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Imagen del crítico Cecilia Martinez
Cecilia Martinez
  • Cantidad de críticas: 21
  • Promedio: 60%
  • Críticas favorables: 14/21 (67%)
  • Críticas desfavorables: 7/21 (33%)
  • Diferencia absoluta: 12%
  • Email de contacto: No disponible
  • Medio donde critica: A Sala Llena
  • Extraños en la noche
    (O de cómo intentar que Diego Torres actúe en una comedia y sea creíble)
    Darle un protagónico en una comedia romántica a un músico que nunca tuvo grandes dotes actorales es una apuesta riesgosa. Y cuando se hace tal apuesta, hay que bancarse la que venga.
    Para hacer humor no solo se necesita un buen guión humorístico, se requiere de cómicos o, mejor dicho, de personas que utilicen el humor como forma de expresión, tanto a nivel verbal como físico. La comicidad está en lo que se dice pero principalmente en la persona, en la manera de hablar, de gesticular, de relacionarse con el entorno, en la manera de pararse frente al mundo...
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  • El guardia
    El guardia
    A Sala Llena
    A great detective but a lousy cop…

    John Michael McDonagh, hermano de Martin McDonagh, director de In Bruges, toma prestado a Brendan Gleeson y alguna que otra cosa más de esa gran película de sicarios.

    Comedia negra. Buddy-cop movie con el típico formato policía bueno, acatador de las reglas, serio, formal, rígido, obediente, con vocación de servicio, y policía malo, irreverente, políticamente incorrecto, mujeriego, sarcástico. Juntos se embarcan en una misión para desarticular una red de narcotráfico.
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  • Tan fuerte y tan cerca
    La Llave del Cofre de la Infelicidad

    Hace un tiempo escribí la crítica sobre Biutiful de Alejandro González Iñárritu, en la que citaba un texto de Pauline Kael sobre el efectismo, los golpes bajos y la manipulación del espectador en el cine, cuando una serie de decisiones se toman con el único propósito de llevar al espectador a que tenga tal o cual reacción...
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  • De caravana
    De caravana
    A Sala Llena
    De Caravana por la Ciudad

    Esta película nos sumerge de lleno en el mundo de la bailanta cordobesa. Arrancamos a todo volumen, en “el baile”, en un recital de la Mona Jiménez, mientras la cámara en mano sigue a Juan Cruz, el protagonista, un fotógrafo cheto de los barrios más posh de Córdoba. Acostumbrado a las fiestas cool, a muestras de fotografía, a la música electrónica, a vivir en el lujo, a tener amigos que viven en countries (donde “hay que hacer cola para entrar en la casa de uno”), Juan se ve atraído por una chica muy distinta a él, que frecuenta la bailanta y vive del narcotráfico. Sin quererlo, se ve arrastrado a una caravana de situaciones que lo llevan a replantearse sus valores y sus amistades.

    El guionista y director cordobés Rosendo Ruiz nos muestra esta mezcla entre historia romántica, policial y comedia, acerca de la interacción de las clases sociales, los prejuicios y el amor.

    Acompañados por la música de la Mona y su hija Lorena, nos vamos metiendo en el mundo cordobés junto a un muy buen elenco. Lo que me sorprendió gratamente fue el delineado de los cuatro personajes principales, los cuales podían fácilmente caer en algún cliché o lugar común, dadas sus características (un pibe “bian”, una cuartetera, un narco, un travesti). Sin embargo, las actuaciones están muy medidas y no resultan pegajosas; todo lo contario, son absolutamente naturales y creíbles. Muy buen registro actoral. El travesti, el personaje más factible de caer en el cliché absurdo, está muy contenido y es un personaje por demás querible, con la cuota justo de humor e histrionismo, sin ningún desborde.

    Otro punto para resaltar de la película es la parte técnica; muchos de los trayectos del personaje principal están filmados con cámara en mano, lo que le otorga a las escenas una sensación de movimiento y velocidad que está a tono con el espíritu de la película, esta caravana de situaciones atípicas e hilarantes. Hay varios planos en profundidad en los que vemos a dos personajes que hablan en primer plano y dos personajes atrás, en plano general, y escuchamos las dos conversaciones en simultáneo. Sin duda, las escenas más cómicas de la película.

    El guión es muy destacable también, los diálogos son graciosos, sinceros y retratan las vidas de estos personajes y los abismos que los separan. Gran momento cuando hacen el paralelismo entre la pulga en un frasco y los seres humanos.

    Una película muy linda sobre la que escuché innumerables comentarios positivos a lo largo del festival. Y, como dijo mi compañero Jose, ojala sigamos viendo cosas de este promisorio director que seguro valdrán la pena.
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  • Quiero matar a mi jefe
    De cómo conocí a Jason Bateman, de las series y otras cosas más

    Justamente en este último número de El Amante publicaron un especial sobre series. No me gustan las series; me suelen parecer bobas y, básicamente, me aburren. No se si tiene que ver con el trastorno de ansiedad que sufre Leonardo D’Espósito, aunque sí lo sufro pero no es esa la causa de mi no gusto por las series. Me gustan las películas, lisa y llanamente. Me gusta ver algo que empieza y termina en el lapso de, digamos, máximo 3 horas. Me meto en la historia, me compenetro hasta le médula y salgo de ella para volver a mi realidad. La serie continúa y eso me da paja. Amen de que no me suelen interesar las tramas. ¿Y todo esto viene a colación de qué?

    No voy a negar que algún que otro capítulo de alguna que otra serie he mirado, solo para corroborar que no me gustan, pero no me desagradó del todo lo que vi (Carnivale, Epitafios). Pero hubo una serie a la que le dediqué un poquito más de tiempo, a la que pescaba algún sábado al mediodía tirada en la cama viendo qué hacer con mi fin de semana: Arrested Development. ¡Qué locura por favor! Una serie disparatada por donde se la mirara, con personajes disfuncionales, excéntricos, totalmente de la nuca, con un guión aun más delirante y situaciones hermosamente bizarras. En el medio de esa familia y esos conflictos, estaba Michael Bluth (Jason Bateman), el personaje principal, que trataba todo el tiempo de encontrar un equilibrio entre la demencia generalizada de sus padres y sus hermanos y la notable madurez de su hijo George Michael. Y Jason Bateman era eso, un tipo contenido pero al borde de la locura, manipulador pero sensible, por momentos inteligente, por momentos pusilánime.

    Y en Horrible Bosses, Bateman es Michael Bluth. Lo vemos al borde del desborde (linda frase) pero nunca se termina de ir al reverendo carajo, está ahí y boya entre perder la cabeza y racionalizar lo que le pasa. Tiene una mirada ligeramente psycho pero nunca le da rienda suelta a su costado más perverso (si bien planea matar a su jefe, nunca se lo ve plenamente convencido de hacerlo). Y no se si esto es un atractivo o un defecto de Bateman, esta dualidad, esta indecisión interpretativa. Quizá sus personajes así lo piden pero me da la sensación de que es su marca registrada. Aun cuando hace chistes, aun cuando aspira medio quilo de cocaína, Bateman está siempre contenido.

    En cambio, Charlie Day es otra historia. Day sabe irse al carajo y eso se explota en la película. Charly Day es como Seth Rogen. Es un tipo que hace un gran laburo con la voz (uy, como la tengo con esto últimamente); mucho de su comicidad radica en esto, en la forma y el tono en el que dice lo que dice. Hay mucho laburo corporal también en él, pero su fuerte está en la manera de expresarse. Y con Rogen me pasaba lo mismo. Siempre estuve convencida de que su encanto radicaba más en su voz y su manera de entonar las palabras que en sus capacidades interpretativas o su versatilidad actoral.

    Y Jason Sudeikis es una especie de intermedio. Tiene un aire un tanto extraño e indescifrable en la película. Por momentos parece gay y por momentos es un tipo desaforadamente sexuado y el más heterosexual de todos. Pero no convence y se desdibuja bastante al lado de Bateman y Day.

    Nota aparte, ya que no puedo usar tanto paréntesis: tener a Jamie Foxx, que es uno de los African-Americans más calientes del cine (aquí vuelvo a hacer una nota mental de mi reverenciada Miami Vice para deleite de mi colega Jose Luis) y a quien admiro profundamente (esto es de perogrullo porque ¿quién no admira a Jamie Foxx?), en un papel como el de Mother Fucker Jones, es raro. Por un lado aporta cierta cuota de humor e imprevisibilidad a la historia y, por otro, está muy desperdiciado y se pierde bastante en el conjunto. No puedo evitar pensar: “¡si lo tenes ahí, usalo un poco más!”

    A nivel humorístico la película funciona intermitentemente. Funciona gracias a los detalles, en las conversaciones entre los tres amigos (por ejemplo cuando hablan de quién es mas “violable” en el caso de que fueran a la cárcel; o el chiste sobre “mostrarle los 50 estados” a una mina a la que Kurt le quiere dar -que, a partir de esta película, eso es un chiste-; o cuando hablan sobre cómo a Kurt le gusta meterse cosas en el culo, y la insistencia sobre eso). Pero no funciona en cuanto a la construcción del guión, en cuanto a la historia en sí. Lo que arranca como una trama de espionaje y estrategia para aniquilar a 3 jefes termina siendo un sinfín de situaciones ridículas que se resuelven de manera absurda y poco creíble.

    Y si de ridiculez hablamos, los 3 jefes son el arquetipo de la ridiculez, una hipérbole de aquellas características que personifican. Son lo obvio, lo axiomático, lo más redundante de todo el film. Se puede hacer humor sin necesidad de ser grotesco y en eso falla la película, en el hecho de que los tres jefes rayan lo ridículo e inverosímil al ser tan excesivos.

    La sexópata de Jennifer Aniston (leí en una critica alguien que decía que Jennifer no resultaba creíble; para mí es creíble pero le falta contexto para terminar de serlo; no tenemos idea -y parece bastante ridículo- que semejante mina quiera entrarle a todos los tipos que se le cruzan, más allá de que sea sexópata) se come todos los alimentos fálicos habidos y por haber, entre otras tantas cosas.

    El hijo de puta insensible de Kevin Spacey (claro, tiene una esposa que se parte y que le mete los cuernos, por eso es un psicópata que detenta toda la autoridad posible en el ámbito laboral porque en su vida es un loser) no dejó que Nick fuera al funeral de su abuela y le llama la atención por llegar dos minutos tarde.

    La basura discriminadora de Colin Farrell (casi irreconocible, con la lamida de vaca más inmunda jamás vista, absolutamente over the top) quiere echar a la gorda (que es gorda, no está embarazada) y al que está en silla de ruedas porque le da impresión incluso mirarlos.

    Todo llevado al extremísimo extremo. Algunos buenos actores un poco desperdiciados, personajes obvios y situaciones inútilmente disparatadas hacen que la película no funcione tanto como podría haber funcionado. No hace falta tener estos jefes para fantasear con matarlos (e incluso llevarlo a cabo). Si no solo basta con preguntarle a esta fiel servidora.
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  • Balada triste de trompeta
    Ridi, Pagliaccio

    Balada Triste de Trompeta es una de esas películas que no le pasan desapercibida a nadie, independientemente de cuánto se admire a su director.

