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Imagen del crítico Andrés Fevrier
Andrés Fevrier
  • Cantidad de críticas: 9
  • Promedio: 62%
  • Críticas favorables: 7/9 (78%)
  • Críticas desfavorables: 2/9 (22%)
  • Diferencia absoluta: 12%
  • La chica del dragón tatuado
    Ilustraciones

    El cine es cine cuando narra con su propio lenguaje, distinto al de cualquier otra expresión artística (en este sentido, recomendación al paso: vean el cálido e inteligente homenaje de Scorsese a Méliès en Hugo). Un director puede escribir con la cámara o simplemente usarla para ilustrar ideas, suyas o de otro. Esto último se ve muy claro en una escena de La chica del dragón tatuado, donde el cine -el cine de David Fincher, en este caso- se muestra estéril y apenas puede dedicarse a ilustrar.

    Cerca del final, Lisbeth (Rooney Mara) está buscando información en el archivo privado de la empresa de la familia Vanger. Cruza datos y comienza a advertir una relación entre una serie de asesinatos de mujeres y la ubicación de las plantas de la fábrica. Lisbeth es una hacker que hasta ese momento se había mostrado inteligente, observadora y -como hace notar explícitamente la película- muy memoriosa, a tal punto que en una ocasión se niega a anotar una dirección porque no lo necesita. Pero en ese momento, en el archivo, despliega un mapa de Suecia sobre la mesa y comienza a poner sobre él una foto de cada una de las chicas asesinadas junto a la sede de la empresa cercana al lugar del crimen. Arma una ilustración para mostrarle al espectador qué está descubriendo. El personaje ignora la diégesis y juega para la tribuna: hace algo absolutamente inverosímil, que sólo sirve para informar al espectador acerca de algo que Fincher no supo (o no pudo) resolver de otro modo, más cinematográfico.

    Alguien podrá decir que se trata de una convención, similar a la que aceptamos, sin mayores cuestionamientos, cuando oímos que en la película los suecos -vaya artificio- hablan en inglés. Yo creo que se trata más bien de una zona compleja de transitar (más compleja aún en estos tiempos en los que la tecnología pone el jaque al suspenso clásico) donde el cine, si no tiene ideas, se vuelve estéril.

    Pero Fincher es un director capaz de juntar lo peor y lo mejor, de poner en una misma película grandes momentos pegados a otros totalmente fallidos. Lo demostró, sobre todo, en El curioso caso de Benjamin Button (2008). Apenas unos minutos después de la escena descrita arriba hay un momento extraordinario en La chica del dragón tatuado, absolutamente cinematográfico, que deja sutilmente un hueco para que complete el espectador.

    Martin Vanger (Stellan Skarsgård) obliga a Mikael Blomkvist (Daniel Craig) a ir hasta el sótano de su lujosa casa, que en realidad es un sofisticado cuarto de tortura, donde lo ata y lo deja inmovilizado. Está listo para torturarlo. Pero antes enciende un equipo de música y comienza a sonar Orinoco Flow, de Enya. El rotundo contraste entre lo que se ve y lo que se oye define a Vagner en apenas un instante. Y acaso sea la mejor crítica jamás hecha sobre la canción de Enya, algo así como Claudio María Domínguez a 33 rpm.
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  • Los Muppets
    Los Muppets
    Cinematófilos
    Discretamente irreverente

    Hace unos días María escribió en Espectadores acerca de Los Muppets, y entre otras cosas cuestionó la película porque, aseguró, se nota la mano de Disney, empresa que en 2004 se quedó con los derechos de los personajes creados por Jim Henson. "(...) la Rana René y compañía enfrentan con mejor tino los ambiciosos planes del malvado Tex Richman en la ficción que las consecuencias reales de haber pasado a manos del emporio del viejo Walt", escribió.

    Pueden estar justificadas las sospechas en torno a Disney y su conservadurismo. Un caso menor aunque muy claro fue el del corto de Pixar Knick Knack (1989), dirigido por John Lasseter, en el que -Disney mediante- la voluptuosa Sunny Miami perdió parte de sus encantos.

