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Imagen del crítico Damián Hoffman
Damián Hoffman
  • Cantidad de críticas: 25
  • Promedio: 62%
  • Críticas favorables: 19/25 (76%)
  • Críticas desfavorables: 6/25 (24%)
  • Diferencia absoluta: 13%
  • Email de contacto: No disponible
  • Twitter: @DamianHoffman
  • Medio donde critica: A Sala Llena
  • Viaje 2: La isla misteriosa
    Otro viaje, y van…
    Es muy difícil juzgar como crítico a una película infantil. Principalmente porque las expectativas cinematográficas son muchas veces, sin andar con rodeos, nulas. No se esperan relatos muy originales, ni actuaciones de antología, ni una buena invitación al mundo del cine para los más chicos. Sólo entretenimiento. Una sola palabra que no es fácil de honrar, pero que en realidad es la base más profunda del cine...
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  • La chica del dragón tatuado
    Una chica, una obsesión

    La Chica del Dragón Tatuado es fuerte. Muy fuerte. Es lo que seguramente van a escuchar decir de la boca de quienes ya la vieron o lo que van decir uds. una vez que la vean. Tiene dos escenas tan violentas desde lo simbólico como desde lo psicológico. Es un relato bastante crudo, pero narrado de una forma igual de fría como el ambiente en que sucede...
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  • Misión Imposible 4: Protocolo Fantasma
    Misión cumplida

    Cuando una saga se prolonga con el tiempo y se anima a dejar de ser un joya del cine, o de al menos un género, pocas veces ese experimento sale bien. Misión: Imposible podría ganarse un premio al mérito. La primera, allá en 1996, sorprendió de la mano de Brian DePalma. No por la famosa escena de Tom Cruise colgando del techo, sino por una modernización de las tramas de espías. Un guión un tanto rebuscado, original; una historia que atrapó, entretuvo y quedó en la memoria. Todos saben que existe una película que se llama así, ¿no?...
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  • Mi primera boda
    Mi primera boda
    A Sala Llena
    La primera crisis matrimonial

    Ariel Winograd sorprendió hace cinco años con una película que narraba con certeza científica cómo eran los countries judíos de la década del 90, en pleno menemismo y con las hormonas de los púberes en lo alto del cielo. De esta manera, el director consiguió una notoriedad importantísima en el ambiente artístico argentino.

    Luego de ese clásico, quedó abierta la posibilidad de una segunda parte, ya que en principio el proyecto se había gestado como una trilogía. No sucedió al menos por ahora.

    Sin embargo, con estreno de Mi Primera Boda, que de Cara de Queso tiene a Martín Piroyansky, los efectivos guiños de “la cole” y pocas cosas más, llega una comedia original, con algo de melodrama, bien construida y con un elenco que traspasa todas las generaciones y estilos de actores (desde “Les Luthiers” hasta Gino Renni).

    Los protagonistas son Daniel Hendler y Natalia Oreiro, que interpretan a una pareja mixta entre un judío ateo y una católica poco creyente. Deciden casarse con una gran fiesta. En una estancia, al aire libre, con músicos, muchos invitados y hasta show de stand up. Pero por torpeza del novio, uno de los anillos se pierde en el campo y la ceremonia corre peligro. Y el matrimonio también, porque la novia, ante la incertidumbre, comenzará a replantearse todo antes del dar el sí.

    La historia incluye una madre competitiva (Soledad Silveyra, con un Martini en la mano todo el tiempo), la mejor amiga lesbiana (Muriel Santa Ana), un ex novio que viene por todo (Imanol Arias), un primo poco ingenioso (Piroyansky), una idishe mame (una genial Gabriela Acher), un rabino y un cura (interpretados lujosamente por Daniel Rabinovich y Marcos Mundstock), y un abuelo recién separado y desesperado por fumar su primer cigarrillo de marihuana (Pepe Soriano, lo mejor del filme).

    La historia tiene muchas puntos a favor y pocos que restan. Primero, la idea de la carrera de boda con obstáculos no es muy original, pero el guionista, Patricio Vega (el hombre detrás de “Los Simuladores”), logró encontrarle una vuelta de tuerca. Los personajes secundarios ayudan mucho, sin necesariamente transformar la historia en coral.

    El puntapié que da la pérdida de la alianza es al fin y al cabo una excusa para mostrar un montón de situaciones y desatar los peligros del divorcio prenupcial.

    La filmación es excelente. Ágil, al igual que la mecánica edición, y logra lucidez en sus planos desde el principio, cuando cuenta la estructura de las dos familias con solo una secuencia. Y el extenso plano alrededor del altar.

    Además, la fotografía, el diseño de arte y el vestuario se completan perfectamente. Junto a la joyita de Liniers en los créditos del principio y la música original.

    Los protagonistas sobresalen frente al elenco con una química quizás inesperada. Hendler, un probado actor de cine, muestra en este caso sus dotes cómicas, sin exagerarlas y caer en la gesticulación en busca de risas, sino en un timming precioso y creíble. Por otro lado, Oreiro demuestra que su ángel inajenable viene acompañado de mucho talento. Se muestra natural, madura y sólida.

    Lo negativo reside en que, a pesar de nivelarse por encima de la media de las comedias argentinas y ser de género, le sobran algunos minutos. Los conflictos comienzan a saturarse cuando todavía faltan 20 minutos.

    Por lo tanto, se alza una copa, se pide la palabra y se celebra que Winograd haya regresado al cine con un producto de mayor calidad y más solidez en el guión.
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  • El laberinto
    El laberinto
    A Sala Llena
    El eterno duelo

    Nicole Kidman debuta como productora y protagonista de una misma película con El Laberinto. Y no es casual. Esta obra, éxito mundial en los principales escenarios del mundo, cautivó a varias estrellas por su temática y la simpleza con la que trata una experiencia que nadie quiere vivir. Kidman vio la pieza, peleó por los derechos y comenzó a trabajar para hacerla posible. Eligió ella misma a su marido en la ficción, Aaron Eckhart, y se dejó seducir por la mirada revolucionaria de John Cameron Mitchell. De ahí surgió esta película, una pequeña delicia del cine independiente norteamericano.

    El hecho de que Kidman sea la productora se nota principalmente en la profundidad que el guión le dedica a su personaje, Becca. En la obra, el argumento es más coral y se detiene a explorar las personalidades de los cuatro individuos que permanecían en el teatro.

    La historia es común como la vida. La muerte. En esta caso, de un niño de 4 años. La tragedia nunca es mostrada, pero sí narrada de una manera original. Justamente, mostrando el sufrimiento paulatino y ciclotímico de sus padres, los verdaderos protagonistas de la cinta. Y sus diferentes maneras de sobrellevar el sufrimiento, y los choques que producen esas incompatibilidades.

    La película comienza ocho meses después del accidente automovilístico que se lleva la vida de Danny. La vida matrimonial parece normal. Seca, monótona, pero nada extraordinaria. Esa es la depresión silenciosa en la que nos sumerge El Laberinto. Una tristeza que nos va apoderando a medida que vamos logrando ver las grietas incurables que producen una pérdida semejante.

    Si bien el hecho de que el mismo autor de la obra adapte el material para el cine implica un riesgo importante y una misma visión sobre el texto, este caso se convierte en una excepción. La labor de David Lindsay-Abaire es notable. Multiplicó los escenarios y los personajes, sin dejar de perder el foco. Amoldó el destino de cada uno para que sea clara su función. Incluso el personaje de Izzy, la hermana de Becca, sirve para romper el clima dramático, pero suma al conflicto principal. Un libreto sólido, bien pensado y a prueba de fallas. No se nota que proviene de una obra de teatro. Es un texto cinematográfico.

    Nicole Kidman es una actriz valiente, que no teme de pasar de tanques hollywoodenses (como Australia o Regreso a Cold Mountain) a películas independientes y alternativas (como La Boda de Margot o Dogville), a pesar de que la calidad de sus elecciones suele ser demasiado dispar. Hasta el momento su talento y versatilidad había sido demostrado en algunos proyectos, como Todo por un Sueño, Moulin Rouge! o Reencarnación, pero jamás había tenido una paleta de matices tan amplios como en este caso. Si bien Becca no es un papel que presente un gran desafío para ella, sí lo es para su capacidad de interpretación. No hay personajes reales ni retos abismales. Sólo se trata de navegar dentro del duelo de su ser. Es la mejor actuación de la carrera de Kidman.

    Acompaña con momentos de mucho lucimiento Aaron Eckhart, acertadísima elección. Al igual que Diane Weist, como la madre de la protagonista, que también perdió un hijo e intenta guiarla hacia la salida de este momento.

    Pero ante tanta sorpresa, hay algo inesperado. El mago John Cameron Mitchell, que nunca paró de sorprendernos con la osadía de Hedwig y la Pulga Rabiosa o Shortbus, esta vez cae sobre el convencionalismo cinematográfico. No se nota su firma de autor. Nada grave para un cineasta de años. Sólo una pequeña desilusión que, quizás, es culpa nuestra, al habernos malacostumbrados.
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  • Blue Valentine
    Blue Valentine
    A Sala Llena
    Crónica del desamor.

    Ver Blue Valentine es como leer Rayuela, de Julio Cortázar, pero de corrido. Uno va alternando diferentes momentos de una historia con una coherencia que se va armando progresivamente. En este caso, una historia de amor que termina siendo un triste relato de separaciones y odios. Se pasa del casamiento esperanzador al último adiós. De la tierna primera relación sexual de la pareja hasta el último y desmotivado sexo. Así es esta película de Derek Cianfrance, un canto realista a las relaciones amorosas. Cruda, inteligente, fuerte, demasiado empática.