    Con una fotografía macabra y oscura y una banda de sonido poderosísima, Alex de la Iglesia nos sumerge en este mundo de payasos, en este Carnivale, en este freak show de amor y muerte.

    Ambientada en la España franquista, la película relata la vida de un payaso triste, cuyo destino es no hacer reír a los niños, ya que, habiendo vivido rodeado de dolor, jamás podrá llevar alegría al circo sino solo tristeza y dolor, a menos que haga virar su destino y elija la venganza como forma de vida. Inspirado por “Balada de la Trompeta” de Raphael, el payaso triste va mutando hasta convertirse en un ser macabro, diabólico, con infinitas ansias de venganza y dolor, obsesionado por el amor de una trapecista, novia de su enemigo, el payaso alegre, y por acabar con todos aquellos que se crucen en su camino.

    Inspirado en los personaje de Lon Chaney, Alex de la Iglesia construye este payaso triste, tímido, sometido y humillado para luego transformarlo en un ser grotesco, siniestro y lleno de maldad.

    El uso del material de archivo para ilustrar distintos momentos de la guerra deja entrever claras reminiscencias de Canciones para Después de una Guerra, gran documental sobre la España de Posguerra.

    Alex de la Iglesia mezcla géneros y los lleva al extremo; cada secuencia es exagerada, recargada, creada para impactar visual y dramáticamente. La estructura narrativa se sostiene solo por el caos y los excesos reinantes. Surrealismo, oneirismo, humor negro y mucho mucho gore: sangre, mutilaciones, violencia grafica, sexo salvaje, mujeres exuberantes, sometimiento, humillaciones, animales, canibalismo; todo estos elementos contribuyen al hermoso caos que es esta película. Sumado a esto, el montaje sumamente violento, la música salvaje y macabra, y el vestuario y los efectos sorprendentes crean esta atmósfera grotesca, oscura y delirante que solo Alex de la Iglesia es capaz de crear. Porque él mismo se define como un payaso, “que se inmola haciendo el ridículo”, que debe salir al espectáculo disfrazado y dar lo mejor de si mismo cada vez.

    “Ponte el traje
    y la cara enharina.
    La gente paga y aquí quiere reír,

    ¡ríe, Payaso, y todos te aplaudirán!
    Transforma en bromas la congoja y el llanto;
    en una mueca los sollozos y el dolor.”
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  • Cerro Bayo
    Cerro Bayo
    A Sala Llena
    Esta película tenía un punto a favor para mí y era el lugar en el que transcurre: La Patagonia, uno de los lugares más lindos del mundo.

    La directora y guionista, Victoria Galardi, oriunda de Bariloche, supo mostrar la belleza monumental e incomparable de esta ciudad y los rasgos característicos de sus habitantes, que son característicos, como bien ella dijo en la conferencia de prensa de hoy, de cualquier pueblo chico, en el que todo es noticia, todo se sabe, todo el mundo comenta y la discreción es una virtud de la que prácticamente todos carecen.

    Lo que toda la crítica resaltó, además de la fotografía ya mencionada, es la selección de actores. Todo el elenco de esta película se luce y sabe retratar una historia simple pero llena de matices y sutilezas captadas gracias a un guión excelente.

    En la conferencia de prensa, Victoria también habló de la intención que había tenido de contar una historia trágica (el intento de suicidio de la madre de dos hijas) pero con ciertos elementos humorísticos, porque justamente así es la vida, y podemos encontrar cierto alivio y decomprensión en esos momentos de humor.

    Porque el humor es el acercamiento a lo trágico; casi todo evento terrible puede tener una mirada de alguna manera cómica, un poco más reconfortante, y eso es lo que la película muestra. Y en este punto – más el afiche caricaturesco– no puedo evitar recordar a la gran The Savages, con dos grandes como Laura Linney y Philip Seymour Hoffman, en la que hay un conflicto similar (en este caso un padre con demencia) y dos hermanos con miradas muy disímiles con respecto a la enfermedad irreversible y a las consecuencias de ella en el entorno del enfermo. Hay también en esta película varios momentos humorísticos que sirven para romper el clima trágico que la enfermedad supone.

    En Cerro Bayo, el personaje de Inés Efrón es el que más logra este efecto cómico; Inés es una joya del cine argentino; cada vez que aparece en escena, con esa mezcla de ingenuidad y perturbación que la caracteriza, desata las carcajadas de toda la audiencia. El guión es genial y la relación entre ella y su hermano (Nahuel Pérez) tiene una naturalidad que solo ellos dos podían brindarle a esa historia. Verónica Llinás es otra actriz excelente que interpreta a la hermana más desapegada de las dos, las más racional y materialista, que deja entrever que no tuvo una buena relación con la madre, y que está más preocupada por dónde escondió su madre la plata que ganó en el casino que por si sale o no del coma. La actriz mexicana Adriana Barraza está muy bien en el personaje de la otra hermana, la más sensible, asquerosa e irritantemente sensible, totalmente devota de su madre y que muestra gran desaprobación por muchas de las conductas de su hermana.

    La película se desarrolla con un ritmo y una armonía perfectos y llega a construir las realidades de sus protagonistas en sus cortos 86 minutos.

    Hay una escena que quisiera destacar, que rompe con la estética de la película, cuando el personaje de Llinás entra a firmar la venta del terreno de su madre, el primer momento en el que escuchamos música extradiegética, que transcurre en cámara lenta, como otorgándole otra jerarquía, otra lectura, muy diferente al resto de las escenas. Una escena con cierto impacto visual, que desconcierta y a la vez transmite varias sensaciones.

    Grandes actuaciones, un guión excelente, una puesta en escena y un montaje cuidados hasta el más mínimo detalle, nos dan como resultado esta película hermosa, una de las mejores que vi hasta ahora en Pantalla Pinamar.
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  • En un mundo mejor
    En un mundo mejor
    A Sala Llena
    ¿Cómo es posible construir un mundo mejor? Desterrando la venganza y enseñando al mundo, a las generaciones venideras, que la violencia solo genera más violencia y no soluciona nada, por el contrario, empeora las cosas y nos vuelve seres humanos despreciables. No hay salida de ese lugar, no hay retorno, no hay construcción posible desde ahí.

    Partiendo de esa premisa, la película construye dos historias, dos tramas, en dos escenarios tan disímiles como similares, e ilustra cómo ciertas decisiones pueden traer las peores consecuencias, aunque esas consecuencias tengan que ver con el ámbito más privado del ser humano, con su propia consciencia y su culpa. Cómo es posible que algunas personas viven inmersas en un mundo de extrema violencia y crueldad mientras otras, ahí al lado, rehúyen esos sentimientos y eligen construir un mundo mejor. La película no es platónica ni idealista en ningún sentido; ambas realidades conviven en todos los universos, incluso en los universos individuales de cada uno de nosotros. En nuestro interior siempre existe, existió y existirá la pugna entre la venganza y el perdón, entre lo más vil y lo más noble. Bollamos entre uno y otro sentimiento y a veces se impone uno y otras veces se impone el otro. Y la película apunta a esa disyuntiva interna, a ese sitio en el que sabemos que podemos claudicar si nuestras convicciones no son del todo firmes y si nos permitimos un momento de duda. Y el gran acierto del film es justamente mostrar esa dualidad, esos matices, en cada uno de los personajes. Sussane Bier se toma su tiempo para construir minuciosamente los caracteres de los personajes, para ir develando, de a poco, en cada uno de ellos, los sentimientos que van aflorando, al punto de ponerlos en determinadas situaciones en las que los vemos sufriendo, desgarrándose por dentro, al saberse testigos de atrocidades y sin poder hacer nada al respecto.

    Y es así como la directora nos muestra estas historias paralelas, estos mundos tan distintos, conectados en ese aspecto, en la inevitabilidad de la violencia y la venganza, en ese punto de unión entre ambos que tiene como eje a Anton. Por un lado, un campo de refugiados en África, en el que Anton trabaja como médico y, por otro, la historia de dos chicos, amigos de la escuela, uno de ellos hijo de Anton, en un pueblo tranquilo de Dinamarca. Anton va y viene, entra y sale de estos mundos, y en ambos lucha contra la peor enfermedad conocida: la violencia humana. Y en el mundo en el que vive su familia, es su hijo quién se verá involucrado en situaciones terribles, de la mano de su amigo Christian, que recientemente perdió a su madre y está en pleno proceso de duelo. Por lo tanto, somos testigos de la inocencia de dos chicos, que hacen lo que hacen porque lo ven como una travesura –y porque las figuras adultas están relativamente ausentes o inmersas en otros conflictos–, y de la intencionalidad absoluta de la conducta de ciertas personas cuyo único propósito en la vida es infligir dolor a otras. Pero la raíz de ambas es la misma y es la que la película se encarga de denostar y aborrecer. Pero también se encarga de enaltecer ciertas cualidades, como la humanidad, la capacidad de perdonar y, por sobre todas las cosas, la responsabilidad de los adultos de impartir valores mediante la conducta, de educar con el ejemplo, y no con la palabra como la mayoría suele hacer. Si no hay un correlato entre lo que se dice y lo que se hace no hay enseñanza posible, y lo que vemos en este film es justamente eso, un padre con la responsabilidad –bien asumida y bien usada– de educar a dos chicos de 10 años en un momento crucial de sus vidas. Anton tiene conflictos internos con respecto a esto, pero su convicción sobre qué elige mostrarles es inquebrantable y la sostiene incluso en situaciones humillantes para él. Y en esos momentos se debate como también lo hace en una de las escenas más impactantes de la película por el contenido dramático, la escena en la que matan brutalmente a Big Man (un terrateniente de la zona del campo de refugiados de África, que mutilaba mujeres por diversión), una secuencia increíble por la fuerza y por el impacto que tiene en los espectadores; nos metemos en la situación, nos metemos en la cabeza de Anton y sufrimos a la par de él, no por lo que está pasando en realidad –porque estamos de acuerdo con la venganza, no hay duda de eso– sino porque vemos y sentimos en carne propia su angustia, la vemos en su mirada de desahucia, de desesperación, de mezcla de sentimientos porque él sabe que lo que está a punto de ocurrir es lo correcto pero, al mismo tiempo, no comulga con ese tipo de actos de violencia. Y la música en esta escena ayuda sustancialmente a generar esa sensación, y va creciendo en intensidad dramática conforme avanza la secuencia hasta llegar al clímax en que el acto se está cometiendo y ya no hay vuelta atrás. Y, en ese momento, uno siente el dolor de Anton, lo observamos en su rostro, en su forma desesperada de moverse de un lado a otro, en la consternación de su mirada. Y después lo vemos cuando trata de hablar por Skype con su hijo pero no puede, las lágrimas le brotan de los ojos y no puede disimularlas.

    Y así es como la película construye y nos enfrenta a esta dicotomía que todos los seres humanos tenemos adentro, a la posibilidad de perdonar y a la posibilidad de causar daño, a la bondad y a la nobleza frente a la sed de justicia y venganza porque, en definitiva, todos y cada uno de nosotros vivimos ambas realidades y optamos a veces por una y otras veces por otra. Porque quizá solo el Ruiseñor de Andersen sea capaz de pregonar la bondad más absoluta y pura, quizá solo él tenga esa capacidad, mientras le canta al emperador y le salva la vida.
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  • El mundo según Barney
    Un Mundo Feliz.