    Pero en Los Muppets hay al menos dos motivos que dan por tierra con las sospechas. El primero, más endeble, son las críticas de la Fox, conservadora cadena de noticias estadounidense, que definió a René, Figaredo y compañía como comunistas. "¿Qué es lo que está pasando aquí? ¿Está el Hollywood más liberal utilizando la lucha de clases para lavar el cerebro de nuestros chicos? ¿Acaso estamos en la China comunista?", planteó Eric Bolling, del programa Follow the Money.

    Hay otro argumento más sólido, que a diferencia del anterior no depende de quién lance las críticas sino de los méritos de la propia película. Es una breve línea de diálogo que aparece sobre el final. Cuando Los Muppets ya lanzaron su nuevo show en búsqueda de fondos para recuperar su viejo teatro, algunas estrellas del espectáculo llegan para sumarse a la movida. Entre ellos aparece Selena Gomez, que, a modo de explicación, le dice a René: "Realmente no sé quiénes son ustedes; mi mánager me dijo que venga". Además de divertido, el chiste es genial. En parte porque habla del paso del tiempo, uno de los tema centrales de la película (y de todo el cine). Pero sobre todo porque utiliza a la propia Selena Gomez, una Disney Girl pura y dura, para cuestionar al emporio del viejo Walt. La joven cantante no sólo no sabe quiénes son los Muppets (es decir, no entiende nada), sino que además hace lo que le dicen, sin autonomía ni, en consecuencia, alguna posibilidad propia de creación. Selena hace lo que sus productores de Disney le dicen que haga porque todo en ella apunta a generar rentabilidad, y entonces conviene que se sume al nuevo y exitoso show. Los Muppets, película producida y distribuida por Disney aunque discretamente irreverente, se ríe de eso, lo que revela la astucia de sus realizadores más que un posible sinceramiento de Selena y/o Disney.

    Los Muppets no sólo es una película feliz, sino además -acaso como todas las películas realmente felices- inteligente.
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  • El día del juicio final
    "La tocás a ella y te mato... ¡Te mato!"

    En la escena del interrogatorio de El secreto de sus ojos -reveladora del pensar de la película- el acusado Isidoro Gómez admite su culpabilidad en el crimen luego de ser víctima con un infantil ardid. Furioso porque cuestionaron su virilidad, insulta a Irene Menéndez Hastings y le pega una trompada. "La tocás a ella y te mato... ¡Te mato!", grita luego -tarde- Benjamín Esposito, cuando Gómez ya había tocado a Irene.

    Unthinkable (2010), de Gregor Jordan, es básicamente la escena de Campanella transformada en un loop de 97 minutos. Luego de cada golpe del torturador profesional "H" Humphries sobre el terrorista Steven Younger la agente del FBI Helen Brody reacciona indignada. "Esto es inconstitucional", esgrime de entrada, ante los primeros maltratos. "Si le hace daño los nenes, lo mato", agrega una hora después, cuando el torturador hace entrar a la sala de tortura a los hijos del terrorista.

    Pero quizá lo peor de la película no sea su postura a favor de la tortura, planteada a partir de un dilema moral tan simple como tramposo y una puesta en escena que no sabe escapar del plano-contraplano. Lo más jodido es que ni siquiera plantea alguna alternativa para pensar el asunto desde otro lado. "No negociamos con terroristas", dice sobre el final la agente Brody, personaje que funciona como la reserva moral de la película. Ahí, justamente, está el problema.

    Afortunadamente, Unthinkable tuvo un efímero e irrelevante paso por la cartelera porteña en los últimos días del año pasado. Como si fuera poco la distribuidora local, Distribution Company, decidió titularla con el desgraciado El día del juicio final y se equivocó con el afiche: le puso la cara de Gil Bellows a Michael Sheen.
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  • El hombre de al lado
    El hombre de al lado
    Cinematófilos
    ¿Mi vecino el asesino? ¿Peligro en la intimidad?

