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Imagen del crítico Daniel Castelo
Daniel Castelo
  • Cantidad de críticas: 119
  • Promedio: 57%
  • Críticas favorables: 77/119 (65%)
  • Críticas desfavorables: 42/119 (35%)
  • Diferencia absoluta: 17%
  • Amour
    Amour
    Infonews
    "Amour", un film sin anestesia sobre la vejez y la muerte

    Michael Haneke, el director de "La cinta blanca" vuelve con una historia dura y dolorosa. El film tiene varias candidaturas a los premios Oscar, entre ellas Mejor Película y Mejor Actriz. Una obra superior de un realizador imprescindible.

    Sabemos que Michael Haneke es un realizador que en cada una de sus producciones buscó y sigue buscando alejarse de la medianís narrativa y la simpleza conceptual, desde su cuasi iniciática Benny`s Video hasta sus opus más destacados, como la escabrosa, inquietante y demoledora Funny Games o esa obra maestra del dolor y la procesión interna titulada La pianiste, con el protagónico de Isabel Huppert.

    Aquí, también con una participación de Huppert, en Amour, título con varias nominaciones al Oscar (entre ellas Mejor Película y Mejor Dirección) Haneke cuenta una historia llana y cotidiana: la llegada impiadosa de la vejez más cruel a una pareja de ancianos, y en la que ella, Anne, recibe la peor parte, la de la enfermedad y lo inexorable del dolor terminal.

    El atropello que sufre el cuerpo y la cabeza de Anna (Emmanuelle Riva) acompaña la narración, que va desde una mañana en que la mujer sufre una laguna de unos segundos, momento que inicia un derrotero de fatalidad inexorable, para ella y para su marido (enorme Jean Louis Trintignant).

    El director de la aclamada La cinta blanca (que perdiera su Oscar frente a El secreto de sus ojos allá por 2010) viene en este caso a presentar un film que elige no dejar de decir ni mostrar aquello que la vejez conlleva en el más de los casos: una descomposición física y mental irreversible, en algunos casos lenta y agónica, en otros veloz y salvaje. Haneke, haciendo gala de todo aquello que demostró durante años, escupe verdades clínicas con ojo cinematográfico, clava el bisturí en el dolor ajeno y lo vuelve carne de celuloide en dos horas que son una clase de cómo contar una historia trágica sin temerle al golpe bajo pero con una honestidad intelectual y narrativa envidiables.

    Las performances de Trintignant y Riva son antológicas, un decálogo del buen actor, del artesano de la expresión. Detrás de cámara, junto al texto, con la mira clavada en la certeza del relato, se lo reconoce al padre de la criatura, un artista de peso que sigue haciendo guerrilla desde la carne viva y el cine en estado puro.
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  • Lincoln
    Lincoln
    Infonews
    Steven Spielberg cuenta una epopeya americana

    El realizador estadounidense retrató en este film multinominado al Oscar los últimos meses de vida del legendario presidente de su país. Una película solemne pero directa en su discurso, que llega en un contexto político como el que viven los Estados Unidos.

    Steven Spielberg ha transitado a través de su cine la historia de los Estados Unidos en contadas ocasiones. Una de ellas fue con Amistad, un película menor. La otra fue cuando filmó ese buen trabajo sobre la cuestión negra, El color púrpura, que a mediados de la década del ´80 le valió tantas nominaciones al premio Oscar como frustraciones, en una noche que no le deparó ni una sola de las once estatuillas a las que aspiraba. Pues bien, este año, según parece, la Academia ajusticiará la obra del Spielberg historiador, gracias al film del más célebre de los presidentes estadounidenses.
    Daniel Day Lewis, en una actuación soberbia
    Lincoln cuenta la historia de los últimos cuatro meses en la vida de uno de los mandatarios más icónicos del gran país del norte,. en lo que se ubica como un relato con dosis de thriller en torno a la guerra civil y la lucha personal de don Abraham por terminar con la esclavitud en todo el territorio.
    La impotencia por no poder concretar lo que dictaminó sin mayores posibilidades fácticas de llevarlo a cabo es la gran línea que atraviesa al film, al argumento de una biopic que no busca ir más allá de lo puntual, lo cual hace que el relato gane en dinamismo, más allá de tratarse de una narración por momentos cargada en densidad discursiva y a la que le falta mucha de la pericia que Spielberg demostró a lo largo de cuarenta años de trayectoria.
    Podría decirse que el director de Tiburón e Indiana Jones se puso demasiado solemne, que volvió a optar (como en Amistad) por el diálogo y la descripción obvia por sobre la imagen, que necesitó poner a lo textual oral como mandamás de una historia que se escribió con sangre pero también con textos constitucionales, juristas, legisladores. La espada, la pluma y la palabra.
    Lincoln, más allá del trabajo de un realizador serio, formal y cortés, es más que ninguna otra cosa una nueva oportunidad para encontrarnos con una formidable interpretación de Daniel Day Lewis, quizá el gran actor que han parido los Estados Unidos en los últimos treinta años. Otra labor soberbia, con la caracterización del que elige actuar en lugar de imitar.
    No está ni de lejos entre los trabajos más destacados del padre de E.T. pero sí tiene los ingredientes clave para ubicarse como un film necesario en un contexto político confuso como el que atraviesa el país más poderoso del mundo, con una población dividida entre quienes adhieren a la Casa Blanca y quienes la miran como si se tratara de un nuevo eje del comunismo internacional.
    Lincoln, siendo un largometraje correcto promedio en su factura y herramientas cinematográficas, no deja de ser una buena oportunidad de poner blanco sobre negro en cuanto a cuestiones históricas que no parecen del todo resueltas. Ahí es donde vale.
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  • Django sin cadenas
    Tarantino más clásico que nunca

    Con Leonardo Di Caprio y el gran Christoph Waltz, el director de "Pulp Fiction" y "Bastardos sin gloria" volvió con todo pero a caballo, en un homenaje clásico al género del western, pero fiel al estilo que marcó a fuego al nuevo cine de Hollywood.

    Quentin Tarantino lo hizo de nuevo: una película con estiletazos posmodernos, basada en originales hechos por otros y a la vez transformados en obra personal, en estilo del no estilo. El director de Pulp Fiction estrena su película más clásica, con la estructura que ya le vimos en Bastardos sin gloria pero con una madurez narrativa distinta aunque tan elocuente como siempre.

    Foxx y DiCaprio en una escena del film
    Foxx y DiCaprio en una escena del film

    La trama gira en torno a un esclavo, Django (Jamie Foxx) que es comprado por un cazador de recompensas alemán (Christoph Waltz) para que lo lleve hasta el botín que tiene entre ceja y ceja: la captura de un par de asesinos. Según su promesa, una vez que de con ellos liberará a Django, aunque la relación que entablan ambos dispara mucho más que ese mero trámite.

    Django también tiene un objetivo, liberar a Boomhilda (Kerry Washington), su esposa, a quien perdió en el mercado de esclavos años atrás.

    El hombre que en la década del 90 pateó el tablero del mainstream a fuerza de bordear los extremos y poner en primer plano lo que suele quedar fuera de cámara, volvió a la pantalla grande con su producción de tono más clásico. No sólo porque Django Unchained es un enorme homenaje al western (quizá el género paradigmático de Hollywood, junto a la comedia musical) sino también porque se trata de una obra formalmente compuesta con ese tono, el de los clásicos sin edad.

    Visualmente, Tarantino continúa la línea que ha transitado siempre, vertiginosa en las secuencias de acción, con la violencia exacta y precisa que el guión ordena. El guión, amo y señor de la carrera de un realizador que ametralla de certezas al público, que sopapea a los desprevenidos con acción animal y sangre de diseño (Mr. Quentin trabaja con el mismo equipo que le "fabrica" la sangre artificial desde su primer film).

    La primera media hora de Django... es cine clásico en estado puro, un western que podría estar protagonizado por Clint Eastwood o el mismísimo John Wayne en sendas versiones filo progresistas. El resto, más de eso y más del Tarantino style, incluso con algunos pasajes que remiten a Perros de la calle, en la forma en que la cámara esquiva lo explícito, el gore, y elije el fuera de campo. Efecto retro en todos los sentidos, en medio de una época en la que el cine opta una y otra vez por la cámara quirúrgica, con las tripas al viento y lo explícito como norma.

    En ese marco, es fundamental lo de Christph Waltz, que enamoró a la cinefilia universal en el film anterior de Tarantino, Bastardos sin gloria, y que acá reafirma que es uno de los grandes nombres de la actuación estadounidense. Por su parte, Jamie Foxx hace lo suyo y Leonardo Di Caprio no se queda atrás, como un villano más que bien logrado.

    Una vez más, Tarantino ratifica que está al frente del cine que dio vuelta la hoja de la historia de Hollywood. A pura muerte, a todo gramo.
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  • Ralph: el demoledor
    Lo nuevo de Disney viene pixelado

    El villano bueno de un antiguo videojuego protagoniza esta historia de aventura y mucho humor con toques retro. La animación está de fiesta.

    La factoría Disney abre el año de estrenos en los cines de Argentina con una aventura que se ubica con comodidad entre lo mejor de su producción reciente. Ralph el demoledor es cine de animación de alta gama, montado sobre el amor por lo retro y con el clic puesto con notable certeza en el gusto promedio del público.

    El Ralph del título es el personaje de un videojuego ya antiguo, pixelado, con una estructura y estética similar a la del Donkey Kong y similares, de esos que causaban furor en la década del 80 y que hoy son objeto de adoración por parte de coleccionistas y cultores de todo aquello que remita al concepto de que todo tiempo pasado fue mejor. De ese contexto, lo retro, lo que ya pasó, es que se escapa Ralph en busca de algo de reconocimiento, cansado de ser el villano del videogame.

    Arrastrado por su travesía, el atropellado antihéroe que protagoniza la historia termina condecorado en un videojuego de guerra y luego parte de una aventura pop para teenagers.

    Así es que "el demoledor" se transforma en pocos minutos en el accidentado copiloto de una niñita de carácter insufrible casi a cargo de una situación que aumenta en delirio a medida que avanza el relato.

    Esta nueva producción de la Disney recobra parte de lo más refrescante de lo que fueron sus grandes éxitos junto a Pixar, además de plantarse con un nivel de animación superior en todos los ítems, lo cual, si bien no es noticia en el mundo de la industria de los "dibujos animados", vale remarcarlo porque el resultado visual es de alto impacto.

    El relato es ágil, con numerosos guiños para los jóvenes y sobre todo para los adultos que se acerquen a las salas. El amor por lo retro está presente de principio a fin, incluso con el detalle de que algunos de los personajes se mueven pixelados en pantalla, con la dureza propia de las animaciones de décadas atrás.

    Ralph el demoledor es un gran comienzo de año para el cine de animación, para las propuestas de la Disney y para la cinefilia en general. Una de esas opciones que deleitan a padres, hijos, sobrinos y todo aquel que se le anime a la propuesta.
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  • El Hobbit: Un viaje inesperado
    Peter Jackson volvió a recrear el universo Tolkien

    Menuda tarea la de Peter Jackson, estar a la altura de su propia obra maestra, esa trilogía definitiva sobre El señor de los anillos, a su vez el texto paradigmático de J.R.R. Tolkien. En ese marco, fue casi un gesto heroico el haber encarado la filmación de El Hobbit después de que Guillermo del Toro le tirara encima el fardo tras haber tropezado con una producción en la que en ningún momento logró cuajar.

    Así es que una década más tarde de haberse introducido en el universo de los elfos, los enanos y los orcos, Jackson continúa con El Hobbit por el camino de la aventura mítica. En este caso, el foco no está puesto en Frodo sino puntualmente en las aventuras vividas por un joven Bilbo Baggins (Martin Freeman), mucho antes de ser el anciano que conocimos en la trilogía original.

    La travesía del personaje en cuestión consiste en haber sido arrastrado a la riesgosa aventura de reclamar el Reino de los Enanos de Erebor, conquistado tiempo atrás por el mortífero dragón Smaug. El derrotero de nuestro antihéroe es acompañado nada menos que por el mago Gandalf (Ian MacKellen) y un grupo de aventurados enanos liderados por el guerrero Thorin.

    Lo nuevo de Tolkien según Jackson, que llega con el atractivo de una versión digital de altísima definición, a 48 cuadros por segundo (lo habitual son 24) tiene como priincipal punta de lanza el trabajo visual, impactante, que incluso logra superar a lo ya conocido.

    Quizá los fanáticos más acérrimos del autor de las máximas épicas de la literatura fantástica se revelen contra la forma en que el realizador unió a esta historia con la contada en torno al anillo. El haber carecido de los derechos de la novela "El Silmarillón" le entorpeció un poco la tarea, pero para el público masivo el link entre ambos relatos es coherente y logra una fluidez merecida para un texto que podría haber resultado farragoso. Son dos horas y media de cine en estado puro, aventura imponente y gallardía narrativa.

    De la misma manera, el trabajo de diseño de producción (construcción de los mundos que vemos en pantalla) a cargo de Dan Hennah, el mismo de las otras tres películas, es superior a todo lo que hayamos visto hasta el momento, una (re)creación obsesiva que se complementa de forma magistral con un batallón de efectos visuales que alcanzan la perfección en todo momento.

    Un párrafo aparte merece, otra vez, Gollum, verdadero prodigio de la técnica visual. El ser animado que representa en la cosmogonía de Tolkien una de las caras más perversas del mal tiene aquí un regreso a la pantalla a la altura del peso que tiene en la historia, además del atractivo que genera en los espectadores y, más que nada, del peso que tiene a la hora del corte de entradas en las boleterías.

    La dupla de literatura y cine más productiva en términos de arte y taquilla, está de vuelta. Tokien-Jackson, Jackson-Tolkien, volvieron a unir fuerzas y el resultado es óptimo. A disfrutar.
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  • Locos por los votos
    No hay demasiado en esta comedia sobre la política estadounidense que un par de buenos momentos y algunas referencias bastante obvias a la lucha por el poder. Tenemos en escena a dos candidatos a congresista, Cam Brady (Will Ferrell) y Marty Huggins (Zach Galifianakis), que se sacan los ojos en una campaña desaforada por obtener el voto de los electores. Por ahí pasarán operaciones de prensa sin escrúpulos, así como declaraciones altisonantes y dirigidas a un público sin mayores exigencias que una brillosa bandera flameante y algún que otro llamamiento al nacionalismo retardado.

    Desde el lugar de la crítica punzante, The Campaign se queda corta, apelando a un humor socarrón, que por comparaciòn hace de la reciente El dictador una obra superior. Jay Roach (el mismo de la saga Austin Powers) dirige con oficio un guión de fórmula que combina buenas ideas puntuales con un tono general de poco vuelo. Por su parte, Will Ferrell y Zach Galifianakis repiten los tics de los personajes que ya vienen encarnando hace varios años, lo cual es tanto una apuesta sobre seguro a la hora de lo efectivo, como una reiteración demasiado predecible.
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  • Frankenweenie
    Con una larga y fructífera carrera sobre sus espaldas, el director Tim Burton vuelve a sus primeros amores y estrena la versión largometraje de su segundo trabajo, de 1984, en aquel entonces realizado en stop motion y ahora con una frenética animación digital en 3D. Apoyado sobre su cinefilia militante y sus referencias siempre presentes al terror clásico (Christopher Lee es una de las voces del elenco), Frankenweenie confirma que la oscuridad conceptual para toda la familia y el esteticismo visual como punta de lanza son bases más que honestas para montar sobre ello una obra cinematográfica que sobrevuele la medianía general de la industria.

    Tras la inesperada muerte de su perro Sparky, el niño Victor emula a un tácito Dr. Frankestein y logra hacer resucitar al pichicho, aunque con algunos desajustes en el resultado final, sobre todo porque el can en cuestión sale a la calle y transforma al pueblo en un escenario de situaciones que van del disparate al terror. Con esta historia simple y una maquinaria visual de alta definición, Burton tiene suficiente como para impactar y confirmar que sigue siendo parte de lo mejor del mainstream de Hollywood; un autor que sabe hacer su negocio sin renunciar a los principios de un realizador de fuste. Mucho celuloide pasó bajo el puente de este auteur cincuentón con alma de niño, puede que por eso, a esta altura de su filmografía, esta revisión quizá (quizá) se ubique cómoda entre sus mejores trabajos.
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  • Luces rojas
    Luces rojas
    Infonews
    Sbaraglia y De Niro juntos

    Hacía muchos años que Robert De Niro no protagonizaba un film de suspenso (o un thriller, para ir más acorde a la clasificación shopping) que estuviera a la altura de su lugar en el mundo del cine. En ese contexto, Luces rojas es para el legendario actor un bienvenido regreso a las elecciones acertadas.

    La trama firmada por el español Rodrigo Cortés (el mismo de la muy atendible Buried) cuenta lo que sucede con dos científicos (Sigourney Weaver, Cillian Murphy) dedicados a investigar fraudes paranormales. En ese contexto, se produce el regreso estelar del hombre conocido como Simon Silver (De Niro), exitoso y popular personaje con presuntos poderes psíquicos, que representa no sólo un desafío superior, sino más que nada un peligro que crece segundo a segundo.

    La película pertenece claramente al suspenso clásico, gracias a un cast ajustado, un guión a tono con la prolijidad que exhibe visualmente la puesta, un villano intenso e interesante y un par de "buenos" con sus costados grises y una sombra de tragedia siempre al acecho.

    Se trata, eso sí, de un trabajo en el cual los personajes y sus perfiles son fundamentales para la narración de la historia. Los investigadores que encarnan Weaver y Murphy llevan el peso dramático de la trama durante el primer tercio de metraje, estableciendo los puntos que sirven como base de lo que vendrá luego. Ahí es donde entra el personaje de nuestro Leo Sbaraglia, como un farsante ("si se enteran que es argentino estamos en problemas", dicen por ahí) que sirve de introducción a lo que luego desplegará De Niro con su impecable Simon Silver.

    Luces rojas amerita una vuelta al género del suspenso en pantalla grande para los que lo habían relegado a los fin de semana en cable, o a la descarga al voleo de lo que se consiguiera en la web. Se trata de un film que parte de los buenos oficios y de una honestidad a la hora de ponerse detrás de cámara que no suele sobrar por esos lares de la gran industria y el american way. Y está Sbaraglia, el crédito local, que aporta lo suyo y comparte fílmico con el gran Robert. No es poca cosa como para un viaje hasta la sala más cercana.
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  • La casa del miedo
    Terror clásico en la remake de un film uruguayo

    La joven Sarah se encuentra junto a su padre y a su tío trabajando en la restauración de una vieja casa derruída a la que planean vender una vez terminada la labor de reciclado. Pero a poco de comenzar, la rubia protagonista se cruza con situaciones que le complican no solo la tarea sino la existencia misma. ¿Casa embrujada, ocupantes al acecho o fantasmas irredimibles?

    La dupla de realizadores que hace casi una década parió la impactante Open Water (basada en su propia historia real) vuelve al ruedo con otro relato de horror, pero en este caso basado en una película uruguaya, La casa muda, opus de 2010 que trascendió por su buen mix de ideas cinematográficas y solidez narrativa.

    Lo que hicieron aquí Chris Kentis y Laura Lau es calcar estructura y formas, parados en una presunto plano secuencia (que no es tal, que denota el truco en varios momentos a lo largo de los 85 minutos de metraje), contando el cuento con oficio para el género y apelando a los pelos y señales históricos, que no por vistos en clásicos como The Haunting (y sus posteriores refritos) o la más reciente Rec, dejan de ser efectivos y apropiados para la ocasión.

    Silent House trabaja terror del bueno, con armas nobles más allá de algún engaño a la hora de plantear la historia y con una factura que logra provocar algo de ese terror que en otras épocas era rutina sentirlo en una sala de cine, y que hoy apenas aparece muy de vez en cuando en la pantalla grande.
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  • Tournée
    Tournée
    Infonews
    Una mirada francesa sobre el mundo del espectáculo

    Una mirada francesa sobre el mundo del espectáculo, pero no sobre el show business de alta gama sino sobre el profesionalismo de los que trabajan las rutas a pulmón y a propulsión de saltimbanquis. Este trabajo de buena factura visual y correcta estructura narrativa cuenta el derrotero de las New Burlesque Girls, una compañía de mujeres voluptuosas que emprende un tour por Francia, con la fantasía de conquistar París. Aunque claro, se sabe que no todo lo que reluce es oro y no todo lo que promete un productor es certeza.

    El relato que presenta el actor y director Mathieu Amalric es clásico, deudor en (pequeña) parte de cierta risotada fellinesca aunque más que nada del estilo del Hollywood artesanal, del que sabe refritar estéticas varias para plantear buenas puestas de escena en pos de un relato sólido.

    Con un buen guión, que retrata con justicia la pelea de los que elaboran el background del negocio del entretenimiento, Tournée es una mirada no piadosa pero sí querible y trabajada con ternura hacia los obreros del show business. A esto lo acompaña (o lo hace desde un lugar fundamental) un elenco de no-estrellas que aporta un puñado de personajes entrañables, todo bajo la atenta mirada de Amalric (a quien vimos como actor en Munich y la aventura de 007 Quantum of Solace), obrero del cine, escritor y también productor, que bien conoce la aventura de lanzarse a un proyecto que no siempre termina de buena manera y que puede sacar tanto lo mejor como lo peor del artista, algo que el film cuenta con notable sensibilidad.
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  • Terror en Chernobyl
    Otra de miedo cámara en mano

    Dos parejas chico-chica viajan desde los Estados Unidos a Europa con la idea de vivir su gran aventura continental. En medio de su estadía en Rusia, se ven tentados de visitar lo que alguna vez fue Pripyat, pueblo de trabajadores ubicado junto a Chernobyl, el gran ícono de los desastres nucleares de las últimas décadas.

    Sin embargo, y confirmando todas las suposiciones que pueden existir antes de asistir a la proyección del film, lo que iba a ser un breve paseo por una ciudad radiactiva, termina siendo una espeluznante estadía en un terreno hostil y con presencia de extrañas apariciones (un oso, niños que hacen su entrada triunfal en el momento menos esperado) colocadas con sabiduría para asustar al espectador neófito.

    Puede que Terror en Chernobyl asuste a los fanáticos de la saga Actividad paranormal (creada por el mismo guionista que este título que nos ocupa), puede que le atraiga a quienes se entusiasman con la estética de relatos contados cámara en mano para ofrecer algo de lo que logra provocar la narración ¿Necesitó Roman Polanski hacer temblar la cámara para que millones temieran a sus vecinos luego de ver El bebé de Rosemary?

    Un reactor nuclear y un poco de oscuridad en pantalla dan como resultado aquí apenas un poco de terror con pretensiones adultas pero resultado adolescente y deudor, para colmo, de largometrajes que hasta hace poco se conseguían en cualquier cadena de alquiler de videos con nulas pretenciones cinéfilas. Más de lo mismo.
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  • Amigos intocables
    Entrañable juego de dos

    Una larga fila de postulantes para cuidar a un hombre que se encuentra postrado en una sila de ruedas (François Cluzet), tiene como protagonista impensado a un joven desocupado (Omar Sy), que apenas se conforma con que le firmen el papel que indicará que se postuló a un empleo y le permita cobrar su subsidio por desempleo.

    Sin embargo, nuestro joven protagonista, que lleva una vida cotidiana con más sinsabores que alegrías, es quien realmente cae en gracia del ricachón malogrado, quie le apuesta a su nuevo empleado que no aguantará un mes trabajando para él, que renunciará antes. Poco tiempo pasa hasta que la relación entre empleados-empleado se transforma en una amistad sólida, en un tránsito hacia una vida un poco mejor para los dos.

    Basada en hechos reales, esta historia de amistad pese a la adversidad (todo un subgénero del cine) trabaja con fluidez y sin golpes bajos una historia que fuera de cuadro es más densa de lo que se ve en pantalla: un hombre postrado, con su cuerpo inutilizado y que que apenas puede mover los músculos de su cara.Más allá de el estado físico de uno de los personajes, aquí es donde radica el atractivo de una película que le da una vuelta de comedia liviana a un tema que hasta ahora ha visto tratamientos más extremos, desde el drama contundente de Mar adentro, aquel opus de Alejandro Amenábar con Javier Bardem hasta la comedia negrísima Aatra.

    Amigos intocables tiene todo lo que necesita un largometraje que quiere conquistar al gran público, con buenas armas logra redondear un film afable, de rápida digestión y querible, como sus personajes, que logran identificación inmediata sin tener que recurrir a la lástima o la piedad del espectador. No por nada, y sin mayores pretenciones narrativas o estéticas, se trata de la película francesa más taquillera de los últimos años. No sabemos qué opinará el viejo Jean Luc, pero por las dudas no lo consultemos.
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  • El camino del vino
    El sommelier que perdió el paladar

    ¿Qué le pasa a un experto en vinos, a un sommelier cuando pierde la capacidad de degustar la bebida que le da sentido a su vida? ¿Qué sucede cuando un especialista en catas no puede hacer uso de su paladar? De la misma manera que si un bailarín dejara de tener sensibilidad en las piernas, el experto Charlie Arturarola un buen día nota que no puede saborear los vinos que le dan a probar, que perdió el toque, el talento que lo caracterizaba. En medio de una crisis que le hace pensar si su lugar en el mundo sigue siendo el mismo que él creía, el sommelier antihéroe decide emprender la ruta que lo lleve a recuperar el oficio, a hacer resucitar a su paladar desaparecido.

    Un sommelier en apuros
    Un sommelier en apuros

    El debutante realizador Nicolás Carreras presenta una película única, no solo porque apuesta por contar una historia nada convencional para las estructuras a las que suele apelar el cine argentino, sino porque además lo hace desde un lugar de profunda originalidad, echando mano a lo que podría definirse como neorrealismo a la argentina. Charlie Artuarola es un reputado sommelier, los personajes que aparecen a lo largo del film (su esposa y el cocinero Donato De Santis, Michel Roland, Jean Bousquet, entre otros) también hacen de si mismos pero dentro de la ficción que sirve como marco.

    El film juega con algunas puntas del cine de suspenso, lo que la convierte en una pieza de trabajo fino, con pequeños elementos que al comienzo del relato dan pistas sobre lo que vendrá. El fatídico momento en que nuestro protagonista nota que "perdió" el paladar es nada menos que en medio del Masters of Food and Wine, evento que se realiza anualmente en Mendoza.

    ¿Qué debe hacer el experto? ¿Dar inicio a una farsa o confesar que no puede dar opinión? Más cerca de lo segundo que de lo primero, Charlie inicia un derrotero complejo y casi inabarcable en el que busca probar los mejores vinos del país para así "reeducar" a su malogrado paladar. "Dame a probar tu mejor vino", le dice a los responsables de las mejores bodegas del país.

    El camino del vino es un camino al redescubrimiento del oficio pero también del placer y el gusto por vivir como uno se propuso vivir. Carreras, que confirma la idea de que las nuevas generaciones de cineastas con apellido ilustre han logrado pequeñas proezas que elevan por mucho la calidad promedio de sus antecesores; allí están esos otros dos ejemplos, Luis Ortega y Armando Bo Jr. como ejemplos. En ese punto, estamos ante un película que, nada menos, aporta uno de los títulos más interesantes del cine local en 2012. Salud.
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  • Batman: el caballero de la noche asciende
    Un cierre de lujo

    Enorme responsabilidad tenía Christopher Nolan a la hora de ponerse al frente de la que sin dudas es la película más esperada en la historia del héroe encapotado después de lo que fue el film de Tim Burton en 1989. Podría decirse que, desde ese punto de vista, The Dark Knight Rises es la mejor noticia que podría habernos llegado desde las oscuras calles de Ciudad Gótica.

    La historia de esta tercera película de la saga dirigida por el realizador de Memento transcurre ocho años después del final del capítulo anterior. Bruce Wayne (Christian Bale) se encuentra recluído en su mansión, sin contacto con el exterior más que a través de su fiel mayordomo Alfred (Michael Caine) y alguna que otra visita obsesivamente filtrada. En medio de un clima de relativa tranquilidad en la city, a un homenaje al malogrado Harvey Dent lo sucede el violento secuestro del comisario Gordon (Gary Oldman), lo que se convierte en apenas el primer paso de la virulenta aparición del vilano de marras: Bane (Tom Hardy).

    La irrupción del nuevo foco del mal en Gotham obliga a Wayne/Batman a regresar al ruedo, momento en el que descubre que alguien más se encuentra transitando la noche de la ciudad enfundada en un traje negro, aunque desde el lado de la incorrección y la pillería: Catwoman (Anne Hathaway), la nueva vecina del barrio, la chica que hacía falta para que al bueno de Bruce se le complicaran un poco más las cosas.

    De esta manera es como da inicio el nuevo y definitivo derrotero de Batman, tan intrincado como los pasajes secretos de la "baticueva" que busca mantener oculta, al igual que sus armas, su formidable arsenal de grueso calibre y demás delicias hi tech administradas por el siempre leal Fox (Morgan Freeman). Así, a medida que avanza la trama, la situación puntual de nuestro héroe y de la ciudad que busca proteger se enreda y agiganta en problemas.

    El film más largo de todos los que tuvieron a Batman como protagonista (casi tres horas) es también el más denso desde lo argumental, el más elaborado en cuanto al guión y el que mejor sabe condensar y formular la relación héroe-vilano. No en vano este capítulo final de la saga es el más sólido desde aquel primer film con Michael Keaton y Jack Nicholson, definitivamente liviano en comparación con estas aventuras siempre al borde del desgarro y el estallido conceptual.

    Batman: el cabalero de la noche asciende es, además de lo antedicho, también la más adulta de las películas hechas hasta el momento con superhéroes. La idea de un universo comiquero de alta condensación se hace carne, hueso y metal gracias a una forma de plantear el cine que logra escapar a las leyes del marketing berreta y que piensa al espectador como un ser con capacidad de asimilar una historia compleja. Nolan es un realizador que va por ese camino, lo viene haciendo desde su promisorio debut, Following (1998) y lo continuó hasta esta descomunal muestra de arte cinematográfico.
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  • Los tres chiflados
    Como hace 70 años pero sin gracia

    Un hogar administrado por monjas recibe una encomienda muy particular, con nada menos que tres niñitos que a poco de llegar a la institución la sumergen en un caos mayúsculo. Una vez crecidos, los tres amigos, Moe (Chris Diamantopoulos), Larry (Sean Hayes) y Curly (Will Sasso) salen al mundo a replicar aventuras freaks y demoler todo lo que se les cruza, incluso a ellos mismos. En el medio, el bueno de Moe recala como protagonista de un popular reality show televisivo que pone en primer plano su lugar de distinto.

    La primera reflexión que surge tras asistir a esta poco agraciada producción de los hermanos Farrelly (los mismos de Loco por Mary) es que por algo a lo largo de los más de setenta años que pasaron desde que los Tres Chiflados llegaron a la televisión, nunca se hizo una película que no los incluyera, más allá de alguna de tono biográfico, producida por HBO hace algunos años.