    Claro, el título original lo dice, Barney’s Version, y es su versión de la historia, el repaso de toda su vida desde su perspectiva. Porque en definitiva siempre es así, no contamos la verdad de nada, solo nuestra percepción de cómo ocurrieron los hechos. Y eso nos da un abanico de posibilidades, una gran cantidad de versiones, de todas las personas que hayan estado involucradas en un episodio, en un fragmento de la vida de alguien.

    Y lo tenemos a Barney, un Paul Giamatti increíble, como siempre. Porque Giamatti es un tipo que, independientemente del papel que interprete, le agrega a la historia ese condimento especial, ese sabor único, ese gusto particular que, como en un plato exquisito, no podemos identificar bien de qué se trata pero sabemos que nos gusta. Y eso me pasa con él. ¿Por qué? Por varias razones, todas muy simples pero no por eso menos valederas. El Giamatti de ficción es un tipo inteligente y sumamente pensante y analítico, y el Giamatti de la vida real probablemente también lo sea; sí, no es una boludez lo que digo: esta cualidad se le nota y es explotada 100% en la pantalla. No importa que encarne a un loser, a un escritor virtuoso, a un policía obsecuente, a un tipo enamorado de un chica de un cuento, sus personajes siempre dejan entrever esa cosa de que el tipo es brillante, que la tiene clara, que se ríe de si mismo y de los demás. Sumado a esto, así como Al Pacino es un tipo que labura con la mirada, Giamatti labura con la boca, con la voz. Cada actor tiene lo que yo llamo su “caballo de batalla”, una característica que lo diferencia del resto y que está presente en todos sus personajes, y la suya es esta. Giamatti tiene una dicción perfecta; no se por qué pero siempre me llamó la atención eso, que el tipo te articula las palabras con esa voz ronca, con cuerpo, y las palabras adquieren otra presencia cuando salen de su boca. Me da la sensación de que cualquier parlamento que pronuncia se enaltece gracias a esta hermosa característica. Además de este rasgo inusualmente atractivo, Giamatti es un actor que se mete en sus personajes, que realmente se mete, los analiza, los desmenuza y te da esto, representaciones magnificas de individuos, nada más ni nada menos. Hace del ser humano aparentemente más común del mundo algo extraordinario. Me acuerdo de la película suya que más me impactó, Entre Copas, una película hermosa, con un argumento simple pero cautivante, un film perfecto, gracias, en gran parte, a él, a su dicción, a su inteligencia y a su amor por su personaje. Creo que Giamatti se enamora de sus personajes (como lo hace de sus mujeres en la ficción) y sabe sacar como nadie lo mejor de ellos. Me encanta eso en un actor, me encanta cuando veo pasión en la composición del personaje, y él es eso, pura pasión, desde el movimiento, desde la caracterización física, desde la mirada, desde la manera de hablar, desde todo punto de vista.

    Gracias al director Richard Lewis (de quien no se casi nada -excepto lo que leí ayer en el folleto del cine, que dirigió algunas series, con lo cual no me interesa para nada-), podemos deleitarnos también con un par (o sea dos, nada más -ni nada menos-) de actuaciones soberbias. Dustin Hoffman es reverencial. Es el padre de Barney, judío hasta la médula, ex policía, y el padre más increíble del mundo, el padre que todos soñamos tener. ¿Por qué? Por una línea que dice en una escena; solo basta escuchar esa línea para saberlo. Barney le dice en un momento que encontró al verdadero amor de su vida, que no es su esposa con la que acaba de casarse, que se quiere divorciar e ir a buscar a esa chica; el padre le da un par de consejos geniales pero no muy útiles, hasta que en un momento le dice: “Ok, let’s do it”. ¿Y qué más necesita un hijo? ¿Qué otra cosa necesitamos aparte de la incondicionalidad absoluta, el hecho de saber que los viejos de uno están y van a estar, y nos acompañan en cualquier decisión que tomemos? Y que nos apoyan porque les basta saber que eso que estamos eligiendo es lo que queremos; eso que Barney quiere es suficiente para que el padre le diga “estoy con vos en esto y lo vamos a hacer juntos”. ¿Acaso no es lo único que le podemos pedir a nuestros padres, total incondicionalidad y confianza? Durante esa escena, yo anoche, en el Cine Club Núcleo, lloré como una pelotuda, más que en cualquier otra escena. Y es así cómo vemos que Barney ama a este padre, no permite que nadie le falte el respeto, ni su suegro ni nadie, y así es como lo llora cuando muere, lo llora y a la vez se alegra porque sabe que la vivió y que murió feliz. Creo que vi pocas películas en mi vida en las que en una escena, en el diálogo de una línea de una escena, se sintetice tan maravillosamente lo que es el amor incondicional entre padre e hijo.

    Y también vemos lo que es el amor (casi) incondicional entre marido y mujer, por la otra gran responsable del atractivo de la película, Rosamund Pike. La mezcla que tiene esta mujer de mina dulce, inteligente, comprensiva, melancólica, sensual y otros tantos adjetivos es hermosa de observar. Hacia el final de la película como que la cosa se vuelve un tanto predecible y sus reacciones, muy predecibles también, pero eso no oscurece de ninguna manera su presencia en la película. Y para mí las grandes actuaciones se ven en lo macro y en lo micro, en lo más ostensible y en lo mas pequeño del personaje, en lo general y en los detalles y matices: en la escena en la que ella le dice a Barney, mientras le agarra la mano en la cama, “deja de hacerte el mártir, no te vas a dormir al living, no dormimos separados”; en la forma de mirarlo; en la manera de ponerse el pelo atrás de la oreja; en la forma de hablar. Rosamund Pike es simplemente hermosa y en esta película lo vemos en cada escena en la que aparece.

    Y lo que trato de esbozar en esta crítica es lo siguiente: esta es una película de actores. En sí, la historia, qué se yo, no es la gran cosa, no hay mucha incógnita ni suspenso; ya sabemos de entrada cómo termina casi todo, vamos descubriendo un poquito cómo es que pasaron algunas cosas. La vida de Barney es interesante de cierta forma, pero no es lo que verdaderamente atrapa de la película. Lo que verdaderamente atrapa es lo que le imprimen estos actores de puta madre.
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  • Super 8
    Super 8
    A Sala Llena
    Sí, no me gustó Super 8, ¿y qué?

    Tenía tanta pero tanta expectativa con esta película que terminó pasando lo que generalmente pasa cuando las expectativas son altas: te pegas el embole de tu vida y te pones a pensar: “¿cómo puede ser que esto que a mi me aburrió -y que por momentos tuve que hacer un esfuerzo razonable para no dormirme- a otros les haya parecido ‘la película del año?’”. Increíble, un misterio que hoy no voy a tratar de develar.

    Mi compañero Rodo, con quien me encontré ayer en la reinauguración del Village Recoleta, fue una de las personas que contribuyó a abultar mis expectativas. Mientras decidía si iba a ver Super 8 o Copia Certificada me dijo: “si creciste con las películas de Spielberg, esta te va a gustar”; sí Rodo, crecí con las películas de Spielberg pero no, esta no me gustó. La función de transferencia no aplica acá. No logré conectar con esta película. Hay cosas rescatables pero, en líneas generales, me parece una película absolutamente olvidable.

    Por lo que estuve leyendo en estos días, J.J Abrams tenía la intención inicial de hacer una película sobre un grupo de amigos que quieren filmar una película de zombies y sobre todas las vicisitudes que deben atravesar en el camino. Sin embargo, en algún momento, J. J. decide combinar ese proyecto con otra historia que ya le había vendido a la Paramount, una historia de ciencia ficción sobre el Área 51. Como diría mi otro compañero, Matías, “el resultado: Super 8”, una de las películas menos memorables del año.

    Mi sensación constante era la de estar frente a un film absolutamente pueril, pero no por el argumento híper simplista –y erróneo en este caso– de que los personajes principales son preadolescentes, justamente por lo contrario: la historia de ciencia ficción está abordada desde una perspectiva totalmente infantil y eso es gracias a una trama que se va descomplejizando y atontando a medida que avanza el film y, en particular, gracias a los adultos, los grandes errores de la película. Son ellos los que me molestan sobremanera. Por un lado, el cieguito de Armageddon que en esta película hace de borracho, vago, culpable de una muerte, violento, abusivo, ¿algo más J.J.? Si, me quedó claro, es muy malo, pero después se transforma en bueno, se da cuenta que quiere a su hija y se reencuentra con ella en el final. Por otro lado, el padre del protagonista, que durante toda la película lo único que hacer es ir de un lado para otro sin hacer absolutamente nada y con terrible cara de constipado en todo momento. Y el malo, el amigo de Truman, ¿qué pasó? Totalmente congelado, con una única línea de diálogo en toda la película: “we’re are not allowed to discuss this with you”. Tres inútiles buenos para nada (siempre quise usar esa expresión) que no aportan nada a la historia, todo lo contrario, la empañan. Obviamente que la idea era destacar a los chicos y que ellos fueran los protagonistas y los responsables de salvar al mundo del monstruo, pero ¿había que poner a semejante manga de subnormales en los roles adultos? Entiendo que, como es bien sabido, Spielberg suele poner de manifiesto ciertas cuestiones familiares como “papá no me da bola, atravesamos terribles peripecias juntos y, luego de que mi vida corre peligro, me reencuentro con él y ahí me empieza a dar la bola que merezco”. Bueno, este mensaje es acaso lo más pedorro del film, lo menos creíble.

    No entiendo por qué J.J. no se mantuvo fiel a su idea inicial y filmó una película que realmente hiciera honor al título, sobre un grupo de amigos que quieren hacer una película de zombies, con cierta cuota de misterio e intriga, a partir de algo sobrenatural si se quiere, y desarrollar esa trama, que es muchísimo más rica e interesante que la otra, desde lo actoral, desde el guión, desde lo fantástico incluso. El grupo de amigos es genial (sí, la hermanita de Dakota se luce), actores absolutamente creíbles e instalados en sus roles; es muy lindo verlos cómo juntos se meten en el proyecto de hacer una película, cada uno en su rol, con la pasión con la que lo llevan adelante. Pero de nuevo, me quedé con ganas de ver un poco más de esa trama, que no está explotada del todo y es la que más potencial tiene.

    Otra cosa que me resulta irritante en las películas de terror/ciencia ficción es la inclusión del monstruo, el hecho de que realmente podamos verlo. El fuera de campo sirve “para ocultar algo al espectador y que éste se muestre más interesado por conocerlo”. ¡Qué bien se maneja el fuera de campo durante la primera mitad de la película! y que al pedo que resulta la inclusión del monstruo pedorro ese, mezcla de Cloverfield, Alien y mi perra Beagle con los ojos del gato con botas de Shrek cuando la vamos a sacar al jardín a la hora de la comida. ¡Dejame de joder Abrams! Y el monstruo no se come al protagonista porque él le habla y lo reconforta con sus palabras y le dice que todo va a estar bien. Ok, estamos frente a una película de ciencia ficción (un género con el que no tengo una relación muy cordial, por decirlo de alguna forma) pero ¿es necesario hacer un final tan idiota? Y de última, si queres hacer un final idiota, tomate tu tiempo para construir al monstruo, para darle una identidad como la supo tener en su momento, por ejemplo, Alien, y no muestres este espécimen que no sabemos bien qué hace en el planeta, de dónde viene, cuáles son sus motivaciones para matar, excepto lo que nos explica un video, que de pedo los nenes encuentran entre millones de videos en el colegio, y que sirve para aclarar un poco las cosas, como si fuéramos retardados mentales (que en realidad es una clara falencia del director que no supo explicar la génesis del monstruo a lo largo del film y tiene que recurrir a un video con alguien que te cuenta un poco sobre el bicharraco). No se, esperaba otra cosa, más intriga, más misterio, más suspenso, más fantasmagoría y mucho pero mucho más fuera de campo para alimentar mi fantasía del monstruo que no quiero ver.