    El primer plano de la película da cierta idea de ecuanimidad. Alguien embiste a mazazos contra una pared, lo que se muestra desde ambos lados, a dos cámaras, en split screen. De un lado de la medianera vive Leonardo, un diseñador bastante snob y algo soberbio que alcanzó el éxito y ahora parece estar más preocupado por los negocios que por sus creaciones. Junto a su esposa y su hija preadolescente habita la imponente Casa Curuchet de La Plata, única construcción del arquitecto Le Corbusier en América latina. Su vecino, ladrillos de por medio, es Víctor, posible vendedor de autos usados con mucha pinta de chanta. Quiere colocar una ventana en su casa "para atrapar una rayitos de sol", según explica. Pero esa abertura da justo al living de Leonardo, a su intimidad, por lo que el conflicto parece inevitable.

    Este es el planteo básico de El hombre de al lado, la última obra de Gastón Duprat y Mariano Cohn, ganadora del premio al Mejor Película Argentina -compartido con TL-2, la felicidad es una leyenda urbana, de Tetsuo Lumière- en el 24° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. A partir de ahí se ponen en juego el mundo del diseño y su snobismo (desde una mirada irónica), una relación conflictiva entre padre e hija, un matrimonio opaco y, por supuesto, las diferencias de clase entre los vecinos en conflicto.

    Pero el tema central gira en torno a los prejuicios. ¿Con qué elementos formamos una idea de alguien? ¿Alcanzan las apariencias para trazar el perfil de una persona? En momentos en que la estigmatización parece ser moneda corriente en Argentina la película -sin pretensiones filosóficas pero con la profundidad necesaria- desafía la percepción del espectador. Mientras que El artista (2008) caía de a ratos en la estructura de aquello que buscaba cuestionar (una película interesante, podría decir algún snob mientras se acaricia el mentón con el índice y el pulgar), aquí todo está mejor pulido y forma y fondo, si es que aún vale la diferenciación, van de la mano.

    Las apariencias engañan

    "En el terreno de la interpretación su mirada ideológica dará lugar a más de una controversia", escribió Diego Battle en Otros Cines. Bien mirada, la película no debería generar ninguna polémica porque se decide por el único camino posible. La imparcialidad inicial se mantendrá hasta el final. Recién ahí, otra vez con un solo plano, sentará posición. Sin intenciones de adelantar detalles de la trama -menos aún para una obra que muy pocos pudieron ver- se pude decir que cada escena, cada plano deja en claro quién es cada uno de los protagonistas. A diferencia de las películas de Juan José Campanella (en especial Luna de Avellaneda), donde sólo elementos externos a la acción -una concepción de los personajes previa a lo narrado- pueden evitar que el disparo salga por la culata, aquí el asunto funciona al revés. Todo está controlado y las apariencias, entonces, no hacen más que engañar.

    Quizá el final sea un tanto abrupto, y a la película le hubiese venido mejor reposar unos minutos. Quizá por momentos la narración caiga en algunas digresiones. Pero aún con sus problemas El hombre de al lado será sin dudas uno de los grandes estrenos del año próximo. Mientras una parte del cine nacional parece no haberse enterado de la aparición de Pizza, birra, faso (1997) y otra -con más profesionalismo y mejores ideas, es cierto- no hace mucho más que putear contra el Incaa, Cohn y Duprat ya realizaron dos películas sorprendentes. Quizá lo que moleste a una parte de la crítica es que dos tipos que vienen de la televisión (donde realizaron algunas producciones deplorables), directores un documental (Yo Presidente, 2006) tan insustancial como apolítico, sean los responsables de dos de las más interesante realizaciones que el cine argentino ofreció en el último par de años.
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  • La danse: El Ballet de la Opera de París
    El magnética mirada de Frederick Wiseman

    Este jueves se estrena una de las películas del año. No, no se trata del delirio onírico de Christopher Nolan (al que quizá le dedique algunas líneas en los próximos días) sino de La danse, el ballet de la Ópera de París, de Frederick Wiseman. No sólo por sus méritos -que los tiene- sino además por lo extraordinario de la situación: es la primera vez que se estrena en Buenos Aires una película del maestro del documental, un tipo con más de 40 años de una trayectoria impecable.