    Cada una de las escenas que forman parte de este compilado de gags sin brillo ratifican a su paso que los 92 minutos de fílmico que lo componen son nada más que un gran desatino.La gracia es casi nula, los momentos de humor saben rancios y, para peor, la efectividad del slapstick está atada de forma indefectible al recuerdo de aquellos legendarios, inolvidables e irrepetibles Moe Howard, Larry Fine y Curly Howard. Los actores que aquí componen a aquellos tres son algo de lo bueno que tiene la más o menos reciente camada de los intérpretes que ha parido el humor estadounidense, pero los papeles les quedan gigantes debido a un guión que no hace justicia en nada con lo que intenta homenajear.

    Sin embargo, y más allá del despropósito general, puede rescatarse en The Three Stooges una presencia breve pero contundente: la de Larry David, que juega el rol de una de las monjas maltratadas por los pequeños tres dementes. Eso, y nada más.
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  • El dictador
    El dictador
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    Sacha Baron Cohen otra vez al ataque

    Desde que en el año 2006 Sacha Baron Cohen saltó a la fama internacional a bordo de su brillante y sarcástica comedia Borat, su carrera en la industria del entretenimiento no conoció freno. Aquella mirada ácida y corrosiva sobre Medio Oriente y, sobre todo, sobre la sociedad estadounidense, marcó una huella que luego continuó con la ultrabizarra Bruno, sobre un gurú fashion austríaco que viaja a Los Angeles para cumplir su parte del american dream. Pero en El dictador las cosas son distintas.

    La trama del film gira en torno al autócrata de un país islámico que es informalmente derrocado (a través de su reemplazo por un doble) y que decide hacer todo lo posible por sostener su reinado y evitar que quienes lo echaron instalen una democracia.

    Para ello, el dictador de marras, Aladeen, viaja a los Estados Unidos, donde buscará intervenir en la asamblea internacional en la que los que lo traicionaron declararán la instauración de la democracia en esa república perdida.

    Con una estructura de comedia clásica, más cerca de los trabajos firmados en conjunto por Simon Pegg y Edgar Wright que de los films cuasi anárquicos que le dieron la gloria cinéfila a Baron Cohen, El dictador resulta efectiva solamente en algunos pasajes, cuando deja de lado la corrección estilística y se mete de lleno en la provocación más desfachatada, su marca de fábrica.

    En el pelotón de ideas se destaca, por mucho, la que da color a los últimos minutos de relato, cuando Aladeen enumera los beneficios de una dictadura describiendo sin quererlo las principales caracteristicas del sistema capitalista norteamericano. También se destaca la incómoda escena en la que, en busca de un trabajo que le permita inmiscuirse en la cumbre, aterroriza a una pareja a bordo de un helicóptero hablando en árabe e intercalando en sus líneas de diálogo a Osaba Bin Laden, el 11-9 y un presunto choque con explosión.

    El resto de lo que tiene para dar la película es un cúmulo más o menos logrado de gags, sin demasiado brillo en comparación con la producción anterior del actor y humorista. Si bien no es del todo un paso atrás en la carrera de quien parecía destinado a escandalizar con cada movimiento, esta comedia poblada de intenciones es apenas un puente entre lo que fue y lo que probablemente llegue más adelante.
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  • Donde habita el diablo
    Otra actividad paranormal

    Un equipo de investigación sobre fenómenos paranormales (no, los cazafantasmas no) acude al llamado de un hombre que vive con sus pequeño hijo y su hija adolescente en una casa que a simple vista parece abandonada a su suerte, o que al menos viene siendo desatendida hace tiempo. Sin embargo, el problema central no es el desorden ni las paredes con marcas y falta de pintura; el conflicto es el ente que parece vivir allí y que tiene a maltraer a la familia.

    Desde el mismísimo primer fotograma de este film español hablado en inglés y pensado exclusivamente con la mirada puesta en el mercado estadounidense, se entiende que se trata ni más ni menos que de una nueva secuela no asumida de la ya desgastada y previsible saga Actividad paranormal, esa que en poco tiempo acumuló un más o menos atractivo primer episodio y dos secuelas de una pobreza abismal.

    Emergo, tal su título original, cuenta sin embargo con algunos buenos momentos de tensión bien planteada. Claro que todo gira en torno a una inmensa obviedad, en la que se destaca alguna que otra escena resuelta con eficacia, pero en el marco de una plantilla, de una fórmula abarrotada de lugares comunes, desde el comienzo hasta la última toma.Ç

    Puede que este trabajo basado en la saga mencionada (y que tiene su verdadera semilla en Blair Witch Project) tenga el mérito de haber mejorado en algo los últimos estertores conocidos de esas producciones films que se limitaron a colocar cámaras de seguridad en un set y filmar en torno a eso. Puede que incluso una sola secuencia de Donde habita el diablo esté mejor lograda que la suma de AP2 y AP3. Puede que sí, quizá, pero también es una hora apropiada para bajarle la palanca a la máquina de hacer chorizos y volver al cine.
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  • Plan perfecto
    Amigos son los amigos

    Una pareja de amigos casi entrados en los 40 (Jennifer Westfeld, Adam Scott) se conocen hace mucho tiempo y llegan a la conclusión de que ser padres es una opción a tener en cuenta, aunque manteniendo una relación afectiva sin compromiso de pareja ni amor de por medio. El entorno que los contiene, en tanto (parejas que parecen hacer del fracaso un estandarte), conforma una buena excusa para llevar adelante este plan, lejos de las formalidades y el mandato social.

    Así es que, de común acuerdo, Jason y Julie concretan su empresa pero continúan saliendo con otra gente, haciendo sus correspondientes vidas de solteros aunque dedicándole el tiempo necesario a la crianza del recién llegado al mundo.

    La actriz Jennifer Westfieldt (de las series 24 y Grey's Anatomy) debuta en la dirección con una comedia romántica efectiva desde su punto de partida, en su idea basal, que además logra resolver situaciones elaboradas con inteligencia y por afuera de los lugares comunes con los que realizadores de poca monta han atiborrado al género del melodrama. Su personaje, la soltera en cuestión que quiere tener un hijo antes que la biología se lo impida, es el que lleva el concepto dramático de la trama, aunque con un protagonismo compartido con su coequiper, el siempre a tono Adam Scott (El aviador, Piraña).

    Algo no del todo habitual en las comedias románticas es una de las grandes fortalezas de Plan perfecto: un guión sólido y una forma de relato tan clásica como firme a la hora de sostener personajes y argumento. Incluso, pese a lo que podría ser interpretado a primera vista como una concesión a los tics más conservadores del Hollywood clásico, la última media hora de Friends With Kids (tal su título original) logra surfear por las olas del cliché y llegar de pie a destino: el olimpo del melodrama.

    Hay en el trabajo de Westfeldt una clara voluntad de plantear ideas rebeldes y renovadoras del género, sobre todo en lo discursivo. Por todo esto es que Plan perfecto, a lo largo de sus cien minutos, dejan la firme convicción de que lo que ha nacido, sin dudas, es una realizadora que bien merece competir por el reinado vacante que dejó Nora Ephron.

    Dato extra: Westfieldt es desde hace años pareja de Jon Hamm, quien da vida a uno de los personajes secundarios en el film y que hace años protagoniza de forma excluyente la gran serie de estos tiempos, Mad Men.
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  • A Roma con amor
    Woody Allen completa su pasión por Europa

    El hijo predilecto de New York vuelve a las salas cinematográficas con el último trabajo (hasta el momento) de su saga ambientada en locaciones europeas. Ya le tocó el turno a España (Vicky Cristina Barcelona), Francia (Medianoche en París), Gran Bretaña (Conocerás al hombre de tus sueños) y en este caso llega Italia, con una producción que sigue la línea de cuasi folleto turístico que viene probando con éxito.

    Esta comedia ambientada en las calles de la legendaria ciudad europea alguna vez imperial cuenta varias historias cruzadas, más el agregado de las ya previsibles imágenes de tarjeta postal al comienzo (como en Medianoche en París), inspiradas quizá por el fanatismo con el que Woody encaró esta serie de films, con el plus de la ayuda económica de los municipios, que participaron de la filmación (lo que no le sucede al realizador cuando la locación es estadounidense).

    El relato cruza los derroteros de un perfecto desconocido que de un día para el otro se vuelve famoso (Roberto Benigni); una prostituta que debe hacerse pasar por esposa de un joven con aspiraciones (Penélope Cruz); un cantante amateur que sólo puede interpretar ópera bajo la ducha y un joven enamorado (Jesse Eisenberg) que cae en las redes de una actriz nómade (Ellen Page) e irresistible.

    En contraste con el gran trabajo de guión que Allen entregó en su anterior producción (que le valió el Oscar en ese rubro después de seis años de manos vacías) aquí la falta de armonía narrativa es una constante, con enormes baches de continuidad temporal, toscos cambios de escena y una resolución pobre. En este punto, el resultado se asemeja al que puede que sea el peor guión de la factoría Allen, Conocerás al hombre de tus sueños, que dejaba tantos cabos sueltos que todo parecía ser parte de un rompecabezas a armar en algún otro momento.

    En cuanto al elenco, el director de Manhattan vuelve a demostrar que es un gran seleccionador, un arquitecto de dream teams actorales, que puede jugar con una Penélope Cruz escotada y fatal y al mismo tiempo hacer que Roberto Beningni resulte menos insoportable de lo que puede ser. En el mismo sentido, la incorporación del gran tenor italiano Fabio Armiliato da pie a la única idea brillante de la ocasión, que a fuerza de repetición se consolida como el gran paso de comedia del film.

    Nos queda la espera de la que será su vuelta a los escenarios de América del Norte en 2013, con el estreno de una comedia ambientada en San Francisco y New York, además de un elenco interesante, principalmente por la inclusión del cómico Louis C.K., el "Ben" de Lost, Michael Emerson y la camaleónica Cate Blanchett. Por el momento, bien vale repasar su filmografía, muy por encima de lo que esta pequeña desilusión romana nos dejó.
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  • El secreto de Albert Nobbs
    Glen Close y un papel para el Oscar

    El arte escénico ha probado a lo largo del tiempo y con éxito palpable, que tener en un film o una puesta teatral como protagonista a un actor o actriz interpretando a alguien del sexo opuesto, es rendidor. Existe un pacto no firmado entre obra y espectador según el cual el que está mirando hace de cuenta que, por ejemplo, en "La nona" Pepe Soriano es una anciana,y no un actor jugando el rol de señora mayor.

    A ese camino apeló Glen Close para escribir este guión que tiene como principal objetivo su lucimiento como actriz. No es este el lugar desde el que se discutirán los méritos como intérprete de una de las figuras más relevantes con las que cuenta el star system de Hollywood. Pero El secreto de Albert Nobbs es un trabajo endeble, únicamente justificado por el quid de tener a una gran actriz jugando el rol de una mujer infeliz, que vive en la apariencia de que es un hombre para poder trabajar como mayordomo de un gran hotel, en la Irlanda del siglo XIX.

    Ella vive en una habitación pequeña y a la vez en medio de una cárcel personal, cuya única vía de escape es el sueño de poner un local de venta de tabaco, con el dinero que viene ahorrando meticulosamente. A su vez, el encuentro con una mujer que vive una situación similar, le ayuda a soñar con una vida más allá de ese empleo de sirviente(a) de lujo.

    Estamos ante una película que no pierde en ningún moimento el tono solemne y la sensación amarga de una historia de profundo dolor y de tono claustrofóbico,como si el Albert Nobbs de Close no viera la forma en que su mundo se achica y la precipita a un final poco promisorio. Un amor claramente no correspondido aumenta esta sensación de tragedia constante.

    Close escribió para ella y en ese sentido el resultado es actoralmente óptimo. Su performance ratifica una carrera intachable, pero el relato, tan pendiente de su presencia excluyente, es un ancla, una traba insoslayable para el avance de lo que se está contando.

    En tanto, en cuanto al pacto no escrito entre obra y público, puede que tampoco se cumpla, sobre todo a partir del momento en que no resulta sostenible desde el verosímil el hecho de que nadie hubiera percibido en las tres décadas que Albert vivió como hombre, su evidente femeneidad. Pero el verosímil es tema de otra discusión. Albert Nobbs falla, paradójicamente, por el peso actoral de su protagonista, en detrimento de todos los otros elementos del film, y ahí es donde se vuelve un trabajo menor, por la única pretensión de que brille uno solo de sus componentes.
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  • La traición
    La traición
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    El regreso de Steven Soderbergh al policial

    Mallory Kane (Gina Carano) es una joven y bella damisela de armas tomar, una agente encubierta todo terreno, cuyo jefe (Ewan McGregor) la ofrece a agencias de inteligencia gubernamentales para trabajos secretos (e inconfesables). Luego de una misión de rescate en España, el destino de nuestra heroína es Dublin, donde se une a otro agente (Michael Fassbender). Pero las cosas no salen como estaba previsto y Mallory debe hacerse cargo de una situación de alto peligro para su vida, además de encarar una operación de venganza.

    El regreso del Steven Soderberg al policial duro después de más de una década (su última incursión fue la excelente The Limey, en 1999) llega con la renovación propia de una posmodernidad un tanto tardía. El protagónico de la luchadora profesional Gina Carano es una incorporación interesante a su filmografía, en general plagada de estrellas y/o buenos intérpretes, pero a la sombra de películas como la ya clásica Nikita o la reciente e hiperefectiva Salt, de Philip Noyce, dijeron tanto sobre el subgénero que podría decirse que, a su manera, establecieron las bases para lo que en este caso el director de Traffic llevó a cabo de forma correcta.

    Es un buen film, un policial con formidables escenas de acción, con una trama de guión que no escapa a las complejidades de la intriga con formato de rompecabezas, aunque sin dejar de lado su clarísima pertenencia al cine de acción y aventuras. No es casual, entonces, que el responsable del texto sea el mismo que acompañó al director en la mencionada The Limey.

    Hay vértigo, personajes fuertes (empezando por Mallory) y otros centrales con el peso específico de las figuras que los interpretan (Douglas, McGregor, Banderas) y sobre todo un oponente de peso, el nuevo suceso del cine con espíritu indie, Michael Fassbender (el mismo de Shame). Soderbergh sabe rodearse y conformar un elenco sólido para contar lo suyo y que fluya, esta es otra de esas oportunidades en las que el curriculum no miente y los hechos ratifican los diplomas.
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  • Mi semana con Marilyn
    Una historia real con la rubia de Hollywood

    La dificultad de encarnar a Marilyn Monroe en el cine es uno de los grandes karmas de las actrices de Hollywood. En esta ocasión un especialista en la realización de películas para TV es quien se hizo cargo de dirigir a Michelle Williams, la rubia a la que vimos sufrir en Blue Valentine y que aquí se pone la ropa, el pelo y las formas del gran mito rubio del cine.

    En 1956, la actriz, que ya había hecho explotar las hormonas de millones de personas alrededor del mundo, llegó al Reino Unido para protagonizar con Sir Laurence Olivier la película El príncipe y la corista, dirigida por el actor inglés. En esa ocasión, un joven novato, de 23 años, recién llegado al mundo del cine, consigue un trabajo como asistente de dirección y se ve en medio de una relación de amistad, contensión, y algo más, nada menos que con la mujer más deseada de la historia del espectáculo.

    La historia, real, basada en un libro del protagonista y siempre desde su punto de vista, retrata una vivencia que lo atravesó y marcó para siempre, según sus propias palabras. Su semana con Marilyn fue lo más cercano a un cuento de hadas que este pequeño personaje de la industria transformó en un hecho vital. No todos los días se tiene la oportunidad de ser confidente, amigo íntimo, oreja siempre lista del máximo sex symbol contemporáneo.

    Simon Curtis pone oficio en una película con el interés propio que despierta cualquier figura mítica, con el agregado de contar con un elenco sólido. Sin embargo, la sorpresa llega desde el lado, precisamente, de su protagonista y narrador, ya que la performance de Eddie Redmayne (a quien vamos a ver en la versión que Tom Hooper prepara de Los miserables) se lleva todos los aplausos.

    Por su parte, Michelle Williams, actriz de indiscutible talento, en tanto, logra una buena composición, sin caer en intentos de imitación y logrando gestos de comprensión de su personaje, quizá el más "real" que le haya tocado en suerte. Todo esto, por supuesto, más allá de las diferencias evidentes e insalvables entre los rostros de Marilyn y Williams. El resto acompaña con sustancia; con Kenneth Brannah y Judi Dench al frente de un cast de secundarios de peso, centrales para la trama.
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  • El puerto
    El puerto
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    Una reflexión sobre Europa y los otros

    El director finlandés Aki Kaurismäki vuelve a los cines de Argentina con una historia situada en el puerto, con la mirada a lo que hay más allá del mar, a los que lo cruzan, a los rechazados en una Europa cíclica. El relato de Le Havre gira en torno a Marcel Marx (André Wilms), un escritor bohemio, que vive junto a su mujer en la ciudad portuaria que le da el título original al fim. Allí, este sexagenario con serios problemas económicos, adquiere el oficio de lustrabotas, por medio del cual conoce a un niño inmigrante (Blondin Miguel) que, por error del transporte en el que se escondió, terminó en esa pequeña ciudad finlandesa y no en la Londres anhelada.

    Cada fotograma del film es de colección
    Cada fotograma del film es de colección

    El gran Kaurismäki, responsable de joyas del cine contemporáneo como El hombre sin pasado o Juha, nos presenta este largometraje sobre la tolerancia, el sentimiento hacia el otro, la bohemia, las relaciones de pareja, el poder policial, la inmigración y, principalmente, sobre el estado (y el Estado) de las cosas en la Europa actual. Nada menos.

    El protagonista, que se cruza por casualidad a un niño inmigrante y lo ayuda a esquivar a la ley, transita un etapa de su vida con más baches y carencias que certezas y bases firmes. Un escritor en estado de retiro casi definitivo, con una mujer que lo espera pacientemente, con la comida lista, el corazón triste y una noticia oscura a punto de revelarse. Así, en una ruta de tránsito liviano pero impredecible es que el querible Marcel Marx que nos presenta Kaurismäki debe lidiar, además de consigo mismo, con la llegada de un nuevo ser a su vida de bohemia aletargada: un pequeño sin hogar ni "palenque ande ir a rascarse".

    No por nada uno de los pasajes de la película transcurre en un bar de mala muerte, con música de fondo a cargo de Carlos Gardel y su incontrastable "Cuesta abajo".

    La Europa expulsiva, caracterizada por personajes como Nicolás Sarkozy y Mariano Rajoy, o la cultura del ajuste perpetuo encarnada por Angela Merkel, está aquí retratada con colores y matices, principalmente en la excluyente presencia de su protagonista, pero también en la postal de esa ciudad portuaria que hace carne aquello de "pueblo chico infierno grande", en la orila de la ciudad, a un mar de distancia de cualquier otro lado.

    El realizador finlandés, además de la forma en que cuenta la historia, además de la creación de personajes con una riquísima cosmogonía propia, llevó a cabo una composición de cuadro que logra transformar cada fotograma en parte de un álbum de imágenes individuales que a su vez parecen contar otras historias. Algo así como la concreción del concepto "magia del cine".
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  • Misión secreta
    Richard Gere en el mundo del crimen

    El asesinato de un senador en los Estados Unidos parece llevar la firma de un mítico asesino soviético que había sido dado por muerto hacía ya tiempo. Un ex agente de la CIA; experto en el personaje que parece haber vuelto al ruedo criminal, es convocado para participar de una investigación sobre el caso, junto a un joven recién llegado a la fuerza de seguridad.

    Richard Gere protagoniza este policial tan correcto como previsible sobre la fórmula pareja-despareja-entre-veterano-y-novato, con una vuelta de tuerca que si bien provoca cierto interés la forma en que se van torciendo los acontecimientos, no logra salir de la medianía promedio en la que se ubica el policial hollywoodense de los últimos años (o décadas).

    El debutante director Michael Brandt transita sus 40 años pero recién con este título llega al cine tras la cámara, luego de una carrera interesante como guionista (de la vertiginosa Wanted, con Angelina Jolie, al excelente western 3:10 to Yuma). El caso de The Double, tal su título original, está lejos de los títulos mencionados, más allá de la búsqueda evidente de sobrevolar el análisis de la psiquis de su personaje central, a cargo de Gere, quien, como ya sabemos, no tiene mayores matices para aportar al momento de la interpretación.

    Hay sin embargo en este Misión secreta una escena que por su aparente simpleza termina destacándose, y es la que involucra a ambos agentes de la CIA compartiendo una cena de tono familiar, con un alto nivel de tensión que pone en la puerta amplias posibilidades de explosiones varias. Sin embargo, esos notables minutos de narrativa compacta y certera, se diluyen en un todo empobrecido por los vericuetos previsibles que termina eligiendo tomar el guión, perdiendo sustancia a medida que las escenas se acumulan y los giros dejan de causar sorpresa.
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  • 35 Rhums
    35 Rhums
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    Retrato de la Francia negra

    Amèlie, una de las películas francesas más exitosas de las últimas décadas, cuenta una bellísima historia enfundada en ropas pop y un aire de cine independiente salpicado por la industria y la cultura de masas. La fórmula fue sin duda impecable en sus resultados estéticos y narrativos, aunque la realidad de una París multiracial como la que se estaba gestando en el momento de su realización (año 2001) brilló por su ausencia. Y no se trata de un concepto exagerado, ya que la población negra de la ciudad luz se vio oscurecida por el recorte, por el total borramiento de esa parte de la ciudadanía del país galo.

    Los conflictos de las minorías llegan al cine francés
    Los conflictos de las minorías llegan al cine francés

    En parte, películas como 35 Rhums vienen a gritar que hay un sector de París que también late al ritmo de sus arterias plagadas de bares chic y el irresistible sonido del lenguaje de su gente. Este trabajo de Claire Denis, en ese sentido, es un trazo de marcador flúo sobre el no retratado, sobre el marginado, a la vez que un grito lanzado en plena era Sarkozy (el film es de 2008, año de su asunción al poder).

    Claire Denis es una artesana del cine francés, en la línea de lo mejor de la narrativa audiovisual de ese país y responsable de excelentes títulos como Trouble Every Day (2001) o Bella tarea (1999). En este caso la directora ratifica esa pertenencia y lo hace contando varias historias, entrelazadas por el escenario y algunas articulaciones que las unen más allá de la París que sirve como denominador común. Vivencias, pasiones, miserias, temores y algunas pocas certezas conforman a un puñado de personajes queribles, llanos y al mismo tiempos de una gran riqueza. Denis redondeó aquí un relato breve y certero, en el que la otredad se hace regla pero a la vez incluye, por el contraste, con aquello que la pantalla grande francesa nos acostumbró a ver.

    Viva la diferencia, si es que nos iguala. Ahí el discurso, ahí el mensaje. Simple y claro.
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  • Essential Killing
    Vincent Gallo perdido en la nieve

    El afgano Mohammed (Vincent Gallo) que se encuentra bajo tutela de militares de Estados Unidos, es conducido a un centro secreto de detención en Europa. Sin embargo, el vehículo en el que es transportado sufre un accidente y el prisionero recobra, al menos parcialmente, su libertad, lo que motoriza un escape hacia ningún lugar en medio de un bosque tapizado por la nieve.

    Esta intensa película del realizador polaco Jerzy Skolimowski se alzó con el premio mayor del festival de Mar del Plata, el Astor de Oro, en la edición del año 2010. El dato es anecdótico en relación a los valores del film pero ayuda a comprender la importancia de un opus que con pocos diálogos y una cámara inquieta, logra una dinámica visual de alto impacto, acorde a la historia del guionista del primer largo de Roman Polanski, El cuchillo bajo el agua.

    Por su parte, Vincent Gallo, superhéroe de la actuación del método, de la performance interpretativa pero también tanto del matiz (Buffalo '66) como del alto contraste (Tetro), ofrece un trabajo formidable, en el que cada cuadro, cada fotograma es la posibilidad de encontrar un gesto destacable. La marca personal que establece Gallo con este trabajo (que a nivel mundial para el gran público pasó casi desapercibido) justifica los conflictos que mantuvo con el director durante el rodaje, no solo económicos (en relación a su cachet) sino también en la relación con quien lo dirigió con mano firme.

    Essential Killing habla de una guerra contra el terrorismo que lleva varios años, muchos más que los que pasaron desde los brutales atentados contra las Torres Gemelas. Pero también habla de la irracionalidad a la hora de combatir al enemigo, de elegirlo y de terminar con él. El afgano que protagoniza el relato está más allá de su culpabilidad presunta y de sus actos de violencia a la hora de esquivar una condena. El Mohammed que corre en zig zag contra un destino inesquivable transita la desesperación de un laberinto de final escrito y minotauro acechante.

    Como relato de época y como mirada sobre una globalización que se relaciona cada vez más con la mirada siempre presente del Big Brother de turno, Essential Killing es tanto una película urgente como un pequeño gran clásico de su tiempo. Podría hablarse de cine "necesario", de obra "importante". Pero quedémonos simplemente con que se trata de una de esas (pocas) películas que hay que ver más allá del pochoclo y el combo con gaseosa.
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  • Battleship: Batalla naval
    Hollywood sale a reclutar

    Basada en el popular juego de mesa luego llevado a las consolas de videogames, Batalla naval se centra en la historia del joven teniente de marina Alex Hopper (Taylor Kitsch), quien está a punto de comprometerse con la hija de un almirante (Liam Nesson). Por supuesto, con las cosas así planteadas lo que sucede es que el galán de marras comete un error tras otro y su posible suegro no hace otra cosa que odiarlo.

    Rihanna, en plena batalla anti extraterrestre
    Rihanna, en plena batalla anti extraterrestre

    En este marco, y durante un ejercicio de práctica en el medio del Pacífico, la marina descubre nada menos que naves extraterrestres plantadas en pleno océano. ¿Qué buscan los alienígenas? Importa poco o al menos se corre de foco rápidamente, porque la realidad es que, otra vez, el centro de todo es que las cosas suceden en el escenario excluyente de los Estados Unidos, capital del mundo en la que la batalla de cinco contra cinco se plantea a todo o nada.

    Una vez más el cine de Hollywood toma las riendas y, siguiendo una línea histórica a la que siempre le ha sido fiel, hace campaña por la cultura bélica y recluta marines a través del fílmico. Battleship, con su impresionante parafernalia técnica y su prodigioso trabajo de FX a cuestas, es quizá el más grande folleto militarista que el cine ha escrito en los últimos lustros, superando el promedio de fuego de la dinastía de films como la más o menos reciente Pearl Harbor o series como Nam y la ya clásica Combate.

    Todas y cada una de las escenas de la película dirigida por Peter Berg (el mismo de la pobretona comedia Hancock) forman parte de un rompecabezas que algo tiene que ver con el género de aventuras, pero que más aún se relaciona con el concepto de cine como vehículo de la acción política y el discurso de imposición. Los alienígenas son despiadados en su tarea de búsqueda de agua a cualquier precio. Agua que pretenden robarle al planeta Tierra y por la que atacan sin reprimir una sola bomba.

    Pero más allá de la pontificación militartista, el gran problema de este relato protagonizado por el galancete que viene de hacer estragos con Stanislavsky en John Carter, es la falta total de lógica interna, la estructuración de una narración pobre montada sobre una obsesión de trajes camuflados y armas de grueso calibre. Todo sucede en un único lugar, centralizado en los intereses del gran país de norte y, tal como indica la tradición, todo lo que allí ocurra tendrá consecuencias sobre el resto del mundo. Poco importa el desastre que muestran las imágenes que aparecen al comienzo de la película, con reportes desde ciudades de todo el planeta sobre la invasión; sea como fuere, todo remite a América del Norte y lo que pase allí es lo que replicará a los demás países.

    El resto es épica de cartón y una forma de resolución tan paupérrima que asombra, como si faltara el rollo en el que las cosas adquieren sentido para que terminen como terminan. Poco cine, millones invertidos en fuegos artificiales y, sobre todo, demasiada transpiración gastada en banalidades de un patrioterismo con naftalina. Nada más que eso hay en esta humedecida batalla naval.
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  • Comando especial
    De la TV al cine 25 años después

    A mediados de la década del 80, un joven Johnny Depp coprotagonizó la serie que llevaba el mismo título que esta película del tándem Phil Lord-Chris Miller (responsable del proyecto en marcha Lego: The Movie). Hoy, 25 años después del serial catódico, llega una de esas producciones con las que Hollywood hecha manotazo de ahogado e intenta tapar la descomunal falta de ideas que viene aquejando a las majors desde hace varios lustros.

    Comando especial es una humorada bastante extensa (de casi dos horas) con algo del slapstick de la comedia clásica pero mucho, mucho de las guarradas de la saga fumona Harold & Kumar (aunque con un importante barniz moralista) y demasiado de lo más tonto de los hermanos Farrelly (que acaban de estrenar en EE.UU. la desastrosa The Three Stooges).

    El duo protagonista es efectivo, principalmente por Jonathan Hill, hombre de peso en la comedia norteamericana de los últimos años, que viene de brillar en The Sister y que en 2014 lo tendremos en Zoolander 2. Su labor es por lejos lo mejor de la película, que se apoya en gran parte en él y sus efectivas morisquetas. El resto es un compendio elaborado con cierta efectividad en el guión, aunque apelando a un altísimo número de reiteraciones y gags ya remanidos que la tiran para atrás, tanto que por momentos pareciera que estamos ante una fallida comedia adolescente de los 90s en clave American Pie.

    La tradición de la gran comedia hollywoodense está lejos de este ejemplo de ramplonería bien facturada y envuelta para regalo, incluso pese al clímax final en el que las dos estrellas invitadas (y no acreditadas en los títulos) le dan un poco de lustre a un producción gastada desde el vamos.
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  • Música campesina
    El nuevo cine chileno

    Este film, que forma parte de lo que podría definirse como "nuevo cine chileno", se encuadra dentro de las características establecidas por el cine rutero al que el Hollywood menos industrial le puso su firma, y al que realizadores de todo el mundo supieron nutrir, sobre todo y en los últimos años, en la Argentina, donde la falta de presupuesto ayudó a dotar de ideas al subgénero de la cámara rodeada de polvareda y vehículos que pasan en loop. En síntesis, un cine que hizo del no-lugar, un escenario posible.

    El realizador Alberto Fuguet redondeó una idea base (el inmigrante latino que llega a la tierra prometida del Norte exitoso) y la puso en la mochila del protagonista pero con los elementos necesarios como para que el laberinto que transita Alejandro no se transforme en un pasaje monóto y tan desértico como las tierras sureñas, que rompen su gris cotidianeidad apenas con los acordes del gran Johnny Cash.

    "Soy fanático de Johnny Cash", dice en algún momento el trotamundos chileno que tarda más de lo previsto en hacer pie en la aridez del sur estadounidense. Sin embargo, el derrotero que traza Alejandro es el de la búsqueda y la superación personal en medio de una tierra hostil, que esconde el rechazo al extranjero bajo una pátina de dreamland que nunca termina de sentarle del todo cuando el que debió emigrar muerde el polvo.