    Ryan Gosling es “el” y Michelle Williams es “ella”. Se conocen de casualidad en Pennsylvania, mientras ella venía de una desilusión amorosa y con una noticia que movía su mundo. El es un ex estudiante que rastrea sus pasos hasta conquistarla. Con situaciones familiares diferentes, pero igual de disfuncionales, se enamoran, se casan y crían juntos a la pequeña Frankie.

    Luego, falta un lapso. El del desgaste. Sabemos que este matrimonio ya no es lo que era, se evitan, se gritan, y su hija es lo único que los une. Definitivamente, esta no es la película para ir a ver en pareja y seguramente ningún tipo de relación, en ningún estado. Es muy poco alentadora para los que recién comienzan, la peor decisión para los que están en crisis, y la dosis de depresión necesaria para los que acaban de pasar por algo similar.

    Blue Valentine es shockeante. Es muy realista. Y eso se debe a un guión simple, con mucha improvisación, pero sólido. A las actuaciones; sutiles y brillantes de dos actores que fueron promesas en Hollywood y que ahora son de lo mejor de su generación. Y que siguen apostando, en la mayoría de su filmografía, a películas valientes e independientes.

    Es cierto que algunas situaciones Gosling roza la sobreactuación, como la escena en la clínica donde trabaja Williams, pero en la situación del puente uno ve un gran interprete desplegando sus mejores herramientas. El cuerpo y la imaginación al servicio del personaje.

    Asimismo, los años de relación que la película se saltea (como recurso literario, claro) produce intriga por saber qué fue lo que sucedió para que la pareja se desmorone. Seguramente haya sido la misma relación, pero esa incertidumbre quizás inquieta y desilusione a algunos espectadores.

    La fotografía tiene mucha lucidez en diferentes momentos. Desde las recorridas nocturnas, con luz casi nula, hasta el imaginario de un albergue transitorio, con visión futurista y luz azul acorde, que aleja a la pareja por algunos minutos de su frustrante monotonía.

    La cinta no tiene tanto contenido sexual como se la vendía en Estados Unidos, donde le intentaron poner una restricción de edad elevada (mayores de 17 años) por una escena de sexo oral, que no dista mucho de lo que se puede ver en algunas ficciones argentinas. No incomoda.

    Blue Valentine esquiva los clichés cinematográficos y apunta directamente al corazón del espectador de manera punzante y rigurosa. Es una Annie Hall sin comedia, pero un relato realista fin. De visión recomendable, pero no apta para grupos en riesgo amoroso.
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  • Scream 4
    Scream 4
    A Sala Llena
    Terror de manual con final inesperado.

    Diez años después de la última serie de masacres en Woodsboro, Sidney, la principal sobreviviente de la seguidilla de asesinatos, regresa a su ciudad. Ésta vez, para presentar y firmar ejemplares de su exitoso libro. Muy oportunamente, esto sucede justo el día en que se cumple un nuevo aniversario de la tragedia, todo un mito para las nuevas generaciones de esta ciudad. ¿Qué sucede? Lo peor vuelve. El psicótico con la máscara de fantasma, la sangre, los adolescentes apuñalados, las persecuciones, el gore estilizado y un nuevo capítulo de Scream, la saga de terror que, junto a El Juego del Miedo, supo redefinir y actualizar el género de terror durante los últimos años.

    Detrás de la cámara, comanda el maestro Wes Craven, aquel cineasta de cuya mente salieron emblemas cinematográficos como Freddy Krueger y la original de El Despertar del Diablo. Una persona que sabe manejar muy prolijamente los tiempos del suspenso en el terror, quizás haciendo demasiado previsibles y caricaturescos a esta altura de su trayectoria.

    Con Scream 4, poco se agrega a lo ya conocido en la saga. Hay intentos nunca del todo profundizados de aggionarla con las nuevas tendencias 2.0 (algunas menciones a Facebook, Twitter, el acceso a Internet y las videotransferencias) y no mucho más. Luego, situaciones similares a las vistas en las tres ediciones anteriores (algunas, demasiado parecidas, como la escena en el garaje), personajes antiguos que permanecen intactos (el oficial Dewey y su mujer Gale, ahora en crisis matrimonial), y un elenco joven bien elegido. Entre ellos, se destacan Emma Roberts, la sobrina de Julia, Rory Culkin, hermano del pobre angelito, y Hayden Panetierre, de la serie Héroes.

    Otras cosas persisten. Hay cameos de actrices conocidas en el principio del filme, como en su momento fueron los de Drew Barrymore y Jada Pinket Smith. Y justamente el arranque en este caso es muy original, presentando un formato película-dentro-de-película que hace recordar a los niveles o capas de sueño de El Orígen.

    Las películas que pasaron en esta última década e intentaron, pocas con gloria, quedar en la memoria, tienen un momento de referencia. Sobre todo las remakes, desde La Casa de Cera hasta El Amanecer de los Muertos. Seguramente más cerca de una crítica que de un elogio por parte de Craven.

    La película es como una maquina en serie. Sale muy prolija. Buenas actuaciones, aceitadas y un guión efectivo. Los golpes de efectos no resultan inevitables en ningún momento, por lo que, como suele suceder con las cintas de terror de estos años recientes, no producen el terror que prometen.

    Y el final, algo crucial en este género, levanta mucho el puntaje de Scream 4. Comienza de una manera bastante sorprendente, luego cambia y mejora, y luego vuelve a tener un twist. Un desenlace que, sin contar mucho, podría haber cambiado la historia de la saga y darle, si se quería, un nuevo y arriesgadísimo punto de partida.

    Scream no necesita más remakes. Seguramente no necesitaba esta tampoco. Pero trajo un poco de recuerdo de esa cinta que, a fines de la década del 90, asustó a una generación, homenajeó a los aficionados de horror de culto y logró, por primera vez en mucho tiempo, dar aspectos para copiar durante las décadas posteriores.
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  • Biutiful
    Biutiful
    A Sala Llena
    Una tragedia moderna.

    El director de cine mexicano Alejandro González Iñárritu ha demostrado algunas características en común a lo largo de su filmografía, que supieron mantenerse intactas. Historias paralelas, denuncia social, retrato de una sociedad y personajes marginales. En hora buena, el cineasta dio una vuelta de timón a su estilo de autor y cambió algunas de sus marcas registradas que ya comenzaban a conocer su fecha de vencimiento.

    Por supuesto, no se curó de todos su vicios. Hay golpes bajos, relatos místicos, pero una mayor madurez argumental.

    Iñárritu, como se sabe, es uno de los tres directores mexicanos más promisorios a escala internacional. Lo acompañan Alfonso Cuarón (Y tu mamá también… y Niños del Hombre) y Guillermo Del Toro (El Laberinto del Fauno y Hellboy). Cada uno presenta su estilo. Iñárritu con sus dramas existenciales, Del Toro y su ligación a la fantasía, y Cuarón con un espectro más amplio.

    Más puntualmente en el caso de Iñárritu, hasta el momento se había abocado a historias cruzadas, que enmarquen diferentes crisis o estados humanos.

    En Amores Perros, un choque automovilístico vinculaba tres historias diferentes. En 21 Gramos, la muerte de dos chicos desataba una historia de venganza, redención y pasión. Y en Babel, el capítulo final de la trilogía, algunas conexiones humanas vinculaban la falta de comunicación entre personas de diferentes partes del mundo.

    ¿Qué sucede con Biutiful? Primero, el relato es lineal. La historia es más clara y, por ende, quedan menos cabos sueltos. Además, hay un personaje, el de Javier Bardem, que es claramente el protagonista. Se descartó la coralidad.

    El rol del actor español es complicado. Un hombre que habla con los muertos para que se vayan en paz, con sus dos hijos a cargo y sin dinero para mantenerlos, una ex mujer bipolar y, como si fuese poco, una enfermedad terminal.

    Sí, a Iñárritu le gustan las tragedias. Le gustan las tramas complicadas. Le gustan los golpes. Esa es una adicción de la que todavía no se pudo recuperar. Hay muertes, morbo, llanto fácil. Pero en menor grado que en sus trabajos anteriores.

    Bardem interpreta con profundidad su rol. Se le nota en la mirada, en la espontaneidad con que actúa. Un actor aclamado que no sobreactúa y sigue sorprendiendo. Uno de los mejores actores de su generación de habla hispana y, quizás, del mercado más comercial y global.

    Otra que se destaca es la argentina Maricel Álvarez, la ex esposa, con quien mantiene una relación borrascosa. Los dos hijos aportan cierta inocencia ante semejante historia cruel.

    Hay tres compatriotas más en el staff. Gustavo Santaolalla vuelve a colaborar con su música. Menos lúcida, pero acompaña con certeza. Y los primos Armando Bó y Nicolás Giacobone coescribieron el guión con Iñárritu y, a pesar de las críticas ya formuladas, logran un trabajo digno.

    Talentosos artistas en un buen producto. Podría ser mucho mejor. Y quizá no sea lo mejor de Iñárritu. Pero es un progreso frente a la ambiciosa e inductiva Babel. Seguramente, y por el bien de su calidad como cineasta, el mexicano logre despojarse de sus vicios.
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  • El ganador
    El ganador
    A Sala Llena
    Una que sepamos todos

    Un deportista es exitoso en lo suyo. Le va bien, gana algunos encuentros, hasta que por una desgracia comienza a caer estrepitosamente. Sufre, le cuesta, no sabe qué hacer. Hasta que sale a flote. Y listo. Todos lloramos, nos gusta la historia, la tomamos como ejemplo.

    Si nos ponemos a pensar, podríamos nombrar, sin repetir y sin soplar, más de una decena de películas así. Aquellas llamadas “de redención”. Las de la persona que cae, que vence los obstáculos y que, a pesar de todo, vuelve a vivir. Todo un cocktail de placer para el gusto estadounidense.