    O será que quizá, con el tiempo, fui olvidando mi infancia, mi infancia junto a Spielberg y el gusto por ET y ese tipo de ciencia ficción, y cada vez me gusta más el cine de Rob Zombie y Collet-Serra y, en mi cerebro, esos gustos no son compatibles. Y, al parecer, películas como Super 8 no entran en mi reino de lo fantástico, en ninguno de los sentidos de la palabra.
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  • Tengo algo que decirles
    I don’t want to be the old cannon loose on the deck in the storm…

    Cañones sueltos, balas perdidas, minas a la deriva, peligros inminentes: esto representan algunos personajes de esta película.

    El director y guionista turco-italiano Ferzan Ozpetek, quien ya abordara en obras anteriores la temática de la homosexualidad, construye esta historia alrededor de la familia; el acento no está puesto tanto en la problemática del protagonista sino en la interacción de una familia, los vínculos entre sus integrantes, los mandatos familiares, las apariencias, la negación, la hipocresía, la mentira y el ocultamiento dentro de un seno familiar conservador.

    Uno de los grandes aciertos del film es el elemento humorístico. Ozpetek crea personajes con muchos matices cómicos; algunos de ellos, sin embargo, están llevados al extremo, a la exageración y al estereotipo -el padre de Tommaso-, y eso aleja un poco al espectador. Pero el resto -los integrantes de la familia, los amigos gays, la gente del pueblo- aporta su cuota justa de humor a la historia. A la vez, Ozpetek nos brinda un guión cómico pero cuidado y sincero, evitando caer en lugares comunes en los que fácilmente se puede caer teniendo en cuenta la temática que se trata, y yuxtapone situaciones cómicas constantemente, confiriéndole a la película un ritmo dinámico que se sostiene hasta el final. El film entretiene de principio a fin y eso es un gran mérito de Ozpetek en cuanto a guión y dirección de actores.

    Si de comicidad hablamos, la aparición de los amigos gays es, sin lugar a dudas, uno de los momentos más hilarantes del film; la escena en la que bailan en el mar es épica; inicialmente, con el plano medio que los toma como si estuvieran flotando en el medio del mar, uno piensa “se acaba de ir todo a la mierda” pero no; después el plano se agranda y la escena cobra sentido, para terminar en una subjetiva de Tommaso que mira primero a su novio y luego a Alba, y va y viene, de él hacia ella, de ella hacia él, hasta que su mirada toma a los dos abrazados, como vivo reflejo de su conflicto actual.

    El género es otro punto a favor de este film; estamos frente a una “dramedia” (que, como se puede desprender fácilmente de su nombre, es una mezcla entre drama y comedia); la alternancia entre ambos géneros es lo que le confiere gran atractivo a la trama. La película hace constantes virajes y cambios de direcciones en la estructura narrativa y, gracias a ellos, muchas situaciones resultan cómicas por lo disparatadas y otras situaciones cómicas resultan patéticas y dramáticas.

    Otro punto a destacar es el trabajo de cámara y los encuadres. Por un lado, se utilizan planos generales que sirven para ilustrar la belleza y la geografía del lugar de manera pictórica; por otro, y en contraposición a la grandilocuencia de estos planos, hay muchos primeros planos y planos medios que sirven para mostrar ciertas sutilezas en los rostros, en las expresiones de los personajes, y que realmente capturan la esencia de estos individuos. El personaje de Tommaso es interesante porque se trata de un joven muy contenido, con un perfil extremadamente bajo, que se ve envuelto en situaciones que jamás hubiese imaginado; Riccardo Scamarcio hace un trabajo excepcional en este sentido; las muecas que hace con la boca y las expresiones de su rostro dejan entrever esa dulzura e ingenuidad que hacen a su personaje tan tierno y entrañable.

    Pero la película falla en algo. Hacia la segunda mitad, algunas historias se desdibujan. La película logra construir tramas e historias, profundiza en algunas, especialmente la relación entre Tommaso y Alba (una socia de la empresa familiar), central en la película por lo que implica en la vida de Tommaso y, en algún momento, pone a esta historia en un segundo plano, y lo que se había construido minuciosamente queda relegado en pos de otra trama. Pareciera que algunas historias sirvieran para reflejar algún punto y, una vez que no se precisan más, se descartan. Esto le da cierta inconsistencia narrativa al film.

    La historia de la abuela sirve como anclaje con el pasado, como unión con la historia familiar, como constante recordatorio de que hacer lo que los demás quieren nunca es bueno (verdad de perogrullo que la película se empeña en enfatizar y remarcar constantemente). A su vez, la historia de la abuela con su esposo y con su verdadero gran amor sirve como conexión con la historia entre Alba y Tommaso, ya que “el amor prohibido es aquel que nunca muere”. Es por eso que uno queda un poco perplejo ante la decisión que toma la abuela en el final. No queda claro por qué decide lo que decide, por qué toma una determinación tan drástica. Tanto la abuela como Tommaso vendrían a ser los “mine vaganti”, las personas que tienen consciencia de la realidad y que son un peligro para el resto del entorno, ya que son los únicos que se oponen a la disfunción, que dicen lo que piensan y están al margen de todo el sistema familiar.

    De cualquier forma, más allá de algunas fallas en el guión, Mine Vaganti entretiene y genera empatía con el espectador, ya que trata temas como la hipocresía (el padre no acepta la homosexualidad de su hijo porque la cree inmoral pero tiene una amante que es vox populi en el pueblo), la estructura patriarcal de una familia (el hombre es el jefe de la casa y la mujer claramente tiene un segundo plano, al punto de aceptar una infidelidad sin cuestionarla), la importancia de las apariencias en detrimento de la preservación de la estructura familiar, los prejuicios aun vigentes sobre la homosexualidad y, como mencioné antes, las conflictivas familiares. Pero me resulta raro que, habiendo puesto Ozpetek el énfasis en esto último, elija en el final mostrar a la familia unida, unida por la tragedia, como si nada hubiera pasado, como si la muerte de alguien, de golpe, relativizara todos los conflictos y provocara que los personajes estén dispuestos a olvidar y a perdonarse. Esperaba una mirada final un poco más crítica de ciertos comportamientos, de ciertas actitudes, de esta hipocresía que se pone sobre el tapete.

    La escena final, sin embargo, es conmovedora; Tommaso observa, desde afuera, cómo el pasado y el presente se funden hasta convertirse en uno, cómo los conflictos han desaparecido y la paz vuelve a reinar en su familia. Sin embargo, él observa y se retira, como si ya no quisiera ver nada más y se fuera, finalmente, a vivir su propia vida.
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  • Juntos para siempre
    Contrariamente a lo que opinó mi colega arriba, Juntos para Siempre me resultó una película muy interesante.

    Estamos frente a una historia intrincada, circular, recurrente, con una mezcla constante de géneros; nada está definido en esta película, no hay límites claros, y las historias se entreveran. Hay infinitos cambios de direcciones no solo en la trama sino también en los personajes.

    La repetición, la recurrencia de situaciones, de elementos y de símbolos refuerza esta idea de circularidad y de superposición de historias.

    Peto Menahem, como buen actor cómico de stand up, sabe llevar muy bien estos cambios y va mutando conforme muta la película. Es un gran actor cómico pero también es un gran actor dramático.

    Malena Solda está bastante contenida y por momentos más rígida de lo que su rol demanda.

    A Florencia Peña le sale muy bien el rol de rubia boluda, preocupada solo por formar una familia y tener un tipo al lado que ni siquiera la trate bien, que solo esté ahí, como una planta, como un pedazo de carne entre sus piernas.

    Mirta Busnelli, siempre genial. Si bien, como dijo mi colega arriba, es un poco estereotipada e hiperbólica, no por ello deja de lucirse cada vez que aparece en pantalla. Su personaje de la madre insufrible mal medicada es fabuloso.

    Y Luis Luque crea un personaje muy perturbado y siniestro pero a la vez romántico y apasionado, y lo vemos como el hijo de puta que abandona a su familia y como el adolescente enamorado que deja todo por su primer amor. Al igual que Gross, ambos tienen esta dualidad en sus caracteres.

    La película trata temas vitales como la mirada que se tiene de la vida, el optimismo y el pesimismo, la conexión con las conflictivas propias, el rol de la terapia en esta época tan psicoanalítica, y, por supuesto, la pareja, en particular la intolerancia y la necesidad de adecuar a la otra persona a uno mismo, aunque ello implique el desdibujamiento total de la persona (gran escena de Menahem y Solda en la escalera de la casa de ella, gran dialogo).

    Para mí, todos estos puntos hacen de esta una película interesante, que invita a seguir pensando en algunos temas como los vínculos y la afectividad.
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  • Blue Valentine
    Blue Valentine
    A Sala Llena
    Todo tiempo pasado fue mucho mejor

    ¿Cómo no conectarse emocionalmente con esta película? ¿Cómo no sentir empatía e identificación con estos personajes o con algo de la historia? Independientemente del momento que uno esté transitando cuando la mira, independientemente de cómo uno esté anímicamente, esta película te destroza, te angustia, por momentos te asfixia, y despierta una serie de preguntas y reflexiones que resultan ineludibles después de mirarla.

    Blue Valentine es el segundo largometraje de ficción del director y guionista Derek Cianfrance, quien dirigió principalmente documentales, muchos de ellos sobre la vida de diferentes músicos. Menciono esto porque la película tiene algo de documental en su estética, en su acercamiento a la realidad, en la intimidad con la que Cianfrance nos muestra las vidas de los personajes y en el realismo de la historia, gracias a un trabajo de cámara muy interesante que contribuye a crear las distintas atmósferas.

    La historia ya es conocida; un matrimonio, el contraste entre el presente angustiante y el pasado feliz. El contraste es expresado desde todo punto de vista: narrativo, visual, estético. Y Cianfrance construye esta historia mediante flashbacks y se encarga de dejar muy en claro las diferencias entre los dos momentos; no hay vueltas ni recovecos en esta historia (lo que no implica que no haya conflictos intrincados ni situaciones sumamente conflictivas entre los personajes). Más allá del cambio estético evidente entre los dos momentos (tonalidades más claras para el pasado, tonalidades más sombrías y oscuras para el presente), el uso de la cámara es llamativo.