    ¿La música campesina del título? A lo largo del relato las notas se derraman de a poco, con timidez, asomando de entre las barreras que se plantan a nuestro antihéroe. Y es que la película tiene, entre otros méritos, la sutileza. Ahí es donde el cuento se vuelve querible y vívido.

    Planos cortos, buenas líneas de diálogo, interacciones certeras entre personajes y una puesta tan minimalista como las expectativas reales del protagonista, son las que coronan un buen ejemplo de cine con cámara y mirada inquieta. El cine chileno tiene con qué y con Música campesina queda en claro.
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  • Los vengadores
    Los superhéroes de la Marvel, unidos

    Nick Fury (Samuel L. Jackson) es director de la unidad especial S.H.I.E.L.D, una agencia "de paz" que trabaja, en los hechos, para la Casa Blanca. La agencia tiene para sí nada menos que a figurones como Tony Stark/Iron Man (Robert Downey Jr.), Bruce Banner/Hulk (Mark Ruffalo), Thor (Chris Hemsworth), Steve Rogers/Capitán América (Chris Evans), Clint Barton/Hawkeye (Jeremy Renner) y Natacha Romanoff/Viuda Negra (Scarlett Johansson).

    Iron Man y Capitán América, dos potencias se saludan
    Iron Man y Capitán América, dos potencias se saludan

    Los héroes de la Marvel, en esta ocasión, unidos por primera vez en la pantalla grande, entran en juego cuando la humanidad corre riesgo debido a la llegada al planeta tierra de Loki (Tom Hiddleston), hermano de Thor y figurón peligroso para todo aquel que se le enfrente, quien además tiene la pretención de apoderarse del mundo y dominarlo.

    Esta extensa, muy extensa película de Joss Whedon (que viene de haber dirigido Thor en 2011), reune a algunos de los más eximios paladines de la justicia de Marvel en torno a la causa de defender Manhattan, ciudad, una vez más, representante del universo todo. En ese escenario es donde se lleva a cabo esta aventura de altísimo presupuesto y al mismo tiempo características propias tanto de lo más encumbrado del Hollywood multimillonario como del cine clase B de los años 70s y 80s, allá lejos, cuando los muñecotes estrafalarios y las luces porque sí estaban a la orden del día.

    El relato comienza con una muestra de que los villanos en cuestión viajan a la tierra para apoderarse de todo y, de paso vengarse del bueno de Thor, que eligió defender a la humanidad y luchar contra el mal. Poco después, en el Salón de la Justicia, sus líderes cranean cómo juntar a los super, que andan desperdigados haciendo sus vidas de conflictuados luchadores del bien.

    El quid de The Avengers está, por supuesto, en la reunión de lus superhéroes y su lucha conjunta contra Loki y su demencial ansia de poder. Sin embargo, a poco de comenzar, el centro de la atención se concentra en Tony Stark y su ráfaga de chistes todo terreno, como si en realidad la película funcionara más como una extensión de Iron Man que otra cosa.

    Pero sin embargo el film logra encausar la línea a tiempo y no termina por ser una nueva secuela de las aventuras del héroe de hierro, sino que consigue unir a los superamigos y redondear un buen link que conecta con los personajes de Marvelworld, más allá de que algunos (Hulk, Hawkeye) parezcan invitados especiales a una fiesta ajena.

    Esta primera película de Los Vengadores (ya hay una secuela confirmada) cumple con la línea histórica de la industria pesada del cine que consigue imponer la agenda cinéfila, que sin problemas hace la tapa de las noticias de la semana y dice que el cine pasa por ahì, por la lógica mainstream.

    Los superhéroes que llevan la firma de, entre otros, Stan Lee (que no se pierde su habitual cameo) ganan la partida pese incluso a una introducción a la que le sobran diálogos técnicos, con especificaciones innecesarias, como si hubiera que saldar cualquier posible duda respecto de protones, átomos o física cuántica. Los últimos 30 minutos del film justifican a las casi dos horas anteriores y dicen que sí, que la aventura se justificó en si misma y que el 3D trucho de una película que fue filmada en 2D y que apenas presenta un débil filtro de tridimensionalidad, es una nueva apuesta ganadora de la meca del cine multimillonario.

    Con la efectividad que lo caracteriza, Hollywood lo hizo de nuevo. Las quejas las dejamos para otra ocasión.
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  • [REC] 3 Génesis
    Más zombies españoles

    A toda saga le llega su precuela, y la exitosa Rec no podía ser menos. El relato sobre zombies más exitoso de España transcurre, en este caso, lejos de la locación original, aquel edificio de Barcelona tomado por no-muertos. El "génesis" del que habla el título del film remite a lo no dicho por las películas anteriores, lo no contado en torno a la epidemia zombie. Una pareja de enamorados enfrenta su momento idícilo en medio de un desastre apocalíptico.

    Pero hay un problema fundamental en esta nueva escala de Paco Plaza en la fórmula: todo lo que vemos en pantalla ya fue visto miles de veces, no sólo en el subgénero de zombies, sino también en lo que es la estructura de una película de terror. No hay nada en Rec3 que aporte una idea, una mirada distinta, una escena al menos, que justifique la realización del film.

    Podría decirse que el cine es un gran negocio, y que las secuelas son parte ya arraigada en la industria, que un director está en todo su derecho de exprimir hasta la última gota de una idea que da resultado, y que, y aquí el punto central detrás del mostrador, las otras dos partes de Rec tuvieron su correspondiente remake made in Hollywood, por lo que es seguro que en este caso sucederá lo mismo, con los millones derivados de semejante transacción.

    Claro, los últimos minutos de esta precuela, que une cabos con lo sucedido en los films anteriores apelando a un formato que roza en cierta forma lo visto en los últimos capítulos de la serie Lost (aunque sin la complejidad y la expectativa que despertó la resolución de la aventura en la isla) apela a un final abierto que sirve como calzador para lo que será la ya anunciada Rec 4. Clin caja.
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  • 12 horas
    12 horas
    Infonews
    "12 horas" que dan miedo

    No hay nada, absolutamente nada en 12 horas que justifique su estreno en una cartelera comercial. La historia de la joven que busca a su hermana desaparecida (o ida, según la traducción literal del título original, "Gone") se enmarca en una estructura formal anoréxica, carente de todo interés más allá del mínimo que puede llegar a despertar un thriller con protagonista rubia sexy entre un público sin expectativas.

    El film dirigido por el brasileño afincado en Hollywood, Heitor Dhalia, sería una buena elección para la programación de televisión por cable en la grilla de la madrugada, allí donde los desvelados encuentran algún título que los salve del insomnio. Es más, se trata de una película a la que la ausencia de oficio, ideas para el guión, líneas de diálogo mínimamente inteligentes y originalidad en el perfil de los personajes, la hubiera condenado hace una década o más a figurar entre los VHS menos requeridos en cualquier video club de barrio.

    Con el correr de los minutos, la trama de Gone se vuelve desesperante para cualquiera que busque algo de sustancia. El desfile de sospechosos con cara de muy sospechosos y posibles asesinos es, en lugar de un acierto de casting, un monumento a la obviedad de lo peor de la fórmula de los estudios antediluvianos. Y así podríamos seguir enumerando razones por las cuales 12 horas es, ya, candidata a ser una de las peores películas del año.
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  • Diario de un seductor
    Depp, perdido en Puerto Rico

    Basada en la novela del incendiario periodista estadounidense Hunter Thompson, esta historia protagonizada por Johnny Depp cuenta el derrotero de Kemp (alterego del autor), reportero gráfico pero más que ninguna otra cosa, escritor, que llega a Puerto Rico en busca de trabajo, un techo y, quizá, una vida que valga la pena vivir.


    Allí, en tierra inhóspita, en plenos años 50, con la paranoia provocada por la guerra fría haciendo estragos en todo el continente americano, este periodista extraviado en si mismo se topa con una red de corrupción en torno al negocio inmobiliario. Sin embargo, por sobre todas las cosas, Kemp encuentra los ojos y la figura celestial ("creí que eras una sirena") de Chenault (Amber Heard), a la sazón, pareja del poderoso empresario que le ofrece a nuestro (anti)héroe un jugoso negocio profesional que lo obliga a callar verdades.

    La novela que dio origen a este film tiene la impronta tóxica propia de la pluma y la vivencia en carne viva de su autor, un recorrido moderado respecto de algunos de sus textos más característicos (los que dieron origen a Pánico y locura en Las Vegas, por ejemplo) pero que dejan en claro que la ruta de Thompson no esquiva jamás la intoxicación y el riesgo kamikaze, en todos los frentes.

    Sin embargo, las imágenes logradas por Bruce Robinson (quien hacía dos décadas que no dirigía) no están a la altura ni de la novela original ni del personaje que retrata ni tampoco de Johnny Depp, que a su personaje le aportó los matices que conocimos en la película de Terry Gillam y no mucho más, en parte por la mínima marcación desde detrás de cámaras, lo cual da la impresión de un papel logrado de taquito, sin riesgo.

    Hay buenos momentos, todos con Depp, claro, a quien casi no hay toma que lo deje afuera (cuando conoce a la femme fatale del relato, o cuando es procesado por prenderle fuego a un policìa). Pero no hay más que eso en un largometraje menor, que no logra terminar de sintonizar con lo que está contando, ni acaba tampoco de darle el tono oscuro y decadente que ameritaba la aventura.
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  • El líder
    El líder
    Infonews
    Luego de que su avión se estrella en medio de la nada en Alaska, siete trabajadores petroleros se enfrentan a una lucha desesperada contra una manada de lobos ávidos de comida y, sobre todo, de ataque contra quienes han "invadido" su territorio. A estos hombres los guía un experimentado cazador (Liam Nesson), que pondrá toda su sabiduría en juego para que la odisea sea lo menos trágica posible.

    Joe Carnahan no es un gran director (allí está la versión fílmica de Brigada A como ejemplo) pero Liam Neeson es un actor todo terreno y que durante los últimos años demostró que así como inmortalizó la figura de Oskar Schindler también pudo hacerse cargo de héroes de acción sin superpoderes, de hombres del común que se enfrentan a situaciones terminales (un buen link es Taken, en la que encarnó a un ex CIA que debía rescatar a su hija de una banda de trata de personas).

    En este contexto de curriculums desparejos, El líder se destaca como un trabajo menor pero efectivo. No hay nada en esta historia de hombres desarmados contra animales salvajes que no se haya contado; desde el perfil del héroe, siempre recto, siempre adusto y con el comentario justo en el momento necesario, hasta los diferentes personajes que acompañan en la odisea, sobre todo el oponente, el menos bueno del grupo, el que menos importa cuando se producen los ataques de las fieras.

    No hay en The Grey mucho más que lo antedicho y una factura técnica de calidad, sobre todo por una fotografía que aprovecha la amplitud panorámica que ofrece la nieve, cubriéndolo todo de libertad y al mismo tiempo de cierta claustrofobia, por un escenario que de tan amplio e inabarcable asfixia. Y esos lobos, esos aullidos, esos ojos en la oscuridad, acechando entre la espesura de la noche.
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  • El conspirador
    Lo nuevo de Robert Redford

    En una noche de confusión, luego de la guerra de secesión que partió en dos a los Estados Unidos, y con la victoria ya consolidada del Norte abolicionista sobre el Sur esclavista, el presidente Abraham Lincoln es asesinado a balazos en un teatro. Un grupo de acusados por el hecho es encabezado por una mujer, Mary Surratt (Evan Rachel Wood), quien parece cargar con un crimen que no cometió, y por el que también es sospechoso su hijo prófugo. Pero el Estado necesita condenar a muerte a todos los culpables posibles, como sea.

    Acusada y abogado, en una batalla perdida.
    Acusada y abogado, en una batalla perdida.

    Michel Foucault ha sabido dedicar largas parrafadas de su obra a la cuestión del castigo por parte del Estado, a la búsqueda por parte del Poder de condenas "ejemplificadoras" sin importar demasiado los medios para llegar a ellas. Así, la descripción de un desmembramiento a la que apela en el inicio de su libro “Vigilar y castigar”, es una buena forma de entender hasta qué punto la visceralidad y la venganza operan en contra de la idea de justicia.

    En ese camino es que El conspirador actúa desde el cine como señalador de una forma de pensar a la justicia. Situada a fines del siglo XIX, la película cuenta a grandes rasgos la perversión judicial a la que echó mano el poder político para lograr la culpabilidad de una mujer que nada tuvo que ver con el asesinato del presidente Lincoln.

    Robert Redford vuelve a la dirección con un film que quizá no esté a la altura de lo que cuenta, por falta de profundización en los derroteros de los personajes, pero que sin embargo cumple con el retrato de una forma salvaje de administrar e interpretar la ley.

    En ese sentido, es central el personaje jugado por James McAvoy, como un joven e inexperto abogado que debe hacerse cargo de la defensa de la acusada principal, a capa y espada contra un sistema que la condenó de antemano. El resto del elenco, encabezado por la muy buena labor de Evan Rachel Wood y por el siempre justo Tom Wilkinson, acompaña con lo necesario a una película que no por casualidad llega a nosotros en tiempos de Guantánamo.
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  • Tenemos que hablar de Kevin
    Eva (Tilda Swinton) vive en una casa derruida por el abandono y por la tristeza de un presente oscuro que arrastra, a su vez, un pasado de profundo dolor y una tragedia por la cual es la única responsable aparente. Pero, sobre todo, la existencia de Eva se encuentra partida en dos desde el nacimiento de su hijo, Kevin, alguien al que no pudo amar, un ser que pareció haber llegado a su vida para carcomerla.

    La extraordinaria interpretación de Tilda Swinton (Orlando, La Playa, Crónicas de Narnia) es una parte importante de la contundencia con la que este film pega sin anestesia al espectador desprevenido.

    Con un montaje que rompe el paradigma de lo que se supone debe hacerse para llevar adelante el relato de un drama clásico, la realizadora Lynne Ramsay trabaja la imagen de manera puntillosa pero sin apelar a esteticismos empalagosos ni atajos de pseudo arte (como los que pudimos ver en la reciente Drive). El resultado estético es formidable por la forma en que es funcional a lo que se está contando, por el modo en que cada poro de dolor de los personajes en juego se trasladan a la pantalla y al ojo testigo como un grito de urgencia.

    A través de diversos flashbacks que ilustran sobre ese pasado en el que se forjó el abominable presente de Eva, Kevin (que adquiere un tamaño descomunal en la actuación del pequeño Jasper Newell) es vehículo de las frustraciones, caminos mal transitados, miedos y angustias de su madre, quien a su vez no se ve entendida por su marido (el gran John C. Reilly), quien a su vez demuestra hacia su hijo una devoción que profundiza más las cicatrices.

    Tenemos que hablar de Kevin es mucho más que un drama hecho en Hollywood (esos plagados de golpes bajos y sobreactuado sentimentalismo), es una gran película sublimada por un elenco de nivel, a su vez dirigidos por el pulso firme de una realizadora honesta.
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  • Un método peligroso
    Lo nuevo de David Cronenberg

    Una película sobre la relación entre Carl Jung y Sigmund Freud, con el bonus de una tercera en discordia diagnosticada con histeria, y todo eso dirigido nada menos que por David Cronenberg, arroja una sola certeza: intensidad asegurada. Además, podría decirse que, como ya es costumbre, el realizador canadiense no desentona ni defrauda.

    Carl Jung y su paciente, al rojo vivo
    Carl Jung y su paciente, al rojo vivo

    El relato, si bien tiene en dos de los nombres fundacionales del psicoanálisis a sus personajes más importantes, pone el foco sobre la tempestuosa relación entre Jung (Michael Fassbender) y su paciente más visceral, Sabina Spielrein (Keira Knightley), quien padece de un trastorno de histeria que incluye una pulsión masoquista aguda y descontrolada, que arrastra hasta el mismo consultorio de su terapeuta para envolverlo en una trama enfermiza y terminal.

    La complejidad del caso de Sabina hace que Jung acuda a su colega Freud (Viggo Mortensen), que acepta el caso aunque con un nivel de compromiso discutible. En el medio, la tensión entre Jung y su paciente crece hasta niveles de amor/odio indisimulables en grado tóxico.

    Cronenberg, quien en los últimos años viene trabajando su obra desde un camino menos provocador que el que recorrió entre los años 70s y mediados de los 90s (con Crash, de 1996, como último de ese grupo de films subversivos) apela en Un método peligroso a la labor descomunal de Keira Knightley, quien pone el cuerpo a la acción con un nivel de intensidad que, descubrimos, se venía guardando para un trabajo que le exigiera lo que le exige el papel que le encomendó el realizador nacido en Toronto. En ese sentido, la labor de la joven actriz es la columna vertebral de la película, más allá de que la historia se apoye en los célebres hombres del diván y el anotador.

    Luego de la contundente Promesas del Este, y antes de lo que será su otro estreno que llegará en este 2012, la prometedora Cosmopolis, Cronenberg entrega un film de combustión lenta y tensión constante, un drama con las vísceras al descubierto y la mente en constante exposición clínica. Imperdible.
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  • Furia de titanes 2
    Hollywood redobla la apuesta

    Lo que mejor hace esta Furia de titanes 2 por los devotos del cine de aventuras con musculatura en demasía y testosterona en exceso, es no faltar a ninguna de las citas a las que debe acudir este tipo de largometrajes. Ese ese orden, la continuación de la desmesurada primera parte, estrenada hace poco más de un año, ofrece más de lo mismo pero en modo recargado, lo cual, para el subgénero de las películas peplum posmodernas, es una buena noticia.

    Más batallas épicas, en 3D
    Más batallas épicas, en 3D

    Una década después de su batalla a todo o nada ante el monstruoso Kraken, Perseo, hijo de Zeus, se dispone a vivir en plena tranquilidad su cotidianeidad como padre de su adorado hijo. Sin embargo, y como le sucede a todo gran héroe de la narrativa de todos los tiempos, la paz se ve quebrantada, en este caso por otro llamado al orden de los dioses. Y los titanes, claro está. Así es que nuestro héroe se ve obligado a defender nada menos que a su progenitor, quien cayó en manos de la desgracia y los más horribles villanos de la mitología, que no son los grandes capitalistas de los estudios de Hollywood, sino gente casi tan destructiva como ellos.

    Wrath of the Titans, que podría traducirse como "La cólera de los titanes", redobla la apuesta en términos de puesta en escena y efectos visuales (con el agregado de un gran uso del 3D), apelando a un guión que copia la estructura del film original y le da la vuelta de tuerca necesaria como para justificar 100 minutos más de fílmico y, por supuesto, una tercera parte cuyo contrato ya está firmado y que podría comenzar a filmarse dentro de unos meses.

    La aceitada máquina de la megaindustria del cine de los Estados Unidos volvió a poner la carne en el asador y el resultado, para bien de los fans de las peleas descomunales e hipercondimentadas, es óptimo.
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  • La sal de la vida
    Una fallida comedia italiana

    El guionista de la aclamada Gomorra, Gianni Di Gregoriom, presenta su segundo largometraje como director, en este caso en clave de amarga comedia y en torno a si mismo. "Gianni y las mujeres", tal la traducción de su título original, cuenta el derrotero de un hombre que a los 59 años enfrenta un presente de dudas y vacío no sólo ante lo que vendrá, sino ante los días que le tocan vivir.

    Gianni y su madre.
    Gianni y su madre.

    Gianni está jubilado y casado con una mujer a la que prácticamente no trata, salvo para tomar recados para los mandados. A su vez, tiene a una madre octogenaria que gasta dinero sin tomar en cuenta faltantes y posibles bancarrotas, al tiempo que parece enredado en un entorno femenino con el que podría avanzar en una relación paralela, aunque siempre le falta el impulso para dar el primer paso y concretar.

    El mandato social no dicho de un país (Italia) en el que el hombre se ve obligado a tener una amante, cuelga como una pesada mochila sobre los hombros de este hombre apabullado por una vida social gris y un futuro inmediato carente de cualquier tonalidad. Su propia impronta no suma a la causa, además de que la prisión que le significa todo lo que lo rodea no encuentra sociego ni siquiera en la deliciosa vecina a la que le pasea el perro, ni en sus ex parejas, ni en las amigas que le presenta su mejor amigo.

    Gianni Di Gregorio, como el Nani Moretti de Caro Diario, como casi todos los alteregos de Woody Allen, se coloca en el centro de las miradas como un antihéroe sin solución, aunque, a diferencia de sus dos colegas, tropieza con un guión que a fuerza de sobreexposición reitera ideas y desemboca en una narración sin rumbo. La performance como actor de don Gianni es efectiva, a tono con el paso cansino de su personaje, aunque los problemas que el protagonista tiene con el entorno termina por calcarse en los lineamientos del guión, a merced de la simpatía que este pobre hombre atiborrado de sinos despierta en el público, sin mayor brújula para que el barco finalmente llegue a puerto.
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  • Plaga zombie: Zona mutante - Revolución tóxica
    Terror argentino y clase B

    La república separatista de Haedo vuelve a ser escenario de la gran saga del cine de género hecho en Argentina. Farsa Producciones lo hizo de nuevo y a quince años del estreno de la primera parte, la historia cierra su círculo y la aventura se transforma en broche de oro, con más sangre que nunca, más acción y más producción.

    Hernán Sáez encabezó un grupo de trabajo que puede estar orgulloso de haber llevado al cine independiente a otro plano. El concepto indie del cine argentino suele estar asociado a un tipo de cine que es el que protagoniza los festivales (de aquí, de allá, de todas partes), el que recibe el calor de los mecenas oficiales y privados, y el que suele ser tenido en cuenta por la intelligentzia de la prensa especializada. Farsa pateó el tablero hace ya muchos años y así como Plaga Zombie es una muestra cabal de hasta dónde se puede llegar, el resto de lcine de género le debe mucho a esta productora, hoy ícono de las B movies de las pampas.

    Plaga Zombie: Revolución Tóxica tiene no solo falsos walking dead sino que además tiene muy logrados pasos de comedia (el gran antihéroe del film, a cargo del propio Sáez, "cría" a un zombie), excelentes secuencias de acción trepidante y hasta un gran momento musical, como si pudiéramos soñar con una versión Broadway de la saga.

    En este contexto, destacar la heroica labor de Sebastián "Berta" Muñiz en la piel del todopoderoso John West, es ocioso, apenas un detalle dentro de un largometraje que es puro trabajo en grupo y pulmón contra la corriente, esa que dice que el cine tiene que contar lo que ya sabemos que puede contar, y no otra cosa. Celebremos la otredad, entonces.
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  • El mal del sueño
    El doctor Ebbo Veltman (Pierre Bokma) lleva varios años viviendo en Camerún, donde puso en práctica un exitoso plan contra la apnea del sueño. Sin embargo, ante la necesidad de seguir de cerca el devenir universitario de su hija en Alemania, decide volver a su país natal y no regresar al continente negro. Años después , quien reemplaza a Veltman se encuentra intentando controlar y mejorar una situación conflictiva en el país africano, donde los logros alcanzados han empezado a trastabillar.

    Film que bien podría formar parte de la inminente nueva edición del Bafici, El mal del sueño es mucho más que una película pequeña sobre doctores que luchan contra una enfermedad en un país subdesarrollado, es más bien una historia sobre individualidades tratando de mejorar su entorno cotidiano. Con un ritmo pausado pero sin perder la tensión que encierra y que parece a punto de explotar de un momento a otro, el relato avanza con fluidez hasta que, al promediar, la elipsis de tres años instala cierta separación entre público y personajes.

    Sin embargo, el guión es lo suficientemente sólido como para que la historia se vea afianzada por una dirección correcta, apoyada en un excelente manejo del elenco, en todo momento a tono con lo que se está contando.

    Más allá de no eludir e retrato de cierto pintoresquismo propio de países que resultan "exóticos" para la mirada occidental, el film milita en la idea del cine como espacio de reflexión y buenas historias sobre temas poco explorados. Desde ese punto de vista, Schlafkrankheit (que si sobrevive más de una semana en las salas pasará a ser "la del título raro") resulta casi imperdible, un adelanto del cine con perfil breve y sin estridencias que inundará Buenos Aires en el mes de abril.
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  • El guardia
    El guardia
    Infonews
    Un policía bizarro en Irlanda

    El sargento Gerry Boyle (Brendan Gleeson) es lo más parecido al Torrente de Santiago Segura que podría encontrarse en la policía de Irlanda. Ordinario, bruto en su forma de hablar, con gustos bizarros en lo sexual, torpe en sus acciones y un tanto corrupto, el voluminoso agente de la ley hace lo que puede dentro del pequeño pueblo en el que cumple sus funciones.

    En medio de su trabajo cotidiano, llega al pueblo un importante agente del FBI (Don Cheadle) con el fin de liderar una investigación sobre tráfico de drogas en esa localidad, lo cual no le cae del todo bien a nuestro personaje estrella. A eso se suma el asesinato de un joven agente, que también será "investigado" por el sargento Boyle.

    El guardia es una comedia con toques levemente freaks, pero pocos, inspirada sin dudas en el mencionado ultrabizarro personaje creado por Santiago Segura pero muy lejos de la efectividad que aquel logró en algunas de las cuatro películas de la saga Torrente estrenadas hasta la fecha. Las módicas aventuras del policía irlandés parecen haber quedado en borrador, como si el director y guionista John Michael McDonagh no se hubiera animado a llevarlas más allá de cierta picaresca.

    En cuanto a la labor de Brendan Gleeson, actor todo terreno que participa en otro de los estrenos de esta semana (Protegiendo al enemigo) se puede decir que cumple con lo que le pide el personaje, lo cual no es poco pero tampoco se trata de una performance a destacar. Un intérprete con recursos interesantes haciendo bien su trabajo, lo cual, siendo comedia y con tanto Adam Sandler dando vueltas, no es poco, más allá de que el resultado final del largometraje diste mucho de ser satisfactorio.
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  • Protegiendo al enemigo
    Un joven agente de la CIA (Ryan Reynolds) está a cargo de custodiar a un testigo protegido (Denzel Washington) en un refugio de esa central de inteligencia ubicado en Sudáfrica. Por su parte, una célula criminal, descubre ese escondite oficial de los EE.UU. para asesinar al hombre al que la CIA intenta resguardar. En ese momento agente y protegido emprenden una fuga del lugar en busca de otra "safe house".

    Denzel Washington vuelve al género que más éxito le ha dado hasta el momento, el policial, en este caso jugando al villano "querible" y de rápida identificación para el público. Se trata de un film de acción vertiginosa, muy bien filmada y que hace honor a ese grupo de películas menores que cuentan bien su pequeña historia.

    Daniel Espinosa, realizador de brevef filmografía hasta el momento, redondea un buen trabajo de género, apoyado en un guión sólido y que en parte se recuesta sobre el peso en pantalla que tiene la presencia del actor ganador de dos premios Oscar. La mirada sobre la CIA es la misma que el cine de los EE.UU. brindó a lo largo de su historia, benevolente y propagandística, más allá de alguna que otra línea de diálogo que pueda asemejarse a un guiño irónico o crítico, en época en que todo vuelve a ponerse en discusión. Por otra parte, aunque en el mismo sentido, los enemigos siguen respondiendo al prototipo del enemigo que viene moldeando Hollywood a los largo de la última década.

    Más de lo mismo, pero en paquete envuelto para regalo y con factura lista para consumidor final (de pochoclo).
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  • El precio de la codicia
    En medio de una época en la que la discusión en torno al capitalismo se volvió una constante, motorizada por nuevos sucesos que la ponen en interpelación día tras día, el estreno de una película que subraya algunas de las miserias más nítidas del sistema no sorprende.

    Kevin Spacey, el yuppie bueno.
    Kevin Spacey, el yuppie bueno.

    Sin embargo, el caso de El precio de la codicia, más que destacar recuerda en más de un pasaje a lo que ya vimos hace tres décadas en Wall Street, el opus militante de Oliver Stone. En ese largometraje de los 80s la lupa estaba puesta sobre los yuppies, personajes excluyentes del mundo financiero de aquel entonces. Esos mismos personajes, desde otro prisma y treinta años después, ocupan el protagonismo aquí, en este film menor y que no termina de definir el lugar en el que está parado.

    Margin Call, tal su título original, se centra en lo que sucede en una empresa multimillonaria cuando uno de sus empleados descubre que se avecina un quiebre financiero, un golpe fatal a la compañía. El dato origina un tornado entre los cabecillas del negocio que provoca reuniones de madrugada y un frenesí de oficina de proporciones épicas. Todo entre las paredes de un rascacielos típico de los dueños poder económico según Hollywood.

    Más allá de un guión que se sostiene con buen pulso, la película tropieza con la falta de interés, con la ausencia de atractivo con la que cargan los personajes que llevan adelante el relato, un grupo de especuladores, parte de un engranaje financiero atroz, culpable de la crisis que arrastró a buena parte del mundo a la incertidumbre económica como hacía décadas no sucedía. ¿A alguien le importa el destino de un grupito de villanos grises y sin mayores tonalidades? El único destacable en el combo es el crápula interpretado por Jeremy Irons, siempre justo e impecable.

    Así es que El precio de la codicia se enmarca en el género del drama pero con apenas algunas pinceladas de feedback entre lo que sucede en pantalla y el espectador, que atraviesa los 103 minutos de cinta a la espera de algún personaje que lo cautive, o que al menos le inspire el mínimo ligazón necesario para hacer suya la historia. En ese camino, el rol jugado por un medido Kevin Spacey es el que más se acerca, pese a una escena final que satura de obviedad.
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  • Dormir al sol
    Dormir al sol
    ZonaFreak
    Pesada carga la que tiene sobre sus espaldas quien quiera trasladar la obra de Bioy Casares al cine. Los textos del gran escritor argentino (perdón, borgianos) parecen tener un aura de densidad compleja de poner ante cámara. En ese sentido, el film de Alejandro Chomski no escapa, en parte, a esa maldición, aunque a medida que avanza en el relato logra sortear más de un escollo.

    Quizá podamos tomar a El sueño de los héroes, de Sergio Renán, como referencia basal en esto de adaptar la obra de Bioy (dejando de lado a Lost, claro). En ese sentido, y salvando las distancias entre uno y otro film, puede que este trabajo de Chomski no descolle, pero ha sabido meterse en el espíritu de un texto difícil y que al entrar de lleno en el terreno fantástico retuerce aún más la labor de la adaptación. Sobre todo para el cine argentino, poco adepto a todo aquello que bordee al sci-fi.