    La cámara omnipresente de Wiseman se interna esta vez en el Palacio Garnier para recorrer sus oficinas, sus salas de ensayo, sus talleres, sus pasillos. Intransigente en su estilo, el director se dedica a mostrar sin explicaciones, con fragmentos aparentemente inconexos de la vida cotidiana de una de las óperas más prestigiosas del mundo. Su mirada sobre las cosas aparece sutilmente en el montaje, como cuando parece comparar la severidad de un ensayo en el que participan una docena de bailarinas con el entrenamiento militar.

    El domingo el diario Clarín publicó una breve entrevista a Wiseman. "Ninguna de las personas que aparecen en el filme está identificada y así muchos no sabrán quiénes son Pierre Lacotte y Ghislaine Thesmar. Y conocer que son marido y mujer otorga, creo, una comicidad extra a su escena. En otra, Brigitte tiene una charla telefónica sobre el funeral de un tal 'Maurice', obviamente Béjart. ¿Lo hizo a propósito?", le preguntó la periodista Laura Falcoff, especialista en el tema. El realizador respondió con su habitual parquedad: "Mucha gente encontró muy divertida la escena de Lacotte y Thesmar sin saber que están casados, porque claramente el diálogo entre ellos es el de dos personas que se conocen muy bien. Por otra parte, es evidente que en su conversación Brigitte habla de un funeral. Saber quién es el 'Maurice' que nombra no es el aspecto más importante de la secuencia".

    Así es La danse: fascinante incluso para quienes ignoramos casi todo sobre lo que se nos muestra. Hay algo magnético en la forma no invasiva de mostrar las cosas. Lo que no hace más que acrecentar las expectativas acerca de la siguiente realización del director: Boxing Gym, que se exhibió en la última edición de Cannes. Wiseman y el boxeo, una combinación irresistible.
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  • Carancho
    Carancho
    Cinematófilos
    Carancho, la película que marcó la agenda

    Una de las críticas que se le suelen hacer al llamado Nuevo Cine Argentino -acaso la más inteligente y atendible, la que más vale la pena discutir- es que no suele conectarse con lo real, que en algunos casos se encierra en historias de chicos ricos que tienen tristeza en un país que aún exhibe las heridas provocadas por años de neoliberalismo.

    Director de la iniciática Mundo grúa (1999), Pablo Trapero fue uno de los puntales de aquella renovación que el cine nacional vivió hace más de una década. Carancho, su más reciente película, ya es un éxito en la cartelera porteña y hoy se proyectará en una sección paralela del prestigioso festival de cine de Cannes. Pero no sólo eso.

    Clarín y La Nación, los dos diarios más vendidos del país, coincidieron ayer en publicar notas sobre los denominados "caranchos", inescrupulosos abogados (como el interpretado por Ricardo Darín) que se aprovechan de la desesperación o ignorancia de las víctimas de accidentes de tránsito para estafarlas. Para eso cuentan con la complicidad de médicos, camilleros, choferes de ambulancias, empleados de funerarias y policías.

    Carancho, la película, exhibe varios hallazgos cinematográficos. Pero además tiene el mérito de haber instalado en la agenda un tema tan sórdido como complejo al que hasta ahora no se atendía. Buen cine, popular pero no tribunero, que se mete con las urgencias de un país que a pesar de todo sigue siendo injusto.
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  • La caja mortal
    La caja mortal
    Cinematófilos
    Pulsar o no pulsar, esa es la cuestión