    En el presente, tenemos una cámara en mano y primerísimos primeros planos de los protagonistas, casi todo el tiempo, al punto de provocar cierta incomodidad en el espectador en varias escenas. Este recurso, como mencionaba antes, genera una sensación de intimidad, de acercamiento, que nos permite meternos de lleno en la historia, en las sensaciones de los personajes, ver de cerca sus expresiones, hasta la más mínima mueca. Muchos planos están compuestos por ellos dos, uno en primer plano y el otro en segundo plano, más difuso. Todo esto nos muestra con crudeza y realismo la distancia, la lejanía que hay entre ellos. El presente es terrible y patético; la pareja ya está en crisis, la rutina hizo estragos en la vida marital de los protagonistas y ya casi no hay lugar para el disfrute o la espontaneidad.

    En cambio, en el pasado todo tiene, literalmente, otro color. Las tonalidades son más claras, los escenarios, más coloridos; los protagonistas están radiantes y la cámara no los acecha sino que los capta con planos más generales, los retrata en toda su plenitud; ellos son pares y la cámara se encarga de mostrarlos como tales. El pasado simboliza la felicidad que hoy ya no tienen. Los espectadores somos testigos del origen de este amor, de cómo se enamoraron, de cómo se disfrutaban, de cómo se reían y de cómo jugaban.

    Los continuos flashbacks resultan, entonces, muy angustiantes, porque los contrastes son muy fuertes pero a la vez muy creíbles y eso también se debe, en gran medida, a las actuaciones de sus protagonistas, Ryan Gosling y Michelle Williams. Ambos actores se meten en la piel de estos personajes y nos brindan una actuación que fascina por la honestidad, la austeridad y el realismo que le impregnan a la historia. En esta película no hay golpes bajos, solo un retrato absolutamente verosímil de la decadencia de una pareja disfuncional.

    Además de lo mencionado anteriormente, la banda de sonido acompaña increíblemente bien esta transición de estados y de tiempos. La mayoría de los temas pertenecen a la banda estadounidense Grizzly Bear, de rock/pop experimental y psicodélico. El tono melancólico y oscuro de ciertas canciones no hace más que acompañar maravillosamente la atmósfera de desolación, resignación y dolor del presente de la historia.

    Y como dije al principio, y pasando a analizar un poco más la historia, la película me despertó ciertas preguntas y reflexiones (justamente el verbo es “despertar” porque hace rato que las tengo y, de vez en cuando, salen a perseguirme): ¿cómo es posible haber sentido algo tan fuerte por alguien y años después odiar a esa persona al punto de sentir rechazo y no tolerar casi nada de ella?, ¿qué mecanismos operan en la psiquis humana para que tales variaciones en los sentimientos sean factibles en un lapso no tan prolongado de tiempo?, ¿es posible tener felicidad a largo plazo con una pareja?, ¿cómo se hace para no caer en el inevitable hastío de la rutina y la costumbre?, ¿cómo se construye una pareja sana partiendo de dos individuos con sus propias historias y sus propias conflictivas? Y, como le pregunta Michelle Williams a su abuela en una charla memorable: “¿cómo podemos confiar en nuestros sentimientos si un buen día desaparecen?”.

    Por supuesto que no tengo respuesta para ninguna de estas preguntas como tampoco la película las tiene. Los seres humanos somos tan complicados, tan intrincados, con nuestros pensamientos, nuestra historia, nuestros deseos, nuestros “potenciales” y, en algún momento de la vida, nos juntamos con un otro, un otro con todos los equivalentes anteriores “suyos”, y eso, esa unión, tiene que funcionar durante años. No se, ¿es realmente viable? ¿por qué cambiamos tanto? ¿por qué una pareja cambia tanto al punto de que se tenga que programar una salida para emborracharse y tener sexo porque ni eso ya es algo espontáneo ni placentero? ¿cómo lidiamos con las dificultades del otro? ¿cuánto estamos dispuestos a tolerar de la disfunción del otro? No lo se, no creo que nadie lo sepa, pero está bueno que nos lo preguntemos y que intentemos pensarlo, o no. Quizá solo haya que relajarse y disfrutar de esto tan corto que transitamos sin tanta angustia ni tanto dolor. No lo se.
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  • El mal ajeno
    El mal ajeno
    A Sala Llena
    La Vergüenza Ajena

    El Mal Ajeno es una de esas películas que, sin previa investigación demasiado exhaustiva acerca del argumento, me llamaba la atención, lo suficiente como para augurar un buen puntaje.

    Sin embargo, a media hora de iniciada la película, tuve una epifanía, una gran verdad se reveló ante mis ojos: mis predicciones fallaban violentamente al tiempo que mis sentidos no daban crédito de lo que salía inescrupulosamente de la pantalla.

    La historia arranca con cierta cuota interesante de misterio e intriga; Eduardo Noriega (Diego) en la escena del estacionamiento; un disparo, un suicidio; nada queda muy claro y uno se ve, aunque solo lacónicamente, atrapado por una historia que termina desdibujándose por completo; más que desdibujarse, me atrevo a afirmar que esta historia se convierte en un mamarracho, derrapa por completo para concluir en una sucesión de escenas finales dignas del más paupérrimo film melodramático de Hallmark Channel.

    Supuestamente, a medida que avanza la historia, somos testigos de la “transformación” de Diego, que muta del harto conocido cliché barato de “médico insensible, frío, totalmente desapegado de sus pacientes” a “médico afectivo, conectado con sus sentimientos e involucrado con sus pacientes”, al punto de poder salvarlos, curarlos con sus manos (Sir Elton debería reclamar derechos de autor; “Healing Hands” hay solo un par y, sin lugar a dudas, son las tuyas y no las de Noriega, Elton). O sea, todo lo que toco lo convierto en sanito hasta que, de golpe, así de la nada, como todo en esta película, mis manitas no solo no salvan más vidas, sino que empiezan a matar a mis seres queridos. ¡Tremendo! No satisfechos con estar presenciando semejante aberración guionística, somos testigos de una última e interesantísima vuelta de tuerca: el de las manitas mágicas salva-vidas es capaz de transferirle el don a ciertas personas –así como él lo recibió de alguien en primer lugar– pero no a cualquier persona, sino a algunas cercanas a él, que convienen para el propósito de la historia, y que vienen a ser como él, una suerte de ángeles que salvan vidas y regalan bebes por ahí. De un patetismo pocas veces visto.

    Oskar santos intenta contar una historia sobre la conflictiva interna de los protagonistas, sobre sus incapacidades, sus limitaciones, sus desgracias, sus miedos, y agrega este elemento sobrenatural o fantástico, el don de Diego, clara influencia de Alejandro Amenábar –quien se define como “mentor” de este trabajo– y clara influencia de autores como Henry James y Edgar Allan Poe, ya vista en otros films dirigidos por Amenábar, en un intento por llevar adelante una historia que no termina provocando más que un sentido rechazo por parte del espectador. Justamente, lo que se produce en obras pertenecientes al género de lo sobrenatural es el fenómeno denominado “suspensión de la incredulidad”: el espectador es consciente de que lo que está viendo no pertenece al mundo de lo real; sin embargo, elige voluntariamente hacer caso omiso de ello y adentrarse en el mundo fantástico que se le presenta, sin cuestionar la verosimilitud de los acontecimientos sobrenaturales. Lo que ocurre con esta película es que, al ser la historia tan disparatada y ridícula, no suspendemos la incredulidad; por ende, lo que vemos nos choca y lo rechazamos. Lo rechazamos al punto de sentir que estamos frente a una parodia o una sátira; yo, por momentos, tenía la sensación de estar viendo una remake barata de Spider Man, con el gran lema de “un gran poder conlleva una gran responsabilidad, Peter”. ¡Por lo menos con Spider Man me entretuve un poco más!

    Otra cosa que no ayuda en absoluto a la historia es el hecho de que muchas escenas están totalmente sobreactuadas e hiperbólicas (Angie Cepeda, cuando llora sobre la tumba de su hermana; Carlos Leal, cuando le dice a Belén Rueda “y todo esto es por tu culpa”; varios momentos en los que Noriega llora, o intenta llorar; algunos momentos en los que Noriega intenta “reconstruir” su relación con su hija y demostrarle todo lo que no le demostró en sus 19 años de vida; entre otras tantísimas), con el único propósito de sobre explicar todo, de no dejar duda alguna acerca de qué le pasó a cada personaje y qué lo llevó a estar en la situación en la que está. Otras escenas resultan inverosímiles pero no por el “condimento fantástico”, sino por la torpeza de su inserción. Un ejemplo de ello es la muerte de la hermana de Angie Cepeda o, más que su muerte, la reacción de sus dos perpetradores ante ella. A esa altura de la película, yo ya estaba totalmente entregada y resignada a que, lo que restaba, no fuese más que una sucesión de sinsentidos y cursilerías de la peor calaña.

    Sumado a todo eso (o restado), la casi inexistente química que hay entre Noriega y Rueda es sorprendente, aunque más sorprendente e inverosímil resulta, en verdad, la inclusión de esa historia en la película que, como casi todo en ella, es totalmente constreñida y no aporta nada en absoluto.

    Pero bueno, quizá podamos desprender cierto mensaje de esta conmovedora e intrigante historia, algo así como “hay una luz cuando la oscuridad desaparece, tócame ahora y haz que vuelva a ver, arrópame ahora en tus tiernas manos que curan”, o quizá lo único rescatable de la película sea Eduardo Noriega a quien, por lo visto, los años le sientan maravillosamente bien. Aunque, ojala los años trajeran un poco más de sabiduría, o por lo menos una pizca de tino, a la hora de elegir roles, ¿no, Eduardo?
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  • El mundo es grande y la salvación está a la vuelta de la esquina
    Bajo la premisa de “no olvidar y hacer memoria” y con el backgammon como símbolo de unión entre el pasado y el presente, el director búlgaro Stephan Komandarev nos introduce en el mundo de Alex y su abuelo Bai Dan y en el viaje que ambos emprenden para recuperar los recuerdos y reconectarse con la historia, la propia historia y la historia de un país.

    La película está basada en la obra homónima del escritor búlgaro-alemán Ilija Trojanow. La novela es una obra autobiográfica que, según Komandarev, tiene muchos puntos en común con su propia historia, hecho que lo motivó a llevarla a la pantalla grande.

    Alex es un joven búlgaro que es criado en Alemania tras el exilio de sus padres bajo el régimen comunista de Bulgaria. En su primera visita a su país natal luego de varios años exiliados, Alex sufre un accidente automovilístico con sus padres, en el cual ambos mueren. Alex aparece en un hospital sin saber quién es ni de dónde viene. Su abuelo lo encuentra y ambos se embarcan en un viaje en tándem, a través de Europa y hacia su país de origen, para que Alex vuelva a los lugares de su infancia y vaya recobrando paulatinamente su identidad y sus recuerdos.

    La película, entonces, transcurre en dos tiempos simultáneos, o lo que su director denomina “edición en paralelo”, con una estructura dinámica y versátil, gracias a la cual vamos y venimos del pasado al presente. Estos cambios de tiempo y espacio están marcados por estéticas completamente distintas para uno y otro universo: cambio de color -un tono más amarillento para el pasado- y de música.