    En El Ganador pasa algo parecido. La fórmula se usa con una pequeña vuelta de tuerca. Esta vez, el problema principal no yace en el propio protagonista, sino en su familia.

    Micky Wards es el hermano de Dicky, un ex boxeador, que tuvo mucho éxito en su momento, antes de caer en una pesada adicción al crack. Con semejante pasado familiar y una madre combativa que oficia más de manager que de compañera, Micky ve su victoriosa vuelta al ring demasiado lejos.

    La historia, que es real, es inspiradora. Pero la forma en la que es contada, quizás por sus pocos atributos originales, resulta previsible.

    Mark Wahlberg, que además de ser el protagonista es uno de los productores y luchó durante muchos años para llevar la historia a la pantalla grande, se luce con un entrenamiento físico exigente y un notable contraste de su personaje con los del resto. Se nota una esencia pura en su personalidad, sin ninguna aspiración más que triunfar por la vía buena. Igualmente, comparado con las otras actuaciones, queda muy desdibujada en el reparto.

    Christian Bale, uno de los mejores actores de su generación, compone un complejo personaje, con fuertes características expresivas. Es estupendo. Y Melissa Leo es magnífica. Como la madre y la comandante de una familia compuesta por cinco hijas, resulta muy convincente, con mucha fuerza en su actuación. Un torbellino de energía, con muchos matices que, al igual que Bale, terminan siendo lo mejor de la cinta. Y eso que Leo tiene apenas 10 años más que los actores que hacen de sus hijos, en la vida real.

    Por otro lado, Amy Adams, la actriz inocente de Encantada y La Duda, interpreta a la novia de Micky, a quien conoce en un bar y a quien acompaña en la transición que debe superar. Es el rol más arriesgado que le tocó a Adams, por la adultez del texto y porque es un personaje irascible, que va al frente, lejos de ser un personaje de Disney. Se celebra ese riesgo.

    La dirección de David O. Russell no propone nada demasiado nuevo. Quizá la forma en la que está filmada, de manera intimista, parecida a un documental, por la calidad de la imagen.

    El resto de los detalles técnicos también no salen de la media, salvo la edición, vital en una película deportiva.

    Una historia de vida vinculada al box, distinta como todas las historias, parecida en la forma de narrarla. ¿Merece ser contada? Claro que sí, pero no de esta manera.

    Todo film, para quedar en la historia, necesita su identidad, un aporte al género. El Ganador, inflada por la crítica estadounidense, principalmente, no lo cumple.
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  • El cisne negro
    El cisne negro
    A Sala Llena
    Retrato de una obsesión

    “Quiero ser perfecta”, dice Nina, la protagonista, en una parte de El Cisne Negro, la última película del talentoso Darren Aranofsky. Ese es su objetivo luego de conseguir el rol principal en “El Lago de los Cisnes”, ya todo un logro otorgado por el exigente y seductor director del grupo.

    El personaje de Natalie Portman forma parte de un ballet que acaba de despedir “elegantemente” a su histórica líder (una fugaz Winona Ryder). Al comenzar los ensayos de la nueva versión de la pieza, el director admira la forma en que la nueva estrella interpreta el delicado Cisne Blanco, pero destroza su versión inocente del Cisne Negro, aquel que seduce y lleva a la muerte a la protagonista del clásico de la danza.

    Es allí, cuando aparece ese obstáculo, que comienza una persecución dentro de la propia mente de la joven Nina, acentuada por el constante hostigamiento de su enfermiza madre. Y la figura de Lily, una colega suya, a la que ella identifica rápidamente con su gran competencia.

    La película, que comienza con un ritmo lento y una Natalie Portman que todos conocemos, logra sus grandes méritos recién en los últimos veinte minutos. Es que recién en el tramo final es cuando el climax de locura y obsesión de la protagonista logran transformar la trama definitivamente, en una metamorfosis no del todo resuelta desde el guión.

    El libreto, justamente, es previsible y con el correr de los minutos se dan muchos indicios sobre qué será de la suerte de la protagonista. Lo que sí resulta interesante es la forma en la que en el desenlace uno se mete totalmente dentro de su transformación. La realidad y la ilusión resultan inseparables.

    Portman deslumbra con su entrenamiento en danza (según aseguró, practicó durante todo un año) y consigue con esta actuación una de sus interpretaciones más maduras. Del resto del elenco, se destacan Vicent Cassel y Barbara Hershey.

    La música de Clint Mansell acompaña perfectamente a la historia. Al igual que los efectos visuales, secundarios pero al servicio de lo que se cuenta.

    El Cisne Negro se suma a la lista de historias fuertes, en su gran mayoría vinculadas a situaciones psicológicamente profundas, a las que nos tiene acostumbrados Aranofsky. Si bien esta no fue su mejor labor, este director neoyorkino reafirma su capacidad como cineasta, así como lo hizo hace dos años con la magnífica El Luchador.
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  • El mural
    El mural
    A Sala Llena
    El famoso “Mural de Siqueiros” es uno de las creaciones artísticas más exóticas y extravagantes que ha conocido nuestro país. Encargado por el director del polémico diario “Crítica”, Natalio Botana, el pintor mexicano, de nombre David, comenzó a pintar algo que, según el, iba en contra a su lucha socialista: hacer arte en el sótano de una mansión solamente para regocijo de sus huéspedes. El tiempo pasó, los familiares fallecieron, pero esas paredes quedaron solas y descuidadas, hasta que por orden presidencial se retiraron por separado los moldes del depósito donde se encontraban, fueron restaurados y hoy son exhibidos en el Museo de la Aduana Taylor en Capital Federal.

    La última película de Héctor Olivera intenta contar qué sucedió en la gigante chacra del empresario mientras se llevaba a cabo la obra en los pisos de abajo. Y cuando se habla de los sucesos, no solamente se refiere a las relaciones entre las personas, sino tópicos como el convulsionado clima pre fascista, crisis de identidades o el poder de los medios.

    Como lo demostró en La Patagonia Rebelde, El Caso María Soledad y Ay Juancito, el cineasta sabe cómo mezclar la pasión o los conflictos entre personas y ciertos momentos históricos. En el trabajo más reciente, se centra mucho en las infidelidades, traiciones y deseos de los personajes principales. Desde Siquieros con su mujer, hasta esta última con el mismo Botana. Fiel al estilo del director, incluye numerosas escenas sexuales, algunas reiterativas y otras originalmente filmadas.

    En el elenco, se destaca Bruno Bichir como Siquieros, el personaje más creíble de la película. Su espíritu bohemio y su entusiasta comportamiento conviven perfectamente en esta encarnación. Luis Machín parece perdido en su rol, como si estuviese haciendo de el mismo viviendo las vivencias de otro. Sin dudas, es un actor notable, que se destacó mucho más este año en su papel de La Mosca en la Ceniza, pero en esta ocasión parece desaprovechado y lejos de parecerse al personaje de la vida real, tanto física como dialécticamente. Ana Celentano, una actriz de cine que empieza a ganarse notoriedad en el público, vuelve a cautivar con un personaje con problemas psicológicos. Acompaña correctamente al elenco Carla Peterson, en una osada labor.

    La ambientación de época, quizás un poco acartonada por la rígida dirección de extras, logra trasladar al espectador a los años treinta mediante el diseño de vestuario y de escenografía

    Hay que criticar lo densa que se vuelve la narración por momentos. A la película, a pesar de durar poco menos de dos horas, le sobra una decena de minutos. Es que, sumado a esa lentitud, la historia pronto pierde su foco y se torna redundante. Enfoca casi exclusivamente las relaciones amorosas como espectáculo principal, dejando de lado la influencia que tenía el matutino en esa época, la avasallante personalidad e inteligencia del director del diario y las negociaciones que se efectuaban con el poder político. Aspectos que al principio de la película amagan con ser profundizados, pero luego son desarrollados a medias.

    Por lo tanto, la belleza, tanto corporal como plástica, está omnipresente en todos los fotogramas, convirtiéndose, de esta manera, en el tema protagonista de la cinta, recomendable para los seguidores de Oliveras o aquellos que quieran saber más sobre unos de los hechos artísticos en Argentina más importantes del siglo pasado.
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  • Robin Hood
    Robin Hood
    A Sala Llena
    Una cosa es contar una historia de una manera correcta, original y entretenida. Otra cosa es ir directamente en busca de la diversión del público con técnicas efectivas con todos los clichés existentes. Ridley Scott es un experto en lograr un balance entre ambos objetivos. Puede tomar una historia importante e histórica, pero agregarle aspectos modernos para lograr simpatía sin convertirse en pochoclo de baja calidad.

    Robin Hood, varios escalones por debajo de Gladiador y algunos arriba de Cruzada, con quien posee ciertas similaridades, se encarga de relatar el comienzo de la leyenda de unos de los forajidos más famosos. No se centra tanto en aventuras de alto vuelo ni las hazañas por las que es conocido mediante cuentos y otras películas, sino en los orígenes de esta personalidad y sobre cómo su popularidad heroica y solidaria comenzó a gestarse.

    Al no mostrar batallas en reiteradas ocasiones y utilizar un poco de humor naif, la película se vuelve entretenida. No es solemne ni destinada a quedar enmarcada como una joya del cine de acción, pero es digna para pasar dos horas de grata adrenalina.

    Russell Crowe se convirtió a los 45 años en el actor de mayor edad en interpretar este papel. Luego de protagonizar thrillers e historias contemporáneas en los últimos años, el neocelandés se calza con mucha comodidad este antiguo rol. Resuelve bien los momentos dramáticas y de acción, así como la transformación del papel a través de sus viajes. El romance con Cate Blanchett es uno de los puntos más flojos. No por los involucrados en la relación, sino por la poca originalidad a la hora de narrarlo. En el reparto, acompañan un desperdiciado William Hurt y un imperdible Max von Sydow.

