raro, por otra parte, viniendo del exitoso tándem de productores integrado por Don Simpson y Jerry Bruckheimer que ya había acertado dos plenos con Flashdance y Un detective suelto en Hollywood. Top Gun: Reto a la Gloria tuvo un presupuesto de 15 millones de dólares logrando recaudar solamente en territorio estadounidense unos 176 millones sin contar los ingresos por la venta del filme al mercado del video y la televisión. Una cifra apabullante, impresionante.

    La elección del británico Tony Scott como director del proyecto fue la clave para que se convierta en un relato de acción predominantemente visual que influyó notoriamente en la industria de Hollywood. Recordemos que Tony era un veterano del spot publicitario tal como lo había sido su por entonces más famoso y prestigioso hermano Ridley allá por los ‘70s. El estilo para encuadrar, iluminar y editar de los hermanos estaba tan asociado con la estética de la publicidad que prácticamente revolucionaron el medio en unos pocos años. Otros artesanos ingleses cuyo oficio les delataba su origen publicitario son Adrian Lyne (Flashdance) y Alan Parker. De todos ellos el más pirotécnico ha sido Tony Scott: Un detective suelto en Hollywood 2, Días de truenos, El último boy scout, Escape salvaje, Marea roja, Enemigo público, Juego de espías, Hombre en llamas, Dominó, Deja vu e Imparable hablan por sí solas… La puesta cuidada al detalle, la sucesión de planos montados a un ritmo vertiginoso, la profusión de filtros de todo tipo y la mala costumbre de no dejar quieta la cámara ni por un segundo inspiró a una cierta cantidad de jóvenes “talentos” con el lamentable Michael Bay a la cabeza. Un legado que no esperen que agradezca porque va en contra de todas mis creencias de lo que debe ser una historia bien narrada. Esta gente literalmente inventó el cine clipero con todos su vicios y (escasas) virtudes. Los hijos dilectos de la MTv habían llegado para quedarse…

    Pero el análisis de Top Gun: Reto a la Gloria no puede terminar ahí dado que existen muchos otros factores que la complejizan pese a su falsa fachada de producto simplón y fácilmente digerible. La película no oculta sus intenciones panegíricas para con la Fuerza Aérea de su país en un momento clave de la política reaganiana (últimos años de la antinomia con la Unión Soviética antes de la Perestroika y el cese de la Guerra Fría). Al estudio productor (Paramount Pictures) no le ha temblado el pulso a la hora de ofrecerle al público un ejercicio de propaganda al servicio del Tío Sam con amplias repercusiones hasta el día de hoy. Sepan que Top Gun: Reto a la Gloria ha reclutado más voluntarios para las Fuerzas Armadas que cualquier convocatoria abierta con este fin. De hecho, hasta en la Argentina utilizaban el clásico leit motiv de Harold Faltermeyer como cortina musical mientras la voz del locutor televisivo anunciaba: “Joven: si tienes entre 18 y 25 años alístate…”. No nos engañemos: este es el primer objetivo del filme. El entretenimiento viene a continuación, como por inercia. Es imposible tomarle algo de estima a un producto generado con este propósito. Yo, al menos, confieso no poder hacerlo…

    Las contradicciones, no obstante, se plantan desafiantes sin temor al que dirán cuando, pese a todo, me veo en la obligación de aceptar que estamos ante uno de los dramas de aventuras más iconográficos de la década del ’80. Uno con el argumento más chauvinista que se recuerde pero también con una serie de referencias a la cultura pop de la época que simplemente no pueden soslayarse. Tom Cruise en su apogeo (¡tenía 23 años!) con el rol que lo consagrara definitivamente. Una Kelly McGillis increíblemente hermosa como el interés romántico de Tom y un elenco secundario que sorprende por la preeminencia de sus nombres: Anthony Edwards, Val Kilmer, Meg Ryan, Adrian Pasdar, Tim Robbins, John Stockwell, Michel Ironside y Tom Skerritt. Y por encima de todo una poderosísima banda de sonido que en mi opinión es infinitamente mejor que la película (si la comparación fuera lícita). El Oscar para la canción “Take my Breath Away” fue tanto un acto de justicia pese a la fuerte competencia de ese año ("Glory of Love" de Karate Kid 2; "Mean Green Mother From Outer Space", de La Tiendita del Horror; "Somewhere Out There", de Faivel, un cuento americano y "Life in a Looking Glass", de Así es la vida) como una consecuencia lógica a la calidad suprema del soundtrack, también producido (¡obviamente!) por Simpson / Bruckheimer que ya habían amasado una fortuna incalculable con el álbum de Flashdance.

    A 25 años de su estreno mundial Top Gun: Reto a la Gloria regresa a las salas argentinas gracias a la gestión de una web colega enamorada de estas películas retro con las que crecimos toda una generación. Aunque claramente la obra de Tony Scott no alcanza las cimas de Volver al futuro u otros títulos característicos de similar envergadura su reposición en una copia digital de excelente imagen y sonido merece ser apreciada aunque más no sea en honor a la nostalgia. Mientras tanto El Padrino y Caracortada ya se asoman en el horizonte. Ojalá que eventualmente se sumen a la cartelera otros clásicos del cine que muchos deseamos disfrutar en pantalla grande y buena compañía…
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