    La historia gira en torno a un hombre gris (Luis Machín) preocupado por la salud mental de su mujer (Esther Goris) y que acude a un centro psiquiátrico en busca de ayuda. Pero la solución, lejos de ser tal, se transforma en problema mayor cuando el sufriente esposo nota que su mujer ya no parece ser ella. "Nunca me había hecho un fellatio", remarca como para dejar en claro que las cosas ya no son lo que eran. Sin embargo, habrá más para el derrotero de nuestro antihéroe de turno, quien parece destinado a mucho más que lidiar con una amante que se le hace extraña.
    Chomski hace que su película aumente en interés y certeza a medida que avanzan los minutos, pasando de una inicial sensación de film al viejo estilo (o de perfil anticuado, de amarillenta usanza narrativa) a una bienvenida fluidez entre los personajes, sobre todo cuando el psiquiatra que compone Carlos Belloso se cruza con el fatídico hombrecito gris. En ese sentido, es destacable el trabajo de Esther Goris y lo del propio Machín, no así la performance de Florencia Peña, con un personaje que no luce, que pese al lugar relevante que ocupa en el texto escrito, aquí podría haber quedado afuera por su falta de escencia y atractivo.
    Con los últimos minutos del film llega el clímax, muy bien logrado, contando con una historia circular que, vale el subrayado, crece en interés conforme el avanza el metraje, lo cual fue bien aprovechado por un director que supo interpretar la obra de un escritor que parece abrir a sus adaptadores sus pesadas puertas solo de vez en cuando. Quizá esta sea una de esas ocasiones.
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  • Inframundo: El despertar
    Hay sagas que se justifican como tales desde su primer título, incluso desde los trailers que las anticipan. El señor de los anillos, Indiana Jones, Star Wars, El padrino, están allí para confirmar la teoría. Sin embargo, el caso de Underworld no pertenece precisamente a este grupo de elegidas.

    Inframundo: El despertar es la cuarta parte de una historia que en su primer título agotó la única idea que le dio origen: el enfrentamiento entre una raza de licántripos y otra de vampiros, batallando en el planeta tierra con los humanos como testigo involuntario y víctima inmediata.

    En ese marco, esta nueva entrega no sólo es más de lo mismo sino que es mucho menos de lo poco que podía esperarse, ya que los poco más de 80 minutos de acción que tenemos en pantalla son apenas un nuevo refrito de una idea gastada y vencida hace años. Tiroteos, corridas, un hombre lobo matando a un humano, un vampiro ajusticiando a un enemigo, más tiroteos, y otro, y otro. Ni la belleza todo terreno de Kate Beckinsale -enfundada en un traje ajustado que le sienta perfecto- ni tampoco los FX símil Matrix (también vencidos a fuerza de repetición) logran mejorar esta nulidad fímica que, para peor, en sus últimos minutos amenaza con continuar en una quinta parte.
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  • Drive
    Drive
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    Hay un tipo de película que cada tanto llega a los cines y que suele recibir por igual tanto alabanzas exacerbadas como críticas despiadadas, como si se tratara de uno de esos títulos que, para mal o para bien, cambiará la historia del cine tal como la conocemos.

    Drive es un film que cuenta con características que la ubican en este rango, aunque se trate solamente de un trabajo discreto, que no termina de encajar, pero que puede gustar o disgustar por las mismas razones.

    El relato nos muestra a un conductor (el "driver" del título) solitario, silencioso, que trabaja por encargo haciendo lo que mejor le sale: manejar el auto que se le ponga delante. Por la noche, nuestro personaje trabaja para la mafia pero nunca dos veces para la misma persona. En uno de los encargos, las cosas salen mal y el mercenario encarnado por Ryan Gosling decide vengarse. Claro, en el medio parece asomar una potencial historia de amor, enmarcada en un cúmulo de persecusiones y peligro inminente.

    El film de Nicolas Winding Refn, especialista en el subgénero de la acción con pretenciones artísticas (así lo ejemplifica la trilogía Pusher), sobrecarga su perfil como director y entrega una historia simplona y que no va más allá de lo que hemos visto en películas como la francesa El transportador o 60 segundos. Sin embargo, el realizador hace lo suyo con oficio de preciosista y le imprime a la narración planos refinados y una fotografía pop, en la que composición de cuadro y el balance del color son las premisas excluyentes.

    Lo mencionado es los que hace de Drive un film que puede gustar a los seguidores del cine de acción y aventuras pero que también acercan al cinéfilo en busca de una mirada distinta al género fierrero. Claro que al mismo tiempo los mismos elementos pueden ocasionar que la película termine por no convencer a ninguno de los dos. Para ser "de acción" le falta contudencia, para pertenecer a un cine con pretenciones logradas le sobra banalidad disfrazada. Y no hay nada peor para un auto que quedarse a mitad de camino.
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  • Tan fuerte y tan cerca
    Ente las miles de familias desgarradas que dejó el atentado contra las torres gemelas de New York el 11 de septiembre de 2001, este film (nominado al Oscar como Mejor Película) dirigido por Stephen Daldry se concentra en una, más precisamente en el laberinto que el preadolescente Oskar Schell recorre tras la muerte de su padre (Tom Hanks), quien ocasionalmente se encontraba en uno de los edificios siniestrados en el momento en que el segundo edificio fue impactado por un avión.

    A partir del momento en que Oskar encuentra por accidente un sobre con la palabra “Black” inscripta y una llave en su interior, comienza un derrotero de búsqueda alrededor de lo que, supone, es un apellido que podría darle algún dato desconocido sobre su padre, alguna referencia que lo pudiera ayudar a concretar un duelo que parece en suspenso.

    “¿Por qué le hablan a un cajón en el que no hay nadie?”, se pregunta el niño, brillante, con una inteligencia por encima del promedio, ante la inhumación de un cuerpo ausente. Con esa lógica es que llevará a cabo su travesía dentro de la isla de Mahnattan, a pura deducción y sin da un paso atrás en su investigación amateur.

    La película del director de Las horas y Billy Elliot, entre otras, es un enfoque personalizado de la tragedia del 11-S, no sin apelar a un puñado de golpes de efecto y un guión montado sobre una fórmula efectiva y que sabe impactar en el momento justo, con dosis continuas de drama y goteos de humor leve y que ayudan a disipar las lágrimas. Es cine, el cálculo es inherente a la producción fílmica y no hay drama o pérdida de vidas que no desencadene un estudio al respecto con la idea de llevarlo a las pantallas de todo el mundo. Y a los puestos de venta de pochoclo, nachos con queso, gaseosas, chocolate, caramelos, helados.

    Algunos datos paracinematográficos: el veterano Max von Sydow, nominado al Oscar por su trabajo como actor de reparto, podría aquí lograr su primera estatuilla, luego de décadas de nominaciones por las que se fue con las manos vacías. En tanto, Tom Hanks, eterno mimado por la Academia, no fue tenido en cuenta pese a que entrega aquí una de esas performances que lo han caracterizado como el más hollywoodense de los actores de Hollywood.
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  • El topo
    El topo
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    Todo lo que se diga sobre cine industrial por estos días del mes de febrero tiene algún tipo de relación, más o menos cercana, con la entrega de los premios Oscars. En este caso, se trata de la nominación en el rubro Mejor Protagónico Masculino para Gary Oldman.

    El actor que lideró la descomunal Bram Stoker´s Dracula, de Coppola, encarna aquí al agente George Smiley (ironía de un personaje que no sonríe), veterano del Servicio Secreto Británico, que en plena guerra fría se encuentra en un nudo de sospechas en torno a la presencia del “topo” (doble agente) al que hace referencia el título con el que se estrena el film en Argentina. El doble agente en cuestión, según todo lo indica, trabaja para el espionaje soviético.

    El film gira alrededor de la investigación, ardua, compleja, salvaje en sus modos y sin tapujos a la hora de detectar (presuntos) culpables. Más allá de la matizada performance de Gary Oldman, el verdadero protagonista del relato es el guión (nominado al Oscar a Mejor Adaptación), una pieza de arquitectura cinematográfica superior, por momentos tan evidente en el cálculo que enfría a los personajes, que los transforma en muñecos de un ajedrez propio de la planificación distante del espionaje internacional.

    No hay fisuras en El topo, quizá por eso el director Tomas Alfredson (el mismo de la magistral Let the One Right In) profundizó en la dirección de actores, para lo cual, por supuesto, contó con el extra de un elenco formidable, ajustado a sus roles. Además del gran Oldman, se destacan Colin Firth (El discurso del rey) y Mark Strong (RocknRolla).

    Es muy probable que finalmente George Clooney sea quien va a quedarse con la dorada estatuilla, por su labor en Los descendientes. Quizá la dupla de guionistas de El topo cuente con más chances de ubicar en sus livings una copia del galardón. Oscar más, Oscar menos, nada le quitará a Tinker, Taylor, Soldier, Spy el ser, ya, una de las grandes cosas del cine de Hollywood de esta temporada.
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  • Caballo de guerra
    Es uno de los mejores realizadores que los Estados Unidos le dieron al mundo. A lo largo de más de cuarenta años ha sabido dignificar como pocos el lugar de director de cine industrial (pese a que es mucho más que eso) a fuerza de tìtulos indestructibles, paridos desde el respeto al público y, más que nada, al oficio de contar historias a través del celuloide.

    Pero hay veces en las que Steven Spielberg resbala en un charco de clichés y lugares comunes. Caballo de guerra es una de esas ocasiones. Montado sobre su indiscutible solidez técnica y su legendario pulso a la hora de filmar, el hombre que hace pocas semanas nos presentó la muy efectiva Las aventuras de Tin Tin, llega con una historia disfrazada de severidad pero fatalmente leve y por momentos increíblemente remilgada, sobre un caballo criado para trabajar el campo pero que termina por convertirse en un héroe de la primera guerra mundial.

    La acción transcurre en la década de 1910. En ese contexto, uan familia que corre el riesgo de perder su casa por una hipoteca impagable, compra un caballo y lo educa para la esforzada tarea de sembrar un campo. Claro que estamos ante un largometraje que se encuadra en el género del drama, del drama clásico (¿a la Spielberg?), ergo, las cosas se complican un poco más de lo deseable y deseable (es decir, todo lo esperable) y el noble equino termina por no cumplir la función que, se deseaba, pudiera llevar a cabo.

    De ahí a la guerra, un paso, o un par de escenas todo lo contemplativas y edulcoradas que deben ser como para que el beneficio de la duda en torno a la heroicidad del caballo en cuestión dure en la platea tan solo unos pocos segundos.

    Porque el título lo dice: Caballo de guerra. O héroe de guerra, que es más o menos lo mismo que uno imagina cuando ve el cruce entre un animal tan respetado y querido y la actividad que más regalías le ha dejado a los Estados Unidos y que tantos millones ha generado en las arcas de Hollywood.

    En ese sentido, Spielberg no desentona con lo que se esperaba de su trabajo: un relato efectivo y concreto. Por supuesto, si uno se acerca a la sala con el background de lo que significa un realizador de sus kilates para el cine de los Estados Unidos y el peso que tiene su filmografía (la de uno de los más grandes realizadores que dio Hollywood, según este escriba), bueno, se trata de una gran y demasiado extensa (dos horas y media) desilusión.
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  • El Artista
    El Artista
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    La favorita de los Oscars

    La aparente gran sorpresa del cine del último año llega a las salas de Argentina, a pocos días de la entrega de premios Oscar que, según todo lo indica, terminará por legitimarla a fuerza de estatuillas doradas, refinamiento francés for export y cartones con inscripciones en homenaje al cine mudo.

    El artista, título homónimo a la gran película que la dupla Mariano Cohn-Gastón Duprat estrenó en 2008, es un homenaje al cine mudo, un relato con unos pocos elementos históricos y mucha nostalgia bien practicada.

    La historia es simple, directa: una historia de amor incompleta en el Hollywood de los años `20, entre un actor exitoso, George Valentin (Jean Dujardin) y una actriz primeriza (la francoargentina Bérénice Bejo). El atractivo del film es, precisamente, la utilización del recurso del mudo y el blanco y negro para contar esa época. El aspecto técnico es el gran mérito del largometraje, que cuenta con una fotografía de gran factura y una banda sonora a tono con la importancia que tiene a lo largo del relato.

    The Artist es, quizá como ningún otro de los films que se han estrenado en el último tiempo, una producción para disfrutar alejado de cualquier tipo de exigencia cinéfila que vaya más allá del placer básico de contemplar un conjunto de buenos fotogramas y escenas queribles. Porque sus personajes excluyentes, la pareja en cuestión (además del perrito del macho protagonista) se hacen querer con unos pocos gestos y una indiscutible presencia ente cámara. En ese sentido, el trabajo de Jean Dujardin es subrayable, pleno de gestualidad (no de gesticulaciones) y matices propios del código del cine mudo.

    Asimismo, la escena en la que el protagonista tiene un mal sueño a causa del ingreso del sonido a su vida profesional, es un hallazgo digno de aplauso, sin dudas el punto más alto de los 100 minutos de celuloide.

    Méritos aparte, es insoslayable remarcar que todo lo que viene rodeando la carrera internacional de The Artist en cuanto a la acumulación desmedida de premios y elogios que ha cosechado, es nada más que un sonoro (valga la paradoja) llamado de atención a Hollywood. En épocas de 3D y pochocleras desaforadas, que las entidades que a través de los galardones legitiman la vida comercial de un film, no se cansen de premiar a una producción de bajo costo, francesa, muda y en blanco y negro, es una muy elocuente manera de decirle a la otrora meca del cine domiciliada en Los Angeles que está haciendo todo mal.
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  • Conan el Bárbaro
    Hubo un tiempo en que los bárbaros no necesitaban pasar por el salón de belleza, una época en la que para acceder al estrellato violento alcanzaba con una personalidad que pudiera trasladar algo de ese imaginario a la pantalla, sin delineador ni cara de modelo en desfile posmo. Tiempos de Conan el Bárbaro, también, pero con Arnold Schwarzenegger en el protagónico. Allá lejos y hace tiempo, sí.

    Y no, a Jason Momoa no le creemos nada cuando con su mirada de yerno ideal y su porte de macho superproducido aparece como la única esperanza de libertad del pueblo bárbaro. Pueblo de asesinos, de salvajes, de ejércitos de eslabones perdidos entre el simio y el hombre. Por eso, a fin de cuentas, es lo que tiene que salvar nuestro ¿querido? de Conan, un pueblo que no extrañaríamos si cayera eliminado a los cinco minutos de cinta.
    Pero en plena atribución de nuestro mandato como espectadores, se trata, una vez más, de que nos pongamos del lado del musculoso protagonista, de desear que le corte la cabeza a toda masa muscular que se le oponga, y claro, que también logre entrarle a la ninfa de turno.
    Marcus Nispel, cuyo talento a la hora de la recreación fue confirmado con las exitosas remakes de Friday the 13th y, sobre todo, The Texas Massacre, aquí puso en juego lo también había demostrado en la muy aceptable Pathfinder, donde las moles de músculos eran el protagónico excluyente.
    Pero esta Conan modelo 2011, con su acumulación de guarradas a cuestas (y pese a ello), es apenas un buen compilado de sangrientos enfrentamientos a los que se le adicionan nada menos que un parto en medio de la guerra, decapitaciones y aplastamiento de cabezas, un pueblo de mujeres con el torso desnudo (¡volvieron las tetas!) y, ops, un villano (Stephen Lang) cuya hija (Rose McGowan) es tanto o más mala que su progenitor, al que histeriquea incluso con un peligroso juego de incesto.
    Claro que si Schwarzenegger nos parecía en aquellos años 80s apenas (y en el mejor de los casos) un actor en bruto con pocas líneas de diálogo certeras, en este caso la cuestión oral es directa y rematadamente paupérrima. No hay una sola línea inteligente o que se corra un milímetro del descerebre. Y cuando lo intenta, a los tumbos, a través de chistes para orangutanes, desbarranca aún más.
    Al film, destinado al consumo descarado de pochoclo, nachos con queso, pizza, carameloschocolatelados, le alcanza igualmente con su testosterona desfachatada y sus casi dos horas de revuelto de anabólicos y transpiración extrema. Y te gusta, turrit@.
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  • Noche de miedo
    Si hay algo que el cine industrial ha venido perdiendo con fuerza y de forma sostenida en los últimos años, es la capacidad de sorprender desde el uso de las buenas armas, desde la legitimidad del relato bien construido y sin apelar a estruendos baratos o tics nerviosos construidos a fuerza de clichés. En ese sentido, la llegada a las carteleras de esta reversión del clásico ochentoso Fright Night oxigena, aporta buen entretenimiento en la línea del Grindhouse, aunque en tiempos de 3D y high definition.

    La trama de Noche de miedo nos dice que al barrio de casas en medio del desierto se ha mudado un hombre de mediana edad (Colin Farrell), guapetón y de mirada ganadora, cuya vivienda se ubica al lado de la del joven Charley (Anton Yelchin), quien vive solo con su madre (Toni Collete), dupla a la que se suma de forma intermitente su novia (Imogen Poots). Pero that is not all, falks. Porque uno de los compañeros freaks de Charley descubrió que el nuevo vecino es nada menos que un vampiro sediento de la sangre del pueblo, algo que no tarda en hacerse explícito en pantalla porque el público espectador tiene el dato desde el momento mismo en que el trailer del film se dio a conoce.

    Precisamente, el principal acierto de Noche de miedo es, en medio de un contexto mainstream de sorpresa tan forzada como previsible, que el centro del relato no pase por descubrir que el malo es malo, sino por focalizar en lo que sucede alrededor de ese ser de las tinieblas que llegó para sembrar muerte, destrucción y no-muertos.

    Craig Gillespie (el mismo de la brillante Lars and the Real Girl y la buena serie United States of Tara) construyó un relato montado en un guión de hierro (de la siempre precisa Marti Noxon, que supo dar lo suyo en las series catódicas Mad Men y Buffy), que pone los puntos en todas las íes que se lo paran enfrente, incluídas las del humor cínico y hasta la sátira del género hemoglobínico al que pertenece el film.

    Tenemos un gran, enorme villano compuesto por el cada día más sólido Farrell, y un héroe promedio que no deslumbra pero recorre el camino al cielo de la épica con lo justo y necesario. Pero sobre todo contamos con un personaje que de a poco se coloca como central y excluyente, Peter Vincent (David Tennant, de la serie Dr. Who), caza vampiros de escenario, farsante profesional y, de paso, homenajeador de refilón de los queridos Cushing y Price a través de su seudónimo, y de la idea pop de rockstar, en plan cinéfilo kitsch.

    Una gran película, de terror, con humor, a pura militancia posmo, que subraya la idea de que el quid ya no está en la remanida idea del final inesperado sino en la buena factura general y en una historia redondeada con fluidez y oficio. Con o sin 3D (las cenizas que dejan los vampiros al explotar al sol parecen estar ahí, casi rozando la retina), pero sin duda con noble artesanía digital, algo que ya podemos empezar a enteder que existe y que vale la pena valorar cuando se hace presente.
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  • Invasión a la privacidad
    Con deudas a Psycho y hasta a Sliver (¡!) o La mano que mece la cuna, clima de thriller con toques de terror y hasta alguna dosis de gore, se desarrolla este film menor sobre una mujer que alquila el departamento equivocado al hombre equivocado en el momento menos conveniente.
    Juliet (Hilary Swank) acaba de separarse de su novio y busca alquilar un buen departamento en New York, lo cual consigue a cambio de un costo irrisorio para los precios que maneja la big apple. Así y todo, y sumado a que la señorita escucha cosas raras por la noche, se cruza con un vecino de perfil oscuro (Christopher Lee) y algo no termina de cerrarle, igualmente decide continuar en el lugar. Al fin y al cabo, es una película de terror clásico.
    Esta nueva producción de la Hammes Films (sí, la misma de los indestructibles títulos de los años 50s, 60s y 70s) está claramente dirigida al target (inter)nacional y popular pero a caballo de algo muy lejano a cualquiera de los clásicos B con Peter Cushing y compañía.
    Porque The Resident no sólo toma prestadas numerosas señas y escenas ya vistas en films similares y que venimos viendo desde la fundación misma del cine de suspenso (víctima-engañada-por-alguien-que-no-es-lo-que-parece, como tópico principal y que ayuda a contextualizar el plagio masivo), sino que además apela a un sinfín de obviedades propias de los productos de consumo rápido y olvido instantáneo. Como una sopa en sobre, pero de costo multimillonario.
    A favor de este film de Antti Jokinen se puede decir que cuenta con Hilary Swank, quien puede sacar aceite de las piedras si la cuestión depende de su labor actoral, al mismo tiempo que es un buen plus (y un guiño cinéfilo) la participación del enorme Christopher Lee. El resto, golpes de efecto y no mucho más.
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  • Apollo 18
    Apollo 18
    ZonaFreak
    Continuando con aquello que hace más de una década inauguró The Blair Witch Project, llega Apollo 18, film que se cuelga de la idea del documental apócrifo y lo hace con una decencia formal para nada despreciable. Es decir, tengamos en cuenta que venimos del derrape de dos Paranormal Activity.
    Pocos personajes, apenas tres astronautas de una nave y una cápsula independiente, ambas enviadas a la luna en una misión especial con el fin, se presume, de buscar rocas. Una misión secreta, de máxima seguridad, que llega al punto de no poder ser comunicada ni siquiera a la familia de los implicados.

    Una vez en el lugar, los exploradores espaciales recogen sus respectivas muestras y preparan lo que esperan sea un exitoso regreso a casa. Pero no, la superficie lunar parece estar cobijando no sólo a nuestros humanos visitantes, sino también a una extraña forma de vida asechante y letal.

    El español Gonzalo López-Gallego plantea un trabajo que le debe todo al film antes mencionado, con una estructura idéntica pero sin el click del presupuesto cuasi nulo con el que contaba la trama de la bruja de Blair. Aunque claro, Apollo 18, aunque no costó cien mil dólares como aquel, es un film barato para los estándares de Hollywood (cinco millones de dólares aproximadamente, casi un vuelto para las majors). Cámaras de plano fijo y un montaje inteligente de múltiples puntos de vista (vale destacar el hecho de que la cápsula en la que se encuentran los dos personajes principales es pequeña y el vértigo sin embargo no se pierde) hacen que el relato sea dinámico y fluido, redondeando hora y media de buen fílmico sin mayores pretenciones.

    No hay aquí ni cuestionamientos a la política espacial planteada en épocas de guerra fría ni tampoco esbozo de crítica alguna, siquiera, a la manipulación por parte del Estado militar. Pero hay buena mano, casi artesanal en un contexto que ha hecho del 3-D casi un mandato de época. En ese sentido, y a pura bidimensionalidad, el toque terrorífico proporciona muy buenos momentos, altos en tensión, sobre todo cuando hacen su primera aparición los alienígenas que arruinan el viajecito interestelar. El resto es anécdota, pero bien contada.
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  • Sin límites
    Sin límites
    ZonaFreak
    El escritor Eddie Morra no está atravesando la mejor de sus épocas; su novia lo abandonó, su casa parece un reactor nuclear y empezó a escribir un libro del cual no llegó aún a terminar una mísera página.
    En ese contexto es que nuestro antihéroe de turno se reencuentra por accidente con su excuñado, quien le abre la puerta de una droga presuntamente en estudio, una grajea que le transforma los sentidos y lo coloca en un nivel intelectual superior. "Nosotros usamos el 20 por ciento del cerebro, con esta pastilla eso se multiplica", es lo que más o menos le dice su nuevo (y efímero) dealer.

    El tour de force que protagoniza Bradley Cooper (The Hangover) en este furioso derrotero en caída libre no sólo lo coloca en un lugar interesante como actor, sino que además lo hace liderar una trama intensa y con vericuetos que se hacen insondables a poco de tenerlos en frente. En ese contexto, el millonario Carl Van Loon (Robert De Niro) es un personaje que ayuda a empujar los hechos y darles un sentido de mayor dramatismo, desde el lugar de un oponente light pero certero.
    Morra entra en un pasaje sin salida, con apenas (y nada menos que) un minotauro esperando allá, en el final, plagado de encerronas y puertas falsas, todas puestas a disposición de su sufrido trajinar y de un juego de pastillas que todos querríamos jugar al menos un poco, al menos para suponer por un rato que no vamos a caer en la misma trampa que su cerebro y su voluntad.
    Neil Burger (mismo realizador de El ilusionista, con Edward Norton) redondea un relato de guión ajustado y gran puesta de cámaras, con el agregado de un trabajo visual hi-fi y un planteo de situaciones y personajes sin el mínimo bache narrativo.
    Sin límites nos trae parte de lo mejor del suspenso clásico, pasando por el thriller posmoderno (que al fin y al cabo no deja de ser suspenso) y con unas gotas de terror psycho-junkie que nunca están del todo mal. Sobre todo cuando la moralina dice ausente. ¿Alguien tiene un vaso de agua?
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  • Destino final 5
    Hay un solo ítem que distingue para bien a Destino Final 5 del resto de sus compañeras de saga, algo que va por un camino distinto al combo de obviedades que podían imaginarse antes de enfrentar la proyección. No se trata del 3D, hoy ya un elemento familiar y que amenaza con aparecer en cualquier momento hasta en la obra del menos pensado.

    Lo que sobresale en esta quinta entrega es la gran secuencia de acción y suspenso que se desarrolla en el puente de San Francisco, que hace gala de un despliegue técnico y de una tensión dramática poco vista en este tipo de productos salidos del gran exprimidor de ideitas made in Hollywood. El film da inicio con esa secuencia propia del cine catástrofe, donde las muertes adquieren carácter de leyenda por la forma en la que se producen y por el nivel de gore que incluyen, solo apto para cultores de la estética explícita y que todavía vibran por lo que, sin ir demasiado lejos, hace algunos meses nos dio Piraña 3D. Sí, en primer plano y con profundidad pega más, pega más, pega más.

    ¿Algo más para ofrecer? No, porque el largometraje del debutante en 35 mm Steven Quale (reconocido por haber sido director de segunda unidad de nada menos que Avatar y Titanic) es apenas muy poco además que otro de esos compilados de muertes que van de lo ingenioso a lo burdo y, ops, fatalmente predecible.

    Hay una vuelta de tuerca sobre la ya remanida trama del grupo de jóvenes que se salvan de una muerte segura y purgan su deuda con la Parca a través de tremendas resoluciones para sus vidas, y es que en este caso, según aporta un personaje en apariencia relacionado con La Ejecutora, las probables víctimas pueden ser reemplazadas por un tercero si es que este es asesinanado con ese fin.

    Destino final 5 es un embutido en costosa grasa fílmica y atado con hilos de oro por expertos en el arte de la venta de pop corn a niveles industriales. Y gracias, que te recontra. Uno, como espectador, en la butaca correspondiente de la sala hi-fi más cercana al hogar, hace lo propio. Y así, en loop, por los siglos de los siglos.
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  • Balada triste de trompeta
    El film más político de Alex de la Iglesia da inicio con una escena memorable, en la que se desarrolla una función de circo a cargo de dos payasos que se ve interrumpida de forma abrupta por el ingreso del ejército republicano en busca de hombres para combatir a los facistas.

    Estamos en medio del escenario de la guerra civil que partió en dos a España, en tiempos de violencia y tripas puestas sobre la mesa. Ahí es donde se planta el director ibérico para contar una historia de dolor, niñez perdida, venganza, muerte y, otra vez, venganza.

    Con un tono que recuerda al Quentin Tarantino de Inglorious Basterds, mister Alex nos cuenta el derrotero de Javier, un hombre que vio morir a su padre en manos del franquismo, y que, ya adulto, vive una epifanía de ultraviolencia que lo lleva de ser el temblequeante payaso triste de un circo teñido de sangre, a una realidad varios pasos más oscura y terminal.
    En una época en la que realizadores otrora revolucionarios y revulsivos dejan paso a su costado más light y remilgado, estamos ante una obra mayor en la filmografía del director de La comunidad; una película con una potencia visual superior a sus producciones anteriores, que lejos de dar el brazo a torcer en términos de estilo y personalidad opta por radicalizar el discurso estético y llevarlo a una fase superadora.

    Balada triste de trompeta es sin dudas el film de De la Iglesia más logrado desde lo técnico, filmado con perfección y con una terminación que mezcla lo mejor del mainstream con la desfachatez under, todavía hoy de vanguardia, que caracteriza al realizador, uno de los pocos autores que le quedan al cine industrial.

    El guión es sólido, más allá de lo que puede ser entendido como un paso en falso (por la velocidad con que se resuelve) del momento en que el niño deja la inocencia para encontrarse con la barbarie de la guerra. Sin emabrgo, la trama se percibe grabada en acero, con un puñado de personajes que en parte se asemejan a los de algún comic demente (no es casualidad que Carlos Areces, el Javier adulto, sea historietista) y en (mayor) parte sean hijos abiertamente pródigos de la filmografía de un señor que sabe parir insurgentes por donde plante cámara.

    Bienvenida revolución conceptual, estética y ultraviolenta. Bienvenido el mejor Alex que nos dio la pantalla.
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  • El planeta de los simios: (R)Evolución
    Es necesario, imperante, casi una obligación moral según la consideración de este humilde cronista, aclararle al pueblo freak que las imágenes de alta adrenalina y jugosas dosis de acción que vende el trailer de Rise of the Planet of the Apes, forman parte de apenas una pequeña parte del total de fílmico con el que cuenta este trabajo de Rupert Wyatt, muy alejado de lo visto en las películas anteriores.


    Y es que aquí, en esta superproducción de perfecto CGI y que cuenta con la admirable y siempre invisible performance de Andy Serkis (Gollum, King Kong) lo que abundan son las explicaciones, ya que estamos ante un gran prólogo de lo que, es de esperar, será la próxima película de esta saga. Claro, todo esto partiendo de la base según la cual la gente de la Fox no es que tuviera en planes una simple precuela ("rise" significa raíz), sino que se trata de un verdadero y definitivo (ja) reboot de la saga.

    El film da inicio con el robo de chimpancés en la selva. Corte y paso a las imágenes de un gran laboratorio en el que se experimenta con los primates, en la búsqueda de un fármaco que logre curar enfermedades mentales, entre ellos el alzheimer.
    El trabajo exaustivo del científico Will Rodman (James Franco) le consume su cotidianeidad, al punto de llevarse el trabajo a casa y convivir con uno de los primates en cuestión, César (Andy Sarkis, bajo una tonelada virtual de CGI), hijo de una mona que murió en medio de un ataque de pánico simiesco. Por supuesto que sus genes vienen con el experimento incluído, lo que no tarda en hacerse explícito a través de un desarrollo cerebral anormal para su edad, al punto de alcanzar un nivel de inteligencia fantástico, casi preocupante.


    Lo que también se vuelve un tanto preocupante al pasar los 30 minutos de cinta, es la manera en la que Rupper Wyatt alarga las definiciones, o al menos el redondeo de los personajes, que se vuelve cansino, aletargado, como un gran folleto explicativo de la cuestión científica, casi como un film de divulgación sobre el estudio de los monos y sus consecuencias.