    Todos los aspectos técnicos usualmente potenciados en una de acción y aventura están bien desarrollados, seguramente por la familiaridad que Scott tiene con esos géneros. Es que, sin dudas, la salsa de la ciencia ficción y las épicas son el lugar por el mejor se mueve. Cuando se apartó de ese camino, el mítico creador de Blade Runner, que actualmente se encuentra pre produciendo las precuelas de Alien, falló, como con la comedia Un Buen Año o la lapidada continuación de El Silencio de los Inocentes en Hannibal. Brindamos porque, a pesar de sus eventuales limitaciones, el cineasta retoma el sendero que mejor lo hace lucir. Porque, con varios altibajos, sigue ampliando su filmografía con trabajos visionarios, dantescos y, de vez en cuando, suavemente decentes.
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  • Las playas de Agnès
    Realizar un documental autobiográfico es un gran desafío, tanto personal como profesional. Por un lado, debe llevarse a cabo en un momento importante de la vida del realizador, donde el pasado sea valioso a tal punto de quererlo compartir con los cientos o miles de eventuales espectadores. Desde el punto de vista cinematográfico, el director tiene que desnudar no solo su vida en la pantalla, sino que su ideología, pensamiento y parecer estético con el correr de los fotogramas. Tal proeza es lograda con exquisita delicadeza en Las Playas de Agnès, donde Agnès Varda nos invita a mirar sus vivencias a través de sus ojos llenos de arte.

    La protagonista es una inquietante personalidad. Ya con su peculiar peinado, la forma de caminar y la constante alegría que muestra a sus histriónicos ochenta años. Conocida en un principio por sus trabajos fotográficos, la artista fue un referente del impresionismo en pleno apogeo artístico francés. Más tarde, sintió la necesidad de trasladar sus imágenes al movimiento que proporciona el cine. Dirigió, escribió y produjo más de cuarenta trabajos, algunos en los que coqueteó con el mercado estadounidense.

    La forma en que su vida es contada es, en su mayoría, cronológica. La película inicia con la puesta en escena de una playa, donde sobre la arena yacen numerosos espejos que reflejan inequívocamente al mar. “Si se buscara dentro de la gente, se encontrarían paisajes; si se buscara en mí, encontrarían playas”, es la primera reflexión que dice y explica el escenario principal de la historia. Lo original es la forma en que se adapta esa orilla a diversas etapas de su vida, donde veremos desde una decena de chicos jugando hasta un espectáculo circense. Así, sucesivamente, se van repasando las historias de su infancia, las maritales, familiares y profesionales. Cuando se adentra profundamente en su trayectoria, el filme desacelera el interesante ritmo que llevaba adelante, cuando se empiezan a dar demasiados detalles sobre proyectos y, sobre todo, políticos, colegas, actores y estrenos. Información interesante, claro, pero contada de una manera que desarticula el relato.

    El mayor merito que logra Varda es transmitir su candidez humana en todo momento. Una película autobiográfica no podría ser tan alegre, inspiradora y apasionada por el arte y los suyos sin una persona que responda a todas esas cualidades. Es por eso que, si uno ve esta historia de vida, es posible que haya conocido con bastante cercanía a Agnès, sin importar la brecha generacional o los kilómetros que separen a la realizadora de la audiencia.
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  • La cinta blanca
    La cinta blanca
    A Sala Llena
    La nueva película de Michael Haneke es dura. El creador de las impecables Funny Games y Caché, trae un cuento que para el espectador medio significarán dos horas somníferas, pero en realidad se trata de un fino retrato de la sociedad alemana corrompida hace casi cien años. El relator y uno de los protagonistas, del cual nunca se sabrá el nombre, es un joven docente que ve con sus ojos que la conducta rígida pero amable de los ciudadanos adultos, desde el barón hasta los chicos, cambia dentro de las cuatro paredes de sus casas. Más aún cuando en el pequeño pueblo en que habitan comienzan a acontecer una serie de accidentes provocados a propósito.

    Ante todo, es necesario destacar que todo desemboca en la Primera Guerra Mundial, por lo que quizás el contexto violento y tenso de La Cinta Blanca se justifica por la época pre autoritaria en que transita la narración. Algunos de esos elementos explican por qué, a pesar de haber sido la favorita, no se llevó el Oscar que ganó El Secreto de sus Ojos. Es más densa y menos entendible que nuestra representante.

    El elenco infantil, clave en la historia, está muy bien dirigido. Algunas escenas de sumo dramatismo y fragilidad son llevadas a cabo con mucha veracidad por los talentosos chicos. Lo mismo corresponde a los más grandes, que encarnan tanto personajes inocentes como crueles.

    La fotografía es una protagonista más. Las imágenes son en blanco y negro, por lo que es difícil en ocasiones leer los pálidos subtítulos cuando las imágenes son del mismo color. La utilización de estos matices extremos hace que cada fotograma sea una belleza. Los paisajes son más ricos de esta manera, y se acentúa la oscuridad o luminosidad (según la situación de cada momento, no precisamente debido a las necesidades de las locaciones) con este recurso.

    Con una sutileza admirable, el cineasta y también escritor de la cinta, logra tratar temas como la discriminación, el acoso sexual y el incesto sin tener que dejar todo claro en la pantalla. Algunos indicios sirven como información para confirmar aquello que se sospecha. En conclusión: una sociedad que rompe reglas morales, recurre a la violencia con frecuencia y utiliza la fe como momento de congregación y unión.
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  • La caja mortal
    La caja mortal
    A Sala Llena
    Lo que se publicitaba como una de suspenso paranormal, terminó siendo mucho más complejo que eso. La Caja Mortal es un thriller con toques fuerte de terror hitchockiano. Cuenta la historia de un matrimonio a fines de los setenta que recibe en su casa una caja con un artefacto que contiene un botón rojo. Al otro día, un desfigurado hombre los visita y les dice que, si presionan el pulsador, serán acreedores de un millón de dólares, pero alguien que no conocen morirá. Tras dudarlo por unas horas, ella lo oprime y se desencadena esta fallida historia.

    El clima está logrado con precisión. Es denso, al estilo El Bebé de Rosemary. Pesa, aburre un poco, sobre todo en la segunda mitad, cuando se va explicando una trama que deja demasiados cabos sueltos. El guión no acompaña ni ayuda a sostener la progresión, con reiteraciones innecesarias, demasiado drama para lo que es tratado como un asunto de niños: dos adultos sin saber qué hacer con su juguete.

    La forma en que se resuelven algunos de los misterios es demasiado ambigua como para poder comprender enteramente en qué lío se metieron los protagonistas. Y todo ese tratamiento, que si se quiere puede ser considerado original, se desvanece con un final melodramático y del estilo de la serie Lost.

    La caracterización física de Cameron Díaz y de otros actores no resultan acordes a la etapa en que se sitúa la acción. La ambientación no es completa, ya que no logra compenetrarnos del todo en una historia periódica, que parece contemporánea. James Mardsen suple las falencias de la protagonista de Loco por Mary. El reparto hubiese sido más acertado si escogían a una actriz más expresiva y menos moderna que ella. Afortunadamente, Frank Langella imprime todo el misterio y la frialdad necesaria al villano, un enemigo parco, calculador y del que al final se gustaría saber más.

    Algunos aspectos técnicos merecen una distinción, como la banda sonora, pero el resultado sigue siendo paupérrimo. Un filme que quiso ser similar a los clásicos del maestro del terror, pero terminó estando más cerca de Invasores y Fin de los Tiempos.
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  • La mosca en la ceniza
    La Mosca en la Ceniza es una historia dura, compleja y fácilmente fidedigna, pero contada de una manera entendible, simple y mortificante. Trata la historia de Nancy y Pato, dos amigas de toda la vida que viven en alguna provincia del noroeste argentino. Sin educación secundaria, su vida parece estar destinada a trabajar en su casa en los quehaceres cotidianos hasta que una mujer las cita en un restaurante para hacerle una oferta: mudarse a Capital Federal y trabajar como empleadas domésticas y comenzar a hacer su camino en la gran ciudad. Todo, al final, es una farsa. El verdadero negocio al que entran es el de la prostitución de menores. Serán esclavas de los dueños del lugar y en condiciones deplorables.

    La forma en que esta película es contada es a la manera de un cuento, exceptuando la temática inminentemente sexual y violenta. Es como una de aventuras, con personajes intentando ayudarse entre ellos y con el objetivo de salir de la prisión en la que se encuentran. Y seguramente este estilo narrativo se debe a que la gran protagonista en la más inocente de las amigas. Nancy, según se deja entrever, tiene problemas mentales y vive su relación con Pato como más que una amistad, como un vínculo inquebrantable, unidas por una especie de cordón umbilical. Para que no la lleven en el auto negro, aquel en donde las empleadas entran y nunca vuelven, hará buen papel ante sus “jefes” y socorrerá a su compañera que, debido a su tozudez, recibe más castigos que premios.

    El guión de Gabriela David tiene la virtud de no caer en golpes bajos, incluso cuando la historia podría permitir muchas oportunidades para hacerlo. Hay algunas escenas subidas de tono, pero nada sumamente perturbador en términos audiovisuales. Lo que se cuenta, claro, es terrible desde cualquier punto de vista. La estructura del libreto está bien consolidada y es clara, a pesar de que recurre a aspectos ya visto en otras ocasiones, lo que la torna algo previsible.