    Estamos frente a una suerte de road movie, episódica, planteada inicialmente como lo que es: un viaje de descubrimiento, literal, en el que se van sucediendo situaciones que ayudan a que Alex recupere sus recuerdos y que dan lugar a que su abuelo le enseñe cosas fundamentales acerca de la vida, el valor de los afectos y el amor. También se podría decir que esta película es una especie de anagnórisis aristotélica, o sea, un descubrimiento o revelación, gradual, por parte del protagonista, quien pasa de un estado de completa ignorancia a un estado de conocimiento de sí mismo y de su propia identidad.

    El backgammon, como mencioné antes, conecta el pasado con el presente, ya que Alex lo aprendió de su abuelo desde muy chico. A lo largo de todo el viaje, lo juegan una y otra vez, para concluir en una linda escena final en la que Alex logra, por primera vez en su vida, derrotar a su maestro y mentor.

    La película se sostiene y gana en naturalidad y gracia en gran parte por la actuación de Miki Manojlovic, quien aporta la cuota necesaria de humor, sabiduría y ternura a la historia. El personaje de Alex, interpretado por el actor alemán Carlo Ljubek, no resulta del todo atractivo. Si bien el personaje en sí requiere de cierta actitud cansina y apática, creo que Alex no termina despertando en nosotros la empatía que podría haber generado si su actuación hubiese tenido otros matices tal vez un poco más dramáticos. Alex debería ser el protagonista de esta historia pero su abuelo le roba casi todo este protagonismo e incluso, por momentos, lo opaca. De todas formas, la película es bella, sincera y armoniosa en esta mixtura de tiempos y realidades, y cuenta con una fotografía hermosa y sumamente cuidada, gracias a la cual podemos deleitarnos con los paisajes imponentes de las tierras balcánicas.

    Con respecto a la historia, el mensaje es claro y se nos presenta de entrada: la vida es como el backgammon, sencilla pero intrincada, en la cual no hay dados malos sino buenos o malos jugadores, o sea, que el curso que le queramos dar a nuestra vida depende enteramente de nosotros y no tanto de las circunstancias que nos rodean. Existe el azar pero básicamente todo depende de la habilidad de nosotros, los jugadores, para lidiar con los obstáculos de la vida y para encontrar la salvación o la felicidad en cualquier esquina.
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  • Amor sin límites
    Amor sin límites
    A Sala Llena
    Horror sin Límites

    Érase una vez una joven muy muy linda que queda atrapada en las redes de un pescador muy muy sucio quien cree que la joven es una sirena o una foca; ambos se enamoran, entablan una relación, hasta que, un extraño y maléfico hombre comienza a perseguir a la damisela y ahí el pescador muy muy sucio descubre que la sirenita era en realidad una joven traficante de drogas rumana que escapaba de la ley. Igual la perdona, se casan y viven felices. Y colorín colorado, esta interesantísima historia se ha terminado.

    Con esta película me ocurrió lo que pocas veces me había ocurrido en mi vida: estuve a punto de levantarme e irme en la mitad. Pero, con el afán de disponer de más material para propinar una adecuada destrucción retórica, opté por torturar a mi cerebro el tiempo que fuese necesario y asistir a esa regurgitación cinematográfica hasta el final.

    Ondine es una especie de enmascaramiento de otra cosa. Es como una suerte de película para niños, con un guión paupérrimo -por ser extremadamente suave- y con un giro de tuerca final que resulta una tomada de pelo. Todo es un pretexto para mostrar dos cosas: a la chica/sirena/dealer en ropa interior, con actitud exasperantemente naif y aniñada, mientras seduce a Colin Farrel, y los paisajes de Irlanda. Muy linda fotografía, eso sí. El resto, puro humo. Es una historia torpe, tonta, aburrida, con actuaciones malas, pobretonas y carentes de cualquier tipo de emoción. Lo de Colin Farrell es tremendo. No es que este actor no haya tenido desaciertos garrafales en su filmografía (recordemos Alejandro Magno, El Nuevo Mundo, Daredevil), pero en esta película se va al pasto como nunca antes, derrapa por completo. Primero (y esto no es un tema que lo incumba directamente pero igual lo menciono acá), todos estamos de acuerdo con que los pescadores son sucios pero Colin en esta película te da un soberano asco, unas ganas de vomitar increíbles; parece que en su vida vio otro agua que no fuera el del mar en el que pesca. Así y todo, logra conquistar a esa princesita frágil, hermosa e impoluta. Segundo, estamos en Irlanda, en Cork, en un pueblo de pescadores; todo bien Colin pero, ¿es necesario tener un acento tan exageradamente forzado e incomprensible incluso para los propios irlandeses?



    Me resulta curioso que Neil Jordan, director de grandes películas como El Juego de las Lágrimas y Entrevista con el Vampiro, haya sido el responsable de semejante guión y de semejante película. No solo el guión es torpe y descuidado, con baches y situaciones traídas de los pelos y forzadas, las actuaciones no ayudan en absoluto a dar algo de coherencia y atractivo a esta historia.

    Como dijo mi colega Rodolfo arriba, el actor fetiche de este director es Stephen Rea y, en esta película, es el único que se luce un poquito, aportando cierta cuota de humor a la historia. De todas formas, me resulta triste que buenos actores formen parte de películas tan patéticas. Para mí, es como el principio de la pendiente cuesta abajo, el principio del final de una carrera digna.

    La hija de Colin Farrell, una nena que va a los chapasos de acá para allá por toda la isla en su silla de ruedas, es un ser precoz, con una percepción y una sensibilidad superior a la de los adultos (y sí, los adultos son una manga de incompetentes e incapaces), y para que no nos queden dudas de ello, nos refriegan de manera iterativa lo inteligente que es. ¿Por qué será que algunas películas nos tratan como idiotas mentales y repiten hasta el hartazgo cosas obvias y redundantes? Cuando se abusa de un recurso para mostrar algo se cae en el ridículo, en el extrañamiento, y eso ocurre con la actuación de esta nena, que termina por fastidiar y generar el efecto contrario al deseado. Y el hecho de que repitiera constantemente “curioser and curioser” (porque es muy viva y leyó “Alicia en el País de las Maravillas”) me puso muy nerviosa.

    Ondine, la chica que da nombre a la película, canta lindo (es una cantante polaca en la vida real), al estilo Enya, y así atrae a los peces, y tiene una belleza realmente increíble. Pero solo está ahí para eso, para que la observemos y nos deleitemos ante su belleza. A pesar de esta cualidad singular, no logra ni un ápice de química, piel o erotismo con Colin, que en esta película parece estar en piloto automático, totalmente inmutable, preocupado más por lograr el dialecto de Cork que por brindar una actuación mínimamente digna. Increíble viniendo del actor que encarnó una de las historias de amor más eróticas e intensas de la historia del cine en Miami Vice junto a Li Gong.

    Eso si, el lugar es hermoso y la fotografía se encarga de capturarlo, con largos planos generales del océano y de la geografía verde y campestre.

    En lo que hace a la historia, uno se queda con la sensación de haber visto una película que empieza como una especie de cuento de hadas, con un elemento sobrenatural, que de golpe y porrazo, sin verlo venir y de prepo, deviene en una especie de policial mediocre con un final feliz paupérrimo, romanticón y barato.
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  • Biutiful
    Biutiful
    A Sala Llena
    La Vida no es Bella.

    Cuando terminé de ver esta película me quedé con una sensación por demás extraña, como con cierta indecisión con respecto a si lo que había visto me había gustado o no, y la sensación persiste, por eso me voy a limitar a hablar sobre los aspectos del film que me gustaron y los que no me gustaron.

    Las tres películas anteriores de Iñárritu me gustaron, especialmente 21 Gramos. Leí algunos comentarios sobre Biutiful y uno decía “la mejor película de Iñárritu”. Mi opinión, parcialmente formada, reza lo contrario. Biutiful no me disgustó del todo pero para mí es la peor de su filmografía.

    Sin bien en este film Iñárritu se aparta –o dice apartarse– de la estructura coral de sus películas anteriores, Biutiful no deja de ser una historia acerca de muchas historias, solo que en este caso, el punto de convergencia de todas, el eje temático, ya no es una situación determinada sino el personaje de Bardem. Y una de las debilidades de la película tiene que ver con eso, con intentar apartarse de un estilo pero volver a caer en él, torpemente y de refilón. Y el otro error que comete Iñárritu es querer abordar demasiadas temáticas tan pesadas y complejas. No estoy criticando el hecho de que una película quiera tratar varios temas, estoy cuestionando el hecho de que, inevitablemente, en dos horas y media, no se pueden cubrir todas esas historias sin dejar demasiados cabos sueltos o desprolijos. Porque Biutiful trata de: un ser humano frente a una enfermedad terminal, la muerte, la bipolaridad, la clarividencia, la trata de inmigrantes ilegales, la xenofobia, la corrupción de las fuerzas policiales, la familia, la paternidad, el amor, la homosexualidad, la pobreza y varias cosas más. Y termina la película y uno queda como golpeado, con la sensación de “tengo que procesar todo lo que acabo de ver”, lo cual está bueno, pero algunas cosas se pierden en semejante inmensidad.

    Sin dudas, el tema que peor está abordado es el don de Uxbal de comunicarse con los muertos; francamente, no entiendo el propósito de la inclusión de esto, no le veo razón de ser, y queda totalmente traído de los pelos.

    Otro punto muy débil de la película son los golpes bajos. En una entrevista realizada por Pagina 12, Iñárritu afirma: “me parece que la tragedia es extremadamente entretenida”. La tragedia en este film no es entretenida sino puramente efectista. A mí me gusta emocionarme con una película pero la emoción que disfruto es esa que surge a partir de que algo en la película me toca alguna fibra íntima o me toca algo adentro, algo mío, y a partir de eso aflora la emoción. La emoción causada por varias escenas de este film tiene un efecto inmediato, casi inconsciente, en el espectador, por ejemplo, al ver 40 planos distintos de un bebe muerto por envenenamiento por monóxido de carbono, o a Javier Bardem mientras acaricia el cuerpo de su padre muerto (¿¿¿???); todo, obviamente, con tonalidades menores de fondo. Pauline Kael hablaba justamente de eso en uno de sus ensayos, de la bronca que le provocaba encontrarse con films de este estilo, en los cuales se busca la emoción fácil, se persigue deliberadamente un efecto lacrimógeno en el espectador. Biutiful tiene varias escenas así y eso me molestó. Parece que Iñárritu hubiese pensado algo así como “te hago un dramón de aquellos; para eso elijo a un personaje, a punto de morir, al que le pasan las peores cosas que le pueden pasar a un ser humano, te meto en el medio 20 historias terribles, lo mezclo todo en una coctelera y tomá, arreglate”. No se, así quedé.

    Como puntos a favor puedo mencionar tres.

    -La actuación de Javier Bardem; sí, él “es” casi todo el film, aunque acá también hago una salvedad que tiene que ver con una falla del guión: ¿su enfermedad lo termina transformando realmente? Por momentos sí y por momentos no, no queda claro, o se termina desdibujando en la inmensidad temática que es el film.

    -La banda de sonido, compuesta por Gustavo Santaolalla –a excepción de la música efectista que mencioné antes– acompaña bien las escenas y tiene ese matiz minimalista y ecléctico característico de Santaolalla, que se conjuga muy bien con el estilo de la película, como fue el caso también de sus anteriores colaboraciones con Iñárritu. La música está reservada para ciertos momentos de tensión dramática, sin hacer abuso de ella, y genera gran armonía entre imagen y sonido en las escenas en las que aparece. La selección de música diegética es muy acertada también y provoca bastante acercamiento con el espectador.