    La película, sin embargo, cumple su modesta intención de entretener en base a una idea ya conocida y lo suficientemente asentada en el imaginario, quizá por eso sobrevive el suspenso pese a la calma zen de la que hace gala el relato. Estamos más bien ante un trabajo encuadrado en el suspenso científico (recordemos Coma, de Michael Crichton) antes que a un film de aventuras, más allá de que sus últimos minutos hagan gala de una buena dosis de acción.


    Si el film funciona en los Estados Unidos (al momento de su estreno se ubicó con rapidez como lo más visto de la cartelera) seguramente tendremos dentro de un par de años una nueva secuela, quizá otra pieza del rompecabezas que comenzó a (re)armar Tim Burton hace ya una década, quizá una que reemplace a aquella. Por ahora, sigamos revisándonos los pelos cinéfilos.
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  • Atrapada
    Atrapada
    ZonaFreak
    John Carpenter es parte del podio del cine freak desde hace décadas. La sola mención de Halloween o The Thing debería alcanzar, aunque para sumar fundamento podría acudirse a Escape From New York o Asalto en el precinto 13. Y siguen los títulos.

    Quizá por todo eso es que ver como el maestro (después del gran intermezzo que fue Cigarrete Burns, de Masters of Horrors) derrapa con un film anodino como este es incluso una experiencia peor que la de la imposible Ghost of Mars, a la que nos condenó hace una década.

    Atrapada, tal su título en Argentina, es un clásico y remanido film sobre rubia-psicótica-acosada-por-fantasmas-propios. El personaje en cuestión (Amber Heard, la misma de Zombieland y Pineapple Express) la pasa mal desde el primer minuto de relato y no corta el derrotero de sufrimiento casi ni siquiera en los títulos de crédito. Y al suplicio de la fémina ayuda un grupete de niñas a la cual más insufrible, que están ahí (en el guión, en el internado en el que aparece por sorpresa nuestra heroína) para profundizar y agravar la situación general.

    Los elementos con los que juega Carpenter son débiles, y el poco convencimiento que emana de cada uno de ellos se traslada a una puesta general desabrida, pobre en narrativa y tan light en estética e imagen que no parece obra del tipo que nos sacudió las vísceras bizarras con obras maestras que dejan a este título apenas como un mínimo ejercicio, casi casi un recreo pre jubilatorio.

    Con onda, maestro.
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  • La reencarnación de los muertos
    La llegada de esta nueva producción del maestro del cine zombie a los cines de Argentina coincide con el estreno de la que quizá sea la peor película de otro de los arcángeles del terror en 35 mm, John Carpenter. Y la coincidencia no termina ahí, ya que Survival of the Dead es, por lejos, lo peor de esta saga sobre muertos vivos que comenzó en los años 70 con el indiscutido clásico Night of the Dead y que continuó con ese título definitivo del subgénero que fue Dawn of the Dead.

    Revisionismo aparte, y dejando también de lado la estatura iconográfica del propio Romero (que nunca filmó demasiado bien), aunque no tengamos en cuenta lo previo que dio la saga, y aunque tomaemos a esta obra como única y descontextualizada (y demás etcéteras), se trata de un film que tiene su mejor representacíón simbólica en los propios no-muertos.

    Esta sexta entrega de la saga creada y siempre dirigida por Romero no tiene alma, se descascara a medida que pasa el tiempo y, en relación a sus antecesoras, contagia falta de interés y hasta se muestra involuntariamente como un peligro para lo ya conocido, ya que contamina al subgénero de zombies y, viniendo de su máximo exponente histórico, lo perjudica al punto de poder hacerle creer a los neófitos que el chiste se agota en el gag del zombie mordiéndole el cuello al vivo.

    Romero aprovecha la ocásión para cargar, una vez más, contra el poder, el status qúo y lo mainstream, aunque lo hace con menos convicción que nunca, alejado de cualquier tipo de cachetazo conceptual (como sí tuvieron, y mucho, Diary of the Dead, su trabajo anterior) y recitando un par de comentarios más o menos ingeniosos sobre religión y militarismo.

    ¿La trama? Mínima, apenas apuntes para un guión de iniciados; zombies que atacan a una zona rural y un señor malo que intenta dominar la situación en base a sus intereses. Punto y aparte. O apartado, de ideas revitalizadoras, de buenas secuencias, de un humor bien trazado, y sobre todo, de una autovaloración del lugar que ocupa su realizador en el universo freak.
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  • Harry Potter y las Reliquias de la Muerte: Parte 2
    Miles de millones de dólares de recaudación, fans alrededor de todo el mundo con un nivel de fidelidad da envidia a otras sagas y sus creadores. Siete libros, ocho películas, incontables textos sobre el personaje y su universo. Un éxito centrado en la lógica de la industria del entretenimiento que, sin embargo, no tuvo en sus versiones cinematográficas una esperable regularidad a la hora de la calidad. 

    Pero el cierre del mega relato, el fin de ciclo que marcan estas Reliquias de la muerte son una buena noticia para quienes no militan en el partido de los talilbán potterianos. El film, dirigido por David Yates -al igual que la parte anterior, así como El misterio del príncipe y La orden del fénix- trabaja sobre la idea del círculo cerrado en torno a la aventura que encuentra su clímax final, más cerca de lo que fue el planteo del capítulo final de The Lord of the Rings que de otras sagas filo-épicas.

    Tenemos aquí a un Harry maduro, incluso con comportamientos y actitudes que lo muestran aún más adulto que en la entrega anterior (ubicada en un mismo ciclo temporal), de 2010. Cada una de las decisiones que debe tomar lo acercan a una mayor severidad, a medida que pasan los minutos y el dramatismo de la narración se va agravando. Una montaña rusa pesadillezca lo lleva (junto a sus inseparables Ron y Hermione) al riñón del miedo, del cual (¿es necesario aclarar?) sale airoso aunque con golpes a su ego heroico. 

    Pero Potter y su varita todo lo pueden, incluso una pelea jedi style con el gran villano del cuento, Lord Voldemort (Ralph Fiennes, lo mejor del film) con quien mantiene una batalla final apoteótica y que sin dudas formará parte de cualquier antología visual que pudiera realizarse sobre la saga.

    El resto es un buen armado de secuencias de acción y aventura que no escatiman morbo intenso y persistente, regado por imágenes que le dan una intensidad poco habitual a la aventura, hasta ahora ATP pero aquí con un pie en el gore. Lo cual, estimados freakkies, no está nada mal para iniciar a los benjamines de la familia en nuestro querido mundillo de cinefilia demencial.

    ¿La mejor película de la saga? No, no es para tanto, pero puede ubicarse con comodidad en un segundo escalón debajo de la potente El prisionero de Azkaban (Alfonso Cuarón, 2004). Lo que sí, y no hace falta bucear demasiado para encontrar certezas, puede que no pasen mucho tiempo hasta que nos encontremos en el cine algún nuevo estertor de este exniño y ahora adulto mago del anti-heroísmo.
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  • Glue
    Glue
    Infonews
    Brújula adolescente mirando al sur

    Antes de que instagram se pusiera de moda entre los hipsters argentinos y las redes sociales explotaran a la vista de todos monitor mediante, una película removía el avispero del cine independiente con una historia de adolescentes alejados de cualquier vértigo 2.0 y apelando a una estética que apostaba por un pop retro inentendible para el gran público. Ese que seguía sin prestarle atención al Bafici.

    Fue hace seis años, nada más, nada menos, pero Glue en aquel entonces, entre quienes pudieron acceder por medio de las pocas proyecciones que tuvieron lugar, generó un interés que desgraciadamente no alcanzó a abarcar a los distribuidores, que la mantuvieron a raya hasta ahora, que finalmente logra acceder a la pantalla grande del circuito comercial.

    La historia que cuenta el realizador Alexis Dos Santos (que tiene en éste su único largo hasta el momento) gira en torno a un adolescente perdido en la inmensidad de su familia disfuncional y de sus propios miedos, inseguridades y fantasmas. Todo esto sobre el escenario de una Patagonia más árida que la de las bellas postales turísticas. Aquí el único turista es Lucas (Nahuel Pérez Biscayart), hijo de una mujer en plena explosión emocional por la infidelidad de su marido. El adolescente se recluye en su música, en el paupérrimo grupo punk del que es vocalista y en la áspera vida social que logra entrelazar con algún que otro amigo.

    Pero la gran protagonista del film, más alá de los méritos de un cast atractivo para la lente (por sus aristas pinchudas, por sus dobleces complejos) es la estética visual, que inunda de urgencia posmoderna el relato de un rincón de la Argentina alejado del vértigo de las noticias y la vida urbana. Luces, viajes sin ácido pero con pegamento en bolsa, rock sin destino y amores furtivos e iniciáticos. Glue es ya un pequeño objeto de culto del buen cine argentino, vale la pena aprovechar la oportunidad y ser testigo de ello frente a la pantalla de un cine.
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  • Medianoche en París
    El pequeño gran hombre de Manhattan está de nuevo entre nosotros pero desde París, su segundo hogar, la ciudad en la que su cine es más protagonista que en ningún otro lado, incluso más que en New York. Y Allen aquí no solo aprovecha la ocasión para trabajar como secretario de turismo ad honorem de la ciudad luz (la intro del film se compone de un par de minutos de imágenes de la ciudad, sin más hilación que el paso de las horas de la mañana a la noche).

    Sin embargo, el bueno de Woody, pese al desgaste que viene presentando su filmografía, nos presenta una trama interesante desde su planteo. Gil (Owen Wilson) es un guionista de Hollywood devenido en escritor, enamorado de París y su encanto bohemio, pero que a punto de casarse comienza a sufrir demasiados contrastes con su novia. Hasta aquí nada demasiado alejado del universo Allen. Pero, una noche, tras las campanadas de las doce, un carruaje recoge a nuestro antihéroe y lo traslada a la década de 1920, en medio de un agujero temporal en el que se relaciona con nombrecitos como Pablo Picasso, Salvador Dalí, Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway y, sobre todo, una de sus enamoradas, Adriana (Marion Cotillard), que parece logra desestabilizar al rubio.

    El film se apoya en la idea del viaje en el tiempo, pero sobre todo en aquello de que todo tiempo pasado fue mejor, o al menos en la posibilidad de refutar semejante concepto. El Gil de Wilson (con perdón) enfrenta así algo similar al ascensor que transitó otro de los personajes de Woody, aquel de Deconstructing Harry.

    Con el marco de una ciudad siempre apta para la postal turística y un trabajo de reconstrucción de época loable, la labor de Owen Wilson es formidable, demostrando el gran actor de comedia que es, en este caso no solo como el escriba en busca de su isla de Utopía, sino como el inevitable alter ego del director (saco un talle más grande incluído). Del resto del cast se destaca, como era de esperar, Cotillard, exquisita, además de la breve aparición de Adrien Brody en la piel de Dalí. El resto acompaña con dignidad, sin mayores luces pero con lo justo, bajo la batuta atenta de un autor que no parece querer ceder ante la disciplina autoimpuesta de un film por año. En este caso, y después de la muy floja Conocerás al hombre de tus sueños, la partida volvió a salirle bien.
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  • 8 minutos antes de morir
    Cuando el cine pone el pie en el embarrado subgénero de la amenaza terrorista (particularmente envalentonado desde el ataque de 2001 contra las Torres Gemelas) suele hacerlo, en el último tiempo, con cierta búsqueda de originalidad en lo formal, quizá para no aburrir, quizá para cambiar todo sin que nada cambie.

    El caso de Source Code obedece a ese planteo, a la idea de que hay que reforzar la paranoia popular, y si hay que acudir al sci-fi, pues que se haga, que para eso están las explicaciones científicas y el texto siempre explícito, como para que uno crea entender eso que al salir de la sala de cine se resumirá en un pixel más de miedo al otro, en una nueva cara del ellos-o-nosotros.

    El film nos muestra a un militar que despierta en un tren (Jake Gyllenhall), el cual, a los pocos minutos, estalla. Corte. Luego, vemos al mismo hombre en lo que parece ser una cápsula de hierro, reforzada y comunicada con una base de operaciones a través de un monitor y un micrófono. Del otro lado, lo que parece ser una operadora (la bellísima Vera Farmiga, cada día más parecida a Inés Estévez) le comunica que se encuentra en medio de una misión especial y que volverá al tren en el que acaba de morir para encontrar la bomba que lo hizo explotar y, después, al autor del atentado. Y para todo eso tiene tan solo ocho minutos.

    A partir de allí la película se mete de lleno en una estructura cuadrada, de relato sincronizado y en plan Groundhog Day, pero sin el humor y con la correspondiente muesca de suspenso e intriga.

    Duncan Jones (también conocido como el hijo de David Bowie, a la vez que director de la muy apreciable Moon) apuesta aquí por cierta linealidad, más allá de la ruptura que supone el hecho de tratarse de una narración fragmentada por las idas y venidas (no en el tiempo, sino en términos de física cuántica, como se encarga de subrayar más de lo necesario el omnipresente científico de turno), con un personaje que sufre el infame derrotero al que lo somete un sistema de inteligencia perverso.

    El discurso, en tanto, es más interesante que el planteo formal, ya que pone en juego más de un cambio de paradigma sobre la amenaza terrorista, al menos en lo que respecta al eje del mal. Por supuesto, la bajada de línea no llega a cambiar de carril ni se desvía del camino ya tan transitado del peligro que representa el otro, casi siempre malo, muy malo, escondido entre la bondad de los nuestros, los de bien.

    En lo estrictamente cinematográfico, Source Code es una pieza correcta de arquitectura de guión, por momentos pretenciosa y en ocasiones básica frente a otros trabajos del subgénero (Unthinkable, para no ir lejos), que quizá hubiera sido infalible como cortometraje, sin la necesidad de alargar pasajes o agregar situaciones que justifiquen 90 minutos de proyección. Sin embargo, un buen inicio y una ajustada resolución alcanzan para que el saldo sea positivo, y sin daños colaterales.
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  • Aballay
    Aballay
    ZonaFreak
    La filmografía de la Argentina tiene desde hace varias décadas una deuda con el cine de género. Entre sus cultores, o al menos entre quienes se han asomado a narrar desde una ubicación concreta con códigos y señales universales, a la vez que poniendo mucho de su propio perfil, se encuentra Fernando Spiner, que tuvo en La sonámbula su máxima incursión. Hasta ahora.Aballay es un western gaucho, o una película de gauchos con aire de western, como mejor enmarcaría su director. Abrevando en aguas como las del spaghetti western italiano o del clacisismo más acabado de John Huston, Spiner cuenta la historia de una venganza, la de un joven (Nazareno Casero) al que de pequeño le asesinaron a su padre. La vendetta llega a punta de pistola y facón, aunque la destreza no lo ayude, algo que paga caro en más de una oportunidad.

    ¿El principal receptor de la ira? El Muerto (Claudio Rissi), poronga de grupo que tiene atemorizados a sus seguidores y a quien se le cruce. Pero además del criminal mayor, el vengador dummie también busca al Aballay del título (enorme Pablo Cedrón), secuaz de aquel pero a su vez hombre (en apariencia) redimido ante el destino.
    Hablamos aquí de sangre al modo Kitano, de trabajadas y muy logradas secuencias de fuego cruzado, de drama campestre, de romance trágico. Pero también, y sobre todo, tenemos entre proyectores un film en el que su realizador supo aplicar vehemencia narrativa y contundencia visual, sin ahorrar en detalles propios del western, que a su vez se entremezclan con reminiscencias de la gauchesca argentina, género que ha sabido tener exponentes de gran nivel, aunque quizá, estos hombres de a caballo y grito pelado, del mismo creador de Adiós, querida luna, sean la gran versión hasta el momento del universo de las boleadoras y la violencia polvorienta de la pampa húmeda.
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  • Priest: El Vengador
    Una familia encerrada en su propia casa; un ataque sorpresa de un ejército de vampiros monstruosos; una joven escondida en un altiilo. Gritos, sangre, muerte, y la joven secuestrada por los chupasangre. Hasta acá, todo bien. Pero Priest ("Sacerdote") tiene un gran, enorme problema.

    El tumor maligno que presenta esta producción basada en el exitoso comic book homónimo está, más que en sus obviedades, sus personajes sosos y vacíos o sus robos a mano armada a Indiana Jones, en su concepción religiosa, en su base teórica. Porque aquí los héroes de la historia son un grupo de fanáticos católicos, sacerdotes que le rinden pleitesía a Dios y que juraron -desde pequeños algunos- ofrendar su vida a él y de manera cuasi tortuosa; gente que se tatuó una cruz en la cara, regidos por una iglesia perversa, criminal y mesiánica.

    Priest es la exacerbación del catolicismo medieval, más allá de que aquí los malos no son los negacionistas (que también deben purgar lo suyo), los conversos o las brujas, sino unos horribles vampiros (muy bien logrados, por cierto) que atacan al estilo de los que ya vimos en films como The Descent y similares.

    En cuanto al oponente principal del relato, se trata de un simil Django, lo cual intenta jugar con una iconografía difusa, como un mix de western con cine de aventuras y terror, pero mal remixado, que apela a todo tipo de clisés y que no deja afuera ninguna de las frases remanidas a cargo de héroes y villanos. Ah, y la femme fatale de turno, claro, en este caso en piel de la bellísima Maggie Q (Nikita, Live Free or Die Hard), que no aporta casi nada al film pero que al menos contrarresta el olor a vestuario que sobra en la cinta.
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  • La doble vida de Walter
    Este buen (mal) hombre merecía un film en el que, definitivamente, pudiera demostrar el gran actor que es. Mel Gibson puede que sea el justo destinatario de las condenas más variopintas; antisemita, machista, violento, xenófobo, fanático religioso, mesiánico, anche alcohólico irrecuperable. Así y todo, mister Mel logra aquí alejar todos sus miserables fantasmas durante 90 minutos gracias a la que es, sin dudas, la mejor interpretación de su carrera.


    The Brave ("El castor") cuenta el click mental que acontece en el pobre Walter (Gibson), un hombre que se encuentra en medio de un pozo depresivo que le anuló la relación marital, además de que interrumpió la comunicación con sus hijos. Para colmo, fracasa como director de la compañía que heredó de su padre, lo que le causa un profundo vacío espiritual. Hasta que, por accidente, llega a su vida el títere de un castor que, luego de una rápida conclusión, termina por convertirse en la posible ruptura de esa crisis.
    El heterodoxo sistema de autotratamiento que se impone Walter es hablar a través del títere, sea con quien fuere y donde fuera, desde una charla con su hijo menor hasta una entrevista en una cadena televisiva. El castor habla por él. Claro que no es un tratamiento sin daños colaterales.
    Jodie Foster, como realizadora, demuestra que está para mucho más de lo que había demostrado en sus films anteriores. Además, pone su puesta de cámaras y amable estilo narrativo al servicio del lucimiento de Gibson, que aprovecha cada minuto en pantalla para desplegar un trabajo actoral notable y que incluso, durante el tiempo que transcurre la ficción, al menos, logra enternecernos pese a su oscuro background. ¿Lo tendremos en la alfombra roja del Oscar el año próximo, o pesará más la sombra de Darth Vader que según parece arrastrará por siempre?
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  • Hanna
    Hanna
    ZonaFreak
    La fuga hacia adelante como escape improbable, como disparador de una crónica con final trágico (casi) anunciado. Hanna plantea una historia de batallas personales, ocultamientos, dolor y persecusiones, pero, por sobre todo, representa un buen ejemplo de relato de aventuras clásico y a la vez teñido de posmodernidad y conflictos de época.

    El film nos muestra a una adolescente, Hanna (Saoirse Ronan), criada al costado de la civilización por un padre (Eric Bana) obsesionado con hacerla fuerte, guerrera, implacable, una amazona del presente con aires de heroína medieval. Alguien quiere matarla. Ese alguien, en algún momento de su vida, intentará eliminarla, borrarla del mama. Y ese momento llega cuando ella está lista para enfrentar la batalla.

    Joe Wright (que viene de tambalear con la irregular The Soloist) plantea con precisión ¿germana? un laberinto con minotauro incluído al final, en el que la protagonista de marras, la escapista, la teen fatal de armas llevar, sostiene la acción en modo Rambo First Blood, o más acá, como una Nikita de perfil sajón, implacable y corriendo de forma continua una difusa frontera entre lo correcto y la más rematada amoralidad.

    ¿La oponente en este lío? La despiadada Marissa (maravillosa Cate Blanchett), ejecutora en todo el sentido de la palabra, encargada de terminar con el problema que le genera el hecho de que una beba modificada genéticamente, que se suponía iba a ser utilizada como indestructible soldado del Estado, haya terminado siendo apropiada por uno de sus colaboradores y educada para que nunca aceptara servir a los fines para los que había sido creada.

    Una trama de violencia, con pasajes de acción de alto voltaje, sobre todo a cargo de la mediana fémina en cuestión, además de un gran momento protagonizado por su padre, en un espectacular Eric-Bana-Contra-Todos. El clima de opresión que presenta el guión de manera constante (espacios amplios con encerronas continuas, cazadores al final de cualquier curva rutera) se ve subrayado por las múltiples locaciones que sirvieron como escenario de la aventura, un protagonista casi excluyente de la historia. Además, como bonus, la música hipnótica de los Chemical Brothers, condimentando con clima de rave extasiada y terminal.
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  • La noche del Demonio
    A James Wan lo conocemos por su máximo hit hasta el momento, Saw, esa gran marca en la que como director solo dio el golpe inicial, para lo que finalmente fue una saga que se agotó con el correr de los años y un malón de secuelas desafortunadas. En este caso, a seis años de aquel film y a tres de otros dos sin demasiadas luces, el realizador malasio vuelve con un opus mayor, un trabajo de terror en sintonía fina con lo mejor del género, a la vez que con esa cualidad ya olvidada: que una película de terror, valga la redundancia, provoque miedo.
    Insidious pone el foco en una pareja y sus hijos, quienes se mudan a una casa grande y que pocas horas después de estar allí asisten al llamado de la desgracia. Un ruido en el altillo, una caída, y el mayor de los niños que termina en coma, sin causa aparente y sin diagnóstico preciso. A poco de eso, y con el pequeño de nuevo en su casa, dormido y con la posibilidad de despertar de un momento a otro, una serie de sucesos fantasmagóricos y espeluznantes se dan cita en cadena, aterrorizando a los habitantes del caserón y provocando la menos querida de las hipótesis: el quid de los sucesos paranormales no está en la casa, está en el niño comatoso.
    James Wan entrelazó aquí el buen cine de terror clásico, con sus fantasmas, su posesión diabólica, su exorcismo en ciernes, sus imágenes lúgubres, su efectiva explotación de los temores inconscientes. Sin embargo, y pese a ser de la camada de realizadores afines al golpe de efecto estruendoso y shocker, aquí eligió el medio tono, a bordo de un montaje que va de lo nervioso a lo clásico, jugando con luces y sombras siempre bien planteadas y, sobre todo, con la base de un gran guión que hace honor a lo mejor del género y, para más datos y albricias varias, sin apelar al guiño teen.
    Además de, sin duda, colocarse con comodidad entre lo mejor que este 2011 habrá dado al cine de terror y suspenso, Insidious es, como si fuera poco, un título que viene a reflotar con hidalguía al subgénero de los cuerpos tomados por presencias maléficas, ese que venia siendo maltratado con insistencia, y que quizá por primera vez en varios lustros, haya encontrado a uno de sus mejores exponentes, con perdón de El Exorcista.
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  • El dedo
    El dedo
    ZonaFreak
    La sinopsis de este opus del cine argentino tiene tanto de atractivo como de riesgoso. Sin embargo, el caso de El dedo, largometraje debut de Sergio Teubal, marca una feliz diferencia con otros trabajos de la pantalla local, que no siempre afrontan ambas características de la manera más feliz.
    La trama nos ubica en el año 1983 y en un pequeño pueblo cordobés que ha llegado a alcanzar los 501 habitantes, lo cual lo transforma en comuna y habilita para celebrar elecciones comunales. El maquiavélico juez de paz del lugar (Gabriel Goyti) intenta capitalizar la situación y continuar así con el poder que ya detenta, algo que parece nublarse cuando un popular y extraño habitante del paraje, Baldomero (Martín Seefeld) decide hacerle frente.
    ¿Y el dedo en cuestión? Hace su aparición protagónica luego de la muerte de Baldomero, que dispara sospechas pero, también, el bizarro juramento de su hermano (Fabián Vena) que corta el índice del malogrado al grito de "al que hizo esto lo voy a estaquear en cuero y le voy a meter este dedo en el culo".
    A partir de allí se dispara una situación digna de Twilight Zone, en la que el dedo conservado en un frasco con formol se transforma en gurú de la población del lugar, lo cual repotencia los celos del juez capanga.
    Se trata de una comedia de perfil costumbrista (la vida de un pueblo del interior, el comercio de ramos generales atendido por Vena, el carnicero machazo, el comisario corrupto, los chismes) pero con toques brillantes y un realismo mágico freak saludable y lejos de cualquier intención berreta de hacer poesía con elementos incompatibles. La frescura del relato y las buenas artes de la dirección y el elenco son puro placer, para un título que no marcará un antes y un después pero que perdurará como una buena excepción a la regla de las comedias argentinas malogradas.
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  • Poder que mata
    Este punzante film coproducido por Hollywood y ¡Emiratos Arabes Unidos! suspendió una semana su fecha de estreno en Argentina, prevista para pocas horas después de lo que fue el asesinato de Osama Bin Laden en manos de Washington. ¿Bajada de orden desde Los Angeles? Como fuera, esta notable pieza de cine de intriga política y juego sucio (valga el paradójico título original) bien merece una mirada, o dos, a la vista de los hechos recientes.

    Fair Game es un puzzle internacional que gira en torno a una agente secreta de la CIA (Naomi Watts) y su esposo diplomático (Sean Penn), colaborador en el juego de espías que su mujer vive en el día a día. El quid de la cuestión de la agente Plame es que se encuentra en medio de una investigación sobre armas de destrucción masiva en Irak, la cual la deriva a la total inexistencia de las mismas. Claro, la Casa Blanca decide ignorar sus conclusiones y va más allá, al punto de ponerla en peligro de muerte.
    El siempre efectivo Doug Liman (The Bourne Identity, Sr. y Sra. Smith) dirige un trabajo de relojería al borde de la perfección pero, sobre todo, una estimable declaración de principios sobre la miseria política que la Casa Blanca y el Pentágono han construido a lo largo de los años, algo que hizo eclosión con la invasión a Irak luego del ataque a las torres gemelas. Un guión de hierro acompaña una trama intensa y que crece en interés a medida que avanzan los minutos, con personajes sólidos en torno a la pareja protagonista (Sean Penn casi casi hace de si mismo, con un nivel de corrección política al borde de la exasperación).
    En la mejor tradición de la saga Bourne y, más aún, de los mejores momentos de aquella intriga sobre la crisis de los misiles en los 60s que fue Thirteen Days, Poder que mata hace honor a un subgénero del cine que hoy se vuelve urgente, al calor de las tapas de los diarios y las mentiras cruzadas. Un cine para debatir y seguir desconfiando de todo.
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  • Que 'la cosa' funcione
    Un cuarto de siglo ha transcurrido desde que Woody Allen estrenó Hannah y sus Hermanas, film con el que clavó una bisagra en su carrera y comenzó a desgranar un estilo netamente discursivo, de frontman verborrágico y/o de ventrílocuo en las sombras, según el caso. Desde aquel 1986 hasta hoy pasaron 28 largometrajes, en su mayor parte con personajes que desplegaron el ideario alleniano a través de diálogos, acciones y, como en el caso de este opus, monólogos ante cámara.

    La película, protagonizada por Larry David (co-equiper de Jerry Seinfeld en la autoría de la gran serie americana de los 90s), es quizá el trabajo reciente más sólido que parió Allen desde lo discursivo, además de ser, quizá, y junto a Deconstructing Harry (1997), de lo mejorcito dentro de su filmografía de las últimas dos décadas. Porque aquí, como en gran parte de la cosmogonía de su autor, hay una historia de amor trunca y, más que ninguna otra cosa, una mirada oscura y fatalista sobre la condición humana.

    Líneas de diálogo que disparan textualidades como "Democracia, gobierno manejado por el pueblo... todas grandes ideas que tienen un gran defecto: están basadas en la falacia de que la gente es decente", o también "esta no es una película para sentirse bien, si son de esos idiotas que necesitan sentirse bien, vayan por un masaje". Aguijones-punta de lanza de una película que tiene en David a uno de los alter egos más contundentes con los que haya contado Allen, tras haber probado a interlocutores como Kenneth Branagh (Celebrity, 1998); Alan Alda (Everyone Says I Love You, 1996) o la reciente (y fallida) Naomi Watts (You Will Meet a Tall Dark Stranger, 2010).
    Obsesiones, depresiones, un hombre mayor que estrena divorcio en un pequeño departamento de New York y una joven del sur profundo yanki recién llegada a la gran ciudad, que arrastra una educación conservadora y retardataria. Las patas de una historia simple en su planteo formal, más allá de la vuelta de tuerca que implica que el personaje principal hable a cámara para trazar las líneas generales del relato. Allen eligió reforzar los textos y salió victorioso, pisó el acelerador de su mirada de intelectual dark y la hizo comedia.

    Porque no hay visos de tragedia aquí, como en las recientes Casandra´s Dream (2007) o Match Point (2005), el viejo Woody puso todas sus fichas a la risa y su guión, sólido y concreto, funciona en ese sentido como hacía mucho que no lo hacía, más allá de las volteretas de Melinda and Melinda (2004), que apenas esbozaron las buenas artes de su writer pero con más pretenciones que logros.

    Whatever Works podría haber sido el cierre perfecto -de no ser porque planea seguir al ritmo de una película por año y porque la de 2010 fue una de sus peores películas- para una obra artística no exenta de baches pero brillante en su concepción, en su mirada del mundo, del cine y, con mayor o menor búsqueda, de la condición humana.
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  • Gnomeo y Julieta
    El territorio está en llamas. Montescos y Capuletos se enfrentan a muerte. O no. O no tanto. O sí, pero ya no los dos adultos que tienen sus casas linderas (y que se ignoran con amarga vehemencia), sino nada menos que los enanos de ambos jardines; los azules contra los rojos, con buenos y jodidos entre sus filas, pero con un joven aventurero de un lado y una bellísima pequeñuela del otro, que harán lo posible para que sus bandos dejen atrás odios y capitulen en nombre del amor. Pero la crisis social enana no termina ahí...