    El reparto es prolijo. Se destaca María Laura Caccamo con su rol verborrágico y cándido. Es la verdadera heroína del filme, la que mantiene su personaje en las diversas situaciones que transcurren durante la hora y media de duración. Paloma Contreras, la hija de Patricio Contreras y Leonor Manso, como la otra amiga, queda a un costado con un rol finalmente menor pero muy sólido. Luis Machín construye al mozo del bar de enfrente como un personaje pintoresco y repleto de matices. Y en el lado de los villanos están Cecilia Rosetto y Luciano Cáceres, cumpliendo con sus papeles sin dar interpretaciones maravillosas.

    Cabe destacar la fotografía de Miguel Abal, dotando de marginalidad a la película con tonos amarillentos y anaranjados.

    Tras la opera prima de David, Taxi: Un Encuentro, esta vez la directora toma un tema candente y actual, pero con una perspectiva innovadora, la de la mirada de un ser inocente, alguien que tan solo documenta lo que sucede entre las cuatro paredes de ese edificio, pero percibe el peligro que corren todos los que habitan allí.
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  • Un sueño posible
    Un sueño posible
    A Sala Llena
    Empecemos directamente por el motivo por el cual esta película es tan publicitada y acumuló tanta popularidad. Sandra Bullock, la protagonista, obtuvo su primera nominación y victoria en los Premios de la Academia hace un domingo y días. Esto desató una polémica en blogs, foros y críticos sobre si se lo merecía al tener enfrente a leyendas del cine como Meryl Streep y Helen Mirren, y jóvenes promesas como Carey Mulligan y Gabourey Sidibe. Pero, como si dicha mención no fuese suficiente, el filme fue contendiente al trofeo a la Mejor Película, lo que enlazó el moño de regalo a la estatuilla dorada de la actriz.

    Convengamos que cualquiera de las cuatro interpretaciones que le hacían competencia son superiores a la llevada a cabo por la nueva America’s Sweetheart. Con el paso de las entregas de este trofeo, diferentes casos han demostrado que la calidad muchas veces es subordinada por la notoriedad que una figura cobra durante la temporada. ¿Acaso Julia Roberts en Erin Brockovich es mejor que Ellen Burstyn en Réquiem para un Sueño? ¿O Denzel Washington en Día de Entrenamiento que Russell Crowe en Una Mente Brillante? ¿Supera Roberto Begnini en La Vida es Bella a Ian McKellen en Dioses y Monstruos? Desde el humildísimo punto de vista del redactor de esta crítica, no. Pero todos los triunfadores mencionados son estrellas de Hollywood o personajes divertidos que compraron el corazón y el voto de los electores durante tal año.

    El caso de Bullock es muy particular. A diferencia de la Mujer Bonita o el resucitador de Malcom X, la Miss Simpatía eligió durante un tiempo trabajos que iban de mal en peor. Con un carisma impresionante, esta mujer, que hoy tiene unos invisibles 45 años, hizo su camino en el frondoso show business.

    Su carrera se inició sobre las tablas de New York, en proyectos independientes lejanos a Broadway. Un representante quedó impresionado por su talento y la llevó a la televisión, donde hizo un par de películas. Luego, ingresó a la pantalla grande con producciones de bajo presupuesto hasta que el reconocimiento comenzó a llegarle. Esto significó desafíos más importantes y apuestas más caras. El Demoledor, una de acción con un ya alicaído Silvestre Stallone y Wesley Snipes, representó el momento que elevó su nombre hasta llegar a la cinta que simbolizó verdaderamente su ingreso al jet set: Máxima Velocidad.

    Ésta recordada historia sobre el autobús con una bomba que explota si el vehículo frena la unió a Keanu Reeves en lo que luego se convertiría en el futuro en una penosa bilogía. Lo cierto es que la fama llegó como nunca a sus brazos y sus sueldos incrementaron sus ceros.

    Mientras Dormías fue el próximo éxito, en donde remplazó a Demi Moore como una afortunada mujer que le salva la vida a Bill Pullman y termina enamorándose de el. En el nuevo milenio, otro filme que puso sobre sus hombros fue Miss Simpatía, sobre la policía ruda y desprolija del FBI que, para investigar un caso, debe convertirse en una exquisita modelo.

    La taquilla acompañó en todos los casos y los ojos de los productores brillaron de repente. Tanto ésta película como Máxima Velocidad tuvieron sus secuelas, ambas apedreadas en todos lados.

    A continuación, produjo la sit-com George López, de la cual participó esporádicamente. El mismo año, 2002, protagonizó Amor a Segunda Vista con Hugh Grant y dirigidos por el experto en historias sentimentales Marc Lawrence.

    Según contó en una entrevista, un día llegó a su casa, se sentó en una sillón, lloró y decidió dejar de lado los salarios abultados y los placeres estelares para comenzar a trabajar en serio y con propuestas decentes. El resultado fue notorio. Estuvo en la ganadora del Oscar como Mejor Película Vidas Cruzadas, el drama fantasioso La Casa del Lago (nuevamente con Reeves y bajo el mando del argentino Alejandro Agreste), se puso en la piel de la mejor amiga de Truman Capote en Infame, una versión paralela a la de Phillip Seymour Hoffman, y formó parte de la ponderada cinta de suspenso Premonición.

    En 2009 fue el foco de tres eventos cinematográficos. La comedia Alocada Obsesión, sobre una aficionada a los crucigramas que se enamora de un reportero, por la cual se convirtió en la primera persona en ganar un Premio de la Academia y un Razzie (a lo peor de la industria) durante el mismo año. Pero con el tiempo nadie recordará esa desafortunada elección.

    La Propuesta fue otra ficción divertida, pero bien escogida en esta ocasión. Allí es una jefa que obliga a su asistente a casarse con ella para evitar ser deportada a Canadá. Luego, siguió el estreno de esta semana: Un Sueño Posible, cuya crítica es explayada en el siguiente párrafo.

    Basada en un hecho real, una mujer blanca, estricta con sus empleados, hijos y marido, aloja por unos días a un afroamericano sin techo. El hijo menor de la heroína va al mismo colegio y sabe que su amigo no tiene a donde ir, por lo que debido a una razón que jamás se explica en profundidad, la jefa de la familia hace que la estadía se prolongue hasta que “la visita” se convierte en un miembro de la casa.

    Al tiempo, se efectúa la adopción y el inmenso adolescente demuestra aptitudes para el fútbol americano, actividad para la cual recibe el apoyo de todos sus seres queridos. Los conflictos principales son el entorno amistoso del personaje de Bullock, quienes no perciben una buena imagen del acto de amor que hace la blonda mujer, y el latente y turbulento pasado del nuevo hijo.

    Una de las pocas cosas rescatables es el mensaje mismo que inspira la película. Si bien nunca se informa demasiado sobre el motivo por el que sin dudarlo todos están de acuerdo de agregar una persona más al clan familiar, el hecho de saber que este acontecimiento existió en la realidad produce un mensaje de esperanza, tolerancia y aceptación sin importar ninguna característica humana.

    El relato está construido sobre pilares cliché vistos en muchos antecedentes. Causa gracia y empatía, sin dudas, pero ni siquiera intenta salir de la receta exitosa para preparar guiones eficaces.

    La elección del elenco es muy fresca y acertada. Quinton Aaron, quien interpreta al adoptado Michael, no expresa mucha emoción dialéctica sino tristeza y melancolía mediante sus ojos. Del resto de los integrantes del hogar, se destaca Jae Head como el adorable y charlatán hijo menor. Da pena ver a Kathy Bates, una actriz increíble, en un rol tan pequeño y desperdiciado.

    Enfocando en la galardonada interpretación de Bullock, uno puede encontrar varios tics típicos de las mujeres que supieron ser las comediantes de ensueño de los ’90, como Julia Roberts o Meg Ryan. No faltan respuestas impulsivas, miradas graciosas y un particular caminar. Se nota una personalidad construida, además de la cabellera rubia y el acento sureño. En este caso, además, hay situaciones dramáticas importantes que la actriz de este filme resuelve con altura. El conjunto justifica las buenas críticas hacia la performance, pero no es merecedora ni siquiera de la nominación que obtuvo.

    Todo está justificado por el “momentum” que tuvo el trabajo y la intérprete protagonista en el comercial paladar de Estados Unidos, pero no se ve nada desconocido. Ni actuaciones antológicas, ni un cuento que contribuya a algo nuevo. Solo una historia humana riquísima, de esas que hacen al mundo un lugar más gentil donde vivir.
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  • Paco
    Paco
    A Sala Llena
    Diego Rafecas, un director argentino querido entre los actores pero mal entendido por la crítica, suele usar una fórmula parecida en cada uno de sus trabajos. Intenta hacer una crítica a la sociedad y su hipocresía, convoca a un elenco con gran atractivo juvenil para actuarla y sumerge todo en un clima espiritual. Con Paco vuelve a lanzar su dardo en la misma dirección y clava su mirada en una perspectiva demasiado amplia que, en vez de enfocarse en un asunto y desarrollarlo, decide abarcar demasiado sin profundidad.

    Esta vez, su ojo de juez de la realidad se apoya en la política y el uso que hacen los funcionarios, por omisión principalmente, de las drogas para deteriorar toda una generación. Paco (Tomás Fonzi), el hijo de una prestigiosa senadora (Esther Goris), es un inteligente físico nuclear que se torna adicto de estos desechos tóxicos que deja la cocción de la cocaína. Luego de involucrarse sentimentalmente con una empleada sanitaria del Congreso, visita la villa en donde ella vive y allí prueba la maligna sustancia y ve la mafia de la que surge. Un par de eventos trágicos harán que planee un hecho que dejará a varias personas muertas, algunas de ellas exentas al tráfico de la pasta base.