    Primero estuvo el cuento, Button, button, de Richard Matheson, publicado en Playboy de junio de 1970. Una mañana, el matrimonio Lewis, una pareja de clase media acomodada de Nueva York, se topa con un paquete en la puerta de su casa. La esposa lo abre y encuentra una caja con un botón y una tarjeta: "El señor Steward los visitará a las 8 pm". Cuando el señor Steward llegó, puntual, les explicó cómo funcionaba el extraño aparato: "Si oprime el botón en alguna parte del mundo alguien que usted no conoce morirá. A cambio, recibirá un pago de 50 mil dólares". ¿Qué harán los Lewis? ¿Pulsarán o no el botón? En torno a las discusiones que generan estas preguntas se moverá el breve cuento de Matheson, que tiene cierta similitud con el clásico La pata del mono (1902), de W. W. Jacobs, en cuanto a las consecuencias no deseadas de los deseos. Se puede leer completo y en castellano en un sitio de la Universidad Complutense de Madrid.

    Luego, varios años después, vino la adaptación televisiva. Button, button fue el episodio número 20 de la primera temporada de la nueva The Twilight Zone, emitido por la CBS el 7 de marzo de 1986. Lo dirigió Peter Medak, que había tenía cierta trascendencia con La clase gobernante (1972) y The Changeling (1980). Aquí los Lewis son más bien pobres y viven en un oscuro complejo de departamentos. El es mecánico y ella (Mare Winningham, demasiado pasada de rosca) una ama de casa alterada, siempre con un cigarrillo colgando de los labios y dispuesta a maltratar a su esposo. El dilema es el mismo que en el cuento, pero hay cambios importantes en el final, lo que dejó tan disgustado a Matheson que prefirió aparecer como Logan Swanson en los créditos. El capítulo, que dura unos 20 minutos, se puede ver completo y con subtítulos en YouTube (primera y segunda parte).

    Entonces aparece Richard Kelly, autor de la excelente Donnie Darko (2001), absolutamente devaluado luego del tropiezo de Las horas perdidas (2006). Y toma el cuento de Matheson para mandarse una película bien a su estilo, un pastiche fenomenal que acumula citas y referencias de todo tipo y color, desde La invasión de los usurpadores de cuerpos (sobre todo la de Philip Kaufman) hasta las películas conspirativas del Hollywood de los setenta, a lo que le agrega altas dosis autobiográficas, según contó Horacio Bernades en Página/12. El botón y los dilemas que lo rodean quedan casi en un segundo plano, porque Kelly se dedica a desarrollar todo lo que no se menciona en el breve cuento. El resultado se titula simplemente The Box (2009), aunque acá le pusieron La caja mortal. Es desconcertante, sí, pero bastante menos de lo que podía esperarse de entrada. Para verlo, esta vez, deberán ir al cine. Vale la pena.
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  • La joven Victoria
    La joven Victoria
    Cinematófilos
    De jóvenes y locos

    Este jueves se estrena en Buenos Aires La joven Victoria (The Young Victoria, 2009), película del canadiense Jean-Marc Vallée por la que Emily Blunt consiguió una nominación a los Globo de Oro. Se trata de la historia de la reina Victoria I del Reino Unido contada de manera sencilla, sin suntuosidades, con un tono más bien parco que se centra en las intrigas palaciegas y logra resumir lo ampuloso de la época con algunos detalles (la coronación y el casamiento, por ejemplo, momentos tentadores para tomas aéreas y demás espectacularidades, se muestran con apenas un par de planos bastante cerrados). Hay que verla.

    Pero también -sobre todo- conviene ver el anterior largometraje de Vallée, C.R.A.Z.Y. (2005), que en Argentina se estrenó en marzo de 2007 con el fallido título Mis gloriosos hermanos. Fallido porque más que entre hermanos la película se centra en la relación de un joven con su padre. Con ingenio, humor y sensibilidad, el director québécoise narra la epopeya personal de Zachary -la Z de C.R.A.Z.Y., cuarto de cinco hermanos de una familia muy católica de Montreal- desde su nacimiento, en la Navidad de 1960, hasta que se hace adulto, un largo recorrido en búsqueda de su identidad sexual, social, religiosa y familiar. Todo al ritmo de Patsy Kline, los Rolling Stones, Pink Floyd y David Bowie.