    Porque el enfrentamiento entre ambas partes adquiere características violentas a poco de estallar, con invasiones de un lado de la cerca hacia el otro y amenazas varias, además de un accidente que termina con la presunta rotura (son enanos de porcelana, al fin y al cabo) de uno de los protagonistas.
    "¡Se estrelló!", gritan los personajitos cuando uno de ellos cae al suelo destrozado en varios pedazos, constituyendo una forma interesante y original de representar la idea de muerte (atención, maestros, psicólogos infantiles y pedagogos) en medio de un universo conflictivo pero a la vez de remarcado tono festivo.
    Gnomeo y Julieta, además de desplegar un altísimo nivel de la animación, al borde de cierto hiperrealismo, tiene como otro de sus méritos el reirse de algunos clichés del género de animación para niños, lo cual no es novedoso pero subraya la intención que toda una generación de realizadores viene poniendo en práctica, revitalizando a los cartoons a través de un camino que no parece tener límite. Pero el mayor tilde a favor del film es el buen uso del humor inteligente y con toques de bienvenida acidez (incluyendo la conversación de un gnomo con la estatua de William Shakespeare), a la vez que el logro de abarcar en envase de lujo un relato ameno para los más chicos de la famila.
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  • Scream 4
    Scream 4
    ZonaFreak
    El principal punto a favor de esta nueva secuela de la saga slasher es la autoconciencia que lleva adelante casi como una declaración de principios. En ningunún momento Scream 4 deja de evidenciar que está entre nosotros para ser una secuela más de una saga que no debió ser tal y que su primera e insuperable primera parte debió ser también la última.

    La historia, a once años de la última secuela, nos ubica en el maldito pueblo de Woodsboro, hasta donde regresa la célebre víctima de ghostface, Sidney Prescott (Neve Campbell) para presentar el libro en el que cuenta la forma en la que salió del trauma de ser la eterna perseguida por la sombra de la muerte. Sin embargo, y como no podía ser de otra manera, con su llegada, la población se ve nuevamente sacudida por una ola de crímenes, por supuesto, otra vez a manos del personaje de túnica negra y máscara fantasmagórica.

    Y hasta ahí llegó el amor del guionista Kevin Williamson (el mismo de los tres films anteriores), que apeló a calcar más o menos la estructura de lo ya visto en otras Scream pero con el agregado de la vuelta de tuerca que Craven ya utilizó en New Nightmare, cuando la saga de Freddy Kruegger se rió de si misma para reinventarse. Sin embargo, en este caso la cosa no funciona igual, ya que los cuchillazos de siempre se acumulan sin mayor gracia y en ningún momento logran superar la inteligente intro matrioska que da inicio al relato. La diferencia entre sátira y parodia, en este caso, dice ausente.

    Los tips más interesantes de este desahuciado regreso de la saga son Courteney Cox (por la actitud rocker de su personaje, por su presencia en pantalla, por esa cintura increíble) y las referencias a títulos del cine de terror reciente (entre ellos la catarata de remakes de los últimos años). Pero la cuestión placentera se agota ahí, el resto es más de lo mismo sin ideas que sumen, sino por el contrario, con una acumulación de asesinatos que por lineales y predecibles terminan por restarle interés a un film que, en conjunto, no logra resultar siquiera como un chiste efectivo.
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  • Thor 3D
    Thor 3D
    ZonaFreak
    Los superhéroes de Marvel se vienen con todo. A la lista de los ya estrenados y celebrados Hulk y Iron Man (algo así como los Tévez y Messi de la cofradía), además de la inminente llegada de Captain America y Black Widow, se le mete en medio este rústico paladín de la justicia hijo de Odin y portador del martillo más pulenta de la historia del comic.

    Thor está entre nosotros y nada menos que dirigido por Kenneth Branagh, que en un principio pudo sonar como sapo de otro pozo a la hora de encargarse de una historia de estas características, pero que a la vista del resultado en pantalla, es inevitable decir que sin duda se trató de una elección atinada.

    El film nos muestra el desquicio que provoca el rubio musculoso y tontón en el reino del gran Odin (Anthony Hopkins) cuando decide por cuenta propia combatir de visitante a los malvados seres de hielo que amenazan con convertir en rolitos a todo aquel que se le cruce. Reto mediante, el padre real castiga a su hijo enviándolo al planeta tierra, aunque también le manda el martillo sagrado para que lo tenga cerca en caso de problemas.

    Caído en tierra estadounidense, el hombre de los rayos y las centellas emprende un curioso derrotero que lo lía con agentes del FBI y una simpática estudiante de ciencias (Natalie Portman), la cual, en parte por el obvio e inevitable chisporroteo amoroso, será nexo con los problemas terrenales que aquejarán al héroe. Claro, la cosa se pone espesa en serio cuando llegan de visita un par de personajes que debían haberse quedado en su planeta original...

    El trabajo del siempre clásico Branagh está montado en esta ocasión sobre la parafernalia hollywoodense del habitual operativo digital, con efectos 3D en algunas ocasiones (aunque el efecto no está aprovechado en plenitud) y, siempre, con un nivel de puntillosidad técnica arrasadora, al servicio del orgasmo pochoclero durante las casi dos horas de cinta.

    Sin embargo, lo que destaca a Thor dentro de la andanada de films del universo comiquero, es su pefil de película-intro, de producto pensado y orientado inequívocamente a servir como prólogo de lo que será The Avengers, la gran apuesta de Marvel y Hollywood para el año próximo, donde veremos a los super paladines de la justicia en yunta. De hecho, no faltan referencias a Tony Stark y a Bruce Banner, partes excluyentes de la cosmogonía heroica.

    Quizá entonces, con todas las cartas sobre la mesa, con todos los poderes desarrollados y puestos en juego, podremos terminar de armar este rompecabezas y sacar la conclusión de cuál es el verdadero lugar que ocupa en el equipo este titán musculoso y grunge, el martillero público número uno.
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  • Cacería de brujas
    Es ocioso ocuparse del pasado de Nicolas Cage, de sus desaprovechadas virtudes actorales y, sobre todo, de su irregular presente, en foco más por sus raros peinados nuevos que por su efectividad a la hora de elegir proyectos y seleccionar guiones.

    El caso de Cacería de brujas no escapa al topic (algo que sí sucedió con la muy destacable Un maldito policía en Nueva Orleans), ya que tenemos aquí otra de esas ocasiones en las que es fácil poner la mira en el devaluado Nic, disparar y dar en el blanco.La historia se ubica en pleno siglo XIV, en medio de la indiscriminiada cacería de señoras que negociaban cuestiones con Satanás, aunque también de aquellas que no comulgaban del todo con la Iglesia católica, verdadera protagonista de las matanzas y genocidios varios que ocurrieron por aquellos tiempos.

    El asunto en cuestión gira en torno a dos guerreros (Cage y e Ron "Hellboy" Perlman) que masacran espada en mano al servicio de la iglesia, pero que luego de una farragosa faena, abandonan el servicio tras comprobar que en nombre de Dios habían degollado a decenas de mujeres y niños.
    Pero el círculo tiene que cerrar de alguna manera, por lo que, calabozo mediante, ambos batalladores vuelven a trabajar para el santo mandamiento, aunque de otra manera, custodiando el traslado de una joven señalada como bruja, hasta la iglesia en la que será ajusticiada con la gracia divina, o algo así.
    Menuda aventura termina presentándoles a los custodios el encargo, debido a un camino complejo y una serie de eventos desafortunados que, se presume, están a cargo de la bella y demoníaca damisela.
    El film arranca con gallarda violencia, con un buen puntapié de terror en tiempos añejos, en buena mezcla de brujería, suspenso clásico y guiños de posmodernidad estética un tanto deudoras del horror oriental. Pero todo acaba ahí, demasiado rápido, tan solo como un aperitivo escaso y con más escarbadientes que aceitunas, si se permite semejante paralelo gastronómico.
    El resto es un relato de una linealidad pasmosa, sin la menor presencia de gracia narrativa, apenas con una o dos pasadas de terror bien elaborado, pero minúsculas respecto de un todo pobre en recursos para contar el cuento. Las limitaciones son constantes, un guión anulado por la falta de ideas, previsible casi siempre y demasiado obvio en su resolución, como si se tratara de un refrito de dos ideas, pero mal vehiculizadas.
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  • El mal ajeno
    El mal ajeno
    ZonaFreak
    Un médico (Eduardo Noriega) se enfrenta a la tribulación que le provoca el descubrir el extraño e invaluable poder que tiene en sus manos: el de curar, más allá de cualquier pacto hipocrático, más allá de cualquier conocimiento aprendido en la facultad. Lo sobrenatural como norma, y el dolor como precio a pagar.

    Este largometraje del debutante Oskar Santos tiene el mérito de contar con buenas herramientas narrativas un drama con ribetes fantásticos que deriva hacia el suspenso hecho y derecho, pero sin apelar a demasiados lugares comunes, más allá de los guiños de un género que, a la hora de interpelar al público masivo, suele perder contundencia y ponzoña.


    El mal ajeno es, además, un film de terror (light) con densidad dramática, que abreva en aguas de una tensión bien llevada por un guión estructurado en torno al ¿poder? ¿maldición? que lo paranormal deposita literalmente en las manos del protagonista.

    No es difícil imaginar la misma trama y con elementos similares en manos del Claude Chabrol de los últimos años, pero lo concreto es que tenemos aquí a un director debutante, que si bien no entrega grandes momentos o escenas que puedan llegar a colocarse entre lo más intenso y atractivo del cine europeo, sí logra ofrecer una dosis de intriga suficiente intensa como para enamorar por un rato.

    El trabajo de Eduardo Noriega, cuyo personaje carga con el noventa por ciento de la responsabilidad dramática de la historia, es correcto, al igual que sus compañeros de cast, que suman a una narración compacta y precisa. El resto es buena ambientación, música ad hoc y una espesa neblina de clima bien llevado. Vale la apuesta.
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  • Los ojos de Julia
    El cine español viene trabajando al género del terror con notable eficacia, sobre todo en un punto sensible, que es, precisamente, el que tiene que ver con crear atmósferas tenebrosas y con buenas armas, de manera clásica pero sin excesiva apelación al cliché, con rasgos reconocibles pero sin caer en remanidos lugares comunes. Los ojos de Julia, por fortuna, es parte de esa tradición.
    El relato comienza con una mujer ciega que es obligada a ahorcarse. Enfrente de ella, un extraño personaje le apunta con una cámara de fotos a golpe de flash. Corte. Más tarde, su hermana gemela da con la noticia del fatal suceso.
    Un comienzo inquietante, bien logrado, con marcas de estilo del nuevo thriller americano, da paso a un film de suspenso clásico, deudor de Hitchcock pero también de películas más recientes como The Others, o incluso esa muy buena experiencia ibérica que es El orfanato.
    Guillem Morales, en su segundo opus tras la muy correcta El habitante incierto (2004), comanda con buen pulso a un elenco de actores correctos, liderados por la sexy Belén Rueda, quien se ajusta a un papel complejo y de tinte dramático, al tiempo que destila una trágica sensualidad de comienzo a fin.
    La historia cuenta con un guión sólido, tratado con un nivel técnico destacado y una banda de sonido lista para dar el golpe de efecto en el momento indicado, pero sin caer en baratijas tales como asustar sólo con un violinazo.
    Terror del bueno, clásico, inspirado y sin hambre de secuelas. Apenas une buena historia contada aún mejor. Nada mal.

    Bonus Track
    -Muchachos continuistas, para la próxima retoquen un poco más el vestuario, como para que la acertada cirugía plástica en los pectorales de la femme fatale no sean tan evidentes si es que juega el rol de hermanas gemelas.
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  • Sanctum
    Sanctum
    ZonaFreak
    "Avatar, cuánto daño ha hecho", dice Santiago Segura al final del teaser trailer que corresponde a la cuarta parte de la saga Torrente, a punto de estrenarse en Argentina. Precisamente, a modo de paso de comedia, de ironía no buscada, ese avance es uno de los que puede verse en algunas tandas previas a las proyecciones de Sanctum 3D, opus producido por James Cameron y que jamás habría sido siquiera proyectada de no ser por el éxito de la aventura sci-fi con los seres virtuales azulados.
    Estamos ante un producto básico, casi prehistórico en términos de concepto cinematográfico, que se apoya en la imagen pero ya no para contar una historia, para estructurar un guión, sino para vender tridimensionalidad, el nuevo chiche de la industria y las majors, que, a su vez, parecen tener en James Cameron al mejor gerente de marketing que podrían haber conseguido.
    Sanctum nos muestra un grupo de exploradores submarinos que se adentran en unos complejos túneles. En medio del trabajo bajo el agua, surgen numerosos y fatídicos problemas para el dream team marino. Y hasta ahí llegó el amor del guión y, aquí el problema, el interés por entregar algo más que elaboradas secuencias subacuáticas y logrados efectos en 3D.
    Hablamos de high definition kitsch, de barroco visual para nerds de la tecnología. Si el cine fuera pensado como una sucesión de imágenes despojadas de todo contenido, si el concepto de video clip hubiera copado la parada, esta sería una pequeña joya, pero el tiempo, la acumulación de material en el disco rígido cinéfilo nos tienta a exigir un poco más que masturbación superproducida al servicio del balde de pochoclo.
    Por otro lado, con este trabajo Alister Gordon se recibe de realizador psychokiller, al haber planteado un relato signado por el odio hacia los personajes, en el que la identificación es imposible (salvo con uno, a la sazón el más insípido del menú). Uno tras otro irán cayendo como fichas los participantes, como en algún macabro juego planteado por Jigsaw, pero en forma de guión.
    Quizá, en el fondo, se trate de un ejercicio de publicidad subliminal para la proyectada transformación en 3D de Titanic y The Abyss, esas joyitas del señor James, con elementos tecno, pero que supieron dejar su marca con mucho más que un envase vacío.
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  • Sólo tres días
    Queremos al Russell Crowe heroico, emprendedor a la hora de la aventura y ganador en los frentes de tormenta. Por supuesto, sostenemos dentro del marco de nuestra cinefilia a su Maximus de Gladiator y, quizá con más entusiasmo todavía, a su Jeffrey Wigand, aquel que combatió a las tabacaleras desde su trinchera de principios en The Insider. Sin embargo, debemos permitirnos un gesto de disgusto ante este flojón caballero que se nos presenta en este nuevo opus.

    No es un mal intento el que emprendió Hollywood con esta remake de ese buen policial francés que fue Pour Elle, en el que un hombre del común emprende una vertiginosa carrera por sacar a su esposa de la cárcel, presa por un crimen del que él la considera inocente.
    En The Next Three Days (retitulada en Argentina en referencia a la última parte del relato) lo que vemos es el complejo derrotero que enfrenta este antihéroe metido a salvador, que debe emprender un duro camino para intentar la fuga de su esposa de una cárcel y un contexto delictivo que le complica las cosas más de lo que suponía.
    Crowe no luce sólido en el personaje que le tocó en suerte en este opus irregular. La marcación parece débil, apenas poniendo el acento en cierta inseguridad, pero por breves momentos, como en chispazos de lucidez para un guión demasiado rutinario y que sigue tan al pie de la letra la fórmula del éxito que se vuelve insípido e insuficiente a poco de comenzar.
    Aunque no está del todo mal logrado el perfil del hombre de a pie enfrentado a una aventura que no sabe afrontar, hay, en ese punto, apenas un mínimo destello de atractivo en más de dos horas de cinta, lo que puede encontrarse alguna pequeña luz de un faro que sin embargo no marca bien el rumbo y se pierde en sus propios giros.
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  • Mi abuela es un peligro 3
    ¿Tuviste problemas de chico con compañeros de colegio que te trataban mal?
    ¿Te parecieron "lo más" las dos primeras partes de esta saga?
    ¿Alguna vez la psicopedagoga del colegio le recomendó a tus padres que visitaras un terapeuta? ¿Has visto pocas comedias y te reís fácil con Midachi o engendros similares? ¿No te llevás del todo bien con el cine y además solés aborrecer a películas de Monty Phyton o similares? ¿En los test de IQ todavía intentás colocar un cubo donde va un círculo? Esta es tu película ideal.
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  • Infierno al volante
    Del director de la irregular y bizarra saga Dracula 2000 llega una película que hace honor al prontuario de quien tiene en su filmografía, además, mamotretos como Sangriento San Valentín o la impresentable White Noise 2. Es decir, estamos ante otra película irregular y bizarra.

    Infierno sobre ruedas da inicio con una espectacular persecución (realmente disfrutable en 3D) a cargo de nuestro héroe de los raros peinados nuevos, a puro vértigo y haciéndose cargo de la herencia de caballeros al volante como Mad Max o, más acá en el tiempo, de esos siempre envalentonados macho men que sabe componer el pelado Jason Statham. Pero hablamos de Cage, por lo que la iconografía del actor siempre listo para todo papel se nos hace presente al punto de querer que el freak de turno al que le pone el cuerpo se lleve todo puesto, sea como fuere.
    Y así sucede. El hombre busca a una señorita que no sabemos bien dónde la tiene secuestrada una secta satánica, lo cierto es que las balas que dispara nos dan los primeros toques gore de un flm que no le hace asco a la imagen fuerte y la violencia explícita. Desde ese lugar, agradecemos.
    Sin embargo, el film tiene un pequeño problema y es que parte de una lógica interna trash, que rompe con la estructura clásica, pero al mismo tiempo adolece de la falta de impulso suficiente como para descartar los lugares comunes obvios del mainstream (final obvio incluído). En ese sentido, la femme fatale Amber Head, con nombre de pornostar incluído, aporta un poco de sensualidad formal y restringida, pero dejando desnudos y guarradas varias (más allá de cobrarse algunas vidas) a otras ladies de la trama, que sí entregan (casi) todo de si.
    Patrick Lussier le imprime un vértigo constante al relato, alternando tiros con tetas y más tiros y más tetas, siempre dentro de un planteo ultrabizarro y con detalles que no viene a cuento revelar aquí, ya que la propuesta incluye el dar información con cuentagotas, y allí es donde radica uno de los puntos a favor de la cinta.
    Además, y como clímax absoluto del cuentito, una escena nos muestra a Cage teniendo sexo en un motel mientras liquida a tres o cuatro villanos, todo al mismo tiempo. De catálogo.
    Párrafo aparte (este) para William Fitchner (el Alex Malone de Prison Break), ya candidato a ser uno de los grandes personajes del cine de este año.
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  • 127 horas
    127 horas
    ZonaFreak
    Podríamos preguntarnos qué es lo que hace en los Oscars este film tan correcto desde lo fílmico como excesivo en extensión y nominaciones a premios que le quedan un poco grandes. Pero lo importante, en este marco, es que Danny Boyle lo hizo de nuevo, volvió al ruedo con un trabajo que en comparación con su megaéxito Slumdog Millonaire (Oscar a Mejor Película, entre otros) es pequeño en factura, minimalista, acotado.
    127 horas narra el vía crucis sin cruz de Aron Rarlston, aventurero nato y escalador de montaña entre otros hobbies y aficiones que un día, en plena recorrida, queda atrapado entre piedras que lo atascan al punto de pasar allí el transcurso de tiempo al que hace referencia el título.
    El director de Trainspotting logra durante hora y media de relato sostener la tensión de una anécdota trágica protagonizada por un muy efectivo James Franco, ágil en su entrega física y emocional al personaje, lo que lo transforma en una acertada elección para darle vida al drama vivido por el Rarlston real, a quien, y a modo de coda, de bonus track, vemos junto a los títulos de cierre, quizá con la intención de reforzar la ligazón con la historia, con el personaje y, porqué no, con la mira puesta en miles de votantes que definen quién se hará acreedor a la estatuilla dorada.
    Lo dicho más arriba; el film, correcto y gentil en su narración, sería aún mejor con cuatro o cinco minutos menos, sobre todo a la hora de describir la situación gore cerca del final, con una descripción detallada de la decisión límite que toma nuestro héroe, tan quirúrgica que parece solo destinada a asustar señoras. Al mismo tiempo, el paquete para regalo que Boyle presenta en términos de edición y puesta de cámaras es impecable, todo un ejercicio de estilización visual, lo cual hace que el drama nos salude con simpatía y fluidez pop(ular).
    Ah, ¿los porqué de tanta nominación (Película, Guión Adaptado, Actor Principal, Montaje, Música Original, Canción Original)? Reglas de una industria que parece haber encontrado en Danny Boyle un candidato siempre listo. O quizá sea otra cosa, claro.
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  • El Avispón Verde
    Estuvo poco tiempo en los cines, al menos en Argentina. Fue ametrallada en todo el mundo por gran parte de la crítica y los fans le pegaron en todos los frentes. Pero para quien esto escribe, la versión Michel Gondry del héroe surgido en la radio hace ya casi un siglo no es solamente un ejercicio de estilo visual y diversión ligera, sino también un acercamiento desprejuiciado y potenciador a un personaje menor del universo heroico.

    The Green Hornet da inicio con el clásico relato sobre el nacimiento del héroe, a modo de biopic fugaz y con trazo más o menos grueso. Luego, quizá a fuerza de tener como productor al propio guionista y protagonista, el film desemboca en un tour de force a cargo, precisamente, de la estrella en cuestión, Seth Rogen, parte del top tem de los comediantes made in USA desde hace algunos años gracias a Pineapple Express o Zack & Miri hacen una porno. Y la labor de héroe no le queda mal, sobre todo debido a que el tono general del film está signado por el humor.

    Pero uno de los puntos más fuertes de este largometraje de casi dos horas, como casi siempre y además de la femme fatale del caso (Cameron Díaz), es el villano en cuestión. La labor del enorme Christoph Waltz como el rey del crimen en la ciudad de Los Angeles (donde transcurre la trama) está a la altura de la leyenda que generó con su trabajo en Inglorious Basterds. Sus líneas de diálogo son pocas pero certeras, girando en torno al trauma de un villano de corta estatura, sin estilo y que no logra imponer miedo entre sus adversarios salvo a los tiros (a tal punto que precisa una pistola con doble cañón).

    Si uno logra abstraerse de la serie televisiva, que marcó para siempre la iconografía del Avispón, el trabajo de Gondry puede disfrutarse por plantear una historia light pero bien contada y con lo justo, además de, claro, la presencia de las marcas de estilo de su director, experto en hacer del artificio visual una buena causa y en utilizar la cámara para algo más que mostrar acción. También, y casi tan meritorio como lo antedicho, vale destacar el trabajo de montaje a cargo de Michael Tronick, el mismo que se destacó por haber realzado a las menores Mr. and Mrs. Smith y S.W.A.T.

    El DVD

    Más allá de lo estrictamente cinemtaográfico, el lanzamiento de The Green Hornet en Argentina incluye una serie de bonus que multiplican el disfrute. Un puñado de bloopers durante la filmación son lo más a mano, de efecto rápido y certero. Pero el plato fuerte es el track que aporta el comentario del realizador, jugoso y, si se aprovecha, una parte casi excluyente de la celebración cinéfilo superheroica.

    Además, el DVD trae dos documentales que anexan data sobre el film y el héroe en cuestión, además del proceso mismo de escritura de la historia. Todo placer.
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  • Sudor frío
    Sudor frío
    ZonaFreak
    Un par de represores de la última dictadura escondidos en un caserón de barrio. Un joven que busca a su novia. Un secuestro múltiple. Torturas, cuerpos regados por nitroglicerina, decapitaciones, y explosivos perdidos durante más de 30 años son los elementos con los que la producción nacional Sudor frío llega a las salas para poner un poco de terror argentino a la cartelera comercial.
    Gran trabajo visual el que la gente de Paura Flics puso en juego para su primera producción en el circuito comercial luego de una nutrida trayectoria de films de género (algunos de culto en el ámbito local), con títulos de referencia como Habitaciones para turistas o No moriré sola.
    El Make up del film es de alto nivel, sin nada que envidiarle a una producción mainstream de Hollywood. Además, un montaje prolijo, una fotografía cuidada, un trabajo de dirección de arte excelente, son los elementos que hacen de Sudor frío una película atípica para el cine argentino masivo, no solo por la calidad estética, sino también por el mero hecho de tratarse de un film de género, sangriento, con toques gore y una temática que incluye muertos vivos y los remezcla en un cóctel polémico, con el terrorismo de Estado de fondo como parte de la trama central. Toda una apuesta.
    Sin embargo, el gran problema de esta producción es la forma en que está contada la historia (con puntos atractivos, ideales para ser desarrollados con soltura y potencia); enormes baches (sobre todo en los últimos minutos) que provocan una narración desordenada, que no logra sostenerse y que apela a clichés para intentar desbaratar los problemas del relato.
    Por otro lado, el trabajo con los actores es débil, con el buen oficio de Facundo Espinoza en lo que respecta a su personaje, pero con un derrotero bastante pobre del resto, principalmente del plantel femenino, a pura teta y primer plano, pero nada más.

    Sudor frío es un buen (nuevo) comienzo del cine de terror argentino en las salas masivas, pero con un pulgar para arriba solo dirigido a la factura técnica, esa que siempre paga la apuesta entre los seguidores del género, pero que, en términos de justeza cinematográfica, es apenas un aliciente para un todo al que le faltó una vuelta más de rosca para cumplir el cometido de ser la buena película que esperábamos ver.
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  • Conocerás al hombre de tus sueños
    Woody Allen está parado ahí, en un rincón del ring en el que su oponente se dispone a colocarle una decena de golpes certeros y fáciles. El director de Zelig parece tener la guardia baja y el Ivan Drago de turno (cualquier crítico elegido al azar) pone uno, dos , tres golpes. O mejor, una o dos estrellitas al final de la crítica. Y gracias.

    La década pasada no fue del todo buena en la filmografía del viejo Allen (salvo por algunas dignísimas excepciones como Match Point). En ese sentido, este comienzo de ´10, con Conocerás al hombre de tus sueños, parece ratificar la sospecha de un derrotero por lo menos desparejo para los años por venir.
    Esta nueva historia coral que nos presenta el director pone el foco en una mujer de mediana edad (Naomi Watts) insatisfecha con su pareja y su carrera profesional, y que en medio de su constante debate interno debe afrontar la separación de sus padres septuagenarios y la llegada de una novia poco convencional a la vida de su progenitor (Anthony Hopkins).
    Pero Woody Allen, que parece disperso a la hora de narrar lo que sucede con su personaje central y sobre todo con los accesorios (el esposo, la vecina sexy, el jefe galán) no termina de cerrar la narración y a poco de comenzar el relato las aguas turbias de una película ociosa se hacen presentes y no abandonan el barco, al punto de hacerlo naufragar pese a los puntos a favor (la extraordinaria performance de Hopkins, la belleza inacabable de Freida Pinto, los muy acertados roles de Watts, Banderas y Brolin).
    No hay más que eso, una sensación de copy and paste de parte de un realizador que está para mucho más y al que querríamos extrañar mucho menos. La próxima viene con Carla Bruni. Vale tanto temblar como ponerle unas fichas. Es Allen. Esperemos que los guantes de box puedan ser enterrados bajo el ring y que la filmografía del viejo Woody deje de ser surcada por suturas y párpados heridos.
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  • El retrato de Dorian Gray
    La obra de Oscar Wilde ha sido transitada por el cine numerosas veces (quizá no siempre con merecida justicia), incluyendo una gran cantidad de cortometrajes que encararon a Dorian Gray desde el punto de vista del horror, con el foco puesto en lo terrorífico de un cuadro que envejece y un hombre que porta un hechizo por el que debe matar para sostenerlo a través del tiempo.
    Este film de Oliver Parker sigue por ese camino, con el plus de apelar a los recursos del mainstream para darle un brillo especial, bizarro y tentador a un texto por demás escabroso.
    El relato nos presenta a un joven, Dorian (Ben Barnes) que regresa al hogar de su niñez y que en la ciudad se relaciona con un bon vivant (Colin Firth) que le presenta la vida loca de los suburbios, así como también de una alta sociedad que va de la alegría fiestera a la decadencia lisa y llana. Por otro lado, la belleza del recién regresado impacta en un pintor que decide retratarlo.
    Hasta ahí la intro de una narración que luego se mete de lleno en los pelos y señales del género del miedo, aunque con recursos de un drama clásicos con toques posmo. Conquistas, intrigas, asesinatos despiadados, culpa, y un cuadro que envejece a medida que nuestro personaje central sostiene intacta y sin fisuras su satánica juventud.
    El film se apoya, más que en ninguna otra cosa, en la belleza estelar del protagonista, Ben Barnes (el príncipe Caspian de Narnia), especie de Udo Kier del nuevo siglo, heredero de su rostro clásico y perfecto tanto como de su total falta de expresión más allá de alguna mirada o una o dos levantadas de ceja.
    La dirección de Parker es correcta, ajustada al producto que entrega y sin más intenciones que la de entregar un trabajo prolijo y parte de un terror que no asusta pero que dentro de su estética que va de lo pomposo a lo oscuro (con mucho de la From Hell de los Hughes Bros) cumple con el ejercicio de hacerle un mínimo honor a Mr. Wilde, quien, sin embargo, sigue mereciendo una película a la altura de su obra.
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  • Los pequeños Fockers
    ¿Qué hubiera pasado con The Party o la saga de La pistola desnuda si la primera hora de metraje no hubiera incluido más que un mísero buen chiste, más que apenas un gag relativamente certero? O vengamos más acá en el tiempo. ¿Qué hubiera sucedido con las dos primeras partes de esta historia de la familia Focker si De Niro y Stiller no hubiesen jugado más que uno o dos buenos momentos en más de 90 minutos de relato?

    Los pequeños Fockers, tercera entrega de esta saga familiar con toque bizarro (o desopilante, como dirá alguna comentarista desde la fila ocho del cine) es lo más parecido a la agonía de una idea, al cierre malogrado de lo que supo tener una porción de gloria bien lograda pero se despide con una jubilación mediocre y desganada.
    El relato, pese a lo que adelanta el título, no se centra en los hijos de la familia Focker, sino, una vez más, en la relación entre los personajes de Stiller y De Niro, que siguen con el ya remanido cortocircuito, pero sin los gags luminosos que jugaron en los films anteriores, a la vez que refritando el conflicto, sin gracia, como haciendo de cuenta que se pelean, como jugando a que recrean a los personajes, hoy lejos de la chispa de entonces.
    La estructura de la película pone el foco en los achaques del ex agente de inteligencia (De Niro) y en cómo el enfermero de clase media (Stiller) intenta congraciarse con su suegro y, claro, sin que le salga una sola bien. Lo de siempre.
    Hasta lo bueno esta gastado, ya que una de las ideas fuerza a las que apuesta el guión, a la vez que la única que depara un momento rescatable, apela al chiste ya un tanto anaftalinado de la pastilla para lograr potencia sexual. Sí señor, usted podrá ver al viejo Bob con una erección.
    Por otro lado, y quizá como forma de acompañar al fallido regreso de la pareja protagonista, el resto de los personajes parecen confabulados en no hacer reir, aunque aquí hay que disparar los cañones contra la dupla guionista, que no pudo ni siquiera acercarse a igualar la efectividad de los dos films precedentes. También, por supuesto, va algún pastelazo contra Payul Weitz (American Pie), que en la dirección luce rutinario, aburrido por el encargo, poco convencido de que lo que tiene entre manos es un potencial tanque humorístico.
    Ni siquiera la presencia de Dustin Hoffman y Barbra Streisand (lo mejor de la película pese a sus breves participaciones) logra reflotar un salvavidas de plomo para una saga que probablemente quede en trilogía con final infeliz. Lo mismo sucede con Owen Wilson, recuperado para la historia aunque sin peso en el resultado final. Todo (todo) un gran, enorme y ominoso desatino.