    Sí, “Paco fuma paco” (frase muy original pronunciada en la película). Y, para evitar una caída abrupta de la imagen positiva de la legisladora y merecer una condena menor para el delincuente por buena conducta, su madre lo lleva a un centro de rehabilitación religioso. Dirigido por una dedicada especialista (Norma Aleandro), es aceptado con prisa por favores políticos que superan la moral de la directora con tal de ayudar la situación de los recuperados. En la casona, el perturbado recién ingresado convivirá con una serie de personajes flageados por la misma enfermedad y con pasados de diferente dramatismo, que serán contados de forma despareja y a manera de flashbacks con el correr de los minutos.

    Lo que podría haber sido una linda historia humana sobre los lazos que van construyendo los internos a medida que progresa su mejoría, el creador de Un Buda y Rodney eligió agudizar la lupa en algunos protagonistas y dejar de lado a otros, inexplicando la existencia de ellos. No se logra investigar ninguno de los puntos de esta obra, lo que se dilata con situaciones que podrían obviarse. Hay de todo: de tipo paranormal, otras cómicas y un montón tiradas de los pelos y dignas de un melodrama de alguna novela de la tarde, como el viaje al exterior de uno de los personajes por un motivo obsoleto y el sobreactuado conflicto que provoca la relación entre un celador y su paciente.

    Asimismo, nunca se muestra cómo se curan los aquejados ni las metodologías aplicadas, sino algunas charlas, fiesta improvisada mediante, y reflexiones forzadísimas en el patio.

    El elenco es bueno en la gran mayoría de los casos. Cuenta con caras conocidas y frecuentes en el cine, como las de Sofía Gala Castiglione, Romina Ricci y Leonora Balcarce, juntos a actores jerarquizados como Aleandro, Luis Luque, Goris, Willy Lemos y un caricaturesco Gabriel Corrado. Sorprende Fonzi al personificar con sutileza y credibilidad un rol difícil de llevar adelante.

    Las canciones compuestas originalmente para la película de la mano de Babasónicos y Pity Álvarez (Viejas Locas e Intoxicados) pasan por diferentes géneros, como cumbia y rock, y logran complementar acertadamente la narración.

    A pesar de seguir intentándolo, el realizador no solo no ha podido lograr aportar su dosis de filosofía oriental sin que resulte fuera de contexto, sino que falla al querer consolidar lo que quería contar como un producto íntegro, sino que ahonda en algunos aspectos dejando todos los otros talantes abordados superficialmente.
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  • Están todos bien
    Están todos bien
    A Sala Llena
    Antes de su estreno de esta semana, una de las últimas películas en la que participó Robert De Niro fue What Just Happened?, una comedia de bajo presupuesto y esplendor que tuvo poca repercusión. Algo similar a esa pregunta que intitula tal trabajo comienza a rondar en la cabeza tras ver Están Todos Bien, el último filme protagonizado por el ex actor fetiche de Martin Scorsese. ¿Qué pasó con Taxi Driver? ¿Dónde quedó el Toro Salvaje? ¿Se esfumó la sabiduría para elegir que tenía el protagonista de Érase Una Vez en América? Es imposible entender la razón por la cual el actor que supo darnos clásicos durantes dos décadas haya comenzado a repetirse a si mismo y escoger proyectos mediocres.

    Frank Goode es un sexagenario que, ocho meses después de la muerte de su esposa, decide organizar una cena con sus cuatro hijos. Todos viven en diferentes lugares de Estados Unidos y, por una razón u otra, tienen que cancelar el viaje a su casa natal. El padre, contra las indicaciones de su doctor (quien lo controla por sus problemas respiratorios), emprende un viaje a cada uno de los hogares para visitarlos sorpresivamente. En cada escala, se dará cuenta que la vida de ellos dista bastante de ser perfectas por problemas maritales, económicos o de salud. A todo eso, el cuarto hijo, un artista, está desaparecido y sus hermanos intentan localizarlo sin contarle las malas noticias a su progenitor.

    La historia es buena, pero está muy mal hecha en variados sentidos.

    La dirección es desacertada constantemente. Las tomas elegidas son dignas de un programa de televisión. Se intercalan planos picados y medios sin discriminación y, para mostrar las llamadas que se hacen los hijos, se enfocan los cables de las antenas telefónicas (el personaje de De Niro trabajó toda su vida en una fábrica que crea el PVC con el que estos conductores son recubiertos), logrando un mecanismo fallido. La edición, que podría haber ayudado a limpiar algunos defectos, empeora aún más la situación.

    En cuanto al guión, escrito por el también cineasta del filme Kirk Jones, está pobremente estructurado. Lo que pretende ser un rompecabezas para descifrar qué pasó con el hijo perdido, termina siendo una serie de diálogos que reiteran la nulidad de información. Todos los datos se dan en avalancha en una escena y aún así quedan cabos sueltos.

    Algunas ideas son originales, como el uso de niños actores sustituyendo a los actores que interpretan a los hijos ya maduros. Si bien, por un lado, representan los recuerdos que su padre tiene de la crianza, recurso ya visto anteriormente, también participan de reveladores momentos adultos.

    De Niro deja sus habituales roles de policía y hombre duro para interpretar a un ex jefe de familia, una versión mucho más gentil que la de La Familia de Mi Novia. El papel le sienta bien y lo realiza con naturalidad. Tras equivocadas colaboraciones en Los Fockers, Mente Siniestra, El Enviado, Analízate y Showtime, uno de los intérpretes más aclamados en la historia del cine parece haber perdido la brújula dando el visto bueno a iniciativas que están por debajo de su nivel de calidad.

    Lo acompañan Drew Barrymore en un rol relativamente menor, Kate Beckinsale y Sam Rockwell, un gran talento del que será usual escuchar en los próximos años. Hay un simpático cameo de Melissa Leo.

    Este potente drama, que hará llorar a varios espectadores, no es una historia para tirar a la basura. Su nudo se centra en las mentiras que decimos a los que queremos para no lastimarlos y las cosas que este viudo empieza a ver y conocer de sus hijos cuando fallece su compañera de vida. Un cuento que podría haber sido placentero, si no estuviese mal escrito y construido.
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  • Loco corazón
    Loco corazón
    A Sala Llena
    Loco Corazón es una de las tantas películas que se enfocan en grandes personalidades llenas de humanidad, con sus conflictos irresueltos y virtudes incorruptibles. A Hollywood le encantan estos trabajos, a los que llaman “historias de redenciones”: seres que se equivocan miles de veces, caen a la par y vuelven a levantarse. Esto se comprueba con el Oscar otorgado hace días al protagonista Jeff Bridges, quien, a pesar de no lograr su mejor interpretación, alcanza esta victoria con un título de este tipo.

    El actor, descendiente de una dinastía de artistas, encarna a Bad Blake, un cantante de música country que supo tener mucha fama y ahora ve que su carrera se estanca en lo profundo. Su representante lo incita a volver al ruedo de recitales y ser telonero de estrellas jóvenes, pero el se rehúsa. Es que para poder recomenzar de nuevo su trayectoria debe resolver problemas personales, algunos de ellos mucho más difíciles que cualquier inestabilidad laboral. Sumergido en problemas de salud que aquejan su cuerpo por el poco cuidado que tiene de el y su constante dependencia con el alcohol, el solista está encaminado en una vía trágica.

    Un amigo le presenta a su sobrina, una periodista interesada en escribir una entrevista sobre la enigmática vida del protagonista. Maggie Gyllenhaal es la encargada de darle vida a Jean, la cronista que también tiene un viaje de desilusiones en su pasado. Sin prejuicios, deja que Blake se sostenga en ella hasta que la incesante adicción hace imposible la continuidad del romance. Es allí cuando comienza el ingrediente afrodisíaco que adoran los ejecutivos y celebridades pertenecientes a Los Ángeles. Cuando el errático toma conciencia de su situación y decide cambiar.

    Éste marco, si lo adaptamos a otros tiempos y diversas circunstancias, lo hemos visto miles de veces. Podríamos destacar algunos antecesores recientes como la magnífica historia de El Luchador con Mickey Rourke, Ray con Jaime Foxx, Johnny & June: Pasión y Locura con Joaquin Phoenix, Million Dollar Baby con Clint Eastwood y Hilary Swank, y Vidas Cruzadas con Matt Dillon. Todas ellas tuvieron repercusión en las entregas de premios y les valieron estatuillas doradas a algunas de sus figuras.

    Más allá de las actuaciones, lo más destacable son las canciones compuestas específicamente para el filme. De la autoría de T-Bone Burnett, uno de los mayores referentes del country, llega una lista de melodías que reflexionan sobre alegrías y tristezas, y rescatan la esencia de este estilo musical. A pesar de ser interpretadas por los mismos actores, la compaginación de sonido hace muy evidente que no lo hicieron en vivo, sino en la prolijidad de un estudio de grabación.

    Bridges, un famoso cuya versatilidad y falta de vanidad le permitieron hacer cualquier rol y participar en diferentes géneros, resulta creíble como una persona a la deriva. Le agrega una sensibilidad locuaz, junto a su habilidad con el canto. Gyllenhaal, por su parte, nutre a su personaje con vulnerabilidad y gran pasión hacia quienes la rodean, ya sea su hijo o su desequilibrado amante. También aparecen Robert Duvall, una de esos mitos vivientes que con tan solo su presencia jerarquizan cualquier pantalla, y Colin Farrel, luciendo sedado en el papel del discípulo en pleno apogeo que perdió contacto con su mentor.

    La opera prima de Scott Cooper se anima a adaptar un libro sobre una leyenda musical ficticia y sale airoso de la tarea. Quizás cumpliendo demasiado a rajatabla las reglas de manual para una historia pseudo-biográfica, no se da lugar a incursionar por caminos narrativos paralelos o no recorridos hasta el momento, aspecto que en lo posible serán perfeccionados en sus próximos proyectos.
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  • Un hombre serio
    Un hombre serio
    A Sala Llena
    Un hombre en contramano. Esa podría ser una sinopsis de tres palabras para la última creación de los hermanos Coen. No es una historia sobre grandes hechos ni conflictos que deberían resolverse al final del metraje. Es sobre la humanidad misma y todas las convenciones sobre las que se basa nuestra raza.