    -Por último, hay un rasgo que suelo destacar del cine de Iñárritu: el realismo crudo con el que muestra las realidades; la estética, la fotografía, la puesta en escena, la técnica de cámara en mano, todo esto ayuda a instaurar un realismo y una verosimilitud impactantes. Uno realmente se siente oprimido por estas historias que, como es característico en el cine de Iñárritu, son sumamente trágicas y exploran lo más bajo de la condición humana.

    No se, creo que sigo sin decidirme pero bueno, esto es lo que logré esbozar.
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  • 127 horas
    127 horas
    A Sala Llena
    Between a Rock and a Hard Place.

    Hay tres palabras que definen esta película: montaje, música y James Franco (serían 4 pero vamos a tomar a James Franco como una hermosa unidad semántica y morfológica).

    Montaje

    Esta es, sin lugar a dudas, una película de montaje. Cuando salimos de la Avant Premier que organizamos con la página, uno de mis colegas, Carlos Rey (quien hizo una crítica muy interesante), dijo algo así como “este es el verdadero artificio del cine”, o sea, cómo mantenernos frente a la pantalla durante una hora y media viendo a un flaco que queda atorado entre una roca y una pared. Esa es la magia del cine. Y estoy de acuerdo. Porque Danny Boyle se vale de recursos increíbles para lograr eso en el espectador. Al principio, una serie de video clips; luego una serie de montajes vertiginosos de Aron Ralston mientras se prepara para partir y mientras se dirige en auto y después en bicicleta hacia el cañón de Utah. Una vez que Aron está atrapado, la cámara va cambiando de posición para captar a Aron y para captar el diminuto lugar en el que se encuentra. Intercalados, hay varios flashbacks y algunos flashforwards, a partir de los cuales derivamos cierta información sobre la vida de este joven aficionado a los deportes extremos: una relación amorosa, su familia, su pasado. Mediante estos flashbacks, Aron realiza cierta introspección y se empieza a cuestionar algunas cosas de su existencia, principalmente el sentido de su vida y el sentido de los afectos, la familia, la pareja. En los flashforwards imagina situaciones que él tiene la certeza de que van a ocurrir y, en una escena muy linda, se ve a sí mismo como padre y eso es una gran motivación para que su historia termine como termina. Por momentos, el montaje también sirve como recurso para explorar ciertas alucinaciones o estados oníricos de Aron. O sea, casi toda la película es un trabajo de montaje brillante y vertiginoso.

    Música

    Gran banda de sonido, impecable, a cargo de A. R. Rahman. Cada pieza musical converge de manera perfecta con cada escena del film. Desde la música frenética del principio, que calza impecablemente con el montaje inicial, hasta la música esperanzadora del final, pasando por la que acompaña cada uno de los flashbacks y las melodías más lúgubres en los momentos más dramáticos. Pero para mí, la escena más hermosa de toda la película es la escena en la que Aron ve a su hermana mientras toca el piano, en su casa, con sus padres, y después la vuelve a ver, de grande, vestida de novia, y recuerda que para su casamiento ellos tocarían juntos y ahí la ve de nuevo, en una imagen como superpuesta, mientras ella interpreta Nocturno Nº 2 en Mi Bemol y él murmura “Way to go, sis”; esa escena me hizo saltar las lágrimas, quizá porque amo los Nocturnos de Chopin, quizá porque en ella se ve la desahucia, la resignación del personaje y la inevitabilidad de su supuesto final en ese momento. Una escena que quedará grabada en mi retina para siempre.

    James Franco

    Realmente quedé sumamente perpleja ante la actuación de Franco. Hay una escena en la que fantasea con una especie de talk show en el que se entrevista a sí mismo; la mayoría de las personas con las que hablé me dijeron que no les gustó esa escena, que les pareció forzada y descolgada; para mí, es una escena muy poderosa; hay un desdoblamiento sumamente interesante del personaje, una reflexión terrible y desesperante mediante el humor y el sarcasmo. A medida que avanza la secuencia, el rostro de Franco se va transformando hasta quedar con la mirada fija en la nada, reflexionando sobre qué cosas hizo en su vida, qué cosas no hizo, y las consecuencias de ello. La escena de la amputación la vi a medias. Era demasiado realista como para no revolverme las tripas, pero traté, aunque sea por breves instantes, de mirarlo a él, las expresiones de la cara, y sí, James Franco deleita a cada instante con su actuación soberbia. Si bien esta película tiene todo el artificio que la hace ser lo que es y que allana el terreno para cualquier interpretación, James Franco igual la rompe.

    Cuando salimos de la sala estábamos todos muy abatidos, y se veía en nuestros rostros una mezcla de fascinación, asombro, incredulidad y extrañeza. Danny Boyle innegablemente logra una obra fascinante y poderosa. Hay algo en el final que me molesta un poco, esta cosa de mostrar al personaje y todos sus logros, como en un pseudo mensaje moralizante estilo “no importa las adversidades que la vida te presente, debes dar batalla y seguir adelante”. Si bien la historia es una historia real, esperaba otro final, quizá no tan grandilocuente y más en sintonía con lo que había visto antes.

    De todas formas, es una gran película.
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  • El ganador
    El ganador
    A Sala Llena
    Here I go again on my own.

    Con un desenlace un tanto previsible y claras reminiscencias de grandes títulos como Toro Salvaje y Rocky, en la historia del primero y en las escenas más grandilocuentes del segundo, El Ganador se abre paso dentro la tradición de películas de boxeo y sale bien parada.

    La historia ya es sabida: Dicky Eklund (Christian Bale), alguna vez gran boxeador y orgullo de Lowell, Massachusetts, devenido ahora en adicto al crack, entrena a su hermanastro, el no muy prometedor Micky Ward (Mark Wahlberg), para que logre triunfar en el mundo del box y se convierta en su sucesor. La historia se centra en las vidas disímiles de estos hermanos y la conflictiva entre ambos.

    Estamos frente a una historia sobre la redención, la gloria, el reconocimiento personal, las adicciones y, particularmente, la familia. La película nos retrata un sistema familiar altamente disfuncional, matriarcal, enteramente dominado por una madre apabullante (buena actuación de Melissa Leo, un tanto hiperbólica por momentos), sobre protectora, controladora, que niega realidades que están frente a sus ojos y que, en pos de mantener a sus hijos dentro del circuito del box, es capaz hasta de poner en peligro la vida de uno de ellos. La familia funciona como un gran bloque impenetrable e incuestionable. El único integrante que se revela contra esto, que se atreve a desafiar al sistema, es Micky, a partir de la irrupción de Charlene en su vida (sorprendente actuación de Amy Adams, quien por primera vez en su carrera abandona el papel de chica dulce e ingenua, ¡bien por ella!). Micky parece ser el más débil pero, indudable y predeciblemente, termina siendo el más fuerte y el más coherente de todos.

    Mark Wahlberg nunca me convenció demasiado; tiene una cosa entre cansina, apática e inmutable, casi como si le diera paja actuar, pero acá ese estilo cuadra a la perfección con su personaje porque, justamente, Micky es así, un tipo opacado por su hermanastro, con poca confianza en sí mismo producto de varias derrotas en el cuadrilátero, un tipo pensante, calmo, reflexivo, que contrasta violentamente con el resto de esta familia ruidosa, violenta, expansiva, con 7 hermanas (geniales las escenas de ellas) que funcionan como una gran patota intimidante, con su madre a la cabeza.

    Y Christian Bale es un groso, ni más ni menos. Mas allá de la caracterización física (nuevamente con gran pérdida de peso), Bale actúa con los ojos, con la boca; en este film, su rostro es un constante deleite visual, que transmite millones de sensaciones en cada plano. Con los ojos desorbitados, el ritmo cuando camina y ese acento tan particular, nos muestra lo más apasionado y loable de Dicky, así como también su lado más oscuro y sus peores miserias.

    Pero en mi opinión, el aspecto más interesante del film es la puesta en escena, la cual impregna a toda la película de un realismo asombroso. El film está rodado, en su gran mayoría, con una steady-cam, especialmente en la primera parte, en la que el canal HBO sigue a Dicky para hacer un documental sobre él.

    Las escenas de las peleas son realmente increíbles. Como todas las peleas de Micky Ward fueron televisadas por HBO, se usaron imágenes reales de esas peleas y el audio real de los comentadores. Para filmar el resto de las secuencias, se contrató al equipo técnico de HBO con sus cámaras, lo que brinda esa imagen tan particular. El resultado: realismo puro, naturalismo, crudeza, autenticidad. Estamos ahí, somos parte del público, los boxeadores nos salpican con su sudor y su sangre. Sumado a eso, mientras miraba esas escenas, pensaba: “A Mark Wahlberg le están dando en serio” y, efectivamente, Wahlberg no usa dobles para las escenas de las peleas, es él y pelea en serio. Para ello, pasó 5 años entrenándose para ganar masa muscular y aprender las tácticas de Ward a la perfección. Sus contrincantes también son boxeadores reales.

    Y para terminar, y ya que amo profundamente la música, quisiera hacer un comentario sobre la banda de sonido, la cual incluye grandes temas de grandes bandas como Aerosmith, Led Zeppeling, Whitesnake, The Rolling Stones y Ben Harper.

    Las películas que tienen algún tema que yo amo suman puntos a lo loco. Hacia el final, hay una escena hermosa: Christian Bale y Mark Wahlberg caminan por la pasarela, en dirección al ring, de fondo suena “Here I Go Again” al mango y ambos la tararean, mientras Bale le palmea el hombro a Wahlberg. ¡¡Qué escena perfecta!! Estas son las cosas que me ponen la piel de gallina y me dan ganas de llorar y de abrazar al director y decirle: ¡¡¡¡¡Gracias por esto!!!!! Es una sensación que me invade, un deseo de que esto no termine nunca, de que este momento no se me vaya, de querer guardarlo en la retina para siempre. Y eso que no estoy hablando de una película que me re craneó, pero esta escena es simplemente inolvidable, “Cause I know what it means, to walk along the lonely street of dreams”.
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  • Morir como un hombre
    La Vida es un Calvario

    (Advertencia: te cuento un poco el final; a mí me pasó lo mismo pero no me avisaron)

    Gamusino: Animal imaginario, cuyo nombre se usa para dar bromas a los cazadores novatos. La broma más habitual consiste en convencer al novato de que el gamusino es un animal esquivo que sólo puede cazarse de noche.

    Morir como un Hombre es una de esas películas que me hacen amar aún más el cine y querer hacer crítica. Tiene tantas cosas que no sé ni por dónde empezar.

    Tonia es un travesti en constante conflicto con su realidad sexual: el miedo a operarse y cambiar de sexo, por un lado; el deseo de su novio Rosario de que ella se convierta, de una vez por todas, en una mujer, por otro. Durante más de la mitad de la película nos adentramos en el trágico mundo de Tonia: un trabajo como drag queen en un espectáculo que empieza a preferir artistas mas jóvenes que ella; un hijo drogadicto y criminal, con una gran conflictiva de identidad sexual, de la cual responsabiliza a su padre; y, su peor tragedia, su novio Rosario, adicto a la heroína, a quien Tonia trata, a lo largo de toda la película, de rescatar de las drogas. Tonia siente gran devoción por él y es capaz de tolerar hasta las más aberrantes humillaciones y degradaciones, al punto de perdonarlo cuando quema a su amada perrita Agustina.