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  • El día del juicio final
    ¿Si hay que interrogar a alguien que dijo haber puesto tres bombas nucleares que van a matar a millones de personas, se lo tortura hasta que confiese la localización de los explosivos? ¿Hay límites, hay una frontera entre lo salvaje y la barbarie paraestatal, o se extiende a medida que corre el tiempo?
    Las preguntas que el Unthinkable dispara como punta de debate son miserables, parte de una discusión execrable, mucho más allá de lo políticamente correcto o incorrecto; se trata de un interrogante pueril y a la vez criminal.
    Tenemos enfrente un debate ético centrado en una disyuntiva que puede ser falaz desde lo humano, aunque el radicalizado pragmatismo de los servicios de inteligencia y las fuerzas de seguridad lejos está de todo tipo de cuestionamiento al concepto de que el fin justifica los medios. Hablamos de un Estado como el norteamericano, dominado por la paranoia y el odio al otro, de un Pentágono manejado por fanáticos, de centrales de inteligencia gerenciadas por asesinos de traje y corbata.
    Ahí es donde pone el foco este film que nos trae el reiterado tópico de "la amenaza terrorista", pero con una vuelta de tuerca que incomoda a poco de comenzar. La trama se dispara cuando un ciudadano estadounidense convertido al islamismo (Michael Sheen) es arrestado tras haber confesado que colocó tres bombas nucleares en tres ciudades distintas de norteamérica. Una vez maniatado, el terrorista es puesto a disposición de un "especialista", llevado hasta allí por el Estado para que le saque información. Aquí es donde entra en juego el señor H (Samuel L. Jackson), psicópata con chapa al servicio de Washington que da inicio a su interrogatorio al islamista cortándole un dedo. De ahí en más, el horror.
    La estética que utiliza Gregor Jordan para su relato es similar a la que hemos internalizado gracias a la saga Saw y similares, con altas dosis de gore, con una cámara casi quirúrgica que nos ahorra el trabajo de imaginar lo que le sucede al victimario devenido en víctima.
    Apenas (y nada menos que) eso; una sala de torturas, un fanático anti-yanqui, un torturador, una agente sensible (Carrie-Ann Moss) que intenta frenar al demente Mr. H. Y, sobre todo, ese elemento impensable del título como as en la manga del represor estatal, un "Tigre" Acosta made in USA para el pochoclo de la dama y los nachos del caballero.


    Bonus Track
    -La película no fue estrenada comercialmente en los cines de Estados Unidos (se editó directo en DVD) por su temática y su puesta en foco de la tortura desde el Estado.
    -Hay conexiones con lo que hemos visto durante varios años en 24, un discurso por momentos ambiguo, aunque el disparador de debate que supone el film va mucho más allá de lo que fue el producto catódico de Fox (la justificación del aparato represor construido en Washington y profundizado luego de los ataques de 2001).
    -A Michael Sheen ya lo viste en Frost vs. Nixon, en el papel del periodista que puso en jaque al presidente yanqui; también en The Queen, como Tony Blair. Además, lo vas a ver en pocos dias, en Tron Legacy.
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  • El juego del terror
    Volvió la alegría, volvió el gore. El cine de terror (mono)temático de los últimos años parece haber tomado por asalto a los directores de arte de Hollywood, quizá incluso también a la estética del género todo. Podríamos acusar a la saga Saw, que llegó para quedarse y no sólo ya tiene en gateras una versión 3-D (con estreno mundial en Argentina, el 21 de octubre) sino que parece querer batir el récord de Jason y su Friday the 13th.

    Volviendo al caso que nos ocupa, hay que decir que The Collector es un trabajo más que digno del terror quirúrgico, que si bien apela a la estética cruda y sobre saturada de la putrefacción posmo, también sabe tirar más de un guiño a los tips más clásicos del género, con planos que apelan al recuerdo del horror italiano de muchachos como Darío Argento.

    La historia nos cuenta el truculento hobbie de un ser del que no sabemos nada más que el hecho de que colecciona gente. Punto, hasta ahí el quid de la cuestión y la cuestión en sí. Todo lo demás es disfrute con momentos hardcore, aunque recién llegan luego de una intro que puede resultar un tanto extensa para los fans sedientos de sangre, pero que bien vale la inversión.
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  • Megamente
    Megamente
    ZonaFreak
    Y DreamWorks lo hizo de nuevo. Ni Disney, ni Pixar, ni Disney-Pixar. La compañía fundada por Steven Spielberg logró volver a ponerse del lado rocker del cine de animación con una producción que logra comulgar de manera imbatible guiños para adultos y diversión para infantes y adolescentes.
    La gente que pario a Shrek (gracias, en serio, pero ya está, eh?) volvió a su mejor forma a bordo de un relato que cuenta la lucha entre el bien y el mal, aunque con una paleta de grises tan amplia que no solo es un noble repulgue de la posmodernidad, sino que además es un sólido discurso sobre cuan grandes pueden ser los límites de la voluntad a la hora de hacer lo correcto.

    En una intro que recuerda mucho a Superman, vemos como dos niños llegan a la tierra desde un planeta a punto de colapsar. Uno elige el camino de la lucha contra el delito, el otro se divierte más y se queda del lado del crimen. Y así como (dentro de la ensoñación en cinerama) el mal siempre paga y el bien siempre triunfa, un día puede suceder que el villano se salga con la suya y el camino hacia la gloria se le despeje al punto de no tener a quien vencer. MegaMind (voz de Will Ferrell) ve como una ventana de posibilidades se le abre de par en par, incluída la posibilidad de apoderarse de la ninfa de la historia, con los vericuetos del caso, claro, pero la gloria parece ser suya.
    Tom McGrath, que viene de dirigir las dos Madagascar, pero más que nada varios capítulos de Ren y Stimpy, le imprimió un carácter rocker al asunto, a base de canciones de AC/DC, Guns n Roses y un final a todo beat con la inmortal Bad, de Michael Jackson, todo entremezclado con adrenalínicas secuencias de acción, humor inteligente y un puñado de personajes que si bien no vinieron a renovar el cine de animación, sí logran ponerse al frente de una película que se toma de algunos parámetros clásicos del género para retorcerlos un poco, pasarlos por una tintura freak y entregar una ropa nueva, lista para salir a coolear.
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  • La reunión del diablo
    Tenemos aquí el clásico y ya remanido cuento del pecado-purgatorio-redención, pero en el limitado contexto de un ascensor, casi literalmente al infierno. Por otro lado, no es menos cierto que entre los tópicos más utilizados del género del terror, el de la creación de situaciones dentro de un ascensor no es el más populoso.
    El caso de Devil, producida por M. Night Shyamalan, en ese marco de pequeño subgénero, podría haber sido una apuesta certera e interesante. Pero no.
    El gran problema del film , que intenta jugar en los márgenes del cine de suspenso, es que precisamente no logra hacer pie en él porque lo que está presente desde el comienzo es la total previsibilidad de su trama. Se nos presenta un grupo de gente encerrada en un ascensor, a esto se le suma que el título del film refiere al diablo, y además, oh, uno de los empleados de seguridad (latino prototípico, supersticioso y de rosario en mano) tiene la certeza de que el núcleo del asunto es la presencia de Satanás.
    Estos tres elementos no dejan lugar a dudas a cualquiera que haya visto más de un puñado de films del género; la cuestión se va a resolver con varios muertos y uno que será el diablo encarnado en figura humana. Chin pum, colorín colorado.
    Por otro lado, para aportar a la carencia de elementos atractivos, tenemos uno de esos grupos paradigmáticos del neo terror made in Hollywood (un afroamericano, una joven atractiva, un muchacho filo galancete, una anciana y un tipejo insoportable), casi el cast ideal para una entrega de Saw o Destino final.
    No hay desarrollo de los personajes, no hay escenas que vayan más allá de la rutinaria sucesión de muertes intercaladas con mínimas situaciones de tensión-que-no-tensionan-a-nadie. En paralelo, el operativo policial de rescate no aporta más que un cúmulo de lugares comunes (esos que bien desarrollados pueden ser disfrutados como guiños clásicos) que tienen su clímax en el final, teñido de un color lacrimógeno judeocristiano insoportable.

    Bonus Track: A la hora de cine de terror en ascensores, no lo dudes, acudí a los pequeños clásicos, como El ascensor (De Lift, Holanda, 1983, de Dick Maas), donde el protagonista es el elevador en sí, verdadero mandamás de un edificio maldito.
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  • Machete
    Machete
    ZonaFreak
    Rodriguez lo hizo de nuevo y sin ceder un centímetro a lo que el mainstream considera correcto a la hora de ser (o parecer) bizarro. Luego de haber partido en dos su filmografía con la enorme Planet Terror (parte de ese combo de subversión delirante que fue Grindhouse, junto a Quentin Tarantino), el gran mex man de Hollywood repite infamia fílmica y escupitajos cinéfilos al que se le cruce. Si Planet Terror fue su Apocalypse Now zombie, Machete es la gran Scarface que su filmografía nos estaba debiendo.

    La aventura nos presenta al protagonista de aquel trailer apócrifo que acompañó a Grindhouse en los cines, un hombre armado hasta los dientes y sediento de justicia por mano propia. En este caso, Mr. Machete Cortez (Danny Trejo, nacido para el personaje) combate a los que reprimen a quienes cruzan la peligrosa frontera yanqui en busca de una vida mejor.
    En el grupo de los malos hay matones, un mafioso todo terreno (Steven Seagal) y, sobre todo, un senador conservador (Robert De Niro) que no solo lidera una campaña anti-inmigrante, sino que se encarga él mismo de dispararles en la cabeza, con la ayuda de una pequeña brigada de impresentables.
    Pero Machete no está solo, cuenta con la derecha (y la izquierda) de la guerrera Luz (Michelle Rodriguez), damisela de armas tomar que, a modo de bonus track, levanta la temperatura cada vez que aparece en pantalla, al igual que la otra femme fatale del cuento, Sartana Rivera (Jessica Alba), otra lady de las afiladas.
    En términos formales Rodriguez reprodujo con sucia pulcritud la estética de retoque retro, de fílmico averiado por el tiempo, rayado, salpicado por la sangre de las víctimas del héroe en cuestión, pero también por un estilo propio reforzado en un calculado derrape visual, como fuertes bocanadas de gore dulzón, de humor recargado y brutal. Porque te reís o te reís con las amputaciones de villanos, con las balas que no dejan de salir, con los cuchillos que vuelan certeros hasta el corazón de la víctima.
    El amigo Robert tomó impulso y entregó una cumplidora nueva entrega de lo que mejor le sale: cine de posmodernidad radicalizada. Y aquí estamos, aplaudiendo y, claro, gritando por una más.
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  • Scott Pilgrim vs. los siete ex de la chica de sus sueños
    La comedia más lisérgica del festival está basada en un comic por el que apenas pagaríamos unos pocos pesos en una feria de revistas usadas. Sin embargo, el mero hecho de que un basic de Oni Press se haya transformado en esta monstruosidad mutante con infinitos guiños a los video games y demás cultura pop, es de por sí una especie de milagro pagano bienvenido y celebrable.
    El responsable de semejante (des)propósito es nada menos que el amigo Edgard Wright, mismo creador de esa adorable guarrada que es Shaun of the Dead, el mejor homenaje que el humor le hizo al cine de terror. Y una de las preguntas a las que mueve el presente delirio es ¿por qué los realizadores de films basados en comics nunca pensaron en utilizar los recursos a los que echó mano Wright aquí? Cada uno de los inserts, guiños, referencias, incluso tics de las novelas gráficas puestos en pantalla se sienten como la única vía posible para contar un cuento que cabalga por la ruta de la incorrección visual, al mismo tiempo que por la vía de la perfección estética, del detalle siempre logrado.
    ¿La trama? Descripta con exactitud en la traducción al castellano del título, ya que el Scott en cuestión (impagable Michael Cera) debe combatir con las siete ex parejas de su amor imposible para poder quedarse con ella. Y allí es donde entra en juego la parafernalia terminator que termina con todo aquello que conocías respecto a efectos visuales. No estamos ante la película que va a cambiar la historia del cine (para sanata revolucionaria ya tenemos Avatar) pero tenemos el honor de ser contemporáneos de un film que más allá de ser uno de los puntos más altos de este festival, es también una de esas muesquitas que (muy) de vez en cuando el cine deja en el time line de la industria.
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  • Jackass 3D
    Jackass 3D
    ZonaFreak
    El impulso del crítico, o simplemente del cinéfilo con espíritu de justicia es declarar que este nuevo despropósito del descerebrado de Johnny Knoxville es nada más que una idea abortada de lo que es el cine, ya no para hablar de arte, lo cual de por sí ya sería presuntuoso, o directamente idiota.

    Jackas 3D es una escupida de la industria en el ojo de la buena voluntad del que agenda un horario, se baña, se viste, sale de su casa, viaja caminando o en algún medio de transporte, hace una fila, saca su entrada y se sienta en una butaca a presenciar lo que, se supone, es un largometraje con criterio cinematográfico. Ok, para el 28 de diciembre faltan todavía algunas semanas.
    La película, por decirle de alguna manera generosa, es nada más que otro atraco de la saga de imbéciles que se golpean y masoquean de distintas maneras, como si se tratara de víctimas voluntarias de Jigsaw o de lobotomizados a conciencia, o de presos de Guantánamo sometidos a algún tipo de vejación acordada. Eso nomás, en bolas y a los gritos, como el infradotado que sale a la calle a gritarle al cielo, pero con la diferencia de que acá tiene contrato y regalías.
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  • Actividad paranormal 2
    Si hay algo que realmente asusta respecto de esta secuela es la capacidad de consumo de los espectadores de cualquier productejo en oferta. Lo que, en este caso, en verdad es toda una pieza de horror clásico es el hecho de que un omelette mal cocido y preparado con una sola idea haya logrado fundar una saga que, a fuerza de caprichos del mercado, marketing y millones de granos de maíz pisingallo transformados en pop corn, puede que continúe agregando numeritos detrás del título por varios años más.

    Actividad paranormal 2 es apenas un copy and paste de la primera parte pero con más víctimas que en aquella (para la próxima podría ser un edificio, la siguiente un barrio, y así), porque a lo largo del tiempo el cine industrial y los best sellers nos han hecho entender que si faltan herramientas narrativas lo mejor es acumular lo que sea, portazos, luces que se prenden y apagan o, como aquí, personajes.
    El problema central en AP2 es qué hacemos con esos personajes, y el director Tod Williams eligió hacerlos gritar un poco más que en el film original.
    Sin embargo, y más allá del atractivo que genera la inclusión de un niño en la trama (algo que funciona bien desde que Chaplin filmó The Kid), el largo se vuelve interminable a poco de comenzar, ya que el guión (firmado por ¡tres personas!), que vuelve a apostar al voyeurismo por sobre cualquier otro interés, alarga lo que hubiera sido un aceptable mediometraje y nos hace esperar cerca de media hora hasta que se produce uno de esos pequeños hechos que, se presume, justifican el despropósito.
    Podría decirse que estamos ante una versión mejorada de las cámaras de seguridad de los edificios que habilitan sintonizar algunos servicios de TV por cable, no mucho más que eso, no mucho más que un paseo por una versión demacrada de la idea de cine, de la idea de realización y de cualquier mínima y querible idea o concepto de lo que es el arte.
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  • Todo un parto
    Todo un parto
    ZonaFreak
    Quien firma estas palabras adora hasta la exageración visceral a The Hangover, aquí conocida como ¿Qué pasó ayer?, opus anterior de Todd Phillips y verdadera odisea de guarradas a cargo de un grupo de perdedores barranca abajo. Nivel alto el que estaba obligado a alcanzar este nuevo trabajo, que, sin embargo, se encuentra varios escalones por debajo, más allá de la apuesta a cierta anarquía, que en este caso recae exclusivamente en los dos personajes excluyentes.
    El film remite desde su planteo inicial al clásico ochentoso de John Hughes Mejor solo que mal acompañado (Planes, Trains and Automobiles), protagonizado por Steve Martin y John Candy, el primero como un sufriente viajero que se ve obligado a compartir ruta y hoteles con un aborrecible compañero ocasional, interpretado por el regordete actor. La trama aquí es básicamente la misma, más allá de que cambian las motivaciones y las causas y consecuencias de lo que sucede durante la bizarra aventura rutera (sin embargo, no se trata de una remake, al menos no oficial, ni tampoco existe mención alguna en los créditos a aquel largometraje).

    Tenemos por un lado a Peter (Robert Downey Jr.), quien debe atravesar los Estados Unidos de una punta a la otra porque su esposa está a un par de días de tener a su hijo. La hecatombe llega en el aeropuerto, donde se topa con un indeseable (Zach Galifianakis) que causa su expulsión del avión tras relacionarlo con actitudes terroristas. A partir de ese momento, los hechos se suceden y agigantan como una bola de nieve frenética, un disparate continuo y en loop, en el que, otra vez, el gordito es el insoportable del dúo, el jinete del apocalipsis, el padre de todos los males.
    Philips trazó un mapa de ruta simple; acumuló situaciones catastróficas a partir de un punto de partida que, y aquí el principal punto en contra, se transforma demasiado rápido en previsible, porque el mérito de Hangover era poner en duda de forma permanente el destino de los personajes, hacerlos saltar vallas pero sin que pudiéramos ver en qué estado estaba la meta.
    Hay un par de muy buenos momentos, en los que la jugada es llevar la incorrección un pasito más allá y hacer que ese personaje que nos cae bien haga eso que está tan mal. Claro que el gordito de marras es bonachón y el gran Downey Jr. tiene sus miserias, como en aquel bocariver entre Martin y Candy.
    Como opción pochoclera la película funciona y asegura un par (no mucho más) de carcajadas o al menos de francas risotadas, lo cual no es poco y quizá haya sido, en realidad, la única cosa que se propuso el amigo Todd que, ya sabemos, no ha llegado a pararse detrás de la cámara para discutir ninguno de los grandes asuntos de la metafísica. Y tampoco queremos que lo haga.
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  • Vikingo
    Vikingo
    ZonaFreak
    Estamos ante una de las grandes sorpresas de la edición 2009 del Festival de Mar del Plata, del mismo director de Vil Romance, otra sopresa festivalera (pero en ese caso por la paradójica conjunción de lo errático del resultado final con la buena recepción entre el jurado).
    Lo concreto es que este nuevo trabajo de José Campusano es todo aquello que Vil Romance no logró ser: un film sólido, bien contado de principio a fin, con un guión ajustado, con actores excelentemente dirigidos. Además, la historia que se nos cuenta (la relación de un líder motoquero con su familia, su tribu y un outsider que trastoca su cotidianeidad) tiene un interés legítimo que se ve superado incluso por lo efectivo del relato, algo inversamente proporcional a lo que sucedía con su primer opus.

    Campusano elige la aspereza para hacer su retrato, opta por un neorealismo bonaerense que mira al refinamiento estético de lejos, apostando por un estilo propio, sucio y desprolijo (gracias Carpo) pero a la vez concreto y sin innecesaria ampulosidad industrial. Lo suyo es cine independiente a todo o nada. Y aquí el caballero, al que podemos imaginar tan motorizado como su ejército de no-actores sobre ruedas, gana.

    Bonus Track: Durante el festival llevado a cabo en noviembre del año pasado, gran parte del elenco del film presenció la proyección nocturna en el cine teatro Auditorium, desde las últimas filas, viendo de lejos lo que suelen vivir en el lugar de los hechos, dejándole la experiencia de la cercanía al resto de la audiencia que, por otra parte, recibió con aplausos a esta dura historia sobre duros.
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  • El juego del miedo 3D
    Ingrato destino cinematográfico el de un villano como Jigsaw, que nació en un film de terror magistral, certero hasta la incomodidad por haber logrado captar la necesidad de morbo de millones de espectadores. Aquel comienzo en la excelente primera parte dirigida por James Wan no tuvo un buen derrotero posterior, se desdibujó en secuelas movidas únicamente por la acumulación de momentos shocker sin nada alrededor. Esta versión, en pobre 3D, no es ajena a eso.
    El film comienza de la misma manera que sus antecesores: con víctimas de nuestro villano de marras, pero con el agregado de que la situación no ocurre en un sótano pestilente sino en una cabina de cristal ubicada en plena calle y ante la mirada de decenas de voyeurs. Acción. Splatter. Gritos. Corte.
    Acción. Splatter. Gritos. Corte. Y así sigue la cosa, entre sketches de amputados y cuerpos destrozados, con un nivel de gore, eso sí, que supera a las anteriores películas y con el agregado de un 3D que, sin embargo, está lejos de provocar la sensación de cercanía, esa que sí logra y cada vez mejor la publicidad (para comprobarlo alcanza con llegar temprano a la función).
    A Jigsaw lo tenemos aquí en algunos pocos flashbacks, destinados a contentar a los fans acérrimos de la saga, mientras que el resto de la acción se debate entre el psycho policía que sigue los pasos del asesino, el oficial que investiga los crímenes y la esposa de Jigsaw, especie de víctima perpetua de la situación.
    ¿Qué tiene Saw 3D para ofrecer? En términos estrictos de cine, nada, apenas una o dos escenas bien logradas gracias un trabajo desde el gore efectivo, que logra sacudir a los desprevenidos y que hasta moviliza a correr la vista a los amateurs del género. La factura narrativa es pobre, pobrísima, a años luz del film que dio inicio a la saga e incluso de las no tan desgraciadas segunda y tercera parte. Un villano como Jigsaw merecía un final acorde a su módica pero firme leyenda o, al menos, un ¿cierre? que ameritara tenerlo en cuenta como algo más que una de las peores secuelas de la saga.
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  • Red social
    Red social
    ZonaFreak
    Facebook. De eso se trata. La red social virtual para que nosotros, los millones, usemos hasta que algún día volvamos y elijamos ser reales, menos "me gusta" y más tangibles. Pero sea como fuere, el punto es que David Fincher recogió el guante de un buen libro de investigación (y más de una conjetura) y lo transformó en una película que funciona a modo de biopic sobre el nerd multimillonario Mark Zuckerberg, creador, al menos formal, del portal que cuenta hoy con más de 400 millones de usuarios.

    El director de Seven monta el relato sobre la base del conflicto judicial que mantuvo el joven estudiante de Harvard con cuatro de sus ex compañeros universitarios, tres de ellos presuntos hacedores de la idea original que dio lugar a Facebook (una red interna para Harvard, concebida con el fin de conocer chicas) y el otro, nada menos que su socio y co-fundador de la red que todos conocemos, despechado luego de una serie de desmanejos en la relación comercial. A partir de una reunión de conciliación, el relato se nos va presentando de a bloques, dinámicos, corrosivos, sobre una historia tan potente como cruzada por miserias y magullones.
    Estamos ante un director que parece haber elegido la narración clásica, el guión sólido y los tiempos alejados del vértigo, al menos en lo formal Un David Fincher más cerca de Zodiac que de Fight Club, a la vez que, y se agradece, bien lejos del insufrible Benjamin Button.
    El Zuckerberg que vemos en pantalla es un ser que aún no llegó a la mayoría de edad y parece perdido entre su inseguridad frente a las mujeres, sus evidentes problemas de socialización, y la que parece ser su única certeza: tiene una capacidad cerebral por encima del promedio y ese genio le permite llevarse por delante a cualquiera, al menos si se trata de jactancia intelectual, de ejercicio neuronal, más o menos masturbatorio según el caso. En ese sentido, el trabajo de Jesse Eisenberg es inmejorable, más allá de que a esta altura de su carrera la pregunta a responder es si podrá salir del encuadre de nerd, freak, geek en el que lo han encerrado los guionistas de Hollywood.
    Pero si hay un acierto de cast en el elenco del film, ese es el haber optado por el chiste irónico y clickeado sobre el nombre de Justin Timberlake para jugar el rol de Sean Parker, creador de Napster y villano número uno de la industria de la música, aquí puesto en el centro de la escena en la que se conformó a Facebook como monstruo web; un personaje oscuro dentro de la historia, quizá con un perfil delineado por los odios que levantó entre discográficas y músicos cnservadores, quizá por haber interferido en la amistad de Zuckerberg y su socio.
    En síntesis, Fincher lo hizo de nuevo; contó una historia al viejo estilo, planteó un puñado de personajes en conflicto, los enfrentó, mechó con algunos estiletazos personales aquí y allá, y entregó una película coyuntural y a la vez consistente, con perfil de convertirse en uno de esos títulos clásicos para quien pone la firma en la ficha técnica. Y además, sobre todo, nos hace olvidar ese mal trago con Brad Pitt y el Oscar al photoshop.
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  • Resident Evil 4: La resurrección
    Podríamos hablar de la saga menos pensada, del gran video game transformado en una película menor, en una saga olvidable, en un largometraje regular y una serie de secuelas pobres de toda pobreza. Ahí la sorpresa de esta cuarta parte de Resident Evil, que logra tomar lo mejor del juego original y gana en los momentos que apelan a lo más bizarro de sus posibilidades estéticas.

    El relato continúa la historia comenzada ya hace ocho años, con la heroína protagonizada por Milla Jovovich y su porte de femme fatale armada hasta los dientes. Claro que con dientes no tan potentes como los de los zombies, siempre listos para hincar el colmillo en el cuello (pierna, brazo, cabeza, culo) ajeno. De ahí la cantidad de armas filosas y llenas de balas que la buena de Alice y compañía tienen para ofrecer a los muertos vivos que se les pongan delante.
    En esta ocasión el quid pasa por el objetivo que se plantea Alice: llegar hasta el corazón de la corporación y aniquilar a sus integrantes, causantes de la plaga zombie que se apoderó del planeta. Además, de paso, rescatar a algunos sobrevivientes perdidos en medio del ataque de los no-muertos.
    El film cumple y mejora a medida que avanza la trama, con una Jovovich afilada en su rol de justiciera, recargando sus armas al paso y jugando a la terminator con efectividad del ciento por ciento. A su vez, Paul W.S. Anderson, un director del montón dentro del panorama de Hollywood, cumple con oficio su lugar de correcto técnico encargado del proyecto, sin mucho más, aunque tambén sin nada menos. Vale.
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  • Los Indestructibles
    Sabemos que Sylvester Stallone es un hombre al que lo excita la testosterona, un señor que ha entregado su vida al cine de acción, que sabe aventurarse en proyectos propios y al que no le tiembla el pulso si se trata de estar detrás de cámaras para hacer realidad sus ideas, aunque en el camino queden los perdigones de una ideiología rancia, de una mirada sobre lo que es el cine que, en el mejor de los casos, atrasa dos décadas.

    The Expendables es lo peor de lo mejor que dio el cine de aventuras. El auto homenaje que el actor de Rambo decidió protagonizar, producir, escribir y, oh, dirigir, tiene comparsa de lujo, pero acotada y amarreta en términos concretos: Bruce Willis y Arnold Schwarzenegger, los máximos héroes de acción post Rambo, aparecen apenas unos pocos minutos, como para dar el presente en la fiestita que el grandote de Sly armó para si mismo. Y para que el bisturí mayor de la cinta no sea su autor (cada día más intervenido quirúrgicamente), el que da la nota a la hora de los tajos y deformaciones es el amigo Mickey Rourke, desaprovechado una vez más, en un rol que lo tiene casi todo el tiempo sentado y, para colmo, con una iluminación horrenda.
    Quienes sí juegan más que el resto en este pelotero de balas y testosterona eyaculada a diestra y siniestra, son Jason Statham (El Transportador) y Jet Li, que reparten cuchillazos y patadas, respectivamente, haciéndole la segunda al anabólico ex-Rocky en una historia que, para colmo de ridiculeces, incluye un approuch de romance entre el cincuentón y una latina a la que le arrima el bochín, pero hasta ahí nomás.
    ¿La historia? Ah, la historia. Sí, hay un esbozo: un mercenario (Stallone) es contratado por un señor poderoso (Willis) para que asesine a un líder bananero de una republiqueta ídem latinoamericana. That´s all folks. Cualquier parecido con decenas de películas perpetradas en la década del `80 no es pura coincidencia, es apenas el débil coletazo de una mente atiborrada de ideas (sobre secuelas de Rocky y Rambo) que despuntó el vicio y le dio para eso. Y gracias.
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  • El hombre de al lado
    El cine de Cohn-Duprat, en términos de ficción, ya tiene su segunda entrega, en lo que, en vista de todo lo saludable que fue El artista, parece apuntar a convertirse en una buena costumbre del panorama local cinematográfico.

    Así como en el film anterior la dupla ponía el foco y la ironía (moderada, según ellos mismos) en el mundo del mercado del arte y, sobre todo, en sus personajes, aquí la clave está en las relaciones personales, pero dentro de un pequeño mundo que quizà no le sea tan extraño al anterior.

    El hombre de al lado cuenta la crisis que despierta en un hombre (habitante de la majestuosa Casa Curutchet, en La Plata) la llegada de un vecino que abre una ventana precisamente frente a su living, ubicado a poco más de un metro de distancia.


    Daniel Aráoz como el vecino prepotente y Rafael Spregelburg como el sofisticado diseñador damnificado entablan así una batalla cotidiana cargada de una tensión constante y creciente, en parte con un link al Sam Peckinpah de Los perros de paja, en parte con un anclaje en el Michael Haneke de Caché.


    El film es tenso pero al mismo tiempo una comedia ácida sobre una clase social que se ve invadida por la llegada de uno de "los otros", un forastero de clase, un nuevo rico, uno que no forma parte de la camada y osa poner su cubierto en el plato equivocado. Hay yoga remixada con blackberries, música vanguardista, objetos de diseño incomprables y un tufillo constante a tragedia en puerta, panic button incluído.


    Una de las muy buenas opciones argentas del festival, a la vez que una mirada de crítica cool sobre la cooleza propia y ajena. Al mismo tiempo, y como bonus track excluyente, una impagable, imponente performance de Daniel Aráoz, suerte de Bud Spencer flaco y siempre al borde del desborde.
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  • Agente Salt
    Agente Salt
    ZonaFreak
    Y un día volvió a dirigir Philip Noyce, uno de los sólidos realizadores del cine de aventuras de Hollywood, que en este caso se unió a la poseedora del sex appeal más contundente de la pantalla grande que, pistola en mano, potencia la revolución hormonal del espectador masculino (anque femenino) hasta niveles nucleares.