    Tiene como protagonista a Larry Gopkin, un hombre que ha intentando hacer lo correcto toda su vida. Obedeció los principios de la tradición judía, cumplió su trabajo con una moralidad intachable, ayudó a su familia sacrificando su propia comodidad, no cayó en el pecado de la infidelidad, etc. El Señor parece no recompensarle su muy buena conducta: un divorcio en puerta, la traición de un amigo, hijos caprichosos y demandas desafiando sus valores y economía. De esta manera empieza el desmoronamiento de este ser, mientras busca por todos los medios una forma para salir a flote.

    La dupla inventora de películas de culto como El Gran Lebowski, Fargo y Sin Lugar Para los Débiles vuelve a brillar con su exquisita pluma. El guión es existencialista. Derriba toda creencia que uno pueda sostener y desequilibra los pilares religiosos que poco sirven en la práctica. Con una dosis extrema de pesimismo, la trama nos muestra un mundo (en la década, se intuye, de los sesenta) sonámbulo y sin certezas que nos invita a reflexionar sobre cuál es el rumbo correcto a seguir: hacer el camino que nos marcan normas preestablecidas o negociar con la decadente realidad.

    Terrible sería estar en los zapatos de Larry, pero el absurdo de las situaciones que le acontecen hacen que uno se divierta con su trágico pasar. En este caso, pocas líneas son efectivas para crear una carcajada colectiva, pero en conjunto con las imágenes, la pesadilla irreal que se plantea no deja otra alternativa que reírse ante semejante mundo del revés. Si luego de salir de la sala, uno se detuviese a meditar sobre la profundidad de lo que vio, seguramente el estado de ánimo cambiaría. Pero es mejor reír que lloran, dicen.

    El elenco no es conocido y la mayoría de los que lo conforman provienen de la actividad teatral, como el líder Michael Stuhlbarg. Sin objetar la impecabilidad del reparto, lo que sería prudente apreciar es la calidad de la dirección de estos artistas. Pocos cineastas han sabido encontrar intérpretes con características físicas, fónicas y gestuales exactas para cada rol como este clan, quienes luego moldean estas performances a tal punto de lograr una conexión estilística entre los diversos actores que participaron en su legado. Suele notarse con los personajes de mayor edad. En Un Hombre Serio, sin demasiados minutos en pantalla, ellos logran esbozar una risa con tan solo una mirada, un estornudo o con su particular andar.

    Tras no haber colaborado en Quémese Después de Leerse, Roger Deakins volvió a ser el director de fotografía de la filmografía de los responsables de El Hombre Que Nunca Estuvo. El manejo de las sombras, que denotar y que tapar de los rostros y escenarios, contribuye al sinfín de simbolismos que yacen en el fílmico. La banda sonora de Carter Burwell, combinado con la canción “Somebody to Love” de Jefferson Airplane, un clásico que aquí sirve de leit motiv, funcionan correctamente. Asimismo, vale destacar la ambientación de la etapa con la escenografía, el vestuario y la caracterización estética.

    Con su regreso a la comedia negra, los Coen traen un producto no apto para personas con baja autoestima ni fanáticos espirituales. Un filme al que hasta Ingmar Bergman consideraría depresivo y seguramente estaría en la colección de favoritos de Arthur Schopenhauer.
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  • Desde mi cielo
    Desde mi cielo
    A Sala Llena
    Si tuviéramos que elegir la mayor virtud de Peter Jackson como cineasta, sin dudas, sería su ilimitado poder creativo. A lo largo de su carrera, supo interpretar mundos complejos y plasmarlos con magnificencia en la pantalla grande. Imprimió fantasía en la oscura historia de Criaturas Celestiales, se animó a darle vida y movimiento a la prestigiosa trilogía literaria El Señor de los Anillos, rehizo una versión más artística y romántica de King Kong y, en su nuevo trabajo, volvió al terreno del crimen con su inajenable dosis de ilusión.

    Desde Mi Cielo marca el regreso de este visionario director tras la épica aventura del simio en la gran ciudad. En este caso, cuenta la historia de Susie Salmon, una chica de 14 años asesinada brutalmente por su vecino, el intrigante Sr. Harvey. Una vez fallecida y sumergida en un espacio imaginario (que se da a entender como una antesala al paraíso), observa el dolor de su familia tras la tragedia y la impunidad que goza el criminal.

    Más allá de la crueldad del hecho que desata el conflicto de la película, hay lugar para la distensión y humor. El personaje de Susan Sarandon, la abuela de la difunta, contribuye como una moderna sexagenaria que llega al hogar para ayudar a sobrellevar el duelo. Los padres, por su parte, son interpretados por Mark Whalberg, muy prolijo en su papel, sin sobreactuar los momentos dramáticos, y Rachel Weisz, con menor aparición pero igual de solidez.

    Las dos personificaciones más notables son las de Saoirse Ronan (la delatora de Expiación, Deseo y Pecado) y Stanley Tucci (cuya larga trayectoria empezó a darle notoriedad tras su participación en El Diablo Viste a la Moda). Ella sostiene su protagónico logrando el desafío de interactuar, generalmente, con situaciones de ciencia ficción y hacer sufrir a su personaje sin que parezca demasiado forzado. El segundo encarna al villano de la historia, cuya debilidad es atacar a adolescentes. Por momentos es aterrador y repulsivo, mientras que por otros carismático y comprador. Como Christoph Waltz en Bastardos Sin Gloria, creó un ser despreciable, pero lo suficientemente humano para establecerlo como de antología.

    El gran espectáculo de este film es el despliegue visual. Si Jackson ya había quebrado barreras en el pasado con el uso de efectos especiales (cómo olvidar la fascinación que Gollum produjo), esta vez no solo reinventa nuevos paisajes creados digitalmente, sino que más que nunca los sujeta a las necesidades de la historia. WETA Studios, responsables también de Avatar, siguen marcando una bisagra en la historia del cine.

    El diseño de producción es perfecto. Las diversas planicies imaginadas por la víctima del crimen se fusionan y conciben un mundo poético, que muta según lo que transcurre en la realidad de los vivos. La escena en donde las botellas gigantes chocan contra las rocas de la orilla y se despedazan merece una reverencia.

    Otros aspectos técnicos a destacar incluyen el uso estratégico del sonido y la fotografía de Andrew Lesnie, que ayuda a aterrar, iluminar rostros en medio de la oscuridad, fomentar la imaginación y apreciar planos amplios.

    El error de esta obra es que la historia queda chica y desarrollada pobremente para la súper producción en la que está contenida. La investigación del asesinato entra y sale del primer plano, con un progreso desparejo que deja algunos cabos sueltos. El recurso de la voz en off, usada por “la niña Salmón”, no es aprovechado eficientemente y no agrega nada a la historia, salvo algunas conclusiones demasiado literarias. Pero estas falencias en el ADN de la película, su guión, no desmerecen la habilidad de Jackson (junto a las guionistas Fran Walsh, su esposa, y Philippa Boyens, coequiper históricas) de abordar temas cruentos sin golpear bajo ni caer en la lágrima fácil.
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  • Hada por accidente
    Hada por accidente
    A Sala Llena
    Dwayne Johnson tiene una historia particular sobre su amplia espalda. Nació hace 37 años en California con un destino bastante marcado. Su padre, un jugador de lucha libre conocido bajo el seudónimo “Soulman”, lo fue introduciendo en el mundo del cuadrilátero desde pequeño. Cerca de la adultez, formó parte del equipo de basketball de su colegio y comenzó a acercarse a los clubes juveniles de artes marciales impulsado por su familia. Durante la segunda mitad de la década de los noventa, “The Rock”, su nombre deportivo, ganó una serie de peleas y renombre en el ambiente. El tiempo pasó y esa etapa se cerró paulatinamente, con importantes y continuos eventos, y luego con sus shows de despedida.

    Paralelamente al desenlace de su oficio anterior, en 2001 arrancó su carrera cinematográfica con una breve aparición como el Rey Escorpión en La Momia Regresa. Debido al éxito de taquilla de esta secuela, decidieron darle una película propia a ese personaje, lo que le otorgaba su primer protagónico. Su cuerpo formado y su impronta agresiva pero carismática le sirvieron para encarar proyectos de acción y crimen como Doom, Pisando Fuerte y La Vida en Juego.

    Siguiendo los pasos de otros personajes icónicos de estos géneros, como Arnold Schwarzenegger (Un Detective en el Kinder) y Vin Diesel (The Pacifier), Jonhson dio una vuelta al timón para acercarse a un público familiar y libretos más puros. Éste el camino que nos lleva a Hada por Accidente, su tercer film ATP tras La Montaña Embrujada y Súper Agente 86.

    Su personaje se llama Derek Thompson, un veterano jugador de jockey sobre hielo al que apodan “ángel de los dientes” que no se luce en la pista desde hace varios años. Está en pareja con una madre soltera con dos hijos y, por un desliz, casi le cuenta a la niña de su mujer la verdad sobre quién pone la plata debajo de la almohada cada vez que se cae un pieza odontológica. Como castigo, es trasladado por un inocente asistente al departamento que se encarga de la tarea y es penado con un trabajo comunitario: servir de hada por un par de semanas. La tarea no le será fácil por su escepticismo ante la magia de esta tradición y el descuido de su novia que esta inesperada labor le implicará. Para romper todos los moldes del machismo y quemar las hojas del “manual del macho de acción hollywoodense”, la primera vez que “The Rock” aparece vez con la vestimenta laboral es con un tutú rosado con una remera del mismo color, obviamente por equivocación, y un par de alas de utilería que jamás se moverán durante las casi dos horas de duración.