    En un momento determinado, empezamos a ser testigos de cierta transformación en Rosario; comienza a dejar las drogas, vuelve a trabajar (era vestuarista en el espectáculo de Tonia) y empieza a tratar a Tonia de otra forma. La película también empieza a mutar; ya no estamos frente a una historia lúgubre y angustiante, y la tragedia empieza a quedar atrás para dar paso a otra estructura narrativa y a otra estética. Tonia y Rosario se van de viaje, y ese viaje se ve interrumpido por lo que considero el mejor momento de la película, un punto de inflexión, un interludio, a partir del cual nada vuelve a ser lo que era. En el medio de un bosque, en una casa que ya habíamos visto al principio de la película –cuando el hijo de Tonia, en medio de una práctica militar, mata a uno de sus compañeros luego de haber tenido sexo con él– conocemos a María Bakker. Justamente, en la puerta de su casa, está enterrado el soldado “que cayó muerto del cielo”. Y quedamos perplejos, desconcertados, pero a la vez maravillados, ante este personaje exótico, una artista, una cantante, también travesti, que vive con Laura, su ayudante, otro travesti, a quien su padre golpeaba cuando era chica “para hacerla hombre”. No llegamos a entender bien el porqué del encuentro con María Bakker (el director de la película, João Pedro Rodrigues, se refiere a ella como “un doble más sofisticado de Tonia”), pero eso no importa, porque nos zambullimos en esa historia y nos deleitamos ante un sinnúmero de escenas extraordinariamente hermosas y, a la vez, misteriosas. La relación entre María y Laura también es muy extraña, con una mezcla de sumisión, perversión y amor que no llegamos a descifrar del todo. En cierto momento, llega el Dr. Felgueiras y salen todos a cazar gamusinos. ¡Qué escena increíble, por favor!

    Un plano fijo, de 4’30’’ de duración, que encuadra a todos los personajes –menos a Tonia que no está presente– sentados en el bosque, con la canción “Calvary” de Baby Dee que suena a todo volumen; toda la pantalla se tiñe de rojo, y nos quedamos ahí, junto con ellos, contemplando el cielo, inmersos en ese momento de éxtasis, paz y profunda dicha. La melodía es terriblemente triste, la letra, desgarradora, y la voz grave de Baby Dee nos trasmite millones de sensaciones, nos llega al alma hasta conmovernos, en una mezcla de Gospel y canción de cuna; y escuchamos una y otra vez los versos y nos transportamos a otro mundo, al mundo de los gamusinos, al mundo de lo imaginario, de lo fantástico.

    Baby Dee, una artista transexual de performance, escribe en el blog de uno de sus fans: “…hay una película en cartelera, maravillosamente larga, lúgubre y trágica (llena de sexo gay explícito), que usa una canción mía de una manera sorprendente”. Con respecto a esta escena, Rodrigues dice que la idea era darle a la película un aire de género musical y film mudo, en los cuales la acción se detiene cuando suena la música, y a la vez introducir esta sensación fantasmagórica que brinda el bosque y el misterio que él encierra. El uso de la música en la filmografía de Rodrigues es bastante particular; las canciones acompañan escenas, como la del bosque, de extrema quietud y de cierta experimentación, y en general provocan un quiebre en la estructura narrativa. En muchas escenas, son los personajes quienes interpretan temas musicales, ya sea cantándolos o tarareándolos. Este rasgo, entre otros, hace de Rodrigues un director poco convencional. Si bien muchas veces se lo compara con Pedro Almodóvar, Rodrigues hace brillar sus películas gracias a su audacia, su realismo y su retrato crudo y carnal de las historias que filma, características que lo diferencian del mencionado director español. Tanto en Morir como un Hombre como en sus dos películas anteriores, O Fantasma y Odete, aborda temáticas controversiales (transexualidad, prostitución, homosexualidad, perversión) pero logra escapar de los clichés en los cuales suelen caer las películas de ese estilo. El hecho de no mostrar a Tonia sobre el escenario es una excelente maniobra para escapar del estereotipo del drag queen. En sus películas no hay juicios de valor, no hay apreciaciones morales, solo la representación de la usualmente trágica vida de sus personajes.

    Y, volviendo a la magia de la escena de “Calvary”, y como bien dice Baby Dee, la película es todo eso: lúgubre, trágica y sorprendente. Y esa paz y esa serenidad que sentimos a partir de esa escena inundan el resto de la película hasta el final, un final trágico, sin dudas, y conmovedor, en el que Tonia decide, ya que ha vivido como una mujer (o ni siquiera, porque no ha sido “ni carne, ni pescado”), morir como un hombre, con todo el dolor del mundo por no haber podido cumplir su sueño de ser mujer, por no haber podido escapar de su destino, pero con el consuelo de tener a Rosario, incondicional hasta la muerte, junto a ella.

    “Levanta tu cruz y sigue, ¿no me quieres seguir? Despierta, despierta en medio del dolor, despierta en medio del Calvario.”
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  • Lazos de sangre
    Lazos de sangre
    A Sala Llena
    Secreto en la Montaña

    El afiche de esta película, y algo previo que había leído sobre el argumento, no me inspiraba más que una idea de este estilo: “chica buena, rubiecita, linda, se acomete a buscar a su padre para no perder su casa; en el camino se topa con gente muy pero muy mala y, a pesar de las adversidades, sale airosa de la situación y se queda con su casa”. O sea, pensar en fumarme esta película era para mí casi tan excitante como mirar una comedia romántica o una película de Suar.

    Sin embargo, mi negatividad me condujo a probarme a mí misma que, muy de vez en cuando, mis juicios apriorísticos fallan. Y semejante equivocación suscitó en mí cierto interés por investigar sobre esta película, su directora y la génesis de esta historia. Y me encontré con algunos lindos textos, entre ellos, el de dos profesores estadounidenses que analizan ciertos conceptos muy interesantes (debo confesar que estuve tentada de apropiarme de ellos y adjudicarme todo el crédito pero temí que alguien descubriera el burdo plagio y que mi incipiente carrera de crítica se viera seriamente comprometida; por ende, los plagios están explicitados).

    El primer concepto que introducen estos autores es el de “shatter zones”, o sea “zonas de fragmentos” (acepción geológica originaria) o “zonas de refugiados” (acepción posterior, y en la cual me concentraré ahora), para referirse a los condados de Taney y Christian, en las montañas de Ozark del estado de Missouri, al sur de los EEUU, donde transcurre la película. El film ilustra ese segundo sentido de manera magistral. Estamos en un lugar inhóspito, en el medio de la nada, donde la sola supervivencia es una ardua tarea; un lugar habitado por refugiados y forajidos, que se rige por un hermetismo absoluto para los “outsiders”, y por un estricto código de honor para los “insiders”, cuyo incumplimiento puede traer como consecuencia nada más ni nada menos que la muerte, acto que todos están dispuestos a tapar en pos de preservar el código y regular el comportamiento de la comunidad. Y los espectadores nos vemos inmersos en esta realidad que Debra Granik, con increíble pericia y apabullante veracidad, nos muestra. Mucho de la estética del film tiene que ver con el estilo característico de Granik, el documental regional, que apunta a observar y retratar la realidad con extrema fidelidad, para lo cual Granik se vale de gran cantidad de largos planos fijos y primeros planos; esto indudablemente le brinda a la película una sensación de acercamiento y contacto con esa realidad. Lo que también contribuye sustancialmente con esta idea de realismo es el hecho de que muchos personajes de la película son interpretados por habitantes reales de Ozark. Uno de ellos es la cantante Marideth Sisco, a quien vemos en una escena en la que interpreta High on a Mountain, escena sorprendente por su simpleza y su autenticidad.

    Otro concepto que introducen los autores es el de “dark-fairytale tradition” o “Märchen”, o sea “cuento lúgubre de hadas”, muy característico de la literatura de la zona de las montañas Ozark y Apalaches, y de países como Alemania, Suecia y Noruega. Este tipo de historias, como la de Lazos de Sangre, se caracterizan por escenarios oscuros, tenebrosos, e historias sangrientas y despiadadas con protagonistas, generalmente niñas o mujeres jóvenes, en situaciones de mucha violencia, opresión y hostilidad. No obstante, en el medio de todo este escenario desolador, las heroínas de estas historias logran vencer a los enemigos y a las adversidades que se les presentan.

    Con respecto al concepto de “oscuridad”, Debra Granik afirma que ese es el factor común entre muchos de sus personajes. Irene, la protagonista de su primera película, Down to the Bone, es una mujer que lucha contra su adicción a la cocaína. La pregunta que se formula Granik una y otra vez es: ¿Pueden estas personas realmente redimirse, abandonar sus adicciones y salvarse? En Lazos de Sangre esta pregunta resuena nuevamente al observar las vidas de muchos de los habitantes de la comunidad pero no logramos arribar a una respuesta convincente.

    Y ahora quisiera pasar al tema de las actuaciones de los actores. El crítico Roger Ebert habla del personaje de John Hawkes, Teardrop, y afirma que “su existencia inflinge una herida a la dicha que implica estar vivo”. Y cito a Ebert porque mi crítica está construida sobre la base de plagios y porque parece que varias personas supieron poner en palabras mis pensamientos con una articulación que yo jamás habría alcanzado (aunque la traducción de Ebert es mía). Y realmente, la presencia de Teardrop nos aflige, nos estruja las vísceras, porque vemos en él una persona arruinada por la vida, tanto física como mentalmente, pero con cierta lucha interna que surge a partir de la aparición de su sobrina y la búsqueda de su hermano. Y Hawkes transmite esa dualidad magníficamente bien.

    Por último, Jennifer Lawrence, en el papel de Ree Dolly, merece una mención especial. Esta actriz de 19 años es sorprendente. De manera conmovedora y soberbia, nos transmite los sentimientos de desesperación, desahucia, desprotección y desamparo que la inundan ante la posibilidad de perder lo único que le permite criar a sus hermanos y cuidar a su madre: su hogar. Los espectadores, durante gran parte de la película, no vislumbramos ni un atisbo de esperanza ni de escapatoria; sin embargo, no sentimos lástima por ella; nos identificamos, empatizamos con ella, queremos desesperadamente que lo peor no ocurra, que su devoción, su tenacidad y su inquebrantable determinación triunfen sobre lo terrible y brutal del mundo en el que vive. En este mundo de refugiados, devastado, corrupto, en el que las drogas y el crimen son parte de la cotidianeidad, Ree intenta construir otra vida para sí misma y para sus hermanos; es parte de ese mundo y se crió en él –“I’m a Dolly, bred and buttered”, como ella dice– pero la posibilidad de su “triunfo” le confieren un irrefutable carácter de heroína y le brindan a la película un hermoso aire esperanzador, reforzado por ese último plano hermoso, con ella y sus hermanitos sentados en la escalera de la casa; simplemente maravilloso.
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