    Dos buenas películas que conviene atender. Y que generan expectativa acerca del próximo proyecto de Vallée, Lost Girls and Love Hotels, con guión de Nadia Conners y la actriz Kate Bosworth, anunciado para este año.

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  • Actividad paranormal
    Actividad paranormal
    Cinematófilos
    Highlights del horror

    La crítica de una película debe incluir elementos que el espectador pueda luego enfrentar con lo que ve en pantalla, algún análisis que se pueda ratificar o cuestionar frente a la obra en cuestión. Las sensaciones no valen en este sentido. Que un film sea entretenido o soporífero es un asunto puramente subjetivo: ante la misma proyección alguien puede aproximarse al éxtasis mientras el espectador de la butaca de al lado se rinde ante el sueño.

    Lo mismo ocurre con otra sensación que le dio nombre a todo un género: el horror. Sostener entonces que Actividad paranormal es buena porque asusta, o porque inquieta a posteriori, cuando se llega a la cotidianeidad del hogar, no tiene gran asidero y no debería justificar por sí solo la valoración de la película. Aunque apele a temores muy extendidos (lo sobrenatural, la oscuridad, los silencios, los sonidos desconocidos) no hay miedos universales, por lo que la subjetividad sigue jugando un papel decisivo.

    El ignoto Oren Peli eligió para su ópera prima un recurso que se hizo frecuente en los últimos años: el found footage o grabaciones encontradas. No redundaré en cuestiones generales al respecto (como el innecesario giro del género hacia el verismo), que ya han sido abordadas en una serie de entradas de este blog. Tampoco me detendré en la historia detrás de la película, una aburrida sucesión de rumores más o menos confirmados acerca de cómo una producción de 15 mil dólares ya lleva recaudados más de 110 millones [1].

    Mejor centrarse en la película, en sus (pocos) aciertos y (muchos) errores. Actividad paranormal tiene un gran mérito, acaso el único, en la construcción del plano fijo del dormitorio, lugar inevitable de descanso donde la indefensión es casi absoluta. Se trata de la imagen que abre este post, la del afiche y casi la única utilizada para promocionar la película. Ese encuadre, en tono azulado, obliga a estar atento a dos posibles frentes de acción, por lo que no arrastra una significación a priori. Por un lado la enorme cama donde duerme la pareja; por otro la puerta, abierta hacia el fuera de campo. Esa composición será exprimida hasta el paroxismo en los ochenta y pico de minutos, al punto de que casi todo lo relevante ocurrirá allí. Y aquí aparece uno de los problemas.

    Porque la película de Peli no es más que los highlights del horror, un resumen con los momentos culminantes de los veintipico de días en que la pareja convivió con un inquilino tan indeseado como científicamente inexplicable. El recurso atenta contra la progresión dramática y la sorpresa: pasados los primeros minutos el espectador ya se acomodó y sabe qué esperar de cada escena. Sólo cuando se apaga la luz aparecen los fantasmas.

    El otro gran inconveniente es la construcción de los personajes. La película los necesita tontos, carentes de sentido común. Una primera defensa ante el temor, reacción casi instintiva, es encender una luz. Otra es buscar compañía. Pero si Katie y Micah lo hicieran el misterio de desvanecería. Tampoco está justificado -aunque se esboza algún endeble motivo- por qué deciden quedarse en la casa. O por qué no contactan a otro profesional cuando se enteran de que el que buscaban está de viaje.

    Así, Actividad paranormal no es más que otra campaña de marketing, comercialmente exitosa (dentro del género, quizá la más exitosa desde aquel chasco conocido como El proyecto Blair Witch) pero de escasa relevancia en términos cinematográficos. Encerrado entre remakes de diversos orígenes y exhibiciones pornográficas de la tortura, el género -como si fuera una de esas scream queens de décadas más gloriosas- pide a gritos una renovación. Este no parece ser el camino.

    [1] Los interesados pueden leer al respecto una nota de Mariano Kairuz en el suplemento Radar de Página /12 que cuenta cómo la marca Steven Spielberg resultó descisiva para el éxito del proyecto.
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