    En Salt todo lo que parece ser, no es, y si bien como premisa no resulte del todo novedosa (desde el Hitchcock mudo para acá, lo hicieron todos) el resultado en términos de cine de espionaje, acción y aventuras, es formidable.
    Tenemos a lady Angelina maltratada en una prisión norcoreana, más tarde como agente de la CIA que interroga a un presunto soplón y más tarde como una fugitiva de sus propios jefes de la agencia de inteligencia. Sólo se trata de vivir, esa es la historia, y nuestra intrépida agente hace lo suyo para que las balas no la alcancen, por momentos a lo John McClane, en otras ocasiones al más puro estilo McGyver. Pero siempre, siempre, con un estilo que sería la envidia del James Bond made in Conney más refinado.
    Noyce apela a todo su oficio, ese con el que se recibió de lord of the camera en Patriot Games o Clear and Present Danger ("Peligro inminente", en Argentina) y hace del gran guión de Kurt Wimmer (Equilibrium, The Thomas Crown Affair) una pieza de colección sobre como elaborar un rompecabezas en 35 mm y no morir en el intento.
    Claro, como yapa, el tufillo a remake de la guerra fría, a nostalgia por épocas en las que el enemigo de Washington era claro y concreto, y no una ameba sin imagen icónica como lo es hoy en día, una virtualidad que, según el punto de vista siempre en la esquina de la paranoia borderline yanqui, aparece poco clara, desdibujada, difusa en la niebla de las eternas amenazas de destrucción masiva y aniquilación de Occidente.
    Pero siempre nos quedará Angelina, sus labios de Mata Hari irrefrenable, su figura encapsulada en un vestuario siempre adecuado, siempre fatal, siempre certero y en pie de guerra.
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  • Ricky
    Ricky
    ZonaFreak
    No es lo mejor del director de la excelente Gotas que caen sobre rocas calientes y la casi perfecta 8 Mujeres, pero bien vale como muestra de un cine que busca la diferenciación desde el toque onírico, desde la originalidad bien entendida.

    Ricky remite de manera inevitable al clásico kitsch de 1978 Tobi, el niño con alas, porque sí, porque aquí hay un niño con alas, hijo de una pareja formada por una mujer que vive sola con su hija, y un compañero de trabajo (el siempre correcto Sergi López) que no parece estar del todo convencido con su vocación de sostener una pareja. Pero la vuelta de tuerca tiene que ver con que no se trata de un ángel, sino de un bebé con alas de ave.


    No hay explicaciones científicas sobre el fenónemo (imaginate lo que hubiera sido esto en manos de Hollywood) pero sí una exploración sobre los efectos en la familia del niñito.


    El film es liviano, sin mayor profundidad sobre la psiquis de los personajes ni momentos de alto vuelo (con perdón de la obviedad), pero el todo termina conformando una película que quizá no supere la calificación de "agradable", pero que al menos evita el papelón, en medio de un tema que bien podría haber derrapado a poco de comenzar.
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  • La cinta blanca
    El aclamado film de Haneke que, pese a ser la favorita, se fue con la manos vacías del Oscar 2010, es no sólo una gloriosa entrada más en la filmografía del realizador de Funny Games y Caché, sino acaso su obra maestra. Situada en tiempos apenas anteriores a la primera Guerra Mundial, La Cinta Blanca narra los cada vez menos espaciados exabruptos de violencia en un pequeño pueblo donde todos desconfían de sus vecinos, y actúan ya sea por temor a represalias o por puro odio y venganza.

    Haneke hace de éste un nuevo ensayo sobre la violencia, y la retrata de manera seca, fría y contundente: los golpes físicos duelen casi tanto como las agresiones verbales entre sus protagonistas. El narrador en off, quien recuerda todo lo que el espectador ve en la pantalla grande, advierte desde un principio: "no sé si lo que aquí cuento realmente sucedió así, pero en todo caso quizás pueda explicar mucho de la historia de este país". Si no la explica, pega en el palo.
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  • Caso 39
    Caso 39
    ZonaFreak
    De terror

    Hay pocas cosas tan imperdonables dentro del cine de terror -y mucho más cuando se mezcla con el género del suspenso- como el hecho de que un relato comience mintiéndonos. Avalemos el truco hitchcockiano de que las cosas no sean lo que parecen, de que lo que supone ser la puerta correcta es en verdad una ventana fatal. Pero el engaño solapado y disfrazado de vuelta de tuerca, no. No. Feo, caca.

    La cupla creativa Christian Alvart & Ray Wright, en Caso 39 lo que hace es mentirnos descaradamente con una trama que, para colmo de males, tiene un comienzo brillante, unos primeros diez minutos que parecen la puerta de entrada a un pequeño clásico de época.

    El relato nos muestra a una asistente social (Renée Zellweger) que en un dia de trabajo da con el caso de una niña que parece sufrir mucho, demasiado, en manos de unos padres que hablan sobre ella en secreto, a escondidas y que, horror, elucubran nada menos que el asesinato de la menor.

    Pero allí está ella, la ex Bridget Jones, a cargo de la misión divina de hacer el bien, de rescatar a la púber y de terminar con la maldad existente sobre el planeta tierra. O más o menos eso, según lo que se deduce de la pasión que pone en su labor.

    El film, tal lo antedicho, maniquea al espectador con malas artes, y aquí el peor de los pecados cinematográficos que pueden cometerse, ya que, supongamos por un instante, está muy bien jugar con la buena fe de los demás, pero siempre y cuando el resultado, al menos, alcance como para que al salir del cine la sensación de bronca por haber sido manipulados se vea compensada con haber asistido a un trabajo de guión y dirección mínimanente decentes. Algo que, por si es necesario aclarar y recordando antecedentes temibles como el de Godsend, no sucede en este fallido opus de terror agarrado con las uñas de una sola idea y sin mayor desarrollo que el de ajustar la tuerca hasta lo indecible.

    Chicos, repasen la lección y vuelvan en marzo.
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  • TL-2: La felicidad es una leyenda urbana
    Tetsuo Lumiere es ya un director de culto. Con un solo largometraje previo y una perseverancia militante en el complejo entramado del cine argentino, el hombre llegó a la competencia oficial del festival de Mar del Plata con un trabajo prolijo y uniforme. TL-2 (Tetsuo Lumiere 2, por si hace falta aclarar) relata el derrotero casi autobiográfico de su alterego, quien busca productores para una película que parece nunca poder ser terminada.

    El film es, entre otras cosas, la constatación de que su director es quien mejor maneja los códigos, pelos y señales del cine mudo dentro de las fronteras argentinas. La película es en si apócrifamente documental, aunque incluye momentos de ficción al viejo estilo, con los fotogramas por segundo necesarios como para aplicar dentro del formato silente y con un estilo que recala con plena certeza en la slapstick del enorme Buster Keaton. Por otro lado, el bienvenido delirio general de la puesta, sumado a la brillantez de gran parte de los gags y la exactitud del homenaje retro conforman un trabajo imperdible para cualquier cinéfilo atento a los guiños.


    Y cuidado con el Tetsuo intérprete, todo un hallazgo hasta ahora no del todo explorado.
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  • Alicia en el país de las maravillas
    La república de Tim, para todo público

    Más allá de cualquier crítica que pueda hacérsele al cine de Tim Burton, sería ridículo negar que se trata de un autor, de un hombre del cine que pone su firma a cada proyecto, quizá uno de los últimos artistas en serio dentro de la maquinaria de Hollywood, tan afecta y entregada a la uniformación, a la fórmula.

    En ese contexto, Burton, lider de la otredad, llega con un trabajo que lo asocia a un público que hasta ahora rozó, pero sin dedicarle su mundo de oscuridad freak como lo hace en Alice in Wonderland.

    El film, basado con respeto pero a la vez con personalidad y cosmogonía propia en el texto de Lewis Carroll, es un recorrido por túneles de perdición y demencia, a la vez que coloridos y levemente kitsch. La historia nos muestra a una Alicia de 19 años (Mia Wasikowska) que al escapar de un compromiso sentimental no querido cae en un túnel que la traslada a un universo alucinógeno, de cuento fantástico bizarro.

    Allí, en ese agujero nada virtual conoce a un seleccionado de personajes freaks, empezando por el sombrerero (Johnny Depp), aliado de la Reina Blanca (Anne Hathaway), quien fue despojada de su poder por su infame hermana, la Reina Roja (impecable, maravillosa Helena Bonham Carter). En medio de esa lucha de poder, la joven aventurera toma partido rápidamente por la desplazada, aunque su relación con el entorno de ese país de las maravillas del título muta una y otra vez hacia un contexto más bien pesadillezco, ácido y a la vez amargo y oscuro.

    Burton contó para su pequeña épica lisérgica nada menos que con el diseñador de producción de Avatar, Robert Stromberg, asimismo encargado de efectos visuales de films como Shutter Island, 2012 y Piratas del caribe, entre otros.

    El mundo creado para darle contexto a la aventura de Alicia es formidable, sirve como apoyatura para una aventura que, en términos formales, no es una gran apuesta narrativa, pero que tiene sus elementos bien seleccionados y tratados como para satisfacer al público infantil, al que sin dudas está dirigido.

    ¿Lo mejor? La reventada Reina Roja de Helena Bonham Carter, desplegando su histrionismo y las características de un personaje bizarro y temible, siempre dentro del marco de un film apto para todo público. Y claro, el bueno de Johnny Depp, siempre al borde del desacato actoral, del cachetazo de exceso gestual, pero siempre también dentro de su marco de expresividad infinita.

    ¿Lo peor? La forma en que se desaprovecharon las bondades del 3D, sobre todo teniendo en cuenta que se trata de una producción pensada también para explotar lo que parece ser el recurso visual top de esta nueva década del ´10.

    Bonus Track:

    -¿Sería exagerado pensar que el año próximo este opus de Burton podría ser una de las estrellas de la entrega de los Oscars? Lo merecería en varios rubros técnicos, empezando por FX y continuando por Diseño de Vestuario, por ejemplo.
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  • Un hombre serio
    Tetsuo Lumiere es ya un director de culto. Con un solo largometraje previo y una perseverancia militante en el complejo entramado del cine argentino, el hombre llegó a la competencia oficial del festival de Mar del Plata con un trabajo prolijo y uniforme. TL-2 (Tetsuo Lumiere 2, por si hace falta aclarar) relata el derrotero casi autobiográfico de su alterego, quien busca productores para una película que parece nunca poder ser terminada.

    El film es, entre otras cosas, la constatación de que su director es quien mejor maneja los códigos, pelos y señales del cine mudo dentro de las fronteras argentinas. La película es en si apócrifamente documental, aunque incluye momentos de ficción al viejo estilo, con los fotogramas por segundo necesarios como para aplicar dentro del formato silente y con un estilo que recala con plena certeza en la slapstick del enorme Buster Keaton. Por otro lado, el bienvenido delirio general de la puesta, sumado a la brillantez de gran parte de los gags y la exactitud del homenaje retro conforman un trabajo imperdible para cualquier cinéfilo atento a los guiños.

    Y cuidado con el Tetsuo intérprete, todo un hallazgo hasta ahora no del todo explorado.
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  • 5 días sin Nora
    La apuesta mexicana dentro de la competencia internacional es una comedia negra, que dispara contra la mirada religiosa, casi exclusivamente con el foco en el judaismo, lo cual desde el vamos la convierte en incorrecta, algo ni bueno ni malo, pero que suma, sobre todo en el marco de un festival que se realiza en el país con mayor población judía en toda América Latina.

    Porque el personaje central de la historia, la señora Nora, se ha clavado un mix de pastillas y alcohol, con el consecuente paso a la inmortalidad que ello supone. Pero dejò todo programado, a saber: un pedido de comida kosher que recala en la casa de su ex marido (quien vive frente a ella) y notas de todo tipo para que la mucama prepare la cena de Pesaj.

    El problema llega cuando un rabino se anoticia de que Nora se quitò la vida y a pocas horas de la festividad religiosa, lo cual compone un combo de problemas; el principal, que deberán velar el cuerpo durante unos cinco dìas.


    Su no-viudo (gran labor de Fernando Luján), acérrimo enemigo de la ortodoxia, embarra un poco más la cancha y busca alterar todo lo que la mujer había programado: cambia las notitas para la mucama, pide pizza con chorizo para convidar a los presentes, y contrata a una funeraria católica que envía un féretro en forma de cruz, entre otros boicots.


    Con este punto de partida que anuncia problemas durante lo que resta del metraje, Mariana Chenillo armó un relato que pese a transcurrir casi íntegramente en un departamento, no pierde en dinamismo, siempre con el aguijón de este hombre que desnuda cuentas pendientes (y bien terrenales).


    El film logra incomodar en un comienzo, desde el modo bienpensante, debido a su mirada crítica respecto de una minoría. Sin embargo, y para todo aquel que piense en la industria religiosa como una farsa o, en el mejor de los casos, como una calesita de falacias anquilosadas en el inconsciente colectivo, sin dudas disfrutará los proyectiles que el guerrero nihilista que compone Luján dispara a diestra y siniestra.


    No hay mucho más, sin embargo. Un trabajo formalmente correcto, áspero y llevadero a la vez, un film al que quizá le quedan grandes algunos premios que ha logrado (entre ellos el de este mismo festival) pero que no por eso deja de ser una buena opción del cine mexicano.

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  • Sherlock Holmes
    Un inspector a las trompadas

    Ya sabíamos con quien contábamos para lo que implicaba el riesgo de trasladar al cine en versión taquillera y superpresupuestada uno de los más grandes personajes de la literatura. El hombre venia de la pobretona RocknRolla y de esa imposible ¿comedia? con su ahora-ex-Madonna. La apuesta tenía algo de riesgo, pero podríamos decir que este buen Guy cruzó la barrera con el tren a punto de aplastarlo y sobrevivió al intento.

    Sherlock Holmes es una aventura posmo, un ejercicio de delirio mainstream bien jugado y aceitado, apto para todo público a la vez que con guiños adultos y un elenco que hace honor a lo que merecía el proyecto.

    La historia nos muestra al célebre personaje de Arthur Conan Doyle en plena forma física, trompeando por dinero y haciendo gala de un despliegue de violencia que no se le imaginaba en los textos de su autor. Por otro lado, tanto Sherlock (Robert Downey Jr.) como su ayudante (y salvador de papas profesional) Dr. John Watson (Jude Law) se ven aquí involucrados en la investigación de un caso extraño, con tintes presuntamente paranormales y que tienen que ver con un maléfico caballero oscuro, Lord Blackwood, quien se supone ha regresado del más allá tras ser condenado a la horca por sus horrendas tropelías.

    El relato que nos planta Ritchie sigue la línea estética de lo que viene haciendo desde su debut, a fines de los ´90s, con Lock, Stock and Two Smoking Barrels y, sobre todo, con ese opus que sigue siendo lo mejor de su carrera, Snatch. Un montaje ágil y por momentos desenfrenado, personajes siempre listos para correr, saltar y enfrentarse con quien se les anime, y un guión que si bien no es todo lo ajustado que debería ser en honor a quien inspiró y dio oportunidad a semejante negocio cinematográfico.

    En cuanto al cast, tal como podía preverse, lo de Downey Jr. es más que correcto, al igual que lo emprendido por Jude Law, con ese perfil de caballero inglés que sostiene durante toda la película. Desde el lado del mal, Mark Strong (Body of Lies, RocknRolla) hace de su satánico personaje un malo de los muy malos, seguro candidato a Villano del Año en la encuesta 2010 de ZonaFreak.

    Sin temor al error o a la negligencia cinéfila, digamos que esta llegada del señor Holmes al cine ha sido aceptable, plasmada por alguien que si le tocara una remake de Casablanca haría más o menos lo mismo en términos visuales, que maneja bien sus propios códigos y parece muy cómodo en continuar por esa línea. No es demasiado, pero le alcanza como para logar cierto estándar de decencia y ubicarse en un saludable promedio de cine clase A.

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  • Bienvenido a Woodstock
    Para quien escribe, la mención de un film sobre Woodstock dirigido por el hombre que pasó por todos los géneros haciendo las cosas bien, era suficiente garantía. En ese sentido, Taking Woodstock es todo eso y, además, aprovecha para ser una de las grandes películas que la cultura rock tiene para autocelebrarse.

    El viejo Lee eligió contarnos una historia sobre el más grande recital de todos los tiempos pero dejando para el fuera de campo lo estrictamente musical. No hay concierto explícito en su film, apenas un lejano sonido de músicos en acción. El relato se centra en lo hecho por la cream del show, desde su parte empresarial hasta, y puntualmente, el joven que aquejado por las deudas familiares y su necesidad de producir un espacio para la cultura, ofrece los terrenos de su pueblo para que el show pueda continuar, o al menos dar inicio.

    Tenemos aquí, además de un relato impecable, múltiples referencias a la cultura pop(ular) de los 60s, con el campo de batalla listo para el inevitable enfrentamiento entre sexo, droga, rock and roll y el combo tradición, familia, propiedad. Y por una vez, al menos allá lejos y hace tiempo, ganaron los buenos. Como ganó el tío Ang, con su mirada nacida en Oriente pero nativa por opción en tierras yanquis. El ojo avispado y la cabeza todo lo lúcida como para que la fiesta nos haga sentir, al menos durante dos horas, que las cosas pueden ser (o podrían haber sido) mucho mejores.

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  • Halloween 2
    Halloween 2
    ZonaFreak
    El cuchillo bajo el agua

    Como olvidar esa épica secuencia final con el Dr. Samuel Loomis (Donald Pleasence) inmolándose y haciendo volar el hospital en el que Michael Myers y Laurie Strode habían transitado la más digna secuela del clásico de John Carpenter.

    Con esa última imagen como referencia casi obligada, pero con la ventaja de haber comenzado de nuevo y pudiendo dejar atrás todo lo recorrido, Rob Zombie propone una Halloween II que ya no es remake, sino secuela de su punto de vista sobre la saga. Es decir, otra película con el mismo título pero con vida propia, borrón y cuenta nueva. Y ahí está el problema.

    Porque Zombie, que ya en 1000 Corpses demostró que sabe manejar la estética del género del terror e imprimirle cierto vértigo posmoderno y crueldad para consumo masivo, optó por una mirada que mezcla dosificadas y certeras cuotas de ultraviolencia con escenas que parecen salidas de un cuento de hadas bizarro y rematadamente tontuelo.

    El relato da inicio en los momentos inmediatamente posteriores a donde finalizó el film anterior, con el retardado Michael saliendo de la ambulancia que llevaba su supuesto cadáver a la morgue. Un mar de asesinatos sanguinarios y el muchachote de más de dos metros llega a su pueblo natal.

    Pero hay un componente extra, fantasmagórico, una realidad paralela que transcurre en la perturbada mente de nuestro personaje excluyente y que tiene que ver con su madre muerta y con él mismo, como el fantasma de su niñez. Además, claro, tenemos a Laurie en versión Scout Taylor-Compton, perseguida y traumatizada por una revelación que no depara sorpresa alguna para quienes conocemos la saga original.

    El film presenta buenas secuencias de terror slasher, de violencia cruda, las cuales, por las malas artes de una vuelta de tuerca indefendible, el amigo Rob Zombie las transforma en el breve nexo entre esperpénticas apariciones con visos paranormales y un caballo blanco como metáfora berreta. Otra que Eliseo Subiela.

    Por otro lado, lo peor del asunto llega con el final, remanido y de obvia puerta abierta a una continuación, además de que incluye la ruptura de la magia que implica el desenmascarar a un villano que guarda(ba) su mayor atractivo, precisamente, en el anonimato y el misterio de su rostro insondable.

    Bonus Track

    -La participación de Malcom McDowell como el psiquiatra Loomis le suma al film, más allá de lo sobreimpreso de su perfil freak. Hasta resulta una forma simpática de guiño a su torturado e icónico papel en Clockwork Orange, donde era maltratado, precisamente, por esta rama de la medicina.

    -Rob Zombie ya está trabajando en otra secuela de la saga, pero en formato 3-D, con miras a ser estrenada en 2011.

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  • Actividad paranormal
    Cuando el no-cine se disfraza

    Uno ha bancado, banca y seguirá bancando al cine independiente. Uno siempre ha defendido que aquel que quiere hacer cine, con más o menos presupuesto, con más o menos recursos económicos, debe hacerlo contra viento y marea.

    Uno ha asistido a festivales de todo tipo, ha visto trabajos realizados con lo mínimo indispensable, con un nivel técnico que muchas veces deja que desear, pero al mismo tiempo con recursos cinematográficos, con ideas, con un espíritu que va mucho más allá del llegar a estrenar en una sala comercial o participar de una muestra.

    Ahora bien, asistir a Actividad paranormal es entremezclar sensaciones como las mencionadas, pero con el horrendo plus de que se trata de un film de bajo presupuesto que tiene como único mérito a tener en cuenta... que es un film de bajo presupuesto.

    Porque la historia que nos cuenta (una pareja que cree estar conviviendo con un espíritu que la visita por las noches decide filmar lo que sucece en su habitación mientras duermen) se agota tras más de una hora en la que no sucede absolutamente nada que no sea un ruidito por allí y un sustito (de ellos) por allá. Porque la dirección del amigo Oren Peli se limita a un guión cansino, falto de ideas y al que se le notan tanto la influencia de The Blair Witch Proyect como la total falta de iniciativa para ir minimamente más allá y plantear alguna vuelta de tuerca que, al menos, no nos haga extrañar con tanta pasión el opus de los 90s que sí logró plantar bandera en el género del terror.

    Quizá haya un bonus aún más temible para esta pobre actividad paranormal, y es el hecho de que se nos haya vendido al film como "el más grande suceso en la historia del cine de terror", algo que de por si suena a fantochada, a grito de feria persa sin mayor sustento que un bonito envoltorio bajo el que se descubre, tras sacar el moño y el papel glacé, la nada misma, a lo sumo un ejercicio propio de un estudiante de cine con varias materias pendientes.

    Por otro lado, y en vista del rotundo éxito que ha tenido la película en los cines de Estados Unidos (a lo que se le suma una anunciada secuela mainstream para 2012), puede que estemos ante otro de esos fenómenos de marketing que la industria nos ha colado ya muchas veces, un pequeño adefesio (¿no era posible al menos un buen plano entre tanto metraje?) rodeado de cotillón prensero y estrategia pura.

    Juego de oferta y demanda, que le dicen. El cine, bien gracias.

    Bonus Track

    - Cuenta la leyenda que el film, ni bien comenzó a exhibirse de forma limitada en algunos pueblos de Estados Unidos, fue comprado por la Universal para que dejara de proyectarse y así producir una versión con grandes estrellas. También se dice que el público comenzó a pedir que volviera a pasarse en los cines y que así llegó a Los Angeles. Y de allí al mundo. Nos permitimos una duda al respecto, claro está.

    Bonus Track II: Trailer (¿Alguien cree esta tontería de tanta gente asustándose o realmente se trata de un grupo de aficionados que nunca vio cine de terror?)
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  • Criatura de la noche
    Reivindicar la sangre

    Podemos convenir sin temor al error o a ser acusados de despreciar el género, que el cine de terror no se ha especializado -sobre todo en estos últimos tiempos- en crear atmósferas o climas sin caer en el golpe barato, en el shock de feria.

    Quizá por eso, la llegada a la pantalla grande de Criatura de la noche es tan significativa, provoca tanto entusiasmo en quienes creemos que el horror filmado es mucho más que la inocuidad de Paranormal Activity o los sacudones de sonido de las producciones del más rancio Hollywood actual.

    La historia transcurre en un pequeño pueblo sueco, al que una niña (Lina Leandersson) y un hombre mayor llegan para recluirse en un departamento. Los motivos no tardan en aparecer: él sale a cazar comida para la pequeña, un vampiro que nunca dejará la pubertad. Como vecino ella tiene a un niño-problema (Kåre Hedebrant), el centro de los pesares en el colegio, el menor con cara de extraviado que hace honor a su aspecto.

    Ambos peques se hacen amigos una noche de soledades compartidas junto al edificio, donde cada uno mide a su interlocutor, en un dueto de palabras, silencios y dolores no compartidos. Alcanzan unos minutos para que ambos caigan en que los une un lazo tan invisible como poderoso. El pacto está sellado.

    Tomas Alfredson eligió la gran novela de John Ajvide Lindqvist y contó nada menos que con el guión adaptado por su propio autor, lo cual le da un extra a un film que elige la formalidad de un camino más cercano a las formas del cine de autor que a las señas del terror made in USA.

    Hay mucho de cine negro, hay un anclaje en el expresionismo alemán, una mirada que parece heredada de Bergman a la vez que conectada con el nacimiento del subgénero de los vampiros, Nosferatu tal vez, pero apenas como para darnos un indicio de por donde se han izado las banderas, nada más.

    Hay una profunda tristeza en esta criatura de la noche que con acertada sutileza fue bautizada originalmente "Déjalo entrar", lo cual de por si es una muestra de la acabada marca de autor de su creador y de su padre en fílmico. El derrotero de la niña vampira, salvaje, desesperado, terminal, urgente, ve en ese niño raleado de todo un vehículo del que sin embargo no se aprovecha. La ¿bestia? establece un vínculo de sangre que va más allá de los colmillos, más allá del nexo víctima-victimario; hay aquí amor, y en toda la fatalidad del término, en toda la pobilidad trágica que conlleva la idea de amor entre dos.

    La estética que le dio Alfredson a su opus escapa a los clisés tanto como a la negación del género. Los primeros minutos nos muestran a ese hombre casi esclavizado por esa no-niña, en busca de un cuerpo al cual desollar cortarle el cuello y extraerle la sangre vital para la sedienta que espera. También tenemos a la criatura en acción, atacando en la oscuridad de la noche. La cámara nos la muestra despojada de todo glamour vampírico; clavando los dientes, escapando y regodeándose tristemente con la nueva sangre pero desde una áspera angustia. Aunque también, claro, hay espacio para el ajusticiamiento en nombre de la amistad. Pero esa es otra parte de la historia.

    Con más demora de la presumible, a la vez que como broche de un año que, más allá de lo nuevo de Sam Raimi y algún otro título, no tuvo grandes exponentes del horror, Criatura de la noche llega como para marcar territorio en un género que parece entregado a la banalidad de la repetición, la remake y la secuela innecesaria. Quizá dentro de muy poco le toque el turno de la versión yanqui, quizá incluso no puedan destruir la obra original y el resultado hasta sea apreciable. Lo cierto es que este trabajo ya puede considerarse como un clásico contemporáneo, un film que trasciende los géneros y se instala como referencia, más que ninguna otra cosa, de cómo debe tratarse al cine desde el cine.

    Bonus Track

    - El director Tomas Alfredson ya está trabajando en los Estados Unidos. El éxito artístico de Let the Right One In (tal su título de estreno en USA) lo llevó a ser contratado para hacerse cargo de lo que será The Danish Girl, película a estrenarse en 2011 y con protagónicos de Nicole Kidman y Gwyneth Paltrow.
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  • 2012
    2012
    ZonaFreak
    Emmerich Park

    "Buscate un laburo honesto" podría uno decir rápidamente como para resumir lo que se siente después de ver más de dos horas y media de despliegue técnico, posproducción exasperante y todo ese arsenal de explicitación del presupuesto abultado que suele plantearnos el director de las impresentables Godzilla, Independence Day y 10.000 B.C.

    Ya lo sabemos: Roland Emmerich la tiene larga y le gusta mostrar que es así y que mea más lejos que nadie y que se puede echar ocho polvos sin mosquearse. Los millones que papá Hollywood le da para sus fiestas de FX y maquetas grandilocuentes están ahí en pantalla para que los admiremos y, en el mejor de los casos, aplaudamos.

    Por eso ya hizo explotar Washington en medio de un ataque extraterrestre, por eso aplastó a toda una ciudad bajo las garras del monstruo importado de Japón, por eso inundó Estados Unidos y aledáneos en su catástrofe anterior. Y por eso acá, para no quedarse corto e ir por más, se ocupa de destrozar el planeta entero.

    Si la tenemos larga la mostramos, quedó claro. Y para no caer en la obviedad de Youtube, buenas son las distribuidoras internacionales y las pantallas grandes en alta definición. Allí está entonces el efectivo señor Emmerich, contándonos la misma historia de siempre, de familias disfuncionales en medio de una crisis cuasi bíblica (esas cosas que Spielberg contó o bordeó hace décadas con el delicado equilibrio que da estar por encima de la medianía), de decorados que se desmoronan, de narraciones que se desgajan tanto como los rascacielos o las calles que se abren a fuerza de maldiciones legendarias.

    Quizá todo tenga que ver con que Emmerich y la idea de guión son cuestiones que no se cruzan nunca, que jamás encuentran su punto en común.

    O quizá sea simplemente la hora de que este señor prolijo, este esteta de la nada más absoluta, ponga un parque temático y se deje de joder.
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  • Aparecidos
    Aparecidos
    ZonaFreak
    Almas en pena

    Hasta aquí, el cine ha retratado de maneras bien diversas la tragedia que vivió la Argentina entre 1976 y 1983, cuando fue gobernada por una sanguinaria dictadura militar. Treinta mil desaparecidos son los silenciosos testigos de esa sangría que anuló a una generación y dejó cicatrices que nunca cerrarán en un pueblo castigado por una historia mayormente marcada por el terrorismo de Estado.

    En ese marco, animarse a un film de terror que tiene como tema a los desaparecidos, ambientarlo en la década actual y que el encargado sea un realizador español que vino a filmar a la tierra de los hechos, es toda una apuesta valorable.

    Claro que no siempre las cosas resultan como debieran, o como hubiera sido esperable.

    La trama nos dice que dos hermanos que llegan a la Argentina desde España para firmar la desconexión de su padre comatoso, emprenden un viaje hacia la Patagonia. Pese a la distensión que supone ese camino emprendido, las cosas se ponen mucho más oscuras a partir del momento en que uno de ellos encuentra escondido un cuaderno con escritos sobre sesiones de tortura y fotos de cuerpos mutilados y heridos hasta la muerte.

    Además, fantasmas de víctimas de la represión ilegal (y de sus ejecutores) acompañarán y empeorarán el derrotero de los protagonistas, que no tardarán en dar con una verdad que nunca quisieran haber conocido.

    Paco Cabezas trabajó un tema delicado y sensible con el respeto necesario como para no caer en el folletín político ni tampoco cruzar la frontera de lo bizarro extremo, que si bien bordea al relato de comienzo a fin, está apenas presente, como para clavar un par de señales del género pero sin exagerar su pertenencia.

    El problema del film es que se basa en guión con baches insalvables, con situaciones resueltas de manera caprichosa (cómo acuerdan desconectar al padre, cómo hallan el cuaderno de notas), y con un planeto formal que nos planta en pantalla a los espíritus sin terminar de haberle dado la vuelta necesaria como para que cierre lo que se nos está contando.

    Es aquí donde la buena voluntad del realizador, evidentemente deseoso de contar un cuento con contenido histórico no alcanzado por la pasteurización, termina por disolverse en medio de escenas que o terminan de cuajar en la narración general.

    En cuanto al cast, más que destacado lo del local (y ex- Cha Cha Cha) Pablo Cedrón, como el miserable represor, ajustado a su papel dentro de lo que le permitió el guión. El resto acompaña y hace lo suyo con la mínima solvencia necesaria.

    Es de esperar que el cine vuelva a animarse a cruzar el género con una cuestión de peso como la que tomó Cabezas para su film. Aunque con más fortuna en los resultados, claro está.
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Hoyts