    El elenco incluye personalidades de alto nivel, como Ashley Judd, Julie Andrews y hasta un cameo de Billy Crystal. La “novicia rebelde”, experta en historias infantiles, aporta su cosecha y brinda unos escalones de jerarquía a la cinta, sin salir de sus protocolares perfomances. Johnson, por su parte, se muestra fresco y apela a su comicidad, que sirve eficazmente. La química entre ambas figuras es inexistente, pero termina resultando debido al vínculo que los une en la historia.

    La narración combina los ingredientes clásicos de las factorías norteamericanas destinas a la audiencia más joven. Magia, moralejas, reivindicación de la fe, personajes imposibles de no querer, un poco de acción, situaciones desopilantes, etc. El producto final es una entretenida película para menores y un tanto densa para los adultos.
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  • Vivir al límite
    Vivir al límite
    A Sala Llena
    La labor del cineasta es socialmente poco identificable con la figura femenina. Los hombres han ocupado el sillón de director mucho más que las mujeres, vaya a saber por qué razón. Quizás por el machismo de la industria, porque los tiempos están cambiando recién ahora o tal vez por ninguna causa en especial.

    No obstante, en el pasado existieron ejemplos que fueron moldeando el camino para que Kathryn Bigelow, responsable de Vivir al Límite, viva el mejor momento de su carrera durante estos meses. Con trascendencia moderada, Lina Wermüller, Elaine May, Lois Weber, entre otras, supieron inconscientemente poner el pecho en tiempos adversos a un mercado en el que eran (y siguen siendo, por cierto) minoría.

    Actualmente, el escenario es más equitativo. Reconocidas directoras como Jane Campion (La Lección de Piano), Niki Caro (Jinete de Ballenas), Nora Ephron (Tienes un E-mail), Marry Harron (Psicópata Americano), Nancy Meyers (Alguien Tiene Que Ceder), Mira Nair (Vanidades), Lone Scherfig (Enseñanza de Vida), Shari Springer Berman (American Splendor), Isabel Coixet (La Vida Secreta de las Palabras), Sofia Copolla (Perdidos en Tokio), Lucrecia Martel (La Ciénaga) y Julie Taymor (Frida) son una serie de ejemplos, a grandes rasgos, de una generación de mujeres que eligen expresar su visión desde el séptimo arte en diferentes partes del mundo.

    El caso de Bigelow es aún más llamativo. Lejos de abordar temas cálidos y sentimentales, como muchas de las mencionadas anteriormente, la realizadora experimentó con tramas oscuras, historias duras y un estilo más cercano al preferido por su sexo opuesto. K-19, seguramente su trabajo más conocido hasta ahora, tenía a Harrison Ford en un conflicto nuclear lleno de suspenso que toca cuerdas parecidas a las de Vivir al Límite, su reciente obra maestra.

    La historia es una de las tantas que se han situado en Irak tras la invasión norteamericana al país asiático. William James es un experto en desactivar bombas que llega en reemplazo de un soldado fallecido por una explosión. A cargo de la Compañía Bravo, se relaciona principalmente con JT Sanborn y Owen Eldridge, cuyos estilos laborales no congeniarán. La colaboración será difícil por las manías y locuras del recién llegado durante los 39 días restantes de la misión.

    El excepcional film se debe a los méritos de cada una de las partes que conforman su creación. Cada pieza ayuda a construir una historia que atrapa desde el comienzo. Es una de las experiencias más tensas que ha brindado el cine en los últimos tiempos, dejando al espectador en guardia, atento a todo lo que esa hostil tierra puede deparar en segundos.

    Con el correr de las escenas, y mientras la cuenta regresiva hacia la vuelta a casa se diluye, uno se reconoce como un infante más, documentando cada trabajo y experiencia que el trío de militares vive. Esa auténtica sensación es fruto evidente del soberbio guión de Mark Boal. No da tiempo para relajarse, lo que no quiere decir que necesariamente haya golpes de efecto en todas las escenas.

    Detrás de cámara, Bigelow capturó la esencia de la historia simplemente transmitiéndola con el ritmo adecuado, intentando que la audiencia presencie cada locación desde la mayor cantidad de puntos de vista y dando lugar a primeros planos que brinden las expresiones de los protagonistas.

    El clima también se sostiene sobre múltiples aspectos técnicos. El diseño del sonido es perfecto. Representa la majestuosidad de las explosiones y profundiza en los detalles, como la sensación de las rocas temblando tras un estallido. La edición está al servicio del relato, dándole agilidad durante los rastrillajes y una tranquilidad visual insoportable cuando James intenta desarmar los proyectiles mientras uno presiente que algo está por detonar. Vale destacar la fotografía, cuyo mayor lucimiento se despliega durante las escenas nocturnas.

    La interpretación de Jeremy Renner es excelente. Su criatura es un enigma al principio, pero con los minutos se torna querible, con un dejo emocional inmenso y una adrenalina que se destila desde la pantalla. Cerca del final, su actuación toca techo, con una ambigüedad de estados que lo hacen sufrir por lo que le toca pasar, pero a la vez reflexionar sobre qué es lo que realmente le gusta de su vida y su profesión. Sobre el primer aspecto, se puede comparar con Tom Cruise en Nacido el 4 de Julio, buscando explicaciones sobre las miserias y pérdidas en las que, de una u otra manera, está involucrado. Anthony Mackie logra interesantes duelos durante las discusiones que mantienen ambos.

    Sin tomar partido sobre la llegada de más tripulaciones a las zonas de combates, pero con un implícito mensaje anti bélico, Vivir al Límite sirve como retrato de una historia muy particular en una tierra minada de incertidumbre, horror y desesperación. La guerra está a la vista en la película, mostrada con crueldad y tensión. No hace falta un veredicto sobre este tema cuando la contundencia no deja dudas.
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  • Amor sin escalas
    Amor sin escalas
    A Sala Llena
    Amor Sin Escalas se debería llamar Escalas Sin Amor. Ese horrendo título no solo es una aberrante traducción del original Up in the Air, sino que además tiene poco que ver con la historia de la película: un hombre pasa la mayor parte del año viajando en avión porque trabaja en una empresa que ofrece personas para despedir a sus trabajadores sin que los directivos tengan que dar la cara.

    Todo esto es una excusa en el nuevo trabajo de Jason Reitman (La Joven Vida de Juno y Gracias por Fumar). La sinopsis con la que se vendió esta cinta es solo la estructura del verdadero significado del relato. En realidad, las dos horas de duración se dedican a entrelazar una serie de personajes con diferentes posturas sobre las relaciones amorosas, los temores y la rutina que estas producen, los objetivos de vida de los humanos y el concepto del amor según las etapas de la vida.

    George Clooney protagoniza con demasiada soltura un rol que le viene como anillo al dedo. Parecido a lo que se sabe de su vida privada, su papel intenta no vincularse a largo plazo con ninguna mujer y tiene como meta principal ganar el mayor logro como pasajero frecuente de la aerolínea que utiliza. Al actor no se lo nota exigido en la mayoría del film, ya que parece que estuviera hablando el mismo con naturalidad. Solamente en las escenas de tono dramático con su familia se ve un personaje construido.

    Lejos de su interpretación en Michael Clayton (la mejor de su carrera), es poco entendible los galardones que se le están otorgando, como si fuera el nuevo Tom Hanks.

    En el reparto también están Anna Kendrik (de la saga Crepúsculo), como la nueva adición a la compañía que propone echar a los trabajadores mediante video chat. Histérica y vulnerable, su actuación podría haberse sido insufrible, pero termina siendo más que buena. Las discusiones con el galán sobre las formas opuestas en las que llevan adelante sus vidas son un punto alto de la película.

    Un par de escalones arriba está Vera Farmiga (la novia de Matt Damon en Los Infiltrados), una mujer audaz y sexy con quien Clooney tiene encuentros casuales cuando las escalas lo permiten. Su frescura y los momentos variados por los que transcurre su rol hacen que su labor sea la más rescatable, aunque no gloriosa.

    El guión es bueno, pero, como suele pasar con los trabajos de Reitman, le falta pasión. Al tocar temas tan profundos y en situaciones muy intensas, la narración carece de un acompañamiento adecuado para tales circunstancias que no se suple con logrados diálogos. Uno no logra ponerse en el lugar del protagonista ni entender que pasa por su cabeza. Asimismo, el film no se define entre la comedia ni el drama, lo que dificulta aún más adentrarse en la historia por los constantes cambios de estados. El clima intimista que seguramente se pretendía queda a mitad de camino por los motivos enumerados.

    Más allá de estas falencias, los temas tratados son buenos, así como los mensajes que deja. Habla de la crisis económica, de la crueldad de las empresas a la hora de dejar sin empleo a sus colaboradores y los sentimientos de estos cuando tienen que volver a sus casas con la triste noticia. Cerca del final está una de las mejores escenas cuando, a modo testimonial, verdaderos desempleados cuentan cómo pudieron sobrellevar la situación.

    Vale destacar el buen desempeño del hijo del cineasta Ivan Reitman como director. Las acertadas tomas cambian de la mano del relato. Se estructura, se relaja, pasa a filmar con cámara en mano, se vuelve a estructurar.

    Esta cinta, gran candidata al Oscar a pesar de no ser del tipo que suele gustarle a la Academia, es una buena película, con actuaciones decentes, correctas decisiones detrás del lente y un guión desangelado pero con propósitos interesantes. En su próximo proyecto, Reitman debería pulir más el libreto para conseguir empatía con la audiencia.
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